Pensar la Catequesis desde una clave ecuménica

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II SENAC
SEMINARIO NACIONAL DE CATEQUESIS
Biblia y Catequesis
Pensar la Catequesis desde una clave ecuménica
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Cuando hace algunos años comencé a investigar el movimiento ecuménico que desde el
Concilio Vaticano II aborda nuestra Iglesia Católica, descubrí un eje transversal que atraviesa
toda la espiritualidad cristiana. Y digo “descubrí” porque se abrió ante mí como una novedad,
como un mensaje que nunca antes había escuchado.
Como hija de padre católico y de madre convertida “ex-protestante”, desde pequeña había
escuchado en mi hogar las historias de viejas controversias entre católicos y los cristianos de
otras religiones. El mensaje era claro: la única religión verdadera era la nuestra: los demás eran
pecadores con quienes, en lo posible, ni debíamos tener contacto porque podían “llenarnos la
cabeza de ideas raras” y hasta nos alejarían de Dios.
Quienes no eran católicos eran dignos de pena y de condena: los judíos habían “matado a
Cristo” y sólo se dedicaban a actividades económicas con el fin de “llevar nuestro dinero a
Israel”; los protestantes eran enemigos que criticaban ácidamente nuestra religión y que de la
mano del hereje Lutero se dedicaban a denostar a los católicos; los evangelistas eran un
“grupito de locos” que se habían separado de los protestantes y vivían “sacándole dinero a los
fieles” para, también, enviarlo a Estados Unidos o a diversos destinos donde se mezclaban con
todas las sectas: mormones, testigos de Jehová, etc., etc., etc. Los musulmanes, de quienes
casi ni teníamos noticias, adoraban a un dios llamado “Alá” que era parecido a nuestro Dios; ni
hablar de los budistas, con quien confundíamos al Dalai Lama y toda la espiritualidad venida de
oriente.
Tampoco en ninguna de las instancias de mi evangelización este tema fue abordado
claramente: ni en mi escuela católica, ni en mi catequesis para la Primera Comunión; tampoco
en la preparatoria para la Confirmación. Durante todos los años transcurridos en mi Parroquia,
donde a través del tiempo integré diversos movimientos e instituciones (grupo juvenil, coros,
Cáritas, Catequesis, y otras pastorales) nunca escuché un mensaje que implique apertura hacia
las demás religiones. Es como si durante esas décadas, la relación o el diálogo con los
hermanos separados no hubiese existido.
Ya en instancias superiores de estudio, tampoco encontré un mensaje claro en este sentido,
aunque por supuesto, tampoco ideas negativas hacia las demás religiones. Es cierto que se
trataba de un estudio general de las Ciencias Sagradas, pero ¿el ecumenismo no debería haber
estado claramente presente allí?
Sin embargo, esa ausencia de un mensaje ecuménico en la evangelización de base no
implicaba que realmente la Iglesia no estuviese trabajando, y arduamente, en un avance
constante para el diálogo ecuménico e interreligioso. Como antes mencionaba, desde el
Concilio Vaticano II se inició un camino claro y fructuoso que hoy continúa. ¿Qué pasó
entonces, que ese mensaje no llegó a los fieles que, como yo, tenían un compromiso y una
cercanía eclesiales que hubiesen hecho posible que su vez también lo transmitan?
Sin duda, la crisis de la transmisión de la fe que afectó a nuestra sociedad a partir de la década
de los años setenta produjo una ruptura en el mensaje que, de generación en generación,
cada familia cristiana inculcaba con orgullo y cariño a sus hijos: la lectura de la Biblia, rezar en
familia, asistir juntos a Misa, compartir gozosamente las celebraciones religiosas con un
sentido marcadamente espiritual ( Navidad, Pascua, Semana Santa), valorar los sacramentos
como un vínculo de gracia con Dios, en fin, todos los aspectos de una religiosidad basada en
una fe auténtica, fueron interrumpidos e interceptados por el relativismo, la duda, la
incredulidad, el sincretismo, y todas las consecuencias del hedonismo y el individualismo que
imperaron a partir de esa época.
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Pienso entonces que tal vez en ese contexto, siendo de por sí difícil mantener un mensaje
cristiano coherente en las cuestiones básicas, muchas cuestiones importantes como las que
hoy nos ocupan (el diálogo ecuménico), serían por lo tanto muchísimo más arduas para
abordar y transmitir sistemáticamente.
Sea de ello lo que fuere, los trabajos que desde el Concilio Vaticano II comenzaron a
producirse, tanto los magisteriales como los demás documentos que han surgido desde
entonces, son de gran riqueza y marcan un camino claro: el del diálogo y la caridad.
Y este camino es el he tratado de seguir en mi tarea como catequista: ¿Es posible brindar un
mensaje ecuménico en cualquier tipo de catequesis, a cualquier tipo de auditorio? La
respuesta es SI.
En primer lugar, porque el mensaje que como Iglesia queremos transmitir está basado en las
Escrituras. Desde el principio, Dios eligió comunicarse, darse a conocer, iniciando un diálogo
amoroso con el hombre a fin de revelarse y ofrecerle su salvación eterna.
Este diálogo, abierto espontáneamente por la iniciativa divina, es modélico para la Iglesia,
quien desde los primeros siglos entendió el carácter universal y católico del mensaje de Cristo,
destinado a la salvación de los hombres de todos los tiempos.
Partimos del ejemplo de Jesús, que hizo del diálogo una forma de relacionarse y de transmitir
el mensaje y el ser de Dios Padre.
Recogemos el testimonio del Magisterio de la Iglesia y su posición claramente expresada en los
Documentos del Concilio Vaticano II y las Encíclicas, discursos y documentos posteriores.
(Lumen Gentium, Gaudium et Spes, Unitatis Redintegratio, Nostra Aetate, Dignitatis Humanae;
Ecclesiam Suam, etc.)
En segundo lugar, y en base a dicha doctrina, podemos decir que hay ciertas condiciones para
que un diálogo sea fructífero y verdadero y que como agentes pastorales debemos adherir y
demostrar:

Un autoconocimiento personal, un apropiarse de la identidad que nos caracteriza de
manera que a partir de ese conocimiento del yo profundo pueda entablarse relaciones
maduras con otros, reconociéndolos y respetándolos en las diferencias.

Un deseo genuino de diálogo, no en pos de un “convencimiento” hacia el otro para que
siga mis ideas, sino a fin de lograr un intercambio que nutra a ambos y tenga como
objetivo ulterior el restablecimiento de la unidad entre todos los hombres, a imitación de
Jesucristo.

Una actitud caritativa, que contemple todo lo que hay de bueno y recto en el pensamiento
de los demás hermanos y sepa reconocer en ellos el amor que Dios les ha dispensado.

Una coherencia de vida cristiana, integrada en la comunidad eclesial y celebrada en los
sacramentos que sea testimonio mismo de la fe que se profesa.
Ahora bien, ¿Cómo abordar la idea de diálogo y de apertura hacia las demás religiones y hacia
los hermanos separados sin perder nuestra propia identidad religiosa y cristiana? ¿Cómo
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transmitir esta idea de genuina comunicación sin poner en peligro los distintos niveles de fe de
nuestros interlocutores?
A partir de estas características “individuales” de quienes desean entablar el diálogo, existen
características del “diálogo de la salvación” como bien lo ha expresado el Papa Pablo VI, que
cada uno de nosotros debe tener en cuenta a la hora de relacionarse con los hermanos a fin de
seguir los criterios rectos para hacerlo y que, en su momento, también deberán ser
transmitidos a nuestros interlocutores en la catequesis. Este diálogo tiene las siguientes
características:






Abierto espontáneamente por iniciativa de Dios;
Nacido de la caridad y la bondad divinas;
Dirigido a todos los hombres, no por mérito de ninguno de ellos sino para su salvación, sin
absolutamente ninguna discriminación: universal, católico.
Dotado de una libertad que permite al hombre responderlo o no por la fe;
Basado en la pedagogía gradual propia de Dios;
Que implica para nosotros, los interlocutores, una misión similar.
De esta manera, como catequistas, desde cada uno de los lugares de nuestro trabajo pastoral y
hacia cada una de las personas que Dios pone en nuestro camino, podemos transmitir la idea
del ecumenismo, sabiendo que su objetivo principal es la unidad plena y visible de todos los
cristianos a través de una comunicación con las demás iglesias cristianas.
Basta con dirigirse al Evangelio para encontrar el mensaje ecuménico de Jesús: Él nos ha
revelado en numerosas ocasiones su deseo de que todos los hombres se encuentren unidos en
el amor de la Trinidad.
Me impresionan muy especialmente sus palabras en el contexto de su Oración Sacerdotal,
descripta en el Evangelio de San Juan en el capítulo 17, donde el Señor se dirige al Padre en
forma sencilla y espontánea. Se trata de uno de los momentos más intensos de su vida,
próxima a la Pasión y en su oración quedan definidas sus peticiones más profundas: pide la
unidad. Pide que todos (en la figura de los discípulos), logremos la consagración total a Dios y
que seamos sus enviados en el mundo. En estas peticiones al Padre quedan definidas también
la razón de ser de la Iglesia y todo su nuevo orden.
“Padre santo, guarda en tu nombre a estos que me has dado, para que sean uno como
nosotros”. (Jn 17, 11).
En estas palabras, el corazón de Cristo se nos muestra enteramente abierto y fraternal y
podemos inferir su Santa Voluntad. Lo mismo ocurre en el siguiente párrafo:
“No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán
en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean
uno en nosotros, para que el mundo crea que me has enviado” (Jn 17, 20-23).
Podemos comprender claramente que la fe en la Trinidad es el vínculo indisoluble que debe
unir a todos los cristianos. Jesús mismo expresa que Él y el Padre son uno y que todos nosotros
estamos llamados a integrar esa unidad, fundando sin dudas la fe trinitaria que es centro de la
Iglesia y que Él nos ha revelado.
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Este deseo de fe plena en el amor de Dios Uno y Trino manifestado por Jesucristo será luego
abordado por el Apóstol San Pablo en muchos pasajes de sus epístolas.
De esta manera, en el Nuevo Testamento también queda consignado que la unidad de los
cristianos es un dimensión básica de nuestra vida religiosa. No es la opción de un sector o
movimiento, sino un deber moral, expresado por el mismo Jesucristo.
Juan Pablo II, gran impulsador del diálogo ecuménico, expresó en su libro “Cruzando el
Umbral de la Esperanza”, que “existe un elemento común fundamental” entre las religiones.
Éste es “la unidad del género humano ante el eterno y último destino del hombre.”.
La sabiduría del Concilio Vaticano II nos permite afirmar que “el Espíritu Santo obra
eficazmente también fuera del organismo visible de la Iglesia (cfr. Lumen Gentium, 13) Y obra
precisamente sobre la base de estos semina Verbi, que constituyen una especie de raíz
soteriológica común a todas las religiones.”
La humildad y una vida según el Evangelio son las claves que podrán ayudarnos a vivir con
sinceridad la práctica del ecumenismo como una dimensión fundamental de nuestro ser
cristiano. Sólo estas claves pueden guiarnos en una verdadera y fructífera unidad.
“Es preciso que los católicos, debidamente preparados, adquieran un mejor conocimiento de
la doctrina y de la historia de la vida espiritual y cultural, de la psicología religiosa y de la
cultura peculiares de los hermanos” (UR 9).
Como conclusión, me atrevo a proponer a todos los hermanos catequistas y también a sus
formadores repensar , desde nuestro rol como transmisores de la Palabra de Dios, la
importancia de una formación consciente y sistemática en el ecumenismo, que haga posible la
apertura necesaria en el diálogo y la caridad como signos esenciales de nuestra espiritualidad
cristiana.
Sólo viviendo estas dimensiones con fe y con coherencia podremos luego transmitir este
mensaje medular a nuestros interlocutores en los encuentros de catequesis.
¡Qué importante y qué bueno será que muchos niños, jóvenes y adultos puedan decir luego de
su paso por la catequesis: “No solamente he recibido una formación doctrinal, litúrgica y
espiritual, sino un mensaje de caridad y de humildad hacia todos los hermanos del mundo”!
Bibliografía
Documentos Conciliares
 Constitución Dogmática LUMEN GENTIUM.
 Constitución Pastoral GAUDIUM SPES
 Decreto AD GENTES DIV INITUS
 Decreto ORIENTALIUM ECCLESIARUM
 Declaración NOSTRA AETATE
 Declaración DIGNITATIS HUMANAE.
 Decreto UNITATIS REDINTEGRATIO
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Documentos Postconciliares
 DIRECTORIO PARA LA APLICACIÓN DE LOS PRINCIPIOS Y NORMAS SOBRE EL ECUMENISMO
– 1993
 CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA – 1992
 CARTA ENCÍCLICA SOBRE EL ECUMENISMO “QUE TODOS SEAN UNO”, Ut unum sint, SS
Juan Pablo II – 1955

DOCUMENTO CONCLUSIVO DE LA V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO
LATIOAMERICANO Y DEL CARIBE – Aparecida, Mayo 2007
María Eugenia Bouvier
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