CORROMPER LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA XIMO BOSCH

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CORROMPER LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA
XIMO BOSCH GRAU
21-11-06. LEVANTE
Huele a podrido en los parajes del reino. Desde las pedanías más
remotas hasta las poblaciones de mayor alcurnia, la plaga de la corrupción se
extiende con virulencia, como una metástasis galopante que avanza sin
respetar las normas más elementales del decoro. Los ciudadanos están
asistiendo con perplejidad a un cúmulo de indecencias que no cesan de aflorar,
ante las conductas de determinados políticos instalados en la embriaguez del
poder y la voracidad de una especulación urbanística que afea nuestro paisaje
y reparte dinero a maletines llenos. Y el desaguisado se acentúa cuando
algunos líderes políticos invocan la presunción de inocencia y afirman que
ningún acusado de corrupción debe abandonar su cargo hasta que se dicte una
sentencia firme de condena.
Sin embargo, dicha perspectiva incurre en una arbitraria confusión entre
las nociones de delito y de inmoralidad, al ignorar que numerosas conductas
censurables no se encuentran tipificadas en el Código Penal. En este sentido,
pueden no ser delictivas actuaciones como recalificar un terreno para favorecer
a un familiar o adjudicar una concesión a unos amigos al margen de las normas
administrativas, pero se trata de comportamientos poco éticos que debieran
implicar responsabilidades políticas. El derecho penal se utiliza como última
ratio y sólo castiga las conductas más graves, ante la severidad sancionadora
de las penas privativas de libertad o de otros derechos. Por ello, con
independencia de que se decrete o no el signo delictivo de determinadas
conductas inmorales, la admisión o evidencia de las mismas habría de
traducirse en las lógicas consecuencias políticas. Lo contrario significa jugar
con las cartas marcadas, a sabiendas de que el sistema de recursos instituido
como garantía de los acusados permite dilatar los litigios durante varios años,
con lo que se consigue eludir la asunción de responsabilidades ante hechos
injustificables, al margen de que merezcan un reproche penal.
Además, parece olvidarse que la presunción de inocencia representa un
principio rector del proceso penal cuyo contenido no resulta aplicable
miméticamente a otras ramas del ordenamiento jurídico y que no puede
trasladarse con una simplicidad tan interesada a la arena política. Como ha
señalado el Tribunal Constitucional, la presunción de inocencia implica que una
persona acusada de una infracción penal no puede ser considerada culpable
hasta que así se declare en sentencia de condena, a través de una actividad
probatoria suficiente y practicada con la observancia de las garantías
procesales. En este sentido, al inculpado no puede exigírsele en el proceso
penal la carga de demostrar su inocencia, pues dicho deber corresponde a la
acusación, lo cual ha de relacionarse con los derechos fundamentales a no
confesarse culpable y a no declarar contra uno mismo, también regulados en el
artículo 24-2 de la Constitución. Es decir, el derecho a guardar silencio o el
derecho a la presunción de inocencia, interpretados desde esta óptica, resultan
aplicables al derecho penal o administrativo sancionador, al suponer garantías
esenciales frente a la actuación punitiva estatal; no obstante, carecen de
encaje en espacios diferentes y no pueden extrapolarse de forma tendenciosa
a supuestos para los que no han sido configurados.
Por ejemplo, en el proceso civil la negativa a declarar o las respuestas
evasivas del demandado permiten al tribunal considerar probados los hechos
alegados por el demandante, a diferencia de lo que ocurre en la esfera penal.
En el ámbito político, la gestión de la administración pública está presidida por
los principios de objetividad y transparencia, y ello obliga a los acusados de
corrupción al comportamiento activo de efectuar una aclaración suficiente de
las imputaciones de irregularidades, sean o no delictivas. Si se evidencian
inmoralidades, ello debería comportar la asunción de responsabilidades, sin
que resulte admisible el derecho a guardar silencio o un uso fraudulento de la
presunción de inocencia, derechos que sí podrá esgrimir el mismo acusado en
el proceso penal. En el debate político nos ubicamos en un terreno ajeno a las
categorías penales o de derecho sancionador, pues el proceso se rige por
normas jurídicas y la honestidad en la gestión pública por reglas éticas. Y,
ciertamente, en Marbella nadie ha esperado una sentencia firme para exigir
responsabilidades políticas.
En consecuencia, la credibilidad de las instituciones queda erosionada
por determinadas concepciones que constituyen una adulteración del principio
de presunción de inocencia, una instrumentalización interesada de la justicia
como escudo protector, un pretexto para no abordar la imperiosa regeneración
ética que debería surgir ante los casos de corrupción. Dejemos a nuestros
tribunales que continúen con el trámite de las toneladas de folios que
desbordan las oficinas judiciales; pero no les asignemos la inasumible
competencia de que diriman las responsabilidades políticas, pues nuestros
juzgados ya tienen bastante con esclarecer las penales. Sin duda, deben ser
las fuerzas políticas las que se encarguen de baldear con energía sus establos
cuando sea necesario, sin desviar la atención con subterfugios sobre principios
inadecuados.
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