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Un amante de ensueño
Sherrilyn Kenyon
(Saga de los Cazadores – Libro I)
308
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Epílogo
Prólogo
Una antigua leyenda griega.
Poseedor de una fuerza suprema y de un valor sin parangón, fue bendecido por
los dioses, amado por los mortales y deseado por todas las mujeres que posaban los
ojos en él. No conocía la ley, y no acataba ninguna.
Su habilidad en la batalla, y su intelecto superior rivalizaban con los de Aquiles,
Ulises y Heracles. De él se escribió que ni siquiera el poderoso Ares en persona podía
derrotarle en la lucha cuerpo a cuerpo.
Y, por si el don del poderoso dios de la guerra no hubiera sido suficiente,
también se decía que la misma diosa Afrodita le besó la mejilla al nacer, y se aseguró
de que su nombre fuese siempre guardado en la memoria de los hombres.
Bendecido por el divino toque de Afrodita, se convirtió en un hombre al que
ninguna mujer podía negarle el uso de su cuerpo. Porque, llegados al sublime Arte del
Amor… no tenía igual. Su resistencia iba más allá de la de cualquier mero mortal. Sus
ardientes y salvajes deseos no podían ser domados.
Ni negados.
De cabello y piel dorados, y con los ojos de un guerrero, de él se comentaba
que su sola presencia era suficiente para satisfacer a las mujeres, y que con un solo
roce de su mano les proporcionaba un indecible placer.
Nadie podía resistirse a su encanto.
Y proclive como era a provocar celos de otros, consiguió que le maldijeran. Una
maldición que jamás podría romperse.
Como la del pobre Tántalo, su condena fue eterna: nunca encontraría la
satisfacción por más que la buscase; anhelaría las caricias de aquélla que le invocara,
pero tendría que proporcionarle un placer exquisito y supremo.
De luna a luna, yacería junto a una mujer y le haría el amor, hasta que fuese
obligado a abandonar el mundo.
Pero se ha de ser precavida, porque una vez se conocen sus caricias, quedan
impresas en la memoria. Ningún otro hombre será capaz de dejar a esa mujer
plenamente satisfecha. Porque ningún varón mortal puede ser comparado a un hombre
de tal apostura. De tal pasión. De una sensualidad tan atrevida.
Guárdate del Maldito.
Julian de Macedonia.
Sostenlo sobre el pecho y pronuncia su nombre tres veces a medianoche, bajo
la luz de la luna llena. Él vendrá a ti y hasta la siguiente luna, su cuerpo estará a tu
disposición.
Su único objetivo será complacerte, servirte.
Saborearte.
Entre sus brazos aprenderás el significado de la palabra «paraíso».
Capítulo 1
— Cielo, necesitas que te echen un buen polvo.
Grace Alexander se estremeció al escuchar el grito de Selena en mitad del
pequeño Café de Nueva Orleáns, donde se encontraban apurando los restos del
almuerzo, consistente en judías rojas con arroz. Desafortunadamente para ella, la
voz de su amiga poseía un encantador timbre agudo que podía hacerse oír incluso en
mitad de un huracán.
Y que en esta ocasión, fue seguido de un repentino silencio en el atestado local.
Al echar un vistazo a las mesas cercanas, Grace percibió que los hombres
dejaban de hablar, y se giraban para observarlas con mucho más interés del que a ella
le gustaría.
¡Jesús! ¿Aprenderá alguna vez Selena a hablar en voz baja? O peor aún, ¿qué
será lo próximo que haga, quitarse la ropa y bailar desnuda sobre las mesas?
Otra vez.
Por enésima vez desde que se conocieron, Grace deseaba que Selena pudiese
sentirse avergonzada. Pero su vistosa, y a menudo extravagante, amiga no conocía el
significado de dicha palabra.
Se tapó la cara con las manos e hizo lo que pudo por ignorar a los curiosos
mirones. Un deseo irrefrenable de deslizarse bajo la mesa, acompañado de una
urgencia aún mayor de darle una buena patada a Selena, la consumían.
— ¿Por qué no hablas un poquito más alto, Lanie? —murmuró—. Supongo que los
hombres de Canadá no habrán podido escucharte.
— Oh, no lo sé —dijo el guapísimo camarero moreno al detenerse junto a su
mesa—. Seguramente se dirigen hacia aquí mientras hablamos.
Un calor abrasador tomó por asalto las mejillas de Grace ante la diabólica
sonrisa que le dedicó el camarero, obviamente en edad de acudir a la universidad.
— ¿Puedo ofrecerles algo más, señoras? —preguntó, y después miró
directamente a Grace—. O para ser más exactos, ¿hay algo que pueda hacer por
usted, señora?
Lanie?
¿Qué tal una bolsa con la que taparme la cabeza y un garrote para golpear a
— Creo que ya hemos acabado —contestó Grace con las mejillas ardiendo.
Definitivamente, mataría a Selena por esto—. Sólo necesitamos la cuenta.
— Muy bien, entonces —dijo sacando la nota, y escribiendo algo en la parte
superior del papel. La colocó justo delante de Grace—. Puede hacerme una llamadita
si necesita cualquier cosa.
Una vez el camarero se marchó, Grace se dio cuenta de que había anotado su
nombre y su teléfono en la parte superior del papel.
Selena le echó un vistazo y soltó una carcajada.
— Espera y verás —le dijo Grace, reprimiendo una sonrisa mientras calculaba
el importe de la mitad de la cuenta con su Palm Pilot—. Me las pagarás.
Selena ignoró la amenaza y se dedicó a buscar el dinero en su bolso adornado
con cuentas.
— Sí, sí. Eso lo dices ahora. Si yo estuviese en tu lugar, marcaría ese número.
Es monísimo el chico.
— Jovencísimo —corrigió Grace—. Y creo que voy a pasar. Lo último que
necesito es que me encierren por corrupción de menores.
Selena paseó la mirada por el preciso lugar donde el camarero esperaba, con
una cadera apoyada en la barra.
— Sí, pero don Soy Igualito a Brad Pitt, que está ahí enfrente, bien lo merece.
Me pregunto si tendrá algún hermano mayor…
— Y yo me pregunto cuánto estaría dispuesto a pagar Bill por saber que su
mujer se ha pasado todo el almuerzo comiéndose con los ojos a un chaval.
Selena resopló mientras dejaba el dinero sobre la mesa.
— No me lo estoy comiendo. Lo estoy evaluando para ti. Después de todo, era
de tu vida sexual de lo que hablábamos.
— Bueno, mi vida sexual es sensacional y no le interesa a la gente que nos rodea.
—Y tras soltar el dinero en la mesa, cogió el último trozo de queso y se encaminó
hacia la puerta.
— No te enfades —le dijo Selena mientras salía tras ella a la calle, atestada
de turistas y de los clientes habituales de los establecimientos de Jackson Square.
Las notas de jazz de un solitario saxofón se escuchaban por encima de la
cacofonía de voces, caballos y motores de automóviles; una oleada de calor típico de
Louisiana las recibió al salir a la calle.
Intentado no hacer caso del aire, tan espeso que dificultaba la respiración,
Grace se abrió camino entre la multitud y los tenderetes ambulantes, dispuestos a lo
largo de la valla de hierro que rodeaba Jackson Square.
— Sabes que es cierto —le dijo Selena una vez la alcanzó—. Quiero decir, ¡Dios
mío, Grace!, ¿cuánto hace? ¿Dos años?
— Cuatro —contestó ella con aire ausente—. ¿Pero a quién le interesa llevar la
cuenta?
— ¿Cuatro años sin tener relaciones sexuales? —repitió Selena incrédula.
Varios mirones se detuvieron, curiosos, para observar alternativamente a
Selena y a Grace.
Ajena —como era habitual en ella— a la atención que despertaban, Selena
continuó sin detenerse.
— No me digas que tú has olvidado que estamos en plena Era de la Electrónica.
O sea, vamos a ver, ¿alguno de tus pacientes sabe que llevas tanto tiempo sin echar
un polvo?
Grace acabó de tragarse el trozo de queso y le dedicó a su amiga una
desagradable y furiosa mirada. ¿Es que la intención de Selena era la de gritar a todo
pulmón, en plena Vieux Carre, sus asuntos personales a todo humano y caballo que
pasara por la zona?
—Baja la voz —le dijo, y añadió con sequedad—, no creo que sea de la
incumbencia de mis pacientes si soy o no la reencarnación de la Virgen. Y con respecto
a la Era de la Electrónica, no quiero tener una relación con algo que viene acompañado
de una etiqueta con advertencias y unas pilas.
Selena soltó un bufido.
— Sí, vale, oyéndote hablar se diría que la mayoría de los hombres deberían
venir acompañados de una etiqueta con esta advertencia: —alzó las manos para
enmarcar la siguiente afirmación— Atención, por favor, Alerta Psíquica. Yo, macho-
man, soy propenso a sufrir horribles cambios de humor, y a poner caras largas, y
poseo la habilidad de decir la verdad a una mujer sobre su peso, sin previo aviso.
Grace soltó una carcajada. Había soltado de carretilla, en innumerables
ocasiones, ese discursito sobre las etiquetas que deberían llevar los hombres.
— Ah, ya lo entiendo, Doctora Amor —dijo Selena imitando la voz de la doctora
Ruth[1]—. Usted se limita a sentarse y escuchar cómo sus pacientes le largan todos
los detalles íntimos de sus encuentros sexuales, mientras usted vive como un miembro
vitalicio del “Club de las Bragas de Teflón”. —bajando la voz, Selena añadió:— No
puedo creer que después de todo lo que has escuchado en tus sesiones, nada haya
conseguido revolucionar tus hormonas.
Grace le lanzó una mirada divertida.
— Bueno, a ver, soy una sexóloga. No me beneficiaría mucho que mis pacientes
se dedicaran a hacerme experimentar la petit mort mientras echan fuera todos sus
problemas. En serio, Lanie, perdería el título.
— Pues no entiendo cómo puedes aconsejarles, cuando ni siquiera te acercas a
un hombre.
Haciendo una mueca, Grace comenzó a caminar hacia el lado opuesto de la plaza,
justo frente a la Oficina de Información Turística, donde Selena había instalado su
puestecillo para echar las cartas y leer las líneas de las manos.
Cuando llegó al tenderete —una mesa cubierta con una faldilla de color morado
intenso—, suspiró.
— Sabes que no me importaría quedar con un hombre que se mereciera que me
depilara las piernas. Pero la mayoría resulta ser una pérdida de tiempo tan evidente
que prefiero sentarme en el sofá y ver las reposiciones de Hee Haw[2].
Selena le dedicó una expresión irritada.
— ¿Qué tenía de malo Gerry?
— Mal aliento.
— ¿Y Jamie?
— Le encantaba hurgarse en la nariz. Especialmente durante la cena.
— ¿Tony?
Grace miró a Selena y ésta alzó las manos.
— Vale, quizás tuviera un pequeño problema con lo de las apuestas. Pero es que
todos necesitamos distraernos con algo.
Grace la miró furiosa.
— Eh, Madam Selene, ¿ya has regresado de almorzar? —le preguntó Sunshine
desde el puestecillo situado justo al lado del suyo, en el que vendía objetos de loza y
dibujos, hechos por ella.
Unos años más joven que ellas, Sunshine tenía una larga melena negra y siempre
llevaba ropas que a Grace le hacían pensar que estaba delante de un hada. Su
vestimenta de hoy consistía en una liviana falda blanca, que hubiese resultado obscena
de no ser por los leotardos rosados que llevaba debajo, y una preciosa camisa de
estilo medieval.
— Sí, ya he vuelto —le contestó Selena mientras se arrodillaba para abrir la
tapa del carrito de la compra que todas las mañanas aseguraba a la verja de hierro
con una de esas cadenas que se usan para las bicicletas—. ¿Algo interesante durante
mi ausencia?
— Un par de chicos cogieron una de tus tarjetas, y dijeron que regresarían
después de comer.
— Gracias —dijo Selena guardando el monedero en el carro, sacó la caja de
puros azul donde guardaba el dinero y las cartas de tarot —siempre envueltas en un
pañuelo de seda negra—, y un delgado, pero gigantesco, libro con tapas de cuero
marrón que Grace no había visto nunca.
Selena se colocó su enorme pamela de paja, se dio la vuelta y se puso en pie.
— ¿Tus artículos tienen los precios marcados? —preguntó a Sunshine.
— Sí —le contestó ésta mientras cogía su monedero—. Sigo diciendo que trae
mala suerte; pero al menos, si alguien quiere saber lo que valen cuando no estoy, puede
averiguarlo.
Una motocicleta de aspecto desastroso frenó a cierta distancia.
— ¡Eh, Sunshine! —gritó el conductor—....
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