Todas las cosas y ninguna
(Tomado de la novela Vista desde una acera, de Fernando Molano Vargas)
Un poeta inglés imaginó alguna vez un jardín ruinoso. Años después, muerto el
poeta, en algún recodo de su barrio en La Habana, Eliseo Diego encuentra el jardín
soñado por el otro: “¿Vi yo en él, cuando aún no era, y ve él en mí, cuando ya no
es? —se pregunta sobrecogido—. ¿Y cuál es el enigma de este sitio que es aquí y
allá, pero no está ni allá ni aquí…? ¡Ah, si lo supiera, con qué palabras iba a
explicarlo!”.
La poesía, pues.
¿Qué cosa es ella? ¿Cuál es la palabra, o la frase, que pudiera llenar, pleno, el
encantador vacío de su enigma?
Responderlo parece haber sido una preocupación importante para los humanistas,
obligados, como cualquiera, a definir cada objeto del que hablan. Pero ninguno de
ellos, a menos que se trate de un arrogante insulso, ha podido dejar demostrarse
tímido en medio de ese pudo casi órfico que nos envuelve ante lo enigmático. Pues
los enigmas son objetos venerables, especies de grutas que guardan la plenitud de
un sentido que se sumerge en lo oscuro y que, no obstante, creemos está allí para
entregarse. Sólo que la fragilidad del hilo que nos une a él , pero no lo ata, constituye
precisamente su encanto; de los enigmas no nos seduce tanto su sentido como su
misterio, y por ello, con cada enigma descifrado tememos no haber ganado Tebas,
sino haberla perdido para siempre .
Así, considerada como un enigma, para decir (para saber) qué es la poesía, sólo
caben dos cosas: la prudencia (y, ya se sabe, es una virtud conocida únicamente
por los sabios) o el silencio. Pero si parados en otra acera nos preguntáramos si es
la poesía realmente un enigma… Tal vez ella pertenezca más propiamente al ámbito
de lo inefable. Porque de los enigmas tenemos las palabras; lo que se nos escapa
es el sentido que ellos guardan (como el de la palabra de Dios, o el de la palabra
muerte); un sentido al que solo podemos acercarnos por la fantasía de la
especulación, y acaso creer acariciar en virtud de un acto de fe. Inversamente, de
lo inefable son las palabras las que huyen; pero, a aquí, el sentido lo tenemos con
nosotros, lo palpamos, percibimos sus aromas, podemos escuchas su música,
dibujar con nuestros dedos sus contornos e impresionarnos con su infinita
transparencia: tal como es el amor y como, a mí me parece, es la poesía.
¿Quién, interrogado por su amante acerca de las razones de su amor, azorado por
el impulso de tantos argumentos como los que en su corazón se agolpan, después
de agotar decenas de palabras, no quedó con la amarga sensación de haber callado
una más: aquella en la que ha dejado, justamente, lo esencial? Es preferible, y
preferimos entonces, la franca sencillez de un gesto: todas las frases amorosas del
universo no podrán suplir la eficacia de un beso, toda la verdad que se transmite en
un abrazo.
Igual la poesía, portadora de una densidad de sentido tal que en ella el todo parece
conservarse en cada una de sus partes, de modo que al mencionar algo de ella
creemos haberlo dicho todo, sintiendo no haber dicho nada: como si la poesía fuese
todas las cosas y ninguna. Parece entonces no existir la fórmula verbal que
contenga íntegro su peso, cualquiera que utilicemos dejará por fuera algo en lo que
tememos haber callado el centro. Así, definir la poesía es, como quizá lo sea ella
misma, una confesión de pobreza, una restitución al silencio o, en el mejor de los
casos, como lo hiciera Béquer, un acto de señalamiento.
De manera que, enigmática o inefable, ¿qué podemos decir, que sea cierto, de la
poesía? Pues que ahí está. En el acorde de dos notas que hechizan e impiden
escuchar el resto de la música, en la imprecisa tensión de dos colores que se tocan,
en la línea que contornea una forma, acariciándola; en la sencilla frase leída que
captura algo de nosotros, por un instante nos ata y nos deja como cualquier amante;
y también en la ternura del sol que cae como un gigante cansado en los ocasos, en
la magnificencia de una abeja sobre un pétalo, en la caricia del agua cayendo sobre
la piel de un cuerpo amado, en la opacidad de la vieja tetera de la abuela, en el
aroma de nuestras vidas depositado en los armarios; o en el leve giro de una mirada
que embruja y nos deja a punto de caer en el amor, y en todas las cosas que en
amor o en dolor, amargura o gozo, vienen a nosotros tocados por el encanto de lo
que simplemente es bello: la poesía está.
Quizá sea precisamente por ello que siempre sentimos no poder hablar con
propiedad acerca de lo que la poesía es. Acaso porque en realidad la poesía no
tiene ser, porque ella no es una cosa que podamos delimitar en el espacio y en el
tiempo para tomarle una fotografía; o describirla, al contemplarla, con diez palabras
para dejar en una entrada de un diccionario. Acaso porque la poesía sea en realidad
sólo un atributo, o una suma de atributos, con que, a la manera de una dignidad, a
veces investimos a las cosas cuando de un modo especial las admiramos. Y tal vez
pudiera haber un poco de verdad al afirmar: la poesía no es, la poesía tan solo está.
E igual que el amor, está allí donde exista un corazón que pueda hallarla, o que
pueda hacerla aparecer. Un corazón, en fin, y al menos eso sabemos con certeza,
que sólo late dentro del pecho de un hombre. Porque, bien mirado, la poesía
pertenece a ese orden de atributos que siendo predicados de las cosas, no les
pertenecen a ellas, pues existen sólo en el alma de aquél que las contempla y como
su imagen a un espejo, se los presta.
Siendo así la poesía una cosa que no es, ¿cómo podríamos definirla? Además,
¿qué gracia tendría hacerlo si quizás sea nuestra ignorancia al respecto lo que nos
permite a veces el placer de volver a hablar de ella?
Bien podríamos de esta manera asumir nuestra ignorancia como licencia, y
simplemente permitirnos disfrutar sin culpa el placer de emocionarnos con las cosas
que, sin comprender por qué, nos resultan de algún modo poéticas. Claro, si no
fuera porque en estos tiempos en que han caído en desprestigio las cosas que
nuestros mayores atesoraban como dones (la poesía y el amor, por ejemplo),
todavía hoy (y peor para ti si eres un profesor de literatura, signifique serlo lo que
signifique) puede aparecer un niño inocente, y por lo tanto aún no posmoderno, que
a bocajarro nos pregunte: “Bueno, ¿y qué es la poesía?.
¿Qué vamos a responderle…?