Guerra cognitiva: ¿ continuidad o ruptura con las teorías clásicas de la guerra? Armua, Gonzalo Daniel [email protected] Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe -IEALCFacultad de Ciencias Sociales Universidad de Buenos Aires 1.Introducción La transición hegemónica en curso, marcada por la fragmentación del orden internacional y el ascenso de nuevos polos de poder, ha venido acompañada por una transformación profunda en las formas de la guerra. El campo de batalla contemporáneo ya no se define exclusivamente por la ocupación del territorio físico, sino por la intervención sistemática en el dominio de la percepción, las emociones y la subjetividad. En este contexto, la denominada "guerra cognitiva" emerge como una modalidad de confrontación en la que la información, la tecnología y la psicología se articulan para influir en la opinión pública, debilitar la cohesión social y manipular las decisiones políticas. La Organizacíon del Atlántico Norte (OTAN) ha comenzado a advertir esta mutación. En palabras del Dr. Kestutis Paulauskas, “la superioridad cognitiva es un imperativo estratégico”, ya que permite superar el pensamiento y la maniobra del adversario. Según el Concepto Estratégico de 2022, la guerra futura será rápida, multidimensional y altamente disputada, con tecnologías emergentes como IA, sistemas hipersónicos, autonomía y biotecnología afectando directamente las decisiones militares, políticas y sociales. Esta nueva concepción parte del reconocimiento explícito de que la zona euroatlántica ya no está en paz y que los principales enemigos de la OTAN —Rusia y China— han desarrollado capacidades que desafían tanto la estabilidad internacional como la ventaja estratégica occidental. Rusia es identificada como la amenaza más significativa y directa, mientras que China representa un desafío sistémico de largo plazo, con aspiraciones tecnológicas, militares y cognitivas que apuntan a redefinir el orden mundial. En ese sentido, La OTAN reconoce que ya no basta con detectar y almacenar datos (conciencia), sino que es necesario interpretarlos (comprensión) y actuar con ventaja (decisión). Esto implica no solo entender a los adversarios, sino entenderse a sí misma, como organización estratégica sujeta a ceguera cognitiva. La superioridad cognitiva, entendida como la capacidad de tomar decisiones más rápidas, profundas y eficaces que el adversario, se convierte en el terreno de disputa más estratégico del siglo XXI. Este trabajo se propone interrogar la vigencia y las posibilidades de reinterpretación de la teoría de la guerra de Carl von Clausewitz frente a este nuevo escenario. Lejos de desechar el aporte del pensador prusiano como obsoleto, se plantea que sus nociones fundamentales —como la trinidad, la niebla de la guerra y los elementos morales del conflicto— pueden ser actualizadas y reformuladas a la luz de las lógicas del enfrentamiento informacional. Así, se sostiene que la guerra cognitiva no constituye una ruptura radical con el pensamiento estratégico occidental, sino una sofisticación tecnopolítica de sus principios fundantes. La hipótesis que organiza este análisis es que los postulados clausewitzianos siguen ofreciendo un marco robusto para pensar la guerra, siempre que se los adapte a los nuevos escenarios donde el dominio de la subjetividad reemplaza a la geografía como terreno de disputa. A través de un abordaje teórico-conceptual, se buscará poner en diálogo la obra de Clausewitz con los desarrollos actuales en torno a la guerra cognitiva, interrogando tanto sus continuidades como sus rupturas. En primer lugar, se delimitarán los conceptos clave de la teoría clausewitziana, para luego avanzar hacia una sistematización de las definiciones y alcances de la guerra cognitiva. Posteriormente, se propondrá una relectura de la trinidad y de la niebla de la guerra en clave digital, así como una reflexión sobre los elementos morales y psicológicos del conflicto en la era de la información. Finalmente, se discutirá si estamos ante una mutación estructural del concepto de guerra o ante una nueva manifestación de una lógica histórica de dominación y disputa por el poder político. 2. Marco teórico 2.1. Carl von Clausewitz y los fundamentos de la guerra La obra "De la guerra" de Carl von Clausewitz representa uno de los pilares fundamentales del pensamiento estratégico moderno. Su definición clásica —la guerra como continuación de la política por otros medios— instala una visión profundamente política del conflicto, en la que la violencia se encuentra subordinada a objetivos racionales definidos por el poder estatal. "La guerra no es meramente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación del proceso político, una realización de este por otros medios" (Clausewitz, 1832/1984, p. 87). Lejos de concebir la guerra como un fenómeno autónomo o irracional, Clausewitz insiste en su carácter instrumental, condicionado por fines políticos concretos. En este sentido, también destaca la especificidad de sus medios: "la guerra es un acto de violencia que intenta obligar al adversario a someterse a nuestra voluntad" (Clausewitz, 1832/1984, p. 75). La violencia, por tanto, no es un exceso irracional, sino el medio privilegiado mediante el cual se procura imponer un propósito político. Uno de sus aportes más relevantes es la formulación de la "trinidad asombrosa", compuesta por tres fuerzas que interactúan constantemente: la pasión (el pueblo), el azar (el ejército) y la razón (el gobierno). Esta tríada no representa una estructura fija, sino un modelo dinámico que permite comprender la interacción entre lo emocional, lo incierto y lo racional en la experiencia bélica. En este marco, la guerra no es ni enteramente racional ni totalmente caótica: es una síntesis conflictiva de estos elementos en tensión. Sin embargo, antes de entra en detalle sobre la trinidad es necesario recordar la diferencia entre la naturaleza de la guerra y su carácter, pues son dos elementos claves del argumento y que, por lo tanto, precisa de aclaración. La naturaleza de cualquier objeto o concepto es algo que define su esencia. En otras palabras, buscamos una definición invariable e irrefutable, que no cambie conforme cambian las circunstancias que la rodean; eso es lo que define la naturaleza de cualquier elemento. Entonces, la naturaleza de la guerra la podemos definir como aquello que permanece invariable cualesquiera que sean las circunstancias que la rodean, y cualquiera que sea el momento de la historia que estemos analizando. Contrariamente, el carácter de la guerra depende de las circunstancias que rodean a la guerra y, evidentemente también, del momento de la historia del que estemos hablando. La tecnología, la evolución de las tácticas, el planeamiento de las campañas militares, las tácticas asimétricas, las guerrillas, etc., son elementos que definen el carácter de una guerra y que, a todas luces, son cambiantes. Clausewitz describe estos cambios como un camaleón que, dependiendo de cada momento, cambia de piel en el ámbito natural y de carácter, de la forma de hacer la guerra, en el ámbito militar. El carácter de la guerra responde a cómo hacemos la guerra y, por lo tanto, la evolución de la manera, de la forma de hacer la guerra es lo que tienen especial relevancia en el carácter. Resumiendo, el carácter de la guerra responde al "cómo" mientras que la naturaleza de la guerra responde al "por qué". “La guerra no es, pues, no sólo un verdadero camaleón, por el hecho de que en cada caso concreto cambia de carácter, sino que constituye también una singular trinidad, si se la considera como un todo, en relación con las tendencias que predominan en ella. Esta trinidad está integrada tanto por el odio, la enemistad y la violencia primigenia de su esencia, elementos que deben ser considerados como un ciego impulso natural, como por el juego del azar y de las probabilidades, que hacen de ella una actividad desprovista de emociones, y por el carácter subordinado de instrumento político, que la inducen a pertenecer al ámbito del mero entendimiento.” Otro concepto clave es el de la "niebla de la guerra" (fog of war), que hace referencia a la incertidumbre, el desorden y la opacidad que acompañan toda acción militar. La guerra, para Clausewitz, nunca se libra con información completa ni bajo condiciones ideales: se desarrolla en un entorno de ambigüedad constante que exige flexibilidad, intuición y liderazgo. Finalmente, su énfasis en los "elementos morales" destaca la importancia de factores como la voluntad, el espíritu de lucha y la cohesión anímica, aspectos no cuantificables que resultan determinantes para el curso del conflicto. Estos conceptos, formulados en el contexto del siglo XIX, mantienen una sorprendente capacidad analítica para abordar fenómenos contemporáneos. Sin embargo, su aplicación exige una lectura crítica que reconozca las transformaciones del entorno tecnológico, comunicacional y subjetivo de la guerra en el siglo XXI. 2.2. La guerra cognitiva: definición, alcances y actores La noción de guerra cognitiva remite a un conjunto de operaciones destinadas a influir, controlar o alterar los procesos de percepción, pensamiento y comportamiento de individuos, colectivos y sociedades. A diferencia de la guerra psicológica tradicional, la guerra cognitiva se distingue por su carácter sistémico, su anclaje tecnológico y su orientación hacia el dominio informacional como escenario privilegiado del conflicto. Tal como ha sido conceptualizada por instancias como la OTAN o el Hybrid CoE, la guerra cognitiva implica la integración de herramientas comunicacionales, neurocientíficas, psicológicas y digitales (incluyendo redes sociales, inteligencia artificial, big data y plataformas de video viral) con fines de dominación, desinformación o desestabilización. Su objetivo no es solo influir en decisiones puntuales, sino transformar marcos de interpretación, erosionar la confianza en las instituciones y generar climas afectivos funcionales a los intereses de quien la ejerce. Autores como François du Cluzel advierten que esta modalidad de guerra apunta a convertir la mente humana en el nuevo campo de batalla. En esa línea, el blanco de la agresión no es el cuerpo, ni siquiera la infraestructura crítica, sino la capacidad de razonar, deliberar y tomar decisiones libres. Por ello, la guerra cognitiva desborda los límites de la acción militar clásica y penetra ámbitos como la cultura, la educación, los medios de comunicación y las redes sociales. "La guerra cognitiva es la forma más avanzada de manipulación mental humana hasta la fecha, que permite influir en el comportamiento individual o colectivo con el objetivo de obtener una ventaja táctica o estratégica. En este dominio de acción, el cerebro humano se convierte en el campo de batalla" A diferencia de otras formas de guerra, su accionar es más lento, insidioso y persistente. Du Cluzel advierte que “la guerra cognitiva supone un reto insidioso. Altera la comprensión y las reacciones ordinarias ante los acontecimientos de forma gradual y sutil, pero con importantes efectos nocivos a lo largo del tiempo”. La guerra ya no se anuncia ni se declara abiertamente: se infiltra, se disfraza de discurso, de entretenimiento o de consigna moral. Su objetivo estratégico apunta al núcleo mismo del orden social: “La guerra cognitiva persigue el objetivo de socavar la confianza (la confianza del público en los procesos electorales, la confianza en las instituciones, los aliados, los políticos…)”. Desde una perspectiva crítica, Bernal Alonso caracteriza esta modalidad como “una forma avanzada de guerra psicológica que, lejos de limitarse a lo militar, interviene directamente sobre las estructuras cognitivas, afectivas y culturales de los individuos y las sociedades”. La guerra cognitiva, en este sentido, no se propone sólo desmoralizar o confundir, sino reconfigurar el modo mismo en que pensamos, sentimos y habitamos lo común. Finalmente, esta forma de guerra no busca ya controlar el territorio físico, sino el territorio simbólico: “las narrativas, las percepciones, las emociones y los marcos de interpretación de la realidad”. Se trata, entonces, de una guerra sin frentes visibles, pero con consecuencias profundas, que exige ser pensada desde un enfoque interdisciplinario que articule teoría política, filosofía, psicología, estudios culturales y tecnología. 3. Relectura de la trinidad clausewitziana en clave digital La política y la guerra tienen una relación capital para comprender la guerra pero, a la vez que la política es clave, existen otros elementos que para Clausewitz también definían la naturaleza de las guerras: como lo son el pueblo y el ejército. Así, Clausewitz afirmaba que todas las guerras se podían definir según esos tres elementos. Para el tratadista prusiano la naturaleza de la guerra se podía explicar mediante una trinidad que, pese al paso de los tiempos permanece invariable; es decir, que no cambia a lo largo de la historia. Podía cambiar la manera de hacer la guerra, pero para el tratadista prusiano la naturaleza de la guerra no cambia porque cambien "los modos" de hacer la guerra. Clausewitz argumentaba que todas las guerras tenían la misma naturaleza y solamente su carácter evolucionaba con el paso de los tiempos y, especialmente, con el avance de la tecnología. La tecnología, la forma de hacer la guerra, sus tácticas y su planeamiento podían haber evolucionado, pero la esencia de la guerra, su naturaleza, es decir sus esencia, permanece invariable. Esta perpetuidad de la naturaleza de la guerra es un debate académico abierto que sigue enfrentando posiciones muy inteligentes de numerosos pensadores y expertos; sin embargo, para Clausewitz el debate se respondía mediante una trinidad sostenida por el pueblo, el ejército y el elemento político; su aplicación para Clausewitz es para todas las guerras que vieron los tiempos y venideras. La llamada "trinidad asombrosa" que Clausewitz introduce como modelo dinámico de la guerra — pasión, azar y razón, encarnadas en el pueblo, el ejército y el gobierno— constituye una de sus mayores aportaciones teóricas. "El primero de estos tres aspectos interesa especialmente al pueblo; el segundo, al comandante en jefe y a su ejército, y el tercero, solamente al gobierno. Las pasiones que deben prender en la guerra tienen que existir ya en los pueblos afectados por ella; el alcance que logrará el juego del talento y del valor en el dominio de las probabilidades del azar dependerá del carácter del comandante en jefe y del ejército; los objetivos políticos, sin embargo, incumbirán solamente al gobierno.” Clausewitz, "De la Guerra. Esta trinidad no debe entenderse como una fórmula estática o como una estructura institucional, sino como una interacción constante de fuerzas variables que permiten comprender el carácter multiforme y cambiante del fenómeno bélico. En sus palabras: "La guerra es, por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad" (Clausewitz, De la guerra, Libro I, Capítulo I). Su vigencia, sin embargo, exige ser pensada a la luz de los cambios profundos que impone la guerra cognitiva, donde los medios digitales, la viralidad emocional y la manipulación algorítmica reconfiguran las relaciones entre actores y principios estratégicos. En primer lugar, la pasión, encarnada en el pueblo, adquiere un nuevo rostro en el entorno digital. La guerra cognitiva se apoya precisamente en la movilización de emociones colectivas, en la propagación de contenidos que apelan a la indignación, el miedo o el orgullo. Plataformas como redes sociales o canales de mensajería cifrada permiten hoy direccionar esas emociones con precisión quirúrgica, generando climas afectivos que reemplazan o distorsionan la deliberación racional. La "guerra por los corazones y las mentes" se intensifica, no mediante propaganda estatal tradicional, sino a través de memes, campañas virales y bots automatizados. En segundo lugar, el azar, representado por el ejército y la incertidumbre operativa del campo de batalla, se ve desplazado hacia nuevas formas de contingencia: la lógica algorítmica, la viralidad imprevista, la manipulación masiva de datos o el hackeo informacional. La niebla de la guerra se espesa en un terreno donde el tiempo real, la sobrecarga de estímulos y la desinformación producen una saturación cognitiva. Aquí, el azar no desaparece, sino que se digitaliza y se disemina en forma de ruido y ambigüedad informativa. Por último, la razón, asociada al gobierno y al cálculo político, debe pensarse hoy como capacidad de articular narrativas estratégicas. Los actores estatales y paraestatales compiten por imponer interpretaciones del mundo que orienten conductas, modelen percepciones y legitimen acciones. La guerra cognitiva convierte el control de la información no sólo en una herramienta de persuasión, sino en una forma de gobernanza simbólica. Clausewitz remarca que "la guerra no surge de una tendencia caprichosa del poder político, sino de su misma naturaleza" (De la guerra, Libro I, Capítulo I). En suma, la trinidad clausewitziana no se refiere a entidades separadas, sino a "tres tendencias dominantes de la violencia que interactúan entre sí". Estas pueden coexistir e incluso fundirse dependiendo del tipo de guerra y del contexto histórico. De este modo, la trinidad no se diluye ante la guerra cognitiva, sino que se reconfigura. Las tres dimensiones —pasión, azar y razón— encuentran nuevos medios y expresiones en el ecosistema informacional contemporáneo. 4. La niebla de la guerra en la era informacional Uno de los conceptos más sugerentes de Clausewitz es el de la "niebla de la guerra" (Nebel des Krieges), una metáfora que alude a la incertidumbre, la confusión y el carácter imprevisible del campo de batalla. Según el autor prusiano, la guerra es una actividad eminentemente humana donde la información nunca es completa ni precisa, y donde el error, la sorpresa y la opacidad son la regla, no la excepción. En la era de la guerra cognitiva, esta niebla no se disipa, sino que se densifica bajo nuevas formas. La sobreabundancia de datos, la velocidad de circulación de la información, la intencionalidad en la producción de desinformación y la manipulación algorítmica producen un entorno de saturación cognitiva que reemplaza la niebla física por una "niebla digital". En lugar de incertidumbre por escasez de datos, enfrentamos incertidumbre por exceso de estímulos, muchos de ellos contradictorios o falsificados deliberadamente. Tal como describió Arthur Ponsonby en su clásico Falsehood in War-Time, la propaganda de guerra tiende a estructurarse en torno a diez afirmaciones recurrentes: (1) No queremos la guerra; (2) El otro bando es el único culpable; (3) El enemigo es intrínsecamente malvado; (4) Defendemos una causa noble, no intereses propios; (5) El enemigo comete atrocidades deliberadas; (6) El enemigo usa armas prohibidas; (7) Nuestras pérdidas son mínimas, las suyas enormes; (8) Intelectuales y artistas prestigiosos nos respaldan; (9) Nuestra causa es sagrada; (10) Cuestionar la propaganda es traición. Hoy, el discurso de ambos bandos suele reproducir varias de estas afirmaciones. Asistimos a una competencia por imponerse mediante falsedades cuidadosamente diseñadas. No se trata ya de informar, sino de dirigir la opinión pública. La selección de información y las maniobras psicológicas terminan por bloquear el pensamiento autónomo, enterrando bajo un mar de ideas intoxicadas la posibilidad de una lectura precisa de la realidad. Y como se sabe en estrategia, uno decide tan bien como bien informado esté. Antes de que las fuerzas rusas iniciaran operaciones militares en territorio ucraniano, el conflicto ya se desplegaba en línea. Se podría decir que hoy asistimos a una "niebla de la guerra a alta velocidad". Clausewitz describía este fenómeno como “un mar inexplorado, lleno de rocas... que hay que surcar entre las tinieblas de la noche”. La metáfora conserva su fuerza: sólo los comandantes más perspicaces y los estadistas más lúcidos son capaces de orientarse entre la confusión. Este fenómeno impone un nuevo tipo de desafío estratégico. Ya no se trata solamente de obtener inteligencia sobre el enemigo, sino de filtrar, verificar y jerarquizar un flujo constante de señales que pueden ser señuelos, distracciones o herramientas de confusión. La capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso, lo relevante de lo superfluo, se convierte en un recurso táctico tan importante como la movilidad o la potencia de fuego. La niebla digital de la guerra cognitiva se propaga en redes sociales, medios de comunicación, foros, plataformas de mensajería y entornos híbridos donde lo civil y lo militar se entremezclan. Esta opacidad deliberada no sólo afecta a los actores estatales, sino también a la opinión pública, que se convierte en blanco y multiplicador de narrativas de guerra. Clausewitz ya advertía que "la guerra es el reino de la incertidumbre; tres cuartas partes de las cosas en que se basa la acción en la guerra están envueltas en una niebla más o menos espesa" (De la guerra, Libro I, Cap. 3). Esta afirmación adquiere una resonancia renovada en un presente donde los dispositivos digitales no eliminan la niebla, sino que la complejizan, la difunden y la automatizan. En este sentido, la guerra cognitiva retoma y amplifica la lógica clausewitziana: la niebla no desaparece, cambia de forma. Ya no es el humo del cañón ni el desconocimiento de las posiciones enemigas, sino la viralidad de una mentira, la imagen fuera de contexto, el testimonio falso, la prueba manipulada. La inteligencia estratégica debe, por tanto, adaptarse a un teatro de operaciones donde el sensor es el usuario, el canal es la red, y el arma es la información. 5. Los elementos morales y psicológicos del conflicto Uno de los aspectos menos cuantificables pero más decisivos en la guerra, según Clausewitz, son los llamados "elementos morales". Estos incluyen la voluntad de lucha, la cohesión del grupo, la resiliencia frente al desgaste y la capacidad de soportar la incertidumbre y el miedo. En De la guerra, el autor señala que “el aspecto moral es hasta tres veces más importante que el físico”, anticipando así el peso de la subjetividad, la narrativa y la emocionalidad en el desarrollo de los conflictos. En el contexto de la guerra cognitiva, estos elementos adquieren un lugar central. Las operaciones psicológicas, la manipulación de símbolos, las campañas de desinformación y la circulación de relatos diseñados para reforzar la moral propia o quebrar la del adversario, constituyen una actualización tecnológica y cultural de los antiguos principios de la guerra psicológica. Sin embargo, en este nuevo escenario, los públicos no son sólo objetos de influencia: son también emisores, amplificadores y sujetos activos en la construcción del sentido del conflicto. La guerra cognitiva apunta directamente a los resortes morales y emocionales de las poblaciones. La confianza, el miedo, el orgullo, la vergüenza, la empatía o el odio se activan mediante dispositivos simbólicos y tecnológicos diseñados para generar reacciones específicas. El enemigo ya no es sólo una amenaza militar, sino una figura construida simbólicamente a través de narrativas que apelan a pulsiones profundas. En este sentido, se puede afirmar que la guerra se libra tanto en el plano del armamento como en el de las emociones. Las plataformas digitales permiten la producción, circulación y retroalimentación constante de estímulos afectivos. Las imágenes de víctimas, las denuncias de atrocidades, los discursos heroicos, los llamados a la unidad o al sacrificio, forman parte de un repertorio emocional que no sólo moviliza, sino que también disciplina, silencia disidencias e impone una lectura moral binaria del conflicto. El enemigo no sólo es malo, sino inhumano; la causa propia no sólo es legítima, sino sagrada. Así, los elementos morales ya no son un residuo ético dentro de la estrategia, sino una dimensión estructural de la confrontación. Clausewitz intuía esta realidad cuando afirmaba que “el espíritu en el que se libra una guerra es un factor que influye profundamente en su forma y en su intensidad” (De la guerra, Libro I, Cap. 1). La guerra cognitiva lleva esta idea al extremo: controlar el espíritu del conflicto es, muchas veces, más eficaz que controlar su geografía. La subjetividad se convierte en campo de batalla y botín al mismo tiempo. Por eso, más que nunca, la ética, la crítica y la alfabetización mediática se vuelven herramientas estratégicas. En una guerra que se libra en el plano de la conciencia, pensar críticamente y sentir con responsabilidad son formas de resistencia frente a la manipulación, la desinformación y la colonización emocional. 6. Discusión: clausewitziano continuidad, ruptura o transformación del paradigma La confrontación contemporánea no puede comprenderse cabalmente sin atender a las transformaciones que introduce la guerra cognitiva en los modos de ejercer el poder, construir legitimidad y disputar hegemonía. La pregunta clave es si estos cambios configuran una ruptura con la lógica clausewitziana o si, por el contrario, constituyen una sofisticación de sus categorías fundamentales. Por un lado, puede sostenerse que la guerra cognitiva trasciende el marco clásico al desplazar el eje del conflicto desde la confrontación física hacia la batalla por el sentido. Esta mutación parece desafiar la idea de que la guerra se libra principalmente por medio de la violencia física organizada, lo que pondría en entredicho la centralidad del concepto de fuerza como medio político. Además, la descentralización de actores, la horizontalidad de las redes digitales y la disolución de las fronteras entre civil y militar tienden a erosionar el modelo estatal moderno del conflicto, núcleo del pensamiento clausewitziano. Sin embargo, una mirada más atenta permite advertir que muchos de los principios formulados por Clausewitz —como la guerra como continuación de la política, la trinidad dialéctica, la niebla de la guerra y la importancia de los elementos morales— no sólo conservan su pertinencia, sino que encuentran nuevas formas de manifestarse. La guerra cognitiva puede, en este sentido, interpretarse como una prolongación tecnificada y descentralizada de esos principios: la política se vuelve lucha por la atención; la niebla se traduce en infoxicación; la pasión se articula en flujos afectivos; y la razón en algoritmos estratégicos de modelización del comportamiento. La discusión, entonces, no se reduce a una dicotomía entre vigencia o caducidad. Más bien apunta a una reformulación teórica que asuma que la guerra, en tanto fenómeno complejo y cambiante, requiere marcos analíticos abiertos, capaces de incorporar los nuevos vectores de conflictividad que emergen en un mundo hiperconectado, polarizado y saturado de estímulos simbólicos. La clave está en leer a Clausewitz no como dogma, sino como método: una guía crítica para pensar la guerra más allá de sus formas históricas concretas. 7. Conclusiones De la obra De la guerra, de Clausewitz, se desprende una de las piedras angulares del estudio de la estrategia militar. Clausewitz concibe la guerra como un complejo instrumento de la política, cuya finalidad es obligar al adversario a aceptar los propios objetivos mediante la aplicación de la fuerza. En su análisis, distingue entre la "guerra real" —las guerras efectivamente vividas, con su inherente desorden e imprevisibilidad— y la "guerra absoluta", una versión idealizada de la guerra llevada a cabo con violencia máxima y sin restricciones políticas o sociales. Esta distinción es fundamental, ya que los objetivos de la guerra cognitiva —modificar percepciones e influir en los procesos mentales— se alinean más estrechamente con las características de la guerra real. La “asombrosa trinidad” clausewitziana —la confluencia de violencia, azar y razón— ofrece un marco resonante para analizar la guerra cognitiva. El elemento de la violencia, tradicionalmente entendido en términos físicos, se transforma en el dominio cognitivo en tácticas agresivas dirigidas a las percepciones y creencias. El azar, que representa la imprevisibilidad y fluidez de la guerra, encuentra su paralelo en el cambiante paisaje digital, donde la desinformación y las operaciones psicológicas configuran un campo de batalla nebuloso. Finalmente, la razón —el componente que orienta y gobierna la violencia en función de los fines políticos— se refleja en el uso estratégico de narrativas y en la manipulación calculada de la opinión pública para alcanzar objetivos políticos. Si bien los aportes de Clausewitz sobre la guerra como instrumento político siguen siendo relevantes, las dinámicas del intercambio informativo en la era digital han introducido una nueva dimensión en el conflicto: la inmediatez de las acciones tácticas. La insistencia de McIntosh en la “primacía del presente” dentro de las estrategias bélicas contemporáneas subraya la importancia de la diseminación de información en tiempo real, la cual puede tener implicancias tácticas inmediatas. Sin embargo, como sugiere el análisis de Griffin y Kaldor sobre el conflicto en Afganistán, aunque la violencia como instrumento de la política persiste, su impacto estratégico se despliega en el tiempo, y a menudo es independiente de las victorias o derrotas tácticas inmediatas. Esta distinción pone de relieve la necesidad de una crítica actualizada de la teoría clausewitziana, que reconozca la compleja interacción entre la naturaleza instantánea del conflicto moderno y el desarrollo progresivo de los resultados estratégicos. La transición del concepto clausewitziano de campo de batalla físico hacia los ámbitos abstractos de la guerra cognitiva representa una evolución profunda en la naturaleza del conflicto. La proliferación de tecnologías digitales y plataformas de redes sociales no solo ha transformado el medio del conflicto, sino que también ha acelerado su ritmo, impactando significativamente en la dinámica de la guerra moderna. El campo de batalla cognitivo no está limitado por la geografía: es omnipresente. Se libra principalmente en el espacio digital, donde las percepciones, creencias y actitudes son tan estratégicamente significativas como los territorios físicos. Las operaciones informativas y psicológicas son parte integral de las estrategias nacionales de defensa. En esta nueva forma de guerra, la velocidad con que la información se disemina y se manipula puede tener efectos inmediatos y de largo alcance tanto en los aspectos físicos como psicológicos del conflicto. El poder de estas herramientas radica no solo en su capacidad de influir en la opinión pública, sino también en su potencial para configurar percepciones internacionales y decisiones de política exterior. La ampliación del campo de batalla clausewitziano al dominio cognitivo subraya la necesidad de un enfoque holístico del conflicto, que considere el poder de la información y de la percepción pública como componentes críticos de la guerra moderna. Esta forma de conflicto trasciende los enfrentamientos físicos y apunta a las mentes y percepciones de las poblaciones para alcanzar objetivos estratégicos. La guerra cognitiva representa una evolución del pensamiento clausewitziano. Opera sobre el principio de no linealidad que Clausewitz ya había postulado, con el objetivo no solo de alterar el estado físico de las cosas, sino también de reconfigurar los paisajes cognitivos de los adversarios, influir en sus decisiones y socavar la cohesión social. Este escenario exige una reevaluación de las teorías clausewitzianas, particularmente a la luz de la necesidad urgente de adaptarse a la inmediatez con la que la información impacta en la percepción pública y la moral. El concepto clausewitziano del “tiempo como dimensión” de la guerra adquiere un nuevo significado en esta era digital. El ritmo acelerado de los flujos informativos en la guerra cognitiva exige estrategias que puedan responder en tiempo real, adaptándose a la naturaleza fluida de la opinión pública. Además, la “asombrosa trinidad” de Clausewitz proporciona una perspectiva esclarecedora para evaluar los elementos estratégicos en la guerra cognitiva. El campo de batalla ha pasado del terreno físico a la mente humana, y la información se ha convertido en el arma principal. En este contexto, los elementos de la trinidad —violencia, azar y razón— se manifiestan como campañas informativas agresivas, la imprevisibilidad de la viralidad en redes sociales, y el uso estratégico de narrativas, respectivamente. La guerra cognitiva puede tener tanto objetivos tácticos como estratégicos. Las campañas tácticas pueden apuntar a operaciones militares específicas o influir en políticas públicas a corto plazo. Las campañas estratégicas, por otro lado, buscan desestabilizar sociedades o alianzas a largo plazo, erosionando la gobernanza, socavando procesos democráticos e incitando al desorden civil o a movimientos separatistas. Las teorías de Clausewitz ofrecen un marco valioso para comprender estos desafíos. Su clásica distinción entre táctica y estrategia —donde la primera busca victorias en el campo de batalla y la segunda las traduce en logros políticos— se mantiene vigente en el dominio cognitivo, donde los medios (soberanía informativa) deben alinearse con los fines (objetivos tácticos o estratégicos). En suma, leer a Clausewitz hoy implica no solo recuperar sus categorías conceptuales, sino también ensayar nuevas lecturas que las actualicen frente a los desafíos del presente. La guerra cognitiva no anula el pensamiento estratégico clásico: lo interroga, lo complejiza y lo proyecta hacia nuevas formas de disputa donde la mente, el relato y la percepción se vuelven decisivos. Bibliografía Alonso, B. (2022). Cognitive Warfare: Perspectivas críticas desde la teoría política. [Manuscrito inédito / Documento de trabajo]. Clausewitz, C. von. (2005). De la guerra (3.ª ed., M. Revuelta, Trad.). Barcelona: Editorial Crítica. (Obra original publicada en 1832) Du Cluzel, F. (2020). Guerre cognitive [Versión en español, documento interno de la OTAN traducido]. Innovation Hub – Allied Command Transformation. Du Cluzel, F. (2021). La guerre cognitive : L’arme invisible de demain. NATO Innovation Hub. ENSC. (2022). Cognitive Warfare Symposium – March 2022 Publication. European Network of Strategic Communication. McIntosh, M. (2021). Primacy of the present in cognitive warfare. En Cognitive Warfare and Strategic Communication Studies. Griffin, M., & Kaldor, M. (2016). The Strategy of War and Peace in the 21st Century: Lessons from Afghanistan. London: Routledge. Ponsonby, A. (1928). Falsehood in War-Time: Containing an Assortment of Lies Circulated Throughout the Nations During the Great War. London: George Allen & Unwin. TDHJ. (2024). Clausewitz and Cognitive Warfare: Relevance of a classical theory in modern informational conflicts. The Digital Humanities Journal. Recuperado de https://tdhj.org/blog/post/clausewitz-cognitive-warfare/ Paulauskas, K. (2024). Why cognitive superiority is an imperative. NATO Review. Recuperado de https://www.nato.int/docu/review/articles/2024/02/06/why-cognitivesuperiority-is-an-imperative/index.html NATO. (2023). Emerging and disruptive technologies. Recuperado de https://www.nato.int/cps/en/natohq/topics_184303.htm
0
Puede agregar este documento a su colección de estudio (s)
Iniciar sesión Disponible sólo para usuarios autorizadosPuede agregar este documento a su lista guardada
Iniciar sesión Disponible sólo para usuarios autorizados(Para quejas, use otra forma )