El billar en Cuba, una pasión proscrita1
Aunque en Cuba lo tradicional era el estilo de Chicago, desde algunos años
comenzaron a realizarse los torneos en las modalidades de bola 9 y 10, las
más usadas a nivel internacional.
Texto y fotos: Yamila Sánchez Rodríguez
(Publicado en la Revista El Toque)
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Texto original, sin la edición de la Revista El Toque. (Ver versión publicada el 23 de enero de 2018.
Disponible en https://eltoque.com/pesar-prejuicios-barreras-crece-billar-cuba)
Se adelanta, toma el taco con suavidad y frota lentamente la punta con el
yeso. Se inclina sobre la mesa y enfoca el mingo. Ya sabe hacia dónde lo
dirigirá. Casi en punticas de pie, casi sin respirar…, a su alrededor todos
guardan un nervioso silencio, pero, aunque griten, ella no perderá la calma, la
concentración y en el momento preciso golpeará a la blanca y ganará su quinta
mesa consecutiva. Y así es. Apenas un leve toque, y el 9 ya está en la tronera.
“Lisset tenía 8 años cuando comencé a enseñarla a jugar billar y desde el
principio mostró cualidades excepcionales, al punto que con 15 años nadie le
ganaba. Recuerdo que cuando tenía 12, en una copa nacional en Varadero, la
pusieron a jugar con un muchacho de Camagüey, el más alto del torneo; ella
era más bien bajita y menudita, pero aun así le ganó 5-1”, comenta orgulloso
Guillermo Santana, padre de Lisset y uno de los artífices de la práctica de este
deporte en la provincia.
Memorias de Lisset Santana, cuando, con solo 12 años, arrasaba en los
torneos nacionales de billar.
El billar no es precisamente uno de los juegos mejor vistos en la Mayor de las
Antillas, sobre todo por las autoridades, quienes con razón o ceñidos a
prejuicios de otra época, se han mantenido al margen del desarrollo de esta
modalidad deportiva que se compite en 90 países y posee más de 500 millones
de espectadores en todo el mundo, según la Televisora Eurosports.
Con el triunfo de la Revolución se eliminaron todos los juegos asociados al
casino, el billar incluido, por la imagen deleznable que traían de la SeudoRepública. Pero a finales de los 70, principios de los 80 comenzaron a resurgir
en círculos sociales, muy vinculado a la gestión de Rubén (Picolino) Aguilera,
un cardenense considerado como el jugador de billar más popular tras la
década del 50, después, por supuesto, del insuperable Alfredo de Oro,
campeón mundial en 31 oportunidades, 18 de ellas de forma consecutiva.
De hecho, William, como también le conocen a Guillermo, aprendió a jugar en
uno de esos círculos sociales, el de la antigua Rayonera. Según recuerda llegó
a haber mesas de billar en casi todos los círculos sociales tanto de ciudades
como de bateyes. Allí junto al dominó, las damas o el ajedrez coexistió
sanamente este juego surgido en el siglo XVIII.
Poco a poco el deterioro propio del Periodo Especial fue extinguiendo estos
lugares y sus medios de entretenimiento. “En Matanzas solo quedaba una
mesa en el círculo social de la Fábrica de Cubos. Ya habían comenzado a
hacerse los torneos nacionales y había que practicar, pero allí no era posible
porque iban muchas personas a pasar el rato. Fue entonces cuando decidí
hacerla.”
Corría el año 97. Con unas vigas de pinotea y unas pizarras de billar
milagrosamente rescatas de una casa de juegos infantiles, William comenzó a
armar su primera mesa. “Estéticamente era un desastre, pero allí ya podíamos
entrenar para las competencias”.
Con los años vendrían las reparaciones y transformaciones, hasta que se
enteró de que alguien por Los Mangos (un barrio de Matanzas) tenía una mesa
original arrimada a un rincón y allá fue a dar, para comprársela. “Luego un
amigo, me hizo otra con angulares y granito”.
Evitando las tendencias negativas que podrían desvirtuar la práctica del billar
como deporte y de paso acarrearle serios problemas con las autoridades,
William ha logrado mantener su club ya por más de 20 años. Por allí han
pasado casi todos los chicos del barrio, han aprendido y algunos, como
Vladimir de Armas, se han convertido en campeones de la disciplina. Su hija,
sin embargo, fue víctima quizás de la maldición femenina y justo en su mejor
momento, dejó de practicarlo.
“Nosotros hemos obtenido buenos resultados, sobre todo como equipo, pero
los mejores están en Cárdenas”, sostiene William.
Guillermo Santana (William) con sus más jóvenes discípulos.
EN LA TIERRA DE PICOLINO
Como reza el refrán, de casta le viene al galgo ser rabilargo y así sucede en
Cárdenas, considerada por muchos entendidos en la materia como una plaza
fuerte del billar. No podía ser de otro modo en una ciudad donde llegaron a
existir más de 40 mesas, e incluso en los peores momentos no dejó de jugarse,
bien como deporte, entretenimiento o incluso en su peor variante, asociada a
las apuestas.
Hoy, de hecho, no son pocos los particulares que han montado sus propias
mesas de billar en restaurantes o casas de rentas con piscinas, como una
opción más de entretenimiento para sus clientes. Pero su existencia y uso nada
tiene que ver con la propuesta del Club de billar deportivo Rubén (Picolino)
Aguilera, cuyo anfitrión, Carlos Moreno, es quizás el mayor apasionado y uno
de los que más ha hecho por la organización y consolidación del movimiento
deportivo billarista en todo el país.
Carlos aún recuerda el lejano año 94 cuando se embarcó en una aventura de
locos, durmiendo de terminal en terminal, mientras recorría el país en busca de
todos aquellos que practicaran billar. Libretica en mano fue haciendo el censo y
dejando la convocatoria para quienes quisieran participar en lo que sería el
primer torneo nacional de billar. Propósito que se materializó al año siguiente.
“En aquel momento logré llegar hasta Camagüey, pero luego se sumaron otros,
porque el de allí conocía al de Las Tunas, y ese al de Santiago, y así...todos se
fueron avisando”, comenta Moreno.
“En el 98 me mudé para acá (Cárdenas) y comenzamos a ponerle más
seriedad y organización al movimiento, pero encontramos mucho rechazo a
todos los niveles, tanto en el gobierno, como en el Partido; que si el billar era
un juego de dinero, un vicio… y tuvimos que cambiar esa perspectiva para que
la gente lo viera como un deporte.
“En el Inder incluso, hay muchas personas a nivel nacional que todavía dicen:
¡billar no!, por eso tuvimos que encarrilarlo como un proyecto comunitario
deportivo del barrio La Marina, cuna de Rubén (Picolino) Aguilera.
Por ese entonces, en febrero del 98, el Organismo Rector del Olimpismo
reconocía el billar como un deporte. Para la Federación internacional era una
victoria más en su lucha por incluirlo en la Carta Olímpica. Para los cubanos,
un argumento más para defender la práctica sana de esta modalidad.
Juan Carlos Álamo, metodólogo de Recreación del municipio, y una suerte de
abogado defensor del billar como deporte, sostiene que en la Resolución
54/2012, del Inder, existe un acápite que avala el desarrollo de los juegos
tradicionales.
En el anexo 3 de la mencionada resolución sobre el programa de Recreación
Física se incentiva “la práctica de deportes populares como opción recreativa
masiva: béisbol, fútbol, softbol, voleibol, baloncesto, así como los que sean
tradicionales en cada lugar y los deportes recreativos, mediante torneos, intercentros, ligas de barrio, torneos de corta y larga duración.”
“En Cárdenas el billar es una tradición”, sentencia Álamo, “de esa forma hemos
logrado ir cambiando la mentalidad en torno al proyecto; incluso, ya hemos
logrado cierto apoyo del gobierno, pues han visto cómo se desarrollan estas
competencias”.
Entre Moreno y Álamo han delineado los estatutos y reglamentos de los
campeonatos. Nada de bebidas alcohólicas o cigarros en el área de juego, y
cero griterías porque el billar es un juego mental y lleva mucha concentración.
Ni hablar de apuestas. De hecho, Carlos cuenta con su propio equipo de
seguridad para velar que nadie se “ponga pesado” o viole lo establecido.
“Tenemos tres copas: la Ciudad Bandera, que es la nacional; la Copa Elite, y la
Rubén (Picolino), cada una con sus características. Llevamos un ranking con la
puntuación obtenida por todos los participantes en el país. Además, en estos
momentos tenemos un movimiento infantil fuerte con unos 40 niños en las
categorías de 7 a 14 años. William también tiene su grupo en Matanzas y
participa con nosotros en los campeonatos provinciales. ¡Y hay que ver jugar a
esos niños!”.
Chicos del equipo juvenil de Matanzas practicando para los torneos
provinciales de billar.
Desde 1994 Cárdenas ha ganado 7 títulos nacionales por equipos y 15
individuales, sin contar los segundos y terceros lugares, cuenta orgulloso
Moreno, quien comparte con mucho entusiasmo sus responsabilidades como
informático de la Corporación CIMEX y su pasión por el billar.
Él, además, tiene una patente de cuentapropista como operador de equipos de
recreación, que le permite poner parte de los ingresos recibidos en función del
billar, pues, aunque reciben muchos donativos de ex-jugadores que emigraron
hacia el extranjero, siempre hace falta comprar algunas cosas como los paños,
bolas, yeso, tacos, que son carísimos, o subsidiar parte de los gastos de los
eventos.
“Los trofeos nos los mandan de Estados Unidos unos amigos. Campeonato por
campeonato, nosotros les avisamos y ellos los garantizan, incluso con las
medallas”, agrega Moreno.
MÁS ALLÁ DEL ESTIGMA
El billar también tiene otros beneficios que solo pueden palpar los enamorados
de su magia. Bueno, más ciencia que magia, pues mucho tiene de Matemática,
Física o Psicología, como explicó en Lente Deportivo el cirujano maxilofacial,
Osdani Cancio, promotor del billar en Sancti Spíritus:
“La Matemática en el billar es muy importante. Las bolas son enumeradas, se
juega en una mesa cuadrada, donde las medidas oficiales son estándares y
está acompañada en sus laterales por diamantes o puntos incrustados en la
madera, donde uno hace las mediciones de los ángulos: ahí se aplica la
trigonometría.
“Hay modalidades del billar, como el Chicago, una de los más populares en
Cuba, donde se juega la suma y la resta. El jugador tiene que tener esa
habilidad matemática para saber cómo restarle puntos al contrario y sumarse
puntos a sí mismo. La parte de la física está en el control de la velocidad, de la
aceleración del golpe, y además, conocer los efectos de la velocidad y la
aceleración aplicada a la minga en el resto de las bolas que se impactan.”
Por su parte, Carlos Manuel Viciedo, promotor del Proyecto El Billar, del Canal
del Cerro, declaró en una entrevista en el Canal Habana que el billar era muy
bueno en la educación de los niños, pues ayudaba a la coordinación, la tensión
y la concentración en edades tempranas, mientras en los adultos servía de
terapia. “Hay lugares del mundo, como Gran Bretaña, en los que el billar se
está utilizando como terapia para muchas enfermedades mentales”.
Para los chicos de William es incluso algo más espiritual. Yavier Vinchenz
sostiene que el billar lo ha hecho mejor persona en muchos aspectos. “Me ha
dado más carácter”, o como diría su preceptor: les ha ayudado a moldear su
explosividad, a ganar en ecuanimidad y dominio de sí mismos: virtudes nada
despreciables en estos días.
Contra viento y marea se abre paso el movimiento cubano de billar deportivo.
Si bien aún parece distante la creación de una Federación Cubana de Billar, los
apasionados de este deporte no pierden la esperanza y siguen trabajando con
el objetivo de que, llegado el momento, los atletas estén preparados para hacer
brillar el nombre de Cuba en cualquier cita del orbe, como hace muchos años lo
hizo Alfredo de Oro, taco en mano.
Carlos Moreno con algunos de sus campeones infantiles.