TEMA 23.- EL ORDENAMIENTO ESTATAL Y LOS ORDENAMIENTOS AUTONÓMICOS: SISTEMAS DE RELACIONES. POTESTADES LEGISLATIVAS DE LAS COMUNIDADES AUTÓNOMAS. LA LEGISLACIÓN BÁSICA. EL BLOQUE DE LA CONSTITUCIONALIDAD. I.- El Ordenamiento estatal y los ordenamientos autonómicos: sistemas de relaciones. El artículo 137 CE rompe con el modelo de Estado centralista, dando paso a un nuevo modelo de Estado compuesto, en donde las relaciones entre el ordenamiento jurídico estatal y los ordenamientos autonómicos se rigen por el principio de competencia, lo que exige llevar a cabo un reparto de competencias entre ambos escalones territoriales. La distribución competencial debe partir de la definición del modelo de Estado, el cual, según el artículo 2 de la Constitución, se basa en la indisoluble unidad de la nación española y en el reconocimiento y garantía del derecho a la autonomía de nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas. El sistema español de distribución competencial se articula a través de las dos listas contenidas en los artículos 148 y 149 de la Constitución; el artículo 149.1 es el verdadero eje sobre el cual construir el Estado de las Autonomías, al contener el aseguramiento de los elementos estructurales básicos que sostienen la construcción entera del Estado conjunto. Los estatutos de autonomía deben tomar este precepto como punto de referencia, pues la lista del 149.1 tan solo podrá alterarse a través de las vías establecidas en el artículo 150.1 y 2. El sistema de listas se completa con una cláusula de cierre a través de la cual se soluciona el problema de las materias residuales, contenida en el artículo 149.3, que reconoce que las competencias no atribuidas expresamente al Estado podrán corresponder a las CC.AA. en virtud de sus respectivos Estatutos; no hay, por tanto, una atribución competencial directa desde la Constitución; en caso de no utilizarse esta posibilidad, la competencia corresponderá al Estado. Esta cláusula de cierre tiene, por tanto, un doble efecto: en relación con las materias no previstas en la Constitución se presume la competencia de las CC.AA. si asumen estas materias en sus Estatutos; pero además, y por efecto del principio dispositivo, las competencias en principio autonómicas que no se asuman en los Estatutos pasan automáticamente a ser titularidad estatal, evitándose de esta forma los vacíos de atribución competencial. En Página 1 de 12 cuanto a la supletoriedad el art. 149.3 dispone que el Derecho Estatal será en todo caso supletorio del Derecho de las Comunidades Autónomas. En cuanto a los tipos de relación entre el ordenamiento estatal y los autonómicos, la opinión más unánime distingue tres clases: 1.- Las relaciones de cooperación, a través de técnicas importadas de los Estados federales como son las de coordinación y las de colaboración, con distinto significado jurídico: en la coordinación, una Administración tiene sobre las demás un cierto poder de dirección, en la colaboración, las Administraciones que concurren tienen objetivos comunes y entonces colaboran. El TC ha declarado que la colaboración, la cooperación de los dos ordenamientos territoriales estatal y autonómico resulta imprescindible para el buen funcionamiento del Estado de las Autonomías. Estas relaciones se proyectan en tres vías: a) Relaciones de coordinación. En tres casos el art. 149.1 CE ha reservado al Estado como competencia exclusiva la de “coordinación”: 149.1.13ª (Economía), 149.1.15ª (Investigación científica y técnica), 149.1.16ª (Sanidad). Lo que intenta arbitrar el poder estatal de coordinación es algo distinto a la fijación de unas bases normativas, la Constitución ha querido tan claramente distinguirlas para incluir medidas no normativas de articulación del ejercicio conjunto de las competencias a coordinar. La idea esencial de toda coordinación comporta un cierto poder de dirección que resulta de la posición de supraordenación en que se encuentra el que coordina con respecto al coordinado, a través de una simple coordinación formal (que opera sobre los sujetos de la actividad, que se basa en la información recíproca y que tiende normalmente a buscar acuerdos consentidos o autocoordinación), o bien en una coordinación material, que supone un cierto poder directivo de operaciones globales por parte de la unidad superior. Los instrumentos clásicos para llevar a cabo este poder de coordinación son las directrices, que no son ordenes jerárquicas, no se anula con ellas la voluntad de las Comunidades Autónomas, que tendrán en todo caso un amplio espacio para que realicen sus propias opciones y despliegue sus propios medios en orden a la consecución de los resultados que la directriz le propone, y los planes, actos complejos que constituyen la máxima expresión de la coordinación en su aspecto funcional al incorporan un diagnóstico de la situación, un pronóstico de su Página 2 de 12 evolución, un cuadro de prioridades y objetivos y un programa sistemático de acción en función de aquéllos, para conseguir el óptimo de eficacia. b) Ejecución por las autonomías de la legislación estatal. La posibilidad de que las Administraciones autonómicas ejecuten la legislación estatal o incluso la normativa de procedencia mixta Estado-Autonomías, está prevista sólo excepcionalmente en la Constitución, pero la han generalizado los Estatutos que han atribuido a las respectivas Comunidades tanto el desarrollo de esas normas básicas como la ejecución del corpus normativo global que resulta de esa integración de normas de las dos procedencias. La CE ha pretendido cohonestar, pues, dos principios distintos: que la legislación sea común o general a todo el territorio nacional (o toda ella o sus elementos básicos), pero que su ejecución esté controlada, a través de los órganos autonómicos representativos, por las poblaciones de los respectivos territorios que van a ser los destinatarios de tal ejecución. c) Regulación concurrente de determinadas materias por las Autonomías y el Estado, que lleva al estudio de la legislación básica. 2.- Las relaciones de interferencia. Este tipo de relaciones supone excepciones singulares o modificaciones (nunca totales), al normal trazado de la distribución de competencias, o bien porque el Estado traslada a una o varias CC.AA por vía delegativa competencias que le pertenecen, para que, manteniendo su titularidad sobre las mismas, sean ejercidas por dichas CC.AA, o bien porque el Estado interviene para “armonizar” la competencia normativa autonómica mediante leyes propias, o bien, finalmente, porque el Estado intervenga por vía coercitiva en el funcionamiento autonómico. Pueden presentarse de tres formas: a) Delegaciones estatales a favor de las CC.AA, reguladas en el art. 150, apartados 1 y 2 CE, y se expresan en dos manifestaciones distintas: Delegaciones normativas. El apartado 1 contempla un supuesto especial de delegación legislativa por parte de las Cortes Generales a favor de las CC.AA: se confiere “la facultad de dictar, para sí mismas, normas legislativas”, sólo si el propio Estado tiene competencia para legislar en la materia, “a todas o alguna de las Comunidades Autónomas”, pero “en el marco de los principios, bases y directrices fijados por una ley estatal. Sin perjuicio de la competencia de los Tribunales, en cada ley marco se establecerá la modalidad del control de las Cortes Generales sobre estas normas legislativas de las Comunidades Autónomas”. No se trata de supuesto equiparable al de “legislación básica” del Página 3 de 12 art. 149.1, pues la materia no es mixta, como la que origina el art. 149.1, sino que es exclusivamente estatal y ese es el punto de partida para que pueda producirse un fenómeno de delegación a favor de la esfera autonómica. El precepto no pone límites ni al tipo de delegación ni a su contenido, lo sustancial es el traslado a los órganos autonómicos de facultades normativas estatales, quedando a iniciativa de la ley de delegación el ámbito, el contenido, las condiciones, los rangos, en su caso, de las normas habilitadas Se notará que el precepto constitucional ordena que se prevean «modalidades de control de las Cortes Generales» sobre estas normas autonómicas delegadas, subrayando así que la titularidad de la competencia, como es normal en toda delegación, permanece en el Estado, permanencia desde la cual podrá recuperarse el ejercicio, en cualquier momento, aquí mediante una ley contraria. La segunda fórmula delegativa es más importante porque no se transfiere una simple potestad normativa, sino, al menos como posibilidad, una competencia material completa, que puede incluir tanto facultades normativas como ejecutivas. El artículo 150.2 CE establece que “El Estado podrá transferir o delegar en las Comunidades Autónomas, mediante ley orgánica, facultades correspondientes a materia de titularidad estatal que por su propia naturaleza sean susceptibles de transferencia o delegación. La ley preverá en cada caso la correspondiente transferencia de medios financieros, así como las formas de control que se reserve el Estado”. Ahora bien, el Estado no puede delegar cualesquiera de sus competencias, pues el propio precepto señala que la delegación ha de referirse a materias “que por su propia naturaleza sean susceptibles de transferencia o delegación”, admitiendo, pues, que hay algún límite, aunque dejándolo abierto. Este tipo de delegación debe ser hecha mediante ley orgánica, que incluirá la posibilidad de fijación de los controles a los que las CC.AA. receptoras habrán de adaptar el ejercicio de las competencias transferidas, tales como el deber de facilitar a la Administración del Estado la información que ésta solicite; mantener el nivel de eficacia de los servicios; así como la facultad del Gobierno de requerir formalmente a las CC.AA que incumplieran tales deberes, controles que quedan sin efecto en el momento en que las competencias transferidas se incorporen a los Estatutos respectivos. Página 4 de 12 b) Las leyes estatales de armonización. El párrafo 3 y último del art. 150 CE, ha previsto otro resorte por el cual una ley del Estado puede interferir en el ámbito autonómico, sólo intentada hasta la fecha con la LOAPA en 1981, esta vez en sentido limitativo, las leyes de armonización, o, en los términos del precepto, “leyes que establezcan los principios necesarios para armonizar las disposiciones normativas de las CC.AA., aun en el caso de materias atribuidas a la competencia de éstas, cuando así lo exija el interés general. Corresponde a las Cortes Generales, por mayoría absoluta de cada Cámara, la apreciación de esta necesidad”. Ha de notarse que lo que puede “armonizarse” no son en modo alguno los Estatutos, inmunes a cualquier ley estatal, de cualquier tipo o clase (salvo a la revisión constitucional), sino la potestad normativa autonómica en el ámbito que como propio han definido dichos Estatutos. Respecto a su contenido, la ley de armonización ha de ser una ley de “principios”, dice el art. 150.3, no, pues, una ley que agote por sí misma la regulación de la materia; quiere decirse que ha de fijar un cuadro general dentro del cual se produzca ulteriormente la normativa autonómica, a la que no puede pretender sustituir o excluir. Dado que sólo un interés general objetivable puede justificar una ley de armonización, no parece posible la hipótesis de leyes de armonización no generales o dirigidas a una o varias Comunidades. La derogación de la ley de armonización restablecerá la libertad plena de las potestades autonómicas de la situación anterior al dictado de aquélla. c) Ejecución y coerción estatal. La última de las técnicas de interferencia estatal en los ordenamientos autonómicos es la llamada ejecución o coerción estatal, recogida en el art. 155 CE: ”Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente el interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general”, pudiendo dar órdenes en este sentido a la organización administrativa autonómica. Según nuestra Constitución, la ejecución estatal procede no sólo por incumplimiento de obligaciones que la Constitución o las leyes impongan a las CC.AA., sino también cuando cualquiera de éstas atente gravemente al interés general de España. No es fácil interpretar este supuesto como distinto (tal como parece pretender la preposición “o” en el texto constitucional) del incumplimiento de obligaciones constitucionales. Página 5 de 12 3.- Las relaciones de integración se identifican con las cláusulas de prevalencia y de supletoriedad. El sistema de relaciones positivas entre los dos ordenamientos se cierra con dos cláusulas constitucionales: a) Cláusula de prevalencia. Las normas del Estado prevalecen sobre las autonómicas “en caso de conflicto” y esa prevalencia cubre “todo lo que no esté atribuido a la exclusiva competencia de ésta”. La concurrencia de normas de las dos procedencias territoriales sobre una misma materia se resuelve primando al Derecho del Estado con un plus de valor, sin que esa prevalencia puede desalojar la competencia exclusiva que la Comunidad tenga atribuida. b) Cláusula de suplencia, formulada en el art. 149.3 CE: “el Derecho estatal será, en todo caso, supletorio del Derecho de las CC.AA”, evitando lagunas y obligando a las CCAA a recurrir al Derecho estatal, que aparece como el Derecho general o común, orgánicamente completo y no a otros ordenamientos autonómicos. El principio de supletoriedad no debe considerarse como una norma distribuidora de competencias, sino que su función es la de garantizar un ordenamiento jurídico con la nota de complitud, de modo que se suministra al aplicador del Derecho una regla con la que puedan superar las lagunas de que adolezca el régimen jurídico en determinadas materias (STC 118/1996). II.- Potestades legislativas de las Comunidades Autónomas. La Constitución española no tiene, como es normal en otras Constituciones de Estados federales o regionales, un reconocimiento expreso de la potestad legislativa de las Comunidades Autónomas. Tan solo el artículo 152.1 señala que la organización institucional autonómica, en los Estatutos aprobados por la vía del artículo 151, se basará en una Asamblea legislativa elegida por sufragio universal. Sin embargo, el desarrollo del Estado de las Autonomías ha generalizado la potestad legislativa, habiéndose consagrado en los respectivos Estatutos de Autonomía la asunción de esta función con mayor o menor extensión. Junto a estas razones políticas no debe ocultarse que el texto constitucional ofrece también apoyatura suficiente para justificar tal decisión: tanto el articulo 150 como el 153.a), cuando se refieren a la atribución de potestad legislativa a través de leyes marco, a la armonización o al control de las normas legislativas, lo hacen de forma genérica, sin diferenciar los tipos de Comunidad Autónoma, lo que parece indicar que el constituyente no pensó en limitar la facultad de darse leyes a un tipo de ente autonómico. Página 6 de 12 Dentro de los ordenamientos autonómicos, los estatutos adquieren la relevancia de ser “la norma institucional básica de cada Comunidad Autónoma”, si bien su naturaleza jurídica tiene un carácter hibrido, pues al mismo tiempo es una norma estatal (“el Estado los reconocerá y amparará como parte integrante de su ordenamiento jurídico”) y Autonómica: a) Es una norma subordinada a la CE. El Estatuto ni puede ser del mismo rango que la Constitución, a cuya primacía absoluta está subordinado, (el art. 27.2.a LOTC, al admitir de manera expresa que “los Estatutos de Autonomía son susceptibles de declaración de inconstitucionalidad”), ni está exento del principio básico de “interpretación conforme a la Constitución”, que es un derivado de lo primero. b) Es norma superior a las demás leyes del Estado y de las CC.AA. Se trata de una ley orgánica, aprobada por las cortes generales, que el Estado debe reconocer y amparar como parte integrante de su ordenamiento (artículo 147.1 CE) y autonómica, porque en su proceso de elaboración participa una asamblea representativa del territorio de la futura CA y porque su revisión se efectúa a través de un procedimiento reforzado en el que toma parte la CC.AA correspondiente. Además tiene una relación con las demás normas del ordenamiento jurídico, es decir con la constitución y con las leyes, juntos conforman el "bloque de la constitucionalidad". Los Estatutos de Autonomía reconocen la potestad legislativa de la respectiva Comunidad Autónoma y atribuyen tal función a la Asamblea legislativa. En cuanto a la naturaleza de las leyes de las Comunidades Autónomas, dentro del propio ordenamiento autonómico regirán los mismos principios que en el ordenamiento estatal, es decir, el principio de legalidad y jerarquía normativa, primacía de la ley y reserva legal, así como el resto de principios contenidos en el artículo 9.3 de la Constitución. La ley autonómica, por último, será fiscalizable únicamente por el Tribunal Constitucional (art. 153.a) CE y art. 27.2.a) LOTC). En definitiva, la ley de la Comunidad Autónoma se sitúa dentro el ordenamiento autonómico con las mismas características: y principios que son propios de la ley estatal, no existe, pues, diferencia en cuanto a su naturaleza entre la ley estatal y la autonómica, existiendo tan solo una diferencia competencial o de ámbito material y de ámbito territorial. Hay que tener en cuenta al respecto que desde esta misma perspectiva competencial debe contemplarse el planteamiento de las reservas de ley: cuando el constituyente estableció de forma expresa reservas de ley no lo hizo en general a favor Página 7 de 12 de la ley estatal (STC (16-11-81); la simple reserva a una norma legal de una determinada materia puede ser cubierta por la ley autonómica, pues en tanto que norma con fuerza y valor de ley satisface la voluntad de la Constitución. Dentro del ordenamiento autonómico cabe plantear también la posible existencia de normas del Gobierno con fuerza de ley, los decretos-legislativos y decretos-leyes. Nada se opone a estas técnicas siempre y cuando que se hayan recogido en los Estatutos de Autonomía, ya que la Constitución no establece el monopolio de la función legislativa autonómica a favor de la Asamblea legislativa. El desarrollo estatutario autonómico pone de relieve cómo se en un primer momento se ha recogió el recurso a la técnica del decreto legislativo y se marginó la del decreto-ley, si bien en los estatutos denominados de segunda generación aprobados desde 2006, en general, han atribuido la facultad de legislación de urgencia a los respectivos Consejos de Gobierno autonómicos. El Tribunal Constitucional en su sentencia nº 93, del 14 de mayo de 2015 señala que “El Estatuto de Autonomía, en tanto que norma institucional básica de la Comunidad Autónoma (art. 147.1 CE), regula, como contenido necesario y reservado, su organización institucional [art. 147.2 c) CE que comprende entre otros aspectos las relaciones entre las distintas instituciones autonómicas y la atribución a cada una de ellas de los que sean sus poderes. El Estatuto de Autonomía, dentro de estos ámbitos, puede asignar al Consejo de Gobierno potestades normativas de mayor o menor alcance y, en caso de que lo haga, precisar las fuentes del Derecho a su disposición”. El artículo 127 de la Ley 39/2015 ya establece con carácter básico que “el Gobierno de la Nación podrá aprobar reales decretos-leyes y reales decretos legislativos en los términos previstos en la Constitución”, extendiendo esa posibilidad a los órganos de gobierno de las Comunidades Autónomas en su ámbito territorial, “de conformidad con lo establecido en la Constitución y en sus respectivos Estatutos de Autonomía”. III.- La Legislación básica. El artículo 149.1 de la CE no reserva al Estado la competencia exclusiva en todas las materias que enumera, sino que establece en muchos supuestos una compartición de la función legislativa a través de la reserva al Estado de las bases, normas básicas o legislación básica sobre una misma materia, atribuyendo su desarrollo a las Comunidades Autónomas, junto a su ejecución. Página 8 de 12 Las reservas competenciales a favor del Estado establecidas en el artículo 149.1 CE son la traducción concreta, material y funcional de las exigencias del principio de unidad y del criterio rector del interés general. Cuando estas exigencias no imponen una reserva de toda la función legislativa se establece un régimen de compartición, de manera que los aspectos fundamentales correspondan al Estado pero se reconoce, en garantía del otro principio sobre el que descansa el Estado compuesto que es España, la autonomía, la intervención de las CC.AA en defensa del propio interés general, para establecer las peculiaridades que le convengan dentro del marco de competencias que la Constitución y su Estatuto le hayan atribuido sobre aquella misma materia. Ya en la STC 32/1981, el alto tribunal estableció la necesidad de que las bases se formulen por el legislador postconstitucional a quien corresponde establecer lo que entiende por bases de una materia, delimitando así lo que es competencia estatal y definiendo al mismo tiempo el punto partida y limite a partir del cual puede ejercer la Comunidad Autónoma su competencia de desarrollo legislativa. Aunque el Gobierno puede regular la competencia básica para completarla, necesita para ello que la definición de lo básico conste previamente en normas legales postconstitucionales o, al menos, que de la legislación preconstitucional pueda inferirse cuales sean las bases de la materia en cuestión. Con carácter general, el TC exige que las regulaciones básicas se incluyan en normas con rango legal, si bien excepcionalmente permite que dichas normas legales sean complementadas por reglamentos que también puede tener carácter básico ni excluye que, especialmente cuando se trate de medidas de carácter coyuntural, se contengan en normativa de rango infralegal, si bien exige que en tal caso se haga constar que las normas en cuestión tienen carácter básico o que este carácter pueda deducirse de la misma lectura de las disposiciones. Por su parte, el rango de las normas autonómicas de desarrollo será el determinado por las reglas de su ordenamiento. La norma básica integra tres elementos distintos, articulados entre sí a modo de tres sucesivos círculos concéntricos: Circulo interior. El círculo interior sería el núcleo material de interés general, respecto del cual la competencia de regulación será íntegra del Estado, si bien no puede regular toda la materia, tiene que dejar espacio para la normativa de las CC.AA. El círculo de encuadramiento contiene la delimitación del ámbito donde deberá producirse la normativa autonómica, de previsión de un espacio propio para la norma autonómica complementaria y el de su articulación con el círculo nuclear de interés general, en aras a lograr una regulación coherente y eficaz. Esto se traduce Página 9 de 12 en la fijación de objetivos, fines y orientaciones generales a respetar por las políticas autonómicas. El círculo de suplencia, se trata de normas que completan la normativa anterior diseñando una regulación completa y coherente. Tiene naturaleza eventual, no necesaria, pues solo despliega sus efectos en el caso de que una CCAA no disponga de competencias para dictar la normativa de desarrollo o bien en el supuesto de que disponiendo de ellas no haga uso de las mismas, pues como se ha dicho la cláusula de supletoriedad no puede elevarse a norma atributiva de competencia. La relación entre las normas básicas y las normas de desarrollo se basa en tres principios: El principio de preclusión: Cuando una determinada materia se incluye en el círculo de interés general, su regulación queda vetada a la potestad normativa autonómica. Principio de integración: La normativa de desarrollo ha de respetar el contenido del círculo de encuadramiento. Se trata de una condición necesaria para su validez. La inclusión de una determinada materia en el núcleo de interés general es, esencialmente, variable, de tal forma que una materia regulada por normas autonómicas puede pasar a ser regulada por la normativa básica del Estado, en cuyo caso, la norma autonómica queda viciada de inconstitucionalidad sobrevenida, rechazando el TC en su 66/2011 y 1/2017 la posibilidad de que los tribunales ordinarios ni al resto de operadores jurídicos puedan desplazar la aplicación de la norma autonómica, sobre la base del monopolio del juicio de constitucionalidad reservado por la Constitución al Alto Tribunal y reconduciendo esa posibilidad al mecanismo contemplado en el artículo 163 CE. IV.- El Bloque de Constitucionalidad. La expresión "bloque de la constitucionalidad" o "bloque de constitucionalidad" es una expresión tomada de la literatura jurídica francesa, en donde la expresión “bloc de constitutionnalité" se utiliza para designar el conjunto de normas que el Consejo Constitucional aplica en el control previo de la constitucionalidad de las Leyes y de los Reglamentos parlamentarios, conjunto integrado en todo caso por la Constitución y, por remisión del preámbulo de ésta, la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 y el preámbulo de la Constitución de 1946, que es realmente también una Página 10 de 12 declaración de derechos, sobre todo de carácter social. Esta extensión de la noción misma de Constitución y su indefinición hacen que en Francia el problema de la interpretación de la Constitución resulte desplazado y empequeñecido por el problema de la determinación de la norma constitucional aplicable en el juicio de constitucionalidad. Nuestro Tribunal Constitucional, por ejemplo en su sentencia de 7 de julio de 2016, afirma que “el juicio sobre la constitucionalidad de la ley lo debe realizar el Tribunal, exclusivamente, sobre la base de las disposiciones que forman el bloque de la constitucionalidad, en el que, para impugnaciones competenciales, como es el caso, integran solo la Constitución y, subordinados a ella, los Estatutos de Autonomía, junto a “las Leyes que, dentro del marco constitucional, se hubieran dictado para delimitar las competencias del Estado y las diferentes Comunidades Autónomas o para regular o armonizar el ejercicio de las competencias de éstas” (art. 28.1 LOTC). Desde el punto de vista doctrinal, Santiago Muñoz Alonso identifica la noción de bloque de la constitucionalidad con el conjunto de "los instrumentos normativos que, junto con la Constitución y como complemento de ésta, es preciso tener en cuenta en todo momento para determinar con exactitud el régimen de una determinada competencia en el sentido de si pertenece al Estado o a las Comunidades Autónomas y en qué sentido", el mismo entendimiento que de ella tienen Tomas Ramón Fernández y Eduardo Garcia de Enterría, entre otros. En la concepción kelseniana, la Constitución total es el conjunto de normas positivas de rango superior que distribuye territorialmente el poder (especialmente, pero no solo, el poder legislativo) entre unas instancias centrales cuya competencia, objetiva o materialmente limitada, se extiende, sin embargo, en el espacio, a la totalidad del territorio y otras instancias territoriales, cuya competencia es limitada tanto material como espacialmente. La peculiaridad de nuestro sistema nace de la ruptura de la coincidencia entre Constitución material (la Constitución total kelseniana) y Constitución formal, de haber sustraído a la Constitución formal una parte, la más importante, de las normas de delimitación competencial. El bloque de la constitucionalidad, con independencia de la forma que revisten las distintas normas que en él se integran, es el núcleo esencial de la Constitución del Estado español como Estado compuesto. La heterogeneidad de las normas que lo integran impide incluirlas en el concepto de Constitución, que como concepto jurídico formal sólo en parte las engloba, pero su común naturaleza materialmente constitucional hace imposible regatearles, al menos, el adjetivo y es esta tensión entre materia y forma la que naturalmente ha llevado a la adopción de una denominación que, separada de su significado originario, se adaptaba a las necesidades Página 11 de 12 del caso español, en donde la Constitución no establece el mapa autonómico, sólo una mera posibilidad de alcanzar la autonomía, ofrecer un marco formal que permita a determinados territorios acceder a su autogobierno, posibilidad concretada por los Estatutos de Autonomía, que junto a la organización de la Comunidad Autónoma, fijará el nivel de competencias, dentro del marco establecido en la Constitución, lo que se ha llamado el “carácter dispositivo” de la autonomía en nuestra Constitución. En su parte más importante, el bloque de constitucionalidad está formado por normas también constitucionales; unas, recogidas en el Titulo VIII de la Constitución, son normas primarias; otras, las que forman el cuerpo central del bloque, las normas de delimitación competencial contenidas en los Estatutos de Autonomía, son normas constitucionales secundarias (formalmente lo que caracteriza a la norma constitucional es la indisponibilidad para el legislador ordinario y éste ni pudo por sí solo aprobar los Estatutos de Autonomía ni puede hoy, dadas las previsiones en ellos contenidas acerca de su reforma, modificarlos o derogarlos). Junto a las normas constitucionales primarias y secundarias, el bloque de la constitucionalidad comprende también una considerable variedad de normas de rango subconstitucional algunas previstas ya expresamente en la misma Constitución como las normas de delimitación competencias o de regulación en el ejercicio de competencias estatutarias concretas (p. ej. las leyes a las que se remiten los arts. 149.1.29ª, 152.1ª y 157.3ª CE) ; otras, posibles en virtud de una expresa habilitación al legislador (especialmente en el art. 150 CE) y otras, por último, incluidas en los Estatutos de Autonomía (así, por ejemplo, el Estatuto de Radio y Televisión, al que se remiten varios Estatutos de Autonomía). Página 12 de 12
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