Los problemas de Dionisio (y los del BCP)
Según la famosa encuesta de opinión de Apoyo sobre el
poder, Dionisio Romero es considerado desde hace décadas «el
empresario más poderoso del país». Tamaño título no lo exime de
problemas; al contrario, más bien se los agranda.
El poder de Romero se manifestó al fortalecer su
conglomerado familiar al mismo tiempo que mantenía acceso al
más alto nivel de cuanto gobierno civil y militar ha tenido el país en
los últimos treinta años. Con maña y paciencia, logró transformar
al grupo Romero en el San Pedro de los «Doce Apóstoles».
Organizó hábilmente la toma hostil del BCP, el primer banco del
país, allá en 1978, en alianza con los grandes grupos de poder
peruanos (Brescia, Raffo). Su fama creció al derrotar limpiamente
el alocado proyecto de estatización de la banca de Alan García en
1987.
Su estilo se caracterizaba por obrar a través de otros
cuando era necesario hacer algo en público (caso de sus gestores
Miguel Vega Alvear y Arturo Woodman) mientras manejaba los
hilos del poder en absoluto silencio. También logró colocar a
funcionarios de sus empresas en puestos clave en el Ministerio de
Economía y Finanzas. Hasta que sucedió lo impensado cuando a
Montesinos tuvo la idea de grabar cada reunión que celebraba con
sus invitados en su guarida del Servicio de Inteligencia Nacional.
«Si no fuera por ese video —me dijo un empresario—,
Romero se hubiera retirado como el gran empresario que es». El
video provocó una fractura no definitiva pero importante en la fama
del banquero. A pesar de los esfuerzos por controlar los daños, de
su retiro parcial al dejar a Leslie Pierce al mando del gigante
alimentario Alicorp y pasarle el mando del grupo familiar a su único
hijo, Dionisio Romero Paoletti; no obstante la ofensiva periodística
para acallar el escándalo (agravado por haber sacado a
Montesinos en uno de sus aviones y ser acusado de beneficiarse
por haber manipulado la privatización del puerto de Matarani), en
fin, luego del esfuerzo millonario por cambiar los colores
institucionales y la imagen del BCP (que todavía dirige siendo J. J.
Camet parte del directorio), el caso es que el video lo puso contra
la pared.
El film evidencia que Dionisio influye sobre Montesinos para
nombrar administradores de la pesquera Hayduk, empresa
endeudada con el BCP. El pago no fue en dinero sino en especie:
declarar, contra su costumbre, atacando al alcalde Andrade y
alabando a Fujimori, y hacerlo en el diario que le dijo Montesinos,
en Expreso, y no en El Comercio, como se lo pidió insistentemente
Dionisio.
Luego vino el juicio y ahora llega el momento de las
decisiones. La última movida de ajedrez del banquero ha sido
acusar de conflicto de intereses a la vocal Inés Tello (¡por ser
deudora del BCP!) y, como el caso es judicialmente claro a favor
del
Estado,
embestir
contra
la
Sala
Anticorrupción
A,
consiguiendo, en clara demostración de influencia, que la Oficina
Distrital de Control de la Magistratura inicie proceso indagatorio
contra los vocales Inés Tello e Inés Villa. Se pretende argumentar
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que «los derechos fundamentales» del empresario están siendo
violados para dar a entender que es una suerte de víctima de la
justicia peruana.
Gane o pierda, Romero está encajonado. Si pierde deberá
pasar cuatro años de arresto domiciliario, lo que en su caso, en
vista de las comodidades de su mansión de La Molina, equivale a
unas vacaciones. Si gana se verá como una demostración de
debilidad de la justicia peruana con los poderosos. En cualquier
caso, la pérdida de imagen empresarial es evidente.
En este juicio hay algo más que el prestigio de Romero en
juego. El BCP debe considerar que la reputación del banco más
fuerte del país está siendo afectada por el escándalo, lo que
puede incidir en su valor de mercado. Quizá ha llegado la hora de
organizar una transición ordenada: cambiar el directorio sacando a
Romero y a Camet y cerrar finalmente el capítulo de la asociación
estrecha con el fujimontesinismo.
FD.
desco / Revista Quehacer Nro. 147 / Mar. – Abr. 2004
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