Daniel Grojnwosky* Cuando la fotografía se vuelve afiche** ¿La publicidad vulgarizó el arte fotográfico? o bien, ¿la fotografía hizo de la publicidad un arte? ¿La fotografía desacralizó el objeto raro, o contribuyó a resacralizar el pensamiento público? Más allá de esta alternativa demasiado simple se ofrece una respuesta original. La utilización de la fotografía por parte de los publicistas plantea un enigma al aficionado, por el hecho de figuraciones “artísticas” que muchas veces confinan a la indigencia. ¿Cómo no percibir una ruptura entre las imágenes que hoy son ofrecidas con frecuencia como alimento corriente al público y las producciones anteriores entre las cuales algunas permanecen como memorables? Que hayan sido de obediencia pictóricas (Toulouse Lautrec, Bonnard, Mathieu) o que hayan participado en un modo de comunicación específicamente publicitario (Cassandre, Villenot, Savignac), ellas constituyen un patrimonio. Éste último no incluye en su inventario solamente afiches célebres, sino también producciones que, aunque sean ordinarias, de todas maneras dan cuenta de una elaboración perceptible. La obra que Amélie Gastauta publicó con ocasión de la retrospectiva organizada por las Artes decorativas, el 8 de noviembre de 2006 al 25 de marzo de 1007, tiene el mérito de inventariar una notable selección que invita a una confrontación entre diversos modos de expresión, pero también entre épocas (véase nota 2). En algunas décadas se imponen maneras de ver sucesivas radicalmente diferentes. En un momento en el cual la imagen analógica sufre la competencia de imágenes digitales totalmente creadas, una retrospectiva dedicada al advenimiento de la fotografía publicitaria invita a interrogar sus poderes y su límite. En efecto, desde sus comienzos, el afiche responde a imperativos políticos o mercantiles inmediatamente percibidos por aquellos a quienes se dirige. No oculta su juego ni los desafíos que lo gobiernan y no pretende alguna autonomía, cuando asocia serenamente los imperativos socioeconómicos con la voluntad de seducir y de conocer. Una vez que algunas representaciones fotográficas tuvieron su oportunidad de ser exhibidas en los muros, se planteó la pregunta por su interés estético, un interés que, por otra parte, es evidente cuando se las exhibe sobre cúspides. ¿Hay que creer que las obras que recordamos o que ilustran los libros de historia y las antologías tienen algo de excepcional? ¿Qué un arte del afiche esta en vías de desaparición cediendo el lugar a producciones funcionales? ¿Qué asistimos a la emergencia de representaciones que se enlazan con las de las creencias religiosas? El arte de la calle Mientras que el movimiento simbolista se realizó en figuraciones por fuera del tiempo, el Art nouveau, luego los Arts-Déco participan en el mundo contemporáneo. El modernismo de comienzos de siglo XX y, de una mera más general, las vanguardias predican la interpenetración entre el arte y la vida cotidiana, en el contexto de las grandes metrópolis. Para Roger Marx el afiche “es el cuadro [...] efímero que reclamaban una época enamorada de la vulgaridad y del cambio”. Gustave Kahn, en L’Esthétique de la rue (1901), evoca Jules Chéret y la “decoración móvil” que lanza sobre los muros “tachonaduras abigarradas y divertidas, cascadas de cuerpos enrollándose en torno al nombre de un palacio de gozo” y aponer la torre Eiffel, “construcción única y material” que encarna “ un arte sin belleza”, al afiche, “gala de la vida”. El afiche se dirige a los recién llegados, “los directores, los * Daniel Grojnwosky ha publicado: Photographie et langage, Corti, 2002. Tomado de: Médium, Transmettre pour innover, n° 15, avril-mai-juin, 2008, 112-128. Traducción del francés de Jorge Márquez V., para la Maestría en Estética, UNALMED, noviembre de 2008. ** 1 obreros y las bellas dactilografas” escribe Guillaume Apollinaire en “Zone” el poema de apertura de Alcools, dond el se maravilla ante “las inscripciones de los avisos” que, “gritaban a la manera de los loros”.Blaise Cendrars también ve en la publicidad un intento de “modernizar el mundo”: “afuera está la calle, las vitrinas, los afiches [...] todas esas formas en torbellino” que imponen al contexto urbano “su grandiosa trigonometría”. “publicidad = poesía” grita el joven entusiasta, sin sospechar, que mucho tiempo antes de él, Balzac había considerado el afiche como “un poema para los ojos”. Robert Desnos, a su vez, en los vagabundeos surrealistas de La liberté ou l’amour: “las humildes y magníficas criaturas de la poesía moderna se ponen a caminar por las calles, y son grupos de tres ripolineurs, largas teorías de mozos de café, unos rojos, otros blancos, situados bajo la invocación del arcángel San Rafael [...] desde lo alto de los edificios Bébé Cadum”. Reivindicado por la crítica de arte, luego por la poesía lírica, el afiche también fue acaparado por relatos que introducen las aventuras en los meandros de la ciudad: uno se acuerda de la publicidad Mazda reproducida y comentada en Nadja de André Breton, y del efecto que ella provoca en el narrador: “ella se complació en figurarse bajo la apariencia de una mariposa cuyo cuerpo se le ha formado con una lámpara Mazda (Nadja) hacia el cual se dirigiría una serpiente encantada ( y desde eso no pude ver sin conmoción titilar el aviso luminoso Mazda en los grandes bulevares”. En esa novela, el afiche adquiere su plena dignidad, al mismo título que los avisos, los anuncios o los documentos de todo tipo expuestos como tantos objetos propiamente ficcionales. Entonces, las fronteras y las jerarquías entre modos de expresión, considerados por mucho tiempo incompatibles, se borran. A diferencia de las imágenes elaboradas a mano, la fotografía es percibida como el analogon, producido por un medio mecánico. Se ha sabido que ese registro se hace según procedimientos convenidos y se sabe captar sus estratagemas, al fotógrafo se lo considera como un “artista” integro, la imagen que el produce preserva, para la mirada de todos, su aura especular. Su intrusión en la historia del afiche es relativamente reciente y su supremacía data de los años 1980, comienzo de los que los historiadores consideran como una era acerca de la cual ellos ignoran si es hoy el objeto de una notable renovación o si brilla con sus últimos destellos. En todo caso, la fotografía se presentó, en estas últimas décadas, bajo aspectos diferentes. Por una parte, debió demostrar que ella también es digna de interés, que tiene derecho a penetrar en el espacio de las bellas artes, que puede rivalizar con los grafistas amos del género. Por otra parte, con una bella insolencia, a provocado representaciones que, en nombre de la eficacia comercial, no son concebidas para satisfacer a los profesionales, sino para señalar al mayor número posible de clientes que un producto existe, que es de calidad, que se ofrece a quién desee adquirirlo. La fotografía participa en un arte de vender codificado por artesanados de masa. Estos últimos se encargan de los retratos de matrimonios, las producciones de clubes de aficionados, todas las prácticas de Pierre Bourdieu llama “un arte medio”. Se puede aplicar el término al flujo ordinario de los afiches que se exhiben en los lugares más visibles de la ciudad, propicios para la deriva de flujos humanos, como los accesos a las estaciones, los transportes públicos. Sin embargo, respecto a ellos, se prefiere hablar de un arte “cualquiera”, pues su frecuente trivialidad es fruto de una larga y sabia elaboración. Afiches fotográficos que participan en el “mundo del arte” Ripolineur: pintor de brocha gorda que, a finales del siglo XIX, pintaba con Ripolin. Ripolin: marca holandesa de pintura para muros registrada en 1888. 2 Numerosos fotógrafos célebres garantizan una comunidad con los mejores grafistas. Sus nombres se asocian a menudo a productos de lujo: Jean-Loup Sieff y la ropa interior femenina “Rossy” (1962), Guy Bourdin y el calzado Charles Jourdan (1975) se ponen al servicio de un cliente que él mismo recurre, como en adelante sucede cada vez más frecuentemente, a la persona de un deportista, a una vedette del cine o de la canción. Se trata de un trabajo para el cual los socios aportan, los unos capitales, los otros su notoriedad o su saber hacer. Se encuentran así confundidos un producto, un nombre de marca y un ícono encargado de ejercer sobre el consumidor su poder de seducción. Un afiche dedicado a los blue jeans Levis (1974) representa a jóvenes instalados despreocupadamente sobre un prado, plaza de la Concordia. El fotógrafo Olivie Ben Simon explica que un primer cliché fue hecho en París, el segundo en un campus de Telaviv, luego ellos fueron reunidos en Londres, con la intención de crear una atmosfera post-mayo-del-68. El juego de las verticales y de las horizontales (el obelisco, las fachadas de los edificios del ministerio de la Marina) otorga la elegante armonía “clásica” al relajamiento Hippie. Es evidente que la imagen indica que l pantalón de buena marca concilia la distinción parisina con la desenvoltura americana. El pantalón recibe el aval de una cultura en varios estratos, que va del templo “griego” de la Magdalena a la bandera tricolor ondeando sobre el fondo de azul del cielo y del alineamiento a la francesa de los edificios a un vestigio proveniente del antiguo Egipto. El afiche no usa los mismos procedimientos que el cuadro, ni tampoco los de la fotografía de autor. Quien lo firma esta sometido a las opiniones de agencias especializadas, juega el papel de un director de teatro, en este caso, de un realizador de formas. Tiene que tener en cuenta a todos los que participan en su elaboración, desde el cliente que los encarga hasta el público al que se dirige, y debe considerar todo tipo de factores decisivos, pecuniarios o técnicos. El dominio de esos innombrables agentes determina la calidad de la obra. Es así como la imagen de Aron premiada en 1974 (Woolmark, “la lana es verdadera”) cumple una perfecta simbiosis entre una denominación genérica, un paisaje y un material por valorizar. Mediante el trazado de tres circunvoluciones de cuatro surcos el afiche sugiere el valle salvaje donde pacen las ovejas y los puntos de tejido de los suéteres (el pastor vasco cerca de su rebaño también podrías ser irlandés o australiano). El autor de la foto habla de la “adecuación”, insiste sobre su preocupación por preservar (a pesar de un trabajo propiamente plástico que ordena al rebaño en logo) “la frescura y la emoción” de la idea primera. Para él, el afiche es “un acontecimiento, una fiesta”, porque “hace parte íntegramente del mobiliario urbano con lo que eso implica como exceso”, el término que recuerda la presencia de una imagen excesivamente concertada. Ese tipo de afiche muestra de que manera la fotografía publicitaria puede responder a imperativos primariamente antagónicos. Con una bella pasividad, la fotografía publicitaria concilia el valor estético y con un manual de obligaciones. Hace visible una “realidad” referencial que se encarna rn un signo inmediatamente inteligible. Descriptiva y emblemática, actúa como modelo y participa en las antologías que ilustran la historia de ese modo de comunicación, 3 sin importar la naturaleza, gráfica o fotográfica. Sin embargo, en muchos otros casos, cuando no en la mayoría, el objeto que hay que promover parece obnubilar las preocupaciones. Los ejemplos abundan, incluidos los productos muy costosos como los perfumes, los cosméticos, los alcoholes o los automóviles, los cuales, cuando se vuelven obra marcan cierta desconfianza con respecto a las iniciativas intempestivas. Consagrados íntegramente a su objeto, los clichés lo exaltan mediante varias estrategias: la escogencia del punto de vista y de los juegos de luz, la diagramación que lo aísla, una perfección formal la cual el imaginario se reduce a la porción congruente. Así sucede cuando se trata de una representación en primer plano que “ofrece muy bien la materia de la célebre camisa distinguida con un cocodrilo”1 (fotografía de L. Magyard). “La verdadera”, declara la leyenda, que invita a desconfiar de las imitaciones. En es ejemplo, el producto de gran marca ocupa todo el espacio. Mostrado, nombrado, calificado, impone su excelencia en grado superlativo. Ahí se trata de un tipo de imagen técnicamente irreprochable que asume la posición de desdeñar todo componente anexo y que da su preferencia a las publicaciones en las cuales el lujo mantiene con cualquier persona relaciones privadas. Entonces el valor estético se resume en la presentación pura y simple del objeto. Como lo indica un responsable de la agencia Publicis, a propósito de las marcas de perfumes: “intentamos innovar, pero el cliente siempre escoge una mujer, en general, ella mira hacia la cámara, y posa la mano sobre un frasco”2. Las fotografías publicitarias pueden ser expuestas en forma de pósters, ocupar página entera en un periódico impreso. Cuando agencias como Delpire o Mafia no se resignan a negarse a la exhibición de un producto, piden a los autores que sugieran una idea, que cuenten una historia, que creen una atmósfera para provocar una emoción. La imagen “artística” se esfuerza entonces en destronar la ilustración documental. Es la época en que André Martin exalta la DS Citröen (1963) Daniel Jouanneau, el aperitivo Martini (1976), el perfume Channel N°5 (1978). Exponen el objeto de promoción en su totalidad o en el detalle depurado en sus volúmenes o en sus líneas. Más tarde muchos otros, entre ellos Jean Paul Goude (“Lee Cooper. La piel de tu piel”, 1985) marcaron una distancia divertida que se esfuerza en hacer menos necio el propósito estrictamente comercial de quien encarga la publicidad. Sin embargo, si se excluye los productos de lujo, el afiche impacta los lugares públicos donde se dirige a los recién llegados. El metropolitano, a causa de su mezcla social, ofrece la gama más amplia de las representaciones fijas, quedando reservadas para la televisión las secuencias animadas. Pero los afiches plantean una paradoja, porque la invención gráfica encargada de aportar a las marcas una plusvalía de fantasía o de sorpresa, frecuentemente es sacrificada por la representación tal cual de los productos. La Photographie publicitaire en France, como toda antología retiene las obras notables, a expensas de las que participan en las decoraciones ordinarias de la vida. Sin embargo, éstas últimas son sintomáticas de la idea que una cultura se hace de si misma y de los emblemas que dedica a su propia admiración. Estas publicidades merecen atención porque no corresponden a las expectativas de los aficionados. Solamente un estudio adelantado en el 1 Régine Bargiel-Harri, Le Livre de l’affiche, Alternatives, 1985, p. 61. Las producciones Woolmark y Lacoste son allí comentadas, la segunda casi de una manera promocional: “La calidad de la foto, servida por una impresión muy cuidadosa, ofrece muy bien la materia de la célebre camisa adornada con el cocodrilo, diseñada por Robert Georges, marca tan distintiva”, etc. 2 La Photographie publicitaire en France, de Man Ray à Jean-Paul Goude, bajo la dirección de Amélie Gastaut, Les Arts décoratifs, 2006, p. 39. 4 terreno, cotidianamente, estaría en capacidad de dar cuenta de ello. Pero, para no sucumbir a un torbellino perpetuo (una campaña promocional en el metro dura una semana, y a veces es renovable), el observador debe restringirse a un estudio digital en el tiempo y en el espacio. ¿Qué puede decir entonces a propósito de afiches cuyos autores adoptaron el simple papel de ejecutantes? La era de la fotografía “cualquiera” Una breve encuesta que selecciona una duración de algunos días (mayo de 2006) muestra hasta que punto hemos cambiado de época. A pesar de sus dimensiones considerables, los afiches desplegados sobre los muros del metro casi no difieren de las fotografías que ilustran los fascículos por los supermercados en los casilleros domiciliares. La mayoría de esos afiches, lejos de buscar crear un efecto “artístico” utilizan modos familiares de representación, instalan pacientemente un ambiente que corresponden al déjà vu, mil y una ocasiones. En todos los casos, una complicidad asocia una publicidad a la fotografía, pues esta última hace surgir una presencia desconcertante por el hecho de que afirma al mismo tiempo una ausencia. Según una lógica del torniquete, la realidad que ella exhibe indica estoy aquí y no estoy aquí. Ella colma y frustra en el mismo instante, así como el discurso publicitario busca hacer aparecer la carencia para suscitar la necesidad de remediarla. Demos algunos ejemplos en los cuales, según los mismos procedimientos, triunfa la redundancia. Una estación de vacaciones en la montaña (Saint-Lary) (en el extremo de los corredores o en el otro lado de la plataforma, un paisaje verdeante donde las cimas se perfilan sobre un cielo sin nubes. Cuando “entra” en el paisaje, el viajero no de ja de captar el contraste que valoriza la pureza del sitio: aquí el mundo cerrado y gris de los transportes públicos, allá la libertad y el gran aire de la montaña. Una marca de camisetas exhibe el torso de un hermoso jovencito expuesto a la admiración transfigurada por eso otro sí mismo, el peatón, extraído el anonimato, se identifica con la imagen gloriosa de sí mismo ofrecida a todos. Algunos zapatos de mujer de talón plano, con o sin bridas, planean en el espacio del afiche, con una ligereza que evoca la llegada del verano. Su dimensión hipertrofiada los dota de una presencia hiperrealista irrefutable. Una cama “millésimé” se presenta bajo la forma de un sommier y un “colchón de sueño” que invade todo el marco del afiche. Pero el sentido figurado que sugiere todo el texto no afecta en nada la imagen que se dedica al objeto, en la ignorancia de toda especie de evasión mediante el reposo, el dormir, los jugueteos del amor. Una olla para mejillones desanima el comentario, a tal punto la comunicación se entrega allí en el primer grado de la ambición, (con papas fritas “à volonté”). De nuevo ahí son eliminadas de forma deliberada todas las referencias anexas, sean belgas, icónicas o eróticas. Se podría declinar hasta el infinito tales fotografías publicitarias que presentan los productos de promoción tal y como ellos son. Promueven el narcisismo en los sujetos porque formulan a cada vez una hipótesis de lo que ellos podrían o querrían ser, de lo que aspiran a poseer. Esas representaciones los plantean como criaturas insaciables, siempre ávidas de considerarse en su persona singular y mediante el sesgo de los atributos que la constituyen. El aumento que imponen los afiches manifiesta “el yo” en su omnipotencia. Despliegan un espacio en el cual el objeto, cualquiera sea existe por sí sólo e invade la consciencia para convertirse en la única preocupación. A cada vez, el peatón es invitado a “entrar” en el campo de la imagen, a penetrar al otro lado del espejo que a veces es el espejo donde se mira, otras veces es el vidrio de una ventana abierta sobre el mundo y otras la vitrina de un almacén: un espejo con alondras que confiere la mayor proximidad a lo que, por la fuerza de las cosas, esta puesto a distancia o fuera de alcance. En los lugares que 5 ocupan los afiches participan de una decoración diferente en cada ocasión, que integra distintamente a quienes los consideran. Así se crea una poética del itinerario, pues la misma publicidad, al cambiar de contexto y de público, se ve sometida a un número indefinido de variaciones que la remodelan. Cuando la imagen se presenta de esta manera en el brillo absoluto de su trivialidad, se desencadena una empresa desconcertante de desimbolización. Mientras que nuestros hábitos de desciframiento nos incitan a interpretar las representaciones en varios niveles (del sentido literal a otros complejos, más elaborados y más difusos), la fotografía “ordinaria” refrena toda dinámica de este tipo. Se atiene a un sentido inmediato unívoco. Por eso plantea una transacción mediante la translación del referente en la imagen. La estación de vacaciones, la cama, la camiseta, los zapatos o la olla de mejillones, una vez planteados como objetos de deseo reclaman una apropiación. La transferencia no concierne a los niveles de sentido sino a la pertenencia, pasando el objeto de las manos de la compañía productora a las del cliente que lo adquiere. El objeto es alegórico de sí mismo, se autorepresenta y se autosignifica. Mientras que se lo pueda realizar, ese tipo de imagen bloquea las intrusiones. En el rechazo de toda transfiguración, ese tipo de imagen exhibe un objeto y lo ofrece a la ambición. Alimenta la gran máquina (la gran maquinación) de producción de los deseos que organiza la publicidad. Esa comunicación estrictamente funcional, en el grado “cero” de la expresión personal, proviene de una escogencia estética en el sentido íntegro de la palabra. Esa escogencia se caracteriza por el rechazo de la floritura, de todo valor agregado, considerados como parásitos. Proclama el estar ahí de los objetos y las figuras en términos de pura apariencia. Desde entonces, la representación se confunde con lo que ella designa para constituir la integralidad del mensaje. Fotografía y creencia A menudo se ha comparado la fotografía con la Medusa que petrifica a quien la mira. En el afiche, el referente es exaltado por sí mismo, se vuelve objeto de un culto al mismo título que un ícono. Fetichizado, pegado en los muros como si fuera puesto en vitrina, el afiche crea con cada espectador, en pleno espacio público, una relación de intimidad fascinante. La calidad “estética” eventualmente viene por añadidura, a quien quiera percibirla. “Si el afichista es el padre del afiche (escribe Savignac en la letra F de “Frick” de su abecedario) 3, su tío rico es el anunciador, el cliente”: el cual apunta hacia otro que es el consumidor. Sin embargo, la circulación de los intercambios no es simplemente lineal, ella no va de un objeto a una imagen y luego de la imagen al consumidor, pues es interactiva, de un publicista a otro, de una imagen a otra, creando por esa vía una consciencia colectiva que entremezcla las categorías: económicas, utilitarias, artísticas. El sistema organiza un campo de transacciones donde se crean, no solamente un objeto para el sujeto, sino también “un sujeto para el objeto” (Karll Marx). En función de esas interferencias continuas, la fotografía puesta en afiche garantiza la transformación del valor de cambio en valor de uso. Hace figuración a la vez del producto, de su imagen, y de la parte de felicidad que cada quién espera de él. Los especialistas distinguen tres grandes tipos de fotografías-afiche: documentales, simbólicas, artísticas4. Pero se comprende que el primer tipo, incluso sino es rico en nombres célebres, también tiene que ver con una opción “artística”, cuando no popular en su elaboración al menos destinada a las mayorías. Por otra parte, los historiadores se 3 4 L’Affiche de A à Z, Seuil, “Point-Virgule”, 1992, p. 26 Régine Bargiel, 150 ans de publicité, Union centrale des arts décoratifs, 2004, p. 102. 6 interrogan acerca de su devenir, porque la fotografía cada vez más cede el lugar a diseñadores que la utilizan con fines mercantiles (sin concesión “estética”), como el material de una nueva imagenología. Sin embargo, se puede considerar para ella un futuro de larga duración y apostar que le queda por conocer su apogeo, a causa de su estatuto realista, de su poder de autentificación que tanto fascinaba a Roland Barthes. Pues ella es indicial, resulta de una captura de lo real, lo que la hace diferente de cualquier otra imagen, necesariamente percibida no como reproducción sino como “producción”, es decir como un artefacto. En ese sentido, la fotografía dirige una adhesión ingenua, convenida voluntaria y gustosamente. A la manera de la imagenología religiosa, ella participa en un ritual de la vida cotidiana. Esto último implica a la vez un grupo y cada individuo tomado separadamente, como ocurre en la comunión por la eucaristía, de la religión católica. Esa propiedad es definitiva pues asocia, en la mirada de todos, la verdad con la creencia. Y creencia hay porque existe adhesión a una verdad. Más que cualquier otra imagen, la fotografía es mediadora de un credo, pues ese paisaje, ese colchón, esos zapatos, esa olla de mejillones situados al alcance de la mano, plantean una presencia irrefutable. Representada en una fotografía, la botella de agua mineral me dice lo verdadero, con toda confianza admito el “poder vivificante” de esa agua. En el sudario de Turín, el Divino Rostro manifiesta la presencia verdadera de Cristo. Poco importa que lo haga bajo una forma convencional, lo que cuenta es que esa imagen reactiva una certidumbre cuando no necesariamente mística, al menos irrefrenable. En cierta medida la fotografía-afiche actúa a la manera de la imagen piadosa. Yo adhiero a ella tanto como creo que el rostro que me representa en un Photomaton es realmente el mio, sin contestación posible. En ese sentido diría Mcluhan, el mensaje es ante todo el medio. A este respecto, no puede uno contentarse entonces con una aproximación histórica, más vale cambiar de marco conceptual, pasar de la estética a la sociología, de la economía de mercado a la antropología. La imagen del Divino Rostro que se calca sobre el pañuelo de la Verónica no podría mentir, y la fotografía transfiere esa sacralidad aún espacio laico. Consagra la verdad del producto como ninguna otra imagen podría hacerlo. 7
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