CENTRO DIOCESANO DE TEOLOGÍA
LECCIÓN INAUGURAL CURSO 2008/2009
UNA BUENA NOTICIA PARA LA FAMILIA
GABRIEL JESÚS DIAZ AZAROLA
Reverendísimo Señor Obispo,
Estimados profesores y alumnos del Centro Diocesano de Teología,
Queridos amigos y amigas.
Iniciamos un nuevo curso en nuestro Centro Diocesano de Teología. Quisiera
comenzar esta lección inaugural dando gracias a Dios por habernos congregado en este
lugar. Él siempre tiene la iniciativa y «nosotros hemos conocido el amor que Dios nos
tiene, y hemos creído en él»1. No me cabe duda de que el Señor tiene muchas gracias
reservadas para derramar sobre nosotros a lo largo de este nuevo curso.
Uno de los próximos acontecimientos eclesiales más importantes, es el VI
Encuentro Mundial de las Familias que tendrá lugar en la ciudad de Méjico del 13 al 18
de enero de 2009. No podrá acudir el Papa Benedicto XVI por recomendación de los
médicos, ya que la altitud podría afectar a su salud, pero será un acontecimiento de
repercusión universal. Estos encuentros mundiales se vienen celebrando desde 1994,
gracias a la iniciativa de Juan Pablo II. Son fruto de la preocupación creciente que la
Iglesia siente por la institución familiar. Muchos de nosotros participamos en el V
Encuentro en Valencia en el mes de julio del año 2006.
En esta tarde, quisiera ofrecerles una humilde reflexión sobre la familia.
Ciertamente, el Centro Diocesano de Teología de la Diócesis de Getafe quiere ser un
lugar donde se piense y se viva la fe, unidos al sentir de la Iglesia universal. La cuestión
de la familia está en el primer plano de discusión en nuestra sociedad y de un modo
singular en la Iglesia.
Todos los años, al iniciar el curso, se publica en el calendario diocesano las
prioridades pastorales que el Consejo Diocesano de Pastoral propone al concluir el
curso anterior. Para el curso 2008-2009, en cuarto lugar, nos comprometemos en nuestra
Diócesis de Getafe a «presentar con claridad y valentía el Plan de Dios sobre el
matrimonio y la familia». Nuestros hermanos de la Archidiócesis de Madrid quizás han
dado un paso más fuerte aún. El pasado 24 de junio de 2008, el Cardenal Arzobispo
Antonio María Rouco Varela, hacía pública una carta pastoral llamada «La familia: vida
y esperanza para la humanidad». En vistas a la aplicación del III Sínodo Diocesano
celebrado en Madrid, en palabras del Cardenal Rouco, «después de la misión joven que
se ha extendido al ámbito de la realidad matrimonial y familiar, llega la hora de
proponer un plan integral de Pastoral Familiar para nuestra archidiócesis que sea capaz
de potenciar con nuevo ímpetu la conciencia del ser y de la misión cristiana de las
familias»2. Se ha confiado a la Facultad de Teología «San Dámaso», a los Institutos de
Familia presentes en la diócesis de Madrid y a la escuela de agentes de pastoral la labor
de ofrecer una sólida formación a todos aquellos que trabajan más directamente con las
familias. Bien es cierto que en nuestra Diócesis de Getafe, disponemos ya desde hace
unos años de un curso específico para recibir dicha formación, pensado expresamente
para poder acudir en familia. Pero, en mi opinión, también en el Curso Básico y en el
Sistemático deberíamos abordar con seriedad la problemática de la familia, cada vez
con más extensión y profundidad.
1
Movido por estos propósitos, en esta lección inaugural me dispongo a dar
respuesta a la siguiente pregunta que contiene una doble dirección: ¿qué tiene que decir
el Centro Diocesano de Teología a todas las familias de la Diócesis? Y, ¿qué tienen que
decir las familias de la Diócesis al Centro Diocesano de Teología?
1. Verdaderas borrascas para la familia
El pasado 14 de septiembre, Benedicto XVI, en el marco de su visita a Lourdes
con motivo del 150 aniversario de las apariciones, tuvo un fraternal encuentro con los
obispos franceses. El Santo Padre, quiso repasar los grandes temas que preocupan a la
Iglesia en la actualidad. Decía el Papa: «¿Qué otros temas requieren mayor atención?
Las respuestas pueden variar de una diócesis a otra, pero hay sin duda un problema
particularmente urgente que aparece en todas partes: la situación de la familia. Sabemos
que el matrimonio y la familia se enfrentan ahora a verdaderas borrascas. Las palabras
del evangelista sobre la barca en la tempestad en medio del lago se pueden aplicar a la
familia: “Las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua” (Mc 4,37)»3
No hay duda de que la situación de la familia es preocupante. Los números son
aplastantes en España y en toda Europa en cuanto al número de divorcios, a la baja
natalidad o al número de abortos. No creo que sea el momento de exponer los resultados
de un estudio sociológico. Les propongo adoptar una visión más profunda sobre la
realidad. Únicamente recordemos algunas de las leyes aparecidas en nuestra sociedad en
estos últimos años: la ley del aborto de 19854 (ya ha sido anunciada una nueva ley para
finales del 20095; todo parece indicar que esta nueva ley será mucho más permisiva), la
ley del divorcio6 y posteriormente la ley del llamado «divorcio express»7, la reforma del
Código Civil para llamar «matrimonio» a uniones entre personas del mismo sexo8, la
ley de identidad de género, para cambiar el sexo de una persona en el registro civil, y un
largo etcétera de futuras leyes que afectarán a la familia y a la vida, anunciadas
recientemente.
Estas leyes han ido apareciendo en nuestra sociedad democrática, respondiendo
a ciertas demandas sociales y a campañas que han movilizado con gran eficacia a la
opinión pública. Es verdad que no es lo mismo lo legal y lo moral. Pero, no nos
engañemos: las leyes tienes una gran fuerza pedagógica, muy especialmente entre las
personas de buena voluntad pero faltos de una visión crítica. «Si algo está permitido por
la ley, ¿por qué va ser inmoral?», se preguntan muchos. Estas leyes van creando una
cultura, una forma de vivir. Van imponiendo un pensamiento, que ahora se va a
sistematizar y a enseñar a niños y jóvenes con la nueva asignatura de Educación para la
ciudadanía. Pero, ¿qué hay detrás de esta cultura?
Creo que la primera aportación que el Centro Diocesano de Teología puede
ofrecer a las familias es un estudio serio y profundo de nuestra cultura que trate de
responder a la siguiente pregunta: ¿qué antropología subyace a los presupuestos de
nuestra forma de pensar actual? Es decir, ¿cómo entiende nuestra sociedad al ser
humano? ¿Cómo concibe la vida, la felicidad, el alma, el cuerpo, el mundo, Dios? Esta
visión contemporánea, ¿es compatible con el Evangelio de Cristo? ¿En qué se diferencia
y cuáles son sus puntos comunes?
Todos nosotros, a diario, nos vemos envueltos en discusiones con nuestros
familiares o con nuestros compañeros de trabajo. Los temas de la religión, de la Iglesia,
la moral, la familia, el respeto a la dignidad humana, salen continuamente a la palestra.
Pero, en esta tarde, no quisiera resolver conflictos sino centrar el debate en su justo
lugar. La cuestión no es preservativos si, preservativos no. Aborto sí, aborto no.
2
Eutanasia si, eutanasia no. Les invito a ir a lo profundo. A las verdades que
fundamentan nuestras afirmaciones más cotidianas. ¿Quién es el ser humano? ¿Qué
tiene que hacer para ser feliz? ¿Cuál es su constitución más profunda? ¿Quién es Dios?
¿Quién es Cristo? A este tipo de preguntas quiere responder el Centro Diocesano de
Teología. De la respuesta a estas preguntas depende todo.
Sería interesante en esta tarde tratar de dibujar, a grandes rasgos, la antropología
subyacente a las leyes de reciente implantación sobre las cuestiones del matrimonio y la
familia. También sería muy interesante estudiar el proceso histórico del pensamiento de
occidente en estos últimos tiempos. ¿Qué ha sucedido el Occidente para que, en apenas
unos cuarenta años, la visión del matrimonio y la familia haya cambiado tanto? Pero
dejo esa labor para otro momento porque creo que hay algo más urgente que hacer:
anunciar el Evangelio.
2. El Evangelio del matrimonio y la familia: la «antropología adecuada»
Les invito a escuchar el corazón de nuestros pastores, los obispos de España,
donde anida una sincera preocupación por todas las familias. Como repuesta a la
situación actual, los Obispos españoles han trazado unas líneas de acción en algunos
documentos magisteriales recientes. El 27 de abril de 2001, se publicó la Instrucción
Pastoral La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad. El 21 de
noviembre de 2003, veía la luz el Directorio para la Pastoral Familiar de la Iglesia en
España. Finalmente, en el año 2008, la Editorial Edice, perteneciente a la Conferencia
Episcopal Española, ha publicado la obra La pastoral familiar en la parroquia que
pretende ser una ayuda práctica para la aplicación de los documentos anteriores en las
parroquias. El mensaje central es claro: «Los obispos españoles nos dirigimos a las
familias de hoy, en el inicio del tercer milenio, para anunciarles la Buena Noticia del
matrimonio y la familia cristiana en la que encontrarán la verdadera esperanza y
fortaleza en su caminar»9. La Iglesia tiene una Buena Noticia para la familia y en
nuestro Centro Diocesano de Teología esa Buena Noticia es continuamente anunciada y
explicada. El Evangelio de Jesucristo es una Buena Noticia para la familia. ¿Por qué?
El Papa Juan Pablo II nos ha dejado un extensísimo Magisterio sobre las
cuestiones del Matrimonio y la Familia. Uno de los pilares del pensamiento del Siervo
de Dios Juan Pablo II, muy citado en sus obras, fue una expresión contenida en la
Constitución Pastoral Gaudiun et spes del Concilio Vaticano II. Dice así: «En realidad,
el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque
Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro
Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su
amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de
su vocación.»10 En la encíclica programática de su pontificado, Redemptor hominis,
Juan Pablo II hizo de Gaudium et spes 22 uno de los principios teológicos claves de su
Magisterio posterior, muy especialmente el que aborda los temas del matrimonio y de la
familia. Allí decía: «El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo -no
solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces
superficiales e incluso aparentes- debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su
debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por
decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe “apropiarse” y asimilar toda la realidad de
la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo»11.
La Iglesia tiene una Buena Noticia para la familia. ¿Por qué? Porque tiene a
Cristo y Cristo nos ilumina para conocer la verdad sobre el ser humano. Cristo nos
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ofrece la verdadera antropología, aquella que Juan Pablo II llamó la «antropología
adecuada». Y esta antropología ilumina a su vez la verdad sobre el matrimonio y la
familia. En la revelación de Jesucristo conocemos la identidad y la vocación
fundamental del ser humano y de la familia. Podemos decir que el Evangelio de
Jesucristo es el Evangelio del matrimonio y de la familia. Presentar a Jesucristo es lo
mejor que podemos hacer por las familias de hoy, porque en Él encontrarán la respuesta
a sus preguntas más fundamentales.
Según confesaba Juan Pablo II a un grupo de profesores, «la tragedia del
hombre de hoy es que se ha olvidado de quién es: ya no sabe más quién es»12. La
pérdida de la identidad es la amarga enfermedad que padece el ser humano en nuestra
sociedad occidental. Nuestra sociedad actual engendra un sujeto que no ha resuelto
satisfactoriamente la pregunta sobre su identidad. Ya no sabe quién es ni hacia dónde
debe encaminar su existencia. No sabe cuál es su vocación ni su identidad.
La pregunta moral fundamental para todo hombre versa sobre su propia
identidad. Es la pregunta existencial por excelencia, a la cual cada uno debe dar
respuesta desde su propia vida, aunque nadie puede responderse a sí mismo de manera
autónoma. Es el imperativo interior que formuló Sócrates a partir del oráculo de Delfos:
«conócete a ti mismo», al cual llegamos reflexionando sobre las causas de nuestro
obrar. «El hombre creado se encuentra desde el primer momento de su existencia frente
a Dios casi como a la búsqueda de la propia identidad; se podría decir: en la búsqueda
de la definición de sí mismo.»13 Según lo dicho anteriormente, a los interrogantes del
hombre sobre su propia identidad, sólo Dios da la respuesta adecuada en los misterios
de la Encarnación y Redención de Cristo. Sólo Aquel que dice de sí mismo: «Yo Soy el
que Soy» (Ex 3,14) puede revelar la identidad humana14.
Ahora nos preguntamos: ¿qué es lo que nos dice Cristo sobre nuestra identidad y
vocación? Voy a tratar de mostrarles, muy brevemente, los puntos fundamentales de lo
que Juan Pablo II llamó la «antropología adecuada» y que constituye el núcleo
fundamental del Evangelio del matrimonio y la familia. Esta antropología es la que el
Centro Diocesano de Teología ofrece a sus alumnos y su anuncio es el mejor servicio
que le puede ofrecer a las familias de nuestra Diócesis.
a) El plan de Dios
Cristo, plenitud de la Revelación divina15, manifiesta que existe un plan de Dios
sobre el hombre y el cosmos, previo a cualquier proyecto humano. Frente a una
comprensión del ser humano materialista o nihilista, Cristo revela que la existencia
humana no es fruto de una casualidad, sino de un designio amoroso. ¡Existe un plan de
Dios sobre el hombre! Y esto es una Buena Noticia. Este es uno de los aspectos esenciales
de la «antropología adecuada». Ahora nos preguntamos: ¿en qué consiste este plan de
Dios?
Para conocer dicho plan nos dirigimos a Cristo. Podemos contemplar a Cristo en
su diálogo con los fariseos (Mt 19,1-9; Mc 10,1-12) donde le preguntan acerca del «libelo
de repudio», es decir, sobre la posibilidad que Moisés legisló de dar el acta de repudio a la
mujer. En su respuesta, Cristo ofrece una novedad radical. No se centra en cuestiones
psicológicas o sociológicas, ni en una teoría de la evolución de la institución familiar, ni se
apoya en la física o en la biología humana. Jesucristo responde con una remisión al
«principio», haciendo referencia al libro del Génesis: «En el principio creó Dios los cielos
y la tierra» (Gén 1,1).
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b) El hombre como imago Dei
El primer dato que podemos observar en este Plan de Dios, es que el hombre ha
sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1,16-27). El relato de la creación en
siete días se desarrolla en una progresiva gradualidad. Pero «el hombre, en cambio, no es
creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo
a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: “Hagamos
al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…” (Gén 1,26)16 ». Se define así al
hombre sobre la base de la relación con Dios. Dicen los obispos españoles: «la medida
última del hombre no es el cosmos inmenso en el que se encuentra, ni tampoco la sociedad
en la que se desarrolla, sino la relación originaria con Dios»17. En su ser imagen de Dios
(imago Dei) se radica la altísima dignidad del ser humano18. Él es cabeza de la creación,
«única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo»19. Nos encontramos ante
la verdad originaria del hombre, en la que se inscribe la pretensión de universalidad del
Evangelio. Todos somos imagen de Dios y esto es una Buena Noticia. Hasta el más
pequeño de los embriones humanos; hasta el más doliente de los enfermos terminales;
hasta el niño que nace en las peores circunstancias.
Esta condición humana de ser imago Dei se expresa de diversas formas.
Señalamos dos de ellas de capital importancia para la configuración de la «antropología
adecuada»: la libertad y la creación como varón y mujer.
c) La libertad
El Magisterio reciente de la Iglesia critica el falso concepto de libertad que hoy
propugna la cultura dominante. Se habla de un concepto perverso de la libertad20
entendida como capacidad de elección entre diversos bienes que satisfacen los propios
intereses y como radical autonomía frente a cualquier obediencia. Una libertad
solipsista, desvinculada del amor y de la verdad del hombre.
Frente a esta visión, la fe cristiana nos muestra al Dios libre que crea al ser
humano libre, a su imagen y semejanza. Pero esa libertad tiene una finalidad, un orden,
un designio. No es una libertad ciega. La libertad que Cristo revela nos hace ver que el
nacimiento de la libertad se da en el encuentro con el otro. Precisamente por ser distinto
a mí, sólo libremente lo puedo aceptar. La libertad es condición para el amor.
Juan Pablo II afirmaba: «Sí, cada hombre es “guarda de su hermano”, porque
Dios confía el hombre al hombre. Y es también en vista de este encargo que Dios da a
cada hombre la libertad, que posee una esencial dimensión relacional. Es un gran don
del Creador, puesto al servicio de la persona y de su realización mediante el don de sí
misma y la acogida del otro»21.
La libertad cobra su auténtico sentido en su relación con la libertad divina y esta
es la respuesta a la pretensión de la modernidad de concebir al hombre en radical
autonomía. Dios no es el que aplasta o cohíbe la libertad del hombre, sino su garante más
fiel. Los Obispos explican que «lo que mueve y finaliza internamente a la libertad humana
es la llamada originaria a la comunión. Desde la antropología adecuada podemos afirmar
que la libertad brota y se orienta al amor y a la comunión: “La libertad se fundamenta,
pues, en la verdad del hombre y tiende a la comunión”»22. Somos, por tanto, libres para
amar y esto es una Buena Noticia. La libertad queda finalizada en el amor y en la
comunión, y se enraíza en la verdad del hombre.
5
d) Creado como varón y mujer
Una de las aportaciones más originales del Magisterio de Juan Pablo II fue la
inclusión del cuerpo humano en el ser imago Dei del ser humano. Esta consideración
viene explicada en lo que llamamos las catequesis sobre la «Teología del cuerpo» que
Juan Pablo II expuso los miércoles entre los años 1979 y 1984. La imagen de Dios se
manifiesta en la creación del ser humano, que ha sido creado en la dualidad de los
sexos, como varón y mujer. Esta dualidad, es vista por Juan Pablo II como una llamada
a ser una unidad. Los hombres y las mujeres somos diferentes para atraernos y
complementarnos y esto es una Buena Noticia. Dios vive en sí mismo una relación de
amor y nosotros somos su imagen. Decía Juan Pablo II: «El hecho de que el ser
humano, creado como hombre y mujer, sea imagen de Dios no significa solamente que
cada uno de ellos individualmente es semejante a Dios como ser racional y libre;
significa además que el hombre y la mujer, creados como “unidad de los dos” en su
común humanidad, están llamados a vivir una comunión de amor y, de este modo,
reflejar en el mundo la comunión de amor que se da en Dios, por la que las tres
Personas se aman en el íntimo misterio de la única vida divina. El Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo -un solo Dios en la unidad de la divinidad- existen como personas por las
inescrutables relaciones divinas. Solamente así se hace comprensible la verdad de que
Dios en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4,16).»23 La persona, en su dualidad hombre-mujer,
es imagen del Dios-Trinidad. En virtud de esta singular relación, cuando hablamos del
amor humano, reflejo del amor que Dios vive en sí mismo, el arquetipo por excelencia
del amor será «el amor entre el hombre y la mujer, en el cual intervienen
inseparablemente el cuerpo y el alma, y en el que se le abre al ser humano una promesa
de felicidad que parece irresistible, en comparación del cual palidecen, a primera vista,
todos los demás tipos de amor»24.
e) El cuerpo y su significado esponsal
Juan Pablo II, fue más allá en su visión sobre el cuerpo humano. Llegó a decir
que tenemos un cuerpo para amar y sólo en el amor comprendemos su verdadero
significado humano, y esto es una Buena Noticia. Por el amor, el cuerpo es capaz de
expresar a la persona. Participa del dinamismo amoroso con el que Dios creó el mundo.
Es testigo del amor originario con el que Dios lo creó todo. «El cuerpo, que expresa la
feminidad “para” la masculinidad, y viceversa, la masculinidad “para” la feminidad,
manifiesta la reciprocidad y la comunión de las personas. La expresa a través del don
como característica fundamental de la existencia personal. Este es el cuerpo: testigo de
la creación como un don fundamental y, por tanto, testigo del Amor como manantial del
que ha nacido este mismo donar.»25 Tan fuerte es el testimonio que el cuerpo ofrece del
amor de Dios, que Juan Pablo II nos habla del cuerpo como el «sacramento primordial»
que hace visible el amor invisible de Dios26. A esta cualidad del cuerpo humano, Juan
Pablo II la identificó como el carácter esponsal del cuerpo. Que el cuerpo tenga un
carácter esponsal «quiere decir que es capaz de expresar el amor con que el hombrepersona se convierte en don, verificando así el profundo sentido del propio ser y del
propio existir»27. El cuerpo vendría a ser la manifestación visible de algo invisible que
es el Misterio mismo de Dios y de su amor. «Nos encontramos ante una verdad decisiva
de la antropología cristiana: el cuerpo posee un carácter esponsal, esto es, es capaz de
expresar el amor personal que se compromete y entrega.»28
6
Podemos hablar entonces de un auténtico lenguaje del cuerpo, tan significativo en
la vida de cada persona. Este lenguaje es un medio fundamental de comunicación entre
nosotros. El cuerpo es llamado al amor como don de sí. El cuerpo expresa a la persona
con un lenguaje, pero, ¡atención!, este lenguaje no es arbitrario. El cuerpo es capaz de
expresarse mediante unos gestos que poseen una unidad de significado y de
comunicación que la libertad humana no puede manipular. Existen unas reglas en la
comunicación corporal. Nos encontramos ya dados unos significados inscritos en la
corporeidad. Estos significados, propios del lenguaje del cuerpo, se descubren, sobre
todo, en lo que llamamos la genitalidad del hombre y de la mujer. La genitalidad es una
característica sensible de la sexualidad. No agota la sexualidad, que es dimensión de
toda la persona, pero está en la base de la diferencia sexual y posibilita el ejercicio de la
comunión conyugal. El lenguaje de la sexualidad genital se expresa en un acto que le es
propio: el acto sexual conyugal. Éste posee unos significados propios que la conciencia
humana no puede inventar, sino descubrir, asumir e interpretar en el ejercicio de la
paternidad responsable. Estamos hablando del significado unitivo y del significado
procreativo, reconocidos en la encíclica Humanae vitae (n.12) de Pablo VI. La
inseparabilidad entre ambos significados es la garantía de que la entrega conyugal es
verdadera y conforme al plan de Dios. Lo que Dios ha unido que no lo separe el
hombre.
f) La vocación al amor
Juan Pablo II escribió sus catequesis sobre la «Teología del cuerpo» para
acompañar los preparativos del Sínodo dedicado a la familia, que se celebró en el
año1980. Un año más tarde, publicó la Exhortación Apostólica Familiaris consortio.
Juan Pablo II mostraba la participación del hombre, creado como varón y mujer y como
persona corpórea, en el misterio del amor divino. «Dios ha creado al hombre a su
imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo
tiempo al amor. Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de
amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en
la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y
la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación
fundamental e innata de todo ser humano.»29 Hemos nacido para amar y esto es una
Buena Noticia.
La estructura del ser humano posee un carácter dinámico. No sólo importa lo que la
persona «es» sino lo que «está llamada a ser». Actuar como persona es actuar como imago
Dei. La revelación nos muestra sorprendentemente que «Dios es amor»30, y esta verdad
ilumina cómo la persona realiza su condición de imagen de Dios en la medida en que su
relación con los demás es una relación de amor. Con esta luz sabemos que, desde toda la
eternidad, Dios quiso que el hombre llegara a ser en Cristo partícipe de la naturaleza
divina. Su destino es llegar a ser hijo de Dios en el Hijo por el don del Espíritu Santo. El
hombre es llamado a participar en la filiación divina por la gracia. Realiza su condición de
imagen de Dios en la medida en que vive la vida de Cristo, cuya actitud fundamental es de
total donación de sí mismo. El amor es y debe ser, por tanto, la característica principal del
actuar cristiano. Para ello, es transformado por la gracia y revestido de nuevas capacidades.
De ahí el optimismo que debe distinguir al que hace de su vida una entrega por los demás.
«Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción
fundamental de su vida.»31 La dinámica del don es el dinamismo existencial
fundamental inscrito en la verdad del hombre. Ser don es la naturaleza o el significado
7
más íntimo y más profundo de la persona. El hombre, que ha recibido su existencia
como un don, no puede existir más que como un don para otro. Toda persona es un don
para los demás y lleva inscrita una llamada a la donación y, a través de ella, a la
comunión.
En su encíclica programática, Redemptor hominis, escribía Juan Pablo II: «El
hombre no puede vivir sin amor. El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su
vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si
no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente.»32
g) El pecado
La «antropología adecuada» quedaría incompleta sin una mención al pecado. Tras
la caída relatada por el Génesis el hombre experimenta en su interior un rechazo de Dios,
que le lleva a huir de Él. Sufre una modificación a la hora de percibir su cuerpo, su
identidad, su vocación y su relación con los demás. El hombre rompe en su corazón la
Alianza hecha con Dios y el mundo, creado por Dios como un don para el hombre, pasa a
ser lugar y fuente de concupiscencia33. El hombre caído pone en duda el amor de Dios, «el
amor como motivo específico de la creación y de la Alianza originaria (cf. en particular
Gén 3,5), el hombre vuelve la espalda al Dios-Amor, al “Padre”. En cierto sentido lo
expulsa de su corazón»34.
Pero el pecado no tiene la última palabra y esto es una Buena Noticia. Ciertamente,
la imagen de Dios en el hombre no ha desaparecido totalmente tras el pecado. Únicamente
se ha ensombrecido. «El significado esponsal del cuerpo no ha llegado a ser totalmente
extraño a ese corazón: no ha sido totalmente sofocado en él por parte de la
concupiscencia, sino sólo habitualmente amenazado. El “corazón” se ha convertido en
lugar de combate entre el amor y la concupiscencia.»35 Ciertamente tenemos un Salvador:
Cristo. La respuesta de Dios a esta situación del hombre es el anuncio de un “nuevo
Principio”, fruto de la maternidad de una Mujer. En Cristo, Hijo de Dios e Hijo de María,
se nos revela que la verdad última del hombre no es el pecado, sino la salvación. Ya en el
Génesis, en el llamado «proto-Evangelio»36, se nos anunciaba la Salvación y nació la
esperanza en la humanidad. Ahora se ha cumplido en Cristo y «nosotros hemos sido
salvados» (Rom 8,24).
Éstos han sido los puntos fundamentales de la «antropología adecuada», núcleo
fundamental del Evangelio del matrimonio y la familia. Concluimos con una necesaria
mención a la Pastoral Familiar, cauce concreto de transmisión de esta Buena Noticia.
3. La Pastoral Familiar y lo que las familias aportan
El pasado 21 de junio, el Cardenal Rouco Varela presentaba la carta pastoral
sobre el tema de la familia a la que antes hemos aludido. Decía el Cardenal: «¡No se
puede esperar un minuto más en nuestra comunidad diocesana de Madrid si queremos
seriamente y con auténtico espíritu apostólico evangelizar a la sociedad madrileña de
nuestros días! ¡No es posible ya vacilar respecto a la prioridad pastoral del matrimonio
y de la familia cristiana! La honda y extendida crisis en que hoy se ven sumidas afectan
no ya solamente al futuro de la fe y de la Iglesia, sino también, e incluso más
radicalmente, a la vida y a la esperanza misma de la humanidad. Los hechos en los que
se manifiesta esta crisis de esos bienes, más primeros y más esenciales para el destino
del hombre, que son el matrimonio y la familia, saltan tanto a la vista, son tan patentes y
8
masivos, que sólo a los ciegos de razón y de corazón les pueden pasar
desapercibidos.»37
En la Iglesia, todos tenemos la sensación de que «hay que hacer algo». Nuestros
Pastores nos ofrecen valiosos documentos muy recientes sobre la Pastoral Familiar.
Sólo falta una cosa: aplicarla. Urge una renovada Pastoral Familiar y muchos ya se han
puesto a trabajar.
Quisiera hacer una breve alusión al que quizás haya sido el acontecimiento
«familiar» más importante celebrado en nuestro país en los últimos años. Se trata de la
«Fiesta por la familia cristiana» que tuvo lugar en Madrid el 30 de diciembre de 2007. A
mi modo de entender, esta celebración fue un claro ejercicio de lo que debería ser una
buena Pastoral Familiar: las familias tomaron el protagonismo que les corresponde en la
sociedad y en la Iglesia. A pesar de las circunstancias adversas, las familias se han
mostrado portadoras de una luz que sólo ellas pueden proyectar. Con el testimonio de una
vida familiar feliz y acorde con el plan de Dios, las familias cristianas ofrecen a nuestra
sociedad una nueva esperanza para todo aquel que busca con sinceridad el amor y la
comunión.
Respondamos a la segunda pregunta que nos hacíamos al inicio. ¿Qué es lo que
tienen que decir las familias de la Diócesis al Centro Diocesano de Teología? Su
primera aportación consiste en su capacidad para iluminar el ser y la misión de la
Iglesia. La familia no sólo es el icono de la Trinidad. También es imagen de la
comunión eclesial: la Iglesia es una familia. La entrega de Cristo en la Cruz nos comunica
la gracia de la filiación divina mediante el bautismo y nos convertimos en la gran la familia
de los hijos de Dios. El hecho de ser hijos de Dios obliga a la misma Iglesia a aprender de
la familia su propia misión: la de generar comunión. Éste es el ser y la misión de la Iglesia.
El pecado no tiene la última palabra ya que Cristo ha redimido con su sangre a la
Humanidad. Su amor redentor es capaz de generar una nueva comunión de los hombres
con Dios: la comunión eclesial.
La Iglesia se convierte así en un verdadero hogar familiar donde se desarrollan
relaciones de verdadera fraternidad basadas en la paternidad divina y en la maternidad
eclesial, donde cada miembro es valorado por lo que es y no por lo que hace o tiene, donde
nadie es anónimo ni minusvalorado, y así lo debemos vivir en nuestro Centro Diocesano
de Teología. La comunión eclesial adquiere así un rostro más materno y familiar. Nuestra
misión es hermosa y estimulante. «Vale la pena trabajar por la familia y el matrimonio
porque vale la pena trabajar por el ser humano, el ser más precioso creado por Dios.»38
Recordemos por último a la Sagrada Familia de Nazaret. A ella le
encomendamos a todas las familias de la Diócesis y nuestra andadura en el Centro
Diocesano de Teología en este curso. A su divina fecundidad siempre podremos acudir.
Que su protección nos acompañe siempre.
Muchas gracias.
1
1Jn 4,16.
A. M. ROUCO VARELA, Carta Pastoral «La familia: vida y esperanza para la humanidad» (24-VI-2008).
3
BENEDICTO XVI, Discurso a los Obispos de Francia (14-IX-2008).
2
9
4
Cf. Ley orgánica 9/1985, de 5 de julio, de despenalización del aborto en determinados supuestos.
Anuncio de la ministra de Igualdad Bibiana Aído, 4-IX-2008.
6
Cf. Ley 30/1981, de 7 de julio, por la que se modifica la regulación del matrimonio en el Código Civil y
se determina el procedimiento a seguir en las causas de nulidad, separación y divorcio.
7
Cf. Ley 15/2005, de 8 de julio, por la que se modifican el Código Civil y la Ley de Enjuiciamiento Civil
en materia de separación y divorcio.
8
Cf. Ley 13/2005, reforma del Código civil, en lo que concierne al derecho de contraer matrimonio.
9
CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Instrucción pastoral «La familia: santuario de la vida y esperanza
de la sociedad» (27-IV-2001), 46.
10
CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, 22.
11
JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptor hominis, 10.
12
R. GARCÍA DE HARO, «In memoriam»: Anthropotes 12 (1996) 8.
13
JUAN PABLO II, Audiencia general (10-X-1979) en: ID., Hombre y mujer lo creó, 80.
14
Cf. H.U. VON BALTHASAR, «Las «Nueve tesis de H.U. von Balthasar», en: COMISIÓN TEOLÓGICA
INTERNACIONAL, Documentos 1969-1996 (Madrid, BAC, 2000) 87-102.
15
Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Dei verbum, 2.
16
JUAN PABLO II, Audiencia general (12-IX-1979) en: ID., Hombre y mujer lo creó, 65-66.
17
CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Instrucción pastoral «La familia: santuario de la vida y
esperanza de la sociedad» (27-IV-2001), 49.
18
Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, 12.
19
Ibíd. 24.
20
JUAN PABLO II, Carta Encíclica Evangelium vitae, 20.
21
Ibíd. 19.
22
CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Instrucción pastoral «La familia: santuario de la vida y
esperanza de la sociedad» (27-IV-2001), 49.
23
JUAN PABLO II, Carta Mulieris dignitatem, 7.
24
BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, 2.
25
JUAN PABLO II, Audiencia general (9-I-1980) en: ID., Hombre y mujer lo creó, 121.
26
Cf. ID., Audiencia general (20-II-1980) en: ibíd., 143-144; Juan Pablo II también llamó al cuerpo
«presacramento». Cf. ID., Tríptico romano (Murcia, Universidad Católica San Antonio, 2003).
27
ID., Audiencia general (23-VII-1980) en: ibíd., 211.
28
CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Instrucción pastoral «La familia: santuario de la vida y
esperanza de la sociedad» (27-IV-2001), 53.
29
FC 11. Esta verdad fundamental fue recordada por Benedicto XVI en el discurso pronunciado en el
Encuentro Festivo y Testimonial (8.VII.2006) con motivo del V Encuentro Mundial de las Familias en
Valencia: «Unidos por la misma fe en Cristo, nos hemos congregado aquí, desde tantas partes del mundo,
como una comunidad que agradece y da testimonio con júbilo de que el ser humano fue creado a imagen
y semejanza de Dios para amar y que sólo se realiza plenamente a sí mismo cuando hace entrega sincera
de sí a los demás».
30
1Jn 4, 8.
31
BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, 1.
32
JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptor hominis, 10.
33
Cf. JUAN PABLO II, Audiencia general (30-IV-1980) en: ID., Hombre y mujer lo creó, 184.
34
Ibíd. 186.
35
JUAN PABLO II, Audiencia general (23-VII-1980) en: ID., Hombre y mujer lo creó, 212.
36
Cf. Gén 3,15.
37
A. M. ROUCO VARELA, presentación de la Carta Pastoral «La familia: vida y esperanza para la
humanidad» (21-VI-2008).
38
BENEDICTO XVI, Palabras dirigidas a los participantes en la celebración «Por la familia cristiana»
celebrada en Madrid, durante el rezo del Ángelus (30-XII-2007).
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