¿Trastienda de la sumisión o de la rebelión?
Comencemos por recordar que España, en el título preliminar de su Carta Magna, se
constituye como un Estado social y democrático de Derecho, en donde la soberanía nacional,
el poder de organizarse como sociedad, reside en el pueblo español, y que todos los
ciudadanos y poderes públicos se rigen por la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico
(entiéndase tratados internacionales y normativa interna). Como en todo Estado moderno, la
Constitución y tratados internacionales que tengan relación con los derechos fundamentales
del ser humano son la base del ordenamiento jurídico y toda norma de inferior rango debiera
ajustarse a ellos. En este sentido los tratados internacionales firmados por España declaran
que la tortura, malos tratos, inhumanos o degradantes, son delitos atentatorios a los derechos
humanos como la vida, honra, privacidad, expresión, etcétera, por lo que jamás debieran estar
justificados, ni siquiera en tiempos de inestabilidad jurídica. Si bien lo anterior se ve plasmado
en la Constitución, que muestra en su Título Segundo su apego a los Derechos Humanos y su
compromiso por repetarlos, es 'curioso', sin embargo, que podamos encontrar innumerables
informes del Comité Contra la Tortura, organismo al que España acordó obedecer, solicitando
adaptar sus leyes y actos de autoridad a los Derechos Humanos (a modo de ejemplo: se ha
instado a ajustar el artículo 174 del Código Penal a los convenios internacionales por no ser
preciso el concepto de tortura y aplicar penas muy bajas).
Por otro lado, organizaciones internacionales que trabajan en Derechos Humanos como
Amnistía Internacional, hace más de diez años que viene solicitando al Estado que
proporcione información sobre la situación actual de los Derechos Humanos, o que la
formación de los policías sea la adecuada (el promedio de tiempo dedicado específicamente a
Derechos Humanos en la formación de los Cuerpos de Seguridad del Estado es del 3,2%).
Lo más 'curioso' es que en este país sigan sucediéndose casos en los que el poder judicial,
después de todo un proceso acorde al Derecho, juzga y dicta sentencia condenando por
tortura a aquellos que abusan de su poder y violan los Derechos Humanos, como el caso de
los mossos de esquadra, para que todo quede en nada cuando el poder ejecutivo, el mismo
que firma los tratados, decide extinguir la pena a través del indulto.
Esta institución jurídico-política llamada indulto nace en tiempos en que los poderes, ejecutivo,
legislativo y judicial, estaban unidos en una figura: el rey. Los tiempos parecen haber
cambiado. El debido proceso es un principio rector del Derecho; sin embargo, el indulto se ha
mantenido en su modo y forma hasta nuestros días. Lo que resulta de nuevo 'curioso' es que
la ley que lo regula es muy general y ni siquiera obliga al Ejecutivo a justificar su decisión. Esto
es lo aberrante para un Estado de Derecho con procesos administrativos motivados, jueces
formados en Derecho y sana crítica que en el momento de sentenciar están obligados a
justificar, acorde al ordenamiento jurídico. Sólo el Código Penal esboza una concepción más
concreta (mas no completa), señalando que es un remedio en los casos en que la aplicación
rigurosa de la ley no llevara a un 'resultado justo'.
Es imprescindible que en un Estado de Derecho los funcionarios encargados de hacer cumplir
la ley sean los primeros en respetar las bases fundamentales de una sociedad. Y es
vergonzoso, volviendo al caso de los mossos de esquadra, que una Administración indulte a
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personas que hayan cometido delitos tan violentos sin siquiera emitir razón. Con esta actitud
se está queriendo decir a la ciudadanía que la condena a los mossos de esquadra es
excesiva e injusta, a la vez que se impregna así de impunidad a la Policía y a sus torturas. En
este sentido, no es que defendamos la abolición del indulto, ya que consideramos que puede
ser efectivo en situaciones extraordinarias, sino que debe cambiar la forma en la que se aplica
en una sociedad democrática y de Derecho, para que quien realice el indulto sea un
organismo especializado en Justicia que asegure una aplicación razonablemente justificada.
Gastar tinta en firmar tratados internacionales que dicen abolir cualquier método de tortura o
violación a los Derechos Humanos se reviste de absurdo si no se vela por su cumplimiento y
respeto. Son el Ejecutivo y el Legislativo los principales responsables de que se hagan
efectivas las garantías constitucionales, por ser ellos mandatarios de la soberanía nacional. Si
dichos podereres no cumplen esos objetivos tan esenciales, la ciudadanía se verá compelida a
ejercer el supremo recurso de la rebelión y la desobediencia.
(Artículo publicado en Diario la Opinión de Murcia el 12/1/2013:
http://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2013/01/12/trastienda-sumision-o-rebelion/449547.htm
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