Creían que no pisarían nieve, pero no fue así

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ARCÁNGELES
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Creían que no pisarían nieve. No fue así. Ángel y Miguel calzaban botas, pero
Libe, con sus zapatillas deportivas, tuvo que esquivar el hielo del camino para
no coger frío en los pies.
Salieron a las nueve de Valderrobres. Llegaron un poco tarde al cruce desde
donde partía la excursión. En menos de dos horas alcanzaron los 1.158 metros
del monte de la ermita de Sant Miquel d’Espinalvà, que así se llama porque en
sus alrededores crece una especie arce blanco, espinalb, le llaman en la zona.
La mañana estaba soleada y nada presagiaba la tormenta de nieve que les iba
a sorprender más tarde. Coincidieron arriba con otros dos excursionistas. Se
llamaban Marc y Octavi. Los nombres los dijeron más tarde, en la intimidad del
refugio. Ellos habían subido por la parte de Fredes. Juntos se acomodaron en
un rincón soleado para almorzar. Se intercambiaron las botas de vino y alguna
fruta.
Nadie se dio cuenta de lo que se avecinaba. El cielo se puso blanco. Un
alubión de nieve racheada les obligó a refugiarse. El techo de la ermita,
hundido, como todos los corrales del entorno, no suponía amparo sino peligro.
Sólo una pieza, donde se guardaba el santo San Miguel, ofrecía resguardo.
Para no quedarse a oscuras, dejaron abierta la parte superior de la doble
puerta de la entrada, tapándola a modo de toldo con la capa impermeable de
Octavi.
Allí cada cual contó algún retazo de su existencia, más para ahuyentar el miedo
de la ventisca furiosa que por amenizar a sus impensados compañeros de
aventura.
La nieve no cesaba y todos tuvieron claro que deberían pasar allí la noche. En
el mueble donde la figura de San Miguel descansaba, Marc encontró un cirio y
Ángel un cuaderno de anillas en el que alguien se había entretenido en escribir
algunas páginas, parecían historias, con letras claras y separadas.
Libe leyó la primera.
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PLANCTON
No sé.
Quizá las cosas no ocurrieron así. Ni siquiera los pasados se mantienen
invariables. Durante un tiempo me oculté la historia, latente, indisponible para
el recuerdo.
Yo tenía dieciséis años. Me gustaba exhibir por el mundo un aire de soledad
sereno. Aunque la cafetería estaba vacía, un hombre maduro, bien vestido,
vino a sentarse en la mesa de al lado de la mía. Insinuó una sonrisa por saludo,
mientras sus ojos pedían admiración o respeto, apuntando que aquel método
para persuadir muchachas lo había practicado muchas veces. Encontré tres o
cuatro adjetivos contradictorios para definirlo mientras inventaba una nueva
categoría de lástima, segura de poder desmontar cualquier aspiración del
hombre. Pero él no aceptó mi indiferencia.
Temí sentirme condenada a confundir desde entonces el odio con el recuerdo
de la cara del hombre. Y huí.
Atravesé el bullicio de las calles de Donosti, para refugiarme en el Acuario. Tan
bien me escondí, que el perseguidor desistió y desapareció. Pero yo me quedé
allí encerrada.
Creció y se agotó la noche. Ya de mañana, una limpiadora me encontró,
encogida en el suelo, abiertos los ojos y la boca, pez lelo sin sueño. Sus
palabras de ánimo no me sacaron de los huesos el miedo frío y compacto que
me paralizaba. Aquella vigilia acuátil me instaló sin retorno en un océano
silencioso y oscuro. Sé que aquellos bichos frígidos me robaron, sólo con su
mirada imbécil, una parte de mi mente, de mi alma, de mí misma.
Ya más de mil días. Y aquí sigo, en el Acuario. Los médicos lo recomiendan.
Seguramente, todos se preguntaron quién había escrito esa historia tan
extraña, pero nadie dijo nada. Sólo Octavi, para romper el hielo, se quedó
mirando serio a su amigo y le dijo, Tranquilo, Marc, aún no se te ha puesto la
cara de pez.
Arreciaba la nieve y el viento cuando Miguel emprendió el segundo relato.
3
EL SUEÑO DE LA MOSCA
La mosca entró sin llamar a la consulta de su psicoanalista, que también era
una mosca, una mosca ya entrada en días.
Hola, dijo la mosca joven.
Buenos días. Acuéstese, por favor, le contestó la doctora.
La mosca joven estiró sus siete milímetros de longitud sobre el diván, se frotó
la cara con las patas delanteras y empezó a hablar.
Últimamente, cuando cierro los ojos, veo un monstruo enorme, que se sostiene
vertical sobre dos patas y tiene los ojos muy juntos.
Ese bicho, ¿vuela?, le interrumpió la doctora.
No. Creo que no. Sólo agita las otras dos patas intentando alcanzarme. Eso no
me asusta, es muy torpe. Pero, a veces, se acopla a la pata superior derecha
otra extremidad larga y delgada que acaba en una superficie plana de color
rojo. Es entonces cuando me despierto aterrada.
No se asuste, la tranquilizó la doctora. Ese sueño es muy común. Está
catalogado. Ese bicho representa a la madre, que se siente sola en el lecho de
muerte, y busca sin descanso a alguna de sus crías. Páguele a mi secretaria
cuando salga. Buenos días.
Cuando la mosca voló a la calle, se paró en el cristal de un escaparate y un
golpe seco de paleta la convirtió en un borrón negro sin vida.
Ahora los excursionistas debieron de llegar a la conclusión de que los relatos
provenían de autores distintos, pero nadie comentó nada. A Libe le hizo gracia
el cuentecillo y rió a carcajadas contagiando la risa a sus compañeros.
Apenas nevaba, pero a nadie se le ocurrió pensar en el regreso.
Marc atacó la tercera historia.
UNA VACA SIN TRISTEZA
Yo tenía un cactus. Y se murió. También tenía un trabajo. Y me echaron. Tenía
un coche, muy perjudicado, pero funcionaba. Tenía, sobre todo, una soledad
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como un folio muy grande de papel blanco y un bolígrafo de tinta azul. Y un
pulso inquieto y un poco de dinero que cambié por unos litros de gasolina y
varias latas de fabada Litoral. Me dolían los ojos de las luces de la ciudad.
Tampoco soportaba la infinita tristeza de la mendiga de mi esquina.
Acomodé el cadáver del cactus en el asiento del copiloto, al lado del folio muy
grande, del bolígrafo de tinta azul y de las latas de fabada Litoral.
Supuse que llegaría a los bosques de Irati.
Sufrí una noche de frío seco, intentando dormir, encogido en una manta que
me regaló mi novia. Ahora ya no tenía novia.
Creo que llegué a dormirme.
Cuando el sol calentó tenue los cristales de mi coche, me desperté. Me
sorprendí de verme allí, en el asiento de atrás, encogido el cuerpo pero con la
mente muy relajada. Escribí en el folio muy grande en blanco Tengo frío y abrí
una Litoral y me la comí con los dedos. Estaba fría. Salí al prado y disfruté del
vacío de luces. Agradecí la ausencia de la mirada de la mendiga y recordé la
estridencia de las luces de la gran ciudad.
Se acercó una vaca de ojos de mendiga. Pero no estaba triste. Le ofrecí los
restos de la fabada.
Ahora vivo con ella.
Miguel recordó una aventura pasada y quiso comentarla a sus compañeros:
Yo estuve hace tres años en la selva de Iratí. Un puente de otoño. Llevaba la
bici. Un día me perdí y tuve que pasar la noche al resguardo de una haya. Creí
que me iba a morir de frío. Se me hizo la noche más larga de mi vida. Pero,
claro, estaba solo, y nadie leía historias para pasar el rato.
La vela se iba consumiendo pero aún quedaban un par de páginas por leer.
Parecía que nadie quería dormir, que todos tuvieran miedo de sustituir las
voces cálidas por el sonido frío del viento. Octavi le tomó el cuaderno a Marc y
se acercó a la luz escasa de la vela.
BBI, BIB, IBB
Sé que Borges, aunque siempre lo ocultó, encontró escrito, en alguna página
de algún tomo de la biblioteca de Babel, lo siguiente:
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En el zoo de Barcelona, un chico intenta hacer una foto con su teléfono
móvil a un mono. El móvil se cae dentro de la jaula. El mono lo atrapa y
huye con él con tal resolución que el chico sabe que nunca lo
recuperará. Les contará a sus padres que se lo han robado. El mono se
llama Bib. Bib pulsa al azar algunas teclas y, sin querer, envía a algún
otro móvil el siguiente mensaje:
ke algien me mande una demostrazion de la eksistenzia de dios
Al cabo de menos de dos segundos suena, muy lejos de allí, en el zoo
de Chicago, un teléfono móvil. De alguna manera ese móvil ha llegado a
las manos de una mona, Berta, que, con la musiquilla de la llamada, se
anima a tocar, al azar, algunas teclas de su aparato. Así responde,
involuntaria, al reclamo indeliberado de Bib. Esto es lo que le contesta:
argumentum ornitolojicum ziero los ojos i beo djk
dkweoiwe si dios no eksiste shqpoit s r
djkld aujtnp
f jyt gvbs
Nadie entendió nada, pero daba igual. Se trataba de oír una voz que espantara
el eco de la noche.
Ángel se dio prisa en empezar el último cuento, en vistas de que la cera del
cirio no iba a dar para mucho más.
ANIMALES DOMÉSTICOS
No me preguntes cómo se quedó abierta la espita del gas. El caso es que el
hombre se había dormido y se moría sin remedio con el veneno etéreo
invadiéndole los pulmones. Pero no dormía el perro. Ni el gato. Ni el canario, al
que se le desafinaba entre barrotes el canto con el flujo letal.
Supo el perro -su dueño le había enseñado- abrir la puerta de la calle para
dejar libre la entrada al aire limpio de la calle.
También colaboró el gato, brincando atlético hacia la manivela de la ventana.
Pudo así despejar la atmósfera al fresco de la noche y, en el intento, estalló
contra el suelo la jaula del pájaro, liberándolo de las varillas doradas.
Salvado por sus bichos se reanimaba el hombre.
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Antes de volar hacia la libertad, aprovechó el pájaro para picotearle los ojos al
hombre hasta la ceguera sangrienta.
Aún le dio tiempo al gato a volverse sobre su salto y arrancarle al hombre la
lengua de un mordisco.
Pero el hombre, todavía vivo, imploró sin palabras el auxilio de su perro que
acudió a la primera llamada de su amo para desgarrarle el cuello y la vida de
una dentellada decidida, antes de darse a la fuga.
Hasta entonces, entretenidos con las historias, nadie se había percatado. La
figura del santo que reposaba en el mueble donde hallaron el cuaderno se
había hecho pequeña. Muy pequeña. Del tamaño de un caramelo. Un silencio
extraño se instaló en la sala. Ya no se oía la nieve. Ni el viento. Alguien debió
de pensar que aquello, más que una aparición, era una desaparición.
Octavi se levantó, se acercó al mueble, tomó la pequeña figura del santo
Miguel y se la tragó, como el que se come una pastilla o un bombón.
Ninguno de sus compañeros le amonestó, ni le pidió explicaciones. Estaban
todos tan confusos con el empequeñecimiento de la figura, que la ingesta de
Octavi no les pareció más que un corolario natural a aquel suceso inexplicable.
Quizá Octavi era un verdadero creyente y, antes de asistir al desvanecimiento
del santo, el buen hombre quiso tragárselo en un hágase en mí según tu
palabra.
Murió la luz de la vela, cada uno se acomodó en el suelo como pudo, todos
muy juntos para protegerse del frío y, sin decirse buenas noches ni nada,
intentaron el sueño, tal vez para creer que estaban soñando.
Amaneció soleado.
Nadie quiso comentar nada sobre la figura enanizada y el comedor de santos.
Marc, que había bebido más vino de la cuenta, llegó a creer que sólo eran
imaginaciones suyas.
Sin almorzar, cada cual partió por donde había venido, en sentidos contrarios.
7
Ángel, Libe y Miguel volvieron la vista al oír una voz, la de Marc, que gritaba
algo a su compañero.
Octavi se había desprendido de toda su ropa e intentaba el vuelo desnudo,
corriendo como un buitre, agitando unas alas grandes, blanquísimas,
portentosas.
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