Maestría en Enseñanza de la Lengua y la Literatura
Investigación Literaria
AUTOR:
Lic. Karina Alexandra Malla Maza
DIRECTOR:
Lic. Raúl Vallejo, Mgs. Sc.
Ensayo literario:
La convergencia de deseo y espiritualidad en El Cantar de los Cantares
Loja - Ecuador
2024
La convergencia de deseo y espiritualidad en El Cantar de los Cantares
El Cantar de los Cantares se erige como una de las piezas más complejas y
enigmáticas de la tradición literaria universal. Situado en el corazón de los libros poéticos
bíblicos, este texto ha fascinado y desconcertado a generaciones de teólogos y poetas,
quienes han buscado desentrañar los misterios de su lenguaje apasionado y sensorial. A
diferencia de otros pasajes sagrados, más orientados a la ley o la profecía, el Cantar
celebra el amor humano en toda su exuberancia erótica, pero también lo transfigura,
elevándolo a la esfera de lo espiritual. En la urdimbre de sus versos, el cuerpo y el alma
se entrelazan hasta volverse indistinguibles, y el deseo se convierte en sendero de
conocimiento y comunión con lo divino. Así, la obra puede leerse como una síntesis
delicada entre la erótica—la exaltación del deseo humano—y la mística—la experiencia
de la unión trascendente.
Desde su apertura, el poema se declara abiertamente erótico: “¡Oh, si él me besara
con besos de su boca! Porque mejores son tus amores que el vino” (Cantar 1:2). La amada
manifiesta su deseo con una libertad insólita respecto a los paradigmas religiosos de su
tiempo, celebrando el gozo sin ataduras de culpa o represión. La presencia del vino,
símbolo de placer y embriaguez, introduce el tema central: el amor físico como
experiencia de plenitud existencial. La voz femenina no rehúye nombrar su cuerpo ni su
anhelo: “Morena soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén” (1:5). Esta afirmación representa
una reivindicación de la belleza natural y una aceptación jubilosa del propio ser. Lo
erótico, aquí, se despoja de toda connotación pecaminosa o transgresora y se revela como
expresión genuina de la vida y la creación.
El erotismo en El Cantar no se limita a la sensualidad; el deseo se espiritualiza y
la unión de los amantes se transfigura en una metáfora de la unión del alma con Dios.
Cuando la amada exclama: “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado” (2:16), no
solo declara una pertenencia recíproca, sino una comunión total que evoca el lenguaje de
los grandes místicos. Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, siglos después,
retomarán este tono para describir la unión extática del alma con el Amado divino. El
amor humano, así, se convierte en reflejo y símbolo del amor divino, donde el éxtasis
corporal es imagen del éxtasis espiritual.
En ese sentido, la dimensión erótica del poema se refuerza mediante una
constelación de imágenes corporales y sensoriales. La amada compara al amado con “un
manzano entre los árboles silvestres” (2:3); más adelante proclama: “Su izquierda esté
debajo de mi cabeza, y su derecha me abrace” (2:6). El lenguaje, explícitamente amoroso,
pero nunca vulgar, brilla por la delicadeza de sus metáforas. El cuerpo aparece como
jardín fértil, espacio de encuentro y germinación: “Ven, amado mío, salgamos al campo,
pasemos la noche en las aldeas” (7:11). La naturaleza acompaña y consagra el amor
humano, mientras flores, perfumes y frutos evocan la abundancia de la creación, donde
el eros se entrelaza con la propia vida.
Por otro lado, la dimensión mística se manifiesta en la búsqueda incesante del
amado. En diversos pasajes, la amada lo procura con desespero: “Por las noches, en mi
lecho, busqué al que ama mi alma; lo busqué y no lo hallé” (3:1). Este movimiento de
deseo y ausencia constituye el núcleo de la experiencia mística: el alma anhela la
presencia de lo divino, pero también experimenta el dolor de la distancia. Cuando
finalmente lo encuentra, lo retiene con ternura: “Apenas los pasé, hallé al que ama mi
alma; lo así, y no lo dejé” (3:4). La búsqueda del amado se convierte en la búsqueda del
Absoluto, transformando el amor humano en metáfora del anhelo espiritual.
El Cantar de los Cantares ilustra cómo a través de la poesía la palabra se
transforma en vehículo de revelación. La amada denomina al amado con metáforas
luminosas: “Sus ojos son como palomas junto a los arroyos de las aguas” (5:12). Este
lenguaje simbólico no solo articula la belleza, sino que alude a lo inefable, aquello que
queda más allá del dominio del lenguaje. La mística, como la poesía, se esfuerza por
pronunciar lo indecible; por eso, el poema oscila entre la concreción del cuerpo y la
abstracción del espíritu: el beso y el éxtasis son dos facetas de una misma vivencia.
En esa fusión de lo erótico y lo místico reside el poder singular del Cantar. La
sensualidad no se opone a la espiritualidad, sino que la revela y la engrandece. Amar con
intensidad a otro ser humano es, en el horizonte del poema, participar del amor creador
de Dios. El cuerpo deviene templo, y el deseo se transforma en oración. El erotismo del
Cantar no busca la posesión, sino la comunión; no destruye, sino que afirma y consagra.
Su mística no niega el mundo, sino que encarna el espíritu en la materia.
En síntesis, El Cantar de los Cantares enlaza el deseo y lo divino. En sus versos,
la pasión humana se eleva y se transfigura como símbolo de la unión con lo eterno. El
poema celebra el cuerpo, la palabra y la entrega como caminos hacia lo sagrado, y su
erotismo es puro porque no oculta el alma; su mística es intensa porque no niega el cuerpo.
En la unión inseparable de lo humano y lo divino.
Bibliografía
Biblia de Jerusalén. (1998). El Cantar de los Cantares. Editorial Desclée de Brouwer.
Durand, G. (1993). Las estructuras antropológicas del imaginario. Fondo de Cultura
Económica.
San Juan de la Cruz. (1991). Cántico espiritual. Ediciones Paulinas.
Vielhauer, O. (2005). Erotismo y mística en el Cantar de los Cantares. Revista Veritas,
50(1), 45–60.