La Resurrección. Resucitar... Hoy puedes elegir el amor, la felicidad, a Dios: Dios es tuyo. Por: P Mariano de Blas La Resurrección de Jesús... Cuando los fariseos vieron que Jesús murió en la cruz y posteriormente fue sepultado, habiendo puesto guardias en la tumba y un sello, reían de felicidad; en cambio los discípulos creían que todo había terminado... Jesús había muerto definitivamente. Sin embargo, Jesús no podía quedar en una cruz ni en un sepulcro. Porque, aparte de hombre, era Dios. Y así, el domingo de Pascua, sin previo aviso, no pidiendo permiso a nadie, salió del sepulcro removiendo la piedra, aterrando a los soldados, asustando a los mismos discípulos y a las santas mujeres. Salió victorioso de la muerte y del sepulcro. ¿A qué se dedicó Cristo Resucitado? Tenía una tarea urgente, la de resucitar a aquellos discípulos y discípulas que estaban espiritualmente muertos por la tristeza y la desesperanza. Vamos a fijarnos en cómo Jesucristo resucita a dos de estos discípulos que iban aquel mismo día a un pueblo llamado Emaús, distante de Jerusalén unos once kilómetros. Se encuentra en el capítulo XXIV de San Lucas desde el versículo 3 en adelante. Dos que se iban porque no había solución. Aquel dicho de “apaga y vámonos” se lo habían dicho a sí mismos: “Regresemos a nuestro pueblo, a nuestra vida de antes, y echemos una página sobre este capitulo, hermosísimo ciertamente, pero que ha concluido de la forma mas trágica; Jesús ya no existe más”. De pronto, un personaje desconocido se les juntó. No sabían quién era, o más bien, el personaje no quería que supieran quién era. Ya hay aquí una primera forma de actuar de Jesús, el Buen Pastor. Se le iban dos ovejas. Va detrás de ellas a buscarlas. El no pensó así de los doce: “Me ha fallado uno: en números redondos no está tan mal: me quedan once. De los otros setenta y dos me quedan setenta, no está tan mal, no importa que se pierdan dos”. Para Jesús no somos números redondos. Cada uno de nosotros somos un ser infinitamente amado, somos una oveja, en este caso perdida, y el pastor deja a las demás, para ir a buscar a la perdida. Iban hablando - dice el Evangelio - de todos estos sucesos. Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús en persona se les acercó, y se puso a caminar con ellos; pero sus ojos estaban impedidos de reconocerlo. Les preguntó: “¿Qué es lo que vienen conversando por el camino?” Es importante como, en todas las conversaciones, siempre Jesús comienza; y suele comenzar con una pregunta, para que se dé una respuesta, y la conversación continúe. Se detuvieron entristecidos; y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿ Eres tú el único en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado en estos días?” Aunque entonces no había medios de comunicación, todo el mundo sabía lo que había sucedido. Habían crucificado al maestro de Nazaret, a Jesús. Él se hizo el desentendido, como si fuera un turista despistado, y les preguntó: ”¿Qué ha pasado?” Le contestaron, haciéndole un reporte de lo sucedido: “Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. ¿No sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron?” Y, al decir esta palabra, palabra terrible, ¡lo crucificaron! no añadieron más, porque realmente no había nada más que añadir. Un maestro que había terminado en la cruz no podía haber terminado peor. Después de esto, expresan la repercusión personal que tuvo esta historia de Jesús: “Nosotros esperábamos, -es decir: ya no esperamos- que Él fuera el libertador de Israel, y, sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto.” Uno se pregunta a qué viene lo de los tres días. ¡Primera llamada! Jesús les había dicho, efectivamente: “Voy a Jerusalén, y voy a morir; pero al tercer día resucitaré.” Lo recordaban, pero no lo creían. Porque, si no, hubieran esperado a que terminara ese tercer día, el domingo. Si se iban, era porque estaban bien convencidos de que esa profecía no se cumpliría jamás. Jesús estaba bien muerto. “Es cierto –añaden- que algunas de nuestras mujeres, en concreto María Magdalena y algunas otras, nos han sorprendido, porque fueron temprano al sepulcro, y no encontraron su cuerpo.” ¡Segunda llamada! Estaban muy bien enterados de que un grupo de madrugadoras fueron muy temprano al sepulcro. Ellas iban con la intención de embalsamarlo de forma que durara muchísimo tiempo. Y se encontraron con el sepulcro vacío, los soldados muertos de miedo, e incluso decían ellas que se les había aparecido. Pero estos dos pensaron: “¡Mujeres desveladas, mentirosas!” Pero fue la segunda llamada. ¿Por qué no fueron a constatar si efectivamente era verdad lo que decían las mujeres? Y sigue el Evangelio: “ Algunos de los nuestros, es decir Pedro y Juan, fueron al sepulcro, y lo encontraron todo como las mujeres decían; es decir: por esta vez no mintieron, pero...-este “pero” tiene una enorme importancia- pero a Él no lo vieron, como diciendo: ¿Lo ven? ¡No hay nada que hacer! Vámonos, Cleofás; ni las mujeres ni Pedro ni nadie tiene razón; está muerto. Incluso puede haber sucedido que hayan robado el cuerpo: todavía peor”. Hasta ahora, han estado hablando ellos, les ha dejado hablar Jesús para que abran su corazón y saquen lo que tiene dentro, toda esa tristeza, toda esa desesperanza. Ahora le toca a Él hablar, y no empieza de una manera muy dulce que digamos, porque les dice: “¡Oh tardos y duros de corazón y de mente, para creer lo que dijeron los profetas!” Yo no sé qué cara pusieron Cleofás y su amigo, ante esta expresión de Jesús, porque era un doble regaño. Ya después amainó su discurso Jesús y les dio una clase de Biblia primorosa. ¡Lástima de grabadora y traducción simultánea, porque Jesús seguramente hablaría en arameo! Vean a quienes regaló Jesús la mejor clase de Biblia que se haya dado jamás: a dos discípulos que se iban, que se marchaban y que, de alguna manera, le daban la espalda. “¿No era necesario -dice Jesús- que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria?” Y empezando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que decían de Él las Escrituras.” Y ahora sucede una cosa muy importante; Jesús no ha permitido que lo reconozcan. Llegan al pueblo, y Él - dice el Evangelio - hizo ademán de seguir adelante. Afortunadamente ahora sí Cleofás y su amigo se comportaron como debían: no sólo lo invitaron a cenar, sino que lo forzaron. La excusa que dieron es la siguiente: “porque es tarde y está anocheciendo”. La verdadera razón era que estaban encantados con Él, y no querían que se fuera. Y Él entró para quedarse con ellos. Cuando estaban sentados a la mesa, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio a ellos. Sólo hasta este momento Jesús se descubre. Cuando hizo el ademán de seguir adelante, era como preguntarles: ¿Les importo? ¿Les intereso? Díganmelo. Y ellos se lo dijeron forzándolo a que se quedara a cenar. Una vez que Jesús vio que les interesaba, se descubre. Dice el Evangelio: “Entonces se les abrieron los ojos, y lo reconocieron; pero Jesús desapareció de su vista”. Esto también tiene sentido, porque era como decirles: “ ¿Qué hacen aquí? ¿Dónde deben estar? Con el grupo. Entonces se dijeron el uno al otro: “ ¿No ardía nuestro corazón en el camino, mientras nos explicaba las Escrituras?” Esta fue la conclusión de aquella conversación con Cristo sin haberlo reconocido, pues creían que era un rabí muy sabio, muy entendido en las Escrituras, pero nada más. Y ahora recapacitan y dicen: “- ¡con razón! - ¿No ardía nuestro corazón? Era Jesús...” Y entonces toda su falta de fe, toda su tristeza todos sus andamios intelectuales se derrumbaron. Y vean lo que dice el Evangelio: “En aquel mismo instante...” O sea no esperaron, no había noche, no había hambre, eran otros once kilómetros de regreso, no importaba. La alegría era tan grande que todas estas dificultades desaparecieron. En aquel mismo instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén donde encontraron reunidos a los Once y a todos los demás que decían: “Es verdad: el Señor ha resucitado, y se ha aparecido a Simón”. Yo me imagino la escena: Llegar aporreando la puerta; los de dentro asustados, unos teniendo pesadillas, Pedro llorando y gimiendo cada vez que un gallo cantaba; era un desorden aquello; y algunos que habían tenido pesadillas, pensarían sin duda que venían ya los soldados de Pilato a meterlos también a la cárcel. Por fin, abren la puerta, alguien encendió una antorcha, y se reunieron todos, y Cleofás y su amigo empezaron a hablar de su experiencia: “que lo vimos...,que en el partir del pan y ... que desapareció”. Algunos decían: “Yo no sé qué ha pasado, Pedro está diciendo que él lo ha visto también”. Pero como nada más lloraba y lloraba, decían: “¡Pobrecito! Está para llevarlo al psiquiatra, no para que creamos lo que está diciendo. Como lo ha negado, ahora siente que lo ve por todas partes. Y la trae con los gallos, porque, como Jesús le prometió que antes de que cantara dos veces el gallo, él lo iba a negar tres veces, por eso llora tanto”. Mientras estaban en esta discusión verdaderamente ardiente y contradictoria, de repente una luz tremenda como de un rayo penentró en el cenáculo donde estaban reunidos. “Estaban comentando lo sucedido - dice el Evangelio - cuando el mismo Jesús se presentó en medio, y les dijo : “La paz esté con ustedes”. Vean lo que dice: “Espantados -pero no era suficiente- y llenos de miedo, creían ver un fantasma”. Quedaron materialmente paralizados, espantados al máximo. “Pero Él les dijo: “De qué se asustan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Vean mis manos y mis pies, soy yo en persona; tóquenme, -no creo que nadie se atreviera a moverse, a tocarlo- convénzanse de que un fantasma no tiene carne ni tiene huesos como ven que yo tengo”. Y, dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero -dice el Evangelio - como aún se resistían a creer por la alegría y el asombro, dijo: “¿Tienen algo de comer?” Alguno un poco más valiente se acercó a la cocina a tomar un pedazo de pescado. “Ellos le dieron un trozo de pescado asado. Él lo tomó y lo comió delante de ellos”. Me imagino a Jesús comiendo de aquel pescado, mirándolos de hito en hito y pensando: “¡No es posible tanta falta de fe!” Me imagino a los apóstoles y a los discípulos cuchicheando entre sí: “¡Es Él!” Pero otros: “¿Y por dónde entró?” “Que tienen razón Pedro y Cleofás y su amigo”. “No; estamos ahora todos alucinados, estamos viendo fantasmas; pero, mira, está comiendo: los fantasmas no comen”. Y, cuando la mirada de Jesús pasaba sobre ellos, se quedaban otra vez callados, no sabiendo qué reacción tener. Faltaba un apóstol, uno a quien la crisis le había llegado muy fuerte: Tomás. Andaba solo, rumiando su tristeza y su desesperanza. Obviamente lo fueron a buscar algunos de los apóstoles, y le dijeron: - ¡ Tomás ! - ¡Qué! - Que hemos visto al Señor - ¿A cual Señor han visto ustedes? - Pues al Señor, a Jesús. - Sí, yo lo vi, yo vi cómo lo crucificaron y lo llevaban al sepulcro. - ¡Que lo hemos visto resucitado! - ¿Cómo? ¿Me pueden repetir? ¿Resucitado? Eso lo creerán ustedes. - Tomás, que lo hemos visto, que traía las señales de los clavos en las manos y en los pies y la señal de la lanzada en el costado. - ¿Ah sí? Pues si yo ... -y vean lo que dice textualmente el Evangelio- “Si yo... no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y no meto mi dedo en ellas y si no meto mi mano en la herida abierta de su costado, no lo creeré!” Me imagino que estas palabras las diría bien alto y bien enojado. Se fue con ellos, lo trajeron medio a la fuerza, y transcurrió una semana larguísima, porque Jesús no aparecía por ningún sitio. Supongo que donde estaba Tomás, había unas discusiones de fe tremendas. Donde estaba Pedro habría por lo menos una comprensión. Cleofás defendiendo con su amigo que lo habían visto. Quizás los que también lo habían visto en la primera aparición ya dudaban, pensando: “Estamos alucinados. ¿Dónde está el Maestro?” Y, de pronto -nos cuenta el Evangelio- Jesús, repitiendo la experiencia, es decir, con las puertas y ventanas cerradas, se presentó delante de ellos. Fue una explosión de luz, un susto inicial, pero ya no tanto como la vez anterior. Todos pensando y comentando: ”Es Él”. ”Que sea Él! Y les dijo las mismas palabras: “La paz sea con vosotros”. Los fue mirando a todos, así poco a poco; seguro que bajaban la vista; no aguantaban aquella mirada de Jesús, pero por dentro la alegría les iba llenando poco a poco hasta no caberles en el cuerpo. De pronto, llegaron sus ojos a los de Tomás: “ Trae tu mano y métela en mi costado, trae tu dedo y mételo en los agujeros de los clavos, las mismas palabras que él había dicho- y no seas incrédulo sino creyente.” Me imagino a Tomás cayendo de rodillas y haciendo un acto de fe realmente primoroso. Lástima que un poco tarde: “!Señor mío y Dios mío¡” No empezó, como a veces nosotros, con excusas: “Tienes que entender que... Señor, fíjate yo..... pues no tenia los elementos a mano para..... estar convencido de que ibas a resucitar. Sí lo prometiste... pero, ¿quién iba a creer semejantes cosas?” No. Se dejó de tonterías y de excusas, y simplemente dijo:” “¡ Señor mío y Dios mío!” Allí murió un racionalista, y nació un hombre de fe. Faltaba uno. ¿Quién faltaba? Uno que nunca llegó a la cita, que podía haber estado allí como Pedro en el Cenáculo en un rincón, llorando su traición, y que hubiera sido perdonado por Jesús, segurísimamente. Pero prefirió seguir el consejo de su mente que le decía: ! No tienes perdón de Dios ! Y Judas tenía perdón, más aun, Jesús se lo ofreció en varias ocasiones, pero él no quiso confiar, y fue y se ahorcó. Pero faltaba otro. ¿Pues, cuantos apóstoles tenía Nuestro Señor? Faltabas tú de resucitar. Debemos pensar que hasta que tú y yo y todos los cristianos no resucitemos espiritualmente, Cristo no ha resucitado del todo. Y por eso, igual que se dedicó a resucitar a los apóstoles, a las santas mujeres, hoy quiere resucitarnos a todos los cristianos. Quiere resucitarte a ti, quiere resucitarme a mí. Ahora bien, ¿qué significa vivir como resucitado? Significa tener el alma llena de certezas, no de dudas. La primera certeza es que te ama infinitamente. Esta certeza es la primera, y, si fuera la única, bastaría para llenar del todo el alma como aquella luz de Jesús al resucitar en el Cenáculo y aparecerse a los Apóstoles; la llenaría completamente de paz, de amor y de felicidad. La certeza de que estará siempre contigo: eso es la Eucaristía: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”- nos dijo Él-. Recuerdo estas palabras tan hermosas de un hombre santo: “¡Cristo es el mejor amigo! El que siempre nos soporta y nos perdona olvidando nuestras pequeñas o tremendas ofensas a su amor. Jesús es el único que nunca falta, que nunca se aleja, ni por las circunstancias, ni por el tiempo ni por las distancias. Si colocamos en Él nuestra base de felicidad, seremos los seguros, los únicos hombres que poseerán la felicidad con certeza inequívoca. ¡Gocen de Jesús con derecho, con seguridad, con plenitud, porque Jesús lo es todo y un todo que no puede morir!” Y continúa diciendo: “Mi experiencia personal ha sido ésta: cuando todo me ha fallado: amistades, ayuda de los hombres; cuando la persecución se ha asomado a mis puertas, entonces lo único que me sostenía era la figura adorada y real de Cristo; y el día de mañana, cuando los hombres se olviden de nosotros, solamente una cruz y en ella Cristo, seguirá abrazando nuestra sepultura, como guardián eterno de una amistad comenzada en esta tierra”. ¿Qué significa resucitar? Tener la certeza de estar salvado, de poder ir al cielo, si quieres. Esta es una realidad hermosísima que nos regala la resurrección de Jesús. Nos vuelve a decir con su rostro divino de resucitado: “Alegraos de que vuestros nombres, tu nombre, están escritos en el cielo”. La certeza de poder vivir la vida lleno de alegría a pesar de todo. La alegría puede más que la tristeza, que el dolor, que los sufrimientos, porque el amor de Dios es infinitamente más poderoso que todas esas tristezas humanas por hondas que sean. Recuerdo aquella expresión de una muchacha en un retiro: “He encontrado a Cristo y, por tanto, la alegría de vivir”. Esta frase es una verdad inmensamente hermosa, una verdad para ella, una verdad para ti, para mí y para todo el que tenga fe en la resurrección de Jesús. Me recuerda la expresión de San Pablo -y aquí hablamos de un apóstol-: “Sé en quién he creído y estoy muy tranquilo”, o esta otra también de un alma en un retiro: “En el alma que tiene a Dios brilla una perenne primavera”. La certeza de triunfar en la vida, si vives con Él. De triunfar en el matrimonio, en la vida profesional, en la vida humana en general. La certeza de triunfar, aunque aparentemente se den fracasos, se den marchas atrás, se den tristezas. Pero Cristo siempre ofrece la gloria, la certeza del triunfo. Hoy todo el mundo quiere triunfar, todo el mundo quiere sentirse realizado, feliz, triunfador. ¿Quién es el verdadero triunfador? El que realmente es amigo y seguidor de Cristo. El que cree en la resurrección de Jesucristo. Resucitar... como Lázaro, significa: dejar a los pies de Jesús todos los pecados, todas las infidelidades, las debilidades, todo lo que te duele. Para todo hay perdón, para todo hay posibilidad de resurrección. !Yo soy la resurrección y la vida! Estas palabras dichas por Jesús resucitado no pueden ser más verdaderas. Para todas las dudas, problemas, dificultades, los no puedo, hay respuesta, más aún, Jesús es la Respuesta. Para todas las ilusiones muertas, hay la posibilidad de resurrección. “He aquí que hago todas las cosas nuevas”. Jesús resucitado repite estas mismas palabras: “Todo será nuevo”. Aquí, de paso, decimos que a Dios no le gustan las cosas muertas, las cosas viejas, las cosas desordenadas, las cosas en tinieblas! Le gusta la luz, le gusta la vida, le gusta la novedad. Dios es alegría, es juventud, es amor, es vida. Para todos los propósitos, los buenos deseos de superarte, de ser mejor, existe la posibilidad de que se cumplan y se realicen. Decía San Pablo: “No soy nada, pero todo lo puedo en Cristo que me conforta”. “Si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?” La certeza de morir en paz. En las manos de Cristo resucitado y de su Madre Santísima. Un cristiano que cree en Jesucristo y en María, muere en los brazos de ambos, y, por eso, la muerte de un cristiano nunca será triste. La certeza de triunfar en tus metas: humanas, profesionales, tus metas apostólicas. Porque Dios, que te ha hecho alma y cuerpo, no sólo te salva el alma, también te salva el cuerpo y todas las cosas relacionadas con la vida humana. Por eso en el Padrenuestro Él nos mandó pedir también el pan nuestro de cada día, no solo nuestra salvación eterna. Resucitar significa llevar tu cirio encendido, que quiere decir vivir con plenitud de alegría y de paz. Recordarás esa maravillosa escena del Sábado Santo, la Liturgia de la Luz, que es tan impresionante, tan gráfica. En medio de la oscuridad hay una hoguera encendida: es el fuego nuevo. Y hay un cirio, una vela grande, que representa a Jesucristo. Se enciende en el fuego nuevo ese cirio representando la Resurrección de Jesucristo. Toda la gente que participa, lleva una velita que va encendiendo por turno en ese cirio, y comienza la procesión hacia la Iglesia que está en oscuridad. Precede Jesús, precede la luz, Cristo resucitado. Siguen los demás con su velita encendida, que significa: Todos participamos en la luz de Cristo, en la Resurrección de Jesucristo. Y así se llega a la Iglesia y, por fin, se encienden todas las luces. Esta representación de la luz es lo que realmente sucede en la vida de los que creen en Jesucristo. Su vida en un caminar con una luz encendida. Una Luz que les alumbra a ellos y una luz que alumbra a todos los que van a su alrededor. Por eso, cada cristiano debe de ser un cirio encendido que calienta, que alumbra su propia vida, la de los suyos, y la de muchísimas otras almas. En cambio, cuando una alma está muerta, es como un cirio apagado que ni alumbra ni calienta. Jesús nos prometió su paz: “Mi paz os dejo, mi paz os doy. No como el mundo la da, os la doy yo”. Y esto todos los días de la vida. Resucitar significa vivir tu cristianismo en plenitud, que se podría resumir así: “Soy de Cristo felizmente y para siempre”. Resucitar y vitalizar tu amor a Él; porque ¿qué hombre se cruzó en tu camino, más grande, más hermoso, más digno de tu amor que Jesucristo? Resucitar tu amor a las almas, tu celo apostólico. Primero el deseo de salvar a los que a ti te toca ayudar: una esposa, un esposo, una madre. Por ejemplo, una madre resucitada, llena del Espíritu de Cristo, puede resucitar a toda una familia: a un esposo, a unos hijos y a muchos otros. Si tú realmente resucitas, no resucitas sólo. Igual que, cuando tú mueres, no mueres sólo: siembras la muerte a tu alrededor, también cuando resucitas espiritualmente, siembras la vida y la luz a tu alrededor. Resucitar: todo nuevo, todo como recién estrenado. Cuando uno estrena un objeto, un coche, un vestido, una casa..... cómo se disfruta, cómo los ojos miran y contemplan ese objeto, cómo las manos lo tocan, cómo uno disfruta utilizándolo, poniéndolo en marcha, cómo uno lo cuida, cómo lo mima. ¿Por qué? Porque es un objeto nuevo, y, por eso, se valora, se cuida. Cuando ya empieza una abolladura, un desperfecto, un pequeño choque, ya no es lo mismo, ya se perdió aquella ilusión ¿verdad?- de lo que se estrena. Resucitar significa estrenar todos los días la vida. Cristo te brinda la gran oportunidad, como en los mejores tiempos de tu vida. Todos hemos tenido tiempos muy buenos, no solo malos. Él nos pregunta: ¿Quieres reeditar esos tiempos tan maravillosos que viviste? ¡Yo te doy la oportunidad! Todo comienza, si tú quieres, todo vuelve a empezar. No como Satanás te sugiere: “Estás acabado, estás muerto, ya no tienes remedio, no tienes solución.” Jesús te dice todo lo contrario: ¡Estás vivo, porque yo te doy la vida, para ti todo comienza; si quieres, todo vuelve a empezar..! Resucitar... ¿Quién prefiere la soledad del sepulcro, la tristeza y la muerte? Recuerdo la escena de la Resurrección de Lázaro: Primero Jesús permitió que muriera, y por eso no quiso ir unos días antes para curarlo. Por lo pronto, a las dos hermanas Martha y María les extrañó muchísimo que hubiera curado a otros enfermos, y a su hermano, a su gran amigo no lo quisiera curar. Por fin, cuando está muerto, llega, y le llevan al sitio donde estaba enterrado, al estilo de los judíos. Las dos hermanas le dicen sutilmente, con cierta tristeza: “Si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto”. Esas palabras le llegaron al corazón a Jesús, porque, cuando pidió que le llevaran al sepulcro”, dos veces lloró... Y son lágrimas divinas. ¿Qué significado tenían aquellas lágrimas? Si lo iba a resucitar, ¿por qué lloraba? Él, Jesús, ahora con corazón humano, con sentimientos humanos, asistía no a una muerte, la de un amigo-, sino a la muerte de todos los hombres, con toda la tristeza, todo el dolor que se ha acumulado frente a todas las tumbas. Jesús asistía a tu muerte y a la mía, a la muerte de cada uno de los hombres, y derramó esas lágrimas porque recordaba muy bien que un día había dicho al primer hombre: “Morirás, volverás al polvo del que has salido”. Y ahora, con ojos y sentimientos humanos, veía lo que es la realidad de la muerte de los hombres a los que Él amaba tanto. En segundo lugar da un gran grito a Lázaro para que salga del sepulcro. Uno se pregunta: ¿Para qué grita, si está muerto..? Era un grito simbólico, un grito lanzado a todos los muertos en el alma de todo el mundo; también un grito para ti y para mí. “Lázaro, sal fuera”. Allí pronunció tu nombre, diciendo: “Sal fuera de esa vida de pecado, de tristeza de sepulcro, sal a la vida, a la alegría, a la felicidad; sal a la resurrección verdadera.” Y Lázaro salió del sepulcro. Y pudieron disfrutar de su presencia su amigos, sus hermanas, el mismo Jesús. Pero el dolor que de verdad hizo llorar a Jesús es por aquellos que, al gritar: ¡Sal fuera! le han dicho: “¡No salgo fuera! ¡Prefiero pudrirme en este sepulcro, prefiero estar muerto, prefiero estar aquí que seguirte”. Parece algo terrible, algo inimaginable; sin embargo hay seres humanos así. Lo importante es que tú y yo no seamos de esos. Si hemos sido grandes pecadores y hemos terminado en un sepulcro espiritual, al oír el grito de Jesús, salgamos fuera con todas las vendas y todas las ataduras del pecado, para que Él las rompa, nos purifique y nos dé una nueva vida. Resucitar... Hoy puedes elegir el amor, la felicidad, a Dios: Dios es tuyo. La muerte es el pecado; la muerte es el egoísmo, es la pereza; la muerte es la desesperanza, el “todo me tiene sin cuidado”, el hastío de vivir. Hay tantas formas de muerte en personas que parecen vivas, que caminan por las ciudades y por las calles con el alma muerta. La vida, en cambio, es la gracia y la amistad con Dios. La vida es la entrega a los demás por amor, es la felicidad , es el entusiasmo por los grandes ideales. Habría que dar un pésame profundo a quienes vayan a vivir a su manera, a quienes vayan a querer seguir muertos, a quienes quieran seguir en su sepulcro del egoísmo, del orgullo, de la sensualidad, de la muerte. Y felicitar sinceramente a quienes, con Cristo, resuciten a una vida nueva, diferente, de grandes anhelos, de amor eterno. Cristo resucitó a once de doce apóstoles; resucitó a los setenta y dos discípulos, a las santas mujeres. A todo el que quiso volver a vivir, Cristo le dio la oportunidad de una nueva vida. Y aquellos hombres tristes, aquellas mujeres apenadas, salieron por el mundo a hablar de Cristo resucitado. Aquellas personas tan humildes, porque eran unos pobres pescadores, casi sin letras, lograron convencer en muy poco tiempo a todo el mundo de Cristo Resucitado. Es necesaria ahora una nueva generación de hombres y mujeres que crean verdaderamente en Cristo resucitado, y lo griten por las calles y las ciudades del mundo entero. Con el mismo convencimiento de aquellos maravillosos primeros cristianos. ¡Es necesario resucitar muertos! Es necesario hacer que la vida se expanda como un fuego en los corazones. Oigamos, por tanto, el grito de Cristo dentro de nosotros: ¡Sal fuera! ¡Sal a la luz, sal a la vida, a la felicidad! Y que ese grito de Cristo retumbe como un trueno en las montañas y en los valles de nuestra alma.
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