“Cuando las abuelas abaraneras eran niñas”

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“Cuando las abuelas abaraneras eran niñas”
Álvaro Carpena Méndez
Profesor de la Facultad de Educación de
la Universidad de Murcia
A todas las abuelas de la Villa
Llegada años atrás desde Albudeite con un sueldo inicial de 1600 pesetas, la
maestra nacional Doña Ginesa Ponce Sandoval parte cada mañana desde su domicilio
ubicado en C/ Médico Gómez Nº. 45 hasta el colegio San Pablo, institución donde es
titular de la sección 4ª de niñas. Ante el frío y húmedo invierno, el alumnado espera en
un patio diferenciado por sexos a ambos lados de una cortina de ladrillo. Tras el toque
de campana, las hermanas Tornero Cañabate acceden al interior, pasan ante la hornacina
de la Virgen de la Asunción y se santiguan. Al entrar al aula esperan erguidas,
confirman asistencia y finalmente recitan las correspondientes oraciones. A
continuación se sientan en unos pupitres de hierro en cuyo estante inferior depositan una
rebanada de pan para el almuerzo (o posiblemente el desayuno). En él, pan con
“sobrasada”, cuando en realidad la bisabuela del que escribe ha mezclado pimiento
molido con aceite. En algún lugar de camino al colegio, bajo el calor de holgados
abrigos de borla se preguntan qué sorpresa acontecerá al llegar, pues la mañana anterior,
su generosa maestra dejó sobre cada pupitre un vaso de leche y una toña (en un pueblo
tan pequeño, ganar la lotería no pasaba desapercibido).
Por aquel entonces, cada alumna utilizaba un cuaderno de papel amarillo de
“Casa Editorial Zamora”, único soporte en el que se realizaban copiados, operaciones y
dibujos. Para demostrar el nivel de conocimientos adquiridos en clase (indicador de
calidad del trabajo docente), una niña designada mediante sorteo realizaba el
correspondiente ejercicio en el “Cuaderno de Rotación” o de clase, que junto a las
tareas de bordado, era supervisado por la Señora Inspectora.
Con motivo de la cercanía de fechas de gran importancia para el calendario
cristiano, el párroco acudía a clase tanto para orientar a las maestras sobre qué impartir
al respecto o bien, encargarse personalmente de dicha labor. Así pues, con motivo de las
celebraciones de la Virgen en el mes de mayo, Carmen Melgarejo -entre varios versosrecuerda el que por su sencillez cada año repetía al realizar la ofrenda floral frente
altares improvisados: “Virgen María, blanca paloma, como no tienes flores toma mi
corona”. Durante el resto del año, los jueves por la tarde se impartía lección de
catecismo en la Iglesia de San Pablo, lo que a su vez servía como preparación para
celebrar la Primera Comunión en presencia de las maestras, día en el cual, se rompía el
ayuno en la Residencia Santa Teresa. Del mismo modo, entre aquellas costumbres ya
desaparecidas resultaba destacable el amanecer de Domingo de Resurrección, cuando en
la calle, pequeñas y mayores rompían botijos, platos y objetos cerámicos que se habían
deteriorado durante el pasado año.
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Volviendo al aula, no siempre la “revista” se refería al repaso de contenidos
escolares, sino a los cabellos que en ocasiones albergaban huéspedes que justificaban la
permanencia en casa durante tres días. Y es que los piojos hacían que junto a varas
utilizadas para sancionar (que además tenían nombres como “Tizona”), aparecieran las
denominadas “liendreras”,
unos peines que permitían
cepillar el pelo y extraer
parásitos. En tal minuciosa
labor hemos de destacar
como en el Asilo se
procedía
a
la
desparasitación de niños y
niñas en horario de tarde,
para lo cual, se utilizaban
cepillos
con
celdas
especialmente
estrechas
que dejaban el pelo con
una presencia característica (de ahí que cuando alguna niña llevaba el pelo descuidado
se decía “¿Qué salaica? ¡Que-tan peinao las monjas!”).
Para escribir se utilizaban lápices de carbonilla compactada (material más
económico que el grafito) y sólo las niñas más aventajadas utilizaban plumas de madera
que mojaban en tinta preparada a base de agua y tinte en polvo que posteriormente era
vertida en tarros de penicilina. Resultaba frecuente que salieran del colegio a media
mañana con el fin de preparar la comida o realizar “mandaos” de las madres, privilegio
del cual carecían los niños y que denota las obligaciones de la época. En el aula zurcían
calcetines traídos de casa, confeccionaban “vainicas”, bordaban pañuelos que el
hermano mayor terminaba regalando por San Antonio y se instruía en el arte de los
bolillos. Tras las lecciones matutinas de catecismo, aritmética, lectura, escritura,
Formación del Espíritu Nacional y actividades de tarde referidas a labores domésticas
(con la intensificación del rosario parroquial los jueves), al salir de la escuela ayudaban
a sus madres a trenzar lía, liar bobinas con la ya trenzada, cortar elementos salientes que
podían pinchar o incluso, avisar a los dueños de las esparteras locales para que pasaran a
recoger los encargos. Entre los mismos se encontraban “El Ciacero” (ubicado cerca del
Bar “La Torre”), “Las Jalmeras” (actual calle Escultor Salzillo), “Peñaleja” (Garita) y
“Félix de Cayetano” (alrededores de la Plaza de Toros). Llegada la adolescencia, junto
al sabor local de los sifones “Espumosos JoseMari”, Berlanga, Juan de Orduña, Sara
Montiel y Carmen Sevilla contribuirían a camuflar ante la gran pantalla el primer y
quizás último noviazgo. Frente aquellos fotogramas en blanco y negro, sus recuerdos
permanecen en el presente bajo la caracterización de los matices que las vida les mostró.
Desde entonces, nuestras norias han continuado su camino dejándonos como estela la
sombra del tiempo. Ante ello, en estos días de celebración, las que fueran niñas
acompañarán a sus nietos entre Gigantes y Cabezudos. ¿Acaso la vida no fluye como un
tiovivo?. ¡Felices Fiestas en honor a nuestros patronos!. Paz y bien.
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Publicado en el libro de Fiestas Patronales de Abarán (2013)
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