Franquismo exultante

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IV EL FRANQUISMO EXULTANTE, 1961-1969
Los gobiernos del «desarrollo»
Iniciada la década de los sesenta las expectativas de futuro para Franco y los principales dirigentes
polÃ−ticos que le rodeaban no podÃ−an ser más halagüeñas: los más graves problemas económicos
asociados a la fase de estabilización ya habÃ−an sido superados y, desde 1961, la economÃ−a española
crecÃ−a a buen ritmo. Sin embargo, en el horizonte aparecÃ−an nuevos problemas; la primavera de 1962
sintetizó en buena medida la dinámica polÃ−tico-social que caracterizarÃ−a los años venideros: por un
lado, se produjo una importante movilización obrera para conseguir mejoras materiales en un contexto de
fuerte crecimiento económico; por otro, se puso de manifiesto la diversificación de la contestación al
régimen, obligándolo a asegurarse el mantenimiento de apoyos y a intentar atraer a sectores
incipientemente crÃ−ticos con algunas tentativas reformistas sui generis.
El cambio de década se habÃ−a caracterizado por una fuerte crisis de trabajo, que impulsó una importante
emigración al extranjero; aquella coyuntura frenó las reivindicaciones obreras. Pero en 1962 la situación
económica era otra, y entonces estalló el malestar acumulado en los años anteriores. La movilización se
produjo en parte en torno a la negociación colectiva; la Ley de Convenios Colectivos se habÃ−a aprobado en
1958, pero fue en 1962 el primer año en el que la negociación de convenios colectivos alcanzó un nivel
significativo, porque fue entonces cuando afectó a sectores y provincias con una fuerte concentra−ción
obrera y una larga tradición reivindicativa. La protesta obrera empezó en abril en la minerÃ−a asturiana,
ampliándose después a otras zonas mineras; en el mes de mayo los conflictos se extendie−ron a Vizcaya y
Guipúzcoa, donde miles de trabajadores meta−lúrgicos exigieron incrementos salariales. Ante aquel
panorama, y en un intento de hacer abortar las protestas, el gobierno esta−bleció el estado de excepción en
el PaÃ−s Vasco y Asturias, aun−que no consiguió que se extinguieran; contrariamente las huel−gas
aparecieron en Cataluña. AsÃ− la conflictividad obrera adquirió una dimensión polÃ−tica importante y el
propio Franco dedicó gran atención a los conflictos pues, según afirma Franco Salgado− Araujo, en mayo
«el Caudillo [estuvo] muy ocupado con el asunto de las huelgas mineras».
Sin embargo, para los dirigentes franquistas más preocupante fue lo que oficialmente se denominó el
«contubernio de Munich». El afianzamiento de la Comunidad Económica Europea después del
Tratado de Roma de 1957 habÃ−a impulsado al equipo eco−nómico del gobierno a solicitar oficialmente, el
9 de febrero de 1962, la apertura de negociaciones para la incorporación espa−ñola a la CEE, con lo que
pretendÃ−a mejorar las expectativas eco−nómicas al tiempo que aumentar su legitimación internacional.
Fue en ese marco donde adquirió la mayor relevancia la resolu−ción del IV Congreso del Movimiento
Europeo reunido en Munich el 7 y el 8 de junio.
El Movimiento Europeo era un organismo paraoficial que coordinaba diferentes organizaciones que
propugnaban la profun−dización de la unidad europea. A la reunión de aquel año fue invitada una
delegación española, compuesta por 118 personas pertenecientes a las corrientes antifranquistas
demócrata-cris−tiana, liberal, socialdemócrata y socialista, tanto del interior como del exilio. Dicha
delegación escenificaba ante las cancillerÃ−as europeas el acercamiento entre distintos personajes
conservado−res que habÃ−an apoyado el régimen en su etapa inicial, y distin−tos sectores de la oposición
antifranquista; su objetivo de ase−gurar que el congreso aprobara una resolución de apoyo a la democracia
en España se vio cumplido y, dado que en aquel momento la CEE era considerada como el sÃ−mbolo
polÃ−tico de Europa, en la declaración final se afirmaba que «la integración, ya en forma de adhesión,
ya de asociación de todo paÃ−s a Europa, exige de cada uno de ellos instituciones democráticas». El
mani−fiesto no podÃ−a ser más moderado, sin embargo, la respuesta gubernamental no pudo ser más
furibunda.
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El mismo dÃ−a 8 estuvo reunido el Consejo de Ministros y deli−beró sobre la reacción adecuada ante lo
que consideraba tina conspiración de «enemigos y traidores» contra el régimen. El gobierno decidió
suspender el artÃ−culo 14 del Fuero de los Espa−ñoles, que garantizaba la libre residencia, para poder
desterrar a una parte de los participantes del interior; otros fueron dete−nidos y, ante ello, algunos más
optaron por el exilio. Por otro lado, en los dÃ−as siguientes el gobierno desató una virulenta cam−paña de
prensa que culminó una semana después cuando el pro−pio Franco, en un discurso en Valencia, hizo
alusión al trato que la prensa extranjera dedicaba a España, calificando a aquélla de «lacaya del
comunismo internacional». Con aquel episodio el lenguaje utilizado retrocedió veinte años, y entonces la
prensa extranjera tuvo nuevos argumentos para descalificar el régimen franquista. Los embajadores
españoles en Europa y los Estados Unidos, en los informes que remitieron, coincidieron en señalar que en
poco tiempo se habÃ−a destruido una parte de su laboriosa tarea para presentar el franquista como un
régimen respetable.
No obstante habrÃ−a que señalar que, ciertamente, los diri−gentes franquistas mostraron escasa templanza y
dieron al aconte−cimiento mayor significación de la que en otro caso hubiera tenido, pero que el nerviosismo
que se adueñó de algunos de ellos es explicable. La «aparente reconciliación que, cual nuevo "Pacto de
Munich"», según ABC, firmaron el monárquico conservador José MarÃ−a Gil Robles y el socialista
Rodolfo Llopis mostraba, en la escena internacional, que estaba conformándose en España una oposición
moderada que «tan sólo» planteaba la instauración de un sistema democrático equivalente al asentado
en la mayor parte de Europa. El discurso franquista, según el cual en España toda la oposición era
«subversiva», no era por tanto sostenible formalmente. Por otro lado, el gobierno de Franco supo desde
entonces que no obtendrÃ−a la homologación que hubiera supuesto algún tipo de acuerdo con el Mercado
Común, lo que debilitaba su posición y frenaba de alguna manera el proyecto de aumentar la legitimación
polÃ−tica por la vÃ−a de la participa−ción en la integración económica europea.
Después del «error» de junio fue imprescindible recomponer la imagen internacional de la dictadura,
profundizando la renova−ción ministerial iniciada en 1957. El cambio de gobierno de julio de 1962 fue
destacable desde distintas perspectivas. Por primera vez se nombró un vicepresidente, cargo que fue ocupado
por AgustÃ−n Muñoz Grandes, uno de los dos capitanes generales del ejército español; el otro era el
mismo Franco. La función de vice−presidente para sustituir a Franco en caso de «ausencia o
enfer−medad» era a aquellas alturas imprescindible, dado que aquel mismo año el dictador cumplÃ−a
setenta años. Pero la posición des−tacada de Muñoz Grandes en el gobierno respondÃ−a a otros
ele−mentos. Muñoz Grandes era visto como la plasmación de la importancia del ejército en el
régimen -era el jefe del Alto Estado Mayor y, desde julio de 1962, también «coordinador de los
depar−tamentos afectos a la Defensa Nacional»-. Por otro lado, su con−dición falangista compensaba la
ascensión de los tecnócratas pro−tegidos por Luis Carrero.
Aunque continuaron en el gobierno muchos ministros del gabinete de 1957, varios ministerios cambiaron de
titular, entre ellos los militares que fueron ocupados por Pablo MartÃ−n Alonso -Ejército-, Pedro Nieto
Antúnez -Marina- y José Lacalle -Aire-; y el de Educación, confiado a Manuel Lora Tamayo. Sin
embargo, la imagen de renovación estuvo asociada al protagonismo de tres figuras principales: Gregorio
López Bravo, Manuel Fraga y José SolÃ−s. Gregorio López Bravo, miembro del Opus Dei que habÃ−a
colaborado con distintos ministerios económicos desde 1959, fue nombrado ministro de Industria, ámbito
en el que desplegó una gran capacidad de iniciativa y cultivó una imagen de eficacia que le permitió estar
presente en los medios de comunicación con una intensidad desconocida por los anteriores titulares de la
cartera. Con López Bravo eran cinco los ministros vinculados a la Obra, todos ellos en responsabilidades
económicas. Los falangistas no estaban presentes en igual número, aunque dos de ellos -Fraga y SolÃ−simprimieron a sus carteras un activismo inusitado, canali−zando hacia sÃ− una gran atención aunque
generando también una hostilidad de la misma o mayor envergadura.
Sin duda, Manuel Fraga Iribarne fue una figura central en la dinámica del poder franquista de la década de
los sesenta. Fraga, siendo muy joven, habÃ−a ocupado distintas responsabilidades a lo largo de los años
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cincuenta, entre ellas la de secretario general técnico del Ministerio de Educación y en 1962 era director
del Instituto de Estudios PolÃ−ticos. A Fraga le fue encomendado el Ministerio de Información y Turismo,
dirigido los anteriores once años por Gabriel Arias Salgado bajo el axioma integrista «toda la libertad para
la verdad, ninguna libertad para el error», de manera que su polÃ−tica informativa habÃ−a sido de un
sectarismo cerril, lo que quedó palmariamente en evidencia en la campaña contra el «contubernio de
Munich» del mes anterior. Fraga era, incluso vitalmente, la antÃ−tesis de Arias Salgado. Su paso por el
ministerio estuvo marcado por dos principios fundamentales: una defensa incondicional del régimen
combinada con una propuesta de reformas, autocalificadas de «aperturistas», indispensables, desde su
perspectiva, para asegurar la continuidad de aquél. El protagonismo de Fraga se debió, por un lado, a la
importancia de sus propuestas, teniendo en cuenta el marco en el que se desa−rrollaban; la resistencia en
particular a una nueva ley de prensa le obligó a ejercer una gran presión, lo que, como se verá, generó
importantes tensiones dentro del aparato polÃ−tico franquista; por otro lado, su protagonismo derivó del
hecho de que, en los años sesenta, los medios de comunicación -en especial la televisión- adquirieron una
presencia social destacable, y fue Fraga el res−ponsable de la propaganda polÃ−tica.
José SolÃ−s Ruiz fue también capaz de mantener su espacio polÃ−tico más allá del que Luis Carrero,
el poderoso vicesecretario de la Presidencia, hubiera deseado. Aunque la entrada de SolÃ−s en el gobierno se
habÃ−a producido en 1957, fue desde 1962 cuando pudo impulsar sus propuestas para intentar asegurar el
protagonismo polÃ−tico del Movimiento o, corno mÃ−nimo, evitar su pérdida de posiciones, como en la
práctica estaban procurando los asesores de Carrero.
Si bien en julio de 1965, se produjo la sustitución de algunos ministros, el nuevo gobierno puede
considerarse la prolon−gación del de 1962 por cuanto existió una continuidad en los pro−yectos
fundamentales y en sus impulsores. Los antiguos titulares de los ministerios de Agricultura, Hacienda, y
Comercio fueron sustituidos por los también tecnócratas Adolfo DÃ−az Ambrona, Juan José Espinosa
y Faustino GarcÃ−a Moncó respectivamente. La cartera de Obras Públicas la ocupó el militante de la
Acción Católica Federico Silva Muñoz; Antonio Oriol y Urquijo, de pro−cedencia tradicionalista,
sustituyó a Antonio Iturmendi al frente del Ministerio de Justicia. La novedad más destacada de 1965 fue la
incorporación al Consejo de Ministros de Laureano López Rodó, que añadió el rango de ministro sin
cartera a su cargo de comisario del Plan de Desarrollo. Con ello Luis Carrero preten−dió reforzar la
posición del que estaba ejerciendo como su par−ticular «eminencia gris».
AsÃ−, podrÃ−a afirmarse que el decenio de los sesenta estuvo presidido por una tensión latente entre los
distintos sectores pre−sentes en el personal polÃ−tico franquista, tensión que se hizo evidente en la segunda
mitad de la década. Todos ellos acepta−ban y defendÃ−an que eran necesarias distintas reformas para
ade−cuar el régimen a los nuevos retos internos e internacionales -crecimiento económico, cambio social,
integración económica europea-, aunque tenÃ−an diferencias importantes sobre las caracterÃ−sticas de las
reformas. No obstante y progresivamente, las proclamas reformistas fueron quedando exclusivamente en eso,
en proclamas, porque los propios cambios sociales, más el incremento de la oposición polÃ−tica a la
dictadura, fueron dis−minuyendo la capacidad de elección de los dirigentes franquis−tas. Si en la primera
mitad de la década los instrumentos polÃ−ti−co-represivos todavÃ−a fueron suficientes para mantener el
control social, al acabar la década condujeron la polÃ−tica gubernamen−tal a un callejón sin salida. Se
mostró entonces la imposibilidad de cambios sin desnaturalizar el régimen.
El «reformismo» franquista
Antes de explicar los proyectos reformistas conviene recor−dar que la represión no perdió protagonismo a
lo largo de los años sesenta. El régimen era consciente de que sin la represión la contestación era
incontrolable. En julio de 1959 se habÃ−a aprobado la Ley de Orden Público, que en el artÃ−culo segundo
tipificaba como delito cualquier acto «que atente a la unidad espiritual, nacio−nal, polÃ−tica y social de
España»; el ámbito de aplicación de la ley era, por tanto, amplÃ−simo, penalizándose desde los paros
obre−ros a las reuniones públicas ilegales, o cualquier acto «que alte−rase la convivencia social».
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Además continuaba vigente la mayor parte de la legislación represiva que ponÃ−a en manos de la
juris−dicción militar a los opositores polÃ−ticos.
Si comparamos la represión de los años sesenta con la de la inmediata posguerra, era evidentemente mucho
más selectiva, por cuanto en los cuarenta fue avasalladora, pero continuó siendo extraordinaria. Además
en los primeros sesenta se produjeron dis−tintos acontecimientos que la hicieron más visible dentro y fuera
del territorio nacional. Si en 1962 las represalias contra los participantes en el Congreso de Munich habÃ−an
tenido gran reper−cusión en la prensa europea, mucho más eco tuvo en 1963 la deci−sión franquista de
juzgar y condenar a muerte a Julián Grimau por hechos de la Guerra Civil. En los meses que transcurrieron
entre la detención (noviembre de 1962) y el fusilamiento del diri−gente comunista (abril de 1963) se
desarrolló una intensa cam−paña internacional en la que se denunció la indefensión que sufrÃ−an los
detenidos en España, especialmente los procesados por la jurisdicción militar, y las múltiples
irregularidades, entre ellas -como sucedió en el caso de Grimau- que el fiscal no tenÃ−a ni titulación
jurÃ−dica para ejercer como tal, según se supo pos−teriormente. La campaña que emprendieron distintas
organiza−ciones tuvo como consecuencia que importantes dirigentes euro−peos -desde Willy Brandt a la reina
británica Isabel II, pasando por el futuro Papa Pablo VI- solicitaran clemencia a Franco, a lo que éste se
negó. Consciente de las consecuencias que ten−drÃ−a la ejecución, el ministro de Asuntos Exteriores
Fernando MarÃ−a Castiella aconsejó igualmente el indulto. Pero el espÃ−ritu de revancha tuvo más fuerza
que las consideraciones polÃ−ticas; ese mismo año se produjeron dos nuevas ejecuciones: dos militantes
anarquistas -Francisco Granados y JoaquÃ−n Delgado −fueron ejecutados por garrote vil, condenados
injustamente por atentar contra edificios oficiales en Madrid.
En un intento de responder al rechazo de la opinión pública internacional, al incremento de la
contestación, y a los proble−mas derivados del carácter de la propia jurisdicción militar, en diciembre de
1963 se aprobó la creación del Juzgado y el Tri−bunal de Orden Público, que comportó pasar a la
jurisdicción ordinaria la represión de buena parte de la contestación polÃ−ti−ca. El objetivo de la medida
era recomponer los mecanismos represivos para hacer frente a los problemas mencionados, no dis−minuir su
papel, como se comprobarÃ−a en los años venideros. AsÃ−, en el año 1968, por ejemplo, el TOP dictó
1.054 sentencias, de las que el 77 por 100 fueron condenas.
La represión continuó siendo esencial para el mantenimiento del «orden» franquista, lo cual no era
obstáculo para que, para−lelamente, algunos dirigentes franquistas consideraran posible combinar cierta
«apertura» informativa con el control polÃ−tico. Ese era el caso del titular de Información y Turismo. A
los pocos meses de ser nombrado ministro, Manuel Fraga tuvo que dirigir la campaña para contrarrestar el
descrédito internacional provo−cado por el fusilamiento de Grimau y acusó al dirigente comu−nista de ser
«un asesino repugnante». Aquel mismo 1963 tuvo lugar en Asturias un nuevo e importante episodio de
protesta obrera, reproducida en los años siguientes. Un grupo de más de cien intelectuales -encabezados
por José BergamÃ−n y entre los que se encontraban Vicente Aleixandre, José Luis Aranguren, Gabriel
Celaya, Pedro LaÃ−n Entralgo y un largo etcétera- escri−bió una carta al ministro de Información
protestando por las tor−turas y humillaciones a las que habÃ−an sido sometidos los mine−ros y sus familias.
Fraga defendió la represión y, decidido a no esconder la cabeza bajo el ala, publicó la carta y la contestó
abiertamente, acusando a todos los participantes en las protes−tas de «comunistas» con planes subversivos
perfectamente diseñados. Aceptó que quizá se hubiera cometido una arbitrarie−dad al cortar el pelo al
cero a dos mujeres, pero añadió que «las sistemáticas provocaciones de estas damas a la fuerza
pública la hacÃ−an más que explicable».
A partir de 1964 la actividad del ministro de Información y Turismo pudo ser más placentera y uno de sus
objetivos centra−les fue orquestar la propaganda franquista en torno a la campaña «XXV Años de
Paz». A aquellas alturas ya se empezaban a mate−rializar los efectos del crecimiento económico y el
régimen se dispuso a capitalizarlo, presentándolo como la consecuencia directa de la «paz» franquista.
AsÃ−, por ejemplo, el 1 de abril de 1964 TVE programó una alocución de Carrero Blanco en el que éste
señaló que «de la guerra que España tuvo que sostener para defender su Fe y su independencia del
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poder del Comunismo que estuvo a punto de sojuzgarnos -que lo recuerden y se lo cuen−ten a sus hijos los
que vivieron en la zona roja-, España salió pletórica de entusiasmo y de fe en sÃ− misma, pero
terriblemente maltrecha en el orden material al quedar desarticulada la ya débil economÃ−a nacional».
«Todo estaba destruido», pero «gracias a la firme decisión del Caudillo y a la fe en él del pueblo
español, la reconstrucción económica se inició inmediatamente y se llevó a cabo sin ayuda de nadie y
en las adversas circunstancias impuestas por una II Guerra Mundial que duró seis años y por un
aislamiento internacional que se prolongó hasta 1951. [ ... ] Este perÃ−odo de crecimiento, sin precedente en
nuestra Historia, es la consecuencia de la paz social lograda por el Movimiento Nacio−nal, que se ha
mantenido inconmovible pese a la contumacia de un enemigo exterior que no cesa en sus ataques, gracias a
las vir−tudes de un pueblo que se ha encontrado a sÃ− mismo al sentirse bien dirigido y a una Organización
Sindical que, asociando a los tres elementos de la producción, empresarios, técnicos y obre−ros, resuelve
en su seno, al menos en primera instancia, los con−flictos laborales, sustituyendo la violencia por el
diálogo». Y con−cluyó: «[...] si llegamos al convencimiento de que la mejor manera de servir a los
intereses de cada cual es servir al bien común y mantenemos la fe y la unidad que hace 25 años nos
die−ron la Victoria, el Plan de desarrollo será un éxito rotundo, pese a todos los intentos que nuestros
contumaces enemigos hagan para malograrlo». El discurso de Carrero es una muestra exce−lente tanto de la
visión del pasado que se reiteraba a la ciuda−danÃ−a como de las preocupaciones del gobierno en aquel
momento, entre las que destacaban los conflictos laborales, con−tra los cuales se prevenÃ−a, presentando la
Organización Sindical como el elemento armonizador de los «productores».
Pero al margen de argumentaciones centrales como ésta, en los ámbitos local y provincial hay que
destacar que, en general y por primera vez, el discurso de los XXV Años de Paz no se centraba en la
cruzada contra el comunismo, el peligro revolu−cionario, los ataques a la Iglesia, en definitiva el recuerdo de
la Guerra Civil. Esas referencias reaparecieron posteriormente tan−tas veces como la dictadura se sintió
hostigada, pero el tono posi−tivo de la campaña de los XXV Años de Paz -recalificada por el abad del
monasterio de Mont:serrat como «25 años de Victo−ria»- es una buena muestra de la confianza que el
régimen tenÃ−a en sÃ− mismo. El eje del discurso se situó, además de en la cons−tatación del
crecimiento, en la mejora de las expectativas vita−les de los españoles y en la exaltación de los valores
tradicio−nalistas. El discurso fue acompañado por centenares de exposiciones, donde se mostraba lo
conseguido y lo proyectado por el régimen para los años venideros.
Pero sin duda alguna el proyecto más importante de Fraga fue la aprobación de una nueva Ley de Prensa.
La ley de prensa vigente era la de 1938, que era en algunos aspectos más restric−tiva que la ley fascista
italiana en la que se inspiró. Desde que accedió al Ministerio de Información y Turismo Fraga habÃ−a
apostado por flexibilizar la polÃ−tica de publicaciones y progra−mación cultural, en especial en aquellos
aspectos no estrictamen−te polÃ−ticos. Eso hizo posible que ya en 1963 apareciera una revista como
Cuadernos para el Diálogo, promovida por demócrata-cris−tianos progresistas del entorno de JoaquÃ−n
Ruiz-Giménez. Pero no fue fácil aprobar una nueva ley para regular las publicacio−nes, porque la
hostilidad que despertaba dicho proyecto era múl−tiple; en particular tenÃ−a la de Carrero Blanco, y la del
propio Franco. Finalmente, el proyecto de ley fue aprobado por el gobierno en octubre de 1965, aunque no fue
ratificado por las Cortes hasta mayo de 1966. Según ha escrito Manuel Fraga, al aprobar la ley Franco
comentó: «No creo en esta libertad, pero es un paso al que nos obligan muchas razones importantes. Y, por
otra parte, pienso que si aquellos débiles gobiernos de pri−meros de siglo podÃ−an gobernar con prensa
libre, en medio de aquella anarquÃ−a, nosotros también podremos». Aunque, obvia−mente, en modo
alguno la ley admitÃ−a una libertad de prensa real.
Los aspectos más destacados de la nueva ley radicaban en la supresión de la censura previa y en la libertad
de la empresa edi−tora para nombrar el director de la publicación. Al margen de ello, en la ley se proclamaba
la libertad de expresión y el derecho a la difusión de la información, si bien acto seguido se establecÃ−an
los lÃ−mites a que estarÃ−an sujetos dichos derechos. AsÃ−, en el artÃ−culo segundo se señalaba que
«son limitaciones: el respeto a la ver−dad y a la moral; el acatamiento a la Ley de Principios del
Movi−miento Nacional y demás Leyes Fundamentales; las exigencias de la defensa nacional, de la seguridad
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del Estado y del mante−nimiento del orden público interior y exterior». Afirmado,', los derechos y
limitaciones se establecÃ−an las sanciones administra−tivas que podrÃ−an imponerse a autores y editores, al
margen de las civiles y penales a que hubiera lugar. La ley establecÃ−a tam−bién el secuestro preventivo
de la publicación, medida utilizada profusamente hasta el final de la dictadura.
Aunque las limitaciones de la ley eran muchas, las posibili−dades que abrÃ−a también. Algunos
periódicos y revistas, nuevos o transformados, y, en especial, sectores de periodistas jóvenes intentaron
aprovechar hasta el lÃ−mite las nuevas oportunidades, arriesgándose hasta rozar las sanciones. Como
éstas no eran siem−pre previsibles, porque en buena medida dependÃ−an de la per−cepción de las
autoridades e, incluso, de las tensiones internas de las instituciones gubernamentales, las multas y
suspensiones fueron continuadas. Ahora bien, la misma sanción se convertÃ−a en prueba evidente de la falta
de libertades existente en España, originándose asÃ− un tira y afloja permanente entre la presión para
ampliar los espacios de libertad y la imposibilidad del régimen de satisfacerla si no querÃ−a poner en
peligro su misma natura−leza y supervivencia. Esta realidad generó, a su vez, una tensión creciente en el
seno del personal polÃ−tico franquista y en parti−cular entre Manuel Fraga y Carrero Blanco y Alonso Vega,
aun−que la posición del ya almirante era mucho más decisiva que la del teniente general Alonso Vega. En
1969 Manuel Fraga paga−rÃ−a con el cargo su defensa de la ley, asÃ− como su discordancia con el
almirante.
Pero no sólo Fraga impulsaba unas actuaciones con las que Carrero discrepaba; José SolÃ−s también
figuraba en la corta lista de dirigentes franquistas enfrentados a Carrero por sus posicio−nes polÃ−ticas.
Como además los sectores «reformistas» del Movimiento propugnaban una cierta tolerancia informativa
y una mayor apertura cultural, propuestas que concordaban con las de Manuel Fraga, se estableció una
corriente de colaboración entre ellos, que obligaba a Carrero a concentrar muchas energÃ−as con−tra ellos.
SolÃ−s, como ministro secretario general del Movimiento y delegado nacional de Sindicatos concentraba un
gran poder en sus manos. Ese poder estaba en contradicción con las posicio−nes defendidas por Carrero
Blanco, que se apoyaba en buena parte de los tecnócratas vinculados a López Rodó. Cuando en 1962
emergÃ−an propuestas «reformistas», después de unos años en que lo fundamental habÃ−a sido
asegurar el éxito de la estabi−lización económica, José SolÃ−s se dispuso a impulsar un nuevo
proyecto de institucionalización del Movimiento que supliera al fracasado de José Luis de Arrese. A la
retórica pregunta de aque−llos años «Después de Franco ¿qué?», SolÃ−s, con el apoyo de buena
parte de la estructura del Movimiento y particularmente de la OSE, respondÃ−a: «Después de Franco, las
instituciones», es decir, el protagonismo del Movimiento Nacional, de la Organización Sindical, de las
Cortes orgánicas, sin excluir una monar−quÃ−a de nuevo cuño acorde con los Principios del Movimiento
Nacional. Esta propuesta era formalmente idéntica a la de Arrese, pero no lo era en su contenido.
SolÃ−s no pretendÃ−a volver al modelo falangista de los años cua−renta; al contrario, reiteraba que era
imprescindible adaptar las instituciones franquistas a los cambios sociales que se estaban operando en el
paÃ−s, siendo necesario un «desarrollo polÃ−tico» de la misma manera que se estaba impulsando un
«desarrollo eco−nómico». El desarrollo polÃ−tico pasaba por potenciar la representa−ción dentro de las
instituciones ya existentes, por tanto aceptando la estructura orgánica basada en la trilogÃ−a «familia,
municipio, sindicato». Se trataba igualmente de potenciar unas asociaciones polÃ−ticas para encauzar el
«contraste de pareceres» dentro del Movimiento, lo que implicaba abrir la posibilidad de formalizar
«tendencias» dentro del Movimiento, pero aumentando al mismo tiempo las competencias de éste, todo
lo cual, en última instan−cia, lo fortalecerÃ−a. La Ley Orgánica del Movimiento aprobada en 1967 no
recogió cambios significativos respecto a la situación preexistente. Sin embargo, el secretario general del
Movimiento estaba convencido que la única manera que los falangistas tenÃ−an de no perder su espacio
polÃ−tico era presentando nuevas plata−formas de participación polÃ−tica. En ese sentido, en diciembre de
1968, el Consejo Nacional del Movimiento aprobó un esta−tuto del Movimiento que hacÃ−a posible la
creación de asocia−ciones que contribuyesen a la «formación de la opinión pública», y en julio de
1969 el Consejo Nacional aprobó un Estatuto de Asociaciones, el denominado Estatuto SolÃ−s, que aunque
fue presentado como un triunfo de los sectores reformistas, tenÃ−a un alcance tan limitado que las
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asociaciones no podÃ−an denominarse asociaciones polÃ−ticas, además de quedar bajo el control estricto
del Consejo Nacional del Movimiento.
Inicialmente los reformistas falangistas estuvieron dispues−tos a desarrollar más contundentemente sus
propuestas de cam−bio en la estructura sindical, que era la baza más importante que tenÃ−an los falangistas
en sus manos. El aumento de la conflic−tividad obrera y la instauración de la negociación colectiva
con−dujeron a los dirigentes falangistas a considerar la ampliación de los mecanismos de participación en
la OSE para poder con−trolar la contestación obrera e intentar revitalizar la estructura sindical. Aquél
podÃ−a ser el mejor ejemplo de sus propuestas de ampliar la democracia orgánica, lo que, si se consolidaba,
com−portarÃ−a un reforzamiento de los dirigentes de esas instituciones. En 1964 se inició el proceso de
reformas sindicales, creándose distintas estructuras horizontales -de empresarios y trabajadores-, lo que a su
vez podÃ−a ser presentado como una medida de apro−ximación a las organizaciones sindicales libres. En
cada sector productivo se crearon Uniones de Técnicos y Trabajadores, por un lado, y Uniones de
Empresarios por otro. De la misma manera, en cada ámbito territorial -local, provincial, nacional- se
crea−ron Consejos de Trabajadores y Consejos de Empresarios. Como otras medidas, la aproximación sólo
era formal, dado que los pues−tos que habrÃ−an permitido el acceso de los trabajadores y sus repre−sentantes
a los cargos medios y superiores de la OSE estaban «secuestrados» férreamente por los dirigentes
verticalistas.
Al margen de esos cambios, en las elecciones sindicales de 1966 sÃ− que los dirigentes de la OSE apostaron
decididamente por abrir las estructuras representativas a los trabajadores y obte−ner el apoyo obrero; fue la
única ocasión. Se llamó a la partici−pación electoral con el lema «votar al mejor», afirmando
implÃ−−cita y explÃ−citamente que la campaña serÃ−a limpia y no habrÃ−a ningún tipo de restricciones
para los candidatos no oficialistas. La participación fue, efectivamente, muy alta, pero no por el giro
impulsado desde arriba, aunque también la favoreció. El motivo principal radicó en que el movimiento
obrero clandestino supo aprovechar las nuevas condiciones para presentar sus militantes y simpatizantes a los
cargos de enlaces sindicales, táctica que habÃ−a iniciado años antes pero que no habÃ−a podido
desarrollar con tanta intensidad, ya que su nivel de articulación estaba avan−zando poco a poco, dadas las
limitaciones y la represión a que se veÃ−an sometidos los militantes obreros.
Justamente el éxito participativo acabó con la experiencia de «democracia sindical». José SolÃ−s
habÃ−a encabezado una estra−tegia que en último término pretendÃ−a permitir la ampliación del
protagonismo obrero en la gestión de las reivindicaciones labo−rales, pero sin que se viera afectado el
control polÃ−tico de la Orga−nización. La estrategia era ambiciosa pues se proponÃ−a aumen−tar el
consenso obrero respecto a la OSE, al tiempo que ésta ampliaba su peso en el Estado franquista. No
obstante, la tenta−tiva duró poco; en muy breve tiempo, la actividad abierta de los dirigentes obreros
antifranquistas hizo ver a los falangistas que serÃ−a imposible recluirlos en la negociación de los convenios
colectivos, pues continuadamente denunciaban la OSE como una estructura diseñada especialmente para
controlar y subordinar a los trabajadores. Un nuevo movimiento, además, habÃ−a aparecido con fuerza: las
Comisiones Obreras. El experimento aperturista se acabó definitivamente cuando en marzo de 1967 una
senten−cia del Tribunal Supremo declaró ¡legales las Comisiones Obre−ras por considerarlas «una filial
del Partido Comunista de España tendente a la violenta destrucción de la actual estructura del Estado
español».
No obstante, José SolÃ−s continuó dando la batalla en las Cor−tes a fin de ampliar las competencias
polÃ−ticas y económicas de la OSE, lo cual significó un enfrentamiento abierto con Luis Carrero. Durante
los últimos años de SolÃ−s al frente de la OSE, asÃ− como en los siguientes, la estrategia falangista
consistió en intentar ampliar ciertos derechos de los asalariados en las empre−sas pero no en la estructura
sindical. Esa estrategia era duramen−te criticada por los empresarios y los dirigentes económicos del
gobierno. El vicepresidente Carrero envió reiterados informes a Franco en los que llamaba su atención
respecto a las excesivas prerrogativas de la OSE. Por ejemplo, en julio de 1968 Carrero pretendió limitar el
papel de la OSE en la fijación de los sala−rios, afirmando que «es indispensable enviar a las Cortes en
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sep−tiembre una Ley de Régimen Salarial, o como quiera llamársela, que sustituya a la actual Ley de
Convenios Colectivos», añadiendo a continuación que «mientras los dirigentes de la Organización
Sindical aspiren a dirigir ellos la polÃ−tica económica, será fÃ−si−camente imposible que el Gobierno
pueda llevar a cabo una labor eficaz y constructiva».
Después de Franco, la monarquÃ−a del «18 de Julio»
Atendiendo a las propuestas concretas presentadas por los dis−tintos sectores del gobierno a lo largo de los
años sesenta parece evidente que las propuestas presentadas por Carrero Blanco para adaptarse a los nuevos
tiempos comportaban menos cambios que las impulsadas por Fraga y SolÃ−s. Luis Carrero habÃ−a recogido
de los tecnócratas, y en particular de Laureano López Rodó, la opción de primar la polÃ−tica impulsora
del crecimiento econó−mico; se apoyó también en ellos para intentar limitar el prota−gonismo polÃ−tico
de los dirigentes falangistas. Se podrÃ−a decir que los tecnócratas -que rechazaban especialmente las
propuestas falangistas de fortalecer el Movimiento y la retórica nacional−sindicalista- consideraban que la
continuidad del régimen se ase−guraba mucho mejor por la vÃ−a del crecimiento económico y la
integración en la economÃ−a capitalista occidental. El crecimiento asegurarÃ−a la expansión del bienestar,
y el aumento de la renta per cápita asegurarÃ−a la estabilidad polÃ−tica y añadirÃ−a una nueva
legitimidad de ejercicio a la originaria de la Guerra Civil. Su dis−curso se presentaba incluso como
«apolÃ−tico», lo cual era muy valorado por Carrero que recelaba de cualquier contrapoder al del
Ejecutivo encarnado en Franco o su sucesor.
Las tensiones entre Carrero y Fraga giraron sobre todo en torno a la Ley de Prensa. La oposición de Carrero
a la aproba−ción de la ley habÃ−a sido muy importante, y en cuanto se origi−naron las primeras tensiones
manifestó su hostilidad a una ley que deterioraba «la moralidad, la religión y la polÃ−tica». En la nota
ya citada de Carrero a Franco, de julio de 1968, se afirmaba: «[...] el daño que se está haciendo a la
moral pública es grave y hay que ponerle fin. Si la legislación actual no permite corregir esta situación,
habrá que dictar nueva legislación, pero asÃ− no se puede seguir. Primero, porque España es un paÃ−s
católico y segundo, porque el quebrantamiento de la moral del pueblo es la mejor manera de favorecer la
acción subversiva que el Comu−nismo fomenta. Ha sido comprobado en varios casos de agitado−res
universitarios, su previa ruina moral mediante drogas, etc., antes de iniciarles en el maoÃ−smo. Mucho me
temo que el actual titular de Información no sea capaz de corregir ya el estado de cosas señalado».
El enfrentamiento de Carrero con SolÃ−s radicaba en que, según el vicepresidente, los falangistas querÃ−an
un excesivo poder para el Movimiento. Carrero Blanco consideraba fuente de toda legitimidad el 18 de julio y
los Principios Fundamentales, pero rechazaba, en cambio, el protagonismo institucional del Movi−miento,
que podÃ−a debilitar la estructura autoritaria basada en la concentración personal del poder en manos de
Franco y en el futuro la monarquÃ−a y el gobierno. Carrero, además, apostaba cla−ramente por Juan Carlos
de Borbón como sucesor.
A mediados de los sesenta la sucesión de Franco era una pre−ocupación central de todas los sectores del
aparato franquista por−que, teniendo el dictador más de setenta años, su muerte se podÃ−a producir en
cualquier momento. En 1966 se sometió a referén−dum la Ley Orgánica del Estado previa aprobación
en las Cor−tes, ley fundamental presentada como la culminación de la insti−tucionalización del régimen.
La gestación de la ley habÃ−a sido larga. En 1958 Carrero ya habÃ−a presentado un proyecto que era en
buena medida una respuesta a las aspiraciones falangistas enun−ciadas por Arrese en 1956, pero también a
la necesidad de regu−lar las relaciones entre diversos órganos del Estado y llenar impor−tantes vacÃ−os
institucionales que en aquel momento sólo eran solventados mediante el ejercicio, por Franco, de unos
poderes excepcionales que no podrÃ−a ejercer su sucesor. Pero en este tema, como en tantos otros, Franco
adoptó a lo largo de los años sesenta una actitud de dilación, provocada tanto por la merma de sus
capacidades como por su deseo de no romper el statu quo en el personal polÃ−tico franquista ni de precipitar
la confirmación de un plan sucesorio. Aún en febrero de 1963, según su primo Franco Salgado-Araujo, el
Caudillo hablaba de la posibilidad de que Juan Carlos le sucediera como una mera hipótesis; decÃ−a que
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«vivir parte del año en España sólo puede tener ventajas para Don Juan Carlos, pues, al estar en
contacto con su pueblo, puede éste encari−ñarse con él y de esta forma es posible que llegue a ser rey
de España. [ ... ] Quedan otros prÃ−ncipes [ ... ] que podrÃ−a[n] ser una solución si no se arregla lo de
Don Juan Carlos».
Desde la perspectiva de Carrero se trataba de afianzar la posi−ción de Juan Carlos de Borbón pero
también la de la monarquÃ−a, siempre pensando en el mantenimiento del carácter del régimen.
Aunque, ciertamente, la práctica polÃ−tica posterior reafirmó la posición de Carrero Blanco, la LOE era
un hÃ−brido de las pro−puestas procedentes de los diversos sectores del régimen. AsÃ−, en el preámbulo,
después de afirmar que «es llegado el momento de delimitar las atribuciones ordinarias de la suprema
magistra−tura del Estado al cumplirse las previsiones de la Ley de Suce−sión» -es decir, después de la
muerte de Franco, que conservó sus poderes extraordinarios mientras vivió-, se señalaba que la ley
pretendÃ−a «asegurar de una manera eficaz para el futuro la fidelidad por parte de los más altos órganos
del Estado a los Prin−cipios del Movimiento Nacional». La LOE reformulaba otrasleyes fundamentales y,
en este sentido, cabe destacar que utili−zaba un nuevo lenguaje, mucho menos ideologizado que el de las
leyes anteriores. De este modo, el preámbulo del Fuero del Trabajo, donde se realizaba la definición del
régimen y una decla−ración de intenciones, fue modificado y en lugar de afirmar «renovando la
Tradición Católica, de justicia social y alto sen−tido humano que informó nuestra legislación del
Imperio, el Estado Nacional, en cuanto es instrumento totalitario al servi−cio de la integridad patria y
Sindicalista en cuanto representa una reacción contra el capitalismo liberal y el materialismo marxista,
emprende la tarea de realizar (con aire militar, constructivo y gra−vemente religioso), la Revolución que
España tiene pendiente y que ha de devolver a los españoles, de una vez para siempre, la Patria, el Pan y
la Justicia», en 1966 se afirmaba «renovando la tradición católica de justicia social y alto sentido
humano que informó la legislación de nuestro glorioso pasado, el Estado asume la tarea de garantizar a los
españoles la Patria, el Pan y la Justicia». 0 el punto cuarto del artÃ−culo III, donde se seña−laba que el
Estado fijarÃ−a las bases sobre las que se establece−rÃ−an las relaciones entre los trabajadores y las
empresas, que el texto de 1938 afirmaba se apoyarÃ−an en «la asistencia y protec−ción en los empresarios
y la fidelidad y la subordinación en el personal», mientras que en el de 1966 se habÃ−a sustituido por «la
subordinación de los valores económicos a los de orden humano y social».
Al margen de las declaraciones polÃ−ticas la LOE sancionaba, por un lado, la separación de las funciones
del jefe del Estado y del jefe del gobierno, que serÃ−a designado por aquél entre una terna presentada por
el Consejo del Reino; por otro, modificaba la Ley de Cortes para hacer posible la elección por «los cabeza
de familia y mujeres casadas» de dos procuradores de representa−ción familiar por cada provincia. A
destacar igualmente que se reorganizaba el Consejo Nacional del Movimiento, al que se asignaba la misión
de «defender la integridad de los Principios del Movimiento Nacional y velar por que la transformación y
desarrollo de las estructuras económicas, sociales y culturales se ajusten a las exigencias de la justicia
social», además de «encau−zar, dentro de los Principios del Movimiento, el contraste de pareceres sobre
la acción polÃ−tica». Acababa la ley con un tÃ−tulo dedicado al «Recurso de Contrafuero»,
considerando éste «todo acto legislativo o disposición general del Gobierno que vulnere los Principios
del Movimiento Nacional o las demás Leyes funda−mentales del Reino», de manera que quedaba
establecida la cláusula para impedir que, legalmente, pudieran alterarse las caracterÃ−sticas del régimen.
Claro está que era indispensable que aquellos que tenÃ−an capacidad para promover el recurso de
contra−fuero estuvieran dispuestos a hacerlo.
La LOE, además de su importancia especÃ−fica, fue destaca−ble por el esfuerzo de movilización y
presencia ciudadana que el régimen desarrolló en torno al referéndum que habÃ−a de otor−garle el
apoyo popular. Manuel Fraga fue el encargado de orga−nizar una abrumadora campaña para asegurar la
participación y él mismo inició la campaña afirmando que «votar sÃ− es votar por nuestro Caudillo,
votar no es seguir las consignas de Moscú». Pero el punto culminante de la campaña fueron los discursos
de Luis Carrero y de Franco dirigidos al paÃ−s por radio y televisión.
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Carrero pronunció un discurso que puede ser considerado como prototÃ−pico por cuanto los suyos
acostumbraban a ser muy reiterativos. PartÃ−a habitualmente de la Guerra Civil, punto de referencia del
poder franquista; en este caso afirmó que «en 1936, España, tras un siglo de democracia inorgánica, que
hace reali−dad la consigna extranjera de "españoles contra españoles" [ ... ] llega al lÃ−mite máximo de
su decadencia. [...] La bondad Divina, conmovida sin duda por los merecimientos de tantos mártires, nos dio
un Caudillo ejemplar, sobre el que derramó con largueza la gracia de estado, que no sólo nos condujo a la
victoria de la liberación de la Patria, sino que supo calar agudamente en el ori−gen del mal para corregirlo en
su raÃ−z, asentando el futuro de España sobre la fórmula salvadora de unir lo social con lo nacio−nal bajo
el imperio de lo espiritual. [ ... ] Sin la victoria de 1939 [...] ¿cuál serÃ−a hoy la situación de
España?». Después de dibu−jar un futuro tenebroso sin la figura de Franco se situaba en la actualidad y
se preguntaba: «¿Y cuál es el valor de la Ley Orgáni−ca que nos ofrece? El principal de todos es
asegurar la continuidad de la labor realizada al completar la obra institucional. [ ... ] Por ello el dÃ−a 14
votarán no, o no votarán, los desarraigados de la Patria, porque conscientemente -o inconscientemente que
de todo hay en la viña del Señor- están bajo la obediencia de alguno de los totalitarismos
extranacionales. Pero los demás, los que que−remos una España unida, grande y libre, los que queremos
para nuestros hijos y nuestros nietos una Patria en orden y en paz [...], éstos, con nuestra emocionada
gratitud al Caudillo por este nuevo y trascendental servicio a España, votaremos SÃ−».
Si la devoción por el Caudillo estuvo siempre presente en los discursos de Carrero, Franco, además de
practicar la autoala−banza, recordaba sistemáticamente las prerrogativas que le con−cedÃ−a «haber
salvado la sociedad» e identificaba el régimen con su persona. En diciembre de 1966, después de
enumerar larga−mente «las desdichas de un triste pasado» asociadas con la Segunda República,
caracterizaba el régimen y afirmaba: «[ ... ] todo esto justifica que una de mis primeras preocupaciones
fuera el noble intento de dar una conciencia polÃ−tica a la comunidad española que superase para siempre
los antagonismos crónicos de la vida nacional, con nuevas formas de ordenación polÃ−tica y social,
irrenunciables en los tiempos nuevos; despejando el camino de unos nuevos sistemas en que el espÃ−ritu
social preva−leciera sobre el esquema materialista de las sociedades capitalistas y comunistas y abriese
amplios cauces a los afanes solidarios de salvación y prosperidad colectiva». AsÃ−, el enderezamiento del
paÃ−s le otorgaba una serie de prerrogativas que recordaba: «[ ... ] me bastaba el derecho del que salva una
sociedad y la potestad que me conceden las leyes para la promulgación de la ley que tantos beneficios ha de
proporcionar a la nación». También recordó sus sacrificios: «[ ... ] nunca me movió la ambición de
mando [ ... ] hubiera deseado disfrutar de la vida como tantos espa−ñoles, pero el servicio de la patria
embargó mis horas y ocupó mi vida [ ... ]. ¿Es mucho exigir el que yo os pida, a mi vez, vues−tro
respaldo a las leyes que en vuestro exclusivo beneficio y en el de la nación van a someterse a
referéndum?».
El esfuerzo de movilización fue extraordinario y el éxito con−seguido también, pero, como para el
régimen era imprescindi−ble presentar en los ámbitos interno e internacional un extenso apoyo popular,
también se produjeron manipulaciones en el censo; mediante la aceptación de la figura de
«transeúnte» -per−sona que votaba fuera de su circunscripción por estar lejos de su domicilio- los
votantes podÃ−an aumentar extraordinariamente. Sucedió en diversos lugares y en algún caso los electores
fueron más que los censados, lo que provocó que el censo general se modificara en dos dÃ−as. Según el
diario Ya del dÃ−a 14 el total de votantes llamados a las urnas era de 19.622.000. Según los datos oficiales
habÃ−an votado 19.289.472, lo que significaba un Ã−ndice de participación difÃ−cil de creer
técnicamente. Ante ello, el dÃ−a 16 el diario recogÃ−a un censo global de 21.709.472, todo lo cual llevó
a afirmar al gobernador civil de Barcelona en un informe confidencial que «convendrá afinar bien en los
resulta−dos definitivos», porque circulaba el rumor de que «han sobrado dos millones de votos».
Aunque en términos globales el 95,9 por 100 de los votos fueron afirmativos y un 1,8 por 100 negativos, en
provincias como Vizcaya, Guipúzcoa, Barcelona, Madrid, Navarra, à lava y Asturias las abstenciones,
votos negativos y votos en blanco fueron significativamente más elevados que en el resto de las provincias.
En cualquier caso los resultados obtenidos eran plenamente satisfactorios para el régimen, asÃ− que sus
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dirigentes se apresta−ron a resaltar el consenso popular. Manuel Fraga, como minis−tro de Información y
Turismo, declaró que «vuestro sÃ− ha aumen−tado nuestro crédito internacional», de manera que se
habÃ−a convertido en «un recurso turÃ−stico más porque, encima del sol, es nuestra ejemplar vida
pacÃ−fica y alegre lo que atrae hacia noso−tros millones de visitantes».
En 1967 Carrero Blanco ocupó la vicepresidencia del gobierno en sustitución de Muñoz Grandes, que fue
cesado por la incom−patibilidad formal entre este cargo y el de jefe del Alto Estado Mayor que ocupaba, de
modo que desde entonces hubo una mayor correspondencia entre las funciones ejercidas por el almi−rante y el
cargo que ostentaba. También en 1967 se celebraron las elecciones para escoger los dos procuradores
familiares por provincia, en las que, por primera vez, se permitÃ−a votar a las mujeres casadas que no fueran
«cabeza de familia». Los candi−datos tenÃ−an que superar varios obstáculos, entre los iniciales obtener
el aval de cinco procuradores o miembros de institucio−nes locales, o bien ser apoyados por el 1 por 100 del
censo elec−toral de la provincia. Ello conllevó que la mayorÃ−a de los aspi−rantes tuvieran un perfil muy
oficialista, y en la mayorÃ−a de las provincias la participación fue escasa. En cambio, allÃ− donde hubo
candidatos que se presentaban como «independientes» la parti−cipación fue mayor. Por otro lado, las
posibilidades de actuación de los procuradores familiares fue muy limitada; eran pocos -no alcanzaban ni el
20 por 100 del conjunto de la cámara-, y los que pretendieron dinamizar su actuación se encontraron con el
rechazo oficial. En septiembre de 1968 el ministro de la Gober−nación prohibió las reuniones que un
pequeño grupo habÃ−a deci−dido organizar rotativamente en distintas ciudades para coordi−nar su acción
polÃ−tica. Si ése era el panorama respecto a las Cortes, se puede entender que las elecciones locales
pasaran casi inadvertidas, dado el Ã−nfimo interés que tenÃ−an para la mayorÃ−a de la población y el
miedo del personal polÃ−tico franquista a que se presentan candidatos molestos si se impulsaba la
participación.
En el plano de la vida polÃ−tica oficial la gran cuestión pen−diente en la segunda mitad de la década era
ya la del nombra−miento del sucesor de Franco. Los sectores monárquicos partida−rios de don Juan
desplegaron el año 1966 una gran actividad y el diario ABC con Luis MarÃ−a Ansón a la cabeza, publicó
dis−tintos artÃ−culos en apoyo del exiliado en Estoril. Franco reiteraba lo que siempre habÃ−a afirmado, que
en España no se producirÃ−a una restauración de la monarquÃ−a sino que, cuando él desapare−ciera, el
régimen del 18 de Julio estarÃ−a encabezado por un monarca. A la altura de 1966 Franco aceptaba de
forma más clara que su sucesor serÃ−a Juan Carlos de Borbón. Era la figura que permitirÃ−a salvar «la
dinastÃ−a legal», pues era imprescindible que «tengamos un rey que no sea opuesto a los Principios del
Movi−miento Nacional y a la ley de sucesión, que sigue siendo la única legalidad polÃ−tica de
España».
En 1968 Luis Carrero escribió un largo informe a Franco argumentando la conveniencia de tomar una
decisión respecto a la sucesión, y exponiéndole nuevamente la idoneidad de Juan Carlos de Borbón. La
resolución de Franco no se produjo, sin embargo, hasta julio de 1969. El dÃ−a 22 se presentó a las Cortes
la proposición de designar a Juan Carlos como sucesor de Franco a tÃ−tulo de rey. Franco leyó un largo
discurso ante las Cortes rei−terando que «el Reino que nosotros, con el asentimiento de la Nación, hemos
establecido, nada debe al pasado; nace de aquel acto decisivo del 18 de julio, que constituye un hecho
histórico trascendente que no admite pactos ni condiciones». Aun asÃ−, SolÃ−s intentó que la votación
fuera secreta para que los procuradores falangistas contrarios a la monarquÃ−a pudieran expresar libre−mente
su posición, pero no lo consiguió. En aquellas circuns−tancias 491 procuradores votaron a favor de la
designación, 19 en contra y nueve se abstuvieron. Ya sólo restaba que Juan Car−los de Borbón jurase
antes las Cortes lealtad a Franco, a los Principios del Movimiento Nacional y a las Leyes Fundamentales, lo
que hizo al dÃ−a siguiente. Para reafirmar que aquel acto no com−portaba la restauración de la monarquÃ−a
desaparecida en 1931, Juan Carlos ostentarÃ−a hasta el momento en que se produjera la sucesión el tÃ−tulo
de prÃ−ncipe de España en sustitución del de prÃ−n−cipe de Asturias, que era el tradicional para el
heredero de la corona. El acto sancionó la ruptura con la legitimidad dinástica y la afirmación de la
legalidad franquista, concluyendo Franco que «cuando por ley natural mi CapitanÃ−a llegue a faltaros, lo
que inexorablemente tiene que llegar, es aconsejable la decisión que hoy vamos a tomar, que contribuirá,
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en gran manera, a que todo quede atado y bien atado para el futuro».
El nombramiento de Juan Carlos como sucesor de Franco no resolvió, sin embargo, la mayorÃ−a de los
problemas que a aque−llas alturas tenÃ−a el régimen planteados. El nombramiento habÃ−a puesto en
evidencia, por enésima vez, las tensiones existentes en el personal polÃ−tico franquista. Pero lo que era
más importante, la contestación social se estaba haciendo cada vez más extensa y profunda y la
incapacidad del régimen para controlar la situa−ción era cada vez más ostensible.
Crecimiento económico y cambio social
La economÃ−a española habÃ−a conseguido, mediados los sesenta, un crecimiento espectacular que
habÃ−a insuflado un gran optimismo a los dirigentes polÃ−ticos. Asociadas al Plan de Esta−bilización de
1959, se habÃ−an iniciado una serie de reformas enca−minadas a la liberalización del mercado y de las
inversiones extranjeras, a la eliminación de controles directos sobre la inver−sión industrial y a la
reestructuración del sistema financiero. Al margen de dichas medidas la polÃ−tica económica del gobierno
se centró en los planes de desarrollo. Para dirigir la polÃ−tica económica se creó un organismo
centralizado denominado Comi−sarÃ−a del Plan de Desarrollo, que desde su creación, en 1962, y hasta 1973
fue dirigida por Laureano López Rodó, con un gran margen de autonomÃ−a, consecuencia de la plena
confianza que Carrero Blanco habÃ−a depositado en él.
La planificación indicativa franquista era formalmente una copia del modelo planificador francés, y
tenÃ−a como objetivo programar la actividad del sector público y ofrecer información y previsión a los
inversores privados, aumentando de esa manera la eficiencia de la economÃ−a española. En particular, en el
marco de los planes de desarrollo se pretendÃ−an dos objetivos funda−mentales: por un lado, seleccionar un
conjunto de actividades económicas que tuvieran efectos de arrastre sobre otros secto−res, pero que por sus
propias caracterÃ−sticas, o por las inversio−nes necesarias, no atraÃ−an a los capitales privados. Por otro, los
planes de desarrollo pretendÃ−an estimular el crecimiento en zonas del paÃ−s que tenÃ−an especiales
dificultades para conseguirlo. Para el primer objetivo un instrumento esencial eran las «acciones
con−certadas», para el segundo los «polos de desarrollo».
El discurso propagandÃ−stico en torno a la planificación indi−cativa fue muy importante. Desde el inicio de
los sesenta el régi−men convirtió el crecimiento económico y el aumento del nivel de vida de la mayor
parte de la población en uno de los ejes esen−ciales de su discurso, y la consecución de esos objetivos se
pre−sentaba como un nuevo elemento de legitimidad. En ese sentido se podrÃ−a decir que la insistencia en
las nuevas oportunidades que se abrÃ−an en la economÃ−a española ayudaron a generar un clima de
confianza que estimuló el crecimiento; igualmente las medi−das tomadas, más la proyección de una nueva
imagen de la eco−nomÃ−a hispana, influyeron en la llegada de capitales, igual que el flujo de turistas que,
ciertamente, ayudaron a la rapidez del crecimiento.
Pero la intervención gubernamental en términos globales fue mucho más negativa que positiva. La
planificación indicativa se quedó en poco más que grandes declaraciones y prolija docu−mentación. Los
planes de desarrollo -1964, 1968 y 1971- se planteaban grandes objetivos que no iban acompañados de los
recursos necesarios para su financiación, y, paradójicamente, la insuficiencia de recursos fue acompañada
del despilfarro -al no rentabilizarse las inversiones efectuadas- aunque sÃ− hubo apro−vechamientos
particulares. Y es que la ejecución de los planes de desarrollo estuvo siempre subordinada a los intereses de
los grandes grupos económicos con capacidad de influencia polÃ−tica. El modelo económico español se
caracterizó por la financiación privilegiada y la especulación, una limitada competencia interna y unas
escasas inversiones públicas, resultado de un sistema fis−cal regresivo.
Por otro lado, la liberalización económica se habÃ−a frenado muy pronto, hacia 1964. En ese momento,
aunque el crecimiento del PIB habÃ−a sido muy intenso, por encima del 8,5 por 100 anual, también los
problemas irresueltos eran importantes, destacando la inflación y el déficit de la balanza de pagos. Esas
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dificultades aumentaron la capacidad de influencia de los sectores polÃ−ticos reticentes a la liberalización
económica, asÃ− como de las presiones de los grupos económicos instalados, interesados en preservar el
statu quo. Desde 1965-1966 se añadieron otros problemas que hicieron que el cre−cimiento fuera menor que
en los años anteriores y más irregular. Desde el final de la década de los sesenta el ritmo de expansión
y contracción económica que se habÃ−a hecho caracterÃ−stico se com−binó con una cada vez más
difÃ−cil situación polÃ−tica.
Aunque las decisiones gubernamentales no fueron decisivas para la evolución económica, en los años
sesenta en España se vivió una transformación económica de gran magnitud porque la reintegración a
los circuitos económicos internacionales se pro−dujo en un contexto muy favorable y el potencial de
crecimiento interno era muy elevado. La economÃ−a española se pudo bene−ficiar del crecimiento de los
paÃ−ses capitalistas desarrollados a través de tres vÃ−as fundamentalmente. Por una parte, en distin−tos
paÃ−ses europeos existÃ−a una gran demanda de mano de obra que atrajo a unos emigrantes españoles,
subocupados en sus luga−res de origen, que emigraban con la esperanza de acumular los ahorros
imprescindibles para volver y establecerse en una acti−vidad económica que les asegurara la supervivencia.
Por otra, en esos mismos paÃ−ses europeos el aumento del nivel de vida y la extensión del tiempo de
vacaciones estaba permitiendo que millones de personas pudieran desplazarse a otros paÃ−ses en busca de
bienes tan escasos para ellos como el sol y las playas. Emi−grantes y turistas generaron una corriente de
divisas imprescin−dibles para compensar el déficit en la balanza comercial. Por pri−mera vez la
economÃ−a española podÃ−a hacer frente holgadamente a un problema que habÃ−a atenazado la actividad
productiva: la necesidad de importaciones. El turismo, además de divisas, gene−raba una amplia actividad a
su alrededor. Por último, pero no menos importante, las inversiones extranjeras fueron esenciales tanto por la
actividad generada como por su influencia en la modernización productiva, sin olvidar que llegaron a la
PenÃ−n−sula por la alta expectativa de beneficios que presentaba el potencial mercado español asÃ− como
el control de la mano de obra y sus bajos costes.
Si el contexto internacional ayudó de forma esencial al cre−cimiento español, el factor clave que explica la
transformación experimentada en este perÃ−odo fue la aceleración en el proceso de industrialización
nacional, interrumpido por la Guerra Civil y por el perÃ−odo autárquico. Fue en los años sesenta cuando
España alcanzó la condición de paÃ−s plenamente industrial, aun−que los servicios, sobre todo los
personales, se expandÃ−an tam−bién a gran velocidad. Sintéticamente cabe destacar que el cre−cimiento
industrial estuvo vinculado básicamente a la demanda interna. Los sectores que crecieron con mayor
intensidad fue−ron los productores de bienes de consumo como electro−domésticos y automóviles, asÃ−
como otras producciones metáli−cas. Igualmente el sector quÃ−mico tuvo un gran desarrollo condicionado
por las nuevas posibilidades que ofrecÃ−an nuevos productos como los plásticos, las fibras artificiales o los
deter−gentes para el consumo individual e industrial. Ahora bien, como las inversiones eran básicamente
privadas y se dirigieron prin−cipalmente a proyectos que aseguraban una rentabilidad inme−diata, el
crecimiento industrial estuvo muy concentrado tanto pro−ductiva como territorialmente, de manera que aquel
crecimiento se apoyó en, y agudizó, un extraordinario movimiento migrato−rio, al que se hará referencia
más adelante. Ese mismo movi−miento migratorio explica que la construcción se convirtiera en un sector
muy dinámico; igualmente cabe destacar para el desarrollo del sector la demanda que desencadenó el
turismo asÃ− como, con el paso de los años y el aumento del nivel de vida, la construcción de segundas
residencias.
Lógicamente, la gran reserva de mano de obra de la econo−mÃ−a española estaba en la sociedad rural. La
agricultura vivió como consecuencia un cambio destacable; aunque su peso en el PIB se redujo a la mitad en
la década de los sesenta, la agricul−tura se modernizó de forma notable en aquellos años, tanto en las
formas productivas como en los bienes cosechados, dado que el aumento del nivel de vida hizo posible una
diversificación y cualificación de la demanda.
Y, por último, la propia transformación industrial y la urba−nización que caracterizaron el perÃ−odo
impulsaron las activida−des terciarias. Evidentemente, dentro de éstas destacaban las actividades
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vinculadas al turismo, que en los años sesenta creció sobre todo en la costa mediterránea, pero
progresivamente se hicieron importantes las actividades vinculadas al transporte y a las comunicaciones, al
igual que los servicios de intermedia−ción. Por otro lado, el aumento del nivel de vida y la demanda social,
que se expresaba cada vez de forma más exigente, for−zaron la extensión de los servicios públicos, sobre
todo educa−tivos y de salud, aunque el déficit fue elemento caracterÃ−stico de todo el perÃ−odo.
La transformación económica de los años sesenta fue tan importante que los apologetas del régimen
reiteraban que se habÃ−a producido «el milagro español». Ciertamente el crecimiento fue excepcional,
sobre todo si lo comparamos con los paÃ−ses euro−peos más desarrollados, que habÃ−an experimentado un
gran cre−cimiento en la década anterior y partÃ−an de un punto inicial más alto. El caso español no
resulta excepcional, sin embargo, si se compara con otros paÃ−ses de la Europa mediterránea que, como
España, estaban reduciendo distancias respecto a los paÃ−ses desa−rrollados en un contexto mundial muy
favorable. Por ello no exis−tió ningún milagro español. Se recuperó entonces el tiempo per−dido en el
primer ventenio franquista.
Desde la perspectiva social, un fenómeno de capital importancia para la transformación del paÃ−s fueron
los movimientos migratorios, iniciados con fuerza desde el inicio de los años cin−cuenta y que no se
detuvieron hasta que se hizo evidente la cri−sis económica en 1974-1975. Desde AndalucÃ−a, Extremadura,
Castilla-León y Castilla-La Mancha, además de Galicia, Aragón y Murcia fueron más de cinco millones
las personas que se trasladaron -además de al extranjero- a las zonas tradicionalmente inmigratorias de
Cataluña, el PaÃ−s Vasco y Madrid, y después, con menor intensidad, también a la región
valenciana. La inmi−gración estuvo muy concentrada y cinco provincias -Madrid, Barcelona, Valencia,
Vizcaya y Alicante- recibieron la mayor parte de los inmigrantes, más de dos millones y medio de per−sonas
entre 1960 y 1975. Además, el movimiento migratorio se desarrolló en un escenario de intenso crecimiento
demográfico, que tuvo lugar en España desde finales de los años cincuenta, una década después del
inicio del baby boom europeo y que, lógicamente, se concentró en las zonas de inmigración donde la
población era más joven. Ambos factores agudizaron los fuertes desequilibrios territoriales existentes en
España, pues mien−tras las áreas de mayor dinamismo económico crecÃ−an al borde de la saturación
-condicionada por la falta de infraestructuras-, amplias zonas de la PenÃ−nsula quedaban despobladas e
incapaci−tadas para salir del estancamiento.
Los cambios económicos y los movimientos demográficos comportaron alteraciones importantes en la
estructura social. El proceso de desruralización afectó en primer lugar y sobre todo a los jornaleros del
campo meridional y a los campesinos muy pobres. Estos nuevos trabajadores urbanos ocuparon
habitual−mente los puestos menos cualificados de la construcción, la industria y los servicios urbanos, y se
convirtieron en un com−ponente un fundamental de una nueva clase obrera. La clase obrera se convirtió en
el sector más voluminoso de la población activa española, más de cuatro millones de un total de doce
millones y medio en 1970, lo que representaba un tercio del total de activos y la mitad del conjunto de
asalariados. Junto a los sectores menos cualificados, integraban la clase obrera las franjas con una
cualificación y especialización mayor. AsÃ−, se puede hablar de una nueva clase obrera porque su
composición se alteró pro−fundamente tanto en términos cuantitativos como cualititativos. Era,
además, en términos globales muy joven, lo que influyó tam−bién en sus actitudes y pautas de
acción colectiva.
Las migraciones internas comportaron un proceso de intensa urbanización; para algunas ciudades sin previa
tradición indus−trial, ello significó un cambio de primera magnitud. Al margen del componente obrero,
dentro de las ciudades la estructura social también se hizo más compleja; la clase media experimentó un
proceso de diversificación importante y, mientras algunos sec−tores tradicionales, como el artesanado,
entraban en crisis, otros adquirÃ−an relevancia; el fenómeno de carácter general más desta−cado fue la
aparición de una «nueva» clase media, una capa social heterogénea vinculada a las actividades
terciarias y tecnocráti−cas, de alta y mediana cualificación y generalmente asalariada.
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La «nueva clase media» tenÃ−a también entre sus rasgos comu−nes un nivel educativo relativamente
alto en términos compa−rativos. Fueron estos sectores los principales protagonistas del cambio cultural que
se vivió en España en los años sesenta y setenta, y se convirtieron en el modelo social urbano de
referen−cia. Aunque la «nueva clase media» era un sector en expansión, respecto al conjunto de la
población urbana no representaba por−centajes muy amplios. Sus pautas de vida -consumo, ocio, activi−dad
social- estaban bastante por encima de la media; su influen−cia procedÃ−a, sobre todo, de su mayor presencia
pública, fuera porque a ellos se destinaba en buena medida la publicidad consu−mista, omnipresente desde
entonces, fuera porque en el activismo sociopolÃ−tico caracterÃ−stico del perÃ−odo tuvieron un
protagonis−mo superior a su significación cuantitativa.
El crecimiento económico, el aumento de la población activa y, evidentemente, los incrementos salariales
posibilitaron que, en términos reales, el poder adquisitivo de los trabajadores aumen−tara una media del 70
por 100 entre 1958 y 1968, según los datos oficiales. Esa mejora significaba un cambio radical en la
pers−pectiva vital de buena parte de la población española. La mayo−rÃ−a habÃ−a sufrido en los años
cuarenta un retroceso sin parangón en sus condiciones de vida; después, en los cincuenta, apenas
recuperaron el poder adquisitivo existente antes de la guerra; pero entre 1962 y 1968, el ritmo de crecimiento
fue espectacular y parecÃ−a imparable. La expectativa vital mayoritaria se alteró. Aunque en una sociedad
con tantas desigualdades sociales y terri−toriales es difÃ−cil trazar un perfil evolutivo medio respecto al
con−sumo, para un segmento amplÃ−simo de la población los gastos en y para la vivienda absorbieron
buena parte de los ingresos. Para los inmigrantes lo más urgente era la propia vivienda; para todos, los
electrodomésticos que suministraba la industria y que convertÃ−an las tareas domésticas en más
sencillas y cómodas. Pero hasta 1969, estadÃ−sticamente, no se puede hablar de «sociedad de consumo»
en España; en aquella fecha disponÃ−a de frigorÃ−−fico y televisión algo más del 60 por 100 de la
población y un 27 por 100 de automóvil.
Para la mayor parte de la población adquirir ese conjunto de bienes que, rápidamente, se consideraron
indispensables, comportó alargar la jornada laboral tanto como fuera posible y, aun asÃ−, le fue
imprescindible entrar en un proceso de endeudamiento que condicionaba sus actitudes respecto al trabajo.
Para los sec−tores más acomodados de clase media el horizonte consumista estuvo vinculado al ocio, que en
estos años se mercantilizó en buena medida. La compra de un coche facilitaba los despla−zamientos en los
fines de semana y en vacaciones. Según la ela−boración de Venancio Bote sobre cifras del Instituto
Nacional de EstadÃ−stica, el 63 por 100 de los que viajaron al extranjero en 1973 tenÃ−an estudios
superiores, cuando los licenciados repre−sentaban en torno al 2 por 100 de la población adulta en aque−lla
fecha.
Otro de los cambios destacables de aquellos años fue la exten−sión del perÃ−odo formativo de la
población española, que afectó al conjunto de la población aunque todavÃ−a no con la misma
intensidad. El aumento del poder adquisitivo de las familias hizo posible que una buena parte de ellas alargara
la permanencia de sus hijos en los centros educativos, en la perspectiva de que pudieran acceder a
ocupaciones de mayor remuneración y sta−tus. Mención especial exige la incorporación femenina a los
ciclos educativos tanto medios como superiores, que fue muy intensa en estos años.
Nuevas pautas de consumo, nuevas condiciones de trabajo, distintos ámbitos de socialización influyeron
decisivamente en la extensión de nuevas actitudes y valores sociales. Durante más de veinte años los
ámbitos de socialización pública habÃ−an que−dado reducidos a los proporcionados por el Movimiento
y, sobre todo, por la Iglesia, pues el régimen franquista habÃ−a destruido los marcos asociativos que
consideraba contrarios a sus valores. El control de la opinión pública habÃ−a sido igualmente muy
rÃ−gido, y una estricta censura habÃ−a mantenido España bastante al margen de los flujos culturales
internacionales. Pero en los años sesenta la capacidad de control estatal se redujo aceleradamente, tanto por
los cambios sociodemográficos que se esta−ban experimentando como por las propias contradicciones en los
intereses de la dictadura.
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Los sesenta se convirtieron en la década de la televisión por excelencia. Si bien el control informativo
continuó siendo exhaustivo y el régimen utilizó la televisión para penetrar coti−dianamente en todos los
hogares, la programación tenÃ−a que ser mÃ−nimamente diversificada y, a pesar de la censura estricta, los
gobernantes no pudieron evitar que a través del cine, la música o la publicidad se filtraran nuevos valores
vitales, que tenÃ−an tina potencial carga de contestación sociopolÃ−tica. El turismo, por otro lado, se
habÃ−a convertido ya en una actividad económica de primera importancia, incentivado públicamente,
sobre todo por los beneficios que generaba, pero también como un instrumento para combatir el aislamiento
internacional. Sin embargo, el contacto con extranjeros permitÃ−a conocer otras pautas de comportamiento,
igual que el retorno temporal o definitivo de los emigrantes per−mitÃ−a la comparación entre la realidad
española y la de otros paÃ−−ses democráticos. De la misma manera, los viajes cada vez más frecuentes
de los españoles al extranjero hacÃ−an posible conocer los movimientos polÃ−ticos y culturales que se
estaban desarro−llando más allá de las fronteras.
El régimen tenÃ−a que responder a esa nueva realidad, y cómo hacerlo se convirtió en uno de los
elementos de tensión polÃ−tica más importante. La posición representada por el ministro de
Información y Turismo, Manuel Fraga, era abrir los canales infor−mativos y la permisividad cultural hasta el
lÃ−mite soportable para los intereses del régimen y sus valores fundamentales. La con−cepción de Luis
Carrero sobre los lÃ−mites era mucho más res−trictiva que la del ministro. Pero si Fraga venció las
resistencias y pudo poner en práctica la Ley de Prensa de 1966 fue porque incluso Franco y Carrero estaban
convencidos de que era impres−cindible impedir que sectores relativamente amplios de la opi−nión pública
que para ellos eran importantes -no toda lo era-, llegasen a la conclusión que el régimen podÃ−a
convertirse en obso−leto dados los cambios que se estaban produciendo en el paÃ−s. De aquÃ−, como ya se
ha señalado, que las prácticas polÃ−ticas oficiales de los años sesenta fueran muchas veces
contradicto−rias y que los discursos conectaran poco con la realidad social.
El resurgimiento de la conflictividad social
A lo largo de la década, y sobre todo en la segunda mitad, la contestación fue creciendo hasta convertirse
en un elemento de preocupación esencial para el régimen. La conflictividad obrera y estudiantil fueron las
principales manifestaciones de contes−tación de los sesenta.
La movilización obrera fue creciendo de forma ininterrum−pida desde 1966 aunque las fluctuaciones fueron
significativas, debido sobre todo a la presión gubernamental y, en menor medida, a las tensiones internas que
provocaron los debates entre los activistas sobre la estrategia a seguir en un contexto de repre−sión
continuada. AsÃ− en la segunda mitad de 1966 y la primera de 1967 fueron destacables las huelgas en la
minerÃ−a asturiana y la de la empresa Bandas en FrÃ−o, en Vizcaya, que se convirtió en un punto de
referencia para el movimiento obrero vasco y en un momento importante de su articulación. El conflicto, que
se habÃ−a iniciado por la disminución de las primas establecidas por la empresa, duró seis meses. La
empresa se mostró intransigente y despidió a casi la totalidad de la plantilla, lo que desencadenó otras
huelgas de solidaridad, sobre todo en el PaÃ−s Vasco -pero también en otras zonas de España- que
llevaron al gobierno a decretar el estado de excepción en Vizcaya en abril de 1967. Sin embargo, en la
segunda mitad de 1967 las consecuencias sobre el empleo del ajuste económico que los ministerios
económicos esta−ban realizando frenaron la movilización obrera; en 1968 ésta fue menor aunque el
gobierno suspendió por decreto la negociación colectiva e impuso la congelación salarial, lo cual no
significó una disminución del malestar obrero, sino al contrario, siendo los con−flictos en aquel año
menos pero mucho más duros. Al iniciarse 1969 las huelgas se extendieron por las provincias de mayor
con−centración y tradición obrera a pesar de la declaración del estado de excepción en todo el territorio
español y la dureza represiva que implicó, por lo que se puede afirmar que sin el estado de excep−ción la
conflictividad habÃ−a alcanzado una elevada cota.
Aunque los dirigentes franquistas insistÃ−an en la intenciona−lidad polÃ−tica de las huelgas, lo cierto es que
la mayor parte de los conflictos se originaban por la voluntad obrera de obtener mayores salarios con los que
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hacer frente a las necesidades fami−liares, entre las que se contaban de forma creciente los bienes de
equipamiento doméstico básico, que la industria ofrecÃ−a y la publicidad presentaba como la panacea de
la felicidad y la rea−lización personal. Particularmente en la industria, se concentra−ban distintos factores
que facilitaban el conflicto pues si, por un lado, los salarios eran bajos, las condiciones de trabajo duras y los
beneficios empresariales elevados, por otro, la disponibilidad para la movilización era alta porque los
trabajadores eran, en términos relativos, jóvenes y existÃ−a facilidad para encontrar empleo. Además se
fue extendiendo una cultura del conflicto, porque los trabajadores comprobaban cotidianamente que sólo con
la protesta colectiva conseguÃ−an sus objetivos, para lo cual no tan sólo tenÃ−an que vencer la resistencia
de los empresarios sino también, con mucha frecuencia la actuación de los dirigentes de la OSE.
Por otro lado, la radicalización de buena parte de los con−flictos era el resultado de la acción o la
legislación guber−namental. El Tribunal Supremo dejó sentado en 1967, después de la larga huelga en la
empresa Bandas en FrÃ−o, que las huel−gas continuaban siendo todas ellas ¡legales, al margen de sus
cau−sas y de los procedimientos administrativos seguidos. Corno eran ilegales, debÃ−an reprimirse. AsÃ−,
incluso cuando las huelgas se hicieron habituales, para el régimen continuaban siendo un pro−blema de
orden público y como tal eran tratadas, lo que provo−caba tina inevitable politización de los conflictos. El
proceso habitual era que la represión sobre los trabajadores y, como era más frecuente, sobre los dirigentes
obreros se añadÃ−a a las cau−sas originarias del conflicto, siendo usual que muchos de ellos, iniciados por
reivindicaciones laborales, desarrollaran una segunda fase en «solidaridad» con los trabajadores
sancionados por haber encabezado la acción reivindicativa. Evidentemente el ritmo alcista de la
conflictividad laboral no puede entenderse sin la acción de la militancia obrera, pero las condiciones
generado−ras de la conflictividad no las creó dicha militancia, y por tanto aquél era un cÃ−rculo que la
dictadura difÃ−cilmente podÃ−a romper, dadas sus caracterÃ−sticas.
El resurgimiento de la conflictividad obrera en los años sesenta estuvo profundamente asociado al
crecimiento de las Comisiones Obreras, que se nutrió en sus inicios de las expe−riencias laborales de la
década anterior. El apoyo que obtenÃ−an las comisiones qUe se formaban para resolver problemas o
plantear reivindicaciones laborales concretas hizo ver a muchos militan−tes antifranquistas la obsolescencia
de los sindicatos clandesti−nos, que tan sólo eran capaces de atraer a los trabajadores con previa militancia
polÃ−tica. Evidentemente, la puesta en marcha de la negociación colectiva aumentó la necesidad obrera de
dotarse de algún tipo de organización a través de la cual hacer llegar sus reivindicaciones a empresarios
y dirigentes vertica−listas, pero la aparición de Comisiones no estuvo vinculada exclu−sivamente a la
negociación.
Desde el inicio las Comisiones Obreras tenÃ−an como elemento distintivo respecto a las organizaciones
históricas el ser un movi−miento y no un sindicato. Las CC.OO. se definieron como un movimiento
sociopolÃ−tico -tenÃ−a un horizonte de transformación social-, unitario, democrático e independiente.
Esta definición era esencial para su objetivo de agrupar al conjunto de los tra−bajadores, que podÃ−an
simpatizar con corrientes ideológicas diversas o con ninguna en particular, siendo esto último lo más
frecuente. Justamente para hacer frente a los impedimentos lega−les franquistas y a la necesidad de
corresponsabilización obrera en las propuestas reivindicativas, los activistas de Comisiones propiciaron las
asambleas como órganos soberanos, lo que fomentó tina cultura de participación que impregnó los
valores obreros de la época. Las Comisiones Obreras se extendieron para−lelamente al ciclo de
conflictividad abierto en 1962, pero se con−solidaron con las elecciones sindicales de 1966, cuando José
SolÃ−s intentó aumentar el peso polÃ−tico de la Organización Sindical, dinamizando y ampliando la base
sindical, para lo cual se eli−minaron muchas restricciones a la utilización de los edificios sin−dicales por
parte de los trabajadores. Como ya se ha dicho, el propio éxito de participación y el apoyo que obtuvieron
los can−didatos a enlace sindical propuestos por las Comisiones Obre−ras acabó con la apertura, dado que
era imposible para la OSE subordinar al nuevo movimiento obrero pues, como se señalaba en tina nota de la
Brigada de Investigación Social de Barcelona, de octubre de 1966, «las Comisiones Obreras y el Partido
Comu−nista continúan sin desmayo en su labor de captación obrera, moviéndose al amparo de distintos
Centros Parroquiales y con tina sistemática propaganda de desprestigio para la Organización Sindical, a la
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que acusan de inoperante y de estar al servicio del Estado "franquista"».
La criminalización de Comisiones Obreras por sentencia del Tribunal Supremo de 1967 dificultó el
crecimiento del movi−miento pero no lo paralizó. Aunque después de tensas discusio−nes, a partir de
aquel momento CC.OO. combinó la actuación legal y abierta, apoyándose en las figuras de enlaces
sindicales y jurado de empresa, y la actuación clandestina organizando a aquellos trabajadores que estuvieran
dispuestos a asumir un com−promiso militante. Hasta esa fecha los activistas de CC.OO. más
comprometidos habÃ−an tenido militancias diversas y muchos no tenÃ−an ninguna. En cualquier caso,
predominaban los militantes comunistas y católicos de la HOAC y la JOC. Después de la sen−tencia del
Supremo y del aumento de la represión, la hegemo−nÃ−a comunista aumentó aunque, dado que
Comisiones fue siem−pre un movimiento, se mantuvo la diversidad en la militancia, en un grado que varió
según el momento y el lugar. Pero si CC.OO. fue capaz de crecer y convertirse en un dinamizador
fun−damental de la oposición al franquismo se debió a que incluso en los momentos más difÃ−ciles de
finales de los sesenta se generó un cÃ−rculo virtuoso entre conflictividad laboral y organización obrera.
Los conflictos evidenciaban ante los trabajadores con más claridad la necesidad de una organización obrera
autónoma, y el reforzamiento de ésta permitÃ−a articular mejor las reivindi−caciones y plantear nuevos
conflictos con mayores posibilida−des de éxito.
Las formas adquiridas por el nuevo movimiento obrero fue−ron un acicate para la organización estudiantil,
que consiguió en la segunda mitad de los sesenta un protagonismo destacado. Desde 1965 la revuelta
estudiantil se convirtió en una verdadera obsesión para el régimen franquista por diversas razones. En
esa década las protestas estudiantiles alcanzaron especial relieve en Madrid y Barcelona, pero ello no
limitó su impacto, dado que sobre el poder polÃ−tico tenÃ−a una gran resonancia todo lo que ocu−rrÃ−a en
la capital, más si era en un lugar tan visible y centralizado como la universidad y teniendo en cuenta la
composición social del alumnado. Además, en España el movimiento estudiantil con−siguió una
presencia social más importante que en otros paÃ−ses europeos, porque a la revuelta generacional y la
contestación cul−tural se añadÃ−a la lucha contra la dictadura.
Desde los acontecimientos de 1956, en las grandes universi−dades españolas uno de los hilos conductores
de la actividad de los estudiantes antifranquistas fue la lucha contra el SEU. A la altura de 1965 los dirigentes
franquistas ya habÃ−an dado por per−dida esa batalla, aunque crearon unas inertes Asociaciones
Pro−fesionales de Estudiantes para articular a los estudiantes adictos y mantener algún tipo de organización
oficial con la que impe−dir la implantación de cualquier otra. El conflicto tomó fuerza de nuevo en la
Universidad de Madrid. Distintos grupos de acti−vistas habÃ−an impulsado varias iniciativas que se habÃ−an
encon−trado sistemáticamente con la prohibición oficial. Ante aquella actuación obstruccionista se fue
fraguando una protesta estu−diantil que contó con el apoyo de algunos prestigiosos profeso−res, y que
culminó el 2 de marzo de 1965 en una manifestación callejera. La respuesta gubernamental fue la habitual,
la repre−sión, que en esta ocasión no sólo afectó a los estudiantes sino también a algunos profesores,
como José Luis Aranguren, Enri−que Tierno Galván o AgustÃ−n GarcÃ−a Calvo, que fueron separa−dos
de sus cátedras. La resonancia del hecho fue grande, tanto en el ámbito interno como en el internacional,
pues en distintas universidades europeas, y singularmente en Francia, renombra−dos intelectuales y profesores
firmaron distintos documentos en solidaridad con los represaliados y de denuncia de la falta de libertades en
España.
En el interior, las dificultades del régimen para encontrar figu−ras intelectuales dispuestas a defenderlo
públicamente aumen−taron de manera considerable. Si en los años cincuenta la ten−sión polÃ−tica entre
el profesorado universitario se centró en torno al debate entre «comprensivos» y «excluyentes», desde
la década de los sesenta los sectores más reaccionarios perdieron la capa−cidad de influencia intelectual
-aunque conservaron el control sobre las plazas docentes-; desde entonces el profesorado con mayor
capacidad de influencia social fue aquel que impulsaba un proceso de apertura intelectual. Fueron su
compromiso pun−tual en determinados acontecimientos asÃ− como su tarea docente los que explican la
obcecación, fuera de la realidad, con la que el gobierno analizaba la situación universitaria, de la que son
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ejemplo expresiones como las que Carrero Blanco utilizó ante las Cortes, durante el estado de excepción de
1969, cuando afirmó que «el gobierno tiene la obligación de defender a las familias españolas que
tienen hijos cursando estudios superiores, de la tremenda tragedia de que la Universidad les devuelva a esos
hijos sin saber nada, porque ni han estudiado ni les han dado clases, pero envenenados de cuerpo y alma
quizás para toda su exis−tencia».
La segunda mitad de los sesenta se caracterizó por una movi−lización continuada, que impulsaron los
Sindicatos Democráti−cos de Estudiantes. Los SDEU desarrollaron una estrategia equivalente a la de
Comisiones Obreras en el ámbito laboral. Tra−taban de aglutinar cuantos estudiantes fuera posible, para lo
que planteaban reivindicaciones asumibles por la mayorÃ−a y desarro−llaban polÃ−ticas unitarias, al margen
de poner el énfasis en acti−vidades estrictamente intelectuales y universitarias. En este pro−ceso tuvieron
especial protagonismo los universitarios barceloneses. En marzo de 1966 crearon el Sindicato Democrá−tico
de Estudiantes de la Universidad de Barcelona en el convento de los Capuchinos de Sarriá. El
acontecimiento adquirió una gran repercusión pública por el hecho de que la policÃ−a sitió el edificio, lo
que provocó el encierro durante dos dÃ−as de los más de 450 delegados estudiantiles y otras 50 personas,
entre las que se encontraban significados intelectuales y algunos, periodistas. De la misma manera que en
1965 en Madrid, la represión poste−rior a la llamada Caputxinada fue un nuevo elemento de
distan−ciamiento entre el franquismo y algunas capas sociales y la opi−nión pública europea, a la que
llegó una información detallada del hecho.
Durante 1967 y 1968 lit movilización estudiantil se convirtió en una preocupación central para el
régimen, que se veÃ−a incapaz de normalizar la vida universitaria. Se sucedieron las discusiones en las
Cortes en torno al tema, y el ministro de Información, tras distintos Consejos de Ministros, dio cuenta de que
la situa−ción universitaria era objeto de debate constante en su seno. En enero de 1968 informaba que «el
Gobierno está dispuesto resuel−tamente a [ ... ] acabar cuanto antes y de una vez para siempre con los
lamentables excesos que minorÃ−as subversivas están provo−cando en los medios estudiantiles»,
creándose el 30 de enero una «policÃ−a universitaria» para actuar dentro de los recintos de los Campus.
Aunque no todos los sectores del régimen compartÃ−an la visión simplista de que la movilización
estudiantil era el resultado del éxito de la Internacional Estudiantil Comunista con sede en Praga, como
habÃ−a escrito el ministro de Educación en un texto leÃ−do en las Cortes en abril de 1968, la incapacidad
guberna−mental para hacer frente al cuestionamiento global al que se veÃ−a sometido en el ámbito
universitario, hizo que cifrase toda su res−puesta en la represión. La incapacidad ministerial para contener la
contestación estudiantil provocó que, en abril de 1968, Manuel Lora Tamayo fuera sustituido por José
Luis Villar PalasÃ−, miem−bro del Opus Dei, El cambio al frente del Ministerio de Educa−ción no afectó a
las protestas estudiantiles, que continuaron siendo intensas. Pero en enero de 1969 el gobierno declaró el
estado de excepción, lo que permitió practicar una represión sis−temática que consiguió acabar con los
Sindicatos Democráticos de Estudiantes, porque la acción policial más la clausura siste−mática de los
centros universitarios impedÃ−an la acción abierta y masiva que les habÃ−a dado fuerza en los años
anteriores. Pero además las minorÃ−as politizadas ya habÃ−an iniciado previamente un proceso de
radicalización que se agudizó a continuación, influido decisivamente por los acontecimientos
internacionales.
En resumen, en la segunda mitad de los años sesenta el régi−men franquista fue dando muestras de
incapacidad de dar res−puesta a la contestación social más allá del recurso a la repre−sión. Aunque el
origen de la conflictividad era rnuy distinto según el ámbito en el que se desarrollaba, todos los
movimientos con−fluÃ−an en su rechazo de la dictadura y la reivindicación de un régimen democrático.
Una oposición con capacidad de iniciativa
La «pedagogÃ−a» que relacionaba las demandas sociales con la exigencia de democratización polÃ−tica
fue obra principalmente de la militancia antifranquista, aunque, ciertamente, la propia extensión de distintas
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manifestaciones de conflicto ayudó al ensanchamiento de la oposición polÃ−tica. La oposición polÃ−tica
fue mayoritariamente de izquierdas, si bien en aquellos años fue−ron conformándose otros núcleos de
oposición democrática vin−culados en su mayor parte a la democracia cristiana.
El Partido Comunista de España y su homólogo catalán, Par−tit Socialista Unificat de Catalunya, fueron
las organizaciones clandestinas que en mayor medida articularon la oposición al régimen franquista. La
importancia de dichas organizaciones derivó de la presencia de sus militantes en distintos movimien−tos
sociales y entidades profesionales y culturales de diversa naturaleza, en definitiva de su presencia en la
sociedad civil. Desde el «cambio táctico» de 1948 los militantes comunistas par−ticiparon e impulsaron
cualquier movimiento susceptible de cana−lizar reivindicaciones sociales y polÃ−ticas de signo
democrático. AsÃ− la relevancia de la organización no procedÃ−a de los análisis del comité central ni
de la lucidez de sus dirigentes -lo que no significa menospreciar ni lo uno ni lo otro-, sino de la capaci−dad de
atracción que ejercieron sus activistas con sus propues−tas democratizadoras y de su dedicación para la
consecución de los objetivos marcados. Sus militantes, y en ese sentido compar−tieron la actitud con los
activistas obreros católicos, tuvieron la vocación permanente de actuar para cambiar la situación existente,
con una gran flexibilidad, propuestas escasamente ideo−logizadas y una considerable capacidad de iniciativa.
Evidentemente, las organizaciones comunistas se pudieron beneficiar del atractivo intelectual que en los
años sesenta ejer−cÃ−a el marxismo entre amplios sectores cultos de la sociedad, de la misma manera que
la paranoia y retórica franquista, que con−sideraba fruto de la conspiración comunista cualquier
manifes−tación de protesta y disentimiento, conducÃ−a hacia aquellas orga−nizaciones a muchas personas
bien predispuestas para la movilización polÃ−tica antifranquista; igualmente, la debilidad organizativa de
otras corrientes opositoras llevó hacia la orga−nización comunista personas que quizá se habrÃ−an
comprome−tido con otras corrientes polÃ−ticas si hubieran percibido que eran alternativas serias de
oposición. Parece, sin embargo, que lo esen−cial fue que unos militantes rÃ−gidamente disciplinados a la
hora de oponerse al franquismo practicaron polÃ−ticas muy flexibles y descentralizadas a la hora de llevarlas
a la práctica. En este sen−tido existÃ−a una gran distancia entre las grandes declaraciones formuladas en los
documentos del PCE, desbordantes de opti−mismo y, a veces, con retórica revolucionaria, y la acción de
buena parte de la militancia, vinculada a la cotidianidad. Sin embargo, no hubo contradicción entre el
discurso y la práctica. En el VI Congreso, en el que Santiago Carrillo habÃ−a sido ele−gido secretario
general, se ratificó la prioridad de la polÃ−tica de «reconciliación nacional», por lo que el partido
«está dispuesto a hacer todas las concesiones necesarias -que no impliquen deja−ción de sus principiospara lograr de una u otra forma el enten−dimiento de todas las fuerzas antifranquistas de derecha e
izquierda»; ese frente democrático unitario resultó atractivo para aquellos individuos predispuestos a
oponerse al franquismo aun−que no compartieran plenamente los objetivos socialistas que se planteaban a
largo plazo. Justamente la prioridad de los objeti−vos democratizadores del partido -que para algunos
militantes suponÃ−a la subordinación de los objetivos socialistas- fue la causa de tensiones internas que
acabaron en escisiones de distinto signo y de diversa repercusión en el conjunto de la organización.
Si el PCE se convirtió en el eje de la oposición al franquismo en la mayor parte de España, el
protagonismo del PSUC fue, en términos relativos, todavÃ−a mayor, dada la mayor presencia social del
antifranquismo en Cataluña. El PSUC fue capaz de articular unas propuestas de polÃ−tica unitaria que se
materializaron en la Taula Rodona, creada en 1966 y que puede ser considerada la primera manifestación
importante de una polÃ−tica unitaria que culminarÃ−a en la Assemblea de Catalunya.
Junto a los comunistas, compitiendo pero a la vez colabo−rando, tuvieron una destacada presencia en los
movimientos sociales de los años sesenta los socialistas del Frente de Libe−ración Popular. El FLP era
sobre todo una organización univer−sitaria, mientras que su homólogo catalán -el FOC- consiguió tener
entre su militancia un componente obrero minoritario pero significativo. En los años sesenta esta cuestión
era importante para dichos grupos, que se concebÃ−an como organizaciones que iban a dirigir la revolución
socialista en España. En ambas orga−nizaciones, muchos de cuyos miembros procedÃ−an del apostolado
católico, los debates ideológicos tenÃ−an mucha importancia, lo que los llevaba a frecuentes tensiones
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internas que, después de 1968, comportaron varias rupturas. Al final de la década surgieron de su seno
nuevas organizaciones, incluidas en la denominada «nueva izquierda» por su confluencia con los
planteamientos que distintos grupos con esta denominación tenÃ−an en Europa.
Por el contrario, los socialistas históricos tuvieron muy escasa presencia en la oposición al franquismo a lo
largo de los años sesenta. La dirección del PSOE en el exilio continuó optando por una polÃ−tica
centrada en las relaciones con los otros sectores exi−liados, excluyendo los comunistas, y por la inactividad de
la orga−nización interior para preservarla de la represión, lo que difi−cultaba la renovación generacional y
dejó el partido al margen de los movimientos sociales que estaban creciendo en España. Junto con los
núcleos clandestinos vascos, solamente la organi−zación madrileña tuvo una cierta actividad, sin lograr
evitar la formación de un nuevo grupo socialista, el Partido Socialista del Interior, surgido en torno a la
figura de Enrique Tierno Galván. Una de las principales diferencias del PSI respecto al PSOE en el exilio era
su rechazo del profundo anticomunismo que impe−dÃ−a a éste participar en cualquier polÃ−tica unitaria
en España. La misma cuestión planteó graves problemas al Moviment Socia−lista de Catalunya, que no
pudo eludir una grave crisis interna en 1966 por la oposición que en el exilio despertaba la polÃ−tica de
colaboración con el PSUC, que en cualquier caso continua−ron manteniendo los militantes del interior.
Junto al creciente activismo de las organizaciones de izquierda se produjeron manifestaciones crecientes de
distanciamiento y de oposición de algunas personalidades relevantes de tendencia liberal o
demócrata-cristiana, que articulaban en torno a sÃ− a otras figuras menores. Para todos estos sectores el
Congreso de Munich, en 1962, significó un punto de inflexión importante, por−que plasmó la posibilidad
de tina oposición moderada en la que dichas personalidades y sus propuestas tuvieran un protagonismo
sobresaliente, Sin embargo, no fue hasta 1969 cuando se produjo una nueva actuación coordinada de la
oposición. En diciembre 131 personalidades de casi todo el espectro polÃ−tico enviaron tina carta abierta a
Franco en la que planteaban prácticamente las mis−mas reivindicaciones que en Munich.
Con el paso del tiempo estos pequeños núcleos, que siempre disfrutaron de cierta tolerancia
gubernamental, fueron adqui−riendo mayor protagonismo. En primer lugar porque su activismo aumentó a la
vista de las dificultades que el régimen tenÃ−a para asegurar el control social. En ese sentido fue destacable
la ayuda que algunas figuras prestaron a militantes antifranquistas repre−saliados, sobre todo asumiendo su
defensa ante los tribunales. En segundo lugar porque, desde la aprobación de la Ley de Prensa, muchos de
ellos estuvieron vinculados a distintas publi−caciones que recogÃ−an puntualmente sus opiniones y
manifesta−ciones, asegurando su eco en la opinión pública. Y también por−que las propias
organizaciones de izquierdas, y singularmente los comunistas, estaban interesadas en resaltar la existencia de
esa oposición moderada para mostrar el aislamiento que sufrÃ−a el régimen. Fue en Cataluña y en el
PaÃ−s Vasco donde la oposición socialmente moderada tuvo una presencia más importante debido a la
centralidad de las reivindicaciones nacionalistas.
En el PaÃ−s Vasco la movilización nacionalista se recuperó en 1964, centrándose en particular desde
entonces en la conme−moración anual del Aberri-Eguna -dÃ−a de la patria-. PolÃ−tica−mente el
fenómeno más relevante fue, sin embargo, el creci−miento de ETA a lo largo de los años sesenta.
Durante los primeros años los debates intelectuales consumieron buena parte de las energÃ−as de los
jóvenes militantes etarras, emergiendo cada vez más nÃ−tidamente entre ellos una hegemonÃ−a de los
plantea−mientos socializantes y tercermundistas y, lo que en términos polÃ−ticos fue más importante, la
opción de la lucha armada. Como ha observado Gurrutz Jáuregui, el nacionalismo tercermundista llevó a
ETA a analizar la realidad vasca en términos de poder colonizador y paÃ−s colonizado y, en consecuencia,
la liberación pasaba por la expulsión violenta del colonizador. Dado que 1,1 acci0n del franquismo hacÃ−a
casi real el «espejismo colonial», dicho análisis ganó adeptos entre los sectores nacionalistas. En agosto
de 1968 el atentado contra el jefe de la Brigada de Inves−tigaci0n Social de San Sebastián, Melit0n
Manzanas, significó e¡ inicio de la trayectoria violenta de la organización etarra.
En Cataluña la oposición exclusivamente catalanista fue muy distinta y fundamentalmente parapolÃ−tica,
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destacando en parti−cular un potente movimiento cÃ−vico-cultural que alcanzó un amplio apoyo social. En
ese movimiento los sectores católicos tuvieron un protagonismo notable, aunque, paulatinamente, fue
combinando catalanismo y crÃ−tica social.
La Iglesia católica en crisis
La protesta obrera de 1956, y la presión de los movimientos seglares como la HOAC y la JOC, habÃ−an
convencido al epis−copado español de la conveniencia de publicar aquel año tina carta colectiva «Sobre
la situación social en España», y en 1960 la jerarquÃ−a católica volvió a reclamar tina mejor
distribución de la riqueza en otra carta colectiva en la que se hacÃ−a referencia al plan de estabilización y
al desarrollo económico. Desde enton−ces la jerarquÃ−a eclesiástica se sintió obligada a hacer
declara−ciones sobre distintos problemas sociales, dejando algo de lado las instrucciones «Sobre la
moralidad pública», como todavÃ−a habÃ−a hecho en mayo de 1957.
Fue, sin embargo, el breve pontificado de Juan XXIII el que sacudió la tranquilidad de lajerarquÃ−a
eclesiástica española. Las encÃ−clicas papales Mater et Magistra de 1961 y Pacem in Terris de 1963
tuvieron un gran impacto entre los católicos progresis−tas, y muchos otros no claramente definidos
polÃ−ticamente. En palabras de JoaquÃ−n Ruiz-Giménez, la primera era la encÃ−clica de la justicia
-ponÃ−a el énfasis en el discurso social de la Igle−sia-, y la segunda era la encÃ−clica de la libertad; asÃ−,
algunos sec−tores fueron desde entonces más sensibles a la exigencia de res−peto y protección de los
derechos humanos y las libertades públicas. Igualmente el Concilio Vaticano II, convocado en 1959 poco
después de ser elegido Papa Juan XXIII, y clausurado en 1965, tras largos debates entre un sector
«reformista», que resultó mayoritario, y un sector minoritario que defendÃ−a el statu quo, renovó
profundamente el discurso eclesiástico y desplazó el cen−tro de la acción pastoral: la Iglesia tenÃ−a que
impulsar el «diá−logo con el mundo», priorizar las polÃ−ticas sociales, aceptar la libertad religiosa, etc.
El nuevo discurso se tenÃ−a que adaptar a una realidad nueva para la Iglesia que era la secularización. Las
sociedades europeas, y especialmente las de cultura católica, ya no eran tan anticlericales como antes, entre
otros motivos por−que prescindÃ−an notoriamente del discurso eclesiástico.
La jerarquÃ−a española no estaba preparada para un cambio ofi−cial tan radical, de manera que los sesenta
fueron años difÃ−ciles para el episcopado; por un lado, el Concilio Vaticano II creó un nuevo marco de
referencia que una estructura tan jerarquizada como la católica tenÃ−a que acatar y, por otro, las posiciones
contestatarias de una parte del clero y de los laicos se vieron reforzadas tanto dentro de la Iglesia como ante el
conjunto de la sociedad. La seguridad de la jerarquÃ−a en sÃ− misma y de sus posi−ciones se debilitó y, en
un intento de no perder legitimidad social, se fue distanciando respecto al régimen franquista, lo que para
éste fue un problema de primera magnitud.
El Servicio de Información del Ministerio de Información y Turismo elaboró en 1966 un documento
titulado «El problema religioso en España», en el que afirmaba: «El Concilio Vaticano II, que tan
magnÃ−fica ordenación ha dispuesto para el futuro cató−lico teóricamente, está produciendo en la
práctica, a la hora de las realizaciones sobre todo en España, un estado de crisis que no es lo más
aconsejable en la presente coyuntura de nuestra Patria». Ciertamente, desde mediados de los sesenta la crisis
fue evidente en el seno de la Iglesia española, porque ésta dejó de ser monolÃ−tica como lo habÃ−a
sido durante el primer franquismo. Apareció entonces una distinción clara entre la jerarquÃ−a -al frente de
la cual continuaba Pla y Deniel- y buena parte de los eclesiásticos, que siguieron apoyando al régimen y
defendiendo unos principios autoritarios para la propia organización eclesial, y amplios sectores de
clérigos jóvenes y de seglares, que pre−tendÃ−an renovar el discurso católico -apoyándose en el
Conci−lio-, distanciarse del régimen y, en el caso de Cataluña y el PaÃ−s Vasco, apoyar las
reivindicaciones nacionales. AsÃ−, desde la pers−pectiva general conviene tener presente que se produjeron
dos fenómenos paralelos: por un lado las tensiones internas, y, por otro, el distanciamiento entre la Iglesia y
el Estado franquista.
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Hay también que tener en cuenta que, desde el inicio de la década de los años cincuenta, intelectuales
católicos y activis−tas de los movimientos seglares siguieron con atención el movi−miento de renovación
católico europeo, sobre todo el que se desarrollaba en Francia. Varias revistas aparecieron o reformu−laron
su discurso impulsando el aggiornamento: El Ciervo, Cua−dernos para el Diálogo, Serra d'Or, Mando
Social, etc. El Con−cilio lo que hizo fue reforzar esas posiciones, que la jerarquÃ−a ya no podÃ−a presentar
como marginales, pues estaban bendeci−das por la autoridad suprema católica, el Papa. Desde entonces se
podÃ−a reivindicar la libertad religiosa, o criticar el clericalismo y utilizar las palabras de Juan XXIII o Pablo
VI como citas de autoridad, ya que ¿quién podÃ−a censurar las encÃ−clicas papales? En ese marco de
extensión del «compromiso temporal» y defensa de los derechos humanos se entienden episodios de una
gran carga simbólica, como fue una manifestación de sacerdotes en Barcelona en 1966, para entregar una
carta protestando por las torturas policiales en la Jefatura de PolicÃ−a, disuelta violenta−mente por la
policÃ−a.
Más trascendencia estaba teniendo la evolución de las orga−nizaciones apostólicas seglares y el discurso
de algunas órdenes religiosas, entre las que se destacaban los jesuitas. Los militan−tes de la HOAC y de la
JOC fueron hasta mitad de los sesenta uno de los puntales del nuevo movimiento obrero que se estaba
reorganizando en España. Sus propias conclusiones sobre las cau−sas de la condición obrera en España,
los referentes externos procedentes de los movimientos de liberación nacional, más su convencimiento de
que su discurso de justicia social procedÃ−a del Evangelio y, por tanto, no era perseguible por la dictadura,
hacÃ−a a aquellos militantes especialmente combativos. A todo ello, cir−cunstancialmente, podrÃ−a
añadirse la competencia entre distin−tas corrientes de activistas que pugnaban por conseguir el apoyo de los
trabajadores para sus propuestas. Según se argumentaba en el informe del Ministerio de Información y
Turismo antes citado, «la clave de las expresiones revolucionarias, de los ata−ques a las instituciones, en
que abundan las revistas, las conferencias y las reuniones de la HOAC y la JOC, es el miedo de que−darse
atrás, de parecer blando ante los demás grupos obreristas, de ser calificados de "clericales" y, en
consecuencia, caen en el riesgo de usar expresiones, modos, que tienen un extraño pare−cido con los
empleados por los comunistas. El peligro de la con−taminación se hace realidad siempre en el sector
obrero».
La autonomÃ−a y libertad de reflexión que distintas entidades eclesiásticas entendÃ−an que el Concilio
Vaticano habÃ−a impulsado chocaron, sin embargo, con la actitud de la jerarquÃ−a, dispuesta a impedirlas y
sobre todo a que fueran expresadas públicamente. Los obispos españoles pretendieron que los seglares no
critica−ran el régimen y sus polÃ−ticas, amparándose en el principio del respeto al poder temporal.
Cuando, en 1966, la Acción Católica intentó discutir y aplicar los nuevos principios conciliares, la
intervención de la jerarquÃ−a fue taxativa e impidió las manifes−taciones contrarias al régimen.
En marzo de 1967 la Conferencia Episcopal discutió y aprobó un texto que, con una retórica ambigua,
destacaba dos cuestio−nes que la jerarquÃ−a consideraba fundamentales: la negativa a la colaboración con
las organizaciones marxistas y la supeditación de la Acción Católica a las directrices de la jerarquÃ−a.
Ante lo primero, los obispos reiteraban «para España el aviso que el Santo Padre dirigió el año pasado
a las asociaciones cristianas de tra−bajadores frente a las invitaciones insidiosas a un entendimien−to,
práctico hoy, ideológico mañana, de los movimientos socia−les y polÃ−ticos que toman su origen y su
fuerza del marxismo y fomentan el ateÃ−smo y la lucha de clases como sistema». Para afirmar la
subordinación a la jerarquÃ−a, «el Episcopado español confÃ−a en que todos los miembros de la
Acción Católica sepan interpretar justamente su propia condición. Sin mengua de las atribuciones que, al
igual que los demás seglares, tienen como fieles y ciudadanos, se adscriben libremente a una asociación
con la jerarquÃ−a, por la que se comprometen a ejercer sus iniciativas y la propia labor rectora bajo la
dirección superior de la misma jerarquÃ−a». Al margen, y para asegurar que asÃ− sucederÃ−a,
pro−cedieron a un cambio en la cúpula dirigente que tuvo como con−secuencia la paralización de la
Acción Católica hasta el año 1972. En estos años los problemas de la dictadura con la Iglesia no
pro−cedÃ−an aún del distanciamiento de la jerarquÃ−a católica, sino del hecho de que esa jerarquÃ−a no
podÃ−a controlar ya buena parte de su base apostolar -fuera clerical o laica- que defendÃ−a postula−(los
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sociales y polÃ−ticos progresistas, que se habÃ−an visto reformados por el nuevo discurso vaticano. La
jerarquÃ−a española se habÃ−a quedado en minorÃ−a.
Por otro lado, el Vaticano inició un proceso de alejamiento acelerado respecto a la dictadura para el que era
imprescindible renovar la jerarquÃ−a española, lo cual además de perjudicar al régimen debilitó las
posiciones más reaccionarias dentro del cato−licismo español. Las relaciones entre el régimen
franquista y el Vaticano experimentaron una tensión creciente desde 1967. En Junio de aquel año entró en
vigor la ley sobre el derecho civil a la libertad religiosa, inaplazable toda vez que el Concilio habÃ−a
proclamado su apoyo a tal medida. Luis Carrero tuvo entonces que aceptar una ley que habÃ−a impedido
aprobar en distintas oca−siones. La llegada a Madrid del nuevo nuncio, monseñor Dada−glio, supuso un
cambio importante en las relaciones entre ambos Estados. En particular, el Vaticano pretendÃ−a que el
régimen fran−quista renunciara al derecho de presentación. Pablo VI envió una carta a Franco, en abril
de 1968, en la que afirmaba: «[...1 hace−rnos un llamamiento a Vuestra Excelencia y al Gobierno
Espa−ñol, que justamente se glorÃ−an de sus sentimientos católicos para que quieran dar un ejemplo
luminoso de plena uniformidad con las enseñanzas y peticiones de la Iglesia renunciando [ ... ] a
pri−vilegios [...] que ya no corresponden al espÃ−ritu ni a las exigen−cias de los tiempos». Mes y medio
más tarde Franco contestó a Pablo VI, con retórica cuidada, que si se revisaba el derecho de presentación
también serÃ−a necesario modificar los puntos del Concordato favorables a la Iglesia, argumentando que la
opinión pública española «estoy seguro de que no aprobarÃ−an una renun−cia unilateral por parte del
Estado sin que al mismo tiempo se revisen aquellos otros puntos que, siguiendo las orientaciones de la
Gaudium et Spes, pueden constituir impedimentos para el tes−timonio cristiano que reclama la sensibilidad
del mundo actual».
Evidentemente, todos eran conscientes de los altos benefi−cios económicos y de presencia social que la
Iglesia habÃ−a obte−nido por su plena implicación en el régimen y por los apoyos explÃ−citos ofrecidos
a la dictadura en los momentos más difÃ−ci−les de su instauración y consolidación. El Vaticano, sin
embargo, lanzó una ofensiva que dinamitaba el privilegio de presentación franquista a la vez que limitaba
el conservadurismo de la jerarquÃ−a española. En 1965 casi el 70 por 100 de los obispos era mayor de 60
años, lo que influÃ−a decisivamente tanto en sus carac−terÃ−sticas ideológicas como en su capacidad de
adaptación a los nuevos requerimientos vaticanos. La vÃ−a de renovación utilizada se apoyó en la figura
del obispo auxiliar, nombramiento en el que no intervenÃ−a el poder polÃ−tico, que en el momento de
jubilación o muerte del titular podÃ−a ocupar la plaza vacante.
En ese contexto de impulso vaticano a la renovación de la Iglesia en España resultó definitiva la
constitución de la Confe−rencia Episcopal en 1966, organismo en el que los obispos jóve−nes pudieron
tener mayor influencia. Fue el inicio de una nueva etapa en la relación Iglesia-Estado, que fue vivido por los
dirigentes franquistas con profunda y creciente irritación y dramatismo.
1969: del estado de excepción a la crisis del gobierno
Franco habÃ−a afirmado ante las Cortes que el nombramiento de Juan Carlos de Borbón como sucesor
aseguraba la continui−dad del régimen después de su muerte, sin embargo, en el año 1969 se
manifestaron distintos elementos de tensión que, desde la perspectiva de Carrero Blanco estaban
torpedeando la gober−nabilidad del paÃ−s. Uno de ellos era la contestación social a la dictadura.
Unos incidentes en el rectorado de la Universidad de Barcelona y la muerte del estudiante Enrique Ruano a
manos de la poli−cÃ−a en Madrid hacÃ−an prever al gobierno que la movilización aún serÃ−a mayor que
la experimentada en 1968, cuando las huelgas obreras y la acción de ETA habÃ−an cuestionado
profundamente la «paz» franquista. El 24 de enero el gobierno declaró el estado de excepción en toda
España durante tres meses, dejando en sus−penso los artÃ−culos 12, 14, 15, 16 y 18 del Fuero de los
Españo−les. Según Franco Salgado-Araujo, el Caudillo comentó que «la ventaja del decreto es la
mayor libertad que tienen las autorida−des para los plazos legales de detención». Ciertamente, el obje−tivo
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del estado de excepción no era desactivar la movilización estudiantil sino intentar decapitar la oposición al
régimen. En el preámbulo del decreto se afirmaba que «acciones minoritarias, pero sistemáticamente
dirigidas a turbar la paz de España y su orden público, han venido produciéndose en los últimos meses,
claramente en relación con una estrategia internacional, que ha llegado a numerosos paÃ−ses». En esa idea
insistió Manuel Fraga después de presentar el decreto a la prensa: «[ ... ] repito que se trata de acciones
claramente concertadas para meter al paÃ−s en una ola de confusión y de subversión mundial [ ... ]; tina
estrate−gia en la que se utiliza la generosidad ingenua de la juventud para llevarla a una orgÃ−a de nihilismo,
de anarquismo y de desobe−diencia». Acabó afirmando en tono amenazante que «quiero hacer aquÃ−, en
nombre del Gobierno, una seria advertencia a los incitadores y a quienes les sigan a partir de este momento,
por−que caerá sobre ellos (y no son palabras) todo el peso de la ley».
A decir verdad, la amenaza represiva no pudo ser más efec−tiva, pues muchos opositores significados
tomaron buena nota de las palabras del ministro y desaparecieron de sus hogares. Por otra parte, el gobierno
dio órdenes de evitar en lo posible la arbi−trariedad, dada la repercusión que el estado de excepción estaba
teniendo en el extranjero. Los datos reservados conservados entre la documentación del Ministerio de
Información y Turismo señalan que a 18 de marzo de 1969, después de sucesivas operacio−nes
policiales, quedaban detenidas o en arresto domiciliario 729 personas, de las cuales 301 eran estudiantes y 428
tenÃ−an otras profesiones. De los 729 aparecÃ−an como «domiciliados» 156 indi−viduos, mientras que
de los restantes, 180 estaban a disposición de la autoridad militar, de la judicial 185 y de la gubernativa 208.
Mientras estuvo vigente el estado de excepción el gobierno restableció la censura previa para las
publicaciones y los servi−cios informativos de las agencias. Se trataba de evitar que las con−secuencias de la
represión llegaran a la opinión pública. Parale−lamente, el gobierno hizo un seguimiento exhaustivo de las
reacciones que en todas las provincias y en la prensa extranjera se producÃ−an, al tiempo que generaba
documentos sobre la pro−blemática del momento y organizaba manifestaciones de apoyo, como la celebrada
en Barcelona el 26 de enero, conmemoración del trigésimo aniversario de la entrada de las tropas
franquistas en la ciudad. La Vanguardia Española del dÃ−a 28 reproducÃ−a en la portada a toda página la
concentración organizada en la plaza delante de la universidad en «Homenaje a la Bandera», a la que,
entre otros, fueron convocados los soldados que estaban cum−pliendo el servicio militar. En las fotografÃ−as
se pueden leer, en las pancartas, consignas como «Comunismo no, universidad sÃ−», «30 años de
paz», «Viva el ejército liberador» y, en catalán, al lado de las autoridades civiles y militares, una
pancarta que rezaba: «Los padres de los estudiantes queremos que nuestros hijos estudien».
El discurso del 7 de febrero de Carrero ante las Cortes es uno de los mejores exponentes del hilo argumenta¡
del gobierno: el estado de excepción querÃ−a defender la paz que unos cuantos irresponsables querÃ−an
destruir, azuzados por la conspiración internacional. Carrero, después de preguntarse «¿Cuál ha sido
la condición básica o indispensable de ese desarrollo económico y social, que es una de las más
brillantes realizaciones de nuestro Estado?», afirmaba: «Nadie puede dudar que ha sido el orden y la paz
social. Pues bien; para salvaguardarlos y para proteger con ello la tranquilidad y el bienestar de todos y cada
uno de los espa−ñoles, es por lo que el Gobierno ha tomado las medidas de excep−ción que nos ocupan».
El discurso ante las Cortes estaba clara−mente dirigido a la opinión pública. HacÃ−a hincapié en las
algaradas universitarias porque, como afirmaba el Servicio de Inte−ligencia Naval de la Comandancia Militar
de Marina de Barce−lona sobre el impacto del estado de excepción, «la reacción de la gente [es] encontrar
la detención de estudiantes justificada, mas no la de dirigentes obreros, toda vez que la masa obrera está
con−vencida que estos dirigentes arriesgan mucho por defender sus intereses». Carrero afirmaba que «ni
se debe hacer deporte en el templo, ni ciencia en el circo ni polÃ−tica en la universidad; [...1 si además la
politización es subversiva se convierte en una corrup−ción en el más amplio y dramático sentido.
Corrupción por lo que significa de disolución de los hábitos morales. Y éste es el caso cuando en las
aulas se atenta contra las creencias religio−sas, contra la moral, contra la conciencia nacional, contra la Patria,
contra la disciplina y contra la jerarquÃ−a de valores». Como ocurrÃ−a en todos los momentos difÃ−ciles
para el régimen, Carrero recordó la Guerra Civil: «[ ... ] pero con ser grave todo esto, más grave es
aún lo que hay en el fondo de la subversión. Se trata de que el Comunismo intenta conseguir ahora lo que
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no pudo lograr hace treinta años con la complicidad de un régimen abyecto y de las brigadas armadas del
Comunismo internacional».
Ese tipo de lenguaje muestra claramente que en el llamado «tardofranquismo» los dirigentes del
régimen eran incapaces de generar un discurso atractivo para sectores que no fueran ya adictos porque, si
bien el miedo y el argumento de la conspiración internacional podÃ−an provocar entre los sectores
despolitizados recelos respecto la contestación polÃ−tico-social, ante el resto de la sociedad aquellos
argumentos aparecÃ−an como un vestigio del pasado.
El levantamiento del estado de excepción fue adelantado tinas semanas, pues las medidas ya habÃ−an dado
sus frutos y el gobierno querÃ−a evitar la atención con que la prensa internacio−nal lo habÃ−a seguido,
informando reiteradamente del número esti−mado de detenidos, deportados, etc. La conflictividad social
siguió, sin embargo, su ritmo ascendente pues estaba directa−mente relacionada con las necesidades
cotidianas de amplios sec−tores de la población.
La contestación social no era, sin embargo, la única preocu−pación del vicepresidente. Carrero hacÃ−a
meses que presionaba a Franco para que formara un nuevo gobierno. Tres eran los ministros que el almirante
querÃ−a que salieran del gabinete lo antes posible y a toda costa: Fraga, SolÃ−s y Castiella. Como se ha
dicho, en julio de 1968 Carrero ya habÃ−a enviado una nota a Franco haciéndole ver la conveniencia de
cambiar dichos minis−tros dado que, desde su perspectiva, buena parte de los proble−mas que tenÃ−a
planteados el gobierno estaban relacionados con la prensa, la Organización Sindical y la polÃ−tica exterior.
En el perfil polÃ−tico del ministro de Asuntos Exteriores, Fer−nando MarÃ−a Castiella, destacaba un
componente nacionalista que nunca dejó de lado a lo largo de su trayectoria vinculada a la diplomacia
española; en los años sesenta, con un régimen fuer−temente consolidado, sus directrices en el
Ministerio de Asun−tos Exteriores estuvieron marcadas por la voluntad de reafirmar la posición española
en las relaciones internacionales, y en ese contexto la reivindicación de Gibraltar adquirió un protagonismo
extraordinario. El objetivo de afirmación nacional también condicionó las negociaciones para la
renovación de los acuer−dos con los Estados Unidos de 1953. En 1963 Castiella ordenó a Antonio
Garrigues, embajador en Washington, mantenerse firme en el propósito de mejorar el nivel de los acuerdos,
tanto en lo relativo a la ayuda económica -misérrima teniendo en cuenta otros acuerdos firmados por los
Estados Unidos-, como al status, pretendiendo convertir los convenios en un tratado de cooperación o
seguridad. También esperaba conseguir que fuera admitida la solicitud española de incorporación a la
OTAN. El fracaso de Castiella fue absoluto, pues los norteamericanos eran conscientes de la debilidad
franquista y se mantuvieron firmes en sus ofertas; ante ello el gobierno español dio claras instruccio~ nes
para que se aceptaran las condiciones norteamericanas.
En 1969 nuevamente se debÃ−an negociar los acuerdos, pero para entonces Castiella habÃ−a decidido
mantenerse intransigente en sus pretensiones, contemplando incluso el riesgo de cance−lación de los
acuerdos, en contra de otros sectores guberna−mentales y particularmente de Carrero, que los consideraba
vita−les para el régimen, por ser su principal aval a nivel internacional. En mayo de 1969 Carrero envió
otro memorándum a Franco, en el que le daba nuevos argumentos sobre la necesidad de for−mar nuevo
gobierno. Respecto a la polÃ−tica exterior era con−tundente en su oposición al ministro, del que también
recelaba por su actuación respecto a la descolonización de Guinea. Carrero afirmaba que «hoy tenemos la
enemiga de Inglaterra por el asunto de Gibraltar, sin que nos devuelva la plaza; están dete−rioradas nuestras
relaciones con el Vaticano, ¿,es que vamos a romper también con Estados Unidos, que es el único
verdadero lazo que nos une con Occidente? ¿,Es que es posible que viva−mos aislados?».
En aquel contexto estalló el caso MATESA, el escándalo polÃ−−tico-económico más importante del
perÃ−odo franquista. MATESA (Maquinaria Textil del Norte de España, S. A.) se habÃ−a creado el año
1956 y se dedicaba a la fabricación y exportación de maquinaria. El principal accionista, Juan Vilá Reyes
-miembro del Opus Dei-, obtuvo de la banca oficial miles de millones en ayudas a la exportación,
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desgravaciones fiscales como incentivo a la exportación, además de ser incluida entre las veintitrés
empresas que recibieron cien millones de pesetas para estimu−lar la investigación. El escándalo estalló en
agosto cuando la prensa publicó que la mayor parte de las exportaciones eran fic−ticias y tan sólo estaban
anotadas en los libros de contabilidad. Pero si el affaire adquirió dimensión polÃ−tica fue por el fuego
cru−zado que se generó en las instituciones gubernamentales. El asunto tuvo un amplio espacio en los
periódicos, sobre todo en los controlados por el aparato del Movimiento, porque en el fraude aparecÃ−an
implicados los ministros de Hacienda y Comercio -en manos de los tecnócratas vinculados a López
Rodó-, por lo que el tándem Fraga-SolÃ−s podÃ−a suponer que que−darÃ−an debilitados. El gobierno se
vio en la obligación de iniciar una investigación sobre la cuestión, embargar los bienes de la empresa y
encarcelar a Vilá Reyes.
El asunto MATESA que, según Carrero, era «un incidente desdichado y grave que, aireado con fruición a
través de los medios informativos, ha causado un gran revuelo en el paÃ−s», fue el pretexto que utilizó
el almirante para el 16 de octubre enviar una nueva nota a Franco titulada «Consideraciones sobre la
con−veniencia de proceder a un reajuste ministerial». El vicepresi−dente recomendaba sustituir a los
ministros de Hacienda y Comercio -«cuya honestidad nadie puede poner en duda»- por la «escandalosa
resonancia polÃ−tica dada al asunto» MATESA, y a algunos ministros más. Consideraba que sólo por
«esta clamorosa campaña de Prensa [que] tuvo un origen y unos cana−les de difusión» vinculados al
Ministerio de Información y a la SecretarÃ−a General del Movimiento «parece aconsejable la
sus−titución» de los titulares de ambas carteras. Pero el asunto MATESA, que ocupaba un reducido
espacio en la nota de Carrero, era uno más. Para él eran más importantes las tensio−nes que, desde su
perspectiva, generaban la actuación de SolÃ−s, Fraga y Castiella.
El cuestionamiento de José SolÃ−s lo vinculó a la discusión de la Ley Sindical que consideraba que era
el tema polÃ−tico que entrañaba «mayores riesgos para el futuro del régimen». En el informe de
mayo Carrero habÃ−a afirmado que los dirigentes sin−dicales, con José SolÃ−s a la cabeza, «pretenden
de hecho el asalto al poder». El gobierno habÃ−a elaborado un proyecto de ley sin−dical que confirmaba
legalmente la posición subordinada que la OSE siempre habÃ−a tenido en la práctica, mientras que los
falan−gistas pretendÃ−an justamente lo contrario, mantener el protago−nismo que legalmente tenÃ−a la
Organización Sindical en la estruc−tura polÃ−tica franquista. Carrero estaba alarmado y escribió: «[...] si
esto sucede ahora, con unos dirigentes sindicales que pueden ser removidos por Decreto y con un Gobierno
que preside nada menos que el Caudillo, ¿,qué no sucederÃ−a el dÃ−a de mañana con un Sindicalismo
como el que el proyecto propugna, frente a un Gobierno presidido por un señor cualquiera, nombrado con
arre−glo a la Ley Orgánica del Estado?». En octubre señalaba clara−mente que la única manera de
impedir que la OSE se convirtiera en una «enorme fuerza polÃ−tica, al margen del control del Gobierno»
era «mediante un cambio de Gobierno que permita que el Jefe del Estado separe la SecretarÃ−a General del
Movi−miento de la Jefatura de la Organización Sindical» y «poner al frente de la Organización
Sindical, antes de que comiencen los debates en las Cortes, a un hombre con arraigo en el Sin−dicalismo, y
absoltitamente leal, que ofrezca la plena seguri−dad de que va a defenderlo y no a torpedearlo. [ ... ] Resulta,
pues, necesario, sustituir al Ministro Secretario General del Movimiento».
La acusación contra Manuel Fraga -además de deslealtad por el caso MATESA- se centraba en la
«tremenda lenidad» con que habÃ−a aplicado la Ley de Prensa. Carrero insistÃ−a en que «basta hojear
las páginas de periódicos y revistas» para que «cualquier lector normal [saque] la consecuencia de que
España es un paÃ−s polÃ−ticamente inmovilista, económicamente monopolista y socialmente injusto».
En la vertiente cultural se quejaba de que «las librerÃ−as están plagadas de propaganda comunista y atea;
y [ ... ] en aras de un turismo de alpargata, se protege en los clubs "play boy" el " streap- tease" [sic]... En fin,
todos los dÃ−as, gota a gota, se está lanzando corrosivo sobre la moral de los españo−les y todo lo que
éstos están ganando en bienes materiales lo están perdiendo en valores morales».
Sus quejas respecto a la polÃ−tica internacional eran bien cono−cidas por Franco. Recapitulando, en el
informe de octubre Carrero afirmó que «temas de la mayor importancia no parecen bien enfocados por el
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actual Ministro de Asuntos Exteriores: Las relaciones con los Estados Unidos y la polÃ−tica vaticana, que yo
entiendo que son los pivotes fundamentales de nuestra polÃ−tica exterior, porque, por lo que respecta a
Europa poco podemos esperar». Al margen, proponÃ−a otros cambios en el gobierno pro−vocados por la
edad de algunos de sus miembros y concluÃ−a: «[ ... ] la renovación aparecerÃ−a de este modo ante los
españoles como un reajuste normal de los que periódicamente realiza S. E., en atención tanto al desgaste
inevitable de las personas como para atender a los problemas del momento, y resolviéndose con ello el
"caso MATESA", no podrá nunca pasar a la Historia como la "crisis MATESA", que representarÃ−a un
estigma para el Régimen, por afectar a más personas de las afectadas por este lamentable asunto».
Carrero con su propuesta pretendÃ−a matar varios pájaros de un tiro. Y al menos, en parte, asÃ− fue.
Respecto a MATESA los principales responsables gubernamentales del asunto, a los que procesó el Tribunal
Supremo, fueron indultados por Franco en 1971.
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