£ - W z , I VIDA D E L ILUSTRÍSIMO SEÑOR D. FR. VALENTIN DE BERRIO-OCHOA, OBISPO D E C E N T U R I A Y VICARIO APOSTÓLICO D E L T O N Q U I N . Con l i c e n c i a d e l a Autoridad E c l e s i á s t i c a NOS D R . DON DIEGO MARIANO ALGUACIL RODRIGUEZ, P O R LA GRACIA D E DIOS Y D E LA SANTA S E D E APOSTÓLICA, ORISPO D E V I T O R I A , D E L CONSEJO D E S U MAJESTAD, ETC., ETC.: A t e s t a m o s p o r las p r e s e n t e s : q u e , l e i d a y e x a m i n a d a p o r N o s l a RIOGRAFÍA D E L I L U S T P - SIMO S E Ñ O R O R I S P O , F R . VALENTÍN DE R E R R I O - martirizado e n T o n q u i n , escrita p o r e l S e ñ o r D . J o s é Miguel d e Arrieta Mascárua, P a ­ dre d e Provincia del S e ñ o r í o d e Vizcaya, p e r ­ s u a d i d o del gran interés q u e vida t a n edificante y tan g l o r i o s o martirio h a d e inspirar e n l o s l e c t o r e s , contribuyendo á s o s t e n e r y a u m e n t a r la virtud cristiana q u e tanto e n a l t e c e al s o l a r v i z c a í n o ; a p r o b a m o s c o n el m a y o r g u s t o e s t e p r e c i o s o e s c r i t o , y d a m o s , p o r lo q u e á N o s t o c a , nuestra l i c e n c i a para s u i m p r e s i ó n y p u ­ b l i c a c i ó n ; m a n d a n d o q u e , al p r i n c i p i o d e la obra y e n el l u g a r c o r r e s p o n d i e n t e , s e h a g a c o n s t a r esta nuestra l i c e nc i a . D a d a e n n u e s t r o P a l a c i o E p i s c o p a l d e Ja c i u d a d d e Vitoria á cuatro d e F e b r e r o de m i l o c h o c i e n t o s s e s e n t a y cinco. OCIIOA, DIEGO MARIANO, Obispo de Vitoria. Por mandado do S. S. DR. D O N I. el Obispo mi Señor, J U A N T O R N E R O , ARCEDIANO, SECRETARIO. VIDA DEL V E N E R A B L E MÁRTIR E L I L U S T R Í S I W10 S E Ñ O R D. FR. VALENTIN DE BERRIO-OCHOA, Obispo d e Centuria y Vicario Apostólico d e l T o n q u i n , POR D. JOSÉ MIGUEL DE ARRIETA MASCÁRUA, Padre de Provincia del Señorío de Vizcaya. EUSCALDUNA: IMPRENTA Y LIBRERÍA DE PLAZA NUEVA, D. TlBURCIO DE ASTUY, NÚMEROS 2 y 1G, B I L B A O . 1865 VIDA D E L VENERABLE MÁRTIR EL ILUSTRÍSIMO SEÑOR D. Fr. VALENTIN DE BERRIO-OGHOA, OBISPO DE CENTURIA Y VICARIO APO STOLICO DEL TONQUIX. CAPÍTULO PRIMERO. S u nacimiento, niñez y primeros estudios. En la parte sudeste del Señorío de Vizcaya, confi­ nando con Álava y Guipúzcoa, en u n delicioso valle rico de vegetación y p o r todas partes sembrado d e casas de labranza, se asienta, al pié de empinadas montañas que en forma de anfiteatro casi la circun­ d a n , la noble villa de Elorrio, notable p o r la multi­ tud de hermosos edificios de piedra sillería, morada u n tiempo de poderosa aristocracia y célebre por sus aguas sulfúreas, á donde concurren todos los vera­ nos muchísimas familias de la corte y demás pobla- - 2 — eiones del interior buscando la salud, ó el alivio d e sus dolencias. En esta villa, y calle denominada de Suso, hay una casa de pobre aspecto á pesar de los sillares y an­ cho escudo de armas que en su frontis campean, marcada con el número 7 , que corresponde al 4 an­ tiguo, en donde, por los años de mil ochocientos veinte y seis y veinte y siete, vivia un matrimonio de honrados artesanos, á quienes vino á colmar de ale­ gría el nacimiento de u n hermoso niño, primer fruto de su a m o r , acaecido el catorce de Febrero de mil ochocientos veinte y siete, á las cuatro de la mañana. Don Juan Isidro de Berrio-Ochoa, descendiente d e las casas infanzonas de Berrio-Aldecoa y Gastea de la misma villa, primo carnal de Don Manuel Plácido d e Berriozabalveitia, ( 4 ) Conde de Vallehermoso, y Doña Mónica de Arizti, natural de Anzuola, en Guipúzcoa, descendiente de su noble solar de Urruti, fueron los dichosos padres del tierno'infante que al siguiente dia quince, en la pila*bautismal de la lindísima par­ roquia de la Concepción, recibió, con el agua rege­ neradora, los nombres de Valentin Faustino. La rancia nobleza de Berrio-Ochoa y su consorte no fué parte para q u e , al darles las consideraciones sociales y las virtudes que generalmente acompa­ ñan — y siempre deben ir unidas — á esta cualidad, les diese también abundantes bienes de fortuna. Un corto caudal, producto más bien de su trabajo y eco­ nomía que de sus legítimas, les proporcionaba u n (1) Véase el árbol genealógico del apéndice. _ 3 mediano pasar, y aun pudieron con sus ahorros ad­ quirir u n solar y reedificar una casa quemada, que ahora lleva el numero 13 en la citada calle de Suso, en donde pasó los primeros años Valentin Faustino, por haberse trasladado á ella, poco despues de su nacimiento, los padres de este, que desde entonces hasta ahora la habitan. Otros dos frutos de bendición les concedió el Cielo posteriormente: Juan María, que se ahogó en u n pozo siendo aun niño, y Felipa Elvira, casada en mil ocho­ cientos cincuenta y tres, y muerta en mil ochocientos cincuenta y cinco, despues de haber dado á luz pre­ maturamente un niño , que también murió á los nueve dias. Notamos estas circunstancias porque todas ellas hacen á nuestro propósito de dejar bien identificada la persona del que fué despues el limo. Don Fray Valentin de Berrio-Ochoa, Obispo del Tonquin y es­ clarecido mártir de Jesucristo. Desde la niñez dió muestras de lo que u n tiempo habia de s e r , y ya entonces la gracia le habia pre­ venido con saludables influencias, pudiendo decirse de él con verdad, sortitus est a n i m a m bonam. Ca­ rácter dulce é indulgente, genio alegre y espansivo, talento claro y penetrante, corazon sensible y gene­ roso, suma rectitud de conciencia, grande espíritu de recogimiento, mucho amor al estudio, profundo respeto á sus padres y superiores, sorprendente do­ cilidad y compostura, eran en él cualidades que pa­ recían congénitas. _ 4 — Bajo la disciplina de Don José Juan de Echevarría recibió la instrucción primaria con grande aprove­ chamiento, como no podia ménos de suceder aten­ didos su despejo y aplicación. Concluida aquella á los trece años, y como el niño Valentin manifestase ve­ hementes deseos de seguir la carrera eclesiástica, aprovechando sus padres la feliz circunstancia de ha­ llarse fundada en la villa una cátedra de latinidad, aneja al vicariato del convento de monjas Domini­ cas de la misma , desempeñada entonces por el P. Santiago de Mendoza, á quien las vicisitudes de los tiempos habían traído á Elorrio, le colocaron en su aula. Gran fortuna fué para Valentín, y especial provi­ dencia de Dios, su trato con el P. Mendoza. Decir que este fué íntimo, y que el discípulo robó el corazon del maestro, déjase suponer, sabiendo cuáles eran las bellas prendas que al primero adornaban. Gustaba Valentin de la conversación é instrucciones del P. Mendoza, y este, que advertia cuán bien pre­ parado se hallaba aquel terreno virgen para sem­ b r a r en él la semilla de la virtud que tan opimos frutos debia dar á su tiempo, no omitía medio, ni ocasion, de derramarlo á manos llenas. Los ratos que sus compañeros invertían en las diversiones propias de la niñez, procuraba emplearlos Valentín en sa­ brosas é instructivas pláticas con su maestro. Gustá­ bale mucho oir de boca de este la relación de los prodigios que los hijos de Santo Domingo obraban en regiones apartadas difundiendo la luz del Evan- gelio, y enfervorizábase, y á veces el rostro encen­ dido y las lágrimas que le brotaban de los ojos da­ ban testimonio del efecto que en aquel gran corazon producían estas narraciones, principalmente cuando se le referían los peligros, trabajos y martirios de los misioneros. P o r entonces fué cuando empezó á sentir voca­ ción de vestir el sagrado hábito de Santo Domingo y consagrarse á la conversion de infieles. P o r entonces también, en vez de distraer el áni­ mo con lecturas dañinas, ó frivolas, en que ahora se ceba la juventud aumentando y exagerando las ilusiones de la inexperiencia y el ardor de las pa­ siones, leyó, meditó y se empapó en la lectura del libro inmortal del P. Rodríguez, intitulado Ejerci­ cio de perfección y virtudes cristianas, y allí apren­ dió , entre otras virtudes, la práctica de la morti­ ficación esterior, y principalmente de la interior, que ejercitó con admirable constancia durante toda su vida de ángel y de mártir. Así trascurrieron dos años, hasta mil ochocientos cuarenta y dos, en los cuales, si salió aprovechadí­ simo en la lengua latina, según lo certificó su pro­ fesor el P. Mendoza, no adelantó ménos en la es­ cuela de la perfección cristiana, secundado también y dirigido por los consejos de un confesor docto y prudente que le acostumbró á frecuentar los san­ tos sacramentos , y á recibir en ellos el vino que engendra vírgenes, y el pan sagrado que fortalece á los mártires. —6 — Terminada la gramática latina, tropezó Valentin con graves inconvenientes para continuar los estu­ dios y realizar sus ánsias. Exigia esto gastos que á sus padres no era fácil soportar, y ademas, el acen­ drado cariño que le profesaban, aumentado de dia en dia al ver el rico tesoro de hermosas prendas en que su querido hijo iba creciendo, hízoles pen­ sar en la conveniencia de mantenerle siempre á su lado, y dedicarle, para mejor lograr su intento, á una ocupacion, ú oficio, que le obligase á renunciar á la idea de separarse de ellos jamás. Era su padre, según va referido, aunque de no­ ble alcurnia , un honrado artesano — cosa que se ve con frecuencia en este país solariego, en donde, merced á la sólida enseñanza católica que el pueblo recibe , saben todos que el trabajo, pension im­ puesta por Dios , no envilece al hombre — y se ejercitaba en el oficio de carpintero. A é l , pues, pensó aplicar á su hijo en su propio taller. Por mucho que esto contrariase las inclinaciones de Valentin, tal era su rendimiento á la voluntad de sus padres y superiores, que obedeció con ciega sumisión y , empuñando la sierra y la garlopa, con­ sagróse, con el mismo ahinco que ántes empleó en el estudio , á perfeccionarse en el nuevo aprendi­ zaje, en el que sobresalió al poco tiempo, llegando á ser un escelente oficial. Tres años y medio duró esta prueba; tres años y medio invertidos en el trabajo corporal, el estu­ dio y la oracion: porque sabia Valentin robar tiempo —7 — al sueño y al reposo para dedicarlo al estudio, y m á s principalmente á la meditación. Hallábale la aurora al pié de u n Crucifijo, ó ima­ gen devota, hasta que llegaba la hora de ir á misa al convento de monjas, de donde era sacristan, y regresado al taller y concluido el trabajo, se encer­ raba en u n cuarto de su casa á estudiar y orar. ¡ Cuántas veces la curiosa solicitud de su buena y querida madre le atisbo, ó inclinado sobre los libros, ó sumergido en profundísima contemplación! En ella se animaba á seguir las huellas de Jesus, nuestro divino Maestro, que también pasó los años de su juventud en trabajar de carpintero en el ta­ ller de su padre putativo; y estudiando la obedien­ cia filial en dechado tan perfecto , proponíase imi­ tarle de cerca en ella para merecer el acabado aunque breve elogio que encierran aquellas palabras del Evangelio, tan llenas de sublime sencillez: E r a t subditas Ulis. De la oracion salia encendido en vivos deseos d e consagrarse del todo á Dios y de participar toda­ vía con mayor frecuencia de los santos sacramentos para resistir al embate de las pasiones; y esto lo consiguió hasta el punto de tenerse por cierto que jamás se mancilló con los ardores juveniles. Pero para ello ¡ cuánta cautela no empleó siempre, y ma­ yormente desde su entrada en el estío de la vida! Ya por este tiempo usaba de cilicio, disciplinas, ayu­ nos y otras «laceraciones, con q u e , eludiendo la vi­ gilancia de su buena madre , alarmada por aquellos —8 — rigores, afligia su ¡nocente cuerpo; y tan refrenado e ra en el mirar, que su hermana Felipa Elvira solia decir con gracia que no sabia de qué color eran los ojos de su hermano. En medio de esto, su virtud, como toda virtud sólida, estaba llena de atractivo, y poseyó siempre admirablemente el mérito de hacerla amable y ape­ tecible á todos. Sabia, sin faltar á una virtud, ejer­ citar la que parecia su opuesta, según los casos y circunstancias. A este propósito referiremos lo que le aconteció en mil ochocientos cuarenta y d o s , siendo aún de edad de quince años. Hallábase en Elósua con mu­ chos de sus parientes y otras personas atraídas por la festividad del Santo patrono de la villa. Tratóse de una danza, llamada en las Provincias aurrescu ó zorcico, y para guiarla todos pusieron los ojos en Valentin, cuya juventud, gentileza y apostura le re­ comendaban como el más apto para el ejercicio de este baile tradicional del país vasco, trasunto de su carácter guerrero , alegre y morigerado. No se le podia proponer cosa que más le repugnara, y desde luego se resistió con su acostumbrada urbanidad y modestia; pero un tio suyo, respetable sacerdote, que se hallaba presente, juzgó que debia condes­ cender con los deseos de aquellas buenas gentes, y le ordenó guiar la danza. Entonces Valentin, sin re­ plicar m á s , salió á la plaza, y puesto á la cabeza del aurrescu bailó con tal habilidad, compostura y graciosa modestia, que á todos dejó prendados, y á no pocos edificados é instruidos de la manera con q u e , según la doctrina de San Francisco de Sales en su precioso libro de La Filotea, se puede bailar cuando las circunstancias lo requieran, nó esos li­ cenciosos bailes modernos, que para unos son escollo y para otros ruina, y á los cuales parece imposible que se presten á concurrir jóvenes candorosas y madres prudentes, sino aquellos en que se respetan los fue­ ros de la decencia, y constituyen una diversion de suyo indiferente, si bien peligrosa. Por aquel tiempo llegó á Elorrio á predicar una misión el infatigable P. Mariano de Estarta, supe­ rior ahora del colegio de Misioneros Franciscanos de Bermeo, y nuestro joven-Valentin dispúsose á recoj e r en ella el fruto y las gracias especiales con que siempre enriquece el Señor á los que devotamente acuden á oir la palabra divina. Desde entonces quedó ya inmoble irrevocablemente su resolución de renun­ ciar al siglo y consagrarse á Dios en el claustro. Mas el realizarlo no era empresa tan fácil en un tiempo en que estaban suprimidas las comunidades de r e ­ ligiosos en España, ni las necesidades de sus pa­ dres consentian que los abandonase. Húbose pues de resignar á esperar circunstancias más favorables; y miéntras llegaban, ó podia ordenarse de sacerdo­ te , se propuso , y así lo practicó , hacer sucesiva­ mente voto de castidad desde una festividad de la Virgen á la otra. Tanta constancia en sus santos propósitos, per­ suadió por fin á sus padres de que el oponerse á - 10 - la vocaeioii de Valentín seria quizá resistir á Dios, y preparándose al sacrificio de la amable compañía de su querido hijo, de las utilidades del trabajo de este , y aun de parte del producto de los bienes que poseían , se decidieron á dejarle ir al seminario conciliar de Logroño. 4 CAPÍTULO II. Su v i d a e n el s e m i n a r i o h a s t a o r d e n a r s e d e sacerdote. La Iglesia de Dios, regida siempre por el Espíritu Santo, dispuso en el célebre concilio de Trento que en todas las diócesis se erigiesen seminarios ecle­ siásticos, en donde probasen la vocation, y apren­ diesen virtud y ciencia, los jóvenes destinados al santuario ; y Berrio-Ochoa, que en todas las cosas queria llegar á los ápices de la perfección, suspi­ raba por ingresar en uno de estos planteles del sacerdocio , para adquirir en él los conocimientos que le faltaban: por eso, tan pronto como obtuvo el consentimiento de sus padres, voló al seminario conciliar de Logroño, á donde llegó en octubre de mil ochocientos cuarenta y cinco. Quien tan asiduamente se habia dedicado al culti­ vo de su inteligencia desde la niñez, y á quien liemos visto robar al sueño y al descanso todos los momen­ tos que podia para consagrarlos al estudio y oration, déjase entender que en el seminario de Logroño vi­ viría como en su centro. No es pues de estrañar que en los cinco primeros años, en que estudió tres cursos de filosofía y dos de _ 12 — teología dogmática, obtuviese siempre la nota de so­ bresaliente. Pero si en el estudio y aprovechamiento de las letras tanto se distinguió ¿qué diremos de su escrupulosa ob­ servancia de todas las disposiciones del reglamento, y del esmero en practicar todas las virtudes propias de quien aspira á la casi angélica dignidad del sacerdo­ cio? Baste decir que jamás se le vió infringir á sabiéndas ni aun la más menuda de las reglas de aquella casa, y que muchos rasgos sublimes atestiguan la per­ fección á que llegó, edificando á todos y asombrando á muchos con lo heroico d e s ú s virtudes. Entre los hechos ejemplares que de él se refieren, citaremos, por via de muestra, algunos de cuya au­ tenticidad estamos seguros por el testimonio de tes­ tigos presenciales y fidedignos. Jamás se le vió quebrantar la ley del silencio du­ rante los ejercicios espirituales, á pesar de que algu­ nos de sus compañeros lo intentaron con empeño, urgánclole y probándole de mil maneras; ni fué po­ sible conseguir que miéntras los hacia admitiese la vi­ sita de unos paisanos, que acababan de llegar de su pueblo con noticias de su familia, hasta que el rector se lo mandó. Cuando cursaba el primer año de filosofía, sintióse u n dia muy desazonado y se retiró á la cama. Vino el facultativo; pero prevenido contra las indisposiciones de los escolares, fingidas muchas veces por no asistir á cátedra ó disfrutar más tiempo de reposo, sin ente­ rarse bien del estado del enfermo, dijo que aquello - 13 era una bagatela. Apenas lo oyó Valentín, levantándo­ se de la cama, se disponia para ir á la clase; pero lo descompuesto de sus facciones descubrió á todos el mal estado de su salud: preguntándole entonces los compañeros si sentia alguna novedad, contestó que á su parecer estaba malo, pero que debia ser aprensión suya pues el facultativo le habia dicho que nada te­ nia; instáronle á que se acostase otra vez, y costó no poco trabajo el conseguirlo. Desde entonces aguanta­ ba y disimulaba cuanto podia los padecimientos, atri­ buyéndolos siempre á aprensión propia, y así sucedió que en cierta ocasion u n íntimo amigo suyo advirtió en su rostro evidentes señales de dolencia, y no ha­ biendo podido lograr que se retirase á la cama, dió parte al rector, quien ordenó á Valentin que se acostára, como lo hizo al instante, declarándose en segui­ da una grave enfermedad, que le puso al borde del sepulcro. Sus ayunos p o r este tiempo eran muy frecuentes, y solia guardar con disimulo el pan de la ración, que luego llevaba á su cuarto para darlo á los pobres. Cursando el tercer año de filosofía, estuvo t res dias de la semana santa encerrado en su aposento sin ali­ mentarse, ni salir más que para los actos religiosos d e comunidad. Un amigo que lo notó, casi forzando la puerta del cuarto, penetró en él, persuadiéndolo que bajase á tomar la colacion del tercer dia, y le sor­ prendió profundamente abismado en oracion, y aun­ que logró que se presentase en la mesa, advirtió que se habia levantado de ella sin probar apénas bocado. - 12 — teología dogmática, obtuviese siempre la nota de so­ bresaliente. Pero si en el estudio y aprovechamiento de las letras tanto se distinguió ¿qué diremos de su escrupulosa ob­ servancia de todas las disposiciones del reglamento, y del esmero en practicar todas las virtudes propias de quien aspira á la casi angélica dignidad del sacerdo­ cio? Baste decir que jamás se le vió infringir á sabiéndas ni aun la más menuda de las reglas de aquella casa, y que muchos rasgos sublimes atestiguan la per­ fección á que llegó, edificando á todos y asombrando á muchos con lo heroico de sus virtudes. Entre los hechos ejemplares que de él se refieren, citaremos, por via de muestra, algunos de cuya au­ tenticidad estamos seguros por el testirilonio de tes­ tigos presenciales y fidedignos. Jamás se le vió quebrantar la ley del silencio du­ rante los ejercicios espirituales, á pesar de que algu­ nos de sus compañeros lo intentaron con empeño, urgándole y probándole de mil maneras; ni fué po­ sible conseguir que miéntras los hacia admitiese la vi­ sita de unos paisanos, que acababan de llegar de su pueblo con noticias de su familia, hasta que el rector se lo mandó. Cuando cursaba el primer año de filosofía, sintióse u n dia muy desazonado y se retiró á la cama. Vino el facultativo; pero prevenido contra las indisposiciones de los escolares, fingidas muchas veces por no asistir á cátedra ó disfrutar más tiempo de reposo, sin ente­ rarse bien del estado del enfermo, dijo quç aquello - 13 — era una bagatela. Apenas lo oyó Valentin, levantándo­ se de la cama, se disponia para ir á la clase; pero lo descompuesto de sus facciones descubrió á todos el mal estado de su salud: preguntándole entonces los compañeros si sentia alguna novedad, contestó que á su parecer estaba malo, pero que debia ser aprensión suya pues el facultativo le habia dicho que nada te­ nia; instáronle á que se acostase otra vez, y costó no poco trabajo el conseguirlo. Desde entonces aguanta­ ba y disimulaba cuanto podia los padecimientos, atri­ buyéndolos siempre á aprensión propia, y así sucedió que en cierta ocasion un íntimo amigo suyo advirtió en su rostro evidentes señales de dolencia, y no ha­ biendo podido lograr que se retirase á la cama, dió parte al rector, quien ordenó á Valentin que se acos­ tara, como lo hizo al instante, declarándose en segui­ da una grave enfermedad, que le puso al borde del sepulcro. Sus ayunos por este tiempo eran muy frecuentes, y solia guardar con disimulo el pan de la ración, que luego llevaba á su cuarto para darlo á los pobres. Cursando el tercer año de filosofía, estuvo tres dias de la semana santa encerrado en su aposento sin ali­ mentarse, ni salir más que para los actos religiosos de comunidad. Un amigo que lo notó, casi forzando la puerta del cuarto, penetró en él, persuadiéndolo que bajase á tomar la colacion del tercer dia, y le sor­ prendió profundamente abismado en oracion, y aun­ que logró que se presentase en la mesa, advirtió que se habia levantado de ella sin probar apenas bocado. _ 14 Era aficionadísimo á la fruta, de la que, sin em­ bargo, se privaba constantemente. Regaláronle cierto dia unas hermosas peras, capaces de incitar el ape­ tito de otro ménos apasionado á ellas; pero él, sa­ crificando su gusto, las llevó al hospital y se las dió á ios pobres. Ni fué posible á sus compañeros re­ ducirle á participar de una suculenta merienda que, eludiendo la vigilancia de los inspectores, se liabia preparado en el cuarto de uno de ellos ; ántes por el contrario, llevado allí Valentin con engaños, tan luego como advirtió el intento con que le llamaban, se negó resueltamente á tomar parte en el festín, les afeó la infracción de la regla y los exhortó á la templanza, vir­ tud tan propia de todo racional, y principalmente de los que en su conducta deben ser espejo á los demás. Tampoco pudieron lograr sus compañeros que eli­ giese un cuarto mejor que el que ocupaba desde u n principio, aunque por orden de antigüedad tenian los colegiales este derecho, pues siempre prefirió el incó­ modo y aun mal sano aposentillo que habitaba, princi­ palmente por tener vistas hácia la parte del tabernáculo de la colegiata, por adorar desde allí al Señor Sa­ cramentado, en quien tenía puesto todo su corazon. Únicamente los que aman á Dios pueden apreciar bien estas menudas finezas, ó llamemos refinamientos de amor, que al que no ama ni siquiera se le ocurren. Tan reconocida era su virtud en el seminario, tan afable, servicial é indulgente se mostró siempre con todos, tan amena y aún festiva era la conversación, y tan alegre y abierto el trato, que ni uno sólo de los — 15 —1 compañeros dejó de respetarle y de quererle cordialmente. Ninguno creemos nos desmentirá de los muchos que aun viven; y de cuantos le conocieron en el seminario, á quienes liemos preguntado acerca de Berrio-Ochoa, liemos oido afirmar esto mismo. Jamás se dudó de la sinceridad de su virtud, ni aún entre los colegiales; cosa que admira, porque harto sabida es la propensión que hay en todos los colegios á tildar de hipócritas á los alumnos que llevan una vida más ajustada que la de la generalidad, y esto consistió en que tales eran los resplandores de aquella virtud, que á nadie podía ocultarse, y se mostraba con claridad suavísima á cada instante en todos los actos de la vida común del cole­ gio, sin que una sola vez se hubiese empañado con al­ guna sombra. En realidad, Valentin parecía regido siempre de la prudencia y animado de la caridad: así es que jamás quiso oir defectos ágenos, n i e n sus lábios se oyó la murmuración; y , lo que más asombra, nunca se le oyó quejarse de nada, ni de nadie. ¡Qué ejemplo tan raro y hermoso dió de esto cuando hizo, en mil ochocientos cuarenta y nueve, oposicion al curato de Elósua, por condescender con las repeti­ das instancias de sus padres, que deseaban tenerle á su lado, y por proporcionarse medios de ordenarse de sacerdote y continuar los estudios sin serles gravoso! En los lucidísimos ejercicios de oposicion que hizo con este motivo obtuvo la nota mejor; pero la divina Providencia, que sin duda quería tenerle más espedito para dignidades mayores, y probar la virtud de - 16 su siervo, dispuso que no se le diese la plaza. ¿Quién le oyó, ni una queja, ni una palabra, nó ya de despe­ cho, sino ni aun de desahogo? Al contrario, él mismo era el primero en justificar y aplaudir lo que en daño suyo y , al decir de algunos, en menoscabo de la jus­ ticia se habia hecho; él era el primero en tapar la boca y aún reprender á los que censuraban que no se le hubiese dado el curato. ¡Cuánto tuvieron que apren­ d e r los que fueron testigos de la suma de virtudes que entonces ejercitó, prudencia, mansedumbre, humil­ dad, obediencia y , s o b r e t o d o , caridad! ¿Qué mucho p u e s , que joven semejante fuese el querido del seminario, el ídolo de sus profesores y condiscípulos, el que por todos era presentado como ejemplar y modelo de estudiantes? Estos eran los escalones por donde Valentin iba subiendo á la santidad , y haciéndose digno de la gloriosa corona que conquistó al término de su car­ rera mortal. Era el año de mil ochocientos cincuenta : hallá­ base en Elorrio pasando el tiempo de las vacaciones en casa de sus padres, y entregado, como siempre, á sus habituales ocupaciones de estudiar y orar. Aunque decididos estos á continuar los sacrificios para que su hijo terminase los estudios de la fa­ cultad de teología, que tan aventajadamente habia comenzado, no dejaban de lamentar las privaciones que les imponia el haber de sufragar á los gastos de una carrera tan larga y tan costosa, y estos la­ mentos eran tanto más fundados, cuanto que una — 47 — grave enfermedad, que aquejaba á su hija Felipa El­ vira , aumentaba las dificultades. Valentin veia la aflicción de sus p a d r e s , era testigo de sus sacrifi­ cios, y pesando más en su ánimo el amor filial y el deseo de aliviarlos que el de lograr su bello ideal de concluir los estudios y hacerse sacerdote , re­ nunció á volver á Logroño y , puesto en manos de la Providencia, redobló las penitencias y oraciones para que Dios proveyese á esta necesidad. ¡Con cuánto dolor vió á sus compañeros de se­ minario partir para el curso de mil ochocientos cin­ cuenta y uno ! ¡ Con cuánta pena pensaba en su carrera cortada á lo "mejor del tiempo, y desvane­ cidos como sombras sus halagüeños proyectos para lo porvenir! Sin embargo, todo contribuía á su ma­ yor santificación; porque siempre terminaba los sus­ piros con rendida conformidad á la voluntad de Dios, en cuyos brazos se arrojaba con todos los afectos de su corazon. Entonces recobraba la cal­ m a , renacía la confianza y , poniendo especial cui­ dado en purificar la intención , llamaba en su ayuda á la Santísima Virgen, de quien siempre fué devo­ tísimo, como lo han sido todos los predestinados, y la Señora benignísima no se hizo esperar. En efecto, el limo. I n g ó y e n , digno obispo á la sazón de Calahorra, que llegó á saber la angustiosa situación de Berrio-Ochoa , cuya virtud y talentos tenia en grande estima, le envió á llamar para en­ comendarle la dirección espiritual del seminario con­ ciliar de Logroño. Contaba entonces nuestro joven — 48 — veinte y cuatro años de edad, y sólo tenia la p r i m a tonsura, que habia recibido en mil ochocientos cua­ renta y seis en el mismo seminario. ¡ Oh altos juicios de Dios! Cuando más atribulado se hallaba aquel corazon vino á inundarle de gozo tan inesperada como satisfactoria nueva. ¡ Así pre­ miaba tanta resignación y constancia! P o r diciembre de mil ochocientos cincuenta llegó Berrio-Ochoa á su deseado seminario, y en la se­ gunda semana de la cuaresma de mil ochocientos cincuenta y u n o , á título del honorífico cargo de director espiritual del m i s m o , le confirió su Ilustrísima las órdenes menores y el subdiaconado; en la quinta, el diaconalo , diciéndole que se dispusiese para recibir el sacerdocio en la sétima; pero, alar­ mada la humildad de Berrio-Ochoa, rogó é instó al Sr. Irigóyen que lo difiriese siquiera hasta San Miguel, á fin de prepararse mejor para tan alta dignidad, aunque sólo consiguió que la dilación fuese hasta las témporas de la Santísima Trinidad, en las que recibió, con la imposición de manos, el au­ gusto orden sacerdotal. Hasta aquí hemos visto á Valentin, desde que en él despuntaron los albores de la razón, caminar siem­ pre con pasos de gigante hácia la perfección cristia­ na : ahora le veremos volar por el mismo camino al apostolado, y desde allí al cielo con la palma de mártir. CAPITULO III. S u v i d a en el seminario conciliar desde q u e s e o r d e n ó d e sacerdote. Logrado ya el intento principal de las ánsias d e toda su vida, con la sublime dignidad de sacerdote del Altísimo, se dispuso á celebrar la primera misa, con tal devocion que á todos edificaba. Bien hubie­ ran querido sus padres que este acto se verificase en Elorrio para compartir con él los plácemes y la ale­ gría, y aun de ello se holgara Valentin, deseoso d e proporcionarles esta dulce satisfacción; pero razones de modestia, propósito de evitar roce y cumplimien­ tos de parientes y amigos, y de no interrumpir los estudios, ni faltar á sus hábitos de recogimiento cuando más le habia menester y , sobre todo, defe­ rencia y gratitud á los superiores, le determinaron á sacrificar su g u s t o , celebrando la primera misa en Logroño. La carta que con este motivo escribió á sus queridos p a d r e s , escusándose de no haber accedido á sus deseos, es modelo de ternura y gra­ cioso donaire, y ella, como cuantos escritos salian de su pluma, respira muy acendrada piedad. ¿Quién es capaz de referir lo que aquella alma pura y abrasada de amor divino esperimentó en el — 20 — solemne momento de tener entre sus manos á su dulcísimo Jesus? Seria menester lengua de ángel para espresar sentimientos que tanto participan del cielo. El sacerdocio y la dirección espiritual del colegio eran dos poderosísimos estímulos de más para acri­ solar aquella ya tan madura virtud. El estudio, la vigilancia de la moralidad del seminario y los minis­ terios propios del sacerdote absorbieron toda su atención. Hasta el año de mil ochocientos cincuenta y tres, en que salió del colegio, cursó, con el apro­ vechamiento de siempre, el tercero, cuarto y quinto año de teología, cuya sublime alteza penetró su claro talento, alumbrado por la fe y enriquecido de los des­ tellos que le comunicaba en la oracion la sabiduría infinita. Con esta superaba y esclarecía todas las di­ ficultades, y postrado á los piés de un Crucifijo, cual otro Santo Tomas de Aquino, pedia y alcanzaba del padre de las luces la inteligencia de los puntos abs­ trusos y la solucion de todas las dudas. La vigilancia con que atendía á la moralidad de la juventud del seminario era esquisita. Sin ser, ni sus­ picaz, ni con esceso confiado ; sin rigor, pero sin debilidad ; con una prudencia nunca desmentida, con una suavidad afabilísima ; este h o m b r e , muy severo consigo mismo y muy indulgente con los d e m á s , sabia conciliar todos los estremos y rendir todas las voluntades. A los que no conmovía con la voz, espoleaba con el ejemplo; y si por ventura se veia precisado á emplear algun castigo, hacíalo — 21 — con tales y tan sinceras muestras de sentimiento , y tanta parte tomaba en la pena, que terminaba arran­ cando siempre del reo el debido arrepentimiento. El castigo que más ordinariamente acostumbraba impo­ ner era el de la oracion, enviando á los castigados á orar á la capilla, ó á su cuarto ; y esto decia él que era enviarlos ct embriagarse á la bodega del amor divino. Realmente bien podia llamar así á la oracion quien constantemente salia de ella ébrio de encendida caridad. En aquella bodega los enseñaba á gustar de este suave licor ejercitándolos en la oracion mental, y acompañándolos arrodillado, como si él fuese el trasgresor que debiera espiar aquellas faltas. Al llegar aquí no debemos omitir dos rasgos he­ roicos que prueban hasta qué punto habia llegado á dominar las pasiones y adelantarse en la virtud de la humildad, y haremos notar de paso que jamás se conoce mejor este dominio, y la solidez de las virtu­ d e s , que en los actos imprevistos, en los cuales el primer ímpetu de la naturaleza caida sorprende y arrastra á los que en la vida espiritual no tienen echa­ das muy hondas raices. Un dia salió á paseo con los colegiales é inspecto­ res, á quienes el rector habia dado cierta orden que Valentin ignoraba y aquel dia no se cumplió, por lo que indignado el rector los reprendió á todos pú­ blicamente: entonces Valentin, léjos de escusarse con la ignorancia de una disposición que no se le habia comunicado, atribuyéndose él toda la culpa, y como — 22 — si fuese responsable de un grave delito, se arrojó á los piés del rector y le pidió perdón en presen­ cia de todos los circunstantes, que sabedores del caso, miraban asombrados tan heroica humildad. Otra vez reconvino á un colegial por cierta falta que babia cometido; pero éste, en un momento de arrebato, le replicó con insolencia y se querelló con destemplanza de la amonestación: entonces BerrioOchoa , cual si fuese reo de lesa caridad fraterna, postrándose con admiración de toda la comunidad, que estaba p r e s e n t e , á los piés del colegial, es­ clamó «Perdóneme V. si le he ofendido,» y todos, incluso el mismo colegial, miraban atónitos y edi­ ficados aquella escena inusitada, aquel ejemplo in­ signe de humildad y de fraternal afecto que nunca se borrará de la memoria de cuantos lo presenciaron. ¿Y qué diremos de las funciones propias del mi­ nisterio sacerdotal ? ¿ Q u é , de la devocion al cele­ b r a r el santo sacrificio de la m i s a , de la asistencia al confesonario, al pulpito, á los hospitales ? ¿ Qué, del incremento y finos quilates que iban adquiriendo su oracion y mortificación? Bien se le puede aplicar aquella bella frase de u n conocido escritor de vidas de santos: «Si ángel pa­ recía en todas partes, serafín parecía en el altar.» Celebraba misa ordinariamente á las cuatro de la mañana, y aun así preparábase á ella con larga ora­ cion, pues por lo regular no dormia más de cuatro lloras, y muchas noches no se acostaba, pasándolas en orar y estudiar. — 23 — Acaeció una vez que el colegial D. Juan José de Ascacibar, cura hoy de San Agustin de Elorrio, á quien solia ayudarle á misa, engañado por la claridad d e la luna y creyendo haber ya amanecido, fué á bus­ carle á su cuarto á la una de la madrugada. Sor­ prendido Berrio-Ochoa tan á deshora en su santa vigilia, no pudo ocultar un cilicio que le asomaba por entre la camisa, bañada en sangre del futuro mártir, con otro instrumento de maceracion que, al parecer, tenia en las espaldas. Al confesonario era muy asiduo, y mientras habia penitentes nunca se retiraba de é l , como sus obli­ gaciones no le llamasen á otra parte; y el copioso fruto que cogió en aquel santo tribunal puede co­ legirse de las dotes evangélicas que en tan alto grado poseia. En el seminario empezó á ensayarse para el pul­ pito el nuevo apóstol, á quien pronto, aunque por corto tiempo , escuchó el pueblo de Logroño , con notable compunción y aprovechamiento. Cuantas prendas requiere la oratoria sagrada sobresalían en é l , empezando por la buena fama, que es la pri­ mera que para todo orador exigía ya entre los anti­ guos u n gran maestro si ha de tener autoridad el discurso, y con mucha más razón la primera para un predicador del Evangelio. La suya era tanta, sin embargo de la profunda humildad y esmero con que procuraba ocultar sus virtudes, que su obispo el limo. Sr. Juárez y Berzosa llegó á calificarle del sa­ cerdote más virtuoso de la diócesi: uno de sus m á s — u — respetables profesores anunciaba que pronto se ve­ n a n en él testimonios de santidad ; todos los otros maestros y alumnos del seminario le tenian por mo­ delo ; y el pueblo de Logroño le apellidaba Santo, siendo cosa frecuente oir en el lenguaje común: Me confieso con el Santo , / Cuánto madruga el Santo! Hoy predica el Santo. Captaba no ménos las voluntades con su hermosa presencia, siendo de estatura regular, aunque más bien bajo que alto, frente espaciosa, cara larga, na­ riz aguileña con buena proporcion, cabello negro, barba escasa, color pá l i do , ojos rasgados, bellísi­ m o s , elocuentes, verdadero reflejo de su alma pura, aspecto risueño y modesto sobremanera, voz clara y dulce, pronunciación correcta , afluencia y facilidad de espresarse en castellano, superior á lo que se pu­ diera esperar de cjuien fué arrullado con los dulces cantares vascos ; estilo sencillo, conciso, lleno de nervio y suavidad , vasta erudición, principalmente en las sagradas letras y con particularidad en las epístolas de San Pablo, de quien toda la vida fué muy entusiasta, y en fin, celo de la gloria de Dios y conversion de las almas tan activo y vehemente que, al hablar de ambas cosas, de pronto se le encendía el rostro y le brotaban las lágrimas á veces hasta correr hilo á hilo. No es, pues, estraño que de cada plática ó sermon saliesen llamas como de volcan; mas nó de otro fuego que el divino, abrasador de los co­ razones. Su caridad para con los pobres y enfermos era - 25 — grande. Frecuentemente visitaba, no sólo el hospital, sino las miserables chozas, ó casillas, en que se ^al­ berga la indigencia, llevando á todas partes socorros y consuelos. No era raro en él verle ocupado en asis­ tir y curar por sus propias manos á los enfermos. Ya en el seminario habia edificado á muchos que sabian el esmero y solicitud con que en cierta ocasion se empleaba en lavar las llagas nauseabundas de un colegial y limpiar la materia que lluian. Ya por este tiempo su espíritu de mortificación le sugirió también una, que aunque á primera vista pa­ rece ligera, bien mirada es de muy gran valor, por lo frecuente y por lo molesta, y patentiza el dominio que sobre sí mismo ejercia; y era no ahuyentar nunca las moscas que en sus manos y rostro querían ce­ barse, sufriendo este martirio con tal constancia, que sus compañeros lo notaron en Logroño y sus connovicios en el convento de Ocaña. Si la p r u ­ dencia y discreta reserva con que siempre ocultaba sus mortificaciones 110 nos hubieran dejado sin noti­ cia de la mayor parte de ellas, creemos que halla­ ría bastantes motivos nuestra sensualidad para califi­ carlas de exajeradas y acaso intolerables. Las que en el curso de esta Vida hemos apuntado se saben, gra­ cias á que una piadosa curiosidad, ó algun suceso im­ previsto, arrancó por sorpresa el secreto que la humildad recataba. Así sucedió, entre otras, una vez que entretenidos los seminaristas en celebrar una no­ che de carnaval con saínetes y otros honestos pasa­ tiempos permitidos por el rector, llegó á la portería — 26 — una persona diciendo que al pasar por la ronda, liácia donde daban las ventanas de la capilla, habia oido u n raido estraño que salia de ella, y movido de curiosidad uno de los presentes fué cautelosamente y sorprendió á Berrio-Ochoa descargando con gran fervor la disciplina sobre su inocente cuerpo, en des­ agravio de las muchas ofensas á Dios con que en ta­ les dias de frenesí le irrita el mundo. Tal como la hemos bosquejado fué su vida hasta finalizar el curso de mil ochocientos cincuenta y tres. Un grande acontecimiento se habia realizado para entonces en España, que fué el reanudarse con j ú ­ bilo general las relaciones de Doña Isabel II con la cabeza suprema de la Iglesia; acontecimiento que debia influir poderosamente en la suerte futura de Berrio-Ochoa. En virtud del concordato celebrado entre el Padre Santo y S. M. Católica, debian sub­ sistir, ó restablecerse, algunas comunidades religiosas de varones en España. De estas podria haber tres en cada diócesi, las congregaciones de San Vicente de Paul, San Felipe Neri y otra religion de las apro­ badas por la Iglesia, que se designase por el Go­ bierno de S. M. de acuerdo con la Santa Sede. Con tan plausible motivo las Provincias Vascon­ gadas, cuya religiosidad es proverbial, se apresura­ ron al instante, así por medio de sus Juntas, como de sus Diputaciones generales, á gestionar con el Go­ bierno de S. M. para que el renombrado santuario de Loyola, cuna de aquel ilustre campeón del cato­ licismo que ha llenado el mundo de la gloria de su — 27 nombre, se devolviese á la sagrada milicia que fun­ dó, tan célebre por la grandeza de sus triunfos, como por la magnitud de sus infortunios, y mucho más por el esplendor de sus virtudes. Ya la historia, poniendo en su lugar la certeza d e los hechos y vindicando la verdad ultrajada y la ino­ cencia oprimida, ha dado una justa aunque tardía reparación á la Compañía de Jesus, y la voz uná­ nime del episcopado y de los Sumos Pontífices ha vuelto á resonar en su elogio, defendiendo su causa y reclamando la entera reposición de tan invencibles atletas. Hoy dia no habrá hombre imparcial y me­ dianamente instruido para quien no esté severamente juzgado el escándalo de su estincion, arrancada á la debilidad de un anciano valetudinario (compulsus feci) por la astucia y poder del impío filosofismo, dueño en aquel tiempo de las avenidas de los tro­ nos , cuya ruina y la de la Iglesia ¡ insensato! ma­ quinaba. Mas todavía se oyen algunos ecos de las antiguas calumnias, que seducen á los incautos, ó amedrentan á los visionarios, manteniendo siempre encendida la cólera de los enemigos de la Iglesia de Jesucristo, y como esta será siempre combatida p o r las puertas del infierno, de sus combates par­ ticipará también no poco la célebre Compañía. El Gobierno de S. M. acogió la reclamación de las Provincias Vascongadas , á la cual oportunamente coadyuvó una bien razonada Memoria remitida desde Cuba por su Arzobispo, el Sr. Claret, proponiendo con gran copia de datos y razones , como único re­ — 28 — medio eñcaz contra las tentativas de los piratas fi­ libusteros en aquella joya de las Antillas, la erec­ ción de colegios montados á la altura de los adelantos del siglo„ en donde los jóvenes cubanos se educasen esmeradamente, con sólida enseñanza católica y es­ pañola, en vez de la protestante y superficial con que volvian de los Estados Unidos y poco á poco infiltra­ ban en los ánimos de aquellos isleños. Y como para este fin era cosa difícil encontrar reemplazo á los Padres de la Compañía, no titubeó el Gobierno en acceder á las vivas instancias de las tres hermanas vascongadas, determinando que en Loyola se pusiese una casa matriz para surtir de profesores los cole­ gios de Cuba y atender ademas á las misiones de otros dominios españoles de Ultramar que perento­ riamente se reclamaban por varias autoridades y hombres de Estado. Abrióse, pues, la casa matriz en mil ochocientos cincuenta y dos, y á ella regresa­ ron, con el venerable P. Antonio Morey al frente, los jesuítas españoles y novicios que residían en Bélgica. Ya nuestro Berrio-Ochoa, cuyos deseos de entrar en religion eran cada vez más vehementes, empezó á ver con esto una puerta á sus ánsias abierta. Va­ rias veces le habian brindado, ora con un patrimo­ nio que deseaban fundarle sus padres, # para tenerle cerca de sí; ora con servicios, ó tenencias, de par­ roquia, singularmente con la de San Pedro de Vergara, que tanto podia halagarle por la proximidad á su familia y otras razones; pero todo lo rehusó, fija siempre la mira en el cláustro. — -29 — Hallábase ademas cual nunca desembarazado, por­ que su querida hermana Felipa Elvira habia contraído matrimonio en mil ochocientos cincuenta y tres, y sus amados padres contaban ya con este apoyo más para pasar los años de su respetable ancianidad. Determinó, pues, ir á Loyola en julio de mil ocho­ cientos cincuenta y tres para hacer unos ejercicios espirituales con el fin de resolverse á tomar algun partido definitivo. El resultado de ellos fué pedir la sotana de la Compañía; pero 110 sin advertir, con su acostumbrada ingenuidad, que desde niño habia sentido inclinación al instituto de Santo Domingo. El P. Morey, varón muy lleno del espíritu de Dios, y de un gran don de consejo, despues de bien me­ ditado el caso, le contestó que haria bien en satis­ facer sus deseos solicitando el ingreso en Ocaña, donde se habia concedido á la ilustre orden domi­ nicana otra casa matriz para las misiones de Asia, y que, pues Dios le llamaba á la esclarecida familia del insigne Guzman, en donde tanto florecía la santidad, debia acudir á este llamamiento. Pensativo con tal respuesta se trasladó á Elorrio para visitar á sus padres y consultar el negocio con su antiguo director, quien opinó que en ella se ha­ bia propuesto el P. Morey probar mejor la vocacion del aspirante, y que por esto, y para conocer más claramente la voluntad divina, sería bien reiterar la petición. Así lo hizo en efecto, á los pocos dias, aquel perfecto dechado de obediencia, y segunda vez se le dió la contestación primera, añadiéndole algu­ - 30 nos consejos que ya no le dejaron dudar que el cielo le quería en la sagrada orden de predicadores. Así iba preparando la divina Providencia el camino que tenia trazado al apóstol y mártir del Tunquin. Al momento, pues, dirigió la solicitud á Ocaña, y prévios los escelentes informes que allí adquirieron, fué admitido á participar y contribuir á las hazañas de aquel ilustre instituto, tan benemérito de la re­ ligion y de las letras sagradas y profanas, columna de la Iglesia , gloria especial de España, antorcha de la fe y antemural, por muchos siglos, contra la impiedad y la heregía. CAPÍTULO IV. S u v i d a e n el colegio de m i s i o n e r o s d o m i n i c o s de Ocaña. Van á colmarse las ánsias de aquel inflamado corazon. Desde niño, escuchando las instrucciones del P. Mendoza, su profesor de latinidad, habia empe­ zado á suspirar por el claustro, y ahora va, por fin, á ingresar en él para perfeccionarse en la escuela práctica de la santidad, quien tan adelantado estaba ya en ella. Insignes modelos se le presentan allí de todas las virtudes que crecieron y florecieron y ma­ duraron bajo el humilde hábito de Santo Domingo: celo abrasadísimo en este gran patriarca por traer al redil de Jesucristo las ovejas estraviadas; caridad ardiente para con el prójimo en San Raimundo de Peñafort; pureza angélica de costumbres y doctrina en el portentoso Santo Tomas de Aquino; espíritu verdaderamente apostólico en San Vicente Ferrer; amor acendrado á la observancia regular, paciencia invicta y celo incansable en oponerse á los enemi­ gos de Dios en San Pió V; modelo de benignidad, oracion y mortificación en San Antonino de Floren­ cia y San Jacinto de Polonia; y finalmente, por no — 32 hacer interminable este catálogo, ejemplares acaba­ dos de toda perfección en San Luis Beltran, San Telmo, San Pedro de Verona y tantos y tantos hé­ roes como han ilustrado á la nobilísima orden de predicadores. Desde este momento viósele tomar un vuelo tan levantado que ninguna pluma puede seguirle, y apénas le será permitido hacer otra cosa que delinear ligeramente algunos rasgos, y eso tomándolo en parte de las palabras de otros hijos de Santo Domingo que han escrito de las virtudes y triunfos de su hermano de religion. Era ya entrado el mes de octubre de mil ocho­ cientos cincuenta y t r e s , y Berrio-Ochoa se dispuso á partir para Ocaña. En verdad que los preparati­ vos de viaje con su correspondiente acompañamiento de baules, maletas y demás ordinarias baratijas, poco le dieron que hacer, n i e l cuidado de proporcionarse letras de cambio, ó tomar precauciones para no ser robado en el camino; pues para esto habia esco­ gido el remedio más eficaz, que fué ir á pié, sin más ropa que la puesta, sin otro equipaje que el breviario, ni más dinero que el que le diesen de caridad en el camino. Así es que sus preparativos de viaje se limitaron á implorar el auxilio divino, distribuir lo que tenia entre los pobres y depositar algunos libros y vesti­ dos en manos de una Hermana de la Caridad, á quien despues de ya profeso, escribió con licencia del superior, q u e , reservándose algunos que deter- terminaba, remitiese los demás á Madrid, y repar­ tiese la ropa entre los necesitados, según á ella le pareciera. De este modo se dispuso á dar principio al apos­ tolado queriendo sin duda ensayarse para cuando lle­ gara el caso de andar de noche muchas leguas por los ásperos caminos é inmensos lodazales del Tunquin, á pié y descalzo, empapados en agua y barro los girones de su vestido, venciendo precipicios, cru­ zando rios á nado y en ayúnas, para poder celebrar el incruento sacrificio y administrar los Santos Sacra­ mentos á sus pobres neófitos. Necesario fué que su director espiritual le orde­ nase aceptar un billete de diligencia y algunos recur­ sos que una noble y piadosa familia, que le estimaba, se empeñó en darle. Hubo por tanto de renunciar por obediencia á su propósito primitivo de ir á pié, virtud más preciada que la penitencia mayor; pero logró el ir á espensas de la caridad, empezando así á practicar desde luego la pobreza que iba á abrazar. Llegó á Madrid, emporio de nuestras grandezas y asombro de los provincianos que por primera vez la saludan; pero, ni su esplendor, ni sus bellezas, le merecieron una sola mirada; pues no quiso ver mas tierra que la que pisaba, ni se detuvo mas tiempo que el indispensable para acelerar su viage á Ocaña. A este propósito decia él mismo, en una carta escrita á sus padres: «De Madrid salí como habia entrado sin poder dar más noticia sino que existe y que debe haber muchas casas y mucha g e n t e . » — 34 — Llegó por fin al suspirado colegio de misioneros, y el veinte y seis de octubre de mil ochocientos cin­ cuenta y tres vistió el sagrado hábito que no hubiera trocado por todas las púrpuras del mundo. Las pruebas á que tuvo que sujetarse en el no­ viciado, á pesar de lo terribles, ó repugnantes, que se hacen para quien todavia conserve algun apego á las cosas terrenas, ó á la propia voluntad, tan fáci­ les, llevaderas y suaves le parecieron á BerrioOchoa que escribiendo á un tio suyo carmelita, Fray Juan de Arizti, le decia que le daba pena no fuese perpétuo el noviciado; pero que estaba muy conten­ to en ir á donde la obediencia le destinase, sabien­ do que en esto hacia la voluntad de Dios; y en otra carta para sus padres ponderaba su bienestar y contento, diciendo con aquella espiritual jovialidad que le era propia «que algunas veces estaba con recelo de si Dios le castigaria con tanta felicidad, reservándole para la otra vida el azote que tenia merecido por sus milagros» llamando así á sus tra­ vesuras supuestas. Lamentábase de que los superiores, atendiendo á su carácter sacerdotal le eximiesen de oficios humil­ des, y con este motivo esclamaba desconsolado: «Me parece que no empiezo á ser religioso por don­ de debiera empezar.» Acometióle durante el noviciado un sueño insa­ ciable y tremendo, que á todas horas y en todas partes le acosaba de una manera c r u e l : los párpa­ dos le pesaban cual si fueran de plomo, cerrábansele - 35 — los ojos á pesar suyo, y el que de mucho tiempo atras estaba acostumbrado á no dormir más de cua­ tro horas al dia, ni una sola podia velar allí sin ha­ cerse gran violencia. Cualquier otro de ánimo menos esforzado hubiera sucumbido á esta terrible prueba con que el Señor quiso acrisolar su virtud y mostrar lo perfecto de su vocacion; pero á Berrio-Ochoa ni se le vió titubear, ni dejarse vencer, ni usar una sola vez de dispensa en esta lucha pertinaz del espíritu con la carne. Todavía tuvo que soportar u n a prue ba mayor, sin aflojar un punto en el fervor del espíritu, ni tenor de su vida, antes por el contrario redoblando y mul­ tiplicando la oracion y devociones. Al fin los padeci­ mientos de la carne suelen tener, en las personas de virtud, abundante recompensa con los deleites del espíritu, consuelos y regalos que el Señor les hace; y entonces no es de estrañar que sufran las penas con resignación, y aun lleguen á veces á pedirlas con humildad; pero carecer de todo consuelo inte­ r i o r , vivir en continua aridez y sequedad de espí­ ritu, ver siempre el cielo de bronce sin que deje caer ni una gota siquiera de celestial rocío sobre el alma, y mantenerse firme, sumiso y completamente abandonado en manos del que al parecer rechaza y se desvía, esto escede á t o d a ponderación, y es u n milagro de la gracia y de la correspondencia á la gracia. Pues así le sucedió durante casi todo el no­ viciado, habiéndole retirado el Señor las consolacio­ nes de que antes solia inundarle el. pecho, espe- — 36 cialmente en la sagrada comunion, y permitiendo que de ellas únicamente conservara el recuerdo para hacerle más sensible la pérdida. Puntualísima fué su observancia de todas las re­ glas, aun las más menudas, y al llegar aquí no es para omitido u n rasgo característico, que puede dar alguna idea de la perfección que en este punto al­ canzó. En el colegio de Ocaña estaba prohibido ha­ blar dentro del salon de conferencias espirituales: ocurrió, pues, que un dia, al entrar en él, y pa­ sado el umbral, descuidóse el maestro de novicios en preguntarle si habia academia literaria el juéves inmediato; entonces Valentin, queriendo cumplir la ley del silencio y la del respeto y obediencia debida al superior, retrocedió hasta fuera de la puerta, y vuelto al P . Maestro , le contestó: « S í , P a d r e ; » dando una eficaz lección de observancia á sus con­ novicios, no menos que á su mismo maestro, quien refiriendo este hecho aseguraba haber quedado cor­ rido y edificado. ¿Qué decir de la mortificación? De la esterior, que escedió á cuanto reclamaba el estado más perfecto de vida á que se habia consagrado; y de la inte­ rior, que se habia dominado hasta el caso de pare­ cer hombre sin pasiones. Con indicar que nunca se le vió, ni oyó, acción ni palabra alguna ociosa, ó na­ cida de mera curiosidad, decimos cuanto en esta ma­ teria se puede ponderar. Cosa tanto más digna de aprecio y memoria, cuanto que tenia un carácter muy jovial y era d e — 37 suyo afable, sensible y comunicativo, amando tier­ namente á sus padres, hermanos y amigos. Si fal­ taran de ello otras pruebas, bastaria por todas la preciosa correspondencia que con los primeros si­ guió, d é l a que más adelante daremos algunas mues­ tras. Con todo eso bien seguro es q u e , si la obe­ diencia y la caridad no le hubieran estimulado á escribirles algunas veces, habria negado á su corazon y sacrificado al Señor tan dulce y santo desaho­ go. ¡Tan despegado estaba de todo afecto de carne y sangre! Parécenos que en las preciosas líneas que vamos á copiar de sus cartas se retratan el corazon y ca­ rácter de Berrio-Ochoa. Contestando á las quejas d e sus padres por el partido que habia tomado de in­ gresar en religion, y singularmente á su madre que le argüia con el ejemplo de San Luis Gonzaga, el cual, para entrar en la Compañía de Jesus, habia pedido con instancia licencia á los suyos, dice: «Si Dios Nuestro Señor me quiere aquí ¿para qué m e quieren W . , padres mios, en medio de tantos pe­ ligros de perderse como hay en el mundo? ¿No es cierto que VV. m e dieron el ser para el cielo? ¿No es igualmente cierto que el estado religioso es un camino mas seguro para el cielo, que el del siglo? Den VV., pues, muchas gracias á Dios por el beneficio que ha hecho á su hijo, y pídanle in­ cesantemente que sea fiel á su vocacion. Es ver­ d a d , mi muy querida madre, que San Luis Gon­ zaga pidió licencia á sus padres antes de entrar en - 38 la Compañía; pero también lo es que San Luis Bel­ tran se escapó de su casa sin darles aviso y que al gran Santo Tomas tuvieron preso por mucho tiempo los de su familia, en medio de grandes miserias, porque quiso hacerse fraile; pero al fin salió con la s u y a ; porque Dios le tenia destinado para grande gloria y honra de nuestra religion; con que a s í , madre m i a , por esta parte ha perdido V. el pleito. Yo hubiera manifestado á W . mis de­ seos si hubiese tenido alguna esperanza de obte­ n e r su permiso, y habria ido á despedirme, á no temer que las lágrimas de V. m e hubieran hecho ser infiel á mi Dios y perder mi vocation. Pero como en Logroño 110 tenia que cuidar más que de mi cabeza ligera, por eso anduve muy ligero. Aunque esto es cosa hecha, sin embargo no puedo decir con certeza que seré fraile, hasta que llegue á profesar, y si conociera que no es esta la vo­ luntad de Dios, es bien seguro que tampoco sería la mia. Sea de esto lo que fuere, una sola cosa nos importa en este mundo, y e s , que hagamos una vida santa, para que nos veamos en el cielo por toda una eternidad. Madre mia: no se espante V. por los trabajos ¿ n o vé V. cómo los hombres atraviesan mares y tierras con el sudor en la frente p o r ganar alguna pese tita? Pues ¿qué no debemos hacer por ganar el cielo? ¿ P o r ver cara á cara á la Virgen Santísima?» Escusado es hacer comentarios de una carta tan llena de piedad, de discreción, de firmeza, de ter- — 39 — n u r a , de jovialidad, de rendimiento á la voluntad de Dios. Pues así son todas las que escribió. En otra les decia que si en Logroño en tres años e s ­ tuvo tres veces á la muerte, en Ocaña, con h a b e r mayores causas á que atribuir sus enfermedades, s e hallaba sano y contento, infiriendo de aquí que Dios le queria en su casa, con cuyo motivo les pide que rueguen p o r él para conocer del todo la voluntad divina en orden á su vocacion, y si llega con ella á profesar, se le ofrezcan en sacrificio, el cual, será m u y agradable al S e ñ o r , no tanto por razón de la víctima, como por el afecto que le profesan y en ello sacrificaran. Llegó por fin el término del noviciado, y el 12 de Noviembre de 1854, dia del Patrocinio de Nuestra Señora, hizo la profesion solemne con indecible j ú ­ bilo; porque tras larga ausencia y mortales ansias volvió á encontrar á su amado , para no abando­ narle jamas, y á beber á raudales los consuelos in­ teriores en que se abrevaba el alma y de que tanto tiempo estuvo desposeído; así es que no teniendo ya más que d a r en cambio á su Dios, se entregó él mismo totalmente en perpetuo holocausto para vi­ vir siempre en Jesucristo. Y tan perfecta fué la e n t r e g a , que, como afirma uno de los padres más provectos del colegio d e Ocaña, que allí le conoció y admiró, «vivia en la tierra; mas su trato y conversación estaban siempre en el cielo; nada le llamaba la atención sino e] cumplimiento de sus deberes. A pesar del estraño — 40 — rigor que consigo mismo observaba, llevando siem­ p r e ceñido u n áspero cilicio y descargando sin cesar en su inocente cuerpo duros golpes de disciplina, y teniendo p o r sistema no rehusar incomodidad algu­ n a , era con sus prójimos condescendiente hasta lo s u m o ; poseia el secreto de saber siempre escusar las acciones agenas, y su humildad era tan in­ geniosa que le sugería razones para persuadirle que era el p e o r de todos. La obediencia era para él la sumisión á la palabra de Dios en boca del hombre.» Tan escrupuloso fué en esta virtud, verdadera pie­ dra de toque de la santidad, que habiéndole man­ dado una vez acostarse p o r sentirse ligeramente in­ dispuesto, aunque á poco estaba ya bueno, continuó en guardar cama, hasta que visitándole el superior y preguntándole por la salud, le contestó que hacia dias se sentia del todo sano y bueno. « P u e s , ¿por qué está V. en cama?» replicó aquel. «Porque m e lo han mandado,» repuso fray Valentin. Los que co­ nocieron el temple de aquella alma tan activa y enérgica, que siempre ignoró lo que era miedo, ni apocamiento, podrán aquilatar el tesoro de obedien­ cia encerrado en esta respuesta y en toda su con­ duc t a , y acaso no estrañarán que hasta llegase á decir, en u n arrebato de fervor, «que si el prelado le mandara arrojarse al fuego, lo haria sin deten­ ción , persuadido de ser aquella la voluntad de Dios.» En el colegio de Ocaña terminó la carrera de ieo- — 41 — logia, estudiando el sesto, sétimo y octavo año, con singular aprovechamiento, «sacando frutos de cien­ cia y de virtud, como dice u n testigo irrecusable, de la Suma del Angélico Doctor y de las epístolas de San Pablo, que eran, con el crucifijo, los libros en que siempre se inspiraba.» Allí desempeñó el cargo de director, ó maestro, d e los hermanos conversos, ó legos, con grandísima utilidad de ellos, que le amaban como á padre y le respetaban como á superior y como á santo. Bien que lo mismo sucedia con cuantos le conocieron; porque como dice el ilustrado dominicano P. Gainz a , hoy digno obispo de Nueva Gáceres, « s u pre­ sencia ejercia cierto poder sobre el alma y no era posible mirarle sin sentir cierta impresión de respe­ t o , veneración y devocion al mismo tiempo.» A esta causa decia u n respetable religioso franciscano que «hasta su rostro mostraba ser de los predestina­ dos» y el celoso P. Moran, del colegio de Ocaña, en donde le habia conocido y tratado muy á fondo, predicando el año de 1860 en el seminario de Lo­ g r o ñ o , no dudó asegurar «que luego que le vió habian quedado satisfechos sus deseos de ver u n santo en la tierra, y que esperaba sería colocado en los altares.» Así se dejaba vislumbrar en el rostro, que suele ser espejo del alma, aquella eminente virtud que cuanto más la ocultaba con el manto de la humil­ d a d , tanto más permitía el Señor que trascendiera al semblante, para edificación de otros. Así resplan6 — 42 — decía aquella santidad, madurada en el claustro, donde tantas virtudes modestas, desconocidas del mundo, porque no van acompañadas de ostentación y estrépito, exhalan purísimos perfumes, que á ma­ nera de oloroso incienso suben hasta el trono del Altísimo, y aplacan y detienen mil veces el brazo omnipotente, levantado para castigar los crímenes de la tierra. CAPÍTULO V. V Viaje y p e r m a n e n c i a e n Manila. Engalanado ya fray Valentin con los laureles del saber y las flores de todas las virtudes, era una víc­ tima propiciatoria tan agradable á Dios, como pronta para correr al sacrificio, objeto perenne de sus más fervientes votos. Preparósele el camino con la orden que recibió de sus superiores de pasar á Manila. Los que en­ tonces le trataron en Ocaña podrán decir el júbilo estraordinario que se apoderó de aquella alma, á la sola idea y placentero anuncio de acercarse á las pla­ yas inhospitalarias del Tunquin, donde tan genero­ samente estaban derramando la sangre por la pro­ pagación del Evangelio y salvación de las almas otros muchos ilustres atletas del Crucificado. Y trayendo á la mente las historias que en la niñez habia escu­ chado con tanto gusto, en que se refieren las per­ secuciones y trabajos sin cuento que sufrian los mi­ sioneros en aquellas remotas comarcas, y lo que despues habia oido en el colegio de Ocaña, fecunda escuela de mártires, enardecíase más y más su alma sedienta de padecer por la gloria de Jesucristo, con tal actividad que le brotaba el fuego en las palabras, — 44 — en los suspiros, en las miradas, y le traia como en­ loquecido y embriagado de amor divino. Se hallaba tan poseido de la certeza de continuar á las misiones del Tunquin y sufrir el martirio, que aunque la orden de los superiores era sólo de pasar á Manila, d o n d e , como á otros muchos, quizá la obediencia le retendria para siempre, ya él lo daba p o r supuesto, y hablaba de ello con tal seguridad que, en quien nunca afirmó como cierto lo dudoso, hace sospechar espíritu profético. Así es que en una carta que escribió á su tio fray Juan de Arizti, desde Cádiz, á bordo ya de la fragata HispanoFilipina, en que habia de ir á su destino, le de­ cía, despues de una tierna despedida y sirviéndose de unos testos de San Pablo: «Estoy de camino para »Manila, quce ibi ventura sunt m i h i ignorans; MÁS » A L L Á , vincula et ccirceres me rnanent.» En efecto, MÁS A L L Á le aguardaban prisiones y cárceles y mar­ tirio ; pero esto lo decia cuatro años ántes y á seis mil leguas del teatro de sus combates y vic­ torias. El 27 de Diciembre de 1856 salió del colegio de Ocaña con otros siete compañeros de viaje, religio­ sos de la misma orden; el 1.° de Enero de 1857 llegaron á Sevilla, de donde partieron la mañana del 3 , arribando aquella noche á la bahía de Cádiz; allí se detuvieron hasta el 2 9 , en cuyo dia levaron an­ clas y se hicieron á la vela. Iban en la misma embarcación, cuyo capitan era de Bermeo, cuarenta franciscanos, uno de ellos de - 45 - Ochandiano , algunos agustinos recoletos y una se­ ñora de Irun. Nombramos estos tres pueblos, por­ que con tal motivo decia fray Valentin á su buena madre, sabiendo que en ello le daba gusto, que los cuatro vascongados pasaban ratos deliciosos hablando la bella lengua del país natal. Antes de zarpar escribió desde la misma bahía á sus queridos padres una carta en vascuence tan llena de ternura y de piedad, que no podemos resistir al deseo de trasladarla aquí. Entre otras cosas, todas afectuosísimas, dice así: «¿Cómo, padres mios muy amados, cómo daré yo las debidas gracias á Dios, por todos los beneficios que me ha dispensado? Su brazo poderoso m e sacó misericordiosamente del mundo depravado dejando á otros muchos, menos pecadores que y o , en medio de los peligros; y ¿cuántas gracias no ha derramado sobre mi alma ingrata, en el puerto seguro de la religion? Y como si todo esto fuera poco, me ha escogido por após­ tol suyo, para ganar almas, redimidas con el su­ dor de su frente, con su preciosa sangre, con su muerte, y para brillar en el cielo como una lu­ ciente estrella, si correspondo debidamente á mi vocacion. ¿Qué lie de dar yo á Jesús por todo es­ to? Mi vida y todo cuanto soy debe ser suyo. Y aun VV. ¿cuántas gracias no tienen que dar á Dios por haber escogido á su mal hijo para la mayor dignidad que hay en el cielo y en la tierra? Mu­ chos padres viven colmados de gozo porque algu­ nos potentados escojen algun hijo suyo para paje, — 46 — y saltan de contento con la esperanza de engordar algo el bolsillo. ¿Cuánto mayor no deberá ser el gozo de VV. porque el Señor de todos los seño­ res ha elegido á su hijo único para mayordomo y clavero de su casa? Ofrezcan, pues, con todo corazon á Dios á este su miserable hijo siguiendo los pasos del patriarca Abraham. Ya me parece que les estoy oyendo esclamar: Señor, vos nos habéis dado á nuestro Valentinito; pues también os le ofre­ cemos; haced de él lo que os plazca. El dueño del buque donde estoy escribiendo es muy bueno, y el capitan hombre muy amigo de frailes; los mari­ neros, indios de color de cobre, pero muy servi­ ciales; el barco parece un palacio, tiene salas muy hermosas : más contento estoy aquí que en la grande y afamada ciudad de Sevilla. Por lo tanto no tengan VV. cuidado alguno de m í ; nada m e hace falta; pero lo que sobre todo estimo y apre­ cio es la compañía de mis hermanos de religion, á pesar de ser de muchas provincias; tres catala­ nes, dos valencianos, un manchego, un castellano y yo vizcaíno, nos queremos más que si fuéramos hijos todos de un solo padre. Adiós, mis queridos padres; muchos envian sus hijos á las Indias por u n poco de barro; el hijo de VV. también va á las In­ dias, pero no á buscar oro, ni plata, sino á ganar el cielo para sí y para otros; rueguen VV. á Dios y á la Virgen Santísima que no le falte su amparo. An­ tes de salir del colegio hemos cantado una hermosa misa en el altar del Rosario y no llevamos otro — 47 — miedo sino el de caer en pecado. Adiós otra vez, queridos padres » En otra escrita al mismo tiempo á D. Ignacio de Burguínas-Olalde, digno cura de Elorrio, íntimo y muy querido amigo suyo, y á cuya bondad debemos los más preciosos datos de esta biografía, dice, en uno de sus piadosos arrebatos de caridad, n o m é n o s deseoso de morir por Jesucristo que el insigne már­ tir San Ignacio y casi con sus mismas palabras: «Vengan, vengan hierro y fuego y toda la rábia y furor del infierno á trueque de que yo dé á conocer á un hermano infiel al Señor de toda bondad y mi­ sericordia.» Verificóse la travesía sin contratiempo alguno con­ siderable, y desde el primer dia, aquellos fervoro­ sos misioneros arreglaron sus tareas y distribuyeron el tiempo, de manera que el buque más parecia convento que embarcación. Pero dejemos que el mismo fray Valentin haga la relación del viaje. lié aquí lo que desde Manila escribía á sus padres con fecha 4 de Julio: «Mis amados y venerados padres: hemos termi­ nado nuestra navegación y llegado á nuestro destino á los seis meses justos y cabales de nuestra salida del colegio de Ocaña, y á los cinco menos dos dias, desde que nos dimos á la vela; y ¡cuántas gracias no debemos dar á Dios por los beneficios que nos ha dispensado en tan larga travesía! No faltarán cien leguas para las cinco mil que han resultado de las observaciones diarias, y en tanto andar, no ha pa- — 48 — sado un dia sin que hayamos rezado, orado y co­ mido de comunidad. Ni los vientos, ni las olas, han impedido que celebrásemos cómodamente muchas misas, algunas de ellas cantadas. »No creo que se les haya pasado por la imagina­ ción, cuando algunas noches de la semana santa asistian á los maitines, que nosotros estaríamos también cantándolos, con la misma solemnidad, ó poco menos, que en Elorrio, hechos una alma, y un corazon, re­ ligiosos de tres órdenes distintas; pues ello es ver­ dad, añadiendo todavía algo más. »Estábamos en el m a r de peor fama de cuantos hemos cruzado, en los dias más santos del año, y no obstante, el juéves santo á las dos ó dos y me­ dia de la tarde, revestidos tres religiosos, de ellos dos dominicos y uno franciscano, despues de haber cantado solemnemente el evangelio del dia, se hizo la representación del grande acto de humildad que ejecutó nuestro adorable Salvador en su última cena, lavando el preste los piés á doce religiosos: con po­ cos instantes de interrupción, el mismo que habia lavado los piés, que era el presidente de nuestra misión, hizo una plática sobre el acto que acababa de ejecutar y sobre la doctrina que su recuerdo en­ cerraba. A las siete de la noche empezamos á cantar los maitines y se concluyeron con un Miserere á tres voces. El dia siguiente, á las siete de la mañana, predicó sobre la pasión el capellan del barco, fran­ ciscano, y se hizo á continuación el ejercicio del víacrucis, cantándose por la noche los maitines como — 49 — el dia anterior. El sábado santo, á la hora en que suele cantarse la misa, se dispararon cuatro caño­ nazos. »También hemos podido hacer el Mes de Mayo, á cuyos ejercicios, como á los anteriores, asistían también los seglares, con mucho consuelo nuestro, y recibían las papeletas en que estaban escritas las flores espirituales que cada cual debia practicar en obsequio de la Virgen, y se repartían todas las noches, »El 24 de Mayo llegamos á ver tierra, que no la habíamos visto desde el 22 de Marzo, y á los dos ó tres días anclamos en Auger, pueblo de la isla de Java, donde tomamos agua y otras cosas que por entonces nos hacían falta, y en donde saltamos á tierra para pasar un dia de recreo por entre las hermosas arboledas de que abunda aquella isla , en la cual veíamos con asombro á los hombres desnu­ dos, y con dolor á toda aquella pobre gente en­ vuelta en las tinieblas de la gentilidad, sacrificando al demonio en algunas mezquitas que vimos allí. ¡Oh! Cuánto debemos á Dios los mimados españo­ les, por los dones de naturaleza y de gracia! »Por razón de las calmas que nos cogieron por aquellas partes, próximas á la línea, tardamos mu­ chos días en llegar á Singapur, en cuya bahía ancla­ mos el día de Corpus. En esta nueva pero grande poblacion hay una misión católica, bajo la dirección de los padres franceses. El presidente de nuestra misión y P1 ^apollan fueron á visitarlos en nombre - 50 de todos, y al dia siguiente vinieron dos de ellos á bordo á visitarnos y convidarnos para el domingo infraoctava , en que ellos celebraban la gran fiesta. »En efecto, este dia muy temprano salimos del barco nueve franciscanos, un agustino recoleto y los ocho dominicos, y á la salida del sol saltamos á t i e r r a , fuimos ai templo católico (ya hacia meses que ninguno habíamos visto) celebramos la santa misa y vimos con gran consuelo el fervor y reli­ giosa modestia con que aquellos pobres neófitos se acercaban á la sagrada m e s a , á robustecerse con el pan de los fuertes, á fin de poder contrarestar el poder de los malos ejemplos y diabólicas sugestiones de los que todavía.seguían obstinados en el error, y de cuyas supersticiones gentílicas, ú obstinada rebe­ lión contra el supremo pastor de la Iglesia, habían sido poco ha partícipes y cómplices. ¡ Qué vergüenza para tantos y tantos españoles como miran con indi­ ferencia los más augustos misterios de nuestra sa­ crosanta religion, á los que si alguna vez se acer­ can, más es para escarnecerlos que para adorarlos humildemente! »Despues del desayuno en casa del señor Vicario, fuimos á la misa mayor que cantó nuestro capellan, asistido de u n franciscano y del agustino recoleto: en ella predicó en francés el P. Vicario y despues en chino otro de los padres. »Concluidos los oficios, quedaron los franciscanos á comer en casa del P. Vicario, y á nosotros nos llevaron en coche á un montecito, poco separado — S i ­ de la poblacion, donde están fabricando una casa de procuración para las misiones. Allí encontramos un venerable padre (como lo eran todos los que di­ rigían aquella fervorosa cristiandad) que nos recibió con todas aquellas muestras de amor que se pue­ den esperar de un verdadero hermano y de un varón apostólico, nos regaló con una buena comida, nos divirtió con su afable y jovial conversación en caste­ llano, y llenó nuestro corazon de gran consuelo con las noticias que nos daba, ya de algunos padres del colegio de Ocaña, ya de los padres de nuestro con­ vento de Manila y de algunos otros misioneros. »Serian las cuatro de la tarde cuando volvimos á la iglesia, y despues de unas solemnes vísperas, sa­ limos en procesion públicamente con el Santísimo Sacramento y con la gente que se puede esperar de una cristiandad de mil y quinientos verdaderos ado­ radores de Jesucristo, de que poco más ó ménos se compone. No sé la impresión que aquella augusta ceremonia liaría en los infieles; pero lo cierto es que abrían calle y que no observamos el menor insulto; y dicho sea para confusion de muchos que se titulan tan católicos como el Papa. Nos dirigimos á un co­ legio que está á cargo de las Hermanas de Caridad, cercano á la iglesia, y regresamos por otro camino. Concluida la reserva entre alegres, devotos y armo­ niosos cánticos, que en la sencillez de su corazon entonaban aquellos nuevos hijos de la Iglesia al adorable Jesús, nos despedimos de aquellos buenos padres, á quienes la nunca bastantemente alabada obra de la Propagación de la Fe había enviado á tan lejanos países, y volvimos, ya de n o c h e , á nuestra fragata. • »El mártes siguiente levaron anclas, y favoreci­ dos del viento, logramos arribar á los once dias, ante víspera de San P e d r o , á la bahía de Manila. A pocas horas, tres religiosos nuestros y otros tres de San Francisco vinieron á buscarnos en un vapor, y á breves momentos atracamos á la muralla. Apenas saltamos á tierra, principiaron á repicar las campa­ nas de nuestro convento, que está á pocos pasos de distancia; entramos en la iglesia, en cuyas puer­ tas nos esperaba la comunidad, y desde allí se or­ denó la procesión, cantando solemnemente el Te D e u m con acompañamiento de órgano, dirigiéndose á la capilla del Santísimo Rosario, que viene á ser como una pequeña iglesia, con sus cinco altares y órgano propio. Al entrar en ella divisamos entre mu­ chas luces á nuestra amabilísima Madre, á la prodi­ giosa imágen del Santísimo Rosario, patrona de estas islas. Y ¿ q u é habíamos de hacer nosotros, pobrecitos pecadores, á su amorosa á la par que respetuosa vista? Tendernos á lo largo en el suelo, pidiendo la bendición á nuestra querida Madre, y despues saludarla puestos de rodillas. Concluido el Te Deum volvimos á postrarnos, mientras la comu­ nidad hacia oracion á Dios para alcanzarnos el perdon de las faltas en que podíamos haber caido du­ rante nuestro viaje, y concluida esta nos fueron dando un abrazo fraternal todos los padres en la — 53 — misma capilla, á donde habia acudido mucha gente á presenciar este tierno acto. »El dia siguiente por la mañana, nos sacaron á una casa que tenemos á poca distancia de Manila á pasar algunos dias de r e c r e o , y baste ya de noti­ cias, que quiero dirigir algunas palabras en vas­ cuence á mi querida madre para que sea completa la función.» Hasta aquí la carta en castellano. En el convento de Santo Domingo de Manila se dedicó especialmente á prepararse para las misio­ nes de Tunquin, redoblando las oraciones y peni­ tencias, y procurando adquirir las noticias y cono­ cimientos necesarios al desempeño del difícil y penosísimo apostolado á que su vocacion le llevaba. Gomo el género de vida tan lleno de trabajos y pe­ ligros que tienen los misioneros en el imperio anamita pide corazones denodados y gracias especiales, á nadie obligan los prelados á marchar allá, si no lo solicita, en cuyo caso, si el pretendiente reúne, á juicio de un Consejo de la Orden establecido en Manila, los requisitos conducentes á ministerio tan arriesgado, se le da el debido permiso y bendición. Así sucedió con fray Valentin, que habiendo soli­ citado en la primera ocasion pasar á dichas misio­ nes, fué acogida la súplica por unanimidad, en cuya virtud se dispuso á partir para fines de Noviembre, ó principios de Diciembre, de aquel mismo año. Estando cercano el dia del embarque, volvió á es­ cribir desde Manila á sus padres y amigo D. Igna- — 54 — ció, unas cartas, como suyas, tiernísimas, chistosas y rebosando en ellas devocion y piedad. Refiere lo que ha visto en aquella colonia nuestra y se entu­ siasma con el placentero recuerdo de la fe de nues­ tros mayores, de la que dejaron huellas indelebles en todas las regiones á donde llevaron su pendón triunfante, imprimiendo en las costumbres públicas el sello de su católica y acendrada religiosidad. Entre otras cosas se congratula de lo estendida que está allí la devocion del Santo Rosario, institu­ ción española y rico venero de felicidades espiri­ tuales y temporales, con la que ningún compatriota del gran Guzman dejaba de cumplir diariamente en otro t i e m p o , y se regocija ademas de la hermosa práctica de rezar las Ave Marías, á cuyo toque en casas, calles y plazas todo el mundo en Manila sa­ luda á la Inmaculada Patrona de las Españas. Pia­ dosa costumbre, ya casi desterrada de esta tierra clásica de María, de cuyo singular amor guarda un preciosísimo testimonio en el famoso Pilar de Zara­ goza; costumbre que todavía 110 hace cuarenta años todo español se esmeraba en cumplir, cuando al pri­ m e r tañido de la campana, hasta en el Prado de Madrid, se paraban los coches y la gente de á pié, y con las cabezas descubiertas todos rezaban en si­ lencio la salutación vangélica. Los renglones que puso en ascuence para su an­ ciana y cariñosa madre bien merecen ser aquí tra­ ducidos, porque su lectura llena el corazon de sua­ vísimos sentimientos. Dicen de esta manera: «Madre mía ¿con que también V. se lia encorvado? ¡Ay! á nadie perdonan los años; pero de seguro que no se ha envejecido tanto que haya quien le venza en hilar. »No se espante V. por los a ñ o s , llevando vida santa; pues sin morir nadie entra en la gloria. De­ jemos el mundo para los necios, que si arde el corazon en amor de Dios, no faltará hospedaje en el cielo. Nada importa que ahora coma V. el pan con trabajo; porque la pobreza es atajo para la gloria; ni busque V. con afan el dinero, pues á pesar de ser tan hermoso el o r o , si perdemos por él nues­ tra alma, no faltarán lágrimas eternas á nuestros ojos y ardientes llamas á nuestro corazon. »El santísimo rosario en la mano, el Padre nuestro y Ave María en los lábios y pensamientos santos en la cabeza ¿qué cosa hay más bella en el mundo? »Ea, pues, madre m i a , le clama su único hijo de V. tengamos el corazon puro, porque así lo manda la ley de Dios; y si alguna vez se mancha con el pecado ¿ p o r qué no corremos á la iglesia? Mucho se alegran los ángeles en el cielo cuando el pecador se confiesa de sus pecados. »Ruegue Y. por mí al P. Santo Domingo y tam­ bién á la Virgen María; que la oracion bien hecha ahuyenta las asechanzas del enemigo. Presto saldré de Manila para vivir entre gentiles; aunque mi esta­ tura es corta, voy á dejarme larga la barba; cuando me cubra to la la cara ¡ qué horrible será mi ca­ tadura ! — 56 — »Adiós, madre mia, páselo V. bien y no se rompa la cabeza pensando en mí. Adiós; ya con esta carta tiene V. un ratillo de diversion hasta otra vez; en­ sanche el corazon, pues que está bueno su chi­ quito.» El que con tal espíritu y jovialidad se espresa y con tanta ternura trata de consolar y regocijar á su afligida m a d r e , es el mismo que está en vísperas de arrostrar inminentes peligros, de sufrir inauditas privaciones y de esponerse á una muerte casi cierta y muy desoladora; sin embargo, la fe le da aliento para todo; porque no ignora los trabajos que pronto le aguardan, antes por el contrario, bien sabedor de ellos, con ánsia los busca, anhelando padecer y morir por Jesucristo. En prueba de esto, véase lo que escribía á su amigo D. Ignacio, á quien descu­ bre lo que habia ocultado á sus padres por no afli­ girlos : «Estoy en vísperas de emprender una nueva na­ vegación. Se habia determinado que el dia de hoy nos embarcásemos; pero con motivo de haber lle­ gado ayer un misionero de Tunquin, que venia di­ rectamente de Macao, donde nos estaba esperando hacia muchos dias, se ha podido conseguir la dila­ ción de dos. Pasado mañana, pues, nos haremos á la vela, Dios mediante , con destino al vicariato central. »En este vicariato se levantó una cruel persecu­ ción contra los misioneros, en la que derribaron, ó quemaron, todas las iglesias, y el misionero que - 57 — salvó el breviario y el misal se podia reputar por dichoso. Fué apresado el Ilustrísimo Sr. Díaz la vís­ pera de la Ascension, y decapitado por la fe el 20 de Julio último, y los demás misioneros andan dis­ persos, escondiéndose cada uno en donde mejor puede. »A pesar de estas persecuciones, el evangelio de Jesucristo fructifica en aquel vicariato, en donde hay una cristiandad de más de cien mil almas, y el año pa­ sado han podido bautizar treinta y cuatro mil pár­ vulos i n artículo mortis, de los cuales apénas ha­ brán sobrevivido ciento, los que suelen rescatarse. Con que aunque los misioneros no consigan otra cosa, pueden darse por bien empleados sus tra­ bajos. »Mucho me alegraria que VV. tomasen parte en propagar la obra de la Santa Infancia, cuyo fin es comprar, ó rescatar, criar y educar los hijos párvu­ los de los infieles. ¡Cuántas veces el pobre misionero tendrá el corazon atravesado de dolor al ver que por falta de unas miserables chapecas (1) exhala el tierno infante el último suspiro fuera del seno de la Igle­ sia católica, y queda privado para siempre de la amorosa vista de Dios! »Ya sabe V. la energía con que el apóstol San Pablo exhortaba á los fieles á contribuir con sus limosnas para socorrer las necesidades de los po­ bres hermanos de Jerusalen, y los motivos que les proponía para que el temor de la pobreza no enti(1) Moneda de escaso valor en el imperio de Annam. 8 — 58 — biara su caridad. Echemos, pues, mano de los mis­ mos medios, y si los resultados no son idénticos, acordémonos que en el dia de la remuneración no será el fruto la medida del premio, sino el trabajo y la caridad con que le hubiéremos puesto.» Este es el espíritu de los verdaderos apóstoles del Señor: esta la valentía de los que manda por su bon­ dad á que anuncien á todas las gentes la nueva feliz del Evangelio: y este el triunfo dichoso, de que van remotísimos los misioneros del error y vil interés que también envia para perder las almas la volun­ taria y obstinada ceguedad de los protestantes. El buque en que iba nuestro esforzado apóstol, zarpó de Manila el mismo clia que la Iglesia celebra la memoria de San Francisco Javier, circunstancia feliz, que no dejaria de contribuir á inflamarle el ánimo generoso, afianzarle en su heroico propósito é infundirle más ardientes deseos de imitar las es­ clarecidas virtudes y proezas del grande apóstol y taumaturgo de las Indias y del Japón. Vé, en buen hora, discípulo de Jesús, á seguir las huellas de tu Divino Maestro, y despues de sa­ ciarte bien con las tristezas y amarguras del huerto de Getsemaní, sube al monte Calvario á conquistar la corona reservada á los que han peleado varonil­ mente las batallas del Señor y consumado su carrera en testimonio de nuestra santísima fe. J CAPÍTULO VI. Reseña histórica de l a s m i s i o n e s del imperio anamita. Antes de pasar adelante no será l'uera de propó­ sito dar una rápida ojeada por las misiones del Tunquin y Cochinchina, para que el lector conozca el teatro de las peleas y victorias de fray Valentin, y pueda formar una idea aproximada de los riesgos inminentes á que se iba á exponer, y de las infinitas privaciones y penalidades que el celo de la gloria de Dios y de la salvación de las almas le hacia abrazar con una ánsia de que solo son capaces los discípulos de la Cruz. Desde que el célebre Vasco de Gama, inmortali­ zado en la lira de Camoéns, doblando el borrascoso cabo de las Tormentas, ó de 13uena Esperanza, des­ cubrió el rumbo por donde las naciones europeas se comunicarían con las apartadas regiones del Asia y archipiélagos de la Oceania, los piadosos reyes de Portugal, no contentos con mostrar el nuevo derro­ tero, y abrir al comercio y á la industria este inago­ table manantial de riqueza, procuraron, con gran leson. digno de memoria eterna, difundir por aque- — 60 — lias vastas regiones la luz del evangelio; y con ella la única, verdadera y legítima civilización. Apoyados y protegidos por el gobierno portugués, volaron á fecundar con la palabra divina aquella tierra inculta muchos varones apostólicos; pero entre ellos ninguno «avanzó tanto, ni trabajó m á s , ni alcanzó victorias más ilustres que el famoso español Fran­ cisco Javier, hijo muy semejante y muy querido de San Ignacio de Loyola, y santo también insigne, q u i e n , despues de haber evangelizado las Indias, penetró en el hasta entonces inaccesible imperio del Japón y esparció allí á manos llenas la luz de la ver­ dad, que continuaron propagando y dilatando en se­ guida otros hermanos suyos, sucesores de su celo y espíritu, á cuya santa obra coadyuvaron despues varios misioneros ilustres de otras órdenes reli­ giosas. Grandemente florecia la ley de Dios en aquel vasto imperio, cuando el feroz Taicosama suscitó en mal hora contra ella una de las más terribles persecu­ ciones que han visto los siglos, la cual tuvo por fin y complemento tristísimo ahogar en sangre todos los vástagos de aquella nueva y generosa viña. Mu­ chos misioneros sellaron con su vida la verdad de la doctrina que predicaban, y muchísimos neófitos con admirable fortaleza dieron testimonios de su fe en medio de cruelísimos suplicios. Sea lícito recordar aquí que apenas hace un año que el mundo vió con asombro al inmortal pontí­ fice Pió IX, á la cabeza del episcopado católico, y — 61 — de innumerable concurso de fieles de todjs las len­ guas y regiones del orbe atraidos á la voz del Sumo Pastor, solemnizar con desusada pompa los triunfos de algunos más señalados de aquellos atletas de Je­ sucristo; y levantar su voz infalible, declarando so­ lemnemente por santos á los siervos de Dios, y anatematizando otra vez con igual solemnidad y gran­ deza los hechos, doctrinas é intentos de los moder­ nos perseguidores de la Santa Iglesia. Cabalmente en los momentos mismos llegó á Roma, para mayor consuelo y aliento de los fieles, la noticia del glo­ rioso triunfo obtenido por fray Valentin y sus com­ pañeros. En aquella atroz persecución de Taicosama, que llegó al estremo de destruir hasta los cimientos las casas en que se encontraba alguna cruz, echando al agua las piedras, para que con ellas no se vol­ viese á'edificar, y aun de perseguir y matar todas las palomas, porque bajo de tal símbolo represen­ taban los cristianos al Espíritu Santo, casi todos los misioneros anhelaban y se disponían al sacrificio de sus vidas, y ninguno hubiera quedado vivo, si la prudencia de los superiores, poniendo coto á un celo que exasperaba más la ira del tirano, atizaba el fuego de la persecución y podia emplearse con mayor bien de las almas en otros puntos, no les hubiera obligado á abandonar un campo cerrado por todas partes á la luz. Por eso algunos nuevos padres de la Compañía que iban de refuerzo destinados al Japón se detu­ — 62 — vieron en t Macao, y no sabiendo permanecer ocio­ sos, se encaminaron á evangelizar las islas de Haynam y Macasar, y los reinos de Camboja, Chiampa, Laos y principalmente los de Cochinchina y Tunquin, pueblos entonces desconocidos de los europeos. ¡ De esta manera la misericordia de Dios, según los de­ signios de su Providencia, sacaba bien del mal en utilidad de sus predestinados, como siempre lo hace! Estos dos reinos, que como es sabido, caen al Sudoeste de la China, y tienen 1,500 millas de N. á S. y 300 de E. á 0 . con mas de 30 millones de ha­ bitantes, formaban á la sazón dos Estados indepen­ dientes, si bien tributària la Cochinchina del Tun­ quin; pero en el dia constituyen ambos en uno el imperio llamado de Annam. Hállase aquel vasto territorio bajo la zona tórrida y le riegan muchos y caudalosos rios, la mayor parte navegables, que se comunican entre sí por multitud de canales, y corren por llanuras inmensas, que se inundan frecuentemente con las crecidas de las aguas, templando de este modo los fortísimos ar­ dores del sol, y convirtiendo en vergeles muy ame­ nos u n terreno que, sin este recurso de la Provi­ dencia, seria estéril é inhabitable. Tan lozana y vigorosa es allí la vegetación, que las ciudades, lugares y aldeas estendidas por todas partes, y principalmente las que están sentadas en los altozanos y márgenes elevadas de los rios, se hallan como sumidas entre la frondosidad y follaje de los árboles y cañas de bambú, y tan feraz es el — 63 — suelo que mantiene á toda aquella numerosa pobla­ ción, muy dada al vicio de la gula, sin necesidad de traer de fuera bastimento, ni vitualla alguna. No hay más caminos que una calzada estrecha que atraviesa á lo largo todo el imperio, y los viajes or­ dinariamente se hacen en barcas; pero en algunas temporadas del año son, ó imposibles, ó muy pe­ nosos y arriesgados, ya por las avenidas y arriadas que cubren toda la llanura, y obligan entretanto á gran parte de la poblacion á vivir en balsas ó en barcos, de que todas las familias están provistas, ya por los dilatados esteros y fangales que por do quiera abundan. Esto hace también imposible, ó dificultosísima, cualquiera invasion esterior, y es asimismo causa de que sean mayores de lo que nadie puede ponderar la fatiga y trabajo de los misioneros, mayormente cuando arrecia la persecución, pues entonces se ven precisados á vivir ocultos de dia y caminar de no­ che para asistir á las cristiandades que tienen á su cuidado. El carácter de los anamitas es reflexivo, serio, ceremonioso; penetran pronto la fuerza de las ra­ zones; son hospitalarios y hay en el pueblo bas­ tante sencillez y aun piedad y devocion á sus ídolos: pero en general son muy glotones, avaros y dados al robo. La clase elevada, allí, como donde quiera que la religion no enfrena las pasiones, es dura, egoista y despótica, y muy sensual; por eso en ella es en donde menos prosélitos han hecho los pre- — ö4 — (tocadores, y de donde siempre lian salido las per­ secuciones contra la doctrina del evangelio. La pluralidad de mugeres que autoriza, consiente, ó di­ simula toda secta falsa, y de que tanto abusan el po­ der y la riqueza, fué siempre un obstáculo casi insuperable, para que se propague la religion ver­ dadera, que es religion de espíritu, de razón y a m o r honesto. También antiguamente compusieron aquellos dos reinos u n solo imperio llamado An-Nam, esto es, descanso austral ó Tun-quin, corte oriental ó Cdochi, que significa dedo torcido, por el defecto bastantante común de aquellos naturales, de tener el pulgar de los piés tan desviado de los demás que se abre en ángulo casi recto. Así lo afirma el P. Fe­ lipe de Marini, celoso misionero de la Compañía, á quien más de veinticinco años de permanencia en el Tunquin, y el haber escrito la historia de aquellas misiones de orden del Papa Alejandro VII, á quien la dedicó, hacen merecedor de todo crédito. Envuelto en fábulas se halla el origen de aquel país, como el de casi todas las naciones; pero lo cierto es que por mucho tiempo formó parte de la China, y fué uno de los diez y seis reinos de que se componia el vastísimo imperio celeste, de cuyas cos­ t u m b r e s , legislación y literatura, conserva restos evidentes. Pero despues de varias vicisitudes sacu­ dió definitivamente el yugo de la corte de Pekin, capitaneado por u n mandarin célebre llamado Le, á quien proclamaron rey despues de la victoria, y — 65 — cuya dinastía gobernó el Tunquin hasta 1 5 3 6 , en que una conspiración urdida por la poderosa familia Mac dió á esta la corona. En 1596 un caballero n o ­ ble de la de Trink derrocó al usurpador, y devol­ viendo la soberanía con el nombre de Búa, ó rey, á la antigua dinastía Le, retuvo para sí y sus descen­ dientes el ejercicio de ella con el dictado de Chua, ó gobernador. Aprovechándose de las revueltas pa­ sadas se habian hecho fuertes varios régulos en los confines del Tunquin, por lo cual combatió con ellos el nuevo gobernador quitándoles algunas provincias, parte de ellas ya incorporadas á los reinos de Lao, Chiampa y Gamboya, con las que se formó la deno­ minada propiamente Cochinchina; pero l i b e l á n ­ dosele otro caudillo, q u e , temible á los tunquineses, logró al cabo constituir con esta un nue­ vo reino independiente, si bien tributario del de Tunquin. Tal era el estado de aquellos pueblos, cuando en 1624 penetró en Cochinchina el P. Francisco Buzzuonio, de la Compañía de Jesus, y habiendo sido muy bien recibido de la corte, llamó á otros com­ pañeros, que sin demora se dedicaron á aprender la lengua para poder evangelizar al pueblo. El año de 1626 entró igualmente en la capital del Tunquin el P. Julian Baldinotti, con un hermano coadjutor, y obtuvo también una acogida muy bené­ vola de parte del rey, mandarines y nobleza, que deseaban entablar relaciones de amistad y comercio con Portugal, entonces tan famosa en el mundo. 9 — 66 — Animado con esto, volvió á Macao en busca de au­ xiliares, y los PP. Pedro Marques, portugués, y Alejandro Rhodes, francés, ya bien instruidos en la misma lengua que habían aprendido en Cochinchina, partieron para aquella populosa capital, en un buque fletado por varios comerciantes portugueses, con mercancías de mucho precio y estimación en el Tunquin, á donde llegaron el 19 de Marzo de 1627, dia del patriarca San José, á cuyo patrocinio se en­ comendó aquella misión. Con benevolencia y alegría fueron recibidos estos nuevos apóstoles, y aprovechando tan favorable dis­ posición, empezaron al momento á ejercer su minis­ terio con celo infatigable y consumada prudencia. Abundantísimo fruto lograban de sus tareas evan­ gélicas, y ayudados por otros padres de la misma Compañía, que iban llegando, echaron los cimientos de aquella cristiandad, tan hondamente que subsiste aún. á pesar de las terribles y repetidas persecucio­ nes que ha sufrido y está sufriendo con portentosa constancia y heroísmo. Cuáles fueron en aquel reino los progresos del cristianismo puede colegirse, con sólo saber que en 1658, es decir, á los 31 años, habia ya trescientos cincuenta mil fervorosos discípulos de Jesucristo. No tan rápidos, pero siempre crecientes eran los ade­ lantos que los padres lograban en Cochinchina, cuyo reino iba aumentándose con otros varios territorios recientemente ganados á sus fronterizos de Chiampa y Laos, y en la misma fecha de 1658 pasaban de — 67 — cincuenta mil los cristianos allí existentes, á nin­ gunos inferiores en piedad y fervor religioso. No todo, sin embargo, habia sido calma y bo­ nanza, porque varias veces se levantaron olas y tor­ mentas, y en persecuciones más ó ménos empeña­ das y en luchas repetidas se probó á menudo el celo y la esquisita prudencia de los misioneros, y la constancia de los neófitos. No es bien callar aquí el rasgo heroico de los PP. Félix Morelli y Francisco Montefiascoli, á cuyo generoso sacrificio se debió el que en 4650 se apa­ ciguase una persecución que habia empezado con gran severidad. Gomo encallase en una de las bo­ cas de aquellos peligrosos rios un buque portugués, que venia de Macao con mercancías para el Tunquin y regalos para el rey, hallándose en grande aprieto la tripulación, no quisieron ios padres abandonar el buque y salvarse, como pudieron hacerlo con unos pocos, por asistir en los últimos momentos y confe­ sar y suministrar los auxilios espirituales á los po­ bres náufragos que en él quedaban ya próximos á sumergirse, como sucedió, y los padres con ellos, víctimas de la caridad. Sabido el caso por el mo­ narca, que de ántes conocía al P. Morelli, suspen­ dió la persecución, y aun tributó á la memoria del buen padre honras estraordinarias, ordenando que su cadáver fuese enterrado en el lugar destinado para sepultura de la familia real. Siendo pocos los operarios evangélicos para tanta m i e s , suplieron la falta con la institución de cate­ — 68 — quistas y maestros indígenas, escogidos entre los más aptos, que despues de bien instruidos, ayu­ dasen á estender y propagar la verdad, bajo la di­ rección de los padres, quienes pensaron también en la conveniencia de crear un clero asimismo indígena, para asegurar de este modo los resultados de la mi­ sión; con cuyo fin acudieron á Roma, en donde fué acogida la idea favorablemente, y vencidas muchas y no leves dificultades, se consagraron algunos obisbos q u e , con el carácter y nombre de vicarios apos­ tólicos, pasaron allá á ponerla en práctica. En 1676 arribaron á las mismas playas los ilustres hijos de Santo Domingo, y rivalizando en celo con los de San Ignacio, ayudaron eficazmente á esten­ d e r el reino de Jesucristo , de manera que ya en 1750, contaban ellos solos con una nueva grey de m á s de sesenta mil almas. También fueron llegando posteriormente misione­ ros de otros institutos religiosos, como agustinos recoletos , franciscanos y presbíteros seculares d e las misiones ad exteros, y trabajando todos á porfía en la viña del Señor, allegaban frutos preciosísimos para el Padre de familias. Imposible hubiera sido que el infierno dejase d e suscitar guerra encarnizada para impedir tanto bien, y viendo la esterilidad de las persecuciones hasta allí movidas, y particularmente la furiosa de 1698, de la que fueron principales víctimas cuatro hom­ bres y dos mujeres muertas de hambre en Cochinchin a , por rehusarse á renegar la fe, inspiró en el ánimo — 69 — del rey de Tunquin en 4719 un decreto en el que se proscribía el ejercicio de la religion cristiana, y se mandaba la destrucción de las iglesias y el destierro de los misioneros, conminando penas infamantes y dolorosas á los confesores de la fe. Recrudecida cada vez más la saña del gobierno contra el nombre cristiano, sin que bastasen caute­ las ni diligencias para apaciguarla, empezó en 1723 á sacrificar nuevas víctimas humanas. Presos dos padres de la Compañía con siete de sus catequistas y discípulos y otros dos cristianos de la misión de los dominicos, los llevaron á la cárcel con pesadas cangas (1) y cadenas. En ella murió uno de los pa­ dres , cuyo nombre se ignora, y el otro, llamado Francisco María Bucharelli, fué conducido al suplicio el 11 de Octubre y decapitado con los demás presos. «Determinado habia el Señor,» dice á este propó­ sito el ilustrado misionero dominico P. fray Manuel de Rívas, en el curioso libro intitulado Idea del i m ­ perio de A n n a m , 1859; «determinado habia el Señor que la sagrada Compañía de Jesus, que habia plan­ tado la primera en el campo frondoso del Tunquin el árbol de la fe, le regase también la primera con su sangre.» Léjos de amilanarse los cristianos con tan desapia­ dadas crueldades, se aumentó por el contrario su fervor, y en los gentiles el respeto á una religion que á su presencia formaba tantos héroes. Los mi­ sioneros se aprovecharon de estas felices disposi(1) Una especie de yugo, que colocan sobre los hombros. - 70 — ciones para da r campo mayor al reino de Jesu­ cristo. Entre sobresaltos y penalidades sin cuento, si­ guió fructificando la semilla de la verdad, y otra vez arreció la tormenta en 1736 , en cuyo mes de Enero otros cuatro padres de la Compañía lograron la palma de los mártires. Perseguidos los misioneros p o r los años siguientes sin tregua ni descanso, es indecible lo que todos su­ frieron, distinguiéndose principalmente los padres do­ minicos Francisco Gil Frederick y Mateo Alonso Liciniana, que despues de innumerables penalidades, soportadas con sobrehumana resignación en los hier­ ros y cárceles, en donde se empleaban en consolar, confesar y bautizar á otros presos, ó á gentes que de fuera lograban penetrar en los calabozos, vertieron también por último su noble sangre por la verdad de la religion que anunciaban. Al cabo de algunas treguas, siempre acompañadas de infinitas vejaciones, recrudeció la persecución en 1 7 7 0 , y los dominicos fray Vicente de Castañeda y fray Vicente Liem de la Paz, fueron sacrificados por la misma fe. Tres años despues, un virtuoso cate­ quista del P. Liem, llamado Manuel Trien, alcanzó también la corona de los mártires; y las pocas igle­ sias que habian podido librarse de las devastacio­ nes precedentes, fueron entonces demolidas, y los cristianos vejados de mil maneras y reducidos á una suerte precaria y llena de sufrimientos. P o r los mismos años sufrió aquella misión, y aun — 71 — toda la cristiandad, una herida de muerte con la estincion de la Compañía de Jesus; y si bien los mi­ sioneros de las otras órdenes religiosas, y singular­ mente los dominicos españoles, redoblaron los es­ fuerzos, deseosos de aminorar cuanto fuese posible los funestos resultados de aquel desastre, y adopta­ ron las cristiandades de los jesuítas y el prudentí­ simo sistema por ellos entablado y seguido, no p o r eso dejó de causar males sin número aquel golpe que consternó á todo el mundo católico. Al tocar este punto fuerza es dedicar algunos momentos, como lo hace con imparcialidad y justi­ cia el ya citado P. fray Manuel de las Rívas, para rendir tributo de admiración á aquellos infatigables predicadores del evangelio , que por toda la haz d e la tierra esparcían la semilla del cielo, y aunque bre­ vemente, decir algo con que responder á las torpes calumnias que algun tiempo se levantaron contra la Compañía, en u n asunto que por rozarse con las misiones del Tunquin y Cochinchina viene ahora muy al caso. Inaccesible á los europeos el imperio de China, lograron á fuerza de constancia y sagacidad pene­ trar en él algunos padres de la Compañía, cuyo sa­ b e r admiró á los letrados y á la corte. Con discu­ siones solemnes, con el feliz desempeño de varios trabajos científicos que se les encomendaron y con una conducta digna de aplauso llegaron á ganar la estimación, y aun la gratitud, del Emperador, y ob­ tuvieron el fin que en todo se habían propuesto, y — 72 — no era otro que el permiso de enseñar la doctrina de Jesucristo. Perfectamente instruidos de los usos, costumbres, leyes, historia y literatura chinas, y tropezando en la tenacidad con que aquellos pueblos estacionarios viven aferrados á algunas prácticas, cuya destrucción repentina era un obstáculo invencible á la propaga­ ción de la verdad, examinaron maduramente cuáles de ellas, por tener significado supersticioso, debian vedarse á los neófitos, y cuáles podian permitírse­ les como puramente civiles. Habia entre las segun­ das varias ceremonias encaminadas de su institución á honrar la memoria de los antepasados, y otras de menor importancia, y para proceder con mayor acierto, se informaron de los letrados, que compo­ nen la clase mas distinguida, y aun del mismo em­ p e r a d o r , cabeza suprema de las sectas del Estado, en orden al espíritu y sentido de aquellas ceremo­ nias; y se les dió una contestación q u e , corrobo­ rando el juicio que de ellas habian formado, decla­ raba ser actos puramente civiles y practicados en esta inteligencia y espíritu. Con todo eso, algunos otros misioneros llegados despues á China, se alar­ maron con las esterioridades de tales prácticas, y acudieron á Roma, en son de queja, porque las to­ leraban los padres de la Compañía. Largo tiempo tardó Roma en resolver, y entretanto se dieron prisa los jansenistas, á sembrar sospechas, atizar discordias y levantar calumnias contra los misione­ ros d é l a Compañía, de quien siempre han sido ene- — 73 — migos. No se trataba, como algunos neciamente han dicho, de consentir á los neófitos el ejercicio de ri­ tos idolátricos, que la inmaculada pureza de la r e ­ ligion cristiana rechaza y condena, sino de saber si merecían esta calificación, tan odiosa, dichas cere­ monias practicadas en China, Tunquin é Indias Orientales, comprendidas bajo el nombre de ritos chinos y malabares. La cuestión era de suma trascendencia, pues de su resolución dependía, tal vez, la ruina de aque­ llas cristiandades. La mayor parte de los padres de la Compañía, según queda indicado, y de los obis­ pos y vicarios apostólicos de aquellas regiones, y algunos misioneros de otros institutos religiosos opi­ naban que en efecto aquellas ceremonias eran pura­ mente civiles, y que en tal concepto, debian tolerar­ se por no esponer á grandes riesgos la suerte de las nuevas cristiandades. La Santa Sede, sin embargo, al ver la discrepancia de pareceres, la cizaña que el ene­ migo iba sembrando en el campo del Padre celestial, y. las sátiras mordaces que con este motivo lanzaban orgullosos los enemigos de la iglesia de Dios, juz­ gó que debia cerrar la puerta á las disputas, y prefiriendo con prudencia evitar el mal presente, y positivo, al temor de ocasionar otro futuro y con­ tingente, sin decidir nada sobre la ciencia de los ri­ tos controvertidos, prohibió su ejercicio para en ade­ lante. Todos los misioneros sin excepción acataron y obedecieron el mandamiento del Vicario de Jesucris­ to _ 74 — t o , y por sólo cumplirle corrieron los mayores ries­ gos y sufrieron grandes penalidades los mismos que antes habían abogado por la tolerancia de aquellos ritos. Hermoso egemplo de abnegación y obediencia dió entonces la Compañía de Jesus; pero también se realizaron sus tristes vaticinios; también la ma­ yor parte de las conquistas de la fe desapareció y quizá para siempre de aquella estensa viña, que ya florecia con tan halagüeñas esperanzas. E s , p u e s , justísimo respetar las intenciones, el celo y la prudencia de aquellos bien informados y fervorosos misioneros, refiriéndose á los cuales de­ cían tres ilustres provinciales dominicos que en aquellas partes era moralmente imposible sacar fru­ to predicando de otra manera y siguiendo distinto r u m b o , que el mismo que llevaron los padres de la Compañía; y justísimo es respetarlos, ahora m a s que nunca, viendo que nuestro Santísimo padre Pió IX en el acto de beatificar al célebre P. Juan de Brito, uno de los que dejaron corrrer y practi­ car los ritos malabares, despues de examinada su conducta en las mismas misiones de la India, decla­ r a solemnemente que no traspasó los límites de la prudencia y del mas puro y acendrado espíritu de la Iglesia. Prosiguiendo ahora la rápida ojeada de las misio­ nes del imperio anamita, campo de tantas victorias de la fe, y á cuya liza veremos luego acudir armado con las armas de todas las virtudes apostólicas al fuerte campeón fray Valentin de Berrio-Ochoa, uno — 75 — de ios muchos astros que tachonan el cielo de la nunca bastante ensalzada orden de predicadores, será bien recordar aquella poderosa familia Mac, d e quien se dijo q u e , despues de usurpar la corona del Tunquin en 1536, habia sido arrojada del trono en 1 5 9 6 , por la familia Trink. Refugiada en los montes la familia Mac y soste­ nida p o r numerosos partidarios, daba bastante que hacer á los reyes del Tunquin y Cochinchina con asaltos y correrías, manteniendo constantemente buen gol­ pe de rebeldes, siempre dispuestos á echarse sobre ambos reinos. A fines del siglo pasado logró encender la guerra civil en los dos estados, asesinando á todos los in­ dividuos de las dos familias reinantes, menos al rey de Tunquin, que se escapó á China, y al hijo s e ­ gundo del rey de Cochinchina, llamado Nguyen-Auh, acogido y protegido por el obispo de Adra, Pedro Pigneaux, con cuyos buenos oficios y el apoyo d e quinientos franceses, dos buques mercantes y uno de guerra, consiguió triunfar de los rebeldes, des­ alojarlos de la Cochinchina y del Tunquin, y apo­ derarse de ambos reinos, constituyendo con uno y otro el imperio de An-nam, tal como ahora e s , y proclamándose emperador con el nombre de GiaLaong. Miéntras duró la guerra civil y el reinado de GiaLaong, disfrutaron los cristianos, si no de la entera protección del gobierno anamita, á q u e , siquiera poi gratitud, tenían buen derecho, á lo ménos d e — 76 — alguna mayor libertad para practicar su religion y los misioneros para propagarla; pero Min-Manh, que sucedió á su padre Gia-Laong en 1820, y Trien-Tri, nieto de éste, y Tu-Duc, biznieto y actual empera­ d o r , dignos émulos de los Nerones, Decios y Dioclecianos, desplegaron tanto odio y barbarie contra los adoradores del verdadero Dios, que aterra y asombra sólo el contarlo; bien que en tan prolon­ gada y feroz persecución 110 se sabe qué admiremos m á s , si la rabia nunca aplacada de los tiranos, ó la constancia nunca vencida de los mártires. Verdad e s q u e á veces parece como que aquella se cansa de m a t a r , harta ya de sangre cristiana; pero á poco vuelve á encruelecerse con nuevo brio y furor. Más de dos mil iglesias arrasadas y cuanto per­ tenece al culto y á la piedad, pasto de las llamas; millares de cristianos perseguidos, desterrados, en­ carcelados, puestos en horrorosos suplicios, ya ar­ rancándoles grandes bocados de los cuerpos con te­ nazas frías, ó hechas ascua; ya arrastrándolos por el suelo hasta quedar exánimes; ora azotándolos hasta saltarles en pedazos las carnes y descubrirse los hue­ sos; ora tendiéndoles en camas sembradas de clavos puntiagudos, ó echándolos á elefantes embravecidos; y todo entre la burla de los paganos recreados en verlos degollar, descuartizar y martirizar con todo género de muertes, á cual más inicua, bárbara y cruel, dan clarísimo testimonio de la saña y bruta­ lidad de la persecución. En esta interminable carnicería los mayores su- — 77 — plicios y mejores palmas eran para los misioneros. Entre estos descollaron algunos esforzados atletas de las misiones ad exteros y de la orden seráfica. Los nombres de los sacerdotes franceses Marchaud, Cornay y Jacar, martirizados en 1835, 36 y 3 8 , y del P. Odorico, muerto en la prisión á fuerza de pade­ cimientos, siempre serán pronunciados con respeto y veneración. Pero la que mayor materia dió á la ferocidad de los verdugos, fué la orden de Santo Domingo, por ser también la más estendida en el Tunquin, cuyos vicariatos oriental y central están encomendados á los dominicos españoles. Escribir el largo catálogo de sus mártires en es­ tos años de lucha, sería cosa interminable; pero no es posible pasar en silencio los nombres de los tres esclarecidos españoles y obispos dominicanos", mar­ tirizados hasta 1857, los venerables don fray Cle­ mente Ignacio Delgado, cuya cabeza sepultada en el rio se encontró á los tres meses incorrupta, entera y como recien segada del tronco: don fray Domingo José de llenáres, que en los treinta y siete años de su penoso apostolado estuvo sin cesar suspirando por el martirio; y don fray José Díaz de Sanjurjo, protomártir del colegio de Ocaña, decapitado el dia 20 de Julio de 1857 en Nam-Dim, desde cuya cárcel es­ cribió á sus hermanos de hábito pocos dias an­ tes del martirio una carta, cuya belleza y espíritu apostólico lo dirá ella m i s m a , y es del tenor si­ guiente: «J. M. I. Carísimos señores y hermanos mios: — 78 — este pecador vinctus i n Domino saluda y se despide de todos hasta la gloria. Perdón les pido de todos los disgustos y ofensas. Este cepo y cadena son r e ­ galados adornos, llevados por Jesus. Mi alma rebosa en alegría, esperando que mi sangre se derrame y unida á la que nuestro amable Redentor vertió en el Calvario, purifique todas mis iniquidades. Confío m e ayudarán con fervorosas oraciones á conseguir el don de fortaleza y perseverancia final. Supongo que pocos dias m e restan; pero entre estos leopardosanguijuelas se hacen largos los dias. ¡Ojalá sean el purgatorio de mis pecados! Escribo con una rajita d e caña en la hoja de u n libro, y no puedo alargar es­ ta. Mi declaración no compromete á nadie, y la ver­ dad queda salva. Hay mucho empeño en cojer al P. Trac. Me prometían salvar la vida de ambos si le hiciera presentarse, y m e vi comprometido para evitar sus preguntas sin ofender la verdad: gracias á Dios, ya salí del a puro, y ahora si m e pregun­ tan les respondo cid Ephesios. Al Sr. Tricomiense re­ comiendo los muchachos: el T u tiene especial méri­ to , por no querer dejarme hasta que fui preso. Adiós, amigos, p o r última vez. Cárcel de Nam-Dim, Mayo 28 de 1857.» DespiTes de esta pérdida tan sensible para aquella misión, la persecución se desbordó p o r todas partes en el imperio anamita; y para que ninguno de los fieles se escapase á las pesquisas y rigores del tira­ n o , á no que fueran á habitar los montes y caver­ nas con los tigres, sugirió el demonio al tirano, ó — 79 — lo aprendió de los tiranos del Japón, la maldita in­ vención de tender u n Santo Cristo á la entrada d e las poblaciones, barrios, cuarteles y parajes m á s frecuentados, mandando que todos al paso le habian de pisar. Este era el estado de aquella cristiandad, cuando fray Valentin, abrasado del celo de la gloria de Dios y salvación de las almas, se dispuso á penetrar en el Tunquin. CAPÍTULO Vil. S u arribo y v i d a e n Tunquin hasta la llegada de la espedicion franco española. Desde su salida de Manila no tuvo contratiempo not a bl e ; pero al desembarcar en las costas anamitas por la semana santa de 1858 , con otro conno­ vicio suyo, y guiados por el P. Riaño, ya veterano de aquella misión, hubo de correr grandes riesgos, empezando á probar del cáliz amargo desde el mo­ mento mismo de sentar el pié en aquella tierra. Tre­ pando montañas, vadeando rios caudalosos, de no­ c h e , á pié, empapado en agua, cubierto de lodo y estenuado de hambre y cansancio, llegó al fin al es­ condite del P. Estévez, á donde el venerable obispo de Tricornia D. Melchor García Sampedro, vicario apostólico del central, que también vivia oculto en una c h o z a , vino á darle fraternal abrazo el 15 d e Abril, entre doce y una de la noche. Al instante se consagró, con una intensidad sólo á su celo comparable, al estudio de la lengua t u n quina, cuyas dificultades venció con asombrosa ra­ pidez, poniéndose en breve en disposición de poder — 81 — ayudar á sus compañeros en las tareas y fatigas del apostolado. A todo esto iba arreciando la tormenta. Ya por enero y febrero habian sido martirizados el padre Koat, dominico, y los sacerdotes Kan-Dat y Hien, todos in­ dígenas , con otros treinta y nueve cristianos m á s : las prisiones rebosaban de adoradores de Jesucristo; el pueblo de Ninh-Cuong, de más de diez mil almas, casi todas regeneradas en las aguas del santo bau­ tismo , se arrasaba enteramente por negarse los ha­ bitantes á pisar la c r u z , y una hambre espantosa añadia nuevas tribulaciones, siendo ya tan lamenta­ ble la suerte y penuria de aquella cristiandad, que en la última carta que dirigió á Ocaña, poco ántes de su glorioso martirio, el V. Sr. García Sampedro, tan acostumbrado á ver y pintar aquellas escenas de desolación, se reconocía insuficiente á describir la de entonces. Los riesgos, de dia en dia más inminentes, hicie­ ron pensar ai Sr. Vicario apostólico en la necesidad de nombrar u n obispo coadjutor del Vicariato cen­ tral, no fuese que aquella grey quedára el primer dia huérfana de pastor en las circunstancias más críticas; y despues de haberlo consultado mucho con Dios, y de haber pedido su soberana luz con ora­ ciones y rogativas para el acierto de la elección, recayó esta en fray Valentin, cuya profunda humil­ dad se alarmó tanto, que fué preciso mandarle, en virtud de santa obediencia, aceptar el episcopado. Dispúsose desde luego la ceremonia de la consagraH — 82 — cion y se verificó el 27 de Junio de 1858, á las dos de la madrugada, en casa de un cristiano. Téngase p r e s e n t e , que aún no hacia tres meses que fray Valentin habia llegado al imperio de Anam y que todavía le faltaba mucho para hablar correc­ tamente lengua tan rebesada y conocer un país p o r donde sólo de noche, y siempre con mil cautelas y peligros, le era dado transitar; y sin embargo ya se *e conceptuó digno de la encumbrada autoridad d e príncipe de la Iglesia, y el más idóneo para ejer­ cerla en tan apuradas y calamitosas circunstancias. ¡Cuánta no sería, p u e s , la confianza que en su vir­ tud y relevantes pruebas se habia fundado! Inspiración de Dios fué sin duda la que el señor García Sampedro movió á nombrar entonces u n obispo coadjutor que pudiera ayudarle y sucederle; porque doce dias despues de la consagración de Berrio-Ochoa fué preso el primero, con dos jóve­ nes familiares suyos, y llevado al glorioso martirio con que ganó palma inmortal. Pero ántes de hablar de él, bueno será insertar aquí la carta del 14 de Julio en que el nuevo obispo coadjutor daba cuenta de lo ocurrido al Vicario general de la orden de Santo Domingo y comisario apostólico fray Antonio Orge. Dice a s í : «Reverendísimo Padre Maestro: Cuando yo pedí permiso para pasar á las misiones del Tunquin y el venerable consejo de Manila m e eligió con unánime consentimiento para continuar en estos remotos paí­ ses la obra comenzada por nuestro divino Maestro - 83 — en los términos de la Judea, era muy razonable q u e yo pusiese á vuestra Paternidad Reverendísima en conocimiento de mi destino; pero no lo hice; ¿y por qué? Yo no s é , Padre Reverendísimo. Espero que me perdonará mi falta, puesto que ahora voy á darle noticia, no sólo de eso, sino de otras cosas que yo quisiera no poder decirlas, y que vuestra Paternidad oirá con no pequeño sentimiento. »Nuestra entrada en Tunquin fué el mártes de la semana santa por la noche, y vimos que los cami­ nos de Sion se habian vestido de luto, y que no ha­ bia quien asistiese á las solemnidades, porque todas habian cesado. Quiescere faciamus, habian dicho sin dada nuestros impíos é inhumanos gobernadores, omnes ches festos Dei à terra. Los sacerdotes sepul­ tados en sus grutas, lanzaban sus gemidos hácia el Cielo, y la pequeña iglesia de Tunquin estaba opri­ mida de amargura. Las vejaciones que han padecido nuestros cristianos de un año á esta fecha, son in­ calculables y las paso en silencio , porque sé que otros misioneros le han enterado mejor de lo que yo pudiera hacerlo. »Una cosa, entre otras, diré á vuestra Paternidad Reverendísima, que no dejará de amargar su corazon, siendo, como es, tan ardiente el celo de vues­ tra Paternidad Reverendísima por el buen nombre de la orden, para la salud de los fieles y edificación del cuerpo de Jesucristo. De nuestra sagrada reli­ gion, pues, tan fecunda en santos y sabios prelados, ha salido ahora un aborto, y este aborto soy yo: — 84 — bien lo sabe V. P. R. tan pronto como sepa que soy ya un obispo hecho, pero no derecho. »Antes de mediados de Junio, sin que yo nada supiera, el Sr. Vicario apostólico me mandó el nom­ bramiento de Pro-vicario apostólico y Vicario gene­ ral, y aunque yo le pedí repetidas veces que, si po­ sible fuera, trasladase de mí este cáliz, el medio de que se valió para exonerarme de la pesada carga que me oprimia fué nombrarme coadjutor suyo. Confieso que bien hubiera querido librarme de este compromiso; pero cuando aquel, que para mí ha­ cia las veces de Dios, me dijo que en conciencia estaba obligado á aceptar la elección, acordándome del Qui vos audit me aiidit, y que todo lo podemos con la gracia del Señor, que nos conforta, no quise oponerme á los designios de Dios. Despues de la elección sólo tuve el tiempo preciso para los ejer­ cicios, que los hice como Dios me dió á entender, sin libro alguno á propósito para el efecto, y sin posibilidad de hacerme con él. Y no solo faltaba esto, sino que en la antevíspera de la consagración, viendo que no habia medio de poder hacernos con las vestiduras necesarias para la sagrada ceremonia, el señor Vicario apostólico y yo tomamos nuestras agujas y comenzamos á hacer de sastres, y lo peor era que las puertas estaban cerradas y quedábamos privados de tener la satisfacción de ver unas obras tan acabadas. Gracias á Dios que el dia siguiente re­ tiramos nuestros remiendos, porque, aunque con trabajo, llegaron á tiempo unas vestiduras decentes. — 85 »El dia destinado para la consagración era la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo; pero era tan triste el aspecto que presentaban las cosas de la re­ ligion, que para no llorar nuevas desgracias sobre las pasadas, nos pareció prudente anticiparla al do­ mingo tercero post octavam Trinitatis. Nos reuni­ mos , pues, el sábado anterior el Sr. Vicario apostó­ lico, el P. Vicario Riaño, el P. Carrera y yo en una casa prestada de limosna, y á eso de las dos de la mañana del domingo comenzamos la ceremonia. Co­ mo no habia canto, ni pensamiento de esta solemni­ dad accidental, se pudo concluir al amanecer, y pol­ la noche del mismo dia cada uno se retiró á su es­ condite. »Pido ahora á V. P. R. que me dé licencia para arrojarme á sus pies, y puesto en vénia, le pida humildemente perdón de haber manchado el santo hábito con mi subida al grado del sumo sacerdo­ cio, de que tan indigno me creia, y me creo y lo soy. De nuevo me confieso hijo de V. R. y como á tal quisiera que me mandara, me aconsejara, cor­ rigiera y castigara lo mismo que á cualquiera otro de sus hijos »Para última desgracia de la misión, el dia 8 del presente, nuestro Vicario apostólico don fray Mel­ chor García de Sampedro fué preso por los minis­ tros de Satanás, y al dia siguiente, cargado con una pesada cadena y puesto en una jaula, fué conducido á la capital. El dia anterior por la noche se salió del pueblo en que estaba escondido: pero por más — 86 — que anduvo toda la noche tentando los caminos para hallar uno por donde escaparse, todos los halló im­ pedidos ; así que al acercarse el d i a , se vió preci­ sado á volver al mismo pueblo y esconderse en una casa. Cerca' de media noche salió de ella y de la po­ blación, y cuando podia ya creerse en salvo, tropezó con algunos otros soldados, y cayó en sus manos. No sé todavía si le cogieron en el barco ó en tierra. »Anteayer tuve las últimas noticias; pero sólo supe q u e , aunque le habian sacado de la jaula, conti­ nuaba con sus cadenas. A un escribiente suyo, que habian cogido con él, azotaron inhumanamente, y le arrancaron con tenazas dos pedazos de carne, que­ riendo obligarle á confesar si habia más europeos. F u é muy paciente en el tormento y muy cauto en el hablar. Yo apenas tengo esperanza de verle vivo sobre la tierra. No sé si tendrá medio de poder escribirme é instruirme en muchas cosas que ne­ cesito saber. »Temo y temo mucho se pierda la corresponden­ cia de Roma y otros papeles interesantes, que m e abrirían los ojos para saber gobernarme y gobernar la misión. Vea ahora, Rmo. Padre, el apuro en que m e hallo. Hombre sin ciencia, ni prudencia, sin esperiencia y sin virtud, y sin entender todavía el idioma del país, con el peso de un vicariato como el cen­ tral ¿cómo es posible que no sucumba, si aquella gracia que dá sabiduría á los ignorantes y hace fuer­ tes á los flacos, no se derrama en mi corazon con — 87 — abundancia? Suplico á V. R. que con sus oraciones me ayude á alcanzarla. Escribo de prisa y corrien­ d o , y así disimule todas las faltas de que he lle­ nado esta carta.» Hasta aquí la carta á la cual hay que añadir que veinte dias despues de la prisión del Sr. García Samp e d r o , le arrastraron al suplicio con una pesada ca­ dena y en compañia de los dos fámulos. Llevaba en la mano el breviario, y llegado al lugar del marti­ rio, exhortó á sus dos queridos discípulos á la cons­ tancia y los bendijo en el instante en que los verdu­ gos les cortaban la cabeza. En seguida mandan al venerable señor tenderse en el suelo, y clavando cuatro estacas le amarraron á ellas los brazos y piernas, estirándoselas bárba­ ramente; clavan otras dos estacas pasándoselas por los sobacos, y otras dos por la parte superior de los muslos, y las apretaron con unos cordeles con tal violencia, que casi llegan á juntarse, oprimiendo y haciendo descoyuntar y estallar el pecho y todo el cuerpo del fortísimo mártir. A continuación con hachas de filo embotado empiezan á descargarle golpes en los muslos y brazos, ó como dice bien el autor de la relación de tan fieros tormentos, em­ pezaron á hacer leña en el árbol que tenian tendi­ do. Con doce golpes le cortaron las piernas por en­ cima de las rodillas y con otros siete los brazos. Al llegar aquí, la lengua del venerable m á rt i r, que en tan horrible carnicería no habia cesado de invocar el dulcísimo nombre de Jesus, perdió el movimiento, — 88 — y los verdugos, continuando en descargar golpes desaforados en aquel tronco informe, le cortaron por fin la cabeza á los quince hachazos, y despues le abrieron el vientre, y con un garfio le sacaron las entrañas. También este esclarecido obispo y mártir insigne era de los educados en el colegio de Ocaña. Cuánta debió ser la angustia de Berrio-Ochoa, con la pérdida del Vicario señor García Sampedro, y el peso del vicariato central que sobre sí cargaba en aquellos azarosos dias y á los pocos meses de ha­ b e r llegado al Tunquin, no es fácil esplicarlo; pero ménos fácil es de entender, no levantando el cora­ zon arriba, la inalterable alegría con que soportaba y se regocijaba en todos sus padecimientos. El mundo está muy léjos de conocer las maravillas que obra la gracia en las almas de los santos; pero ahí están sus cartas, y entre otras la primera que, despues de este lamentable y á la par fausto suce­ so, escribió á sus padres, en la que, habiendo refe­ rido las aflicciones y penalidades de aquellos pobrecitos cristianos, y pedido oraciones para ellos, dice con relación á sí mismo: «Vivan, padres mios, sin cuidado y sin congoja sobre la suerte de su hijo; se entiende de la suerte temporal; porque mi suerte eterna les h a de poner en sumo cuidado, y por lo mismo han de pedir á Dios y á la Virgen con to­ das véras que permanezca fiel á mi vocation. Por lo demás mis pequeños trabajillos no son dignos de llamar la atención de un cristiano, sino para ale­ grarse.» — 89 — Tan grande era el empeño que el tirano Tu-Duc y los mandarines desplegaban entonces por cojer á los misioneros del vicariato central, que para lo­ grarlo vejaban de mil maneras á todos los neófitos. Por este motivo se juzgó conveniente q u e , para ahorrar sufrimientos á las ovejas, se alejasen por algun tiempo los pastores, y decidieron estos pasar al vicariato oriental, en donde menos enfurecida an­ daba la tormenta. Marchó, pues, nuestro obispo á reunirse con el de Páfos, don fray Hilario Alcázar, coadjutor del Sr. Hermosilla, y vivió con él algunos meses, ocu­ pado dia y noche en la oracion y estudio del idioma tunquino y letras sínico anamíticas, de las decisiones de la sagrada congregación de Propaganda Fide y demás cosas concernientes á su elevado y espinoso cargo. Allí tuvo el Sr. Alcázar buena ocasion de conocer y admirar las preciosas dotes de su digno compañe­ r o , de quien decia en una carta dirigida al citado P. Orge que «era un varón de vida muy espiritual, de mucha oracion y admirable constancia en ella, muy ejercitado en la mortificación esterior y más aún de la interior, en la que habia hecho grandes progre­ sos; que, aunque austero consigo mismo, era suave y benigno con los d e m á s , de trato muy jovial, hu­ milde sin pusilanimidad, muy amante de Jesucristo, entusiasta admirador de San Pablo , hablando de cuya caridad se extasiaba, celoso y exactísimo en el cumplimiento de sus deberes, incansable en el tra12 — 90 — bajo y de brevísimo sueño, pues apenas daba cuatro horas al descanso; que no le faltaba la sal y condi­ mento de todas las virtudes, la prudencia; y que era tal el grado de estas, que se hacian sentir y ver de t o d o s , y su fragancia se estendió por todo el vicariato.» Entretanto iban llegando á Europa los clamores de aquellas cristiandades tan bárbamente oprimidas, y aun vino á Francia Monseñor Pellerin, obispo ti­ tular bibliense y uno de los vicarios apostólicos de la porcion que estaba al cuidado de los sacerdotes franceses de las misiones ad exleros, en demanda de socorro. No era de esperar que nación tan be­ licosa dejase á merced del sanguinario Tu-Duc las vidas de tantos hijos predilectos como habia enviado á ilustrar con la luz del evangelio el imperio anamit a ; y á esta causa, ya de suyo bastante poderosa para espolear los ánimos ardientes de una nación que se precia de magnánima, se agregaba el cons­ tante deseo de ocupar en aquellos mares u n punto de abrigo y apoyo conveniente á su política y co­ mercio. Así es que, valiéndose de una cláusula del antiguo y caduco tratado, que con la intervención del citado obispo de A d r a , Monseñor Pigneaux, ha­ bia celebrado Luis XVI con Nguyen-An, pensó el go­ bierno francés fundar una colonia y puerto fortificado en la bahía de Turana para atender á un tiempo á la protección de las misiones y de los demás inte­ reses de la Francia. Poco, ó nada, le iba en ello á España, si solo se — 91 — mira el provecho material que habia de repor­ tarle; pero el deber que tiene toda nación de protejer á los suyos en. cualquiera parte del mundo donde residan, y el que como reino católico le in­ cumbe también de procurar la propagación de la fe, tan lealmente cumplido por nuestros mayores; de­ terminaron su alianza con Francia y el envio de u n cuerpo de tropas al Tunquin, que pusiese término á tantas crueldades, reclamando la libertad del culto católico y la seguridad de los misioneros y demás cristianos. Efectivamente, en Setiembre de 1858, llegó la espedicion franco española á la bahía de Turana, arro­ llando á los orgullosos anamitas cuantas veces osaron dar la cara. Las dificultades, sin embargo, que ofre­ cía el t e r r e n o , y las condiciones desfavorables d e aquel imperio, ya en otra parte indicadas, frustra­ ron en gran parte la espedicion y detuvieron los progresos de los europeos, dando sobrado aliento á los tunquinos para no cejar en su diabólico propó­ sito de acabar con los ilustres confesores de Jesu­ cristo ; y exasperada la ira del tirano, llevó la fe­ rocidad hasta donde apenas la lengua humana podrá decir. Todos los antiguos tormentos se reprodujeron, y otros muchos, inventados sin duda por el infierno, se pusieron en ejecución. Difícil será aun despues de formarse una idea de tan­ to padecimiento saber que el señor Retord, escla­ recido obispo del vicariato occidental, en donde habia soportado hasta aquí los más crueles sufrimientos, — 92 — durante más de diez y seis años de penosísimo apostolado, prefirió retirarse á los montes á vivirentre las fieras, con algunos misioneros y otros cris­ tianos, y pereció estenuado de inmensas fatigas á los cinco ó seis m e s e s , y despues que los tigres habian devorado á diez y siete personas de su co­ mitiva. E n la imposibilidad de socorrer á aquellas cris­ tiandades, determinaron los espedicionarios enviar á lo largo de la costa algunos buques, á donde pu­ dieran guarecerse los misioneros y cristianos perse­ guidos. Poquísimos se aprovecharon de este auxilio, ó porque no lograron eludir la vigilancia de los ene­ migos, ni proporcionarse los medios de arribar á los buques salvadores , obligados á mantenerse á buena distancia del litoral, ó porque no quisieron abandonar el teatro de la lucha. De estos últimos fué Berrio-Ochoa, que viendo ya tan desencadenada la persecución, y que esta se dirigia, no sólo contra los misioneros, sino contra todos los cristianos, ó como él decia, no sólo contra los pastores, sino con­ tra las ovejas, estimó, como fiel y valiente, que en tan críticos momentos no debia desamparar el reba­ ñ o ; y así, lejos de encaminarse á las playas á bus­ car los buques auxiliares, y privándose de la fra­ ternal hospitalidad del obispo de Páfos, regresó al vicariato central, donde siempre fué más sañuda la persecución. CAPÍTULO VIH. S u apostolado e n T u n q u i n y s u martirio. Figúrese el lector, si es que puede, cuál seria la serie de trabajos que de aquí adelante aguardan á nuestro héroe. Privado de todo recurso y consuelo h u m a n o , careciendo de lo más necesario para la vida, escaso hasta de aire y luz; escribiendo de dia en un apartado y oculto rincón las muchas cartas que el gobierno de aquellas iglesias atribuladas exi­ gia, y las noticias que Piorna, sus antiguos prelados, la Congregación de Propaganda y la obra de la Santa Infancia reclamaban; recorriendo de noche entre mil riesgos y sufrimientos los escondrijos de los cristia­ nos para administrarles los sacramentos, repartirles el pan de la Divina palabra, alentar, consolar é ins­ truir á tantos infelices; oyendo á cada instante noti­ cias funestas de nuevos desastres; esperando á cada hora la prisión y el suplicio, y no por pocos dias, sino uno y otro m e s , un año y otro. ¡Oh! esto era vivir muriendo! No se crea, sin embargo, que de sus labios salga una sola queja, un lamento solo por lo que padece: antes bien todo lo juzga poco, sufrido por Jesucris­ t o , y siempre anhela padecer más y más. Su ar­ - 94 — diente celo no conoce otros límites que los que dicta la prudencia inspirada por la caridad, y entre­ gado totalmente á sus pobres hermanitos en Jesu­ cristo y á mitigar, ó aliviar, de algun modo las tri­ bulaciones del prójimo, no le queda lugar para sentir, ni casi conocer las suyas. Y todo lo abarca su prevision, y á todo se estiende, y le sugiere mil medios de acudir con dulces consuelos á todas partes. Entretanto recuerda que á seis mil leguas dejó á sus padres ancianos, queridos y venerados de su co­ razon, y les dirige bellísimas cartas, tan llenas d e t e r n u r a , piedad y donaire, q u e al leerlas no se puede menos de esclamar: sólo un santo es capaz de olvidarse hasta este punto de sí mismo para pen­ sar en los otros; de sólo u n justo se pudiera creer tanta serenidad y alegria en medio de tanto padecer, y sólo en los lábios de la virtud heroica se oye un lenguaje tan celestial. En esta preciosa correspondencia, que debia es­ tamparse con letras de o r o , se ve retratado al vivo el corazon del fervoroso apóstol, del esforzado már­ tir, del esclarecido santo. Ya la prensa ha publicado en varias revistas cató­ licas, en los anales de la Propaganda y de la Santa Infancia algunas de las inestimables cartas de este ilustre obispo, que mientras vivió, fué el esmerado cronista de aquella misión ; pero en donde mejor pueden valorarse los quilates de su alma es en la correspondencia íntima y familiar, escrita á la ligera — 95 — para dar salida á la ternura inagotable de su pecho. Asombra ver á este varón insigne, en medio de tan estraordinarias privaciones, sufrimientos y peligros, entretenerse en dulces y amenos coloquios con sus padres y singularmente con su querida madrecita, (Nere biotzeco amacho maitia) á quien escribe siem­ pre en vascuence, única lengua que esta sabe, te­ niendo cuidado de hacer las letras muy abultadas para que los ojos cansados de la buena anciana pue­ dan leerlas con más facilidad, y ocultándole las no­ ticias que pudieran apesadumbrarla, de modo que si alguna vez refiere las penalidades que sufre, es en tono de chunga; y sólo cuando habla de las que esperimentan sus padres, ó neófitos, es cuando sus­ pira de compasion y angustia. ¡Oh! qué delicadeza de pensamientos, qué tesoro de cariño, qué modelo de respeto, qué riqueza de consejos, qué manantial de chistes, qué espíritu de abnegación, y sobretodo qué sabor de santidad rebosa y se percibe en todas sus cartas! Algunas insertaremos, aun de las vas­ congadas, en el apéndice, tal como las escribió su autor, para que los conocedores del idioma gocen de todas las bellezas de lenguaje, que pierden tra­ ducidas; pero aquí seguiremos reproduciendo varios trozos que hacen á nuestro intento. «Amada madrecita de mi corazon:» deciaen 1.° de Agosto de 4859; «Recibí su carta al principio d e este año; ¡ o h ! con cuánto consuelo vi la letra d e mi madre ! Mi corazon se dilató cuando supe que seguia V. fuerte de salud y firme también en los — 90 — coros de la Santísima Virgen. Tuve mucho gozo al saber que diariamente oia V. misa y pedia al amantísim o Jesus por todos. »Me pregunta V. sobre mi tenor de vida y alimen­ tos que usamos. Mi muy querida m a d r e , yo vivo muy bien, hecho todo u n señor obispo, y nada falta para comer. Lo que no hay es pan; ¡si V. pudiera enviarme uno, ligero y tierno, con algun pajarito! ¡ Oh! y con qué gusto comería este señor obispo y misionero el pan amasado por la ancianita! En cam­ bio tenemos maíz; pero aquí comen los granos cru­ dos y yo también ios h e comido algunas veces. La pesca de m a r y rio es abundante, y por e s o , y porque nuestro padre Santo Domingo lo manda en su instituto, mi alimento diario es pescado, y rara vez carne. »No tema V. que muramos de hambre; mas tam­ poco piense V. que por ser obispo ando en coche, sino descalzo de pié y pierna y en las tinieblas de la noche; pero vivimos alegres. Una noche anduve seis leguas largas con mucho lodo p o r abajo y abundante lluvia por a rri ba , y tuve que medir más de una vez la tierra, cayendo cuan largo soy, llegando á casa bien empapado en barro y lodo; pero estos cristianos, que son muy caritativos, tenían ya pronta agua ca­ liente, en donde tomé un baño, y quedé muy bien pa­ ra celebrar la santa misa. ¡Ay! hijo mió, diráV. ¡qué triste es esa vida! Nó, madrecita, este modo de vivir no es triste ; teniendo salud, anda alegre y firme la gente, y Dios nos consuela en nuestros trabajos : vo — 97 — aunque soy ya mozo viejo ( m u l i l z a r r a ) salto con brio por los lozadales. »Madre mia, ya Valentinito está hecho un salvaje, y la barba de mi cara es capaz de espantar al dia­ blo más viejo. »Ruegue V. á Jesus por m í , que yo también en la santa misa m e acuerdo todos los dias de mis pa­ dres, y lo que pido á Dios es que les dé á ustedes con qué vestirse y alimentarse en esta vida, y la gloria del cielo en la otra. Anímese, pues, madrecita mia, á llevar con paciencia los trabajos de este mundo. Nuestra carne se resiste; pero la gracia de nuestro amado Jesus tiene más fuerza que la carne y el infierno. »Pidámosle esta gracia poniendo por intercesora á la Virgen Santísima, San José, Santa Ménica y to­ dos los santos y santas del cielo.» En Diciembre del mismo año decia: «Hace cuatro meses que escribí m i última carta. Ahora se m e pre­ senta nueva ocasion de escribir á Macao y quiero aprovecharla para poner á V. cuatro letras, que no sé si llegarán á sus manos, porque los caminos son malos y están infestados de enemigos. »El único hijo de V. goza de salud, gracias á Dios; pues m e prueba bien el clima del Tunquin, por lo que puede V. estar sin temores. Nuestro pa­ dre celestial y la Virgen María cuidan bien de mí y m e miran con ojos de misericordia: por tanto no pierda V. el sueño pensando en su hijo. Una cosa ha de tener V. siempre presente y es el pedir de is — 98 — corazon á Jesus y María que me ayuden con su gra­ cia y m e protejan hasta el último suspiro. Yo tam­ bién ruego por ustedes, y todos los dias en el santo sacrificio de la misa hago conmemoracion de mis pa­ dres. Preparémonos á una buena muerte para que despues nos veamos juntos en el cielo.» En otra ocasion escribía lo siguiente • «Con gusto leí la de V. al ver que disfrutaba de salud mi fami­ lia : también el hijo de Y. la disfruta en Tunquin; de Dios son todos nuestros bienes, sea mil veces bendito el dador de todo. Mucho m e alegré de saber que habia ido V. á casa del señor cura Retolaza á to­ m a r chocolate. Dígale V. de mi parte que la convide en las principales festividades, y que escuchará con gusto sus acertados consejos acompañados de buen chocolate, que así lo merece la madre de un señor obispo. Tengo mucho que hacer, madrecita mia muy querida, y así no se queje V. de que sea corta esta carta; mucho m e cuesta ya escribir en vascuence. Yiva V. tranquila y sin cuidado por m í , que yo siempre gozo de buena salud. Ruegue mucho á Dios y no tema los trabajos de esta vida. Todos so­ mos pecadores, y justo es que purifiquemos nues­ tras almas con tribulaciones y penitencias para que así en la hora de la muerte nos consuele la cara del Señor.» Otra vez en una carta tan espiritual y tierna como las d e m á s , dando rienda suelta á su genio abierto, y corazon magnánimo, despues de decir que dentro de poco acabaria de olvidar el vascuence, añade, — 99 — imitando el castellano macarrónico y original de al­ gunos vascongados: «En sielo, madre, hijo hablar vascuence no po­ der, y así V. madre aprender castellano es necesa­ rio. V., madre, ahora viejo, difícil aprender castellano y doler mucho cabeza yo creer; pero si ahora no aprender, despues el madre hablar no puede á la hijo en sielo; ¿entender, madre, ó no entender?» Refiere despues que más de año y medio habita en un palacio magnífico, cuyo tejado es de paja, las paredes de b a r r o , los postes, cuartones y puertas de caña y de un piso y este de tierra, y añade: «Por eso no tener cuidado, madre, el hijo bien vi­ vir; yo 110 tener envidia del Reiña.» ¿Se ha parado el lector á meditar todo lo que hay de grande y sublime en estas pocas líneas escritas por aquella mano siempre abierta para bendecir, so­ correr y perdonar , de aquel apóstol abrevado de amarguras y á cada hora casi tocando el tormento y la muerte? Pero si tan tierno, decidor y espiritual está con su querida m a d r e , ¡ cuán reverente y al mismo tiempo cuán abrasado de amor divino y del deseo de padecer por Dios no se muestra al escribir á su venerado y amado padre ! Este señor y venerado padre es el artesano de Elorrio, á quien su hijo, el obispo de Centuria y Vicario apostólico, escribe en términos tan respetuosos que bien contrastan con los que una moda, tan irracional como estravangante, imitando usos necios estranjeros, lia introducido — 100 — en el trato de los hijos con los p a d r e s , á quienes tutean aquellos de una manera que hasta aquí se habia empleado únicamente con los iguales ó infe­ riores. ¡ Gomo si una familiaridad poco respetuosa fuera señal de más acendrado cariño! Mas cuando se declara guerra á toda autoridad ¿cómo han de que­ dar intactos los fueros de la paterna? Al pasar la vista por estas cartas, cree uno estar leyendo las de San Pablo, ó las de Santa Teresa. En prueba de ello van á continuación las dos últimas que á su padre escribió desde el Tunquin: « T U N Q U I N 3 0 de Mayo de 1 8 0 0 . — M i muy vene­ rado y amado padre: Por Diciembre último, si mal no recuerdo, dirigí á V. una carta juntamente con otra para mi señora m a dre ; en otras dos ocasiones les escribí también ántes; pero ignoro todavia si al­ guna ha llegado á su destino. Los padres desean tener noticias de sus hijos y estos también de sus padres; y así es justo que de vez en cuando m e comuniquen Vds. noticias del estado en que se ha­ llan. Por lo que á mí hace, les aseguro que gozo de una perfectísima salud, gracias á Dios; pero poco nos podemos fiar en nuestra robustez, pues que los mas robustos desaparecen en un momento, y los ílacos y débiles alargan sus dias y sus años: lo que nos interesa es tener el alma robusta con el ejer­ cicio de todas las virtudes, para que podamos per­ manecer firmes en el dia de la tribulación (pie nos sobrevendrá. Esta robustez es la sólida y la que d — 101 — nunca se pierde, si nosotros no queremos. Le pido, pues, padre mió amado, que con sus oraciones m e ayude á conseguirla, porque mi pobre alma aun está flaca y achacosa, cuando debiera estar sana y robusta, y los padres que crian los hijos para el cielo, han de ser mas solícitos porque sus hijos esten en disposición de poder conseguir su último fin, que por todo lo demás. »Yo por mi parte no olvido á mis señores padres: todos los dias los tengo presentes en el santo sacri­ ficio de la misa, y créame, padre mió, que al con­ siderar algunas veces los peligros que por todas partes nos rodean, el peso de nuestra carne que siempre tira á nuestra alma hácia las cosas de la tierra, el empeño del demonio en perdernos para siempre, cuando estas y otras consideraciones m e asaltan y veo que no sólo yo, sino también mis señores padres corren el mismo peligro, digo que me aprieta mucho, muchísimo el cuidado de su sal­ vación . »Yo deseo que esten Yds. sanos y pido á Dios que les haga esta gracia; deseo que tengan qué co­ m e r , qué vestir y casa para su habitación. Riquezas no les deseo; porque los ricos caen mas fácilmente en varias tentaciones y en lazo del diablo; pero lo que sobre todas las cosas les deseo, es la salvación de sus almas; y este es el principal objeto de mis oraciones, la principal gracia que pido á Dios para mis padres. Arriba, pues, padre mió, nuestros pen­ samientos, arriba nuestros deseos ; tengamos nues- — m - tra mente y nuestro corazon fijos en el cielo, porque allí está nuestro bien y nuestro tesoro, Jesucristo nuestro Redentor, sentado á la diestra del Padre. Este es el consejo que da el apostol San Pablo á los que resucitamos con Jesucristo. »En cuanto á la persecución del Tunquin, el Diciem­ b r e pasado mandé á D. Ignacio una carta larga, donde hablaba de los hechos de mas bulto. Despues de aquella carta han martirizado en mi vicariato á tres misioneros, algunos otros tres cristianos y dos jóvenes de los que nos sirven, y han apresado á otros tres misioneros y muchos catequistas. Ademas en una de las provincias del vicariato, llamada Ilimg-gém, por Diciembre apresaron á todos los va­ rones cristianos de quince años para arriba, á escepcion de algunos que pudieron fugarse, y puestas unas pesadas cargas sobre los hombros fueron lle­ vados cautivos y repartidos por los pueblos infieles en pequeños grupos. En algunas partes han sido muy mal tratados con azotes, burlas, hambre, etc. »Solamente los que estamos aqui podemos formar alguna idea cabal de lo mucho que están padeciendo estos pobres cristianos; y cuanto se dice de la per­ secución de Tunquin no es mas que una pequeña parte de lo que ella es. Estos cristianos pierden su dinero, venden sus campos por redimir vejaciones, abandonan sus casas, p o r guardar su religion, por no faltar á la promesa que hicieron á Dios en el santo bautismo. Algunos hay débiles, ó no son tan fuertes que puedan soportar el peso de tanta tribu- — 403 — lacion; pero no hay duda que Dios nuestro Señor se compadecerá también de ellos. Así, pues, en el santo rosario, en la santa misa y demás devocio­ nes es preciso acordarse de estos cristianos atribu­ lados porque son nuestros hermanos en Jesucristo. »De mí viva V. sin cuidado, porque á los peca­ dores y traviesos como yo no pueden coger los mandarines: aunque V. debia pedir qae cuanto an­ tes m e cogiesen y de un sablazo m e cortasen la ca­ beza, para sacarme de las miserias de este mundo. Pero, no obstante, lo m e j o r e s decir á Dios con todo el corazon «Hágase tu voluntad, así en la tierra, como en el cielo.» »La gracia de Jesucristo sea con mi padre. Amen. Soy su humilde hijo q. b. s. m . , F R A Y V A L E N T Í N Obispo.» Aquí, como vemos, ha hablado el amante de Je­ sus sediento de padecer y morir por su divino Maestro: ahora va á hablar el apóstol que deja á un padre, como en testamento, un tesoro de santos consejos y de consuelos inefables. Su última carta, fechada en Tunquin el 18 de febrero de 4801, dice así: «Mi muy venerado y amado padre: El dia 17 de octubre del año pasado recibí su muy grata, fecha 23 de enero del mismo. Tuve gran satisfacción al saber que tanto V. como la señora madre gozaban de salud, que es grandísimo beneficio de Dios, para llevar mas alegremente los trabajos de la vida. »Al paso que esto m e consolaba, m e causaba y — 104 — m e causa gran compasion el considerarles entre m u ­ chas penalidades que V. menciona en su carta. Bien quisiera aliviarles su suerte; pero en estos lejanos países, no queda otro recurso que encomendarles mucho á Dios y á su Santísima Madre; y escribir­ les de vez en cuando alguna cartita; porque supongo que les servirá de gran consuelo. »Tengamos presente, padre mió, que lo que prin­ cipalmente nos p e n a , nos atormenta y aflige no son los trabajos, sino la repugnancia de nuestra volun­ tad ; porque á veces deseamos intensamente vernos libres de ellos y en circunstancias mas halagüeñas á nuestra carne; nuestro pensamiento está ocupado en u n estado de cosas que no nos es dado alcanzar, y sólo la pura necesidad nos hace estar en el estado en que nos hallamos, y de aquí la pena y el tor­ m e n t o . — Acordémonos también de la sentencia pro­ nunciada contra todo el linaje humano en su cabeza Adán: Con el sudor de t u rostro comerás el p a n . Esta sentencia comprende á todos, á los ricos y á los p o b r e s ; lo mismo á los obispos que á los pa­ dres de los obispos, y reconociendo en nosotros la negra mancha con que afeamos la imágen de Dios y provocamos su i r a , sujetémonos humildemente á la sentencia pronunciada contra nosotros, para de este modo aplacar la ira de Dios justamente irritada, y entonces el mismo sudor con que mojamos el ali­ mento de cada dia, servirá de lavatorio de la pena que merecemos por nuestros pecados. » E s verdad que este lenguaje es duro para la — 105 — carne y sangre; pero acordémonos que si ahora su­ jetamos la carne á lo que le es duro y penoso, es­ taremos muy lejos de oir aquel lenguaje de Dios, mucho mas duro y terrible, que hablará el dia del juicio contra los malos, y este recuerdo suavizará mucho nuestras penas. »Acordémonos también, padre mió, que Jesucris­ to, cuyas acciones fueron otras tantas lecciones para instruirnos en el camino de la vida y de la salud, sin embargo de ser la fuente de todas las riquezas se hizo pobre, no solamente para con su pobreza enriquecer nuestras almas de todos los bienes de la gracia, sino también para con su ejemplo animarnos á vivir alegres en medio de la pobreza, y á abra­ zarnos voluntariamente con ella. No hay que desmayar, pues, padre mió, aunque vivan en medio d é l o s trabajos : no hay mayor gloria para un cristiano que seguir las huellas ensangrenta­ das de su divino Maestro Jesus; y apenas hay carác­ ter que señale mas distintamente á los predestinados como las penalidades y trabajos pacientemente sufri­ dos ; y si la carne flaca se queja acudamos con toda confianza á aquel Pontífice Santo que está sentado á la diestra de Dios Padre, quien se hizo semejante á nosotros, tomando nuestra naturaleza frágil, pasible y mortal, todas nuestras aflicciones y penas para que, esperimentándolas en sí mismo, se hiciese más com­ pasivo con sus hermanos; y no dudemos de su socorro, y de que consolará y confortará nuestro es­ píritu y aliviará nuestra pena. 14 — 106 — »Mucho me alegré, padre mió, al leer su grata: porque por ella vi que todos los dias, por la mañana y por la noche, hacia sus estaciones y acudia á Dios presentándole sus necesidades y pidiéndole el ausilio de su gracia. «Nada mas justo que acudir á Dios por la mañana consagrando nuestros primeros pensamientos y accio­ nes y ofreciendo cuanto hayamos de pensar, decir y hacer durante el dia á aquel Señor de quien somos todo lo que somos, y á cuya gloria deben enderezar­ se todas nuestras obras, palabras y pensamientos. Nada, tampoco, más necesario que presentarnos delante de Dios por la noche, no sólo para darle gracias por los beneficios que nos ha dispensado du­ rante el dia, y con nuestro agradecimiento obligarle á concedernos nuevos favores, sino también para pe­ dirle perdón de las muchas faltas que habremos co­ metido aquel d i a ; unas que conocemos y muchas que ignoramos: de este modo, lavando nuestras almas con las lágrimas de la penitencia, podremos confiadamente echarnos á dormir, como quien va á morir. »También me insinua V. en su carta que todos los dias oye la santa misa. Ninguna obra hay tan buena, y que nos sea tan útil y provechosa, como el oir la santa misa; ¡oh! ¡si los cristianos se penetrasen bien de lo que es el Santo Sacrificio de la misa y de la virtud y eficacia de este divino misterio! Cuán fácilmente se desvanecerían los vanos pretestos con que dejan de acudir á ella! En Tunquin, en los tiem­ — 107 — pos de ménos persecución y alarma, cuando en al­ gun pueblo hay un misionero, y por consiguiente una sola misa, los cristianos medianos, que en los dias de labor no acuden á ella, forman de ello escrúpulo y se acusan en la confesion de su falta. »No deje, pues, padre mió, sus devociones, ni de encomendarse mucho á la Santísima Virgen María, que es nuestra amantísima Madre; y éstas, practica­ das con verdadero espíritu, seran riquezas más pro­ vechosas que todo el oro y plata del mundo. »Aprecio muchísimo los recuerdos de mi señora tia la condesa de Vallehermoso, y del señor mar­ ques. Si están en Elorrio hágales presente mis afec­ tos y respeto, y dígales V. que les encomiendo á Dios. Al señor marques quisiera encargarle una composicion en verso en loor de nuestros dos venerables obispos mártires; si se apacigua esta tormenta pue­ de ser que le escriba sobre el particular. »Saludo á los demás parientes, y deseo que se conserve V . bueno y sano y en gracia de Dios, y que mande cuanto guste á su humilde hijo q. b. s. m . — F R . V A L E N T Í N , Obispo de Centuria.)) En medio de las tribulaciones y penalidades tan sin tasa ni tregua que el fuego de la persecución, cada dia más encendido, derramaba por todo el impe­ rio, y principalmente por el vicariato central, en don­ de un gobernador, tigre en forma humana, el tris­ temente célebre Nghuyen-Dinh-Tan, no se saciaba de sangre de cristianos, trascurrieron tres años, du­ rante los cuales desplegó el Sr. ßerrio-Ochoa 3 Indas — 108 — las virtudes propias de un prelado lleno de sabiduría y santidad. Incansable en trabajar dia y noche por la salud es­ piritual y temporal de sus ovejas; proveyendo con esquisita prudencia, hasta donde era dable, á las ne­ cesidades siempre crecientes de aquella misión, con­ solando á unos, animando á otros, enseñando á todos, con palabras y ejemplos, multiplicándose, en cuanto las circunstancias lo permitían, para atender á todas partes, despojándose de todo para socorrer á sus hi­ jos, sin quedarle mas que el anillo, el pectoral y la cuarta parte del breviario para el rezo, únicas pren­ das que la caridad propia y la rapacidad agena le habian dejado, no sentia otro dolor sino el de no tener ya que dar á sus hijos y hermanos. A pesar de todo esto, jamas aflojó en el rígido tenor de vida, y como si no fueran bastantes las privaciones y angustias de tan horrible persecución y las inmensas fatigas anejas á su arduo ministerio, todavia el cilicio y la disciplina, los insomnios y los ayunos aumentaban el número de sus penitencias; y lo que es más y de mayor perfección, esmerábase sobremanera en la mortificación interior, en la que, según el testimonio de un director de su conciencia, hizo admirables progresos, llegando cual otro San Francisco de Sáles, á mudar, por decirlo así, de natu­ raleza , hasta el punto de que nadie podia sorprender en aquel mansísimo cordero ni el menor síntoma de una índole y génio de suyo llenos de fuego y de viveza, y reuniendo á la vida activa de Marta la — 109 — contemplativa de Maria, en medio de un trabajo in­ cesante, su oracion era continua pudiendo decir con San Pablo: «Vivo y o ; mas nó y o , sino que vive en m i Jesu­ cristo. Aunque parece imposible que las miserias de los cristianos subieran más de punto, inspiró todavia el infierno al tirano Tu-Duc u n decreto, en Agosto de 1801, según el cual debia ser raida y estirpada de la tierra anamita la semilla toda sin quedar un grano de los adoradores de la Cruz. En su consecuencia confiscaron y repartieron entre los infieles los bie­ nes muebles y raices de los cristianos, arrasáronse poblaciones enteras suyas, los moradores cargados de cangas y cadenas fueron llevados á pueblos gen­ tiles, en donde morian de hambre, ó devorados por las llamas que con frecuencia aplicaban á las inmun­ das cloacas en quo los tenian bárbaramente haci­ nados. En el vicariato central se ejecutó el edicto del em­ perador con tal ferocidad que no hay pluma ni len­ gua que acierten á narrarlo. Gobernábale aquel tigre mandarin Nghuyen-Dinh-Tan, llamado por los euro­ peos el Nerón del Tunquin, á quien pareciendo muy lenta la faena de los verdugos, ó que se cansaban de matar (pues solo en la capital de su gobierno de­ gollaron el 1.° de Junio á cien, el dia 2 á seiscien­ tos, el dia 3 á m á s , y así sucesivamente hasta cinco mil), mandó arrojarlos al rio, atados unos con otros en diferentes grupos. Ni se libraron de la carnicería — 110 — las mujeres, ni aun los niños; que á todos alcanzaba la rabia de aquella fiera, y si alguno lograba esca­ par por de pronto, era para sufrir despues tormento y muerte más prolongada, y en el ínterin les herra­ ba el rostro á fuego con estas letras : Falsa religion. Los buscados con más ahinco por los cazadores de los cristianos eran los sacerdotes, singularmente los europeos; pero más que nadie los obispos: con­ sidérese cuáles serian los riesgos y sufrimientos del Sr. Berrio-Ochoa, cabeza y oráculo de aquel vica­ riato. Ocasión hubo en que, despues de estar me­ dio dia encerrado en una horrorosa cueva, llena de pestilentes exhalaciones, le sacaron ya casi ahogado agonizando. Pero no eran ios propios sufrimientos los que laceraban aquella alma grande, sino los de sus hijos; por ellos derramaba lágrimas y exhalaba gemidos, y mil vidas hubiera dado este pastor in­ signe por rescatar á sus ovejas. P o r fin, m u e r t o s , encarcelados, ocultos, ó agaza­ pados en los bosques, los cristianos del vicariato cen­ tral; y no siendo ya prudente, ni oportuna la perma­ nencia en él del venerable prelado, se retiró á una prefectura de la provincia del Norte, perteneciente al oriental, llamada Lang-Tai, cuyo mandarín era ménos inhumano. Allí se ocultaban también el llustrísimo señor D. Fr. Gerónimo Ilermosilia, patriar­ ca de aquellas misiones, y los padres dominicos Fray Pedro Almató y Fr. Gaspar González. Pero arrecian­ do igualmente por aquellas partes la persecución, á poco tiempo se refugió el Sr. Ilermosilia en una bar- — Ill — ca de pescadores cristianos, cerca de la capital de la provincia oriental, y desde ella invitó á sus compañe­ ros á que hicieran otro tanto. Esto pareció, en efecto, lo más prudente, y así se metieron el Sr. BerrioOchoa y el P. Almató en otra barca del mismo rio, y perteneciente á la misma familia cristiana. Bien hubieran podido permanecer allí ocultos por largo tiempo, pues los pescadores con quienes vi­ vían se habían captado la benevolencia de los manda­ rines de la capital con frecuentes regalos de buena pesca; pero un cristiano desleal, hijo del amo del barco en que vivía el Sr. Hermosilla, por vengarse de su padre, que le habia con razón castigado, ios delató villanamente. Sorprendido en su escondite flotante el señor Hermosilla, fué preso, consiguien­ do sólo con algunas dádivas que dejasen libres á los dueños del barco; pero los del otro, que lo advirtieron, lograron á fuerza de remos evitar por entonces el golpe. Era, sin embargo, casi imposi­ ble continuar allí por más tiempo, y despues de ha­ ber hundido la barca en el fondo del rio, determi­ naron ponerse en manos de u n subprefecto infiel conocido de los pescadores. Acogidos p o r este con simulada benignidad, condujo al Sr. Berrio-Ochoa y P. Almató á casa de un médico, pagano también; pero sacados de ella á los dos dias con engaños y lalsas promesas, dieron en manos de varios solda­ dos apostados de intento junto á unos arrozales, en donde con protesto de mejor ocultarlos les hicieron entrar. Aun pudiera haberse librado de este lazo el — 112 — Sr. Berrio-Ochoa si la caridad no le hubiera dete­ nido para socorrer al P. Almató, que en la car­ rera que emprendieron para huir dió una terrrible caida, quedando en su consecuencia imposibilitado de pasar adelante. Presos así los dos confesores el 25 de octubre de 1861, fueron conducidos á la capital de la pro­ vincia , atados con cadenas y puestas al cuello pesa­ das cangas, escoltados por trescientos hombres enviados al efecto. Al llegar á las puertas de la ciudad vieron tendido en el suelo, para ser pisado de cuantos pasasen, el venerando signo de nuestra redención, y en el acto se arrodillaron y le adora­ ron reverentísimamente, diciendo con resolución gran­ dísima que no darian un paso más si de allí no se quitaba la santa Cruz. Hízose como lo pidieron, por orden del gobernador, á cuya presencia se les tras­ ladó en seguida. El P. Fr. Manuel Estévez, fervoroso misionero apostólico del Tunquin central, en una carta escri­ ta el 6 de Setiembre de 1862 al P. provincial del Santísimo Rosario, publicada en Manila, y cuyo con­ tenido con algunas adiciones de otras cartas y rela­ tos fidedignos seguimos, dice q u e , llevados los dos confesores á presencia del gobernador, preguntó este á nuestro prelado ¿ Cuál es t u nombre y encinto tiempo ha que pasaste á este reino ? á lo que su Ilustrísima contestó M i nombre es obispo Vincli (asi era llamado el Sr. Berrio-Ochoa en el Tunquin) y h a cuatro años que llegué á este reino. Despues aña­ — 1 1 3 — dió, deseoso de que le entregasen sin duda á los mandarines de una de las provincias de su vicariato, donde gobernaba el feroz Nghuyas-Dinh-Tan, para poder derramar s a sangre en medio de sus ovejas: Mi distrito está en las provincias meridionales su­ perior é inferior; pero los mandarines liacian tantas pesquisas que no podia ocultarme en ninguna parte, por lo que me vi precisado á salir para esta provin­ cia. Volvió á preguntarle el gobernador si habia te­ nido trato y relación con los revoltosos del año 58, y su Ilustrísima le respondió que él no aconsejaba á nadie la insurrección-, que s u f i n , al abandonar la patria y pasar á tierras tan lejanas, habia sido pre­ dicar la religion de Dios, criador del cielo y de la tierra y aconsejar á las gentes que obren bien y se aparten del m a l . Hecho un interrogatorio semejante al P. Almató, dijo á los dos: ¿Conocéis al obispo Tuan? (Era el Sr. Hermosilla) y el Sr. Berrio-Ochoa contestó: S i , le conocemos y le visitamos con frecuencia. En se­ guida mandó que, metidos en sendas jaulas, los pu­ siesen junto á la que encerraba al señor Hermosilla, con orden de vigilarlos b i e n , pero sin molestarlos. Participóse á la corte la captura de estos dos sa­ cerdotes europeos; mas sin aguardar á que llegase la sentencia Real q u e , según dicen, ordenaba que se trasladasen allá los presos, mandó el gobernador de la provincia Oriental, por consejo del bárbaro Nghuyen-Dinh-Tan, que, como ya se dijo, lo era de la Meridional, cortarles las cabezas, sin más dilación. ri> - 1u — El día l . ° de Noviembre de 1801 , festividad d e Todos los Santos, y en el que cabalmente el P. Almató cumplía treinta y un años, fué el felicísimo escogido para el triunfo de los tres confesores de Jesucristo. Al r u m o r de que ya los llevaban al patíbulo, acu­ dió multitud de g e n t e , que los fué acompañando hasta llegar á él. Abrían paso á la fúnebre proce­ sión dos caballos y dos elefantes; los seguían cua­ tro compañías de tropa que, dispuestas en dos hi­ leras y con las espadas desnudas, llevaban en medio las tres jaulas. En la primera iba el P. Almató en cuclillas, por no poder en otra postura, y con el rosario en la m a n o , encomendándose á aquella Vir­ gen purísima, por cuya intercesión se sabe que con­ servó hasta la muerte la flor de la virginidad y la inocencia bautismal ; en la segunda iba el venerable obispo de Centuria, Sr. Berrio-Ochoa, también en cuclillas, y abismado en profunda meditación, ejer­ cicio constante de toda su vida; la última era la del venerable obispo de Mileto, Sr. Ilermosilla, que lle­ vado en su jaula, como en un carro triunfal, iba echando bendiciones á todos los circunstantes. Llegados al lugar del suplicio, el mandarin fiscal mandó aserrar las jaulas; entonces los tres venera­ bles se arrodillaron y el Sr. Ilermosilla suplicó que les diesen una hora de tiempo para emplearla en oracion, lo que les fué concedido. Clavados los ojos en el cielo, despues de haberse reconciliado m ú tua m e nt e , encomendaron sus almas en manos del Seño%r. Acabada la oracion, dijo el Sr. Ilermosilla á — 115 — los mandarines que hiciesen lo que quisieran, que ellos estaban dispuestos. Inmediatamente el manda­ rin fiscal mandó á los verdugos que les alasen las manos á las espaldas y los cuerpos á unas estacas que para el efecto estaban hincadas en tierra: pero de tal modo se ejecutó la orden, que el pecho les sobresalía estraordinariamente y el cuello quedó muy estirado. (Al Sr. Hermosilla no le ataron por respeto á su edad avanzada.) Les lavaron á los tres el cue­ llo y al mismo tiempo se oia el sonido de una bocina que mandaba á los soldados estar alerta y prender al que viesen triste y con los ojos encen­ didos, como señal, añadia-,- de que es cristiano y llora y se compadece de la suerte de sus sacerdotes. Segunda vez resonó la lúgubre bocina mandando á los sayones que al oir tres campanadas les corta­ sen las cabezas. Mucho debieron sufrir en el largo rato que los tuvieron en una actitud tau violenta y espuestos ademas á los rayos de un sol abrasador, que caia entonces á plomo sobre ellos. Óyese, por fin, la señal de m u e r t e , y al instante las afiladas cuchillas cortan aquellas venerables ca­ bezas, que unas al primero y la del Sr. Hermosilla al segundo golpe, caen por el suelo. Los cuerpos estuvieron insepultos por más de vein­ ticuatro horas y las cabezas colgadas de tres palos y espuestas al público tres dias. Mucho trabajaron los cristianos por recojer aquellos venerandos restos, y al fin consiguió rescatarlos un catequista por tres barras de plata (valor de unos 48 pesos) y las en­ — 116 — terró de noche en un lugar llamado Jèu-Dàt de la misma provincia oriental. Así terminó su carrera este varón insigne, coro­ nando con glorioso martirio una vida llena de mere­ cimientos, y logrando plenamente el deseo que siem­ pre habia tenido de verter la sangre por Jesucristo; santo anhelo, que en un arrebato de entusiasmo se exhalaba de la manera que vimos en aquella her­ mosa carta escrita á su dichoso padre. ¡Oh colegio de Ocaña, del cual también este es­ clarecido obispo, así como su compañero en el com­ bate y victoria, el venerable P. Almató, fueron dis­ cípulos ! ¡ Oh escuela y arsenal de mártires! Bien podemos darte mil parabienes, porque tuya es en gran parte la gloria de triunfo tan ilustre. No im­ porta que el mundo apénas lije su desdeñosa mi­ rada en tanto heroismo; y que lleve su frivola in­ justicia al estremo de indignarse al ver el humilde sayal con que, honrados más que cubiertos tus reli­ giosos y demás escojidos é imitadores de Jesucristo, vuelven á evangelizar la tierra y fecundarla con su sangre conquistando cada dia nuevos títulos á la ve­ neración y gratitud de nuestra patria: dia vendrá en que esas vestiduras, esos hábitos santos, ahora despreciados, brillarán con más esplendor que el sol. Como quiera que sea, quien á la sabiduría infinita vistió túnica de locura, y á la magestad omnipotente púrpura de desprecio y corona de espinas ¿qué otra cosa ha de hacer con los que siguen sus huellas? CAPÍTULO IX. Conclusion. En Julio de 1 8 6 2 , la ciudad de Roma, vestida de gala y rebosando alegria, acababa de escuchar la voz infalible del sucesor de Pedro preconizando la santi­ dad de algunos de los esclarecidos campeones de la religion católica, que se distinguieron en la perse­ cución del soberbio Taicosama, tirano del Japón. Atraídos por la suntuosidad de la fiesta y deseosos de concurrir á un acto, capaz él solo de manifestar al.mundo el vigor imperecedero del catolicismo, á quien algunos insensatos juzgan agonizante, habian ido á postrarse á los piés del inmortal Pió IX más de trescientos obispos y arzobispos, cuatro mil sa­ cerdotes y cien mil fieles de todas las regiones del orbe. En tan solemnes momentos, y como si el cielo hubiera querido aumentar el regocijo, afianzar la esperanza de los católicos y alegrar el ánimo del atribulado Pontífice, llegó á Roma la noticia de las inmarcesibles coronas que habian conquistado BerrioOchoa y sus ilustres compañeros, y en brevísimo tiempo se trasmitió noticia tan fausta á todas las na­ ciones. Cuando llegó á Vizcaya estaban para cele­ — 118 — brarse las Juntas generales bajo el árbol famoso de Guernica, según la costumbre inmemorial de este país notabilísimo, que se congrega allí periódica­ mente para tratar de los asuntos que interesan al procomunal de la tierra y al mejor servicio de a m ­ bas Magestacles, divina y humana; frase consagrada por el u s o , conservada por la gratitud y veneración á los antepasados, y que espresa de una manera tan sencilla como enérgica, la alianza íntima é indisolu­ ble que aquí existe entre el ejercicio de la libertad y el respeto á la autoridad, y lo hondamente arrai­ gados que se hallan el sentimiento religioso y el sentimiento monárquico. Fácil era de preveer que Vizcaya, como madre tan interesada y piadosa, habia de hacer alguna de­ mostración especial de la parte que tomaba en el triunfo de hijo tan señalado. Así es que muchos apoderados de los pueblos iban prevenidos para ello; pero como la iniciativa correspondía principal­ mente á los representantes de Elorrio, se aguardó á que hiciesen estos la propuesta oportuna. En efecto, el dia 16 de Julio de 18G2, se dió cuenta de una exposición suscrita por los Padres de Provincia, naturales de Elorrio, y por los apodera­ dos de la misma villa, pidiendo que en debida forma quedase para siempre determinado y cierto el lugar del nacimiento del venerable Valentin de BerrioOchoa, para que nunca disputase nadie á la noble villa esta gloria tan suya, y que la Provincia gestio­ nase activamente por adquirir los preciosos restos — 119 — del mártir é introducir la causa de beatificación ( 1 ) y canonización. La iglesia juradera de la Inmaculada Concepción de María, en que siempre se tienen las sesiones, estaba llena de junteros; muchos Padres de Provin­ cia ocupaban sus asientos reservados, en los cuales se veian también otros personajes de los que suelen asistir á presenciar en acto tan solemne la práctica de la sabia organización vascongada, á quienes la Junta concede esta distinción; un gentío innumera­ ble henchia las tribunas públicas, entradas y aveni­ das de aquel recinto, y especialmente se veian mu­ chos presbíteros que en el seminario de Logroño liabian conocido y admirado al venerable mártir, y entre los cuales se hallaba el Sr. D. José Ramon de Yárritu, dean de Calahorra, que siendo Goberna­ dor de la mitra, le habia dado la beca, elogiándole todos á porfía, y refiriendo cada uno casos edifican­ tes de que habían sido testigos oculares. En medio del más profundo silencio y de una atención anhelante, se leyeron en castellano y vas­ cuence, según costumbre, los documentos fehacien­ tes, y en particular la partida de bautismo del vene­ rable mártir. Por coincidencia providencial, ocupaba uno de los sillones de la presidencia, como síndico del Señorío, D. Eusebio de Uribe Salazar, padrino de bautismo de Berrio-Ochoa. Circunstancia entre las demás tan notable conmovió tanto á uno de los Padres de Pro incia allí presentes, que apenas ter(1) En el apéndice se hallarán estos documentos. — 120 — minada la lectura, y anticipándose á mostrar el pri­ mero el entusiasmo de que ya todos estaban poseí­ d o s , se puso en pié y con espresiones ardorosas dió al síndico y padrino mil y mil parabienes. Los ojos de este, arrasados en dulcísimas lágrimas que le embargaban la voz, y su actitud de lanzarse del si­ llón para abrazar al que le apostrofaba, produjeron tal efecto en los circunstantes, que excede á todo relato. Ni apoderados, ni espectadores, pudieron ya contenerse, y animados como de un secreto y po­ deroso resorte, se levantaron á una para acojer y aprobar unánimes la proposicion de los de Elorrio y la que acto continuo hizo otro apoderado de que se levantase la sesión, por no ser posible que la Junta se dedicase aquel dia á ningún otro asunto. De este modo tan plausible dispuso Dios que se empezase á dar gloria y bendición al mártir BerrioOchoa en su misma patria y so el árbol augusto cuyo nombre pronuncian siempre los vascongados con a m o r , y por cuya lozanía rogará el bienaven­ turado en el cielo, y principalmente porque á su sombra florezca perpetuamente la integridad de la religion y la hermosura de las buenas costumbres. La Diputación foral, que viene á ser como el po­ d e r ejecutivo de la Junta, no tardó en remitir u n atento oficio al Excelentísimo Sr. D. Rafael de Echagüe, capitan general de Filipinas y también vas­ congado , suplicándole procure reunir y autenticar los datos del martirio, y reclamar y recojer las pre­ ciosas reliquias, habiéndose al mismo tiempo con- m — certado algunos sacerdotes y otros sujetos distin­ guidos del Señorío en activar y promover la causa. Quiera Dios otorgar el logro de tan loables inten­ ciones y con él un nuevo estímulo á la piedad y un motivo más de ser glorificado en sus siervos! Séanos ahora permitido enviar aquí afectuosas en­ horabuenas á los respetables padres del mártir in­ victo, que todavía viven, dedicados á sus modestas y honradas ocupaciones, no tanto porque hayan me­ nester subsistir del trabajo, cuanto por practicar siempre los consejos, y , por decirlo así, el testa­ mento de su hijo. No estan necesitados, por la di­ vina bondad, como algunos han dicho; que si lo estuviesen ¿quién no se tendría por muy dichoso en correr al alivio de sus necesidades? Ni ¿cómo dejaría Vizcaya que otros le robasen esta gloria, y ménos a ú n , que pudiera echársele en cara el aban­ dono de este deber? Envidia santa es lo que mere­ cen más bien por haber sido padres de tal hijo. — Todo lo que va escrito queda sujeto al juicio y decision infalible de nuestra Santa iAIadre Iglesia. Y ahora por conclusion oportuna, repetimos las pa­ labras del pastor supremo y cabeza visible, en la bula de canonización de los veinte y tres mártires francisG 1 — m — canos, San Pedro Bautista y compañeros, esclamando: «¡ Oh! En verdad es bienaventurada nuestra madre la Iglesia, que acostumbrada á seguir su peregrina­ ción entre las persecuciones del mundo y los con­ suelos del cielo, halla, en la gloria de los siervos de Dios , motivos de regocijarse en los dias de su aflicción. Mientras sus enemigos, confabulados contra ella, fraguan proyectos insensatos, diciendo ¿cuándo perecerá y se estinguirá su nombre? miéntras que todos sus legítimos é indestructibles derechos se menosprecian y escarnecen; ella, coronada con los nuevos laureles de sus campeones , á quienes ya colocó en el cielo, se mantiene gloriosa mostrando el poder de la diestra divina á las futuras genera­ ciones. >j APÉNDICE!. A l g u n a s c a r t a s d e l Illmo. Sr. F r a y V a l e n t i n d e Berrio-Ochoa. Señor D. Isidro Berrio-Ochoa. TUNQUIN 30 de Noviembre de 1858. Mi amado y venerado padre : Cuatro meses hace ya que escribí á V. y á la señora m a d r e , y hoy vuelvo á hacerlo con el objeto de poner en su co­ nocimiento que todavía vivo, gozando de perfectísima salud, y alegre y contento en medio de nuestros trabajillos , bien persuadido de que esta sola noticia bastará para aligerar en gran manera la pena q u e i e s causara la ausencia de su hijo. Desde la última que les escribí ya hemos tenido cuatro mártires más, todos misioneros, y de ellos tres son de la orden de nuestro Padre Santo Do­ mingo. Muchos cristianos y catequistas han sido apresados, y algunos de ellos han sufrido crueles flagelaciones con una constancia heroica; y al pre­ sente estan apresando á los principales de todas — 126 — las cristiandades. Acaso lleguen á 200 los prisio­ neros de la capital, llamada Hung-Yén, donde está también preso por Jesucristo un misionero. Estan atados, al menos algunos de ellos, con cadenas en el cuello y en las piernas, y obligados á andar in­ clinados al suelo, por ser corta la cadena que del cuello baja á los piés. Los mandarines estos hacen sufrir á nuestros cristianos vejaciones sin número: casas que estaban bien puestas se ven reducidas á la última miseria, porque los mandarines, ó sus agentes, se lo han robado lodo cuanto podian ver sus ambiciosos ojos, y todo por el único delito d e seguir á Jesucristo, y resistirse á negar á su divino Salvador delante de los hombres; muchas familias hay que, por 110 ver comprometida su fe, abandonan sus casas, se salen de sus pueblos, y huyen á otras provincias, precisadas á esperimentar muchas pri­ vaciones. Tal es el estado de los cristianos de Tunquin; y lo peor es que 110 pueden ver á sus ministros que los consuelen y animen á llevar con alegría de corazon la cruz de sus trabajos, porque to­ dos nos vemos precisados á estar ocultos, so pen;t de subir luego á la capital, y sin atraer ninguna utilidad á los cristianos, dar ocasion á los manda­ rines para causarles nuevos y mayores trabajos, si nos dejásemos comparecer en público, y aún si no viviésemos ocultos con todo el secreto posible. Hace mas de un año que estoy en una misma casa, y no sabemos cuándo tendremos la licencia de nuestros mandarines para dejarnos ver de nuestros amados cristianos. Todas estas noticias 110 lian de entristecer y penar su corazon por lo que hace á su hijo, pues que su mayor dicha en esta vida mortal es te­ ner ocasion de padecer alguna cosa por Nuestro — 127 — Señor Jesucristo, que tanto padeció por nosotros: pero la caridad, que nos une á todos en Jesucristo, debe hacerles sentir los trabajos de estos cristianos, que aunquo la distancia de los lugares los separe, la unidad de la fe los une como miembros á una misma cabeza, y dando gracias á Dios por la liber­ tad que ahí gozan, deben levantar sus manos al Cielo pidiendo al Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo que conforte y anime á estos po­ bres cristianos, para que no sucumban bajo el peso que sobre ellos gravita, ni se rindan á las violen­ tas tentaciones con que el demonio y sus miembros procuran hacerlos apostatar de Jesucristo. En el santo rosario, y en la santa misa, y cuando reciba los santos sacramentos, no se olvide de pedir á Dios y á la Santísima Virgen María por los cristia­ nos de Tunquin, pues que la caridad cristiana nos obliga ác esto. Yo nunca me olvido de pedir á Dios por mis señores padres: les deseo perfecta salud y lar­ gos años de vida: lo necesario para alimentarse y vestirse, que son las riquezas de los cristianos: y sobre todo esto les deseo la gracia de Dios, un corazon despegado de los bienes de la tierrra: que queramos, ó nó queramos, los hemos de d ejar, y bien pronto : y una vida llena de buenas obras", que son las riquezas sólidas que nos han de du­ rar por toda la eternidad . Vivan, padre mió, sin cuidado y sin congoja sobre la suerte de su hijo. Se entiende de la suerte temporal: porque mi suer­ te eterna les ha de poner en sumo cuidado, y por lo mismo han de pedir á Dios y á la Virgen con todas veras que permanezca fiel á mi vocacion. Por lo demás, los pequeños trabajillos que tenemos no son dignos de llamar la atención de un cristia­ no. sino para alegrarse. — 128 — Basta por hoy. Memorias á todos los parientes y amigos; y quedo á sus órdenes humilde hijo, que besa su mano, FR.VALENTÍN, Obispo. Señor D. Isidro de Berrrio-Ochoa. TUNQUIN i . ° de Agosto de 1859. Mi amado y venerado padre: El 48 de enero del presente año recibí su muy grata, fechada el 20 de mayo del año pasado . Mucha alegría y satisfac­ ción m e causó su lectura, porque por ella veia que, aunque en medio de trabajos, gozaban de bue­ na salud. Por ella m e anunciaba también el enlace de mi prima María con el hijo de Ardanza, de quien m e decía que era joven de religion. Esto es lo que interesa, padre m i ó : ser hombre de religion, n o sólo en el nombre de cristianos que llevamos, sino también en las obras conformando nuestras accio­ nes con nuestras creencias. La religion es la que en­ dulzará nuestros trabajos, porque ella nos hará ver que los trabajos de la vida presente son momentá­ neos, y cuando son sufridos en paciencia y en amor nos merecerán un peso de gloria en el cielo que nunca se acabará. La religion nos hará vivir en paz con nuestros semejantes, porque ella nos en­ señará q u e , habiendo sido criados por un mis­ mo P a d r e , común criador de todas las cosas, re­ dimidos y comprados á un mismo precio, todos vamos á u n mismo término, todos somos llamados á vivir en perpètua paz en el cielo. Ella nos hará — 129 — sufrirnos mutuamente en nuestras debilidades, en nuestros defectos, pues que Dios nuestro Señor nos na sufrido y nos sufre tanto en nuestras cuotidianas caídas, en las continuas ofensas que contra él co­ metemos. La religion nos hará apreciar las cosas d e este mundo en su justo precio, y levantado nuestio corazon al deseo de Dios y de los bienes de su casa, nos quitará la demasiada solicitud por Jos bie­ nes de la tierra, que se acaban para nosotros con nuestra fragilidad. Así, pues, si mi nuevo primo es hombre de religion, creo que será también el báculo de la vejez de mis padres y que disminuirá en gran manera mi cuidado por su bienestar. Ustedes por su parte deben también procurar sufrir las faltas que vean en esos jóvenes, y hacerse car­ go que todos llevamos á cuestas un cuerpo concebi­ do en pecado, y en ciertas cosas, más vale callar y sufrir que argüir y reprender, p o r q u e , sobre no conseguir ningún b i e n , se causarían acaso mayores males que aquellos que se quieren desterrar; y en las cosas que no se pueden disimular, ántes de re­ prenderlas es necesario que nos vistamos de entra­ ñas de misericordia, y que la dulzura y suavidad lla­ gan eficaces las palabras que queremos persuadir. De este m o d o , padre mió, seran amables á esos jóve­ nes , y cada dia se haran mas fuertes los lazos del a m o r , y los trabajos de la vejez les seran ménos sensibles. En las cosas indiferentes, que lo mismo es que se hagan de un modo que de otro, tampoco conviene querer siempre arrastrar á los demás á nuestro modo de pensar y de obrar: cada uno tene­ mos nuestra cabeza, nuestro entendimiento y nues­ tro modo de pensar. Bueno sería que los inferiores en todo siguiesen el parecer de los superiores, mé­ nos en cosas que son contra el divino beneplácito; pero somos hombres, hijos de Adán, que desde que 17 — 130 — n a m n o s hasta oi último dia do nuestra vida llova­ mos on nuestro corazon un górmen do soberbia y una grande inclinación á seguir nuestra voluntad. Ks preciso, p u e s , tener presento esta rendición del hombre para no queror violentar demasiado su vo­ luntad, porque esto le haría mirar insoportable ol yugo, [mes que su flaqueza no es capaz do sufrir tanto poso. En fin, padro m i ó : el Apóstol San Pablo compren­ de toda esta doctrina en dos palabras cuando dice que mutuamente debemos llevarnos nuestras car­ gas. Electivamente no habrá un hombro q u e , d e un modo ó de Otro, no se,a una carga para los demás; pero esta carga se liaco más ó menos posada, más o monos ligera, según sea mayor ó menor el amor con que lo amonios. Debemos por lo mismo pensar que si alguno es pesado ó insufrible para nosotros, nos­ otros también seremos pesados é insufribles para los domas, y esta consideración nos animara a car­ gar con nuestros prójimos, para que ellos carguen con nosotros, y de este modo nos será m á s fácil andar esta tierra de peregrinación hasta que algun dia nos veamos todos unidos en nuestra patria celestial. El mes de mayo del año pasado escribí á u s t e d e s una carta desde Tunquin, anunciándoles mi feliz llegada á esta tierra. No sé si aquella carta llegó á sus manos. Aquí, padre mió, no hay diligencias, ni postas; rara vez hay proporcion para escribir á Ma­ cao, y las veces qué h a y , no es muy segura. No e s ­ t r i ñ e n , p u e s , que en tanto tiempo no hayan reci­ bido carta mía; no es porque les tengo olvidados, (pie bien m e acuerdo do mis señores padres, y en mis Sacrificios les tengo muy presentes. Yo m e encuentro, gracias á Dios, muy fuerte y robusto, y aunque nos persiguen los mandarines, Dios nos protege y defiende. — 181 — llasta por hoy, quo voy también .í escribir á mi señora madre, (lonsórvoso pues bueno y encomiendo á Dios á su humilde hijo, q. I», s. m . F » . VALENTÍN, Obispo. Señor I). Ignacio Burguinas Olalde. TUNQUIN 3 de Agosto de 1859. Mi muy venerable señor: Recibí con sumo placer su muy ¿rala del I!) de mayo, que llegó á mis ma­ nos el 1<8 de enero, es decir, á los ocho meses de haberse escrito, <l> que no debe V. ostrañar, porque aunque las cartas de España llegan á Ma­ cao en dos meses, ó menos, pero de Macao á Tun­ quin es muy dificultosa la conducción, mucho más en las críticas circunstancias en que nos hallamos. En esta ocasion esperaba comunicarlo muchas no­ ticias, pero se lian agolpado un sinnúmero <le ocu­ paciones, que m e han privado del gustazo do con­ versar por carta con mi Padre un buen ralo. Las cartas de liorna y de las santas obras de la Propa­ gación do la Fe y Santa Infancia, en las que no podia prescindir de hablar largo y tendido, y otras muchas, que por gratitud á los grandes beneficios que nos hacen personas caritativas habia que escribir, m e han puesto un obstáculo que mis débiles fuerzas n o podían superar. Supongo que , así como tuvieron noticia del mar­ tirio del venerable señor Obispo <le Platea, habrán sabido también el amargo cáliz de la pasión que estos mandarines dieron á beber á su sucesor, el venerable Obispo de Tricornia. Despues del marti­ — 132 rio de este señor, han sido decapitados por la fe once misioneros del vicariato central, de los cuales cinco son de nuestra sagrada o r d e n , y los otros seis son sacerdotes seculares, indígenas t o d o s ; y dentro de pocos dias serán decapitados otros cua­ tro misioneros de este mismo vicariato, de los que tres son religiosos dominicos. En la actualidad estan en las cárceles de la famosa ciudad de NamDink. Han sido ademas estrangulados por la fe cinco cris­ tianos del mismo vicariato,y tres de nuestros familiares, decapitados. Entre estos habia u n jovencito de unos 16 años, que primeramente fué cruelmente azotado y atenaceado, y despues de cerca de dos meses de prisión los tres fueron conducidos al suplicio en u n mismo dia. Caminaron todos muy alegres; pero el jovencito dió tales muestras de júbilo y contento, que uno de los mandarines le preguntó: Y t ú te ries y no temes la muerte? Pues qué, le respondió el niño, piensas t ú que no morirás? Yo s í, moriré, le replicó el mandarin; pero nó joven como tú: cuando sea viejo, entonces moriré. Las actas de to­ dos estos martirios, principiando desde el venerable Sr. Tricomiense, de cuyas virtudes hago también una sucinta relación, mando á la Propagación de la F e e n Paris, y también una copia á la junta central de la Santa Infancia en Madrid. Si VV. estan suscritos á la Santa Obra, acaso las lean algun dia. Habia pensado mandarle una copia; pero ha sido imposi­ b l e , porque mañana tengo que dar curso á las car­ t a s , y acaban de sacarme las copias absolutamente necesarias . De cristianos y catequistas han sido apresados muchísimos; unos han sido azotados, otros atenaceados; unos han sido condenados al destierro á provincias muy lejanas, y otros gimen todavía bajo la cadena de las cárceles de Nam-Dink, de — 1 3 3 — donde me escribía un misionero, no ha muchos dias, que siendo demasiado estrechas las cárceles de esta capital, estaban haciendo otras nuevas, y que el gran mandarin habia dicho que, á cualquier movi­ miento que hubiese, estaba dispuesto á segar tantas cabezas como cristianos detenía presos en su ca­ pital. Nuestros cristianos, D. Ignacio , gimen bajo un yugo insoportable. Los cercos de los pueblos y cristianos se estan sucediendo unos á otros, en los que se encuentran los soldados de costumbres mas perdidas del reino ; así q u e , introduciéndose en las casas, roban cuanto encuentran, sin perdonar en muchas ocasiones á los mismos perros que cuidan las casas, y despues que los cristianos han perdido cuanto tienen este a ñ o , si Dios nuestro Señor no lo remedia, se verán precisados á esperimentar todos los horrores del hambre, que regularmente arreba­ tará muchas víctimas. La primera cosecha ha sido muy escasa, y la segunda se les prepara muy mala, ó no se les prepara ninguna en muchas partes, por­ que el arroz , apénas ha nacido , ha desaparecido, parte por haberlo comido el gusano, y parte por haberse secado á causa de una gran sequía. De mi sagrada persona ¿qué quiere que le diga? D. Ignacio. Que estoy con una carga á cuestas que temo mucho, muchísimo, rebiente en el camino an­ tes de llegar á nuestro término. Nunca hubiera creido yo que hubiese consentido que m e hiciesen obispo, ni que alguno pensase en eso; por eso yo mismo no me entiendo cómo la acepté despues, aunque m e la ponían como obligación de concien­ cia. No obstante, si las cosas se presentasen como yo quisiera, no tardaría mucho en pedir al Santo Padre, m e dejase en simple fraile de Santo Do­ mingo, — 134 — Digresión aquí, habiendo puesto la coma des­ pues de la palabra Domingo. He recibido una carta de la capital de Nam-Dink, que me ha alegrado mucho. Dice que el 24 de julio han sido muertos por la fe cinco de nuestros fami­ liares. Se les ataron los brazos á las piernas, y des­ de la casa del Gobernador general hasta el lugar del suplicio fueron arrastrados por el suelo, por manera que, cuando llegaron al lugar del suplicio, sus cuer­ pos estaban empapados en sangre, y casi desollados. Guando llegaron al lugar, dos fueron entregados al elefante, que los acoceó y tiró á lo alto; los otros tres fueron estrangulados. Bendito sea Dios, que nos consuela en medio de nuestros desconsuelos con las victorias que concede á nuestros hijos. Antes de llevarlos al suplicio, les preguntó el mandarin si querían pisar la cruz, que si lo hacían, les dejaría ir libres. Los confesores le contestaron: Si el gran mandarin nos mata, nosotros moriremos contentos; pero eso de pisar al Señor que nosotros adoramos, no lo hacemos. Les preguntó otra vez el mandarin ¿Quién os dá á vosotros de comer? —Dios nuestro Señor nos lo d á . — Quién os hace vivir?—No hay mas que Dios que pueda darnos la vida. Entonces se enfureció el mandarin y les di]o: Vues­ tro pecado no era digno de muerte; pero porque habéis hablado de ese modo os voy á matar, y ve­ remos si tengo facultad para ello, ó nó. Al oir esto los confesores, palmotearon de contentos, y dijeron: E a , que volvemos á nuestra patria; lo que hizo que el mandarin se enfureciera m á s , y mandase darles una muerte tan cruel. Volviendo al punto que dije, pido áV., D. Ignacio, que ahora más que nunca redoble sus oraciones en favor mió, que m e encuentro muy necesitado, y algunas veces m e temo que Dios nuestro Señor ha­ — 135 — ya permitido que m e quedase cabeza de esta misión para su última miseria, y para castigo también de los muchos pecados que contra su Divina Magestad tengo cometidos, y del poco fruto y abuso de las gracias que me ha concedido. ¿ Dónde está aquella santidad, aquella ciencia necesaria en un sucesor de los apóstoles? Dios haga que algun dia vuelva con mi breviario or dinis Prcedicatorum, con el misal ordinis Prcedicatorum, y en todo nada más que simple fraile ordinis Prcedicatorum, y simple misio­ nero de este vicariato. Pensaba también escribir en esta ocasion al se­ ñor Retolaza, y á mis hermanos de Santa Ana, y también cuatro letritas á las monjas, pidiéndolas auxilio de sus oraciones. También pensaba escri­ bir cuatro palabras al alma á mi nuevo primo y á la prima María, para que me cuidasen bien mis ancianos p a d r e s , y no les hiciesen trabajar mas que lo que ellos quieran por recreación; porque los pobres han trabajado bastante, y el tiempo que les queda de vida, que estén desembarazados para tratar únicamente los negocios de su alma. Pido á V., pues, que supla mi falta con sus amonestacio­ nes á mis primos, y con enseñarles esta carta á mis amigos . Si mis señores padres se encontrasen algun dia verdaderamente necesitados , le estimaría mucho que m e lo dijese; porque pediria una limosna á la provincia del Santísimo Rosario de Filipinas. De las limosnas que la Propagación de la Fe m e m a n ­ dó no m e atreveré á mandarles un p e s o , p o r ­ que estas vienen para la misión, y son muy e s ­ casas comparativamente á las necesidades; a u n q u e no creo que iria contra la intención de los que h a ­ cen tales limosnas si en una necesidad tomase algo de ellas para socorrer á los padres. Pero he dicho - 1 3 6 — que no me atreveré, porque quiero obrar con mas seguridad. Basta, que estoy escribiendo á oscuras. No pue­ do corregir las mentiras que habré sembrado: us­ ted tenga cuidado con ellas. Memorias á todos, todos; y pido muchas oracio­ nes. De YV. todos soy humilde servidor, q. b. s. m . F R . VALENTÍN BERRIO-OCHOA. (A su madre). Neure Amacho maitia, eta gure Acho vizcorra: ¿Vici da oindic, ala urten eban mundu onetatic? Desiua echat falta, neure amaren letra azarratua icusteco; urte bat eta erdi da ija, nere Amaren no­ ticiario ezdaucadala. ¿ Azarratuta dago nigaz , ala adisquide gara? Gorroto guztiac aide batera ichi biar ditugu, Marija Virgiñagaz adisquide izateco. Neure partetic beintzat maite dot nere Amacho, eta alperric otzac izan nere oraciñuac, Jaungoicoaren aurrian presente euquiten dot gure Acho piña, eta Ama Virgiña Marijari escatu deutzat, librau deijela peligra guztietatic, ez deijola ichi pecatuan jausten, eta * El Señor Berrio-Ochoa , como se vé por las tres cartas siguientes , escribía siempre á su madre en vascuence. — 137 — eriotza on bat emon deijola, Jaungoicuaren arpegui ederra ceruan icusteco sécula guztietan. Amen. Acabau da sermoia. Amacho, alear ceruan icusten garianian, erdera berba eguin biarco dogu, cergatic eusqueria ijaastuda. A l l í hablar castellano, madre; no puede vascuence, y asi con soldados aprender cas­ tellano, es necesario. Usted, madre ahora vieja, difícil aprender castellano, yo creer, y mucho doler cabeza; pero ahora no aprender y despues el madre hablar no puede a l a hijo en el cielo ¿Entender madre, ó no entenderá Ni bizcor eta osasunagaz nabil; urte bete eta erdi baño gueijago da eche baten naguala, eta palacijo eder onec lastosco tellatua dauca, cacamasasco ormia, cañasco postiac, cañasco cuartoiac eta capirijuac, cañasco atiac, ez dauco suelo bat baño, eta au da lurrecua. Palacijo andi onetan, Erreguiña berian baño, obeto vici naiz. Por eso no tienes cuidado Madre, el hijo bien vivir: yo no tener envidia del Reina, lllundu dau, eta orregatic asco da gaurco. Con que ondo vici, Ama, errosarijo senduari ez ichi escutic jausten, eta erregutu asco berorren seme bacarchuagatic. Gorantziac aide guztiai, eta sacer­ dote jaun guztiai. Yo ser su hijo humilde, F R . VALENTÍN BERRIO-OCHOA. Sra. D. a Maria Mònica de Arizti. TUNQUINECO erreñuan agustuco lenengo egunian. Nere viotzeco Amacho maitia* urte onen asieran artu nebanberorren cartia: ¡0 ce pocic icusi neban ne18 — 438 — re amaren letria! ¡íNere biotza zabalduzan jaquin nebanian, acho bizcorra eguala, eta ondiño goruetan pijua; pocic entzun neban egunian egunian mesia entzuten ebala, eta Jesus maitiari guztioc gatic erregututen eutsala. Berorrec preguntatzen dost nerebici moduareu eta janaren gañían, Amacho maitia: ni guztiz ondo vici naiz; Obispo Jaun bat eguin da; eta ez da ecer falta jateco: oguiric ez dago e^men: berorrec badauca o g u i m é bigun bat. bialdu bei chori bategaz; ¡O cer pocic jango dogun Obispo Jaun eta Misioneruac gur e achilaren ¡escuac eguin daco oguija! Artua badago emen, baña gordiñic jäten dabe, nie bere b¡ akliz janditut arto garaun batzuec gordiñic. lehasoco eta errecaco pesquia ugari dago emen; orregatic, eta gueure Aita Santo Domingoc aguintzen dabelaco bere legue santuetan, egunian egunian jaten dot pesquia, noician bein bacarric araguija. Berorrec ezpei bildurric e u q u i , gosiac ez gaituz ilgo. Baña ez pei pensau Obispua izanagatic, cochian gabicela: ortosic eguiten dituguz gueure biagiac, locatzaic locatza eta gabaren illumpian, baña alegre bici gara. Gau baten ibilli nintzan sei legua, azpijan locatzia eta gañian eurija nebala, sarritan lurra meidu neban neure lucetasunagaz, eta Obispo Jauna izanagatic locatzaz eta urez beteric allegau nintzan echera. Baña cristiñauac caridade andija dauque. Echera allegau riintzanian guertu euquen u r berua, eta emon eusten bañu b a t , eta guelditu nintzan ederqui mesa santua esateco. ¡Ay nere semecho maitia! esango dau berorrec: Ce bici modu tristia ori! Ez neure Acho maitia, bici modu au ez da tristia; osasunagaz, alegre eta bizcor dabil emen gentia. Jaungoicoac consolatzen gaitu gueure trabajuetan, eta mutil zarra izanagatic airoso salto eguiten dogu locatzetan. Ama­ cho, mendi mutil bat eguinda dago Yanlentincho, eta bere ocotzeco bizarrac icaratuco lituque infernuco — 139 — diabru zarrac. Berorrec nigatic Jesusi erregututen deutso eta ni bere mesa santuan egunian egunian acordatzen naiz neure gurasuaquin; escatzen deutsat Jaungoicoari mundu onetan euqui deijala cer jantzi eta cer jan, eta beste munduan euqui deijala ceruco glorija. Animo, bada, Amacho, munduco trabajuac paciencian eruateco. Gueure araguija sarritan osticoca eguiten dau, baña Jesus maitiaren gracijac in­ dar gueijago dauca araguijac eta infernuac baño. Orregatic, beti escatu biar deutsagu gracija au, ¡pin­ ten doguzala Maria Santisimia, Aita San José, Santa Monica, eta ceruco Santu eta Satac bitarteco. Agur, Amacho: gorantzijac nere aide guztiai; nie mun eguiten deutzat escuan berorri. F R . VALENTÍN BERRIO-OCHOA. Neure Ama maitia: ¡ja predicadore batee leguez escribietan icasi dau. Berorren cartan aituten emoten deust Jaungoicoaren borondatiaz conforme daguala, beretzat ni gura banau erreligiñuan: asco alegretan naiz, bada jaquin biar dau, baldin biotz biotzetic ezquintzen badeutza berorren semia, Marija bitarte­ co ipiñita, mundu onetan eguin aldeijan Jaunaren obra gustocuena eguingo dabela uste dot. Escatu beijo, profesia etorri baño lenago, euqui deidala aciertu on bat; eta aurrera, ez gaitian Jaungoicoaz urri ibili: ceruan lecu zabalac daucaz guretzat, lurrian bere borondatia eguiten badogu: animo, asco balijo daben gaucia, asco costetan da. Domequetan bijua Santanaco conventura, eta Aita Santo Domingoren oñetan auspastuta esan beijo: Aita Santo Domin­ go, seme bat baño ez daucat, eta bera guztiz maitia, baña ceuretzat gura badozu, ceuria dozu; bacar ba- — 140 — carric escatiiten deutsut, ceure eguijazco serae bal eguin daizula, eta izan zaitiala bere aita, bere bicitzan eta eriotzan, alear icusi daigun zu zagozan lecuan. Amen. Ala izan dedilla Ama. Logroñoco saldun chiquijen Aitac pagau eustan diligentzija Madrilleraño, eta orregatic iñosco demporan ortic pasauco balira bañuetara, alegrauco nintzat e q u e euracaz cumpliduco baleu, bada nicmereci ez padot b e r e , aréc mereci dabe, berorren seme bati alaco gracija eguin eutzelaco. Agur Ama Marija. Frailecho bat politao dago semia casic edurra lango jantzi zurijaz. TRADUCCION DE LAS ANTERIORES CARTAS POR EL ORDEN QUE SE HAN PUBLICADO. Mi querida madrecita, y nuestra viejecita vivara­ cha: ¿Vive V. todavia, ó salió de este mundo? No m e falta el deseo de ver la letra enfadada de mi m a d r e ; hace ya año y medio que no tengo noticia de mi madre. ¿Está V. enfadada conmigo, ó somos amigos? Debemos dejar á un lado todos los enfados para ser amigos d é l a Virgen María. Por mi parte á lo menos amo á mi madrecita, y aunque son frias — u \ _ mis oraciones, ante Dios suelo tener presente á nuestra animosa viejecita, y he pedido á la Virgen María que la libre de todos los peligros, no la deje caer en el pecado y la dé una buena muerte, para ver la hermosa cara de Dios en el cielo, por todos los siglos. Amen. Se ha concluido el sermon. Madrecita, cuando nos veamos en el cielo, tendremos que hablar en castellano, porque el vascuence se olvidó ya. (4) A l l í hablar castellano, madre; no puede vascuence, y asi soldados aprender caste­ llano, es necesario. Usted, madre, ahora vieja, difícil aprender castellano, yo creer, y mucho doler cabe­ za; pero ahora no aprender y despues el madre ha­ blar no puede á la hijo en el cielo. ¿Entender m a ­ d r e , ó no entender? Yo ando con ajilidad y con salud; hace más d e año y medio que estoy sin una casa, y este hermo­ so palacio tiene tejado de paja, pared de adobes de boñiga, postes de caña, cuartones y cabrios de ca­ ña, puertas de caña, no tiene más que un suelo y éste es la tierra. En este gran palacio vivo mejor que la Reina en el suyo. Por eso no tienes cuidado madre, el hijo bien vivir: yo no tener envidia del Reina. Ha oscurecido, y por eso basta para hoy. Con que vivir bien. Madre, no hay que dejar caer de la mano aquel rosariojo de cuentas gordas y ro­ gar mucho por su único hijito. Memorias á todos los parientes y á todos los señores sacerdotes. Yo ser su hijo humilde, cau F R . VALENTÍN BERRIO-OCHOA. ( i ) Los períodos que se ponen en bastardilla, están en el original, como en él mismo pueden verse, en castellano vascongado; Los soldados de quienes halda el mártir son los castellanos que frecuentaban á Elorrio durante la g u e r r a civil — m - Sra. D. a Maria Mònica de Aristi. R E I N O D E T O N Q U I N , L . ° de agosto. Querida madrecita de mi corazon: al principio d e este año recibí su carta de V.: ¡Oh qué placer al ver la letra de mi madre! Mi corazon se ensanchó cuando supe que estaba V. hecha una viejita viva­ racha y que todavía hilaba V. con garbo. Con gusto supe que todos los dias oia V. misa y que rogaba por todos á Jesus amado. Usted me pregunta por mi modo de vivir y qué comidas uso. Querida madreci­ t a , yo vivo muy bien, hecho un señor Obispo; y no falta nada para comer. Aquí no hay pan: Si us­ ted tiene una torta de pan tierno, mándela V. con un pájaro. ¡Oh con que placer comeremos el señor Obispo y los Misioneros el pan hecho por las ma­ nos de nuestra viejecita! Maiz, le hay aquí, pero le comen crudo, también yo he comido por dos veces algunos granos de maiz crudos. Aquí abunda mucho la pesca del m a r y rio; por eso, y porque lo man­ da en sus santas leyes nuestro Padre Santo Domin­ go, todos los dias como pesca y solo alguna vez que otra carne. No tenga V. miedo que no nos ma­ tará el hambre. Pero piensa V. que por ser Obispos andamos en coche. Descalzos hacemos nuestros via­ j e s de barrizal en barrizal, y á la oscuridad de la noche, pero vivimos alegres. Una noche anduve seis leguas, con barro por abajo y agua por arriba, ha­ biendo medido muchas veces la tierra con mi lar­ gura , y aunque era un señor Obispo llegué á casa lleno de barro y agua. Pero los cristianos tienen — 143 — grande caridad. Guando llegué á casa ya tenían pre­ parada el agua caliente, me dieron un baño y que­ dé muy bien para celebrar la santa misa. «¡Ay, que rido hijito mió!» dirá V.: «¡Que triste es ese modo de vivir!» No,querida viejita mia, no es triste este mo­ do de vivir; con salud, alegría y agilidad anda aquí la gente. Dios nos consuela en nuestros trabajos, y sin embargo de ser muchacho viejo, damos con gar­ bo el salto en los barrizales. Madrecita, Valentinito está hecho un muchacho del monte, y las barbas de su cara harian temblar á los diablos viejos del infierno. Usted ruega por mí á Jesus, y yo también en la santa misa todos los dias m e acuerdo de mis pa­ dres; pido á Dios que en este mundo tenga V. qué vestir y qué comer y que en el otro mundo tenga la gloria del cielo. Ánimo, pues, madrecita, para llevar con paciencia los trabajos del mundo. Nues­ tra carne muchas veces cocea, pero la gracia de Jesus tiene mas fuerza que la carne y el infierno. Por eso siempre debemos pedirle esta gracia, po­ niendo por nuestros intercesores á María Santísima, al Patriarca San José, á Santa Mònica y á todos los santos y santas del cielo. Agur, Madrecita: memorias á todos mis parientes: yo beso á V. en la mano. F R . VALENTÍN DERRIO-OCHOA. Mi querida madre: ha aprendido V. ya á escribir como un predicador. Me da V. á entender en su carta que está conforme con la voluntad de Dios, si á mí m e quiere para sí en la religion: mucho m e alegro, pues debe V. s a b e r , que si"le ofrece usted su hijo de lo íntimo de su corazon poniendo por _ 4 4 4 — medianera á María, me parece que será para Dios la obra mas grata de cuantas puede V. hacer en este mundo. Pídale V . antes que llegue la profe­ sión, que yo tenga un buen acierto; y en adelante no andemos escasos para con Dios: en el cielo tie­ ne lugares anchos y espaciosos para nosotros, si en la tierra hacemos su voluntad: ánimo, lo que mu­ cho vale, mucho cuesta. Los domingos vaya V . al convento de Santa Ana, y postrada á los pies del Padre Santo Domingo, dígale V . : «Padre Santo Do­ mingo , no tengo mas que un hijo, y él muy queri­ d o , pero si le quereis para vos, vuestro es; solo os pido que le hagais un verdadero hijo vuestro, y que seáis su padre en su vida y muerte, para que nos veamos en el lugar en que vos estáis. Amen.» Así sea, Madre. El Padre de los señoritos pequeños de Logroño me pagó la diligencia hasta Madrid, y por eso si en algun tiempo pasasen por ahí á los baños, me alegraria cumpliese V . con ellos, pues aunque yo no lo merezca, lo merecen aquellos, porque á un hijo de Y. hicieron semejante gracia. Agur, Madre Ma­ ría. Su hijo de V . está hecho un frailecito guapo con un hábito casi tan blanco como la nieve. F R . VALEINTIN B E R R I N - O C H O A . II EXTRACTO del a c t a d e l a J u n t a g e n e r a l d e l S e ñ o r í o de Vizcaya, celebrada s ó e l árbol d e Guernica el d i a 1 6 d e Julio de 1862. «Acto continuo fué leida una mocion de los Apo­ derados de la villa de Elorrio, asociados de los Se­ ñores Padres de Provincia, vecinos de la propia vi­ lla, que es como sigue. I L L M O . SEÑOR: La gloriosa muerte del venerable y virtuoso Prelado Fray Valentin Faustino de BerrioOchoa, hijo de la villa de Elorrio, religioso de la orden de Dominicos, Obispo de las misiones del Tonquin central, verificada el dia 1.° de Noviembre último, á los treinta y cinco años de su edad, ha causado una dolorosa á la par que grata sensación á los habitantes de aquella villa. Dolorosa, porque con la muerte de aquel ilustre apóstol de la Iglesia, mi­ llares de infieles cuya conversion al seno de la Igle­ sia Católica, Apostólica, Romana, habria sido segu­ 19 — 146 — ra, se verán todavia envueltos en el error y en la barbarie; y grata, porque el Señorío de Vizcaya, y muy particularmente la villa de Elorrio, puede con­ gratularse de contar, piadosamente juzgando, en el número de los mártires á u n hijo suyo. Por esto, lllmo. Señor, ha causado una emocion difícil de des­ cribir tan fausto acontecimiento. Y es que ha visto terminarse una vida rica de todas las virtudes cris­ tianas con la corona de u n glorioso martirio, martirio á que el ardor de la caridad y el celo de la gloria d e Dios condujeron al venerable y virtuoso Berrio-Ochoa, que asistido de la divina gracia, supo arrostrar con semblante sereno y la tranquilidad del justo, una muerte afrentosa y terrible. En circunstancias tales, y con objeto de que nun­ ca pueda dudarse del origen y naturaleza de tan vir­ tuoso Prelado, á cuyo efecto se acompaña la partida de bautismo legalizada en forma, y con el de que se obtenga á la mayor brevedad posible una decla­ ración de Su Santidad sobre su martirio y beatifica­ ción, los suscritos apoderados de la villa de Elorrio, asociados á los señores Padres de Provincia, veci­ nos de la misma, se atreven á rogar á la junta por especial encargo de todo el vecindario, se sirva acordar: 1.° Que se haga constar en el registro de actas de las presentes juntas generales la evidencia de este hecho, para que en ningún tiempo pueda caber la menor duda acerca del lugar del nacimiento de dicho Fray Valentín Faustino de Berrio-Ochoa. 2.° Que habiendo de instruirse el oportuno es­ pediente de justificación y prueba, á fin de obtener del Gerarca Supremo de la Iglesia la beatificación de este mártir vizcaíno, se encargue con especial interés y recomendación á la Illma. Diputación ge­ neral ponga en juego cuantos medios estén á su al- — 147 — canee, ora sea en la Congregación de P r o p a g a n d a ñde, ora en cualquiera otra corporacion ó tribunal competente, para la más pronta realización de tan piadoso y anhelado objeto. Salon de Juntas de Guernica 15 de Julio de 1862.— Illmo. Señor: F A U S T O D E U R Q U I Z U . — E L C O N D E D E L V A L L E . — J O S É NICETO DE URQUIZU.—BONIFACIO D E GASTEARURU. PARTIDA BAUTISMAL.. C E R T I F I C O yo el infrascrito Teniente Cura de la Par­ roquia de la Purísima Concepción de esta villa d e Elorrio, que al folio quinientos cincuenta y tres, vuelto, del libro quinto de bautizados de esta dicha Parroquia, se halla la partida siguiente: PARTIDA—Valentin Faustino de Berrio-Ochoa.— El dia quince de Febrero de mil ochocientos veinte y siete años, yo D . José María de Elizalde, Cura y Beneficiado de las parroquias unidas de esta villa de Elorrio, bauticé á un niño y le puse por nom­ bre Valentin Faustino, el cual, según m e dieron ra­ zón, nació á las cuatro horas de la tarde precedente: hijo legitimo de Juan Isidro de Berrio-Ochoa, na­ tural de esta, y María Mónica de Aristi, natural de Anzuola y vecinos de esta. Abuelos paternos, José de Berrio-Ochoa y Juana de Gastea, naturales y ve- — 148 — einos de esta. Maternos, José de Aristi, natural de Anzuola y Ana María de Velar, natural de Elósua, y vecinos de Anzuola. Fueron sus padrinos D. Eusebio de Uribesalazar y su hermana D. a Amalia, na­ turales y vecinos de esta, á quienes advertí el paren­ tesco espiritual y demás obligaciones que contrageron. En fé de todo firmo.—JOSÉ M A R Í A D E E L I Z A L D E . Concuerda esta partida con su original que obra en el libro y folio citados, y con remisión á ella firmo en esta referida villa de Elorrio á cuatro de Julio de mil ochocientos sesenta y d o s . — P E D R O GUILLELMO D E GANGUTIA. Hay u n sello que dice : Parroquia de la Purísima Concejpcion de Elorrio. L E G A L I Z A C I Ó N . — L o s infrascritos, escribanos d e Su Majestad (Q. D. G.), numerales de las villas de Elorrio y Durango y su merindad en el Señorío d e Vizcaya, donde no se usa del papel sellado. Certifi­ camos y damos fé : que D. Pedro Guillelmo de Gan­ gutia, por quien está expedido el precedente cer­ tificado, e s , como se titula, Teniente Cura de la parroquia de la Purísima Concepción de dicha villa de Elorrio, en actual ejercicio, siendo de su puño y letra la firma y rúbrica con que la autoriza, y las mismas que acostumbra á usar en iguales docu­ mentos. En testimonio de lo cual signamos y firmamos en nuestras respectivas mimerías á cinco de Julio de mil ochocientos sesenta y dos.—SATURNINO D E E C H A G U I R E L . — T O M Á S DE A R E I T I O . — F E R N A N D O DE BARTUREN. Terminada la lectura de la mocion precedente, el Sr. D. José Miguel de Arrieta Mascárua, Padre — 149 — de Provincia, usando de la palabra en apoyo d e aquella, pronunció el discurso siguiente: SEÑORES: No me levanto para apoyar la mocion que acabais de oir; porque ¿cómo habia de inferir tamaño agra­ vio al buen sentido, al acendrado patriotismo, á la nunca desmentida religiosidad de las Juntas de Guer­ nica? ¿Cómo puedo dudar que Vizcaya t o d a , por medio de su representación mas legítima, se aso­ cia unánime y espontáneamente al pensamiento opor­ tunísimo de los felices habitantes de Elorrio; Vizca­ y a , que en medio del descreimiento que corroe á la sociedad, y aun de la guerra que por to­ das partes se hace á la Iglesia, no solo conserva inquebrantable su fe, si no que aprovecha cuantas ocasiones se presentan de manifestarla con actos públicos, haciendo gala y alarde de la firmeza de sus creencias y sentimientos religiosos? Y más ahora que nos hallamos todos dulcemente conmovidos y profundamente impresionados con el ejemplo y las palabras del dignísimo Episcopado Católico, al que llenos de júbilo hemos visto correr solícito á los piés del Trono Pontificio para endulzar las amarguras de nuestro inmortal Padre Pió IX y para celebrar triun­ fos idénticos al que, juzgando piadosamente, ha alcanzado nuestro ínclito paisano Berrio-Ochoa. Y más todavía al saber que la noticia de su gloriosa muerte llegó á Roma ¡ coincidencia singular y pro­ videncial ! en los momentos mismos en que se cele­ braba allí la victoria de otros ilustres mártires, — uno de ellos, hijo también del noble suelo vascon­ g a d o , — que conquistaron sus coronas derramando igualmente su sangre generosa por la fé de Jesucris- — 150 — to, hácia aquellas mismas apartadas regiones. No m e levanto, n o , para apoyar la mocion que acaba de leerse, porque mociones de esta especie se aco­ gen por aclamación, por unanimidad, con entu­ siasmo. Me l e v a n t o . s e ñ o r e s , únicamente para dar alguna espansion á iw- sentimientos, á los vuestros; porque estoy seguro de que en este asunto son los mismos: m e levanto para congratularme con vosotros por esta nueva gloria que el Cielo ha dispensado á nues­ tra pàtria, y singularmente á nuestro pais: me le­ vanto para felicitar á los Padres de Povincia y apo­ derados y vecinos todos de Elorrio, cuya prevision podrá evitar que vengan otros pueblos á disputarles la honra de contar entre sus hijos al esclarecido Berrio-Ochoa. El ejemplo de la empeñada cuestión que mas há de dos siglos sostienen con religiosa porfía las n o ­ bles villas de Yergara y Beasain, renovada justamente estos dias con motivo de la reciente canonización del ilustre màrtir San Martin de la Ascension de Aguirre ó Loinaz, justifica y encarece la oportunidad de este paso. Me levanto, en fin, á felicitar á la Junta ge­ neral, á quien va á caber la honra de escribir hoy una página imperecedera en los fastos de Vizcaya: á quien va á caber la dicha de adquirir hoy un nuevo protector en el Cielo. ¿Cómo dudarlo ¡ y esta sí que es coincidencia significativa! cuando en esos sillones que rodean á la presidencia, vemos sentado á uno de los representantes mas genuinos del Se­ ñorío, al centinela avanzado de sus venerandas ins­ tituciones , al que por la posicion que ocupa es la atalaya y el guardia de sus prerogativas y derechos, al caballero Síndico Procurador general de Vizcaya, y ese hombre feliz, es nada ménos, como acabais de oirlo al leerse esa partida de bautismo, el padrino — 151 — de pila en cuyos brazos entró en el gremio de la Igle­ sia y recibió la càndida vestidura de la gracia, ese mis­ mo bienaventurado que acaba de teñirla con su noble sangre derramada en defensa de la fe que p o r boca de su mismo padrino pidiera, y sellando de este modo las promesas que por la misma boca consignára. ¡Oh! dejadme q u e m e dirija á él, á ese nues­ tro caballero Síndico, para decirle que envidio su fortuna, que es mil y mil veces dichoso por haber tenido la honra singularísima de desempeñar enton­ ces aquel cargo tan importante, y de presenciar ahora, desde ese distinguido puesto, este tributo de amor y respeto que rinde la Junta y por su n o m b r e Vizcaya toda, á su gloriosísimo ahijado, só el árbol venerando, testigo de tantas grandezas vascongadas. Demos gracias á Dios, autor de todo bien, por tan señalada m e r c e d : haga Él que de hoy más vaya en aumento la fecundidad de Vizcaya para producir varones tan santos; que con tales protectores no hay que temer por el porvenir de nuestro querido pais, por las glorias de nuestra amada patria.» III ARBOL GENEALÓGICO formado por las partidas sacramenta­ les existentes e n los archivos de l a s p a r r o q u i a s d e l a Concepción y S a n A g u s t i n d e l a v i l l a d e Elorrio. 20 ÍNDICE. PÁGINAS. CAPÍTULO » I. Su nacimiento, niñez y pri- » II. » III. » IV. meros estudios Su vida en el Seminario hasta ordenarse de sa­ cerdote Su vida en el Seminario Conciliar desde que se ordenó de sacerdote. . Su vida en el Colegio de Mi­ sioneros Dominicos de Ocaña Viage y permanencia en » V. > VI. Reseña histórica de las mi­ Manila > VII. siones del imperio annamita Su arribo y vida en Tonquin hasta la llegada de la espedicion franco-española 1 11 19 31 43 59 80 — 156 — PÁGINAS. CAPÍTULO VIII. » IX. Su apostolado en Tonquin y su martirio . . . . . 9 3 Conclusion 117 PÁGINAS. APÉNDICE d » » »• » » » I. Algunas cartas del llustrisimo Sr. Fr. Valentin de Berrio-Ochoa 125 A su madre (en vascuence). 436 * (Traducción al castellano). 140 II. Extracto del acta de la Jun­ ta general del Señorío de Vizcaya, só el árbol de Guernica el dia 16] de Julio de 1862. » Mocion de los Apoderados/ 145 de la villa de ElorrioJ asociados de los señores' Padres de Provincia ve­ cinos de la propia villa. / » Partida bautismal de Valen­ tin Faustino de BerrioOchoa 147 » Discurso del señor Padre de Provincia D. José Miguel de Arrieta Mascárua 149 III. Arbol genealógico. . , . 1 5 3 ERRATAS. PÁG. LIN. DICE. LEASE. 5 4 26 vangélica angélica » 27 ascuence vascuence 08 9 y10 obisbos obispos 73 26 ciencia esencia 91 27 y28 Difícil s e r á aun d e s ­ Difícil s e r á f o r m a r s e p u e s d e formarse u n a u n a idea d e tanto p a ­ 144 2 5 i d e a d e lauto p a d e c i ­ decimiento miento saber pues d e saber BERRIN-OCHOA BERRIO-OCHOA aun d e s ­
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