El silencio de las - Goethe

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Concurso STADT: historias de la gran ciudad
El silencio de las campanas
Género: crónica
Seudónimo: Mambrú
A este Papá Noel le robaron una campana. No sabe cuándo sucedió, pero
todavía le brillan los ojos de dolor al recordar que debió ser una
madrugada de un mes que pudo ser cualquiera. Si hubiera sido en
Semana santa o en Navidad a lo mejor se acordaría. Tampoco sabe para
qué se la robaron.
- Algún día se encontrará en una finca -, dice con su boca casi invisible
entre las nubes de su barba.
Tiene la sospecha de que algún coleccionista sin escrúpulos debió
encargar a los ladrones la campana como una pieza más para decorar su
casa de campo, pero nada se la confirma. Le entrega un dulce a un niño
que viene vestido de vaquero, sonríe para una foto que toma la mamá
del niño con la cámara del celular, y vuelve a su cara de seriedad para
afirmar que también sospecha que la policía haya sido cómplice del robo.
La iglesia de Santa Bárbara fue construida para agradecerle a la
“Abogada de las tormentas, las tempestades, los truenos y la buena
muerte”, su primer milagro en la recién fundada ciudad de Santafé de
Bogotá. Cuentan que en el año de 1565 un rayo cayó sobre la estancia de
don Lope de Céspedes y su mujer doña Ana de Vázquez. La pareja y su
prole se salvaron y sólo pereció en el suceso una esclava negra de
nombre Cornelia. No se sabe si por su raza, por su condición de esclava,
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o porque su nombre evocaba apenas a una mártir desconocida, la
víctima no fue considerada en el homenaje. En cambio, como
agradecimiento a la intercesión de su salvadora, estos buenos cristianos
decidieron echar al suelo las paredes chamuscadas de su casa y levantar
el templo que permanece en el mismo lugar, a pesar del paso de los
siglos.
A diferencia de otras iglesias, la de Santa Bárbara contaba con un
campanario construido sobre un terreno plano aledaño a la iglesia, y allí
se habían instalado en el siglo XIX las campanas que habían sido
fundidas en tiempos coloniales, como podía comprobarse en la fecha que
dejaron inscrita los encargados de su fundición. Esa fecha, así como el
origen de las campanas, hacen parte de esos recuerdos refundidos en la
memoria del padre Cesar Castillo, quien fuera su párroco entre 1997 y
2003.
Vestido de papá Noel para una celebración de Halloween con los niños
de su actual parroquia, el padre Castillo intenta recordar algunos de los
detalles de aquel campanario que tuvo, como los otros de las iglesias del
centro de la ciudad, la función de regulador del tiempo y de señal sonora
para recordar los deberes, divinos y humanos, a los habitantes de la
antigua capital.
Era costumbre que las campanas también llevaran la inscripción de los
santos patronos convenidos por los donantes: María, Joaquín o Pablo
bien podían ser sus nombres. Cada una tenía un peso diferente medido
en arrobas, según el tono que se quisiera lograr con el repique. Entre más
grande el juego de campanas mayor era la armonía que formaban cuando
las tocaban. Casi siempre eran cuatro. Por último, antes de guindarlas del
campanario, un obispo se encargaba de consagrarlas en una ceremonia
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que incluía, además de unciones, inciensos y salmos, una oración que
decía: “Taño en los funerales, rompo los rayos, llamo al descanso, excito a
los lentos, disipo a los vientos, perdono a los sanguinarios”. Todos estos
detalles seguramente eran desconocidos por los ladrones del campanario
de Santa Bárbara.
Es de suponer que esas mismas campanas debieron salvarse de terminar
convertidas en balas de cañón durante las decenas de guerras,
sublevaciones y levantamientos que se han vivido en estas tierras
durante los últimos cuatro siglos- y que todavía no terminan-, como
sucedió con otros tantos campanarios. También debieron cumplir la
pacífica función de alarma durante los incendios, epidemias o
inundaciones, al tiempo que convocaban a los vecinos, a través de su
tañido, para los bautizos, casorios o defunciones que se celebraban en la
parroquia. “Material de guerra”, “símbolo de paz” o “lengua del
predicador”, como quiera que se les considere, habían resistido muchas
pruebas para las que no habían sido consagradas, pero no superaron esa
última que traería el cambiar de los tiempos.
El campanario de la iglesia de Santa Bárbara, -la de los pobres, la del
centro, porque la de Usaquén es la de los ricos-, como dice jocosamente
su actual párroco, había sido baleado durante las revueltas que siguieron
al nueve de abril. Los vecinos cuentan que la policía -y hasta algunos
curas simpatizantes del gobierno conservador- habrían utilizado su
altura para atrincherarse como francotiradores y disparar contra la turba
que se dirigía por la carrera séptima, desde la plaza de Bolívar hacia el
sur. No es coincidencia que ese mismo uso se le haya dado a los
campanarios en todas las guerras libradas a lo largo y ancho del mundo.
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- El ejército llegó con tanques para desalojar el campanario dos días
después -dice el padre Castillo sin inmutarse ante la barbarie descrita en
esa frase, al tiempo que bendice a otro niño disfrazado, con una mano
blanca, casi sobrenatural, que recuerda a la del papa. Los tiros de cañón
empleados para desalojar a los francotiradores obligaron la demolición
de la torre del campanario. Las campanas baleadas fueron retiradas y
sólo se conservaron dos campanas grandes colocadas al costado sur de la
iglesia, en una espadaña construida años más tarde. Una de esas
campanas todavía existe, la otra fue la que se robaron.
Para sustraer la campana fue necesario trepar el muro de la iglesia,
poner un andamio o utilizar una escalera y subir mínimo dos hombres
fornidos para bajarla. El hurto se hizo desde un lote pegado a la iglesia,
que sólo era visible por los policías que estaban de turno en la estación
que queda justo enfrente. Hubo guardias durante toda la noche. El robo
tuvo que ser entre las dos y tres de la madrugada, cuando el silencio era
lo único que rondaba por la calle. Por la mañana, cuando el padre Castillo
descubrió el robo – quizás porque el brazo musculoso del sacristán se
encontró halando una cuerda sin badajo que respondiera y fue a poner el
denuncio, la policía no parecía muy interesada en indagar sobre los
hechos. Allí termina para Papá Noel su cuento, pero en ese mismo punto
comienza el misterio de la justicia divina.
El vicario de la zona, su superior, consideró que era el colmo del
descuido que se hubiera dejado robar la campana. Al poco tiempo el
padre Castillo es trasladado de parroquia, y el mismo vicario que lo había
juzgado sin piedad, como juzgan los hombres, es quien viene a
reemplazarlo. Pero como Dios no castiga ni con palo ni con rejo, el
vicario también es víctima de los delincuentes y le roban una reja de la
iglesia.
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-Mi Dios es grande, dice el padre Castillo al recordar ese acto de justicia
divina. Yo le dije al vicario: entonces la reja se perdió también por
descuido suyo.
El sacristán que en el presente acompaña al padre Castillo, y que hasta
ahora había escuchado el relato barriendo silencioso los restos que la
fiesta infantil ha dejado en las lozas de la iglesia, parece sonreír.
El tañido de las campanas durante siglos estuvo asociado a la necesidad
humana de medir el tiempo. “Por lo general, el campanario indicaba a la
gente la mañana, el medio día y la tarde, que eran los momentos no sólo
correspondientes a la jornada diaria, sino que también estipulaban el
tiempo para las plegarias”, según dice un historiador eclesiástico. Otro,
precisa que se llamaba “toque de Aurora” al que se hacía al despertar;
“triple repique”, al llamado a cada misa; “ángelus”, al toque del medio día
y la tarde, y “tañido de ánimas”, al toque de las ocho de la noche, para
anunciar la hora de irse a dormir. También había iglesias, como la
Catedral primada de Bogotá, que cada hora hacían sonar las campanas
del reloj. Cuentan los viejos habitantes de la ciudad que mientras los
“cachacos”, los de reloj de bolsillo con cadena, cuadraban la hora con
precisión cuando las escuchaban sonar, las beatas corrían a la iglesia
para la misa. Los tiempos han cambiado.
La función de campanero era cumplida en las iglesias por un sacristán,
que en el caso de la iglesia de Santa Bárbara, cuando el robo del
campanario, se llamaba Luis Forigua. El padre Castillo lo recuerda porque
conocía el “toque de ánimas” mejor que cualquier otro. Nadie da razón de
él, parece que se pensionó de sacristán y ahora vive en otro barrio. El
sacristán que ahora acompaña al padre Castillo tiene el aspecto de un
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joven seminarista. Interrumpe con discreción para recordarle que debe ir
a cambiarse porque vienen a recogerlo para llevarlo a una cena.
Papá Noel debe dejar su traje guardado hasta la fiesta de Navidad.
Camina unos pasos hasta la casa cural, mientras habla de las campanas
de su actual iglesia: son pequeñas pero todavía se hacen sonar antes de
la misa. En su nueva parroquia también tiene una colección de pinturas
bizantinas que lo llenan de orgullo. Saca un manojo de llaves y abre una
puerta de hierro. Sale a recibirlo un perro chow chow de nombre Gengis
Kahn. Con ese temible mongol, los ladrones probablemente no se atrevan
a entrar.
Desde la colonia, el lenguaje utilizado para convocar a los fieles fue aquél
tañido que representaba la voz del llamado de Dios a su rebaño. Los
toques de campanas más comunes eran el “primero” y el “segundo”, que
eran los dos de aviso para las misas, y el “deje” que se hacía sonar
cuando ya comenzaba la eucaristía, según cuenta un antiguo campanero.
Hoy en día, con la desaparición de los campanarios y del oficio de
campanero, (quizás también de los rebaños y la aparición de otros
pastores) parece haberse perdido el toque
tradicional de campanas, la técnica de halar el lazo, que llegó a conocer
más de doscientas variaciones, y en su lugar muchas iglesias bogotanas
prefieren utilizar ahora “grabaciones de carrillón” compradas, tal vez, en
San Victorino, y cuyo toque, por instrucción de la Iglesia, está
enteramente excluido de todo uso litúrgico.
Como Dios se esconde detrás de los detalles, según dijo un francés,
podemos sospechar su presencia en la ironía de que un campanero, para
la gente de nuestros días, no sea más que el encargado de anunciar a las
bandas de ladrones la llegada de la policía. Pero si queremos una prueba
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rotunda de su existencia, su sonrisa aparece aún más plena frente a la
coincidencia de que la Parroquia de Santa Bárbara Centro, sea ahora la
parroquia de la Pastoral Penitenciaria Católica y del Instituto Nacional
Penitenciario y carcelario INPEC.
No en vano un guardia de esa institución custodia ahora con recelo la
casa cural en espera de sorprender a nuevos delincuentes.
El tañido de las campanas que hasta hace poco despertaba conciencias
ahora se escucha, sin distinción, para anunciar carros repartidores de gas,
recolectores de basuras o de bomberos. Los campanarios pasaron de ser
la “utilería del poeta”, como los llamara un político colombiano aterrado
de que el Tercer Reich convirtiera las celebres campanas alemanas en
obuses para la guerra, en uno más de los ruidos cotidianos. En estos
tiempos ya no hay una voz que se pregunte con Hemingway ¿por quién
doblan las campanas?, sino que además ellas han sido objeto de acciones
de tutela interpuestas por quienes consideran que su toque, antes que
despertar su espíritu, interrumpe su sueño, como cualquier otro de los
ruidos más profanos producidos por el hombre.
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