Num017 014

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Crónica
Seminario sobre «El sistema
de las libertades»
Durante los días 3 y 4 de abril pasados, organizado por la Fundación
de Estudios Sociológicos (FUNDES), se ha celebrado en el Club
Financiero Genova un seminario sobre «El sistema de las libertades».
La organización del mismo ha contado como material de trabajo previo
con los ensayos aparecidos en el último número de «CyR». Actuó
como moderador y presidente de las sesiones don Julián Marías. Resumimos a continuación algunos aspectos de las intervenciones de los
ponentes en este seminario.
Habló en -primer lugar el profesor Marías sobre «El sistema de las
libertades».
«El problema de la libertad —dijo^—
se ha planteado de maneras muy varias,
especialmente en el siglo pasado y en el
nuestro, pero quizá con ciertas deficiencias
capitales, que me parece que conviene superar y tener presentes aspectos que muy
¡frecuentemente se han admitido. Creo que
hay dos grandes tipos de problemas que
hacen que el planteamiento de la libertad
sea insuficiente y haya conducido a una
crisis dé la libertad en el mundo en la cual
estamos y que es bien notoria; en fin, el
siglo xx tiene una historia de incremento
de la libertad indiscutible en muchos sentidos, pero de fracasos de la libertad, de
crisis de ella, de retrocesos realmente muy
impresionantes, y si se mira el mundo actual, si se le considera en su conjunto, verdaderamente el mapa de la libertad es bastante triste: no es que se haya perdido, no
es que no se conserve, no es que incluso no
haya llegado a ciertos grados de perfecCuenta y Razón, núm. 17
Mayo-Junio 1984
ción que no tenía en algunos países, pero
una visión global de la libertad en el mundo
no es alentadora.
»Tiene dos aspectos que quiero tratar
separadamente, uno de ellos es el de la
pertenencia de la libertad a la vida humana,
y hay una situación paradójica; yo me
refería a ella hace muchos años, diez años,
me parece, en un ensayo que escribí que
se llama ^'Libertad humana y libertad política", que luego incluí después en La España real, y me refería al hecho siguiente:
hay ciertas concepciones de la realidad
humana que consideran que el hombre es
libre, el hombre es intrínsecamente libre,
es decir, que la libertad le pertenece a la
vida humana; esto parece, naturalmente,
que debería ser una garantía de que la libertad se mantuviera; sin embargo, hay un
hecho, un hecho en cierto modo escandaloso: es que en gran parte los defensores
de esa doctrina de que el hombre es esen-
cialmente libre, de que el hombre es libre de
una manera irrenunciable, no ha tenido
mucho interés por las libertades* incluso
han tenido complicidades con diferentes
formas de represión de las libertades, es
decir, es curioso que se afirmé la libertad
como algo absolutamente propio del hombre
y luego su realización, el acto, en iniciativas, en proyectos, no interese o incluso
se considere como algo que se debe
coartar, limitar o incluso destruir; pienso,
por ejemplo, en el punto de vista cristiano:
se dice que para un cristiano el hombre es
libre, la libertad es absolutamente
inseparable de la condición humana, con lo
cual, precisamente, ha venido a coincidir la
filosofía más fecunda y más creadora de
nuestro tiempo, que, desde un punto de
vista estrictamente teórico, ha venido
precisamente a confirmar esa pertenencia
intrínseca de las libertades. Ortega decía:
"el hombre es por fuerza libre", "el hombre
es forzosamente libre», el hombre no puede
renunciar a la libertad más que ejecutando
el acto de libertad, y, sin embargo, es
evidente que dentro del cristianismo se ha
dado en diferentes épocas y en muchas
formas actitudes nada favorables al
desarrollo de la libertad y se han apoyado
formas muy restrictivas en un aspecto o en
otro de esa misma libertad, lo cual es
una incoherencia, pero hay, por otra
parte, el fenómeno inverso, que es que
hablan de libertad constantemente y
reclaman la libertad constantemente grupos
o partidos que niegan la libertad y que niegan
que el hombre sea libre, que creen que el
hombre no es libre; simplemente, que no
hay libertad, que el hombre está
determinado, que el hombre está condicionado o por su condición biológica o
psi-cofísica o por un condicionamiento
económico o social, que> por tanto, no
hay libertad, que el hombre no es libre, y,
sin embargo, de una manera absolutamente
incoherente, hablan de libertad todo el tiempo, piden libertad, reclaman libertad, se
presentan frecuentemente como defensores
de la libertad, de la libertad en la cual no
creen, de la libertad cuyas posibilidades,
cuya mera posibilidad, niegan.
»Esto es uno de los puntos en los cuales
me parece que el planteamiento de la cuestión de la libertad ha resultado deficiente;
pero hay otro, otro de tipo muy distinto,
que ha sido, en cambio, lo que podríamos
llamar el optimismo de la libertad, y ha
habido un momento en que se ha considerado, a comienzos del siglo xix, que la
libertad es algo conseguido: fue la posición de ciertos movimientos liberales, a
comienzos del siglo xix. Ustedes saben
que el liberalismo, en definitiva, tiene una
génesis en el siglo xvm y, en definitiva, se
funda en concepciones filosóficas y antropológicas y sociales del siglo xvm, pero
en el siglo xvm, en definitiva, no hay todavía liberalismo, hay algunos liberales,
hay individuos liberales; yo pienso, por
ejemplo, en Jovellanos, es decir, Jovellanos
era un liberal en todos los sentidos. Incluso lo había sido antes, en la medida en
que se pueda hablar de ello, un hombre
como Feijoo o como Cadalso lo habían
sido, pero no había liberalismo por una
razón fundamental: que los hombres del
siglo xvm eran racionalistas convencidos y
estaban demasiado seguros de las cosas, y el
liberalismo no es posible más que cuando
el hombre no está muy seguro.
»Pero en el siglo xix, especialmente en
la época romántica, empieza una actitud
nueva que es la que hace posible el liberalismo, que es una inseguridad; esa seguridad que tenía el hombre del siglo xvm
se pierde, y se pierde por razones varias,
pero principalmente porque han ocurrido
demasiadas cosas. Hay un pasaje que yo
he citado hace muchísimos años del libro
de Alfred de Musset de la confesión de
un hijo del siglo —de la confesión en le
siécle—, en que él dice que los hombres
de su tiempo han pasado por muchas cosas: se ha visto la Monarquía absoluta, y
después la Revolución, y el Consulado, y
el Imperio, y la Restauración les han ido
diciendo en cada caso que lo que había
era un desastre y que ahora es lo bueno y
es lo eficaz, y entonces, claro, ya no tienen
demasiada confianza en nada: han ido
destruyendo las casas en que vivían antes
de edificar otras, y es una generación que
ha vivido a la intemperie, dicen. No busquéis en otro lugar la causa de nuestros
males, dice, muy perspicazmente, De Musset. Por cierto^ hace poco tiempo encontré un pasaje de Larra, de nuestro Larra,
que dice una cosa sumamente parecida; se
aclara naturalmente: los españoles siempre
imitan a los franceses. Pero da la casualidad de que el texto de Larra es antiguo, más antiguóles anterior; no es que
De Musset leyera a Larra, ciertamente,
pero Larra pensó esto y lo dijo por su
cuenta, sin haber leído el libro de De Musset, que no existía todavía. Es la misma
experiencia, la experiencia de la inseguridad nacida del paso de una serie de formas sociales, políticas, de creencias, de
convicciones que van resultando falsas, insuficientes y que provocan un estado de
un cierto escepticismo. Sin esa dosis de
escepticismo, el liberalismo no es posible;
pero no basta con el escepticismo, que es
negativo. Yo propuse como fórmula de la
actitud liberal la que llamaba yo el entusiasmo escéptico. Sin entusiasmo no hay
fe en la libertad, no hay liberalismo; sin
una dosis de escepticismo, si el hombre
está demasiado seguro, tampoco. El entusiasmo escéptico o la melancolía entusiasta,
que también es un temple característico
de la época romántica, son el clima que
hace posible la actitud liberal, y por eso el
liberalismo florece justamente, ya de una
manera en individuos, no en individuos
aislados, sino de una manera colectiva, en
formas sociales durante la época romántica.
Entonces en qué están los peligros se dio
por seguro, una vez conquistado un cierto
grado de libertad, una vez establecido un
principio liberal que es aceptable y que
tiene una vigencia por lo menos, no
completa, pero razonable. El hombre del
siglo xix considera que la libertad es algo
conseguido, y entonces no se ocupa de
defenderla, porque cree que ya está ahí, es
algo propio de la época. El hombre del siglo
xix piensa que hay unas épocas anteriores,
unas épocas más o menos oscurantistas,
pero que ha llegado el momento en que la
libertad ha triunfado, se ha establecido y
esto, evidentemente, es muy peligroso,
porque entonces el hombre del siglo xix no
se ha cuidado suficientemente de defender
su libertad, de defenderla frente a los
ataques, frente a los enemigos de la
libertad, que han existido siempre y
existirán; pero de defenderla de sí misma,
de sus limitaciones, de sus problemas
internos, de sus fallas, de sus contradicciones, y, evidentemente, la libertad
que más o menos es vigente en el mundo
europeo^ evidentemente la libertad no ha
tenido vigencia nada más que en Europa y
en partes de América—en los Estados
Unidos— desde la independencia, y, en
definitiva, incluso antes de la independencia
es evidente que las sociedades de lo que
han sido luego los Estados Unidos tenían
una dosis bastante alta de libertad» desde
fines del siglo xvii y comienzos de! siglo
xviii, precisamente desde la independencia,
pero no fuera de ese ámbito. Desde aquel
momento pareció algo seguro „ y pareció que
los países que no habían entrado en ese
régimen de libertad iban a entrar porque
había una actitud progresista; confiaban que
las cosas iban hacia adelante, marchan hacia
adelante sin más; esto es, naturalmente, una
situación de un optimismo peligroso, tan
peligroso que apenas comienza el siglo xx
nos encontramos con unas tremendas
quiebras de la libertad.»
Intervino a continuación el profesor don
Eduardo García de Enterría con una ponencia sobre «El sistema europeo institucional de las libertades»:
«La creación de un sistema institucional
europeo —apuntó— ha sido el fruto
probablemente más positivo, o casi me
atrevería a decir de los únicos frutos positivos de la terrible Segunda Guerra Mundial.
»Se hizo entonces claro para los europeos que la sobrevivencia en un mundo
dominado por dos potencias continentales
no podía estar más que en la unión y la
integración de las minúsculas naciones
europeas, decisión realmente heroica si la
contemplamos desde la atormentada historia europea, que ha sido una historia de
pugnas, de guerras, entre príncipes primero,
entre estados nacionales después; era
propiamente además lo que se llamó en el
siglo xviii el sistema europeo, que era un
sistema de equilibrio logrado precisamente
con alianzas en guerras, cambios de alianzas, etc.
»Esa convicción que aparece, en efecto,
tras la Segunda Guerra Mundial tiene, para
obviar otros precedentes que podían contarse muy por. menudo, todo ese moví-
miento; tiene, sin embargo, un punto de
confluencia y un punto de-arranque. Es el
famoso Congreso de La Haya: de 1948, organizado por un Comité Internacional de
todos los movimientos de unidad europea, y
en el que jugó un papel enormemente
destacado nuestro compatriota Salvador de
Madariaga, que incluso redacta de su puño y
letra alguno de los documentos finales. De
este Congreso de 1948 salen dos ideas
•esenciales: primero, que hay que poner en
marcha un proceso de integración y que es
absolutamente imprescindible llegar a una
integración efectiva de los Estados europeos, y segundo, y de esto yo tengo la
«casi certeza de que fue una aportación personal de Madariaga, que Europa, siendo la
tierra de la libertad, esto debería formalizarle en el derecho, haciendo del espacio europeo un espacio jurídico, donde
los derechos del hombre fueran derechos
'efectivos, e incluso apuntando a la idea de
un Tribunal europeo para asegurar la efectividad de estos hechos.
»De ahí arrancan directamente, de las
propuestas del Congreso de La Haya, los
<dos sistemas europeos institucionales: por
una parte, el sistema de la integración
económica, el sistema de las Comunidades,
y por otra, el sistema de la construcción de
Europa como un espacio jurídico de libertad, el sistema del Consejo de Europa.
»En 1949 se aprueba el Tratado que establece el Consejo de Europa e inmediatamente, puesto que se ha ido elaborando
simultáneamente al mismo, en 1950 se
aprueba el llamado Convenio europeo para
la protección de los derechos humanos y
libertades fundamentales, el Convenio de
Honia, que es el instrumento capital del
sistema europeo de protección de las libertades. El Convenio entra en vigor una vez
que lo ratifican diez Estados en 1953.»
La siguiente ponencia corrió a cargo de
Federico Mayor Zaragoza, sobre «La libertad de enseñanza»:
«La libertad es indivisible, la libertad
de enseñanza es una faceta de la libertad
como lo son la libertad de expresión o de
empresa, pero esta faceta de la libertad,
la libertad de enseñanza, tiene como aspecto distintivo el que dxirante un período
es obligatorio aprender.
»Pará la mejor comprensión de la índole
y del espacio que recubre la libertad de
enseñanza a la que yo pretendo referirme
dividiré esta exposición en cuatro partes:
la enseñanza como liberación, enseñanza
en libertad, libertad de enseñanza y enseñanza de la libertad.
»La educación confiere la capacidad de
elegir; con conocimiento de causa y de efecto, permite elegir por sí mismo. La enseñanza libera al hombre. Le hace al hombre
libre. La enseñanza en libertad: cómo se
puede; producir esta enseñanza en un marco
de libertad para que la educación sea
liberadora y no adoctrinamiento. La libertad de cátedra es parte de la libertad de
expresión, y así lo tenemos en nuestro
artículo 20 de la Constitución.
»La conclusión de lo que hemos visto
hasta ahora es que la equidad de todo el
proceso educativo se sitúa en el cliente
del sistema educativo, es decir, en el estudiante. Todos tienen derecho a la enseñanza
gratuita durante el período obligatorio,
pero ¡ojo!, que gratuita no significa gratis;
por ello todos: los ciudadanos tenemos
derecho a que la enseñanza, tanto en centros públicos como concertados, cumpla
las normas constitucionales, sin ser las propias de un partido o de un gobierno, porque
ésta es una cuestión de Estado.»
El día 4 de abril, segundo día de este
seminario, comenzó con la intervención de
José Luis Pinillos sobre «El libre desarrollo
de la personalidad»:
«La libertad es necesaria —afirmó—•; es
una condición necesaria para el desarrollo
:de la personalidad libre, pero no es suficiente. Aunque una personalidad se desarrolle en libertad, sin interferencias y sin
obstáculos, no se consigue el desarrollo de
una personalidad libre.
»Y ¿qué son las operaciones propias de
la persona? Es muy difícil, naturalmente,
de precisar, en líneas generales, para que
uno, alguien, obre por sí mismo conforme
a razón. Yo diría que, entendiendo conforme a razón, implica, pues, una decisión
responsable en referencia con un sistema
de valores. Ya más allá de eso la psicología no puede ir.
»Aún tendríamos que entender a qué
llamamos personalidad, A nivel de lenguaje
ordinario se entiende que la personalidad
es el modo de ser propio de una persona,
que, evidentemente, la distingue de otras.
Un estilo de comportamiento que tiene una
cierta
consistencia
entre
distintas
situaciones, las personas se supone que son
valientes o que son sinceras en diferentes
situciones y que ése es un rasgo propio
de la persona que lo lleva consigo, que la
caracteriza o distingue de otros.
»Podemos entender también que es el
sistema de recursos, de disposiciones, de
rasgos, de aptitudes psicofísicas, de temperamento y de carácter que caracterizan,
que son propios de un individuo, que están
organizadas individualmente de una
manera única en cada persona y por eso
se distingue una persona de otras.
»E1 hombre es el reflejo del medio ambiente. Que cuando el medio ambiente
marca en una dirección, uno refleja aquella
dirección, la toma como propia; en definitiva, es un autómata de la sociedad, y la
personalidad no sería nada propio, sino en
realidad sería algo sobrevenido, un conjunto de hábitos implantados por refuerzos
sociales. Esto es lo que ha mantenido
Esquina, y significa casi tanto como sustituir
la personalidad individual por una
personalidad social sobrevenida, un poco
prestada, como una especie de cascara o
de chaqueta que a uno le ponen por el
hecho de haber nacido en una sociedad y
no en otra, pero no sería manifestación de
ninguna propiedad auténticamente personal propia. La personalidad, en definitiva,
dependería de la situación.
»Y ¿qué es la libre personalidad? Pues
una personalidad que permite al hombre,
que permite a la persona darse destino.
Es un instrumento para que el individuo
se dé destino a sí mismo y no un instrumento de opresión y de limitación, sino de
emancipación.»
La última ponencia del Seminario corrió
a cargo de don Manuel Jiménez de Parga,
que disertó sobre «La libertad de información»:
«La libertad de información se entiende
ahora—dijo—, y en las leyes de informa-
ción más recientes así se recoge, como un
derecho complejo amplio en el que hay
que incluir el derecho de libre expresión,
de libre opinión, el derecho de recibir con
libertad las informaciones, con posibilidad
de escoger entre varias informaciones y
además el derecho que llaman algunos de
antena, cuando se trata del medio de comunicación donde la antena interviene.
Fundamentalmente, la radio y la televisión. Esa libertad de información, en
nuestra Carta de 1978 está perfectamente
reconocida y protegida. Y está perfectamente reconocida y protegida en el artículo
20, porque en este precepto, además de
dedicarse en el artículo 1.°, párrafo a), una
referencia expresa a la libertad de expresión, luego en el mismo punto 1,°, apartado
b), se completa esta libertad diciendo que
también se reconoce y protege el derecho a
comunicar o recibir libremente cualquier
tipo de información veraz por cualquier
medio de difusión. La primera advertencia
que hay que hacer es que nuestra gran
Carta de 1978, en este punto, se sitúa a un
nivel superior, democráticamente hablando, de las otras Constituciones, incluso
de las Constituciones europeas más significativas para nosotros, como puede ser la
de la República Federal de Alemania, como puede ser la Constitución francesa,
como puede ser la Constitución italiana o
la de cualquiera de estos grandes países
europeos con los cuales nosotros estamos
especialmente vinculados.
»Los europeos, hay que recordarlo, nos
encontramos en una situación de atraso
tecnológico respecto a los grandes países
como son los Estados Unidos de América
v el Japón, que poseen la tecnología, y
gracias a eÚos, la revolución que experimentan los medios de comunicación es tan
acelerada y tan notable. Insisto en esto
porque cuando se habla con algún norteamericano conocedor de la televisión plural,
o con algún japonés, o con algún ciudadano
de algunos países menos relevantes, pero
que también gozan de libertad de
información por televisión, y se le recuerda
los argumentos que se emplean en los
tribunales europeos y en los gobiernos europeos, quedan asombrados.»
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