Alfredo González Ruibal y Xurxo Ayán Vila Arqueología Una introducción al estudio de la materialidad del pasado 1. La formación del registro arqueológico Pese a lo que pudiera parecer, los yacimientos arqueológicos no son fenómenos estáticos, sino dinámicos, desde su formación hasta el presente. La mayor parte de los cambios se producen en los primeros momentos, cuando un determinado sitio se abandona. No obstante, todos los yacimientos siguen experimentando modificaciones a lo largo de su existencia, algunas, como veremos, causadas por agentes humanos y otras por agentes naturales que van alterando el aspecto original del lugar en el momento en que fue abandonado. Conocer cómo se forman los yacimientos arqueológicos es, por lo tanto, esencial para interpretarlos correctamente. También saber de lo que hablamos cuando hablamos del registro arqueológico. 1. ¿Qué es el registro arqueológico? Según Gavin Lucas (2012), que ha dedicado un libro a responder a esta pregunta, el registro arqueológico puede referirse a dos cosas fundamentalmente: a los residuos de conjuntos materiales del pasado y al archivo producido por las intervenciones arqueológicas. Los conjuntos materiales del pasado incluyen prácticamente todo: no se trata solo de muros, cerámicas y artefactos líticos, sino también fitolitos, pólenes, cenizas, huesos de animales y hasta bloques de caliza alterados por el fuego. El registro arqueológico siempre se ha descrito como parcial, fragmentario o incompleto. Está en la propia naturaleza de su carácter residual: los arqueólogos estudian lo que queda. Y a veces lo que queda no es mucho. Desde los años 60 muchos investigadores han llamado la atención sobre las grandes limitaciones del registro en el caso de los cazadores-recolectores del Paleolítico Superior y del Mesolítico, salvo en circunstancias excepcionales hemos perdido la mayor parte de su mundo material: los contenedores de madera, las cestas, la ropa, los enmangues de sus herramientas. Cuando se encuentran contextos particularmente bien conservados, como los yacimientos mesolíticos del norte de Europa, donde las condiciones anaeróbicas (la falta de oxígeno) han impedido la degradación de la materia orgánica, es cuando cobramos consciencia de lo que perdemos en el resto de los yacimientos arqueológicos. También cuando realizamos estudios etnoarqueológicos. El registro arqueológico no solo está incompleto por razones de tipo físico-químico, que son las que llevan a la desaparición de la materia orgánica. Su naturaleza parcial tiene que ver muchas veces con el hecho de que en un mismo sitio se han realizado diversas actividades que han borrado total o parcialmente las anteriores. De aquí una de las metáforas más populares de la arqueología: el registro arqueológico es un palimpsesto. Los palimpsestos son manuscritos medievales que reutilizan pergaminos más antiguos. Como el pergamino era un material caro, lo que se hacía era raspar cuidadosamente el texto anterior y escribir encima. La escritura más antigua no se pierde del todo: se pueden reconstruir fragmentos. Lo mismo sucede con la arqueología. La actual ciudad de Barcelona no ha hecho desaparecer la ciudad tardorromana. Pero esta no se conserva íntegra. Solo podemos acceder a restos en distintos puntos. En algunos sitios podemos leer frases o párrafos enteros (un templo romano, un lienzo de muralla); en otros, solo palabras sueltas o nada. Una cuestión importante tiene que ver con qué representa realmente el registro arqueológico dado que es parcial. No representa, por lo tanto, la totalidad de la vida en el pasado. En nuestra vida diaria, por ejemplo, llevamos a cabo muchas actividades que no dejan huella material. Uno puede coger el autobús todos los días para ir al trabajo pero de ese viaje no va a quedar rastro alguno. Gavin Lucas (2010) pone el ejemplo de una estantería con libros: aunque cambiemos el orden de los libros miles de veces, extraigamos y devolvamos volúmenes, no quedarán pruebas materiales de nuestras acciones. La mayor parte de los eventos, por lo tanto, no pasan a formar parte del registro arqueológico. Entonces, ¿qué representan los restos de una villa romana o un asentamiento al aire libre de la Edad del Bronce? La respuesta es sencilla: interrupciones. Un basurero es una interrupción: la de la vida útil de un objeto (una cerámica rota, huesos de animales resultantes de una cena, las escorias que han quedado tras la fundición del bronce). Una tumba también es una interrupción: la de la vida de una persona. En la tumba quedan sellados los huesos o las cenizas de una mujer fallecida y los objetos con los que ha sido enterrada. Pero no todas las interrupciones son iguales ni tienen las mismas repercusiones históricas y arqueológicas. Gavin Lucas (2010) señala que son la destrucción o el desmantelamiento de estructuras asociados a cambios irreversibles los que contribuyen más a la creación del registro arqueológico. Según este autor, lo que la arqueología detecta mejor son, «cambios en organizaciones materiales con un alto grado de irreversibilidad». Por eso, por ejemplo, el registro del final de la Edad del Hierro en el noroeste de la Península Ibérica es mucho más visible que el de la Primera Edad del Hierro. El paso del Hierro antiguo al reciente fue más un proceso de transformación que de interrupción masiva (aunque hay numerosos ejemplos también de cese de actividad en poblados). El paso de la Segunda Edad del Hierro al período romano, en cambio, representó de forma casi invariable la interrupción del modo de vida prehistórico y el abandono sistemático de los poblados fortificados. Esto condujo a la formación de miles de yacimientos arqueológicos que quedaron fosilizados en el cambio de era. Las villas romanas se han convertido en yacimientos también porque la mayor parte de ellas se abandonaron en el siglo V d.C. Las que no lo hicieron y evolucionaron hacia otro tipo de asentamientos, como aldeas o ciudades, se han preservado mucho peor. De la misma manera, el registro arqueológico de las aldeas del siglo XVI en España es considerablemente más incompleto y escaso que el de las del siglo XX. ¿Por qué? Porque la mayor parte de las aldeas que estaban en uso en el siglo XVI continuaron en uso en el XX. Muchas casas construidas en el siglo XVIII se han reocupado sin interrupción hasta la actualidad y cada ocupación ha borrado casi por completo la anterior. En cambio, el éxodo rural de mediados del siglo XX en adelante ha fosilizado la vida rural en época contemporánea. Los arqueólogos del futuro se encontrarán así muchísimas trazas del siglo XX, incluyendo gran cantidad de restos in situ, y muchas menos del siglo XVIII. Los restos más antiguos aparecerán en forma de basura (pequeños fragmentos de cerámica y vidrio) en el entorno de las viviendas, mientras que los restos del siglo XX los encontraremos dentro, en sus contextos de uso, y serán con frecuencia abundantes. El hecho de que el registro arqueológico requiera de irreversibilidad para producirse significa que existen numerosos fenómenos, especialmente eventos de corta duración, que la arqueología difícilmente puede investigar, pero a cambio puede abordar algunos de los fenómenos históricos más importantes y con mayores consecuencias, porque son los más visibles materialmente. El fin de las sociedades tradicionales es un estupendo ejemplo. Los historiadores del mundo contemporáneo no le dan demasiada importancia, en comparación con la Guerra Fría o el fin del colonialismo, por ejemplo. Pero en realidad supone una transformación mucho más importante, como ya señaló el historiador Eric Hobsbawm, si pensamos en perspectiva de la larga duración (que es la perspectiva más arqueológica), pues implica la interrupción de un modo de vida que comenzó hace 12.000 años. En vez de ver el registro arqueológico como un problema, por lo tanto, podemos verlo como una forma única de aproximarnos a fenómenos fundamentales en la evolución humana. Los cambios irreversibles pueden verse motivados por procesos culturales como los que hemos descrito o por catástrofes naturales. Los registros arqueológicos de Pompeya o de Akrotiri (un asentamiento en el Egeo sepultado por una erupción a mediados del II milenio a.C.) son fastuosos porque se produjeron de forma repentina. Se trata de interrupciones totales. Pero no hace falta llegar a tales extremos. Los pecios son una catástrofe mucho más habitual que el sellado de ciudades bajo cenizas volcánicas, pero produce igualmente registros arqueológicos muy completos. En este caso, además, las condiciones anaeróbicas del fondo del mar facilitan la conservación de madera y fibras vegetales. En cierta manera, son el equivalente en escala reducida al colapso repentino de una civilización: en ellos tenemos un microcosmos completo de una realidad social (el de los navegantes). Como veremos (capítulo 5), este tipo de formaciones repentinas del registro arqueológico son muy útiles para establecer cronologías. 2. Procesos de formación del registro arqueológico Los arqueólogos procesuales, como vimos (parte I, capítulo 3), se dieron cuenta enseguida de que no era posible construir leyes universales ni teorías sólidas si no se podía distinguir a los actores humanos de los naturales en el proceso que daba lugar a la creación de un yacimiento arqueológico, o si no sabíamos cuándo habían intervenido dichos actores (antes o después de la formación del depósito). A partir de los años 60 se desarrolló considerablemente el estudio de lo que conocemos como formación del registro arqueológico mediante investigaciones etnoarqueológicas, tafonómicas y geoarqueológicas. Quien más ha teorizado sobre este tema es Michael Schiffer (1987). La arqueología conductual que desarrolló Schiffer, como vimos, ponía especial énfasis en la comprensión de los procesos que daban lugar al registro arqueológico, de ahí que dedicara todo un libro a tratar de exponer los principios básicos que operan en los procesos que llevan de lo que el llamó «contexto sistémico» (es decir, las circunstancias en que las sitios y los objetos están en uso) al contexto arqueológico. En los trabajos de este investigador ocupa un lugar importante el desecho. Una de las primeras aportaciones de Schiffer al estudio de la formación del registro tiene que ver con la diferenciación entre los procesos naturales, que denominó N-Transforms, y los procesos culturales (C-Transforms). Aunque hoy en día no tengamos tan claro que se pueda distinguir drásticamente entre naturaleza y cultura, la verdad es que la dicotomía sigue resultando bastante útil. Lo que tienen en común es que ambos son procesos posdeposicionales, es decir, tienen lugar después de que un sitio se haya abandonado. Figura 1 N-Transform: efecto de la crioturbación en los estratos (Wikimedia Commons). Procesos naturales incluyen tanto fenómenos geológicos como biológicos. Entre los primeros se encuentra la crioturbación (fig. 1), por ejemplo, que es el desplazamiento vertical y lateral de partículas que forman un suelo ocasionado por las alternancias de hielo y deshielo. La crioturbación puede conllevar la mezcla de materiales de distintos depósitos en zonas frías, lo cual incluye buena parte de la Península Ibérica durante el Último Máximo glacial hace 20.000 años. En zonas tropicales con estaciones lluviosas y secas bien marcadas, un efecto perturbador similar lo tienen los vertisoles. Se trata de suelos negros formados por arcillas expansivas que cambian mucho de volumen según estén secos o húmedos. Al secarse el suelo, se abren en él grietas profundas y anchas, a veces de un metro de profundidad, lo que puede llevar a la caída de materiales de suelos superiores en otros más antiguos. Algo semejante ocurre con los estratos arenosos en entornos áridos (fig. 2). Agentes naturales que tienen un fuerte impacto sobre los yacimientos arqueológicos son los pequeños mamíferos (ratones, ratas, topos, conejos y liebres). Con sus madrigueras perforan niveles arqueológicos y mezclan material (fig. 3). Animales de mayor tamaño, como los zorros y las hienas, también son destructivos, porque excavan sus nidos en cuevas y abrigos, que son también un lugar preferente de ocupación por parte de grupos humanos a lo largo de la Prehistoria (y la Historia). Las raíces de los árboles producen efectos semejantes: también perforan niveles y mezclan artefactos de niveles más recientes y más antiguos. Figura 2 N-Transform: efecto de la filtración de arena en un entorno árido: yacimiento neolítico de Sheikh Mustafa (Sudán). A partir de Fernández Martínez et al. (2003). Figura 3 N-Transform: efecto de las madrigueras en la estratigrafía de la cueva de Santa Maira (Alicante), ocupada entre el Paleolítico Superior y el Neolítico (Seguí et al., 2000). Una vez que sabemos a ciencia cierta que los materiales depositados en un determinado estrato se encuentran ahí por acción humana, el trabajo no ha hecho más que empezar. Es necesario, por ejemplo, discernir si responden a una acción que tuvo lugar durante el período de uso del sitio o posteriormente, es decir, si son un fenómeno posdeposicional. En el segundo caso estaríamos hablando de C-Transforms, transformaciones culturales. Aquí entraría la excavación de un pozo que destruye o altera niveles anteriores (fig. 4) o el saqueo de un yacimiento en búsqueda de materiales reutilizables (piedra para nuevas construcciones, por ejemplo) o de tesoros: en Sudamérica los huaqueros llevan saqueando tumbas arqueológicas desde tiempo inmemorial y son uno de los factores fundamentales a tener en cuenta a la hora de estudiar los registros funerarios. C-Transforms son también las provocadas por labores agrícolas en un yacimiento. La reja del arado, por ejemplo, destruye la parte superior de los muros y muchas veces deja una huella clarísima en la tierra. Las rejas de los modernos tractores son bastante más destructivas y pueden arrasar por completo yacimientos prehistóricos. Figura 4 C-Transform: una fosa de la Segunda Edad del Hierro perfora niveles de la Primera Edad del Hierro en el yacimiento de Pena Redonda (Pontevedra). Fotografía de Alfredo González Ruibal. Si descartamos que los restos que encontramos son posdeposicionales, todavía tenemos que entender cómo han ido a parar al lugar en que los encontramos. La gran mayoría de los materiales que descubrimos al excavar entran en la categoría de desecho: son cosas que han quedado abandonadas. Michael Schiffer propuso una clasificación del desecho en cuatro tipos: desecho primario, secundario, primario residual y de facto. Primario es el equivalente de in situ, los objetos que quedan en su lugar de uso. Un ejemplo sería un área de procesado de sílex de época paleolítica (fig. 5). Los restos de talla se quedan allí donde han caído. Nadie barre el lugar porque no es un sitio de habitación habitual o porque solo se ha ocupado durante un período de tiempo breve. El depósito se sella de forma natural y podemos reconstruir el proceso de talla en la actualidad. Otro ejemplo más reciente es un pozo de tirador en el que un soldado ha efectuado fuego contra el enemigo antes de retirarse. Si los casquillos percutidos y cargadores quedan después cubiertos por el barro, se trata de un caso de desecho primario. Figura 5 Desecho primario: restos de talla del Paleolítico Medio in situ en torno a hogares. Abrigo de la Quebrada (Valencia) (Eixea et al., 2011). El desecho secundario es al que estamos más acostumbrados. Es generalmente el resultado de actividades de limpieza. Normalmente en nuestras casas no dejamos la basura tirada por el suelo: la depositamos en el cubo de la basura. En ese momento los restos se convierten en desecho secundario, porque ya no se encuentran en el lugar en el que se utilizaron o consumieron (los huesos de pollo en un plato sobre la mesa, por ejemplo). Pero es que además el cubo de basura va a parar a un basurero: en este caso podríamos hablar de desecho terciario incluso. En la mayor parte de las sociedades humanas existen basureros o zonas de desecho secundario, que pueden hallarse más o menos lejos de las zonas de actividad, pero que implican, en todo caso, un desplazamiento de los restos (fig. 6). El desecho primario residual es lo que queda después de las actividades de limpieza. Volvamos al contexto bélico: al acabar la guerra, un chatarrero va recogiendo los casquillos del campo de batalla para reciclarlos. Pero algunos se le escapan, porque están sucios y se camuflan en el suelo o porque están cubiertos de hojas. Estos son los que los arqueólogos se encontrarán en el futuro (fig. 7). No es desecho primario, porque el contexto ya se ha visto alterado: no están todas las vainas de munición que se dispararon, pero las que están se encuentran in situ. Se trata por tanto de desecho primario residual. Figura 6 Desecho secundario: basurero de cerámica en el foso de un yacimiento de la Segunda Edad del Hierro, Castro Grande de Neixón (Boiro, A Coruña). Fotografía de Xurxo Ayán. Finalmente, el desecho de facto está compuesto por objetos abandonados pero que todavía están perfectamente en uso. Este tipo de restos suelen ser el resultado de sucesos catastróficos, y de hecho el concepto de desecho no se ajusta bien a la realidad en la mayor parte de los casos. Pero eso es lo que indica «de facto», que en la práctica es desecho porque está abandonado, pese a que en teoría no lo es. Ejemplos de desecho de facto son los objetos que se encuentran en las casas de Pompeya sepultadas por la erupción del Vesubio el 79 d.C. y el cargamento de ánforas de un barco griego hundido en el Mediterráneo (fig. 8). Figura 7 Desecho primario residual: casquillos y peines en el suelo de una trinchera de la Batalla de Madrid (9-14 de noviembre de 1936) en la Casa de Campo. Fotografía de Alfredo González Ruibal. Figura 8 Desecho de facto: cargamento de ánforas en un barco del siglo IV a.C. cerca de Chipre (Demesticha et al., 2014). Los procesos que dan lugar al registro arqueológico son enormemente variados. En el caso de los yacimientos paleolíticos, se trata de un campo de estudio ante todo de geólogos y tafónomos. La tafonomía, que ya mencionamos al hablar de la Nueva Arqueología (parte I, capítulo 3), proviene originalmente de la paleontología, donde se refiere al estudio de los procesos que llevan a la formación de fósiles. En arqueología los estudios tafonómicos estudian cómo se forman determinados conjuntos de materiales, especialmente huesos en los restos óseos (es donde la tafonomía tiene una mayor aplicación). Los investigadores analizan las huellas de dientes de animales y artefactos líticos del Paleolítico, buscan marcas de corte con instrumentos, documentan la presencia o ausencia de abrasión en la corteza del hueso y con todo ello pueden llegar a deducir si el depósito tiene un origen cultural o natural o si han intervenido agentes humanos, no humanos o ambos (fig. 9). Quizá donde se observa mejor la relevancia de la tafonomía es en el debate sobre si los primeros homínidos eran carroñeros o cazadores (Domínguez-Rodrigo et al., 2007). Si optamos por una u otra posibilidad, la historia de la evolución humana cambia radicalmente. Dentro de la geología, un papel muy importante lo tiene para yacimientos paleolíticos la micromorfología. Consiste en el estudio microscópico de las características del suelo para comprender los procesos que han dado lugar a su formación. Gracias a los análisis micromorfológicos se puede saber, por ejemplo, si un determinado estrato con huellas de quemado y fragmentos de hueso es una zona de desecho secundario o primario, el resultado de una actividad que tuvo lugar en torno a una hoguera. Así, en una cueva del Paleolítico Superior en el sudoeste de Alemania, los investigadores pudieron deducir que un estrato con huesos quemados era un depósito secundario y no un área de actividad en la que se hubiera procesado fauna (Schiegl et al., 2003). La micromorfología demostró que los fragmentos microscópicos de caliza no tenían ninguna traza de quemado y las arcillas no habían estado sometidas a altas temperaturas. Si en el estrato hubiera habido una hoguera, esta habría afectado a su composición geológica, cosa que no sucedió. Figura 9 Huellas de descarnado dejadas por útiles líticos en los huesos de un elefante (Elephas antiquus) en el yacimiento del Pleistoceno Medio de Áridos (Madrid). El análisis tafonómico también detectó presencia de carroñeros, pero las trazas de descarnado demostraron fehacientemente el aprovechamiento de la carcasa por parte de homínidos. Según Yravedra et al. (2010). La micromorfología y la tafonomía se pueden (y se deben) aplicar a contextos recientes también. Sin embargo, en el caso de yacimientos arqueológicos con un gran volumen de restos constructivos los agentes naturales, como la lluvia o los roedores, tienen un peso menor que los humanos. Los procesos de transformación en estos casos tienen mucho que ver con la tecnología empleada y con cuestiones de tipo cultural. Un excelente ejemplo nos lo ofrece el Neolítico de los Balcanes y Anatolia. En esta región es muy frecuente encontrar secuencias de casas de barro destruidas en los poblados, unas sellando a las otras y a veces con huellas de incendios (Stevanovic´, 1997). La intervención del geólogo en el estudio de estas secuencias es importante, para comprender las dinámicas físicoquímicas de la arcilla y saber qué procesos han podido producir su estado actual (un incendio intenso, el abandono y la exposición a los elementos). También nos puede ayudar la etnoarqueología, que ofrece analogías actuales para la destrucción de las casas de adobe tradicionales. Pero quizá es más útil todavía analizar en detalle el propio contexto arqueológico, pues es ahí donde vamos a encontrar las claves culturales del proceso: ¿por qué las casas se destruyeron repetidas veces en los mismos poblados y se reconstruyeron encima?, ¿se trata de sociedades belicosas que están continuamente guerreando unas contra otras y asaltando los poblados vecinos? De ser así, deberíamos encontrar restos humanos en las casas derruidas y artefactos bélicos, como puntas de flecha o hachas. U objetos abandonados a toda prisa: cerámicas completas destrozadas durante el ataque o molinos conservados in situ. Pero nada de esto aparece. De hecho, del estudio de las huellas de quemado se infiere que se trata de un fenómeno perfectamente planificado. Los arqueólogos deducen así que se trata de un proceso ritualizado de abandono y reconstrucción de casas, que tiene que ver seguramente con ideas sobre el ciclo de la vida, la fertilidad, la reproducción y la relación con los ancestros. Bibliografía recomendada La obra básica sobre procesos de formación del registro arqueológico sigue siendo la de Michael Schiffer (1987): Formation Processes of the Archaeological Record. Albuquerque: University of New Mexico Press. El libro clave sobre la naturaleza del registro arqueológico desde un punto de vista teórico es el de Gavin Lucas (2012): Understanding the Archaeological Record. Cambridge: Cambridge University Press.
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