GUIDO ALPA Nuevo Tratado de la Responsabilidad Civil Edición al cuidado de LEYSSER L. LEÓN Estudio Preliminar de ALESSANDRO SOMMA El Jurista Editores Lima, 2006 GUIDO ALPA Profesor Ordinario de Derecho Privado Universidad de Roma “La Sapienza” Presidente del Consiglio Nazionale Forense NUEVO TRATADO DE LA RESPONSABILIDAD CIVIL Edición, traducción y notas de LEYSSER L. LEÓN Profesor de Derecho Civil Pontificia Universidad Católica del Perú Con un estudio preliminar de ALESSANDRO SOMMA Profesor Ordinario de Derecho Privado Comparado Universidad de Ferrara El Jurista Editores Lima, 2006 1ª. edición en castellano: enero del 2006. D.R. © 1999, Guido Alpa. El Jurista Editores, Lima-Perú. Impreso en Lima-Perú. Título original: Trattato di diritto civile, vol. IV, Responsabilità civile. © Dott. A. Giuffrè Editore S. p. A., Milán, 1999. Reservados todos los derechos. De la presente edición: © El Jurista Editores, Lima, 2006. De la traducción: © Leysser Luggi León Hilario. . “Ex tali culpa obligatio naturaliter oritur, si damnum datum est, nempe ut id resarciatur”. GROCIO, De iure belli ac pacis, lib. II, cap. XVII, 1 “Cette obligation que le droit naturel impose à tout individu de réparer le dommage qu’il causé”. TARRIBLE, Discours, Séance du 19 pluviose, an. XII “Who then, in law is my neighbour? The answer seems to be persons who are so closely and directly affected by my act that I ought reasonably to have them in contemplation as being so affected when I am directing my mind to the acts or ommisions which are called in question”. Lord ATKIN, Donoghue v. Stevenson ÍNDICE NOTA DEL TRADUCTOR………………………………………………………. ABREVIATURAS Y ADVERTENCIAS A LA TRADUCCIÓN…………………… ESTUDIO PRELIMINAR DE ALESSANDRO SOMMA…………………… PREFACIO……………………………………………………. CAPÍTULO PRIMERO INTRODUCCIÓN I. II. LA PROVINCIA DE LA RESPONSABILIDAD CIVIL. 1. Premisa…………………………………………………. 2. Terminología……………………………………………. 3. La trama del artículo 2043 del Código Civil italiano…… 4. El hecho ilícito como fuente de obligaciones………….. ASPECTOS HISTÓRICOS. 1. Historia “interna” e historia “externa”………………… 2. Historia comparada de las instituciones……………….. 3. Historia comparada de los ordenamientos……………… 4. La historia interna. Ilícito, responsabilidad, daño………. 5. ¿Un núcleo común?…………………………………… 6. ¿Tres recorridos paralelos?……………………………. 7. La lex Aquilia y su aplicación………………………… 8. Del Digesto a los iusnaturalistas……………………… 9. El viraje de Domat y Pothier………………………….. 10. La regulación en el Code Napoléon…………………… 11. El Código Civil austríaco……………………………… 12. El Código Civil italiano de la Unificación…………….. 13. La exégesis italiana……………………………………. 14. Las interrogantes de los exégetas italianos…………….. 15. La valorización del daño……………………………….. 16. El papel de la culpa en el período de la exégesis……….. 17. La culpa omisiva………………………………………… 18. Los deberes de obrar en la jurisprudencia……………… 19. La influencia de la pandectística…………………………. 20. El viraje de fines del siglo XIX………………………… 21. Las dos tendencias básicas: unitariedad contra fragmentación………………………. 22. Los fundadores del nuevo derecho civil en el campo de la responsabilidad civil…………………. 23. El cuadro de la responsabilidad civil según las síntesis de los manuales………………………. 24. La preparación del nuevo texto del Código Civil……….. 25. El Proyecto ítalo-francés de Código de las Obligaciones y Contratos…………………………. 26. La nueva codificación italiana…………………………… 27. Las líneas de evolución entre 1942 y la actualidad……… CAPÍTULO SEGUNDO CONCEPTOS, VALORES, FUNCIONES I. LOS CONCEPTOS. 1. La estructura del ilícito………………………………….. 2. La concepción analítica del ilícito (hecho y acto)………. 3. Del acto al hecho ilícito………………………………… 4. Los presupuestos o requisitos o elementos del acto ilícito………………………………… 5. El debate actual………………………………………… 6. Relación entre el ilícito y el daño…………………………. 7. Responsabilidad civil y responsabilidad penal…………… 8. Responsabilidad contractual y responsabilidad extracontractual…………………………. 9. II. Responsabilidad civil y garantía………………………….. LOS VALORES. 1. Los orígenes intelectuales………………………………. 2. La relatividad de los valores…………………………….. 3. La identificación de los valores…………………………. 4. Los postulados filosóficos a prueba……………………… 5. Los valores en el debate de la doctrina estadounidense…… 6. Cuestiones actuales……………………………………….. III. LAS FUNCIONES. 1. Las funciones tradicionales………………………………. 2. Las nuevas funciones: deterrence y compensation……….. 3. Distribución de las pérdidas y de los costos……………… 4. La mímesis del mercado y el repaso de las tesis tradicionales…………………………………. 5. Daños anónimos, costos colectivos, penas privadas……. 6. Los problemas actuales planteados por el análisis económico………………………………. CAPÍTULO TERCERO LAS FUENTES 1. Las fuentes escritas y la jurisprudencia……………………… 2. La Constitución………………………………………………. 3. La argumentación constitucional……………………………. 4. El Código Civil……………………………………………… 5. Los principios generales. Autorresponsabilidad, “alterum non laedere” y otras máximas…………………….. 6. La responsabilidad de la persona física y la responsabilidad de las entidades…………………………. 7. Cláusulas normativas generales y estándares de valoración…… 8. Las leyes especiales…………………………………………….. 9. El derecho comunitario europeo……………………………….. 9.1. Algunas cuestiones básicas. 9.1.1. Hacia nuevas perspectivas de la regulación de la responsabilidad civil. De las reglas especiales a las reglas generales….. 9.1.2. El papel de la jurisprudencia…………………… 9.1.3. Un modelo complejo de reglas………………… 9.1.4. Un marco de valores comunes………………….. 9.1.5. Derecho y análisis económico…………………… 9.1.6. La influencia del derecho comunitario en el derecho interno…………………………….. 9.2. Cuestiones preliminares en materia de interpretación de la ley y aplicación del derecho comunitario…………… 9.3. Examen de algunos regímenes especiales. 9.3.1. La responsabilidad del auditor…………………… 9.3.2. La responsabilidad de los sujetos habilitados al desarrollo de servicios de inversión…………… 9.3.3. La responsabilidad por anuncios publicitarios y por prospectos informativos…………………… 9.3.4. La responsabilidad por insider trading…………... 9.3.5. La responsabilidad del productor y del prestador de servicios……………………… 9.3.6. La responsabilidad por el tratamiento de datos personales……………………………… 9.3.7. La responsabilidad por el daño ambiental………. 9.3.8. La responsabilidad por la lesión de intereses legítimos…………………………… 9.3.9. La responsabilidad del Estado por el incumplimiento de deberes de fuente comunitaria………………. 10. Las fuentes del derecho internacional………………………….. 11. La responsabilidad civil en el derecho internacional privado….. CAPÍTULO CUARTO LA ESTRUCTURA DEL ILÍCITO DOLO, CULPA, RIESGO, IMPUTABILIDAD, CAUSALIDAD 1. Premisa………………………………………………………… 2. El dolo…………………………………………………………. 3. Aspectos y problemas…………………………………………... 4. El dolo en las tendencias de la jurisprudencia………………….. 5. La culpa………………………………………………………… 6. Aspectos y problemas………………………………………….. 7. Referencias comparatísticas……………………………………. 8. La culpa omisiva……………………………………………….. 9. Culpa e ilicitud. Referencias comparatísticas………………….. 10. El riesgo………………………………………………………… 11. Referencias comparatísticas……………………………………. 12. La situación actual del régimen de la responsabilidad sin culpa…………………………………… 13. La imputabilidad………………………………………………. 14. El nexo de causalidad………………………………………….. 15. Problemas actuales…………………………………………….. 16. La concurrencia de culpas…………………………………………… 17. La responsabilidad solidaria…………………………………… 18. Las eximentes…………………………………………………. 19. El estado de necesidad……………………………………….. 20. Cláusulas de exoneración de responsabilidad…………………. CAPÍTULO QUINTO LA ESTRUCTURA DEL ILÍCITO LA “INJUSTICIA” Y LOS INTERESES PROTEGIDOS 1. La injusticia del daño como cláusula normativa general……. I. LA PERSONA. II. 1. Los derechos inviolables…………………………….. 2. La integridad física………………………………….. 3. La integridad psíquica……………………………….. 4. El derecho a la salud y el llamado “daño biológico”…………………………. 5. La calidad de la vida……………………………………. 6. El medio ambiente saludable…………………………… 7. La intimidad (privacy)………………………………….. 8. La identidad personal………………………………….. 9. Libertad de expresión y reputación……………………. 10. Las relaciones familiares………………………………. 11. Familia de hecho y resarcimiento al conviviente more uxorio……………………………. LAS RELACIONES ECONÓMICAS. 1. La propiedad…………………………………………… 1.1. Aspectos comparatísticos……………………….. 2. La posesión……………………………………………. 3. La lesión del derecho de crédito………………………. 4. La lesión del derecho de crédito del empleador…….. … 5. Las expectativas y la pérdida de chances……………. III. LAS RELACIONES CON LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA. 1. Premisa……………………………………………….. 2. Sobre los criterios de organización del discurso en torno de la responsabilidad civil de la Administración pública……………………. 3. La producción de servicios…………………………… 4. La administración de los bienes y la realización de obras……………………………… 5. La ocupación adquisitiva de la propiedad privada…… 6. La lesión de intereses legítimos……………………… 7. La responsabilidad externa de la Administración pública por hechos de sus funcionarios, en virtud de los artículos 2043 y 2049 del Código Civil………. 8. Responsabilidad patrimonial, responsabilidad………. administrativa, responsabilidad de tipo contable…….. 9. La responsabilidad del personal magisterial del Estado………………………………… 10. La responsabilidad civil del juez……………………. 11. La responsabilidad civil del Estado por violación del derecho comunitario europeo…………. 12. Los intereses “colectivos” y “difusos”………………. 13. La responsabilidad de la Administración pública desde el punto de vista de la comparación jurídica…… 14. Conclusión…………………………………………….. CAPÍTULO SEXTO LA ESTRUCTURA DEL ILÍCITO EL DAÑO 1. La variedad de los daños resarcibles………………………… 2. Nociones y principios……………………………………….. 3. Daño, damage, dommage……………………………………. 4. Las reglas del resarcimiento…………………………………. 5. Las técnicas de cuantificación del daño……………………… 6. La valoración del daño a la persona…………………………. 7. El daño a la persona más allá de las experiencias nacionales. Una perspectiva europea………………………… 8. El daño moral………………………………………………… 9. El daño “puramente económico” y las problemáticas del common law………………………………. 10. La reintegración en forma específica…………………………. CAPÍTULO SÉPTIMO LOS REGÍMENES ESPECIALES DE RESPONSABILIDAD EN EL CÓDIGO CIVIL 1. El daño cometido por el incapaz y la responsabilidad de quien lo tiene bajo su cuidado………… 2. Los padres y los preceptores……………………………….. 3. Los patrones y los comitentes (empleadores)……………… 4. El ejercicio de actividades peligrosas………………………. 5. La custodia de cosas………………………………………… 6. La custodia de animales…………………………………….. 7. Deterioro de edificios……………………………………….. 8. La circulación de vehículos………………………………….. 9. La responsabilidad médica……………………………………. 10. La responsabilidad de los bancos……………………………… 11. La responsabilidad por prospectos informativos destinados a inversionistas…………………………………….. 12. Las cartas de patrocinio………………………………………… 13. Los ilícitos por informaciones…………………………………. 14. La responsabilidad de los gerentes de empresas en la actividad negocial……………………………… 15. La responsabilidad civil en la actividad deportiva……………… CAPÍTULO OCTAVO LOS REGÍMENES ESPECIALES DE RESPONSABILIDAD EN LAS LEYES COMPLEMENTARIAS 1. La actividad nuclear y los daños catastróficos………………… 2. La responsabilidad por el daño público ambiental…………….. 3. La responsabilidad del productor de bienes de consumo………. 4. La responsabilidad del prestador de servicios………………….. 5. La responsabilidad por actividad informática…………………. CONCLUSIÓN……………………………………………………….. ÍNDICE ANALÍTICO………………………………………………….. NOTA DEL TRADUCTOR En septiembre del 2000 conocí al profesor Guido Alpa en Roma, en la sede del estudio de abogados del cual él era consultor, en Via delle Quattro Fontane. Su amistad con mi maestro italiano, Luigi Corsaro, intermedió, como en tantas otras ocasiones, para facilitar una entrevista, algo complicada por la siempre recargada agenda de este prestigioso jurista, nacido en Ovada (provincia de Alessandria), en noviembre de 1947, y actual presidente del Consiglio Nazionale Forense. Alpa obtuvo la licenciatura en Derecho, con honores, en la Universidad de Génova, en 1970. En su formación académica, como en la de su condiscípulo y amigo, el ilustre civilista Vincenzo Roppo1, se sucedieron, venturosamente, las enseñanzas de Pietro Trimarchi y, sobre todo, de Stefano Rodotà. Inició su carrera docente en 1974, sin apartarse de su alma mater, como asistente encargado del curso de Instituciones de Derecho Privado. Enseñó también Derecho Civil (1977) y en 1983 se convirtió en profesor ordinario. En 1991 pasó a ser titular de una cátedra de Derecho Privado en la Universidad de Roma “La Sapienza”. Ha sido visiting professor en distintas Universidades, como las de Oregon, California (Berkeley), Londres, Barcelona y Granada. En 1996, la Universidad Complutense de Madrid le confirió el doctorado honoris causa, y en 1998 la Gray’s Inn, una de las cinco asociaciones inglesas que reunen y representan a los abogados desde la Edad media, lo nombró, con carácter vitalicio, Master of the Bench. El único italiano que obtuvo antes esta distinción fue Alberico Gentili (1552-1608), aquel jurista del Renacimiento que es considerado padre del derecho internacional. Es 1 Vincenzo Roppo ha escrito un hermoso testimonio personal sobre sus años de estudiante, su antigua amistad con el autor de la presente obra, y las enseñanzas que ambos recibieron de Stefano Rodotà en las aulas universitarias. Me refiero al discurso “Il viaggiatore curioso. Piccole divagazioni su Stefano Rodotà e dintorni”, pronunciado en el Seminario académico “Il diritto privato nella società moderna”, celebrado en la Università di Roma “La Sapienza”, el 7 de junio de 2003, al cual tuve el honor de concurrir. Este discurso ha sido publicado en la Rivista di diritto civile, año L, 2004, parte II, pp. 621 y ss. integrante, además, del European Consumer Law Group y del Study Group on European Civil Code2. Fuera de lo académico, Alpa ha sido miembro de importantes comisiones ministeriales o instituidas por órganos constitucionales, como la “Mirabelli”, para la regulación de la privacy y de los bancos de datos (1981), y la “Paladin” para la reforma del Consiglio Superiore della Magistratura (creada en 1989). Forma parte del Consejo directivo nacional de la Associazione Internazionale di Diritto delle Assicurazione (AIDA), de la Associazione Italiana di Diritto Comparato (AIDC), de la Associazione Italiana per l’Arbitrato, de la Associazione “Civilisti Italiani” per lo Studio del Diritto Civile y de la Fondazione CESAR. Ha sido también consejero del Istituto per la Vigilanza sulle Assicurazioni Private e di Interesse Collettivo (ISVAP). El derecho civil del Perú no era ni es desconocido para Alpa. Desde su privilegiada y autorizada posición como académico ha tenido oportunidad y buena disposición para conocer nuestra experiencia, especialmente a través del diálogo iniciado, años atrás, con el colega Juan Espinoza Espinoza. Me llamó la atención, en particular, su exacta visión de la codificación civil de nuestro país como una donde la influencia de la cultura jurídica italiana era notoria. Es a Espinoza Espinoza, justamente, a quien se debe el enorme mérito de haber hecho conocer en nuestro medio dos excelentes botones de muestra de la vasta obra de Alpa, con las ediciones en castellano de las obras Responsabilità civile e danno (Il Mulino, Bolonia, 1991) e Il diritto dei consumatori (5ª. ed., Laterza, Bari-Roma, 2002). Si nos atenemos al contenido los volumenes publicados bajo el cuidado de Espinoza Espinoza, es previsible que el lector peruano tenga ya una perspectiva sobre el discurso del autor: una perspectiva que concede un lugar privilegiado a la comparación jurídica y que, por ende, es aplicable en múltiples de sus pasajes a la interpretación y solución de problemas comunes entre nosotros. Tal es la ventaja, en efecto, de los trabajos de investigación que privilegian el enfoque comparatístico. Y si a ello se añade que, como en el volumen que 2 El compromiso del profesor Alpa para con la unificación del derecho civil europeo viene reflejándose en los muchos estudios que ha dedicado el tema, entre los cuales destacaré “Il Codice civile «e pluribus unum»”, en Contratto e impresa/Europa, 1999, pp. 695 y ss.; “The «Principles of European Contract Law» and the Italian Civil Code. Some Preliminary Remarks”, en Economia e diritto del terziario, 2001, pp. 363 y ss.; “L’armonizzazione del diritto contrattuale e il progetto di codice civile europeo”, en Nuova giur. civ. comm., 2003, pp. 169 y ss. En materia de responsabilidad civil, basta con remitir a su conferencia “«Principles of European Tort Law»: a Critical View from the Outside”, dictada en Viena, el 19 de mayo de 2005, con motivo de la presentación de los Principles of European Tort Law, elaborados por el European Group on Tort Law, que reúne a ilustres académicos del viejo continente, como Francesco Donato Busnelli (Italia), Ulrich Magnus (Alemania) y Helmut Koziol (Austria). Sobre este último proyecto, cuya versión en castellano puede consultarse en http://www.egtl.org, véase: FERNÁNDEZ CRUZ, Gastón y LEÓN, Leysser L., Comentario sub art. 1970, en Código Civil comentado por los 100 mejores especialistas, t. X, Gaceta Jurídica, Lima, 2005, p. 80. ahora se presenta, la institución estudiada es la responsabilidad civil, no cabe poner en duda la importancia de la difusión en América Latina de páginas en las cuales el pleno conocimiento de las experiencias y casos concretos sirve de apoyo a esquematizaciones convenientemente universales, en tiempos de “globalización” de los ordenamientos jurídicos del mundo. Como bien tiene escrito el autor, “la construcción teórica de las reglas de la responsabilidad civil es un laboratorio en constante actividad”3. El Trattato di diritto civile del cual forma parte el presente volumen, se singulariza, ni más ni menos, por incluir referencias útiles acerca del derecho inglés y estadounidense y, tal vez menos inusualmente, del derecho francés y del derecho alemán. Para el operador del derecho nacional, referencias como éstas poseen un indiscutible valor didáctico, teniendo en cuenta la existencia puramente formal en el Perú, o sea, en el Código Civil y en la legislación especial, de un vasto número de instituciones y figuras que –admitámoslo– sólo la consulta de lecturas foráneas está en condición de ilustrar. Como he anotado, la obra de Alpa es inmensa. Al nutrido elenco consignado por Espinoza Espinoza en su Presentación a Responsabilidad civil y daño (Gaceta Jurídica, Lima, 2001, p. 9) añadiré, entre sus libros más recientes: Manuale di diritto privato (2ª. ed., Cedam, Padua, 2006); Diritto privato comparato – Istituti e problemi (en colaboración con Michael Joachim Bonell y otros, 2ª. ed., Laterza, Bari-Roma, 2005); L’avvocato – I nuovi volti della professione forense nell’età della globalizzazione (Il Mulino, Bolonia, 2005); Fondamenti del diritti privato europeo (en colaboración con Mads Andenas, Giuffrè, Milán, 2005); Il diritto privato nel prisma della comparazione (Giappichelli, Turín, 2004); La nobiltà della professione forense (Cacucci, Bari, 2004); Il danno biologico – Percorso di un’idea (3ª. ed., Cedam, Padua, 2003); Diritto della responsabilità civile (Laterza, Bari-Roma, 2003); Compendio del nuovo diritto privato (Utet, Turín, 2000); La cultura delle regole – Storia del diritto civile italiano (Laterza, Bari-Roma, 2000). Bajo su dirección se han publicado los volúmenes de los Quaderni di Rassegna forense dedicados a temas como el Codice civile europeo (2001), La riforma dei codici in Europa e il progetto di codice civile europeo (2002), Diritto contrattuale europeo e diritto dei consumatori (2003), Diritto privato europeo (2004) y La risoluzione stragiudiziale delle controversie e il ruolo dell’avvocatura (2005). Ha tenido bajo su coordinación, así mismo, un Commentario al reciente Codice del consumo (en colaboración con Liliana Rossi Carleo, ESI, Nápoles, 2005), las actas de “Il diritto privato nella società moderna” – Seminario in onore di Stefano Rodotà (en colaboración con Vincenzo Roppo, Jovene, Nápoles, 2005); y el tomo del Commentario del Código Civil fundado por Piero Schlesinger, ahora dirigido por Francesco Donato Busnelli, sobre Le clausole vessatorie nei contratti del consumatore (en colaboración con Salvatore Patti, Giuffrè, Milán, 2003). En el cuidado de la edición peruana de este libro, cuya traducción he finiquitado durante mi estancia como guest researcher en la Universität Hamburg 3 ALPA, Guido, “La responsabilità civile tra solidarietà ed efficienza (Premessa ad una raccolta di casi)”, en Rivista critica del diritto privato, año XII, 2004, p. 197. y, especialmente, en el Max-Planck-Institut für ausländisches und internationales Privatrecht entre mayo y octubre de 2005, veo una forma, acaso la más modesta de las formas, de compensar la deuda impagable que tengo con su autor, quien hace un lustro auspició, junto con los profesores Victor Uckmar y Pier Giuseppe Monateri, mi candidatura a la beca “Alla scoperta dell’Italia”, cuya obtención me permitió realizar una investigación anual sobre la responsabilidad civil de los jueces en el Dipartimento per gli Studi Giuridici “G. L. M. Casaregi” de la Universidad de Génova, bajo la gentil tutoría de Giovanna Visintini. Al entrañable período genovés de mi formación se remonta mi amistad con el autor del Estudio preliminar que antecede al Nuevo tratado, Alessandro Somma (Génova, 1967), discípulo de Alpa, y hoy profesor ordinario de Derecho Privado Comparado en la Universidad de Ferrara, donde también es director del Centro Studi e Servizi sul Diritto Straniero e delle Relazioni Internazionali. Somma ha publicado, entre otros títulos, Tecniche e valori nella ricerca comparatistica (Giappichelli, Turín, 2005); Le radici comuni del diritto europeo – Un cambiamento di prospettiva (en colaboración con Pier Giuseppe Monateri y Tomasz Giaro, Carocci, Roma, 2005); I giuristi e l’Asse culturale Roma-Berlino – Economia e politica nel diritto fascista e nazionalsocialista (Klostermann, Berlín, 2005); Buona fede e giustizia contrattuale – Modelli cooperativi e modeli conflittuali a confronto (en colaboración con Andrea d’Angelo y Pier Giuseppe Monateri, Giappichelli, Turín, 2005); Diritto comunitario vs. diritto comune europeo (Giappichelli, Turín, 2003); L’uso giurisprudenziale della comparazione nel diritto interno e comunitario (Giuffrè, Milán, 2001); Autonomia privata e struttura del consenso contrattuale – Aspetti storico-comparativi di una vicenda concettuale (Giuffrè, Milán, 2000). En esta nota le expreso mi agradecimiento por la prontitud con la que me remitió sus páginas introductorias, y por el interés que mostró siempre en la andadura de mi trabajo de traducción. Además de sus lecciones de derecho inglés y estadounidense los lunes por la tarde, en aulas repletas de alumnos entusiastas, recordaré siempre los diálogos mensuales con el profesor Alpa en su estudio genovés, en Via SS. Giacomo e Filippo, donde el derecho civil solía quedar a un lado, para ceder el paso a la historia, a la literatura4 y, muchas veces, a la ética de la profesión de abogado. Hamburgo, octubre de 2005 Lima, enero de 2006 LEYSSER L. LEÓN 4 Al respecto, ya he tenido oportunidad de trazar una “efigie” del Guido Alpa cultor del law and literature, en mi trabajo “Derecho y literatura: La cultura literaria de los juristas y la llamada «jurisprudencia literaria»”, en Revista peruana de jurisprudencia, año VI, núm. 34, enero de 2004, pp. 81 y ss., especialmente, pp. 97 y ss. ABREVIATURAS Y ADVERTENCIAS A LA TRADUCCIÓN ABGB Allgemeines bürgerliches Gesetzbuch (Código Civil austriaco) Ann. Genova Annali della Facoltà di Giurisprudenza di Genova Arch. civ. Archivio civile Arch. pen. Archivio penale Arch. resp. civ. Archivio della responsabilità civile BGB Bürgerliches Gesetzbuch (Código Civil alemán) BGH Bundesgerichtshof (Tribunal Supremo alemán) BGHZ Entscheidungen des Bundesgerichtshofes in Zivilsachen Corr. giur. Il Corriere giuridico Dalloz Recueil Dalloz Sirey Danno e resp. Danno e responsabilità Dir. comm. int. Diritto del commercio internazionale Dir. ec. assic. Diritto ed economia dell’assicurazione Dir. fam. per. Il Diritto di famiglia e delle persone Dir. inf. inform. Il Diritto dell’informazione e dell’informatica Dir. prat. assic. Diritto e pratica nell’assicurazione Dir. soc. Diritto delle società D. Leg. Decreto legislativo D.P.R. Decreto del Presidente della Repubblica Enc. dir. Enciclopedia del diritto Enc. giur. Enciclopedia giuridica Treccani Foro amm. Il Foro amministrativo Foro it. Il Foro italiano Foro it. Rep. Repertorio del Foro italiano Foro it. Mass. Massimario del Foro italiano Foro pad. Il Foro padano Gaz. pal. Gazette du Palais Giur. comm. Giurisprudenza commerciale Giur. cost. Giurisprudenza costituzionale Giur. it. Giurisprudenza italiana Giur. it. Rep. Repertorio della Giurisprudenza italiana Giur. mer. Giurisprudenza di merito Giust. civ. Giustizia civile Giust. civ. Mass. Massimario della Giustizia civile Giust. pen. Giustizia penale G.U.C.E. Gazzetta Ufficiale delle Comunità Europee J.C.P. Juris Classeur Périodique JuS Juristische Schulung La Legge La Legge – Monitore giudiziario e amministrativo del Regno d’Italia Mat. st. cult. giur. Materiali per una storia della cultura giuridica NJW Neue juristische Wochenschrift Nss. Dig. it. Novissimo Digesto italiano Nuova giur. civ. comm. La Nuova giurisprudenza civile commentata Nuovo Dig. it. Nuovo Digesto italiano Orient. giur. lav. Orientamenti della giurisprudenza del lavoro Pol. dir. Politica del diritto Rass. dir. civ. Rassegna di diritto civile R.D. Regio Decreto Resp. civ. prev. Responsabilità civile e previdenza Rev. trim. dr. civ. Revue trimestrielle de droit civil Riv. crit. dir. priv. Rivista critica del diritto privato Riv. dir. agr. Rivista di diritto agrario Riv. dir. civ. Rivista di diritto civile Riv. dir. comm. Rivista del diritto commerciale e del diritto generale delle obbligazioni Riv. dir. priv. Rivista di diritto privato Riv. giur. amb. Rivista giuridica dell’ambiente Riv. giur. circ. trasp. Rivista giuridica della circolazione e dei trasporti Riv. it. sc. giur. Rivista italiana di scienze giuridiche Riv. med. leg. Rivista di medicina legale Riv. trim. dir. proc. civ. Rivista trimestrale di diritto e procedura civile Riv. trim. dir. pub. Rivista trimestrale di diritto pubblico ZVersWiss Zeitschrift für die gesamte Versicherungswissenschaf Donde me ha parecido imprescindible para la comprensión de la obra, he traducido los enunciados que en la versión original figuran en idiomas distintos del italiano. Estas traducciones figuran siempre entre corchetes ([]), en el texto, en las notas del autor y en las mías (identificadas con la esta abreviatura: NT). En algunos casos, mantengo la expresión en italiano, y la acompaño, también entre corchetes, de la traducción que juzgo más conveniente en nuestro idioma. He culminado la traducción durante el tercer y último año de mis estudios de doctorado en Derecho Civil en la entrañable Scuola Superiore S. Anna di Studi Universitari e di Perfezionamento di Pisa (Italia). Agradezco el generoso apoyo de los profesores Francesco Donato Busnelli, Luigi Corsaro, Umberto Breccia, Mario Zana, Mauro Paladini, Alessandro Somma; de Gastón Fernández Cruz y Juan Espinoza Espinoza, en Perú; y el de mis amigos Mauro Grondona, Paolo Sanna, Serafina Funaro, Otniel Portillo y Rómulo Morales Hervias en el transcurso de mi trabajo; así como al Sr. Edgard Jara Cajamarca de “El Jurista-Editores” por haber promovido la publicación en el Perú del presente libro. El Traductor ESTUDIO PRELIMINAR DERECHO COMUNITARIO VS. DERECHO COMÚN EUROPEO DE LA RESPONSABILIDAD CIVIL I. La responsabilidad civil ha interesado siempre a Guido Alpa, quien ha estudiado a profundidad múltiples aspectos de esta institución. Desde siempre, también, sus lectores hemos admirado sus dotes de estudioso, crítico contra la aproximación formalista –sistemática y científica– que aún aflige a una parte no poco importante de la literatura civilística. Lo que Alpa subraya, oponiéndose a esta visión, es que el edificio conceptual del que se sirve el intérprete es un instrumento –una suerte de metalenguaje, si se quiere– a través del cual se expresan los juicios de valor de orden social y económico concernientes a la solución de las litis1. Si así están las cosas, el estudioso no puede eximirse de realizar una obra de constante deconstrucción de las técnicas expresivas utilizadas por el operador del derecho. Sólo de tal modo se pueden tejer las tramas de las mutables conexiones entre el discurso conceptual y los señalados juicios de valor de orden social y económico. Por dicho camino, además, se pueden medir las distancias efectivas entre los ordenamientos nacionales que actualmente se hallan involucrados en procesos de unificación internacional del derecho2. El interés de Guido Alpa por este último aspecto se plasma en un amplio recurso a la historia y a la comparación, que son empleadas para obtener un cotejo diacrónico y sincrónico entre “experiencias jurídicas”3. Un cotejo que es apto para 1 2 3 G. ALPA, L’arte di giudicare, Roma y Bari, 1996. Véase, entre otros, A. DE VITA, “Al crocevia degli itinerari dei diritti europei. Analisi comparativa in tema di responsabilità civile: tentativi e tentazioni”, en Pol. dir., 2000, pp. 533 y ss. G. ALPA (director), Corso di sistemi giuridici comparati, Turín, 1996, pp. 1 y ss. restituirnos la imagen de un derecho de la responsabilidad civil que evoluciona mostrando una creciente sensibilidad hacia la afirmación de valores solidarísticos. Valores que seguramente conviven con tensiones de otro tenor, pero que a la vez permiten entrever –si bien con diversos acentos– los términos de un futuro desarrollo común4. II. Indudablemente, todo lo anterior tiene que ver con el “nuevo derecho común europeo” que se va formando, es decir, con el conjunto de las soluciones elaboradas por la praxis aplicativa en los diversos ordenamientos nacionales del continente. No guarda relación, en cambio, con el desarrollo del “derecho comunitario europeo”, que ha cobrado una fisonomía de tipo decididamente liberal5. Para ilustrar esta diferencia, se puede citar el ejemplo del derecho de los consumidores, que ha sido desarrollado por el “derecho común europeo” en torno de la figura del homo sociologicus, pero que ha sido redefinido por el “derecho comunitario” –siguiendo las indicaciones aportadas por el análisis económico del derecho– a partir del homo oeconomicus6. Lo que acabamos de anotar puede ser íntegramente verificado si se analizan dos aspectos que Guido Alpa señala como representativos de una ruptura respecto de la tendencia a utilizar los modelos solidarísticos en el derecho común europeo de la responsabilidad civil: por un lado, la presencia de zonas de inmunidad –que es indicio de “un corporativismo renaciente”–, y por otro, el retorno de la culpa, cuando “este criterio de imputación parecía atraído por un destino fatal”7. El primer aspecto se manifiesta, por ejemplo, en materia de responsabilidad de los médicos. Este sector ha vivido, por todos lados, un desarrollo dictado por el propósito de aumentar el nivel de protección de la víctima del ilícito: un desarrollo que se ha concretizado en la agravación del régimen de responsabilidad del operador profesional –obtenido con la determinante contribución de la praxis aplicativa– y en la lenta pero inexorable erosión del favor tradicional con el cual éste era considerado por el derecho. Dentro de ciertos límites, y en un primer momento, ello logró reconocimiento en la redacción de una propuesta de directiva comunitaria en materia de responsabilidad del prestador de servicios8. Sólo que en Bruselas, en la sede del Consejo de Europa, no parecen tener realmente la 4 5 6 7 8 Véase, por todos: Chr. VON BAR, “Tort Law: National Variety and European Perspective”, en Europa e diritto privato, 1999, pp. 327 y ss. G. ALPA, “La c.d. giuridificazione delle logiche dell’economia di mercato”, en Riv. trim. dir. proc. civ., 1999, p. 744. A. SOMMA, “Il diritto privato liberista”, en Boletín mexicano de derecho comparado, 2001, pp. 592 y ss. Véase también: M. F. DE LORENZO, El daño injusto en la responsabilidad civil, Buenos Aires, 1996, pp. 90 y ss. En G.U.C.E., C 12, del 18 de enero de 1991, p. 8. Al respecto: G. ALPA, “La responsabilità per il danno derivato dai «servizi» nel progetto di direttiva comunitaria”, en Giur. it., 1990, IV, cols. 178 y ss.; y G. VISINTINI, Trattato breve della responsabilità civile, 2ª. ed., Padua, 1999, pp. 250 y ss. intención de avalar políticas del derecho de matiz solidarístico. Poco después, en efecto, se decidió dejar de lado la propuesta, porque se le consideró elemento de destrucción de los principios fundantes de los ordenamientos europeos y del ejercicio de la profesión médica9. Al mismo tiempo, el derecho del medio ambiente brinda pruebas del retorno de la culpa al que se hace referencia. En dicho ámbito, la praxis aplicativa de los países comunitarios europeos ha elaborado modelos de reparación del daño público ambiental cuyo carácter incisivo aumenta con el paso del tiempo. Es claro que aún hay mucho que hacer, pero no se puede pasar por alto la contribución de los tribunales en la elaboración de expedientes idóneos para superar los obstáculos impuestos por los textos normativos nacionales, en particular –si pensamos en la regulación italiana10–, por la calificación de la responsabilidad en mención como hipótesis de responsabilidad “por culpa”11. Pero la vanificación de lo que ya se había logrado hasta el momento habría sido grande si se hubiese aprobado la propuesta de directiva comunitaria “sobre la responsabilidad ambiental en materia de prevención y reparación del daño ambiental”, entre otras razones, porque en ella se limitaba la protección a determinadas porciones del bien “medio ambiente”, y porque se excluían de su ámbito de aplicación, sustancialmente, las conductas autorizadas12. Ulteriores confirmaciones de un “retorno de la culpa”, con el auspicio del nivel comunitario europeo, podemos encontrarlas en materia de circulación de productos defectuosos. Volveremos sobre el punto más adelante. III. En muchos aspectos, entonces, el derecho comunitario y el derecho común europeo pueden ser considerados como modelos políticos normativos no asimilables. Sin embargo, la armonía entre ambos ordenamientos es afirmada por un gran grupo de autores, sin distinción de credo y formación. Así lo demuestran los intentos de los privatistas que apuntan a demostrar que “la tendencia europea e internacional en materia de derecho contractual puede considerarse unívoca en el planteamiento de una exigencia de equilibrio entre la salvaguardia de la libertad contractual y la sujeción al principio de buena fe”13. Se trata, con seguridad, de intentos vanos, si se toma en cuenta que los tribunales nacionales europeos hacen, efectivamente, amplio recurso al principio de la buena fe para realizar formas de control incisivo y heterónomo del acuerdo, mientras que en el nivel comunitario 9 10 11 12 13 Cfr. la Opinión del Comitato economico e sociale in merito alla proposta di direttiva del Consiglio sulla responsabilità del prestatore di servizi, en G.U.C.E., C 269, del 14 de octubre de 1991, p. 39. Artículo 18 de la Ley n. 349 de 1986: “1. Todo hecho doloso o culposo en violación de las disposiciones legales o de resoluciones adoptadas con base en la ley, que comprometa el medio ambiente, y ocasione daño a éste, alterándolo o deteriorándolo o destruyéndolo en todo o en parte, obliga al autor del hecho al resarcimiento frente al Estado”. B. POZZO, “Danno ambientale”, en Riv. dir. civ., 1997, II, pp. 775 y ss. COM/2002/17 def. F. D. BUSNELLI, “Note in tema di buona fede ed equità”, en Riv. dir. civ., 2001, I, p. 548. se privilegian otros insturmentos14: en particular, el principio de la transparencia y el llamado ius poenitendi, fundados en el presupuesto de que el consumidor es capaz de autodeterminarse de modo racional, y de que el derecho debe limitarse a asegurar condiciones y un nivel de informaciones idóneos para permitir que se reflexione sobre los términos de la operación15. El idilio entre derecho comunitario y derecho común europeo es alimentado, por otro lado, por las descripciones del patrimonio constitucional europeo como un conjunto de valores compartidos desde Bruselas, y sustancialmente recogidos en la Carta de Niza de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea16. Sólo que dicha Carta contiene referencias firmes a los derechos civiles tradicionales y al derecho de propiedad –definido con expresiones en las que se descuida “el nexo funcional entre satisfacción de necesidades individuales y colectivas”17–, pero omite, al mismo tiempo, invocar con la misma vehemencia los derechos sociales. No se concede valor a estos derechos ni siquiera a través de las numerosas y detalladas invocaciones de los derechos “de tercera generación”, que constituyen, a lo mejor, relecturas politically correct de los tradicionales derechos de libertad, pero no –o, por lo menos, no en medida significativa– posiciones cuya protección comporte una intervención estatal reequilibradora o un control incisivo y heterónomo de los comportamientos individuales18. El derecho comunitario y el derecho común europeo se diferencian, así mismo, en lo relativo a su contribución efectiva al proceso de unificación internacional del derecho. El segundo apunta a una armonización no autoritativa y que tiende a ser amplia de las materias involucradas. El primero, contrariamente, constituye un instrumento de armonización mínima, en tanto y en cuanto dirigido por el principio de subsidiariedad y sus corolarios19, primero entre todos, el ulterior principio del home country control, que resulta funcional para con una idea de mercado fundada, por un lado, en niveles de armonización de los puros aspectos que se consideran esenciales, y por otro, en el mutuo reconocimiento de las vicisitudes restantes: habitualmente de carácter administrativo, los primeros, y de importancia privatística, las segundas20. 14 15 16 17 18 19 20 Véase, por todos, G. ALPA, La cultura delle regole, Roma y Bari, 2000, pp. 405 y ss. Presupuesto ilusorio, en buena medida dictado por reflexiones de tipo neopandectístico. Al respecto, véase: P. CAPPELLINI, “Scienza civilistica, «rivoluzioni industriali», analisi economica del diritto: verso una neopandettistica involuntaria?”, en Quaderni fiorentini per la storia del pensiero giuridico, vol. 15 (1986), pp. 523 y ss. A. PIZZORUSSO, Il patrimonio costituzionale europeo, Bolonia, 2002, pp. 30 y ss., 39 y ss. A. LUCARELLI, Comentario sub. art. 17, en R. BIFULCO (coordinador), L’Europa dei diritti, Bolonia, 2001, p. 42. Véase, por ejemplo, A. SOMMA, Temi e problemi di diritto comparato, vol. IV, Diritto comunitario vs. diritto comune europeo, Turín, 2003, pp. 91 y ss. A. PADOA-SCHIOPPA, “Il diritto comune in Europa: riflessioni sul declino e sulla rinascita di un modello”, en L. MOCCIA (coordinador), I giuristi e l’Europa, Roma y Bari, 1997, pp. 41 y ss. M. DREHER, “Wettbewerb oder Vereinheitlichung der Rechtsordnungen in Europa?”, en Juristenzeitung, 1999, p. 108. No es improbable que el derecho comunitario europeo haya superado en tiempos recientes la idea misma de “armonización mínima”, para pasar a adoptar un modelo de “competencia entre ordenamientos”. Ello, por lo menos, es lo que se deduce de una actual tendencia del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas –que ha aflorado en materia societaria–, según la cual, “en ausencia de armonización, debe dejarse el campo libre a la competencia entre sistemas normativos”21. La referencia a la competencia entre ordenamientos se inscribe en una línea de desarrollo del derecho comunitario europeo, la cual consiste en la redefinición de sus directrices según de los principios inspiradores de la experiencia estadounidense. Dicha línea es fomentada por el exaltamiento de la Western legal tradition –o, mejor dicho, del modelo occidental que se funda en una presunta supremacía del derecho respecto de la política–, con lo cual se subraya, en clave “liberal”, la conveniencia de acreditar al mercado como fuente de normas vinculantes, y recuperar, así, el sentido tradicional de la división entre poderes. Estas premisas se basan en la idea evolucionista –remecida con la afirmación del principio democrático de que el ejecutivo constituye expresión del Parlamento– de que entre la producción y la aplicación de las normas no deben existir puntos de contacto22. IV. Muchos consideran que si el derecho comunitario europeo se limita a promover formas de armonización mínima se garantiza el respeto a la diferencia cultural: ello quiere decir que otras soluciones constituirían formas de eliminación de la diversidad. Otros creen que fomentar la competencia entre ordenamientos hace posible producir políticas del derecho óptimas. Ambas opiniones pueden ser objetadas. La primera de ellas no tiene en cuenta el hecho de que en los diversos ordenamientos europeos han sido las materias que se asumen ligadas a inconciliables matrices culturales nacionales las que han conocido, justamente, evoluciones asimilables en sus tiempos y en sus formas. Puede recordarse, en primer lugar, la estación de las reformas que afectó, en el decenio 1970-1980, la supremacía del hombre en el interior del núcleo familiar. Piénsese, así mismo – para mencionar un tema de candente actualidad–, en la notable circulación de modelos en materia de convivencia homosexual, a los cuales se han dedicado documentos normativos en la mayor parte de las experiencias comunitarias europeas23. Bien vistas las cosas, en el ámbito europeo se está haciendo evidente una común y autónoma evolución en el plano de los valores: una evolución – 21 22 23 Cfr. la sentencia del caso “Centros”, del 9 de marzo de 1999, Causa 212/97. El sentido de dicho fallo ha sido recientemente confirmado: Sentencia “Überseering”, del 5 de noviembre del 2002, Causa 208/00. Sobre este punto, véase R. CUBEDDU, Atlante del liberalismo, Roma, 1997, pp. 51 y ss., 59. E. CALÒ, “Dalla famiglia di fatto al piccolo matrimonio: un diritto comunitario della famiglia?”, en Contratto e impresa/Europa, 2000, pp. 667 y ss. obscurecida por la retórica sobre la Western legal tradition– que también involucra, qué duda cabe, al derecho patrimonial, y que anuncia la afirmación de modelos ciertamente no asimilables al credo liberal. En cuanto a la competencia entre ordenamientos, es necesario recordar que –en la experiencia en la cual ella se practica desde hace tiempo– muchos niegan su idoneidad para producir políticas del derecho societario que sean efectivamente óptimas24. Es menester aclarar, ante todo, que ella no es nada idónea para perseguir políticas sociales: lo podemos comprobar si analizamos la Directiva comunitaria sobre el daño por circulación de productos defectuosos, donde se hace alusión a una suerte de “competencia entre ordenamientos” en materia de “riesgo de desarrollo”25. En efecto, la Directiva citada ha definido un mecanismo fundado, por un lado, en la normal atribución de dicho riesgo al consumidor, y por otro, en la facultad concedida a los legisladores nacionales de asignarlo, en cambio, al productor. La propia burocracia comunitaria expone que la segunda opción ha quedado, en todos lados, como letra muerta26. Todo ello acontece a pesar de que un análisis de las pocas experiencias comunitarias en las cuales se ha impuesto al productor el riesgo de desarrollo –a veces limitadamente, en algunos sectores industriales– permite deducir la inconsistencia, o al menos la vaguedad de los argumentos adoptados en favor de la solución opuesta: se afirma que por el otro camino se habrían creado exagerados costos de producción y de seguros, que se habría impuesto un freno a la evolución tecnológica, y que habrían aumentado notablemente los procesos contenciosos en materia27. Pero no es todo. Adoptar modelos estadounidenses significa también incentivar una redefinición del régimen del ilícito, a partir de las máximas de la responsabilidad por culpa. Ello se deduce del análisis –también documentado por Guido Alpa– de la normativa estadounidense en materia de daños por productos, que hoy por hoy ha tomado distancia respecto de una precedente actitud favorable a la víctima28. Y lo mismo cabe anotar en relación con algunos desarrollos no recientes –y menos conocidos– en materia de daño en la actividad médica29. V. Si tal es la situación, deben identificarse instrumentos de unificación del derecho en áreas europeas que –al tener que secundar el desarrollo en sentido 24 25 26 27 28 29 En dicho sentido –con referencia al llamado “efecto Deleware”–, véase, por todos, W. L. CARY, Federalism and Corporate Law: Reflections Upon Deleware, en Yale Law Journal, vol. 83, 1984, pp. 663 y ss. Directiva 85/374/CEE. Libro Verde “La responsabilità civile per danno da prodotti diffettosi” – COM/1999/396 def. Informe de la Commissione sull’applicazione della direttiva 85/374 relativa alla responsabilità per danno da prodotti diffettosi – COM/2000/893 def. G. ALPA y M. BESSONE, La responsabilità del produttore, 4ª. ed., Milán, 1999, pp. 202 y ss. U. THUMANN, Reform der Arzthaftung in den Vereinigten Staaten von Amerika, Colonia, etc., 2000, especialmente, pp. 68 y ss. solidarístico de las materias civilísticas– resulten alternativos al mecanismo comunitario de la armonización mínima y de la competencia entre ordenamientos. Al respecto, es destacable la labor de la Comisión encargada de elaborar un Código civil europeo, compuesta por eminentes estudiosos –Guido Alpa, entre ellos–, y bajo la presidencia de Christian von Bar. Esta Comisión ha formulado ya los Principios de derecho europeo de los contratos30, sobre la base de modelos que emergen de la praxis aplicativa interna, ciertamente alejados de las soluciones inspiradas en el credo liberal31. Actualmente, se está preparando una compilación de principios en materia de responsabilidad civil. Reviste particular interés una opinión emitida por los miembros de la mencionada Comisión sobre el código civil europeo32. En ella se observa que con una limitación a realizar formas de “armonización blanda” –combinada, de manera eventual, con la utilización de instrumentos como la competencia entre ordenamientos– se produce un forado en las políticas de protección de los débiles. Con específica referencia al relativo y amplio recurso al derecho internacional privado, inducido por las referidas formas de armonización blanda –que no por casualidad es auspiciado por los defensores de un ordenamiento europeo en el cual el forado del intervencionismo estatal esté marcado por el potenciamiento de la autonomía privada– se resalta que él no permite desarrollar el mercado interno ni promover una solución eficaz de los conflictos entre operadores económicos33. Llegados a este punto, es necesario advertir que no todas las formas de armonización no autoritativa del derecho en área comunitaria promueven valores solidarísticos. Ello se verifica, por lo general, cuando se remite al trabajo de los tribunales nacionales. No se verifica, en cambio, cuando se siguen las indicaciones de quien propone –inspirándose en la tradición del ius commune romano-canónico, desarrollado a partir del bajo Medioevo– reconstruir el actual derecho común europeo en torno de modelos romanistas34. A través del tiempo, todos han apelado al derecho romano: desde los marxistas hasta los fascistas35. Ho en día lo hacen aquellos que –además de alimentar el mito de la Western legal 30 31 32 33 34 35 Principles of European Contract Law – Parts I and III, by the Commission on European Contract Law, editados por Ole Lando y Hugh Beale, La Haya, Londres y Boston, 2000. Véase, por todos, G. ALPA, “I «Principles of European Contract Law» predisposti dalla Commissione Lando”, en Riv. crit. dir. priv., 2000, especialmente, p. 497. Comunicazione sul diritto contrattuale europeo, que “tiene el fin de expandir el debate sobre el derecho europeo de los contratos, involucrando al Parlamento Europeo, al Consejo, y a las diversas partes interesadas: empresas, operadores del derecho, académicos y asociaciones de consumidores” – COM/2001/398 def. La opinión de la Comisión “Lando” se ha publicado en http://europa.eu.int. Para comentarios críticos al respecto, véanse A. MAZZACANE, “Il leone fuggito dal circo”, en Index, 2001, pp. 97 y ss., y T. GIARO, “Comparemus! Romanistica come fattore d’unificazione dei diritti europei”, en Riv. crit. dir. priv., 2002, pp. 539 y ss. Al respecto, véase A. SOMMA, “«Roma madre delle leggi». L’uso politico del diritto romano”, en Mat. st. cult. giur., 2002, pp. 153 y ss.; así mismo: P. G. MONATERI, “Black Gaius. A Quest for the Multicultural Origins of the «Western Legal Tradition»”, en Hastings Law Journal, vol. 51, 2000, especialmente, pp. 490 y ss. tradition– presentan el carácter individualista del derecho romano como el instrumento que ha de servir para desarrollar el núcleo de la común tradición europea36. Claro está, sin embargo, que, como ha observado Guido Alpa, “la historia resulta bonne à tout faire”. Las referencias a la praxis aplicativa –mas no a la tradición romanista– permiten contrastar, en último análisis, la “reductio ad unum constituida por la dimensión economicista de reglas, instituciones, planes de intervención”37. Ferrara, junio de 2003 ALESSANDRO SOMMA 36 37 Es la propuesta de R. ZIMMERMANN, “Roman Law and European Legal Unity”, en A. HARTKAMP y otros (editores), Towards a European Civil Code, Nijmegen, Dordrecht, Boston y Londres, 1994, p. 72. G. ALPA, La cultura delle regole, cit., pp. 10 y 441. Véase también: P. GROSSI, “Globalizzazione, diritto, scienza giuridica”, en Foro it., 2002, V, cols. 155 y ss. PREFACIO Al presentar esta obra no viene al caso explicar sus justificaciones ni expresar las razones de su elaboración. Más apropiada para con el tono y contenido del trabajo que prosigue es la pregunta sobre el método de investigación que se ha adoptado y la descripción del derecho civil que se ha privilegiado. Y tal interrogante puede responderse indicando, sencillamente, las exigencias que se han pretendido cubrir, a saber: ilustrar los fundamentos del derecho civil a través del análisis de las fuentes, de la creatividad de la jurisprudencia, del aporte de la praxis, sin ignorar que hoy por hoy el derecho civil italiano está signado y modelado por el derecho comunitario europeo, y se ubica en permanente confrontación con los modelos provenientes de otros ordenamientos. Ninguna investigación sobre el derecho positivo, por lo demás, puede desconocer el análisis histórico, económico o “filosófico” de las reglas jurídicas. El espacio entre la regla escrita y el producto de la interpretación ha devenido tan amplio que la tarea del civilista se ve, ahora, más atraída hacia la síntesis, antes que a la descripción analítica de todos los aspectos, propuestas de interpretación, cuestiones planteadas por una disposición, una institución o por un íntegro sector del ordenamiento. Es de todo ello que nace este intento de relectura –en clave “posmoderna”– de algunos capítulos del derecho civil de nuestro tiempo, en un marco unitario que persigue abarcar una materia en constante evolución. EL AUTOR CAPÍTULO PRIMERO INTRODUCCIÓN I. LA PROVINCIA DE LA RESPONSABILIDAD CIVIL CONTENIDO: 1. Premisa.- 2. Terminología.- 3. La trama del artículo 2043 del Código Civil italiano.- 4. El hecho ilícito como fuente de obligaciones. 1. Premisa. Considerados en su conjunto, las monografías, ensayos, reseñas, comentarios a sentencias y volúmenes de los tratados dedicados a la responsabilidad civil ocupan un sector tan vasto de la bibliografía jurídica moderna que ponen en evidencia, ya en el plano “material”, la posición de trascendencia que la doctrina y la práctica reconocen a esta institución. En la fórmula “responsabilidad civil” se concentran, en efecto, la teoría del acto ilícito, la teoría del daño, los aspectos relativos a los seguros, así como los vínculos con el derecho de familia, de la propiedad, del contrato, del crédito, sin mencionar los temas centrales de la teoría general del derecho: desde el empleo de las cláusulas normativas generales hasta las técnicas de interpretación y la creatividad de la jurisprudencia. En la práctica, además, este sector se encuentra en constante expansión. Si se repasan las compilaciones de jurisprudencia, es posible advertir que en un porcentaje bastante considerable de las sentencias en materia civil se recurre a las reglas de la responsabilidad para dar solución a casos tradicionales, a casos nuevos y, en fin, a casos “difíciles”. La riqueza de esta figura, su ductibilidad y sus novedades justifican incluso la publicación de revistas especializadas en ella. Sin embargo, la nobleza intelectual de esta materia ha conseguido labrarse al cabo de un fatigoso recorrido. A pesar de ir de la mano con la codificación de reglas y principios desde una época inmemorable, el régimen de los efectos jurídicos de la lesión de bienes protegidos comenzó a vivir su estación más fecunda y feliz –en la experiencia italiana– alrededor del decenio 1960-1970. En un inicio, se le consideraba como un apéndice –digámoslo así– del derecho de propiedad o del derecho contractual, o bien como un terreno cuya atención se justificaba en los que practicaban el derecho, pero no a los académicos. Ello es tan cierto que en la primera mitad del siglo XX, las obras sobre el tema pueden contarse con los dedos de una mano. A partir del momento indicado, y por algunas décadas, la responsabilidad civil deviene un laboratorio de operaciones privilegiado por los formalistas, los realistas, los comparatistas, los iuseconomistas. Simultáneamente, ella sirve para designar el sector donde la creatividad del intérprete se ha desarrollado en mayor medida. En Italia, casi la totalidad de su dictado normativo –si se exceptúan las pocas leyes especiales y la influencia del derecho comunitario europeo, que son dos frutos de reciente adquisición– continúa comprendido en menos de veinte artículos del Código Civil vigente, de 1942. Sobre esta sólida, aunque restringida, base se ha edificado un mundo entero: las adiciones que el intérprete ha elaborado a partir de las definiciones, las cláusulas normativas generales, las integraciones, las coordinaciones internas y externas, han sido tan numerosas, detalladas y sutiles que esta institución ha llegado a ser considerada como emblema de la vitalidad del derecho; las problemáticas y soluciones que ella ha propiciado la han hecho erigirse, a la larga, en un ejemplo sintomático de la convergencia entre los sistemas del civil law y los del common law; y el discurso podría continuar. El análisis de esta institución no ha dejado jamás de despertar interés. Sus características expansivas y proteiformes son típicas en todos los ordenamientos, sin importar la distancia histórica, las tradiciones y culturas que la separan de la experiencia italiana. La materia de “los” torts (¿o “del” tort?) es objeto de extensos manuales y de densos tratados, así como de cursos específicos en los países del common law. Lo mismo ocurre en Alemania, Francia, España, Portugal y América Latina. En Estados Unidos, el desarrollo del tort law puede considerarse hasta proverbial. La materia incide de tal forma en el panorama íntegro de los estudios de Derecho, que entre sus cultores destacan hoy eminentes juristas, a través de cuyas obras se han modelado las reglas interpretativas que constituyen el substrato del sector, pero también el componente fundamental de todo sistema jurídico. Pese a las repetidas crisis que ha experimentado –muchas veces seguidas de proclamas de la proximidad de su extinción– la responsabilidad civil siempre ha manifestado una insuprimible e inagotable vitalidad. Para demostrarlo, basta señalar que en la actualidad son más las monografías acerca de sus presupuestos filosóficos o aquellas donde los autores se las ingenian para encontrarle nuevas aplicaciones, y menos los análisis descriptivos de su evolución y de las tendencias que respecto de ella se presentan. Con la responsabilidad civil, la comparación jurídica ha conocido nuevos territorios, no ya fiándose únicamente del cotejo de reglas y principios, sino también de la confrontación de dicta, de modelos de decisión judicial, de tendencias a largo plazo. La comparación resalta las divergencias y la originalidad de las experiencias, pero también las similitudes y las convergencias de éstas. En materia de responsabilidad civil, las convergencias, cada vez mayores, son ahora más frecuentes que las divergencias, tal cual han demostrado Basil Markesinis, en un extraordinario estudio de jurisprudencia comparada1, y Christian von Bar en su obra capital sobre el Deliktsrecht2. Cabe, entonces, emprender un proyecto más ambicioso, consistente en la elaboración de un texto uniforme de rango europeo. Hacia un código europeo de las obligaciones, precisamente, se están orientando actualmente la atención y el esfuerzo de muchos estudiososNT. Es con tal espíritu que cobra vida el proyecto de un tratado de derecho civil, descriptivo, pero a la vez crítico, del derecho interno, y que preste atención, lo más posible, a los horizontes del jus commune europaeum3. 2. Terminología. 1 MARKESINIS, A Comparative Introduction to the German Law of Torts, 3a. ed., Oxford, 1994. Algunos de los ensayos fundamentales de MARKESINIS en materia de responsabilidad civil se encuentran compilados ahora en ID., A Comparative Methodology. A Subject and a Thesis, Oxford, 1997. VON BAR, Gemeineuropäisches Deliktsrecht, Múnich, 1996. La obra cuenta con una traducción al inglés, The Common European Law of Torts, vol. I, Oxford, 1998, que, por encontrarse actualizada respecto del original alemán, será el texto más citado de ambos en el presente tratado. La traducción italiana también se encuentra en preparación, pero a la fecha aún no ha sido concluida. Guido Alpa es miembro del Coordinating Group del Study Group on a European Civil Code, presidido por Christian von Bar. En el proyecto de VAN GERVEN, Torts: Scope of Protection, Oxford., 1998, elaborado en colaboración con Lever, Larouche, von Bar, Viney, se verifican las respuestas que algunos de los ordenamientos de los países de la Unión Europea dan a los problemas fundamentales de la responsabilidad civil. Una descripción elemental de los sistemas de responsabilidad civil es brindada por ZWEIGERT y KÖTZ, Einführung in die Rechtsvergleichung, trad. it., Introduzione al diritto comparato, al cuidado de Di Majo y Gambaro, vol. II, Milán, 1995, pp. 281 y ss.; y por VRANKEN, Fundamentals of European Civil Law, Londres, 1997, pp. 120 y ss. Sobre la experiencia italiana, véanse, en particular: La responsabilità civile nei sistemi di common law, I, Profili generali, al cuidado de Macioce, Padua, 1989; y PONZANELLI, La responsabilità civile. Profili di diritto comparato, Bolonia, 1992. La doctrina reciente de nuestro país dedica un amplio espacio a la comparación jurídica. Véanse: MONATERI, La responsabilità civile, en Trattato di diritto civile dirigido por Sacco, Turín, 1998; y ALPA, Responsabilità civile e danno. Lineamenti e questioni, Bolonia, 1991. Hay traducción al castellano de esta última obra por Carreteros Torres, Responsabilidad civil y daño – Lineamientos y cuestiones, al cuidado de Espinoza Espinoza, Lima, 2001. 2 NT 3 En el sector de la responsabilidad civil, hay una uniformidad léxica y sustancial que distingue, en el plano de la regulación, a los ordenamientos continentales europeos de raíz romanista. Hay palabras clave como responsabilità, danno, debito, que tienen una versión homóloga en francés (responsabilité, dommage, dette), en castellano (responsabilidad, daño, deuda), en portugués, etc. Distinto es el caso del alemán, donde existen los términos Haftung, Schaden, Schuld, y del inglés tort liability (y, en los contenidos, de damage y debt). La diferencia, además de léxica, es conceptual, y se traduce, de igual forma, en un régimen inspirado en principios y directrices diversos. En realidad, y como ocurre con toda expresión, la terminologia que connota un significado es intercambiable, en la misma medida en que se modifica la relación entre significante y significado. Se trata, además, de significados que varían con la historia, y que, por lo tanto, están dotados de relatividad. La concepción moderna de la responsabilidad resulta distinta de la que imperaba hace treinta años o más, y, con mayor razón, de la que gozaba de crédito en el siglo XIX. Sin perjuicio de lo anterior, el sector convencionalmente designado con la locución “responsabilidad civil” (que tiene terminología y regímenes análogos en Italia, Francia, España, Portugal y América Latina) connota en todas partes –en Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, inclusive– un mismo fenómeno: la producción de daños considerados jurídicamente relevantes, el ejercicio de actividades o la ejecución de actos de los cuales se deriva el daño, la obligación de un sujeto –unas veces el autor directo y material del daño; otras veces, el sujeto predeterminado por el ordenamiento para asumir las consecuencias económicas del daño– de resarcir al damnificado. Pero el análisis etimológico reserva una sorpresa. Los términos italianos responsabilità [responsabilidad] y responsabile [responsable] no provienen directamente del latín respondeo –como podría creerse–; ellas derivan, más exactamente, del francés responsable; la palabra respondère deriva, a su vez, del latín respondeo. ¿Cuál ha sido, entonces, el recorrido anómalo seguido por los términos responsabilità y responsabile? En la lengua francesa –según precisan los estudiosos– la aparición del verbo (repondre) precede en el tiempo a la del sustantivo (responsabilité). Este último figura en los diccionarios sólo desde fines del siglo XVIII4. Mucho más antiguo, por otro lado, es el origen de los términos “culpa” (del latín culpa) e “ilícito” (del latín licere). 4 HERIOT, “Note sur la date et le sens de l’apparition du mot «responsabilité»”, en Archives de philosophie du droit, 1977, pp. 59 y ss. En perspectiva antropológica véanse, ahora, las páginas de C. MAIORCA, I fondamenti della responsabilità, Milán, 1990, pp. 7 y ss. Este último autor brinda una cuidadosa reconstrucción etimológica e histórica del léxico de la responsabilidad a partir del análisis de las fuentes (pp. 209 y ss.). A juicio de PUGLIESE, “Relazione finale”, en La responsabilità civile da atto illecito nella prospettiva storicacomparatistica, actas del congreso celebrado en Madrid, del 7 al 10 de octubre de 1993, al cuidado de Vacca, Turín, 1995, p. 356, nota (5), la expresión deriva del término procesal No existe analogía para el período histórico y los contenidos semánticos de los términos hoy empleados en el sector de la responsabilidad civil. De la misma manera, no es posible brindar definiciones icásticas de tales términos, que estén al margen del tiempo y del espacio. No hay forma de compartir, por ejemplo, la definición que considera como un ilícito el acto lesivo de un derecho subjetivo del damnificado5, porque hoy se admite que la responsabilidad también puede surgir por la lesión de intereses que no son encuadrables en la categoría de los derechos subjetivos. En realidad, todas las definiciones y reglas pueden ser comprendidas sólo en su devenir histórico. Un ejemplo proveniente de la comparación jurídica señala con claridad que el sector de la responsabilidad civil se encuentra en permanente evolución, y que los confines de ésta son inestables6. 5 6 latino respondere, correspondiente a la carga/derecho del demandado de replicar a la demanda del actor. Hasta la fecha, el primer escrito del demandado se denomina comparsa di risposta [“escrito de respuesta”]. Sin embargo, entre el acto de rispondere (responder) y la circunstancia de estar sujeto a un deber resarcitorio –pues respondere significa esto, hoy en día–, la evolución no resulta clara. El mismo Pugliese redescubre en las fuentes (ULPIANO, D. 29, 2, 40; D. 49, 17, 7; y otras, como PAULO, D. 23, 3, 71 pr.) pasajes en los cuales rispondere indica la obligación impuesta a sujetos que –incluso sin ser deudores, personalmente– están comprometidos frente a ciertos acreedores o legatarios. SANTORO-PASSARELLI, Dottrine generali del diritto civile, 9ª. ed., Nápoles, 1966, p. 109. En los recientes estudios doctrinarios realizados en Francia, se ponen en evidencia dos líneas de evolución. Una de ellas ha sido afirmada en el medio italiano desde hace tiempo; la otra constituye la consecuencia de la legislación especial en el campo de los accidentes de circulación vial, y en el sector de la reparación de los daños debidos a los hechos en los cuales el Estado asume la carga retributiva o la tarea distributiva. Estas dos líneas se expresan en la consideración como preeminente el fin de reparación del daño, antes que la búsqueda del culpable, y en la sustitución del débito resarcitorio derivado del hecho ilícito a cargo del sujeto responsable, como un crédito de indemnización en favor de la víctima: LAMBERT-FAIVRE, “L’evolution de la responsabilité civile: d’un dette de responsabilité à une creance d’indemnisation”, en Rev. trim. dr. civ., 1987, pp. 1 y ss. La primera perspectiva se ha abierto paso –según la doctrina– en dos brechas: a) la consideración de la culpa in abstracto, con la homologación de todos los sujetos responsables, y también, por lo tanto, con inclusión de los menores de edad; b) el abandono del requisito de la imputablilidad en el empleo de expresiones-expedientes, como la noción de faute objective (el primer cambio y el segundo tienen un ejemplo en el fallo de la Sala Plena de la Cour de Cassation, del 9 de mayo de 1984, en Dalloz, 1984, p. 525, el llamado affaire “Fullenworth”). Pero otros pronunciamientos demuestran, igualmente, la objetivación de la responsabilidad: para el daño proveniente de cosas es importante un arrêt (Cour de Cassation, Sala Civil, del 21 de julio de 1982, en Dalloz, 1982, II, p. 449), unánimemente interpretado como la sentencia que marca la revolución del sector; en ella ya no se afirma una responsabilidad por daño basado en la culpa (si bien presunta), sino una responsabilidad por el riesgo creado. A la misma conclusión se arriba para el daño derivado de un hecho ajeno, es decir, de una persona por la cual responde otro. En tal caso, el riesgo grava al comitente, a menos que haya existido un abuso de funciones (Sala Plena de la Cour de Cassation, sentencia del 15 de noviembre de 1985, en Dalloz, 1986, p. 81; véase también n. 16, p. 6). Además –y como un hecho de veras curioso para nosotros–, la misma lectura se propone para la evolución actual de la responsabilidad civil por daños cometidos por menores de edad. En el segundo camino, se subraya que actualmente no se puede seguir hablando del sector de la responsabilidad civil, sino del sector de la “solidaridad colectiva”. Este es un indicio que se cree poder deducir de la loi “Badinter”, del 5 de julio de 1985, relativa al resarcimiento de las víctimas peatonales. Existen, sin embargo, otras confirmaciones en dicho sentido: el daño derivado de la contaminación no imputable a un autor preciso (se trata de la “nebulosa horizontal de corresponsables”, determinada incluso por la relación que se crea entre varias inmisiones, de las cuales ninguna fuera, por sí sola, contaminante), el daño derivado de la contaminación acústica (la Cour d’Appel de París, en sentencia del 19 de marzo de 1979, en Dalloz, 1979, p. 529, condenó a las compañías de aviación del aeropuerto de Orly a reembolsar los gastos de “de-sonorización” de los municipios cercanos; y ello, no con carácter solidario, sino en proporción a la utilización del aeropuerto realizada por cada compañía; en el mismo sentido: Cour de Cassation, Sala Civil, sentencia del 17 de octubre de 1984, en Bulletin civil, 1984, II, p. 154, para el aeropuerto de Roissy); el daño provocado por el DES (un estrógeno que provoca cáncer de útero), si se emplea la regla de la marketshare liability para el daño por productos defectuosos cuyo fabricante no fuera identificable; el daño por contaminación marina; el daño por catástrofes; el daño por el ejercicio de la actividad nuclear; el daño a las víctimas del terrorismo (loi del 9 de julio de 1986, en Dalloz, 1986, III, p. 468). De aquí la intervención del sistema de los seguros y de los fondos de garantía. No menos significativa es la evolución del common law inglés. Teniendo en cuenta las explicaciones teóricas, la dilucidaciones suministradas por los case books, así como los fundamentos de las sentencias, la doctrina inglesa intenta corregir, hoy en día, los errores de lectura de los principios de la responsabilidad civil, y subraya, en tal sentido, la falsedad del prejuicio –o la proclividad del mismo a generar equívocos– que da crédito a la tesis según la cual en el common law inglés el criterio de imputación de la culpa es la regla, mientras que la strict liability constituiría la excepción. En realidad, y como puede establecerse en el examen de la técnicas de resarcimiento del daño, existen torts para los cuales la responsabilidad sin culpa es la regla. Según algún autor, TETTENBORN, An Introduction to Law of Obligations, Londres, 1984, p. 39, las razones de lo anterior pueden organizarse como sigue: a) La afirmación de una social policy, a tenor de la cual, quien obtiene ventaja con el ejercicio de una actividad dañosa debe asumir los costos de la misma. b) La convicción de que las actividades irrazonablemente peligrosas comportan una responsabilidad sin culpa para quien las lleva a cabo. c) La fuerza de la tradición que dispone ello respecto de ciertas hipótesis (por ejemplo, la violación de la promesa como ocurre en el caso de los defectos de la cosa vendida). Se trata, ciertamente, de hipótesis bastante circunscritas, sea respecto la statute law, sea respecto del common law (nuisance, dangerous things of occupiers). Estamos, además, ante una serie de hipótesis particulares, y mucho más marginales que las admitidas en el common law estadounidense. Con una expresión bastante gráfica, VETRI, “The Decline of the Common Law in the Statutory Era in the United States”, en Essays on European Law and Israel, al cuidado de Rabello, Jerusalén, 1996, pp. 179 y ss., ha descrito recientemente la evolución de la responsabilidad civil en Estados Unidos, como la expresión de la “volatilidad del sistema”. El cambio de orientación de los tribunales, la intervención del legislador y la adecuación de las prácticas del campo de los seguros modifican el sistema legado por la tradición. A pesar de su falta de adecuación a los tiempos actuales, los modelos tradicionales continúan siendo empleados, tanto en el nivel lingüístico cuanto en el nivel lógico; nomina sunt omina y, por lo tanto, debemos tener en cuenta las técnicas expresivas, lo mismo que la mentalidad común a la mayor parte de los juristas. Pero no debe enfatizarse esta iconología del sistema, porque es mucho lo que se ha removido –y se remueve– bajos los antiguos vestigios.¿Y no es cierto, por otro lado, que el mismo fenómeno ha tenido lugar en el derecho contractual, donde, detrás de la pantalla del negocio jurídico y, por lo tanto, bajo la apariencia del carácter “fijo” de las categorías, se ha transformado el sistema de regulación de los contratos en muchos aspectos importantes7? Si queremos analizar más a fondo las transformaciones recientes, hay que desistir de afinar aun más las innovaciones conceptuales propuestas por la doctrina del decenio 1960-1970. Hoy ellas forman parte del patrimonio común de los juristas, y el hecho de que continúen haciéndose espacio en los modelos jurisprudenciales de la actualidad constituye un retraso que habrá de superarse con el dilatado paso del tiempo, como es habitual que ocurra en las fases jurídicas. Lo que debemos hacer, según nuestras posibilidades, es mirar “alrededor” y “hacia delante”. Mirar “alrededor” significa cultivar el análisis comparatístico. Mirar “hacia adelante”, en cambio, significa recorrer la totalidad del sistema, con la conciencia de que éste debe satisfacer las exigencias de una sociedad postindustrial como la nuestra. Las tendencias actualmente vigentes son más fáciles de percibir en la legislación especial. En este ámbito a) se detallan distintos tipos de daño (daño al medio ambiente, daño por productos, por transportes espaciales, daño por computadoras); b) se detallan los status a los que está ligada cada responsabilidad especial (responsabilidad del auditor, responsabilidad del intermediario de valores mobiliarios, responsabilidad de los bancos, del magistrado, del personal educativo y sanitario, etc.); c) se detallan los intereses protegidos, atendiendo a las límitaciones del área del daño resarcible dictadas por la “tolerabilidad” del sistema; ejemplo de ello es el debate sobre el daño al patrimonio y sobre la economic loss, el debate sobre el daño biológico y sobre el daño psíquico, el debate sobre los daños “masivos” por los eventos catastróficos; d) se detallan las sanciones, que fluctúan entre la mera indemnización y el resarcimiento limitado, el resarcimiento a plenitud, los punitive damages o la pena privada; y en este último sentido, e) se detalla también la noción misma de imputabilidad, mediante una disociación entre imputabilidad y culpabilidad, y con la invocación de una reforma para el caso de la imputabilidad del enfermo mental. 7 Véase: ALPA, Il contratto in generale – Introduzione alla giurisprudenza, Turín, 1991, passim. Bajo aquellas técnicas de carácter formal se traza la nueva jerarquía de valores de la sociedad postindustrial: la protección del individuo ya no se considera atendiendo a la capacidad de producción del mismo, sino en su calidad de persona, a la cual debe reconocerse una vida “biológica” sana, una identidad y una privacy, es decir, un refugio frente a las “técnicas” intensivas de información e informática; un medio ambiente saludable en el cual vivir con serenidad; una serie de productos y servicios inocuos, que le permitan satisfacer sus exigencias y comodides. Esta puede parecer una concepción hedonística de la persona, pero se trata, sin lugar a dudas, de una concepción más “civil” que aquella que todavía se podía identificar en el ordenamiento algunas décadas atrás. ¿Que más se puede anotar sobre las novedades producidas en las últimas décadas, en materia de legislación, jurisprudencia y estudios doctrinarios? ¿Desaparecen las inmunidades o son replanteadas bajo otras vestiduras? Es innegable que frente a la Administración pública, la posición del ciudadano se ha visto reforzada en casi todos los sectores: del sector de las obligaciones al de los contratos y al de la responsabilidad civil. El criterio de selección de los sujetos damnificados parece, por lo tanto, estar perdiendo terreno. Sin embargo, las inmunidades han vuelto a expandirse en algunos casos, como en aquellos inherentes a los funcionarios públicos, a los magistrados, al personal educativo. En tal sentido, es lícito preguntarse si en las hipótesis en que existe un régimen particular ligado con el status es posible percibir las huellas de un corporativismo renaciente. Cuando se codifica una suerte de responsabilidad objetiva (en las actividades del fabricante, del importador, del proveedor, por ejemplo) se codifican, igualmente, supuestos de exoneración, así como limitaciones de responsabilidad; y cuando se aíslan comportamientos profesionales negligentes (las actividades bancarias, por ejemplo) se nos insta a precisar los confines de la responsabilidad; en todo caso, no faltan interpretaciones que siguen propendiendo a un tratamiento favorable para ciertas categorías de los profesionales (los médicos, por ejemplo). El debate sobre la culpa, y sobre el regreso de la culpa en los ordenamientos donde este criterio de imputación parecía atraído por un fatal destino, así como la persistencia de las perplejidades suscitadas por una actitud bastante indulgente ante las hipótesis de culpa omisiva, permiten apreciar que el principio de solidaridad no impera libre de contrastes en el sector de la responsabilidad civil; que la atención hacia el patrimonio del responsable se mantiene viva; que la búsqueda del responsable como culpable moral puede retomar aquel espacio que parecía definitivamente negado para ella. Se ha hablado de la “parábola” de la responsabilidad civilNT. Pero este episodio también podría describirse como uno de marchas y contramarchas, ligadas, naturalmente, con una sociedad en evolución: aquello que ayer parecía NT La referencia es al estudio de BUSNELLI, “La parabola della responsabilità civile”, en Riv. crit. dir. priv., 1988, pp. 643 y ss. Hay trad. al castellano de León, en Ius et Veritas, año XII, núm. 24, Lima, 2002, pp. 12 y ss. descontado, hoy ya no lo es; lo que ayer era o se presentaba como un hito, es hoy un terreno libre a ser conquistado. En el decenio 1960-1970, cuanto en todos los ordenamientos se discutía la función básica e indefectible de la culpa, William L. Prosser leyó en las sentencias estadounidenses una suerte de “declaración de guerra”: se había iniciado el “asalto a la ciudadela”. Una década después, cuando en todos los ordenamientos se puso en discusión el lugar central de la culpa, el mismo autor decribió la “caída de la ciudadela”. Hoy, en cambio, el ilustre jurista podría detectar en las sentencias, así como en las contribuciones doctrinarias, que los defensores de la culpa no se han dispersado, sino que, por el contrario, han reconstruido su fortaleza. También hay que tener en cuenta que el paso de la responsabilidad objetiva al seguro obligatorio se ha realizado sólo en algunos sectores. En otros no ha tenido lugar el tan temido ascenso de la seguridad social. Replantear la responsabilidad civil significa, hoy en día, leer en la trama del derecho escrito y en los aportes del derecho no escrito el retrato de las épocas que se han sucedido en el tiempo, comprender los valores subyacentes a las decisiones de los legisladores y jueces, sugerir soluciones razonables y equitativas para la administración del daño. Estamos ante un laboratorio extraordinario, construido sobre la base de pocos principios y de un vocabulario exiguo8. 8 La terminología y los confines conceptuales son el punto de partida de las investigaciones comparatísticas en materia de responsabilidad civil. Lo mismo cabe afirmar respecto de los recientes tratados italianos sobre esta institución, a pesar de que –tal cual se ha observado– no se percibe una perfecta coincidencia en el empleo de los términos y en la definición de los conceptos. Estos temas serán desarrollados más adelante. De momento, con prescindencia –dicho sea de paso– del análisis de los manuales institucionales y de las voces que forman parte de las enciclopedias jurídicas, y limitándonos a las investigaciones monográficas de conjunto, remitiremos, además de ALPA, Responsabilità civile e danno, cit., y en orden cronológico, a FRANZONI, Fatti illeciti, en Commentario del codice civile Scialoja e Branca, al cuidado de Galgano, Bolonia y Roma, 1993, en cuyas páginas introductorias se rinde cuenta de los usos heterogéneos del término “responsabilidad”; respecto de este texto, se desprende que el título del volumen (“hechos ilícitos”) se debe a su ubicación en un “comentario” del Código Civil, porque cada componente de éste reproduce los títulos de las divisiones generales y particulares del Código, y que el estudio de los temas fundamentales se ha desarrollado bajo el sintagma “responsabilidad civil”, entendida de manera restrictiva, es decir, sin abarcar la responsabilidad contractual. Tal decisión sintoniza con la actitud de gran parte de la doctrina. En el mismo sentido, y por las mismas razones, véase: ALPA, BESSONE, y ZENO-ZENCOVICH, I fatti illeciti, 2ª. ed., en Trattato di diritto privato dirigido por Rescigno, t. 14, Turín, 1995, pp. 6 y ss. En oposición, y favorable a una opción unitaria (de responsabilidad contractual y extracontractual bajo la terminología “responsabilidad civil”), sobre la base de la historia y del análisis del régimen legal del hecho ilícito extracontractual, véase: VISINTINI, Trattato breve della responsabilità civile, 2ª. ed., Padua, 1999, pp. 3 y ss. Hay traducción al castellano de esta obra, bajo la dirección de Kemelmajer de Carlucci, Tratado breve de la responsabilidad civil, Buenos Aires, 1999. Mantienen la dicotomía de la “responsabilidad civil” y “daño”, partiendo de este último, y restringiendo los confines del área del hecho ilícito extracontractual: BUSNELLI y PATTI, Danno e responsabilità civile, Turín, 1997, pp. 3 y ss., 119 y ss. Distingue entre responsabilidad aquiliana y responsabilidad contractual, 3. La trama del artículo 2043NT del Código Civil italiano. La responsabilidad civil es uno de los pocos sectores del derecho privado en los cuales el Código Civil italiano refleja, casi literalmente, la disposición de las normas y contenidos de sus modelos anteriores. En el léxico que se emplea en la actualidad se hace referencia a “principios”, máximas y locuciones romanistas. En los argumentos favorables y contrarios al papel omnicomprensivo de la culpa se invoca la fuerza de la tradición. Al final, es la propia tradición, superando el texto vigente en su alcance preceptivo, y tan sólidamente asentada en la cultura de los juristas, la que se ha mantenido prácticamente intacta hasta los acontecimientos del decenio 1960-1970. ¿Pero se trataba verdaderamente de una tradición compacta? ¿Era cierto que las fuentes desmentían la interpretación que algún autor contemporáneo quería hacernos creer? Y cuando se hace referencia al pasado, ¿cuál es la herencia que se pretende hacer reconocer? ¿La francesa, la de la pandectística o acaso la auténticamente romanista? ¿Y de qué manera se introduce en el Código Civil italiano la noción de “daño injusto”? ¿Qué relación se puede establecer entre el Código Civil italiano y el BGB, que es considerado (al igual que el sistema fundado en los torts, en el common law) como el modelo alternativo a la codificación francesa o importada de Francia? Es sencillo responder a tales preguntas, que son las primeras que intrigan al intérprete. Un intento en tal sentido ya ha sido realizado por egregios romanistas y, en su momento, por Giovanni Rotondi9. El redescubrimiento de los antiguos vínculos ha vuelto a ser propuesto, más recientemente, por John-Anthony Jolowicz y Basil Markesinis, mediante una confrontación entre el sistema de los torts, el Code Napoléon y el BGB. En esta comparación, los sistemas actuales son NT 9 bajo la denominación unitaria de “reponsabilidad civil”, especialmente en relación con las figuras de incierta ubicación en uno u otro sector, y para mayor prueba de las difíciles delimitaciones del área del tort y del contract: CASTRONOVO, La nuova responsabilità civile, 2ª. ed., Milán, 1997. Asume la perspectiva más usual, según la cual el sintagma bajo examen es considerado con una connotación restrictiva: SALVI, La responsabilità civile, en Trattato di diritto privato al cuidado de Iudica y Zatti, Milán, 1998, pp. 1 y ss., 8 y ss. Esta última opción es secundada por MONATERI, La responsabilità civile, cit., pp. 2 y ss. Esta dicotomía de significados se refleja también en las compilaciones orgánicas de jurisprudencia. Sólo como ejemplo, y en relación con la noción restrictiva, véase: La responsabilità civile al cuidado de Alpa y Bessone, en Giurisprudenza sistematica di diritto civile e commerciale fondata da Walter Bigiavi, Turín, 1987, con Appendice di aggiornamento, Turín, 1998; sobre la noción extensiva, véase La responsabilitã civile, en Il diritto privato nella giurisprudenza al cuidado de Cendon, Turín, 1998. Código Civil italiano: “2043. Resarcimiento por hecho ilícito.- Todo hecho doloso o culposo que causa a otro un daño injusto obliga a aquel que ha cometido el hecho a resarcir el daño”. ROTONDI, “Dalla lex Aquilia all’art. 1151 cod. civ.”, en Riv. dir. comm., 1916, I, pp. 942 y ss., 1917, I, pp. 236 y ss. precedidos por los más relevantes pasajes de la lex Aquilia y textos romanos. La lex Aquilia es presentada como un modelo unificador de todos los sistemas modernos de la responsabilidad civil10. La circunstancia de que estos sistemas no resulten tan distantes entre sí también es una deducción reciente, de la cual todos están convencidos en la actualidad. El hecho de que tort y délit sean dos aspectos de una misma hipótesis ha sido demostrado de manera convincente. Tampoco es difícil admitir que en la culpa de origen romanista cabe identificar el antecedente lógico-político del hecho ilícito. Las fuentes brindan varias vetas y nuances, y presentan una gran riqueza semántica y preceptiva, además de una sorprendente modernidad. A grandes rasgos, y sin la ambición de efectuar un análisis acabado y definitivo, se debe tratar de entender cómo nace el sistema de la responsabilidad civil actual, a través de las fuentes (modernas) que pueden haber influido, en mayor medida, en la mentalidad y cultura del legislador italiano de 1942. Aquí surgen otras preguntas, a las cuales también es necesario dar respuesta. ¿Hasta qué punto se adaptaron las fuentes romanas en materia de responsabilidad civil, según el sentir y los valores de los juristas de los siglos XVII y XVIII? ¿Qué nexos existen entre la idea de pena-sanción, ligada con los hechos ilícitos que se cometen con dolo, con culpa o por una simple falta de cuidado? ¿Dónde termina el obrar humano (y, por lo tanto, la vigencia del principio de autorresponsabilidad) y dónde se inicia el reino de la causalidad, en el cual está ausente la voluntariedad, y donde el hecho humano, incluso el hecho involuntario, concurre con el orden inescrutable de las cosas y con otros problemas más? Nótese que no se trata de problemas que tengan un mero sabor jurídico. ¿Hasta qué punto interfieren en las manipulaciones de las fuentes romanas las querelles entre jesuitas y jansenistas respecto del libre arbitrio, es decir, respecto del gobierno de los hechos cotidianos por parte del hombre? ¿Conservan algún significado estas dudas, inherentes a la relación del hombre con Dios, pero a la vez en condición de impregnar la concepción ética por entero y, por lo tanto, el tema mismo de la relación entre “culpa” y “sanción” en el derecho civil? Los primeros hallazgos de los autores de otrora demuestran que el nexo entre reflexión ética y elaboracion del sistema jurídico de la responsabilidad civil ha sido siempre bastante íntimo. No está de más advertir que el sentido ético de hace algunos siglos, empapado de valores cristianos, es mucho más cercano al moderno –aun cuando laicizado– en comparación con el de los antiguos jurisconsultos romanos. Por más limitado y rápido que sea, un examen de algunas fuentes, entre las más recurrentes y conocidas, puede convencernos de la certeza de las anteriores premisas, y hacernos descubrir alguna novedad en la explicación de la fórmula, aparentemente simple, amonedada en el artículo 2043 del Código Civil. 10 LAWSON y MARKESINIS, Tortius Liability for Unintentional Harm in the Common Law and in the Civil Law, Cambridge, 1982. Un cuidadoso replanteamiento de los aspectos históricos del régimen del hecho ilícito civil se debe a MASSETTO, voz “Responsabilità extracontrattuale (diritto intermedio)”, en Enc. dir., vol. XXXIX, Milán, 1988, p. 1099. Sobre el tema, véase infra, capítulo II. 4. El hecho ilícito como fuente de obligaciones. La regla general contenida en el artículo 2043 del Código Civil italiano tiene una razón de ser, no sólo histórica, sino también práctica. Su significado se ilustrará en los acápites subsiguientes. Hay que anotar desde ahora, sin embargo, que el deber resarcitorio que se deriva del hecho ilícito también está previsto en el artículo 1173 del Código Civil, donde se enumeran las fuentes de las obligacionesNT. La relación entre ambas disposiciones es de species a genus, en el sentido de que el artículo 1173 abre el libro de las obligaciones, indica las fuentes de éstas e incluye, entonces, además del “contrato”, al “hecho ilícito” y a “todo otro acto o hecho idóneo para producirlas de conformidad con el ordenamiento jurídico”. Por razones históricas, sistemáticas y de completitud, en el artículo 1173 no se podía ignorar el hecho ilícito, sin importar la circunstancia de que la regla relativa a él estuviera dada, específicamente, por el artículo 2043. Esta última no es una regla superflua, porque enuncia los presupuestos para que un hecho dañoso pueda ser considerado jurídicamente relevante, para dar lugar al deber resarcitorio. No hay que creer, obviamente, que la previsión explícita en un texto normativo sea la única razón o la razón determinante para hacer que un daño sea resarcido, y para que la víctima pueda obtener compensación. Donde no existen reglas codificadas –como en el common law–, el principio de responsabilidad ha sido elaborado sobre la base de reglas jurisprudenciales, atendiendo a que el mismo obedece a cánones morales, económicos y sociales. Por lo tanto, lo importante en lo dispuesto en el artículo 1173 del Código Civil italiano va más allá de un propósito sistemático, y consiste en lo siguiente: (i) La abolición de la distinción entre contratos y cuasicontratos, delitos y cuasidelitos. (ii) La previsión de que la obligación nace del “hecho” ilícito y no del “acto”. (iii) La fórmula de clausura (“todo otro hecho [...]”), con la cual se invoca la “conformidad al ordenamiento jurídico”. A decir verdad, esta última era la preocupación que resultaba más evidente para el GuardasigilliNT1 de la época, quien manifiesta interés en subrayar en su Relazione, con el énfasis retórico propio de su tiempo, más de palabra que NT NT1 Código Civil italiano: “1173. Fuentes de las obligaciones.- Las obligaciones derivan del contrato, del hecho ilícito o de todo otro acto o hecho idóneo para producirlas de conformidad con el ordenamiento jurídico”. El “ministro de justicia y gracia”. “Guardasellos” es voz reconocida en el diccionario de la Real Academia Española (RAE). sustancial, que “en la sociedad fascista, sólo el ordenamiento jurídico puede atribuir tales efectos a un acto o a un hecho”11. Por otro lado, la disposición bajo examen no hace otra cosa que recoger la evolución de la doctrina, que ya había repudiado la cuatripartición justinianea12. Desde el punto de vista terminológico, en cambio, la norma contiene y perpetúa un elemento tradicional: la referencia al “hecho”, y no al “acto”, ilícito, que puede ser motivo de sorpresa. En efecto, si se pretende afirmar que las obligaciones nacen por previsión del ordenamiento, y sólo si son conformes a este último, y sólo si guardan relación con la ley o con la voluntad privada, se debería haber empleado la expresión “acto”, en lugar de la de “hecho”, para poder comprender en el ámbito de la categoría de los actos con tales efectos al contrato (los actos unilaterales y otros actos) y al ilícito (y los otros hechos). En la Relazione al Re, precisamente, se intenta asimilar al acto ilícito, a título de responsabilità indiretta, el acto ilícito13. Esta operación “ortopédica” –llamémosla así– no ha imperado en la doctrina, y hasta hoy se considera que el texto del Código, por mencionar al “hecho” [fatto], es más correcto que el texto del autor de la Relazione, que corrige esa mención con “acto” [atto]. Por otro lado, la justificación que brinda el autor de la Relazione, es decir, la inclusión en la fórmula de supuestos de responsabilidad directa y responsabilidad indirecta, es también excesiva, porque –como habremos de precisar– la expresión “responsabilidad indirecta” carece de sentido, es conceptualmente errónea y ni siquiera es coherente con la sustancia de las cosas. Como agudamente se ha observado, no todos los títulos de imputación del deber de resarcir reposan “en el acto doloso o culposo del sujeto imputable, sino también en diversos presupuestos (relaciones con personas o cosas, ejercicio de actividades, titularidad de bienes)”. Existe, además, consonancia con la expresión “hecho dañoso” contenida en los artículos 2045, 2046, 2055 del Código Civil14. 11 12 13 14 Relazione del Guardasigilli, n. 19. GIORGIANNI, voz “Obbligazione (diritto privato)”, en Nss. Dig. it., vol. XI, Turín, 1965, p. 604. Relazione al Re, n. 21. RESCIGNO, voz “Obbligazioni (nozioni)”, en Enc. dir., vol. XXIX, Milán, 1979, pp. 149150. Más recientemente, BRECCIA, Le obbligazioni, en Trattato di diritto privato dirigido por Iudica y Zatti, Milán, 1991, passim. II. ASPECTOS HISTÓRICOS CONTENIDO: 1. Historia “interna” e historia “externa”.- 2. Historia comparada de las instituciones.- 3. Historia comparada de los ordenamientos.- 4. La historia interna. Ilícito, responsabilidad, daño.5. ¿Un núcleo común?.- 6. ¿Tres recorridos paralelos?.- 7. La lex Aquilia y su aplicación.- 8. Del Digesto a los iusnaturalistas.- 9. El viraje de Domat y Pothier.- 10. La regulación en el Code Napoléon.11. El Código Civil austríaco.- 12. El Código Civil italiano de la Unificación.- 13. La exégesis italiana.- 14. Las interrogantes de los exégetas italianos.- 15. La valorización del daño.- 16. El papel de la culpa en el período de la exégesis.- 17. La culpa omisiva.- 18. Los deberes de obrar en la jurisprudencia.- 19. La influencia de la pandectística.- 20. El viraje de fines del siglo XIX.- 21. Las dos tendencias básicas: unitariedad contra fragmentación.- 22. Los fundadores del nuevo derecho civil en el campo de la responsabilidad.- 23. El marco de la responsabilidad civil según la síntesis de los manuales.- 24. La preparación del nuevo texto del Código Civil.- 25. El Proyecto ítalo-francés de Código de las Obligaciones y Contratos.- 26. La nueva codificación italiana.- 27. Las líneas de evolución entre 1942 y la actualidad. 1. Historia “interna” e historia “externa”. El análisis histórico permite entender muchas cosas. Si se considera la cara “interna” de una institución, permite entender el origen de la etimología, de los conceptos, de las actitudes mentales, la evolución de la institución en sí misma y en sus relaciones con el ordenamiento; si se considera la cara “externa”, ocurre otro tanto con los orígenes de las reglas, su interconexión con la estructura y las exigencias del mercado, del tráfico y del comercio, con las exigencias de la vida en sociedad, pero también la dependencia de la institución de las corrientes de pensamiento (filosófico y religioso, in primis) que puedan haberse incorporado al bagaje cultural del jurista y que bien han podido orientar al legislador. ¿Cómo escribir la historia de la responsabilidad civil? No viene al caso indicar lo inoportuno que sería indicar aquí los puntos cardinales de la investigación histórica. Al civilista, además, no le es dado inventarse una nueva profesión. Habrá que remitirse, entonces, a los estudios ya existentes, que son numerosos, amplios y cuyos autores hacen gala de agudeza. Por otro lado, el campo del hecho ilícito, de la responsabilidad, del daño, es un campo “clásico”, y que, es más, resulta contemporáneo al nacimiento de las reglas jurídicas. Él guarda relación con problemas que no pueden eliminarse en ninguna experiencia. Es comprensible, por lo tanto, que una gran parte de los juristas se haya dedicado a la responsabilidad civil, siglo tras siglo, sin importar el área geográfica. Si tal es la situación, el problema consiste, más bien, en seleccionar las fuentes e informaciones, y en organizar la materia en un marco suficientemente coherente, pero que no sea muy tributario de la imaginación. No cabe duda que constituiría un error buscar en el pasado las huellas de un presente cuya lectura estuviese orientada, preorientada o planteada como tesis; en tal caso, el análisis histórico serviría, de un modo bastante instrumental, para justificar o legitimar la interpretación de los hechos actuales. Se trataría, en el fondo, de una operación ideológicamente connotada y, por ende, no menos falsa que falsificante. Este tipo de operaciones no es infrecuente en el campo de la historiografía. Basta recordar el empleo –sutilmente destacado por Eric Hobsbowm– de la idea de “tradición” o de la idea de “nación”. También es necesario cuidarse de caer en el exceso opuesto, es decir, en la actitud mecanicista, en la descripción de los estrictos nexos entre organización jurídica y organización política, económica y social15. Pero quien se vale de la sola óptica formal termina perdiendo de vista la consideración de una institución que también se comprende mediante un examen de su cara externa, como un conglomerado de reglas que son funcionales para con el sistema en su conjunto. De otra manera, se arribaría a la conclusión de que el ordenamiento posee una vida autónoma, desvinculada de la vida y realidad económica y social. Aunque ello pueda ser gratificante para los juristas formalistas, parece ser completamente equívoco para entender las decisiones de quien crea las reglas. Además, quien privilegia dicha perspectiva olvida, por encima de todo, que la lentitud con la cual los esquemas jurídicos se adecuan a las nuevas exigencias no es uniforme en todas las épocas ni en todos los sectores y ordenamientos: en algunos de éstos, los signos del cambio son más evidentes, mientras que en otros ellos deben buscarse con cuidado y habilidad. En algunos ordenamientos, los indicios son inmediatos, porque están incorporados en las decisiones tomadas en casos prácticos, y también debido a la ilustración explícita de las soluciones ofrecidas por los fundamentos de las sentencias; en otros, se prefiere recurrir a la ley especial, para dejar intactos 15 CAZZETTA, Responsabilità aquiliana e frammentazione del diritto comune civilistico (18651914), Milán, 1991, p. 11. los principios del Código, pero también para actuar con rapidez y para satisfacer la demanda de justicia social. Sin perjuicio de lo anterior, una verificación de carácter metodológico, pero a la vez sustancial, termina imponiéndose. El universo de la responsabilidad civil significa: elaboración doctrinal, reglas de los códigos, reglas jurisprudenciales, además de reglas contenidas en leyes especiales. Todos estos factores –que a juicio de algún autor pueden ser coordinados en un “sistema”– son funcionales para con la forma en la cual se han querido gobernar las actividades productivas de daño en una sociedad, no imaginaria, sino concreta, no pasada, sino existente, históricamente y geográficamente dada; en otras palabras, son funcionales para con la forma en la cual se ha querido distribuir el daño entre los sujetos que operan en dicha sociedad. Por lo tanto, más allá de la forma jurídica, la sustancia es de naturaleza económica y política. Rastrear la historia de la responsabilidad civil significa, entonces, rastrear la historia económica y política de aquella sociedad en particular, y de sus reglas de responsabilidad civil. Investigaciones de este último tipo no han sido ajenas a la cultura jurídica italiana, aun cuando se encuentren limitadas a ensayos y participaciones en congresos, sin haber dado lugar a estudios globales y orgánicos. Recuérdense, por ejemplo, las páginas de Stefano Rodotà sobre la “propiedad y la industria” en el siglo XIX16, así como las incursiones de los comparatistas en materia de tort law en Inglaterra y Estados Unidos17, o en las actas de los congresos académicos sobre estos temas18. Lo contrario ocurre en otras experiencias19, en las cuales la estricta correlación entre formas jurídicas y realidad económica es examinada sin cesar. 16 17 18 19 RODOTÀ, “Proprietà e industria. Variazioni intorno all responsabilità civile” (1978), ahora en Analisi economica del diritto privato, al cuidado de Alpa, Chiassoni, Pericu, Pulitini, Rodotà y Romani, Milán, 1998, p. 264. Además de los autores citados hasta este punto, véase: PONZANELLI, La responsabilità civile, cit. La responsabilità civile da atto illecito nella prospettiva storico-comparatistica, al cuidado de VACCA, cit. En los distintos estudios existentes se pueden distinguir entre los autores que prefieren recorrer la historia intelectual de los orígenes y de la evolución de la responsabilidad civil y los autores que muestran mayor sensibilidad frente a las conexiones entre fenómenos económicos y fenómenos jurídicos. Basta algún ejemplo, citado sin ninguna pretensión de cabalidad. En el sistema francés, para el primer caso, véase: VINEY, Introduction à la responsabilité, en Traité de droit civil bajo la dirección de Ghestin, 2ª. ed., París, 1995; H., L. y J. MAZEAUD, y F. CHABAS, Leçons de droit civil, Obligations, 9ª. ed., al cuidado de Chabas, París, 1998. Para el segundo caso: TUNC, La responsabilité civile, París, 1981; STARCK, ROLAND y BOYER, Obligations, 1, Responsabilité délictuelle, 5ª. ed., París, 1996. En el common law inglés, como es natural, se conjugan las dos perspectivas. Véanse, por ejemplo: MARKESINIS y DEAKIN, Tort Law, 4ª. ed., Oxford, 1998; CANE, The Anatomy of Tort Law, Oxford, 1997; ATIYAH, The Damages Lottery, Oxford, 1997; CONAGHAN y MANSELL, The Wrong of Tort, Londres, 1993; HARLOW, Understanding Tort Law, Londres, 1987. Normalmente, la historia de las instituciones –y de la responsabilidad civil, en particular– es una historia interna y, en consecuencia, será a ella a la que nos atendremos, de manera principal. No evitaremos subrayar, de todos modos, que la historia interna no es más que una cara de la medalla (la otra es la historia externa), y que no se puede pretender conocer la historia interna sin estar informados sobre la externa. Un ejemplo puede ser de utilidad en este punto. La regulación del daño ambiental, con la previsión de la responsabilidad a la que se refiere el artículo 18 de la Ley n. 349, de 1986NT, ha sido acuñada en el marco del debate –y solución política– que habían introducido los ambientalistas en una época en la cual la cuestión de los efectos nocivos de la producción industrial se podía plantear en los términos de una “internalización de las externalidades”; la responsabilidad del fabricante de bienes de consumo consiguió echar raíces después del decenio 19601970, y con mucha fatiga, porque la idea de la producción en masa aún no había sido asociada con la idea de un costo de los accidentes debidos a defectos de los productos; la responsabilidad en el transporte tiene una historia y lógica propias en el ámbito de los sistemas de reglas internacionales que tienden a proteger a los transportistas; la responsabilidad ferroviaria está íntimamente ligada con la visión favorable a la creación de la red de conexiones viales sobre rieles; y así por el estilo. En el plano ideal, toda explicación histórica de una institución refleja las concepciones históricas e ideológicas de quien se dispone a escribir al respecto. Para describir un sector del ordenamiento de la forma más global, se deberían distiguir varios planos: (i) La historia del texto y de sus interpretaciones. (ii) La historia de las ideas. (iii) La historia de los hechos, que constituye el plano más descuidado por los juristas e historiadores. NT En el common law estadounidense, véanse, en particular: LEVMORE, Foundations of Tort Law, Nueva York y Oxford, 1994; y RABIN, Perspectives on Tort Law, Boston, Toronto y Londres, 1990. Circunscribimos el campo al dato normativo en lo tocante a los análisis de algunos civilistas españoles, como por ejemplo, DE ÁNGEL YÁGÜÉZ, Tratado de la responsabilidad civil, Madrid, 1993. Lo mismo vale para los análisis de juristas suizos como DECHENAUX y TERCIER, La responsabilité civile, Berna, 1982; canadienses, como BAUDOUIN, La responsabilité civile, 5ª. ed., al cuidado de J. L. Baudouin y P. Deslauriers, Cowansville, 1998; y en el caso de un jurista alemán que ha trabajado en Sudáfrica: R. ZIMMERMANN, The Law of Obligations. Roman Foundations of the Civilian Tradition, Cape Town, Wetton y Johannesburg, 1992. El panorama alemán es complejo, y abarca distintas perspectivas. Por ejemplo: VON BAR, Gemeineuropäisches Deliktsrecht, cit., pp. 2 y ss. (de la edición en lengua inglesa); SCHÄFER y OTT, Lehrbuch der ökonomischen Analyse des Zivilrechts, 1ª. ed., Berlín, 1986. Ley N.° 349 del 8 de julio 1986, “que instituye el Ministerio del Medio Ambiente y normas en materia de daño ambiental”: “18. 1. Todo hecho doloso o culposo en violación de las disposiciones legales o de resoluciones adoptadas con base en la ley, que comprometa el medio ambiente, y ocasione daño a éste, alterándolo o deteriorándolo o destruyéndolo en todo o en parte, obliga al autor del hecho al resarcimiento frente al Estado”. 2. Historia comparada de las instituciones. No es necesario hacer profesión de fe acerca de la organización sistemática de un ordenamiento para darse cuenta de que, por lo general, la creación y la evolución de una institución no están separadas de la creación y evolución de otras. Por el contrario, se trata muy a menudo de episodios, tendencias y, por lo tanto, de historias que no corren en paralelo, sino que se intersecan entre sí. Ello sucede con la responsabilidad civil, que va de la mano con la propiedad y el contrato. Por lo menos a grandes rasgos, la historia comparada nos enseña que con una variedad de acepciones, terminologías y tesis, la orientación iusnaturalista – con la cual conviene empezar– promovía valores que hoy se expresan en términos de protección de la persona y de los derechos fundamentales de ésta. Así se penetraba en una dimensión individualista, en la cual el particular, considerado como sujeto de derecho y como propietario, podía disponer de sí mismo y de sus propios bienes mediante un acto de voluntad, y respondía de sus propios actos en tanto le fueran imputables, es decir, en tanto cumplidos conscientemente y con intención. La concepción subjetiva de la voluntad, la sanción como remedio a un acto doloso o culposo considerado ilícito por el ordenamiento, el resarcimiento satisfactorio, estaban estrictamente ligados con la defensa de la autonomía y de la propiedad. En la fase sucesiva, echa raíces la concepción de la propiedad como un derecho que tiene límites en la propiedad ajena y en las exigencias sociales: el nexo propiedad/empresa, por un lado, y el proceso de objetivación del contrato, por otro, hacen, entonces, que para la propiedad y el contrato surjan también aquellas tendencias “socializantes” que son resultado de la Revolución industrial. Pero tal nexo es aun más estricto desde el punto de vista formal, por la sola razón de que el contrato y la responsabilidad civil están vinculados con las obligaciones (que nacen de contrato o de cuasicontrato, de delito o de cuasidelito), mientras que la propiedad es asimilable al derecho subjetivo, del cual se dispone con contrato, y cuya lesión comporta responsabilidad. 3. Historia comparada de los ordenamientos. En esta historia, a forma de espiral, que va del interior al exterior, y que se amplía cada vez más hasta alcanzar los ordenamientos cercanos y aquellos en los cuales tiene lugar la circulación de los modelos mediante su trasplante, imitación o cotejo, la historia comparada brinda una gran materia de análisis. Aquí también se pueden seguir los caminos antes ilustrados: la trama del discurso estará constituida por la historia comparada de las ideas, de las reglas y de las sanciones a supuestos similares, y de las legislaciones. Por el momento, es conveniente detenerse en la historia de las ideas, y dejar los otros dos aspectos para el momento de analizar las cuestiones particulares. Puede destacarse una continuidad de ideas y, por lo tanto, de reglas en materia de responsabilidad civil, que se produce a través del estudio de la tradición y de la transmisión del saber en las distintas experiencias. Es, in primis, una tradición (de origen romanista) que se desarrolla en Europa continental. En Francia meridional se aplica el derecho romano; en Alemania se hereda el derecho romano; en los Estados italianos anteriores a la Unificación se crea una auténtica koinéNT, que tiene en los doctores un vehículo de transmisión de las fuentes del derecho civil. Los estudios históricos de jurisprudencia debidos a Gino Gorla documentan la circulación de ideas en todos aquellos ámbitos. Pese a las varias interpretaciones, el fenómeno permite que el modelo romanista se transmita de siglo en siglo20. Dicha fase es seguida por la fase de las codificaciones, en la cual estallan, decididamente, las características originales de cada ordenamiento. A ello se debe la formación de cuatro modelos distintos para la responsabilidad civil, a saber: el modelo francés, el austriaco, el alemán y el inglés. Los tres primeros tienen como característica la técnica de redacción de las reglas estrictas; el cuarto, la técnica de la argumentación de las soluciones casuísticas. Del siglo XIX en adelante las influencias recíprocas son frecuentes. En el common law: entre las experiencias de Inglaterra y Estados Unidos; en Europa continental: entre las experiencias francesa y alemana, y entre ambas y la italiana. La historia comparada de los ordenamientos, aun de modo tan sintético, brinda útiles argumentos para apreciar la influencia del derecho romano –o por mejor decir, de aquello que en el imaginario de los juristas de las distintas épocas se decía tomado o derivado del derecho romano– y las recíprocas influencias de las codificaciones. Pero ¿cómo se desarrolla el campo de la responsabilidad civil en la época industrial? Al respecto, puede rendirse cuenta de las orientaciones que parezcan, si no uniformes, cuando menos consonantes21. 4. La historia interna. Ilícito, responsabilidad, daño. El campo de la responsabilidad civil presenta algunas peculiaridades que lo diferencian de otros sectores del ordenamiento. (i) El uso metafórico de los términos. A diferencia de otros sectores en los cuales una institución se expresa de forma convencional y sintética con un término omnímodo (contrato, propiedad, sucesiones), el sector del cual nos ocupamos se caracteriza por algunas palabrasclave como, por ejemplo, “responsabilidad”, “ilícito”, “daño”. En el uso, estas expresiones adquieren un significado metafórico, dirigido a comprender la totalidad del campo, en lugar de indicar uno de sus segmentos o NT 20 21 Léase: “lengua común”. GORLA, Diritto comparato e diritto comune europeo, Milán, 1981, passim. Una análisis simplificado de ello se brinda en ALPA y BESSONE, La responsabilità civile, I, 2ª. ed., Milán, 1980, pp. 43 y ss., con referencias a las fuentes. una perspectiva de éste. Se trata de un fenómeno común a otros ordenamientos como el español y el alemán. Lo mismo ocurre con el ordenamiento francés, donde el sector es unívocamente señalado como “responsabilité civile” (o délictuelle), y con el inglés, donde es connotado con la expresión “tort law”, “law of torts”, raras veces con la locución “civil liability”, y casi nunca con los términos “damages” o “injuries”. En la experiencia alemana se habla, indistintamente, de Deliktsrecht, Schuldrecht, Haftungsrecht, Rechtswidrigkeit. (ii) La trilogía. En el medio italiano, dicha pluralidad de terminologías tiene –además del significado metafórico– una razón de ser propia. Ello es tan cierto que en las obras enciclopédicas se detectan, sistemáticamente, todas estas voces. ¿Se trata, acaso, de ópticas, de puntos de observación o de conceptos-base (los llamados “conceptos jurídicos fundamentales” de Wesley Newcomb Hohfeld) de los cuales no podemos apartarnos? ¿Es que no se les puede unificar? No se puede dar una respuesta unívoca a estas preguntas, pues cada respuesta presupone una concepción de “ilícito”, de “responsabilidad” y de “daño”, de las cuales se desprenden el orden y la coordinación de las tres nociones. Cada una de ellas puede asumir el papel de concepto-eje, alrededor del cual giran, o a partir del cual derivan, los demás. Si se parte del hecho ilícito o del comportamiento ilícito se tiene una responsabilidad que conduce al resarcimiento del daño; si se parte del daño, como menoscabo generado por un comportamiento, éste es jurídicamente relevante si es susceptible de ser calificado como ilícito y, por lo tanto, como fuente de responsabilidad; y si el discurso, en fin, comienza con la responsabilidad, es decir, con el deber resarcitorio, se desciende a la calificación del comportamiento o de la lesión del interés, y luego se pasa a la cuantificación de los efectos que deben ser remediados. (iii) La permanente relectura de las fuentes. En todas las épocas, los juristas releen las fuentes de su propio derecho. De forma tal se sedimentan interpretaciones, creencias, equívocos, tergiversaciones, ornamentos. La historia interna de las instituciones es también la historia de tales operaciones. Por lo tanto, en la indicación de las fuentes y de los intérpretes de éstas es necesario tener en cuenta el ambiente y la época en la cual se presentaron. (iv) La creación de las nociones. También las nociones –como se sabe– son fruto de la cultura del intérprete, que las copia, transmite y manipula de acuerdo con sus necesidades. Por tal razón, hay términos similares que no se corresponden con nociones similares, términos asonantes que no corresponden a significados idénticos, etc. Y ello es lo que ocurre con el ilícito, la responsabilidad y el daño. ¿Acaso las nociones “unitarias” reflejan, por otro lado, la realidad de las cosas, entendidas como el registro de lo que sucede? ¿Es correcto, por ejemplo, referirse a “la” responsabilidad civil, en singular? ¿No será más apropiado hablar en plural, de “las” responsabilidades, atendiendo a la pluralidad de los regímenes de responsabilidad?22. La respuesta a esta pregunta debe, cómo no, ser afirmativa. Sin embargo, hay que tener presentes dos consideraciones que salvan el empleo ordinario, en singular. Por un lado, con la expresión “responsabilidad” se indica también al sector en su totalidad; por lo tanto, en la mera denominación no es necesario especificar mejor los confines del mismo, ni su calificación, ni mucho menos la pluralidad de los regímenes. Por otro lado, los sectores especiales tienen también un núcleo común en su base, constituido por la terminología, la estructura del hecho ilícito, la dicotomía respecto de las reglas generales, etc. 5. ¿Un núcleo común? Existe, empero, un punto de partida unitario o unívoco, suministrado por la lex Aquilia, cuyo estudio ha sido objeto de una infinidad de análisis en el transcurso de más de dos mil años. Su trascendencia es de tal medida para nuestro campo que lo connota desde el punto de vista terminológico: hasta hoy, en efecto, la responsabilidad por hecho ilícito, o “extracontractual”, recibe la denominación de “responsabilidad aquiliana” en Italia, Francia, España y América Latina. Algo que es común a los problemas de responsabilidad civil en todos los ordenamientos y en todas las épocas históricas es la estructura conceptual, que se despliega en ciertas secuencias: a) calificación del acto (o de la omisión) que genera la responsabilidad (civil, penal, administrativa, contable, disciplinaria); b) producción del daño; c) correlación entre comportamiento y daño (nexo de causalidad); d) sanción (punitiva, restitutoria, resarcitoria). Sin embargo, dicha estructura está destinada a cambiar con el tiempo, dado que, como se verá más adelante, cada uno de los cuatro presupuestos o elementos de la hipótesis de responsabilidad ha sido sometido a discusión, con lo cual ha devenido innecesaria la presencia simultánea de los mismos para la afirmación del deber resarcitorio. Puede haber, en efecto, una responsabilidad que no derive de comportamientos (por ejemplo, la responsabilidad objetiva del fabricante); puede faltar la correlación estricta o causal (como en el caso de la responsabilidad causal o estocástica); el daño puede ser hipotético, futuro, condicional; la responsabilidad puede existir sin un daño (cuando su naturaleza es puramente sancionatoria). Existe, por lo tanto, una unidad conceptual de la responsabilidad (sea contractual, extracontractual, civil o penal, subjetiva u objetiva), así como una interdependencia entre responsabilidad, ilícito y daño. Una unidad que refleja aquella “estructura constante” de la responsabilidad extracontractual que, más allá 22 BIGLIAZZI-GERI, “La responsabilità o le responsabilità?”, en La responsabilità civile da atto illecito nella prospettiva storico-comparatistica, cit., pp. 195 y ss. de las precisiones, variaciones, evoluciones y reculs, se transmite a través de los siglos23. Y es necesario tener siempre en mente una preciosa enseñanza: “nuestros conceptos son instrumentos fabricados en las formas requeridas por los propósitos para los cuales los usamos”24. 6. ¿Tres recorridos paralelos? La señalada tricotomía del sector de la responsabilidad se ha venido delineando recientemente. Así nos lo enseñan la historia del hecho ilícito, la historia de la responsabilidad civil y la historia del daño. Acerca del ilícito y de su reducción a fórmula alternativa a la responsabilidad se han planteado argumentos convincentes25, en el sentido de la distinción de las esferas de operatividad de los dos conceptos. En la práctica, sin embargo, ambos conceptos han terminado identificándose o convirtiéndose en sinónimos. En cuanto al hecho ilícito, es sabido que él no existía como categoría general en el derecho romano antiguo y clásico. Los actos ilícitos, sin importar su naturaleza privada, tenían una calificación penal, y el responsable sufría una pena equiparable a la lesión patrimonial causada o a un múltiplo de ésta. El punto de partida para una expansión de la categoría, como forma capaz de comprender también supuestos “civiles”, se presenta con la aplicación extensiva de la lex Aquilia, del siglo III a.C. (se discute sobre su datación precisa, que muchos establecen en el 286 a.C.). Ya en aquel entonces, la distinción podía considerarse actual: se distinguía el licere del non licere, es decir, el acto de comportamiento aprobado del no aprobado por el ordenamiento. Sobre este punto, también se pretende distinguir entre ilicitud y antijuridicidad, las cuales corresponderían a las fórmulas non iure y contra ius; empero, a pesar de que esta segunda distinción pueda parecer correcta filológicamente y conceptualmente26, se debe tener en cuenta que ella ha sido superada en el lenguaje del derecho civil de nuestros días. La cercanía entre la responsabilidad extracontractual y la responsabilidad contractual, y, por lo tanto, la comprensión en el ilícito aquiliano de la violación de la obligación frente al acreedor, tuvo lugar en el período romano clásico, durante el cual se concedía al acreedor una actio rei persecutoria, para que pudiera 23 24 25 26 BRANCA, “Struttura costante della responsabilità extracontrattuale attraverso i secoli”, en Studi in onore di Edoardo Volterra, Milán, 1971, pp. 99 y ss. HONORÉ, “Necessary and Sufficient Conditions in Tort Law”, en Philosophic Foundations of Tort Law, al cuidado de D. Owen, Oxford, 1995, p. 375. Véase: R. SCOGNAMIGLIO, voz “Illecito (diritto vigente)”, en Nss. Dig. it., vol. VIII, Turín, 1962, pp. 164 y ss. Véase: ALBANESE, voz “Illecito (storia)”, en Enc. dir., vol. XX, Milán, 1970, p. 52. dirigirse contra el deudor hasta que la obligación quedase extinguida con el cumplimiento27. 7. La lex Aquilia y su aplicación. El análisis histórico y, en especial, la investigación de las fuentes romanistas tiene un triple valor para los civilistas28. No sólo sirve para hacerse una idea de la terminología y conceptos generalizados en la cultura jurídica propia, ni sólo para entender por qué el esquema de las reglas fundamentales ha llegado hasta hoy, a pesar de remontarse a muchos siglos atrás; sirve también para comprender la influencia de la doctrina romanista en la construcción de los modelos jurídicos, y, en particular, en el modelo italiano; sirve para constatar cómo la fantasía de los juristas llega a materializar –como en una hipóstasis– las reglas auspiciadas, que son derivadas de una tradición limitada, manipulada, alterada, remodelada según las propias necesidades y organizada según los fines perseguidos. Ya la jurisprudencia del período romano clásico había comenzado a manipular las fuentes. Después de Ulpiano29, ella se interroga, igualmente, sobre el significado de lo afirmado en tales fuentes. Aquí se puede advertir que la terminología imperante no se refiere tanto a la responsabilidad, sino más bien al damnum y a la iniuria, donde el término iniuria es entendido como “aquello que ha sido hecho non iure o contra ius”30. En las XII Tablas, los supuestos de iniuria son diversos y típicos; en la edad clásica, por el contrario, se comienza a deducir de las fuentes una regla de alcance general sobre el daño y la sanción penal de éste31. También se remonta al período clásico la conexión de la actio legis 27 28 29 30 31 PUGLIESE, “Relazione finale”, cit., p. 362; CANNATA, “Sul testo della lex Aquilia e la sua portata originaria”, en La responsabilità civile da atto illecito nella prospettiva storicocomparatistica, cit., pp. 25 y ss. En las páginas que siguen se retoman los resultados de algunas investigaciones realizadas, principalmente, por autores italianos; investigaciones que me parecen las más exhaustivas y fiables, si comparadas con las llevadas a cabo por autores extranjeros contemporáneos. En la medida de lo posible, se ilustra el aporte de las fuentes directamente consultadas. Son útiles, de todas maneras, las obras de carácter general, encaminadas a reconstruir el ambiente cultural e institucional en el cual se desarrollan reglas y principios que encuentran sus raíces en el pasado, como la Introduzione storica al diritto privato, de VAN CAENEGHEM, Bolonia, 1992, y la Introduction historique au droit des obligations, de GAZZANIGA, París, 1992 (en especial, las pp. 213-275, dedicadas, justamente, a la responsabilidad civil). Las obras monográficas dedicadas a la responsabilidad civil van acompañadas, por lo general, de una introducción histórica al sector. En cuanto a los tratados, estos tienden a remontarse al Código Civil italiano de 1865. VISINTINI, Trattato breve della responsabilità civile, cit., cap. I, dedica una particular atención a las páginas de Domat y Pothier, así como, naturalemente, a la redacción del Code Napoléon. Por su parte, CASTRONOVO, La nuova responsabilità civile, cit., cap. I, resalta los modelos de referencia de la cláusula normativa general de la “injusticia del daño”, en el Code civil y en el BGB. En el pasaje de D. 9, 2, 1 pr. CANNATA, “Sul testo della lex Aquilia e la sua portata originaria”, cit., p. 36. Cfr. PAULO, Coll. 2, 5, 5. Al respecto, véase CANNATA, op. cit., p. 30. Aquiliae con una función persecutoria de la cosa y, por lo tanto, resarcitoria, de tal forma que la acción asume un carácter mixto32. Sin embargo, y según las contribuciones más recientes, iniuria indica lo que no es “conforme”, es decir, aquello que no es justificado por el derecho; y lo que no es conforme es el comportamiento, no su efecto: se trata del “acto” y no del “daño”. En la reconstrucción histórica de las fuentes, la expresión iniuria asume tres distintas acepciones: (i) ilicitud del comportamiento dañoso; (ii) culpa, o sea, conducta que viola los límites impuestos por la ley; (iii) contrariedad a la ley. Pero más allá de todo ello, lo que verdaderamente asombra en la lex Aquilia es su originalidad, porque es a partir de esta ley que “el autor del ilícito no queda sujeto a una pena, sino que es gravado con la obligación de pagar una suma de dinero33. Se trataba de una obligación para la protección de la propiedad, porque al no poderse rehacer el bien dañado o destruido, surgía un crédito en la persona del propietario frente al dañador. La cuantificación del daño estaba estrictamente ligada con la obligación resarcitoria. Siempre según la lex Aquilia (los capítulos primero y tercero, en particular), los juristas se enfrentaban en la búsqueda del significado de la “cláusula condenatoria”. Inicialmente, se trató de valorizar el corpus destruido o dañado: la lex Aquilia defendía la propiedad y, por lo tanto, era concedida al dominus para que éste obtuviera la suma necesaria para sustituir la cosa destruida o dañada; el objeto de la iniuria era, entonces, la cosa en su materialidad (o la lesión física), mas no el patrimonio34. Sólo con Justiniano, una vez superado el período intermedio, se logra efectuar la aestimatio con el criterio del id quod interest35, el cual resulta de dos factores: (i) el valor del corpus y (ii) la causa rei, es decir, el valor para el propietario. El segundo factor sirve también para compensar las consecuencias del daño, como ocurre, por ejemplo, si por efecto de la destrucción de una cosa se pierden otras utilidades. La gran transformación de la concepción arcaica en la concepción moderna transcurre lentamente, pero constantemente a la vez, y abarca nada menos que cinco siglos. Es necesario arribar a Gayo, en el siglo II d.C., para la precisión de los confines de la noción de daño: “si plus dominus capiat damni id quoque aestimatur”36. Y se remonta a la época de los Severos la concepción del daño como “pérdida patrimonial” (amissio), consistente, sea en el valor destruido, sea en la suma que se ha debido pagar a causa del ilícito. Todo queda confinado a la patrimonialidad, y no se reconoce ninguna relevancia al daño moral. A través de sucesivas fictiones, la actio aquiliana se extiende incluso a los no propietarios, al 32 33 34 35 36 CANNATA, op. cit., p. 34. Ibid., p. 55. VALDITARA, “Dall’aestimatio rei all’id quod interest nell’applicazione della condemnatio aquiliana”, en La responsabilità civile da atto illecito nella prospettiva storicocomparatistica, cit., pp. 77 y ss. Ibidem, cit., p. 78. GAYO, 3, 212, citado por VALDITARA, op. cit., p. 84. mismo tiempo que la concepción del daño se va acercando a la moderna VermögensdifferenzNT, que consiste en valorar la diferencia entre la situación jurídica original y la situación generada a consecuencia del ilícito37. También se remonta a la época de los Severos la finiquitación del cuadro de reglas y directrices presentes en casi todos los ordenamientos: la culpa, como presupuesto de la responsabilidad; la función mixta de la responsabilidad (sancionatoria y resarcitoria); el daño, a ser cuantificado según el interés del acreedor38. Este cuadro emerge del Digesto, no de las Instituciones, y es tomado en consideración por los juristas franceses que inspiraron el Code civil. Pero no se debe olvidar que, por largo tiempo, las reglas jurídicas han estado acompañadas de reglas morales; es más, muchas reglas jurídicas reflejan reglas morales. Los juristas se apropian de estas últimas, como ocurre con uno de los preceptos éticos fundamentales (alterum non laedere), formulado de manera general y abstracta39. A las mismas conclusiones arriban los autores que se han ocupado del ilícito contractual y extracontractual40. 8. Del Digesto a los iusnaturalistas. Tratándose de un cuadro de reglas racional y lineal, además de completo, es fácil comprender por qué en los tres siglos que separan la compilación justinianea de las primeras codificaciones civiles no hay innovaciones de gran importancia, de modo que los comentaristas han podido afirmar que la interpretación de las fuentes en el período medieval no aporta “innovaciones radicales”41. Sin embargo, en la fase que llega hasta Hugo Grocio –considerado el punto divisorio entre el pasado y el presente– se realiza el intento de transformar en autónoma la “provincia” de la responsabilidad civil, y de introducir nuevos aspectos sistemáticos de la materia. Es así como se procede al reconocimiento de una nueva dimensión de la función penal sancionatoria, a la extensión de la hipótesis general de daño (actio in factum ex lege Aquilia), a la confirmación de la culpa como presupuesto subjetivo siempre presente, a la extensión de la noción de daño hasta comprender en ella al daño NT 37 38 39 40 41 Léase: la “teoría de la diferencia patrimonial”. VALDITARA, op. cit., p. 87. CERAMI, “La responsabilità extracontrattuale dalla compilazione di Giustiniano a Ugo Grozio”, en La responsabilità civile da atto illecito nella prospettiva storicocomparatistica, cit., p. 105. ULPIANO, D. 1, 1, 10, 12. Véase: CRIFÒ, voz “Illecito (diritto romano)”, en Nss. Dig. it., vol. XIII, Turín, 1962, p. 156, quien sigue aquí la tesis de Emilio BETTI, La struttura dell’obbligazione romana e il problema della sua genesi, 2ª. ed., Milán, 1955, pp. 192 y ss. En contra: BRASIELLO, Corso di diritto romano, Milán, 1957, passim. CERAMI, “La responsabilità extracontrattuale dalla compilazione di Giustiniano a Ugo Grozio”, cit., p. 107. moral, y a la distinción precisa entre daño contractual y extracontractual42. Todo ello, por obra de Baldo, Accursio, Bártolo, Azzone, Donello, Alciato. Los historiadores ilustran, además, el régimen de la responsabilidad civil en el derecho longobardo, que originalmente se orientaba a una concepción objetiva de la responsabilidad; en tal sentido, hacen referencia al derecho canónico y, en especial, al Decretum de Graciano43, en el cual, retomándose el magisterio de San Agustín, se exalta la voluntad libre y la conciencia del hecho ilícito, de las cuales derivará la fórmula, casi mítica, de la “capacidad de entender y de querer”44. En el período del derecho intermedio la noción de culpa termina de definirse, y se precisa su tripartición en lata, levis y levissima45. El estudio de Grocio se desarrolla en el libro II de su obra De iure belli ac pacis. El agudo jurista explica allí el significado de “maleficium”, entendido como conducta ilícita culposa, y de “damnum”, como lesión del patrimonio o de la integridad física o moral de una persona. “Ilícito”, “culpa”, “daño”, pasan a ser los términos cardinales del episodio cultural que representa la responsabilidad civil. Por su parte, Samuel Pufendorf asocia la responsabilidad civil con el deber resarcitorio: daño y resarcimiento son las palabras-clave de su construcción iusnaturalista; el deber deriva de la convivencia humana, y no –como iban a afirmar Thomasius y Wolff– de la justicia conmutativa. Pufendorf enumera también los bienes protegidos: la vida, el cuerpo, el honor sexual, el honor en general, la libertad46. Esta enumeración cobra un doble valor: el de un marco de los valores fundamentales y, por lo tanto, de las pretensiones básicas de todo individuo, y el de un elenco de los temas que también son protegidos mediante las reglas de responsabilidad civil. Un eco de ello se percibe en el actual § 823 del BGB. La imputación del deber resarcitorio se funda en la intención (dolo) o en la negligencia (culpa). En el sistema de Pufendorf, lo central es la imputación del deber resarcitorio, es decir, el nexo causal ligado con el estado subjetivo de la persona, que implica la ausencia de constricción en la misma. Pero ya en la obra de Pufendorf (a diferencia de la de Grocio) se perfila la idea de que se puede responder sin culpa, cuando aquel que crea las condiciones del daño ha hecho ello para obtener provecho, tal cual ocurre con el propietario de un animal47. Los autores que cooperan en la edificación de la responsabilidad civil son por demás numerosos. En la obra de Mario Viviani, Rationale Institutionum juris civilis48, el libro IV está dedicado a las obligaciones que nacen de delito, y allí están citadas –junto 42 43 44 45 46 47 48 Ibid., p. 108. C. 3, C. XXII, 2. MASSETTO, voz “Responsabilità civile (diritto intermedio)”, cit., p. 1105. Ibid., p. 1135. KUPISCH, “La responsabilità da atto illecito nel diritto naturale”, en La responsabilità civile da atto illecito nella prospettiva storico-comparatistica, cit., p. 127. Véase: MASSETTO, voz “Responsabilità civile (diritto intermedio)”, cit., pp. 1062 y ss. Publicada en Roma, en 1623, pp. 302 y ss. con Santo Tomás, San Agustín y el Gorgias de Platón– aquellas prácticas en las cuales las acciones humanas (y sus efectos), teniendo en cuenta el libre arbitrio, se asocian con la voluntad: “id dicitum positum in nostra facultate est positum”. El autor examina algunas figuras de ilícitos: el hurto, el robo y, finalmente, el daño, que por distinguirse de las demás figuras, se considera regulado por la lex Aquilia. Aquí tiene importancia, por encima de todo, la problemática –también examinada a la luz de las Escrituras– sobre la posibilidad de sancionar el daño ocasionado en la autodefensa. En el haz de obligaciones que surgen del “cuasidelito” se plantean algunos ejemplos (hospedantes, transportistas, etc.); pero en todos estos casos, se realza el “carácter personal” de la acción (“delictum unius non debet alteri imputari”), que permite resolver la cuestión de la responsabilidad por hecho ajeno, la cual deriva de la “culpa propia”, porque alguien se ha servido de las prestaciones de personas que no eran expertas ni confiables. Reviven, entonces, y en otras palabras, el problema de la autorresponsabilidad, el de la imputación del daño, el de la responsabilidad por hecho ajeno. No menos importante, por la amplia difusión de su manual en Italia, es el pensamiento de Johann Gottlieb Heinecke49NT. Si se considera el tratamiento que este autor reserva a los hechos ilícitos50, se puede constatar que, más allá del tributo a la tradición –especialmente en la dispositio de las materias analizadas–, él teoriza tanto una concepción absolutamente subjetiva de la responsabilidad civil, cuanto el papel indefectible de la culpa, así como la naturaleza marginal de las excepciones a la responsabilidad que nace del hecho propio. Heinecio es sistemático en la descripción de las figuras de ilícito. Trata de los delitos y de los cuasidelitos; tipifica las características de éstos, y evita, por lo tanto, la teorización de una figura general de ilícito, que en la tradición francesa, en cambio, sí permitirá arribar a las cláusulas normativas generales. Heinecio inicia su discurso en el libro IV de sus Recitazioni, con una descripción de las obligaciones que nacen de delito. El hecho creador de obligaciones puede ser lícito o ilícito. El hecho lícito nace de la voluntad de las partes (y toma el nombre de “convención”); el hecho ilícito, en cambio, toma el nombre de “delito” o “maleficio”. El autor subraya que en las Instituciones de Justiniano, el capítulo sobre los delitos hace referencia exclusiva al furtum; de aquí la necesidad de integrar el estudio, sea con el análisis de otras figuras de ilícito, sea con una premisa de carácter general. Ahora bien, dicha premisa atañe tanto a los delitos cuanto a los cuasidelitos; entre los delitos (que hacen referencia, como se apresura a precisar el traductor italiano, a los hechos clasificados como reati) se distinguen, luego, los delitos 49 NT 50 HEINECCIUS o EINECCIO (1681-1741). La fama de HEINECKE, conocido entre nosotros como HEINECIO, dio pie a una edición peruana de su obra: Elementos de derecho natural y de gentes, traducida del latín al castellano, con castigaciones y notas, por P. J. C., catedrático de Derecho en el Colegio San Agustín de Ayacucho, Imprenta de Braulio Cárdenas, 1832. De ello, y de la ascendencia del pensamiento de este jurista, brinda abundante cuenta F. DE TRAZEGNIES GRANDA, La idea de derecho en el Perú republicano del siglo XIX, 1ª. ed., 1ª. reimpresión, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, 1992, pp. 77 y ss. Cfr., por ejemplo, la edición napolitana de sus Elementa-juris civilis secundum ordinem Institutionum, 1778, pp. 349 y ss., y la traducción italiana, titulada Recitazioni di diritto civile secondo l’ordine delle Istituzioni di Giustiniano, obra póstuma, al cuidado de A. L., Nápoles, 1830, pp. 163 y ss. del libro IV. verdaderos (cometidos con dolo) y los cuasidelitos (cometidos con culpa). También se distinguen los delitos públicos, que atentan contra la seguridad del Estado y los delitos privados, que atentan contra el “patrimonio de los ciudadanos”. En la definición general (“el delito es un hecho ilícito y espontáneo, por efecto del cual alguien está obligado a sufrir una pena, y a una restitución, si fuera posible”), “hecho” es distinto de “pensamiento”. Por lo tanto, el hecho se traduce en algo aparente, exteriorizado (un pensamiento que se ha puesto en práctica, mediante acciones), que se ha traducido en un “acto”. “Ilicitud” significa violación de una “ley prohibitiva civil o natural”. Debe tratarse de un hecho (= acto) “espontáneo”, que no debe derivar de coacción. La restitución tiene lugar sólo cuando existe posibilidad de realizarla: no hay derecho a la restitución si el hecho ha suscitado la muerte de una persona. La claridad conceptual de Heinecio, cuando se leen sus páginas, es asombrosa. ¿Cómo no sentir en estos pasajes el eco de la primera parte de la definición de “daño injusto”, como daño inferido contra-jus? Entre los delitos, después del furtum (§§ 1039 a 1070), el robo (§§ 1071 a 1079), y de las acciones que se reconocen para reprimirlos, y para obtener una compensación, Heinecio trata sobre la lex Aquilia y la iniuria. En damnum iniuria datum es definido como “toda disminución patrimonial ocasionada, sin ningún derecho, por un hombre libre”. Es aquí donde se siente el eco de la segunda parte de la definición moderna de “daño injusto”, como daño inferido non jure. La disminución patrimonial también puede verificarse por efecto de la comisión de otros delitos, como el de dar muerte a una persona. En este punto, el autor precisa que concurrirían dos o más acciones. El interés que se protege es el patrimonio; el daño no debe ser justificable (non jure factum), es decir, no debe derivar del ejercicio de un derecho. Es indiferente que el daño derive de un acto realizado con dolo, con negligencia grave o con culpa levísima: in lex Aquilia et levissima culpa venit. El hecho se clasificará como delito o cuasidelito, de acuerdo con la gravedad de la culpa. El autor prosigue con la descripción del ilícito, para lo cual retoma ejemplos y temas de las fuentes romanas (daño provocado por siervos o animales, daños a los árboles, a las cosas de la casa); finalmente, se habla del daño a la persona, por el cual el culpable debe resarcir los gastos ocasionados por las curaciones, el lucro cesante y los daños emergentes. Llegados a este punto, Heinecio –frente a quien un lector distraído y llevado a la mano a través de las fuentes podría argumentar que para la época era suficiente aportar las necesarias actualizaciones a la interpretación de las fuentes romanistas, a fin de obtener de ellas preceptos directamente vinculantes– asesta un golpe sorpresivo: se pregunta si la lex Aquilia aún es actual, y prosigue, retóricamente, sacando a la luz todos los aspectos caducos de la materia examinada: ya no se distinguen a los siervos ni a las bestias cuadrúpedas de las otras, ya no se distingue entre el daño ocasionado corpore o con otros medios, ya no se duplica la pena en caso de negativa a reconocer la comisión del daño, etc. En lugar de rescatar lo que queda de bueno en las fuentes, en lugar de reanimar los vestigios del tiempo pasado, la solución, aunque podría pecar de simplicidad, es drástica: la moderna acción de daño cometido deriva “no ya de la lex Aquilia”, sino del “derecho natural y de los estatutos de la patrística”. Luego prosigue citando la obra de Thomasius. Posteriormente, se analiza la injuria, es decir, el ultraje, la lesión del honor, etc. (§§ 1096 a 1111). Al final, se arriba al estudio de las obligaciones que nacen de los cuasidelitos (§§ 1112 a 1125). Heinecio comienza también una polémica con Georg Struve, relativa a la definición de cuasidelito. Imbuido de su propia concepción subjetiva del ilícito, Heinecio no puede admitir que se responda por hecho ajeno (como imputa a Struve), aunque medie culpabilidad. Corrobora, igualmente, la definición de los cuasidelitos como “hechos ilícitos cometidos por mera culpa, pero sin dolo”. De tal forma, si el inquilino responde por los daños de su siervo, no es porque responda del hecho ajeno, sino de un hecho propio, por no haber “admitido en casa a personas más diligentes”. El análisis se interrumpe en este punto, porque lo que sigue es la descripción de seis figuras de cuasidelito: la del juez infiel, en tanto corrupto, ignorante o falto de probidad; de las cosas esparcidas o lanzadas (de effusis et deiectis); de las cosas suspendidas y colocadas en lugares de paso; de los marineros; de los hospedantes; de los encargados de las caballerizas por los daños ocasionados a las cosas de los clientes; la “piedad interpretativa” (o favoritismo); y la disimulación consistente en el hecho de haber consentido a la comisión de un delito. Pasemos a los interlocutores de Heinecio. Entre ellos tenemos a Struve51, cuya obra Jurisprudentia romano germanica forensis52 alcanzó gran difusión en Italia. En relación con los delitos, Struve recorre las divisiones romanas53. En lo tocante a la definición general de “delito”, insiste en el “factum in se illicitum”, cometido espontáneamente, en violación de una prohibición legislativa, de cuya comisión surge el deber de resarcimiento y de someterse a la sanción. Después del furtum y de la iniuria, Struve trata del damnum iniuria datum, que constituye la lesión de la persona o del patrimonio con dolo o culpa, incluso con culpa levísima. La preocupación del autor es precisar que este delito probado (para el cual se invocan los pasajes de la lex Aquilia) es actualmente resarcido con una suma de dinero, que, en el caso de la lesión física, no sólo consiste en el reembolso de los gastos médicos y de las consecuencias que comportara la lesión en el plano laboral (operae, quibus quis caruit aut carituris est ob vulnus), sino también una estimación del dolor, de las cicatrices y las deformidades, si estas se evidenciaran en la demanda del damnificado. Pocas páginas más adelante, Struve se ocupa del cuasidelito. Su definición es extremadamente general: el cuasidelito consiste en toda culpa en la que se responda por hecho ajeno54. Los casos ejemplificativos son los mismos de Heinecio. Pero todo el problema radica en lo siguiente: en la admisibilidad de responder por hecho ajeno, y no por hecho propio. La modernidad de Struve radica en el hecho de que no se remite, a toda costa, a la culpa subjetiva del responsable. En la obra de Grocio también se encuentra la distinción entre casus y culpa: la culpa presupone la conciencia y la actividad, aun en ausencia de la voluntad de dañar: “Culpa affinis est qui in se habet agendi principium”, retomado de la ética 51 52 53 54 Georg Adam STRUVE (1619-1692). XVI ed. Frankfurt am Main, 1739, lib. III, tít. XXIII, pp. 436 y ss. Lib. III, tít. XXVI, p. 442. Lib. III, p. 514. aristotélica55. Se debe a Grocio, igualmente –y al momento de tratar el daño por iniuriam dato, del cual surge la obligación–, la premisa de que el resarcimiento es la obligación que surge naturaliter, cuando se ha inferido un daño. Una importancia no menor es la que revisten las páginas de Arnoldo Vinnio56, también muy difundidas entre los juristas italianos57, y utilizadas en la enseñanza del derecho civil hasta la primera mitad del siglo XIX. De Vinnio se utilizaban, sobre todo, los cuatro libros de Institutionum imperalium commentarius accademicus et forensis58, con notas y apuntes de Heinecio, así como los cuatro libros de Partitionum juris civilis59. En estas obras se sigue adoptando la dispositio de las fuentes romanas. A propósito de la responsabilidad derivada del hecho ajeno, Vinnio se refiere a los daños por cosas y a los daños por animales. En todo caso, no hace mención de la necesidad de una culpa como presupuesto de la responsabilidad por daños. Tampoco Johannes Voet (1647-1714) brinda particulares sorpresas en materia. En sus Commentarius ad Pandectas60, define el “delito” como una ofensa causada verbalmente o con acciones, por dolo o culpa y contra jus. Pero la descripción de las hipótesis tiene que ver, principalmente, con los delitos contra la persona y el patrimonio. El problema de la necesidad de una culpa personal para responder de los hechos ajenos se mantiene sin solución hasta la codificación civil italiana de 1865, en la cual se reproduce –como es sabido– el régimen del Code Napoléon, y se realiza una mezcla entre dos tesis opuestas, a pesar de que se abraza, cuando menos literalmente, la tesis contraria a la culpabilidad, en tanto se establece que no sólo se responde del daño causado por hecho propio, sino también del hecho de las personas de las cuales uno es responsable, y de las cosas que se tienen bajo la propia custodia. Por otra parte, en los textos empleados por los juristas prácticos (cultos y pacientes traductores), o entre los mismos estudiantes de los cursos de Derecho Civil de aquella época, no se hace otra cosa que reproducir –resumiéndolos– los preceptos de las fuentes romanas. Ejemplo de ello es el pequeño volumen de Carlo Redi61, quien retoma la definición de delictum como “omne factum illicitum sponte contra jus admissum”, así como la descripción de las figuras de delitos (hurto, robo), el daño ex ley Aquilia, y las injurias (sin hacer ninguna referencia, por otro lado, al derecho que se aplicaba en aquel tiempo). En la parte final, el citado autor se ocupa de los cuasidelitos. En la obra de Redi se citan también los ejemplos acostumbrados (el juez que juzga mal, las effussiones et deiectiones, posita et suspensa; las obligaciones de los hospedantes, transportistas, etc.). 55 56 57 58 59 60 61 GROCIO, De jure belli ac pacis, Amsterdam, 1646, p. 289. Vivió entre 1588 y 1657. Así lo ha destacado ORESTANO, en su Introduzione allo studio del diritto romano, Bolonia, 1987, p. 81. Nápoles, 1771, pp. 770 y ss. Venecia, 1793, pp. 185 y ss. Colonia, 1778, lib. XLVII, tít. I, p. 802. REDI, Istitutiones juris civilis, Florencia, 1841, pp. 225 y ss., en el lib. IV, tít. I. Ya estamos en condición de constatar, aunque sea con meros apuntes, que las fuentes romanas, al prestarse a diversas lecturas y manipulaciones, fueron empleadas para fundar tanto el principio “no existe responsabilidad sin culpa”, cuanto el principio opuesto, que admite la responsabilidad por hecho ajeno de cosas, animales o de personas dependientes, sin necesidad de demostrar la culpa personal del obligado al resarcimiento. En lo que atañe a la identificación de las figuras de ilícito, y teniendo en cuenta el predominio de las fuentes romanas en esta sede, se sigue la técnica casuística, y se construye, por lo tanto, un sistema de figuras “tipificadas”. ¿Cómo, entonces, es que tiene lugar el salto, el apartamiento entre el sistema (al menos formalmente) típico y el sistema (al menos formalmente) atípico? Los iusnaturalistas son los primeros en abrir las puertas a la nueva concepción de la responsabilidad civil. No existe una separación de la tradición romana, sino más bien una distinta forma de organizar la materia. Existen, por un lado, los modelos de código de raíz iusnaturalista; por otro, los modelos nacionales, como el Code Napoléon; y por otro, en fin, los modelos dogmáticos, como el BGB. 9. El viraje de Domat y Pothier. El cambio de rumbo tiene lugar con Jean Domat y Robert-Joseph Pothier. El primero continúa describiendo, minuciosamente, las hipótesis de ilícito, pero hace que esta descripción prescinda de la noción “general” de hecho ilícito. El segundo realiza una simplificación ulterior, y traza, con carácter general, las reglas de los delitos y cuasidelitos, con insistencia, sobre todo, en la imputabilidad. A diferencia de los autores examinados hasta este punto, Domat62 parte de una noción amplia y unitaria de “hecho” ilícito. Él no sólo considera los hechos expresamente prohibidos por las leyes, sino todos aquellos hechos que se muestran contrastantes con la equidad, la honestidad y las buenas costumbres, “aun cuando no existan leyes que los prevean”63. Así empieza a delinear una noción de ilicitud (que trataremos más adelante) en la cual prescinde de la referencia a una estricta esfera de normativas particulares, para informar, de por sí, la evaluación global del comportamiento. En otras palabras, Domat propicia la creación de una “cláusula general” propiamente dicha64. Y ello porque, según explica el autor, “todo lo que es contrario a la equidad, a la honestidad o a las buenas costumbres, es contrario a los principios de las leyes divinas y humanas”65. Más adelante, Domat añade una consideración justificadora de estas reglas: se trata del orden que vincula a los seres humanos en la sociedad, que los obliga, “no sólo a evitar causar daños a alguien personalmente, sino que obliga a cada cual 62 63 64 65 Vivió entre 1625 y 1696. J. DOMAT, Les loix civiles dans leur ordre naturel, lib. II, tít. VIII, en ID., Œuvres complètes, nueva ed. al cuidado de J. REMY, t. I, París, 1835, p. 467. Ibid., p. 473. Ibid., p. 470. a mantener todo lo que posee en un estado tal que no dañe a otro”66. En estos términos se ordena la convivencia social, que requiere predisponer sanciones y resarcimientos para los daños que puedan generarse para terceros, ya sea por hecho propio, o por el hecho de personas mantenidas bajo dependencia personal, o por el hecho de las cosas que nos pertenecen, o por los animales que empleamos. Es en este microcosmos donde nacen las reglas del Code civil. Los miembros de la sociedad necesitan asegurar una vida social tranquila, y ésta se consigue vigilando a cada uno en aquello que pueda ser controlado: en su comportamiento propio, en su patrimonio, las personas o animales que dependen de él. He aquí, finalmente, las razones explícitas de este singular régimen. Al describir los hechos ilícitos, Domat no se refiere inmediatamente al daño. Éste es mencionado en el ámbito de las obligaciones (es decir, de los compromisos o vínculos: engagements) que se crean sin un vínculo contractual precedente; se trataría –como diríamos hoy– de un daño “al margen del contrato”. Domat trata, entonces, de la entrega de cosas o de sumas en dinero que no se deben, efectuadas por motivos ilícitos o recibidas por motivos ilícitos. En su clasificación, inherente a las culpas que pueden ocasionar un daño, Domat distingue las culpas que comportan una contravención o un “delito”; la violación de la relación contractual (por ejemplo, la omisión en la entrega de la cosa vendida; la falta de restitución de la casa cedida en arrendamiento), de las culpas que no están vinculadas con una contravención ni con un “delito” ni con un acuerdo, pero sí con un comportamiento imprudente de una persona, con una mala custodia de cosas o animales. Por lo tanto, Domat es el primero que distingue con claridad todos estos supuestos –unificados por la “culpa”– de las demás figuras, en especial, de las contravenciones y de los “delitos”, en la medida en que estos últimos pertenecen a un sector del ordenamiento que no debe mezclarse con las “materias civiles”67. Es fácil darse cuenta, entonces, de que las fuentes romanas –que Domat también tiene presentes, a tal punto que consigna sus referencias, en especial las del Digesto– estaban recibiendo una interpretación muy distinta de la que iban a realizar los exponentes de la Escuela histórica y los juristas contemporáneos de otra proveniencia cultural, y de otra tradición. Aquí no se sigue la partición romanista típica; tampoco se forma un solo bloque con los delitos penales y los ilícitos civiles. Luego de enunciarse la definición de “hecho ilícito”, y de insistirse en el necesario nexo de éste con la “culpa”, Domat brinda algunos ejemplos de hechos ilícitos (civiles). Es claro que tales ejemplos están tomados del Digesto, pero pertenecen también a la vida cotidiana. Junto con las premisas del autor, el encargado de la edición de su obra, J. Remy, expone las referencias al Code civil, y en las notas, las primeras sentencias de los tribunales franceses. Se trata de la responsabilidad del propietario de un inmueble por los daños que pueden derivar a los terceros por el uso de cosas o por culpa de sus domésticos. El propietario responde aunque el daño se hubiere producido “durante su ausencia o sin que él lo sepa”. En caso de copropiedad, todos los copropietarios responden solidariamente, a menos que la 66 67 Ibid., p. 472. Ibid., p. 472. propiedad haya sido objeto de división. Los maestros de obra, los artesanos y todos aquellos que acogieran en su propia casa a alumnos, aprendices u otros –siempre por razones de industria o comercio– responden de los “hechos” de estos68. Lo mismo ocurre respecto de las cosas suspendidas o lanzadas desde un edificio. Domat se preocupa de atenuar los praecepta romanos, para lo cual se apoya en las coûtumes. En tal sentido, y en relación con los daños causados por animales, examina varias hipótesis, luego de lo cual plantea la regla general: el propietario o el cuidador de los animales es responsable si podía o debía prevenir el daño69. Ello ocurre porque aquel propietario o aquel cuidador sacan “provecho” del empleo de la bestia. En lo tocante al daño por deterioro de edificios, el propietario responde salvo en caso fortuito, o si demuestra haber hecho uso de su propio derecho. ¿A qué se debe que Domat insista, in primis, en los daños derivados de cosas, de personas o de animales? Por intuición, estos ejemplos pueden vincularse con las fuentes romanas y con lo frecuente de los acontecimientos dañosos de este tipo en aquel microcosmos agrícola donde echaba raíces la experiencia de un jurista de aquella época. Pero Domat no se conforma con una simple enumeración de casos y supuestos, que sirve para satisfacer incluso a los juristas de tradición romano-germánica; él quiere dictar reglas generales para la convivencia civil. En otros términos, es necesario asociar todos los casos con una regla general que corresponda en su orden descriptivo (coincidente, digámoslo así, con el orden de la sociedad civil), a la definición de hecho ilícito con la cual inicia su análisis. En este punto, escondida entre las observaciones inherentes a las demás especies de daños causados por culpa, y fuera de las contravenciones y “delitos”, el gran autor francés enuncia su regla general: “Toutes les pertes et tous les dommages qui peuvent arriver par le fait de quelque personne, soit imprudence, légèreté, ignorance de ce qu’on doit savoir, ou autres fautes semblables, si légères qu’elles puissent être, doivent être réparées par celui dont l’imprudence ou autre faute y a donné lieu”. Existe correspondencia precisa entre el enunciado general que se acaba de citar y el texto del artículo 1382 del Code civil, en el cual se establece, como es sabido, que “tout fait quelconque de l’homme, qui cause à autrui un dommage, oblige celui par la faute duquel il est arrivé, à le réparer”NT. Pothier70 retoma la partición entre delitos y cuasidelitos, como tercera y cuarta fuente de las obligaciones, respectivamente. El delito es el “hecho” por el cual una persona, por dolo o malevolencia, causa un daño o detrimento a otra; el cuasidelito es el hecho por el cual una persona, sin malevolencia, sino por una imprudencia inexcusable, causa un detrimento a otra71. 68 69 NT 70 71 Ibid., p. 475. Ibid., pp. 478-479. Un eco de esta disposición del Code Napoléon, entre nosotros, puede identificarse en el artículo 1136 del antiguo Código Civil de 1936: “Cualquiera que por sus hechos, descuido o imprudencia cause un daño a otro, está obligado a indemnizarlo”. En el actual Código Civil de 1984, la cláusula normativa general del artículo 1969 reza como sigue: “Aquel que con dolo o culpa causa un daño a otro está obligado a indemnizarlo. […]”. Vivió entre 1699 y 1772. R.-J. POTHIER, Traité des obligations, Bruselas, 1837, p. 141. De esta definición –con su estilo escueto y límpido– Pothier deriva, de manera implícita, las características del hecho ilícito: el elemento subjetivo (dolo, culpa); el elemento objetivo (daño); la conciencia que comporta la imputabilidad (muchas consideraciones se han formulado respecto del caso del daño ocasionado por un menor de edad o por un incapaz); el nexo causal. En cuanto a los cuasidelitos –aquí entendidos en el sentido de Struve–, es decir, a los hechos de los cuales se responde aun cuando fueran cometidos por otros, Pothier no insiste en la necesidad de la culpa del cuidador, del patrón o del padre. Sin embargo, prevé una eximente para los padres, cuando estos demostraran que no pudieron impedir el hechoNT1. Para los patrones y comitentes, esta causal de eximencia no se concede. La razón no es que ellos hayan incurrido en culpa. Hoy las razones de tal decisión podrían denominarse “de control social” y deterrence [desincentivación]: “Ce qui a été établi pour rendre les maitres attentif à ne se servir que de bons domestiques”. Como es obvio, los patrones y comitentes no responden de los hechos ilícitos de los encargados y de los domésticos si estos fueron realizados fuera del ámbito de sus funcionesNT2. 10. La regulación en el Code Napoléon. Las escuetas normas del Code civil se transforman rápidamente en un laboratorio para la doctrina y la jurisprudencia. Antes de tratar las transformaciones (en sentido ampliatorio o restrictivo) realizadas en las normas en el transcurso de casi dos siglos de vigencia, se pueden tomar dos ejemplos de los muchos autores: uno del modelo sistemático; el otro, del modelo exegético. En la versión francesa de la obra de K. S. Zachariae72 se establece, en primer lugar, la definición de “delito” como “toda acción ilícita con la cual una persona lesiona conscientemente y con malvada intención los derechos ajenos”. Luego de la definición, el citado autor prosigue con la distinción entre delito y crimen, que son nociones simétricas, pero no coincidentes. El delito es un “hecho dañoso”, que debe presentar los siguientes requisitos: a) ilicitud, es decir, lesión de un derecho ajeno, la cual puede derivar de un comportamiento activo o de una omisión; b) ausencia de ejercicio de un derecho; c) imputabilidad; d) estado subjetivo de dolo (delito) o culpa (cuasidelito). Como se aprecia, este lúcido análisis contiene, a pesar de su brevedad, la sustancia de toda la teoría del ilícito que la jurisprudencia adopta hasta nuestros días, con excepción, obviamente, de la distinción entre delitos y cuasidelitos. NT1 NT2 72 En el Código Civil italiano se mantiene la siguiente redacción para el artículo 2047, 1er. párrafo: “En caso de daño ocasionado por persona incapaz de entender o de querer, el resarcimiento es debido por aquel que estaba obligado a la supervisión del incapaz, salvo que demuestre no haber podido impedir el hecho”. En el Código Civil peruano, ello es lo que se establece en el artículo 1981, donde “aquel que tiene a otro bajo sus órdenes responde por el daño causado por este último, si ese daño se realizó en el ejercicio del cargo o en el cumplimiento del servicio respectivo”. En la traducción francesa al cuidado de Aubry y Rau, y en la traducción italiana, conforme a la 5ª. ed. alemana, al cuidado de Attanasio y Del Core, Nápoles, 1847, vol. II, pp. 110 y ss. (en adelante se cita esta última). Los requisitos indicados para los delitos se repiten para los cuasidelitos73 que se fundan en la culpa. Sin culpa no existe calificación del hecho como delito. La culpa, además, debe ser probada por el damnificado74. También se asimilan a los cuasidelitos los casos de responsabilidad por hecho ajeno, para los cuales existe una presunción legal de responsabilidad, siempre que los sujetos que hayan cometido el daño incurrieran en culpa. También hay que rendir cuenta del magistral tratado de Toullier75. Él parte de lo dispuesto en el artículo 1382 del Code civil, a fin de aclarar que la expresión fait ha sido asumida con el significado más amplio, de modo tal que comprende los errores, omisiones y reticencias. La expresión faute no se refiere al estado de ánimo subjetivo, sino –de forma objetiva– a la contrariedad del hecho frente al derecho (quod non jure fit). ¿Cuáles son las cosas que uno no tiene derecho a hacer? La respuesta es que no es dado lesionar los derechos ajenos76, que son los derechos de la persona y los derechos personales (es decir, “de la personalidad”), la propiedad y los demás derechos reales. Entre los droits, Toullier incluye también la posesión77 que hubiere durado más de un año. Continúa con una muy detallada reseña de jurisprudencia y legislación, con los hechos ilícitos relativos a los incendios, con las relaciones entre propiedad y arrendamiento, etc. Igualmente detallado es el comentario a las normas que fundan la responsabilidad por las personas o por las cosas que se tienen bajo custodia. Aquí se da comienzo a una de las cuestiones centrales de la responsabilidad civil, frente a la cual Toullier muestra una gran sensibilidad. ¿Cómo justificar la responsabilidad por hecho ajeno si la razón y la moral nos indican que el grado de civilidad y democracia de un pueblo se mide según el principio básico de la “personalidad” (es decir, de la “individualidad”) de la culpa? Toullier examina las fuentes romanas y se queda con la impresión de que ellas también fundan la responsabilidad por hecho ajeno en la culpa78. En el Code civil –a juicio de Toullier– se hace referencia a una excepción que concierne a los casos en los cuales se debe responder por ley, o bien a los casos en los cuales se responde porque media un acuerdo explícito o tácito, tal cual ocurre, por ejemplo, en el caso del hospedante o del transportista. Se trata de reglas “severas”, pero que han sido dictadas por exigencias de seguridad79. Toullier propone también una interpretación restrictiva de la responsabilidad de los padres80. En cuanto a la responsabilidad de los patrones y comitentes, 73 74 75 76 77 78 79 80 Ibid., p. 113. Ibid., loc. ult. cit. TOULLIER, Le droit civil français suivant l’ordre du code, nueva ed., Bruselas, 1838, t. IV, pp. 48 y ss. Ibid., p. 50. Ibid., p. 51. Ibid., p. 101. Ibid., p. 109. Ibid., p. 117. Toullier no puede admitir que se responda por hechos que no sean personales. La conclusión es que ellos responden por haber cometido un hecho personal, como lo es el haber ordenado una acción o haber encargado a alguien la realización de una cosa. Ellos responden también de los hechos dolosos de los domésticos (como ocurre cuando estos cometen hurtos en los campos de los vecinos), siempre que no se trate de criminales. Aquí se encuentra la justificación de esta responsabilidad: dado que los patrones y comitentes se valen de domésticos y encargados para hacer alguna cosa, es como si ellos mismos hubiesen actuado “directamente”; por dicha razón, si se produce un daño, es como si éste hubiera sido cometido por los patrones y comitentes mismos, “directamente”81. Toullier llega a ocuparse incluso de un problema ulterior: ¿por qué el Code civil no permite también que los patrones y comitentes –tal cual lo hace con los padres y preceptores– se exoneren de responsabilidad si demuestran que “no han podido impedir el hecho”? El autor se remite al debate que tuvo lugar durante la redacción del Code, entre Tarrible, favorable a un trato igualitario, y Bertrand de Greuille, quien era de la opinión contraria. Para resolver la cuestión, Toullier se ampara en la autoridad de Pothier (antes citado), quien descarta la eximente y la circunscribe, además, al caso en que se ejercen las funciones encomendadas. En otras palabras, el “carácter personal” del hecho (y, por lo tanto, del sometimiento a la sanción), se recupera a través de la ficción de la acción mediata (del dependiente o encargado). En el caso de daños por cosas regresa, en cambio, la culpa personal: “hay culpa del propietario cuando cae un edificio, porque debía mantenerlo en un estado tal que no causara daño”82. 11. El Código Civil austriaco. Una vez expuesta la trama de las normas del Code Napoléon que luego se transmitieron a los códigos italianos anteriores a la Unificación, así como la problemática inherente a la culpa y a sus excepciones (más o menos) admitidas, tenemos que culminar el panorama de la regulación vigente en los demás ordenamientos. En el Código Civil austriaco, que entró en vigor bajo el imperio de Francisco I, el 1 de junio de 1812, y se hizo aplicable al Estado de Milán el 1 de enero de 1816 (entendiéndose, sin embargo, que la traducción italiana no debía predominar sobre el texto original en alemán), se sigue el esquema de Gayo sobre la repartición de la materia (derechos de las personas, derechos sobre las cosas, disposiciones comunes a los derechos de las personas y a los derechos sobre las cosas). Lo que surge, empero, es mucho más complejo que el cuadro coherente y simplificado propuesto por el Code Napoléon. Más aun, el Código Civil austriaco parece estar al margen de los avatares del tiempo, y posee una sorprendente actualidad. En la sección II, relativa a los derechos personales sobre las cosas se encuentra el 81 82 Ibid., p. 117, nota (4). Ibid., p. 131. régimen general del contrato (titulado “de los contratos en general”). La norma que da inicio a estas disposiciones (el § 859) dice así: “Los derechos personales sobre las cosas, en cuya virtud una persona está obligada frente a otra a prestar alguna cosa, están fundados inmediatamente en la ley, en el contrato o en el daño sufrido”. Aquí, como rápidamente se puede percibir, se refleja la tripartición de las fuentes de la obligación (ex lege, ex contractu, ex delicto). Sin embargo, en la sección donde están regulados tanto los contratos en general cuanto los contratos especiales, no se norman las obligaciones que nacen de la ley, y las reglas que se remiten al ilícito están recogidas al final de la sección –con la cual se cierra, además, la parte II– bajo el título “derecho de indemnización y de compensación”. El interés del legislador austriaco se centra en la regulación del daño contractual o extracontractual, sin distinción, en un único cuerpo de preceptos. Entre estos últimos también se reserva un espacio para las “causas” del daño, es decir, para el incumplimiento y el hecho ilícito. “Todos –establece el § 1295, con una expresión normativa no tan distante del artículo 1382 del Code Napoléon– tienen el derecho de exigir del dañador la reparación del daño producido con culpa, ya sea que el mismo haya derivado de la contravención de un deber nacido de contrato, o que sea independiente de éste”. En este Código –altamente definitorio–, el daño es representado como “todo perjuicio causado a los bienes, a los derechos o a la persona de alguien”. Se trata del daño emergente, el cual debe distinguirse, como se advierte en el § 1293, del lucro cesante, que es “la pérdida de aquella ventaja que alguien ha de esperar, de acuerdo con el curso ordinario de las cosas”. ¿Cuáles son las causas del daño? En el § 1294 se responde: “el daño proviene de una acción u omisión injusta ajena, o de un caso fortuito”. En este esquema se precisa, poco después, en el § 1306, que “como máxima, nadie está obligado a reparar el daño ocasionado sin culpa de su parte o mediante una acción involuntaria”. Así mismo, en el § 1311 se establece que “el mero caso fortuito perjudica a aquel sobre cuyos bienes o sobre cuya persona ha recaído”. La culpa es el eje del sistema. No se responde si no hay culpa: en la duda, se entiende que “el daño ha tenido lugar sin culpa ajena” (§ 1296). La carga de la prueba corresponde al damnificado (§ 1298). Además de la culpa, es necesario que el daño sea “injusto”. El daño injusto “se ocasiona voluntariamente o involuntariamente” (§ 1294). “El daño voluntario83 se funda en una malvada intención, cuando ha sido provocado con conciencia y voluntad, o en una falta, cuando se ha debido a una ignorancia imputable o a un defecto de la atención o de la diligencia que eran convenientes”. En este texto, la 83 Sería mejor traducir esta expresión –como observa BASEVI en sus Anotazioni pratiche al codice civile austriaco, VI ed., Milán, 1855, p. 578– como “acto de dañar” [danneggiamento], que corresponde a la Beschädigung del original. Coincide con esta observación crítica: ELLINGER, Manuale di diritto civile austriaco, trad. italiana al cuidado de G. Rotondi, Milán, 1853, sub § 1294, pp. 289-290. culpa (Verschulden) abarca tanto el dolo cuanto la negligencia propiamente dicha, y la omisión misma, siempre que exista un deber de obrar84. En este sistema –que sólo en apariencia resulta farragoso– surge con claridad que el hecho ilícito del cual se responde debe estar causalmente vinculado con un comportamiento voluntario (doloso) o involuntario (culposo), personalmente efectuado por el sujeto que se tiene por responsable (“como máxima, nadie es responsable del hecho injusto ajeno en el cual no ha tomado parte”, se señala en el § 1313). El daño, además, debe ser “injusto”. El uso promiscuo de las locuciones “hecho” y “daño” injusto se debe a que con algunas disposiciones se norma el comportamiento, y con otras se regulan los efectos del comportamiento. No se responde del hecho ajeno, por lo tanto, a menos que existan circunstancias especiales. Con algunas excepciones, estas circunstancias son las mismas que se señalan en el Code Napoléon: a) los daños ocasionados por los incapaces de entender y por los menores de edad hacen responsables a aquellos que los tenían bajo su cuidado, y que han sido negligentes en éste (§§ 1308-1309); b) se responde de los daños ocasionados por dependientes sólo cuando se trata de personas peligrosas o irregularmente asumidas por el principal (§ 1314); c) los daños de los dependientes incapaces hacen responsable a aquel que empleó a estos en sus actividades; d) también responden por los dependientes los hospedantes y los transportistas (§ 1316); e) el responsable del daño derivado de la caída de cosas es el propietario de la habitación de donde ha caído la cosa (§ 1320); de los daños provocados por los animales responde aquel que los ha “instigado o irritado”, o aquel que ha descuidado la custodia de los mismos. En este último caso, sin embargo, dado que los animales se mueven por sí mismos, a diferencia de las cosas, y atendiendo a que se acrecienta, entonces, la probabilidad de que la contribución del hombre sea bastante marginal, en lo tocante a la causalidad, en la dinámica del accidente, el parágrafo correspondiente añade: “si nadie puede quedar comprometido con una culpa semejante, el daño se reputa como caso fortuito”. En cuanto a los intereses protegidos, se podría sostener que ellos componen un cuadro combinado de tipicidad y atipicidad. En la definición de daño (§ 1293), en efecto, se hace referencia al perjuicio causado a los “bienes”, a los “derechos” o a la “persona”. Sin embargo, dicha tipificación de los intereses protegidos es atenuada con el adjetivo “todo” (perjuicio), y con la expresión “derechos”. Algún comentarista subraya que este último término no alude “a las acciones útiles para obtener prestaciones de otros, sino a los derechos civiles y políticos reconocidos al ciudadano”. Si examinamos las normas posteriores, podemos apreciar que los daños tomados en consideración son, esencialmente, los daños contra la propiedad. Con todo, no puede dejar de asombrar la precisión –bastante alejada de lo prescrito en el Código Civil italiano vigente– con la cual se regulan el daño físico y el daño moral (§ 1325), el carácter permanente de las lesiones y los casos en los que la víctima es de “sexo femenino” y “puede, por lo tanto, quedar impedida de mejorar su situación a través de los recursos” (§ 1326); el reconocimiento del derecho al resarcimiento de los padres de la víctima muerta (§ 1327); y, en fin, las hipótesis de la seducción a una dama (§ 1328), la privación de la libertad (§ 1329) y la lesión al honor que genere un daño pecuniario (§ 1330). 84 Tal cual observa BASEVI, op. cit., loc. cit. El resarcimiento comporta, en lo tocante a los daños físicos, las ganancias no realizadas, todo aquello que a causa de la incapacidad derivada del accidente pudiera frustrarse hacia el futuro, los gastos de curación y el dolor sufrido. Si se trata de daños contra cosas, se puede obtener la plena compensación en caso de dolo o negligencia grave, o bien una “indemnización”. En el § 1323 se explica que en estas hipótesis no existe resarcimiento por lucro cesante. En cambio, si la acción dañosa estuviera prohibida por las leyes penales, o si ha mediado descaro y mala intención, se puede pretender, no ya el “valor estimable”, es decir, el valor de mercado, sino el “valor efectivo” (§ 1331). 12. El Código Civil italiano de la Unificación. Es así como llegamos al Código Civil italiano de la Unificación de 1865, o Código Civil “unitario”. Esta es la historia que se conoce mejor y que ha generado mayor atracción para los civilistas que han estudiado el tema. No es difícil darse cuenta de que en el Código Civil unitario se reproduce, prácticamente en su integridad, el Code Napoléon, con una correspondencia simétrica respecto de los códigos anteriores a la Unificación. Las normas son seis, de las cuales dos tienen carácter general: en una de ellas se recoge la cláusula de la responsabilidad fundada en la culpa (artículos 1151 y 1152); en la otra se admite la responsabilidad por hecho ajeno (artículo 1153), con la sola eximente de los padres, tutores, preceptores y artesanos. Aparecen, además, los supuestos del daño por animales (artículo 1154) y del daño por cosas (artículo 1155). Al final, se encuentra la regulación sobre la responsabilidad solidaria de los coautores del ilícito (artículo 1156). En los Motivi del Codice civile del Regno d’Italia, ordenados por Gaetano Foschini85, lo único que se hace es fijar la correlación entre las normas nuevas y las anteriormente vigentes, sin añadir comentarios, por tratarse de normas de “cuya inteligibilidad puede intuirse”86NT. Las primeras aplicaciones del Código generan problemas que son tratados ampliamente en las obras exegéticas. Se aclara, en general, que con arreglo a los principios generales del derecho, la noción de “hecho” comprende los hechos 85 86 NT Obra publicada en Chieti, en 1867, pp. 430-431. El cuadro es como sigue: art. 1151 (C. unitario) = art. 1382 (C. francés); art. 1336 (C. del Reino de las Dos Sicilias); art. 2085 (C. parmesano); art. 1500 (C. Albertino); art. 1393 (C. estense); art. 1152 (C. unitario) = art. 1383 (C. francés); §§ 1294, 1295 y 1296 (C. austríaco); art. 1337 (C. napolitano); art. 2086 (C. parmesano); art. 1501 (C. Albertino); art. 1394 (C. estense); art. 1153 (C. unitario) = art. 1384 (C. francés); § 1313 (C. austriaco); art. 1338 (C. napolitano); art. 2087 (C. parmesano); art. 1502 (C. C. Albertino), art. 1395 (C. estense); art. 1154 (C. unitario) = art. 1385 (C. francés); § 1320 (C. austriaco); art. 1339 (C. napolitano); art. 2088 (C. parmesano); art. 1503 (C. Albertino); art. 1396 (C. estense); art. 1155 (C. unitario) = art. 1386 (C. francés); art. 1340 (C. napolitano); art. 2089 (C. parmesano); art. 1504 (C. Albertino); art. 1397 (C. estense). El Código “estense” es el correspondiente al ducado de Este. “negativos”, es decir, las omisiones. También la reticencia, en tanto omisión con la cual se oculta la verdad, obliga al resarcimiento del daño87. Se subraya, así mismo, el carácter amplio de la disposición contenida en la cláusula normativa generalNT1. Los términos de esta norma son “absolutos”, “genéricos” y no admiten restricción. “La ley –se afirma– no hace ni siquiera referencia a la persona lesionada; la ley sólo se preocupa del daño, y es atendiendo a éste que se determina el resarcimiento. En caso de homicidio, entonces, aquellos que padecen daño tienen derecho a repetir por el equivalente jure proprio y no sólo como herederos de la persona directamente lesionada”88. Se corrobora, por otro lado, que “cada cual debe responder, por sí mismo, de sus propias culpas”89. Lo que se hace, pues, es retomar las enseñanzas de Domat, Pothier e incluso de Zachariae, cuando se afirma que un hecho dañoso constituye un delito civil si se presenta las siguientes condiciones: a) que sea ilícito; b) que sea imputable a su autor; c) que el autor del hecho haya actuado conscientemente y con la intención de dañar a otro90. En relación con la culpa, se precisa que “la culpa es contractual” (artículo 1224) o “aquiliana” (cuasidelito). La dimensión jurídica de ambas es una sola, pero difieren entre sí por la causa y por el grado. En la primera de ellas, en efecto, la causa remite al contrato; en la otra, se limita al hecho del hombre. En la primera, el grado de culpa puede ser muy lato, leve y levísimo, según el caso; en la segunda, se responde indistintamente, incluso por culpa levísima: “in lege Aquilia et levissima culpa venit”91. En la primera, además, la omisión siempre da lugar al resarcimiento; en la segunda, la omisión no es castigada sino cuando existía la obligación de hacer aquello que se omitió92. El empleo de las fuentes romanas es frecuente, al igual que la referencia a la actio institoria o a la actio de pauperie. Pero sólo se trata de adaptaciones. La primera es invocada para justificar la responsabilidad por hecho ajeno de los 87 NT1 88 89 90 91 92 Corte di Cassazione de Palermo, sentencia del 10 de abril de 1894, Crisafulli c. Genio militare, en C. G. di Pal., 1894, 234; Corte di Cassazione de Roma, sentencia del 11 de diciembre de 1893, Com. di Cagliari c. Zappati, en C.S.R., 1893, II, 359. Se refiere al artículo 1151 del Código Civil italiano de 1865: “Todo hecho del hombre que causa daño a otro obliga a aquel por cuya culpa ha tenido lugar el hecho a resarcir el daño”. Corte di Cassazione de Turín, sentencia del 30 de abril de 1883, Lanza c. Ferrovie A. L., (en La Legge, 1883, II, 406). Tribunal de apelación de Venecia, sentencia del 23 de julio de 1888, Cusinato c. Battiston (en La Legge, 1888, II, 524); Corte di Cassazione de Roma, sentencia del 20 de mayo de 1889, ric. Mamazza (en La Legge, 1889, I). Corte di Cassazione de Florencia, sentencia del 16 de mayo de 1887, en La Legge, 1887, II, 295. Corte di Cassazione de Roma, sentencia del 28 de mayo de 1888, Rosini c. Anelli, en La Legge, 1889, I, 548. En el mismo fallo citado en la nota a pie de página precedente. Tribunal de apelación de Venecia, sentencia del 18 de mayo de 1888, De Boni c. Anionini, en La Legge, 1888, II, 339. patrones y comitentes; en tal sentido, se afirma que dicha responsabilidad se funda en la utilidad que el mandatario comercial genera para el mandante93. La segunda sirve para justificar la responsabilidad del dueño o cuidador del animal. Sin embargo, se presenta un contraste en la jurisprudencia, sobre la admisibilidad de la prueba liberatoria. Según la Corte di Cassazione de Turín, se incurre en esta responsabilidad independientemente de la existencia o no de la culpa94. En sentido contrario, se manifiestan la Corte de Roma95 y la de Florencia96, según las cuales, el artículo examinado habría introducido una presunción iuris tantum, que, como tal, puede ser desvirtuada mediante prueba en contrario. Si se aprecia bien, la jurisprudencia no hace más que reflejar los debates e incertidumbres de la doctrina. 13. La exégesis italiana. Los últimos años del siglo XIX son cruciales para la creación de reglas de responsabilidad civil nuevas, en comparación con el modelo monolítico heredado de la tradición, y posteriormente transferido al Code Napoléon; reglas originales desde el punto de vista de su creación, y típicas de la experiencia italiana. Son los años en los que ya está completa la sistematización de las reglas copiadas del Code, a la que se sumó la traducción de decenas de obras de autores franceses y belgas. Es la época, además, en la que se registran los indicios de la crisis: las pocas reglas de carácter general no bastan para hacer frente a las exigencias de una sociedad en fuerte expansión económica (como se sabe, la industrialización en Italia comienza con posterioridad a la mitad del siglo XIX), y sacudida por agudos conflictos sociales. A los juristas se les demanda ir más allá de la letra del Código –que es un código burgués, todavía inclinado hacia la protección de la propiedad–, de forma tal que su normativa se vuelva elástica. Como los cambios de índole interpretativa son lentos, y atendiendo a que las exigencias crecen, se actúa en vía legislativa. Es así que una de las claves de interpretación está dada por el contraste entre los que consideran al Código Civil como una columna imprescindible y los que empiezan a advertir, en cambio, su insuficiencia y marginalidad. En este período arraiga el binomio código/leyes especiales, que acompañará hasta nuestros días la evolución del sector y de gran parte de las demás provincias del derecho privado. En este período, sin embargo, nace otro binomio, que se desprende de otro contraste: la contraposición entre el criterio tradicional de imputación de la culpa 93 94 95 96 Corte di Cassazione de Florencia, sentencia del 14 de mayo de 1883, en La Legge, 1883, II, 44. Corte di Cassazione de Turín, sentencia del 3 de marzo de 1882, en Giur. it., 1882, I, 1, col. 425. Corte di Cassazione de Roma, sentencia del 16 de agosto de 1894, en La Legge, 1894, II, 487. Corte di Cassazione de Florencia, sentencia del 30 de diciembre de 1889, en La Legge, 1890, I, 299. y el criterio de responsabilidad objetiva, que permite atribuir la responsabilidad – y, por lo tanto, distribuir el riesgo– de una manera más directa y racional. Y luego emerge una nueva contraposición, entre los defensores de la responsabilidad civil de la Administración pública, y los defensores de la inmunidad del Estado. Líneas atrás, señalábamos de la originalidad italiana de esta fase del derecho de la responsabilidad civil. Tal consideración debe entenderse en el sentido de que las cuestiones, las controversias, las evoluciones fueron asumidas por los juristas italianos autónomamente, sin que ello signifique que ignoraron lo que acontecía en otros sistemas. En el período analizado, en efecto, se presentan las mismas cuestiones, las mismas interrogantes y las mismas incertidumbres que habían nacido en la cercana Francia. En Alemania, en cambio, el proceso comenzará con las leyes especiales, y proseguirá con la codificación de reglas distintas del modelo napoleónico, aun cuando derivadas de la misma raíz romanista. Es entonces que se aprecia, por vez primera, la ya recordada “parábola” de la responsabilidad civil, la cual estará destinada a repetirse –conforme se van alternando las marchas y contramarchas que recuerdan a Giambattista Vico– en todas las ocasiones en que se anuncian o arraigan grandes transformaciones, como en la primera posguerra y, después, con la nueva codificación italiana de 1942, con la modernización del decenio 1960-1970, y con las innovaciones verificadas en las postrimerías de nuestro siglo. Pero se ha destacado97, sutilmente, que la historia de la responsabilidad civil también resulta sintomática para comprender la primera crisis –producida a fines del siglo XIX– que afecta al derecho civil y al papel mismo del jurista, llamado a desempeñar otro papel, distinto del acostumbrado, y que consiste en sistematizar formalmente la nueva realidad. La crisis es también un indicio de la pérdida del lugar central de la ciencia jurídica, que cede su lugar a las ciencias sociales. 14. Las interrogantes de los exégetas italianos. Las páginas de los exponentes de la Escuela de la exégesis no suministran trazos majestuosos ni muestran signos de genialidad, pues son, las más de las veces, repetitivas, escolásticas y llanas, a tal punto que permiten asumir al prototipo exegético –para bien o para mal– como producto del jurista formalista, pegado a la letra y al poder, y privado de imaginación. Traicionaríamos la historia y el esfuerzo de los juristas de la primera parte y de mediados del siglo XIX, sin embargo, si consideráramos que sus teorías e investigaciones fueron meramente tradicionalistas. Se ofendería a los exégetas, igualmente, si se siguiera pensando en ellos como autores de una obra sustancialmente unitaria y poco útil, y se faltaría a los deberes del historiador si este período se concibiera como una etapa coloreada con tintes uniformes y monocordes. 97 CAZZETTA, Responsabilità aquiliana e frammentazione del diritto comune civilistico, cit., pp. 20 y ss. A pesar de estar influenciados hasta la imitación, y a pesar de la recepción acrítica de lo dicho por sus colegas del otro lado de los Alpes, los juristas italianos de tal período se plantean rápidamente dos problemas interpretativos que sólo podrán superarse, en definitiva, con la llegada de la interpretación sistemáticaNT, y con la nueva codificación civil, casi un siglo después. Se trata del significado de los artículos 1151 y 1152 del Código Civil italiano de 1865 (correspondientes a los artículos 1382 y 1383 del Code Napoléon, respectivamente). (i) Delitos y cuasidelitos. Examinando las expresiones literales, los intérpretes se preguntan si resulta conveniente considerar el artículo 1151 como norma codificadora de la distinción entre delitos y cuasidelitos, y si el artículo 1152 es o no superfluo, ya que lo preceptuado en él puede asumirse comprendido en el ámbito de operatividad del artículo 1151. Se preguntan también cuál sería el sentido de mantener dos cláusulas normativas generales. Ambas interrogantes reciben múltiples respuestas, ninguna de las cuales es unívoca. La doctrina queda dividida, y volverá a la unidad sólo cuando aprenderá a desligarse del texto, y a hacer prevalecer el espíritu sobre la letra. Se discute mucho, por otro lado, acerca de las definiciones de “delito” y “cuasidelito”. Hay quien piensa que el delito es el hecho ilícito cometido con dolo, mientras que el cuasidelito sería el hecho ilícito cometido con culpa. Otro autor asocia el delito con el hecho propio, y el cuasidelito con el hecho ajeno. El panorama no es unitario. Se perfilan, por el contrario, y en adición a los contrastes doctrinales, contrastes jurisprudenciales, especialmente por obra de los jueces acostumbrados a aplicar textos no napoleónicos o derivados de éstos (como los jueces de la región de Lombardía), y de los jueces no habituados al empleo de fórmulas codificadas (como los de la región Toscana)98. (ii) La valorización del daño. Los historiadores recuerdan la obra de Melchiorre Gioia99 cuyo testimonio volvió a cobrar auge, décadas atrás, a propósito de la valorización del daño a la integridad física. Él fue autor de la famosa “regla del zapatero”, que habría debido impedir, en nuestros días, la liquidación uniforme del llamado “daño biológico”. Pero lo que conviene recordar de Melchiorre Gioia no son tanto sus ideas de jurista, sino sus convicciones de experto en estadística. Él es, propiamente, el prototipo del científico que logra tratar problemas que hasta un momento determinado eran monopolio de los juristas (desde el derecho romano hasta los codificadores del siglo XIX), con una perspectiva y con soluciones que no son jurídicas, es decir, que no son formales (en aquel entonces, el formalismo imperaba). Son los resultados estadísticos, precisamente, los que explican qué NT 98 99 Se refiere al período en el que la doctrina italiana abandona el método exegético francés y pasa a adoptar el método sistemático alemán. Véase infra, § 19. Ibid., p. 46. Ibid., p. 51. daños deben ser resarcidos, cómo se les debe cuantificar, y qué papel tienen en el resarcimiento el seguro de responsabilidad civil y el seguro contra daños. Es una moderna visión que será retomada sólo después de un siglo, cuando se volverá a pensar en los problemas jurídicos desde una óptica económica100. 15. La valorización del daño. Por lo indicado en el acápite anterior, la obra de Melchiorre Gioia101 tiene un puesto ganado en la bibliografía italiana sobre responsabilidad civil del siglo XIX. Como anotamos, ella ha sido objeto de un nuevo repaso, algunos años atrás, en el marco del debate sobre el criterio de valorización del daño a la persona102. Claro es que la investigación de Gioia tiene una naturaleza esencialmente práctica, de estimación de los daños. Aunque su punto de partida es la definición de “injuria” en sus distintos aspectos, materiales y morales, la finalidad principal de su análisis consiste en identificar los criterios de reparación del daño emergente, del lucro cesante y de los aspectos de la persona que se pueden definir como morales o ideales (lesión del honor, del pudor, etc.). La preocupación esencial de Gioia es establecer un límite al arbitrio del juez, porque éste, favorecido por el hecho de que el derecho romano y el derecho “barbárico” no han brindado a la tradición criterios precisos para cuantificar el daño, es libre de decidir el quantum que debe resarcirse. En opinión de Gioa, aquella deplorable situación genera dos graves inconvenientes, a saber: la concepción del daño como un hecho exclusivamente material (de aquí la frustrada compensación de muchos daños, a pesar de ser daños relevantes), y la causalidad de las liquidaciones que se efectúan según cada caso103. Siguiendo dicha línea, Gioia trata de aplicar los resultados de las ciencias físicas a las reglas del derecho, y funda en ellas la reacción contra el daño moral y contra los sufrimientos experimentados. En este proceder, el autor exterioriza los valores de su época, los perjuicios y creencias acreditados por la conciencia social (que él denomina “experiencia”). También desde este último punto de vista, su investigación reviste un gran interés. Gioia tiene bien ganado el derecho a ser considerado precursor de la psicología jurídica o forense. El punto central del estudio de Gioia es la noción de “injuria”, entendida de una manera tan lata que comprende todo daño infringido a una persona. El autor muestra un especial interés en identificar las causas que limitan y perturban la estima de la que goza una persona en el ambiente donde vive y actúa; luego se explaya en torno de las formas empleadas para causar “injurias” (palabras, escritos, lenguaje simbólico, violencia contra las personas o las cosas). 100 101 102 103 P. TRIMARCHI, Rischio e responsabilità oggettiva, Milán, 1961, passim. GIOIA, Dell’ingiuria dei danni, del soddisfacimento e relative basi di stima avanti i tribunali civili, Lugano, 1840. POGLIANI, “La regola del calzolaio”, en Resp. civ. prev., 1975, p. 417; ID., “La camicia di Nesso”, en Dir. prat. assic., 1978, p. 47; SCALFI, “Errare humanum est, perseverare diabolicum”, en Resp. civ. prev., 1976, p. 466. GIOIA, Dell’ingiuria dei danni, cit., p. 12. Entre las modalidades de injuria, Gioia comprende también las “omisiones”. Según su perspectiva, la “omisión” se produce en las hipótesis en las cuales existe una negativa deliberada a rendir a una persona los honores que les corresponden, a respetar sus derechos y privilegios. Para determinar la dimensión de la injuria, Gioia toma en cuenta algunos parámetros: la cualidad de la afrenta o la del vicio imputado; la dignidad de la persona injuriada; la dignidad de las personas presentes; la ausencia de razones para injuriar; la presencia del ofendido; las modalidades y la duración de la ofensa; el lugar y el momento en los cuales se consumó la ofensa; la autoridad privada o pública de la que estuviera investida la víctima. El autor recuerda, por ejemplo, aquellos estatutos donde se establecía que se cuadruplicaran las penas por injurias contra jueces y árbitros104. La verosimilitud de los hechos atribuidos al injuriado no descarta la configuración de una injuria, si tales hechos no son constatados en una sentencia, o si no se trata de delitos ampliamente conocidos. De esta manera, Gioia resuelve el problema de la veracidad de las ofensas; su opción es favorable a la estima y de la reputación, y no a la verdad histórica105. Siempre teorizando sobre los presupuestos de la reparación, Gioia examina la noción de daño según sus dos componentes: el daño emergente (la disminución verificada en nuestro bienestar) y el lucro cesante (todo aumento de nuestro bienestar que resulta impedido). Ninguno de estos componentes habría acaecido según el transcurso ordinario de las cosas, si no hubiese mediado la injuria. Lo que prosigue es un minucioso análisis de los tipos de daño, y de los criterios con los cuales se puede calcular el daño. No todos los daños (es decir, no todos los tipos de lesiones) son considerados en el mismo plano. Gioia considera, por ejemplo –innovando respecto de las corrientes de su época–, que el daño moral es más importante que el daño patrimonial, y que el daño derivado de una ofensa al honor es más importante que el daño a las cosas106. Por ello, la “compensación”, es decir, la reparación del daño, se vuelve central en este sistema. “La compensación es plena107 cuando comprende tanto el lucro cesante cuanto los daños emergentes, cuando es proporcional al número, especie e intensidad de aquéllos; cuando repara las consecuencias físicas y morales de aquéllos; cuando logra compensar las sensaciones dolorosas acompañadas por manifestaciones sensibles e, igualmente, las sensaciones dolorosas libres de éstas. En resumen, dado que la palabra «daño» no abarca solamente las alteraciones en el sistema invisible de los sentimientos, la compensación debe extenderse a unas y a otras, para que pueda ser íntegra”. El presupuesto de esta forma de proceder es que la compensación tiene que ser “igual” al daño. Aquí Gioia está expresando una concepción original, porque es sabido, por un lado, que la reparación ha sido considerada, a través de los siglos, como un mero paliativo que forma parte de la compensación íntegra, y por otro, que con la selección de los intereses relevantes la reparación únicamente llega a compensar parcialmente a la víctima, en la mayoría de los casos. El principio de 104 105 106 107 Ibid., p. 81. Ibid., pp. 192 y ss. Ibid., pp. 182 y ss. Ibid., p. 201. equivalencia se advierte más en el derecho primitivo que en el derecho intermedio o moderno. De aquí la crítica de Gioia contra los códigos decimonónicos108, que no aplican dicho principio, porque consideran que el daño (como diríamos nosotros) es una “consecuencia” (basándose en las meras alteraciones sensibles producidas en las cosas); en cambio, si consideraran el daño como “evento”, también podrían tener en cuenta aquello que el daño produce en el estado de ánimo. La concepción propugnada por Gioia conduce a una apreciación extensiva del daño. Esta es la base para la crítica al Code Napoléon, donde se hace correr los intereses desde el día de la interposición de la demanda, y no desde el día en que se produjo la ofensa (artículo 1153), para efectos de la consideración del precio de los afectos quebrantados, para el cálculo de la media entre el precio que la cosa tenía al momento del daño y el precio que habría tenido en el futuro. Sólo que los códigos y la jurisprudencia práctica no han seguido tales sugerencias, y han mantenido una noción restrictiva del daño. Las premisas teóricas sirven a Gioia para elaborar una clasificación práctica y minuciosa de los daños y de los métodos para cuantificarlos. La atención de Gioia es atraída, en no menor medida, por las reglas de los códigos, cuando ellas existen. Él las critica con fundamentos, sea cuando hay remisiones a la equidad para la valoración del daño, sea cuando se establecen criterios más precisos (como ocurría en el Código prusiano), que al autor le parecen mecánicos y arbitrarios. A fin de ejemplificar en el caso del daño a la persona, es decir, de la lesión a la integridad física, Gioia dice que los sufrimientos merecen una “compensación”, y que ésta tiene que ser “igual al producto resultante de la multiplicación de la intensidad por la duración de los mismos”. Para calcular el daño físico experimentado por la víctima, Gioia se remite a un doble parámetro: el tiempo que la víctima, estadísticamente, podrá todavía vivir (“vida restante”) y el ingreso percibido109. Por lo tanto, la suma resarcitoria varía atendiendo a la edad y profesión de la víctima. Si se aprecian las tablas empleadas por varios tribunales de hoy en día, su correspondencia con tales criterios resulta perfecta. Gioia también tiene en cuenta el daño estético: “el deseo de mostrar la propia hermosura es tan fuerte que permite superar los dolores físicos más hondos”110. En este punto, el autor vuelve a demostrar su modernidad. Si bien es cierto que Gioia sigue la tradición, al haber escogido el criterio del ingreso como parámetro del daño –y es en relación con estos aspectos que los autores, incluso los actuales, insisten en invocar la sapiencia antigua al hacer frente a las propuestas igualitarias lanzadas por los nuevos métodos de cálculo que han surgido en Italia: el genovés y el pisano–, también es claro que él está contra la tradición, porque precisa que la noción de daño no puede reducirse a la “riqueza efectiva de la víctima”. El daño estético puede ser experimentado por todos, sin importar la clase social a la que 108 109 110 Ibid., p. 208. Ibid., p. 234. Ibid., p. 236. pertenezcan las víctimas, y con prescindencia de la condición y profesión ejercida por éstas111. Reviste particular interés el análisis del daño por muerte de la víctima. Gioia considera que están legitimados para obtener el resarcimiento, y por igual, además de la mujer e hijos de la víctima (como de ordinario se admitía en aquella época), los padres “frente a las cuales, mediante el vínculo de un contrato, el fallecido hubiere comprometido los frutos de su industria personal”112. En lo tocante al daño moral, y en la aplicación de los dos criterios –el de la intensidad y el de la duración–, el autor distingue los casos en los cuales el afectado sea hombre (fuerte) o mujer (débil), esposo o esposa, padre o madre, hijo o hija, hermano o hermana. Se ocupa, al mismo tiempo, de la intensidad y duración del dolor físico, atendiendo a hechos históricos y creencias tan difundidas cuanto cuestionables. Pero en el siglo del positivismo, del naturalismo y de la fisiognomía, todas aquellas deducciones, propias de una psicología en ciernes, resultan más que excusables. El autor indica despues113 los criterios para calcular “el valor de las perturbaciones del estado de ánimo”, es decir, de los sufrimientos por las agresiones morales. También respecto de dichas perturbaciones, el ingreso es uno de los parámetros aplicados, pero concurre, esta vez, con la edad, el sexo y la profesión de la víctima. Gioia calcula el quantum que corresponde por las ofensas contra el pudor (violaciones sexuales, seducción, adulterio) según la edad y el status familiar de la mujer, y según la intensidad de la injuria. En todas estas hipótesis –y aquí brindamos otra razón de la modernidad de Gioia–, el autor propone que no se liquide una suma una tantumNT; para él, lo que corresponde es más bien otorgar una “pensión”, porque el daño siempre es medido atendiendo a la duración e intensidad del dolor. En lo que concierne al descrédito moral, es decir, a la lesión del honor y de la reputación, Gioia propone seguir estos parámetros: edad, sexo, condición social, estado económico de la víctima, “grado de civilización” de la sociedad en la cual ella vive, forma de gobierno vigente en una sociedad. A pesar de que lleva impresas las características evidentes de su tiempo, la obra de Gioia lega a la posteridad, además de los aspectos modernos que hemos destacado específicamente, un importante mensaje: la necesidad de escapar de la arbitrariedad –dentro de cuyos límites resulta confinada la equidad, en muchas ocasiones–, a fin de establecer parámetros “objetivos” de valorización del daño. En realidad, las preguntas de los exégetas italianos son –o por lo menos aparentan serlo– internas al sistema. Tocará a sus sucesores la “transferencia” de las reglas de la responsabilidad civil del modelo inherente a la protección de los intereses concentrados en la propiedad, al modelo más apropiado a una economía 111 112 113 NT Ibid., p. 245. Ibid., p. 258. Aquí se trata del reconocimiento de la relevancia de la lesión del crédito ante literam. Ibid., p. 283. Aquí vale como adjetivo, como suma “extraordinaria”, una compensación que se concede por vez única. industrial. Dicho esfuerzo, tan interesante cuanto singular, consiste, justamente, en el arte de la interpretación. En efecto, a través de las décadas, mientras se mantiene un texto normativo –el Código Civil italiano de 1865 permanecerá en vigor hasta 1942–, se van decantando reglas distintas, más acordes con las nuevas exigencias. Junto con estas reglas, en los puntos donde resulta imposible expandir el marco brindado por el Código, entran a tallar las intervenciones del legislador. 16. El papel de la culpa en el período de la exégesis. (i) Culpa y tutela de la propiedad. Como se verá en su momento, el papel de la culpa en el período de la industrialización resulta evidente. Fuera de la conciencia que sus defensores tengan acerca de ello, la culpa asume el papel de criterio de selección de los comportamientos ilícitos y, por lo tanto, de los daños causados por aquel que lleva a cabo una actividad productora de bienes y servicios, privados y públicos. ¿Qué papel tiene la culpa, en cambio, en el período precedente? Era poco el espacio que un sistema originalmente encaminado a proteger la propiedad podía conceder a la culpa, dado que la lesión de la propiedad constituía un ilícito in re ipsa, y no se requería la demostración de la culpa para obtener el resarcimiento del daño. Fue así como se propuso que la culpa –un principio ensalzado en todos los tratados de la época– fuera considerada como la columna principal de la certeza del derecho, y como el límite único y externo de la libertad de acción, como un criterio regulador de los conflictos entre propietarios114; un principio laico, para nada destinado a introducir en el juicio de responsabilidad valores morales ni mucho menos religiosos, sino más bien el rigor del obrar sin caer en el abuso. La doctrina está tan convencida de que el principio “no existe responsabilidad sin culpa” no admite excepciones, que ni siquiera se percata de que dicho principio es desmentido por los artículos 1153 y siguientes del Código Civil unitario (según el artículo 1384, en el Code Napoléon), ni tampoco de que la jurisprudencia ya lo ha superado, para lograr que en aquellas disposiciones que creaban excepciones al principio general y cardinal de los regímenes especiales se comprendieran supuestos que, de otra manera, habrían quedado fuera del marco normativo115. La insistencia en el carácter monolítico del marco inducirá a la doctrina a recurrir, cada vez con mayor frecuencia, a las ficciones y a los sofismas, los cuales iban a ser desenmascarados, prontamente, por los juristas de fines del siglo XIX. 114 115 CAZZETTA, Responsabilità aquiliana e frammentazione del diritto comune civilistico, cit., pp. 85 y ss. Véase, así mismo, LAI, Principi generali della responsabilità civile per delitti e quasi delitti. Appunti, Cagliari, 1880. CAZZETTA, op. cit., pp. 91 y ss. (ii) Culpa levísima. La noción amplia, elástica e imprecisa de culpa divide a los exégetas. Se da comienzo al debate en torno de la máxima “in lege Aquilia et levissima culpa venit”. Hay quienes pretenden aplicar a la letra el principio, y quienes buscan lograr una mayor razonabilidad, preocupados por la seguridad excesiva. ¿Con qué criterio se debe establecer el punto de equilibrio en la aplicación de la ley por parte del juez? ¿Acaso “siguiendo su propia conciencia”, como sostienen JeanBaptiste Proudhon y Auguste Sourdat116? ¿Acaso recurriendo a la coordinación con los demás principios, incluido aquel que descarta toda responsabilidad en el ejercicio del propio derecho117? (iii) Injuria. Los exégetas entienden la injuria en un doble sentido: ella vale por el actuar contra ius y por el actuar non jure. Cambia, sin embargo, la perspectiva a la cual se ha hecho referencia antes –la de la época romana y medieval–, según la cual el ius era entendido en su significado objetivo (como “ordenamiento jurídico”, diríamos hoy). Para los exégetas, el ius se entiende en sentido subjetivo: actúa ilícitamente aquel que infringe el derecho ajeno, y no ejerce un derecho propio118. Sin embargo, e insistiendo en la culpa –que también es entendida en sentido subjetivo–, los exégetas juntan la culpa con la injuria, pero no sería correcto repasar toda la experiencia de entonces a la luz de las distinciones modernas. (iv) Responsabilidad de la Administración pública. La universalidad del principio de responsabilidad fundada en la culpa, así como la elasticidad de las reglas del Código, impulsan a los exégetas a afirmar que estas reglas son aplicables al Estado, a la Administración, al funcionario público. Con ello se manifiesta, tal vez inconscientemente, una modernidad de interpretación, cuya dilatación, empero, se iba a reubicar rápidamente dentro de los márgenes de la estricta doctrina civilística, y de la doctrina solidarística del derecho público de fines del siglo XIX119. 116 117 118 119 Ibid., p. 107. LAI, Principi generali della responsabilità civile, cit., pp. 58 y ss., 62 y ss. También sobre este punto: CAZZETTA, op. cit., p. 107. CAZZETTA, op. cit., p. 115. Véase también: RICCI, Corso teorico pratico di diritto civile, VI, Delle obbligazioni, Turín, 1880, pp. 116 y ss. La historia de la responsabilidad civil del Estado y de la Administración pública es ampliamente analizada por CAZZETTA, op. cit., pp. 130 y ss. Véase también, de lo más reciente: SANTILLI, Il diritto civile dello Stato. Momenti di un itinerario tra pubblico e privato, Milán, 1985; MONATERI, La responsabilità civile, cit., pp. 806 y ss.; CARANTA, La responsabilità extracontrattuale della pubblica amministrazione, Milán, 1993. 17. La culpa omisiva. En la historia de los criterios de imputación se traza otra historia, relativa al deber de obrar, a la abstención del obrar y a la sanción de la omisión. Existe una sustancial conformidad entre los ordenamientos europeos continentales y los de common law en la toma de una posición restrictiva al respecto: se responde sólo por el comportamiento positivo, y no por el comportamiento omisivo. La regla restrictiva, que otorga a las omisiones una relevancia jurídica sólo en las hipótesis enumeradas por la ley (y que da forma, por lo tanto, a un sistema “típificado” de ilícito omisivo) es objeto de muchas aprobaciones, incluso en los trabajos doctrinales de autores que, a pesar de mostrarse indiferentes frente a la descripción de los términos del problema (y resultan particularmente mezquinas, en tal sentido, las páginas que la doctrina italiana ha dedicado a la culpa omisiva), son bien conscientes de las directrices de política del derecho que se esconden detrás de las fórmulas, aparentemente asépticas, empleadas por la jurisprudencia. La relación “libertad-responsabilidad” que es parte esencial de la problemática de las omisiones, tienen aplicaciones comunes, no obstante el carácter restrictivo de éstas; aplicaciones que tienden a que la atención se desplace hacia la libertad del individuo, llamado a realizar una acción que no ha querido hacer, en lugar de acentuar la responsabilidad que debería tener lugar todas las veces en que alguien se encuentre en condición de prever o de prevenir un daño destinado a afectar a otro. Este es uno de los clásicos topoi en los cuales se ejemplifican de manera representativa las diferencias entre los dictámenes de la ley civil y los principios de la ley moral, más rigurosa y severa que la primera. La regla restrictiva no sólo prevalece por motivos fundados en los referidos presupuestos ideológicos. Dicha regla ha experimentado una evolución histórica que registra en todas sus fases, y como auténticas excepciones, los intentos de aquellos que, con miras a superar las rígidas barreras construidas en torno del concepto de “omisión pura”, tratan de expandir el alcance de la noción, junto con los confines mismos de la responsabilidad civil. Efectuar una reseña de los estudios doctrinales sobre la noción de omisión significa, en realidad, investigar el carácter de las tendencias que parezcan, en su simplicidad, absolutamente unívocas o monocordes. En los primeros comentarios del Code civil, en efecto, ya se afirma la opinión de que la culpa mencionada en el artículo 1382, así como en el artículo 1383, también puede estar constituida por un comportamiento omisivo, es decir, por la ausencia de iniciativas que habrían podido prever o prevenir el daño sufrido por terceros. Al mismo tiempo, sin embargo, se consolida la convicción –en el libre mundo de la actividad de los juristas– de que es posible pretender una actividad positiva de un sujeto, pero sólo a través de un deber jurídico expreso. Ello equivale a afirmar que los extremos de la omisión sólo se pueden constatar en las hipótesis en las cuales el imputado tenía “el deber jurídico de obrar”120. La única excepción, fuera del unánime consenso 120 Con carácter general, véanse: ALPA, Il problema dell’atipicità dell’illecito, Nápoles, 1979, cap. III; FRANZONI, Fatti illeciti, cit., pp. 151 y ss.; VISINTINI, Trattato breve della que respalda la tesis más restrictiva, es la posición de Toullier, quien al momento de describir los distintos significados que deben atribuirse al término fait, incluido en la cláusula normativa general de responsabilidad, no duda en comprender en el mismo al “comportamiento de abstención”121. Para ser más precisos, Toullier advierte que la expresión “hecho” también hace referencia a la culpa cometida por aquel que, habiendo podido impedir una acción nociva, “no impidió ésta de inmediato”. Llevando a consecuencias extremas tal procedimiento lógico, el ilustre jurista llega a formular un juicio en el cual es probable que el énfasis y los ideales morales superen una lectura “racional” de las normas. A decir de Toullier, aquel que no ha impedido el daño a pesar de haber estado en condición de hacerlo es como si fuera el autor mismo del daño: “il est cénsé l’avoir fait lui-mème”. Las palabras con las que Toullier pretende justificar lo severo de su juicio son significativas en extremo. En efecto, él no habla de una inercia negligente, ni de una valorización económica de la omisión (comparando el costo de la inercia con el costo de la acción, e incluso con el costo experimentado por el sujeto lesionado); en él aflora, una vez más, la demanda moral, que le hace advertir que el dañador inerte debe ser considerado en el nivel de un “cómplice” propiamente dicho; de un cómplice de aquel que ha cometido el hecho dañoso. Formulada en tales términos, la teoría de la culpa omisiva no podía lograr el consenso de la doctrina. Excesiva era la proximidad entre interpretación de la regla jurídica y la concepción corriente de las omisiones en la teología moral; y excesivo también era el rigor con el que se apreciaba el comportamiento omisivo, debido, en especial, a que la distinción entre culpa omisiva y culpa comisiva en el campo penal era bastante marcada, y se tendía a sancionar solamente el comportamiento comisivo, y a considerar irrelevante la mera omisión. Era injustificado equiparar el comportamiento comisivo del agente que dolosamente o por negligencia había ocasionado el evento, con el comportamiento omisivo del “cómplice”. El enfoque de Toullier tampoco era correcto, en fin, al explicar los aspectos jurídicos de la culpa, la cual no se hace tan evidente luego del (o por obra del) cotejo entre la inercia del sujeto y la negligente o dolosa actividad del agente; la culpa, por el contrario, debe ser considerada en cuanto tal, sin que sea posible equiparar (si no es en un plano exclusivamente moral) la abstención con la comisión dolosa del ilícito. Ello no es todo. El empleo que Toullier hace de la expresión “complicidad”, y su modo de figurarse la acción junto con la omisión revelan, inequívocamente, que el comportamiento tipificado que el autor prefiguraba era un comportamiento 121 responsabilità civile, cit., pp. 56 y ss. Una amplia descripción de las cuestiones relativas a la faute d’abstention es aportada por COHIN, L’abstention fautive en droit civil et pénal, París, 1929, pp. 3 y ss., quien parte, sin embargo, de la tesis de Planiol (cfr., infra, en este mismo capítulo), sin remitirse a las fuentes históricas de la regulación de las omisiones, a pesar de que ellas constituyen el modelo más atendible para documentar cómo la relación “responsabilidad-libertad” fue entendida en el siglo pasado, en un sentido muy rígido. De aquí la tendencia general a no considerar relevante la omisión de un comportamiento activo. Al respecto, véase, por todos: DEMOLOMBE, Cours de code Napoléon, VIII, París, 1874, n. 1470, pp. 405 y ss. TOULLIER, Le droit civil français suivant l’ordre du Code, 5ª. ed., París, 1830, t. XI, n. I, 17, pp. 148 y ss. penalmente relevante o, cuando menos, uno deliberadamente efectuado, por efecto de dolo. Por lo tanto, las objeciones que podían cerrarle el paso a Toullier, en el siglo XIX, eran demasiado numerosas y plausibles como para poder elegirlo como modelo constructivo para normar las hipótesis de culpa omisiva. Por otro lado, llevando a sus extremas consecuencias dicho modelo, se habría podido multiplicar hasta el infinito el deber (de obrar) de un sujeto, con lo cual no sólo se hubiesen vuelto más gravosas las actividades económicas, sino que hasta se habría inducido al particular a emprender una serie de iniciativas no requeridas por el sentimiento común del agere licere. Esta es la razón de la franca hostilidad con la cual la doctrina se niega a dar crédito a la tesis de Toullier. Después de haber precisado que el comportamiento negligente relevante, para efectos de la aplicación del artículo 1382 (y del 1383) del Code Napoléon, también puede resultar de una omisión, Aubry y Rau se apresuran en advertir que “toutefois une personne, qui par quelque omission, a occasionné un dommage à autrui, n’en est responsable qu’autant qu’une disposition de la loi lui imposait l’obligation d’accomplir le fait omis”122. Y Marcadé, con su estilo lapidario, destaca a su vez que “la faute est indispensable pour faire naitre l’obligation de réparer le dommage causé” y que “bien entendu, il en est ainsi dans l’omission comme dans le fait positif par commission”123; pero luego añade, siguiendo los pasos de Domat124, que es suficiente la violación de un “deber general, existente en ventaja de toda persona”, para configurar la culpa, incluso omisiva. También se expresan en el sentido de la tesis más restrictiva Laurent125, Proudhon126, Larombière127 y Sourdat128. La convicción sobre la imposibilidad de obligar a un sujeto a actuar cuando este ha dedicido abstenerse de toda actividad, y a menos que medie un explícito deber legal, es tan grande que Charles Léon LyonCaen y Louis Renault observan en su tratado de derecho comercial, a propósito de la más obvia (y hasta “clásica”) forma de responsabilidad omisiva, como lo es la omisión de prestar auxilio, que “en règle, une personne est bien tenue légalement, sous la sanction civile des articles 1382 et 1383 du Code civil, et des sanction pénales diverses, variant avec les faits, de ne pas commettre d’actes dommageables à autrui, mais une personne n’est pas au contraire légalement tenue d’accomplir des actes avantageux à d’autres personnes, en empéchant celles-si de subir un dommage dont elles sont menacées”129. 122 123 124 125 126 127 128 129 AUBRY y RAU, Traité de droit civil, 5ª. ed., vol. VI, París, 1920, p. 337. MARCADÉ, Explication du Code Napoléon contenante l’analyse critique des auteurs et de la jurisprudence, V, París, 1859, pp. 264-265. Al respecto, véanse también los realces de G. B. FERRI, “Dalla responsabilità alla riparazione”, en Riv. dir. comm., 1977, I, p. 345. DOMAT, Les loix civiles, cit., lib. II, tít. VIII, sec. IV, n. 8. LAURENT, Principi di diritto civile, trad. italiana, Milán, 1879, § 5. PROUDHON, Traité des droits d’usufruit, d’usage, d’abitation et de superficie, Bruselas, 1833. Citado por APPLETON, “L’abstention fautive en matière délictuelle, civil et penale. Essai critique de législation”, en Rev. trim. dr. civ., 1912, p. 601. Citado por APPLETON, op. cit., loc. cit. LYON CAEN y RENAULT, Traité de droit commerciel, 4ª. ed., t. IV, París, 1906, nn. 1067 y ss. Por lo demás, aun cuando se llega a admitir en abstracto la relevancia de la omisión, se tiende a negar, en concreto, que ella sea sancionable en defecto de un nexo de causalidad entre el hecho omisivo y el evento. Al respecto, Charles Beudant y Henri Capitant observan que “pour qu’une abstention soit considérée comme une faute, il faut que la négligence ait été la cause initiale et déterminante du dommage éprouvé par un tiers”130. También en la doctrina italiana de fines del siglo XIX se reflejan las tendencias ya manifestadas en las primeras elaboraciones francesas sobre el tema de la culpa omisiva. Y las tendencias que se presentan no parecen diferenciarse en mucho de las surgidas en época coetánea o poco antes en la experiencia del otro lado de los Alpes. Hay, en efecto, tesis que dedican a la omisión –casi como subrayando la inutilidad de una discusión sobre temas que parecen desarrollados a suficiencia– sólo débiles referencias, y acallan las dudas suscitadas, de todas formas, por la bibliografía de aquellas páginas, o bien se fundan en auténticos axiomas la opción entre uno y otro orientamiento. Así, Giovanni Lomonaco se limita a brindar una definición descriptiva de la omisión, ubicada entre los cuasidelitos, aunque no dedica a ella mucho espacio. Dicho autor hace seguir a la noción de omisión algunos datos jurisprudenciales, pero todos ellos relativos al cumplimiento de deberes derivantes del ejercicio de una profesión, e introducidos atendiendo a que “la jurisprudencia italiana siempre ha considerado como daños resarcibles aquellos que nacen de la negligencia en los deberes a cuya observancia está constreñida una persona, sean los generales, del ciudadano, sean los especiales, vinculados con un oficio”131. Del mismo modo, Emidio Pacifici-Mazzoni observa que puede constituir delito civil tanto el hecho negativo “o de omisión, cuanto el hecho positivo, o de comisión”. Y añade: “aquel que por omisión causa un daño a otro no responde de ello si la ley no le imponía el deber de llevar a cabo el hecho omitido”. Según el autor, la regla tiene respaldo en la interpretación del principio romano “qui non facit quod facere debet, videtur facere adversus ea quae non facit”132. Más adelante, la responsabilidad por omisiones es mencionada en el tratado de Francesco Ricci, pero sólo para justificar la existencia del artículo 1152 del Código Civil unitario (artículo 1383 del Code Napoléon) que al reproducir con distinta terminología el mismo principio codificado por el artículo 1151 (artículo 1382 del Code) parece expresar la duda del legislador entre la descripción de la hipótesis del ilícito civil, o una nueva formulación normativa. En otras palabras – anota Ricci– “la culpa que genera la responsabilidad civil no deriva únicamente de los hechos, sino también de lo que no se hace; por lo tanto, yo incurro en culpa no sólo cuando hago aquello que no debería hacer, sino también cuando omito hacer o 130 131 132 BEUDANT y CAPITANT, Cours de droit civil français, pp. 133 y ss. LOMONACO, Istituzioni di diritto civile italiano, Nápoles, 1883, lib. III, pp. 316 y ss. PACIFICI-MAZZONI, Istituzioni di diritto civile italiano, al cuidado de G. VENZI, Florencia, 1920, p. 221. cuando descuido aquello que habría debido hacer”133. Aquí, sin embargo no se precisa si el deber que recae en el sujeto que no ha hecho lo que tenía que hacer está inmediatamente ligado a específicas disposiciones de ley, o si dicho deber puede constituir también un “deber social o moral” relevante, de todos modos, en la conciencia social, como un compromiso de acción violado por el ciudadano. A objeciones no distintas se expone el esquema teórico de las omisiones propuesto por Gian Pietro Chironi, a pesar de la precisión de este autor en el análisis de las formas jurídicas. Partiendo de una crítica contra la posición asumida por Toullier, Chironi indica que de las omisiones “se debe responder sólo cuando ellas no sean «justificadas», porque el omiso estaba «obligado» a «actuar»”. Pero al definir la hipótesis del ilícito omisivo como aquella en la cual “aquel que no ha hecho se encontraba jurídicamente obligado a hacer”, el autor citado parece estar asignando a la omisión un significado restrictivo, pues añade: “por la naturaleza misma de la omisión, éste es el único caso en el que puede producirse una violación injusta del derecho: la iniuria, que es fuente de responsabilidad”. Así, se retoma el vínculo culpa-iniuria, culpa-lesión de un derecho (“la necesidad de un derecho cuya violación esté prohibida indica, de por sí, cuál es el deber del omiso”); y la omisión resulta, entonces, de la violación de un derecho que, como tal, debe estar garantizado por la ley. Por lo tanto, no distintamente de las demás figuras de culpa, también la omisión es ilícita sólo si media una “violación de la ley”134. Para librar esta conclusión de la consecuencia de que no existe diferencia entre obligación derivada de relación contractual y obligación derivada de relación extracontractual, Chironi advierte, una vez más, que “la omisión, para constituir un ilícito con figura de delito o cuasidelito, es aquella que está vinculada con un deber que no depende de relaciones de obligación entre las partes”135. No se aparta de la línea de pensamiento anterior, a pesar de las décadas transcurridas, ni siquiera Giovanni Pacchioni136, quien define como omisión ilícita “no toda omisión, sino únicamente aquella que viola algún deber de ejecutar una acción positiva específica”. Aun cuando lo hace de manera sucinta, el autor deja entender, claramente, que el “hacer” una cosa que causa daño a otro y el “no hacer” tienen que ser regulados de manera distinta. Además, la “agresión” contra el derecho esgrimido por otro es presentada como más grave que la “simple extensión” de la protección de tal derecho, cuando se asiste, inertes, a su violación por parte de terceros. Para decirlo con Pacchioni: “quien se abstiene de hacer una cosa que «debería» hacer, comete una omisión ilícita que, de causar daño a otro, genera el deber de resarcirlo”. Así, el elemento “deber” parece connotar una hipótesis compleja, más orgánica que la simple figura del ilícito comisivo. Igualmente conciso es el comentario de Umberto Borsari, quien privilegia una tesis opuesta, y atribuye a la culpa un ámbito de operatividad mucho más 133 134 135 136 RICCI, Corso teorico pratico di diritto civile, cit., parte II, cap. I, 1887, pp. 117 y ss. CHIRONI, Colpa extracontrattuale, I, Milán-Turín-Roma, 1903, pp. 92 y ss. Ibid., p. 95. PACCHIONI, Diritto civile italiano, parte II, vol. IV, Dei delitti e quasi-delitti, Padua, 1940, pp. 11 y ss., pp. 60 y ss. amplio137. “La omisión –destaca el autor citado– es un concepto relativo, que presupone una cosa que se tenía que hacer, y que requiere la atención de la mente, a fin de no descuidarla”. Después, al hacer frente a la tesis restrictiva, que predominaba en la doctrina, acota: “no es menester [...] referirse a algún contrato o a una obligación escrita; basta aquel deber general que tienen todos, de no exponer a daños o peligros a las personas o a las cosas ajenas por culpa propia [...] motivos de humanidad más generales y comunes nos constriñen en menor medida; no estamos obligados a lanzarnos a un río para salvar a alguien que se está ahogando, y es por ello que los autores de acciones así de generosas logran los lauros del heroísmo, pues superan el confín ordinario del deber humano”. También en este caso, el parámetro de evaluación está dado por el comportamiento del hombre promedio: los principios morales (que obligarían a aquel que se abstiene a arriesgar su vida para salvar la de otra) no tienen reconocimiento en el mundo del derecho. Sin embargo, el deber de obrar se deduce –al igual que el deber de no causar daño a nadie– de la misma directriz prevista en el artículo 1151 del Código Civil unitario. Por lo tanto, se propone una lectura de dicha cláusula normativa general que restituya a ésta su auténtica naturaleza, libre de la construcción de hipótesis típicas de ilícito omisivo que reina, por el contrario, en la doctrina predominante. Una tesis intermedia entre aquella que restringe la interpretación tradicional y la más lata –de Borsari–, es la postulada por Giorgio Giorgi, pues este autor subraya que, a pesar de que no sea de compartir la tesis de Toullier, sigue siendo necesario adecuarse a las tendencias de la jurisprudencia, la cual “siempre ha considerado como resarcibles los daños derivados de la transgresión de los deberes generales del ciudadano y de los deberes especiales, del oficio o de familia, que pesan sobre el ofensor”. Y es la referencia a los deberes del ciudadano, justamente, la que parece relevante en el ámbito del análisis que se va desarrollando, porque los deberes en razón del oficio o los deberes de familia están taxativamente previstos en la ley y, por lo tanto, cuentan con una regulación distinta138. A pesar de todo, de los estudios en los cuales se debate con mayor profusión acerca de la naturaleza jurídica de las omisiones surge con claridad el privilegio que se concede a la tesis restrictiva. De tal forma, el sistema de la responsabilidad civil –que es atípico, en abstracto– se vuelve típificado en las hipótesis de lesiones debidas a un comportamiento inerte del sujeto; y también resulta tipificado en materia de culpa comisiva, atendiendo a que el deber general de neminem laedere es asumido como un principio en el cual se resumen las normas primarias que defienden los intereses expresamente protegidos por el ordenamiento y que han sido consagrados como “derechos subjetivos” protegidos erga omnes. En consecuencia, los modelos interpretativos son dos. Uno de ellos realiza una reconstrucción de las fuentes de un modo tan estrictamente vinculado con la tradición romana, que induce a creer que la regla restrictiva, consolidada por una historia secular, no admite revisiones. El otro, en cambio, fija un nexo inmediato entre omisión civil y omisión penal, y más aun, entre el comportamiento omisivo y 137 138 BORSARI, Commentario al codice civile italiano, lib. III, sub arts. 1151 y ss., Roma y Pisa, 1876, p. 335. GIORGI, Teoria delle obbligazioni nel diritto moderno italiano, 2ª. ed., Florencia, 1882, pp. 193 y ss. la legislación especial de ciertas actividades en particular. El reenvío per relationem a las fuentes romanas o a la regulación penal vale, de por sí, para construir un sistema en el cual la culpa omisiva está destinada a tener un espacio marginal, incluso en presencia de normas como las de los artículos 1151 y 1152 del Código Civil unitario, que, en este punto, resultan bastan reticentes. Siguiendo esta última línea, y en su análisis de los delitos y cuasidelitos, Contardo Ferrini destaca que la culpa aquiliana consiste en una actividad positiva contraria a los principios del ordenamiento. Puesto que no existen disposiciones precisas en las fuentes romanas que sean útiles para documentar con claridad la posibilidad de configurar un hecho ilícito en el mero comportamiento omisivo, el autor arriba a la conclusión de que una opinión contraria no sólo sería contrastante con las fuentes romanas (que siguen constituyendo el fundamento de los sistemas jurídicos modernos), sino que implicaría una serie de consecuencias graves, con las cuales se daría menos valor a la doctrina romana sobre la culpa in faciendo, que es “de una profundidad jurídica maravillosa, y cuyo desconocimiento es prueba de la gran decadencia del sentido del derecho”139. ¿Cómo aplicar, empero, los principios de la tradición al derecho moderno? Ferrini advierte, al respecto, que lejos de obligarse a todos los individuos a prestar auxilio a los demás, o a hacer algo para evitar un daño aún no suscitado, lo que hace la ley es prohibir “la realización de un acto contrario a los derechos ajenos, y lesivos de estos”. En su opinión, en cambio, no existe una norma igual de general “que [...] imponga una actuación en beneficio ajeno, y que coloque al individuo frente al deber jurídico de proveer (aun cuando no existan vínculos específicos) para que los derechos ajenos no experimenten un detrimento”140. A juicio de Ferrini, en el Código Civil unitario se ha normado, con el aval de las fuentes romanas, el principio que relega la culpa omisiva sólo a las hipótesis expresamente previstas por las leyes; por lo tanto, las excepciones tendrán cabida únicamente cuando sea la misma ley la que imponga un comportamiento activo. Se trataría, entonces, de los casos señalados en el Código Penal (hallazgo de cosa ajena, con falta de entrega de ésta a la Municipalidad; omisión de socorro; omisión de acciones en caso de delitos flagrantes, por tumulto o calamidad). Se identifican, luego (y siempre sobre la base de las fuentes romanas) los casos de “omisiónnegación”, que aquí son presentados como hipótesis de “omisión” propiamente dicha, pero que tienen relación, en realidad, con los comportamientos comisivos caracterizados por la negligencia, en tanto atribuibles a una ausencia de cautela en el ejercicio de una actividad (omisión del médico, omisión de las compañías ferroviarias, sea en los incendios eventualmente debidos al escape de chispas de las chimeneas de las locomotoras a vapor, sea en el hurto de animales que atravesaran la línea de rieles, por falta de vallas que impidan el paso). Es significativo el hecho de que, a pesar de recurrir a una noción impropia de omisión, Ferrini mismo reconozca que en el ejercicio de una actividad empresarial, la diligencia requerida al agente tiene que ser superior a la normal. “En el derecho moderno –anota–, con las grandes empresas públicas y privadas, es indudable que un concepto de ese tipo debe aplicarse con mayor amplitud”, en el sentido de que 139 140 FERRINI, voz “Delitti e quasi-delitti”, en Digesto italiano, vol. IX, parte I, Turín, 18871898, pp. 731 y ss. Ibid., p. 732. “no sólo la omisión concomitante o subsiguiente a la acción precisa, sino la omisión del que ejerce dicha empresa, obligará al resarcimiento, y ello porque la empresa en sí puede y debe ser considerada una acción de gran dimensión”141. Fuera de los casos en los cuales el término “omisión” se emplea de modo impropio (y genéricamente, por lo demás), dicho concepto es entendido en sentido claramente restrictivo por el autor a cuya obra habrán de referirse la mayor parte de los posteriores estudios teóricos sobre el tema: Giacomo Venezian Llama la atención, en efecto que incluso Venezian, quien concibe “un rigurosísimo fundamento de la responsabilidad civil” adhiera a las pautas que acabamos de reseñar. Al exponer los deberes que recaen en el sujeto que vive en sociedad, Venezian se cuida de circunscribir el deber de obrar sólo a los casos expresamente previstos por la ley. No tiene valor para que este autor se aparte de dicha tesis ni siquiera la consideración de los principios de solidaridad social que deberían propender, de todas formas, a una intervención más activa del individuo en las relaciones sociales. Por el contrario, Venezian rechaza esta objeción de manera bastante decidida: los principios de solidaridad, dictados por las “generosas proclamas de la Revolución, para fijar el principio de la fraternidad humana a la cabeza de la declaración de derechos”, ni siquiera pueden ser examinados. Por lo tanto, toda interpretación extensiva que pretenda superar los principios liberales del obrar humano no puede superar la “protección de los egoísmos privados”, porque en tal caso se incurriría en el grave error de confundir la moral con el derecho, la posición de los particulares “con los cargos públicos”. En resumen, toda tesis contraria es vista como fruto de aquellas “generosas proclamas” que se deben evaluar con el severo criterio de “una ciencia que se inspira en las condiciones de hecho de la naturaleza humana para atribuir deberes y derechos, en tanto y en cuanto extremadamente necesarios para la existencia y prosperidad de la sociedad; haciendo un mínimo cálculo de virtud, la regla es que la cooperación activa de los individuos no es pretendida para el bienestar de la generalidad; por otro lado, no se debe olvidar la extraordinaria virtud impulsiva que puede tener en un determinado momento histórico, y en el progreso de la sociedad civil, la afirmación general del ideal, y también la afirmación de la utopía”142. Ahondando al máximo en tales premisas, Venezian concluye, entonces, que las “leyes de libertad del individuo” han prohibido toda extensión ilegítima del artículo 1151 del Código Civil unitario; así, sólo se dejan con vida aquellos deberes comunes que vuelven ilícitas la omisión de socorro y la omisión de asistencia143. El marco que surge de aquellas directrices, y que se aprecia con claridad en las páginas de la doctrina –una doctrina que parece consciente, sin duda, de los fines de política del derecho a los cuales se orienta la interpretación restrictiva del artículo 1151 del Código Civil unitario–, se presenta extremadamente significativo. Invocando las fuentes romanas, cuyo dictado no puede ser contradicho, so pena de 141 142 143 Ibid., p. 777. VENEZIAN, “Danno e risarcimento fuori dei contratti”, en ID., Opere giuridiche, I, Studi sulle obbligazioni, Roma, 1919, pp. 126 y ss. A la tesis de Venezian hace referencia el mismo Ferrini (a pesar de que en otras ocasiones este último defiende una tendencia bastante lejana a la del primer autor), en apoyo de su propia tesis sobre el régimen de las omisiones. Véase: FERRINI, voz “Delitti e quasi-delitti”, cit., p. 771, nota (1). VENEZIAN, op. cit., p. 134, y en particular, pp. 137 y ss. la degradación del ordenamiento al nivel de un sistema “incivil”, y los principios de la economía liberal, como leyes naturales que se disocian de la moral común, y requieren al particular la observación de un comportamiento conforme con el “mínimo ético”; así, esta mínima contribución (subordinada, por otro lado, a una norma legal expresa y, en particular, a una norma “penal”), hace que se consolide un principio que asume en sí mismo las características de la inmutabilidad y de la racionalidad. En resumen, los principios de la filosofía individualista, traducidos en aras de la voluntad, y en defensa de los derechos del sujeto, tienen una autorizada confirmación en el campo de las omisiones. Por lo tanto, no pueden tener ningún eco las objeciones de aquellos autores que parten –como Borsari– de la unidad conceptual de la culpa omisiva y la culpa comisiva, para someter la primera a las mismas reglas de la segunda; ni tampoco las afirmaciones de Giovanni Cesareo-Consolo (un acostumbrado defensor de la interpretación restrictiva y, por decirlo así, “conservadora” de las normas), quien insiste en criticar la tesis de Ferrini, al advertir que también existe omisión cuando se viola un deber genérico de obrar no necesariamente previsto con precisión por las normas144. En realidad, sin embargo, se trata de una tesis defendida con escaso rigor, y quizás sin mucha convicción, porque en la parte final de su análisis Cesareo-Consolo se ampara de nuevo en Ferrini, para enunciar la regla de que “si una norma jurídica nos prohíbe realizar un acto contrario a los derechos activos, y lesivo de estos, no existe una norma igualmente general que nos imponga actuar en beneficio ajeno”, ni que imponga un “deber jurídico de proveer (cuando no existen vínculos particulares) para que los derechos ajenos no padezcan detrimento”145. En el plano formal, entonces, el sistema de la responsabilidad por omisiones se caracteriza por una doble tipicidad: tipicidad de las fuentes de obligación, porque la omisión es de por sí relevante sólo cuando está prevista por una ley (y cuando el comportamiento positivo es requerido por una norma jurídica); tipicidad de los intereses protegidos, atendiendo a que una vez identificados los casos de omisión que son relevantes en abstracto es necesario asegurarse de que el daño sea contra jus, es decir, lesivo de un derecho protegido por el ordenamiento de modo explícito. En conclusión, el ilícito omisivo únicamente puede configurarse ante el comportamiento inerte previsto por la ley, y en condición de sacrificar un derecho subjetivo absoluto. Los principios de la economía de laissez faire y de la filosofía individualista no podían ser objeto de una mejor o más plena confirmación. 18. Los deberes de obrar en la jurisprudencia. Durante la vigencia del Código Civil italiano de 1865, la jurisprudencia retoma en este punto, sin dar visos de novedad, la tesis restrictiva acogida por la doctrina. 144 145 CESAREO-CONSOLO, Trattato sul risarcimento del danno in materia di delitti e quasi-delitti, 1ª. ed., Turín, 1908, pp. 78 y ss. Ibid., p. 82. A veces la tesis restrictiva no es enunciada de una manera explícita, sino que intuida a partir del análisis de las normas que prevén un deber de actuar. La constatación de la violación de la norma, realizada mediante el comportamiento de abstención, conduce a la declaratoria de responsabilidad del imputado. Al respecto, es sintomática una sentencia de inicios del siglo XX, emitida por la Corte di Cassazione de Palermo, en una controversia surgida entre la esposa de un demente que en un rapto de locura había quitado la vida a un individuo, y los familiares de la víctima, que exigían la reparación del daño146. En la detallada sentencia, la Corte discute si pesaban sobre la demandada deberes de asistencia y vigilancia respecto de su marido enfermo y, por lo tanto, el deber de prever sus eventuales comportamientos dañosos o peligrosos. El conocimiento del estado en que se encontraba su cónyuge, y del posible daño que podía derivar para todos aquellos que se acercaran a él, constituye el presupuesto de hecho con el cual los jueces argumentan para (ubicar la hipótesis en el ámbito de la culpa en la falta de previsión del evento, dado que “ille qui non praevidet et praevidere debuit, in culpa est”, y para) deducir la responsabilidad de la mujer, atendiendo a que ella tenía “mal abandonado a su marido, y jamás tuvo el cuidado de vigilarlo, ni de hacerlo vigilar, ni de promover su interdicción, ni de informar a las autoridades de su estado”. Una serie de omisiones de esta gravedad permite que la Corte infiera el deber de resarcir el daño por parte de la mujer. Además, dichas omisiones se ven como constitutivas de una flagrante violación de la ley, porque el artículo 132 del Código Civil unitario impone un deber de protección al cónyuge, así como un deber de asistencia en el artículo 130; deberes que se concretan, como observan los jueces, en aquel conjunto de “cuidados recíprocos que se deben los cónyuges entre sí”147. En otras ocasiones se sigue el enfoque ordinario de la culpa in omittendo. En un caso, los cultivos del propietario de un fundo dominante –en posición superior respecto del fundo sirviente– no habían impedido el correr de las aguas hacia el fundo subyacente, lo cual produjo desmoronamientos que destruyeron las plantaciones presentes en éste. Los jueces de la Corte di Cassazione de Roma148, rechazaron la responsabilidad del propietario del fundo dominante, pero no tanto con la invocación de la existencia de un derecho de servidumbre (legal), derivado de la situación de los lugares, e inherente a la emanación de las aguas, sino más bien atendiendo al hecho de que no existía ningún deber de obrar a cargo del titular del fundo superior. Las reglas dictadas por Paulo, sobre la culpa omisiva, sirven de fundamento a la ratio decidendi de la sentencia citada149. 146 147 148 149 Corte di Cassazione de Palermo, sentencia del 12 de junio de 1900, en Il Circolo giuridico, 1900, pp. 153 y ss. Ibid., p. 155. Corte di Cassazione de Roma, sentencia del 30 de junio de 1886, en La Legge, 1887, I, p. 86. “Qui non facit quod facere debet, videtur facere adversus ea, quia non facit; et qui tacit quod facere non debet, non videtur facere id, quod facere iussus est” (Leg., 121, 50, 17). En el mismo sentido se pronuncia la Corte di Cassazione de Turín, a resultas de un juicio promovido por la declaración de nulidad del contrato que habían celebrado dos personas150. El demandante enjuició a los miembros del consejo de familia de la otra parte, los cuales no habían procedido a realizar a tiempo el nombramiento del curador, porque ella se encontraba inhabilitada; por tal razón, no se había podido impedir que el inhabilitado asumiera obligaciones destinadas a disolverse por nulidad, dado el vicio genético de las mismas. Se demandaba el resarcimiento del daño a causa de la confianza de la parte actora en la validez del contratoNT. La Corte descarta la legitimidad de la pretensión, pues observa que en la situación se había presentado una omisión no sancionada por el ordenamiento. La interpretación del artículo 339 del Código Civil unitario es ilustrada, en efecto, en el sentido de que dicha norma prescribe la designación de un curador “a ser nombrado por el consejo de familia, pero no establece ningún plazo preciso para realizar tal nombramiento, ni indica por iniciativa de quién se debe convocar el consejo de familia; se conoce únicamente que la convocatoria debe ser ordenada por el pretor”. Sobre la base de esta premisa, era fácil concluir que “tratándose de simples omisiones, y en ausencia de una obligación legal en las relaciones antes descritas, no están presentes los elementos del cuasidelito”151. Sin embargo, hay casos en los cuales se emplea la noción de omisión de una forma más amplia que la hasta aquí indicada. Queda comprendida en el área semántica del término, por ejemplo, todo defecto que se detecte en la “acción”; un defecto que se vuelve jurídicamente relevante cada vez que se determine que el mismo representa una conducta contraria a los cánones de la diligencia media requerida a quien lleva a cabo actividades potencialmente dañosas para terceros. Veamos algunos ejemplos. El banco “A” deja que se perjudique un cheque que ha sido girado por el banco “B”. Se genera un descrédito de tal dimensión para el banco “B” que la clientela de éste se reduce. ¿Puede sancionarse la inercia del banco “A”? En esta hipótesis es difícil identificar una auténtica omisión, porque se puede detectar, más bien, una negligencia o un acto imprudente en el ejercicio del crédito. Así, una Corte decide que no es posible desconocer “la importancia que tiene para la buena reputación de un comerciante, y especialmente para la de una institución crediticia, la noticia de un protesto por la falta de realización del pago de un título-valor”, y se pronuncia, por lo tanto, en sentido favorable al resarcimiento del daño por parte del banco negligente152. 150 NT 151 152 Corte di Cassazione de Turín, sentencia del 11 de diciembre de 1883, en La Giurisprudenza, 1884, p. 86. La confianza en la celebración de un contrato válido es el primero de los supuestos de la responsabilidad in contrahendo. Siempre en la sentencia citada en la nota (150). Corte d’Appello de Génova, sentencia del 9 de abril de 1892, en Monitore dei tribunali, 1892, 595. La administración de una casa para expósitos encarga a una nodriza el cuidado de una recién nacida, abandonada por la madre. Algunas semanas después, la nodriza advierte los primeros síntomas de una infección venérea que le había contagiado la niña, a través del amamantamiento, y se dirige judicialmente contra la institución para el resarcimiento del daño. La Corte lo concede, fundándose en el hecho de que los médicos y los demás agentes de salud que prestaban servicios en la institución habían omitido constatar el estado de salud de la recién nacida, por lo cual habían incurrido en una grave negligencia, al descuidar los síntomas de la infección, evidentes desde los primeros meses de vida153. No era difícil percatarse de la inobservancia de los deberes profesionales, ni determinar, por lo tanto, la responsabilidad profesional del personal del centro de salud. Sin embargo, lo que la Corte destaca es la responsabilidad de la institución por culpa in vigilando (ex artículo 1153 del Código Civil unitario)154. No faltan, por otro lado, sentencias en las cuales se acoge una noción tan restrictiva de la omisión, que es válida para negar la relevancia de ésta en el plano del derecho. Uno de tales casos pertenece a la serie de ilícitos que resultan sintomáticos de los efectos negativos ocasionados por el progreso tecnológico, y retoma la vieja temática (en la cual insiste ampliamente el derecho público del siglo XIX) sobre la responsabilidad de las empresas ferroviarias por el incendio de los sembríos y cosechas de los terrenos limítrofes a los rieles de los trenes. La intención de favorecer el desarrollo industrial, que es contraria a las pretensiones “egoístas” de los propietarios de tierras, influye, sin duda, en la ratio decidendi de una sentencia emitida por la Corte di Cassazione de Palermo155. Las circunstancias de dicho caso eran muy simples. Los demandantes habían sembrado sus terrenos a una distancia de la línea ferroviaria que era menor a la regular; no existía ningún lindero evidente, ni tampoco una valla que dividiera las zonas reservadas para cultivo de las zonas cercanas a los rieles. Las pretensiones de los propietarios fueron denegadas, atendiendo a su comportamiento negligente; pero la Corte duda al demostrar la ausencia de culpa por parte de la empresa ferroviaria, 153 154 155 Corte d’Appello de Bolonia, sentencia del 24 de abril de 1894, en Foro it., 1895, I, c. 31. Esta sentencia es vivamente criticada por Carlo Francesco Gabba, en un comentario de jurisprudencia publicado en Foro it., 1895, I, c. 32, en el cual, descartando los criterios de responsabilidad objetiva imputados al Estado y a los demás entes de existencia moral (los mismos que “en la medida en que comparecen como sujetos de derechos y de relaciones patrimoniales, no presentan propiamente, ni presentan solamente –como de ordinario se afirma– un aspecto distinto de su personalidad, sino que constituyen, en realidad, un ente, una persona distinta y diversa de aquella que se presenta como sujeto de su actividad y dirigida hacia su propio fin público”), prefiere tomar partido por las reglas tradicionales maduradas por la jurisprudencia, e identificar en el comportamiento de los dependientes (médicos y enfermeros) una responsabilidad culposa. Así, el autor citado reafirma una tesis que él ya había sostenido en otra oportunidad (cfr. GABBA, Questioni di diritto civile, 2ª. ed., Turín, 1885, pp. 110 y ss.; así como su comentario en Foro it., 1881, I, c. 932), según la cual, en materia de responsabilidad de la Administración pública, “la no responsabilidad es la regla; la responsabilidad, la excepción”. Corte di Cassazione de Palermo, sentencia del 19 de julio de 1881, en Giur. it., 1881, I, 1, cc. 625 y ss. que no había hecho lo necesario para impedir el evento. Fue por ello que la Corte arribó a la definición de un principio que parece ser de un rigor excesivo. Citando las tesis de Voet, Vinnio, Zoesio y Fabro, efectivamente, la Corte descarta a priori que el comportamiento omisivo pueda configurar un ilícito civil, y reprocha al tribunal inferior por haber violado las normas del Código Civil unitario (artículos 1171 y siguientes), “al encontrar la causa culposa del incendio en hechos negativos, en omisiones”. En palabras de la Corte: “la culpa no es la negligencia; de haber revisado todos los libros de la doctrina, el tribunal se habría dado cuenta de esto: que la negligencia, la omisión, no dan derecho a la aplicación de la lex Aquilia, ni a la de los artículos referidos”156. (En ello, la manipulación de los textos y la interpretación amparada en los artículos 1151 y 1152 del Código Civil unitario son la prueba contundente de la opinión desfavorable que la jurisprudencia exhibe frente a la culpa in omittendo). 19. La influencia de la pandectística. El gran debate que comienza a fines del siglo XIX se centra, exactamente, en lo siguiente: en la omnidifusión del principio de la culpa y en las primeras teorizaciones sobre la responsabilidad objetiva. Los grandes juristas de la época están a favor de una diarquía: se justifica el ingreso de la responsabilidad no culpable por razones de orden público y –como se diría hoy– de solidaridad social. El advenimiento de la sociedad industrial, con la proliferación de los daños “anónimos”, la exigencia de conceder resarcimiento al accidentado que no está en condición de establecer su propia culpa, la exigencia de introducir las (primeras) formas de asistencia social en el mundo del trabajo, militan, conjuntamente, a favor de las tesis anticulpabilistas. En dicho sentido se expresan, por igual, las páginas de Lodovico Barassi, Pietro Cogliolo, Nicola Coviello, Carlo Francesco Gabba, Gian Pietro Chironi y Giacomo Venezian. En los últimos años del siglo XIX, y en las primeras décadas del siglo XX, se debe tener en cuenta otro factor, eminentemente doctrinal y académico: la difusión de las conclusiones a las que había arribado, en el entretanto, la doctrina alemana. Como es sabido, la fase de la exégesis del Código Civil unitario italiano es sucedida, en el plano teórico, por la fase del tributo a la pandectística y, por lo tanto, al método sistemático de los pandectistas. ¿Qué efecto tiene esta influencia? ¿Revive el derecho romano o se trata, más bien, de una mera influencia dogmático-conceptual, que sirve, entonces, para precisar con mayor rigor las nociones utilizadas en el derecho civil? ¿Es cierto que esta influencia se detecta en el campo de la responsabilidad civil? No es fácil dar respuesta a estas interrogantes. Es posible, sin embargo –y sin mayores pretensiones, también en este punto– efectuar un cotejo entre los manuales de los pandectistas traducidos al italiano y aprovechados, por lo tanto, 156 Siempre en la sentencia citada en la nota precedente. por los juristas italianos, por la escuela y por el foro, y los manuales de los autores italianos contemporáneos a dichas traducciones. Para los pandectistas, diversos entre sí por cultura y formación ideológica, consideraremos las obras de Georg Friedrich Puchta (1798-1846), Karl Ludwig Arndst (1803-1878) y Bernhard Windscheid (1817-1892). No desconocemos, obviamente, que la precedencia la debería tener Friedrich Carl von Savigny (1779-1869). En su tratado de derecho de obligaciones157, él precisa que el delito da lugar a una violación de derecho y consiste en un “señorío” ejercido por una persona a la que no correspondía esperar ello; un señorío definido como un “tener, injusto o ilegítimo”. Como se aprecia, estamos siendo conducidos hacia el ámbito de una coherente abstracción conceptual, en la cual prevalece la idea de voluntad y de poder, y en el álveo de la propiedad: “tener”. Los delitos, por otro lado, presuponen la intención de violar el derecho (dolo) o la falta de la diligencia requerida en todo acto jurídico (culpa). El tratado prosigue con los aspectos procesales (actiones), con el examen de las fuentes y con la discusión en torno de las penas privadas. Al final, y a propósito de la iniuria, Savigny observa que ésta, ya en aquel tiempo, es una expresión que sólo atañe a la lesión contra el honor. Podría decirse que los estudios de los discípulos y sucesores de Savigny resultan más convencionales. Ellos parecen recoger los apuntes de la construcción abstracta del ilícito realizada por el maestro, pero al mismo tiempo que reproponen una lectura de las fuentes, ilustran el ilícito en términos modernos. En sus páginas, de todas maneras, ya se constatan las dos características que informarán el BGB y la cultura jurídica contemporánea: la culpa como fundamento del ilícito y la lesión de un derecho subjetivo como criterio de selección de los daños resarcibles. Rindiendo fiel cuenta de las fuentes romanas en sus notas, Puchta traza la noción de “hecho” ilícito, a la cual permanecerá ligada la doctrina italiana hasta hace pocas décadas. “Dos condiciones –señala158– deben concurrir para que exista un delito: 1) la primera, objetiva, es la violación del «derecho» de otro [...]; 2) la segunda condición, subjetiva, es la culpa del autor del hecho, una culpa en el sentido más lato de la palabra”. En cuanto a las consecuencias, se hace referencia tanto al resarcimiento cuanto a la pena. No hay ninguna novedad en lo tocante a las figuras del ilícito, pues se retoman las heredadas de la tradición romana. Lo destacable es que se señala que el ilícito tiene ser cometido (con intención, es decir, con dolo, o por impericia) non jure, o sea, al margen del ejercicio de un derecho propio. 157 158 SAVIGNY, Das Obligationenrecht, trad. italiana, Trattato delle obbligazioni, al cuidado de G. Pacchioni, Turín, 1915. PUCHTA, Corso delle istituzioni, trad. italiana de A. Turchiarulo, 1ª. ed., Nápoles, 1854, p. 241. Como se aprecia, se ubican las bases para la moderna definición del ilícito, que después se traduce en norma del BGB y se presenta como alternativa al texto del Code Napoléon. La precisión posterior del nexo entre acto ilícito, voluntad y culpa es obra de Arndst159. Este autor subraya que “todo acto ilícito supone, objetivamente, una ofensa, y subjetivamente, una relación con la voluntad de una persona, por la cual ésta resulta imputable de aquél, o sea, responsable. El segundo de estos elementos es designado con la palabra «culpa» que es la culpa en sentido lato”. Sin embargo, el paso es ulterior, porque la culpa hace que el autor del hecho se presente como “autor de la lesión de un derecho, esto es, como realizador de una injuria”. Existe, entonces, el nexo entre voluntad-culpa-ilícito, pero también el nexo entre culpalesión de un derecho-ilícito. La lex Aquilia es invocada para establecer “los límites dentro de los cuales las acciones son contrarias al derecho; y es así como todo cuanto excede de tales límites pertenece al ámbito de lo casual”. El estudio del delito vuelve a aparecer en la descripción de las fuentes de las obligaciones160, y luego, en la descripción de las relaciones obligatorias específicas. Ya en las primeras páginas se plantea la alternativa entre repartición del daño y pena (pero se anota que esta última carece de actualidad). En las últimas161, se describen el hurto y el acto de dañar según los principios de la lex Aquilia. Puede sorprender (aunque no en gran medida) que lo expresado en el § 324 de la obra, sobre los actos dañosos, se reproduzca después, casi textualmente, en el § 823 del BGB. En el citado acápite de la obra se señala, en efecto, que: “quienquiera que actuando culposamente y, por lo tanto, ilícitamente, dañe o destruya o reduzca una cosa a como si estuviera destruida, y quienquiera que cause agravio al cuerpo de una persona libre, ya sea que lo haya hecho con mala intención o por falta de la diligencia necesaria debe, en todos los casos, resarcir enteramente al agraviado por el daño que se hubiere causado de tal forma, o bien del damnum iniuriam datum”. La lex Aquilia es entendida como “acción general de daños”; tanto es verdad, que en la descripción de los casos especiales que emergen de las fuentes (incendio, tala de árboles, etc.) se hace referencia a los “principios generales” de la lex Aquilia. Se toman en cuenta, además, los daños causados por otras personas, por animales, por cosas, los cuales vuelven a aparecer, y de una manera más orgánica, en los §§ 831 y 836 del BGB, respectivamente. También diverso es el tratado de Windscheid, bastante amplio, cuidadoso y profuso al analizar las fuentes romanas162. Él se ocupa del ilícito en dos momentos sucesivos: en el primero, respecto de los actos jurídicos, y en el marco del debate sobre el negocio jurídico; en el segundo, respecto de la protección de los derechos de crédito. En el primer aspecto, el autor distingue dos tipos de comportamiento ilícito: la violación del derecho subjetivo y el comportamiento prohibido, es decir, aquel que contradice una prohibición especial. El acto es ilícito sea por su efecto en sí 159 160 161 162 ARNDST, Trattato delle Pandette, trad. italiana de F. Serafini, 3a. ed., Bolonia, 1877, pp. 161 y ss. Ibid., pp. 107 y ss. Ibid., pp. 278 y ss. B. WINDSCHEID, Diritto delle Pandette, trad. italiana de C. FADDA y P. E. BENSA, vol. II, parte II, Turín, 1904, pp. 304 y ss. mismo (por ejemplo, la toma de posesión de una cosa ajena), sea porque el comportamiento “permite realizar un reproche al agente”. En esta hipótesis, es necesario que el agente incurra en culpa. La culpa es un concepto unitario, sea “para las situaciones reales, sea para las obligativas” (y, por consiguiente, tanto en materia contractual cuanto en materia extracontractual), en la medida en que alude a un comportamiento que no habría sido realizado por un individuo normal. La culpa presupone la imputabilidad, es decir, que “el estado psíquico de la persona de la cual se trata debe permitir hacerla responsable de las consecuencias de su querer o no querer”. En el segundo aspecto, encuentran un espacio sólo los daños derivados de actos dolosos (el autor citado define esta casuística como “créditos nacidos de delitos y casos afines”). No se enuncian reglas de contenido general; lo que se hace, más bien, es examinar las fuentes romanas, para establecer cuáles de ellas, y en qué términos, son todavía actuales, y cuál es el régimen integrador del derecho alemán. Se efectúa, entonces, una reseña de las hipótesis de sustracción, robo, actos dañosos, daños causados por medio de animales, daño por medio de cosas, fraude, perjuicios generados para los acreedores, perturbación de la posesión, actos contrarios a la voluntad ajena, actos realizados sin prestar atención a las protestas de los demás, perturbación del derecho de sepultura, violación del deber asumido por cargo público y proceso judicial injusto. Windscheid trata el daño causado con culpa al estudiar el “acto dañoso”. En este punto163, el autor señala que el resarcimiento sólo se concede si el daño ha sido “injusto”. La injusticia del daño (en el supuesto del acto dañoso) se presenta cuando el dañador no ha tenido ningún derecho para dañar, y cuando hay culpa (entendida como negligencia). El legitimado para obrar es el propietario, pero igualmente, y contra el propietario, el poseedor. Como se echa de ver, en las páginas de Windscheid, a pesar de estar construidas sobre sólidas bases, no se da una respuesta plena a los problemas dogmáticos antes indicados. En realidad, si las referidas páginas se confrontan con las de Domat, o con las de los exégetas franceses, se pueden advertir que es muy poca la medida en la que pudieron haber influido los pandectistas en la interpretación de los códigos de origen francés. La influencia decisiva de aquéllos (que fue personal, inclusive, en el caso de Windscheid) tuvo lugar en la redacción del BGB. Fue menor la escala en la cual influyeron los pandectistas en la doctrina italiana de la responsabilidad civil de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX. El campo de la responsabilidad civil –a diferencia del contrato y del negocio jurídico– fue mucho menos sensible a tal influencia. Las escasas, pero límpidas, reglas del Code Napoléon, posteriormente transferidas al Código Civil unitario italiano, parecían ser más adecuadas que las reglas deducidas de las fuentes romanas mediante principios, o que la composición, más detallada y limitativa, del BGB. La materia de la responsabilidad civil restituye, ciertamente, la imagen de una continua alternancia de marchas y 163 Ibid., p. 357. contramarchas. A veces, las fuentes son relegadas al fondo; a veces, emergen de nuevo, vigorosas, cuando es necesario realzar, con la noble tradición, un principio o una pauta interpretativa, que parezcan débiles para sus defensores. A veces las palabras de Domat y Pothier son citadas acríticamente; a veces son ignoradas, por razones de simplicidad y hasta de diferencia, la cuestiones léxicas o conceptuales de mayor gravedad. Puesto que nuestro interés aquí es investigar las raíces del sistema actual, pasaremos a considerar –sin afán de totalidad– los análisis de la responsabilidad civil realizados por algunos autores de gran prestigio, que se cuentan entre los más seguidos en la bibliografía jurídica y en la jurisprudencia de su época. 20. El viraje de fines del siglo XIX. Pasado el siglo XIX, también el sector de la responsabilidad civil recibe la influencia de las nuevas concepciones del derecho y de las críticas al sistema existente, que se difunden en las culturas (incluidas las jurídicas) europeas, con riqueza de tonos, de contenidos, de tendencias. Aquí es de recordar la obra de los exponentes del socialismo jurídico, de los organicistas, de los filósofos políticos, de los sociólogos que rechazan la interpretación formalista y propenden a liberarse de la influencia de la doctrina romanista, sin que ello signifique eliminar del todo el vínculo con el pasado remoto y próximo En aquel entonces, las reglas de la responsabilidad civil apuntaban (igual que hoy) a brindar una protección inmediata y provisoria a los nuevos intereses. A veces el carácter provisorio se solidifica y deviene estructural. Otras veces, las reglas jurisprudenciales son sustituidas a través de una actuación del legislador. Los sectores influenciados son, principalmente, la responsabilidad del empleador por los accidentes de sus trabajadores y la responsabilidad del transportista ferroviario. En estas hipótesis, se discute si tiene que operar el derecho común o si es necesaria la intervención del legislador164. Este último se impondrá, pero sólo para lograr certeza y uniformidad en la solución de los problemas señalados y para introducir aquel ajuste entre los intereses que es exigido por las fuerzas sociales: un ajuste “adecuado” para su época, disonante de los principios de la tradición, pero no excesivamente condescendiente con las víctimas de la industrialización. Igualmente limitativas son las reglas sobre la responsabilidad civil de la Administración pública, y en este gran debate165 habrá de prevalecer el principio de que ella no responde por los efectos dañosos generados por los actos legítimos. Entre las opiniones, a pesar de su discordancia, se perfila un núcleo común: la irresponsabilidad de la Administración pública por los daños generados por los actos soberanos del poder legislativo y del poder judicial, así como por los actos discrecionales de aquélla166. La unidad del derecho privado es restablecida, pero a 164 165 166 CAZZETTA, Responsabilità aquiliana e frammentazione del diritto comune civilistico, cit., pp. 163 y ss. Ibid., pp. 191 y ss. Ibid., pp. 199 y ss. un alto precio. Se trata de un equilibrio precario, y en favor del Estado se elevará la voz de un importante jurista, Giuseppe Mantellini, quien propondrá una tesis inmunitaria absoluta. Por otro lado, se desatará la reacción acalorada de Carlo Francesco Gabba, con la cual iba a reavivarse el debate167. 21. Las dos tendencias básicas: unitariedad contra fragmentación. Aunque la investigación histórica sirve para esto, resulta singular apreciar que el panorama actual de los estudios en materia de responsabilidad civil está aún marcado por las posturas de fines del siglo XIX, respecto de las cuales es posible dividir a los autores –artificiosamente por lo menos– en “unionistas” y “fragmentaristas”. Hasta la fecha, en efecto, hay quien defiende la construcción de un “sistema” de la responsabilidad civil fundado en la culpa, con las excepciones establecidas por la ley: las perspectivas pueden ser diferentes, pero su núcleo es común168. En oposición, hay quien considera que el sistema actual es fragmentario, que el campo de la responsabilidad civil ha perdido su planteamiento unitario (o que nunca lo tuvo), y que estamos en presencia de una articulación de regímenes paralelos169. No es posible, naturalmente, proceder mediante esquematizaciones, porque las nuances son de rigor; tampoco mediante superposiciones, como identificando en las razones del pasado, favorables a una u otra tendencia, las mismas razones que sustentan las posiciones de hoy en día. Sin embargo, es importante subrayar que los síntomas de la crisis de la unidad, y las dificultades de sistematizar este sector, se han detectado desde hace un siglo atrás. 22. Los fundadores del nuevo derecho civil en el campo de la responsabilidad. “Unionistas” o “fragmentaristas”, los juristas de fines del siglo XIX pueden ser considerados, por igual, como los fundadores del derecho italiano de la responsabilidad civil. No existe un cisma definitivo respecto de la tradición francesa, ni mucho menos respecto de las fuentes romanas, eventualmente interpretadas y adecuadas a la necesidad. Se hace gala de modernidad, más bien, 167 168 169 MANTELLINI, Relazione per l’anno 1876 sulle regie avvocature erariali – Prolusione; GABBA, “Della responsabilità civile dello Stato nascente da danno dato ingiustamente ai privati dai pubblici funzionari nell’esercizio delle loro attribuzioni”, en Giur. it., 1875, cc. 23 y ss. Véanse: VISINTINI, Trattato breve della responsabilità civile, cit., pp. 26 y ss.; BUSNELLI y PATTI, Danno e responsabilità civile, cit., pp. 119 y ss.; MONATERI, La responsabilità civile, cit., pp. 669 y ss. BIGLIAZZI-GERI, “La responsabilità o le responsabilità?”, cit.; FRANZONI, Fatti illeciti, cit., pp. 325 y ss.; SALVI, La responsabilità civile, cit., pp. 93 y ss.; PONZANELLI, “Regole di responsabilità oggettiva e rimedi disponibili a favore del soggetto danneggiato”, en ID., La responsabilità civile, cit., pp. 319 y ss.; CASTRONOVO, La nuova responsabilità civile, cit., pp. 33 y ss. en las reglas creadas mediante la interpretación del texto del Código Civil unitario, con el fin declarado –pero no siempre perseguido, en los hechos– de satisfacer las nuevas exigencias sociales. (i) El lugar central de la culpa. Entre todos los autores, destaca la figura del sardo Gian Pietro Chironi, catedrático de Derecho Civil, teórico preciso, pero a la vez interesado en los problemas de la práctica –de la práctica forense, en especial– y en las perspectivas metajurídicas (sociológicas, en particular). Su tratado La colpa nel diritto civile odierno, compuesto de tres volúmenes, y que se comienza a publicar en 1884, será el punto de referencia de la doctrina por más de medio siglo. Ya el título de la obra citada expresa una clara opción de método: la reconstrucción del sistema de la responsabilidad civil se funda en la noción de culpa: la culpa y la iniuria, forman el presupuesto de la responsabilidad. El daño y la imputabilidad resultan subordinados, absorbidos en esos dos conceptos básicos. En torno de la culpa gira toda el área de la responsabilidad civil, entendida como responsabilidad contractual y responsabilidad extracontractual. La unidad del sistema se hace evidente tanto por el concepto unitario de culpa (contractual y extracontractual), cuanto por la concepción de la culpa como el único criterio de imputación (junto con el dolo) –Chironi descarta toda teoría de responsabilidad sin culpa–, y por la concepción del derecho civil como derecho común, en condición, por lo tanto, de extenderse a la Administración pública. El autor citado dedica un tomo entero a la responsabilidad de la Administración. La posición de Chironi se expresa de una manera tan icástica que es posible considerarla como el “manifiesto” de la época: “[...] no hay responsabilidad sin injuria, ni injuria que pueda dar lugar a ella, sin culpa”170. En cuanto a las diatribas de su tiempo, Chironi emplea en sentido amplio la culpa levissima, para arribar a resultados análogos a los derivados de la aplicación del criterio del riesgo. En lo que atañe a la regulación de los accidentes, considera que ésta es externa al derecho civil; y sobre las hipótesis de responsabilidad por hecho ajeno considera, por el contrario, que ella constituye de todas maneras una responsabilidad por hecho propio, porque cuando no existe intervención directa del agente, éste responde por culpa in vigilando. Para la responsabilidad de los patrones y comitentes, en cambio, descarta la ficción de la culpa in eligendo e in vigilando, y también la responsabilidad objetiva, para tomar partido por una responsabilidad derivada de la relación que vincula al patrón con su encargado. Un principio análogo es aplicado a la responsabilidad del funcionario y, por ende, a la responsabilidad del Estado, en cuyo caso no se admiten privilegios. Y con la finalidad de mantener la unidad del sistema, Chironi considera como hipótesis de “garantía”, las reguladas por los artículos 1154 y 1155 del Código Civil unitario, en los cuales “garantía” vale por “responsabilidad derivada del puro daño”. 170 CHIRONI, Colpa aquiliana, 2ª. ed., I, p. 34. (ii) El lugar central del daño. Netamente contraria a la teoría de Chironi, brillante por su contenido, y moderna por sus perspectivas, es la tesis expuesta por Giacomo Venezian, en su obra Danno e risarcimento fuori dei contratti. De este trabajo –del cual se conocen varias versiones–, que se comenzó a redactar en el mismo período en que Chironi comenzaba a elaborar los primeros volúmenes de su tratado, y que se publicó póstumamente en 1919, impresionan la atención concentrada, no tanto en la culpa (criterio individualista, a ser superado), sino en el daño, e igualmente, la amplitud de la comparación jurídica –que eran fáciles para este autor, originario de TriesteNT– entre el sistema austriaco, el alemán, las innovaciones atribuibles al common law y a la noción de tort, y la influencia del derecho penal, que en aquel momento era dominado por las teorías positivistas. El torto [entuerto] no corresponde a la Rechtsverletzung [violación de derecho] de los pandectistas, sino que se concreta en la lesión de un derecho que impone, como sanción, su resarcimiento. A la luz de tales principios, Venezian consulta las fuentes romanistas171, y deduce confirmaciones (que permanecerán desmentidas para sus contemporáneos, y entre los nuestros, como se ha visto). También en este caso se salva la unidad del sector, pero en el sentido del criterio unitario de la responsabilidad objetiva, exclusivamente fundada en el nexo causal, a pesar de que la coherencia, por un lado, y la justificada reacción de los “culpabilistas”, por otro, conducirán al autor citado a superar el dictado literal mismo del Código Civil unitario. El daño es considerado desde la óptica de su disvalor social, la responsabilidad civil es asimilada a la penal, la función del resarcimiento es más sancionatoria que reparatoria. A partir de tal premisa, Venezian, quien es coherente y sigue una secuencia, deriva la conclusión de que no puede existir proporción entre la dimensión del resarcimiento y el grado de la culpa. Dicha concepción se inscribe en la cultura y en la formación del autor, de la cual tenemos que prescindir en esta sede172. (iii) La construcción de un sistema “mixto”. A fines del siglo XIX, los juristas que comparten la tesis de Chironi, o aquellos que siguen las tesis objetivistas, se convencen de la idea de que el mejor NT 171 172 En la ciudad de Trieste, por muchos años sujeta al gobierno austriaco, la lengua alemana continúa teniendo reconocimiento oficial, en el mismo nivel que el italiano y el esloveno, inclusive. VENEZIAN, “Danno e risarcimento fuori dei contratti”, cit., pp. 88 y ss. CAZZETTA, Responsabilità aquiliana e frammentazione del diritto comune civilistico, cit., pp. 296 y ss. camino para describir el sector, y para comprender su evolución, es la tercera vía, que teoriza el sistema mixto. Éste se compone de los criterios de imputación subjetiva y objetiva. Así se expresa Nicola Coviello173, quien ubica en la órbita de la culpa los comportamientos non iure, y en la órbita del ejercicio del derecho las hipótesis fundadas en el riesgo. Un sistema de este tipo se afirma también en Alemania, donde se prefiere hablar de “sistema binario”174. También adhiere al sistema mixto Lodovico Barassi175, quien se preocupa de explicar la razón de la teoría de la responsabilidad objetiva: son las exigencias económicas las que imponen superar la letra del Código y reconocer un principio que no se superpone, sino que es paralelo, al principio de la culpa, como lo es el principio del beneficio (cuis commoda eius et incommoda). 23. El marco de la responsabilidad civil según la síntesis de los manuales. En el manual de Biagio Brugi176, los delitos y cuasidelitos son tratados entre las fuentes o causas de las obligaciones. El autor se interesa, de inmediato, en efectuar una distinción entre “la normativa romana de la obligationes ex delicto” y la normativa actual. Diferencia, luego, el sistema tipificado del derecho penal y el sistema “atípico” del ilícito civil. Sobre la base del Código Civil alemán, propone también eliminar la doble locución delito/cuasidelito, e identificar las hipótesis con la expresión “acto ilícito”. En los supuestos particulares de responsabilidad, y con una moderna intuición, Brugi habla de presunción de culpa para los padres, tutores, etc, y de obligaciones que son consecuencia de la relación jurídica de propiedad, para la responsabilidad del propietario del edificio o del animal. El autor lamenta, al final, el hecho de que en el Código Civil unitario no se haya precisado el límite del “daño” –que define como “todo aquello que se sufre, y que no se debería sufrir, en el patrimonio, la salud o el honor”177– ni la forma de determinarlo. Es una difícil quaestio facti, que se remite al juicio del magistrado. Brugi, en resumen, es un romanista que presta atención a la pandectística y al texto del BGB, que tiene pocos años de vigencia cuando él escribe. Expresamente lapidaria, y menos proclive a la descripción de las razones de la norma, es la posición de Emanuele Gianturco178. Al estudiar el tema señala las características del acto ilícito (el no ejercicio de un derecho, la imputabilidad, el 173 174 175 176 177 178 N. COVIELLO, “La responsabilità senza colpa”, en Riv. it. sc. giur., 1897, pp. 188 y ss., 296 y ss. Véase¸ infra, Capítulo II. BARASSI, “Contributo alla teoria della responsabilità per fatto non proprio in special modo a mezzo di animali” en Riv. it. sc. giur., 1897, p. 355. BRUGI, Istituzioni di diritto civile, IV ed., Milán, 1923. Ibid., pp. 569 y ss. GIANTURCO, Istituzioni di diritto civile italiano, 1ª. ed., 1886. Todas las citas corresponden, sin embargo, a la edición de dicha obra revisada por Lessona, publicada en Florencia, en 1929, pp. 150 y ss. Existe reimpresión anastática de esta última edición, al cuidado de E. N. Buccico, Matera, 1998. daño material o moral; la culpa del sujeto, con exclusión del caso fortuito). En relación con los cuasidelitos, se invoca la legislación social que regula la materia de la relación de trabajo. Se precisa que la responsabilidad de los patrones y comitentes no admite eximentes, porque “mala electio est in culpa”. Ya no se aplican, por otro lado, los principios romanistas de la actio de effusis et deiectis, ni los de la noxae deditio. 24. La preparación del nuevo texto del Código Civil. Corresponde a Giovanni Pacchioni la tarea de conducir a la antigua doctrina hasta los umbrales de la nueva codificación. Pacchioni es un autor extremadamente preciso, además de amplio. Un tomo entero de su Diritto civile italiano está dedicado a la responsabilidad civil179, y en el título de éste figura aún la vieja denominación de “delitos y cuasidelitos”. Sin embargo, el análisis de Pacchioni es absolutamente moderno. En la introducción histórica señala los puntos ya obsoletos de la lex Aquilia; indica también cuánto se puede salvar de los principios heredados de la tradición: en especial, precisa que el requisito de la iniuria (damnum iniuria datum) no tenía ninguna conexión con la culpa, y que él indicaba, simplemente, que el daño había sido inferido non jure. En otros términos, desmiente la lectura –aún acreditada para un numeroso grupo de estudiosos, como hemos visto– que subordina el resarcimiento del daño a la imputabilidad. La culpa aparece en un período posterior, porque la lex Aquilia se hallaba fundada, todavía, en el principio de la causalidad180. Realizando un paralelo entre la teoría general (y la figura) del contrato, y la teoría general (y la figura) del ilícito, Pacchioni abandona, luego, la bipartición de los delitos. Todo hecho ilícito produce los mismos efectos, ya sea que esté fundado en el dolo, en la culpa, o con independencia de la culpa181. Como se aprecia, la doctrina italiana, ya antes de la nueva codificación, había logrado un resultado importante –que también iba a obtenerse, fatigosamente, en el terreno de los estudios jurídicos doctrinales del decenio 1960-1970–, pero muy a menudo ignorado en el campo de la jurisprudencia, incluso en la de nuestros días: la consideración de la responsabilidad sin culpa como posible (y no excepcional) criterio de imputación. Sin embargo, Pacchioni inaugura un nuevo frente, del cual nos hemos ocupado sólo marginalmente en nuestra breve exposición histórica: el frente de la “ilicitud”. ¿Cuál es el significado de “ilícito”? Pacchioni sugiere una inversión del punto de referencia, es decir, no tomar como parámetro de la ilicitud a la violación del derecho subjetivo, sino a la violación del “deber” social. 179 180 181 El ya citado Dei delitti e quasi-delitti. Véase retro, nota (136). PACCHIONI, Dei delitti e quasi-delitti, cit., p. 48. Ibid., p. 207. Respecto de la querelle entre culpabilistas y anticulpabilistas, Pacchioni se ubica en una posición intermedia. Critica a los que quieren recuperar para el terreno de la culpa, valiéndose de artificios, aquellos casos en los cuales la culpa “sólo brilla por su ausencia”. Pero hace lo mismo con la doctrina “de la pura causalidad”, a la que tilda “de cariz germano” (pues era sostenida por Otto von GierkeNT, en contra de Windscheid, pero no llegó a ser recogida en el BGB). El principio ubi commoda, que justifica la responsabilidad sin culpa, y que la funda en el riesgo, debe ser considerado “principio general del derecho”182, y “no” principio unificador de todas las hipótesis de responsabilidad sin culpa, pues cada una de éstas tiene su propia justificación (como se aprecia, nos encontramos ya en el corazón de la discusión que animará a la doctrina en los primeros años del decenio 1960-1970; en el primer bando se ubicarán Pietro Trimarchi y, aunque cambia el criterio unificador, para basarlo en la «exposición al peligro», Marco Comporti; en el segundo bando se ubicará Stefano Rodotà)183. En otros términos, la responsabilidad existe cuando: a) se desarrollan actividades peligrosas para los miembros de la sociedad; b) cuando se desarrollan actividades que Pacchioni denomina “biológicas”, pero con el empleo de medios peligrosos; y c) cuando existe una actividad al margen de la razón (por ejemplo, la llevada a cabo por un demente). 25. El Proyecto ítalo-francés de Código de las Obligaciones y Contratos. En la evolución del régimen de la responsabilidad civil en el derecho italiano cobra singular importancia la elaboración, a mediados del decenio 19201930, de un “código de las obligaciones y contratos”, por parte una comisión paritaria, integrada por juristas franceses e italianos. La importancia de dicho documento, que jamás llegó a convertirse en ley, pero que en muchos aspectos resulta preparatorio de la compilación de las reglas de la responsabilidad civil realizada en el transcurso de la codificación italiana de 1942, puede considerarse solamente “teórica”. En efecto, fuera de su modesta y limitada importancia práctica (que se agota, como acabamos de anotar, en su reconocida incidencia en la compilación de 1942), el Código ítalo-francés de las Obligaciones, redactado en 1928, suscita un gran interés, porque resulta ser moderno y porque prefigura muchos de los aspectos del texto legal italiano que entrará en vigor en 1942. En realidad, los fines que la comisión paritaria se había impuesto al dar inicio a sus labores de codificación eran bastante ambiciosos. En el clima de cosmopolitismo que, por aquel entonces, había tocado su cúspide, la elaboración NT 182 183 Gierke quería, en efecto, que el BGB fuera auténticamente “germano”. Ibid., p. 222. TRIMARCHI, Rischio e responsabilità oggettiva, cit.; COMPORTI, Esposizione al pericolo e responsabilità civile, Nápoles, 1965; RODOTÀ, Il problema della responsabilità civile, Milán, 1964. de un proyecto que tuviera como fin –partiendo de codificaciones aquilatadas con el paso de muchas décadas, y con evidentes huellas del derecho romano, considerado unánimemente como modelo imperecedero de perfección– la derivación de nuevas pautas en materia de obligaciones y contratos no podía considerarse limitada a los ordenamientos en los cuales había sido impulsada. Y era imposible que el deseo (que podría no parecer ingenuo, hoy en día) de legar al “mundo” un código preciso, y casi perfecto, no fuera considerado como el fin último de aquel proyecto. Tal era la impresión de los juristas que no participaron en la elaboración del proyecto por ser extraños al área cultural ítalo-francesa, pero era también el fin declarado en las propias páginas de apertura (donde se ilustraba el proyecto), preparadas por los compiladores. En otras palabras, aquel código no tenía solamente fines de técnica jurídica: también se pretendía expresar el anhelo de una sociedad que en aquel momento parecía destinada a recoger extraordinarios frutos. Por dicha razón, un jurista inglés, Robert Lee, definió el Código de las Obligaciones y Contratos como un auténtico “llamado al mundo”184. Si bien a los juristas provenientes de experiencias alejadas de la francesa el proyecto les podía parecer inutilizable en todos los ordenamientos, quien quería apreciarlo como modelo de regulación de las actividades económicas organizadas mediante la asunción de obligaciones, la celebración de contratos, la comisión de hechos ilícitos (que eran, por lo demás, las materias fundamentales de las cuales trataba el proyecto), no podía negar que se trataba de una obra completamente adecuada para definir reglas solidarias para con el desarrollo económico que tenía lugar entonces, aunque resultara deudora, en alguna medida, de una concepción tradicional (y hasta anticuada, si se quiere) sobre el régimen de las actividades privadas, que se remontaba al siglo XIX, y que resultaba del todo inidónea para las sociedades del siglo XX185. Tales críticas, realizadas por juristas de experiencias distantes de aquellas en las cuales el proyecto echa raíces, sacan a la luz los defectos evidentes e indudables que el código posee. En materia de responsabilidad civil, empero, las innovaciones previstas son, ciertamente, de notable interés. El Proyecto modifica pocas cosas, y consolida otras: en el artículo 74 se codifica la teoría del “abuso del derecho”; en el artículo 77, la teoría de la “legítima defensa civil”; en el artículo 78, la teoría de la “división de responsabilidad entre la víctima culpable y los demás autores culpables del daño”; en el artículo 82, la “responsabilidad general por el hecho de las cosas inanimadas”; en el artículo 84, la “solidaridad entre los autores responsables de un daño”. Apreciando la claridad del Proyecto, en comparación 184 185 LEE, “Il progetto italo-francese di un Codice delle obbligazioni giudicato dal punto di vista del diritto inglese”, en Annuario di diritto comparato e di studi legislativi, vols. IV y V (1930), parte I, pp. 121-122. PERETERSKIJ, “Il progetto italo-francese di un Codice delle obbligazioni e dei contratti e il codice sovietico”, en Annuari di diritto comparato e di studi legislativi, vols. IV y V (1930), parte I, pp. 139-140. con las vagas disposiciones del Code Napoléon, René Savatier observaba que el primero conllevaba “mayor orden y método, exactitud y precisión, frente a la redacción actual de los textos sobre la responsabilidad por delito; en el artículo 74 ha comenzado a poner en evidencia que la idea de culpa es el fundamento general de esta responsabilidad; ha ido a buscar en otras sedes, para devolverle su honor, el antiguo artículo 1310 del Código Civil francés; ha desmembrado el antiguo artículo 1384 del Código Civil francés, que se había convertido en un texto demasiado extenso y en un instrumento demasiado denso, por el peso de las ideas, distintas e independientes, que lo sobrecargaban; el Proyecto ha hecho un espacio para cada una de tales ideas, en un artículo especial. Al mismo tiempo, ha ratificado con utilidad, entre otros textos, aquellos que regulan la responsabilidad por el hecho ajeno (artículos 79 y 80), precisando que los padres, tutores, maestros, artesanos, patrones y comitentes, son responsables sólo por los hechos ilícitos, y no por un hecho cualquiera que cometieran las personas sometidas a su autoridad”186. De la amplia problemática que aquí podría discutirse –sobre la base del cotejo entre el texto del Code Napoléon, el texto del Código Civil italiano de 1865 y el articulado del Proyecto bajo examen– destacan, por su importancia, tres aspectos en particular. En primer lugar, está el hecho que impresiona en mayor medida a los comentaristas, es decir, la decisión de fondo de los compiladores para construir el sistemas de las responsabilidades extracontractuales, una vez más, a partir de la noción de “culpa”. En otras palabras, el sistema acogido sigue siendo aquel que codifica, tradicionalmente, el principio “no existe responsabilidad sin culpa”. Sin embargo, no pasan inadvertidas algunas normas (los artículos 82 y 83, en particular) que arriban a la codificación de principios desvinculados de la culpa, en tanto hacen de cargo del propietario de animales y del cuidador de cosas una “culpa presunta” por los daños sufridos por terceros. Ello quiere decir que al identificarse como causa eximente de responsabilidad para tales sujetos a la culpa del damnificado, al hecho de tercero y a la existencia de circunstancias fortuitas, se está tomando como punto de partida el presupuesto de que tales sujetos son responsables, y de que, sobre la base de la inversión de la carga de la prueba, corresponde a ellos demostrar (no tanto la observación de un comportamiento diligente, sino) que no les ha sido posible impedir el hecho del damnificado, del tercero o del caso fortuito. El Proyecto incluye, finalmente, la noción de “abuso del derecho”, en su intento de delimitar el área de incidencia de la culpa en aquellas hipótesis en las cuales es posible identificar en el comportamiento del sujeto un ejercicio legítimo, pero sólo aparentemente, de un derecho del cual éste resulta titular. En realidad, aquí se tiene que identificar una ilicitud del comportamiento, porque el agente “ha ido más allá de cuanto habría podido hacer al ejercer su derecho” (estos supuestos son calificados, efectivamente, como hipótesis de “exceso del derecho”, y ésta es la razón precisa por la cual el exceso del derecho es calificado como acto ilícito en sí mismo). 186 SAVATIER, “La responsabilità da delitto nel diritto francese e nel Progetto italo-francese di un codice delle obbligazioni”, en Annuario di diritto comparato e degli studi legislativi, vols. IV y V (1930), parte I, p. 295. En lo que atañe al primer aspecto, relativo a la noción de “culpa” referida en el articulado del Proyecto, se ha observado que la culpa –a pesar de constituir el punto central de la regulación de los hechos ilícitos trazada por el Código ítalofrancés, y tal cual es entendida según la lectura de las normas analizadas– ha perdido las connotaciones típicas que había mantenido en todo el siglo XIX. El siglo XIX –a juicio de Stallybrass– fue un “período de moralización”; el siglo XX, en cambio, “puede parecer caracterizado por una inversa oscilación del péndulo”. En otros términos, el problema de la responsabilidad civil ya no consiste en sancionar al agente que ha cometido el ilícito, sino en asegurar a las víctimas el más pleno resarcimiento. Existe, entonces, “una fuerte tendencia [...] a preguntarse, frente a las exigencias de la justicia social, quién puede soportar mejor la pérdida, y a transferir esta pérdida, por lo tanto, de una persona a otra, a través de la creación de una responsabilidad en los casos donde no existe culpa”. Igualmente importantes son las hipótesis de “culpa presunta” reguladas en el Proyecto, porque hacen más precisas las formulaciones que dedican el Code Napoléon y el Código Civil italiano de 1865 a estas hipótesis (responsabilidad de los padres, de los preceptores y tutores, del propietario de animales, del cuidador de cosas peligrosas). Entre las hipótesis que reciben una atención especial en el Proyecto está el daño causado por las “cosas que se tienen bajo custodia”, para el cual –como fue destacado en su momento– ya se habían acreditado, en la jurisprudencia francesa de fines del siglo XIX, reglas de responsabilidad fundadas (no tanto en la culpa, sino) en el concepto del “riesgo creado”. En el sistema diseñado en el Proyecto también son importantes las hipótesis de responsabilidad “por el hecho de los animales” y por los daños provocados “por los edificios” (artículos 81 y 83), en las cuales –además de la inversión de la carga de la prueba, que corresponde al dañador, y no a la víctima (ya prevista, por otro lado, en el Code Napoléon y en el Código Civil italiano de 1865)– las causas eximentes de responsabilidad son más limitadas, a tal punto que algún autor considera que en estos casos sería más correcto hablar de una responsabilidad por “riesgo especial”, y no de una responsabilidad por culpa presunta. Pero el Proyecto se destaca, sobre todo, por identificar una hipótesis de responsabilidad objetiva que resulta excepcional respecto del sistema elegido, fundado en la culpa. Tal es el caso del daño causado por los “dependientes” en el ejercicio de los encargos que les han sido confiados por sus empleadores. En realidad, ya bajo el Código Civil italiano de 1865 (y bajo el Code Napoléon) no se había omitido precisar que la norma preveía una responsabilidad de tipo objetivo, de la que el empleador no puede librarse con la prueba de su propia diligencia. Sin embargo, la doctrina y la jurisprudencia no eran coincidentes. De aquí que el Proyecto, estableciendo una norma coherente y precisa en su artículo 80, consagre “una solución que no estaba en duda [...] pero que el Code [...] tenía el defecto de expresar de un modo más bien errado”187. Logra particular resonancia, por último, el artículo 74, 2º. párrafo, donde se define el principio sobre cuya base aquel que ejerciendo un derecho propio realiza 187 Ibid., pp. 292-293. actos contrarios a la “buena fe” o al fin para el cual le fue concedido el derecho, excediendo los límites de éste, debe resarcir los daños provocados por su proceder. Como es sabido, el Código Civil italiano vigente no ha recogido este último enunciadoNT. Así, la doctrina ha podido recurrir a algunas normas desperdigadas en los distintos títulos, para poder reconstruir los aspectos normativos del “abuso del derecho” (y pueden verse, en particular, los artículos 833, 1015 y 2793 del Código Civil italiano de 1942). ¿Cuáles son los motivos a los cuales se debe que el proyecto introduzca una noción como la del “abuso” del derecho? Las razones son múltiples. Por un lado, existen razones de carácter teórico. Alrededor de aquellos años, en efecto, tanto la doctrina francesa cuanto la italiana viven un florecimiento de estudios relativos al tema del abuso del derecho, tan dilecto a los exponentes del “socialismo jurídico”, que se había afirmado a fines del siglo XIX. Se parte del presupuesto de que ningún titular de un derecho puede ejercer el mismo en forma tal que le permita satisfacer sus intereses exclusivamente individuales, sin atender a los daños que causa así a los demás. Del mismo modo, se teoriza la figura del “derecho-función”, es decir, del derecho que es reconocido a un sujeto en tanto sea ejercido en forma tal que genere ventajas para toda la colectividad (y no sólo al titular). Es claro, sin embargo, que tales justificaciones no pueden considerarse predominantes hasta el punto de que la simple teorización realizada por algunos juristas –por ilustres juristas, inclusive– exija, por sí misma, la codificación de los principios elaborados por la doctrina. Lo que dichas teorías expresaban, en realidad, era una exigencia percibida en el nivel de la política del derecho: circunscribir la libertad del individuo (titular de derechos) para proteger los intereses de la colectividad, mediante la predisposición de una norma que permita al juez la realización de un control sobre la actividad de los sujetos, y dar la calificación de ilícito a todo acto contrario al interés general. La fórmula del abuso del derecho, introducida por vez primera en un código de derivación francesa, marcaba, entonces, la crisis del Estado liberal, la crisis del sistema fundado en la garantía de las libertades individuales, que se consideraban intangibles, y asignaba al juez una importante tarea de control de los fines subyacentes a la iniciativa de las actividades privadas. El significado del artículo 74, 2º. párrafo, del Proyecto, en materia de abuso del derecho, es realzado por los comentaristas de la época. Particularmente significativas son las apreciaciones de Savatier, uno de los exponentes de la corriente francesa que había hecho del abus de droit uno de los pilares del derecho civil en su conjunto188. NT 188 Curiosa es la opción del Código Civil peruano que es uno de los pocos donde se hace mención expresa del abuso del derecho, pero sin las referencias que habrían sido oportunas para apreciar, incluso en el nivel de la praxis aplicativa, las consecuencias que él acarrea en el plano de la responsabilidad civil. Se trata del artículo II del título preliminar, cuyo texto vigente es el siguiente: “La ley no ampara el ejercicio ni la omisión abusivos de un derecho. Al demandar indemnización u otra pretensión, el interesado puede solicitar las medidas cautelares apropiadas para evitar o suprimir provisionalmente el abuso”. Ibid., pp. 277-278. Gran parte de las normas contenidas en el Proyecto ítalo-francés se mantiene inalterada en el nuevo Código Civil italiano, de 1942. En cambio, las reglas sobre el “abuso del derecho” no se conservaron, porque, tal como se lee en la Relazione del Guardasigilli, ellas habrían investido al juez de una serie de poderes, en definitiva lesivos de la certeza del derecho. No es difícil advertir, sin embargo, que en el Código Civil italiano –pese a la supresión de la norma sobre el abuso del derecho– se introdujeron (o se mantuvieron) normas que permiten, sin duda, un control de los actos de los particulares, sin importar el hecho de que ellas no estén referidas a los fenómenos de “abuso”, y que pueden prevenir toda forma de abuso. Junto con las disposiciones del artículo 833 del Código Civil, en materia de atti emulativi [actos del propietario en perjuicio de los demásNT1], es conveniente citar las normas en materia de buena fe objetiva (artículos 1175, 1337, 1358, 1366 y 1375), que se pueden emplear, ciertamente, para asegurar la conformidad de los comportamientos individuales respecto de las reglas de lealtad y de corrección, así como para sancionar todo acto realizado en el ejercicio de un derecho (pero que excede de los límites del derecho mismo) que sea lesivo de las posiciones jurídicas subjetivas de los demás miembros de la sociedad. 26. La nueva codificación italiana. Las ideas de Pacchioni, así como parte de las fórmulas contenidas en el Proyecto ítalo-francés de Código de las Obligaciones, emigran a la codificación italiana de 1942. Sea por las frases algo ambiguas de la Relazione, sea por el texto normativo, donde no se enuncian explícitamente las decisiones efectuadas, lo cierto es que las antiguas diatribas se proyectan en el tiempo. En otras palabras, el nuevo Código Civil italiano no parece resolver ni la decisión de la bipolaridad de los criterios de imputación de la responsabilidad, ni la identificación de los criterios según los intereses merecedores de protección. La verosimilitud de cuanto anotábamos precedentemente, acerca de la poca incidencia de la influencia germana en la regulación de la responsabilidad civil – una observación que obedece a la intuición, examinando las páginas de la doctrina de fines del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX–, dicha premisa se verá confirmada al momento de la redacción de la nueva regulación. Aquí, de forma más o menos consciente y perceptible, se da aplicación, o se hace una transferencia, de los conceptos y opciones de otrora, pero solamente para criticarlos o para negarlos, sin perjuicio de algunos casos excepcionales. Todo ello se hace evidente en las páginas de los trabajos preparatorios, y en diversos puntos. Destaca, sobre todo, la siguiente precisión: “ha parecido más exacta la denominación de «hechos ilícitos», en lugar de la de «actos ilícitos», porque en NT1 En italiano, estos actos reciben la denominación de “atti emulativi”. En algún manual español he constatado una discutible traducción literal: “actos de emulación”. otra parte del presente libro (artículos 154 y 164 – artículos 1324, 1334) se han designado con la voz «actos» los negocios jurídicos”189. Así mismo, y comentando el propio enunciado de la cláusula normativa general, se precisa que “la base de la responsabilidad en esta disposición general sigue siendo la culpa del agente. El Código alemán no contiene una disposición general de esta clase: en él se incluye una serie de disposiciones especiales, sobre cuya base el intérprete deberá formular la teoría general. En dicho Código, por otro lado, los casos más especiales están asociados con la responsabilidad por la lesión intencional o culposa del derecho a la vida, a la integridad personal, a la libertad o a todo otro derecho de una persona, o bien con la contravención a una ley que tenga como fin la protección de una persona”190. El carácter analítico de las disposiciones del BGB, que venimos explicando, conduce a un sistema fatigoso y poco claro, descartado por los codificadores italianos. Estos rechazan la idea de “perderse en una minuciosa casuística”, y siguen –se dice– el ejemplo del Código Civil suizo (artículo 41) y del Código austriaco191. Si bien es cierto que se logra atenuar el principio de la culpa, este proceder ya forma parte, por decirlo así, de los cimientos de la tradición. La duda sobre la exactitud y la capacidad de respuesta “práctica” de este principio frente a la situación actual también es evidente en las consideraciones del ministro guardasellosNT, según las cuales: “en línea general, se ha mantenido el principio de que la responsabilidad del autor de un hecho dañoso debe fundarse en su culpa. Pero ha surgido la duda acerca de la conveniencia de desplazar por razones prácticas la carga de la prueba, aun manteniendo la regla de que no hay responsabilidad si no existe culpa, en el sentido de imponer al autor del hecho la demostración de que no ha tenido culpa en el comportamiento. Escribo «por razones prácticas» porque posiblemente la medida facilitaría la conformación del material probatorio, a fin de constatar o descartar el requisito, siempre necesario, de la culpa. Sin embargo, y reservándome una meditación adicional sobre este problema, he explicado, por el momento, la norma del artículo 764 en el sentido tradicional, lo que equivale a decir que corresponde al damnificado brindar la prueba de la culpa del autor del hecho”192. También en la Relazione al Re la duda sale a la luz con toda claridad, pero lo que se prefiere es mantener la atadura a la tradición, a pesar de que se permite que el juez opere mediante presunciones simples para facilitar la carga probatoria 189 190 191 NT 192 Relazione al Re imperatore sul libro “Delle obbligazioni”, n. 263. Relazione della Commissione Reale al progetto del libro “Obbligazioni e contratti”, p. 24. Según la versión revisada de este texto legal, que se remonta a 1916, § 1295. Sobre el Código Civil austriaco, véase BAR, Gemeineuropäische Deliktsrecht, cit., §§ 13, 15. Hacia la época de la promulgación del Código Civil italiano, el cargo de ministro de gracia y justicia italiano o, simplemente, de guardasellos, era ejercido por Dino Grandi. Es él, ni más ni menos, quien elabora la Relazione, una suerte de exposición de motivos que acompaña al texto oficial del nuevo Código. Relazione del Guardasigilli al progetto ministeriale delle obbligazioni, n. 651. del damnificado: “en lo tocante a la carga de la prueba de la culpa, en el caso de la responsabilidad por hecho propio (artículo 882) se mantiene con firmeza, y como regla, el principio tradicional según el cual dicha carga pesa sobre el damnificado. En relación con casos particulares, el principio suele suscitar dificultades para el damnificado, pero el juez puede superarlas si emplea al máximo las presunciones simples y las reglas de la común experiencia. Así pues, no parecía necesario seguir la tendencia innovadora de aquellos que habrían preferido fundar la regulación de los hechos ilícitos en el desplazamiento de la carga de la prueba: del damnificado que afirma la culpa hacia el dañador que la niega”193. Como es sabido, en la cláusula normativa general del artículo 2043 del Código Civil se añade la mención de la “injusticia” del daño. La justificación es la siguiente: “así se precisa, dando mayor claridad a la norma del artículo 1151 del Código Civil de 1865, que la culpa y la iniuria son conceptos distintos; se exige, entonces, que el hecho u omisión, para ser fuente de responsabilidad, debe ser doloso o culposo, es decir, imputable, y que se realice, además, mediante la lesión de la esfera jurídica ajena. No existirá responsabilidad cuando el daño se genere en una situación de legítima defensa, porque quien actúa en tal caso tiene el poder de defender su propio derecho, aun a costa de causar daño a quien lo ha agredido; el daño causado, en este caso, no puede calificarse como injusto. La iniuria, en otras palabras, existe cuando se lesiona sin justificación la esfera jurídica ajena”194. Son palabras que hoy pueden parecer de poco significado, pero que cuentan –como se ha visto– con una gran riqueza de historia y de experiencia. Más discutibles son las normas sobre la responsabilidad de los incapaces. En realidad, la única duda que se plantea el autor de la Relazione, respecto de la responsabilidad de los patrones y comitentes –que se dice fundada en la culpa in vigilando, así como en la culpa in eligendo– es la posibilidad o no de descartar la responsabilidad por el carácter imperativo de las normas relativas a la contratación de trabajadores195. De aquí proviene una doble ficción, o quizás hasta una manipulación propiamente dicha: por un lado, la de haber justificado en la culpa el fundamento de dicha responsabilidad, en oposición al tenor literal mismo de la norma y a la orientación que se podía considerar unitaria en la doctrina de aquella época; por otro lado, la de haber reconocido que la culpa no podría operar, de todos modos, en un régimen de contratación vinculante. ¿Se trataba, acaso, de una manifestación verbal de solidaridad hacia la categoría de los “patrones”? La única innovación que se reconoce como “verdadera” está referida al ejercicio de actividades peligrosas, que comporta un régimen intermedio entre culpa y responsabilidad objetiva196. 193 194 195 196 Relazione al Re, n. 264. Relazione del Guardasigilli, n. 267. Relazione al Re, n. 656. Ibid., n. 265. Otra innovación (pero de escaso valor) es la transposición de las reglas del Código de Tránsito al Código Civil, en lo relativo a los daños derivados de la circulación de vehículos (artículo 2054). Se admite, finalmente, y como si se clausurara (aparentemente) una grave diatriba, el resarcimiento del daño moral (artículo 2059 del Código Civil). Dado que la conciencia social es cambiante –se dice– este resarcimiento sólo tendrá lugar en los casos previstos en la ley, presente o futura197. Ni los textos normativos ni su presentación oficial estaban en condición de salir de la impasse relativa a la culpa y a la conexión entre culpa e iniuria, a pesar de que las fuentes de un período prerrevolucionario, en aquel entonces, ya habían logrado disipar esta última. 27. Las líneas de evolución entre 1942 y la actualidad. Apreciado hoy en día, el texto del Código Civil italiano vigente parece la punta de un iceberg bajo el cual se extiende una masa inmensa, compuesta por las tendencias de la doctrina y de la jurisprudencia maduradas durante las últimas décadas, así como por las principales decisiones legislativas de este período. El análisis detallado de un material tan copioso es brindado por los tratados y las reseñas de jurisprudencia. En este contexto es siempre útil trazar un cuadro global donde se puedan ubicar los aportes más relevantes, que se presentan como hitos del recorrido largo, tormentoso, difícil, pero al mismo tiempo extraordinario, al cual está sujeta la “reconstrucción” de la responsabilidad civil. Para hacer más simple el análisis, es conveniente descomponer sus partes integrantes, porque jamás como en este período los modelos, conceptos y pareceres se trasladaron de la doctrina hacia la jurisprudencia y viceversa; porque estas últimas influyeron, por igual, en el legislador; y porque éste, a su turno, se sirvió de la doctrina y de la jurisprudencia en una dimensión osmótica, verdaderamente rara en la experiencia italiana. Está de más destacar que hasta el decenio 1960-1970, la jurisprudencia era ignorada por la doctrina, que esta última se limitaba a la exégesis de las nuevas disposiciones del Código Civil, y que todavía era sensible, en aquel entonces, a la influencia de la cultura alemana, pero ignoraba (salvo rarísimas excepciones) la cultura inglesa, por considerarla excesiva, y la francesa, por considerarla atrasada. (i) La doctrina. El terreno en el que se explayan los intérpretes italianos por los primeros tres o cuatro lustros de vigencia del Código Civil es arado por Adriano De Cupis, con dos afortunadas obras: la primera edición de Il danno198, que se remonta a 197 198 Ibid., n. 273. DE CUPIS, Il danno. Teoria generale della responsabilità civile, Milán, 1947. 1947, y el comentario de los artículos 2043 a 2059 del nuevo Código Civil, para la colección dirigida por Antonio Scialoja y Giuseppe Branca199. Se trata de un análisis simple y claro de las disposiciones del Código; de un análisis donde los requerimientos comparatísticos son satisfechos mediante la invocación de los autores franceses traducidos al italiano que ejercieron influencia en la cultura jurídica doméstica. El estudio dogmático a fondo es realizado en términos mínimos, para no hacer más pesado el discurso y para no distraer al lector. Son páginas más dilectas para los jueces y, por lo tanto, para los abogados, pero no para la academia. Con todo, son páginas importantes, porque contribuyen al común entendimiento del significado, del fin y de las potencialidades de las reglas de responsabilidad civil. El nuevo repaso comienza con los artículos enciclopédicos, o “voces”, de Salvatore Pugliatti, sobre los principios del alterum non laedere y de la autorresponsabilidad; de Renato Scognamiglio, sobre el ilícito, la responsabilidad civil, el resarcimiento del daño y, en particular, el daño moral; y de Teucro Brasiello, sobre las hipótesis de responsabilidad objetiva. El viraje del decenio 1960-1970 sigue tres líneas: una se dirige a hacer erosionar el monopolio de la culpa, mediante la justificación racional y económica de la responsabilidad por riesgo, por obra de Pietro Trimarchi, y de la exposición al peligro, por obra de Marco Comporti; otra apunta a justificar la superación de la barrera del derecho subjetivo, y se debe a Stefano Rodotà y Francesco Donato Busnelli; y otra se dirige a trazar el confín entre antijuridicidad y culpabilidad, y es obra de Giorgio Cian. Las dos primeras son las actuales vías por donde transita la evolución de las marchas y contramarchas, los arrepentimientos, los retrocesos de la doctrina y de la jurisprudencia. La “injusticia del daño” es la cláusula con la cual miden fuerzas los juristas, a través de ensayos clásicos, como los de Rodolfo Sacco y Piero Schlesinger. Luego se aborda el área de la causalidad, con los estudios, una vez más, de Pietro Trimarchi y de Francesco Realmonte; el área de las relaciones entre la responsabilidad y los seguros, con las contribuciones de Gianguido Scalfi. El análisis de los sectores y problemas específicos pasa a representar una ocasión para replantear todo el sistema, como ocurre con la responsabilidad del fabricante, con la responsabilidad por contaminación ambiental, con la responsabilidad profesional, y así por el estilo. El papel de la jurisprudencia, el papel de la comparación, el papel del análisis económico del derecho, componen, ulteriormente, el marco global de los estudios doctrinales sobre la responsabilidad civil, a los cuales también se han dedicado recientes y valiosos trabajos. (ii) 199 La jurisprudencia. DE CUPIS, Dei fatti illeciti, en Commentario del codice civile, al cuidado de A. SCIALOJA y G. BRANCA, Bolonia y Roma, 1957, pp. 253 y ss. Como se ha anticipado, es difícil pensar en un sector del derecho civil donde se haya desarrollado con más incidencia la creatividad y la fantasía de los jueces que en la responsabilidad, donde se puede constatar, además, la cercanía –por no decir, la sustancial afinidad– entre los sistemas de civil law y de common law. En este esfuerzo para adecuar las reglas del Código Civil a las exigencias de la realidad cambiante y compleja se distinguen, sobre todo, los tribunales de las instancias “de mérito”, que prefiguran, a veces a décadas de distancia, las rationes decidendi de la Corte di Cassazione. Es así como logran la fama algunos casos atinentes a la lesión del crédito, a la protección de la privacy, al resarcimiento del daño biológico, que, hoy en día, reciben la calificación de leading precedents, o que son discutidos como tales. Y la Corte Costituzionale misma –por lo demás poco requerida por los jueces ordinarios en este campo– ha tenido oportunidad de aportar novedades en la interpretación del Código Civil, o de avalar las nuevas interpretaciones, como ha ocurrido con el reconocimiento del llamado “daño biológico”. No existe ningún capítulo de la responsabilidad civil, ninguna noción que se haya utilizado, ningún problema que se haya planteado, que hoy no presenten su repertorio de sentencias, de dicta y de principios reiterados en los fundamentos de los fallos. Meditando, justamente, en torno de las reglas del Código Civil sobre la responsabilidad civil, se puede llegar a confirmar la convicción de que, en el civil law, el texto codificado es el punto de partida, y no el punto de llegada, del recorrido hermenéutico. (iii) La legislación. A pesar de que se trata de una materia en evolución, que requiere una rápida adaptación a las exigencias de la vida real, el campo de la responsabilidad civil ha sido marginalmente afectado por la intervención legislativa. En el tratamiento de las fuentes de la responsabilidad es menester rendir cuenta de las pocas normas que se han dado entre 1942 y nuestros días. La mayor parte de estas normas se deben a la adopción de las directivas comunitarias europeas, o a la ratificación de los convenios internacionales. La razón de ello podría ser que las reglas del Código Civil, y la creatividad de la jurisprudencia, han adaptado en un comienzo, después han preparado, y al final han vuelto superflua la intervención del legislador. Por su naturaleza y fin, las intervenciones del legislador están destinadas a modificar el régimen general de la responsabilidad, es decir, a crear un régimen binario –como ha ocurrido en Alemania– o bien a crear una pluralidad de regímenes especiales, que se unen a los demás regímenes, también especiales, creados por la jurisprudencia, tal cual ha ocurrido, justamente, en el medio italiano, donde se circunscribe el papel de la culpa, se introduce el criterio del riesgo, se limita la duración de la prescripción, se fijan los “topes” para el resarcimiento del daño, se seleccionan los daños resarcibles, etc. No se puede sostener, en consecuencia, que el campo de la responsabilidad se haya convertido en aquel fenómeno tan evidente que condujo, años atrás, a la teorización de la “descodificación”NT, sino más bien que la actuación del legislador (interno y comunitario) ha tenido un impacto subversivo, destinado a quebrantar el sistema tradicional, construido sobre la base de la relación “regla/excepción”, dilecto para los juristas de la posguerra, y para algún autor contemporáneo. Una vez arribados a la segunda posguerra, deberíamos imponernos la tarea de indicar las tendencias interpretativas predominantes, tanto en la doctrina cuanto en la jurisprudencia, así como el cuadro de las intervenciones legislativas. Esta es la materia del presente volumen. Las tendencias y el marco son complejos, tal y como se deduce de los capítulos sobre la organización conceptual y de aquellos que describen los sectores específicos. Reservando para el momento de las reflexiones conclusivas el cifrado, en pocas palabras de síntesis, de las características actuales de la responsabilidad civil, y de las perspectivas sobre su futuro, se mantiene el deber, sin embargo, de señalar los puntos principales de la construcción de sus nuevas características originales. El nacimiento de dichos puntos no coincide con el nuevo ordenamiento, que emergió con la posguerra y con la Corte Costituzionale. El recorrido de la renovación es más lento, y depende, en gran medida, del replanteamiento de las categorías conceptuales, así como de la exigencia de adaptar a las nuevas exigencias el hoy antiguo texto del Código Civil. En el plano cultural, se clarificará la descomposición del sistema de la culpa y la teorización del papel de la responsabilidad objetiva; la descomposición de los criterios de imputación de la responsabilidad civil y la introducción de un amplio espectro de intereses, no limitado a la fórmula del derecho subjetivo absoluto; el empleo, desde un primer momento, de las disposiciones constitucionales y, luego, de las disposiciones del derecho comunitario europeo; la observación de la evolución paralela del régimen de los seguros, y de las influencias de éste en los confines de la responsabilidad civil; la posición central de la persona, como valor, en la ponderación comparativa de los intereses protegidos; la dificultad de arribar a criterios uniformes de valorización del daño. Pero lo anterior ya no es historia: es una página de la vida contemporánea, en la cual estamos inmersos. NT La referencia es a la famosa obra de Natalino IRTI, L’età della decodificazione, cuya primera edición se remonta a 1979 (la 4ª. ed., es de 1999), aunque el ensayo central que la prefiguró ya había sido publicado en la revista Diritto e società de 1978. La obra ha sido traducida al castellano (La edad de la descodificación, Bosch, Barcelona, 1992) por Luis Rojo Ajuria. CAPÍTULO SEGUNDO CONCEPTOS, VALORES Y FUNCIONES I. LOS CONCEPTOS CONTENIDO: 1. La estructura del ilícito.- 2. La concepción analítica del ilícito (hecho y acto).- 3. Del acto al hecho ilícito.- 4. Los presupuestos o requisitos o elementos del acto ilícito.- 5. El debate actual.- 6. Relación entre el ilícito y el daño.- 7. Responsabilidad civil y responsabilidad penal.- 8. Responsabilidad contractual y responsabilidad extracontractual.- 9. Responsabilidad civil y garantía. 1. La estructura del ilícito. La estructura del ilícito puede ser conceptual o formal. Estas fórmulas no son alternativas: ellas interactúan, en el sentido de que la cultura jurídica da origen al texto formal y luego lo reelabora, con la traducción de la fórmula normativa en conceptos, cláusulas, fattispecie, soluciones, etc. La estructura formal originada en el texto normativo condiciona, a su vez, la elaboración conceptual y jurisprudencial. Esta relación cíclica se presenta tanto en las experiencias en las cuales el texto se traduce en disposiciones, cuanto en aquellas en las cuales el texto formal está dado por principios, reglas, soluciones de casos concretos no llevados a la unidad por una serie de disposiciones, pero vigentes en estado fragmentario y “líquido”, como ocurre en los sistemas de common law. También existen sistemas mixtos, en los cuales el texto normativo se traduce en el lenguaje típico del common law, sea partiendo de un texto romanístico-francés (ejemplo de ello es la experiencia canadiense), sea partiendo de un texto de matriz franco-italiana (ejemplo de ello es la experiencia maltesa), sea partiendo de un conjunto de reglas jurisprudenciales, posteriormente ordenadas en un texto normativo (ejemplo de ello es la experiencia israelita). Esta distinción –entre lo conceptual y lo formal– no debe ser asumida de manera absoluta. A menudo se presenta, en efecto, una distancia sideral entre el contenido de un texto normativo y su elaboración conceptual (ejemplo de ello es la experiencia alemana), o su elaboración jurisprudencial (ejemplos de ello son las experiencias francesa e italiana), y otras veces hay una distancia sideral entre la elaboración conceptual y la jurisprudencia, como se ve en las experiencias de common law, en las cuales una doctrina se concentra en los valores y funciones de la responsabilidad civil, y otra en los modelos de sentencias y en la técnica del distinguishing. Sin embargo, en la diversidad de los sistemas se presenta una característica recurrente: el sector de la responsabilidad civil se ilustra con la identificación de los elementos del “ilícito” (entendido en términos generales y según las posibles traducciones léxicas y conceptuales). No ha sido casual el empleo, hasta este punto, de la expresión genérica “ilícito”, que no hace referencia específica ni al “acto” (ilícito) ni al “comportamiento” (ilícito) ni al “hecho” (ilícito). Esto sucede porque dependiendo de si se tiene presente el acto, el comportamiento o el hecho, cambia la consideración de los elementos que los componen. ¿Pero por qué se va en busca de los elementos esenciales de una u otra figura? Las razones son, a la vez, teóricas y prácticas. Desde el punto de vista didáctico y epistemológico, una mejor comprensión de la regulación de la responsabilidad civil y de la aplicación de sus reglas es posible si se ilustra el campo en el cual dichas reglas están destinadas a operar, con el recurso a una “estructura” compuesta de elementos. Desde el punto de vista sistemático, la descomposición en elementos brinda claridad y organicidad a la materia. Desde el punto de vista práctico, la identificación de los elementos permite dar certeza al derecho, apreciar la presencia, aparición simultánea o ausencia de tales elementos, y permite, por lo tanto, calificar una fattispecie en términos de ilícito, a lo cual subsigue la aplicación de las reglas (y, por lo tanto, de la sanción, de la reparación, etc.). Sin embargo, hay que ser conscientes de que la creación de una estructura, descomponible en elementos esenciales, es una pura ficción. Es un modo para considerar el ilícito y para aplicar, entonces, la consecuencia jurídica (sanción, reparación, etc.) que el ordenamiento conecta con aquél. Pero se trata de un modo que no descarta otros modos de representar y tratar el ilícito (por consiguiente, no es un modo imprescindible ni exclusivo), y que varía de cultura en cultura, así como al interior de una determinada cultura. Los presupuestos hermenéuticos de la elaboración de la estructura del ilícito varían, igualmente, de experiencia en experiencia, y según el período histórico que les sirve de marco. Para convencerse de esta premisa basta considerar de manera referencial algunos de los modelos fundamentales existentes. En el derecho alemán, por ejemplo, basado en los §§ 823 y siguientes del BGB, en vigor desde 1900, la acción de resarcimiento se concede si concurren cuatro elementos: (i) la violación de un interés típico (vida, integridad física, salud, libertad, propiedad u “otro derecho”); (ii) la violación antijurídica, (iii) culpable y (iv) causalmente ligada con la conducta del demandado. Muy tempranamente, la doctrina y la jurisprudencia germanas se percatan de que la estructura original tiene un ámbito demasiado estrecho, en el cual se conglomeran todas las hipótesis que la experiencia hace nacer y demanda calificar jurídicamente. De aquí el intento artificioso de asociar los casos nuevos o anómalos con alguna hipótesis tipificada, o de expandir la cláusula normativa general del enunciado “otro derecho”NT, hasta transformarla en un contenedor de inciertos confines. En el common law ha tenido lugar un fenómeno distinto. La estructura típica de los torts se ha transformado en un sistema parcialmente atípico, con la creación de la figura general y única del tort. Paralelamente, se ha recurrido al tort “de negligencia”, el menos característico e histórico, para transformarlo, también en dicho sistema, en un contenedor de inciertos confines. La experiencia italiana es, así mismo, diferente. Entre nosotros se presenta una fuerte armadura conceptual que se superpone a las pocas reglas del Código Civil. En tal armadura cohabitan la concepción analítica y la concepción empírica, la instancia sistemática y la instancia práctica. En lugar de propiciar conflictos o dar lugar a una confusión lingüística, este fenómeno se ha organizado en modelos y soluciones elásticas, que, justamente por ello, pueden adaptarse a las exigencias de la praxis. De aquí, ni más ni menos, la convicción de que las fronteras de la responsabilidad son fronteras “móviles”NT1. 2. La concepción analítica del ilícito (hecho y acto). En el Código Civil italiano, la característica de la “ilicitud” es atribuida al “hecho” [fatto]. Parte de la doctrina la atribuye, en cambio, al “acto” [atto]. En los textos normativos alemanes, lo ilícito es el “acto”; para la doctrina germana lo es el “hecho”; la situación es igual en la experiencia francesa. Lo cierto es que el “hecho” cobra relevancia en tanto y en cuanto imputable a un sujeto, o si deriva de animales o cosas que integran la esfera de operatividad del sujeto. Por lo tanto, desenredar la madeja de la ilicitud es un problema lógico, pero cultural al mismo tiempo, y no un problema textual. La naturaleza circular de las nociones ha hecho que se pierda en el camino, en efecto, la huella del uso inicial que tenían los términos indicados. Además, la NT NT1 En el § 823 BGB se lee, en efecto, que “quien dolosamente o negligentemente, de forma antijurídica, dañe la vida, el cuerpo, la salud, la libertad, la propiedad u otro derecho de otra persona, está obligado a resarcirle todo daño causado por ello”. Se refiere a un famoso estudio de Francesco GALGANO, “Le mobili frontiere del danno ingiusto”, en Contratto e impresa, 1985, pp. 24 y ss. redacción de los textos en distintas lenguas (el latín, in primis), la redacción contemporánea de textos bilingües o en más lenguas, las traducciones del latín, y las del francés y alemán, han contribuido, posteriormente, a crear tal circularidad. Por ello resulta ocioso preguntarse si el legislador fue preciso en el empleo de los términos. Sabemos que a veces el legislador no es preciso, ni siquiera en aquellos textos que –como los códigos– se redactan de manera (si no sistemática, sí ciertamente) orgánica, y que están destinados a durar en el tiempo. Sabemos también, empero, que todo término usado por el legislador tiene un significado que debe ser moldeado por el intérprete, el cual no se contenta con manipular las palabras, sino que llega a superponer a ellas otras palabras, otros conceptos e instituciones que, en algunos casos, el legislador ni ha mencionado. Como es obvio, su ausencia no significa que el legislador no haya tenido la intención de mencionarlos ni que los ignorara ni que los haya querido ignorar. El análisis de las fuentes históricas nos ofrece una notable ayuda para comprender los términos, pero también nos imparte una enseñanza que no debemos olvidar: las expresiones empleadas –como “daño injusto”, “hecho ilícito”, “daño”, etc.– están coloreadas de significados que se diferencian según el contexto y el autor. Ellas, por lo tanto, no constituyen una constelación de estrellas fijas. Veamos algunos ejemplos. Hugo Grocio titula así el capítulo en el que trata sobre las obligaciones que nacen de delito: “de damno per iniuriam dato et obligatione quae inde oritur”1. Jean Barbeyrac es quien traduce aquella expresión con una terminología que coincide, curiosamente, con la escrita por el codificador italiano de 1942: “du dommage causè injustement”. Grocio, una vez más, es quien hermana maleficium con culpa2 –mientras que Barbeyrac traduce maleficium con délit– y quien da la definición de maleficium como “délit, toute faute”3. Por su parte, Jean Domat introduce la expresión “fait illicites”, que no sólo son aquellos “hechos” prohibidos expresamente por la ley, sino también aquellos que atentan contra la equidad, la honestidad y las buenas costumbres, es decir, que son contrarios “a los principios de las leyes divinas y humanas”4. También Robert-Joseph Pothier define el delito como “hecho”: “on appelle delit le fait pour lequel une personne, par dol ou malignité, cause du dommage ou quelque tort à un autre”5. En los códigos civiles derivados del Code Napoléon, incluidos los códigos italianos, la expresión délit es traducida con delitto, y no con illecito; pero en los manuales –es decir, en las reelaboraciones doctrinales–, junto con “delito” (o con “cuasidelito”), se emplea la expresión “fatto illecito”. Giuseppe Dall’Olio, por 1 2 3 4 5 GROCIO, De jure belli ac pacis, cit., II, p. 289. Ibid., loc. cit. Ibid., II, p. 2. DOMAT, Les loix civiles dans leur ordre naturel, cit., p. 467. POTHIER, Traité des obligations, París, 1805, p. 81. ejemplo, en sus Elementi delle leggi civili romane6, al tratar la materia de las obligaciones que nacen de los delitos y de los presuntos delitos, dice: “quedaría por exponer, ahora, cómo es que los hombres se obligan entre sí por medio de hechos ilícitos, como son los delitos”7. Luego define el delito en estos términos: “por lo común, el delito se define como un hecho ilícito espontáneamente cometido, en fuerza del cual el acusado queda obligado a la reparación del daño, o sea, a la restitución a favor del damnificado, y queda sujeto a las penas”. Allí mismo, se invoca el pasaje de Grocio antes citado. Lo que se reputa ilícito es el “hecho” del hombre, o de las cosas o de los animales. El hecho del hombre puede ser personal o debido a otro. En la expresión “hecho del hombre” se comprende el comportamiento que se puede imputar a éste por culpa o impericia, así como el comportamiento no imputable cometido por un menor de edad o por un interdicto. Se trata, sin embargo, de un hecho “dañoso”, es decir, de un acaecimiento que ha producido daño a un tercero. En cambio, la categoría del “acto ilícito” es elaborada por los pandectistas. Ya Savigny, en su obra sobre el derecho de obligaciones8, define el delito como segunda fuente de la obligación, como “violación de derecho” compuesta por una lesión jurídica, de la cual surge una obligación propia, con independencia del cese del acto ilegítimo9. Por su parte, Windscheid trata el “comportamiento ilícito”, una categoría a la cual él asimila la violación del derecho subjetivo, en tanto y en cuanto contraria al derecho de otra persona. El comportamiento está prohibido, se contradice con una prohibición especial, impuesta por la ley, y puede comportar o no la violación de un derecho subjetivo. En todos los casos, estamos ante un acto ilícito o ante una omisión ilícita; el acto puede ser ilícito por sí propio, o bien en unión con el reproche derivado de la culpa del agente10. Desde fines del siglo XIX, los juristas italianos, uniformándose a las concepciones de los pandectistas, comienzan a hablar, no de “hechos”, sino de “actos” ilícitos. Ejemplos claros al respecto nos los brindan los afortunados manuales de Gianturco11 y Brugi12. Estos autores superponen la dogmática del acto ilícito a la regulación de los delitos y cuasidelitos, aunque a veces intercambian los términos o los usan de manera indistinta. En el decenio 1930-1940 se usan, indistintamente, las expresiones “hecho ilícito” y “acto ilícito”, siempre superponiéndose la teoría del ilícito a la regulación de los delitos y cuasidelitos. Roberto De Ruggiero, por ejemplo, en sus Istituzioni, titula así el capítulo XXVIII: “Obligazzioni da delitto e da quasi delitto”, pero el enlace (con el § 126) lleva como título “nozione e conseguenze dell’atto illecito”. Luego define el acto ilícito como “todo comportamiento de la persona que lesiona 6 7 8 9 10 11 12 Obra publicada en Venecia, en 1825. Ibid., p. 210. Según la traducción italiana de Pacchioni, cit., t. II, § 82, p. 269. Ibid., p. 271. WINDSCHEID, Diritto delle Pandette, cit., pp. 101, 405. GIANTURCO, Istituzioni di diritto civile, cit., p. 150 (de la edición de 1929). BRUGI, Istituzioni di diritto civile, cit., p. 562. injustamente la esfera jurídica ajena”. De Ruggiero subraya que la distinción romana entre delitos y cuasidelitos se ha transformado profundamente en la concepción moderna, y alaba la decisión del codificador alemán, que había suprimido tales categorías para sustituirlas con la de “acto ilícito” (§§ 823 y siguientes), y que había sido seguido por el codificador suizo (artículo 41 del Código de las Obligaciones). A su turno, Nicola Stolfi define el delito, más bien, como “todo hecho que lesiona los derechos ajenos, sea por dolo (delitos), sea por culpa (cuasidelitos), y que produce, por lo tanto, la obligación de resarcir el daño”13. Estos dos últimos autores rinden cuenta de los debates surgidos en la doctrina francesa, y que después se transfirieron a nuestra doctrina: ¿la distinción entre las dos categorías se funda en el criterio original antes señalado, o en otro criterio? Hay, por ejemplo, quien cree que el delito corresponde al comportamiento activo, mientras que el cuasidelito corresponde al comportamiento omisivo. Stolfi cita, en favor de dicha tendencia, a Aubry y Rau, Duranton, Zachariae y Saleilles. Y hay quien considera que el delito implica un comportamiento propio, y el cuasidelito el hecho ajeno14, o bien que el delito atañe al hombre, y el cuasidelito a las cosas y a los animales15. 3. Del acto al hecho ilícito. Pasemos a la codificación de 1942, en la cual el legislador italiano titula “hechos ilícitos” al grupo de reglas que gobiernan la responsabilidad civil. Al comentar el artículo 2043 –en el cual, por cierto, no usa en la cláusula normativa general la expresión “ilícito”, sino que se refiere tanto al hecho doloso o culposo, cuanto al daño injusto–, Lodovico Barassi define “ilícito” el hecho debido al dolo de la persona a la que se asigna la responsabilidad, o a la culpa de tal persona16. Pero luego añade que el hecho ilícito “es una acción antijurídica”. La responsabilidad objetiva se encuentra fuera del ilícito, porque no está asociada con la imputabilidad y con la culpa, sino con el riesgo. Enlazando el hecho ilícito con la culpa y con el dolo, y, por lo tanto, con la condición subjetiva del agente, Barassi acoge una noción restrictiva de ilicitud, la cual, en todo caso, es paralela a la “injusticia”, mas no coincidente con ésta. Para el autor citado, “injusto” es el daño “no justificado”, y no el daño “contra ius”. Corresponde al intérprete, pues, anteponer al estudio de la responsabilidad civil una suerte de vocabulario, con el cual trazar los confines de las nociones. Es por ello, igualmente, que hasta hoy se advierte la exigencia de explicar por qué el legislador ha usado la expresión “hecho”, en lugar de “acto”, caracterizándola con la “ilicitud”. 13 14 15 16 N. STOLFI, Diritto civile, III. ZACHARIAE, op. cit., loc. cit.; SALEILLES, op. cit., loc. cit. FERRINI, op. cit., loc. cit. BARASSI, Istituzioni di diritto civile, Milán, 1944, p. 373. 4. Los presupuestos o requisitos o elementos del acto ilícito. Los juristas franceses prefieren hablar de las “condiciones de la responsabilidad”; los ingleses prefieren “elementos del tort”; los juristas italianos usan sin distinción expresiones como “presupuestos”, “requisitos”, “elementos” del hecho ilícito, o “presupuestos de la responsabilidad”. En todos estos casos hay implícita una concepción analítica del acto ilícito. En cuanto a la concepción del acto ilícito, ya en los años treinta se precisa que éste debe presentar “requisitos” (según De Ruggiero) o “presupuestos” (según Stolfi). Pero la doctrina no se pone de acuerdo sobre el número de tales elementos. Según Stolfi, los elementos son solamente tres: (i) violación de un derecho ajeno; (ii) responsabilidad subjetiva (culpa o dolo); (iii) daño. Según De Ruggiero, son cuatro: (i) violación del derecho; (ii) comportamiento positivo; (iii) daño; (iv) voluntariedad e imputabilidad. En el decenio 1930-1940 se debate también acerca de la necesidad o no de la culpa (que está comprendida en la determinación de la voluntad). ¿Qué ocurre en las hipótesis –excepcionales– de responsabilidad objetiva? Los defensores de la culpa consideran que dichas hipótesis son tan “excepcionales” que no alteran la concepción analítica del ilícito: De Ruggiero observa que el principio del riesgo es extraño a la tradición romanista, la cual se apoya en la imputabilidad del hecho17. Sin embargo, en oposición a aquellos que recurren, a fin de salvar la culpa, a la ficción de considerar ésta como base de toda fattispecie de responsabilidad, De Ruggiero distingue las fattispecie fundadas en la culpa; las fundadas en la culpa in eligendo e in vigilando, en las cuales la responsabilidad del sujeto no se puede superar mediante la prueba de la diligencia empleada (sin percatarse, por cierto, de que toda presunción constituye una ficción); las fattispecie de culpa presunta, de los padres y preceptores, que se puede superar con la prueba de la diligencia; y las fattispecie de responsabilidad objetiva por daños de cosas y animales, que derivan, no tanto del riesgo, ni del principio cuius commoda eius et incommoda, teorizado por Barassi y otros autores ya a fines del siglo XIX, sino “del hecho mismo de ser propietario de la cosa o animal, o del hecho de hacer uso de éste”18. 5. El debate actual. Algunas ideas descriptivas de la situación actual pueden enunciarse de manera sintética19. 17 18 19 DE RUGGIERO, op. cit., pp. 498 y ss., así como en las pp. 65-66, con amplia bibliografía. FERRINI, op. cit., loc. cit. Al respecto, véanse: ALPA, Responsabilità civile e danno, cit., pp. 115 y ss.; FRANZONI, Fatti illeciti, cit., pp. 75 y ss.; ALPA, BESSONE y ZENO-ZENCOVICH, Dei fatti illeciti, cit., pp. 54 y ss.; VISINTINI, Trattato breve della responsabilità civile, cit., pp. 39 y ss.; CASTRONOVO, La nuova responsabilità civile, cit., pp. 13 y ss.; SALVI, La responsabilità civile, cit., pp. 4 y ss.; MONATERI, La responsabilità civile, cit., pp. 195 y ss. (i) Por mucho tiempo, la noción y la concepción del ilícito civil se han desarrollado paralelamente a la noción y a la concepción del ilícito penal, pero es difícil establecer si se han producido infiltraciones entre ambas evoluciones. (ii) Las expresiones “hechos” o “actos” ilícitos son fungibles. (iii) Las reglas sobre los hechos ilícitos se aplican también a las fattispecie de responsabilidad objetiva contenidas en el Código Civil o en leyes especiales. (iv) No es posible descartar –porque sería antihistórico y hasta equívoco, ya que atribuiría al legislador una intención jamás manifestada– que en la noción de ilícito y, por lo tanto, en las reglas generales de apertura del título del Código sobre los hechos ilícitos, se puedan comprender fattispecie de responsabilidad objetiva. La razón no sólo es que éstas ya forman parte de nuestro ordenamiento, de modo que negarlas parecería fuera de lo común hoy en día, sino el hecho de que su exclusión del área del ilícito se determina por la extensión asignada a esta área y a la noción de ilicitud. (v) No se puede derivar la interconexión entre la ilicitud y la culpa del texto del Código, pues ella es fruto de superposiciones efectuas por el intérprete, y por demás discutibles. (vi) La concepción analítica del ilícito es un modo didáctico de describir los hechos productivos de la obligación resarcitoria. Y, en efecto: (i) Puede presentarse la responsabilidad por la sola lesión del derecho, y sin daño ulterior. (ii) Puede presentarse un daño sin responsabilidad. (iii) Puede haber responsabilidad sin comportamiento. (iv) Puede haber responsabilidad por pura causalidad. (v) Puede haber responsabilidad por pura casualidad (la denominada “responsabilidad estocástica”)NT. 6. Relación entre el ilícito y el daño. ¿Son necesarios todos los elementos señalados por la teoría analítica del ilícito para configurar un hecho como tal? En otras palabras: ¿es posible que se presente (i) ilícito sin daño, y (ii) daño sin ilícito? La pregunta no es ociosa, porque la respuesta positiva o negativa a ella determinan consecuencias relevantes en el plano jurídico. (i) NT Daño sin ilícito. La 22ª. ed. del diccionario de la Real Academia Española (RAE) define “estocástico” como “perteneciente o relativo al azar”. Desde hace más de un siglo, la doctrina se encuentra dividida en este punto; la respuesta a la interrogante puede ser doble, y positiva en ambos casos. Puede haber daño sin ilícito si se acoge la tesis que sostiene que el ilícito se distingue sólo por el dolo o culpa del agente: en tal circunstancia, dado que en nuestro ordenamiento se admiten (si bien en vía excepcional, siempre siguiendo nuestra teoría) hipótesis de responsabilidad sin culpa, se presentaría daño sin ilícito y, por lo tanto, obligación resarcitoria en todas aquellas hipótesis en las cuales un daño es imputado causalmente a un sujeto, que tiene la obligación de resarcirlo. Puede haber daño sin ilícito en el caso de “actos lícitos dañosos”, que constituyen una categoría “ambigua”20, en la cual se comprenden todos aquellos casos en que el ordenamiento permite a un sujeto ejercer un derecho propio, al cual se somete el tercero, pero en caso de que el ejercicio del derecho cree un daño al tercero, éste debe ser resarcido. La ambigüedad es doble: si se trata de ejercicio del derecho, las fattispecie no se distinguen de todas las demás en las que se debe realizar una evaluación comparativa de los intereses en juego; por otro lado, existe de todas maneras un daño que debe ser resarcido, en tanto injusto, y que en caso contrario no sería resarcido. Por otro lado, no se pueden incluir en esta categoría los casos en los cuales el ordenamiento prevé, no un resarcimiento, sino una compensación [indennizzo] o indemnización [indennità]NT, atendiendo a que la sanción o la satisfacción son la consecuencia del daño, pero no penetran en la estructura del acto. En todo caso, lo realmente excepcional es la previsión de una indemnización en lugar de un resarcimiento21. Pero estos casos, justamente por ser excepcionales, no pueden reducirse a una figura general, ni pueden considerarse como numerus apertus; son más bien un número cerrado, taxativo, de excepción. (ii) Ilícito sin daño. No puede haber hecho ilícito, jurídicamente relevante, sin daño (injusto). El daño (injusto) es lo que legitima a la víctima a la acción resarcitoria. Es necesario, sin embargo, arribar a un entendimiento en torno de la noción de daño. En la acepción del artículo 2043 del Código Civil italiano, el daño es el “daño injusto”, o sea, la lesión de un interés protegido. La simple lesión comporta resarcimiento. La razón de ello es que la injusticia guarda relación con el daño, y no con el hecho o la conducta. Para el ilícito civil no es necesario distinguir entre evento y consecuencias: el daño civil comprende la lesión del interés y las consecuencias, es decir, los efectos de la lesión que son relevantes para la cuantificación y el resarcimiento. No importa, por lo tanto, precisar si en el citado artículo se emplean, con la reiteración del término daño, dos diversas acepciones de este término (daño como lesión y daño como efecto de la lesión), porque en el 20 NT 21 FRANZONI, op. cit., p. 114. Sobre esta importante distinción entre “resarcimiento” e “indemnización” permítaseme remitir a mi estudio “Incapacidad de discernimiento e indemnización”, en Revista jurídica del Perú, año LV, núm. 63, 2005, pp. 109 y ss., especialmente, pp. 136 y ss. FRANZONI, op. cit., p. 117. uso, en el campo de la práctica, cuando se piensa en el daño se hace referencia a las consecuencias de la lesión, y cuando se piensa en el daño injusto se hace referencia a la lesión. La doctrina siempre ha estado dividida en lo tocante a este tema, y es difícil sintetizar las distintas teorías elaboradas al respecto. Por “daño” se ha entendido: (i) la lesión del derecho o de un interés; tesis que coincide con una tendencia del derecho penal propugnada por Francesco Carnelutti, y desarrollada para el derecho civil por Adriano De Cupis y Renato Scognamiglio; (ii) el id quod interest, es decir, el interés subjetivo del acreedor (en cuanto víctima), según la tradición que se remonta al Medioevo; (iii) la lesión de un bien sustancialmente protegido (como la integridad física, la vida, la libertad, el patrimonio, etc.), según la tesis de Paul Oertmann, corregida por Karl Larenz 22. 7. Responsabilidad civil y responsabilidad penal. El término “responsabilidad” es empleado con múltiples usos, y por lo general con adjetivos que especifican su contenido. Se habla de responsabilidad “moral” cuando se hace referencia, en términos subjetivos a una persona que ha dado lugar a, y a la que se atribuyen (o se deberían atribuir) las consecuencias de un comportamiento moralmente valuable. Se habla –en el derecho público– de responsabilidad “administrativa” y de responsabilidad “contable”, para aludir a la responsabilidad de los funcionarios públicos, en orden a la violación de normas y principios del derecho público y de la contabilidadNT del Estado. Se habla, sobre todo, de responsabilidad “civil”, y ésta se contrapone a la responsabilidad “penal”. A pesar de su asonancia, son dos nociones distintas. La responsabilidad civil surge –como ya se ha anotado– de un acto ilícito civil; la responsabilidad penal surge de un delito, es decir, de un hecho considerado reprobable u objeto de sanción según la ley penal. El bien protegido por la norma civil no coincide necesariamente con el bien protegido por la norma penal. Existen bienes que reciben ambas protecciones, y hay bienes que reciben una u otra de ellas. En otras palabras, los dos sistemas de responsabilidad, civil y penal, no pueden ser representados gráficamente como dos círculos concéntricos, sino como dos círculos que se intersecan. También hay que tener en cuenta que el sistema de la responsabilidad penal se basa en el principio de la tipicidad del ilícito (artículo 25, 2º. párrafo, de la 22 NT Sobre la noción de daño, véase infra, cap. IV. En el Perú y en otros países latinoamericanos empleamos la expresión “contraloría” (el servicio encargado de examinar el arreglo a la ley y la corrección de los gastos públicos). Traduzco, empero, tal cual figura en el original, nítidamente comprensible: contabilità, para no tener que forzar una expresión como “responsabilidad contralorística”. Constitución): nullum crimen sine legeNT1; el sistema de la responsabilidad civil, por el contrario, se basa en el principio de la atipicidad del ilícito. Mientras que la responsabilidad penal se funda en la culpa (nulla poena sine culpa), la responsabilidad civil puede prescindir de la culpa. Desde luego que no faltan hipótesis de responsabilidad penal “objetiva”, pero se trata de excepciones. La sanción penal puede afectar a la persona hasta el punto de restringir su libertad; la sanción civil se resuelve en el resarcimiento por equivalente o en el resarcimiento en forma específica (cuando éste es requerido, es posible y no es excesivamente oneroso). La sanción penal no puede ser aplicada a las personas jurídicas (societas delinquere non potest), sino siempre a personas físicas (y si se da el caso, a los sujetos responsables de las entidades y empresas); en cambio, dicha limitación no es válida para la responsabilidad civil. Existen afinidades entre la responsabilidad civil y la responsabilidad penal, y existen puntos de contacto entre ambas. En cuanto a las afinidades es de destacar, in primis, la común concepción analítica del ilícito, aun cuando –como ya se ha señalado– no exista identidad entre ilícito civil e ilícito penal23. Sobre la base de la concepción formal del delito, el ilícito penal se descompone en elementos que ofrecen una visión atomística de éste, la cual se contrapone a la visión unitaria24. NT1 23 24 Lo mismo puede afirmarse de la Constitución peruana vigente (de 1993), en cuyo artículo 2, núm. 24, letra d) se establece que “nadie será procesado ni condenado por acto u omisión que al tiempo de cometerse no esté previamente calificado en la ley, de manera expresa e inequívoca, como infracción punible; ni sancionado con pena no prevista en la ley”. En contra: DEVOTO, “La concezione analitica dell’illecito”, en Riv. dir. civ., 1965, I, p. 498. Para un panorama sobre este punto, véase VON BAR, op. cit., §§ 618 y sgtes. La concepción analítica prevalece hasta hoy en Italia, y se deriva de la doctrina alemana. Para una descripción de la evolución conceptual en la vasta bibliografía existente, véanse especialmente: MANTOVANI, Diritto penale, 3ª. ed., Padua, 1992, pp. 135 y ss., así como el amplio análisis de BRICOLA, voz “Teoria generale del reato”, en Nss. Dig. it., vol. XIX, 1973, pp. 7 y ss. Según la concepción clásica, el delito se compone de tres elementos: la conformidad con el hecho tipificado, la antijuridicidad y la culpabilidad. Algún autor descompone el primer elemento en dos elementos ulteriores: el hecho y la tipicidad, pero este último factor está de más, porque la tipicidad es un elemento estructural del delito. Otros autores añaden la punibilidad, pero este elemento es extraño a la estructura del delito. La doctrina italiana sigue, predominantemente, el magisterio de Francesco Carrara, y reduce los elementos del delito a sólo dos: el elemento objetivo, es decir, el hecho material, y el elemento subjetivo, es decir, el dolo o la culpa, atendiendo a que la antijuridicidad es “una calificación que tiñe al acto por entero, en todos sus elementos objetivos y subjetivos” (MANTOVANI, op. cit., p. 139). La culpabilidad no es un elemento estructural del delito, en la medida en que no es posible detectarla en las hipótesis de responsabilidad objetiva, y en los casos de los sujetos inimputables. Al introducirse en la Constitución italiana algunos principios fundamentales que rigen el derecho penal, cambia la concepción de la antijuridicidad (sea formal, sea sustancial), de forma tal que el delito queda configurado, hoy en día, como una violación de los valores constitucionalmente protegidos (BRICOLA, op. cit., p. 69). Los puntos de contacto tienen que ver, principalmente, con la explicación del nexo causal25 y de la imputabilidad, es decir, de la capacidad de entender “y” de querer (respecto de la incapacidad, en el artículo 2046 del Código Civil se usa la conjunción “o”)26, y con los bienes o intereses protegidos, cuyo catálogo –que es tipificado para el delito y atípico para el ilícito civil– debe ser confrontado con los valores constitucionales27. Una investigación más detallada y amplia descubriría, desde luego, otros puntos de contacto y de divergencia; sin embargo, ello excede de las ambiciones de nuestro tratado28. 8. Responsabilidad contractual y responsabilidad extracontractual. Desde el punto de vista formal es muy fácil efectuar la distinción entre responsabilidad contractual y responsabilidad extracontractual, porque la primera nace del incumplimiento de una obligación (artículo 1218 del Código Civil), mientras que la segunda nace de la comisión de un acto ilícito. La doctrina tradicional agota así la descripción de sus diferencias fundamentales. Más analíticamente, y desde una perspectiva mucho más compleja y rica, dictada por una conciencia histórica, y con curiosidad comparatística, la distinción ha dado la impresión de ser tan arbitraria cuanto inexacta. Arbitraria, porque según recientes tesis es posible que una responsabilidad de naturaleza contractual surja de relaciones “pre” contractuales; inexacta, porque la distinción ha devenido tenue, de modo que incide, más que todo, en la prescripción de la acción. Se ha observado, en otras palabras, que hoy la obligación contractual tiende a ser considerada como una estructura compleja; por lo tanto, ella comprende también deberes accesorios; al mismo tiempo, la responsabilidad civil tiende a abarcar fenómenos contractuales, inclusive, como en el caso de la responsabilidad civil por actividades negociales (la doble venta inmobiliaria, por ejemplo). La distinción tradicional, entonces, debe volver a ser examinada29. En algunos ordenamientos se detectan, por otro lado, aspectos bastante originales. En Francia, por ejemplo, se tiende a la negación de la acumulación de 25 26 27 28 29 Sobre este punto, véase: MAIWALD, Causalità e diritto penale, trad. italiana de F. Brunetta d’Usseaux, Milán, 1999, así como las tendencias jurisprudenciales en materia civil y penal. Al respecto, véase MANTOVANI, op. cit., p. 644 y ss., en lo que atañe a la responsabilidad penal; así mismo: VISINTINI, op. cit., pp. 471 y ss. En relación con la “injusticia” del daño, véanse MANTOVANI, op. cit., pp. 212 y ss., para el derecho penal, y P. TRIMARCHI, voz “Illecito (dir. civ.)”, en Enc. dir., vol. XX, Milán, 1970, pp. 90 y ss., para el derecho civil. Véase, para ello, GIANNITI, Responsabilità civile e penale a confronto, Padua, 1998. SALVI, La responsabilità, materiales de enseñanza, Perugia, 1988, p. 15. las dos responsabilidades; en el common law, la distinción entre contract y tort es muy débil, si no es que vaga, en muchos casos30. En la descripción de la institución que nos ocupa tendremos oportunidad de analizar el problema en sus aspectos específicos; distinguiremos entre las distintas fattispecie, pero sin ninguna pretensión de trazar una línea clara de demarcación entre los dos tipos de responsabilidad. Para el jurista que quiera profundizar en el tema es de gran ayuda, ante todo, la referencia a las experiencias jurídicas europeas. La distinción entre responsabilidad contractual y extracontractual ha sido siempre débil en el common law, donde jamás ha tenido arraigo, por razones históricas, la distinción entre efectos del tort y efectos del contract, y, por lo tanto, entre daño contractual por incumplimiento y daño aquiliano. En Francia, la distinción atraviesa una auténtica crisis, a tal punto que en los manuales más acreditados se pone en guardia al lector, para que éste no se ilusione con una clasificación tan precisa cuanto poco utilizable en la práctica. En realidad, hace más de un siglo que la doctrina francesa discute sobre la dualidad o unidad de las nociones de responsabilidad, y muchos autores han tomado partido por la tesis ecléctica, la cual expresaría –según se dice– el estado del derecho positivo. No existiría, pues, una diferencia por “naturaleza” entre las dos obligaciones, sino solamente una diferencia de régimen. En la crítica actual a la distinción se sigue el método comparativo entre los dos regímenes, y se trata de atenuar sus diferencias. Estas diferencias no conciden exactamente con las descritas, por tradición, en el derecho italiano. Por lo tanto, ellas son de extremo interés, porque permiten, no sólo apreciar con mayor precisión los exactos confines de la responsabilidad civil en Italia, sino también apreciar con una óptica distinta la misma problemática que hoy se agita entre nosotros. Las diferencias aludidas tienen que ver con los siguientes puntos: a) El hecho por el cual se debe responder: el comportamiento del que no cumple o del autor del ilícito son distintos. b) La irrelevancia del “hecho de las cosas” (de acuerdo con la expresión animística típica del Code civil) en el sector de la responsabilidad contractual, aun cuando recientemente ha aparecido una innovadora posición de cariz opuesto, para afirmar la responsabilidad del fabricante o del vendedor de productos defectuosos. c) El hecho de las personas por las cuales se responde: en el sector contractual impera una interpretación extensiva sobre este punto; en el campo extracontractual, en cambio, la interpretación es restrictiva. d) En lo que atañe a los efectos, en materia contractual se responde solamente por el daño previsible (artículo 1150 del Code civil)NT. 30 Al respecto, véase: MONATERI, Cumulo di responsabilità contrattuale ed extracontrattuale, Padua, 1989, pp. 183 y ss. e) Se considera válido el pacto de limitación o de exclusión de la responsabilidad contractual; sería nulo, en cambio, un pacto equivalente en materia de responsabilidad extracontractual. f) Los intereses moratorios tienen naturaleza “legal” en el primer caso; en el segundo, se liquidan de manera equitativa. También son de tomar en cuenta, sin embargo, aquellos casos en los cuales hay responsabilidad extracontractual por acaecimientos que tienen origen en un contrato, como la inducción al incumplimiento, la ruptura de los tratos previos a un contrato (“tratativas”), la celebración de un contrato nulo, la celebración de un contrato con daño para un tercero, etc. El debate realizado en todos estos años, acerca de la distinción entre responsabilidad contractual y responsabilidad extracontractual, o bien entre daño contractual y daño extracontractual, se escenifica, igualmente, en otros aspectos. En Francia, por ejemplo, no se admite la acumulación de ambas responsabilidades. Las diferencias resultan más marcadas, entonces, porque el damnificado debe realizar, desde el principio, una elección31. Al tratar este tema, André Tunc parte de las incertidumbres manifestadas en la doctrina inglesa y estadounidense. Él recuerda que ya a inicios del siglo XX, Marcel Planiol había enunciado pioneramente lo absurdo y lo inútil de la distinción. Luego documenta el tormentoso análisis de los autores franceses, que dedican mucho espacio a este problema en sus manuales. Tunc se da cuenta de que a menudo es difícil clasificar una fattispecie como contractual o extracontractual. A la fecha, los ejemplos son numerosos: los errores de los médicos, los daños por productos defectuosos, el daño padecido por los parientes en caso de muerte del obligado a pagar alimentos; y por nuestra parte añadiríamos el daño sufrido por quien confía en una carta de patrocinio, en un gentlemen’s agreement, en una carta de intención, etc. Pero los casos dudosos, las zonas grises, no autorizan, por sí solos, a tomar partido por la solución más drástica (y simple), es decir, por la equiparación o, peor aun, por la identificación entre los dos tipos de responsabilidad civil. En nuestro ordenamiento hay distinciones que todavía se mantienen entre los dos sectores, sea por razones de fondo, es decir, por los fines que ellos cumplen, sea por sus criterios ordenantes respecto de la determinación de la imputabilidad del caso fortuito, de las limitaciones y de la exoneración negocial de la responsabilidad, etc. Sin embargo, Tunc es de la idea de que se puede arribar, si bien con alguna reserva, a la unificación de ambos regímenes32. Con todo, no se puede ignorar que en algunos convenios internacionales – probablemente por razones de simplificación conceptual y práctica– la distinción ha sido suprimida. NT 31 32 Otro tanto ocurre en el Código Civil peruano: “Si la inejecución o el cumplimiento parcial, tardío o defectuoso de la obligación, obedecieran a culpa leve, el resarcimiento se limita al daño que podía preverse al tiempo en que ella fue contraída” (artículo 1321, 3er. párrafo) H. MAZEAUD, “Responsabilité délictuelle et responsabilité contractuelle”, en Rev. trim. dr. civ., 1929, p. 550. TUNC, La responsabilité civile, París, 1981, pp. 43 y ss. El Convenio de Varsovia de 1929 y el Convenio de Bruselas de 1961, sobre el transporte de pasajeros, unifican las acciones de responsabilidad; y la Directiva comunitaria en materia de productos defectuosos hace prevalecer a la tendencia favorable a la responsabilidad extracontractual. En Francia, sin embargo, se ha tratado de acercar los dos sistemas; y hay una nutrida legislación de los Estados que formaron parte de la Unión Soviética, y ahora de los Estados africanos, que se ha mostrado propensa a la unificación33. La superación de la distinción debe considerar los puntos que acabamos de destacar. No es posible asumir de modo acrítico la orientación emergente en otras experiencias, especialmente en el common law inglés o estadounidense, sin antes reflexionar en torno de los orígenes estructurales de los diversos ordenamientos. En el common law es menos difícil superar los confines entre contract law y tort, sea porque la responsabilidad civil por incumplimiento nace, históricamente, de la configuración jurídica del tort, sea porque en ausencia de un dato normativo textual de referencia la construcción jurisprudencial de figuras anfíbolas, que en el imaginario actual de los common lawyers se llaman contorts (mediante la unión de los dos términos indicados), resulta más fácil34. Sobre la situación italiana, se pueden identificar algunos problemas básicos. Hay, en principio, quien propone la superación de la distinción partiendo de un concepto unitario de culpa contractual y de culpa extracontractual. Para ello, el punto de referencia textual se toma del artículo 1176 del Código Civil, y se deja a un lado la historia de la cultura italiana de fines del siglo XIX, época en que la distinción era clara35. Hoy las diferencias más relevantes, basadas en el texto normativo, se refieren al régimen de la prueba y a la noción de “caso fortuito”36, así como al régimen de la prescripción. Por otro lado, también la cuatripartición de las fuentes de las obligaciones, ex artículo 1173 del Código Civil (ley, contrato, otros actos o hechos), es un argumento a favor de la distinción entre la responsabilidad que nace de la violación de un deber contractual y la responsabilidad que nace de acto ilícito. La circunstancia de que en la práctica se presenten casos-límite o catalogables en una u otra área no impide seguir considerándolas distintas. Estas hipótesis, que serán tratadas más adelante, están vinculadas con la responsabilidad por prospectos informativos destinados a inversionistasNT, la responsabilidad del 33 34 35 36 NT Ibid., p. 46. Al respecto, véanse: FLEMING, “Tort in a Contractual Matrix”, en Canter. L. Rev., vol. 5, 1993, pp. 269 y ss.; MARKESINIS, “An Expanding Tort Law - The Price of a Rigid Contract Law”, ahora en ID., Foreign Law and Comparative Methodology: A Subject and a Thesis, Oxford, 1997, pp. 254 y ss.; VON BAR, op. cit., §§ 31, 32. Véase lo señalado, sobre el punto, por VISINTINI, op. cit., págs. 193 y ss. VISINTINI, op. cit., pp. 196 y ss. En el original se emplea la expresión “prospetti informativi”. En el Texto Único de la Ley de Mercado de Valores, elaborado sobre la base de imitaciones de bibliografía y normativa españolas (y, por consiguiente, de las versiones en castellano de las directivas comunitarias prestador de servicios, de los bancos, etc., todas ellas ubicadas, como alguien ha escrito, en “tierra de nadie”37. Si se parte, no ya de la dicotomía textual entre los artículos 1218 y 2043 del Código Civil, sino de la concepción de la “injusticia” del daño, con la cual se supera la lesión de un derecho subjetivo absoluto, para extenderla a la lesión de otros intereses que no tienen la dignidad de “derechos subjetivos absolutos”, la respuesta a la cuestión se hace aun más convincente, porque aquellas fattispecie anfíbolas se incluyen en el área de la responsabilidad extracontractual, tal cual ocurre, por ejemplo, en el caso de la responsabilidad derivada de la circulación de información inexacta38. La diatriba que ha surgido no es nueva, porque un problema análogo se presenta en la clasificación de la responsabilidad precontractual. Al respecto, los defensores de su naturaleza extracontractual (que son los más, y tienen en su favor una jurisprudencia prácticamente unánime) debaten hasta hoy contra aquellos que, bajo la influencia de la doctrina alemana, postulan su naturaleza contractual. Aquí, como se ha señalado, no estamos ante una “mera alternativa”39. Hay que recordar que la responsabilidad extracontractual no sólo reposa en la culpa, y que la responsabilidad contractual conoce también casos de responsabilidad sin culpa. Tampoco se trata de una identidad40. Sin perjuicio, por lo tanto, de los criterios distintivos –carga de la prueba, constitución en mora, daño resarcible, prescripción de la acción, imputabilidad del hecho dañoso, ley aplicable, solidaridad, repartición de la jurisdicción, repartición de las competencias41– se deberá verificar qué tipos de remedios son permitidos, y si tales remedios pueden ser objeto de acumulación. 9. 37 38 39 40 41 Responsabilidad civil y garantía. europeas en materia, a partir de la Directiva del Consejo Europeo del 17 de marzo de 1980), ya se reconoce la expresión “prospecto informativo” (artículo 56). Como se aprecia, se trata de uno de los muchos casos en que nuestra legislación, a fuerza de cuestionables imitaciones, “estipula” un significado, porque tal expresión (“prospecto”), sin el añadido de que se trata de un “prospecto destinado a los inversionistas”, no expresa absolutamente nada. El autor trata extensivamente esta nueva figura de responsabilidad (responsabilità da prospetto, en la terminología italiana) más adelante. Véase infra, cap. VII, 11. BUSNELLI, “Itinerari europei nella «terra di nessuno» tra contratto e fatto illecito: la responsabilità da informazioni inesatte”, ahora en BUSNELLI y PATTI, Danno e responsabilità civile, cit., pp. 215 y ss. Sobre este punto, véanse: BUSNELLI, op. ult. cit., pp. 236 y ss.; y ALPA, Il problema della atipicità dell’illecito, cit., cap. IV. Persuasivos, al respecto, son los argumentos expuestos por CASTRONOVO, op. cit., pp. 182 y ss. Como propone, en cambio, GIARDINA, Responsabilità contrattuale ed extracontrattuale, Milán, 1993. MONATERI, La responsabilità civile, cit., pp. 673 y ss. En los estudios tradicionales se delimitan también los confines conceptuales de la responsabilidad civil en relación con la noción de “garantía”. El problema surge para la hipótesis de responsabilidad “objetiva”, para la llamada responsabilidad “absoluta” o “causal” (inexistente, entre nosotros), para la responsabilidad “indirecta” (noción a ser rechazada, en tanto errónea, pues, como ha destacado Stefano Rodotà, la responsabilidad siempre es directa). ¿Pero se trata de un problema real o de un problema falso? Nosotros opinamos lo segundo. Las razones de nuestra posición son diversas. Creemos, ante todo, que la expresión “garantía”, que evoca “todo medio que acrecienta la seguridad en torno del uso y disfrute de un derecho o del cumplimiento de una obligación”, hoy es considerada demasiado genérica y omnímoda. Por lo tanto, ella sería escasamente funcional para efectos de su utilización concreta. Si se admite esta definición lata, en efecto, todas las veces que el Código prevé formas de responsabilidad solidaria o hipótesis de responsabilidad por hecho ajeno (es decir, cuando sujetos distintos del dañador material resultan llamados a asumir la obligación resarcitoria frente a la víctima) se podría sostener, banalmente, que la seguridad de la víctima-acreedor se acrecienta con la probabilidad de ejercer, con éxito, la acción de responsabilidad frente a los terceros responsables in solidum o por hecho ajeno. Del mismo modo, existe coincidencia entre los dos términos (en apariencia, por lo menos) cuando se define la garantía como “asunción de un riesgo”42. También en el caso de la responsabilidad objetiva (o por riesgo) se presenta una asunción de riesgos; pero en el caso de acto o actividad meramente “biológicos” – de los que ya hemos hablado– existe una asunción de riesgo. Tampoco se puede sostener que la diferencia consista en el hecho de que entre los sujetos no existe ninguna relación, sino un mero “contacto social”, en el caso de la responsabilidad, mientras que existiría una previa relación de naturaleza contractual, u obligatoria por lo menos, en el caso de la garantía. La razón es que la acción de resarcimiento está dirigida, precisamente, a obtener el cumplimiento, en vía judicial, de la obligación resarcitoria. En todo caso, cuando se habla de responsabilidad “patrimonial” se hace referencia, ni más ni menos, a la garantía que el patrimonio del deudor brinda a los acreedores (entre los cuales se puede comprender, desde luego, al damnificado). La doctrina más reciente, al examinar las distintas fattispecie, ha logrado una mayor precisión terminológica. Así, subrayándose que en nuestros días el uso más frecuente del término “responsabilidad” está vinculado con la obligación resarcitoria de un daño, se concluye que el contenido de la garantía (y de la garantía de uso y disfrute, en particular) no puede estar circunscrito al daño43, sino 42 43 Véase la voz “Garanzia”, en el Nuovo Dig. it., vol. VI, Turín, 1938, p. 192. Véanse, sin embargo, los artículo 1479, 1481, 1483, 1484, 1494, 1578, 1668, 1er. parrafo, 1669 del Código Civil. que comprende otras sanciones o remedios, como la resolución del contrato, la reducción del precio, y demás44. Tampoco puede existir una identidad en los casos de violación de una promesa obligatoria, porque, por un lado, se daría lugar a una responsabilidad de tipo contractual, y por otro, no se rendiría cuenta de la función global de la garantía, que no sólo es resarcitoria. No se puede, en fin, establecer una identidad entre la responsabilidad civil y la responsabilidad patrimonial, porque la primera constituye un prius lógico y jurídico de la segunda. Además, no puede haber una identificación con la garantía patrimonial genérica, porque ésta hace efectiva la satisfacción del acreedor. Por lo tanto, la función que ésta cumple es distinta de la función de la responsabilidad civil45. Si se considera, para concluir, la definición de “garantía” en sentido técnico, propuesta por la doctrina más reciente46, como remedio que da al acreedor la seguridad de obtener el resultado comprometido en la obligación, en el cual tiene interés dicho acreedor, o por lo menos la de obtener su equivalente económico, incluso cuando se frustre la prestación del deudor, y aun a pesar de la oposición o inercia de éste (ya sea actuando contra terceros o gracias a la actividad de un tercero), advertimos que la responsabilidad civil es, también en dicho caso, un prius lógico y jurídico de la garantía. 44 45 46 MONTEL, voz “Garanzia”, en Nss. Dig. it., vol. VII, Turín, 1965, p. 742. MASTROPAOLO, I contratti autonomi di garanzia, Turín, 1989, p. 55. Ibid., p. 68. II. LOS VALORES CONTENIDO: 1. Los orígenes intelectuales.- 2. La relatividad de los valores.- 3. La identificación de los valores.- 4. Los postulados filosóficos a prueba.- 5. Los valores en el debate de la doctrina estadounidense.- 6. Cuestiones actuales. 1. Los orígenes intelectuales. Puede llamar la atención que en una investigación sobre la responsabilidad civil se hable de “filosofía”. Sin embargo, si se consulta la bibliografía en materia, especialmente, la de lengua inglesa, se aprecia que es frecuente el empleo de dicho término. Es necesario que nos entendamos en este punto. También entre nosotros se realizan o se proponen operaciones que, sin adscribirse a lo filosófico, se insertarían de todos modos en este último ámbito, según lo que sostienen los autores que sí tratan al respecto. Bajo la indicada dicción se comprende el estudio: (i) de las funciones de la responsabilidad civil; (ii) de los valores cifrados en las reglas de responsabilidad civil; (iii) de las líneas fundamentales de la evolución de la institución; (iv) de las propuestas para hacer más racional, óptimo o justo el sistema del resarcimiento del daño. Así entendida, la investigación “filosófica” de la responsabilidad constituye un ámbito común de aplicación de todo estudioso del tema. Pero la dimensión filosófica va más allá de tales confines, y se propone verificar en el pensamiento de los filósofos de profesión, y en el de los juristas de profesión (influenciados por los primeros o por las creencias difundidas en las distintas épocas en las cuales los juristas se han aprestado a delimitar la responsabilidad civil), cómo es que las ideas se han manifestado, enraizado e incorporado al armamento conceptual que asiste a esta institución. Se trata, en otras palabras, de un debate sobre los orígenes intelectuales de las reglas de responsabilidad civil. ¿Estamos ante una superposición de categorías modernas a una realidad antigua, que obedece a diversas lógicas, eminentemente prácticas? Sí y no. La respuesta es afirmativa si se busca imputar a concepciones filosóficas los orígenes de la lex Aquilia o de los pasajes del Digesto; es negativa si se pretende enlazar la filosofía cristiana con las reglas que han penetrado en el derecho canónico. La respuesta es positiva si se quiere hallar un referente filosófico para la regulación de la responsabilidad de los patrones y comitentes, de los propietarios de cosas o de animales; es negativa si se busca entender el papel del criterio de la culpa (que es uno de los fundamentos declarados, ocultos o artísticamente exhibidos). La respuesta es positiva si el terreno de análisis está representado por las reglas técnicas; es negativa si dicho terreno es la responsabilidad civil como técnica de administración de la justicia. Estamos ante una tarea ardua, que sólo en tiempos recientes se ha intentado cumplir, pero que es fácil de comprender, porque hasta la segunda mitad del siglo XIX, los confines entre el derecho, la retórica, la moral, la filosofía, la teología, eran bastante tenues, y ello facilitaba la circulación de las ideas, que luego iba a volverse lenta con las vallas impuestas por la división de las ramas científicas. Si se exceptúan las obras de Gioele Solari, dedicadas al individualismo y al socialismo en el derecho privado, y los escritos de los exponentes del socialismo jurídico y de la sociología de fines del siglo XIX, los estudios filosóficos de las reglas de responsabilidad civil son más frecuentes en la bibliografía alemana, austriaca y francesa (siempre en el indicado período histórico). En la bibliografía inglesa y estadounidense, en cambio, el movimiento es más reciente, a diferencia de lo que ocurre en la bibliografía italiana. El discurso cobra un tono distinto si la responsabilidad es considerada como técnica sancionatoria o bien como instrumento de realización de la justicia. Nosotros nos referiremos a la bibliografía en lengua inglesa, no sólo porque es la que muestra mayor sensibilidad, hoy en día, frente a estos aspectos, sino también porque la reconstrucción de las líneas internas de las contribuciones italianas sería como una repéchage, o como una operación chovinista, antes que una representación fiel a la realidad de las cosas. A menudo, aquella bibliografía reciente en lengua inglesa prefiere hablar, más que de “valores”, de “filosofía” o de “presupuestos” o de “fundamentos” de la responsabilidad civil. La exigencia de identificar una red de valores, de fundamentos o de bases –mejor aún si expresados en forma de “principio” o de “orientación”–, se explica desde el punto de vista epistemológico, porque se pretende poner en evidencia los fines a los que tiende la ciencia jurídica y el ordenamiento jurídico, y los cimientos sobre cuya base se organiza el sector; y desde el punto de vista pragmático, porque se pretende apuntar una convergencia de puntos neurálgicos del sector por parte de legisladores, juristas, científicos del derecho. Más discutible es el uso de las expresiones “filosofía”, “filosófico” y similares, aunque en la actualidad es harto difundido. Se podría hablar, en efecto, de una “filosofía de la responsabilidad civil” sólo en caso de que se quisiera hallar en el pensamiento de los filósofos antiguos y modernos indicaciones, directrices, tendencias, así como precisiones conceptuales que son utilizadas por los juristas para proyectar, normar, comentar las disposiciones o las sentencias del sector. Es un intento que se ha realizado hace poco –de manera excelsa, por cierto–, en el marco de un trabajo que ha reunido contribuciones dirigidas, no tanto a ilustrar el pensamiento de los filósofos, sino a aclarar las tendencias actuales de la doctrina en materia de responsabilidad civil. En tal contexto, la expresión “fundamento filosófico”, asume, entonces, una acepción más amplia y débil, pues alude más bien a fundamentos teóricos (y a concepciones abstractas, eventualmente), a presupuestos ideológicos, a policies y a directrices políticas a las cuales se puede plegar o uniformar el sector. En tal sentido, y más allá de las directrices que pueden identificarse ya en el pensamiento de los iusnaturalistas, podemos sostener que en toda época se ha reflexionado sobre los fundamentos, sobre las funciones y, por consiguiente, sobre los valores de la responsabilidad civil. Pero por ello, justamente, parece ser más útil referirse a este modo de afrontar la materia, bajo la forma de “valores”. Se trata, en efecto, y según el caso, de “intereses”, de “principios”, de “tendencias” que varían en el tiempo y en el espacio; que son relativos, por lo tanto, y que no pueden confinarse dentro de un numerus clausus. 2. La relatividad de los valores. También respecto de los valores es posible referir lo que se ha observado en relación con los principios generales: puesto que los valores se presentan, al mismo tiempo, como elementos fundantes y ordenantes del “sistema” jurídico, se puede hablar de valores “de la” responsabilidad civil y “en la” responsabilidad civil. Los primeros son los valores que sirven de inspiración al régimen, y a los cuales éste debería uniformarse; los segundos son los valores que esta regulación pretende proteger. Puesto que unos y otros terminan superponiéndose es posible utilizar, para ellos, una expresión omnímoda y única. El cuadro de los valores cambia según las competencias, las curiosidades, la cultura, el ambiente y, como es obvio, las ideologías del intérprete. Vale la pena describir, aunque sea en resumen, este cuadro, desde dos distintas perspectivas: la perspectiva diacrónica y la perspectiva sincrónica. En sentido diacrónico, los valores de la época anterior a la Revolución industrial se refieren, principalmente, a la persona y a la propiedad. Aun a riesgo de una aproximación excesiva, podemos afirmar que dichos valores son uniformes en todas las experiencias occidentales. En la época industrial, por el contrario, el valor de la persona y el valor de la propiedad ceden su lugar –en las experiencias más evolucionadas e influenciadas por las exigencias capitalistas– a la libertad de organización de la empresa y a la libertad de desarrollo de la actividad económica. Sintomáticas de tal situación son las experiencias inglesa y estadounidense, ya en la primera mitad del siglo XIX. No ocurre lo mismo con la experiencia italiana ni con la experiencia francesa; la alemana se encuentra a la mitad del camino, y las primeras leyes especiales sobre el ejercicio de particulares actividades económicas dañosas se introducen a la mitad de aquel siglo, mientras que en Francia e Italia ello acontece sólo a fines de siglo. En sentido sincrónico, es interesante notar que el cuadro de los valores que emerge de las experiencias de lengua inglesa no coincide, exactamente, con el cuadro de los valores emergentes de las experiencias de Europa continental, y de la italiana, en particular. Para ser más exactos, en las primeras se insiste en los requisitos morales que deben tener las reglas de la responsabilidad civil, en tanto y en cuanto entendidas como técnicas de sanción de comportamientos que, en nuestra cultura jurídica, se circunscriben sólo a algunas tendencias marginales. Así mismo, se lleva a extremas consecuencias el ideal de eficiencia al que deben someterse las reglas de responsabilidad, en tanto y en cuanto entendidas como técnicas de administración del daño. Se muestra cierta aversión a la imputación objetiva de responsabilidad, mientras que, entre nosotros, este modo de afrontar el tema se considera superado, cuando no anticuado o nostálgico de un pasado digno de ser olvidado. Se destaca el individualismo de las decisiones, dejándose en el olvido la dimensión social y solidarista que es connatural a toda congregación social en la cual se produzcan y difundan daños. Como se aprecia, si es cierto que –por el lado práctico– la mayor parte de los problemas, de las técnicas, de los valores son correspondientes en los diversos ordenamientos, especialmente en el sector de la responsabilidad civil y del daño, también es cierto que las concepciones de la responsabilidad civil son variadas, y a menudo inconciliables. No está dicho que tal variedad sea determinada sólo por el idioma, la cultura o la pertenencia a un ordenamiento. En el plano ideal se pueden identificar, es más, enlaces y conexiones entre concepciones y tendencias que superan las barreras representadas por el idioma, la cultura o por el ordenamiento, y se reencuentran en áreas comunes y en modos de pensar que son uniformes. Las aclaraciones que se formulan y que, a veces, se contraponen, son alimentadas por los bandos de juristas de cada nación. 3. La identificación de los valores. En Italia se ha determinado, más de tres décadas atrás, que los valores que ahora señalamos corresponden a las normas constitucionales de igualdad y solidaridad (artículo 3, 1er. y 2º. párrafos), a las normas que protegen a la persona (artículo 32) y que limitan las actividades económicas privadas en función de la dignidad, de la seguridad y de la salud humana (artículo 41, 2º. párrafo). A dichos valores, que conciernen a las relaciones ciudadano-Estado y a las relaciones entre particulares (aunque el discurso puede girar en torno de los intereses de la víctima, contrapuestos a los intereses del damnificado), se suele unir una valor que atañe a la dinámica interna a las actividades potencialmente dañosas: la eficiencia, que tiene que ver tanto con la óptima organización de la producción de los recursos, cuanto con la óptima distribución de los riesgos. Ecos de este debate se perciben en otras experiencias, sobre todo en el common law inglés, donde se analizan los factores de desarrollo del sector, expresados por tendencias de política del derecho (los llamados policy factors)47, que algún autor denomina “estándares de valoración”48. Estos policy factors son ocultados bajo las técnicas y los conceptos de duty, unlawfulness, fault, forseeability, remoteness, etc. Pero mientras que el estudio de estos componentes (que hoy ligaríamos con el orden público, es decir, con los valores que sirven de base a la convivencia civil en la experiencia europea continental) evoluciona hacia una amplicación del área del daño resarcible, en el common law el efecto es totalmente contrario. Son policy factors (administrative factors, en particular), en efecto, aquellos que frente a una proliferación muy amplia de daños tienden a reducir el ámbito de lo resarcible (por nervous shock, economic loss, etc.), para librar a los tribunales, igualmente, de fáciles e incontrolables demandas de resarcimiento, infundadas, fútiles y hasta vindicativas49. El argumento de que la admisión del resarcimiento del daño puramente económico abriría la puerta a una marea de procedimientos ha fundado la decisión judicial (negativa) en torno de la naturaleza resarcible del daño sufrido por una empresa por el corte de los cables de energía eléctrica por parte del demandado, aun cuando negligentemente cometido. A menudo se aprecia una versión variada de un caso y de su solución, aunque el punto de partida sean fattispecie idénticas en los distintos ordenamientos. En una misma fattispecie, la justicia inglesa se expresa, en el caso “Spartan Steel”, en términos, precisamente, de “daño remoto” y de “incumplimiento del duty of care”; mientras tanto, los tribunales alemanes niegan, al inicio, el derecho al resarcimiento, y sostienen que la ley especial no protege a terceros. Posteriormente, sin embargo, de manera más elecuente y directa, estos últimos se pronuncian en términos de utilidad, con el temor de consecuencias desastrosas por la proliferación de resarcimientos. Nada de lo anterior se ha tomado en cuenta en el caso italiano equivalente50. Otro factor de policy es la comparación entre los bienes lesionados. El orden jerárquico –observa Basil Markesinis– es dictado por la moral, por las exigencias económicas y por otras consideraciones. Hay que tener en cuenta, además, el ambiente en el cual madura la decisión de los jueces. Si este criterio (llevado a sus consecuencias extremas por los partidarios del realismo jurídico) es utilizado con cautela, puede rendir buenos 47 48 49 50 SYMMONS, “The Duty of Care in Negligence: Recently Expressed Policy Elements”, en Modern Law Review, 1971, pp. 394, 528; y ahora MARKESINIS, “Policy Factors and the Law of Torts”, en ID., Foreign Law, cit., pp. 228 y ss. Véase, igualmente: WILLIAMS y HEPPLE, I fondamenti del diritto dei “torts”, trad. italiana con amplia introducción de M. Serio, Camerino, 1983. FREEMAN, “Standards of Adjudication, Judicial Lawmaking and Prospective Overruling”, en Current Legal Problems, vol. 26, 1973, pp. 166 y ss. Así lo expresa el Master of the Rolls, lord DENNING, en la causa Spartan Steel and Alloys, Ltd. v. Martin & Co. (Contractors), Ltd. Q. B., 1, 1973, 27, pp. 38-39. Se trata del caso de la “Società Pasta Puddu”, sobre el cual, véase infra, Capítulo V. frutos. Él puede explicar el origen de ciertos dicta judiciales favorables a la protección de la propiedad, emitidos por magistrados propietarios y preparados, así como el recurso a ficciones para asegurar, a fines del siglo XIX, un mínimo de protección a los trabajadores accidentados. El progreso de la industrialización de la sociedad explica también la atención que los jueces prestan a las exigencias del mercado51. Analogías de razonamiento e identidad de soluciones pueden verificarse en las distintas experiencias. 51 Sobre este punto, véase: PRIEST, “La scoperta della responsabilità d’impresa”, en Resp. civ. prev., 1985, pp. 275 y ss. En la bibliografía jurídica en lengua inglesa está floreciendo el bando interpretativo encaminado a ilustrar las ideas-guía, los valores y los principios, así como los orígenes intelectuales de las grandes instituciones del derecho privado. Entre tales contribuciones son de destacar, en el ámbito de la responsabilidad civil: WHITE, Tort Law in America – An Intellectual History, Nueva York-Oxford, 1985; sobre el contrato: GORDLEY, The Philosophical Origins of Modern Contract Doctrine, Oxford, 1991; para los aspectos generales: STEIN y SHAND, Legal Values in Western Society, trad. italiana, I valori giuridici dlla civiltà occidentale, Milán, 1981; SIMPSON, Legal Theory and Legal History, LondresRonceverte, 1987; por no citar las obras de uno de los maestros de Giovanni Tarello, como lo fue Julius STONE: nos referimos, especialmente, al volumen The Province and Function of Law, Sidney, 1947, cuya edición italiana se halla en compás de espera hasta la fecha. Este método, elaborado por filósofos, iusfilósofos, historiadores, sociólogos y por juristas positivos, es apreciado en Italia, e incluso cultivado en cierta medida. La atención de los juristas italianos se ha centrado, sobre todo, en el análisis político, en el análisis sociológico y, más recientemente, en el análisis económico del derecho, pero no se ha distribuido igualmente en las demás perspectivas interpretativas. En la experiencia italiana, las raíces axiológicas de las instituciones están ubicadas más en el ámbito de la historia interna, y los vínculos con (o en su dependencia a) otras influencias culturales es terreno de elección de los estudiosos de ciencia política y de derecho público, y no con el natural complemento de un diseño evolutivo de las ideas del derecho privado. Se lee con extremo interés, entonces, y porque puede ser ocasión para amplias discusiones, la obra de ENGLARD, The Philosophy of Tort Law (Dartmouth, Aldershot, 1993) dedicada a las ideas que rigen las elaboraciones de los sistemas, las reglas operativas y las reformas en el sector de la responsabilidad civil. Por estas razones, justamente, los interlocutores de Englard son autores ingleses y estadounidenses. Ya en la introducción de su libro, el citado autor se cuida de subrayar cómo se ha producido, en las tendencias culturales del mundo occidental, una curiosa inversión de papeles: en la vieja Europa, donde por mucho tiempo ha prevalecido el método conceptual, propenso a las teorizaciones y abstracciones, se ha afirmado el método pragmático, que presta atención a la creatividad jurisprudencial y a las exigencias económico-sociales; mientras tanto, en el mundo del common law, el método pragmático original y el método iusrealista posterior han terminado aunándose (aunque sin ser reemplazados) con el método “científico”. No es que los demás métodos hayan sido carentes de rigor, coherencia o sistematicidad; lo que sucede, simplemente, es que hoy se asiste –siempre en opinión de Englard– a la reacción frente a un exceso de pragmatismo, o hacia un exceso de “justificacionismo”, es decir, hacia la creencia de que lo dicho o hecho por el juez es irreversible o indefectible, en lugar de considerar la actividad de éste como objeto de estudio, de crítica, de análisis inductivo, de análisis sistemático. A decir verdad, la situación italiana es variada: las teorizaciones y la abstracción seguían siendo los rieles por los cuales se desplazaba gran parte de la doctrina tradicional. Sin embargo, desde el decenio 1960-1970 se ha abierto el debate en torno de los efectos económicos de las reglas de responsabilidad civil. La atención hacia la comparación ha permitido superar los confines “provinciales”; la atención hacia la jurisprudencia (con valoraciones críticas) ha impedido la esterilización de En todas partes se considera, además, que la posibilidad de cubrir el riesgo mediante un seguro constituye un factor ulterior, empleado para administrar los riesgos de la sociedad. Según Englard, el régimen de la responsabilidad civil se desenvuelve según dos parejas de elementos opuestos: en el plano ético, la concepción “funcional” se contrapone a la concepción “no funcional”; en el plano filosófico, la justicia “correctiva” se contrapone a la justicia “distributiva”. Dentro de estos esquemas se pueden comprender los demás debates y dicotomías típicas de este sector como, por ejemplo, el debate entre los criterios de imputación (culpa y riesgo). De acuerdo con tal orientación, el volumen del autor citado se divide en tres partes: la primera se refiere a los fundamentos de la responsabilidad civil; la segunda, a los sistemas de resarcimiento; la tercera, a los desarrollos del régimen del tort law en Gran Bretaña y Estados Unidos, con una que otra referencia sobre las demás experiencias de lengua inglesa. Todos estos temas –hay que anotarlo– están bien presentes en nuestra bibliografía52. Aunque sintético y simplificado, este cuadro referencial es agudo y resulta coherente con nuestra visión; y cada uno de los autores en materia podría hacer la prueba de combinar las calificaciones para diseñar el mapa de los ordenamientos de los juristas italianos del sector. Por lo que nos concierne, nos incribiríamos en la casilla de los funcionalistas, partidarios de la justicia distributiva. Aquí Englard examina en primer lugar la relación entre la consideración ética y la consideración social de las reglas de responsabilidad; luego la relación entre culpa y responsabilidad objetiva. Y prosigue con consideraciones críticas e histórico-comparativas. Es típica de las introducciones al estudio de la responsabilidad civil en Francia e Italia, ya desde fines del siglo XIX, la cuestión de los confines entre ética y derecho en materia de responsabilidad civil. En las páginas de Raymond Saleilles y, a medida que transcurre el nuevo siglo, en las de René Savatier y Paul Esmein, se advierten las huellas de la preocupación ética. La responsabilidad civil como sanción, como técnica para controlar el comportamiento individual, como punto cardinal de segregación del mal y de imputación de una culpa moral (antes que civil, inclusive) ha constituido el humus en el cual se han desarrollado las teorías de la responsabilidad civil en Italia, hasta hoy recogidas en las contribuciones de los estudiosos de la materia. Englard prefiere partir, más que del imperativo kantiano, del contraste entre las tendencias (propias del análisis económico del derecho) de Richard Posner y Guido Calabresi53. Para él, Posner teoriza que el principio de maximización de la riqueza –versión actualizada del óptimo de Pareto– no puede ser sino conforme a postulados éticos. Por su parte, Calabresi tiende a considerar la urgencia moral como uno de los esquemas identificativos de los criterios de imputación de la 52 53 esta materia, que se mantiene viva bajo aquella túnica de Neso que son los dogmas más remotos. Al respecto, véase: ALPA, BESSONE y ZENO-ZENCOVICH, I fatti illeciti, cit.; ALPA, Responsabilità civile e danno, cit.; PONZANELLI, La responsabilità civile, cit. Tendencias de las que se rinde puntual cuenta, en sus pasajes más significativos, en el volumen Interpretazione giuridica e analisi economica, al cuidado de Alpa, Pulitini, Rodotà y Romani, Milán, 1982 (hay reimpresión de 1990). responsabilidad, junto con la eficiencia y la consideración de las circunstancias particulares y de los intereses colectivos. A su turno, Ernest Weinrib54 privilegia una óptica antifuncionalista, antipragmática, de filiación kantiana, y parte del presupuesto de que las reglas jurídicas –en sí “puras”– no pueden ser orientadas hacia la obtención de fines económicos o de fines sociales; asimila los fundamentos de la responsabilidad a la voluntad individual, y la sanción de la responsabilidad, por lo tanto, a un control del comportamiento individual que parece reprochable si no se elige el otro, como fin en sí mismo. En este contexto, las reglas de justicia correctiva parecen ser coherentes con la concepción kantiana del derecho, y con sus efectos en la responsabilidad civil; la justicia correctiva es funcional para con la maximización de la riqueza, mientras que la justicia distributiva tiende a la fundación de un Estado justo. Según Weinrib, no es necesario recurrir a la responsabilidad civil para socorrer a las víctimas no resarcidas; este no es el método más correcto –en el sentido que Weinrib adopta de la justicia–, sino la institución de un fondo de garantía. Pero existen autores como George Fletcher, Richard Epstein o Jules Coleman, que tratan de combinar los dos aspectos de la cuestión. La conclusión de Englard es que sólo la justicia correctiva es conforme a una concepción ética de la responsabilidad. En relación con dicha premisa no hay mucho que decir. No hay duda de que es concebible una dimensión ética de la responsabilidad civil. Sin embargo, se puede replicar a Englard, y sobre todo a los autores cuyo pensamiento él reproduce, que también las reglas de responsabilidad objetiva obedecen a una concepción ética, a saber: evitar que el damnificado quede insatisfecho. Además, y esto no es una cuestión nominalística, ¿de qué ética estamos hablando? ¿No es que de tal forma se exagera, en definitiva, el realce del contraste entre culpa y riesgo? En las contribuciones italianas en materia se pueden percibir los ecos de dicha diatriba. Pero no es necesario seguir insistiendo en la controversia sobre los criterios de imputación: a partir del debate inaugurado con las tesis de Pietro Trimarchi y Stefano Rodotà, dicha cuestión se ha transformado en una de las bases de toda ilustración del sector, en toda obra italiana reciente. En cuanto a la clasificación de las teorías de la responsabilidad civil sobre la base de los fines que estas reglas pueden realizar se distinguen: (i) las teorías monistas, de las que hemos tratado hasta ahora, a propósito de Posner, Calabresi y Weinrib; (ii) las teorías pluralistas, que son defendidas por aquellos que asocian el análisis económico o ético con objetivos de justicia distributiva, de responsabilidad moral y social, y que tratan de balancear la eficiencia con la libertad; (iii) las teorías escépticas, propias de aquellos que se oponen, desde todo punto de vista, a un sistema orientado según valores predeterminados. Las teorías monistas de análisis económico del derecho se fundan en la convicción de que las reglas de responsabilidad pueden desincentivar la producción de daños (deterrence). Las teorías escépticas son profesadas por autores como Richard Abel55, que consideran, con una aproximación radical, que las reglas de responsabilidad civil 54 55 WEINRIB, “Understanding Tort Law”, en Valparaiso Law Review, vol. 23, 1989, p. 485. ABEL, “A Critique of Tort”, en UCLA Law Review, vol. 37, 1990, p. 785, ahora traducido al italiano por R. Delfino, en Economia e diritto del terziario, 1993, pp. 211 y ss. terminan reproduciendo desigualdades sociales existentes en toda congregación, y que el damnificado mejor asistido desde el punto de vista profesional forense, médico legal, y de seguros, se encuentra en mejores posibilidades para obtener un resarcimiento satisfactorio, si se le compara con los de menos recursos. El mercado de las pericias, el mercado de las coberturas de seguros, el mercado forense no parecen coherentes –para Abel– ni con las valoraciones morales ni con la justicia distributiva ni con la seguridad. Los orígenes filosóficos de las reglas de responsabilidad civil moderna se encuentran en los grandes teóricos del derecho natural: en Grocio, in primis, y sobre todo en Pufendorf. A este último autor se debe la definición de los puntos cardinales del sistema jurídico en la razón y en la voluntad. De aquí la predominancia de la culpa, que no descarta, sin embargo, la posibilidad de introducir hipótesis de responsabilidad objetiva; la base para ello no es el derecho, sino la “equidad natural”. La tesis de la responsabilidad objetiva es fuertemente defendida, en cambio, por Thomasius. Y se trata, es más, de una responsabilidad por pura causalidad (o absoluta) que es la única que garantiza la paz y la tranquilidad social. La aplicación de esta regla a los incapaces de entender y de querer no es considerada injusta por Thomasius, porque ella afectaría sólo al patrimonio, y no a la persona de éstos. Por otra parte, ni las reglas romanas sobre la iniuria, ni las reglas germanas de la Edad media tenían ninguna conexión con la reprobabilidad moral del ilícito civil. La idea de Thomasius se mantiene aislada, de todos modos. Wolff, a su vez, prosigue por el camino de sus predecesores, y liga la imputabilidad con la libertad. Llegado a este punto, Englard examina las ideas de las codificaciones, y presta atención, especialmente, a la doctrina alemana. Su punto de partida son las páginas de Savigny –influenciadas, sin duda, por la filosofía kantiana– y su idea de que el derecho debería reducirse a un conjunto de propuestas éticas de la naturaleza humana. Englard subraya, desde luego, la preferencia por el criterio de la culpa. En esta línea de pensamiento, Jhering aclara las consideraciones críticas contra la responsabilidad objetiva, considerada como residuo de arcaísmos de la experiencia romana e indicador de la rudeza intelectual de la experiencia germana medieval. La concepción ética de Savigny y el conceptualismo de los pandectistas imperan por largo tiempo en Alemania y en las culturas susceptibles frente a su influencia (como la italiana, bien lo sabemos). Pero ello no impide al legislador alemán de la mitad del siglo XIX introducir reglas de responsabilidad objetiva. Los teóricos se oponen a dichas reglas, porque no las consideran conformes a la libertad individual, sino auspiciadas por los economistas y por los industriales, en tanto y en cuanto conformes con la ideología liberal. En la vida práctica, las reglas de responsabilidad objetiva, tan descuidadas por los profesores, se presentan como sostén de la libre empresa. Aquí se podría apreciar que las reglas son muchas veces el producto de ideologías, de fabulaciones y de técnicas elaboradas de los juristas. Con similares argumentos, la jurisprudencia estadounidense del siglo XIX expresó la opción de “dejar el daño donde recae” y, por lo tanto, la opción de insistir en la culpabilidad de las actividades nocivas. Así, los efectos no debían recaer en el empresario, que invertía capital para promover, además de su beneficio, el bienestar de la colectividad. La justicia social, vista como tarea del derecho privado, es el instrumento que Gierke utiliza para sostener las reglas de responsabilidad objetiva, y para criticar el sistema abstracto de Savigny y de sus seguidores. Pero los pandectistas son criticados también por Mataja, un estudioso austriaco que ya a fines del siglo XIX somete las reglas de responsabilidad al “análisis económico”. En su obra56, Mataja realiza consideraciones asombrosamente agudas y modernas, cuyo valor ha sido sacado a la luz, algunos años atrás, por el propio Englard57. Mataja observa que en materia de daños ningún legislador está en condición reaccionar frente al fait accompli ni de remediar, por lo tanto, una pérdida que es irrecuperable. Lo que el legislador sí puede hacer se reduce a dos operaciones: (i) introducir mecanismos de prevención; (ii) distribuir el daño entre aquellos que, según las exigencias de la justicia o de la economía pueden asumirlo mejor. Desde este punto de vista, es obvio que el criterio de culpa no parece ser satisfactorio, porque hace que el daño sea de cargo de la víctima en todos aquellos casos en que el comportamiento del dañador no es culposo. Económicamente hablando, un sistema de asignaciones, que permite a las empresas transferir a los damnificados pérdidas que son evitables, no es un sistema eficiente, porque tales recursos se podrían emplear de un modo más productivo. Además, la distribución del daño produce efectos económicamente útiles, a diferencia de su concentración en la víctima, que es dispendiosa. De aquí la preferencia del autor por la responsabilidad objetiva. No obstante las graves reacciones que provocó la teoría de Mataja, ésta fue acogida por Saleilles (en su théorie du risque). La mayoría de los estudiosos, sin embargo, prefirió seguir, en el común de las experiencias, la teoría tradicional; ésta no hacía otra cosa que reproducir una secuencia de Hegel58. Una secuencia oscura, a decir verdad, en la cual el filósofo idealista razonaba en términos de derecho subjetivo abstracto, personalidad, imputabilidad, ilícito objetivo. En conclusión, por todas partes se presenta una actitud pragmática y ecléctica (o pluralista) del legislador. Aunque no se repudia el principio de la culpa, se introducen paulatinamente disposiciones en sectores específicos, en las cuales se recurre a la responsabilidad objetiva fundada en el riesgo. Los legisladores más valientes (o más utopistas) terminan sustituyendo el sistema tradicional por un sistema general de seguro social (alternative compensation systems). Sólo que las soluciones extremas tampoco son dignas de ser seguidas in toto. Tanto el sistema mixto cuanto el sistema alternativo generalizado se prestan a críticas, pero presentan también aspectos positivos. Es suficiente considerar el pésimo funcionamiento del sistema resarcitorio italiano en materia de circulación de vehículos para no dudar en llevar agua al molino de los defensores del sistema 56 57 58 MATAJA, Das Recht des Schadenersatz von Standpunkte der Nationalökonomie, Leipzig, 1888. ENGLARD, “Victor Mataja’s Liability for Damages from an Economic View Point: A Centenaire of an Ignored Economic Analysis of Tort”, en International Review of Law & Economics, vol. 10, 1990, p. 173. HEGEL, Filosofia del diritto, parágrafos 10, 33. tradicional. Por otro lado, las finalidades sociales de los alternative compensation systems no son para nada subestimables o poco serias. 4. Los postulados filosóficos a prueba. Agudamente, Englard observa que los postulados filosóficos que se acaban de indicar son la base de gran parte de los fundamentos de las sentencias, aun cuando los tribunales no los tengan en cuenta, no los hagan explícitos, o no tengan conciencia de ello. Tales postulados han penetrado ya en la mentalidad común del jurista. En materia de responsabilidad ciivl, la mayor parte de los problemas que hoy son más discutidos y que son de incierta solución tiene que ver con posiciones funcionalistas y posiciones éticas. Recordando sólo los topoi más destacables, cada uno de los cuales requiere un análisis detallado y cuidadoso, son de destacar el problema de la privacy, los punitive damages, el consentimiento informado, el daño por shock nervioso, los mass torts. En síntesis, las reflexiones del autor citado en relación con el trendNT de la jurisprudencia constitucional estadounidense son importantes (más allá de su utilidad comparatística) porque tienen que ver con el principio de igualdad que las víctimas de particulares categorías de daños, satisfechas de conformidad con un sistema resarcitorio fijado con leyes especiales, consideran violado. El principio predominante parece ser el de la justicia distributiva. Pero contra el activismo de los tribunales –que a algún autor, como John Fleming, le ha parecido arrogante, politizado y poco respetuoso de las instituciones gubernamentales59– parece ser preferible la intervención legislativa con propósitos informadores. Las alteraciones que nacen de la doble función –sancionatoria y resarcitoria– del sistema de responsabilidad civil son evidentes en el sector de la lesión del honor, de la reputación y de la privacy. Sólo el legislador puede establecer un balance entre el derecho individual a lo reservado (private interest) y el derecho de la colectividad a la información (public interest). La regulación de los exemplary o punitive damages, que realizan al mismo tiempo finalidades sancionatorias y resarcitorias, propósitos correctivos y preventivos, debe ubicarse –por coherencia– en un sistema mixto, en el cual la complementariedad de los principios y de las reglas sea el modelo al cual uniformarse. Es más difícil aplicar directamente la teoría de la complementariedad a los casos de daño al paciente por la actividad del médico: el consentimiento informado no puede constituir el único criterio de solución. En cuanto al emotional stress, el autor observa que bajo los fundamentos de los jueces estadounidenses, basados en razones de public policy (es decir, dirigidas a delimitar el área de los daños resarcibles, y en fattispecie de difícil explicación causal, por lo demás), a menudo se esconden prejuicios inspirados en discutibles principios éticos: tales son los casos en los cuales se descarta el resarcimiento del daño al conviviente more uxorio por razones de presunta inmoralidad, enmascaradas con expedientes técnicos. El conflicto entre los principios opuestos aparece también en el tratamiento del “daño puramente económico”. Sin embargo, el sector en el cual se hacen evidentes en mayor medida NT 59 Esta voz del inglés ha cobrado arraigo en el lenguaje italiano. Vale por “tendencia”. FLEMING, The American Tort Process, Oxford, 1988, p. 36. los límites del sistema privatístico de la responsabilidad civil resulta ser el de los daños catastróficos (mass torts). Se trata de eventos cuyo gobierno judicial es más bien imposible de administrar, y que requieren, por lo tanto, una intervención preventiva del legislador. Las conclusiones de Englard –que el jurista italiano puede hacer propias, ciertamente– parecen simples y convincentes. (i) Muchas reglas de responsabilidad son frutos de fines contrastantes, y reflejan los esquemas de las justicia correctiva y los de la justicia distributiva, de fines propios del derecho privado y de fines propios del derecho público. (ii) Los sistemas pluralistas, al fusionar valores y objetivos contrastantes, tienden, a su vez, a ser incongruentes e incoherentes. (iii) Los sistemas monistas, fruto de las decisiones drásticas bien acogidas por los iuseconomistas, ganan en coherencia, pero no brindan seguridades ni en orden a la prevención del daño ni en orden a la eficiencia económica. (iv) Los sistemas fundados en la justicia correctiva son individualistas, y conllevan soluciones inequitativas. Los sistemas fundados en la justicia distributiva no son menos peligrosos, porque son utópicos. Se perfila, por lo tanto, la solución (inevitable) de un sistema mixto, pluralista, con formas complementarias de asistencia social y de vigilancia, a fin de que el legislador, en lugar de perseguir el sueño de un sistema unitario y coherente, se comprometa a lograr un programa de intervenciones sociales (social policy). Llevar a realización esta difícil tarea corresponde al legislador, no a los tribunales, atendiendo a los límites intrínsecos de un sistema de reglas codificadas y/o jurisprudenciales, del todo inadecuado para perseguir objetivos de justicia distributiva. Creemos también, sin embargo, que los tribunales están en condición de preparar la intervención legislativa: no sólo la Corte Costituzionale, en lo que le atañe, con sus advertencias, y ahora, cada vez más, con sus indicaciones y demandas precisas, sino también la Corte di Cassazione y los tribunales de jerarquía inferior. Algunas injusticias evidentes –como el daño al conviviente more uxorio– ya han sido eliminadas. La protección del consumidor frente a los daños por productos ya había sido realizada, en algún caso esporádico, antes de que el ordenamiento italiano adoptara la Directiva comunitaria en materia. Lo mismo ha ocurrido con el daño ambiental y la lesión de la privacy. Para el daño biológico, en vista de los fuertes contrastes definitorios y de cuantificación, una intervención legislativa urgente es altamente auspiciable. El juez no puede efectuar, ciertamente, un uso alternativo del derecho vigente, ni sustituir al legislador en la elección de la política social; pero sí puede, dentro de los límites de las disposiciones, encontrar la solución al caso que sea la más conveniente para con una administración racional –y justa– del daño. 5. Los valores en el debate de la doctrina estadounidense. El debate sobre los valores fluye de ciertas tesis planteadas en la bibliografía estadounidense en materia de responsabilidad civil60. Tal debate parece modificar notablemente, no sólo los resultados que había logrado la doctrina de los últimos años, sino, sobre todo, el método de estudio y la perspectiva desde la cual se enfocaba la problemática jurídica de este sector, famoso por ser el más creativo del common law. Veamos algunos ejemplos. Richard Epstein abandona la visión tradicional del tort law. Él subraya que en otra época se consideraba que el demandante “tenía que probar la bondad de su pretensión y la necesidad de considerar responsable al demandado”. Hoy, más simplemente, la situación se ha invertido y “existe una nueva presunción, en virtud de la cual el demandado debe demostrar por qué, una vez creado el riesgo, no debe derivarse de él una responsabilidad”61. De aquí el realce asumido por las teorías del análisis económico del derecho y del cost-benefit analysis en la identificación de los mejores criterios para repartir el riesgo entre los que pueden soportarlo mejor, con ventajas para la víctima y, al mismo tiempo, para la colectividad entera. El problema del “deber de diligencia” (duty of care) es uno de los más estudiados en el common law inglés y estadounidense; muchas son las teorías y tendencias en boga, y es difícil trazar un cuadro orgánico de ellas. El concepto de duty en la responsabilidad civil tiene un lugar central, porque indica el fundamento de la responsabilidad: sólo si se determina la existencia de un deber de diligencia a cargo del demandante es posible acoger la demanda del actor. El problema parece complicarse aun más si en lugar de considerar los daños provocados por un comportamiento positivo del demandante, se hace frente a los daños provocados por una omisión de diligencia, entendida en la acepción más restringida que es propia de la culpa omisiva del civil law62. Este es el problema que en la bibliografía de lengua inglesa se conoce como la «regla del buen samaritano»63. 60 61 62 63 De particular interés son los realces de MERRYMAN, “Legal Education There and Here: A Comparison”, en Stanford Law Review, vol. 27, 1975, pp. 865 y ss. Véase también: CAPPELLETTI, MERRYMAN y PERILLO, The Italian Legal System, Stanford, 1967, pp. 175 y ss. La atención de la doctrina estadounidense hacia los problemas de enseñanza del derecho es bastante notable. Las contribuciones más documentadas en materia han sido publicadas en la Journal of Legal Education. En dicha revista es de consultar, en especial, respecto del método de enseñanza de la responsabilidad civil: “Torts: Teaching Compensation Systems”, 1974, pp. 422 y ss., donde aparecen páginas de Schwartz, J. Fleming, O’Connell y R. E. Keeton. Así mismo: PAGE y Robert E. KEETON, Cases and Materials on the Law of Torts, St. Paul, Minn., 1971; WILSON, Cases on the Law of Torts, Chicago, 1928; GILMORE, The Ages of American Law, New Haven-Londres, 1977; HARPER, Readings in Torts Selected from Legal Periodicals and Other Sources, vols. I y II, Indianápolis, 1941; GREGORY, KALVEN y EPSTEIN, Cases and Materials on Torts, ed. revisada, Boston-Toronto, 1977; de EPSTEIN véase también: “A Theory of Strict Liability”, en Journal of Legal Studies, vol. 2, 1973, pp. 172 y ss. EPSTEIN, op. cit., p. 3. Sobre este punto, véase: P. TRIMARCHI, voz “Illecito (dir. vig.)” , en Enc. dir., vol. XX, Milán, 1970, pp. 99 y ss. Al respecto, véase: P. TRIMARCHI, Rischio e responsabilità oggettiva, cit., pp. 11 y ss. Epstein presenta toda esta problemática citando tres sentencias, ordenadas según una perspectiva histórica. Luego pasa a las acostumbradas y amplias notas de referencia y a las cuestiones didácticas, y concluye con tres pasajes doctrinales. De la primera de dichas sentencias, Buch v. Amory Manufacturing Co., que se remonta a 1897, proviene el principio tradicional de la irrelevancia de las omisiones, que parece haber sido inspirado por el “individualismo más brutal”. El propietario de un molino fue demandado por los parientes de la víctima, un menor de edad que no sabía inglés, por no haber impedido el acceso de éste, sino con algunas palabras de advertencia, a la zona donde estaban en funcionamiento los engranajes del molino; el menor se había accidentado mientras trataba de aprender el funcionamiento del motor64. En los fundamentos del fallo se advierte que el tribunal es consciente de los aspectos morales de la cuestión; el caso examinado es bastante similar al propuesto como hipótesis, benévolamente, por el tribunal, pero la regla inflexible prevalece sobre todo sentimiento de humanidad. “Supóngase –propone el tribunal– que «A», acercándose a las líneas ferroviarias, descubre a un niño de dos años sentado en los rieles, con total ignorancia del peligro que corre, porque hay un tren que se aproxima. «A» puede poner a salvo al niño fácilmente, sin ningún peligro para su propia incolumidad, y hay simples instintos humanos que lo mueven a hacer el intento. Si no lo hace, tal vez se le podría considerar un salvaje desalmado o un monstruo, propiamente dicho. Sin embargo, en el plano jurídico, «A» no es responsable del daño sufrido por la víctima, ni mucho menos le es imputable la muerte de ésta [...]”. Sobre la base de tales premisas, el tribunal enuncia la regla fundamental: “el deber de no ocasionar daños a los demás es un deber jurídico; el deber de proteger a los demás es sólo un deber moral, salvo en algunas hipótesis especiales de relaciones fundadas en la confianza, que no puede ser reconocido ni sustentado jurídicamente”. Más adelante, el mismo tribunal brinda algunos argumentos económicas en apoyo de la regla general: “la ley no obliga a los propietarios de cosas idóneas para provocar daños a cerrar sus propiedades ni a bloquear sus actividades a fin de proteger a un extraños que entran en casa ajena y van con rumbo a un peligro cierto [...]”. Los otros dos casos citados por Epstein son de 1937 y 1959. En el primero de ellos, Montgomery v. National Convoy & Trucking Co., se debate en torno de la responsabilidad del conductor de un remolque que, bloqueado por la nieve concentrada en una zanja, no había colocado señales de alarma para advertir a los vehículos que se acercaban que el camino no era transitable, dada la imposibilidad de retirar el remolque. Algunos de los vehículos que llegaron poco tiempo después colisionaron gravemente, porque sus conductores no llegaron a percatarse del obstáculo65. El tribunal enuncia, entonces, el principio de que el “agente no sólo tenía que garantizar a los demás sujetos el uso de la autopista, sino también advertirles del peligro que él había causado, con el uso de señales u otros medios apropiados para ello. Todas estas medidas podían ser pretendidas, razonablemente, en dicha situación, para la prevención del daño”. 64 65 Buch v. Amory Manufacturing Co., 69 N.H., 257, 44 A. 809 (1897), en EPSTEIN, op. cit., pp. 326 y ss. Montgomery v. National Convoy & Trucking Co., 186 S.C. 167, 195 S.E. 247 (1937), en EPSTEIN, op. cit., p. 328. Al comentar el caso, Epstein enriquece el cuadro de las rules que operan en el sector, y menciona el principio de que ningún deber de socorro corresponde a quien llega después, cuando el daño ya se ha verificado, si no ha tenido la culpa de éste (Tuberville v. Mobile L. & R. Co.)66. Se trata de la regla según la cual quien ha provocado el evento tiene el deber jurídico de prevenir sus ulteriores consecuencias dañosas: regla que se encuentra formulada, inclusive, en el Restatement of Torts (Second), en el § 32267. La regla enunciada en el segundo caso (Yania v. Bigan) cierra el cuadro de los principios en materia de omisión, al sancionar el principio de que la culpa del damnificado es válida, de por sí, para descartar la responsabilidad por omisiones del dañador68. En lugar de discutir directamente sobre los distintos principios que se han venido formulando, Epstein los comenta de manera indirecta, y reproduce algunos pasajes de la doctrina. Un particular realce corresponde al juicio formulado por Robert Hale, quien había puesto en duda la legitimidad de una aplicación mecánica de las reglas tradicionales. “La actitud de rechazo de los jueces frente al reconocimiento de la existencia de deberes de conducta positivos –escribe Hale– se funda en una o dos premisas que, por lo general, no se expresan en los fundamentos. Según la primera premisa, una persona llana y autosuficiente no tiene necesidad de la ayuda de nadie, salvo en los casos en que el auxilio le es ofrecido por mera cortesía, o le es debido por contrato, sin que el Estado pueda interferir. Todo lo que esta persona le puede pedir al Estado es ser protegida de los daños que pueden causarle los demás. La segunda premisa estipula que cuando el Estado requiere la acción de una persona existe una grava interferencia en la libertad del individuo, más grave que la interferencia que se produce cuando el Estado impone obligaciones o límites a la libertad individual: hacer que un sujeto tenga que prestar un servicio a otro significa volverlo esclavo; impedirle hacer el mal a otro significa, en cambio, dejarlo libre. Ninguna de tales premisas es verdadera en el fondo”. Igualmente crítica es la posición de James Ames: “por más que pueda parecer criticable la conducta de una persona que se niega a prevenir un peligro, aunque esto no comporte ningún sacrificio para ella, si no es responsable, si no ha multiplicado las consecuencias dañosas del evento, si no ha obtenido ventaja del evento, entonces, lo único que ha hecho tal persona es negarse a brindar su ayuda a un extraño. Y hoy en día, la ley establece que no existe responsabilidad civil ni penal en ninguno de los casos mencionados. La ley no obliga a los ciudadanos a desempeñar un comportamiento activo y benevolente frente a los terceros. Elegir entre ser o no ser un buen samaritano constituye una decisión de conciencia. ¿Debemos, empero, permanecer en este estado de cosas?”. La respuesta del autor es formulada con la asistencia de un criterio económico: “quien se niega a prestar socorro a otro, que se encuentra en grave peligro, sin que se cierna ningún daño 66 67 68 Tuberville v. Mobile L. & R. Co., 221 Ala. 91, 127, So. 519 (1930). Que dice así: “si el agente sabe, o es razonable que sepa, que con su conducta, culpable o inocente, ha ocasionado un daño físico a otro, en modo tal de dejarlo privado de socorro, y expuesto a un peligro ulterior, él tiene el deber de actuar con diligencia razonable para prevenir el daño futuro”. Yania v. Bigan, 397 Pa., 316, 155 A. 2ª. ed. 343 (1959), en EPSTEIN, op. cit., p. 332. para su propia persona, deberá ser considerado culpable por este hecho, y será responsable del daño sufrido por la víctima o por sus parientes”. La conclusión de Epstein es bastante cauta: la regla de Ames no puede ser admitida, porque ella hace referencia al parámetro del reasonable man, que es demasiado incierto y vago como para poder ser aplicado en un sector donde el confín entre los aspectos jurídicos y los aspectos morales es tenue. “Cuando el parámetro del reasonable man predomina en la responsabilidad civil, resulta imposible afirmar dónde termina la libertad y dónde comienza el deber jurídico, dónde termina el contrato y dónde comienza el ilícito. En todo caso, siempre sería posible para el juez o para el jurado decidir que el dañador podía hacer una cosa distinta, y al decidir en tal sentido, se recurrirá a alguna fórmula del cost-benefit analysis, que es siempre difícil de aplicar”69. De aquí la conclusión de que sólo una norma jurídica, emitida con carácter especial, puede imponer al sujeto el deber de actuar y de prestar auxilio. Por su parte, Robert Rabin70 somete a examen los fundamentos de la responsabilidad civil y las técnicas procesales de solución de los casos. Él toma como punto de partida el significado de la “culpa”, que es un concepto creado en el período de la primera Revolución industrial, para sustituir las acciones medievales, fundadas en el trespass on the case. En pocas y sencillas líneas, Rabin explica que la acción de trespass requería (y hasta ahora requiere) un contacto directo con la víctima, que se debía resolver en una direct injury; si el daño no afectaba a la víctima inmediatamente, después del hecho cometido por el agente (consequential injury), no cabía ninguna posibilidad de resarcimiento. De aquí la exigencia de instituir una nueva acción de trespass (trespass on the case), que dispensaba a la víctima en lo tocante a la demostración de la existencia de un contacto directo con el dañador. Solamente con la segunda Revolución industrial, al multiplicarse las ocasiones para la generación de daños –sin exceptuar el daño ocasionado de manera no intencional– produce frutos la exigencia de brindar un remedio a las víctimas. “La segunda mitad del siglo XIX marca el inicio del régimen moderno de responsabilidad civil. Un cambio dramático respecto de los daños debidos a la industrialización y a la urbanización dio inicio a la época de la responsabilidad por culpa, y eliminó las antiguas especies de acción. La noción de culpa como fundamento de la responsabilidad en los casos de daño involutario se diluía en los conceptos preexistentes, de reprensión moral [...]. En las décadas posteriores, desde 1870 hasta fines de siglo, el régimen de la culpa alcanza su cúspide, y propicia normas potencialmente idóneas para cubrir todas las hipótesis de daños derivados de actos involuntarios”71. Esta tesis recuerda una de las más brillantes paginas de Oliver Wendell Holmes, con la cual dicho autor –como observa, sutilmente, Grant Gilmore72– no 69 70 71 72 EPSTEIN, op. cit., p. 335. El pasaje de HALE procede de su artículo “«Prima facie» Torts – Combinantion and Non-Feasance”, en Columbia Law Review, vol. 46, 1946, pp. 214 y ss.; el de AMES, de “Law and Morals”, en Harvard Law Review, vol. 22, 1908, pp. 113 y ss. RABIN, “Some Thoughts on Tort Law from a Socio-Political Perspective”, en Wisconsin Law Review, 1969, pp. 51 y ss. Ahora puede consultarse ID., Perspectives on Tort Law, 3ª. ed., Boston y Toronto, 1990. RABIN, Perspectives on Tort Law, cit., pp. 2-3. GILMORE, The Ages of American Law, cit. buscaba representar de manera absoluta y fiel el desarrollo interno de las reglas del common law, sino proponer una versión personal, y extremamente discutible, sobre la evolución del derecho en Estados Unidos, desde la independencia hasta los años de entonces. Con un “recuento” menos agudo que el de Percy Henry Winfield, y no tan cultivado como los de Ames y Hamilton, Holmes traza una amplia e interesante imagen de las fases fundamentales de tal evolución. En este proceso, crea reglas nuevas y más incisivas que las ocasionalmente enunciadas por los tribunales, a veces simplificando el contenido de éstas, y a veces enfatizando los dicta de los jueces. Es así como nace, por ejemplo, la afortunada teoría del principio según el cual “cada uno actúa a su propio riesgo”, pero “si la acción no era previsible, nadie puede considerarse en culpa, y la víctima, por lo tanto, deberá soportar el daño”. Este principio se suele justificar con dos argumentos. Uno es de carácter formal, y se deduce de un destacado dictum del Chief Justice Nelson: “No es posible encontrar un fundamento para un principio que someta a responsabilidad a un individuo por haber realizado un acto sin culpa [...], la jurisprudencia expresa claramente el principio según el cual un daño ocasionado por un accidente evitable o por un acto que la diligencia y la previsibilidad humanas eran incapaces de prevenir –situación que es idéntica a la precedente, en el plano lógico y jurídico– no es otra cosa que un evento desafortunado que afecta a la víctima, pero que no concede a ésta ningún motivo para obtener el resarcimiento”. El otro argumento es de carácter económico: “Es cierto que un individuo no debe actuar de manera arriesgada; el término «acto» implica siempre una decisión. Sin embargo, la colectividad obtiene ventaja de las actividades individuales. Si un acto no puede ser evitado, y si su fin es apreciable desde el punto de vista del bien común, no existen razones de política jurídica para trasladar el riesgo que era deseable e inevitable, al mismo tiempo, hacia quien lo ha generado”73. Rabin aborda, igualmente, el problema del papel del juez y del jurado en el juicio de responsabilidad. Como es sabido, frente a las trial courts se establecen los hechos, que, por lo general, son apreciados por el jurado, compuesto por laicos; el juez (con toga) expresa su parecer jurídico sobre la base del veredicto del jurado. De aquí la relevancia de la correcta reconstrucción del hecho, que significa, en el juicio de responsabilidad, una correcta identificación del nexo de causalidad, del tipo de daño sufrido por el demandante, del tipo de interés lesionado, de la negligencia del demandado. En este marco, el papel del jurado, en su relación dialéctica con el papel del juez, no sólo es asumido en su significado evidente e inmediato –encaminado hacia la reconstrucción de la verdad fáctica–, sino también en su sentido tradicional, que consiste en el ejercicio de un “poder”. El poder de juzgar se divide, en efecto, entre jury y judge. En tal sentido, “la distribución del poder entre el juez y el jurado es un argumento omnímodo en los casos de responsabilidad por culpa. Cada vez que una cuestión relativa al fin del deber jurídico impuesto al demandado –que de continuo, se considera perteneciente a la competencia del juez– se vuelve a formular como problema de «causalidad», la primera consecuencia importante es la transferencia de la competencia desde el juez hacia el jurado, para su resolución”74. El significado de este “juego” es bien claro: si el abogado defensor logra trasladar la competencia de la decisión hacia el jurado, las probabilidades de obtener un veredicto favorable se multiplican, porque 73 74 Son expresiones de O. W. HOLMES, citado por RABIN, op. ult. cit., p. 10. RABIN, op. ult. cit., p. 36. el jurado procede, las más de las veces, “mostrando simpatía a la víctima”. Ello explica la tendencia de los tribunales –y de los tribunales de apelación, en especial, los cuales deciden sobre la sola base del derecho– a modificar, y a veces a invertir por completo, los juicios de primera instancia, mediante sofisticadas disquisiciones en torno de la clasificación de un problema como cuestión “de puro derecho”, y no “de mero hecho”. Rabin recuerda un ensayo bastante perspicaz, aun cuando poco conocido, de Wex Malone75, y amplía aun más el cuadro de los problemas relativos al juicio de responsabilidad, introduciendo la cuestión de las relaciones entre magistratura y parlamento en la creación del derecho. En efecto, la creatividad del juez –una pauta fundamental del common law, conocido como el sistema del judge made law– puede ser frenada por la idea de que la aportación de sensibles modificaciones a la organización tradicional de las reglas de derecho sólo es posible mediante la intervención del legislador. No se trata, en realidad, de una capitulación del sistema del judge made law, sino de ser conscientes de que deben realizarse cambios radicales, y de que éstos deben ser sometidos a debate en una sede más conveniente que la de un tribunal y que la de un caso específico a resolver. La experiencia de la comparative negligence es sintomática al respecto. En algunas jurisdicciones había surgido, efectivamente, el paradigma de la comparative negligence, como alternativo al criterio de la culpa. En breve, el nuevo sistema de determinación de la responsabilidad no funcionaba como el tradicional, que únicamente consideraba el comportamiento del dañador, lo confrontaba con el del hombre promedio (reasonable man). Lo que se hacía era asumir como elementos de cotejo la actividad del dañador y la del damnificado. En otras palabras, se efectuaba una “comparación de las culpas”, propiamente dicha. Si resultaba que el daño podía haber sido evitado por el dañador a un costo inferior que el soportado por (o que habría tenido que soportar) el damnificado para prevenir el evento, se afirmaba la responsabilidad del dañador. En caso contrario, la víctima no tenía ninguna posibilidad de obtener el resarcimiento. Es evidente que la víctima, aplicando el nuevo criterio, tiene mayores posibilidades de victoria cuando demanda judicialmente a un “profesional”, porque éste, por su pericia en el ejercicio de la actividad y por su competencia técnica, tiene normalmente la posibilidad de prevenir el evento (y de preverlo) a costos ciertamente inferiores a los soportados por la víctima. Esta nueva trend no ha tenido mucha fortuna. Es más, una sentencia importante de la Supreme Court of Illinois (en la causa Maki v. Frelk) la ha criticado inapelablemente. La opinión manifestada por los jueces tiene como argumento, precisamente, el hecho de que un cambio tan radical en la perspectiva habría removido desde sus raíces los principios fundamentales de la tradición, y habría comportado modificaciones que sólo pueden admitirse con una apropiada intervención del legislador76. 75 76 MALONE, “Ruminations in Cause-in-Fact”, en Stanford Law Review, vol. 9, 1956, pp. 60 y ss. Maki v. Frelk, 40 Ill. 2a. ed. 193, 239 N.E. 2d. 445 (1968). Pero el número de problemas planteados por la relación entre el papel del juez y el papel del jurado no culmina en este punto: muchas son las cuestiones referidas, por ejemplo, al nexo de causalidad. Sobre ellas insiste, particularmente, el citado ensayo de Malone. La visión de Malone es típica entre los análisis del realismo jurídico77, corrosiva, desmitificadora, antidogmática, absolutamente informal y propensa a apreciar los factores técnico-jurídicos en una medida no mayor que los factores económico-sociales que constituyen la otra cara de las reglas de derecho. “Todas las reglas de conducta –escribe Malone–, ya sean el producto de la actividad legislativa o elaboradas por los tribunales (court made law), tienen algunos fines precisos en materia de culpa. Son reglas diseñadas para proteger a ciertas personas, en ciertas circunstancias y contra ciertos riesgos. No es normal que una regla proteja a todas las víctimas contra todo riesgo que éstas puedan correr, por el solo hecho de que sea posible probar que la violación de dicha regla tuvo algún efecto en el proceso causal del daño. Los tribunales deben asumir la tarea de definir el ámbito de aplicación de una regla teniendo en cuenta sus aspectos de política del derecho”. ¿Cuál es el papel del juez y cuál es el papel del jurado desde dicha perspectiva? Según Malone, “la administración satisfactoria de los casos de responsabilidad civil reposa, de manera más intensa de la que estaríamos dispuestos a admitir, en la habilidad y en el arte. En nuestro esfuerzo de considerar la administración de justicia como una ciencia puramente racional, hemos terminado descuidando muchos sectores que solemos identificar como de «política del derecho», e insistimos en afirmar que estas evaluaciones se deben realizar únicamente por los tribunales. También seguimos creyendo que la tarea del jurado consiste sólo en la reconstrucción del hecho [...]. Debemos reconocer, por el contrario, que ello no se puede sostener respecto de la evaluación de la negligence. Por lo general, el jurado decide bajo la apariencia del hombre razonable, y con una sola operación, qué cosa «habría tenido que hacer» el demandado, y si «de veras la ha hecho». Estos dos aspectos de la operación quedan confiados, por el contrario, al juez, el cual debería mantener la función del jurado dentro de los confines más apropiados”78. Las premisas de Malone conducen a un resultado indiscutible. Ante la presencia de tal confusión de papeles, es raro poder aplicar a otros casos las reglas que se elaboraron para resolver un caso específico, sin importar que los nuevos casos sean similares porque “hecho” y “derecho” están tan íntimamente vinculados en este sistema que no admiten ninguna generalización. “Nosotros esperamos que el juez sustente racionalmente sus decisiones, basadas en fundamentos de política del derecho. A él le corresponde la gravosa tarea de «enunciar la ley». Él también debe actuar de forma tal que sus sentencias no se opongan a las autorizadamente emitidas en el pasado [...]. Así, el derecho se hace cada vez más complejo, sin que sea posible apreciar su utilidad. Por ello, en muchos casos –es más, en la mayoría de casos– el juicio individualmente formulado en la controversia no tiene más que un escaso valor para las controversias futuras, atendiendo a que las consideraciones 77 78 Un brillante juicio sobre esta tendencia es brindado por GILMORE, op. ult. cit., pp. 85 y ss. Para una valiosa reconstrucción teórica de las líneas fundamentales del pensamiento de los iusrealistas estadounidenses, véase: TARELLO, Il realismo giuridico americano, Milán, 1962. MALONE, op. cit., p. 53, citado por EPSTEIN, op. cit. de política del derecho están estrictamente ligadas a los datos de hecho, y no pueden ser separadas de éstos”79. Resulta fácil entender, entonces, cuál ha de ser la suerte del principio del binding precedent, sobre la base de semejantes premisas. El debate en torno de los principios de policy que regulan la materia se completa con el análisis de dos recientes tendencias surgidas en el panorama doctrinal estadounidense. Se trata de las tesis de Epstein y Fletcher. Es una tendencia que ha sido definida como “interpretación de los principios de responsabilidad desde un punto de vista ético”. Pero este nuevo tipo de interpretación, como es sabido, no guarda ninguna relación con la antigua concepción que asimilaba la culpa al “pecado”, ni con la idea de “reprobación moral” que a menudo se encuentra –hasta la fecha– en la bibliografía jurídica francesa en materia. Para retomar las palabras de Rabin, “las reglas jurídicas [...] pueden servir a tantos fines cuantos sean los significados de justicia asumidos; ellas podrían discriminar sistemáticamente a los ciudadanos, a fin de favorecer a las víctimas, ya sea por edad, riqueza, origen nacional o por una variedad casi ilimitada de otras características. La búsqueda de una teoría justa de la responsabilidad tiene significado, entonces, sólo cuando se comienzan a explorar las concepciones éticas que han servido de inveterado fundamento al principio de la confianza. La escasa bibliografía en este sector, relativo a los principios de justicia correctiva distintos de los fundados en la culpa, refleja, inevitablemente, la dificultad de identificar normas que sean aceptables para todos, las cuales podrían proveer a un sistema de responsabilidad alternativo u omnímodo”. El intento de Epstein y Fletcher, realizado con un método distinto y con premisas diversas, pero encaminado a lograr el mismo resultado, consiste, justamente, en recuperar la dimensión individual de la responsabilidad, fundando las nuevas reglas maduradas en la jurisprudencia, no tanto en su utilidad social, sino en principios éticos. 6. Cuestiones actuales. Si la responsabilidad civil es concebida como un conjunto de reglas destinadas a la administración del daño y, por lo tanto, a la repartición de las ganancias y decrecimientos en el ámbito de un conglomerado social, con una función que es también sancionatoria contra comportamientos no desables, se afronta directamente el problema de la justicia correctiva, asociado con la cuestión de la justicia distributiva. En la Ética a Nicómaco de Aristóteles ya se encuentra un desarrollo de esta problemática, luego retomada por Santo Tomás de Aquino, Hugo Grocio, Samuel Pufendorf y, al final, por Inmanuel Kant y Georg Friedrich Hegel, para mencionar a los padres del debate actual. A la ética aristotélica, tal cual fue apreciada por los tomistas, se remiten aquellos que consideran que la regla de oro en materia de responsabilidad civil consiste en la imposición al demandado del resarcimiento del daño causado al actor en tanto y en cuanto ha hecho empleo, para su propio beneficio, de los recursos de este último. Para seleccionar las hipótesis, se hace 79 MALONE, op. cit., p. 59, citado por EPSTEIN, op. cit. referencia a la noción de “prudencia”, que es tan cercana a la regla formulada por el juez Learned Hand80. Las interrogantes de fondo son las siguientes: (i) Si en la estructura del ilícito civil (civil wrong) es necesaria la presencia simultánea de los tres presupuestos clásicos: el daño, la conducta, la ilicitud. Y la cuestión se resuelve con la identificación de un único presupuesto, la violación del deber de no dañar a terceros o de socorrer a terceros cuando la ley así lo haya previsto (breach of duty)81: un deber existe en tanto opción de valor y de política del derecho. Puesto que los valores son opuestos, es necesario realizar un balance entre eficiencia económica, autonomía privada y “paternalismo moral”. (ii) Qué efecto tiene en el sector de la responsabilidad civil la aplicación de los principios de la justicia correctiva. Aquí se ha propuesto considerar como tal la obligación de resarcir el daño, a condición de que el daño sea ilícito y de que el agente sea responsable de éste82. (iii) En qué consiste la “moralidad” de la responsabilidad civil. Las respuestas posibles son seis83: según los principios de la justicia correctiva, la responsabilidad civil reduce los comportamientos no deseables, impone resarcir el daño, imputa la obligación resarcitoria incluso al margen de la culpa. Según los principios de la justicia distributiva, las pérdidas creadas por aquel que obtiene una ventaja de ello deben ser imputadas a éste; según los principios de la justicia retributiva, la sanción impuesta a quien ocasiona el daño debe ser proporcional a la violación cometida. (iv) Si la realización de la máxima riqueza puede ser la mejor guía para la creación de las reglas de responsabilidad civil. Se ha respondido84 que dicho fin es compatible con todas las teorías éticas. Pero se ha generado, una vez más, un dilema: puesto que las reglas de responsabilidad operan sobre la base de una riqueza ya distribuida, que ellas tienden a restablecer, ¿dicha distribución debe ser mantenida intacta, o se la puede reformular también, mediante estas reglas? Los utilitaristas tienden a ser conservadores; los que persiguen los fines de la justicia distributiva tienden a ser reformadores y revolucionarios. Con todo, la concepción utilitarista no parece apropiada para una sociedad fundada en la igualdad de las libertades. Si se debe establecer el grado de diligencia requerido para ser eximidos de responsabilidad, sólo la regla de la igualdad de las libertades resiste a la crítica, al mismo tiempo que el paradigma de Learned Hand resulta atropellado. No se 80 81 82 83 84 GORDLEY, “Tort Law in the Aristotelian Tradition”, en OWEN (ed.), Philosophical Foundations of Tort Law, Oxford, 1995, pp. 131 y ss. BIRKS, “The Concept of a Civil Wrong”, en OWEN (ed.), op. cit., pp. 29 y ss. COLEMAN, “The Practice of Corrective Justice”, en OWEN (ed.), op. cit., pp. 53 y ss. HONORÉ, “The Morality of Tort Law – Questions and Answers”, en OWEN (ed.), op. cit., pp. 73 y ss. POSNER, “Wealth Maximization and Tort Law: A Philosophical Inquiry”, en OWEN (ed.), op. cit., pp. 99 y ss. puede fijar un estándar de diligencia unitario, y es necesario distinguir diversas situaciones, inherentes a la defensa de la propiedad, al deber de socorro, etc., pero el grado depende de la respuesta a la interrogante sobre “quién ha creado el riesgo, y en beneficio de quién”, y si “quien ha estado expuesto al riesgo tuvo conciencia de éste”85. (v) Si se puede resumir la entera problemática de la responsabilidad civil en la dinámica de la libertad individual, según la concepción kantiana86; la responsabilidad civil, al estar en correlación con los comportamientos humanos, se funda en la justicia correctiva; pero ella reposa, a su vez, en la libertad negativa (de no hacer al prójimo lo que no se quiere para uno mismo). Razonando de esta forma se descarta toda violación que sobrepase el área de la culpa y que llegue a fórmulas de responsabilidad objetiva y a sistemas automáticos de resarcimiento del daño. (vi) Cuál es la gradación de los valores que se deben tomar en cuenta en las fattispecie de daño y resarcimiento87. Y se propone asignar la predominancia de la lesión de la integridad física sobre los intereses propietarios sólo en los casos de daños causados intencionalmente. En todos los demás casos, los valores serían equiparables, y sucumbiría, por lo tanto, el criterio selectivo de la culpa. 85 86 87 WRIGHT, “Rights, Justice and Tort Law”, en OWEN (ed.), Philosophical Foundations of Tort Law, Oxford, 1995, pp. 159 y ss. Ibid., pp. 163 y ss. OWEN, “Philosophical Foundations of Fault in Tort Law”, en el volumen citado retro, nota 85, pp. 201 y ss. III. LAS FUNCIONES CONTENIDO: 1. Las funciones tradicionales.- 2. Las nuevas funciones: deterrence y compensation.- 3. Distribución de las pérdidas y de los costos.- 4. La mímesis del mercado y el repaso de las tesis tradicionales.- 5. Daños anónimos, costos colectivos, penas privadas.6. Los problemas actuales planteados por el análisis económico. 1. Las funciones tradicionales. La premisa según la cual la responsabilidad civil cumple cuatro funciones fundamentales (sin importar el tiempo o el lugar) goza de acogida en gran parte de los estudios de carácter institucional que se han dedicado a esta materia88. En tal 88 Para un reconocimiento preliminar de esta área véanse: PROSSER, Handbook of the Law of Torts, St. Paul, Minn., 1964, pp. 22 y ss.; FLEMING, The Law of Torts, Sydney, 1971, pp. 7 y ss.; WRIGHT, “Introduction to the Law of Torts”, en Cambridge Law Journal, vol. 8, 1944, pp. 238 y ss. Así mismo: FRIEDMANN, Law in Changing Society, Londres, 1972, pp. 163 y ss.; y de lo más reciente: DELL’AQUILA, I principi generali della responsabilità civile nel diritto inglese, Milán, 1989. Sobre los seguros, véanse: STRAHL, “Tort Liability and Insurance”, en Scandinavian Studies in Law, 1959, 3, pp. 201 y ss.; HELLNER, “Social Insurance and Tort Liability”, en la misma revista, 1972, 16, pp. 187 y ss., y, sobre todo, ID., “Legal Philosophy in the Analysis of Tort Problems”, en la misma revista, 1958, 2, pp. 149 y ss., donde se dedica un amplio espacio al análisis de los presupuestos teóricos de la distribución del riesgo, reconstruido a la luz de las contribuciones de Nordling, Sjogren, Thyren y, particularmente, Lundstedt, quien es, sin duda, entre los exponentes del realismo jurídico sueco, el que más atención presta a la problemática de la responsabilidad civil (al respecto, cfr. CASTIGNONE, La macchina del diritto. Il realismo giuridico in Svezia, Milán, 1974, pp. 114 y ss.). sentido, se han enunciado: a) la función de reaccionar frente al acto ilícito dañoso, a fin de resarcir a los sujetos que han sufrido el daño; b) correlativamente a la anterior, la función de restaurar el statu quo ante en el que se encontraba el damnificado antes de padecer el perjuicio; también: c) la función de reafirmar el poder sancionador (o “punitivo”) del Estado; y al mismo tiempo: d) la función de “desincentivación” (deterrence) contra todo aquel que pretenda realizar, voluntariamente o culposamente, actos perjudiciales para los terceros. Se añaden, así mismo, otras funciones subsidiarias, las cuales guardan conexión, más exactamente, con los efectos económicos de la responsabilidad civil, a saber: e) la distribución de las “pérdidas”, por un lado; y f) la asignación de los costos, por otro89. Con la primera expresión se pretende describir externamente la transferencia de la pérdida, desde el sujeto que la ha padecido de manera efectiva hacia el sujeto al cual la pérdida se terminará imponendo, con carácter definitivo (una función que, como es obvio, no tiene expresión en los sistemas donde rige el principio de “dejar las pérdidas donde éstas recaen”)90. Con 89 90 En el derecho francés son de destacar, particularmente, el tratado de Henri y Léon MAZEAUD y André TUNC, Traité théorique et pratique de la responsabilité civile délictuelle et contractuelle, París, 1965, pp. XIII y ss.; y el primer volumen de STARCK, Essay d’une théorie générale de la responsabilité civile considerée en sa double fonction de garantie et de peine privé (Thèse), París, 1947. Para el derecho alemán, además de STOLL, “Penal Purposes in the Law of Tort”, en American Journal of Comparative Law, vol. 18, 1970, pp. 3 y ss., y “Schadenersatz und Strafe”, en Jus Privatum – Festschrift für Max Rheinstein, vol. II, Tubinga, 1954, pp. 569 y ss., cfr. KUESTER, “Poena aut Satisfactio”, en Juristenzeitung, 1954, pp. 1 y ss.; LARENZ, Lehrbuch des Schuldrechts, II, Munich, 1968, pp. 224 y ss.; y DEUTSCH, en JuS, 1969, pp. 197 y ss.. En el derecho italiano, cfr., entre muchos otros: COMPORTI, Esposizione al pericolo e responsabilità civile, cit.; DE CUPIS, “Problemi e tendenze attuali nella responsabilità civile”, en Riv. dir. comm., 1970, I, pp. 95 y ss.; VISINTINI, “Il danno ingiusto”, en Riv. crit. dir. priv., 1987, pp. 177 y ss.; EAD., “Dottrine civilistiche della vicenda della responsabilità civile”, en Contratto e impresa, 1989, pp. 137 y ss.; BUSNELLI, “La parabola della responsabilità civile”, cit.; CASTRONOVO, “Le frotiere nobili della responsabilità civile”, en Riv. crit. dir. priv., 1989, pp. 539 y ss.; CENDON, La responsabilità civile, Milán, 1989; SALVI, La responsabilità civile, cit., pp. 5 y ss. La atención hacia la temática de la responsabilidad civil es particularmente viva en la bibliografía española. Véanse: CAVANILLAS MÚGICA, Responsabilidad civil y protección del consumidor, Palma de Mallorca, 1985; ID., La transformación de la responsabilidad civil en la jurisprudencia, Pamplona, 1987; DE ÁNGEL YÁGÜÉZ, La responsabilidad civil, Bilbao, 1988; ALCÓVER GAZÁN, La responsabilidad civil del fabricante, Madrid, 1990. Al respecto, es bastante claro el análisis de FLEMING, The Law of Torts, cit., pp. 7 y ss. (y también el de P. TRIMARCHI, “Economia e diritto nel sistema della responsabilità civile”, en Pol. dir., 1971, pp. 353 y ss.). Sobre tal principio, según el cual, “the loss lies where it falls”, véase, sobre todo: ATIYAH, Accidents, Compensation and the Law, Londres, 1975, pp. 51 y ss. Cfr., de igual forma, VON KAEMMERER, “Wandlungen des Deliktsrechts”, en Festschrift zum 100. Bestehen des Deutschen Juristentages (1860-1960), Karlsruhe, 1960, pp. 49 y ss.; y HAUSS, “Entwicklungslinien des deutschen Schadensersatzrechts”, en ZVersWiss, 1967, pp. 151 y ss. Algunas referencias al respecto son aportadas también por HELDRICH, “Compensating Non-Economic Losses in the Affluent Society”, en American Journal of Comparative Law, vol. 18, 1970, pp. 25 y ss. la segunda expresión, en cambio, se hace referencia a la identificación de los “costos” relativos a la asunción del riesgo, y vinculados con la verificación del daño; costos que se reparten, a su vez, entre las operaciones de prevención y operaciones de resarcimiento del daño. La identificación de tales funciones, en una escala jerárquica distintamente conformada es el fruto de una apreciación analítica que no siempre logra describir la realidad de las cosas. En efecto, es innegable que al cambiar el período histórico y el ambiente social (tal como se puede verificar mediante la “lectura” de los sistemas codificados en Europa), una función deviene predominante respecto de la otra, y viceversa. La reafirmación de la potestad estatal a través de la aplicación de una sanción, por citar un ejemplo, es propia de aquellas sociedades en las cuales se comienza a advertir el poder centralizador del Estado. En oposición, el concepto de “pena privada”, que se verifica en la experiencia del derecho romano –desde las disposiciones de las XII Tablas hasta el régimen, más evolucionado, que emana de la lex Aquilia– es propio de sociedades en las cuales todavía no se tiene clara la distinción entre “pena”, por un lado, y deber de resarcimiento, por otro91. Incluso en la actualidad, las funciones indicadas no ejercen una influencia equivalente en la regulación del ilícito. La segunda función, por ejemplo, inherente a la restauración de la situación anterior a la producción del evento dañoso, forma parte de un modelo normativo del ilícito que es abstractamente racional, pero que resulta difícil de aplicar en concreto. Es fácil percatarse de ello si damos la razón a quien ha destacado, correctamente, que el evento dañoso jamás puede ser reducido a la nada, desde ningún punto de vista, por un “retorno” a la situación anterior, porque toda forma de resarcimiento provoca siempre el empobrecimiento de un sujeto (a veces coincidente con el damnificado, si las pérdidas “se dejan donde han recaído”, o con el dañador, si se transfieren a éste las pérdidas), sin que quepa la posibilidad de recuperar el valor destruido92. Del mismo modo, la tercera función, ligada con la potestad punitiva del Estado, se ha reducido progresivamente en los tiempos modernos, sea por el afinamiento de los instrumentos del derecho penal93, sea por la preeminencia alcanzada, en el ámbito de las teorizaciones de la institución de la responsabilidad civil, de la tendencia a resarcir el daño, en lugar de castigar al dañador. Por otra parte, el significado moral de la responsabilidad, normalmente invocado cada vez que se pretende reafirmar su perfil sancionador94, parece por demás anacrónico, frente a la 91 92 93 94 Al respecto, mantienen actualidad las páginas de ROTONDI, “Dalla lex Aquilia all’art. 1151 cod. civ.”, cit., 1917, I, pp. 256 y ss. Así lo destaca P. TRIMARCHI, Rischio e responsabilità oggettiva, cit., p. 16, cuando precisa que “una vez verificado el daño, no hay nada que se pueda hacer para que él pase por algo no ocurrido. El daño no puede cancelarse de la sociedad: con el resarcimiento no se le anula, sino que se le transfiere, simplemente, de aquel que lo ha sufrido inmediatamente a aquel que lo resarce”. Véase, por todos: BRICOLA, voz “Teoria generale del reato”, cit., pp. 43 y ss. Así mismo: RODOTÀ, Il problema della responsabilità civile, cit., pp. 16 y ss. Véanse las sutiles páginas de ESMEIN, “La faute et sa place dans la responsabilité civile”, en Rev. trim. dr. civ., 1949, pp. 481 y ss. Particularmente tajantes, en cambio, son las presencia de fenómenos de declive de la responsabilidad individual que dan la impresión de ser completamente irreversibles95. Coherentemente con las premisas anteriores, la consecuencia necesaria es subrayar con carácter general que las funciones predominantes que cumplen las reglas de responsabilidad civil se reducen a dos: son aquellas funciones que en la bibliografía corriente del common law (y hoy en las expresiones usualmente empleadas en la doctrina de todos los países) se identifican en términos de compensation de las víctimas y de deterrence para los dañadores. La aproximación metodológica a los problemas de la responsabilidad que son suscitados por tales funciones es “neutra” sólo en apariencia. Dicho enfoque denuncia con claridad, en efecto, la estricta conexión entre los sistemas jurídicos y las estructuras económicas. Y en la medida en que no se quieran desatender las directrices de la administración “racional” del daño (y de los riesgos de las actividades dañosas), es evidente que se siguen modelos económicos que permiten seleccionar esquemas de reparación menos “costosos”, en comparación con los esquemas más irracionales (en tanto más costosos)96. Por lo tanto, éstos implican un análisis de los costos (y beneficios) de cada sistema en particular. Y este último análisis confluye con otro, más detallado e inherente a la decisión sobre los “tipos” de sistemas de compensation, que son coherentes con las exigencias de una sociedad opulenta97. En tal sentido, la distribución de los riesgos y las asignaciones de los costos son el resultado de un proceso cultural que –desde la dimensión individualista, centrada en el problema de reaccionar frente al daño provocado a un sujeto por parte de otro, para regresar a la famosa premisa del juez Holmes, según la cual: “civil liability, in its immediate working, is simply a redistribution of an existing loss between two individuals”98– se presenta abierto a una perspectiva “social”, por decirlo así, sin perjuicio del hecho de que la preocupación del legislador deja de ser (solamente) la identificación del responsable y el establecimiento de las 95 96 97 98 apreciaciones de RIPERT, Le régime démocratique et le droit civil moderne, París, 1948, p. 341, quien subraya: “les idées de réparation et d’assistence se melent alors; ou, plus exactement, on voit nettement qu’il ne s’agit plus d’une véritable responsabilité mais seulement d’une obligation légale dont le créancier est déterminé par la volonté du législateur sur des considerations qui n’ont plus alcun rapport avec l’appréciation de la bonne conduit de l’homme”. El significado moral de las reglas de responsabilidad civil es subrayado también por KELLY, “The Inner Nature of Tort Action”, en Irish Jurist, 1967, 2, p. 279, quien destaca que “en los juicios de responsabilidad, los tribunales cumplen la función de analizar los sentimientos de indignation y de desire for retribution que el sujeto experimenta, y que son advertidos, en vía subordinada, por los propios jueces”. Cfr. VINEY, Le déclin de la responsabilité individuelle, París, 1965. Para una reseña de los juicios de valor fundados en razones de policy, que dependen de esta premisa, véanse: MORRIS, “Enterprise Liability and the Actuarial Process – The Insignificance of Foresight”, en Yale Law Journal, vol. 70, 1960-1961, pp. 587 y ss.; BLUM y CALVEN, Public Law Perspective on a Private Law Problem – Auto Compensation Plans, Boston-Toronto, 1965, pp. 63 y ss. Cfr., por todos, HELDRICH, op. cit., pp. 26 y ss. HOLMES, The Common Law, Boston, 1881, pp. 144-145. condiciones bajo las cuales éste se encuentra obligado reparar el daño, pero deviene (también) la de instituir criterios de repartición de los riesgos que permitan asegurar la más amplia protección de los damnificados, y al mismo tiempo, distribuir las pérdidas de la manera más económica99. El problema del daño –en sus reflejos económicos– deviene, así, un problema de carácter social y, por ello, se tiende a estudiar la forma de contener, de igual forma, los efectos inducidos en el plano de los costos soportados por la colectividad. Paralelamente a dicha evolución, se modifican las técnicas de imputación del daño, y aquí es necesario identificar la estricta conexión de ello con la evolución de las funciones del régimen del ilícito. Dejaremos para otra parte de la presente obra el significado actual de los criterios de responsabilidad. Según el esquema tradicional, el daño debe recaer en el sujeto que lo ha provocado con intención o por impericia, negligencia o “culpa”. Al consolidarse el principio “no hay responsabilidad si no existe culpa”, las codificaciones del siglo XIX y de los primeros años del siglo XX no hacen más que aplicar este principio. En los códigos, así mismo, el único criterio de distribución de los riesgos es identificado en el criterio de transferir las pérdidas del sujeto en que ellas han recaído hacia el sujeto que las ha provocado con culpa o dolo. De tal forma, el juicio de responsabilidad no se extiende a nadie que no sean los sujetos inmediatamente interesados, es decir, al damnificado y al dañador (en tanto autor del daño). 99 Esta evolución tiene sus primeros orígenes en los albores de la segunda Revolución industrial; es la época en la que se afirman principios de responsabilidad sin culpa, ligados con el ejercicio de actividades industriales, con alta potencialidad dañosa; es la época, además, de las primeras formas de “seguro social”, que se aplican, en particular (si no exclusivamente) a los accidentes de trabajo. Sin embargo, la superación del principio de la culpa –circunscrita a determinados sectores de las actividades humanas– acaece de una manera bastante aparatosa, siendo negado por parte de aquellos que continúan destacando que solamente la culpa puede considerarse el único (y legítimo) criterio de responsabilidad (cfr. MOSCA, Nuovi studi e nuove dottrine sulla colpa nel diritto civile, penale ed ammnistrativo, Roma, 1896, pp. 97 y ss.), y de aquellos que temen a crisis económicas determinadas por el agravio de los costos absorbidos por la industria (como Say, recordado por Wahl). Esta revisión de los esquemas tradicionales, también ampliamente documentada en las demás experiencias (especialmente en la estadounidense donde se van reafirmando, en este período, las primeras formas de work compensation: cfr. RABIN, op. cit., pp. 51 y ss.), no se inspira, sin embargo, en el intento de elaborar un sistema de compensation menos costoso, sino en la directriz de evitar las graves repercusiones sociales a las que da lugar el sistema de la “culpa” considerado globalmente (al respecto, son ya significativas las observaciones de CARNELUTTI, “Giurisdizione e procedura delle controversie in materia di infortuni, a proposito del disegno di legge 13 marzo 1908, n. 965”, en Riv. dir. comm., 1908, I, pp. 213 y ss.). Hoy acogida por una bibliografía que, con razón puede definirse como ilimitada, tal visión enfrenta las primeras críticas decisivas, fundadas, por un lado, en la identificación de la función de las reglas de responsabilidad civil, que, en opinión de P. S. James, no consiste en la distribución de los riesgos, sino en su imputación, y por otro lado, en el empleo de esquemas definidos como “pseudo sociológicos”, y de dudosa exactitud económica. Con la afirmación de las teorías solidarísticas, la categoría de los sujetos interesados se amplía hasta comprender no sólo a los sujetos identificados de modo usual, sino a otros que son tomados en consideración según cada caso, sea porque han creado un “riesgo” del cual ha derivado el daño, sea porque al obtener beneficios de la actividad dañosa se juzga que ellos pueden también soportar sus cargas, y asumir, por lo tanto, la obligación del resarcimiento. Así, la atención se desplaza desde el autor del daño hacia el sujeto que ha creado el riesgo100 o que lo puede administrar mejor101. Y de tal forma, junto con consideraciones de orden moral, que imponen afectar a quien ha cometido el hecho dañoso, se afirman criterios de valoración de orden “político” y “económico”, que asignan cargas ligadas con el ejercicio de actividades dañosas a los sujetos que –considerados “responsables”, justamente– pueden reducir al mínimo la probabilidad de la repetición del daño y pueden impedir sus consecuencias, aun en el plano de su costo “social”, por decirlo de alguna manera102. Más recientemente, se consolidan otros criterios de imputación, siguiendo la misma línea de las consideraciones que ceden más a exigencias económicas y sociales, antes que a imperativos morales. Se teoriza, por ejemplo, el criterio de imputación de la responsabilidad fundado en la “prevención” del daño103, en su “previsibilidad”104, en su fácil distribución entre todos los miembros de la sociedad105. La categoría de los sujetos interesados en el juicio de responsabilidad se amplía aun más, a fin de comprender a todos aquellos que –aun no habiendo cometido directamente el daño, pero sí participado en su creación, con su actividad– están en condición de asumir (inicialmente, por lo menos) la obligación resarcitoria, y a fin de repartir las consecuencias del daño, mediante el recurso al instrumento de los seguros, entre todos aquellos que pertenecen a una determinada categoría106 (o por todos los miembros de la sociedad, en los casos más graves)107. 100 101 102 103 104 105 106 Tal es la llamada “théorie du risque creé”, ampliamente ilustrada por STARCK, Droit civil – Obligations, París, 1973, p. 29; ID., “Domaine et fondement de la responsabilité sans faute”, en Rev. trim. dr. civ., 1958, pp. 475 y ss. Véase también lo que señalan, con carácter general, y desde la perspectiva de una condamnation en thèse générale, los MAZEAUD y TUNC, op. cit., t. I, pp. 419 y ss. Así tiende a proponerlo la teoría del “riesgo-beneficio”, resumida en la máxima “cuius commoda eius et incommoda”. Al respecto, cfr. STARCK, Droit civil – Obligations, cit., pp. 22 y ss. El realce es común en el siglo pasado, tanto en los autores de la teoría del riesgo, cuanto en los autores de la teoría de la culpa. Véanse, por todos: MOSCA, op. cit., p. 138, y GÉNY, “Risques et responsabilité”, en Rev. trim. dr. civ., 1902, p. 846. MORRIS, op. cit., pp. 590 y ss. ATIYAH, Accidents, Compensation and the Law, cit., pp. 104 y ss. De la amplia bibliografía al respecto, véase: FLEMING, The Law of Torts, cit., pp. 104 y ss. Cfr. CALABRESI y HIRSCHOFF, “Toward a Test for Strict Liability in Torts”, en Yale Law Journal, vol. 18, 1972, pp. 1055 y ss. Las “categorías” más interesadas, directamente, en este análisis de loss allocation son las de los conductores de automóviles y motocicletas (que son los destinatarios privilegiados de todo auto compensation plan: cfr. BLUM y CALVEN, op. cit., pp. 3 y ss.), la de los peatones (siempre que se apliquen esquemas dirigidos a fundar el resarcimiento en los sistemas de De dicha forma, cada cual, en tanto y en cuanto perteneciente a una determinada categoría (de los “conductores de vehículos”, de los “trabajadores”, cuando no a la de los “contribuyentes”, por ejemplo), termina experimentando en un mínimo porcentaje las consecuencias dañosas provocadas por el ejercicio de actividades riesgosas, y permite, soportando un mínimo de sacrificio, que el resarcimiento de los daños se extienda a todos los interesados. En consecuencia, si se le observa desde un punto de vista externo al proceso de modificación de los sistemas de responsabilidad civil, este fenómeno puede inducir a creer que la función actual del régimen del ilícito no es la de “asignar los daños”, sino más bien la de “distribuir” costos vinculados con aquél, entre el más amplio número de sujetos108. Pero es necesario precisar, de inmediato, que esta forma de socialización del daño –que algún autor ha rechazado, por considerarla expresión de aquella necesidad de seguridad absoluta que parece privar de significado a los valores mismos de la vida, pues todo resulta programado, asegurado, previsto109– introduce criterios opuestos a los fundados en la individualistic basis de los sistemas tradicionales de regulación de la responsabilidad. La “socialización” de los riesgos se realiza, en efecto, mediante mecanismos que (descritos como instrumentos de la intervención del Estado en la economía y como medio para extender a todo individuo las ventajas de la sociedad opulenta) son absolutamente conformes con las directrices del mercado, y tiende, no tanto a la “internalización” de los riesgos, sino más bien a su “externalización”110. En cierto sentido, el traslado del riesgo de la empresa al público –que se realiza mediante manipulaciones de precios– hace que sean de cargo de la sociedad todos (o por lo menos la mayor parte de) los costos afrontados por la empresa. 107 108 109 110 “autoaseguramiento individual”: cfr. CALABRESI, The Cost of Accidents, New Haven, 1970, pp. 252 y ss.), así como la categoría de los “consumidores” (cfr. CARNEVALI, La responsabilità del produttore, Milán, 1974, pp. 58 y ss.). Es claro, sin embargo, que la distinción en categorías es, en muchos aspectos, convencional, y sus particulares componentes pueden fluctuar entre una y otra (cfr. ATIYAH, op. ult. cit., pp. 527 y ss.). Tal cual ocurre cuando se instituyen sistemas de seguro social propiamente dichos. Cfr. DAHAN, Securité sociale et responsabilité, París, 1963, pp. 183 y ss. (así mismo: ATIYAH, op. ult. cit., pp. 502 y ss.) o “fondos de garantía” para las víctimas de particulares tipos de accidentes (como, por ejemplo, los accidentes de tránsito), cubiertos con contribuciones estatales. Para una valoración global de estos sistemas alternativos, véase, desde la peculiar perspectiva de “doble resarcimiento”: FLEMING, “The Collateral Source Rule and Loss Allocation in Tort Law”, en California Law Review, vol. 54, 1966, pp. 1478-1549. Así se expresa FLEMING, The Law of Torts, cit., p. 9. Como lo destaca RESCIGNO, “Per una rilettura del codice civile”, en Giur. it., 1968, IV, c. 219. De igual forma: RASSAT, La responsabilité civile, París, 1973, p. 125. Este es uno de los problemas fundamentales del análisis de COASE, “The Problem of Social Cost”, en Journal of Law and Economics, 1960, pp. 1 y ss., cuya traducción italiana forma parte del volumen Interpretazione giuridica e analisi economica, cit., cap. I; posteriormente retomado por CALABRESI, The Cost of Accidents, cit., pp. 22 y ss., y por MISHAN, CostBenefit Analysis, Londres, 1971. Véanse también: CARNEVALI, La responsabilità del produttore, cit., pp. 46 y ss., y BESSONE, “Disciplina dell’illecito, distribuzione dei rischi e «costo sociale» dei sistemi di responsabilità civile”, cit. En otras palabras, el individuo que paga también, en el precio del producto o del servicio, su cuota correspondiente al costo de un sistema más extenso de resarcimiento del daño, no hace más que brindar (aun cuando en un mínimo porcentaje) un “subsidio” a la empresa111. 2. Las nuevas funciones: deterrence y compensation. Con todo, un cuidadoso análisis de la evolución de los sistemas de regulación del ilícito no puede dejar de advertir, junto con la sucesión de las técnicas de imputación del daño, la gradual mutación de las funciones mismas que se asignan a las reglas de responsabilidad civil. En una época en la que se presencia, en el ámbito de todos los ordenamientos, el paso de formas de responsabilidad sin culpa a formas de “responsabilidad objetiva”, también el aspecto de la deterrence tiende a desaparecer o, cuando menos, a asumir significados muy distintos de los originales. La prevención del daño y el efecto desincentivador de la responsabilidad civil se encuentran íntimamente vinculados con formas de responsabilidad “subjetiva” y, en último análisis, con el presupuesto de la “culpa”. El deber de resarcir el daño, que debería inducir al agente a la adopción de todas las medidas idóneas para prevenir perjuicios a terceros, y disuadirlo también de la realización de actividades peligrosas o extremadamente riesgosas, puede convertirse en un férreo instrumento de deterrence sólo en tanto y en cuanto esté subordinado a la determinación de la existencia de una “culpa” del agente. En cambio, cuando el deber surge con independencia de una culpa, y sin ninguna valoración de la diligencia del comportamiento ni de la adopción de las medidas necesarias para prevenir el efecto dañoso, es claro que el agente experimenta en menor grado el efecto desincentivador de la responsabilidad. La responsabilidad “objetiva” –al menos según la forma como ésta se estructura en los esquemas aplicados con más frecuencia– está desligada de todo factor inherente al comportamiento subjetivo del agente, porque el deber de resarcir el daño surge por el mero hecho de que el agente ha desarrollado una actividad riesgosa, o bien atendiendo a que el agente – sobre la base de una decisión de política del derecho– parece ser el sujeto que puede hacer frente a la transferencia del daño en mejores condiciones que los demás. En todas estas hipótesis, la responsabilidad civil está destinada a perder aquel efecto desincentivador que siempre ha tenido. Mantiene dicho efecto, en cambio, sólo en aquellos casos en los cuales el deber de resarcimiento incide en tal medida en el patrimonio del deudor que induce a éste a no realizar el acto dañoso, o a desarrollar actividades que conlleven un margen de riesgo más reducido. Sin embargo, si se sigue la apreciación correcta, en los últimos casos citados no se advierte un ejercicio de actividades empresariales, sino más bien 111 Véanse, por todos: ATIYAH, op. ult. cit., pp. 117 y ss., y DORFMAN, “The Economics of Products Liability. A Reaction to Mc Kean”, en University of Chicago Law Review, vol. 38, 1970, pp. 92 y ss. actividades que son, por decirlo de alguna manera, “biológicas”, cotidianas, y que por estas mismas razones son completamente marginales112. Si se adopta la premisa anterior, no es lícito concluir que las reglas de responsabilidad objetiva constituyan –por estar disociadas, precisamente, de toda finalidad de deterrence– una incitación para realizar actividades dañosas113. Entre las numerosas razones que imponen considerar esta tesis como carente de fundamento, es necesario hacer referencia a aquellas que atañen, más directamente, a la administración económica de la empresa: la multiplicación de los daños, que –según los autores de esta tesis– no debería ser motivo de prevención de las causas que amplían el riesgo es, en cambio, y por múltiples aspectos, una circunstancia que puede inducir al empresario a mejorar el proceso técnico de producción de las mercaderías, y a adoptar medidas de seguridad más eficaces. En el caso de la difusión de productos dañosos, por ejemplo, asignar a la empresa una responsabilidad “objetiva” no significa, en modo alguno, dejar libre a la empresa para que introduzca en el mercado el mayor número de productos defectuosos. La dimensión de los daños se refleja siempre –más allá de los criterios de imputación– en la administración de la empresa o, cuando menos, en el nivel de las primas de seguros que la progresiva expansión del riesgo no haría otra cosa que aumentar. Tampoco la posibilidad de incluir en el precio el riesgo asegurado podría ser una buena razón para no prevenir –dentro de los límites de la utilidad que puede derivarse para la empresa– los eventos dañosos, porque un incremento de los precios está ligado con relaciones de mercado que no pueden ser subestimadas (en términos de contracción de la demanda, de competencia económica, etc.). Y aquí no viene al caso insistir en la publicidad “negativa” que la empresa obtendría si introduce en el mercado productos con gran potencialidad para causar daño (y, por lo tanto, de ínfimo precio)114. Considerado desde la perspectiva del ejercicio de actividades empresariales, el aspecto “desincentivador” de la reglas de responsabilidad civil es absorbido por el mecanismo –propio de los sistemas tradicionales– que permite a la empresa continuar ejerciendo su actividad sin exponerse al control in the plant, pero garantizando a los damnificados un resarcimiento seguro. A fin de integrar este mecanismo, que se verifica puntualmente en el análisis de todo sistema de 112 113 114 Para una coherente ilustración de esta dicotomía de las actividades dañosas, véase P. TRIMARCHI, Rischio e responsabilità oggettiva, cit., pp. 3 y ss. (y, con anterioridad, PACCHIONI, Dei delitti e quasi-delitti, cit., pp. 213 y ss.). De estas críticas se ocupan JAMES y DICKINSON, “Accidents Proneness and Accident Law”, en Harvard Law Review, vol. 63, 1950, pp. 770 y ss., quienes impugnan, con atendibles argumentos, el fundamento lógico y práctico de aquéllas. Es necesario tener en cuenta, sin embargo, las críticas formuladas por un autor que identifica en el proceso de “monetización” de los daños un fácil instrumento que es utilizado por la empresa para seguir desarrollando sus actividades riesgosas: cfr. GHIDINI, Prevenzione e risarcimento nella responsabilità del produttore, en Rivista delle società, 1975, pp. 4 y ss. DORFMAN, “The Economics of Product Liability: A Reaction to McKean”, cit., p. 95. También aborda este problema BUCHANAN, “In Defence of «Caveat Emptor»”, en University of Chicago Law Review, vol. 38, 1970, p. 72. responsabilidad que se funde en el criterio de la culpa o en el criterio del riesgo, se ha propuesto (a instancias de Calabresi) el recurso a los mecanismos de mercado (general deterrence), en forma tal que se alejan de éste aquellas empresas que no logren soportar el alto costo del resarcimiento de los daños, así como el recurso a una intensa y precisa legislación especial, encaminada a regular las actividades peligrosas específicas (specific deterrence)115. Sin embargo, lo que realmente ocurre cuando se propone una noción de specific deterrence, entendida como un instrumento necesario para el ejercicio de un control de las actividades empresariales excesivamente riesgosas, es que se identifica una noción de deterrence totalmente distinta de la noción tradicional. Con dicha expresión, en efecto, se busca identificar todo tipo de control que se exprese en forma de una “prohibición” de las actividades riesgosas, realizada mediante una regulación legislativa de las actividades industriales116. La specific deterrence implica, por lo tanto, un juicio de valor (político) sobre la utilidad de las actividades riesgosas, que no se puede reducir, obviamente, a la aplicación de la reglas de la responsabilidad civil, ni mucho menos a la de las reglas del derecho privado. En realidad, este mecanismo conlleva una intervención legislativa (y también del poder ejecutivo). Así las cosas, con el manto de la specific deterrence se introducen distintos juicios de valor que han dejado de guardar relación con el desempeño de las reglas de la responsabilidad. En consecuencia, esta última es la prueba más evidente de la “inidoneidad” de las reglas de responsabilidad civil –hoy en día definitiva– para cumplir una función desincentivadora eficaz. Pero la primera vía, identificada por Calabresi, se expone a objeciones aún más graves. De acuerdo con los propósitos de Calabresi, es claro que la deterrence constituye un verdadero “lugar común”, un factor económico que el agente toma en cuenta para valorar las ventajas y desventajas de sus acciones. Transformada en un costo de la actividad dañosa, cada vez que la deterrence induzca al sujeto agente a considerar que las consecuencias de su actividad son más desventajosas que las ventajas que ella le puede reportar, se obtiene un control “inducido”, por decirlo así (y fundado en los mecanismos de mercado), de las actividades privadas. En cambio, cada vez que las consecuencias dañosas no perjudiquen la ganancia, toda especie de deterrence será superada, fácilmente, por el deseo de concretizar utilidades económicas. 115 116 Los presupuestos de este análisis se encuentran en distintos trabajos de CALABRESI, ahora organizados, bajo la especie de una “premisa” propiamente dicha, a un “sistema” de compensation; un sistema que es objeto de cabal estudio en su obra The Cost of Accidents, cit., especialmente, pp. 68-93, 174-197, y que se basa en un “examen realista del funcionamiento de las instituciones jurídicas”, como ha escrito RODOTÀ, en su Presentazione a la traducción italiana del citado volumen, al cuidado de De Vita, Varano y Vigoritti, publicado por la editorial Giuffrè con el título Costo degli incidenti e responsabilità civile – Analisi economico-giuridica, Milán, 1975, p. VII. Cfr. CALABRESI, The Cost of Accidents, cit., pp. 95 y ss., así como las apreciaciones de P. TRIMARCHI, “Economia e diritto nel sistema della responsabilità civile”, cit., p. 353. La consecuencia inevitable de una premisa racional como la anterior es la constatación del hecho de que (en principio, por lo menos) las reglas de la responsabilidad civil no desarrollan una función desincentivadora, pues ellas colisionan con estrategias opuestas del “dañador” para obtener beneficios. De tal forma, y en perfecta coherencia con las teorías de la “economía del bienestar”, esta forma de general deterrence traduce en términos operativos117 el compromiso (al cual se había hecho referencia)118 entre exigencias de protección del público y estrategias de ventaja de la empresa. Al delegarse a los mecanismos del mercado la tarea de circunscribir el número y el ámbito de las actividades dañosas, esta última teoría implica, de todos modos, un apartamiento del legislador del control de las actividades empresariales, que tampoco se consigue impedir con una adopción de las directrices de specific deterrence (aisladas, en la tesis de Calabresi, en el régimen de actividades específicas). También coherentes con las premisas de las que parte este modelo de regulación de las actividades dañosas, y sacando a la luz la inevitabilidad de la difusión de daños y la necesidad de contener (no tanto la dimensión de los daños, sino más bien) el alto costo social de los sistemas de resarcimiento, las consecuencias de dicha premisa conducen, entonces, a la constatación de que (la reglas de la responsabilidad civil ya no pueden cumplir ninguna función desincentivadora, y que) solamente la operación de los mecanismos del mercado, junto con la intervención legislativa limitada a determinados sectores, puede estar en condición de conjurar la producción de un número de daños tan alto que constituye un peligro para la sociedad misma119. 117 118 119 Justamente, en tanto y en cuanto encaminada a basar en los mecanismos de mercado todas las soluciones dirigidas a concretizar una distribución (que se define “racional”) de los riesgos de las actividades productivas dañosas. Véase, al respecto: ATIYAH, op. ult. cit., pp. 569 y ss. Hay que reconocer a CALABRESI, sin embargo, el mérito de haber innovado la perspectiva tradicional de los problemas de la responsabilidad civil, que estaba anclada “en la estricta relación entre dañador y damnificado”, porque “el daño puede considerarse [...] como expresivo de un determinado sistema socioeconómico” (RODOTÀ, Presentazione, cit., p. XIII). Cfr. NOEL, “«Manufacturers» Negligence of Design or Directions for Use a Product”, en Yale Law Journal, vol. 71, 1962, p. 816. La tesis de Calabresi se hace más clara si es examinada a la luz del “paradigma del juez Learned Hand” (al respecto, véase CALABRESI y HIRSCHOFF, op. cit., especialmente, pp. 1055 y ss.). El enunciado del juez Hand –que volveremos a analizar más adelante– hacía responsable únicamente a aquel que omite una prevención del daño, aun pudiendo soportar un riesgo y costo inferiores a aquellos que soporta la víctima del evento dañoso. Calabresi y Hirschoff revolucionan dicho paradigma, de modo tal que “the cost of an accident would be born by the injurer unless accident avoidance on the part of the victim would have cost less than the accident”. Formulada en el ámbito de un sistema tradicional que –como se ha anotado– concordaba con el principio de “dejar las pérdidas donde recaen”, la tesis del juez Hand conducía a la transferencia del riesgo (y del daño) sólo si estos últimos –según un cotejo entre los costos soportados por la víctima y los costos soportados por el dañador para prevenir el daño– habían resultado verdaderamente inferiores. Calabresi y Hirschoff se basan, contrariamente, en el presupuesto de que el dañador debe siempre asumir, con carácter preliminar, el daño provocado a los terceros, y que después puede tranferirlo a éstos, sólo si se establece –mediante un cuidadoso cost-benefit analysis– que los terceros habrían podido prevenir el daño de una forma menos costosa. Sin embargo, el riesgo pasa a Aun cuando no se puedan compartir las consecuencias extremas a las que conduce la aplicación del modelo elaborado por Calabresi, no es dado poner en duda lo exacto de sus premisas. Una reformulación de los fines que se asignan a las reglas de responsabilidad civil en los ordenamientos actuales no puede prescindir, entonces, de la aproximación desvalorativa que se ha expuesto en materia de “sanción” del comportamiento ilícito, sea en materia de “afirmación de la potestad estatal”, ligada con la violación de normas legales, sea, en fin, en materia de prevención del daño. En la sociedad moderna deviene fin fundamental de las reglas de responsabilidad, por lo tanto, el aspecto resarcitorio120. 120 la empresa sólo en apariencia, porque el costo –a través del mecanismo de circulación que se ha descrito– refleja en el público, en definitiva –y de acuerdo con las consecuencias que propicia la aplicación de las teorías de Calabresi– que puede soportar los costos de la prevención del daño (o de su resarcimiento) pagando un módico precio adicional al precio normal de los productos distribuidos en el mercado. Esta legal doctrine es criticada severamente por POSNER, “Strict Liability. A Comment”, en Journal of Legal Studies, 1972, pp. 205 y ss., quien prefiere regresar al sistema tradicional, en lugar de efectuar una revisión de las tesis de Calabresi. Las tesis de Posner no nos han parecido convincentes, y las hemos criticado en nuestro volumen Responsabilità dell’impresa e tutela del consumatore, Milán, 1975, cap. IV. El paradigma del juez Hand ha vuelto a ser tratado, recientemente, por PARISI, “Sviluppi dell’elemento soggettivo del «tort of negligence»”, en Riv. dir. civ., 1990, I, p. 545. Esta premisa es reconocida en una bibliografía bastante amplia, que no es necesario documentar porque toda referencia resultaría pleonástica. De todos modos, y para un panorama al respecto, véanse RODOTÀ, Il problema della responsabilità civile, cit., pp. 19 y ss., y las páginas de GIUSIANA, Il concetto di danno giuridico, Milán, 1944, pp. 134 y ss. También es de destacar la tesis central de la investigación de DAHAN, op. cit., pp. 18 y ss., quien funda un “derecho subjetivo a la seguridad” propiamente dicho (cuya lesión comporte, empero, una mera “culpa”). La premisa halla también importantes reflejos en las dos líneas de tendencia que parecen asimilar, hoy en día, los diversos sistemas de resarcimiento que operan en los países de Europa continental y de common law; por un lado, se extiende el área del daño resarcible, a fin de conferir protección jurídica a intereses que en algún momento fueron descuidados. Cfr., al respecto, la problemática del Persönlichkeitsrecht [del “derecho general de la personalidad”] en la experiencia germana, y, en particular, REMÉ, Die Aufgaben des Schmerzensgeldes im Persönlichkeitschutz, 1962, pp. 69 y ss.; las cuestiones de resarcimiento de la economic loss (sobre las cuales volveremos más adelante, pero cfr., desde este momento, ATIYAH, “Negligence and Economic Loss”, en Law Quarterly Review, vol. 83, 1967, p. 248); así como las cuestiones de interpretación de la “injusticia” del daño, que hasta la fecha dividen a la doctrina italiana (cfr. SACCO, “L’ingiustizia di cui all’art. 2043 cod. civ.”, en Foro pad., 1960, I, c. 1435; SCHLESINGER, “L’ingiustizia del danno nell’illecito civile”, en Jus, 1960, pp. 347 y ss.; RODOTÀ, Il problema della responsabilità civile, cit., pp. 79 y ss.; P. TRIMARCHI, voz “Illecito”, cit., p. 99; TUCCI, Il danno ingiusto, Nápoles, 1970, pp. 5 y ss.; BUSNELLI, La lesione del credito da parte di terzi, Milán, 1964, pp. 71 y ss.; BIGLIAZZI-GERI, Contributo alla teoria dell’interesse legittimo nel diritto privato, Milán, 1967; y LUCARELLI, Solidarietà e autonomia privata, Nápoles, 1970, pp. 73 y ss.). Por otro lado, se percibe la tendencia a que el resarcimiento del daño se extienda a todos los damnificados (al margen de todo control sobre el hecho de si los intereses lesionados son merecedores de protección o no), y sin que pueda interferir con ello la situación jurídica de la que es titular la víctima (cfr., sobre todo: ATIYAH, Accidents, Compensation and the Law, cit., pp. 562 y ss.). En principio, y de acuerdo con las características esenciales de la sociedad del bienestar, las tendencias de compensation indicadas no pueden realizarse a plenitud. No todos los daños pueden ser considerados relevantes (únicamente lo son aquellos daños “ilícitos” y vinculados con el ejercicio de prerrogativas inherentes a la titularidad de situaciones subjetivas jurídicamente protegidas). No todos los daños implican el deber de resarcimiento (pues se aplican, por tradición, las causas de justificación y de exclusión de la responsabilidad)121. Es significativo, de todas maneras, que en el ámbito de los criterios de responsabilidad “objetiva” se realice una distinción entre “responsabilidad objetiva relativa” (que comporta la imputación al sujeto de todos los daños conexos con un determinado riesgo) y “responsabilidad objetiva absoluta” (sobre cuya base se impone al sujeto incluso el daño derivado del caso fortuito). Circunscrita –por lo menos actualmente– al ejercicio de actividades particularmente peligrosas, como las actividades nucleares, la responsabilidad objetiva absoluta marca el límite más allá del cual las reglas de la responsabilidad no están en condición de operar. Dichas reglas son sustituidas por sistemas de seguro social, cuya aplicación está limitada, por ahora, y en todos los ordenamientos, a sectores bien definidos. Pero la transición entre los criterios de responsabilidad “por culpa” y los criterios de “responsabilidad objetiva relativa” y de “responsabilidad objetiva absoluta”, consolida una trend irreversible en la actualidad, según el cual, todos los daños sufridos por los particulares, sin importar de qué daños se trate, se convierten en fuentes de resarcimiento, sin ningún juicio de valor sobre las circunstancias en las cuales se ha producido el evento dañoso. Al mismo tiempo que destaca la función de las reglas de la responsabilidad civil, la compensation determina también el “crepúsculo” de éstas. Por otro lado, y en la medida en que se acentúan las tareas asistenciales asumidas por el Estado, los criterios de distribución del riesgo y del daño, esbozados por las reglas de la responsabilidad, quedan relegados en el fondo, cada vez más, para dejar espacio libre a otros sistemas de resarcimiento122. 3. Distribución de las pérdidas y de los costos. 121 A veces, sin embargo, las causas de justificación, y también las incertidumbre a las cuales conduce la aplicación de los principios tradicionales, transforman el sistema de resarcimiento en una auténtica forensic lottery. Al respecto, son bastante sugerentes las opiniones de ISON, “The Forensic Lottery – A Critique on Tort Liability as a System of Personal Injury Compensation”, Londres, 1967, Esta premisa fue formulada, muchas décadas atrás, por WILLIAMS, “The Aims of the Law of Tort”, en Current Legal Problems, 1951, pp. 137 y ss., pero se mantuvo en la sombra al momento de debatirse las funciones actuales que cumplen los sistemas de resarcimiento, sobre todo por la persistente influencia ejercida por los principios acreditados por la tradición. En el mismo sentido, véanse: VEITCH y MIERS, “Assault on the Law of Tort”, en The Modern Law Review, vol. 38, 1975, pp. 152 y ss. Cfr., igualmente, JORGENSEN, “The Decline and Fall of the Law of Torts”, en American Journal of Comparative Law, vol. 18, 1970, pp. 39 y ss., 53. Sin embargo, no faltan hipótesis en las cuales el “law of torts” evidencia un verdadero growth; al respecto, cfr. MILLNER, “Growth and Obsolescence in Negligence”, en Current Legal Problems, 1973, pp. 260 y ss. 122 En un ensayo que merecidamente ha ganado la fama123, John Fleming aborda el tema de los objetivos actuales de la responsabilidad civil y de los argumentos a favor y en contra de los sistemas alternativos como, por ejemplo, los sistemas de seguridad social y, en general, los sistemas no-fault. Fleming retoma, como guía de su discurso, un amplio y conocido ensayo de Glanville Williams, que ha tenido mucha fortuna entre nosotros. Hacia 1951, Williams identificaba con cuatro términos los objetivos de la responsabilidad civil: appeasement (es decir, el objetivo de poner fin a la autotutela y de remediar el hecho antisocial constituido por el ilícito); justice, entendiendo tanto la ethical retribution cuanto la ethical compensation (justicia retributiva, por un lado, y gratificación para el agredido, por otro); deterrence, término actualmente familiar para nosotros, que significa el conjunto de las técnicas destinadas a desincentivar las actividades dañosas; y compensation, que es el resarcimiento propiamente dicho, en forma específica o en dinero. Pero dado que la responsabilidad civil busca correr, al mismo tiempo, sobre el lomo de dos caballos, tarde o temprano debe elegir sólo uno. William concluía observando que sólo los últimos dos objetivos son relevantes hoy en día: el primero para los ilícitos dolosos; el segundo, para todos los demás. Es justamente en la compensation donde Fleming centra su atención. ¿Hasta qué punto han cambiado, entonces, los objetivos de la responsabilidad civil desde la perspectiva del resarcimiento del daño? El efecto preventivo, desincentivador, la venganza psicológica, son, todos, aspectos que no cuentan: hasta es posible preguntarse –señala, con sutileza, Fleming– si la responsabilidad civil ha fracasado al perseguirlos, de modo que ellos habrían sido superados, en la actualidad, por el enlace entre responsabilidad civil y seguros, a pesar de que se mantenga cierta huella de tales objetivos. Por si fuera necesario un ejemplo, basta pensar en la práctica de los seguros que se orienta a aumentar los precios en conexión con el número y la dimensión de los accidentes provocados por el asegurado, es decir, con la amplitud del riesgo cubierto. Existen, sin embargo, ulteriores objetivos, en los cuales Williams, cincuenta años atrás, no pudo reparar. a) La publicidad negativa de los procedimientos de responsabilidad civil (el “efecto Ombudsman” de la responsabilidad civil, como ha dicho algún autor). Con la velocidad de información que hoy ha sido lograda por la técnica, y con la sensibilidad frente a los intereses del consumidor, las grandes y medianas empresas están interesadas en prevenir el daño y en satisfacer rápidamente a la víctima, sin que la noticia arribe a los mass-media, lo cual significaría generar olas de curiosos y reacciones negativas en los usuarios-consumidores. b) La eficiente distribución de las pérdidas. Aunque es muy discutido, este objetivo representa una de las bases del área del common law, y hoy también se encuentra acreditado entre nosotros. El mecanismo resarcitorio sirve para transferir el riesgo al sujeto que está en mejor condición para soportarlo, o bien al sujeto que puede recurrir, en mejores condiciones, a los seguros y que puede, así 123 FLEMING, “C’è un futuro per i «torts»?”, trad. italiana al cuidado de Rosello y Pardolesi, en Riv. crit. dir. priv., 1984, pp. 271 y ss. mismo, contribuir a que el riesgo se distribuya entre toda la colectividad. Aquí se encuentran las tesis de Posner, Calabresi, Shavell y otros, en relación con los criterios con los cuales efectuar tal distribución. Fleming, por su parte, observa correctamente que “el aspecto más problemático del planteamiento de Calabresi, y también del de Posner, es, naturalmente, la suposición de la racionalidad del comportamiento humano. El control del mercado, en no mayor medida que la eficacia de los sistemas de control de los costos, provee, verosímilmente, una contribución sustancial a la prevención de los accidentes, meta que es reconocida por ambas teorías económicas”. Como bien afirma Englard, “el tenaz apego a la noción de desincentivador de mercado da la impresión de ser un desesperado intento de mantener un sistema ideal de freemarket, en un mundo que tiende, decididamente, hacia la socialización”. Valiéndose de los resultados de las investigaciones comparatísticas, como las de André Tunc, y de investigaciones oficiales como la realizada por la Pearson Commission, Fleming identifica otros objetivos de la responsabilidad civil. c) La reducción de los contros de transacción, realizada por los sistemas no-fault, si se les compara con los tradicionales. d) La distribución correcta de los costos (“solamente la culpa justifica la imposición de la pérdida al demandado”), realizada mediante la “colectivización” de las pérdidas, según la secuencia daño-responsabilidad-seguro-precio del producto o servicio. Fleming no elige un único caballo: él considera que lo conveniente es montar sobre uno u otro, atendiendo a la utilidad (social y económica) perseguida. En otras palabras, propende a la coexistencia de varios objetivos y de varios sistemas de resarcimiento. 4. La mímesis del mercado y el repaso de las tesis tradicionales. “La culpa, entendida como la inobservancia de la diligencia prestada por el hombre promedio, prudente y cuidadoso ha sido el criterio de imputación predominante en la regulación de la responsabilidad civil por más de un siglo y medio [...] en la mayor parte del mundo; y los accidentes, en especial los determinados por el comportamiento culposo, representan el sector más extenso de las causas ventiladas ante los tribunales de los distintos países. Sin embargo, aún no se ha elaborado una teoría encaminada a ilustrar la función social del concepto de culpa, y del sistema de responsabilidad por los accidentes que se ha erigido teniéndolo como base”124. Con este juicio global de la evolución de la responsabilidad civil, y con el realce de un fenómeno (el de la incesante difusión de daños) que denuncia uno de los aspectos más inquietantes de la sociedad de capitalismo maduro, comienza un amplio ensayo que Richard Posner dedica a la teoría de la culpa. Lo que se anota en orden a la llamada “función social” de la culpa, y que detrás de la pantalla de las expresiones genéricas alude al papel desempeñado, en el siglo XIX, por los 124 POSNER, “A Theory of Negligence”, en Journal of Legal Studies, 1972, p. 30. criterios de responsabilidad, puede parecer provocatorio. En una bibliografía de verdad importante se ha buscado, en efecto, encontrar respuestas a las preguntas formuladas por Posner. Al menos en el área del common law, estas interrogantes pertenecen a una fase de elaboración teórica de la responsabilidad civil que, por lo general, se considera agotada125. La intención de Posner es retomar, justamente, cuestiones que hoy se han adormecido, y volver a proponer dudas que hace tiempo se despejaron, proyectar soluciones opuestas a las generalmente adoptadas. Los resultados alcanzados por los análisis más recientes en materia de ilícito se pueden resumir en algunas ideas que expresan la laboriosa evolución propia de este sector del derecho privado. Revisten particular interés, por lo tanto, aquellas tesis que no confirman las posiciones tradicionales, sino que parten de un nuevo planeamiento de método, para llegar a conclusiones que dan la impresión de ser un auténtico “regreso al pasado”. Se debe a Posner, ni más ni menos, la ordenación de este repaso en una estructura aparentemente racional126. 125 126 Cfr., en particular, los estudios de CALABRESI, ahora reelaborados en The Cost of Accidents, cit.; de ATIYAH, Accidents, Compensation and the Law, cit.; y de GREEN y SMITH, “Negligence Law, No-Fault and Jury Trial”, en Texas Law Review, vol. 51, 1972-1973, III, pp. 207 y ss., y IV, pp. 825 y ss.; los estudios de P. TRIMARCHI, Rischio e responsabilità oggettiva, cit.; ID., “Sui criteri di distribuzione del rischio contrattuale”, en Riv. trim. dir. proc. civ., 1970; y RODOTÀ, Presentazione a CALABRESI, Il costo degli incidenti, cit. Una lúcida síntesis de las tendencias de la doctrina en materia es brindada por GAMBARO, “Costo degli incidenti e responsabilità civile”, en Resp. civ. prev., 1975, pp. 375 y ss. En esta última línea se desenvuelve, actualmente, la doctrina más destacable. Cfr., desde distintas perspectivas: RODOTÀ, Il problema della responsabilità civile, cit., pp. 12 y ss.; TRIMARCHI, Rischio e responsabilità oggettiva, cit., pp. 21 y ss.; R. SCOGNAMIGLIO, “Responsabilità per colpa e responsabilità oggettiva”, en Studi in memoria di Andrea Torrente, Milán, 1968, pp. 1104 y ss.; BESSONE, “Responsabilità civile, assicurazione e costo sociale dell’illecito”, en Diritto marittimo, 1975, pp. 187 y ss. Véanse, así mismo: TUCCI, “Responsabilità civile e danni ingiusti”, en LIPARI, Diritto privato, Bari, 1974; P. BARCELLONA, Diritto privato e processo economico, Nápoles, 1973, pp. 213 y ss.; y COMPORTI, Esposizione al pericolo e responsabilità civile, cit. Una reseña crítica de las diversas posiciones de la doctrina, en el ámbito de la evolución de los criterios de responsabilidad subjetiva a la elaboración de criterios objetivos de imputación, es desarrollada por ALPA y BESSONE, La responsabilità civile – Illecito per colpa, rischio d’impresa, assicurazione, Milán, 1976, capítulos VII y VIII; BESSONE, “Controllo sociale dell’impresa e ordine pubblico «tecnologico»”, en Pol. dir., 1973, pp. 777 y ss.; y en el sector de la responsabilidad del productor: ALPA, Responsabilità dell’impresa e tutela del consumatore, cit., pp. 21 y ss.; TRIMARCHI, “Economia e diritto nel sistema della responsabilità civile”, cit., pp. 353 y ss. En contra: DE CUPIS, “Problemi e tendenze della responsabilità civile”, cit., pp. 95 y ss., quien considera que la tesis tradicional merece aún ser conservada. Además de su ensayo fundamental, “A Theory of Negligence”, al que ya hemos hecho referencia, son de destacar “Strict Liability: A Comment”, cit., donde Posner realiza un análisis crítico de las tesis de Calabresi y Hirschoff, Epstein y Fletcher; y, sobre todo el volumen donde el autor reúne los más importantes resultados del método de investigación interdisciplinaria por él teorizado y aplicado a los diversos sectores del common law y del ¿Cuáles son los objetivos de fondo de la investigación de Posner, y cuáles son sus instrumentos de análisis? Los objetivos pueden ser identificados, resumidamente, en dos puntos esenciales: a) La crítica de la reconstrucción histórica del régimen de la responsabilidad, realizada por la doctrina reciente de la época. b) La elaboración de un sistema de reglas jurídicas que sea lo más fiel posible a las directrices del mercado. El método es el economic analysis of law, ampliamente teorizado por el autor, y tomado en préstamo, parcialmente, de Calabresi y de Atiyah. Dicho método consiste en obtener como resultado, mediante la definición de reglas jurídicas, el funcionamiento óptimo del sistema de resarcimiento, con eliminación, en lo que sea posible, de las viscosidades y rémoras propias de todo sistema en el cual no se reflejen las directrices del mercado. Sobre la base de tales premisas, efectivamente, se desmienten todas las conclusiones que en algún momento parecían ser definitivas. Veámoslo con más precisión. Un análisis de las sentencias de los tribunales de apelación estadounidentes del período 1875-1905 conduce (en opinión de Posner)127 a desmentir radicalmente la premisa según la cual el criterio de la culpa cumple, en aquel período, una función de sostén de la industria, al favorecer el proceso de “externalización” de los costos debidos a los accidentes internos y externos a la empresa. Al mismo tiempo, la relectura de las ya clásicas páginas de autores de la época (las de Holmes, en especial) induce a Posner a creer, en primer lugar, que en aquel entonces la función resarcitoria no representaba la finalidad esencial de los sistemas de responsabilidad, sino que constituía sólo uno de los muchos factores que permitían realizar un aceptable compromiso entre “nivel de seguridad” y “nivel de los accidentes”; y a observar, en segundo lugar, que el significado subjetivo y “ético” de la culpa fue rápidamente abandonado, para pasar a un riguroso significado objetivo, típico de todo objective standard con el cual medir y evaluar el comportamiento ilícito128. Un paciente reconocimiento de los cases que, en el período seleccionado, demandaron de los tribunales un pesado trabajo de ordenación de las reglas de responsabilidad apoya la formulación de esta idea, mayormente referida al modelo de interpretación del fenómeno del ilícito propuesto, en su momento, por el juez Learned Hand. Sobre la base de dicho modelo, como es sabido, se reconocía la existencia de la culpa en el agente sólo en la medida en que el daño sufrido por el actor fuera grave, que las probabilidades del evento fueran amplias, y que las 127 128 commercial law, de la regulación de la propiedad a la de los torts, del contrato a la publicidad comercial, al antitrust, etc. Nos referimos a POSNER, Economic Analysis of Law, 1a. ed., Boston y Toronto, 1973. Así mismo: ID., “Observation: The Economic Approach to Law”, en Texas Law Review, 1975, pp. 757 y ss. POSNER, “A Theory of Negligence”, cit., pp. 36 y ss. Ibid., pp. 34 y ss. medidas para prevenirlo fueran poco costosas. Para descartar el resarcimiento, sin embargo, era suficiente probar que el sacrificio soportado por la víctima resultaba inferior al sacrificio abstractamente soportado por el demandante para prevenir el evento. De aquí la conclusión de que en aquella época la función predominante de la responsabilidad no coincidía con el más pleno resarcimiento de las víctimas, sino con el asegurar, desde una perspectiva económica, el nivel óptimo de los accidentes y de las “medidas de prevención”. En definitiva, los daños se ponían a cargo del demandado “atendiendo a los resultados de la valoración del costo del accidente”129. De tal forma, no resulta difícil (para Posner) confirmar la premisa de que los principios de responsabilidad no se inspiraban en postulados éticos, y de que correspondía al sistema económico, en su conjunto, establecer los niveles soportables de accidentes y los estándares de seguridad exigibles. El autor cree poder documentar esta tesis con el examen de las sentencias emitidas por los tribunales de apelación en el último cuarto de siglo. La eleccion de las sentencias de los tribunales de apelación se justifica porque ellas constituyen “la punta de un iceberg” conformado por las trial decisions, las cuales, por estar generalmente fundadas en argumentos de hecho, resultan poco atendibles en comparación con las appellate decisions, que se fundan en argumentos de derecho130. Adoptando el método estadístico del muestreo, Posner descubre que de más de 1494 casos evaluados, el 54% se refiere a eventos dañosos acaecidos entre personas que no están ligadas por ningún vínculo; el 30% corresponde a la incidencia de los accidentes de trabajo; el 12% atañe a los casos de accidentes de tránsito o ferroviarios; mientras que el 4% está cubierto por accidentes ocurridos en el desenvolvimiento de una relación contractual entre las partes (daños de los inquilinos, las más de las veces). El 90% de las sentencias comprende, para concluir, las hipótesis de responsabilidad en las cuales los costos de transacción son tan altos que impiden todo acuerdo entre las partes en causa. De aquí la conclusión de que el juicio de responsabilidad se aplica sólo cuando los costos de transacción son muy altos. Lo exiguo de los juicios producidos entre partes vinculadas por una relación negocial previa se justifica, en cambio, porque los contratos prevén normalmente cláusulas para la “gestión” de los futuros eventos dañosos, que son reglamentados por las partes en la ordenación de sus intereses131. ¿Qué aplicación reciben, en los casos-muestra, los principios del common law? En opinión de Posner, dichos principios se conforman de una manera puntual. Normalmente, los parámetros de diligencia con los cuales se mide la conducta del demandado son elaborados según el modelo del hombre promedio, al que sólo se puede exigir la observación de una reasonable due care. Sin embargo, no faltan excepciones. Una de las más relevantes está dada por la responsabilidad del common carrier, comúnmente identificado, en este período, con las empresas de transporte ferroviario. En efecto, al common carrier se requiere el máximo cuidado en el ejercicio del transporte, porque sólo él puede prever (y prevenir, por lo tanto) los accidentes ferroviarios. Por su parte, los pasajeros confían en su habilidad; 129 130 131 Sobre el “paradigma” del juez Hand, véanse los apuntes críticos de CALABRESI y HIRSCHOFF, op. cit., p. 1055. POSNER, “A Theory of Negligence”, cit., p. 35. Ibid., pp. 37-38. además, el common carrier parece ser la única causa de accidentes que, de otra manera, no podrían producirse. Por ello, es correspondiente con los requerimientos del público la pretensión de que se salvaguarden los máximos niveles de seguridad en el transporte132. Los principios enunciados permiten a Posner formular dos corolarios. Con el primero se sostiene que la violación de un standard of care previsto por la ley constituye negligence por sí misma, y exonera al damnificado, por lo tanto, de la prueba de la culpa del demandado; con el segundo, que no se puede hacer de cargo del demandado, sobre la base del criterio de la diligencia media, el no haber adoptado medidas de seguridad o de prevención del daño excesivamente costosas. Traducido en fórmulas económicas, este corolario es entendido en el sentido de que el mercado desincentiva la adopción de nuevas y más perfeccionadas técnicas de prevención de los daños, aun cuando las ventajas que de ello se deriven excedan los costos asumidos. Llevado a sus extremas consecuencias, este principio permite negar, luego, el resarcimiento a la víctima que contribuye a la creación del daño con su comportamiento culposo. Sería difícil afirmar –según Posner– que con la admisión de la procedencia de una acción de daños se pueda elevar el nivel de seguridad, incluso en el último caso señalado, hasta un punto óptimo. Si se optara por la solución contraria, se produciría un resultado que a Posner le parece absolutamente irracional: la “clase” de los demandados se vería inducida a adoptar medidas de prevención aun en la hipótesis en que el evento dañoso constituyera para ella un costo inferior al voluntariamente asumido; por el contrario, la “clase” de los demandantes se vería inducida a disminuir las precauciones porque estaría segura de obtener el resarcimiento del daño. En ambos casos, estaríamos ante decisiones antieconómicas y no amparables por las normas jurídicas133. El tenor de tales corolarios se enfatiza, por decirlo así, en materia de accidentes de trabajo. En estas hipótesis no se aplica la regla “respondeat superior” si el dependiente ha sido negligentemente o intencionalmente damnificado por un compañero de trabajo; y la culpa, aunque fuera mínima, del trabajador descarta toda responsabilidad a cargo del empleador. Una minuciosa casuística, acompañada de estadísticas, sirve para descifrar, a continuación, las tendencias de la jurisprudencia en lo relativo a cada una de las categorías de daños, y a toda situación en la cual se produce el daño134. Organizando estos datos sistemáticamente, Posner está en condición de formular algunos principios que orientan el análisis de la responsabilidad civil en direcciones del todo insospechadas. En breve, sus conclusiones pueden exponerse como sigue: a) El sistema de la responsabilidad civil, tal cual fluye de las sentencias examinadas, se caracteríza por ser absolutamente “apolítico”. b) El sistema de la responsabilidad civil se rige por el principio de que cada parte actúa a instancias de su propio “interés económico”. 132 133 134 Ibid., p. 39. Ibid., p. 40. Ibid., loc. ult. cit. Véase también: POSNER, “Observation: The Economic Approach to Law”, cit., p. 778. c) Manipulando tales intereses y creando “incentivos económicos para los particulares”, el sistema exonera a éstos de la tarea de instituir un aparato gubernamental necesario para investigar las causas y las formas de los accidentes. d) El conflicto de los intereses de los particulares mueve a las partes (in competition between them) a presentar al juez el máximo de los datos, a fin de permitirle llegar, casi con absoluta certeza, a la verdad de los hechos. Esta última idea introduce ulteriores conclusiones, todas referidas al análisis económico de las estructuras jurídicas: e) La situación que se crea entre las partes litigantes puede asimilarse a la situación de mercado, en la cual están en lucha empresarios que persiguen los mismos intereses. f) En la identificación de las tendencias de la jurisprudencia no es dado percibir una clara intención de favorecer la expansión industrial, sino más bien la tendencia a modelar el ordenamiento según las directrices del mercado. g) Las tendencias que se deducen de las leyes ordinarias apuntan, en oposición, a frenar el desarrollo industrial, con la introducción de disposiciones favorables a los agricultores y trabajadores. Expuestos de tal forma, y sistemáticamente, los resultados obtenidos por el análisis de Posner podrían generar perplejidades, sobre todo porque no son coherentes con las pruebas “documentales”, llamémoslas así, que el autor aporta en sostén de su tesis. Distintamente descritos y organizados por sus comentaristas, tales resultados constituyen, más bien, un auténtico sistema alternativo al propuesto por la doctrina más reciente, en la medida en que tienden a demostrar que la teoría de la culpa puede cumplir, aún hoy en día, un papel central en todo sistema de compensation, que los criterios de responsabilidad objetiva no conducen a resultados apreciables, y que, finalmente, los modelos interpretativos comunes de la evolución de la responsabilidad civil son el fruto de una verdadera hipóstasis de las posiciones ideológicas de los autores que los han elaborado. Pero por todo ello, justamente, son resultados que parecen bastante alejados de la realidad y de la experiencia histórica. Ante una serie de datos e informaciones tan imponente, resulta difícil formular objeciones y críticas que podrian parecer consecuencia, precisamente, de un planteamiento caracterizado por opuestas opciones de política del derecho, y no por un análisis consciente de los fenómenos aludidos. Con todo, es posible partir de algunas observaciones para realizar un primer intento de ponderación de las tesis propuestas por Posner. Dicho intento se puede organizar en dos puntos esenciales: por un lado, la discusión sobre los resultados obtenidos por Posner; por otro lado, la discusión sobre el método que él adopta. En lo que atañe al primer aspecto, no puede ignorarse que muchos de los “aforismos” que se han enunciado parecen poco convincentes. Una bibliografía muy amplia ha demostrado unívocamente que el principio de la responsabilidad por culpa desarrolló, en el siglo XIX, una importante función de sostén del sistema económico135. No faltan sentencias, rápidamente elevadas al nivel de leading precedents, que documentan con exactitud el significado (económico) que los tribunales estadounidenses asignaron a los principios de responsabilidad objetiva136. El hecho de que en el período considerado los tribunales (según Posner) se mostraran indiferentes “al nivel de seguridad óptima” o no hicieran evidente ningún favorecimiento a la industria no es, de por sí, un buen indicio que autorice a ignorar la “tarea” que ellos asumieron en un régimen de laissez faire. Téngase presente, así mismo, que el período considerado (de 1875 a 1905) no es particularmente significativo, porque a fines del siglo XIX la infant industry, que vivía su segunda Revolución, había alcanzado posiciones tales en el sistema económico que no tenía por qué pretender ningún otro privilegio particular. Por lo tanto, ella estaba en condición de asumir aquellos costos y cargas de gestión de los que había sido liberada en una época anterior, para no comprometer su estabilidad en el mercado. No hay que olvidar, de igual manera, que justamente en dicho período aparecen las primeras formas de capitalismo monopólico. De aquí la “indiferencia” que logra la industria frente a todo régimen de responsabilidad civil. Por otro lado, este régimen es administrado de diversas maneras por la empresa, mediante el empleo de contratos estándar que codifican y legitiman su “poder normativo”. Es difícil afirmar, además, que la legislación en materia de accidentes de trabajo haya obstaculizado el desarrollo de la industria. Las reconstrucciones históricas de los distintos intentos de introducción de las primeras formas de legislación social demuestran que tales disposiciones fueron aprobadas en medio de graves dificultades, y con la finalidad precisa de controlar, mediante la concesión de algunos favores a las clases necesitadas, los conflictos en las fábricas y las demandas sindicales. Prosser recuerda que en este sector “el iter de los procedimientos judiciales necesarios para obtener el resarcimiento era muy largo; graves eran las presiones que se ejercían contra el trabajador damnificado para que pusiera término al procedimiento, a fin de que pudiera continuar desempeñando su trabajo; y eran muy altos los honorarios de los abogados y el monto de los demás gastos que, a menudo, dejaban al trabajador sólo una mínima parte de la suma que lograba obtener”. Además, “los primeros intentos legislativos de regulación de la materia sufrieron una evasión, propiamente dicha, por parte de los tribunales, que continuaban afirmando que el trabajador prestaba su mano de obra a propio riesgo, 135 136 Remitimos, por todos, a GREEN, Traffic Victims, Evanston (Illinois), 1958, pp. 10 y ss.; y a GREGORY, “Trespass to Negligence to Absolute Liability”, en Virginia Law Review, vol. 37, 1951, pp. 357 y ss. Véase, en particular, la sentencia Losee Buchanan, N.Y. 576, 1871, que desmiente de manera ejemplar las afirmaciones de POSNER. Su traducción íntegra figura en ALPA y BESSONE, La responsabilità civile, cit., pp. 99-100. Para el common law inglés, reenviamos al caso Winterbottom v. Wright, 1842, 10 M & W, 109, 152, Eng. Rep. 402, que ha vuelto un common place en la bibliografía italiana: cfr. ALPA y BESSONE, op. ult. cit., pp. 80-82; BESSONE, “Progresso tecnologico, prodotti dannosi e controlli sull’impresa”, en Pol. dir., 1972, pp. 212 y ss.; y ALPA, Responsabilità dell’impresa e tutela del consumatore, cit. es decir, comprendido el riesgo de que el empleador violase la ley”137. Así pues, un verdadero sistema uniforme y amplio de resarcimiento de los accidentes entró en vigor muchos años después, sólo en el tercer decenio del siglo XX: he aquí, entonces, la prueba más evidente de que, siendo abstractamente constrastante con los intereses de la empresa, la legislación social comenzó a operar, en concreto, muchas décadas más tarde, sin oponerse, por lo tanto, a las directrices del mercado. Pero es de las premisas de Posner, ni más ni menos, que se pueden inferir conclusiones del todo distintas de las suyas. El conflicto de los intereses privados, que debe resolverse según las directrices del mercado es el signo más evidente de la conformidad del sistema jurídico al régimen de laissez faire, donde prevalece el individualismo exasperado, el “derecho de los iguales”, que hace depender de los recursos de cada uno la posibilidad de imponerse a los “competidores”. De ello nace un sistema de privilegios de la parte institucionalmente más “fuerte”, destinado a colapsar sólo con el arribo de las sociedades de masas, en las cuales estos privilegios adquieren formas más sofisticadas. Se trataba, en otras palabras, de un sistema que liberaba la actividad de los particulares de controles externos. Desde esta perspectiva, el “paradigma” del juez Hand asume, justamente, el significado de símbolo del sistema. ¿Con qué fundamento se puede sostener, entonces, que el sistema de resarcimiento y, más en general, el régimen de la responsabilidad civil, carecían de toda connotación ideológica? Hay otras observaciones, no menos críticas, que se pueden dirigir contra el método de economic analysis of law propuesto por Posner. Para tal efecto es necesario, ante todo, disipar algunos equívocos que podrían crearse por el empleo de fórmulas genéricas como las de “análisis económico del derecho” o “aproximación económica a las instituciones jurídicas”. En el sistema elaborado por Posner, estas fórmulas no expresan solamente la simple aplicación de las categorías económicas a los fenómenos jurídicos en sentido lato. En otras palabras, no se propone únicamente un análisis del significado económico de las reglas de derecho. Así, dicho sea de paso, no se haría más que recorrer una vía ya trazada por una bibliografía imponente. La premisa fundamental de la que parte el método de investigación examinado reside, más bien, en la constatación de que también en el campo de los actos jurídicos los “individuos obran como maximizadores racionales de sus satisfacciones”138. Calabresi, en cambio, elabora un sistema de análisis de la responsabilidad civil siguiendo los esquemas de la “economía del bienestar”. No se trata de la formulación de “una «propuesta óptima», al menos no en el sentido de la indicación de un camino que excluye todos los demás”139, sino, realmente, de un programa móvil de intervención: según Calabresi, la intervención legislativa es admisible (y conveniente) sólo para realizar finalidades de general deterrence”140. ¿En qué momento –se pregunta Posner– las partes en conflicto pondrán fin a su litigio? La respuesta es que lo harán sólo en el momento en que alcancen un 137 138 139 140 PROSSER, Handbook of the Law of Torts, cit., p. 554. POSNER, “Observation: The Economic Approach to Law”, cit., p. 761. RODOTÀ, Presentazione, cit., p. IX. Cfr. CALABRESI, Costo degli incidenti, cit., pp. 102 y ss., así como los realces de RODOTÀ, Presentazione, cit., pp. X-XI, y TRIMARCHI, “Economia e diritto nel sistema della responsabilità civile”, cit., pp. 359-360. acuerdo tal que satisfaga sus opuestas exigencias de “utilidad”. Dirigidas por criterios de racionalidad, las partes observan, de tal forma, un comportamiento que equivale a las decisiones que se toman en el campo económico en condiciones de incertidumbre. De aquí la conclusión de que si se aplican los instrumentos del análisis económico en la investigación del comportamiento de las partes litigantes, se advierte que “en el transcurso del proceso, ellas se comportan como si fueran maximizadores racionales: criminales, partes contratantes, conductores de vehículos, acusadores y otros individuos sujetos a la ley o involucrados en procedimientos legales actúan, respecto del ordenamiento, como si fueran inteligentes (aun cuando no omniscientes) maximizadores de sus satisfacciones”; como “verdaderos consumidores, ellos disminuyen la adquisición de bienes y servicios cuando los precios aumentan, y la incrementan cuando los precios bajan”. Traducida en fórmulas menos rudimentarias, esta regla se expresa en la consideración de que la agravación de las sanciones ejerce una función preventiva del ilícito, mientras que su mitigación produce, necesariamente, el efecto contrario”141. Una serie de realces sociológicos permite a Posner enunciar, entonces, el principio de que los individuos, aun inconscientemente, actúan en el mundo del derecho ateniéndose a los criterios del homo economicus, en modo tal que se hace legítima la aplicación de las reglas económicas incluso al formally non-economic market of the legal system142. Algunos enunciados fundamentales contribuyen a precisar este último postulado: a) el ordenamiento jurídico ha sido influenciado, desde siempre, por la exigencia de perseguir la eficiencia económica: las reglas de administración de la propiedad, de determinación de la responsabilidad, los procedimientos promovidos para resolver controversias legales, los métodos para delimitar el daño resarcible, son, todos, factores que registran el uso de las reglas jurídicas desde la perspectiva de la distribución más racional y económica de los recursos143; b) el análisis económico puede ser un instrumento útil para proyectar reformas del ordenamiento jurídico; la mayor parte de los sectores del common law –en opinión de Posner– está ordenada por reglas indiferentes a su economic meaning y, a veces, absolutamente antieconómicas. Se perfila, entonces, la necesidad de una revisión de éstas, para lograr finalidades de “eficiencia económica”. La conclusión definitiva a la que llega Posner es que, dadas las premisas sub a) y sub b), el ordenamiento jurídico debe inspirarse en reglas de eficiencia económica, y debe apuntar, entonces, a la maximización de las satisfacciones individuales. Más aún: parece preferible, justificable y, por lo tanto, perfectamente legítimo, fundar las reglas jurídicas exclusivamente en las directrices de mercado. En distintas formas, tales propuestas aparecen en numerosos análisis que la bibliografía estadounidense ha dedicado al régimen de la responsabilidad civil y, en general, a las relaciones entre “economía” y “derecho”144, pero jamás habían sido 141 142 143 144 POSNER, “Observation: The Economic Approach to Law”, loc. ult. cit. Ibid., p. 763. Ibid., p. 764. Significativa, al respecto, es la reformulación de los esquemas elaborados por CALABRESI, debida a ATIYAH. Sobre el tema, véase ALPA, “Sistemi di compensation e nuove tendenze della responsabilità civile”, en Riv. trim. dir. proc. civ., 1975, pp. 1586 y ss. formulados de manera tan radical. Ello ha dado pie a una nutrida serie de objeciones y críticas que el mismo Posner se ha encargado de replicar, sin modificar en nada su modelo de investigación. Posner opina que no son admisibles las críticas –por él consideradas genéricas y privadas de consistencia– que han pretendido atacar el centro de su sistema. Según tales críticas, él habría teorizado una “lectura” de las normas jurídicas a través de la lente deformada de un economista. Además, la imperfección de la ciencia económica ni siquiera permite examinar los fenómenos del mercado, de manera que lo mismo puede asumirse respecto de otras disciplinas. Finalmente, un sistema como el de Posner, tan rígidamente vinculado con la teoría paretiana del “óptimo”, volvería a proponer el empleo de modelos económicos que hace ya tiempo fueron superados, y que no son aplicables a las categorías jurídicas145. Tampoco merece ser destacada –para Posner– la objeción de aquellos que, criticando los presupuestos teóricos del utilitarismo, consideran que éste se encuentra camino al precipicio, y que hará caer consigo los instrumentos del análisis económico del derecho. Posner cree que esta objeción se puede superar si se tiene en cuenta que el comportamiento “jurídicamente relevante”, por decirlo así, de los individuos se inspira, justamente, en los postulados utilitaristas a los que se pretende negar toda función. A Posner tampoco le parecen acertadas las objeciones, más consistentes que las antes examinadas, que ponen en duda el carácter científico mismo de su método. La primera se funda en una consideración obvia: el comportamiento del individuo deriva de una pluralidad de motivaciones, y todas éstas no pueden ser explicadas en términos económicos ni subestimarse a favor de las directamente influenciadas por valoraciones económicas. Posner juzga que esta crítica es superable si se recuerdan las características de abstracción que son propias de todo método de análisis: “la falta de realismo no invalida una teoría; por el contrario, ella constituye un presupuesto esencial de tal teoría”. Y destaca, en definitiva, que los aspectos negativos de una teoría no pueden afectar su coherencia intrínseca; ellos, por el contrario, pueden cumplir una función de requerimiento, para afinarla con mayor exactitud. La segunda crítica, que es la más insidiosa de todas, denuncia las finalidades políticas o, más exactamente, los presupuestos ideológicos que tiñen, ocultamente, la aproximación económica al derecho teorizada por Posner. Lejos de presentar características de “apoliticidad”, como su autor pretende hacer creer, se sostiene que la tesis de Posner deriva de los presupuestos típicos del liberalismo económico, los cuales terminan dando un tenor conservador al entero sistema así elaborado146. La respuesta de Posner a estas críticas resulta extremadamente débil: él reivindica la autonomía de los economistas y observa que la práctica de un análisis económico de determinados fenómenos que cobran relevancia en el mundo del derecho no significa indicar cómo es que tales resultados se deben utilizar, ni mucho menos que tales resultados deben realizarse a través de una normación 145 146 POSNER, “Observation: The Economic Approach to Law”, cit., pp. 772 y ss. Véase, en particular, POLINSKY, “Economic Analysis as a Potentially Defective Product: A Buyer’s Guide to Posner’s «Economic Analysis of Law»”, en Harvard Law Review, 1974, pp. 1655 y ss. totalmente adecuada a las directrices del mercado. Pero esta réplica contradice, al menos parcialmente, las premisas del análisis propuesto. Perseguir objetivos de “eficiencia económica” en la investigación de las estructuras jurídicas no significa otra cosa que prefigurar y trazar proyectos de reforma de dichas estructuras, según las premisas ideológicas en las que se inspira la búsqueda de la eficiencia económica. El propio Posner termina admitiendo esta última conclusión, cuando observa que el término “justicia” (al cual debería uniformarse el ordenamiento jurídico) puede también ser entendido como sinónimo de “eficiencia”: “no es motivo de sorpresa” –advierte el autor– “que en un mundo donde escasean los recursos, su desperdicio se considere un acto inmoral”; por lo tanto, “la demanda de justicia no prescinde de sus costos”147. 5. Daños anónimos, costos colectivos, penas privadas. Otros autores clasifican las funciones actuales de la responsabilidad civil siguiendo criterios distintos, pero que son expresión, en lo sustancial, de la misma lógica y de los mismos programas de política del derecho. En todos los casos, la función que se considera preeminente es el resarcimiento de la víctima, del cual se deriva la repartición de los daños accidentales entre los miembros de la sociedad148. En torno de esta función fundamental se disponen otras funciones accesorias o derivadas, que son corolario de la primera. Tunc149 sostiene que la responsabilidad civil ha conservado la función preventiva de los comportamientos antisociales (y así, coincide con la tesis de Calabresi). Cierto es que la prevención no opera para las “infracciones violentas”, que se reprimen mediante otros instrumentos jurídicos, psicológicos y sociales, ni tampoco para los ilícitos más graves (económicos o materiales) ocasionados por la empresa, aunque la praxis de los punitive damages puede conducir a resultados apreciables. Resultados igual de útiles pueden presentarse en la prevención de la difamación, de las declaraciones inexactas, de las violaciones de la vida privada. En cambio, la prevención no puede cumplir ningún papel para los errores o daños accidentales, los cuales ocurren, justamente, fuera de todo control o presión social, y, por lo general, contra la voluntad misma de su autor. También la función resarcitoria presenta un aspecto crítico. Para comenzar, ella jamás es automática, y muchos, en consecuencia, son los daños que quedan sin ser resarcidos. Además, ella nunca es satisfecha plenamente, porque lo normal es que se produzca un descarte entre el daño efectivo y su satisfacción. Para terminar, las consecuencias del daño comportan molestias para la víctima (por ejemplo, un período de convalescencia a causa de una lesión física), las cuales no 147 148 149 POSNER, “Observation: The Economic Approach to Law”, cit., p. 778. Esta es la llamada “diluition des dommages accidentels”, de la que habla TUNC, La responsabilité civile, cit., p. 134. Ibid., loc. cit. son adecuadamente consideradas en los sistemas resarcitorios. Según Tunc150, el principio enunciado –la necesidad de colocar a la víctima en el situación en que se habría encontrado si el daño no se hubiese producido– es, en todo ordenamiento, un voto y una ilusión a la vez. Sin perjuicio de lo anterior, el debate actualmente vigente en todos los ordenamientos, sobre las técnicas de resarcimiento del daño a la persona, refleja las incertidumbres y las dificultades que obstruyen la plena realización de la función resarcitoria. Pierden valor, o resultan absorbidas por las demás funciones, la satisfacción de la víctima y la realización de los valores de la justicia. Tunc, en cambio, insiste en la distribución de los efectos del evento dañoso, la cual se produce recurriendo al sistema de sanidad nacional, a los seguros privados, a los seguros sociales. Desde esta perspectiva, el autor se pregunta cuál es el papel actual de la culpa en el sistema de la responsabilidad civil. Tunc, que, sea en el plano comparatístico, sea por su compromiso crítico hacia un ordenamiento como el francés, aún ligado a los dogmas de la tradición, ha desacralizado las tendencias difundidas en los modelos de sentencias y en las elaboraciones doctrinales, demuestra que la culpa puede todavía ocupar un espacio en el sistema, pero que su espacio “legítimo” no debe ser enfatizado151. Es necesario tener en cuenta, en primer lugar, los “daños anónimos”, que escapan de todo control y, por lo tanto, de toda técnica represiva. Luego hay que considerar las “inmunidades”, esto es, los daños de los cuales el autor, por razones diversas, no responde (por ejemplo, los daños ocasionados por los incapaces o las inmunidades especiales). Como punto final, se debe apreciar el papel del seguro (privado) de responsabilidad civil, que vuelve vana la función sancionatoria de la culpa. Pero hay que pensar, sobre todo, en las hipótesis cada vez más frecuentes en las que un sujeto, por las razones que se indicaron en su momento, inherentes a las funciones modernas de la responsabilidad civil, responde del hecho ajeno, sin haber incurrido en ninguna culpa. La culpa, por lo tanto, es un auténtico “mito”152. Ella ha perdido su connotación moral: hoy el juez interviene para prevenir los comportamientos antisociales, no para reprimir los comportamientos inmorales153. Incluso desde el punto de vista social, la culpa cumple un papel muy limitado, porque normalmente no existe una relación estricta entre intensidad de la culpa y extensión del daño. Además, ella no satisface la necesidad social de resarcimiento de la víctima. No siempre es fácil distinguir entre culpa y error, y, en nuestra sociedad, existen hipótesis en las que no se puede evitar incurrir en culpa, aunque se trate de la persona más cuidadosa. A pesar de que en todos los ordenamientos el error y la culpa terminan identificándose, Tunc está en lo correcto cuando insiste en una clara distinción (si bien más fácil de proponer en abstracto que en concreto), porque el error implica una violación de las reglas 150 151 152 153 Ibid., p. 143. Ibid., pp. 102 y ss. Ibid., p. 107. TUNC, “Tort Law and Moral Law”, en Cambridge Law Journal, 1972, p. 247. específicas dictadas por la competencia profesional, mientras que la culpa se identifica cada vez más con la mera falta de cuidado154. Por lo tanto, no se puede asignar a las dos hipótesis el mismo tratamiento: no es posible, en particular, reducir toda hipótesis de culpa y toda hipótesis de error para luego aplicar a las primeras el régimen restrictivo reservado para las segundas. En otras palabras, la culpa comporta, en tanto falta de cuidado, una menor incidencia de los valores morales, un mancillamiento social menor. Esto es así aun cuando la situación no cambia desde el punto de vista de la víctima, que tiene que ser resarcida en uno y otro caso. También esta función encuentra límites importantes, sea cuando el daño es intencional, sea cuando se presenta la necesidad de enfatizar la prevención (que, como es obvio, opera en antítesis con la difusión y socialización del daño). Puede existir una limitación final, relativa a los costos colectivos implicados por un sistema de socialización excesiva. Para Tunc, la función de garantía de los derechos de los ciudadanos y, en todo caso, de “solidaridad social” (en su momento ilustrada por Boris Starck), se presenta como la más aceptable hoy en día, a pesar de que ella está aún distante del derecho positivo. En la experiencia francesa, como se advierte, las funciones de la responsabilidad civil son objeto de una descripción en cierta medida especulativa, y asociada con las propuestas interpretativas de la doctrina italiana. Se realzan la función resarcitoria (al mismo tiempo que se subrayan sus límites, es decir, lo elusivo de su expresión, atendiendo a que una vez creado el daño jamás se podrá lograr, en los hechos, una reparación integral de éste); la función distributiva; la función sancionatoria (en términos de “pena privada”); e incluso la función “normativa” o “reguladora”. Entre las distintas funciones –que, vistas así, también se pueden verificar en el ordenamiento italiano–, la única que representa una novedad (ubicándose, junto con la función conocida como “normativa” en la experiencia alemana, y con la legal function de la experiencia inglesa) es, precisamente, la denominada función “reguladora” de la responsabilidad civil. Los autores franceses consideran que esta última función se compone de dos objetivos esenciales: el fin desincentivador de comportamientos potencialmente lesivos, y el fin de protección de ciertos derechos que no pueden protegerse mediante otros remedios (por ejemplo, los derechos de la personalidad, la leal competencia económica, el derecho a la información de los consumidores). También se ha discutido mucho acerca de la función de las penas privadas y de las astreintes. 154 TUNC, La responsabilité civile, cit., pp. 119 y ss. En consecuencia, se puede notar un paralelismo importante entre la experiencia doctrinaria francesa y la italiana, relativo a la búsqueda de los fundamentos de la responsabilidad civil. Las razones de este proceder –para anotarlo en un pas de deux– son diversas, y todas son fáciles de entender (afinidades culturales, identidad de las raíces normativas, comodidades lingüísticas, y así por el estilo). Encontramos, entonces, tres fases en las cuales se retoma el debate sobre los criterios de imputación, según otras tantas fórmulas: a) culpa y, marginalmente, riesgo; b) culpa o riesgo; c) culpa y riesgo. A fines del siglo XIX, esto ocurre por la difusión de los daños derivados de la creciente industrialización, y por la toma de conciencia sobre los derechos de los trabajadores. Durante el decenio 1930-1940, incide la importancia de algunos “casos célebres” como el affaire “Jand’heur” y, en Italia, la del episodio de la nueva codificación. A fines del decenio 1970-1980, el dilema se plantea, en los dos países, a raíz del surgimiento de las exigencias de protección de las víctimas de la calle, pero también de las víctimas de los fabricantes y de la contaminación ambiental. Las doctrinas francesa e italiana buscan resolver dicho dilema mediante argumentos que casi siempre se asemejan. Sintomático de esta última realidad es el debate sobre el affaire “Jand’heur”, que enfrentó, por un lado, a Ambroise Colin y Louis Josserand, quienes afirmaban un principio general de responsabilidad objetiva –no ya expresado en términos de “riesgo”, sino de “custodia de cosas”155, en concordancia con el Code Napoléon–, y por otro, a los tradicionalistas, representados por George Ripert y Paul Esmein. En aquella época, René Savatier defendía una posición ecléctica. Y hay otros casos que son representativos de este dilema, entre la culpa y el riesgo, en el debate sobre las funciones de responsabilidad. La sentencia de la Cour de Cassation del 27 de febrero de 1951156 documenta con precisión, y al mismo tiempo, la cláusula normativa general de responsabilidad y la noción de culpa omisiva. El estilo del dictamen es fiel al deduccionismo silogístico más absoluto. Su fundamento parte de la premisa de que los artículos 1382 y 1383 del Code civil no atañen, exclusivamente, a un acto positivo, sino también a una “abstención”; que la omisión puede ser, simplemente, culposa, y que ella comporta una responsabilidad de su autor, sea cuando el deber de conducta esté previsto en una disposición legislativa reguladora o convencional, sea cuando dicha disposición sea objeto de integración, sobre la base de los principios de la deontología profesional. Estos principios se aplicaron a las circunstancias precisas del caso, que fue bastante curioso: un historiador había omitido citar el aporte del profesor Edouard Branli a la evolución técnico-científica de las ondas magnéticas. Según la parte demandante, ello representaba una violación del deber de informar exactamente a los lectores. El caso citado motivó que los juristas de la época debatieran sobre la cuestión de la responsabilidad por omisiones o, más exactamente, la cuestión de la omisión culposa. Desbois aprueba lo decidido por el máximo tribunal, que imputó al historiador tanto el error de no haber controlado, como era su deber, sus propias informaciones, cuanto el error de haber difundido en un periódico muy popular noticias gravemente inexactas. Mayor trascendencia revisten las apreciaciones de 155 156 VINEY, op. ult. cit., p. 111. En Dalloz, 1951, 329. Se trata de uno de los arrêts celebres (affaire “Branli”). Jean Carbonnier157, quien identifica el fundamento de la sentencia, justamente, en el artículo 1382 del Code, entendido como cláusula normativa general. Un sistema que –en palabras del ilustre civilista– “posee el don de la ubicuidad”, lo cual parece ser muy contagioso para nuestros ojos en alerta. El sistema alternativo –el de ilícitos especiales, concretos, fragmentarios, como aquellos que son propios de la experiencia romana o del common law– permite, a pesar de su arcaísmo aparente, “un tratamiento más exacto de los diversos tipos sociológicos y psicológicos de culpas civiles, y se encuentra más cercano a las exigencias de la ciencia”. Por el contrario, la cláusula normativa general, dada su llaneza, corre el riesgo de hacer que se desperdigue el patrimonio paulatinamente acumulado, con la experiencia jurídica anterior, la cual –a propósito de la lesión del honor o de la reputación, por ejemplo– había dictado reglas muy precisas. Se pierde, en otras palabras, el elemento de la “intencionalidad”, que la jurisprudencia –la jurisprudencia penal, en especial– requería para afirmar la responsabilidad del autor. Y éste es uno de los argumentos de los cuales se vale Carbonnier para criticar la sentencia, que pretendía controlar el método histórico: un silencio querido resuelve mejor los problemas que una afirmación negativa; la gloria, además, no es un capital adquirido con carácter definitivo. Otra cuestión muy debatida tiene que ver con la conveniencia de delegar a las reglas de responsabilidad civil, o bien a la intervención legislativa, la tarea de controlar las actividades dañosas, pero útiles. ¿Cuáles son los factores que deben tomarse en cuenta al momento de decidir entre una decisión legislativa orientada a la prevención del daño, con la precisión de reglas de seguridad, y el ejercicio libre de la actividad potencialmente dañosa, acompañado por la sanción de resarcimiento? Los factores son múltiples. Según un autor158, es posible identificarlos si se consideran distintos aspectos. a) La diferencia de conocimiento acerca de los riesgos de la actividad, entre el particular y la autoridad pública. En caso de que el sujeto privado sea el que mejor conoce los riesgos, la solución que se propone es que la autoridad no debe intervenir, porque cometería graves errores al imponer estándares de seguridad excesivos, o demasiado bajos; el régimen de responsabilidad resultaría más satisfactorio, entonces. ¿Cuál, sin embargo, es el régimen óptimo? Según Shavell, se trata del régimen fundado en la responsabilidad objetiva. Se arriba necesariamente a consideraciones opuestas, en cambio, si el nivel de información es más alto para la autoridad pública. La premisa básica está dada por el hecho de que, normalmente, el particular es el que está en mejores condiciones para juzgar los riesgos creados y los costos de reducción de éstos. 157 158 CARBONNIER, “Le silence et la gloire”, en Dalloz, 1951, Chron., 119. SHAVELL, “Liability for Harm versus Regulation of Safety”, en Journal of Legal Studies, vol. 13, 1984, pp. 357 y ss. b) causado. La imposibilidad, para el particular, del resarcimiento de todo el daño En esta situación, el régimen de la responsabilidad resulta menos adecuado que el régimen de prevención, porque el agente tendrá en cuenta, únicamente, los daños que estará en condición de padecer. En cambio, de existir un régimen de prevención, el agente podría calcular, antes del inicio de la actividad, los costos de prevención que ésta comporta. c) La indiferencia del particular frente a las acciones procesales. Esta indiferencia puede derivar del hecho de que el daño sea difuso y tan poco consistente como para desalentar a las víctimas de enjuiciar al dañador, o del hecho de que el daño se manifieste luego de un período muy distante de aquel en que tuvo lugar el evento, o del hecho de que sea difícil llegar al agente por razones causales159. d) Los costos de funcionamiento de los dos sistemas. Se considera que los costos del régimen de responsabilidad son, por lo general, inferiores a los demás, porque un sistema eficiente fundado en la culpa podría inducir al agente a asumir medidas de seguridad. Se trataría, además, de un costo a soportar sólo en casos accidentales, a diferencia de los costos del sistema admnistrativo, que son permanentes. El cotejo entre los dos sistemas demuestra que existen factores favorables al régimen de responsabilidad a) y d); y factores favorables al sistema de prevención, es decir b) y c). De ello se deduce que ninguno de los dos sistemas puede ser considerado como predominante en abstracto, y ninguno puede ser asumido como exclusivo. Existen actividades que se regulan, de una manera más adecuada, por el régimen de la responsabilidad, por ejemplo, aquellas relativa a la vida cotidiana, porque para éstas sería totalmente inconveniente instituir un régimen policíaco de controles y de sistemas de prevención. Un régimen de prevención parece imperioso, en cambio, en el campo de las actividades peligrosas, de las actividades de contaminación, de los productos dañinos para la salud. En todas estas hipótesis, la autoridad pública puede afrontar los costos, y racionalizar éstos en mejores condiciones que aquellas que tendría que afrontar un particular. La intervención pública es necesaria, de igual forma, para los daños difusos y para los daños catastróficos. 159 Como ocurre, a veces, para los eventos catastróficos determinados por varias causas. Véase: ROSENBERG, en Harvard Law Review, vol. 97, 1984, p. 851. 6. Los problemas actuales planteados por el análisis económico. El afinamiento de las teorías propuestas según la perspectiva iuseconómica, y la aplicación de éstas a casos concretos, ha ampliado, y no reducido, las desavenencias entre los distintos autores. Así, el recurso a este nuevo método de interpretación ha manifestado, junto con su utilidad, también las disonancias entre las múltiples tendencias, y las deficiencias de una definición unitaria de los problemas cuya solución ha sido delegada a las reglas de la responsabilidad civil. Por consiguiente, las propuestas que se presentan en un panorama como éste, cada vez más matizado, no son unívocas160. Las conclusiones a las que arriban algunos autores161 pueden resumirse en pocas líneas. Ellos distinguen entre los daños producidos por una actividad constante y los daños producidos sólo de forma ocasional. En el primero de estos casos, (i) cuando el daño es generado de forma unilateral por el agente, tanto el criterio de la culpa cuanto el criterio del riesgo son económicamente eficientes; si se hace más riguroso el control de la diligencia del agente, es decir, si se eleva el nivel de diligencia requerido, la redistribución opera a favor de la víctima; en cambio, si el nivel de diligencia se reduce, también se reducirá la operatividad de la prevención; si la imputación de la culpa eleva los costos impuestos al dañador, el sistema se vuelve ineficiente, y la imputación de la responsabilidad por riesgo se vuelve preferible; (ii) si existe concurrencia de culpas, ambos sistemas son eficientes, pero es aun más eficiente un sistema mixto, en el cual la responsabilidad por riesgo del agente se enlaza con la responsabilidad por culpa de la víctima. En el segundo caso, es necesario verificar si el daño (resarcible según las reglas previstas para la protección de la persona, tanto en el aspecto físico cuanto en el aspecto moral) produce desequilibrios en la actividad del agente, cuando no un enriquecimiento de este último, cada vez que el daño fuera subvaluado. Si se aplica el sistema del cheapest cost avoider, el sistema más eficiente se funda en la responsabilidad sin culpa. Si se aplica el principio de la culpa, también se requiere aplicar la fórmula de Learned Hand. Como se ha anotado, esta fórmula, que impone el deber de resarcimiento al sujeto que habría afrontado costos menores para prevenir el daño, no es digna de aprecio, atendiendo a que no brinda respuestas a las hipótesis en las cuales el daño no sea previsible y, por lo tanto, no sea evitable. Sólo a través de la asignación al sujeto agente (que, por lo general, es un empresario) del costo vinculado con la reparación integral de los daños causados, se pueden “internalizar” todas las externalidades del proceso productivo162. De aquí la mayor eficiencia económica 160 161 162 Para algunos ejemplos, véanse los ensayos compilados en Analisi economica del diritto privato, al cuidado de Alpa y otros, cit., pp. 231 y ss. SCHÄFER y OTT, op. cit., pp. 147 y ss. Sobre este punto, véase: GALLO, Introduzione al diritto comparato, III, Analisi economica del diritto, Turín, 1998, pp. 82 y ss. En relación con el “teorema de Coase”, véanse, así de la responsabilidad sin culpa, todas las veces que la víctima no esté en condiciones de prevenir el daño, ni de adoptar la diligencia del buen padre de familia163. Queda establecido, por otro lado, que todo subsector de la responsabildad requiere soluciones propias. No se pueden tratar del mismo modo las soluciones de las inmisiones, de las consecuencias de la circulación vial, de las implicancias de la difusión de informaciones inexactas, etc. Y no se debe olvidar que, como advertía un autor, las reglas de la responsabilidad civil no se aplican de manera autónoma. En realidad, dichas reglas se enmarcan en un sistema institucional, en el cual deben ser confrontadas con sistemas de asignación de costos, sistemas distributivos, sistemas de previsión social, sistemas de seguros, etc.164. 163 164 mismo, los comentarios de CHIANCONE y PORRINI, Lezioni di analisi economica del diritto, Turín, 1998, pp. 107 y ss. Al respecto, véase: MONATERI, La responsabilità civile, cit., pp. 28 y ss. BOWLES, Diritto ed economia, trad. italiana al cuidado de Alpa, 2ª. ed., Bolonia, 1985. CAPÍTULO TERCERO LAS FUENTES CONTENIDO: 1. Las fuentes escritas y la jurisprudencia.- 2. La Constitución.- 3. La argumentación constitucional.- 4. El Código Civil.- 5. Los principios generales. Autorresponsabilidad, “alterum non laedere” y otras máximas.- 6. La responsabilidad de la persona física y la responsabilidad de las entidades.- 7. Cláusulas normativas generales y estándares de valoración.- 8. Las leyes especiales.- 9. El derecho comunitario europeo: 9.1. Algunas cuestiones básicas: 9.1.1. Hacia nuevas perspectivas de la regulación de la responsabilidad civil. De las reglas especiales a las reglas generales. 9.1.2. El papel de la jurisprudencia. 9.1.3. Un modelo complejo de reglas. 9.1.4. Un marco de valores comunes. 9.1.5. Derecho y análisis económico. 9.1.6. La influencia del derecho comunitario en el derecho interno. 9.2. Cuestiones preliminares en materia de interpretación de la ley y aplicación del derecho comunitario. 9.3. Examen de algunos regímenes especiales: 9.3.1. La responsabilidad del auditor. 9.3.2. La responsabilidad de los sujetos habilitados al desarrollo de servicios de inversión. 9.3.3. La responsabilidad por anuncios publicitarios y por prospectos informativos. 9.3.4. La responsabilidad por insider trading. 9.3.5. La responsabilidad del productor y del prestador de servicios. 9.3.6. La responsabilidad por la manipulación de las informaciones personales. 9.3.7. La responsabilidad por daño ambiental. 9.3.8. La responsabilidad por la lesión de intereses legítimos. 9.3.9. La responsabilidad del Estado por el incumplimiento de los deberes comunitarios.- 10. Las fuentes de derecho internacional.- 11. La responsabilidad civil en el derecho internacional privado. 1. Las fuentes escritas y la jurisprudencia. El sistema de la responsabilidad constituye un interesante laboratorio de técnicas de interpretación. Sus reglas pueden describirse, en efecto, en tres planos distintos, coordinados entre sí: el plano de las reglas escritas, compuesto por la Constitución, el Código Civil y las leyes especiales; el plano de los principios generales; y el plano de los modelos jurisprudenciales. Estos tres ámbitos son bastante claros, obviamente, desde el punto de vista didáctico y descriptivo; en la práctica, en cambio, se superponen a ellos argumentos históricos, análisis económicos, preocupaciones de orden moral o social, en una amalgama de criterios de referencia que no siempre es fácil de eliminar, debido, entre otras razones, a la tendencia de los jueces italianos a dejar en la sombra o a no hacer explícitos los fundamentos sustanciales de sus sentencias, y a atrincherarse bajo esquemas formales. Una opinión común y arraigada en la doctrina, sobre la base de una tesis de Massimo Severo Giannini, sostiene que el ordenamiento es unitario. Por lo tanto, las fuentes atañen, indistintamente, a la totalidad del ordenamiento. Pero ello no significa que ciertas fuentes no tengan una mayor o menor expresión en un sector particular. Ello ocurre, precisamente, en el sector de la responsabilidad civil. 2. La Constitución. En el cuadro de las fuentes del régimen de la responsabilidad civil, la Constitución de 1948 hace su aparición recién a inicios del decenio 1960-1970NT. El lugar exclusivo para ello estuvo representado por los tratados doctrinales que en clave moderna (y hasta “revolucionaria”, podríamos decir) pusieron manos a la obra en una “refundación”, propiamente dicha, del sistema. Hoy, la Constitución es un indispensable baluarte de las teorías de la responsabilidad civil que unen esfuerzos contra de la simplificación de este importante sector del ordenamiento. Ella es frecuentemente invocada en los fundamentos de las sentencias, inclusive. En el plano doctrinal, las normas que se presentan como base del sistema son diversas, y no perfectamente análogas entre sí, ya sea por la función ejercida, o bien por el significado preceptivo que se atribuye a ellas. Para ser precisos, se emplean los artículos 2, 3, 9, 21, 28, 32, 41, 97NT1. NT NT1 La referencia es a la Constitución de la República italiana de 1948, vigente hasta la fecha. Constitución de la República italiana (1948): “2.- La República reconoce y garantiza los derechos inviolables del hombre, sea como individuo, sea en las conformaciones sociales donde se desenvuelve su personalidad, y exige el cumplimiento de los deberes inderogables de solidaridad política, económica y social”. “3.- Todos los ciudadanos tienen la misma dignidad social y son iguales ante la ley, sin distinción de sexo, de raza, de lengua, de religión, de opiniones políticas, de condiciones personales y sociales. Es tarea de la República remover los obstáculos de orden económico y social, que, por limitar de hecho la libertad e igualdad de los ciudadanos, impiden el pleno desarrollo de la persona humana y la efectiva participación de todos los trabajadores en la organización política, económica y social del país”. “9.- La República promueve el desarrollo de la cultura y la investigación científica y técnica. 3. La argumentación constitucional. Un ejemplo destacado de la argumentación constitucional en las sentencias es el que brinda la jurisprudencia en materia de daño a la persona. La jurisprudencia sobre el daño biológico –entendiéndose como tal el daño causado a la salud físico-psíquica de la víctima– constituye un interesante terreno de prueba, una suerte de laboratorio que suministra la muestra para realizar constataciones de distinto tipo. Estas determinaciones se hacen más fáciles porque Ella protege el paisaje y el patrimonio histórico y artístico de la Nación”. “21.- Todos tienen el derecho de manifestar libremente su propio pensamiento con la palabra, por escrito o con todo otro medio de difusión. La prensa no puede estar sujeta a autorizaciones o censuras. Se puede proceder a secuestro sólo por disposición motivada de la autoridad judicial, en caso de delitos para los cuales la ley sobre la prensa lo autorice expresamente, o en el caso de violaciones de las normas que la ley misma prescriba para la indicación de los responsables. En dichos casos, cuando exista absoluta urgencia y no sea posible la oportuna intervención de la autoridad judicial, el secuestro de la prensa de publicación periódica puede ser efectuado por oficiales de la policía judicial, que deben, inmediatamente, y nunca más allá de las veinticuatro horas, denunciar a la autoridad judicial. Si ésta no lo convalida dentro de las veinticuatro horas sucesivas, el secuestro se tiene por revocado y privado de todo efecto. La ley puede establecer, con normas de carácter general, que se hagan conocidos los medios de financiamiento de la prensa de publicación periódica. Están prohibidas las publicaciones de prensa, los espectáculos y todas las demás manifestaciones que sean contrarias a las buenas costumbres. La ley establece las disposiciones adecuadas para prevenir y reprimir estas violaciones”. “28. Los funcionarios y los dependientes del Estado y de las entidades públicas son directamente responsables, según las leyes penales, civiles y administrativas, de los actos realizados en violación de los derechos. En dichos casos, la responsabilidad civil se extiende al Estado y a las entidades públicas”. “32. La República protege la salud como un derecho fundamental del individuo y como interés de la colectividad, y garantiza atenciones gratuitas a los indigentes. Nadie puede ser obligado a un determinado tratamiento sanitario, salvo por disposición legal. En ningún caso la ley puede violar los límites impuestos por el respeto de la persona humana”. “41. La iniciativa económica privada es libre. Ella no puede desenvoverse en oposición a la utilidad social, o en forma tal que ocasione daño a la seguridad, a la libertad, a la dignidad humana. La ley determina los programas y controles oportunos para que la actividad económica pública y privada pueda ser encaminada hacia fines sociales y coordinada con éstos”. “97. Las dependencias públicas se organizan según disposiciones legales, de forma tal que se asegure su buen desempeño y la imparcialidad de la administración. En el ordenamiento de las dependencias se determinan las esferas de competencia, las atribuciones y las responsabilidades propias de los funcionarios. A los empleos en las administraciones públicas se accede mediante concurso, salvo los casos establecidos por la ley”. es dable comprobar –atendiendo a la novedad de la temática– cómo ha cambiado la jurisprudencia de la responsabilidad civil, que ha dejado de estar aferrada a la mera interpretación del artículo 2043 del Código Civil (acaso en conexión con el artículo 2059)NT2. En lo que atañe al empleo de los principios generales, se puede advertir la presencia frecuente de éstos (el principio del neminem laedere, en particular) en los fundamentos de las sentencias, incluso cuando tienen plasmación concreta en normas legales ordinarias, o hasta en normas de rango constitucional. a) La referencia al artículo 2 de la Constitución. Por lo general, el artículo 2 de la Constitución es empleado en conexión con el artículo 3, ya sea para descartar o para fundar, jurídicamente, la admisibilidad del daño biológico en el sistema italiano, o bien para identificar las reglas sobre la cuantificación del mismo. En lo relativo a la exclusión de la admisibilidad del daño biológico, el argumento se funda en la equiparación de éste con el daño moral. Sobre esta base, precisamente, se demanda la declaratoria de inconstitucionalidad del artículo 2059 del Código Civil. Lo anterior se percibe en la sentencia de la Corte d’Appello de Génova del 17 de julio de 19751, que es la primera donde se revoca el fallo leading que el Tribunale de la misma ciudad había emitido un año antes. Se debe resaltar que los primeros fundamentos del Tribunale se apoyaban en la calificación del daño biológico como “daño moral”. Por lo tanto, uno de los problemas analizados en segunda instancia tenía relación con la posibilidad de liquidar el daño moral aun cuando no existiera delito de por medio, y si el artículo 2059 del Código Civil – desde esta perspectiva, y al limitar el área del resarcimiento a los supuestos de delito, ni más ni menos– era contrario o no al dictado constitucional. La Corte d’Appello recuerda algunos precedentes de la Corte di Cassazione, y destaca, al respecto, que en la sentencia n. 2529, del 8 de octubre de 1973 –sólo dos años atrás– se había considerado manifiestamente infundada la excepción de inconstitucionalidad respectiva. Se observa, singularmente, que “la personalidad humana no podría considerarse menoscabada, en modo alguno, por la limitación del resarcimiento del daño no patrimonial a las hipótesis de agresión a la esfera jurídica ajena realizadas mediante un acto criminal, porque en dichos casos, la mayor gravedad de la lesión jurídica justifica una forma de reparación, para NT2 1 Cabe recordar, de aquí en adelante, que en el ya citado artículo 2043 del Código Civil italiano, bajo el subtítulo de “Resarcimiento por hecho ilícito”, se establece que “todo hecho doloso o culposo que causa a otro un daño injusto obliga a aquel que ha cometido el hecho a resarcir el daño”, mientras que en el artículo 2059, intitulado “Daños no patrimoniales”, se prescribe que “el daño no patrimonial debe resarcirse sólo en los casos determinados por la ley”. Para un examen más detallado de esta sentencia, y para la bibliografía al respecto, véase ALPA, Il danno biologico, Padua, 1987. La sentencia figura en la p. 112. proteger la personalidad del damnificado, inclusive, y en contraposición con el hecho ilícito civil en sentido estricto, cuyas consecuencias se limitan, por regla, a un perjuicio puramente económico; que el principio de igualdad establecido por la Corte Costituzionale, a pesar de imponer el deber del legislador de tratar de un mismo modo a los ciudadanos, no descarta la posibilidad de normativas distintas para regular situaciones distintas, mediante la adecuación del régimen jurídico a los diversos aspectos de la vida en sociedad, tal cual ocurre en las dos hipótesis – ontológicamente diferentes, por sus presupuestos y por su gravedad– de daño por hecho-delito y daño por hecho ilícito civil en sentido estricto; que, por último, el artículo 24 de la Constitución, en virtud del cual la ley ordinaria no puede imponer límites a la tutela jurisdiccional de los derechos y de los intereses legítimos –según la interpretación de la propia Corte Costituzionale (sentencia n. 8, del 27 de febrero de 1962)– no descarta que el objeto de la tutela jurisdiccional sea delimitado por la ley, sin perjuicio de la observancia de los demás preceptos constitucionales”. En los pronunciamientos posteriores sobre el daño biológico se hace cada vez más evidente, sin embargo, que el artículo 2 de la Constitución es una norma complementaria, que se cita con carácter ornamental, junto con los artículos 3 y 32 del mismo texto. Así lo demuestran, por ejemplo, los fundamentos de la sentencia, mucho más detallada, del Tribunale de Pisa, del 16 de enero de 19852, donde se lee este argumento: “por otro lado –como ha destacado una autorizada doctrina– los mismos principios fundamentales contenidos en los artículos 2, 3 y 32 de la Constitución, junto con razones de justicia sustancial, deben inducir al intérprete a adoptar una noción restrictiva del daño no patrimonial, lo que trae como consecuencia que el derecho a la salud se comprenda entre las situaciones subjetivas directamente protegidas por el artículo 32 de la Constitución”. El artículo 2 de la Constitución no es empleado, entonces, para superar la objeción de inconstitucionalidad del artículo 2059 del Código Civil, sino, en forma correcta, para fundamentar jurídicamente el carácter resarcible del daño biológico, en virtud del artículo 2043. Es necesario precisar, sin embargo, que el artículo 2 de la Constitución – incluso en las interpretaciones más lúcidas, que lo reconocen, al mismo tiempo, como la enseña de la Constitución italiana–, que elige a la “persona” como punto de referencia del ordenamiento, y como un objetivo a proteger de las agresiones de la vida en sociedad, conlleva una noción de persona entendida, no tanto como un sujeto al que se deba garantizar resarcimiento en caso de lesión contra la integridad física, sino más bien como centro de intereses y titular de derechos en tanto y en cuanto individuo o miembro de conformaciones sociales que realzan su figura moral, a la par con su función política, económica y social. Parece singular, entonces, y en sumo grado, la referencia exclusiva al artículo 2 de la Constitución, que la Corte Costituzionale emplea para declarar que se oponían a ésta las disposiciones contenidas en las Leyes de ratificación N.° 2 Ibid., p. 176. 841, de 1932, y N.° 1832, de 1962, de la Convención de Varsovia de 1929, modificada por el Protocolo de La Haya de 1955, atendiendo a que imponían límites cuantitativos al resarcimiento del daño derivado de la responsabilidad del transportista aéreo (sentencia n. 132, del 6 de mayo de 19853). En realidad, la Corte Costituzionale recuerda también los artículos 3 y 32 de la Constitución, pero argumenta, principalmente, sobre la base del artículo 2, para negar la conformidad de las citadas normas internacionales a los principios del ordenamiento italiano. A decir verdad, la referencia al artículo 2 de la Constitución no es aislada en esta materia. La Corte Costituzionale se ha ocupado –en relación con lo dispuesto en el citado artículo 2, justamente– del régimen instaurado con la Ley N.° 10 del 9 de enero de 1951, en materia de indemnizaciones por daños causados a las personas por actos doloso y culposos, pero no de combate, de las fuerzas armadas aliadas. Según la tesis expuesta por el juez competente en aquel caso, la referida ley había privado de consistencia al derecho al resarcimiento, a causa del cambio producido en el valor de la moneda, entre el momento de la producción del daño y el de su liquidación, con el resultado de la supresión de la garantía del derecho inviolable a la integridad física de la persona. La cuestión de inconstitucionalidad iba a declararse infundada en la sentencia n. 46 de 1971, pues la Corte consideró que debía descartarse la violación del artículo 2 de la Constitución, porque aquélla reparación no despojaba de todo su contenido al derecho al resarcimiento4. En el caso inicialmente recordado, por el contrario, la Corte Costituzionale parte de la premisa típica de los argumentos de responsabilidad civil, basada en la valoración comparativa de los intereses. En opinión de la Corte, debe tratarse de una solución normativa apta para asegurar la composición equilibrada de los intereses en juego. En dicho estado de cosas, la limitación “tiene fundamento, por un lado, en la necesidad de no comprimir indebidamente la esfera de la iniciativa económica del transportista, y es explicada, por otro lado, según criterios que, en lo relativo a la imputación de la responsabilidad o a la determinación de la consistencia del límite aludido, comportan idóneas y específicas salvaguardias del derecho que hace valer aquel que sufre el daño”. Desde esta última perspectiva, precisamente, es entendible el énfasis de la Corte en el artículo 2 de la Constitución, cuando afirma que “el régimen que es objeto de censura ha dejado de ampararse en las razones que dieron lugar al texto original de la Convención de Varsovia, y, por otra parte, no está compensado ni acompañado por alguna medida de la naturaleza antes recordada, en lo tocante a la salvaguardia de la pretensión resarcitoria. En los términos en que está diseñada, la norma que descarta la íntegra reparación del daño frente a las lesiones corporales –y, lo que es más, frente a la pérdida de la vida humana– no cuenta con el amparo de un título justificativo idóneo”. La Corte sentencia: “es necesario concluir, 3 4 Publicada en Foro it., 1985, I, c. 1585. Corte Costituzionale, sentencia n. 46, del 16 de marzo de 1971, en Foro it., 1971, I, c. 837. Sobre este punto, véase: MENGOZZI, en Giur. it., 1971, I, 1, c. 340. entonces, que dicho régimen viola la garantía establecida en el artículo 2 de la Constitución, para la protección inviolable de la persona”. Este pronunciamiento fue sumamente criticado por la doctrina. Los autores destacaron sus incongruencias en lo que atañe a la apreciación comparativa de los intereses involucrados, en el plano económico, así como por las irregularidades que se manifiestan en el ámbito de la regulación internacional del transporte aéreo (cuyos efectos económicos fueron del todo desatendidos por la Corte). Aquí, sin embargo, lo más importante es que se apreciaba que incluso la identificación de un derecho al resarcimiento “pleno” de las víctimas parecía susceptible de ser comprendido en el ámbito de la cláusula normativa general contenida en el artículo 2 de la Constitución. En otras palabras, no puede sostenerse “que del sistema se deduzca un derecho absoluto e incondicional del damnificado al resarcimiento frente a todo daño a la persona, ni mucho menos un derecho al resarcimiento integral de todo el daño padecido, capaz de legitimar la inclusión de un derecho como éste entre los derechos inviolables del individuo”. Los citados fundamentos de la Corte, que sin duda constituyen la ratio decidendi de todo el pronunciamiento, habrían sido comprensibles si la norma legal hubieses negado in toto el resarcimiento, porque de ello habría derivado, aunque indirectamente, un menosprecio hacia la lesión contra la integridad física y contra la vida humana misma5. Pero ello no ocurría en el caso examinado. La cuestión habría sido aún más delicada si la ley ordinaria hubiese legitimado toda limitación contractual de la responsabilidad mediante una remisión a la voluntad “libre de las partes”. Con ello se habría abierto el paso a la problemática de la aplicación directa de las normas constitucionales en las relaciones contractuales entre particulares, que es un planteamiento sostenido por parte de la doctrina, inclusive, pero que hasta hoy ha sido desatendido por la jurisprudencia. Este punto quedó sin resolver, y la solución adoptada por la Corte dio la impresión de ser bastante discutible. Por nuestra parte, opinamos que no es posible razonar en términos de criterios de imputación de la responsabilidad para luego inferir de éstos la inconstitucionalidad de las normas de ratificación de la Convención de Varsovia. Se ha dicho, siempre con tono crítico frente a dicha sentencia de la Corte Costituzionale, que “la regla general, válida para la responsabilidad contractual y extracontractual, prevé que sólo el daño causado injustamente y culposamente debe ser resarcido por el sujeto culpable. En ausencia de culpa, el daño es soportado por el damnificado. Es verdad, por cierto [...] que la tendencia moderna va rumbo hacia una devaluación del requisito de la culpa, pero ello ocurre en vía de excepción, y con particulares connotaciones (como la imposición de un límite 5 Corte Costituzionale, sentencia n. 88, del 26 de julio de 1979, en Giur. cost., 1979, I, p. 656, la lesión de la salud “debe ser comprendida en el ámbito del artículo 2043 del Código Civil, es decir, entre los daños que son resarcibles de todas maneras”. En el mismo sentido se expresa la Corte d’Appello de Florencia, en su resolución del 17 de febrero de 1981, en ALPA, Il danno biologico, cit., p. 268. cuantitativo al resarcimiento, precisamente), que no desvirtúan, en el nivel de regla general, el principio “no hay responsabilidad si no existe culpa”6. Se podría objetar que la técnica de la imputación puede facilitar, en su esencia, la carga de la prueba del damnificado, pero esto no debería ponerse en contraste con la disposición constitucional que, en su formación general, no hace legítimo un control de los criterios de imputación labrados por la interpretación jurisprudencial. b) La referencia al artículo 3 de la Constitución. El principio de igualdad –que se suele invocar genéricamente, es decir, sin distinción entre el primer y segundo párrafos del artículo 3 de la Constitución– es central en la fundamentación de los fallos que tratan sobre el daño biológico. Desde la primera de las sentencias en este sentido, que han suscitado el problema de la revisión o sustitución radical de los antiguos criterios de valoración, esta norma constitucional se presenta como un punto de apoyo del razonamiento, como ratio decidendi que justifica la opción entre criterios alternativos. En una sentencia genovesa se precisa, en efecto, que “el motivo fundamental que justifica abandonar la práctica interpretativa (tradicional) [...] tiene que identificarse en una profunda «razón de equidad», que se presenta clamorosamente con sólo considerar lo que ocurre, por regla, sobre la base de esta norma. Si un mismo daño biológico (que no incide, por lo tanto, en la capacidad de trabajo-retribución respectiva) afecta a dos personas que perciben ingresos laborales de distinto monto, éstas, por el puro hecho de que el daño es definido en términos de incapacidad laboral –e incorrectamente referido, entonces, a los ingresos por trabajo correspondientes–, recibirán, en caso de paridad de daño, un tratamiento resarcitorio bien diferente. La falta de equidad de esta situación es en tal medida grave y evidente que puede hasta parecer innecesario añadir alguna consideración a propósito de la violación que ella comporta respecto del principio establecido en el artículo 3 de la Constitución. Es evidente, además, que la falta de equidad que se subraya está bastante arraigada en la práctica misma, la cual, entonces, no puede ser sino enmendada”7. Lo usual es que la norma citada aparezca en correlación con el artículo 32 de la Constitución. Esta es una referencia constante y de viva actualidad en la praxis jurisprudencial genovesa. Para demostrar lo equivocado del método tradicional de liquidación, los jueces subrayan: “la oposición de dichas prácticas jurisprudenciales a lo dispuesto en el artículo 3 de la Constitución, porque es evidente e inválido, a la vez, el distinto tratamiento resarcitorio, vinculado con la 6 7 MEDINA, “La dichiarazione di incostituzionalità della limitazione di responsabilità del vettore aereo internazionale”, en Diritto marittimo, 1986, p. 2149. Tribunale de Génova, sentencia del 25 de mayo de 1974, en ALPA, Il danno biologico, cit., pp. 103-104. aplicación del sistema, que sigue el criterio del diverso monto del ingreso aun cuando no se hayan producido disminuciones concretas en el rédito”8. Nos hallamos, por lo tanto, en un ámbito parcialmente distinto del enunciado en las otras sentencias de la Corte Costituzionale, porque aquí está en discusión la forma de empleo de las técnicas de resarcimiento, es decir, la función judicial misma, que no puede dar lugar a disparidades en el tratamiento. Así, pues, si asociamos esta problemática con la cuestión discutida por la Corte en materia de transporte aéreo, la referencia al artículo 3 en aquel caso habría tenido una mayor consistencia argumentativa, porque la normativa ordinaria no debería permitir la procedencia de un tratamiento distinto entre víctimas de todo otro tipo de accidentes, ni reconocer exclusivamente a ellas la integridad del resarcimiento. Al decidir acerca de los límites a la resarcibilidad del daño moral, sin embargo, la Corte Costituzionale calificó como “infundada la pretendida violación del artículo 3 de la Constitución –sobre la base de la distinta dimensión del resarcimiento, según los ingresos y las condiciones económicas del damnificado–, porque, según lo expuesto, la lesión contra el derecho a la salud, autónomamente considerada, puede ser objeto de una reparación equitativa en el caso planteado, con prescindencia de todo reflejo de carácter económico” (sentencia del 26 de julio de 1979). En otras palabras, ya en 1979, la Corte Costituzionale había emancipado el derecho a la salud del derecho al resarcimiento del daño moral, y con tal obiter dictum, dejaba entender que el resarcimiento de esta voz de daño es meramente eventual y puede ser diversamente recortado por el legislador, y que el juez tiene el poder de dar a las normas una interpretación elástica, siempre que ésta se argumente lógicamente. c) La referencia al artículo 32 de la Constitución. Una de las primeras referencias al artículo 32 de la Constitución se aprecia ya en la sentencia leading del Tribunale de Génova, que acabamos de comentar. La citada norma es entendida como destinada a proteger un “bien”: el bien de la salud, considerado de forma omnímoda y, por lo tanto, no perfectamente idéntico, sino superponible, a lo sumo, al bien “integridad física”. Al respecto, los jueces genoveses9 observan: “en resumen, el problema se reduce a identificar las normas que protegen determinados bienes, pero para el derecho a la salud y a la integridad física, precisamente, la norma que la tutela está contenida [...] en la Constitución, la cual afirma, en su artículo 32 [...] que la salud «es un derecho fundamental del individuo». En consecuencia –prosiguen los jueces– no pueden seguir existiendo cuestionamientos sobre la plena y directa naturaleza tutelable de este derecho, incluso en el ámbito del derecho civil”. La argumentación parte desde un punto muy lejano, pues realiza un paralelo entre protección de la propiedad y protección de la persona física. En efecto, los 8 9 Ibid., p. 108. Tribunale de Génova, sentencia del 20 de octubre de 1975, en ALPA, op. ult. cit., p. 125. jueces genoveses afirman: “es evidente que el instrumento fundamental de tutela propio del derecho civil –o sea, el pago de una suma en dinero–, por resultar funcional para con la institución fundamental del sistema civilístico –el derecho de propiedad–, da la impresión de ser inadecuado para proteger un bien tan heterogéneo (en comparación con el derecho de propiedad) como lo es un derecho de la persona. Sin embargo, no parece lógico negar protección a este último derecho sobre la base de la heterogeneidad aquí destacada, especialmente si se considera que ese mismo instrumento ha sido empleado siempre para proteger bienes como la tranquilidad del ánimo, la paz personal (artículo 2059 del Código Civil), que son aún más heterogéneos”. Como se recordará, luego de la primera incursión del daño a la salud en el terreno constitucional tuvo lugar un cambio de trayectoria, mediante la sentencia que reformaba, en grado de apelación, la sentencia genovesa que antes hemos calificado como leading10. Fue un viraje totalmente anacrónico, si se tiene en cuenta que la Corte di Cassazione ya había oleado y sacramentado la aplicabilidad directa del artículo 32 de la Constitución en las relaciones entre particulares. La Corte d’Appello genovesa fundamenta de la siguiente manera su parecer acerca de la incongruencia de tal invocación normativa: “el artículo 32 de la Constitución contiene una directriz de carácter general, destinada a proteger la salud pública a través de adecuadas formas de asistencia sanitaria pública, tal cual emerge, claramente, de la específica previsión de «atenciones gratuitas para los indigentes»; en efecto, al tomarse como premisa la indubitable naturaleza de derecho subjetivo que posee el derecho a la integridad psicofísica, es innegable, al mismo tiempo, que la ley, cuando dispone en materia de derechos o intereses, y circunscribe, en mayor o menor medida, la esfera de éstos, no está restringiendo la garantía constitucional, sino limitándose a dilucidar el objeto de la garantía en sí misma, es decir, a proponer la regulación de una determinada relación, respecto de la cual la tutela jurisdiccional se mantiene libre y sin perjuicios”. El lector no puede ignorar el hecho de que la Corte d’Appello se remite a los primeros comentarios doctrinales sobre el artículo 32 de la Constitución, los cuales se orientaban a circunscribir su alcance, desde la perspectiva de una regla de carácter genérico que compromete al legislador a realizar reformas en materia de sanidad, en lugar de fundar, por sí propia, una posición de protección, de todas formas merecedora de aprecio. Puede resultar interesante destacar cómo se produce esta devaluación del dictado constitucional. Para reforzar su argumentación, la Corte d’Appello se remite a un precedente de la Corte Costituzionale, emitido en relación con el ejercicio de los poderes jurisdiccionales en la hipótesis de la reducción mediante ley de las mercedes conductivas en los arrendamientos rústicos. El pasaje que parece más cercano al razonamiento, y que legitimaría, por lo tanto, ante los ojos de los jueces de segunda instancia, la referencia interna, se formula como sigue: 10 Corte d’Appello de Génova, sentencia del 17 de julio de 1975, en ALPA, op. ult. cit., pp. 119-120. “las normas constitucionales garantizan la libertad e independencia del juez, en el sentido de someter su actividad a la ley, en forma tal que esté llamado a aplicarla sin interferencia o intervenciones al margen de ella, que puedan incidir en la formación de su libre convencimiento, pero la Constitución no descarta en absoluto la posibilidad de que el legislador emita normas que, sin incidir en aquellos principios, tengan validez para regular la actividad de los órganos jurisdiccionales, al dictar disposiciones que el juez está obligado a aplicar en el ejercicio de sus funciones”11. Se trata de un pasaje aparentemente neutro, empleado por los jueces constitucionales para fines del todo distintos. Como puede verse, empero, estamos ante un obiter dictum que la Corte d’Appello asume como instrumento lógico discursivo, extrapolándolo del contexto y elevándolo al nivel de principio general. Realizada esta operación, lo adapta a la hipótesis planteada, e induce su consecuencia, en materia de resarcimiento del daño, la cual se ha destacado precedentemente. Esta forma de proceder ha suscitado varias críticas. De ella se ha servido una posterior sentencia del Tribunale de Génova para escapar de las censuras de la propia Corte d’Appello, y con ello ha enriquecido, entonces, el modelo de sentencia que hizo su debut un año antes, con fundamentos capaces de resistir ulteriores y eventuales censuras de la misma Corte. Ello ha dado lugar a un interesante debate al interior del sector, que procede, por decirlo así, “a pasos argumentativos”. Era suficiente, sin embargo, invocar la orientación de la misma Corte di Cassazione12, según la cual, “la salud de la persona, protegida por el artículo 32 de la Constitución, no sólo constituye un interés de la colectividad o una directriz programática para el legislador ordinario; ella representa también un derecho fundamental del individuo, de cuya lesión deriva el derecho al resarcimiento del daño”. Así se supera la interpretación restrictiva del citado artículo 32. Es conforme con esta última interpretación la sentencia de la Corte Costituzionale de algunos años después13, donde se observa que “el bien relativo a la salud es protegido por el artículo 32 de la Constitución, no sólo como interés de la colectividad, sino también, y sobre todo, como un derecho fundamental del individuo, de forma tal que se configura como un derecho primario y absoluto que opera también, plenamente, en las relaciones entre particulares. No cabe duda que se le debe comprender entre las posiciones subjetivas directamente protegidas por la Constitución, y no parece cuestionable la existencia de un hecho ilícito, con el consiguiente deber de reparación, en caso de violación de tal derecho”. A nuestro parecer, esta última premisa resulta ser el punto fundamental de toda la cuestión. La Corte, en efecto, prosigue en estos términos: “de dicha calificación deriva que el carácter indemnizable no puede estar limitado a las 11 12 13 Corte Costituzionale, sentencia n. 8 del 27 de febrero de 1962, en Giur. cost., 1962, I, p. 96. Corte di Cassazione, Sezioni Unite, sentencias n. 796, del 21 de marzo de 1973, y n. 999, del 9 de abril de 1973, en Foro amm., 1974, I, 1, p. 26, y en Foro it. 1974, I, c. 843. Sentencia n. 88, del 26 de julio de 1979, cit. consecuencias de la violación de los accidentes en la aptitud para producir ingresos, sino que debe comprender, de igual forma, los efectos de la lesión del derecho, considerado como posición subjetiva autónoma, independientemente de toda otra circunstancia o consecuencias. Ello se desprende de la protección primaria que la Constitución ha previsto para el derecho a la salud, y para todas las demás posiciones subjetivas con contenido esencialmente no patrimonial, directamente tuteladas”. Igualmente cauto es el empleo del artículo 32 de la Constitución en la segunda sentencia de la Corte di Cassazione sobre el daño biológico14. La primera nos parece menos importante, porque citaba el artículo 32 per incidens, y se limitaba a reproducir el dictum de la Corte Costituzionale que se acaba de citar. La Corte di Cassazione advierte, entonces, que “no se puede negar que el artículo 32 de la Constitución, al reconocer el derecho subjetivo a la salud se limita a resolver el problema de la identificación perjudicial a la que se ha hecho referencia, sin disponer nada sobre los remedios establecidos para la sanción en caso de lesión contra tal derecho. En consecuencia, aun admitiéndose que el daño biológico puede ser calificado como daño no patrimonial, su carácter resarcible no estaría garantizado por el artículo 2059 del Código Civil, que presupone una disposición legal específica «sobre el resarcimiento» (como la del artículo 185, 2º. párrafo, del Código Penal) y no «respecto del derecho»”. A estas alturas, la Corte va más allá y trata de orientar el razonamiento de los jueces de primera instancia, quienes podrían quedar confundidos ante esta maraña de premisas, dicta y referencias, a veces impropias. Por ello se dice, con extrema claridad: “El camino más correcto a recorrer es el que parte de una más atenta consideración del alcance preceptivo del artículo 2043 del Código Civil, que, al plantear el principio del carácter resarcible del «daño injusto» sin ninguna otra calificación (en particular, sin referencia precisa a la naturaleza patrimonial del daño, en el sentido que concierna necesariamente a los menoscabos del conjunto de relaciones jurídico-patrimoniales, de carácter real y obligatorio, que hacen referencia al sujeto) establece en vía inmediata el carácter resarcible de los menoscabos en lo que constituye el valor global de la persona, no sólo en su proyección económica y objetiva, exteriorizada en el patrimonio, sino también subjetiva (biológica y social) en el sentido anteriormente destacado”. Es fácil subrayar, entonces, que las referencias normativas constituyen el esqueleto del razonamiento, pero el presupuesto lógico de éste, que constituye el fundamento del nuevo método, consiste en una noción más amplia y rica de “persona”, considerada en su “valor global”. Aquí trasluce, ciertamente, una interpretación extensiva del artículo 2 de la Constitución, pero la norma no es mencionada de manera explícita. El artículo 32 de la Constitución, en conexión con el artículo 41 de ésta y con el artículo 2043 del Código Civil, vuelve a ser el centro del modelo argumentativo de la Corte di Cassazione, que se manifiesta ampliamente en este 14 Corte di Cassazione, sentencia n. 2396, del 6 de abril de 1983, en ALPA, op. ult. cit., p. 141. sentido: “Puede considerarse [...] afianzado el principio de que el resarcimiento debido por el responsable de las lesiones ocasionadas a la integridad físicopsíquica ajena no se circunscribe a las consecuencias perjudiciales que inciden en la eficiencia laboral o en la capacidad de producir ingresos del sujeto lesionado, pero se extiende a los efectos negativos generados en el bien primario de la salud, considerado en cuanto tal, como derecho inviolable del individuo a la plenitud de la vida física y al desenvolvimiento de la propia personalidad moral, intelectual, cultural, en el grado de intensidad, aun cuando mínima, alcanzable por todo sujeto. En efecto, en virtud del artículo 2043 del Código Civil, el resarcimiento procede por todo daño injusto, independientemente de la naturaleza patrimonial de sus consecuencias perjudiciales; en tal sentido –en el marco del sistema normativo vigente y de la jerarquía de los valores jurídicamente tutelados– [y quién sabe si al afirmar esto los magistrados de segunda instancia tenían en mente los argumentos de los jueces genoveses], el daño se concretiza, principalmente, en la lesión de los bienes o de los derechos primarios, en tanto inherentes a la persona humana (el derecho a la vida, a la integridad física, a la reputación, a la libertad sexual, a la intimidad, etc.). En este aspecto, la resarcibilidad del daño biológico no encuentra obstáculos en la formulación del artículo 2059 del Código Civil, en virtud del cual, el daño no patrimonial debe ser resarcido sólo en los casos determinados por la ley”15. Una curiosa inversión de la jerarquía de las fuentes fluye, en cambio, de la sentencia n. 1130, del 11 de febrero de 1985, de la Corte di Cassazione16, donde se lee este pasaje: “El derecho de todo individuo a su propia integridad psicofísica está garantizado y tutelado por nuestro ordenamiento jurídico como un derecho primario y absoluto. Los artículos 581, 582, 590 y 185 del Código Penal, y 2043 del Código Civil, además de numerosas leyes especiales17, buscan prevenir y reprimir, de distinta forma y con diversa intensidad, los comportamientos dolosos y culposos de los cuales se derivan perjuicios a la persona, entendida como entidad psicofísica. Y no se debe olvidar que una norma de nuestra Constitución (artículo 32) protege la salud como derecho fundamental del individuo (e interés de la colectividad) en la plenitud de su contenido, que debe ser salvaguardado en todo su valor intrínseco”. Pero la citación marginal de la norma no impide a los jueces afirmar, en un obiter dictum, un principio de gran importancia para fines prácticos: “incluso el daño injustamente ocasionado a la integridad física de un neonato, de un niño, de un estudiante, de un ama de casa, de un jubilado, de un recluso, de una persona en recuperación, de una persona incapaz, de una persona inhabilata para el trabajo, y así por el estilo, debe ser resarcido, porque constituye un menoscabo contra la integridad psicofísica del sujeto desde el punto de vista biológico”. Así, la estimación del daño biológico –en términos económicos– es puesta al margen de 15 16 17 Corte di Cassazione, sentencia del 14 de abril de 1984, en ALPA, op. ult. cit., p. 145. Corte di Cassazione, sentencia del 11 de febrero de 1985, en ALPA, op. ult. cit., p. 152. Leyes N.° 615 de 1966, N.° 619 de 1976, N.° 125 de 1971, N.° 833 de 1978, además de otras. la conexión con el rédito percibido o con la potencial adquisición de los ingresos laborales por parte del damnificado. Hoy en día, el panorama de la jurisprudencia continúa siendo variado, pero el cauce por donde el juez conduce sus fundamentos son suficientemente seguros. Reconocida la nueva categoría del daño biológico, de manera oficial y definitiva, por la Corte di Cassazione y la Corte Costituzionale, respectivamente, la citación del artículo 32 –introducido en las máximas de los jueces de segunda instancia– se vuelve constante en la jurisprudencia de jerarquía inferior18, y todo juez de primera instancia enriquece, luego, con ulteriores consideraciones, la interpretación de la norma. La Corte d’Appello de Cagliari, sólo para dar un ejemplo, observa: “el daño a la salud no constituye un daño abstracto e igual para todos, porque el derecho a la salud no representa un derecho abstractamente igual, de forma tal que la paridad de lesiones se corresponda con un monto igual de resarcimiento. El derecho a la salud garantiza el estado psicofísico concreto de cada uno: atañe al interés individual y relativo al mantenimiento del bienestar psíquico y físico, o bien al restablecimiento de éste. Puesto que la salud de una persona cambia según las particulares condiciones orgánicas, de la edad y de los contingentes acaecimientos de la vida, cobra una distinta importancia en función del tipo de trabajo ejercido y de la vida de relación; el daño a la salud se determina atendiendo a todos los elementos individuales, y no puede liquidarse sino de modo equitativo”. El pasaje citado va más allá de las primeras argumentaciones de los jueces genoveses, y abre el camino hacia la compleja y ulterior cuestión de los criterios para la liquidación del daño biológico. Otras veces, para documentar mejor el resultado final del razonamiento, los jueces de primera instancia prefieren volver a recorrer todo el camino, con el auxilio de los precedentes de la Corte di Cassazione. Esto es lo que fluye de los destacables fundamentos de un fallo del Tribunale de Verona, del 4 de marzo de 198619, donde se analiza, una vez más, toda la jurisprudencia de legitimidad sobre la materia. Para terminar, señalaremos la ratio decidendi de otras sentencias de la Corte Costituzionale20. Una de ellas suscitó cierta perplejidad por su tono tratadístico y didascálico; a nosotros, en cambio, nos pareció totalmente excepcional. En su texto se lee que la “Constitución vigente, al garantizar, principalmente, valores personales, revela que el artículo 2043 del Código Civil se presenta en especial correlación con los preceptos constitucionales (que protegen dichos valores) y, por lo tanto, debe ser leído de un modo idealmente idóneo como para compensar 18 19 20 Véase, por ejemplo: Tribunale de Trieste, sentencia del 24 de julio de 1985; Corte d’Appello de Cagliari, sentencia del 15 de febrero de 1985. Ambos fallos son reproducidos en ALPA, op. ult. cit., pp. 194, 200. En ALPA, op. ult. cit., p. 210. Corte Costituzionale, sentencia n. 184, del 30 de junio de 1984, en ALPA, op. ult. cit., p. 234. el sacrificio que los mismos valores experimental a causa del hecho ilícito. El artículo 2043 del Código Civil, interpretado en correlación con el artículo 32 de la Constitución, se extiende, necesariamente, hasta comprender el resarcimiento, no sólo de los daños patrimoniales en sentido estricto (y con exclusión, por las razones antes indicadas, los daños morales subjetivos), sino de todos los daños que, cuando menos potencialmente, obstaculizan las actividades con las cuales se realiza la persona humana”. Éste, en todo caso, es el significado innovador más profundo de la demanda de resarcimiento autónomo del daño biológico: una demanda que porta una implícita, pero ineludible, invitación a prestar particular atención a la norma primaria cuya violación funda el resarcimiento en virtud del artículo 2043 del Código Civil, al contenido de la iniuria, a la que hace referencia esta misma norma, y a la comprensión (ya no limitada, por lo tanto, a la exclusiva garantía de los bienes patrimoniales) del resarcimiento de la lesión de bienes y valores personales”. Este último pasaje completa el mosaico, por decirlo así, que se puede proponer para describir la singular historia del daño biológico, apreciada como una representativa búsqueda de aplicación directa de las normas constitucionales desde la perspectiva aquí propuesta. Otros realces y comentarios pueden realizarse en el marco de una exposición más detallada, en la cual volveremos a tratar el tema del daño a la persona. d) La jurisprudencia de la Corte Costituzionale. La mayoría de pronunciamientos de la Corte Costituzionale en materia de responsabilidad civil atañe a la responsabilidad de los dependientes públicos y de la Administración pública, y es inherente, entonces, a la aplicación del artículo 28 de la Constitución. En este sector rige la regla de la responsabilidad personal del dependiente público frente al damnificado. El legislador puede modificar este régimen, y modelarlo libremente, siempre que se asegure una responsabilidad, y que la legislación ordinaria no conlleve una exclusión de ésta21. La variedad de las regulaciones depende de las distintas situaciones objetivas y de los intereses vinculados con ellas22. Además de la responsabilidad personal, el artículo 28 de la Constitución no descarta la responsabilidad directa del Estado y de las personas jurídicas públicas por el daño sufrido por el ciudadano23. Para la jurisprudencia consolidada de la 21 22 23 Corte Costituzionale, sentencia n. 49 del 16 de marzo de 1976, en Giur. it., 1976, I, 1, c. 1054. Corte Costituzionale, sentencia n. 82 del 14 de abril de 1976, en Giur. cost., 1976, p. 469. En el mismo sentido, véanse: Corte Costituzionale, sentencia del 22 de octubre de 1982, en la misma revista, 1982, I, p. 1664; Corte Costituzionale, sentencia n. 148 del 3 de junio de 1983, en la misma revista, 1983, I, p. 846. Corte Costituzionale, sentencia n. 88 del 8 de junio de 1963, en Giur. cost., 1963, p. 725. Corte di Cassazione esta responsabilidad es directa, atendiendo a la relación orgánica que liga a los dependientes públicos con la Administración24. La responsabilidad de la Administración pública incluye, así mismo, los daños de los cuales no responde el dependiente (por ejemplo, los daños que no derivan de dolo o culpa grave, sino de culpa media o leve)25. Reviste particular interés para nuestros fines la sentencia sobre cuya base se ha establecido que no es fundada, atendiendo al citado artículo 28, la cuestión de legitimidad constitucionalNT de los artículos 50, n. 1, letra c), 52, 1er. párrafo, del D.P.R. N.° 197 del 30 de marzo de 1961 (responsabilidad del transportista ferroviario por pérdida de cosas), en virtud de los cuales, la Administración, como regla general, está obligada a abonar por la pérdida de las cosas transportadas imputable a ella, aunque fuera parcial, además del valor del embalaje, una indemnización correspondiente al valor debidamente comprobado de la cosa perdida (1er. párrafo, letra c), sin superar, en todo caso, las 15,000.00 liras por cada kilogramo de peso neto faltante. En cambio, cuando la pérdida fuera causada por dolo o culpa grave del transportista, el legitimado puede pretender un resarcimiento, en el sentido de los artículos 1223 y 1225 del Código CivilNT1, de los daños que pruebe haber sufrido, hasta el límite del doble de la indemnización máxima antes señalada. En realidad, según dicha normativa, la responsabilidad de la Administración no es negada, sino simplemente regulada y circunscrita dentro de los límites que tienen una justificación racional en las particulares exigencias y condiciones del transporte ferroviario26. ¿Acaso esta sentencia se presenta en antítesis con otra, más reciente, relativa al transporte aéreo y a la ilegitimidad de las limitaciones de responsabilidad en este ámbito? La respuesta es negativa, porque en el caso examinado la hipótesis hacía referencia al daño a cosas, no a personas. Además, el transporte ferroviario se realiza en régimen de cuasimonopolio, con determinación de tarifas, incluso sobre la base de elementos ajenos a los cánones de mercado (y sobre esta cuestión volveremos más adelante). La Corte Costituzionale ha intervenido también para dirimir la conformidad del régimen de los accidentes de trabajo con los principios constitucionales, así 24 25 NT NT1 26 Corte di Cassazione, sentencia n. 31 del 5 de enero de 1979, en Giur. it., 1979, I, 1, c. 954. Corte di Cassazione, Sezioni unite, sentencia n. 1282 del 6 de mayo de 1971, en Foro it., 1971, I, c. 1476. Aquí y en los parágrafos precedentes y sucesivos la expresión utilizada es “questione di legittimità costituzionale”, en el original. Prefiero la traducción literal, aunque en nuestro medio se hable de “recurso de inconstitucionalidad”. Código Civil italiano: “1223. Resarcimiento del daño.- El resarcimiento del daño por el incumplimiento o por el retraso debe comprender tanto la pérdida sufrida por el acreedor cuanto la ganancia no realizada, siempre que sean su consecuencia inmediata y directa” “1225. Previsibilidad del daño.- Si el incumplimiento o el retraso no dependen del dolo del deudor, el resarcimiento se limita al daño que podía preverse al momento en que surgió la obligación”. Corte Costituzionale, sentencia n. 90 del 12 de mayo de 1982, en Foro it., 1982, I, c. 1799. como las responsabilidades consiguientes. La norma invocada es el artículo 38 de la Constitución. Al respecto, se ha precisado que no se opone a dicha norma un sistema mutualista que, al tiempo de garantizar al trabajador una indemnización para toda clase de accidente laboral, libera al empleador, como regla general, frente a una acción de daños promovida por el accidentado (sentencia n. 134 del 22 de junio de 1971). Lo anterior no significa que el empleador deje de responder por los hechos de carácter penal y, por lo tanto, de los efectos patrimoniales y personales de éstos en la esfera de los accidentados. En este punto, en efecto, la Corte Costituzionale ha aclarado que no es contrario al artículo 32 de la Constitución lo dispuesto en los artículos 10, 1er. párrafo, y 131 del D.P.R. N.° 1124 del 30 de junio de 1965 (texto único de las disposiciones sobre el seguro obligatorio de accidentes de trabajo y enfermedades profesionales) en la parte que exonera al empleador de la responsabilidad civil contractual frente al trabajador cuando existe un seguro de accidentes y enfermedades profesionales. En realidad –precisa la Corte–, ningún incentivo menor “que la adopción de medidas de precaución en materia de trabajo puede derivar de las normas impugnadas, si se repara en que la inobservancia u omisión de dichas medidas es de por sí suficiente como para configurar la responsabilidad penal del empleador por los eventos lesivos que dañan a sus trabajadores, y que hacen revivir íntegramente, por lo tanto, su responsabilidad civil, según los principios generales”27. Veamos otro ejemplo. Es particularmente destacable la discusión ante la Corte Costituzionale sobre el sistema del seguro obligatorio por circulación de vehículos. Como es sabido, el artículo 21 de la Ley N.° 990 del 24 de diciembre de 1969 limita la resarcibilidad del daño causado por el vehículo o nave no identificado atendiendo a los mínimos de invalidez permanente y al ingreso bruto de trabajo declarado o determinado en el plano tributario. La Corte Costituzionale consideró que dicha norma no se opone a la Constitución. De todas formas, la Corte precisa que es cierto que el artículo 32 de la Constitución tiene como objeto, principalmente, la protección de la integridad física, pero que dicha tutela “se realiza en una doble dirección: la de conceder medidas de prevención y la de asegurar atenciones gratuitas a los indigentes”. En el caso específico, la norma no se opone a ninguna de las finalidades de la ley, sino que responde a una evaluación discrecional del legislador que, al prever una prestación de fondo, de naturaleza indemnizatoria, ha querido condicionarla, entre otras cosas, a la existencia de un determinado grado de invalidez y a una determinación rigurosa del ingreso del damnificado28. El sistema legislativo que regula las relaciones entre la responsabilidad civil y los seguros es considerado satisfactorio por la Corte, incluso desde el punto de vista de la función reparatoria de la responsabilidad civil. Las limitaciones a la 27 28 Corte Costituzionale, sentencia n. 134 del 22 de junio de 1971, en Giur. cost., 1971, p. 1549, y en Foro it., 1971, I, c. 1774. Corte Costituzionale, sentencia n. 74 del 26 de mayo de 1981, en Foro it., 1981, I, c. 2645; y en Giur. cost., 1981, I, p. 698. cobertura de seguro y las reglas procesales son consideradas, en este marco, como el fruto de una técnica legislativa intachable. Se observa, al respecto, que la introducción del seguro obligatorio en el ordenamiento italiano, en virtud de la Ley N.° 990 de 1969, es la expresión y el resultado de un gran movimiento de ideas, estudios y propuestas legislativas, inspirados por la exigencia de garantizar el resarcimiento del daño a las víctimas de la circulación vial; por una exigencia considerada de interés público, no sólo en Italia, sino también en el extranjero, a tal punto que la obligatoriedad del seguro había sido objeto de una afirmación, con carácter de principio, en la Convención internacional de Estrasburgo del 20 de abril de 1959. Sobre la base de este movimiento de ideas y de la ley –que es realización de aquél– se constata que el gran desarrollo moderno de un fenómeno como el uso de los medios motorizados de circulación representa un instrumento de progreso de la colectividad en su conjunto, dado el desarrollo del tráfico de los conocimientos y contactos humanos, pero implica también, debido a la amplitud del fenómeno mismo, un riesgo inmanente de carácter general. Así, la verdadera finalidad del nuevo sistema no reside en la salvaguardia del patrimonio del responsable, sino más bien, a través de una distribución mutualista del riesgo, en la garantía de un resarcimiento para el damnificado. Por “razones de orden económico, social y técnico”, que la Corte Costituzionale omite explicitar, y “en lugar de recurrir al seguro contra daños, el legislador ha preferido servirse del instrumento del seguro de responsabilidad civil, volviéndola obligatoria y aportando algunos correctivos que pese a alterar parcialmente la fisonomía de éstos, son válidos para garantizar una protección más plena para la víctima”29. Siempre en relación con el tipo de daños involucrados y con la limitación de la responsabilidad, la Corte Costituzionale ha descartado que el artículo 844 del Código CivilNT sea ilegítimo, a pesar de que en caso de inmisiones nocivas dicha norma brinda tutela sólo al propietario, y no al damnificado tout court. Acerca de 29 NT Corte Costituzionale, sentencia n. 202 del 29 de diciembre de 1981, en Foro it., 1982, I, 1, y en Giust. cost., 1981, I, 1945, con comentarios de ANZON y BELLOMIA. Código Civil italiano: “844. Inmisiones.- El propietario de un fundo no puede impedir las inmisiones de humo o de calor, las emanaciones, los ruidos, las agitaciones violentas y demás propagaciones derivadas del fundo del vecino, si no superan la tolerabilidad normal, y teniendo en cuenta, así mismo, la condición de los lugares. En la aplicación de esta norma, la autoridad debe ponderar las exigencias de la producción y los intereses del propietario. Puede tener en cuenta, así mismo, la prioridad de un determinado uso”. En la citada edición del diccionario de la RAE se reconocen como únicos significados de la voz “inmisión” (del latín immissio, “acción de echar adentro”) los de “infusión” e “inspiración”. Lo mismo ocurre en la lengua italiana, donde immissione vale como la acción de immettere, de “insertar” o “introducir”. Ello no obstante, el uso generalizado en el ámbito jurídico ha asignado a esta voz el significado de “todo acto que influya (negativamente) en la propiedad ajena”. Véase: LOJACONO, voz “Immissioni”, en Enc. dir., XX, Milán, 1970, p. 169. este punto, la Corte ha decidido que el propietario de un fundo puede requerir, sobre la base del citado artículo 844, la cesación de las inmisiones dañosas para la salud, y que la controversia respectiva, por tener que ver con la protección de la incolumidad de la salud, se inserta en la jurisdicción del juez ordinario, aunque se determine que las inmisiones han sido provocadas por una actividad desarrollada en violación de las leyes de sanidad. Por tal razón, no se ha considerado fundada, atendiendo a los artículos 2, 3, 9, 2º. párrafo, 32, 1er. párrafo, 41, 2º. y 3er. párrafos de la Constitución, la cuestión de legitimidad constitucional del artículo 844 del Código Civil. Como se ha anotado, el objetivo de esta norma es resolver el conflicto entre propietarios de fundos cercanos por las influencias derivadas de actividades desarrolladas en cualquiera de aquellos fundos. Por lo tanto, el criterio de “tolerabilidad normal” acogido en la norma se refiere exclusivamente al contenido del derecho de propiedad, y no puede ser empleado para juzgar la licitud de inmisiones que también causen perjuicio a la salud, a cuya protección está destinado otro tipo de normas, de naturaleza preventiva y represiva30. 4. El Código Civil. El sistema de la responsabilidad civil está íntimamente ligado con el Código Civil. En su artículo 1173, ya citado, el hecho ilícito está señalado como una de las “fuentes de las obligaciones”. Por otro lado, la regla fundamental del régimen de la responsabilidad por acto ilícito está prevista en el artículo 2043, con una fórmula bastante amplia. En esta norma, como ya vimos, se dispone que “todo hecho doloso o culposo que causa a otro un daño injusto obliga a aquel que ha cometido el hecho a resarcir el daño”. Más allá de las cuestiones de interpretación literal y sistemática de esta última disposición –que hasta hoy son objeto de grandes debates–, el significado inmediato que se puede atribuir a ella es binario. Por un lado, el artículo 2043 señala la exigencia de resarcir los daños (voluntarios, culposos, accidentales) causados a una persona; por otro lado, advierte con claridad que el ordenamiento jurídico no contempla expresamente una distinción entre daños susceptibles de resarcimiento y daños considerados irrelevantes, y, por lo tanto, no resarcibles. El sistema de responsabilidad civil codificado en Italia en 1942, y fundado en la norma general del artículo 2043, constituye, en efecto, un sistema en el que todos los daños, abstractamente considerados, pueden ser materia de reintegración. La expresión “todo hecho” [qualunque fatto], con la cual comienza el artículo, indica, sin posibilidad de duda, que el legislador ha elegido un sistema abierto, donde no se pueden efectuar discriminaciones a priori entre hechos dañosos que dan lugar a resarcimiento, y hechos daños en los que “las pérdidas quedan a cargo de la víctima”. Desde este punto de vista, la opción del legislador italiano se ubica en el 30 Corte Costituzionale, sentencia n. 247 del 23 de julio de 1974. La cuestión de legitimidad constitucional fue planteada por el Pretore de Bolonia, mediante resolución del 18 de mayo de 1972. Véase: ALPA y BESSONE, Attipicità dell’illecito, Milán, 1980, vol. II, cap. II. extremo opuesto a la del sistema alemán, donde se detalla, en el § 823 del BGB, el elenco de los intereses merecedores de protección. Del análisis del régimen de responsabilidad previsto en el Código Civil, y del examen de lo dispuesto en el artículo 2043, especialmente, se pueden deducir principios ulteriores: a) a diferencia de la ley “moral”, la ley civil impone una sanción al daño, pero no prohíbe a los particulares, directamente, el desarrollo de actividades dañosas; b) la sanción consiste en la disposición de que el daño sea reparado mediante un resarcimiento pecuniario, o bien con un resarcimiento en forma específica (artículo 2058) en los casos permitidos. La cláusula normativa general va de la mano con reglas relativas a hipótesis especiales de responsabilidad. El origen de estas reglas –como ha expuesto una doctrina riquísima y cuidadosa– está vinculado con el del principio general del neminem laedere, al cual han acompañado siempre. Ellas, es más, han llegado a preceder el neminem laedere en algunas hipótesis. En las disertaciones históricas que se suceden en torno de esta cuestión se ha rendido cuenta de todo ello. En este punto, consideraremos tales hipótesis desde el punto de vista formal. Se trata de supuestos “típicos”, de los cuales se habla cuando se alude al problema de la atipicidad del hecho ilícito. Entendida en su sentido común, esta fórmula señala los casos típicos de lesiones de intereses bien identificados, en los cuales se organizan los sistemas que no están fundados en una cláusula normativa general. La fórmula bajo examen no se adapta, por lo tanto, a los artículos 2047 y siguientes del Código Civil, porque en éstas no se trata de las lesiones de derecho e intereses; se trata, más bien, de modalidades con las cuales se ha inferido el daño, o de particulares status que el dañador tiene (por ejemplo: incapaz natural, menor de edad, padre, patrón y comitente, agente de actividades peligrosas, cuidador, propietario, conductor de vehículos). Son relevantes las circunstancias en las cuales se verifica el daño (por ejemplo, medios adoptados en la producción del daño, deterioro o derrumbe de edificios, circulación de vehículos, etc.), pero no es especificado el tipo de daño que se pretende resarcir. En cuanto tal, el daño es señalado con carácter general. Su carácter no es precisado, porque para ello se reenvía a la noción general. Lo mismo ocurre respecto del hecho ilícito realizado por sujetos de los cuales otros deben responder (incapaces, menores de edad, dependientes, etc.). Las mismas distinciones –en relación con el status y las modalidades– se pueden aplicar a las demás hipótesis particulares y especiales, pero no típicas, de responsabilidad civil que están contenidas en otros títulos del Código Civil, o en las regulaciones de leyes ad hoc. Alguna duda –en el sentido de un carácter “típico” de las pretensiones resarcitorias– podría surgir respecto de los derechos de la persona. Los artículos 7 y 10 del Código Civil, por ejemplo, sin perjudicar el resarcimiento de los daños ocasionados al titular del nombre o de la imagen, parecen configurar hipótesis típicas, dada la minuciosidad de las circunstancias consideradas. Como se sabe, sin embargo, la reciente elaboración teórica de los derechos de la persona se orienta hacia una cláusula normativa general, hacia un derecho general de la personalidad, cuya lesión, ex artículo 2043 del Código Civil, no puede quedar comprendida sino en la previsión general de esta norma. De igual forma, la responsabilidad por actos ilícitos de los administradores de asociaciones y fundaciones (artículos 18, 22 del Código Civil) representa una de las hipótesis a clasificar en la categoría del supuesto de responsabilidad derivado de un status. En el Código Civil, iguales son los casos de responsabilidad del cónyuge de mala fe al que sea imputable la nulidad del matrimonio (artículo 129bis), que debe asumir una indemnización frente al otro contrayente, “incluso en ausencia de prueba del daño sufrido” o de conducta “perjudicial para los hijos” (artículo 333); del tutor o del protutor frente al menor por la violación de los deberes de función (artículo 382); del heredero con beneficio de inventario (dentro de los límites de la culpa grave: artículo 491) o del curador de la herencia yaciente (artículo 531); del ejecutor testamentario responsable de su desempeño frente a los herederos y legatarios (artículo 709); del vendedor por los vicios dañosos (artículo 1494, 2º. Párrafo), o del arrendador por los daños derivados de vicios de la cosa cedida en arrendamiento (artículo 1578, 2º. párrafo); del socio, por actos de competencia contra la sociedad colectiva (artículo 2301), y en las distintas hipótesis ligadas con las relaciones societarias (por ejemplo: la responsabilidad de los promotores frente a los terceros por las obligaciones asumidas en la constitución de la sociedad, ex artículo 2338); la falta de veracidad de las comunicaciones brindadas al público para la constitución de la sociedad (artículo 2339, 1er. párrafo, núm. 3); o en el caso del artículo 2395, referido a la acción individual del socio y del tercero frente a los administradores de las sociedades anónimas. También en el caso de los daños derivados de la competencia desleal (ex artículo 2598), es necesario que el dañador sea empresario; pero se discute, por otro lado, si también el damnificado tiene que poseer dicho status. Pertenecen a la categoría de las modalidades con las cuales se causa el daño, las hipótesis previstas en los artículos 833 (actos del propietario en perjuicio de los demás), 844 (inmisiones), 872 (violación de normas de edificación), 890 (fábricas y depósitos nocivos o peligrosos), 909 (desviación de aguas existentes en el fundo), 913 (expulsión de aguas empozadas, aunque en este caso se reconoce al propietario del fundo el derecho a la indemnización); 915 (ruptura de cercos o de barreras), 917 (destrucción de barreras y obstaculización del curso de las aguas), 935 (obras realizadas por el propietario del suelo con materiales ajenos, aunque la responsabilidad se limita a la culpa grave), 936 (obras realizadas por un tercero con material propio), 937 (obras realizadas por un tercero con material ajeno), 938 (accesión invertida) y 939 (unión y conmixtión, pero sólo en caso de culpa grave) del Código Civil. La mismo puede anotarse respecto de las acciones en defensa de la propiedad y de los derechos reales menores, si se les considera como especificaciones de la cláusula normativa general en este sector. Igual repartición puede reconocerse en la responsabilidad prevista en leyes especiales (como ocurre en el daño por productos defectuosos, el daño por actividades nucleares, el daño “espacial”, etc.), o para el daño ocasionado por el síndico de quiebras, por la sociedad auditora, etc. El daño al medio ambiente, en cambio, podría configurar una hipótesis típica, si es considerado atendiendo al tipo de interés lesionado. Se debe advertir, empero, que esta repartición se realiza con fines didácticos y clasificatorios, pero no conlleva ninguna consecuencia en relación con el régimen de la responsabilidad (salvo las excepciones previstas en la legislación especial), ni con la calificación y cuantificación del daño. Ello es tan cierto que, en algún caso, una misma hipótesis puede ser clasificada, a la vez y con toda legitimidad, en una u otra categoría (por ejemplo: el daño por productos puede ser clasificado en el ámbito de la responsabilidad del “productor”). 5. Los principios generales. Autorresponsabilidad, “alterum non laedere” y otras máximas. En relación con los principios generales que a menudo son mencionados, aludidos e invocados por la doctrina y la jurisprudencia, el discurso podría resultar menos complejo. Es sabido que esta fuente del derecho ha suscitado muy poco interés en el transcurso del siglo XX. Es más, se pueden identificar los períodos en los cuales tal interés se ha manifestado o cobrado nuevo vigor: alrededor del decenio 19201930, luego en torno del decenio 1940-1950, en paralelo a la nueva codificación, y, por último, en tiempos recientes. Ahora bien, estas premisas merecen algunas precisiones en el campo de observación de la responsabilidad civil. Lo más importante es realizar un inventario. En éste tienen un espacio las máximas tradicionales y las nuevas fórmulas, las cuales, por lo demás, han sido deducidas de las normas escritas (del Código Civil). Si se consideran, a manera de ejemplo, algunos de estos principios, es posible rendir cuenta de su relevancia práctica. a) La jurisprudencia pone en evidencia, in primis, el principio de la autorresponsabilidad, que en otros ordenamientos se expresa en términos de “asunción del riesgo”. El principio comporta una doble evolución: la imputación de un acto o comportamiento (con sus consecuencias) a un sujeto, y el cotejo entre dicho acto o comportamiento con la norma. Si existe disconformidad, las consecuencias del acto serán imputadas al sujeto, con los deberes que de ello se derivan (reparación, sustitución). Formulado en estos términos, el principio es bastante genérico, y puede resumirse en la “necesidad (jurídica) de experimentar los efectos del acto propio realizado o de la omisión”31. Autorresponsabilidad significa, entonces, asunción frente a los terceros de las consecuencias de los actos o comportamientos propios, pero también frente a uno mismo (consecuencias dañosas para el patrimonio propio, pérdida de un derecho, de una acción, de una facultad). Según la doctrina, este principio se basa en la culpa y tiene como fundamento una serie de normas del Código Civil (además del artículo 2043, son de citar el 1227, para la concurrencia de culpas, y el 1338, para el conocimiento de la invalidez del acto celebrado, etc.). En la misma línea de pensamiento se habla de autorresponsabilidad en los casos en que la víctima “acepta sufrir el daño” (volenti non fit iniuria). Una gran aplicación de este principio tiene lugar en el common law estadounidense, donde se distinguen seis tipos de assumption of risk, a saber: express, subjectively consensual, objectively consensual, by consent to conduct or condition, associational e imposed. En todos estos supuestos, la expresión “autorresponsabilidad” significa, esencialmente, la conciencia de estar sufriendo un daño, en lugar de ocasionar voluntariamente un daño a terceros32. En el ordenamiento francés se ha debatido sobre este problema, principalmente, en el ámbito de la responsabilidad del enfermo mental33. El principio analizado interfiere con el de la reducción o exclusión del resarcimiento en caso de concurrencia de culpa del damnificado. Esto ocurre, especialmente, en el common law inglés, donde la asunción del riesgo se examina en forma restrictiva, y sale de los confines de la concurrencia de culpas34. Que uno actúa a propio riesgo (every man acts at his peril) es un principio que se remonta –a decir de algunos– hasta épocas primitivas, en las cuales aún no se había teorizado el principio (que se considera más útil) de la culpa. Según otros, se trata de un principio “carente” de sentido, porque expresa simplemente la posibilidad de experimentar las consecuencias de las acciones propias, y porque, en general, todo daño provocado debe ser resarcido. El problema está ligado con la llamada “responsabilidad causal”, sobre la cual retornaremos más adelante. b) Neminem laedere o, más correctamente, alterum non laedere. Éste es el principio más citado, y hasta podría decirse que de manera abusiva. En él se resume la cláusula normativa general del artículo 2043 del Código Civil, y se indica tanto una regla de comportamiento cuanto un precepto que conlleva una sanción. En las fuentes también se deducen de este principio las directrices de las dos perspectivas fundamentales de la evolución moderna de la responsabilidad 31 32 33 34 PUGLIATTI, voz “Autorresponsabilità”, en Enc. dir., vol. IV, Milán, 1959, p. 457. KEETON, “Assumption of Risk in Product Liability Cases”, en California Law Review, 1961, vol. 22, p. 122. VINEY, La responsabilité civile, París, 1988, pp. 688 y ss. Véase el dictum del Master of the Rolls, lord Denning, esta vez en Nettelship v. Weston, en Q.B., 1971, 2, pp. 697-701. civil: la lesión de intereses dignos de aprecio, la identificación de los criterios de imputación. El análisis de los usos del principio del neminem laedere nos permite descubrir un espacio fascinante. Puede parecer curioso que en los fundamentos de las sentencias sobre el daño biológico no se realice, si no es raramente, una referencia al principio del neminem laedere. Esto se debe, quizás, a dos razones concurrentes: en primer lugar, a que el principio está contenido en la disposición del artículo 2043 del Código Civil, y no asume, por lo tanto, un valor innovador ni interpretativo de lo que ya está establecido, pues su significado está íntegramente reproducido en la norma citada; en segundo lugar, el recurso a este principio tiene difusión en los fundamentos (aunque cada vez con menor frecuencia) sólo en los casos en que el daño deriva de la lesión de un interés que tenga en discusión su calificación jurídica y naturaleza tutelable en el ordenamiento. Como es obvio, esta cuestión no entra en juego cuando están involucrados los valores de la persona, su salud e integridad física, ampliamente reconocidos, y hasta enfatizados, como ya vimos. En consecuencia, el discurso se dilata, porque es necesario sobrepasar los confines del daño inferido a la persona. En lo que atañe al primer aspecto, hay que comenzar efectuando ciertas precisiones. Ante todo, no existe una relación biunívoca entre el principio del alterum non laedere y la disposición del artículo 2043 del Código Civil. La razón, como lo explica la ilustre doctrina que ha estudiado el tema, es que el principio tiene un significado más amplio, y comprende, entonces, el precepto de abstenerse de violar derechos o intereses ya protegidos por otras normas, o aún no protegidos expresamente, pero que son, sin embargo, jurídicamente relevantes. El principio también opera, en cambio, en sectores donde el recurso al artículo 2043 no estaría justificado, porque ya cuentan con referencias normativas directas, tal como ocurre en la hipótesis de peligro de lesión (artículo 1172), de molestia (artículo 1170), de acción negatoria (artículo 949), o de oposición al ejercicio de derechos (artículo 1079). Operaría también en los casos de abuso del derecho y de actos perjudiciales del propietario (artículo 833). Por el contrario, se debe constatar una perfecta coincidencia cuando la lesión no consiste en el mero peligro o molestia, sino que configura un daño contra un valor que el ordenamiento considera jurídicamente relevante. El dilema, entonces, es “si se está en presencia de un principio que –en materia de responsabilidad civil– es superfluo, porque ya está contenido en la norma ordinaria, o si es superfluo en tanto mera abstracción doctrinal (según la opinión de Domenico Rubino), o bien por ser una mera síntesis terminológica (según el parecer de Luigi Mengoni)”. El criterio de Salvatore Pugliatti35 es ecléctico. A pesar de tomar partido por el rigor expresado por la tesis de Mengoni, él no quiere subestimar el valor de la tradición. Si se asumiera que la fórmula todavía se usa en el plano lingüístico, y 35 PUGLIATTI, voz “Alterum non laedere”, en Enc. dir., vol. II, Milán, 1958. que se hace un empleo razonable de ella, que no resulta ser un mero oropel, se derivaría la consecuencia de que la decisión conveniente es tomar nota de su empleo, en lugar de desincentivar éste. Esta problemática se reproduce, aunque no se haga mención del principio, en una sentencia de la Corte Costituzionale36 donde se precisa que “el artículo 2043 del Código Civil es una suerte de norma en blanco: si bien en el mismo artículo está expresamente y claramente indicada la obligación resarcitoria que es consecuencia del hecho doloso o culposo, no están identificados, en cambio, los bienes jurídicos cuya lesión se prohíbe. La ilicitud objetiva del hecho, que condiciona el surgimiento de la obligación resarcitoria, se indica, únicamente, a través de la injusticia del daño producido por el hecho ilícito. Casi a principios del siglo XX se afirmó (en una observación referida al artículo 1151 del Código Civil italiano de 1865, pero que es igualmente válida, como es obvio, para el artículo 2043 del Código vigente) que la norma examinada contenía una norma jurídica secundaria, cuya aplicación supone la existencia de una norma jurídica primaria, porque no hace otra cosa que precisar las consecuencias de la iniuria, del acto contra ius, es decir, de la violación de la norma de derecho objetivo”. Aun cuando no invocado, el principio opera de todas maneras, porque normalmente se manifiesta en la dualidad de requisitos (non iure y contra ius) que se deben verificar en la lesión inferida. Aquí no viene al caso retomar la hoy superada diatriba en torno de la calificación del artículo 2043 del Código Civil como norma secundaria. Atengámonos al propósito inicialmente enunciado. De una sintética consulta realizada a través del Ufficio Massimario de la Corte di CassazioneNT, resulta que la expresión neminem laedere (que predomina en el uso lingüístico, por encima de la de Ulpiano, más correcta, de alterum non laedere) se ha empleado en casi ochenta sentencias durante el período 1977-1987. En el período 1977-1981, las máximas jurisprudenciales en las cuales se hace referencia a la expresión son casi treinta. Éstas parecen ser repetitivas y estandarizadas, pero se trata de una mera apariencia. Si se analiza con más detenimiento, es posible comprender qué es lo que se esconde detrás de tales máximas. Detengámonos, en primer lugar, en los términos que acompañan a la expresión neminem laedere. De dichos términos, en efecto, se puede inferir la perspectiva o, por decirlo así, las modalidades de uso con las cuales el intérprete se dispone a emplear la fórmula. Los más difundidos son “principio” o “precepto”, en ambos casos unidos al adjetivo “general”, o con el reconocimiento de su papel de norma primaria y fundamental. Para no simplificar en demasía las cosas, ello parece contradictorio 36 NT La ya citada sentencia n. 184, del 30 de junio de 1986, en ALPA, Il danno biologico, cit., p. 228. Se refiere a la base de datos oficial de la Corte di Cassazione, donde comparecen, ordenadas, las máximas jurisprudenciales de los fallos. con el criterio que limita el artículo 2043 del Código Civil al papel de una norma meramente secundaria. ¿Por qué se dice “norma primaria y general”? ¿Acaso se pretende destacar que en el ordenamiento italiano todavía existe un principio semejante, y que éste pertenece al elenco de los principios generales a los cuales se hace referencia en el artículo 12 de las disposiciones preliminaresNT1 del Código Civil (aunque esta invocación normativa jamás se presente en los casos examinados); un principio de carácter general y que, dada su naturaleza, se aplicaría a todos los casos, y en la evaluación de todo comportamiento? Si así fuera, la teoría de las fuentes, y la jerarquía de los criterios normativos de interpretación serían aplicadas de una manera correcta; y este examen de las máximas jurisprudenciales brindaría una confirmación de ello. Pero la sagacidad del elaborador de los resúmenes de las sentencias que constan en el Massimario, o quizás el uso de los términos y su contenido léxico traicionan toda otra intuición y, por lo tanto, un significado y un papel del denominado principio general de neminem laedere bastante distinto. Hay casos en los cuales el adjetivo “general” se transforma en “genérico” (con una connotación inevitablemente desvalorizadora, que contrapone el principio “genérico”, ni más ni menos, a deberes específicos impuestos por la ley, por normas reglamentarias o por prácticas técnicas). Existen, además, casos en los cuales el principio es formulado en términos de deber: “deber general” o “deber jurídico primario de realizar un determinado comportamiento”. La expresión se caracterizaría, entonces, por indicar límites, derechos, obstáculos al libre comportamiento del agente; límites destinados, precisamente, a evitar toda lesión. Verifiquemos, sin embargo, cómo se ha especificado este comportamiento que se considera imperioso. No se trata de un comportamiento que un sujeto cualquiera tenga que desarrollar de todas formas. El precepto es conducido al área de operatividad del artículo 2043 del Código Civil; para poder ser aplicado, entonces, debe hacer referencia a contactos sociales que sean ajenos a toda relación negocial o a toda relación regulada por normas distintas del artículo 2043. Es un precepto general, entonces, pero que no se extiende a todos los sectores del ordenamiento. Esto es lo que se expresa en una máxima jurisprudencial como la siguiente: “la demanda de resarcimiento de daños propuesta por una parte que, por resolución del juez, haya tenido que suspender una construcción, como consecuencia de un interdicto de obra nueva promovido contra ella, no se examina sobre la base del principio del NT1 Preleggi, en el original. Así es como se llama en el derecho italiano a las disposiciones que preceden el texto del Código Civil. En Perú preferimos una expresión mecánicamente trasplantada a nuestra cultura: “título preliminar”. Pero quien conoce otras experiencias sabe que el “título preliminar” del Código Civil peruano no tiene, ni por asomo, aquel valor “constitucional” que determinó su inclusión en las primeras codificaciones europeas, sobre todo en las de influencia francesa. neminem laedere, dictado en el artículo 2043, sino a la luz del 2º. párrafo del artículo 96 del Código Procesal Civil, donde se impone al agente, por los juicios ejecutivos o cautelares promovidos sin fundamento legítimo, una responsabilidad, aun cuando fuera a título de culpa leve, atendiendo a que tales juicios, por su naturaleza, proyectan sus efectos fuera del ámbito de la relación procesal”. En otra máxima jurisprudencial se lee: “la Administración pública también está sujeta al principio general sancionado en el artículo 1337 del Código Civil, que extiende su régimen a todas las personas privadas y públicas que inician tratos preliminares para la estipulación de negocios iure privatorum, y que están obligadas a observar el deber primario del neminem laedere, caracterizado, en este caso, como deberes de corrección, lealtad y buena fe. En la realización de esta investigación, el juez ordinario no debe determinar si el ente público se ha comportado como un correcto administrador en la esfera interna de sus decisiones; lo que debe evaluar son las modalidades de las manifestaciones exteriores consiguientes, pues éstas van a incidir en las expectativas, en la confianza y en las determinaciones conexas de los particulares; el fin de ello, entonces, es dilucidar si la Administración pública se ha comportado como un contratante correcto”37. Parecería producirse una contradicción con todo lo anteriormente dicho. Aquí nos encontramos en el campo negocial. Como se sabe, sin embargo, la jurisprudencia italiana aprecia la responsabilidad nacida en las tratativas como una responsabilidad extracontractual. Las máximas jurisprudenciales recopiladas contienen distintos argumentos al respecto. El juez, empero, no queda eximido de señalar de forma explícita que “en materia de transporte de personas –a título oneroso o gratuito– la acción de resarcimiento del daño por responsabilidad contractual y la acción por responsabilidad extracontractual que se reconocen y quedan libradas a la decisión del damnificado (la primera por el incumplimiento de las obligaciones del contrato de transporte, y la segunda por la violación del precepto del neminem laedere), son totalmente distintas, al ser diferentes los derechos en relación con los cuales se prevén tales acciones, y por estar cada una de ellas regulada por sus propias normas jurídicas, y por regímenes autónomos, que requieren investigaciones sobre elementos fácticos diversos, sea en lo tocante a la determinación de los daños, sea en lo que atañe a la prueba; por lo tanto, si el damnificado interpone la demanda de resarcimiento del daño ex contractu, no puede pretender hacer valer la responsabilidad extracontractual recién en el juicio de casación”. Estamos ante una repartición precisa de áreas de aplicación, por lo tanto, y ante una negación de la relevancia del principio en el campo contractual. ¿Es ésta la conclusión definitiva? De ningún modo. En jurisprudencia es recurrente la máxima jurisprudencial según la cual “la mera estipulación de un negocio en forma inválida no configura un acto ilícito, y no es contraria, de por sí, al principio del neminem laedere; por consiguiente, no hace surgir en la otra parte el derecho al resarcimiento del daño, sino hasta el momento en que se demuestra 37 Corte di Cassazione, sentencia n. 3387 del 14 de noviembre de 1972. que el negocio fue realizado con la voluntad específica o al menos con la previsión de ocasionar un daño de este tipo a la contraparte”. Se trata, sin embargo de un parecer excepcional. Actualmente, se presenta una identidad sustancial entre el neminem laedere y el precepto contenido en el artículo 2043 del Código Civil. También los usos lingüísticos se oponen a esta conclusión, porque en las sentencias se leen frases como las siguientes: “neminem laedere, al que se refiere el artículo 2043 del Código Civil”, o “precepto del neminem laedere del artículo 2043 del Código Civil”, et similia. Pero volvamos a las técnicas de comportamiento previstas por el precepto general. En las máximas jurisprudenciales se advierte que dicho principio tiene una importancia fundamental: el precepto del neminem laedere no impone el deber de proveer al incremento del patrimonio ajeno, sino sólo el deber de no empobrecer tal patrimonio. Esta previsión sirve al intérprete para negar la responsabilidad de los bancos por omisión de identificación del enajenante de títulos de la deuda pública al portador, sustraídos a su legítimo poseedor. Se advierte, además, que “el principio del neminem laedere no implica, en cuanto tal, un deber general e incondicional de esforzarse para proteger los derechos de los terceros expuestos a peligros, dependiendo de factores causales surgidos y desarrollados fuera de la propia esfera del sujeto al que se imputa la omisión; para efectos de la responsabilidad por daños no basta, por lo tanto, una genérica característica de contrariedad a lo que se debía hacer o de reprobación; se requiere, más bien, una identificación precisa, por cuenta de dicho sujeto, de un deber jurídico –propiamente dicho– de impedir el evento lamentado (sobre la base del artículo 40, 2º. párrafo, del Código Penal); este deber, que tiene que determinarse caso por caso, puede derivar directamente de la norma, o bien de una situación específica en la cual el sujeto llamado a responder de la lesión, por no haberla impedido, hubiese estado obligado a realizar una determinada actividad en protección, justamente, del interés lesionado”. También se considera que “el concesionario de una autopista no tiene un deber específico de cercar el camino para impedir el acceso a ella de animales en libertad, y este deber tampoco deriva del principio del neminem laedere, el cual no implica, de por sí, el deber de intervenir activamente, mediante un determinado comportamiento no previsto en ninguna norma jurídica, sino que se agota en el deber de someter la propia conducta a las reglas fundamentales y elementales de cautela y prudencia, en forma tal que no se perjudiquen los derechos ajenos; así, el concesionario en mención no responde del daño derivado a un usuario durante la circulación como consecuencia de la presencia en la pista de un animal en libertad”38. 38 Corte di Cassazione, sentencia n. 4417 del 15 de octubre de 1977, en Giur. it., 1978, I, 1, c. 13. También en este caso se trata de una precisión importante, porque marca un deslinde fundamental entre comportamiento comisivo y comportamiento omisivo, y considera este último como una base idónea de responsabilidad sólo en casos excepcionales. Las razones históricas de este principio –que son ideológicas, además–, han sido objeto de investigación en la doctrina estadounidense, y serán descritas más adelante. Hasta este punto, frente la hoy reconocida identidad del principio analizado con el artículo 2043 del Código Civil, podríamos señalar que estamos satisfechos con los resultados, y que arribamos, expresamente, a la conclusión de que existe una perfecta coincidencia del neminem laedere con la citada norma, pues está adecuadamente formulado como precepto del derecho positivo. Ocurre, sin embargo, que el breve análisis efectuado confirma también que el principio no sólo está destinado a operar en las relaciones entre particulares, sino también en las relaciones entre particulares y la Administración pública. Y cuando causa daños a terceros, la Administración pública se ubica junto a éstos, en el mismo plano privatístico (sin perjuicios de los privilegios que se detallarán en su momento). Es lícito dilucidar, entonces, si el precepto del neminem laedere es totalmente inútil, o si el papel que cumple es importante, porque las máximas jurisprudenciales, como están formuladas, jamás indican explícitamente que el artículo 2043 del Código Civil se aplique también a la Administración pública. Las máximas se sustentan en una perspectiva más amplia, que excede de los confines de la norma, en la cual el neminem laedere se convierte en criterio de apreciación del comportamiento de la Administración pública, sobre la base de la discrecionalidad técnica. Y es en este punto donde el neminem laedere readquiere toda su dimensión, y deviene una norma efectiva de comportamiento del sujeto público. El principio se transforma, en consecuencia, en un límite externo a la discrecionalidad de la Administración pública. Y así lo establece la Corte di Cassazione en materia, por ejemplo, de servicios de utilidad pública: “la discrecionalidad de la Administración pública tiene su límite externo en la observancia del precepto del neminem laedere, que le impone mantener las calles en condiciones tales que no derive para los usuarios –que confían, razonablemente, en el estado aparentemente transitable de las calles– una situación real diversa, que constituya un peligro oculto (como baches o irregularidades), ya sea por el carácter objetivo de su no visibilidad, o por el carácter subjetivo de la no previsibilidad”39. El principio queda especificado en estos términos: él es válido para los terceros y para los dependientes de la Administración pública40, y se concreta en la adopción de “precauciones normales”41. El neminem laedere se presenta, 39 40 41 Corte di Cassazione, sentencia n. 3143 del 13 de julio de 1977. Corte di Cassazione, sentencia n. 4837 del 10 de noviembre de 1977. Corte di Cassazione, sentencia n. 5337, del 9 de diciembre de 1977, en Foro it., 1978, I, c. 260. entonces, como una regla integradora de otras, que plantean límites, a su vez, al accionar de la Administración. Ello fluye, precisamente, de esta máxima: “la discrecionalidad de la Administración pública, en relación con los criterios y los medios relativos a la ejecución y manutención de la obra pública, tiene un límite en el deber de apreciar en la actividad específica no sólo las normas legales y reglamentarias, sino también las normas técnicas y de prudencia común, en especial, la norma primaria y fundamental del neminem laedere, para evitar que deriven daños para los derechos de los particulares, como el derecho a la vida, a la incolumidad, al patrimonio”. En ocasiones, neminem laedere significa deber de vigilancia, protección de la incolumidad de los ciudadanos, protección de la integridad del patrimonio de los mismos. Ello no implica –como saben quienes leen con cuidado las máximas jurisprudenciales y sus respectivos fundamentos– que la Administración pueda, luego, ser condenada por haber efectuado un comportamiento omisivo de tal protección; ello sucede porque junto con el neminem laedere se aplica, de manera más o menos oculta, el principio del “fin de la norma violada”, que impide, según el criterio tradicional, la imputación a la Administración pública de los daños que el ciudadano ha sufrido por la violación de normas de acción (que son distintas de las normas de relación). Queda a salvo, entonces, esta distinción, y no se perjudica la nueva remisión a lo dispuesto en el artículo 2043 del Código Civil, que deviene, ahora, copia inexacta del mejor delineado neminem laedere, como resulta de esta máxima: “el ejercicio por parte de una municipalidad del poder discrecional de elegir en la construcción o modificación de una calle que forma parte de su circunscripción el criterio técnico que ella repute más idóneo, es ciertamente incuestionable para el juez ordinario, pero tiene un límite en el deber general del neminem laedere, a cuya observancia también está obligado el ente público en el desenvolvimiento de su actividad administrativa. Por lo tanto, en el caso en que la ejecución de la obra lesione derechos subjetivos (no sujetos a condición) de los particulares, el ente se encuentra obligado, en virtud del artículo 2043 del Código Civil, a resarcir el daño ocasionado (que, en el caso concreto, fue consecuencia de la falta de adopción de medidas aptas para impedir la inundación del fundo confinante con la calle de las aguas de la lluvia empozadas en ella)”42. c) Sólo para mencionar de forma rápida los demás principios que habrán de describirse puntualmente, son de tener en cuenta los que siguen: 42 – No hay responsabilidad si no existe culpa. – Cuis commoda eius et incommoda. – Causalidad y reparación del daño, aunque fuera imprevisible. – Deber de mitigar el daño. – Reducción del daño en caso de concurrencia de culpas. – Compensatio lucri cum damno. Corte di Cassazione, sentencia n. 2156, del 28 de mayo de 1975. – Nemo potest locupletari cum aliena iactura. – Solidaridad y graduación de la culpa. – Patrimonialidad del daño. Con un análisis, aunque resumido, de las demás experiencias de Europa continental, podemos apreciar una coincidencia casi perfecta –sobre la base de los principios– en los distintos sistemas jurídicos. Cierto es que en la experiencia alemana el texto del BGB presenta diferencias y anomalías, sobre todo en lo que atañe a los bienes protegidos. La elaboración doctrinal y la práctica, empero, han acercado esta experiencia, en gran medida, a su similar italiana (tal como se verá más adelante). 6. La responsabilidad de la persona física y la responsabilidad de las entidades. Las reglas de la responsabilidad civil están escritas como si solamente se refirieran a los individuos; pero la expresión pronominal indefinida “todo aquel que” también comprende a las personas jurídicas. La responsabilidad de las personas jurídicas “regulares” o “de hecho” hace evidente la ausencia de un principio en otros tiempos imperante: el “carácter personal de la responsabilidad” (societas delinquere non potest). El régimen del Código Civil y la elaboración doctrinal y jurisprudencial ordinaria asumen las nociones y los conceptos inherentes a la responsabilidad como si ellos estuvieran vinculados con una actividad relativa a la “persona física”, y a las consecuencias que una persona física puede soportar. Ello se justifica por razones de fidelidad a la realidad porque, en números, los daños causales son atribuibles con mayor frecuencia a personas físicas; pero también entran a tallar razones históricas, ya que la responsabilidad civil es normalmente individual y “personal”. Por largo tiempo, entonces, ha primado la citada máxima “societas delinquere non potest”. Como es obvio, también la persona “colectiva”, el mero grupo ocasional, las personas jurídicas de hecho, las asociaciones reconocidas, las fundaciones, las sociedades de personas, las sociedades dotadas de personalidad jurídica, pueden realizar actos ilícitos, y deben, por lo tanto, soportar sus consecuencias, y asumir y satisfacer las obligaciones resarcitorias derivadas de ellos. Desde esta perspectiva, es necesario distinguir varias hipótesis y situaciones. Se requiere determinar, principalmente, si la entidad (al margen de su naturaleza jurídica, por el momento) responde en cuanto tal. La solución a esta interrogante es inmediata: la persona jurídica responde “directamente” de los actos ilícitos realizados por las personas físicas que hayan actuado en su nombre y por cuenta suya. Las personas físicas, en efecto, son “órganos” de la entidad, y sobre la base de su relación “orgánica”, justamente, todo acto de ellas, realizado con la cualidad que ostentan, se imputa “directamente” a la persona jurídica. La persona jurídica responde, entonces, en virtud del artículo 2049 del Código Civil, por los hechos de sus dependientes. Responde según el artículo 2043, en cambio, por las actividades dañosas de sus “órganos”. Como es obvio, la relación orgánica no debe confundirse con el mandato, el cual presupone siempre la ajenidad de la relación43. a) En lo que concierne a las asociaciones no reconocidas, el artículo 38 del Código Civil no distingue en relación con la naturaleza de las obligaciones de las cuales responden los que actúan en nombre y por cuenta de la asociación. El damnificado podrá, entonces, dirigirse directamente contra la asociación y contra aquellos que hubieren actuado (ilícitamente) por cuenta de ésta. El fondo común responde por los deberes frente a los terceros44. Existirá, por lo tanto, una responsabilidad solidaria hasta la satisfacción, integral del damnificado45. Nada de ello perjudica las relaciones internas entre el grupo y los agentes. Se discute sobre si los administradores, en cuanto tales, deben responder en todos los casos por el daño46, o si sólo deben hacerlo aquellos que han cometido materialmente el acto ilícito. Si se presta atención a la ratio del artículo 38 del Código Civil y a la naturaleza de la relación orgánica, la segunda alternativa parece ser la más convincente. Pero quien sostiene esta tesis47, con carácter general, efectúa luego una excepción para los actos ilícitos, y considera que se puede deducir directamente, ex artículo 2043 del Código Civil, la responsabilidad de los administradores. También se discute en torno de la posibilidad de pretender una excusión preventiva del fondo común. La respuesta, por lo general, es negativa. En el caso de los comités de hecho responden aquellos que componen éstos, y en virtud del artículo 41 del Código Civil. Es indiferente la determinación de sus cualidades o de la persona que haya actuado efectivamente48. b) Si se trata de sociedades de personas, el artículo 2267 del Código Civil impone las obligaciones sociales a la sociedad y a cada uno de los socios (que responden personalmente y solidariamente entre ellos), sin perjuicio de los 43 44 45 46 47 48 A favor de la tesis que aquí se acoge, véase, por todos: GALGANO, Delle persone giuridiche, Bolonia y Roma, 1969, p. 266. En contra: MINERVINI, “Amministratori di società per azioni”, Milán, 1956, p. 373, quien considera que la persona jurídica responde en virtud del artículo 2049 del Código Civil. Para un resumen del debate doctrinal, véase ARATO, en ALPA y BESSONE, La responsabilità civile, cit., vol. III, pp. 400 y ss. Corte di Cassazione, sentencia n. 1037 del 29 de marzo de 1969, en Giur. it., 1969, I, c. 2024. Tribunale de Brescia, sentencia del 25 de marzo de 1970, en Giur. it., 1970, I, 2, c. 567; Corte di Cassazione, sentencia n. 5579 del 10 de diciembre de 1961; Corte di Cassazione, sentencia n. 1655, del 26 de febrero de 1985, en Foro it., 1985, I, c. 2672, con comentario de ARBORE. En tal sentido, GALGANO, op. cit., p. 237. BASILE, “Gli enti di fatto”, en Trattato di diritto privato dirigido por Rescigno, cit., vol. II, 1982, p. 331. Corte di Cassazione, sentencia n. 134 del 12 de enero de 1982, en Foro it., 1982, c. 385. privilegios del beneficium excussionis49. Como es obvio, es necesario que el acto ilícito cometido por uno de los socios, y del cual también son responsables los otros, además de la sociedad, guarde relación con la actividad social50. c) En las sociedades de capitales, la sociedad –sobre la base de la relación orgánica y de la ficción jurídica que hace de ésta un sujeto autónomo– responde directamente y exclusivamente frente a los terceros por los actos ilícitos cometidos por sus propios administradores. Por sus dependientes, en cambio, responde en virtud del artículo 2043 del Código Civil. Pero la normativa se presenta bastante detallada, porque prevé también la responsabilidad personal de los administradores que realizan actos ilícitos: es una responsabilidad que opera, sea para los daños sufridos por la misma sociedad, sea para los daños sufridos por los distintos socios y por los terceros (artículos 2392, 2393, 2395; 2645, 2487, 2516 del Código Civil). Analizaremos la responsabilidad de los administradores, ex professo, más adelante. La sociedad también puede causar daños en su condición de cabeza de un grupo. Este supuesto ha sido examinado, teóricamente, por varios autores51. Un holding, por ejemplo, puede disponer traslados de pasivos desde una sociedad controlada hacia otra, y dañar así a los socios minoritarios y a los acreedores de la segunda, que se ve más endeudada por dicho proceder. Según Francesco Galgano, el accionista podrá fundar su acción de resarcimiento en el artículo 2043 del Código Civil, a causa de la depreciación del bien (las acciones) derivada de las operaciones de la sociedad que está a la cabeza del grupo. El acreedor, igualmente, podrá requerir el resarcimiento por la lesión contra sus expectativas de satisfacción (o bien por la disminución de las garantías sociales). Se ha observado que la causa de la atribución patrimonial de la indemnización no se debe buscar en la aplicación del artículo 2043 del Código Civil, sino más bien al interior del ordenamiento societario, donde el interés extrasocial debe ceder, cuando su búsqueda lesione el interés social. En otras palabras, el abuso de la dirección unitaria derivaría en la invalidez del acuerdo de la sociedad controladora que realiza el abuso, y en la indemnización a la sociedad y socios damnificados52. Pero la responsabilidad de la sociedad-cabeza de grupo significa que responden los administradores de ésta53. Se trata de una responsabilidad de naturaleza aquiliana, porque no existe ninguna obligación previa, de tipo 49 50 51 52 53 Sobre este punto: Corte di Cassazione, sentencia n. 3719, en Giur. comm., 1982, II, 15. Véase también: COTTINO, Diritto commerciale, Padua, 1976, p. 400. Corte di Cassazione, sentencia n. 4378 del 19 de mayo de 1979. Sobre este punto véase: ARATO, cit., pp. 450 y ss. In primis, por GALGANO, “Le mobili frontiere del danno ingiusto”, cit. ROVELLI, “Direzione unitaria e responsabilità nel gruppo”, en Le Società, 1989, p. 1132. Véase: JAEGER, “Direzione unitaria di gruppo e responsabilità degli amministratori”, en Riv. soc., 1986, pp. 818 y ss. contractual, que tenga que ser observada por los administradores de la sociedad controladora frente a la sociedad controlada54. También existe la interrogante acerca de si la sociedad-cabeza de grupo puede ser responsable por los daños causados a terceros por las sociedades controladas. Este problema ha salido a la luz luego de la condena de una sociedad estadounidense que tenía tales características, por daños de contaminación marina causados por un barco de propiedad de una de las sociedades controladas por ella55. En el caso específico, la sociedad-matriz se había interesado directamente en la construcción de la nave y en las operaciones de recuperación. Hay quien se ha preguntado si en el ordenamiento italiano se habría podido dictaminar en el mismo sentido, con cierta duda generada por la ausencia de prueba de la participación en el acto ilícito (en cuyo caso se trataría de una imputación por hecho propio) o por la imposibilidad de equiparar la relación entre las distintas sociedades a la relación entre el comitente y sus encargados, señalada en el artículo 2049 del Código Civil56. 7. Cláusulas normativas generales y estándares de valoración. En un sistema como el italiano, que se funda, esencialmente, en una cláusula normativa general, es necesario identificar los valores que el sistema, junto con los modelos de las sentencias que lo complementan, pretende expresar, así como por los estándares que él permite aplicar. En el artículo 2043 del Código Civil, por lo demás, los estándares que se pueden identificar son distintos, porque se trata de una cláusula normativa general de estructura compleja, y que comprende: a) la injusticia del daño; b) la intencionalidad y culpabilidad en el comportamiento; y c) la dimensión del daño resarcible. Aquí los estándares corresponden al espectro de aquellos intereses cuya lesión comporta injusticia; a los comportamientos que integran el dolo o la culpa; y a las consecuencias dañosas de la lesión, puesto que el área del daño resarcible se define sobre la base de criterios selectivos (nexo causal, concurrencia de culpa del damnificado, etc.). 54 55 56 Así: JAEGER, op. cit. En contra, ROVELLI, op. cit., con amplias referencias. Este último autor toma partido por la violación del deber contractual de corrección. Se trata del caso “Amoco Cadiz”, resuelto por la U.S. District Court de Illinois, con sentencia del 18 de abril de 1987, publicada, con comentario de BONELLI, en Dir. comm. int., 1987, p. 347. G. SCOGNAMIGLIO, “La responsabilità della società capogruppo: problemi ed orientamenti”, en Riv. dir. civ., 1988, I, p. 342. Lo que es objeto de análisis no es el estándar en cuanto tal, sino “el criterio extrajurídico de valoración que el juez establece en el estándar, con miras a la decisión del caso concreto”57. En el esquema propuesto por la doctrina, los estándares reflejan los valores sociales –si éstos existen– que deben tener como intérprete al juez, pero también los valores individuales. En ausencia de valores sociales de referencia (en el caso de la responsabilidad civil, los valores relativos a la protección de los bienes que se consideran socialmente relevantes, y a la nocividad de la actividad dañosa), el juez elige entre los valores alegados por las partes. Existen, así mismo, valores creados individualmente por el juez. En este supuesto, la creatividad alcanza su punto máximo. Para evitar una legitimación de las arbitrariedades, el juez debe emplear argumentos racionales en sus decisiones. Justamente en la evaluación del comportamiento, el juez se refiere muchas veces a circunstancias fácticas, pero ello no significa que en la interpretación de los hechos, y en la confrontación de éstos con los estándares, el juez no cumpla una operación valorativa. Por tal razón, tendrá en cuenta “hechos paramétricos, constituidos de la forma común en que operan sus componentes en la realidad histórica del grupo social”58. El discurso sobre los estándares valorativos se enlaza, inevitablemente, con el de los principios generales. Sin embargo, los principios generales poseen “una fuerte dosis de idealismo”. El estándar es histórico, relativo y, muy a menudo, fáctico; el principio general es una norma jurídica, un complemento de la norma escrita. Nada de lo anotado, empero, hace que el principio general se encuentre menos dotado de historicidad y relatividad (aun cuando autorizados autores, como Angelo Falzea, hablan de los principios como expresiones de valores superiores que no “se han consumado en la historia”)59. 8. Las leyes especiales. El sistema normativo de la responsabilidad civil constituye, por todo lo ya expuesto, un sistema compuesto. En él, junto con la cláusula normativa general y con las hipótesis previstas en los artículos 2047 a 2054 del Código Civil, existen muchos supuestos adicionales, contenidos en los diversos libros del Código y en la legislación especial. No es dado prescindir de estos supuestos, tradicionales y novedosos, aunque no se encuentren contemplados bajo el título “De los hechos ilícitos” del Código. 57 58 59 TARUFFO, “La qualificazione delle decisioni fondate su standards”, en Mat. st. cult. giur., 1989, p. 161. Sobre el tema, véanse los §§ 1 y 3 de este ensayo. FALZEA, “Gli standards valutativi e la loro qualificazione”, en Riv. dir. civ., 1987, I, p. 3. Al respecto, véanse las consideraciones críticas de DI MAJO, en Riv. crit. dir. priv., 1984, p. 544. Es cierto que gran parte de las figuras en mención no son otra cosa que especificaciones de la cláusula normativa general, o una derivación de la misma, sobre todo de la interpretación jurisprudencial, que ha preparado el camino para la intervención del legislador. Constituiría una grave laguna en un análisis de la responsabilidad civil, sin embargo, remitirse exclusivamente a las hipótesis previstas en el título IX del libro VI del Código Civil, pues ello significaría ignorar el sistema, que es más compuesto, y que se ha descrito resumidamente en las líneas precedentes. Es por ello que en nuestra obra insistimos mucho en la descripción, junto con las especies tradicionales, de la multiplicidad y heterogeneidad de intereses protegidos y responsabilidades derivadas de los status, cuando menos de aquellos más innovadores y recurrentes. Y éste es uno de los aspectos que distinguen la nueva doctrina de la antigua doctrina de la responsabilidad civil. En el campo de la responsabilidad civil no se ha verificado aquel fenómeno –hoy muy discutido– que atañe a la pérdida del papel central del Código Civil, y la introducción del “polisistema” fundado en las leyes especiales. En las bases de datos legislativas, las normas relacionadas con la responsabilidad civil, a pesar de estar contenidas en leyes especiales, son casi 1,200. Las leyes especiales en materia de responsabilidad civil son alrededor de 90. Gran parte de dichas leyes está referida a los seguros obligatorios de responsabilidad civil o a la ratificación y ejecución de convenciones internacionales. No obstante esta constatación, las reglas del Código Civil, como fluye de un cuidadoso análisis del repertorio, continúan cumpliendo una función de impulso. La evolución de la responsabilidad civil no ha tenido lugar a través de las leyes especiales, sino mediante las combinaciones de nuevas lecturas doctrinales y nuevas técnicas jurisprudenciales de interpretación. Sin embargo, algunas novedades se han producido a través de los años. Entre las intervenciones legislativas más relevantes es necesario referir: La Ley N.° 1860 de 1960, sobre el ejercicio de actividades nucleares. La Ley N.° 990 de 1969 y la Ley N.° 39 de 1977, sobre el seguro de responsabilidad civil por accidentes de tránsito. También el conjunto de normas relativo a los empleados estatales y a la responsabilidad de la Administración pública (Texto Único N.° 1 de 1957, y las normas sobre las autonomías locales y el procedimiento administrativo). La Ley N.° 216 de 1974, sobre la reforma de las sociedades y la Comisión Nacional de Sociedades y Bolsa (CONSOB). La Ley N.° 136 de 1975, artículo 12, sobre la responsabilidad de las sociedades auditoras. La Ley N.° 349 de 1983, sobre la fabricación de juguetes. La Ley N.° 349 de 1986, sobre el daño ambiental. La Ley N.° 713 de 1986, sobre la producción de cosméticos. El D.P.R. N.° 224 de 1988, sobre la responsabilidad del fabricante en general. Este sistema integrado –Código y leyes especiales– es típico del campo de la responsabilidad civil. Históricamente, el régimen especial ha cobrado un papel relevante, a pesar considerarse “excepcional”, porque ha comportado excepciones a los principios recogidos en el Código Civil, al introducir, en particular, ámbitos de responsabilidad sin culpa. Y se trata, además, de un fenómeno que también se percibe en otros ordenamientosNT. El legislador francés ha intervenido con una nutrida serie de dispositivos. La Ley del 21 de abril de 1810, sobre el concesionario de minas, por los daños a la propiedad en superficie. La Ley del 9 de abril de 1898, sobre los accidentes de trabajo y la responsabilidad objetiva del empleador. La Ley del 10 de diciembre de 1917, sobre la responsabilidad objetiva del instalador de estructuras peligrosas o insalubres, por los daños a los titulares de propiedades colindantes. La Ley del 31 de mayo de 1924 (que se convertiría en el artículo 141-2 del Código de Aviación Civil), sobre los daños causados a las aeronaves en la superficie. La Ley del 8 de julio de 1941, sobre los daños a la superficie generados por los operadores de teleféricos. La Ley del 4 de enero de 1978 sobre los vicios de construcción de edificios. La Ley del 3 de enero de 1968, sobre los daños cometidos por enfermos mentales. La Ley del 5 de julio de 1985 sobre accidentes de tránsito. NT Este sería el caso del Perú, como he sostenido en mi trabajo “Spamming y responsabilidad civil – Compensación pecuniaria y protección resarcitoria ordinaria en el régimen jurídico del correo electrónico comercial no solicitado”, en The Cardozo Electronic Law Bulletin, vol. 11, 2005, en http://www.jus.unitn.it/Cardozo/Review. En dichas páginas he recordado, entre otras leyes peruanas que prevén remedios resarcitorios o cuasiresarcitorios, las que regulan la responsabilidad de los profesionales, técnicos y auxiliares del sector salud (Ley 26842, “Ley general de salud”, de 15 de julio de 1997, artículo 36); la responsabilidad del conductor o propietario de automóviles o del prestador de servicio de transporte terrestre (Ley 27181, “Ley general de transporte y tránsito terrestre”, de 7 de octubre de 1999, artículo 29); la responsabilidad por manipulación de residuos sólidos (Ley 27314, “Ley general de residuos sólidos”, de 21 de julio de 2000, artículo 23); y la responsabilidad del propietario o poseedor de canes (Ley 27596, “Ley que regula el régimen jurídico de canes”, de 14 de diciembre del 2001, artículo 14). En el ordenamiento alemán, la doctrina rinde cuenta de las siguientes leyes60: sobre la responsabilidad en el transporte ferroviario (del 3 de noviembre de 1985); sobre la responsabilidad del Estado por daños causados en las industrias públicas (del 7 de junio de 1871, revisada el 4 de noviembre de 1978); sobre el ejercicio de actividades nucleares (del 23 de diciembre de 1959, revisada el 31 de octubre de 1976); sobre la producción de sustancias peligrosas (del 25 de septiembre de 1980), y sobre el transporte de mercaderías peligrosas (del 6 de agosto de 1975); sobre la contaminación aérea o por ruido (del 15 de marzo de 1974); sobre la contaminación hídrica (del 16 de octubre de 1976); sobre los productos farmacéuticos (del 24 de agosto de 1976). La responsabilidad sin culpa ha sido introducida en el ordenamiento alemán mediante la legislación especial en materia de circulación vial de los medios de transporte ferroviario, de ejercicio de actividades nucleares y de producción de fármacos. Más exactamente61, la doctrina alemana es favorable a la codificación de un principio general de responsabilidad sin culpa, aunque con limitaciones en lo tocante al monto del resarcimiento. En la jurisprudencia, a pesar de un autorizado precedente en contrario62, ha habido sentencias innovadoras en las cuales, recurriéndose a las prescripciones, se arriba a resultados homólogos. Es así como se ha pasado del principio de la proporcionalidad (resarcimiento sobre la base del grado de la culpa) al principio de la reparación total, sin perjuicio de los límites ligados con el daño no patrimonial y con las hipótesis de responsabilidad objetiva. Ha ganado crédito, entonces, la tesis pioneramente formulada por Josef Esser, ya en el decenio 1940-1950, de un sistema binario, o sea, de dos principios paralelos y homólogos por dignidad y por rango: la culpa y el riesgo63. En la legislación especial están codificados principios de gran importancia, pero no siempre coordinados entre ellos. Veamos algunos ejemplos. El legislador italiano se ha preocupado de los mass torts en materia de ejercicio de actividades nucleares. En materia de daño ambiental, el artículo 18 de la Ley N.° 349 de 1986 descarta la solidaridad entre los sujetos que han causado el evento, y concede al juez poderes equitativos respecto de la reparación del daño, e indica como criterios a seguir, en todo caso, la gravedad de la culpa individual, el costo necesario para el restablecimiento y el provecho obtenido por el transgresor. Se trata, obviamente, de criterios que se adaptan al tipo de daño considerado (un daño inmaterial, causado al Estado). Pero tales criterios también podrían ser utilizados para el resarcimiento del daño a la persona. 60 61 62 63 KLINGMÜLLER, en Insurance Confronted by the Changing Notion of Liability, Budapest, 1986, pp. 303 y ss. Sobre este punto, véase: HOHLOCH, “Responsabiità per danni e riforma del diritto tedesco delle obbligazioni”, en Riv. crit. dir. priv., 1984, pp. 609 y ss. Sentencia del BGH, en Versicherungsrecht, 1972, 1047. Sobre este punto, véase: ZWEIGERT y KÖTZ, An Introduction to Comparative Law, trad. del alemán por Tony WEIR, vol. II, pp. 315-320; y PALMER, “In Quest of a Strict Liability Standard under the Code”, en Tulane Law Review, vol. 56, 1982, pp. 1317, 1322. En caso de responsabilidad del fabricante, el D.P.R. N.° 224 de 1988 dispone, por el contrario, la responsabilidad solidaria de los sujetos a los cuales se imputa la creación del daño, y los criterios para la repetición están dados por las dimensiones del riesgo que sean atribuidos a cada uno de ellos, por la gravedad de las culpas respectivas, y por el carácter de las consecuencias generadas. De todos estos temas se tratará más adelante. 9. El derecho comunitario europeo. 9.1. Algunas cuestiones básicas. La adhesión de Italia a la Unión Europea ha comportado la recepción de numerosas reglas formuladas en el ámbito comunitario, y en el campo de la responsabilidad civil (así como en el sector de los contratos, obviamente). Estas reglas, que a veces son fruto de mediaciones entre tendencias y textos diversos ya existentes en los ordenamientos de los Estados-miembros, o bien de origen totalmente comunitario, han sido adoptadas mediante el instrumento de las “directivas”. Esto ha dado lugar a una adaptación no automática, sino compleja, en cada Estado-miembro. En otras palabras, ha implicado la redacción de un texto para la aplicación de las directivas, con la formulación de disposiciones, y con la aplicación de principios generales; con la coordinación con decisiones judiciales, terminologías y conceptos preexistentes. Este fenómeno puede describirse con dos categorías: la adición y la especificación. “Adición”, atendiendo a que la aplicación de las directivas comunitarias tiene como efecto un incremento de las reglas ya existentes en el corpus normativo; “especificación”, atendiendo a que la aplicación tiene lugar mediante la introducción de reglas que tienen un alcance limitado, y no general; por lo tanto, la aplicación tiene también un efecto multiplicador (además de fragmentador) en los regímenes de responsabilidad. Considerando los aspectos de la adición y de la especificación, el fenómeno que venimos tratando no se puede considerar innovador en el proceso de evolución de las reglas de responsabilidad civil. A diferencia de lo ocurrido en la experiencia italiana de los primeros cuarenta años del siglo XX –cuando el proceso evolutivo reposaba en la obra incesante de reformulación y actualización realizadas por la doctrina y la jurisprudencia en el plano interpretativo–, en el decenio 1980-1990 cobra vigor un segundo proceso, más ambicioso y complejo, concentrado en la creación de reglas legislativas, y no ya jurisprudenciales. El proceso es complejo, porque legislar no es ocupación exclusiva del Parlamento, sino también del gobierno, en los casos de la legislación delegada y de las normas reglamentarias, y de las autoridades administrativas independientes. La introducción de estas reglas “especiales” –de derivación comunitaria europea, o expresivas de exigencias internas, indistintamente– llega a complicar la construcción del sistema de responsabilidad civil. Ya no se trata, a estas alturas, de una opción teórica ni de un momento dialéctico entre los autores de la concepción sistemática del derecho privado y los autores de la concepción iusrealista. Se trata de un fenómeno vivo e irreversible, que conduce a una transformación de naturaleza estructural: hoy en día, la responsabilidad civil constituye un complejo de reglas que no se asimila a un sistema, sino en el sentido de la individualización de la relación entre las reglas especiales y las reglas generales contenidas en el Código Civil. 9.1.1. Hacia nuevas perspectivas de la regulación de la responsabilidad civil. De las reglas especiales a las reglas generales. Con el correr de los años, los regímenes especiales de responsabilidad civil se han multiplicado. Nuevas tecnologías, formas de cooperación económica, formas de interacción social, han creado nuevas ocasiones para la producción de daños. En lugar de remitir estas hipótesis a las reglas de la responsabilidad civil contenidas en el Código, que están gobernadas por criterios subjetivos y objetivos de imputación, el legislador ha preferido introducir –o proyectar la introducción de– regímenes especiales de responsabilidad civil, que constituyen excepciones al régimen general en lo que atañe a la imputación de la obligación resarcitoria, al ámbito operativo de las reglas, a los tipos de daños resarcibles y a las modalidades de resarcimiento. Las razones de esta decisión no son unívocas. Existen casos en los cuales el régimen es impuesto por el sistema de las fuentes, como en la responsabilidad del fabricante, introducida en respuesta a una directiva comunitaria. Otras veces, como en la responsabilidad en materia de relaciones concertadas en los mercados financieros, se han tenido en cuenta los ordenamientos y la doctrina con los cuales se habían sugerido enmiendas a textos normativos considerados imprecisos. Y también hay ámbitos en los cuales se han introducido reglas destinadas a corregir tendencias jurisprudenciales consolidadas, como ha ocurrido en la regulación del daño moral por manipulación o “tratamiento” de informaciones personales. Puesto que en cada sector de actividades potencialmente dañosas –atinentes a relaciones económicas o biológicas, sin distinción– se han venido elaborando reglas ad hoc, el área de operatividad de las normas con contenido general se ha ido reduciendo, paulatinamente. Al mismo tiempo, se presencia un fenómeno con antiguo arraigo en el terreno de las relaciones contractuales, donde las reglas del Código Civil sobre “el contrato en general” cumplen la función de “adhesivo” respecto de las reglas especiales destinadas a regular los tipos contractuales específicos. En otras palabras, las reglas generales han dejado de conformar el esqueleto y la estructura que sostienen el sector por entero: ahora los regímenes especiales operan como excepciones a tales reglas. Desde un punto de vista inverso, los regímenes especiales son los que prevalecen y se aplican de primera mano, sin perjuicio de que se haga empleo de las reglas generales cuando las especiales estén incompletas, presenten lagunas o sean imprecisas. 9.1.2. El papel de la jurisprudencia. La intensificación de las intervenciones normativas no se reduce, sin embargo, a la actividad creativa de la jurisprudencia. Aquí se consuman, una vez más, los intentos de modernización de una regulación vetusta, o de aprovechar al máximo las potencialidades de las cláusulas normativas generales. No se puede decir –en lo que concierne a la experiencia italiana– que la responsabilidad civil ofrezca el conjunto de reglas más apropiado para la sociedad mixta, resultante del rechazo a la intervención del legislador, considerada demasiado autoritaria u opresiva, y el rechazo a las soluciones negociales, extremadamente opuestas a la disparidad de poder contractual entre los sujetos involucrados. Se puede afirmar, por el contrario, que las reglas jurisprudenciales han preparado, y no evitado, la intervención legislativa en muchos sectores. A la jurisprudencia, a lo sumo, se han encomendado tareas múltiples y gravosas, como la identificación de las primeras reglas a aplicar, la creación de nuevas reglas donde éstas sean indispensables y la corrección, mediante los procedimientos hermenéuticos, las reglas legislativas consideradas inapropiadas para la necesidad específica. Actualmente, este discurso no se puede limitar a los confines nacionales. También la jurisprudencia del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas ha ganado un espacio propio, y las reglas de derivación comunitaria campean, igualmente, en el campo de la responsabilidad civil. 9.1.3. Un modelo complejo de reglas. Cuando se afirma que el sistema está organizado en torno de reglas generales y reglas especiales, escritas y de nivel ordinario, las cosas se simplifican en gran medida. Además de las reglas de derivación legislativa, de todos los niveles, es necesario tener en cuenta las reglas de derivación jurisprudencial de todos los órganos resolutores. La complejidad del sistema no sólo es estructural, sino también cognoscitiva: hoy en día es necesario un jurista “europeo” para poder dar respuesta a las interrogantes que plagan todos los sectores del derecho, comprendido aquel sector que por años dio la impresión de ser el menos cercano a la evolución normativa y estructural. Pero si se amplían los confines del análisis, entran en juego otras dimensiones, como (i) la que es propia del derecho internacional privado, en su momento reformada, incluso en lo concerniente al régimen de la responsabilidad civil; (ii) la que es inherente a la uniformización del derecho, en relación con el intento de elaborar reglas únicas para todos los países-miembros de la Unión (y más aun, para todos los países de Europa); y (iii) la que es característica de la comparación, para hacer así que los juristas –los europeos, por lo menos– empleen términos, conceptos e instrumentos homólogos, para poder brindar respuestas idénticas a cuestiones idénticas, y para favorecer esa “gradual convergence” que parece desprenderse de la comparación de los modelos de sentencias, aunque no en la de los meros textos normativos. 9.1.4. Un marco de valores comunes. En el ámbito europeo, ya sea a través de la técnica normativa de los reglamentos y las directivas, o mediante la orientación del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas, o mediante los intentos de uniformización, pero principalmente por la circulación de los modelos y las ideas, se está definiendo un cuadro común de valores, en los cuales la responsabilidad civil, entendida como conjunto de las reglas propuestas para la defensa de intereses protegidos, ocupa una posición privilegiada. La persona, la propiedad, el medio ambiente, el crédito, las expectativas –entre los “objetos tutelables”–, así como los consumidores, los ahorristas, los acreedores, los trabajadores, los familiares –entre los “sujetos” de la protección– perfilan el ámbito de operatividad de dichas reglas, que se ordenan según una escala de valores que resulta uniforme en todos los ordenamientos. 9.1.5. Derecho y análisis económico. También los modelos analíticos de estas reglas se han uniformizado. Además del modelo formalista, predominante en Europa continental, y del modelo empírico, predominante en el common law, se está afirmando –en el ámbito doctrinal, por el momento– el modelo del análisis económico del derecho, cuyas elaboraciones teóricas y huellas están presentes en la experiencia italiana, en no menor medida que en Gran Bretaña, Alemania, Francia y España. El análisis económico, abstractamente manipulado, dependiente de las hipótesis específicas, y destinado a la consideración de los efectos económicos de las reglas de administración del riesgo, termina conjugándose con la regulación comunitaria europea, que está encaminada hacia una reglamentación uniforme de un mercado libre y eficiente. La obligación resarcitoria representa un costo –sobre todo para el denominado “comerciante profesional”–, y por ello es obvio que las respuestas del análisis económico y la regulación comunitaria no están formuladas para la eliminación de un costo semejante, como si las externalidades tuvieran que recaer, inevitablemente y fortuitamente, en el público. La respuesta apunta, más bien, hacia una distribución óptima de los recursos, y por consiguiente, de los costos para producir y emplear tales recursos. 9.1.6. La influencia del derecho comunitario en el derecho interno. Más allá de los procesos para la adopción del régimen comunitario en el derecho interno, en todos los casos es imprescindible considerar los efectos que los principios, valores y orientaciones del derecho supranacional pueden tener en la interpretación y aplicación del derecho interno, incluso cuando este último no derive del derecho comunitario. En otras palabras, la construcción, cada vez más compleja, del derecho privado, es la que debe tomarse en cuenta en el sector de la responsabilidad civil, tal como ocurre en el campo del derecho de los contratos. 9.2. Cuestiones preliminares en materia de interpretación de la ley y aplicación del derecho comunitario. Hay una cuestión preliminar que se debe plantear en materia de criterios generales de interpretación de las normas de derivación comunitaria. La pregunta es si la interpretación de estas normas se rige por los criterios señalados en el artículo 12 de las disposiciones preliminares del Código Civil, o si ellas deben coordinarse con los criterios interpretativos provenientes del propio derecho comunitario. Una solución que negara radicalmente lo fundado de este problema podría sustentarse diversamente. Parece claro, sin embargo, que toda argumentación en dicho sentido no se tendría por satisfactoria. En otras palabras, es absurdo sostener que el artículo 12 de las disposiciones preliminares del Código Civil no permite (por no plantearse el problema) recurrir a criterios distintos de los expresamente mencionados. Del mismo modo, no se puede sostener que las disposiciones del ordenamiento interno deben ser interpretadas siguiendo únicamente los cánones previstos en el citado artículo 12 (a saber, interpretación literal y sistemática, interpretación teleológica, interpretación analógica), y que ellas, entonces, sean indiferentes a los cánones comunitarios. Esta posición se opone a la jurisprudencia de la Corte Costituzionale y a la jurisprudencia del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas. Además, las orientaciones jurisprudenciales se relacionan con las disposiciones del ordenamiento interno, preexistentes a la ley comunitaria. A mayor abundamiento, tal argumentación no se sostiene si se tienen en cuenta las disposiciones que son de estricta derivación comunitaria. En el ámbito comunitario y en el de la interpretación constitucional de las leyes se ha precisado que el juez del Estado-miembro debe interpretar la disposición de su derecho interno a la luz del derecho comunitario (“interpretación adecuadora”). Si esta técnica no fuera suficiente, el juez debe abstenerse de aplicar la disposición interna que resulte contraria; y si se mantienen las dudas, la cuestión debe ser elevada al Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas. En todos los casos, el juez debe observar los cánones interpretativos del derecho comunitario. A propósito de los reglamentos (y no debe ser distinta la solución aplicable a los principios contenidos en las directivas), la Corte Costituzionale, mediante sentencia n. 170 del 8 de junio de 1984, ha precisado que “en el plano hermenéutico, rige la presunción de conformidad de la ley interna al reglamento comunitario. Entre las interpretaciones posibles del texto normativo elaborado por los organismos nacionales, se opta por aquella que sea conforme con las prescripciones de la Comunidad, y, por la misma razón, con la disposición constitucional que garantiza la observancia del Tratado de RomaNT y del derecho derivado de éste”. Aunque se trata de un criterio ya señalado en precedentes constitucionales identificables en las sentencias n. 176 y n. 177 de 1981, la NT El tratado “institutivo” de la Comunidad Económica Europea. cuestión ha sido ulteriormente detallada, como resulta de las reseñas sobre la materia64. La doctrina del derecho comunitario distingue entre interpretación conforme, interpretación sistemática, interpretación restrictiva e interpretación útil65. Los criterios interpretativos equivalen sustancialmente a los señalados en el artículo 12 de las disposiciones preliminares del Código Civil. En algunos casos, el legislador interno mismo es el que prevé disposiciones interpretativas que se uniformizan con las antedichas tendencias. Tal es el caso del régimen del antitrust interno, del régimen del mercado financiero, etc. En lo que concierne a la creación de reglas jurisprudenciales, el discurso es más simple. Puesto que se deben considerar los principios de derecho comunitario que actualmente complementan los principios de derecho interno, lo dispuesto en el citado artículo 12 no puede generar problemas. 9.3. Examen de algunos regímenes especiales. Algunos de los sectores a analizar pueden ser tratados de forma unitaria. Así ocurre con las figuras de las responsabilidades emergentes de la circulación de capitales y servicios. 9.3.1. La responsabilidad del auditor. El régimen legal de la responsabilidad del auditor fue introducido en el ordenamiento italiano con la dación de una norma delegatoria prevista en el artículo 4 de la Ley N.° 216 del 7 de junio de 1974. Con este régimen, prefigurado en el D.L. N.° 95 del 8 de abril de 1974, Italia se alineaba a las tendencias ya manifestadas en los países más avanzados, en materia de regulación del mercado financiero y de las sociedades de capitales, y se acercaba a los modelos que se venían elaborando en el ámbito comunitario europeo. En ciertos aspectos, podría hasta afirmarse que así se anticipó la futura adopción de tales modelos. En el D.P.R. N.° 136 del 31 de marzo de 1975, relativo al control contable y a la certificación de los balances de las sociedades anónimas que cotizan en bolsa, se incluía (artículo 12) una disposición relativa a la “responsabilidad civil” de las “personas que hubieren suscrito el informe de certificación”, y de “los dependientes que hubieren efectuado operaciones de control contable”. Dichos sujetos eran considerados solidariamente responsables con la sociedad de auditoría “por los daños a consecuencia de incumplimientos de su parte, o hechos ilícitos frente a la sociedad sometida a auditoría, y frente a los terceros”. 64 65 TIZZANO, Codice dell’Unione Europea, Padua, 1988. MENGOZZI, Casi e materiali di diritto comunitario, Padua, 1998; BALLARINO, Lineamenti di diritto comunitario, Padua, 1997. Posteriormente, la VIII Directiva en materia de sociedades66, relativa a la habilitación de las personas encargadas del control de la ley de los documentos contables, preveía, en su artículo 23, y en la sección dedicada a los requisitos de honorabilidad e independencia, que “los Estados-miembros prescriben que las personas habilitadas para efectuar el control de ley de los documentos señalados en el artículo 1, parágrafo 1, efectúen dichos controles con diligencia profesional”. El tejido normativo se completa con el artículo 164 del Texto único sobre los mercados financieros67, que estipula: “son aplicables a la sociedad de auditoría las disposiciones del artículo 2047, 1er. párrafo, del Código Civil. Los responsables de la auditoría y los dependientes que hubieren realizado la actividad de auditoría contable son solidariamente responsables con la sociedad auditora por los daños consiguientes al incumplimiento de su parte, o de hechos ilícitos frente a la sociedad que ha conferido el encargo, o frente a terceros damnificados”. Se debe apreciar, especialmente, que el nuevo Texto único no ha tenido en cuenta lo dispuesto en el artículo 23 de la VIII Directiva, pues esta disposición ha elegido como criterio de evaluación del comportamiento del auditor el estándar de la diligencia profesional, mientras que el artículo 164, mediante una revisión al artículo 2047, 1er. párrafo del Código Civil, que asume, a su vez, el estándar de diligencia del mandatario (el del “buen padre de familia”, según el artículo 1710 del Código Civil), ha reducido el estándar a la valoración promedio u ordinaria. Esto es contrario a la organización societaria de la auditoría contable y al nivel de control que es de esperar de los auditores. Hay que considerar, además, que tal remisión no comprende el 2º. párrafo del artículo 2047 del Código Civil, que extiende la responsabilidad solidaria a los síndicos. Se trata, por lo tanto, de un régimen benevolente, que se atenúa aun más por las tendencias de la doctrina y de la jurisprudencia, según las cuales, la observancia de los principios contables (redactados por las mismas sociedades auditoras), aun cuando no compartidas por todas, puede ser considerado como un comportamiento sustancialmente correcto. Por otro lado, los casos de responsabilidad de las sociedades de auditoría han surgido recién en épocas no muy lejanas, como consecuencia de tormentosos episodios, las más de las veces, de impredecibles resultados. Parece estar de más subrayar que el texto legal comentado no sólo ha dejado sin solución los problemas aplicativos planteados por el artículo 12 del D.P.R. N.° 136 de 1975, sino que ha añadido otro más, a causa de lo impropio de los términos en él empleados. Más allá de la inútil repetición de los “responsables”, hay que señalar que la disposición no precisa si la responsabilidad tiene lugar solamente para el caso de la auditoría de ley, o si cabe también en la auditoría voluntaria. Tampoco precisa si la actividad auditora se debe considerar actividad intelectual o servicio, ni si la responsabilidad por hecho ilícito deriva simplemente de la culpa (es decir, de la violación de la diligencia del buen padre de familia), o si, por encontrarnos en el plano de la responsabilidad extracontractual, es posible recurrir a la responsabilidad objetiva. Y no se dice, por último, si los sujetos, es decir, las 66 67 Del 10 de abril de 1984, N.° 84/253/CEE. D.L. N.° 58 del 24 de febrero personas físicas allí consideradas (los llamados responsables y dependientes) son responsables solidariamente sólo por dolo o culpa grave, o por culpa pura y simple. Puesto que en el ámbito comunitario europeo la actividad de las sociedades auditoras, como ocurre con todas las sociedades que desarrollan actividades intelectuales, es considerada “servicio”, en el sentido del artículo 60 del Tratado, en el derecho interno se puede hacer referencia al criterio de la responsabilidad objetiva, aun cuando en el derecho comunitario el proyecto de directiva en esta materia ha quedado en suspenso. En todo caso, el comportamiento de la sociedad de auditoría no podrá ser evaluado sobre la sola base de la diligencia ordinaria. Este criterio –de dudosa conformidad con el derecho comunitario, por lo demás–, se refiere a la relación negocial instituida sobre la base de la auditoría voluntaria, pero no incide sobre los criterios de imputación de la responsabilidad por hecho ilícito de las sociedades auditoras. Se debe hacer referencia al dolo y la culpa, en cambio, para los llamados “responsables” y para los dependientes solidariamente obligados con la sociedad de auditoría. Sobre la posibilidad de configurar una responsabilidad extracontractual del auditor, al amparo del artículo 12 del D.P.R. N.° 136 de 1975, se ha acumulado una jurisprudencia innovadora, que distingue entre la responsabilidad contractual del auditor frente la sociedad sometida a auditoría, y la responsabilidad extracontractual frente a los terceros extraños a la relación negocial. Se ha considerado, por lo tanto, la existencia de la responsabilidad de la sociedad auditora que haya ocasionado un balance, cuando la mala información provista por dicho documento, se plantee como una condicio sine qua non de la lesión patrimonial ajena. En el caso específico, los jueces turineses habían establecido que la sociedad auditoria no cumplió diligentemente su tarea, al emitir la certificación a pesar de haber detectado graves irregularidades, y de no haber comunicado éstas a los órganos competentes, internos y externos, de la sociedad. La acción había sido interpuesta por el encargado de la liquidación coactiva administrativa de una sociedad de fideicomiso68. La cuestión estaba vinculada con la responsabilidad por prospectos informativos destinados a inversionistas: la sociedad auditora había destacado la falta de comunicación a los fideicomisarios – tal como se requería en el prospecto informativo– de la identificación y tipología de las cesiones de crédito pro soluto relativas a operaciones de solicitud de ahorro público; al mismo tiempo, había omitido la concreta determinación (mediante la verificación por muestreo, por ejemplo) del incumplimiento, y evitado ponerse en acción, indirectamente, a través del colegio de síndicos, y directamente, para hacer cesar, mediante la intervención de la CONSOB, el comportamiento abusivo de la sociedad de fideicomiso en perjuicio de los ahorristas. 68 Tribunale de Turín, sentencia del 18 de septiembre de 1993, Soc. Ist. Fiduciario Centrale c. Soc. KPMG, en Giur. it. 1993, I, 2, c. 1, con comentario de MONTALENTI; en la misma revista, 1994, I, 2, c. 655, con comentario de SANTARONI; en Fallimento, 1994, 203, con comentario de GIACALONE; y en Giur. comm., 1994, II, con comentario de ROMAGNOLI. 9.3.2. La responsabilidad de los sujetos habilitados al desarrollo de servicios de inversión. El Texto normativo único sobre los mercados financieros [en adelante, el “Texto único”] contiene dos disposiciones en materia de responsabilidad por daños a clientes o terceros en el desenvolvimiento de los servicios de inversión. Se trata del artículo 23, 6º. párrafo, sobre los contratos (según el cual “en los juicios de resarcimiento por daños ocasionados al cliente en el desarrollo de los servicios de inversión o de los servicios accesorios, corresponde a los sujetos habilitados la carga de la prueba de haber actuado con la diligencia específica requerida”), y del artículo 31, 3er. párrafo, sobre los promotores financieros (“el sujeto habilitado que confiere el encargo es responsable solidariamente de los daños ocasionados a terceros por el promotor financiero, aunque tales daños sean consiguientes a una responsabilidad establecida en el ámbito penal”). Ambas disposiciones, a pesar de no ser tan explícitas, están vinculadas con la Directiva 93/22/CEE del 10 de mayo de 1993, que prevé los criterios de comportamiento de las empresas de inversión y de los promotores financieros. El artículo 31, 3er. párrafo, se corresponde con el texto del artículo 5, 6º. párrafo de la Ley N.° 1 del 2 de enero de 1991, con la cual se había anticipado el régimen comunitario europeo de los servicios de inversión. Esta norma, abrogada por el artículo 66 del D.Leg. N.° 415 del 23 de julio de 1996 había sido reimplantada por el mismo artículo 23, 3er. párrafo; y lo mismo ocurrió con el artículo 26, 6º. párrafo, que no había sido incluido en el régimen de las SIMNT (pero su tenor podía asimilarse, de todas formas, a las tendencias de la doctrina en materia), sino en el decreto legislativo de aplicación de la Directiva comunitaria citada, en el artículo 18, 5º. párrafo. Esta disposición también había sido trasladada, sin variaciones, al Texto único. Este es otro de los casos en los cuales la normativa no resuelve todos los problemas interpretativos. En lo tocante al régimen de la responsabilidad de las empresas de inversión, no se precisa si se trata de una responsabilidad contractual o extracontractual. Es cierto que la disposición se refiere a las relaciones de naturaleza negocial que existen entre las empresas y sus propios clientes (la disposición citada se subtitula “contratos”); pero no deja de ser verdad que de la relación negocial pueden derivar actos ilícitos extracontractuales. Por otro lado, el simple contacto que surge con ocasión de la relación puede dar lugar a actos ilícitos extracontractuales (por ejemplo: la revelación de informaciones relativas a la situación patrimonial del cliente, etc.). La disposición sólo prevé la inversión de la carga de la prueba. Respecto del estándar aplicable, se hace referencia a la diligencia específica requerida. Dado que el artículo 21 no precisa el grado de diligencia requerido – pues menciona, genéricamente, la diligencia, junto con la corrección y la transparencia–, se puede precisar, de modo ulterior, que la diligencia requerida es NT Las “società di intermediazione mobiliaria”. Se traduce, literalmente, como “sociedades de intermediación mobiliaria”. la “profesional”, y no la simple diligencia ordinaria, atendiendo a la “profesionalidad” del proveedor del servicio y la naturaleza empresarial de éste. En relación con la responsabilidad por hecho ilícito, sin embargo, se puede teorizar una responsabilidad objetiva de la empresa. Lo mismo vale para el artículo 31, 3er. párrafo, del Texto único, que, justamente por no decir nada en relación con los criterios de imputación de la responsabilidad, deja entender que las empresas de inversión responden en vía objetiva por los daños sufridos por los clientes por obra de lo promotores financieros encargados. Es útil la precisión (para nada novedosa, por otro lado) con la que se establece que la responsabilidad solidaria existe también para los hechos penalmente relevantes. Ello es válido para evitar que la empresa quede sin responsabilidad en caso de dolo del dependiente o encargado. 9.3.3. La responsabilidad por anuncios publicitarios y por prospectos informativos. Estas hipótesis de responsabilidad están previstas, explícitamente, en el Texto único sobre los mercados financieros, pero también pueden replantearse sobre la base de la violación de disposiciones donde están previstos determinados comportamientos, desatendidos por los sujetos sometidos a la regulación, y que son, por lo tanto, actos que ocasionan daños a terceros. Las disposiciones a ser consideradas, en particular, son los artículos 101 (sobre los anuncios publicitarios) y 94 (sobre los deberes de los ofertantes), contenidas en el citado Texto único, en el ámbito del régimen del requerimiento para la inversión. Estas disposiciones están vinculadas con lo dispuesto en el artículo 143, 1er. párrafo, en relación con la idoneidad de las informaciones difundidas en el transcurso del requerimiento, y conllevan la responsabilidad del comitente o de los representantes de las asociaciones de los accionistas; y con lo dispuesto en el 2º. párrafo, según el cual, “el intermediario es responsable de la completitud de las informaciones”. El 3er. párrafo invierte la carga de la prueba, que consiste en demostrar que “se ha actuado con la diligencia requerida”. Indudablemente, una explícita previsión de los criterios de imputación de la responsabilidad, y más aun, de la naturaleza de esta responsabilidad, habría sido útil para evitar las incertidumbres surgidas y los debates que campean en la doctrina y en la jurisprudencia en relación con la naturaleza de la responsabilidad por prospectos de inversión y la naturaleza de la responsabilidad por anuncios publicitarios ilegales o engañosos, así como con el nexo causal y el daño resarcible. En ambos casos –al mediar reglas de comportamiento que son violadas por el sujeto– se está, de todas formas, en presencia de una culpa objetiva. Pero por tratarse de sujetos que deben emplear los criterios de comportamiento propios de la diligencia profesional, también en este caso se pregunta si no será posible imputar a tales sujetos –en relación con la responsabilidad por hecho ilícito– una especie de responsabilidad objetiva, por riesgo de empresa. ¿Acaso la ausencia de una previsión expresa puede inducir al intérprete a descartar la solución aquí propuesta? En el terreno de la jurisprudencia se ha formado una tendencia muy detallada. En un episodio (que dio origen al caso “Cultrera”), se precisó que la sociedad de fideicomiso encargada de emitir certificados representativos de cuotas de una sociedad de responsabilidad limitada (S.R.L.), de los cuales disponga fiduciariamente, debe preparar un prospecto informativo que rinda cuenta de su organización, situación económica y financiera, y de la evolución de su propia actividad financiera69. El destinatario de este prospecto informativo es el público inversionista, y no la CONSOB. Los poderes de control de la CONSOB respecto del prospecto no se limitan a la verificación de la conformidad de la versión preliminar de éste con el esquema-tipo; los poderes de la CONSOB tienen que ver, más bien, con la veracidad de los datos e informaciones brindadas. La aprobación del prospecto informativo por parte de la CONSOB no descarta la responsabilidad de los oferentes en lo que atañe a la veracidad de las noticias contenidas en el prospecto. La referida sentencia fue reformada en la segunda instancia, no tanto en el punto relativo a la existencia de la responsabilidad, sino en la parte relativa a la legitimación activa, por considerarse que el prospecto estaba destinado a la CONSOB70. En otro episodio (que dio lugar al caso “Minoggio c. American Service Bank y Banca Manusardi”), se precisó que el intermediario bancario encargado de la colocación de valores mobiliarios entre el público ahorrista responde frente a éste por las informaciones inexactas provistas acerca del emisor de los títulos, a menos que demuestre que ni siquiera una atenta revisión de las noticias transmitidas por el emitente habría podido sacar a la luz los vicios del prospecto informativo71. El origen de esta responsabilidad ha sido identificado en la lesión de la confianza generada en los suscriptores por la campaña promocional, en torno de la veracidad de las informaciones contenidas en el prospecto, que luego se revelan inexactas. Por otro lado, se le ha calificado como culpa in contrahendo (de naturaleza contractual), atinente a la fase precontractual. Se ha señalado que el daño, limitado al interés negativo, consistiría en la pérdida del capital y en el lucro cesante representado por la utilidad que el inversionista habría obtenido con la realización de operaciones alternativas. La sentencia fue confirmada en segunda instancia72, y al decidirse la apelación se precisó, ulteriormente, que la responsabilidad por prospectos informativos tiene naturaleza precontractual, y recae en los emisores, en los suscriptores del prospecto y en el banco que provee a la colocación de los valores inmobiliarios. 69 70 71 72 Tribunale de Milán, sentencia del 28 de noviembre de 1987, en Banca, borsa e titoli di credito, 1989, II, p. 622. Corte d’Appello de Milán, sentencia del 30 de julio de 1992, en Banca, borsa e titoli di credito, 1992, II, p. 129. Tribunale de Milán, sentencia del 11 de enero de 1988, en Resp. civ. prev., 1988, p. 722; en Banca, borsa e titoli di credito, 1988, II, p. 532; y en Giur. comm. 1988, II, p. 585. Corte d’Appello de Milán, sentencia del 2 de febrero de 1990, en Giur. it., 1992, I, 2, c. 49; en Banca, borsa e titoli di credito, 1990, II, p. 734; en Giur. comm., 1990, II, p. 755; en Nuova giur. civ. comm., 1988, I, p. 499; y en Riv. dir. civ., 1988, II, p. 513. Retomaremos este tema más adelante. 9.3.4. La responsabilidad por insider trading. La responsabilidad civil por insider trading no tiene una definición legislativa, pero puede ser reconstruida teóricamente sobre la base del régimen penal, previsto, a su vez, por la Ley N°. 157 del 17 de mayo de 1991, y por el respectivo reglamento, emitido por la CONSOB73, y ahora por el Texto único sobre los mercados financieros (artículos 180 a 187), que ha abrogado en su totalidad la citada ley, con la sola excepción del artículo 1074. Más allá del tenor de las previsiones específicas, que eliminan la distinción entre informaciones “reservadas” e informaciones “privilegiadas”, y unifica éstas bajo la expresión “informaciones privilegiadas”, el Texto único es harto lagunoso en este aspecto, porque ignora, justamente, los remedios de naturaleza civilística, y porque no se plantea el problema de las class actions, con lo cual se aparta de las experiencias de los modelos normativos más evolucionados. Se deberán aplicar, por lo tanto, las reglas ordinarias en materia de responsabilidad civil, además de asociarse ésta con la responsabilidad derivada de delito. Aquí también se puede establecer una conexión entre la materia analizada y la regulación comunitaria europea, en particular, con dos directivas relacionadas con el régimen de las sociedades (la Directiva 592/89/CEE del 11 de marzo de 1989, sobre la coordinación de las normativas concernientes a las operaciones realizadas por personas que poseen informaciones privilegiadas; y la Directiva 88/627/CEE sobre la comunicación y publicación de las adquisiciones y de las cesiones de participaciones en sociedades con acciones que cotizan en bolsa), y también con la Convención sobre el insider trading, adoptada por el Consejo de Europa el 20 de abril de 1989. Cabe destacar que la Directiva ad hoc deja en total libertad a los Estados-miembros para decidir las sanciones aplicables en caso de violación de las disposiciones adoptadas en ejecución de la Directiva, con la única precisión de que “tales sanciones deben ser suficientemente disuasivas como para inducir al respeto” de las disposiciones previstas (artículo 13). Acerca de la naturaleza de esta responsabilidad (precontractual, contractual, extracontractual), sobre los sujetos legitimados para demandar el resarcimiento del daño, sobre el nexo causal, sobre la determinación del daño, se ha desatado un amplísimo debate en la doctrina75. 73 74 75 Deliberación del 14 de noviembre de 1991, n. 5553. Véase el artículo 214, 1er. párrafo, letra bb del Texto único. Entre los muchos trabajos de investigación dedicados a este tema véanse, desde el punto de vista aquí considerado: ALPA, “La tutela del risparmiatore. Note introduttive”, en Giur. it., 1990, IV, cc. 519 y ss.; ID., “L’informazione del risparmiatore”, en Banca, borsa e titoli di credito, 1990, I, pp. 476 y ss.; SANTORO, “Insider trading: profili civilistici”, en Contratto e impresa, 1992, pp. 663 y ss.; ABBADESA, “L’insider trading nel diritto privato: prima e dopo la legge n. 157/1991”, en Banca, borsa e titoli di credito, 1992, I, pp. 749 y ss.; 9.3.5. La responsabilidad del productor y del prestador de servicios. También la responsabilidad del fabricante de bienes de consumo es de derivación comunitaria europea, a pesar de que la experiencia italiana ya contaba con una doctrina y una jurisprudencia formadas sobre la base de la regulación del Código Civil. En efecto, a través del D.P.R. N.° 224, del 24 de mayo de 1988, se ha dado aplicación en Italia a la Directiva 85/374/CEE, referida al acercamiento de las disposiciones legislativas, reglamentarias y administrativas de los Estadosmiembros en materia de responsabilidad por daños mediante productos defectuosos. La gran discusión que se ha generado en la doctrina, en torno de la naturaleza y ámbito de dicha responsabilidad, debe componerse a la luz de la citada Directiva, que no deja espacio para la supervivencia de hipótesis de responsabilidad por culpa. Ella, por el contrario, identifica claramente, en el supuesto examinado, una hipótesis de responsabilidad objetiva, si bien atenuada en relación con las áreas excluidas de la responsabilidad (por ejemplo: el llamado “riesgo tecnológico”), y a las causas de exclusión. El nuevo régimen –que se retomará más adelante– introduce novedades en materia de prescripción y de daño resarcible. El proyecto de directiva sobre la responsabilidad del prestador de servicios – aun cuando apreciado por la doctrina italiana, y no obstante las perplejidades que suscita– todavía no ha agotado su iter, y, en la actualidad, no es dado ni siquiera predecir si lo completará. Este tema también se retomará más adelante. 9.3.6. La responsabilidad por el tratamiento de datos personales. No obstante la unanimidad de la opinión que considera que el régimen legal sobre la manipulación de informaciones personales (Ley N.° 675 del 31 de diciembre de 1996NT1; D. Leg. N.° 123 del 9 de mayo de 1997; y D. Leg. N.° 225 del 28 de julio de 1997) no puede ser tomado como una simple normativa de aplicación de la Directiva 95/46/CEE del 25 de octubre de 1995, ni puede ser visto como una normativa cabal, porque debe coordinarse con la Directiva 97/CE sobre la protección de la vida privada en el sector de las telecomunicaciones, es indudable que tal Directiva ha tenido incidencia en el texto, y que el legislador la ha tomado en cuenta al dar las nuevas reglas. Aquí se encuentran dos disposiciones que tienen relación, explícitamente, con la responsabilidad civil: el artículo 18 de la citada Ley N.° 675 (en virtud del cual “todo aquel que causa un daño a otro por efecto de la manipulación de informaciones personales está obligado al resarcimiento, en el sentido del artículo NT1 BARTALENA, “Insider trading”, en Trattato delle società per azioni, dirigido por COLOMBO y PORTALE, vol. 10, t. 1, Turín, 1993, pp. 219 y ss.; P. CARBONE, “Insider trading”, cit. Ahora rige el Codice in materia di protezione dei dati personali, o “Codice della privacy”, Decreto Legislativo N.° 196 del 30 de junio del 2003. 2050 del Código Civil), y el artículo 29, 9º. párrafo del mismo texto (“el daño no patrimonial también es resarcible en los casos de violación del artículo 9”, aunque esta última disposición se refiere a las modalidades de acopio y a los requisitos de las informaciones personales). El cotejo del texto de la primera disposición con el “considerando” núm. 55 y con el artículo 23 de la Directiva 95/46/CE permite apreciar que el texto italiano no refleja fielmente el espíritu de ésta. Por un lado, el texto nacional amplía el elenco de los sujetos pasivamente legitimados en el procedimiento resarcitorio, atendiendo a que la Directiva concentra su atención en el “responsable de la manipulación”, mientras que la disposición interna extiende la responsabilidad a “todo aquel” que efectúe una manipulación ilícita. Se podría pensar que estamos frente a una ampliación del área de la responsabilidad, que tiene como consecuencia un reforzamiento de la protección del interesado. En realidad, la ampliación no era estrictamente necesaria, porque lo conveniente pudo haber sido la aplicación de las reglas generales (artículo 2043, 2049, 2050 del Código Civil). Además, tal ampliación restringe los criterios de imputación de la responsabilidad, con la remisión al artículo 2050 del Código Civil, que vale para todos los casos de manipulación, tanto el efectuado por el “responsable de la manipulación”, cuanto el realizado por otros sujetos. El punto más controvertido y discutible se encuentra en la invocación del artículo 2050 del Código Civil. ¿Se debe entender que son válidas, también en estos supuestos, las causas de exoneración de responsabilidad y las limitaciones a la imputación elaboradas por la jurisprudencia a propósito del citado artículo? ¿Se debe entender que estamos en presencia de una hipótesis de responsabilidad objetiva? La Directiva dispone que el responsable de la manipulación puede ser exonerado en todo o en parte de su responsabilidad si prueba que el evento dañoso no le es imputable. El considerando en mención aclara que el responsable puede quedar exonerado “si prueba que el evento dañoso no le es imputable, como ocurre cuando demuestra la existencia de un error de la persona interesada o un caso de fuerza mayor”. Fuera de la inversión de la carga de la prueba que recae en el responsable de la manipulación, el objeto de la prueba es bastante limitado, porque quedan a cargo del responsable los supuestos de causa ignota, los casos que no dependen de error de la persona interesada (es decir, de la culpa del damnificado), y los casos de fuerza mayor. No vale como eximente la prueba de haber adoptado las medidas de seguridad requeridas, que serán especificadas en el reglamento ad hoc, pendiente de emisión por parte de la autoridad gubernativa. En oposición, ya han aparecido en la doctrina tesis destinadas a configurar esta hipótesis como una forma de responsabilidad que no es del todo objetiva, o bien como una forma de responsabilidad del todo equiparable a la responsabilidad por el ejercicio de actividades peligrosas, de cuyo espectro quedaría al margen la causa ignota. En otras palabras, habría existido una equivocación en el empleo del término “imputabilidad” en el texto de la Directiva, que no hace referencia a la culpabilidad, sino a la posibilidad de vincular al responsable con la manipulación producida. Sobre la base de todo lo expuesto, a propósito de la interpretación conforme (con el derecho comunitario europeo) –y, al respecto, no se debería considerar que es necesario corregir el texto en sede legislativa–, resulta claro que la solución al problema no puede ser confiada sino a la interpretación correctiva, destinada a extender el texto nacional hasta que éste llegue a comprender todas las hipótesis de responsabilidad previstas en la Directiva. La segunda disposición es apropiada para el derecho interno, porque con ella se corrige la jurisprudencia que interpreta restrictivamente el artículo 2059 del Código Civil, al considerarlo exclusivamente aplicable a los casos en los cuales media la comisión de un delito. Sin embargo, aquí surge un problema de otra naturaleza: ¿por qué considerar resarcible el daño moral sólo en los casos indicados por el artículo 9, inherentes a las modalidades y a los requisitos de la manipulación de las informaciones personales, y no a todos los casos de daños lesivos contra la persona, vinculados con dicha manipulación, y más aún, con los otros casos en los que se lesionan los derechos fundamentales? Por este camino se arriba a una irrazonable disparidad de tratamiento normativo, que podría ser impugnada ante la Corte Costituzionale. Sobre la protección de la privacy volveremos más adelante75bis. 9.3.7. La responsabilidad por el daño ambiental. Según la opinión de los comentaristas, hay un supuesto en el que Italia ha anticipado la evolución del derecho comunitario: se trata de la introducción, en el artículo 18 sobre el daño ambiental, incluido en la Ley N.° 349 del 8 de julio de 1986, de una disposición general sobre los efectos de la contaminación y sobre la responsabilidad derivada de ésta. En este contexto, no hay espacio para retomar el debate que se ha iniciado en la doctrina y la jurisprudencia en torno de las nociones de “medio ambiente” y “daño ambiental”, y tampoco el vinculado con la amplia normativa –de derivación comunitaria europea– sobre los distintos tipos de contaminación (del aire, del agua, del suelo). Sin embargo, la anticipación que se subraya no ha tenido fortuna, porque la formulación del artículo 18, calcada de la regla general dictada en el artículo 2043 del Código Civil, implica, por un lado, la imputación de la responsabilidad en términos subjetivos, es decir, derivados de la violación culposa o dolosa de la regulación ambiental. Por otro lado, conlleva la liquidación del daño al Estado, y no a los individuos. Muy distinta es la legislación elaborada en otros ordenamientos, como el alemán, donde la responsabilidad por el daño a la persona derivado de contaminación asume las características de la responsabilidad objetiva. Sí son de derivación comunitaria, en cambio, las reglas minuciosas y técnicas relativas a los distintos tipos de contaminación, a las cuales se ha sumado, recientemente, el llamado Decreto “Ronchi”, en el cual se prevé la 75bis Véase: infra, Capítulo VIII. exoneración de responsabilidad del productor de desechos, cuando éstos hayan sido confiados a un operador que disponga de ellos. En la jurisprudencia, la responsabilidad del productor de desechos tóxicos se asimila a la responsabilidad por ejercicio de actividades peligrosas, y es imputada, solidariamente, a este sujeto, así como a otros que intervienen en el proceso de disposición de desechos76. 9.3.8. La responsabilidad por la lesión de intereses legítimos. Frente a la granítica posición de la jurisprudencia ordinaria y administrativa italiana, que tiende a negar el resarcimiento del daño por lesión contra intereses legítimos, a la cual se opone cierta doctrina, hoy en día unánime, que auspicia una modificación radical de semejante orientaciónNT, en el ámbito comunitario europeo, donde la distinción entre derecho subjetivo e interés legítimo no es ignorada, aun cuando se parifiquen ambas situaciones, este resarcimiento sí se considera admisible. La Directiva 89/665/CEE, relativa a los procedimientos de adjudicación de las contratas públicas, prevé una disposición que reconoce el resarcimiento del daño a los sujetos ilegítimamente excluidos de los concursos respectivos. El resarcimiento es consecuencia de la declaratoria de anulación de los actos de adjudicación. El legislador italiano ha dado aplicación a la Directiva citada mediante la Ley comunitaria N.° 142 de 1992, en cuyo artículo 13 se prevé, justamente, que los sujetos que hubieren experimentado una lesión a causa de actos realizados en violación del derecho comunitario en materia de contratas públicas de trabajos y suministros, o de las normas aplicativas de este derecho, pueden demandar a la Administración adjudicadora, frente al juez ordinario, para el resarcimiento del daño. La misma norma es invocada por el artículo 11 de la Ley comunitaria de 1993 (la N.° 146 del 22 de febrero de 1994), relativa a las contratas de servicios. Se discute si dichas disposiciones tienen carácter especial, y, por lo mismo, excepcional. En esta línea de pensamiento se han manifestado las Sezioni Unite 76 NT En tal sentido, véanse: Corte di Cassazione, sentencia n. 9211 del 1 de septiembre de 1995, en Nuova giur. civ. comm., 1996, I, p. 358, con comentario de CERVETTI; en Giust. civ., 1996, I, p. 77, con comentario de GIAMPIETRO; en Resp. civ. prev., 1996, p. 108, con comentario de FEOLA; en Riv. giur. ambiente, 1996, p. 469; y Pretore de Rímini, resolución el 13 de julio de 1989, en Giust. pen., 1990, II, p. 240. El cambio de perspectiva promovido por la doctrina quedó consagrado a fines de la década pasada, con la histórica sentencia de la Corte di Cassazione, Sezioni Unite, n. 500, del 22 de julio de 1999, en la cual se admitió, por vez primera, la naturaleza resarcible de este tipo de daño. Al tema está dedicado uno de los ensayos más recientes del profesor ALPA, “La lesione di interessi legittimi: poche certezze, molti dubbi”, en Resp. civ. prev., vol. LXIX, 2004, pp. 637 y ss. Allí, cautamente, el autor anota que “una vez admitido, abstractamente, el resarcimiento [en esta hipótesis] ¿con qué criterios se debe valorizar el daño? Al respecto, todavía no se ha formado una tendencia unánime. Parece ser que este sea un aspecto totalemente pendiente de ser explorado” (ivi, p. 645). de la Corte di Cassazione77. Sobre este punto, por lo demás, ya se había pronunciado el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas78. Al respecto, remitimos a cuanto habremos de señalar acerca del daño a consecuencia de la actividad del Estado. 9.3.9. La responsabilidad del Estado por el incumplimiento de deberes de fuente comunitaria. La demora con la que muchos de los Estados-miembros se aprestaban a aplicar las directivas comunitarias ha sido determinante para la afirmación de la tendencia jurisprudencial del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas, con la cual se ha dado un efecto vertical a las directivas, y están sujetos a tutela, por lo tanto, los derechos de los específicos perjudicados, por el incumplimiento del Estado al que ellos pertenezcan. Para acelerar el proceso de adaptación del ordenamiento interno al derecho comunitario europeo, en la experiencia italiana se ha inventado la técnica legislativa de la “ley comunitaria”. Pero este recurso no ha sido suficiente para conseguir el resultado deseado. Por tal razón, no han faltado casos en los cuales la violación del deber previsto en el artículo 189, 3er. párrafo, del Tratado institutivo de la Comunidad Económica Europea ha comportado, en el ámbito comunitario, la afirmación de la responsabilidad del Estado italiano por la falta de aplicación de las directivas. Ejemplar –a tal punto que se ha convertido en un auténtico leading precedent– es el caso “Francovich”79, en el cual el incumplimiento se refería a la Directiva 80/987/CEE del 20 de octubre de 1990, relativa a la protección del trabajador subordinado en caso de insolvencia del empleador. Antes de que el legislador italiano eliminara tal anomalía con su normativa ad hoc, había surgido una discrepancia jurisprudencial en lo que atañe al juez competente para establecer y para liquidar el daño80. El legislador se ha pronunciado para regular los criterios de liquidación del daño sufrido por el trabajador con la Ley N.° 428 del 29 de febrero de 1990 (artículo 2, 7º. párrafo). La Corte Costituzionale también se ha pronunciado al respecto, con dos sentencias81. La Corte di Cassazione ha hecho otro tanto, al 77 78 79 80 81 Con la sentencia n. 11077 del 10 de noviembre de 1993, en Foro it., 1994, I, c. 3138. Con la sentencia n. 103/88 del 22 de junio de 1989, en Giust. civ., 1990, I, p. 3, con comentario de COLOBIANCHI. Sin embargo, véanse también las sentencias del 3 de junio de 1992, n. 360/89, en Foro it., 1993, IV, c. 72, con comentario de BARONE, y del 2 de agosto de 1993, n. 107/92, en Foro it., 1994, IV, c. 1. Del 19 de noviembre de 1991, n. 6/90, y n. 9/90, en Foro it., 1992, IV, c. 145, con comentarios de BARONE, PONZANELLI y PARDOLESI. Véase, por ejemplo: Pretore de Pistoia, resolución del 20 de octubre de 1993, en Giust. civ., 1993, I, c. 301. La n. 285, del 16 de junio de 1993, en Foro it., 1993, I, c. 2393, y n. 512, del 31 de diciembre de 1993, en Foro it., 1994, I, c. 316. afirmar la imputabilidad del deber resarcitorio al Istituto Nazionale di Previdenza Sociale (INPS) y no al Estado82. El principio afirmado en el caso “Francovich” ha sido confirmado por el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas en el caso “Grabrielli”, sobre derechos de realización exclusiva de operaciones portuarias83, y con el caso “Brassérie du Paescheur S.A.”, unido con el caso “Factortame Ltd.”84. Con esta última intervención, el Tribunal de Justicia ha precisado de forma bastante analítica el ámbito y alcance del principio de responsabilidad, así como el quantum del daño resarcible. Muy importantes son, así mismo, las conclusiones del entonces procurador general Giuseppe Tesauro, presentadas el 28 de noviembre de 199585. Junto con los derechos violados por el Estado-miembro por incumplimiento de las directivas comunitarias se ha planteado, actualmente, el problema de la responsabilidad del Estado por la violación de los derechos fundamentales del individuo, tal como éstos han sido adoptados en el ámbito comunitario europeo. El tema, aún en vía de elaboración, parece ser de un extraordinario interés, pues – una vez resuelta la cuestión de la indiferencia de la adhesión de la Unión Europea a la Convención de Roma para la salvaguardia de los derechos del hombre, atendiendo a que los principios contenidos en ésta forman parte de los principios del derecho comunitario– se podría, con este medio de sanción resarcitoria, facilitar el ejercicio de los derechos fundamentales de la persona. 10. Las fuentes del derecho internacional. A pesar de su escaso número, las reglas supraestatales que se refieren a los distintos aspectos de la responsabilidad civil no pueden ser ignoradas. Ellas representan, por el contrario, uno de los pilares de la evolución de este sector. Entre los muchos ejemplos, recordaremos la Convención de Varsovia del 12 de octubre de 1929 sobre el transporte aéreo; las Convenciones de París, del 29 de julio de 1960, y de Bruselas, del 31 de enero de 1963 (con el Protocolo de París del 28 de enero de 1964) sobre la responsabilidad derivada del ejercicio de actividades nucleares (OECE) y la Convención de Viena del 21 de mayo de 1963, que creó la Agencia Internacional para la Energía Atómica (de la ONU); la Convención de Bruselas del 17 de diciembre de 1971, relativa a la responsabilidad civil por el transporte de materiales nucleares; la Convención de Bruselas del 23 de noviembre de 1969 sobre la responsabilidad civil por los daños debidos a la contaminación marina por hidrocarburos; la Convención de Estrasburgo sobre los 82 83 84 85 Sentencia n. 10167 del 11 de octubre de 1995, en Foro it., 1996, I, c. 503, con comentario de SCODITTI. Sentencia n. 179/90 del 10 de diciembre de 1991, en Racc., 1991, I, 5889. Las sentencias n. 46 y 48/93 del 5 de marzo de 1996, en Foro it., 1996, IV, c. 322, con comentario de CATALANO. En Foro it., 1996, I, c. 556. accidentes de tránsito (1973); la Convención de Estrasburgo sobre la responsabilidad del fabricante (1975); las directivas comunitarias sobre productos defectuosos (1985) y sobre publicidad engañosa (1984); el proyecto de directiva sobre la seguridad de los productos y sobre la producción de servicios, etc. 11. La responsabilidad civil en el derecho internacional privado. Las disposiciones contenidas en la Ley N.° 218 del 31 de mayo de 1995 (de reforma del derecho internacional privado) que conciernen a la responsabilidad civil son dos. En el artículo 62, subtitulado “responsabilidad por hecho ilícito”, se dispone que el criterio de vinculación con la ley aplicable está dado por el lugar donde se ha verificado el “evento”; se permite, entonces, que el damnificado demande la aplicación de la ley del Estado en que ha tenido lugar “el hecho que ha causado el daño”. Mientras tanto, en el artículo 63, relativo a la responsabilidad por daños mediante productos, el criterio de vinculación está dado, a opción del damnificado, por el lugar del domicilio o la sede de administración del productor, o por el lugar en que el producto ha sido adquirido, a menos que el fabricante demuestre que su producto ha entrado en el comercio sin su consentimiento. La reforma en mención ha introducido una pluralidad de criterios materiales de vinculación, en sustitución de un régimen que era más lacónico y que establecía que las obligaciones no derivadas de contrato se regularan por la ley del lugar de ocurrencia del hecho que había dado lugar a dichas obligaciones (el abrogado artículo 25 de las disposiciones preliminares del Código Civil). Los nuevos criterios no son del todo innovadores; éstos han acogido las tendencias de la doctrina y de la jurisprudencia, maduradas durante la vigencia del régimen anterior. Oportunamente, se ha previsto que cuando las partes son de la misma nacionalidad, y residen en un mismo Estado, se aplica la ley del Estado al cual ellas pertenecen. La hipótesis de la responsabilidad del fabricante tiene en cuenta tanto la circulación de los productos cuanto la exigencia de proteger al damnificado, al cual se concede la elección de la ley aplicable, entre todas aquellas conexionadas con el hecho ilícito. En este alternativa que se reconoce al damnificado, justamente, se identifica un criterio interpretativo de la disposición del artículo 62, 1er. párrafo, antes citado, porque ésta, en su primera parte, hace referencia al “evento”, mientras que en la segunda, con carácter alternativo, se remite al “hecho generador del daño”. Es claro que por encontrarse en una alternativa, el “evento” y el “hecho generador del daño” aluden a criterios distintos. Así las cosas, y en este contexto normativo, el “evento” tiene que ser entendido como la lesión del interés (o del bien) protegido, mientras que el “hecho generador” debe ser entendido como el comportamiento lesivo. La alternativa resuelve, por ello, la diatriba que se había generado en torno de la exégesis del abrogado artículo 25 de las disposiciones preliminares del Código Civil, que daba forma normativa a la “lex loci commissi delicti”, por estar la mayor parte de los autores y de los jueces orientados a considerar como hecho dañoso al “comportamiento”; otros opinaban que para ello se debía atender al daño. A la larga, la alternativa termina haciendo coincidir la lex loci con la lex fori, pues los jueces correspondientes estarán más inclinados a aplicar su propia ley, si ésta resulta aplicable sobre la base de los criterios de vinculación. La solución adoptada coincide con los criterios señalados en la Convención de Bruselas (artículo 5, núm. 3), que, según la tendencia de la doctrina y jurisprudencia del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas, permite al damnificado la opción de la jurisdicción competente, entre la del lugar donde se ha verificado el evento, y la del lugar donde se ha verificado la conducta. CAPÍTULO CUARTO LA ESTRUCTURA DEL ILÍCITO DOLO, CULPA, RIESGO, IMPUTABILIDAD, CAUSALIDAD CONTENIDO: 1. Premisa.- 2. El dolo.- 3. Aspectos y problemas.- 4. El dolo en las tendencias de la jurisprudencia.- 5. La culpa.- 6. Aspectos y problemas.- 7. Perfiles para una comparación.- 8. La culpa omisiva.9. Culpa e ilicitud. Aspectos comparatísticos.- 10. El riesgo.- 11. Aspectos comparatísticos.- 12. La situación actual del régimen de la responsabilidad sin culpa.- 13. La imputabilidad.- 14. El nexo de causalidad.- 15. Problemas actuales.- 16. La concurrencia de culpas.17. La responsabilidad solidaria.- 18. Las eximentes.- 19. El estado de necesidad.- 20. Cláusulas de exoneración de responsabilidad. 1. Premisa. Según la ya analizada concepción “analítica”, el ilícito civil se puede seccionar en distintos elementos componentes, que constituyen su estructura, a la vez articulada, a la vez fija. Se ha hecho referencia, sintéticamente, al requisito de la “injusticia” del daño, que presupone la lesión de un interés jurídicamente relevante, por ejemplo. A este problema se dedica el presente Capítulo. Se ha tratado también de la culpa y del riesgo, en la descripción de las funciones de la responsabilidad, atendiendo a que son criterios de imputación cuyo efecto consiste en la distribución racional de los daños. El dolo y la culpa, como elementos subjetivos del ilícito, son los elementos tradicionales, otrora considerados imprescindibles, pero que ahora no pasan de ser meramente eventuales. La imputabilidad puede referirse tanto al elemento subjetivo cuanto al riesgo, y es entendida, ya sea en sentido subjetivo (idoneidad del sujeto para devenir responsable), o bien en sentido objetivo, de identificación del sujeto al cual se asigna el riesgo. Por último, el nexo de causalidad concierne a la dinámica del evento, y a si éste se encuentra ligado con un comportamiento o con una actividad. 2. El dolo. a) Las fuentes. Además del artículo 2043 del Código Civil, son numerosos los supuestos normativos donde se menciona al dolo, en los distintos códigos y en leyes especiales. En muchos casos, el dolo es ubicado en el mismo plano –para efectos de la configuración de la fattispecie y de la irrogación de las sanciones– de la culpa grave. Lejos de proponer su equiparación total, según reza el adagio “lata culpa dolo aequiparabitur”1, la doctrina resalta la diferencia entre estas figuras. En todo caso, los dos criterios de imputación se encuentran, uno al lado del otro, en los artículos 2236 del Código Civil, 414 del Código de la Navegación, y 60 del Código Procesal Civil; en los textos únicos de las Leyes N.° 3 del 10 de enero de 1957, artículos 21 y 22, N. ° 383 del 3 de marzo de 1934, artículo 261; en el R.D. N.° 2841 del 30 de diciembre de 1923, artículo 12. En otras hipótesis, la normativa hace referencia a la mala fe: por ejemplo, en los artículos 1440, 937, 3er. párrafo, 2920 y 2925 del Código Civil, 96, 1er. párrafo, del Código Procesal Civil; pero son de verse, igualmente, los artículos 833 y 129bis del Código Civil. También hay situaciones en las cuales es la jurisprudencia la que requiere la existencia del dolo para derivar la sanción, por ejemplo, en los casos de denuncias infundadasNT, injuria, difamación, seducción, en hipótesis de competencia desleal, etc. Este punto será tratado en la explicación de las distintas figuras de ilícito. b) La noción. La intencionalidad del daño es la connotación fundamental de este requisito. Algunos autores consideran unitaria la concepción penal, y también la civil, de dolo; pero las sutiles distinciones que son propias de la elaboración teórica penal del elemento subjetivo en el delito se adaptan mal a las más simplificadas (al menos en este caso) nociones del ilícito civil: el dolo se diferencia de la culpa por el elemento volitivo, y ello es suficiente. Más innovador es la propuesta de la doctrina más reciente, relativa a la noción unitaria del dolo contractual y extracontractual: no existe una distinción ontológica, sino únicamente de fattispecie en las cuales opera, respectivamente, la intención lesiva o el engaño. 1 NT Un adagio bastante criticado en la doctrina. Véanse: CIAN, “Lata culpa dolo aequiparatibur”, en Riv. dir. civ., 1963, I, pp. 148 y ss.; CENDON y GAUDINO, en ALPA y BESSONE, La responsabilità civile, cit., pp. 70 y ss. En el Código Civil peruano existe una disposición específica para este supuesto, en la cual el criterio de imputación es, nítidamente, el dolo. Se trata del artículo 1982: “corresponde exigir indemnización de daños y perjuicios contra quien, a sabiendas de la falsedad de la imputación o de la ausencia de motivo razonable, denuncia ante autoridad competente a alguna persona, atribuyéndole la comisión de un hecho punible”. c) Los supuestos. La doctrina más reciente ha llevado aun más allá el análisis del dolo en la responsabilidad extracontractual. Ella ha advertido que existen supuestos en los cuales sólo el dolo –es decir, el elemento intencional– es constitutivo del acto ilícito. Se ha observado también que ciertos comportamientos culposos han sido considerados relevantes (es decir, ilícitos) en tanto y en cuanto atraídos por el dolo. Y se ha apreciado que el monto del resarcimiento en caso de dolo es normalmente más alto (en comparación con los daños por ilícitos culposos), y que la función sancionatoria es preeminente en la represión del ilícito doloso. Posteriormente, la doctrina ha realizado –junto con la cláusula normativa general cifrada en el artículo 2043 del Código Civil– un reconocimiento de las hipótesis en las cuales el comportamiento doloso es relevante. Son supuestos que el Código Civil regula fuera del título dedicado a los “hechos ilícitos”, a pesar de que ellos no dejan de configurar hipótesis de ilícito; pero se trata de hipótesis típicas de ilícito, que tienen como peculiaridad, justamente, al dolo. Sin ambición de realizar un análisis completo, son de considerar, en relación con este último punto, el régimen de los actos perjudiciales realizados por un propietario (en el cual es fundamental el animus nocendi), el dolo contractual (con exclusión del dolus bonus), la reticencia, la inducción a error, la mala fe del tercero en la determinación del objeto del contrato (artículo 1349 del Código Civil), la violencia y la intimidación, el conocimiento del estado de peligro o el aprovechamiento de la situación de necesidad para la celebración de un contrato, la mala fe del que celebra negocios con un incapaz natural, la mala fe del propietario que utiliza materiales ajenos (artículo 935 del Código Civil), el abuso de los medios procesales (artículo 96 del Código Procesal Civil), etc. Los demás casos se refieren a figuras de responsabilidad civil como la seducción, la inducción al incumplimiento, el boicot, la negativa a contratar, las informaciones engañosas, etc., a cuyo análisis específico nos remitimos. 3. Aspectos y problemas. En la mayor parte de los estudios sobre la responsabilidad civil, la posición reservada al dolo es marginal. Los análisis se concentran, principalmente, en su definición, en el problema de su prueba, en las hipótesis destacadas por la jurisprudencia, en las consecuencias del dolo2. También se ha examinado el papel del dolo en el ámbito del análisis económico del derecho3; y no han faltado investigaciones extensas en las cuales se ha propuesto una reconstrucción teórica y a fondo de la historia de la noción, de su relevancia dogmática, de su empleo 2 3 Véanse, por ejemplo: FRANZONI, Fatti illeciti, cit., pp. 161-172; ALPA, BESSONE y ZENOZENCOVICH, Dei fatti illeciti, cit., pp. 98-101; VISINTINI, Trattato breve della responsabilità civile, cit., pp. 309-342. MONATERI, La responsabilità civile, cit., pp. 128-143. práctico4. Acaso por su menor frecuencia en la casuística, o porque es menos fascinante que la culpa, intelectualmente, o quizás porque es menos problemático que la culpa, se reserva escasa atención al dolo, si se le compara con los demás criterios de imputación, y ello ocurre incluso en la bibliografía extranjera sobre el tema5. Sin embargo, la comparación, precisamente, permite resaltar aspectos de gran interés6. Ya hemos señalado en el Código Civil italiano de 1865, a pesar de no estar nominado expresamente, el dolo se presentaba como un requisito distintivo del ilícito, respecto de la culpa, y configuraba un delito, a pesar de que la doctrina estaba dividida en lo concerniente a la definición del cuasidelito. Al desaparecer la diferencia entre delitos y cuasidelitos, con la dación del Código Civil vigente, la inserción de la expresión “hecho doloso o culposo”, en la regla general que da inicio a la regulación de la materia, parece satisfacer una exigencia sistemática, en lugar de reflejar exigencias prácticas atendibles. La conjunción “o”, más que ser empleada en sentido disyuntivo, parece aludir a la entera categoría de los actos ilícitos realizados intencionalmente o sin intención. Ello ha conducido a los intérpretes, en el seno de la doctrina y de la jurisprudencia, a considerar al dolo como un complemento de la culpa, como una hipótesis marginal plenamente asimilada a la culpa en la regulación. Es mérito de la doctrina reciente el desmentido de tal premisa, y la demostración de la existencia de hipótesis en las cuales el dolo tiene una relevancia autónoma propia. En otras palabras, si en la gran mayoría de casos es indiferente, para efectos del juicio de responsabilidad, que el daño sea provocado intencionalmente o no, existen otras circunstancias en las cuales sí cuenta la diferencia7. Lejos de estar limitado a hipótesis típicas, ya sea por la formulación general del artículo 2043 del Código Civil, o bien por la aplicación de esta disposición, al dolo también se le reconoce el papel de componente de una cláusula normativa general de represión o de sanción, que es paralelo y autónomo respecto de la culpa. 4 5 6 7 En particular: CENDON, Il dolo nella responsabilità extracontrattuale, Turín, 1976, y ahora ID., voz “Dolo”, en Digesto delle discipline privatistiche, vol. VII, Turín, 1991, pp. 29 y ss. En la bibliografía jurídica francesa, el dolo en la responsabilidad extracontractual no se denomina dol, sino faute dolosive, o bien faute intentionnelle, y es considerado, como resulta de semejante terminología, una subespecie de la “culpa”, y es más, un “grado” de la culpa. Véanse, al respecto: VINEY, La responsabilité: conditions, en Traité de droit civil bajo la dirección de Ghestin, París, 1982, pp. 737 y ss.; STARCK, ROLAND y BOYER, Obligations, cit., pp. 172 y ss.; MAZEAUD y CHABAS, Traité, cit., pp. 454 y ss. En la bibliografía del common law, no existe ni siquiera una categoría general de dolo, pues la figura se encuentra dividida en otros tantos torts, como assault, battery, malice, deception, intentional interference, etc. Véase: MARKESINIS y DEAKIN, Tort Law, cit., pp. 387 y ss. En cambio, la experiencia alemana es la más cercana a la italiana. Véase, por todos: VON BAR, The Common European Law of Torts, cit., §§ 272, 283. Muy cuidadoso, en este aspecto, es el citado estudio de CENDON, Il dolo nella responsabilità extracontrattuale, cit., pp. 173 y ss. Para la bibliografía en materia, ID., voz “Dolo”, cit., pp. 29-32. CENDON, voz “Dolo”, cit., p. 36. Considerando las reglas operacionales, así como las hipótesis en las cuales la intención de perjudicar tiene un papel propio, la doctrina reciente critica la tesis tradicional que configura el dolo de manera unitaria, en el ámbito del derecho civil, y, más aun, del ordenamiento en general, sin que quede al margen la regulación penal. Es cierto que el comportamiento doloso se detecta cuando el agente no sólo está decidido a dañar a otro, intencionalmente, sino cuando manifiesta, además, indiferencia respecto de las consecuencias dañosas de su acto o comportamiento. Pero también es verdad que es necesaria la conciencia de la antijuridicidad, la ausencia de eximentes y la imputabilidad. Justamente porque existen hipótesis en las cuales el legislador sanciona un acto o comportamiento si deduce que en ellos hay “intención”, se presenta como más correcta la tesis de que el dolo no es una figura unitaria. A la cláusula normativa general del artículo 2043 del Código Civil se suman figuras “típicas” (por ejemplo, la regla sobre los actos perjudiciales realizados por el propietario, a los que se refiere el artículo 833 del Código Civil), que están en condición de privar de fundamento a la concepción unitaria y monolítica heredada de la tradición. Esta conclusión se justifica con distintos argumentos. Existen, ante todo, casos en los cuales el daño no surge si no se demuestra la intencionalidad de la conducta. En tal situación, por lo tanto, ni siquiera se puede configurar un ilícito. Existen también casos en los que el dolo no cumple la función de criterio para la identificación del responsable, sino que su presencia deviene un factor de responsabilidad en sí mismo, tal como ocurre, por ejemplo, en las lesiones contra el honor y la reputación. Existen casos en los que el dolo cumple un papel discriminante respecto de los daños, para evitar que el área del daño resarcible se extienda de manera excesiva, tal como sucede, por ejemplo, en la circulación de informaciones inexactas. Y existen, en fin, casos en los que la particularidad de la hipótesis requiere que se conceda importancia a la presencia de la intencionalidad, aun cuando, normalmente, la presencia de la culpa puede bastar para que se configure el ilícito y, con mayor razón entonces, la existencia del dolo8. El dolo cumple, igualmente, un papel distinto del de la culpa en la identificación de las funciones de la responsabilidad civil. Mientras que en el ámbito de los estudios sobre la culpa –como ya se ha observado, y se confirmará dentro de poco–, la evaluación comparativa de los intereses en juego sugiere, a veces, el sacrificio de la víctima, a fin de no gravar excesivamente con costos al agente, en el caso del dolo no vienen al caso razones de naturaleza económica o moral que sean válidas para salvaguardar al agente respecto de la posición de la víctima. Históricamente, se ha efectuado un recorrido unidireccional, en el sentido de que el área del dolo se ha extendido paulatinamente, a tal punto que llega a abarcar o abstraer hipótesis culposas; la multiplicación de las figuras de ilícito, mediante la atracción al área de la responsabilidad civil de lo que antes se 8 Ibid., p. 40. consideraba irrelevante, se ha debido, a menudo, a la connotación dolosa de un comportamiento9. La función sancionatoria es destacada, además, en los actos ilícitos dolosos, tal como resulta –textualmente– del artículo 1229 del Código Civil, a propósito de las cláusulas exonerativas de responsabilidad; del artículo 1919, en relación con el seguro de responsabilidad civil; del artículo 2059, respecto del resarcimiento del daño moral (según la interpretación común), y así por el estilo. Todas estas sanciones tienden a desincentivar al autor de la realización de comportamientos, aun cuando la gravedad de las consecuencias sobre el patrimonio del dañador podrían parecer antieconómicas. Incluso en los casos en que son admisibles las penas privadas, la presencia del dolo constituye una agravante de la posición del sujeto intencionalmente decidido a dañar a la contraparte10. El régimen legal del dolo también se distingue del asignado a la culpa en lo relativo a la carga de la prueba. En otras palabras, la culpa puede ser presunta; el dolo debe ser demostrado o deducido, y es presuntoNT sólo en casos especiales11. Las distintas nociones de dolo (intención, indiferencia frente a las consecuencias) que han sido resaltadas, implican objetos de prueba igualmente diversos: la intención, al desenvolverse en un ámbito psicológico, puede ser demostrada por el autor, ya sea mediante el juramento y la confesión, o bien mediante la presencia de hechos o circunstancias que normalmente impliquen la existencia de una voluntad de perjudicar; la indiferencia a las consecuencias se puede probar, a su vez, si se hace constar que el agente no podía ignorar el daño que iba a derivarse de su comportamiento, teniendo en cuenta lo que ocurre normalmente, y también el comportamiento que habría realizado un sujeto ordinariamente diligente. 4. El dolo en las tendencias de la jurisprudencia. La jurisprudencia en materia de dolo no es copiosa. Se pueden identificar algunas hipótesis usuales en las que se ha discutido la aplicación del artículo 2043 del Código Civil, incluso en conexión con otras disposiciones del Código, en las cuales el dolo tiene un papel autónomo respecto de la culpa. He aquí algunos ejemplos: 9 10 NT 11 CENDON, Il dolo nella responsabilità extracontrattuale, cit., pp. 329 y ss. CENDON, voz “Dolo”, cit., p. 44. No se justifican, por lo tanto, las críticas que normalmente se formulan, entre nosotros, contra la “presunción de dolo” contenida en la segunda parte del artículo 1969 del Código Civil: “Aquel que por dolo o culpa causa un daño a otro está obligado a indemnizarlo. El descargo por falta de dolo o culpa corresponde a su autor”. En relación con este punto, remito a mi volumen Responsabilidad civil – Líneas fundamentales y nuevas perspectivas, Trujillo, 2004, pp. 52 y ss.; y a FERNÁNDEZ CRUZ, Comentario sub art. 1969, en Código Civil comentado por los 100 mejores especialistas, t. X, Lima, 2005, en especial, p. 55. Por ejemplo, en el caso de la competencia desleal por publicidad engañosa. Véase: FRANZONI, op. cit., p. 171. a) Actos perjudiciales del propietario. En los estudios doctrinales12 y en las compilaciones de jurisprudencia13 los actos perjudiciales del propietario a los que se refiere el artículo 833 del Código CivilNT1 son definidos como actos ilícitos dolosos. En efecto, todo acto realizado por el propietario –y por el poseedor, según algunos, y hasta por el titular de toda situación subjetiva patrimonial, según otros– en contra de terceros, con el fin de generarles, intencionalmente, un perjuicio, un nocimiento (acto nocivo) o, simplemente, una molestia, puede ser asimilado a los actos dolosos que integran el área del artículo 2043 del Código Civil. Sin embargo, las dos hipótesis normativas no son coincidentes, a pesar de que, en ciertos aspectos, la disposición del artículo 833 puede considerarse como una figura particular, una especificación de la cláusula normativa general de responsabilidad civil. El artículo 833 se refiere, en efecto, a los actos realizados por el propietario; en cambio, la cláusula normativa general comprende actos realizados por todos; el artículo 833 requiere una calificación connotativa del animus, mientras que la cláusula normativa general se refiere, genéricamente, a los actos dolosos o culposos (aunque no falten intérpretes que consideran aplicable el artículo 833 a las hipótesis culposas, y que, para ello, realizan una coordinación exegética con el artículo 42 de la Constitución)14. Al margen de sus orígenes, y del particular papel que el artículo 833 del Código Civil cumple en el ámbito de la teoría del derecho –que no ha sido codificado, en términos generales, en el ordenamiento italiano, pero que tiene expresión en disposiciones específicas15–, la norma se justifica sistemáticamente sólo en relación con la eximente del “ejercicio del derecho”, la cual impide a aquel que sufre un daño demandar el resarcimiento de éste si ha sido ocasionado secundum iusNT2. Ahora bien, justamente porque el derecho de propiedad es, por tradición, el derecho más fuerte, su ejercicio resultaría incuestionable, cualquiera que fuera el daño que con él se ocasionara a terceros. Así sería, claro está, si la regla ahora examinada no estuviera codificada. Sin embargo, el análisis de la 12 13 NT1 14 15 NT2 Véanse, por ejemplo: VISINTINI, op. ult. cit., pp. 335 y ss.; MONATERI, op. ult. cit., pp. 133 y ss. CENDON y GAUDINO, en ALPA y BESSONE, La responsabilità civile, cit., pp. 92 y ss. Código Civil italiano: “833. Atti d’emulazione.- Il propietario non può fare atti i quali non abbiano altro scopo che quello di nuocere o recare molestia ad altri”. Ya he señalado que la expresión “atto d’emulazione” (o “atto emulativo”) no tiene equivalente en castellano, por lo que me referiré, siempre, a los “actos perjudiciales del propietario”. Según esta norma, “el propietario no puede realizar actos cuyo fin sólo sea perjudicar o causar molestia a otro”. COSTANTINO, Contributo alla teoria della proprietà, Nápoles, 1967, p. 165. Véase, por todos: RESCIGNO, “L’abuso del diritto”, en Riv. dir. civ., 1965, I, pp. 205 y ss., ahora en ID., L’abuso del diritto, Bolonia, 1998. Esta figura está prevista en el artículo 1971, núm. 1, del Código Civil peruano, como supuesto de “no responsabilidad”. Según esta norma, en efecto, “no hay responsabilidad […] en el ejercicio regular de un derecho”. jurisprudencia demuestra que, a pesar de los intentos por parte de la doctrina, la disposición tiene una escasa aplicación y una interpretación reductiva. Se confirma, en efecto, que el animus nocendi debe ser el fin exclusivo del acto, y que éste no debe ocasionar ninguna ventaja al propietario, ni siquiera de naturaleza estética o espiritual16. La actitud se justifica “por el repudio, por parte del codificador de 1942, del criterio del uso anormal de la cosa”, que dejaría un espacio bien marginal, entonces, al empleo de la disposición17. No se puede recurrir a la norma bajo examen, por lo tanto, en los casos de omisiones18, ni cuando un vecino padece un daño por violación de las distancias en las construcciones19, o por el abuso del bien común, por parte de uno de los copropietarios20, o por la inobservancia de un deber contractual21. En cambio, sí constituye acto perjudicial del propietario la obstaculización de la vista al vecino, realizada mediante la colocación de plantas de gran dimensión en una terraza22. (ii) Dolo contractual, violencia, error, apariencia. La jurisprudencia en materia es abundante, pero atañe, predominantemente, a los aspectos típicos de las acciones contractuales. Queda un área residual para el resarcimiento del daño no recuperable mediante el recurso a las acciones típicas23. Sobre otros aspectos de la interferencia en las relaciones contractuales remitimos a cuanto señalaremos más adelante23bis. (iii) Comportamiento procesal. El artículo 96, 1er. párrafo, del Código Procesal Civil, sobre la litis temeraria, es considerado como una norma especial respecto del artículo 2043 del Código Civil24. Es invocado, bastante a menudo, en los procedimientos judiciales y arbitrales, pero se aplica sólo en raros casos. Cuando esto sucede, da lugar a una responsabilidad procesal agravada, la cual es establecida cuando existe la prueba 16 17 18 19 20 21 22 23 23bis 24 Véase: MONATERI, op. ult. cit., p. 135. GAMBARO, Il diritto di proprietà, Milán, 1995, p. 494, y ya precedentemente: COSTANTINO, “Il diritto di proprietà”, en Trattato di diritto privato, dirigido por Rescigno, cit., vol. VII, Turín, 1982, pp. 224 y ss. Corte di Cassazione, sentencia n. 10250 del 20 de octubre de 1997, en Foro it., 1998, I, c. 69, con comentarios de MOLITERNI y PALMIERI. Corte di Cassazione, sentencia n. 12258 del 3 de diciembre de 1997. Corte di Cassazione, sentencia n. 13102 del 30 de diciembre de 1997. Corte di Cassazione, sentencia n. 1267, del 19 de febrero de 1996, en Foro it., 1996, I, c. 2464. Tribunale de Nápoles, sentencia del 20 de febrero de 1997, en Danno e resp., 1997, p. 615, con nota de BRUNETTI. Al respecto, véase: CENDON y GAUDINO, op. cit., pp. 96-109. Véase infra, Capítulo V. Corte di Cassazione, sentencia n. 3534 del 23 de abril de 1997. incontrovertible de que la parte no podía desconocer el hecho de que no tenía nada que pretender, o si ya había obtenido una compensación25, o si la pretensión se funda en un hecho inexistente26, o si la demanda de procedimiento cautelar es totalmente infundada27, o si la demanda está absolutamente desprovista de pruebas28, o si las pruebas aportadas son falsas29, o si la denuncia penal carece de fundamento30, o si el derecho alegado no existe y se ha inscrito una hipoteca sobre los bienes del deudor31, etc. (iv) Seducción con promesa de matrimonio. También este tema será tratado más adelante31bis. 5. La culpa. Sobre la noción de culpa existe una bibliografía muy amplia32. La culpa es definida en su acepción subjetiva como impericia, negligencia, desatención, etc.; y en su acepción objetiva, como violación de leyes o reglamentos. La calificación de la culpa va frecuentemente de la mano con su adjetivación. Así, este estado subjetivo, o el comportamiento objetivo, se ubica en el ámbito de las distinciones conceptuales que se han estratificado en la tradición. a) Culpa genérica y culpa específica. Configura una hipótesis de culpa, en virtud del artículo 2043 del Código Civil, y desde la perspectiva de la impericia o negligencia, la inobservancia de reglas técnicas idóneas para evitar o disminuir el daño, las cuales, aun cuando no 25 26 27 28 29 30 31 31bis 32 Vease: Pretore de Roma, resolución del 13 de septiembre de 1995, en Temi romana, 1996, p. 138, con nota de CONTICELLO. Giudice di Pace de Turín, sentencia del 25 de marzo de 1997, en Giudice di pace, 1997, p. 288. Tribunale de Roma, sentencia del 9 de febrero de 1995, en Rivista di diritto processuale, 1996, p. 885, con comentario de GASPERINI. Pretore de Monza, resolución del 17 de julio de 1996, en Orient. giur. lav., 1996, I, p. 758. Tribunale de Génova, sentencia del 15 de julio de 1994, en Giur. ann. dir. ind., 1995, p. 517. Tribunale de Bolonia, sentencia del 12 de mayo de 1994, en Giur. merito, 1995, p. 29, con comentario de SCARDILLO. Corte di Cassazione, sentencia n. 9307, del 9 de noviembre de 1994. Véase infra, Capítulo V. Véanse, de los autores recientes: FRANZONI, op. cit., pp. 126 y ss.; VISINTINI, op. ult. cit., capítulos IV y V; y MONATERI, op. ult. cit., pp. 73 y ss. traducidas en leyes o reglamentos, hayan entrado en el uso corriente y sean de aplicación habitual33. En el plano procesal, la culpa genérica se determina según los criterios de previsibilidad. Ambos criterios deben concurrir, y no es suficiente la presencia de uno en defecto del otro. En el juicio se toman en cuenta las condiciones en las cuales se podía prever o prevenir el evento, así como el esfuerzo –del hombre promedio– para poder alcanzar el resultado de la evitación del daño. Culpa específica, por el contrario, es la violación de normas, reglamentos, ordenamientos o regímenes prescritos por la autoridad. Determinar esta culpa es más simple, pues basta determinar la violación de lo establecido. Se aprecia un abandono de la concepción de la culpa que estaba teñida de contenidos morales, en todos los sistemas donde se ha acreditado una noción de culpa objetiva, con las atenuaciones de las circunstancias del caso, efectuadas por un juez con amplios poderes discrecionales de evaluación. La culpa objetiva es apreciada en cuanto tal, sin tener en cuenta la voluntad interna ni las intenciones o condiciones psicológicas del dañador. El criterio que se usa es el comportamiento del hombre promedio. Empero ¿corresponden estas premisas de carácter general a la realidad de las cosas, es decir, a la práctica del derecho? A falta de análisis precisos de los modelos de juicio seguidos por los jueces, parece conveniente formular ciertas dudas. Ello es lo que sugiere la doctrina que propende –atendiendo a la apreciación de las circunstancias, justamente– a una evaluación de la culpa en concreto, así como la doctrina que distingue acepciones, tipos, evaluaciones de la culpa según las hipótesis particulares, o las relaciones en cuyo marco opera el dañador. Hoy la doctrina habla de diligencia “calificada”34, o de regímenes diferenciados de la culpa35. Ello es lo que ocurre en la culpa del profesional o del que realiza actividades comerciales o industriales potencialmente dañosas. Como es obvio, no se realiza una evaluación de la culpa del agente en el caso de ejercicio de actividades o de titularidades de relaciones para las cuales el Código Civil o las leyes especiales prevean una responsabilidad presunta o una responsabilidad objetiva propiamente dicha. La evaluación de la culpa se realizará –si es el caso– considerando el comportamiento de la víctima, cuando ésta hubiere participado activamente en la producción del evento o hubiere omitido asumir los cuidados necesarios o evitado cooperar para reducir la amplitud del daño36. 33 34 35 36 Tribunale de Nápoles, sentencia del 9 de octubre de 1986, en Resp. civ. prev., 1988, p. 407, con comentario de TASSONI. FORCHIELLI, voz “Colpa (diritto civile)”, en Enc. giur., Roma, 1988, p. 5 (de la separata). C. MAIORCA, voz “Colpa civile (teoria generale)”, en Enc. dir., vol. VIII, Milán, 1960, pp. 580 y ss. En contra: FORCHIELLI, La responsabilità civile, Bolonia, 1986, p. 5. b) Culpa civil y culpa penal. La concepción penal de la culpa, que es eminentemente subjetiva, ha sido confirmada por la sentencia de la Corte Costituzionale n. 364 de 1988, en la que se ha declarado la ilegitimidad parcial del artículo 5 del Código Penal, en la parte donde no excluye la ignorancia inevitable del ámbito de la inexcusabilidad de la ignorancia de la ley penal. La Corte ha optado por sugerir al legislador una formulación distinta del citado artículo, en los siguientes términos: “la ignorancia de la ley penal no es excusa, a menos que se trate de una ignorancia inevitable”. Es conveniente precisar, ahora, el alcance interpretativo de esta sentencia, porque ella podría dar la impresión de ser demasiado amplia y, por lo tanto, peligrosa. La Corte ha identificado algunas hipótesis en las cuales la ignorancia es inevitable, a saber: cuando el Estado no cumple su tarea de reformar de modo adecuado al destinatario del precepto; cuando se efectúan afirmaciones erróneas de personas institucionalmente delegadas para emitir juicio sobre el hecho, y que, por lo tanto, inducen al individuo a considerar que no estaba cometiendo una infracción; y, por último, cuando se hace lo requerido para estar adecuadamente informado. La ignorancia es inevitable cuando existe una “carencia de socialización” del agente, o bien una objetiva imprevisibilidad de la ilicitud del hecho. Se ha destacado que la sentencia referida adhiere a la doctrina moderna37, la cual considera la culpabilidad como un concepto autónomo respecto de la relación entre sujeto y hecho material típico, pues concierne a la relación entre sujeto y norma. Dicho principio cumple una función de garantía, porque asegura al individuo la certeza de una libre decisión de acción: “para garantizarle –dice la Corte– que será llamado a responder únicamente de las acciones que él puede controlar, y jamás de comportamientos que sólo de manera fortuita producen consecuencias penalmente prohibidas”. Así pues, se descarta de plano la responsabilidad objetiva, salvo para los casos excepcionales. Ahora la doctrina moderna acoge, preeminentemente, la teoría “mixta” de la culpa, que tiene un doble valor: objetivo, porque expresa la conducta que viola la regla cautelar objetiva; y subjetivo, porque forma parte de la culpa la capacidad subjetiva del agente para observar dicha regla38. c) La culpa profesional. Al interior del sistema de la culpa, la doctrina y la jurisprudencia han aislado el sector de la culpa “profesional”, es decir, de la culpa que es propia de aquellos que ejercen una profesión. 37 38 BRICOLA, voz “Teoria generale del reato”, cit., pp. 53 y ss.; FIANDACA, en Foro it., 1988, I, c. 1385. MANTOVANI, voz “Colpa”, en Digesto delle discipline penalistiche, Turín, p. 303. La historia de la culpa profesional es una historia de privilegios e inmunidades; privilegios de la categoría de los profesionales, decididos a obtener un régimen diferenciado para sus propias actividades, e inmunidades derivadas del tipo de actividad, pero, sobre todo, de la pertenencia de la mayoría de ellos (por no decir de su totalidad) a la clase burguesa dominante (y codificadora, además). El Código Civil italiano de 1865 no contenía una regla específica para tales propósitos. El trabajo dependiente estaba ubicado en el ámbito de la “locación de obra”, con lo cual esta actividad se degradaba a la condición de una simple prestación de energías para la ejecución de operaciones respectivas y mecánicas. En cambio, la relación entre el profesional y su cliente estaba ubicada en el ámbito del mandato, “con la idea –ni siquiera tan velada, como se ha dicho– de conservar para las profesiones intelectuales su típico origen liberal, y de garantizar su plena independencia y amplia discrecionalidad”39. En la Relazione del Guardasigilli se confirma esta premisa, al observarse, en el comentario del artículo 2236 del Código Civil: “en la regulación del aspecto contractual se ha dado solución a los dos problemas que se debaten en la responsabilidad del profesional y en la relación entre profesión y empresa, mediante la adopción de los resultados de la elaboración jurisprudencial y doctrinal”. En cuanto al primer problema (artículos 172-2236) nos encontramos frente a dos exigencias opuestas, a saber: la de no perjudicar la iniciativa del profesional, mediante el temor de injustas represalias por parte del cliente en caso de fracaso, y, en sentido contrario, la de no ser indulgentes frente a decisiones no ponderadas o a inercias reprobables del profesional. El Código ha considerado que el punto de equilibrio está en aplicar las reglas normales de responsabilidad, al contemplar, sólo en presencia de problemas técnicos de particular dificultad, la exención de responsabilidad del profesional por culpa leve”40. Es así como nace una norma que constituye un unicum en los códigos europeos continentales: si la prestación implica la solución de problemas técnicos de particular dificultad, el prestador de obra no responde de los daños, sino en caso de dolo o culpa grave NT. Se ha dicho que esta norma “es un claro ejemplo de las imperfecciones que se pueden generar, principalmente, cuando concurren opiniones que se van consolidando, a fuerza de equívocos y defensas de carácter gremial”41. 39 40 NT 41 COMPORTI, en La giurisprudenza per massime e il valore del precedente, Padua, 1988, pp. 435 y ss. Sobre la noción de culpa y sobre la culpa profesional, véase VISINTINI, I fatti illeciti, vol. II, Padua, 1990, especialmente, pp. 93 y ss. Relazione al Re, núm. 110. Esta norma del Código Civil italiano ha sido mal transcrita, y con desconocimiento de toda la problemática que envuelve su interpretación y aplicación en su ordenamiento de origen, en el Código Civil peruano: “Art. 1762.- Si la prestación de servicios implica la solución de asuntos profesionales o de problemas técnicos de especial dificultad, el prestador de servicios no responde por los daños y perjuicios, sino en caso de dolo o culpa inexcusable”. BRECCIA, “La colpa professionale”, en ALPA y BESSONE, I contratti in generale, 2ª. ed., Turín, 1999, p. 320. Desde su aparición, la norma fue alejada de su significado original: en un inicio, se quería descartar o limitar la responsabilidad del profesional si era ncesario resolver problemas “de especial dificultad”. Pero la norma fue entendida como si su fin fuera responsabilizar al profesional sólo por errores, negligencias o descuidos graves, de modo se le eximiera por culpa leve o por culpa media en todos los casos. La jurisprudencia ordinaria ha incurrido en esta errada interpretación: hasta hace algunos años, los modelos de sentencias repetían semejante premisa. Sólo en tiempos recientes se ha dado crédito a las críticas de la doctrina, y así ha comenzado a erosionar el área de los privilegios e inmunidades. En la nueva línea de interpretación, el profesional responde –como todos los demás sujetos que desarrollan una actividad que no es simple y requiere cierta competencia– por la culpa ordinaria, calificada según el patrón de la diligencia profesional (artículo 1176, 2º. párrafo, del Código Civil). Sólo en los supuestos de particular dificultad, a ser precisados en cada ocasión, mediante la apreciación de las circunstancias específicas, se podrá eximir al profesional de su responsabilidad por culpa leve. Se discute si la eximente comprende también la culpa leve. Al respecto, un ilustre autor ha propuesto distinguir entre las obligaciones, objeto de la relación con el cliente, que comprometen a emplear la pura diligencia (llamadas “obligaciones de medios”) y las obligaciones que comprometen, en cambio, a la realización de un resultado positivo (llamadas “obligaciones de resultado”). Esta distinción, que todavía perdura en Francia, si bien sometida a tenaces críticas, no es admisible entre nosotros, y no puede aplicarse, por lo tanto, en el plano de la culpa profesional42. En sentido contrario parece expresarse la Corte di Cassazione43, que ha acreditado la tesis según la cual se puede atribuir al profesional una obligación de medios, mas no una de resultado. Pero el alcance de la sentencia donde se expresa ello tiene que entenderse dentro de sus confines precisos: a pesar de admitir la distinción de las dos categorías de obligaciones, los jueces no reconocen una inmunidad para el profesional; lo que ellos observan es que el incumplimiento de éste, si bien no puede deducirse solamente de la falta de obtención del resultado útil que buscaba el cliente, debe evaluarse, sin embargo, atendiendo a la violación de los deberes inherentes al desenvolvimiento de la actividad profesional, y, en particular, del deber de diligencia, a ser entendido, en aplicación del principio fijado en el artículo 1176, 2º. párrafo del Código CivilNT, “según la naturaleza de la actividad ejercida”, es decir, como prestación de aquella diligencia promedio que alguien con preparación profesional y con atención media debe tener en el desarrollo de la obra a favor de su cliente. 42 43 NT Sobre este punto, véase también COMPORTI, op. ult. cit., p. 352. Mediante la sentencia n. 3463 del 18 de mayo de 1988, en Corr. giur., 1988, pp. 989 y ss. Código Civil italiano: “1176. Diligencia en el cumplimiento.- En el cumplimiento de la obligación el deudor debe emplear la diligencia del buen padre de familia. En el cumplimiento de las obligaciones inherentes al ejercicio de una actividad profesional, la diligencia debe evaluarse atendiendo a la naturaleza de la actividad ejercida”. En los fundamentos del fallo en mención se precisa también que sólo la solución de problemas técnicos de particular dificultad comporta, en virtud del artículo 2236 del Código Civil, una atenuación de la responsabilidad normal, de modo que el profesional sea considerado responsable únicamente por dolo o por culpa grave. La cuestión trataba sobre la responsabilidad de un abogado que no había procedido a presentar pruebas testimoniales favorables a su cliente, pues sostenía que ellas eran inadmisibles respecto de la fase de los tratos previos al contrato si éste tenía como objeto una transferencia de empresa. Sin perjuicio de lo señalado, hoy son básicamente dos los aspectos relevantes de la culpa profesional: a) la apreciación de la organización de medios y personas de los que se vale el profesional para desarrollar su actividad; b) la subdivisión de la culpa profesional según los estatutos que regulan a las distintas categorías de profesionales. Estos dos aspectos implican, al mismo tiempo, cuestiones de orden práctico y cuestiones de carácter dogmático. Ello ocurre porque será necesario, según cada caso, determinar si el profesional, en la relación con su cliente, se ha valido de su propio trabajo, del trabajo de dependientes o del trabajo de otros colegas, si la labor ha sido efectuada en equipe; así mismo, es menester precisar cuáles son las reglas previstas por los diversos colegios profesionales, las directrices que emanan de los códigos deontológicos (si éstos existen) y su relevancia en el ámbito del juicio en torno de la culpa. En el primer caso, se podría incluso plantear la hipótesis de un traslado desde el área de la culpa hacia el área de la responsabilidad de empresa, todas las veces que la prestación sea el resultado de una organización de medios y de dependientes, los cuales, a menudo, son los que realizan la relación con el cliente. En el segundo caso, se está en presencia, no tanto de una noción unitaria de culpa profesional, sino de un número de nociones que es equivalente al de las diversas profesiones. Conviene advertir, por otro lado, que la evaluación de la culpa presenta objetos muy diversos cuando se debe examinar el comportamiento del periodista (cuyo examen guarda relación con la responsabilidad por la circulación de informaciones y el uso de medios de comunicación) o el comportamiento del médico, por ejemplo. Pero se ha identificado, igualmente, un “régimen” de la responsabilidad del notario, del abogado, del síndico de quiebras44 y de otros 44 CASELLI, en La responsabilità civile, al cuidado de Cendon, Milán, 1988, pp. 219 y ss.; LO CASCIO, “La responsabilità del curatore del fallimento”, en Giur. comm., 1983, I, p. 834. Ambos autores discuten sobre el alcance del artículo 38 de la Legge fallimentare [Ley de quiebras]. El primero considera que la naturaleza de esta responsabilidad es extracontratual; el segundo juzga que es contractual. Sobre los regímenes de responsabilidad de otras categorías de profesionales, véanse las contribuciones de VIGOTTI (responsabilidad de los profesionales), CLARIZIA y RICCI (abogado), PEDEMONTE (juez), LEPORI (notario), FIGONE (farmaceuta), TENELLA SILLANI (periodista), todas en ALPA y BESSONE, La responsabilità civile, cit., vol. IV. profesionales señalados según cada caso (además de arquitectos, ingenieros, geómetras, contadores, etc.). Incluso un historiador puede incurrir en responsabilidad si omite, en el desarrollo de sus investigaciones y al rendir cuenta de éstas, informaciones y datos importantes45. Un régimen particular es el reservado, como veremos más adelante, a los magistrados y a los funcionarios públicos. Con todo, si se excluyen estas dos últimas hipótesis, se debe seguir con atención la distinción entre los profesionales que desarrollan un trabajo autónomo sobre la base de un contrato de obra tout court, y los profesionales que prestan un trabajo autónomo sobre la base de un contrato de obra intelectual46. Pero existen excepciones a esta regla. En ellas, precisamente, se pretende extender la inmunidad incluso a aquellos que, a pesar de no pertenecer a un colegio profesional, ejercen una actividad normada por un reglamento gremial y sujeta a principios deontológicos. En este último sentido se expresaron las Sezioni Unite de la Corte di Cassazione, en la sentencia n. 1282 del 6 de mayo de 197147, donde se precisó que el artículo 2236 del Código Civil puede, y debe, tener aplicación más allá del campo contractual, es decir, en el campo extracontractual, porque prevé un límite de responsabilidad para la prestación de la actividad de los profesionales en general, ya sea si ésta se efectúa en el ámbito de un contrato, y constituye, entonces, cumplimiento de una obligación contractual, o bien si es apreciada fuera de una relación contractual propiamente dicha y, por ello, como posible fuente de responsabilidad extracontractual. Por lo demás, la ratio misma de la norma limitadora de la responsabilidad, que en la Relazione del Código se identifica en la exigencia de “no perjudicar la iniciativa del profesional mediante el temor a injustificadas represalias por parte del cliente en caso de fracaso”, está presente en relación con la responsabilidad contractual y con la responsabilidad extracontractual, con mayor razón porque en el campo de las prestaciones profesionales y, en particular, en las de los médicos y cirujanos, la actividad que constituye su fuente primaria es siempre única e inescindible, sea que exista o no exista, que esté o no en discusión, un vínculo contractual entre profesional y cliente. 45 46 47 Cfr. LIBERATI SCISO, “Ancora sulla responsabilità dello storico”, en Foro it., 1989, IV, cc. 197 y ss., como comentario a la sentencia del Tribunal de grand instance de París del 14 de mayo de 1984; e ID., en Foro it., 1986, IV, c. 87. La atención de la jurisprudencia francesa frente a este tipo de omisión ya ha sido destacada por nosotros en las páginas anteriores. Distinción actualmente en crisis, luego de la aplicación del artículo 60 del Tratado CEE, que considera toda prestación de manera unitaria, bajo la categoría de los servicios. En Giust. civ., 1971, I, p. 1417. No está de más añadir que la regla limitadora de responsabilidad por errores profesionales sólo a los casos de dolo o culpa grave ha tenido aplicación incluso en el campo penal48. El paso entre la responsabilidad contractual y la extracontractual es breve, y así lo ha sido para la jurisprudencia que ha persistido en el equívoco de aplicar la inmunidad incluso ante ilícitos cometidos por los profesionales. La concepción unitaria de la culpa y el empleo de idénticos criterios de valoración (aun cuando los dos regímenes, civil y penal, tengan fines bastantes diversos) han hecho, entonces, que en los pocos casos en los cuales se ha distinguido entre el área contractual y el área extracontractual, no se haya tenido el cuidado de someter a revisión este régimen benevolente, atendiendo a la posición de la víctima. En este sector se ha producido, de todas maneras, un cambio, junto con la evolución de la culpa profesional de naturaleza contractual. El examen de estas hipótesis debe efectuarse al estudiar los regímenes especiales de responsabilidad que contiene el Código Civil. 6. Aspectos y problemas. Puesto que la culpa –como se viene afirmando, con insistencia, y como resultará con mayor evidencia del análisis de las omisiones o de las referencias de carácter comparatístico que se efectuarán a continuación– constituye una de las cuestiones clásicas de la responsabilidad civil, no debe causar extrañeza que la doctrina haya sido incapaz de lograr una concepción unívoca de ella, ni que el tema sea objeto de replanteamientos, críticas y profundizaciones. Sin ambiciones de plenitud, pasamos a referirnos, resumidamente, a algunos de los problemas que se discuten en la actualidad. (i) La culpa subjetiva. En las páginas anteriores se ha precisado que la culpa se entiende en sentido objetivo, y en dos diversas acepciones: por un lado, como una especie de violación de normas de conducta específica, previstas por leyes y reglamentos; por otro, como una noción privada de toda referencia a la moral y a los estados mentales del fuero interno. Sin embargo, en alguna investigación se ha reabierto el debate sobre sus reglas operacionales, para establecer si en lugar de un estándar unitario, homogéneo y abstracto, el juez, en el juicio de responsabilidad, tiene en cuenta las características del sujeto-agente y calibra su evaluación en función de éstas para afirmar la responsabilidad del sujeto, y si la noción-parámetro está 48 Cfr. la sentencia del 6 de marzo de 1967, imputado: Izzo, en Foro it. Rep., 1967, voz “Reato colposo”, núms. 111, 112, y del 26 de enero de 1968, imputado: Chiantese, en la misma revista, 1968, voz cit., núm. 76. dotada de características relativas y asume, entonces, rasgos de subjetividad49. En otras palabras el estándar promedio, construido sobre la base del diligens pater familias resulta desmentido en los casos de presencia de sujetos-agentes inferiores o superiores al “tipo promedio de miembro de la sociedad”. En lo concerniente a los sujetos inferiores al tipo promedio, la referencia es a los menores de edad capaces de entender y de querer y a los enfermos psíquicos; en lo que atañe a los sujetos superiores al tipo promedio, la referencia es a quien tiene gran experiencia profesional y está dotado de superior cantidad o calidad de informaciones. Para elaborar un patrón objetivo, pero no monolítico, es decir, que tenga en cuentas las diversas circunstancias subjetivas del agente, sin exponer el juicio de responsabilidad al puro arbitrio, se ha perfilado un modelo objetivo detallado, siendo imposible evaluar la culpa de los tipos “menores” o “mayores” sobre la base del estándar promedio del hombre común o, por decirlo así, “normal”. El modelo para aquellos que se encuentran en una posición inferior al parámetro promedio se refiere a los enfermos mentales y a los menores de edad. De ordinario, a estos últimos no se imputa ninguna conducta omisiva, y se considera con indulgencia la concurrencia de culpa de su parte. Sin embargo, a los menores que están cerca de obtener la mayoría de edad se les aplica el parámetro ordinario. Los ancianos y los enfermos físicos requieren, por el contrario, un adecuado control de su situación, para determinar si en las condiciones dadas habrían podido actuar o reaccionar según el comportamiento del hombre promedio normal. El modelo que se sigue para aquellos que están en una posición de superioridad se refiere a los sujetos que poseen informaciones privilegiadas, a los sujetos que son conscientes de sus propias incapacidades, a los sujetos que por circunstancias particulares podían prever o prevenir el daño, y así por el estilo. (ii) La culpa relacional. Teniendo en cuenta la elaboración doctrinal que ha madurado de manera progresiva en el ordenamiento estadounidense, se ha teorizado la “relacionalidad” estructural del juicio de responsabilidad. En esta línea de pensamiento, la culpa del agente sería (o debería ser) necesariamente parametrada con la conducta de la víctima. Aquí la propuesta asume una dimensión distinta, respecto del análisis de los modelos subjetivos a los que ya se ha hecho mención. En el supuesto de la relatividad de los modelos, se parte de los matices del juicio, de la relevancia de las circunstancias del caso, de las libertades que se concede al juzgador, de la experiencia de lo vivido, que connota los comportamientos de todos los actores de la “comedia de la responsabilidad civil” –según una feliz expresión de Francesco Galgano–, y se verifica, por lo tanto, la imposibilidad de que un parámetro idéntico funcione para todos y, al mismo tiempo, la superación de tal parámetro, a 49 BUSSANI, La colpa soggettiva. Modelli di valutazione della condotta nella responsabilità extracontrattuale, Padua, 1991. la luz del comportamiento de los tribunales. En cambio, la propuesta ahora examinada cobra tonalidades dogmáticas, porque su prédica consiste en que la evaluación de la culpa del agente no puede dejar de tener en cuenta el comportamiento de la víctima50. Bajo esta fórmula se pueden encubrir intenciones opuestas. Una apunta a proteger los intereses de la víctima, y por ello presta atención a las circunstancias en las cuales se ha producido el daño, a las aptitudes de la víctima para prever y prevenir el daño, etc., y tiende a hacer de todo esto un parámetro para catalogar el comportamiento del agente. La otra busca justificar el comportamiento del agente, habida cuenta del comportamiento de la víctima. La necesidad estructural de la evaluación del comportamiento de la víctima, a pesar de ser acogida por otros autores51, no nos parece conforme con el dato normativo. En otras palabras, una cosa es que en la mayor parte de los juicios de responsabilidad el agente intente desvirtuar su propia culpa mediante un traslado de ésta a la víctima imprudente, negligente, distraída, etc.; otra cosa es que exista una concurrencia de culpa del damnificado, la cual puede incidir en la dinámica causal del daño, o puede tener importancia para efectos de la estimación del monto del daño; y otra cosa, en fin, es que el parámetro de evaluación de la culpa del dañador sea el comportamiento del damnificado. Puesto que el dato normativo se centra en el agente (según el artículo 2043 del Código Civil), la idea de que sea necesario evaluar el comportamiento de la víctima para la determinación de la culpa del agente nos parece una adición que no es admisible según las disposiciones vigentes. Otro tema es si estas tesis tiene naturaleza de propuesta, o si –como ocurre en la hipótesis antes considerada– tiene naturaleza de constatación de los comportamientos que los jueces asumen en la práctica ordinaria de los juicios de responsabilidad. Los intereses de los cuales es titular la víctima son relevantes para el juicio de responsabilidad, no tanto en la determinación de la culpa, sino en la del requisito de la injusticia del daño. De ello trataremos más adelante. 7. Perfiles para una comparación. El requisito de la culpabilidad o imputabilidad constituye un punto de contacto entre las experiencias de Italia y Francia. En Francia, como en Italia, se ha debatido ampliamente la cuestión de acreditar una noción de culpa de carácter objetivo, frente a la noción de culpa en sentido subjetivo, enaltecida por la tradición. No se puede ignorar que la doctrina tradicional en Francia ha tenido ilustres cultores como René Savatier, Paul Esmein, René Rodière, Boris Starck y Jean Carbonnier. Sólo en épocas menos antiguas, 50 51 CAFAGGI, Profili di relazionalità della colpa, Padua, 1996. Por ejemplo, por parte de MONATERI, op. ult. cit., p. 73. sumándose a los hermanos Mazeaud, a Gabriel Marty y Paul Raynaud, han tomado partido por la tesis objetivista autores como André Tunc, François Chabas y la propia Geneviève Viney. Para los primeros, la fuerza de la tradición (comprendida la canónica, con la problemática del libre albedrío) y el significado moral de la responsabilidad inducen a propender a una consideración del estado de ánimo del agente. Para los segundos, es suficiente constatar la violación del deber impuesto por el ordenamiento, a fin de establecer la existencia de la culpa, con lo cual el requisito de la culpabilidad se vuelve totalmente superfluo. De aquí la definición de la culpa como la violación de un deber, que no está justificada por una causa de no imputabilidad52. Lo que interesa para nuestros fines, en particular, es observar que el juez francés que tiene a su disposición un instrumental de normas muy similares a las italianas, no deduce los deberes de comportamiento de las leyes especiales, sino de los principios generales del derecho, de los usos (normativos), e incluso de los usos comerciales o de reglamentos de naturaleza privada, deontológica, etc. En estos casos, y en especial a propósito de las llamadas “normas técnicas” dadas por las asociaciones o gremios profesionales, si éstas no se han vuelto imperativas o coactivas mediante normas legales que remitan a ellas, el juez es libre de apreciar sus contenidos, atendiendo a sus características de seriedad, amplitud y uniformidad53. Aquí resulta singular la coincidencia entre los modelos argumentativos franceses e italianos. Se ha precisado, al respecto, que conlleva una hipótesis de culpa según el artículo 2043 del Código Civil, desde el punto de vista de la impericia o negligencia, la inobservancia de reglas técnicas idóneas para evitar o disminuir el daño, aun cuando éstas no se hayan traducido en leyes o reglamentos, pero sí hayan entrado en el uso corriente, y sean habituales en su aplicación54. Culpa “abstracta” y “culpa concreta”.- Otro topos de la literatura jurídica francesa es la distinción entre la culpa apreciada en abstracto o en concreto. Lo que se hace, para anotarlo en otros términos, es volver a proponer el debate entre culpa objetiva y subjetiva, que es típico de la experiencia italiana. Se pregunta si el juez debe tener en cuenta o no las características subjetivas del dañador (condiciones físicas, psíquicas y sociales). La doctrina imperante propende a la apreciación en abstracto, y prevalece también la apreciación objetiva de la culpa en la doctrina italiana. La jurisprudencia mantiene una orientación elástica. Este problema se presentó frente a la asamblea plenaria de la Cour de Cassation, la cual se pronunció mediante sentencia del 9 de enero de 198455, a propósito de la evaluación del comportamiento de un menor de edad. Los jueces precisaron que para tal evaluación era indiferente que se tratara del autor o de la 52 53 54 55 VINEY, La responsabilité: conditions, cit., p. 535. Ibid., p. 552. Véase la ya citada sentencia del Tribunale de Nápoles, del 9 de octubre de 1986, en Resp. civ. prev., 1988, p. 407, con comentario de TASSONI. En Dalloz, 1984, 525. víctima del daño, o que se estuviera en presencia de un menor o mayor de edad, pues la apreciación de la culpa es objetiva (la llamada faute objective). A partir de aquel episodio, Henri Mazeaud retomó la discusión en torno de la apreciación en concreto y en abstracto de la culpa. En el primer caso, el juez debe examinar el estado de ánimo del agente: debe indagar si “su conciencia le reprocha algo”. En el segundo caso, lo que se inquiere es qué cosa habría hecho otra persona en las mismas circunstancias56. Si se sigue la segunda alternativa, se priva de moralidad a la responsabilidad civil, porque así este instrumento deja de asumir una función sancionatoria. Al mismo tiempo –observa Mazeaud–, la noción de apreciación en abstracto de la culpa y la idea de culpa objetiva acercan esta situación a la responsabilidad que ya no se funda en la culpa. En otras palabras, el antiguo dualismo culpa/riesgo se puede plantear únicamente si la culpa es apreciada en términos subjetivos; de otra forma, las dos posiciones terminarían uniformándose. La posición de Mazeaud lleva a consecuencias extremas una distinción que, por lo menos en el sistema italiano, se mantiene estable. Pero una cosa es segura: el citado fallo de la Cour de Cassation, según los intérpretes, puso punto final a la diatriba acerca de los criterios de valoración de la culpa, en lo concerniente a la abstracción y a la objetividad de la apreciación. Si ésta es la tendencia que surge de la experiencia francesa, ¿por qué no retomar los mismos argumentos para sostener una tesis equivalente en el medio italiano? La violación de los principios generales.- En el análisis de la jurisprudencia francesa por parte de los autores más recientes se deja constancia de referencias o valores con los cuales se puede medir el comportamiento del dañador: buena fe, lealtad, honestidad, respeto del derecho ajeno, seguridad (ligada con los deberes de diligencia, de competencia y de habilidad); y valores inherentes a la regulación contractual, con la identificación de la diligencia profesional y de las obligaciones de resultado. Se trata de una imponente creación jurisprudencial, que no tiene parangón en la experiencia italiana. Para pasar, por un momento, a la experiencia inglesa –que, en materia de apreciación de la culpa, parece más simple y ligada con la tradición, si se le compara con la experiencia estadounidense–, se pueden considerar sólo algunas de sus características más significativas. Lo principal es que el estándar para evaluar la conducta del agente es objetivo y corresponde al reasonable man. Es el hombre promedio, que no padece particulares presiones ni es demasiado crédulo, y que no desprecia el peligro57. No se reconocen distintos grados de culpa, que dependan de los casos y evaluaciones. El estándar es único para todos los casos, dadas las circunstancias. 56 57 H. MAZEAUD, “La faute objective et la responsabilité sans faute”, en Dalloz, 1985, Chron. 13. Glasgow, Corps. v. Muir, 1943, A.C., 488, 457. Los precedentes que pueden servir de referencia son innumerables, y de ellos se rinde buena cuenta en los manuales58. No se tienen en cuenta las deficiencias físicas, porque, tal como destacaba Holmes59, “la ley no ve a los hombres como los ve Dios”. Si se asume el parámetro del hombre “común” (ordinary man) se encuentran dificultades en lo tocante a la aplicación del criterio de la previsibilidad60. Se ha advertido la tendencia a sustituir el criterio de la previsibilidad por el de la creación del riesgo. En este contexto, el riesgo es la probabilidad de dañar a otro, que debió ser reconocida por el sujeto cuya conducta es evaluada. Según esta fórmula, el control del comportamiento se traslada del dañador hacia el damnificado, porque se tiene en cuenta el grado de riesgo del cual el ordenamiento pretendía defender a la víctima. El riesgo es calculado según tres parámetros: su amplitud, la naturaleza de la actividad ejercida, el costo para prevenirlo61. En particulares circunstancias, el criterio del reasonable man es alterado, o sea, adaptado a las específicas hipótesis tomadas en cuenta. Tal es el supuesto, por ejemplo, del profesional, al que se requiere obrar con una diligencia superior a la media; del docente, al que se requiere comportarse como un “progenitor prudente”, y así por el estilo. Es evidente que incluso si no se pasa del modelo objetivo hacia el subjetivo se detectan notables “adecuaciones” del primero, atendiendo a las circunstancias, y según la apreciación discrecional del intérprete. Existen también innumerables hipótesis de culpa por violación de deberes de conducta impuestas por leyes especiales (statutory duties). Y existen, finalmente, casos de culpa presunta, propiamente dicha, expresados en la fórmula res ipsa loquitur. La regla se aplica cuando el dañador recurre a dependientes o emplea cosas que están bajo su control exclusivo62. También en la experiencia estadounidense la culpa (negligence) constituye un estándar de conducta y, al mismo tiempo, un ilícito específico; para que se pueda configurar la negligence es necesario identificar un deber de diligencia (duty of care) y una violación de dicho deber. Pero aquí es más determinada la consideración de los intereses que el ordenamiento busca proteger; en otras palabras, se configura “un estándar de comportamiento para la protección de los demás riesgos irrazonables”63. El concepto de riesgo es “por naturaleza” inherente al concepto de negligence. El estándar de conducta es objetivo, indiferente al sentir moral o psicológico del sujeto-agente. Pero aquí también es bastante difícil trazar los confines de la culpa, porque el reasonable man es una abstracción que jamás ha existido en la realidad. Sin embargo, existe una mayor flexibilidad en la adaptación del modelo a las circunstancias: los defectos físicos sí cuentan, porque se toma en cuenta el comportamiento del hombre promedio, afectado por la misma tara física. Pero no 58 59 60 61 62 63 Véase, por ejemplo: SALMOND y HEUSTON, Law of Torts, Londres, 1987, p. 249. HOLMES, The Common Law, cit., p. 108. Sobre este punto véase lo que señalaremos infra, acerca del nexo de causalidad. SALMOND y HEUSTON, op. cit., p. 252. Ibid., pp. 269 y ss. PROSSER y KEETON, On Torts, St. Paul, Minn., 1985, p. 164. se aplica el mismo criterio a los que padecen enfermedades mentales64. Para los menores de edad se adopta un criterio subjetivo; para los profesionales, un criterio más riguroso. ¿Cómo se aplica el estándar de la culpa (diligencia)? Dicho estándar depende, por encima de todo, del carácter promedio de los comportamientos “en las circunstancias dadas”65, según los usos y las prácticas, y la evaluación es integrada con las expectativas razonables de los terceros. Se trata, en otras palabras, de deducir un comportamiento razonable por esta vía, de forma tal que la creación de un riesgo irrazonable conlleva un juicio de negligencia66; la omisión de la asunción de precauciones ordinarias sale a la luz mediante un juicio negativo análogo67. Una casuística muy copiosa muestra que los tribunales estadounidenses adecuan estos preceptos a las cuestiones específicas. Por ejemplo, será menor el rigor en la apreciación de la conducta del agente si éste se encontraba en una situación de emergencia; en cambio, se considerará negligente a quien no toma precauciones ordinarias frente a los daños causados por animales (domésticos) o a quien asume, voluntariamente, riesgos a los cuales ha expuesto a terceros o a sí mismo. En relación con la culpa por inobservancia de las leyes (violation of statute), en este sistema también existe la preocupación de establecer el fin de la norma violada, es decir, el fin preceptivo: ¿cuáles son las categorías de personas protegidas por la disposición violada? La respuesta se obtiene con la interpretación de la ley que, como es sabido, tiende a ser restrictiva en el sistema bajo examen. Bastante detallada, por otro lado, es la jurisprudencia sobre la denominada circumstantial evidence, que se enlaza con la regla res ipsa loquitur. No existen criterios unívocos ni se pueden extraer de los fundamentos de las sentencias líneas directrices precisas. Queda confirmada, una vez más, la discrecionalidad (razonable) del intérprete en la evaluación del comportamiento del agente. Estos son temas nuevos para el intérprete italiano, que ha prestado a ellos poca atención. Los grados de la culpa.- Otro problema que aflora usualmente en la experiencia italiana es la gradación de la culpa, cuyas raíces se encuentran en la experiencia francesa. En efecto, fue en una sentencia francesa en materia de transporte marítimo donde se empleó el concepto de faute lucrative, para negar el beneficio de la exención de responsabilidad del armador, prevista en la Ley del 2 de junio de 64 65 66 67 Ibid., p. 177. Ibid., p. 193, p. 23, n. 1. Ibid., p. 195, n. 16. Ibid., p. 195, n. 18. 196768. La contraparte, a su vez, pretendía el resarcimiento argumentando que la ley citada no era aplicables a las embarcaciones deportivas, y alegando, así mismo, que las limitaciones de responsabilidad eran inadmisibles en presencia de una culpa grave del propietario. En la sentencia indicada se considera, entre otras cosas, que la culpa, en el supuesto específico, tenía que identificarse en las finalidades de lucro que habían movido al propietario de la nave a confiar el mando de su embarcación a una persona inexperta, a pesar del conocimiento de los peligros y de los riesgos a los que estaban expuestos el piloto y los terceros. La culpa resultó calificada como faute lucrative. Son raras las sentencias en las cuales se emplea dicho concepto. La doctrina, por su parte, no brinda interpretaciones homogéneas. De todos modos, se trata de cuestiones que no sólo tienen interés teórico, porque la presencia de una faute lucrative comporta la ineficacia de las cláusulas de exoneración de responsabilidad por los daños ocasionados a causa del comportamiento culposo del agente. La faute lucrative, como todo tipo de culpa que está seguido de una particular connotación, demanda la distinción en “grados” de la culpa. Esta cuestión ha sido abandonada, hace tiempo, por la doctrina italiana, pero ha vuelto a constituir tema de debate, luego de que se dieran a la publicidad los resultados de una investigación realizada por Paolo Cendon, sobre el papel del dolo en la responsabilidad extracontractual. La sentencia trata sobre la limitación legal de la responsabilidad. Luego se formulan observaciones que son conformes a los estudios comunes sobre la faute lucrative, en lo relativo a la limitación convencional. La diferencia entre las dos hipótesis (limitación legal y limitación convencional) no incide, como es obvio, en la noción de faute lucrative, sino solamente en el régimen de responsabilidad. Puesto que la faute lucrative no es considerada favorablemente, debido a que implica que el dañador no se cuide de preservar la integridad física ajena, en tanto movido por el lucro, su presencia, en ambos regímenes, es incompatible con el beneficio de la exoneración. Aunque pueda parecer desconcertante el juicio que, hace décadas, daba inicio a un célebre ensayo de Paul Esmein –“la notion de faute reste, après tan d’etudes, un domaine de déssacord et de confusion”69–, no menos confuso es el cuadro que se puede trazar en el análisis de los grados de la culpa. Bástenos anotar que en los numerosos estudios que la doctrina francesa ha dedicado a este tema, y al sector de la responsabilidad, en particular, no se señalan contenidos uniformes para los diversos grados de culpa. Podría sostenerse que las propias variaciones, sutiles y refinadas, parecen más un juego de alquimia que un análisis de carácter jurídico. La tripartición clásica, en culpa grave, media y leve, que fue elaborada por Pothier para resolver las antiguas cuestiones, directamente heredadas del derecho romano, ha sido considerada excesivamente simple por aquellos que, preocupados por escindir las valoraciones morales y las estrictamente jurídicas, e incluso las 68 69 Tribunal de grand Instance de Marsella, sentencia del 1 de junio de 1977, en Diritto marittimo, 1978, I, p. 90, y en Dr. marit., 1977, p. 99. ESMEIN, “La faut et sa place dans la responsabilité civile”, en Rev. trim. dr. civ., 1949, p. 481. hipótesis de responsabilidad contractual y extracontractual, han preferido organizar de una manera más modulada los distintos grados de la culpa. De la lectura de las definiciones de Pothier fluye claramente, en efecto, que su triple distinción resulta demasiado rígida. De todas formas, al no estar codificada, ella impondría al juez una valoración que no podría conformarse de manera adecuada con las diferentes circunstancias específicas. Para demostrar lo anterior, vale la pena recordar brevemente aquellas tres definiciones. La culpa grave consiste “à ne pas apporter aux affaires d’autrui les soins que les personnes les moins soigneuses et les plus stupodes ne manquent pas d’apporter à leurs affaires”. La culpa leve “est celle que ne commetrait pas dans l’administration de ses affaires un bon père de famille”. La culpa levísima es la que se comete “en cas d’omission d’attention exemplaire”. Lo exiguo de los criterios objetivos de referencia convence, luego, de la exigencia de definir de otra forma, científicamente más atendible, los grados de la culpa. De aquí los repetidos intentos que la doctrina ha emprendido, fundándose en la máxima que asigna también a la culpa sus gradaciones: “ainsi que la vertu le vice a ses degrés”. En un breve ensayo, Henri Lalou distinguía siete grados de culpa: de la culpa levísima se pasa a la culpa leve, a la voluntaria, a la inexcusable, para luego arribar a los grados más altos, de culpa grave, intencional y dolosa (que corresponde al dolo propiamente dicho). Sólo que en la distinción de los contenidos que se deben asignar a cada tipo de culpa se retoman, precisamente, aquellas indicaciones de Pothier que habían sido descartadas. La culpa levísima, que tiene importancia en la responsabilidad civil, se diferencia de la culpa leve, que se reconoce en quien se comporta de forma discordante con el comportamiento del buen padre de familia, o del hombre (no diligente, pero) “inteligente”70. La culpa voluntaria, a su vez, se asimila a la culpa con previsión del evento, y se diferencia, por el contrario, de la culpa intencional y del dolo, porque en estos casos existe la intención de perjudicar; en la culpa voluntaria está ausente tal elemento psicológico. Ejemplos de culpa voluntaria son los que se pueden extraer del régimen del contrato de seguro y de la responsabilidad de los profesionales71. La culpa inexcusable se encuentra sólo en la legislación sobre accidentes de trabajo. Este tipo de culpa se caracteriza por tres elementos: la voluntad de realizar o de omitir una conducta; el conocimiento del peligro que puede derivar del comportamiento negligente; y la ausencia de causas de justificación. La culpa intencional también tiene referencias en la legislación especial (en el régimen de los seguros, en particular, es de verse el artículo 12 de la Ley del 13 de enero de 1930, que asimila la culpa intencional a la culpa grave, para excluir la garantía prestada por la aseguradora). “Intencional” – según subraya Lalou– no sólo significa que la culpa ha sido cometida con la voluntad de causar daño, sino también con previsión de las consecuencias que dicho daño iba a tener en la esfera del damnificado. De la culpa grave, en fin, se 70 71 THOMAS, “La distinction des obligations de moyens et des obligations de résultat”, en Revue critique de législation et jurisprudence, 1937, p. 640. Chambre des Requêtes de la Cour de Cassation, 17 de enero de 1912, en Dalloz PP., 1913, I, p. 84, relativa a un supuesto de culpa del notario. Sobre la distinción bajo examen, y sobre la tendencia actual de la doctrina y jurisprudencia italianas, así como en relación con la responsabilidad del profesional, véase el parágrafo siguiente de este Capítulo. El tema ha sido retomado por BARCA, en Giur. it., 1996, I, 1, c. 1275. brindan varias definiciones, que señalan sus características, todas particularmente incisivas, relativas a faltas graves, a errores que ninguna persona diligente habría cometido jamás, y así por el estilo. Es significativo destacar que Lalou, al igual que la jurisprudencia ordinaria de la Cour de Cassation72, descartaba la actualidad de la equiparación entre culpa grave y dolo, y señalaba que la máxima “culpa lata dolo aequiparatur” había perdido, modernamente, todo su significado. Son numerosos los casos que Lalou refiere para probar el apartamiento de la culpa (aun cuando grave) respecto del dolo (o faute dolosive): el régimen de los seguros, que permite cubrir los riesgos derivados de culpa grave, pero no los derivados de dolo73; el matrimonio putativo, la adquisición de frutos, la prescripción abreviada, se cuentan entre las hipótesis en que la regulación de tales especies es diferente74. Como se aprecia, no se incluye entre los grados de culpa aquel que sería correspondiente a la faute lucrative. No habiendo sido ni siquiera considerada por Lalou, surge la duda sobre el hecho de que la creación de dicho concepto (rectius, de esta “connotación”) de culpa sea posterior a su estudio. No es improbable –y esta es una tesis más atendible– que la faute lucrative no identifique por sí misma un grado de culpa, sino que coloree la culpa con otras connotaciones, irrelevantes para la evaluación del grado. Es útil insistir, de nuevo, en las nociones de culpa grave y culpa intencional. Por lo general, se suele hacer referencia a estos conceptos al momento de calificar la faute lucrative, pero este es otro de los planos en los cuales la doctrina no ha elaborado directrices interpretativas unitarias. El análisis más atendible continúa siendo el de René Roblot, que es prácticamente contemporáneo al de Lalou75. También Roblot consideraba que la máxima “culpa lata dolo aequiparatur” había dejado de ser admisible, y que indicaba, más bien, un principio antiguo, que la realidad de las relaciones económicas actuales parecía haber eliminado de manera rápida. Igualmente rechazable le parecía la tesis de Pothier, y la tripartición de los grados de culpa. Roblot descartaba la posibilidad de identificar la culpa grave con la culpa intencional, porque esta última constituye uno de los últimos grados de culpa, con lo cual se acerca al dolo. Se abandonaba, sin embargo, la gradación establecida por Lalou, al considerarse que la culpa inexcusable era más grave que la faute lourde, y menos grave que la culpa intentionelle. En resumen, la culpa inexcusable era la culpa de excepcional gravedad, a la que también se añadía una connotación psicológica, consistente en la intención de querer el daño y las consecuencias de éste76. Por otro lado, es posible que la culpa grave no sea intencional: “una imprudencia o negligencia enteramente independientes de la voluntad de su autor, como los actos de distracción o los actos reflejos no puede 72 73 74 75 76 Aunque ello no sintonice con la tendencia de la doctrina y jurisprudencia italianas menos recientes. Véase: ALPA y BESSONE, La responsabilità civile, reimpresión, Milán, 1985, pp. 167 y ss. CAPITANI, en Revue génerale des assurances terrestres, 1930, p. 755. LALOU, “La gamma des fautes”, en Dalloz hebdomadaire, 1940, Chron., p. 17. ROBLOT, “De la faute lourde en droit privé français”, en Rev. trim. dr. civ., 1943, pp. 1 y ss. Véase: Cour de Cassation, sentencia del 15 de febrero de 1938, en Dalloz hebdomadaire, 1938, p. 181. constituir culpa inexcusable, pero sí, ciertamente, culpa grave”77. La culpa grave será, entonces, aquella cometida por una persona cuyo comportamiento difiere del comportamiento del hombre “razonable y diligente”; en particular, será la culpa en la cual se ha previsto la posibilidad del riesgo, pero no se ha hecho nada para prevenirlo78. Sin embargo, no es dado definir por única vez, para todos los casos, la culpa grave; en algunos casos específicos, se deberá apreciar la actitud psicológica del agente; en otros, la conducta abstracta del hombre promedio79. Frente a estas sofisticadas, y muy a menudo imponderables, diferencias entre los grados de la culpa80 uno podría preguntarse cuál es la posición de la doctrina moderna. A pesar de la tendencia a la “objetivización” de los criterios, y a la afirmación del principio del riesgo, que ha sustituido al principio de la culpa en muchos casos81, y aun cuando sea demostrable el declive de la responsabilidad individual, subjetiva, a favor de la responsabilidad objetiva82, los análisis más recientes mantienen la distinción en grados de la culpa, y así, son conformes a las orientaciones de la jurisprudencia. Se aprecia, en especial, que la noción de culpa grave tiene hasta ahora referencias en la jurisprudencia, pero, principalmente, en la legislación especial, ya sea en la normativa societaria, o en el régimen sobre la responsabilidad por actividad nuclear83; y la noción no es menos importante en lo que atañe al resarcimiento del daño y a la determinación de la dimensión de éste: definir la culpa es esencial para el daño material84. La noción de culpa incide, en fin, y ante todo, en la relevancia de las cláusulas de exoneración de responsabilidad contractual, porque muchos identifican la culpa grave con el incumplimiento voluntario del deudor85. Desde este punto de vista, la doctrina francesa tiene ecos apreciables en la doctrina italiana. En su citada investigación, sobre el dolo, Cendon ha identificado tres prejuicios que la suma de las normas y principios del ordenamiento no pueden acreditar, aunque estén enraizados en la tradición: la equiparación entre dolo y culpa grave; la irrelevancia del dolo en la dinámica de la responsabilidad civil; y el principio del carácter “monolítico” del dolo. En particular, se subraya que la fusión de todas las especies de negligencia en una noción única, uniforme e indiferenciada, parece ser el fruto de una operación mecánica, y no de una meditada evaluación. Es suficiente señalar los casos en los cuales el Código Civil 77 78 79 80 81 82 83 84 85 ROBLOT, op. cit., p. 16. Ibid., p. 20. En tal sentido, véanse también: RIPERT, La règle morale dans les obligations civiles, París, 1949, p. 198; y DEJEAN DE LA BATIE, Appréciation in abstracto et appréciation in concreto en droit civil français, París, 1965, pp. 110 y ss. Que en el ordenamiento italiano son importantes en el derecho penal, pero no en el derecho civil. Véanse: C. MAIORCA, voz “Colpa civile (teoria generale)”, cit., pp. 580 y ss.; ALPA y BESSONE, La responsabilità civile, cit., p. 170. Véase, por todos, STARCK, Droit civil, cit., pp. 121 y ss. VINEY, Le déclin de la responsabilité individuelle, cit., pp. 205 y ss. Ibid., pp. 210, 321. El resarcimiento de los daños materiales está descartado en presencia de cláusulas de exoneración válidas. Véase: STARCK, op. ult. cit., p. 122. RODIÈRE, “Une notion menacée: la faute ordinaire dans les contrats”, en Rev. trim. dr. civ., 1954, p. 227. italiano atribuye valor a la culpa grave (artículos 937, 139, 2920, 2925, etc.) para convencerse de esta premisa. El hecho de que en materia de cláusulas de exoneración de responsabilidad se establezca la nulidad del pacto “por dolo o por culpa grave” del deudor (artículo 1229) ya no se debe a la equivalencia de los dos criterios subjetivos, sino a la conveniencia de sancionar (con una suerte de sanción propiamente dicha, o pena privada) la culpa grave de quien ha recurrido a una cláusula de exención de responsabilidad86. En este marco se hace más fácil entender el significado de faute lucrative. A decir verdad, sobre esta definición no existen dudas, porque como su mismo nombre lo indica, se trata de aquella culpa que ha procurado lucro al agente. En otras palabras, la culpa ha generado ventajas para el agente, mediante la paralela provocación de un daño a la víctima. Pero la unidad de significados no excluye que existan diferencias en la precisión de las consecuencias de la culpa; hay quienes acercan la faute lucrative a la culpa grave, o a la culpa intencional; otros proclaman la “neutralidad” de la faute lucrative, respecto de los grados de culpa. En el segundo sentido se pronuncian los hermanos Mazeaud, en su tratado. Ellos sostienen, explícitamente, que “la culpa no deviene grave por el solo hecho de generar una ventaja para su autor. Una culpa leve puede procurar un gran beneficio; una culpa grave puede no procurar ninguno. Las dos nociones de culpa grave y culpa con lucro son absolutamente distintas”87. Sin embargo, las referencias de jurisprudencia –por demás vetustas– se manifiestan en sentido opuesto; en ellas la culpa es parificada a la culpa grave88. Contrariamente, también Rodière observa que “la faute lucrative viendrait remparer la dernier bastion de la faute, tenu par le dol”89. Este autor enlaza directamente el discurso sobre la faute lucrative con el régimen de las cláusulas de exoneración, y advierte que la jurisprudencia en materia de transporte marítimo ha admitido la relevancia de la culpa “con lucro” para efectos de la declaratoria de invalidez de las cláusulas de exoneración de responsabilidad, cuando no se ha probado la culpa personal del armador. De reconocerse una ventaja obtenida por el armador a causa de la culpa, ello será suficiente para desvirtuar la validez de las cláusulas de exoneración90. El caso más frecuente, y de valor casi escolástico (también citado por Grandmoulin), es el del exceso de carga que determina el naufragio de la nave. Sin embargo, Rodière considera que en este caso no existe simplemente la violación de un deber de diligencia; se presume, más bien, que el armador, a pesar de conocer el riesgo, ha querido afrontarlo de todos modos, y así “ha hecho prevalecer sus beneficios, antes que sus deberes contractuales”. De tal forma, la faute lucrative se acerca a la culpa con previsión, es decir, a la faute 86 87 88 89 90 Sobre este punto, véase: BESSONE, “Le clausole di esonero e di limitazione della responsabilità. Controllo legislativo e orientamenti della giurisprudenza”, en Riv. dir. comm., 1974, I, p. 324. H. y L. MAZEAUD, Traité théorique et pratique de la responsabilité civile délictuelle et contractuelle, t. III, París, 1960, p. 674. Cfr. Tribunal de Marsella, sentencia del 31 de mayo de 1927, en Gaz. Pal., 1927, 2, 303; Tribunal de Marsella, sentencia del 27 de julio de 1927, en Revue de droit maritime comparé, suppl., t. V, 1927, n. 468. RODIÈRE, op. cit., p. 226. Tribunal de Ruen, sentencia del 14 de mayo de 1929, en Dalloz suppl., 1929, p. 308. intentionnelle91. Como es obvio, además, la faute lucrative de los encargados redunda en culpa para el delegante92. A pesar de todo, se sigue investigando si la noción de faute lucrative induce o no a un equívoco interpretativo. En efecto, si ella se asimila a la culpa grave (o a la culpa intencional, que, según algunos, es hasta más relevante y antisocial que la culpa grave, y se acerca al dolo), no se necesita recurrir, entonces, a su connotación de lucrative, ni tampoco verificar si el agente ha obtenido un beneficio de su propia culpa. El hecho mismo de la existencia de una culpa grave implica que la cláusula de exoneración no tendrá ningún efecto. En cambio, si se considera suficiente el hecho de que el agente haya obtenido lucro de su actividad culposa, seguirá siendo necesario asociar la culpa con un alto grado de impericia, para poder proclamar la nulidad de la cláusula. En tal sentido, parece conceptualmente más correcta la posición de los Mazeaud, y no la defendida por Rodière. Se trata de un problema de enorme interés, porque la acogida del concepto (para nada neutro, sino inherente a los grados de culpa) de faute lucrative modifica de manera importante la evaluación del comportamiento del agente. Ésta es una evaluación que aprecia, de forma objetiva, la relación entre el daño creado y la ventaja obtenida, y existiría culpa cada vez que la ventaja fuera mayor que el daño. Bien vistas las cosas, estamos ante una situación que se genera en muchísimas hipótesis: basta pensar en el daño por contaminación, y en la opción que tiene el agente entre adoptar las medidas de seguridad y asumir, con ello, el riesgo de los factores contaminantes, en lugar de prevenir el daño absteniéndose de realizar las actividades peligrosas. En la misma línea de pensamiento, aunque no del todo homólogo, se inscribe el criterio del juez Hand, según el cual, existe culpa cuando el costo para evitar el daño es inferior a la dimensión del daño provocado93. De todas formas, el criterio es bastante peligroso, porque alienta al agente a la asunción de todo riesgo, así como a la promoción de actividades dañosas, atendiendo a la comparación de la mera eventualidad del daño con el lucro que, con certeza, se derivaría de éste. Quizás lo más sencillo sea considerar (como muestra el mismo Rodière) que la faute lucrative atañe exclusivamente al beneficio legal de exoneración y las cláusulas de exoneración de responsabilidad, y que, dada su cercanía a la culpa grave, ella es suficiente, por sí sola, para provocar la nulidad de dichas cláusulas y, al mismo tiempo, la inaplicabilidad del referido beneficio. 8. La culpa omisiva. a) 91 92 93 La omisión en sentido impropio. RODIÈRE, op. cit., p. 227. Ibid., loc. ult. cit. Sobre este punto véanse: ALPA, “Aspetti e tendenze della responsabilità civile”, en Ann. Genova, 1977, p. 418; ID., “Teorie e ideologie della disciplina dell’illecito”, cit., p. 823. Así mismo: CALABRESI y MELAMED, “Towards a Test for Strict Liability on Torts”, en Yale Law Journal, vol. 81, 1972, pp. 1055 y ss., y nuestra traducción del ensayo de CALABRESI, “La responsabilità civile come diritto della società mista”, en Pol. dir., 1978, pp. 665 y ss. La jurisprudencia sobre la culpa omisiva refleja los equívocos e incertidumbres que se aprecian, igualmente, en la doctrina sobre el tema. La cuestión también es afrontada, por otro lado, en los fundamentos de las sentencias, pero de modo casi marginal. Raras veces se han efectuado elaboraciones y desarrollos en los aspectos dogmáticos de la cuestión, y la situación no es distinta en el nivel de la aplicación práctica de las normas. En los modelos de sentencia privilegiados se han venido sucediendo, entonces, premisas y afirmaciones a las cuales no se aporta una base plausible de profundización, ni mucho menos referencias normativas sólidas. En este caso, además, la cláusula normativa general del artículo 2043 del Código Civil encuentra una serie de limitaciones específicas que, en materia de omisiones, parecen poner en duda incluso su naturaleza de “norma en blanco”. Para ser más precisos, en el uso jurisprudencial de la noción de “culpa omisiva” es dado distinguir dos acepciones del término: la primera, empleada en sentido lato, indica todo comportamiento no realizado por el agente, a pesar de haber tenido la posibilidad de hacerlo; la segunda, en sentido restrictivo, indica más bien el comportamiento que el sujeto tenía el deber jurídico de realizar en las circunstancias del evento específico, pero que no llevó a cabo. Aparentemente, las dos formulaciones son bastante cercanas entre sí, y pueden acreditar la opinión según la cual ellas serían totalmente fungibles. Ésta, en efecto, es la orientación que se sigue en algunas sentencias, que serían excepcionales, de todos modos, y que se fundan –si hacemos un análisis cuidadoso– en una evaluación simplista de los términos del problema94. En realidad, las dos acepciones de “culpa omisiva” identifican hipótesis muy diversas entre sí. La culpa in omittendo, entendida en su sentido más lato, es el anverso de la culpa in comittendo, y, más precisamente, la versión en negativo de la noción misma de culpa. Es así como la expresión más lata de “omisión” termina transformándose en sinónimo de negligencia, imprudencia, impericia, es decir, de las clásicas configuraciones de la “culpa”. Se percibe un empleo (que aquí se supone impropio) del término “omisión”, cuando se precisa que el agente ha “omitido” adoptar todas las medidas de cuidado necesarias para prevenir el evento, de por sí previsible y evitable. Así, “omisión” deviene término alternativo a “negligencia”; un sinónimo o, mejor aún, una expresión que resume las faltas que distinguen el comportamiento “negligente”. En efecto, “negligencia” no es otra cosa que “falta de diligencia”; la imprudencia es entendida como “falta de medidas de cuidado”; y la impericia, como “falta de competencia profesional” o “ausencia de capacidades”. La propia inobservancia de las leyes, reglamentos regulaciones (que identifica la noción de culpa) se puede interpretar como la falta de observancia (es decir, la observancia “omitida”) de un comportamiento requerido por la ley. En todas estas hipótesis, el 94 Sin embargo, la tendencia a superponer las dos acepciones de “omisión” también se percibe en la experiencia francesa, donde el problema de la regulación de la culpa in omittendo ha recibido una atención bastante mayor que la tributada por la doctrina italiana. Al respecto, véase cuanto se señala en lo que sigue del presente acápite. hecho de haber cumplido un acto o de haber ejercido una actividad sin adoptar todas las prevenciones y medidas oportunas, dictadas por la ley o por “normas” de experiencia, para prevenir los efectos dañosos de cierto acto o actividad, configura los extremos comúnmente señalados para la calificación de un comportamiento como “culposo” o “negligente”, y que son relevantes para la determinación de los presupuestos del acto ilícito de acuerdo con el artículo 2043 del Código Civil95. Sólo que si se admite una noción tan lata de “omisión”, se debería concluir que siempre que exista un comportamiento culposo tendrá lugar una omisión. En tal caso, las hipótesis de culpa comisiva y culpa omisiva coincidirían perfectamente. No faltan referencias jurisprudenciales en dicho sentido. Una sentencia emitida en un período contemporáneo a la entrada en vigor del Código Civil italiano de 1942 parte, en efecto, de la premisa de que “toda omisión culposa generadora del evento es suficiente para fundar la responsabilidad por el daño”; y concluye que “para calificar la omisión culpable puede ser suficiente invocar, junto con las normas reglamentarias, las normas de la experiencia común”96. Del mismo modo, en un caso donde estaba involucrada la Administración pública –una controversia determinada por una situación de peligro en la que había incurrido un particular–, la Corte di Cassazione observó que se puede identificar una violación del neminem laedere no sólo en el comportamiento activo, sino también en el comportamiento omisivo, cuando “la observancia de dichas normas, según el caso, exija abstenerse, prudencialmente, de hacer algo que pueda resultar perjudicial para otro, o exija, por el contrario, una intervención pronta para hacer lo necesario para erradicar una situación de peligro”97. 95 96 97 Sobre el carácter polisémico del término “negligencia” véase, por todos: C. M. BIANCA, voz “Negligenza”, en Nss. Dig. it., vol. XI, Turín, 1965, pp. 196 y ss. Así mismo: MAIORCA, voz “Colpa civile (teoria generale)”, cit., pp. 568 y ss.; CIAN, Antigiuridicità e colpevolezza, Padua, 1968, pp. 207 y ss.; FORCHIELLI, Responsabilità civile – Lezioni, Padua, 1968, pp. 86 y ss. Corte di Cassazione, sentencia del 24 de febrero de 1942, en Foro it. Rep., 1942, voz “Resp. civ.”, núm. 17. Corte di Cassazione, sentencia n. 1643 del 8 de julio de 1961, en Giur. it. Rep., 1961, voz “Resp. civ.”, núm. 28. Los principios consolidados por la tradición decimonónica en materia de responsabilidad por omisiones sobreviven, hoy en día, en la experiencia del common law, donde, según el parecer de algunos comentaristas (en particular: MILLNER, Negligence in Modern Law, Londres, 1967, pp. 30 y ss.; HEUSTON, “Donogue v. Stevenson. A Fresh Appraisal”, en Current Legal Problems, 1971, pp. 37 y ss.), se registra cada vez más una tendencia restrictiva, que considera omisión relevante únicamente el comportamiento realizado en violación de un específico deber de obrar. De aquí la exclusión de la responsabilidad por el evento que no se conoció o que no se quiso evitar; y también la exclusión de la responsabilidad cuando no existe un duty of care que logre inducir al sujeto a obrar. En presencia de un sstema en el cual, a diferencia del civil law, no existen deberes de obrar, salvo en casos excepcionales (cfr. MILLNER, op. cit., p. 31), las pure omissions, u omisiones en sentido estricto, encuentran, entonces, un régimen jurídico bastante favorable. En cambio, las omisiones en sentido lato (en la acepción que se ha privilegiado desde el inicio de la presente obra) son jurídicamente relevantes si se presentan en oposición al principio elaborado por lord ATKIN (el llamado neighbour principle, sobre el cual pueden verse las Sin embargo, todos esos fallos denuncian, de modo evidente, el empleo impropio del término “omisión”, que recae, directamente, en el área semántica de la culpa comisiva, porque se imputa al sujeto el hecho de haber actuado sin prever los daños que se podían derivar de su comportamiento. Ejemplo de dicha tendencia es una sentencia del Pretore de Roma, donde se constata la responsabilidad de un contratista de obras públicas al cual se había encargado la manutención de una calle, por la omisión de colocar señales idóneas para que la situación de peligro fuera vista por todo aquel que transitara por allí98. En este caso, el juez identifica el elemento subjetivo del ilícito en la violación de “normas genéricas de prudencia y diligencia”. En puntual aplicación del principio bajo examen, que otras veces ha sido afirmado por la Corte di Cassazione99, el Pretore advierte que: “todo aquel que actúa en contacto con la colectividad debe adoptar todas las medidas posibles para evitar que su intervención genere daños para los demás”. El hecho de haber iniciado una obra en una zona vial, reservada al tráfico vehicular, sin haber indicado su presencia con las señales luminosas convenientes, lo cual generaba una situación de peligro para el tránsito en las horas nocturnas, se considera por sí solo suficiente para configurar un comportamiento ilícito del contratista (por “omisión” de las medidas de cuidado necesarias). En todo ello se identifica el presupuesto para configurar el deber del contratista –sobre la base de las “reglas ordinarias de diligencia y prudencia”– de desarrollar una actividad de control “de la eficiencia de la obra pública, atendiendo a los peligros, previsibles y no infrecuentes, para la incolumidad pública, derivados de una situación defectuosa o riesgosa de la calle”. Dadas estas 98 99 amplias observaciones de BESSONE, “Responsabilità per negligence e teoria dell’illecito. Del caso Donogue v. Stevenson in prospettiva storica”, en Riv. trim. dir. proc. civ., 1974, p. 548). Desde esta perspectiva, el agente es responsable si no ha adoptado todas aquellas medidas que eran necesarias para prevenir el evento que se considera como “razonablemente previsible” (véase, de igual manera: MILLNER, op. cit., p. 31). El problema suscitó atención luego de la publicación emitida por el tribunal de apelación de Ontario acerca del caso “Ogopogo” (en Lloyd’s Rep., 1970, I, 257). La situación se refería a una omisión de socorro en el mar. El demandado había invitado a dos amigos a realizar, todos juntos, una excursión en su yate. Por una trágica fatalidad, uno de ellos cae de la nave, se ahoga, y conduce a la desgracia a otro de los amigos, que se había zambullido para salvarlo. El propietario del cruiser fue demandado judicialmente por los padres de las víctimas, que requerían el resarcimiento del daño por omisión de socorro. Al no probarse el nexo causal entre el comportamiento del propietario del yate, que no había puesto en peligro la vida de las víctimas ni había causado la muerte de éstas, el tribunal de apelaciones, en confirmación de la sentencia de primera instancia, descartó la responsabilidad del demandado. Tal como fue destacado por uno de los magistrado, al expresar su dissenting opinion: “a pesar del escándalo que cuenta con la legitimación de la doctrina, es conforme a derecho, según parece, que se pueda fumar impunemente un cigarrillo en el mar mientras el prójimo se ahoga, o que alguien permanezca mirando, sin pronunciar ninguna palabra de advertencia, mientras un niño o un ciego se dirigen hacia un peligro cierto”. Sobre este punto, véase lo que señalamos a continuación. Pretore de Roma, resolución del 10 de julio de 1968, en Foro it., 1969, I, cc. 225 y ss. Sólo a manera de ejemplo recordaremos las sentencia n. 503, del 8 de marzo de 1961, en Sett. Cass., 1961, p. 481, donde se retoma el tipo de argumentación que ha sido adoptado las más de las veces por la Corte di Cassazione. premisas, sin embargo, no parece aportar en mucho la conclusión que se remite a la culpa omisiva para identificar la fuente de la responsabilidad del contratista. En realidad, no se trata de una “omisión”, sino del ejercicio de una actividad sin la adopción de las oportunas medidas de seguridad. En el mismo equívoco recae la Corte di Cassazione, en una sentencia donde descarta la responsabilidad del propietario de un local en el cual el demandante se había herido, al caer en una trampilla cuya existencia no pudo advertir, por la omisión de colocar una señal del peligro”100. Aquí la ausencia de responsabilidad por parte del propietario era indiscutible. La ratio decidendi de la sentencia es, en efecto, la conclusión de que el dueño de un local al que se accede, únicamente, con asentimiento explícito de éste, no está obligado a poner carteles y señales de una trampilla existente en el pavimento. El principio del derecho privilegiado por la Corte es que el propietario que omite la adopción de medidas de cuidado especiales para librar del peligro de daño derivado de todo espacio “accidentado” en sus locales, no viola las normas de prudencia y diligencia, siempre que el acceso a los locales pueda tener lugar sólo con el permiso del propietario, y en presencia de éste. Se trata, sin embargo, de otro de los casos en los cuales se insiste en una noción de “omisión” que no implica la preexistencia de un preciso deber jurídico de actuar, sino, a lo sumo, la violación de normas de prudencia, que puede constituir, en abstracto, una fuente de responsabilidad, en la medida que es idónea para configurar un comportamiento culposo. No se trata de una culpa omisiva, entonces, sino de una culpa comisiva, porque la manutención o la propiedad de los locales comportan, siempre, la existencia de una actividad en pleno desenvolvimiento, o de una actividad cuyo riesgo se asume. Otras hipótesis en las cuales se realiza un empleo impropio de la noción técnica de omisión pueden brindar datos más explícitos para el análisis de este problema. Considérese en caso en el cual “A” asume la administración de un juego de bochas, situado en un área pública, próxima a una calle en la que se constata una alta frecuencia de vehículos y peatones. Para prevenir el escape de las bochas de los confines del área destinada al juego, “A” circunda el campo con una barrera, tan alta como para poder evitar, según el desarrollo normal de las partidas, que algún desafortunado transeúnte resulte damnificado. Pero ocurre que una bocha, lanzada con impericia, sobrepasa la barrera y lesiona a un peatón. Una vez determinada la diligencia del administrador, la Corte di Cassazione confirma la sentencia impugnada, y descarta la responsabilidad del demandado101. También en este caso se formula un principio jurídico en el que se emplea el concepto de “omisión”, entendido en sentido lato. Se sostiene, en efecto, que a pesar de que el juego de bochas está sujeto, por la ley o por disposiciones reglamentarias, a un régimen particular, “lo cierto es que aquel que asume su administración está obligado a adoptar aquellas medidas preventivas que la prudencia común aconseja 100 101 Corte di Cassazione, sentencia n. 2587, del 13 de diciembre de 1949, en Resp. civ. prev., 1950, p. 227. Corte di Cassazione, sentencia n. 388, del 15 de febrero de 1951, en Resp. civ. prev., 1951, p. 229. como idóneas para evitar el peligro de daños para las personas o para las cosas”. Los fundamentos prosiguen con el realce de que el administrador incurre en culpa si omite adoptar tales precauciones, y que, en tal caso, su responsabilidad resulta solidaria con la del jugador incauto. También en este punto es fácil advertir que la omisión de las medidas de cuidado se enmarca en una actividad desarrollada por el demandado, la cual consiste, justamente, en la administración de un juego de bochas. No se trata, en consecuencia, de una omisión en sentido técnico, porque esta administración de una actividad empresarial tiene que ser complementada con todas las medidas necesarias para prevenir todo evento dañoso para los terceros. b) La omisión en sentido restringido. Las sentencias que hemos examinado son ejemplos del empleo de la “omisión culposa” impropiamente incluida en el área de la culpa in omittendo, cuando debería estar comprendida, más bien, en el área de la culpa comisiva. Esta imprecisión se concreta, por otra parte, en una simple sustitución de términos, y no conduce a consecuencias especiales en el plano jurídico, sino hasta el momento en que se afirma la responsabilidad del agente. Más graves son las consecuencias, en cambio, cuando el concepto técnico de “omisión”, que comporta la violación de un “deber” de obrar, se utiliza en las hipótesis de falta de adopción de las medidas de cuidado en la actividad que se ejerce. En este supuesto, efectivamente, el resultado de la aplicación de las normas conduciría a consecuencias opuestas, porque el concepto sería idóneo para descartar toda responsabilidad a cargo del agente, y así se volverían marginales las actividades “biológicas” y económicas, distintamente reguladas. De aquí la necesidad de realizar una distinción entre la falta de adopción de medidas de cuidado y la ausencia de medidas de seguridad o prevención del evento, por un lado, y la violación, propiamente dicha, de una norma que obliga al demandado a actuar, por otro. En el primer caso, se trata de una culpa comisiva; en el segundo, de una culpa omisiva. La definición de “culpa omisiva” como violación de una norma preexistente que imponía una actuación al sujeto es propia de los modelos acogidos por la jurisprudencia ordinaria; en cambio, los modelos ahora descritos se pueden considerar totalmente anormales, a la luz de dicha tendencia. En efecto, la jurisprudencia ordinaria no sólo adopta una noción restrictiva de “omisión”, sino que descarta también la operatividad autónoma del artículo 2043 del Código Civil, porque ella se encuentra subordinada a la existencia de una norma que obligue al sujeto a actuar102. Por lo tanto, en el campo de las omisiones 102 En distintos sentidos (y sólo a manera de ejemplo) cfr. Corte di Cassazione, sentencia del 8 de febrero de 1946, en Foro it. Rep., 1946, núm. 20; Corte di Cassazione, sentencia n. 1452 del 30 de abril de 1957, en Giust. civ. Rep., 1967, p. 145; Tribunale de Milán, sentencia del 17 de noviembre de 1958, en Dir. autom., 1959, p. 226. Igualmente: Corte di Cassazione, sentencia n. 346, del 27 de noviembre de 1972, en Foro it. Rep., 1972, núm. 66. Ahora, véase también: Tribunale de Roma, sentencia del 4 de abril de 1997, en Dir. consumi, 1997, se sigue el principio general que asegura a todo individuo la libertad de no actuar, como si su esfera privada pudiera resultar violada por una intervención de la autoridad encaminada a pretender de él un acto o actividad que no deseaba realizar. Esto explica por qué el deber de obrar es apreciado como una hipótesis de excepción al principio general de prudencia que debe regir todas las actividades humanas, según el artículo 2043. El deber en mención tiene que estar previsto, por consiguiente, en una norma legal. Finalmente –y he aquí la conclusión más importante desde la perspectiva que adoptamos–, se reserva al artículo 2043 una función subsidiaria, atendiendo a que esta cláusula normativa general desempeña un papel secundario en el juicio de responsabilidad. En otras palabras, debe existir una norma primaria destinada a exigir, coactivamente, una actividad positiva del sujeto, para que se pueda aplicar (si falta dicho comportamiento) el artículo 2043103. En el campo de las omisiones se arriba a una tipificación de los comportamientos requeridos y, por lo tanto, de los comportamientos ilícitos, que devienen tales por inobservancia de una norma legal (identificada, no tanto en el artículo 2043, entendido, justamente, como norma secundaria, sino en la norma legal que obligaba al demandado a actuar). Es frecuente asumir que la culpa por omisión tiene como presupuesto “la existencia de un deber de obrar para evitar el daño a otro, o para eliminar una situación de peligro”104. La identificación del presupuesto del ilícito no atañe solamente a la prevención de un hecho dañoso, sino también a la de un hecho potencialmente dañoso, aunque éste todavía no fuera inminente. De aquí la admisión de la existencia de un “ilícito de peligro” –ignorado por muchos autores, en el terreno doctrinal– que, en materia de culpa omisiva, justamente, manifiesta sus aspectos esenciales105. Desde este punto de vista, la culpa omisiva se enlaza con el principio del alterum non laedere, pero el nexo es distinto del que acostumbra mediar entre dicho precepto y la culpa comisiva. En materia de omisiones, en efecto, el precepto del alterum non laedere no implica un deber incondicionado y general de ponerse en acción para proteger los derechos de terceros expuestos a un peligro de lesión, porque el comportamiento omisivo, entendido en su auténtico significado, requiere, justamente, la existencia de un deber de obrar específico. Sin embargo, según el parecer general, se trata de asimilar el sistema típico que derivaría de este proceder a la estructura atípica normal, al observarse que el deber de obrar tiene que ser “precisado caso por caso”, y que puede derivar “directamente de la norma, 103 104 105 p. 469, a propósito de la exclusión de la responsabilidad del fabricante de cigarrillos por los daños físicos reportados por el consumidor. Como se ha dicho, este principio, codificado en el artículo 2043 del Código Civil, no constituye una fórmula sintética de todos los deberes de diligencia, diversamente especificados y previstos por el ordenamiento, sino una directriz “primaria”, a la cual se deben referir, directamente, los comportamientos cuya licitud está en discusión. Cfr., una vez más, Corte di Cassazione, sentencia n. 3642 del 27 de noviembre de 1972, cit. (así como la sentencia n. 503 del 8 de marzo de 1961, en Giust. civ. Rep., 1961, 2, p. 131). Sin embargo, véase, en la doctrina: A. CANDIAN, Nozioni istituzionali di diritto privato, 1946, p. 111. o bien de una situación específica, por la cual el sujeto llamado a responder por la lesión [...] estuviera obligado a cumplir una determinada actividad, precisamente, para la protección del interés lesionado”106. Pero esta apertura –si así se le puede denominar– hacia el régimen atípico, denuncia con claridad que la ausencia de una norma positiva es reemplazada (aunque sólo parcialmente) por la existencia de un deber de protección, que presupone la específica protección (jurídica) del interés; en otras palabras: una normativa especial que presupone una “pérdida de calificación” de la cláusula normativa general del artículo 2043 del Código Civil. Resulta carente de influencia, por otro lado, que el deber de obrar haya nacido en virtud de la ley o por un pacto establecido por las partes. Así se ha precisado, por ejemplo, en el caso del concesionario del uso de un bien (un campo deportivo, siendo precisos), que había asumido el deber de mantener indemne al concedente de toda responsabilidad derivada del uso. La omisión en que incurrió el concesionario (si bien relativa al buen estado del campo, que era atribuible a descuido del concedente) fue reconocida como idónea para fundar un deber de resarcimiento del daño, pero sólo respecto del demandado, y no del concedente107. Se insiste, sin embargo, en la existencia de un deber jurídico, porque no es suficiente un simple deber moral para configurar una culpa in non faciendo. Si los principios de la ética común “imponen a todos hacer lo posible para que ninguna vida humana sea afectada por la violencia ajena –como se observa en la sentencia de algún juez ordinario–, hay una norma legal que transforma dicho deber moral en un deber jurídico”. De acuerdo con esta línea de pensamiento, ulteriormente especificada por la jurisprudencia, se llega al resultado de excluir del área de los intereses merecedores de tutela a toda pretensión (eventualmente fútil) que los terceros pueden dirigir contra aquel que, a pesar de haber podido actuar, no lo ha hecho, por no estar sometido a ninguna norma. Se evita in limine, entonces, el peligro de que el damnificado consiga realizar una transferencia del riesgo en todos los casos en que también sea posible vislumbrar una lejana posibilidad de prevención del evento, por parte de los terceros. Pero este resultado (que se podría conseguir a través de un cuidadoso análisis del proceso causal del evento), presenta el altísimo costo de excluir del área del daño resarcible todo interés cuya lesión –que podía ser fácilmente prevista por el tercero– no haya sido evitada por la ausencia de un específico deber de obrar. c) Ilícito civil y delito de omisión. Este punto se ha desarrollado y argumentado cabalmente sólo en casos muy raros, porque en la jurisprudencia ordinaria se manifiesta la tendencia a retomar, 106 107 Corte di Cassazione, sentencia n. 66 del 14 de enero de 1971, ahora en Casi e questioni di diritto privato, al cuidado de Bessone, Milán, 1975, pp. 263 y ss. Corte di Cassazione, sentencia n. 1643, del 8 de julio de 1961, cit. de modo tradicional, la “regla” (arbitrariamente deducida del artículo 2043 del Código Civil) de que la omisión es sancionable sólo en hipótesis de violación de un imperativo que impone al sujeto un comportamiento positivo. Otras veces, en cambio, los argumentos son menos soterrados, y permiten apreciar un nexo muy estricto entre la regulación civilística de las omisiones y el régimen previsto por el derecho penal. En tal caso, se procede mediante una doble simplificación o, más exactamente, con aforismos que cumplen la función exclusiva de brindar un (débil) sustento normativo al principio general descrito. Se parte, principalmente, del presupuesto de que la figura de la culpa civil (en la versión de la culpa in omittendo) se identifica perfectamente con la figura de la culpa penal (en la versión de la culpa in omittendo). Así, la regulación del Código Civil y la del Código Penal darían forma a una normativa referida a una noción unitaria de culpa, aunque este presupuesto ya haya sido objeto de examen y de crítica. Se arriba, luego, a la identificación de la culpa in omittendo con una restringida gama de hipótesis de “delito de omisión”, que, bien entendida, corresponde al delito de omisión de socorro. Ello genera la impresión de que sólo en el campo penal, sino también en el campo civil, la única hipótesis en la que se puede configurar una culpa omisiva, y, correlativamente, un deber de obrar, es, justamente, el caso de la omisión de socorro. Al respecto, una sentencia no muy reciente indica que la violación del deber impuesto por el artículo 593 del Código Penal, que impone prestar asistencia a la persona que se encontrara herida o en una situación de peligro, o dar inmediato aviso de esta circunstancia a la autoridad, determina, respecto del que incurre en tal violación, “el deber jurídico, nacido de delito, y sancionado por el artículo 2043 del Código Civil, entonces, de resarcir el daño derivado de la omisión de socorro”108. Y en un modelo posterior109, la relatio a los criterios de imputación de la culpa penal es más evidente, porque el contenido del principio de neminem laedere se deduce (en materia de omisiones) del artículo 40, 2º. párrafo, del Código Penal. En esta sentencia se lee, en efecto, que “no es suficiente buscar una característica genérica de contrariedad calificada a un deber o de reprobabilidad; es necesaria, más bien, la identificación precisa, en el sujeto al que se imputa la omisión, de un deber jurídico propiamente dicho, de impedir el evento lamentado (y que se argumenta de acuerdo con el artículo 40, 2º. párrafo, del Código Penal); y se trata de un deber que tiene que determinarse caso por caso, y que puede derivar directamente de la norma, o bien de una específica situación en la cual el sujeto llamado a responder de la lesión, por no haberla impedido, estuviera obligado a realizar una determinada actividad, justamente, para la protección del interés lesionado”. Pero la referencia al artículo 40, 2º. párrafo, del Código Penal, como base fundamental del régimen penalístico en materia de omisiones, no es el único 108 109 Corte d’Appello de Milán, sentencia del 23 de febrero de 1954, en Foro pad., 1954, III, c. 22. Corte di Cassazione, sentencia n. 3642 del 27 de noviembre de 1972, cit. Asímismo, Corte di Cassazione, sentencia del 15 de noviembre de 1969, en Giur. it. Rep., 1960, n. 5. instrumento normativo al que se puede recurrir para identificar aquellas figuras de delito. La doctrina penal más reciente ha demostrado, por el contrario, que una interpretación tan restrictiva de la responsabilidad por omisión conduce a un auténtico “falseamiento” de los términos del problema110. 110 La posición tradicional de la doctrina penal (expresada, entre otros, por ANTOLISEI, Manuale di diritto penale, I, Milán, 1969, p. 197), encuentra la configuración del delito de omisión en lo dispuesto en el artículo 40, 2º. párrafo, del Código Penal, e infiere de éste la necesidad del carácter jurídico [giuridicità] del deber de impedir el evento, con lo cual se privilegia una tesis que, aunque pretendiera considerar únicamente lo establecido en esta norma, no parece ser para nada unívoca. Cfr. las distintas opiniones citadas, sobre la base de los debates y trabajos preparatorios del Código Penal, por SGUBBI, Responsabilità penale per omesso impedimento dell’evento, Padua, 1975, pp. 50-51, n. 26. En particular, se reconstruye, luego, la figura del delitto omissivo, a través de las indicaciones normativas que provienen de la omisión de socorro (artículo 593 del Código Penal), o de actos de una dependencia pública (artículo 332). Actualmente, algunas contribuciones han aclarado la perspectiva histórica y la perspectiva normativa desde las cuales se debe explicar la figura del delito de omisión. En concordancia con la concepción ilustrada del derecho penal, que presta atención a la limitación de los poderes de actuación del individuo, a fin de preservar la esfera de autonomía de éste en la mayor medida posible, hace dos siglos que se viene consolidando la regla general según la cual el ilícito penal sólo tiene lugar mediante una acción “positiva”; de aquí la deducción de que la omisión únicamente es sancionable en hipótesis excepcionales (cfr. SGUBBI, op. cit., pp. 20 y ss.). También en materia penal, por lo tanto, prevalece la tendencia (propia del derecho civil) a reconocer la máxima importancia a la esfera privada del individuo, y al libre ejercicio de sus derechos subjetivos, que se extiende hasta el reconocimiento de la posibilidad de que la autoridad establezca imposiciones para la realización de un comportamiento positivo. Esta posición no cambia cuando se transforma (por influencia de la Escuela alemana) la concepción misma del delito, entendido como “lesión de un bien protegido”. Sin embargo, el desplazamiento de atención, desde el ilícito penal, en cuanto “comportamiento jurídicamente relevante”, hacia el ilícito como “lesión de un bien protegido”, hace que cobre forma la distinción entre delitos omisivos que se sustancian en la “mera inobservancia de un mandato”, y delitos omisivos que configuran la omisión más bien como un “acto lesivo de un bien jurídicamente relevante” (así: SGUBBI, op. cit., pp. 37 y ss.). Al erosionar los dogmas de la tradición, al modificarse las condiciones sociales y económicas, y con el declive del mito del laissez faire, también a fines del siglo XIX, la concepción del delito como lesión de un bien jurídico sufre una crisis irreversible, y nace de ella la “categoría del deber”, que es propia de una sociedad jerárquicamente ordenada, y en condición de imponer a todos, sobre la base de los canales solidarísticos, el deber de contribuir, con el propio comportamiento, a la prevención de eventos penalmente relevantes. Una vez más, el modelo privilegiado de “figura de delito” se transforma desde sus raíces, y casi como confirmando los flujos y reflujos que también se verifican en la historia de las ideas y de la cultura jurídica, se produce un retorno a la matriz de la Ilustración: el delito entendido como acto del sujeto, el delito “normativizado”, siempre desvinculado del “bien” protegido; ambas ópticas expresan aquella nueva tendencia de sistematización de las categorías penalísticas que cobra forma en Alemania, hacia el decenio 1930-1940. De aquí la “sustitución del principio liberal de no injerencia del Estado en la esfera sustancial de los particulares, mediante el principio de la comunidad” (SGUBBI, op. cit., pp. 52 y ss.); y de aquí, necesariamente, la ampliación de las hipótesis de relevancia jurídica de la omisión a las figuras de violación del deber de “cooperación” que se requiere a todo individuo. El análisis de las categorías penalísticas desde la perspectiva histórica conduce a la doctrina, por lo tanto, a introducir una nueva concepción de la omisión (véase también CARACCIOLI, Il tentativo nei delitti omissivi, Milán, 1975), que, superando los límites de la Es con graves reservas (y con los oportunos cuidados), por lo tanto, que se pueden acoger las relationes elaboradas por la jurisprudencia civil en la definición de las características de la culpa in omittendo. d) Los deberes de cortesía. Sin perjuicio de lo anterior, en la jurisprudencia no faltan modelos que se ubican en una situación intermedia entre los dos supuestos considerados hasta este punto: entre la admisión de la existencia de la culpa omisiva en todos los casos en que el sujeto hubiese podido tomar medidas y cuidados para prevenir el evento, por un lado, y la exclusión de la responsabilidad en todas aquellas hipótesis en que no se presente un deber específico de obrar, por otro, existen numerosos “altos en el camino”, en los cuales parece haberse entrampado la jurisprudencia actual de la Corte di Cassazione, a tal punto que se ha producido un atento compromiso entre líneas de política del derecho que son conflictivas entre sí: una, dirigida a reservar al particular la máxima libertad de no obrar (sin importar cuál sea el costo social de su inactividad), y la otra orientada a pretender de todos un comportamiento activo, acaso sobre la base del deber de solidaridad social, todas las veces que el peligro de una lesión pueda plantearse independientemente de la presencia de previsiones legislativas específicas. La Corte di Cassazione ha trazado una línea de confín entre las tendencias opuestas, la cual parece estar destinada a tener el futuro en sus manos111. La cuestión específica tenía que ver con un mero caso de “cortesía”. Ocurrió que “A” se había ofrecido ayudar a “B”, que intentaba reparar un desperfecto que impedía el normal funcionamiento del volquete de su camión. Ignorando que el dispositivo no funcionaba bien, “A” termina herido en una mano, a causa del descenso imprevisto del volquete, que él mismo había accionado de manera inconsciente. Surgida la controversia entre “A” y “B”, y demandado judicialmente este último, por haber “omitido” la advertencia relativa al defectuoso funcionamiento del mecanismo, la Corte di Cassazione confirma la decisión de segunda instancia, que impuso la responsabilidad a “B” por culpa in omittendo. En los fundamentos se resalta que, en materia de omisiones, la investigación del juez no se puede limitar a la búsqueda de una “no es suficiente buscar una característica genérica de contrariedad calificada a un deber o de reprobabilidad”; se debe tender, más bien, a la identificación precisa de un deber, propiamente dicho, de impedir el evento lamentado, es decir, de la existencia de una “situación pasiva” del demandado “frente al interés lesionado, por la cual él resulte obligado a realizar una actividad dirigida, justamente, a proteger tal interés”. 111 concepción formalista ligada al artículo 40, 2º. párrafo, del Código Penal, y sin atentar contra el principio constitucional de la tipicidad del ilícito penal, es idónea para configurar el delito de omisión, incluso en las hipótesis de incumplimiento de deberes profesionales. Para una ilustración más amplia de esta interpretación del ilícito omisivo, véase: SGUBBI, op. cit., pp. 92 y ss., 118 y ss. Corte di Cassazione, sentencia n. 66 del 14 de enero de 1971, cit. Pero si esta premisa puede servir de base a la convicción de que la Corte di Cassazione aplicó, nuevamente, un principio consolidado, la solución de la controversia a favor del demandante demuestra claramente, en cambio, que dicho principio no debe ser entendido de forma rígida e inflexible. Por el contrario, la acepción de un “deber jurídico” que se pone en evidencia no coincide con aquella –comúnmente asumida– de “deber jurídico positivo que nace de la ley”, y en particular, de una norma específicamente dirigida a proteger el interés lesionado, sino que se extiende para abarcar incluso deberes que surgen “de una específica relación vigente entre el titular del interés lesionado y el demandado”. Y nada impide, según la Corte di Cassazione, que esta relación se origine en un contacto social, creado por una simple “relación de cortesía”. Lejos de considerar absolutamente irrelevante la relación de hecho establecida entre las partes, y del todo privada de influencia en el régimen de responsabilidad por acto ilícito, la Corte confiere a dicha relación –que, de otro modo, estaría destinada a agotar su función en el mundo de las relaciones sociales de “costumbre y convivencia”112– una relevancia autónoma, atendiendo a que la determinación de las circunstancias de hecho deja entender que las partes habían asumido compromisos recíprocos (aun cuando fundados en la cortesía), los cuales, en opinión de los magistrados, no se pueden considerar, en modo alguno, “privados de una carga, por lo menos potencial e indirecta, de juridicidad”. Así, la Corte identifica en la relación bajo examen la existencia de un “deber instrumental para con la protección del interés a la incolumidad de aquel que se ha comprometido a realizar la prestación por razones de cortesía”. Parece indudable que no se trata de una hipótesis común de omisión, porque existe un “contacto social” creado, no tanto por el evento dañoso, sino más bien por una relación previa entre las partes, que conduce a la responsabilidad aquiliana únicamente por estar fundada en una relación de hecho y no en una relación contractual. En este último caso, se habría aplicado el principio –vigente en el ordenamiento italiano– según el cual el deudor es responsable de los daños sufridos por el acreedor en su persona o bienes, por obra del deudor, con ocasión del cumplimiento113. Y la ampliación de las hipótesis de omisión relevante, que el principio enunciado en la sentencia presupone, es atenuado por la presencia de una “relación especial” que preexiste entre las partes: ésta es una prueba ulterior de que, a pesar de la adopción de modelos de sentencia menos rigurosos que los 112 113 Sobre este punto, véase, sin embargo: LIPARI, “Rapporti di cortesia, rapporti di fatto, rapporti di fiducia”, en Riv. trim. dir. proc. civ., 1969, pp. 415 y ss. En este trabajo, el autor parte del análisis de algunas hipótesis de relaciones fundadas en la confianza, en reglas de corrección y de convivencia social, para arribar a una nueva elaboración del concepto mismo de “relación jurídica”). Véase también: CHECCHINI, Rapporti non vincolanti e regola di correttezza, Padua, 1977. De la amplia bibliografía sobre el tema, es imperioso remitirse, por todos a C. M. BIANCA, Dell’inadempimento delle obbligazioni, 1ª. ed., en Commentario del codice civile, dirigido por Scialoja y Branca, Bolonia y Roma, 1967, sub art. 1218, p. 233. privilegiados por la tradición, la jurisprudencia es bastante cauta en la admisión de excepciones al principio que reconoce la libertad de inacción”114. e) Individualismo y solidaridad social en la regulación de las omisiones. Contra las tesis restrictivas no valen ni siquiera las tendencias solidarísticas desarrolladas por la doctrina en materia de responsabilidad civil ya a fines del siglo XIX y durante las primeras décadas del siglo XX115. En efecto, dichas tesis resultan aisladas en el seno de la bibliografía jurídica inspirada en principios consolidados por una antigua tradición, y que no podían considerarse sino irreversibles. No pretender del sujeto un comportamiento activo, cuando el daño podía ser evitado con un costo mínimo significa, desde la óptica de este movimiento de ideas, privilegiar el egoísmo contra el altruismo, dar la máxima importancia a la libertad (que, a veces, desemboca en la arbitrariedad, o más expresamente en el “abuso”), y no a la cooperación constructiva. Los análisis que se realizan en esta materia, acordes con una “política del derecho” que presta mayor atención a las cuestiones sociales, no se dirigen a la búsqueda de los motivos reales de la tendencia tradicional. A pesar de que en el nivel de la teoría general se advierte el significado del derecho burgués que se sustancia en la libertad asignada a quien sea titular de un “derecho subjetivo absoluto”, no se deducen, en materia de omisiones, las 114 115 Este principio también encuentra acogida en los modelos de sentencia en los cuales el problema del régimen de las omisiones se presenta bajo el aspecto de la violación del deber de “informar”, o de la relevancia jurídica de la “reticencia”. El problema suele ser asociado con el régimen de la responsabilidad precontractual (cfr. BENATTI, La responsabilità precontrattuale, Milán, 1963, pp. 35 y ss.; y BESSONE, “Rapporto precontrattuale e doveri di correttezza”, en Riv. trim. dir. proc. civ., 1972, pp. 962 y ss.), con la violación del deber general de buena fe, o con la regulación contractual de la relación jurídica a la que está ligado el deber de informar a la contraparte (véase: VISINTINI, La reticenza nella formazione del contratto, Padua, 1972, p. 9). Normalmente, en materia de responsabilidad contractual, la reticencia es asimilada al “dolo” (omisivo), y parece ser importante, por lo tanto, sólo cuando configura una precisa e inequívoca intención de lesionar los derechos ajenos. A veces se enuncia la regla general (“también un comportamiento omisivo o reticente puede ser fuente de daño, cuando se tenga el deber de hablar o cuando del silencio derive una lesión para el patrimonio ajeno”: Corte di Cassazione, sentencia n. 1446 del 20 de mayo de 1952, en Foro it. Rep., voz “Resp. civ.”, 1952, núm. 63; en el mismo sentido: Corte di Cassazione, sentencia n. 387 del 29 de febrero de 1960, en Giur. it. Rep., voz “Responsabilità civile”, 1960, núm. 6). Otras veces, en cambio, se subraya la necesidad de un comportamiento doloso (“el dolo como fuente de la obligación de resarcimiento del daño consiste en maniobras o artificios realizados con el conocimiento de las consecuencias dañosas éstos, y en condición de determinar, con un nexo de causalidad, el surgimiento del daño. El dolo también puede consistir en una omisión, es decir, en esconder los hechos que podrían haber tenido una influencia decisiva en la voluntad ajena, siempre que se trate de hecho que el agente haya tenido el deber de declarar”: Corte d’Appello de Turín, sentencia del 19 de mayo de 1944, en Giur. tor., 1944, pp. 61 y ss.). Basta pensar en las obras de Saleilles, Lévy, Josserand, en la experiencia del otro lado de los Alpes, y los ensayos que Barassi, Cogliolo, Venezian dedican a la revisión de la regulación tradicional del ilícito. Para una primera aproximación a esta temática, cfr. P. TRIMARCHI, Rischio e responsabilità oggettiva, cit., pp. 20 y ss.; GALOPPINI, “Profilo storico dell’art. 2049 cod. civ.”, p. 2 (de la separata); y los textos citados en ALPA y BESSONE, La responsabilità civile, cit., pp. 52 y ss. debidas consecuencias. Ni siquiera quien combate apertis verbis el esprit egoiste del Code Napoléon se cuida de señalar su aplicación sistemática en el campo de las omisiones. Esta no es la pauta en todos los casos. En ocasiones, más allá de los tan vehementes cuanto estériles discursos contra el espíritu medroso y mezquino de la clase burguesa, y de las más significativas expresiones, emergen ilustraciones retóricas de sus críticas, bastante sutiles. Tal es el caso, por ejemplo, de la posición de Paul Appleton, quien propone, con lúcidos argumentos, una nueva y moderna interpretación de las reglas de responsabilidad116. ¿Acaso no es natural –se pregunta Appleton– que exista el deber de socorrer al prójimo que se encuentra en peligro, cuando este acto se puede cumplir sin riesgos y sin cargas? Más aun: ¿acaso la solidaridad que nos une, y en nombre de la cual se demandan tantos sacrificios, algunas veces en ausencia de una necesidad imperiosa, no crea ningún deber para nosotros?117. Ante estas preguntas –por demás retóricas–, la doctrina y la jurisprudencia responden negativamente. Éste es un rasgo del egoisme malfaisant que Appleton vislumbra en la irrelevancia jurídica de la inercia118; un mezquino individualismo que no duda, sin embargo, a la hora de demandar sacrificios a cada uno de los miembros de la sociedad, cuando ello resulta imperioso, ni requerir el pago de los tributos para satisfacer un interés general que, a menudo, atenta contra el interés particular del contribuyente, ni utilizar los fondos públicos para “organizar promenades”NT o para rearmar el ejército, incluso con las contribuciones de los antimilitaristas119. Bajo tan enfáticas expresiones, peculiares de muchos escritos de la época, se percibe un cuidadoso análisis de los criterios de imputación de la responsabilidad. Lejos de ser un pamphlet contra la moral burguesa y el “derecho egoísta”, el análisis se revela como una detallada evaluación de los efectos negativos a los que conduce una aplicación demasiado rigurosa de la teoría tradicional. En el ámbito del derecho penal –observa Appleton–, la teoría tradicional conduce a iniquidades propiamente dichas. Tal es el caso –que en el estudio citado se describe de manera muy incisiva– de la doméstica que toma conocimiento de los repetidos intentos de homicidio ordenados por su patrona, en perjuicio del marido de ésta, pero que guarda silencio sobre todos los hechos, sin prevenir la realización de las tentativas, pero sin incurrir, tampoco, en ninguna sanción120; y tal es el caso, también, del socorro en el mar, porque la ley de la marine marchande no prevé, distintamente de 116 117 118 NT 119 120 APPLETON, “L’abstention fautive en matière délictuelle, civile et penale. Essai critique de législation”, cit., pp. 593 y ss. Ibid., p. 600. Ibid., p. 503. En francés en el original. Vale por “paseos” o “excursiones”. Ibid., p. 609. Ibid., p. 601. otras legislaciones, ninguna sanción por la omisión del socorro, aun cuando éste se hubiera negado sin motivos legítimos121. En el ámbito del derecho civil, Appleton rechaza la tesis que aprecia en la irrelevancia jurídica de la omisión la realización de un interés de la colectividad, con lo cual se daña un interés aislado del individuo. Incluso el interés general – advierte Appleton– puede sufrir un grave daño por la irresponsable omisión de quien podía, sin peligro para sí mismo, prevenir un evento perjudicial para su prójimo122. Pero la tesis defendida por Appleton (y por otros autores) hace frente a la tendencia imperante, que asigna a la culpa el significado de “violación de una norma primaria, de un deber preexistente entre las partes”123. En esta concepción se hacen evidentes todos los aspectos ideológicos y los prejuicios que, por mucho tiempo, tienden a prevalecer en la experiencia francesa y, por reflejo, en la experiencia italiana. La responsabilidad se entiende, exclusivamente, como sanción de un comportamiento reprobable; la culpa es vista como un hecho inmoral (y no se olvide que incluso hasta fines del decenio 1940-1950, Paul Esmein equiparaba la faute al péché)124, mientras que la sanción del ilícito es vista como la sanción a un comportamiento lesivo de un interés explícitamente protegido por la ley. Es el sistema –extremadamente coherente– que se elabora en torno de la máxima “no hay responsabilidad si no existe culpa”. Y la filosofía individualista que expresa dicha máxima se orienta, entonces, a limitar en la mayor medida posible las hipótesis de responsabilidad, para salvaguardar la “esfera privada del individuo”. Así retorna la problemática de la culpa como parámetro de selección de los intereses, en la cual se enlazan aspectos del análisis de los criterios de imputación de la responsabilidad civil y aspectos de la tipicidad y atipicidad del ilícito. Desde tal perspectiva, la omisión, que es el “anverso” exacto de la comisión, recibe una regulación coherente. Si el hecho comisivo es relevante sólo si constituye la violación de un deber preexistente, también el hecho omisivo tienen que ser el efecto de la violación (culposa o dolosa) de un deber preexistente. Pero mientras que en la doctrina se expande, gradualmente, el significado de “culpa”, a tal punto que se considera negligente incluso el comportamiento que viola los principios de la conciencia social, o reglas de prudencia y de elemental experiencia (pero no codificadas por el ordenamiento), el prejuicio inspirador de la tesis tradicional se mantiene en el campo de las omisiones. De aquí la regla, desde entonces repetida al pie de la letra y acríticamente, según la cual, existe omisión en 121 122 123 124 En efecto, el artículo 4 de la Ley del 10 de marzo de 1891 hacía obligatoria la ayuda, pero solamente en caso de abordaje; en todos los demás casos, la consideraba facultativa (véase, sin embargo: FERRARINI, Il soccorso in mare, Milán, 1966, ya en las pp. 2 y ss.). De aquí, desde una perspectiva de iure condendo, la regla acuñada por APPLETON, según la cual “quiconque, in présence d’un danger grave et imminent menaçant une personne, aura sans excuse légitime, négligé de lui porter secours, alors que ce secours n’entrainait ni danger ni charge sérieuse, sera puni [...]”. Junto con la prefiguración de un delito de omisión de socorro, al cual destinar una sanción idéntica a la prevista en el Código Penal, por “homicidio culposo” o por “lesiones culposas”, APPLETON (op. cit., pp. 604-605) elabora el principio según el cual la responsabilidad civil “résultant de cette faute par omission sera assimilée à celle qui résulte d’une faute par commission”. Tal es la tesis tradicional, sostenida con particular vigor por Planiol, y luego “revisada” por PUECH, L’illicéité dans la responsabilité civile extracontractuelle, París, 1973, pp. 277 y ss. ESMEIN, “La faute et sa place dans la responsabilité civile délictuelle”, cit., pp. 481 y ss. sentido jurídico sólo si la actividad omitida se encontraba expresamente prevista por una regla jurídica. No tiene ninguna importancia, entonces, la decidida toma de posición de Josserand, quien, al identificar el ámbito de aplicación de los artículos 1382 (délits) y 1383 (quasi-délits) del Code Napoléon, advierte que esta distinción “est sans intérêt” respecto del hecho generador de la responsabilidad, y con referencia a la “omisión” o al “hecho ilícito positivo”125. La culpa –observa, exactamente, Josserand– puede provenir de una infinidad de hechos; por lo tanto, corresponde al juez, a quien se confía una de las misiones más delicadas y redoutables, asignar contenido concreto al principio según el cual sólo el legislador tiene el poder de establecer cuándo un sujeto tenía que vencer su inercia, y desenvolverse activamente para prevenir el evento dañoso. El vicio lógico que anida en la injustificada diferenciación entre tratamiento jurídico de la omisión y efectos de la acción ilícita no es pasado por alto por autores que, como Josserand, critican la tesis de Planiol, quien veía en la violación de una regla de derecho los únicos extremos de la culpa. Admitir esta conclusión significa, no sólo limitar indebidamente los poderes de apreciación del juez, sino, sobre todo, condenar el sistema de la responsabilidad a una esclerosis que no parece superable. Se haría necesario confiar en un ordenamiento completo, provisto de una “lista de deberes” relativa a todo eventual delito o cuasidelito cuya realización fuera posible en abstracto. En resumen, se llegaría al absurdo de elaborar un “catálogo completo de deberes que pesan sobre nosotros, y de las infracciones a las cuales ellos pueden dar lugar”. Bien vistas las cosas, se trata de un “proceso artificial”, que es válido –comenta Josserand– para trazar una serie de obligaciones preconstituidas, y luego para “presentar los ilícitos como violación de tales obligaciones”. Todo concluiría en una irracional superposición de los modelos de regulación contractual con los de regulación extracontractual, y, por lo tanto, en extrema ratio, en la supresión del ilícito como “fuente de obligaciones”126. Pero el sistema de responsabilidad civil no se presenta como una “armonía preestablecida”. Es un sistema que no reviste, en modo alguno, el aspecto de un inmenso “réseau” obligatorio, en el que “cada uno de nosotros se encuentre encerrado”. Con una serie de argumentos tan precisos cuanto convincentes, Josserand consigue, entonces, refutar la tesis de Planiol, que durante largo tiempo había imperado en la doctrina. Sin embargo, no se han derivado consecuencias unívocas de tales premisas, que bien podrían parecer altamente racionales. Actualmente, la tesis restrictiva ha perdido terreno en la experiencia francesa, pero sólo en las elaboraciones de la doctrina; en cambio, ella permanece sólidamente afirmada en los modelos privilegiados por la jurisprudencia. f) “Abstention fautive” y principios de responsabilidad. La doctrina ha hecho erosionar, en efecto, y uno a uno, todos los pilares en los que se fundaba la tesis restrictiva. Se ha observado que con la evolución de las 125 126 JOSSERAND, Cours de droit civil positif français, II, París, 1930, p. 201. Ibid., loc. cit. relaciones sociales, también ha cambiado la legislación penal, que en una serie de hipótesis más nutrida que en el pasado, sanciona los comportamientos omisivos. Por otro lado, el artículo 63 del Code pénal brinda suficientes elementos normativos para desmentir las interpretaciones de aquellos autores que, insistiendo en el principio “nullum crimen sine lege”, “nulla poena sine lege”, alegaban la ausencia de normas que previeran la omisión como delito, para sostener la legitimidad misma de una tesis restrictiva, incluso en el ámbito civil127. Llevada a sus extremos, la tesis restrictiva hacía concluir que la omisión podía ser civilmente sancionada sólo cuando era efecto de una inacción deliberada e intencional, a pesar de la presencia de circunstancias que, con seguridad, habrían ocasionado el evento dañoso. Paul Esmein, por ejemplo, escribía: “para que la mera abstención pueda ser culposa, es necesario un deber de obrar”. Y añadía: “es raro que dicho deber sea impuesto por la ley o por los reglamentos, aunque no falten casos en que ello ocurre; sin embargo, dicha imposición puede derivar de un deber moral que pesa sobre cada uno de nosotros, a saber, el respeto a las reglas esenciales de la vida social; la abstención determinada por el solo motivo de perjudicar a los demás es culpable”128. Con semejante afirmación, el ilustre autor revelaba, una vez más, el intento de aplicar esquemas morales a cuestiones rigurosamente jurídicas. Pero era fácil que erosionara en sus cimientos una tesis que se desplegaba en una perspectiva actualmente superada, con la cabal distinción entre derecho y moral129. Tampoco ha podido resistir el argumento propuesto por Beudant y Capitant, fundado en la inexistencia de un nexo causal entre la omisión y el evento dañoso. No había dificultad en demostrar que, entre las distintas circunstancias relevantes en el proceso causal del evento, también la falta de acción, la inercia al momento en que un simple acto habría podido prevenir o evitar el daño, pueden cobrar importancia en la dinámica del evento. Criticando la tesis de aquellos autores que (como Teissere y Capitant) habían elaborado (en el plano “lógico”) el principio de que la omisión de un comportamiento –la inercia, en suma– no puede cumplir ninguna función causal en la dinámica del evento dañoso, Dejan de la Batie subraya que, justamente en el plano lógico, se puede atribuir importancia a un hecho –que es a lo que se reduce la abstención– que ha contribuido a provocar el evento; tal es la regla de la condicio sine qua non, que permite considerar relevante la omisión, sin la cual el daño habría sido previsto y prevenido. La tesis restrictiva parece apoyarse, entonces, en una razón de principio, porque sólo los hechos comisivos pueden considerarse 127 128 129 Ésta es la perspectiva privilegiada por H. y L. MAZEAUD y A. TUNC, Traité théorique et pratique de la responsabilité civile délictuelle et contractuelle, cit., p. 625. Modificado por la Ordenanza del 25 de junio de 1945 y, posteriormente, con la Ley del 13 de abril de 1954, el artículo 63 del Código Penal sanciona no sólo a “quiconque, pouvant empêcher par son action immédiate, sans risque pour lui ou pour des tiers, soit un fait qualifié crime, soit un délit contre l’integrité corporelle de la personne, s’abstient volantairement de la faire”, sino también a “quiconque s’abstient volontairement de porter à une personne en péril l’assistence que, sans risque pour lui, ni pour un tiers, il poteva lui préter, soit par son action personnelle, soit en provoquant un secours”. ESMEIN, en PLANIOL y RIPERT, Traité théorique et pratique de droit civil, t. VI, § 308. En este sentido, véanse las observaciones de DESBOIS, comentario en Dalloz, 1951, 330. relevantes130. En cambio, invirtiendo el argumento tradicional, sigue siendo posible admitir que también la “absence d’intervention causale” en el proceso que ha conducido al evento dañoso ha tenido influencia en las causas del daño. Ello, sin embargo, no significa que todo tipo de abstención conlleve responsabilidad. Es necesario evaluar caso por caso, efectivamente, la relevancia causal de la omisión, para evitar que el agente, cuyo comportamiento positivo ha dado lugar al evento, logre transferir el riesgo a otros, a los cuales sea posible imputar la ausencia de un comportamiento activo. Algunos casos documentan esta prudente apreciación de las circunstancias de hecho131. También en el plano de la política del derecho, la relación “libertadresponsabilidad”, que apuntaba a excluir del área de los comportamientos jurídicamente relevantes la inercia del sujeto, para proteger la absoluta autonomía de éste, es retomada para justificar soluciones de valor opuesto. Es para celebrar la libertad del individuo, precisamente, que se otorga importancia a la inercia; la irrelevancia de la abstention hace mecánico y determinista todo hecho humano vinculado con el evento por una relación material. Ello permite a Tunc advertir que la negación del poder causal de la abstention significa subestimar las posibilidades y la iniciativa del ser humano, y negar, al mismo tiempo, “sa liberté et sa insertion dans le monde”, que son, además, “son mystère et sa grandeur”; significaría, en suma, equiparar al ser humano con una “cosa”132. Luego se intenta superar la distinción entre abstention dans l’action y abstention pure et simple, que fue elaborada, en su momento, por el gran René Demogue133. Como es sabido, tal distinción retoma la diferencia (tanto en el plano lógico cuanto en el plano fáctico) entre el comportamiento positivo, pero privado de los cuidados necesarios para evitar daños a terceros (omisión “en la acción”), y el comportamiento negativo, caracterizado por la inercia, pura y simple, en presencia de un evento dañoso que se podía impedir (omisión en sentido propio). Para muchos, el planteamiento parece artificioso y del todo injustificado, pues vincula efectos jurídicos distintos a uno y otro tipo de omisión: al primero se le asigna un valor causal; al segundo, se le niega dicho valor (y toda relevancia jurídica). Entendida en este sentido, la clasificación de las omisiones parece constituir un cómodo expediente que esconde el intento de circunscribir, en la mayor medida posible, el área de la responsabilidad, con la voluntad de salvaguardar el máximo de libertad para el individuo. Sin embargo, ello no significa que la distinción –si es empleada de la manera más correcta– carezca de 130 131 132 133 DEJAN DE LA BATIE, comentario en J.C.P., 1969, 16027. Cfr., en particular, Cour de Cassation, sentencia del 29 de enero de 1969, cit. Un balón de gas, colocado en el horno de una cocina, hizo explosión de modo imprevisto, cuando el huésped de los propietarios, que había olvidado la existencia del balón, encendió la hornilla. El resarcimiento (debido por los propietarios, en virtud del artículo 1384 del Code civil) fue parcialmente reducido por aquel olvido, imputable a la víctima, de la presencia del balón. La Cour de Cassation destaca, en efecto, que la exoneración parcial está legitimada por el hecho de que la víctima “había participado del olvido que dio origen al accidente”. Los propietarios son considerados responsables (junto con la aplicación de la presunción de responsabilidad en virtud del artículo 1384), por la omisión de advertancia que, de haber sido brindadas en el momento adecuado, habrían podido prevenir el evento. TUNC, comentraio en Dalloz, 1946, I, 33. DEMOGUE, Traité des obligations en général, t. III, París, 1923, p. 439. toda utilidad en nuestros días, inclusive. Por el contrario, es refiriéndose a estos tipos de omisión, justamente, que pueden evitarse las injustificadas consecuencias que salen a la luz, porque el primer tipo puede ser comprendido, directamente, en el comportamiento culposo activo; el segundo, en el comportamiento inerte que, una vez integrados los presupuestos requeridos por la ley, puede derivar en responsabilidad por culpa in non faciendo134. Desbois observa, en tal sentido, que se pueden identificar dos “formas de errar”, al margen de la intención de perjudicar a otro: la “comisión” y la “omisión”, que son igualmente relevantes para efectos del juicio de responsabilidad. Superados los antiguos prejuicios (que, a veces, encuentran una razón de ser en los modelos de la jurisprudencia y en las elaboraciones de la doctrina), el problema de la regulación de las omisiones no queda completamente resuelto. Eliminados los problemas terminológicos, y asignada a la culpa comisiva su área de acción, y a la culpa omisiva su exacta identidad, queda sin resolver, de todos modos, la cuestión de la tipicidad de las causas que conducen a la relevancia de la culpa omisiva. Partiendo de las precisiones realizadas, en este plano, por Josserand, y de la refutación de la tesis de Planiol, que parece tributaria de la más rigurosa taxatividad de las hipótesis de ilícitos por omisión, la doctrina contemporánea ha elaborado modelos orgánicos de interpretación. El primero de estos modelos se funda en argumentos lógicos deducidos a contrariis de la regla del Código Penal francés que sanciona, en su artículo 63, la omisión de asistencia a personas en peligro. Es tal la amplitud de la norma –no 134 La tesis de DEMOGUE fue retomada y desarrollada por COHIN, La abstention fautive en droit civil et penal, cit., pp. 3 y ss. Sin embargo, Cohin precisa que los dos tipos de “omisión” significan, exclusivamente, dos modos de ser del comportamiento negligente realizado mediante una actitud inerte del sujeto. Y demuestra (sobre la base de los conceptos expuestos por Demogue), que no es posible partir de una distinción de este tipo para arribar a soluciones diversas en el tratamiento normativo de las dos especies de omisión. A pesar de portar las huellas de la fatiga cultural en la que se debatía la doctrina francesa de la época, aún ligada al principio de la “culpa”, y totalmente reacia a admitir la aplicación de los principios de la responsabilidad objetiva, el análisis de Cohin marca una fase importante en la evolución de las construcciones doctrinales en materia de responsabilidad, atendiendo a que se plantea en oposición a la tesis predominante – sostenida por Planiol– que define la culpa como la mera “violation d’une obligation préexistente”. En efecto, adhiriendo a las tesis más elaboradas, de Saleilles, Josserand y Lévy, Cohin critica la concepción individualista que emerge –por claras razones– de las posiciones tomadas dee los esquemas tradicionales, y advierte, con Demogue, que el deber de obrar, contrapuesto al deber de abstención de dañar al prójimo, “apparaitra de plus en plus pour chacun à meseure qu’à l’idée individualiste de liberté se substituera celle d’un poste social tenu par chacun avec une certain indipendence” (COHIN, op. cit., p. 21, con expresiones tomadas de DEMOGUE, op. cit., t. III, p. 440). Mediante una atenta y paciente explicación de los aspectos doctrinales y jurisprudenciales, Cohin demuestra, entonces, que en el plano de los efectos jurídicos, la noción de “abstention dans l’action” permite tejer una trama de “obligaciones de obrar”, que traducen aquellas aspiraciones solidarísticas que han inducido a algunos autores a identificar el principio del neminem laedere con el deber de obrar. Más difícil, en cambio, es la demostración de que también la regulación de la “abstention pure et simple” se somete a las mismas directrices: desde este punto de vista, Cohin prefiere argumentar, más bien, en términos de “solidaridad moral y social”, sobre cuya base hay que superar –a su entender– las rémoras que la doctrina y la jurisprudencia tradicionales interponen en una interpretación extensiva del término de omisión. necesariamente limitada a las exclusivas hipótesis reguladas por el ordenamiento–, que ella parece idónea para constituir la referencia normativa fundamental para conformar una regla homóloga en el derecho civil, posiblemente más amplia que la primera, atendiendo a las distintas finalidades de las reglas de responsabilidad civil, en comparación con los objetivos institucionalmente perseguidos por las reglas del derecho penal135. El segundo modelo, menos mecánico que el anterior, es fruto de un examen crítico de la noción de culpa, entendiendo ésta (en el sentido precisado por Planiol) como la “violación de una norma jurídica preexistente”. Lejos de poderse definir dentro de esquemas tan estrechos que hacen de la cláusula normativa general de responsabilidad una regla sintética de los comportamientos tipificados por otras normas, la culpa es entendida, más bien, y según la orientación actual de la doctrina, como un “error de conducta que no habría sido cometido por un individuo prevenido y respetuoso de los deberes sociales, ubicado en las mismas condiciones externas en las cuales se encontraba el demandado”136. Una noción de culpa tan elaborada parece superar, por su amplitud, las clasificaciones tipificadoras de la tesis tradicional, y no salvaguardar, por su limitación, la libertad del individuo, incluso en la aplicación de la cláusula normativa general de responsabilidad. De tal forma, esta premisa da la impresión de tener un sucedáneo en la afirmación de que no existen diferencias entre la faute commissive y faute d’abstention en el plano conceptual, y tampoco en el mundo del derecho. Si se acoge esta amplia noción de culpa, es posible teorizar el principio de que la faute d’abstention obedece a las reglas generales de la responsabilidad civil, sin constituir una hipótesis excepcional. Por lo tanto, al interpretar el artículo 1382 del Code civil (y el sucesivo artículo 1383), el juez no está legitimado para limitar el papel de la cláusula normativa general en presencia de una culpa omisiva; por el contrario, gracias a la elasticidad de tales reglas, él está en condición de “resolver equitativamente, en todos los casos, la controversia que se somete a su decisión”137. g) Culpa omisiva y atipicidad del ilícito. A pesar de ser sólo un ejemplo de la aproximación tradicional al problema, esta interpretación del artículo 1382 del Code civil no agota todas las distintas posiciones que han sido asumidas, progresivamente, por los autores que han estudiado el tema de la culpa in omittendo. Por el contrario, y justamente en el análisis de los aspectos de la ilicitud, hay un autor que ha regresado a la tesis privilegiada por la tradición. Es cierto que se aporta algún correctivo, con el cual se busca ampliar el área de las hipótesis de relevancia jurídica de la omisión, pero el tenor de esta tesis no dista mucho del planteamiento clásico. Se duda, en otras palabras, que la omisión pueda ser calificada como ilícita únicamente en el caso de la violación de una norma jurídica preexistente, y se amplía la serie de fuentes normativas (en sentido lato) que constituyen su presupuesto, hasta llegar a admitir la omisión culposa, incluso en la hipótesis de inobservancia de una “obligation 135 136 137 H. y L. MAZEAUD y TUNC, op. cit., pp. 622-623. Ibid., p. 633. Ibid., p. 635. réglementaire, conventionelle, professionelle”. Se descarta, sin embargo, que pueda recibir el calificativo de “ilícito” todo comportamiento omisivo, aunque tal comportamiento pueda parecer culposo sobre la base de una cuidadosa evaluación de las circunstancias específicas”138. En una fase posterior, el área de relevancia de las omisiones se documenta con una serie de sentencias; las más sintomáticas de ellas son las que se refieren al affaire “Branly”, en el cual se hizo referencia a una noción extensiva del término “omisión”, es decir, a la omisión entendida en sentido impropio139. El tema ha sido tratado a propósito de la noción general de “culpa”, y luego en relación con los ilícitos por informaciones inexactas. Más allá de este caso, que ha despertado gran interés por lo inesperado de su solución, no parece que sea necesario profundizar, ulteriormente, el análisis de las tendencias de la jurisprudencia, tan acostumbrada a repetir al pie de la letra la regla restrictiva140. De todas formas, es necesario mencionar dos sentencias cuyo destino era convertirse en auténticos leading precedents, en lo que atañe a la evolución de las directrices de interpretación del artículo 1382 del Code civil. La primera, por cierto, se remonta a muchos años atrás. Fue emitida en 1924141, y en ella, la Cour de Cassation formuló el principio según el cual “si alguien es responsable por su negligencia, la omisión no puede comportar responsabilidad a menos que exista, para el sujeto, el deber de cumplir el hecho omitido”. Sólo en apariencia, esta fórmula se acerca a la tradición, que es retomada para acoger, por el contrario, una noción más lata de “omisión”. Se observa, en efecto, que la expresión “deber” (de impedir el hecho con un comportamiento activo) no es fruto de una relatio a la ley positiva; ella puede referirse, más bien, a los usos, a los deberes generales previstos por el ordenamiento y, es más, al deber de todos de “comportarse como miembros de una comunidad social”. Con la referencia a este antiguo modelo de sentencia se pretende superar el rigor con el que se suele restringir el área de la culpa omisiva. La segunda sentencia es algo más reciente. Se remonta a 1951142, y se refiere, igualmente, al affaire “Branly”. En ella se describe la omisión “legal, reglamentaria o convencional, o incluso relativa al ordre professionnel”. También en este caso se erosiona el esquema típico del ilícito omisivo, a través de una multiplicación de las fuentes de los deberes de obrar. Actualmente, la jurisprudencia da la impresión de querer superar la regla tradicional (si bien ello ocurre en casos que no son muy numerosos), con el recurso 138 139 140 141 142 En tal sentido, véase: PUECH, L’illicéité dans la responsabilité civile extracontractuelle, cit., pp. 260 y ss. Cour de Cassation, sentencia del 27 de febrero de 1951, en Dalloz, 1951, 329. Cfr., por ejemplo: Cour de Cassation, sentencia del 28 de octubre de 1935, en Dalloz, 1935, 537; Cour de Cassation, sentencia del 7 de junio de 1962, en Dalloz, 1962, 721, con comentario de SAVATIER. Cour de Cassation, sentencia del 24 de diciembre de 1924, en Dalloz hebdomadaire, 1925, 120. Cour de Cassation, sentencia del 27 de febrero de 1951, cit. retro, nota (139). a la noción impropia de omisión. Como quiera que sea, los principios heredados de la tradición se mantienen siempre vigentes. Se ha descartado, por ejemplo, la responsabilidad de un arrendador en un caso en que los hijos de su inquilino habían sufrido daños por jugar en una terraza desprovista de una baranda capaz de impedir caídas al piso inferior143. También en dicha situación, el uso impropio del término “omisión” logra evitar soluciones que, adoptadas con el rigor de la regla tradicional, parecerían indudablemente injustas. Con todo, se termina incurriendo en el equívoco creado por la confusión conceptual de los términos. Un claro ejemplo de ello lo brinda la jurisprudencia relativa a la responsabilidad del propietario de edificios, por lo daños a causa de la caída de cúmulos de nieve formados en los tejados144. En estas situaciones, como ha sido usual destacar, se produce una omisión, tanto en la falta de “control” de la nieve concentrada en los tejados, en forma tal de impedir la creación de un peligro para los peatones o para los automóviles estacionados en las inmediaciones, cuanto la falta de advertencia del peligro a aquellos que podrían experimentarlo. Como resulta claro, se trata de medios formales para evitar, cuando es posible hacerlo, la aplicación de las reglas de responsabilidad del propietario de edificios, las cuales comportan la asunción de un riesgo, con independencia de toda culpa del sujeto, y en virtud del artículo 1384 del Code civil. Aunque se quisiera seguir encuadrando esta hipótesis en el ámbito de la culpa, empero, seguiría siendo posible identificar un defecto en el mantenimiento de una cosa propia y, por lo tanto, una “abstention dans l’action”. Algún autor ha creído poder superar estos problemas con la tesis de que la ley (al codificar el artículo 1382 del Code civil) ha impuesto a todos una obligation de sécurité frente a los demás: un deber que consistiría en la asunción del riesgo de que otro tenga que soportar un daño a causa de nuestra actividad o inercia145. ¿Cómo considerar convincente, sin embargo, una tesis que tiene todo el aspecto de una hipóstasis de un principio abstracto en una tendencia jurisprudencial que, en realidad, sustenta en otros criterios de evaluación la determinación de la responsabilidad del demandado? Mucho más convincente es el llamado que muchos autores de hoy hacen al principio de solidaridad, cuya huella se detecta en la cláusula normativa general del artículo 1382 del Code civil, si éste es convenientemente “releído”. Por un lado, se resalta que toda interpretación restrictiva de las normas es fruto de una concepción “exagérément individualiste”, propia de un siglo como el que estuvo fundado en el laissez faire146; más aún, nada podría inducir a diferenciar la culpa cometida como un hecho positivo de la culpa que se configura por una simple abstention. Otras veces, se precisa que en el derecho civil –a diferencia de la regulación penal, donde el ilícito tiene que estar tipificado, necesariamente– el jurista “no es prisionero de 143 144 145 146 Cfr. Cour de Cassation, sentencia del 7 de junio de 1962, cit. Cour de Cassation, sentencia del 18 de junio de 1963, en J.C.P., 1963, 13316. Es la tesis de BLAOVET (cfr. el comentario a la sentencia de la Cour de Cassation del 18 de enero de 1963, cit.), ampliamente desarrollada en ID., “Normalité, sécurité, garde” en Dalloz, 1955, chron. 37. CARBONNIER, “Le silence et la gloire”, cit., 120. la misma regla”147. Dado que el “ser humano vive en sociedad”, él está obligado a observar “cierto número de deberes frente a sus semejantes”. Por lo tanto, el problema de la culpa omisiva tiene que resolverse apelando a las reglas generales en materia de culpa (comisiva). En otras palabras, la solución exige un cotejo entre el comportamiento en concreto, observado por el demandado, y el comportamiento propio de la persona de diligencia media, que es, justamente, “l’homme normal, raisonnable et avisé”148. Propuesta de esta forma, tan elemental, la tesis (de Boris Starck) parece ser mucho más equilibrada que aquella otra que prefiere poner a cargo de todos los sujetos, sobre la base de una indistinta obligation de sécurité, un deber de “socorrer” a los demás miembros de la sociedad (sin percibir, por lo demás, que la obligation de sécurité surge, en materia contractual, en virtud de una relación obligatoria de naturaleza particular, mientras que en materia extracontractual surge en correspondencia con un “contacto social” o con una “relación especial”, propia de las partes en conflicto). Hay un último problema a señalar. ¿Puede considerarse “genérica” la tesis de Starck, que hace referencia a la aplicación “directa” del artículo 1382 del Code civil a las hipótesis de culpa in omittendo? La respuesta negativa cae por su propio peso. Al igual que en toda otra evaluación que se realice sobre la base de una cláusula normativa general, corresponderá al juez precisar, conforme a parámetros objetivos, si un sujeto razonable habría actuado, o se habría abstenido de actuar, en presencia de determinadas circunstancias de hecho. En el ordenamiento italiano, da la impresión de que el problema pudiera resolverse del mismo modo, porque es dado establecer explícitamente el vínculo entre el régimen de la responsabilidad y la solidaridad social, sobre la base del artículo 2 de la Constitución y el artículo 2043 del Código Civil. Esta vinculación, que se ha tratado de explicar de distintas formas, ha llevado a soluciones diversas149. En materia de culpa omisiva, es seguro que no se puede hacer una aplicación más extensiva de ella, a tal punto que todos tengan el deber de ponerse en acción para “ayudar al prójimo”. Como se sabe, el comportamiento del “buen samaritano” no compone un parámetro de evaluación jurídicamente atendible. Ello no significa –a causa de la combinación dispuesta por las normas bajo examen, precisamente–, que sea imposible requerir al individuo el sacrificio de su propia libertad de abstención en todos los casos en que el daño podía ser prevenido y evitado por una persona de normal diligencia, mediante un comportamiento “positivo”, y sin ningún riesgo para sí mismo. h) 147 148 149 La culpa omisiva, la libertad de obrar y el deber de intervención en la experiencia estadounidense. STARCK, Droit civil – Obligations, cit., p. 227. Ibid., p. 278. Considérense, en particular, las propuestas de RODOTÀ, Il problema della responsabilità civile, cit., pp. 115 y ss.; LUCARELLI, Solidarietà sociale e autonomia privata, cit., pp. 96 y ss.; y TUCCI, Il danno ingiusto, cit., pp. 15 y ss. Para una confirmación de la tesis planteada, véase la sentencia de la Corte di Cassazione n. 2174, del 25 de mayo de 1977, en Resp. civ. prev., 1978, p. 6. También en los ordenamientos donde la libertad de obrar es entendida como uno de los pilares del individualismo, y donde existe la tendencia a no imponer (ni por razones sociales ni por razones humanitarias) ningún costo a los terceros, a fin de prevenir o de reducir un daño que pueda afectar a un sujeto de manera fortuita, se han manifestado cambios de rumbo e intentos de construcción de un sistema de reglas más adecuado a la conciencia social y a los valores expresados por la cultura solidarística que hoy tiene bastante difusión. La elaboración del duty to act, es decir, del deber de obrar (de intervenir, de prestar socorro o ayuda), que se corresponde –en negativo– con la failure to act (omisión) propuesta por Marshall Shapo150, se basa en un reconocimiento de varios modelos jurisprudenciales, bastante progresistas, y brinda un claro y persuasivo fundamento jurídico al tratamiento de las omisiones, sin recurrir a privilegios, limitaciones o, incluso, a exclusiones de responsabilidad a cargo del sujeto inerte, que son propios de la jurisprudencia europea continental. Con el objetivo de separar esta problemática del área de la culpabilidad, que está demasiado ligada con la de los valores morales, Shapo razona en términos de “poder”, entendiendo éste, en sentido lato, como la “posibilidad de control de las circunstancias de la vida”151. Este criterio de referencia permite a nuestro autor superar la distinción tradicional e imperecedera formulada por Tony Honoré152, en la cual se diferencian las categorías de deberes referidos a aquellos que desarrollan una actividad profesional, o a aquellos que eligen tareas particulares o están vinculados a la víctima por relaciones especiales o, en fin, a aquellos que no poseen ninguno de tales vínculos. En cambio, recurriendo al paradigma del “poder”, Shapo distingue cinco categorías de hipótesis: a) las relaciones económicas que dan lugar a deberes de acción; b) las relaciones de naturaleza personal; c) la protección de la víctima contra terceros; d) la protección de la víctima que se ha expuesto a un peligro por sí misma; y e) la acción contra aquel que, fortuitamente, se encuentra en situación de necesidad. Consideremos, separadamente, estos supuestos. a) Gran parte de las hipótesis consideradas en el primer grupo atañe a relaciones contractuales preexistentes entre las partes (la víctima y el sujeto inerte al que se ha debido el daño experimentado por ella). En el ordenamiento italiano, circunstancias análogas hacen que se configure la violación de una obligación fundamental de la relación, o bien una obligación accesoria, lo cual da lugar a la concurrencia o “concurso” entre responsabilidad contractual y extracontractual cuando un daño a la persona también puede derivar del incumplimiento. Los ejemplos de Shapo, tomados de la jurisprudencia, son múltiples. Es típica la hipótesis del trabajador que resulta herido durante el desarrollo de sus tareas, y es malamente asistido por su empleador o por sus 150 151 152 SHAPO, The Duty to Act. Tort Law. Power and Public Policy, Austin y Londres, 1977. Ibid., p. XV. HONORÉ, “Law, Morals and Rescue”, en The Good Samaritan and the Law, al cuidado de Ratcliffe, 1966, pp. 230 y ss. colegas153. El tribunal determina la responsabilidad del empleador por razones de “humanity duty and fair dealing”. Análogas consideraciones se expresan respecto de un marinero que muere de pulmonía en el puerto de arribo del barco en el que laboraba, a causa de la pésima atención médica que había recibido a bordo154. Benjamin Cardozo, quien era juez de la Supreme Court en aquel entonces, funda el duty to act, no en la relación de trabajo marítimo (quizás porque temía que el régimen de su época no iba a resultar adecuadamente protectivo para la víctima), sino en el tort. Y subraya, además, que quien ejerce un gran poder (como el capitán de una nave o un armador, por ejemplo) tiene el deber de proteger a aquellos sobre los que ejerce dicho poder. No menos relevantes son las demás hipótesis consideradas. En la relación médico-paciente, se obliga al médico a informar de manera adecuada al paciente de las características de la enfermedad, y también de las características del tratamiento sanitario al que será sometido éste, así como de los efectos colaterales de dicho tratamiento. La omisión de información comporta una responsabilidad del médico. Tal es el caso de la paciente sometida a radioterapia sin haber sido suficientemente precavida de lo arduo de dicho tratamiento, y de los sufrimientos físicos que iban a derivarse de él155. Pero existen casos bien interesantes en los cuales es dudoso establecer si en el ordenamiento italiano se habría arribado a la misma solución. ¿Qué se puede decir de la víctima que fue sometida, por exigencia del trabajo, a un análisis de sangre común y corriente, y que luego reclama por la falta de detección de un mal (cáncer a la médula espinal) que se cura a la larga, tras análisis más cuidadosos, pero también con mayor dificultad? Este caso156 culminó con la afirmación de la responsabilidad del empleador; el tribunal rechazó el argumento de que éste no tenía ningún deber de descubrir las enfermedades de sus dependientes. Si la regla del “fin de la norma violada” hubiese sido aplicada (los controles médicos impuestos a un piloto en interés del empleador y del público, en este caso), es probable que la respuesta al problema habría sido totalmente distinta. Shapo expone dos diversas claves de interpretación para este caso157. Él percibe la aplicación del principio según el cual una empresa encuentra, “en la gestión de sus asuntos”, una información de vital importancia para otro sujeto, y no se cuida de comunicárselo; puesto que el suministro de la información no habría comportado ningún “costo adicional”, Shapo considera que tal empresa tenía el deber de proveerla al interesado; es más, con un moderado costo privado se habría podido reducir el costo social de la enfermedad, que, por ser tratada tardíamente, resultó siendo más onerosa. El duty to act –observa Shapo– se funda también en razones de humanidad (requirements of humanity), que devienen la base de una obligación en sentido jurídico. 153 154 155 156 157 Es el caso Szabo v. Pennsylvania R.R., 132 N.J.L. 331, 40 A 2d., 562, 1945, donde el dependiente fue acompañado a casa por sus compañeros de trabajo, pero luego éstos lo dejaron, sin asistencia, a pesar de la ausencia de los familiares del accidentado. Cortes v. Baltimora Insular Line, 287 U.S., 367, 1932. Lopez v. Suyer, 62 N.J. 267, 300 A 2d., 503, 1973. Coffe v. McDonnell Douglas Corp., 8 “Cal.” 3d. 551, 105, Cal. Rptr. 358, 503 p. 2a., 1366, 1972. SHAPO, op. cit., p. 16. Si un menor de edad se lesiona en las escaleras eléctricas, y se hace responsable de este hecho al administrador del supermercado158, los tribunales estadounidenses prefieren hablar de duty to rescue; en cambio, los jueces italianos hablarían de responsabilidad por cosas que se tienen bajo custodia. La orientación cambia cuando se trata de daños sufridos por huéspedes que caen en un hoyo, en una piscina o por los escalones que no están debidamente conservados, o que se ocasionan lesiones de alguna otra manera. A diferencia de los modelos jurisprudenciales italianos, que tienen como objetivo hacer de cargo del propietario los accidentes sufridos por los huéspedes, visitantes y extraños, inclusive, los tribunales estadounidenses muestran una concepción más rígida, quizás motivada por la protección de la propiedad y de la privacy159. Pero no faltan sentencias que expresan una idea distinta, en las cuales se considera que el “propietario no puede quedarse apreciando, tranquilamente, cómo un extraño, aunque se tratara de un intruso, marcha hacia el encuentro de un peligro”160. En las relaciones entre productores, vendedores y consumidores, las omisiones son normalmente asociadas con el área de la culpa, imputándose a las primeras un comportamiento negligente. Según Shapo161, sin embargo, la distinta modalidad con la cual los vendedores y productores podían actuar, conduciría a un análisis del duty to act en términos de omisión pura. Siguiendo su propia (y original) visión de estas relaciones, fundada en la forma en que los productos son presentados al público, y en la confianza suscitada con este proceder162, Shapo considera que se puede imponer a los productores (y vendedores) los peligros inherentes al consumo de productos dañinos para la salud (los cigarrillos, por ejemplo), cuando no se haya informado convenientemente de tales peligros a los consumidores. b) En lo que atañe a las relaciones de carácter personal, se propone el ejemplo de los docentes que, en caso de accidentes sufridos por sus alumnos, no dan aviso a las familias de éstos (en Italia aplicaríamos el artículo 2048 del Código Civil). No se observa una tendencia análoga, empero, en el caso de un estudiante de raza negra (y, por lo tanto, más sensible a las epidemias), que había contraído una enfermedad típica de la zona donde tenía su sede la universidad en la cual él acababa de matricularse163. En lugar de razonar en términos de causalidad, para descartar toda responsabilidad de la administración universitaria, que había omitido informar a los estudiantes sobre las enfermedades endémicas de la zona, el tribunal salió del apuro con este argumento: “nadie puede ser inmunizado contra los riesgos de la vida”. De todos modos, Shapo opina diversamente, y equipara la oferta de servicios académicos a la oferta de productos para el consumo, y se pregunta si una administración universitaria, que brinda a los estudiantes información de todo tipo 158 159 160 161 162 163 L. s. Ayres Co. v. Hicks, 220 Ind. 86, 40 N.C. 2d. 334, 1942. SHAPO, op. cit., pp. 23-24. Appling v. Stuck, 164 N.W. 2d. 810, Iowa, 1969. SHAPO, op. cit., p. 28. “A Representational Theory of Consumer Protection”, en Valparaiso Law Review, vol. 60, 1974, p. 1109. Randolph v. Arizona Board of Regents, 19 Ariz. App. 121, 123, 505 P 2d., 559, 561, 197. sobre el centro de estudios, mediante prospectos destinados a ellos, no habría podido –conociendo la situación sanitaria de la zona– suministrar las advertencias convenientes al respecto, en relación con las personas de raza negra164. c) También existen hipótesis de “protección frente a la actividad dañosa de los terceros”. Algunas de ellas están comprendidas entre los llamados “deberes de protección”, que en la experiencia italiana tienden a poseer naturaleza contractual, como ocurre en el caso de un hotel cuya falta de personal impide dar rápido aviso a la policía de una agresión sufrida por un cliente. Los casos similares son dudosos en la experiencia italiana, tal cual lo demuestran las oscilaciones –casi siempre orientadas en sentido negativo, a decir verdad– en relación con el carácter resarcible de los daños sufridos por el cliente durante un robo en un banco. Pero en los casos considerados no se plantea un problema de causalidad, sino más bien un problema de “protección de los huéspedes”. Shapo explica estos supuestos recurriendo a dos argumentos: las razones humanitarias y la relación de tipo fiduciario que se instaura entre el cliente y el hospedante. Otras veces, el planteamiento de la responsabilidad se explica por el estado de contrición en que se encuentra la víctima, como ocurriría en el caso de un ómnibus repleto, donde los pasajeros fueran molestados por delincuentes y el conductor no advirtiera la exigencia de detener la marcha, hasta que se reestablezca el orden. La situación es la misma cuando a causa de la saturación de la plataforma del metro, debida a la ausencia de medios de transporte alternativos, una dama fuera empujada contra el vagón, por acción de alguien no identificado, oculto entre la multitud165. También en este caso, de acuerdo con los cánones tradicionales del juicio de responsabilidad, la intervención del tercero induciría a los jueces de Europa continental a desvirtuar la responsabilidad de la administración del medio de transporte público, debido a la “fractura” del nexo de causalidad. Sería difícil, en otros términos, identificar una “failure to provide security” en estos supuestos. Sobre la base de las circunstancias específicas, los tribunales siguen modelos más rigurosos en ciertos casos. Ello ocurre, por ejemplo, cuando se desvirtúa la responsabilidad de un banco por la inercia de uno de sus empleados mientras un ladrón amenazaba con herir a un cliente si no se le permitía acceder a los espacios blindados del local166. El tribunal no fundamentó en términos de causalidad; lo que hizo fue invocar los peligros en los cuales habría incurrido el empleado si hubiese accedido a lo que quería el ladrón, así como la neutralización de los efectos desincentivadores de la ley que se produciría si en todos los casos similares se demostrara una actitud pasiva frente a la voluntad de los delincuentes. Pero ni siquiera esta última sentencia ha evitado las críticas167. Se observa que el banco se encuentra en condición de controlar el riesgo que se puede crear en sus locales, o que debe informar a los clientes, en todo caso, que su línea de acción es defender el dinero custodiado, incluso por encima de la seguridad de aquéllos. Por otro lado, se imputó al banco la negligencia de haber omitido dar instrucciones 164 165 166 167 SHAPO, The Duty to Act, cit., p. 41. 237 So. 2s. 132 Fla. 1970. Shelton v. City of Chicago, 42 Ill. 2d. 468, 248 N.E. 2d. 121, 1969. SHAPO, op. ult. cit., p. 49 apropiadas a sus dependientes, para hacer frente a circunstancias de tal naturaleza. Se recuerdan, igualmente, el principio del cheapest cost avoider y la relación fiduciaria y de confianza que existe entre el cliente y la institución bancaria. Por último, y a pesar de que el simple transeúnte puede ser librado de responsabilidad cuando no se esfuerza en traer ayuda para el que se encuentra en dificultad, porque existe un peligro para él mismo, esta eximente no es válida para quien tiene un status profesional que impone o facilita su intervención. Tales son los casos del periodista y del fotógrafo que presencian un accidente y no toman conciencia de su deber de llamar a las fuerzas del orden. d) Acerca de la hipótesis en que la víctima se encuentra por su propia voluntad en una situación de peligro, se pueden recordar sentencias que a veces parecen desconcertantes a los ojos de los civilistas. Allí está, por ejemplo, el caso de un vecino que es considerado responsable por haber hecho bajar a un niño que se había trepado al tejado de su casa; desatendiendo las órdenes de su madre, que le había aconsejado no alejarse sin la ayuda de alguien, ese niño fue atropellado luego por un automóvil, al intentar atravesar la calle168. e) Los casos más difíciles son los referidos al deber de intervención del mero transeúnte. En su intento de identificar reglas y criterios selectivos de comportamientos omisivos que dan lugar a responsabilidad, o a eximentes, Shapo recurre, también en estas hipótesis, al criterio del “poder”169. Si el omiso controla una situación, tiene que asumir los riesgos que tal poder comporta. Ello no debe resolverse, naturalmente, en un peligro para la vida o salud de quien está obligado a prestar socorro. Es obvio que quien presta socorro merece una evaluación más benevolente de sus eventuales errores o negligencias en el comportamiento. En los distintos Estados norteamericanos se han elaborado numerosas reglas legales al respecto (las denominadas Good Samaritan laws). 9. Culpa e ilicitud. Aspectos comparatísticos. Según otras investigaciones, realizadas desde la perspectiva comparatística, el nexo entre culpa e ilicitud es todavía estricto, tanto en el common law cuanto en la experiencia alemana. En cambio, la disociación entre culpa e ilicitud es discutida en Italia. Un autor atento a esta problemática170 observa que tal disociación sería posible si fuera dable acreditar una especie única de tort en el common law. En opinión de Markesinis, el sistema actual del common law continúa siendo policéntrico y tipificado; pero la evolución que caracteriza al tort of negligence permite asumir que los dos ordenamientos examinados podrían acercarse en el futuro. Esta es la razón por la cual no se reconoce derecho al resarcimiento por el daño “puramente económico”, es decir, por aquel concepto que en Italia se podría 168 169 170 Holt v. Sarver, 309 F. Suppl. 362, 375, E.D. Ark. 1970. SHAPO, op. ult. cit., p. 68. MARKESINIS, “The Not So Dissimilar Tort and Delict”, en Studi Senesi, 1986, pp. 95 y ss. Así mismo: LAWSON y MARKESINIS, op. cit., p. 19. Sobre la conexión entre la culpa y la ilicitud, véase C. MAIORCA, voz “Colpa civile (teoria generale)”, cit. definir como “daño al patrimonio” no derivado de lesiones físicas ni de lesiones a la propiedad (pero cuyas consecuencias económicas son, en cambio, fuentes ciertas de resarcimiento)170bis. La marginal puesta en evidencia de la ilicitud del comportamiento (illiceité), que sólo hace algunas décadas fue debidamente ilustrada por la doctrina gálica – por obra de Marc Puech, especialmente– hace que el sistema francés de la responsabilidad sea entendido, desde el exterior, como un sistema esencialmente fundado en un único concepto: la culpa (faute), que envuelve dos juicios en sí misma: por un lado, la ilicitud del comportamiento por la lesión de un interés protegido, por otro lado, la reprobabilidad del comportamiento que no concuerda con los estándares ordinarios de diligencia. En esta línea de pensamiento, es lícito sostener el paralelismo entre faute y duty171. Asumida la noción de ilicitud, que se refiere al acto lesivo de un interés en ausencia de una relación contractual entre el dañador y el damnificado titular del interés lesionado, como sinónimo de “injusticia” (del daño), en el medio italiano, como en el medio alemán –y quizás a causa del debate escenificado en Alemania, precisamente– también ha cobrado un nuevo aliento la discusión acerca de las relaciones entre ilicitud y culpa, a la cual se ha hecho mención en la explicación histórica del ilícito. Se trata de elementos (factores, presupuestos, requisitos) del ilícito que son conceptualmente distintos. Según la teoría tradicional, que considera la culpa como el criterio de imputación de la responsabilidad, ellos deben coexistir, pero ¿deben considerarse separados o están compenetrados? En Alemania, la cuestión se comenzó a tratar a fines del decenio 1950-1960, y hasta la fecha las dos teorías se mantienen vigentes, a pesar de que poseen un sabor más teórico que práctico. La primera teoría, que considera separadas la ilicitud y la culpa, tiene en cuenta los efectos de la violación. En otras palabras, ella presta atención al interés lesionado. La segunda teoría considera que la lesión, por sí misma, es insuficiente para conllevar responsabilidad, a menos que la lesión se produzca culposamente; no se atiende al resultado, entonces, sino a la conducta (la hipótesis del daño provocado intencionalmente no entra en juego, porque siempre es calificada como relativa a un ilícito sancionable). La necesidad de la culpa es advertida como un filtro para seleccionar los daños, especialmente en la hipótesis de ilícito con contornos indefinidos, como la lesión contra el derecho a la actividad empresarial o el derecho a la privacy. Esta problemática ha tenido ecos en la jurisprudencia italiana, a propósito del daño psíquico. La divergencia en la aplicación de las dos teorías se verifica en el supuesto de la responsabilidad por hecho ajeno: si no es necesaria la culpa, el sujeto al que se imputa la responsabilidad está obligado incluso en ausencia de culpa del agente; de otra forma, él responde sólo si se determina la culpa del agente. 170bis 171 Sobre este punto véase lo que se señalará más adelante. LAWSON y MARKESINIS, op. cit., II, p. 185; PUECH, L’illiceité, cit. (y nuestras observaciones en ALPA, Il problema della atipicità dell’illecito, cit., cap. II). Es así como se desarrolla el razonamiento de los juristas alemanes; pero desde el punto de vista de una de las tendencias de la doctrina italiana (de la cual participamos), la culpa (o el dolo) del agente no incide en el ilícito; puede incidir, más bien, en la causalidad. La responsabilidad del patrón (según el artículo 2049 del Código Civil) es de tipo objetivoNT, es decir, no se deriva de la culpa in eligendo o in vigilando. Además, el ilícito conlleva un resarcimiento del daño sólo si la víctima ha sido lesionada culpablemente por el tercero dependiente. Queda sin resolverse en el plano causal, en cambio, la cuestión de la posibilidad de atribuir al patrón el ilícito cometido dolosamente por el dependiente. La razón de ello es que el dolo debería quebrar el nexo de causalidad (o de “ocasionalidad necesaria”) con la esfera jurídica del patrón. 10. El riesgo. A diferencia del criterio fundado en la culpa, y como si fueran una “conquista de la civilización”172, los criterios que hacen referencia a la idea de “riesgo” comienzan a florecer a fines del siglo XIX, en la doctrina que mostraba mayor sensibilidad frente a los valores sociales y, en particular, en las obras de los exponentes del “socialismo jurídico”, en sus dos versiones, italiana y francesa173. Esta evolución cobra fuerza, entonces, y se extiende hasta las primeras décadas del siglo XX. NT 172 173 La misma observación se puede efectuar respecto de la disposición correspondiente en el Código Civil peruano: “Art. 1981.- Aquel que tenga a otro bajo sus órdenes responde por el daño causado por este último, si ese daño se realizó en el ejercicio del cargo o en cumplimiento del servicio respectivo. El autor directo y el autor indirecto están sujetos a responsabilidad solidaria”. ROUAST, en Travaux de l’Association Henri Capitant, 1939, Rapport général, p. 297. Véase, al respecto: UNGARI, “In memoria del socialismo giuridico”, en Pol. dir., 1970, pp. 248 y ss. (y HITIER, “La dernière évolution doctrinale du socialisme - Le socialisme juridique”, en Rev. ec. pol., 1906, pp. 345 y ss.). Son los “promotores declive de la culpa”174, en efecto, quienes elaboran progresivamente las teorías que definen, precisan e integran la tendencia de la cual emerge una concepción de la responsabilidad absolutamente desvinculada del concepto de culpa: la teoría del “riesgo-beneficio”, válida para hacer de cargo de la empresa los daños que la aplicación de las reglas tradicionales dejaría recaer en las víctimas, es reemplazada por la teoría del “riesgo creado”175. Más amplia y espaciosa que sus predecesoras, la teoría del riesgo creado permite aplicar criterios de responsabilidad objetiva incluso en aquellos casos en que, al no existir un ejercicio de actividades empresariales, no se podría realizar la asociación “riesgo-beneficio-responsabilidad”. Los accidentes que se producen fuera de las actividades lucrativas propiamente dichas terminan siendo absorbidas, entonces, por la premisa según la cual todo aquel que emplea fuentes de riesgo debe soportar las consecuencias negativas de su acción176. Y junto con esta teoría se desarrolla otra, que asume como objeto del denominado “riesgo profesional” un grado de diligencia superior a la media, y equiparado a la competencia que todos deben poseer para emprender una determinada actividad177. El concepto de riesgo no podía estar libre de “contaminaciones” de las doctrinas económicas. En el mismo momento en que se sostiene que la máxima jheringniana “no hay responsabilidad si no existe culpa” no puede expandirse a todas las hipótesis de responsabilidad, sino que es necesario identificar criterios 174 175 176 177 Esta es la expresión que RIPERT, “L’exercise des droits et la responsabilité civile”, en Revue critique de législation et jurisprudence, 1906, p. 355, acuña para referirse a Saleilles, Josserand, Sauzet, Sainctelette, Demogue y Gény, quienes, a fines del siglo XIX, teorizan criterios de responsabilidad objetiva. Como Ripert, otro gran jurista de la época, Planiol, “Études sur la responsabilité civile”, en Revue critique de legislation et jurisprudence, 1905, p. 279, subrayaba que “jamais on ne démontrera l’utilité ni l’équité de la responsabilité objective”. Al concepto de “riesgo-beneficio” había recurrido el mismo Saleilles, al comentar una sentencia de la Cour Superieure de Canadá en materia de responsabilidad del productor. Oponiéndose a la tesis de Planiol (op. ult. cit., pp. 291 y ss.), quien descartaba la posibilidad de imputar a la empresa (en cuanto tal) una responsabilidad por riesgo, Saleilles destaca que: “el riesgo deviene parte integrante de los gastos generales, y es la industria la que soporta los mismos, con una repartición proporcional entre aquellos que cooperan: algunas veces bajo la forma de la reducción de los beneficios; otras, bajo la forma de la reducción de los salarios”. A partir de esta premisa, el autor citado arriba a la conclusión de que “el riesgo se debe imponer a quien obtiene un beneficio” de la actividad dañosa. Véase: SALEILLES, “La responsabilité du fait des choses devant la Cour Superieure du Canada”, en Rev. trim. dr. civ., 1911, pp. 48 y ss., 50 y ss. Cfr., para una amplia exposición de esta teoría: H. y L. MAZEAUD, y A. TUNC, op. cit., pp. 78 y ss. Al respecto, véase: PHILOKENKO, “Faute et riesque crée par les energies accumulées”, en Rev. trim. dr. civ., 1950, pp. 305 y ss. Como precisa este autor, la expresión “riesgo creado” hace su aparición en un comentario de JOSSERAND (en Dalloz, 1904, 2, 258, III). En efecto, en la terminología que hace referencia al “riesgo creado”, según PHILOKENKO, es posible distinguir el significado “moral” de la culpa, justamente porque se imputa al sujeto –que, mediante su actividad, ha expuesto a los terceros al peligro de ser damnificados– la responsabilidad derivada de esta “culpa”. Cfr. STARCK, Droit civil, cit., p. 30. más adecuados “según las apreciaciones de los juristas y las exigencias de los economistas”178, se saca a la luz que el concepto jurídico de riesgo –referido, más propiamente, al riesgo-beneficio que se deriva del ejercicio de una empresa– se nutre de contenidos típicamente económicos. En efecto, dado que el criterio del riesgo es inherente a la actividad económica de un sujeto, necesariamente se instituye un vínculo entre el responsable y los “actos verificados en la jurisdicción de su negocio”179. Y este vínculo es también el que se transforma en el elemento diferenciador entre actividades “biológicas” y actividades “empresariales”. Tomando como base algunas referencias elaboradas en su momento por Venezian180, otro ilustre jurista, Pacchioni, destaca que cuando un sujeto no actúa “biológicamente”, sino que “organiza una actividad económica propia, con fin de lucro [...] debe, ciertamente, padecer las desventajas de su obrar, y resarcir los daños ocasionados a terceros, aun cuando él no fuera culpable”181. Y se refiere, particularmente, al ejercicio de una “empresa”, el principio general enunciado por Vittorio Emanuele Orlando, según el cual, “todo aquel que en el ejercicio de una empresa o de una actividad cualquiera causa al derecho ajeno un daño que se presenta como consecuencia directa o indirecta de tal actividad, debe resarcir dicho daño, sin que tenga importancia el hecho de que en el evento dañoso el agente no haya pecado de negligente o imprudente, ni que el evento mismo, aisladamente considerado, pueda parecer dependiente del caso fortuito o de una fuerza mayor”182. Del mismo modo, comentando la entonces reciente Ley sobre accidentes de trabajo de 1904183, e identificando sus aspectos sistemáticos más relevantes, el joven Francesco Carnelutti destaca que “el riesgo profesional se aprecia con claridad cada vez mayor en el enturbiado fondo de las aspiraciones jurídicas indecisas, y con nuevas vacilaciones, respaldado por el moderno empuje del mecanismo de los seguros”184. En resumen –se observa–, el principio del riesgo profesional, “más que establecer nuevos deberes a cargo del empresario, y para beneficio exclusivo del trabajador, viabiliza la distribución de los riesgos de la industria”185. 178 179 180 181 182 183 184 185 BARASSI, “Contributo allo studio della responsabilità per fatto non proprio in special modo a mezzo di animali”, en Riv. it. sc. giur., 1897, p. 175. Ibid., p. 175. VENEZIAN, “Danno e risarcimento fuori dei contratti”, en ID., Opere giuridiche, I, Roma, 1919, § 20. Véanse también: COVIELLO, “La responsabilità senza colpa”, en Riv. it. sc. giur., 1897, pp. 188 y ss.; BUTERA, “Osservazioni sul danno incolpevole”, en Giur. it., 1918, I, 1, c. 991; y BONFANTE, en Riv. dir. comm., 1918, II, p. 67. PACCHIONI, Diritto civile italiano, Dei delitti e quasi-delitti, cit., p. 214. ORLANDO, “Saggio di una teoria sul fondamento giuridico della responsabilità civile, a proposito della responsabilità diretta dello Stato”, en Archivio di diritto pubblico, III, 1893, p. 242. Texto ünico del 21 de enero de 1904, D.N. 51 (que reformula, de manera más orgnánica, las disposiciones de la Ley N.° 243 del 20 de junio de 1903). CARNELUTTI, “Giurisdizione e procedura”, cit., p. 213. Ibid., p. 214. La estricta conexión entre el concepto de “riesgo” y las doctrinas económicas de distribución de las cargas derivadas del ejercicio de las actividades empresariales es también clara para los defensores de la culpa. Y la crítica se concentra, en efecto, en el modelo de distribución del riesgo, que recurre al instrumento de los seguros. El resultado final –como revela, correctamente, la doctrina tradicional–, no es tanto el de asignar a la empresa un mayor número de costos, sino el de repartir tales costos entre un mayor número de personas. “Las primas de seguros –sostiene Tommaso Mosca, por ejemplo– si bien serán pagadas con anticipación por el empresario industrial, recaerán, en definitiva, en los consumidores, que verán aumentado el precio de los productos, y también en los trabajadores, cuyo salario se verá, en cierta medida, disminuido”186. Desde el terreno del encuentro de las cuestiones específicas de distribución de las cargas “sociales” que conlleva la empresa, se arriba, luego, a la crítica del concepto mismo de “riesgo”. Por provenir de la ciencia económica, se considera que el riesgo no puede tener carta de ciudadanía en el mundo del derecho. Se subraya, en tal sentido, que el riesgo, entendido en los claros términos de la ciencia económica, no tiene ningún “nexo lógico” con el riesgo “jurídico”, y que “la teoría económica [...] no puede, en modo alguno, ser invocada para sustentar una teoría jurídica, porque ella nada tiene que ver con ésta, ni siquiera como un recurso para la más remota de las analogías”187. Trazado en dichos términos, el principio del riesgo no tiene eco sino en las obras de algunos ilustres juristas de fines del siglo XIX. En el entretanto, la doctrina y la jurisprudencia continúan fundando la responsabilidad en la “culpa”, entendida como único principio de imputación y “presupuesto insuprimible” del ilícito188. 186 187 188 MOSCA, “Nuovi studi”, cit., p. 138. CESAREO-CONSOLO, Trattato sul risarcimento del danno, cit., p. 119. Al respecto, es significativo transcribir un pasaje de Cesareo-Consolo (op. cit., p. 120) donde se critica el empleo del concepto de “riesgo profesional”, a través de la pregunta: “si el riesgo acompaña el ejercicio de todas las actividades, ¿por qué debe sufrir sus consecuencias sólo quien contrató la obra, y no el que la realizó? Contemplando en su simplicidad el contrato de trabajo, un tratamiento diverso como éste no tiene explicación; por el contrario, resulta totalmente injusto”. Ahora bien, “¿se trata de un riesgo profesional? De ser así, tiene que ser soportado por el que ejerce la profesión, por el prestador de obra”. Concuerda con Cesareo-Consolo, en relación con la identificación del criterio de la culpa como único criterio de imputación de responsabilidad: ORLANDO CASCIO, Teoria della responsabilità per colpa – Osservazione critiche, Milán, 1938, pp. 54 y ss., quien precisa que “la teoría de la culpa, si es correctamente entendida, continúa satisfaciendo las modernas exigencias de la vida, y más aun, nuestro sentimiento jurídico”. Sin embargo, este último autor considera erradas aquellas teorías (como la defendida por CesareoConsolo) que, pretendiendo extender el principio de la culpa a todas las hipótesis de responsabilidad, recurren a la búsqueda de una culpa in eligendo o de una culpa in vigilando, para afirmar el deber de resarcimiento que pesa sobre el empleador (que constituye una hipótesis excepcional –según Orlando Cascio–, la cual comporta una responsabilidad objetiva, como precisa la fórmula literal misma del artículo 1153 del Código Civil italiano de 1865). Las otras hipótesis son adecuadas al principio de la responsabilidad por culpa presunta, sin que se pueda atribuir “a un riesgo” ni “a un interés”, El análisis del concepto de “riesgo”, tal como venía madurando en las elaboraciones doctrinales del siglo XIX, resulta muy útil, por lo tanto, para comprender plenamente ciertos “temas” de la problemática que tiñe el área de la responsabilidad civil, del que será necesario dar cuenta más adelante, al momento de examinar el significado actual del término. A ello se debe que, junto con evidentes razones de “política del derecho”, que militan a favor de una monolítica concepción de la culpa189, existan razones, menos relevantes, pero sí muy influyentes, en la revisión de las reglas de responsabilidad que impiden a la doctrina y a la jurisprudencia ir más allá de los confines tradicionales, a causa del carácter indeterminado de los principios antitéticos a la culpa. A pesar de seguir siendo el único punto de referencia fundamental de toda cuestión en términos de responsabilidad aquiliana, las doctrinas sobre la culpa no permanecen inalteradas con el paso del tiempo. Es más, el proceso de evolución verificado a fines del siglo XIX también tiene importantes expresiones en lo tocante a la definición del principio de la culpa. En todos los ordenamientos, en efecto, son acogidas reglas y técnicas de juicio que, a pesar de mantener a la culpa como referente fundamental, se apartan de ésta en distinta medida. Técnicas de tal género manifiestan, igualmente, la exigencia de adecuar el dato normativo a la realidad social que ha cambiado. Entre las técnicas empleadas con más frecuencia por la doctrina y jurisprudencia italianas, las cuales ofrecen una muestra de análisis fácilmente identificable en los demás ordenamientos, existen, además de los más comunes, que asumen como instrumento esencial la “presunción de culpa”190, las técnicas de evaluación de la “diligencia” (o, más exactamente, de la “negligencia”) del 189 190 ni a ningún otro criterio metajurídico, la razón de la inversión de la carga de la prueba para el propietario de animales o de edificios, o para el cuidador de cosas dañosas (ORLANDO CASCIO, op. cit., p. 55). RODOTÀ, Il problema della responsabilità civile, cit., p. 20. Para estos propósitos, es necesario subrayar –y aquí se citan las anotaciones de CALIENDO, “Responsabilità per colpa presunta e responsabilità obbiettiva”, en Ann. dir. comp., 1930, p. 406– que “responsabilidad presunta (por culpa presunta) y responsabilidad objetiva son conceptos totalmente distintos”. En efecto, la primera, a pesar de estar referida a las “presunciones” (y sin conceder prueba en contrario, en el caso de la presunción absoluta) está siempre ligada al principio de la “culpa” como criterio de imputación de la responsabilidad: presupone, entonces (aun cuando esto no ocurra en concreto) una evaluación del comportamiento del sujeto agente. La segunda, en cambio, hace referencia a criterios de imputación distintos de la culpa, y prescinde, por lo tanto, de ella (incluso abstractamente); mas no prescinde “de la acción”, como juzga CALIENDO, porque el “riesgo” está invariablemente vinculado con el ejercicio de una determinada “actividad”; afirmar, luego, que en las hipótesis de responsabilidad objetiva existe una presunción “absoluta de culpa”, es “afirmar algo incoherente, porque se mantiene [...] la pregunta sobre si existe siempre una culpa, o sea, una determinada dirección de la voluntad, en la generación de la responsabilidad; o si todo elemento subjetivo es irrelevante, y la responsabilidad tiene su verdadero cimiento en otros presupuestos” (CALIENDO, op. cit., loc. cit.). agente, según criterios más rigurosos que los normalmente aplicados191. Pero también se pueden reconocer técnicas que –a pesar de estar encaminadas hacia el mismo resultado– se basan en el concepto de “previsibilidad” o “evitabilidad” del evento dañoso192. Son técnicas con las que se tiende a desagregar el concepto unitario de culpa, para volver a proponer la teoría, en su momento repudiada por la doctrina, de la “gradación” de las culpas193; técnicas que buscan concretizar una aplicación “extensiva” de los conceptos de “peligro” y “peligrosidad”194, de daño195, de “inmediatez” y de “relación de causalidad”196; y, en fin, técnicas de evaluación “objetiva” de la culpa197. De todas ellas derivan, como es lógico, nuevas definiciones de los conceptos tradicionales, y, en el plano de los resultados prácticos, soluciones que algún autor ha juzgado como más “equitativas”, si no es que “más racionales”, que las esgrimidas por la tradición198. En consecuencia, también en el ámbito de las tendencias fundadas en categorías dogmáticas con siglos de historia, se aprecian movimientos que propenden a la creación de un régimen de la responsabilidad más adecuado para las sociedades opulentas. Así, pues, en materia de “diligencia” y de “negligencia”, la aplicación de la cláusula normativa general contenida en el artículo 2043 del Código Civil (junto con la aplicación de los artículos 1175 y 1176) permite realizar una interpretación de las normas más coherente con el caso concreto. Del mismo modo, un empleo del concepto de “previsibilidad” del daño, elaborado con parámetros deducidos de la praxis, y atendiendo, en particular, a las tecnologías que pueden adoptarse, en 191 192 193 194 195 196 197 198 Sobre el significado del criterio de “diligencia profesional” en el ámbito del juicio de responsabilidad, véanse: RODOTÀ, voz “Diligenza”, en Enc. dir., vol. II, Milán, 1964, pp. 545 y ss.; NATOLI, L’attuazione del rapporto obbligatorio, I, Milán, 1966, pp. 15 y ss.; BRECCIA, Diligenza e buona fede nel rapporto obbligatorio, Milán, 1968, pp. 55 y ss. (pero, en materia de incumplimiento contractual, cfr. GIORGIANNI, L’inadempimento, reimpresión, Milán, 1970, pp. 341 y ss.; NICOLÒ, voz “Adempimento”, en Enc. dir., vol. I, Milán, 1958, p. 558; C. M. BIANCA, Dell’inadempimento delle obbligazioni, cit., sub art. 1218, pp. 99 y ss.); y, especialmente, CATTANEO, La responsabilità del professionista, Milán, 1958, pp. 21 y ss.; DURANTE, La responsabilità del professionista e la sua assicurazione, Milán, 1970, pp. 4 y ss. (sobre la responsabilidad contractual es muy significativa, entre las sentencias, una del Tribunale de Verona, del 22 de abril de 1972, en Giur. it., 1973, II, c. 974, comentada por MARCHIO, donde se afirma que “el profesional, con excepción del caso en que la prestación implica la solución de problemas de especial dificultad, responde de los daños, incluso por culpa leve”. Cfr. C. M. BIANCA, op. ult. cit., pp. 357 y ss., 360 y ss. Al respecto, véase: FORCHIELLI, “La colpa lievissima”, en Riv. dir. civ., 1963, I, pp. 179 y ss. Tal como propone COMPORTI, Esposizione al pericolo, cit., pp. 168 y ss. Véase, en particular, R. SCOGNAMIGLIO, “Appunti sulla nozione di danno”, cit., pp. 475 y ss. (y también CRIFÒ, voz “Danno (storia)”, en Enc. dir., vol. XI, Milán, 1962, p. 615). Véanse, entre otros: P. TRIMARCHI, Causalità e danno, Milán, 1967, pp. 47 y ss.; y REALMONTE, Il problema della causalità nel risarcimento del danno, Milán, 1967, pp. 39 y ss. Cfr., por todos, C. M. BIANCA, voz “Negligenza”, cit., p. 192; y C. MAIORCA, voz “Colpa civile (teoria generale), cit., pp. 549 y ss. R. SCOGNAMIGLIO, op. ult. cit., pp. 476 y ss. abstracto, para prever el acaecimiento de eventos dañosos, permite realizar una extensión del área del daño resarcible, la cual resulta más bien estrecha si se aplican los criterios tradicionales199. A resultados no distintos conducen, por otro lado, las teorías que se fundan en el concepto de “prevención” del daño. En efecto, si conforme a los criterios de diligencia y de buena fe se requiere que el agente emplee todas las medidas “razonables” (o normales, en todo caso) para evitar que de su acción deriven perjuicios a terceros, se efectúa una valoración que está disociada de los contenidos subjetivos del concepto de “culpa”, y se pasa a tomar como base un cotejo entre el comportamiento efectivamente desarrollado y parámetros elaborados según modelos de comportamiento, que varían según los progresos de la técnica200. Aun cuando propugnada por autores que rechazan la aplicación generalizada de criterios de responsabilidad objetiva, la tesis que gira en torno de la noción de culpa levissima concuerda con las directrices anteriores201. Porque si se acoge el principio según el cual “in lege Aquilia et levissima venit”, se termina admitiendo que todo comportamiento, por más “diligente” que fuere, puede considerarse ilícito y, por lo tanto, fuente de deberes de resarcimiento, por el solo hecho de haber provocado daños debidos a culpa leve. El sujeto agente está obligado, entonces, a responder incluso por las negligencias más ligeras; en consecuencia, invirtiéndose el esquema tradicional, se puede sostener que dicho sujeto está obligado a observar la máxima diligencia para evitar la mínima culpa. Desde la misma perspectiva se deben considerar aquellas técnicas que, atrincherándose en formulaciones literales perfectamente homogéneas con las expresiones normativas, hacen un uso del todo “impropio” de éstas. Ejemplo de ello es la dilatación alcanzada por el concepto de “peligrosidad”, que cierta jurisprudencia ha realizado con la intención de sustraer del área de la culpa actividades industriales normalmente riesgosas y, por lo tanto, no propiamente “peligrosas”202. 199 200 201 202 Los magistrados de la Corte di Cassazione destacan (sentencia n. 3448 del 21 de octubre de 1969, en Foro it., 1970, I, c. 498) que la fórmula legislativa, siguiendo los paso del artículo 1229 del Código Civil de 1865, y al definirse, en el artículo 1223, como daño resarcible aquel que es “inmediato y directo”, no permitiría, “adecuar, en su aplicación literal, la medida del resarcimiento a la efectiva entidad del perjuicio sufrido por el contratante no culpable”. Aplicando el criterio de la llamada “regularidad causal”, se pueden considerar comprendidos, entonces, “entre los componentes del daño resarcible, aquellas consecuencias que, a pesar de no ser directamente determinadas por el hecho del que no cumple, son una consecuencia ordinaria del estado de cosas que éste ha suscitado”. Al respecto, véase también: CORSARO, L’imputazione del fatto illecito, Milán, 1969, pp. 120 y ss. Así opina GRASSETTI, “La responsabilità civile per la produzione e l’impiego dell’energia nucleare”, en Riv. trim. dir. proc. civ., 1959, pp. 64 y ss. Cfr. FORCHIELLI, “La culpa lievissima”, cit., pp. 180 y ss. Esta tendencia es resaltada por CINELLI, “Contributi e contraddizioni della giurisprudenza in materia di responsabilità da attività pericolose”, en Riv. dir. civ., 1970, II, p. 162. Significado análogo tienen aquellas propuestas doctrinales que efectúan una interpretación tan amplia del término “daño” que llega a comprender, bajo esta expresión, toda lesión de intereses tutelables, aun cuando no específicamente tutelados203, y, más aun, una interpretación del daño “inmediato y directo” que evita las simplificaciones tradicionales propensas a considerar como tal el daño tan estrictamente conexo con el evento que constituye la primera consecuencia de éste204. Y es igual de significativo el hecho de que –para particulares sectores como, por ejemplo, los relativos al ámbito de aplicación del artículo 2049 del Código Civil– el nexo de “causalidad” se diluya a tal punto que es equiparado, en la praxis jurisprudencial, a un simple “nexo de ocasionalidad”205. Todas estas son expresiones de la tendencia a renovar el sistema desde su interior, por decirlo así, a través de una relectura de las normas, la cual conduce, a menudo, a crear nuevas normas, sobre la base de operaciones exegéticas que no son compatibles con la noción misma de interpretación evolutiva, y que en este punto recordaremos sólo para documentar –por si fuera necesario– la profunda revisión que está viviéndose también en el sistema tradicional de responsabilidad civil. Este proceso no deja de manifestarse en ningún sector de la responsabilidad; ello ocurre, en primer lugar, en el sector de las actividades empresariales. Cuando se lee, en las sentencias, que el fabricante debe prever incluso el uso “anormal” del producto206, se destaca que el concepto de previsibilidad se extiende hasta comprender eventos que normalmente escapan del área de acción de un sujeto. Del mismo modo, todas las veces que se admite, en principio, el resarcimiento de los daños “económicos” indirectamente conexos con el evento dañoso provocado por el defecto del producto207, se realiza una ampliación de la noción de “daño” y una extensión del área del daño resarcible. Por último (y éste es el ejemplo más significativo), cuando se presume la culpa de la empresa mediante un simple “proceso lógico”, que no se preocupa por las negligencias del consumidor ni por las negligencias de los intermediarios, y que enlaza el daño con la existencia de un 203 204 205 206 207 Tal es el parecer de DE CUPIS, voz “Danno (dir. civ.)”, en Enc. dir., vol. XI, Milán, 1962, pp. 623 y ss. Al respecto, cfr. las apreciaciones de ALPA y BESSONE, Disciplina dell’illecito e responsabilità per danni “ economici”, cit., pp. 739 y ss. Ibid., loc. cit. Corte di Cassazione, sentencia n. 4004, del 21 de octubre de 1957, en Foro it., 1958, I, c. 46. Tribunale de Nápoles, sentencia del 5 de diciembre de 1969, en Giur. merito, 1971, I, 297. Sépase, sin embargo, que la sentencia que resuelvió la apelación (dada por la Corte d’Appello de Nápoles, el 27 de diciembre de 1972, en Foro pad., 1973, I, c. 395, con comentario de CARNEVALI) descartó que en dicho caso se hubiese probado la existencia de un daño, y precisó, de igual forma, que la negligencia del consumidor no podía redundar en responsabilidad para la empresa AGIP (se trataba de una cuestión de responsabilidad del distribuidor de gasolina, que había provisto ésta a su cliente mezclada con agua, de modo que el motor del automóvil se atascó e impidió al cliente dirigirse a un lugar donde tenía que celebrar un negocio importante). defecto derivado del proceso productivo208, se está en presencia, no tanto de una técnica de presunción de culpa, sino más bien de una técnica de presunción de responsabilidad. Y es particularmente destacable, en materia de responsabilidad de la empresa, la noción “objetiva” de culpa, que, según cada caso, se expresa en la inobservancia de leyes, reglamentos o estatutos predispuestos para asignar una normativa a los procedimientos de producción de determinados tipos de mercaderías. Con la elaboración de un concepto de culpa disociado de toda valoración en clave subjetiva del comportamiento, la doctrina y la jurisprudencia acreditan, pues, una noción que pierde las características de reproche moral y de sanción, para asumir, más bien, las características objetivas que identifican un comportamiento disconforme de (o contrario a) disposiciones legales. En otras palabras, es una forma de culpa in re ipsa aquella que se manifiesta en la inobservancia de reglas predispuestas por el legislador a fin de ordenar el proceso de producción y de prevenir, de dicha manera, la difusión de productos de calidad inferior a las prescritas y, por ello, nocivos para la salud209. 11. Aspectos comparatísticos. Recientemente, se ha intentado demostrar que la llamada “responsabilidad causal pura” no ha existido jamás, ni siquiera en las épocas primitivas210. En realidad, la experiencia del common law inglés demuestra que ya en el siglo XIX el criterio de interpretación principal era el riesgo; en segundo lugar, una vez determinado el nexo causal, se podía evitar la responsabilidad si se demostraba la realización de un comportamiento diligente. En otras palabras, se trataba de un sistema en el cual se presumía la responsabilidad salvo prueba en contrario. Y la prueba en contrario podía consistir en la presencia del caso fortuito o en la intervención de un tercero, en la demostración de que la víctima habría podido evitar el daño (loss avoidance principle); en cambio, no se podía dar la prueba de haber actuado con diligencia. Cuando se introduce esta prueba se identifica, según la doctrina tradicional, el paso desde el sistema “primitivo” hacia el sistema fundado en la culpa. La cuestión central resulta ser la siguiente, entonces: ¿podía el demandado tener un comportamiento diverso del observado en el caso? Es durante el siglo 208 209 210 Tal cual ocurre en el fallo del caso “Saiwa” (hoy por hoy, auténtico leading precedent): Corte di Cassazione, sentencia n. 1270 del 25 de mayo de 1964, en Foro it., 1965, I, c. 2098. Cfr. Corte di Cassazione, sentencia del 10 de noviembre de 1970, en Giur. it., 1973, I, 1, c. 1205. En el caso, un cortador automático de papel no había funcionado como era debido, mientras se encontraba en uso; la ausencia de medidas de seguridad idóneas para proteger a los usuarios del descenso de la hoja de cortar quedó configurada como “inobservancia de leyes”, y fue calificada, entonces, en términos de “culpa” del fabricante. KRETZMER, “Transformation of Tort Liability in the Nineteenth Century: The Visible Hand”, en Oxford Journal of Legal Studies, vol. 4, 1984, p. 50. XIX, justamente, que se acredita, atendiendo al progreso de la técnica, el nuevo principio, el cual, a decir verdad, no es más civil, sino solamente más adecuado a las exigencias de la época. La responsabilidad objetiva (stricto, en ciertos casos, absolute) en las formas de la responsabilidad de la empresa (enterprise liability) ha sido, igualmente, objeto de un agudo análisis histórico, que ha buscado poner en evidencia sus fundamentos doctrinales y la relatividad de las consideraciones de política del derecho que constituyen su base; lo que se busca con ello es demostrar que una vez cambiadas las motivaciones de fondo, esta tendencia dejaría de tener razón de ser211. Esta tesis tiene valor, ante todo, por el trabajo teórico-crítico que la sostiene, y no por los resultados a los que ella arriba. En lo sustancial, esta tesis se organiza en los siguientes puntos: a) El sistema de la enterprise liability se ha desarrollado en algunos sectores (accidentes de trabajo, circulación de productos defectuosos) en el decenio 1930-1940, y, paralelamente, en el sector de la circulación vial; sólo en los primeros dos sectores ha tenido fortuna, y ha sido seguida por los tribunales como modelo de solución de controversias. b) Los argumentos que obran a su favor se apoyan en distintas ideas: en primer lugar, dicho sistema tiene el mérito de internalizar todos los costos de una determinada actividad, de manera tal que se influye en el desarrollo de la actividad misma; en segundo lugar, con dicho sistema se obtienen ulteriores beneficios, constituidos por la distribución de aquellos costos, del modo más extendido posible, entre la población, a tal punto que se vuelven imperceptibles para todo sujeto individual que realice una determinada actividad. c) En el plano de las policies, los autores de esta tesis consideraban imperioso que los empresarios tuvieran que pagar todos los costos causados por su actividad, en tanto y en cuanto éstos pueden ser transferidos a los consumidores mediante su inclusión en el precio de los productos. Eran múltiples las situaciones que podían servir de justificativo a la aplicación de reglas de responsabilidad indirecta, como, por ejemplo, la negligencia de un trabajador subordinado, de un colaborador autónomo, de un grupo de socios; y la atribución de tal responsabilidad debe tener lugar de conformidad con indicios precisos que revelen el status de empresario, como el control de la actividad de producción, la propiedad de bienes productivos, la exposición al riesgo, la propensión al lucro. d) El desarrollo del sistema de seguros (privado) bien podía soportar estas cargas y, es más, podía devenir el “motor” del nuevo sistema. Esta tesis, sostenida por muchos, pero de modo particularmente persuasivo por Fleming James, en una admirable producción literaria, se complementaba con la tesis elaborada por Friedrich Kessler, en trono de la nueva perspectiva de las actividades negociales de empresa. La libertad de empresa y la libertad contractual 211 PRIEST, “La scoperta della responsabilità d’impresa: una storia critica delle origini intellettuali del moderno sistema di responsabilità civile”, trad. italiana de Pardolesi y Somarè, en Resp. civ. prev., 1985, pp. 275 y ss. son vistas como un binomio indisoluble, y Kessler consigue demostrar que en algunos sectores (franchising, integración vertical, acuerdos restrictivos de la competencia económica) la libertad contractual legitimaba el poder de las grandes empresas y era, por lo tanto, un vehículo hacia el autoritarismo. En todo caso, las relaciones contractuales entre la empresa y los consumidores requerían una intervención judicial destinada a reequilibrar las posiciones iniciales. Desde esta perspectiva, Priest observa que la teoría de la responsabilidad (objetiva) de la empresa se funda en tres presupuestos básicos: a) el papel determinante del seguro privado en la distribución de los costos; b) el poder contractual que se hace explícito por parte de los productores frente a los consumidores; c) la “internalización” de los daños sufridos por los consumidores en los costos de la producción, con el consiguiente control de las actividades productivas. Estas premisas son reproducidas en los fundamentos de la jurisprudencia reciente en materia de responsabilidad del productor212, pero ya figuraban en los leading cases de los decenios 1940-1950 y 1960-1970213. Se destaca que la evolución de la products liability ha sido, justamente, el modelo impulsador de la afirmación de la responsabilidad de la empresa. Luego se pasan a contrastar las premisas en que se funda la responsabilidad de la empresa atendiendo al plano fáctico. Se sostiene que el costo del seguro (privado) del productor privilegia a los consumidores más pudientes; que el consumidor puede orientarse en la adquisición de productos más seguros, y expresar, por lo tanto, una influencia determinante en el mercado; y al final, se duda que la internalización de los costos mueva a los productores a reducir el costo de los accidentes214. Estas consideraciones deben ser contextualizadas en el tiempo y en el espacio. En efecto, ellas son válidas sólo, y exclusivamente, para la experiencia estadounidense, pues no tienen equivalentes ni en la legislación ni en la praxis jurisprudencial de Europa continental, y tampoco en el sistema inglés, donde la responsabilidad objetiva por circulación de productos defectuosos fue introducida solamente con la ley de aplicación de la Directiva comunitaria en materia (la Consumer Protection Act, de 1987). Más aun, un análisis elemental de la situación italiana mueve incluso a convencerse de las tesis opuestas. Del mismo modo, no tiene equivalente en nuestro ordenamiento otro factor (que Priest mismo resalta con mucha insistencia) dirigido a imprimir a las tesis sobre la responsabilidad civil una imagen objetivizada, a saber, el factor constituido por las propuestas de programas de seguro social para las víctimas de los accidentes de tránsito, promovidos en el decenio 1930-1940, ni más ni menos. Por el contrario, los programas de dicho tipo, como el propuesto en Francia por 212 213 214 Por ejemplo, en Besbada v. Jons Marville Prods. Company, 90, N. J. 141, 447 A 2d 539, 1982, citada por PRIEST, op. cit., p. 321, n. 293. Véase: ALPA y BESSONE, La responsabilità civile, cit. SHAVELL, “Strict Liability v. Negligence”, en Journal of Legal Studies, vol. 9, 1980, p. 1. André Tunc, en el decenio 1960-1970, y luego en tiempos más recientes, han sido totalmente ignorados, cuando no criticados. Ni siquiera el impulso de la gravedad cada vez más alta de los accidentes tiene algún efecto para nuestra doctrina, y mucho menos para nuestra jurisprudencia. Por todo ello, no se puede asumir la crítica de Priest, que es interna a su sistema, como resolutiva del abandono de las tesis de responsabilidad (objetiva) de la empresa. Tampoco los excesos que se verifican en las liquidaciones de los daños a la víctimas en las experiencias de los tribunales estadounidenses pueden ser entendidos –como postulan, a modo de pretexto, algunos– como un efecto natural de la acogida de dichas tesis en nuestra experiencia. a) Responsabilidad objetiva y “strict liability”. La terminología de la responsabilidad sin culpa es una cuestión que sigue suscitando importantes debates. Algunos autores consideran que no es útil definir “en negativo” este criterio de responsabilidad, y que es preferible sustituir el término “sin culpa” con un contenido positivo215. Se trata de un problema ya presente en la bibliografía del common law inglés desde el decenio 1920-1930, cuando Winfield, por considerar demasiado severa la expresión “absolute liability”, propuso sustituirla con “strict liability”216. Pero también esta última adjetivación ha dado la impresión de ser aproximativa. ¿Cómo se le podría reemplazar, entonces? Según Palmer, el espectro de la amplitud de las responsabilidades se puede trazar de esta forma: en un extremo se ubica el seguro (responsabilidad “independiente de la causalidad”); una posición intermedia es la ocupada por la responsabilidad “absoluta”, es decir, por la responsabilidad causal privada de toda posibilidad de causa justificativa y, por lo tanto, de exoneración217; después viene la responsabilidad “causal factual” o “causalidad minimal” (de la que trataremos al analizar el nexo de causalidad), vinculada con uno o más actos que no son exclusivamente relevantes en el proceso causal; luego la responsabilidad “causal normativa”, vinculada con el acto que se considera exclusivamente relevante en el proceso causal; finalmente, en el otro extremo, se ubica la responsabilidad por culpa. Este espectro es un poco más detallado respecto del elaborado por nuestra doctrina, que acoge, simplemente, el sistema binario, es decir, que se basa en la pluralidad de los criterios de imputación. ¿Cuáles son las características de la responsabilidad sin culpa? ¿Cuál es su marco de referencia y los principios que la regulan? 215 216 217 En la bibliografía reciente, la responsabilidad objetiva –teorizada, en la segunda posguerra, por Trimarchi– constituye un área indiscutible. Véanse: FRANZONI, I fatti illeciti, cit., pp. 325 y ss.; y CASTRONOVO, La nuova responsabilità civile, cit., pp. 25 y ss. WINFIELD, “The Myth of Absolute Liability”, en Law Quarterly Review, vol. 42, 1926, pp. 37, 51. Cfr. WILLIAMS y HEPPLE, I fondamenti del diritto dei “torts”, cit. Según algunos autores, uno de sus rasgos predominantes está dado por su posición inflexible, estática y precisa218, porque la ilicitud del hecho requiere, por su naturaleza, una reacción más drástica que la asegurada por la responsabilidad por culpa. La ilicitud concierne, en todo caso, al resultado, es decir, al efecto dañoso de la actividad, y no a la actividad en sí misma; en otras palabras, el ordenamiento no expresa un juicio de valor negativo sobre el comportamiento humano que ha provocado el daño219. Son ejemplos de lo anterior la responsabilidad por el hecho de los animales y la responsabilidad del empleador por los accidentes sufridos por sus dependientes. Otro ejemplo es la responsabilidad del fabricante por los defectos del producto. Si se trata de un defecto de construcción, el juicio de responsabilidad (strict liability) es inmediato y mecánico; si se trata de un defecto de proyección –aun pudiéndose arribar a la strict liability–, la valoración es más elástica, porque es necesario tener en cuenta (según la concepción de Palmer, deducida de la experiencia estadounidense) múltiples circunstancias, como el costo de una proyección distinta, el mayor grado de seguridad que podría lograrse con esa proyección distinta, los conocimientos científicos y técnicas disponibles en la época de la fabricación. Otra característica atañe a la causalidad: en la hipótesis de la responsabilidad sin culpa se tiene en cuenta solamente los efectos causales del comportamiento, sin realizar ningún control en términos de equivalencia de las causas o de causalidad adecuada (la llamada “causalidad normativa”). Este sistema ignora, por otro lado, la problemática de las omisiones. Se puede obtener este resultado, sea considerando la actividad global del sujeto considerado responsable, sea mediante una intervención legislativa ad hoc. Ejemplos de ello son, una vez más, la responsabilidad por los accidentes en el trabajo, por el hecho de los animales, por las cosas que alguien tiene bajo su cuidado, por el transporte ferroviario (en Alemania). Una característica ulterior tiene que ver con el espectro de las causas de justificación y de las excepciones proponibles. Se trata de limitaciones que, por un lado, diferencian este tipo de responsabilidad y la responsabilidad fundada en la culpa; por otro lado, permiten al sujeto obligado al resarcimiento del daño alegar causas justificativas, lo cual no es posible para el responsable en los supuestos de responsabilidad absoluta. Las limitaciones se refieren a la atenuación de la misma “causalidad de hecho”. b) El sistema binario de la responsabilidad civil. Con esta expresión se indican todos los supuestos de distinta naturaleza en los cuales se imputa al sujeto la responsabilidad no fundada en la culpa derivada de 218 219 PALMER, op. cit., p. 830; CARBONNIER, Droit civil, IV, Obligations, París, 1969, p. 403. DELYANNIS, “L’illiceité commune element de la responsabilité civile extracontractuelle”, en VI Journées de la Soc. de Legisl. comparé, 1984, pp. 105 y ss. una acción u omisión, sino en una presunción de culpa, o incluso los supuestos de responsabilidad sin culpa. En los sistemas jurídicos que se han venido afirmando se perfilan dos trends: en una, los criterios de imputación son más rigurosos, porque la responsabilidad se ha afirmado en ausencia de culpa o sobre la base de la inversión de la carga de la prueba (no procurada); la otra es típica de la experiencia alemana, donde la responsabilidad es imputada de manera “vicaria”, pues se funda en la culpa in eligendo (erróneamente asociada con el derecho romano)220. El principio “no hay responsabilidad si no existe culpa”, consagrado en el Código Civil prusiano, luego de la transición al derecho común del legado romanista, permite, sin embargo, la creación de áreas de excepción en las cuales el legislador –el legislador alemán in primis, ya en 1838, con la ley sobre el transporte ferroviario– introduce figuras de responsabilidad sin culpa, donde el criterio de imputación es el “riesgo creado” (Gefährdungshaftung). En el BGB se refleja la estructura binaria221 de la responsabilidad civil: por un lado, la culpa; por otro, las hipótesis de excepción, en las cuales la imputación es distinta de la culpa. Las reglas excepcionales son interpretadas restrictivamente: por ejemplo, la responsabilidad por daños de animales (§ 833)NT es entendida en el sentido de que los animales a los que se hace alusión en el texto son los daños “de compañía”; en cambio, los animales que se emplean para el trabajo comportan una responsabilidad por culpa presunta. Existen, empero, casos de excepción donde los tribunales extienden el área del riesgo mediante la ficción de la culpa presunta. Se trata, por lo tanto, de un sistema de fines del siglo XIX, bastante similar al italiano de aquella época, a pesar de la gran diferencia entre los textos normativos correspondientes. El repertorio de las leyes especiales en Francia es igualmente amplio, y cubre los mismos sectores222. No faltan críticas por parte de la doctrina más sensible frente a las demandas sociales, como las formuladas por Otto von Gierke223. 220 221 NT 222 223 De la vasta bibliografía al respecto, véanse: ZWEIGERT y KÖTZ, An Introduction to Comparative Law, cit., II, pp. 324 y ss.; MARKESINIS, The German Law of Torts, cit., pp. 676 y ss.; VON BAR, The Common European Law of Torts, cit., §§ 340, 341, 448. El llamado “Jano bifronte”: MARKESINIS, op. ult. cit., p. 694. Código Civil alemán (1896, en vigor desde 1900): “§ 833. Si por un animal es muerto un hombre o se lesiona el cuerpo o la salud de una persona o se daña una cosa, aquel que tiene el animal queda obligado a resarcir los daños ocasionados por éste. (2ª. parte, añadida en 1908). La obligación de resarcimiento no tiene lugar si el daño se ha causado por un animal doméstico que está destinado para servir a la profesión, a la actividad lucrativa o a la manutención del tenerdor del animal, y si en la vigilancia del animal el tenedor observa la diligencia requerida por el tráfico, o si los daños también se hubiesen originado en la aplicación de esta diligencia”. VINEY, La responsabilité: conditions, cit., p. 25. GIERKE, Die soziale Aufgabe des Privatrechts, 1889, pp. 16-18. Esta es, textualmente, la crítica de aquel gran jurista: “Es un error fatal –un error cometido en el proyecto del Código Civil alemán– pensar que el «trabajo social» debe quedar en manos de la legislación La legislación alemana en materia comprende la Ley sobre el transporte ferroviario de 1838, luego convertida en la Ley imperial sobre la responsabilidad, de 1871, y reformada en 1940, con la extensión al daño a cosas, y en 1943, para el daño derivado del gas, del vapor y de la electricidad, y reformada, una vez más, en 1978 (Hapfichtgesetz), a fin de abarcar todo tipo de gases o fluidos; las leyes sobre el seguro social de las enfermedades, de 1883, y la Ley sobre el seguro de accidentes, de 1884; la Ley sobre el tráfico aéreo (1936), sobre el suministro de agua (1957), sobre la energía nuclear (1959), sobre los productos farmacéuticos (1976) y sobre la responsabilidad del productor (1989). Vale la pena analizar con más detenimiento la Ley general sobre la responsabilidad objetiva (Hapflichtgesetz, del 4 de enero de 1978), y remitir a sus respectivos ámbitos nuestras consideraciones en torno de la legislación en materia de regulación del tránsito, sobre la responsabilidad del fabricante y sobre el daño ambiental. El texto de la ley citada, según la modificación de 1978, contiene una disposición de tenor general en su § 1, que llevaba el título, no menos general, de “responsabilidad del empresario”; allí se prevé que “cuando en la conducción de un medio ferroviario o de una locomotora se da muerte a una persona o se hiere a una persona, o se ocasionan daños a cosas, el empresario debe resarcir a la víctima el daño derivado. El resarcimiento no procede si el accidente es ocasionado por fuerza mayor o por un evento inevitable, si el medio se encontraba en el vía pública, y siempre que no se haya debido a condiciones defectuosas o a la manutención de los rieles, o a error del conductor”. Análoga es la responsabilidad prevista –pero sólo para los daños a la persona a cargo del propietario del establecimiento– en caso de daño derivante del ejercicio de actividades vinculadas con el uso (o la producción) de electricidad, gas, vapor o expulsión de estas sustancias del vehículo (§ 2); lo mismo vale para el empresario que ejerce actividades mineras u otras actividades productivas, si media error en su ejercicio (§ 3). La concurrencia de culpas es regulada a tenor de las disposiciones del Código Civil (§ 254). El resarcimiento del daño prevé límites máximos, representados por 30,000.00 marcos para el daño padecido por toda persona lesionada, y de 10,000.00 marcos, en total, para el daño a cosas. especial, de forma tal que el derecho privado general pueda ser modelado sin tener en cuenta, para nada, las tareas que le son propias, en una dimensión individualista. Por eso encontramos allí dos sistemas que coexisten, aunque inspirados en un espíritu divergente: un sistema de reglas generales del derecho civil que contiene el derecho privado «puro», y una suma de leyes especiales, en las cuales gobierna un derecho privado que se inserta en el derecho público y se confunde con éste. Por un lado, un derecho viviente, popular, coloreado por finalidades sociales, saturado de estímulos internos; por otro lado, un modelo abstracto, romanista, individualista, osificado en nuestra dogmática. Ahora bien, el derecho privado real y verdadero se puede desarrollar en todo su esplendor lógico, al margen de las heréticas leyes especiales [...]. Pero el derecho general es el suelo original donde germinan también las leyes especiales. Cuando toman contacto con el derecho general, nuestros jóvenes aprenden el razonamiento jurídico. Los jueces deducen su sentir a partir de ello. ¡Qué abismo fatal es el que tenemos frente a nosotros! ¡Qué fractura entre el espíritu de la administración normal de la justicia y la expansión cada vez mayor de la jurisdicción administrativa! ¡Qué peligro para el estancamiento y la degeneración del derecho!”. La regulación prevista no descarta la aplicación de otras disposiciones relativas a la responsabilidad del sujeto obligado a resarcir el daño. Otro sector relevante en el cual se aplican reglas de responsabilidad objetiva es el de los daños que derivan de la circulación de vehículos, del cual hablaremos ampliamente más adelante, al tratar la responsabilidad del productor y los daños ocasionados al medio ambiente. En la legislación especial alemana, el área del riesgo no cubre todo el campo de la responsabilidad imputable al sujeto, porque siempre queda un sector fundado en la culpa, donde la carga de la prueba se impone a la víctima para la obtención del resarcimiento de ciertos tipos de daños (por ejemplo, los daños morales) o para superar los límites máximos previstos para la operatividad automática de la responsabilidad objetiva. Más aun, la concurrencia de culpa de la víctima reduce normalmente el área de la responsabilidad. La orientación de la jurisprudencia sobre la concurrencia de culpa de la víctima no ha sido uniforme: por ejemplo, en lo concerniente al daño derivante accidentes de tránsito, existen casos menos recientes en los cuales la culpa de la víctima ha impedido el resarcimiento, y casos más recientes en los cuales los jueces han ignorado su incidencia en el supuesto de responsabilidad, y no han descartado el resarcimiento ni lo han limitado, ni siquiera en lo tocante al monto. Se aprecian modelos de sentencias similares en las diversas experiencias224, y es frecuente el recurso a la teoría del fin de la norma violada para restringir o ampliar el área del dictado legislativo225. Con todo, la estructura binaria de la responsabilidad civil, con un área fundada en la culpa, siguiendo el dictado del Código Civil, y un área fundada en el riesgo, según las esporádicos y a menudo tardías intervenciones de la legislación especial ha suscitado ulteriores críticas, y ha inducido a los estudiosos a formular proyectos de reforma; a veces, los tribunales se han visto constreñidos a anticipar los resultados de la legislación especial226. El sistema alemán de responsabilidad civil no sólo es binario en el sentido antes indicado, en relación con los criterios de imputación (culpa, riesgo): también es binario en la organización de los criterios generales, porque prevé, siempre en el sector de la culpa, además de la cláusula normativa general que enuncia los intereses (o bienes) protegidos (§ 823, 1er. párrafo, BGB)NT, una segunda cláusula que se refiere a las leyes que tengan como fin la tutela de los terceros. La culpa consiste, entonces, en la violación de la disposición protectiva (Schutzgesetz). La 224 225 226 NT Véase el caso “Desmares” (Cour de Cassation, sentencia del 21 de julio de 1982, en Dalloz, 1982, 449) y BGH Vers R 1969, 736. Véase la reseña comparatística de MARKESINIS, op. ult. cit., pp. 700 y ss. Tal es el resultado de la investigación de MARKESINIS, op. ult. cit., p. 705. Código Civil alemán: “§ 823. Quien dolosamente o negligentemente, de forma antijurídica, dañe la vida, el cuerpo, la salud, la libertad, la propiedad u otro derecho de otra persona está obligado a indemnizarle todo daño causado por esto. La misma obligación corresponde a quien infringe una ley que tiene por objeto la protección de otro. Si, de acuerdo con las disposiciones de la ley, la infracción de ésta es posible sin culpa, la obligación de indemnizar sólo aparece en caso de culpa”. disposición puede estar contenida en una regla normativa, de derecho público o de derecho privado, en un decreto gubernamental, en resoluciones emanadas de autoridades locales, en cuerpos de normas referidos a bienes de primera necesidad, en órdenes policiales. El 2º. párrafo del BGB implica, por lo tanto, un distinto modo de tipificar los supuestos de ilícito, que no consiste en la pertenencia formal del interés lesionado a las categorías taxativamente enunciadas, sino más bien en la asimilación de dicho interés al fin de la norma protectiva violada. Originalmente, la disposición contenida en el 2º. párrafo del § 823 del BGB era interpretada de modo literal; así, en caso de violación de una norma contenida en una ley especial, el resarcimiento procedía sólo si el demandante demostraba la culpa del demandado (“el deber de resarcimiento sólo tiene lugar en caso de culpa”). Pero la jurisprudencia, con el caso del tiempo, ha invertido la carga de la prueba; hoy lo que rige es un supuesto de culpa presunta. Sin embargo, el 2º. párrafo del § 823 del BGB coloca al demandante en una situación más favorable, en comparación con la reservada al demandado: la culpa se presume y el daño puramente económico está comprendido entre los daños resarcibles. Por ello, en el conflicto entre demandante y demandado, el primero tratará de valerse, para fundamentar su derecho al resarcimiento del daño, de la disposición del segundo párrafo, y no del primero, del parágrafo citado; en cambio, el demandado tratará de desvirtuar que el interés lesionado sea asimilable al fin de la norma violada, y que el autor pertenezca a la categoría de los sujetos protegidos. La teoría del fin de la norma violada ensombrece problemas y finalidades que se pueden identificar en la distinción entre “normas de acción” y normas de “relación”, a propósito de los daños derivados para los particulares de la actividad de la Administración pública226bis. Junto con el § 823, primer y segundo párrafos, el § 826 del BGB completa el sistema de responsabilidad civil de tipo subjetivo; en cambio, el § 831 y la legislación especial organizan el sistema de la responsabilidad objetiva. El § 826 se refiere al daño ocasionado contra bonos mores. La intencionalidad es entendida bajo la especie de dolus directus y de dolus eventualis. Aun considerando sólo el dolo, su área de aplicación es extendida, porque no está vinculada ni con la lista de bienes protegidos ni con la violación de leyes especiales; lo que existe es un reenvío a la cláusula normativa general de las buenas costumbres, cuyo significado es confiado a la discrecionalidad del juez. Sobre el significado de “buenas costumbres” se ha acumulado una bibliografía muy amplia: entre los precedentes más relevantes se recuerda, sobre todo, la sentencia donde la fórmula ha sido desarrollada en el sentido de entendimiento común de lo que es bueno y de lo que es malo en el conglomerado social227. Pero surge la pregunta sobre si en una sociedad pluralista y fragmentada como la nuestra sigue siendo posible identificar valores comunes, y cuáles modelos de referencia deben asumirse; problemas análogos se han registrado, entre nosotros, con la expresión “orden público y buenas costumbres”; en Francia, a propósito de la fórmula “ordre public”; y en Inglaterra, con la fórmula “public policy”. 226bis 227 Véase lo que señalamos, al respecto, más adelante. BGHZ 17, 327, 332. Los ejemplos que permiten tipificar los supuestos asimilables a la cláusula normativa general se refieren228: (i) a la circulación de informaciones falsas, a la valoración de un bien artístico como auténtico, la difusión de datos de balances falsos, para atraer a inversionistas potenciales, la presentación del deudor como alguien solvente, cuando ocurre lo contrario, el abuso de la posición de dominio; (ii) el falso juramento, para obtener una resolución judicial favorable; (iii) la inducción al cumplimiento, el boicot, la huelga, la doble venta, la difusión de noticias adquiridas durante una relación laboral precedente, la denegación de admisión a una asociación. c) Culpa y daño. Estos principios se clasifican e interpretan de manera separada (aun cuando no conflictual) de los principios que regulan la responsabilidad civil. En general, se admite que el daño, en abstracto y sin adjetivos calificativos, es susceptible de resarcimiento. La regla fundamental, como hemos repetido varias veces, es que el damnificado debe encontrarse en la misma situación que habría ocurrido si el evento no hubieses sucedido. Se trata, por lo tanto, de una regla basada en una ficción: cancelar el tiempo y la historia para volver a dar al damnificado, de modo específico o por equivalente, lo que ha perdido. El dictum más célebre al respecto fue expresado por lord Blackburn en el caso Livingstone v. Rawyards Coal Co.229. Pero en los manuales de hoy en día ya no se considera suficiente exponer el principio general, sin tener en cuenta el análisis económico del daño. Burrows230, por ejemplo, cita las tesis de Posner, Calabresi, Epstein, Jolowicz, Fleming, Atiyah. Nexo causal y prueba del daño son otros criterios para la determinación del quantum. En efecto, no todos los daños son resarcibles. Desde esta perspectiva, es muy útil efectuar un cotejo con el common law, y a ello dedicaremos las líneas siguientes. Los criterios de selección son parcialmente divergente de los vigentes en nuestro sistema. Se habla, al respecto, de límites al resarcimiento. Estos son: el nexo causal, expresado en términos de distancia en el tiempo y en las conexiones (remoteness), la intervención del tercero, el deber de mitigar el daño, la concurrencia de culpa del damnificado, la irrelevancia económica del daño. El primero es el “límite” o criterio de selección que cumple un papel fundamental. Se expresa también en términos de previsibilidad (remoteness or foreseeability). La noción de remoteness es bastante discutida, y como todas las cuestiones que atañen al problema de la causalidad, se encuentra en constante adaptación a los 228 229 230 Según la clasificación de MARKESINIS, op. ult. cit., p. 896. 1880, 5 App. Cass. 25, 35; BURROWS, Remedies for Torts and Breach of Contract, Londres, 1987, p. 16. BURROWS, op. cit., pp. 20 y 37. fines (variables en el tiempo) de la responsabilidad civil, a los intereses que se pretenden tutelar, a los valores observados por los tribunales. Se discute, ante todo, acerca de si este límite, surgido en el ámbito del tort de negligence es aplicable también a los demás torts. Esta es una pregunta inconcebible para un civilista, porque las reglas de la causalidad conciernen al daño como tal, considerado en abstracto. Pero en el common law, todos los elementos del ilícito (y también del daño, por lo tanto) reciben una configuración propia, según el tipo de tort. La respuesta es, de todos modos, positiva. Inicialmente, la regla era general y más bien monolítica en apariencia: el dañador respondía de todos los daños que fueran consecuencia directa del ilícito debido a culpa (o dolo) del dañador, al margen de si habían sido previsibles o no231. El límite de la previsibilidad –factor del todo inconcebible para nosotros, en la responsabilidad extracontractual, atendiendo a la disposición del Código Civil que limita el resarcimiento al daño previsible sólo en materia contractual– fue introducido con el caso The Wagon Mound232: si las consecuencias son demasiado remotas y si un hombre razonable no las habría previsto, el daño no es susceptible de resarcimiento (se trataba de una pérdida de aceite ocurrida en un puerto, durante las operaciones de descarga de una nave; dos días después del hecho, por un simple accidente, se incendió el muelle, con graves daños, a causa, justamente, del aceite que flotaba en la superficie). La regla de la previsibilidad del daño obedece a las intenciones de una política del derecho dirigida a contener el daño resarcible: no desincentivar las actividades dañosas que son útiles, de todas maneras, para la sociedad; hacer que la situación sea tolerable para el dañador, y no excesivamente gravosa; ubicar en el mismo plano al dañador y al damnificado, que en la dinámica de las relaciones ocupan por pura chance sus papeles, que son siempre fungibles en otras ocasiones. Pero la anterior premisa ha sido criticada con el argumento de que hoy corresponde al asegurador jugar el papel de distribuidor de los riesgos; por lo tanto, quien ejerce actividades potencialmente dañosas puede estar en condición de resarcir incluso el daño imprevisible si ha recurrido, como persona diligente y precavida, al seguro (contra todos los daños). El objeto del juicio de previsibilidad es el evento, y no el modo en que éste se produce ni su dimensión. Se trata, como es evidente, de una cláusula normativa general que se adapta a distintas circunstancias233. Ni siquiera las condiciones de salud del damnificado son relevantes (la llamada “thin skull rule”): la simple quemadura de un labio, producida a un individuo enfermo de cáncer, y por ello condenado a perecer, comporta, de todos modos responsabilidad por muerte234; esta regla atenta contra los principios unánimemente acogidos entre nosotros. 231 232 233 234 Así se señala en Re Polemis and Furniss Withy and Co., 1921, 3 KB 560. 1921, AC 388. En años pasados, este caso se denominaba Wagon Mound I, porque un evento idéntico tuvo lugar mucho despúes, y fue resuelto de forma contraria (Wagon Mound II). Véanse los ejemplos de BURROWS, op. cit., p. 39; y de COOKE, en C.L.J., 1978, p. 288. Smith v. Leech Brain & Co. Ltd., 1962, 2 QB 405. Es difícil establecer el grado de probabilidad que debe tener el daño para ser considerado previsible. En el caso Wagon Mound II235, los propietarios de la nave damnificada por el incendio obtuvieron el resarcimiento porque –a diferencia del daño sufrido por los propietarios del muelle– se trataba de un evento previsible. La orientación seguida, sin embargo, es que el grado de probabilidad se acerca al grado de posibilidad, y que sea, por lo tanto, muy bajo. En tal sentido, aun cuando se trata de una regla que comporta una excepción al sistema que nos es familiar, ella parece aplicarse con tanta amplitud por parte de los tribunales ingleses que no deberíamos exagerar las diferencias. La discrecionalidad en la apreciación de la remoteness es aceptada de buen grado por los tribunales ingleses, a pesar de ser ásperamente criticada por la doctrina. Nótese que la noción de previsibilidad en la valoración de los extremos de la negligencia concierne al comportamiento diligente del dañador; la misma expresión, empleada en la valoración del daño, atañe a un género de problemas completamente diferente, porque el evento ya se ha producido; por lo tanto, cuando el evento ha tenido lugar (y no ha sido prevenido por falta de previsibilidad o por negligente previsibilidad de las consecuencias del comportamiento) la valoración del daño es en estos términos: ¿qué consecuencias del evento se pueden considerar razonables en tanto y en cuanto previsibles y, por ende, resarcibles? Pues bien, la respuesta del common lawyer se brinda teniendo en cuenta los precedentes, sea el sentido común, sea, sobre todo, el fin social de la regla, lo cual significa el fin de la norma violada236. En estas consideraciones insiste, particularmente, la doctrina, en su intento de identificar un marco de directrices suficientemente orientadoras del intérprete. De aquí tres distintas aproximaciones a la problemática, a saber: la casuística, dirigida a determinar si es posible trazar el confín entre daños “remotos” y, por lo tanto, no resarcibles, y daños que, por el contrario, eran previsibles al interior de la clasificación de los intereses protegidos; la crítica-conceptual, dirigida a establecer el confín de la remoteness en el área del tort y en el área de la causation; y por último, la económica, orientada a establecer niveles de utilidad conexos con las diversas reglas de causalidad. Comenzando por el primero, existen casos en los cuales se ha admitido la resarcibilidad de daños sufridos por el que presta auxilio o por shocks nerviosos debidos a la reacción frente al accidente237, o –y esta hipótesis parecer ser aun más interesante– por los daños experimentados en el desarrollo de las operaciones de socorro238. Siempre a propósito de nervous shock, si la reacción nerviosa deriva para la víctima de la participación directa en el accidente, la causalidad se restablece, pero si el perjuicio se produce mediante la concurrencia de un tercero (el mensajero) la causalidad es negada239. 235 236 237 238 239 1967, AC, 617. HARRIS, Remedies in Contract and Tort, Londres, 1987, p. 218. Chirwick v. Brithish Railways Board, en W. L. R., 1, 1967, p. 912. Se trata del caso australiano Chapman v. Hearse, 1961, 106, en C. L. R., p. 112. Mc Loghlin v. O’Brian, 1983, 1 A. C. 410. En un caso de wrongful birth debido a error del médico que no tuvo éxito en su intento de esterilizar a la paciente, se admitió la resarcibilidad del daño compuesto por el shock del parto, por los sufrimientos morales por el nacimiento, y por la carga económica de mantenimiento del hijo240. Es del todo arbitraria la distinción entre daños resarcibles y no resarcibles en caso de información inexacta, si ella permanece ligada al criterio discriminante del dolo o de la culpa; aquí los problemas relativos a la causalidad se resuelven de idéntica manera; lo que cambia es la interpretación de los propios factores de responsabilidad: en la primera hipótesis es admitida; en la segunda es negada, porque, como afirma la doctrina241, se quiere proteger al dañador frente a la excesiva onerosidad del resarcimiento. El control de causalidad no sólo es propio de los torts fundados en la culpa, sino también de los torts fundados en la responsabilidad sin culpa (strict liability). También en este caso es necesario partir del problema de la previsibilidad de las consecuencias, una vez que el evento ha tenido lugar. Aquí, por lo general, el problema concierne a la interpretación de las leyes especiales: se traza el límite de la remoteness en función de la pertenencia de las consecuencias al riesgo contemplado por la normativa (una vez más retorna el principio del fin de la norma violada, bajo engañosas vestiduras). En los torts fundados en el dolo, el control de la causalidad es, obviamente, menos riguroso: todos los daños ocasionados son resarcidos, porque el resarcimiento cumple, al mismo tiempo, una función punitiva y desincentivadora242. La segunda aproximación atañe, como señalábamos, a la crítica del mecanismo de la causalidad desde el punto de vista del aparato conceptual y del razonamiento lógico aplicado a la solución de las cuestiones relativas a los torts. Desde el punto de vista conceptual, lo que más preocupa actualmente a la doctrina es la diferencia de contenidos y de funciones propios del parámetro de la previsibilidad, en relación con el duty of care y con la remoteness del daño. En el primer caso, el problema es establecer cuál de los dos sujetos en conflicto (dañador y damnificado) estaba gravado con el duty of care, y, por lo tanto, cuál podía ser el mejor cost avoider; en el segundo caso, es necesario establecer cuál de los dos sujetos debe asumir el riesgo marginal243. Es claro que estos dos problemas están vinculados, no sólo porque se refieren al común denominador de la responsabilidad, sino, sobre todo, desde el punto de vista jurídico-económico: el sujeto que representa el best cost avoider es también el que tiene menores gastos para asegurarse contra el riesgo marginal. 240 241 242 243 Emch v. Kensington Area Health Authority, Q.B., 1985, 1012. HARRIS, op. cit., p. 222. Ibid., p. 225. KIDNER, “Remoteness of Damage: The Duty Interest Theory and the Reinterpretation of the Wagon Mound”, en The Journal of Legal Studies, vol. 9, 1989, pp. 1 y ss. Sin embargo, como ya se ha precisado, la previsibilidad, en el juicio de responsabilidad, atañe a la “proximidad” entre el comportamiento y el daño244. Una vez intuida esta relación, se puede determinar si el grado de diligencia empleado por el dañador es propio del hombre razonable. En cambio, en lo tocante a la previsibilidad del daño en sí –criterio que sirve para establecer el quantum a resarcir–, lo que este criterio debe ilustrar es el grado de probabilidad de las consecuencias. Para distinguir los dos criterios, para evitar superposiciones y fáciles confusiones (lingüísticas, inclusive) la doctrina ha acuñado dos adjetivaciones distintas: en el primer caso habla de proximity foresight; en el segundo, de remoteness foresight245. De aquí las críticas a la sentencia Wagon Mound I, donde, a causa de la remoteness del evento, considerada excesiva, no se concedió el resarcimiento del daño; y de aquí también la necesidad de reinterpretar los dicta de tal sentencia, porque en su redacción se superpusieron los dos conceptos. Se trata de una cuestión bastante refinada, que sale a la luz cuando la decisión en torno de la responsabilidad es dudosa; en los casos más simples la superposición es algo tan natural que el mismo lord Denning utilizó intencionalmente de manera fungible los dos conceptos246. La distinción se hace necesaria cuando se está en presencia de lesiones de intereses cuya apreciación en términos de responsabilidad requiere la existencia de requisitos ulteriores respecto de los ordinarios (por ejemplo: pure economic loss; nervous shock). Por otra parte, sería ilógico verificar el nexo de causalidad en términos de remoteness, y luego descartar la responsabilidad porque no se determina un duty of care; la determinación del duty of care, es decir, el juicio de responsabilidad, precede al juicio sobre el quantum. Además, el juicio de responsabilidad debe ser realizado para cada tipo de lesión sufrida, aun cuando todas fueran concurrentes o derivantes del mismo hecho. La razón de ello es que el duty of care se desenvuelve distintamente según el tipo de interés que resulta lesionado; así mismo, el test de la remoteness debe repetirse para cada (diversa) lesión. Toda esta preocupación suele ser resumida con el principio, también acuñado por lord Denning, que tiende a evitar el resarcimiento del llamado “daño parasitario”, es decir, de aquel daño que, considerado autónomamente, en cuanto tal, jamás sería resarcible, pero que sí puede serlo si se le vincula con otros daños247. En conclusión, aun cuando aparentemente el sistema inglés y el sistema italiano operan de manera diversa, en sus resultados dan la impresión de acercarse bastante: sea porque en el common law la previsibilidad es atenuada por el grado de 244 245 246 247 Yuen Kun Yen v. A-G for Hong Kong, 1988, A. C., 175, 191. KIDNER, op. cit., p. 2. Cfr. Attia v. British Gas, 1987, 3 All ER 455. Spartan Steel v. Martin, 1973, 1 Q.B. 27. posibilidad de la consecuencia del daño, de modo que el daño a prever se acerca a la región de la imprevisibilidad (mera previsibilidad); sea porque para ciertos tipos de lesión (por ejemplo, los daños físicos) se reconoce el resarcimiento de todo daño, incluso del daño imprevisible; sea porque la aplicación de la regla de la thin skull comporta que, una vez creado el daño, se soporten todas sus consecuencias, aunque éstas se hayan hecho más gravosas por las preexistentes y anormales condiciones del damnificado, incluyendo aquellas consecuencias provocadas por otros eventos dañosos, pero que se facilitaron por la precedente situación lesiva (tal es el caso de la víctima que no logra coordinar con facilidad sus movimientos por efecto del ilícito ajeno, y que por tener un handicap que le impide el uso normal de lentes bifocales, cae por las escaleras)248. Existen otros límites a la causalidad, determinados por la intervención de una causa extraña, por la concurrencia de culpas, por el deber de mitigar el daño. La intervención de una causa externa suficiente para interrumpir el nexo de causalidad entre el hecho y el daño depende, según las clasificaciones de los autores recientes249, de eventos naturales, de hechos de terceros, del comportamiento mismo del damnificado. El evento natural que está en condición de interrumpir el nexo causal tiene que ser ubicado en el ámbito de las específicas circunstancias que se consideran; en otros términos, es necesario evaluar la relación entre el comportamiento del dañador y el evento externo. Por ejemplo, si se trata de una borrasca que cae sobre una nave, durante una travesía, y la daña gravemente, ello no puede ser quedar a cargo del autor de un daño precedente, que había constreñido, por motivos de reparación, a que la nave postergara su partida, y que se encontrara en aquel lugar y en aquel momento, expuesta a la borrasca250. Pero si Ticio enciende una fogata cerca de la casa de Cayo, y una corriente de aire que se presenta de improviso lanza las chispas de aquélla hacia ésta, y provoca un incendio, no se puede sostener que se ha presentado una causa externa: Ticio, entonces, responderá de los daños. La intervención de terceros puede ser entendida como dirigida a prevenir el daño, sobre la base de un deber de obrar propiamente dicho (por ejemplo, el descuido por parte de un operario que hace posible que un ladrón entre en una casa; en nuestra experiencia, esta es una cuestión controvertida, como se deduce de la jurisprudencia oscilante sobre la responsabilidad de la empresa que instala andamios para restaurar un inmueble, sin hacer que éstos sean inaccesibles para los extraños, y permite a los ladrones escalar un edificio e introducirse en un departamento, para desvalijarlo). Aquí es difícil nacionalizar los casos; la regla es que el nexo causal se interrumpirá sólo en la hipótesis en que la contribución a la dinámica de los eventos dada por el demandado (dañador) consista en hacer que el damnificado se encuentre en el lugar y en el momento en que se presentan los terceros que le van a causar daño; si tal intervención era sólo probable, el nexo no se interrumpe. Lo que sorprende al analizar la bibliografía extranjera, en especial la que es más explícita en los fundamentos reales de las sentencias, como la inglesa y la 248 249 250 Wieland v. Cyril, Lord Carpts, 1969, 3 All ER 1006, citado por HARRIS, op. cit., p. 202. BURROWS, op. cit., p. 53. Carlslogie Co v. The Royal Norwegian Government, 1952, AC 292, 299. estadounidense, es advertir la opinión concordante de los autores en orden a las técnicas de identificación de las causas del daño: se considera que dichas técnicas no son limitadas ni se fundan, esencialmente, en datos de hecho, como el uso mismo de la expresión “causalidad”, que alude a la concatenación de factores, efectos, interferencias propias de la vida natural, dejaría entender. Ellas se fundan, más bien, en principios y razonamientos jurídicos; y son el fruto –he aquí la sorpresa– de una selección fundada en los policy factors, es decir, en razones de política del derecho y de orden público. Las conjeturas en términos de policy son, ciertamente, más evidentes o más explícitas en los casos dudosos. ¿Cuáles son las reglas de common law con las cuales se establece la conexión entre el comportamiento del demandado y el daño sufrido por el demandante? Las reglas reflejan el tratamiento tradicional de la causalidad en el derecho penal italiano. a) La primera tesis se expresa con la fórmula condicio sine qua non (“but for” test). Es una regla útil251, porque permite eliminar todos los hechos irrelevantes. Pero presenta dificultades y resultados ambiguos, y no funciona en caso de omisiones, porque se refiere sólo a actos positivos. Es por ello que la regla que figura en el Restatement of Torts, sec. 432, de Estados Unidos ha sido modificada en estos términos: la conducta del demandado es causa del daño del demandante sólo si ha sido un factor concreto y sustancial del evento. Si el evento se habría verificado de todas maneras, el comportamiento no puede considerarse determinante. Esta es una regla útil cuando se presentan varias causas: por ejemplo, si un médico hace perder la vista a un paciente antes de que éste sea afectado por una ceguera que se iba a verificar de todas maneras252. La situación anterior (predisposición) comporta una agravación de la onerosidad del resarcimiento (según la regla de que el dañador debe “tratar a la víctima tal cual la encuentra”)253. Una razón de policy semejante sugiere esta conclusión: hoy el fin de la responsabilidad civil es, eventualmente, asegurar a la víctima la máxima satisfacción; así las cosas, en el conflicto con el interés (contrario) del dañador, no se pide a la víctima –como también podría admitirse– predisponer mejores precauciones contra los riesgos eventuales, atendiendo a su posición, que es más débil254. Pero esta regla ha dado la impresión de ser demasiado rígida y excesiva en algunos casos, tal como lo prueban las oscilaciones que se perciben, igualmente, en la jurisprudencia francesa. La segunda teoría se expresa en términos de equivalencia. Ella es frecuentemente utilizada en el sistema penal, pero en el sistema civil no puede ser empleada cuando existe responsabilidad sin culpa. 251 252 253 254 LAWSON y MARKESINIS, op. cit., p. 108. Ibid., cap. III. Cfr. LAWSON y MARKESINIS, op. cit., n. 42, p. 112. Véanse los casos citados por LAWSON y MARKESINIS, op. cit., pp. 112-113. El criterio que se usa con más frecuencia, y que hoy está más difundido, es el de la “consecuencia directa”, codificado, inclusive, en el derecho de Europa continental. Ello comporta una precisión del significado del adjetivo “directo”, y un ajuste –en extensión– de su aplicación. La teoría de la previsibilidad acogida en el caso Re Polemis fue posteriormente corregida en el caso Wagon Mound I. Pero una variante está representada por la “causa adecuada” (difundida en Alemania, Suiza y los países escandinavos), la cual puede equipararse a la “previsión razonable”255. Hoy la tesis más acreditada en la doctrina (por mérito de Rabel, en Alemania, y de Green, en Estados Unidos) es la del “fin de la norma violada”. Evidentemente, esa regla no funciona cuando es difícil establecer cuál es el fin de la norma violada. El equivalente pecuniario no es siempre íntegramente satisfactorio; existen casos en los cuales el damnificado sufre una pérdida mayor que la resarcida. Este problema puede ilustrarse con un caso singular: la muerte de un oso en el Parque Nacional de Abruzzo. En dicha ocasión, el daño fue calculado con referencia al valor comercial del ejemplar abatido, y no atendiendo al valor –extracomercial– representado por las intervenciones de restauración ecológica256. Sin embargo, esta última orientación es contradicha por el principio expresado por la máxima instancia judicial, según el cual, en materia de liquidación del quantum resarcible, la medida del daño no debe contenerse, necesariamente, dentro de los límites de valor del bien dañado, sino que debe tener por objeto el entero perjuicio sufrido por el sujeto damnificado, porque el resarcimiento está dirigido a la completa restitutio in integrum (por equivalente o en forma específica, siendo posible, esta última, incluso en materia contractual) del patrimonio lesionado257. 12. La situación actual del régimen de la responsabilidad sin culpa. En el panorama de los sistemas de los países que forman parte de la Unión Europea se aprecian diversos modelos de responsabilidad civil: en algunos de ellos todavía prevalece el principio “no hay responsabilidad si no existe culpa”, como ocurre en Francia y en Gran Bretaña; las hipótesis de responsabilidad sin culpa se deben a leyes especiales o a normativas de aplicación de las Directivas comunitarias, como la relativa a la responsabilidad del fabricante por defectos de sus productos, que trataremos más adelante. En Alemania se ha adoptado el sistema binario. En Italia la situación es más detallada, porque la doctrina está dividida en relación con las modalidades de explicación del sector; hay quienes insisten en la unitariedad del “sistema” y, por lo tanto, siguen ubicando a la culpa 255 256 257 LAWSON y MARKESINIS, op. cit., p. 122. Tribunale de Sulmona, sentencia del 21 de octubre de 1985, en Nuovo diritto agrario, 1986, p. 475. Corte di Cassazione, sentencia n. 6856, en Foro it. Rep., 1988, núm. 58. en el centro de la institución258; otros toman partido por el sistema binario259; otros consideran excepcionales las reglas que imponen una responsabilidad sin culpa, así como las reglas que atenúan el régimen de responsabilidad objetiva260; otros consideran insuficiente el sistema fundado en la culpa, y que es necesaria la adopción de modelos objetivos261; otros consideran afirmado el principio del riesgo, y que es indiscutible la adscripción a éste de la responsabilidad de los patrones y comitentes, del que ejerce actividades peligrosas, del propietario de animales y del propietario de vehículos262. En la propuesta interpretativa desarrollada en los acápites precedentes hemos tratado de demostrar el papel ideológico de la culpa, el papel económico y solidarístico del riesgo, la exigencia de fragmentar el “sistema” en diversos regímenes, en los cuales la regulación prevé, según cada caso, el criterio de imputación de la culpa, el criterio del riesgo, reglas de responsabilidad sin culpa tout court y reglas de responsabilidad objetiva atenuada. 13. La imputabilidad. Entre los elementos del ilícito suele también incluirse la imputabilidad, es decir, la aptitud del sujeto agente para entender, para darse cuenta de lo que ocurre y entender lo que se debe hacer, y para querer, para determinarse sobre el comportamiento a seguir (la llamada “capacidad de entender y de querer”). En sentido negativo, la incapacidad de entender y de querer es apreciada, por algún autor, como eximente de responsabilidad, porque en ausencia de la imputabilidad no existe ilícito ni tampoco, por lo tanto, responsabilidad263. Si se enlazan las dos disposiciones previstas por el Código Civil, los artículos 2046 y 2047NT, advertimos que estos han sido redactados teniendo en cuenta el daño provocado por un sujeto agente al cual, por sus condiciones psíquicas, no se puede imputar el hecho dañoso –aunque ha sido él quien lo ha ocasionado– ni tampoco, por lo 258 259 260 261 262 263 NT DE CUPIS, Il danno, cit., passim. TRIMARCHI, Istituzioni di diritto privato, cit.; FRANZONI, La responsabilità oggettiva, Padua, 1993. BUSNELLI, en BUSNELLI y PATTI, Danno e responsabilità civile, cit. CASTRONOVO, La nuova responsabilità civile, cit., pp. 289 y ss. MONATERI, La responsabilità civile, cit., passim, especialmente, p. 263, nota (19). Ibid., pp. 260 y ss. Código Civil italiano: “2046. Imputabilidad del hecho dañoso.- No responde de las consecuencias del hecho dañoso quien no tenía capacidad de entender o de querer al momento de la comisión del hecho, a menos que el estado de incapacidad haya derivado de su propia culpa”. “2047. Daño ocasionado por el incapaz.- En caso de daño ocasionado por persona incapaz de entender o de querer, el resarcimiento es debido por aquel que estaba obligado a cuidar al incapaz, salvo que demuestre que no pudo impedir el hecho. En caso de que el daminificado no pudiera obtener el resarcimiento de quien estaba obligado a tal cuidado, el juez, atendiendo a las condiciones económicas de las partes, puede condenar al autor del daño a una compensación equitativa”. tanto, sus consecuencias. Según la noción de ilícito que se acoge, por lo tanto, el hecho dañoso ocasionado por el incapaz dará lugar a un acto ilícito o bien a un hecho dañoso del cual se responde al margen de la ilicitud. Según lo que hemos señalado en los capítulos precedentes, y conforme a lo que indicaremos más adelante, el acto realizado por el incapaz es siempre ilícito, aunque él no responda, sino terceros (quien lo tiene a su cuidado, o los padres o preceptores), o le sea asignado el deber de brindar una compensación a la víctima. Los artículos 2046 y 2047 del Código Civil dejan entender, así mismo, que el legislador aplicaba la noción de imputabilidad en conexión con la culpa; en las hipótesis de responsabilidad sin culpa, en las cuales el deber de resarcimiento es impuesto al sujeto sobre la base de criterios diversos de la culpa, como la vigilancia, la propiedad, etc., no surge ni siquiera un problema de imputabilidad ni de incapacidad de entender y de querer. Siempre en las intenciones del legislador, la noción de “imputabilidad” y de “incapacidad natural” del derecho civil debía ser unitaria264. Sin embargo, la jurisprudencia hubo de distinguir, rápidamente, entre la imputabilidad penal y la imputabilidad civil, y se ha mantenido firme al respecto. Luego se comenzó a evaluar si la noción de “incapacidad”, tal cual era reflejada por las diversas disposiciones del Código Civil, seguía siendo actual, o si resultaba conveniente aportar, con reglas normativas ad hoc, los correctivos del caso, teniendo en cuenta que tanto el menor de edad cuanto el enfermo psíquico pueden estar en condición de entender, permanentemente o por intervalos de lucidez, lo que hacen y las consecuencias de lo que hacen; la condición de inferioridad en la cual se les ubicaba parecía, pues, lesiva de su dignidad; y se ha llegado a plantear la interrogante de si es útil elaborar una noción detallada de “incapacidad”, donde se distingan los actos con contenido patrimonial y los actos privados de esta connotación265. La doctrina ha resaltado los cambios experimentados en la noción de imputabilidad, y ha subrayado, sobre todo, el alcance de dos leading precedents de la Corte di Cassazione. El primero parte del presupuesto de que la responsabilidad civil o penal tiene naturaleza “decididamente subjetiva”, salvo excepciones determinadas y taxativas. Es necesario, por lo tanto, que el daño injusto “sea matizado por aquella luz psicológica bajo la cual el derecho capta una relación bien determinada” entre la psique del sujeto agente y el ambiente social. Lo anterior postula, según observa la Corte, una capacidad de entender y de querer que existe “en la atribución del agente mismo para determinarse psicológicamente, atendiendo al ambiente social y al ordenamiento jurídico”. 264 265 Relazione del Guardasigilli, n. 653. Véanse, al respecto, las actas del congreso organizado en Génova, del 10 al 12 de diciembre de 1998, al cuidado de FERRANDO y VISINTINI (en particular, las ponencias de Lisella, Petrelli, Visintini y Zatti). Recordando el debate nacido en el seno de la doctrina del derecho penal, los jueces distinguen la noción penalística que indica las causas típicas por las cuales el sujeto debe ser considerado no imputable (artículos 88, 95, 97 del Código Penal); en el ámbito civilístico, por el contrario, la norma del Código Civil dejaba libre al juez para evaluar la existencia de la capacidad. De aquí la conclusión de que un menor de edad puede ser incapaz para efectos penales, pero capaz para efectos civiles, y puede, por lo tanto, ser exonerado de responsabilidad por daños morales266. El segundo precedente, aunque se trata de un caso análogo, se orienta en sentido opuesto. Ello no se debe a que el punto de partida sea una distinta concepción de la imputabilidad, sino la consideración de que el daño moral puede ser liquidado aun cuando el delito sea configurable sólo en abstracto, y que es indiferente que el sujeto sea luego considerado imputable, en concreto, para efectos de la ley penal267. La noción de imputabilidad civil pierde sus connotaciones de naturaleza penal porque las funciones de los dos tipos de responsabilidad se reconocen (en ambos casos) como distintas (aunque en los dos casos se deducen consecuencias opuestas de estas premisas). 14. El nexo de causalidad. a) Premisa. Entre los elementos del acto ilícito se incluye el nexo (o relación) de causalidad (nexo causal o etiológico). La imputación del daño es una cuestión normativa, en el sentido de que el juicio de responsabilidad arriba a la imposición del deber de resarcimiento al sujeto que, con su comportamiento, ha provocado el daño, o al sujeto que, por la particular situación jurídica en que se encuentra, se considera oportuno gravar con el daño (como el cuidador, el preceptor, el progenitor, el propietario, el vigilante, el que ejerce actividades peligrosas, etc.), o bien al sujeto que, habiendo participado en la creación de las condiciones para que el daño se verificara, está económicamente en condiciones de soportarlo (productor, ensamblador, etc.). Por lo tanto, hay que distinguir la reconstrucción 266 267 Corte di Cassazione, sentencia n. 1056 del 4 de abril de 1959, en Giur. it., 1959, I, 1, c. 619. Sobre este punto, véase: VISINTINI, I fatti illeciti, cit., pp. 466 y ss. Una amplia revisión de la noción de “imputabilidad” se encuentra en pleno desarrollo, como señala la misma autora, “La nozione di incapacità serve ancora?”, en Un altro diritto per il malato di mente, Nápoles, 1988, pp. 93 y ss. Corte di Cassazione, sentencia n. 6651 del 6 de diciembre de 1982, en Giur. it., 1984, I, 1, c. 150, con comentario de MASTROPAOLO; en Giust. civ., 1983, p. 1161, con comentario de COSSU; en Foro it., 1983, I, c. 1630, con comentario de IANNARELLI; en Riv. dir. comm., 1983, II, p. 217, con comentario de ZENO-ZENCOVICH; en Resp. civ. prev., 1983, p. 637, con comentario de BONILINI, y en la misma revista, 1984, p. 482, con comentario de PONTONIO. “material” de la concatenación de los eventos que han producido el daño (la llamada “causalidad material”) y la reconstrucción “jurídica” de los hechos y de la imputación (la llamada “causalidad jurídica”). Se discute sobre si es admisible la responsabilidad estocástica, es decir, la responsabilidad que imputa el daño al margen de un nexo material. Asumida la noción misma de ilícito que hemos acogido, no puede existir antinomia ni confusión entre ilicitud y causalidad. El nexo de causalidad cumple diversas funciones: no sólo sirve para reconstruir los eventos y la coligación entre daño y responsabilidad, sino también para seleccionar el área de los daños resarcibles. En el plano de las referencias normativas, el Código no organiza una regulación detallada del nexo causal en el ámbito de las reglas dedicadas a la responsabilidad civil; lo que hace es proceder mediante dos técnicas: la presuposición y el reenvío. Se “presupone” que el intérprete conoce la noción de “causalidad” en todas las disposiciones donde se usan los términos “ocasiona”, “ocasionado”, “realizado”, “cometido”, “provocado”, “producido”, “derivado”, referidos al daño (artículos 2043, 2044, 2045, 2046, 2047, 2048, 2049, 2050, 2051, 2052, 2053). “Reenvía”, a su vez, a los artículos 1223, 1226 y 1227, para el resarcimiento del daño. Sin embargo, el reenvío no es exhaustivo, porque los artículos 1223 y siguientes presuponen que ya está resuelto el problema de la identificación del responsable. En el intento de vincular la noción de causalidad y su regulación con una referencia normativa, la doctrina y la jurisprudencia han realizado un reenvío ulterior; dicho dato normativo ha sido identificado en los artículos 40 y 41 del Código Penal: en el primero, la responsabilidad penal no tiene lugar “si el evento, dañoso o peligroso, del cual depende la existencia del delito, no es consecuencia de su acción u omisión”; en el segundo se prevé que “la concurrencia de causas preexistente, simultáneas o sobrevenidas, aun cuando independientes de la acción u omisión del culpable, no excluye la relación de causalidad entre la acción u omisión y el evento” y que “las causas sobrevenidas excluyen la relación de causalidad cuando han sido por sí solas suficientes para determinar el evento”. La concepción penal de la causalidad ha tenido influencia en la doctrina y jurisprudencia civiles, aunque, como ya hemos destacado, existen distinciones conceptuales, y no sólo prácticas, entre el ilícito civil y el ilícito penal, en tanto y en cuanto este último se centra totalmente en el reo, es decir, en un sujeto físico imputable. De aquí los problemas de adaptación de aquella regulación a la responsabilidad civil, y la insuficiencia de sus disposiciones para dar respuesta a todas las cuestiones que emergen en nuestro sector. Se ha precisado que la responsabilidad penal considera sólo acciones y omisiones, mientras que la responsabilidad civil considera hipótesis de disociación entre el hecho realizado por un sujeto y la responsabilidad asignada a otro sujeto; la responsabilidad penal se refiere a un hecho ya producido, mientras que la responsabilidad civil se refiere a un juicio hipotético268. En este sector, la codificación civil no ha alcanzado los objetivos de claridad, rigor y univocidad en la interpretación y aplicación de sus disposiciones. Como hemos destacado, no se verifican cambios sustanciales respecto de la regulación precedente (artículo 1229 del Código Civil de 1865) que fue tan ásperamente criticada por la doctrina de la época269. Además, todavía no se han resuelto las divergencias doctrinales sobre la bipartición o tripartición de la división de los factores que parten del perjuicio económico (daño) para llegar al evento, y de aquí al comportamiento del agente. El problema puede simplificarse si se adopta la tripartición, y si se distingue, entonces, entre el hecho-evento y el hecho-consecuencia, constituido por la repercusión en el patrimonio del sujeto responsable, que puede ser diverso del sujeto agente. En todo caso, es menester tener presente el doble papel del nexo causal: la imputación de la responsabilidad, la delimitación del área del daño resarcible. Incide en la noción de “causalidad”, de igual forma, la descripción de los regímenes de responsabilidad. Si se adopta el modelo de la “doble vía” se deben elaborar dos nociones diversas de “causalidad”: la primera, referida a la actividad directa, biológica; la segunda, referida a la actividad de empresa; si se opta por el modelo detallado, lo conveniente es adoptar una única noción, sin perjuicio de las excepciones establecidas por los regímenes en particular. b) Causalidad y modelo binario de responsabilidad. La problemática del nexo causal del modelo de la “doble vía” ha sido objeto del agudo análisis de Pietro Trimarchi270. En extrema síntesis, el autor considera que los criterios para definir el ámbito de operatividad del nexo causal son los siguientes: a) La responsabilidad cubre los daños que, aun cuando causados por la actividad sometida al régimen de responsabilidad objetiva, sean la realización de riesgos a los cuales la víctima habría estado sometida, sustancialmente, de todas maneras (criterio del riesgo que se tenía que soportar de todas maneras). b) La responsabilidad, como máxima, cubre todo el nuevo riesgo atípicamente creado por la actividad en cuestión, peor puede ser limitada, por vía legislativa, a través de una particular descripción del riesgo o de los accidentes (criterio del riesgo típico). 268 269 270 Véase: CARBONE, “Il rapporto di causalità”, en ALPA y BESSONE, La responsabilità civile, cit., p. 161. Ibid., p. 151. TRIMARCHI, Causalità e danno, cit. c) La responsabilidad no se extiende a los eventos dañosos cuya gravedad sea desproporcional respecto del riesgo típico pertinente a la actividad en cuestión (criterio de la desproporción). La inevitabilidad del evento no es válida para determinar la responsabilidad objetiva; y no hay responsabilidad si la fuerza mayor hubiese causado el mismo daño aun en ausencia de la actividad de empresa. Sin embargo, siempre es necesario determinar si el daño está comprendido en el riesgo típico de empresa. Además, el dolo del dependiente no siempre descarta la responsabilidad del empleador (se excluye la responsabilidad en el caso de peleas por motivos personales en el interior de la empresa; existe responsabilidad, en cambio, si el dependiente de una empresa de limpieza roba en la casa donde trabaja). De la teoría que venimos desarrollando emerge, claramente, que un concepto unitario de “causalidad” no puede brindar grandes ventajas. Y si pasamos a examinar las relaciones existentes entre los criterios limitativos que se acaban de considerar, la distinción fundamental es entre el primer criterio y los otros dos. Y tales diversidades se manifiestan cuando se trata de las limitaciones conexas (no con la función reintegrativa, sino más bien) con el segundo aspecto de la responsabilidad: el de sanción, en un caso, y el de instrumento de repartición económica de los riesgos, en el otro. La responsabilidad por acto ilícito cubre sólo los daños que sean realización de un riesgo ilícito; así pues, quedan fuera los riesgos (separables) cuya grandeza no alcanza el umbral de la ilicitud. En cambio, la responsabilidad objetiva cubre todo el riesgo creado, sin perjuicio de las limitaciones introducidas legislativamente, con particulares descripciones del riesgo (segundo criterio). El tercer criterio presenta analogías en los dos sectores: en ambos casos se trata de excluir la responsabilidad por consecuencias dañosas excesivas. Pero la desproporción debe ser evaluada teniendo en cuenta la gravedad del ilícito y la función sancionatoria de la responsabilidad. En el primer caso, hay que atender al riesgo de empresa; en el segundo, a la función de distribución económica del riesgo (en la cual se toma en consideración la actividad entera). El grado de riesgo necesario para la imputación del evento dañoso es variable en función de la gravedad del daño amenazado, de la utilidad de la conducta y del costo de eliminación del peligro. c) La causalidad referida al hecho dañoso. La existencia del hecho y su “referibilidad” al sujeto son objeto de determinación según un procedimiento lógico-jurídico para el cual se pueden utilizar los citados artículos 40 y 41 del Código Penal. Un problema diverso es la posibilidad de adquirir las pruebas, y la relevancia de éstas, que han sido acreditadas en el ámbito penal, en el juicio civil donde un mismo hecho constituya ilícito penal e ilícito civil. La explicación del nexo causal es otro de los temas en los que no existe todavía unanimidad en la doctrina ni en la jurisprudencia. Recientemente, se han identificado hasta cinco teorías al respecto271: la teoría de la condicio sine qua non, según la cual es relevante todo hecho antecedente al de la verificación del evento dañoso, y en cuya ausencia éste no se habría producido; la teoría de la previsibilidad del evento, según la cual no es suficiente haber ocasionado y querido el evento, sino también el haber previsto su desenvolvimiento causal; la teoría de la causalidad adecuada, que considera relevantes, de la serie de hechos concatenados entre sí, sólo aquellos que normalmente producen el evento (esta teoría es determinada también por la regularidad causal); la teoría del fin de la norma violada, que considera los presupuestos de la disposición violada y el ámbito de las consecuencias que pueden vincularse con la conducta infractora; la teoría de la señoría del hecho, que investiga si la creación del daño se encontraba en la disponibilidad del agente. d) La teoría de la causalidad adecuada. Hasta hoy es posible encontrar en la jurisprudencia pronunciamientos en los cuales se aplican la teoría de la condicio sine qua non, según la cual, en presencia de hechos imputables a varias personas, coetáneos y sucesivos en el tiempo, se debe reconocer a todos una eficacia causante del daño si determinaron una situación tal que sin uno u otro de ellos el evento no se habría verificado; en cambio, debe atribuirse el rango de causa eficiente exclusiva a uno solo de los hechos imputables cuando éste, como causa sobrevenida en la serie causal, interrumpa el nexo etiológico entre el evento dañoso y los demás hechos, o bien cuando aquel hecho, agotando desde el origen y por fuerza propia la serie causal, revele la inexistencia en los demás hechos del valor de “concausa” y los relegue al rango de ocasiones extrañas272. Pero la teoría predominante gira en torno de la causalidad adecuada o regularidad causal. El rigor del principio de equivalencia de las causas, impuesto por el artículo 40 del Código Penal, tiene un atenuante en el principio de la 271 272 MONATERI, op. ult. cit., pp. 147 y ss. Véase, por ejemplo: Corte di Cassazione, sentencias n. 8348 del 19 de septiembre de 1996, y n. 268 del 15 de enero de 1996, a propósito de un accidente en el cual las concausas reconocidas como relevantes fueron el choque de una hormigonera, de por sí inestable, por parte de una moto, con la consiguiente caída de la hormigonera y la lesión de un operario que la transportaba. Así mismo: Corte di Cassazione, sentencia n. 969 del 7 de febrero de 1996, en Foro it., 1996, I, c. 2482, respecto del suicidio de una persona inmediatamente consiguiente a su lesión por hecho ilícito; Pretore de Parma, sentencia del 28 de febrero de 1996, en Giust. civ., 1996, I, p. 2121, con comentario de FRANCO, en relación con la responsabilidad de un contratista que había asegurado por escrito la ausencia de peligros, y el secuestro de algunos dependientes por parte de guerrilleros. causalidad eficiente (artículo 41, 2º. párrafo, del Código Penal), en virtud del cual, la acción a la que se asimila el nexo se ubica fuera de las líneas normales de desarrollo de la serie causal en proceso273. Como quiera que sea, la jurisprudencia no es uniforme274. 15. Problemas actuales. a) ¿Un solo régimen o varios regímenes de causalidad? El nexo causal es un elemento fundamental del acto ilícito; por lo tanto, es un presupuesto necesario, pero no suficiente, porque se requiere –como ha sostenido Tony Honoré, un célebre estudioso del derecho romano, y autor, al lado de H. L. A. Hart, de un trabajo clásico en materia–, un conjunto de presupuestos (a set of conditions) para afirmar la responsabilidad; entre éstos se incluye, necesariamente, la causalidad. Pero ¿acaso la causalidad es regulada del mismo modo en todas las hipótesis? La respuesta es negativa, en el sentido de que, una vez aislado su significado y determinada su relevancia jurídica, así como sus efectos, el vínculo de este presupuesto (o elemento) con los demás presupuestos (o elementos) del ilícito puede variar. La variación de dicho vínculo es establecida por el legislador, que provee para ello con reglas especiales, o por el intérprete. Veamos algunos ejemplos. El régimen que caracteriza el elemento causal es, por lo tanto, un régimen detallado. Pero las exigencias de justicia distributiva y de justicia correctiva llevan más allá los confines de la causalidad y el papel del nexo en la distribución de los recursos y, por lo tanto, en la técnica resarcitoria. Así lo demuestran la llamada responsabilidad “causal”, la responsabilidad “causal y estocástica” y la responsabilidad por los mass torts275. ¿Para qué sirve el nexo de causalidad? Si nos atenemos a la realidad, pueden darse tres respuestas: (i) para procurarse recetas (es decir, un procedimiento racional); (ii) para explicar eventos; (iii) para distribuir la responsabilidad276. En la bibliografía inglesa se rechaza la naturaleza jurídica de la causalidad, pero se admite que sus elementos fundantes deben ser brindados por el derecho sustancial. Entre nuestros autores, en cambio, es bien clara, en abstracto, la distinción entre 273 274 275 276 Corte di Cassazione, sentencia n. 5923, en relación con el estallido de una bomba que había traumatizado a un militar, ya afectado por una epilepsia mal curada, y considerada insuficiente para producir por sí sola el daño verificado. Así mismo: Corte di Cassazione, sentencia n. 6172 del 1 de junio de 1991, en Resp. civ. prev., 1993, I, p. 142, con comentario de FRANCHI. Un cuidadoso examen de las tendencias jurisprudenciales es brindado por MONATERI, op. ult. cit., pp. 153-177. Véase también: VISINTINI, Trattato breve della responsabilità civile, cit., pp. 553 y ss. HONORÉ, Philosphical Foundations of the Tort Law, cit., pp. 363 y ss. Ibid., p. 375. causalidad de hecho, o física, y la causalidad jurídica; la primera tiene que ver con la reconstrucción de todas las causas identificables con criterios científicos; la segunda abarca sólo las causas seleccionadas sobre la base de aquellas identificadas con criterios científicos; los criterios de selección son creados por la jurisprudencia y la doctrina. La bibliografía comparatística nos informa sobre la técnica de selección de las causas a fin de instituir una relación etiológica entre el evento y el comportamiento del agente, o entre el evento y el sujeto que debe soportar las consecuencias resarcitorias. Se trata, predominantemente, del criterio de la condicio sine qua non (el llamado “but for test”) y del criterio de la condición suficiente (el llamado “substantial factor”). El primer criterio no funciona en todos los casos, así que debe ser corregido, porque tiende, en efecto, a ser demasiado restrictivo o demasiado amplio; el segundo, por su parte, parece excesivamente elástico. ¿Es posible fijar reglas precisas en materia de causalidad que lleguen a limitar el arbitrio interpretativo? Una de las premisas básicas de la investigación de Hart y Honoré, publicada en 1959, consiste en predicar que todo evento es precedido por otro evento, el cual constituye su “condición causalmente relevante” (causally relevant condition). Como es obvio, no todo evento causalmente relevante es la causa (o la única causa) del evento sucesivo; es necesario que se le integre en un cuadro de factores concurrentes, y por ello su evaluación no puede expresarse en términos de “necesidad”, sino de “suficiencia”. Este cuadro de factores es identificable en lo que normalmente ocurre, y en él se tienen que definir los factores componentes de la “regularidad causal”277. Esta fórmula (fórmula INUS: insufficient but necessary part of an unnecessary but sufficient). Pocos años después, Richard Wright corrige esta fórmula, para lo cual retoma la tesis original de Hart y Honoré, y considera la causa como elemento necesario de un set suficiente (NESS). Este criterio ha sido adoptado por Toepel278, en Alemania, en oposición a la doctrina allí predominante, que sigue otras teorías. Para entender cómo funcionan tales fórmulas es menester efectuar algunas operaciones preliminares. (i) Definir la condición causalmente relevante; (ii) calificar el evento como causa; (iii) definir el evento y el hecho. Pero surge la pregunta sobre si la relación a investigar debe instituirse entre “eventos” o entre “hechos”. La respuesta es que se requiere considerar ambos. Más aun, se requiere considerar que no todo evento o hecho es relevante si la calificación de la relación causal se produce a la luz de la teoría de la culpa, y no a la luz del riesgo. En el primer caso, hay que ver si el comportamiento se encuentra causalmente enlazado con el daño 277 278 MACKIE, op. cit., p. 363. Citado por HONORÉ, op. cit., p. 367. por haber sido negligente; en el segundo, es suficiente que exista la condición para crear el riesgo, para así ser responsables del daño279. También es necesario realizar una operación sucesiva, la “contraprueba”, respondiendo a la pregunta: si el hecho no hubiese acaecido, si aquel comportamiento no se hubiese realizado, ¿se habría generado el daño de todas maneras? b) Daño indirecto. El resarcimiento puede obtenerse incluso si el daño ha sido indirecto. El problema se ha planteado en Alemania, en el caso del hijo que deviene sifilítico a consecuencia de un transfusión de sangre aplicada a la madre durante la gestación280: ¿se puede considerar indirecto el daño sufrido por terceros a causa de la lesión sufrida por la víctima? En los diversos ordenamientos, la atención se ha trasladado desde los criterios de imputación hacia la noción y a los tipos de daño, y ha tenido influencia directa en el problema de la causalidad. Particularmente relevante parece ser el aspecto de la pluralidad de las causas y de su incidencia en la repartición de los riesgos, y, por lo tanto, en la imputación de la responsabilidad. La cuestión es crucial en los mass torts, pero concierne también a los eventos ocasionales y no catastróficos. La jurisprudencia ha elaborado reglas para resolver el problema, pero en algún caso se ha hecho necesaria la intervención del legislador; ésta se ha debido a múltiples razones (desde la necesidad de asignar un tratamiento uniforme a las hipótesis consideradas, ante la mutabilidad de las tendencias de la jurisprudencia, a la exigencia de tutelar intereses o de componer entre sí intereses en conflicto, que se hallan en la base misma de la regulación legislativa). Así se confirma que también el nexo causal, considerado en el plano del derecho, y no del hecho, cambia según las situaciones consideradas, atendiendo a las decisiones legislativas o de la magistratura. La relación entre causalidad y responsabilidad es difícil de describir; además, es mutable de acuerdo con el tiempo y las circunstancias. En todo ordenamiento se excluye la imputabilidad sobre la base de la simple causalidad, y se unen a ella la culpa, el riesgo, la garantía y otros factores. Pero en caso de culpa del agente, ¿hasta qué punto puede coexistir ésta con la fuerza mayor? ¿Puede presentarse una “causalidad parcial”? La regla tradicional es negativa, en el sentido de que la fuerza mayor exonera o no exonera al agente; la jurisprudencia, empero, crea excepciones: tal regla, no siempre 279 280 HONORÉ, op. cit., p. 368. BGH, sentencia del 20 de diciembre de 1952, en BGH 8, 243 NJW 1953, 416. Otros ejemplos clásicos al respecto son citados por VAN GERVEN, Torts: Scope of Protection, cit., pp. 95 y ss. dictada por la exigencia equitativa de tutelar los intereses de la víctima, es objeto, pues, de diversas excepciones. Entre estas excepciones son de recordar dos casos franceses: uno se refirió al naufragio de la nave “Lamoricière”, donde cuatro quintos de la causa del daño fueron atribuidos a la fuerza mayor, y un quinto a la culpa de un encargado que utilizó carbón defectuoso281; el otro es el caso “Houllieres”, donde un dique, en el cual no se había previsto ningún medio para el tratamiento de las aguas de lluvia, fue destruido por la fuerza violenta de un huracán; la responsabilidad de los “vigilantes” del dique fue reducida por la intervención de la fuerza mayor282. La ecuación “causalidad parcial-responsabilidad parcial” se aplica también en el caso de concurrencia de culpa de la víctima y de concurrencia de varias causas para la creación del daño. Tal ecuación ha sido criticada283 porque se ha considerado que la repartición en porcentajes no se realiza sobre la base de las causas, sino de ficciones, de exigencias de protección del víctima, o de la paridad de las culpas respectivas. De aquí la conclusión de que lo más correcto es afirmar la responsabilidad solidaria e ilimitada (sin perjuicio de los límites legales) de todos los coautores, con derecho a regreso para cada uno de ellos frente a los demás. Del mismo modo, se ha criticado el abandono del papel del nexo causal (enlazado con la culpa) por parte de quienes imputan a Calabresi, a Shavell, pero también a los exponentes de la Escuela de Chicago, el haber superpuesto, a la natural verificación causal de los eventos, esquemas de repartición del riesgo que realizan fines de repartición óptima de la riqueza común284. ¿Unicidad, entonces, o pluralidad de nexos de causalidad? En el análisis de la estructura del ilícito, la doctrina se encuentra dividida en lo relativo a la sucesión de los elementos del supuesto: tradicionalmente, la atención se centra en el comportamiento (doloso o culposo) y en el daño, en tanto el comportamiento es potencialmente dañoso, crea un riesgo para los terceros, prefigura el acaecimiento de daños. Existe una corriente doctrinal que, siguiendo la explicación penalística, distingue, no sólo el comportamiento, sino también el evento y el daño285. Estas oscilaciones también se pueden percibir en la jurisprudencia: la Corte 281 282 283 284 285 Cass. Com., sentencia del 19 de junio de 1951, en Dalloz, 1951, 717, con comentario de RIPERT. Cass. Civ., sentencia del 13 de marzo de 1957, en J.C.P., 1957, II, 10084, con comentario de ESMEIN. Cfr. STARCK, “La pluralité des causes de dommage et la responsabilité civile”, en J.C.P., 1970, I, 2339; y CHABAS, “Bilan de quelques annés de jurisprudence en matière de role causal”, en Dalloz, 1970, Chron., 113. WRIGHT, “Actual Causation v. Probabilistic Link: The Bane of Economic Analysis”, en The Journal of Legal Studies, vol. 14, 1985, pp. 435 y ss. Se trata de distintos autores a los cuales ya se ha hecho referencia: Gino Gorla, Piero Schlesinger, Vincenzo Carbone, Francesco Realmonte. Costituzionale misma, en los fundamentos de su sentencia sobre el daño biológico286, ha demostrado que propende a la segunda tesis, como tendremos oportunidad de apreciar más adelante. Si se acogiera la segunda tesis –que, dicho sea de paso, no es seguida en Francia, donde el fait dommageable es vinculado con el dommage, ni en el common law, donde el act o la omission del agente son vinculados con el damage–, sería necesario identificar un doble nexo de causalidad, entre comportamiento y evento, y entre evento y daño: uno interno al hecho lesivo, el otro externo a éste. El primer arco de la hipótesis se refiere a la imputación de un determinado hecho al sujeto (el sujeto responsable); el segundo, al análisis de los aspectos económicos consecuenciales al evento. En otras palabras, es como si se tuviera que dar respuesta a dos preguntas distintas: quién es el autor del daño y qué consecuencias de carácter patrimonial-económico (o acaso moral) ha determinado ese hecho en el damnificado. En realidad, la doctrina tradicional no ha incurrido en un equívoco, porque ha considerado distintos aquellos dos aspectos: el hecho es siempre, y de todos modos, un hecho productivo de daño; de otra forma, no tendría relevancia jurídica; y lo relevante es la identificación del autor o del sujeto al que se puede imputar el hecho dañoso (an respondeatur). Hay que señalar, sin embargo, que el filtro de la causalidad es empleado también para delimitar el área del daño resarcible (quantum respondeatur). Y no se trata del único criterio selectivo: en su momento veremos que hoy va ganando crédito la tendencia, en el ámbito legislativo y en los modelos jurisprudenciales, de vincular la resarcibilidad con la naturaleza del daño (daño físico, a la propiedad, al patrimonio, puramente económico, moral, etc.). Pero vuelve a constituir un problema causal la determinación de hasta qué punto es posible extender el área que tiende a ampliarse, por reflejo de un daño hacia otro. Es un proceso único, pero se divide en dos fases. En algunos supuestos, se detiene en la primera fase, porque una vez identificado el responsable, ya se sabe, como punto de partida, si responderá o no de ciertos tipos de daños: por ejemplo, según el D.P.R. N.° 224 de 1988, sobre la circulación de productos defectuosos y a la responsabilidad del fabricante y de los importadores, no se resarce el daño ocasionado al producto en sí mismo. En otros supuestos, se pasa a la segunda fase, para seleccionar los daños resarcibles287. Y si todo este proceso es apreciado desde su punto de llegada, es decir, desde la perspectiva del daño, resulta que el nexo de causalidad utilizado es único, y la pregunta a la que se responde es, ni más ni menos, la siguiente: ¿se puede vincular causalmente el daño (económico, por ejemplo) con el comportamiento del sujeto considerado responsable? En algunos supuestos, además, el problema de la identificación del responsable se resuelve, o se resuelve parcialmente, con otras normas del Código 286 287 Corte Costituzionale, sentencia n. 184 del 14 de julio de 1986, en Nuova giur. civ. comm., 1986, I, p. 534, con comentario de ALPA. Sobre este punto, véase: DI MAJO, La tutela civile dei diritti, 2ª. ed., Milán, 1993, p. 199. Civil, en las cuales se aclaran los criterios de imputación de la responsabilidad. Así, si el daño deriva de la caída de un edificio, por ejemplo, responde el propietario; en dicho caso, entonces, el nexo causal servirá sólo para determinar el quantum del daño resarcible. Aquí estamos frente a un problema de monto del daño resarcible. En el derecho alemán, la causalidad es considerada una de las condiciones (o presupuestos) del ilícito. Por ello, su análisis abarca dos aspectos: uno se refiere al papel desarrollado por la conducta del demandado en la creación del daño; el otro, al papel de las circunstancias que se pueden vincular a la conducta como causas, concausas o como hechos externos irrelevantes, respecto del daño. El primero es un aspecto fáctico; el segundo, un aspecto normativo. El primero está contenido en la expresión “condicio sine qua non”, y en la teoría alemana de la equivalencia de las causas (Aequivalenz-theorie). Esta teoría ha sido corregida –cuando menos en lo que atañe a los actos positivos, mas no a los omisivos– por la teoría de la “eliminación de las causas”, que responde a la pregunta: ¿el daño se habría verificado de todos modos si el acto no se hubiese cometido? Y esta teoría ha sido corregida posteriormente, a su vez, por la teoría de la “pluralidad de causas suficientes”, por la teoría de la “causalidad adecuada”, que incide en la inmediatez y en la previsibilidad del daño, y por la teoría del “fin de la norma violada”. Esta última tesis fue elaborada por Rabel en 1936288, en relación con los deberes contractuales, y prevé la resarcibilidad exclusiva del daño que recae en el área constituida por los fines perseguidos por la regla aplicable al caso concreto289. Se trata, por otro lado, de una teoría recientemente reafirmada en la jurisprudencia alemana, y que cuenta con análogos modelos de resolución en el common law inglés290. En los diversos sistemas, el problema de la causalidad se resuelve de maneras distintas, pero con resultados harto semejantes: la teoría de la causalidad adecuada se corresponde con el criterio de la “procedibilidad”, utilizado por los juristas franceses291. Y más aun: los problemas de causalidad se resuelven, en el common law, según el esquema del deber de obrar o del deber de diligencia. c) Cotejos ulteriores. Como se ha podido apreciar en las páginas precedentes, son muchas las referencias efectuadas por nuestra doctrina a la cultura jurídica alemana, sea por las afinidades del razonamiento jurídico, sea por las influencias recíprocas entre la 288 289 290 291 RABEL, Des Recht des Warenkeufs, 1936, pp. 495 y ss. MARKESINIS, op. ult. cit., p. 101. Ibid., p. 102. Ibid., p. 107. cultura penal italiana (impregnada de la alemana) y la cultura jurídica civilística, en materia de ilicitud, culpa, imputabilidad, causalidad. La “causalidad material” y la “causalidad jurídica”, la descomposición del “nexo etiológico”, los daños “directos” e “indirectos”, son, todas, nociones que circulan de manera impresionante, sin limitación a los confines del Estado292. En todos lados, empero, la superposición de esquemas jurídicos a las secuencias fácticas abre problemas de difícil solución. En Alemania, por ejemplo, se han realizado numerosos intentos de definición de las características de “adecuación” de una causa, ya sea considerada como previsibilidad subjetiva del daño, o bien derivada del juicio ex post, o bien identificada en ausencia de circunstancias excepcionales, o bien evaluada a tenor de la eficiencia social de la conducta293. También ha cambiado la orientación de la doctrina que, hasta el decenio 1970-1980, creía que la teoría de la causalidad adecuada podía aplicarse incluso a las hipótesis de responsabilidad objetiva; hoy, en cambio, en sintonía con la jurisprudencia, se sostiene que dicha teoría no puede aplicarse en el supuesto de la responsabilidad sin culpa294. d) La responsabilidad estocástica. En algunas experiencias, y particularmente en la estadounidense, la imputación de la responsabilidad, en casos de excepción, se efectúa sin tener en cuenta el nexo causal295. En otras palabras, al no poderse identificar la responsabilidad de uno de los diversos sujetos que hayan podido tener, potencialmente, un papel causante en la producción del daño, la responsabilidad es repartida entre ellos, sobre la base de criterios distintos de la incidencia o de la preeminencia de las causas. Tal es el caso de los llamados “toxic torts”, en los cuales los efectos de la asbestosis, el humo de tabaco, de los factores de contaminación hídrica, aérea, del suelo, etc., no son fáciles de vincular con un acto o con una actividad del sujeto o de los sujetos que serán considerados responsables. El panorama de la jurisprudencia muestra que en casos como éstos, los tribunales no han seguido orientaciones unívocas; se ha hecho referencia, más bien, y según cada caso, a teorías diversas, y se presentan más sujetos considerados (estocásticamente) responsables; la responsabilidad por coparticipación en la creación del riesgo; la responsabilidad por el ejercicio de una actividad de empresa; la responsabilidad por acciones concertadas; la responsabilidad alternativa. Cada una de estas teorías es susceptible de ser verificada a la luz del análisis económico del derecho, para determinar cuál de 292 293 294 295 Véase: GORLA, “Sulla cosidetta causalità giuridica: «fatto dannoso e conseguenze»”, en Riv. dir. comm., 1951, I, pp. 405 y ss. Véase el análisis de SOMMA, “Il nesso causale nella disciplina tedesca del danno extracontrattuale”, en VISINTINI, I fatti illeciti, III, Padua, 1998, pp. 853 y ss. Véanse los ejemplos y referencias de SOMMA, op. ult. cit., pp. 873 y ss. Véase: PARISI y FREZZA, “La responsabilità estocastica”, parte I, en Resp. civ. prev. ellas es la más eficiente, es decir, la más adecuada para la distribución de los costos y para que los costos sean soportados296. 16. La concurrencia de culpas. Un punto vinculado con el problema del nexo causal es la concurrencia de culpas. Pueden identificarse dos hipótesis: la concurrencia de culpas entre varios dañadores y la concurrencia de la culpa de la víctima con el dañador o con los dañadores. a) Concurrencia de culpas de varios dañadores. El problema se plantea en los términos antes descritos, y la repartición de la responsabilidad depende, si se trata de responsabilidad por culpa, de la incidencia causal de los comportamientos desarrollados, distintamente, por varios sujetos; si se trata de responsabilidad sin culpa, la repartición se efectúa sobre la base del dictado legislativo (piénsese, por ejemplo, en la corresponsabilidad del fabricante de materias primas, o de las distintas partes, con la responsabilidad del ensamblador del producto), o bien de acuerdo con otros criterios, vinculados, según el caso, con exigencias sociales, con la equidad, etc. Es necesario verificar caso por caso, hipótesis por hipótesis. De estos problemas hablaremos en el ámbito del examen de los regímenes especiales de responsabilidad. b) Concurrencia de culpa del damnificado. Más delicado es el problema de la concurrencia de la culpa del damnificado, que puede dar lugar a soluciones diversas: (i) la irrelevancia de la culpa de la víctima; (ii) la relevancia en condición de excluir la responsabilidad del agente; (iii) la repartición del daño entre dañador y damnificado, en un porcentaje vinculado con la incidencia causal de los comportamientos respectivos. La jurisprudencia está plena de casos y, tal como ocurre con la apreciación del nexo causal, así también la apreciación de la concurrencia de culpas se delega a la evaluación soberana del juez competente. Veamos algunos ejemplos. Una amplia reseña permite creer que los casos (i) y (ii), antes referidos, son raros; en cambio, los casos comprendidos en (iii) son más frecuentes. (i) La provocación verbal del damnificado no es considerada causa mediata del evento dañoso297. 296 Ibid., parte II. (ii) La culpa del damnificado ha sido considerada causa exclusiva del daño en el caso de un motociclista que chocó contra el borde de un auto estacionado en una zona prohibida, porque la visibilidad era óptima y los espacios eran amplios298. (iii) Se reparte el daño cuando la víctima de un accidente, que tenía la obligación de ponerse el cinturón de seguridad, no ha procedido así299; cuando la víctima no usa el pasamano al bajar por una escalera cubierta de hielo, negligentemente vigilada por el hospedante300. La variedad de los supuestos examinados por los jueces es, de todos modos, muy amplia301. 17. La responsabilidad solidaria. Distinta de la concurrencia de culpas de varios dañadores es la hipótesis de la responsabilidad solidaria, a la cual el Código Civil dedica una disposición ad hoc (artículo 2055)NT. La responsabilidad que recae en varios sujetos no está vinculada, necesariamente, con la culpa de todos: es posible, en efecto, que exista culpa de uno y responsabilidad objetiva del otro. La hipótesis que se cita siempre es la responsabilidad de los patrones y comitentes, que es solidaria con la del dependiente autor del daño; entre las hipótesis más recientes, cabe recordar la doble venta inmobiliaria. También respecto de la solidaridad es necesario verificar si el régimen a aplicar es el régimen ordinario: por ejemplo, un régimen especial está dado por el 297 298 299 300 301 NT Tribunale de Génova, sentencia del 13 de enero de 1995, en Giur. it., 1995, I, 2, c. 554, con comentario de PINORI. Corte di Cassazione, sentencia n. 11386 del 17 de noviembre de 1997. Giudice di Pace de Cesena, sentencia del 24 de octubre de 1996, en Riv. giur. circ. Trasp., 1997, p. 358, con nota de ROSSETTI. Corte di Cassazione, sentencia n. 11066, del 24 de octubre de 1995, en Dir. e assicur., 1996, p. 617. Para ulteriores referencias, véase MONATERI, op. ult. cit., pp. 114 y ss. Código Civil italiano: “2055. Responsabilidad solidaria.- Si el hecho dañoso es imputable a varias personas, todas están obligadas solidariamente al resarcimiento del daño. Aquel que ha resarcido el daño puede repetir contra cualquiera de los demás, en la medida determinada por la gravedad de la respectiva culpa, o de la dimensión de las consecuencias que se hubieren derivado. En caso de duda, las culpas individuales se presumen iguales”. Esta norma ha sido adaptada a nuestro ordenamiento por el codificador de 1984: “Art. 1983. Si varios son los responsables del daño, responderán solidariamente. Empero, aquel que pagó la totalidad de la indemnización puede repetir contra los demás, correspondiendo al juez fijar la proporción según la gravedad de la falta de cada uno de los participantes. Cuando no sea posible discriminar el grado de responsabilidad de cada uno, la repartición se hará por partes iguales”. artículo 9 del D.P.R. N.° 224 del 24 de mayo de 1988, en materia de responsabilidad del productor. La responsabilidad solidaria no deriva de la concurrencia de comportamientos vinculados entre sí con un nexo psicológico-voluntarístico, pues es suficiente un nexo objetivo, siempre que exista unicidad en el hecho dañoso. Las causas pueden ser autónomas302. Según la doctrina reciente, la responsabilidad solidaria a la que se refiere la disposición antes citada constituye una hipótesis asimilable a la obligación subjetivamente compleja303. El damnificado puede pretender de cada sujeto solidariamente responsable la integridad del resarcimiento, sin perjuicio del derecho de regreso. 18. Las eximentes. La exclusión de la responsabilidad puede deberse a varias razones. Puede depender del dictado normativo, es decir, cuando es el legislador mismo quien dispone la exclusión o establece límites al resarcimiento del daño, como ocurre, en el primer caso, por efecto de los tratados o de las convenciones (por ejemplo, para la circulación de vehículos pertenecientes a fuerzas internacionales o a Estados extranjeros), y en el segundo caso, para el transporte marítimo y aéreo. Puede depender, así mismo, de la construcción teórica del nexo causal, como ya hemos señalado en el caso de culpa exclusiva del damnificado, y, como se verá ahora, en el hecho del tercero, el caso fortuito, la causa ignota. Puede depender también de razones inherentes a la posición del dañador, como ocurre para el ejercicio del derecho, la legítima defensa y el estado de necesidad. Y puede depender, en fin, de acuerdos celebrados entre las partes, como ocurre para las cláusulas de exoneración de responsabilidad que se consideren válidas. a) El hecho de tercero. La jurisprudencia rinde cuenta de una multiplicidad de hipótesis de este tipo. A continuación, recordamos algunas de ellas. La responsabilidad por los daños derivados del desarrollo de una actividad peligrosa consistente en el uso de una soldadora autógena puede excluirse cuando, sobre la base de una determinación de hecho, no sujeta a control en segunda instancia, se llegara a probar que la causa exclusiva y determinante del daño – producido, en el caso, como consecuencia de un incendio– fue la conducta de un tercero. En dicho caso, se trató del proveedor del revestimiento del inmueble 302 303 Corte di Cassazione, sentencia n. 70, del 15 de enero de 1969, en Giur. it., 1969, I, 1, c. 1072. Sobre este punto, véase FRANZONI, Dei fatti illeciti, cit., p. 717. BUSNELLI, L’obbligazione soggettivamente complessa. Profili sistematici, Milán, 1974, p. 141. incendiado, que, en violación de los acuerdos contractuales, no había consignado paneles autoextintores304. Una conducta omisiva puede comportar responsabilidad por el hecho ilícito del tercero sólo en tanto y en cuanto exista el deber jurídico del autor de tal conducta de impedir el evento dañoso; deber que puede derivar de una norma, o bien de una específica relación entre el titular del interés lesionado y el sujeto llamado a responder de la lesión. Por ello se ha desvirtuado la responsabilidad de un banco por los daños ocasionados a un cliente en una de sus agencias, por obra de asaltantes; al respecto, se destacó que ninguna norma impone a las instituciones financieras custodiar sus agencias con vigilantes armados, y que ningún compromiso en dicho sentido había sido asumido, convencionalmente por el banco demandado frente a sus clientes305. La presunción de responsabilidad impuesta por el artículo 2053 del Código Civil, a cargo del propietario, por los daños ocasionados por el deterioro de edificios (que comprende la caída parcial de materiales componentes de la construcción, aun cuando tuvieran características de accesoriedad) sólo puede ser superada con la prueba, que corre por cuenta del propietario, de que el evento no es atribuible a un vicio de la construcción o a un defecto de manutención, es decir, con la prueba de la presencia de un caso fortuito, de la fuerza mayor, o de otros hechos, llevados a cabo por un tercero o por el damnificado mismo, que hayan tenido una eficiencia causal del todo autónoma respecto de la conducta del propio propietario, con la consecuencia de que tales hechos no podrán ser identificados en la actividad desenvuelta en el inmueble por otro sujeto, por encargo del propietario, como en el caso de la delegación de los trabajos de una contrata306. La conducta humana ilícita productiva del daño según el título de la responsabilidad regulada en el artículo 2051 del Código Civil no difiere, en su esencia, y por su naturaleza, del comportamiento que es considerado, desde una perspectiva más amplia, por el artículo 2043 del mismo Código. La primera hipótesis se diferencia de la segunda, y se caracteriza únicamente por la mayor intensidad que tiene el deber de vigilancia y precaución impuesto a aquel que tiene un efectivo poder físico sobre la cosa; así pues, si un daño se verifica en el ámbito del dinamismo connatural a ella, o bien por el desarrollo de un agente dañoso surgido en la cosa misma, se pone a cargo del que la tiene bajo su cuidado una presunción iuris tantum de culpa, la cual puede ser superada únicamente por la prueba de que el daño se ha derivado de caso fortuito, entendido en el sentido más amplio, que comprende el hecho del tercero y la culpa del damnificado307. 304 305 306 307 Corte di Cassazione, sentencia n. 4777, del 12 de mayo de 1998. Corte di Cassazione, sentencia n. 908 del 2 de febrero de 1983, en Dir. e prat. assicur., 1983, p. 569; y en Banca, borsa e titoli di credito, 1984, II, p. 459. Corte di Cassazione, sentencia n. 4697 del 25 de agoto de 1984. Corte di Cassazione, sentencia n. 3134 del 22 de mayo de 1983, en Giust. civ., 1982, I, p. 2671. b) El caso fortuito. La expresión “caso fortuito” aparece frecuentemente en los enunciados normativos del Código Civil (artículos 132, 1007, 1492, 1609, 1635, 1636, 1637, 1648, 1693, 1694, 1787, 1805, 1839, 2037, 2051, 2052, 2743), y aunque no es definida por el legislador, indica, por intuitiva evidencia, todo lo que acaece de modo extraordinario (golpe de fortuna o act of God, como es típico denominarlo en el derecho marítimo inglés), contra lo cual todo esfuerzo humano resultaría inútil. En cuanto límite a la responsabilidad –contractual o extracontractual–, significa que el esfuerzo requerido al deudor es el máximo, y que éste no quedará liberado de ella mientras no brinde la prueba del caso fortuito: si la causa que se presenta se mantuviera “ignota”, la carga de la prueba no se considerará satisfecha y el deudor será responsable. En materia de responsabilidad contractual, este rigor ha sido atenuado, porque el comportamiento del deudor es evaluado con arreglo a la buena fe (artículos 1175, 1366, 1375 del Código Civil), y su esfuerzo es considerado según lo que puede ser requerido al diligens pater familias. Sin embargo, en el ámbito del régimen de los contratos especiales se encuentran formulaciones más rigurosas que comprometen al intérprete a determinar si ellas requieren o no el esfuerzo máximo, que se extiende hasta el límite del caso fortuito308. En materia de responsabilidad extracontractual, existen todavía posiciones discrepantes, en la doctrina y en la jurisprudencia, en relación con el modo de entender el caso fortuito; con todo, en ambos formantesNT se está perfilando una clara preferencia por la concepción más rigurosa, objetiva y absoluta, que vuelve más grave la responsabilidad del agente o, en todo caso, del sujeto al que se imputa el deber resarcitorio. La diferencia de tratamiento, que conlleva, en el caso de la responsabilidad contractual, la adopción de criterios más blandos, y en el de la responsabilidad extracontractual, en cambio, la adopción de criterios más rígidos, es justificada con una multiplicidad de razones, no sólo formales (la norma fundamental en materia de responsabilidad contractual, el artículo 1218 del Código Civil, no contiene la expresión “caso fortuito”), sino, sobre todo, por una razón sustancial: en el sector de la responsabilidad civil, el problema consiste en identificar el cheapest avoider, y en asegurar el resarcimiento a la víctima; en la regulación contractual es necesario identificar los criterios para la óptima distribución del riesgo entre los dos sujetos que han participado en el negocio. 308 NT VISINTINI, Trattato breve della responsabilità civile, cit., pp. 98 y ss.; MONATERI, op. ult. cit., pp. 168 y ss. La expresión “formante” es propia de la Escuela de comparación jurídica liderada por el profesor de la Universidad de Turín, Rodolfo Sacco, pero tiene carta de ciudadanía, desde hace años, en el discurso de los estudiosos italianos del derecho en general. Por lo tanto, aun cuando existe una noción unitaria de “caso fortuito”, ésta se desenvolverá de manera distinta en cada uno de los dos sectores. Las fórmulas empleadas por el legislador no son igualmente unívocas, a pesar de que al observador poco cuidadoso le podrían parecer homólogas. Con la mención del “caso fortuito” se introduce un elemento de fatalidad, y se accede a una noción coercitiva y circunscrita; en cambio, cuando se menciona la “causa extraña no imputable” (artículos 1806 del Código Civil, 412 y 422 del Código de la Navegación) se recurre a una noción diferente, en la que se echa de ver la acogida de un significado menos riguroso y más amplio, además de menos fatalista, por decirlo así. Por lo tanto, para el agente será más difícil exonerarse de responsabilidad. En otras palabras, la “causa extraña” no tiene que poseer aquellos requisitos de extraordinariedad, excepcionalidad e invencibilidad, que sí son requeridos para el caso fortuito309. Ha dejado de ser requisito caracterizador del caso fortuito la imprevisibilidad, porque pueden presentarse eventos previsibles absolutamente inevitables (como, por ejemplo, el arribo de una tempestad, anunciada por el observatorio meteorológico). En el sector de la responsabilidad extracontractual, entonces, las hipótesis en las cuales se menciona el límite del caso fortuito sólo pueden ser hipótesis de responsabilidad objetiva, porque el sujeto al que se impone la carga resarcitoria no puede limitarse a demostrar que ha hecho todo lo posible para evitar el daño. Dicho sujeto deberá responder de todos modos si no demuestra la evidencia del caso fortuito, o de otra circunstancia idónea para interrumpir el nexo de causalidad. “Las diferencias prácticas –observa, al respecto, Marco Comporti– entre la concepción del caso fortuito como causa extraña del todo inevitable, y como evento imprevisible e inevitables son claras y evidentes. Según la concepción de la causa extraña, no podrían ser considerados fortuitos, a pesar de ser inevitables, por ejemplo, la explosión o el desperfecto imprevisto de maquinarias o artefactos peligrosos, la autocombustión de sustancias inflamables, el descontrol repentino de un animal, la caída del techo de una casa por un factor interno a él, la ponchadura de un neumático, el desperfecto imprevisto de los fr
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