PENSAR Y SENTIR EL EXILIO Una invitación a la filosofía de María Zambrano PENSAR Y SENTIR EL EXILIO Una invitación a la filosofía de María Zambrano Cintia C. Robles Luján (Ed.) Pensar y sentir el exilio: una invitación a la filosofía de María Zambrano / Cintia C. Robles Luján (Ed.). – Editora Cintia C. Robles Luján. – Bogotá: Editorial Aula de Humanidades, 2020. 172 páginas; 23 cm. – (Colección general) 1. Zambrano Alarcón, María, 1904-1991 - Crítica e interpretación 2. Literatura del exilio 3. Libertad (Filosofía) 4. Filosofía española I. Maillard García, María Luisa, autora II. Robles Luján, Cintia C, editora III. Serie. 196.1 cd 22 ed. A1658146 CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango © Editorial Aula de Humanidades, 2019 © Cintia C. Robles Luján (Ed.) ISBN: 978-958-5111-21-9 (Versión impresa) ISBN: 978-958-5111-22-6 (Versión digital) Diagramación Jorge Leonel Pineda A. Diseño de carátula María Isabel Vargas Bogotá, Colombia 2020 ÍNDICE Prólogo 7 María Zambrano y la circunstancia María Luisa Maillard García 11 El exilio en la obra de María Zambrano: una tentativa de clarificación conceptual Ricardo Tejada 27 María Zambrano e Iberoamérica: su vivencia y reflexión en Cuba Juana Sánchez-Gey Venegas 51 La palabra de María Zambrano en el exilio: un gesto de libertad Carmen Revilla Guzmán 67 Dos experiencias opuestas del exilio: José Gaos y María Zambrano Pedro Chacón Fuertes 85 De la razón poética de María Zambrano a la razón estética de Chantal Maillard: la creación por la metáfora Leonarda Rivera 113 Exilio y exilios. Para una cartografía interior del pensamiento de María Zambrano Antolín Sánchez Cuervo - Cintia C. Robles Luján 125 El exiliado como arquetipo de la condición humana Mercedes Gómez Blesa 153 PRÓLOGO M aría Zambrano es una de las autoras más significativas del exilio republicano y de la filosofía española, ya que representa la singularidad de un pensamiento que manifiesta su profundo humanismo en la hermandad generacional; su profundo sentido de la escritura en la que va descubriendo su propio tiempo interno, tiempo que se convierte en argumento de libertad y de creación; y su profundo sentido de la patria, una patria interna que la acompaña en su propia circunstancia histórica del exilio y que hace de ella una filosofía discursivamente confesional y vivencialmente sacrificial. Para María Zambrano la patria halla su forma itinerante-filosófica, una patria itinerante en Ubi bene, ibi patria (donde se está bien, ahí está la patria) y que se expresa bajo la insignia de la racionalidad poética. Una racionalidad encarnada donde Abyssus Abyssum invocat (el abismo llama al abismo). En Los bienaventurados, Zambrano escribe sobre el desierto como el lugar del exilio: «Para no perderse, enajenarse, en el desierto hay que encerrar dentro de sí el desierto»1, donde el abismo invoca al abismo; abismarse en el desierto, estancia que acoge la soledad del exiliado, le permite el acto onírico de hallar las estelas de las patrias fragmentadas como «aspectos de la patria perdida» que van revelándose. En Zambrano, la circunstancia del exilio como experiencia encarnada, reflexiva y generacional intenta ir más allá de su historia sacrificial, misma que da impulso a su producción filosófica donde Vita via est: la vida es y se torna en camino tanto en su filosofía como en su generación. Es así que el exilio representa fundamentalmente la circunstancia histórica-sacrificial determinante para la propuesta filosófica-antropológica de María Zambrano, donde se integran categorías operantes como naufragio, patria, llanto, generación, 1 María Zambrano. Los bienaventurados. Madrid: Siruela, 1990, p. 41. 7 tiempo, comunidad, entre otros, y que conforman su proyecto filosófico de la razón poética, ampliando los caminos raciovitalistas de su maestro Ortega. Sin duda, la figura del intelectual, o de los intelectuales españoles, tiene un antes y un después de la derrota republicana tras la guerra civil. El fenómeno del exilio se vuelve coordenada de constante reflexión y expresión que se piensa, se padece y se confiesa a sí mismo, desde una patria desconocida e irrenunciable, a través de una importante generación. Para el caso del ámbito de la filosofía se encuentran nombres como José Gaos, Adolfo Sánchez Vázquez, Joaquín Xirau, José Ferrater Mora, David García Bacca, José Recasens Siches, Eugenio Imaz, Manuel Granell, Eduardo Nicol, María Zambrano, entre otros. Otro tanto cabe para la generación del 27, conformada en su mayoría por poetas como Juan Ramón Jiménez (Premio Nobel en 1956), Luis Cernuda, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Emilio Prados, Ernestina de Champourcín, León Felipe, Pedro Garfias, Gil-Albert, entre otros. Pues bien, los ensayos que conforman Pensar y sentir el exilio. Una invitación a la filosofía de María Zambrano pretenden, desde diversas perspectivas, abordar el fenómeno del exilio y se orientan bajo el binomio significativo de sentir y pensar la vivencia del exilio como circunstancia histórica, biográfica y generacional. Esta obra invita a la constante reflexión y a recorrer los caminos o islas filosóficas de María Zambrano y, con ello, constituyen un esfuerzo para resignificar la importancia de su pensamiento en la filosofía contemporánea. El libro reúne importantes investigaciones de análisis, interpretación, confrontación y crítica de autores que han dedicado buena parte de su vida académica al estudio de la obra de Zambrano, algunos de los cuales han participado en la edición de las Obras Completas de la autora de Hacia un saber sobre el alma y La agonía de Europa. Cintia C. Robles Luján UPAEP, Universidad Puebla, diciembre de 2019 8 Camina el refugiado entre escombros. Y en ellos, entre ellos, los escombros de la historia. La Patria es una categoría histórica, no así la tierra ni el lugar. La Patria es lugar de historia, tierra donde una historia fue sembrada un día. Los bienaventurados María Zambrano MARÍA ZAMBRANO Y LA CIRCUNSTANCIA María Luisa Maillard García Fundación María Zambrano [email protected] E n este trabajo se analizan las dos circunstancias clave en la vida de María Zambrano: la experiencia de la Guerra Civil española (1936-1939); y el exilio. Su compromiso con la España republicana será entrañado y nunca renegará de él; pero intentaremos demostrar que fue la segunda circunstancia, la del exilio, la que fue decisiva en la vida de la filósofa y la que le proporcionó los instrumentos teóricos necesarios para elaborar su antropología, en torno a una órbita simbólica, cuyo centro irradiante es el exilio. En dicho camino la autora desarrollará categorías básicas de la razón vital de su maestro Ortega y Gasset, conduciendo las nociones de indigencia y naufragio hacia territorios donde Ortega «no aceptaba entrar». «Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo»1. Esta famosa frase de Ortega que, de forma precoz, adelanta su filosofía en Meditaciones del Quijote, será también el fundamento del desarrollo filosófico de su discípula, María Zambrano. Bien es cierto que, ya a mediados de los años cuarenta, la discípula comienza a separarse de las enseñanzas de su maestro, pero es precisamente en la diferente relevancia que ambos conceden a esos dos polos de la vida humana y al tiempo que propician. Ya en lo que los estudiosos de Ortega denominan su «segunda navegación», que se inicia en 1929 y se confirma en los años treinta con libros como Qué es filosofía y La rebelión de las masas, el filósofo comienza a inclinarse por ‘la circunstancia’ como el factor decisivo de la vida humana, volcando la razón vital en razón histórica y el tiempo de la vida humana en futurición. La circunstancia es el mundo, el hombre debe cons1 Ortega y Gasset, José. «Meditaciones del Quijote». Obras completas I. Madrid: Taurus, 2004, p. 757. 11 María Zambrano y la circunstancia truirse una vida braceando en ese proceloso mar y, para no naufragar, construir esas balsas imaginarias que constituyen la cultura. Su objetivo era eludir la falta de rigor conceptual y objetividad que encontraba en la subjetividad del yo romántico que había impregnado la Modernidad, y que le conduce a abandonar su proyecto de «una ciencia sobre el hombre» para trabajar en una metafísica que aceptase el legado ilustrado de la filosofía europea: «Nos hemos evadido de la reclusión hacia dentro en que vivíamos como modernos, reclusión tenebrosa, sin luz del mundo y sin espacios donde holgar las alas del afán y el apetito […]. Salvémonos en el mundo, salvémonos en las cosas»2. María Zambrano, por el contrario, conforme avanza su reflexión en el seno de la razón vital de su maestro, se va inclinando hacia el yo, hacia ese ser escondido que es el hombre; aunque no en la dirección de la subjetividad romántica, sino en aguas más profundas. Así lo expone la filósofa en la carta a Agustín Andreu: «La razón histórica es el modo como Ortega entendió y quiso usar la razón vital, cuando ni siquiera había explorado indispensablemente la vida y menos aún el sujeto viviente»3. «El circunstancial de ablativo es vertedero donde todo va a parar y lo vi en el cultivo de las circunstancias, según mi maestro, que en ello no reparó porque hubiera tenido que adentrarse por el pronto en la consideración del Sujeto ¡ese Yo! Y entonces se le hubiera presentado que el Yo-Sujeto, pide conjugación y la ofrece»4. Es precisamente la inclinación reflexiva hacia ese yo, buceando en sus esperanzas y en sus sentires más hondos, lo que la conduce a abismar las principales categorías orteguianas de las que inicialmente parte y que la llevarán, entre otras cosas, a dirigir el concepto de vocación hacia el sueño creador y el concepto de verdad como perspectiva, jerarquizada por Ortega mediante la mirada privilegiada de la minoría, hacia «esa patria que nos llama», que no podemos escoger si no es mediante la obediencia y que es la imagen privilegiada de lo real que nos ofrece el símbolo5. En este camino, uno de los mayores saltos en el proceso de «abismamiento» de categorías orteguianas, alcanza a ese componente de la razón vital, no digamos la histórica, que es la circunstancia. 2 3 4 5 J. Ortega y Gasset. «¿Qué es filosofía?». Obras Completas. Madrid: Alianza Editorial, Vol. VII, 1983, p. 411. M. Zambrano. Cartas de la Piéce (correspondencia con Agustín Andreu). Madrid: Pretextos, 2002, p. 93. Ibid., p. 183. María Luisa Maillard. «Ortega y Zambrano: una diferente postura ante el humano fracaso (indigencia, vocación y verdad como perspectiva)». Actas del Congreso del Centenario de María Zambrano, Tomo III. Vélez: Fundación María Zambrano, 2004, pp. 436-446. 12 María Luisa Maillard García Pero tal proceso no se dará aún en la primera circunstancia de la vida de Zambrano. La circunstancia de su maestro Ortega era España y así lo enunció en múltiples ocasiones6. Ésa será también la primera circunstancia de su discípula María Zambrano. No hay más que recorrer las páginas de su peculiar autobiografía Delirio y destino7 para comprobar la íntima ligazón de Zambrano con España y su pueblo, lo que es uno de los elementos clave en su posicionamiento en la Guerra Civil española. ¿Cómo se explica entonces la diferente postura de maestro y discípula en la contienda, que ha hecho correr tantos ríos de tinta y ha situado a maestro y discípula en dos corrientes ideológicas dispares? ¿El silencio de Ortega y la actitud combativa de su discípula a favor del bando republicano? Creo que no podemos explicarnos esa diferencia por razones ideológicas, no podemos encontrar ahí el hilo que distanciará la razón histórica de la poética, aunque sí habrá un «abismamiento» de la circunstancia España en Zambrano, pero sin relevancia filosófica. Aunque la filósofa esté intuyendo ya la razón poética en artículos como «Hacia un saber sobre el alma», «Misericordia» o «La guerra de Antonio Machado», ella misma reconoce en su escrito «A modo de autobiografía» que aún no lo sabía y se creía en el seno de la razón vital de su maestro, donde pensaba que tendrían cabida «esos saberes del alma» que de forma temprana reclamaba8. En cuanto a su postura política, tampoco encontramos grandes diferencias previas. Se diría más bien que maestro y discípula comparten ideas comunes. Ambos se han manifestado a favor de la República y Ortega ha creado el 10 de febrero de 1931 la «Agrupación al Servicio de la República», que se disuelve en octubre 1932, al tiempo que presenta su renuncia a su acta de diputado por los republicanos socialistas, por no estar de acuerdo con la creciente evolución hacia el extremismo de la política española, que ya 6 7 8 «La idea de que el destino del hombre concreto es la reabsorción de su circunstancia, no era para mí solo una idea sino una convicción. […] La circunstancia es a la vez una perspectiva, y como tal, tiene siempre un primer término y tras este otros, hasta uno último. Ahora bien, el primer término de mi circunstancia era y es España». José Ortega y Gasset. «Prólogo para alemanes». Obras Completas, Vol. VIII. Madrid: Alianza Editorial, 1938, p. 54. «[…] Dios mío; quiero ser polvo, polvo, polvo de tu suelo, España; si pudiera ser yerba de tu prado al borde una acequia, rosa del mes de mayo, azucena al pie de tu cerro, España; sería un hilo de tu agua y una piedra de las que están altas, de esas que claman al cielo […]». María Zambrano. «Delirio y destino». Obras Completas, Vol. VI. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 1952, p. 1068. «[…] y la razón poética, que siendo quizá la más generadora, aparece en un ensayo». «Hacia un saber sobre el alma». que fue publicado en Revista de Occidente […] Ahí estaba ya la razón poética, aunque yo no me daba cuenta». María Zambrano. «A modo de autobiografía». Obras Completas, Vol. VI. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2013, p. 720. 13 María Zambrano y la circunstancia había denunciado en su conferencia de diciembre de 1931 «Rectificación de la República». El primer libro de Zambrano, Horizonte de liberalismo (1930), aunque demuestre ya una clara tendencia a un humanismo liberal, en su defensa de una sociedad que respete la totalidad del hombre, tanto lo «suprahumano» —lo espiritual, la cultura— como lo infrahumano —las esperanzas y los sentimientos— no se encuentra tan alejado de las ideas de Ortega. Si en los difíciles años 30 reprocha algo a su maestro, es que no se implique más a fondo en la acción y el compromiso; y apueste por el silencio y la reflexión. No fue la suya una postura política, ni antes ni durante la contienda. Como señala en Delirio y destino, su generación era apolítica: sabían que decían no a la España tradicionalista, pero no a lo que querían en el sentido de instituciones u orden político determinado: «[…] no se trataba de hacer política, sino de abrir paso a que se abriera esa vida de España recubierta por la falsedad oficial»9. Más clarificadora respecto a la relación íntima, espiritual, casi mística que la filósofa mantendrá siempre con España y su peculiar consideración de la política, la encontramos en su durísima carta al doctor Marañón: «En cierto modo, mi adolescencia, aun después de ser discípula del sin par —sin ironía— Ortega y Gasset era política, fue la política. Quiero decir con ello que fue la forma de integrarme en la sociedad. ¿Integrarme? No. Integrarse en España uno no puede, en España no funciona el cálculo integral. Era sentirme vivir»10. La carta que, durante la contienda, dirige a Rosa Chacel, aporta ya claves decisivas sobre su relación con la política: No estoy aquí ligada a un partido político […] estoy ligada a la lucha por la independencia de España, por la existencia misma de España contra Italia —caricatura del Imperio Romano contra el cual voy por caricatura y por imperio—, contra los bastardos del norte, contra la pérfida y zorra Albión, contra la degeneración y perversión más grande de lo español que han conocido los siglos… y con mi pueblo, en el que creo a la par que creo en Dios11. Aquí ya encontramos los dos elementos decisivos de su toma de postura: el amor místico a España y el amor místico a su pueblo, en un proceso 9 10 11 María Zambrano. Delirio y Destino. Op. cit., 1989, p. 38. María Zambrano. «Un Liberal». Los intelectuales en el drama de España. Madrid: Trotta, 1998, p. 126. Cf. A. Rodríguez Fischer. «Líneas de una amistad (Carta inédita de María Zambrano a Rosa Chacel)». Ínsula, n.° 509 (1989), pp. 17-18. 14 María Luisa Maillard García de «abismamiento», que sitúa a la misma altura al pueblo español y a Dios; pero, aparte de estos dos elementos, hay otro, estrictamente circunstancial que tiene un peso decisivo. El alzamiento militar se produce los días 17 y 18 de julio y ella se casa el 14 de septiembre y parte con su marido a Puerto Rico, donde este ha sido nombrado Secretario de la Embajada de la República. El 19 de julio José Giral, Presidente de la República, entrega las armas a las organizaciones obreras y en Madrid se inicia una revolución minuciosamente descrita por la política Clara Campoamor en su libro La revolución española vista por una republicana (2002), que se propone acabar con una supuesta «tercera columna», fusilando mediante «sacas» a todos los burgueses y católicos que habían permanecido en la capital, acusándoles, primero, de fascistas, luego de simpatizantes y finalmente de miembros de partidos republicanos no afines al comunismo, como Melquiades Álvarez, quien fue asesinado en agosto de 1936 en la Cárcel Modelo, donde había sido recluido, por un grupo anarquista. Especialmente virulentos fueron estos anarquistas contra la España liberal que se movía en el entorno del filósofo Ortega y Gasset. María de Maeztu, Clara Campoamor, Américo Castro, Juan Ramón Jiménez, Manuel García Morente, Fernando Vela, Gregorio Marañón, Menéndez Pidal, Ramón Gómez de la Serna y el mismo Ortega abandonaron España cuando fueron avisados, ya «por las brigadas del amanecer», ya por políticos de izquierdas como el mismo Julián Besteiro12, que peligraban sus vidas. Probablemente María Zambrano no vivió esa situación que Clara Campoamor describe tan minuciosamente en su libro13, pero sí le llegarían noticias de que ya, a partir del 26 de julio, habían llegado a España los primeros escuadrones de aviones alemanes e italianos, fletados por Mussolini y Hitler. La Guerra Civil española se anunciaba como un ensayo de la Segunda Guerra Mundial. Stalin esperará hasta octubre de 1936 para acudir en ayuda del gobierno republicano, con tanques T-26 y aviones «Moscas» y «Chatos», 12 13 Según carta a Ortega de 4 de octubre de 1936, recogida por José Ortega Spottorno en su libro Los Ortega. Madrid: Taurus, 2002, fue Julián Besteiro quien avisó a García Morente, rector de la Universidad de Madrid, que peligraba su vida. El doctor Marañón lo condujo a la Embajada de Haití, donde estuvo un año antes de poder abandonar España. Según Clara Campoamor, los actos violentos, registrados en el Diario de Sesiones de Las Cortes entre febrero y mayo de 1936, fueron los siguientes: 178 saqueos, otros tantos incendios, 712 atentados contra civiles, 72 de ellos seguidos de muerte. Concluye su libro con estas palabras: « Dejé Madrid a comienzos de septiembre. La anarquía que reinaba en la capital ante la impotencia del gobierno, y la falta absoluta de libertad, incluso para las personas liberales —sobre todo, quizá, para ellas— me impusieron esta medida de prudencia». Clara Campoamor. La revolución española vista por una republicana. Barcelona: Universitat Autónoma de Barcelona, 2002, p. 209. 15 María Zambrano y la circunstancia ya con el socialista Largo Caballero en la cartera de guerra. Se comenzaban a perfilar los dos bloques de ideologías extremas que protagonizarían el conflicto y que se situaban en un horizonte ideológico que la filósofa combatiría en su libro Persona y democracia. Pero estamos aún en el corazón de la contienda. Zambrano escribe sus principales textos sobre la guerra, recogidos en el libro Los intelectuales en la guerra de España, en la lejanía, donde la mitificación de España y su tragedia no pueden sino acrecentarse. Cuando Zambrano y su esposo vuelven en junio de 1937, porque el marido ha sido llamado a filas, la crueldad y la represión se encontraban del bando nacional y los comunistas habían tomado el mando republicano de una guerra que estaba ya perdida, pero que tenía el apoyo de los principales intelectuales europeos y americanos. Sólo quedaba abrazarse a la derrota y al pueblo «sacrificado», lo que hace con la entrega sincera de la que nunca renegará. María Zambrano se traslada a Valencia y, luego con su familia, a Barcelona donde se implica como intelectual en el bando republicano, colaborando en revistas como Hora de España y La Vanguardia, y posteriormente como consejero de Propaganda y consejero nacional de la Infancia Evacuada. En 1939, cuando cae Barcelona, abandona España con su familia por la frontera francesa y se adentra en la circunstancia del exilio. París, México y Cuba. El primer exilio de Zambrano es americano y España sigue presente en libros como Pensamiento y poesía en la vida española. Tímidamente va matizando algunos de sus escritos más combativos a favor de la República, sin renegar nunca de los motivos, el amor a España y a su pueblo, que la llevaron a tomar una clara postura política. En dos textos significativos de 1940, «Los intelectuales en el drama español. Los que han callado: Ortega y Azorín» y «Confesiones de una desterrada. Una voz que sale del silencio», Zambrano cambia la imagen idílica de los milicianos de sus escritos de guerra y reconoce los crímenes que se cometieron, no sólo del bando nacional sino también del republicano: «Desde luego que es imprescindible distinguir los suburbios infrahumanos que en toda grave alteración salen a flote, del auténtico pueblo; pero no cabe tampoco hipócritamente desconocer la locura que se apoderó de él, dejando intactas pequeñas islas de buen sentido»14. También se abre a la comprensión de todos aquellos que, como su maestro Ortega, se mantuvieron al margen del conflicto y se hace la pregunta: «¿Por qué no puede 14 María Zambrano. «Los intelectuales en el drama de España. Los que han callado: Ortega y Azorín». Obras Completas, Vol. VI. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2014, p. 261. 16 María Luisa Maillard García ser acaso este mantenido silencio una dimensión, y no la menos grave, de la tragedia española?»15. Posteriormente y, como ya hemos indicado, en Persona y democracia, su última aportación en el terreno de sus reflexiones encaminadas a lo social y a la historia, escrito en 1956, se declara de forma nítida contra cualquier forma de utopía y no se limita, como en Los intelectuales en el drama de España a englobar, bajo el término de absolutismo, al fascismo, sino que extiende sus críticas a un supuesto estado regido por las ideas comunistas, los dos grandes bloques que, con sus peculiaridades, acabaron enfrentándose en la Guerra Civil española. Así, pues, Zambrano no sólo cuestiona el concepto de enajenación elaborado por Marx, sino el sacrificio invertido que supone anular al individuo en aras de la colectividad16. También matiza su imagen idealizada del pueblo: reconoce que puede ser manipulado demagógicamente para justificar el crimen, ya por plantear el poder de una clase aplastando a la otra, ya por proponer la anulación del individuo frente a la totalidad del pueblo. No irán sus divergencias con Ortega por el camino de ideologías políticas diferentes, sino por una diferente antropología que en este libro adelanta en la frase: «Hay algo en el ser humano que escapa y trasciende la sociedad en la que vive»17. Lo importante no es ya la historia, la circunstancia, sino el hombre. Entre estas categorías, y no la de menor importancia, se encuentra la noción de circunstancia que hay que salvar para salvarse a uno mismo. Zambrano salvará su circunstancia, que es ahora la del exilio, pero en una dirección que ya se muestra radicalmente diferente a la de su maestro Ortega. Lo importante del exilio no es que sea una circunstancia adversa, ni siquiera una circunstancia límite, sino que nos puede mostrar «ese algo» que hay en el ser humano que trasciende la sociedad en la que vive. El hecho del exilio no tiene en Zambrano una comprensión en el terreno de la política. Tal interpretación del exilio desde lo político sería aún generalizada, y aún cuestionada, por autores como Agamben, quien denuncia la herencia ilustrada que diluye los derechos del hombre en los del ciudadano, algo de lo que ya alertó Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo. El 15 16 17 María Zambrano. «Confesiones de una desterrada. Una voz que sale del silencio». Obras Completas, Vol VI. Barcelona: Galaxia Gutenberg, p. 269. Ver los apartados de «La enajenación» y «El sacrifico invertido» del libro Persona y democracia. Obras Completas, Vol. III. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2011, p. 430 y p. 466. Ibid., p. 459. 17 María Zambrano y la circunstancia diccionario de la Real Academia Española sigue apuntando en una dirección política del exilio: «Expatriación, normalmente por motivos políticos». María Zambrano no es una excepción, puesto que traslada el término al terreno de la filosofía, convirtiéndolo en un símbolo de la condición humana. El concepto de exilio nunca abandonó ese territorio, aunque a veces manifestándose de forma encubierta. Hans Jonas18, por ejemplo, encuentra semejanzas entre el tradicional planteamiento del movimiento gnóstico, desarrollado en los tres primeros siglos de la era cristiana, con algunas formulaciones de la filosofía moderna como las de Heidegger o Nietzsche, que inauguran el nihilismo de la época contemporánea. La sensación de extrañeza del hombre en un mundo hostil no es ajena a la Modernidad. Pascal y Descartes ya subrayaron la soledad del hombre en el universo físico de la cosmología moderna y, posteriormente, las propuestas físico-matemáticas de mediados del siglo XIX, consolidaron una imagen del mundo, extraña a cualquier identificación con lo que el Renacimiento denominaba «el alma del mundo». Había desaparecido el cosmos con el que el hombre pudo sentir afinidad. La naturaleza, como señala Zambrano, se había convertido en materia, en «el nombre de la desilusión, el residuo real, el precipitado que dejaba el mundo al ser disuelto por la conciencia»19. ¿Se encuentra Zambrano próxima al gnosticismo o al nihilismo? ¿La orfandad ontológica del hombre que se manifiesta en el exilio puede ser homologable a la extrañeza del hombre en el cosmos? No vamos a dar una respuesta a priori sino que, siguiendo la línea inicial de este trabajo, vamos a seguir el propio camino de pensamiento de la filósofa que se desarrolla, desde intuiciones primeras, en la senda del diálogo y posterior radicalización, del concepto indigencia y de la metáfora naufragio; que Ortega liga estrechamente entre sí y que afectan a ese componente de la vida humana que es la circunstancia. No es hasta 1961 en su «Carta sobre el exilio»20 que Zambrano formula un concepto de exilio, que tendrá un desarrollo capital en sus posteriores reflexiones para intentar desvelar «ese ser escondido que es el hombre». Como es habitual en su, digamos, método, Zambrano parte de la experiencia concreta del exiliado en su relación con el mundo, que es dual —despierta admiración 18 19 20 Hans Jonas. La religión gnóstica. Madrid: Ediciones Siruela, 2000. María Zambrano. Algunos lugares de la pintura. Madrid: Entelequia, 2012, p. 14. María Zambrano «Carta sobre el exilio». Cuadernos para la Libertad de la Cultura, n.° 49 (1961), pp. 65-70. 18 María Luisa Maillard García y desprecio; hostilidad y adhesión—, para generar a su vez el interés por una situación «en que se presentan como en un rito iniciático las pruebas de la condición humana». A continuación, y de forma velada, desmonta una idea tradicional del exiliado que no es la que va a fundamentar su reflexión. El exiliado no es el que intenta salvar su circunstancia cargándose de razones y convirtiéndose en un personaje, cuya justificación encuentre un hueco y un lugar en la situación histórica perdida. El exiliado es el que se despoja de toda sinrazón y de la razón misma para comprender, a través del exilio, su situación de indigencia, que no es circunstancial sino ontológica, porque la experiencia del abandono que sufre el exiliado obliga al hombre a asumir su orfandad y dejar así al descubierto «lo que no puede dejar de perderse». Con posterioridad, ahonda en esta diferencia en su libro Los bienaventurados. Distingue allí entre el refugiado, al que el destierro no lo absorbe y proyecta una nueva vida, sintiéndose eso sí más fiel a su tierra que nadie; y el exiliado. En el exilio verdadero —el que tiene la categoría de ontológico— el desamparo aboca a la experiencia de la inmensidad, que sólo se hace presente cuando desaparecen los mediadores. El horizonte familiar, la ciudad y la casa en la que se habita, incluso los objetos cotidianos que teníamos resultan preciosos. Es la experiencia del desierto que hay que encerrar dentro de uno mismo para no perderse en él, que deja la soledad intacta y al ser en estado naciente, nos deja abiertos a una nueva forma de comprensión. María Zambrano, para sustentar una idea de hombre, busca lo que en él es «irrenunciable», así como ha buscado lo que para cada uno de nosotros es irrenunciable de la idea de Europa. En su libro La agonía de Europa encuentra que lo irrenunciable es lo que queda cuando todo se ha consumido, en el caso del hombre, cuando ha perdido su circunstancia o mundo. ¿Es que el exiliado al carecer de circunstancias o de proyecto ya no tiene vida? ¿No habría que preguntarse más bien qué es lo originario, qué es lo que queda de la vida del hombre, cuando, por ejemplo, se encuentra en un vagón de mercancías, camino al crematorio? Se separa aquí de forma radical del concepto de hombre que elabora Ortega, quien lo asemeja al protagonista de una novela que se inventa un personaje desde su libertad y su voluntad. Ese ser escondido a sí mismo que es el hombre encuentra, para Zambrano, su verdadero yo hundiéndose en la inmensidad de la pasividad que lo constituye, donde la libertad y la voluntad se diluyen. Esta idea la desarrolla ya al final de su camino filosófico: «No ser nadie, ni un mendigo; no ser nada. Ser tan sólo lo 19 María Zambrano y la circunstancia que no puede dejar ni perderse, y en el exiliado más que en nadie. Haberlo dejado de ser todo para seguir manteniéndose en el punto sin apoyo ninguno, el perderse en el fondo de la historia, de la suya también, para encontrarse un día, en un sólo instante, sobrenadándolas todas»21. Fue en 1960 cuando Zambrano publica su primera reflexión sobre el exilio. Ya han pasado los años cuarenta y cincuenta, en los que la filósofa se ha ido distanciando de la razón histórica, como lo prueba su conferencia en 1944 en Puerto Rico «Aparición histórica del amor», en la que dice literalmente: «Tal vez estemos en una época en la que el hombre siente todo, principios inclusive, de un modo histórico, es decir, una época sin principio ni inspiración, amenazador peligro del que sólo puede salvarnos una verdadera conciencia histórica»22. En 1955 en su libro El hombre y lo divino, donde son abundantes sus referencias a Ortega, ya aclarará que la verdadera conciencia histórica será aquella que no tenga en cuenta sólo los hechos, sino las esperanzas y los sueños del hombre, aquello que, como nos dice en Persona y democracia, libro escrito por las mismas fechas, «trasciende a la sociedad», es decir, a la circunstancia o mundo. Es en este libro capital donde adelanta un símbolo que formará parte de la constelación de símbolos que acudirán a la llamada del exilio: las ruinas. Las ruinas, al mostrarnos lo que permanece a través del tiempo, nos indican el camino para extraer la esperanza de la fatalidad que, según Zambrano, es la verdadera libertad porque es una esperanza sostenida ya en la conciencia. Si el exilio permitía adentrarse en la condición real de la indigencia humana, al ser la destrucción de la circunstancia o mundo; las ruinas constituirán la victoria de la esperanza sobre el tiempo sucesivo y la labor destructora que lleva a cabo sobre los sucesos, las palabras y las personas. Las ruinas nos ofrecen no los hechos históricos tal como han sucedido, sino lo que de ellos ha quedado, lo que ha sobrevivido a la destrucción y nos proporcionan además un punto de identidad entre el vivir personal y la historia: «Persona es lo que ha sobrevivido a la destrucción de todo en su vida y aún deja entrever que, de su propia vida, un sentido superior a los hechos les hace cobrar significación y conformarse en una imagen; la afirmación de una libertad imperecedera a través de la imposición de las circunstancias»23. 21 22 23 María Zambrano. Los bienaventurados. Madrid: Siruela, 1990, p. 36. María Zambrano. «La aparición histórica del amor». Asonante, n.° 2 (1944), pp. 8-50. María Zambrano. «El hombre y lo divino». Obras Completas, Vol. III. Op. cit., p. 257. 20 María Luisa Maillard García En 1960 nos encontramos además en una época en la que la filósofa ha releído toda la obra de Ortega, a raíz de los múltiples artículos que ha escrito tras la muerte de este autor en 1955, y es también el momento en el que está adentrándose en una nueva gnoseología, a raíz de sus reflexiones sobre los sueños y el tiempo. La inclinación clara de Ortega en su segunda navegación por la circunstancia como la única clave objetiva para definir la vida humana, y por el tiempo sucesivo inclinado al futuro, choca ya de forma radical con esta primera aproximación a la idea del exilio de su discípula, lo que no quiere decir que Zambrano prescinda de sus categorías filosóficas básicas, que sigue y seguirá desarrollando. Se podría afirmar que, para comprender el proceso que lleva a Zambrano a esta primera consideración del exilio, un comienzo se encuentra en el concepto de indigencia, del que ya inicialmente Ortega parte para elaborar su tesis de la razón vital. La indigencia no es sino la constatación de que el hombre es un ser imperfecto, cuyo sólo instinto no le procura acomodo en el ambiente en el que debe desarrollar su vida. Este concepto no es exclusivo de Ortega, tiene ya una larga trayectoria en el terreno filosófico, pero comienza a generalizarse en Occidente a partir de la crisis de la razón discursiva, a finales del siglo XIX. Por sólo citar algunos filósofos que subrayan este aspecto crucial del hombre, se pueden mencionar a Nietzsche, quien en La genealogía de la moral califica al hombre como «un animal enfermo» y a Max Scheler quien en su libro El puesto del hombre en el cosmos, subraya todos los aspectos de su condición indigente. Retomando esta tradición, Ortega reconoce esta imperfección inicial del hombre. El hombre no nace hecho, y su destino es ir haciéndose, utilizando su libertad, inseparable de la voluntad. El concepto de indigencia va unido en Ortega a la metáfora del naufragio24 dado que liga, por un lado, la idea de libertad que implica que el hombre puede acertar o equivocarse y, por tanto, naufragar; y por otro, a la circunstancia, que suele presentarse de forma hostil a nuestros deseos e incluso podemos entenderla como una prisión, donde el hombre camina encadenado a la generación a la que pertenece. El hombre es, para el Ortega de la segunda navegación, el puro acontecimiento entre 24 La metáfora del naufragio en Ortega se puede encontrar de forma más explícita en «Pidiendo un Goethe desde dentro», Obras Completas V. Madrid: Alianza Editorial/Taurus, 2006. pp. 120-143. Para profundizar en este tema se puede consultar « Ricardo Tejada. «La metáfora del naufragio en Ortega y su pregnancia en algunos orteguianos». Revista de Estudios Orteguianos, n.° 7 (2003): pp. 139-172. 21 María Zambrano y la circunstancia su yo y la circunstancia, lo que hace y lo que le pasa, es biografía y, en este sentido, futurición. Para Zambrano, la indigencia humana no depende de lo aleatorio de la libertad ni de que la circunstancia sea a veces hostil ni de la incertidumbre acerca del acierto o desacierto de la acción humana. Sin embargo, la filósofa continuará hasta el final de su trayectoria dialogando con Ortega y, en el caso que nos ocupa, con su metáfora del naufragio, concretamente con su libro Notas de un método, donde salva un posible «Método del naufragio», propuesto por Ortega, como situación necesaria para forzar la autenticidad. Sin embargo, Zambrano sigue adentrándose en territorios donde su maestro «no osaba entrar». La situación de naufragio del hombre tiene raíces más hondas que su braceo con las circunstancias y no puede ser comprendida sin tener en cuenta que el ser humano es un ser oculto a sí mismo. El verdadero naufragio del sujeto no se produce en el proceloso mar de las circunstancias, sino en el hecho de que su ser —su propia realidad— se le oculta: «mas por nuestra parte se nos aparece que el sujeto del naufragio es el estar sumergido el sujeto»25. Si al hombre no le basta con vivir, entendiendo por vivir como el dejarse ir por la corriente del tiempo, es porque lo más inmediato, que es su propia vida, le es inaccesible, y a diferencia de la planta o del animal, necesita conocerse; pero este conocimiento no puede ser sólo racional porque ancla sus raíces en esa pasividad que nos constituye y que se manifiesta en «saberes del alma» como la esperanza, la avidez, el amor, la pasión en suma de querer siempre un «más allá» de lo que tiene. No es el yo ungido al pensar y al querer, que construye balsas para salvarse en el naufragio de las circunstancias, lo que nos define; sino algo irrenunciable en nuestro interior, que nos une al resto de las criaturas y que se revela cuando aparece desnuda nuestra orfandad. Entonces cae la máscara del personaje que protegía nuestra indefensión y se revela que la pasividad del sentir está sosteniendo al hacer y al pensar, aunque el pensamiento, al tener la vocación de la impasibilidad, no haya querido descender a este último fondo entrañado. Para una pensadora como Zambrano que afirma que su verdadera condición no es la de ser algo, sino la de tener la paciencia sin límites de vivir pensando, el descubrimiento del carácter ontológico del exilio es un hallazgo de tal magnitud en su vida que, en su último escrito sobre este tema titulado 25 María Zambrano. Notas de un método. Madrid: Mondadori, 1989, p. 20. 22
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