Cristina Pardo de Vera
CEO R&Q Concesiones e Infraestructura
Vicepresidenta de ACADES
El arte de gastar bien: infraestructura y Value
for Money
En América Latina abundan las carreteras que terminan en la nada, los hospitales que nunca
abren sus puertas y las plantas de agua que funcionan a medias. El problema no siempre es
la falta de inversión, sino cómo decidimos financiarla. ¿Debe hacerlo el Estado? ¿Debe
participar el sector privado? ¿O conviene una fórmula mixta?
La respuesta no debería ser ideológica, sino técnica. Y ahí entra un concepto clave que ha
ganado terreno en las últimas décadas: el Value for Money (VfM).
De dónde viene el Value for Money
El VfM nació en el Reino Unido en los años noventa, con la Private Finance Initiative (PFI).
Para justificar que una obra financiada por privados podía ser conveniente, se desarrolló el
Public Sector Comparator (PSC), una especie de “escenario base” de cuánto costaría al
Estado ejecutar el proyecto directamente. La comparación incluía no solo el costo de
construcción, sino también riesgos, eficiencia y calidad del servicio.
Con el tiempo, esta metodología se expandió a Europa, Australia y América Latina,
convirtiéndose en el estándar para evaluar concesiones y asociaciones público-privadas
(APP).
Cómo funciona el método
El VfM no se limita a preguntar “¿cuánto cuesta construir?”. Evalúa el ciclo de vida completo:
desde la inversión inicial hasta el mantenimiento y operación durante 20 o 30 años. Un
contrato privado puede implicar un costo financiero mayor, pero resultar más eficiente si
asegura calidad, continuidad del servicio y transferencia de riesgos.
Los tres pilares básicos son:
1. Comparación de escenarios: inversión pública directa vs. APP.
2. Valoración de riesgos: quién asume sobrecostos, retrasos o fallas de demanda.
3. Costo total de vida útil: cuánto cuesta realmente la infraestructura en el tiempo.
Lecciones desde Australia
Si hay un país que llevó el VfM a otro nivel, ese fue Australia. A fines de los noventa y
principios de los 2000, varios estados —como Victoria y Nueva Gales del Sur—
institucionalizaron la evaluación de proyectos con metodologías estandarizadas y, sobre
todo, transparentes.
Allí, cada proyecto de APP debe acompañarse de un análisis de VfM publicado en reportes
oficiales accesibles al público. Los ciudadanos pueden revisar las comparaciones, entender
por qué se eligió un esquema u otro y evaluar si la decisión fue fiscalmente responsable.
Esa transparencia no solo elevó la calidad técnica de los proyectos, sino que también
fortaleció la confianza ciudadana en el modelo APP, evitando la percepción de que se trataba
de “negocios a puertas cerradas”. En muchos casos, la publicación de estos análisis sirvió
incluso para descartar APP que no demostraban una ventaja real frente a la inversión pública
directa.
El desafío latinoamericano
En nuestra región, el debate sobre cómo financiar infraestructura suele quedar atrapado
entre la ideología y el corto plazo. Se eligen APP sin estudios sólidos o se descartan por
prejuicio, cuando lo que falta es lo que Australia entendió bien: un marco institucional de
transparencia y metodología uniforme.
Si queremos gastar bien cada dólar público, necesitamos aplicar VfM de manera sistemática
y publicar sus resultados. Así, no solo mejoramos la calidad de las decisiones, también
demostramos a la ciudadanía que las obras se eligen con criterios técnicos y no por
conveniencia política.
Una brújula para gastar bien
La infraestructura define el futuro de un país. Elegir su modelo de financiación no es un
detalle técnico, es una decisión estratégica de Estado. El Value for Money —con la
transparencia del modelo australiano como referencia— ofrece una brújula clara: gastar con
inteligencia, sin ideología y con responsabilidad fiscal.
Porque al final, lo importante no es quién paga la cuenta hoy, sino qué modelo asegura que
mañana tengamos carreteras transitables, hospitales funcionando y plantas de agua
operativas. Ese es el verdadero arte de gastar bien.