Galván, Fernando. Introducción. En James Joyce:
Dublinenses. Madrid: Cátedra, 1993. Pp.9.77.
ÜE
O
BLÍN A TRIESTE:
EL PERIPLO DEL ARTISTA ADOLESCENTE
AS veintitrés años tenía James Joyce cuando
terminó la primera versión de lo que luego ería
• efecto, en diciembre de
Dablmeses e
este año envía desde la ciudad italiana de Trieste doce
ro la pu­
cuentos al editor londinense Grant.Richards
Dlicación ­con el añadido de otros tres relatos­ se de­
moraría hasta 1914. Sorprende quizá que a esa edad tan
tempranaJoyce no viva ya en Irlanda, sino en Europa, en
Trieste, adonde había llegado en marzo de ese mismo año
para enseñar inglés en la escuela de idiomas Berlitz.
¿ ómo es que este joven, nacido en Rathgar, un barrio de
clase media de Dublín, el 2 de febrero d 188 ;_se en­
cuentra en este otro extremo de Europa, escribiendo so­
bre su ciudad natal?
Hasta el 8 de octubre de 1904, efectivamente,Joyce ha­
bía vivido siempre en Irlanda, con la excepción de una
temporada relativamente breve entre 1902 y 1903, en
que se había establecido en París con el propósito ( quizá
más bien la disculpa) de estudiar Medicina, aunque en
realidad aprovechara el tiempo en la Biblioteca acional
y en conocer el mundo estudiantil parisino, en medio de
muchas estrecheces económicas que lo obligaban a ayu­
nar, a veces durante varios días. Pero el anuncio de la
muerte inminente de su madre, que le llega por telegrama
a París, lo obliga a dejar Francia y volver a Irlanda en
abril de.120 ··Su madre muere de cáncer el 13 de agosto
de.ese año, y a partir de ese momento parece que yit­no
A
James Joycc.
PE
.
hay nadaque ate al joven Jo ce a
su pa1s. En el año que
transcurre entre la pérdida de la ;adre
Y el encuentro,
N
el 10 de junio de 1904 e
!�mujer
nt��ce�:ª10
�
c¡due
acompañaría desde
a su vi a,
e Joven Joyce proyecta prob bl
a edmente su futuroI como
artista
. más allá de las fron t eras e un país
en e que se
as fiixiaba. En 1904 escribe r .
qu� :tsament� �n ensayo titula­
do «Retrato del artista»
'
gunos cnncos han querido
1
ver
post · R
. como el ger men d e su novela
.
.
_erior
etrato
ael
ttsta adolescente (1916) ( o su vers1on primera· Stephen ¡ ar­
hé
roe)
. . , . aunque en verdad se trata aún de un b orrador emuy­
inicial, escrito en un solo día ( 1 7 d
e enew de 1904), que
no consigue publicar en D e
entonces su andadura bajo �na,d�na r�vtsta que iniciaba
W. K Magee. Este editor le/ 1 ireccron, entre otros, de
Y se l_o devuelve al
autor con la confesión de ue
inco!prensible:,�.
p�b��«¡:i ��r:q�:
���:í �ism oJ era
r aun oyce este borrado h
r. asta que se convierta,
años después en una de
sus mejores novelas. Este año
de 1904 es también ¡ ·
�:ka en q�e escr!be algunos poemas
y ciertos cuentos ' q
. go se incluirían en Música de cá­
mara y Dubl.'meses respectivamente y
.
asimismo a trabajar en su obra . . comienza enton.ces
postuma Stephen el héroe,
que no vería la luz hasta 1944
Pero el encuentro con Nor� B
arnacle, una chica de
1 nJa);e
Galway (en el occidente d eFi1��
e�casa educación
en
el
Hotel
que trabajaba
e
ublín,
de la que se
enamora, es posiblemente lo q I O
. ue anima a emprender la
y
en
su
com
añía
huida,
d)Ur��� n efecto, escapan al
continente el 8 de �tubre
habían · u primer destino era
Zúrich, donde a Joyce le
escuer�eudo
un puesto
como profesor de inglés en la
.
ª
r]•�·­
pero
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::�­º
5
ÓO
2 Véase Tbe Workshop o/Daedal. ·¡.
diam�jqyrt ami th< Raw Mat,rialsfar �A
Portrait o/ th< Artista, a Young M, u.r.
an»,oerthta
o por RolJ:cn Scholes y Richard
lllinois •
western Universiry Press, 1965,
�· Kain, Evanston,
pag. 200.
[to]
con el que había negociado), de modo
agente británico
Nora
siguen hacia Trieste, donde había ex­
que Joyce y
A las pocas horas de llegar a la ciu­
de
trabajo.
pectativas
ve
involucrado con unos marineros
se
dad italiana, Joyce
va a parar a la cárcel. El cónsul bri­
borrachos,
y
ingleses
tánico consigue de mala gana que lo dejen en libertad,
se esfuma de nuevo. La suerte,
pero el prometidoloempleo
había
abandonado del todo, pues al
no
sin embargo,
lo contratan como segundo profesor de in­
tiempo
poco
nueva escuela Berlitz que acaba de abrirse en
glés en una
yugoslava de Pola (actualmente Pula),
ciudad
la vecina
entonces bajo dominio austriaco, igual que Trieste. Des­
de finales de octubre de 1904 a marzo de 1905 viven Joy­
ce y Nora en Pola, y Joyce sigue escribiendo su Stephen el
héroe y los cuentos de Dublineses; pero esta ciudad costera a
orillas del Adriático era un foco de agitación política per­
manente pues era el puerto principal de la Armada del
de modo que al descubrirse
Imperio Austro­Húngaro,
los
austriacos
expulsaron a todos
de
espias,
allí un nido
los
se
vieron obligados a
Joyce
Pola,
de
y
los extranjeros
volver a Trieste, donde siguió enseñando en la escuela
Berlitz de esa ciudad.
En esta localidad italiana vivirá Joyce durante casi diez
intervalos en otros lugares.
años, aunque pasará algunos
Dublineses
como colección de
de
configurarse
Aquí acabó
­como
se
ha
dicho
antes­ partió
desde
aquí
cuentos, y
de
1905,
la
primera
versión del
diciembre
en
por correo,
doce
cuentos,
con
destino
a Grant
libro, integrada por
Richards, que tardaría casi nueve años en publicarlo.
Pero antes de entrar en la historia de Dublineses hagamos
un breve recorrido biográfico por esos años de forma­
ha señalado la crítica hasta la sacie­
ción, pues ­como
la génesis de la obra joy­
comprender
es
dad­ no posible
a
la biografía de su autor.
continuamente
acudir
sin
ceana
desde 1882 hasta este año de 1905?
ocurrido
ha
¿Qué
del joven Joyce? ¿Qué es, en
la
¿Cuál ha sido trayectoria
ha
se
arado
de su familia su atria,
lo
ue
lo
definitiva,
arca o gi la «aven uri europea», convirtién­
em
h
lo
y
__.
dolo en un «exiltaao»?
[ 11]
James Joyce nace en el seno de una familia acomodada,
y es el mayor de los quince hijos que tuvieron en su matri­
monio John Joyce, recaudador de impuestos en la Ofici­
na de Tasas de Dublín, y Mary Jane («May») Murray que
se casaron en 1880. Pero a partir de 1891, cuando John
Joyce pierde su trabajo como recaudador de impuesto
(quizá como consecuencia de los disturbios políticos que
suceden a la caída en desgracia y muerte en ese año del
héroe irlandés Charles Steward Parnell), la familia em­
pieza a padecer dificultades económicas, que la obligan a
cambiar frecuentemente de domicilio y a vender las pro­
piedades heredadas. En todo caso, el hijo mayor disfruta­
rá siempre de todos los privilegios, y recibirá una exce­
lente educación; de hecho, es el único de los hijos que
acudirá a la Universidad y obtendrá un título.
La relación de james con sus padres marcará buena
parte de su obra, pues la madre es una figura de gran tras­
cendencia para la familia, y en especial para el escritor.
Su papel como elemento de unión y factor pacificador
contrasta con los recuerd,Q que.guardan·los ht;!:,maooi_de
la figura del pa e,,«un boqacríó'egoi9ta», en palabras ae
tanislausJoyce, hermano menor del artista l. Tanto John
Joyce como Mary Murray (y también Stanislaus) aparece­
rán de forma recurrente en toda la obra joyceana, a partir
de Dub/ineses y hasta Fi,megans Wake. De hecho, en nuestra
colección de cuentos veremos que la figura de Farring­
ton, el padre borracho de «Contrapartidas», se basa en
John Joyce, y que Stanislaus, por ejemplo, sirvió de mo­
delo para el personaje del señor Duffy en «Un caso dolo­
roso».
Como digo, el joven James tuvo las mejores oportuni­
dades para su formación; en 1888, cuando contaba sólo
seis años, ingresó en � es Wood �.9llege, un pres­
tigioso colegio jesuita enclavado en el campo, en el.con­
dado 9e Kildare, donde inició sus e rudios con los mejo­
/11tn_ ih 111110, con su madre, su padre y su abuelo materno.
3 Stanislaus Joyce, Tbe Compltlt Dublin Diary ofjamtJ }OJ«, edición de
George H. Healy, lthaca y Londres, Cornell University Press, 1971,
pág. 10.
res _resultados. Pero el revés económico que sufrió la fa­
milia en J891 puso fin ª. su estancia en Clongowes. Los
Joyce tuvieron que cambiar de casa en numerosas ocasio­
nes en los años sucesivos ( desde 1891 hasta 1897 habita­
ron en nue:,,_e domicilios diferentes)', de modo que James
hubo también de cambiar de colegio. Después de Clongo­
wes pasó durante algún tiempo por una escuela de Her­
manos Cristianos, en la calle North Richmond en la
zona norte de Dublín ­donde también vivió la farni­
lia­, hasta que en 189_3, con once años, se incorporó a
otra errunenre 111st1tuc_1on educativa irl�n�e�, el colegio
Belv dere._ Este e�a as1m1!!,mo un colegio JeSUita situado
en el propio f?ublm, al que acudían.él y sus hermanos to­
talmente gratis. La e�periencia de Belvedere, junto a la de
Clongowes, marc�ra decisivamente la personalidad del
escntor, que relato luego, con todo detalle, su evolución
personal y artística en Retrato del artista adolescente. La exi­
gente formación jesuítica dejó una huella indeleble en la
carrera de Joyce co�o­ escritor, como ha sido puesto de
manifi_esto po_r la crrnca, pero también ejerció una in­
ílue!1cia muy 1mportan�e­ en su propio desarrollo perso­
nal. El abandono definitivo de la­fe en 89fr.precedido
por_ �l escubrimi_ento eÍ pecado y el sexo e� 1896, y la
pasron poi:_ la escntura, por el oficio de escritor, surgieron
en estos anos en Belvedere. La continuación natural del
colegio era la Universidad Católica de Dublín el Univer­
sity Colle�, di�igido también por los jesuitas,' y en 1898,
con dieciséis anos, se incorpora Joyce a él para estudiar
lenguas modernas.
• Los últimos a�os del Belvedere y el periodo de cuatro
anos ef!.._.Univem _GolTc� 898­1902) constituyen una
etapa de gran mteres para el estudio de la vida del artista
I ucs es la época de consolidación de una personalidad tan
re u liar como la de Joyce. En estos años de lecturas orn­
mvorns, de aprendizaje de lenguas (francés, italiano, ale­
I
, ,
\
1
· ·
I' 1111111 110111.11 1 ,1' < 1 .scnpcroncs,
con abundante material
II 1d1111 l I
11 11
'•·•..
de
e, 01,.,-i J')O\(Cnorcs) en Dublín se hallan en gráfico,
el libro d
/1•,1 /,,�,,·, I 11b/,,, l loUJes, Londres, Mandarín, 1990.
e
mán, latín, noruego e irlandés), de inc'?rporaci_ón _al_ efer­
vescente ambiente intelectual del Dublín de prmc1p1os d_e
siglo,Joyce va adquiriendo fama entre sus_ cole�s y ami­
gos de personaje difícil. Mientras_ los p_atnotas 1_rlandeses
formaban el núcleo del «Teatro Literario Irlandés» o «Re­
nacimiento Literario Irlandés» (integrado por figuras
como William Butler Yeats, Lady Gregory, George Rus­
sell, George Moore, John MiUington Synge o Padric C'?­
lum), que reivindicaba las antiguas leyendas y mitos gae­
licos, Joyce vivía alejado de esos intereses, y preocupado
por aprender noruego pa�a ¡xxler le:r en su lengu_a ong1­
nal a lbsen. Con apenas dieciocho anos Joyce escribe pre­
cisamente un ensayo titulado «El nuevo drama de Ibsen»
(«lbsen's ew Drama»), que le publican en 190_0 en �a
prestigiosa Fortnightly Reoie», y que le graniea la sirnpana
del mismísimo dramaturgo noruego, que sobrepas�ba �a
los setenta años. Así pues, Joyce rechaza lo que el vera
como debilidad insular del «Movimiento Literario Irlan­
dés», al que acusa de provinciano, a pesar de defender en
una ocasión, y casi en sol icario, la obra de Y eats La con1e�a
Cathleen (The Countess Cathleen) frente a los ataques católi­
cos. Para Joyce se trataba de «europeizar» Irlanda, no de
,
devolverla a sus orígenes míticos.
.
Uno de sus escritos más representativos de esta epoca
es un ensayo que no consiguió que le aceptara la revista
de la Universidad, sino que tuvo que publicar de forma
privada, en 1901, titulado «El, día del P'?pulacho»_ («The
Day of che Rabblement»). ��l arremeua c<:n furia con­
tra el movimiento nacionalista en el arte, senalando des­
.d el.primer párrafo ­con una alusión.a Giordano Bru­
no­ que nadie que amara lo bueno y �o verdadero _po­
dría hacerlo si no se apartaba de la multitud: «y el artista,
aunque pueda emplear a la masa, pone buen cuidado _en
aislafse». Este tono inicial de defensa del_ aislamiento _1�­
telectual lo llevaba después al enardecimiento y la pas1on
desbordada en la crítica:
i un artista busca el favor de la multitud, ésta acabará
por contagiarlo con su fetichismo y estudiados engaños,
y _si se une a_ un movimiento popular lo hace por su pro­
pio riesgo. En consecuencia, el Teatro Literario Irlandés
al aceptar los viejos mitos, ha renunciado al camino del
progreso. ingún hombre es un verdadero artista hasta
que se libra de la mediocridad del ambiente, del entusias­
mo barato, d_e las insinuaciones maliciosas y de todas las
influencias lisonjeras de la vanidad y baja ambición>.
El caso que cita como ejemplo digno de ser seguido es,
na.ruralmente, el de Ibsen, o su sucesor Hauptmann. Una
cnnca �an acerba como ésta al nacionalismo imperante
no podía ser bien recibida, y le acarreó las antipatías de
muchos, lo que lo separó aún más del grupo de intelec­
tuales en el que se movía. A pesar de todo, Joyce contó
con el apoyo de figuras importantes del «Teatro Literario
Idandés», como Lady Gregory, que le facilitó el conoci­
miento de Yeats, o A. E. (George Russell), que le publicó
tres cu_entos (que se 111tegradan después en Dublineses) en
The Irisb Homestead. Desgraciadamente las críticas desfa­
vorables que se recibieron de los lectores como cuenta
Richard _Ellmann en su biografía, impidi�ron a A. E. la
aceptación de ?tros cuentos, como el de «Arcilla», que
Joyce mtentana infructuosamente publicar en 1905<•.
Mas la actitud del joven Joyce con algunas de estas figuras
que lo ayudaron no fue precisamente de gratitud. Antes
al contrario, como se recoge en la colección de materiales
inéditos sobre el proceso de composición de Retrato del ar­
tista_a_dolescmte citada más arriba (nota 2), cuando Joyce co­
nocro a Yeats su comport_amiento con el gran poeta (en­
tonces de treinta y siete anos) no pudo ser más arrogante
e insultante; cuenta Yeats que Joyce le leyó algunas de
sus «epifanías» y, al alabárselas Yeats, el joven .Joyce co­
mento:
5
Citado por Harry Levin en Jan1es joyre. lntroducrión critica México
Fondo de ultura Económica, 1973 (2.• cd.), trad. de Anto;io Castr�
Leal, pág. 36.
6
Cfr. Richard Ellmann,Ja111t1joyu, Oxford, Oxford University Prcss
'
1982 (nueva edición revisada), págs. 165 y 189­190.
f ... J «En realidad no me importa si le gusta lo que hago o
no. o supone para mí la más mínima diferencia. La ver­
dad es que no sé por qué se las leo.» [ ... J.
Luego se levantó para irse, y, cuando salía, me dijo:
« y O tengo veinte años. ¿Cuántos años tiene usted?» Le
contesté, aunque me temo que le dije uno menos de_ los
que tenía. Entonces dijo con un suspiro: «Me lo imagina­
ba. Le he conocido demasiado tarde. Es usted demasiado
viejo»7.
y no sólo en incidentes privados de este tipo, sino inclu­
so en una composición poética de 1904, titulada «El San­
to Oficio» («The Holy Office»), se permitía Joyce un ata­
que directo y despiadado contra todos aquellos que lo
apoyaban. El poema, cuyo título sugiere ya una identifi­
cación entre el grupo literario irlandés y el Tribunal de la
Inquisición, d_estila una _virulencia considerable en. la sá­
tira en la mejor tradición de Dryden, Pope y Swift. La
voz' del poeta empieza _dándose a sí mismo el nombre de
«Catarsis­Purgat1vo», sigue luego parodiando unos cono­
cidos versos de Yeats sobre su compromiso poético con
Irlanda («Sé que me contarán/ como verdadero herma­
no de una compañía/ que cantó para endulzar los males
de Irlanda ... » había escrito Yeats), diciendo: «Pero no de­
ben contarme / como uno de esa compañía de cómi­
cos ... »; y pasa a continuación a criticar, con detalles per­
sonales a otros miembros del grupo. La proverbial arro­
de Joyce se constata en su actitud desafiante, pues
gancia
después de iron_izar con crueldad sobre cada uno de sus
colegas, cont111ua:
Así que en la distancia me vuelvo.ª mirar
las ruinas de esa abigarrada dotación,
esas almas que odian el vigor de la mía,
templada en la escuela del viejo Aquino.
Donde ellos se agacharon, se arrastraron y rezaron
1 The Wor!eshop of Daeda/11,: jamesf'!}ct and tbe Raw Maltrials far «A Por­
/ 1 ,¡ ¡he Artisr ar a Yo11ng Man», editado por Robert Scholes y Richard
;�' �in, Evanston, lllinois. Nonhwestern University Prcss, 1965,
págs. 167 y 169.
yo sigo erguido, con mi propio destino, sin temor,
sin compañía, sin amigos y sol_o,
indiferente como un escapularto,
firme como las cordilleras donde
lanzo mi cornamenta al aire8-
Como ha escrito muy bien Harry Levin, aJoyce no le fal­
taba algo de razón en su defensa del cosmopoltt1smo fren­
te al peligroso aldeanismo de sus compa�notas, _pero el
tono de su escrito era injustarflente ofens_1vo Y vJOl�nto.
A propósito de «El día del papulacho» dice este cnuco:
La forma en que fueron recibidas El niño de/ mundo ocaden­
tal¡ Tbe Playboy of tbe Wesler11 World], de Synge, y El arado y
las estrellas [Tbe P/o,,ghand ¡!JeSlars], de Sean O'Casey, vino
a corroborar a posteriori los rep�oches de Joyce .. Pern en
ese primer momento eran 1n¡ust1ficados el resennrmento,
Jos sarcasmos contra los filisteos y el tono violento".
·
o con respecto.ª QS o�i_onalist�. ·
Este desa
ses va a convertir a Joy�_yna espec_1e de outsider en la
Universidad; él mismo se enorgullecena Sl<:ffi,in.­=4'..JL<L.
arro�a que lo carafterizaba, de haber vivido en sole:..
dad casi sin amígqs. Esa no es exactamente t a la ver­
dad'. pues sabemos­hoy que el joven Joyce encontró en
esos años compañeros con inquietudes mtdectuales se­
mejantes a las suyas, con los que confraternizaba y a los
que pedía dinero prestado con as1d�1dad, como George
Clancy, Vincent Cosgrave, Constantme P. Curran, T�o­
mas Kettle, Francis Skeffington Y J. F. �Y.me. Pero s1_ es
cierto que la relación con esos pocos a�1gos foe muy in­
satisfactoria para Joyce. De hecho, �cabó rompiendo con
ellos por motivos diversos, y acusandolos d� falsedad y
traición; no siempre, sin embargo, la acusacion era Justa,
[ht
P?rlablt JamtJ Joy<t,
-ti El texto íntegro del poema se recoge en
editado por Harry Levin, Harmondsworth, 1 engum Books, 1976,
. C
.
657­660.
págs.
d d
1
J Harry Lcvin,JamtJ }O.Jíl, op. rit., pag. 35 . IT ra . e Antonio astro
Leal.]
[18]
pues en algunos casos la especial personalidad de Joyce,
arrogante y de actitud despreciativa con los que conside­
raba sus inferiores, no le ayudó precisamente a mantener
las amistades. o es sorprendente, por ello, que al acabar
su licenciatura en lenguas modernas en junio de 1902, se
apresurara a buscar la admisión en la Facultad de Medici­
na de París, con el fin de escapar de un ambiente como el
dublinés, que se le hacía cada vez más irrespirable.
El 1 de diciembre de 1902 partió, en efecto, para París,
vía Londres, y se estableció en la capital de Francia, asis­
tiendo a algunas clases; pero al cabo de una semana de es­
tancia, ya había comprendido que aquella carrera no era
lo suyo. Al desánimo ocasionado por la decepción con
los estudios de medicina se sumó la difícil situación eco­
nómica que vivía, que lo obligaba a subsistir casi sin ali­
mentación. Todo ello explica que al llegar la Navidad, y
cuando llevaba sólo unas semanas en París, decidiera re­
gresar a Dublín, para lo que sus padres han de hipotecar
la casa con el fin de pagarle el billete de regreso. Sin em­
bargo, su firme decisión de abandonar Irlanda no había
decaído, de modo que al iniciarse de nuevo el curso des­
pués del periodo vacacional, vuelve a París en enero
de 1903. Como se ha dicho antes, malvive en el bullicio­
so ambiente estudiantil y de los bajos fondos parisinos
hasta abril, cuando recibe un telegrama de su padre, que
le pide que regrese a casa porque su madre está a punto de
monr.
Joyce no lo duda un instante, y regresa de inmediato a
Dublín. Su madre, enferma de cáncer, tarda aún varios
meses en morir (el 13 de agosto de 1903). Esos meses en
los que veía a su madre perder fuerza día a día, y la terri­
ble escena de la muerte, cuando el joven James, fiel J!..Su
agnosticismo, se niega a arrcxiiTlarse y rezar frente al le­
cho de la difunta, son también elementos decisivos en la
conformación de la tormentosa personalidad del artista,
que cargará el resto de su vida con el remordimiento y el
sentimiento de culpa p<>r su mad.ce. Como han escrito sus
biógrafos, la relación de Joyce con su madre era de una
gran dependencia, lo que explica también la mayor con­
fianza que luego depositaría en sus amistades femeninas,
frente a las masculinas, a las que solía acusar de traición y
falsedad. Como ha dicho el escritor italiano ltalo Svevo,
que conoció a Joyce en Trieste, el carácter belicoso que lo
caracterizaba se debía a que era «esencialmente un niño
de mamá, que no esperaba encontrar hostilidad en el
mundo, y que se indignaba de forma desorbitada cuando
la hallaba»'º· La pérdida de la madre fue, pues, una expe­
riencia traumática, y no sólo para James, sino también
para el resto de la familia, que a partir de ese momento se
disgregó. Algunos de los hermanos fueron a vivir enton­
ces con el tío William Murray (hermano de la señoraJoy­
ce) y su mujer,Josephine Murray, incluido James, aunque
por un periodo muy corto de tiempo. A partir de agosto
de 1903 y hasta junio de 1904 la vida del joven Joyce es
un tormentoso periplo en pos de empleo y de cariño;
cambia muchas veces de trabajo, dando clases en un cole­
gio privado en Dalkey, al sur de Dublín, e incluso piensa
seriamente dedicarse a cantante, pues llega a ganar un
concurso como tenor en mayo de 1904.
Entre las múltiples residencias en este periodo, Joyce
habita durante cinco días de septiembre de 1904 en una
de las torres Marte) lo, en Sandycove, construidas por los
británicos a principios del siglo xtx para hacer frente a
una temida invasión francesa de Irlanda con el propósito
de liberar al país del yugo británico. Comparte esta torre
con Oliver St. John Gogarty, perteneciente a una adine­
rada familia dublinesa, que acepta pagar el alquiler de la
torre con la condición de que Joyce se encargara de
la casa. Pero la relación amistosa con Gogarty (el modelo
de Buck M ull igan en Ulises) se deteriora enseguida, y Joy­
ce escapa una noche de la torre con un agudo desencanto
y sensación de haber sido traicionado una vez más por sus
amigos. Esta salida intempestiva de la torre, a media no­
che, y el sentimiento de frustración que lo embargaba son
el punto definitivo de partida para el abandono de Ir­
landa.
En esos momentos Joyce lleva ya varios meses con
Nora Barnacle, una chica de veinte años, a la que había
conocido el 10 de junio mientras ella trabajaba como ca­
marera del Hotel Finn de Dublín. El carácter abierto, li­
beral y cariñoso de Nora atrae de manera irresistible al jo­
ven Joyce, que ­ante el cúmulo de decepciones que su­
fre, y la pérdida de la figura de la madre­ se acerca a
ora y le propone que lo acompañe en su huida de Irlan­
da, bien entendido que sus convicciones no le permitirán
nunca casarse con ella 11. Nora acepta la oferta, y el 8 de
octubre se ponen en camino hacia Europa. Este es un he­
cho que, aunque aparentemente trivial, resulta muy sig·
nificativo y de gran repercusión en la vicia posterior del
artista. orno explica el propio Joyce en una carta que le
dirige a ora el 16 de septiembre ele 1904: «el hecho de
que puedas elegir estar a mi lado ele este modo en mi aza­
rosa vida me llena de un gran orgullo y alegria»12• Nora le
daría a Joyce, tanto en estos momentos ele decaimiento
moral como en el futuro, el cariño y la confianza que
tanto echaba de menos en su medio familiar y entre sus
amigos.
Así pues, el Joyce que encontramos en Pola y en Tries­
te entre 1904 y 1905, el Joyce que escribe en estos meses
los doce cuentos primeros de Dublineses, es un joven ator­
mentado, que ha buscado en Europa la libertad, una vida
nueva, fuera del asfixiante ambiente de su Dublin natal,
lejos del sofocante clima provinciano de Irlanda, donde
se siente como un prisionero en una cárcel, donde tiene
la convicción de que su arte no puede ser comprendido.
Y precisamente la composición de l.2JdtlfflfJ.t onstituye
para el artista una especie ele ejercicio de exorcismo con­
tra esos demonios interiores.
11
IO Citado por P.
. Furbank, /Jalo SWII{): The Man ami tbe Writer, Berke­
ley, University of California Press, 1966, pág. 84 [cit. por Morris Bcja,
James)'!J"· A Liltrary Lift, Londres, Macmillan, 1992, pág. 16.¡
[20]
De hecho no se casaron hasta el 4 de julio de 1931, para evitarles
problemas legales a sus hijos.
12 The Úllmof)ames)'!}ct, vol. 11, editado por Richard Ellmann, Lon­
dres, Faber and Faber, 1966, pág. 53.
Los «EPICLETI» DE LA PARÁLISIS:
EL PROYECTO DE «ÜUBLINESES»
Justamente un año después de la muerte de la madre,
el 13 de agosto de 1904, Joyce publica en la revista Tbe
Irisb Homestead, que edita A. E. (pseudónimo de George
Russell), el primer cuento de Dublineses, «Las hermanas».
Al mes siguiente, y en la misma publicación, aparecería
otro de los cuentos: «Eveline» (el 10 de septiembre), y en
el número del 17 de diciembre «Después de la carrera».
Estos son los únicos cuentos del libro que Joyce consi­
guió publicar antes de la edición conjunta en 1914, aun­
que intentó, sin éxito, que apareciera en 1905, también
en The Iriso Homestead, el titulado «Arcilla». Es decir, en el
año que pasó en Irlanda, después de la muerte de su ma­
dre y hasta su partida para Europa, ya el joven James ha­
bía empezado su proyecto de Dublineses. Pero, ¿cuál es el
propósito de esta serie de cuentos? ¿Y por qué estos cuen­
tos, y no una novela?
El propio Joyce nos lo aclarará más tarde, en una
carta escrita el 5 de mayo de 1906 a Grant Richards, su
editor:
Mi intención era escribir un capítulo de la historia moral
de mi país y escogí Dublín para escenificarla porque esa
ciudad me parecía el centro de la parálisis. He intentado
presentarla al público general bajo cuatro de sus aspectos:
la infancia, la adolescencia, la madurez y la vida pública.
Los cuentos están dispuestos en este orden. He escrito el
libro en su mayor parte en un estilo de escrupulosa hu­
mildad y con la convicción de que ha de ser un hombre
muy atrevido el que se permita alterar, o aún más, defor­
mar, la descripción de lo que ha visto u oído O.
Vemos, en efecto, que el propósito de los cuentos es bási­
camente naturalista: contar lo que ha sido motivo de ex­
13
Tbe Leuen oJJames }'!)'et, vol. JI, op. tit., pág. 134.
[22]
periencia de la forma más escrupulosa posible, atendien­
do en todo momento a la verdad. Pero detrás de ese retra­
to de lo vivido hay una motivación superior: «escribir un
capítulo de la historia moral de mi país», que se resume
en el término «parálisis». Observemos también que, este
v.oeablo se presenta de un modo harto significativo en el
primerpárrafo del primer cuento del libro, en «Las her­
manas». Nos dice el narrador:
Todas las noches, al levantada mirada hacia la ventana,
me decía suave mente a mí mismo la palabra parálisis.
Siempre sonaba rara a mis oídos, como la palabra gnomon
en el Euclides y la palabra simonía en el catecismo. Pero
ahora me sonaba como si fuese el nombre de algún ser
maléfico y pecaminoso. Hacía que se me saltaran las lá­
grimas, y sin embargo no paliaba mi deseo de estar cerca
y observar su trabajo mortífero.
Es decir, junto al naturalismo como estilo, que hereda de
los grandes novelistas del siglo xrx, y especialmente de
Flaubert, Joyce persigue también el desarrollo de la ima­
ginación creadora, que debe trascender la simple repro­
ducción de la realidad vivida. Este esfuerzo trascendente
conduce a Joyce a la acuñación de dos términos estéticos
que sintetizan su concepción del arte. U no es bien cono­
cido, el de epifanía; el otro no ha tenido prácticamente
ningún eco desp!JéS de­qu oyce lo usara en una carta
de 1904: epicleti.­­­­­­...
El concepto de epifanía alu a un tipo de manifesta­
"erta forma al subconsciente
ción espiritual cer ami
freudiano, aunque en esta época primera en la que Joyce
acuña el término aún no ha recibido influencia alguna
del psicoanalista vienés 14• Se trata de algo oculto a la
consciencia, algo que yace más allá de la superficie de las
cosas, que de repente se presenta al que sabe observar y le
14 Una excelente presentación de este concepto puede hallarla el lector en i\1orris Beja, «Epiphany and the Epiphanies», en Zack Bowcn y
James F. Carens (eds.), A Companion lo Joyce S111dies, Westport, Connccticut, Greenwocxl Press, 1984, págs. 707­ 725.
revela lo que estaba escondido, «reprimido». El fenóme­
no está conectado a la capacidad instintiva del poeta para
descubrir la verdad y la belleza bajo las apariencias enga­
ñosas de la realidad; es el proceso de la revelación de lo
espiritual en algo real, común y corriente, trivial, cotidia­
no. orno ha comentado certeramente Levin, «es la in­
tuición fulminante que tuvo Marce! Proust cuando mojó
un pedazo de "magdalena" en una taza de tila» 15• El tér­
mino procede de la mitología griega, donde se aludía con
él a la manifestación inesperada de la divinidad, lo que
solía ocurrir en el teatro griego cuando aparecía de pen­
te un dios en la escena. Luego el cristianismo adaptó el
·vocablo para referirse a la liturgia que conmemora la
ofrenda de los Reyes Magos al iño Jesús, pues se trataba
­como es bien sabido­ de la revelación de la propia
Divinidad, en la persona del niño nacido de María, a
unos extranjeros completamente ajenos al pueblo judío.
Para Joyce este concepto se vuelve fundamental en
toda su literatura; y su obra es un conjunto de e ifanias
de colección de momen os de revelación. a función e
artista, como nos dice su alter ego Stephen en Stepbe11 el héroe
es «recoger esta epifanías con extremo cuidado, advir­
tiendo que ellas son en si mismas los momentos más deli­
cados y evanescentes»"'· Y esos momentos son los que se
ilustran por primera vez en D11bli11eses y luego en las demás
obras. De ahí que este libro pueda parecer quizá, a prime­
ra vista, una colección más o menos inconexa de inciden­
tes aislados, de hechos triviales, de escenas cotidianas in­
significantes. Y nada más lejos de la realidad, verdadera­
mente.
Como ha comentado también Harry Levin, Joyce,
como escritor moderno, se aleja conscientemente de los
15 Harry Lcvin, Jamts Joyu, op. dt., pág. 40. JTrad. de Antonio Cas­
tro Lcal.J
16 James Joycc, Stephen Htro, edición. con introducción, de Theodorc Spencer, con revisión y material nuevo de John J. locurn y Her­
bcrt Cahoon, Londres. Four Square, 1966, págs. 215­216. JLa traduc­
ción es mia.]
Joyce con sus contpañcros de estudio George C1ancy y J. F. Byrnc.
propósitos meramente realistas y naturalistas· ya no se
trata de actuar como un notario de la sociedad, corno Bal­
zac, sino de otra cosa:
el escritor moderno se hace a un lado, en espera de un en­
cuent.ro fortuno o de un fragmento de conversación para
e_mpezar cc_:u�. su historia. En realidad, no tiene asunto
sino una vrsion oblicua de un tema más vasto. Las cosas
suce?e? como todos los días, esas cosas que se leen en los
periódicos. Los negocios marchan como siempre pero
no se ocupa de ellos. No busca las aventuras romlnticas
no los incidentes dramáticos. Le interesa la rutina de to­
dos los días, los mecanismos de la conducta humana, y su
anhelo es descubrir el modo más económico para presen­
tar una mayor cantidad de ese material !",
Es precisamente a través de esas epifanías momentáneas
como Joxce _consigue superar la descripción de lo trivial
Y. lo ,!Uttnano. Dublmem es un ejemplo pionero en esa
tecruca que luego alcanzaría un desarrollo singular en a
literatura del siglo xx. No podemos dejarnos..engañ
or
esa apanencia falsa de que los cuentos no cuentan nada
de_ que nada ocune y que todo es igual que siempre. Pue;
ba¡o esa apariencia �ay, como dice Joyce en otra ocasión,
«una sene de ep1de11,, 18, esto es, invocaciones El vocablo
es n�t.uralmen,te gnego, deriva del verbo epikalein, 'lla­
mar, mvoc�r; el sustantivo más común es epiclesis O epik­
lms, que es te�mmo religioso usado para referirse a la par­
te de la oracron que se dice en la consagración, en la que
se Invoca la_ presencia del Espíritu Santo para que otor­
gue su bend1c1.on a los elementos eucarísticos, o a los que
comulgan '. As1 _pues, cada uno de estos cuentos es una lla­
mada n�as1­rehg1osa, cuasi­ritual, al acto supremo de la
revelac1on divina, la que nos ofrece el poeta O demjurgo.
r
Le�;_rs 1v·Harry Levin,Jamnjoyu, op. di., pág. 42. [Trad. de Antonio Castro
case su carta a onstantinc P. Curran de 1904 (se carece de fecha
nas
r concreta), en Tht Úllers of}amts Joyce, vol. I, edición de tuart GiJbe
rt, Londres, Faber and Faber, 1957, pág. 55.
,
[z6J
Se trata, en efecto, del acto portentoso de la transubstan­
ciación.
No podemos entender Dublineses, pues, como una sim­
ple sucesión de episodios naturalistas que constttuye�
una especie de crónica de la vida de una ciudad a prmci­
pios del siglo xx. En Dublineses hay epifanías y epicleti; en
este sentido, como han dicho otros muchos críticos an­
tes, este libro no es más que el inicio del único Libro que
Joyce supo escribir, y que fue publicándose bajo títulos
diversos, y en estilos distintos, a lo largo de su vida. Lo
afirmaba ltalo Svevo, citando a Joyce:
Joyce siempre decía que había únicamente espacio para
una novela en el corazón de un hombre ... y que cuando
uno escribe más de una, es siempre el mismo libro bajo
disfraces diferentes!".
El propio Joyce llegó a decir: «mi obra es un todo y no
puede dividirse por títulos de libros», de modo que a par:
tir de Dublineses «sigue una línea recta de desarrollo ... M1
obra completa está siempre en procesos». Esto es lo que ha
llevado a algunos críticos a considerar Dublineses como el
ensayo de toda la obra posterior, y a indagar y rebuscar en
este primer libro muchos de los temas y hasta de los deta­
lles de los grandes libros que publicaría el escritor años
después. Como dice Morris Beja a propósito de las pala­
bras que acabamos de citar: «En ese comentario sugiere
Joyce que un título apropiado para su siguiente novela
podría ser Obra en Proceso; uno incluso más adecuado sería
Dubiineses»>,
Más adelante veremos cómo hay muchos puntos en
común entre las historias y los personajes de Dublineses y
19 Recogido en una carta a Valéry Larbaud, citada por P. N. Furbank,
/talo Sl)tvo; Tht Afan and tbe Wnler, op. cil., pág. 121. 1 e toma la referencia
de Morris Beja.Jamts joy«. A Lil<ra,y Life, op. cil., pág. 31. I
20 Recogido en Willard Potts (ed.), Porl�ails o( the Arust i? Ex11e: eco­
llttlionsofjamesjoyctbJ E11roptans, Searrle, University oí Washington I ress,
1979, págs. 129 y 131 (cit. por Morris Beja.Jamts joy«. A Lilera,y Life,
op. cil., pág. 31 ).
21 Morris Beja,Jamtsjoyce. A Lilera,y Lije, op. cit., pág. 31.
f
(
los del Retrato del artista ad0¡.
.
. escente, as, como de Ulises y Fin­
lf'ake Pero h
negans
.
·
ª ora interesa obse rvar que ya en Du­
blmeses se percibe el pro . . d
I
historia «total» del micr:��:osed��fºr. de pergeñar.una
una representación en miniatura d /mano, que aspira a
universo todo de nu
.
e macrocosmos, del
1
del libro, tan simétr���rays ;'dªJ· La pr°P!ª
estructuración
•
asa a en n numero tres (en el
plan i · · 1
la C nrcra lque refleja el manuscrito de 1905) así lo reve­
. orno e autor mrsmo lo
..
r .
míenza con historias de 1 . f: exp rcol esta coleccron co­
encuentro» y «Arab »: si a rn ancra: « as hermanas», «Un
«Eveline», «Dcspué; cÍe ,re con Otras ele la adolescencia:
carrera», «Dos galanes» (que se
añadió al plan p . . .
rrmrtrvo posterrorm
. d. ente ) Y ".¡.a casa ele
huéspedes»; continúa co
(tan
bef?rSo
«Una pequeña nube»
ros _ele_ la vrda adulta:
· • .
m rcn un anadrclo al
rnrcra 1 ), «Contrapartidas» A .
proyecto
U
11
so»; .Y se cierra con h istori�;'d:�� :t;:i:p,�b7ic�asoD�oldoro ­l
patrra en la oficina del a id
· « ra e a
cia». ¡\ ellas se añadp rtr. o»_, «Una madre» y «La gra­
a 1905 «Los mue;tos '0 asimismo, con posterioridad
consicl�rarse como mi:,mqbue pdara algunos cr�ticos puede
· ·
ro e este apartado d 1
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pu bl rea» y para otros (posibl
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1
tuiría un grupo ªP.arte2.2. C�m:rr:::i;:,e ª mayona) consn,
tor cuando se acer ue a I
prob�ra, pues, el lec­
estructura del Íibrd no es :srb�entos, s_u disposición en la
una secuenciación bien
rrarra, sino que responde a
trastes, relatos que se co�:trda. Hay paralelismos y con­
en el tercer grupo de hist�rf:ednt�n u�os a otros, como
«Contrapartidas» aborda la vida e a vida adulta, _donde
matr,1mon1al, mientras
«Arcilla» se ocupa de la vid d
a e una so terona y «Un caso
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vrertase que incluso con los tres - di
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rary cturcs», especralmente las pági­
n1uy
e:,:« "'ºJ
.li�t,
[28]
doloroso» de la vida de un hombre soltero. O en el cuarto
grupo, «Día de la patria en la oficina del partido» trata de
un tema de la vida política, mientras «Una madre» se de­
dica a la vida cultural, y «La gracia» a la religión. opa­
rece haber nada dejado al azar; por ello las interpretaciones
simbólicas de Dub/ineses, por más que puedan sorpren­
dernos en ocasiones (y es cierto que a veces son desorbita­
das e inverosímiles), no carecen de cierta base objetiva.
Mas conviene ahora que, conocidos estos proyectos de
Joyce cuando empieza a escribir su colección, veamos
con algún detalle el proceso de creación y las singulares
peripecias de la publicación de Dublineses, así como su re­
cepción y difusión posteriores.
Los AVATARES DE «DUBLINESES»:
COMPOSICIÓN, PUBLI A IÓN Y RECEPCIÓN
Como se ha dicho más arriba, tres de los cuentos que
constituyen Dublineses («Las hermanas», «Eveline» y «Des­
pués de la carrera») se escriben y se publican en 1904 en
Tbe Insb Homestead bajo un pseudónimo que se convertiría
en uno de los seres de ficción más fascinantes del si­
glo x.x, tephen Daeclalus. inguno de los doce cuentos
restantes vio la luz de forma independiente, aunque la
mayoría de ellos (nueve) fueron escritos a lo largo de 1905
en Poi a y T rieste. Las tres excepciones son «Dos ga­
lanes», «Una pequeña nube» y «Los muertos», los dos pri­
meros escritos en 1906, y el tercero en 1907, mientras
Joyce aguardaba a que se produjera la publicación del li­
bro. Sin embargo, el hecho de que no tuviera lugar la pu­
blicación de modo inmediato permitió a Joyce revisar al­
gunos de los doce cuentos enviados inicialmente, en di­
ciembre de 1905, a Grant Richards. Así, son evidentes
los cambios sustanciales que sufrió el primer cuento «Las
hermanas», desde su publicación primera en 1904 hasta
su versión definitiva diez años después; hay constancia
documental también de que el titulado «Arcilla», en el
que el autor empezó a trabajar en noviembre de 1904 e
intentó publicar, sin éxito, a lo largo de 1905 en Tbe Irish
Homestead, siguió reelaborándose hasta finales de 1906.
Sucesivas revisiones conoció también «Un caso doloro­
so», que ­aunque acabado en su primera versión en julio
de 1905­ fue revisado posteriormente. Y lo mismo en
fin, sucedió con «La gracia», que se escribió a lo largo
de 1905, pero que Joyce revisó en 1906 cuando estaba en
Roma, incorporando al cuento datos nuevos sobre teolo­
gía que recogió en la Biblioteca Vittorio Emanuele­',
. Ya conocemos el propósito de Joyce al escribir estas
h_1storias de pa_rálisis; y co_mo reflejos que son de la expe­
riencia de su ciudad, contienen un alto grado de autobio­
grafía. Los cuentos de la infancia, como «Un encuentro»
o_ «Araby» tienen sus correspondencias en experiencias
vividas por James y su hermano Stanislaus>; otros, de la
edad adulta, como «Un caso doloroso» o «Los muertos»
retratan episodios de la vida de la familia (de Stanislaus
de Nora respect1".amente)25. En todos ellos, sin embargo,
el escrupuloso afan de Joyce por ser fiel a su principio de
no alterar ni deformar lo que había visto u oído (recuér­
dense sus palabras citadas más arriba) le lleva siempre a
confirmar todos los datos con la realidad. Por eso, para
los cuentos que se escriben en Pola y Trieste, cuando ya
no tiene la posibilidad de comprobar él mismo ciertos de­
talles, le escribe a su hermano Stanislaus hacia el 24 de
septiembre de 1905 para que se cerciore de algunos as­
pectos y le conteste rápidamente; son detalles nimios,
como_ los que figuran en la lista siguiente, ordenados en
función del cuento para el que se necesitan:
y
Las bermanas: ¿Puede enterrarse a un cura con hábito?
Día de la patria en la oficina del partido: ¿Están Aungicr Srreet
y W,cklow en la Sala Real de la Bolsa? ¿Pueden cele­
brarse unas elecciones municipales en octubre?
­­­­­
_21 Pa_ra detalles más precisos sobre las fechas de composición y revi.
sron, vcanse las notas que acompañan a cada cuento en csra edición.
24
fr. Stanislaus Joyce, A(y Brother's Keeptr, edición de Richard Ellmann, Londres y Boscon, Fabcr and Faber, 1958, págs. 78­ 79.
25. Par� «Un caso doloroso», cfr. Stanislaus Joyce, Afy Brother's Kteptr¡
op. CII., pags. 164­165 y 174.
Un caso doloroso: ¿Pertenece la policía de Sydney Parade a la
división D? .Se llamaría a la ambulancia municipal a
Sydney Paraáe en caso de accidente? ¿Se trataría un
cidente en Sydney Parade en el Hospital V ,�cent.
De,puiI de la carrera: ¿Las provisiones de!� policia las su­
ministra el gobierno o se hace a traves de contratos
privados?"•.
:c­
Esta obsesión por la fidelidad hasta los �ás mínimos d_e­
talles es una de las causas que dificultara la publicación
del libro. Cuando el editor londinense Grant Richards
decide, el 17 de febrero de 1906, aceptar el _manuscrito
enviado por Joyce en diciembre del año anterior, nuestro
autor le manda un nuevo cuento para que lo incorpore .ª
la colección: «Dos galanes». Esta inclusión supuso el irn­
cio de una enojosa relación epistolar_ entre. Joyce Y R1­
chards, pues éste le escribe el 23 de abril diciéndole que el
impresor ponía objeciones ­de orden moral­ a algu­
nos pasajes de ese cuento. Aunque hoy nos pare�ca abs_ur­
do, las leyes oe la época hacían responsable al linotipista
de todo lo qu" se imprimiera, por lo que estos operarios
ejercían de hecho una censura sobre expr_es1ones y conte­
nidos que estimaran ofensivos y susceptibles, por consi­
guiente, de ser perseguidos por la JU�tlcia. Joyce natural­
mente se indigna ante la pretension del . impresor de
Richards y le contesta que no le intere_sa la opimon del <;>pe­
rario y que su arte está muy por encima de .tales obstácu­
los. Y llega hasta tal punto en su enojada replica que, in­
genuamente, le confiesa a Richards que no entiende los
reparos que se ponen a «Dos galanes» y a «Contraparti­
das» (por la aparición de alguna palabra mals�mante
como bloody), cuando «Un _encuentro» e� mucho mas obje­
table. Esto pone en guardia, como es lógico, a Richards Y
su impresor, y durante largo tiempo se suceden las cartas
. .
.
y las negociaciones.
Es casi patético contemplar como Joy�e in_s1ste, por un
lado, en la necesidad de mantener los mas mrrurnos deta­
"' Tbe Letter: oJjam<S joyct, vol. 11, op. cit., pág. 109.
lles, algo que _considera esencial en el tipo de cuento que
pretende escribir; y, por otro lado, se muestra a veces to­
lerante y acepta incluso eliminar algún relato, pero en
modo alguno «Dos galanes» o «Un encuentro». Como
le dice a Richards en una ocasión ( carta del 23 de junio
de 1906), con ese punto de exceso y de arrogancia que lo
caracterizaba: «No es culpa mía que el olor de los cubos
de basura, de los yerbajos y los desperdicios dominen mis
cuentos. Tengo la firme convicción de que retardará us­
ted el curso de I� civilización en Irlanda impidiendo que
el _pueblo irlandés tenga un buen retrato de sí mismo en
rru pulido espejo»".
Todo ello, en fin, llevó a que finalmente Richards re­
chazara el libro en. sep_tiembre de 1906. Joyce lo mandó
enton:es a otra� editoriales, pero sin éxito, hasta que casi
tres anos despues, en 1909, lo aceptaron los editores du­
bltneses Maunsel & Company. El contrato se firmó en
agosto, para lo que Joyce volvió brevemente a Irlanda
pero entonces empezar_on otra vez los problemas y temo�
res; esta vez fue la fidelidad de Joyce a mantener los nom­
bres verdaderos de_ los comercios y negocios de Dublín,
algo a lo que los editores tenían miedo por la posibilidad
de_ ser dem�ndados por los propietarios de tales estableci­
mientos s1 estos consideraban que se perjudicaban sus in­
tereses. Mas con el tiempo surgieron otras objeciones,
corrm las referencias que hay en «Día de la patria en la
oficina del partido» a la proyectada visita a Dublín del rey
Eduardo VII.
A pesar de todo, e.1 _libro se compuso en la primavera
de 191 O� y Joyce llego incluso a corregir pruebas en junio
de ese ano2•; pero ello no significó que las objeciones hu­
bieran desaparecido, ya que los editores seguían con sus
dudas y retrasaban la salida de la obra. Todo ello enfure­
The Lt�ltrJ ofJames Joya, vol. 1, op. dt., págs. 63-64
�·. Cfr. M1ch_ael Grodcn (ed.), Dublinm. A Facsimilt oJ Proofifar Jhe 1910
Ed1hon (prefacio y com_po�ición de Michael Groden), Nueva York y
Lo_ndres, Garland Publishing, lnc., 1977 (serie «The James Joyce Ar­
chivc»].
;1
ció hasta tal punto a Joyce que dos años después de corre­
gidas las pruebas, en 1912, al regresar a Irlanda en un via­
je familiar, se entrevistó en Dublín con George Roberts,
el editor de Maunsel & Company, para pedirle que se
decidiera por fin a publicar su libro. El poeta y drama­
turgo Padraic Colum acompañó a Joyce, por solicitud de
éste, en la entrevista y lo que nos cuenta es, sin duda, pa­
tético:
Y allí estaba Joyce, el hombre más orgulloso de Dublín,
pidiéndole a aquel hombre que no condenara un libro en
el que él había puesto tanto, e igual que cualquier escritor
que lucha con el editor que maneja el látigo, le pedía un
respiro. «¡Haré cortes! ¡Cortaré eJ cuento!» Y aun así, ¡re-
chazado, rechazadol­".
Efectivamente, Roberts decidió en agosto que no publi­
caría Dubtineses y mandó destruir todos los pliegos ya im­
presos, que parece que correspondían a mil ejemplares v;
y ­lo que es más­ amenazó con demandar a Joyce, pi­
diéndole que le ofreciera una cantidad «sustancial» para
compensarle por las pérdidas de la edición destruida. El
disgusto de Joyce fue mayúsculo, como puede fácilmente
imaginarse, y la indignación lo llevó a escribir, mientras
volvía a Trieste, otra andanada satírica en verso: «El gas
del quemador» («Gas From a Burner»). Este incidente fue
decisivo en la firme determinación de Joyce de no regre­
sar nunca más a Irlanda, como así sucedió. El tono de
este poema satírico es verdaderamente incendiario. En el
29 Mary y Padraic Colum, Our Frimdjamtsjoyrt, Londres, Vicror Go­
llancz Ltd., 1959, p:ig. 96.
JO Cfr. Michael Grodcn (ed.), Dublinm. A Facsimiltof ProofifarJht 1910
Edill"on, op. cit., pág. vii. De esta edición de 1910 se conservan hoy (y ·e
reproducen en este volumen) las galeradas de «Contrapartidas», «Una
madre» y «Los mucnos», así como primeras pruebas compaginadas de
«Día de la patria en la oficina del partido», y últimas pruebas compaginadas -que Robert Scholcs sostiene que son páginas impresas de esa
edición de mil ejemplares destruida- de nueve cuentos completos, y
parciales de tres más, mientras que no se han conservado de los tres restantes.
fragmento que sigue oímos la voz del editor, justificando
ante Irlanda la negativa a publicar el libro:
Damas y caballeros, estáis aquí reunidos
para escuchar por qué cielo y tierra temblaron
con motivo de las negras y siniestras artes
de un escritor irlandés que vive en el extranjero.
Me envió un libro hace diez años;
lo leí cien veces o más,
de delante a atrás, de arriba a abajo,
de uno a otro extremo de un telescopio.
Lo imprimí hasta la última palabra
pero por la misericordia del Señor
la oscuridad de mi mente se disipó
y vi la intención malévola del escritor.
Mas tengo un deber con Irlanda:
guardo su honor en mis manos,
esta tierra de encanto que al destierro
siempre a sus escritores y artistas envió
y con su espíritu de burla irlandesa
uno a uno, a sus propios líderes traicionó.
Fue el humor irlandés, mojado y seco,
lo que se arrojó en cal viva a los ojos de Parnell;
[ ... ]
Publiqué el folclore del sur y del norte
de Lady Gregory la de dorada lengua,
publiqué a poetas tristes, tontos y solemnes,
publiqué a Patrick no­sé­qué­Colm,
publiqué al gran John M ilicent Synge
[ ... J
Pero he trazado una raya en ese desgraciado
que estuvo aquí vestido de amarillo austriaco,
escupiendo italiano como contratado por horas
en O'Leary Curtís y John Wyse Power
y escribiendo de Dublin, sucio y querido,
de _un modo que ningún negro impresor podría soportar.
[Mierda y basura! ¿Creéis que imprimiré
el nombre del Monumento Wellington,
Sydney Pararle y el tranvía de Sandymount,
la pastelería de Downes y el dulce de Williams?
¡Que me maten antes ... que me cuelguen!
¡Hablar de los nombrt, de lugam irlandeses!
Me asombra, por Dios,
que olvidara mencionar Curly's Hole.
[ ... ]'•.
Las referencias son muy concretas, y a nadie se le escapa­
ban, en la época, las alusiones tan directas a personajes y
lugares sobradamente conocidos.
Joyce tendría que esperar aún hasta finales del año si­
guiente para que renaciera la esperanza de ver su libro
editado, cuando Richards volvió a expresarle su interés
en publicarlo. Y Dublineses vio por fin la luz en junio
de 1914, pocos meses después de que el Retrato del artista
adolescente empezara a publicarse en la revista Tbe Egoist
el 2 de febrero, coincidiendo con su trigésimo segundo
cumpleaños), gracias a la intermediación de Ezra Pound
y el apoyo de Y eats.
En estos años de incertidumbre (1905­1914) sobre la
publicación de Dublineses la vida de Joyce conoció tam­
bién varios altibajos. Ya se ha dicho que durante su estan­
cia el primer año en Pola y Trieste completó el manuscri­
to, y que en 1906 compuso «Dos galanes» y «Una peque­
ña nube», y en 1907 «Los muertos», que se añadieron a
los doce cuentos primitivos, así como que en los prime­
ros años reelaboró algunos otros, como «Arcilla», «Un
caso doloroso» y «La gracia». Pero de hecho la mayor par­
te de este tiempo la pasó el escritor tratando de componer
otra novela; al principio era Stephen el héroe, que luego
abandonó para dedicarse de lleno al Retrato del artista ado­
lescente. Fueron años muy difíciles, de enorme desaliento,
hasta el extremo de que ­como cuentan sus biógrafos­
la interrupción de Stephen el héroe parece haberse ocasiona­
do en una pelea con Nora en Trieste, que acabó con Joyce
enfurecido quemando el manuscrito en una estufa. Algo
se salvó gracias a Eileen, una hermana del escritor, que
estaba presente, y que se lanzó sobre la estufa, rescatando
lo que pudo, aunque se quemaron unas quinientas ho­
31
El texto íntegro del poema se recoge en Tht Portabie james J�u,
op. cit., págs. 660­662.
[35)
jas32• En 1907 comenzó definitivamente con el Retrato,
cuyo primer capítulo estaba acabado hacia finales de no­
viembre.
En estos tres primeros años en Trieste nacen su primer
hijo, G iorgio ( en 1905), y su hija Lucía ( en 1907), y Joyce
tiene que enfrentarse a problemas económicos importan­
tes, de modo que compagina la enseñanza en la Escuela
Berl itz con clases particulares, con algunas conferencias y
con artículos de periódico. Y en 1906 llega incluso a
aceptar un trabajo en un banco de Roma; pero la capital
italiana, a la que llega el 31 de julio de ese año, no le satis­
face en absoluto, y el trabajo ­que al principio parecía
prometedor, pues el salario era bueno y el número de ho­
ras de oficina escaso­ se le hace insoportable. Durante
meses no puede ni siquiera escribir una línea, ni leer, de
modo que en marzo de 1907 regresa a T rieste para dar
clases particulares, porque su solicitud de reingresar en la
Escuela Berlitz es rechazada. Gracias a la ayuda de su her­
mano Stanislaus, que vive con los Joyce a partir de 1905,
la familia logra salir adelante. En estos años difíciles,
uando las fru�acione_s_con la. pub"ltcac1ón deDub7¡;;;;¡; y
/los prob emas económicos se acumulan, Joyce se da­a la
) bebida con asiduidad, provocando las naturales tensiones
familiares y.el agravamiento de so salud. En julio de 1907,
por ejemplo, tiene que ser hospitalizado, con fiebre reu­
mática; y en 1908 sufre un ataque agudo de iritis, causado
aparentemente por el exceso de alcohol, lo que perjudica
notablemente su visión, que se agravará hasta extremos
·
muy peligrosos con los años.
32 ElIncidente se detalla en el artículo de Bozena Berta Delirnata,
«Reminiscences of a Joycc icce», editado por Virginia Mosclcy en/ames
JoyceQuart,r!J, 19 (otoño de 1981), págs. 45­62 (véase pág. 45). Y así lo
recogió también con anterioridad Richard Ellmann en su biografía.
Pero hay otra versión anterior, según la cual fue la propia ora la que se
lanzó a recoger las hojas que pudo; así figura en el catálogo de Sylvia
Bcach, a quien Joycc entregó el manuscrito de esta obra. Beach anotó en
su catálogo que: «Cuando el manuscrito volvió a su autor, después de
que el editor número veinte lo hubiera rechazado, lo tiró al fuego. del
que la señora Joyce, con riesgo de quemarse las manos, rescató estas páginas» (cit. por Thcodore Spenccr en la introducción a su edición de
St,phen Hero, Londres, Four Square, 1966, pá�. 9).
(36)
La situación es tan difícil en estos primeros años que
en 1909 Joyce decide volver a Irlanda, con la disrnlpa �e
dar la oportunidad a su familia de conocer a su prtmoge­
nito y para firmar el contrato con George Roberts y
Maunsel & Co., aunque anhela secretamente, y busca
también, la posibilidad de encontrar trabajo en la Univer­
sidad, dando así por finalizado el exilio. Se reúne con sus
amigos de la Universidad y se siente desolado: todos ellos es­
tán bien empleados y llevan una vida muy acomodada; p�ro
lo más desagradable se presenta en el encuentro con V in­
ccnt Cosgrave, al que no le iba tan bien como a los demás.
Este guardaba un profundo rencor hacia Joyce porque
había intentado sin éxito, cinco años antes, robarle a
ora. Ahora Cosgrave tiene ocasión de vengarse, expli­
cándole al escritor que Nora salía con él cuando Joyce
pensaba que estaba ocupada en su trabajo en el Hotel
Finn; esto hace que Joyce enloquezca de celos, y escriba a
Nora exigiéndole pruebas de su fidelidad y de que Gior­
gio es hijo S.);!Y.9_Y no de Cosgrave. La angustia de Joyce se
carma finalmente con la ayuda de su amígo B rne d�u
e reconc1 1a a re resar el
ht:rrríañ'o Stamslaus, y a ar
re. eses mas t¡¡; e,..cuaa o
a� n
e a u in para montar el primer cine en la
Jo
ciudad (el Vol ta), le escribe a Nora unas eróticas cartas de
amor, en las que revela abiertamente ­en un lenguaje
que raya lo pornográfico­ la pasión que siente por ella.
Este incidente con ora, que es el más famoso y el que
más ha trascendido ­y que también se refleja en la fic­
ción, como puede constatarse en Exiliados y en Ulises­ es
sólo una muestra más de la inestabilidad sico!égi_ca en la �
ue vive o ce en estos años. Hay ocasiones, orno rnani­
C'S d'í'iaenc a conservada, en que el escritory
fiesta
I ora se p antean seriamente la separación tal es el grado
de deterioro ue conoéén sus re.la.�ones,
Pocas son1as satisfacciones en este duro tiempo de es­
pera hasta la publicación de Dubiineses; entre esas pocas se
cuenta la amistad con Ettore Schmitz (conocido por su
pseudónimo literario !talo Svevo), un acomodado hom­
bre de negocios de Trieste, más de veinte años mayor que
[37]
Joyce, al que el escritor irlandés le da clases particulares
de inglés. A partir de 1907 Joyce y Svevo mantienen una
amistad importante, que contribuye mucho al relanza­
miento del escritor italiano, animado por los elogios de
Joyce; pero también para el escritor irlandés la relación
con Svevo es decisiva, pues a este conocimiento debe Joy­
ce buena parte de su personaje de Leopold Bloom en Uli­
ses, Y.ª su esposa Livia el nombre, y el pelo largo, del per­
sonaJe de Fmnegans Wake, Anna Livia Plurabelle. En algu­
na_ ocasión, además, Svevo ayudó también a Joyce econó­
micamente.
La otra satisfacción importante de esta etapa es el con­
tacto,� partir de diciembre de 1913, con Ezra Pound, que
le escribe a Joyce por recomendación de Yeats, ofrecién­
dole la revista Tbe Egoist como canal de pub! icación de sus
escritos. Y como se ha dicho más arriba, en febrero
de 1914 empieza a editarse el Retrato en esa revista, con lo
que Joyce ya alcanza una consolidación y reconocimiento
público considerables y su obra una difusión muy amplia.
A partir de _19) 4, con la_ publicación por entregas del Re­
trato y la edición definitiva de Dublineses, el escritor irlan­
dés recibe un espaldarazo que acrecentará su moral y le
permitirá escribir con más tranquilidad. De hecho, el Re­
trato estaba parado desde 1908, y sólo cuando empiezan a
aparecer las primeras entregas Joyce se pone a acabar los
capítulos cuarto y quinto.
El apoyo incondicional de Pound a partir de esta fecha
será decisivo para la publicación corno libro del Retrato
(en Nueva York en 1916), que también conoció proble­
mas similares a los descritos aquí con respecto a Dubline­
ses,. ¡:>�es el miedo de los impresores seguía impidiendo la
edición de cualquier escrito que contuviera mínimas alu­
siones obscenas. Esta ayuda de Pound, y de los que lo ro­
deaban, como Harriet Shaw Weaver, editora de Tbe
Egoist, díeron nuevas fuerzas a un Joyce profundamente
deprimido por los diez años de exílio y de espera decep­
cionada por ver sus Dublineses en la calle. A partir de aho­
ra nuestro escritor estará mucho más activo, de modo que
hacia finales de 1913 comienza a escribir Exiliados, y poco
después Ulises. Pero nuestro relato debe acabar en 1914,
que es cuando Dublineses ve por fin la luz y el nombre de
Joyce empieza a divulgarse por Europa y América. La
historia del novelista y de sus obras después de 1914 ha
sido contada muy bien por otros, a los que el lector hará
muy bien en acudir».
Mas no dejemos aún Dublineses. Hemos visto lo difícil
que resultó su publicación, los problemas que ocasionó
este libro a su autor, que a punto estuvo de frustrar su ca­
rrera, pero falta por saber qué pasó realmente cuando
se publicó: ¿cuál fue la reacción de la crítica? ¿cómo se
recibió?
Verdaderamente la recepción inmediata no fue entu­
siasta. Puede decirse incluso que casi pasó sin pena ni glo­
ria. Aunque algunos críticos elogiaran el libro o a su
autor (así Gerald Gould en el New Statesman del 27 de
junio, que empezaba llamándolo «genio»)>, en general se
lamentaban de que se hubiera puesto tanto énfasis en as­
pectos triviales y desagradables de la vida cotidiana. En
realidad las escasas reseñas aparecidas no hacían justicia
al libro como producto literario, pues apenas menciona­
ban la tradición realista en la que podía entenderse este
retrato abigarrado de la ciudad de Dublín, salvo la excep­
ción de comparar esta obra con las del novelista y cuen­
tista irlandés George Moore, comparación en la que salía
mal parado Joyce. La queja más generalizada que expresa­
ban las primeras críticas era que Dublineses era un conjun­
to de historias sin argumento, que abordaba aspectos tri­
viales en un estilo plano y monótono.
l3 En español puede el lector recurrir, para Exitiados, a la excelente introducción de Manuel Almagro en esta misma colección (volumen
núm. 93); para Ulises al ilustrativo prólogo de José María Val verde a su
traducción española; y para Finnegan.r Wakt a la esclarecedora y documentada introducción de Francisco Garcia Tortosa a su edición de Anna
Livia Plurabtllt en esta misma colección (volumen núm. 178).
34 Cfr. la reseña de Gerald Gould el 27 de junio de 1914 en el número
111 de New Stalesman (págs. 374­375), recogido en Roben H. Deming
(ed.).jamesf'!Y"· Th< Criti,al Herilage, vol. 1 (1902­1927), Londres, Rou­
tledge & Kegan Paul, 1970, págs. 62­63.
(39)
E_l Times Literary Supplement, en una reseña anoruma
escribía el 18 de junio de 1914 que aunque el título sugi­
nera que la colección de cuentos era un retrato de los ha­
bitantes de Dublín, en realidad era una visión muy par­
cial que se regodeaba en lo desagradable:
Dub/intitJ puede recomendarse a la amplia clase de lecto­
res a los qu: atrae lo gris, porque está admirablemente es­
crito._ El_ �enor Joyce evita la exageración. os deja con la
conv1cc10� de 9ue su gente es como nos la describe. Evi­
tando el énfasis, el señor Joycc se preocupa menos del
�r1sod10 9ue del ambiente que sugiere. Quizá por esta ra­
zones r:nas afortunado en sus historias más cortas. Cuan-
do escribe mas extensamente el asunto parece trivial, y el
hilo conector se hace tan tenue que apenas es percep­
tible ».
Otro crítico anónimo, que escribe para la revista Atbe­
naeum el 20 de ¡un 10, se queja también del tono sórdido de
a_lgunos cuentos, y señala especialmente el estilo natura­
lista del libro. Si bien reconoce que Joyce posee habilidad
narrativa, sentido del humor y que es un maestro en el
mane¡? �e las !;'ªlabras (citando concretamente la belleza
de la ­�!tima pagina de «Los muertos»), acaba criticando
la v1swn sombría que presenta. En contra de la opinión
del lime, Literary Supplement, alaba en especial el último
cuento, en el que ve la esperanza de un novelista con fu­
turo:
los m':jores son sin duda los úJ_timos cuatro, especialmen­
te «Día de la patria en la oficina del partido». El último
de� �ocios, «Los muertos», �ucho �ás largo que el resto, y
teñido de un _tono de patetismo y simpatía más suave, nos
hace concebir la esperanza de que el señor Joyce pueda
intentar una obra mas extensa y más amplia, en la que la
necesidad de afirmar las proporciones de la vida pueda
. " 1tmes Lilera,y S11ppl,menl, 18 de junio de 1914 pág 298·
,rcco­
·
,
RbeHDe·
gid
(19�f%27)
�mg (ed.),James/9ct. Tbe Critica/ Heritag,, vol. 1
rt :
, op. at., pag. 60.
-
obligarle a ampliar su visión y a eliminar escenas y deta­
lles tales que sólo pueden perturbar, sin conmover o ele­
var de ningún modo útil al lector­s.
Este mismo tipo de juicio es el que compartía Gerald
Gould en la reseña mencionada más arriba, que publicó
en el New State1man: «Francamente, pensamos que es una
pena[ ... ] que un hombre que puede escribir así tenga que
insistir tan constantemente como insiste el señor Joyce
en aspectos de la vida que generalmente no se mencio­
nan» 17• De modo análogo se expresaba otro anónimo re­
señador, en las páginas de Everyman: «Maravillosamente
escrito, la fuerza del genio se halla en cada línea, pero es
un genio que, ciego al azul del cielo, busca la inspiración
en el infierno de la desesperacións s, No en vano, las ven­
tas del libro fueron mínimas. Por la correspondencia del
propio Joyce sabemos que en el primer año se vendieron
unos doscientos ejemplares, en el segundo sólo veintiséis,
¡y siete en el tercer año!
La única excepción a este tipo de crítica tibia y purita­
na es la reseña que publicó Ezra Pound en el número 14
de Tbe Egois/3''. Naturalmente, la visión de Pound en nada
coincide con las anteriores. Empieza citando las entregas
del Retrato que ya conocen los lectores de Tbe EgoiJt desde
el mes de febrero, y pasa a elogiar la prosa de Joyce, que
nada tiene que envidiar ­dice­ a la mejor prosa fran­
cesa. Compara el estilo de Joyce, al que califica de «real is­
J<, A1hena,11m, 20 de junio de 1914, pág. 875; recogido por Robert
H. Deming (ed.), James joyct. Tbe Critica/ H,ritag,, vol. 1 (1902­1927),
op. dt., págs. 6 1­62.
.17 G. Gould, op. di., recogido por Robert H. Dcming, ibid., pág. 63.
38 Eve,yman, 3 de julio de 1914, XC, pág. 380; recogido en Robcrt
11. Dcming, op. di., pág. 64. Algunas otras reseñas en esta linea publicaron, sin firma también, Academy, 11 de julio de 1914, LXXXVII,
pág. 49; y lrish Roo/e Looer, vol. VI, núm. 4 (noviembre 1914), págs. 60­
61; reproducidas parcialmente en Robcrt H. Dcming, op. cit., págs. 65 y
68-69 respectivamente .
J9 Ezra Pound, «Dubliners and Mr. James Joyce», The Egoisl, 1, núm. 14
(15 de julio de 1914), pág. 267; recogido en Robert H. Deming, op. tit.,
págs. 66­68.
ta», con el de los impresionistas y alaba especialmente la
condensación estilística del escritor irlandés. En esta eva­
luación Pound señala algunos rasgos de Dublineses que lue­
go, años después, desarrollará la crítica. Por un lado, el
aspecto realista, muy cercano al naturalismo, que se evi­
dencia en estos relatos; pero por otro, el hálito simbólico,
trascendente y universal que lo anima. A pesar de la ex­
tensión de la cita que sigue, creo que merece la pena la re­
producción de algunos fragmentos muy significativos
por lo mucho que dicen sobre la aprehensión de la obra,
que pueden ilustrar y ayudar mucho al lector que se acer­
ca por primera vez a ella:
f ... ] El mérito del señor Joyce, no diré que su mérito prin­
cipal sino su mérito más atractivo, es que cuidadosamente evita contarnos mucho que no queremos saber. Pre­
senta a su gente con agilidad y con viveza, no los trata
con sentimentalismo, no teje circunvoluciones a su alre­
dedor. Es un realista. No cree que la «vida» vaya a estar
bien si eliminamos la vivisección o si instituimos un nuevo tipo de «economía». Nos da las cosas como son. No se
siente atado por la aburrida convención de que cualquier
parte de la vida, para que sea interesante, debe amoldarse
a la forma convencional de una «historia».( ... ] «Araby»,
por ejemplo, es mucho mejor que una «historia», es escri­
tura viva.
Es sorprendente que el señor Joyce sea irlandés. Está
ya uno cansado de los aleteos de la imaginación irlandesa
o «celta» (o «fantasía», como creo que la llaman ahora).
�Joyee­no aletea. Define. No es una institución
deaicada a la promoción de las industrias campesinas ir­
landesas. Acepe un rasero internacional de calidad dj!
� prosa y cumple con él.
Nos ofrece Dublín como presumiblemente la ciudad
es. No desciende a la farsa. No se nutre de la caricatura
dickensiana. Nos ofrece las cosas como son, no sólo en el
caso de Dublín, sino de cualquier ciudad. Basta borrar los
nombres locales, unas pocas alusiones específicamente
locales, y unos pocos hechos históricos del pasado, y sus­
tituirlos por nombres locales distintos, por alusiones y
acontecimientos diversos, y estas historias pcxlrían volver a contarse de cualquier ciudad.
Es decir, el autor es muy capaz de abordar cosas cerca­
nas a él de abordarlas directamente, y sin embargo estos
detalles' no lo absorben, es capaz de alcanzar el elemento
universal subyacente.
d D Las situaciones principales de Madamt Bovary o e ona
Perfea« no dependen del color local o de detalles locales,
ésa es su fuerza. La buena literatura, la buena presenta­
ción ueden ser específicamente locales, pero no d_eben
depetder de lo local. El señor Joyce no present_a «npos»
sino individuos. Quiero decir que aborda emociones co­
las razas. No se dedica al «ca­
munes que se d a n en todas
·
•
.
como un contemporaneo d e
racter ir 1 an d.es». 1 ·· · ] Escribe
los escritores europeos. [ ... ]
.
.
Creo que supera a la mayoría de los escruores !mpre­
sionistas gracias a su selección más �1gurosa, �rac1as a la
exclusión que hace de todo detalle mnecesano. ( ... ]
Para encontrar valoraciones tan deta_lladas Y pos1i�as,
' . �y
ue es rar doce años más, cuando se publica la versi_on
(rancera de Dublineses
(1926), que es, en general, muy bien
la
gala.
.
.
prensa
acogida por
Doce años después apareció, efectivamente, !ª_pnmera
. . de D11bli11eses que se hizo al frances. Gens de
tra d uccion
'
.
· L b d es­
Dublin, con un interesante prologo_ de Valery ar au J,
critor y crítico francés que ayudana inmensamente a oy­
al ma­
cev': le siguen la traducción rusa, en 1927, luego l_a_ �
oue se publica en Suiza en 1928; a contmuac1on .ª ¡a­
na nesa
y la sueca, ambas en 1931, seguidas de la iraliana,
: Milán
en 1933. Casi todas ellas fueran precedidas, sm
embargo: por la traducción del Retrato, Y por la fama del
Ulises, cuya publicación en 1922 des¡:,erto una enorme cu­
riosidad en todos los ambientes hteranos europeos y
t an elaboradas y argumentadas como esta de Poun
americanos.
· d I tra
d
Así ocurrió también en español, pues . espues e. a. ­
..
Dámaso Alonso (bajo el pseudonimo
d uccion en 1926 de
1 �z, té�n�a��
crn
· _ánd
40 Gens dt Dublin, traducción de ':f va rV
'
Jacques-Paul Reynaud, con prefacio de a ery ar au •
Pion, 1926.
[43]
�t��:;;�
de Alfonso Donado) del Retrato del artista adolescente hubo
que esperar hasta 1942 para una versión completa del li­
bro. Fue traducida por J. Abelló con el título ( con claras
resonancias del francés, aunque no sigue la edición fran­
cesa de 1926) de Cente de Dublín, para la editorial Tartesos
de Barcelona, en su colección «Grandes Narradores Con­
temporáneos», que dirigía Félix Ros. Un año antes, sin
embargo, se tradujo el último de los cuentos: «Los muer­
tos», también en Barcelona, en la editorial Grano de Oro,
a_unque desconocemos el nombre del traductor, que no
figura en el libro. Después se ha traducido, sin contar la
presente edición, hasta tres veces más, por autores
hispa­
noamencanos: en 1945, por Luis Alberto Sánchez, con el
título de Dub/ineses para Ediciones Ercilla, de Santiago de
Chile, aunque se trata de una versión incompleta, pues
faltan los cuentos «Una madre» y «La gracia»; en 1961
por Osear Musiera, bajo el título Cente de Dublín, en Los
Libros del Mirasol, de Buenos Aires; y en 1972 por el es­
cntor cubano Guillermo Cabrera Infante, con el título de
Dub�r,eses, para la editorial Lumen, de Barcelona. Hay
que
resenar, no obstante, que en Santiago de Chile, para la
p_ublicación periódica Hqy, se publicaron versiones par­
algunos cuentos bastantes años antes, en 19 35
ciales de
41•
y 1937 El eco de estas versiones tempranas, o de las pri­
meras traducciones completas al español, fue práctica­
mente nulo, al menos nada de­interés he podido rastrear
en las bibliografías especializadas. No tuvo fortuna en es­
pañol, desde luego, el primer libro de Joyce. Cabría men­
cionar tan sólo un testimonio singular, pero muy tardío,
q_�e es el prólogo de nueve páginas escrito con grandevo­
cron por el novelista peruano Mario Vargas Llosa en la
edición que preparó en 1987 Círculo de Lectores, de Bar­
celona, en su colección «Biblioteca de Plata».
Evidentemente ya no se trata de una primera impre­
sión ni de una reseña crítica, pero me parece que vale la
41
Véa�� los daros bibliográficos completos de:: estas ediciones,
otras recd1c1ones, en el apartado de traducciones españolas
la Bibliografía final.
1 ma traer a estas páginas la opinión de este novelista por
•u carácter excepcional. Vargas Llosa se ocupa especra!­
111 ·nte de resaltar que, aunque el l_ibro_es de «hechura mas
I radicional y tributario, en apanencra al menos, de un
1 ·alismo naturalista que ya para la fecha (1914) era algo
" ' no es en modo alguno
·
. . . una obra menor. Para
.irca1co»
­
­sre novelista, Joyce no se limito a recoger _escru pulosa
.
mente un retrato de su ciudad, sino que la «invento»
el arte de sus palabras. El hecho de que se preocuparai dee
. fiel hasta los más mínimos detalles con la realidad que
escnibía ' evidenciando una obsesión «flaubertiana» con
(des
la documentación, no fue óbice­para que su «rea li1smo», o
«naturalismo» se alejara del de Zola. Citando la opmion
qde�ePound que hemos visto más arriba, Vargas Llosa.cree
la «objetividad» es el gran mérito que posee este libro,
una «objetividad» que no es sólo el resultado ­�el dominio
absoluto de una técnica narratrv�: sino �a_mbren la conse­
cuencia de una finísima percepcron estenca que aparta al
artista irlandés de la tentación moral!z.aMe. Cuando co­
menta el disgusto con el que se �ec1b10 in1�1alme?ted li­
bro por parte de la crítica, debido al caracter sórdido y
desagradable de algunos cuentos, carentes de «mornle¡_a ,
el novelista peruano resalta la proeza ¡oyceana c;le d1�1fi­d (
ediocrjdad de la clase medra e
:'-"-:-��---ente a
Su atractivo no es de índole moral, ni '.'bcdece a conside­
raciones sociales: es estrictamente esteuco. Y que poda­
mos hacer esta distinción es, precisamente, obra del
genio de Joyce, uno de los escasisimos autores contempo­
ráneos que ha sido capaz de dotar a la clase media :­la
· h ero1is m o por excelencia­ de un
y
e 1 ase sin
· ·
. aura heroica
de una personalidad artística sobresaliente, s1gu1en d o
también en esto el ejemplo de Flaubert. A_mbos_ realiza­
ron esta dificilísima hazaña: la di ificac1on arust1ca de
la vida mediocrej>or la sensi 1 1 a con que es recreada
y por la astucia con que nos son referidas sus histerias, la
y
que figura en
42 Mario Vargas Llosa, «Prólogo» a Dublineses, Barcelona, Círculo de
Lectores, 1987, pág. iv.
(45]
rutinaria exi_stencia d_e la pequeña burguesía dublinesa
cobra en el libro_ las d1mens1ones de la riquísima aventu­
ra, de una formidable experiencia humana".
. La capacidad de Joyce para trascender los detalles tri­
viales qu_e _recoge en_ los cuentos, y para escapar de la
tr_ampa facII del s_�nt1mentalismo al que invitan algunas
htstonas: es también para Vargas Llosa una de las habili­
dad7s mas asombrosas del irlandés. Refiriéndose a la de­
crsron de .Eveline de fugar_se con su amante, a la paliza
que le da Farringron a su h1¡0 Tomen «Contrapartidas» y
al llanto.de Gabriel al final de «Los muertos» al descubrir
la relación amerior entre Gretta yMichael Furey, escribe
nuestro novelista:
Son episodios que, en cualquier relato romántico esti­
mu�arían la ef�sión retórica, la sobrecarga emoci�nal y
plañidera. Aquí, la prosa los ha enfriado, infundiéndoles
una categoría pl�stica y privándolos ele cualquier indicio
y del menor chantaje emocional al
de autocompasmn
44.
lector
Esta línea de pensamiento crítico que observamos en
Var¡r,is Llosa, y que podemos decir que parte en buena
medida de los acertados juicios de Pound en 1914, es la
que predomina en la recepción francesa de la traducción
de 1926. Tanto en la introducción de Larbaud, que señala
la deuda de Joyce en este libro con el naturalismo francés
(aunque destacando las diferencias que lo separan con
respecto a Flaubert, Maupassanr, Médan, Zola, Huys­
mans y otr<;'s), como en las reseñas de la época, éste es un
ra��o comun. En Dublinms ­coinciden casi todos los
crmcos­ se nos revela una extraordinaria habilidad na­
rratr�a, que perrnire a su autor compaginar un retrato na­
turalista, sin pretensiones didácticas o moralistas, con
una_ singular capacidad para despertar en el lector moti­
vaciones de mayor trascendencia •s.
41
44
45
Mar!o Vargas Llosa, ibíd., p:ig. viii.
Mario Vargas Llosa, í'bid., p:ig. x.
V Canse, por ejemplo, las reseñas de Edmond Jaloux, «L'csprit des
NATURALISMO Y SIMBOLISMO EN «DUBLINESES»
La crítica académica sobre Dublineses es también escasa
(si la comparamos con la del resto de la obra joyceana)
hasta mitad de los_ años 6_0••; ª.unque "ªr algún trabajo de
los años 40 y vanos de mteres de la decada de los 50 y
I rincipios de los 60, el mayor volumen crítico se acumu­
la a partir de finales de los 60 y en las dos décadas que si­
guen. Ha ocurrido, pues, algo análogo a lo sucedido con
las traducciones: tan sólo después de estudios extensos y
evaluaciones favorables de Retrato del artista adolescente, Uli­
ses y Finnegans Wake, ha vuelto la crítica universitaria su
mirada sobre la obra primera del artista irlandés. Ya hoy,
casi tres décadas después de iniciado el boom académico
sobre Dublineses, no podemos decir que estemos frente a
una obra desconocida o poco estudiada. A·I contrario,
existe en estos momentos una cantidad ingente de traba­
jos sobre este primer libro, como muestra la bibliografía
que se relaciona al final de esta Introducción (y que no es,
ni mucho menos, exhaustiva).
En muchos casos, este tardío acercamiento crítico a
Dublineses, que surge como derivación del conocimiento y
estudio de la obra posterior del novelista, ha ejercido una
livres», en Les Nouvtlles lilliroim (29 de mayo de 1926); de Jacques Chc­
neviCre, «Les Livres, Traduction», en Bibliothtq11t univtntllt el Revue de Ge"'"'' 11 (agosro de 1926), págs. 267­268; de Georges Bourguet en Les Co­
him du Sud (6 de noviembre de 1926), págs. 313­315, recogidas de forma
parcial en el libro de Roben H. Deming citado más arriba, págs. 69­74.
Asimismo interesa mucho el extenso anículo critico de Valéry Larbaud
«James joyce», publicado en Nouvelle Revue Franeaise, XVIII (abril
de 1922), págs. 385­505, reproducido en varios lugares posteriormente I se
recoge en traducción inglesa parcial en la obra de Roben H. Deming
mencionada antes, págs. 252­2621.
46 Un excelente repaso y evaluación de la critica sobre Joyce se encuentra en el estudio de Sidney Fcschbach y William Herman, «The
History of Joyce Criticism and Scholarship», en Zack Bowen y James
F. Careos (eds.), A Companion lo f'!}ít St11dies, Westpon, Connecticut,
Greenwood Press, 1984, págs. 727­ 780; para Dublineses véanse especial­
mente las páginas 742­747.
[47]
gran influencia en ­el enfoque de muchos estudios. Desde
el artículo del año 1944 de los norteamericanos Richard
Levin y Charles Shattuck, en Accen/47, muchos críticos se
han acercado a D11blineses con la intención de rastrear en el
libro los paralelos homéricos con la Odisea, basándose en
las .múhiples referencias que hay en D11blineses a personajes
y srtuaciones que reaparecerán especialmente en Ulises».
Este aspecto de las recurrencias temáticas y de personajes
entre la primera obra y el Ulises ha sido objeto de investi­
gación muy pormenorizada posteriormente, confirman­
do con muchos detalles la idea de que D11blineses no es más
que una parte de esa «obra total» y «única» que es toda la
producción de Joyce. No en vano, como se ha señalado
repetidamente, Ulises fue en principio el proyecto de un
cuento sobre un tal señor Hunter que debería haber for­
mado parte de D11blineses.
Antes de proseguir conviene, sin embargo, que no ig­
noremos la otra obra fundamental de la década de los 40,
que es sin duda el primer estudio de conjunto de la obra
de Joyce .q_ue sigue ten_iendo hoy mucho interés: JamesJqy­
ce: A Cnhcal Introduaio» de Harry Levin. Se publica por
vez P.ri_mera en 1941 (hay segunda edición en 1960), y en
el análisis que se hace de D11blineses, cuento a cuento, se su­
braya la íntima relación que guarda esta colección con
las �bra� posteriores, lo que lleva a Levin a afirmar que
aqu1 esta
47
Richard Levin y Charles Shattuck, «First Flight to lthaca: A New
Reading of joyce's D11blinm», Amnl, 4 (1944), págs. 75­99; reimpreso en
Scon Givcns (ed.),JQJ11tsjoyu: Two DecadesofCriJicism, ueva York, Thc
Vanguard Press, 1963, edición rcv. (!.• cd. 1948), vol. 1, págs. 47­94.
48
La fuente más fidedigna para perseguir estas singulares interrelaciones es el libro de Shari y Bernard Bcnstock Who's Ht WIHn Ht's al
H�mt:. A jamts Joyct Dirtclo'l� _Ur�an�·- Londres, Chicago, University of
Hlinois I rcss, 19�.°- Una v1s1?n �1ntet1ca de estas correspondencias puede hallarse también en el apéndice II de la reciente edición de Tcrcnce
B;own de D11blinests para la editorial Penguin (Harmondsworth, 1992),
pags. 229-232. El lector español podrá seguir estas referencias a través
de las a.b�_ndantes anotaciones a pie de página que he hecho al texto de
esta edición.
la base de toda la obra de Joyce: los encubiertos clímax de
El artista adolescent«, las apariciones alcohólicas del Ulises y
la interminable pesadilla de Finnegan, Wake. Hay que
oír la palabra única en que se contiene toda la historia,
Hay que sorprender el gesto sencillo_ que revela u_na com­
plicada red de asociaciones. [ ... ] Segun este cnrerio, todas
las obras posteriores de Joyce parecen reconstrucciones
artificiales de una concepción trascendental de la expe­
rienciaw.
Hoy este tipo de afirmaciones puede p�recer in�ecesa­
rio, por lo repetidas que han sido en las ultimas décadas;
pero no ocurría lo mismo en el momento en que fueron
hechas. Piénsese, por ejemplo, que en 1931 Edmund W1l­
� n en su célebre I ibro (y excelente, por otro lado) El cas­
1illo de Axe/, donde estudiaba a Joyce junto a Yeats,
.
Valéry, Eliot, Proust, Gertrude Stein y otros, sosterua un
¡uicio con el que hoy difícilmente podemos estar de
ncuerdo. Decia, en efecto gue Ulises «se perfiló como algo
enteramente istmto de cual uiera de los libros primeros
le Joyce, deb e aborda o e e un punto dé'visra dís­
tinto al e si fuera, como los otros, una simple obra de la
namÜiva naturalista»'º· Esfuerzos coiñolos ae Harry Le­
vin, Richard Levin y Charles Shattuck, continuados en l_a
década siguiente por otros críticos, vendrían a desmentir
esta visión restringida de Dublineses.
A lo largo de la década de los 50, efectivamente, hay
varios trabajos de interés que conviene resaltar, pues al­
gunos de ellos marcan la pauta_de investigaci�nes poste­
riores. Por un lado, una obra p10nera, el estudio de 1950
de William York Tindall:Jamesjqyce: His Way of Interpre­
ling tbe Modem World", donde se abordaba la totalidad de
la obra de Joyce desde el punto de vista de la epifanía y se
i11J
Harry U:.vin,Jamesjoyu. lnlroduuión critica, �éxico, Fondo de. Cultu-
ra Económica, 1973 (2.• ed.), trad. de Antonio Cast�o Leal,_ pag: 40.
541 Edmund Wilson, El ,aslillo de Axe/. &1ud1os sobrt /1/eralura 1ma¡,1na/Jva
de 1870­19}0, Madrid, Cupsa Editorial, 1977, trad. de Luis Maristany,
pág. 152.
.
.
51 William York Tindall.Jomesf<?Yce: Hts Woy o/ lnterpn:lmg Jhe Modern
lli'orld, Nueva York, Scribncr's, 1950.
analizaban especialmente los elementos simbólicos; esta
primera obra puede considerarse ya superada, pero cono­
ce una continuación y expansión notables en el libro del
mismo autor A Reader's Cuide to James fl!Yce (1959). En el
primer capítulo se ocupa de Dublineses y empieza desmin­
tiendo la impresión superficial de que estamos ante un
conjunto de historias simples; explica muy bien cómo
hay un tema o idea común (la «parálisis») que aglutina los
quince cuentos y cómo su secuenciación no es casual,
sino fruto de una armonía intencionada, que funciona
bajo el control de unos símbolos canalizados a través de
las epifanías. Tindall niega que el naturalismo evidente
de las descripciones haya de oponerse a su hipótesis sim­
bolista, y sigue las apreciaciones anteriores de Levin y
Shattuck, y las de Ghiselin de 1956 (véase el párrafo que
sigue), ampliándolas con detalles muy sugestivos que des­
cubre en cada uno de los cuentos 52. Ese mismo año apare­
ce también un estudio de conjunto, que dedica especial
atención a Dublineses, el de Marvin Magalaner Time ofAp­
prenticeship: The Fiction of Youngjames fl!Yce, que se ocupa de
señalar el periodo de formación y de aprendizaje de Joyce,
así como el conjunto de influencias que recibe (las lectu­
ras que hace en su adolescencia y juventud, por ejemplo)
y la conformación final que se plasma en sus primeras
obras 51.
Por otro lado, hay tres artículos de esta década que me­
recen también al menos un breve comentario. Uno es un
ensayo corto del poeta y New Critic norteamericano Allen
Tate, titulado «Three Commentaries», e el que se llama­
ba.Ia.atención sobre el método naturalista em
do
r
J9yce. para construir el ent¿amado de sig!lificación sim­
bólica que caracteriza la obra, un tema que ha sido luego
obieto
a ouratamieoto.crítico". De gran interés es
52 William York Tindall, A Reader's Cuide tojamerjoyce, Nueva York,
Farrar, Straus & Giroux. 1959, págs. 3­49.
53 Marvin Magalaner, Time of Apprenlice1hip: The Fiaion of Youngjames
/'!J", Nueva York, Abelard­Schuman, 1959.
54 Allen Tate, «Three Commentaries»,
Revitw, 58 (1950),
págs. 1­15.
s,.,.nu
Nora Joycc en 1920.
asimismo el trabajo pionero ele Brewster Ghiselin,
en 1956, al que aludí en el párrafo anterior. Este estudio
(«The Unity of Joyce's Dublinem>) se centraba en el pro­
blema de la unidad de Dublineses; para este crítico ­como
para otros muchos posteriores­ el libro no es un con­
junto de cuentos o de episodios aislados, sino que hay una
estructura simbólica que puede perseguirse a lo largo de
todo el libro a través de numerosas imágenes y metáforas
que poseen una función unificadora". Finalmente, con­
viene mencionar, en esta linea de énfasis en la unidad es­
tética (más que temática) el artículo de Anthony Ostroff
de ese mismo año (1956), «The Moral Vision in Dubli­
ners», en el que se destaca el propósito joyceano que da
unidad a_ la obra, su intención de «escribir un capítulo de
la historia moral» de su país».
A partir de la década de los 60, como he dicho, la críti­
ca se hace más abundante, y sobre todo a finales de este
periodo adquiere ya una consolidación muy notable. La
corriente simbolista predomina, como puede constatarse
a través de múltiples trabajos en los que se insiste en as­
pectos como las epifanías, la ambigüedad, las metáforas e
imágenes de la «parálisis» de Dublin, la recurrencia de de­
terminados términos muy significativos a lo largo de
todo el libro, etc. Estos elementos son analizados hasta la
saciedad en ensayos de los años 60 de autores como Ro­
bert Boyle (1963), Warren Carrier (1965), Gerhard Frie­
drich (1965), john V. Hagopian (1964), Virginia Mose­
ley (1968), Fritz Seno (1965), Thomas F. Smith (1965),
William B. Stein (1964), Harry Stone (1965), y Florence
L. Walzl (un trabajo de 1962; dos de 1965; y otro de 1966)
(véase la bibliografía final para detalles), o en los
libros de Arnold Goldman de 1966: Tbe joyce Paradox:
Form and Freedom in his Fiction, Maria Elizabeth Kronegger
de 1968: james joyce and Associated lmage Makerr y la colee­
�5 Brcwster Ghiselin, «The Unity of Joycc's Dublinm», Aamt, 16
(1956), págs. 75­88 y 196­213.
sr, Anthony Ostroff, «Thc Moral Vision in D11blí'ntn>>, Wtsltrn Sptuh,
20 ( 1956), pégs. 196­209.
[52]
ron de ensayos de Clive Hart de 1969, que contiene al�­
nos trabajos de esta orientación, además de otr:is d_e tipo
político, biográfico, etc.>". Y a ellos es forzoso anad1r'. ¡:,or
su evidente conexión, los que abordan aspectos religio­
­os, como el libro de Virginia Moseley,Joyce and the Bible
(1967)", y los artículos de Richard Adicks (1968), Ro­
hcrt Boyle (1969), Harold Broadbar (1961 ), Robert Sum­
mcr Jackson (1961 ), F. X. Newman (1966), Car! Nieme­
ycr (1965), Bruce A. Rosenberg (1967) �ritz _Seno
( 1966), Donald T. Torchiana (1968), etc. (vease biblio­
"rafia final).
Aunque, como digo, este tipo de estudios simbólicos y
religiosos es el predominante en la década de los 60, �o
son éstos los únicos aspectos tratados; hay quienes aun
reivindican una lectura abiertamente anti­simbolista del
I ibro, como evidencian los articulosde Robert P. apRoberts
(1966­67), Thomas E. Connolly (1965), T. H. Gibbons
(1967), y Thomas F. Staley (1966). A finales de la década
comienzan a publicarse también estudios de tipo estruc­
rural, que atienden sobre todo a cuestiones de género, de
estilo, retórica, y de estructura narrativa. Aunque estos
temas serán tratados especialmente en las décadas de los 70
y 80, los primeros ensayos en esta dirección se _produ­
cen a finales de los 60; así los trabajos de Robert Bierrnan
( 1966), Seymour Chatman (1969), Ben L. Collins (1967),
M. G. Cooke (1968), Paul Deane (1969) y John Russell
( 1966), entre otros. El final de esta década viene marcado
por la publicación de un texto fundamental, que contri­
buirá mucho a difundir los estudios sobre Dublineses. Es la
edición critica definitiva, con notas, ensayos y bibliogra­
fía, de Robert Scholes y A. Walton Litz, que se publica
en 1969 en Nueva York'".
H Arnold Goldman, Tl.1t joyct Paradox. Form and Frudom in hú Ficlion,
1.ondrcs, Routlcdgc & Kcgan Paul, 1966; Maria Elizabcth Kroncgger,
James Joya and ASJotiattd /"'.ªIJ,' ¡\falur1, Ncw Ha ven, Conn., .Collegc ��d
University Prcss. 1968; y Clivc Hart (cd.),jamts}oyces«/Jublmers». Cnllcal
.
.
l:ssays, Londres, Fabcr and l'abcr, 1969.
Sli Virginia loseky,/�n and tbe Rible, De Ka lb, Northcrn Universiry
1
Prcss, 1967.
5'1 Dubliners: Text, Critirism and Notes, edición de Robert Scholes y
[53]
Las dos décadas siguientes evidencian un reforzamien­
to muy notable de los acercamientos estructurales, estilís­
ticos y narrativos a la obra que nos ocupa, aunque es
cierto que siguen publicándose algunos estudios de tipo
simbolista y religioso. Entre estos últimos cabe destacar
el libro de Epifanio San Juan Jr.,Jamesjoyce and tbe Crafl of
Fiction: An Interpreta/ion oJ ((Dublinem, (1972), así como el
de Roben Boyle, S. J., que abarca toda la obra de nuestro
novelista:Jamesjoyce's Pauline Vlsion: A Catholic Expositiosw,
y que hace una lectura fundamentalmente moral de los
personajes, a los que atribuye virtudes difícilmente acep­
tables en todos los casos. En esta misma línea deben ci­
tarse algunos artículos, como los de ·Bernard Benstock
(1978), Dona Id T. Torchiana (1971 ), Frank Turaj
(1970), Florence L. Walzl (1973 y 1974), y David Weir
(1976), entre otros. Pero son mayoría ­como digo­
los enfoques más formalistas o estructuralistas, además de
otros de tipo histórico­cultural, así como los conectados
a las tendencias más recientes de la teoría literaria, de
los que me ocuparé a continuación. Como ejemplos de los
primeros (formalistas y estrucruralistas), conviene citar
los libros de John Paul Riquelme, Teller and Tale in joyce's
Fiction: Oscillating Perspeclives ( 1983), que cubre toda la pro­
ducción del artista, así como la monografía de 1987 de un
investigador­español, José Antonio Alvarez Amorós, de­
dicada en exclusiva a Dubiineses: En tomo al discurso narratuo
de «Dubliners»>', Entre los ensayos destacan los de Karl
Beckson (1972), Suzanne Ferguson (1978), Sidney Fesh­
A. Walton Litz, Nueva York, VikingCritical Library, 1969;estacdición
incorporaba adiciones y correcciones a la edición de Roben Scholcs
de 1968 para Thc Viking Press, asi como notas y ensayos críticos.
60 Epifanio San Juan, Jr.,Jamesjoyct and Jhe Crafi oJ hcJion. An tnterpre­
lalion oJ «Dúblinen», Ruthcrford, Madison, Teaneck, Fairleigh Dickinson
Univcrsity Prcss, 1972; y Roben Boylc, S. J..)amesjoyct'I PaMlint Viiion: A
Catho/ic Exposilion, Carbondale, Southern lllinois University Press, 1978.
61 John Paul Riquelme, Teller and Tale in Joyce's Fittion: 01cillahitg Penpeaioes, Baltimore, Londres, Johns Hopkins Univcrsity Prcss, 1983; y
José Antonio Alvarez Amorós,. En �orno al discurso ll_ª"ª'�vo de «D11bliners»,
Alicante, Secretariado de Publicaciones de la Universidad, 1987.
[54]
bach (1972), Therese Fischer (1971), A.M. Leatherwood
( 1976), Jerome Mande! (1976 y 1985), L. J. Morrisy
( 1982), Margot Norris (1987), Susan J. Rosowski (1976),
J hn Russell (1972 y 1978), Robert Scholes (1979), Fritz
Scnn (1986), Barbara L. Sloan (1971 ), Thomas F. Sta ley
( 1979), y el número de primavera de 1981 de lajamesjoyce
Quarler(y, dedicado a un estudio narratológico de
«Araby», con aportaciones de Seymour Chatman, Jona­
than Culler y Gerald Prince (véase la bibliografía final
para más datos).
Se ha puesto bastante énfasis en las últimas dos décadas
en los enfoques de tipo histórico y cultural, lo que ha
conducido a variadas aportaciones sobre la realidad his­
l · rica, e incluso geográfica (y topográfica), que está pre­
sente, de una forma más o menos explícita, en Dubhneses.
Como complemento de esta tendencia hay que señalar
también que se han hecho abundantes esfuerzos por es­
larecer las ideas políticas de Joyce, en la medida en que
se reflejan en este libro. A esta línea han contribuido estu­
dios como los libros de Bruce Bidwell y Linda Heffer, Tbe
[oycean W'!J'. A Topographic Cuide to «Dubliners» and ((A Por·
trait of tbe Artist as a You,� Man» (1982), y de Donald
T. Torchiana, Backgrounds far joyce's «Dubtiners» (1986)62;
así como los artículos de C. F. Burgess (1971 ), Margaret
Chesnutt (1979), Paul Delany (1972), Albert J. Solomon
(1971) y Frederick C. Stern (1973).
En la década de los 80 especialmente la producción
crítica sobre nuestro novelista fue, si cabe, aún más im­
presionante, pues coincidiendo con la celebración del
centenario del nacimiento de Joyce (1982) se celebraron
numerosos congresos y simposios, cuyas ponencias se
vieron luego publicadas. No puedo referirme aquí a la
amplía nómina de títulos de este tipo, difíciles de resumir
por lo variado de los enfoques que suelen tener estas
<,2 Bruce Bidwell y Linda Hcffcr, Tbe )oyctan W<!J: A Topographi, CMidt
to «D11bliners» and «A Portrail oJ Jhe Arti.st QJ a Yo11ng Man», Dublín, Wolfhound Press, 1982; y Dona Id T. Torchiana, Badet,roMntÍiforjoyct'I «Dubli­
nen», Boston, Londres y Sydncy, Allen and Unwin, 1986.
[55 J
obras colectivas». Mas junto a estas colecciones de ensa­
yos, esa década, y lo que ha transcurrido ya de la de
los 9?,. han generado un caudal también muy importante
de eritrea ¡oyceana de raíz postestructuralista y feminista.
Merecen destacarse los esfuerzos de movimientos críticos
como el fei:ninista _por leer la obra de Joyce desde esa pers­
pectiva; asr lo testimonian, por ejemplo, los dos libros de
Bonnie Kirne Sc_ottjqyce_and Feminism (1984) y Jamesjqyce
(1987), en especial este ultimo, por el análisis del perso­
na¡e_�e Gretta Conroy en «Los muertos»; así como la co­
lección de ensayos. editada por Suzette Henke y Elaine
Unkeless, _Women rn foyce (1982), que contiene, entre
otros, un interesante análisis sociológico de Florence
L. �alzl sobre la r_educción de_oportunidades que tienen las
mujeres en Dublineses», Hay también otros artículos en
esta lín�a, como el reciente de Earl G. lngersoll (1992),
que aplica e(_��ncepto de ge'.'der a «Los muertos».
La onentac10�. psicoanalítica de raigambre francesa
(Iacaniana y sei1ottca) tiene asimismo un buen represen­
tante en el libro de Beryl Schlossman.Jqyce's Catbolic Co­
med; .o/ Language �1985), que examina la presencia del ca­
tolicismo irlandés en la obra de Joyce, especialmente en
el Retrato, en Ulises y en Finnegans Wake•s, así como en los
recientes artículos de �arl G. l��rsoll (1990) y Carry
Leonard (1991 ). Y la linea de crmca bakhtiniana nos ha
ofrecido también recientemente una formidable lectura
de Dublineses y el Retrato, revelando los subtexros de cultu­
ra pop�lar que subyacen en estos libros; lo ha hecho
R. B. Kershner en jqyce, Bakhtin, and Popular Literature,
<iJ El lector interesado hará bien en consultar la excelente bibliografía
comentada de Thomas F. Sra ley: An Annolaltd Critico/ Bibliogrophy ojjomu
}'!}ce, �ucva �ork, Londres ... , Harvester Whcatshcaf, 1989, que es una
magnifica guia para conocer más sobre estas cuestiones.
M.
Bonnie Kimc Scott,joyrt ond Ft111iniJ111, Bloomington, Indiana Univ��s1ty ,Prcss, 1984; yjamnfoyct, Atlantic Highlands, New Jersey, Huma,
runes I ress, 1987; y Suzctte Hcnke y Elaine Unkeless (eds.) Women ;,,
'
}oyct, Urbana, University of lllinois Prcss, 1982.
<,s_ Bcryl Schlossman,joyct's Catholir Com,dy of Languag,, Madison, Uni­
vcrs1ty of W1scons1n Press, 1985.
[56]
bronides of Disorder (1989)66• Conviene asimismo hacerse
' o de algunas buenas colecciones de ensayos de tenden­
ia post­estructuralista, como la de Colin MacCabe,James
/o ce: New Perspeaiues (1982), que contiene un interesante
nrtículo de Jean­Michel Rabaté sobre Dublineses estudiado
desde la perspectiva de los conceptos postestructuralistas
lcl silencio y la ausencia textual; y también la de Derek
ttridge y Daniel Ferrer, Post­Ytructuralis: Jqyce: Essays from
the French (1984), volumen en el que colaboran, entre
tros, Héléne Cixous, Jacques Derrida o Stephen Heath.
Otra colección reciente, que cubre tanto los acercamien­
tos primeros y más tradicionales como las últimas ten­
dencias criticas es la de Bernard Benston, Critica/ Essoys on
[ames jqyce (1985)".
Parece obvio que en una Introducción de esta natura­
leza no pueden abordarse con detalle todos estos aspectos
a los que apenas ha podido aludirse en las páginas ante­
riores. Tampoco quiero abrumar al lector con datos bi­
bliográficos meramente eruditos. Pero creo que los títu­
los citados, que realmente ­aunque pueda parecer lo
ontrario­ no representan más que una pequeña parte
de lo publicado sobre Joyce, y sobre Dublineses en concre­
to, son suficientemente representativos para dar una idea
de la riqueza interpretativa de la obra que tiene el lector
entre sus manos. Dublineses sigue siendo, casi noventa
años después de haber sido escrito, un texto lleno de su­
gestivas lecturas.
No podemos olvidar, desde luego, que esta obra se
inscribe, en primer término, en una tradición que ­lo
quisiera Joyce o no­ es la de la literatura anglo­
irlandesa. Como toda la producción de este irlandés ge­
66 R. B. Kcrshner.}'!Yce, Bakhtin, and Popular Litera/un. Chronides of Di·
sorder, Chapel Hill y Londres, Thc Univcrsity oí Nonh Carolina Press,
1989, págs. 22­150.
67 Colin MacCabc (ed.),jamesjoyct: N,w Pmp«lirm, Brighton, Susscx,
The Harvester Prcss, 1982; Ocrek Attridgc y Daniel Fcrrer (eds.), Posl­
StructuraliJtJoyce: E.t.r":}Jfrom lhe Frtnch, Cambridge, Cambridge University
Prcss, 1984; y Bcrnard Bcnston (ed.), Critiral Essayson}amts}oyct, Boston,
G. K. Hall, 1985.
[57]
nial, esta colección de cuentos no puede sustraerse al in­
flujo del mundo irlandés. Aunque Joyce se exiliara desde
muy joven y confesara su aversión a su país, negándose a
regresar a él después de 1912, es evidente que Irlanda, y
Dublín especialmente, no están nunca fuera de su mente
y de sus preocupaciones. Aunque la herencia estética que
recibe Joyce proceda más bien de los maestros franceses
del XIX (Flaubert y Maupassant), el género del cuento tie­
ne una amplia trayectoria en el mundo irlandés, al que
Joyce no pudo escapar, desde el maestro de lo fantástico
Le Fanu basta George Moore, pasando por Osear Wilde,
por ejemplo. Aunque Joyce se aparte conscientemente del
mundo rural, tan característico de las populares narracio­
nes de Moore, no puede, sin embargo, abandonar los as­
pectos locales, e incluso el propósito de reflejar en sus re­
latos algo má�que las «aventuras», esto es, los «gritos del
alma» en pala ras de Moore. Sin duda, Joyce da pasos de
gigante en esta última dirección; pero en el fondo de to­
dos sus relatos están las calles de Dublín sus comercios
s�s gentes, su forma de hablar, su catoli�ismo, sus obse�
siones y temores. En los cuentos de este libro asistimos
así, al portento de la congelación de la atmósfera dubline­
sa de principios de siglo; como el propio escritor confesó,
su propósito era escribir un capítulo de la historia moral
de su país. Y aquí está esa parálisis contenida en quince
cuentos sobre Dublín.
Miremos donde miremos, inevitablemente nos encon­
traremos con la religión, que con tanta fuerza domina la
v!da irlandesa, y toda la obra joyceana; desde la primera
historia, «Las hermanas», con la figura enigmática del pa­
dre Flynn, hasta la última, «Los muertos», con su podero­
sa evocación de los monjes cistercienses, todo apunta, en
«Eveline», en «La casa de huéspedes», en «La gracia» ... a
esa. ¡:,resencia omnímoda de la religión, algo que debería
quiza sorprender, dado el agnosticismo confesado del
autor. En estrecha relación con la religión, el propio modo
de ser irlandés, tanto en su lengua y costumbres como en
las act_itudes vitales y en su geografía y topografía, domi­
na el libro. ¿Y qué decir de la historia y la política concre­
[58)
d . 1 rlanda en los albores de nuestro siglo? La dramática
uira de Parnell surge en el trasfondo de este mundo, .Y
1, 1
ofic\j
·cialmente, claro está, en «Día de la patrrnen I�
,1., del partido». ¡Hasta. qué _punto no _agluttna . ame
iodo el mesianismo nacwnahsta en su hdernzgo? ¡unto_�
"' patética caída provocada por el puntantsmo irla!1des.
much?s cnticos
V, órno no, el sexo, como ha� señalado
­desde
ps1coanaht1cas
y fe­
posiciones
I nntemporáneos
muchas
de
las
obsesiones,
de
las
acti­
absorbe
unnistas­r+,
rudes absurdas, de los enigmas de estos cuentos. y a ha­
hl .rnos de ese sexo privado que es desvelado y condenado
iúl I icamente, como le ocurrió a Parnell, o y� nos refira­
� nos a las más recónditas pulsiones autob1ograficas que �e
·rciben en el texto de Dublineses, desde la sordidez Y a
)¡ ·sviación apuntadas casi elípttcamente en «Un encuen­
.,, hasta los celos de Gabril Conroy en «Los i:nuertos».
T do, en fin, huele a Irlanda en este libro, podnamos de­
.
.
cir con paráfrasis hamlettana..
al mismo t1em�, siendo com_o
que,
paradoja
qué
¡Pero
.s un libro tan asentado en la �eahdad h1stonca, topogra­
fica circunstancial de esta ciudad, Dublmeses baya tras­
cend�do el localismo superficial! En él, como en Ultses,
la
de un medio concreto.
hay mucho más que descripción
I o particular no es más que una muestra de lo universal.
; cometeríamos un gran error, una inmensa torpeza, si
�edujéramos la lectura de esta obra a. interpretarla como
una historia moral de Dublin. una h1stona de rnl¡:,ab1h­
dades y de opresiones derivadas de un mundo limitado.
Ahí reside parte del gran conflicto de las lecturas natura­
listas y simbolistas de la obra, que no me correspon?e so­
lucionar (o intentar solucionar) en esta lntroducc1on. El
lector se adentrará pronto en el singu_lar mundo 1oyc_eano
mismo la multitud de evocaciones
mprobará por sí
��: asaltarán su mente a medida que avanc_e en la lectura.
Son imágenes de parálisis las que hallara por doquier,
pues probablemente_ u�a
pero una paradójica parálisis,.
en
mov1m1�nto toda _una sene e
lectura atenta pondrá
la
naturah�ta_, a los de�
descnpcwn.
temas que subyacen ª.
talles más nimios y tnv1ales, a los dialogas mas mtrascen
111
t;
[59]
?entes, y verá entonces surgir ante sí esa parálisis moral
intekctual y espir!tual que atenazaba a Joyce. La im�
tencia, _l� frustración, la represión, la muerte, toda una
«colección de horrores particulares», como escribía Tin­
dall ••, pero también un conjunto de epifanías, de esas sin­
gu41res manifestaciones espirituales de revelación. No ol­
v_1d�os, en fin'. que son epicleti, esto es, transubstancia­
ciones �ue adq�1eren nuevo estado a través de los símbo­
los, de ¡las ambigüedades y de los silencios del texto.
Los silencios, sí, son esenciales en la lectura como nos
han_ mostrado recientemente Jean�Michel Rabaté (1982)
Y. Richard Brown_ (1992). El silencio de lo que no se dice,
sino que se implica y se adivina; el silencio que a veces
su�ge entre los personajes, o el silencio enigmático que
deja la. muerte al pasar. Bajo ese silencio se esconde, para
Rabate ­en su sugestiva interpretación psicoanalítica­
la figura del Otro (en «Un encuentro», por ejemplo); 0 la
Ley del Padre (en «Las hermanas», y en «Contrapartidas»
naturalmente, pero también ­en una interesante lectura
política­:­ en «Día de l_a patria en la oficina del partido»,
donde asistimos al a_sesrnato moral del padre, del mito de
Parnell); o la voz silenciada de la mujer, como en «Los
muertos», donde el secreto de Grerta «ha sido reprimido
t�nto tiempo que no puede realmente articularse por me­
d10 �e la voz, sino que su voz sólo resuena amortiguada a
traves _de los recuerdos y deseos de su maridosw.
¡Cuantas preguntas podemos hacernos si leemos con
atencióntara captar tantos enigmas ocultos detrás de los
silencios. Richard Brown se ha hecho ·algunas con res­
pecto a «Las hermanas». Quizá conviene que el lector las
01ga, reflexione sobre ellas y se apreste ­si no a contes­
tarlas­ sí al menos a intentar formularse otras, tanto en
este cuento como en los que le siguen. Desde la primera
•,11,a de «Las hermanas» ??s encontramos �on_ los tre�
¡ 11,\11
tores términos de paralms, gno111on y stmonta. �Por que
,
el narrador que «ahora me sonaba como si fuese
dice
'""
, 1 nombre de algún ser maléfico y pecam_inoso»? Pero es­
, 11, h mos las preguntas que se formula Richard Brown:
·Cuál es el secreto del cura paralitico que el cuento tan
�nloquecidamente nos incita a perseguir?_ ¿Cómo hemos
de explicar su aspecto «truculento» al monr o el incidente
cuando lo encontraron riéndose en el confesonano?
del incidente del cáliz caído _que
¿Cuál es el significado
enformedad mcipien­
parece ser el primer síntoma de su
te? ¿Es su «parálisis», como ha sostenido Florence W_alzl,
la «parálisis general del loco» consecuencia de la slfilis
hereditaria o adquirida sobre la que a men�do bromean
los estudiantes de medicina de Joyce? ¿O esta, como ot�os
muchos personajes de los cuentos, paralizado por la in­
la culpa de un pecado de in­
gestión de alcohol? ¿Esconde
cesto con sus hermanas, o de deseo pederasta hacia el
niño? ¿Se ha vuelto loco porque, como dicen las herma­
nas, era «demasiado escrupuloso» o, como s'?specha el
niño en la versión anterior, por desesperac,on ante el
contraste entre su «antigua vida» de estudio en R<_>ma y la
falta de inteligencia de su ambiente contemporaneo?'"·
er dición, y de
Que después de décadas de estud_io y �
miles de páginas escritas sobre Dublme!es, _aun haya espa­
io para preguntas como éstas, todav1a sin respuesta, es
­me parece­ un indicio muy esperanzador. Es ev1den­
una obra que, para quien quiera leerla
LC que se trata de
on atención, sigue guardando muchos secretos. Ante. el
lector quedan los enigmas sin resolver. S1gu1endo la_ �n­
vocación de Joyce en Finnegans Wake («¡Shssss! ¡Atencton!
¡El país del eco!») leamos los cuenws, pues, con precau­
ción, con los oídos prestos a percibir los ecos y los si­
lencios.
68 William York _Tindall, A Reader's Cuide tojames}oyct, Nueva York,
Farrar, Straus & Giroux, 1959, pág. 6.
fi9 jean­Michel Rabaté, «Silence in D11blintrs», en Colin MacCabc
(cd.),Ja"!e1f'!}ct.' New Persp«livt1, Brighton, Sussex, Thc Harvestcr Press,
1982, pag. 65.
[60]
10
Richard Brown, James Jo« A
Post:Cultur�lisl Perrptclive� Londres,
Macmillan, «Macmillan Modcrn Novehsts Senes», 1992, pag. 10.
ESTA EDICIÓN
La presente edición ofrece una importante novedad
con res�cto al_ texto español de D11bli11eses. Es una nueva
traducción realtzada especialmente por Eduardo Ch
_
amo
..
rrop_ara esta ocasron,
en una prosa castellana limpia, flui­
da, nea en matt�es y sonoridad, que recoge muy adecua­
damente las mu_lt_1p_Je_s tonalidades del texto original, y
que supera, a rru ¡u1c10, las traducciones anteriores
Al text?, aden:ás, lo acompañan por primera v�z en
una edición espanola un buen número de notas (cerca de
medio millar), que tienen la función de ayudar al lector
en su proceso de desvelamiento de los enigmas de la obra
En esta labor de anotación h_e apuntado aspectos de tod�
tipo, aunque he sido restrictivo con las interpretaciones
¡,�riendo que sea siempre el lector, en el ejercicio de su
rtad, el. que escoja la lectura que más le convenga. La
I
información que se suministra en las notas tiene como
ob!eto, pues, colocar al lector en las c1 rcunstancias más
idóneas para. ejercer esa �area: datos de tipo histórico, cul­
t�ral, geografico, b1ografico, literario, etc. que conoce­
rran los lectores cultos coetáneos y coterráneos de James
Joyce a ¡:>�tnc1p1?s de este siglo. En algún caso, he indica­
d� también hipótesis interpretativas, guiado por un puro
afan informativo, sin pretensión alguna de ejercer in­
fluencia en la lectura que quiera hacerse del texto.
Para estas anotaciones, como para la preparación de
toda la Introducción, he bebido en numerosas fuentes de
las que soy deudor. Es tal el conjunto de la erudición acu­
mulada sobre la figura de James Joyce y su obra que cual­
[62!
quiera que se acerque al corpus joyceano ha de sentirse ad­
nurado, agradecido, y confortado al mismo tiempo, por
l., inmensidad de conocimientos e informaciones aporta­
d.is por la crítica joyceana. Como manifestación de mi
d ·uda, pues, están las notas a pie de página de esta Intro­
ducción, en las que se reconocen los detalles circunstan­
l rales, y ­sobre todo­ la Bibliografía escogida que he
¡ onsultado y recomiendo a los lectores que quieran avan­
1.1r más en la lectura de Joyce, tanto de D11bli11eses como de
vus otras obras.
Pero muy en especial quiero expresar mi deuda con los
libros dedicados hasta ahora a anotar Dublineses, que he
consultado profusamente para realizar mis propias anota­
rones. Son el de Don G ifford: Joyce Annotated: Notes far
«D11bli11ers» and "A Portrait of the Artist as a Yo1111g Man»
(Berkeley, University of California Press, 1982, 2.• ed.),
·I de Patrick Rafroidi: York Notes 011 Dubliners (Harlow,
Longman y York Press, «York Notes», 1985), y el de Ka­
' harine Williams, Brodie's Notes 011 James Joyce's «Dubliuers»
(l .ondres y Sydney, Pan Books, 1986), así como la recien­
1<: edición anotada de Terence Brown ( D11bli11ers, Har­
mondsworth, Penguin Books, 1992), obras que han sido
I undamentales en la confección de las notas de esta edi­
ión, Una deuda también muy importante es la que tengo
·ontraída con las biografías de Richard Ellmann: James
/o ce (Oxford, Oxford University Press, 1982, nueva edi­
ión revisada), verdadero monumento de erudición y
guía básica de todo trabajo que se emprenda sobre el es­
ritor irlandés, y la recentísima obra de Morris Beja:James
Joyce. A Literary Lije (Londres, Macmillan, 1992).
[63]
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