Ensayo. Cultura, sociedad y naturaleza humana.
Ma. Fernanda Zaragoza Maciel.
Cuando escucho las palabras cultura, sociedad y naturaleza humana, no pienso
en conceptos lejanos o en teorías complicadas, sino en realidades que están
presentes en mi vida diaria y en la vida de todas las personas. Reflexionar sobre
ellas me ha llevado a darme cuenta de que no son nociones separadas, sino que
funcionan como hilos que tejen lo que somos y lo que podemos llegar a ser. A
través de las actividades que realicé en clase, me dí cuenta de que estos temas
no solamente pertenecen a la filosofía o a la teoría social, sino que tienen un
impacto directo en la manera en que vivo y entiendo mi entorno.
A partir de este medio quiero compartir una visión personal sobre estos tres
conceptos, relacionando lo que aprendí en las actividades con mis propias
reflexiones. Más que dar definiciones frías, me interesa mostrar cómo los
entiendo y cómo los conecto con mi experiencia personal y colectiva.
La cultura es, para mí, uno de los aspectos más fundamentales de la vida
humana. Si pienso en el mito de Prometeo, puedo ver que la cultura surge
precisamente de esa necesidad de dotar al ser humano de herramientas para
poder sobrevivir. Prometeo entrega el fuego, que no es solamente una
herramienta física, sino un símbolo de conocimiento, de técnica y de creación.
Ese fuego representa la cultura como la capacidad humana de transformar la
naturaleza y crear un mundo propio. Este mito me hizo reflexionar sobre la gran
diferencia que existe entre el ser humano y otros seres vivos: nosotros no
nacemos listos para sobrevivir, sino que necesitamos aprender, compartir y
crear. La cultura es, en ese sentido, un escudo y una brújula.
El texto de “Las categorías de la cultura mexicana” me ayudó a ver la cultura
desde un ángulo más concreto: como las formas de ser, de sentir y de actuar de
un pueblo en específico. La cultura mexicana, por ejemplo, no es solamente el
mariachi, la comida o el Día de Muertos, sino también ciertas actitudes, ciertos
valores y formas de relacionarse con la vida y con la muerte. Me hizo pensar que
muchas de las cosas que yo hago y pienso no son únicamente “mías”, sino que
vienen de un contexto cultural que me moldea. Así, la cultura no es algo que
elegimos de manera individual, sino algo que heredamos y que, al mismo
tiempo,
transformamos
con
nuestras
acciones.
Cuando hablo de cultura, no la veo como algo distante, sino como algo vivo.
Está en mi lenguaje, en la manera en que me relaciono con mi familia, en las
fiestas que celebro y hasta en cómo enfrento los problemas. La cultura es, en
pocas palabras, lo que me hace parte de un grupo más grande que yo misma.
La sociedad es otro concepto que me llamó mucho la atención, sobre todo
cuando lo analicé a partir de Hobbes y Rousseau. Ambos filósofos hablan de la
sociedad como algo que surge a partir de un acuerdo, pero lo ven de maneras
muy distintas. Hobbes describe al ser humano en estado natural como egoísta,
conflictivo y peligroso, lo que lo lleva a decir que necesitamos una autoridad
fuerte que ponga orden. Por otro lado, Rousseau considera que en su estado
natural el ser humano es más inocente y que la sociedad aparece para proteger
la libertad y garantizar la igualdad. Estas posturas, aunque diferentes, me
ayudaron a comprender que la sociedad no es algo que se nos da por
naturaleza,
sino
un
invento
humano
para
poder
convivir.
Yo creo que la sociedad funciona como un gran acuerdo colectivo. Sin ella, sería
imposible coordinar la vida en común. Gracias a la sociedad existen leyes,
instituciones, escuelas, hospitales y hasta espacios de recreación. Aunque a
veces sentimos que las reglas nos limitan, también es cierto que sin ellas la
convivencia sería caótica. La sociedad no es perfecta, porque muchas veces
refleja desigualdades y conflictos, pero también nos da oportunidades que
individualmente serían imposibles. Es, en pocas palabras, el marco en el que
podemos
desarrollarnos
como
personas.
Reflexionar sobre Hobbes y Rousseau me hizo pensar en qué tipo de sociedad
queremos construir. ¿Una que se base en el miedo y en la autoridad, como
sugiere Hobbes? ¿O una que busque la libertad y la cooperación, como propone
Rousseau? Creo que en la realidad hay un poco de ambas: necesitamos reglas
y autoridad, pero también espacios de libertad y de participación.
La naturaleza humana fue el concepto más desafiante para mí. Cuando vi la
película “El señor de las moscas”, me di cuenta de lo complejo que es este tema.
Al inicio, los niños parecen inocentes, incluso organizados, pero poco a poco
empiezan a perder el control y caen en la violencia y el caos. Esta historia
muestra que dentro del ser humano existe tanto la capacidad para el bien como
para el mal, y que todo depende de las circunstancias y del tipo de sociedad en
la
que
nos
desarrollamos.
La pregunta de si el ser humano es bueno o malo por naturaleza no tiene una
respuesta definitiva. Yo pienso que tenemos una dualidad: podemos ser
egoístas, crueles y violentos, pero también podemos ser solidarios, creativos y
compasivos. Depende de la educación, de los valores que recibimos y del
contexto en el que vivimos. En un ambiente de violencia y desesperación, es
probable que salgan a flote nuestros peores instintos, pero en un ambiente de
respeto y apoyo, podemos desarrollar lo mejor de nosotros.
La naturaleza humana, entonces, no es un destino fijo, sino una posibilidad.
Somos seres con tendencias contradictorias, y nuestra tarea es elegir
constantemente qué camino seguir. Esa elección no es individual únicamente,
sino también colectiva, porque lo que hace la sociedad influye directamente en lo
que llegamos a ser.
Después de reflexionar sobre la cultura, la sociedad y la naturaleza humana,
puedo decir que estos tres conceptos están íntimamente relacionados. La
cultura nos ofrece una identidad y una forma de interpretar el mundo, la
sociedad nos brinda un marco de convivencia y de organización, y la naturaleza
humana nos recuerda que, en el fondo, tenemos tanto virtudes como defectos
que debemos aprender a manejar. Ninguno de estos elementos puede
entenderse por separado: la cultura influye en la sociedad, la sociedad influye en
cómo se expresa la naturaleza humana, y la naturaleza humana, a su vez,
condiciona lo que somos capaces de crear como cultura y sociedad.
En lo personal, este ejercicio me ayudó a mirar de otra manera la vida diaria.
Cada vez que pienso en la importancia de las tradiciones, en el papel de las
instituciones o en las decisiones que tomamos como individuos, veo cómo estos
tres conceptos se hacen presentes. Creo que el gran reto que tenemos es
aprender a reconocerlos y a usarlos a nuestro favor: fortalecer una cultura que
nos dé identidad, construir una sociedad más justa y reconocer la complejidad
de la naturaleza humana para no caer en los extremos de idealizarla o
condenarla. Al final, la vida en comunidad depende de cómo logremos equilibrar
estas tres fuerzas, y eso es lo que nos permite crecer como personas y como
humanidad.