UNA REACCIÓN NORMAL FRENTE A UNA SITUACIÓN
ANORMAL
“Juntarse con otros, hablar de lo vivido, sin esconder las emociones, permite sentirse
acompañado y reducir el estrés crítico que afecta a las víctimas de esta catástrofe”.
Esta frase fue publicada en el Mercurio el pasado Lunes 1º de Marzo, en uno de los pocos
reportajes dedicados a la salud mental de los chilenos post terremoto, porque la catástrofe
no sólo dejo huellas en las casas sino también en la mente de todos nosotros, no podemos
pretender que esta experiencia no signifique nada, no podemos intentar borrarla o negarla
como un mal sueño, no podemos defendernos eternamente frente a la angustia, y no
podemos dar vuelta la página sin antes haberla metabolizado.
Entonces ¿Qué hacemos con la angustia, con el miedo, con la rabia, la confusión y, con los
sentimientos de incertidumbre e indefensión?. Compartirlos, hablarlos, comunicarlos,
ponerlos en palabras y expresarlos. Al comunicar nuestras emociones, percepciones e ideas
acerca de lo ocurrido se facilita la exteriorización de los sentimientos, a través del relato
nos permitimos el desahogo de pensamientos y sentimientos opresivos, y se mitigan
respuestas de evitación (el olvido de ciertas partes de lo ocurrido o el no querer pensar en
ellos).
Generalmente las personas más afectadas por la catástrofe tienen distorsiones, focalizan la
atención en un aspecto determinado de lo ocurrido, la ventilación emocional provoca que el
abanico se abra, además la escucha activa por parte de los demás, va a darle a la persona la
posibilidad de construir un relato, contar lo que ha pasado, ordenar los hechos en su
memoria, rescatar otros ignorados, y cuando lo halla conseguido, le será más fácil dejar de
pensar en ello.
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Por otra parte, en las reacciones psicológicas experimentadas durante la madrugada del
sábado, no sólo influye la magnitud del acontecimiento traumático en sí, sino que también
nuestras reacciones van a estar moduladas por factores individuales (antecedentes
psicopatológicos,
experiencias vividas frente a situaciones similares, personalidad,
estrategias de afrontamiento, etc.) y sociales (redes de apoyo, familia, instituciones de la
comunidad, etc.).
Pese a las diferencias individuales, las respuestas esperadas frente a una situación
traumáticas se darían de la siguiente manera:
-
Fase de shock y conmoción que duraría aproximadamente de horas hasta una
semana.
En este período se darían reacciones emocionales de confusión, olvidos y desorganización
interna, también síntomas de un alto nivel de ansiedad, experiencia asociada a síntomas
fisiológicos tales como angustia, taquicardia, sudoración de manos, aumento del ritmo
respiratorio y cardíaco, y opresión precordial. Además también se observarían reacciones
hiperactivas o hipoactivas.
En este contexto, se tiende a la hiperreactividad frente a los acontecimientos. esto significa
desde sentir que tiembla cada vez que pasa un auto, hasta reaccionar mal por lo más
mínimo. El cuerpo sigue en continua alerta preparándose para reaccionar frente al peligro,
preparando la huida y la autoconservación.
-
Fase de Reacción que puede darse desde unos días hasta varias semanas.
Los síntomas de angustia mantenidos pueden dar paso a cefaleas, mareos, alteraciones del
sueño (insomnio) y de la alimentación (vómitos, diarreas, pérdida del apetito).
Además, en esta etapa se observarían reacciones emocionales fuertes de rabia, culpa, odio.
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La culpa generalmente es irracional y se mitiga con la confrontación de realidad.
El manejo de la rabia es más difícil porque surge de una sensación de frustración ante el
hecho que no había nada que se pudiera hacer para evitar el suceso. A veces se produce un
mecanismo de desplazamiento y se dirige a algún otro u otros, y otras, ocurre una de las
desadaptaciones más peligrosas de la rabia, dirigirlo hacia sí mismo, aspecto que se debe
identificar, pues, sino, puede patologizarse y desencadenar en conductas autopunitivas o
suicidas.
Todas estas respuestas son reacciones normales a acontecimientos anormales y suelen
mantenerse en los días/semanas siguientes al acontecimiento traumático.
Las catástrofes también suelen afectar el sistema de creencias y valores produciendo una
visión negativa del mundo, de sí mismo, y de los demás. En cuanto al mundo, se deteriora
la creencia de que los hechos son ordenados, previsibles y controlables, respecto a sí
mismo, surgen sentimientos de baja autoestima y baja autoeficacia, y frente a los demás,
surge la desconfianza y agresividad.
Los sentimientos de incertidumbre e indefensión son mal tolerados por los seres humanos y
pueden desencadenar reacciones muy primitivas tales cómo huida, ataque y descontrol,
situación que se transforma en una actuación más elaborada, sólo cuando se tiene la
seguridad que alguien irá en ayuda. Ana María Arón, psicóloga experta en Intervención en
Crisis, señala: - Es probable que quienes participaron en el saqueo buscando alimentos
(distinto al pillaje, de los que sacaron televisores o alcohol) lo hayan hecho porque sentían
que nadie se estaba preocupando por ellos” - Sin embargo, hay que enfatizar que las
personas que incurren en estas conductas no han aprendido a controlarse en episodios de
desesperación, son conductas que afectan todos, a la sociedad en su conjunto, y deberían
por lo tanto ser sancionadas.
En la mayoría de las personas, todas estas situaciones se van resolviendo paulatinamente,
con paciencia y la ayuda de otros, dando lugar a una retroalimentación, metabolización y
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equilibrio, el individuo va a ir superando la situación, adquiriendo nuevas estrategias de
afrontamiento para hacer frente a futuros acontecimientos y asimilando la experiencia
vivida.
En otras personas estas reacciones persisten y se agudizan interfiriendo el funcionamiento
de su vida social, laboral o familiar generando determinados trastorno psicopatológicos
cómo Trastornos por Estrés Post Traumático, Trastorno por Estrés Agudo, Crisis de Pánico,
Depresión , etc. Estos individuos deben buscar ayuda especializada.
Los niños así como los adultos reaccionan emocionalmente frente a las catástrofes,
obviamente sus estrategias de afrontamiento son más limitadas
debido a la escasa
experiencia con situaciones similares en el pasado, pero cuentan no obstante con altos
recursos de adaptabilidad y resiliencia. Ellos también necesitan hacer un alto, necesitan
contar sus experiencias, expresar sus emociones, y escuchar las experiencias de los otros
niños.
A los niños hay que darles espacios, instancias de comunicación, de escucha activa para
expresar lo que sintieron y para compartir sus ideas y percepciones de lo ocurrido, el adulto
debe contener al menor y darles mensajes de seguridad y protección, haciéndoles saber que
ellos, tanto en sus familias como en el colegio, están preocupados y que están haciendo lo
necesario en bien de su seguridad. En relación a esto Ana María Arón señala: “La escuela
también es una aliada fundamental, …el primer día de clases no se debe partir izando la
bandera, como si nada hubiera pasado, hay que recordar lo que pasó, empatizar con la
pena o el miedo que están sintiendo y validarlos”.
A los niños hay que hablarles del tema, hay que ayudarlos a retornar a la normalidad, hay
que tranquilizarlos y hacerlos sentir seguros, decirles que después de la tristeza viene la
alegría, sólo así ellos podrán cerrar etapas y seguir adelante. Con los niños más pequeños
debido a su menor capacidad de simbolización, resulta conveniente utilizar el juego, los
cuentos, y los dibujos como estrategias de expresión y comunicación de los miedos y
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angustias. Lo importante es que el adulto se adapte a la edad del niño, usando un lenguaje
claro y apropiado a su nivel de comprensión.
Podría darse también que el niño no quiera hablar, en ese caso es mejor no presionarlo. Es
mejor darle el espacio cuando lo necesite y se sienta preparado, y tanto los padres como los
profesores deben mostrarse disponibles para conversar sobre el tema cuando el niño lo
requiera. Para elaborar lo sucedido, es clave hablar varias veces del tema y que el adulto
esté disponible siempre que el menor necesite conversar o preguntar, y repetir la
información las veces que sea necesario.
En síntesis, el apoyo emocional, tanto al niño cómo al adulto, debería focalizarse en:

Contención Emocional. A través del desarrollo de la capacidad de comunicación y
escucha activa, promover la expresión emocional de sentimientos, percepciones e
ideas en relación a las experiencias sobre la catástrofe, facilitando la
contextualización y asimilación de la situación.

Conocimiento de las respuestas habituales frente al stress. A través del
conocimiento de las reacciones psicológicas más frecuentes en una situación de
catástrofe y del conocimiento y manejo de los síntomas de ansiedad, aprender a
controlar situaciones difíciles.

Reestablecer una base de normalidad: A través de mensajes que tiendan a
normalizar. Las respuestas emocionales y fisiológicas frente a la catástrofe son
normales, respuestas normales frente a una situación anormal.

Resiliencia: Incorporar en la comunicación el concepto de Resiliencia, es decir, la
capacidad de los seres humanos para
enfrentar crisis, pérdidas y catástrofes,
recuperarse, salir adelante, y continuar con sus vidas.
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Liliana Ramos Vera
Psicóloga.
Documento elaborado el 4 de Marzo de 2010.
Lecturas sugeridas:
1. “Documento informativo para profesores y establecimientos educacionales en
relación al apoyo a los estudiantes luego del Terremoto y Tsunami”.
Pontificia Universidad Católica de Chile. Facultad de Ciencias Sociales. Escuela de
Psicología.
2. “Apoyo Psicológico en Catástrofes”. Revista de Protección Civil. Numero 3.
Colaboración Psicológica.
3. Artículo “Las réplicas psicológicas del terremoto se salvan compartiendo los miedos
y angustias”. El Mercurio. A11. Publicado el 1º de Marzo de 2010.
4. Artículo “La vuelta a clases es una oportunidad para mitigar el efecto psicológico
del sismo”. El Mercurio. A19. Publicado el 7 de Marzo de 2010.
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Una reacción normal frente a una situación anormal