5. masacre agropecuaria

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5. MASACRE AGROPECUARIA
Por razones de espacio, y porque hay análisis en abundancia para demostrar las
grandes pérdidas agrarias que provocó la apertura definida en 1990, la cual
constituyó la primera fase del “libre comercio” en Colombia, no se detallará lo
ocurrido. Pero sí debe recordarse que con ella las importaciones agrícolas se
multiplicaron por más de diez, se perdieron alrededor de un millón de hectáreas de
cultivos transitorios y el empobrecimiento rural llegó a niveles inauditos. Y es clave
saber que si las pérdidas no fueron mayores, ello obedeció a que la desprotección
no fue absoluta, gracias al Sistema Andino de Franjas de Precios (SAFP) y a otras
medidas que se implantaron y que permitieron mantener altos niveles de protección
en ciertos sectores seleccionados. Luego no hay que ser muy perspicaz para
comprender que lo que viene con la desprotección absoluta del agro que traerá
consigo el TLC es rematar a los productos agonizantes y liquidar, golpear o reducir
a poco a nuevos sectores.
Para darse una idea del calibre del riesgo al que le abre la puerta el TLC con su
decisión de poner en cero por ciento los aranceles, sirve saber que el arancel más
alto fijado por el SAFP como promedio anual entre 1994 y 2003 llegó a 75,5 por
ciento en carne de cerdo, 184,5 por ciento en trozos de pollo, 70,5 en leche entera,
48 en trigo, 38,5 en cebada, 65,3 por ciento en maíz amarillo, 68,2 por ciento en
maíz blanco, 82,5 por ciento en arroz, 56,1 por ciento en soya, 70,3 por ciento en
sorgo, 105,1 por ciento en aceite de palma y 97 por ciento en aceite de soya.
Además, la carne de res ha tenido aranceles del orden del 80 por ciento y han
existido otros mecanismos de protección, como las licencias previas o condicionar la
importación a comprar la cosecha nacional del producto que se desee importar.
El sistema de desgravación de los productos que no se desprotegen del todo desde
el primer día consiste en acordarles un contingente (cuota) que se podrá importar
con cero arancel, en tanto que el resto de lo que se traiga de Estados Unidos
pagará aranceles determinados, los cuales se irán reduciendo año por año, hasta
llegar a cero por ciento en el plazo pactado. Entonces, en la práctica, las
importaciones serán mayores que el contingente libre de arancel y los precios de
los bienes producidos en Colombia deberán bajar desde el principio, porque las
importaciones más baratas podrán –o deberán, mejor– presionar a la baja los
precios de venta del producto nacional, aun cuando todavía exista protección.
Los importadores saben, de otra parte, que pueden aumentar de manera
considerable lo traído de Estados Unidos si combinan el contingente sin arancel con
compras de cantidades gravadas, de donde salen precios promedio de importación
que pueden ser menores que los costos de producción internos. Por ejemplo, de
maíz blanco, que quedó con un contingente de libre acceso de 136.500 toneladas y
arancel de 20 por ciento para la parte restante que se desee importar, podrían
entrar a Colombia 273 mil toneladas, el doble, con un costo efectivo arancelario de
10 por ciento.
En los análisis sobre lo que ocurrirá también debe tenerse en cuenta que los
aranceles de protección que se fijaron en el TLC, además de definirse bajos y
disminuyendo año por año hasta desaparecer, se calcularon teniendo en cuenta los
promedios de los precios de varios años. Pero esta operación, que puede tener
cierta validez estadística, se estrella contra la realidad de la vida. Porque para
muchos productores la quiebra puede venir si en el momento de sacar su
producción lo precios caen, así hayan sido remunerativos en otras ocasiones. Y este
riesgo es, por supuesto, mayor en productos de ciclos semestrales o en el negocio
de la carne de pollo, donde el capital se pone en riesgo cada seis meses o cada 40
días. Es por estas realidades y por la certeza de que el desorden en el comercio
desordena la producción por lo que en los países desarrollados la norma son las
políticas públicas que les dan garantías de costos y de precios a las gentes del agro.
En el TLC, y como otra astucia, los plazos fijados para la desgravación no terminan
en el último día del año acordado sino en el primero, de manera que cinco años
equivalen a cuatro y así… En la llamada “renegociación”, además, Estados Unidos
impuso que, exceptuando arroz y azúcar, los plazos de desgravación de los demás
productos no empezarán a contarse a partir de la legalización del Tratado, según lo
acordado inicialmente, sino desde el 27 de febrero de 2006, la fecha del anunciado
cierre del acuerdo. De esta manera Estados Unidos adelantó en por lo menos un
año la desprotección de Colombia. ¿Cuánto le costará al país este otro acto de
sumisión de Álvaro Uribe?
El primer gran damnificado en el agro será el sector de los cereales, certeza que
suelen compartir por lo menos en privado hasta los criollos partidarios del TLC,
pues no hay ninguna posibilidad de resistirles a las productividades gringas y a sus
enormes subsidios. Y al justificar dicha pérdida suelen afirmar que el trigo y la
cebada –que quedaron en canasta A, es decir, en cero protección desde el primer
día de vigencia del Tratado– ya casi desaparecieron de la geografía nacional, a la
par que ocultan que podrían reaparecer si se quisiera y que su agonía no es un
castigo del cielo sino el efecto de las decisiones que se tomaron desde 1990,
incluidas las de la administración Uribe Vélez. Las teorías con que arguyen que es
positivo comprar en el exterior el trigo y la cebada que Colombia podría producir
con grandes beneficios para el país constituyen mediocridades. La primera es que
resulta mejor sembrar flores en la Sabana de Bogotá que trigo o cebada,
inventándose una contradicción por tierra que no existe, pues hasta un colegial
sabe que en el altiplano cundiboyacense, en Nariño y en otras zonas de clima frío
hay tierras de sobra para aumentar el área en invernaderos para flores –si hubiera
más mercado, que tampoco lo hay– y para cultivar de manera extensa cualquier
otro bien que se quiera. Y alegan también que en el trópico, por razones del menor
asoleamiento, no pueden ser productivos estos cereales, afirmación insostenible
que es el colmo que se esgrima justo cuando se está descifrando el genoma y que
silencia que el país fue autosuficiente en cebada hasta 1990, año en el que todavía
era un importante productor de trigo, a pesar de que desde 1956 empezó la política
de Estados Unidos de imponerle a Colombia la compra de los llamados “excedentes”
agrícolas. Y si el problema es lo tropical, ¿cómo explican que Washington también
haya decidido usar el TLC para acabar con el trigo en Chile, país de zona templada?
En el caso del maíz (amarillo y blanco), el TLC también busca hacer irreversibles las
importaciones que hoy llegan a 1.800.000 toneladas, cuando en 1990 eran de
apenas 17.000, y aumentar esas compras en por lo menos otro millón en un plazo
brevísimo, porque la cuota de libre importación acordada para el primer año llega a
2.236.000 toneladas (con crecimiento del 5 por ciento anual) y porque los
aranceles para la parte restante empezarán en el muy bajo nivel del 20-25 por
ciento y se eliminarán en apenas 12 años, plazo que se acordó con el evidente
propósito de engañar a los colombianos. Y el sorgo desaparecerá de inmediato,
dado el tamaño del contingente de libre importación (21 mil toneladas) y lo bajo del
arancel que le fijaron a la parte restante (25 por ciento).
La desgravación del arroz concluirá el primero de enero del año diecinueve contado
a partir del 27 de febrero de 2006, el contingente de libre acceso inicial será de 79
mil toneladas de calidad blanco (con un crecimiento del 4 por ciento anual), el
arancel para la importación por fuera de cuota empezará en el 80 por ciento y su
desgravación tendrá un período de gracia de 6 años. Pero estas cláusulas, que no
se explican por la generosidad del Imperio ni por la conducta de los “negociadores”,
sino por la resistencia del sector encabezada por la Asociación Nacional por la
Salvación Agropecuaria, no impedirán su crisis, incluso antes de lo que aceptan los
panegiristas del “libre comercio”. Esto porque, como ya se mencionó y lo confirma
la experiencia de años anteriores, las importaciones agropecuarias, así sean
relativamente menores, presionan a la baja los precios de compra en el mercado
nacional, al dotar de un mayor poder a los intermediarios.
Con la complicidad de la principal agremiación de cultivadores de algodón de esos
días, este fue el cultivo más rápidamente golpeado por la apertura de 1990, porque
ni siquiera fue incluido en el Sistema Andino de Franjas de Precios (SAFP) ni en
ninguno de los otros instrumentos de protección que sí se les otorgaron a los
demás. Si hoy algo de este se cultiva es porque el gobierno, no obstante los
incumplimientos de sus promesas a los algodoneros, los subsidia mediante un
precio de sustentación, defensa que tendría que mantenerse con el TLC, donde le
determinaron cero arancel desde el primer día, lo que pone en duda su
supervivencia. Y la pone en duda porque será muy difícil o imposible mantener vivo
el cultivo del algodón en Colombia sobre la base de lograr que la Tesorería del
gobierno colombiano enfrente a la de Estados Unidos, y eso en el supuesto de que
se intentara.
La soya fue otro de los productos duramente golpeados por la apertura, y
difícilmente podrá sobrevivirle al TLC, pues la soya boliviana que hoy se importa
será reemplazada por la más barata de Estados Unidos, en un caso clásico de
“desviación de comercio”. Así lo indica también la libre importación de fríjol y torta
de soya desde el primer día de vigencia del Tratado y la eliminación del arancel de
otros aceites en 5 años y del crudo de soya en 10 (pero con contingente de 30 mil
toneladas), los cuales, además, quedaron con bajos aranceles de protección, del 23
y 24 por ciento. Y las importaciones de soya deben sustituir lo productos más
costosos derivados de la palma africana que se consumen en Colombia, tal y como
era de esperarse y como lo explica Garay en su estudio, en el que calcula que las
ventas de los palmeros podrán reducirse hasta en el 19 por ciento.
La papa procesada, de consumo cada vez mayor en el país por el cambio de las
costumbres, al igual que la fresca, quedó en Canasta A, de desprotección
inmediata. Y la congelada se desprotegerá del todo, desde el 15 por ciento de
arancel, en apenas 5 años. En el papel, el fríjol quedará protegido por 10 años,
pero en la realidad será sacrificado mucho antes porque la mitad del arancel con el
que empieza su desgravación, de 60 por ciento, se eliminará el primer año, con el
agravante del adelanto ya mencionado de los plazos.
La carne de pollo quedará totalmente desprotegida en 17 años, pero ese plazo es
más demagógico que efectivo por cuanto, según ha explicado Fenavi, la
agremiación de los avicultores, el arancel para los cuartos traseros (perniles y
rabadillas) sazonados quedó en apenas el 70 por ciento, cuando la tonelada cuesta
en Estados Unidos 506 dólares y en Colombia 1.650, en razón de que, como es
sabido, los estadounidenses consideran desechos esas partes de las aves. También
puede arruinar al sector que después de cerrada la “negociación” el 27 de febrero
de 2006, Estados Unidos impusiera cero arancel a los cuartos traseros troceados, a
la carne deshuesada mecánicamente y a la sin pellejo, concesión inaudita que el
gobierno colombiano ha ofrecido corregir pero sin que lo haya hecho. Y la carne de
las gallinas ponedoras de huevos que terminaron su vida útil, considerada también
de desecho, podrá importarse pagando un arancel de apenas el 45 por ciento.
Fenavi acierta cuando en aviso en la prensa denunció: “Si la negociación fue mala,
la renegociación fue peor”.
En cuanto a la carne y los despojos de cerdo, quedarán desprotegidos en apenas un
lustro contado a partir del 27 de febrero de 2006, plazo que augura que habrá una
crisis antes de esa fecha, según han dicho sus dirigentes, pues además no quedó
ninguna limitación al volumen que puede importarse y sus aranceles de protección
empezarán en los muy bajos niveles de 30 y 20 por ciento, respectivamente. Razón
tiene, entonces, Fredy Velásquez, presidente de la Asociación Nacional de
Porcicultores, cuando explica que “fuimos sacrificados por conveniencias políticas
con Estados Unidos”, sacrificio que puede costarles la ruina a muchos de los 80 mil
productores, pues apenas alrededor de tres mil son tecnificados.
La protección contra las importaciones de carne de reses gringas se eliminará en el
muy corto plazo de 10 años, pero desde el primer día habrá libre acceso para lo
que Washington definió a su antojo como High Quality Beef (calidades prime y
choice), que representa el 60 por ciento de su oferta exportable. Entrarán con cero
arancel 4.621 tonelada de vísceras (el 12 por ciento del mercado nacional), cuota
que tendrá un crecimiento del 5 por ciento anual, pero con la advertencia de que
llegarán más porque por ser desecho en Estados Unidos se comercializa a precios
bajísimos, en tanto que el arancel de protección, que se irá reduciendo hasta
desaparecer, empezará en apenas el 50 por ciento real. Igual puede decirse de la
carne de calidad estándar, con cuota de 2.100 toneladas, pero con el mismo bajo
arancel para la parte por fuera de la cuota. Y con lo impuesto por la Casa Blanca
sobre importaciones de carnes de reses de más de treinta meses, a pesar del riesgo
del mal de las vacas locas, se le abrieron las puertas a la carne del ganado lechero
ya desechado en ese país. Tan contrario a lo propuesto por la Federación Nacional
de Ganaderos (Fedegan) terminó siendo lo acordado en carne y leche, que José
Félix Lafaurie, presidente de esta agremiación y quien fuera viceministro de
Agricultura de César Gaviria, tuvo que evadir el balance apelando a un retruécano:
“Nos fue como nos fue”.
En el análisis de las pérdidas que tendrán los productores de carnes de cerdo y res
debe considerarse que estas también sufrirán por efecto de su sustitución por pollo
importado, fenómeno suficientemente documentado en este y en casos como el de
los derivados de la soya en reemplazo de los de la palma africana y que en
Colombia ha ocurrido en la misma medida del “libre comercio” y del
empobrecimiento nacional: mientras entre 1995 y 2005 el consumo anual de carne
de res por habitante disminuyó de 20 a 17,4 kilos y el de cerdo de 3,3 a 2,8 kilos,
el de pollo aumentó de 11,8 a 16,5 kilos (40 por ciento). Luis Jorge Garay calculó
además, empleando en parte estudios de Fedegan, que en el escenario de una
caída del precio del pollo de 30 por ciento, la demanda de carne de bovino en
Colombia debe verse reducida en 6 por ciento y la de cerdo en 24 por ciento.
Y los lácteos se desprotegerán entre 11 y 15 años, pero con graves pérdidas desde
el principio, pues a partir del primer día entrará un contingente de nueve mil
toneladas con cero arancel, cuota que crecerá al 10 por ciento anual. Además, el
arancel de protección contra la leche en polvo por fuera de cuota quedó en el bajo
nivel del 33 por ciento y los lactosueros –el desecho que queda de la producción de
quesos– se dejaron en desprotección inmediata, producto al que Fedegan había
pedido clasificar igual que a la leche en polvo, como de “extrema sensibilidad”, y
concesión que los lecheros pidieron no hacer porque sería el “acabose” del sector
(Portafolio, 6 de febrero 2006).
Con razón, por otra parte, la Oficina de Comercio de Estados Unidos celebró como
un éxito lo acordado en frutas y hortalizas, porque las estadounidenses podrán
ingresar a Colombia sin problemas de ningún tipo y con cero arancel desde el
primer día (tienen 15 por ciento), mientras que las nuevas exportaciones
colombianas de estos sectores deberán vencer, además de los bajos precios gringos
y los de los otros países competidores, las férreas barreras sanitarias y
fitosanitarias estadounidenses. Viene al caso recordar que al inicio de las
negociaciones del TLC la secretaria del Departamento de Agricultura de Estados
Unidos expresó que esperaban aumentar las exportaciones de hortalizas, entre
otros sectores.
El azúcar hay que diferenciarlo porque también demuestra hasta la saciedad el
carácter descaradamente arbitrario de las imposiciones de la Casa Blanca y la
actitud sumisa del gobierno de Colombia. Como la producción azucarera de Estados
Unidos es de las más costosas del mundo, el azúcar colombiano (o el
centroamericano) tiene tantas condiciones para tomarse ese mercado que en la
“negociación” Colombia pidió una cuota de libre acceso inmediato de 500 mil
toneladas anuales, más un fuerte incremento año por año. Pero como Imperio es
Imperio y vasallo es vasallo, la Casa Blanca escogió al azúcar como el único
producto excluido del Tratado, pues solo en este caso el arancel jamás llegará a
cero por ciento. Colombia, que produce 2,7 millones de toneladas, solo consiguió
una cuota de exportación de escasas 50 mil toneladas, con un crecimiento anual del
ínfimo uno y medio por ciento. Para empeorar las cosas, el país se desprotegerá
frente a las importaciones de jarabe de maíz gringo en 9 años, endulzante que
desplazará en proporciones importantes las ventas de azúcar nacional en el
mercado interno y que terminará por golpear, de carambola, a los paneleros. Y el
uribismo, como si fuera poco, aceptó desgravar los confites y chocolates gringos de
manera inmediata, en tanto en la cuota de azúcar que Estados Unidos otorgó se
incluyen los productos con alto contenido de ese producto (confites y chocolates),
bienes que tampoco se desgravarán.
Entre los aspectos con los que hizo demagogia el gobierno durante la “negociación”
estuvo el de las “fuertes” salvaguardas con las que se dotaría Colombia para
enfrentar el esperado y rápido aumento de las importaciones agropecuarias
estadounidenses, instrumentos que dijeron reemplazarían unos aranceles
irremplazables. ¿Y qué pasó? Que las salvaguardas que ofrecieron con una vigencia
indefinida y para casi todos los productos quedaron, a la hora de la verdad,
convertidas en unos paliativos que desaparecerán una vez concluya el período de
desgravación y solo cubrirán el arroz, el fríjol y el pollo. Su diseño, además, es de
una mediocridad tal que no tiene ninguna capacidad para impedir las pérdidas que
sufrirán dichos productos.
Por otra parte, mientras que Estados Unidos y Perú establecieron en el TLC
certificaciones de origen para el pisco peruano y los whiskys Tennessee y Bourbon
estadounidenses, Colombia nada logró en este sentido para su café, más allá de
una carta rodillona del ministro Botero y de una respuesta displicente de un
funcionario gringo que en nada obliga a ese país. El Imperio, además, pudo darse el
lujo de imponerle a Colombia la libre importación al país de café colombiano y
peruano procesado en Estados Unidos, concesión tras la que inevitablemente
llegarán de contrabando cafés asiáticos y africanos. En el colmo de los colmos, el
uribismo también aceptó un contingente de importación de cafés de África y Asia
transformados en Estados Unidos, cupo que no por pequeño carece de significado
porque tiene la gravedad de haber abierto una puerta que nunca debió abrirse. Y la
Casa Blanca también le impuso a Colombia “trabajar juntas hacia un acuerdo en la
OMC” sobre empresas comerciales del Estado, acuerdo que podría arrebatarle al
Fondo Nacional de Café su capacidad para intervenir en las exportaciones y en las
compras internas, un viejo sueño de los intermediarios estadounidenses.
De acuerdo con lo concedido como de libre importación para el primer año, Estados
Unidos ganó derecho a exportar, y con toda certeza, 4.629.000 toneladas de
productos del agro, en tanto Colombia obtuvo el derecho a vender 63 mil toneladas
ciertas, desglosadas en cincuenta mil toneladas de azúcar, cuatro mil de tabaco y
nueve mil de lácteos, aunque la última cifra habrá que verla. Porque la cuota de
exportación de carne de res de Colombia que aparece en los informes oficiales y
que fue mañosamente atada a una cuota de OMC que nunca se ha podido cumplir,
lo dicen los propios “negociadores”, no tiene ni la más remota posibilidad de
concretarse en el corto plazo, y porque, como se verá, las ventas de
biocombustibles, de nuevas frutas y de hortalizas son inciertas. Si se hacen las
cuentas del área bajo cultivo y los empleos que sufrirán los embates del TLC solo
en arroz, maíz, fríjol, papa, cebada y trigo se llega a un millón y medio de
hectáreas y a unos 460 mil empleos. Si se suman palma africana y caña panelera y
de azúcar hay que agregar 570 mil hectáreas y otros 430 mil empleos. Y entre pollo
y cerdo están en juego 250 mil empleos y 80 mil productores.
Y para hacerles más difícil a los productores agropecuarios competir con las
importaciones más baratas que llegarán de Estados Unidos, el texto del TLC y la
propia lógica del “libre comercio” los golpearán de otras maneras. En el artículo
16.9 del Tratado se dice que si un país signatario no permite patentar plantas “a la
fecha de entrada en vigor de este acuerdo (el caso de los andinos, porque sus
normas lo prohíben), realizará todos los esfuerzos razonables para permitir dicha
protección mediante patentes”, norma que golpeará a los fitomejoradores y a los
agricultores colombianos, pues fortalecerá el monopolio de semillas de las
trasnacionales, que incluso podrán perseguir legalmente a quienes las resiembren
sin pagar los derechos que se definan(10). El TLC encarecerá los agroquímicos y la
droga veterinaria, porque con el capítulo de propiedad intelectual se prolongará de
veinte a treinta años el monopolio de las trasnacionales estadounidenses sobre
muchos de estos. Es conocida también la política que busca cobrar, y cada vez más
cara, el agua que se utiliza en el agro, paso previo a la privatización de los distritos
de riego y del propio líquido, aberración esta última que permite el Tratado. El
sistemático incremento de los precios de los combustibles, y de los agroquímicos
que los utilizan, no tiene como única explicación el aumento de la cotización del
petróleo, porque también cuentan los altos impuestos que los gravan (38 por ciento
en la gasolina) y que contrastan con los menores que se cobran a las trasnacionales
para atraerlas al país, así como con las modificaciones legales para que al sector de
hidrocarburos se lo tomen las trasnacionales, asuntos todos relacionados con las
adecuaciones al “libre comercio”.
No es sorprendente, entonces, que Rafael Hernández, presidente de Fedearroz y de
la junta directiva de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), haya afirmado:
“Los negociadores de Colombia cedieron totalmente frente a las pretensiones de
EU. Veo un panorama oscuro para la mayor parte del sector agropecuario” (El
Tiempo, 28 de febrero de 2006). “No fue un tratado equitativo, como se
comprometió el Presidente de la República con nosotros, sino una imposición de
Estados Unidos. Por eso me retiré de la mesa de negociaciones”. “El Ministro de
Agricultura habla olímpicamente de que las zonas afectadas con el TLC se pueden
reconvertir. Pero hay zonas como Saldaña que no se puede sembrar sino arroz.
Tratar de reconvertirlas es un error. Eso lo sabe el Presidente de la República. Yo se
lo planteé en Washington” (Declaraciones en Usosaldaña, 16 de marzo de 2006).
Y citas del mismo tenor pueden transcribirse de los restantes dirigentes de la SAC,
exceptuando a los de los sectores exportadores, con la diferencia de que el común
de aquellas se expresaron antes de concluir la “negociación”, mientras que las de
Hernández son posteriores. Pero si algunos cambiaron la tonada no es porque a sus
sectores les haya ido bien, con logros siquiera remotamente cercanos a las tímidas
propuestas que hicieron sus dirigentes, sino porque decidieron acomodarse frente
al poder y la chequera del Mesías que desquicia y manipula a Colombia, luego de
haberse decidido a dar unas volteretas que, presumiendo el pudor, no podrán
relatarles a sus nietos con orgullo.
(10) Por efecto del TLCAN, el agricultor canadiense Percy Schmeiser fue condenado
a cárcel luego de una acusación de Monsanto.
LA QUIMERA DE EXPORTAR MÁS
Una vez los “negociadores” colombianos no pudieron seguir insistiendo en la falacia
de que iban a proteger el país ante las importaciones agropecuarias
estadounidenses subsidiadas, pasaron a decir que lo importante era el acceso de
algunos productos al mercado de Estados Unidos (!?), porque las exportaciones
convertirían en “ganador” al agro nacional. Y ante la pregunta de cómo modificarían
las normas sanitarias y fitosanitarias de Estados Unidos, conocidas por constituir
barreras de protección mayores que las mismas arancelarias, juraron cambiarlas en
la “negociación”. A este punto le dieron tal importancia una vez ya nadie quiso
insistir en el ridículo de que la producción nacional no iba a ser sacrificada por los
productos estadounidenses, que José Félix Lafaurie, presidente de Fedegan, alcanzó
a afirmar que “sin acceso real al mercado de Estados Unidos, el TLC no es moral ni
políticamente sostenible”. Pues bien, aunque dicho Tratado no hubiera sido
defensable en Colombia ni siquiera con unas mejores posibilidades para vender
productos del agro en el mercado estadounidense, la verdad es que dicho acceso no
se logró, así algunos afirmen lo contrario.
Al respecto, el ministro de Comercio, Botero Angulo, en carta dirigida al Congreso
de Colombia, fue capaz de decir que los productos colombianos tendrán “acceso
real” a Estados Unidos, pues lo acordado en medidas sanitarias y fitosanitarias evita
el “abuso en la imposición de barreras no arancelarias”. Y el ministro de
Agricultura, Andrés Felipe Arias, afirmó que “el acceso alcanzado para nuestros
productos es acceso real”. Mentiras. Porque si algo se impuso fue el mantenimiento
de las talanqueras con las que la Casa Blanca, con estas razones, protege el agro
estadounidense.
Antes de la firma del Tratado, la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC)
explicó: “Las negociaciones con EU han sido difíciles, en la medida que al inicio de
las mismas ese país manifestó el interés de preservar su statu quo en materia
sanitaria, es decir, no ir más allá de lo que hoy existe en el Acuerdo de Medidas
Sanitarias y Fitosanitarias de la OMC”. Además dijo que “Si no se tiene la
posibilidad de recurrir al mecanismo de solución de controversias tal como está
planteado en el capítulo sanitario del TLC, las posibilidades de lograr que (sic) los
desarrollos sanitarios del comité o los grupos de trabajo son nulas”(11). ¿Y qué se
acordó? Artículo 6.2 del TLC: “Disposiciones generales: 1. Las partes confirman sus
derechos y obligaciones existentes con respecto a cada una de conformidad con el
Acuerdo MSF” (Acuerdo MSF quiere decir las Medidas Sanitarias y Fitosanitarias de
la OMC). “2. Ninguna parte podrá recurrir al mecanismo de Solución de
Controversias establecido bajo este Acuerdo para ningún asunto que surja bajo este
capítulo”. A lo anterior le añadieron, para engañar a los desconocedores del tema,
un Comité Permanente que en nada cambia las cosas, porque en él Colombia no
tiene ningún poder decisorio y porque su primer propósito es “impulsar la
implementación por cada una de las partes del Acuerdo MS y F” de la OMC (artículo
6.3). Más claro no canta un gallo, así sea gringo.
Pero ante la actitud contumaz de los ministros de Agricultura y Comercio de
Colombia de faltar a la verdad con respecto a lo pactado en acceso al mercado de
Estados Unidos por razones sanitarias, falsedad que ha contado con la complicidad
de algunos dirigentes gremiales del agro, no sobra otro análisis, este de Luis Jorge
Garay en el libro citado atrás:
“A pesar de la opinión expresada por el gobierno y los gremios, conviene señalar
que de la lectura del texto no parecen derivarse obligaciones concretas para las
partes que garanticen que a la luz de los puntos incluidos, puedan solucionarse los
problemas de índole sanitaria y fitosanitaria de Colombia y abrirse así
oportunidades de exportación para varios productos colombianos, tales como los
cárnicos, las frutas y las hortalizas. En buena parte lo que se desprende del texto
del compromiso son manifestaciones de intención. A manera de ejemplo, en el
literal c) del texto de compromiso se afirma que la parte exportadora puede
presentar evidencia científica para sustentar la evaluación de riesgo de la parte
importadora, pero en ningún momento obliga a la parte importadora a tener en
cuenta la evidencia científica presentada por la parte exportadora”.
Y para acabar de desnudar a los ministros de Álvaro Uribe en sus falacias, sirve
también la explicación dada por Juan Lucas Restrepo, jefe de los “negociadores” de
Colombia en la mesa de asuntos sanitarios, quien, en sus propias palabras, dice
que el poder de decisión quedó en manos de los estadounidenses: “Pero lo que
temíamos –y aún tememos– es que, en la práctica, se restrinja indefinidamente el
ingreso de los productos colombianos a ese mercado con argumentos
paraarancelarios, como un excesivo rigor en el cumplimiento de las normas
sanitarias y de inocuidad” (Carta Ganadera, “Informe especial TLC y ganadería”,
p.134).
Luego si el día de mañana Colombia logra exportarle algún producto agropecuario
nuevo a Estados Unidos, ello no sucederá porque el TLC le haya otorgado ese
derecho, sino porque a Washington –de manera unilateral, y según sus
conveniencias, como es obvio– se le dio la gana de dar esa posibilidad, la cual, es
seguro, le cobrará al país de alguna manera.
Entonces, si las pérdidas agrarias para Colombia habrán de ser muy grandes, las
ganancias serán exiguas y no las compensarán de ninguna manera. Constituye un
engaño afirmar que en exportaciones de banano y café se consiguió algo con el
Tratado, pues el libre acceso de estos productos al mercado estadounidense se
remonta a casi un siglo, derecho que se ha pagado a grandes costos y que la Casa
Blanca no puede modificar sin violar la propia legalidad comercial consagrada por
ella en varias instancias y en la propia OMC. En flores lo que se consigue es lo que
se tiene con el Atpdea, que representa unos 26 millones de dólares al año en
menores aranceles, suma que si se perdiera no sería el fin de ese sector, que bien
podría funcionar avanzando en competitividad, con menores utilidades para sus
empresarios o con subsidios del Estado colombiano iguales a la suma perdida(12).
Y lo logrado en exportaciones de tabaco también es mediocre, porque los gringos
impusieron un contingente con libre acceso inmediato de apenas cuatro mil
toneladas y desgravación a 15 años, a partir de un arancel prohibitivo del 350 por
ciento, ¡el más alto del TLC!
Con respecto a las afirmaciones alegres del uribismo, que ponen a Colombia a
exportar ingentes cantidades de frutas y hortalizas, carne de res, lácteos y
biocombustibles, sirven unas reflexiones. Ya se dijo que las barreras sanitarias son
un obstáculo cierto y hasta ahora infranqueable para exportarle a Estados Unidos
varios de estos bienes, a lo que hay que agregarle que el país tampoco tiene oferta
exportable, caso que es evidente en el sector hortifrutícola e incluye hasta la
ganadería, según ha explicado la propia Federación Nacional de Ganaderos
(Fedegan). En efecto, esta ha dicho que conseguir la capacidad nacional
exportadora será obra de 20 ó 30 años cuanto menos de incrementos en el hato y
de un lapso similar para cambiar el tipo de ganado que se produce en Colombia por
el que les gusta a los consumidores gringos(13). Tan escasas son las posibilidades
en este sentido, que el programa exportador de Fedegán no se refiere a un país
exportador, ni a una región exportadora, sino a “Fincas para la exportación”.
En el caso del alcohol carburante hay que saber que su producción para el consumo
interno se sustenta en subsidios que superan los cien millones de dólares anuales y
que cualquier galón de exportación tendría que lograrse a partir de la situación
improbable de derrotar en la competencia a la muy poderosa producción brasileña y
a la propia industria estadounidense, que compite teniendo a su favor fuertes
subsidios oficiales al maíz de donde allá se extrae el alcohol, además de los muchos
que también recibe el proceso industrial. Que no resulte que Colombia termine por
tener problemas con el alcohol carburante importado, posibilidad que autoriza la
legislación nacional y el TLC. Sobre la exportación de biodiesel producido a partir de
aceite de palma africana hay menos certeza aún y caben iguales o mayores dudas
que sobre el alcohol, porque los subsidios para su consumo en Colombia tendrían
que ser mayores y porque ni siquiera existe en el país una empresa que haga esa
transformación a escala industrial. Incluso, ¿no llama la atención que al momento
de terminar este texto, y con la venia del uribismo, se haya hundido en el Congreso
el proyecto de ley que ordenaba mezclarle el 5 por ciento de biodiesel al ACPM que
se emplea en Colombia?
Pero incluso si se lograran exportaciones importantes de biocombustibles a Estados
Unidos, ni así el TLC sería defendible. Porque ello no evitaría las grandes pérdidas
señaladas y porque se sustentarían a un costo por subsidios enorme para Colombia.
¿Hasta cuándo insistirán en meterle gato por liebre al país, legitimando las políticas
regresivas por la vía de exceptuar a unos cuantos de las consecuencias de las
decisiones que les hacen daño a casi todos?
En el texto acordado se desnuda de otra manera la actitud en extremo sumisa del
gobierno colombiano. Allí se consignó (Apéndice uno del capítulo dos), ¡desafuero
casi increíble pero cierto!, que si en el futuro Colombia suscribe un tratado con otra
nación a la que le dé mejores condiciones agrarias que las otorgadas a Estados
Unidos, deberá trasladárselas al Imperio; pero que si es este el que pacta con un
tercero cláusulas superiores a las que le otorgó a Colombia, no tendrá que
concedérselas a los colombianos. ¿Y no se supone que la reciprocidad en los
términos de los tratados internacionales debe ser uno de sus presupuestos mínimos
o que si hay cláusulas discriminatorias, estas deben favorecer a la parte débil?
¡Cuánto debe agradecer Álvaro Uribe Vélez que una indignidad como esta la ignore
casi toda la nación!
Además, en otro acto de acatamiento al Imperio, en el TLC el gobierno aceptó
reconocer como “equivalente al de Colombia” el sistema de inspección de carnes y
aves del Servicio de Inocuidad Alimentaria e Inspección –FSIS– del Departamento
de Agricultura de Estados Unidos en relación con el mal de las vacas locas y la
influenza aviar, concesión gravísima que pone en grave riesgo sanitario al país y
que además se hizo violando las normas andinas al respecto y poniéndola en
vigencia desde mayo de 2006, mucho antes de la fecha en la que empezará el
trámite de aprobación del TLC. Es falso, entonces, que el caso de las vacas locas
hubiera sido un asunto “paralelo” al Tratado, como dijo el Ministerio de Comercio.
Porque en lo que firmaron Arias y Botero al respecto ni siquiera dejaron establecido
que solo podría importarse carne de reses de menos treinta meses, límite de edad
que, como se vio, terminó por eliminar el Imperio en otro pasaje en el que a lo
desventajoso para Colombia se le sumó la indignidad del sometimiento.
Es irrefutable concluir, por tanto, que mientras las pérdidas agropecuarias
constituyen certezas, las anunciadas ganancias son apenas posibilidades, ilusiones,
quimeras, sobre las cuales nadie puede ofrecer ninguna certidumbre. Al respecto
basta con leer las astutas pero irresponsables afirmaciones sobre las supuestas
exportaciones agropecuarias colombianas conseguidas con el TLC, en las que son
comunes los “podría”, “posiblemente”, “es de esperarse”, “en el futuro”, “si”, etc.,
etc., que bien ilustran que los que así peroran no van a ser arruinados con el
Tratado y que poco les importa el interés nacional.
Pero incluso si se reemplazaran unos productos de venta en el mercado interno por
otros de exportación, los daños sociales serían inmensos, pues es evidente que solo
por excepción podrían hacerlo los mismos productores que van a arruinarse. ¿O es
que cada lote de tierra sirve para sembrar cualquier cosa y, entonces, basta con
decidir cambiar un cultivo por otro para hacer dicha sustitución? A quien se arruina
en el maíz, por ejemplo, ¿cómo le sirve que otro colombiano –en otra parte del
país, además– gane cultivando uchuvas? ¿Y qué pasará en las poblaciones que
perderán la producción de las zonas rurales de las que viven? Claro que para los
neoliberales nativos, para quienes la economía que no sea la del capital extranjero
se reduce a meros números que no representan personas, poco o nada importan
las consecuencias sociales de las decisiones.
Una vez se confirmó que las pérdidas agropecuarias del TLC iban a ser inmensas,
Álvaro Uribe, con el propósito de coronar su entrega, diseñó un programa, no
encaminado a resolver los problemas que habrá de generar el Tratado, problemas
insolubles, sino a comprar el respaldo que requiere en el Congreso y entre la
dirigencia gremial del empresariado agropecuario. El plan, llamado “Agro, ingreso
seguro”, cuyo nombre doloso les desnuda el alma a sus autores, le ofrece al sector
unos recursos por completo insuficientes para impedir la crisis, pero sí suficientes
para facilitarles más instrumentos clientelistas a los parlamentarios uribistas que
deberán aprobar el Tratado. Y esos pesos también servirán, como ya se está
viendo, para dejar al descubierto el lamentable espectáculo de unos representantes
gremiales engarzados en disputárselos, a pesar de ser notorio el objetivo del
gobierno de dividirlos y comprarles su respaldo a un acuerdo que empobrece a los
productores que los contrataron para defenderlos. Otra vez la astucia de separar la
suerte de los dirigentes de la de los dirigidos y la personal de la de la nación. Ojalá
nadie informado incurra en la estupidez de decir en público que esa suma, de 500
mil millones de pesos anuales durante unos seis años, servirá para neutralizar los
conocidos y enormes subsidios que Estados Unidos les regala y les regalará cada
año a sus productores agropecuarios. Un papel parecido, de manipulación de
incautos y creación de clientelas dentro y fuera del Congreso, tendrá la llamada
“agenda interna” que según afirman aportará los programas y la plata para la
infraestructura que hará competitiva a Colombia frente a Estados Unidos. Porque
quien lo desee puede confirmar que el gobierno no tiene de dónde sacar nuevos e
importantes recursos para ese fin, por lo que esta tendrá la misma y escasa plata
de siempre, pero estrenando nombre.
(11) www.sac.org.co/pages/tlc/tlc.asp
(12) En las cuentas de Garay da que el promedio 2001-2004 de los menores
aranceles por Atpdea de los productos agropecuarios llega a 43,7 millones de
dólares.
(13) Lo importante es la agregación de valor, ¿Nos sirve el modelo brasileño?,
Carta a Fedegan, edición especial sobre el TLC, sin fecha.
ATAQUE MATRERO A LA SOBERANÍA
Es evidente que la estrategia agrícola que Estados Unidos pretende consolidar con
el TLC consiste en monopolizar o en controlar en grandes proporciones la
producción de la dieta básica de los colombianos (cereales, principalmente, y
cárnicos, lácteos y oleaginosas), ofreciendo a cambio la posibilidad (que no la
certeza) de exportarles a los estadounidenses más productos tropicales además de
café, banano y flores (uchuvas, pitahayas, etc.), ventas que deberán hacerse a
precios muy bajos porque habrá que derrotar en la competencia a casi todos los
demás países del continente y a muchos del mundo. La propuesta, parte de las
imposiciones del Plan Colombia(14), no puede ser más leonina. Porque con ella
Estados Unidos “renuncia” a sembrar los tropicales que el clima le impide cosechar,
mientras que Colombia sí se condena a no producir bienes que la naturaleza le
permite sembrar. Y en estos negocios los colombianos serán perdedores de otra
manera, incluso en el supuesto caso de que pudieran aumentarse las ventas de
bienes propios del trópico, pues es bien sabido que con la parte fundamental de las
ganancias se quedan las trasnacionales del comercio internacional de alimentos y
los monopolios que en las metrópolis venden al final de la cadena, como bien lo
muestra la suerte de los cafeteros, a quienes por su grano no les llega ni el 10 por
ciento del precio que paga el consumidor final. ¿Carecerá de relación el probable
aumento de las exportaciones de tabaco colombiano con las ganancias de las
trasnacionales y la condición paupérrima de los campesinos de este cultivo?
Pero a la gravedad de la especialización en tropicales porque empobrece a muchos
y al país como un todo, incluida la industria, al debilitar el mercado interno, se
suma un aspecto que puede ser el peor: como estos no constituyen dieta básica –
hay quienes los llaman productos postre–, especializarse en ellos le arrebata a
Colombia la seguridad alimentaria (o soberanía alimentaria), uno de los
fundamentos nada menos que de la soberanía nacional, la cual constituye el
derecho político sin el cual ninguna nación podrá responder a sus necesidades de
progreso y bienestar.
El concepto de seguridad alimentaria no fue acuñado por los países pobres de la
tierra sino por los europeos e incluso existe en las teorías de la FAO-ONU. Y tiene
que ver con la importancia fundamental de tener a la mano los alimentos, a partir
de reconocer que la comida es un bien que hay que distinguir de los demás, por el
hecho evidente de que si se pierde el acceso a ella no solo se padece de una
carencia sino que se deja de existir. Y la disponibilidad de que se habla en este caso
no es de la económica, la de poseer dinero con qué adquirir los alimentos, pues
estos podrían no estar disponibles aunque se dispusiera con qué comprarlos, sino
de la relación física y en todo momento, la cual puede desaparecer por diversas
circunstancias. La historia de la humanidad abunda en casos de hambrunas que
muestran bien de qué trata la seguridad alimentaria, concepto que, como es obvio,
debe definirse en relación con lo nacional y no con lo global (como dicen los
neoliberales), pues son muchas las situaciones que pueden interrumpir los flujos
del comercio internacional, como se ha visto a lo largo de la historia.
El sitio de Cartagena en 1811, en el que las tropas del imperio español sometieron
por hambre a la Ciudad Heroica, se constituye en el recordatorio del tipo de mundo
en que se vive, así la desvergüenza de unos y la ingenuidad de otros lo niegue. Que
estas no son cosas del pasado puede demostrarse hasta la saciedad, como bien se
encargó de recordarlo un alto funcionario del gobierno estadounidense, quien
explicó que, como mecanismo de presión, las exportaciones de alimentos a un país
podrían ser suspendidas(15). ¿No constituye una severa advertencia que la ONU y
la FAO, el Fondo Mundial de Diversidad de Cultivos, once importantes instituciones
agrícolas y setenta países hayan decidido construir en Noruega unos silos
subterráneos y blindados para depositar en ellos tres millones de semillas de
diversas especies para precaver a la humanidad en caso de “guerra nuclear,
impacto de asteroides, atentado terrorista masivo, pandemia, catástrofes naturales
o cambio climático acelerado”?
Es más, quien se ponga en la perspectiva adecuada en la que hay que ponerse, e
incluya en sus análisis las décadas, los siglos y los milenios, tendrá que aceptar que
crisis en la producción de alimentos y graves interrupciones en los flujos del
comercio internacional de estos no constituyen posibilidades sino certezas, sobre
las que apenas puede ponerse en duda la fecha en que ocurrirán. Por tanto, hay
que calificar como un atentado contra Colombia y la propia especie la imposición
neoliberal de concentrar en unos cuantos países la producción de comida del
mundo, política monstruosa que es más indignante cuando se sabe que ella tiene
como único sustento la decisión miserable de unos cuantos monopolistas de
embolsillarse unos miserables dólares.
Y la defensa de la seguridad alimentaria pero convirtiéndola en un problema que
solo atañe a que los campesinos produzcan en sus parcelas sus propios alimentos,
así fuera posible y no terminaran arruinados, deja sin respuesta una pregunta:
¿quién les garantiza esa seguridad a los habitantes urbanos y a los rurales que no
son propietarios de tierras? El campesinado, por tanto, al igual que los empresarios
y los obreros agrícolas, debe defender el mercado urbano del país como el principal
objetivo de sus esfuerzos.
Ante lo retardatario de los objetivos agrarios del TLC, y ante el desespero que los
acosa, los neoliberales criollos han recurrido a dos teorías para velar el desafuero
que tienen decidido imponer: que proteger el agro nacional es defender los
intereses de unos cuantos terratenientes y que las importaciones subsidiadas deben
agradecerse porque con ellas se les ofrece comida barata los colombianos,
disparates que es natural que no convenzan pero que sí los retratan de cuerpo
entero.
Hay que tener muy poco apego a la verdad para decir que en el agro nacional solo
hay grandes hacendados y que serán estos los principales lesionados con el TLC.
Porque los propietarios rurales llegan a 3.733.513 y el 87 por ciento de los predios
ocupa entre 0 y 20 hectáreas, a la par que apenas 2.431 tienen más de 500
hectáreas. Este predominio numérico de los pequeños y medianos propietarios es
cierto hasta en la ganadería, donde están las mayores propiedades rurales pero en
la que también hay 236 mil fincas, alrededor de la mitad del sector, que sostienen
menos de 10 reses cada una, con un promedio de 5. Y es fácil entender que los que
más sufrirán con el TLC serán los productores más débiles, campesinos e indígenas,
que carecen hasta de los más elementales recursos, como bien lo expresa que más
del 90 por ciento de los habitantes de las zonas rurales se halle por debajo de la
línea de pobreza, horrible realidad de la que también son responsables tres lustros
de “libre comercio”.
Además, son los asalariados que trabajan con los empresarios los que más sufren
cuando se arruinan sus patrones. Solo alguien muy ignorante o muy cínico puede
presentarse, en el capitalismo, como amigo de los pobres levantando la tesis de
que para ellos es bueno que desaparezca el empresariado. ¿No llama la atención
que a los campeones del neoliberalismo colombiano les molesten tanto algunos de
los ricos del agro de aquí, mientras favorecen, y de qué manera, a ciertos
magnates nativos y a todos los de Estados Unidos? ¿Por qué silencian que las
supuestas exportaciones de biocombustibles, con las que generan esperanzas, solo
podrán darse, si es que ocurren, manteniéndoles grandes subsidios oficiales a
algunos colombianos que se cuentan entre los más adinerados del país?
La afirmación de que lo único que importa en relación con los pobres es que los
bienes que consuman sean baratos constituye un populismo ramplón, porque oculta
el principio elemental de la economía que explica que solo hay consumo donde,
primero, hay ingreso y que este solo aparece cuando, antes, hay trabajo y
producción. Es obvio que los ideólogos de un mundo en el que la gente es solo
consumidora, y que de ahí deriva su único interés, pertenecen al sector cada vez
menor de personas que tienen asegurada su ocupación y su ingreso y que, por
tanto, solo se preocupan por cuánto les cuestan los bienes. Que les pregunten a los
desempleados y subempleados qué prefieren: si bienes nacionales caros y empleo o
bienes norteamericanos baratos y desempleo, sin perder de vista que por la
Colombia que hay que luchar es por una en la que el empleo, los buenos salarios y
los costos menores no sean mutuamente excluyentes.
Los supuestos precios menores con los que los neoliberales les endulzan el oído a
los despistados contienen otra verdad que poco mencionan: que ellos provendrían
de la eliminación de aranceles –de bienes agrarios e industriales– por 690 millones
de dólares, según cuentas del estudio citado de Planeación Nacional. Pero lo que no
dicen es que esa suma, que también dejaría de ingresarle al fisco, la tendría que
recuperar el gobierno con un aumento igual de los impuestos, y que el incremento
de estos –por la concepción del “libre comercio”, que así lo exige para
supuestamente atraer inversión extranjera– castigaría al pueblo mediante el
aumento del IVA y los mayores tributos a los salarios.
Por otra parte, es evidente que son muchos los casos en los que la existencia de un
producto más barato no significa que así mismo le llegue al consumidor final,
porque puede suceder que quien lo monopoliza utilice su bajo precio para eliminar
a los productores que le compiten pero que no le trasfiera dicho precio menor al
consumidor final o que solo lo haga de manera temporal o parcial, mientras
consigue el monopolio. Que esto puede ser así lo explican los propios estudios del
Ministerio de Agricultura de Colombia que analizaron lo ocurrido con las
importaciones más baratas de la apertura, las cuales arruinaron a muchos
colombianos pero no se convirtieron en alimentos más baratos para las gentes. En
efecto, de acuerdo con lo que el mismo ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias,
debió reconocer ante la Comisión Quinta del Senado el 11 de octubre de 2005,
“En la mayor parte de las cadenas analizadas en dicho estudio se encontró que no
existe una relación entre los precios al productor y los precios al consumidor de
bienes similares o derivados, o no lo hay entre el costo de importación y los precios
al consumidor. Este es el caso, al menos, de las cadenas de carne de pollo, los
huevos, la carne de cerdo, la leche, el arroz blanco y el azúcar”(16).
Además de las razones expuestas, también se configura como proditoria la decisión
de Álvaro Uribe Vélez de firmar el TLC porque este viola, de manera por lo demás
flagrante, el Artículo 65 de la Constitución Política de Colombia, que dice: “La
producción de alimentos gozará de especial protección del Estado”, violación que se
empeora por tener origen en que los alimentos estadounidenses se exportan al
amparo de enormes subsidios estatales, configurando dumping, una especie de
delito del comercio internacional que suele anticiparse a elevados incrementos en
los precios una vez cumple con el propósito de eliminar a los competidores.
(14) Sobre el agro el Plan Colombia señala: “En los últimos diez años, Colombia ha
abierto su economía, tradicionalmente cerrada (...) el sector agropecuario ha
sufrido graves impactos ya que la producción de algunos cereales tales como el
trigo, el maíz, la cebada, y otros productos básicos como soya, algodón y sorgo han
resultado poco competitivos en los mercados internacionales. Como resultado de
ello –agrega– se han perdido 700 mil hectáreas de producción agrícola frente al
aumento de importaciones durante los años 90, y esto a su vez ha sido un golpe
dramático al empleo en las áreas rurales. La modernización esperada de la
agricultura en Colombia ha progresado en forma muy lenta, ya que los cultivos
permanentes en los cuales Colombia es competitiva como país tropical, requieren
de inversiones y créditos sustanciales puesto que son de rendimiento tardío”
(negrillas en este texto).
(15) Roddick, Jacqueline, El negocio de la deuda externa, El Áncora Editores, p. 80,
Bogotá, 1990.
(16) El estudio citado, de Luis Jorge Garay y otros, se titula La Agricultura
colombiana frente al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, Ministerio de
Agricultura, Bogotá, 2005.
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