Pluralidad cultural y comunicación participativa. Bellaterra

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 Pluralidad cultural y comunicación participativa1 Alfonso Gumucio Dagron Hipótesis 1. Los medios masivos comerciales fortalecen y expanden el proyecto cultural hegemónico para responder a necesidades complementarias e indivisibles: intereses comerciales e intereses políticos. Los intereses comerciales, basados en las reglas del mercado tienen ramificaciones en la cultura y en la sociedad. Los intereses políticos influencian las instancias de poder, tanto en la administración del Estado como en el terreno de la ideología que se disputa día a día en el espacio público. 2. Los procesos de comunicación participativa fortalecen las identidades y promueven la diversidad y la competencia comunicativa de la pluralidad cultural a través del diálogo horizontal. 3. La diversidad cultural y pluralidad son imprescindibles en la construcción de la democracia participativa y directa. Derechos peligrosos Para expresar la pluralidad desde la diversidad es importante reconocer derechos fundamentales que resultan “peligrosos” para algunos. Se confunde deliberadamente la libertad de expresión o de información con el derecho a la comunicación, o se niega este último. La expresión “derecho a la comunicación” es considerada subversiva porque significa ampliar sin restricciones el espacio público o esfera pública, ese ámbito abierto al debate donde todas las voces de los ciudadanos se expresan y pueden ser escuchadas. Dice al respecto Antonio Pasquali: “La ‘libertad de información’ es una irónica contradictio in adjecto (contradicción de términos) ya que sólo connota la libertad del informador.” Se defiende tradicionalmente la ‘libertad de expresión’ porque es el derecho que tienen los periodistas y los dueños de medios para canalizar opiniones sin restricción, pero el derecho de los pueblos a comunicarse sin tutela y sin 1 Texto preparado para la conferencia organizada por la Cátedra UNESCO de Comunicación InCom‐UAB de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), el 31 de mayo 2011. 1
intermediarios, se considera un peligro para el poder establecido, para los medios hegemónicos, y para los propios periodistas, que ven en riesgo el espacio laboral que administran con una mentalidad feudal, defendiendo a veces a los dueños de medios como si la comunicación fuera un derecho privado y no un derecho humano fundamental. Al respecto son muy interesantes las posiciones de rechazo al derecho a la comunicación que han adoptado gremios de profesionales del periodismo en países como Bolivia y Ecuador, donde se discute actualmente la normatividad de los medios de información. Algo parecido sucede con el reconocimiento de la diversidad cultural que algunos consideran un peligro o por lo menos un freno para el crecimiento económico. En el año 2005, luego de un encarnizado debate internacional, se aprobó finalmente por amplia mayoría en la Unesco la Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales, a pesar de la férrea oposición del gobierno de Estados Unidos, que amenazó con retirarse otra vez de la Unesco. ¿Qué puede ser tan peligroso en la diversidad cultural de nuestro pequeño planeta? Pareciera que no hemos evolucionado mucho desde que Millán Astray espetaba a Unamuno “Viva la muerte, muera la inteligencia” o decía que cuando escuchaba la palabra cultura sacaba su pistola. El gobierno de Estados Unidos ha sostenido posiciones menos histriónicas, pero mucho más peligrosas. Antecedente directo El debate alrededor de la convención sobre la diversidad cultural recuerda otro debate que la misma Unesco impulsó hace 30 años, y que motivó la salida de Estados Unidos y de Inglaterra de la organización: el informe MacBride y el Nuevo Orden Mundial de la Información la Comunicación (NOMIC). El tema de la pluralidad comunicativa estuvo en el centro de esa confrontación sobre información y comunicación, algo que en general las nuevas generaciones de estudiantes de comunicación no conocen, aunque la agenda sigue vigente luego de tres décadas. La ventaja que tienen los estudiantes en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) es que el tema ha sido considerado de suficiente importancia como para que el InCom le dedique un dossier especial cuando se cumplieron los 25 años del informe MacBride, con textos de Armand Mattelart, Miquel de Moragas, Joan Manuel Tresserras, Héctor Schmucler, Antonio Pasquali, entre otros. Desde la perspectiva de una reflexión actual sobre la diversidad cultural y la pluralidad comunicacional es bueno recordar que a fines de los años 1970s la Unesco invitó a una comisión de expertos presidida por el Premio Nóbel de la Paz Sean MacBride, para analizar la situación de la comunicación y de la información a nivel mundial. Los latinoamericanos Gabriel García Márquez y Juan Somavía, 2
integraron la comisión internacional de 16 miembros. El “informe MacBride”, publicado con el título “Un solo mundo voces múltiples: comunicación e información en nuestro tiempo”2, reveló los desajustes y desequilibrios en los flujos de información y en la concentración de medios en pocas manos, que dejaba a la mayor parte de los países del Tercer Mundo sin voz en el concierto internacional. En el análisis el informe aborda la problemática de la comunicación desde una perspectiva histórica, sociológica y política. Sus 82 recomendaciones cubren los aspectos centrales: las políticas de comunicación, el desarrollo de capacidades nacionales, el financiamiento, la independencia y autosuficiencia tecnológica, la gestión del espectro electro‐magnético, la integración de la comunicación en el desarrollo, la participación de la ciudadanía, el fortalecimiento de la identidad cultural, la responsabilidad e integridad de los periodistas, los límites a la concentración de medios, la eliminación de la censura, la diversidad de fuentes y temas, y todo ello enmarcado en la democratización de la comunicación desde una perspectiva de derechos humanos. Las recomendaciones –válidas hoy como ayer‐ señalan la necesidad de promover la diversidad lingüística en los medios, el desarrollo de los medios comunitarios, la promoción de formas no mercantiles de comunicación, el apoyo a las causas justas de los pueblos que luchan por su libertad, el respeto por las culturas nacionales, entre otras. En términos generales el informe hizo un llamado a los estados para recuperar la comunicación como un bien público, y para establecer las reglas del juego para limitar el poder incontrolable de las grandes empresas mediáticas. Para Estados Unidos, eso equivalía a una declaración de guerra, aún más, un manifiesto comunista que se oponía a la “libertad de empresa”. Latifundios mediáticos Cuando uno lee el informe y las recomendaciones 30 años después, no puede sino sentir un sabor amargo. La vigencia del análisis y de las conclusiones resulta cruel: tres décadas más tarde la situación ha empeorado en muchos sentidos, aunque hay algunos indicios recientes que son positivos. Jamás antes habíamos visto un control mayor sobre los medios masivos comerciales en escala mundial, y una concentración del poder mediático en tan pocas manos. Las grandes empresas han expandido su influencia no solamente sobre conglomerados multimedios y editoriales, sino sobre otros sectores de tecnología y sobre el sistema financiero. Vivimos un mundo audio‐visual en el que la realidad es cotidianamente re‐escrita por las grandes empresas y legitimada de acuerdo a la óptica de los medios masivos. La realidad ficcionalizada re‐escribe la historia, como ha sucedido con Irak y sucede con Libia. Los hábitos de consumo mediático se convierten en formas 2 Disponible en la red en esta dirección: unesdoc.unesco.org/images/0004/000400/040066sb.pdf 3
de control social para recrear y reproducir un orden cultural mediatizado. No es ajena la afirmación de que la noticia define, constituye y construye los fenómenos sociales. “Las noticias serán lo que digamos que son”, declaró David Boylan, jefe de la cadena televisiva Fox en Florida (El País, 23 de diciembre 2009). Los medios masivos comerciales –verdaderos latifundios mediáticos‐ reproducen representaciones sociales que tienden a perpetuar las distorsiones de la cultura dominante, por ejemplo la discriminación de género o el racismo. Son muy pocos los países que se han atrevido a establecer leyes y reglamentos que limiten el poder omnímodo de las transnacionales mediáticas. En América Latina, los intentos de democratizar los medios no han sido exitosos, como hemos visto en México, donde los poderosos consorcios de televisión trataron de imponer la llamada “Ley Televisa”, que si bien fue suspendida en última instancia por el Poder Judicial, dejó un enorme vacío para que las empresas siguieran fortaleciendo su hegemonía. A pesar de la claridad del debate académico e intelectual que existe en México sobre el tema (basta ver los eventos y boletines de AMEDI, la Asociación Mexicana de derecho a la Información), las posibilidades de lograr una ley de medios en ese país son ahora más remotas que nunca. En Argentina y en Venezuela las leyes que establecen normas para el sector de la información y de la comunicación se han topado con la reacción virulenta de los consorcios mediáticos, lo cual ha llevado a los gobiernos a una confrontación política desgastante. En Brasil ni siquiera se ha intentado tocar el poder de las grandes corporaciones de medios, a pesar del inmenso apoyo popular a una opción política de cambio. En países con economías más pequeñas se han logrado algunos avances. En Ecuador se discutía hasta hace poco de manera democrática una Ley de Medios que iba a recoger el sentir de la población, pero fracasó en parte por las propias divisiones en el campo de la comunicación. En Uruguay y luego en Argentina se aprobaron leyes que disponen que un tercio de las frecuencias analógicas y digitales de radio y televisión sean reservados para el sector comunitario y de vocación social, aunque no se especifica si los medios comerciales estarán limitados a un 33% del espectro, y si los medios públicos dispondrán de otro tercio del espectro. Frente a la incapacidad o timidez de los estados de hacer frente de manera eficiente a la hegemonía de los medios masivos en los últimos diez años han crecido las propuestas de observatorios de medios, que desde la sociedad civil evalúan el comportamiento de los medios masivos mediante informes sobre aspectos temáticos específicos o generales. Estos analizan por ejemplo el comportamiento de los medios en periodos electorales, como lo ha hecho el Observatorio Nacional de Medios en Bolivia (ONADEM); la cobertura sobre la infancia, como lo hace regularmente ANDI en 4
Brasil; el profesionalismo de los periodistas chilenos, como lo hizo el Observatorio de Medios (FUCATEL) en Chile; o las propuestas de una ley de radio y televisión, como lo hace la Veeduría Ciudadana de la Comunicación Social en Perú, que es el observatorio pionero en este estilo de trabajo, fundado por Rosa María Alfaro. El ex director de Le Monde Diplomatique, el periodista franco‐español Ignacio Ramonet, sugirió en 2003 la necesidad de crear un observatorio internacional de medios, un “quinto poder” (Ramonet, 2003) que represente a los ciudadanos, ya que el “cuarto poder” de los medios se encuentra hace muchos años coludido con los intereses políticos y económicos y ha perdido toda su independencia y el sentido de ética que debería guiarlo. Todo esto ya estaba en el informe MacBride, pero fue una manera de volver a poner en la agenda el tema. Informar no es comunicar Hemos regalado a los medios información el nombre de “medios de comunicación” y perpetuamos esa etiqueta cada vez que la usamos para nombrarlos, a pesar de que muchos autores se han ocupado de establecer la diferencia entre “informar” y “comunicar”, entre ellos Dominique Wolton. Hace más de 45 años Antonio Pasquali ya había escrito al respecto lo siguiente: “La expresión medio de comunicación de masas (mass­communication) contiene una flagrante contradicción en los términos y debería proscribirse. O estamos en presencia de medios empleados para la comunicación entonces el polo receptor nunca es una “masa”, o estamos en presencia de los mismos medios empleados para la información y en este caso resulta redundante especificar que son “de masas”. Todos los canales artificiales hoy empleados para la “comunicación” con las masas silencian, por su propia estructura, al sujeto receptor y bloquean su capacidad interlocutora.” ¿Por qué es importante esa distinción? Porque si entendemos la comunicación desde su acepción etimológica original, tiene mucho que ver con la “puesta en común”, con la acción de “compartir”, de “crear comunidad” y de “participar”, antes que con formas de transmisión de información. El que informa pretende “dar forma” a lo “informe”, aquello que se puede modelar. Y esto es relevante sobre todo por su proximidad a la cultura, a la diversidad de las culturas, al diálogo entre culturas, y por lo tanto a la pluralidad de las expresiones culturales, ideológicas o políticas que son la base de los intercambios sociales en el proceso de construcción colectiva de la democracia. La pluralidad aparece como una consecuencia natural del diálogo horizontal, antes que el resultado de decisiones verticales. Los malentendidos sobre la comunicación e información, generan otras confusiones, como la homologación de periodistas y comunicadores, la falta de distinción entre el acceso y la participación en el proceso comunicacional. 5
Otra vez Pasquali: “Por acceso se entiende aquí la capacidad de acceder a, o de utilizar libremente, en calidad de perceptores, todas las fuentes y canales de envío de mensajes, sin restricciones de ninguna especie y en condiciones de absoluta igualdad. […] Por participación se entiende aquí la capacidad de utilizar, en calidad de creadores y emisores de mensajes, todas las fuentes y canales de emisión, sin restricciones de ninguna especie y en condiciones de absoluta igualdad.” Fronteras y suturas de la interacción cultural El paralelo estrecho que existe entre el debate sobre comunicación (el informe MacBride) y el debate sobre la diversidad cultural (la Convención de 2005), tiene entonces una razón de ser que es muy evidente pero a veces olvidamos: no se puede separar la cultura de la comunicación. La cultura no existe en un vacío de silencio e incomunicación, la cultura existe porque es comunicada. La diversidad comunicacional que facilitan los procesos de comunicación participativos permite que las culturas entren en diálogo en igualdad de condiciones, mientras que los intercambios culturales dominados por flujos de información masiva no permiten una negociación equilibrada, pueden resultar en intercambios asimétricos que no favorecen la pluralidad. Cada comunidad que ejerce su derecho a comunicar configura una representación, es decir un sentido colectivo para la comprensión de los valores, las normas, las conductas, las tradiciones, los rituales y los hábitos que la hacen una cultura particular y distinta, inconfundible para sus propios miembros y para otras culturas. “La cultura posee dos dimensiones dialécticas: la dimensión de la tradición, de lo que está y nos identifica, y la dimensión de la innovación, de lo que se construye en el quehacer cotidiano” a través del proceso de interacción cultural (Pech, Rizo & Romeu, 2008). El punto de partida, bastante obvio, es que una cultura no puede evolucionar si no es en contacto con otras. Entre las culturas que entran en diálogo se produce un proceso de negociación, que no es siempre simétrico y equitativo. Para que esa interacción sea horizontal, de igual a igual, es importante que las culturas fortalezcan procesos de comunicación. Una cultura fortalecida por la comunicación, es decir una cultura comunicada y comunicante, participativa y democrática, está en condiciones de sostener una mejor negociación con otras culturas, de manera que el intercambio en el marco de la pluralidad sea equilibrado y el diálogo favorezca a ambas. 6
Las culturas se organizan en espacios simbólicos y físicos que tienen fronteras de imaginarios y representaciones que avanzan y retroceden en su contacto con otras culturas. En los límites de esas fronteras se producen las negociaciones, los conflictos y los intercambios, es decir, la interacción cultural. Y como resultado de esa interacción cultural en las fronteras culturales, quedan suturas o a veces cicatrices, que son asimiladas por el tejido cultural (Gumucio Dagron, 1987). “La clave de la comunicación intercultural es, por lo tanto, la interacción con lo diferente, entendiéndose por ello todo aquello que objetiva o, sobre todo, subjetivamente, se percibe como distinto, sea cual sea el motivo de distinción (raza, género, clase social, preferencia sexual, etc.)” … recuerda Marta Rizo y sugiere que la investigación en comunicación: “ha privilegiado la comprensión de la comunicación como transmisión, es decir, se ha estudiado a la comunicación sobre todo en su dimensión mediática, en detrimento de otras formas de comprenderla” (Rizo, 2009). Hay dimensiones éticas que se deben tomar en cuenta, que incluyen valores como la veracidad para apreciar la realidad objetiva con coherencia de pensamiento; la libertad que implica autodeterminación y derecho a la comunicación, y la justicia que incluye el acceso a la información y al conocimiento. Gabriel Jaime Pérez, de la Universidad Javeriana en Colombia, hace énfasis en los aspectos éticos de la pluralidad, la diversidad y la diferencia: “El reconocimiento de la dignidad de las personas y de las culturas implica, a su vez, el reconocimiento de la pluralidad, la diversidad y la diferencia, con sus connotaciones éticas de una exigencia de tolerancia, no en el sentido de una complicidad con el delito o con los comportamientos y efectos que van en contravía de los derechos de todos, sino en el de una actitud incluyente y proactiva de respeto por las distintas condiciones, capacidades y opciones de vida, por las ideas y los sentimientos de los demás, en un clima de apertura al diálogo, con base en la valoración positiva del disenso o disentimiento”. Medios interculturales Los medios alternativos, o alterativos, como los llama Rafael Roncagliolo porque alteran y contestan la verticalidad de los medios hegemónicos, son parte del tercer sector de la información que garantiza la comunicación horizontal entre culturas. Comunitarios, alternativos, alterativos, participativos, ciudadanos, horizontales, populares y muchas otras denominaciones ‐que podríamos debatir durante mucho tiempo‐ cumplen una función fundamental en el fortalecimiento de la identidad y de la diversidad cultural. Sus objetivos suelen específicos y variados, desde ofrecer información para 7
responder a las necesidades de los miembros de la comunidad, abrir espacios de participación para fortalecer las voces de los sectores más marginados, hasta proyectarse hacia otros interlocutores externos. La programación y la generación de contenidos locales propios son el reflejo de la plataforma comunicacional y un aporte al abanico de la pluralidad y al diálogo intercultural. Los medios públicos, el segundo sector, que deberían servir las necesidades de la población, son con frecuencia utilizados por los gobiernos con fines político‐
partidarios. En el mejor de los casos, son medios que contribuyen al desarrollo, a la educación y a la cultura. Pueden ser plurales por decisión política, pero desde una perspectiva estrecha, fatalmente homogenizadora, porque informa pero no comunica la diversidad cultural debido a las limitaciones propias de los medios que tienen una amplia cobertura poblacional. Actores recientes y de rápida evolución, las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (TICs) están transformando los modos de relacionamiento cultural entre comunidades que tienen acceso a esos instrumentos. Nuevamente, en ese contexto de tecnologías que cada vez son más accesibles tanto desde el punto de vista de su costo como de su adaptación, se plantea la distinción entre información y comunicación. Para Jesús Martín Barbero la pluralidad en la comunicación corre el riesgo de convertirse en un simulacro, “una concepción puramente táctica de la democracia”, donde los problemas de fondo quedan anulados: “Quizá estemos hablando también de las levedades posmodernas de una comunicación des‐cargada por el milagro tecnológico, de la pesadez de los conflictos y la opacidad de los actores sociales, en la que «se liberan las diferencias», y sin necesidad de encontrarse todos «comunican», de la que no pocos esperan incluso la salida a la crisis social y política.” (Martín Barbero, 1995) Martín Barbero cita como experiencias positivas de expresión de la pluralidad la emergencia de grupos de video que en América Latina ofrecen puntos de vista diversos sobre la realidad política y social. Jesús Galindo observa dos escenarios contrapuestos, la sociedad de información que es dominante, y la sociedad de comunicación que es emergente: “La sociedad de información tiene una muy baja cultura de comunicación, le interesa más el flujo de datos en ciertas direcciones, que constituir formas sociales de encuentro y diálogo. La razón es simple, una organización con trazos verticales no incluye a los horizontales mas que en un orden secundario y subordinado (…)”. Frente a ese escenario está la sociedad de comunicación, abierta y “compuesta por ciudadanos libres y participativo, la de individuos críticos y reflexivos. (…) La democracia es la cualidad central de este tipo social, para su movimiento requiere 8
del diálogo de los iguales, del acuerdo entre los distintos pero tolerantes” para alcanzar formas de gobierno que efectivamente sirven a la ciudadanía de manera horizontal. (Galindo, 1998).
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Referencias Galindo Cáceres, Jesús. Coordinador. (1998) Técnicas de investigación en sociedad, cultura y comunicación. México DF: Addison, Wesley, Longman. Gumucio Dagron, Alfonso (1987) “Interaction Culturelle et Communication Populaire” en Revue Tiers Monde XXVIII, Nº 111, Juillet‐Septembre 1987. Paris: Institut d’Étude du Développement Économique et Social. Gumucio Dagron, Alfonso (2001) Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social. New York: The Rockefeller Foundation. Martín Barbero, Jesús (1995) “La comunicación plural” en Nueva Sociedad 180‐
181. Muro, Ignacio (2009). “Una derecha mediática en plena forma”, en El País (España), 23 de diciembre 2009. Pech, Cynthia, Marta Rizo y Vivian Romeu (2008). Manual de comunicación intercultural. México DF: Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Ramonet, Ignacio (2003). “El quinto poder” [en línea] Le Monde Diplomatique (edición chilena), octubre 2003. http://www.lemondediplomatique.cl/El‐quinto‐
poder.html [consulta 27 marzo 2010] Rizo, Marta (2009). “Intersubjetividad y comunicación intercultural. Reflexiones desde la sociología fenomenológica como fuente científica histórica de la comunicología”. Perspectivas de la comunicación, Vol. 2, nº 2, 2009. Temuco, Chile: Universidad de la Frontera. Unesco (2005) Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales. Paris: Unesco Unesco (1980) Un solo mundo voces múltiples: comunicación e información en nuestro tiempo. México D.F.: Fondo de Cultura Económica. 10
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