Texto 1. EL DOMINIO EN ARISTÓTELES “Aristóteles diferencia

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Texto 1.
EL DOMINIO EN ARISTÓTELES
“Aristóteles diferencia entre dominio y poder. Dominio es una forma del
poder en la que hay roles fijos o funciones; en la que los amos mandan y los
esclavos obedecen; donde los roles no pueden intercambiarse: los mismos
sujetos desempeñan siempre las mismas funciones. El dominio es el poder
despótico[1].
Su
estructura
es
rígida
y
asimétrica.
Para Aristóteles, la mejor o más perfecta relación de poder es la política, en
la que los que mandan y los que obedecen no son siempre los mismos, sino
que van rotando en el ejercicio de las magistraturas. La política es la relación
de poder propia de los hombres libres, de la condición del ciudadano. Si la
lógica de la comunidad doméstica se traslada a la comunidad política, ésta se
desnaturaliza. Pero no podría haber una comunidad de hombres libres, es
decir, una comunidad política, si no hubiese unos hombres que dediquen sus
vidas al trabajo, posibilitando el ocio que requiere el ejercicio de la libertad
de los otros. Para Aristóteles, el poder y el dominio nunca podrían ser
equivalentes, pero son, en cierto sentido, complementarios: puede haber
hombres que intercambian roles porque hay otros que tienen roles fijos.
Podría plantearse si la teoría aristotélica aporta categorías para comprender
lo que sucede en las sociedades modernas. En cierto sentido, se puede decir
que las relaciones descriptas por Aristóteles existen y son funcionales en el
sistema capitalista. Éste funciona porque no todos tienen vocación de ser
hombres libres o no todos pueden ser hombres libres.
Para Aristóteles, tanto las relaciones de poder como las relaciones de dominio
son naturales[2], es decir, de acuerdo a la naturaleza de las cosas. El dominio
no tiene una valoración negativa, sino que es una forma de relación inferior a
la política. Lo que tiene valoración negativa para Aristóteles es lo que es
impedido en su desarrollo o apartado de su curso natural. Lo negativo es que
un ser no desarrolle todas sus potencialidades por un impedimento exterior.
Sin embargo, Aristóteles diferencia también las distintas formas de gobierno,
posibles e históricas, en que los hombres libres han organizado sus relaciones
de poder. Dentro de estas formas políticas de poder establece una
jerarquización valorativa desde la monarquía (la mejor) hasta la tiranía (la
peor). La jerarquización valorativa, como la distinción entre las tres formas
legítimas de gobierno y las tres ilegítimas, es efectuada en base a su relación
con el bien común, que es el fin de toda comunidad y de todo gobierno de la
comunidad. En las formas legítimas, el que manda lo hace en función del bien
común, mientras que en las formas ilegítimas, lo hace en su propio beneficio,
como el déspota en la esfera doméstica. La ilegitimidad en la esfera política
consiste en su degradación a la esfera doméstica. Es natural la persecución
del bien propio en la comunidad doméstica, pero es ilegítimo hacerlo en la
esfera política. El despotismo en la esfera política es antinatural.
Aristóteles conjuga una perspectiva puramente lógica con una perspectiva
empírica. Desde el punto de vista lógico, una comunidad de hombres libres
sólo puede tener tres formas de gobierno: el gobierno de uno solo
(monarquía), el gobierno de algunos (aristocracia) o el gobierno de todos
(democracia). Formal y abstractamente, a partir de las características propias
de cada una de las tres formas posibles, establece una jerarquización,
ponderando defectos y virtudes, ventajas y perjuicios. Este orden jerárquico
es: monarquía, aristocracia, democracia (formas legítimas), demagogia,
oligarquía y tiranía (formas ilegítimas). Abstractamente, es decir, sin tener en
cuenta las condiciones particulares histórico-culturales de cada comunidad, la
mejor forma es la monarquía. Pero de acuerdo a las circunstancias y
condiciones particulares de cada comunidad habrá que determinar cuál es la
mejor forma de gobierno en esas condiciones. A partir de la clasificación
lógica es posible ordenar y estudiar las formas históricas con los datos
empíricos disponibles.
Toda comunidad está dirigida a algún bien[3]. El bien de la comunidad
doméstica es garantizar los niveles elementales de la vida: la manutención y
la reproducción. Las lógicas de lo político y de lo doméstico están
diferenciadas y separadas. Es en la época moderna, que la lógica igualitaria
de lo político[4] comienza a invadir las otras esferas de la vida y a cuestionar
las
relaciones
diferenciales
consideradas
naturales.
Paralelamente, las nuevas ciencias comienzan a alterar el concepto mismo de
naturaleza. Si las concepciones antiguas de la naturaleza suponían diferencias
cualitativas, la concepción moderna comprende a la naturaleza como
homogeneidad y a las diferencias como cuantitativas. La distinción entre el
mundo supralunar y el sublunar se disuelve al formularse una legalidad única
para todo el universo. La unificación y homogeneización de la naturaleza se
extiende al ámbito de lo humano y de lo político, y desde allí a lo social y
económico. La economía se convierte en una esfera dentro de la política. La
economía nace como economía política.
Mientras que las luchas emancipatorias, las luchas contra la dominación, se
desarrollaron en la modernidad como efecto de una extensión de la esfera
igualitaria de lo político hacia las otras esferas, se entendió por dominación
toda extensión, inversamente a la consideración anterior, de las lógicas
diferenciales
y
no-igualitarias.
Pero, por otro lado, el concepto de naturaleza en la modernidad, mantiene un
significado que ya estaba presente en la época antigua: lo que es siempre lo
mismo, lo necesario. En este sentido, lo natural es lo que se opone a lo
histórico. La igualación de las condiciones políticas muestra que estas
relaciones no son naturales. La economía política clásica pretenderá que las
relaciones políticas son históricas y contingentes mientras que las económicas
son naturales y necesarias. Es este significado no cuestionado durante los
primeros siglos de la modernidad el que se hará manifiesto y será objeto de
crítica a partir de Hegel y Marx (por no mencionar al italiano Giambattista
Vico, cuya obra fue ignorada hasta hace poco).
Moreau destaca la preocupación aristotélica por que la economía (la esfera
doméstica) no se saliera de sus límites: posibilitar la vida de la comunidad
política. La crítica más inmediata que podría hacerse a la sociedad actual
desde el punto de vista de Aristóteles sería, precisamente, que la economía se
ha salido de órbita y ha invadido todas las esferas de la vida de la comunidad.
En este sentido, la crítica habermasiana, que busca poner límites a las
diversas lógicas de lo social, sigue la tradición aristotélica y kantiana. La
sociedad capitalista actual supone que el consumo es la forma básica de toda
relación social y no admite otras. En cambio, una postura aristotélica
sostendría que el consumo es lícito dentro de ciertos límites, es lícito como
condición de posibilidad de otras formas de relación “mejores”: las relaciones
políticas. No puede suprimirse el consumo, porque hay una tendencia natural
a consumir, pero tampoco se puede admitir que invada las demás esferas”.
[1] Max Weber utilizó el término “patriarcalismo” para referirse a la autoridad
del señor sobre la comunidad doméstica que define el tipo ideal puro de
dominación tradicional.
[2] “Hacia el siglo vi a.C., este nuevo desarrollo [del comercio y los contactos
culturales] había llevado a la disolución parcial de las viejas formas de vida e
incluso a una serie de revoluciones y reacciones políticas. Y no sólo provocó
múltiples tentativas de retener el tribalismo por la fuerza, como en Esparta,
sino también aquella gran revolución espiritual que fue la invención de la
discusión crítica y, en consecuencia, del pensamiento libre de obsesiones
mágicas. Al mismo tiempo se descubren los síntomas de una nueva inquietud.
La tensión de la civilización comenzaba a hacerse sentir. [...] La tensión se
halla íntimamente relacionada con la tirantez entre las clases, que surge, por
primera vez, con la caída de la sociedad cerrada. Esta no conoce, en realidad,
ese problema. Por lo menos para los miembros que desempeñan el gobierno,
la esclavitud, las castas y el gobierno de clase son «naturales», en el sentido
de que a nadie se le ocurriría cuestionarlos” (Popper, K.: La sociedad abierta
y sus enemigos, Barcelona, Editorial Planeta-Agostini, 1992, pp. 173-4).
[3] El concepto de dominio en la modernidad está indisolublemente ligado al
de autonomía individual y ésta es impensable en la antigüedad, ya que se
parte del supuesto de que todo individuo es lo que es en y por la polis
(comunidad) a la que pertenece. El desarrollo de la autonomía individual
supone el desarrollo de su condición de posibilidad: la sociedad civil.
[4] En realidad, se trata de una lógica político-religiosa, porque la igualdad de
los hombres libres (en lo político) se cruza con la igualdad de todos los
hombres llamados a la salvación y redimidos por Cristo. Es significativa la
lectura hegeliana de la Reforma como el punto de ruptura con la antigüedad.
Ricardo Etchegaray
(Dominación y política, La Plata, Ediciones Al Margen, 2000, pp. 14-16)
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