LINGÜÍSTICA TEMA 8 PRAGMÁTICA 1. Introducción.- 2. Significado contextual.- 3. El significado intencional.- 4. Teoría de los actos de habla.- 5. Lo dicho y lo implicado (I): El modelo de Grice.- 6. Lo dicho y lo implicado (II): La teoría de la relevancia.- 7. La cortesía lingüística. 1. INTRODUCCIÓN Usamos el lenguaje todos los días; lo usamos descuidadamente, dificultosamente, placenteramente, artísticamente. Tenemos conciencia de usarlo con mayor o menor corrección o efectividad, pero rara vez nos paramos a pensar en el mecanismo oculto que hace funcionar la comunicación, es decir, en los principios que guían el empleo del lenguaje en nuestros diálogos con los demás. Las palabras significan por sí mismas, y, sin embargo, la comunicación exige mu-cho más que intercambiar significados preestablecidos. Piénsese en la diferencia entre preguntar ¿Qué quiere decir esa palabra? y ¿Qué quieres decir con esa palabra? En el primer caso estamos pidiendo una información sobre el lenguaje, que se encuentra, por ejemplo, en el diccionario. En el segundo caso, estamos planteando un problema de interpretación que tiene que ver con la intención del hablante al usar cierta palabra: estamos preguntando por el significado que debemos interpretar en ese contexto. La Pragmática lingüística estudia esa segunda dimensión del significado, analizando el lenguaje en uso, o, más específicamente, los procesos por medio de los cuales los seres humanos producimos e interpretamos significados cuando usamos el lenguaje. El estudio del uso del lenguaje no es nada nuevo (lleva existiendo, probablemente, más de dos milenios), pero la Pragmática es el primer intento de hacer, dentro de la Lingüística, una teoría del significado de las palabras en su relación con hablantes y contextos. El programa de la Pragmática es muy sugerente: se trata de explicar, entre otras cosas, en qué consiste la interpretación de un enunciado, cuál es la función del contexto, qué relación hay entre el significado literal y el significado comunicativo, por qué hablamos con figuras retóricas, cómo afecta la función comunicativa a la gramática de las lenguas. Para estudiar estos fenómenos es preciso volverse hacia el usuario y observar sistemáticamente qué hace con el lenguaje. Somos nosotros los que nos comunicamos, no nuestros mensajes, y por eso puede decirse que la Pragmática trata de nosotros, los hablantes. Así las cosas, la Pragmática se ocupa de estudiar el significado lingüístico, pero no el significado de las palabras y de las oraciones aisladas del contexto, sino el significado de las palabras, oraciones (o fragmentos de oraciones) usadas en actos de comunicación. El significado del lenguaje usado se suele llamar significado del hablante (o sentido), y se caracteriza por ser intencional y depender de las circunstancias en que se produce el acto de la palabra. Las palabras que usamos constituyen casi siempre un esbozo, un dibujo aproximado, una pista, una guía imprecisa y cambiante según la ocasión, guía que tiene la virtud, sin embargo, de suscitar ciertas imágenes mentales en nuestros interlocutores. Si esas imágenes coinciden aproximadamente con las que queríamos provocar, consideramos que nos hemos comunicado. El proceso es muy complicado y cuanto más se lo analiza más se admira uno o una de que la comunicación se realice con tanta frecuencia y fortuna. La Pragmática es, en consecuencia, una disciplina de interfaz, que analiza la conexión entre el sistema lingüístico y los condicionantes cognitivos y sociales que determinan la actividad verbal. No es, por lo tanto, un nivel más de análisis como la Fonología o la Morfología, sino una perspectiva que contempla la interrelación entre lo lingüístico y lo extralingüístico. La noción de significado del hablante se opone a la de significado convencional, a veces llamado literal, que es el que las expresiones poseen por convención, el que comparte toda la comunidad de hablantes y suele estar registrado en gramáticas y diccionarios. Este nivel de significado es estudiado por la Semántica (vid. Tema 6). Problemas como la ambigüedad y la polisemia de ciertas expresiones corresponden al campo de estudio de la Semántica. En un sentido más estricto, la Semántica estudia la correspondencia entre las oraciones y el mundo, es decir, las condiciones veritativas que deben cumplirse para que una oración sea verdadera o falsa. Pero al usarse el lenguaje se producen significados que desbordan el valor veritativo de las oraciones; estos significados residuales, no preestablecidos, deben ser tratados por la Pragmática, que muchos lingüistas ven como un complemento de la Semántica y por tanto como parte de la Lingüística. El proceso de entender literalmente una expresión lingüística es ya bastante complicado, sobre todo cuando el mensaje, aunque sea explícito, es difícil de descifrar por su tema, por su vocabulario, y a veces porque no conocemos suficientemente al emisor o las circunstancias en que fue emitido. En otros casos, el significado convencional de las palabras no es suficiente. Así, algunas expresiones como, por ejemplo, yo, este, allá, mañana, solo significan cuando son puestas en un contexto. Si alguien golpea la puerta y dice Abre, soy yo, debo reconocer la voz para decidir a quién le abriré o no la puerta, ya que la palabra yo no remite a ninguna persona específica, sino que meramente señala al que habla. Yo y otras expresiones similares dejan de referirse al mundo cuando se las saca de contexto: sin un punto de origen (un hablante en su lugar y tiempo, dotado de intención comunicativa) resultan, en cierto modo, vacías. Otras expresiones tienen pleno significado, pero este varía según quién las use, cuándo, y con qué intención. La referencia al mundo de ciertas palabras puede también cambiar. Tibio no significa lo mismo en El biberón está tibio y en La cerveza está tibia: en cada caso la palabra tibio se refiere a una temperatura diferente e implica una serie de cosas diferentes (entre estas, por ejemplo, que el bebé ya puede tomar el biberón, y que es imposible beber la cerveza). La expresión el libro de Rosa no es fácil de descodificar, ya que la relación entre “el libro” y “Rosa” (si Rosa es la autora o es la dueña del libro) depende de principios pragmáticos. Para seleccionar la interpretación correcta de una expresión como esta el oyente debe partir del supuesto de que el hablante está diciendo algo pertinente y comprensible, es decir, debe partir de principios pragmáticos para establecer el significado de la expresión. Una vez que se llega a entender debidamente lo que alguien ha dicho literalmente (lo explícito), falta todavía un gran paso para completar la interpretación de un enunciado. Y es que el sentido que el hablante quiere comunicar tiene, además de una parte explícita, otra implícita: lo que no se dice pero también se comunica. La interpretación de este contenido es el resultado de una operación de descodificación (descodificamos los signos lingüísticos usados) y de la derivación de inferencias: inferimos lo que se nos quiere decir, que no suele estar totalmente explícito. Por inferencia entenderemos el proceso por el que se reconstruyen los vínculos causales que permiten ligar la señal indicial (humo) y el estado de cosas al que esta apunta (fuego). La inferencia está basada, necesariamente, en el conocimiento previo de una conexión natural. En definitiva, la inferencia permite utilizar una información como base para dar validez a otra. 2. SIGNIFICADO CONTEXTUAL 2.1 Oración y enunciado El enunciado es una unidad comunicativa que equivale a la intervención o contribución de un hablante en una conversación, y que puede consistir en una oración completa o en un fragmento de oración. Los enunciados se pueden definir así: unidades lingüísticas (habladas o escritas) que están inherentemente contextualizadas. Aunque no siempre tengan forma de oración, suele decirse, para simplificar, que los enunciados son oraciones puestas en uso, es decir, puestas en contexto.1 Las oraciones tienen significados convencionales (son objeto de la Gramática2). Véase la siguiente oración: (1) El niño está enfermo. Esta oración está compuesta por una serie de elementos gramaticales y léxicos (el, niño, etc.), y estos elementos se han combinado según las reglas de la Gramática (como las de concordancia sujeto-verbo, las del orden de palabras, etc.). Así, en (1) tenemos una oración bien formada porque respeta las reglas gramaticales del español. Si ello no fuera así, diríamos que tal oración es agramatical. Es lo que ocurre en esta versión de (1): (1’) * Niño el está enfermo. 1 Los ejemplos que suelen analizarse en Pragmática son casi siempre representaciones de enunciados, no verdaderos enunciados, ya que carecen de contexto; para interpretarlos debemos imaginar algún contexto, aunque sea mínimo. En los ejemplos propuestos (procedentes, en su mayor parte, de diálogos reales) se pondrán entre paréntesis (cuando sea necesario) algunos datos del contexto. 2 Entendemos la Gramática en sentido amplio: se incluyen en ella la Fonología, la Morfología, la Sintaxis y la Semántica. Volvamos a la oración (1). Para la Semántica, que estudia el significado lingüístico, este consiste en la relación entre las expresiones y el mundo, o, más exactamente, en las condiciones veritativas de la oración: las que deben aplicarse para que una expresión describa una situación de manera verdadera. Así, para explicar el significado de (1), hay que verificar la relación entre la situación descrita y el mundo: el contenido de la oración, llamado “proposición”, es verdadero si el niño real aludido por la expresión el niño está enfermo. Un hecho curioso y sin duda digno de estudio (por eso lo estamos estudiando) es que los hablantes no usan la oración (1) exclusivamente para decir que cierto niño está enfermo, que es lo que la oración significa semánticamente. La oración (1), como parte de un diálogo, es decir, convertida en enunciado, puede tener otros contenidos. Si un padre, por ejemplo, usa esa oración cuando lo invita un amigo suyo a salir, su enunciado puede implicar, entre otras cosas, que no puede salir esa tarde. Las oraciones, una vez puestas en uso, se llenan de significados nuevos, incluso de algunos que contradicen los significados semánticos. 2.2 La codificación del contexto No siempre son nítidas, como se ha dicho, las diferencias entre el significado semántico y el pragmático. Obsérvese, por ejemplo, la siguiente oración: (2) Un librito así les interesará. Tenemos aquí una oración bien formada, de acuerdo con las reglas de la gramática española. No es fácil, sin embargo, establecer el significado o representación semántica de (2), porque algunas de las palabras de la oración no significan nada o significan muy poco fuera de contexto. Esas palabras son así y les. ¿Qué quiere decir así? ¿Qué quiere decir les? Por supuesto, todos los hablantes de español reconocemos esas formas; las podemos encontrar, incluso, en el diccionario, pero el diccionario no nos va a ayudar a entender la oración (2), porque tenemos que saber algo más: necesitamos datos del contexto. Las lenguas humanas poseen elementos gramaticales que codifican algunos aspectos del contexto. Entre esos elementos se encuentran los deícticos. El funcionamiento de los deícticos no se puede estudiar sin acudir a la noción de contexto, porque los deícticos establecen conexiones entre lo que se dice y ciertas entidades del contexto. Les, en el ejemplo (2), se refiere a ciertas personas presentes en el contexto comunicativo. Para asignar referencia a les tenemos que saber quiénes son esas personas. Lo mismo pasa con el adverbio así: no tiene significado pleno si no se lo asocia a un contexto. Son deícticos los pronombres personales, que identifican a los participantes en el acto comunicativo; también lo son expresiones como aquí, allí, ahora, ayer y los tiempos verbales, que relacionan la acción del verbo con un tiempo medido desde el presente del hablante. El futuro interesará solo puede entenderse a partir del presente del hablante que produjo el enunciado: el presente del hablante (y por lo tanto el hablante) forman parte del significado temporal de los verbos. De modo que para interpretar semánticamente (2), que contiene deícticos, debemos insertar la oración en un contexto. Lo mismo pasa con (3) y (4): (3) Yo peso 70 kilos. (4) No, este no, prefiero aquel. Si no sabemos a quién remite yo en (3), mal podremos comprender el significado de la oración y, por tanto, hacer algún juicio sobre su valor de verdad. Igualmente va-cíos de significado, fuera de contexto, resultan las formas este, aquel y el morfema de primera persona en (4). Los deícticos están en el límite entre la Semántica y la Pragmática. ¿Hasta dónde llega la Semántica, y dónde empieza la Pragmática? Para muchos lingüistas, la Pragmática empieza con los deícticos y otros elementos similares, que forman parte de la gramática de una lengua, pero no son independientes del contexto. A partir del momento en que, para asignar significado a las expresiones lingüísticas, debemos recurrir al contexto, estamos haciendo Pragmática. El problema entre la Semántica y la Pragmática es un problema de límites, que podría plantearse así: ¿dónde empiezan los significados contextuales? Las expresiones referenciales como el niño, por ejemplo, en la oración (1), ¿no remiten también a un contexto que hay que conocer para asignar a la oración valor de verdad? ¿Dónde termina la Semántica? ¿Hasta dónde llega el contexto? 2.3 Qué hacer con el exceso Se dijo arriba que muchos lingüistas creen que la Pragmática comienza en los deícticos y otras expresiones similares cuyo significado depende del contexto. Es más: muchos de esos lingüistas creen que la Pragmática empieza y termina en esas expresiones. Su argumento es más o menos así: si se quiere considerar a la Pragmática una de las subdisciplinas de la Lingüística, debe asignársele un objeto lingüístico. Digamos que ese objeto es la porción sobrante de significado, lo que no puede ser analizado por el criterio del valor de verdad. Esa sobra, ese exceso, está parcialmente incorporado a la Gramática en los diferentes subsistemas deícticos (pronombres, adverbios, tiempos verbales) y en fenómenos convencionales, o parcialmente convencionales. Lo que no está en la Gramática no es lingüístico, y por lo tanto no puede ser objeto de una ciencia lingüística. Esta postura es válida, pero deja fuera de la Lingüística muchos fenómenos que, sin embargo, tienen que ver con el lenguaje, con su estructura y su significado. El siguiente enunciado, producido durante una comida, tiene un significado pragmático que no está relacionado directamente con su significado semántico: (5) Estas sopas de verduras quedan siempre un poco sosas, ¿no? Quien hace tal observación mientras toma la sopa no pretende, quizá, informar a sus oyentes de las cualidades generales de ciertas sopas, sino indicar que su sopa está sosa y que le gustaría ponerle sal. La finalidad del enunciado de (5) podría ser pedir sal (sin ofender al que hizo la sopa, por ejemplo), algo que cumple de manera bastante indirecta, pero efectiva, si obtiene como consecuencia que alguno de los comensales lo tome como una petición. Ni siquiera (6) significa lo mismo literal que pragmáticamente: (6) ¿Podrías pasarme la sal? Semánticamente, la pregunta indaga sobre lo que el interlocutor puede o no puede hacer. Pero, pragmáticamente, (6) funciona como una petición de pasar la sal. En (7) el desnivel es todavía más notorio. Supóngase, para seguir con la sopa, que Mafalda, que odia ese alimento, lo prueba y dice, con claras manifestaciones de náusea: (7) ¡Qué rica sopa! El significado de Mafalda no tiene mucho que ver con el valor de verdad de la oración que usa. Si Mafalda dijera la verdad, emitiría algo como ¡Qué sopa más asquerosa! Pero no se trata aquí de decir la verdad, sino de usar el lenguaje de cierta manera, de modo que signifique otra cosa distinta de lo que convencionalmente significan las palabras empleadas. Ejemplos del tipo de (5), (6) y (7) muestran desniveles entre el significado literal y el significado que podríamos llamar “real”, el que el hablante realmente quiere transmitir. No se trata de un mero exceso de significado, sino de un verdadero desplazamiento. El hablante quiere decir algo que está más allá de sus palabras. Y esto sucede todos los días, es parte de nuestra rutina de hablantes. No hay, sin embargo, señales gramaticales que nos orienten. 2.4 El contexto, los contextos Hemos hablado hasta ahora del contexto, sin delimitar esa noción, tan comprensible intuitivamente, y sin embargo tan difícil de definir, porque cada teoría lingüística le da un significado diferente, y los significados técnicos se superponen a los del lenguaje corriente, que también varían. En general, se entiende por contexto, en Lingüística, el conjunto de conocimientos y creencias compartidos por los interlocutores de un intercambio verbal y que son pertinentes para producir e interpretar sus enunciados. Se suelen deslindar tres tipos de contexto: el lingüístico, el situacional y el sociocultural. El primero está formado por el material lingüístico que precede y sigue a un enunciado, y se lo llama a veces cotexto. El segundo tipo, o contexto situacional, es el conjunto de datos accesibles a los participantes de una conversación, que se encuentran en el entorno físico inmediato. Por ejemplo, para que el enunciado Cierre la puerta, por favor tenga sentido, es necesario que haya ciertos requisitos contextuales que son parte de la situación de habla: que haya una puerta en el lugar donde ocurre el diálogo, y que esté abierta, entre otras cosas. Finalmente, el contexto sociocultural es la configuración de datos que proceden de condicionamientos sociales y culturales y que inciden sobre el comportamiento verbal y su adecuación a diferentes circunstancias. Hay regulaciones sociales sobre cómo saludar, por ejemplo, o sobre qué tratamiento o registro lingüístico usar en cada tipo de situación. 3. EL SIGNIFICADO INTENCIONAL Hemos dicho (vid. Introducción) que la Pragmática trata de dar cuenta de los procesos por medio de los cuales los seres humanos producimos e interpretamos significados cuando usamos el lenguaje. Este objetivo está íntimamente ligado a la noción de significado intencional, uno de los pilares teóricos de esta disciplina. Esta noción la podemos comprender mejor si recurrimos a la distinción entre decir, querer decir y decir sin querer. Lo que decimos tiene un significado que depende de las expresiones usadas y está sujeto a un análisis de sus condiciones veritativas; lo que queremos decir tiene fuerza pragmática y es la Pragmática la que conjetura cuáles son los principios que nos permiten configurar e interpretar esa fuerza. Lo que decimos sin querer queda fuera de la Lingüística, en principio, aunque no es un tema ajeno a nuestra disciplina, pues forma parte del contenido transmitido e interpretado. Si alguien nos dice Qué frío hace aquí, interpretaremos naturalmente no sólo el significado de sus palabras, sino la intención con que las dice, lo que nos llevará, por ejemplo, a cerrar la ventana o a encender la calefacción. Comunicarse es lograr que el interlocutor reconozca nuestra intención, y no solamente el significado literal de lo que decimos. Lo que la persona en cuestión comunica sin querer, en el ejemplo, podría ser que está enferma o cansada, o que se siente incómoda por estar donde está, etc. Lo que decimos sin querer, los lapsus linguae y otras gracias y desdichas de la comunicación interesan, sobre todo, a los psicólogos. La Pragmática estudia el significado intencional, lo que uno quiere decir3. El filósofo P. Grice describe el significado intencional, que él denomina no natural (meaning-nn), con la siguiente fórmula (donde H significa “hablante”, O “oyente”, E “enunciado” y z “creencia o acto de voluntad de H”): H quiere decir no naturalmente z cuando profiere E, si y solo si: (i) H intenta que E cause un efecto z en O. (ii) H intenta que (i) se cumpla simplemente porque O reconoce la intención de (i). Interpretar lo que el otro dice es reconocerle una intención comunicativa, y esto es mucho más que reconocer el significado de sus palabras. La comunicación parte de un La intención del hablante puede modificar la palabra más tierna en un insulto y el insulto más duro en una alabanza. Mantiene Sancho sabroso diálogo con el escudero del Caballero de los Espejos que le ofrece una bota de vino: 3 “Y diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho; el cual, empinándola, puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y en acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y dando un gran suspiro, dijo: -¡Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico!” Cervantes introduce en el diálogo de los escuderos una aguda reflexión pragmática sobre cómo la intencionalidad puede convertir la expresión normal de un insulto en una abalanza: -“¿Ves ahí –dijo el del Bosque en oyendo el hideputa de Sancho-, cómo habéis alabado este vino llamándole hideputa? -Digo –respondió Sancho-, que confieso que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle.” acuerdo previo de los hablantes, de una lógica de la conversación que permite pasar del significado de las palabras al significado de los hablantes. El significado intencional se viene estudiando en el ámbito de la Pragmática esencialmente de dos maneras. Una consiste en explicar determinados fenómenos de la lengua recurriendo a ciertas condiciones de su uso (deixis, orden de palabras, estructura de los actos de habla, etc.): aquí la Pragmática complementa a la Gramática: se va de las formas lingüísticas al uso, del lenguaje al contexto. La otra, en cambio, insiste en la comunicación misma, en sus procesos, y considera las formas lingüísticas como un elemento más, junto con otros (esencialmente el contexto), en este juego; se interesa en estudiar el contexto en que se produce el enunciado y que determina en gran parte lo que ese enunciado significa (los principios que guían la comprensión de lo que se comunica implícitamente, como, por ejemplo, el significado irónico). A continuación, examinaremos las teorías más importantes propuestas en uno (teoría de los actos de habla) y otro sentido (modelo de Grice y teoría de la relevancia). 4. TEORÍA DE LOS ACTOS DE HABLA Las explicaciones pragmáticas de algunos fenómenos gramaticales que acabamos empezaron a interesar a los lingüistas a finales de los años sesenta del pasado siglo, cuando se intentó ampliar el modelo de la Lingüística Generativa, centrada, como es bien sabido, en la Sintaxis. Surgieron por esos años varias subespecializaciones o doctrinas (la Semántica generativa, el Análisis del discurso, la Lingüística textual, entre otras) que intentaban dar cabida al hablante en la teoría de la lengua. Tales lingüistas innovadores de los años sesenta encontraron el campo ya cultivado por los filósofos del lenguaje que estudiaban, desde hacía tiempo, los actos de habla. El pionero, entre estos filósofos, fue J. Austin, a quien suele considerarse el iniciador de la Pragmática moderna. Su teoría fue consolidada y perfeccionada por un discípulo suyo, J. Searle. 4.1 Austin: Cómo hacer cosas con palabras La idea central de la teoría de los actos de habla es que el lenguaje no solamente sirve para describir el mundo, sino también, y de modo importante, para hacer cosas. En una serie de conferencias dadas en Harvard en 1955 y publicadas póstumamente en 1962, Austin analizó por primera vez los usos del lenguaje corriente y estableció las bases de la teoría de los actos de habla. En un principio, Austin distinguió dos tipos de enunciados. Por un lado, los asertivos o constatativos, estudiados durante dos mil años por la Filosofía, que se caracterizan por admitir asignaciones de verdad o falsedad. Por otro lado, los realizativos (o performativos), a los que solo pueden asignárseles condiciones de “éxito”. Según esto, (8) es un constatativo y (9) un realizativo: (8) Está nevando. (9) Sí, juro. En los enunciados realizativos se hace exactamente lo que se dice: en el caso de (9), jurar. En este tipo de emisión hablar es, literalmente, hacer (solamente acontece un juramento cuando alguien, en las circunstancias adecuadas, pronuncia la expresión que “realiza” de hecho el juramento). Las lenguas poseen cientos de verbos que son realizativos (o performativos4) explícitos, es decir, verbos que, al ser debidamente usados, sirven para nombrar cierta acción y realizarla a un mismo tiempo. Es lo que ocurre cuando alguien emite, en las circunstancias adecuadas y en primera persona del presente de indicativo: Juro, prometo, declaro, niego, pido, ordeno, bautizo, etc. Estos verbos tienen la propiedad de realizar la acción que enuncian. Al concepto de verdad (correspondencia entre la afirmación de un estado de cosas y ese estado de cosas) se opone, en la teoría de los actos de habla, el de éxito, esto es, el de acción llevada a buen término. La verdad de las oraciones con realizativos, como (9), es inverificable, porque los realizativos no pueden ser ni verdaderos ni falsos, sino solo tener éxito o no, según salgan bien o mal. El realizativo sin éxito procede, no de la mala correspondencia entre el lenguaje y la verdad, sino de no verse satisfechos ciertos requisitos exigidos en la ejecución de cierto acto: la falta de coincidencia entre lo que el enunciado dice que hace y lo que en realidad hace. Así, para que haya matrimonio, el contrayente debe decir Sí, quiero, y no el testigo, ni el actor que interpreta sobre un escenario el papel de contrayente, ni el contrayente a quien todavía no le han preguntado si quiere contraer matrimonio o no... El realizativo hace lo que dice siempre y cuando lo use quien debe, como se debe, donde se debe, cuando se debe, y con quien se debe. Posteriormente, y después de diseñar su teoría de los actos con y sin éxito, Austin retiró su distinción inicial entre actos realizativos (o performativos) y asertivos (o constatativos), para admitir que todos los enunciados, incluidos los que afirman verdades o falsedades, sirven para cumplir actos, aunque no muestren elementos realizativos explícitos. De este modo, Está nevando es un acto de afirmación, aunque no contenga el verbo performativo explícito afirmar. Esto nos permite distinguir la noción de significado de la de fuerza: el significado del enunciado remite a lo que las palabras dicen; la fuerza de la enunciación, a lo que las palabras hacen, como, por ejemplo, afirmar, jurar, pedir, preguntar... El acto por el que se produce significado es locutivo; la fuerza, en cambio, es el poder de hacer, y proviene del acto ilocutivo. A esto se agrega un tercer acto posible pero no siempre identificable, el perlocutivo, por el cual se producen efectos en el interlocutor (por ejemplo, convencerlo, amenazarlo, sorprenderlo...). Consideremos los ejemplos siguientes: (10) Se está tomando la sopa. (11) ¿Se está tomando la sopa? La emisión de ambos enunciados ha sido posible gracias a la realización de los tres actos mencionados. El acto locutivo en ambos puede ser el mismo si predican el mismo proceso (“estar comiendo la misma sopa”) de la misma persona: “hay cierta persona x de la que se dice que está en el proceso de tomar cierta sopa”. El acto ilocutivo es en (10) una aseveración (“el hablante afirma que cierta persona está tomando cierta sopa”), 4 La expresión inglesa performative ha merecido las traducciones, para este contexto, de realizativo, performativo (tal como recogemos aquí) y también ejecutivo. mientras que en (11) es una pregunta (“el hablante pregunta si cierta persona está tomando cierta sopa”). Los actos perlocutivos pueden ser variados y susceptibles de interpretación. 4.2 Searle: actos y reglas Searle (1975), discípulo de Austin, propuso la siguiente clasificación de los actos ilocutivos: 1. Asertivos (o representativos). El objetivo de esta clase de actos es presentar una proposición como un reflejo del estado de cosas del mundo al que se refiere el enunciado (que puede ser el mundo real o un mundo imaginado). Al hacerlo, el emisor se compromete con la verdad de la proposición expresada. La clase de los actos asertivos comprende ilocuciones como afirmar, referir, explicar, informar… El estado psicológico expresado es el de creencia. El grado de creencia, por ejemplo, diferencia las afirmaciones de las conjeturas. 2. Directivos. El emisor pretende que el destinatario lleve a cabo una determinada acción. Esta clase incluye actos como ordenar, pedir, rogar, aconsejar, recomendar, insistir… El estado psicológico expresado es el de deseo y debe remitir a una acción futura del destinatario. 3. Compromisivos. El emisor manifiesta su compromiso de realizar una determinada acción futura. A esta clase pertenecen actos como los de prometer, asegurar, garantizar, ofrecer… El estado psicológico puede etiquetarse como de intención y, por supuesto, es el emisor quien tiene que realizar la acción. 4. Expresivos. El objetivo ilocutivo es expresar sentimientos y actitudes, es decir, el estado psicológico del emisor en relación con el estado de cosas que especifica el contenido proposicional. A esta categoría pertenecen ilocuciones como felicitar, agradecer, complacerse, disculparse, perdonar, insultar… La reacción emotiva tiene por objeto un estado de cosas preexistente. 5. Declaraciones. Por medio de las declaraciones se producen cambios en el mundo cuando se nombran tales cambios. Son ejemplos de declaraciones actos ilocutivos como bautizar, casar, inaugurar, dictar sentencia, contratar… En las declaraciones hay una institución social que respalda la autoridad del emisor. También el rol social del destinatario debe ser el apropiado. Ello explica que en las declaraciones no sea relevante el estado psicológico del emisor, ya que actúa en calidad de su rol social. Dado que se trata de actos institucionalizados, existen fórmulas específicas para realizarlos: son las fórmulas de los contratos, las sentencias judiciales, las tomas de posesión, etc. Para Searle, los actos de habla son las unidades de la comunicación lingüística, y se realizan mediante reglas: “hablar consiste en realizar actos conforme a reglas”.5 Agrupando los actos de habla por géneros (por ejemplo, prometer, ordenar, saludar, agradecer, etc.), Searle se propone enunciar las condiciones que hacen posible realizar esos actos de habla, y extraer las reglas de esas condiciones. Entre las condiciones que permiten realizar con éxito un acto de habla como, por ejemplo, el de pedir, tenemos algunas de tipo general: las que hacen posible la comunicación (por ejemplo, hablar inteligiblemente) y las referidas al contenido proposicional (en este caso, que el contenido de la emisión se refiera a un acto futuro del oyente). Otras son preparatorias (para la petición, el que el oyente sea capaz de hacer lo que se le pide y el que no parezca estar dispuesto a hacerlo espontáneamente). La condición de sinceridad estipula que el hablante desea sinceramente que su interlocutor haga lo que le pide, y la condición esencial es la que hace que una petición sea una petición y no otro acto. Si se dan todas las condiciones anteriores, el acto de habla cuenta como un intento de que el oyente haga lo que se le pide, esto es, como una petición. Las reglas correspondientes a estas condiciones sirven para definir los actos de habla. Estas reglas no son meramente regulativas, sino constitutivas, pues crean o definen una forma de comportamiento. Las reglas constitutivas de jugar al fútbol, por ejemplo, no solo regulan la forma de practicar este juego, sino que crean la posibilidad misma de una conducta que pueda ser etiquetada como “jugar al fútbol”. Esas reglas determinan que, dadas ciertas condiciones, algunos movimientos cuenten como goles, como faltas, etc. Hablar una lengua es también, en gran medida, actuar según ciertas reglas constitutivas, de modo que la emisión de unas formas lingüísticas, dadas las condiciones necesarias, cuente como determinado acto de habla en el marco institucional en que se desarrolla nuestra actividad lingüística. La regla constitutiva del acto de pedir, por ejemplo, extraída de la condición esencial, es que la emisión de una determinada forma lingüística cuenta como el intento de que el oyente haga algo. La historia de la literatura está llena de actos de habla fallidos o nulos a causa del incumplimiento de alguna de estas condiciones. El más famoso es quizás el que hallamos en el Quijote. El acto de armar caballero es una ceremonia que imponía severas condiciones y restricciones y que se resolvía en un enunciado performativo. Cuando el dueño de la venta arma caballero a D. Quijote, no se cumple prácticamente ninguna de las condiciones: ni el oficiante es un caballero, ni la venta es un castillo, ni se velan las armas en una capilla, ni las damas son precisamente vírgenes, ni el libro sobre el que se presta juramento son los Evangelios, sino el libro de asentamiento de la cebada… La gran ironía de la obra cervantina se genera en la contradicción entre la actitud de D. Quijote (que se cree y actúa como si fuera caballero) y el conocimiento del público lector (que tiene conciencia de que no lo es).6 5 Actos de habla, 1980 [1969], p. 31. Un añadido en la fórmula del juramento de los diputados en el congreso (“por imperativo legal”) provocó un conflicto político y una solución benévola del Tribunal Constitucional. Otro ejemplo: El 20 de enero de 2009, durante el juramento como presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama, inducido por un error previo del presidente de la Corte Suprema, John Roberts, alteró el orden de las palabras de la fórmula. Para evitar cualquier problema posterior, el juramento se repitió al día siguiente en la Casa Blanca. 6 Por otra parte, Searle afirma que, cuando usamos la lengua de modo literal, hay una correlación entre la forma lingüística y el acto de habla, de modo que las afirmaciones se hacen usando formas declarativas, las preguntas usando interrogativos, las peticiones usando formas imperativas, etc.: (12) El próximo tren sale a las 16.43. (13) ¿Ha llegado ya el tren de las 16.43? (14) Tráeme el periódico, por favor. En (12) alguien afirma o declara algo (la salida de cierto tren) y usa un esquema sintáctico declarativo (SN + SV y entonación ascendente-descendente). En (13) se pregunta si cierto hecho (la llegada de un tren) ha sucedido o no, y se utiliza un esquema sintáctico interrogativo (SV + SN y entonación interrogativa). En (14) se pide algo y se emplea, para indicar este acto, un esquema exhortativo (uso de imperativo, por favor y entonación específica). Pero son tantos los casos en que los hablantes usan el lenguaje de manera indirecta, no literal, que la teoría debe proporcionar una explicación que dé cuenta, pese a esa falta de literalidad, de cómo siguen realizándose actos de habla reconocibles. Recuérdense, a este respecto, los ejemplos del comensal que pedía sal: (5) Estas sopas de verduras quedan siempre un poco sosas, ¿no? (6) ¿Podrías pasarme la sal? Sus peticiones se realizaban a través de expresar literalmente en (5) una afirmación sobre las sopas, y en (6), una pregunta. Searle explica estos actos de habla indirectos como la superposición de dos actos, uno literal y otro no. El oyente interpreta el “verdadero” acto (el no literal) gracias a su conocimiento del contexto institucional y particular en el que se realiza el acto, y a su capacidad para interpretar (según principios que veremos más adelante; vid. 5, 6 y 7) la intención del hablante al hacer la afirmaciónpetición o la pregunta-petición. No obstante, La clasificación de los enunciados como actos ilocutivos no utiliza criterios de naturaleza gramatical, ni debe equipararse mecánicamente con distinciones de tipo gramatical. Es fácil mostrar que una misma expresión puede emitirse con diferentes objetivos comunicativos (y producir, de paso, diferentes tipos de efectos). Consideremos los siguientes ejemplos: a. Los alumnos llevarán uniforme. b. ¿Por qué no le pones un lazo? La oración a. es gramaticalmente declarativa o enunciativa. En función de las circunstancias en las que se utilice puede contar como la simple descripción informativa acerca de un estado de cosas futuro y, en consecuencia, realizar un acto asertivo o representativo; o puede ser un acto directivo, si se emite como una orden o una recomendación; podría concebirse también como la expresión del compromiso de un hablante, que se hace responsable de que en el futuro el estado de cosas sea efectivamente el descrito. Y lo mismo cabría decir de b.: siendo formalmente interrogativa, puede funcionar como una pregunta que solicita información, o una sugerencia, o una crítica. Así pues, una misma estructura oracional puede vehicular diferentes tipos de fuerza ilocutiva. La falta de correspondencia entre modalidad y fuerza se comprueba también en la dirección contraria. Una misma intención ilocutiva puede transmitirse por medio de diferentes modalidades oracionales. Por ejemplo, en las circunstancias apropiadas, todas las expresiones siguientes pueden utilizarse para insistir en una petición: a. Te he dicho que me pongas un café. (declarativa) b. Ponme ya ese café. (imperativa) c. ¿Dónde está ese café que te he pedido? (interrogativa) Estos ejemplos muestran, pues, que no hay correspondencia sistemática entre tipos oracionales y fuerza ilocutiva. La teoría de los actos de habla ejerció un gran influjo en las nuevas corrientes de la Lingüística, que verían el lenguaje no solamente como la asociación de unos sonidos a unos significados, según quería la tradición saussureana, sino como acción. Aunque Searle no desarrolla la teoría de los contextos (problema que sigue siendo de actualidad en Pragmática), es evidente que las condiciones y reglas de los actos de habla solo se cumplen en ciertos contextos, tanto institucionales como particulares. El hecho de que un porcentaje tan alto de actos de habla no lleve intención de literalidad nos advierte de que el papel del contexto sobrepasa al de las reglas mismas. Piénsese, sin ir más lejos, en las ironías y metáforas de la conversación, o en las “amenazas” o “insultos” tan frecuentes en los diálogos de la intimidad (Te voy a comer a besos; Tú lo que eres es un sinvergüenza). En estos y en otros tantos casos semejantes es el contexto el que permite dar el justo significado a las formas usadas. 5. LO DICHO Y LO IMPLICADO (I): EL MODELO DE GRICE 5.1 El Principio de Cooperación En una famosa conferencia de 19677, Grice sostuvo que hasta ese momento no se había prestado la atención debida a la naturaleza e importancia de las condiciones que gobiernan la conversación. Supóngase, dice Grice, que A y B están hablando de un amigo común C, que trabaja en un banco. A le pregunta a B qué tal le va a C en su trabajo, y B responde: Bien, creo; le gusta trabajar allí, y todavía no lo han metido en la cárcel. Según Grice, lo que B quiere decir, implica o sugiere mediante sus palabras es diferente de lo que dice: lo que dice literalmente, por medio del significado convencional de las palabras, es simplemente que C todavía no ha ido a la cárcel. Lo que quiere decir puede ser, por ejemplo, que C es el tipo de persona a quien tienta demasiado el dinero. Este significado adicional es una implicatura de lo dicho.8 A las implicaturas que, como 7 P. Grice, “Logic and conversation”, recogida en Studies in the Way of Words, Cambridge (MA.): Harvard University Press, 1989. (Trad. esp. «Lógica y conversación», en L. M. Valdés Villanueva (ed.) (1991), La búsqueda del significado. Madrid, Murcia: Tecnos-Universidad de Murcia; pp. 511-529.) 8 La implicatura (término acuñado por Grice) es un tipo de implicación pragmática, que Grice intenta diferenciar de las implicaciones lógicas; estos tipos de implicación, a diferencia de las implicaturas, se en el ejemplo que acabamos de ver, no dependen del significado convencional de las palabras emitidas, las llama Grice implicaturas conversacionales. Para explicar las implicaturas conversacionales, por tanto, no hay que analizar las propiedades semánticas de las palabras, sino los principios que regulan la conversación. En efecto, al procesar información lingüística, se ponen, pues, en marcha dos tipos diferentes de procesos: -Los de descodificación (decoding), que son los responsables de establecer las conexiones entre las expresiones lingüísticas y sus significados; son de naturaleza semántica y están gobernados por las reglas propias de cada lengua. -Los de inferencia (inference) que se activan para combinar las informaciones lingüística y extralingüística que dan lugar a la interpretación de un enunciado en su contexto; son de naturaleza pragmática y dependen del funcionamiento de los sistemas cognitivos humanos. Puesto que los patrones deductivos son comunes a todos los miembros de la especie, la inferencia resulta ser un proceso general, presente en todos los intercambios comunicativos y regidos por las mismas reglas. A través de ellos obtenemos los contenidos implícitos que denominamos implicaturas. Dice Grice que nuestros intercambios comunicativos corrientes no consisten en una sucesión de observaciones desconectadas, ya que esto no sería racional. La conversación comporta, normalmente, un esfuerzo por colaborar con nuestro interlocutor: los hablantes tienen por lo general algún propósito común, más o menos definido, y tratan de alcanzarlo. El principio de cooperación (PC) es el principio general que guía a los interlocutores en la conversación, y que vale también para otros comportamientos. Grice lo formula así: Su aporte a la conversación debe ser, en cada etapa de ésta, tal como lo exija la finalidad o la dirección del intercambio verbal aceptada por ambas partes. “Debemos” comportarnos así porque es lo que los demás esperan de nosotros, y nosotros de los demás. Tan fuerte es esa expectativa que, si el hablante parece no cumplir con el principio de cooperación, el oyente, en lugar de pensar que efectivamente el hablante no cumple, va a pensar que el hablante quiere decir otra cosa. Esa otra cosa será una implicatura, es decir, un significado adicional comunicado por el hablante e inferido por el oyente. Esta pirueta de la comunicación (comunicar sin decir, y contar con que el oyente va a inferir lo implicado) es posible siempre y cuando los hablantes den por descontado el cumplimiento del principio de cooperación. El principio de cooperación comprende ciertas categorías que Grice denomina máximas, que a su vez contienen submáximas. Siguiendo a Kant, Grice enumera las máximas de cantidad, cualidad/calidad, relación y modo, y asigna a cada una de ellas submáximas específicas. Estos principios de comportamiento son los siguientes: MÁXIMA DE CANTIDAD: 1. Que su contribución sea todo lo informativa que requiera el propósito de la conversación. 2. Que su contribución no sea más informativa de lo requerido. infieren exclusivamente a partir del contenido lógico o semántico de una expresión. También debe distinguirse la implicatura de otro tipo de inferencia, la presuposición, que se deriva más directamente del significado semántico de las expresiones. MÁXIMA DE CUALIDAD/CALIDAD: Que su contribución sea verdadera. 1. No diga nada que crea falso. 2. No diga nada de cuya verdad no tenga pruebas. MÁXIMA DE RELACIÓN: Sea relevante.9 MÁXIMA DE MODO: Sea claro. 1. Evite la oscuridad de expresión. 2. Evite la ambigüedad. 3. Sea breve (evite la prolijidad innecesaria). 4. Sea ordenado. Pese a la enunciación imperativa de estas categorías, lo importante para la teoría de Grice no es tanto el cumplimiento de estos supuestos mandatos como el hecho, mucho más interesante, de que los interlocutores actúan como si diesen por descontado su cumplimiento. Sin esta actitud de los hablantes no habría implicaturas, y quizá no habría conversación posible. Las implicaturas conversacionales son supuestos que se originan en que el hablante diga lo que dice en determinado contexto compartido por los interlocutores, y en la presunción de que está observando el principio de cooperación. Supongamos que le digo a mi compañero de despacho: No se enciende Para entender lo que quiero decir, tendrá que decidir, qué es lo que no se enciende: ¿el ordenador?, ¿la pantalla?, ¿el móvil? También deberá seleccionar el sentido correcto de enciende, y así habrá obtenido lo que he dicho, la proposición que he expresado. Pero, además, como me he dirigido a él abiertamente, su tarea interpretativa no ha terminado aquí: ¿con qué objeto le informo de ese hecho? ¿Le estoy pidiendo que me deje utilizar su ordenador? ¿Qué intente ayudarme de algún modo? ¿Estoy simplemente compartiendo con él mi frustración? ¿Qué le guiará a identificar ese contenido adicional que no he hecho explícito? Los seres humanos establecemos conexiones entre los fenómenos que observamos, los combinamos entre sí y también con información almacenada en la memoria, y así vamos afianzando nuestro conocimiento del medio. Es lo que llamamos inferir y consiste en derivar consecuencias a partir de hechos representados. Si mi cepillo de dientes eléctrico no funciona y llevo varios días sin cargarlo, concluyo que al cepillo le falta batería. Desde esta perspectiva, entender un enunciado es haber encontrado la mejor explicación para su emisión, y esto requiere, típicamente, que derivemos contenido adicional que no se ha expresado en el enunciado. Por ejemplo, si un estudiante me dice: Son las doce y media; yo derivo la implicatura de que debo acabar la clase. Se supone que yo, como destinatario, infiero la carga implícita del enunciado, ese contenido adicional que forma parte de lo que denominamos significado del hablante y que el receptor deriva y atribuye a la intención comunicativa del emisor: las implicaturas conversacionales del enunciado. 9 “Relevante”, que tomamos en préstamo del inglés (relevant), significa “pertinente”, “que viene al caso”. Podríamos preguntarnos: ¿por qué decide el emisor dejar parte de lo que quiere comunicar implícito, por qué simplemente no hace explícito todo lo que quiere transmitir? A primera vista, esta última parecería una estrategia más simple y segura de hacerse entender, ya que las implicaturas se obtienen por un cálculo inferencial que puede resultar erróneo. Podría deberse a razones estilísticas, de cortesía, para rehuir la responsabilidad de asumir ese contenido no expresado… Elisenda: ¿Qué te parece? [refiriéndose a una candidata para un puesto de trabajo] Patricia: Creo que es perfecta para el puesto; inteligente, trabajadora, totalmente entregada a la labor. Creo que lo va a hacer muy bien. Elisenda: Me alegro de que te guste. Patricia: Yo no he dicho que me gustara. Las implicaturas no son un adorno o añadido prescindible. La activación de contenido implícito es un fenómeno universal inherente a nuestro comportamiento comunicativo y está anclada en el propio diseño de los sistemas cognitivos que permiten la transmisión de información que nos define como especie. Para empezar, dejar parte de lo queremos comunicar implícito no tiene por qué hacer más costosa la tarea de comunicarse. En principio, a menor articulación fonética del mensaje, menor esfuerzo para el emisor y menor tarea de descodificación para el receptor. De hecho, como señala Levinson (2000), la evidencia psicolingüística indica que la codificación lingüística es, por regla general, el aspecto más lento de la producción y de la comprensión verbal, y son los procesos inferenciales, “milagrosamente rápidos”, lo que permite al emisor minimizar la relativamente costosa tarea de producción articulatoria y descodificación auditiva de la señal, ese “embudo articulatorio” del que habla Levinson. Es cierto que la comunicación implícita comporta riesgos, pero es, en realidad, una forma muy eficaz de transmitir información. De hecho, la explicitud completa en la comunicación verbal no es ni necesaria, ni deseable, ni, en realidad, posible. No es necesaria porque, si el emisor ha hecho bien su tarea, el destinatario tiene los recursos contextuales y las capacidades cognitivas que le permiten inferir el contenido que se ha dejado implícito. No es deseable por ineficaz, ya que haría las tareas de producción e interpretación más lentas y costosas, y tampoco garantiza el éxito en el intercambio. Y no es posible por el propio diseño de las lenguas naturales como sistemas de codificación de información fuertemente infradeterminados con respecto a los contenidos que podemos transmitir. Si observamos más detenidamente este proceso, podemos señalar que las implicaturas se producen en los siguientes casos: a) cuando el hablante obedece las máximas; b) cuando parece no violarlas, pero las viola; c) cuando tiene que violar una para no violar otra a la que concede mayor importancia, y d) cuando viola una máxima deliberada y abiertamente. Veamos algunos ejemplos. 5.2 Ejemplos de implicaturas a) Obediencia a las máximas Los casos de implicatura por obediencia a las máximas son los que requieren menos cálculo por parte del oyente. Supóngase que necesito imprimir cierto documento en un folio que contenga el membrete de la empresa, pero me doy cuenta de que me he quedado sin folios de esa clase. Lo comento con mi compañero de despacho, y este dice: (15) Hay unos cuantos en ese cajón. Entiendo entonces que me los está ofreciendo, pues no sería cooperativo, ni racional, hacer mención de tales folios para no ofrecérmelos. En este caso, simplemente amplío lo que dice mi compañero y saco la implicatura correspondiente. Recuérdense los casos de actos de habla indirectos que consideramos anteriormente, que son semejantes, ya que requieren un cálculo mínimo por parte del oyente. b) Violación encubierta A veces el hablante parece no violar las máximas, lo que puede dar lugar a implicaturas si el oyente cree (como es normal) que el hablante obedece las máximas o al menos que respeta el principio de cooperación. Imagínese la situación siguiente: un sanitario está practicando una sutura a un paciente y muestra cierto nerviosismo, dado que es la primera vez que hace algo así. El paciente le pregunta: ¿Es la primera vez que hace esto? El sanitario responde: (16) No se creería usted la cantidad de veces que lo hecho. Naturalmente, el paciente elabora la implicatura de que el sanitario ha hecho esta operación muchas veces en su vida profesional. El sanitario “juega con las palabras” sin que su interlocutor se percate de ello, pues viola intencionadamente la máxima de modo y la de cantidad. Grice da, entre otros ejemplos, el de una carta de recomendación que contiene información insuficiente para el recomendado. El profesor de Filosofía escribe una carta para un alumno que aspira a ingresar en un programa de doctorado. La carta dice así: El Sr. X asiste siempre a clase, hace puntualmente todos sus trabajos y se expresa con propiedad. La carta da menos información de la esperada, ya que no indica si el alumno tiene talento para la Filosofía. El destinatario sacará la implicatura de que el señor X no tiene ningún talento filosófico. c) Choques entre máximas A veces no podemos dar cierta información sin mentir, y ello porque no la sabemos. Así las cosas, preferimos dar una información aproximada, violando la máxima de cantidad, para no violar la de cualidad. Si me preguntan, por ejemplo, dónde queda la biblioteca y no lo sé con exactitud, diré algo como (17) Queda un poco más hacia abajo, pasando el parque. El oyente, al recibir esta información insuficiente, puede pensar que no quiero cooperar, o, más probablemente, puede sacar la implicatura de que eso es todo lo que sé sobre el asunto. Aunque la máxima de cualidad (“Diga la verdad”) parece ser de jerarquía más alta que las otras, es decir, es la que tendemos a obedecer primero, hay algunos hablantes que prefieren mentir a pasar por poco cooperativos. Si pedimos instrucciones sobre cómo llegar a cierto sitio, por ejemplo, a alguien que debería saberlo (por vivir en el lugar o por otro motivo) pero no lo sabe, puede pasar que recibamos información insuficiente e incluso equivocada, si esa persona es incapaz de admitir su ignorancia. d) Violación patente Finalmente, podemos calcular implicaturas si advertimos que el interlocutor está violando las máximas deliberadamente. Imagínese un diálogo como el siguiente: (18) A. ¿Qué te ha parecido mi conferencia? B. ¡Qué calor hacía en la sala! La respuesta de B contraviene abiertamente la máxima de relación: hay un cambio súbito de tema en relación con la pregunta anterior. A infiere que su pregunta es improcedente, o que B no quiere opinar sobre el asunto, o que la conferencia no ha sido en absoluto del agrado de B. Otro ejemplo de transgresión a las máximas lo constituyen las tautologías. Son fórmulas verdaderas en todo mundo posible, pero constituyen una transgresión de la máxima de cantidad por no resultar informativas. Sin embargo, si oímos un intercambio como el siguiente: A. Me habría gustado ganar el primer premio en lugar del tercero. B. Bueno, un premio es un premio. No pensaríamos que se trata de un hecho que no aporta información, sino que le daríamos a la oración una interpretación distinta. Entre las transgresiones de la máxima de cualidad encontramos figuras retóricas como la metáfora y la ironía. La máxima de modo se incumple cuando, por ejemplo, el hablante hace un circunloquio al hablar, es decir, da muchos rodeos durante su intervención y proporciona demasiados detalles a la hora de explicar algo (Instrucciones para subir una escalera de Julio Cortázar). 6. LO DICHO Y LO IMPLICADO (II): LA TEORÍA DE LA RELEVANCIA 6.1 Introducción La teoría de la relevancia, debida a Sperber y Wilson,10 ha ido ganando aceptación en los últimos años, y hoy en día puede considerarse, junto con los desarrollos del modelo griceano, una de las teorías más influyentes en el ámbito de la Pragmática. Aunque inspirada en Grice, la teoría de la relevancia no puede considerarse una mera extensión de las ideas griceanas, pues propone una manera diferente de explicar el proceso de la comunicación lingüística. La relevancia11 es el principio que explica todos los actos comunicativos lingüísticos, sin excepción alguna: porque damos por descontado que nuestro interlocutor es relevante es por lo que le prestamos atención. Grice mostró que, para hacer posible la comunicación, los hablantes deben tener ciertas expectativas sobre la conducta de sus interlocutores. Según Grice, los hablantes damos por hecho que, en la conversación y en otras tareas que hacemos en compañía, somos cooperativos. Pero ¿por qué somos cooperativos? Según Sperber y Wilson, porque tenemos algo que ganar: conocimiento del mundo. En efecto, a cambio del esfuerzo de dedicar atención, tiempo y memoria a entender lo que nos dicen, recibimos o, al menos, suponemos que siempre vamos a recibir, “efectos cognoscitivos”, es decir, una modificación o enriquecimiento de nuestro conocimiento del mundo. Lo que esperamos de nuestro interlocutor es que tenga la intención de ser relevante, esto es, de decirnos algo que contribuya de algún modo a enriquecer nuestro conocimiento del mundo, sin exigirnos un esfuerzo desmedido de interpretación, porque tendemos a equilibrar ganancia y esfuerzo. Cuantos más efectos cognoscitivos produzca un enunciado, y menos esfuerzo de interpretación exija, más relevante será. Cada enunciado lingüístico intencional viene con una garantía de relevancia. Como -según Sperber y Wilson- todas nuestras actividades informativas se orientan hacia la meta general y abstracta de mejorar nuestro conocimiento del mundo, la garantía de relevancia permite contar con que, si una persona produce un estímulo verbal deliberado, ese estímulo merece nuestra atención y el esfuerzo de interpretarlo, ya que produce los efectos cognoscitivos que nos interesan, a corto o a largo plazo. En nuestro entorno cognoscitivo hay información inmediatamente accesible, que no necesita ser procesada (En este momento está usted leyendo), y hay información totalmente desconectada, que exigiría un gran esfuerzo de procesamiento, quizá en buena parte inútil (El 6 de mayo de 1881 fue un día soleado en Kabul). Un tercer tipo de información es nueva, pero conectada con la que ya tenemos: la conexión provoca más información nueva, que no se hubiera podido inferir sin la conexión. Esta información es la más relevante, pues produce un efecto de multiplicación con menos coste de 10 D. Sperber y D. Wilson, Relevance. Communication and cognition. Cambridge (MA): Harvard University Press, 1986. (Trad. esp.: Relevancia. Comunicación y procesos cognoscitivos. Madrid: Visor, 1994.) 11 Término técnico cuya versión más cercana en el lenguaje corriente sería pertinencia. procesamiento. Recordemos, no obstante, que una información no es relevante en sí misma, sino por la relación que mantiene con el contexto. Los resultados de esta multiplicación se llaman “efectos contextuales”. Una información nueva puede tener efectos contextuales de dos maneras: a) la información nueva permite reforzar la información ya existente en la me-moria; b) la información nueva contradice o debilita la información anterior. Cuando un elemento informativo tiene efectos contextuales en un determinado contexto, Sperber y Wilson lo consideran relevante en ese contexto. El de relevancia no es un concepto absoluto: hay grados de relevancia. Para medir la relevancia de un enunciado debe calcularse la relación entre efectos contextuales y coste de procesamiento. La relevancia puede presentarse como una fracción: Relevancia = efectos cognoscitivos / esfuerzo de procesamiento Según la teoría de la relevancia, lo que quiere decir el hablante está determinado por su intención de ser relevante, y la interpretación del oyente está guiada exclusivamente por la presunción de que lo que se le dice es relevante. La relevancia es el engranaje oculto que pone en relación lo dicho y lo transmitido por implicación, y, del otro lado del circuito, la relación entre lo transmitido y lo interpretado por el oyente. Sperber y Wilson consideran que la Pragmática es la teoría de la interpretación de los enunciados, y destacan el papel fundamental de la inferencia en ese proceso de interpretación. Entender un enunciado tiene dos aspectos: por un lado, se descodifican los signos lingüísticos; por otro, se crea un puente que vaya de lo dicho a lo implicado, y esto no se hace mediante más descodificación, sino mediante inferencias. A Grice debemos la primera elaboración de un modelo que dé cuenta del proceso inferencial. Sperber y Wilson han querido llegar más lejos e intentan dar cuenta de la comunicación mediante un principio no solo único sino también más general y explicativo que las máximas de Grice: el principio de la relevancia. Este principio, por ser cognoscitivo, puede postularse como universal. Una vez que se propone que la conducta lingüística de los seres humanos está fundada en un principio cognoscitivo universal que incluye toda forma de cooperación, las máximas del principio de cooperación resultan superfluas: basta con el principio de relevancia para explicar la comunicación lingüística. Este principio, a diferencia de las máximas, no admite ser seguido o violado: los hablantes no “respetan” el principio de relevancia, ni lo pueden violar por más que quieran, ni tienen que conocerlo, ni aprenderlo: se aplica a todos los actos de comunicación, sin excepción. De hecho, la evolución da forma al fenómeno de la relevancia: la atención del animal se dirige a los estímulos del entorno que le proporcionan información crucial. Por supuesto el hablante puede fracasar en un intento comunicativo y no ser relevante. Lo que basta es que transmita, con su enunciado, la presunción de que este es óptimamente relevante, porque esa relevancia determina la interpretación de dicho enunciado. 6.2 Inferencias y contexto La inferencia es un proceso de razonamiento deductivo. Se parte de ciertas premisas para llegar a una conclusión que se sigue lógicamente de esas premisas. Lo interesante es cómo seleccionamos las premisas en nuestro trabajo interpretativo, que es, como ya se ha dicho, una búsqueda de relevancia. Veamos un ejemplo: (19) A. ¿Vas a comprar el diccionario? B. He gastado todo el dinero que tenía. En el esquema griceano, el oyente hace un breve razonamiento e infiere una implicatura: B no va a comprar el diccionario porque no tiene dinero. Según la teoría de la relevancia, para interpretar la respuesta de B, A construye un contexto, que es, más o menos, el que B esperaba que construyera. En este contexto figuran ciertos conocimientos y creencias, por ejemplo, que se necesita cierta cantidad de dinero para comprar un diccionario y que B no tiene ese dinero. De estas premisas A saca la implicatura “B no va a comprar el diccionario”. El contexto constituido por las premisas es un subconjunto de las creencias y conocimientos de toda índole que probablemente posee A; tal conjunto está formado por conocimientos científicos, culturales, sociales, religiosos, políticos, económicos, lingüísticos, y conocimientos que surgen de la situación, conocimientos sobre el interlocutor y su historia pasada, sobre el modo en que se gasta el dinero, sobre por qué gana poco, sobre la relación entre ellos, etc. El contexto que A tiene a su alcance puede incluir también conocimientos sobre los diccionarios, sobre cuáles son los mejores, sobre cómo se hacen, sobre por qué son caros, etc. Nótese que toda esa información está a disposición de A, y sin embargo esta persona solo selecciona el subconjunto de conocimientos que le sirve para interpretar lo que dice B. Y esto es así porque A sabe que B quiere ser relevante, y la única interpretación consistente con el principio de relevancia es que B no puede comprar el diccionario. Esa es, pues, la interpretación más plausible, y por lo tanto la implicatura más importante del enunciado de B. Y decimos “la más importante” porque la respuesta de B es más rica en información que un simple “No voy a comprar el diccionario”, y permite inferir otras implicaturas también, es decir, se liga con otros subconjuntos de conocimientos del oyente y produce más efectos contextuales (por ejemplo, que a B no le alcanza el dinero, o que B es una persona despilfarradora, etc.). El contexto, en la teoría de la relevancia, se define en términos psicológicos, no sociales, culturales o discursivos, de modo que la definición es unitaria, y evita las dificultades vistas anteriormente (vid. 2.4). Las creencias operativas que forman el contexto de cada interacción pueden derivar de la percepción inmediata de la situa-ción, de lo que se ha dicho antes, o provenir de la memoria. Lo importante es que los interlocutores comparten o creen compartir una versión parecida del contexto. Una comunicación con éxito depende de cierto conocimiento mutuo: de lo que cada interlocutor sabe y sabe que el otro sabe. Veamos el caso siguiente: (20) (A se acerca a B; B está sentado frente al ordenador, trabajando.) A. ¿Estás ocupado? B. No. Estoy jugando con un videojuego. (A se ríe y se va.) La persona A de este diálogo, para construir el contexto en que debe interpretarse la respuesta de la persona B, extrae algunos elementos de la situación. Ve, por ejemplo, que en la pantalla del ordenador hay un texto, no un juego. Por otra parte, A sabe (y sabe que B sabe que A sabe) que B usa el ordenador solamente para trabajar, de modo que interpreta su respuesta como el enunciado no literal que es, haciendo ciertas inferencias. Infiere, sobre todo, que B le ha transmitido que está ocupado y que no quiere interrupciones. Por supuesto, el enunciado irónico de B exige de A cierto esfuerzo extra de procesamiento, ya que contiene una crítica a su pregunta (es evidente que B está ocupado, y A sabe que B sabe que A lo sabe), pero también indica que B sabe que A sabe que B está hablando cariñosamente y que, quizá, no le ha molestado a B la interrupción de A, y que ambos se entienden bien. Todos estos significados bien valen el esfuerzo extra de entender una afirmación aparentemente absurda, y la risita de A expresa, entre otras cosas, la complicidad de ambos personajes en este intercambio comunicativo. 6.3 Indeterminación lingüística, explicatura y niveles de significado Una premisa general de la teoría de la relevancia es que los enunciados son lingüísticamente indeterminados, vagos, imprecisos. En una primera etapa de interpretación, para llegar a captar adecuadamente lo dicho por un hablante, es decir, la proposición o proposiciones que contiene un enunciado, hace falta asignar referencias a las expresiones deícticas y referenciales, así como desambiguar y enriquecer otras. El resultado de esta a veces complicada tarea está formado por la explicatura de un enunciado. Así, la explicatura de (21) Ahora me hace falta el gato consiste, por ejemplo, en el significado que obtiene el oyente después de asignar un referente a ahora y de desambiguar el sentido de gato (animal, o aparato para levantar el automóvil). Como se ve, este significado explícito, aunque está dicho y no sobreentendido ni implicado, depende, sin embargo, de una serie de inferencias por parte del oyente. Otros ejemplos: (22) (Por el portero electrónico.) A. ¿Quién es? B. Yo. A. Te abro. (23) (Eligiendo pañuelos de seda.) Compradora: ¿Estos son los de 15 euros? Y aquel verde, ¿cuánto cuesta? Vendedora: Bueno, ese es un poquito caro. (24) Luisa ya tiene cierta edad. En (22) A debe asignar referencia al pronombre personal antes de abrir la puerta. La explicatura de yo es, por ejemplo, “soy Pepe”, proposición que debe reconstruir el oyente a partir de la forma deíctica empleada y otros datos provenientes del entorno (la voz de quien dice yo, la hora en que tiene lugar el intercambio, etc.). En (23) y (24) no son tan escuetos como en (22), pero el oyente tiene que hacer ciertas inferencias para reconstruir lo dicho. En (23) hay que completar el significado que tiene la palabra poquito en este contexto, para recuperar una explicatura como “el pañuelo verde es bastante más caro” o “ese pañuelo es más caro de lo que usted parece dispuesta a pagar”. Por supuesto, ese no es el significado básico o semántico de poquito, pero lo adquiere en ciertos contextos, y ese significado extra es parte de la explicatura, pues contribuye a conformar la proposición completa expresada por la vendedora. En (24) la palabra cierto, que generalmente quiere decir “determinado” (como cuando aparece en expresiones como ciertas palabras, cierto día), en esta ocasión expresa que la persona en cuestión es “ya mayor”, “demasiado vieja como para hacer algo”, “mayor de lo que uno pensaría”, o algo parecido. En una segunda etapa de interpretación, el oyente debe llegar a entender lo que el hablante quiere decir con ese enunciado, para lo cual debe hacer más inferencias, asociando la forma proposicional obtenida en la etapa previa, con todos los datos pertinentes del contexto. En la primera etapa de la interpretación se reconstruye lo dicho (la proposición completa, que puede someterse a condiciones de verdad o falsedad), y en la segunda etapa se recupera lo comunicado, que es todo el significado, tanto explícito como implícito, que ha intentado transmitir el hablante. En la teoría de la relevancia, de modo más claro que en la teoría de Grice, se considera que lo dicho está formado no solamente por los significados convencionales, sino por el resultado de la asignación de referencias, la desambiguación y el enriquecimiento de algunas expresiones. De modo que podemos distinguir tres niveles de significado: Nivel 1: Significado convencional de la oración. Nivel 2: Lo dicho. Nivel 3: Lo comunicado. El nivel 3 se obtiene, como sabemos, del resultado de los procesos de descodificación e inferencia, incluyendo la inferencia de implicaturas conversacionales. En el modelo griceano y en los neogriceanos se ha prestado atención preferentemente al paso del nivel 2 al 3, que consiste en recuperar significados implícitos. La teoría de la relevancia intenta explicar además cómo llegamos a interpretar el nivel 2, lo dicho, proponiendo que el paso del primer nivel al segundo se cumple mediante un proceso inferencial semejante al requerido para el paso de lo dicho a lo comunicado. El resultado de esta tarea inferencial que liga el nivel 1 con el 2 es la explicatura de un enunciado, la proposición completa que expresa un hablante. Así pues, el significado completo de un enunciado, el significado que el hablante quiere comunicar, está formado por la explicatura y las implicaciones pragmáticas o implicaturas. Ambos procesos están guiados por la búsqueda de relevancia. La relevancia contextual de un enunciado es la información más apropiada y más accesible para el interlocutor: la información que viene al caso, que se conecta con los conocimientos anteriores del hablante y que produce más cambios en el contexto con menos esfuerzo de procesamiento. En definitiva, ¿por qué hablamos de forma indirecta, inconclusa, usando metáforas e ironías? En ocasiones se mezclan razones de cortesía, motivos estilísticos, intencionalidad humorística… Pero la razón comunicativa última es que esas formas son más ricas en informaciones, más expresivas e incluso más efectivas. En una palabra, más pertinentes. 7. LA CORTESÍA LINGÜÍSTICA Una tesis central de las teorías de la interpretación, tanto la de Grice como la de Sperber y Wilson, es que los hablantes poseen una serie de expectativas (por ejemplo, que el interlocutor diga la verdad, o que sea relevante), gracias a las cuales pueden descifrar los significados intencionales transmitidos en los intercambios lingüísticos. Pero algunas de esas expectativas no tienen que ver con la transmisión de información, sino con el modo de realizarse la acción lingüística para mantener las buenas relaciones entre los interlocutores. Esas expectativas, relacionadas con la cortesía, pueden entrar en conflicto con las que suelen asociarse a la transmisión eficiente de información. Decir la verdad, por ejemplo, que es una norma de eficiencia informativa, puede ser descortés en determinadas circunstancias. La cortesía lingüística no es solamente un problema de normas sociales variables, apto para ser estudiado por la sociología y la sociolingüística, sino también un problema de Pragmática general, puesto que es imprescindible dar su lugar a la cortesía en la descripción de los principios que guían la comunicación humana. La teoría más difundida sobre la cortesía es la de Brown y Levinson12, expuesta en su famoso libro Politeness. En el prólogo a este libro, J. Gumperz afirma que la cortesía es uno de los elementos básicos del orden social, y una precondición de toda forma de cooperación entre los seres humanos. La cortesía se refleja, como no podía ser menos, en el lenguaje. Si podemos encontrar regularidades gramaticales y sociales subyacentes que expliquen principios universales de cortesía y variaciones según comunidades, situaciones e individuos, habremos dado un gran paso para demostrar, dice Gumperz, que el lenguaje tiene básicamente naturaleza social. La teoría de Brown y Levinson propone un marco teórico que da cuenta de los datos interlingüísticos e interculturales, y hace predicciones que han sido comprobadas en numerosos estudios de campo. Está basada en dos nociones: la noción de que la comunicación es una actividad racional orientada hacia alguna meta, y la noción de que cada individuo desea conservar su face o imagen pública. La imagen pública (face) consiste en dos tipos de deseo: el deseo de autodeterminación, de no recibir imposiciones (imagen negativa) y el deseo de ser aprobado, aceptado (imagen positiva). Como la imagen del otro está constantemente amenazada por nuestros actos lingüísticos, hemos de calcular bien los riesgos de estos, a fin de mantener con el interlocutor, hasta donde sea posible, la mejor relación. Por ejemplo, pedir algo a alguien puede constituir una amenaza tanto a la imagen positiva (la petición limita la autonomía de quien deba dar la respuesta) como a la negativa (toda limitación de autonomía es reducción del espacio «privado»). Pero el emisor puede, si conoce al destinatario (y otras peculiaridades contextuales), reducir el efecto de esta amenaza alimentando ya la parte positiva de la imagen de este último: (25) Tú eres la única persona que puede ayudarme, ¿podrías prestarme el coche? ya la negativa: 12 P. Brown y C. Levinson, Politeness. Some universals in language use. Cambridge: Cambridge University Press, 1987. (26) Mira, lo siento; sé que esto es demasiado, pero, por favor, ¿podrías prestarme el coche? En el primer caso el emisor trata de que el destinatario se sienta apreciado, importante, indispensable (Tú eres la única persona que puede ayudarme); en el segundo, viene a decir de modo patente que lo solicitado es una intrusión en el campo del otro y que es consciente de semejante desacato (Mira, lo siento; sé que esto es demasiado). Puede darse también el caso de que en el intercambio no se manifieste reducción alguna, esto es, que la expresión sea abierta y directa: (27) ¡Salten a los botes, rápido! (En un naufragio.) (28) Oye, pásame el salero. (En una comida familiar.) Se advierte en estos casos cómo la presión del contexto (la eficacia con que deba transmitirse cierta información), la distancia social que medie entre los interlocutores, el conocimiento mutuo que tengan de sí mismos, constituyen factores que influyen decisivamente en cómo manifestar la cortesía y, por ende, en la elección de las formas lingüísticas más apropiadas. Así, el imperativo no resulta, como se ve, «descortés» en estos casos; en cambio, podrían resultar absurdas o descorteses, por lo desconcertantes, otras expresiones pretendidamente «corteses»: (29) Por favor, ¿serían ustedes tan amables de saltar con rapidez a los botes? Es que el barco se está hundiendo. (30) Por favor, ¿serías tan amable de pasarme la sal? Es que está muy lejos y no alcanzo. Estos mismos factores pueden, según la situación, llevar a estrategias con que se manifieste muy indirectamente, de modo encubierto, la intención del hablante y se respete en gran medida, en virtud de ello, la imagen del destinatario. Si alguien me dice, mientras me tomo con fruición un helado: (31) ¡Vaya helado! puedo interpretar, llegado el caso, que tal persona me ha pedido algo de modo encubierto; por ejemplo, que le gustaría probar el helado en cuestión. Gracias a este procedimiento, yo, el interpelado, quedo mucho más libre para responder que en el caso de que tal petición hubiese sido formulada de un modo menos indirecto o de un modo directo (por ejemplo, así: ¡Qué helado tan bueno! ¿Puedo probarlo? o Dame que lo pruebe). El mantenimiento de la imagen, que es a lo que responde la cortesía, es algo que se espera sea respetado dentro de los límites que se juzguen adecuados en una situación comunicativa dada. Los hablantes conocen y explotan, cuando comunican, los factores con que impregnan su expresión de la cortesía deseada; es decir, conocen de modo efectivo las estrategias que con ellos cabe urdir en las distintas situaciones tanto para «amenazar la imagen del otro» como para no hacerlo. Según Brown y Levinson los factores en cuestión son los que siguen: a) Distancia social (social distance) o Familiaridad: Representa la dimensión “horizontal” y recoge la posición relativa de los interlocutores en lo que respecta a dos parámetros independientes de la jerarquía: -El grado de conocimiento previo: Dos personas que se conocen mucho o desde hace mucho tiempo tienen una relación más familiar que dos desconocidos. -El grado de empatía: Dos personas que, por diferentes motivos, simpatizan tienen también una relación más cercana que dos que no lo hacen, con independencia del grado de conocimiento previo. La relación se percibe como simétrica por ambas partes. b) Poder relativo (relative power) o Jerarquía: Define la relación “vertical”, y refleja la posición de los interlocutores dentro de la escala social en función del poder relativo de un participante con respecto al otro. Algunas sociedades son más flexibles que otras, pero todas muestran una organización estratificada de sus miembros. Con respecto a este eje, las relaciones pueden ser simétricas (las que se dan entre participantes que ocupan el mismo lugar en la escala) y asimétricas (las existentes entre individuos que ocupan posiciones diferentes). La jerarquía se evalúa, a su vez, de acuerdo con dos parámetros principales: -Características inherentes (o físicas): Son propiedades objetiva y directamente perceptibles, como la edad, el sexo o la raza. -Roles sociales: En esta dimensión se colocan las relaciones que dependen del poder o de la autoridad institucionalizados, como el hecho de ser jefe o empleado, médico o paciente, camarero o cliente, policía o ciudadano de a pie… c) Grado de imposición (imposition ranking): el que en una cultura dada siempre conlleva la realización de cierto acto (pedir, preguntar, anunciar; pedir, en nuestra cultura, un bolígrafo no tiene el mismo peso que pedir prestado el coche o una suma considerable de dinero, etc.). Así pues, según el impacto que pueden tener los diferentes tipos de acto verbal sobre las relaciones sociales, es posible diferenciar cuatro categorías, inspiradas en las de Leech (1983): -Acciones que apoyan (o mejoran) la relación social existente entre emisor y destinatario, es decir, que suponen un beneficio para el destinatario (y, si acaso, un coste para el emisor): agradecer, felicitar, saludar, ofrecer, invitar… -Acciones indiferentes, es decir, aquellas en las que no hay un desequilibrio claro entre coste y beneficio para los interlocutores: afirmar, informar, anunciar… -Acciones que entran en conflicto con la relación social, esto es, que implican algún tipo de coste para el destinatario (y, en ocasiones, un beneficio para el emisor): pedir, ordenar… -Acciones dirigidas frontalmente contra la relación entre los interlocutores, es decir, acciones que pretenden acrecentar la distancia o destruir las relaciones existentes: amenazar, acusar, maldecir… Obviamente, los actos que favorecen la relación por su propio contenido intrínseco (los de la primera clase) son los que menos necesitan de las maniobras lingüísticas de compensación. Esto explica, por ejemplo, que los ofrecimientos se hagan típicamente en imperativo (Coge otro bombón), y no con las fórmulas habituales de las peticiones (¿Te importaría coger otro bombón?). Las cosas son muy diferentes, en cambio, en las acciones que pueden deteriorar la relación social; si el emisor quiere mantenerla, deberá compensar la “descortesía” intrínseca del acto por medio de otras fórmulas de cortesía relativa que la mitiguen. De no hacerlo así, hay cierto riesgo de que la relación se deteriore: no es difícil imaginar lo que ocurre cuando se pide algo de manera brusca. Con estos factores, que, como puede apreciarse, son de naturaleza social y cultural, cabe calcular el riesgo que conlleva la realización de una acción que amenace la imagen (que, en principio, es supuesta por cualquier intercambio lingüístico): Riesgo (AAI) x = (D + P + G) x (AAI = «acción que amenaza la imagen»; D = «distancia social»; P = «poder relativo»; G = «grado de imposición») Tras realizar este cálculo en cada situación, se opta en función de ello por la estrategia más conveniente. He aquí el marco general de tales estrategias propuesto por Brown y Levinson: No haga la AAI Haga la AAI encubiertamente (++) (+) abierta e indirectamente con Cneg. con Cpos. (0) (-) abierta y directamente máximo (- -) mínimo riesgo (Cpos = «cortesía positiva»; Cneg = «cortesía negativa») Por tanto, si el intercambio pretendido arroja, tras el cálculo mencionado, un riesgo muy alto, quizá convenga no emprender tal intercambio («No haga la AAI»). Si el riesgo decrece, cabe emprenderlo («Haga la AAI»), pero su estructura, por lo que toca a la cortesía, dependerá del grado que presente el riesgo en cuestión (de mayor a menor riesgo: «AAI encubierta», «AAI abierta, indirecta y con cortesía negativa», «AAI abierta, indirecta y con cortesía positiva» y «AAI abierta y directa»). El estatus teórico de los principios de cortesía lingüística es campo abonado para la discusión. ¿Son tan importantes las máximas de cortesía como las del principio de cooperación o el de relevancia? Dicho de otro modo, ¿es tan necesario ser cooperativo o relevante como cortés? Es difícil por ahora dar una respuesta definitiva a esta pregunta. Lo que, sin embargo, no se puede pasar por alto es que la cortesía es necesaria para llevar a cabo con éxito los actos de habla, porque permite el acceso al interlocutor y el establecimiento de una buena relación con él, asegurándose así la eficacia de la comunicación. Además, las normas de cortesía inciden directamente en las elecciones lingüísticas: entonación, formas de tratamiento, tiempos verbales, técnicas narrativas, etc. BIBLIOGRAFÍA (Las obras con (*) son de carácter elemental o introductorio.) Acero, J.J. (1993): Lenguaje y filosofía, Barcelona, Octaedro. Acero, J.J., Bustos, E., Quesada, D. (1985): Introducción a la filosofía del lenguaje, Madrid, Cátedra. Allan, K. (1986): Linguistic Meaning, 2 vols., Londres, Routledge. Atkinson, J. M., Kilby, D. A., Roca, I. (1988): Foundations of General Linguistics, Londres, Allen & Unwin (2ª edic.). Austin, J. L. (1962): Cómo hacer cosas con palabras, Barcelona, Paidós, 1982. *Bertuccelli-Papi, M. (1993): ¿Qué es la pragmática? Barcelona, Paidós, 1996. *Blakemore, D. (1992): Understanding Utterances, Oxford, Blackwell. Brown, P., Levinson, S. (1987): Politeness. Some Universals in Language Use, Cambridge, Cambridge University Press. *Calsamiglia Blancafort, H.; A. 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