La mujer perseguida (la Opinión, 23-01-10)
Javier Ortega Cañavate
Ya dije en su momento (La Opinión, 20-06-09), que no iba a hacer ningún juicio de valor acerca
del aborto y hoy, tampoco lo voy a hacer. Dos son las razones personales que fundamentan
esta decisión:
La primera tiene que ver con el hecho de que soy un hombre, o lo que es lo mismo, que estoy
situado en el lado cómodo de la opinión, aquel en el que se puede hablar sin sufrir ninguna de
las consecuencias derivadas de nuestras decisiones.
La segunda razón, relacionada con la primera, tiene que ver con el hecho de que tengo un
profundo respeto por todas aquellas personas que tienen que decidir desde su propia
existencia y destino, y este respeto esencial me lleva, a su vez, a un profundo respeto hacia las
propias opciones que toma esa persona.
En consecuencia, y a pesar de los ladridos misóginos y descerebrados de arzobispos, imanes,
y demás fauna del bestiario humano, tampoco hoy voy a dar mi opinión acerca del aborto, no
soy nadie para darla, e insisto en que sólo se la daría a una amiga, a título personal, y si me lo
pidiese.
Pero a estas alturas de la historia de la humanidad (S. XXI), me pregunto por qué somos tan
ruines, ignorantes, injustos y peligrosos para las mujeres: todo discurso acerca del aborto
oculta un dominio sobre la mujer y una negación de la misma como sujeto ético y político
autónomo.
¿Por qué nadie habla de qué significa la maternidad y la paternidad desde una perspectiva
social y cultural? ¿Por qué nadie dice nada acerca de cómo afecta la maternidad y la
paternidad a la mujer y al hombre, en lo que se refiere a su vida cotidiana como persona?
Todos sabemos que no es lo mismo ser madre que ser padre, que al seguir siendo el hombre
el sujeto social y cultural dominante, todo lo que se le pide es una paternidad pública
responsable: amor, reconocimiento, sustento. ¡Y nada más!
Mientras, la mujer continua siendo un sujeto social y cultural subordinado a la maternidad y
desde esta perspectiva queda subordinada a su propia función biológica. Lo que se le exige es:
amor, comprensión, sustento y renuncia. ¡Nada más y nada menos!
Por decirlo de una manera muy simple: tenemos todo un sistema de creencias (religiosas y/o
laicas) que reducen a la mujer a un papel de madre y esposa, por lo que entonces es “normal”
que pase inadvertido el hecho de que cuando una mujer se case o tenga un hijo, deba
abandonar su trabajo (completa o parcialmente), para dedicarse a su familia (eso es lo que
espera la sociedad de ellas), o deba dedicarse al cuidado de mayores dependientes
(incluyendo a sus propias parejas).
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Para el 64,6% de los españoles es ideal que en una familia los dos cónyuges trabajen fuera de
casa, mientras que el ¡33,4%! considera que la mujer debe estar siempre en casa o, al menos,
menos horas fuera de casa que el marido, pues debe ocuparse de las labores del hogar.
Pero, y a pesar de ese 64, 6% que afirma que es ideal que la mujer trabaje fuera de casa, ¡más
del 80%! de la población española considera que la función propia de la mujer es “ser madre”.
Así nos encontramos con que a pesar de lo avanzados que creemos ser, la realidad es que:
-El 72% de las mujeres trabajadoras tienen jornada parcial para poder dedicarse al cuidado de
menores y mayores dependientes.
-El porcentaje de mujeres que abandonan el mercado de trabajo aduciendo motivos familiares
supera por muchísimo al de los hombres: más del 95% para ella, menos de 5% para ellos.
-El 22% de las mujeres empresarias afirman que su pareja es el mayor lastre para su labor
profesional.
Y así podríamos seguir analizando todas las sociedades a lo largo y ancho de este mundo para
ver que la situación de la mujer es bastante vulnerable en comparación con la de los hombres:
economía (sueldos, dobles jornadas de trabajo), familia, violencia (violaciones, violencia
conyugal, acoso,…) doble moral, política (distribución del poder), religiones, etc., etc.,…
distintos espacios en los que la mujer siempre sale perdiendo con respecto al hombre.
Además, con unos valores de dominación masculina y una sociedad de subordinación
femenina, es “normal” que algunos hombres (demasiados, por desgracia) se crean amos y
señores de las mujeres con las que mantienen relaciones, con lo que las agresiones: físicas,
psicológicas, sexuales y económicas estarían justificadas para ellos.
Y si no que se lo digan al arzobispo de Granada cuando legitima la violencia contra las mujeres que hayan abortado. ¡Y nadie lo acusa, juzga y encarcela!
A ver si empezamos a asumir que estamos en un mundo en el que la mujer debe ser protegida
a toda costa y que dicha protección no consiste en custodiarla, velarla y subordinarla, sino en
reconocer y respetar sus opciones y decisiones como sujetos éticos y políticos autónomos.
Debemos crear una realidad en la que esto sea posible, en el que cada mujer pueda decidir por
sí misma y desde sí misma, qué es lo que quiere ser.
Javier Ortega Cañavate, miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia.
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