EL EMPIRISMO:
JOHN LOCKE (1632-1704)
Y
DAVID HUME (1711-1776).
Biografías.
John Locke.
Nació en Bristol en 1632, el mismo año que Spinoza (filósofo
representante del racionalismo). Nacido en el seno de una familia de inclinaciones liberales,
Locke fue un ferviente defensor del liberalismo y, en general, de los ideales ilustrados de
racionalidad, tolerancia, filantropía y libertad religiosa. Estudió química y medicina, tras
abandonar los estudios de teología. Fue desterrado y aprovechó esta circunstancia para viajar
por Holanda, Francia y Alemania. Regresó a Inglaterra tras la revolución de 1688. Murió en
1704.
Entre sus obras destacan: el Ensayo sobre el entendimiento humano (1690), los Dos
tratados sobre el gobierno civil (1690) y La racionalidad del cristianismo (1695).
David Hume. Hijo de un terrateniente escocés, nació en Edimburgo en 1711. Su
afición a las letras y a la filosofía hizo que abandonara la profesión de comerciante, a la que
se dedicó en un principio. Se trasladó a Francia, donde, retirado en el campo, compuso su
obra más importante, el Tratado acerca de la naturaleza humana. Esta obra no obtuvo el
éxito y reconocimiento que esperaba. Escribió otras obras, entre las cuales merecen destacarse
su Investigación sobre el entendimiento humano y su Investigación sobre los principios de la
moral. Murió en 1776.
LA INFLUENCIA DE HUME EN LA FILOSOFÍA HA SIDO ENORME. FUE LA LECTURA DE HUME
LA QUE DESPERTÓ A KANT, EN FRASE DE ÉSTE, DE SU «SUEÑO DOGMÁTICO ». EL EMPIRISMO
CONTEMPORÁNEO RECONOCE EN ÉL SU FUENTE Y PRECURSOR MÁS CUALIFICADO.
Introducción.
Empirista es, en general, toda filosofía que hace depender el origen y valor de
todos nuestros conocimientos de la experiencia. Entendido de esta forma, el empirismo es
una constante en la historia del pensamiento: existió antes de la modernidad y lo veremos
surgir en más de una ocasión en la época contemporánea.
Pero en este punto no nos referimos al empirismo en general ni a las diferentes
corrientes empiristas surgidas a lo largo de la historia, sino al empirismo moderno (siglo
El Empirismo
Filosofía II
XVIII), también llamado «empirismo inglés»: los autores
empiristas de esta época son isleños, mientras que los
racionalistas son europeos continentales1.
El empirismo moderno se caracteriza por
constituir una respuesta histórica al racionalismo2 del
siglo XVII. La línea de pensamiento inaugurada por John
Locke, primer filósofo de esta corriente empirista, continúa
y se radicaliza sucesivamente en George Berkeley y David
Hume.
La crítica al innatismo: John Locke.
Anteriormente señalábamos como tesis fundamental
del racionalismo la afirmación de que el entendimiento
posee ciertas ideas y principios innatos. Según los filósofos racionalistas, decíamos, sería
posible deducir el edificio entero de nuestros conocimientos sobre la realidad a partir de esas
ideas y principios, que el entendimiento encuentra en sí mismo, sin necesidad de recurrir a la
experiencia. Las ideas innatas son «ideas con las que se nace», en expresión de Descartes,
quien en su teoría de las ideas las distingue de las adventicias y las facticias. De estas ideas
innatas, Descartes afirma que no se adquieren por ningún tipo de experiencia sensorial. El
gran argumento del innatismo ha sido siempre la dificultad de explicar cómo determinados
conceptos, el de igualdad, ponía como ejemplo Platón, pueden surgir de la experiencia, si en
ella no encontramos nunca dos cosas exactamente iguales. La independencia de la experiencia
les atribuye un valor epistemológico a priori: son conceptos o principios a priori (es decir, no
adquiridos por la experiencia, e independientes de ella) y que son necesarios para establecer
los fundamentos de todo el proceso del conocimiento, en el orden teórico y en el práctico.
La existencia de ideas y principios innatos fue duramente criticada por Locke, en su
«Ensayo sobre el entendimiento humano» (1690), que frente a ellas levanta el principio
empirista, enunciado ya por Aristóteles, que dice: «nada hay en el entendimiento que antes
no haya pasado antes por los sentidos». La doctrina empirista surge, en este sentido, como
una teoría opuesta al racionalismo en cuanto al origen del conocimiento. Según el empirismo,
no existen ideas ni principios innatos al entendimiento. Con anterioridad a la experiencia,
nuestro entendimiento es como una página en blanco (una «tábula rasa», dice Locke) en la
que no hay nada escrito. Podemos definir, pues, el empirismo como aquella teoría que niega
la existencia de conocimientos innatos y afirma que todo nuestro conocimiento procede
de la experiencia.
JOHN LOCKE
1
De entre las universidades de la Edad Media sobresalieron la de Oxford y París. La Universidad de
París estaba dirigida por la Iglesia Católica y se dedicó sobre todo al estudio de las especulaciones abstractas y
racionales (metafísicas) de Aristóteles. Por el contrario, la Universidad de Oxford estuvo siempre muy alejada
del influjo eclesiástico, y se interesó más por el Aristóteles físico y naturalista, dejando a un lado las “estériles”
especulaciones metafísicas. Entre las personalidades que destacaron se encuentran Roger Bacon (siglo XIII),
Guillermo de Ockham (siglo XIV) y Francis Bacon (siglo XVI), todos ellos precursores del empirismo de los
siglos XVII y XVIII.
2
Para los empiristas, de lo único que podemos hablar con certeza y seguridad es de lo que conocemos, y
el contenido de nuestro conocimiento son las ideas. En este planteamiento se identifica con el racionalismo, pero
las diferencias se acentúan al hablar del origen de las ideas: los racionalistas sostenían su origen innato,
mientras que los empiristas defenderán que no existen ideas innatas: todas son adquiridas, tomadas de la
experiencia sensible.
2
Filosofía II
El Empirismo
La argumentación de Locke se basa en el sentido común y resulta fácil de comprender.
Locke se pregunta: ¿qué significa exactamente la afirmación de que ciertos principios ideas o
nociones son innatos al entendimiento? Cabe entenderla de dos maneras:
1. Esas ideas o principios innatos las posee en el entendimiento desde que nace por lo
que somos capaces de reconocerlos explícitamente desde el principio. Según Locke,
el argumento que los racionalistas utilizan para demostrar esta tesis es el del consenso
universal: hay ciertas nociones y principios, tanto teóricos3 como prácticos4, que son
universalmente aceptados, y, por lo tanto, ha de reconocerse que son innatos. Locke
rechaza las dos partes del argumento:
No existe ese supuesto consenso universal: los niños tienen mente y no formulan
ni entienden tales principios; y lo mismo cabe decir de los salvajes. O sea, si
unos principios o ideas tales fueran innatos deberían conocerlos todos los seres
humanos y no es el caso que ocurra así.
Y si existiera ese asentimiento universal, de ello no podría deducirse que tales
principios fueran innatos, ya que su aceptación generalizada se podría explicar
de otras maneras (por ejemplo, a partir de la costumbre o la utilidad).
 
2. Esas ideas o principios innatos los posee el entendimiento humano implícitamente,
virtualmente, de modo que bajo ciertas condiciones su conocimiento explícito y su
aceptación resultarían necesarios para cualquier mente. Hay, sin duda, verdades que se
muestran como necesarias y evidentes cuando se entienden los términos en que están
formuladas. Así, cualquiera que entienda qué significa “todo” y qué significa “parte”
reconoce que «un todo es mayor que una de sus partes». De nuevo aparece la tesis del
asentimiento universal. A este argumento replica Locke:
Si para el reconocimiento de estas verdades necesitamos instrucción, entonces no
se trata de ideas innatas sino adquiridas: proceden de la experiencia.
Si tales verdades (que surgen de mi capacidad de pensar cuando la pongo en
marcha) se consideran innatas, entonces habría que admitir que nuestra mente
está llena, a rebosar, de conocimientos innatos, puesto que todo lo que conozco
lo adquiero fruto de mi capacidad corporal. Dice Locke: «... si semejante
asentimiento fuera prueba de que son innatas, entonces, que uno más dos es igual a tres, que
lo dulce no es amargo, y otras proposiciones equivalentes, tendrían que considerarse
innatas».
El innatismo es, pues, una hipótesis carente de fundamento y además superflua, ya
que el origen de todos los conocimientos supuestamente innatos puede explicarse
adecuadamente recurriendo a la experiencia.
David Hume suscribirá la crítica de Locke al innatismo, por lo que no considera
necesario retomar el problema.
1. Origen y modos del conocimiento.
1.1. Noción de experiencia.
Por “experiencia” los empiristas entienden no solamente un conjunto de datos
empíricos registrados y ordenados, sino también, y de manera fundamental, el conocimiento
de regularidades del acaecer universal que orienta nuestra acción hacia el futuro; es
3
4
Como el principio de no-contradicción: 
La Regla de Oro de la ética («No hagas a nadie lo que no quieras que se haga contigo»).
3
El Empirismo
Filosofía II
decir, no es solo un conjunto de ideas tomadas de las impresiones, sino también un conjunto
de “actitudes sensatas”, un conocimiento práctico y útil para nuestra vida que nace del
trato con el mundo que frecuentamos. La vida es un viaje, y el conjunto de los
conocimientos de ese viaje es nuestra experiencia.
1.2. El conocimiento en John Locke.
1.2.1. Los elementos del conocimiento: las ideas.
El entendimiento no tiene, pues, ideas o principios innatos: todas nuestras ideas
provienen de la experiencia, son adquiridas. De esta tesis general se deducen dos importantes
afirmaciones de Locke:
1. El problema básico es conocer la génesis de nuestras ideas, es decir, cómo se originan
a partir de la experiencia, ya que todas nuestras ideas (hasta las más complejas y
abstractas) proceden de ella.
2. Nuestro conocimiento está limitado por (no puede ir más allá de) la experiencia. Y
esta limitación es doble:
a. En cuanto a su extensión: el conocimiento no puede ir más allá de lo que
permita conocer nuestra experiencia.
b. En cuanto a su certeza: solo podemos estar ciertos acerca de lo que cae dentro
de los límites de la experiencia.
De estos dos aspectos del conocimiento (su génesis y sus límites) el fundamental, a
juicio de Locke, es el primero: la experiencia impone límites a nuestro conocimiento,
precisamente porque todos nuestros conocimientos provienen de la experiencia. De ahí que
Locke dedique una atención especial al estudio de la génesis de nuestras ideas.
Antes de responder a esta cuestión, bueno será que reparemos un momento en aclarar
qué entiende Locke por “idea”. La noción de idea de Locke es fundamentalmente la misma
que introdujo Descartes; para Locke «ideas son todo lo que conocemos o percibimos, trátese
de un color, un dolor, un recuerdo o una noción abstracta». O sea, también para Locke todo
conocimiento es conocimiento de ideas, que son imágenes o representaciones de la realidad
exterior, pero que, por eso mismo, tienen su origen en ella (en la realidad exterior, en la
experiencia).
1.2.2. Clases de ideas.
El estudio psicológico de la génesis de las ideas lleva a Locke a distinguir entre ideas
simples e ideas complejas. Estas últimas provienen siempre de la combinación de ideas
simples.
Ideas simples. Son los átomos del conocimiento, y las hay de dos subclases:
1. Las que provienen de la sensación (de la experiencia externa). Se trata de las
sensaciones que recibimos por los sentidos externos. Locke distingue las ideas de las
«cualidades primarias» u objetivas (figura tamaño,...) y las ideas de las «cualidades
secundarias» o subjetivas (olores, colores, sabores...).
2. Las que se originan en la reflexión (experiencia interna). Se trata del conocimiento
que la mente tiene de sus propios actos y operaciones. Por reflexión obtenemos, por
ejemplo, la idea de pensamiento, pues la experiencia interna nos hace percibir que
pensamos y en qué consiste el pensar, la idea de memoria, ...
4
Filosofía II
El Empirismo
Es decir, según Locke, no sólo nos damos cuenta de lo que pasa en el mundo
(sensación), sino que también nos damos cuenta de que nos damos cuenta de lo que
pasa en el mundo (reflexión).
Ideas complejas. Son aquellas ideas que provienen de la combinación de ideas
simples. En el conocimiento de las ideas simples el entendimiento humano es pasivo, se limita
a recibirlas; pero en la elaboración de las ideas complejas el entendimiento es activo, actúa
combinando y relacionando ideas simples. Locke distingue tres clases de ideas complejas:
sustancias, modos y relaciones.
Dentro de estas ideas complejas, merece la pena que nos detengamos en el análisis que
Locke hace de la idea de sustancia. Siguiendo su razonamiento, la idea de sustancia (la idea
de hombre, de árbol, de caballo, de rosa...) es una idea compleja compuesta de una serie de
cualidades o ideas simples. Tomemos una cosa, un objeto cualquiera, como por ejemplo, una
rosa. ¿Qué es lo que percibimos? Percibimos un cierto olor agradable, un color, una figura, un
tamaño, un volumen, una sensación suave al tacto,... es decir, un conjunto de sensaciones
simples. Pero, ¿es esto en realidad la rosa? Todos nosotros, contesta Locke, nos sentimos
inclinados a contestar que no. El color, olor, tacto,... no son la rosa, son el color de la rosa, el
olor de la rosa, ... ¿Qué es, entonces, la rosa, aparte de sus cualidades sensibles? Puesto que lo
único que percibimos es el olor, el color,... hemos de confesar que no sabemos qué es la rosa,
que suponemos que por debajo de esas cualidades hay algo misterioso que les sirve de soporte
(«la percha de nuestras sensaciones»), pero no sabemos qué es. En palabras de Locke la
sustancia (en nuestro ejemplo, la rosa) es un «no sé qué» o «una x desconocida», si
empleamos el símil de las matemáticas.
La consecuencia del empirismo de Locke es que no conocemos el ser de las cosas,
conocemos sólo aquello que la experiencia nos muestra, es decir, un conjunto de cualidades
sensibles. La experiencia es, pues, el origen y también el límite de nuestro conocimiento.
1.3. El conocimiento en David Hume.
1.3.1. Los elementos del conocimiento: impresiones e ideas.
Hume no estaba en absoluto satisfecho con la manera en
que Locke utilizaba el término “idea” para referirse a todo lo que
conocemos: el color que vemos, el dolor que sentimos,... eran
denominados ideas por Locke. En consecuencia, Hume reservó el
término “idea” para designar ciertos contenidos del
conocimiento. Si vemos “Las Meninas” de Velázquez y a
continuación cerramos los ojos tratando de imaginarnos el
cuadro, en los dos casos estamos lo estamos percibiendo
(conociendo), si bien entre ambos casos existe una notable
diferencia: la percepción del cuadro es más viva cuando la vemos
que cuando la imaginamos. Hume denomina impresiones
(conocimiento por medio de los sentidos), al primer tipo de
percepción, e ideas (representaciones o copias en el pensamiento
de las impresiones tenidas anteriormente), al segundo tipo. Del
ejemplo propuesto más arriba se deduce que:
David Hume
1. Las ideas son más débiles, menos vivas, que las impresiones.
5
El Empirismo
Filosofía II
2. Las ideas proceden de las impresiones (son imágenes o representaciones suyas) y no al
revés. Para enseñarle a un niño la “idea de color rojo” le muestro un objeto de dicho
color.
3. Las palabras, a su vez, representan a las ideas, por lo que para saber si una palabra
tiene significado hay que averiguar cuál es la idea que representa, y se conoce la idea
averiguando la impresión de donde procede. Este principio, que suele llamarse el
«microscopio de Hume», lo aplicará nuestro autor cuidadosamente en el análisis de
palabras tales como «sustancia», «libertad», «causa»... que suelen considerarse
palabras clave de la filosofía tradicional. Nosotros nos detendremos,
fundamentalmente, en el análisis que hace de la «idea de causa».
Las impresiones pueden ser simples o complejas: las impresiones simples son las que
no admiten distinción ni separación, mientras que en las complejas pueden distinguirse partes.
Así, la percepción de una superficie coloreada es una impresión simple, mientras que la visión
de París desde la torre Eiffel es una impresión compleja. A su vez, las impresiones pueden
dividirse en:
1. Impresiones de sensación (sensaciones). Son aquellas que se producen o surgen en el
alma cuando se afectan nuestros sentidos por una causa desconocida (veo una mesa,
me duele la cabeza...)
2. Impresiones de reflexión (sentimientos: emociones y deseos). Son aquellas
impresiones que se producen cuando soy afectado por una idea (por ejemplo, la
imagen de un perro me da miedo). Como se puede apreciar para Hume la vida interior
del hombre es como una especie de resonancia: no solo me afectan las cosas de fuera
sino también mis propias ideas. Podríamos decir que según Hume el hombre tiene una
estructura cavernosa (estamos huecos) en la que «el mundo nos sigue “sonando”
como el mar suena en una caracola».
Las ideas (copias más débiles de las impresiones) también pueden ser de dos tipos:
1. Simples: derivan de las impresiones simples.
2. Complejas: que pueden ser de dos tipos: a) las que derivan de impresiones complejas,
y b) las que forma nuestra mente asociando o relacionando dos o más ideas (simples y
complejas).
Por tanto, impresiones e ideas no actúan atómicamente en el proceso humano del
conocer, sino agrupadas asociativamente. Hume mantiene que las impresiones e ideas se unen
entre sí de acuerdo a unas leyes de asociación (principios o tendencias naturales):
1. Ley de semejanza: tendemos a asociar aquellas ideas que se asemejan para
construir ideas abstractas y generales. Pero toda idea abstracta no es más que una idea
particular a la que corresponde, por tanto, una impresión; asignando un nombre
distinto a esta impresión, la hacemos capaz de representar a todas las ideas que
mantienen cierta semejanza entre sí. La idea general de «hombre» es la idea particular
de «Pablo», por ejemplo, a la que cambiándole el nombre le damos el significado de
representar a «Julián», «Eugenio», «María», ... Esto es lo que posibilita las ciencias
formales (Lógica y Matemática) a las que sólo interesa la relación entre ideas
semejantes.
2. Ley de proximidad o contigüidad en el espacio y en el tiempo: tendemos a
asociar aquellas impresiones próximas entre sí como si formaran un todo, una cosa. La
idea de sustancia es, por ejemplo, una idea compuesta por asociación: no se deriva de
ninguna impresión (interna o externa); no es más que «la colección de ideas simples
unidas por la imaginación», que atribuye el conjunto de características a algo
desconocido, como si fuera su soporte permanente.
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Filosofía II
El Empirismo
3. Ley causa-efecto: cuando a la impresión de un acontecimiento le sigue la de otro de
forma habitual, tendemos a asociar ambos tomando al primero como causa del ser o
movimiento del otro.
Hagamos un cuadro comparativo de los elementos del conocimiento presentados por
John Locke y David Hume:
Locke
Simples
Ideas
Hume
De sensación
Impresiones
De sensación
De reflexión
(simples y complejas)
De reflexión
Sustancias
Complejas
Relaciones
Modos
Simples
Ideas
Complejas
Derivadas
Construidas
1.3.2. Tipos de conocimiento en Hume:
«relaciones entre ideas» y «conocimiento de hechos».
Además de la diferenciación entre impresiones e ideas, como elementos distintos del
conocimiento, Hume introduce una importante clasificación relativa a los modos de conocer.
Según Hume, nuestro conocimiento se expresa en proposiciones que son de dos tipos5, por lo
que nuestro conocimiento podrá ser, igualmente, de dos tipos («horquilla de Hume»):
1. Conocimiento de relaciones existentes entre ideas. Tomemos un ejemplo:
«un triángulo tiene tres ángulos internos». Esta proposición nos transmite un
conocimiento que nada tiene que ver con lo que pase en el mundo, con los hechos.
Aunque en la realidad empírica no existiesen ni triángulos ni ángulos, esta proposición
sería verdadera; esta proposición no se refiere a los hechos, sino a la relación que
existe entre las ideas de triángulo y de ángulo. Aunque estas ideas, como todas, en
último término, proceden de la experiencia (no hay idea sin impresión) la relación
entre las mismas es, en cuanto tal, independiente de los hechos. A este tipo de
conocimiento (la deducción o demostración racional) pertenecen la Lógica y las
Matemáticas. Las relaciones entre ideas se formulan, pues, en proposiciones analíticas
cuya verdad es necesaria y se basa en el principio de no-contradicción. No hay que
olvidar que estos conocimientos en ningún caso son a priori sino reflejo de la
experiencia. Consisten en el establecimiento de relaciones necesarias que no admiten
excepción por la propia naturaleza de su definición.
2. Conocimiento factual, de hechos. Además de las relaciones entre ideas, nuestro
conocimiento puede referirse a hechos. Ejemplos de este tipo de conocimiento factual
o de hechos son: el conocimiento que tengo ahora mismo de que estoy leyendo estos
Esta distinción guarda un cierto paralelismo con la clasificación leibniziana de las “verdades de razón”
y las “verdades de hecho”. Leibniz en su análisis del conocimiento distingue estos dos tipos de verdades, que
sumariamente podemos entender así:
a) Las verdades de razón son analíticas, es decir, basta con analizar el sujeto de la proposición para
encontrar que el predicado le conviene. Por ejemplo, en la afirmación «un todo es mayor que sus partes» basta
con analizar la idea de “todo” (“todo” es algo compuesto de varias partes) para comprender que el predicado le
conviene necesariamente, o sea, que ha de ser «mayor que sus partes» y que no puede ser de otro modo. Se basan
en el principio de no-contradicción.
b) Las verdades de hecho no son analíticas. Por ejemplo, la proposición “César pasó el Rubicón”
enuncia un hecho que podemos constatar en los libros de historia, pero, en rigor, César podía no haber pasado el
Rubicón. Es decir, por mucho que analicemos el concepto de César, de su conocimiento no es posible deducir
con absoluta necesidad que “pasó el Rubicón”, sin embargo, de la idea de “TODO” sí que podemos deducir
necesariamente que ha de ser mayor que sus partes.
5
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El Empirismo
Filosofía II
apuntes, de que hace un rato estuve paseando con mi amigo, de que dentro de unos
instantes estará listo el café que he puesto al fuego... Estos enunciados no son
analíticos ni necesarios, porque su contrario no encierra ninguna contradicción, sino
sintéticos y contingentes, y su verdad depende de la experiencia: la proposición “hace
un rato estuve paseando con mi amigo” es verdadera si ciertamente hace un rato
estuve paseando con mi amigo, y será falsa en caso contrario, sin que ello sea
contradictorio. Es decir, lo que sostiene Hume, frente a las pretensiones del
racionalismo, es que el conocimiento de hechos debe fundarse exclusivamente en las
impresiones, esto es, no tiene otra justificación que la experiencia sensible. Al
clasificar los elementos del conocimiento en impresiones e ideas, Hume sienta las
bases del empirismo más absoluto al introducir un criterio tajante para decidir acerca
de la verdad de nuestras ideas, que a veces llama pensamientos (ideas complejas):
“cuando queramos saber si alguna de nuestras ideas es verdadera deberemos
comprobar si procede de alguna impresión (microscopio de Hume)”; si podemos
señalar la impresión correspondiente, estaremos ante una idea verdadera, en caso
contrario, estaremos ante una ficción. Nuestros conocimientos de hechos están, pues,
limitados por las impresiones; se trata de un conocimiento empíricamente verdadero,
pero no demostrativamente cierto, como pensaban los racionalistas:
«Todos los objetos de la razón e investigación humana pueden, naturalmente, dividirse
en dos grupos, a saber: relaciones de ideas y cuestiones de hecho; a la primera clase
pertenecen las ciencias de la geometría, álgebra y aritmética y, en resumen, toda afirmación
que es intuitiva o demostrativamente cierta. Que “el cuadrado de la hipotenusa es igual al
cuadrado de los dos lados” es una proposición que expresa la relación entre esas partes del
triángulo. Que “tres veces cinco es igual a la mitad de treinta” expresa una relación entre
estos números. Las proposiciones de esta clase pueden descubrirse por la mera operación
del pensamiento, independientemente de lo que pueda existir en cualquier parte del
universo. Aunque jamás hubiera habido un círculo o un triángulo en la naturaleza, las
verdades demostradas por Euclides conservarían siempre su certeza y evidencia.
No son averiguadas de la misma manera las cuestiones de hecho, los segundos objetos
de la razón humana; ni nuestra evidencia de su verdad, por muy grande que sea, es de la
misma naturaleza que la precedente. Lo contrario de cualquier cuestión de hecho es, en
cualquier caso, posible, porque jamás puede implicar una contradicción, y es concebido por
la mente con la misma facilidad y distinción que si fuera totalmente ajustado a la realidad.
Que el “sol no saldrá mañana” no es una proposición menos inteligible ni implica mayor
contradicción que la afirmación “saldrá mañana”. En vano, pues, intentaríamos demostrar
su falsedad. Si fuera demostrativamente falsa, implicaría una contradicción y jamás podría
ser concebida distintamente por la mente.»
David HUME.
Investigación sobre el conocimiento humano.
Sección IV, parte I. Alianza, Madrid 1994, 8ª ed., pp. 47-48.
Si lo resumimos, en un cuadro comparativo, quedaría como sigue:
TIPOS DE
CONOCIMIENTO
TIPOS DE
ENUNCIADOS
Relaciones de ideas
Cuestiones de
hecho
8
CRITERIO DE
TIPO DE VERDAD DE
CIENCIAS A QUE
VERDAD
SUS ENUNCIADOS
DAN LUGAR
Analíticos
Principio de no
contradicción
Necesaria
Lógica y
matemática
Sintéticos
Verificación empírica
Contingente
Ciencias empíricas
y conocimientos de
la vida ordinaria
Filosofía II
El Empirismo
2. Crítica de Hume a la metafísica tradicional: identidad,
sustancia y causa.
2.1. La crítica a la idea de identidad.
La identidad se produce por una percepción permanente, de un mismo objeto, en un
mismo estado de tiempo. Si hay interrupción, implica que hay dos percepciones distintas. La
identidad nos incita a asignarle a ambas percepciones, la impresión de un mismo objeto. Por
el hábito, creemos que la identidad del objeto percibido es la misma, pero esto no es más que
un acto de fe. La supuesta identidad del objeto no está en él, sino en mi suposición y en mí:
pensar que un objeto mantiene su identidad tras haber desaparecido como impresión durante
un tiempo, es una ingenuidad. El vínculo de identidad que presuponemos en las diferentes
percepciones de lo que creemos que es un mismo objeto, no tiene mayor fundamento que la
memoria, pero carece de validez real objetiva.
2.2. La crítica a la idea de causa.
De acuerdo con lo dicho anteriormente, nuestro conocimiento de los hechos queda
limitado a las impresiones actuales (es decir, lo que ahora vemos, oímos...) y a los recuerdos
(ideas, pensamientos) actuales de impresiones pasadas (es decir, lo que recordamos haber
visto, oído, ...), pero no puede haber conocimiento de hechos futuros, ya que no poseemos
impresión alguna de lo que aún no ha sucedido.
Ahora bien, en nuestra vida contamos constantemente con que en el futuro se
producirán ciertos hechos. Hume afirma que la «idea de causa» es la base de nuestras
inferencias acerca de los hechos de los que no tenemos una impresión actual y/o pasada. El
principio de causalidad afirma que «todo lo que existe necesita de otra cosa para existir».
Según Hume, esta idea la extraemos de nuestra percepción de la experiencia: de manera
constante observamos que tras un “fenómeno A” ocurre otro “fenómeno B”. Nosotros
entendemos que el primero es la causa del segundo; de ahí que si observamos el segundo
hecho “sabemos” que ha tenido que suceder el primero (porque es su causa), aunque no lo
hayamos visto.
Hume no está de acuerdo con esta manera de entender la
idea de causa, porque afirma que lo único observable es que entre
ambos hechos se da una sucesión constante (que tras lo primero
siempre ha sucedido lo segundo) y no una conexión necesaria
(es imposible que si ocurre B no ocurra también A, siendo B el
efecto y A la causa). Es decir, las cosas hasta ahora han sucedido
de la misma manera, pero pudiera ser que en una ocasión futura
eso no ocurra . Esta crítica humeana a la causalidad se
fundamenta en la crítica a la inducción como método válido de
razonamiento.
Hume alegará que, con las restricciones que implica la
crítica arriba expuesta, si seguimos creyendo en la posibilidad de
inferencias causales (conocimiento de hechos futuros) debemos
limitar éstas al mundo de la experiencia; podemos relacionar dos
David Hume
impresiones entre sí: el fuego (causa) con el calor (efecto), el
agua con la humedad, ... pero no podemos “saltar” de la percepción del mundo empírico
(impresiones) a la afirmación de la existencia de realidades metafísicas, como Dios o el
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El Empirismo
Filosofía II
alma, de las cuales no tenemos experiencia alguna porque están más allá de los límites de
nuestro conocimiento, de la realidad sensible.
2.3. La crítica a la idea de sustancia.
Hemos estudiado que para Hume la llamada "causalidad" como conexión necesaria
entre una causa y su efecto se reduce a una creencia basada en el hábito o la costumbre, es
decir, provocada por la sucesión constante entre impresiones. Por ejemplo a la impresión de
una mano sobre el fuego le sucede la impresión de calor. Ese hábito nos permite pasar de la
primera impresión a la segunda y establecer una relación entre ambas. Pero lo que no
podemos hacer de ninguna manera es aplicar la causalidad a algo distinto de nuestras
impresiones (algo de lo cual nunca hayamos tenido experiencia). Teniendo en cuenta este
argumento, y llevándolo hasta sus últimas consecuencias, Hume rechaza el conocimiento de
la existencia de cualquier sustancia. Veamos cómo llega a tal conclusión.
2.3.1. Crítica al concepto lockeano de sustancia.
Hemos visto como Locke consideraba la noción de sustancia como una idea compleja
surgida de la actividad combinatoria de la mente. Esto es correcto con los presupuestos
empiristas, pero después le atribuía a esa idea un correlato en la realidad, lo que va en contra
de sus propios presupuestos.
En efecto, para Locke, sólo tienen validez, realidad, las ideas surgidas de la
experiencia; pero no hay experiencia alguna de sustancias. Todo lo más, hay experiencia de
una serie de cualidades que aparecen agrupadas siempre de la misma manera. Poníamos como
ejemplo: unas figuras rojas, de textura suave y húmeda, unidos a una figura verde, de textura
más seca y dura, que emanan un determinado y agradable olor aparecen unidos siempre en
“algo” que llamamos “rosa”. Pero ¿cuáles son nuestras sensaciones? Las que hemos descrito:
determinadas figuras, determinados colores, determinados olores, determinadas texturas...
¿Dónde está la “rosa”, ese algo sustancial en que «van» las cualidades? No hay sensación
alguna de tal cosa, y sin embargo Locke cree que aunque sea incognoscible (es decir, aunque
no haya sensación de sustancia) es necesario suponer que bajo las cualidades hay algo que las
une, y que eso es la sustancia.
Contrariamente a Locke, Hume es un empirista consecuente: la idea de sustancia es
fruto de la dinámica combinatoria de la mente y no de las impresiones, y por lo tanto, no
responde a nada real; al menos nunca podremos estar seguros de que tal idea tenga un
correlato en la realidad.
2.3.2. Crítica a la teoría cartesiana de la sustancia.
Ya vimos en Descartes que el mundo que conocemos a través de los sentidos no es
fiable. No obstante, al final terminó por aceptar la existencia del mundo físico ("sustancia
extensa"), del alma ("sustancia pensante") y de Dios ("sustancia infinita"), pero después de
dar un rodeo que le permitió superar su primer estado de duda. Hume será más crítico que
Descartes, y rechazará hasta el final la posibilidad de saber si existe o no nuestro cuerpo y
todo lo que nos rodea, así como nuestra alma o Dios.
2.3.2.1. Crítica a la existencia de la «sustancia pensante».
¿Pero qué sucede con la existencia del alma, del yo o la conciencia, la "sustancia
pensante" de Descartes? Éste nos dijo que su existencia era racionalmente evidente ("cogito,
ergo sum"), y por lo tanto no utilizó la causalidad para afirmar su existir. Hume también
rechaza la “res cogitans”: de lo único que tenemos intuición o conocimiento directo es de las
impresiones actuales y de las ideas procedentes de impresiones del pasado (a veces de hace
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Filosofía II
El Empirismo
muchos años), pero nadie tiene impresión del "yo" o "conciencia" como el sujeto o la
sustancia permanente e invariable a lo largo de toda nuestra vida, a la que le podamos atribuir
nuestros actos psíquicos. Lo que llamamos "yo" o "conciencia" no es más que una sucesión
constante de hechos psíquicos que, gracias a la memoria, los reconocemos como sucediéndose
unos a otros. Cuando hablamos de nuestra identidad personal como algo fijo y permanente a
lo largo de toda nuestra vida, nos referimos en realidad a una sucesión ininterrumpida de
estados de ánimo o impresiones; el error consiste en confundir sucesión con identidad. Con
ello queda rechazada también la sustancia pensante de Descartes.
2.3.2.2. Crítica a la existencia de la «sustancia extensa».
Cuando Descartes afirmaba que existe nuestro cuerpo o cualquier otra cosa material,
se basaba de forma incorrecta en la causalidad, y afirmaba que sus impresiones al ver, tocar,
etc. su cuerpo o cualquier otra cosa material son el efecto que tal cuerpo producía en su
entendimiento. Tomaba, por tanto, su existencia real y objetiva como la causa de lo que él
veía o lo tocaba. De esta manera establecía un nexo causal entre tal cuerpo y las impresiones
que tenía de él, y esto no es correcto según Hume, porque todo lo que yo sé se reduce a mis
impresiones o ideas, sin posibilidad alguna de afirmar que exista la realidad extramental como
la causa de tales impresiones. Podemos creer que existe la realidad corpórea, pero no
podemos afirmarlo ni mucho menos probarlo, porque no existe ningún acceso directo o
inmediato a la realidad corpórea, sino siempre mediado por mis impresiones. ¿De dónde
proceden éstas? Ni lo sabemos ni lo podremos saber jamás, porque las impresiones
constituyen los límites de nuestro conocimiento.
2.3.2.3. Crítica a la existencia de la «sustancia infinita».
El mismo razonamiento es aplicable a la existencia de Dios: no podemos demostrarlo
aplicando el principio de causalidad tal como hizo el propio Descartes en el «argumento de la
causalidad aplicada a la idea de Dios», porque pasamos de nuestra idea de Dios a la
afirmación de su existencia; lo mismo valdría para el «argumento de la imperfección y
dependencia de mi ser»: en él pasamos de la percepción (impresión) de mi imperfección y
contingencia a la afirmación de la existencia de Dios como ser necesario y causa de mi
existencia. Tampoco vale el argumento ontológico que parte del análisis de "Dios" como idea,
porque tal idea no tiene ninguna impresión anterior en la que encuentre su base o fundamento,
y solamente son válidas aquellas ideas que provienen de una impresión.
En resumen, cuando hablamos de "sustancias" usamos una palabra que no tiene
mucho sentido. Por mucho que se hayan empeñado los filósofos durante siglos, incluido
Descartes, o nosotros mismos cada vez que hablamos y usamos "sustantivos", no existe nada
que se pueda llamar "sustancia", y si existe, nosotros no podemos conocerla.
La palabra "sustancia" designa tradicionalmente aquello que sirve de sujeto o soporte
a las cualidades o propiedades de las cosas, y así por ejemplo en Aristóteles estudiábamos que
las cosas son sustancias con sus accidentes. Pero Hume se pregunta: ¿de qué impresión
procede la idea de "sustancia"? Y contesta que de ninguna, nadie tiene impresión de un sujeto
que "soporte o sustente" las cualidades o propiedades (los accidentes de Aristóteles) de las
que sí tenemos impresiones. Pongamos un ejemplo: si yo digo que "la lámpara de mi
habitación tiene cinco brazos, es de color azul, está hecha de madera, colgada en el techo,
etc...", tengo impresiones de los brazos, de su color, del material con que está hecha, del lugar
en que está situada, etc., pero todo eso serán accidentes de la "sustancia lámpara". Hume nos
preguntaría: ¿me puedes decir cuál es la impresión de esa cosa misteriosa que designas con el
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El Empirismo
Filosofía II
sustantivo "lámpara", si le quitas los brazos, el estar hecha de madera, el tener color azul, etc.,
es decir, los llamados tradicionalmente "accidentes"?
"Sustancia" es una de esas ideas complejas que no tiene impresiones en las que se
fundamente y es por tanto una idea formada por nosotros, es una idea ficticia producto de
nuestra imaginación, y no responde a nada real, o al menos nosotros no podemos conocerla.
Y esto vale para toda sustancia: en las corpóreas lo único que percibimos es un amasijo de
cualidades, como en el ejemplo de la lámpara; en la pensante o alma todo se reduce a una
sucesión de estados psíquicos; y en la infinita o Dios carecemos por completo de impresiones.
2.2.3. Fenomenismo y escepticismo.
Según la teoría del conocimiento de Hume sólo podemos contar con nuestras
impresiones, por lo que nuestro conocimiento de la realidad se reduce a ser conocimiento de
puros fenómenos, en el sentido etimológico del término: «fenómeno» es lo que aparece o se
muestra. Pero además, sólo estamos seguros de la existencia del fenómeno que se muestra
“aquí y ahora”, del fenómeno que es una impresión. Este es el sentido del fenomenismo de
Hume.
El fenomenismo lleva emparejada una actitud escéptica (coincidente en parte con la
sostenida por los sofistas) ya que nada podemos conocer de la realidad, al ser las impresiones
el origen y el límite de nuestro conocimiento, impresiones de las que desconocemos su
fundamento o procedencia. Nada podemos afirmar seriamente sobre la realidad diferente a las
impresiones “aquí y ahora”, puesto que sólo nos quedan recuerdos engañosos (por su
naturaleza memorística) de las percepciones tenidas. Así, la realidad queda definida por un
conjunto de fenómenos (desconocemos su procedencia, incluso si tienen procedencia) que no
nos permite ir más allá de su propia manifestación. El escepticismo viene propiciado porque
Hume, coherente con su teoría del conocimiento, no pretende ir más lejos de la certeza que
produce la impresión, puesto que para él, cualquier especulación al respecto, es divagación
sustentada en el vacío.
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David Hume (1711

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