Conferencia dictada a las dirigentes diocesanas y

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Conferencia dictada por el Padre José Kentenich
a las dirigentes diocesanas y regionales
de la juventud femenina de Schönstatt, el 31/12 /1945
(Sugerencias para trabajar la Conferencia:
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Leer la conferencia. Ver si es mejor fotocopiar para cada una y leer en silencio
o leer un párrafo cada una, etc, cada grupo lo decide.
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De manera intercalada encontrarán una serie de preguntas que les pueden
servir para profundizar el texto y enriquecer el intercambio.
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Al finalizar la reunión, sacar un propósito concreto que les ayude a crecer en el
aspecto que más les haya llamado la atención.)
Mí querida Familia de Schönstatt:
Nuestras reflexiones llegaron a su término. De acuerdo a las antiguas
costumbres, corresponde ahora resumir nuestras decisiones y publicarlas, como lo hacen
también los jefes de estado. En sí no es difícil hacerlo, por que no son demasiadas las
decisiones tomadas. Por lo general, hemos visto y formulado claramente los
pensamientos. En general, ahora se han hecho realidad los pensamientos que desde hace
mucho tiempo hemos tenido y cultivado. Ha sido algo nuevo para nuestra juventud, que
el límite de edad ha sido desplazado hacia arriba, y que en adelante no permanece
únicamente la formación personal en su programa, sino también la educación
profesional. En lo demás, las formas de organización son similares a las de las otras
ramas. Hemos tomado como base las etapas de la vida…
Resumiendo, quisiéramos decir: “la red está terminada”. En algunas partes aún
era frágil, o debía rehacerse. Faltaba una u otra cosa para terminación. Ahora la red está
terminada, por lo que podemos salir a pescar en altamar. O si les agrada más otra
imagen: la cañería del agua corriente está terminada. El agua puede abastecer a todo
nuestro pueblo. Sólo falta abrir los grifos y dejar pasar el agua…
Ahora tenemos que partir. A nuestra juventud todo esto le ha llegado
profundamente y está compenetrada de la nueva misión. Ellas quisieron abandonarse
nuevamente al Dios trino en el acto de la Inscriptio. Parten de aquí generosas y
magnánimas. Han puesto nuevas tareas sobre sus hombros, llevan en su corazón una
nueva responsabilidad, y por lo tanto pueden contar también con nuevas gracias, más
profundas y más amplias. Y ahora ¿Qué es lo importante?
1- Si nos detenemos una vez más en la imagen de la red que hemos usado,
esperamos ahora:
La orden del maestro: hasta ahora también pudimos pescar con la red sin
terminar. ¿Han sido muchos los pescados, grandes o pequeños? Pero ahora la red está
terminada. Otros también han tejido redes, a lo mejor más perfectas que las nuestras.
Depende mucho de la red, pero lo esencial es que el Señor esté en la barca y nos mande
echar las redes al agua. Por eso esperamos al comienzo del nuevo año, el mandato
divino: “echad las redes”
En el transcurso de los años pasados tratamos de echarlas, y sin embargo,
cuántas veces no hemos pescada. Y cuántos hay aún que quisiéramos pescar con
nuestras redes, pero que están fuera de nuestro alcance. ¿No escuchamos que el Señor
nos manda a tirar las redes?
Recordemos el acontecimiento como lo narra el Evangelio: ¿No es muy
significativo que Juan, el discípulo amado, fue el primero en reconocer al Señor, cuando
Él mandó a Pedro y a los demás apóstoles a echar las redes? ¡Es el Señor! Dijo Juan
suavemente. Estaba lleno de respeto y no se animó a hablar en alta voz. Ninguno de
ellos le habló al Señor directamente, sino que por su actitud demostraron que lo habían
reconocido. Creían sincera y profundamente que era el Señor quien les había dado la
orden: “Echad las redes a la derecha de la barca”.
¿Podemos decir también nosotros “es el Señor”? ¿Es realmente el Señor quien
nos confía nuevamente esta misión? Nosotros no esperamos el llamado de Cristo en
forma extraordinaria. En eso se manifiesta también nuestra originalidad. Comparando
nuestra misión con la de Fátima hemos reconocido nuevamente nuestra originalidad.
Al recordar la misión del profeta Elías, podemos decir: la suya fue una misión
extraordinaria. Y pensando en los niños de Fátima, podemos decir que también ellos
fueron llamados en manera extraordinaria. ¿Y nosotros? Hemos comenzado estos días
con la aspiración por una profunda compenetración por la misión. Queremos
compenetrarnos de la misión. Podrán decir: “eso no es nada más que un jugar
puramente humano”, pero nosotros sabemos: el entregarse a un hombre, aún cuando
fuera el más genial, no vale nada para el hombre de hoy. En la medida en que
avanzamos en edad, dejamos de lado todo culto brindado a los hombres. Si detrás de los
hombres no está el Dios de la vida llamándonos y diciéndonos: “te envío”,
mandándonos a echar las redes, nosotros tal vez nos alegraríamos por la hermosura de la
red, por el noble humanismo que Dios ha regalado, pero no nos animaríamos a salir
victoriosos, valientemente y con espíritu de sacrificio a tirar las redes. Por lo tanto
¿Puedo suponer que el Señor nos da el mandato?
2- Sabemos que la fuente de la cual bebemos, es la sencilla fe en la divina
providencia. Esa fe ilumina la historia de nuestra familia. Tendríamos que haber
recibido como don, una gran sensibilidad para ver y descubrir siempre a Dios en
los sucesos del mundo, y en los pequeños acontecimientos de nuestra vida. Si
tenemos una delicada sensibilidad para estas cosas, seremos capaces de
interpretar nuestra historia con fe en la divina providencia, hasta en los detalles
más pequeños. Entonces las campanas resonaran en nuestras almas con un
sonido maravilloso: “¡Sí, somos enviados por Dios!” La ha sido enviada por
Dios. Es el Señor el que nos manda a echar las redes en alta mar.
a) ¿Les podría pedir que en este nuevo año se tengan aun más estrictamente a
nuestra manera de meditar? Nuestro libro de meditación es el libro de la propia
vida y el libro de los sucesos mundiales. Queremos ver detrás de todo al Dios
trino, como si estuviéramos en la cumbre de una montaña, en lo alto de la torre
de una catedral. Mi tarea consiste en analizar la providencia de Dios en los
acontecimientos del mundo, a fin de que recibamos una sensibilidad especial,
que nos capacite para descubrir a Dios en la historia de nuestra Familia.
-
¿Nos hemos detenido a pensar en la misión que Dios espera de
nosotras?
-
¿A través de qué sucesos mundiales, noticiosos, etc, siento que Dios me
ha dicho algo, me ha dado una misión?
¿No tendríamos que dirigir también en esta dirección a los que nos están
confiados? Si hoy no tenemos devocionarios, libros de meditación, el libro de la vida
está siempre a nuestra disposición.
San Nicolás de Flüe no sabía leer, y sin embargo llegó a ser un gran santo por
que supo leer claramente el lenguaje de Dios en la vida y en la naturaleza. De la misma
manera que queremos llegar a interpretar, imitar, observar, los caminos sabios de Dios
en el acontecer del mundo, en nuestra pequeña vida, para ser capaces de descubrir la
mano de Dios en los acontecimientos de nuestra Familia. Entonces podremos partir y
decir triunfantes: “es el Señor quien nos envía a altamar, no somos nosotros”.
Es cierto, el Señor necesita hombres que sean sus instrumentos. Pero detrás de
las causas segundas debemos ver con fervor, calor y fe a Dios, la causa primera. Yo soy
enviado, somos todos enviados, la Familia es enviada.
Se nos suele reprochar acerca de nuestra misión, el acentuarla quizás en
demasía. ¿Qué respuesta damos a esto? ¿No se basaron siempre en su misión los
apóstoles y profetas? Nosotras mismas nos asombramos de nuestra misión igual que
María Santísima “¿Cómo será esto…?” “y se quedó pensando en el significado de este
saludo”. También nosotros nos preguntamos a veces: ¿Será posible que una Familia tan
insignificante halla recibido tal misión? Y yo, con mis debilidades y mi pobreza ¿Estoy
incluida en la enorme corriente de esta misión? Eso me traerá muchas luchas interiores,
tantas, que quisiera repetir con el profeta: “no puedo, soy tan inútil…” Nos podemos
sentir débiles e impotentes, y se lo podemos decir siempre a la Santísima Virgen, pero
sin embargo debemos estar convencidas de nuestra elección. Y frente a los demás
permaneceremos firmes, con fe inderrocable en la misión. “Soy enviada”.
Y cuando estamos juntos tenemos que saciarnos- por decirlo así- de esta santa
conciencia de misión. ¿No tendríamos que ser hoy todos como San Juan? Uno debería
decir repetidas veces al otro: “¡Es el Señor!”.
Un estremecimiento sacude el alma al reconocer que el Señor nos ha elegido
para una tarea apostólica tan grande. El Señor nos llama, debemos echar nuestras redes.
“Como el padre me ha enviado, así yo os envío”. Y nosotros aceptamos el envío con
profunda humildad y gratitud.
b) Mirando hacia atrás, constatamos la conducción divina no sólo en nuestra propia
vida sino en el acontecer total de la historia de nuestra Familia. Sí, mi querida
Familia de Schönstatt. ¿No les parece que otra ocupación predilecta tendría que
ser recopilar todos los documentos que podamos conseguir sobre nuestra
Familia?
Esto corresponde a la interpretación con fe, de todos los acontecimientos; es
formar la fe práctica en la Divina Providencia. Tenemos la tarea de recopilar fielmente
la historia de las diferentes ramas, de estudiarla y de considerarla como una parte de la
propia historia de nuestra vida. Deberíamos ser expertas en este campo, teniendo
claramente ante nuestra vista los distintos hechos, viendo sobre todo el pensamiento
luminoso: “Dios en la historia de nuestra Familia”. ¡Así lo hicimos después de la
Primera Guerra, y cómo se ha cerrado ahora esta cadena de comprobaciones!.
Como esto es de tanta importancia para nosotros, quisiera agradecer a todos los
que se han esforzado en escribir fielmente la historia de nuestra Familia, ya sea en
Dachau o aquí. Y aquellos que pueden dedicarse exclusivamente a esta tarea, ¿no
podrían acostumbrarse a anotar críticamente cada día todos los acontecimientos?
Piensen en la comunidad de una Orden, ¡Cuán difícil resulta allí en encontrar en cada
casa un cronista! Y sin embargo, de cuánta importancia es esto, porque los
acontecimientos históricos son letras escritas por el Dios viviente que hoy o mañana
deberán ser leídas e interpretadas correctamente.
De este modo, creemos confiadamente que la red que hemos tomado en nuestras
manos, debemos llevarla y echarla por mandato del Señor. La arrojaremos en alta mar.
El mar se engrosa, las olas crecen… y –gracias a Dios- mientras otros están indecisos
frente a su tarea, nosotros no solamente estamos exteriormente unidos, no solamente
estamos equipados con toda una red organizatoria que se adapta al organismo de la
Familia, de la parroquia, de la diócesis, y de la Iglesia total, sino que sobre todo estamos
equipadas con esa fe inderrocable en la misión, con una compenetración por la misión,
semejante a la de los apóstoles. Después de haber trabajado toda la noche sin pescar
nada, se encuentran con un extraño. Exige fe tirar nuevamente las redes, solamente
porque Él lo dice. Ahora somos nosotros los pescadores, nosotros, con nuestra pobreza
y nuestras debilidades, y a pesar de todo, vamos al mar compenetrados por la misión. Si
hay algo que hoy quisiéramos pedir por intercesión de la Madre Tres Veces Admirable,
es la gracia de la fe en la misión, pero también la fe inderrocable en la Divina
Providencia.
Fe en la misión, fe en la Divina Providencia, estos deben ser los pilares
fundamentales de todo nuestro pensar; toda nuestra vida debe edificarse sobre ellos.
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¿Descubro a Dios a través de los acontecimientos de mi vida diaria y
también en lo que sucede en el mundo?
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Sugerencia: Preguntarse cada noche ¿qué regalo me hizo hoy Dios?
Anotarlo en una libretita.
Partiremos, pero antes quisiera interpretar brevemente otra imagen. ¿Cómo
podemos considerar nuestra organización? La segunda imagen que elegí es la del agua
corriente. El agua tiene que pasar por todo el pueblo. Pero ¿de qué sirve la cañería sino
está conectada con la fuente? Espontáneamente recordamos el Antiguo Testamento, la
ceremonia grande y hermosa del regalo del agua. Recordamos que Dios, a través de
Moisés, regaló a su pueblo el agua, al caminar durante cuarenta años en el desierto. El
Salvador se refiere a este acontecimiento al decirle a la pueblo: “Quien cree en mi
tendrá en su interior fuentes de agua viva”.
La cañería ha sido instalada, es cierto, pero siempre debe estar conectada a la
fuente. ¿Quién es la fuente? Permítanme que lo formule de la siguiente manera: desde el
punto de vista objetivo es Cristo mismo. Cristo es la fuente de nuestra misión y de
nuestra victoriosidad, la fuente de la cual queremos beber diariamente. Visto
subjetivamente, la fuente que alimenta diariamente las cañerías, es la vinculación
fervorosa a Cristo, tal como nos las enseña Schönstatt.
Por eso permítanme que ponga al comienzo del nuevo año la siguiente
expresión: “Intimidad schönstattiana con Cristo”. Espontáneamente pensamos entonces
en una imagen que usó San Bernardo: el sacerdote no debe considerarse solamente
como instrumento en el sentido objetivo, es decir, un instrumento por el cual pasa la
gracia sino que el mismo debe ser “gratia plena”, debe levar al mismo Cristo en su
interior, debe hacer suya una profunda intimidad con Cristo… Mi intimidad con Cristo
debe ser también la fuente de mi actuar como dirigente, la fuente de la cual emane
continuamente el agua que alimenta el depósito, a mi mismo y a toda la red de
organizaciones.
I) ¿Cómo debe ser la intimidad con Cristo?
Haré sólo un bosquejo. Aquellos que han vivido con la Familia, pondrán a Cristo
en manera muy profunda al frente del nuevo año, y su intimidad con Cristo debe llegar a
un alto grado, ser profunda y amplia.
a) Intimidad con Cristo en alto grado. Recordemos aquella frase que
usamos muchas veces en los comienzos de nuestra Familia: “con un
trozo de hielo no se enciende fuego” Así es: con hielo no se enciende el
fuego. Es una tarea inmensamente grande encender el mundo, no
solamente en el amor a Cristo, sino también en un amor apostólico.
¡Todo el mundo en un movimiento apostólico! Por favor, reflexionen
cuanta gracia necesitamos para que sea posible encender el mundo
entero. ¡Cuán fuerte debe ser entonces nuestro amor a Cristo! Resuenan
en nuestras almas las palabras que San Ignacio dijo a sus hijos: “Id y
encended el mundo”. Me parece que tendríamos que escucharlas hoy
nuevamente, cada uno de nosotros. ¡Qué impresión produce esto en
nosotros, que ya somos mayores, que conocemos las situaciones difíciles
de nuestro tiempo! ¿Tenemos el ánimo de escuchar hoy estas palabras?
cuando analizamos lo que debería significar espíritu apostólico, acción
apostólica, ¿Qué respuesta hayamos? Es un desbordante amor a Dios,
amor a Cristo. ¿Qué presupone el hacer de cada hombre un apóstol? Una
hoguera de amor a Cristo, a Dios.
Por eso mi amor a Cristo debe ser sumamente cálido. “Caritas Christi
urget nos” El amor a Cristo nos apremia. Es un torrente impetuoso que
rompe todos los diques. Dice San Pablo: “Nada me puede separar del
amor a Cristo”. Realmente nada. Todo lo que pudiese ser un obstáculo, se
transforma finalmente en alimento, en combustible en amor a Cristo. “El
amor a Cristo me apremia”¿No quisiéramos aspirar todos los días a
alcanzar ese amor a Cristo?
Nunca debemos edificar sobre arena. Cuando alguien construye una
torre, hace primero los cálculos. Por eso ¿no tendríamos que reflexionar
mucho? Si comenzamos la nueva construcción queremos darle alma,
poner agua en las cañerías, para que pueda llegar a todas partes.
Lógicamente buscaremos entonces, todos los días el contacto con la
fuente, todos los días dejaremos que corra el agua por los caños. Yo
mismo tengo que ser el canal y el depósito. Así debe ser.
b) Nuestro amor a Cristo no debe ser solamente cálido en alto grado, sino
que debe llegar también a la profundidad. Ahora me dirijo a aquellos que
han hecho la Insciptio. Cada una de ustedes debería decirse: “mi llamado
es una vocación y mi vocación una profesión de vida”. Si lo considero en
esa forma, entonces ya por motivos puramente apostólicos debería
aspirar a ser compenetrada interiormente de tal manera por Cristo, que
pueda decir, “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”.
¿Cuándo podremos decir esto de nosotras, cuándo reinará Cristo en
nuestro corazón, y no el propio yo? ¿No sucede muy a menudo todavía que
nuestras decisiones están influidas por el corazón y no tanto por la inteligencia y
la voluntad? ¡Cuántas cosas del subconsciente e inconsciente tienen influencia
en nuestras decisiones! ¡No sabemos cuántas decisiones se pre-deciden en la
vida subconsciente, cuántas motivaciones poco nobles influyen en nosotros!
Nuestro imperativo ha de ser: pureza, desprendimiento de nosotros mismos.
¿Quieren que lo exprese nuevamente en otra forma? ¿A qué debemos
aspirar si queremos ser instrumentos? Y ser instrumentos significa estar
desprendido de si mismo y entregado totalmente al Maestro de la Obra,
pertenecer totalmente a Dios y a su Obra. Pero, cuántas veces debemos confesar:
el corazón habla otro lenguaje, el corazón sigue sus propios caminos.
-
El Padre aquí nos enseña que quien posee nuestro corazón es el dueño
de nuestras decisiones… ¿le he regalado realmente mi corazón a la
Mater? ¿qué puedo hacer para que esta entrega sea cada vez más real,
más concreta?
No en vano hemos formulado la expresión: “Inscriptio cordis in cor”. La
fusión de corazones influye más profundamente que una decisión volitiva. Pues
generalmente, en cuanto al apostolado, nuestro corazón puede ser llevado por
motivaciones innobles. Y es algo tan hermoso poder desplegar las capacidades
creadoras interiores, poder satisfacer siempre más el apostolado, en la formación
del hombre, la voluntad creadora que está arraigada en el corazón. Pero este no
debe ser el impulso y la fuente última y más profunda. El corazón se debe librar
de las motivaciones innobles, sino nuestro apostolado es, en lo más hondo, sólo
autosatisfacción.
“No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”. Algún día llegaremos
a pensar clara y objetivamente y a poder decir: realmente sólo Cristo vive en mí
y no el propio y pequeño yo. Me parece que en nuestro círculo lo podría decir,
porque queremos llegar hasta la profundidad: ¿cómo es la primera reacción en
situaciones desagradables? Cuando no soy honrada suficientemente, cuando me
causan sufrimientos… Sabemos por experiencia cuan poco veraz e impulsivo es
muchas veces nuestro corazón. Solamente nos podemos liberar de los prejuicios
negativos y de impulsividad, si cultivamos el amor al desprecio, a la cruz y al
sufrimiento- Pero, por favor, no olviden nunca que esto no es posible sin un
milagro moral.
Nos engañamos a nosotros mismos y a los demás, mientras no logremos
practicar tan profundamente el amor a Cristo, de modo que realmente se dé una
fusión de corazones. ¡Cuántas han comenzado a hacer las obras más grandes en
el apostolado, pero cuántas se han olvidado de ir hacia la profundidad! Por eso
tarde o temprano sucumben. Ellas mismas destruyeron la obra que había
levantado.
Intimidad con Cristo… Eso significa vivir la Inscriptio. Me parece que
deberíamos hacer de ello nuestro programa de vida. Que al hablar de ello no nos
quedemos en palabras o en un mero entusiasmo. ¡Cuantas palabras grandes
pronunciamos y cuan rápidamente caemos en la vida diaria! Por lo tanto vivir la
fusión de corazones, no solamente hablar de ella.
c) Nuestra intimidad con Cristo debe abarcar todo
aa) Debe formar mi vida, debe encender en mí la fuerza y la alegría del
sacrificio- “El amor de Cristo nos apremia”. El amor afectivo debe
volverse amor efectivo. Así como un molino mueve las aguas, tiene que
impulsarnos a la santidad de todos los días. Debe dar alma al día de
trabajo de la joven, de la mujer, del muchacho. En adelante nuestra
juventud debe educarse más concientemente, y eso no solamente en la
formación de la personalidad, sino también en el perfeccionamiento de la
profesión. Nosotros tenemos un campo muy amplio de educación. Todo
el hombre debe ser formado. Nuestra juventud debe comprobar que el
amor a Cristo es capaz de dar el sello a la vida diaria, a todas nuestras
expresiones, a nuestro comportamiento. Nuestra vida debe comprobar
que Cristo vive en el mundo, en nosotros. Si no es así, entonces todo
nuestro aspirar es un autoengaño. Siempre nos da mucho que pensar
aquella juventud que ha experimentado casi todas las impresiones, que
logró todas las alturas, pero sin haber elevado al hombre total, sin haberlo
formado enteramente. Eso es sumamente peligroso porque entonces no
será difícil encontrar algo capaz de penetrar el alma. Por lo tanto: el paso
del idealismo al realismo es indispensable. Por eso el amor a Cristo debe
ser un amor que abarca todo, o, mejor dicho, que nos transforma
totalmente.
bb) Abarca todo porque nos conduce hacia las profundidades del amor
del Padre Dios, nos eleva al Espíritu Santo. Pueden encontrar
algunos pensamientos sobre esto en la oración del Jefe. (Hacia el
Padre, pág.127). Allí se señala la gran meta de toda la educación.
Queremos abrazar no solamente el misterio de María y de Cristo,
sino también introducirnos en el misterio de la Trinidad. No es
suficiente que diga: “a lo mejor yo también lo lograré alguna vez”.
No, esta meta debe encontrar eco en toda nuestra personalidad y
debemos aspirar a ella concientemente. Nosotros, estamos aquí; en
calidad de dirigentes, debemos tener en claro las grandes
conexiones.
cc) También en una tercera dimensión el amor debe abarcar todo. Tiene
que volverse intimidad con los hombres, es decir, el amor a Cristo
debe llevarnos a amar a los hombres. Nos tiene que impulsar hacia la
altura, la profundidad y la amplitud… Esta intimidad con Cristo que
consideramos como la fuente subjetiva de la cual surgen
continuamente las aguas…
2) ¿Cómo debemos cultivar la intimidad con Cristo en este nuevo año?
a) ¿No tendríamos que leer más a menudo la Sagrada Escritura? ¿No tendríamos
que leer con más frecuencia libros sobre Cristo, para poder conocerlo y amarlo
más? Si queremos ejercitarnos en el amor, el sagrario debería ser nuestro lugar
predilecto, el lugar donde descansa el apóstol. La Santa Misa, el centro de toda
nuestra vida. Nuestro amor al prójimo, expresión de nuestro amor a Cristo. Si
queremos comprobar que amamos a Cristo, tenemos que probarlo por el
auténtico amor fraternal. En esta relación puedo pedirles que tomen en serio
todo lo que la Familia nos enseña con respecto a la autosantificación, o sea,
tomar en serio el horario espiritual y revitalizar el control por escrito.
b) También quiero señalarles algunos puntos prácticos: traten de que aquellas
personas a las que ustedes forman, adquieran una santa autonomía, y sepan
ayudarse a sí mismas también en cuestiones interiores. Si existe una conducción
sana dentro de nuestra Familia, entonces no necesitaremos mucha dirección
espiritual. Durante los años pasados, nuestra juventud fue conducida de un modo
ideal, y no necesitó hablar mucho de dirección espiritual. Si me confieso
sanamente, es decir, si digo también dónde están los motivos de mis faltas, si
busco alguna vez un poco de consuelo, está bien, y por lo general eso sería
suficiente. No queremos despertar necesidades superfluas, sino educar a la sana
autonomía. Vivimos en el mundo y debemos ser formadas para el mundo, de
modo que por lo general encontremos solas el camino, apoyándonos en las
costumbres y en el espíritu de la Familia.
Permítanme que recalque un segundo aspecto ¿No les parece que al decir
que el amor a Cristo abarca todo, nuestro amor a Cristo nos debería conducir a
imitarlo en su abnegación? Quiero llamar la atención sobre esto, porque hoy día las
necesidades corporales y económicas son muy grandes. Existe el peligro de que
actualmente nos ocupemos mucho del estómago. Hasta cierto punto es necesario,
pero es difícil encontrar el término medio. Por una parte debemos preocuparnos por
el bienestar físico, y por otra, nos debemos hacer ampliamente independientes de
estas cosas. Esto sólo es posible si estamos arraigadas profundamente en el mundo
sobrenatural. “Vuestro andar sea en el cielo”. Si estamos allí totalmente en casa,
entonces nos podemos preocupar por lo material sin temor de que nuestra alama se
pierda.
Otro aspecto más: ¿No deberíamos ser algo así como una estación de
servicio de caridad? ¿No deberíamos ayudar a los demás económicamente y también
preocuparnos por cada una como si esa fuera nuestra profesión? Son tareas nuevas.
El auténtico amor a la Familia nos debería hacer ver muchas cosas.
Resumo: la cañería debe estar conectada con la fuente. Por eso: ¡Intimidad
con Cristos! Pero no solamente en un sentido amplio. La meta debe ser lograr que
nuestra intimidad con Cristo tenga un sello marcadamente schönstattiano.
3) ¿Cómo es la intimidad con Cristo marcadamente schönstattiana? Es
vivir la unión con Cristo en unión vital con la Madre Tres Veces Admirable de
Schönstatt. Con esto volvemos otra vez a un terreno conocido, a algo que nos es
propio. La Santísima Virgen es el regalo más grande que Schönstatt ha recibido,
pero siempre tenemos que ver a María en su totalidad. Por lo tanto: ¿Cómo lo vemos
en este nuevo año? No solamente con su grandeza y su posición maternal frente a
nosotros, sino también con su ser dirigido y orientado totalmente hacia Cristo.
“Descendat Maria, Sponsa et Consors Christi, ut fiat terra sacta Mariana”. Vemos a
la Madre de Dios enteramente unida a Cristo. Nuestra tarea debería ser, en adelante,
ver siempre en forma más clara la unidad de estas dos personas. Por favor, fíjense
cómo expresamos esto en las oraciones de Dachau. Presten atención a la oración
final: “Quiero ponerte en la hondura de mi alegre corazón…” o en la duodécima
estación: “Ahora estas suspendido entre cielo y tierra…”
“Lo que Dios ha unido, el hombre no lo separe”. La Santísima Virgen es el
gran regalo que queremos conservar en Schönstatt, pero la queremos ver siempre
como Portadora de Cristo y como la que nos trae a Cristo, como la formada según
Cristo, y la que forma a imagen de Cristo. De aquí nace el pensamiento central, el
hilo rojo que atraviesa todas las oraciones del “Hacia el Padre”. “Haz que en santa
‘trialidad’ vallamos –en el Espíritu Santo- hacia el Padre” ¿Quién es la santa
‘trialidad’? Yo, (cada uno de nosotros), la Madre de Dios y Cristo. Cuán acertadas
son las palabras de San Pío X cuando nos dice que el amor a María nos media una
“vitalis Dei et Christi cognitio”, es decir, un conocimiento vital de Dios y de Cristo.
Por eso: “Descendat Maria, Sponsa et Consors Christi”. Así como María le
pertenece a Cristo, así como Ella entrega toda su fuerza vital a Cristo y a su obra,
también nosotros tenemos que ver en adelante nuestra tarea unida a Cristo y a
María. Esto nos exige una intimidad con Cristo marcadamente schönstattiana.
-
Intercambiar cómo ha crecido mi relación con Cristo desde que entré a
Schoenstatt. ¿En qué se ha fortalecido, profundizado, etc?
Nosotros, que poseemos una imagen vivencial de Cristo y de María,
sentimos la necesidad de salir y llevarla a todas partes. Somos responsables de que
nuestro pueblo y nuestra patria entera se inclinen ante estas dos imágenes.
“Descendat María…” En nuestro pueblo, y su angustia toca profundamente nuestro
corazón y nuestra alma. En relación a esto, leamos lo que está escrito al final del
acta de fundación. Esas palabras se harán realidad cuando consagremos de nuevo
nuestro pueblo y nuestra patria a Cristo. En nuestra patria se ha producido un vacío.
¿Por qué? Por que se ha prescindido de Cristo, ¿Quién puede devolver al pueblo la
imagen de Cristo? Solamente María, su Madre. Cristo quiere que lo encuentren en
los brazos de su Madre.
¿No quisiéramos compenetrarnos nuevamente de un amor grande por
nuestro pueblo y nuestra patria? Ese amor a la patria está expresado claramente en
una oración de Pedro Canisio: “Oh Señor, Tú sabes cuántas veces y cuán
fuertemente me has encomendado mi Patria…” yo también puedo hacer mías estas
palabras. Ahora, al ver que nuestro pueblo está nuevamente en peligro, comprendo
mucho mejor estas palabras: “Oh Señor, Tú sabes…” si nuestro pueblo y nuestra
patria, con todo lo bueno que posee, perteneciera otra vez a Cristo, tendría influencia
en todo el mundo…
“Oh Señor, Tú sabes cuántas veces y cuán fuertemente me has
encomendado mi Patria…” y continúa Pedro Canisio: “…para que me brinde
totalmente a ella y no desee otra cosa que entregarme por ella, vivir y morir por
ella”. Con eso no queremos restringir nuestra vocación apostólica. La acción
apostólica debe llegar hasta los confines del mundo. Pero Dios habla por las
circunstancias: si hemos nacido en esta tierra, entonces este pueblo y esta patria
deben ser en manera especial el objeto de nuestro amor apostólico. Es este el hijo
que Dios quiere depositar hoy en nuestros brazos, poner sobre nuestros hombros, en
nuestras manos y en nuestro corazón. “Descendat María…”.
Debemos volver a ser pequeñas Marías, pero pequeñas Marías cristiformes
y que forman a los demás a imagen de Cristo. Cristo debe estar en todo lo que
hacemos. Cristo debe estar en el centro. Por eso: si Schönstatt quiere poner un lema
al comienzo del año, es: “Intimidad con Cristo en forma marcadamente
schönstattiana”. El nuevo hombre debe ser formado no solamente en Cristo, sino en
Cristo y María. La santa ‘trialidad’ debe ser nuestra tarea. “Sancta terra mariana”
(tierra santa y mariana). Cuando nuestra patria sea otra vez formada por Dios como
la Virgen, cuando sea cristiforme y dé forma a Cristo, entonces le será devuelta su
misión original.
Con esto hemos visto las tareas que tomamos sobre nuestros hombros
débiles. Agradezcamos por nuestra misión. No somos dignos de ella…
¿Pedro Canisio no ha tenido una misión similar a la nuestra? Permítanme
que repita hoy: el mundo clama por un gran hombre, que lo saque del abismo, pero
posiblemente espere en vano. Parecería que Dios quiere redimir al mundo a través
de la mujer. La gran mujer, es la mujer formada a imagen de Cristo y que da forma a
Cristo: La Santísima Virgen. Escuchen el mensaje de Fátima, el llamado de los
Papas: La gran mujer, la gran Mujer revestida de sol, la aplastadora de la serpiente,
es Ella la que debe salvar el mundo, la que lo debe sacar del abismo, la que debe
elevarlo y devolverlo a Dios. Pero ella no lo quiere realizar sola: busca
instrumentos. Esta siempre ha sido nuestra misión y hoy nuevamente queremos
asumirla conscientemente: queremos ser instrumentos, los instrumentos más
perfectos posibles. En las manos de nuestra Madre Tres Veces Admirable de
Schönstatt, queremos ser sus instrumentos elegidos. ¿Para qué? Para formar en
Cristo a nuestro pueblo, a nuestra patria.
¿No queremos darnos la mano? ¿No quisiéramos sentirnos responsables de
que el agua de la intimidad con Cristo –marcadamente schönstattiana- corra por las
cañerías? Sabemos lo que debemos hacer. Buscaremos continuamente el contacto
con Cristo y con la Madre de Dios. Pero también queremos agradecer cada día por
todo lo que el buen Dios no ha regalado y prometerle en el sentido de la misión:
“Sea Dios mi testigo, séquese mi diestra,
Schönstatt, si de ti me olvido”.
No es solamente una confesión, sino también una súplica, un pedido.
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