La elección del CGPJ (20-01-2001)

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TIEMPOS DE REFORMA
LA ELECCIÓN DEL CGPJ
Que la Justicia necesita en España una reforma en profundidad es algo que nadie discute. Finalmente, el
Gobierno se ha decidido a abordarla y el punto conflictivo está en la elección de los miembros del Consejo General
del Poder Judicial. Bien sabido es que hasta la ley de 1985, de sus veinte vocales, doce eran elegidos “entre Jueces”
y “por Jueces”, mientras que los ocho restantes se elegían por el Congreso y el Senado, entre juristas de reconocida
competencia y larga trayectoria profesional. Empero, la forzada interpretación que aquella Ley realizó del artículo
122 de la Constitución condujo a que la elección de aquellos doce vocales se realizara, sí, entre Jueces y
Magistrados, pero también por las propias Cortes Generales, lo que provocó que, en última instancia, fuera el
Legislativo el que designara a la totalidad de sus miembros. Las razones que para ello se dieron son conocidas: si
“la Justicia emana del pueblo” (art.117 CE), como cualquier otro poder del Estado, parece razonable que los
titulares del poder judicial, que son los jueces, sean gobernados por un órgano que, al menos indirectamente, tenga
legitimación popular. Más aún –se añade- es bueno que en ese órgano de gobierno de los jueces y tribunales estén
presentes las corrientes ideológico-políticas que presiden en cada momento la sociedad española, las cuales se
reflejan en el Parlamento. Así, la Justicia responderá también a las aspiraciones de la sociedad y tendrá una
legitimación democrática.
Como teoría, la cosa no está mal, aunque yo no coincido en absoluto con ella. Como puse de manifiesto
hace ya muchos años (vid mis artículos “Dos ideas de la Justicia”, I y II, en diario ABC, 21 y 26.IX.1984), eso de
la “democratización de la justicia” me parece un gran equívoco, por no decir una gran falacia. El poder judicial no
es un poder político, sino un poder jurídico, moderador, que debe –decía Montequieu (“Del Espíritu de las Leyes”,
XI,6) regular y controlar a los otros dos, mediante la ley y el derecho. La justicia no emana del pueblo -eso es pura
retórica- sino que lo que emana del pueblo es la ley, a la que aquella debe servir. Los jueces no tienen poder
político, sino otra cosa: tienen jurisdicción, esto es, poder de declarar el derecho (juris-dictio) y hacerlo cumplir. Su
legitimidad no es democrática (esto es, electoral) sino institucional…Y así podría seguir argumentando, como ya lo
hice en su día. Pero, en fin, yo no voy a plantear aquí, ahora, una discusión teórica. En este momento, se trata de
constatar lo que ha pasado en estos 15 años. Recordemos aquello que decía justamente un gran juez, Oliver Wendel
Holmes: “En asuntos político-sociales una página de historia vale más que un volumen de lógica”.
Pues bien, hemos asistido en este tiempo, en el órgano de gobierno del poder judicial, a uno de los
espectáculos más vergonzosos de politización, clientelismo y actuación por facciones, que imaginarse pueda. El
nombramiento de sus miembros ha respondido a los más estrictos criterios de designación partidista, por cuotas
proporcionales a las mayorías políticas de los partidos y con personas vinculadas directa o indirectamente a éstos,
hasta hacer del Consejo (y de otros órganos de este tipo (Tribunal de Cuentas, Consejos de Seguridad Nuclear,
etc…)) una especie de “retiro político”. Naturalmente, dado su significado, las negociaciones para su
nombramiento han durado en ocasiones meses y meses, hasta el punto de que, en algún momento, el Consejo, en
estado casi agónico, llegó a ser disuelto por su Presidente (Sr. Sala) tras la dimisión de seis de sus miembros, ante
una situación de división interna de tal gravedad que hacía imposible la adopción de cualquier decisión en su seno.
Últimamente se esta dibujando, incluso, una especie de patrimonialización de los puestos, de tal manera que cada
partido disponga de las suyos, de modo que las vacantes que se puedan producir durante el transcurso de los
mandatos sean cubierta inmediatamente: cada partido los puestos “de su propiedad”. Todo un espectáculo
denigrante.
No menor espectáculo ha sido el cuadro escénico que, en la toma de decisiones importantes
(fundamentalmente, nombramientos), se repetía una y otra vez: los vocales del PP por un lado, los del PSOE por
otro, los nacionalistas deslizándose a una u otra orilla en función de la consigna y el de IU disparando contra todo
el que se mueva. Las estadísticas resultan en este punto engañosas, pues aunque en muchas votaciones se hayan
alcanzado elevados grados de acuerdo, ello se produce siempre en cuestiones menores (en las que ser
“independiente” está al alcance de cualquiera) o vienen precedidos de negociaciones estrictamente políticas, por las
que la paz corporativa se alcanza mediante repartos de cargos y posiciones de influencia, del mismo modo que los
niños cambian cromos a la puerta de la escuela: este para ti, este para mí. Mercadeo, por cierto, facilitado por la
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extensión desmedida de la “libre designación” en la provisión de los cargos judiciales, no para seleccionar a los
más capaces, sino para colocar a los más adeptos.
De esta forma, la realidad es que aquella bella teoría, según la cual la elección en su totalidad por el
Parlamento otorga legitimación democrática al Consejo, ha devenido en la más absoluta dependencia de éste
respecto de los partidos políticos. Por otro lado, el comportamiento de estos tampoco es muy democrático en este
tema (ni en ningún otro). Jamás se ha discutido en un partido quien debía ser propuesto para estos cargos (esto
queda en las manos del Secretariado), ni tampoco los candidatos han tenido que dar razón de sí mismos en el
Congreso ni en el Senado, lo que ha permitido el nombramiento de algún consejero cuya trayectoria como juez era
más que dudosa antes de ser nombrado y resultó después ser un facineroso y un extorsionador, condenado a prisión
por el Tribunal Supremo. Las decisiones sobre los candidatos al Consejo han sido siempre materia secretísima en
los partidos y, una vez pactados, la elección por las Cámaras, bajo la disciplina de partido, era despachada en diez
minutos. Los así elegidos, por su parte, han solido mantener en sus decisiones la fidelidad partidista hacia quien les
designó.
Esta es la realidad de las cosas, de las que ya advirtió el Tribunal Constitucional cuando, no sin mala
conciencia, declaró constitucional este modo de elección, pero advirtió: “Ciertamente, se corre el riesgo de frustrar
la finalidad señalada en la norma constitucional si las Cámaras, a la hora de efectuar sus propuestas, olvidan el
objetivo perseguido y, actuando con criterios admisibles en otros terrenos, pero no en éste, atiendan sólo a la
división de fuerzas existente en su propio seno y distribuyen los puestos a cubrir entre los distintos partidos, en
proporción a la fuerza parlamentaria de éstos. La lógica del Estado de partidos empuja a mantener al margen de la
lucha de partidos ciertos ámbitos de poder y entre ellos, y señaladamente, el Poder Judicial.” Es patente, después de
lo visto en estos años, que el espíritu constitucional se ha falseado y que el Poder Judicial, desde 1985, ha quedado
sometido a la lucha de partidos.
Las teorías todo lo aguantan, pero la realidad es la que es. Que cada uno juzgue si debemos seguir así o si,
por el contrario, hay que buscar nuevos caminos, que eviten tanto el partidismo como el corporativismo. El
próximo Martes diré algo sobre este último.
Gaspar Ariño
Madrid, 20 de febrero de 2001
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