2 3 4 5 6 ÍNDICE INTRODUCCIÓN………………………………………………………………... CAPÍTULO 1. SIGNIFICADO Y VALORACIÓN DEL PATRIMONIO……………………….. 1. CONCEPTO, VALOR Y PERCEPCIÓN SOCIAL DEL PATRIMONIO CULTURAL…… 1.1. Concepto y valor del patrimonio como bien cultural dotado de significación social……………………………………………………... − Criterios de “patrimonialización” de los bienes culturales………….. − La declaración “Patrimonio de la Humanidad” de la UNESCO……. 1.2. La imagen de Alcalá de Henares a través de la valoración historiográfica de sus obras de arte…………………………………………….. − Antonio Ponz y el inicio de la crítica de arte en Alcalá de Henares… − La visión romántica de los monumentos históricos como expresión de la decadencia de la ciudad complutense…………………………. − La difusión de publicaciones y estudios monográficos sobre el patrimonio cultural de Alcalá de Henares………………………...… 2. VALORES Y USOS CONFERIDOS AL PATRIMONIO DE LA UNIVERSIDAD DE ALCALÁ EN EL SIGLO XIX………………………………………………….. 2.1. Progresiva decadencia de la Universidad de Alcalá hasta su extinción.. − Sucesivos intentos de supresión de la Universidad de Alcalá para favorecer su traslado a Madrid……………………………………… 2.2. La salvación de los edificios universitarios por la Sociedad de Condueños……………………………………………………………… − La venta de los edificios de la manzana universitaria………………. − La fundación de la Sociedad de Condueños y la recuperación de los edificios de la manzana universitaria………………………………... − Estado en que quedaron los edificios universitarios a partir de la instalación del colegio de los Escolapios……………………………. 2.3. El traslado del sepulcro y los restos del Cardenal Cisneros a la Iglesia Magistral……………………………………………………………….. − El hallazgo de los restos mortales de Cisneros y su traslado a la Magistral………………………………………………………………... 11 15 15 15 22 28 32 34 39 48 59 59 64 71 75 79 86 96 105 7 CAPÍTULO 2. CAUSAS DE DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO (I): LOS EFECTOS DE LAS GUERRAS……………………………………………. 1. EVALUACIÓN COMPARATIVA DE LOS EFECTOS DE LAS GUERRAS CON RELACIÓN A OTRAS CAUSAS DE DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO …………... − El caso concreto de Alcalá de Henares………………………………….. 2. LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (1808-1814)…………………………... 2.1. Crónica de Alcalá de Henares durante la Guerra de la Independencia… − La dominación francesa sobre Alcalá……………………………….. − La Desamortización de José Bonaparte y la actitud de los Afrancesados………………………………………………………… − La Batalla del Zulema y la liberación de Alcalá…………………….. 2.2. Análisis de las consecuencias de la Guerra de la Independencia sobre el patrimonio arquitectónico complutense……………………………... − Los primeros saqueos (1808-1809)…………………………………. − Consecuencias de la Desamortización de José Bonaparte…………... − Las acciones represivas de mayo de 1810 y abril de 1813………….. − Otros ejemplos de destrucción………………………………………. 3. LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (1936-1939)………………………………… 3.1. Crónica de Alcalá de Henares durante la Guerra Civil………………… − El fracaso del Alzamiento Nacional en Alcalá de Henares.………… La ciudad bajo el control republicano……………………………….. − El desarrollo de las operaciones militares en torno a Alcalá………... 3.2. Análisis de las consecuencias de la Guerra Civil Española sobre el patrimonio arquitectónico complutense………………………………... − Los incendios de la Magistral y de la iglesia de Santa María……….. − La represión anticlerical y la utilización de conventos para fines militares……………………………………………………………… − La acción de la Junta de Incautación del Tesoro Artístico Nacional... − El incendio del Palacio Arzobispal………………………………….. CAPÍTULO 3. CAUSAS DE DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO (II): LA DESAMORTIZACIÓN……………………………………………………… 1. LA DESAMORTIZACIÓN COMO CAUSA DE DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO HISTÓRICO…………………………………………………………………... 1.1. La política anticlerical de los gobiernos reformistas y su influencia sobre la conservación de los monumentos……………………………. − Las primeras medidas desamortizadoras……………………………. − La Desamortización de Mendizábal y Espartero……………………. − La Desamortización de Madoz……………………………………… − Consecuencias generales de la Desamortización en España………… 1.2. Consecuencias de la Desamortización en Alcalá de Henares………….. − Aproximación a las cifras de la desamortización eclesiástica………. − Aproximación a las cifras de la desamortización civil……………… 8 111 111 116 118 118 121 126 128 131 132 134 144 149 155 155 158 166 172 173 185 194 203 213 213 213 215 218 222 223 226 227 231 − Efectos de la Desamortización sobre los monumentos arquitectónicos, el patrimonio artístico y el urbanismo de Alcalá de Henares…... − Otros efectos de la Desamortización en Alcalá de Henares………… 2. EL DESTINO DADO A LOS EDIFICIOS HISTÓRICOS DE ALCALÁ DE HENARES TRAS LA DESAMORTIZACIÓN………………………………………………... 2.1. Edificios históricos vendidos como propiedad particular……………… − Colegios Menores de León y de los Verdes…………………………. − Colegio Real de San Agustín………………………………………... − Colegio de Trinitarios Calzados……………………………………... − Convento de Agustinos Recoletos de San Nicolás de Tolentino……. − Convento de Capuchinos de Santa María Egipciaca………………... − Convento de Franciscanos del Santo Ángel…………………………. − Hospital de San Juan de Dios………………………………………... 2.2. Edificios históricos convertidos en sede de instituciones del Estado….. − Colegio de Dominicos de Santo Tomás de Aquino…………………. − Colegio de Carmelitas Descalzos de San Cirilo…………………….. − Convento de Agonizantes…………………………………………… − Convento de Dominicos de la Madre de Dios………………………. − Convento de San Juan de la Penitencia……………………………… − Colegio de Málaga…………………………………………………... − Colegio del Rey……………………………………………………… 2.3. Edificios históricos aprovechados como cuarteles y otras instalaciones militares………………………………………………………………… − Colegio de los Caracciolos…………………………………………... − Colegio de Cistercienses de San Bernardo………………………….. − Colegios de Mercedarios Calzados y de los Manriques…………….. − Colegio de Mínimos de la Victoria o de Santa Ana…………………. − Colegio de San Basilio Magno............................................................ − Colegio de Trinitarios Descalzos……………………………………. − Colegio Máximo de la Compañía de Jesús………………………….. − Convento del Carmen Calzado……………………………………… − Convento de la Merced Descalza……………………………………. − Convento de San Diego……………………………………………... CAPÍTULO 4. LA RECONSTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO ARQUITECTÓNICO DE ALCALÁ DE HENARES ……………………………………………………. 1. DESARROLLO DE LA RESTAURACIÓN MONUMENTAL EN ESPAÑA…………... − La teoría conservadora de John Ruskin………………………………….. − La teoría intervencionista de Viollet-le-Duc…………………………….. − Las Comisiones de Monumentos y los primeros esfuerzos por controlar la restauración de las obras de arte en España…………………………… − Evolución de las teorías restauradoras…………………………………... 234 240 245 245 245 246 249 250 253 260 262 263 264 266 267 271 277 283 288 291 294 299 300 302 303 309 312 324 327 329 347 347 352 354 357 363 9 2. VALORACIÓN CRÍTICA DE ALGUNAS DE LAS RESTAURACIONES EFECTUADAS EN ALCALÁ DE HENARES ENTRE 1808 Y 1939……………………………… 2.1. La restauración de la Iglesia Magistral………………………………… − Obras de mantenimiento efectuadas en el siglo XIX……………….. − Reforma urbanística del entorno……………………………………. − Restauración integral de principios del siglo XX…………………… 2.2. Otras obras de restauración monumental: el Palacio Arzobispal, la Capilla del Oidor, la Universidad y el Convento de las Bernardas…… − El Palacio Arzobispal……………………………………………….. − La Capilla del Oidor………………………………………………… − La Universidad………………………………………………………. − El Convento de las Bernardas……………………………………….. REFERENCIAS DOCUMENTALES Y BIBLIOGRÁFICAS…………………... 1. ARCHIVOS E INSTITUCIONES CONSULTADAS………………………………… 2. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS……………………………………………... 2.1. Bibliografía general de contexto……………………………………….. 2.2. Bibliografía alusiva a Alcalá de Henares………………………………. 10 369 369 373 376 383 390 390 395 404 416 419 419 420 420 438 INTRODUCCIÓN El germen de esta publicación es mi Tesis Doctoral titulada La destrucción del patrimonio arquitectónico de Alcalá de Henares (1808-1939), que fue defendida en enero de 2003 en el Departamento de Historia y Teoría del Arte de la Universidad Autónoma de Madrid. Esta Tesis fue dirigida por Antonio Martínez Ripoll, catedrático de la Universidad de Alcalá, y tutorizada por Juan Antonio Ramírez, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, a los que debo recordar aquí por su inestimable apoyo y dedicación.1 La destrucción del patrimonio arquitectónico de Alcalá de Henares (18081939) propone un estudio sistemático y globalizado de los acontecimientos históricos y los factores que determinaron el progresivo deterioro del patrimonio arquitectónico complutense, desde principios del siglo XIX hasta el final de la Guerra Civil. La idea clave es demostrar cómo el caso de Alcalá es especialmente paradigmático de hasta qué punto las catástrofes humanas, la falta de cuidado de la población, y la iniquidad e ignorancia de las autoridades públicas pueden llegar a influir sobre la mala conservación del legado cultural. Alcalá de Henares era en el siglo XIX una ciudad provinciana e inculta, que no supo poner en práctica las habilidades personales, institucionales y materiales necesarias para conservar ese glorioso acervo artístico y cultural, del que, paradójicamente, se sentía muy orgullosa. A ello hay que añadir que los acontecimientos históricos producidos en aquel período maltrataron con increíble virulencia los monumentos y las obras de arte. Ciertamente, resulta difícil encontrar otro lugar tan castigado en su arquitectura y urbanismo por causa de la destrucción de los 1 El Tribunal constituido al efecto, el 15 de enero de 2003, para la evaluación de esta Tesis Doctoral estuvo formado por D. Carlos Reyero (Universidad Autónoma de Madrid), D. Francisco José Portela Sandoval (Universidad Complutense de Madrid), D. Miguel Ángel Castillo Oreja (Universidad Complutense de Madrid), D. Francisco Javier Pizarro Gómez (Universidad de Extremadura), y D. Ángel Urrutia Núñez (Universidad Autónoma de Madrid). La calificación otorgada por dicho tribunal fue Sobresaliente Cum Laude por unanimidad. Aprovecho estas páginas para hacer constar a todos sus miembros mi más sincero agradecimiento y mi profunda admiración, que han servido de guía a este trabajo. 11 tiempos, hasta el punto de que Alcalá apenas ofrece hoy al visitante una ínfima parte de lo que fue su antigua riqueza cultural. En el amplio margen cronológico que sirve de encuadre a esta investigación (131 años), podemos encontrarnos con una asombrosa cantidad de acontecimientos desafortunados que tuvieron una incidencia claramente destructiva, o cuando menos degenerativa, sobre los monumentos y obras de arte de Alcalá de Henares. Con el fin de ordenar esta serie de acontecimientos, y analizar detenidamente las consecuencias que tuvieron sobre el patrimonio, he estructurado el libro en cuatro grandes apartados: − El primer capítulo, que introduce algunas generalidades sobre el concepto, el valor y la percepción social del patrimonio cultural, para luego aplicarlas a dos casos concretos: un análisis de la imagen de Alcalá de Henares a través de la apreciación historiográfica de sus obras de arte, y la relación de las vicisitudes experimentadas por el patrimonio artístico de la Universidad después de su extinción. − El segundo capítulo, que analiza los efectos de las guerras como principal causa de destrucción del patrimonio cultural, concretando en las consecuencias provocadas por la Guerra de la Independencia y la Guerra Civil en Alcalá de Henares. − El tercer capítulo, que profundiza en otra de las grandes causas de destrucción del patrimonio durante el siglo XIX, la Desamortización, concretando en las consecuencias provocadas por la misma sobre los antiguos colegios y conventos de religiosos varones. − Y el cuarto capítulo, que estudia algunas de las obras de restauración monumental desarrolladas en Alcalá de Henares durante aquella época, no sólo para conocer y valorar lo recuperado entonces, sino también para discernir si fueron otra causa indirecta de destrucción del patrimonio arquitectónico. Algunos de estos temas ya han sido tratados por la historiografía dedicada a Alcalá de Henares, aunque en lo que respecta a la conservación del patrimonio las referencias han sido tangenciales e incompletas. Del conocimiento general de la historia complutense, nos han llegado noticias puntuales de varios hechos relacionados con la cuestión que nos ocupa, pero a través de informaciones bastante escuetas y opiniones críticas sesgadas. Faltaba profundizar en los “cómos” y en los “porqués” de muchos de estos acontecimientos, es decir, en el proceso concreto que llevó a que estas cosas sucedieran. En cierto modo, lo que hemos hecho aquí es una “historia de las obras de arte”, reconstruyendo minuciosamente, e interpretando, lo acontecido con respecto a cada uno de los monumentos significativos de Alcalá, durante esos 131 años. Para la mayoría de los autores era un hecho bien conocido, por ejemplo, la utilización de los conventos religiosos de la ciudad como cuarteles militares durante el siglo XIX, pero no tanto el sentido y la trascendencia que adquirieron las obras practicadas en aquellos edificios, para 12 acomodarlos a dicha finalidad. Esto es justamente lo que se ha intentado precisar en este trabajo de investigación, complementando así lagunas historiográficas, corrigiendo errores de apreciación y matizando bastantes datos. Pero este libro pretende ir más allá de la simple crónica secuenciada de los acontecimientos, o del análisis descriptivo de los monumentos afectados por el devenir histórico entre 1808 y 1939. Pretende más bien ser una reflexión diacrónica acerca del concepto mismo de patrimonio, los factores que han influido más negativamente en su destrucción, y los cambios de mentalidad que han ido determinando los distintos tipos de actuaciones humanas en relación a su conservación. Aunque voy a referirme exclusivamente a la arquitectura monumental de Alcalá de Henares, sus elementos están considerados como muestra o modelo de lo que puede suceder en cualquier lugar que esté sometido a los mismos tipos de agentes destructivos. En gran medida hemos tomado la ciudad complutense como un campo para el estudio de pruebas, que son fáciles de extrapolar a otras realidades similares. Los problemas derivados de la conservación y la restauración del patrimonio histórico artístico son parecidos en todo el mundo, como podría demostrar un análisis comparativo de las distintas leyes de protección de los bienes culturales. Además, la discusión sobre cómo debe implicarse la sociedad civil en la conservación de su patrimonio, es otro punto sobre el que debería discutirse más de lo que se ha hecho hasta ahora. Reivindicamos, pues, la utilidad e interés de esta investigación más allá de la propia ciudad de Alcalá. El estudio que aquí se presenta no es solamente histórico, sino que pretende conectar los hechos con el ambiente sociológico, las expresiones culturales y las mentalidades de cada época. Pienso que el problema del patrimonio es un problema integral, que despierta muchos interrogantes y por eso debe ser abordado de forma interdisciplinar, desde la Historia del Arte, la Restauración Monumental, la Filosofía, el Derecho y la Política, la Ecología, la Antropología Social y Cultural, la Psicología, y por supuesto, la Educación. Poner en relación todos esos aspectos, que influyen cada uno a su modo en una misma realidad, es el verdadero espíritu que debe presidir la lectura de este libro. JOSUÉ LLULL PEÑALBA Alcalá de Henares, mayo de 2006 13 14 CAPÍTULO 1 SIGNIFICADO Y VALORACIÓN DEL PATRIMONIO 1. CONCEPTO, VALOR Y PERCEPCIÓN SOCIAL DEL PATRIMONIO CULTURAL 1.1. Concepto y valor del patrimonio como bien cultural dotado de significación social Por su situación de debilidad biológica a la hora de enfrentarse a la naturaleza, el hombre ha necesitado siempre desarrollar sus habilidades técnicas, y producir una serie de objetos con los que dominar un medio ambiente hostil. Esta fabricación de objetos, surgida de la aplicación diligente de las capacidades racionales, es lo que ha permitido al hombre modificar continuamente su entorno para poder vivir más cómodamente. Antropólogos como Marvin Harris o Malinowski, han definido entonces la cultura como el conjunto de conocimientos científicos y artefactos tecnológicos que una persona, o una comunidad de personas, utiliza para resolver los problemas cotidianos que presenta la lucha por la supervivencia. Quiere decirse que el hombre tendría como cualidad fundamental, que le diferencia del resto de los animales, su dimensión de homo faber o hacedor de objetos. Matizando esta opinión, otros autores consideran que la cultura es un sistema de ideas, valores y creencias que se transmiten educativamente de un individuo a otro, hasta configurar un modelo concreto de sociedad. Desde este punto de vista, tanto los actos humanos como los artefactos producidos, serían expresiones o manifestaciones prácticas de aquellas ideas, que son las que proporcionan contexto y significado a las cosas. Por consiguiente, la forma de conocer el mundo y los instrumentos utilizados por el hombre para interaccionar con él, dependerán tanto de los condicionantes naturales que ofrece el hábitat, como de la posición filosófica que adopta el hombre respecto al todo existencial. Éste es el concepto más tradicional de cultura, enunciado por Herder y suscrito por Lévi-Strauss: el de 15 que cada grupo social, de acuerdo con sus ideas, creencias y valores, compone un sistema cultural que determina el estilo de vida característico de una nación o colectividad.2 En cualquier caso, ambas teorías, la materialista y la ideacional, entienden las creaciones humanas como elementos básicos de la cultura, ya que se trata de objetos y estructuras concebidas para dar satisfacción a las necesidades físicas o psicológicas de la persona en su vida cotidiana. Esas creaciones, por tanto, tienen una significación social más o menos trascendente y aparecen como signos identificativos del modo de vida desarrollado en una civilización determinada. Su permanencia en el tiempo puede ser muy variable y depende de varios factores: su calidad material, su resistencia a las condiciones del medio ambiente en donde se encuentra, o el cuidado que el hombre haya puesto para su protección y conservación. Josep Ballart ha dividido los objetos producidos por la mano del hombre en tres categorías: 1. Los que son inmediatamente desechados porque no se les atribuye ningún valor más allá del momento que sigue a su creación, la cual está motivada por una necesidad inmediata de orden funcional. Por ejemplo, la masa de mortero sobrante que el albañil retira mientras construye un muro. 2. Los que tienen un valor de uso privativo y temporal, y van de mano en mano cumpliendo una función determinada hasta que por decadencia o desuso pasan a la primera categoría. Por ejemplo, una herramienta o un medio de transporte. 3. Los que son perdurables durante mucho tiempo, porque gozan de un aprecio especial y a veces aparecen revestidos de cualidades superiores (espirituales, estéticas, científicas), que les convierten en un referente para la sociedad. Por ejemplo, una obra de arte o un libro científico. Sólo en este último caso nos referimos a objetos especialmente significativos para una comunidad, cuya existencia, por esa valoración que se les otorga, quiere perpetuarse intencionadamente a lo largo de la historia. Así pues, de todas las expresiones culturales que una sociedad puede llegar a producir en el desarrollo de su cotidianeidad, algunas van a permanecer en el tiempo más que otras. Ballart continúa argumentando que las cosas ayudan a poner de manifiesto ante las personas las nociones de continuidad y cambio entre el pasado y el presente, porque la existencia misma de cosas producidas en diferentes momentos de la historia facilita la capacidad de distinción entre unos períodos y otros.3 A través de la contemplación de 2 Sobre el concepto de cultura véanse entre otros LÉVY-STRAUSS, C.: Antropología estructural. Buenos Aires, 1970; KAHN, J.S.: El concepto de cultura. Textos fundamentales. Barcelona, 1975; NAVARRO ALCALÁ-ZAMORA, P.: Sociedades, pueblos y culturas. Barcelona, 1981; MALINOWSKI, B.: Una teoría científica de la cultura. Madrid, 1984; HARRIS, M.: El materialismo cultural. Madrid, 1982; DÍAZ BIALET, A.: Sociología de la cultura y de la historia. Buenos Aires, 1983; GIMÉNEZ, G.: La teoría y el análisis de la cultura. México, 1987; GEERTZ, C.: La interpretación de las culturas. Barcelona, 2000; y EAGLETON, T.: La idea de cultura: una mirada política sobre los conflictos culturales. Barcelona, 2001. 3 BALLART, J.: El patrimonio histórico y arqueológico: valor y uso. Barcelona, 1997, p. 17. 16 las creaciones humanas, las sociedades se hacen conscientes de sus progresos y transformaciones, pero también de aquello que permanece inalterable. Desde este planteamiento podemos definir mejor el concepto de patrimonio, como legado cultural. Pero el patrimonio comprende también otras acepciones, según ha sabido analizar Olaia Fontal: como propiedad en herencia, como selección histórica, como sedimento de la parcela cultural y como conformador de la identidad social.4 A estas acepciones podríamos añadir aquí la función del patrimonio como elemento de referencia o modelo a imitar para las nuevas creaciones artísticas y el futuro desarrollo cultural. También las instituciones públicas tanto de ámbito regional como internacional han propuesto sucesivas clasificaciones y denominaciones, recogidas en leyes no siempre coincidentes, para los elementos que se consideran integrantes del patrimonio cultural. El problema de base es que se trata de un concepto relativo, que se construye mediante un complejo proceso de atribución de valores sometido al devenir de la historia, las modas y el propio dinamismo de las sociedades. Así, la selección de objetos a los que se otorga una serie de cualidades superiores, que justifican la necesidad de su conservación y transmisión para las generaciones venideras, puede cambiar con cierta frecuencia. Para concluir esta primera aproximación al concepto de patrimonio, podríamos definirlo como el conjunto de manifestaciones u objetos nacidos de la producción humana, que una comunidad identifica y posee como propios porque les concede un valor significativo. Atendiendo a su dimensión histórica, el patrimonio pasa de una generación a otra a lo largo de un período de tiempo más o menos prolongado, esto es, se transmite o hereda. Las razones de esa transmisión, que tiene una importante dimensión educativa, hay que buscarlas en el hecho de que tales manifestaciones u objetos se consideran merecedores de una cierta estima o valor, lo que provoca el deseo de conservarlos de cara al futuro. Fusionando la idea de patrimonio (posesión) con la de herencia (legado transmitido), surge la noción de “patrimonio histórico”, como el conjunto de cosas significativas que son heredadas por diversas generaciones humanas a lo largo del tiempo. Otro concepto vinculado es el de “bien cultural”; dado que esos elementos significativos de la cultura se transmiten de generación en generación, merced a una valoración positiva o de beneficio, a veces incluso para todos los habitantes de la tierra y no sólo para los de una comunidad concreta, es lógico asignar a esos objetos la categoría de bien. Pero además de “histórico”, el patrimonio también es “artístico”. Es histórico porque tiene antigüedad, es decir, que constituye el testimonio de un contexto cronológico ya pasado en el devenir de la civilización humana, y por esta razón es insustituible. Pero como no sería posible conservar, o al menos retener en la memoria, la totalidad de acontecimientos, testimonios y objetos producidos por el hombre en su proceso de desarrollo, nos vemos obligados a centrar nuestra atención sólo en aquellas cosas que representan un estadio especialmente significativo en la evolu4 FONTAL MERILLAS, O.: La educación patrimonial. Teoría y práctica en el aula, el museo e Internet. Gijón, 2003, pp. 30-41. 17 ción de la actividad humana. A esas cosas especialmente significativas, realizadas con la intención de perpetuar determinadas formas o ideas en la memoria de las generaciones futuras, les concedemos un valor artístico, como por ejemplo a un monumento.5 Así, las expresiones artísticas surgidas de la cultura, son referentes básicos para facilitar la educación de las personas, promover la emancipación intelectual, influir en el progreso tecnológico y, en suma, auspiciar la prosperidad de la civilización; por consiguiente, podemos otorgar al arte la categoría de bien cultural. En cierto modo, el arte sería lo más sublime o lo más excelso de ese conjunto de objetos producidos por el hombre, y por eso la Historia del Arte puede actuar como filtro o elemento crítico que sirva para valorar aquellos bienes culturales especialmente bellos. El arte, como producto del esfuerzo humano por lograr la belleza, es una necesidad más de las personas. Todas las sociedades han disfrutado de experiencias estéticas más o menos interesantes, y han discutido sobre la idea de lo bello a lo largo de los tiempos. Durante siglos los hombres han atesorado objetos por la simple belleza de su forma, por la combinación del placer visual o táctil que ésta produce, o por testimoniar unas habilidades especialmente virtuosas en el trabajo artesanal de transformación de la materia. Desde la Antigüedad se sabe de la existencia de cámaras del tesoro en las que se guardaban piezas suntuosas, que ya en el mundo clásico eran específicamente consideradas “artísticas”. Por consiguiente, el arte es un elemento significativo de la cultura, porque surge de una necesidad humana fundamental, que es la de poseer o acercarse a las cosas bellas, y ello es expresión de unos valores considerados importantes para una civilización, no sólo en un momento concreto, sino incluso también de manera eterna.6 A partir de todo este proceso de valoración, tanto a nivel antropológico como estético, legal y educativo, surge la noción de patrimonio artístico (que es a su vez histórico). En ese proceso de valoración se produce primeramente una selección de aquellas manifestaciones culturales producidas por las sociedades humanas que son dignas de conocerse y conservarse por su importancia antropológica; en segundo lugar, el valor de tales manifestaciones es evaluado de acuerdo con unos criterios histórico artísticos relativos en cada época y cada sociedad; teniendo esto en cuenta, cada civilización genera una serie de leyes dirigidas a garantizar la conservación de los bienes culturales; y finalmente, los procesos de enseñanza-aprendizaje establecidos en cada comunidad pretenden instruir en el conocimiento y la valoración de determinados bienes culturales como signos de identidad y referentes de una civilización. Con todo esto quiero decir que el concepto de patrimonio debe analizarse desde una perspectiva amplia e interdisciplinar, que tenga en cuenta los diversos puntos de vista que ofrecen cada una de las ciencias que se han dedicado a este asunto, tal como se expresa en el siguiente esquema. 5 Según RIEGL, A.: El culto moderno a los monumentos. Madrid, 1999, p. 23. Véase también BURKE, E.: Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas. Acerca de lo sublime y lo bello. Murcia, 1995. 6 Véase MARÍAS, F.: Teoría del Arte II. Madrid, 1996, p. 37. 18 Antropología Cultural Derecho Estudio de todas las expresiones culturales producidas por las Sociedades Humanas Legislación de las formas de propiedad, transmisión, protección y control político de los bienes culturales CONCEPTO DE PATRIMONIO CULTURAL Estudio y crítica de los bienes culturales bajo la óptica de la Historia y la Estética Difusión del valor de los bienes culturales como signos de identidad y referentes de una civilización Historia del Arte Educación La transmisión o herencia de estas obras de arte a lo largo de la historia, y la interacción positiva del hombre con esas obras, sirven para acrecentar el patrimonio cultural de una sociedad, hasta el punto de que en muchas ocasiones llegan a convertirse en elementos significativos de su idiosincrasia. El arte cobra entonces un valor social, que va más allá del puramente estético, porque se relaciona íntimamente con los hechos, sentimientos, ideas o recuerdos que una comunidad quiere transmitir. Un gran número de obras de arte fue fabricado con el fin de homenajear o rememorar algún acontecimiento o cualidad característicos de la sociedad en que se originaron. Éste es el sentido que cobra la palabra inglesa heritage (herencia), que sirve para denominar al conjunto de bienes culturales transmitidos con esa carga simbólica en los países anglosajones, con especial alusión al papel que desempeñan las obras de arte como documentos históricos dotados de significación social. En castellano, el vocablo “patrimonio” tiene su origen en el lenguaje jurídicoeconómico, y hace referencia al conjunto de posesiones de una persona, o a la cantidad de recursos que tiene una institución. La aplicación de este concepto al universo de la Historia del Arte es relativamente reciente; aunque se utilizaba ya en el siglo XIX, no se generaliza hasta la promulgación de la Ley del Patrimonio Históri19 co Español, en 1985. Anteriormente, se usaban más otros términos como “antigüedades”, “bellas artes”, “monumentos”, o el más difundido de todos, por su inclusión en el texto de una ley que estuvo vigente más de medio siglo en España: “tesoro artístico”.7 Pero la expresión que hoy está adquiriendo mayor predicamento es la de “bien cultural”, empleada por primera vez con carácter internacional en la Convención de La Haya, en 1954. Su consideración es consecuencia de las últimas teorías antropológicas y arqueológicas acerca del valor de la cultura material, que incluye todas las cosas más o menos significativas producidas por el hombre a lo largo de la historia, con el fin de satisfacer necesidades y deseos derivados de su interrelación con el medio ambiente.8 Aquí utilizaremos las expresiones “patrimonio” y “bien cultural” como sinónimos, por la afinidad anteriormente expuesta. No obstante, hay que admitir que la categoría de “bien cultural” supera con creces a la de “bellas artes” o “monumentos”, porque incluye objetos cuya significación no tiene por qué ser sólo estética o histórica, sino que ya son valiosos por tratarse de manifestaciones de la actividad humana, aunque sean muy recientes. Los bienes culturales, por tanto, constituyen, sin más, testimonios importantes de la civilización humana y se refieren también al patrimonio archivístico, documental, bibliográfico y etnográfico, junto con las creaciones y aportaciones del momento presente y el denominado legado inmaterial: fiestas tradicionales, expresiones folklóricas, costumbres típicas, sonidos, formas de comunicación no escrita, etc.9 La anteriormente citada Convención de La Haya establecía en su primer artículo que eran bienes culturales: a). Los bienes muebles o inmuebles que tengan una gran importancia para el patrimonio cultural de los pueblos, tales como los monumentos de arquitectura, de arte o de historia, religiosos o seculares; los campos arqueológicos, los grupos de construcciones que por su conjunto ofrezcan un gran interés histórico o artístico, las obras de arte, manuscritos, libros y otros objetos de interés histórico, artístico o arqueológico, así como las colecciones científicas y las colecciones importantes de libros, de archivos o de reproducciones de los bienes antes definidos. 7 Véase MORALES, A.: Patrimonio histórico-artístico. Madrid, 1996, pp. 9-13, en referencia a la Ley de Protección del Tesoro Artístico Nacional de 1933. 8 Según CARANDINI, A.: Arqueología y cultura material. Barcelona, 1984. Por su parte, el historiador del arte KUBLER, G.: The Shape of Time. Remarks on the History of Things. Londres, 1962, p. 9, prefería hablar de “formas visuales en el tiempo” para incluir tanto los artefactos como las obras de arte, las réplicas, las herramientas y todos los materiales que han elaborado las manos humanas. 9 Algunos ejemplos de ese patrimonio inmaterial son la plaza Xemáa el Fnaá de Marrakech, catalogada por la UNESCO en 1997 como Patrimonio Oral de la Humanidad por su arte para congregar miles de voces de vendedores, cuentacuentos, artistas, oradores y paseantes. También el Misterio de Elche, propuesto para la misma distinción por constituir una expresión cultural de enorme originalidad, por su gran cantidad de significados históricos, folklóricos y religiosos. 20 b). Los edificios cuyo destino principal y efectivo sea conservar o exponer los bienes culturales muebles definidos en el apartado anterior, tales como los museos, las grandes bibliotecas, los depósitos de archivos, así como los refugios destinados a proteger en caso de conflicto armado los bienes culturales muebles definidos en el apartado anterior. c). Los centros que comprendan un número considerable de bienes culturales definidos en los apartados a) y b), que se denominarán centros monumentales. Resumiendo todo lo expuesto hasta ahora, podríamos definir el patrimonio histórico como el conjunto de bienes culturales de carácter material, artístico, archivístico, documental, bibliográfico, etnográfico e inmaterial, que una sociedad ha recibido como herencia histórica, y que considera propios porque constituyen elementos significativos de su identidad como pueblo. Por su condición de bien cultural, el patrimonio ejerce una función benéfica muy importante para la sociedad, como fuente de desarrollo, posibilidad de utilización para una serie de servicios, y referente educativo para la promoción intelectual de las personas. Esta definición de patrimonio no es incompatible con la de titularidad, pues aunque alguno de esos bienes se halle jurídicamente en posesión de alguna persona o institución, ello no implica que el resto de la población no pueda considerarla parte integrante de su acervo cultural. Al fin y al cabo, la suma de las estructuras, los objetos y los elementos inmateriales que integran el patrimonio cultural, conforman una idiosincrasia común que define los modos de hacer, de pensar y de sentir de una comunidad. Esa idiosincrasia influye tanto en la percepción del destino histórico de dicha comunidad, como en sus potencialidades de progreso, el sentido de sus relaciones sociales, y el modo en que interacciona con el medio ambiente en el que se desenvuelve.10 10 Véase LLULL PEÑALBA, J.: “Evolución del concepto y de la significación social del patrimonio cultural”, Arte, Individuo y Sociedad, vol. 17, 2005, pp. 175-204. 21 − Criterios de “patrimonialización” de los bienes culturales A continuación vamos a explicar algunos de los criterios empleados a la hora de categorizar un bien cultural como patrimonio. 1. Antigüedad histórica. 2. Calidad técnica, riqueza o rareza de sus materiales. 3. Belleza, mérito artístico. 4. Valor pedagógico para ilustrar el pasado. 5. Significación social y cultural que sirve de referencia. 6. Capacidad para convertirse en elemento de identidad de un pueblo. 7. Importancia del uso que se le dé. 8. Estimación positiva y deseo de conservación a lo largo de los siglos. 9. Interés por transmitirlo como legado a las generaciones futuras. De todos ellos, seguramente el criterio que más se ha tenido en cuenta es la antigüedad histórica del objeto, pero no en el sentido de mera “ancianidad” sino como rastro o vestigio de tiempos pretéritos. Los objetos que perduran en el tiempo son como una puerta abierta hacia el pasado, nos transmiten noticias y sensaciones provenientes de otras épocas con una intensidad más viva que las crónicas o los relatos, porque se trata de cosas materiales que podemos ver y tocar. Cuanta mayor información histórica o arqueológica nos proporcione ese elemento, mayor será su significación. La magnitud del conocimiento que pueda proporcionarnos el estudio de las cosas del pasado dependerá de muchos factores: su propia importancia material, su excepcionalidad en relación a su contexto histórico original, su antigüedad, sus cualidades técnicas, su estado de conservación, etc. Siguiendo este razonamiento, las obras de arte se convierten con frecuencia en auténticos documentos históricos, válidos para reconstruir un ambiente sociocultural, una forma de vida o un hecho concreto sucedido en alguna época del pasado. En muchas ocasiones, los relatos o las crónicas se acompañan de huellas físicas que se quieren preservar por su especial calidad, para que podamos apreciar el progreso de la civilización humana, y fijar en nuestra memoria los avances más significativos logrados por la sociedad. Desde este punto de vista, el arte ha sido utilizado con muy variados fines: como documento testimonial de un hecho concreto (por ejemplo El matrimonio Arnolfini de Jan Van Eyck), como crónica detallada y casi periodística de sucesos destacados (por ejemplo los relieves de la Columna Trajana que representan la campaña de aquel emperador contra la Dacia), como elemento conmemorativo o expresión de protesta ante alguna situación que haya afectado especialmente a una sociedad (por ejemplo el Guernica de Picasso), como muestra de los modos de vida de las personas en alguna época de la historia (por ejemplo las escenas de género de Johannes Vermeer), o incluso como expresión del mismo pro- 22 ceso creador de la obra de arte (por ejemplo los dibujos o miniaturas medievales que muestran la construcción de una catedral). Lo que más me interesa destacar sobre este aspecto es el innegable valor que se le ha dado a los objetos con el fin de reconstruir la historia de la humanidad. Ello ha motivado entre otras cosas que se construyan museos donde conservar cuidadosamente estos objetos, para que las personas puedan encontrarse cara a cara con ellos, facilitando la fijación de determinados recuerdos en su memoria. Además de los museos, las creaciones humanas que mejor cumplen esta función son los monumentos, los cuales, efectivamente pueden definirse como consagraciones a la memoria. Los monumentos tienen algo de trascendencia y pretenden ser duraderos, constituyendo un símbolo de unión entre el pasado y el futuro. Según Ernst Gombrich, la verdadera esencia de un monumento es convertirse en un referente para las generaciones futuras, y eso es lo que lo hace particularmente útil y estimado por la sociedad.11 El papel referencial de los objetos del pasado estriba en que su propia dimensión material ofrece confianza y seguridad a las personas, porque constituyen certezas demostrables y bien conocidas, en detrimento del futuro, que es incierto, y del presente, excesivamente dinámico. Por esta causa, cuando una generación hereda de sus ascendientes ciertas referencias históricas, siente que efectivamente puede recurrir a ellas para explicar, mediante la comparación, en qué situación se encuentra actualmente. De tal forma, esa generación se hace consciente de la importancia que tienen los objetos de su propia historia, toma posesión de los mismos y decide darle el uso que más le convenga para transmitirlo igualmente a sus descendientes. Así es, en síntesis, cómo tiene lugar el proceso de “patrimonialización” de las cosas, como un medio por el cual los grupos humanos estrechan sus vínculos con el pasado, encuentran las fuentes de su identidad cultural, toman conciencia de sí mismos como sociedades, y personalizan su legado en una serie de objetos tangibles que reconocen como bienes. Otro criterio fundamental para considerar un objeto parte integrante de nuestro patrimonio es su calidad técnica o su mérito artístico. Además de su significación como recordatorio o vestigio de cosas pasadas, hay obras que por su calidad técnica o estética llaman la atención de toda la sociedad, incluso aunque hayan sido construidas en época reciente. En ciertos casos, es lógico esperar que el valor icónico de algunas construcciones contemporáneas vaya a ejercer en el futuro el mismo impacto sobre la retina de los espectadores. Por ejemplo, la Torre Eiffel se erigió en 1889 con el objetivo consciente de convertirse en símbolo de identidad de una de las más importantes capitales europeas, París; la ocasión que proponía la Exposición Universal de aquel año, la necesidad de reordenar urbanísticamente el denominado Campo de Marte, y la intención política de conmemorar el primer centenario de la Revolución Francesa fueron argumentos de peso que justificaron su erección. A pesar del profundo rechazo que causó entre los críticos contemporáneos (según al11 GOMBRICH, E.H.: “¿Por qué conservar los edificios históricos?”, Composición Arquitectónica. Art & Architecture, nº 2, 1989, pp. 115-138. 23 gunos constituía una mancha monstruosa sobre el panorama de París), la Torre Eiffel acabó siendo aceptada por el común de los franceses como una muestra excepcional del genio creador del hombre. Convertida en símbolo del progreso industrial y de la vanguardia arquitectónica del momento, durante décadas fue la estructura más alta del mundo, y el orgullo que despertó entonces permanece todavía hoy, más de un siglo después. Por consiguiente, el valor estético o puramente formal se ha manifestado con especial intensidad sobre determinados objetos que son apreciados por el placer que proporcionan a los sentidos, es decir, por sus cualidades artísticas. También su rareza o el alto precio de los materiales con que está confeccionado, o simplemente la atracción que despiertan en el espectador son valores formales especialmente apreciados. Desde este punto de vista el patrimonio es entendido en muchas ocasiones como elemento para la pura contemplación estética y no como herramienta. Sin embargo, la consideración de este criterio no siempre se ha tenido en cuenta en la legislación sobre el patrimonio. Las primeras disposiciones en esta materia, enunciadas a fines del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, se referían únicamente al valor histórico de los monumentos. Con el paso del tiempo fue corrigiéndose esta carencia, y así, en un decreto del 16 de diciembre de 1873, el gobierno español prohibía la destrucción de cualquier edificio público que “por su mérito artístico o por su valor histórico deba considerarse como monumento digno de ser conservado”. Esta sentencia añadía a la antigüedad cronológica el mérito artístico como criterio para conservar las obras de arquitectura. En adelante, las sucesivas leyes y disposiciones normativas relacionadas con la conservación del patrimonio tendrán en cuenta ambos criterios, aunque con matices. Por ejemplo la famosa Ley del Tesoro Artístico de 1933 supuso un cierto retroceso en este punto, ya que sometía a regulación solamente los bienes cuya antigüedad no fuera inferior a un siglo. Pero con la generalización del concepto “bienes culturales” a partir de la Convención de La Haya (1954), se han reconocido las creaciones y aportaciones del momento presente, cuya historicidad está aún por demostrarse. Además de los criterios histórico y artístico, es preciso considerar otra serie de factores. Así por ejemplo, en la llamada Carta de Venezia, extracto de las conclusiones del II Congreso de Arquitectos y Técnicos en Monumentos Históricos, celebrado en 1964, se admitió como elemento integrante del patrimonio arquitectónico “las obras modestas que han adquirido con el tiempo un significado cultural”. En un mundo como el actual, en el que los cambios tienen lugar de forma muy rápida y numerosa, es difícil encontrar objetos que permanezcan en el imaginario colectivo, como símbolos perdurables de la identidad cultural de una sociedad. Esos objetos son especialmente valiosos para una comunidad y merecen ser considerados parte de su patrimonio, porque recuerdan su evolución histórica y encierran un fuerte efecto socializador. 24 La mayoría de los filósofos y sociólogos contemporáneos coinciden en señalar que vivimos en una sociedad profundamente despersonalizada y masificada, en la que el hombre vive de forma individualista y desarraigada, carente de fundamentos y de valores. El incesante desarrollo tecnológico e informativo está haciendo olvidar a las sociedades su propia historia, conduciéndola frenéticamente hacia un futuro de ciencia ficción. Sin embargo, a la vez que lo anterior, también se está experimentando una creciente preocupación por conservar el patrimonio histórico, sobre todo en los países que más se han modernizado. En este contexto, el pasado puede servir para reubicar al sujeto en el mundo, reinsertándolo en la sociedad mediante la recuperación de tradiciones y elementos importantes de su civilización, que un día compartió pero que ha podido perder u olvidar. Aquí es donde advertimos más claramente la significación social del patrimonio, que es su cualidad más importante. Independientemente de la calidad técnica o la belleza estética de una obra de arte, la razón más importante que podemos esgrimir para incluir un objeto dentro de la categoría de patrimonio, es que para una sociedad determinada dicha obra encierra algún sentido. Por esta razón el arte se nos presenta con una interesante carga pedagógica, que sirve de estímulo y orientación a las personas en su proceso de adaptación a la realidad. Esto ha sido una constante a lo largo de toda la historia de la humanidad. Lewis apuntó que ya en la antigua Mesopotamia se hacía uso de material histórico con fines educativos: a principios del segundo milenio a.C. eran utilizadas antiguas inscripciones de la ciudad de Larsa en sus escuelas públicas. Esta actitud se traduce en la necesidad de conservar determinadas reliquias del pasado, aunque éstas no tengan en sí mismas un gran valor material o artístico. Bazin comentaba cómo en la Grecia Clásica tuvo lugar un interesante movimiento proteccionista hacia aquellos objetos y textos escritos, que representaban lo mejor de su civilización.12 Esta idea de salvaguarda de los bienes culturales iba más allá del puro coleccionismo individualista, puesto que el deseo de conservación tenía una dimensión colectiva y una utilidad social que implicaba a toda la comunidad. Con el transcurso de la historia, el afán conservacionista ha ido despojándose de motivaciones rituales para pasar a ser objeto de atención y tratamiento político-jurídico, que es como se afronta actualmente el cuidado del patrimonio. Gracias a esta secularización de los bienes culturales, sucedida ya en la Edad Contemporánea, se ha podido realizar un proceso crucial de selección de los objetos que debían ser efectivamente conservados. Entre los criterios más utilizados en ese proceso de selección está el simple juicio del tiempo, las opiniones fundamentadas de los científicos o expertos, la calidad técnica del objeto en sí, su belleza estética, la importancia del uso que se le haya dado, la estima que despierte para la sociedad, 12 Véase LEWIS, G.D.: “Collections, collectors and museums; a brief world survey”, en el libro de THOMPSON, J.M.A. (ed.): Manual of Curatorship: A Guide to Museum Practice. Londres, 1984, pp. 23-37; y BAZIN, G.: El tiempo de los museos. Barcelona, 1969, p. 16. 25 etc. Pero el más importante de todos ellos es sin duda el valor de identificación sociocultural que una obra puede despertar en una colectividad. Los objetos del pasado son nexos de relación entre las diferentes épocas de la historia por las que ha pasado una sociedad; son testimonios rememorativos del proceso de la civilización, y transmiten al presente una serie de ideas, elementos técnicos y formas de vida. Aparte del lenguaje verbal y corporal, las sociedades humanas también utilizan los objetos para comunicarse, conformando con ellos un código de signos y símbolos cargados de información. Cuanto más antiguo sea un objeto, más apreciada será la información que nos transmita, precisamente porque su carácter de lejanía y excepcionalidad le otorgan una dimensión más auténtica. Para que eso se produzca Ortega decía que era indispensable que el arte tuviera algo de trascendencia, o que esté cargado de patetismo humano, porque si no es capaz de conectar con las emociones de las personas, queda vacío de contenido y desprovisto de todo lo que no sea puro formalismo. Y ese arte deshumanizado difícilmente servirá de espejo o elemento simbólico en el cual pueda reflejarse una comunidad, y en consecuencia, no será retenido en la memoria como algo significativo, no será valorado como bien cultural, no podrá considerarse patrimonio. Este criterio va más allá del puro sentimentalismo, el grado de afectividad, las modas, el gusto, o la emoción estética con que un grupo de personas puede contemplar un objeto. Por el contrario, hablamos de la capacidad que debe tener un objeto para convertirse en un elemento significativo o simbólico dentro de una civilización, superando la evaluación de varias generaciones.13 Como valor añadido, por último, es preciso considerar los distintos usos que pueden llegar a tener los bienes culturales en nuestra civilización, es decir, cuál es su utilidad práctica. Debemos advertir cómo estos usos cambian casi continuamente por causa del dinamismo de las sociedades y de los valores que las sustentan. Como consecuencia, ninguna generación recibe los bienes culturales de forma íntegra y original, sino que lo hace con los añadidos, destrucciones, problemas de conservación y condiciones de uso otorgados por la sociedad anterior. El concepto de bien es una cualidad añadida por las personas a las cosas materiales para hacer a éstas más o menos estimables. Por consiguiente, se trata de un concepto relativo, sometido a los vaivenes de la percepción y del comportamiento humano y, como apunta Josep Ballart, dependiente de un marco de referencias intelectuales, históricas, culturales y psicológicas que varía con las personas y los grupos sociales que atribuyen a las cosas ese valor. Así, el valor de uso que puede adquirir el patrimonio, según Ballart, depende de que se le conceda alguna utilidad específica a los objetos que lo integran, pensando que tales objetos sirven para algo, satisfacen necesidades, etc. Es cierto que las obras de arte, por definición, no son herramientas en sentido estricto, es decir, 13 26 ORTEGA Y GASSET, J.: La deshumanización del arte. Madrid, 1987, p. 90. no tienen otra función que la de suscitar una emoción en el espectador. Pero también pueden ser utilizadas para otros fines didácticos, turísticos, religiosos, etc.14 De acuerdo con este proceso de atribución de valores, las personas actúan de forma diversa ante los bienes culturales, investigando sobre ellos, utilizándolos con distintas finalidades, contemplándolos arrobados, o incluso olvidándose de su existencia. Según se produzca una u otra actitud, el conocimiento de esos bienes y su proceso de degradación-conservación también será diferente. Entre los usos o funciones que pueden desempeñar los bienes culturales, concibiéndolos como medios o instrumentos, podemos citar los siguientes: 1. ELEMENTO INFORMATIVO-DIDÁCTICO: los objetos del pasado son objeto de investigación científica, y la difusión de sus valores puede servir para enseñar a las personas aspectos de la historia, la cultura y la vida social, haciendo más concretos y significativos los procesos de aprendizaje (por ejemplo a través de las escuelas-taller de arqueología). Por otra parte, la información generada por los bienes culturales también puede ser utilizada creativamente en otras actividades y servicios de índole no estrictamente educativa. 2. RECURSO CULTURAL: la difusión del conocimiento y de los valores que encierra el patrimonio histórico hacen que la sociedad tome conciencia de sus señas de identidad, acrecentando el número de elementos que forman parte del imaginario colectivo. Los bienes culturales (tanto materiales como inmateriales) asumidos por la mayoría de una sociedad definen en cierto modo la personalidad de ésta, y propagan una impronta característica de cara al exterior. Por ejemplo, es indudable que el desarrollo de las principales ciudades europeas de la Edad Media, se originó en torno a la construcción de grandes catedrales góticas, que pasaron a convertirse en el elemento identificativo de cada una de esas ciudades, además de incidir sobremanera en la configuración urbana de las mismas y representar, al mismo tiempo, un tipo característico de fe religiosa. 3. FOCO DE ATRACCIÓN TURÍSTICA: los monumentos y las obras de arte se han convertido en un poderoso reclamo para el turismo, lo que constituye un poderoso elemento generador de riqueza, que ayuda al desarrollo económico de muchos territorios. Hoy en día, la proyección de los bienes culturales hacia el turismo está siendo la opción más generalizada, coincidiendo con la extensión de un curioso fenómeno social, que consiste en la recolección de recuerdos históricos al gusto del consumidor. Pero la necesidad de mantener el objeto visitable en perfecto estado de conservación, con el fin de asegurar un flujo de turistas suficiente, choca al mismo tiempo con las actitudes agresivas de las masas de turistas, y esto supone un problema delicado y de difícil solución. 4. USO COMO INFRAESTRUCTURA: más habitual entre las obras de arquitectura y urbanismo, parte de una constatación evidente, que la me14 BALLART, ob. cit., 1997, pp. 62-66. 27 jor forma de conservar un edificio es habitarlo y darle vida. En la actualidad, los intentos de rehabilitación cada vez aparecen con más fuerza en los proyectos de restauración monumental, de acuerdo con la idea de devolver a los edificios no sólo su original aspecto artístico, sino también sus posibilidades de utilización. La conversión de espacios religiosos en salas de museo, el aprovechamiento de antiguos teatros para la celebración de espectáculos, y la instalación de dependencias institucionales en viejos caseríos son algunos ejemplos de ello.15 En todos estos casos el patrimonio trata de satisfacer una serie de necesidades humanas (conocimiento del pasado, aculturación de la población, beneficio económico, disponibilidad de una vivienda…), y para ello es instrumentalizado. En esa línea de aprovechamiento de los bienes culturales como instrumento para la consecución de fines, influye enormemente el grado de desarrollo alcanzado por la sociedad. Las necesidades humanas se hacen cada vez más numerosas y sofisticadas, de acuerdo con la aparición de nuevos hábitos sociales, la elevación del nivel de vida, las modas culturales, etc. La utilidad turística que podían tener las obras de arte hace treinta años no es evidentemente la misma que puedan tener ahora, en un momento en el cual se ha generalizado el turismo de masas como una de las principales actividades de ocio de la sociedad de consumo. − La declaración “Patrimonio de la Humanidad” de la UNESCO Como resumen de lo expuesto acerca de los criterios de “patrimonialización” de los bienes culturales, podemos acabar aludiendo al enfoque dado por la UNESCO acerca de esta cuestión. La UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), estableció en 1972 el programa World Heritage, dedicado a la defensa y protección de aquellas muestras de la cultura que debían ser consideradas testimonios significativos del proceso de la civilización en todo el mundo, porque eran el resultado de las grandes conquistas del genio creador. Entre las muestras de ese patrimonio mundial se incluyen: - MONUMENTOS: obras de arquitectura, escultura y pintura, estructuras arqueológicas, inscripciones, cuevas que han servido de morada para el hombre, y otros sitios que representan valores universales desde el punto de vista de la historia, el arte o la ciencia. 15 Sobre el aprovechamiento de los edificios históricos para otros fines véase entre otros LAMPÉREZ, V.: La restauración de los monumentos arquitectónicos. Teorías y aplicaciones. Madrid, 1913; CANTACUZINO, S.: Nuevos usos para edificios antiguos. Barcelona, 1979; GIEDION, S.: Espacio, tiempo y arquitectura. Madrid, 1980; CAPITEL, A.: Metamorfosis de monumentos y teorías de la restauración. Madrid, 1988; y TORRES BALBÁS, L.: “La utilización de los monumentos antiguos”, en el libro Mecenazgo y conservación del patrimonio artístico: reflexiones sobre el caso español. Madrid, 1995. 28 - GRUPOS DE CONSTRUCCIONES: separadas o conectadas entre si, que por su original diseño arquitectónico, su homogeneidad o la posición que ocupan en el paisaje natural son ejemplos ilustrativos de valores universales desde el punto de vista de la historia, el arte o la ciencia. - SITIOS: unidades paisajísticas configuradas por la obra combinada del hombre y la naturaleza, entre los que destacan las ruinas arqueológicas, que representan valores universales desde el punto de vista de la historia, la estética, la etnología o la antropología. Los criterios esgrimidos por este organismo internacional para distinguir a un lugar o un monumento, con la etiqueta Patrimonio de la Humanidad son estos seis: 1. Representar un logro artístico único o una obra maestra del genio creador del hombre. 2. Ejercer una importante influencia sobre los valores humanos durante un período determinado de la historia o dentro de un área cultural del mundo, sobre la evolución de la arquitectura, las artes monumentales o el planeamiento urbano y paisajístico. 3. Corresponder a un testimonio único, o por lo menos excepcional, de una tradición cultural o una civilización desaparecida. 4. Ser un ejemplo eminente de un conjunto arquitectónico, un elemento tecnológico o una zona paisajística que ilustre un período representativo de la historia de la humanidad. 5. Constituir un ejemplo excepcional de un asentamiento humano tradicional, característico de una cultura que pueda resultar vulnerada por el impacto de un cambio irreversible. 6. Estar asociado de manera clara y directa con sucesos, formas de vida, ideas o creencias, y contar con expresiones artísticas y literarias, de importancia universal excepcional. 16 Como factor adicional a estos seis criterios se tiene en cuenta la autenticidad que cualquiera de estos testimonios puede ofrecer en lo que a diseño, materiales, mano de obra o marco se refiere, así como su estado de conservación en relación con otros semejantes del mismo período histórico. España es el país del mundo que más sitios tiene declarados con la distinción Patrimonio de la Humanidad. En la siguiente tabla ofrecemos una lista completa de los lugares distinguidos por la UNESCO con semejante catalogación.17 16 Los criterios de la UNESCO para otorgar la declaración “World Heritage” se encuentran publicados en la página web http://whc.unesco.org/pg.cfm?cid=175 17 La lista completa de los sitios declarados “World Heritage” por la UNESCO puede consultarse en la página web http://whc.unesco.org/en/list/ 29 SITIOS ESPAÑOLES “PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD” AÑO DE DESIGNACIÓN - Catedral de Burgos. - Alhambra, Generalife y Albaicín de Granada. - Mezquita y Centro Histórico de Córdoba. - Monasterio y Real Sitio de El Escorial. - Casa Milá, Parque y Palacio Güell de Barcelona. 1984 - Cueva de Altamira. - Ciudad Vieja de Segovia y su Acueducto. - Ciudad Vieja de Santiago de Compostela. - Ciudad Vieja de Ávila y sus iglesias extramuros. - Iglesias prerrománicas del Antiguo Reino de Asturias: Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo, Santa Cristina de Lena, San Julián de los Prados y la Cámara Santa de Oviedo. 1985 - Conjunto Arquitectónico Mudéjar de Teruel. - Ciudad Vieja de Cáceres. - Ciudad Vieja de Toledo. - Parque Nacional de Garajonay (La Gomera). 1986 - Catedral, Alcázar y Archivo de Indias de Sevilla. 1987 - Ciudad Vieja de Salamanca. 1988 - Monasterio de Poblet (Tarragona). 1991 - El Camino de Santiago. - Conjunto Arqueológico de Mérida. - Monasterio de Santa María de Guadalupe. 1993 - Parque Nacional de Doñana. 1994 - Ciudad Vieja de Cuenca. - Lonja de la Seda de Valencia. 1996 - Paraje de Las Médulas (León). - Monte Perdido (Pirineos). - Palau de la Música Catalana y Hospital de San Pau, en Barcelona. - Monasterios de Yuso y Suso, en San Millán de la Cogolla (Rioja). 1997 - Ciudad Vieja de Oviedo. - Universidad y recinto histórico de Alcalá de Henares. - Pinturas Rupestres del Levante Español. 1998 - Ciudad de San Cristóbal de La Laguna. - Ibiza: cultura y biodiversidad. 1999 - Conjunto Arqueológico de Tarraco. - El Palmeral de Elche (Alicante). - Murallas Romanas de Lugo. - Iglesias Románicas del Valle del Boí (Cataluña). - Yacimiento Arqueológico de Atapuerca (Burgos). 2000 - Conjunto Arquitectónico Mudéjar de Aragón. - Paisaje Cultural de Aranjuez. 2001 - Conjunto Monumental Renacentista de Úbeda y Baeza. 2003 30 El centro histórico de la ciudad de Alcalá de Henares fue inscrita en la lista del Patrimonio de la Humanidad el 2 de diciembre de 1998. Para otorgar tal distinción, la comisión evaluadora de la UNESCO aceptó que en el caso de Alcalá se cumplían de manera clara y fehaciente los criterios 2, 4 y 6 expuestos anteriormente. Ésta fue la justificación final de la declaración: Criterio 2: Alcalá de Henares fue la primera ciudad diseñada y construida específicamente como sede de una universidad, y sirvió de modelo para otros centros de aprendizaje tanto en Europa como en América. Criterio 4: El concepto urbanístico de ciudad ideal o Ciudad de Dios (Civitas Dei), tuvo su primera expresión material en Alcalá de Henares, desde donde fue ampliamente difundida por los misioneros e intelectuales españoles a lo largo de todo el mundo. Criterio 6: La contribución de Alcalá de Henares al desarrollo intelectual de la humanidad encontró una extraordinaria expresión en su materialización de la Civitas Dei, así como en los grandes avances que tuvieron lugar allí sobre el estudio de las lenguas, tanto en la definición del idioma español como en la literatura de su hijo, Miguel de Cervantes Saavedra y su obra maestra Don Quijote de la Mancha. Quiere esto decir que la UNESCO ha valorado de modo especial la herencia cultural que supuso para España el desarrollo de la Universidad alcalaína y sus estudios filológicos, así como su incidencia en el planeamiento urbano de la primera ciudad universitaria de la Edad Moderna, cuyo modelo fue imitado en otras ciudades de Europa e Hispanoamérica. Como elemento de juicio añadido también se ha tenido en cuenta la importante labor de restauración y rehabilitación del patrimonio arquitectónico complutense, desarrollado desde hace pocos años por algunas instituciones interesadas, y ejemplificado históricamente en la creación de la Sociedad de Condueños, que salvó de la ruina los edificios de la Universidad en 1850. Sin embargo, conviene puntualizar que no son los monumentos ni las obras de arte los principales objetos de estimación, según la UNESCO, sino la herencia cultural de la Universidad, sobre todo en lo referente al avance intelectual producido en su época en el ámbito de la lengua y la literatura. Por consiguiente, el patrimonio artístico alcalaíno se nos presenta hoy como un testimonio, o como un conjunto de expresiones materiales estrechamente relacionado con esa herencia cultural universitaria. El propósito principal de nuestro estudio es evaluar con exactitud cuánto nos queda hoy de esa herencia, y en qué medida los monumentos y las obras de arte surgidos a raíz de ese contexto histórico universitario, han podido perder parte de su identidad original. Con la intención de profundizar todo lo posible en este problema, trataremos de dilucidar los factores que han provocado esa pérdida de identidad, y como consecuencia de ello el menoscabo que hayan podido sufrir las expresiones materiales de ese patrimonio cultural. Como línea de investigación básica, prestaremos especial atención a la evolución de las mentalidades ocurrida 31 en el seno de la sociedad, ya que esto ha podido determinar un cambio en la significación social de los bienes culturales complutenses, lo que a su vez habrá influido lógicamente en su conservación. Como última puntualización, decir que nos centraremos en el llamado patrimonio inmueble, formado por los edificios, monumentos y estructuras arquitectónicas que han conformado la fisonomía de la Civitas Dei que fue Alcalá de Henares. 1.2. La imagen de Alcalá de Henares a través de la valoración historiográfica de sus obras de arte Para comprender el cruel y exhaustivo proceso de degradación que sufrió la ciudad complutense durante todo el siglo XIX, y cómo esa sensación de decadencia fue condicionando negativamente la imagen de su patrimonio cultural, conviene recordar primero lo que llegó a ser Alcalá en su época más esplendorosa. Por evitar detenernos demasiado en explicar aquellos elementos dignos de mención en la villa del Henares, recurriremos a la cita de un documento singular, que sintetiza a la perfección su importancia arquitectónica, política, social, académica, religiosa y militar, justo en un momento en el cual empezaba a vislumbrarse su crisis, a la par que la de toda la civilización española. Me refiero al texto que recoge la concesión del título de “Ciudad” a Alcalá de Henares, sancionado por el Rey Carlos II en 1687, y que en cierto modo constituye un interesante epílogo a esa época dorada que experimentó la villa entre los siglos XV y XVII. Razonaba este documento... “Queteniendo considerazion alos muchos buenos y señalados seruicios que el Conzejo Iustizia Regidores Caualleros Escuderos Oficiales y hombres buenos dela Villa de Alcala de Enares mea echo entodas las ocasiones quedemi servizio sean ofrecido enpaz y enguerra y ala fidelidad conque loacontinuado y ala antigüedad della y alas circunstanzias tan Expeziales de Onor y Lustre quela asisten y aque tambien mearrepresentado q antiguamente fue onrrada con el titulo de Ciudad y que es caueza de Obispado pues encierra ensi la jurisdizion de Metropoli y una Iglesia tan ynsigne quetoda secompone de Preuendados dignos deocupar las preuendas delas Iglesias Chatedrales y quetambien sealla con una Universidad delas mas Celebres detoda la Europa y quees Prouinzia y Partido con Audienzia para los tributos y seruizios Reales para lomilitar, Visitas del Sancto Tribunal dela Inquisizion y Cruzada y para los hazimientos de Rentas dezimales hallandose con muchas Casas originarias muy ylustres hauiendose celebrado muchos Conzilios enque sedeterminaron materias muy ymportantes y quetambien sehizieron Cortes enella por el señor Rey Don Alonsso el Onzeno y muchas Pracmaticas porlos señores Reyes Don Fernando y Doña Ysauel nosiendo menos ylustre por los SSantuarios tangrandes quegoza Iglesias Monasterios y Ospitales y estar murada porsu mucha poblazion y porla gloria quela dieron los felizes nazimientos dela señora Infanta Doña Chatalina Reyna de Inglaterra y los delos señores Infantes D. Alonsso y D. Ferdinando encuyos nazimientos tubo la esperanza deque sela onrrase co32 nel titulo de Ciudad y atendiendo aesto y alas demas particularidades y cossas ynsignes que tiene y queriendola Onrrar y sublimar, He tenido por vien de hazer e intitular como por la presente hago e intitulo Ciudad a la dicha Villa de Alcala de Enares.” 18 Sin embargo de lo expuesto, la floreciente imagen que se pretendía dar de Alcalá fue paulatinamente minusvalorándose a lo largo del siglo XVIII. La agonía de la Universidad por culpa de su anquilosamiento académico, y las sucesivas crisis que la convulsionaron, influyeron gravemente sobre el municipio, sumido en una situación ya de por si bastante precaria debido a las malas cosechas y las crisis de subsistencias arrastradas desde finales del XVII.19 Así lo apreciaron diversos viajeros extranjeros que pasaron por aquí, como el monje capuchino François de Tours, que en 1700, sólo trece años después de la concesión del título de “Ciudad”, describió a Alcalá en el Voyage d’Espagne et de Portugal, como un lugar mediocre. Poco más tarde, en 1722 el Duque de Saint-Simon, Louis de Rouvroy, denunció en sus Mémories la situación de abandono en que se encontraba el sepulcro del Cardenal Cisneros: “Estaba bastante estropeado por falta de cuidado y de reparación, lo que excitó de tal modo mi indignación, que no puedo perdonar a los principales de ese colegio el reproche de su negligencia y de su ingratitud”. La decadencia de la Universidad fue también mencionada en 1755 por el fraile jerónimo Norberto Caimo, en sus Lettere d’un vago italiano ad un suo amico, donde criticó la falta de actualización de sus enseñanzas. Eso sí, Caimo reseñó algunas pinturas significativas por su calidad artística, que se hallaban en los conventos e iglesias de Alcalá, destacando los de Angelo Nardi del templo de Jesuitas y de la iglesia de las Bernardas, un Martirio de San Andrés por Carreño (“el de la cantarilla de miel” según Palomino), existente en las Carmelitas Descalzas de la Imagen, otro de Francisco Camilo en el altar de la iglesia de los Capuchinos, los de Alonso Cano que había en la capilla de San Diego, los de Vicente Carducho y Eugenio Caxés de la Magistral, y el extraordinario cuadro de San Agustín entre Cristo y la Virgen María, de Rubens, que presidía la capilla de las Santas Formas. El interés del viajero lombardo por la pintura le hizo prestar poca atención a la arquitectura complutense, la cual estimó bastante sencilla. Unos años después vino a Alcalá otro italiano, Giuseppe Baretti, siguiendo un itinerario que tituló A Journey from London to Genoa, through England, Portugal, Spain and France. La visita de Baretti se produjo exactamente el 14 de octubre de 1760, y coincidió con su compatriota anterior en que los buenos días de 18 Archivo Municipal de Alcalá de Henares (A.M.A.H.), C. 11, Carta de privilegio de S.M. el Rey Carlos II concediendo el título de Ciudad a la Villa de Alcalá. Aranjuez, 5 de mayo de 1687, edición facsímil por el Ayuntamiento de Alcalá en 1987. Véase también DELGADO CALVO, F.: Consecución del Título de Ciudad. Alcalá de Henares 1687. Alcalá de Henares, 1987. 19 Véase BALLESTEROS TORRES, P.: “Alcalá de Henares en el siglo XVIII”, Alcalá de Henares, páginas de su historia. IX Curso de Historia, Arte y Cultura de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 2000, pp. 111-122. 33 Alcalá habían llegado a su fin. Por ejemplo, el Colegio del Rey había sido abandonado tiempo atrás, y se iba deteriorando visiblemente, mientras que el Patio de Santo Tomás de Villanueva, en la Universidad, se encontraba ya en malas condiciones y apenas alojaba a dieciséis estudiantes. Lo mismo sucedía con el Real Colegio de San Agustín, el cual “en poco tiempo, de continuar su actual ritmo de deterioro, no será más que un montón de escombros”, con el de Santo Tomás “igualmente abandonado y derrumbado paulatinamente”, y con el de Málaga, donde “lo mejor de sus muros se derrumba sobre los sótanos, y un sinnúmero de arañas ubican sus telas sobre los rotos peldaños de su escalera principal”. Lo ocurrido respecto a los edificios era también extensible a la vida académica, puesto que el número de estudiantes de la Universidad había disminuido de forma alarmante en los últimos años: de los diecinueve o veinte colegios existentes, dos tercios eran ya absolutamente inhabitables, y el resto se encontraba en una situación penosa.20 Las denuncias sobre el estado ruinoso de buena parte de los edificios universitarios, y en especial del Colegio Mayor de San Ildefonso, fueron reiteradas a partir de 1760. El deterioro producido en la manzana cisneriana era de tal magnitud que el rector se vio obligado a desalojar una gran parte de sus estancias, y a solicitar la supervisión de su estructura arquitectónica. Fue en este contexto cuando Ventura Rodríguez realizó varios diseños para la completa remodelación de uno de los sectores de la manzana, concretamente el que miraba a la Plaza Mayor, proyectando incluso una nueva capilla universitaria, en sustitución de la antigua de San Ildefonso. A pesar de la espectacularidad de estos diseños, debemos congratularnos de que finalmente no se llevaran a término.21 − Antonio Ponz y el inicio de la crítica de arte en Alcalá de Henares La opinión más autorizada para la historiografía artística española, acerca de los monumentos de Alcalá de Henares en el siglo XVIII, es la que vertió don Antonio Ponz. Ponz fue uno de los primeros y más importantes tratadistas de arte en nuestro país; su erudición histórica y su espléndida formación pictórica le llevaron a ser elegido por el ministro Campomanes para recopilar las obras de arte existentes en los centros de jesuitas, con el fin de evitar su venta y expolio después de la expulsión de la Compañía en 1767. Posteriormente fue nombrado secretario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, cargo que le per20 Acerca de estas visitas véase BALLESTEROS TORRES, P.: Alcalá de Henares vista por los viajeros extranjeros (Siglos XVI-XIX). Alcalá de Henares, 1989, pp. 68-83. 21 Sobre esto véase REESE, T.F.: The Architecture of Ventura Rodríguez, 2 vols. Nueva York, 1976; TOVAR MARTÍN, V.: “Ventura Rodríguez y su proyecto de nueva universidad en Alcalá de Henares”, Academia, nº 54, 1982, pp. 187-238; VARIOS: El arquitecto Ventura Rodríguez (17171785). Catálogo de la exposición, Madrid, 1983, pp. 148-150; y TOVAR MARTÍN, V.: “Ventura Rodríguez: restauración y renovación de espacios universitarios de Alcalá”, en Una hora de España. VII Centenario de la Universidad Complutense. Catálogo de la exposición, Madrid, 1994, pp. 37-48 y 252259. 34 mitió dedicarse a la redacción de su famoso Viage de España (1772-1794). Esta obra faraónica, publicada en dieciocho volúmenes, aportaba un ingente caudal de información sobre la riqueza cultural de la nación y, siguiendo la línea de las enciclopedias ilustradas de la época, discriminaba aquellos aspectos de la realidad social considerados como un obstáculo o un retroceso para la modernización del país.22 El Viage..., en fin, tiene un enorme valor como inventario de bienes culturales, puesto que fue realizado pocos años antes de la dispersión provocada por la Guerra de la Independencia, pero además incluía un importante aparato crítico (limitado por un punto de vista estrictamente neoclasicista), sobre la calidad y la significación de cada obra de arte o monumento. La primera visita de Antonio Ponz a Alcalá de Henares tuvo lugar el 14 de julio de 1769, y aparece recogida en el tomo primero del Viage de España.23 La relación de las cosas de interés que, a juicio del tratadista podían encontrarse en la ciudad complutense, ocupa dos extensas cartas (la sexta y la séptima); bastante menos que las cinco cartas dedicadas por ejemplo a Toledo, pero algo más que los textos referidos a otros lugares como Guadalajara o Aranjuez. Esto da idea de la importancia monumental que Ponz atribuyó a Alcalá, una ciudad que ofrecía suficientes “materiales para otra Carta, y que falta tiempo ahora para continuar”. La sola contemplación del perfil urbano complutense desde el puente del Zulema, sobre el río Henares, ya fue bien destacada por el académico: “Cierto que por aquel parage representa la Ciudad su mejor vista; pues conteniendo en su recinto treinta y ocho Iglesias, y diez y nueve Colegios, sobresale un número de cúpulas, y torres que forman un razonable espectáculo.” Esta impronta, que puede cotejarse con el conocido dibujo realizado por Anton Van den Wyngaerde (1565), o con el grabado de Pier Maria Baldi (1668) que reproducimos en estas páginas, nos sirve para comprobar el tremendo menoscabo sufrido en el patrimonio arquitectónico de Alcalá, desde que Ponz escribiera esas líneas hasta la actualidad. ¿Cuántas cúpulas han perecido víctimas de la incuria de los tiempos y la sinrazón de los hombres? A lo cual tendríamos que añadir las espléndidas murallas medievales que bordeaban toda la ciudad, dotada de abundantes torres al igual que en Toledo, según recordaba Giuseppe Baretti, y que hoy está casi completamente desmantelada. 22 Véase PUENTE, J.: La visión de la realidad española en los viajes de don Antonio Ponz. Madrid, 1968. Concretando en el caso de Alcalá, el propio PONZ, A.: Viage de España, vol. I. Madrid, 1787, p. 297, advertía de la necesidad de renovar la institución universitaria, adelantando que “por las actuales disposiciones, y providencias del Consejo Supremo de Castilla se debe esperar que florezcan las Universidades del Reyno, desterrando de ellas lo que no es de provecho, y estableciendo el mejor método, y enseñanza”. 23 Según DIEGO PAREJA, L.M.: La expulsión de los Jesuitas de Alcalá de Henares en 1767 y vicisitudes de sus propiedades hasta su regreso en 1827. Alcalá de Henares, 1997, pp. 129-130. Posteriormente se produciría una segunda venida de Ponz a la ciudad, el 9 de noviembre de 1774, con objeto de ultimar el traslado de varios cuadros del Colegio Máximo de Jesuitas a Madrid. 35 1. Vista de Alcalá de Henares, por Pier Maria Baldi. Dibujo de 1668. Particularizando en los diversos monumentos que llamaron su atención, Antonio Ponz se detuvo especialmente en describir el vasto conjunto del Colegio Mayor de San Ildefonso, sede de la Universidad, el Palacio Arzobispal, la iglesia de las Bernardas, la Magistral, el Colegio de Jesuitas, el Colegio del Rey, el convento de Recoletos de San Nicolás de Tolentino, y el convento de Franciscanos de San Diego, citando más brevemente las pinturas existentes en los conventos de Agustinas Magdalenas, Capuchinos, Carmelitas Descalzas de la Imagen, y Trinitarios Descalzos. Además de lo expuesto, Ponz valoró positivamente otras cosas que anteriores viajeros como Norberto Caimo no visitaron por marcharse apresuradamente de Alcalá: “Tiene esta Ciudad muy buenas fachadas en sus Iglesias, y Colegios; y ademas de las referidas, me gustaron la del Colegio de Málaga, la de los Padres Bernardos, y la de los Irlandeses, con algunas otras.” Las críticas más favorables, teniendo en cuenta su criterio estético academicista, las adjudicó a las obras de arte realizadas durante el Renacimiento y el Manierismo, censurando en cambio cualquier vestigio de época Barroca, por considerarlo de mal gusto. En líneas generales, los juicios de valor vertidos por el tratadista dieciochesco son de una gran modernidad, y suponen un importante salto cualitativo en la historiografía artística española, hasta el punto de que la mayoría de los investigadores actuales coinciden con ellos. Su ilustrada frialdad, carente del subjetivo apasionamiento de que hacían gala otros cronistas, otorga mayor credibilidad a sus opiniones, ajenas a los mitos populares, los errores científicos y las falsas creencias. Pero su limitado punto de vista neoclasicista le llevó a condenar u olvidarse de algunas obras de arte ciertamente notables, como el Paraninfo de la Universidad, en el que “no halló cosa que merezca escribirse”. Otros dos ejemplos de ello: es tendencioso el apelativo “ridícula ojarasca, y de pésimo gusto” con que etiquetó el retablo barroco de las Santas Formas, trasladado a la Magistral, pero resulta aún más sorprendente que al mencionar las pinturas de la iglesia de los Agustinos Recoletos, la mayoría de ellas de Francisco de Solís, omitiese el excepcional cuadro del altar mayor, El Triunfo de San Agustín, firmado por Claudio Coello en 1664. 36 Quiero decir que, sin desmerecer en modo alguno la utilísima información proporcionada por Antonio Ponz, debemos ser bastante cautos a la hora de releer su Viage de España, al menos en lo concerniente a Alcalá de Henares. Incluso en sus apreciaciones acerca del estado de conservación del patrimonio artístico complutense, me parece muy sospechoso que criticara el descuido con que entonces eran tratadas algunas obras de arte, y al mismo tiempo aprobara el proyecto de Ventura Rodríguez para la edificación de una nueva iglesia universitaria (hacia 1762), que tenía como consecuencia la total destrucción de la Capilla de San Ildefonso. La visión sesgada del académico tendría a la larga consecuencias muy negativas para la valoración y conservación de los monumentos complutenses, en especial los de época barroca, con los que no se tuvo ningún miramiento en la centuria siguiente. Al margen de tales controversias, nos interesa retomar ahora las alusiones que hizo Ponz al estado en que se encontraban los bienes culturales de Alcalá cuando él los examinó. Las citas son abundantes a la vez que ilustrativas sobre este particular: - En la Capilla de San Ildefonso, en fecha indeterminada, se había levantado el pavimento por causa de la humedad, lo que es posible que provocara la pérdida de algunas lápidas e inscripciones. - El sepulcro de Cisneros tenía desgastadas algunas figuras de los laterales de la cama, “lo que atribuyen a la humedad del sitio; pero yo pienso de otra manera, que este mal lo harían los muchachos, y los ignorantes antes que la rexa se pusiese, como que aun de rodillas las podian manosear”. - La medalla de alabastro con el retrato del Cardenal Cisneros, obra de Felipe Bigarny, era en su opinión “alhaja verdaderamente digna de un Museo, y de libertarla de la jurisdicción de Sacristanes”, ya que debía estar descuidada y medio escondida en la sacristía de la Capilla de San Ildefonso, “y es milagro que no haya perecido, pues se le conoce por una pegadura, que ya se hubo de caer, y de romperse”.24 - La introducción del escudo del Cardenal Infante Luis Antonio de Borbón en medio de la fachada principal del Palacio Arzobispal (1739), había destruido a su vez “otras armas del tiempo de Carlos V que hay hechas pedazos por el suelo”. - En el Salón de Concilios de dicho palacio no quedaban ya “señas que se habían perdido, o cubierto ciertas inscripciones que en él había”. - El estado de abandono del alcázar prelaticio, en fin, se manifestaba en el hecho de haberse dejado “al cuidado de uno que tiene las llaves, y la enseñan, sin tener mas uso que el de pocas piezas que ocupan ciertas Oficinas del Señor Arzobispo en el quarto baxo”. 24 Es interesante apuntar cómo después de la primera visita de Ponz, esta medalla fue trasladada al Gabinete de antigüedades y Librería del Colegio de San Ildefonso, lo que constituye un claro esfuerzo de conservación y dignificación de una obra de arte como bien cultural de carácter público. 37 - Con la expulsión de los jesuitas, el retablo de las Santas Formas había sido trasladado desde su emplazamiento original de la iglesia de la Compañía, hasta la Magistral. - De los restos de la ciudad romana, sólo se conocían algunas lápidas con inscripciones latinas, que anteriormente habían sido citadas por el erudito Ambrosio de Morales, y que entonces Ponz vio recolocadas en el Colegio del Rey y en un edificio de la calle de Roma. - Finalmente, en los cerros que se levantaban sobre Alcalá, al otro lado del río Henares, había “un gran Castillo casi arruinado, y cerca de este parage se ven otras ruinas, que según algunos creen fue la antigua Alcalá, y hoy llaman Alcalá la vieja, la que conquistó el Arzobispo de los Moros”. 25 A pesar del mal estado de conservación de algunos monumentos, Ponz valoró muy positivamente la calidad del patrimonio cultural complutense, hasta el punto de pensar que algunas obras de arte eran dignas de custodiarse en un museo, como la medalla del Cardenal Cisneros realizada por Bigarny. El mismo parecer reservó a las pinturas más notables del extinguido colegio de la Compañía de Jesús, de tal suerte que el cuadro de Rubens, San Agustín entre Cristo y la Virgen María, otro lienzo de José Ribera el Spagnoletto representando a San Jerónimo penitente, y trece obras más entre las que destacaban dos de Lucas Jordán, fueron trasladadas a Madrid por orden suya el 17 de diciembre de 1774, ingresando la mayor parte de ellos en el museo de la Real Academia de San Fernando.26 Gracias a esta medida dichas obras se salvaron del saqueo y la destrucción, pero también es verdad que con ella fue privada Alcalá de importantes muestras de su patrimonio artístico. La actuación de Antonio Ponz en Alcalá se enmarca dentro de la política ilustrada y centralista de los Borbones, que pretendió unificar el modo de proceder en los asuntos culturales de España, a partir de los planteamientos ideológicos de la Academia de Bellas Artes, y desde la formación de los primeros museos modernos de carácter nacional. Esta actitud proteccionista del Estado hacia el patrimonio, vinculada a la promulgación de las primeras leyes conservadoras, me parece diametralmente opuesta a la que se experimentaba por las mismas fechas en la ciudad complutense, donde existían síntomas de dejadez y despreocupación bastante alarmantes. Lo más revelador a este respecto es que dicho comportamiento sólo era denunciado por los extranjeros que visitaban Alcalá, no por los lugareños, iniciándose así una profunda disociación entre las opiniones locales y nacionales que todavía perdura en la actualidad. La espléndida erudición y capacidad para establecer relaciones de contexto que aporta Ponz, contrasta con la 25 Noticia de todo lo expuesto en PONZ, ob. cit., vol. I, 1787, pp. 283-323. Véase PÉREZ SÁNCHEZ, A.E.: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Inventario de pinturas. Madrid, 1964, pp. 12, 22 y 63; AZCÁRATE, J.Mª.: “Pinturas y dibujos desde el siglo XV al XVIII”, en El Libro de la Academia. Madrid, 1991, p. 126; y DIEGO PAREJA, ob. cit., 1997, pp. 128131. 26 38 cortedad de miras del conocimiento histórico que había en la época acerca de la ciudad complutense, cuyos habitantes tenían como únicas referencias confusos cronicones como los Annales Complutenses (1652) y la Historia de la ciudad de Compluto del catedrático Miguel Portilla y Esquivel (1725-1728). El desastre de la Guerra de la Independencia contra los franceses ayudó a tomar conciencia del valor que tenía el patrimonio, dilapidado por culpa del saqueo o la destrucción. El conocimiento más o menos preciso de la riqueza cultural complutense, que habían ofrecido los estudiosos de la centuria anterior, sirvió para comparar lo que quedaba de ese legado al término de la contienda. Incluso los propios invasores reconocieron el menoscabo producido. En el contexto de la visita que el Rey José Bonaparte giró a Alcalá de Henares el 18 de septiembre de 1810, el Conde de Melito, André-François Miot, describió cómo entonces “no quedaba casi ninguna huella de este pasado esplendor”. Razonaba el aristócrata galo que la Universidad estaba casi desierta y eso se había dejado notar en un descenso de la población, que había pasado de veinte mil almas a poco más de cinco mil. En la biblioteca del Colegio Mayor de San Ildefonso, además, “un rico medallero que poseía, había sido sustraído, así como un gran número de buenos libros”. En medio de este expolio, los complutenses se aferraban a aquellos elementos significativos de su patrimonio cultural, como una forma de reafirmar su identidad frente al enemigo. Es el caso de las reliquias de los Santos Niños Justo y Pastor y el ostensorio de las veinticuatro Santas Formas del milagro, que fueron ceremoniosamente mostradas al Rey intruso en aquella visita. Es interesante apreciar, como un ejemplo más de la comentada disociación de opiniones entre los nativos y los extranjeros, el escepticismo con que fueron contemplados ambos objetos por los franceses. Al descubrirse las Santas Formas para adorarlas “hubo que advertirle [a José I] se pusiese de rodillas, y dicen que uno de la comitiva preguntó si eran pintadas”; en cuanto a los Santos Niños, André-François Miot, que estuvo presente en aquella circunstancia, refiere que “la parte principal de las reliquias son una tibia y un pie muy bien conservados, pero que parecen corresponder evidentemente a un hombre de cinco pies y seis pulgadas por lo menos y no a un niño de diez años, edad que según la leyenda tenían los jóvenes mártires”.27 − La visión romántica de los monumentos históricos como expresión de la decadencia de la ciudad complutense La imagen de decadencia que impregnaba Alcalá desde principios del siglo XVIII, se agravó sobremanera cuando empezó a hacerse efectiva la posibilidad de que fuera clausurada la Universidad en 1814. La agonía de la ciudad había si27 Véase respectivamente PALOMAR, J.D.: Diario de un patriota complutense en la Guerra de la Independencia. Madrid, 1894 (edic. facsímil por la I.EE.CC., 1991), pp. 28-29; y BALLESTEROS TORRES, ob. cit., 1989, pp. 103-104. 39 do pareja a la de la institución académica, y la desaparición de ésta hacía presagiar un destino tremendamente incierto a la vez que preocupante. Por eso se repitieron los escritos de protesta, suscritos tanto por las autoridades universitarias como por las municipales, que hicieron frente común, por primera vez en muchos años, para salvaguardar el elemento más característico del acervo cultural complutense. Las alusiones históricas relativas al glorioso pasado de la localidad fueron habituales a la hora de construir los argumentos pertinentes. Véase como ejemplo esta grandilocuente cita de abril de 1814, tomada del Manifiesto del Ayuntamiento Constitucional de Alcalá de Henares sobre los obstáculos que se ofrecen a la extinción o traslación de su Real Universidad: “La Ciudad de Alcalá situada a las márgenes del magestuoso Henares, es una de las poblaciones mas célebres del universo. Por la amenidad de su territorio, con que la naturaleza la ha enriquecido, ha venido a ser el asunto de las ficciones agradables de los Poetas. Aunque no logra la magnitud, y fausto de populosa, puede envanecerse con el sobrenombre de Grande, titulo, que ni la emulación pudo jamás obscurecer, ni la fama dejar de fixarle en ambos polos. Los países mas distantes del orbe claman con un grito tan unánime como espresivo, diciendo, nosotros hemos oído su nombre. Pero no es su Campo Laudable quien hizo volar su fama hasta los climas mas remotos: solo su real Academia, emporio de lo sabio, y a quien pudo envidiar el Areópago de Atenas, ha dado a Compluto nombre famoso entre las ciudades del universo [...] A la real Universidad de Alcalá de Henares, celebrada con justa razón entre las principales Academias del orbe literario, es a quien pertenecen los superiores talentos. Su gran fundador el Eminentísimo Señor Dn. Fr. Francisco Ximenez de Cisneros, a cuyo ardiente celo debe esta Católica Corona la estension de sus dominios, no ha podido emprender obra mas grata a Dios, y útil a la Monarquía Española, que el establecimiento de este nuevo Areopago. La Iglesia, y todos los siglos son interesados en publicar las obras de este hombre inmortal. Y sin hacer mención por ahora de innumerables fundaciones de Monasterios, Colegios, Seminarios, Casas de Religión, y templos magníficos, que erigió dentro, y fuera de Alcalá, bastará para hacer renacer su memoria el establecimiento de esta nuestra Academia, fecunda Madre de ingenios y teatro universal de las ciencias, y de las artes. Si sus benéficas influencias se han derramado sobre el mundo entero, y si son inmensos los beneficios, que esta Nación ha recibido de esta bienechora; ¿podría menos de resentirse la sociedad, si se la privase de este manantial inagotable de luces, y conocimientos?” 28 En este texto el legado histórico aparecía como el componente más importante que otorgaba identidad y razón de ser a un pueblo. Dicho de otro modo, la ciudad complutense era todo lo que era gracias a su glorioso pasado y a la acción desarrollada tiempo atrás por su Universidad, que era, sin ninguna duda, el elemento más característico de su idiosincrasia. Evidentemente, este argumento ser28 40 Archivo Municipal de Alcalá de Henares (A.M.A.H.), Leg. 807/1, fols 67-72. vía para esconder las carencias y los defectos del momento presente en Alcalá de Henares, aquellos que mostraban la realidad de un municipio cada vez más arruinado y venido a menos. Pero también tiene que ver con una percepción de la cultura muy típica dentro del historicismo romántico defendido entre otros por Herder, según la cual los acontecimientos del pasado aclaran y justifican el presente, que no es otra cosa que el último eslabón de un largo proceso evolutivo. En este sentido, la población complutense era plenamente consciente de su agonía, fraguada en la decadencia universitaria experimentada desde finales del siglo XVII, pero al mismo tiempo se aferraba con vehemencia al recuerdo de las glorias pasadas en un postrer esfuerzo por mantener su identidad como pueblo. Sin embargo, pienso que el Manifiesto... de 1814 coincidió con esa mentalidad historicista sólo de forma casual, ya que el Romanticismo no empezó a tener verdadera vigencia en España hasta después de la muerte de Fernando VII, en 1833. Cuando sí se dio una utilización elegíaca de la Historia, según mi opinión, fue en los años en los que se determinó el traslado de la Universidad a Madrid (1835-1837). Entonces tomó cuerpo en Alcalá una versión “restauracionista” del historicismo, similar a la que postulaba Chateaubriand, consistente en el ensalzamiento del absolutismo preburgués y en un anhelo de sacralización de la sociedad.29 La vieja alianza del Trono y del Altar defendida desde amplios sectores de la Universidad de Alcalá (una Universidad de Teología adscrita en su mayor parte a la causa carlista), se convirtió en un potente argumento para tratar de evitar el cierre de las aulas y restaurar gracias a ello la grandeza nacional. Es importante resaltar este peculiar carácter restauracionista (monárquico e hiperreligioso) del Romanticismo, ya que se mantendría en Alcalá prácticamente durante todo el siglo XIX. Precisamente, la extinción de la academia complutense se debió en parte a ese espíritu, que chocó frontalmente con los intereses reformistas y secularizadores del gobierno liberal, de tal forma que la ciudad del Henares acabaría vilipendiada y sumida en el ostracismo. Justamente en medio de este contexto visitó la localidad uno de los más renombrados viajeros románticos que pisaron suelo español, el inglés Richard Ford. Ford quizás fuera consciente de la antigua grandeza de Alcalá, pues el sitio le parecía “imponente cuando se ve desde la lejanía, con sus murallas y torres”. Pero una vez dentro, evaluada la situación en la que se encontraba la población, todo le resultó miserable: “Alcalá es ahora un lugar pobre e ignorante, ya que, al trasladar la universidad a Madrid, se completó su ruina; es una sombra del pasado que ha sido olvidada en triste abandono”. Como ejemplo de ello citaba la anécdota que le sucedió al profesor alemán Moldenhauer, en 1784, cuando investigando entre los libros de la biblioteca universitaria descubrió que varios pergaminos antiguos habían sido malvendidos a un fabricante de fuegos artificiales, quien los 29 Sobre las características de este historicismo recalcitrante véase PEERS, E.A.: “Influencia de Chateaubriand en España”, Revista de Filología Española, 1974, pp. 351-382; HENARES, I. CALATRAVA, J.: Romanticismo y teoría del arte en España. Madrid, 1982, p. 33; y HERNANDO, J.: El pensamiento romántico y el arte en España. Madrid, 1995, p. 116. 41 usó para envolver sus cohetes. Además de eso, el británico hizo referencia al expolio sufrido en las iglesias a manos de los franceses durante la Guerra de la Independencia, y a un proyecto que se estaba discutiendo entonces para trasladar el sepulcro del Cardenal Cisneros a Madrid, como una consecuencia más del proceso desamortizador que estaba esquilmando la ciudad.30 Con el mismo talante crítico salieron a la luz, durante las décadas centrales del siglo XIX, un buen número de publicaciones que empezaron a sacar del olvido algunos de nuestros monumentos artísticos más significativos. Este tipo de obras contribuyeron en cierta medida a paliar la debilidad del ambiente cultural que se respiraba entonces en España, revalorizando el patrimonio histórico artístico en una época en la que, curiosamente, éste era más estimado por los extranjeros que nos visitaban que por nosotros mismos. Fueron los viajeros y literatos venidos de más allá de los Pirineos, quienes primero se dieron cuenta de la riqueza cultural que teníamos delante y menospreciábamos. Esta llamada de atención surtió efecto, y a partir de 1835 se produjo una reivindicación nacionalista del legado monumental español, fruto de un entusiasmo romántico-literario por ensalzar las bellezas de nuestro país, en el que participaron artistas viajeros como David Roberts, Javier Parcerisa, Lluis Rigalt o Pérez Villaamil. Entre las publicaciones surgidas a partir de este renovado interés debemos señalar las revistas El Artista (1835-1836), No me olvides (1837-1838), Semanario Pintoresco Español (1836-1857), y El Siglo Pintoresco (1845-1847). Aunque sin duda las más conocidas fueron dos grandes colecciones: en primer lugar, España Artística y Monumental, de Jenaro Pérez Villaamil y Patricio de la Escosura (1842-1844), un auténtico monumento bibliográfico que fue editado en dos tomos gracias a la financiación del Marqués de Remisa, mecenas español afincado en París; y en segundo, Recuerdos y Bellezas de España (1839-1872), una obra a caballo entre el libro de viajes y el esfuerzo enciclopédico, publicada en diez volúmenes con textos de Pablo Piferrer, Francisco Pi y Margall, Pedro de Madrazo y José María Quadrado, que acompañaban las espléndidas ilustraciones del grabador Francisco Javier Parcerisa. El concepto de monumento que aparece en estas obras es esencialmente literario, según Isabel Ordieres, porque se halla muy influido por la descripción evocadora e idealista (cargada de connotaciones simbólicas), con que fueron representados los edificios antiguos y las ruinas en algunos pasajes de escritores como Víctor Hugo, Washington Irving, Walter Scott, Bécquer o Chateaubriand. La información que aportan es utilísima para conocer las características formales y el estado de conservación de muchos edificios que han desaparecido, o que han sufrido importantes transformaciones. También se aprecia en algunos casos sugerencias y opiniones para su posible restauración, aunque lógicamente dentro de un contexto aún poco profesionalizado, y en cierto modo ignorante de las cuestiones técnicas más básicas. Por otra parte, la brevedad de los artículos, y el apasionamiento con que fueron escritos, provocan que muchas referencias se presen30 42 Véase BALLESTEROS TORRES, ob. cit., 1989, p. 109-110. ten incompletas o poco contrastadas, lo que deriva en algunas equivocaciones. Ello tiene su explicación en el limitado desarrollo que la metodología investigadora había alcanzado en el terreno de la Historia del Arte, así como en el carácter esencialmente reivindicativo y de divulgación que adquirieron estas publicaciones.31 Por ejemplo, la España Artística y Monumental se estructuraba de la siguiente manera: una primera sucesión de comentarios pintorescos, nostálgicos de las glorias pretéritas y hasta cierto punto nacionalistas, sobre algunos de los escenarios más encantadores de la geografía española (no necesariamente monumentos artísticos), a cargo de la pluma inflada de don Patricio de la Escosura, a la sazón profesor del Liceo Artístico de Madrid; un segundo apartado lo componían las espléndidas litografías de los lugares citados, realizadas por Villaamil. La diferencia de calidad entre las ilustraciones y los textos es palmaria, puesto que Escosura, de profesión militar, cometió errores históricos de bulto y no hizo un estudio serio de cada monumento, sino una vaga sucesión de comentarios seudoeruditos. En otro orden de cosas, tampoco se ve un intento de abarcar, en lo posible, toda la riqueza artística nacional, pues la mayor parte de los lugares reseñados pertenecían únicamente a Burgos y a Toledo. En definitiva, que a pesar de su valor bibliográfico y el interés que despertó en su época, la España Artística y Monumental era una obra tan aparatosa como poco fidedigna, al decir de Street.32 Alcalá de Henares fue recordada en varias ocasiones en esta colección, lo que supone una fuente de información extraordinaria para conocer la imagen que sugería nuestra ciudad en ese contexto romántico de mediados del XIX. Villaamil estuvo en Alcalá en la Navidad de 1839, tomando apuntes y dibujos que luego le servirían para realizar las hermosas litografías que adornaron el libro. Esos apuntes fueron numerosos, y recogieron monumentos tan significativos como la Magistral, la fachada de la Universidad, el interior de la iglesia de Santa María, la Capilla del Oidor, la escalera claustral del Palacio Arzobispal, la Plaza y la Calle Mayor, un par de casas solariegas y las murallas medievales. Sin embargo, al final sólo se incluyeron en la edición del libro cuatro estampas: la de la Capilla de San Ildefonso con el sepulcro del Cardenal Cisneros, la del Paraninfo de la Universidad, y dos imágenes del Palacio Arzobispal (una vista exterior y otra del llamado Patio de Columnas).33 La del Patio de Columnas del Palacio Arzobispal es seguramente la ilustración más comedida de las cuatro diseñadas por el artista, puesto que su acabado 31 ORDIERES DÍEZ, I.: Historia de la restauración monumental en España (1835-1936). Madrid, 1995, p. 100; también VARIOS: Imagen romántica de España. Catálogo de la exposición, Madrid, 1981. 32 STREET, G.E.: La arquitectura gótica en España. Madrid, 1926. 33 Sobre la obra de Villaamil en general, y en particular sobre los dibujos dedicados a Alcalá de Henares en la España Artística y Monumental véase ARIAS ANGLÉS, E.: El paisajista romántico Jenaro Pérez Villaamil. Madrid, 1986; VARIOS: Dibujos de Jenaro Pérez Villaamil. El cuaderno de Madrid. Catálogo de la exposición, Madrid, 1998; y FERNÁNDEZ MALAVAL, I. - PASTOR CEREZO, Mª.J.: Apuntes de Alcalá. Dibujos de Jenaro Pérez Villaamil. Catálogo de la exposición, Alcalá de Henares, 2001. 43 tiene un aspecto bastante próximo al de una fotografía, aunque desde luego no faltan los guiños pintorescos típicos de la época, como la inclusión de varios personajes medio embozados. En las otras tres imágenes, sin embargo, la percepción romántica está super acentuada, fruto de una recreación imaginativa de los bocetos ejecutada a posteriori por el pintor en su estudio así como por los litógrafos franceses, que interpretaron muy libremente los originales, fantaseándolos: la vista exterior del Palacio Arzobispal, por ejemplo, remarca la impronta medieval, abandonada y en parte ruinosa de un viejo alcázar castigado por el paso de los siglos; el interior de la Capilla de San Ildefonso muestra a un hombre con su hijo rememorando las grandezas del Cardenal Cisneros, al pie de su sepulcro; y la visión del Paraninfo adquiere una potente dimensión escenográfica mediante el empleo de un intenso haz de luz diagonal que, dirigido desde la tribuna alta, incide justo sobre la cátedra del orador, prestándole así una grandilocuencia y solemnidad acorde con el áureo pasado complutense que se quiere recordar: ¿la fama, la gloria, la luz de la sabiduría...? La dimensión romántica que inunda las imágenes de Villaamil aparece resaltada por los textos explicativos de Patricio de la Escosura. Tanto una cosa como otra ofrecen cierto interés documental sobre las obras de arte en cuestión, sobre todo para conocer su estado de conservación en aquellos momentos, pero la subjetividad con que ambas están acabadas, junto con algunos detalles confusos o equivocados, les quitan rigor científico. En posteriores publicaciones se verá un importante salto cualitativo, tanto en la veracidad casi fotográfica de las ilustraciones (muy próxima al rigor arqueológico), como en la credibilidad de los textos (más documentados y positivistas). Esto es lo que se ve, por ejemplo, en las referencias aparecidas sobre Alcalá en la obra Recuerdos y Bellezas de España de José María Quadrado y Francisco Javier Parcerisa (1853), o en España, sus monumentos y artes, su naturaleza e historia, del mismo Quadrado y Vicente de la Fuente, junto con Vicente Oms como dibujante (1885), obras que por otra parte abarcan un espectro mucho más amplio de la geografía nacional.34 En todo caso, y aunque sea desde esa perspectiva romántica que hemos comentado, en la obra de Villaamil y Escosura ya se advierte una importante toma de conciencia sobre la necesidad de proteger y conservar los monumentos, como elementos integrantes de un legado que debe transmitirse a las generaciones venideras. Desde este planteamiento, podemos asegurar que la España Artística y Monumental es uno de los primeros documentos españoles que ayudó a revalorizar nuestro patrimonio histórico, aunque lo hiciera de un modo muy superficial, para deleite de personas eruditas, y desde el tradicional argumento del ubi sunt. Véase como ejemplo de lo que decimos esta referencia a las yeserías de la Capilla de San Ildefonso: 34 Véase a este respecto HENARES - CALATRAVA, ob. cit., 1982; MAESTRE ABAD, V.: “Recuerdos y Bellezas de España. Su origen ideológico, sus modelos”, Goya, nº 181-182, octubre 1984; y ALONSO MARTÍNEZ, F.: “Recuerdos y Bellezas de España y su relación con el medio fotográfico”, A.E.A., nº 286, 1999, pp. 192-198. 44 2. Paraninfo de la Universidad de Alcalá, por Jenaro Pérez Villaamil. Litografía de la obra España Artística y Monumental, 1844. 45 “Por desdicha hoy el abandono en que los monumentos de las artes yacen en España dejó cubrirse de polvo y dejará probablemente que la acción del tiempo mine hasta destruirlo ese resto de nuestra artística grandeza, donde la fecundidad de la invención y el primor del trabajo lucharon como a porfía. Verdad es también que el estuco de los muros fue desde luego de tan mala calidad que fácil y continuamente se desmorona [...] Una pregunta, y concluimos: ¿Cuántos monumentos como el que acabamos de examinar dejaremos nosotros en herencia a nuestros nietos?” El siguiente autor, por orden cronológico, que se interesó por el estado en que se encontraba entonces Alcalá de Henares fue Pascual Madoz, político progresista que empezó a publicar en 1845 un vastísimo Diccionario geográficoestadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Pionero de los estudios de estadística y geografía urbana en nuestro país, Madoz hizo una completísima semblanza demográfica, económica y sociocultural de la ciudad complutense en el primer tomo de dicha enciclopedia. Sus comentarios están muy condicionados, por el tremendo cataclismo demográfico y económico que supuso para Alcalá el traslado de la Universidad y las desamortizaciones efectuadas unos años antes, en la época del ministro Mendizábal. En cuanto a la población, el descenso en el número de habitantes había sido extraordinario, y se produjo de forma paralela al éxodo de estudiantes y religiosos: Alcalá contaba en 1802 con 5.526 pobladores, que habían llegado a finales de 1835 a 6.108 almas, de los que 1.231 eran vecinos empadronados; en 1842, según los datos aportados por el Diccionario de Pascual Madoz, el número de vecinos había bajado bruscamente hasta 864, contabilizándose en total nada más que 3.968 almas.35 Retomando a Antonio Ponz y a Richard Ford, Madoz admitía que “el crecido número de torres y grandes edificios que a su vista se ofrecen”, parecían dar a Alcalá una elevada categoría. Pero igualmente coincidía en que “desgraciadamente desaparecen pronto tales ilusiones, cuando sin detenerse mucho en el examen de su antigua y ruinosa muralla [...] se entra en la población por cualquiera de sus ocho puertas”. Tras enumerar algunos datos relativos al tamaño del caserío (más de 900 edificios), principales calles y plazas, así como los distintos servicios públicos (mercados, cárceles, hospitales, escuelas, etc.), el estudioso se hacía eco de las consecuencias de la reciente exclaustración: existían 18 conventos de frailes, de los cuales 9 habían sido destinados por el gobierno a cuarteles, hospital militar, escuela de equitación y otras oficinas de instrucción del Arma de Caballería. Este es el primer dato, consignado bibliográficamente, que alude a la conversión de la ciudad complutense en plaza fuerte del ejército, habiendo tornado 35 Véase MADOZ, P.: Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar, vol. I. Madrid, 1848, p. 372; estos datos demográficos pueden cotejarse con los de BALLESTEROS TORRES, P.: “La población alcalaína en el siglo XIX”, Puerta de Madrid, nº 921 (20 octubre 1984). 46 así su primitiva función docente por la militar. La presencia de dos establecimientos penitenciarios, a la que habría que añadir la posterior instalación de la CasaGalera o cárcel de mujeres, junto con la pervivencia de algunos monasterios femeninos, terminaría configurando a Alcalá como una ciudad de tres “ces” (cuarteles, cárceles, conventos) durante la segunda mitad del siglo XIX. Pero Madoz alertaba de lo fútil de esta situación, tan dependiente de los designios políticos del gobierno central, porque “habiéndose trasladado a Madrid estas escuelas, los conventos han quedado cerrados por segunda vez y sin destino alguno, con notable perjuicio de la población que ve desaparecer sucesivamente cuantas instituciones la daban algún movimiento.” Siguiendo idéntico criterio selectivo que Antonio Ponz y Pérez Villaamil, en el Diccionario... se reseñan como los monumentos artísticos más notables el Colegio Mayor de San Ildefonso y el Palacio Arzobispal. Después se refieren escuetas noticias sobre el Colegio del Rey, el de Jesuitas, la Magistral, la parroquia de Santa María, y la iglesia de las Bernardas, citándose de pasada otros edificios. El comentario que se hace de ellos es básicamente descriptivo, aunque realizado con propiedad y bien documentado históricamente, apuntándose fechas, estilos y autorías. Las críticas son escasas, mucho más moderadas que las de Patricio de la Escosura, aunque elogiosas, y sometidas a un criterio estético conservadorclasicista. Pero lo más interesante, sin duda, son las alusiones al estado de conservación de algunos monumentos. Destacan, por su negatividad, las referidas al Paraninfo de la Universidad: “En el día no resta al Paraninfo, de todo su ornato, mas que un artesonado de madera muy deteriorado, con molduras que estuvieron doradas, y algunas labores góticas en la pared muy deslucidas y estropeadas.” Al igual que estas otras menciones sobre los colegios del Rey y de Jesuitas, perfectamente aplicables al conjunto de los demás conventos desamortizados, que recuerdan las nefastas consecuencias de la política liberal en el proceso de dispersión del patrimonio mueble de Alcalá. Lo sorprendente del caso es que el propio Madoz, nombrado ministro de Hacienda, auspició en 1855 una nueva desamortización, igual de perniciosa para todo el arte español. “Todos estos edificios estuvieron embellecidos con diferentes pinturas de los artistas de mas nota, las cuales después de la supresión de los conventos y colegios fueron trasladadas al museo nacional de esta Corte o a otros puntos donde se conservasen mejor. Sensible es decir que abandonados a si mismos la mayor parte de estos monumentos de nuestra arquitectura, van desmejorándose de día en día y que muy luego presentarán quizás un montón de escombros.” Apenas merece nuestra atención la breve Reseña histórica de los monumentos que existen en la insigne ciudad de Alcalá de Henares (1863), de Antonio María López y Ramajo, miembro de varias Academias y Sociedades Económicas de Amigos del País. Fuera del habitual recorrido por los edificios singulares de la ciudad, destacan sus referencias a los sepulcros de Cisneros y Carrillo, ubicados en la Magistral después de ser trasladados allí por la Comisión Central de Monu47 mentos, ante el peligro que corrían de desaparecer. La idea de decadencia, tan habitual ya en los escritos dedicados a Alcalá, pero en general presente en toda la literatura española de la época, vuelve a mostrarse en esta ocasión cuando se cita el traslado de la Universidad y el abandono de los conventos. Sin embargo, en la presentación y censura previa al texto principal, se atisba un pequeño deje de optimismo al destacarse que “la insigne ciudad de Alcalá de Henares parece va tomando animación” gracias a la instalación del Archivo General Central en el Palacio Arzobispal, el desarrollo de las obras de acondicionamiento de los cuarteles militares, la construcción de la vía férrea, y el inicio de una incipiente industria. − La difusión de publicaciones y estudios monográficos sobre el patrimonio cultural de Alcalá de Henares Con el texto de López y Ramajo se inició para Alcalá la etapa de las monografías de monumentos, aunque bien es verdad que a un nivel extremadamente sencillo. Este género surgió a imitación del que se desarrolló en Europa a partir de la mitad del ochocientos, como consecuencia del avance de las investigaciones histórico-arqueológicas. Así, en la década de 1850, en España empezaron a publicarse monografías de monumentos concretos o de ciudades monumentales enteras, a modo de reacción frente a las elucubraciones románticas y los pequeños artículos aparecidos en revistas literarias, como las mencionadas anteriormente. Entre estas obras hay que recordar algunos esfuerzos muy notables que se quedaron en el camino: por ejemplo, de la colección sobre Los Templos de España, en la que participó el poeta Gustavo A. Bécquer, sólo salió el primer tomo dedicado a Toledo en 1857. Pero seguramente el conjunto de monografías históricoartísticas más importante de todo el XIX español, acabaría siendo la serie Monumentos Arquitectónicos de España, publicada a expensas de la Real Academia de San Fernando a partir de 1859. Monumentos Arquitectónicos de España fue una iniciativa que partió de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid. El 3 de Julio de 1856 fue nombrada una comisión compuesta por don Aníbal Alvarez, don Francisco Jareño, don Jerónimo de la Gándara, don Pedro de Madrazo, don Manuel Assas y don José Amador de los Ríos, todos ellos arquitectos, arqueólogos, académicos o historiadores, que se fijaron las siguientes metas, ya plenamente científicas: 1. Hacer una obra analítica en todos sus aspectos gráficos y documentales, de los principales monumentos de la arquitectura de nuestro país. 2. Determinar diferencias entre lo que era fábrica original y posteriores modificaciones y restauraciones en cada uno de los edificios estudiados. 3. Dar a conocer otros objetos de interés relacionados con esos monumentos, como pinturas murales, vidrieras, retablos, altares, sillerías de coro, muebles, etc. 48 4. Profundizar en el conocimiento de la historia, la tradición, las leyendas y las fábulas, extrayendo lo que hubiera en ellas de verosímil y rescatando muchos documentos que yacían aún inéditos en archivos y bibliotecas. 5. Ordenar sistemáticamente estas monografías para una mejor comprensión del desarrollo y evolución de nuestro arte, iniciando así su catalogación. Ello nos sugiere una empresa ingente que se pretendía de rigurosa exactitud, aunque, como toda obra pionera, caminó por entre los difíciles y estrechos límites de la experimentación. Difusas clasificaciones tipológicas, cronologías imprecisas o confusión de términos y conceptos (Estilo Ojival, Latino, Latino Bizantino, Mozárabe...), son algunos de los problemas con que se toparon los artífices de esta serie, por no hablar de las importantes carencias técnicas de que adolecía España para poder llevar a cabo una publicación semejante: falta de grabadores y maestros, ausencia de modelos a seguir, inexistencia de papeles, tintas y planchas necesarias para la estampación. Todo ello hubo que importarse de Francia, que en aquellas fechas estaba enteramente entregada a una empresa de contenidos, proporciones, calidad y belleza similares. En España, un esfuerzo científico como éste superaba con creces cualquiera de los intentos precedentes (los de Parcerisa y Villaamil principalmente), pero además consiguió una importantísima puesta al día a nivel metodológico, ya que los alumnos de la Escuela de Arquitectura realizaron numerosas expediciones para dibujar in situ los detalles de los edificios, se empezó a utilizar la fotografía en el estudio del arte y se modernizaron todas las posibilidades del grabado y la estampación, técnica por entonces completamente en desuso.36 En resumen, la colección Monumentos Arquitectónicos se granjeó merecidamente un puesto de honor dentro de nuestro panorama historiográfico, y la etiqueta de verdadera obra maestra bibliográfica. De ello es buena muestra el volumen dedicado a Alcalá de Henares (1878-1880), que incluía láminas de la Universidad, el Palacio Arzobispal y la Capilla del Oidor. Sorprende quizás la presencia de este último espacio arquitectónico, por entonces casi completamente olvidado por los viajeros e investigadores que se acercaban a nuestra ciudad, hasta el punto de que las litografías y el estudio esbozado por Manuel de Assas confunden su denominación y lo asimilan a la Capilla de Santiago. Ello contribuyó, no obstante, a difundirlo y suscitar cierta preocupación por conservarlo, para lo cual fueron de gran utilidad los detalles de sus yeserías gótico-mudéjares, dibujados por los alumnos de la Escuela de Arquitectura. Más certera fue la monografía dedicada a la Universidad por Pedro de Madrazo, que incluía láminas de la fachada del Colegio Mayor, del interior de la Capilla de San Ildefonso y del sepulcro del Cardenal Cisneros. El deseo de verosimilitud otorga a las representaciones gráficas un aspecto excesivamente frío y arquitectónico, aunque muy científico. Otro tanto podríamos decir de las 36 Sobre esto véase GAYA NUÑO, J.A.: “Arte del siglo XIX”, Ars Hispaniae, vol. XIX. Madrid, 1958, pp. 30, 156, 222; GALLEGO GALLEGO, A.: Historia del grabado en España. Madrid, 1979; CARRETE, J. - VEGA, J. - FONTBONA, F. - BOZAL, V.: “El grabado en España (siglos XIX y XX)”, Summa Artis, vol. XXXII. Madrid, 1988, pp. 174-191; y ORDIERES DÍEZ, ob. cit., 1995, pp. 58-60. 49 imágenes del Palacio Arzobispal, cuya exactitud lineal contrasta con el pintoresquismo de las anteriormente citadas de Pérez Villaamil. Una prueba que demuestra el carácter tan diferente de los Monumentos Arquitectónicos respecto de la España Artística y Monumental no sólo es la solidez de su estudio histórico, en esta ocasión reseñado por Francisco María Tubino de manera muy superior a las elucubraciones de Patricio de la Escosura, sino también la minuciosidad que se ve en sus litografías, centradas más en ciertos elementos constructivos y ornamentales (como el artesonado de la escalera principal del claustro), y no en visiones de conjunto más parecidas a las de un cuadro, como las de Villaamil. De ahí que destaquemos la valiosa contribución de la Academia de San Fernando, a través de esta obra bibliográfica, en favor del conocimiento científico de muchos monumentos españoles, que al tiempo pudieron ser restaurados con una base gráfica y documental muy importante.37 Podría decirse que publicaciones como la anterior, o como la coetánea Museo Español de Antigüedades (también salida de los talleres editoriales de José Gil Dorregaray y la Imprenta Fortanet), iniciaron los estudios científicos sobre el arte en España. Hasta la fecha, y salvo contadas excepciones, los escritos sobre monumentos y antigüedades de nuestro país apenas habían superado el nivel de las crónicas de viajes, o el comentario pintoresco de imágenes románticas. A partir de ahora los textos de los libros de arte vinieron mucho más fundamentados, tanto a nivel crítico como de manejo de datos históricos (tomados de la consulta de archivos y bibliotecas, así como de prospecciones arqueológicas), mientras que las ilustraciones se hicieron cada vez más precisas, cuando no se utilizó directamente la fotografía. En el último tercio del ochocientos, esta moderna bibliografía de arte se vio complementada por diversas revistas y boletines especializados, que incluían reseñas y artículos eruditos sobre aspectos más parciales de nuestro patrimonio histórico. Los boletines de la Academia de la Historia, de la de San Fernando, o de la Sociedad Española de Excursiones, así como el citado Museo Español de Antigüedades desarrollaron diversas monografías sobre monumentos y obras de arte de Alcalá de Henares, con un planteamiento muy riguroso que sigue siendo válido en la actualidad. En esta época se popularizaron también las “guías artísticas” locales, como consecuencia de la expansión del fenómeno turístico en Europa. Estas guías proporcionan una información descriptiva y estadística, parecida a la de las enciclopedias ilustradas, y son mucho más concisas que sus inmediatos precedentes, los libros de viajes. Sus datos en general están bastante contrastados, ya que resumen las aportaciones de las monografías y otros estudios precedentes. Sin embargo, un análisis comparativo de las mismas produce sensaciones muy desiguales, desde la seriedad científica de algunas de ellas, hasta el confusionismo de otras que todavía se 37 Los dibujantes que trabajaron en las láminas dedicadas a Alcalá de Henares en la serie Monumentos Arquitectónicos de España fueron Ortiz de Villajos, M. Laredo, J.D. de Bustamante, J. Aznar y García, y J. Marín Baldo, siendo después grabadas por E. Buxó, M. Fuster, E. Ancelet, E. Stüler, D. Martínez y L. Iranzo. Véanse tanto los textos como las litografías en la Biblioteca de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, sign. Cª 1.467-1.480, carp. 1. 50 entretienen en anécdotas pintorescas o divagaciones eruditas, ideológicamente cargadas de romanticismo. En otro orden de cosas, su valor es incalculable para conocer de primera mano las características y el estado de conservación de muchos monumentos y obras de arte que hoy han desaparecido en cada localidad. Tomando como modelo algunos ejemplos muy renombrados, como el Compendio del Toledo en la mano de Sixto Ramón Parro (1867), o la Guía de Granada de Manuel Gómez-Moreno (1892), en las últimas décadas del siglo XIX empezaron a editarse otras obras similares. La primera publicación de esta índole que centró su atención sobre la ciudad complutense fue la estupenda Guía del viajero en Alcalá de Henares, escrita en 1882 por Liborio Acosta de la Torre, Canónigo de la Iglesia Magistral y Profesor de Jurisprudencia. El autor, procedente de Valencia, confesaba en el prólogo que le sorprendió a su llegada a Alcalá, en 1879, que no hubiera a disposición del público ninguna obra semejante “no porque estuviese agotada la edición, sino porque no se había hecho”. De modo que se vio en la obligación de llenar ese vacío bibliográfico, para lo cual solicitó ayuda de algunas personas entendidas que conocían bien la localidad, como el Jefe del Archivo General Central, José María Escudero de la Peña, el alcalde Esteban Azaña, el erudito José Demetrio Calleja, y el artista Manuel Laredo entre otros. Este tipo de colaboración nos induce a pensar que a finales de siglo existía en Alcalá una burguesía culta, preocupada por los asuntos relacionados con el patrimonio histórico. Algunas de estas personas formaron parte de la Comisión local de Monumentos, y otras sacaron a la luz pequeños estudios sobre la historia o el arte complutense, movilizándose con frecuencia a favor de iniciativas culturales de interés para el municipio. Pero, aunque su labor de salvaguardia fue necesaria e importante, también es cierto que ésta fue entendida desde una perspectiva mesiánica y regeneracionista, que los llevó en muchas ocasiones a atesorar individualmente documentos antiguos, restos arqueológicos y pequeñas obras de arte que quisieron proteger traspasándolos como herencia a sus familias. A consecuencia de ello, una importante cantidad de esos vestigios permanecen todavía hoy escondidos para el gran público y para el conocimiento científico general. Al margen de estas cuestiones, la Guía del viajero de Acosta de la Torre constituye un documento excepcional para indagar sobre la situación en que se encontraba el patrimonio monumental complutense, así como el destino de muchas obras de arte mueble, que fueron desplazadas de sus lugares de origen a raíz las desamortizaciones. La organización de su contenido resulta curiosa, desde un punto de vista conceptual: denomina “edificios monumentales” sólo a la Magistral, el Palacio Arzobispal y la Universidad, sobre los que se extiende ampliamente, principalmente en la Magistral, por su condición de canónigo; luego menciona de forma más breve las iglesias, ermitas y conventos de monjas, a los cuales clasifica en una “parte eclesiástica”; por último, cita otros elementos de interés reunidos en un variopinto “estatuas, edificios dignos de mención y lápidas”. Pero lo más sorprendente son las referencias que hace a los antiguos conventos de religiosos varones, y otros establecimientos desamortizados que perdieron su función original: los incluye a todos 51 dentro de la categoría “dependencias de todas clases”, ofrece apenas uno o dos párrafos de información histórica sobre los mismos, y no los considera monumentos arquitectónicos, aunque entre ellos se encuentren por ejemplo el Colegio del Rey o el de la Compañía de Jesús. El autor se encontró, por consiguiente, en un verdadero atolladero a la hora de acometer el estudio histórico de los antiguos conventos convertidos en cuarteles militares, a los que no supo reconocer su valor artístico por la nueva función que desempeñaban. Por otra parte, la Guía del viajero redunda en la situación de decadencia en que se encontraba Alcalá, cuya bulliciosa animación provocada por los universitarios de épocas pasadas, había sido sustituida por “un silencio abrumador y una soledad tristisima” que iba compensándose poco a poco gracias a la presencia de los militares. Como novedad, al viejo argumento de que las desgracias de la ciudad se habían debido a decisiones externas de los gobiernos nacionales, se añadió una dura acusación contra los propios nativos, porque habían permitido todo lo ocurrido: “Los naturales de Alcalá son laboriosos, honrados, pacíficos y de afable trato; pero bastante individualistas, muy poco emprendedores, y deplorablemente apáticos. Solo así se explica que les despojaran de su inmortal Universidad y de todos los magníficos colegios dependientes de ella, sin obtener compensación ninguna; solo así se explica que dejasen demoler el antiquísimo y celebérrimo convento de S. Diego para levantar en su área un cuartel, como si no hubiera habido mil sitios en que edificarle; solo así se explica la dolorosa decadencia de esta ciudad ilustre, cuando dadas sus escelentes condiciones naturales y topográficas, podría ser el Versalles de España; solo así se explica que debiendo ser una población floreciente, arrastre una vida lánguida, llena de zozobras y de angustiosas dudas; y solo así se explican sus increíbles destrozos y sus dolorosas ruinas [...] Los alcalainos, confiados erróneamente en que los hombres políticos han de ser con ellos tan bondadosos como Dios, esperan quizás que todo les venga de bobilis bobilis, y ni se asocian, ni se mueven, no emprenden mejoras provechosas, ni piden a tiempo lo que necesitan, ni gestionan con fe ciertos elementos de riqueza, ni escarmientan, que es lo peor, a pesar de las duras lecciones recibidas.” 38 Esta crítica al fatal inmovilismo de los complutenses, materializado en una desorientada gestión municipal y un raquítico movimiento asociativo, ponía por primera vez el dedo en la llaga y denunciaba con vehemencia cómo el verdadero problema de Alcalá estaba dentro de la misma ciudad. He aquí, en síntesis, la tesis fundamental que trata de demostrar mi investigación: que el patrimonio cultural complutense sufrió indecibles pérdidas a lo largo de todo el siglo XIX, por culpa de la potencia destructiva de varios sucesos históricos, pero también, y principalmente, por culpa de la dejadez y la estulticia de los propios alcalaínos. Este razonamiento, salido del punto de vista objetivo de un forastero venido a la ciudad, fue compartido en la misma época por otras personas aborígenes que veían el problema con una proximidad emocional mucho mayor, lo cual corrobora su validez. 38 52 ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, pp. 18-19. Entre los alcalaínos que pensaban igual que el P. Acosta se encontraba el historiador más riguroso e influyente de la ciudad en todo el ochocientos, Esteban Azaña y Catarineau (1850-1890), padre del que sería presidente de la Segunda República, Manuel Azaña. Esteban Azaña procedía de una familia de funcionarios públicos de amplia tradición en Alcalá: su abuelo Esteban y su padre Gregorio fueron escribanos de número de S.M., y ocuparon el puesto de secretario del ayuntamiento de forma prácticamente ininterrumpida durante todo el siglo XIX.39 Ese ambiente familiar debió orientarle sin duda hacia el estudio de las Leyes, gracias a lo cual consiguió ejercer como “Juez municipal”, aunque también se dedicase a la industria.40 Al terminar la Primera República, el 18 de enero de 1875 fue designada una nueva corporación municipal de la que Esteban Azaña formó parte como concejal. El 1 de marzo de 1877 se renovó el consistorio, pasando a ser liderado por José Gerónimo Moreno mientras que Azaña era elegido primer teniente de alcalde. Por enfermedad del citado Sr. Moreno, el 11 de octubre de 1877 Esteban Azaña fue aupado a la presidencia interina del ayuntamiento, cargo que desempeñaría de manera oficial a partir del 16 de abril de 1878, merced a una R. O. suscrita por el Gobernador Civil de la provincia. 41 En 1879 tenía que haber cesado de su cargo, por haber cumplido ya cuatro años de concejal, pero su acertada gestión obtuvo el mayor número de votos en las elecciones locales, y fue otra vez confirmado en el puesto de alcalde por el Gobernador de la provincia. Ello motivó que los concejales Ignacio Martín Esperanza y Francisco Monedero interpusieran recurso de alzada contra su nombramiento, pero la legislación electoral era fácilmente manipulada en aquella época en la que el caciquismo estaba a la orden del día, y Azaña tomó posesión de su cargo el 1 de julio de 1879. No obstante, el 6 de marzo de 1881 dimitió por asuntos personales, y aunque se le siguió citando como concejal, no asistió a ninguna sesión del ayuntamiento. Tras un breve paréntesis de cuatro años, retomaría su carrera política en 1885, ocupando nuevamente la alcaldía de la ciudad hasta el 31 de diciembre de 1889.42 Gracias a su talante dialogante y moderado, los años que estuvo Azaña en la corporación municipal se cuentan entre los más prósperos de Alcalá en todo el siglo XIX. Para empezar, la población experimentó un importante crecimiento, cifrándose en 14.241 habitantes en 1877. En materia política se dieron pasos muy 39 Véase en el A.M.A.H., Leg. 1.045/1, Acta del 25 de octubre de 1839, cómo el entonces secretario del ayuntamiento Esteban Azaña, de 57 años de edad, justificó la necesidad de contar con un auxiliar para dicho cargo, por su estado de enfermedad y vejez, para lo cual propuso a su hijo Gregorio Azaña, que fue aceptado de manera unánime por toda la corporación municipal. 40 Referencia a su carrera judicial en el A.M.A.H., Libro 153, Acta del 24 de mayo de 1884. Su dedicación por la industria se explica por la herencia, vía materna, de una fábrica de jabones regentada desde mediados de siglo por la familia Catarineau; en el Libro 152, Acta del 24 de marzo de 1883, Azaña aparece denominado como “industrial” por este motivo. Véase también SÁNCHEZ MOLTÓ, M.V.: “La saga de los Azaña”, en Alcalá de Henares. Páginas de su historia. Alcalá de Henares, 2003, pp. 385-390. 41 A.M.A.H., Libros de Actas Municipales 145-148. 42 A.M.A.H., Libros de Actas Municipales 149-150 y 154-158. 53 importantes hacia la regularización de las actividades consistoriales, consiguiéndose elaborar un Reglamento de Gobierno interior del Ayuntamiento, de acuerdo con las leyes municipales dictadas por el Estado, que sería aprobado el 24 de mayo de 1879 y tendría una larga vigencia en la localidad.43 Además, se iniciaron algunas obras públicas de importancia, entre las que cabe destacar la explanación de la Plaza de los Santos Niños, empezada en 1889 y concluida en la década siguiente, y sobre todo la construcción de los monumentos a Cervantes (1879) y El Empecinado (1882), ambos bastante discretos desde una crítica artística objetiva, pero a pesar de ello, las esculturas más importantes que dio Alcalá en aquella centuria. Dentro de este contexto de recuperación sociocultural, y con ese prurito romántico de dignificación de las glorias del pasado complutense, Esteban Azaña escribió de su puño y letra la espléndida Historia de la ciudad de Alcalá de Henares, antigua Compluto (1882-1883), que hemos citado ya numerosas veces a lo largo de este texto. Este libro en dos volúmenes, ejemplo de la ampulosa y exagerada historiografía decimonónica, sigue teniendo vigencia para el conocimiento del estado en que se hallaban los monumentos y las obras de arte complutenses en aquella época. Sus aportaciones no sólo se centran en la historia y el análisis descriptivo de los mismos, sino también en los múltiples pormenores que éstos sufrieron a lo largo del siglo XIX, deteniéndose a comentar los diversos usos a que fueron destinados. Y todo ello sustentado no sólo en vivencias personales absolutamente contemporáneas a los hechos que narra, sino también en la consulta de documentos históricos a los que el propio autor tuvo fácil acceso por su responsabilidad política, y en la lectura de obras precedentes como la Historia de la ciudad de Compluto de Miguel Portilla (1728) y la Historia de la Ciudad de Alcalá de Henares desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, de Francisco Palou (1866). Como elemento de menos valor, quizás, se aprecia una fuerte propensión a lo anecdótico, la repetición de algunos errores tomados de las crónicas precedentes, y una cierta exageración de las opiniones (sobre todo las de carácter ideológico), lo que entretiene la lectura en constantes divagaciones subjetivas, algo muy común, por otra parte, en este tipo de historias decimonónicas. En cualquier caso, la extraordinaria influencia ejercida por este escrito contribuyó sobre manera a consolidar la imagen más miserable de la localidad. Azaña puede incluirse en la nómina de escritores románticos profundamente insatisfechos con la época que les tocó vivir, la cual valoran como una de las más negativas de la historia. En este tipo de autores se aprecia el lógico victimismo de saberse herederos forzosos de una situación de crisis, propiciada por la ineptitud de sus antecesores y por el caótico ambiente sociopolítico de la España ochocentista. Pero también 43 A.M.A.H., Libro 148, Acta del 24 de mayo de 1879. El citado reglamento se dividió en 95 artículos clasificados en 9 capítulos que trataban: 1º del Ayuntamiento, 2º de las sesiones del Ayuntamiento, 3º del Presidente, 4º de los Concejales, 5º de las Discusiones, 6º de las Votaciones, 7º de las Comisiones, 8º de los Acuerdos y del Secretario, y 9º Disposiciones Transitorias. Se trata de un valioso documento para conocer el sentido de la política municipal en la España de la Restauración Alfonsina. 54 se ve una tremenda falta de confianza en el futuro, que aparece cargado de pesimismo, y que anticipa en cierta medida el desastre total de 1898. Azaña no oculta sus afectos hacia Alcalá, e incluso repasa con ilusión los múltiples recursos y posibilidades de desarrollo que puede tener de cara a la próxima centuria. Pero al mismo tiempo admite la dificultad de devolver a la urbe su antiguo esplendor, y encuentra los mayores obstáculos en la incultura y la falta de miras de sus paisanos, así como en una anquilosada y poco previsora administración municipal: “Está tan irraigado el sistema en nuestra ciudad, de analizar las personas en vez de las cosas, de desechar un plan sin mirar si es o no conveniente solo porque es de fulano o mengano, que era necesaria una pronta regeneración de nuestras costumbres y de nuestra educación política, para que diéramos el resultado apetecido. Y esto es tan cierto, que en tanto no se alejen ciertas ranciedades administrativas, no adelantaremos lo que se debe, y en vez de llegar un día en que pudieran realizarse grandes empresas, se dilatará indefinidamente, porque se gastan muchos recursos en reformitas que al pronto parecen llenar las necesidades y solo llenan las del momento, y a la vuelta de algún tiempo se notan los mismos inconvenientes que reclaman nuevos sacrificios, y así se hacen las cosas de dos y tres veces y cuestan triple, y siempre son pobres, raquíticas, mezquinas y de mal gusto.” 44 Rival de Azaña fue José Demetrio Calleja, acérrimo absolutista en lugar de liberal, como el primero, y también menos apasionado en la literatura. Calleja era alcalaíno, procurador de los tribunales de Justicia y aficionado a la historia, razón por la cual nos legó varios estudios de esta materia, entre los que merecen destacarse los siguientes: Noticia histórica de la efigie, santuario y cofradía del Santísimo Cristo de la Misericordia, vulgo de los Doctrinos (1892), Alcalá la vieja. Ensayo histórico o apuntes para una monografía de aquel castillo (1897), Compluto romana. Estudio acerca de su importancia y de los notables objetos de arte hallados en sus ruinas (1899), Bosquejo histórico de los colegios seculares de la Universidad de Alcalá de Henares (1900), y Breves noticias históricas de los colegios y conventos de religiosos incorporados a la Universidad de Alcalá de Henares (1901).45 Las apreciaciones de Calleja son más concisas y asépticas, aparte de hallarse bien documentadas, aunque por su falta de formación en ciertos aspectos comete algunos errores. Pero en lo referente a lo sucedido con los monumentos y las obras de arte complutenses, por ejemplo tras la Desamortización, ofrece datos puramente objetivos sin entrar en valoraciones personales ni plañideras. En este sentido, son reiteradas sus críticas a Azaña y a otros cronistas locales, precisamente por la falta de rigor que demuestran en ocasiones. Este tipo de críticas, que podríamos tildar de carácter profesional, entre historiadores, serán habituales a partir de entonces: el arquitecto Luis María Cabello y Lapiedra también las realizará en la fundamenta44 AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, p. 402. Véanse todas ellas reunidas en CALLEJA, J.D.: Obras completas. Alcalá de Henares, Edición facsímil por la I.EE.CC., 2000. 45 55 ción de sus proyectos de restauración de la Capilla del Oidor y la Iglesia Magistral. Lo que quiero señalar es que justamente en la frontera del siglo XX fue relegándose la historiografía artística de corte romántico, para iniciar una serie de estudios mucho más científicos y objetivos. En esta línea de producción literaria pueden citarse varias guías, de carácter muy breve, que tenían como única finalidad aportar unos pocos datos históricos acerca de los distintos monumentos complutenses, con el fin de “propagar el conocimiento de los tesoros artísticos de nuestra patria”. Recuérdense simplemente la Crónica de Alcalá de Henares de Manuel Ayala y Francisco Sastre (1890), las sucesivas ediciones de la Guía ilustrada de Alcalá de Henares y su partido de José Primo de Rivera y Williams (1905-1914), el volumen nº 2 de la colección El Arte en España dedicado a Guadalajara y Alcalá por Rafael Aguilar y Cuadrado (1913), y finalmente, la Guía ilustrada histórico-descriptiva de Alcalá de Henares, escrita por el maestro Heliodoro Castro en colaboración con el sacerdote filipense Juan José Lecanda (1929). Todas coinciden en valorar, por encima de otras obras de arte, las reunidas en la Universidad, el Palacio Arzobispal y la Iglesia Magistral, como era tradición, apoyándose en los juicios críticos de los especialistas precedentes. La imagen que ofrecen de Alcalá es positiva en general, concediéndole la categoría de importante centro monumental, que merece la pena visitar por la calidad de las obras de arte y los edificios históricos que atesora. Comentario aparte merecen el Inventario Artístico de la provincia de Madrid realizado por don Francisco Rodríguez y Marín en 1921, y las Cartillas Excursionistas de don Elías Tormo, aparecidas por primera vez en 1917, y reunidas luego como guía en 1930 gracias al mecenazgo del Patronato Nacional del Turismo.46 El primero es un minucioso y utilísimo recuento de los bienes culturales de la ciudad, anotado de manera completísima y mucho más precisa que las confusas descripciones a las que nos tenían acostumbrados los escritos románticos o las guías locales. Obedece a los esfuerzos gubernamentales por inventariar y catalogar, en la medida de lo posible, el patrimonio histórico español. Por esta razón está elaborado de forma exhaustiva y sistemática, a la luz de las nuevas teorías y mecanismos legales con que se afrontaba el estudio de los bienes culturales en Europa, en las primeras décadas del siglo XX. La aportación de Tormo, por último, es similar a la que hiciera Antonio Ponz en su día, puesto que exhibe el bagaje crítico más correcto y autorizado, para valorar la auténtica calidad de cada una de las piezas artísticas que había entonces en Alcalá. A la hora de hacer balance de las pérdidas ocasionadas en nuestro patrimonio histórico por la catástrofe de la Guerra Civil, la guía de Tormo es sin duda el mejor instrumento para conocer lo que había de verdad antes de las destrucciones. El catedrático de la Universidad Central de Madrid era desde luego el más experto 46 El Inventario artístico de Madrid de Rodríguez Marín no llegó a publicarse y hoy puede encontrarse, en su versión original mecanografiada, en la Biblioteca del Instituto “Diego Velázquez” del C.S.I.C.; por su parte, las Cartillas Excursionistas de Tormo fueron editadas por el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones en su vol. XXV. 56 crítico de arte y connoisseur de cuantos pasaron por la ciudad en aquella época, de modo que su criterio de atribución debe ser tomado como uno de los más exactos, si no el que más. Resultan clarividentes los sarcásticos signos de interrogación o admiración que el profesor introduce a lo largo del texto, para mostrar sorpresa o duda acerca de la autoría de algunas obras de arte, defendida por eruditos locales u otros estudiosos. Además de lo dicho, diferencia fácilmente en cada edificio la parte antigua de las restauraciones modernas, a las que critica la mayoría de las veces por su excesivo intervencionismo, que conduce a error y no tiene valor histórico (por ejemplo en el Palacio Arzobispal, en la fachada de la Universidad, y en la fachada de la Magistral). Finalmente, en un alarde de modernidad, cita algunos monumentos recientes que pueden destacarse por su interés artístico, como algunas obras de los arquitectos Fernández Casanova, Martín Pastells o José de Azpíroz, además del Palacete Laredo del Paseo de la Estación. Pero lo más novedoso de toda la guía es su organización por itinerarios, que divide el recorrido por la ciudad en dos mitades, diferenciando una visita a la zona de la Universidad y otra al casco medieval. Esta idea se encuentra en consonancia con la política de promoción turística desplegada en aquellas fechas por el gobierno de la Segunda República, que convirtió a Alcalá de Henares en campo de experimentación de las más modernas prácticas de gestión del patrimonio cultural. Esta proyección turística concedió a la ciudad complutense una nueva posibilidad de desarrollo económico, al tiempo que intentó transformar notablemente la imagen de unos monumentos, que en lugar de languidecer podían convertirse en un elemento útil y provechoso para la sociedad. Lamentablemente, la catástrofe de la Guerra Civil dio al traste con esas ilusiones, y al término de la contienda, Alcalá se encontraría todavía más sumida en la miseria. De los tres grandes monumentos que poseía la ciudad, según el consenso de casi todos los historiadores citados (a saber, la Universidad, el Palacio Arzobispal, y la Iglesia Magistral), los dos últimos quedaron casi totalmente devastados, y el primero sufrió en buena medida las consecuencias de los bombardeos aéreos. Quiere esto decir que, después de 1939, a Alcalá le quedó muy poco de su identidad histórica y cultural, apenas una tercera parte, increíblemente dilapidada por lo demás. 57 3. Cartel promocional de Alcalá editado por el Patronato Nacional del Turismo, 1930. 58 2. VALORES Y USOS CONFERIDOS AL PATRIMONIO DE LA UNIVERSIDAD DE ALCALÁ EN EL SIGLO XIX 2.1. Progresiva decadencia de la Universidad de Alcalá hasta su extinción en 1836 La Universidad Cisneriana, como se la ha denominado en ocasiones, es sin duda el testimonio histórico-artístico más significativo de Alcalá de Henares. La ciudad adquirió su definitiva personalidad a principios del siglo XVI gracias al establecimiento de esta institución, que continúa siendo hoy su elemento de identidad sociocultural más característico, aquello por lo que es conocida en todo el mundo. Por tanto, tiene su lógica que comencemos aquí la reseña de las vicisitudes experimentadas por el patrimonio artístico complutense en el siglo XIX. La Universidad fue fundada sobre el antiguo Estudio General de Alcalá otorgado por el Rey Sancho IV el Bravo, en 1293, y luego revitalizado por el Arzobispo Carrillo, al conceder nuevas rentas en 1459 y añadir tres cátedras de Gramática en 1473.47 El Cardenal Cisneros aprovechó esta base, y valorando la importancia eclesiástica de la villa como señorío perteneciente a la Diócesis de Toledo, además de otras consideraciones personales, se decidió a erigir aquí un nuevo Colegio Mayor dedicado a San Ildefonso. En 1500 consiguió anexionar las cátedras del Estudio General a este Colegio Mayor de San Ildefonso, y dos años después obtuvo las rentas de aquéllas. Con el fin de asegurar la estabilidad económica de la institución, Cisneros legó cuantiosas rentas otorgando juros y bienes, entre los que se incluían 50 millones de maravedíes de su propio testamento; esta costumbre fue imitada por multitud de antiguos colegiales, que hicieron de la Universidad de Alcalá una de las mejor dotadas de Europa. Con posterioridad, la academia cisneriana se diversificó en más de cuarenta colegios menores a los que se unieron multitud de conventos, hospitales, imprentas y una cárcel para estudiantes que transformaron la villa medieval complutense en el primer modelo de ciudad universitaria de la Edad Moderna, posteriormente exportado a América Latina. La ciudad universitaria trazada por Cisneros a imagen de la Civitas Dei, se convirtió en una extraordinaria infraestructura urbanística y académica en la que fue posible materializar el acercamiento a Dios a través de la sabiduría. Alcalá se erigió así en la heredera cristiana de la mítica Atenas, y este componente simbólico se mantuvo con enorme vigencia a lo largo de toda su historia, influyendo muy 47 Véase el documento fundacional del Estudio General en JIMÉNEZ FRAUD, A.: Historia de la universidad española. Madrid, 1971, p. 158; y QUINTANO RIPOLLÉS, A.: Historia de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1973, p. 75. Sobre el contexto histórico medieval de aquella fundación véase CASTILLO GÓMEZ, A. (coord.): Alcalá de Henares y el Estudio General. Alcalá de Henares, 1996. 59 notablemente en la mentalidad de la población, que fue creciendo y adquiriendo su personalidad como urbe paralelamente al devenir de la vida universitaria.48 El 14 de marzo de 1499 fue colocada la primera piedra del Colegio de San Ildefonso, merced a una bula del Papa Alejandro VI que autorizaba la creación de una universidad en Alcalá para el estudio de Artes, Teología y Derecho Canónico. Estas enseñanzas fueron la verdadera especialidad complutense, en una actitud de claro alejamiento respecto de otras universidades rivales como las de Salamanca o Valladolid; la Universidad de Alcalá fue así concebida como un insigne seminario en el que poder reformar la educación de los hombres de Iglesia desde la óptica del Humanismo, y eso fue lo que ayudó a multitud de religiosos, santos, canónigos y prelados a divulgar la doctrina cristiana por toda España y América.49 El estudio exegético de las Sagradas Escrituras, consideradas entonces como el compendio de todos los saberes, fue realizado en Alcalá de forma innovadora, comparando los textos de distintas versiones bíblicas (latina, griega, hebrea y aramea), hasta lograr la impresionante edición de la Biblia Políglota, el libro magno del Humanismo español.50 La otra gran enseñanza de Alcalá fue la Medicina, impartida gracias a la licencia del Papa León X (1514), el beneplácito de Carlos V y Felipe II, que permitieron la disección de cadáveres para su estudio, y la valiosa aportación científica de los pergaminos islámicos traídos de Granada por el Cardenal 48 Sobre estos aspectos históricos de la Universidad de Alcalá, sobre todo en relación a la figura del Cardenal Cisneros, véase GÓMEZ DE CASTRO, A.: De rebus gestis a Francisco Ximenio Cisnerio, Archiepiscopo Toletano. Alcalá de Henares, 1569. Edic. española en Madrid, 1984; QUINTANILLA Y MENDOZA, P.: Archetypo de Virtudes, Espexo de Prelados, el venerable padre y siervo de Dios Francisco Ximénez de Cisneros. Palermo, 1653; FUENTE, V.: Historia de las universidades, colegios y demás establecimientos de enseñanza en España, 4 vols. Madrid, 1884-1889; TORRE DEL CERRO, A.: “La Universidad de Alcalá, datos para su historia”, R.A.B.M., nº 20-21 (1909); BELTRÁN DE HEREDIA, V.: “Cisneros, fundador de la Universidad de Alcalá de Henares”, Ciencia Tomista, nº 16 (1917); GALINDO ROMERO, P.: “La Universidad de Alcalá”, R.A.B.M., vol. XXXIX (1919); AJO, P. - GONZÁLEZ DE RAPARIEGOS, C. - SÁINZ DE ZÚÑIGA, M.: Historia de las Universidades Hispánicas, 11 vols. Madrid, 1957-1979; ENTRAMBASAGUAS, J.: Grandeza y decadencia de la Universidad Complutense. Madrid, 1972; MARTÍNEZ ALBIACH, A.: La Universidad Complutense según el Cardenal Cisneros. Burgos, 1975; KAGAN, R.L.: Universidad y sociedad en la España Moderna. Madrid, 1981; GARCÍA ORO, J.: “La documentación pontificia de la Universidad Complutense en el período fundacional”, A.I.E.H.V.H., Guadalajara, 1988, pp. 275-288; VARIOS: La Universidad de Alcalá, vol. II. Madrid, 1990, pp. 9-89; GARCÍA ORO, J.: La Universidad de Alcalá de Henares en la Etapa Fundacional (1458-1578). Santiago, 1992; AGUADÉ, S.: Cisneros y el Siglo de Oro de la Universidad de Alcalá. Catálogo de la exposición. Alcalá de Henares, 1999; y GIL GARCÍA, A.: La Universidad de Alcalá de Henares en el siglo XVII. Alcalá de Henares, 2001. 49 Véase BELTRÁN DE HEREDIA, V.: “La preclara Facultad de Artes de la Universidad de Alcalá de Henares”, Ciencia Tomista (1943), pp. 175-192; del mismo autor: “La Teología de la Universidad de Alcalá de Henares”, Revista Española de Teología (1945); y URRIZA, J.: La preclara Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá en el Siglo de Oro (1509-1621). Madrid, 1941. 50 Sobre la Biblia Políglota véase CATALINA GARCÍA, J.: Ensayo de una tipografía complutense. Madrid, 1889, nº 19; BATAILLON, M.: Erasmo y España. México, 1950, pp. 19-23 y 33-43; REKERS, B.: Arias Montano. Madrid, 1973, pp. 61-99; MARTÍN ABAD, J.: La imprenta en Alcalá de Henares (1502-1600). Madrid, 1991, vol. I, pp. 65-67 y 222-223; y MARTÍNEZ RIPOLL, A.: “Biblia Políglota Complutense”, en Una hora de España. VII Centenario de la Universidad Complutense. Catálogo de la exposición, Madrid, 1994, pp. 230-237. 60 Cisneros.51 En suma, las facultades de Artes, Teología, Derecho Canónico y Medicina conformaron el sistema educativo desarrollado en la Universidad complutense, sistema que fue enormemente imitado por otras academias españolas y americanas tanto en sus planes de estudio, como en sus grados y en su legislación. El día de San Lucas del año 1508 fueron recibidos en Alcalá los primeros estudiantes procedentes de Salamanca, y ésta es la fecha que se pone oficialmente como la del inicio de las clases en el Colegio Mayor de San Ildefonso. A partir de entonces, algunos de los nombres más ilustres de la cultura española pasaron las aulas complutenses: el humanista Benito Arias Montano, el padre de la gramática castellana Elio Antonio de Nebrija, el maestro Pedro Ciruelo de Daroca, el historiador Ambrosio de Morales, el jurista Domingo de Soto, el arzobispo Bartolomé de Carranza, los jesuitas Diego Laínez y Juan de Mariana, el médico real Francisco Vallés de Covarrubias (apodado El Divino), el secretario de Felipe II Antonio Pérez, los literatos Fray Luis de León, Lope de Vega, Francisco de Quevedo, Tirso de Molina y Calderón de la Barca, los santos Juan de la Cruz, Tomás de Villanueva e Ignacio de Loyola, y el ilustrado Gaspar Melchor de Jovellanos entre otros. En 1510 fueron otorgadas por Cisneros las Constituciones del Colegio Mayor de San Ildefonso, señalando que su Rector sería a la vez el de toda la Universidad, aglutinando en su persona todo el poder académico, político, económico y jurídico tanto del Colegio Mayor como del resto de los colegios menores. 52 Esta concentración de poder (sobre todo judicial) en la figura del Rector provocó serios enfrentamientos con las autoridades municipales de Alcalá, que se vieron impotentes a la hora de frenar la influencia política de la Universidad sobre la cotidianeidad complutense. La sempiterna disputa entre el municipio, los conventos y colegios menores, el Colegio Mayor de San Ildefonso, y los propios estudiantes determinó igualmente la mentalidad y la forma de ver las cosas en una ciudad en la que, a veces, la convivencia armónica resultó bastante difícil.53 Esta incidencia de la Universidad sobre la ciudad de Alcalá se plasmó igualmente en su desarrollo arquitectónico y urbanístico. Para la construcción de su ciudad de la sabiduría, Cisneros compró una amplia extensión de terrenos situados al Este de la antigua villa medieval, trazando dos calles paralelas, la de Libreros y la de los Colegios, a partir de las cuales dispuso una serie de manzanas 51 Véase ALONSO DE MUÑOYERRO, A.: La Facultad de Medicina en la Universidad de Alcalá. Madrid, 1945. 52 GONZÁLEZ NAVARRO, R.: Universidad Complutense. Constituciones originales cisnerianas. Alcalá de Henares, 1984. 53 Sobre este punto véase GONZÁLEZ PRIETO, J.: Vida del Rector y de los estudiantes de la Universidad de Alcalá, estudiada en los procesos judiciales del siglo XVII. Madrid, 1939; MESEGUER, J.: El Cardenal Cisneros y su villa de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1982; PESET, J.L. HERNÁNDEZ SANDOICA, E.: Estudiantes de Alcalá. Alcalá de Henares, 1985; y GUTIÉRREZ, L.M.: “El municipio y la universidad de Alcalá: dos instituciones tradicionalmente enfrentadas”, A.I.E.H.V.H, Guadalajara, 1988, pp. 361-369. 61 edificables. Los colegios y conventos de estudiantes que quisieron erigirse con posterioridad se vieron en la obligación de recomprar al Colegio Mayor de San Ildefonso aquellos solares, y pagarle una serie de cánones y derechos para obtener la licencia de fundación. De esta forma, las sucesivas instituciones que se adscribieron a la Universidad permanecieron en relación de dependencia respecto al Colegio Mayor, no sólo jurídica y económicamente, sino también físicamente, ya que tuvieron que construirse dentro de los límites espaciales de la ciudad universitaria. Según Castillo Oreja esta operación inmobiliaria, que se inició en 1498, consiguió ampliar casi en el doble de su tamaño el antiguo núcleo medieval de Alcalá, que fue reurbanizado prolongando sus principales vías hacia la Puerta de Guadalajara y la Puerta de Aguadores. Ello fue realizado conforme a un riguroso planeamiento que incluyó el trazado longitudinal de las calles, el estudio de las perspectivas, la uniformidad de los edificios y diversas medidas para la conservación del patrimonio arquitectónico. Pero contrariamente a lo sucedido en otras ciudades universitarias como Salamanca, donde los colegios y academias se incorporaron al tejido urbano de la antigua villa, en el medio de Alcalá se constituyó una especie de frontera que separaba el área civil de la nueva área universitaria, trasladando el centro urbano a la plaza del mercado y remarcando aún más la oposición entre el Concejo municipal y el Colegio Mayor de San Ildefonso.54 Entre 1508 y 1513 se terminó la estructura de la llamada manzana fundacional, donde se instaló el Colegio Mayor, el de San Pedro y San Pablo, el de Teólogos de la Madre de Dios, y los colegios de Gramáticos. Estas construcciones, erigidas en vida de Cisneros, fueron muy austeras y sencillas; el propio Colegio de San Ildefonso no era más que un caserón de ladrillo y madera con un patio de dos pisos, lo que provocó el desprecio de Fernando el Católico y la subsiguiente promesa del Cardenal, de que sus sucesores harían en piedra lo que él había empezado en barro.55 Muerto el franciscano, se realizaron entre los años 1537 y 1553, las obras más emblemáticas del patrimonio complutense: la Capilla de San Ildefonso, el Paraninfo o Teatro de la Universidad, y la fachada principal del Colegio Mayor, sin duda la obra cumbre de la arquitectura renacentista o plateresca española.56 54 CASTILLO OREJA, M.A.: Ciudad, funciones y símbolos. Alcalá de Henares, un modelo urbano de la España Moderna. Alcalá de Henares, 1982; véase también GÓMEZ LÓPEZ, C.: El urbanismo de Alcalá de Henares en los siglos XVI y XVII: el planteamiento de una idea de ciudad. Madrid, 1998. 55 Tal como reza en el lema que puede leerse al unir cada una de las letras que aparecen en las pirámides emboladas de la balaustrada que remata el Patio de Santo Tomás de Villanueva: “EN LUTEAM OLIM CELEBRA MARMOREAM”. 56 Sobre la construcción de la Universidad de Alcalá véase CASTILLO OREJA, M.A.: El Colegio Mayor de San Ildefonso de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1980; GONZÁLEZ NAVARRO, R.: “Nuevas aportaciones a medio siglo de construcción universitaria en Alcalá de Henares (1510-1560)”, Anales Complutenses, vol. I (1987), pp. 135-166; GARCÍA ORO, J.: “El primitivo solar académico complutense”, en Anales Complutenses, vol. II (1989), pp. 71-82; VARIOS: La Universidad de Alcalá... ob. cit., 1990; y MARÍAS, F.: “Pedro Gumiel, Francisco de Carabaña, la Universidad de Alcalá y el mito del estilo Cisneros”, B.M.I.C.A., vol. LVIII (1994), pp. 34-69. 62 La decadencia del Colegio Mayor de San Ildefonso fue paralela al declive del imperio español y sus enseñanzas fueron perdiendo prestigio según la Teología perdía valor en una sociedad más moderna y secularizada. En el último tercio del XVIII, la Universidad se había enquistado en un estado de inmovilismo tal que hizo obligatoria, más que necesaria, la intervención reformista del gobierno. Entre los problemas más acuciantes se hallaban el anquilosamiento de la institución en estructuras eclesiásticas antiguas, el desprestigio de la enseñanza y las titulaciones, la falta de actualización de los planes de estudios, la disminución de matrículas, graves casos de corrupción detectados en la elección de colegiales y otorgación de becas, una deficiente administración económica que había conducido a la crisis, y en relación a este último punto los bajos sueldos de los catedráticos. Ello se convirtió en un serio motivo de preocupación para ilustrados como el P. Feijoó, Mayans o Pérez Bayer, así como para los ministros de Carlos III, Roda y Aranda. Influido por estas opiniones, el gobierno de S. M. publicó un amplio conjunto de disposiciones, entre 1771 y 1786, que pretendieron unificar criterios legislativos para todas las universidades españolas, secularizando sus colegios en la medida de lo posible. Para llevar a la práctica estas medidas en Alcalá, el Rey nombró cancelario de la universidad a Pedro Díaz de Rojas, quien se ganó la enemistad de los colegiales de San Ildefonso y de algunos individuos de los colegios menores, porque entendieron su actuación como un ataque directo a su autonomía tradicional respecto del poder político.57 El decreto más importante a este respecto fue el del 21 de febrero de 1777, según el cual quedaba separada la Universidad del Colegio Mayor de San Ildefonso, renovándose el marco jurídico de ambas instituciones y disolviendo por completo el modelo original creado por el Cardenal Cisneros. En este contexto fueron trasladadas las aulas universitarias al Colegio Máximo de Jesuitas, y proyectadas una serie de radicales reformas arquitectónicas en la manzana fundacional por Ventura Rodríguez, que incluían entre otras cosas la destrucción de la antigua Capilla de San Ildefonso, para erigir en su lugar un enorme templo neoclásico que afortunadamente no se llevó a cabo, porque la Universidad regresó finalmente a San Ildefonso en 1797.58 Esta etapa de inestabilidad e indefinición institucional concluyó con el tremendo varapalo de la Guerra de la Independencia, que arruinó a Alcalá y empezó a cuestionar la idoneidad de mantener su universidad. Las clases se suspendieron durante la contienda y el edificio sufrió pequeños saqueos, que fueron señalados 57 Sobre esto véase ALVAREZ DE MORALES, A.: La Ilustración y la reforma de la Universidad en la España del siglo XVIII. Madrid, 1971; PESET, M. y J.L.: La universidad española (siglos XVIII y XIX). Despotismo Ilustrado y Revolución Liberal. Madrid, 1974; y GUTIÉRREZ TORRECILLA, L.M. – BALLESTEROS TORRES, P.: Cátedras y catedráticos de la Universidad de Alcalá en el siglo XVIII. Alcalá de Henares, 1998. 58 Véase TOVAR MARTÍN, V.: Ventura Rodríguez y su proyecto… ob. cit., 1982, pp. 187-238; y de la misma autora: Ventura Rodríguez: restauración y renovación… ob. cit., 1994, pp. 37-48. 63 por el viajero André-François Miot, acompañante del Rey José I en su visita al Colegio Mayor de San Ildefonso, el 18 de septiembre de 1810: “Cuando pasamos a Alcalá, la Universidad estaba casi cerrada, y la población, que en otro tiempo era de 15 a 20 mil almas, está ahora reducida a 5 ó 6 mil. Acompañé sin embargo al rey en la visita que hizo a los monumentos que quedaban todavía [...] El colegio de San Ildefonso es un muy bello edificio, construido con mucho lujo, y que acoge a las escuelas y a la biblioteca. Las escuelas estaban ahora desiertas y la biblioteca muy empobrecida. Un rico medallero que poseía, había sido sustraído, así como un gran número de buenos libros.” 59 El texto nos da una ligera idea del estado de decadencia, agravado por la guerra, en que se encontraba ya la Universidad, aunque más abajo Miot enumeraba todas las riquezas histórico-artísticas de la Capilla de San Ildefonso, que no habían sido expoliadas. − Sucesivos intentos de supresión de la Universidad de Alcalá para favorecer su traslado a Madrid. En 1812, las Cortes de Cádiz iniciaron la elaboración de un nuevo Reglamento General de Instrucción Pública, que criticaba el modelo de universidad tradicional porque no encajaba con la nueva concepción burguesa de la educación, planteada a la manera francesa, con sedes universitarias sólo en las capitales de provincia y un profesorado funcionario del Estado. La reforma pareció tomar cuerpo en 1813, y el claustro de la Universidad advirtió al ayuntamiento... “...que en la Junta de Instrucción publica nombrada por el Gobierno, se trata de su supresión: que creyendo que esta novedad, si se realiza causará la inebitable ruina a la Ciudad, havia acordado hacerlo presente al Ayuntamiento para que tomase las providencias que estimase oportunas para evitar en su caso tan desgraciada suerte”.60 De modo que a requerimiento del rector Tomás López de Rego, la municipalidad apoyó un manifiesto contrario a dicha pretensión, que fue dirigido al Congreso de la nación con la intención de que el plan de reordenación de la Instrucción Pública no contemplase la extinción de la Universidad de Alcalá, y se eludiera así “la inevitable ruina que esperimentaría la Ciudad en el momento que este establecimiento desapareciese de entre sus manos”. El citado manifiesto advertía de “los perjuicios que se seguirán a este vecindario, si llegase el caso de la traslación de esta Universidad a Madrid”; los argumentos utilizados eran bastante pobres en general, y se basaban fundamentalmente en el daño económico que se 59 Véase BALLESTEROS TORRES, ob. cit., 1989, pp. 103-104. La visita de José I a Alcalá también fue recogida por PALOMAR, ob. cit., 1894, pp. 28-29. 60 A.M.A.H., Leg. 806/1, fol. 72, Acta del 26 de octubre de 1813. 64 iba a ocasionar a la ciudad. Resulta curioso comprobar cómo dos instituciones que a lo largo de los siglos se habían profesado en repetidas ocasiones una fuerte oposición y un profundo rencor, de pronto se ponían de acuerdo y suscribían conjuntamente este documento de apoyo a la Universidad. Pero en aquellos días de infortunio y de crisis, el ayuntamiento y toda la ciudadanía creyeron que la pervivencia de la academia era poco menos que la única tabla de salvación que aún le quedaba a Alcalá, y por eso se pusieron todos a una.61 Afortunadamente para Alcalá, la reacción absolutista promovida por Fernando VII abortó la posible supresión de su universidad, al igual que otros esfuerzos legislativos de los liberales. Por orden del 20 de febrero de 1815 se restablecieron los colegios mayores de Salamanca, Valladolid y Alcalá, así como las rentas eclesiásticas de que gozaban y sus edificios, restaurándose también el plan de estudios de 1771 en lugar del más liberal promulgado en 1807. Agradecida, la institución complutense buscó la protección de la familia real otorgando la investidura doctoral al tío de Fernando VII, don Antonio Pascual de Borbón, en noviembre de 1815, y recibiendo solemnemente la visita del propio Rey al año siguiente. La venida de Fernando VII fue un hecho al que se le dio enorme trascendencia en Alcalá, aunque realmente se tratara de una simple escala en su viaje de vuelta a Madrid desde Guadalajara, Sacedón y Cuenca. El Rey estuvo en Alcalá del 10 al 12 de agosto de 1816, y pernoctó en “el mismo hospedaje que en mil ochocientos dos ocuparon con sus Augustos Padres y hermanos”, es decir en el Palacio Arzobispal, que fue cedido para la ocasión por el Cardenal Primado Luis de Borbón. La ciudad entera se engalanó para recibirle, ordenándose al Personero Melchor Pla realizar los siguientes preparativos: “Que bajo la dirección del Sr. Pla después de rebocado, y compuesto el Arco de la Puerta de Mártires, se pinte este de nuevo cuydando el mismo a su debido tiempo de hacer formar y colocar en la fachada que mira a Guadalajara un lienzo con una alegoría alusiva al regocijo del Ayuntamiento en la venida de S. M. y A. A cargo del mismo Señor Pla queda disponer lo conveniente al mejor adorno esterior de la Casa Capitular, haciéndola blanquear antes, y pintar sus puertas ventanas y para colocar en ella el retrato de S. M. le hará venir de Madrid, a cuyo fin, y con preferencia a qualquiera otro gasto se le librará de Propios el importe de su coste por la cuenta que presente. Igualmente será de su cargo la construcción de un Arco triunfal que ha de fixarse a la entrada de la Calle Mayor desde la esquina llamada de los Pezes, a la fachada de la Casa de Don Mariano Goyri, vestido de lienzo, y adornado con inscripciones análogas al motivo plausible de su colocación.” 61 El susodicho escrito de protesta fue al final impreso con el título de Manifiesto del Ayuntamiento Constitucional de Alcalá de Henares sobre los obstáculos que se ofrecen a la extinción o traslación de su Real Universidad. Existen dos versiones de este texto, la primera del mismo año de 1814, y la segunda prácticamente idéntica de 1820. Véase en el A.M.A.H., Leg. 793/3; y también Leg. 807/1, Actas del 28 de febrero y 23 de abril de 1814. 65 Estas mejoras, en la línea de las arquitecturas efímeras tradicionales en las fiestas públicas, se completaron con la limpieza de las calles, la reparación del camino de Aragón con guijo y arena “para que S. M. no experimente la menor incomodidad en su tránsito”, la publicación de Bandos alusivos al evento por toda la ciudad, la confección de “un ramillete de dulces” con el que obsequiar a S. M., la preparación de “un Arbol de fuegos artificiales”, y la vestidura de trajes de gala por parte de todos los concejales y maceros del Ayuntamiento, y el arreglo de los edificios que limitaban la carrera por donde debía transitar el monarca, especialmente la ermita de los Santos Mártires situada junto a la Puerta de Guadalajara, con el fin de “evitar qualquiera acontecimiento funesto”. Más interesante desde el punto de vista artístico fue la construcción de este tinglado provisional: “[Para] adornar la entrada de la Plaza principal, se forme al efecto una tirantez de arcos vestidos de ramas de bor, laurel y yedra desde la esquina de la fuentte a la de la Casa Comercio de Dn. Simón de Anteparalucetta, colocando ocho estatuas en las Pirámides q. tendrán otras tantas columnas que han de formar los expresados arcos.” 62 El 10 de agosto, el pueblo de Alcalá recibió en olor de multitud al monarca, que fue recibido en la lonja de la Universidad por su tío don Antonio Pascual, y juntos presidieron una audiencia en la sala de claustros, Fernando VII sentado en la silla rectoral, y el infante en la del cancelario. Con la venia, el doctor Nicolás Heredero y Mayoral, catedrático de elocuencia y párroco de la iglesia de Santa María, dirigió al Rey una alocución que argumentaba a favor del mantenimiento de la universidad en Alcalá de Henares. Parece que el discurso agradó al monarca, puesto que mandó que se publicase. Después de los vítores y el besamanos, la comitiva pasó a inspeccionar la biblioteca, el tribunal académico, las oficinas, las aulas, el paraninfo y la Capilla de San Ildefonso, donde admiró el sepulcro de Cisneros y los trofeos provenientes de la conquista de Orán. A la mañana siguiente, una comisión universitaria fue a cumplimentar al Rey al Palacio Arzobispal, y el día 12 tuvo lugar en el paraninfo el doctoramiento de gracia de los licenciados Francisco Javier Escuza y Eugenio Benito Sancho, en lo que constituyó un clarí- 62 Noticia de todo esto en el A.M.A.H., Leg. 1.036/6; y Leg. 807/1, fols. 54-56, Actas del 17, 20 y 26 de julio de 1816. Es interesante comparar estos fastos con otros realizados en Alcalá para dignificar acontecimientos de igual resonancia pública; véase a modo de ejemplo ALVAR EZQUERRA, J.: “El recibimiento que Alcalá de Henares y Madrid tributaron a Isabel de Valois tras su boda con Felipe II”, Jornadas de Estudios sobre la Provincia de Madrid. Madrid, 1979; CÁMARA MUÑOZ, A.: “El poder de la imagen y la imagen del poder. La fiesta en Madrid en el Renacimiento”, en el libro Madrid en el Renacimiento. Alcalá de Henares, 1986, pp. 61-95; ALASTRUÉ CAMPO, I.: Alcalá de Henares y sus fiestas públicas (1503-1675). Alcalá de Henares, 1990; CAMPOS, F.J.: “Exequias en la Universidad de Alcalá por el Emperador Carlos V”, A.IV.E.H.V.H., Alcalá de Henares, 1994, pp. 103-112; TORRE BRICEÑO, J.A.: “Fiestas reales en Alcalá de Henares durante el siglo XVIII”, A.V.E.H.V.H., Guadalajara, 1996, pp. 625-644; y GÓMEZ LÓPEZ, ob. cit., 1998, pp. 233-312. 66 simo acto simbólico de protección y continuidad de la vida académica del Colegio Mayor de San Ildefonso: “El claustro en pleno acompañó al rey yendo precedido del estandarte de los agraciados doctores, ordenándose una verdadera procesión triunfal del monarca que así honró las escuelas complutenses, quien en el día de su partida volvió a recibir en audiencia al rector y cancelario, dejando Fernando grato recuerdo a la Universidad y al pueblo de Alcalá con tales rasgos de distinción hacia el insigne liceo de Cisneros.”63 La visita real incluyó también unas maniobras militares desarrolladas por el Regimiento de Zapadores en las inmediaciones del río Henares, además de varios desfiles, una corrida de toros, conciertos de música, un baile de gala en el palacio de los Condes de Revilla Gigego (antiguo Colegio de los Irlandeses), y otros actos religiosos en la Iglesia Magistral.64 La opinión de don Vicente de la Fuente sobre aquella venida de Fernando VII a Alcalá es que se trató de un acto de afirmación política, casi de adulación a la monarquía, que a la larga sirvió de poco.65 Es cierto que se retrasó el debate sobre la extinción de la Universidad, al menos hasta la instauración del Trienio Liberal en 1820, pero aquélla continuó sumida en una fuerte crisis institucional, agravada por la ruina económica que había provocado la venta de sus bienes por Godoy, y el desastre de la Guerra de la Independencia. En cualquier caso, la vida retornó a la normalidad en Alcalá de Henares, cuya población, agradecida, se decantó decididamente por la defensa del absolutismo como sistema de gobierno. Durante el Trienio Liberal, el gobierno constitucional retomó el proyecto de reforma de la Instrucción Pública iniciado por las Cortes de Cádiz en 1812. Esta reforma volvía a olvidarse de Alcalá, pretendiendo establecer otra Universidad en Madrid, de acuerdo con el criterio de ubicar los centros de enseñanza superior en las capitales de provincia. Se repitieron las protestas de parte del claustro complutense, empleando principalmente argumentos de tipo historicista (la grandeza de los logros conseguidos por la Universidad, la validez del modelo cisneriano, y la cantidad de estudiantes ilustres que engrosaron lo más granado de la cultura española, entre otros), con el fin de solicitar la rehabilitación de la academia en lugar de su ruina. En consonancia con esta actitud proteccionista, el ayuntamiento reeditó el manifiesto de 1814 con pequeñas modificaciones, suscribiéndolo todos los concejales, con los alcaldes Juan Francisco Saldías y Jose Antonio Rayón a la cabeza, el 16 de agosto de 1820. Es obvio decir que, al margen de consideraciones más o 63 Una crónica bastante detallada de la visita real puede leerse en AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, pp. 244-248, a su vez tomada de un impreso del mismo año 1816 titulado Narración de la venida del Rey Don Fernando VII a la Universidad de Alcalá y arenga que hizo a S. M. el Dr. D. Nicolas Heredero y Mayoral. 64 Véase DIEGO PAREJA, ob. cit., 1999, pp. 91-106. 65 FUENTE, ob. cit., 1889, p. 322. 67 menos pomposas, la mayor preocupación que se vislumbra en este escrito es el perjuicio económico que ocasionaría a la ciudad la marcha de profesores y colegiales. Existe una ligera alusión a la Universidad como una de las señas de identidad más importantes de Alcalá, pero la dimensión cultural del problema quedó en un segundo plano respecto al materialista: “El Ayuntamiento de Alcalá, cree tener derecho a manifestar los notables perjuicios que de la proyectada supresión resultarían a esta ciudad, al estado, a los pueblos de la comarca y a la Iglesia católica: una gran parte de la subsistencia de aquella se deben a los establecimientos literarios que abriga en su recinto. Ellos son los que fomentan en esta población la industria y el comercio, la agricultura y las artes. Su despoblación y completa ruina sería consiguiente a la extinción de su Universidad.” 66 Pese a todo, la academia complutense sería suprimida el 3 de octubre de 1822, estableciéndose en su defecto la nueva Universidad Central de Madrid, que fue inaugurada el 7 de noviembre del mismo año. María Teresa Lahuerta ha interpretado este hecho como la culminación de la política reformista liberal, que quería impulsar un tipo de educación más moderno y burgués. Sin embargo, aunque el solemne discurso de apertura fue realizado por uno de los máximos defensores de esta reforma, don Manuel José Quintana, lo cierto es que la mayoría de los profesores de la Central eran los mismos que había en Alcalá, por lo que la renovación parecía más un deseo que una realidad.67 Esta primera extinción de la Universidad de Alcalá fue abortada al finalizar el Trienio Liberal, merced a la entrada en España de los Cien Mil Hijos de San Luis que restituyeron la corona absolutista a Fernando VII. Sólo dos meses después de la invasión francesa, el 30 de junio de 1823, los catedráticos Tomás López de Rego y Agustín Martínez Corera elevaron un escrito al gobierno de S. M. para pedir el regreso de la academia a la ciudad del Henares. En ese escrito se introducía intencionadamente una referencia a las glorias que la Universidad concedió en el pasado “a la Religión y al Trono español”, como demostración de la fidelidad de aquella institución a los valores más tradicionales del Antiguo Régimen. La etiqueta de merecedora del favor real surtió efecto, y el 12 de julio del mismo año el gobierno mandó “que se restablezca la citada Real Universidad”, comunicándolo así al consistorio alcalaíno.68 En 1824 se intentó implantar en Alcalá un nuevo plan de estudios, que contó con la enconada oposición del rector y de gran parte del claustro, y que obligó al 66 A.M.A.H., Leg. 793/3. LAHUERTA, Mª.T.: Liberales y universitarios. La Universidad de Alcalá en el traslado a Madrid (1820-1837). Alcalá de Henares, 1986, pp. 64-69. Esta autora plantea además que gran parte del claustro complutense vio con buenos ojos el traslado a Madrid, como una oportunidad inmejorable de prosperar cerca de la Corte, por lo que la oposición no fue tan grande como en 1814. Los intereses personales primaron así sobre la intención de reforma de las estructuras universitarias, y lo único que ocurrió fue que los profesores cambiaron de destino pero siguieron enseñando de la misma forma que antes. 68 A.M.A.H., Leg. 793/3. 67 68 ministro Calomarde a enviar al autoritario obispo de Ceuta, Francisco García Casarrubias, para ponerlo en práctica. Su polémica actuación revitalizó las facultades, cubrió varias cátedras vacantes, renovó cargos administrativos e introdujo cambios en las asignaturas, pero la enseñanza de la Universidad continuó siendo excesivamente teórica y mantuvo la primacía de los estudios teológicos, por entonces ya claramente en desuso. El relativo fracaso de este plan de estudios se explica por el bajísimo nivel que siguió mostrando una enseñanza impartida por un profesorado envejecido, así como por la ruina económica y ciertas corruptelas administrativas bastante escandalosas. La más sonada de ellas se produjo cuando una inspección descubrió que algunos examinadores habían recibido sobornos, y que en el corto período que iba de 1825 a 1826 se habían expedido nada más y nada menos que cien grados de licenciado, estando matriculados en toda la Universidad apenas trescientos alumnos. Como es lógico, la intervención del gobierno anuló todos los títulos otorgados durante aquel bochornoso bienio. En contra de esa depravación, el ministro Calomarde quería conservar a toda costa la pureza de las universidades, y esa categoría no se ceñía únicamente a sus aspectos educativos sino también políticos. Conocedor de la influencia ejercida por los colegios sobre la opinión pública y la formación de las conciencias, el absolutismo vivía con cierto temor la propaganda liberal que pudiera hacerse desde algunas universidades que defendían las revoluciones producidas en la vecina Francia, por lo que las autoridades terminarían por decidir el cierre de todas las academias desde 1830 hasta 1832. La complutense, sumida en una grave crisis de personalidad que influyó en un progresivo descenso del número de matrículas, despertó incluso la censura del propio Rey. 69 La muerte de Fernando VII en 1833 disolvió la última posibilidad de redención para la Universidad de Alcalá. La política exaltada del nuevo régimen constitucional asestó un durísimo golpe a la ciudad del Henares, al decretar el cierre definitivo de la Universidad para trasladarla a Madrid, prácticamente al mismo tiempo que se producía la desamortización de todos sus monasterios. Cada vez parecen más claros los motivos que llevaron al gobierno liberal de la Regencia a determinar la extinción de la academia complutense. María Teresa Lahuerta ha apuntado que dicha supresión hay que entenderla como una consecuencia del cambio socio-político que se estaba operando en España durante aquellos años; para los liberales, la educación era uno de los campos que debía sufrir urgentes transformaciones si en verdad se aspiraba a una profunda modernización de la sociedad, y las enseñanzas impartidas en la universidad alcalaína, además de permanecer ancladas en los presupuestos del Antiguo Régimen, llevaban ya mucho tiempo en franca decadencia.70 69 PESET, ob. cit., 1974, p. 398, recoge la noticia de cómo “S. M. había observado con disgusto que aquella universidad que por su inmediación a la Corte debía servir de modelo a las demás, se halla en el mayor abandono, sin que las reales órdenes hayan tenido cumplimiento”. 70 LAHUERTA, ob. cit., 1986, p. 17. 69 Tampoco debe escapársenos la evidente intención política de esta decisión, ya que la Universidad de Alcalá constituía uno de los últimos bastiones del absolutismo radical, próximo incluso al carlismo por parte de algunos de sus profesores, lo que la colocó en una posición bastante comprometida. En medio del confuso panorama político del momento, algunos estudiantes llegaron incluso a tomar las armas para defender las aspiraciones del infante don Carlos, mientras que otros engrosaron las filas de la Milicia Nacional, y un último grupo se adscribió firmemente a la causa liberal. La disputa entre las diversas facciones convirtió la Universidad en un auténtico polvorín, que se manifestó en continuas rencillas y desórdenes públicos. Los motines en las calles, y la sospecha de que la Universidad instigaba actitudes subversivas contra el gobierno, llegaron a tal punto que el ministro Mendizábal encargó al Gobernador Civil de Madrid, Salustiano Olózaga, que acudiera personalmente imbuido de plenos poderes a poner paz en Alcalá. Olózaga reunió a las corporaciones municipal y académica, a las que se presentó explicando “que tenía exactas noticias por personas fidedignas, del estado de la población, de sus malos antecedentes políticos y notoria desafección al gobierno”. Así que, para garantizar la adhesión de la ciudad al gobierno liberal, y reprimir cualquier conato de subversión, destituyó a un buen número de catedráticos y empleados de la Universidad, sustituyéndolos por otros de su confianza. El comisionado aceleró además la puesta en práctica de las medidas exclaustradoras en los colegios y conventos de religiosos. Las actuaciones desarrolladas por este personaje durante aquella visita, efectuada el 27 de diciembre de 1835, son conocidas como la “Inocentada de Alcalá”, y fueron un claro anticipo de la ulterior supresión de la Universidad.71 Esta medida comenzó a fraguarse muy firmemente el 8 de octubre de 1836, en el seno de la Dirección General de Estudios, que discutió “la conveniencia o no de la traslación de la Universidad de Alcalá a esta capital”. En realidad, el gobierno liberal retomaba así un viejo tema, que ya le había ocupado en las anteriores ocasiones que ostentó el poder político. La noticia llegó a Alcalá y motivó una nueva oleada de protestas suscritas por el Cabildo de la Iglesia Magistral y el ayuntamiento, cuyos argumentos, puramente materialistas, se centraban una vez más en la ruina socioeconómica que causaría el hecho en Alcalá. En cuanto a la actitud de la población, hay división de opiniones, pues mientras que la instancia municipal exagera sobre la triste aflicción de los alcalaínos, Vicente de la Fuente, testigo directo de aquellos sucesos, explica que “el pueblo en su mayoría carlista, callaba y se contentaba con murmurar, pues esperaban la venida del Mesías, y la reparación como en 1823”.72 Esto nos indicaría una cierta apatía o dejadez hacia 71 LAHUERTA, ob. cit., 1986, pp. 120-129, enfatiza con razón las motivaciones políticas de aquella visita, poniendo como ejemplo que el dicho Olózaga ordenó levantar de nuevo el monumento al Empecinado, como recuerdo de las persecuciones y martirios que muchos padecieron por “la causa de la libertad”. 72 FUENTE, ob. cit., vol. IV, 1889, pp. 410-411. 70 el problema de la Universidad entre los ciudadanos, que sólo conseguía movilizarlos cuando la suerte ya estaba echada. Con el fin de evitar mayores suspicacias, el ayuntamiento de Alcalá se había apresurado, en noviembre de 1835, a “dar un testimonio de su amor a las instituciones liberales y de odio al despotismo”. Actitud que repitió en septiembre de 1836, después de ser nuevamente proclamada la Constitución de 1812 a consecuencia del motín de los sargentos de La Granja; el municipio volvió a adornar con luces la Plaza Mayor, celebrando el acontecimiento con salvas de artillería, fuegos artificiales, funciones cívico-religiosas y repique de campanas.73 Pero en esta coyuntura, la Universidad ya no despertaba las simpatías del gobierno sino todo lo contrario, lo que, unido a la grave crisis institucional, educativa y económica que arrastraba desde hacía tiempo, provocó que se consumasen los peores augurios. La absorción de la Complutense por la Central de Madrid fue al fin decretada por una Real Orden fechada el 29 de octubre de 1836, y firmada por el presidente de la Dirección General de Estudios Joaquín María López, con el beneplácito de la Reina Regente María Cristina de Borbón. La orden especificaba que la nueva academia debía erigirse como “un establecimiento digno de la capital de la Monarquía”, lo que en el fondo suponía la homogeneización política de las enseñanzas, y un claro atentado contra la autonomía de las universidades, que pasaban a ser estrechamente controladas desde el gobierno. 2.2. La salvación de los edificios universitarios por parte de la Sociedad de Condueños. Así pues, la Universidad de Alcalá fue definitivamente disuelta y trasladada a Madrid en 1836. Aquella disposición se amparaba en los esfuerzos reformistas del gobierno liberal, que argumentaban la conveniencia de centralizar las enseñanzas superiores en las capitales de provincia, para enderezar de una vez por todas la dispersión y la mala calidad docente de una universidad sumergida, desde hacía tiempo, en una profunda crisis institucional.74 Aunque, por otra parte, a nadie se le escapaban las oscuras motivaciones políticas de dicha medida, puesto que gracias a ella quedaba finiquitado uno de los reductos más importantes del absolutismo en España, o sea, un foco no deseable de oposición al nuevo régimen instaurado tras la muerte de Fernando VII. Como el curso académico estaba a punto de iniciarse, en un primer momento sólo se trasladaron a Madrid los estudios de Jurisprudencia (antiguamente Cánones y Leyes), dejando que las cátedras de Filosofía y Teología permaneciesen 73 Véase respectivamente en el A.M.A.H., Leg. 1.044/2; y Leg. 1.045/1, Acta del 8 de septiembre de 1836. 74 Referencias a la crisis de la academia complutense, inmediatamente anteriores a la definitiva orden de supresión, pueden verse en el Archivo Histórico Nacional (A.H.N.), Sección de Universidades, Libro 1.083-F, donde se incluye el informe escrito por el rector Mariano Martín Esperanza, bajo el título Estado de la Universidad de Alcalá desde su fundación... (1805); y también en QUINTANA, M.J.: Discurso pronunciado en la Universidad Central el día de su instalación. Madrid, 7 noviembre 1822. 71 en Alcalá hasta octubre de 1837. Después de esa fecha, quedaron cerrados todos los colegios de la ciudad del Henares, guardando en su interior una gran cantidad de libros y objetos de arte que fueron impunemente expoliados, a falta de vigilancia, por los propios complutenses. Así se dilapidó lo poco que quedaba del Gabinete Numismático de la Universidad (que ya había sido saqueado durante la Guerra de la Independencia), y se vendió como papelote gran parte de la biblioteca del Colegio Mayor, llegando a manos de un herrero alcalaíno el libro original de recepción de colegiales de San Ildefonso, que dicho artesano utilizó para contabilizar en sus páginas las herraduras que ponía. La venta ilegal de bienes no se detuvo ni siquiera cuando en 1840 comenzaron a llevarse aquellos a la sede madrileña de la Universidad, en las Salesas. La nueva Universidad Central heredaba de la Complutense no sólo sus fondos bibliográficos y todos sus bienes, sino también una considerable cantidad de deudas y obligaciones fiscales, así que para subsanar el déficit acumulado, comenzó a venderse el patrimonio que no se consideraba especialmente importante. De esta forma fue enajenada una gran cantidad de alhajas y piezas de orfebrería, entre las que destacaba el Lignum Crucis que el Papa León X había regalado al Cardenal Cisneros. Por otra parte, la propia conducción de los libros y muebles de la Universidad, desde Alcalá hasta la capital, fue víctima de la celeridad y el descuido, desembocando en un desorden tal, que no fue raro que se produjesen más robos y extravíos. Entre las vicisitudes sufridas por lo que quedaba de este patrimonio durante el traslado, algunos autores cuentan que varios libros y manuscritos procedentes del Colegio de Santa Catalina fueron arrojados al río Jarama desde el puente de San Fernando, porque los dos carros en que estaban siendo transportados iban sobrecargados. El transporte y definitiva organización de la biblioteca universitaria en Madrid no se concluiría hasta 1848, encargándose a don Vicente de la Fuente la catalogación de los 20.000 volúmenes que la componían. Este mismo señor recuperó entre 1875 y 1877 uno de los bastones del Cardenal Cisneros, que había ido a parar a un anticuario de Madrid después de la traslación.75 Habida cuenta de las atrocidades cometidas contra el patrimonio artístico complutense, el 30 de abril de 1842 el Rector de la Universidad Central, Fermín Caballero, encargó al inspector Fernando Llorente que viajara a Alcalá para realizar un inventario preciso de las pertenencias que quedaban en los colegios universitarios, y “disponer lo que crea conveniente para la más segura custodia de los papeles, libros y demás efectos existentes en aquella Universidad”.76 Es sintomático que el comisionado se encontrase con la oposición frontal del ayunta75 Para el conocimiento de todas estas anécdotas véase A.M.A.H., Leg. 1.472/20; CALLEJA, J.D.: Bosquejo histórico de los Colegios Seculares de la Universidad de Alcalá de Henares. Madrid, 1900, p. 7 (edic. facsímil por la I.EE.CC., Obras Completas, 2000); MARCHAMALO, A.: “La venta del Colegio Mayor de San Ildefonso en 1845. Notas para la historia de un expolio”, A.II.E.H.V.H., Alcalá de Henares, 1990, p. 544; y SÁNCHEZ MOLTÓ, M.V.: “Patrimonio artístico complutense en Madrid”, en Alcalá de Henares, páginas de su historia. X Curso de Historia, Arte y Cultura de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 2001, pp. 165-217. 76 A.H.N., Universidades, Leg. 556/1. 72 miento y del personal que cuidaba los edificios, a la sazón los grandes beneficiarios de aquella picaresca con la que se pretendía acabar. Después de varias visitas y no pocas dificultades, entre ellas la negativa de los porteros a entregar las llaves de los colegios, se procedió a la incautación de todos los bienes el día 1 de junio de 1842. Para evitar nuevos hurtos y desapariciones, Llorente llegó incluso a sellar las puertas de algunas habitaciones donde se conservaban enseres y objetos de valor, lo cual provocó airadas protestas por parte de don Vicente de la Fuente, por entonces rector del Colegio de Málaga. Por cierto que este edificio acabó convertido, en 1843, en un gran almacén donde se guardaron los muebles de otros colegios antes de ser trasladados a Madrid. Finalmente, tras llegar el asunto a instancias judiciales, las autoridades gubernativas firmaron el decreto por el que quedaban incorporados a la Universidad de Madrid todas las rentas, bienes y efectos de los colegios menores de Alcalá, con fecha 4 de noviembre de 1843: “El gobierno provisional, enterado de la resolución judicial que ha tenido el expediente formado en el Juzgado de Primera Instancia de Alcalá de la venta de varios volúmenes de libros, pertenecientes a la biblioteca del colegio de Santa Catalina Mártir, vulgo de los Verdes, y de otros documentos que ha tenido a la vista, relativos a éste y los demás menores de aquella Universidad se ha servido resolver que las rentas, bienes y efectos de todos ellos quedan incorporados a la Universidad de esta Corte, reservando su derecho a los Patronos y familias que le tuviesen sobre ellos para la indemnización acordada a los casos análogos.” 77 En 1846 un tal Pedro Sanz de Miguel presentó al gobierno una suculenta oferta de compra de todos los bienes, capitales censuales e imposiciones provenientes de los antiguos colegios universitarios, proponiendo pagar hasta 400.000 reales por todo ello. En varias escrituras de compraventa conservadas en el Archivo Histórico de Protocolos de Madrid, se observa que este señor adquirió en propiedad el edificio del Colegio de los Verdes, el de Mercedarios y el de Gramáticos, con el derecho a practicar nuevos arrendamientos si así lo estimaba oportuno. De ello podemos deducir que después de ser largamente expoliadas, una buena parte de las pertenencias de la Universidad de Alcalá cayeron en manos de especuladores que obraron con ellas a su antojo, revendiéndolas o alquilándolas para usos particulares.78 Repasando estos hechos, resulta paradójico que el gobierno y la Universidad Central justificaran su actuación rodeados de un halo de mesianismo, que los presentó como salvadores del patrimonio complutense, cuando en realidad acabaron 77 Citado por FUENTE, ob. cit., vol. IV, 1889, p. 421. Archivo Histórico de Protocolos de Madrid (A.H.P.M.), Prot. 25.409, fol. 114 sobre la venta de bienes de los colegios menores; Prot. 25.475, fol. 474 sobre la venta del Colegio de los Verdes; Prot. 25.427, fol. 1.087 sobre la venta del colegio de Mercedarios y Gramáticos; citados por GUTIÉRREZ TORRECILLA, L.M.: El Colegio de San Ciriaco y Santa Paula o ‘de Málaga’ de la Universidad de Alcalá (1611-1843). Alcalá de Henares, 1988, p. 267. 78 73 vendiendo sus tesoros al mejor postor. En los primeros años transcurridos desde la extinción de la academia, fueron habituales en Alcalá las ventas ilegales y los hurtos, realizados por la población con el consentimiento de las autoridades municipales. Pero la intervención del gobierno, en lugar de detener el expolio, provocó al final las mismas consecuencias que las de cualquier otro proceso desamortizador, es decir, el reparto entre capitalistas de las riquezas universitarias. Pienso que la fervorosa oposición del ayuntamiento a la intervención del inspector Fernando Llorente fue un claro acto de rebeldía ante el traslado de una serie de bienes que se consideraban pertenecientes a Alcalá, y que iban a quedar lejos del alcance de las garras de sus habitantes. En otras palabras, si un gobierno extraño a la ciudad decidía suprimir la institución académica, dejando abandonados y sin uso sus edificios, ¿por qué no abandonaba igualmente las cosas y enseres existentes en dichos edificios, para que los alcalaínos se hicieran cargo de ellos como mejor les pareciese? De aquí se desprende una versión marcadamente económica o materialista del concepto de patrimonio (patrimonio igual a riqueza o conjunto de propiedades de una persona o comunidad), perfectamente explicable dentro de la mentalidad de la época. Para la población de Alcalá, la Universidad había sido considerado desde siempre como algo suyo, no sólo por su valor simbólico-significativo, sino porque era el eje vertebrador de su vida social y la principal fuente de riqueza para su economía. Se comprende entonces que los alcalaínos se sintieran en cierto modo robados, y que trataran de amortizar las pérdidas adueñándose de todo lo que pudieran antes de que fuera demasiado tarde: el característico egoísmo del pueblo basado en guardarse para uno mismo el pastel antes de que se lo lleve otro. Si hemos de ser sinceros, además del “patriotismo complutense” del que hablaba Esteban Azaña, y de esa conciencia ciudadana, sensible y altruista para con su patrimonio histórico, debemos admitir que también pudo haber motivaciones de índole puramente materialista, en el movimiento popular que originó la fundación de la llamada Sociedad de Condueños de los edificios que fueron Universidad. Este razonamiento me parece que sirve para puntualizar con mayor claridad lo que sucedió con el sepulcro de Cisneros. La divisa de batalla del ayuntamiento complutense fue mantener a toda costa el monumento dentro de la ciudad, aunque su traslado al Museo Nacional de Madrid seguramente hubiera garantizado mejor su conservación. Pero ese deseo de guardar para si el sepulcro no era rentable, porque en lugar de dejarlo aquí tal cual, era preciso financiar una serie de gastos para su restauración e instalación en la Magistral, lo cual chocaba de plano con el planteamiento materialista e infantil de retener el patrimonio sin responsabilizarse de él. Ante la constatación de encontrarse en un callejón sin salida (el sepulcro no iba a salir de la ciudad pero tampoco se hacía nada con él), se aceptó al fin costear su traslado a la Magistral, algo que podía haberse realizado sin tener que esperar los cuatro interminables años que se tardó en hacerlo. En cierto modo, al ayuntamiento de Alcalá le salió el tiro por la culata, porque pensó que podía con74 servar sin ningún tipo de gasto una joya artística que se estaba deteriorando a ojos vista, y al final tuvo que soltar el dinero. Cuando le llegó el turno a los edificios de la ínsula universitaria, los alcalaínos habían aprendido la lección, y fueron conscientes de que debían contribuir entre todos para adquirir en propiedad, y conservar adecuadamente, esa parte tan significativa de su patrimonio. Vamos a relatar con detalle cómo se gestó la fundación de esa Sociedad de Condueños de los edificios que fueron Universidad, y cómo a pesar de ciertos matices, eso sirvió para salvar una de las más importantes obras de arquitectura de toda la Historia del Arte Español. − La venta de los edificios de la manzana universitaria Después del traslado de la Universidad a la capital, el Colegio Mayor de San Ildefonso había quedado en manos de la Junta de Centralización de Fondos de Instrucción Pública. Amparado en las leyes desamortizadoras dictadas por Mendizábal, este organismo inició en 1837 la venta de los bienes rústicos y urbanos, que los antiguos colegios poseían en Alcalá y otros pueblos de la comarca. 79 El desarrollo de las subastas fue muy poco serio y, en palabras de Gutiérrez Torrecilla, reflejan la ligereza e incluso malicia con que se trató a edificios de gran valor artístico.80 El edificio del Colegio Mayor de San Ildefonso también fue sacado a pública subasta, y el 4 de noviembre de 1845 un tal Joaquín Alcober presentó una oferta de compra, por 50.000 reales, de los siguientes edificios: Patio de Filósofos, Colegio de Teólogos, Cárcel de estudiantes y casas limítrofes a la Plaza Mayor. El día 13 del mismo mes, el señor Alcober amplió su oferta económica para incluir en la operación el Colegio y la Capilla de San Ildefonso, el Colegio de San Pedro y San Pablo, y el Patio Mayor de Escuelas. Este personaje tenía la intención de demoler la mayor parte de la arquitectura para dedicarla a usos bien distintos de los universitarios: “Como mi objeto sea al haber hecho mi anterior proposición al citado Colegio y sus agregados, el de establecer en Alcalá de Henares el cultivo de la morera multicaulis cría de gusanos trivoltino y una fábrica de filatura de seda, me he de ver en la necesidad de demoler la mayor parte de los ruinosos edificios que se hallan en el terreno comprendido en mi anterior proposición. Esta consideración y la de que el patio de la antigua Universidad al paso de que no puede ofrecer al Estado ninguna utilidad ni aprovechamiento, une que es muy costoso de conservar, presenta disposición suficiente para establecer en sus crujías las salas necesarias para la animación de la semilla y para los talleres y máquinas de hilado, me hacen 79 A.M.A.H., Leg. 952/1, en el que se hace referencia a varias casas y corrales situados en la calle Mayor de Alcalá, “procedentes de los bienes que la Universidad de Madrid vendió de los que el Gobierno la adjudicó de los Colegios que hubo en esta ciudad”. 80 Véase “La Universidad de Alcalá: apuntes para una historia”, en el libro La Universidad de Alcalá, ob. cit., vol. II, 1990, p. 86. 75 desear que el gobierno favoreciendo, como tiene acreditado en otras partes, esta industria tan interesante al Pueblo Español, se digne adjudicarme el mencionado edificio de la Universidad literaria de Alcalá para poner en él el establecimiento citado, el contiguo y ruinoso Colegio de San Pedro y San Pablo que será necesario demoler para aumentar en su terreno el cultivo de la morera y el trozo de edificio que media entre la Universidad y la capilla de la misma. [...] el Gobierno de S.M. cuando tome conocimiento de esta proposición se dignará considerar primero Las ventajas de que aquel edificio tan gravoso por su conservación y muy deteriorado ya, entre desde luego en el dominio privado aplicándose a un aprovechamiento beneficioso al País. Y segundo la seguridad de que con esta aplicación se conserve la fachada y aun el patio de la antigua Universidad, objetos principalmente el primero, no escaso de interés artístico y que de otra suerte será acaso imposible libertar de una completa ruina, hallándose ya por desgracia notablemente mutilado y en un lastimoso estado de degradación.” 81 El 20 de noviembre de 1845 la Junta de Centralización de Fondos de Instrucción Pública aprobó la venta de los edificios salvo el del Colegio de San Ildefonso, pero tras la insistencia de Alcober, una R. O. del 28 de marzo de 1846 autorizó la entrega de toda la manzana universitaria por 50.000 reales. Esta orden especificaba que la transacción se realizase “procurando sin embargo esa Junta que se conserve si es posible la fachada o cualquiera otra parte del edificio que merezca serlo por su mérito artístico”. A esta indicación respondió el señor Alcober, el 16 de septiembre de 1846, que lo tendría en cuenta “mientras no sufran perjuicio mis intereses”, manteniendo la idea usar las crujías del Patio de Santo Tomás de Villanueva como criadero de gusanos y las demás partes del edificio para cultivos de moreras. En mitad de esta circunstancia la Comisión Central de Monumentos llamó la atención del gobierno sobre el peligro de deterioro en que se encontraba el sepulcro del Cardenal Cisneros. El mausoleo fue despiezado y embalado en cajas, mientras el ayuntamiento se guardaba las llaves de la Capilla de San Ildefonso, hasta que se tomase una decisión definitiva sobre el destino adonde debía trasladarse. La tardanza en resolver esta situación sirvió para detener la iniciativa de Alcober, quien advirtió a la Junta de Centralización de Fondos en una carta fechada el 5 de octubre de 1846, que no pensaba firmar la correspondiente escritura de compraventa ni la carta de pago, en tanto en cuanto no se solucionara el traslado del sepulcro. En esta ocasión, hay que admitir que el inmovilismo de la municipalidad complutense tuvo como consecuencia indirecta, que la Universidad no llegase a ser convertida en un gigantesco criadero de gusanos de seda. Porque al final, el desanimado Joaquín Alcober decidió revender sus derechos a don Joaquín Cortés, que pagó de una sola vez la cantidad de 70.000 reales para adquirir en propiedad toda la manzana universitaria, es decir... 81 A.H.P.M., Prot. 25.520, fols. 179-192; hasta que no citemos otra fuente, todo lo relatado a continuación está sacado de este mismo documento. 76 “...el edificio que fue Universidad en la Ciudad de Alcalá de Henares el contiguo Colegio denominado de San Pedro y San Pablo, con el trozo de edificio que media entre la Universidad y la Capilla de la misma, el Corral o sea patio llamado de continuos, el Colegio de la Concepción, la Cárcel de Estudiantes y las casas que hacen frente a la Plaza Mayor hasta el arco de la Universidad y Capilla de la misma, que todo forma la manzana comprendida entre la Plaza de San Diego, Plaza Mayor, Callejón de Santa María, Calle de Roma, Callejón de San Pedro y San Pablo de dicha ciudad”. La escritura de compraventa fue suscrita ante el escribano Ruperto Raya el 14 de abril de 1847, y comprometió al nuevo propietario a “preservar por su parte cuanto fuese posible la conservación de la fachada del edificio que fue Universidad, y demás que en él merezca serlo por su mérito artístico, mientras no sufran en ello perjuicio sus intereses”. La intención de Joaquín Cortés, vecino de Zaragoza que actuó en sociedad con su esposa Magdalena Navarro junto al matrimonio formado por Javier de Quinto y Elisa de Rodas, fue convertir el edificio universitario en viviendas para alquiler. Pero el estado inhabitable en que se encontraba gran parte de la arquitectura, y la fuerte inversión que debían suponer las obras de restauración, terminaron por desalentar a los compradores, que disolvieron la sociedad. Así, el 13 de abril de 1850, Joaquín Cortés vendió la mitad de la propiedad por 30.000 reales a los señores de Quinto, que quedaron como únicos propietarios del inmueble, tal como se refiere en otra escritura del Archivo de Protocolos de Zaragoza, extendida ante el notario José Fernández Treviño y Nasarre. Según explicaron los vendedores, su decisión se debió a que “no solamente no han podido sacar ventaja ni utilidad alguna de las cantidades que emplearon en su adquisición sino que todavía se hallan debiendo a dichos D. Javier y Dª. Elisa la mayor parte de los fondos que por entero han suplido para el retejo y habilitación de algunas habitaciones para poderlas arrendar”.82 La etapa en que pasó a posesión de Javier de Quinto fue la más catastrófica de la historia del Colegio Mayor de San Ildefonso. El 14 de mayo de 1850, este señor exhortó al ayuntamiento complutense a que desalojara de allí las cajas en las que se hallaba despiezado el sepulcro del Cardenal Cisneros, porque iba a hacer una serie de reformas en el edificio y quería “evitar la responsabilidad del estravio o falta que pueda haber de dicho sepulcro en el tragin de la obra”. 83 Estas obras a las que se refiere formaban parte del conjunto de destrucciones que tuvieron lugar por toda la ínsula universitaria: desmonte de la crestería renacentista que remataba el Patio Trilingüe, traslado del retablo de Juan de Borgoña y la reja divisoria de la Capilla de San Ildefonso al palacio de Quinto en Madrid, sustracción de las campanas de la espadaña de la misma capilla para enviarlas al pueblo 82 Citado entre otros por GÓMEZ MENDOZA, J.: “Desamortización y morfología urbanas en Alcalá de Henares en el siglo XIX”, Estudios Geográficos, nº 138-139, 1975, pp. 494-495; y MARCHAMALO, ob. cit., 1990, pp. 547 y 549. 83 A.M.A.H., Libro 124, fol. 80. 77 de Quinto de Ebro, derribo del arco de acceso de la calle Pedro Gumiel, de la torre del reloj y de otras zonas de los patios, etc.84 La documentación icónica de la época, especialmente algunas fotografías de la fachada en la que se ven rotas varias cornisas y esculturas, así como las frecuentes alusiones bibliográficas al menoscabo del edificio revelan la gravedad que debieron alcanzar aquellos hechos: “Quizás dentro de algunos años el viajero no encontrará más que ruinas informes en el sitio donde existió la célebre Universidad de Alcalá”.85 Desde luego que el estado de conservación del colegio antes de estas atrocidades ya era bastante lastimoso: se encontraba carente de la mayoría de los elementos de carpintería y cerrajería (puertas y ventanas), y los tejados no habían sido reparados desde antes de 1836, de forma que hacían agua por numerosos puntos. El Conde de Quinto justificó la venta de “algunos efectos que podían necesitarse en lo sucesivo para los usos de estos edificios”, con el fin de sufragar algunas reparaciones, que consistieron principalmente en un retejo general de las cubiertas, y en la habilitación de algunas estancias para viviendas de alquiler.86 Pero a pesar de la realización de aquellas obras, pesó más en el ánimo de los complutenses la sensación de ver cómo se iba destruyendo uno de los elementos más significativos de su patrimonio cultural. Parece que el desencadenante de la reacción fue la demolición, en 1850, del arco de la calle Pedro Gumiel que mostraba el balcón desde donde las autoridades universitarias asistían en otros tiempos a los festejos celebrados en la Plaza Mayor.87 La desaparición de dicho arco hizo creer que el Conde de Quinto pasaba directamente del expolio al derrumbamiento, y el miedo a que desapareciesen por completo los edificios universitarios movió a la acción a los complutenses, que decidieron asociarse de manera altruista y solidaria para recuperar su patrimonio. 84 Véase AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, pp. 308-309; y TORMO, ob. cit., 1930, p. 31, quien añade que el retablo lo quemó el pueblo de Madrid en los alborotos revolucionarios de 1854, pero discrepa sobre el destino final de la reja de la Capilla de San Ildefonso explicando que se la llevó el Marqués de Salamanca a Carabanchel. En cuanto a las campanas de la espadaña, procedentes al parecer de la conquista de Orán por Cisneros, fueron destruidas durante la Guerra Civil en el citado pueblo de Quinto de Ebro. No sabemos con certeza si también fue en esta época, o con posterioridad, cuando desapareció la chimenea rococó de la sala rectoral del Colegio Mayor, según ha denunciado recientemente GONZÁLEZ RAMOS, R.: “La chimenea francesa de la sala rectoral del Colegio Mayor de S. Ildefonso”, Anales Complutenses, vol. XIV, 2002, pp. 111-121. 85 Véase a modo de ejemplo la Noticia histórico-descriptiva de la Universidad de Alcalá de Henares, en la Biblioteca Nacional, Ms. 20.223, nº 31; citado por NAVASCUÉS, P.: “Rodrigo Gil y los entalladores de la fachada de la Universidad de Alcalá”, A.E.A., nº 45, 1972, p. 114. 86 A.H.P.M., Prot. 26.570, fol. 1.029. 87 Todavía en diciembre de 1851 la Sociedad de Condueños negociaba con el alarife Raimundo Fraile la venta de los restos que quedaban por derribar de este arco. 78 4. Patio Trilingüe de la Universidad de Alcalá, a principios del siglo XX. Archivo Ruiz Vernacci. IPHE, Ministerio de Cultura. − La fundación de la Sociedad de Condueños y la recuperación de los edificios de la manzana universitaria Los prolegómenos de la “muy noble e incruenta gesta”, como ha sido denominada, tuvieron lugar en los meses de septiembre y octubre de 1850. El 22 de septiembre de aquel año habían sido trasladadas las cajas que contenían el sepulcro de Cisneros a la Iglesia Magistral, y el 23 de octubre tuvo lugar la invención de los restos funerarios del insigne prelado en la Capilla de San Ildefonso, enviándose de inmediato a la misma colegiata para evitar su destrucción o extravío. Estos hechos constituyen un claro anticipo del esfuerzo de los alcalaínos por preservar sus más notables riquezas históricas. En tal coyuntura, el 28 de octubre de 1850 se reunió una amplia representación de los vecinos de Alcalá en el Palacio Arzobispal, para analizar la situación por la que pasaba la Universidad. A raíz de las leyes de desamortización, estos hombres habían asistido impasibles a la desaparición de los bienes de los colegios y conventos, de la Magistral y del propio municipio, y ahora le llegaba el turno a lo único que quedaba ya de la Universidad, los edificios de su manzana funda79 cional, que estaban siendo derribados. De aquella reunión salió una Junta gestora cuyo presidente honorario sería el Arzobispo de Toledo, Juan José Bonel, y que entre otros integrantes contaba con el Marqués de Morante, Saturnino Calderón Collantes, además de Mateo Murga, Miguel de Roqueñí y Dionisio Jiménez. Este grupo promotor decidió iniciar las gestiones conducentes a la salvación del patrimonio arquitectónico universitario, mediante la compra de sus edificios a Javier de Quinto, y escribió una carta al corregidor de la ciudad, don Celedonio Bada, notificándole en estos términos su resolución: “Los vecinos que abajo firman llenos del más profundo sentimiento a V. S. hacen presente: que han visto horrorizados que sigue el derribo y destrucción en el edificio que fue Universidad, sin haber V. S. atendido a las repetidas instancias y súplicas que verbalmente le han hecho algunos de los exponentes para que cesase la destrucción. No es posible por más tiempo tolerar este vandalismo y si V. S. no puede o no quiere impedirlo, forzoso será utilizar otros medios más eficaces, aunque pueda ser posible que al ponerlos en execución produzcan alteración en este vecindario, que ha agotado todos los recursos para que V. S. atendiera su justa demanda y no puede sufrir por más tiempo el desprecio con que se le trata, que es una ignominia y un escarnio. Bien le consta a V. S. que ha pocos días se ha elevado una reverente exposición a S. M. suscrita por un considerable número de personas de todas las clases en nombre de esta Ciudad pidiendo que se sirviese mandar suspender la demolición del edificio que fue Universidad, que causa horror y espanto el estado lastimoso que hoy presenta, desde que se han hecho desaparecer las campanas, las verjas, pinturas, adornos y demás objetos de gran mérito y valor; los derribos de la elevada torre del relox, del arco que servía de comunicación entre la plaza mayor y San Diego, y otros infinitos que se han hecho en el interior del edificio, por el sugeto encargado por el que dice ser dueño del mismo: por tanto y en mérito a lo expuesto a V. S. suplican que inmediatamente mande suspender todo nuevo derribo en el edificio que fue Universidad y sus agregados, esperando la resolución que se digne dar S. M. a la exposición que se le ha dirigido, y en el ínterin la comisión nombrada en la numerosa junta que V. S. presidió en el día de ayer practica las diligencias con D. Javier de Quinto para comprarle la Universidad según se acordó, sin dar lugar en otro caso a que se altere el orden en esta Ciudad con algún acto enérgico de su vecindario.” 88 El texto es un verdadero alegato a favor de la conservación de los valores culturales de la sociedad complutense, cargado de patriotismo y de pasión romántica, casi rayano en lo revolucionario. Pero también muestra con claridad la denuncia hecha por un pueblo que vio cómo el devenir de los tiempos le había ido despojando de todas sus riquezas y señas de identidad, sin que sus protestas hubieran sido escuchadas por ninguna de las instancias oficiales, especialmente el 88 Documento citado por CASTRO, ob. cit., 1929, pp. 34-35. Firmaron aquella misiva, fechada el 29 de octubre de 1850, los señores G. de Calzada, Dr. Roca, Pintado, Puerta, Carrasco, Macías, Herreros, Prieto, A. Fernández, Rajas, L. Pascual, J. Urrutia, M. Goyoaga, F. Fernández, M. Zabala, Palacios, R. Fraile, A. Galíndez, Pla, L. Garrido, M. Gallo, Polo, R. Muriel, y T. Ortiz. 80 ayuntamiento de Alcalá de Henares, un dechado de apatía ante los acontecimientos que se estaban desarrollando. El proceso de compra de la Universidad por parte de este grupo de vecinos se desarrolló con celeridad. Javier de Quinto valoró la manzana en 120.000 reales, aunque al final rebajó el precio a 80.000, de acuerdo con “sus buenos deseos de cooperar a las dignas miras de los vecinos de Alcalá”. Para poder afrontar el pago y otros gastos derivados de la operación, se planteó dividir la cantidad presupuestada en “900 suscripciones de a cien reales cada una”, que fueron adquiridas por vecinos de todas las clases y estratos sociales de la ciudad, lo cual nos habla del fuerte calado social que tuvo la iniciativa. De aquí el nombre de Sociedad de Condueños, con que fue reconocida esta agrupación de compradores, puesto que todos ellos pasaron a considerarse propietarios de una parte o acción del conjunto de la Universidad. La escritura fue rubricada en Madrid, el 12 de diciembre de 1850, por Javier de Quinto y su esposa Elisa de Rodas a favor de los vecinos, representados por Dionisio Jiménez y Miguel de Roqueñí, bajo la supervisión del escribano Ignacio Palomar. En dicho documento, llama poderosamente la atención la actitud servil de los compradores complutenses, que aceptaron la transacción de los edificios universitarios “en el ser y estado en que en el día se encuentran, sin que haya ni pueda haber lugar en ningún tiempo, pena de nulidad, por parte de los compradores ni otro alguno a ninguna reclamación contra los Señores vendedores”. Además de eso tuvieron que pagar de su bolsillo los derechos correspondientes a la Hacienda pública, a pesar de lo cual “daban a los Señores de Quinto las más espresibas gracias”, quizás porque lo más importante para esta gente era recuperar su patrimonio, y eso era lo que habían conseguido, casi sin tener en cuenta las condiciones.89 Lo más interesante de la gesta fue la idea de implicar a toda la ciudadanía en la operación de compra. Entre los compradores hubo gentes de todo tipo: excatedráticos realistas de la extinguida universidad, burgueses liberales, concejales del ayuntamiento, abogados, terratenientes, labradores, comerciantes, carpinteros, albañiles, artesanos, presbíteros, y hasta hombres de campo analfabetos que firmaron el documento fundacional con una simple marca. También se cuentan en esta lista algunos licitadores que adquirieron propiedades eclesiásticas subastadas cuando la primera desamortización; ello puede obedecer a que se habían afincado 89 Véanse los términos de la escritura de compraventa en el A.H.P.M., Prot. 26.570, fols. 1.0271.037. Las referencias bibliográficas sobre el proceso que rodeó dicho acuerdo son numerosas, ya que existe una abundante documentación al respecto, y el tema es sin duda uno de los asuntos históricos que más han llamado la atención de los investigadores complutenses. Véanse principalmente los dos libros de GARCÍA GUTIÉRREZ, F.J.: La Sociedad de Condueños. Historia de la defensa de los edificios que fueron Universidad. Alcalá de Henares, 1986, pp. 92-94; y La Sociedad de Condueños. Historia de los complutenses que salvaron una Universidad. Alcalá de Henares, 2000, pp. 231-233; pero también VARIOS: La Sociedad de Condueños ante la Historia (entre el sueño y la realidad). Alcalá de Henares, 2000; y HUERTA VELAYOS, J.F. (coord.): La Sociedad de Condueños: una historia compartida. Catálogo de la exposición. Alcalá de Henares, 2000. 81 en Alcalá y se sentían fuertemente arraigados a la ciudad, o bien que querían hacerse perdonar por los alcalaínos tras haber colaborado con el gobierno en el expolio consiguiente a las exclaustraciones. Esto último era precisamente lo que se pretendía impedir distribuyendo tan ampliamente las suscripciones de compra: que un único capitalista acaparase tal cantidad de acciones que pudieran convertirle en dueño mayoritario del inmueble. En las bases fundacionales de la sociedad se especifica claramente que nadie podía adquirir más de diez participaciones, y que éstas sólo podían transferirse a vecinos e hijos de vecinos, o bien residentes domiciliados en la ciudad. Sólo así se evitaría que la Universidad pudiera caer en manos de extraños, o de especuladores que hicieran y deshicieran con ella a su antojo, como había le ocurrido cuando estuvo bajo la titularidad exclusiva de Javier de Quinto. La titularidad pasaba ahora a ser compartida por un grupo de condóminos o condueños, es decir, dueños de una parte del dominio y posesión del inmueble, tal como se expresa claramente en la segunda de las mencionadas bases. Aparte de la indudable garantía de conservación que suponía esta cláusula, pocas veces el patrimonio se ha encontrado tan próximo al sentir y a los derechos legales del pueblo llano. Aunque por su carácter altruista los objetivos de la Sociedad de Condueños estarían muy próximos a los de una Fundación, legalmente se articula como lo que hoy se llama una “Comunidad de Bienes”. Este tipo de entidad, que aparece regulada con la citada denominación en el Código Civil del 24 de julio de 1889, todavía vigente, es heredera del concepto legal de “condominio” (copropiedad). La figura jurídica de la Comunidad de Bienes tiene una larga tradición tanto en el Derecho Romano como en el Germánico, y en España está recogida en varias leyes, de las cuales la más importante, por su proximidad histórica con el asunto que nos concierne, es la Novísima Recopilación de 1805. En una Comunidad de Bienes se admite que una cosa o derecho, en lugar de pertenecer a un único propietario, puede pertenecer a varios titulares (comuneros) de forma conjunta o simultánea. Para hacer esto posible se reparten una serie de cuotas o participaciones abstractas de esa cosa o derecho, sin corresponderle una parte material, concreta y determinada de dicha propiedad a las personas que intervienen como comuneros, cotitulares, copropietarios, condóminos o condueños, (términos empleados como sinónimos en el Código Civil). Por último, la característica más importante de este régimen de copropiedad, es que el condominio se entiende como patrimonio o riqueza pro indiviso (indivisible) de toda la Comunidad de Bienes, e incluye cualquier otro derecho y/u obligación que afecte o recaiga sobre dicho patrimonio.90 El sistema de funcionamiento de la Sociedad de Condueños parece más próximo a la Comunidad de Bienes de tradición germánica que a la de origen romano. En esta última modalidad, se da primacía al derecho del individuo y la si90 Para más información véase DÍEZ-PICAZO, L. - GULLÓN, A.: Sistema de Derecho Civil, vol. III. Derecho de cosas y Derecho Inmobiliario Registral. Madrid, 1995, pp. 85-97; y LEFEBVRE, F.: Memento práctico. Sociedades Mercantiles. Madrid, 1998, pp. 975-983. 82 tuación de comunidad se concibe como algo transitorio, incidental o desventajoso, de tal forma que se suele facilitar el camino para la disolución de la comunidad. En la tradición germánica, en cambio, se parte de una concepción colectiva a la que se subordina el derecho del sujeto, y la comunidad es considerada como una situación permanente y estable, no reconociendo a cada comunero la posibilidad individual de pedir la división. Los Condueños son copropietarios de los edificios universitarios proindiviso; no contemplan la posibilidad de que alguno de ellos segregue su parte de la posesión y haga uso de ella por su cuenta. Uno de los principios básicos de la Sociedad es que toda la manzana que ocupa el Colegio Mayor de San Ildefonso y sus anejos, permanezca siempre unida e inalterable, situación que han logrado mantener durante más de 150 años. En España, las comunidades hereditarias, las comunidades vecinales y los aprovechamientos comunales pueden comprenderse dentro de la idea de comunidad germánica. En ellas, los integrantes están unidos por vínculos de carácter personal (son vecinos del mismo pueblo), el número de titulares es indeterminado y variable, de forma que el disfrute se hace sin delimitación precisa, existen fuertes restricciones para la transmisión o alienación de la participación de cada comunero, y la comunidad es indivisible. Todas estas características con compartidas por la Sociedad de Condueños. Además de ello, esta institución se rige por una serie de normas habituales entre los principios jurídicos rectores de cualquier Comunidad de Bienes: - Las normas internas son aprobadas de común acuerdo por los integrantes de la Comunidad, bajo una fórmula contractual, y constituyen la ley fundamental y el estatuto regulador de la misma, lo que le otorga autonomía legal. - La votación democrática es el sistema más utilizado a la hora de tomar decisiones que afectan a la vida de la Comunidad. - Existe una comisión gestora o administrativa que actúa de representante legal de la Comunidad de cara al exterior, además de controlar el correcto funcionamiento de sus actividades, supervisar el pago de contribuciones, devengo de derechos, reparto proporcional de beneficios, registro de operaciones, etc. - A diferencia de una sociedad mercantil, el patrimonio de una Comunidad es estático, es decir, que se halla en reposo, no se pretende su movimiento para obtener lucro o ganancia partible entre los socios. Por consiguiente, y tal como sucede en la Sociedad de Condueños, los comuneros se limitan a la mera conservación, disfrute o utilización plural de dicho patrimonio. Esta última cuestión es seguramente la que mejor define el carácter de la Sociedad de Condueños de Alcalá de Henares, tal como fue expresado en sus bases fundacionales: 83 “Que nunca entró en las miras de los alcalaínos proporcionarse con tal adquisición ningún medio de lograr intereses pecuniarios ni otros ruines y mezquinos de ninguna clase, sino solo el muy noble, grande y natural de que no desapareciera una obra digna a todas luces de conservarse para gloria de la Nación, para monumento de las elevadas ideas del varón insigne a quien se debe (Cisneros), y para consuelo del pueblo que mereciendo tan señalada predilección del mismo ha querido en señal de gratitud legar a la posteridad complutense este respetable objeto de buena memoria.” 91 Quiere decirse que la Sociedad de Condueños se constituyó con una finalidad puramente altruista, como un organismo capaz de conservar y gestionar tan excelso patrimonio arquitectónico. Para ello intentó desde el primer momento buscarle una utilidad a los abandonados colegios universitarios, basándose en el ya mencionado argumento de que la mejor forma de conservar la arquitectura es usarla: “desde luego previeron los alcalaínos que un edificio tan vasto aunque de propósito no fuese destruido, vendría a serlo lenta pero seguramente por la injuria del tiempo si no se le daba destino”. En esta ocasión, por tanto, los alcalaínos sí fueron conscientes de la importancia de atender al “valor de uso” de los bienes culturales, y supieron ir más allá de la mera estimación de la Universidad como un monumento bello o culturalmente significativo. Considero, pues, que a través de la acción de los Condueños se produjo una interesante evolución conceptual en torno al problema del patrimonio en Alcalá de Henares. La mayor limitación existente para encontrar un uso a los edificios adquiridos fue que sólo se podía disponer de ellos de forma solidaria o conjunta: no podía repartirse la ínsula entre los condueños para que cada uno hiciera con su parte lo que quisiera. Así que era necesario el acuerdo unánime sobre el destino que se reservaba al inmueble, teniendo siempre presente, por otra parte, el objetivo último de conservar su valor artístico y no perjudicar los intereses de la Sociedad. Una de las condiciones más importantes en cualquier Comunidad de Bienes, considerada igualmente entre los Condueños de Alcalá, era que ninguno de los copropietarios podía, sin el consentimiento de los demás, hacer alteraciones en la cosa común, lo cual aseguraba su correcta conservación. Ante la necesidad de encontrar un uso adecuado que diera sentido a la compra del inmueble, y sirviera al mismo tiempo para mantenerlo en buenas condiciones, se decidió ceder parte del mismo al ejército para que estableciera allí el Colegio de Cadetes del Arma de Caballería. Con esta propuesta se pretendía recuperar la función original del edificio como espacio educativo, y a la vez dar continuidad al proceso de reconversión militar de los edificios desamortizados en Alcalá, algo que ya se había planteado con la misma Universidad en 1844, cuando estuvo a punto de dedicarse para sede de la Academia Militar que finalmente se instalaría en Toledo. Así, el 13 de diciembre de 1850, un día después de haber91 Archivo de la Sociedad de Condueños. Introducción al primer Libro de Actas, 12 de enero de 1851; hasta que no citemos otra fuente, todo lo relatado a continuación está sacado de este mismo documento. 84 se rubricado la escritura de compraventa a favor de los Condueños, tuvo lugar la cesión de la Complutense para Colegio de Cadetes de Caballería. Sin embargo, esta situación no duró demasiado a causa de la pretensión militar de obtener en propiedad todo el edificio. El desacuerdo entre los Condueños y el ejército tiene su lógica: los primeros habían advertido al Arma de Caballería que si quería emprender obras de acondicionamiento tenía que “reparar y conservar lo necesario sin alteración alguna”, restaurando el cuerpo principal y la fachada que da a la plaza de San Diego, el Patio de Santo Tomás, el del Colegio de San Pedro y San Pablo, la Capilla de San Ildefonso, el Paraninfo y el Patio Trilingüe. Contrariamente, los militares no querían gastarse dinero en reparar un edificio que no les pertenecía del todo, así que en 1852 fue suspendida la citada cesión, trasladándose el Colegio de Cadetes a Valladolid.92 Se barajó entonces la posibilidad de pedir formalmente al gobierno el retorno de la Universidad a Alcalá.93 La Sociedad de Condueños apoyó esta iniciativa surgida del ayuntamiento, y pidió a los alarifes y artesanos miembros que pergeñaran un ligero presupuesto de las obras que sería necesario realizar para instalar la Universidad. Aunque dicho presupuesto apenas ascendió a 12.000 reales, y parece que en efecto se realizaron algunas obras de reparación, la vuelta de la academia a San Ildefonso no pasó de la utopía. El 15 de septiembre de 1852 el Ministro de Gracia y Justicia vino incluso a visitar la ciudad, pero el pobre argumento esgrimido por el municipio, de las favorables condiciones que tenía la ciudad para el estudio, no fue suficiente.94 En los años sucesivos continuaron los arrendamientos de algunas habitaciones a particulares, para viviendas o graneros, impidiéndose hacer obras que modificaran o destruyeran la fábrica original. Mientras tanto, el Colegio de San Pedro y San Pablo se utilizó fugazmente como cuartel de la Guardia Civil, para lo cual 92 A.M.A.H., Libro 125, Acta del 5 de julio de 1851, donde ya se plantea el citado desacuerdo: “El Sor. Alcalde Corregidor Presidente manifestó al Ayuntamiento, que siendo ya un hecho público la resolución del Excmo. Sor. Director del Arma de Caballería, de sacar de esta Ciudad para otros puntos el Colegio de Cadetes y el Establecimiento de dicha arma, creía que esta determinación afectava considerablemente a los intereses generales del vecindario, y que por lo tanto era de opinión que el Ayuntamiento tomase parte en defensa de estos intereses, contribuyendo con su influencia para que se conciliasen las desavenencias que han dado motivo a tal determinación, que son la adquisición por parte del Arma, del edificio que fue Universidad de esta Ciudad”. 93 A.M.A.H., Libro 126, Actas del 1 y 29 de abril de 1852. 94 A.M.A.H., Leg. 4/19; y Leg. 5/12. Ante la negativa del gobierno a instalar aquí la Universidad, el ayuntamiento pidió que se considerase al menos la posibilidad de establecer un Seminario Conciliar, cosa que tampoco sucedió. Años más tarde, en junio de 1891, el Obispado de Madrid pretendió establecer en la antigua Universidad un seminario o “Universidad Católica, para que los estudios que en ella se hagan, sean efectivos rivalidándose en la Central”. La iniciativa fue muy bien acogida por el municipio y por el cabildo de la Magistral, que se ofreció para prestar sus servicios como parte del futuro profesorado. Pero las negociaciones, que incluían el traslado de los Escolapios al Colegio del Rey, al final no llegaron a buen puerto y todo quedó en agua de borrajas. Véase la noticia en el A.M.A.H., Libro 160, Acta del 16 de junio de 1891; y Libro 161, Acta del 7 de julio de 1892; también recogida por FUENTE, ob. cit., vol. IV, 1889, p. 432: “Recientemente se ha pensado en resucitarlo, no para Universidad oficial, sino de Ciencias eclesiásticas, y Colegio Mayor Central de ellas. Quiera Dios resucitar el ave Fénix de Cisneros”. 85 se emprendieron pequeñas obras de restauración, así como en otros puntos de la manzana universitaria.95 Eso parece indicar, aunque no sabemos hasta qué punto, un documento del mes junio de 1856, relativo al cambio de denominación de la calle de Bodegones para nombrarla en lo sucesivo de Cisneros, en el que se expresa acerca de la Universidad que “ahora vemos llenos de placer la obra de restauración de su magnífica fachada, e interior de su edificio”.96 Pasada esta etapa de transición, se logró concretar el destino final del edificio universitario, que fue el de colegio regentado por los Padres Escolapios. La oferta de que los escolapios se instalasen en el edificio del Colegio Mayor de San Ildefonso surgió de los propios Condueños, en enero de 1860. Pero la idea de que esta orden religiosa viniese a la ciudad se remonta al 9 de agosto de 1748, cuando don Alfonso Pablo de Avellaneda y Peñalosa, Caballero de Santiago, Ayuda de Cámara de S.M. y Teniente de Alcalde del Real Sitio de la Casa de Campo, otorgó disposiciones testamentarias para que se fundasen aquí dos Escuelas Pías, una de niños y otra de niñas. Los escolapios no llegaron a instalarse entonces en la localidad, porque ésta ya contaba con otra escuela de pobres fundada por el Doctor Pedro Argáez y protegida por el ayuntamiento, así como el Oratorio de San Felipe Neri, que cubría todas las necesidades educativas de las clases populares.97 − Estado en que quedaron los edificios universitarios a partir de la instalación del colegio de los Escolapios En 1860 se retomó el pensamiento de que los escolapios estableciesen un centro de enseñanza en Alcalá de Henares, y los Condueños elevaron al gobierno y al Provincial de la congregación la propuesta de utilizar el local de la Universidad con este fin. Conocido el interés, el P. Ramón Cabeza les dirigió una petición oficial en junio de aquel año para que le “habilitasen siquiera una parte de ese vasto edificio que podría ser muy bien el Colegio de San Pedro y San Pablo”. Por fin, el 20 de octubre la Sociedad de Condueños y los escolapios firmaron el acuerdo de cesión del mencionado edificio, posteriormente extendido al Colegio y la Capilla de San Ildefonso, los patios de Santo Tomás de Villanueva, Filósofos y Trilingüe, el Paraninfo, y todas las crujías intermedias. El Ministro de Gracia y Justicia dio su consentimiento oficial a la operación el 23 de mayo de 1861, y el 24 de agosto del mismo año fue formalizada la escritura de instalación, que dejaba en usufructo la antigua Universidad a los religiosos, conservando los Condue- 95 A.M.A.H., Leg. 1.044/2. A.M.A.H., Leg. 952/10. 97 A.M.A.H., Leg. 743/1; y Leg. 720/6. Véase también una copia certificada del testamento de Avellaneda, redactada el 11 de agosto de 1863, en el Leg. 673/4. Al no realizarse la fundación, el Oratorio de San Felipe Neri se convirtió en el depositario del testamento en tanto no se produjese la llegada de los Escolapios a Alcalá; los documentos aluden también a una pintura que representaba a la Inmaculada Concepción, y que el finado deseaba colocar en el altar mayor del oratorio escolapio para decirle misas por su alma y la de su familia, hoy en paradero desconocido. 96 86 ños todos sus derechos de propiedad; finalmente, el 7 de octubre, el colegio abría sus clases a los estudiantes.98 La Sociedad de Condueños no ganaba nada con la cesión del edificio a los escolapios, salvo quizás la puesta en marcha de un colegio de prestigio, que aseguraría la educación de los hijos de los burgueses y caciques de Alcalá. La escritura rubricada entre ambas partes especificaba que la ocupación del local se hacía con carácter de gratuidad, es decir, que no se cobraría a los religiosos ningún tipo de arrendamiento; antes bien, los Condueños se comprometían a facilitar una dotación perpetua de 20.000 reales para el sostenimiento del colegio, que sacarían del dinero que habían obtenido por el alquiler de las casas contiguas a la Universidad, que eran de su propiedad. 5. Patio de Santo Tomás de Villanueva de la Universidad de Alcalá, a principios del siglo XX. Archivo Moreno. IPHE, Ministerio de Cultura. 98 Véase copia de la escritura de cesión en el Archivo General de la Administración (A.G.A.), Sección de Educación y Ciencia, caja 4.858. Más información al respecto en el A.M.A.H., Leg. 673/3; Leg. 673/8; y Libro 135, Acta del 27 de mayo de 1861. Para una visión pormenorizada de todo el proceso de instalación de los Escolapios en Alcalá, véase ALONSO MARAÑÓN, P.M.: La Iglesia docente en el siglo XIX: Escuelas Pías en España y en América. Formación del Profesorado y expansión educativa. Alcalá, 1996; ampliamente extractada en VARIOS: La Sociedad de Condueños ante la Historia..., ob. cit., 2000, pp. 207-255. 87 Estas condiciones tan altruistas, y hasta cierto punto desventajosas, tenían su explicación en que el objeto más importante de la operación era procurar el mantenimiento y conservación del edificio universitario, devolviéndole su uso docente. En esto era especialmente importante el cumplimiento de la cláusula sexta de la susodicha escritura: “Los Padres, posteriormente a la habilitación e instalación del Colegio, podrán hacer por si, aunque con aprobación de la Junta administrativa en cosas de entidad o trascendentales a la arquitectura, las obras nuevas que les convengan en la parte cedida, mas conservando la parte artística y monumental del edificio, del cual conservan los condueños el dominio directo, cedido solo el usufructo, como queda referido, mientras se pueda cumplir el objeto de la cesión.” Atendiendo a lo expuesto, cualquier obra de rehabilitación o restauración que quisiera realizarse en el inmueble, tendría que ser aceptada y supervisada por la junta gestora de la Sociedad de Condueños, aunque corriera a cuenta de los escolapios. Para “mirar por la conservación de la parte artística y monumental”, los Condueños nombraron Inspector de Obras Artísticas a Francisco Palou, por entonces alcalde de la ciudad, que comenzó a ejercer su nueva responsabilidad casi de inmediato. Nada más producirse la instalación del colegio ya se realizaron algunos trabajos de esta índole: en abril de 1861, una comisión de Condueños junto con el ingeniero militar Francisco Javier del Valle, director de las obras del cuartel de San Diego, inspeccionó la Capilla de San Ildefonso para averiguar el modo de mejorar su estado de conservación, bastante lastimoso a causa de la filtración de humedades. El objetivo de esta intervención era reabrir la iglesia al público, para ser utilizada como lugar de culto y capilla de los escolapios, ya que además de impartir enseñanzas generales de primer y segundo grado, el colegio era también juniorado o seminario de la orden. La solución adoptada a lo largo de 1861-1862 fue elevar el suelo de la iglesia un pie sobre el nivel que tenía entonces, rellenando el espacio añadido con escombros del cuartel de San Diego “sin afectar en nada su mérito artístico [...] respetando y elevando los sepulcros que existan cubiertos con las mismas lápidas”. Contrariamente, se rebajó el suelo del jardín y terreno contiguo a la sacristía (el del tránsito que comunica la iglesia con el Patio de Santo Tomás de Villanueva), para evitar que vertiera tantas aguas.99 Durante esas obras, el 16 de diciembre de 1862, Francisco Palou notificó al Gobernador de la provincia un importantísimo hallazgo arqueológico, que hasta entonces había pasado desapercibido para todos: 99 GARCÍA GUTIÉRREZ, ob. cit., 1986, p. 165, considera muy revelador que las obras de restauración efectuadas un siglo después, con criterios más modernos y científicos, se hayan basado justamente en los mismos criterios. Los problemas de humedad que deterioran gravemente las yeserías de la Capilla de San Ildefonso, se han tratado de solucionar levantando todo el suelo y haciendo tabicas de aislamiento que impiden las humedades como si fuesen cámaras de aire. 88 “Estando comisionado particularmente por los condueños de los edificios que fueron Universidad literaria de esta Ciudad, de la inspección de las obras artísticas y monumentales que se ejecutan por los padres de las Escuelas Pías establecidos en los mismos, observé que según indicaba una lápida conmemorativa, se encontraban en la parte de la Iglesia que ha quedado inhabilitada por ruinosa los restos del Dr. Francº. de Vallés, llamado el Divino, protomédico de Cámara de Felipe Segundo. En su virtud, como autoridad local, lo hice saber al Subdelegado de Medicina de este Partido para proceder a la exhumación de dichos restos a fin de que pudieran ser colocados en la parte habilitada de la Iglesia cuyo acto se verificó con la licencia eclesiástica y formalidades prevenidas. Como el referido Vallés goza entre los profesores de la ciencia de curar de una reputación elevada, ocupando un lugar eminente entre los hombres célebres del país, han acordado hacer su traslación definitiva con una función religiosa el día diez y nueve del actual a cuyo acto, tengo entendido asistirá la Facultad y Academia de Medicina de esa Corte.” 100 La tumba de Vallés fue así reubicada en el lado de la Epístola de la misma Capilla de San Ildefonso, bajo el coro elevado a los pies, y se rotuló de nuevo su inscripción; además de eso, los representantes de las academias de medicina de la capital colocaron una lápida conmemorativa en la antigua casa del doctor, en la calle de Santiago, pronunciándose varios discursos y finalizando los actos con unas solemnes honras fúnebres en la iglesia universitaria. El respeto que se le dedicaba a los restos del célebre médico, al igual que a otros elementos artísticos del inmueble, fue reiterado en mayo de 1888, cuando se efectuaron nuevas reparaciones en la iglesia universitaria: “Necesitando la junta de condueños de los edificios que pertenecieron a la Universidad de esta ciudad, aislarlos de la Iglesia, que hoy ocupan los padres Escolapios, y con el objeto de que se vea, que para nada se toca a los restos del célebre médico Vallés que existen en una caja bajo de la escalera del coro, que precisamente es donde se ha de hacer el cerramiento, esta junta agradecería a V. E. presenciase el acto y que un notario levantase acta para acreditar lo que se deja expuesto.” 101 Entre 1865 y 1868 tuvieron lugar otras obras menores que sirvieron para acondicionar los edificios universitarios como colegio, tratando de paliar los desperfectos acumulados en los años anteriores, por culpa del abandono y las intervenciones promovidas por el Conde de Quinto. García Gutiérrez explica que la financiación de estas obras se convirtió en un serio motivo de conflicto entre los 100 A.M.A.H., Leg. 812/3. A.M.A.H., Leg. 1.060/2. Carta enviada el 26 de abril de 1888 por el presidente de la Sociedad de Condueños, Santos Sierra, al alcalde de Alcalá Esteban Azaña, invitándole a presenciar el desarrollo de las obras. El notario que presenció el acto, celebrado el 7 de mayo siguiente, fue don Hilario de la Riva. 101 89 escolapios y los Condueños, ya que los primeros exigieron que los segundos costearan todos los gastos.102 Después de una áspera discusión, los Condueños se comprometieron a entregar a los religiosos la cantidad de 300.000 reales, en diversos plazos, para acometer las siguientes obras: - Blanqueo de las paredes. - Reposición del cielo raso en las galerías. - Entarimado de varias aulas, así como embaldosado de la mayor parte de las galerías y habitaciones del inmueble. - Cerramiento con madera y cristal de los balcones de las galerías, además del pintado de puertas y ventanas. - Rehabilitación de un gran número salas. - Sustitución del alumbrado. - Plantación de acacias de bola en la lonja de la fachada y en los patios de Santo Tomás de Villanueva y Continuos (102 árboles en total). Sin embargo de lo expuesto, tanto los escolapios como los propios Condueños son también responsables de algunos daños causados al legado artístico de la Universidad, que fue menoscabado por intervención directa o por dejadez. Esto puede parecer sorprendente si tenemos en cuenta los fines de la Sociedad, sin embargo, es algo que tenemos que denunciar aquí y lo haremos a través de varios ejemplos. Porque el control que la junta gestora de la Sociedad de Condueños debía ejercer sobre las obras practicadas en el inmueble, podía haber sido una eficaz garantía para la preservación del patrimonio histórico, pero a la larga se transformó en una amplia carta de libertad para que los religiosos hicieran y deshicieran con poco criterio y escasas luces. Entre 1861 y 1931, período en el que la antigua Universidad de Alcalá estuvo ocupada por las Escuelas Pías, se produjeron las siguientes actuaciones perniciosas para su arquitectura: - Supresión del coro elevado, a los pies de la Capilla de San Ildefonso, que se hallaba ya arruinado antes de la reconstrucción gráfica que de él se hizo en la serie Monumentos Arquitectónicos de España (1878), y que por no realizar a su debido tiempo las necesarias obras de consolidación, acabó siendo eliminado a principios del siglo XX. - Desaparición de los altares laterales y del púlpito de la misma capilla, que perecieron al igual que una parte de las yeserías, víctimas de la erosión provocada por las humedades. - Cambios en la decoración del testero de dicha capilla, en el que se incluyó una pintura mural representando a San José de Calasanz, en sustitución del antiguo retablo expoliado por el Conde de Quinto. - Desmonte del templete que cubría el pozo del Patio de Santo Tomás en 1876, por causa del mal estado en que se encontraban varias de sus piedras, algunas de las cuales se perdieron en la operación. 102 90 GARCÍA GUTIÉRREZ, ob. cit., 1986, p. 173. - Uso como pajar del Patio de Continuos y del Paraninfo durante las décadas de 1850-1860, hasta que los Condueños los dejaron libres para que fueran utilizados por los escolapios. 6. Templete del pozo del Patio de Santo Tomás de Villanueva. Fotografía anterior a 1875. Colección José Félix Huerta, Alcalá de Henares. 91 Precisamente la restauración que hicieron los escolapios del Paraninfo puede catalogarse como una de las intervenciones más controvertidas de toda esta época. Los religiosos solicitaron a los Condueños la cesión del Paraninfo y del Patio Trilingüe, el 29 de julio de 1867, argumentando la conveniencia de repararlos por hallarse “en un deplorable estado de incuria y abandono, poco correspondientes a su importancia monumental y arquitectónica”. Inmediatamente se concedió el usufructo de aquella zona del edificio universitario, y se procedió a la restauración del Paraninfo que, a tenor de una inscripción que subsiste en su artesonado, se terminó en 1869 a expensas del P. Ramón Cabeza. Parece que aquella intervención se limitó a un lavado de cara de las humedades y desconchones del paramento, junto con una limpieza, repinte y afianzamiento del artesonado, al que se le renovaron algunos elementos sustentantes, y se le insertaron enormes vigas de madera que lo cruzaron en sentido transversal, a modo de tirantes. No nos ha llegado documentación técnica ni proyecto de ningún tipo, por lo que podemos suponer que la cualificación profesional de los restauradores debió ser más bien escasa, algo por otra parte bastante común en aquellas fechas, en las que aún no se había desarrollado de manera científica la restauración monumental en España. Por la documentación histórica y las numerosas inscripciones que se conservan en los florones y casetones del artesonado, sabemos que actuaron como restauradores el albañil Gregorio Mínguez, el pintor y carpintero Cayetano Casas, el pintor Hilario Zamora (Condueño), y el carpintero Francisco Briega, es decir, simples artesanos de la localidad, junto con algunos religiosos escolapios. Ello pudo deberse a la falta de recursos económicos, y a la necesidad de echar mano del elemento propio, que actuaría de manera prácticamente gratuita. Con razón González Navarro advierte del deterioro artístico que debió sufrir la pintura del artesonado, al haberse raspado y eliminado el oro de los entrelazados, amén de otras equivocaciones que, sin embargo, también hay que admitirlo, contribuyeron a consolidar esta obra de arte y asegurar su conservación, algo que de otro modo quizás no se hubiera producido. Hoy en día criticaríamos sin duda aquella restauración, poco respetuosa con la obra original y algo chapucera en su desarrollo, pero desde luego constituyó un esfuerzo por mantener un espacio monumental entonces ya muy degradado.103 Mayor censura merece la progresiva sustitución del caserío inscrito en la manzana universitaria, cuya fachada daba a la Plaza de Cervantes. La desaparición de este caserío, promovida por la Sociedad de Condueños, no fue tan significativa por el valor real de su arquitectura, que no era de gran calidad, sino porque tuvo como consecuencia indirecta la destrucción de otros vestigios más importantes, como la sacristía de la Capilla de San Ildefonso o la cárcel de estudiantes. 103 Véase en VARIOS: La Sociedad de Condueños ante la Historia..., ob. cit., 2000, pp. 159-167. Fotografías posteriores a esta restauración muestran, no obstante, cómo el proceso de deterioro continuó hasta cotas bastante alarmantes. Ello fue debido a la mala calidad de la restauración, que además quedó incompleta a falta de la reparación de ocho florones del artesonado, seguramente por falta de dinero. 92 Durante las dos últimas décadas del siglo XIX fue renovado casi por completo ese lienzo de la manzana universitaria, derribándose los antiguos edificios de época barroca (construidos con fábrica de ladrillo y tapiales de tierra), y construyéndose en su lugar algunos de los mejores ejemplos de la arquitectura alcalaína del ochocientos. En fin, que se perdieron algunas cosas y se ganaron otras, pero ante hechos así caben siempre las mismas preguntas: ¿mereció la pena? ¿y por qué tuvo que hacerse en ese sitio y no en otro? En abril de 1881 los Condueños solicitaron del ayuntamiento autorización para redistribuir el interior y modificar los vanos de la fachada de la casa nº 11 de la Plaza Mayor.104 Años más tarde, en junio de 1887, el alarife Martín Málaga pedía autorización “para derribar la casa plaza mayor edificios que fueron Universidad”, sin especificar nada más.105 En julio del mismo año se pidió al ayuntamiento que demarcase “la nueva línea a que ha de sugetarse la construcción de la casa que se intenta en la Plaza Mayor nº 9 con vuelta a la de Pedro Gumiel de la propiedad de los Condueños de los edificios que fueron Universidad”. Esta casa se corresponde con la que hace esquina entre la plaza y la antigua calle del arco de la Universidad, el cual descansaría seguramente sobre dicho punto. Tras su demolición, el consistorio designó efectivamente la alineación urbanística que había de tener la nueva construcción, un edificio de planta baja y principal trazado por José Vilaplana a la manera clasicista, con fachadas de ladrillo visto. La demarcación de la línea urbanística fue objeto de discusión en el seno de la corporación municipal, puesto que esta casa embocaría el acceso a la calle de la Universidad y quería dársele cierta holgura, por lo que se decidió finalmente... “...designar como línea de fachada de la mencionada casa por la parte de la plaza la que tienen las demás edificaciones del lado de saliente y por la calle de Pedro Gumiel la prolongación de la línea de fachada de la Universidad en la parte que presenta el paramento de ladrillo dando un pequeño quebranto en el punto que termina la línea de fachada de modo que quede la entrada de la calle con el mismo ancho que anteriormente, cuyo quebranto no afea el aspecto general de los edificios puesto que el encuentro de las fachadas de la Universidad y de la nueva construcción formará un ángulo obtuso que no será demasiado perceptible por verificarse dicho encuentro en la parte en que la fachada de la Universidad presenta un cuerpo saliente cual es la portada de la iglesia.” 106 104 A.M.A.H., Leg. 644/6. El perito municipal, José Vilaplana, contestó a esta demanda que también debían retranquearse “los huecos tanto del piso bajo como del principal, a los sitios convenientes”, reforma a la que se vieron finalmente obligados los Condueños. 105 A.M.A.H., Leg. 774/3; y Libro 156, Acta del 16 de junio de 1887. 106 A.M.A.H., Leg. 1140/1; Leg. 774/3; y Libro 156, Acta del 1 de agosto de 1887. 93 7. Plano de la manzana universitaria en 1871, por Melchor Fernández. Archivo de la Sociedad de Condueños. En la parte inferior derecha puede apreciarse, aneja a la cabecera de la Capilla de San Ildefonso, la antigua sacristía de seis columnas que fue derribada en 1893 para construir en su lugar el edificio del Círculo de Contribuyentes. 94 Poco después, en septiembre de 1891, el arquitecto municipal Martín Pastells dio su visto bueno para “quitar una puerta en su lugar colocar una ventana y abrir un hueco de puerta nuevo en la fachada de la casa callejón de Santa Maria perteneciente al edificio que fue Universidad”.107 Y en 1893 Martín Málaga pidió licencia “para empezar el derribo de parte de los edificios que pertenecen a la Universidad”, con el fin de construir el Círculo de Contribuyentes, diseñado por Martín Pastells.108 Este último proyecto despertó una viva polémica dentro de la propia Sociedad de Condueños, debido a la enconada oposición de algunos de sus miembros, que consideraban que no era una operación económicamente rentable y además “iba en contra de los fines de la Sociedad”. El motivo de la polémica era, como ya hemos adelantado, que “la que fue Sacristia de la Iglesia tiene un techo y unas columnas preciosas igual que la del Salon de San Diego del Archivo Central”, y todo iba a ser demolido para dar cabida al nuevo edificio del Círculo de Contribuyentes. Esta sacristía era un espacio rectangular sostenido por seis columnas, situado anejo a la derecha de la cabecera de la Capilla de San Ildefonso. Aparte de su valor artístico, también guardaba el recuerdo histórico de haber sido “capilla del Cardenal Cisneros donde celebraba misa”. Aun así, los Condueños decidieron por 62 votos contra 14, en Junta General extraordinaria de la Sociedad, celebrada el 12 de febrero de 1893, llevar a efecto dicha iniciativa. Algunos de sus individuos la defendieron argumentando que la entidad “nunca tuvo por objeto el conservar los edificios unidos a la Universidad los cuales a mas de que no tienen mérito alguno artístico, necesariamente habrían de destruirse por la acción destructora del tiempo”. Otros explicaron que la citada sacristía estaba en ruinas y abandonada por los Escolapios, y otros miraron hacia el futuro, pensando que la construcción del Círculo contribuiría a dar más vida a la población, lo cual juzgaban más importante que conservar aquella parte de la Capilla de San Ildefonso. En cualquiera de los casos, el hecho demuestra una increíble falta de sensibilidad por parte de las mismas personas que poco tiempo atrás habían coadyuvado a salvar lo más excelso de su patrimonio histórico. Pronto se olvidan los buenos propósitos.109 Por otra parte, la forma de conducir los trámites necesarios para llevar a término la empresa, fue un claro ejemplo del caciquismo político y el tráfico de influencias tan común a finales del siglo XIX. La mayoría de los concejales del ayuntamiento eran Condueños, al igual que el entonces alcalde Manuel José de Laredo y el arquitecto municipal Martín Pastells, curiosamente, el autor del nuevo edificio del Círculo de Contribuyentes.110 No es de extrañar, pues, que la 107 A.M.A.H., Leg. 751/2. A.M.A.H., Libro 162, Acta del 4 de marzo de 1893. 109 Véase GARCÍA GUTIÉRREZ, ob. cit., 2001, pp. 248-258, donde aparece publicada en facsímil el acta completa de aquella sesión de la Sociedad de Condueños. 110 Aunque en 1890 había sido instaurado el sufragio universal en España, las elecciones fueron sistemáticamente falseadas hasta la década de 1910, con el fin de asegurar la oportuna alternancia en el poder de cada uno de los partidos políticos. El el objetivo fundamental era mantener a toda costa la 108 95 empresa quedara finiquitada en menos de un año. Como resultado de ello uno de los ejemplos más notables de la arquitectura ochocentista de Alcalá de Henares, confirió al perímetro de la Plaza Mayor un aspecto más estético y renovado, aunque a cambio fue transformado el aspecto original de la ínsula universitaria por aquel lado, y destruido parte de su patrimonio. El proceso tendría continuidad en 1914, con la construcción del Hotel Cervantes sobre el solar que ocupaba la antigua cárcel de estudiantes y la casa nº 13 de la Plaza Mayor, siguiendo también un proyecto del arquitecto Martín Pastells. A pesar de la serie de actuaciones, un tanto discutibles, que acabamos de referir en los párrafos anteriores, desde aquí reiteramos nuestro reconocimiento hacia la Sociedad de Condueños, por la labor de salvaguarda que, en líneas generales, ha desarrollado sobre los edificios universitarios con indudable mérito durante más de 150 años. Pero sobre todo por haber sido capaz de conjugar los buenos deseos de toda la población de Alcalá de Henares aquel 12 de diciembre de 1850, tomando plena conciencia de la importancia social del patrimonio histórico. Fue el inicio de una andadura que, con luces y sombras, sirvió para legar a las generaciones venideras la obra arquitectónica más significativa de los complutenses. 2.3. El traslado del sepulcro y los restos del Cardenal Cisneros a la Iglesia Magistral La sociedad alcalaína en general, y su corporación municipal en particular, no se condujeron con tan buen criterio en otro importante episodio relacionado con la protección del antiguo patrimonio universitario: el traslado del sepulcro del Cardenal Cisneros desde la Capilla de San Ildefonso a la Iglesia Magistral. Cisneros dejó establecido en su testamento que desde cualquier sitio donde le sobreviniera la muerte, fuese trasladado a Alcalá y enterrado en la capilla del Colegio Mayor de San Ildefonso. Además dispuso que su sepultura y exequias se hicieran “atendiendo más a devoción e humildad que a lo contrario desto”. Pero cuando falleció, en 1517, los albaceas testamentarios y las autoridades universitarias prepararon un gran funeral y contrataron a Domenico Fancelli, primero, y Bartolomé Ordóñez, después, para que fabricasen un sepulcro acorde con la grandeza del prelado y de la institución por él fundada.111 monarquía parlamentaria y el control de los resultados electorales en las provincias y municipios era la única fórmula que aseguraba el mantenimiento de ese status quo. Así se sucedieron sin obstáculo los gobiernos liberales y conservadores ante la indiferencia popular, instaurando un sistema político definido como “liberal oligárquico” o “caciquista”. Véase al respecto VARELA ORTEGA, J.: Los amigos políticos. Partidos, elecciones y caciquismo en la Restauración (1875-1900). Madrid, 1977; y ÁLVAREZ JUNCO, J.: Política en penumbra. Patronazgo y clientelismo políticos en la España contemporánea. Madrid, 1996. 111 El primer contrato, celebrado con Fancelli, tuvo lugar el 14 de julio de 1518, pero el florentino murió poco tiempo después sin haber comenzado ni el sepulcro de Cisneros, ni el de Felipe el Hermoso y Juana la Loca para la Capilla Real de Granada. El segundo contrato fue firmado con Bartolomé Ordóñez en Toledo, el 14 de noviembre de 1519. A Ordóñez también le sorprendió la muerte sin haber pro- 96 El resultado fue un magnífico cenotafio renacentista con forma de cama suntuosamente labrada, sobre la que yacía la efigie de cuerpo entero del arzobispo toledano. Compositivamente sigue el modelo del sepulcro de los Reyes Católicos de la Capilla Real de Granada, con la novedad de que la cama cisneriana tiene paredes verticales y no en talud, como aquél. Por lo demás la decoración se distribuye de la misma forma, a base de medallones y hornacinas en las paredes, y grifos en cada una de las esquinas. También es muy similar la presencia de estatuillas representando a los Padres de la Iglesia en las esquinas superiores, así como la colocación del epitafio a los pies, sobre una placa sostenida por putti, y la profusión de guirnaldas de frutas y ángeles sobre la cornisa. Como nota diferente se halla el programa iconográfico de las paredes, que alude al contexto académico universitario mediante las figuras de los cuatro doctores de la Iglesia española encerrados en tondos (San Isidoro, San Leandro, San Eugenio y San Ildefonso), y las alegorías de las Artes Liberales y la Teología, completados con los santos tutelares de Cisneros. Más original resulta el fantástico bestiario que cubre todo el conjunto, y el retrato realista del prelado extraído de su máscara mortuoria, cuya extraordinaria calidad artística sirvió de inspiración a otros monumentos funerarios que quisieron asimilarse de forma explícita al modelo cisneriano, como el sepulcro del Cardenal Tavera realizado por Alonso de Berruguete en 1554.112 El mausoleo de Cisneros permaneció desprotegido y falto de cuidados en su ubicación original desde la extinción de la Universidad, en 1836, y sólo su peso y sus dimensiones lo habían salvado del pillaje que sufrieron durante aquellos años otros objetos del mismo recinto. Su estado de deterioro se acrecentó hasta que el gresado mucho en el trabajo (sólo había realizado el retrato yacente del Cardenal y la figura de San Jerónimo), así que el conjunto tuvo que ser terminado por varios de sus discípulos, entre los que se encontraban Pedro de Carona, Giangiacomo de Brixia, Girolamo de Santa Croce y Rafaello de Montelupo. Acabado al fin, el sepulcro llegó a Alcalá de Henares en 1521, colocándolo en mitad del presbiterio de la Capilla de San Ildefonso los artistas Juan Florentino y Simón Mantuano. Tres años más tarde, el 29 de agosto de 1524, Felipe Bigarny reconoció la obra por orden del Rector de la Universidad, hallándola conforme a lo establecido en el contrato y “estando todo ello en perfección y tan bueno, y aún mejor, que los bultos de sus altezas en Granada”. 112 Sobre el sepulcro de Cisneros véase ANDREI, P.: Sopra Domenico Fancelli Fiorentino e Bartolomeo Ordognes Spagnolo. Marsa, 1871, p. 53; CAMPORI, G.: Memorie biografiche degli scultori..., nativi di Carrara. Módena, 1873, p. 348; AMADOR DE LOS RÍOS, J.: “Sepulcro del Cardenal Cisneros. Iglesia Magistral de Alcalá de Henares”, Museo Español de Antigüedades, vol. V. Madrid, 1875, p. 342; MARTÍ Y MONSÓ, J.: Estudios histórico-artísticos. Valladolid, 1901, pp. 43 y 59; GARCÍA REY, V.: “El sepulcro del Cardenal Cisneros en Alcalá de Henares y los documentos de sus artífices”, Arte Español, vol. IX (1928-1929), p. 484; GÓMEZ MORENO, M.: Las águilas del Renacimiento español. Madrid, 1941, pp. 27, 179, 195 y 251; GÓMEZ MORENO, M.E.: Bartolomé Ordóñez. Madrid, 1956, pp. 26-28; AZCÁRATE, J.Mª.: “Escultura del siglo XVI”, Ars Hispaniae, vol. XIII. Madrid, 1958, pp. 45, 70 y 153; CASTILLO OREJA, ob. cit., 1980, pp. 59 y 89; AZCÁRATE, J.Mª.: Colección de documentos para la Historia del Arte en España. Madrid, 1982, doc. 180; CHECA, F.: Pintura y escultura del Renacimiento en España (1450-1600). Madrid, 1983, p. 127; MARCHAMALO, A. y M.: El sepulcro del Cardenal Cisneros. Alcalá de Henares, 1985; REDONDO CANTERA, M.J.: El sepulcro en España en el siglo XVI. Madrid, 1987, p. 430; y CASTILLO OREJA, M.A.: “Sepulcro del cardenal Cisneros”, en Una hora de España. VII Centenario de la Universidad Complutense. Catálogo de la exposición, Madrid, 1994, pp. 122-125. 97 municipio llamó la atención del gobierno y de la Comisión Central de Monumentos, acerca de su valor artístico, en el mismo escrito elevado en 1845 para impedir la destrucción del retablo de Jesuitas. La Comisión de Monumentos refrendó la tesis de la conservación, amparándose en la R. O. de 24 de julio de 1844, que prohibía la destrucción de cualquier obra que debiera conservarse por su mérito artístico y ponía en manos de esa institución la capacidad de decidir sobre el destino del patrimonio artístico español. Así, en la visita que los académicos Aníbal Álvarez y José Amador de los Ríos giraron a la ciudad del Henares a finales de septiembre de 1845, con el objeto de evaluar la calidad del retablo de Jesuitas, también reconocieron el sepulcro del Cardenal. El informe de ambos eruditos, remitido de inmediato al gobierno de S. M., puso el grito en el cielo ante el estado lamentable en que se hallaba el cenotafio, y conminó al gobierno a que tomase las medidas oportunas.113 Sin haber tomado aún ninguna decisión al respecto, el 20 de noviembre de 1845 se iniciaron los trámites para la venta de todos los edificios de la ínsula universitaria a don Joaquín Alcober. Con esta decisión, el sepulcro corría serio peligro de desaparición, así que pocos días antes de la transacción, el 23 de marzo de 1846, una R. O. ordenó su traslado a Madrid “a fin de preservar aquel precioso monumento de la ruina que le amenaza”. El 4 de abril se desplazó a Alcalá una delegación de la Comisión de Monumentos, con la intención de desmontar el mausoleo y llevárselo a la capital, pero la documentación histórica deja entrever que el gobierno no contó demasiado con el ayuntamiento complutense, al que se le avisó de la citada providencia “de un modo misterioso”. Resulta comprensible, por tanto, que los crecientes rumores sobre el traslado sembraran la inquietud entre la población de Alcalá, cuya suspicaz percepción de los acontecimientos se aprecia en este curioso testimonio del vecino Ángel Carrillo: “En la tarde de ayer [5 de abril de 1846] y hora de las cuatro de ella estando en la Plaza de la Constitución vimos que los Sres. Juez de primera instancia y Alcalde Constitucional de esta ciudad, con otras varias personas, se dirijían por el arco de la Universidad y presumiendo irían a la Iglesia de ella con objeto de ver el monumento del Cardenal Cisneros por las noticias que se divulgaban de que iban a trasladarle a Madrid, movidos de la curiosidad nos dirijimos detrás de dichos Sres. y entrando todos en la mencionada Iglesia estuvimos viendo el citado monumento que se hallaba principiado a arrancar de su sitio; y como algunos concurrentes se lamentasen de que a la ciudad se la privase de él, manifestó dicho Sor. Alcalde que por aora no lo permitiría en razón a que veía de parte de la 113 Noticia de todo esto y de lo que a continuación se refiere (excepto cuando se cite otra fuente) en el A.M.A.H., Leg. 812/3. Este legajo, perteneciente a la sección de Enseñanza y Cultura, guarda un extenso expediente titulado “Sepulcro del Cardenal Cisneros. Diligencias causadas para impedir su traslación a Madrid y obtener la autorización para colocarle en la Yglesia Magistral de esta Ciudad, como así se otorgó y realizó, con los pormenores hasta la conclusión de la obra desde el año 1845 a 1851 en que se acabó”. Dicho expediente ya ha sido sacado a la luz y transcritos algunos de sus documentos en varias ocasiones, aunque inexplicablemente los historiadores nunca han consignado su número de referencia del Archivo Municipal a la hora de citarlo. 98 población, y así se le había hecho presente, un general disgusto y oposición, por el derecho de que se creía asistida para conservarle en ella; y entrando a la sazón en la misma Iglesia Jorge Vicente Secretario del Ylte. Ayuntamiento de esta ciudad, le ordenó dicho Sor. que a los fines que pudieran conducir tomase apunte, como así lo hizo, de las piezas que en dicho monumento estaban ya separadas y empaquetadas, exortando a las personas que se hallaban presentes a que fuesen testigos de dicho apunte.” En aquel encuentro se entabló una acalorada discusión entre los individuos de la Comisión de Monumentos y los representantes municipales, que concluyó con la negativa de estos últimos al traslado del sepulcro.114 El alcalde, Juan Ángel de la Plaza, se guardó las llaves de la capilla de San Ildefonso, y “a pesar de las reflexiones que le han hecho los comisionados no ha permitido que se siguiesen los trabajos, prohibiendo se sacase de la Universidad ningún obgeto”. No pudo impedirse, sin embargo, la extracción de la reja que circundaba el cenotafio, obra de Nicolás de Vergara que había sido llevada con anterioridad al Museo Nacional de Madrid. Entre medias se produjo un importante cruce de comunicados, en tono de reproche, entre las diversas instituciones implicadas. Parece que la idea común desde todas las instancias era lograr la salvación del famoso monumento, pero desde luego no se ponían de acuerdo sobre la manera en que esto debía hacerse. Y desde el ayuntamiento de Alcalá se adoptaba un tono victimista en torno a la posibilidad de verse privado de otro elemento esencial de su patrimonio histórico, aduciendo variadas razones para impedir el traslado: “Los que suscriben, vecinos de esta ciudad de Alcalá de Henares, han visto con sorpresa se está descomponiendo el magnífico sepulcro del Emmo. Sr. Cardenal Fr. Francº Jiménez de Cisneros sito en la antigua Capilla del edificio q. fue Universidad, para trasladarlo a la Villa y Corte de Madrid: semejante acontecimiento ha entristecido todos los corazones, porque a las perdidas que este vecindario ha sufrido, viendo desaparecer sus glorias y bien estar, parece se pretende con afán acabar con el más mínimo vestigio de lo q. fue para q. no mereciendo en adelante llamar de modo alguno la atención, sea objeto la población de oscuridad y desprecio. Los q. suscriben creen q. la comisión encargada de hacer la traslación del sepulcro de hallará suficientemente autorizada, pero también cree no se la ha oído por S. M. antes de así determinarlo, y oyéndosela no era de esperar se desatendieran sus ruegos, fundados en los imprescriptibles derechos que debía oponer para q. se respetaran, tales son q. el Fundador quiso ser sepultado en esta ciudad, que su monumento es obra de su patrimonio, no de la Nación, en cuyo caso obrarán inscripciones que lo justificaran, q. sus parientes de los que algunos existen en la villa de Villalvilla, una legua de esta ciudad, no han dado su consentimiento, y finalmente que este vecindario en quien parece existir el derecho refundido no ha sido consultado cual debiera, porque entonces como ahora estaría dispuesto a ha114 A.M.A.H., Libro 120, Acta del 6 de abril de 1846. 99 cer su traslación a su costa al suntuoso templo de la única Iglesia Magistral de España, a la vez parroquia de Sn. Pedro. No es objección suponer tiene hoy tales ánimos cuando ve realizar el despojo, porque el sepulcro ha estado en la Universidad y se esperaba el definitivo destino del edificio, debiendo notar q. su traslación a Madrid es su completa destrucción”.115 El consistorio acudió entonces a esferas de poder superiores, y el 6 de abril del mismo año de 1846 elevó una reverente súplica a S. M. la Reina, solicitando que se concediera a la ciudad la conservación del sepulcro de Cisneros. Con la idea de que dicho monumento permaneciese en territorio complutense, como era la voluntad de Cisneros, el municipio propuso la Iglesia Magistral como espacio alternativo donde custodiarlo y salvaguardarlo. Esta propuesta rondaba la cabeza de los alcalaínos desde el mismo día 4 de abril, en que comenzaron los trabajos de descomposición, y ahora se hacía oficial comprometiéndose el vecindario a costear de su propio bolsillo los gastos de la traslación.116 En la instancia, dirigida a la Reina Isabel II, se adjuntaba una copia del testamento de Cisneros en el que se probaba el deseo del Cardenal de enterrarse en Alcalá, además de una exposición del cabildo de la Magistral que argumentaba sobre las condiciones de la iglesia para albergar el sepulcro con toda lucidez. El 28 de mayo de 1846 el gobierno de S. M. aceptó el traslado del monumento a la Magistral, a costa del municipio. La orden, comunicada el 6 de junio por el Jefe Político de la provincia, especificaba una interesante serie de disposiciones: 1. Que el sepulcro había de colocarse en el trascoro de la Magistral. 2. Que en ese punto los arquitectos de la Academia de San Fernando, Aníbal Álvarez y Antonio Zabaleta, construirían unas gradas o zócalo para dar mayor altura al sepulcro. 115 A.M.A.H., Leg. 812/3; extracto de una carta fechada el 4 de abril de 1846, firmada por una amplia representación de los vecinos de Alcalá. Quiero destacar cómo en estas líneas se cita por primera vez en un documento oficial salido de Alcalá de Henares, el término “patrimonio” con el significado jurídico de riqueza o conjunto de bienes pertenecientes a un individuo. Otra carta del alcalde de Alcalá a José Amador de los Ríos abundaba en la misma percepción del conflicto, reiterando la negativa del ayuntamiento complutense a colaborar con la Comisión de Monumentos: “Siendo yo encargado por la ley de hacer se respeten los monumentos q. existen en esta Ciudad, después de haber acreditado una funesta esperiencia el desorden con que se han hecho desaparecer preciosidades q. honrraban la memoria de hombres celebres, juzgando no era la misión de V. destruir el sepulcro del Cardenal Cisneros ni menos tratar de estrabiarlo para otro punto [...] al ver q. V. sin otra intervención ha pasado a deshacerle y pretende estrabiarle de un modo vastante sigiloso y sin hallarse aun desarmado en su totalidad, no he podido menos de estrañar tan singular conducta la que ha llamado sobremanera la atención en el vecindario q. jamás podía creer se le arrancara una de sus mejores glorias sin haberse oído las razones que por justos derechos espusiera para pretender retenerle en su seno.” 116 A.M.A.H., Libro 120, fol. 53 vº. La Comisión de Monumentos había pensado en varios destinos para el sepulcro de Cisneros: en Madrid barajó la Capilla del Obispo (junto a la iglesia de San Andrés), la iglesia de San Francisco el Grande, y los Jerónimos; pero también se había considerado la posibilidad de trasladarlo a la Capilla Mozárabe de la catedral de Toledo. Al final pareció bien la Magistral de Alcalá, y se dispusieron los trámites necesarios para colocarlo allí. 100 3. Que, bajo la dirección del escultor Sabino Medina, profesor de la misma academia, debía restaurarse una cornisa que estaba rota, con el fin evitar futuros desperfectos en la estatuaria del mausoleo. 4. Que se restituyera completamente la reja de Nicolás de Vergara que estaba en el Museo Nacional y servía de cerramiento al mausoleo. 5. Que todas estas obras tenía que costearlas el ayuntamiento de Alcalá y el cabildo de la Magistral, y terminarlas antes de fines de septiembre de 1846. 6. Que todos los trabajos serían dirigidos y supervisados por la Comisión Central de Monumentos Artísticos, cuyos profesores vigilarían para que se cumpliesen los plazos señalados. 7. Y que a partir de este instante, el ayuntamiento y el cabildo serían responsables de la conservación del sepulcro, bajo la inspección de la citada Comisión Central de Monumentos. José Amador de los Ríos, secretario de la Comisión, pergeñó el presupuesto económico de toda la operación, que ascendía a más de 40.000 reales. La elevada cantidad presupuestada, especialmente en lo referente a las obras de restauración de la estatua, construcción del zócalo y honorarios de los académicos, suponía un desembolso excesivo que no había previsto la economía municipal, por lo que el desarrollo de las actividades sufrió un cierto receso. Tanto es así que en agosto del mismo año de 1846, el gobierno interpeló al ayuntamiento y a la Comisión de Monumentos, para que se iniciase de una vez el traslado y montaje del mausoleo. El ayuntamiento intentó solventar las dificultades económicas pidiendo al gobierno que cargara con parte de los gastos, pero ante la negativa de éste, la respuesta definitiva fue que... “...mediante a no haber fondo alguno disponible para costear los gastos de dicha traslación [... ] y que el estado de la población es cada vez mas lamentable sin que puedan hacerse efectivas las contribuciones ordinarias [...] se manifieste a S. E. no es posible aceptar la traslación y demás obras del citado Monumento a la Magistral.” 117 ¿No podría haberse organizado una suscripción pública o pedir algún crédito para llevar a buen puerto la empresa? A tenor de lo expuesto hasta ahora, parece que la población complutense se había movilizado eficazmente para proteger lo que consideraba un vestigio importante de su patrimonio histórico, y por eso sorprende que no se realizara el esfuerzo económico necesario para la empresa. Cuatro años más tarde, los habitantes de Alcalá sí compartieron los gastos de compra del Colegio Mayor de San Ildefonso, mediante la creación de una Sociedad de Condueños que logró evitar la destrucción de tan preciado monumento. La dife117 A.M.A.H., Libro 120, Acta del 14 de agosto de 1846. Sobre las dificultades económicas del ayuntamiento a este respecto, léanse los fols. 85-92 del mismo libro. 101 rencia entre ambos episodios, estriba, a mi juicio en el valor de uso que podía atribuírsele a cada cosa: el edificio universitario tenía un fuerte significado emblemático, pero además podía ser utilizado para determinados fines (instituto de enseñanza, viviendas de alquiler, etc.), lo cual hacía la operación bastante rentable; sin embargo, el sepulcro de Cisneros no tenía otro valor, para los alcalaínos de entonces, que su recuerdo histórico o su belleza artística, de modo que el interés por él fue menor, puesto que en aquella época ni siquiera podía explotarse para el turismo. Por consiguiente, el consistorio declinó la responsabilidad de decidir sobre el destino del mausoleo en el gobierno de S.M., a quien invitó para que “disponga del espresado sepulcro según crea conveniente”. El 15 de octubre, la Reina Isabel II decretó que bajo la supervisión del profesor Sabino Medina se acabara de despiezar el sepulcro, “considerando que lo más urgente es que este precioso monumento se desmonte según las reglas del arte y que todas sus piezas se encajonen para librarlas de mayor deterioro y acaso su destrucción, lo cual probablemente se está ejecutando en la actualidad”. Acabada la operación, mandaba además que los cajones con las piezas del sepulcro fueran cerrados y “colocados en la misma iglesia en que se hallaba, fuera de la capilla porque resulta hallarse ruinosa”. Así permaneció el cenotafio por espacio de dos años; al menos eso parece indicar un vacío documental que llega hasta el 5 de octubre de 1848. En esa fecha, Joaquín Cortés, que se había convertido en el nuevo propietario de los edificios universitarios, exigió al ayuntamiento que desalojara unas cajas que había en una habitación de la universidad, y que tenía oído encerraban el sepulcro de Cisneros. Unos días más tarde, el cabildo de la Iglesia Magistral puso a disposición del ayuntamiento su sala capitular, para que se guardase en ella la citada cajonería, a pesar de lo cual nada se hizo, seguramente por falta de recursos.118 No tenemos más noticias hasta el 27 de julio de 1849, cuando el ayuntamiento dirigió una carta informativa al Jefe Político de la provincia, advirtiendo del “estado de deterioro en q. se encuentra el monumento, a causa de haber estado muchos años colocado en un sitio húmedo y de escasa ventilación”. De nuevo se pedía la colaboración económica para hacer efectivo su traslado a la Magistral, que en cualquier caso saldría más barato que llevarlo hasta Madrid o Toledo, como se había llegado a sugerir. Sin embargo, la contestación del Jefe Político fue que el ayuntamiento costeara todo el transporte, y que lo efectuara ya de una vez por todas. El tono recriminatorio estaba plenamente justificado: los alcalaínos mantenían una actitud pasiva y lastimera que lo único que conseguía era inmovilizar cualquier solución al conflicto. Este impass de espera todavía se prolongaría durante un año más. El 14 de mayo de 1850, el nuevo propietario del Colegio Mayor de San Ildefonso, Javier de Quinto repitió la solicitud que había hecho anteriormente Joaquín Cortés, exhortando al ayuntamiento a que desalojara las cajas del sepulcro, porque iba a hacer unas reformas en las habitaciones en que se encontraban y quería “evitar la 118 102 A.M.A.H., Libro 122, Actas del 11 y 17 de octubre de 1848. responsabilidad del estrabio o falta que pueda haber de dicho sepulcro en el tragin de la obra”.119 El 30 de junio, el alcalde Celedonio Bada solicitó de nuevo la ayuda del Jefe Político de la provincia, adjuntando copia literal certificada de la comunicación de Javier de Quinto, y expresando que “la resolucion se hace mas apremiante, a medida que el tiempo acerca el peligro de verse envuelto este monumento entre las ruinas del edificio donde se halla depositado”. El peligro de ruina del que hablaba la carta del alcalde no hacía referencia únicamente a las comentadas obras de reforma, sino al conjunto de destrucciones que el Conde de Quinto había iniciado por toda la ínsula universitaria, y a otras obras de transformación de los edificios, de muy diversa consideración. En consecuencia, el 31 de agosto de 1850 la Reina Isabel II ordenó el traslado del sepulcro y su reja a la Iglesia Magistral sin exigir su restauración, que podía dejarse para más adelante. De este modo los gastos de la operación quedaban notablemente rebajados, así que después de cuatro años de absoluto inmovilismo por parte de los responsables políticos complutenses, se organizó una suscripción popular entre todos los vecinos para sufragar la traslación.120 Finalmente, el 22 de septiembre de aquel año de 1850, fueron depositados en la Magistral los veinticuatro cajones con las piezas del sepulcro; dos días después, el Director del Museo Nacional hacía entrega al alcalde de la verja de Nicolás de Vergara, perfectamente inventariada.121 Por ausencia del académico Antonio Zabaleta, el arquitecto al servicio del arzobispado de Toledo, Francisco Enríquez y Ferrer, fue designado máximo responsable de los trabajos de ensamblaje y colocación del cenotafio. El propio Enríquez y Ferrer propuso como nueva ubicación del sepulcro el centro del crucero (en lugar del trascoro, como se había sugerido antes), lo cual fue aceptado por el Arzobispo de Toledo, dada la representatividad de ese espacio dentro de la Magistral, que debía su existencia y su categoría al propio Cisneros, y también porque... 119 A.M.A.H., Libro 124, fol. 80. Con el fin de supervisar el traslado se nombró una comisión formada por el alcalde Celedonio Bada, el Vicario General José de los Ríos, el Brigadier Jefe del Establecimiento de Caballería Ramón Soler, el Juez de 1ª Instancia Vicente Gómez Enterría, el Presidente del cabildo de la Magistral Miguel Pascual Herranz, el Administrador principal del Culto y Clero Francisco Javier Montoto, y el Licenciado Benigno García Anchuelo, junto con algunos de los mayores contribuyentes de la ciudad: José Arpa, Manuel Ibarra, Mariano Gallo, Manuel Esperanza, Miguel Roqueñi, Andrés Rosado, Juan Ángel de la Plaza, José Hostalet, Gregorio de la Calzada, Manuel Septién, Fernando Huerta y Esteban Azaña, entre otros. 121 Gregorio Azaña, secretario de la comisión, describió con detalle cómo se realizó toda la operación: “los cajones que contienen el sepulcro se habían trasladado y se hallaban ya colocados en la Magistral en el sitio que se creyó mas conveniente, teniendo la satisfacción de anunciar a la comisión que para conducirlos se necesitaron mas de cien jornaleros con sus respectivos maestros a la cabeza, trabajando todos a porfía y con el mayor entusiasmo”. Véase en el A.M.A.H., Leg. 812/3. 120 103 8. El sepulcro del Cardenal Cisneros en mitad del crucero de la Iglesia Magistral, donde fue colocado por F. Enríquez y Ferrer en 1851. Fotografía publicada por E. Tormo en 1931. 104 “...este punto es el mas digno y mas amplio, donde se podrán admirar convenientemente las bellísimas esculturas del sarcófago por la buena luz de que gozarán: estar de este modo en armonía con todos los obgetos que le han de rodear, completándola sobremanera la profusión de blasones del Cardenal tallados en las dos magnificas rejas y en los púlpitos y en los vidrios pintados de la única ventana antigua que se conserva; y contribuyendo todo en el templo a formar el conjunto mas rico y suntuoso.” En la mañana del 21 de octubre se puso la primera piedra de la obra de instalación del sepulcro, que se alzaría casi un pie sobre el nivel del suelo “por medio de unas gradas de piedra berroqueña bien labrada”. La ceremonia de colocación de la primera piedra adquirió una extraordinaria resonancia pública, celebrándose con toda la pompa y esplendor que fue posible, gracias a la asistencia de un buen número de representantes y personalidades de todos los gremios de la ciudad, la clase política, la nobleza, el ejército y varias dignidades de la catedral de Toledo, entre las que se contaba el Cardenal Arzobispo don Juan José Bonel. Los trabajos de instalación no se concluirían hasta el 10 de julio de 1851, según consta en la notificación oficial expedida en esa fecha por el arquitecto Enríquez. El reensamblaje del mausoleo costó al final 17.354 reales, incluyendo la limpieza de las esculturas, la formación del nuevo basamento, y la reparación de algunos balaustres, jarrones y otras partes desaparecidas o afectadas de la reja circundante. Entre los artífices de toda la operación hay que señalar, además de a Francisco Enríquez y Ferrer, al albañil Gregorio Mínguez, al carpintero Raimundo Fraile, al maestro cantero Ángel de las Pozas, al marmolista Santiago Jabonin, al escultor Silvestre López, y al broncista Esteban Alberdi.122 − El hallazgo de los restos mortales de Cisneros y su traslado a la Magistral Un hecho excepcional contribuyó a sublimar aún más la historia que estamos relatando: el hallazgo de los restos mortales del Cardenal, cuyo paradero había caído en el olvido después de que hubieran sido ocultados por fray Pedro Quintanilla en 1677, para protegerlos de la excesiva veneración y expolio a que eran sometidos por parte de los estudiantes de la universidad. En el contexto de la traslación, se comprobó efectivamente que las reliquias de Cisneros no estaban bajo el sepulcro, por lo que se iniciaron pesquisas encaminadas a descubrirlas. La casualidad llevó al vecino Lucas Garrido a encontrar un documento que contenía una copia literal del acta de ocultación de los restos, escrita y firmada de su propia letra por el P. Quintanilla, que describía el sitio de esta forma: 122 Además de las fuentes reseñadas hasta ahora, hay amplias noticias de estos trabajos en el Archivo de la Academia de San Fernando (A.A.S.F.), doc. 49-4/2; y también en el doc. 2-55/1, un Borrador que resume los trabajos realizados por la Comisión Central de Monumentos y sus delegaciones provinciales entre 1846 y 1854. 105 “...dichas dos arcas metidas una en otra se pusieron en un nicho alto seco y retirado que está en la misma Capilla donde decía misa nuestro Santo Cardenal que tiene la puerta al lado del Evangelio del Altar mayor entrando en la Capilla a mano derecha que corresponde a las espaldas del Sagrario del Santísimo Sacramento. Luego se macizó el dicho lugar sin que quedase ventana resquicio ni parte alguna por donde se vea.” 123 Siguiendo estas indicaciones, una delegación del ayuntamiento se personó el 23 de octubre de 1850 en la capilla de San Ildefonso para materializar la invención, que se hizo efectiva en presencia de varias autoridades civiles y eclesiásticas “para q. el descubrimiento fuese legal y en forma”. Levantada acta notarial del suceso, y reconocida la urna funeraria del Cardenal por “infinidad de testigos”, se acordó su traslado a la Magistral “en la cual después de celebrado un responso se ha dejado depositada con todas las formalidades necesarias”. Una corriente romántica de la historiografía local ha querido ver en este acontecimiento una muestra casi heroica de la defensa del patrimonio artístico complutense. Desde esa perspectiva, algunos autores han postulado que los habitantes de Alcalá se echaron a la calle y que, ante la negativa del Conde de Quinto (propietario del edificio de la universidad) a permitir el acceso a la capilla de San Ildefonso, rompieron las puertas de ingreso, derribaron el tabique del nicho que contenía la urna funeraria de Cisneros, tomaron los restos y se los llevaron en tumultuosa procesión hasta la Magistral.124 Los documentos de la época y las crónicas contemporáneas nos ofrecen una visión más matizada de los hechos. En primer lugar, hay que decir que en el mismo acta de compra de los edificios de la universidad por parte de la Sociedad de Condueños, se aclara que “la población de Alcalá deseó reconocer la antigua Capilla de la suprimida Universidad, en busca de los Ylustres restos del Cardenal, y que habiéndose prestado a ello con sumo gusto los Emos. Sres. de Quinto, dueños de aquellos edificios, tubieron todos la satisfacción de encontrar intactos aquellos respetables restos”.125 Pero la referencia más interesante al respecto proviene del acta de la sesión municipal celebrada el 31 de octubre de 1850: “Se dispuso por las autoridades su traslación a la Santa Yglesia Magistral, cuya medida fue adoptada precipitadamente mediante a las circunstancias en que se encontrava y que reconocieron como de necesidad para evitar las consecuencias 123 El documento original con el acta de ocultación de los restos de Cisneros se hallaba entonces en la biblioteca de la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid, adonde había llegado después del cierre de la Complutense en 1836. El bibliotecario Vicente de la Fuente expidió una copia autorizada al ayuntamiento de Alcalá para que quedara constancia oficial del mismo, una vez que fueron descubiertos los huesos del prelado. 124 Véase MARCHAMALO, ob. cit., 1985, p. 83-84; y MARCHAMALO MAIN, M.: “El traslado del sepulcro del Cardenal Cisneros desde la Capilla Universitaria de San Ildefonso a la Iglesia Magistral de Alcalá en el siglo XIX”, A.II.E.H.V.H., Alcalá de Henares, 1990, p. 698. 125 A.H.P.M., Prot. nº 26.570, con fecha 12 de diciembre de 1850. 106 que pudieran ocurrir de demorar la traslación, la cual se verificó a pesar de la brevedad y ligereza, con todo el decoro y lucimiento que fue posible.” 126 En el texto se aprecia una cierta preocupación por la conservación de las reliquias, que provocó la rapidez con que se efectuó su traslado, el mismo día en que el vecino Lucas Garrido dio a conocer la copia del acta de ocultación de 1677 y se descubrió el nicho. A la hora de barajar las razones que pudieron sembrar aquella inquietud, podemos pensar en el estado de deterioro en que se encontraron los restos, en la propia ruina de la Capilla de San Ildefonso, en la oportunidad de unir el arca funeraria al sepulcro, que acababa de transportarse a la Magistral hacía sólo dos días, o en el hecho mencionado de que los edificios universitarios estaban expuestos a la voracidad del Conde de Quinto. En cualquiera de los casos, los documentos revelan que la corporación municipal pudo acceder a la capilla y extraer las reliquias sin ninguna oposición, y que aunque las indagaciones y posterior certificación del descubrimiento pudieran hacerse con cierta discreción, el traslado hasta la Magistral se convirtió en una auténtica fiesta. En definitiva, todo parece indicar que el hallazgo de los restos de Cisneros fue un motivo de alegría extraordinaria para los alcalaínos, que culminó con creces las celebraciones transcurridas en los días anteriores. En ello se muestra el valor simbólicosignificativo que adquirió la recuperación de un elemento crucial para el patrimonio histórico complutense. Las referencias documentales al carácter conmemorativo de aquel viaje a la Magistral son numerosas: por ejemplo una comunicación del arzobispo de Toledo dirigida a Celedonio Bada, congratulándose por “la solemnidad con que la urna fue trasladada a la Iglesia Magistral”; otra del susodicho alcalde enviada al Rector de la Universidad Central de Madrid, comentándole que “se procedió a la conducción a la Magistral con todo el aparato y ostentación posible”; otra del alcalde a la Comisión Central de Monumentos que decía que los huesos del Cardenal “fueron trasladados a la Magistral con el decoro correspondiente y en medio de la numerosa concurrencia que asistió a esta ceremonia”; y el relato erudito de Esteban Azaña, que narra cómo “identificada la autenticidad de las reliquias o cenizas, fueron trasladadas procesionalmente en medio de gran pompa y entusiasmo a la iglesia Magistral”.127 Una vez llegada a la colegiata de San Justo, la urna con las cenizas del Cardenal fue depositada en la girola, en la capilla de San Ildefonso. Inmediatamente se añadió al proyecto de instalación del sepulcro que estaba ejecutando Francisco Enríquez y Ferrer, la idea de construir un panteón subterráneo que cobijara las reliquias de Cisneros. La obra del panteón costaría 11.765 reales, y consistió en la apertura de una pequeña cripta articulada por pilastras de mármol, justo debajo del cenotafio, a la cual se accedía por una reja colocada en el suelo que daba paso a una escalerilla. Intervinieron en su ornamentación el tallista José Pérez y el pin126 127 A.M.A.H., Libro 124, fol. 170 vº. A.M.A.H., Leg. 812/3; y AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, p. 314. 107 tor José Llop, decorando las rejas con dorado y el espacio interior con escudos y alegorías alusivas al Cardenal. Con el fin de ennoblecer aún más este espacio central de la iglesia, se sustituyeron las antiguas verjas de unión entre el altar mayor y el coro, que señalizaban la vía sacra, por otras más modernas y abiertas que importaron 7.700 reales, y que daban cabida al monumento. Todo esto se terminó el 10 de julio de 1851, junto con las demás obras de instalación del mausoleo.128 La colocación de la urna funeraria en la cripta no tuvo lugar, sin embargo, hasta los días 26 y 27 de abril de 1857, más de seis años después. En febrero de ese año el gobierno de Narváez había ordenado la ejecución de nuevos trabajos de restauración en el sepulcro, junto con la solemne colocación de las cenizas de Cisneros en el panteón construido al efecto, en el subsuelo de la Magistral. El Marqués de Morante logró de S. M. un crédito de 60.000 reales para pagar lo que aún se debía a los artistas y jornaleros que participaron en la traslación e instalación de 1850, y para sufragar los gastos que originaría el solemne enterramiento de los restos del Cardenal.129 La función cívico-religiosa que sirvió para cumplimentar la R. O. se desarrolló se acuerdo al siguiente programa: en la tarde del 26 de abril, el ayuntamiento y el Cabildo de la Magistral reconocieron oficialmente los restos funerarios del Cardenal y los trasladaron al presbiterio de la iglesia, cantándose una solemne vigilia con asistencia de diversas autoridades y personalidades; a las once de la mañana del día 27 tuvieron lugar las honras fúnebres, celebradas por el Patriarca de Indias y presididas por varios ministros de la corona, altos dignatarios del Estado, representantes de la Iglesia, autoridades municipales y demás invitados; luego se llevaron procesionalmente los restos por el circuito interior de la iglesia y finalmente se depositaron en el panteón, retirándose a continuación todos los presentes. Durante la ceremonia se exhibieron varios objetos pertenecientes a la época del Cardenal, como el bastón mudéjar procedente del convento de las Juanas, y otras cosas que se conservaban en la biblioteca de la Universidad Central de Madrid, y que aparecen descritos de esta forma en una carta del rector Tomás de Conaly al alcalde de Alcalá de Henares, Francisco Arízcun: “El retrato del Cardenal puesto en un marco dorado de tres cuartas de largo y ancho. El Breviario, del rezo del mismo, en pasta, con sus armas. El alba y el amito que usaba. Las dos llaves de Orán de fierro. El estandarte del Cardenal, y su cuadro y borlas. Las tres banderas de la conquista de Orán. 128 Sobre estas obras véase MUÑOZ SANTOS, Mª.E.: “El sepulcro y reja del Cardenal Cisneros en la Magistral”, en A.V.E.H.V.H., Guadalajara, 1996, p. 383. 129 A.M.A.H., Libro 131, Actas del 15 y 26 de marzo de 1857. 108 Las dos armaduras de hierro de los hombres de guerra, que le acompañaron a la conquista. Dos alabardas de las que se usaban en aquella época.” Con ello quedaron definitivamente guardados en la colegiata de San Justo el sepulcro y las reliquias del Cardenal Cisneros. Aún sobrevendrían nuevas vicisitudes doce años después, en junio de 1869, cuando el gobierno central quiso trasladar los restos mortales del arzobispo, junto con los de Antonio Nebrija, al panteón nacional de hombres ilustres que se proyectaba erigir en la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid. Ello provocó la repulsa y la oposición del pueblo de Alcalá, que solicitó en masa que las cenizas se quedasen en la ciudad por medio de una instancia dirigida al Ministro de Fomento, quien finalmente accedió a dejar las cosas como estaban.130 El traslado del sepulcro y los restos funerarios del Cardenal Cisneros a la Iglesia Magistral constituye sin duda uno de los episodios más notables en la tarea de conservación del patrimonio artístico complutense. El resultado final que produjeron los hechos arriba expuestos fue la salvación del famoso mausoleo y esto es lo más importante. Sin embargo, la relación pormenorizada de los acontecimientos nos demuestra que las cosas no se hicieron de la mejor manera: el monumento permaneció más de cuatro años encajonado en un edificio húmedo, casi abandonado y expuesto a la ruina; las instituciones implicadas tardaron todo ese tiempo en ponerse de acuerdo sobre el destino final del cenotafio, entorpeciéndose mutuamente con reproches y acusaciones cruzadas; por último, se procuró el transporte e instalación del sepulcro pero la restauración del mismo fue superficial. Todo ello nos induce a pensar que el panteón de Cisneros podría haber llegado a nuestros días bastante mejor de lo que lo hizo, toda una premonición de lo que finalmente le ocurriría en 1936, cuando se le derrumbaron encima las bóvedas de la Magistral. Para mayor desatino, hoy los restos del prelado permanecen en el subsuelo de la colegiata, mientras que el sepulcro está de nuevo en su emplazamiento original, en la Capilla de San Ildefonso, después de que fuera restaurado y reubicado allí al término de la Guerra Civil. 130 A.M.A.H., Libro 139, Actas de los días 1, 17 y 24 de junio de 1869. El consistorio había llegado a encargar la realización de una urna de madera al carpintero Raimundo Fraile, luego decorada por el pintor Diego Palacios, para colocar en ella los restos funerarios durante la traslación a Madrid. 109 110 CAPÍTULO 2 CAUSAS DE DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO (I): LOS EFECTOS DE LAS GUERRAS 1. EVALUACIÓN COMPARATIVA DE LOS EFECTOS DE LAS GUERRAS CON RELACIÓN A OTRAS CAUSAS DE DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO En una primera impresión, podríamos pensar que las guerras constituyen sin lugar a dudas el agente más nocivo que influye en el deterioro del patrimonio artístico. Históricamente siempre se han producido ataques directos contra las infraestructuras urbanas durante el fragor de las batallas, se han destruido intencionadamente objetos y edificios como represalia, y se ha prodigado el saqueo o pillaje en busca de botín como premio para los vencedores, aparte de otros desmanes sobre los que no nos vamos a extender. En las guerras contemporáneas, la utilización de la artillería pesada y un armamento cada vez más sofisticado, así como los bombardeos efectuados desde la aviación, y la consideración de la población civil como objetivo militar, han hecho aumentar sobremanera los niveles de destrucción de los núcleos urbanos. A ello hay que añadir la planificación sistemática del expolio artístico, que algunos ejércitos han llevado a cabo en determinados momentos de dominación: la extracción de riquezas efectuada por las tropas de Napoleón Bonaparte, o las colecciones de obras de arte acumuladas por los dirigentes nazis durante la Segunda Guerra Mundial son algunos ejemplos de ello. El caso de Alcalá de Henares nos parece muy significativo al respecto, por cuanto su privilegiada posición estratégica le ha convertido en el centro de algunas de las operaciones militares más importantes de la historia de España. Por este motivo las dos grandes guerras que han asolado nuestro país en la Edad Contemporánea (la Guerra de la Independencia de 1808 y la Guerra Civil de 1936), han traído consigo funestas consecuencias para la ciudad complutense. Si bien es cierto que durante la Francesada no se produjo aquí ningún suceso especialmente relevante, la instalación de varios cuarteles bonapartistas en antiguos conventos y colegios universitarios fue el caldo de cultivo perfecto, para que tuvieran lugar un 111 sin número de atropellos hacia nuestras obras de arte. Pero más perniciosas aún fueron las secuelas de la Guerra Civil, porque Alcalá fue continuamente bombardeada por la aviación nacional, con la intención de liquidar el último reducto republicano que se oponía al avance de Franco hacia Madrid. Sin embargo de lo expuesto, las guerras no son la única causa de destrucción de las obras de arte y los objetos del pasado. Existen otros muchos factores ligados no sólo a los comportamientos humanos, sino también a las fuerzas de la naturaleza o al mero hecho de que las cosas tienen una vida limitada en el tiempo, y por eso se van deteriorando. Fernández Arenas ha clasificado en dos grandes grupos las causas que afectan a la conservación del patrimonio histórico artístico: 131 a). CAUSAS DE DEGRADACIÓN HUMANA. - Conductas cotidianas directamente agresivas como el vandalismo, el tráfico rodado o el estilo de vida industrial urbano, y también otros comportamientos que influyen de manera indirecta como la incuria o la falta de cuidado hacia los bienes culturales. - La emigración, por cuanto provoca el abandono de obras de arte, monumentos y hasta pueblos enteros que acaban desapareciendo. - El comercio ilícito con afán de lucro. - La destrucción intencionada motivada por los cambios de gusto, las modas, la ignorancia, el cambio de usos, razones políticas o religiosas, etc. - Las restauraciones incorrectas. - El desarrollo urbanístico y la especulación inmobiliaria. - El turismo masivo. - Las guerras. b). CAUSAS DE DEGRADACIÓN NATURAL. - La acción de los agentes meteorológicos (erosión pluvial, eólica, térmica), especialmente cuando es capaz de provocar catástrofes naturales de grandes dimensiones como incendios, inundaciones, etc. - La reacción física de los objetos ante el agua, la luz y el calor, ya que estos tres elementos influyen respectivamente en su composición material y tolerancia a la humedad, su capacidad para absorber las radiaciones luminosas sin verse alterados, y su resistencia a las variaciones térmicas. - Los procesos de degradación química provocados por compuestos activos presentes en la naturaleza, como el oxígeno, el anhídrido carbónico, los excrementos de las aves, las aguas con mayor o menor grado de putrefacción...; existen también compuestos activos de índole artificial como los que se encuentran en la atmósfera contaminada, la lluvia ácida y otros provocados por la acción del hombre. - Los procesos de degradación biológica producidos por la actividad de los seres vivos (microorganismos y plantas parásitas, insectos xilófagos, etc.) - El simple paso del tiempo, ya que las cosas tienen una vida limitada. 131 FERNÁNDEZ ARENAS, J.: Introducción a la conservación del patrimonio y técnicas artísticas. Barcelona, 1996, pp. 139-143. 112 Podemos citar ejemplos muy ilustrativos de cada uno de estos factores. El abandono y la incuria han echado a perder multitud de castillos españoles de época medieval o renacentista, que han ido degradándose a lo largo de los siglos por falta de cuidado. Obras de arte tan emblemáticas como La Gioconda de Leonardo da Vinci, o las cruces asturianas de la Cámara Santa de Oviedo, han sido robadas con la intención de venderlas de forma ilícita al mejor postor, y sólo han sido recuperadas gracias a la honradez de algunos marchantes o a la intervención policial. También podemos recordar infinidad de acciones humanas realizadas con la expresa intención de hacer desaparecer elementos significativos de nuestro patrimonio, como la destrucción de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, por culpa de un atroz atentado terrorista, o el tremendo saqueo al que ha sido sometido el Museo Nacional de Bagdad durante la última Guerra de Irak. El desarrollismo urbano ha propiciado igualmente una increíble falta de respeto hacia los monumentos del pasado, que han sido impunemente derribados con el objeto de ensanchar plazas, abrir nuevas vías de comunicación, etc., como le ocurrió a la Plaza de Toros de Madrid, del arquitecto Rodríguez Ayuso. Restauraciones equivocadas o excesivamente intervencionistas, como las de Rafael Contreras en la Alhambra durante el siglo XIX, han contribuido a desfigurar la apariencia original de los monumentos. Tanto los comportamientos humanos más cotidianos como los provocados por determinadas actividades, como el turismo, suponen muchas veces una grave amenaza para los vestigios históricos: de la Acrópolis de Atenas desaparecen cada año unos 2.500 kilos de piedras que se llevan los turistas como souvenir. También los agentes naturales como la lluvia, el viento o el hielo, han tenido un considerable efecto degenerativo sobre la arquitectura. Las inundaciones provocadas por el desbordamiento del río Arno, en 1966, destruyeron cientos de metros cuadrados de frescos de las iglesias de Florencia, y lograron desprender varios paneles de la famosa Puerta del Paraíso del Baptisterio de la catedral. Hace poco se estudiaba en Madrid la posibilidad de utilizar descargas de electricidad para ahuyentar a las palomas, e impedir que sus excrementos dañaran algunas estatuas monumentales muy representativas, como la ecuestre de Carlos III en la Puerta del Sol. Y terremotos como los ocurridos hace unos años en Italia han hecho reflexionar al mundo sobre la increíble vulnerabilidad de las obras de arte, después de verse afectados monumentos tan emblemáticos como la basílica de San Francisco de Asís. En la historia de la conservación monumental en España, el siglo XIX destaca por ser una de las épocas más negativas que pudiera imaginarse. A la inestabilidad política que convulsionó toda la centuria con guerras, revueltas y represiones, hay que añadir la progresiva transformación industrial y urbana experimentada por la sociedad, y la existencia aún de un débil armazón legal que pudiera garantizar la pervivencia de las obras de arte, ante situaciones tan complejas como las desamortizaciones. El expolio y el comercio ilícito se convirtieron en costumbres tristemente habituales en nuestro país, con el fin de obtener suculentos beneficios de la venta de bienes culturales que habían quedado desamparados 113 a raíz de la exclaustración de los monasterios. Pero también los derribos y demoliciones injustificadas de monumentos por culpa del desarrollo industrial de las ciudades, casi siempre emparejado con importantes aumentos demográficos y oscuras actividades especulativas sobre el valor del suelo. Se ha intentado justificar este tipo de conductas a través de la ignorancia, el retraso cultural y la pobreza de medios de la sociedad decimonónica, sobre todo en el mundo rural. Pero es que también debemos valorar negativamente el nacimiento, en aquel período, de una progresiva conciencia cultural que ayudó a mejorar el conocimiento y la estimación que entonces se tenía de los monumentos históricos, porque esa misma conciencia sirvió de inspiración a una corriente restauradora de carácter historicista, que acabó deformando con igual intensidad muchas obras de arte. Son muchos los estudiosos que se han detenido en el análisis de este terrible proceso de destrucción patrimonial. Críticos románticos como José María Quadrado explicaban esta situación desde un punto de vista espiritual: el impulso materialista que regía la sociedad contemporánea tenía, entre sus muchas y nefastas consecuencias, la destrucción de nuestro patrimonio histórico, lo que se hallaba en relación directa con el contexto de degradación moral del siglo.132 Mientras en Francia, Italia o Inglaterra esta preocupación por la salvaguardia del patrimonio histórico-artístico encontró rápidamente su expresión legislativa, en España, por el contrario, hubo que esperar hasta la mitad del siglo para encontrar la primera toma de decisión: una Ley de mayo de 1850, refrendada por otra de septiembre 1857, inició el control administrativo de las obras realizadas en monumentos arquitectónicos, previniendo entre otras cosas que “antes de demoler, revocar o hacer obras en los edificios públicos se consulte en cada caso a la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos a fin de que ésta manifieste su dictamen”, lo que convirtió a la Academia de San Fernando en el árbitro de estas cuestiones. Nacida de esta institución, la Comisión Central de Monumentos y otras Subcomisiones Provinciales debían vigilar para que no se produjeran nuevos derribos, expolios y otros atentados similares, como había sucedido hasta la fecha. Además, una orden de septiembre de 1868, en pleno Sexenio revolucionario, y otra de diciembre de 1873, otorgada durante la Primera República, fueron dirigidas a los gobernadores provinciales y a las corporaciones municipales para que atendieran de igual forma el problema. Pero hasta la definitiva configuración del armazón legal del Estado sobre el patrimonio monumental, ya a principios del siglo XX, la acción preservadora del mismo no logró ser todo lo eficaz que hubiera sido de esperar. Con esto quiero decir que, antes que las guerras, las catástrofes naturales u otros factores considerados más o menos extraordinarios, ha sido la acción cons132 QUADRADO, J.Mª.: Dos palabras sobre demoliciones y reformas. Palma de Mallorca, 1851, p. 7; sobre los múltiples e indiscriminados derribos de monumentos véase también MADRAZO, P.: “Demolición de conventos”, El Artista, vol. III, entrega IX, pp. 99-100; y últimamente, merece la pena echar un vistazo a los sugestivos artículos de Pedro Navascués y J. Miguel Merino de Cáceres, publicados en la revista mensual Descubrir el Arte. 114 ciente e intencionada del hombre, desarrollada de forma cotidiana, la que más daños ha provocado sobre el estado de conservación del patrimonio histórico artístico. Ha sido la destrucción interesada, el expolio con afán de lucro, la desidia o el abandono, malas intervenciones restauradoras y otras conductas degenerativas profundamente irresponsables, las que han echado a perder tamaña cantidad de monumentos y obras de arte en nuestro país desde el siglo XIX hasta hoy. Si exceptuamos el balance, terriblemente negativo para nuestros bienes culturales, ocasionado por la Guerra Civil de 1936 (en Europa las dos Guerras Mundiales), el resto de las pérdidas se ha debido simple y llanamente al egoísmo y a la estulticia de los hombres, y así fue denunciado ya en la época en que todo eso estaba sucediendo: “El Gobierno de la República ha visto con escándalo en estos últimos tiempos los numerosos derribos de monumentos artísticos notabilísimos, dignos de respeto, no sólo por su belleza intrínseca, sino también por los gloriosos recuerdos históricos que encierran. Un ciego espíritu de devastación parece haberse apoderado de algunas autoridades populares que, movidas por un mal entendido celo e impulsadas por un inexplicable fanatismo político, no vacilan en sembrar de ruinas el suelo de la patria, con mengua de la honra nacional. Précianse todos los pueblos civilizados de conservar con religioso respeto los monumentos que atestiguan las glorias de su pasado y pregonan la inspiración de sus preclaros hijos: prescinden al hacerlo de la significación que el momento tuvo; y atentos únicamente a su belleza no reparan si es obra de la tiranía o engendro de la superstición; y no es bien que nosotros, ricos en glorias artísticas y en venerandas tradiciones como pocos pueblos europeos, veamos con indiferencia la destrucción de todo cuanto recuerda nuestra pasada grandeza, de todo cuanto acredita el antiguo esplendor de nuestra raza.” 133 Ese afán destructivo justificado en muchas ocasiones desde una perspectiva política intransigente y sectaria, como la que denuncia el texto, y otras veces llevado a cabo por simple ignorancia, por falta de criterio o por pura especulación, es la que provocó por ejemplo la venta del retablo mayor de la catedral de Ciudad Rodrigo en 1879, el derribo de la Torre Nueva de Zaragoza en 1892, o la casi completa destrucción del recinto amurallado de muchas ciudades españolas como Barcelona, Valencia, Córdoba o Sevilla, por deseo explícito de sus corporaciones municipales. 133 Preámbulo de Emilio Castelar al Decreto del 16 de diciembre de 1873, por el que el gobierno de la Primera República dictaba disposiciones para evitar la destrucción de edificios públicos de valor histórico artístico, considerados como Bienes Nacionales; citado por ORDIERES DÍEZ, I.: Historia de la Restauración Monumental en España (1835-1936). Madrid, 1995, p. 33. 115 − El caso concreto de Alcalá de Henares Los mismos factores de destrucción apuntados se hicieron presentes en Alcalá de Henares entre 1808 y 1939, fechas entre las que discurre nuestra investigación. Ciertamente, podemos encontrar casos en los que intervinieron prácticamente todos los factores enunciados al comienzo de este epígrafe, los cuales, en conjunto, provocaron un grado de deterioro del patrimonio histórico complutense realmente impresionante. Pero más que ninguno de esos factores fue la errónea actitud de los propios habitantes, y de las autoridades políticas, la causante de tanta barbarie. En el siglo XIX, Alcalá perdió más cosas de su patrimonio por culpa de las desamortizaciones, las destrucciones incontroladas y las restauraciones incorrectas, que por culpa de la Guerra de la Independencia o las Guerras Carlistas. Éstas últimas apenas tuvieron incidencia aquí, no sólo en lo material sino también en lo humano, y durante la Francesada no resultaron dañados, curiosamente, ni la Universidad ni la Iglesia Magistral, dos de sus más importantes monumentos. Sí sufrieron desperfectos, de mayor o menor consideración, la mayoría de los conventos de religiosos y el Palacio Arzobispal, pero la peor parte se la llevaron edificios que podríamos clasificar de secundarios (la casa consistorial, las ermitas del extrarradio, el puente del Zulema, algunos lienzos de la muralla, etc). En el caso de los conventos, aunque la represión francesa llegó a ser bastante importante, produciéndose el incendio y ruina de algunos edificios junto con el expolio y destrucción de diversas obras de arte mueble (cuadros, retablos, alhajas, etc.), fueron mucho mayores los daños sufridos a raíz de las desamortizaciones. Las mejores pinturas de Alcalá no salieron de la ciudad en 1808 con destino al Museo del Louvre, sino en 1836 con destino al Museo de la Trinidad de Madrid; y el deterioro arquitectónico provocado por los usos incorrectos a que fueron sometidos los monasterios, fue muy notable durante la Guerra de la Independencia, pero aún más grande cuando Mendizábal y Espartero dieron carta blanca para que dichos inmuebles fueran vendidos a particulares o cedidos a instituciones civiles y militares, que los transformaron enormemente de acuerdo a sus intereses. A modo de ejemplo, el convento de dominicos de la Madre de Dios fue utilizado como cuadra, y su retablo mayor incendiado por los soldados bonapartistas en 1810, lo cual supuso un terrible atentado contra el patrimonio histórico complutense. Pero la cúpula de su iglesia fue demolida en 1882 por orden del ayuntamiento de Alcalá, alegando presunta ruina, intervención que me parece mucho más grave por tres razones: primero, porque desapareció una espléndida obra de arquitectura barroca, que era además un elemento paisajístico tremendamente significativo en la contemplación de la ciudad; segundo, porque los responsables municipales optaron finalmente por el derribo como solución más rápida y fácil, dejando de considerar la posibilidad de restaurarla o salvarla de algún modo; y tercero, porque resulta una verdadera muestra de estupidez que fueran los propios 116 alcalaínos los autores de aquella decisión, que les llevó a desprenderse tan alegremente de un elemento muy destacado de su patrimonio. No obstante lo expuesto, debemos llamar la atención sobre un aspecto que me parece muy interesante. He adelantado ya, y en el epígrafe siguiente tendremos la oportunidad de demostrarlo, que durante la Guerra Independencia Alcalá no sufrió grandes pérdidas materiales en su arquitectura, ni el expolio de obras de arte mueble de calidad artística sobresaliente. Esto se debió a que muchos objetos preciosos lograron ser ocultados a la mirada de los bonapartistas, y además no tuvo lugar en la ciudad ninguna operación militar importante ni asedio de artillería (como por ejemplo ocurrió en Zaragoza), de tal forma que los daños provocados se debieron a la represión y el simple tránsito de soldados por los edificios ocupados como cuarteles. Sin embargo, el valor simbólico de los atentados sí fue importante, y la población complutense así lo entendió en aquella época, pues apreciaron cómo los enemigos se ensañaban con aquellos elementos significativos de su cultura, con la intención de borrar la identidad histórica y cultural de España. Así se explica el incendio de retablos, la destrucción de objetos litúrgicos, y el expolio de otras obras pertenecientes a la Iglesia, como si la Razón revolucionaria de los extranjeros quisiera imponerse a la Fe tradicionalista española, haciendo desaparecer los signos de esta última. La consideración de Alcalá como un simple objetivo militar que había de ser bombardeado sistemáticamente, por hallarse en plena línea del frente bélico, hizo mucho más insensible y cuantioso el proceso destructivo generado por la Guerra Civil. Y ello porque no cabe atribuir a uno sólo de los contendientes toda la responsabilidad de las destrucciones, ni justificarlas desde alguna argumentación moral o ideológica; no, los dos ejércitos combatientes coincidieron en su total falta de respeto hacia los monumentos, y eso ayudó a que el menoscabo fuese aún mayor. El balance de pérdidas artísticas heredadas de aquella contienda resulta estremecedor, tanto cualitativa como cuantitativamente. En toda España, según la Dirección General de Regiones Devastadas, 150 iglesias fueron totalmente destruidas y 4.850 dañadas, de las que 1.850 estaban casi completamente destrozadas y sin posibilidad de volver a utilizarse. En Alcalá de Henares quedaron arruinados la Magistral, el sepulcro del arzobispo Carrillo, la iglesia de Santa María, la Capilla del Oidor y el Palacio Arzobispal, seriamente afectados el Patio Trilingüe de la Universidad, el sepulcro de Cisneros, y la iglesia de las Bernardas, y expoliados de sus riquezas la iglesia de los Jesuitas, la de las Agustinas Magdalenas y el convento de la Imagen entre otros. Quiero decir con esto que efectivamente sí debemos considerar a la Guerra Civil como una causa fundamental de destrucción del patrimonio histórico complutense, que en esta ocasión alcanzó con facilidad los niveles de devastación producidos durante la Primera Guerra Mundial en otras ciudades monumentales de Europa como Reims, Amiens, París o Ypres. La importancia histórico-artística de las cosas destruidas o extraviadas en Alcalá de Henares entre 1936 y 1939, junto con la constatación de que práctica117 mente toda la ciudad experimentó graves daños, tanto humanos como materiales, convierten a este suceso en uno de los más luctuosos de su Edad Contemporánea. Nos queda al menos el consuelo de que hubo, por parte de las autoridades políticas, un intento de organizar la salvación de todo lo buenamente posible, a través de la Junta de Incautación del Tesoro Artístico y unas pocas acciones altruistas que lograron ocultar de la destrucción obras de arte y testimonios históricos tan significativos como la partida bautismal de Miguel de Cervantes. Pero el resultado final fue enormemente desalentador, como veremos más adelante, en el epígrafe dedicado a estos hechos. Iniciamos, pues, a partir de ahora, la relación detallada de todo lo acontecido en el patrimonio artístico complutense, que fue mucho y muy negativo. 2. LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (1808-1814) 2.1. Crónica de Alcalá de Henares durante la Guerra de la Independencia Los límites cronológicos que enmarcan nuestra investigación se sitúan entre los años 1808, inicio de la Guerra de la Independencia contra los franceses, y 1939, final de la Guerra Civil Española. En este amplio espectro de 131 años se concentran algunos de los hechos más significativos de la historia de España, siendo además uno de los períodos más nefastos en cuanto a la destrucción de nuestro patrimonio artístico se refiere. El relato que aquí nos ocupa comienza entonces en 1808, con el estallido de la Guerra de la Independencia, como una violenta rebelión contra el dominio imperial venido de detrás de los Pirineos. Este suceso es seguro uno de los acontecimientos que más ha llamado, desde siempre, la atención de los historiadores, cineastas y escritores. En cierto sentido marca el ingreso de España en la contemporaneidad, y el surgimiento de una poderosa conciencia nacionalista que aglutinó con un mismo objetivo a todos los estratos sociales del país, y fue plasmándose en cada uno de los hechos acaecidos durante la contienda bélica.134 Las consecuencias de este enfrentamiento fueron terriblemente dramáticas para la nación, según ha querido ver desde siempre la historiografía referida a la Edad Contemporánea en España. Parece ser que, en efecto, las secuelas de la guerra fueron desastrosas, tanto por la pérdida de vidas humanas como por los durísi134 Véanse como referencias básicas PRIEGO LÓPEZ, J.: La Guerra de la Independencia. Madrid, 1973-1981; CONDE DE TORENO: La Guerra de la Independencia, 6 vols. Madrid, 1974; LOVETT, G.H.: La Guerra de la Independencia y el nacimiento de la España contemporánea, 2 vols. Barcelona, 1975; ARTOLA, M.: Antiguo Régimen y revolución liberal. Barcelona, 1979; DELGADO, S. (ed.): Guerra de la Independencia. Proclamas, bandos y combatientes. Madrid, 1979; GARCÍA PRADO, J.: Estudios de la Guerra de la Independencia. Madrid, 1982; AYMES, J.R.: La Guerra de la Independencia en España (1808-1814). Madrid, 1986; DUFOUR, G.: La Guerra de la Independencia. Madrid, 1989; DÍAZ PLAJA, F.: La Guerra de la Independencia. Barcelona, 1994; y más recientemente VACA DE OSMA, J.A.: La Guerra de la Independencia. Madrid, 2002. 118 mos padecimientos que hubo de soportar la población durante aquellos años. El patrimonio artístico también sufrió lo indecible a causa de las propias batallas, el saqueo de objetos de valor, la destrucción intencionada de obras preciosas, la utilización de espacios arquitectónicos para fines militares, y la famosa desamortización de los bienes de la Iglesia decretada por el Rey José I. Los prolegómenos de las hostilidades fueron manifestándose ya a raíz del humillante tratado de subsidios, suscrito en 1803, que obligaba a España a prestar ayuda financiera a Napoleón. La situación en la que quedó nuestro país como Estado tributario y satélite de Francia fue acrecentando una decidida repulsión hacia los galos en el seno de la sociedad, agravada por el desastre de Trafalgar en 1805. A tenor de estos precedentes, la gente fue perdiendo la confianza en el gobierno de Godoy, y en la figura del Rey Carlos IV. Dicho sentir llegaría a sus máximas cotas con el segundo Tratado de Fontainebleau firmado el 27 de octubre de 1807, por el cual España permitía la entrada de 28.000 soldados bonapartistas en nuestro territorio, y la presencia de otros 40.000 hombres en Bayona, con el pretexto de formalizar el reparto de Portugal entre Godoy y el Imperio Bonapartista. Esta decisión tan impopular desencadenó el tumultuoso Motín de Aranjuez, el 19 de marzo de 1808, que condujo a Godoy a prisión, y motivó que Carlos IV abdicara en favor de su hijo Fernando VII. Pero el ejército francés apostado en suelo español alcanzaba ya las 100.000 unidades y había ocupado las principales ciudades del país. Cuando Fernando VII llegó a Madrid, el 24 de marzo, el general Murat no le reconoció como Rey, y la diplomacia francesa terminó obligándole a marchar a Bayona para devolver la corona a su padre, quien a su vez se la cedió a Napoleón. Mientras esos cambios de gobierno sucedían en Bayona bajo la atenta mirada del Emperador, el 2 de mayo de 1808 tuvo lugar un levantamiento popular en Madrid, con el fin de impedir lo que se entendió como el secuestro del último miembro de la familia real, el infante don Antonio. Ello da idea de la falta de coincidencia entre la política oficial afrancesada y el fervor popular, que no quería a Napoleón, por más que éste se presentara como regenerador de España y alternativa a la decadencia del Antiguo Régimen. El 2 de mayo se convirtió así en el pistoletazo de salida de una guerra por la supervivencia nacional, que duraría hasta 1814, cuando los últimos contingentes franceses abandonaron el territorio español. Para el conocimiento directo de lo sucedido durante aquellos años en Alcalá de Henares contamos con una fuente de primera mano, el Diario de un patriota complutense en la Guerra de la Independencia, escrito en tiempo presente por el regidor Juan Domingo Palomar. El manuscrito original fue conservado por don Antonio Cánovas del Castillo y ahora está en la Biblioteca Nacional; debido a su enorme interés ha conocido ya dos ediciones, una en 1894 a cargo de don Juan Catalina García, y otra más reciente en 1991, a expensas de la Institución de Es- 119 tudios Complutenses.135 El relato de Palomar comienza a finales de 1809, o sea, año y medio después de la llegada a España de las tropas napoleónicas, pero podemos reconstruir los hechos precedentes mediante la consulta de otras fuentes. Los sucesos que determinaron que Fernando VII marchase engañado a Bayona para renunciar a la corona, fueron entendidos en Alcalá de Henares, al igual que en el resto de España, como un acto de traición de Napoleón y del propio Carlos IV, y contribuyeron a fraguar una opinión excesivamente condescendiente respecto al Rey Deseado. Por consiguiente, el 2 de mayo de 1808, la población complutense se puso del lado de la sublevación de Madrid y salió a la calle para emprender acciones contra los pocos residentes galos que había en la localidad, tal como habían alentado las autoridades municipales: “Se han tenido noticias por varias personas y por un Guardia de Corps del esquadron que han venido de la Corte, y entrado en esta Ciudad a la ora de las doze de este día, de que la tropa Francesa ha empezado sus hostilidades en aquella: y en tan fatales circunstancias, se hace indispensable que los Pueblos comarcanos concurran a la defensa de la Patria y de Nuestro Rey el Sr. Don Fernando Séptimo, marchando armados a Madrid, así como lo egecutamos en esta Ciudad, en que todos, sin distinción de personas útiles estamos dispuestos para la marcha.” 136 El clima de exaltación patriótica experimentado en los prolegómenos de la guerra provocó que la gente increpara espontáneamente a los pocos franceses que vivían en la localidad. Sin embargo, la cosa no pasó a mayores, porque a los pocos días el Gobernador Supremo del Consejo de Castilla, Arias Mon, dirigió sendas comunicaciones al Corregidor, al Rector de la Universidad y al Cancelario, indicándoles que no apoyaran a los alborotadores, prohibieran las reuniones “sospechosas y nocivas”, y eludieran cualquier conflicto con los invasores, retirándose todos a sus casas y organizando rondas “para conservar el sosiego”.137 Por otra parte, en aquel instante sólo se encontraba aquí una pequeña guarnición de apenas 300 hombres procedentes de una compañía de Zapadores y otra de Minadores, que se fugaron de la ciudad el día 24 de mayo para ponerse al ser135 PALOMAR, J.D.: Diario de un patriota complutense en la Guerra de la Independencia. Madrid, 1894 (edic. facsímil por la I.EE.CC., 1991). Véase también la amplia recensión de este texto, realizada por GARCÍA GUTIÉRREZ, F.J.: “Alcalá en la Guerra de la Independencia. Notas de un diario”, Anales Complutenses, vol. I, 1987, pp. 281-311. El manuscrito original se halla en la Biblioteca Nacional, Ms. 230.589. 136 Archivo Municipal de Alcalá de Henares (A.M.A.H.), Leg. 1.061/4. Se trata de una circular dirigida por Agustín de Quadros, el mismo día 2 de mayo de 1808, a los Justicias de otros pueblos de la comarca, concretamente Los Hueros, Villalbilla, Corpa, Valverde, Torres de la Alameda, Pozuelo del Rey, Campo Real, Loeches y Arganda. El documento ya fue publicado por AMADOR DE LOS RÍOS, R.: “Alcalá de Henares durante la Guerra de la Independencia”, La España Moderna, nº 129, 1899, p. 43. 137 El tono servil de esta orden, sumisa para con el gobierno francés de Murat, quería convencer de que en Madrid todo estaba bajo control, y que lo único necesario era garantizar el tráfico de cebada y provisiones hasta la capital. 120 vicio de la Junta Revolucionaria de Valencia.138 En esta situación de indefensión, Alcalá fue rápidamente doblegada por el avance bonapartista, a pesar de que el 5 de junio un pequeño grupo de soldados españoles entró en la ciudad y liberó a todos los presos de la cárcel, lo que hace suponer que la autoridad afrancesada aún no se había establecido del todo.139 − La dominación francesa sobre Alcalá La especial situación geográfica de Alcalá, cabeza de puente a Madrid desde la carretera de Francia, la convirtió en lugar de tránsito constante de todos los ejércitos combatientes, tanto en las ofensivas como en las retiradas. Así, en los momentos inmediatamente posteriores a la sublevación, fue contabilizado un gran número de soldados y guerrilleros españoles, que pasaron por aquí huyendo hacia Zaragoza o Valencia. Por su cercanía a la capital, la ciudad del Henares estuvo la mayor parte de la contienda bajo la dominación napoleónica, siendo liberada de forma intermitente por la llegada de las tropas aliadas, por las razzias de las guerrillas o, más concretamente, por las rectificaciones de líneas de los franceses. Podemos datar el inicio de la ocupación bonapartista en junio de 1808, cuando el general Murat ordenó a un ejército de 3.000 hombres controlar las plazas de Alcalá y Guadalajara, manteniéndose esta dominación hasta el 27 mayo de 1813, cuando “evacuaron a Madrid las últimas tropas francesas que había por este territorio, marchando a Castilla”.140 Este largo período de invasión conoció dos intervalos de libertad: desde el 22 de julio hasta el 3 de diciembre de 1808, cuando José I se replegó hacia el Norte después de la Batalla de Bailén; y desde el 12 de agosto hasta el 3 de diciembre de 1812, período en que tuvo lugar la entrada del Duque de Wellington en la metrópoli y la puesta en vigor de un gobierno nacional sostenido por la Constitución Liberal de Cádiz. Exceptuando esos dos cortos períodos, Alcalá fue administrado por un ayuntamiento afrancesado que facilitaba el pago de contribuciones a los invasores, y que permitió el acuartelamiento de tropas en los edificios más importantes de la ciudad, sobre todo conventos e iglesias. Entre los hechos más notables que muestran esta conducta política está el recibimiento y hospedaje que el regidor Vicente Munarriz proporcionó a José I en su casa de la calle Escritorios, los días 18 y 19 de septiembre de 1810. El Rey intruso estuvo en la ciudad de paso para Guadalajara, donde quería ver la Real Fábrica de Tapices, y a pesar de la frialdad con que fue recibido por parte de la ciudadanía, la corporación municipal le acompañó a 138 Este hecho es bien conocido en la historia militar como la “Fuga de los Zapadores”. Véase sobre el mismo PÉREZ DE GUZMÁN, J.: El dos de Mayo de 1808 en Madrid. Madrid, 1908, p. 480; GALLEGO RAMOS, E.: Historial compendiado del primer Regimiento de Zapadores-Minadores. Madrid, 1927; y DIEGO PAREJA, L.M.: La Academia de Ingenieros y el Regimiento de Zapadores de Alcalá de Henares, 1803-1823. Alcalá de Henares, 1999, pp. 65-70. 139 Véase AMADOR DE LOS RÍOS, ob. cit., 1899, pp. 48-49. 140 Según PALOMAR, ob. cit., 1894, p. 106. 121 visitar la Iglesia Magistral (a la que regaló una caja de oro y un anillo de brillantes), y la Universidad (que se hallaba casi abandonada y en mal estado de conservación).141 Sorprende que las crónicas históricas coincidan en afirmar que las penalidades sufridas por la población durante la dominación francesa fueran terribles, porque aquí no se libró ninguna batalla significativa ni ocurrió ningún acontecimiento especialmente destacable en el desarrollo del conflicto. Pero lo cierto es que la actuación represora de los soldados franceses, el terror policial, los impuestos abusivos, el hambre, y el expolio constante de bienes y propiedades dejaron a los habitantes de Alcalá en un estado verdaderamente lamentable. Del mismo modo, el saqueo que sufrió el patrimonio histórico artístico llegó a unos extremos de menoscabo y destrucción inimaginables. El pánico que causó la llegada de los franceses a la ciudad fue retratado así por Esteban Azaña: “Al anuncio de la proximidad de los franceses todas las personas acomodadas abandonan la ciudad, la Universidad cierra sus aulas, muchos de cuyos estudiantes fueron a engrosar las filas de los guerrilleros, ciérranse los conventos de frailes y hasta las monjas, abandonando el claustro y algunas hasta mudando el hábito por el vestido seglar, huyen, quienes a refugiarse en los conventos de otros pueblos, quienes a esconderse en las casas de sus padres, habiendo comunidad que pasaron alguna noche escondidas en los montes cercanos, y otras refugiadas en los encerraderos de ganado. La ciudad de Alcalá presenta el aspecto de un sepulcro, de una ciudad encantada, todo está cerrado, ni el más leve ruido viene a perturbar tan triste silencio, pues fueron muy contados los que se determinaron a esperar la primera entrada de los franceses142.” La crueldad de los soldados de Napoleón y los perjuicios ocasionados contra el patrimonio cultural se justificaron por una orden publicada en el Diario de Madrid el 4 de mayo de 1808, que prevenía “que el pueblo en donde sea asesinado algún Francés, será desolado y abrasado”. En consecuencia, las acciones represivas se repitieron varias veces durante la contienda, especialmente en tres fechas concretas. La primera de ellas fue el 3 de diciembre de 1808, como castigo ante la ingenua resistencia que opusieron los complutenses a la toma de Alcalá por parte de la Grande Armeé. A la llegada de los enemigos, los vecinos hicieron fuego desde las murallas, matando a un capitán de caballería y causando algunos heridos. Bajo la creencia de que se enfrentaban a tropas regulares, los imperiales dispararon varios cañonazos contra la Puerta de Madrid, lo que provocó la retirada de los paisanos y dio paso a una lucha cuerpo a cuerpo por el interior de la lo141 A parte de PALOMAR, ob. cit., 1894, p. 28, esta visita también fue reseñada por AndréFrançois Miot, Conde de Melito, que acompañó al monarca en aquel viaje. Véase en BALLESTEROS TORRES, P.L.: Alcalá de Henares vista por los viajeros extranjeros (Siglos XVI-XIX). Alcalá de Henares, 1989, pp. 102-105. 142 AZAÑA, E.: Historia de la ciudad de Alcalá de Henares, antigua Compluto, vol. II. Madrid, 1883, p. 224. 122 calidad. Los mamelucos y militares bonapartistas no encontraron rivales entre los entusiastas ciudadanos, y la conquista de Alcalá se convirtió en un hecho. A modo de venganza, los soldados se entregaron al saqueo de algunas casas del centro, en lo que constituyó uno de los episodios más negros de la historia de la localidad durante la Guerra de la Independencia.143 El segundo momento especialmente luctuoso tuvo lugar en la primavera de 1810, y respondió a una serie de razzias efectuadas por mercenarios afrancesados venidos de Madrid. Como la lucha abierta se había tornado contraria a los españoles, muchos paisanos se agruparon en partidas de guerrilleros que acosaban sin tregua al enemigo imperial, preparándoles emboscadas, interceptando sus correos y convoyes, haciendo presa de las columnas rezagadas, enviando avanzadillas de exploración para informar al grueso del ejército nacional, etc. Conocemos la entrada en Guadalajara de Juan Martín, El Empecinado, el día 11 de septiembre de 1809, al mando de 160 jinetes; a partir de esa fecha no es extraño verle por los alrededores de Alcalá. La actitud colaboracionista de algunos complutenses con el movimiento de la guerrilla, fue la principal causa de la represión practicada por los franceses contra la población. Los soldados bonapartistas cargaron de grilletes a muchos vecinos con la única excusa de ser familiares de los guerrilleros, y expoliaron todo lo que pillaron, en especial las iglesias: “Por los meses de Abril y Mayo hubo en esta ciudad una cuadrilla de galopos que vino de Madrid, de las heces del pueblo, que se empleó en derribar todos los altares de los conventos de esta ciudad suprimidos por los franceses para sacar el oro de los retablos, y a estos miserables entregaron a discreción las iglesias y los altares los agentes y administradores de Josef Napoleón, y así vimos con dolor todos los alcalaínos el destrozo tan terrible que hicieron, haciendo pedazos los santos como pudieran hacerlo los enemigos de la religión, destrozando los retablos, malvendiendo mesas y otros muebles de culto, quemando dentro de las iglesias los altares, las que convertían en infiernos, dejándolas más negras que una pez.” 144 El último episodio de la represión se produjo ya al final de la contienda, concretamente el 20 de abril de 1813. En los días precedentes se había mostrado la brutal venganza de los franceses contra todos los pueblos de la comarca, motivada por los importantes reveses que estaban sufriendo a manos de los guerrilleros: “Nunca han destruido ni devastado tanto ni con tanta crueldad los enemigos como ahora, y no es ponderable lo que roban y el dinero que exigen, todo militarmente. Esta conducta tan inhumana se atribuye a la retirada y marcha que poco a 143 Según AMADOR DE LOS RÍOS, ob. cit., 1899, pp. 51-52; recogido por DIEGO PAREJA, L.M.: “Alcalá de Henares en la Guerra de la Independencia. Del dos de mayo a la derrota de Somosierra”, Anales Complutenses, vol. XII, 2000, pp. 100-101. 144 PALOMAR, ob. cit., 1894, pp. 22 y 24. 123 poco van haciendo todos hacia Castilla la Vieja y al mal estado de sus cosas en España y en el Norte. 145” La presencia de El Empecinado en Alcalá fue justamente el desencadenante de las violencias bonapartistas en esta última fecha. Conocedor de su posición, el general Soult quiso apresarlo dirigiéndose a la ciudad con 4.000 soldados de infantería y 2.000 de caballería, más cinco cañones; pero después de una breve escaramuza con la vanguardia de aquella división, el guerrillero consiguió escapar al vecino pueblo de Los Santos de la Humosa, y Alcalá quedó a merced de la represión más despiadada y atroz que tuvo lugar durante todo el tiempo que duró la guerra: “Un horrible saqueo en todas las casas a excepción de muy pocas en que se alojaron Sres. oficiales de buenos sentimientos y que se lamentaban al escuchar gemidos de los vecinos en quienes se cebaba sin culpa el furor de la soldadesca, y al oir alaridos de las indefensas mujeres que fue el menor mal que padeció. Ultrajes, vejaciones, heridas sufrió indistintamente este vecindario. A los Municipales y sus dependientes no les indultó el estar incesantemente trabajando en servicio del soldado, además de haber saqueado las casas de la mayor parte de ellos por los que estaban alojados en las mismas y por los que se hallaban en las de sus convecinos fueron no solo maltratados de palabra, sino injuriados de obra hasta el extremo de sufrir bofetones y cuchilladas. A las mujeres, ya solteras, ya casadas, ya viudas, no pudo escudarlas el sagrado de su sexo para evitar insultos y violencias; antes bien sirvió de pábulo para que los soldados de siete en siete, de catorce en catorce, de veinte en veinte, y de veinte y siete algunos saciasen su brutal apetito de que han resultado varias muertes; a los enfermos faltó la recomendable protección que aun entre las naciones mas bárbaras les dispensa la humanidad; de sus lechos y en medio del letargo fueron arrojados sin hallar donde guarecerse de la saña de los soldados que con bayonetas y sables los perseguían de muerte. A las vírgenes consagradas a Dios, solamente salvo el asilo que encontraron en los texados y el refugio en los chapiteles. A los ministros de Jesu Christo no pudo servir de seguridad su respetable carácter sacerdotal; y lo que es mas y que escita toda abominación hasta al mismo Jesu Christo se propagó el execrable, el sacrilegio atentado de la tropa, sacando las Sacratísimas Formas del sagrado deposito en que se hallaban fueron arrojadas y olladas.”146 No fueron sólo estos tres los únicos momentos en que se produjeron abusos, violencias y expolios. La población de Alcalá fue injuriada y sus bienes expropiados arbitrariamente durante toda la etapa bélica, de forma que la supervivencia cotidiana se hizo extraordinariamente difícil. Los vecinos soportaban desde 1809 145 Ibidem, p. 97. A.M.A.H., Leg. 806/1, fols. 37-39, Acta de la sesión municipal del 19 de mayo de 1813. Esta crónica es la trascripción de una enérgica carta de protesta elevada por el Ayuntamiento de Alcalá al Ministro de Policía bonapartista, denunciando las injurias y ultrajes con que fue vilipendiada la ciudad en aquella fecha. 146 124 las gravosas cargas fiscales establecidas de fijo por los invasores, estaban obligados a pagar tributos en especie a los nuevos contingentes de tropas que ingresaban en la ciudad, debían alojar en sus propias casas a la soldadesca, tenían que sufragar costosas licencias para la producción artesanal, y sufrían levas de trabajo forzoso para las obras de fortificación. La consecuencia de todo esto fue una hambruna y una miseria extendida por toda la población hasta cotas absolutamente denigrantes, que hizo proliferar las bandas de ladrones y salteadores de caminos, que trataban de hacerse con algunos víveres al margen de la ley. Todo ello vino agravado por las malas cosechas, la imparable subida del precio del pan por culpa de la especulación de los comerciantes, y porque los franceses apenas pagaban a los vecinos los productos que les “compraban”. Una carta del Gremio de Alfareros dirigida al ayuntamiento de Alcalá el 8 de noviembre de 1810 se lamentaba de su absoluta falta de ingresos, dado que habían entregado a las tropas napoleónicas un buen número de cántaros, barreños y otros efectos sin recibir nada a cambio, y “el gremio se halla en la mayor indigencia, a causa de que por la expresada entrada de tropas padecieron muchas vejaciones en sus casas y labores”.147 Tal estado de cosas fue claramente expuesto por la corporación municipal en un informe elaborado en octubre de 1811, sobre la situación en que se encontraban las distintas clases profesionales de Alcalá: “Labradores. Esta clase de vecinos, a excepción de quatro o cinco se compone de unos meros colonos, o arrendadores que se hallan reducidos a la mayor miseria; el pago de las rentas a los dueños de las tierras, el del primero y segundo diezmo en los dos años anteriores, los grandes suministros en estos tres años, y los continuos vagaxes con que necesariamente se les ha gravado, es una prueba bien conveniente de su imposibilidad, y si a lo dicho se añade la notoria escasez de la presente cosecha de granos principal asilo de la agricultura complutense, que cotejada con las anteriores se puede asegurar es el trigo poco mas en una tercera parte, y de cebada la mitad del resultado del ultimo quinquenio. La cosecha de vino, es una tercera parte de la que anteriormente se cogía, y su utilidad no puede llegar a manos de los cosecheros hasta su venta, que regularmente no se verificará sino después de algunos meses; la cosecha de lanas y corderos ha sido mediana; en vista de todo no queda duda alguna de las escasas facultades de este ramo. Comercio y demás industria. El Comercio de esta ciudad, se halla muy deteriorado en los principales ramos de su giro y extensión, además de la extraordinaria exacción de los géneros coloniales, que sufrió en el próximo mes de Diciembre, experimenta muy patentemente el fatal efecto de las criticas circunstancias; sus principales ventajas consistían en las ventas de géneros que en el día han bajado notablemente y su consumo es de muy poca consideración; la escasez de los Pueblos vecinos, y la de esta Ciudad son la verdadera raíz y origen de su decadencia, la de los Pueblos es bien manifiesta la de esta ciudad la comprueba no solo la falta de consumo en los ramos de primera necesidad puesta en cotejo con la de los 147 A.M.A.H., Leg. 606/16. 125 años anteriores a la actual situación de cosas [...] sino también por faltar el verdadero manantial de las riquezas, y facultades de este vecindario; el numero crecido de escolares de la Universidad y Colegios, el de los Individuos de las religiones, y del Regimiento de Zapadores, y alumnos de la Academia del Real Cuerpo de Ingenieros establecida aquí, no solo presentaba al Comercio la mas pronta y ventajosa venta de sus principales géneros sino que proporcionaba a una gran parte de vecinos su decente y cómoda sustentación mas todo ha desaparecido, como también los grandes recursos de este vecindario.” 148 Atendiendo a lo expuesto en este informe, la exigencia imperial de aprovisionar de suministros a los contingentes militares que llegaban a Alcalá, se hizo enormemente complicada, porque realmente no se les podía quitar nada más a los vecinos, que habían agotado ya la totalidad de sus reservas.149 La principal causa del empobrecimiento complutense fue el cierre de los colegios universitarios, así como la marcha del Regimiento de Zapadores y el desmantelamiento de la Academia de Ingenieros, lo cual privó al comercio de la mayor parte de su clientela, al abandonar la ciudad casi todos los estudiantes y militares que residían en ella. Pero sin duda el golpe de gracia lo constituyó la extinción de las órdenes religiosas y la subsiguiente desamortización de los bienes de la Iglesia, decretada por José I el 20 de agosto de 1809. − La Desamortización de José Bonaparte y la actitud de los afrancesados La supresión de la Inquisición y de la tercera parte de los conventos de religiosos sirvió para enajenar sus propiedades a favor del Estado, en principio con la intención de sacar a la venta un gran número de inmuebles hasta entonces fuera de la circulación mercantil. Sin embargo, existe una cierta controversia sobre si la acción legislativa de José I fue una desamortización propiamente dicha. A nivel oficial se planteó como un medio de evitar la concentración de propiedades en manos muertas, y el producto obtenido se empleó en amortizar parte de la deuda pública, por lo que puede considerarse heredera de la política económica iniciada por Godoy en 1798. Pero la práctica de las expropiaciones no procuró una mejor distribución de la tierra como argumento para una reforma agraria, sino que sirvió 148 A.M.A.H., Leg. 806/1, Acta del 4 de octubre de 1811. AMADOR DE LOS RÍOS, ob. cit., p. 62 se hacía eco de esta miseria al afirmar lo siguiente: “Alcalá recibió constantemente ultrajes dolorosísimos y saqueos continuados, suerte que, por otra parte, cupo también a las demás poblaciones españolas durante aquel período […] Maravilla causa comprender cómo pudo Alcalá subsistir en pos de tantas, tan reiteradas y tan crecidas exacciones de todo linaje por esta ciudad experimentadas desde 1808 a 1814”. 149 Unos meses atrás ya se había producido otra petición de aplazamiento de las contribuciones, cuando se le comunicó al Gobernador Belliard “no encontrarse vino ni haberlo en esta ciudad para suministrar a las tropas” que en número de 1.500 acababan de arribar a Alcalá. Véase en el A.M.A.H., Leg. 806/1, Acta del 9 de julio de 1811. La escasez llegó a tal extremo que los complutenses se negaban incluso a dar víveres a los guerrilleros de El Empecinado, a pesar de que muchas veces llegaban macilentos y casi sin calzado. 126 mayormente para pagar fidelidades y castigar desafectos hacia la nueva monarquía, ensañándose con la Iglesia por su actitud insurgente. Esta intención de represión sociopolítica tenía su lógica, puesto que muchos miembros de la Iglesia estaban tomando parte activa en la guerrilla contra Napoleón (recuérdese el caso de los curas Jerónimo Merino y Juan de Tapia). De hecho las confiscaciones afectaron también a todos los Grandes de España: el Duque del Infantado, el Duque de Híjar y Osuna, el Duque de Medinaceli, el Marqués de Santa Cruz, el Conde de Fernán-Núñez, el Conde de Altamira y el Príncipe de Castel Franco, entre otros.150 Las consecuencias de esta medida, confirmada por ley el 30 de septiembre de 1809, fueron bastante negativas para Alcalá: dejaron de ingresarse las elevadas rentas de la Iglesia Magistral, la Universidad y la Vicaría Eclesiástica, de forma que el mercado complutense perdió liquidez dineraria; además, los religiosos fueron exclaustrados y sus fincas, de gran valor agrícola, ni siquiera salieron a subasta y fueron adjudicadas casi gratuitamente a personajes cercanos al Rey, como los generales Lucotte y Donnat.151 Muchos artesanos tuvieron que buscar trabajo en los pueblos de la comarca, los labradores no encontraban quién les diera el jornal, y un buen número de comerciantes tenían que irse a vender sus productos fuera de la ciudad, donde hubiera compradores que pagaran en efectivo. Así, los habitantes de Alcalá “apenas ganan para mantener sus familias [...] muchos de ellos han abandonado sus casas y se ven precisados a buscar por los cerros, y campos alguna escasa porción de leña, y frutos silvestres que les proporcione el preciso alimento”.152 En este contexto resulta de gran interés el papel desempeñado por las personas que ostentaron cargos públicos bajo la dominación napoleónica. La actitud de estos políticos, llamados afrancesados, fue muy ambigua ya que, a pesar de su nacionalidad española y el sentir revolucionario que imbuía la mayor parte de la sociedad, tales sujetos prometieron obediencia a las autoridades bonapartistas y en muchas ocasiones actuaron en contra de sus compatriotas. No obstante, algunos especialistas como Juretschke y Artola han desterrado algunos juicios de valor muy negativos, que se habían hecho tradicionales en la historiografía.153 Para Artola, los josefinos o afrancesados que colaboraron con el gobierno invasor fueron en muchos casos intelectuales que simpatizaron con el reformismo ilustra150 Véase MERCADER I RIBA, J.: “La desamortización en la España de José Bonaparte”, Hispania, nº 122, 1972, pp. 587-616; de este mismo autor: José Bonaparte, rey de España (1808-1813). Estructura del Estado español bonapartista. Madrid, 1983; también FONTANA, J.: Guerra y Hacienda. La hacienda del gobierno central en los años de la guerra de la independencia (1808-1814). Madrid, 1986; y CAMBRONERO, C.: José I Bonaparte, el rey intruso. Madrid, 1997. 151 El 7 de abril de 1809 el gobierno afrancesado había exigido que se le remitiera una certificación de los bienes que poseyeran las instituciones eclesiásticas, con el fin de evitar posteriores ocultaciones, lo que nos induce a pensar que hubo una planificación bastante evidente del proceso desamortizador, que fue ultimado a lo largo de 1810. Véase la citada relación de bienes en el A.M.A.H., Leg. 971/8. 152 A.M.A.H., Leg. 806/1. Acta del 4 de octubre de 1811. 153 JURETSCHKE, H.: Los afrancesados en la guerra de la Independencia. Madrid, 1962; y ARTOLA, M.: Los afrancesados. Madrid, 1976. 127 do de José I, pero también políticos venidos del extranjero en connivencia con los invasores, individuos convencidos de la inutilidad de resistir al ejército napoleónico, arribistas, aprovechados, o simplemente funcionarios temerosos de la represión. Hubo, por tanto, una diversidad de motivaciones muy amplia, razón por la cual no puede medirse a todos ellos por el mismo rasero. En muchas ocasiones su postura no implicó necesariamente colaboración, sino sólo un cierto papel de mediación entre la población española y las autoridades intrusas. Otras veces, es verdad, los políticos nombrados a dedo por los bonapartistas actuaron como verdaderos esclavos de los mismos, sin atreverse a rechistar ninguna de sus exigencias. Pero también se dio el caso de personas que, desde su puesto, hicieron lo posible por defender al pueblo de los excesos y violencias de los soldados. En cualquiera de los casos los afrancesados se desenvolvieron de acuerdo a estos grandes principios doctrinales: - Monarquismo, es decir, adhesión a esta forma de gobierno, aunque no a una dinastía determinada. - Oposición a la Revolución porque se identificaba con la anarquía; pretendían, pues, un cierto orden social, convencidos de que el pueblo aún no estaba preparado para autogobernarse. - Deseo de evitar el peligro de desmembración territorial de España, para lo cual resultaba ventajoso obtener el apoyo del Imperio Napoleónico. - Necesidad de reformas políticas, económicas y sociales que asegurasen el buen funcionamiento del Estado, pero siempre a través de la legalidad y los conductos establecidos. - Convencimiento de que era mejor eludir la guerra, y ocupar los cargos administrativos en lugar de los franceses, salvando así la independencia y la dignidad nacional. Al final, la actitud de estos sujetos les llevó a un irremediable enfrentamiento tanto con los liberales como con los monárquicos fernandinos. Durante la guerra serían acusados de traidores a la nación española, y odiados por el pueblo llano, que los veía como simples colaboracionistas. He aquí el caso de muchos funcionarios, administradores, agentes de la milicia, catedráticos de la Universidad, y hasta canónigos de la Magistral, que fueron duramente criticados en Alcalá por su condición de esbirros del ejército intruso, con el que simpatizaban y compartían mesa. − La Batalla del Zulema y la liberación de Alcalá. La desgracia de los afrancesados empezó a gestarse el 12 de agosto de 1812, cuando el lugarteniente de El Empecinado, José Mondedeu, entró en la ciudad anunciando a voces la entrada de Wellington en Madrid y la retirada de los enemigos hacia Levante. Ese mismo día el pueblo protagonizó importantes 128 celebraciones cívico-religiosas por la liberación, entre las que destacaba una alegoría que desfiló por las calles con este aspecto: “En tres horas se dispuso una carroza en que iba una niña representando a España, con una espada en la mano, una corona en la cabeza y arrojando cadenas con la otra mano, en representación de la libertad de la Nación. La niña iba perfectamente adornada, precedida de soldados con sable en mano y de muchas hachas, y un coro de músicos que entonaban canciones patrióticas.” 154 Poco más tarde, el 18 de agosto, los guerrilleros trajeron prisionera a toda la guarnición de Guadalajara, que ascendía a 775 soldados napoleónicos, junto con algunos renegados como el joven Villagarcía, guerrillero vendido al invasor; los condujeron a Madrid para castigarlos, junto con otros afrancesados complutenses, entre los que se encontraba el regidor y catedrático de la Universidad Roque Novella. Para asegurar la restitución del gobierno nacional y devolver la normalidad a la sociedad, el 28 de septiembre de 1812 fue solemnemente publicada la Constitución de Cádiz en todos los municipios. En Alcalá se instaló un tablado en la Plaza Mayor, desde donde se leyó el articulado en presencia de las autoridades civiles y judiciales; luego hubo fiesta y fuegos artificiales. Dos días después fue elegido el primer ayuntamiento constitucional de la ciudad, formado por ocho regidores, dos procuradores y dos alcaldes, que fueron el labrador Isidro Lizana y el funcionario Joaquín Garcés. A partir de entonces, ninguna de las personas que ostentaron cargos administrativos durante la dominación imperial aparecen como miembros de esta corporación en los Libros de Acuerdos Municipales. Pero la definitiva liberación de Alcalá hubo de retrasarse aún unos meses, ya que el exitoso avance de Wellington y del ejército español fue contestado por una nueva ofensiva bonapartista, que recuperó Madrid el 2 de noviembre de 1812. Los meses siguientes son escenario de represalias y rapiñas por toda la provincia, a cargo de los propios soldados franceses y la división italiana del general Palombini. Por fin, en la primavera de 1813, a causa del debilitamiento de Napoleón en Europa (especialmente en Rusia), la vanguardia anglo-española consiguió cercar al ejército francés, que inició su retirada de la Península Ibérica. El hecho histórico que marca la independencia de Alcalá de Henares es la batalla de la Cuesta del Zulema, sucedida el 22 de mayo de 1813. El Empecinado había llegado poco antes a la ciudad y se encontraba en ella pasando la noche, cuando le sorprendió la llegada de unos 2.400 soldados franceses que venían de San Fernando acompañados por 400 caballos y dos piezas de artillería. Los partisanos apenas sumaban 1.300 infantes, así que tuvieron que salir precipitadamente de la ciudad, parapetándose cerca de ella, al otro lado del puente del Zulema que cruza el río Henares en dirección a Arganda. El ejército napoleónico, contrariado por no haber logrado apresar al brigadier español, decidió plantar batalla al amanecer, produciéndose una cruenta lucha entre los dos bandos. Por dos veces inten154 PALOMAR, ob. cit., 1894, pp. 82-83. 129 taron sin éxito los franceses apoderarse del puente y reducir a los empecinados, pero fracasaron, encontrándose a cambio una fuerte resistencia. Pasadas unas dos horas, un cuerpo de caballería español conducido por José Mondedeu desde Ajalvir, consiguió atacar a los franceses por su retaguardia, al tiempo que los guerrilleros apostados en las cuestas del Zulema bajaban a combatir cuerpo a cuerpo, lo que provocó la retirada del enemigo de nuevo hacia San Fernando. El Diario de un patriota complutense describe este combate como una simple escaramuza, contabilizando apenas tres bajas, tres prisioneros y unos treinta heridos en el bando bonapartista, por otros tres muertos, tres prisioneros y diez o doce heridos entre los guerrilleros. Esteban Azaña, en cambio, habla de más de 200 heridos en el lado francés, “que dejaron el campo cubierto de cadáveres”, y otras biografías románticas que se escribieron sobre el Empecinado después de la guerra, ni siquiera mencionan el hecho. 155 En cualquier caso, fue el acontecimiento más notable que ocurrió en Alcalá durante toda la guerra, y supuso en verdad la liberación de la ciudad, puesto que sirvió para expulsar a los franceses de una vez por todas para no volver más. Es comprensible, por tanto, después de los padecimientos experimentados durante estos años, la infinita alegría de los alcalaínos y la sobrevaloración que le concedieron al suceso. Prueba de ello es la inmediata propuesta surgida entre la vecindad de erigir un monumento dedicado a El Empecinado, así como un buen número de documentos conservados en el Archivo Municipal, en los que se consignó una narración certificada de la batalla, coincidiendo todos en afirmar que “Alcalá se libró de un nuevo saqueo por este hecho de armas”.156 Después de aquello, la vida cotidiana retornó poco a poco a la normalidad y el 2 de junio de 1813 fue designado alcalde constitucional Joaquín Garcés, que “reasumió nuevamente el Gobierno del Pueblo”, reponiéndose igualmente la autoridad nacional en los demás cargos políticos y administrativos. 157 El Rey José I se había largado de la provincia a finales de mayo, víctima del imparable avance aliado, y la contienda bélica se trasladó por encima de la línea del Ebro. El 21 de junio tuvo lugar la grandiosa batalla de Vitoria, de nefasto resultado para el ejército imperial, y a partir de entonces el país asistió a la total retirada de los solda155 Compárese el relato de la Batalla del Zulema escrito por PALOMAR, ob. cit., 1894, pp. 105107; con el de AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, pp. 232-233. 156 A.M.A.H., Leg. 1.063/4; estos documentos fueron acreditados por el Cabildo de la Magistral, la Universidad y el Ayuntamiento de Alcalá. En cuanto al monumento, que tenía forma de pirámide, fue inaugurado el 23 de marzo de 1816 junto al Puente del Zulema, mostrando la siguiente inscripción: “La Ciudad de Alcalá de Henares dedica este monumento a la memoria de las valientes tropas de S. M. el Sr. Dn. Fernando Séptimo mandadas por Dn. Juan Martín el Empecinado, Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos, en reconocimiento de haber salvado a sus moradores del saqueo y la muerte, arrollando y benciendo a los Franceses la mañana del 22 de Mayo de 1813, que en doble número atacaron por estepuente” . A pesar de tanta grandilocuencia, las obras de esa pirámide nunca superaron la mera colocación del basamento, y muchos años después, entre 1878 y 1882, hubo de erigirse un nuevo monumento al guerrillero, esta vez un pequeño busto de bronce colocado encima de una columna triunfal, en la plaza de la Merced. Véase LLULL PEÑALBA, J.: “El monumento al Empecinado en Alcalá de Henares”, Anales Complutenses, vol. XII, 2000, pp. 103-111. 157 A.M.A.H., Leg. 806/1, Acta del 2 de junio de 1813. 130 dos napoleónicos hacia Francia. Durante la segunda mitad de 1813 transcurrió el último repliegue bonapartista por la zona de Cataluña, llegando incluso las tropas aliadas a introducirse en territorio francés. El 6 de abril de 1814 abdicó Napoleón, firmando un armisticio en virtud del cual las últimas guarniciones imperiales que quedaban en España fueron repatriadas pacíficamente. La guerra había terminado. Comenzaba entonces una nueva época de difícil singladura, marcada por la vuelta del absolutismo más recalcitrante y antirrevolucionario en la figura de Fernando VII. 2.2. Análisis de las consecuencias de la Guerra de la independencia sobre el patrimonio arquitectónico complutense Resumiendo lo expuesto en el epígrafe anterior, Alcalá de Henares permaneció bajo el dominio napoleónico desde el mes de marzo de 1808, cuando el general Murat tomó las riendas del poder en Madrid, hasta el 27 de mayo de 1813, día en que se marcharon hacia el Norte los últimos contingentes gabachos que quedaban en la provincia. En este largo período de invasión hubo dos intermedios de liberación: el verano-otoño de 1808, a causa del repliegue bonapartista provocado por la derrota de Bailén, y el verano-otoño de 1812, mientras el Duque de Wellington ocupaba la capital. A la hora de resumir los factores que provocaron daños directos sobre los bienes culturales complutenses, durante la contienda, podemos enumerar básicamente tres: 1. El saqueo o pillaje efectuado en busca de riquezas, sobre todo por las tropas napoleónicas, pero también por las españolas y por los propios habitantes de Alcalá. 2. La destrucción intencionada de elementos arquitectónicos, retablos, altares y otros objetos, por causa de operaciones militares directas, acciones represivas o deseo de eliminar vestigios religiosos. 3. Los usos incorrectos a que fueron sometidos muchos edificios históricos, como iglesias y conventos, que acabaron sirviendo de cuarteles militares, cuadras, graneros, etc. Si ordenamos cronológicamente el proceso de destrucción experimentado, debemos señalar cuatro momentos especialmente luctuosos: el primer gran saqueo del 2 de diciembre de 1808, los meses subsiguientes al decreto desamortizador del 20 de agosto de 1809, las razzias efectuadas durante varios días de abril y mayo de 1810, y la gran represión del 20 de abril de 1813, a lo que hay que añadir las consecuencias que pudiera ocasionar un pequeño terremoto sucedido en la noche del 2 de enero de 1812. Al término de la guerra, el municipio hizo balance de los desperfectos sufridos y empezó a reparar lo que pudo para lavar la imagen de la ciudad, aunque con pírricos recursos económicos. Otros muchos elementos arquitectónicos se abandonaron en su estado de destrucción, por no poder hacer 131 frente a su arreglo, lo que dio lugar a un paisaje de ruinas y escombros muy pintoresco, que permanecería así durante varias décadas. − Los primeros saqueos (1808-1809). La lista de atentados contra el patrimonio artístico complutense se inicia el 2 de diciembre de 1808. Por culpa de la entusiasta defensa que los habitantes hicieron de su ciudad ante la Grande Armée, la represión subsiguiente fue increíblemente sangrienta. Durante la batalla, en la que unos pocos paisanos mal armados trataron de contener la entrada de los enemigos, se registraron varios impactos de artillería contra las murallas y contra la Puerta de Madrid. Una vez que abrieron brecha, los franceses se internaron en la localidad y dieron rienda suelta a una truculenta noche de genocidios que duró hasta el alba. Aparte de los atentados cometidos contra el vecindario, las crónicas recogen también otros sucesos más directamente referidos a nuestro patrimonio. El más conocido de ellos es seguramente el ocurrido en el convento de San Bernardo. Según un relato escrito por las propias monjas en 1844, las Bernardas fueron obligadas a salir del monasterio en la mañana del 2 de diciembre de 1808 “sin más equipage que la cogulla, el breviario y una muda”, para ser conducidas hasta Nuevo Baztán, Olmeda de las Fuentes y Pastrana, donde permanecieron dispersas hasta el mes de febrero de 1809, en que volvieron a la clausura de Alcalá. El convento de San Bernardo quedó, pues, a merced de los franceses durante poco más de un año, aunque resulta difícil precisar el daño causado a sus riquezas en este período. De seguro el expolio de las obras de arte mueble fue mayor que los desperfectos arquitectónicos, pero tampoco excesivo, porque la riqueza artística de este monasterio ha llegado hasta nuestros días en un aceptable estado de conservación. El retablo-baldaquino del presbiterio, los cuadros de Angelo Nardi y los altares de las capillas radiales se salvaron todos. Sabemos que los franceses “hicieron un agujero” en el vecino Palacio Arzobispal, que luego taparon, y que uno de sus soldados resultó muerto al descalabrarle una piedra rebotada, que había lanzado contra la estatua de San Bernardo colocada en la fachada de la iglesia. Pero aparte de eso, el menoscabo sufrido por el convento en los primeros años de la invasión no fue demasiado grande.158 Más serias fueron las consecuencias de la represión en otros edificios, especialmente en las ermitas de la ciudad. El 27 de junio de 1809 el ayuntamiento encargó al maestro de obras Bernardino García, que practicase un reconocimiento de los desperfectos ocasionados por la guerra en varias fincas y edificios de la municipalidad, “y por lo respectivo a las Hermitas se derriben las que conste hallarse ruinosas”. El informe del maestro de obras aludió al mal estado del Matadero Público y a una casa desplomada en la calle Mayor, y refirió lo siguiente sobre la ermita de San Sebastián: 158 132 Véase GARCÍA GUTIÉRREZ, ob. cit., 1987, pp. 305-306. “He visto la Hermita de Sn. Sebastián la que se halla mucha parte arruinada sin puertas, ni ventanas todo muy destrozado, y para abilitar parte de ella como es la capilla, y una parte que está detrás de ella que se conoce haber sido camarín demoliendo todo el cuerpo de la Yglesia, y las paredes que están a la parte del medio día, con el ladrillo, piedra, madera y teja que salga de este derribo podrá subsanar el gasto q. tenga la abilitacion de la capilla mayor, y parte que se halla detrás de esta, pues todo lo q. coge esta parte de fábrica se halla seguro y firme con toda decencia pª. poder colocar en su nido al Santo.” 159 Este templo se hallaba extramuros, en la zona sur de la localidad, y se llegaba a él por el camino que salía de la Puerta del Vado hacia la cuesta del Zulema. Aparece representada a la derecha en la famosa vista de Alcalá de Antonio Wyngaerde (1565), como una construcción extremadamente modesta; prueba de ello es que la imagen del santo titular que estaba en el altar era de cartón.160 Era de patronazgo municipal y lugar de enterramiento de los ajusticiados en el rollo, pero a pesar del interés del consistorio por su recuperación, los daños sufridos en 1808 y 1809 aconsejaron su derribo y reutilización de materiales para otras obras. Así que poco tiempo después se ejecutaría un derrumbamiento parcial y “la reedificación del tejado de su media naranja”, según indican varias cuentas de “los gastos de demolición de la hermita de Sn. Sebastián con la imbersion de sus materiales” presentadas a la aprobación del ayuntamiento en marzo de 1811.161 Los pocos restos que quedaron del templo desaparecieron completamente hacia 1820, cuando fueron reaprovechados para ciertas obras de fortificación en la zona del río Henares.162 De estos primeros saqueos se salvaron, en cambio, otras cosas, por ejemplo las mazas de plata del ayuntamiento y más de 20.000 reales en metálico procedentes del arca del Pósito, que fueron sabiamente ocultados, de tal suerte que los franceses no pudieron encontrarlos. Lo mismo sucedió con muchos cuadros, esculturas y obras de arte mueble que no acabaron expoliados gracias a la previsión de los complutenses. Los pozos de algunas casas y corralas del centro de la ciudad se convirtieron, a tal efecto, en un escondite bastante frecuente.163 159 A.M.A.H., Leg. 434/31; y Leg. 950/4. Según SÁNCHEZ MOLTÓ, M.V.: “Ermitas y santuarios de Alcalá de Henares”, en el Libroguía del visitante de la ermita-parroquia de San Isidro Labrador. Alcalá de Henares, 1994, p. 83; más noticias en RUBIO FUENTES, Mª.J. - VAQUERO CHINARRO, B.: “La ermita de San Sebastián de Alcalá de Henares en la documentación del Archivo Histórico Municipal Complutense”, A.VI.E.H.V.H., Alcalá de Henares, 1998, pp. 663-674. 161 A.M.A.H., Leg. 951/2; y Leg. 806/1, fol. 46 vº. 162 A.M.A.H., Leg. 808/1, Acta del 19 de julio de 1820, donde se autorizaba al intendente del ayuntamiento a que “tome todos los escombros de la Hermita de Sn. Sebn. y de los cerros monteros de Lavapellejos y Sarynera” para fortificar la orilla derecha de la Tabla Pintora. 163 Véase AMADOR DE LOS RÍOS, ob. cit., 1899, pp. 56-58. 160 133 − Consecuencias de la Desamortización de José Bonaparte Pasados los sinsabores de los primeros saqueos, hemos apuntado como segunda fecha especialmente fatídica el 20 de agosto de 1809, cuando fue decretada por el Rey José I la supresión de todos los conventos de religiosos, y la enajenación de sus bienes a favor del Estado. Aunque la medida se presentó como una forma de sacar al mercado un buen número de propiedades hasta entonces congeladas en manos muertas, y el producto obtenido se empleó en amortizar parte de la deuda pública, en la práctica las expropiaciones no facilitaron una mejor distribución de la riqueza agraria. Al contrario, se convirtieron en un medio de castigar a la Iglesia por su actitud de lucha contra el Imperio, y los beneficios obtenidos se utilizaron para pagar servicios a los afrancesados. Sea como fuere, la desamortización de 1809 constituyó con seguridad uno de los golpes más importantes contra el patrimonio artístico de Alcalá de Henares, especialmente en lo que se refiere a los objetos de arte mueble. A la incautación de obras de arte cometida por las autoridades francesas, hay que añadir la destrucción de otras por el ejército y el traslado de algunos elementos devocionales, procedentes de los monasterios, a iglesias del clero secular (parroquias pobres o templos que ya habían sufrido saqueos). Merece recordarse a este respecto el caso de las reliquias de San Diego y la imagen de Santa María de Jesús, removidas desde el extinguido convento de franciscanos a la Iglesia Magistral y a la parroquia de Santa María, respectivamente, para asegurar su salvación. Es interesante apuntar cómo la fuente más inmediata para el conocimiento de lo sucedido en estas fechas en Alcalá, el Diario de un patriota complutense en la Guerra de la Independencia de Juan Domingo Palomar, se abre y cierra precisamente con la noticia de estas dos traslaciones, como si constituyeran ambas los límites simbólicos de la dominación napoleónica en la ciudad. El relato de Palomar se inicia el 22 de octubre de 1809, cuando tuvieron lugar las procesiones que se llevaron el cuerpo de San Diego y la imagen de Santa María a sus nuevos destinos, y finaliza el 6 de febrero de 1814, con la devolución de la Virgen al reinstaurado convento de Santa María de Jesús.164 El Real Decreto del 20 de agosto de 1809, confirmado por ley el 30 de septiembre del mismo año, determinaba exactamente lo que sigue en sus dos primeros artículos: “Art. 1º. Todas las órdenes regulares, monacales, mendicantes y clericales existentes en los dominios de España quedan suprimidas; y los individuos de ellas en el término de 15 días contados desde el de la publicación del presente decreto, deberán salir de sus conventos y domicilios, y vestir hábitos clericales regulares. “Art. 2º. Con arreglo al decreto de 20 de Febrero último, los Ministerios de Negocios Eclesiásticos, de lo Interior y de Hacienda dispondrán que se pongan en 164 134 PALOMAR, ob. cit., 1894, pp. 15 y 109. cobro los bienes que pertenecen a los conventos, y que queden aplicados a la Nación.” La ley expropiadora fue confirmada el 30 de septiembre del mismo año, en un nuevo decreto que señalaba que “todos los muebles de las casas confiscadas y conventos suprimidos [...] son bienes nacionales”, y a partir de ahí se iniciaron las incautaciones. En el caso de Alcalá de Henares, éstas afectaron sobre todo a los monasterios exclaustrados de regulares, que poseían más de la mitad de las fincas rústicas del término municipal. Estas fincas eran de gran valor agrícola, y su cercanía a la capital las hicieron muy apetecibles, por lo que muchas de ellas ni siquiera salieron a subasta y fueron adjudicadas directamente a personajes cercanos al rey, como los generales Lucotte y Donnat. Estos beneficiarios no se molestaron en pagar ni un real por las propiedades recibidas, y si lo hicieron, fue mediante cédulas hipotecarias que recibieron del propio monarca en premio a su fidelidad. Otras fincas, en cambio, sí fueron compradas por terratenientes que pujaron por ellas con rapidez. Entre las transacciones realizadas por el gobierno napoleónico merced a esta desamortización, Luis Miguel de Diego ha señalado las siguientes: - Todas las tierras de los monasterios de Alcalá, excepto las que ya habían sido adjudicadas, fueron vendidas al general Lucotte el 15 de febrero de 1810, por 408.854 reales. - Una casa, ciento setenta y dos fanegas de tierra de labrantía, un prado de dos fanegas y una dehesa de cien fanegas en el término municipal de Alcalá, de propiedad imprecisa, fueron vendidos a Juan Bautista Terón en 1810, por 192.566 reales. - Una Hacienda de campo en Camarma, de propiedad no especificada, fue vendida a Vicente González Arnaco el 28 de junio de 1810 por 116.686 reales. - La Hacienda de la Oruga, perteneciente a los Trinitarios Calzados, fue vendida a Francisco Gallardo el 6 de febrero de 1810, por 159.940 reales. - El convento de franciscanos del Santo Ángel, vulgo Gilitos, con su iglesia, huerta y enfermería, fue vendido a Manuel Piñera el 3 de octubre de 1810 sin aprecio ni nada pagado. - La enfermería del convento anterior, situada en la calle de los Gallegos, y el Oratorio de San Felipe Neri, vendidos ambos a Domingo Izquierdo en fecha indeterminada, por 23.121 reales.165 Se observa en esta relación una mayor cantidad de ventas referidas a fincas rústicas, cuyo valor era superior al de las urbanas. Los inmuebles del casco urbano pertenecían principalmente a los conventos de monjas o al clero secular, sobre todo al Cabildo de la Magistral, y no fueron tan apreciados. Por otra parte, algunas congregaciones como la de los PP. Capuchinos se declararon pobres de 165 DIEGO PAREJA, L.M.: “La Desamortización de José Bonaparte en Alcalá de Henares”, A.III.E.H.V.H., Guadalajara, 1992, pp. 489-497. 135 solemnidad, sin más propiedades que su convento. En la lista de monasterios y colegios eclesiásticos afectados por esta desamortización hay que incluir también el de franciscanos de Santa María de Jesús o San Diego, el de Jesuitas, el de Recoletos, el de Mercedarios Calzados, el de la Madre de Dios, y los colegios del Rey, de San Agustín, y de León. Ninguno de ellos salió a subasta, quedando en poder del gobierno francés, que los utilizó para acuartelamiento de tropas. Éste es sin duda uno de los factores que más influyeron en el proceso de destrucción del patrimonio arquitectónico complutense, el uso incorrecto que se hizo de muchos edificios religiosos para fines militares. La explicación de este hecho está en la amplitud y versatilidad de dichos inmuebles, razón por la cual unos cuantos de ellos ya habían sido aprovechados por el ejército español con anterioridad. Un caso especialmente revelador lo constituye el del Colegio Máximo de Jesuitas, que vio salir a los integrantes de la Compañía en 1767, y después de un breve período en el que se convirtió en cuartel de la Guardia Walona (17711774), y acogió las aulas de la Universidad (1776-1798), fue ocupado finalmente por el Regimiento de Zapadores (1803-1808).166 Una vez consumada la “Fuga de los Zapadores”, el 24 de mayo de 1808, el colegio permaneció desierto y fue saqueado por los propios vecinos de Alcalá, que arramblaron con casi todos los enseres y objetos de valor. Según Luis Miguel de Diego, tanto fue el daño producido, que el edificio quedó en pésimas condiciones para albergar al ejército durante la Guerra de la Independencia, y únicamente fue ocupado por tropas transeúntes cuando la afluencia de soldados era muy grande. El aspecto desolado de su interior era tal que, cada vez que los franceses querían instalarse en él, debían hacer requisa de camas por toda la ciudad; y cuando los militares se marchaban dejando solo el edificio, la población volvía a saquearlo para recuperar las camas.167 Es posible que para el acuartelamiento de tropas fuera necesario realizar algunas modificaciones en la arquitectura del convento, sin embargo, no tenemos noticias precisas sobre el alcance de las mismas. Sí sabemos que durante la Francesada se produjeron hechos típicos del contexto bélico que se estaba viviendo, como el traslado de los portones para cerrar con ellos el acceso fortificado de la Puerta de Mártires.168 Pero como ya hemos advertido, los desperfectos ocasionados en el colegio no fueron causados sólo por el ejército francés, sino también por 166 Tras la expulsión de los Jesuitas, Ventura Rodríguez realizó entre 1777 y 1779 importantes obras de reforma en el edificio para adaptarlo como nueva sede de la Universidad: macizado de los cimientos, refuerzo de los muros de carga y construcción de un segundo patio al norte, anejo al claustro, con una magnífica escalera imperial entre ambos. Inmediatamente después, entre 1781 y 1782, el arquitecto Manuel Machuca modificó el interior de la Capilla de las Santas Formas, trasladando su retablo a la Magistral, y rehizo la fachada principal del colegio que da a la calle Libreros, debido a su estado de deterioro, lo cual obligó a transformar la portada de piedra berroqueña. Véase TOVAR MARTÍN, V.: “Ventura Rodríguez y su proyecto de nueva universidad en Alcalá de Henares”, Academia, nº 54, 1982, pp. 187-238; y de la misma autora: “Ventura Rodríguez: restauración y renovación de espacios universitarios de Alcalá”, en Una hora de España. Madrid, Catálogo de la exposición, 1994, pp. 37-48. 167 DIEGO PAREJA, L.M.: La expulsión de los Jesuitas de Alcalá de Henares en 1767 y vicisitudes de sus propiedades hasta su regreso en 1827. Alcalá de Henares, 1997, p. 172. 168 Noticia de ello en el A.M.A.H., Leg. 806/1, Acta del 6 de noviembre de 1813. 136 los habitantes de Alcalá. Al término de la guerra, el ayuntamiento procedió a realizar un inventario de los bienes existentes en los inmuebles que habían sido utilizados como cuarteles, y el 14 de agosto de 1813 “se pasó al edificio que ha sido Cuartel de Zapadores Minadores en la calle de Libreros y nada se halló en el que inventariar”. Por esta razón, una Comisión de Bienes Nacionales correspondientes al Cuerpo de Ingenieros tuvo que dedicarse a buscar casa por casa en Alcalá, así como en varias dependencias oficiales de Madrid, los libros y objetos extraviados del convento, recuperando sólo una parte de ellos.169 Así, al término de la guerra el Secretario de Estado de S. M. tuvo que “aprovar el presupuesto de gastos de obra que debe efectuarse en la Casa q. fue de los Jesuitas de esta ciudad”, y que había elaborado el maestro de obras Juan Contreras, comisionado por don Roque de Rochel, con el fin de dejar el colegio en unas mínimas condiciones de habitabilidad. Esta necesidad se hizo más acuciante cuando el gobierno decidió la vuelta del Regimiento de Zapadores a este local, para lo cual el ayuntamiento complutense reiteró su solicitud de “que se lleve a efecto la reparación mandada hacer en el Combento de los Jesuitas [...] y que a la mayor posible brebedad se abilite el Quartel que se espresa para de este modo dejar libre al vecindario de la carga que tanto tiempo hace sufre”.170 Aquellas reparaciones se iniciaron finalmente en octubre de 1815, y el cuerpo de Zapadores volvería a instalarse en el edificio hasta los agitados sucesos del Trienio Liberal. El convento de Jesuitas fue el primer inmueble desamortizado, de ahí que su supervivencia fuera enormemente azarosa, por lo prolongado de su secularización. Pero la ley sancionada por José I en 1809 condujo al mismo destino a otros muchos edificios eclesiásticos, que fueron abandonados, destruidos, o utilizados como cuarteles. El tiempo que duró la guerra de la Independencia convirtió a Alcalá, por su posición estratégica cercana a Madrid, en lugar de fonda en medio de las idas y venidas de las diferentes tropas del ejército que pasaron por aquí. Por eso los extinguidos colegios y monasterios de religiosos fueron utilizados como cuarteles para la soldadesca, o como dependencias de todas clases para intendencia militar. Esto no era un hecho aislado en aquel contexto bélico tan peculiar; baste recordar el ejemplo de la sinagoga de Santa María la Blanca en Toledo, usada como cuadra por los franceses. Se trataba simplemente de aprovechar edificios amplios y carentes de uso en aquel entonces, así que las necesidades militares pasaron por encima de cuestiones más sensibles como el respeto a los monumentos artísticos. 169 Véase respectivamente A.M.A.H., Leg. 777/1; y DIEGO PAREJA, ob. cit., 1997, p. 172. A.M.A.H., Leg. 807/1, Actas del 16 de diciembre de 1814 y 7 de octubre de 1815; y Leg. 616/4. La “carga” mencionada se refiere a la obligación adquirida por los alcalaínos de alojar a las tropas del ejército real en sus propias casas de vecindad, situación que se prolongó durante varias décadas en la ciudad. 170 137 9. Escalera principal del Colegio Máximo de Jesuitas, a principios del siglo XX. Archivo Moreno. IPHE, Ministerio de Cultura. 138 Un destino todavía más funesto le sobrevino al colegio-convento de Mercedarios Calzados, situado en la calle de los Colegios. La desamortización de José I enajenó a favor de la Hacienda pública sus tierras, y empleó el edificio para acuartelamiento de tropas. Previamente, en 1803, este convento ya había sido exclaustrado para instalar en él algunas dependencias de la Academia de Ingenieros militares, pero los peritos lo valoraron como una construcción endeble y mezquina, incapaz de resistir demasiado tiempo la ocupación de los soldados. Es por ello que los frailes mercedarios no protestaron demasiado cuando se les obligó a trasladarse al Colegio de Aragón, en la calle de Santiago. Si la situación del convento ya era mala de por sí, su completa ruina se produjo en la primavera de 1810, cuando el retablo fue destrozado para extraerle el pan de oro, el ajuar de la iglesia expoliado y el edificio completamente incendiado. Para hacerse una idea precisa del grado de destrucción alcanzado, añadiremos que al finalizar la guerra, la Academia de Ingenieros expresó su intención de recuperar los edificios que había utilizado anteriormente en Alcalá, para lo cual se encargó al teniente coronel Blas Manuel Teruel que evaluara la gravedad de los desperfectos ocasionados en el convento de la Merced; su informe concluyó que no merecía la pena invertir los cuantiosos dineros que costaría reconstruirlo. Notificó que se hallaba en situación de extremo abandono, con importantes destrozos en el pavimento, la techumbre, maderas, hierros, etc., hasta el punto de que le había sido expoliado cualquier elemento aprovechable como ventanas y puertas (las cuales habían sido empleadas en las fortificaciones que rodearon el Palacio Arzobispal). De la arquitectura de la iglesia, construida según trazas del arquitecto milanés Juan Andrea Rodi entre 1596 y 1607, apenas había nada susceptible de restaurar, así que se optó por demoler sus ruinas, utilizando algunos materiales en la reparación de los colegios limítrofes de San Basilio y los Manriques. Entre estos dos sólo quedó en pie una pequeña parte del muro original del convento de la Merced, que al cabo del tiempo también se derrumbó, por lo que el solar vacío que se veía allí llegó a ser conocido como el “Erial de Mercedarios”.171 Entre los edificios más castigados en Alcalá por esta situación tan particular, se encuentra también el convento de Dominicos de la Madre de Dios, construido entre 1676 y 1737 bajo el patronazgo del IX Duque del Infantado, don Gregorio de la Cerda Silva y Mendoza. Su iglesia pertenece a la tipología congregacional, y se levanta sobre una planta rectangular en la que se inscribe una cruz latina, enmarcada por tres capillas con tribunas a cada lado de la nave principal, y cubierta por bóveda de cañón y una airosa cúpula en el crucero, atribuida al círculo madrileño de fray Lorenzo de San Nicolás. La amplitud y diafanidad de este tem171 Véase AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, pp. 64 y 228; BARRIO MOYA, J.L.: “El arquitecto italiano Juan Andrea Rodi y el desaparecido Colegio de la Merced Calzada en Alcalá de Henares (1596)”, Letras de Deusto, 17, nº 37, 1987, pp. 143-151; y DIEGO PAREJA, L.M.: “El colegio de Mercedarios Calzados de Alcalá de Henares y sus religiosos en el siglo XIX”, Anales Complutenses, vol. XI, 1999, pp. 123-138. 139 plo provocó que los franceses se fijaran en él para convertirlo en establo en mayo de 1810, según denunció el patriota Juan Domingo Palomar: “El comandante de esta ciudad, Mr. Beauvois, dispuso y ejecutó una cuadra para caballos en la que fue iglesia de la Madre de Dios, haciendo que en ella se fabricasen una gran cantidad de pesebres, sin embargo de que había otras habitaciones en el convento que podían destinarse para este uso sin tocar a la iglesia; pero la impiedad exigía que de este modo hiciese profanación del lugar más sagrado.” 172 Es de suponer que la expulsión de los dominicos permitió la libre entrada de personas en el cenobio, con el consiguiente expolio de sus riquezas y el incendio del magnífico retablo-camarín de la capilla mayor, obra de Alexandro Pelayo instalada en 1691.173 El uso del templo como cuadra acabaría por destrozar todo lo que aún existiera de valor en el lugar, y a los daños materiales habría que añadir, como bien apuntaba Palomar, el componente sacrílego de la acción, que violentó un espacio sagrado dejándolo a merced de los caballos. Una profanación similar sufrió el oratorio de San Felipe Neri. Esta institución fue fundada en 1694 por iniciativa de don Martín de Bonilla y Echevarría, canónigo de la catedral de Ávila, erigiéndose la iglesia entre 1699 y 1714, a cargo de los maestros de obras Bartolomé Oñoro y Manuel Crespo. Se ha sugerido el nombre de José Benito Román como el autor de su fachada principal, que sigue una derivación tardía del tipo carmelitano con una sola portada, y también la semejanza en planta (rectangular con una cúpula ovalada situada perpendicular al eje, sobre el tramo anterior al presbiterio, a modo de transepto), con la capilla real del antiguo Alcázar de Madrid. Por otra parte, la colección pictórica de este oratorio es sin duda la más notable de Alcalá, con obras de Vicente Carducho, Antonio de Pereda, Teodoro Ardemans, Juan Vicente Ribera, Antonio Palomino y Mariano Salvador Maella, entre otros.174 El inmueble fue enajenado por el gobierno bonapartista a favor de Domingo Izquierdo, que lo compró en 1809 junto con la enfermería del convento del Ángel por sólo 23.121 reales. El nuevo propietario permitió al ejército bonapartista utilizar la iglesia como almacén del trigo incautado en septiembre de 1811, “acumu172 PALOMAR, ob. cit., 1894, pp. 26-27. Según AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, p. 228; y ROMÁN PASTOR, C.: Arquitectura conventual de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1994, p. 380. Debido a la destrucción de este retablo, después de la guerra los religiosos mandaron redecorar el testero de la iglesia con una pintura mural que imitaba arquitecturas fingidas de estilo clasicista, y que ha sido parcialmente recuperada en la actualidad, en las obras de restauración que han servido para instalar en el edificio el Museo Arqueológico Regional. 174 Sobre la historia y el valor artístico de este monumento véase ALBA ALARCOS, A.: “El Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares (1694-1729)”, A.I.E.M., vol. XIV, 1977, pp. 123-196; y GONZÁLEZ RAMOS, R. - LLULL PEÑALBA, J.: “Cúpulas ovaladas en Alcalá de Henares (siglos XVII y XVII): evolución de una tipología arquitectónica experimental”, A.IV.E.H.V.H., Alcalá, 1994, pp. 551-564. 173 140 lándose tanto en él, que por las ventanas altas sacaban los sacos”. Previamente había sido despojada de una magnífica colgadura de terciopelo y del cuadro que presidía el retablo del altar mayor, que representaba la Apoteosis de San Felipe Neri y era obra de Teodoro Ardemans. El retablo fue incendiado, y el suelo del templo completamente desembaldosado, sacándose y dispersando los cadáveres enterrados; paradójicamente, el resto de la colección pictórica ha llegado intacto hasta nuestros días.175 Al regreso de Fernando VII, el convento fue devuelto a los filipenses merced al decreto del 26 de agosto de 1813, y ya no volvería a ser desamortizado en todo el siglo XIX, por estar sus religiosos dedicados a labores de enseñanza. Gracias a esta inusual estabilidad, la congregación filipense pudo dedicarse a enmendar el estado de deterioro en que quedó la iglesia por culpa de la Francesada, realizando diversas obras de recomposición del monumento. La más significativa de esas obras fue la ornamentación del testero de la iglesia, desnudo tras la destrucción del retablo barroco original que cobijaba el cuadro de Teodoro Ardemans, y que probablemente fue realizada por el pintor Manuel Laredo, hacia 1894.176 El resultado de esta intervención era una decoración mural a base de arquitecturas fingidas de estilo neoclasicista, que enmarcaba un lienzo de la Virgen de Guadalupe donado por el sargento mayor destinado en México, Juan Pérez Merino; en los laterales de esta composición se colocaron unas estaturas de bulto de San Felipe y Santa Teresa, detrás de las cuales se fingieron dos hornacinas, mientras que un telón de teatro coronaba todo el conjunto. La inclusión del sagrario, la mesa de altar, las citadas estatuas y el cuadro de la Virgen, provocaba una notable confusión óptica con el fondo pintado de la capilla mayor, de forma que resultaba difícil distinguir lo que era de verdad y lo que estaba figurado. Ese juego sutil entre la realidad y la ficción, muy característico en la obra de Manuel Laredo, es similar al que dicho artista practicó en los retablos de la ermita de San Isidro, la iglesia de Santiago y el beaterio de clarisas de San Diego de la misma ciudad de Alcalá, aunque el resultado clasicista de la decoración filipense se asemeja mucho más a las creaciones del italiano Pablo Sístori en Murcia.177 El retablo fingido del oratorio de San Felipe constituye un curioso ejemplo de cómo la quadratura 175 Véase PALOMAR, ob. cit., 1894, p. 39; AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, p. 228; y ACOSTA DE LA TORRE, L.: Guía del viajero en Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1882, pp. 157-158. 176 La decoración de la capilla mayor fue ejecutada en el contexto de una serie de mejoras promovidas por el preboste Juan José Lecanda, que incluyeron tanto labores de arquitectura como de ornato. Entre estas últimas destaca la adquisición de un cuadro de Marceliano Santamaría, y dos de Miguel Velasco. En cuanto a las obras edilicias tenemos noticia de que se convirtieron en balcones los huecos de fachada, y se revocó el exterior de la casa nº 2 de la calle de San Felipe, propiedad del Oratorio. Véase en el A.M.A.H., Leg. 263/2; Leg. 775/7; y Libro 165, Actas del 3 y 26 de junio de 1896. Con anterioridad ya había sido demolida y reformada otra casa propiedad de los Filipenses, la nº 112 de la calle Mayor, puesta bajo el patronazgo del Duque de Escalona y ocupada por el Conde de Alba de Liste; esta última noticia es del año 1865 y puede verse en el A.M.A.H., Leg. 611/4. 177 Sobre esta obra véase LLULL PEÑALBA, M.: Manuel Laredo, un artista romántico en Alcalá de Henares. Alcalá, 1996, pp. 96-101; para ver las similitudes con los retablos de Pablo Sístori véase MOYA GARCÍA, Mª.L.: Pablo Sístori, un pintor italiano en la Murcia del siglo XVIII. Murcia, 1983. 141 continuaba siendo un recurso muy socorrido, para realizar decoraciones murales bastante efectistas a finales del ochocientos. Lamentablemente, esta obra tan curiosa fue borrada y enlucida a principios de la década de 1970, por lo que hoy sólo es conocida a través de antiguas fotografías y descripciones. Para ir terminando con el penoso índice de destrucciones sucedidas a raíz de la desamortización josefina, añadiremos que el Real Colegio de San Agustín y el Colegio de León sirvieron ambos de cuartel a las tropas francesas, a partir de 1810, experimentando diversos destrozos.178 Además, al convento de Recoletos de San Nicolás de Tolentino le fueron arrebatados sus portones para ser colocados en la Puerta de Santiago, aunque sorprendentemente le respetaron el magnífico lienzo de Claudio Coello, la Apoteosis de San Agustín (1664), que presidía su retablo mayor.179 Lo mismo le sucedió a la iglesia de San Basilio, a la que desmontaron sus puertas para usarlas en las barricadas del Palacio Arzobispal; además de eso los franceses destrozaron los altares y parte del ajuar litúrgico, y destruyeron el archivo conventual, con lo cual el expolio fue enorme. 180 Peor suerte corrió el Colegio de Málaga, que después de sufrir el pillaje de los gabachos, fue utilizado por éstos como cuartel, y en 1809 se incendió parcialmente debido a una explosión de material bélico almacenado en su interior; la cuenta los desperfectos ocasionados al final de la guerra debió ser importante, porque el colegio no logró dinero suficiente para repararlos y los dos únicos estudiantes que le quedaban en 1814 tuvieron que ser trasladados al Colegio de León.181 El Colegio del Rey también fue saqueado, y a su rector Carralero le acusaron de ser el auténtico desvalijador de la plata y los libros de la biblioteca en los años posteriores a la guerra (1814-1819).182 Por último, el Colegio de Santa Catalina o de Los Verdes se vio en la obligación de vender una gran cantidad de fincas, e invertir parte de sus rentas para recomponer los destrozos, por estar “en sumo deterioro el edificio material del expresado Colegio y también el de la posada titulada de los Caballeros propia de él, situada en la calle de Libreros, con motivo de la ocupación enemiga”.183 178 Véase respectivamente ROMÁN PASTOR, ob. cit., 1994, p. 207; y DIEGO PAREJA, ob. cit., 1997, p. 172. 179 A.M.A.H., Leg. 806/1, Acta del 11 de octubre de 1813, donde se refleja el deseo del ayuntamiento de que “las puertas fijadas en la de Sn. Tiago, como propias del extinguido combento de Recoletos se trasladen a otro punto”. 180 Según DIEGO PAREJA, L.M.: “El Colegio de San Basilio Magno de la Universidad de Alcalá en el siglo XIX”, Acervo, nº 2, 1993, pp. 13-14. 181 Según GUTIÉRREZ TORRECILLA, L.M.: El Colegio de San Ciriaco y Santa Paula o “de Málaga” de la Universidad de Alcalá (1611-1843). Alcalá, 1988, pp. 131 y 258; también en el A.M.A.H., Leg. 1.099/12. 182 Véase SANCHO, J.L.: “El Colegio del Rey de Alcalá de Henares”, Reales Sitios, nº 89, 1986, p. 72. 183 Véase FLORES, Á. - AGUIRREZÁBAL, F.: Recuperación del Colegio de Santa Catalina Mártir, o de los Verdes. Alcalá, 1991; y CASADO ARBONIES, F.J.: El Colegio Universitario de Santa Catalina Mártir, o de “Los Verdes”. Cuatro siglos de historia de una institución autónoma y su edificio (1586-1992). Madrid, 1992. 142 Finalmente, el convento de franciscanos de Santa María de Jesús, vulgo San Diego, también fue víctima del pillaje durante la guerra, hasta tal punto que “se ven las huellas del saqueo veinte años después”, al decir de Azaña.184 En mayo de 1813, El Empecinado mandó instalar aquí un hospital de campaña, para lo cual se realizaron ciertas obras de urgencia. La precariedad de medios de aquella enfermería obligó pocos meses después a que se planteara su traslado a diversos destinos (el monasterio de San Juan de Dios, el Hospital de Antezana, etc.), cerrándose finalmente y trasladándose los enfermos a Madrid. No sabemos si fue en el transcurso de aquellas obras, o simplemente para extraer materia prima con la que fabricar municiones, cuando se escamoteó el plomo que cubría la cúpula barroca de la capilla funeraria de San Diego (1659), según una denuncia presentada en octubre de 1813: “Se dio cuenta de un oficio del Administrador de Sequestros de esta Ciudad en que espresa la extracción de cierta porción de plomo en plancha de la media naranja del Combento de Sn. Diego y pide se practiquen diligencias en su razón para descubrimiento de los agresores.” 185 Pero la exclaustración dictada por José I no fue la única medida legal sancionada para enajenar a favor del Estado los bienes de la Iglesia. Aunque las medidas expropiadoras afectaron principalmente al clero regular, el gobierno afrancesado también ordenó en varias ocasiones decomisar toda la plata y el oro que hubiera en los templos del clero secular, dejando solamente los vasos más elementales para el culto. Como muestra de ello, el 21 de marzo de 1810, los delegados bonapartistas confiscaron de la Magistral diecisiete lámparas y otras piezas de orfebrería que sumaban en total diez arrobas de plata, al igual que hicieron con otras alhajas y con las campanas de todos los monasterios de Alcalá, que derribaron a finales del mismo mes de marzo de 1810 para llevárselas a Francia. Al campanario de la Magistral, por cierto, le apostaron unas atalayas durante la guerra para que sirviera de puesto de vigía. 186 Peor suerte aún corrieron los retablos de muchas iglesias, que fueron inventariados por las autoridades afrancesadas sin atender a su calidad artística, sino dividiéndolos simplemente en tres categorías: grandes, chicos y colaterales. Muchos de ellos fueron adjudicados para aprovechar el pan de oro por valor de 38.000 reales, más 9.000 reales por las piezas de hierro, por lo que acabaron destrozados e incendiados sus desechos. Afortunadamente otros retablos se salvaron porque la fugacidad de los asentamientos militares no dejó a los franceses tiempo para más. En fin, el deterioro fue enorme, fundamentalmente a causa del ejército, aunque por otro lado, esa utilidad de los conventos como cuarteles fue una de las 184 AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, p. 228. Noticia de todo esto en el A.M.A.H., Leg. 806/1, Actas del 14 de octubre, 1 y 29 de noviembre de 1813. 186 Véase MARCHAMALO, A. y M.: La Iglesia Magistral de Alcalá de Henares. Historia, Arte y Tradiciones. Alcalá, 1990, pp. 460-463. 185 143 características que les salvó de correr la misma suerte que otros monasterios madrileños, que fueron derribados bajo criterios urbanísticos. Las autoridades afrancesadas trataron de poner freno a tanta devastación por medio de algunas medidas legales, pero la propia dinámica de la guerra hizo esta tarea una auténtica utopía: “El hambre, la miseria, la desmoralización consiguiente a tantas penalidades como experimentaron los habitantes de la antigua Compluto, teníanla medio desierta, y no era maravilla que los instintos de destrucción, nacidos á presencia del espectáculo ofrecido tantas veces por Alcalá desde la exclaustración francesa, les condujera a extravíos censurables, a que trataron de poner remedio las autoridades de José Bonaparte, disponiendo primero el Intendente en orden de 8 de Julio de 1810, comunicada al Ayuntamiento en 8 de Agosto siguiente, que se conserben los monumentos sepulcrales, seguramente de los conventos y de las iglesias, y después, dándose cuenta al Ayuntamiento de 5 de Marzo de 1811, de un oficio del Administrador de Bienes Nacionales, para que la Municipalidad publicase un pregón, conminando con la correspondiente multa a cualquier vezino que rompiera o dilapidase los Edificios de Bienes Nacionales, comprase efectos robados de ellos…” 187 Al término de la guerra, Fernando VII devolvió las fincas incautadas a sus antiguos dueños, pero la ruina ocasionada en muchos edificios provocó la decisión de demolerlos o su abandono definitivo, como ocurrió con el Real Colegio de San Agustín, que no volvió a ser ocupado por los religiosos debido a sus graves destrozos.188 − Las acciones represivas de mayo de 1810 y abril de 1813 Otra de las grandes causas del menoscabo sufrido por el patrimonio artístico complutense fue la represión francesa, que se desarrolló con especial malignidad en la primavera de 1810 y el fatídico día 20 de abril de 1813. El Diario de un patriota complutense en la Guerra de la Independencia cuenta cómo en los meses de abril y mayo de 1810 vinieron repetidamente a la ciudad una cuadrilla de galopos de Madrid, a quienes las autoridades francesas dieron plena libertad para destruir los retablos de las iglesias y los conventos suprimidos, con el fin de extraer de ellos el pan de oro. Así pues, fueron destrozados altares e imágenes por medio de hachazos o sacándolos a las calles, donde los quemaron en grandes hogueras junto a muebles, libros, cuadros, y un sinfín de objetos de valor. Algunas de estas obras fueron incendiadas en el interior mismo de los templos, lo que ennegreció terriblemente los paramentos, cuando no destruyó por completo los edificios. El autor del citado Diario..., el regidor Juan Domingo Palomar, recuerda además la actitud sacrílega de aquellos vándalos, 187 188 144 Citado por AMADOR DE LOS RÍOS, ob. cit., p. 73. Véase DIEGO PAREJA, ob. cit., 1992, pp. 489-497. pues “sucedió que mientras el Jueves y el Viernes Santo adorábamos a Dios en los monumentos de las pocas iglesias que nos dejaron, en las demás estaban quemando y derribando los altares”.189 Estas escenas volvieron a producirse la terrible noche del 20 al 21 de abril de 1813, con motivo de una cruenta represión napoleónica, en venganza por haber acogido Alcalá unos días atrás a los guerrilleros de El Empecinado. Quizás en esta fecha los daños fueron más humanos que materiales, aunque no faltaron los atentados contra el patrimonio cultural, como sucedió en el convento de las Bernardas. Los franceses colocaron su artillería en la iglesia y en la plaza del monasterio, y después de robar la portería y el cuarto del capellán, pidieron a gritos que les abriesen las puertas de la clausura, en la cual suponían que había objetos de valor. Como las monjas habían huido a los tejados, no obtuvieron ninguna respuesta, así que forzaron el torno para intentar penetrar en el convento, cosa que no lograron. Sí consiguieron entrar en la sacristía, sobre la una de la noche, donde robaron todo el ajuar de la liturgia y los copones, sacando por la fuerza las hostias del sagrario y arrojándolas por el suelo. Según Esteban Azaña, estuvieron haciendo fechorías toda la noche, hasta las siete de la mañana que se largaron, salvándose por fortuna el interior del monasterio, porque no pudieron forzar el torno. 190 Más difícil resulta datar con precisión la fecha en que ocurrieron otras agresiones al patrimonio, pues carecemos de referencias documentales o historiográficas concretas. Cada vez que los ejércitos de Napoleón sufrían una derrota o un retroceso en el frente, las represalias se recrudecían, a modo de venganza, sobre la población civil. También cuando no se cumplían sus exigencias con relación a la conducta política o al pago de contribuciones. Por estas circunstancias se produjeron ataques continuos contra los bienes culturales de Alcalá, como una forma de minar la moral de sus habitantes, haciendo desaparecer los elementos más significativos de su identidad como pueblo. Con la duda de si fue en 1810 ó en 1813, apostillamos aquí los sucesos acaecidos a otros monumentos alcalaínos durante la Guerra de la Independencia. De los templos seculares, en primer lugar hay que anotar la destrucción del retablo mayor de la ermita de San Isidro, propiedad del Gremio de Labradores, quien la levantó en 1650 en las eras de trigo que había junto al camino de Meco. Este santuario se hallaba normalmente cerrado, y sólo era abierto al público para la romería del santo patrón y la festividad de la Inmaculada Concepción. Su valor artístico es limitado: fábrica de ladrillo y cajones de tierra, planta de cruz griega, interior enlucido de yeso con decoración de pilastras toscanas y potente cornisa189 PALOMAR, ob. cit., 1894, p. 24. AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, pp. 228-230. El autor cita como fuentes históricas para la reconstrucción de los hechos una memoria escrita en 1844 por Sor María Josefa Cobo y Sor María Casilda Arroyo, que eran monjas del convento cuando sucedió todo. Este relato se acompaña de una reseña introductoria de la abadesa Sor Isabel Fuentes y de varias certificaciones, una de ellas expedida por Blas Blázquez, capellán del convento durante la guerra, y otra por fray Carlos Sánchez Grande, prior de los Trinitarios Calzados que ayudó a las monjas a escapar aquella noche, todo lo cual viene a confirmar la veracidad de los hechos. 190 145 miento, bóveda de cañón en los brazos, cúpula encamonada sobre el crucero, fachada lisa remata en frontón, y pórtico de ingreso con tres arcos de medio punto. Los objetos de arte que pudieran hallarse en el interior antes de la Guerra de la Independencia eran casi inexistentes, sobresaliendo el retablo barroco del altar mayor. Los soldados bonapartistas destruyeron ese retablo para extraer el pan de oro, utilizaron la ermita como cuadra e incendiaron los pocos muebles que había en ella, de forma que al final de la contienda el monumento se hallaba en un estado lastimoso. Así consta en varios documentos del año 1815, en los que el Gremio de Labradores pedía licencia al ayuntamiento para emprender las necesarias obras de restauración: “Se dio cuenta de [...] la solicitud que ha hecho la cofradía del bendito San Ysidro relativa a q. se la conceda licencia pª. rifar el fruto de una tierra o las alhajas de plata q. pueda proporcionar a fin de reponer la Hermita y efigie del Santo, para q. tenga el culto que se daba antes q. se destruyese por las tropas francesas.” 191 Lo cierto es que “el coste que podrán tener las obras para reparar, y reponer la Hermita y efigie de San Ysidro” debió ser bastante elevado, porque mediados de siglo el templito se hallaba todavía “en su mayor parte inhavilitado”.192 Ello nos induce a pensar que las reparaciones efectuadas fueron insuficientes, probablemente debido a la precariedad de medios de la cofradía de agricultores. Un Libro de Juntas de esta hermandad recientemente sacado a la luz refiere ciertas obras de retejo, restauración y cimentación a partir de 1818, que concluyeron con la reubicación de la imagen titular de San Isidro en el altar mayor, el 15 de mayo de 1821. A pesar de lo cual, todavía en 1882 el P. Acosta denunciaba la situación de deterioro en que se encontraba la ermita, de la que decía: “no estaría de mas que le diesen una vueltecita de obra por fuera”.193 En este contexto de empobrecimiento artístico debemos encontrar las causas por las que, en 1885, la cofradía de labradores contrató al artista Manuel Laredo para que redecorase el presbiterio de la ermita. Al igual que hizo en el oratorio de San Felipe Neri, este pintor realizó un retablo fingido en trampantojo, por medio de arquitecturas pintadas al temple, que sirvió para devolver a la ermita su dimensión litúrgica a la vez que la ennoblecía artísticamente. Así, el aspecto desnudo del altar, desornamentado por la destrucción de su primitivo retablo, fue corregido mediante un recurso barato pero a la vez vistoso y efectivo, que incluso parecía ampliar los límites de la arquitectura real mediante la percepción ilusionista de un ábside inexistente. Cobijado en este ábside fingido se disponía un tabernáculo neobarroco inspirado en la capilla-baldaquino de la Virgen del Pilar, 191 A.M.A.H., Leg. 807/1, Acta del 21 de abril de 1815. Véase respectivamente en el A.M.A.H., Leg. 807/1, Acta del 27 de mayo de 1815; y Libro 133, Acta del 9 de junio de 1859. 193 Véase SÁNCHEZ MOLTÓ, ob. cit., 1994, p. 88; y ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, p. 185. 192 146 diseñada por Ventura Rodríguez para la basílica zaragozana; en medio de esta estructura Laredo colocó una reproducción de la Inmaculada Concepción de Aranjuez de Murillo, y a los lados las imágenes de San Antón y Santa Bárbara (imitación de arquetipos barrocos del siglo XVII), como patronos benefactores de la cofradía de labradores. En resumen, un pastiche eclecticista que se hizo muy frecuente en Alcalá a finales del ochocientos, para hacer olvidar las pérdidas ocasionadas en su patrimonio artístico durante la Guerra de la Independencia.194 Las tropas napoleónicas también entraron a saco en la ermita del Val, ocasionando importantes desperfectos en su arquitectura. El santuario del Val era una construcción gótica erigida por mandato del Arzobispo Tenorio hacia 1376, en un lugar próximo a la ribera del río Henares (un val o valle), donde un labrador había encontrado una imagen de la Virgen María. El edificio era bastante capaz, “de gruesas paredes maestras de tierra y cal levantada sobre fuerte cimiento de piedra y anchos pilares de ladrillo con sus botareles de mampostería muy fuertes”, estaba cubierto por bóvedas de crucería, con los cuatro evangelistas pintados sobre ellas, y ostentaba unas cartelas con el nombre y el escudo de armas de don Pedro Tenorio.195 Debido al saqueo producido en la Guerra de la Independencia, la ermita quedó arruinada y desprovista de mobiliario durante varias décadas, aunque la citada imagen de la Virgen, una talla de alabastro del siglo XIV, policromada y vestida, se salvó gracias a que fue trasladada poco antes a la Magistral. Atendiendo al estado de deterioro de la fábrica, en 1814 la Cofradía del Val se vio obligada emprender obras de restauración, que no debieron resultar suficientes a tenor de esta descripción que hemos encontrado en la documentación histórica relativa al mes de junio de 1833: “Conferenció el Ylte. Ayuntamiento sobre el estado ruinoso en que se encuentran los restos de la que fue hermita de Ntra. Sra. del Val, Patrona tutelar de esta ciudad, y la precisión de reedificarla o demoler aquellos para evitar desgracias; y teniendo entendido que para el primer objeto adoptó la Cofradía de esta Sagrada Ymagen, la rifa de ciertas alhajas de plata en que llegaron a interesarse diferentes personas, acordó que por el Sr. Presidente se oficie al Prioste de dicha cofradía, designándole un termino bastante para q. efectue una, u otra obra, invitándola mas bien a la primera porque por este medio se renovaría el mayor antiguo culto que en aquel sitio se prestaba a Ntra. Señora.” 196 Una interminable discusión acerca de si la financiación de aquellas obras correspondía al ayuntamiento (por ser la Virgen del Val patrona de la ciudad), a la Cofradía del Val (por estar encargada de la manutención de la ermita), o al ca194 Véase LLULL PEÑALBA, ob. cit., 1996, pp. 76-85. Véase PORTILLA, M.: Historia de la ciudad de Compluto, vol. I. Alcalá, 1725, p. 225; y Annales Complutenses. Sucesión de tiempos desde los primeros fundadores griegos hasta estos nuestros que corren. Madrid, 1652 (edic. de Carlos Sáez, I.EE.CC., 1990), pp. 251-253. 196 A.M.A.H., Leg. 1.044/2, fol. 26. 195 147 bildo de la Iglesia Magistral (depositario de la imagen, patrono del santuario y beneficiario de sus rentas), dilató el inicio de las obras hasta septiembre de 1842, cuando por fin se realizaron gracias a la colaboración de las tres instituciones implicadas.197 No obstante, la falta de medios económicos suspendió los trabajos poco tiempo después, reiniciándose e interrumpiéndose sucesivamente a lo largo de otros veinte años.198 10. Ermita del Val después de su reconstrucción por José de Azpíroz en 1929. Archivo Moreno. IPHE, Ministerio de Cultura. El templo sería nuevamente consagrado el 15 de septiembre de 1853, y el 20 del mismo mes de 1862, después de “terminadas por completo las obras de seguridad” fue instalada la imagen de la Virgen en su altar mayor.199 A pesar de ello, 197 Un oficio del prioste de la Cofradía del Val, fechado el 10 de junio de 1833, se excusaba diciendo “que dicha Corporación no tiene obligación a la reedificación ni demolición de la Hermita”, por lo que el ayuntamiento acudió entonces al cabildo de la Iglesia Magistral, “manifestándole lo satisfactorio que será a todo el vecindario ver restituida la sagrada Ymagen titular de la Ciudad al sitio que la consagró la piedad de sus antepasados y dotó competentemente la generosidad del Arzovispo D. Pedro Tenorio”, a pesar de lo cual ninguno hizo nada de nada. Véase en el A.M.A.H., Leg. 1.044/2, fol. 29. 198 Véase por ejemplo en el A.M.A.H., Leg. 1.045/1, fols. 87 vº y 92 vº, donde se hace referencia a una carta del cabildo de la Magistral, del 8 de noviembre de 1842, pidiendo al ayuntamiento “la entrega de los cuatro mil rs. para ayuda de reedificar la hermita de Nª. Sª. del Val”, los cuales parece que al final no se hicieron efectivos. 199 Véase AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, pp. 151-156. 148 unos años más tarde el edificio sería radicalmente transformado por los arquitectos Martín Pastells (1889) y José Azpíroz (1924-1929), de tal forma que Alcalá perdió así uno de sus monumentos medievales más interesantes.200 Finalmente tenemos que reseñar la total destrucción de la ermita de San Roque, que estaba sobre una loma junto al cementerio actual. Apenas tenemos datos sobre este santuario, que está representado a la izquierda de la ciudad en el dibujo de Antonio Wyngaerde de 1565, y que parece un edificio pobre y minúsculo, rematado por una espadaña. Los efectos de la Francesada debieron ser devastadores sobre él, pues en 1817 el municipio decidió recoger sus escombros para sacar algún fruto de su venta. Según la documentación histórica, hacia 1833 ya no debía quedar nada de sus ruinas, y el ayuntamiento dilucidaba si vender a un vecino el solar “donde existió la Hermita”, o instalar allí un polvorín.201 − Otros ejemplos de destrucción Al término de la guerra, el Jefe Político de Madrid envió una circular a todos los pueblos de la provincia mandando que le enviasen noticia de las “casas consistoriales, iglesias parroquiales, cárceles, cañerías, puentes, barcas, caminos y calzadas, cuya reparación es urgente y necesaria”, así como el coste que dichas reparaciones podrían suponer. El consistorio alcalaíno respondió a esta circular el 14 de abril de 1814, dando cuenta de los siguientes desperfectos: “Las obras de la clase indicada, cuya execucion requiere ser pronta, y de las que individualmente se hablará, pueden ascender, según la certificación del Maestro Alarife interino de la Ciudad a treinta y seis mil quinientos reales vellón; a saber, los reparos de la Casa de Ayuntamiento importarán ochocientos reales; los de encañados de aguas dulzes, arcas, y pozos del nacimiento de aquellas seis mil reales: los de la cárcel publica seis mil reales, sin que por esto quede servible a racionales, cuya salud procure conservarse; pues fue sin duda construida en tiempo de la barbarie, e ignorancia: los del Puente inmediato a la Ciudad sobre el Henares, de continuo transito a la Alcarria, setecientos reales: los de la Carnicería publica, sin contar los que por obiar su ruina acaban de hacerse mil reales: la construcción de la Barca, con su casilla, para diferentes puntos de dicha Alcarria, diez y siete mil reales: los de calzadas, y empedrados nuebos cinco mil reales sin que se haga merito del empedrado de casi todas las calles de la Ciudad en cuya vasta operación se consumirían caudales inmensos. La necesidad de la mayor parte de las obras manifestadas se debe a la mano regeneradora o devastadora del enemigo de todas las Naciones. Es igualmente de necesidad la construcción del cementerio 200 Véase SANZ DE DIEGO, R.: La ermita del Val de Alcalá de Henares. Madrid, 1928; y SÁNCHEZ MOLTÓ, ob. cit., 1994, p. 74. 201 A.M.A.H., Leg. 611/1; Leg. 808/1, Acta del 23 de mayo de 1817; y Leg. 1.044/2, Acta del 5 de junio de 1833. 149 si se ha de cumplir con las superiores ordenes dadas en el asunto: se tiene dirigida a V.S. la certificación del coste que podrá tener en el sitio señalado.” 202 Vemos que en esta relación sólo se citan los edificios de titularidad municipal, es decir, la Casa Consistorial, el Matadero, la Cárcel Pública, y otros elementos de infraestructura urbana como las cañerías y pozos de aguas, calzadas, empedrados, etc.; es por esto que no vienen consignados ninguna de las iglesias ni conventos de religiosos antes comentados. Si hacemos una suma global del parte de guerra, podemos hacernos una idea bastante precisa del formidable estado de destrucción en que se encontraba la ciudad en 1814. A este sombrío balance habría que añadir los daños ocasionados en el Palacio Arzobispal, por haber sido utilizado como cuartel del ejército, primero por los franceses y luego por las fuerzas españolas del general Morillo. De resultas, la arquitectura del alcázar sufrió importantes desperfectos, fueron destruidos muchos muebles, y desapareció un gran número de libros de su biblioteca. Durante la Guerra de la Independencia, las mayores transformaciones experimentadas en el entorno del inmueble prelaticio, se debieron a las obras de fortificación ejecutadas allí. Por miedo a los guerrilleros de El Empecinado, en noviembre de 1809 el comandante galo de la guarnición de Alcalá había ordenado que se tapiasen con tierra y maderos todos los portillos y accesos de la ciudad, dejando sólo expeditas las puertas de Mártires, Santiago, Madrid y el Vado; en estas cuatro se colocaron postigos afirmados con maderos, apostando guardias y cerrando a cal y canto por las noches. Las obras de fortificación se repitieron justo un año después, por orden del Gobernador de Madrid, el Conde Augusto Belliard, publicándose además un bando que conminaba a los vecinos a clausurar las puertas de las casas y corrales que dieran al campo, con el fin de evitar fugas y “que esta ciudad esté en estado de defensa por todos los lados”. El 18 de febrero de 1811, el maestro de obras Bernardino García certificaba la conclusión de estos trabajos, que incluyeron la obstrucción de aquellas puertas de casas que daban al exterior de la ciudad, la reconstrucción de varias tapias, la colocación de postigos en los accesos principales, y la consolidación de las murallas. Puesto que el Palacio Arzobispal estaba siendo utilizado como comandancia militar y almacén de trigo de los bonapartistas, los trabajos de reforzamiento de su cerca se realizaron con especial dedicación. En verano del mismo año de 1811 volvieron a ejecutarse arreglos en la muralla, foso, torres y parapetos, y concretamente el 29 de diciembre, fueron convocados todos los albañiles y jornaleros por orden de las autoridades intrusas, para que cegasen con tapias y barricadas las calles que daban acceso al palacio. Así fue cerrada la plaza que media entre el alcázar prelaticio y las calles de Santiago, San Felipe y San Juan, de tal forma que las tropas napoleónicas y los afrancesados se quedaron encerrados en su fortín. Con estas obras de fortificación, efectivamente fue retrasada la entrada de la guerrilla en la localidad, así como los posi202 150 A.M.A.H., Leg. 744/2. bles motines que pudieran provocar los vecinos, pero Alcalá quedó convertida en una especie de búnker.203 Por si lo expuesto hasta ahora pareciese poco, en la batalla que libró El Empecinado contra el ejército napoleónico, el 22 de mayo de 1813, y que supuso la liberación de la ciudad, cayó en desgracia otro monumento más: el Puente del Zulema. Este puente tiene grabadas en algunos de sus sillares marcas de canteros medievales de la época del Arzobispo Tenorio, que fue quien ordenó su construcción; posteriormente fue restaurado por Sebastián de la Plaza en el siglo XVII, llegando a principios del XIX en buen estado de conservación. La crónica de Juan Domingo Palomar registra que en aquella batalla se produjo fuego cruzado durante una hora y media, situándose los guerrilleros a un lado del puente (el de la cuesta que sube al Gurugú) y los soldados imperiales al otro (el que daba a Alcalá). En ese tiempo la artillería francesa “despidió más de cincuenta tiros”, que provocaron un daño muy considerable en la arquitectura del puente. Así lo reflejaba un informe municipal elaborado en agosto de 1813, dirigido al Intendente de la provincia de Madrid: “Se hizo presentte una representtacion echa con fha. treinta de Agosto ultimo al Sor. Intendente de esta Provincia por los dos Señores Procuradores en q. manifiestan que en la Batalla del veintte y dos de Mayo de este año, padeció considerablemente por la artillería enemiga, el único y famoso Puente del Rio Nares inmediato a la Ciudad, paso para la Alcarria y demás Pueblos del mediodía, y suplican a su Sª. se sirva dar para su reparación la mas pronta providencia.” En respuesta a esta solicitud, la superioridad ordenó que un perito reconociera el puente y compusiese un presupuesto de los gastos de restauración. Sabemos que el alarife José Lorenzo fue el encargado de practicar dicha inspección, en la que se advertía de lo siguiente: “...el puente titulado de Zulema situado sobre el Río Nares [...] se halla con dos rompimientos en sus antepechos o barbacanas causados en el ataque del día veinte y dos de Mayo último, cuya reparación es urgentísima ya porque se aumentarán de lo contrario dichas roturas y de consiguiente será mucho el coste de su composición, y ya porque pueden ocurrir desgracias en ganados y personas”.204 El propio José Lorenzo calculó entonces que entre materiales y mano de obra, el coste de la restauración podría ascender a unos 400 ó 500 reales, cifra nada exagerada. Pero a pesar de la advertencia, nada se hizo, porque a continuación sobreviene un amplio vacío documental, que dura hasta marzo de 1826 y 203 Eso era lo que le parecía a PALOMAR, ob. cit., 1894, p. 36: “para mayor desgracia nos hallamos encarcelados los vecinos de la ciudad, porque temiendo a los Empecinados han cerrado la población, dejando solas cuatro entradas”. La referencia a todas las obras citadas en el A.M.A.H., Leg. 616/4. 204 A.M.A.H., Leg. 52/21; y Leg. 806/1, fol. 52. El informe pericial de José Lorenzo lleva fecha del 22 de septiembre de 1813. 151 luego octubre de 1828, fechas en las que tan solo se denuncia que “el Puente de Zulema se halla intransitable y muy próximo a su total destrucción [...] es absolutamente necesaria su reparación con la mayor urgencia”, razón por la cual el procurador de la ciudad ordenó hacer un nuevo reconocimiento.205 El subsiguiente informe fue redactado en julio de 1829 por el arquitecto real Leonardo Clemente Aparicio, quien además de apreciar los desperfectos ocasionados durante la Guerra de la Independencia, anotó que el ojo central del puente “fue cortado en tiempo de la abolida Constitución, teniendo funestas consecuencias”. El académico se estaba refiriendo a los sucesos revolucionarios de 18201823, que por lo visto afectaron a las ruinas del viaducto echando abajo las dovelas de uno de los ojos, que se hallaría medio derrumbado. Teniendo en cuenta la gravedad del deterioro, y la interrupción del tráfico rodado entre Alcalá y los pueblos del otro lado del río, inmediatamente se convocó una subasta para iniciar las obras de reparación según el proyecto diseñado por Leonardo Clemente. La contrata recayó en el maestro albañil Cosme Aceytero, que se comprometió a hacer la obra bajo un presupuesto de 6.200 reales. En agosto del mismo año se presentaron ciertas dificultades en el proceso constructivo, debidas a una estacada de maderas que había debajo del mismo puente, y que impedía el curso natural del agua y el buen funcionamiento del molino del caz. La estacada no desapareció, pero Cosme Aceytero concluyó la obra el 31 de octubre de 1829, lo cual fue oportunamente certificado por el arquitecto citado, que vio “dicho puente reedificado con toda solidez en las partes que se detallaron y eran de precisa necesidad”.206 Sin embargo, en julio de 1841 el ingeniero de caminos Agustín Mariano Marcoarta advirtió un cambio en el cauce del río, que se dirigía directamente contra la orilla de la cuesta del Zulema. Seguramente a consecuencia de las obras practicadas con anterioridad, el agua ya no fluía de forma perpendicular por debajo del viaducto, sino que se había desviado y discurría con dificultad, formando algunas isletas en torno a los pilares medianeros y obstruyendo varios ojos. Con ocasión de algunas torrenteras, los derrubios sedimentados en torno a estas isletas habían impactado fuertemente contra el puente; de igual forma se hallaba muy deteriorada la calzada de la Cuesta del Zulema, así que empezó a gestionarse la formación de un nuevo proyecto de obras, que a pesar de la urgencia tardaría en salir a la luz.207 En octubre de 1851 los albañiles Vicente Goyoaga y Gregorio Mínguez redactaron un ambicioso presupuesto de 25.000 reales para la reparación de la cuesta y del puente, pero los escasos recursos del municipio y la falta de ayuda de las autoridades provinciales les dejaron hacer sólo pequeños arreglos. Tres años después el ayuntamiento recibió una orden de la diputación para que se facilitase al 205 A.M.A.H., Leg. 808/1, Acta del 4 de marzo de 1826; y Leg. 1.044/2, Acta del 5 de octubre de 1828. 206 207 152 Véase el expediente completo de las obras del Puente de Zulema en el A.M.A.H., Leg. 720/4. A.M.A.H., Leg. 720/4; y Libro 118, Acta del 10 de agosto de 1844. arquitecto Santiago Angulo la realización de nuevas prospecciones sobre el estado del puente y las obras a realizar, pero tampoco se hizo nada, lo que motivó las quejas de los vecinos, que criticaban que “ya se ha practicado el mismo reconocimiento no una vez sino diversas, habiendo sido todos aquellos gravosos en estremo a la Corporación”.208 Así que a falta de dineros, el puente continuó sin experimentar una reparación general, acrecentándose su estado de deterioro, según se constata en el siguiente informe municipal, fechado el 21 de enero de 1863.209 “En los ocho tramos de su extensa barbacana se hallan desprendidas varias piedras con peligro de ser arrojadas al río a poco esfuerzo que se emplee para conseguirlo, por cuya razón debe procurarse su más pronta recomposición, colocándolas nuevamente en su sitio y asegurándolas con engatillados de hierro que los enlacen y afirmen sobre la base de mampostería. El piso del expresado puente se halla muy descarnado con grandes baches y aún hendiduras que dejan ya en descubierto el cerramiento de los arcos ocasionando en estos gran daño tanto por el continuo transito como por el estancamiento de las aguas que quedan sin corriente en tiempos lluviosos. El remedio de este mal es urgente, y podrá lograrse fortaleciendo el piso del puente con algunos cargos de balastro de cantera y no de río, pues el de esta clase no obra por hallarse deslavado, según se ha observado en otras ocasiones. La comisión ha tenido ocasión de observar, y lo ha hecho con el mayor sentimiento, el lastimoso estado en que se halla el mencionado puente por la parte de sus estribos, faltos estos de algunos de sus maderos de enlace en que se apoyan y otros muchos desprendidos y a punto de destruirse por falta de estacado, lo que ocasiona a la vez el que el encajonado de piedra se halle completamente descarnado.” 210 Finalmente, la restauración del Puente del Zulema tendría lugar por administración a lo largo de 1863, según las indicaciones del arquitecto del distrito Tomás Aranguren. Incluyeron la consolidación de la arquitectura, y la reparación del piso y antepechos, volviendo a engarzar algunos sillares que se hallaban desencajados. Aunque la obra más importante fue la apertura de un canal a través de la isleta más grande que había debajo del puente, junto con la demolición de algunas construcciones en las riberas del río, con la intención de dejar diáfano el paso de las aguas por entre los ojos del puente. El presupuesto total de estas obras ascendió a 28.274 reales y con su finalización, el viaducto aguantó en pie unos años más, hasta su definitiva destrucción tras la Guerra Civil.211 En fin, con los pormenores relativos al Puente del Zulema, acabamos aquí la desastrosa relación de edificios monumentales dañados en mayor o menor medida durante la Guerra de la Independencia. No cabe duda de que, por su culpa, el 208 Véase respectivamente en el A.M.A.H., Libro 124, fols. 151-167; y Libro 128, fol. 198. Y ello a pesar de que en septiembre de 1859 se registrasen unos ligeros trabajos de recomposición de la barbacana; véase en el A.M.A.H., Libro 133, fol. 163. 210 A.M.A.H., Leg. 720/4. 211 A.M.A.H., Libro 137, fols. 7 vº, 21, 48 vº, 63 vº y 65; también ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, p. 31. 209 153 patrimonio artístico de Alcalá de Henares entró en el siglo XIX tremendamente mermado. Para hacernos una idea más global de lo expuesto, podríamos resumir en la siguiente tabla los espacios arquitectónicos afectados por la guerra, la gravedad de su deterioro, las causas del mismo, y la fecha posible en que tuvieron lugar los daños. La lista de edificios está ordenada alfabéticamente. EDIFICACIÓN Casa Consistorial Casas vecinales del centro de la ciudad Colegio de León Colegio de Málaga Colegio de San Agustín Colegio de Sta. Catalina Colegio del Rey Colegio Máximo de Jesuitas Colegio de San Basilio Convento del Ángel Convento de la Madre de Dios Convento de Mercedarios Calzados Convento de monjas de San Bernardo Convento de Recoletos Convento de San Diego DAÑOS EXPERIMENTADOS Desperfectos en toda la arquitectura. Daños arquitectónicos varios. Incendio, saqueo. Desperfectos varios de poca consideración. Incendio del edificio. Desperfectos en toda la arquitectura. Desperfectos varios. CAUSAS DE LOS DAÑOS Represión francesa. FECHA POSIBLE 1808-1813 Represión francesa. 1808-1813 Uso como cuartel. 1809-1813 Uso como cuartel. Uso como cuartel. 1809 1809-1813 Ocupación francesa. 1808-1813 Saqueo del interior. Traslación de las puertas. Saqueo del interior. Destrucción de altares. Represión francesa. 1809-1813 Abandono del edificio. 1808-1813 Uso como cuartel. Represión francesa. 1810 Alteración de la arquitectura. Desamortización. Destrucción del retablo. Represión francesa. Saqueo del interior. Uso como cuadra. Incendio del edificio. Saqueo Represión francesa. del interior. Destrucción Uso como cuartel. completa. Daños en la estatua de San Represión francesa. Bernardo de la fachada. Saqueo de la iglesia y la sacristía. Traslación de las puertas. Desamortización. Traslación de reliquias. Saqueo del interior. Obras de transformación. Pérdida de las planchas de plomo de la cúpula. Ermita de San Isidro Destrucción del retablo. Saqueo del interior. Ermita de San Roque Desperfectos en toda la arquitectura. Derrumbe. Ermita de San Desperfectos en toda la Sebastián arquitectura. Derrumbe. Ermita del Val Desperfectos en toda la arquitectura. Saqueo. 154 1810 1810 1810 1808-1813 1809-1813 Desamortización. 1809-1813 Represión francesa. Uso como hospital. Expolio del plomo para hacer municiones. Represión francesa. 1810-1813 Uso como cuadra. Represión francesa. 1810-1813 Represión francesa. 1808-1809 ¿Impactos de artillería? Represión francesa. 1810 EDIFICACIÓN Iglesia Magistral Murallas Oratorio de San Felipe Palacio Arzobispal Puente del Zulema Puerta de Madrid Puerta de Mártires 3. DAÑOS EXPERIMENTADOS Expolio de lámparas y alhajas de plata. Derrumbe de algunos lienzos. Alteración de las tapias arzobispales. Destrucción del retablo. Desperfectos diversos en el interior. Desperfectos diversos. Alteración de la arquitectura. Saqueo del interior. Daños estructurales. Desperfectos en arcos y antepechos. Desperfectos en parte de su arquitectura. Alteraciones diversas en su arquitectura. CAUSAS DE LOS DAÑOS Orden gubernativa. FECHA POSIBLE 21 marzo 1810 Impactos de artillería. Obras de fortificación. 1808-1813 Represión francesa. 1810-1811 Uso de la iglesia como almacén de granos. Obras de fortificación. 1809-1813 Uso como cuartel. Impactos de artillería durante la Batalla del Empecinado. Impactos de artillería. Obras de fortificación. Obras de fortificación. 22 mayo 1813 1808-1813 1808-1813 LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (1936-1939) 3.1. Crónica de Alcalá de Henares durante la Guerra Civil Española La Guerra Civil de 1936-1939 es uno de los temas centrales de la Historia Contemporánea de España. Su importancia viene avalada no sólo por la magnitud de su desarrollo y de sus consecuencias, sino también por la resonancia internacional que adquirió, sobre todo en el plano ideológico. Ello explica la numerosa bibliografía que se ha dedicado a su análisis, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras.212 212 Sobre la Guerra Civil española la bibliografía es amplísima; véanse como referencias básicas SALAS LARRAZÁBAL, R.: Los datos exactos de la guerra civil. Madrid, 1980; THOMAS, H.: La guerra civil española, 1936-1939. Barcelona, 1985; CARR, R.: La tragedia española: la guerra civil en perspectiva. Barcelona, 1986; PRESTON, P.: Revolución y guerra en España, 1931-1939. Madrid, 1986; JACKSON, G.: La República española y la guerra civil (1931-1939). Barcelona, 1986; TUÑÓN DE LARA, M. (dir.): La Guerra Civil Española, 50 años después. Barcelona, 1986; BOLLOTEN, B.: La guerra civil española. Revolución y contrarrevolución. Madrid, 1989; TUSELL, J.: Franco en la guerra civil. Una biografía política. Barcelona, 1992; PRESTON, P.: Franco. Caudillo de España. Barcelona, 1994; BERNECKER, W.L.: Guerra en España (1936-1939). Madrid, 1996; PAYNE, S. TUSELL, J. (dirs.): La guerra civil. Una nueva visión del conflicto que dividió España. Madrid, 1996; VIÑAS MARTÍN, A.: Franco, Hitler y el estallido de la Guerra Civil. Madrid, 2001; CIERVA, R.: Historia actualizada de la Guerra de España (1931-1939). Madrid, 2003; MOA, P.: Los mitos de la 155 Durante mucho tiempo se intentó explicar las causas de la Guerra Civil a partir de la intervención de dos fuerzas exógenas: un complot de ideología fascista, o una escalada revolucionaria de carácter comunista. Los estudios más actuales revelan que ni el fascismo ni el comunismo fueron los elementos motrices decisivos en el desencadenamiento de la contienda, aunque ambos ejercieran una importante influencia. Por el contrario, las causas hay que encontrarlas en tres tipos de argumentos: 1. Un estado permanente de agitación política, inestabilidad institucional y conflictividad social, que venía sucediendo en España desde principios del siglo XIX y que fue radicalizándose cada vez más, hasta estallar en los años inmediatamente anteriores a la guerra, durante la Segunda República. Esta línea de enfrentamiento sociopolítico fue trascendiendo desde la simple lucha de clases hasta un conflicto de tipo ideológico entre conservadores (derechistas católicos acomodados) y republicanos demócratas (progresistas laicos de izquierdas). 2. La secular intromisión del ejército en la política nacional, que al representar el papel de defensores de la patria y de los valores más conservadores, constituyó un freno constante al proceso de renovación democrática del país. Desde este punto de vista, el Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936 estaría muy relacionado con la tradición de los pronunciamientos militares del siglo XIX. 3. Factores coyunturales propios del momento, manifestados principalmente en una creciente oposición a la República por problemas nacionalistas y religiosos, diferencias culturales y educativas, profundas desigualdades económicas entre clases y entre el campo y la ciudad, reivindicaciones sociales del proletariado, disensiones internas en los partidos políticos, presión de los medios de comunicación criticando la actuación de los sucesivos gobiernos, etc., todo lo cual derivó en un clima de violencia especialmente turbulento a partir de la primavera de 1936. Tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, se agudizó la polarización socio-política de España, lo que alteró sobremanera la estabilidad de la democracia y la posibilidad de una convivencia pacífica en el país. El estado de degradación del sistema y la impotencia del gobierno para hacer frente a los disturbios callejeros, hicieron sentir al ejército la necesidad de intervenir para restablecer el orden público. La planificación del golpe fue una iniciativa casi exclusivamente militar (coordinada por el general Mola), en la que apenas participaron civiles, ni tan siquiera grupos políticos que pudieran apoyar la insurrección, como la Falange. Lo único que parecía evidente para los rebeldes era la necesidad de acabar con el Estado democrático de la República, que según ellos había contribuido a aumentar el desorden social y el peligro de una revoluGuerra Civil. Madrid, 2003; AROSTEGUI, J. - GODICHEAU, F.: Guerra Civil, mito y memoria. Madrid, 2006; y GRAHAM, H.: Breve historia de la Guerra Civil. Madrid, 2006. 156 ción comunista. Así pues, remarcamos nuevamente la similitud del Alzamiento con los pronunciamientos característicos del siglo XIX. Los conspiradores no tenían unos objetivos ni una ideología claramente definida, más que el anhelo de devolver las cosas a una situación de normalidad. Les movía la degradación de la autoridad política y la continua agitación en las calles, pero lo único que pretendían era imponer de nuevo el orden, dejando para más adelante la instauración del régimen que más conviniera a la nación. A raíz de los sucesos de la primavera de 1936, el ejército fue tomando posiciones sin tener aún clara la fecha exacta en que tendría lugar la sublevación. Las amenazas de muerte y ulterior asesinato del derechista Calvo Sotelo, ocurrido en la madrugada del 13 de julio, sirvieron para que los últimos indecisos, entre ellos el general Franco, se sumaran a la acción golpista. El efecto catalizador de esta muerte aceleró el principio del llamado Alzamiento Nacional, que eclosionó el 18 de julio de 1936. El problema fue que, a diferencia de los tradicionales pronunciamientos del siglo XIX, el cambio de gobierno no se decidió en un plazo breve por culpa de la fuerte oposición encontrada en algunas zonas geográficas, lo que condujo al país a una larga guerra civil. La sublevación del 18 de julio triunfó en el protectorado de Marruecos, en Canarias, Sevilla y parte de Andalucía, casi toda Castilla-León, Galicia, Oviedo, Navarra, Zaragoza, Mallorca e Ibiza. El gobierno republicano, en cambio, logró controlar en un primer momento Madrid, algunas zonas de Castilla-León, Castilla La Mancha, Extremadura, Andalucía Oriental, Murcia, Valencia, Cataluña, el País Vasco, Cantabria y Asturias. En cuanto al número de efectivos militares, se observó una ligera ventaja en el bando insurrecto, ya que contaban con las tropas coloniales destacadas en África, siendo también mayor su nivel de disciplina y organización. El caos reinante en los primeros meses de la contienda provocó que el ejército leal a la República no estuviese bien coordinado, y ello influyó negativamente en su capacidad de maniobra y utilización de los recursos disponibles. En el desarrollo del conflicto pueden establecerse estas cuatro fases diferenciadas: a). Primera fase (julio de 1936 - marzo de 1937): del Alzamiento a la batalla de Madrid. b). Segunda fase (abril de 1937 - febrero de 1938): del bombardeo de Guernica a la batalla de Teruel. c). Tercera fase (marzo - diciembre de 1938): la batalla del Ebro. d). Cuarta fase (diciembre de 1938 - marzo de 1939): la batalla de Cataluña, la capitulación de Madrid y el final de la guerra. Alcalá de Henares jugó un papel estratégico de primerísimo orden durante la guerra. En primer lugar hay que recordar su proximidad geográfica a Madrid, lo cual hizo que se la considerase un importante objetivo militar cada vez que las tropas nacionales empujaban la línea del frente hacia la capital, especialmente durante las decisivas batallas del Jarama y de Guadalajara. En segundo lugar, las 157 numerosas guarniciones acantonadas en Alcalá, la convirtieron en la principal plaza fuerte de la retaguardia republicana, situándose en ella el Cuartel General del Ejército del Centro, al mando del general Pozas. Por último, la conquista de la localidad complutense por parte de las tropas nacionales adquirió una fuerte carga simbólica, ya que fue uno de los últimos reductos rojos que cayó antes de la definitiva victoria franquista. Hasta hace unos años, apenas se había investigado sobre lo acontecido en la ciudad del Henares durante la Guerra Civil Española. Sólo algunas remembranzas publicadas en periódicos locales, y la versión oficial de la “cruzada” ofrecida por un autor tan afecto a la dictadura como Reymundo Tornero. Hoy, sin embargo, contamos con el sugestivo estudio de Pilar Lledó titulado Alcalá en Guerra, que si bien está enfocado desde una perspectiva esencialmente localista, se sustenta en una metodología investigadora plenamente científica, y sigue una narración de los hechos objetiva a la vez que anecdótica, autorizada por un amplio e interesantísimo aporte documental. La reseña de la tragedia de 1936-1939 que voy a hacer en estas páginas, coincide en lo sustancial con lo escrito por mi colega Pilar Lledó, entre otras razones porque ambos hemos consultado las mismas fuentes archivísticas.213 − El fracaso del Alzamiento Nacional en Alcalá de Henares. La ciudad bajo el control republicano El 18 de julio de 1936 había en Alcalá un batallón de Zapadores-Minadores y otro de Infantería Ciclista. Ante la animadversión que provocaba el ejército en la población, y los enfrentamientos registrados entre obreros y militares, el gobierno de la República había aconsejado trasladar a los regimientos de Caballería acuartelados desde antaño en la ciudad complutense. Para sustituirlos se trajeron estas tropas, que procedían de Palencia y Salamanca, y eran de reciente creación, y por ende, supuestamente leales a la República.214 Sin embargo, muchos de sus 213 Sobre la Guerra Civil en Alcalá véase REYMUNDO TORNERO, A.: Datos históricos de la ciudad de Alcalá de Henares. Alcalá, 1950; GARCÍA SALDAÑA, J.: “Los mil días”, Puerta de Madrid, nº 1.388-1.390, 1.392-1.393, y 1.395 (1994); y LLEDÓ COLLADA, ob. cit., 1999. 214 En realidad, el traslado de las guarniciones complutenses sirvió para desarticular las redes de contactos existentes entre los activistas de la derecha y algunos jefes militares de la zona, cuya intención era la de preparar conjuntamente una posible sublevación. La misma situación se vivió con respecto a la Guardia Civil, puesto que fue enteramente movilizada hacia la capital. Estos hechos tuvieron gran resonancia en la escena política nacional, ya que fueron entendidos por el estamento castrense como un ataque directo a su dignidad, tal como se expresaba en un manifiesto clandestino que circuló pocos días después entre los oficiales de toda la nación. El descontento ocasionado acabó siendo objeto de discusión en el parlamento por parte de Calvo Sotelo, y reclamó la atención del general Franco en una carta enviada por él mismo al Jefe del Gobierno, Casares Quiroga, en junio de 1936. Con todo, la presencia militar en Alcalá aumentó de forma considerable, pues se pasó de los 900 soldados de Caballería que había inicialmente a más de 1.300 que sumaban los nuevos destacamentos. Así el gobierno había conseguido alejar a un contingente de tropa potencialmente conflictivo, incrementando a la vez el número de soldados leales a la República, sobre los que en un futuro próximo recaería la responsabili- 158 oficiales eran partidarios del complot y habían mantenido contactos al respecto, tanto con los mandos militares de Madrid como con movimientos derechistas de sus lugares de origen; además de los oficiales de estos batallones, eran también favorables al pronunciamiento los pilotos de la escuela de vuelo. Por consiguiente, el 18 de julio sí hubo en Alcalá un cierto número de militares dispuestos a sublevarse, ya fuera por propia iniciativa, o porque atendieron las consignas del general Mola, quien desde Radio Segovia amenazó con tomar represalias en contra de los oficiales que no se sumaran al golpe. Pero los conspiradores no encontraron apoyo a la causa entre la apática población complutense, y adolecieron de falta de coordinación con el resto de los acontecimientos nacionales, por lo que actuaron a destiempo y acabaron fracasando. Nada más conocerse el alzamiento en Marruecos, el gobierno de la República ordenó el acuartelamiento de todo el ejército peninsular, con la intención de controlarlo y predisponerlo para la contraofensiva. En Alcalá de Henares, además, fueron detenidos varios oficiales de aviación y sustituido el director del aeródromo, con lo que un posible foco insurgente quedaba mitigado. El día 20 de julio fue decretada la movilización de las tropas complutenses para hacer frente a las fuerzas del general Mola en Somosierra, pero la idea de entrar en batalla contra militares compatriotas provocó fuertes disensiones entre los oficiales. Tras un tiroteo en el que resultaron victoriosos los adeptos a la insurrección, el comandante Baldomero Rojo tomó el mando y declaró el estado de guerra, ordenando a las tropas del Batallón Ciclista que ocuparan los puntos estratégicos de la ciudad. La mayoría de los oficiales del regimiento de Zapadores-Minadores secundaron aquella acción, liderados por el capitán Pedro Mohíno. El ejército acantonado en Alcalá se unió así al alzamiento, aunque dos días después de su inicio, cuando ya se sabía del fracaso del mismo en Madrid, y a la expectativa de lo que pudiera pasar ante el avance del general Mola. La población civil, organizada en milicias izquierdistas, se opuso desde el primer momento a la determinación de los militares. Su actitud era clara heredera del rechazo que los alcalaínos habían dispensado al ejército desde hacía muchos años. En consecuencia, se sucedieron múltiples enfrentamientos armados por la localidad, mientras las tropas se afanaban en ocupar algunos lugares representativos: la Casa Consistorial, la Plaza de Cervantes, el Palacio Arzobispal, la Iglesia Magistral, la oficina de Correos y Telégrafos, etc. La enemistad de los milicianos coadyuvó enormemente a debilitar la posición de los sublevados, que sufrieron también el bombardeo de los aviones republicanos procedentes del aeródromo. Por si esto fuera poco, el 21 de julio llegó a las inmediaciones de Alcalá una columna de tropas gubernamentales proveniente de Madrid, al mando del coronel Puigdendolas. Ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, la progredad de defender Madrid. Véase GARCÍA VENERO, M.: Madrid, julio 1936. Madrid, 1973, p. 436; VIDARTE, J.S.: Todos fuimos culpables. Testimonio de un socialista español. México, 1973, p. 177; y SAN LUCIANO, J.Mª.: “Primavera de 1936: desde Canarias Franco recuerda Alcalá de Henares”, Diario de Alcalá, 91 (5-6 diciembre 1992), pp. 10-11. 159 siva deserción de la tropa, y la constatación de que Mola no conseguía tomar la capital, los oficiales rebeldes de las guarniciones complutenses decidieron rendirse para evitar el bombardeo masivo de la ciudad. Tras la rendición, la violencia y los desmanes se apoderaron de la ciudad del Henares. El coronel Puigdendolas había garantizado la vida de los insurrectos hasta su traslado a los tribunales madrileños, a pesar de lo cual, las milicias izquierdistas acribillaron a dos cadetes en plena calle. Estos grupos de incontrolados se vieron reforzados por otros milicianos venidos de Madrid y los reclusos liberados de las cárceles, a los que se les facilitaron armas obtenidas del saqueo de los cuarteles. Las turbas dirigieron entonces su acción represiva contra la Iglesia, matando a un buen número de religiosos e incendiando algunos templos. Además, las viviendas de los mayores contribuyentes fueron registradas, ocupadas y expoliadas de forma arbitraria, mientras que a los comerciantes se les requisó la mayor parte de sus mercancías, ante el inmovilismo de las autoridades municipales. Unas semanas más tarde, entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1936, fueron fusilados en la cárcel modelo de Madrid el comandante Baldomero Rojo, el capitán Pedro Mohíno, y otros diez oficiales sublevados en Alcalá. En estos primeros momentos de la represión republicana quedó evidenciada una crueldad excesiva, motivada por la sed de venganza contra un alzamiento militar que había provocado una situación bélica en todo el país. El poder efectivo ya no pertenecía a las instituciones políticas, sino a los partidos, organizaciones y sindicatos adscritos al Frente Popular. Los disturbios callejeros, las detenciones y los juicios sumarísimos proliferaron de manera espontánea, ante el desconcierto y la impotencia de las autoridades para controlarlos. Además de todo eso, muchos pobres y hambrientos aprovecharon la situación para asaltar y robar fincas, huertas, comercios, etc. En ese estado de cosas, muchos decidieron tomarse la justicia por su mano, dando origen a un verano de terror en toda la zona republicana. Los objetivos de la represión fueron los “enemigos seculares de la causa popular”, es decir, los militares insurrectos, los rivales políticos de las últimas elecciones, los afiliados a la Falange, los terratenientes, los burgueses acomodados y los hombres de Iglesia, entre otros. El gobierno de la República se esforzó por controlar la situación, mediante la reorganización de las fuerzas de orden público y el restablecimiento de ciertas garantías judiciales. Pero en su intento por regular la administración de justicia acabó institucionalizando las represalias. El episodio más terrible de esta represión fue el de Paracuellos del Jarama (noviembre de 1936), que afectó a centenares de presos salidos de las cárceles de Madrid, Getafe, Alcalá de Henares y Guadalajara, entre otras poblaciones.215 Los sucesos de Paracuellos evidenciaron que la justicia había quedado dividida en dos. Por un lado estaban los juzgados de instrucción pública, cuyos funcionarios fueron sustituidos en bloque por decreto del 15 de agosto de 1936, y 215 Véase FERNÁNDEZ, C.: Paracuellos del Jarama: ¿Carrillo culpable? Barcelona, 1983; y GIBSON, I.: Paracuellos. ¿Cómo fue? Barcelona, 1983. 160 cuyas competencias se redujeron a instruir los sumarios relativos al hallazgo de cadáveres, las diligencias conducentes a la inscripción de éstos en el Registro Civil, y las causas sobre delitos comunes. Por otro lado se hallaban los recién creados Tribunales Populares, formados por milicianos frentepopulistas que tenían la facultad exclusiva para juzgar y condenar a los sospechosos políticos. Ante la parálisis de la justicia oficial, quedó pues constituida una administración de justicia paralela, vinculada al nuevo Consejo de Seguridad y Orden Público, cuyas prerrogativas fueron cada vez más importantes a medida que avanzaba la guerra. Por consiguiente, fue desde estos tribunales populares desde donde quedó institucionalizada la represión política, la cual se desarrolló de forma sumaria y ejemplarizante. Los asuntos sobre los que se dictó sentencia en estas instancias fueron básicamente tres: - Procedimientos sumarísimos contra crímenes por rebelión, sedición y atentados contra la seguridad del Estado. - El denominado Tribunal de Subsistencias, que juzgaba con urgencia sucesos de desafección a la República, especialmente los referentes a fraudes sobre el comercio o la industria. - Los jurados de guardia contra los delitos de adhesión y auxilio a la sublevación franquista, así como los actos de terrorismo, espionaje, alta traición, derrotismo, pillaje, etc., cuyas penas eran fijadas según el Código de Justicia Militar. Los reos que pasaron por los tribunales populares no fueron sólo simpatizantes de la derecha. Con el paso del tiempo, la represión se dirigió también contra los anarquistas y afiliados al P.O.U.M., rivales de los comunistas en la lucha por controlar los resortes de poder. Consecuencia de ello fue la creación de “checas”, o comisiones extraordinarias de policía política, que sirvieron para favorecer la purga de elementos contrarrevolucionarios o desviacionistas dentro del propio Frente Popular. En Alcalá de Henares hubo una checa en la iglesia de San Felipe Neri, donde fueron encerrados prisioneros sin ningún control por parte de las autoridades penitenciarias del gobierno. Pilar Lledó ha recogido algunos relatos de personas que pasaron por ese lugar, y reconoce que la desaparición de encarcelados fue bastante frecuente allí.216 A pesar de lo expuesto, Reymundo Tornero admitió que en Alcalá los crímenes cometidos por los republicanos durante la primera época de la guerra “no sólo no sobrepasaron en magnitud y número a las desgracias de otros pueblos, sino que no llegaron a alcanzar las cifras que en ellos se registran”.217 No sucedió 216 LLEDÓ COLLADA, ob. cit., 1999, p. 106. Para una visión más de conjunto sobre el tema véase SÁNCHEZ RECIO, G.: Justicia y guerra en España. Los tribunales populares (1936-1939). Alicante, 1991. 217 REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 989. Estudios posteriores confirman que el número de víctimas producidas en la ciudad complutense por la represión republicana fue menor de lo que habían enfatizado los historiadores franquistas; véase CASANOVA, J.: Víctimas de la Guerra Civil. Ma- 161 lo mismo en la zona conquistada por los nacionales, donde la represión y el terror se mantendrían durante todo el conflicto, y al término del mismo, con la intención de exterminar a los enemigos del nuevo régimen de Franco. Sobre las actuaciones dirigidas contra la Iglesia merece la pena detenerse a hacer unas cuantas consideraciones. El trasfondo ideológico que existía en el hecho de optar por la defensa o el rechazo a la religión, motivó que para unos la cuestión religiosa fuera considerada uno de los grandes obstáculos que impedían la revolución proletaria, mientras que para otros la guerra adquirió tintes de cruzada cristiana frente a la barbarie y la impiedad roja. Por otra parte, la manifiesta afinidad política de la Iglesia con las fuerzas de derecha, contribuyó a acrecentar el rechazo a la misma entre los sectores de izquierda. Atendiendo a estas circunstancias, la persecución contra los religiosos se convirtió en una estrategia política habitual dentro del área republicana, y Alcalá de Henares no fue, en ese sentido, una excepción. En una población con tanto proletariado y militantes de izquierda como la nuestra se habían producido brotes de un feroz anticlericalismo, prácticamente desde 1931. Durante los primeros gobiernos republicanos ni siquiera había salido a las calles la tradicional procesión de las Sagradas Formas, y aunque lo hizo con el permiso de las autoridades de la C.E.D.A., el 6 de mayo de 1934, al final del acto tuvieron lugar algunos incidentes. En marzo de 1936, en mitad de una huelga revolucionaria, un grupo de incontrolados trató de quemar algunas iglesias de la localidad, logrando entrar en la de Jesuitas, que entonces estaba cerrada al culto: este templo fue saqueado, formándose una gran hoguera frente a sus puertas con muebles, objetos religiosos y obras de arte sacados de su interior.218 En previsión de nuevos atentados, el obispado de Madrid ordenó a las comunidades Carmelitas de Afuera y Beatas de San Diego, que abandonaran sus conventos y fueran a buscar refugio con sus familiares, ya que ambos monasterios se hallaban en la zona más peligrosa de Alcalá, entre los cuarteles y las cárceles. Pero todas las precauciones fueron pocas una vez que las milicias revolucionarias se hicieron con el poder, nada más iniciada la guerra. La represión contra el colectivo religioso se desencadenó de forma espontánea durante los últimos días de julio de 1936, ensañándose especialmente con los religiosos varones. Los asesinados pertenecían mayoritariamente al clero secular, sobre todo al Cabildo de la Magistral, aunque también se registraron muertes entre los padres escolapios y filipenses, así como entre capellanes y curas párrocos, en total diez hombres. El clero complutense sufrió la pérdida de otros seis individuos, a quienes les sorprendió la muerte en otros lugares de España donde se habían refugiado. drid, 1999; y LLEDÓ COLLADA, ob. cit., 1999, pp. 269-272, quien contabiliza 124 víctimas del “terror rojo” en Alcalá entre los años 1936-1939. 218 Véase LLEDÓ COLLADA, P.: “Prolegómenos de una guerra civil: la trágica primavera de 1936 en Alcalá de Henares”, A.IV.E.H.V.H., Alcalá de Henares, 1994, pp. 311-319. 162 11. Retablo mayor de la Iglesia de Jesuitas, con las pinturas y esculturas originales que lo adornaban antes de que fueran destruidas en marzo de 1936. Archivo Moreno. IPHE, Ministerio de Cultura. 163 Además del ambiente de hostilidad existente en contra de la Iglesia, el móvil de aquellas matanzas fue la creencia popular de que los religiosos habían apoyado el golpe militar, y que habían llegado incluso a utilizar los templos como arsenales. Este rumor parecía estar confirmado desde que fueron encontradas algunas armas enterradas en el oratorio de San Felipe, durante un registro efectuado en el mes de marzo. En cualquier caso, la represión religiosa acrecentó aún más las diferencias entre los grupos sociales de izquierdas y los de derechas, que se alinearon de manera incondicional en contra o a favor de la Iglesia.219 En esa disparidad de opinión tuvo una gran influencia, por su honda significación, lo sucedido con los edificios religiosos de la ciudad. Los templos cristianos fueron considerados por los milicianos un símbolo de ese tradicionalismo político que impedía el triunfo de la democracia, razón por la cual emprendieron acciones destructivas contra ellos. Como resultado, el patrimonio artístico complutense sufrió en el verano de 1936 dos de sus bajas más significativas: el 21 de julio fue incendiada la Iglesia Magistral por milicianos de la columna del coronel Puigdendolas, y el día 29 del mismo mes, las hordas republicanas hicieron arder espectacularmente la parroquia de Santa María, en la Plaza de Cervantes. El resto de las iglesias y conventos de Alcalá sufrieron saqueos, y fueron utilizados para usos muy diversos durante la contienda, después de que se ordenase el desalojo de todas las comunidades religiosas y se prohibiera el culto católico el 21 de julio de 1936. Un informe de Manuel de Irujo, representante del Partido Nacionalista Vasco, que fue leído por el Consejo de Ministros de la República en enero de 1937, describía así la situación de la Iglesia en la zona de dominio rojo. Absolutamente todos los puntos de ese informe son aplicables al caso de Alcalá de Henares: A). “Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. B). Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. C). Una gran parte de los templos se incendiaron. D). Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aun han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales. E). En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos, llevando a cabo (los organismos oficiales que los han ocupado) en su edificación obras de carácter permanente. 219 Véase MONTERO MORENO, A.: Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939. Madrid, 1961; y CÁRCEL ORTI, V.: La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939). Madrid, 1990. 164 F). Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados o derruidos. G). Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles; hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan solo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las capitales. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso”.220 Sofocada la sublevación del 18 de julio, y pasados estos primeros momentos de ambiente revolucionario, Alcalá de Henares permaneció con relativa calma bajo el control de los republicanos hasta el final de la guerra. Aunque en teoría el poder político de la ciudad seguía estando en manos del ayuntamiento, en realidad no ocurrió así. Durante todo el verano, la corporación municipal apenas contó con quorum suficiente para reunirse en pleno, por incomparecencia de los concejales derechistas, de modo que se limitó a realizar labores administrativas de notificación de los acontecimientos a las autoridades superiores. El 2 de agosto además, el Consejo de Ministros decretó la suspensión cautelar de todos los funcionarios consistoriales, con el fin de depurar posibles desafecciones a la República, lo cual provocó el colapso de la burocracia. Esta situación de parálisis, común en todas las localidades de la zona republicana, se mantuvo hasta el 4 de enero de 1937, fecha en que el Ministerio de la Gobernación ordenó la sustitución de los ayuntamientos y comisiones existentes por unos Consejos Municipales, que sólo podían estar formados por integrantes del Frente Popular. El 20 de febrero tomaron posesión de sus cargos los nuevos consejeros, designando alcalde presidente al socialista Simón García de Pedro.221 Los esfuerzos más importantes de este organismo se centraron en la construcción de refugios antiaéreos y la ejecución de obras de fortificación, para lo cual se arbitraron nuevos impuestos locales que sirvieran para sufragar los gastos. Junto a ello, fue responsabilidad suya asegurar la provisión de abastecimientos de primera necesidad (trigo, alfalfa, piensos, carne, leche, huevos, azúcar, vino, patatas, leña, etc.), para las poblaciones civiles de Alcalá y de Madrid, como también para la nutrida guarnición militar de la ciudad. La disparidad existente entre la amplia demanda y la producción escasa se convirtió en un auténtico problema, que generó etapas de carestía y hambre, sobre todo durante los inviernos y en el último año de la guerra. Por ello se hicieron habituales las colas ante los comer220 Citado por CÁRCEL ORTI, ob. cit., 1990, pp. 230-231. A.M.A.H., Leg. 1.355/5. Por mandato del Gobernador Civil de Madrid, el Consejo Municipal de Alcalá quedó formado por 7 concejales de UGT, 4 de CNT, 3 del PSOE, 2 del Partido Comunista, 2 de Izquierda Republicana y 1 de Unión Republicana, lo que demuestra el ascenso de las organizaciones sindicales en detrimento de los partidos republicanos burgueses. 221 165 cios y las cartillas de racionamiento, sobre todo entre la gran cantidad de evacuados (más de 1.000) que llegaban a la ciudad complutense de paso. La limitada atribución de competencias del Consejo Municipal y la extraordinaria presencia del ejército en la ciudad, provocó que la autoridad sobre todo lo que acontecía perteneciera en verdad a los mandos militares. Conforme avanzaba la guerra y se hacía más necesario el alistamiento de soldados para el frente, se produjeron numerosos abandonos en los puestos de concejales, lo que volvió a dejar en cuadro a la corporación, dificultando su capacidad de gobierno. Por otra parte, la falta de mano de obra civil tanto en las labores agrícolas como en la construcción, llevó a tener que echar mano de los soldados con mucha frecuencia. Así que las decisiones cruciales sobre el destino de la ciudad recayeron casi siempre en la comandancia militar, o en alguno de sus oficiales más representativos. A este respecto resulta revelador el enfrentamiento mantenido entre el Consejo Municipal y Valentín González, El Campesino, a causa de los incidentes protagonizados por sus tropas en más de una ocasión (incautaciones, robos, altercados, registros, detenciones arbitrarias, etc.); el exceso de autoritarismo del guerrillero provocó más de un enfrentamiento personal con el alcalde Simón García de Pedro, molesto por el intrusismo de los militares en la vida cotidiana de la ciudad.222 − El desarrollo de las operaciones militares en torno a Alcalá. Tras la rendición de los rebeldes el 22 de julio de 1936, y el licenciamiento de las tropas decretado por el gobierno de Madrid, los cuarteles se quedaron vacíos. La reorganización de un nuevo ejército leal al Frente Popular aún tardaría en producirse, así que en el ínterin fueron los milicianos los que se apropiaron de las armas y municiones, con el objetivo de mantener el control de la ciudad, vigilando sus principales edificios. El desmoronamiento inicial del Estado republicano y la descoordinación existente en las filas de su ejército, prácticamente disuelto, facilitó el empuje de los nacionales, mejor organizados desde que Franco logró unificar bajo su mando único todos los poderes civiles y militares, el 29 de septiembre de 1936. En octubre de ese año los comunistas, orientados por asesores soviéticos, decidieron militarizar las milicias republicanas para formar un Ejército Popular, que pudiera hacer frente con garantías a los franquistas. Alcalá acogió uno de los campos de instrucción más importantes de ese ejército, además de albergar las reservas de las Fuerzas de Defensa de Madrid, al mando del general José Miaja. También desempeñó un papel trascendental el aeródromo militar (con su escuela de aviación) situado en las proximidades del camino de Meco, donde fue destinado un grupo de pilotos rusos a partir de agosto de 1936. El aeródromo sirvió 222 Véase LLEDÓ COLLADA, ob. cit., 1999, pp. 161-165. La actitud de El Campesino provocó división de opiniones en la ciudadanía, entre los socialistas que le criticaban y los comunistas que le defendían a ultranza. 166 además como lugar de recepción de material bélico procedente de la U.R.S.S., mientras que la fábrica de Forjas y Aceros Electro-Rápidos fue reutilizada como taller de reparación de tanques. No es de extrañar, por tanto, que el interés logístico y estratégico de Alcalá la convirtiese en una verdadera colonia soviética, como la denominó el historiador Hugh Thomas.223 Pero el cuerpo militar más significado que se acuarteló en la ciudad complutense fue la brigada de Valentín González, El Campesino, que llegó por primera vez el 20 de noviembre de aquel año, procedente de Somosierra, y regresó en diversas ocasiones durante la contienda, protagonizando numerosos y controvertidos incidentes con la población. Entre los integrantes de esta brigada se hallaba el poeta Miguel Hernández, de quien se conoce su presencia en Alcalá en noviembre de 1936. En el mismo mes de noviembre sería instalado aquí el Cuartel General del Ejército del Centro, al mando del general Sebastián Pozas, para hacer frente a la ofensiva de los nacionales sobre Madrid. Con todo esto quiere decirse que la ciudad del Henares quedó prontamente militarizada al servicio de la causa republicana, y que el número y la calidad de las fuerzas en ella destacadas la concedieron un notable protagonismo en el desarrollo de la guerra, sobre todo en lo que se refiere a la defensa de Madrid.224 Los primeros meses de la contienda registraron un avance sostenido de las tropas franquistas sobre el centro geográfico de la península, con el objetivo de tomar pronto la capital y hacer triunfar el alzamiento. Sin embargo, dicho avance se entretuvo más de la cuenta, al desviarse el general José Enrique Varela a Toledo para liberar el Alcázar (septiembre de 1936), y encontrarse el resto de las tropas nacionales con la tenaz oposición del Ejército Popular en el frente que cercaba Madrid. La denominada batalla de Madrid es, por tanto, el episodio más importante de la primera fase de la guerra; se desarrolló en torno a tres grandes enfrentamientos armados, en la Ciudad Universitaria de la capital (noviembre de 1936), en el Jarama (febrero de 1937), y en Guadalajara (marzo de 1937). Estos dos últimos tocaron de lleno a Alcalá, que fue considerada un objetivo primordial para la ofensiva franquista. La batalla del Jarama tuvo lugar entre los días 5 y 25 de febrero de 1937, tras el fracaso de los nacionales en su intento por conquistar Madrid, durante el mes de noviembre anterior. La estrategia diseñada por los generales Francisco Franco y Emilio Mola pretendía cortar la vía de suministros que llegaba a la capital por la carretera de Valencia, realizando una maniobra envolvente que rompiera el frente republicano por el río Jarama. Desde allí, siguiendo por la línea entre el Tajuña y el Henares, avanzarían hasta Arganda del Rey y Alcalá, donde se unirían con la División de Soria comandada por José Moscardó, cuya ofensiva debía hacer caer Guadalajara. Pero la carencia de efectivos suficientes, la lentitud de las 223 THOMAS, ob. cit., vol. IV, 1985, p. 49. El mismo autor razona que éste sería el motivo que pudo llevar al espía de Stalin, Orlov, a hacer desaparecer en Alcalá al líder del P.O.U.M., Andreu Nin, en 1937. 224 Véase MARTÍNEZ BANDE, J.M.: La lucha en torno a Madrid. Madrid, 1984. 167 operaciones y la contraofensiva republicana hicieron fracasar la progresión de los nacionales, que lograron traspasar el Jarama y amenazar la carretera de Valencia, pero no alcanzaron Alcalá. 12. Estado de ruina de la Capilla de San Ildefonso, agravado durante la Guerra Civil con motivo de los desperfectos causados por la Brigada de El Campesino. Fotografía de principios del siglo XX. Colección Josué Llull, Alcalá de Henares. El 25 de febrero de 1937, transcurridos veinte días de intensos combates desarrollados con gran profusión de medios en toda la línea del frente, cesaron las hostilidades. Las bajas fueron muy numerosas, unos 10.000 muertos y heridos por cada bando, pero Madrid continuó en poder del gobierno del Frente Popular. Acto seguido se disputó la batalla de Guadalajara, producto del ataque franquista a Madrid desde el Nordeste, por la carretera de Zaragoza. En esta ocasión, el ejército nacional sí venía sobrado de efectivos, gracias al apoyo del Corpo di Truppe Volontarie italiano, el cual después de su fácil victoria en Málaga reclamaba oportunidades de mayor lucimiento. La estrategia diseñada por Mola se sustentaba en la velocidad de las divisiones motorizadas de Mussolini, y en la participación conjunta de la artillería y la aviación para despejar el camino a la capital, pero los carros de combate se encontraron con el inconveniente de la lluvia y el barro, que dificultaron increíblemente su marcha. El general Miaja, que había acaparado la jefatura del Ejército de la Zona Centro, relegando a Pozas, emplazó el eje de la contraofensiva republicana en la línea Alcalá-Guadalajara, adonde trasladó las exhaustas fuerzas destacadas en el Jarama. Así mismo ordenó 168 a los cazas soviéticos del aeródromo complutense que bombardearan las posiciones italianas, y envió a la infantería hasta la zona de Trijueque-Brihuega-Torija, donde se libraron múltiples combates cuerpo a cuerpo. El 18 de marzo de 1937, después de diez días de lucha, los republicanos reconquistaron Brihuega y las divisiones italianas huyeron en desbandada, abandonando gran cantidad de armas y vehículos tras de sí. Al término de la batalla, los nacionales sólo habían hecho avanzar el frente 15 kilómetros, a costa de perder unos 6.500 soldados, lo que fue considerado una gran victoria de los republicanos. Con los combates de Guadalajara finalizó la llamada batalla de Madrid, y comenzó la segunda fase de la guerra, que se trasladó al Norte y a Aragón. La capital de España no volvería a ser asediada a gran escala hasta el final de la contienda, en 1939. Además de su papel como plaza militar y centro de operaciones bélicas, la ciudad de Alcalá fue seriamente dañada en el desarrollo de estas dos grandes batallas, al ser víctima de los bombardeos aéreos. En la Guerra de España se utilizó por primera vez la aviación no sólo para combatir objetivos militares, sino también para atacar sistemáticamente a la población civil. Esta estrategia fue introducida en nuestro país por los asesores alemanes de Franco, los cuales deseaban probar nuevos tipos de armamento de cara a una hipotética guerra mundial, y tendría en el exterminio de Guernica (26 de abril de 1937) su máximo exponente. Pretendía socavar la moral de las masas populares de la retaguardia, para obligar a una más pronta rendición. La privilegiada posición de Alcalá, cercana a Madrid, y la cantidad de destacamentos militares que albergaba, la convirtieron en blanco constante de los ataques aéreos, que sobrepasaron los 200 según algunos testigos. Los objetivos primordiales fueron el convento de la Trinidad, sede del cuartel general del Ejército del Centro, el aeródromo, la fábrica de Forjas, los demás edificios del casco histórico donde se habían instalado unidades militares, y el Parque O’Donnell, bajo cuyos árboles se ocultaba un gran número de tanques. Pero en demasiadas ocasiones las bombas no acertaron sobre esos objetivos, afectando de forma trágica a personas inocentes, y a monumentos emblemáticos del patrimonio artístico complutense. El primer bombardeo que sufrió Alcalá tuvo lugar el 1 de noviembre de 1936, y a continuación se multiplicaron los ataques, dentro del contexto de la batalla que se libraba en Somosierra para dilucidar el primer avance franquista sobre Madrid. Así, la aviación nacional asoló la ciudad el 8 de diciembre, después de haber hecho lo propio con Guadalajara dos días antes. La indignación fue tan honda que la población civil quiso tomarse cumplida venganza tratando de asaltar la cárcel para asesinar a los más de 1.600 fascistas que se hacinaban en su interior. Sólo la firme actitud del Inspector de Prisiones, el anarquista Melchor Rodríguez, consiguió detener la avalancha e impedir lo que hubiera sido una masacre. La mayor profusión de bombardeos aéreos se desarrolló durante el primer trimestre de 1937, coincidiendo con las batallas del Jarama y Guadalajara, cuando 169 más próximo estuvo el frente de guerra. Para proteger a la población civil, el Consejo Municipal determinó la construcción de refugios subterráneos de hormigón en cada distrito de la localidad: el primero en la Plaza de Cervantes, entre el monumento al escritor y la calle Mayor, el segundo en la Puerta de Mártires, bajo la actual residencia militar, el tercero en la calle Historiador Portilla, y el último en la huerta del convento de Mínimos de la Victoria. Además de esos agujeros, que despertaron escasa confianza entre la gente, se utilizaron los sótanos o bodegas de las viviendas, los cuales muchas veces tampoco reunían las condiciones adecuadas. Los que no podían acceder a esos refugios se pertrechaban entre las ruinas de la Iglesia Magistral o en cuevas excavadas en los cerros, al otro lado del río Henares. La amenaza constante de ataques, el ruido de los aviones y el silbido de las sirenas llegaron a hacerse habituales en la vida cotidiana de los alcalaínos, al tiempo que aumentaban los destrozos en la arquitectura y en el entramado urbano. El número total de fallecidos provocados por las bombas franquistas fue de 71, de los cuales 34 eran militares, 12 hombres, 17 mujeres y 8 niños. O sea, que proporcionalmente las consecuencias de los ataques aéreos en Alcalá fueron muy superiores a las de otras localidades de la retaguardia republicana. El último gran bombardeo que sufrió la ciudad complutense tuvo lugar el 20 de noviembre de 1938; a partir de esa fecha, las incursiones aéreas fueron menores y no causaron víctimas mortales. Después de los combates del Jarama y Guadalajara, y exceptuando lo comentado acerca de los bombardeos, Alcalá de Henares dejó de estar en el centro de las operaciones bélicas. El fracaso de los nacionales en su tentativa de tomar Madrid abocó el alzamiento a una guerra civil larga, en la que jugaría un papel crucial la utilización de armamento moderno, el asesoramiento técnico, y la participación de unidades militares procedentes del extranjero. La segunda fase de la contienda se trasladó al Norte, y pasó a desarrollarse sustituyendo la vieja táctica de movimientos por la de posiciones (de forma muy similar a la experimentada en la Primera Guerra Mundial): en lugar de desplazar destacamentos y diseminar la lucha por diferentes zonas geográficas, la confrontación se produce entre dos ejércitos muy numerosos que tratan de conseguir pequeños avances parciales en una amplia línea de frente, por los que hay que pagar un grandísimo tributo en sangre. La dominación total de la cornisa cantábrica por las tropas franquistas, entre abril y octubre de 1937, y la batalla de Teruel, de signo favorable a los nacionales tras ser conquistada la ciudad aragonesa en febrero de 1938, son los hitos principales de esta segunda fase de la guerra. Durante ese tiempo, Franco terminó de organizar en Burgos un Estado militarizado cuyos recursos fueron completamente puestos al servicio del esfuerzo bélico. Además de eso, empezó a constatarse la diferencia de preparación y de disciplina existente entre el ejército nacional y las milicias de la República, cuya técnica militar era precaria, sus medios insuficientes, y su nivel de operatividad muy deficiente por culpa la descoordinación y las 170 luchas internas. Si a esto se le añade la regularidad con que los rebeldes recibían suministros de Alemania e Italia, es fácil comprender cómo la artillería y la aviación franquistas pudieron sostener una prolongada guerra de desgaste, que más tarde o más temprano les condujo a la victoria. En abril de 1938 se inició la fase más trascendental de la contienda, la denominada batalla del Ebro, que duró de abril a diciembre de 1938. Ocupada Teruel, la ofensiva de los nacionales consiguió cortar en dos la zona republicana, tras alcanzar el Mediterráneo a la altura de Vinaroz (Castellón), quedando entonces Cataluña aislada de Madrid y Levante. La contraofensiva gubernamental dio origen al enfrentamiento más encarnizado de toda la guerra, cuyas bajas llegaron a los 60.000 hombres por cada bando. La estrategia de desgaste volvió a dar sus frutos, y el ejército de Franco traspasó la línea del río a principios de diciembre, comenzando la ofensiva contra Cataluña. La República, mermada moralmente y escasa de recursos, trataba de ganar tiempo a la espera de que el estallido de un conflicto internacional sirviese para encontrar nuevos aliados, pero la suerte de España ya estaba echada. La cuarta y última fase de la guerra se libra con una clara superioridad de medios por parte de los nacionales, lo que aceleró el desenlace final. Barcelona cayó el 26 de enero de 1939, y el consiguiente hundimiento de todo el frente catalán trajo consigo la desmoralización total de los republicanos. Apenas unos días más tarde, el 7 de febrero, se exilió a Francia la mayor parte del gobierno con Manuel Azaña a la cabeza, creando una situación de vacío de poder que no pudo llenar el último presidente, Juan Negrín. Ante la inminencia de la derrota, a principios de marzo un sector no comunista del Frente Popular y los jefes militares Miaja, Casado y Matallana se hicieron con el poder de la Junta de Defensa de Madrid, con la intención de negociar una paz digna. Pero las milicias dominadas por los comunistas y algunas unidades del ejército se rebelaron contra esa decisión, y marcharon sobre Madrid a recuperar el control de la resistencia antifascista. Entre las fuerzas que adoptaron aquella postura estaba la 300 Brigada Guerrillera y la 1ª Brigada de Tanques acantonadas en Alcalá, de modo que al salir hacia Madrid, dejaron la ciudad complutense desguarnecida, con apenas 300 hombres que la defendiesen. La capital acabó siendo escenario de altercados callejeros, desarrollados entre las milicias comunistas y las unidades de la Junta de Defensa dirigidas por Segismundo Casado. Pero el IV Cuerpo del ejército republicano, formado en su mayor parte por anarquistas procedentes de Guadalajara al mando de Liberino González, venció la escasa resistencia que quedaba en Alcalá el 8 de marzo, y acudió en ayuda de los casadistas. El día 12 concluyó esta lucha fratricida entre los propios republicanos, resultando vencedoras las fuerzas no comunistas. Dos días más tarde el Consejo Municipal de Alcalá se adhirió formalmente a la Junta de Defensa del coronel Casado, siendo encarcelados los concejales comunistas.225 225 A.M.A.H., Libro 223, Acta del 14 de marzo de 1939. 171 Sin embargo, la propuesta de negociación del armisticio no fue aceptada por Franco, quien exigió la rendición incondicional de la Junta de Madrid. Sus tropas entraron en la metrópoli el 28 de marzo de 1939, y el día 30 Álcalá de Henares fue formalmente ocupada por la columna Sagardía, que celebró una misa de campaña en la plaza de Cervantes. Los soldados republicanos desertaban en masa, los que habían apoyado a la República huían sin rumbo fijo, y otros eran internados en los campos de concentración improvisados a las afueras de la ciudad complutense, en los terrenos del Manicomio Provincial. En el ayuntamiento fue reorganizada una Junta Gestora con José Félix Huerta Calopa a la cabeza, para encargarse de la futura administración municipal. Esta Junta recibió a las tropas nacionales sin ningún tipo de oposición, sobre todo porque aquéllas trajeron consigo pan y otras ayudas para paliar el hambre de la población. Una nueva etapa en la historia de España comenzaba en el momento en que el Generalísimo firmaba desde Burgos el último parte de guerra, el 1 de abril de 1939. 3.2. Análisis de las consecuencias de la guerra civil sobre el patrimonio arquitectónico complutense Ya hemos dicho que cuando se produjo el Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936, las guarniciones del ejército republicano acuarteladas en Alcalá mostraron una actitud titubeante, y de fuertes disensiones internas, a la hora de decidir si adherirse o no a los insurrectos. La inmediata detención de los instigadores de la sublevación, y la llegada desde Madrid de una columna de soldados y milicianos afectos al gobierno, al mando del coronel Puigdendolas, motivó que la ciudad del Henares se mantuviese desde entonces fiel a la República. Luego, durante la guerra, la impotencia mostrada por las tropas franquistas para romper la línea del frente que protegía la capital, haría que Alcalá no fuese oficialmente ocupada por los insurrectos hasta el 30 de marzo de 1939. Durante esos tres años de dominación republicana, el núcleo urbano complutense sufrió desde el exterior los bombardeos de la aviación y los conatos de asalto del ejército franquista, al mismo tiempo que la represión republicana se cebaba en su interior. Las pérdidas humanas y materiales causadas por ambas fuerzas fueron terribles. Al igual que hicimos con la Guerra de la Independencia, podemos clasificar los factores que provocaron daños directos sobre el patrimonio artístico complutense durante la Guerra Civil Española; en este caso fueron los siguientes: 1. La destrucción masiva de espacios arquitectónicos a raíz de operaciones militares directas, principalmente bombardeos realizados por la aviación nacional. 2. El saqueo o pillaje de objetos de arte mueble, efectuado mayormente por los soldados y milicianos republicanos pero también por los propios habitantes de Alcalá. 172 3. La destrucción intencionada de retablos, pinturas, muebles, objetos artísticos y edificios eclesiásticos, realizada sobre todo por las milicias republicanas, con la excusa de aplicar acciones represivas o el deseo de eliminar vestigios religiosos. 4. Los usos incorrectos a que fueron sometidos muchos edificios históricos, como iglesias y conventos, que acabaron sirviendo de cuarteles militares, garajes, graneros, cárceles, depósitos de municiones, etc. Para el conocimiento de estos hechos contamos con el ya citado libro Datos históricos de la ciudad de Alcalá de Henares, escrito en 1950 por Anselmo Reymundo Tornero, personaje que actuó como médico durante la contienda, en el hospital de sangre instalado en el colegio de las Adoratrices. La inmediatez y la minuciosidad de las noticias proporcionadas por Tornero es irrefutable, ya que fueron recogidas al poco tiempo de terminar la guerra, por propio conocimiento o por boca de testigos oculares, pero la evidente filiación del autor al régimen franquista, no disimula una interpretación partidista de los hechos. A pesar de ello, esta obra constituye una referencia fundamental dentro de la bibliografía complutense, no sólo acerca de la Guerra Civil, sino de toda la historia de Alcalá, la cual relata con gran detallismo y rigor desigual. Además, he encontrado bastante información en el Archivo Central del Instituto del Patrimonio Histórico Español (I.P.H.E.), en torno a las actividades desarrolladas por la Junta de Incautación del Tesoro Artístico Nacional, en su deseo de salvaguardar algunas de las obras de arte más excelsas de Alcalá de Henares. Como complemento a todo esto podemos extraer otras referencias indirectas, sobre los proyectos de restauración y las obras realizadas en varios edificios durante los años posteriores al conflicto, que se conservan en el Fondo de Regiones Devastadas del Archivo General de la Administración. − Los incendios de la Magistral y de la iglesia de Santa María La relación de los sinsabores experimentados por el patrimonio histórico complutense se inició ya en tiempos de la Segunda República, por causa de la política antimonárquica y un sentir popular mayoritariamente contrario al elemento eclesiástico. La instauración del nuevo régimen supuso la eliminación, en los edificios oficiales, de cualquier símbolo vinculado a la realeza. Como consecuencia, fue destruida la corona que remataba los escudos situados en las fachadas del Matadero Municipal, el Palacio Arzobispal y el cuartel de la calle Colegios.226 En cuanto a la furia anticlerical, en una población con tanto proletariado y militantes de izquierda como Alcalá, se habían producido conatos de persecución 226 Véase DIEGO PAREJA, L.M. - CANALDA CÁMARA, J.C.: Alcalá de Henares, crónica general. Alcalá, 2001, p. 278. 173 religiosa prácticamente desde 1931, lo que obligó a que dejara de celebrarse la tradicional procesión de las Santas Formas, por la oposición que suscitaba, y a que el cabildo de la Magistral se refugiara desde entonces en su casa solariega, llevándose consigo algunas reliquias y objetos del templo.227 La feroz huelga revolucionaria de la primavera de 1936 recogió el primer atentado importante contra el patrimonio cultural de la Iglesia, al tratar un grupo de incontrolados de quemar algunos templos de la localidad. Las turbas lograron entrar el 5 de marzo en la iglesia de Jesuitas, que entonces estaba cerrada al culto, saqueándola e incendiando frente a sus puertas un buen número de muebles, ropas y objetos religiosos sacados de su interior. De las piezas más notables que desaparecieron entonces, pasto de las llamas, debemos destacar la completa imaginería del retablo principal (1628-1634), formada por las estatuas que estaban situadas en las entrecalles (talladas por Manuel Pereira y Bernabé de Contreras), un Crucifijo de bulto custodiado por San Jerónimo y San Gregorio que había en el ático (atribuido por Ponz a Domingo Beltrán), y las famosas pinturas de Angelo Nardi (cinco lienzos en total).228 También fue destruida entonces la cabeza de la escultura de San Pedro, que decora la fachada principal. La barbarie respetó al menos la arquitectura del retablo, que ha llegado intacta hasta nuestros días. Los últimos días de julio de 1936, el elemento religioso se convirtió nuevamente en blanco de acciones represivas por parte de las milicias revolucionarias. La hostilidad popular hacia la Iglesia, por la creencia de que ésta había apoyado el alzamiento militar, se llevó al extremo de pensar que algunos templos habían llegado a servir como arsenales. Este rumor pareció confirmarse al ser encontradas algunas armas enterradas en el oratorio de San Felipe Neri, durante un registro efectuado en el mes de marzo. El caso es que una vez iniciada la guerra, la represión contra el colectivo religioso se desencadenó de forma espontánea, haciéndose tristemente frecuentes los asesinatos de frailes, curas y canónigos.229 Así mismo, fue terminantemente prohibido el culto católico, a pesar de que hacía ya tiempo que los oficios se estaban celebrando a puerta cerrada, de manera semiclandestina. Y los templos, por su carácter de símbolos del tradicionalismo político que impedía el triunfo de la democracia, empezaron a sufrir saqueos (prácticamente todas las iglesias conventuales), y acciones destructivas sistemáticas que habitualmente repetían el mismo esquema: expolio de sus riquezas, quema de cuadros, ropas e imágenes, profanación de las tumbas de religiosos o aristócratas, 227 VARIOS: “IV Centenario de las Santas Formas. 5.- El día grande”, Diario de Alcalá (9 de mayo de 1997), suplemento especial, p. 15. 228 Las esculturas de las entrecalles representaban a San Ignacio, San Francisco Javier, Santa Catalina mártir, Santa Inés, San Pedro, San Pablo, San Esteban y San Lorenzo; mientras que las pinturas de Nardi figuraban la Anunciación en el hueco central, secundada por la Adoración de los Reyes y la Presentación en el Templo, y en el piso inferior la Circuncisión y el Nacimiento, dejando sitio en el medio para la exposición del tabernáculo. En su lugar hoy existen réplicas modernas de otros cuadros barrocos. 229 Sobre las penalidades sufridas por las comunidades de monjas, citando el caso concreto de las Siervas de María de Alcalá, véase MONTERO MORENO, ob. cit., 1961, pp. 444-446. 174 realización de pintadas y graffittis anticlericales o a favor de la república en las paredes, y en ocasiones incluso la destrucción intencionada de todo el edificio, como ocurrió con la Magistral. El caso de la Iglesia Magistral ha suscitado desde antaño una fuerte controversia, con el fin de precisar quién fue el auténtico responsable de su incendio y derrumbamiento. La prensa y la propaganda republicana se esforzaron todo lo posible para atribuir el suceso a un bombardeo efectuado por la aviación franquista, en marzo de 1937, cuando el templo ya había sido destruido. Autores como Manuel Azaña o Antonio Machado aludieron a la certera puntería demostrada por los fascistas al destruir el sepulcro del Cardenal Cisneros, emplazado en el crucero de la colegiata complutense.230 Esta versión de los hechos ha seguido vigente hasta hace pocos años, debido a que algunos autores de renombre continuaban secundándola, pero hoy podemos asegurar que es absolutamente errónea. En primer lugar, porque varios testigos a los que hemos entrevistado en el transcurso de nuestra investigación afirman que durante los tres años que duró la guerra no cayó ni un solo proyectil en la zona de la Magistral. Y en segundo lugar porque existen documentos históricos que constatan el hundimiento de las bóvedas de la colegiata, ya en agosto de 1936, mientras que el primer bombardeo realizado por la aviación franquista sobre Alcalá no tuvo lugar hasta el 1 de noviembre de aquel año. Para más señas, estos documentos salieron del bando republicano, de la mano del profesor D. José María Lacarra, comisionado por la Junta de Incautación del Tesoro Artístico Nacional para organizar las acciones de salvamento del patrimonio artístico complutense durante la contienda. Lacarra se personó en Alcalá en agosto de 1936, y contempló la colegiata en ruinas sin que se hubiera registrado ningún ataque aéreo sobre la ciudad. En su primer informe, fechado el 5 de septiembre, relató cómo en la Magistral “se depositaron algunas municiones al ocurrir el movimiento, y al ser tomada se provocó un incendio”, y en una carta dirigida con posterioridad a fray Juan Meseguer, alusiva a los restos del Cardenal Cisneros, le explicó que en la Magistral “había habido lucha y después había sido incendiada”. 231 Así pues, los culpables del incendio y destrucción de la Iglesia Magistral, hay que buscarlos entre las milicias izquierdistas procedentes de los barrios madrileños de Ventas y Vallecas, que se hicieron con el control de la ciudad a los pocos días de producirse el alzamiento. En efecto, la llegada a Alcalá de una columna de milicianos conducida por el coronel Puigdendolas, provocó algunos 230 AZAÑA, M.: Memorias políticas de guerra. Madrid, 1981, p. 376; y MACHADO, A.: “The fascism destroy”, en Poesías y prosas completas (1936-1939). Madrid, 1998, p. 217. 231 Véase el informe del 5 de septiembre del 36 en el Archivo Central del I.P.H.E., Fondo de la Comisaría General del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional. Junta de Incautación, Protección y Salvamento del Tesoro Artístico. Delegada de Madrid. 2ª Carpeta: Visitas a Alcalá de Henares. En cuanto a la carta dirigida por Lacarra a Fr. Juan Meseguer, con fecha 1 de diciembre de 1978, ha sido citada por MARCHAMALO, A. y M.: El Sepulcro del Cardenal Cisneros. Alcalá, 1985, p. 239. 175 combates entre éstos y los pocos militares rebeldes que había en la ciudad, pertenecientes en su mayoría al batallón ciclista. El 21 de julio de 1936 las milicias y las tropas regulares leales a la República derrotaron a los insurrectos, que se habían apostado con ametralladoras en la torre de la Magistral, y a modo de represalia rociaron con gasolina las tribunas, el coro y otras partes del templo, prendiéndolas fuego a continuación. El coro, construido todo de madera y encerrado en tres de sus lados por altos muros de piedra, actuó como un gigantesco horno que hacía ascender todo el calor hacia las bóvedas, las cuales acabaron por desplomarse.232 El derrumbe de la cubierta provocó que una gran cantidad de cascotes y escombros cayeran sobre el sepulcro de Cisneros y otras obras de arte, mientras que otros muebles, libros y documentos guardados en el interior sirvieron de combustible, quedando destruidas la sillería del coro, el retablo mayor, unas pinturas murales del siglo XVIII que decoraban las bóvedas del presbiterio, varios tapices flamencos que colgaban de los muros, los dos órganos, etc. Se salvaron, sin embargo el presbiterio, la mayor parte de las capillas de la girola y la torre. La catástrofe fue descrita por D. José María Lacarra en el mencionado informe del 5 de septiembre del 36: “Está hundida la bóveda del Presbiterio íntegra; del altar mayor no queda nada. Se han salvado las dos rejas de Juan Francés, la del coro y la del Presbiterio. Se hundió gran parte de la bóveda del crucero, cayendo sobre el sepulcro de Cisneros; la reja del mismo está destrozada, aunque podría restaurarse y el sepulcro que todavía tiene escombros encima ha sufrido algo; la estatua yacente ha perdido la nariz y los dedos de la mano, a una de las figuritas de los pies le falta la cabeza, y alguna de las águilas ha perdido el pico. Cayó también otro tramo de bóveda y se destruyó el coro y trascoro. El sepulcro del cardenal Carrillo está casi intacto. La puerta principal con bronces del siglo XVII destruida. La cripta apenas ha sufrido y de allí se llevaron algunos objetos al Ayuntamiento. “Casi todos los altares y cuadros están destruidos. De tapices solo queda uno a medio quemar. En el Ayuntamiento se recogieron algunas alhajas que había junto a la Sala Capitular: Cruz procesional, cáliz, portapaz, etc. que todavía no he inventariado.” A la destrucción del edificio se unió la rapiña o profanación de cuantos objetos de interés histórico, artístico o religioso pudieron encontrarse en su interior, lo cual resultó bastante asequible por causa de la nula vigilancia o cuidado que se dispensó a sus ruinas. El mismo día 21, antes del incendio, los restos del Cardenal Cisneros fueron extraídos de la arqueta que los guardaba en su cripta y esparcidos por el suelo, del mismo modo que fue malograda la imagen gótica de Santa María de Jesús (procedente del antiguo convento de San Diego), que se hallaba entonces 232 Una crónica detallada del suceso en MARCHAMALO, A. y M.: La Iglesia Magistral de Alcalá de Henares. Historia, Arte y Tradiciones. Alcalá, 1990, p. 524; GARCÍA SALDAÑA, J.: “Los mil días. Así acabó la Magistral”, Puerta de Madrid, nº 1.392-1.393 (23 y 30 de julio de 1994); y LLEDÓ COLLADA, ob. cit., 1999, p. 229. 176 en el retablo de la parroquia de San Pedro, a los pies de la colegiata. Posteriormente, varios cuadros, dos esculturas en plata maciza de los Santos Niños Justo y Pastor, la custodia de las Santas Formas del milagro, y otras obras de orfebrería fueron expoliadas o simplemente desaparecieron de entre las ruinas. Se salvaron, en cambio, las reliquias de San Diego y de los Santos Niños, que fueron encontradas el 23 de julio de 1936 durante un saqueo, y fueron entregadas al alcalde socialista Pedro Blas, quien las guardó en la capilla del cementerio hasta el final de la guerra.233 Tratando de encontrar una explicación que nos lleve a entender el porqué de la destrucción y expolio de las riquezas de la Magistral, podemos pensar en dos tipos de motivaciones. En primer lugar, creo que el incendio y derrumbe del templo fue provocado intencionadamente, por el carácter simbólico que esta acción representaba. La Iglesia como institución era considerada un enemigo de la causa republicana, y los edificios religiosos constituían lugares emblemáticos de su poder. Además, debemos tener en cuenta que, en el desarrollo de los primeros combates, los soldados insurrectos se habían pertrechado en la torre de la Magistral, y desde allí habían disparado a un avión del gobierno el 19 de julio, haciéndose fuertes frente al avance de los milicianos izquierdistas. Así pues, la Iglesia parecía proteger y apoyar al ejército sublevado más allá de la pura connivencia, de tal forma que la destrucción de la colegiata complutense se convirtió, simbólicamente, en una muestra del triunfo de la democracia frente al fascismo. Sólo atendiendo a argumentos de este tipo es posible explicar un acto tan gratuito, toda vez que los soldados del batallón ciclista acabaron rindiéndose a los milicianos y, por consiguiente, no fue necesaria ninguna operación militar directa contra el edificio. En segundo lugar, hay que advertir que las motivaciones que llevaron al expolio y dispersión de los tesoros de la Magistral fueron mucho más simples, quiero decir, que no estuvieron revestidas de connotaciones tan politizadas. Por el contrario, se debieron sólo al deseo de apropiarse de riquezas materiales, con las que hacer negocio o combatir el hambre. Es sintomático de esta postura que las propias ruinas del templo llegaran a utilizarse como vivienda de pobres y desahuciados, o que muchas de sus piedras y escombros (entre ellas las del sepulcro del arzobispo Carrillo) se emplearan para construir refugios, y hacer otras obras de necesidad en tiempo de guerra. En los sucesivos informes emitidos por los comisionados republicanos de la Junta de Incautación del Tesoro Artístico, se aprecia a las claras al avance de la degradación. Unos meses después del suceso, el 15 de marzo de 1937, José María Lacarra advertía de que “en la Iglesia Magistral avanza velocísimo el proceso de destrucción, por obra de la naturaleza y de los hombres”. En comparación con el estado en que se había encontrado la iglesia en su visita anterior, el gado de hundimiento de las bóvedas había aumentado sobremanera, la verja del sepulcro de Cisneros había desaparecido casi por completo y su decoración escultórica aparecía mucho más mutilada, mientras que “otros sepul233 Sobre todo esto véase MARCHAMALO, ob. cit., 1990, pp. 522-529. 177 cros de la misma iglesia también han sufrido destrozos sin duda con la idea de buscar tesoros”. Posteriormente fue destrozado el sepulcro de Carrillo al caérsele encima otro tramo de la bóveda, y en el verano de 1937 apenas quedaba ya nada que pudiera salvarse.234 13. Las naves de la Iglesia Magistral con sus bóvedas derrumbadas al término de la Guerra Civil. España, Ministerio de Cultura, Archivo General de la Administración, Fondo de Regiones Devastadas. Sea por motivaciones políticas o por pura necesidad, lo cierto es que uno de los elementos más importantes del patrimonio histórico artístico de Alcalá de Henares quedó reducido a la nada. Las inevitables obras de restauración a las que 234 Archivo del I.P.H.E., Fondo de la Comisaría General del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional. Junta de Incautación... Delegada de Madrid. 2ª Carpeta: Visitas a Alcalá de Henares. 178 hubo de someterse la Magistral tardarían varias décadas en dar frutos mínimamente apreciables. La magnitud de la destrucción era tal que durante mucho tiempo los alcalaínos se acostumbraron a ver en pie solamente los muros perimetrales, las arquerías desnudas y la torre campanario, en medio de un amasijo de ruinas y escombros. El primer proyecto de reposición de las cubiertas, que se hicieron nuevas con armazón de hierro, data de agosto de 1947, siendo continuado por otro del arquitecto Luis Díaz Guerra en abril de 1950, que se extendió al claustro y las dependencias accesorias. La reedificación de la parroquia de San Pedro, aneja a los pies de la colegiata, comenzó en junio de 1951, y la reconstrucción de las bóvedas no se iniciaría ya hasta el año 1959, bajo la dirección de Santiago Climent.235 Las subsiguientes obras de acondicionamiento del interior hicieron que el templo permaneciera en parte cerrado hasta finales de la década de 1970; sólo se podía acceder al presbiterio, que estaba separado del resto de la nave por un tabique provisional de cañizo y escayola sujetado por contrafuertes. En la actualidad continúan las intervenciones con la pretensión devolver al edificio su antigua riqueza, aunque con las limitaciones que suponen las cuantiosas pérdidas registradas en su patrimonio mueble. Ello explica que la Magistral, aunque hoy se esté tratando de promocionar como destino turístico, suscite en verdad un interés muy discreto.236 Unos días después del funesto suceso que asoló la Magistral, la iglesia de Santa María fue igualmente expoliada e incendiada por las milicias izquierdistas. Algunos autores atribuyen el intermedio que pasó entre una y otra acción a la presencia de agentes de la autoridad, ya que en los edificios colindantes se hallaba prisionero un grupo de militares insurrectos. El caso es que, cuando al final se lo propusieron, los milicianos entraron a saco y destruyeron la mayor parte del templo. La que fue primera parroquia de Alcalá, situada en pleno centro de la villa, no tenía un valor artístico extraordinario, pues el edificio era el resultado de sucesivas transformaciones, que le daban un aspecto muy poco armonioso: la estructura gótica original se adornaba con unos pobres añadidos renacentistas, la orientación de la cabecera hubo de cambiarse en dirección Sur para dejar intactas las capillas funerarias construidas anteriormente por los patronos, y las fachadas estaban despobladas de simetría y decoro artístico, constituyendo simples muros de cerramiento. La importancia de este edificio era, pues, más histórica que artística, 235 Archivo General de la Administración (A.G.A.), Obras Públicas, Fondo de Regiones Devastadas, cajas 2.742 y 2.743. Ofrezco algunas cifras que pueden dar idea de la magnitud de los trabajos: el primer proyecto de reposición de las cubiertas ascendió a 378.222 pesetas, más 1.530.864 que tenía presupuestado el segundo, más 369.000 que costó la reedificación de la parroquia de San Pedro, más 2.743.349 de la reconstrucción de las bóvedas, suman por encima de los cinco millones de pesetas de la época, invertidos sólo en las obras de infraestructura más elementales, realizadas durante las dos primeras décadas posteriores a la guerra. Según periódicos de la época citados por MARCHAMALO, ob. cit., 1990, p. 541, en 1973 se habían invertido ya 22.000.000 pesetas en las obras de la Magistral. 236 Sobre la última restauración de la colegiata, véase MORENA, A. - CLEMENTE, C. - HOZ, J.D.: La Catedral-Magistral de Alcalá de Henares. Alcalá, 1999, pp. 273-473. 179 14. Capillas del lado de la Epístola y claustro de la Iglesia Magistral, con los tejados derrumbados tras la Guerra Civil. España, Ministerio de Cultura, Archivo General de la Administración, Fondo de Regiones Devastadas. ya que en su archivo conservaba el documento excepcional de la partida de bautismo de Miguel de Cervantes Saavedra, expedida el 9 de octubre de 1547. En el siglo XIX se añadió una elevada torre campanario en la esquina Noroeste, de diseño funcional y poco vistoso, que se convirtió en el hito paisajístico más ostensible de la plaza de Cervantes, y que por su elevación sería utilizada por los republicanos como atalaya en la que colocar ametralladoras y cañones antiaéreos. La iglesia ardió el 29 de julio de 1936, hasta no quedar en pie más que los muros perimetrales y las construcciones anejas (la torre, la Capilla de Antezana y la del Oidor), aunque muy deterioradas. El derrumbe de las bóvedas provocó la destrucción del mobiliario interior, y entre otras cosas afectó a la pila donde fue bautizado Miguel de Cervantes, así como a los sepulcros que estaban emplazados en la Capilla del Oidor. De las pinturas consumidas por el incendio o desaparecidas en el saqueo, destacan una Inmaculada Concepción de Francisco Rizzi y un San Agustín de Antonio Arias, al igual que los lienzos del retablo mayor, obra de Angelo Nardi. También desapareció un tabernáculo barroco, que procedía de la iglesia de los Jesuitas, y las decoraciones murales de los tres ábsides, pintadas a finales del XVII por Juan Vicente Ribera y Juan Cano de Arévalo. Todo eso se perdió y gran parte de la fábrica arruinada, que fue demolida por el ayuntamiento y aprovechada para la construcción de refugios antiaéreos. En ese proceso de reutilización de materiales debemos denunciar la ulterior destrucción de la pila bau180 tismal de Cervantes, que todavía se hallaba entera después del incendio, y sin embargo hoy no quedan de ella más que algunos fragmentos insertados en una reconstrucción reciente. Esta degradación ya fue denunciada durante la guerra, concretamente el 24 de enero de 1938, por Alejandro Ferrant, funcionario del Ministerio de Instrucción Pública encargado de salvaguardar el patrimonio histórico de Alcalá de Henares, en una comunicación dirigida al presidente de la Sección del Tesoro Artístico del Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico, que decía así: “La Iglesia de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares (Madrid), obra del siglo XVI, que tan enormes destrozos viene sufriendo desde el principio de la guerra es ahora demolida con objeto de obtener piedra para la construcción de un refugio en la plaza en que se halla enclavada. Al caer sus bóvedas desaparecerán las pinturas al fresco de Juan Cano. En la Capilla del Oidor se conservaba hasta hace días la pila bautismal de Cervantes. Hoy está hecha pedazos así como las estatuas yacentes de los sepulcros de esta capilla.” 237 15. Iglesia de Santa María en ruinas. Fotografía tomada el 9 de diciembre de 1940. Archivo Moreno. IPHE, Ministerio de Cultura. 237 Archivo del I.P.H.E., Fondo de la Comisaría General del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional. Junta de Incautación... Delegada de Madrid. 1ª Carpeta. 181 Sí se salvó en cambio la partida del Libro de Bautizos en el que estaba registrado el nombre del Príncipe de los Ingenios. Ante la difícil situación política, el 16 de julio de 1936 el párroco de la iglesia, César Manero, tuvo la feliz idea de entregar el libro al comerciante alcalaíno Juan Raboso, quien la escondió en su tienda de la calle Cerrajeros. Temeroso de ser descubierto, y después de cambiarlo varias veces de sitio, este señor le pidió a su vecino, el hojalatero Francisco del Río, que hiciera una caja metálica sellada para guardar el documento en el pozo de su casa, donde pasó toda la Guerra Civil hasta que fue devuelto al ayuntamiento.238 Si no se hubieran dado todas estas circunstancias, hoy no conservaríamos el vestigio cervantino más importante de la ciudad, porque la iglesia de Santa María fue destrozada y el sacerdote asesinado pocos días después de que decidiera esconder el libro. Años más tarde, en agosto de 1947, el arquitecto José M. González Valcárcel formuló un proyecto de elevación de un monumento dedicado al Manco de Lepanto en el solar que ocupaban las ruinas de la iglesia de Santa María. Este proyecto, que se conserva en el Archivo General de la Administración, proponía consolidar la zona inferior de los tres ábsides, que habían sobrevivido al derrumbamiento, para que sirvieran de fondo a la colocación de tres grandes esculturas conmemorativas (dos alegorías en los laterales y un retrato sedente de Cervantes en el centro). En el resto del solar pensaba ordenar un jardincillo con parterres, siguiendo la antigua planta del templo, con el fin de dignificar tanto el nuevo monumento como las ruinas y las capillas del Oidor y de Antezana, que estaban siendo reconstruidas. Al final no hubo dinero para tanto y únicamente se adecentó el lugar en la medida de lo posible, siendo transformado en una pequeña plaza elíptica, con los tres ábsides de fondo y las dos capillas restauradas, ya en la década de 1980.239 238 La anécdota en REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 159; y HUERTA VELAYOS, J.F.: “Alcalá y Cervantes en los siglos XIX y XX”, en el libro Apuntes sobre Cervantes. Alcalá, 1997, p. 108. 239 A.G.A., Obras Públicas, Fondo de Regiones Devastadas, caja 2.742. El propio González Valcárcel, consciente de la dimensión puramente artística de su propuesta, así como de las dificultades financieras del ministerio, dio opción a dos posibles soluciones: una que incluía la restauración de los ábsides y que ascendía a 1.391.308 pesetas de presupuesto, y otra más modesta, que descartaba esta intervención y se quedaba en 614.971 pesetas. Información adicional sobre la última reforma ejecutada en el solar, en el catálogo de la exposición organizada por el C.O.A.M.: Alcalá de Henares: arquitectura para una Universidad recuperada. Alcalá, 1991, p. 88. 182 16. Bóveda del ábside de la Iglesia de Santa María, en ruinas. Fotografía tomada el 20 de enero de 1938. Fototeca de Información Artística. IPHE, Ministerio de Cultura. 183 17. Capilla del Oidor en ruinas, con la pila bautismal de Cervantes destrozada. Fotografía tomada el 20 de enero de 1938. Fototeca de Información Artística. IPHE, Ministerio de Cultura. 184 − La represión anticlerical y la utilización de conventos para fines militares Aparte de lo dicho acerca de la iglesia de Jesuitas, la Magistral y la parroquia de Santa María, la escalada de atentados anticlericales continuó en los primeros días de la guerra, y el resto de los templos y monasterios de Alcalá sufrieron diversos saqueos, aunque su arquitectura no llegara a ser destruida. Por ejemplo, fueron expoliadas las pinturas de Angelo Nardi que tenía el retablo mayor de la iglesia de Santa Clara, además de otros cuadros y objetos litúrgicos.240 También desapareció el retablo principal de la iglesia de las Magdalenas, al igual que otros altares, imágenes, cuadros y colgaduras, y varias tumbas del suelo, que fueron profanadas y arrancadas. Algo parecido a lo que ocurrió en el convento de Santa Úrsula, donde un grupo de cincuenta milicianos estuvo revolviendo toda la iglesia el 20 de julio del 36, sacando los restos funerarios de varias tumbas para quemarlos en el cementerio monacal.241 Suma y sigue, los daños experimentados en la ermita del Val, donde el retablo fue despojado hasta no quedar nada de él, ni siquiera la imagen de la Virgen patrona de la ciudad, al igual que el púlpito, varios candelabros, ropas y otras cosas que desaparecieron.242 Por último, los milicianos también entraron en la ermita de los Doctrinos, aunque no hallaron la formidable talla de su Cristo Universitario, obra de Domingo Beltrán que Tormo comparó con la mejor escultura manierista de su época (Pompeo Leoni, Gaspar Becerra, etc.), porque fue trasladada al Museo del Prado, donde permaneció oculta hasta el final de la guerra en el rellano de una escalera.243 En fin, los desperfectos ocasionados por las turbas afectaron de forma diversa al elevado número de edificios religiosos que había en la ciudad, máxime después de que se promulgara el desalojo de todas las comunidades religiosas el 21 240 La serie de Angelo Nardi para el retablo de Santa Clara constaba de siete lienzos, que fueron realizados entre 1642 y 1647. PÉREZ SÁNCHEZ, A.E.: Borgianni, Cavarozzi y Nardi en España. Madrid, 1964, pp. 26-28 y 37, publicó un detalle del cuadro central, que representaba a Santa Clara rodeada de monjas defendiendo el convento con la Eucaristía. 241 Véase REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, pp. 357-359, y 327-337 respectivamente. Al término de la guerra, en julio de 1940, hubo que hacer un recorrido general de los tejados, blanqueo de muros y demolición de varias zonas ruinosas para volver a dejar el convento de Santa Úrsula con las más elementales condiciones de habitabilidad; véase en el A.M.A.H., Leg. 1.489/1. 242 REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 135, precisa que además del valor devocional de la Virgen del Val, en el saqueo se perdieron joyas de gran riqueza como el arco que enmarcaba su imagen y el pedestal en el que se apoyaba, ambos de plata, así como la corona de oro que lucía en la cabeza, todo ello robado por “los revolucionarios del año 36”. 243 Posteriormente, el 22 de enero de 1942, la ermita de los Doctrinos sería declarada Monumento Histórico Nacional por la Dirección General de Bellas Artes. Con el fin de reparar los destrozos causados en el conjunto, al final de la Guerra Civil fue necesario acometer “obras de urgente realización en la fábrica del edificio de la misma, como son, recorrido general de tejados colocando 1500 tejas nuevas, meter en la fachada lindante con el Asilo de Ancianos una hoja de ladrillo de a un pie, de 48 metros, arreglo de un hueco de la fachada del Huerto de Olivos de 6 ms. de fábrica de ladrillo recocho de a un pie y colocación de una [¿?] de los techos estropeados por la explosión de las bombas durante el dominio rojo, arreglo del portalito de entrada y ensanchamiento de la Sala del Homenaje a Cisneros”. Véase en el A.M.A.H., Leg. 1.210/19; y Leg. 1.131/9. 185 de julio de 1936. Como consecuencia de esta medida, la mayoría de estos edificios pasó a ser utilizada para usos muy diversos, como cuartel militar, prisión, viviendas, almacén, arsenal de municiones, etc. En este proceso de requisa y reconversión se llevaron la peor parte los monasterios de monjas, pues eran los únicos que habían logrado mantener más o menos intacto su patrimonio hasta la fecha; los conventos de religiosos varones ya habían perdido todos sus bienes a raíz de las desamortizaciones. La política de nacionalización de propiedades, iniciada por los gobiernos liberales de la centuria pasada, había puesto muchos edificios históricos de Alcalá al servicio del ejército, para que éste los ocupase como cuarteles. Dicha situación, que había alterado por completo la fisonomía y la funcionalidad del núcleo urbano complutense, se mantendría en lo esencial en el período republicano; los antiguos conventos de frailes que habían pasado a utilizarse como instalaciones militares continuaron ejerciendo esta misión, lo mismo que las dos prisiones instaladas en los colegios de San Cirilo y Santo Tomás, que se convirtieron en cárcel de falangistas y desafectos a la república. Con el estallido de la Guerra Civil, las necesidades del ejército se ampliaron de tal manera, que fue necesario aumentar el número de edificios públicos destinados al acuartelamiento de efectivos. Así, además de los que ya estaban ocupados por los militares, se utilizaron con ese fin el Colegio de Málaga, que fue ocupado por un millar de soldados del cuerpo de aviación y de la 205 Brigada Mixta, el vecino colegio de Trinitarios Calzados, que dejó de emplearse como asilo de ancianos y alojó a otra porción de soldados de la 205, y el Palacio Arzobispal, en el que se dispuso un arsenal de municiones y gasolina custodiado por un pequeño destacamento;244 también hay que citar al respecto la Universidad y la Capilla de San Ildefonso, que se erigieron en sede de la Brigada de El Campesino (compuesta por casi 4.000 soldados), por culpa de lo cual sufrió increíbles daños: “Debido a su utilización como cuartel durante el periodo rojo la Iglesia de la Universidad de Alcalá de Henares sufrió grandes desperfectos, profanándose el sepulcro de Vallés y dándose bailes y fiestas en su nave, utilizándose últimamente como dormitorio de tropa. Se quemó casi toda la carpintería y sus preciosas yeserías de estilo gótico flamero y elementos platerescos ya muy deteriorada anteriormente debido a la humedad que por su capilaridad iba destruyéndoles. Fueron bárbaramente destrozadas especialmente las pilastras, quedando parte de sus elementos casi totalmente desprendidos; aunque afortunadamente con posible fijación de su decoración. Las vidrieras fueron destrozadas por las explosiones de las bombas que cayeron en la Universidad y sus inmediaciones. El solado de ladrillo en la nave y de entarimado en el presbiterio fue totalmente destrozado, presentando un aspecto indigno de un Monumento de tanta im244 186 A.M.A.H., Leg. 1.355/6. portancia histórica y artística, ya que fue el primer emplazamiento del sepulcro del gran Cisneros.” 245 Lo más novedoso de esta situación es que también fueron requisados para uso castrense los conventos de monjas, a pesar de que hasta la fecha habían sido respetados por las anteriores políticas desamortizadoras. En una relación de las incautaciones producidas en Alcalá de Henares, con fecha 11 de agosto de 1936, el ayuntamiento notificaba que tenía en su poder todos los edificios monacales femeninos, así como el oratorio de San Felipe Neri y el edificio de la Universidad, que fueron cediéndose al ejército según se iban solicitando de acuerdo a las necesidades de la guerra.246 Los conventos de monjas de Santa Úrsula, Santa Clara y Santa Catalina serían destinados a viviendas para familias evacuadas, ante la creciente demanda de casas que requería el incremento de pobladores de la localidad, mientras que los de la Imagen, Carmelitas de Afuera, Magdalenas y Juanas (antiguo de Agustinos Recoletos), se utilizaron como instalaciones militares: arsenales, cuarteles, almacenes de ropa para el ejército, etc. Además, las iglesias de las dos últimas congregaciones citadas sirvieron como taller mecánico y garaje de vehículos, y el convento de Carmelitas de Afuera sirvió esporádicamente como prisión, pasando a 245 A.G.A., Obras Públicas, Fondo de Regiones Devastadas, caja 2.743. El informe de daños pertenece al Proyecto de conservación de la Iglesia de la Universidad de Alcalá redactado por Jose M. González Valcárcel y José Mª. Rodríguez Cano en diciembre de 1940, bajo un presupuesto de 45.768 pesetas. Entre las medidas más perentorias, dichos arquitectos proponían sanear el suelo de la capilla con firme de hormigón y una cámara de aislamiento de tabiquillos de ladrillo con doblado de rasilla, pavimentando luego la nave con ladrillo y el presbiterio con losas de hormigón; además preveían contener la humedad vertida a los muros del Evangelio, desde el patio exterior adyacente, con un refuerzo en los cimientos, y finalmente se pretendían fijar de nuevo las yeserías y guarnecer las paredes interiores, reponiendo las vidrieras con cristales emplomados. 246 A.M.A.H., Leg. 1.408/2. Esta relación de edificios incautados se corresponde con un decreto del gobierno republicano, fechado el mismo 11 de agosto de 1936, que ordenaba clausurar todos los establecimientos religiosos existentes en España. De acuerdo con estas fuentes y otras noticias, DIEGO PAREJA - CANALDA CÁMARA, ob. cit., 2001, p. 311, ofrecen una completa enumeración de los inmuebles que fueron aprovechados para otros usos por el gobierno y el ejército republicano durante la Guerra Civil: Cuartel de Caballería de San Diego (Caballería, Remonta, Veterinaria y Brigada de tanques); Cuartel de Basilios (garaje de carros de combate); Cuartel de Sementales (paracaidistas y transeúntes); Cuartel de Mendigorría (Comisión liquidadora, depósito de municiones y 205 Brigada Mixta); Oratorio de San Felipe (Aviación); Convento de las Juanas (Brigada de Caballería); Convento de la Imagen (Batallón Disciplinario de Trabajo nº 1); Colegio de Málaga (Aviación y 205 Brigada Mixta); Fábrica de Harinas del Puente de Zulema (Pontoneros); Plaza de toros (material de IngenierosPontoneros); Archivo General Central-Palacio Arzobispal (depósito de municiones y gasolina de tanques); Manicomio (46 División); Asilo de Ancianos-Trinitarios Calzados (205 Brigada Mixta); Universidad (Cuerpo de Seguridad y Brigada de El Campesino); casas particulares de la calle de San Felipe, 9 y Teniente Ruiz, 1 (205 Brigada Mixta); Convento de Adoratrices (Comandancia Técnica de carros de combate); Convento de las Bernardas (Aviación); Escolapias (Casa del Pueblo y pilotos rusos de Aviación); Casino de la plaza de Cervantes, 3 (Hogar del Miliciano, propaganda y cultura); Círculo de Contribuyentes (Círculo de Izquierda Republicana y Frente Popular); Hotel Laredo (Partido Socialista); Casa particular de la avenida de la República, 4 -Calle de Santa Úrsula- (Partido Comunista); Fincas de Espinillos, del Ángel y del camino de Paracuellos (Colectividades de la UGT); y Ermita de Santa Lucía (almacén de material). 187 ser utilizada durante la contienda por la Junta de Incautación del Tesoro Artístico Nacional.247 Poco tiempo después, el 4 de septiembre del mismo año, la corporación municipal decidía en pleno enajenar a favor del gobierno republicano las campanas de todas las iglesias y monasterios, para fundirlas con objeto de fabricar material armamentístico; a consecuencia de ello las campanas fueron arrojadas al suelo desde lo alto de las torres y espadañas, para ser inmediatamente trasladadas a Madrid.248 Aunque el municipio era consciente del valor histórico artístico de muchos de estos monumentos, y a tal efecto colocó en sus fachadas carteles con la leyenda “Este edificio es del Pueblo. Respétale”, lo cierto es que las milicias tuvieron muy poco miramiento con ellos. Los saqueos y destrozos fueron constantes, a veces causadas por necesidad o hambre, pero en otras ocasiones por pura ignorancia o estupidez. Por ejemplo, el convento de Carmelitas de la Imagen fue ocupado inicialmente por una compañía de motoristas que supo respetarlo, pero después fue asaltado por los hombres de la Brigada de El Campesino, que lo saquearon con saña y quemaron todos los objetos de madera que encontraron, tanto cuadros e imágenes, como puertas, ventanas, entarimados, muebles, etc.; en 1938 corrió el rumor de que había escondidos varios millones de pesetas en el interior de este monasterio, y la muchedumbre entró a saco abriendo boquetes, tirando tabiques y levantando el pavimento con la esperanza de encontrar un dinero que no apareció.249 Con el mismo frenesí destructivo y diversas motivaciones fueron destrozados para hacer leña el tejado de la ermita de San Isidro, así como los altares de la iglesia de Santiago, y el retablo principal y otros altares de la iglesia de las Juanas, de los cuales aparecieron varios pedazos carbonizados en la huerta trasera del convento, junto con varios crucifijos, ropas y ornamentos en el mismo estado.250 Igualmente fueron incendiadas las celdas del convento de Carmelitas de Afuera, donde se arrancaron las rejas, se pintaron graffitis en las paredes, se construyó un refugio antiaéreo en la huerta, y se montó una fragua en la iglesia que la ennegreció completamente aunque, paradójicamente, la mesa del altar, la parte alta del retablo principal y seis cuadros quedaron intactos.251 Entre los conventos que quedaron más deteriorados a causa de su ocupación por las milicias se cuentan el de dominicas de Santa Catalina de Siena y el de franciscanas de Santa Clara. El primero “fue refugio de tropas y evacuados, los que desmontaron la cubierta del edificio y cuantos elementos combustibles encontraron”, de tal forma que no se salvaron puertas, ni ventanas, ni tarimas, ni vestiduras. A ello hay que añadir el deterioro experimentado en la iglesia, ennegrecida por haberse utilizado como cocina colectiva de las treinta y cinco familias 247 Véase LLEDÓ COLLADA, ob. cit., 1999, p. 132. A.M.A.H., Libro 221, Acta del 4 de septiembre de 1936. 249 Véase REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, pp. 322-323. 250 A.M.A.H., Leg. 1.355/1-3. 251 Véase REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 383. 248 188 de milicianos aquí hospedadas, y otros daños en el claustro motivados por la explosión, en septiembre de 1947, de un polvorín situado en la vecina Cuesta del Zulema.252 Como resultado de esto último, se rompieron dos basas y dos fustes de la columnata, la cual quedó fuera de su vertical y en algunas zonas desplomada. El proyecto de restauración del monasterio, formalizado en abril de 1950 por los arquitectos de la Dirección General de Regiones Devastadas, se hizo eco de estos desperfectos y recomendó la realización de varias obras de consolidación, apeo, reconstrucción y aplomo con carácter de urgencia, para “hacerlo habitable y conjurar la ruina”.253 Paralelamente, el convento de Santa Clara también fue invadido por un grupo de milicianos, que se adueñó de él desde que expulsó a las religiosas, el 22 de julio de 1936. El expolio de imágenes, cuadros, relicarios, ornamentos, vasos y custodias, así como los desperfectos ocasionados en la fábrica, fueron tales que cuando volvieron las monjas al finalizar la contienda, “estaba tan enormemente destruido que era materialmente imposible vivir en él”.254 Por todo ello precisó de una inevitable obra de recomposición, que fue iniciada primero por la propia comunidad monacal, y luego continuada, a partir de 1955, por Luis Díaz Guerra. En la memoria descriptiva del proyecto elaborado por este arquitecto, se explicaba cómo “se encuentran todos sus muros muy desintegrados por la acción de los agentes atmosféricos agravados por el mal uso que durante nuestra pasada guerra de liberación le dio el Batallón de milicianos rojos que lo ocupó”. En efecto, el inmueble terminó la guerra muy arruinado, con algunas partes hundidas y graves daños en los pares de madera y las tejas de las cubiertas, a lo que había que añadir la completa desaparición de puertas y ventanas. Por estas razones la comunidad de monjas se había abrigado a su regreso en una zona muy reducida de la clausura, y había abandonado el resto a la intemperie.255 Un caso aparte lo constituye el oratorio de San Felipe Neri, que después de ser asaltado por una multitud enfervorecida en julio del 36, acogió una checa o sede de la policía política republicana, en la cual fueron internadas todas las personas consideradas subversivas. La residencia conventual se utilizó entonces como prisión, destinándose posteriormente a cuartel de las fuerzas de aviación, y la 252 Este polvorín se construyó a principios de 1938 para albergar municiones y material bélico del bando republicano, y constaba de dos largas galerías excavadas en una antigua cantera, en las inmediaciones de la carretera de Loeches. A causa de su explosión también fue destruido el puente medieval del Zulema, que salvaba el río Henares en el arranque de la citada carretera. Véanse los planos del polvorín en el A.M.A.H., Armario 60, Leg. 711, carp. 7. 253 A.G.A., Obras Públicas, Fondo de Regiones Devastadas, caja 2.741. Este proyecto de restauración se limitaba a las obras más imprescindibles y tenía un presupuesto de 283.757 pesetas. 254 Según REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, pp. 291-292. 255 A.G.A., Obras Públicas, Fondo de Regiones Devastadas, caja 2.741. El proyecto de restauración de Luis Díaz Guerra alcanzaba las 307.615 pesetas de presupuesto, debido a la necesidad de reformar casi por completo las cubiertas, el solado y la carpintería de los vanos. 189 iglesia, despojada de sus riquezas, fue convertida en “un parque de automovilismo, bien repleto de bicicletas, motos, coches de turismo y camiones”.256 También el colegio de las Adoratrices, donde se ubicó un hospital de sangre para atender a los heridos que llegaban por ferrocarril, estuvo a punto de perecer cuando el 23 de julio de 1936 una camioneta cargada de gasolina paró enfrente de su puerta, y varios milicianos se dispusieron a incendiarlo, lo cual fue impedido en última instancia por los médicos.257 Por último, la iglesia de Santiago, cerrada al culto desde 1935, fue profanada por una tanqueta que derribó sus puertas, y luego cedida al P.C.E., quien a su vez la transfirió al Socorro Rojo Internacional sin que se hicieran grandes desperfectos.258 En fin, que el menoscabo producido, intencionadamente, por los soldados y milicianos republicanos sobre el patrimonio histórico complutense fue muy grave, pero también los destrozos causados por los ataques franquistas a lo largo de toda la guerra. La cantidad de destacamentos militares que albergaba Alcalá, la convirtieron en blanco constante de los bombardeos aéreos nacionales. Los principales objetivos fueron el convento de la Trinidad Descalza, sede del cuartel general del Ejército del Centro, la Universidad, empleada como cuartel de la brigada de El Campesino, los demás edificios históricos que entonces servían de cuarteles (casi la totalidad de los colegios y conventos de religiosos), el aeródromo situado entre las carreteras de Meco y de Guadalajara, la fábrica de armamento de Forjas, y el Parque O’Donnell, bajo cuyos árboles se ocultaba un gran número de tanques. Quiere decirse que prácticamente toda la ciudad, incluidos sus monumentos más emblemáticos y las áreas reservadas a la población civil, se convirtió en blanco de los bombardeos nacionales. Desde el 1 de noviembre de 1936, en que tuvo lugar el primer ataque de la aviación rebelde, hasta el final de la guerra en marzo de 1939, Alcalá fue atacada sin piedad una y otra vez. La mayor cantidad de operaciones se registró durante el primer trimestre de 1937, coincidiendo con las batallas del Jarama y Guadalajara, pero los destrozos ocasionados en el patrimonio arquitectónico complutense siguieron produciéndose con posterioridad. Las ruinas de la iglesia de Santa María, el Palacio Arzobispal, y la mayor parte de los conventos sufrieron el acoso de la aviación franquista, siendo especialmente afectados los siguientes: el beaterio de clarisas de San Diego, que sufrió daños colaterales durante el bombardeo a que fue sometido el vecino cuartel del Príncipe, el 20 de julio de 1936; el convento de las Carmelitas de Afuera, donde ese mismo día cayó una bomba de cincuenta kilos sobre la escalera; el de Santa Catalina, por el impacto de tres proyectiles 256 Véase REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 425, quien añade que al término de la guerra el oratorio fue utilizado durante un tiempo como sede del Estado Mayor del ejército nacional. 257 Véase REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 446; el autor era médico en este hospital y participó directamente en aquellos hechos, contribuyendo a salvar el edificio. Por su parte LLEDÓ COLLADA, ob. cit., 1999, p. 132, precisa que este colegio pasó después a la Comandancia de Carros de Combate, al igual que el de las Madres Filipenses que también estuvo ocupado por tanques. 258 Véase DIEGO PAREJA, L.M.: La Iglesia de Santiago, 1501-2001. Cinco siglos en la historia de Alcalá. Alcalá, 2001, p. 30. 190 en la residencia monacal, el 8 de diciembre de 1937; la iglesia de la Magdalena, cuya cúpula fue destrozada por una bomba; y el de la Trinidad Descalza, que debido a los impactos recibidos en su iglesia hubo de ser profundamente restaurado al término de la guerra.259 Pero fue el Colegio Trilingüe de la Universidad el espacio más afectado por los bombardeos: en los primeros días de la guerra, dos proyectiles ocasionaron serios desperfectos en la panda oeste del patio, y en 1938 otro ataque aéreo consiguió derrumbar casi totalmente la panda Sur. La diferente estimación que despertaban los monumentos de Alcalá, hizo que desde el primer momento se tomaran medidas para salvar en lo posible a algunos, mientras que a otros apenas se les prestaba atención. Por ejemplo, la Sociedad de Condueños y las propias fuerzas militares se preocuparon por realizar algunas reparaciones en el edificio de la Universidad, conscientes de su valor simbólico y útil a la vez. También el gobierno franquista dispuso los medios necesarios para que fuesen inmediatamente restaurados la Capilla de San Ildefonso, en 1940, y el Colegio Trilingüe, en 1943, por el arquitecto José M. González Valcárcel. Ello tiene su explicación en el deseo de borrar las huellas de la guerra, que atestiguaban el bombardeo de aquel insigne monumento por parte de la aviación franquista. Porque la restauración de la Universidad se convirtió en un medio para recuperar el pasado esplendoroso de la época Imperial, identificado como el universo ideológico, religioso y cultural en el cual quería inspirarse el nuevo régimen, y desde luego resultaba un enorme contrasentido, que había que remediar, el hecho de que ese símbolo del nacionalismo español hubiera sido bombardeado precisamente por los que a la postre lo utilizarían con esa carga política historicista. Por consiguiente, había que ocultar a la luz pública los errores cometidos, al tiempo que se manipulaba la historia reciente para desviar las posibles críticas y echar la culpa a otros.260 Desde este punto de vista, resulta muy significativa la utilización del Paraninfo para la celebración de los actos conmemorativos de la fiesta de Santiago Apóstol, el 25 de julio de 1939, con despliegue de banderas y signos falangistas, pocos meses después de la victoria militar de Franco. Ello nos remite nuevamente al tema de los valores atribuidos al patrimonio histórico, que en muchas ocasiones no se limitan sólo a su categoría artística, sino que tienen que ver con su aspecto simbólico y de utilidad. La Universidad de Alcalá cumplía adecuadamente estas dos últimas funciones dentro de la nueva concepción del Estado surgida del Alzamiento Nacional: representaba el pasado glorioso al cual se quería imitar y ofrecía una extensa infraestructura útil para diversos usos. Atendiendo a ambas 259 Véase REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, pp. 411, 380, 371 y 406 respectivamente. La restauración de la fachada de la iglesia de la Trinidad parece que se hizo “con poca fortuna al ser revocada”, y por eso desaparecieron los escudos de la congregación y las armas de los patronos, los Marqueses de Monasterio, así como el bajorrelieve que estaba encima de la puerta principal y que representaba el misterio de la Trinidad. 260 Véase VIVAS SÁINZ, I. - CASTELBÓN FERNÁNDEZ, A.I.: “Borrando las huellas de la Guerra. Restauraciones de posguerra en el Colegio Mayor de San Ildefonso: 1940-1960”, A.V.E.H.V.H., Guadalajara, 1996, pp. 541-549. 191 cuestiones, no me parece casualidad que el proyecto de rehabilitación integral del edificio cisneriano, iniciado en abril de 1943, tuviera como objetivo instalar en él una Facultad de Ciencias Políticas y Económicas en donde instruir a los futuros gestores de la nueva España que se pretendía construir. Restaurada finalmente por José M. González Valcárcel como Centro de Formación y Perfeccionamiento de Funcionarios (después denominado Instituto Nacional de Administración Pública, aunque su finalidad política seguía siendo la misma), la Universidad ya había recuperado su pasado esplendor hacia 1960, y hoy es el monumento más emblemático y el mejor conservado de Alcalá de Henares, sobre todo si lo comparamos con otros edificios de la ciudad que no se vieron tan agraciados después de la Guerra Civil.261 Un caso similar lo constituye el Colegio de Málaga, que también fue cuartel del ejército republicano durante la guerra, y sufrió desperfectos de diversa consideración. Una vez concluida la contienda bélica, el edificio permaneció vacío unos años, mientras que se decidía su destino final. Primero se pensó destinarle a Archivo Nacional de Recuperación de Documentos, para cuyo fin estuvo a punto de emprenderse “el total enlucimiento de las extensas fachadas, la recomposición completa de las esbeltas torres, la transformación radical de todas las salas y dependencias del interior, la absoluta transformación de las puertas, ventanales, galerías y escaleras”, todo lo cual hubiera alterado gravemente la auténtica imagen del edificio. Pero en lugar de eso fue recuperado por el ayuntamiento de Madrid para instalar en él un internado de niñas bajo el nombre de “Nuestra Señora de la Paloma”, continuando el uso que se había dado al inmueble desde las desamortizaciones del siglo XIX. Con este último fin fue restaurado en 1945 por el arquitecto Lucio Oñoro, atendiendo a criterios más respetuosos, por cuanto lo que se pretendía recuperar era precisamente su arquitectura original, característica del clasicismo castellano de los siglos XVI-XVII. Este estilo se convertiría en el lenguaje artístico más imitado por las edificaciones historicistas del nuevo régimen de Franco, (recuérdese a modo de ejemplo el Cuartel General del Aire de la plaza de Moncloa en Madrid), en clara alusión al modelo arquetípico de El Escorial, no sólo en sus aspectos formales sino sobre todo simbólicos. La positiva estimación que el nuevo gobierno concedió a una parte concreta de nuestro patrimonio cultural, en la que quedaba incluido el Colegio de Málaga fue, por tanto, un factor determinante pa261 Los sucesivos proyectos de restauración de la Universidad pueden consultarse en el A.G.A., Obras Públicas, Fondo de Regiones Devastadas, cajas 2.743 y 2.744. Aparte del ya citado para la conservación de la Capilla de San Ildefonso, formalizado en diciembre de 1940, el proyecto fundamental que preveía la restauración integral del edificio está redactado en abril de 1943 por José M. González Valcárcel bajo un presupuesto de 5.567.095 pesetas; este proyecto marco fue ampliado posteriormente por otro destinado a la rehabilitación del vecino Colegio de San Pedro y San Pablo, en 1953. En enero de 1955, el arquitecto Ugalde se encargó de realizar nuevas intervenciones para consolidar y reconstruir estructuras y forjados, incluyendo algunas demoliciones. Y finalmente, en octubre de 1959, fue aprobado el último proyecto de adaptación del inmueble para Centro de Formación de Funcionarios con un presupuesto de más de 10.000.000 pesetas, que fue adicionado y definitivamente liquidado en 1960. 192 ra que la restauración marchase a gran velocidad y además recibiese elogiosas críticas por parte de un escritor tan favorable al franquismo como Reymundo Tornero.262 Ello demuestra, igualmente, la manipulación ejercida a posteriori por la propaganda nacional. Monumentos como la Magistral o la iglesia de Santa María no interesaba restaurarlos con tanta eficacia, porque representaban en si mismos las consecuencias de la barbarie roja; la contemplación de sus ruinas servía de eficaz recordatorio y escarmiento a la población, por lo que sufrieron el abandono premeditado de las autoridades hasta pasadas varias décadas. Por otra parte, su extraordinario nivel de deterioro llevó al nuevo gobierno a plantearse seriamente la viabilidad de su restauración, ya que además de los daños bélicos sufridos, ambos edificios sirvieron durante la guerra de refugio para indigentes, que se cobijaban allí de los bombardeos, además de ser expoliada gran parte de su fábrica para la construcción de refugios antiaéreos y otras obras de necesidad. De resultas, cuando al fin se decidió afrontar la restauración de dichos inmuebles, ésta se prolongó de forma interminable en el caso de la Magistral, mientras que en la iglesia de Santa María se desestimó la efectividad real de cualquier intervención; en esta última sólo se reedificaron las capillas de Antezana y del Oidor, reaprovechándose los materiales restantes de lo que fue el templo para la reconstrucción del Palacio Arzobispal. Dentro de la política de priorización de obras dirigida por el Departamento de Regiones Devastadas, la iglesia de Santa María no ofrecía el suficiente valor simbólico ni artístico ni de utilidad pública, por lo que sus ruinas permanecieron abandonadas en el solar durante más de diez años, hasta que en 1946 se iniciaron por fin los trabajos de desescombro, “aunque con desesperante lentitud”.263 Y mientras tanto, en aquellos años de la posguerra, la gente de a pie se metía por en medio de las ruinas sin ningún impedimento, llevándose piedras y otras cosas que encontraba que podían tener algún interés. Esta situación de abandono contrastaba poderosamente con la de los edificios colindantes de la misma calle, reconstruidos en ese estilo clasicista castellano tan característico del franquismo: el Colegio de Málaga, el de Teólogos de la Madre de Dios y el de Trinitarios Calzados. La regeneración de la nueva España se superponía así a la destrucción republicana. 262 REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 639. Según este autor, aquella restauración devolvió al edificio toda la grandiosidad que había tenido antiguamente. En relación a esto véase BONET CORREA, A.: Arte del franquismo. Madrid, 1981. 263 REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 164, argumentaba así esta situación: “Como la importancia arquitectónica de la iglesia de Santa María fue siempre bien escasa, si se exceptuan sus capillas del Cristo de la Luz y del Oidor, ello justifica plenamente el escaso interés de que el templo sea reconstruido”. 193 18. Estado en que quedó el Patio Trilingüe de la Universidad en 1937, tras los bombardeos de la aviación franquista. Fotografía de Aguayo. Colección José Félix Huerta, Alcalá de Henares. − La acción de la Junta de Incautación del Tesoro Artístico Nacional Nos queda hablar, por último, de un episodio de auténtica relevancia para el tema que nos ocupa: las acciones explícitamente dirigidas a la salvación del patrimonio histórico durante la guerra, episodio que, si bien se refiere mayormente a lo sucedido con las obras de arte mueble, merece que le dediquemos unas líneas por su enorme interés. Me estoy refiriendo a la serie de medidas políticas gestionadas por el gobierno de la Segunda República, con el fin de proteger y conservar los bienes culturales existentes en la zona de dominio rojo. Este asunto, que ya ha sido tratado en varias ocasiones, tuvo su origen en el decreto del 23 de julio de 1937, por el cual se instituyó una Junta Central de Incautación y Protección del Tesoro Artístico Nacional, vinculada a la Dirección General de Bellas Artes, que logró recolectar, catalogar y poner a salvo más de 18.000 cuadros y 100.000 objetos artísticos, además de tomar disposiciones para la salvación de muchos edificios históricos. Lugares emblemáticos de Madrid como el Museo del Prado, la Biblioteca Nacional, o la fuente de la Cibeles fueron protegidos con obras de defensa, mientras que otros inmuebles dañados por los bombardeos se apuntalaron y reforzaron para evitar su derrumbamiento. A ello hay que sumar una importante 194 campaña de sensibilización dirigida al pueblo, con el fin de mentalizarle de que los monumentos y obras de arte eran signos identificativos de su patrimonio, y por eso debían ser protegidos.264 La intervención de la Junta de Incautación Artística en Alcalá se explayó en una serie de visitas giradas por el profesor don José María Lacarra de Miguel y su ayudante Carlos Rodríguez Juliá, junto con otros comisionados, entre 1936 y 1938; aunque no pudo extenderse más por las circunstancias de la guerra y la acumulación de responsabilidades, dicha intervención logró salvar una gran cantidad de bienes que, de otra forma, se hubieran perdido para siempre. La primera estancia de Lacarra en nuestra ciudad tuvo efecto entre los días 21 de agosto y 30 de septiembre de 1936, muy poco después de que fueran destruidas la Magistral y la iglesia de Santa María, al principio de la guerra. La noticia de aquellas destrucciones y el conocimiento de los atentados que estaban experimentando los edificios históricos complutenses, hizo que los comisionados se personaran en Alcalá y se dedicaran a reunir en dos improvisados almacenes, dispuestos en la iglesia de las Bernardas y en la Casa Consistorial, todas las obras de arte y objetos históricos que lograron salvar de los saqueos. Allí acabaron trasladados multitud de bienes procedentes de los templos y los conventos alcalaínos, entre los que destacaba la custodia de la parroquia de Santa María, una imagen de la Virgen, del siglo XIV, proveniente de la Magistral, y el sillón del Cardenal Sandoval que se hallaba en el convento de las Bernardas.265 En esa coyuntura también fueron guardados los restos profanados del Cardenal Cisneros, que estaban diseminados por el suelo de la Magistral; el propio Lacarra tuvo que recogerlos y devolverlos a su arqueta funeraria, en la cual puso una nota autógrafa que decía: “Esta caja contiene los restos del Cardenal Ximénez de Cisneros, regente de España. Fue encontrado junto a su sepulcro, con los huesos esparcidos y con señales evidentes de haber sido sacada de la cripta. Los recojo hoy, 30 de septiembre de 1936”.266 Unos meses después, entre el 6 y el 18 marzo de 1937, los comisionados de la Junta de Incautación decidieron trasladar a Madrid las obras de arte más signi264 Sobre este tema véase VAAMONDE, J.L.: Salvamento y protección del tesoro artístico español durante la guerra. 1936-1939. Caracas, 1973; ÁLVAREZ LOPERA, J.: La política de bienes culturales del Gobierno Republicano durante la Guerra Civil Española. Madrid, 1981; ALTED VIGIL, A.: Política del nuevo Estado sobre el patrimonio cultural y la educación durante la Guerra Civil española. Madrid, 1984; COLORADO CASTELLARY, A.: El Museo del Prado y la Guerra Civil. Madrid, 1991; BUSTAMANTE MONTORO, R.A.: La conservación del patrimonio cultural inmueble durante los conflictos armados: la guerra civil española (1936-1939). Madrid, 1995; y últimamente ARGERICH, I. - ARA, J.: Arte Protegido. Memoria de la Junta del Tesoro Artístico durante la Guerra Civil. Catálogo de la exposición. Madrid, 2003. Un ejemplo cercano de la acción desarrollada por este organismo en la provincia de Guadalajara, puede verse en LAVADO PARADINAS, P.J.: “Destrucción y deterioro del patrimonio artístico y monumental en el Valle del Henares durante este siglo: Acción de salvamento de la Junta de Incautación durante la Guerra Civil (1936-1939)”, A.V.E.H.V.H., Guadalajara, 1996, pp. 511-525. 265 Véase ÁLVAREZ LOPERA, ob. cit., 1981, p. 89. 266 Véase MARCHAMALO, A. y M.: El Sepulcro del Cardenal Cisneros. Alcalá, 1985, p. 89 y Apéndice XVI. 195 ficativas que estaban guardadas en las Bernardas. La causa que dio origen a esta decisión fue el contenido de un informe municipal en el que se denunciaba la ocupación del convento cisterciense por parte de unas milicias gallegas, que habían provocado diversos desperfectos en los objetos artísticos almacenados allí.267 El mismo José María Lacarra tuvo ocasión de comprobar la veracidad de aquella situación, y el 15 de marzo recomendó por escrito a la Dirección General de Bellas Artes el traslado a Madrid de dichos objetos, por el peligro que corrían: las puertas de la iglesia y el torno que daba acceso a la residencia monacal habían sido violentadas, varios cuadros e imágenes se hallaban rotos, dos grandes alfombras habían desaparecido, y sobre algunos lienzos habían sido arrojados cascotes, libros y platos de comida. Como resultado del uso cuartelario a que estaba sometido el convento, la iglesia de las Bernardas ya no ofrecía condiciones de seguridad para las obras de arte almacenadas, toda vez que el vecino Palacio Arzobispal servía además de almacén de gasolina y municiones, y por eso había sido el blanco de bombardeos el día 8 de marzo. Del mismo modo, Lacarra se lamentaba de que otros monasterios como los de San Juan de la Penitencia (Agustinos Recoletos), Santa Úrsula, Santa Clara y las Magdalenas, servían de cuartel de milicias, lo cual suponía un importante riesgo para la conservación de muchos cuadros y retablos de época renacentista y barroca. Por consiguiente, aconsejaba que “vistas las pocas seguridades que por una u otra causa ofrece Alcalá de Henares para la conservación de nuestro tesoro artístico, no necesito encarecer la urgencia del traslado a Madrid de cuantas obras de arte puedan transportarse.” 268 A consecuencia de ello, durante el mes de marzo de 1937 se encargó a José María Lacarra y Thomas Malonyay que recogiesen todas las obras de arte custodiadas en el convento de las Bernardas y en el ayuntamiento para trasladarlas a Madrid, mientras Alejandro Ferrant procedía al desmontaje y evacuación al mismo punto de los retablos de varias iglesias complutenses, y José María Rodríguez Cano hacía lo propio con el maltrecho sepulcro del Cardenal Cisneros, que se hallaba “en inminente peligro de total pérdida”, lo mismo que “otras obras que se encuentran en las ruinas de la Iglesia Magistral de Alcalá de Henares”. En aquella primavera se llevaron al Museo del Prado y al Arqueológico de Madrid, en cuatro grandes expediciones, un total de 350 cuadros, 593 objetos de valor y 16 muebles.269 267 A.M.A.H., Leg. 1.408/2. Este conocido informe dirigido por José María Lacarra a la Junta de Incautación del Tesoro Artístico, ha sido repetidamente citado por los historiadores. Véase ÁLVAREZ LOPERA, ob. cit., 1981, p. 89; MARCHAMALO, ob. cit., 1985, p. 245; y LLEDÓ COLLADA, ob. cit., 1999, p. 233. 269 Archivo del I.P.H.E., Fondo de la Comisaría General del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional. Junta de Incautación... Delegada de Madrid. 1ª Carpeta. Una nueva expedición de salvamento de las piezas que aún permanecían guardadas en las Bernardas, se realizaría en dos camiones Ford en enero de 1938, bajo la dirección de los comisionados Fernando Gallego, Vidal Arroyo Medina y Gustavo Lafuente González. 268 196 En este contexto, el 17 de agosto de 1937 la Dirección General de Bellas Artes, informada del peligro que corrían no sólo las obras de arte de Alcalá, sino también “las riquezas bibliográficas y documentales” de su Archivo General Central, conminó al director de ese establecimiento a “además de tomar las medidas que su buen celo le aconseje, seleccionar aquellas obras que crea de fundamental interés por si se estima oportuno proceder a su traslado a Madrid para su mejor custodia y protección”. El jefe del Archivo, Ángel Almiñana, escogió entonces un buen número de legajos procedentes de las secciones de Fomento y de Gobernación, junto con la documentación “que constituye el antiguo archivo de Protocolos del distrito notarial de Alcalá” y varios libros de la biblioteca, que fueron efectivamente trasladados a Madrid y gracias a ello se salvaron de su destrucción en el incendio que asoló dos años después el Palacio Arzobispal de Alcalá, donde se hallaba emplazado el susodicho Archivo General Central.270 19. Interior de la Iglesia de las Magdalenas, antes de ser saqueado por las milicias republicanas durante la Guerra Civil. Archivo Moreno. IPHE, Ministerio de Cultura. 270 Archivo del I.P.H.E., Fondo de la Comisaría General del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional. Junta de Incautación..., Delegada de Madrid. 1ª Carpeta. 197 Pero aquellas medidas resultaron insuficientes, según las conclusiones de un nuevo informe dirigido por Lacarra a la Junta de Incautación del Tesoro Artístico “sobre el estado de las obras de arte en Alcalá de Henares”, con fecha 14 de agosto de 1937. Por su excepcional interés para conocer el nivel de menoscabo al que llegó una gran parte del patrimonio histórico complutense durante la Guerra civil, no me resisto a ofrecer íntegro este documento: “Designados por esta Junta para informar sobre el estado de conservación de las obras de arte existentes en Alcalá de Henares, dicen lo siguiente: “Visitada la iglesia Magistral hemos podido comprobar que el proceso de destrucción de la misma avanza rápidamente, en relación con nuestro último informe del 15 de Marzo. La iglesia sigue abierta a todo el mundo; varias familias viven allí refugiadas y sus chiquillos colaboran sin duda con los elementos a esta destrucción rápida. “El sepulcro de Carrillo que se conservaba casi intacto, se halla destrozado por haber caído una bóveda sobre él y haber utilizado algunas piezas las familias que allí habitan para construir refugios. Deben recogerse todas y traerlas a Madrid o depositarlas en las Bernardas. “Un sepulcro del primer tercio del siglo XVI que existe en la girola se halla tal como lo vimos la última vez en el mes de Marzo, aunque lleno de inmundicias. “El estado de suciedad y de abandono de todo el recinto exigen tomar alguna medida radical con el mismo: o trasladar cuanto en ella ofrece algún interés o cerrarlo con obras de albañilería impidiendo el acceso al vecindario y encargando de su custodia a la alcaldía. Podría trasladarse algún sepulcro, las rejas de Juan Francés y algún capitel y piezas sueltas que se recogieron en una capilla, cuyos barrotes han sido rotos en nuestra ausencia. Pero hay otras cuyo traslado es difícil. Algunos arcos y relieves de la girola (siglos XVI y XVIII), una techumbre con lacería del siglo XV en la comunicación de la iglesia al claustro; se ha iniciado la destrucción de esta última y por el interés especial que tiene deben tomarse medidas urgentes de salvamento. “Iglesia de las Magdalenas. Por su buen estado de conservación y por ofrecer un conjunto armónico los altares, pinturas, frontales y arquitectura no se sacó nada de ella en el mes de Agosto del año pasado. Allí había en el altar mayor una escultura de la Magdalena, acaso de Alonso Cano, una Inmaculada de Antolinez y un San Agustín y San Nicolás de Tolentino del mismo, una Asunción de Pereda, una Inmaculada de Francisco Rizzi y otras piezas de no menor interés. Actualmente no puede encontrarse nada de esto, los altares están destrozados y las imágenes y cuadros han desaparecido. Quedan todavía en el presbiterio un Nazareno de Carreño, algo roto; los cinco frontales de estuco, imitando piedras finas, rotos completamente; podrían recogerse procurando no mezclar los fragmentos de cada frontal; un lienzo representando a San Agustín por Antolinez tirado por el suelo, resto del altar mayor; en las habitaciones de acceso al coro, cinco o seis cuadros medianos que deberían también recogerse. “Actualmente el convento lo ocupan familias de Alcalá instaladas allí por la alcaldía, por haber perdido sus hogares en los últimos bombardeos. Una bomba 198 caída hace unos quince días ha destrozado las puertas de acceso directo a la iglesia. Antes estuvo ocupado el convento por milicias. “Ursulas. Ocupado por guardias de asalto. De los cuadros que se dejaron en la iglesia que podían tener algún interés, están todos en su sitio. Falta un gran crucifijo de talla atribuido, tal vez sin motivo, a Mena Medrano. No hemos podido adquirir noticia alguna sobre su paradero. En una capilla pasado el claustro de huerta, dejamos una estatua yacente, mármol del siglo XVII, representando un sacerdote; se conservaba en buen estado aunque removida de su sitio. Una tabla pintada, siglo XVI, en malísimo estado, encontramos tirada en un patio; la recogemos y encargamos a los guardias que la cuiden hasta poder llevarla. “Iglesia de Santa María. Casi en absoluto destruida; lo único que queda de interés es la llamada capilla del Oidor donde está la pila en que se bautizó a Cervantes; está sin techo y con los sepulcros calcinados. Sólo son posibles medidas de protección sobre el terreno. “No podemos visitar la ermita del Cristo de los Doctrinos y la iglesia de las Carmelitas de Afuera, por estar cerradas e ignorar de momento quien nos puede facilitar el acceso. En los Doctrinos habíamos dejado el magnífico Cristo, y de las Carmelitas no habíamos sacado nada. Allí quedó una Dolorosa a lo Mena Medrano. “Carmelitas de la Imagen. La iglesia y convento ocupadas por fuerzas del ejército. Algunos altares destrozados. Se halla en buen estado el cuadro de Carreño llamado «de la cantarilla de leche» y que representa el martirio de San Andrés. Tanto este, como algún otro de la iglesia (de gran tamaño) y una tabla del interior del convento, deben recogerse. No hemos visitado el depósito de la Junta en la Iglesia de las Bernardas, pero creemos que debe seguir trasladándose a Madrid el mayor número de objetos en ella encerrados, incluso pinturas de Nardi, ya que el edificio se halla en las mismas condiciones de inseguridad que apuntamos en nuestro informe del 15 de Marzo. “En resumen: Creemos que debemos seguir visitando iglesias y conventos, y traer a Madrid lo que pueda tener algún interés y sea fácilmente transportable.” 271 La cita tiene un gran valor como crónica redactada en tiempo presente acerca de lo que le estaba sucediendo a los monumentos de Alcalá durante la contienda. Pero además debemos advertir cómo la información histórico-artística que nos proporciona está perfectamente precisada, a través de un exhaustivo trabajo de inventario, catalogación y crítica, que se acompaña con un rápido diagnóstico del estado de conservación de las obras, y una propuesta de las intervenciones más aconsejables en cada caso. Esta forma de proceder era muy similar a la que propugnaban entonces las más modernas concepciones internacionales, y la propia Ley de Patrimonio aprobada por el gobierno español en 1933. Concretamente, 271 Archivo particular Lacarra, Zaragoza. Citado por MARCHAMALO, ob. cit., 1990, pp. 720-722. Existe una copia de este documento en el Archivo del I.P.H.E., Fondo de la Comisaría General del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional. Junta de Incautación..., Delegada de Madrid. 2ª Carpeta: Visitas a Alcalá de Henares. 199 el texto teórico que sirvió de clara referencia a esta metodología de trabajo, pienso que fue la Carta de Atenas de 1931. Este documento surgió de una reunión celebrada en la capital griega en octubre de aquel año, a instancias de la Oficina Internacional de Museos, cuyo objetivo fue aunar criterios legislativos en materia de patrimonio, por parte de los distintos países occidentales. Entre las conclusiones de la Carta de Atenas se contaba la importancia de acometer tareas constantes de mantenimiento y conservación, como medida preventiva más eficaz que la restauración, así como la necesidad de formar inventarios y archivos sobre las obras de arte, desarrollar una labor educativa dirigida a toda la población sobre el respeto y protección debida a los monumentos, y proceder a la restauración de los mismos, cuando fuese necesario, desde una óptica netamente científica. En clara sintonía con el contenido de este documento también estaban otros acuerdos internacionales, que trataban de fijar ciertas disposiciones para salvaguardar el patrimonio cultural en tiempo de guerra.272 El 12 de marzo de 1938 tendría lugar una nueva intervención de la Junta de Incautación, cuando fue enviada otra expedición de rescate a Alcalá, dirigida por los comisionados Alejandro Ferrant y Vidal Arroyo. Como la iglesia de las Bernardas fue convertida en garaje militar, los comisionados tuvieron que utilizar como almacén provisional en el que recoger las obras de arte incautadas, el convento de las Carmelitas de Afuera, cedido por el ayuntamiento complutense. A continuación fueron trasladados a Madrid el altar ostensorio de la citada iglesia de las Bernardas, y todos los cuadros de Angelo Nardi que decoraban sus capillas, así como la imagen del Cristo de los Doctrinos y otros objetos, con lo cual se daba por finalizado el proceso de evacuación. Quedaría aún un último viaje realizado el 28 de octubre de 1938, para desalojar del ayuntamiento “varias obras de orfebrería procedentes de la iglesia de Santa María y de otros lugares de esa población”, que se guardaban allí custodiadas en depósito desde las primeras incautaciones de 1936.273 Hay que admitir que en relación a los bienes muebles, la actuación de la Junta de Incautación puede evaluarse muy positivamente, ya que se lograron salvar, mediante su traslado a la capital, infinidad de cuadros y obras de arte. Sin embargo, ya en tiempo de la posguerra, algunos autores denunciaron que de todos los objetos sustraídos por este organismo, sólo volvieron unos pocos a la ciudad complutense. Tornero se hizo eco de la aparición de una serie de tapices flamencos en Barcelona, con la palabra “Alcalá” escrita en su reverso, que según algu272 Véase MORALES, A.J.: Patrimonio histórico-artístico. Madrid, 1996, p. 21; y MARTÍNEZ JUSTICIA, Mª.J.: Antología de textos sobre restauración. Jaén, 1996, pp. 22-25 y 57-61. 273 La cita está tomada de una carta dirigida por el Gobernador Civil de Madrid al presidente del Consejo Municipal de Alcalá, fechada el 3 de octubre de 1938, con la intención de que fueran preparando las alhajas para cuando fueran a llevárselas los comisionados de la Junta. Archivo del I.P.H.E., Fondo de la Comisaría General del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional. Junta de Incautación... Delegada de Madrid. 1ª Carpeta. Véase también ÁLVAREZ LOPERA, ob. cit., 1981, pp. 8991. 200 nos pertenecían a la Magistral, mientras que otros argumentaban que procedían de la iglesia de las Calatravas de Madrid, situada en la calle de Alcalá; sea como fuere, aquellos tapices nunca regresaron, lo mismo que otras obras desaparecidas sin dejar huella.274 Estos hechos son síntomas de un lado extremadamente oscuro en la acción de salvamento protagonizada por el gobierno de la Segunda República. El extravío o exportación de una gran cantidad de obras de arte, que con posterioridad a la guerra fueron localizadas lejos de sus lugares de origen, nos remiten a objetivos mucho menos altruistas que los que se anunciaron al principio. Ya en aquellas fechas, el subdirector del Museo del Prado, don Francisco Javier SánchezCantón, advirtió de que en muchas ocasiones la finalidad de las incautaciones fue principalmente financiera: vender nuestro patrimonio artístico a museos y coleccionistas extranjeros para obtener dinero líquido con el que comprar armas para el ejército y las milicias. Ello no resulta descabellado en absoluto, si tenemos en cuenta que el 9 de abril de 1938 un decreto reservado cambió la autoridad sobre los bienes culturales, desde el Ministerio de Instrucción Pública hasta el de Hacienda.275 Por otra parte, no está muy claro si las incautaciones pretendieron salvar las obras de arte de los bombardeos de la aviación franquista, o más bien de la rapiña y la iconoclasia de los propios republicanos. Los intelectuales de la época, fueran del bando que fueran, se llevaban las manos a la cabeza cada vez que asistían impotentes a los saqueos y destrucciones practicados en conventos e iglesias. Son constantes las referencias documentales acerca del peligro que corrían los bienes culturales, no por la proximidad del frente de guerra o por los bombardeos, sino porque estaban expuestos a la codicia o la arbitrariedad de cualquier individuo en cualquier momento. Resulta clarificador hacer un análisis comparativo de cada uno de los informes sobre el estado de conservación del patrimonio histórico complutense, efectuados por los comisionados de la Junta de Incautación. De lo que inventaría en agosto de 1936 a lo que puede salvarse en octubre de 1938, hay una diferencia abismal, hasta el punto de que en muchas ocasiones lo que no se evacuó en la primera incautación terminó por desaparecer, y se dio por perdido al final de la guerra. Los resultados de estas labores de salvación fueron aún más desalentadores en relación a los bienes inmuebles. La Magistral y la iglesia de Santa María se convirtieron en los grandes lunares de la política republicana de protección del patrimonio, tanto a nivel ministerial como municipal. Después de su incendio y casi completa destrucción en julio de 1936, ambos edificios acabaron sumergidos 274 REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 228. Según este autor, además, el ruinoso convento de las Bernardas fue de nuevo utilizado, entre 1940 y 1942, para guardar las obras de arte incautadas que habían vuelto de Madrid, en tanto en cuanto eran rehabilitados los edificios históricos a los que pertenecían. Por su parte, DIEGO PAREJA - CANALDA CÁMARA, ob. cit., 2001, p. 300, denuncian que uno de los tapices flamencos de la Magistral apareció en la década de los sesenta en una película titulada El sol en el espejo, sin que se haya vuelto a saber más. 275 Véase al respecto MOA, ob. cit, 2003, pp. 447-472. 201 en un proceso de degradación progresiva, con sus ruinas abiertas al tránsito y la ocupación de todo tipo de personas y parte de la fábrica original reaprovechada en otras construcciones, principalmente refugios antiaéreos. Ante esa situación, el ayuntamiento complutense llegó incluso a plantearse el derribo de la iglesia de Santa María, lo cual tuvo que ser impedido por la Junta de Incautación en una dura misiva fechada en mayo de 1937, que argumentaba... “...el deplorable efecto que produce para la riqueza del patrimonio y el concepto de la República en el extranjero la permisividad demostrada ante la destrucción de obras de arte que son monumentos nacionales, aun cuando esos edificios hubieran estado dedicados al culto, pues las iglesias también eran del Estado.” 276 A pesar de ello, las bóvedas de la Magistral que aún quedaban en pie fueron poco a poco derrumbándose, dañando irremediablemente el sepulcro del arzobispo Carrillo. Además, varias piezas de este mausoleo fueron arrancadas para construir refugios, y las capillas laterales de la colegiata perdieron todo su ornamento, avanzando cada vez más rápidamente el deterioro y la suciedad que presidía el lugar. La visita a la ciudad de una comisión inglesa formada por el director del British Museum, Frederick Kenyon, y el conservador de la Wallace Collection, James Mann, en agosto de 1937, hizo que la Junta de Incautación obligase al municipio complutense a limpiar y adecentar en lo posible aquellas ruinas. Como solución de urgencia para salvar lo poco que quedaba ya, José María Lacarra y el arquitecto conservador de la 4ª zona, José María Arrillaga, propusieron que se sacaran de allí algunos sepulcros de interés y las rejas de Juan Francés, además de tapiar el perímetro de la iglesia para impedir su acceso al vecindario.277 Pero nada de eso se tuvo en cuenta, y el 24 de enero de 1938 Alejandro Ferrant puso en conocimiento de la Junta el estado de deterioro en que aún permanecían, por no haberse tomado ninguna medida de protección, las rejas de Juan Francés, el sepulcro de Carrillo y el del canónigo Morales: “La ruina de las bóvedas y el consecuente desplome de sus muros no atemoriza a las personas que al convertir las capillas en absurdos refugios –destrozando las magníficas rejas que las cierran- no pensaron en que se aumenta el riesgo de sus vidas por estar a merced del desprendimiento de partes de la fábrica del edificio. Lo que aún queda en pie terminará por perderse. El sepulcro del Cardenal Carrillo, tan importante como el de Cisneros, está totalmente destrozado siendo ya 276 A.M.A.H., Leg. 1.355/2. La advertencia se repitió en otros tres informes, uno del Secretario de la Subdirección de Monumentos del Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico, fechada el 24 de enero de 1938, otro de la Junta Central del Tesoro Artístico, fechada el 24 de febrero del mismo año, y otro del Sr. Delegado de Bellas Artes del Ministerio de Instrucción Pública, fechada el 30 de marzo, que denunciaban cómo el ayuntamiento seguía permitiendo el derribo y expolio de sillares de la iglesia de Santa María, solicitando “enérgicas medidas gubernativas” que frenaran la destrucción. Véanse estos informes en el Archivo del I.P.H.E., Fondo de la Comisaría General del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional. Junta de Incautación..., Delegada de Madrid. 1ª Carpeta. 277 A.M.A.H., Leg. 1.356/1. 202 imposible su reconstrucción. En mi visita girada el 20 de los corrientes con el compañero Vidal Arroyo medina pude evitar que dos hombres cesaran en la furiosa pedrea de que hacían objeto el sepulcro del canónigo Morales. En las monumentales rejas de la capilla mayor y coro, maravillosas obras de Juan Francés, se inicia su destrucción. Pueden aún salvarse. “Representando una labor impracticable el traslado de todo aquello que amenaza perderse, el que suscribe estima que en casos como los señalados, en edificios que por si o por su contenido forman parte de nuestro tesoro artístico nacional, deben adoptarse todas aquellas medidas que puedan evitar la mayor parte de las veces su desaparición.”278 Después de mucho rogar, el sepulcro del canónigo Morales y “el basamento y restos correspondientes al del Cardenal Carrillo, tan destrozado que será imposible su reconstitución”, fueron por fin trasladados a Madrid en marzo de aquel año. Las famosas rejas de Juan Francés, no obstante, quedaron abandonadas en su emplazamiento original incluso después de acabada la guerra. Según Pilar Lledó, la actuación de la Junta se vio en general muy limitada por tres tipos de factores, que pueden ayudarnos a explicar el fracaso de sus esfuerzos en materia arquitectónica: primero la ignorancia popular, segundo la desidia de las autoridades municipales, y tercero la falta de cuidado de los elementos militares. La unión de estos tres factores, junto con las circunstancias propias de la guerra, motivó que no se consiguiese proteger todo lo que hubiera sido de desear.279 − El incendio del Palacio Arzobispal El epílogo más dramático que pudiera imaginarse a esta situación de abandono y destrucción del patrimonio histórico de Alcalá, se produciría unos meses después de finalizada la guerra. En agosto de 1939, un espectacular incendio devastó tres cuartas partes de la arquitectura del Palacio Arzobispal, y provocó el derrumbe de la impresionante cúpula ovalada de la vecina iglesia de las Bernardas. Convertido el alcázar prelaticio en cuartel militar, almacén de gasolina y arsenal de material bélico incautado a los republicanos, no fue difícil que se produjera la catástrofe, sobre todo si tenemos en cuenta la desidia demostrada por los militares, que nada hicieron por alejar el peligro que suponía tener encerrado ese polvorín dentro de un monumento artístico tan notable. Y ello a pesar de que el alcalde José Félix Huerta Calopa visitó a Franco en Burgos, pocos días después del final de la guerra, para suplicarle que las tropas fueran evacuadas del inmue278 Archivo del I.P.H.E., Fondo de la Comisaría General del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional. Junta de Incautación..., Delegada de Madrid. 1ª Carpeta. Con posterioridad, en mayo de 1938, el alcalde de Alcalá informó a la Dirección General de Bellas Artes, de que las “artísticas y magníficas rejas de Juan Francés que cierran la capilla Mayor y el Coro perecerán si el Gobierno no toma medida alguna para salvarlas; medida que este Consejo no ha tomado por ser la obra que ello requiere superior a los recursos económicos de que dispone”. Véase en el A.M.A.H., Leg. 1.355/4. 279 LLEDÓ COLLADA, ob. cit., 1999, p. 238. 203 ble y se iniciara la restauración de los edificios históricos de Alcalá, especialmente la Universidad.280 Las causas y los pormenores del incendio han sido continuamente silenciados por la historiografía, incluso en fechas bien recientes, cuando ya no hay necesidad de proteger a los presuntos implicados. Desde el primer momento se rumoreó acerca de la posible intencionalidad del suceso, para dejar que se quemaran documentos comprometedores del Archivo General Central instalado entonces en el palacio, pero ni siquiera un autor tan contemporáneo como Reymundo Tornero fue capaz de ofrecer una explicación convincente.281 En la sección de Justicia del Archivo General de la Administración, no obstante, se conserva íntegro el sumario abierto el mismo día en que se declaró el incendio, con el fin de esclarecer las causas del mismo. La instrucción de este procedimiento judicial fue encargada por el comandante de la plaza de Alcalá al juez militar Agustín Bernardino Puente, quien dio comienzo a los interrogatorios con carácter de urgencia, pasando luego todo el expediente al Juez Instructor Victoriano Vázquez de Prada. En la orden dirigida por el comandante al primero de los magistrados se argumentaba la necesidad de proceder con el máximo celo y voluntad de escarmiento en la aplicación de las penas, porque “la desgraciada frecuencia con que vienen ocurriendo en toda España estos hechos y los edificios y personas que resultan víctimas de ellos son marcada razón para suponer que son intencionados”.282 Según la información referida por la documentación contenida en el sumario, los hechos se produjeron el viernes 11 de agosto de 1939, en torno a las 19:00 horas. La mayoría de los testigos ignoraba la causa del incendio, pero casi todos 280 El dato de aquella conferencia entre Franco y el alcalde complutense me ha sido proporcionado por don Francisco García Gutiérrez, cronista oficial de Alcalá, quien me ha aclarado que el ayuntamiento trataba de recuperar la actividad docente de la Universidad, alegando que en Madrid estaba todo arrasado y era preferible volver a instalar aquí la academia. En el A.M.A.H., Leg. 1.473/20 he encontrado una Memoria sobre las necesidades de Alcalá de Henares y su estado actual, suscrita por el citado José Félix Huerta el 10 de mayo de 1939, que detalla el contenido de esas propuestas con la intención de dirigirlas por conducto oficial al nuevo Ministro de la Gobernación. En dicho documento se advierte de la devastación acumulada en la ciudad complutense durante los tres años de guerra: “Hoy está todo por hacer en Alcalá. La terrible y cruel tirania marxista lo ha dejado todo deshecho. Nuestras dos mejores iglesias, la Magistral y Santa María, incendiadas; los demás templos y conventos destruidos; las escuelas sin material y en edificios abandonados; muchas casas en ruinas.” 281 REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, pp. 948-950: “El edificio estaba habitado; muy vigilado por soldados, pues en él había aún material de guerra que los rojos habían dejado, y nadie se explicaba, ni todavía se explica, el que explotase el incendio por todas partes a la vez, sorprendiendo a los que por razón de su misión debían visitar con frecuencia los departamentos, y mucho más los que por su contenido fuesen más peligrosos. Además, nadie pudo explicarse tampoco la razón de que, una vez declarado el incendio, no se pudiera localizar, teniendo en cuenta que el edificio no era un macizo compacto, sino que le constituían pabellones y salas aislados, separados por extensos patios, en los que el fuego pudiese haber sido localizado si a tiempo se hubiese observado”. La cita deja entrever un cierto reproche hacia los militares, a los que se consideró responsables de la catástrofe por su negligencia, pero lo cierto es que parece que hubo algún interés en que aquello sucediera. 282 Los datos que a continuación se refieren están extraídos de este sumario, que pertenecía al Juzgado de Instrucción de Alcalá de Henares, causa nº 4 del año 1940, y lleva el título Incendio del Histórico Archivo General Central de esta Ciudad. Puede consultarse en el A.G.A., Sección de Justicia, caja 44/14.811. 204 coincidieron en señalar el origen del mismo en un callejón existente entre medias de las crujías del edificio, por la parte de la huerta, en donde había acumuladas basuras y estiércol que pudieron prender con facilidad. En el transcurso de los interrogatorios salió a la luz la constatación de que varios niños estuvieron jugando y buscando los restos de comida que dejaban los soldados, por las inmediaciones de aquel callejón, aproximadamente a la misma hora en que se produjo el fuego. El 12 de agosto, el niño Alfredo Santín López, de once años de edad, declaró haber visto a los hermanos Florentino Huertes Sanz y Antonio Huertes Sanz, apodados los “Canutos”, jugando a extraer la pólvora de las balas en el citado callejón, y les acusó de haber arrojado la pólvora y un papel encendido al interior del edificio, a través de una de sus ventanas. Este testimonio fue corroborado dos días después por otro menor, Marcial Ortega Martín, de siete años de edad, que matizó ver cómo los “Canutos” prendían un papel y lo acercaban a la pólvora, incendiándose únicamente las basuras del callejón, y que después de aquello salieron corriendo como disimulando. Por su parte el adulto Pedro Monge Lozano, testificó no saber cómo se había originado el fuego, pero que al levantar la vista mientras estaba trabajando en la huerta, advirtió llamas y mucho humo, y en ese momento “vio que dos chicos pequeños, como de unos siete u ocho años salían corriendo [...] de hacia el lugar donde se iniciaba el fuego”. Oídas las declaraciones de otros testigos, con el mismo parecer, el sumario recogió textualmente la siguiente conclusión: “que los menores Antonio Sanz Sanz y Florentino Huertes Sanz han intervenido en algún modo en el incendio del Archivo de esta ciudad, y de que puede dar fe el menor también Alfredo Santín”. Esta creencia venía confirmada por la constatación de que no era la primera vez que esos niños entraban en el lugar a jugar con pólvora y fuego, y así lo hizo constar el 16 de agosto, el maestro armero Epigmenio Palacios Garrido, quien declaró lo siguiente: “Preguntado si vio algunos pequeños en las proximidades del Almacén y del callejón del basurero, dijo, que tres o cuatro días antes de ocurrir el incendio, el declarante, vio al chico de los dedos cortados y al otro que va siempre con él [...] que encendieron con cerillas unas hierbas secas a la parte de atrás del Almacén teniendo que echarles diciéndoles que no volviesen por allí porque cualquier día iban a armar una gorda con esos juegos. Que el día que ocurrió después el incendio, estos chicos, que antes ha indicado estaban sobre las seis de la tarde por la parte de la puerta trasera del Almacén y el basurero próximo y el declarante les echó de allí sin que se volviera a fijar en ellos hasta la hora de las seis y media o siete menos veinticinco que él se marchó. Que cree que desde luego ellos han tenido que ser los que dieron lugar al incendio dada sus aficiones a andar jugando con las cerillas y los incendios.” El rumor se extendió rápidamente y casi todo el mundo terminó por inculpar a los “Canutos”, razón por la cual el día 14 fue detenido su padre, quien los protegió diciendo que no sabía nada sobre el particular y al final fue puesto en liber205 tad. El 16 de agosto fue de nuevo interrogado el menor Marcial Ortega, quien reafirmó su anterior declaración y condujo a los agentes judiciales al escenario del suceso, en el cual señaló con exactitud “el sitio donde los niños llamados los ‘Canutos’ estuvieron sacando la pólvora de las balas, viéndose efectivamente gran número de casquillos vacíos”. En consecuencia, Florentino Huertes Sanz, el niño de nueve años inculpado por casi todos, fue llamado a declarar por segunda y por tercera vez, hasta que el día 18, después de siete horas de comparecencia, admitió haber sido él solo el causante del incendio, cuando estaba jugando en el callejón con cerillas y encendió un papel que tiró al suelo, donde prendió unas pajas y luego el basurero y unos armarios que habían sido amontonados allí por los milicianos. Atendiendo a esta confesión, el Juez Instructor Victoriano Vázquez de Prada notificó en su informe, elevado a la Superioridad, la autoría accidental del incendio al niño Florentino Huertes, ordenando su traslado al Tribunal de Menores. La documentación recoge igualmente los pormenores del incendio, que efectivamente se originó en el citado callejón, entre dos crujías del edificio, prendiendo rápidamente por la acumulación de basuras, trapos viejos, papeles y cajas, cuya altura amontonada era considerable y por esa razón se propagaron las llamas por las ventanas hasta el interior. La existencia, en las habitaciones superiores del Archivo, de estanterías de madera con legajos, algunos “abandonados en un rincón a granel a disposición de todo el que quisiera llevárselo y dándose el caso de utilizarse para limpiarse el trasero por las fuerzas allí existentes”, junto con los materiales bélicos, motores de gasolina, herramientas de taller, botellas de ácido y aguarrás, bombonas de oxígeno y embalajes cubiertos de grasa, que había almacenados en la planta baja y sótanos del edificio, se convirtieron en un combustible extraordinariamente inflamable. El fuego se extendió primero por las crujías que rodeaban el Patio de Fonseca, y apenas pudo ser contenido. Los soldados acuartelados en el palacio se apercibieron en seguida de la existencia de las llamas, e intentaron detenerlas usando unos extintores procedentes de Alemania que había almacenados en el edificio, pero sólo pudieron contener el fuego durante media hora. Agotados los extintores hubo que esperar la llegada de bomberos procedentes de Madrid, y cuando éstos se personaron en el lugar, hacia las ocho de la tarde, la magnitud del incendio hizo infructuosos cuantos esfuerzos se dedicaron para reducirlo. El Patio de Fonseca se derrumbó en seguida y el fuego pasó, por las cubiertas de madera, a la crujía de la fachada principal y luego al Ala Este donde estaba el Salón de Concilios, para ser detenido al fin en la iglesia de las Bernardas, cuya cúpula resultó afectada a pesar de los trabajos de extinción. De esta forma, la práctica totalidad del inmueble se consumió sin que nada lo detuviera. Los soldados, bomberos y voluntarios ni siquiera pudieron hacer cortes en el edificio para impedir el avance del fuego, debido al intenso humo que se levantó, y parece que el riego de agua tampoco fue suficientemente caudaloso, por culpa de la escasa potencia de las bombas que debían suministrar el fluido desde los aljibes del Parque O’Donnell. Por otra parte, hay que entender dentro del contex206 20. Ruinas del Palacio Arzobispal de Alcalá, tal como quedó después del incendio del 11 de agosto de 1939. Ministerio de Cultura, Archivo General de la Administración, Fondo de Regiones Devastadas. 207 21. Ruinas del Patio de Columnas y de la escalera de honor del Palacio Arzobispal de Alcalá, tal como quedaron después del incendio del 11 de agosto de 1939. España, Ministerio de Cultura, Archivo General de la Administración, Fondo de Regiones Devastadas. 208 to histórico de la posguerra que se pusiera un gran interés en salvar las armas y los motores almacenados en los arsenales instalados en el palacio, y no se dedicase ni la más mínima atención a los legajos y documentos procedentes del Archivo, que se consumieron por completo. Quizás podríamos buscar responsabilidades, hablar de la negligencia de los bomberos, lamentarnos por la desidia mostrada al no sacar de un monumento artístico materiales tan inflamables, o mesarnos los cabellos por la travesura de un niño. Por otra parte, existen diversas tradiciones orales que coinciden en afirmar que la intervención de los “Canutos” y el sumario judicial abierto con posterioridad, fueron una tapadera que sirvió para encubrir a los verdaderos responsables de una acción plenamente intencionada, que tuvo como objetivo destruir el fondo documental del Archivo General Central. Lo dicho concuerda con la apreciación de algunos testigos que cuentan que, en realidad, las autoridades militares no quisieron apagar el fuego, es más, que los oficiales al mando no permitieron hacer cortes en el edificio para detener el avance de las llamas.283 No tenemos datos más precisos, y de poco nos sirve ahora darle más vueltas a las diferentes versiones que hay de esta historia; el Palacio Arzobispal desapareció entre las llamas. Aún con todo, debemos condenar algunas cosas que ocurrieron con posterioridad al funesto suceso. La completa destrucción de los históricos salones de Concilios, de San Diego y de Isabel la Católica, el derrumbe de la mayor parte del Patio de Fonseca, los daños causados en la escalera claustral de Alonso de Covarrubias y el destrozo de muchos otros elementos artísticos, tuvo su fatal continuación en una incorrecta planificación restauradora, que prefirió demoler lo poco que quedaba, en lugar de consolidarlo y luego analizar la viabilidad de su reconstrucción. Por lo que puede apreciarse en las fotografías posteriores al suceso, pienso que se hubiera podido recuperar en su mayor parte la escalera de Covarrubias, dado que los magníficos relieves de sus sillares no sufrieron en exceso, pero en vez de eso se dejó arruinar, y hoy ya sólo puede admirarse una ínfima parte de su conjunto en el museo de la Magistral. Destruidas la colegiata de San Justo y el Palacio Arzobispal, Alcalá de Henares perdió dos de los hitos más importantes de su patrimonio cultural, quedándole únicamente la Universidad como seña de identidad que ha logrado permanecer hasta nuestros días. No podemos calificar de otro modo que no sea el de abso283 De hecho, el ejército tampoco se había mostrado dispuesto a desalojar tiempo atrás los materiales inflamables acumulados en el alcázar. En su declaración como testigo de los hechos, el director del Archivo Carlos Martín Bosch, dijo que “había con anterioridad y en repetidas ocasiones manifestado al Ministerio las gravísimas consecuencias que tendría para el edificio el fuego más insignificante y había tomado en consecuencia mientras ejerció el cargo de jefe del Archivo todas las precauciones posibles”. Lo mismo hizo el alcalde José Félix Huerta, que aconsejó varias veces al Ministerio de la Gobernación el traslado a otro punto de la brigada de tanques, y los talleres de reparación, que estaban instalados en el palacio. Sin embargo, las necesidades de la guerra relegaron a un segundo plano cualquier medida de conservación y a pesar de su peligrosidad, continuaron allí almacenadas las herramientas y materiales de los talleres militares, por orden de la comandancia superior del ejército nacional. 209 lutamente catastrófico el balance final de la Guerra Civil, en lo que se refiere a la conservación de los bienes culturales de nuestra ciudad. Ofrezco a continuación un cuadro resumen de este patético balance. EDIFICACIÓN DAÑOS EXPERIMENTADOS Beaterio de Clarisas Desaparición de varias de San Diego pinturas, muebles y objetos artísticos. Daños arquitectónicos colaterales. Colegio de Málaga Desperfectos de diversa consideración. Colegio de Desperfectos de diversa Trinitarios Calzados consideración. Colegio de Desperfectos arquitectóTrinitarios nicos de diversa consideDescalzos ración. Daños en la fachada. Convento de Desaparición de varias Carmelitas de la pinturas, muebles y objeImagen tos artísticos, así como puertas y ventanas. Desperfectos arquitectónicos de diversa consideración. Convento de Desperfectos arquitectóCarmelitas de nicos de diversa consideAfuera ración. Desaparición de varias pinturas, muebles y objetos artísticos. Incendio de las celdas y ennegrecimiento de la iglesia. Construcción de un refugio antiaéreo en la huerta. Convento de las Destrucción del retablo Juanas (antiguo de mayor para hacer leña. Agustinos Recole- Desaparición de muebles tos) y objetos artísticos. Convento de las Magdalenas. 210 CAUSAS DE LOS DAÑOS Saqueo del interior por los republicanos. Bombardeos de la aviación nacional en el vecino cuartel del Príncipe. Uso como cuartel. FECHA CONOCIDA Saqueo el 20 de julio de 1936. Bombardeos posteriores. Uso como cuartel. 1936-1939 Bombardeos de la aviación nacional. 1936-1939 1936-1939 Saqueo del interior Saqueo en 1937 y primero por la Brigada 1938. Deterioro del Campesino, y luego progresivo hasta por las masas popula- 1939. res. Uso como cuartel. Bombardeos de la aviación nacional. Saqueo del interior por los republicanos. Uso del convento como cuartel y prisión, y de la iglesia como fragua. Saqueo del interior por los republicanos. Uso del convento como cuartel, y de la iglesia como garaje. Destrucción de la cúpula. Bombardeos de la Daños en el retablo mayor aviación nacional. Say otros altares. Desapari- queo del interior por ción de varias pinturas, los republicanos. Uso imágenes, muebles y ob- del convento como jetos artísticos. cuartel y almacén de ropa militar, y de la iglesia como garaje y arsenal. Saqueo el 20 de julio de 1936. Deterioro progresivo hasta 1939. 1936-1939 Saqueo en verano de 1936. Deterioro progresivo hasta 1939. EDIFICACIÓN DAÑOS CAUSAS DE FECHA EXPERIMENTADOS LOS DAÑOS CONOCIDA Convento de Desaparición de los cua- Saqueo del interior por Saqueo el 22 de Santa Clara dros del retablo mayor, los republicanos. Uso julio de 1936. Deademás de otras pinturas y como residencia de terioro progresivo objetos artísticos. Desper- familiares y evacuados. hasta 1939. fectos arquitectónicos de diversa consideración. Convento de Desaparición de varias Saqueo del interior por Saqueo en verano Santa Catalina pinturas, muebles y obje- los republicanos. Uso de 1936. Bombartos artísticos. Ennegreci- del convento como deo el 8 de dimiento de la iglesia. Des- residencia de familia- ciembre de 1937. perfectos arquitectónicos res y evacuados, y de Deterioro progrede diversa consideración la iglesia como cocina. sivo hasta 1939. en las cubiertas y en el Bombardeos de la claustro. aviación nacional. Explosión del polvorín del Zulema en 1947. Convento de Desaparición de varias Saqueo del interior por Saqueo el 20 de Santa Úrsula pinturas y objetos artísti- los republicanos. Uso julio de 1936. Decos. Profanación de tum- como residencia de terioro progresivo bas. Desperfectos arquifamiliares y evacuados. hasta 1939. tectónicos de diversa consideración. Ermita del Cristo de Desaparición de varias Saqueo del interior por Verano de 1936 los Doctrinos alhajas y objetos muebles. los republicanos. Ermita de San Isidro Desaparición de gran par- Aprovechamiento del Sin determinar. te de la cubierta y de va- armazón del tejado rios objetos muebles. para hacer leña. Saqueo del interior por los republicanos. Ermita del Val Desaparición del retablo, Saqueo del interior por Verano de 1936. la imagen de la Virgen, el los republicanos. púlpito y varias alhajas. Iglesia de las Derrumbe de parte de la Incendio del vecino 11 de agosto de Bernardas cúpula y la linterna. Palacio Arzobispal. 1939. Desaparición de las pinturas murales que la decoraban. Iglesia de Jesuitas Incendio de la imaginería Represión republicana. 5 marzo 1936 del retablo principal. Incendio y saqueo del interior. 211 EDIFICACIÓN Iglesia Magistral Iglesia de Santa María Iglesia de Santiago Oratorio de San Felipe Neri Palacio Arzobispal Universidad 212 DAÑOS CAUSAS DE FECHA EXPERIMENTADOS LOS DAÑOS CONOCIDA Derrumbe de las bóve- Represión republica- Incendio y saqueo el das, cuyos cascotes ca- na. Incendio y saqueo 21 julio 1936. Deteyeron sobre los sepuldel interior. Uso de rioro progresivo hasta cros de Cisneros y Carri- las ruinas como vi1939. llo. Desperfectos arqui- vienda de indigentes tectónicos de gran con- y aprovechamiento de sideración. Desaparición materiales para consde la sillería del coro, truir refugios antiaéretablo principal, altares, reos. tapices, órganos, puertas, cuadros, imágenes y objetos muebles. Derrumbe de las bóve- Represión republica- Incendio y saqueo el das. Desperfectos arqui- na. Incendio y sa29 julio 1936. Detetectónicos de gran con- queo del interior. Uso rioro progresivo hasta sideración, tanto en la de las ruinas como 1939. iglesia como en las Ca- vivienda de indigenpillas del Oidor y de tes y aprovechamienAntezana. Desaparición to de materiales para del retablo principal, de construir refugios los cuadros, pinturas antiaéreos. murales, alhajas y objetos muebles. Derribo de sus puertas Represión republica- Verano de 1936. con una tanqueta. Desa- na y saqueo del inteparición de retablos y rior. otros objetos muebles. Desaparición de algunas Saqueo del interior Saqueo en julio de imágenes, cuadros y por los republicanos. 1936. Deterioro proalhajas. Desperfectos de Uso del convento gresivo hasta 1939. diversa consideración. como “checa”, y de la iglesia como garaje. Destrucción de las tres Uso como cuartel, Incendio el 11 de cuartas partes del edifi- taller de reparación agosto de 1939. cio. Desperfectos de de tanques y arsenal. gran consideración en el Incendio del edificio resto. Desaparición de y explosión de matelos fondos documentales rial bélico y gasolina del Archivo General almacenados en su Central. interior. Derrumbe del ala sudes- Bombardeos de la Bombardeos en 1936 te del Patio Trilingüe. aviación nacional. y en 1938. Deterioro Graves desperfectos en Uso como cuartel de progresivo hasta la Capilla de San Ildela Brigada de El 1939. fonso y en el Colegio de Campesino. San Pedro y San Pablo. CAPÍTULO 3 CAUSAS DE DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO (II): LA DESAMORTIZACIÓN 1. LA DESAMORTIZACIÓN COMO CAUSA DE DESTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO HISTÓRICO 1.1. La política anticlerical de los gobiernos reformistas y su influencia sobre la conservación de los monumentos históricos La desamortización o enajenación a favor de la Hacienda pública de los bienes y propiedades de la Iglesia, fue una estrategia política muy utilizada por los gobiernos reformistas de los siglos XVIII y XIX, de ideología liberal en su mayor parte, pero también absolutista ilustrado en ocasiones. La desamortización se hizo efectiva mediante una sucesión de leyes expropiadoras dictadas unilateralmente por el Estado, sin contar con la opinión de la Iglesia, y sin ofrecer indemnizaciones a cambio u otro tipo de compensaciones medianamente justas. Esto quiere decir que, formalmente, la desamortización se presentó siempre revestida de una cierta legalidad, pero en la práctica se desarrolló como un conjunto de acciones veleidosas y despóticas, ante las cuales nada pudieron objetar los damnificados. Las razones que se han barajado para explicar el porqué de los procesos de desamortización son diversas: - La intención, no siempre altruista, de redistribuir la posesión de la tierra, sacando al mercado una gran cantidad de propiedades congeladas en manos de unos pocos terratenientes. - La necesidad de la Hacienda pública de ingresar dinero líquido de forma rápida y directa, o en su defecto, apropiarse de una gran cantidad de inmuebles a los que se pudiera sacar alguna rentabilidad. - El manifiesto interés, por parte del poder político, de socavar la autoridad e influencia de la Iglesia mediante la disminución de sus riquezas, un aspecto necesario para lograr la configuración del Estado liberal burgués secularizado de la Edad Contemporánea. 213 Para comprender mejor el concepto de “desamortización” debemos hablar primero de “amortización”, estableciendo los significados opuestos de ambos términos. Cuando una propiedad inmueble se encuentra en manos de una persona física o jurídica de tal suerte que su venta está prohibida, o en su mayor parte restringida, se dice que está amortizada porque está sustraída de la circulación comercial. En esta situación se hallaban históricamente los mayorazgos familiares, así como los censos, fincas y bienes pertenecientes a la Iglesia. La desamortización, por tanto, es una acción gubernativa que implica una liberalización de propiedades de manos en que no circulan (“manos muertas”), con el fin de traspasarlas a otras en que sí puedan circular. El origen de los bienes amortizados está en una serie de disposiciones legales (principalmente testamentarias), que prescribían que ciertas riquezas o propiedades regaladas no podían ser enajenadas en ningún caso por los herederos, de forma que debían transmitirse a la posteridad en las mismas condiciones en que fueron recibidas. Durante la Edad Media, la piedad y caridad de los fieles se materializó a menudo en la donación a la Iglesia de dineros, rentas, fincas y edificaciones. De este modo, muchas parroquias, conventos, colegios, hospitales, hospicios, instituciones educativas y otros establecimientos religiosos, se convirtieron en poseedores de una fortuna considerable, que sin embargo no podían trocar, vender o hipotecar, destinándola únicamente a los fines que había autorizado el donante. Con el tiempo se admitió además que las obras y mejoras efectuadas en los bienes amortizados debían considerarse valores “vinculados”, y por consiguiente inalienables, lo que acentuó su situación de estancamiento. A finales de la Edad Media la cantidad de bienes amortizados era ya excesiva, razón por la cual se promulgaron una serie de medidas restrictivas a la transmisión de nuevas donaciones inalienables. Pero es en el siglo XVIII cuando decidió ponerse punto y final a esta práctica tradicional. La gran masa de derechos y propiedades concentradas en manos de la Iglesia originaba un grave perjuicio al Estado, porque reducía enormemente la materia imponible sobre la que exigir contribuciones, porque el resto de propietarios experimentaba así un recargo importante en sus impuestos, y porque al retirarse de la circulación comercial una parte importante de la riqueza territorial, se limitaba la clase de propietarios y se incrementaba la de colonos o arrendatarios. A ello hay que añadir que la inmovilidad absoluta de muchas de estas tierras, cuyo rendimiento era ínfimo, las conducía a una progresiva situación de decadencia y destrucción, que no era beneficioso ni siquiera para sus propietarios. Así pues, los gobiernos de toda Europa iniciaron una fuerte política de liberalización de los bienes amortizados, conocida como Desamortización, y que afectó drásticamente al patrimonio de la Iglesia. La mayoría de los autores han aludido al carácter ilegal o antijurídico de la desamortización, ya que en la mayoría de los casos no existió un acuerdo o convenio entre las autoridades civiles y eclesiásticas para la venta de las propiedades estancadas. Más bien al contrario, lo 214 que se produjo fue un despojo forzoso de los bienes y derechos de las comunidades religiosas a favor del Estado, que los vendió a los particulares como una forma de obtener ingresos extraordinarios.284 Los políticos ilustrados de la segunda mitad del Siglo de las Luces ya postularon la necesidad de proceder a una desamortización, que liberase a la agricultura española del freno que representaba para su desarrollo la deficiente explotación de las tierras congeladas en manos muertas. Testimonio de ello fue el Tratado de la regalía de amortización de Campomanes (1765), o el Informe en el expediente de la ley agraria de Jovellanos (1794). Justamente en este contexto se decretó la expulsión de los Jesuitas (1767), cuyas fincas y propiedades fueron enajenadas, vendiéndose todas las riquezas pertenecientes a sus conventos. Este hecho marcó una importante conexión entre el fenómeno de la exclaustración de religiosos y la liquidación de sus bienes, conexión que se repetiría en las sucesivas leyes desamortizadoras de la centuria siguiente. Exclaustrado el clero, los monasterios quedaron vacíos y sus tesoros pasaron a manos del Estado, quien se apropió de ellos o los vendió en pública subasta. Otro tanto ocurriría con los inmuebles, que fueron secularizados y sometidos a nuevos usos, lo cual sucedió en varias ocasiones, como veremos en el caso de Alcalá. − Las primeras medidas desamortizadoras Al margen de lo ocurrido con la Compañía de Jesús, la relación de medidas desamortizadoras en España se inició en 1798, a consecuencia de la importante deuda acumulada por el Estado, tras las numerosas guerras sostenidas durante la última década del siglo XVIII. Aquel año Carlos IV autorizó, a petición de Godoy, la venta de una serie de bienes de los Colegios Mayores de Alcalá, Salamanca y Valladolid, además de las posesiones de diversas obras pías (hospitales, hospicios, cofradías, patronatos, etc.), a cambio de cuyo valor el gobierno entregó unos vales, de renta supuestamente equivalente a lo vendido. En el mismo año se dio trámite a la desamortización civil, sacándose a subasta las casas pertenecientes a los propios y arbitrios de los pueblos, así como las vinculaciones, los mayo284 Sobre el complejo mundo de las desamortizaciones véanse principalmente los estudios ya clásicos de TOMÁS Y VALIENTE, F.: El marco político de la Desamortización en España. Barcelona, 1971; “El proceso de desamortización de la tierra en España”, Agricultura y Sociedad, vol. VII, 1978; “Desamortización y Hacienda Pública. Reflexiones entre el balance, la crítica y las sugerencias”, Hacienda Pública Española, nº 77, 1982, pp. 15-31; La Desamortización. Madrid, 1986; y las actas del simposium dirigido por él mismo en la U.I.M.P. bajo el título: Jornadas de Desamortización y Hacienda Pública. Santander, 1982. Cífrense además los libros de RUEDA HERNANZ, G.: La Desamortización de Mendizábal y Espartero en España. Madrid, 1986; La desamortización en la Península Ibérica. Madrid, 1993; y La desamortización en España, un balance (1766-1924). Madrid, 1997. Por último, consúltense entre otros MARTÍN, T.: La Desamortización. Textos político-jurídicos. Madrid, 1973; SIMON SEGURA, F.: La desamortización española en el siglo XIX. Madrid, 1973; FONTANA, J.: La hacienda en la historia de España (1700-1931). Madrid, 1980; y ALONSO ROMERO, Mª.P.: Desamortización y Hacienda Pública. Madrid, 1986. 215 razgos, y las fincas de los seis colegios mayores de las universidades españolas. Esta primera etapa de las desamortizaciones concluiría en 1800, con la venta de algunos bienes del patrimonio real, y la enajenación de la séptima parte de las fincas de la Iglesia, aprobada por el Papa Pio VII en 1806; aunque esta última orden apenas tuvo efecto, al ser revocada por Fernando VII en 1808. La dominación francesa dio continuidad a esta política. En 1808 Napoleón redujo a una tercera parte los conventos, suprimiendo además la Inquisición, y confiscando los bienes de las familias nobles más importantes de España. Poco después, el 20 de agosto de 1809, su hermano José I extinguió todas las órdenes religiosas existentes en el territorio invadido, apoderándose de muchas riquezas y revirtiendo sus rentas y bienes a la Hacienda pública. Ya hemos visto el menoscabo tan pernicioso que produjo este hecho sobre el patrimonio artístico complutense, debido a que los conventos quedaron abandonados y los franceses se apoderaron de todo lo que en ellos encontraron. Mientras tanto, en la España liberada, las Cortes de Cádiz también iniciaron una tímida política desamortizadora. El 6 de agosto de 1811 promulgaron un importante decreto que abolía los señoríos jurisdiccionales, lo cual suponía entre otras cosas que los arzobispos de Toledo dejaban de ser señores de Alcalá, perdiéndose así la vinculación histórica y sociocultural de la ciudad con la sede episcopal primada. Además, el 4 de enero de 1813 fueron puestos a la venta, para satisfacer la Deuda pública, las rentas de los Maestrazgos y Encomiendas vacantes de las órdenes militares, los bienes de la Inquisición, las temporalidades de los Jesuitas, el sobrante de las rentas de los conventos y algunas tierras de la Corona. De todas estas disposiciones, a Alcalá de Henares le afectó sobre todo la pérdida de su categoría como Señorío Prelaticio, y la negativa del gobierno liberal de Cádiz a reconstruir los edificios religiosos que hubieran sido destruidos durante la Guerra de la Independencia. La Restauración Monárquica en la figura de Fernando VII supuso un freno a este impulso desamortizador. La vuelta atrás propiciada por la instauración del absolutismo, seguida de otros períodos de reanudación de la política expropiadora bajo gobiernos liberales, se convertiría a partir de entonces en una constante. Así, los acuerdos de las Cortes de Cádiz fueron anulados durante la primera época del reinado de Fernando VII, volviendo a hacerse efectivos en el Trienio Liberal de 1820-1823, nuevamente suspendidos a lo largo de la Década Ominosa, y otra vez retomados a la muerte del monarca. Situándonos en 1814, debemos constatar cómo la mayoría de las propiedades confiscadas fueron devueltas a sus antiguos dueños, salvo los bienes que ya habían sido secularizados. Para garantizar el proceso de devoluciones, el Rey mandó establecer una junta en cada capital encargada de supervisar la buena marcha de las transacciones, de forma que la Iglesia consiguió recuperar prácticamente la totalidad de los bienes que le habían sido confiscados. Fernando VII llegó incluso a restaurar la existencia de la Compañía de Jesús en 1815. El Real Decreto del 20 de mayo de 1814 justificaba así la inmediata reintegración de los bienes a los religiosos: 216 “Informado el Rey de que la miseria y abandono en que han quedado los regulares por el injusto despojo que han sufrido de todos sus bienes, los tiene errantes, y fuera de claustro con escándalo del pueblo, y sin poder llenar los deberes de su instituto; y no pudiendo por otra parte desentenderse de las ventajas que resultarán al Estado y a la Iglesia de que se reúnan en sus respectivas Comunidades, ha resuelto S. M. que se les entreguen todos sus conventos con sus propiedades, y quanto les corresponda para atender a su subsistencia, y cumplir las cargas y obligaciones a que están afectas.” Pero las revueltas liberales iniciadas con el pronunciamiento de Riego en 1820, concluyeron con la imposición a Fernando VII de la Constitución de Cádiz de 1812. Hasta la reinstauración del poder absoluto del monarca, el 1 de octubre de 1823, transcurrió un breve período de agitación política conocido como Trienio Liberal, en el que se reanudaron las exclaustraciones y las desamortizaciones de los bienes eclesiásticos. Un primer decreto del 7 de mayo de 1820 prohibía cualquier profesión religiosa en los monasterios de regulares, y la venta de propiedades de las mismas hasta la reunión de las Cortes. El 14 de agosto del mismo año era suprimida de nuevo la Compañía de Jesús, y determinada la reforma de los mendicantes y los clérigos regulares, prohibiendo la fundación de nuevas casas. Por último, el 1 de octubre las Cortes sancionaban la extinción de los conventos de las órdenes monacales, militares y hospitalarias, que tuvieran menos de doce religiosos profesando. En realidad, la medida pretendía una reducción drástica del número de clérigos, y abría la puerta a la reforma de las instituciones eclesiásticas, cuyo anquilosamiento y falta de productividad material suponía una carga para el Estado.285 Por este motivo se prohibió, por ejemplo, que hubiera en una misma localidad dos conventos de la misma orden, decidiéndose también el traslado de las comunidades más pequeñas a otro convento más cercano de la misma congregación. Esta medida afectó muy directamente a las congregaciones de Alcalá de Henares, excepto a los Carmelitas Descalzos (que se quedaron como estaban), y a los franciscanos de San Diego (a los que se agregaron sus homónimos provenientes de Talavera); fueron suprimidos los Basilios, Bernardos, Agonizantes y hospitalarios de San Juan de Dios, y trasladadas a otro punto las siguientes comunidades: - Agustinos Recoletos de San Nicolás de Tolentino, a Toledo. - Capuchinos de Santa María Egipciaca, a Toledo. - Carmelitas Calzados, a Madrid. - Clérigos Menores de San José de Caracciolo, a Madrid. - Dominicos de Santo Tomás de Aquino, a Toledo. - Dominicos de la Madre de Dios, a Ocaña. 285 Véase REVUELTA GONZÁLEZ, M.: Política religiosa de los liberales en el siglo XIX. Trienio Constitucional. Madrid, 1973; y MORAL RUIZ, J.: Hacienda y sociedad en el Trienio Constitucional, 1820-1823. Madrid, 1975. 217 - Gilitos del Convento del Ángel, a Guadalajara. - Mercedarios Calzados de Ntra. Sra. de la Concepción, a Toledo. - Mercedarios Descalzos de la Visitación, a Herencia. - Mínimos de Santa Ana, a Camarena. - Trinitarios Calzados, a Dos Barrios. - Trinitarios Descalzos, a Torrejón de Velasco.286 Desde el punto de vista económico, todos los bienes procedentes de los conventos exclaustrados fueron aplicados a la Hacienda pública, dejándose después que salieran a subasta. Y en 1821, además, se impuso al clero una contribución de 120 millones de reales, lo que provocó la deserción de muchos hombres de iglesia, que abandonaron los hábitos en medio de grandes apuros económicos. Pero la pronta restitución del poder absoluto en manos de Fernando VII dejó sin efecto aquellas medidas: por Real orden del 11 de junio de 1823 eran restablecidas las órdenes religiosas, y el 12 de agosto devueltas sus propiedades a las mismas, incluso aquellas que ya se habían vendido. El régimen constitucionalista había intentado organizar la primera desamortización general, pero la neutralización de las ventas y la devolución de sus propiedades al clero regular, durante la Década Ominosa, creó un grave problema a la hora de decidir a quién pertenecían dichos bienes en realidad: ¿a los antiguos propietarios que ostentaban su titularidad, o a los nuevos compradores que habían pagado por ellos? Este estado de indefinición fue algo corriente y, aunque básicamente fueron devueltas a la Iglesia sus propiedades sin compensar a los compradores, aparte de permitirles recoger los frutos pendientes de las cosechas agrícolas, el desbarajuste fue considerable. − La Desamortización de Mendizábal y Espartero Con la muerte de Fernando VII y el inicio de la Guerra Carlista, las necesidades de la Hacienda pública condujeron al gobierno liberal de la Regencia de María Cristina, a iniciar la etapa clave de la Desamortización en España. Entre 1834 y 1835, los ministerios de Martínez de la Rosa y el Conde de Toreno plantearon ya algunas medidas anticlericales, sustentadas en una fuerte propaganda política que justificó la necesidad de la exclaustración. Justo por las mismas fechas en que una feroz epidemia de cólera morbo asolaba con virulencia a todo el país, se difundió el bulo en Madrid de que la enfermedad se debía a que algunos hombres de Iglesia habían envenenado el agua de las fuentes. Este rumor enfatizó la actitud anticlerical de las gentes y motivó los asaltos a los conventos, quema de propiedades y asesinato masivo de religiosos el 17 de junio de 1834, sucesos que Véase DIEGO PAREJA, L.M.: “La Desamortización en Alcalá de Henares: consecuencias sociales y económicas”, en Alcalá de Henares, páginas de su historia. IX Curso de Historia, Arte y Cultura de Alcalá de Henares, I.EE.CC., 2000, p. 127. 286 218 se repitieron el 22 de julio del año siguiente en Cataluña y lograron predisponer el sentir general del país a favor de las desamortizaciones.287 El complejo reglamento de las desamortizaciones fue definitivamente articulado por Juan Álvarez Mendizábal, a partir de una larga hilera de decretos concatenados desde el 11 de octubre de 1835 (extinción de las órdenes religiosas) hasta el 29 de julio de 1837 (expropiación de los bienes del clero secular). Estas disposiciones le granjearon a Mendizábal un fuerte respaldo político y popular, porque fueron entendidas como un esfuerzo reformista radical, y porque respondían a un sentimiento de creciente animadversión hacia lo religioso en el seno de la sociedad. Pero en realidad, no hicieron otra cosa que reeditar las actuaciones cometidas durante el Trienio Liberal, las cuales iban dirigidas a desmantelar el poder económico de la Iglesia, considerada uno de los pilares esenciales del Antiguo Régimen. Las medidas adoptadas fueron las siguientes: - Disolución de la Inquisición, de las órdenes religiosas, incluidas las militares, y de la Compañía de Jesús, bajo el pretexto de ser una carga económica al Estado que ni siquiera servía para prestar servicios de auxilio social (enseñanza, beneficencia o misiones en Ultramar). - Exclaustración de todos los conventos de religiosos varones; primeramente, en 1835 se suprimieron las comunidades que tuvieran menos de doce religiosos, pero luego en 1836 fueron extinguidos todos los demás con pequeñas excepciones. - Enajenación de todos los bienes y propiedades del clero regular a partir del 16 de enero de 1836 (posteriormente también los del clero secular), que pasaron a la Hacienda pública y fueron nacionalizados o declarados en venta; así serían expropiadas a favor del Estado o subastadas al mejor postor fincas rústicas y urbanas, edificios, rentas, censos, obras de arte, etc. - Reducción del número de conventos de monjas conforme a los siguientes criterios: se cerraron todos los que tuvieran menos de veinte profesas, y no se permitieron dos monasterios de una misma congregación en cada localidad. Desde entonces, la Desamortización fue considerada no sólo como un recurso para amortizar la Deuda pública, sino como un nuevo sistema de reforma tributaria, que podía servir para financiar la guerra y promover, al mismo tiempo, la creación de una nueva clase de burgueses propietarios. El trasfondo liberalizador de esta política se fundamentaba en el hecho de que en España subsistía entonces la desproporcionada cantidad de más 900 conventos, considerados absolutamente 287 Sobre las matanzas de frailes y la destrucción de la Iglesia del Antiguo Régimen en esta época véase el clásico de REVUELTA, M.: La Exclaustración (1833-1840). Madrid, 1976; y también CALLAHAM, W.J.: Iglesia, poder y sociedad en España. Madrid, 1989, cap. V. 219 inútiles según la mentalidad de la época.288 En la exposición de motivos de la famosa Ley del 11 de octubre de 1835 se argumentaba en esta línea: “...el número de casas monásticas que quedan, cuán inútiles e innecesarias son la mayor parte de ellas para la asistencia espiritual de los fieles, cuán grande el perjuicio que al Reino se le sigue de la amortización de las fincas que poseen y cuánta la conveniencia pública de poner éstas en circulación para aumentar los recursos del Estado y abrir nuevas fuentes de riqueza.” La acuciante necesidad de liquidez que tenía el gobierno de Mendizábal para enfrentarse a problemas inmediatos, como la Guerra Carlista o el agobio de la Deuda pública, quiso salvarse acudiendo a la venta de los bienes eclesiásticos. Pero los males de esta medida se anticiparon a los buenos resultados. Los agentes de policía se personaron en los conventos de Madrid el 17 de enero de 1836 y los hicieron evacuar, obligando a los religiosos a vestir con hábitos de seglares y dejándolos en la calle, privados de subsistencia. Un mes más tarde la medida fue extendida a todas las corporaciones religiosas suprimidas en el resto del país. El gasto público dedicado a los servicios de beneficencia se disparó, ante la necesidad de atender a un número cada vez mayor de pobres, a los que antes amparaban las congregaciones religiosas. Por otra parte, el desarrollo de las licitaciones y el ingreso de dinero en la Hacienda no fue tan rápido como se esperaba, y en ocasiones no alcanzó las cantidades previstas, debido a la falta de compradores y al progresivo descenso del precio de salida en las subastas. Lo peor de todo es que esto no sólo sucedió con las fincas de tierras rústicas, sino con los propios monasterios. Los edificios que habían pertenecido a las congregaciones religiosas quedaron vacíos en 1835, y fueron sometidos a una legislación especial hasta que salieran a subasta. Estas iglesias y conventos eran construcciones inmensas que incluían a veces huertas y solares anejos de gran superficie, por lo que su valor de tasación fue muy elevado. Ello, unido a la escasa utilidad de aquellos edificios para su explotación o arrendamiento, generó poca expectativa entre los posibles compradores, por lo que en un primer momento el gobierno no supo muy bien qué hacer con ellos. El propio Mendizábal se quejaba en enero de 1836 de “las mezquinas cantidades que particulares o corporaciones ofrecen pagar por los alquileres [de los conventos] que apenas bastan para satisfacer los crecidos gastos de conservación y reparos”.289 Aquí empieza a vislumbrarse el daño sufrido por los edificios religiosos, y en consecuencia, el menoscabo producido en el patrimonio arquitectónico español. La valoración puramente material de estos conventos y monasterios, sin prestar apenas atención a sus cualidades artísticas, hizo que muchos de ellos permaneciesen exclaustrados, vacíos y sin uso, lo que hizo aumentar su nivel de dete288 Véase JANKE, P.: Mendizábal y la instauración de la monarquía constitucional en España (1790-1853). Madrid, 1974; CÁRCEL ORTI, V.: Política eclesial de los gobiernos liberales españoles, 1830-1840. Pamplona, 1975; y RUEDA, ob. cit., 1986. 289 Recogido por SIMON SEGURA, ob. cit., 1973, p. 98. 220 rioro. Para solucionar este problema fue constituida una Junta en Madrid, y después en cada provincia, encargada de proponer el destino que conviniese mejor a cada establecimiento, según su capacidad, estado de conservación y ubicación: adjudicación directa, venta en pública subasta, arrendamiento, demolición, etc. Estas Juntas debían evaluar también la necesidad de emprender obras de reforma conducentes a obtener: 1. Cuarteles amplios y cómodos para uso militar. 2. Hospitales o cárceles suficientemente capaces. 3. Edificios de titularidad privada con funciones diversas. 4. Nuevos espacios urbanos, derribando el edificio y transformando su entorno para ensanchar calles y avenidas. 5. Mercados y plazas de nueva planta, lo que también suponía la demolición del edificio. En fin, el Estado esperaba conseguir grandes mejoras mediante alguna de estas operaciones, lo cual es fácil de comprender si hacemos una rápida estimación del área urbana ocupada por los antiguos conventos en muchas ciudades y pueblos de España. Pero la venta de los edificios no fue a buen ritmo, así que en mayo de 1837 el Ministerio de Hacienda conminó a las Juntas que promovieran “cuanto sea dable la demolición de los conventos, la división de sus terrenos en solares, y la enajenación de éstos para la construcción de nuevos edificios”; en septiembre del mismo año determinó también que los inmuebles pudieran concederse no sólo a instituciones o corporaciones, sino a cualquier particular. La Regencia de Espartero confirió un impulso añadido a la desamortización, poniendo a la venta todos aquellos inmuebles que no habían sido enajenados hasta el momento, incluso los pertenecientes al clero secular, y permitiendo pagar las compras en cupones de interés vencido de la Deuda consolidada. Los decretos complementarios a las Leyes del 2 de septiembre y 27 de noviembre de 1841 ofrecieron un plazo de privilegio a los Ayuntamientos y Diputaciones para que solicitaran antiguos conventos en los que instalar servicios públicos como hospitales, prisiones, oficinas de administración, escuelas, cuarteles para la Guardia Civil, parroquias, etc. De este modo, las subastas de edificios empezaron a desarrollarse con mayor concurrencia y fluidez. La llegada al poder del Partido Moderado del general Narváez interrumpió la venta de propiedades de la Iglesia, mediante el decreto del 26 de julio de 1844. Gracias al Concordato firmado con la Santa Sede, el 16 de marzo de 1851, Juan Bravo Murillo devolvió a los religiosos todas las propiedades invendidas. A cambio de esta devolución y de una dotación económica para el clero, la Santa Sede, no obstante, asumía las licitaciones ya consumadas, renunciando a una parte importante de sus antiguos privilegios, y obligándose a pagar ciertas contribuciones por las propiedades que le quedaban. 221 − La Desamortización de Madoz La revolución progresista de 1854 reanudó el proceso de alienación de bienes, mediante la Ley de Desamortización general civil y eclesiástica elaborada por Pascual Madoz el 1 de mayo de 1855, y matizada en algunos aspectos el 11 de julio del año siguiente. En esta ocasión se extendió la política expropiadora al patrimonio de las cofradías, al de las instituciones de instrucción pública y beneficencia, incluyendo las obras piadosas, y a los bienes comunales y de propios de los municipios. Por esta razón, la de Madoz es conocida como la “desamortización civil” o la “desamortización total”. Pero la Ley también afectó a la Iglesia, puesto que fueron nacionalizadas todas las posesiones eclesiásticas que no habían sido vendidas con anterioridad, lo que contravenía explícitamente el Concordato firmado años atrás con la Santa Sede, y dio origen a un importante conflicto diplomático. En poco más de un año fueron enajenadas fincas por valor de 767 millones de reales, y vendidos censos por 384 millones, gracias a lo cual quedó en parte aligerada la Deuda pública. Sin embargo, la medida resultó bastante impopular, y contó con la oposición de los ayuntamientos, que veían en la venta de sus bienes propios su ruina futura. Al ser desprovistos de estos recursos, muchos municipios quedaron imposibilitados para hacer frente al pago de su personal administrativo o a los servicios médicos, educativos y de beneficencia que sostenían. Tampoco esta desamortización cumplió las expectativas de reforma agraria ni de creación de una nueva clase de pequeños propietarios burgueses, porque las enormes fincas subastadas no fueron divididas, y quedaron lejos de las posibilidades económicas del campesinado medio. Sobre todo en el centro y sur de la Península Ibérica, salió reforzado el latifundismo, y los campesinos se vieron privados de los pastos y montes comunales, lo cual acentuó la tensión social y contribuyó a la emigración de la población rural hacia las ciudades industriales y las provincias de Ultramar.290 El final del Bienio Progresista significó un nuevo alto en las transacciones, que fueron interrumpidas por Real Decreto del 14 de octubre de 1856. Un nuevo Concordato con la Santa Sede fue rubricado el 25 de agosto de 1859, para reconocer formalmente a la Iglesia el derecho a adquirir, retener y usufructar toda clase de bienes sin reservas de ninguna clase. Dicha prerrogativa contraía la condición de ceder al Estado una gran cantidad de propiedades a cambio de una serie de valores y de un subsidio, que se comprometía a sufragar el gobierno para el sostenimiento del culto y del clero. Con ello se daba término a las desamortizaciones religiosas. A partir de 1860, las disposiciones legales pronunciadas en materia de expropiaciones ya sólo trataron de aclarar o modificar alguno de los punSobre las consecuencias de esta desamortización véase SIMÓN SEGURA, F.: “La desamortización de 1855”, E.F.E., nº 19-20, 1967, pp. 95-104; JARQUE ANDRÉS, F.: “La política y la opinión pública en torno a la desamortización de 1855”, R.I.C.S.B., nº 19, 1972, pp. 615-654; y PAREDES, J.: Pascual Madoz, 1805-1870. Libertad y progreso en la monarquía isabelina. Pamplona, 1982. 290 222 tos anteriores, o impulsar la enajenación de bienes nacionales. El canto del cisne de esta política económica lo apadrinó Isabel II, que en 1865 autorizó la venta de una parte considerable del patrimonio de la Corona, destinando al Estado un 75% del fruto obtenido, y al peculio real el 25% restante. Durante la Revolución de 1868, por cierto, el patrimonio de la Corona se declararía extinguido, adjudicándose sus bienes a favor del Estado, aunque con motivo de la Restauración de la monarquía, en 1875, sería decretada la reintegración de ese patrimonio a la Casa Real. Con ello quedaría definitivamente concluida la obra desamortizadora, exceptuando algunas operaciones complementarias decretadas con posterioridad. − Consecuencias generales de la Desamortización en España A la hora de valorar las consecuencias de este proceso, la historiografía tradicional ha engrosado hasta extremos casi dramáticos el volumen de las incautaciones y el fruto obtenido por ellas. Las cifras totales aún están pendientes de revisión, tanto en lo referente a las expropiaciones eclesiásticas como a las civiles. En el caso de España, con frecuencia se piensa únicamente en la Iglesia como la gran damnificada por esta política económica, olvidándose las desamortizaciones señoriales o comunales, que también fueron muy notables. Esto es debido, entre otras causas, al escándalo que provocó en la opinión pública la injusticia legal y moral de las exclaustraciones, la espectacularidad de algunas de sus acciones, la categoría social del estamento religioso, y el terrible menoscabo sufrido por el patrimonio artístico. El proceso desamortizador facilitó en alguna medida la modernización de las estructuras agrarias de España, el saneamiento de la Hacienda pública, y la transformación socioeconómica del país. Sobre el primer aspecto es verdad que se produjo una importante liberalización de tierras, que fueron adquiridas por una nueva clase de latifundistas laicos, de concepción burguesa, que empezaron a explotar con mayores rendimientos las cosechas. Pero este traspaso de fincas tuvo lugar en un mal momento y con precipitación; las subastas se hicieron en grandes lotes muy costosos, de tal forma que al final fueron unos pocos terratenientes adinerados los que se beneficiaron de los remates, aumentando las desigualdades sociales en el campo. Lo que ocurrió, en definitiva, es que las propiedades cambiaron de dueños, y en lugar de estar en manos de la Iglesia fueron a parar a manos de los capitalistas. Sobre el segundo punto, el Estado efectivamente ingresó buenas cantidades de dinero líquido, pero no llegó a hacer el negocio que esperaba Mendizábal. Ante la necesidad de sanear la Hacienda, se dieron las máximas facilidades a los compradores, permitiéndoles pagar sólo una quinta parte del precio en la subasta, y aplazando el resto en letras de varios años a bajo interés. Además, muchos de ellos pudieron pagar con títulos de la deuda, que estaban muy depreciados, y los remates de las subastas no alcanzaron en ocasiones el valor real de las fincas, por 223 todo lo cual los ingresos no fueron tan elevados como se pretendía en primera instancia. Ello ocasionó un serio quebranto a los planes del gobierno, que pretendía paliar con esta política la bancarrota, y financiar tanto la Guerra Carlista como la red nacional de ferrocarriles. Sólo a la larga la acumulación de ventas y los pagos atrasados llegaron a enmendar discretamente la deuda pública, después de cierto tiempo. En tercer lugar, hay que admitir que la desamortización contribuyó a la disolución del Antiguo Régimen, de estructura económica todavía feudal, favoreciendo la aparición de una agricultura comercial, y la introducción de nuevas condiciones de explotación y contratación directa. Las tierras fueron trabajadas más y mejor, con el consiguiente incremento de su producto, de forma que los nuevos propietarios burgueses empezaron a invertir su dinero en empresas industriales, comerciales o de servicios. Esta nueva clase de propietarios, que debía su riqueza al despojo de la Iglesia, se convirtió así en uno de los principales defensores del parlamentarismo liberal de finales del siglo XIX, y muchos de sus miembros ocuparon puestos en la vida política, sobre todo a escala local y regional. En fin, resulta evidente que la desamortización era necesaria para eliminar una de las causas que impedían el progreso socioeconómico y la modernización de España, otra cosa es que la forma de llevarla a cabo fuera la más idónea atendiendo a criterios de orden legal y moral. Esta última cuestión es la que ha suscitado siempre mayor controversia, incluso desde la época misma en que tuvieron lugar las expropiaciones. Al arrebatarle sus propiedades y provocar hasta cierto punto la ruina de la Iglesia, los gobiernos liberales desmantelaron la vieja alianza del Trono y el Altar, sometiendo la religión al poder político. Este cambio de jerarquía era una consecuencia lógica de la evolución social experimentada en el siglo XIX por casi todas las naciones europeas. Con la retirada de la Iglesia a un segundo plano se daba vía libre a la configuración de un Estado moderno, laico y burgués, que reemplazaba a la anquilosada concepción política del Antiguo Régimen. El trasfondo radical de este cambio, y la pérdida de riquezas e influencia de la Iglesia, abriría desde entonces una profunda brecha en las relaciones entre el Estado y el clero, llegando a producir momentos de gran tensión con la Santa Sede. Finalmente, nos queda ahondar un poco más en las consecuencias que tuvieron las desamortizaciones para la conservación del patrimonio artístico español, un aspecto que no ha sido suficientemente investigado por los historiadores, que se han detenido mayormente en cuestiones de índole política y socioeconómica. La exclaustración de los religiosos dejó vacíos y sin uso edificios históricos tan emblemáticos como el monasterio de Guadalupe, el de Santo Domingo de Silos o la Cartuja de Granada. Algunos conventos permanecieron en el más absoluto abandono durante décadas, y otros acabaron siendo vendidos a particulares o aprovechados para la instalación de diversas instituciones del Estado. Las obras de rehabilitación ejecutadas en estos inmuebles para acomodarlos a unos usos distintos de los que habían tenido originalmente, provocó la mayoría de las veces 224 intervenciones desmedidas y equivocadas. A la ruina, y en ocasiones destrucción de la arquitectura, hay que añadir la increíble dispersión de obras de arte, libros, muebles y alhajas de todo tipo, pues aunque algunos acabaron en museos y bibliotecas, otros fueron impunemente saqueados. El mercado de contrabando y el tráfico ilegal de bienes culturales se convirtió en el negocio favorito de muchos especuladores.291 Didron advirtió ya en Francia que el vandalismo revolucionario había destruido más que siglos de guerras de religión, y Schinkel había presentado en 1815 a la Corona de Prusia, una memoria para intentar paliar los efectos negativos de la secularización de bienes de la Iglesia. Fueron algunas llamadas de atención que propiciaron el inicio de una política protectora hacia los monumentos históricos, por parte de los mismos gobiernos que habían promovido las desamortizaciones. Con estos antecedentes, el gobierno español mandó por medio de una R. O. de 19 de julio de 1835, la formación de una serie de comisiones encargadas de inventariar los objetos artísticos y de interés que se hallaran en los conventos. Esta disposición se adelantó a la puesta en marcha de las ventas de monasterios exclaustrados, pero tuvo su explicación en los numerosos saqueos, incendios y matanzas a que se vieron expuestos los religiosos el verano de aquel año, en plena guerra carlista. Posteriormente, cuando fueron enajenados y puestos en circulación comercial todos los monasterios del país, según el decreto del 19 de febrero de 1836, se exceptuó de la venta “los edificios que el Gobierno destine para el servicio público, o para conservar monumentos de las artes, o para honrar la memoria de hazañas nacionales”. Así pues, quedó instituido un régimen especial para salvaguardar algunos edificios de singular valor histórico o artístico, que fueron catalogados bajo la categoría de “monumento nacional”. De igual forma fue recopilada por la administración pública una gran cantidad de objetos muebles, obras de arte, libros y otras cosas que fueron engrosando los fondos de los museos, bibliotecas, archivos y academias nacionales. Esta actitud museística del gobierno facilitó la salvación de la mayor parte de los bienes culturales muebles, para los cuales se dispusieron incluso museos específicos como el de la Trinidad Madrileña, en el que se amontonaron muchos objetos procedentes de los conventos desamortizados. El patrimonio arquitectónico, por el contrario, fue valorado desde una perspectiva puramente utilitaria, y desde el primer momento se pensó sacar del mismo beneficios 291 Sobre el impacto de las desamortizaciones en el patrimonio artístico español la bibliografía es limitada; véase de modo general MARTÍN GONZÁLEZ, J.J.: “Problemática de la Desamortización en el Arte Español”, Actas del II Congreso Español de Historia del Arte. Valladolid, 1978, pp. 15-29; y los últimos artículos aparecidos en la sección “Peripecias del Arte” de la revista mensual Descubrir el Arte, suscritos por el profesor J. Miguel Merino de Cáceres. Como ejemplo de estudio local véanse PIZARRO GÓMEZ, F.J.: “Consecuencias de la desamortización en la arquitectura religiosa cacereña”, Actas del VII Congreso de Estudios Extremeños, vol. I. Cáceres, 1983, pp. 199-208; y FRAGA IRIBARNE, Mª.L.: Conventos femeninos desaparecidos: arquitectura religiosa perdida durante el siglo XIX en Sevilla. Sevilla, 1993. 225 concretos, ya sea mediante su venta, ya mediante el aprovechamiento de sus infraestructuras o solares. Según Ordieres Díez, así como podemos hablar de un intento de clasificación de los objetos muebles de valor artístico o histórico, no existió apenas normativa para una clasificación similar de los edificios conventuales. Por otra parte, los encargados de dictaminar qué edificios debían ser enajenados mostraron un profundo desprecio por los más elementales rudimentos histórico artísticos, o simplemente fueron funcionarios corruptos deseosos de hacer dinero fácil, lo que provocó una total falta de valoración de muchos monumentos.292 En ocasiones, también, muchos de estos responsables se condujeron obcecados por un anticlericalismo radical, rayano en el fanatismo, que inspiró la destrucción de cualquier vestigio religioso por el mero hecho de serlo.293 Hasta la creación de las Comisiones de Monumentos en 1844, y la progresiva reunión de competencias por parte de la Real Academia de San Fernando, en materia de supervisión artística, no se consiguió poner freno al derribo indiscriminado de edificios antiguos. Entre tanto pereció un importante conjunto de nuestro patrimonio arquitectónico, o fue salvado de la destrucción gracias a ímprobos esfuerzos cooperativos de recompra, como el de la Sociedad de Condueños de los edificios que fueron Universidad. En los epígrafes siguientes, vamos a precisar el variopinto destino que corrieron los conventos de Alcalá de Henares a raíz de la Desamortización, así como las consecuencias derivadas de ello y el grado de deterioro causado finalmente a los mismos. 1.2. Consecuencias de la desamortización en Alcalá de Henares. Es fácil adivinar las nefastas consecuencias de la Desamortización en una ciudad eminentemente conventual como lo era Alcalá de Henares. Desde la óptica tremendista de la Iglesia, el P. Liborio Acosta de la Torre relataba así, en 1882, las consecuencias que produjeron las exclaustraciones en Alcalá de Henares: “Emporio de saber y de virtudes en épocas pasadas, [Alcalá] llegó a ser un riquísimo depósito de preciosidades de todo género, pero con la expulsión de los frailes y clausura de la Universidad hubo aquí un trastorno indescriptible, y se ha destrozado y perdido muchísimo. “Un ejército de vándalos que hubiese pasado por esta ciudad, no habría dejado en pos de si mas ruinas y estragos que los que en Alcalá mira por doquiera el ánimo contristado. 292 ORDIERES DÍEZ, I.: Historia de la Restauración Monumental en España (1835-1936). Madrid, 1995, p. 27. 293 Resulta curiosa, a la par que clarividente, esta anécdota sucedida en la tardía fecha del 31 de julio de 1877, cuando el Gobernador Civil de la Provincia de Madrid tuvo que suspender una ordenanza promulgada por el alcalde de Alcalá de Henares, relativa a que “desaparezcan de las fachadas exteriores de los edificios las imágenes y signos religiosos, dando un corto plazo para quitar también una imagen de la Virgen que existe encima de la puerta del Hospital”. Véase en el A.M.A.H., Leg. 1.059/1. 226 “Y gracias que los alcalaínos en arranque generoso, se opusieron, aunque en tarde, a que la piqueta destructora demoliese venerandos monumentos y memorables edificios, pues sin ese arranque patriótico digno de alabanza eterna, Alcalá y España tendrían en su historia un borrón negrísimo, y no podríamos admirar hoy algunas obras inestimables [...] “Pero ¡ay!; esas esbeltas torres y esas soberbias cúpulas que tanto admira el viagero, que tanto hermosean a la población, que tan grandiosos recuerdos simbolizan y que con tan cariñoso respeto miran los alcalaínos ilustrados, van siendo menos cada día, o porque cuarteadas y carcomidas las hunde el abandono, o porque gobiernos de pacotilla o gentes inconsideradas las derriban.” El P. Acosta pasaba luego a hacer un recuento de los establecimientos eclesiásticos que seguían funcionando en su época. Así, de las treinta y ocho iglesias que llegó a tener Alcalá antes de llegar el siglo XIX, sólo diecisiete se conservaban abiertas al culto; las demás decía que la injuria de los tiempos las había convertido en almacenes, graneros, cuarteles o escombros. Entre las fundaciones de beneficencia contaba cinco hospitales, de los que únicamente quedaba el de Antezana. De los veintiún conventos de religiosos masculinos que hubo a fines del Barroco sólo permanecía uno, el de San Felipe Neri, por su dedicación a la enseñanza. Los monasterios de monjas corrieron mejor suerte: aún existían ocho, aunque sobreviviendo a duras penas, despojados de sus fincas. Y de los veintisiete colegios seculares adscritos a la Universidad sólo continuaba ejerciendo el de San Pedro y San Pablo, gestionado por los Escolapios para la enseñanza primaria y secundaria; el resto habían sido adquiridos por el Estado, el ejército, el municipio o algunos vecinos de la ciudad, siendo destinados a otros usos.294 − Aproximación a las cifras de la desamortización eclesiástica Un primer aspecto que conviene destacar de la Desamortización en Alcalá de Henares, es el adelanto de las medidas exclaustradoras en comparación con otros lugares de España, incluso la capital. Previo al desalojo de los conventos madrileños, efectuado por los agentes de policía el 17 de enero de 1836, los religiosos complutenses ya habían sido obligados a abandonar sus casas el 27 de diciembre del año anterior, en el contexto de las reformas represoras promovidas por Salustiano Olózaga contra la Universidad (la llamada “Inocentada de Alcalá”). Quiere decirse que en el momento de hacerse efectiva la enajenación de los bienes de la Iglesia en Alcalá, la mayoría de los edificios ya estaban vacíos o empleados en otras actividades. En cuanto al volumen de las expropiaciones, la mayor cantidad de ellas se produjo durante la llamada Desamortización de Mendizábal, a partir de 1836. Se294 ACOSTA DE LA TORRE, L.: Guía del viajero en Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1882, pp. 16-18 y 20-25. 227 gún los datos proporcionados por Simón Segura, el valor de lo traspasado en nuestra ciudad alcanzó porcentajes ligeramente superiores a la media nacional y la cantidad de fincas enajenadas fue muy superior a la de otros municipios de la provincia. Las propiedades urbanas no superaron en mucho el precio de salida en los remates, pero las fincas rurales se vendieron un 226% por encima de la recaudación prevista, no sabemos si debido a su calidad o a su cercanía a la Corte. Otra característica singular de la desamortización eclesiástica en Alcalá fue que la mayor cantidad de fincas expropiadas pertenecían al clero secular: 227 solares urbanos y 1.222 hectáreas de fincas rústicas por sólo 80 solares urbanos y 807 hectáreas de tierras de las órdenes regulares, de las cuales un número muy significativo era de las comunidades femeninas (sobre todo de las Claras y las Juanas). Añadir, por último, que al contrario que en otros puntos de España, los bienes desamortizados se subastaron aquí con extraordinaria celeridad (un 72% fue adquirido en la primera licitación). De acuerdo con el estudio de Josefina Gómez Mendoza, en el municipio complutense salieron al mercado un total de 376 fincas, la inmensa mayoría edificadas y sólo una mínima parte de solares y huertos, lo que supone un 42% del caserío, que estaba formado por 900 inmuebles según las estimaciones de Madoz. La documentación histórica, conservada fundamentalmente en el Archivo General de la Administración y en el Registro de la Propiedad de Alcalá de Henares, sólo nos ha dejado constancia de la transacción de una tercera parte de lo enajenado, exactamente 143 fincas; de ellas 58 casas eclesiales en el casco viejo, que se vendieron por un valor de adjudicación de 3.228.699 reales (el 175% de lo previsto).295 La parte más significativa del caserío desamortizado se concentraba en el área urbana medieval y pertenecía al clero secular: 78 fincas propiedad de la Iglesia Magistral, 37 de la parroquia de Santa María, y 35 de la de Santiago. La Plaza de los Santos Niños, el eje formado por las calles Cisneros-Mayor-Libreros, con sus aledaños, y la zona Sur de la ciudad en torno al Matadero, experimentaron la mayor cantidad de compraventas. Estas fincas fueron rápidamente adjudicadas, (más de la mitad de las posesiones del clero regular complutense ya se habían vendido en los seis primeros meses de 1837), seguramente por el interés especulativo que despertaron entre los compradores. En cambio, otros solares vieron GÓMEZ MENDOZA, J.: “Desamortización y morfología urbanas en Alcalá de Henares en el siglo XIX”, Estudios Geográficos, nº 138-139, 1975, pp. 479-507; y de la misma autora: Agricultura y expansión urbana: la campiña del Bajo Henares en la aglomeración de Madrid. Madrid, 1977. Para un análisis comparativo de estas cifras y de las que a continuación se detallan, véase MADOZ, P.: Diccionario geográfico estadístico histórico de España y sus posesiones de ultramar, vol. I. Madrid, 1848, pp. 364-375; GARCÍA FERNÁNDEZ, J.: “Alcalá de Henares. Estudios de Geografía Urbana”, Estudios Geográficos, nº 47, 1952, pp. 299-355; SIMÓN SEGURA, F.: Contribución al estudio de la desamortización en España. La desamortización de Mendizábal en la provincia de Madrid. Madrid, 1969; GARCÍA GUTIÉRREZ, F.J.: La Sociedad de Condueños. Historia de los complutenses que salvaron una Universidad. Alcalá de Henares, 2000; y DIEGO PAREJA, L.M.: “La Desamortización en Alcalá de Henares: consecuencias sociales y económicas”, en Alcalá de Henares, páginas de su historia. IX Curso de Historia, Arte y Cultura de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 2000, pp. 123-138. 295 228 fracasar muchas de las subastas, por su lejanía respecto del centro urbano o su escaso interés especulativo en aquella época. El estado en que se encontraba este conjunto arquitectónico era en general bastante ruinoso. En cuanto a la desamortización de las tierras de calificación rural, en Alcalá fueron expropiadas un total de 4.502 hectáreas, algo más de la mitad de la superficie de su término municipal. De ese total, 2.473 hectáreas pertenecían al ayuntamiento, y 2.029 a la Iglesia, de las cuales la mayor parte correspondían al clero secular. Nuevamente la Magistral fue una de las instituciones más damnificadas, al ser desprovista de más de mil hectáreas de los mejores terrenos de regadío comprendidos en la margen derecha del río Henares, desde el Val hasta la desembocadura del Camarmilla. Más de la mitad de estas tierras pertenecientes a la Magistral fueron subastadas en 1843 por valor de 1.734.196 reales, adjudicándose el resto entre 1862 y 1863. En resumen, al finalizar todo el proceso desamortizador fueron readjudicadas hasta 3.937 fanegas de tierra pertenecientes al clero secular y 2.600 del regular. Entre las fincas de los regulares destacan las ocho congregaciones femeninas que había en la ciudad, como principales propietarias (las Carmelitas de Afuera en menor medida debido a su pobreza), no sólo en Alcalá sino también en otros pueblos de la comarca como Camarma, Meco, Daganzo, Ajalvir, Cobeña, Algete, Paracuellos, Loeches, Anchuelo, Arganda, Campo Real, etc. Por ello las monjas resultaron más afectadas por las expropiaciones que los religiosos varones, aunque se las permitiera conservar la propiedad de sus edificios conventuales. Ofrecemos un índice orientativo sobre el particular, enumerando algunas de las enajenaciones más significativas (tanto rústicas como urbanas) sufridas por las comunidades femeninas. - AGUSTINAS DE LA MAGDALENA: perdieron 11 casas en el casco urbano de Alcalá, otras dos en la calle de Atocha en Madrid, una alameda con más de 3.000 árboles, 25 fincas rústicas que sumaban 122 fanegas, y que fueron adquiridas por Antonio Moya en 1837, por 80.000 reales, más la llamada “Huerta de Recoletos”, vendida en 1.250.000 reales. - BERNARDAS: perdieron todas sus propiedades, de las que destaca la llamada “Hacienda de Salomón”, de 281 fanegas de superficie, que estaba en el municipio de Algete, y que incluía una casa de labor con bodega, jaraíz, un soto, un monte bajo de encinas, una viña con 30.000 cepas y otras tierras, todo vendido a Francisco Illoro por 521.000 reales. - CARMELITAS DE LA IMAGEN: perdieron 15 casas y solares en la ciudad, una en Madrid que fue subastada por 330.000 reales, y varias más en otros municipios, junto a otras fincas rústicas y viñas con más de 400 cepas, que compró José Arpa en 1837, por 190.000 reales. - CATALINAS: perdieron fincas rústicas situadas tanto en el término de Alcalá como en Torrejón, Daganzo y Morata de Tajuña, cuatro de ellas adquiridas por Andrés Echevarría en 1837 por 200.000 reales, más dos casas en Madrid, 229 una vendida a Rufino García Carrasco por 400.000 reales, y otra a Pablo Ramos por 222.000. - FRANCISCANAS DE SAN JUAN DE LA PENITENCIA: perdieron 16 casas y solares situados en el casco viejo, casi todas ellas en torno a su monasterio, más una casa en Madrid vendida a Bernardo Gómez por 334.000 reales, y 53 fincas que sumaban 495 fanegas y que compró en 1837 Mauricio Justo del Rincón por 470.000 reales. - RELIGIOSAS DE SANTA CLARA: perdieron unas 40 fincas rústicas, que en total sumaban 544 fanegas, más una casa en Madrid vendida a Justo Eras por 267.000 reales, más dos casas en la ciudad, en la calle de las Damas y en la calle de la Victoria, esta última adjudicada a Pedro del Valle por 622.000 reales. - RELIGIOSAS DE SANTA ÚRSULA: perdieron 4 casas en el centro de Alcalá, más 45 fincas rústicas que sumaban 321 fanegas, vendidas a Bonifacio Maza por 378.000 reales, más 546 fanegas de tierra en Cobeña adjudicadas a Nicolás Alonso por 121.000 reales. En relación a las comunidades de frailes, sólo apuntar que la magnitud de las transacciones realizadas entre 1836 y 1842, obligó a retrasar la puesta en circulación de los edificios conventuales. Por no enumerar todas las fincas enajenadas, destacamos en la siguiente lista algunas de las más significativas: - AGONIZANTES: perdieron 7 casas en el centro de Alcalá y 20 fincas rústicas que sumaban 130 fanegas, y que fueron adquiridas por José Arpa en 1837, por 40.000 reales. - CARACCIOLOS: perdieron entre otras cosas una casa de labor con molino, más de 33.000 cepas y 1.700 olivos, situada en Belmonte de Tajo, que fue adjudicada a José Roviralta por 200.000 reales, más una casa en Madrid en la calle Preciados, vendida a J.M. Safont por 552.000 reales. - CARMELITAS DESCALZOS: perdieron varias casas en Madrid y Alcalá, así como una hacienda con viñedos que poseían en Arganda, vendidos a Eusebio Gómez por 303.000 reales, y otras tierras en Alcalá que fueron vendidas a Mauricio Justo del Rincón por 100.000 reales. - DOMINICOS DE SANTO TOMÁS: perdieron la “Hacienda de los Ángeles” situada en Valverde, cuyo precio en las diversas subastas de que fue objeto no bajó de 900.000 reales, al igual que otra hacienda en Arganda, que fue adjudicada por 392.000 reales a Ramón González Robles. - JESUITAS: perdieron la “Hacienda de la Magdalena”, que compró en 1837 Félix Gendre por 201.000 reales, además de una viña-olivar en el Majuelo Grande de Alcalá, vendida a Manuel Gaviria por 320.000 reales, y varias tierras en Torrejón subastadas por 220.000 reales. - MERCEDARIOS CALZADOS: perdieron una casa de labor con pajar y bodega cuyo precio de subasta alcanzó 610.000 reales, más un solar en el centro de Alcalá que fue adjudicado a J.P. Guillén por 102.000 reales. 230 - MÍNIMOS DE LA VICTORIA: perdieron 9 casas y solares en la ciudad, la mayoría en los alrededores de su convento, más 26 fincas rústicas que sumaban 151 fanegas, y que fueron adjudicadas en 1837 a Mauricio Justo del Rincón por 100.100 reales, más 2 casas en Madrid, vendida una por 200.000 reales y otra por 703.000. − Aproximación a las cifras de la desamortización civil Posteriormente, Pascual Madoz terminaría de finiquitar el proceso de expropiaciones contra la Iglesia, extendiendo su acción contra el patrimonio de las capellanías, obras pías, cofradías e instituciones de beneficencia. Durante la década de 1860 fueron enajenadas las propiedades de los dos hospitales de caridad complutenses, el de Antezana (31 fincas sólo en Alcalá), y el de Santa María la Rica (10 fincas). Pero la Iglesia no fue la única que sufrió despojo, los bienes comunales y de propios también fueron desamortizados: el pósito, las carnicerías viejas, el matadero, la plaza del mercado, la barca del Val (aunque estos tres últimos fueron finalmente exceptuados de la venta), algunas casas semiderruidas, el solar procedente del derribo de la ermita de San Sebastián y el edificio de la pescadería. Las ventas de fincas rústicas alcanzaron las 2.473 hectáreas de prados, dehesas, alamedas, barrancos, etc., casi el 30% del término municipal, aunque en su mayor parte eran tierras de poca calidad situadas en los cerros de la margen izquierda del río Henares. Incluido en alguno de los lotes de cerros y montes, que entonces se sacaron a subasta, se hallaban los restos del antiguo castillo islámico de Alcalá la Vieja. Abandonado durante siglos, en 1838 un particular había hecho volar mediante cargas de pólvora dos o tres torreones, efectuándolo sin ningún derecho ni autorización, con el objeto de aprovechar sus materiales en la construcción de una caseta para el empleado de la barca que cruzaba el río. Esta caseta se arruinó poco después y gran parte de los restos de la histórica fortaleza se perdieron para siempre. De acuerdo con la Ley de Desamortización Civil del 1 de mayo de 1865, el castillo fue vendido junto con todos los bienes de propios, y en 1868 sufrió el derrumbamiento de un extenso lienzo de muralla. Aunque en la monografía dedicada por José Demetrio Calleja a aquel monumento, en 1897, se admitía que “hasta ahora parece que por el que figura como dueño nada se ha demolido a mano airada, gracias a Dios”, la incuria del tiempo condujo progresivamente hacia la destrucción de los últimos vestigios de la dominación musulmana en Alcalá. Hoy no queda en pie más que la torre albarrana, los restos de otras tres torres, un aljibe cubierto con bóveda de cañón y otros vestigios, que han sido oportunamente consolidados gracias a la serie de excavaciones arqueológicas que llevan practicándose allí desde 1964.296 296 Véase CALLEJA, J.D.: Alcalá la Vieja. Ensayo histórico o apuntes para una monografía de aquel castillo. Guadalajara, 1897 (edic. facsímil en Obras Completas, I.EE.CC., 2000), prólogo y p. 25; 231 Otros bienes de propios cuya enajenación resultó muy significativa fueron el pósito, vendido el 5 de noviembre de 1860, por 40.000 reales, y las Carnicerías viejas, rematadas en la misma fecha por 26.020 reales. Además de ello fue adjudicada a la nación, por 25.300 reales, la cárcel del Estado, situada en la calle del pósito con vuelta a la del Vicario. Por último fueron vendidos otras fincas pertenecientes a instituciones complutenses, que estaban situadas en el área de otros pueblos como Camarma (un 18% del total enajenado), Daganzo (un 15%), Torrejón de Ardoz (un 12%), Meco (un 8%), y otros como Valverde, Arganda, Cobeña, Ajalvir, etc., de modo que la estructura de la propiedad cambió radicalmente en el Corredor del Henares, y el municipio quedó tan empobrecido como la Iglesia. Las consecuencias de la Desamortización en Alcalá coincidieron con las del traslado de la Universidad a Madrid, y se hicieron especialmente sensibles en los índices demográficos y económicos. En cuanto a la población, el descenso en el número de habitantes fue extraordinario, y se produjo de forma paralela al éxodo de estudiantes y religiosos: Alcalá contaba en 1802 con 5.526 pobladores, que habían llegado a finales de 1835 a 6.108 almas, de los que 1.231 eran vecinos empadronados; en 1842, según los datos aportados por el Diccionario de Pascual Madoz, el número de vecinos bajó bruscamente hasta 864, contabilizándose en total nada más que 3.968 almas.297 El problema económico derivado de esta situación fue el que más preocupó a las autoridades locales, tal como habían venido advirtiendo en sus escritos de protesta anteriores al expolio de la academia complutense. La pérdida de la mayor fuente de ingresos y elemento vertebrador del comercio, hizo muy difícil la vida en la ciudad durante los años sucesivos, por causa de la “miseria a que ha quedado reducido este vecindario a falta de la Universidad literaria y expatriación de muchos vecinos”.298 El tono plañidero de la documentación municipal se refleja con respecto a numerosas cuestiones de índole administrativa o tributaria, a las que la población no podía hacer frente por “el estado de pobreza imposible de creer en que se hallan estos vecinos [...] no presentando hoy otro aspecto que la tristeza de su soledad y el retrato de la miseria [...] en la impotencia en que hoy se encuentran”.299 Si a ello unimos la prolongada sequía que asoló el campo a finales de la década de 1840, podremos entender que el Banco de San Fernando tuviera que prestar 100 millones de reales al partido judicial de Alcalá, en julio de también PAVÓN MALDONADO, B.: “El castillo árabe de Alcalá la Vieja”, en Alcalá 1293: una villa universitaria de la Edad Media. Catálogo de la exposición, Alcalá de Henares, 1993, pp. 31-34. 297 MADOZ, P.: Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar, vol. I. Madrid, 1848, p. 372; estos datos demográficos pueden cotejarse en BALLESTEROS TORRES, P.: “La población alcalaína en el siglo XIX”, Puerta de Madrid, nº 921 (20 octubre 1984). 298 A.M.A.H., Leg. 1.045/1, Acta municipal del 15 de julio de 1838. 299 A.M.A.H., Leg. 1.036/8. La imposibilidad económica de financiar determinadas obras públicas, que obligaban a realizar al ayuntamiento las autoridades superiores, provocó que muchas tuvieran que hacerse por medio de levas de trabajo forzoso en las décadas de 1840-1850, continuando una práctica que ya era habitual en España durante el Antiguo Régimen. 232 1848, para que éste pudiera hacer frente a las contribuciones provinciales, y salvar al mismo tiempo los déficits acumulados por las malas cosechas.300 Y sin embargo, lo que para la generalidad de la población se convirtió en una situación enormemente traumática, para unos pocos burgueses y aristócratas especuladores, la Desamortización se convirtió en la gran oportunidad de hacerse ricos. Durante el proceso auspiciado por Mendizábal y Espartero, las licitaciones se desarrollaron con rapidez en Alcalá de Henares, y las propiedades cambiaron de manos muy pronto. En todo caso, las pujas no debieron ser demasiado animadas: en muy contados casos el precio del remate duplica al de la tasación inicial, y en la mayoría es el mismo, lo cual pone de manifiesto la limitada concurrencia de interesados. No parece que hubiera acumulación de compras en una única persona, de lo que se deduce que los interesados debieron acordar previamente un cierto reparto de adquisiciones. De acuerdo con la clasificación propuesta por Diego Pareja, los compradores fueron básicamente cuatro tipos de personas: a) Vecinos de la propia ciudad que compraron sobre todo casas y solares en el centro. b) Especuladores que adquirieron una gran cantidad de lotes no sólo en Alcalá sino en otras localidades, con la intención de comerciar con ellos. c) Nuevos burgueses, muchos de ellos funcionarios públicos, que lograron enriquecerse con estas adquisiciones y se convirtieron en grandes defensores de la política liberal. d) Y finalmente la nobleza, que aquí estaba representada por familias como los Moctezuma, Revillagigedo, Ibarra, Morante, Bertrán de Lis, Luque, Nájera, etc.301 Algunos nombres llaman poderosamente la atención de entre la nómina de compradores, porque luego pasarían a formar parte de la Sociedad de Condueños de los edificios que fueron Universidad, no sabemos si con la intención de hacerse perdonar por los complutenses, o porque pensaron que la adquisición de la manzana cisneriana iba a derivar, a la postre, en un nuevo negocio inmobiliario.302 También hubo sociedades o empresas ficticias que representaban a los auténticos compradores, y los llamados primistas, que compraron grandes cantidades de fincas, pero luego no hacían efectivos los pagos o se declaraban en quiebra. Muchas fincas salieron a la venta hasta media docena de veces, depreciándose progresivamente porque no suscitaron interés, porque se hallaban muy 300 A.M.A.H., Libro 122, Acta del 26 de julio de 1848. En este mismo Libro de Acuerdos, y en los de los años anteriores, son constantes las referencias a la organización de rogativas a la Virgen del Val, patrona de la ciudad. 301 DIEGO PAREJA, ob. cit., 2000, p. 135. 302 Véase GARCÍA GUTIÉRREZ, ob. cit., 2000, p. 91. Entre esos nombres destaca el de José Arpa, más tarde elegido alcalde de la ciudad, quien adquirió hasta 48 fincas del término municipal de Alcalá, y el de Gregorio Azaña, escribano del ayuntamiento, que a finales del XIX figura como el principal cosechero de vinos de la ciudad, ganadero y propietario de dos fábricas de cerámica. 233 degradadas, o porque algunos postores dejaban de ingresar alguno de los plazos. Hay que señalar que algunos de los inmuebles puestos a la venta tenían una extensión inmensa y por ende una elevada tasación, lo que provocó el retrotraimiento de posibles compradores; es el caso del Palacio Arzobispal, el Colegio de Málaga o la Plaza del Mercado, los cuales, tras las primeras subastas infructuosas fueron exceptuados de la venta por su falta de rentabilidad. En esta línea argumentativa se explica que fueran adjudicadas más rápidamente las fincas pequeñas que las grandes, y que las de calificación rural fueran más apetecidas por su valor de explotación agrícola. − Efectos de la Desamortización sobre los monumentos arquitectónicos, el patrimonio artístico mueble y el urbanismo de Alcalá de Henares De los edificios que podríamos considerar monumentales, fueron respetados los conventos de monjas, expropiados los del clero regular masculino y vendidos la mayoría de los colegios seculares de la Universidad, siendo exceptuados de enajenación los inmuebles más amplios, porque fueron incautados por el Estado para usos militares. Salvo esta posibilidad de utilización de algunas propiedades eclesiásticas, la Desamortización no produjo en Alcalá los beneficios económicos esperados por la Administración, quitando la febril actividad comercial producida en los dos primeros años de ventas. Hubo un cierto desequilibrio entre oferta y demanda, que se materializó en un menor índice de las ventas llevadas finalmente a término. En el caso del suelo rústico sí puede hablarse de un éxito considerable, pero las fincas urbanas no siempre interesaron a los compradores, fundamentalmente por lo elevado de su coste. Por esta razón el Estado tuvo que quedarse con muchos inmuebles, a los que dio nuevos usos civiles o militares con el fin de hacerlos productivos, sobre todo a partir de 1841. Tanto la venta a particulares como su nacionalización, provocó que muchos edificios históricos de gran valor artístico acabaran terriblemente deteriorados, en especial iglesias y monasterios. A pesar de la gratuidad con la que los gobiernos liberales dieron vía libre a las desamortizaciones, el deseo de conservar y rehabilitar los monumentos religiosos terminó siendo objeto de preocupación para un buen número de instituciones: la propia Iglesia, las academias científicas, las sociedades filantrópicas, e incluso algunos sectores importantes de la Administración del Estado. En este contexto se comprende la creación de la Comisión Central de Monumentos, el 13 de junio de 1844, que debía actuar al amparo de las Reales Academias de la Historia y San Fernando. Entre las funciones de este organismo estaba vigilar “para la conservación de los monumentos y demas objetos históricos y artísticos”, lo que supuso un decidido paso adelante a la hora de salvaguardar nuestro patrimonio cultural no sólo en su materialidad, sino también en relación a su situación legal. Antes de la intervención de la Comisión de Monumentos, el Estado ya planteó algunos esfuerzos encaminados a recabar información sobre aquellos bienes 234 culturales dignos de ser respetados. Por ejemplo en mayo de 1840, el gobierno de la nación mandaba que “los Alcaldes den noticia de los monumentos bellos q. existen en sus respectivas jurisdicciones”, ordenanza que se repitió el 2 de abril de 1844 pidiendo se especificaran los bienes “que devan conservarse por su merito y recuerdos históricos”.303 Pero a partir de su creación, la Comisión de Monumentos pudo desempeñar más intensamente esta labor de protección del patrimonio, para lo cual trató de obtener información de primera mano sobre el valor cultural de los edificios que estaban siendo afectados por las desamortizaciones. Con este fin promovió la realización de un amplio interrogatorio que todos los municipios debían contestar por escrito, notificando las singularidades artísticas que se hallaban en su partido judicial. Este interrogatorio incluía preguntas sobre la cantidad, peculiaridades, estilo, y estado de conservación de los edificios históricos que hubiera en cada pueblo, así como de las ruinas arqueológicas, objetos de arte mueble y decoraciones artísticas de todo tipo (pinturas, esculturas, vidrieras, mosaicos, etc.). El ayuntamiento de Alcalá recibió aquella encuesta, que fue remitida al Ministerio de la Gobernación junto con una carta adjunta, suscrita el 21 de abril de 1844 por el alcalde Dionisio Giménez, en la que se alertaba del estado de deterioro del Palacio Arzobispal, y se pedía su conservación por considerarlo el edificio expropiado más notable de la ciudad. La Comisión de Monumentos apoyó aquella misiva y solicitó le enviasen más información al respecto, especialmente sobre los manuscritos y documentos que se guardasen en el palacio, con el fin de argumentar a favor de su salvación ante el gobierno.304 El viejo alcázar prelaticio había sido nacionalizado en 1841, por hallarse entre las propiedades del clero secular. Cedido al ejército, se pensó instalar en él la Academia de Artillería (que finalmente fue emplazada en Segovia), para lo cual se encargó a Pedro Ortiz de Pinedo y Francisco Serrallach la formación de un par de planos de fortificación del palacio, en los que se distingue claramente el edificio y toda la extensión de la huerta con sus murallas y torreones. 305 El ejército finalmente no hizo uso del inmueble, aunque en 1842 dudó sobre la conveniencia de emplazar en él un hospital de campaña, y un tal Antonio de la Iglesia tuvo que levantar un nuevo plano de la finca.306 Como nada de aquello se hizo, el gobierno sacó a la venta el palacio, pero su tasación (tres millones de reales) des- 303 Véase la notificación de estas disposiciones en Alcalá, en el A.M.A.H., Leg. 1.045/1, Acta del 19 de mayo de 1840; y Libro 118, Acta del 18 de abril de 1844. 304 A.M.A.H., Leg. 812/3; y Libro 118, Actas del 18 de abril y 21 de agosto de 1844. Los documentos conservados en el Palacio Arzobispal procedían del Tribunal Eclesiástico instalado en él, de las oficinas de Rentas Decimales y de otros archivos propios de la Vicaría. 305 Estos planos pueden consultarse en el Archivo Histórico Militar de Madrid (I.H.C.M.), Cartoteca, nº 1.213 (005-089-090). 306 El plano en el I.H.C.M., Cartoteca, nº 1.206 (005-086); y los informes relativos a la posible instalación del hospital militar, en el Archivo General Militar de Segovia (A.G.M.), 3ª Sección, 3ª División, Leg. 390. 235 22. Plano orgánico del Palacio Arzobispal, por Antonio de la Iglesia, en 1844. Archivo General Militar de Madrid (I.H.C.M.), SH. M-18/19. animó a los licitadores que se presentaron a la subasta, celebrada sin éxito el 13 de marzo de 1844.307 La falta de un criterio claro sobre lo que debía hacerse con el edificio, junto con las peticiones de la municipalidad y de la Comisión Central de Monumentos a favor de su conservación, así como la vuelta al poder de los moderados, facilitaron que el Palacio Arzobispal volviera a propiedad de la mitra toledana el 3 de abril de 1845, según el decreto de devolución de bienes al clero. En 1848 el Vicario General Eclesiástico de Alcalá entró en negociaciones con los superiores de los Escolapios, para estudiar la posibilidad de ubicar en el alcázar un instituto de enseñanza regentado por dichos religiosos, pero en agosto de ese año se frenó la operación atendiendo a “la relación del estado ruinoso en que se halla el Palacio Arzobispal [...] y de los crecidos gastos necesarios para su reparación y de otros no menos considerables para su conveniente habilitación y conservación”.308 Por consiguiente, el edificio permaneció otra vez sin uso hasta que en 1855 sería nuevamente desamortizado por Madoz, y cedido al Ministerio de la Guerra. En esta ocasión el ejército sí llegó a emplearlo, como sede de una modesta Caja de Reclutas, después de realizar un inventario de los bienes que le quedaban. Durante esta 307 Véase GÓMEZ MENDOZA, ob. cit., 1975, p. 492. Dato recogido por Pedro Manuel Alonso Marañón en VARIOS: La Sociedad de Condueños..., ob. cit., 2000, pp. 219-221. 308 236 época fue también utilizado para algunas sesiones numerosas de la Corporación Municipal, para las Juntas del Partido y para las elecciones de Diputados a Cortes. En el seno de la política de recuperación de las relaciones diplomáticas entre el partido unionista y la Iglesia, el 14 de noviembre de 1856 el alcázar fue revertido al Arzobispado. Con la intención de darle algún uso al edificio, que por entonces se hallaba casi abandonado, la mitra y el gobierno acordaron el 17 de julio de 1858 convertirlo en Archivo General Central del Reino, para lo cual se emprendieron en el inmueble unas ingentes obras de restauración que, si bien lo salvaron de la ruina, también desfiguraron casi por completo su autenticidad histórico artística.309 Aunque no corresponda al tema de nuestra investigación, la actuación de la Comisión Central de Monumentos y los esfuerzos del gobierno por salvaguardar ciertas obras de arte, motivaron también que muchos cuadros, estatuas, muebles y alhajas de gran valor salieran de Alcalá por aquellas fechas. El destino de tales objetos fue diverso, pero en general se dirigió hacia Madrid: el Museo de la Trinidad, el Museo del Prado, la iglesia de San Francisco el Grande, etc. Dentro de la misma ciudad de Alcalá hubo también un trasvase extraordinario de obras de arte, procedentes de los monasterios de varones exclaustrados, hasta el punto de que algunas iglesias como las de Jesuitas, San Felipe Neri, Santa María y Santiago, además de los conventos de monjas, acabaron convertidos en gigantescos almacenes de bienes culturales, tal como explicó el P. Acosta de la Torre todavía en 1882. Lo sucedido sirvió para conservar todas esas obras de arte, pero también originó, a la luz de la legislación, serios problemas de titularidad del patrimonio. En otro orden de cosas, la Desamortización también fue causa de una gran cantidad de reformas urbanísticas interiores, desarrolladas sobre todo a partir del segundo tercio del siglo XIX, en todas las ciudades de España. Aunque en honor a la verdad, hay que admitir que dichas reformas se iniciaron desde la iniciativa privada, y con bastante anarquía, debido a la falta de una normativa reguladora eficaz. La exclaustración de los conventos religiosos proporcionó una gran cantidad de edificios, enajenados a favor de la Hacienda pública, que pudieron ser transformados o demolidos tanto por el gobierno como por los particulares que los adquirieron, de tal forma que en el corazón mismo de las ciudades aparecieron solares y huertas susceptibles de ser convertidos en mercados, plazas, calles u otros edificios que podrían erigirse conforme a un plan urbano más regularizado. El interés que la burguesía especulativa liberal puso en los procesos de subasta y transacción de esos inmuebles, trajo consigo una fuerte arbitrariedad en los precios de compraventa y arrendamiento, así como multitud de derribos incontrolados y una preocupante falta de criterios políticos por parte de las autoridades municipales. 309 Véase ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, pp. 97-106. Noticias contemporáneas a la decisión de emplazar aquí el Archivo General Central, en el A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 390; y en el A.M.A.H., Libro 132, Actas del 24 de julio y 16 de agosto de 1858. 237 Según algunos estudiosos, la Desamortización se convirtió en el único factor verdaderamente influyente dentro del proceso de modernización urbanística de las ciudades españolas a partir de 1836, toda vez que las posibles reformas exigidas por la industrialización aún eran muy escasas, y además no existía, en la mayoría de los casos, un proyecto de ensanche claramente organizado. Las murallas que muchos pueblos conservaban desde época medieval, constituían un importante obstáculo para la expansión de los municipios, y ante la tesitura de si se debía iniciar su derribo o no, fue aprovechada la coyuntura de las desamortizaciones para iniciar reformas en el interior de los núcleos urbanos. Sobre los solares de los monasterios exclaustrados surgieron modernos y lujosos edificios, construidos en estilo clasicista, así como nuevos espacios urbanos que se sujetaron a rigurosas normas de alineación e higiene pública. En relación al caso concreto de Alcalá de Henares, más adelante analizaremos las profundas transformaciones arquitectónicas experimentadas en algunos edificios conventuales a raíz de la Desamortización. A nivel urbanístico, por contra, los cambios fueron menos radicales, ya que no existió la voluntad política ni los medios técnicos ni económicos para variar en exceso el entramado de la ciudad. Sobre este particular debemos anotar la creación de una nueva plaza al final de la calle Empecinado, delante del convento de la Merced Descalza (en 1852), y el cerramiento de la plazuela que existía en la intersección de la calle Trinidad con el Hospital de San Juan de Dios, de tal forma que ese espacio fue convertido en jardín particular (en 1873). Además de eso, los colegios de Mercedarios Calzados y Manriques fueron derribados, pero el solar resultante no fue empleado para uso público sino que quedó alineado con el resto de la calle de Roma y, salvo el muro de cerramiento y alguna construcción de escasa envergadura, allí no se hizo nada más. El mismo criterio de alineación fue observado con respecto al Teatro Salón Cervantes (1888) y otras construcciones, levantadas sobre la antigua huerta del convento de Capuchinos. Más trascendental fue el resultado de la demolición del convento de franciscanos de San Diego y del Colegio de San Bernardo, por cuanto en su lugar fueron erigidos de nueva planta los vastísimos cuarteles del Príncipe y de Lepanto; la configuración arquitectónica de estos nuevos edificios redefinió no sólo el trazado de las calles limítrofes, sino también el de la ronda que unía las puertas de Mártires y Aguadores. Por último, merece la pena detenerse algo más en la que, a mi juicio, es la reforma urbana más importante provocada por la Desamortización: la construcción de la nueva plaza del mercado sobre el corral del convento del Carmen Calzado. Este corral estaba situado detrás de la cabecera de la iglesia monacal, al Norte, y lindaba con la calle de Cerrajeros y la parte trasera del vecino convento de Agonizantes.310 Sucedida la exclaustración, el municipio vio que aquel lugar po310 Las características de este corral están bien descritas en un informe pericial redactado por el maestro de obras y agrimensor Gaspar Martín Blanco, con fecha 13 de junio de 1837, en el que decía: “Que de orden de Dn. Antonio Flores, Regidor y Comisionado por el Iltre. Ayuntamiento de la misma 238 día ser, por su localización en pleno centro de la ciudad, un espléndido marco para la construcción de un mercado o plaza de abastos. Tal establecimiento era bastante necesario en Alcalá, ya que no existía ninguno propiamente dicho y había que usar en su defecto la Plaza Mayor, en la que se instalaban algunos puestos de forma provisional en las ferias y días señalados. Por tanto, oídas las pertinentes solicitudes, la Junta Superior de Enajenación de edificios y efectos de los Conventos Suprimidos, aprobó el 20 de abril de 1837 “la cesión del corral contiguo al Convento de Carmelitas Calzados de la Ciudad de Alcalá de Henares, según lo ha solicitado su Ayuntamiento”. El municipio emprendió entonces las oportunas diligencias para adquirirlo en propiedad, por el precio de 5.800 reales, y comenzar la construcción del mercado, todo lo cual fue autorizado por la Diputación provincial el día 8 de junio de 1838.311 En diciembre de ese año quedó formalizado el proyecto para la construcción y distribución del nuevo mercado, y a lo largo de 1839 fueron ejecutadas las obras por el alarife José Ostalet, reaprovechando cierta cantidad de escombros procedentes del mismo corral de los carmelitas. Este primer mercado era una estructura bastante sencilla con un sótano para depósito de conservación de carnes, el piso empedrado, el espacio dividido, mediante tabiques de adobe y cal, en distintos puestos o cuartos cerrados por batientes de madera, y un techado común para toda la superficie; el conjunto tenía su acceso a través de unos “arcos de entrada a la plaza”, y estaba circundado por unas tapias perimetrales de tierra y ladrillo, que sustituyeron al antiguo cerramiento conventual y al mismo tiempo le otorgaron cierta independencia urbanística.312 A pesar de que el mercado comenzó a utilizarse en seguida, la baja calidad de la construcción provocó que otro albañil, Gregorio Mínguez, se viera obligado a reparar numerosas goteras retejando todo el edificio en 1845. 313 No debió ser suficiente porque las reparaciones se repitieron: en 1861 reedificación de “las tapias del corral de la misma plaza”, al año siguiente recomposición de los tejados, y en 1864 nuevo proyecto de obras, presupuestado en 5.000 reales por Feliciano Ramos.314 Estas intervenciones fueron bastante minoritarias y únicamente tenían como propósito mantener la construcción en buenas condiciones; de modo que, Ciudad, pasé al reconocimiento, medición y tasación de un Corral que fue de los Esclaustrados del Carmen Calzado, sito en el casco de esta población; linda a oriente con Callejón y Calle de la Manta, medio día y poniente con el Combento y Casas anejas a él, y por Norte Calle de Cerrajeros; su construcción: machos de ladrillo y tapias de tierra que por algunos parajes se hallan algo deterioradas, hace medianería con el espresado Combento y Casas, tiene un Callejón que sale a la Calle del Carmen demostrando haver tenido su entrada por el mismo; de forma que ocupa su situación: diez y ocho mil trescientos doce pies superficiales cuadrados y su valor atendida su localidad construcción y época, soy de sentir es el de cinco mil ochocientos reales vellón ... 5800”. Véase en el A.M.A.H., Leg. 952/1. 311 A.M.A.H., Leg. 1.045/1, Actas del 18 de mayo y 15 de junio de 1838; y Leg. 952/1. El ayuntamiento necesitaba la autorización de las autoridades provinciales para destinar una cierta cantidad del producto de los bienes propios y de los arbitrios de degüello, al pago del canon correspondiente por la compra de la citada finca, favor que le fue concedido. 312 A.M.A.H., Leg. 645/1; y Leg. 1.045/1, Actas del 1 de agosto de 1839 y 14 de julio de 1840. 313 A.M.A.H., Libro 119, Acta del 13 de octubre de 1845. 314 A.M.A.H., Leg. 744/2; Leg. 612/13; y Leg. 645/3. 239 en junio de 1873, el municipio ya se planteó que “cuanto antes se emprenda la obra de ensanche de la plaza del mercado”, para lo cual pidió al arquitecto provincial la elaboración de un proyecto y presupuesto específicos. Sorprende, no obstante, que se viera la necesidad de ampliar el local cuando apenas unos años después, en junio de 1878, la corporación de concejales solicitaba “que se vuelva a restablecer el Mercado Público que por desuso casi ha desaparecido”.315 En octubre de 1884 se presentó el proyecto definitivo de reforma del mercado. Este proyecto, que fue aprobado en marzo del año siguiente, incluía la construcción de una galería cubierta con una marquesina de zinc de 35 metros de largo, para cubrir veinticuatro puestos de nueva fábrica que iban a sustituir a los cajones anteriores. La obra fue llevada a cabo por José Vilaplana, y la marquesina realizada por el maestro plomero Manuel Gómez.316 Al año siguiente se construyó, paralela a la anterior, otra galería idéntica, cubierta también con un tejado de zinc que haría, ya en 1888, un tal Benito Flores.317 Este tipo de marquesinas de zinc supusieron un importante impulso a la utilización de los materiales metálicos en la arquitectura alcalaína del XIX, de la cual sería un espléndido ejemplo el kiosko de hierro de la Plaza de Cervantes, levantado una década después por Martín Pastells. En 1887 supervisó el acabado de la obra Luis Argenti, y en 1888 lo hizo el arquitecto municipal Javier Aguilar, que midió y tasó la segunda marquesina, estimándola en buenas condiciones de estabilidad.318 El mercado que se ve actualmente en esta localización es una obra mucho más reciente, ya de mediados del siglo XX, por lo que apenas queda nada de aquellas edificaciones ochocentistas, y mucho menos del antiguo corral del convento de los carmelitas. Sí ha quedado, lógicamente, la transformación urbana que supuso la segregación del susodicho corral respecto de la finca original del monasterio, en lo que es un buen ejemplo de la incidencia de las desamortizaciones sobre el aspecto que presenta hoy Alcalá de Henares. − Otros efectos de la Desamortización en Alcalá de Henares. La Desamortización provocó además otro tipo de consecuencias que afectaron a los aspectos religiosos, y al desarrollo mismo de la cotidianeidad de los alcalaínos. La exagerada supresión de edificios religiosos, o su reconversión para otros usos, hizo que los habitantes de Alcalá encontraran sensiblemente mermados los servicios de misas, catequesis y actividades de pastoral llevados a cabo en la ciudad; también se redujo la posibilidad de registrar canónicamente en los archivos parroquiales muchos bautizos, matrimonios o defunciones, de las que de315 A.M.A.H., Libro 143, Acta del 18 de junio de 1873; y Libro 148, Acta del 13 de junio de 1878. A.M.A.H., Leg. 66/50; Libro 154, Acta del 16 de octubre de 1884; y Libro 155, Acta del 9 de abril de 1885. 317 A.M.A.H., Libro 156, Actas del 17 y 26 de junio de 1886; Leg. 998/8; y Leg. 741/1. 318 A.M.A.H., Leg. 1.059/7. 316 240 bía haber constancia según la legislación civil. Este es un hecho sobre el que se ha llamado muy poco la atención, y que sin embargo provocó una honda preocupación entre los responsables eclesiásticos de la Diócesis de Toledo, por el interés de mantener su disminuida influencia sobre la vicaría complutense tanto como por asegurar a los feligreses su necesaria asistencia religiosa. Las medidas adoptadas para paliar a este respecto las consecuencias de las exclaustraciones influyeron, aunque fuera indirectamente, en la conservación de una parte importante del patrimonio histórico complutense. Así, a los pocos años de haberse decretado la Desamortización de Mendizábal, una Junta Superior de Enajenación de Conventos Suprimidos, de la cual formaba parte el Vicario de Alcalá, fue encargada de custodiar las iglesias de los monasterios exclaustrados, además de sus efectos de culto. Una de las competencias de esta Junta era determinar qué objetos litúrgicos, procedentes de los conventos o de las parroquias más ricas, debían ser enviados a los museos nacionales por su valor artístico, o por el contrario podían ser aprovechados por otras parroquias más pobres que se hallaban desprovistas de ajuar. La actuación de dicha Junta se inició en 1838 en cooperación con la Comisión de Arbitrios de Amortización del Partido de Alcalá, dedicándose ambos al inventario de bienes de los conventos suprimidos. Como ejemplo de lo que hicieron estos organismos se conservan varias referencias en los Libros de Acuerdos municipales de 1841-1842, en las que se da curso a la “formación de un imbentario de las Yglesias, esto es de los papeles”. En enero de 1842, uno de sus comisionados para esta empresa, un tal Andrés Gamboa, solicitó “que el imbentario de los papeles de las iglesias se haga por legajos, siempre que se exprese por lo menos el numero de documentos que contiene cada uno de ellos”. En el mes de marzo de ese mismo año, la citada Comisión de Arbitrios de Amortización reclamó al consistorio la entrega de todos aquellos papeles, para ubicarlos en un nuevo destino, no aclarado: en el caso de Alcalá, muchos documentos procedentes de conventos se guardaron en el Archivo Municipal, pero varios libros y legajos parroquiales fueron a parar a diversos archivos eclesiásticos, otros regresaron a sus templos de origen, y unos cuantos fueron extraviados, perdiéndose irremisiblemente.319 Dentro de su concepción progresista del nuevo Estado liberal, el 15 de diciembre de 1841, Espartero ordenó al ministro de Gracia y Justicia que estudiara la posibilidad de reducir el número de parroquias en aquellas localidades donde ya hubiera suficientes, o alguna de ellas no justificara su existencia de acuerdo al volumen de servicios que prestara. La orden fue trasladada al Arzobispado de Toledo y de ahí a la vicaría complutense, quien propuso al ayuntamiento la nece319 A.M.A.H., Leg. 1.045/1. Actas del 1 de marzo de 1838, 28 de diciembre de 1841, 14 de enero de 1842, y 18 de marzo de 1842. Aparte de la importante Sección Eclesiástica del Archivo Municipal de Alcalá, en el transcurso de mi investigación he llegado a encontrar varios legajos procedentes de las parroquias de Santa María y Santiago, en el Archivo de la Diócesis de Madrid, ubicado en la Catedral de la Almudena. Esto da idea de la dispersión a que fue sometido el patrimonio documental de la Iglesia complutense a raíz de las desamortizaciones. 241 sidad de hacer una nueva distribución parroquial en la ciudad. La reorganización del culto era un problema que implicaba a muy diversas instituciones, no sólo por el hecho de decidir la forma en que debía hacerse, sino porque exigía la devolución de una cierta cantidad de alhajas y enseres necesarios para la liturgia, que habían sido incautados por el gobierno, así como diversos libros y documentos extraídos de los archivos eclesiásticos. En el organigrama propuesto se planteaba la posibilidad de destinar para el culto los templos de algunos de los conventos exclaustrados, lo que contribuiría a su mantenimiento, suprimiendo al mismo tiempo la parroquia de Santiago, cuyo mantenimiento era gravoso para la municipalidad, teniendo en cuenta las escasas misas que se celebraban en ella. 320 En abril de 1842 el alcalde Lope Ignacio Fuentes y el pleno del ayuntamiento secundaron la mencionada supresión, porque consideraban que no era justo obligar a la población a costear el sostenimiento de aquella iglesia. El 1 de octubre del mismo año, la Administración de Amortización se incautó de todos los bienes que tenía el templo, y en diciembre, el sacristán y mayordomo de la fábrica de dicha parroquia exponía que “quedó esta sin recurso alguno para sostener el culto”, por lo que solicitaba al consistorio una subvención con la que hacer frente a los gastos. Pero la iglesia de Santiago había sido ya extinguida a todos los efectos con el beneplácito de las autoridades, faltando únicamente la aprobación del gobierno, así que no hubo ninguna subvención y la parroquia dejó de funcionar como tal durante unos meses.321 El cambio de régimen político que supuso la llegada al poder de los moderados, en detrimento de Espartero, anuló cualquier decisión y la parroquia de Santiago continuó subsistiendo agregada a la de Santa María, aunque en la más absoluta pobreza de medios.322 La misma situación de penuria motivada por la enajenación de sus bienes sufrió la iglesia de Santa María la Mayor, según indicaba su cura ecónomo en agosto de 1842 manifestando “la escasez de fondos pª el culto y la indigencia en q. se hallan sus dependientes”. Gracias a que ésta era la parroquia más importante de Alcalá, por categoría eclesiástica y número de feligreses, en aquella ocasión el municipio sí apoyó su mantenimiento, con 1.000 reales de los que “quinientos rs. han de emplearse en las necesidades de la fabrica y otros quinientos en pagar al sacristán y compañero, dando trescientos cinquenta rs. al primero y ciento cinquenta al segundo”. Por orden del gobierno, dos meses después se le dieron 3.000 reales de atrasos al sacerdote, repitiéndose en años sucesivos la subvención municipal, con lo cual la iglesia de Santa María pudo seguir subsistiendo.323 La de Santa María y la de San Pedro (esta última ubicada en la Magistral) fueron las dos únicas parroquias que continuaron funcionando a todos los efectos, 320 A.M.A.H., Leg. 835/23; y Leg. 1.045/1, Actas del 1 y 10 de febrero de 1842. A.M.A.H., Leg. 950/3; y Leg. 1.045/1, Actas del 19 de abril y 23 de diciembre de 1842, y 26 de septiembre de 1843. 322 Véase DIEGO PAREJA, L.M.: La Iglesia de Santiago, 1501-2001. Cinco siglos en la historia de Alcalá. Alcalá de Henares, 2001, p. 29. 323 A.M.A.H., Leg. 1.045/1, Actas del 19 de agosto y 18 de octubre de 1842, y 10 de enero de 1843. 321 242 según determinaba una orden del Ministerio de la Gobernación, fecha 24 de septiembre de 1843, que fijaba de este modo la reorganización del culto en la ciudad. “Artº. quinto: Se conserban en Alcalá de Hens. las Parroquias de Sn. Pedro y Sta. Mª uniéndose a ésta la de Santiago, cuyo templo queda como capilla publica, y en clase de Anejo con un teniente la llamada de los Hueros. “Artº. sesto: Los curas propios de las parroquias suprimidas, serán colocados en la que se una a la suya, si está vacante, o en otra q. lo esté, y sea de igual clase, quedando en otro caso agregados a la primera con la misma asignación de cura propio, y occion a quedar de tal en la vacante.” 324 Habida cuenta del estado de precariedad en que quedó la infraestructura parroquial de Alcalá, las autoridades religiosas reiteraron en 1843 su solicitud de utilizar para el culto las iglesias de algunos conventos desamortizados, a lo cual contestó el ayuntamiento ser del todo imposible por la situación jurídica en que habían quedado la mayoría de ellas: “Se dio cuenta de un oficio del Sor. vicario fecha trece del actual, q. presenta el Sor. Presidente a fin de q. la municipalidad le informe relativamente a manifestar la combeniencia q. haya de quedar o no abiertas alguna o algunas de las Iglesias de los Combentos suprimidos de esta Ciudad. Enterado el Ylte. Ayto. dijo que se informe al Sr. Alcalde primero que en esta Ciudad no hay ninguna Iglesia de Combento o Monasterio suprimido, pues las q. estos tenían están dedicadas una a dominio particular a virtud de compra, y otras a cuarteles pª. la tropa.” 325 La mayoría de las iglesias de los conventos masculinos de Alcalá no se había utilizado nunca para el culto público y, después de las desamortizaciones, los nuevos usos a que fueron sometidas impidieron que se pudieran recuperar para la liturgia. Así que tuvo que ser en algunas iglesias de los monasterios femeninos, donde se permitió que los servicios religiosos se desarrollaran igual que en las parroquias mencionadas, gracias a que salieron intactas de la política exclaustradora del gobierno. Porque a pesar de que la Ley desamortizadora del 8 de marzo de 1836 declaró extinguidas todas las congregaciones regulares, las enajenaciones no afectaron a los edificios de los monasterios de monjas, sino al resto de fincas rústicas y urbanas de su propiedad. En su mayor parte, los decretos de supresión no se llevaron a la práctica con las monjas: fueron vendidos sus bienes, se les prohibió recibir novicias, pero no llegó a subastarse ningún convento, por lo que las hermanas permanecieron en sus residencias monacales y en ellas han seguido hasta la actualidad. Sólo hubo dos casos en los que la supresión sí se llevó a efecto, quedando exclaustrados los edificios conventuales: fueron el monasterio de Agustinas de la Magdalena y el de Franciscanas de San Juan de la Penitencia. 324 A.M.A.H., Leg. 1.045/1, Acta del 17 de octubre de 1843. A.M.A.H., Leg. 1.045/1, Acta del 22 de septiembre de 1843. La misma petición fue realizada por la Diputación Provincial el 23 de diciembre, obteniendo idéntica negativa. 325 243 Los demás conventos y colegios de frailes de Alcalá fueron nacionalizados o vendidos a particulares, a partir de 1835. Los que pasaron a la Hacienda pública, no obstante, aún tardaron varios años en encontrar un destino claro, por lo que permanecieron cerrados y abandonados, algunos hasta la Regencia de Espartero. De acuerdo al nuevo uso a que fueron sometidos, podemos clasificar el destino que tuvieron estos edificios en tres categorías (los inmuebles están enumerados alfabéticamente). En los epígrafes siguientes hablaremos detenidamente de lo sucedido con cada uno de ellos, atendiendo a esta clasificación. EDIFICIOS VENDIDOS A PARTICULARES: - Colegio de León. - Colegio de Los Verdes (Santa Catalina Mártir). - Colegio de San Agustín el Real. - Colegio de Trinitarios Calzados. - Convento de Agustinos Recoletos de San Nicolás de Tolentino. - Convento de Capuchinos de Santa María Egipciaca. - Convento de Franciscanos del Santo Ángel. - Hospital de San Juan de Dios. EDIFICIOS CONVERTIDOS EN INSTITUCIONES DEL ESTADO: - Colegio de Carmelitas Descalzos de San Cirilo. - Colegio de Málaga. - Colegio del Rey. - Colegio de Santo Tomás de Aquino. - Convento de Agonizantes. - Convento de Dominicos de la Madre de Dios. - Convento de Franciscanas de San Juan de la Penitencia. - Palacio Arzobispal. EDIFICIOS APROVECHADOS PARA USO MILITAR: - Colegio de los Caracciolos. - Colegio de Cistercienses de San Bernardo. - Colegio de los Manchegos. - Colegio de los Manriques. - Colegio de Málaga. - Colegio de Mercedarios Calzados. - Colegio de Mínimos de la Victoria o de Santa Ana. - Colegio de San Agustín el Real. 244 - Colegio de San Basilio Magno. - Colegio de Trinitarios Descalzos. - Colegio Máximo de la Compañía de Jesús. - Convento de Agonizantes. - Convento del Carmen Calzado. - Convento de la Merced Descalza. - Convento de San Diego (Santa María de Jesús). - Hospital de San Juan de Dios. - Pósito de trigo. 2. EL DESTINO DADO A LOS EDIFICIOS HISTÓRICOS DE ALCALÁ DE HENARES TRAS LA DESAMORTIZACIÓN 2.1. Edificios históricos vendidos como propiedad particular Comenzaremos la relación de edificios por aquellos que fueron vendidos a particulares, y que quedaron expuestos al criterio personal de sus nuevos dueños para hacer con ellos lo que quisieron, sin despertar la más mínima preocupación entre las instituciones oficiales sobre el destino que tuvieron. − Colegios Menores de León y de los Verdes Desde la reforma de 1780, varios colegios menores agregados a la Universidad habían pasado ya a propiedad particular. Al trasladarse la academia complutense y ser expropiados sus bienes en 1836, dichos establecimientos resultaron igualmente afectados; primero fueron abandonados y luego el gobierno determinó, por decreto del 4 de noviembre de 1843, la incorporación a la Universidad Central de Madrid de todas sus rentas, bienes y efectos. Este hecho, disfrazado como nacionalización de unas propiedades que se hallaban desamparadas y bajo evidente peligro de expolio, significó para la ciudad complutense la pérdida de una parte importante de su patrimonio, ya que los objetos de arte mueble fueron trasladados a Madrid, y los edificios colegiales fueron declarados en venta como bienes pertenecientes al Ministerio de Instrucción Pública. Así que al final acabaron siendo subastados como cualquier otra propiedad desamortizada.326 Así por ejemplo el edificio del Colegio de León, fundado en 1586, sería comprado por el jurisconsulto alcalaíno Luis Díaz Pérez en 1845. Este señor lo utilizó como residencia particular, y con ese fin lo transformó notablemente: unió 326 Véase CERVERA VERA, L.: Los dispersos colegios mayores y menores en el conjunto urbano medieval de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1994. 245 las dos torres esquineras mediante un lienzo de fábrica, de tal forma que elevó una tercera planta a la fachada, hizo nuevo el arco de medio punto que sirve de portada principal, y añadió en la parte trasera del inmueble un jardín de gusto romántico. Con estos cambios ha subsistido hasta nuestros días, en que ha pasado a ser dependencia universitaria.327 Cercano al anterior, en la misma calle de Libreros se halla el Colegio de Santa Catalina Mártir o de Los Verdes, fundado en 1580 por doña Catalina Suárez de Mendoza, y construido a lo largo del siglo XVII. Llegó a ser uno de los institutos más importantes de la Universidad, pues antes de acabar el siglo XVIII le habían sido agregados el colegio de los Manchegos, el de las santas Justa y Rufina, el de los santos Justo y Pastor o de Tuy, el de San Cosme y San Damián, el de San Clemente Mártir, y el de San Juan Bautista o de Vizcaya. El edificio tenía tres plantas con ventanas enrejadas, patio interior, y una esbelta capilla con cúpula sobre pechinas, sobre las cuales se pintaron blasones de las casas de Arteaga, Leiva y Mendoza. La venta de una gran cantidad de rentas y fincas, efectuada con el fin de reparar los daños ocasionados por la Guerra de la Independencia, originó la decadencia del colegio hasta que en 1836 fueron finalmente trasladados sus estudiantes a Madrid, y en 1843 completamente suprimido. La excelente biblioteca de este colegio fue malvendida y expoliada durante su traslado a la Universidad Central, y el edificio fue destinado a casa de vecinos y de labor a partir de 1850. Por esta razón, y por el derribo del torreón limítrofe de la Puerta de Mártires en 1853, el inmueble se encuentra hoy muy transformado, como una casona decimonónica de nueva fachada pero escaso valor arquitectónico. En 1907 lo adquirió don Miguel Atilano Casado, quien continuó con las modificaciones para convertirlo en casas de alquiler. Y ya en 1988-1991 ha sido restaurado lo que quedaba de la capilla, habilitándola como restaurante y sala de exposiciones el arquitecto J. C. Cascales Dáder.328 − Colegio Real de San Agustín Sin duda uno de los inmuebles más duramente castigados por el proceso desamortizador es el Real Colegio de San Agustín, situado en la calle de Roma o de los Colegios; de él sólo ha llegado hasta nuestros días la fachada de la iglesia y sus muros de carga. Esta fundación fue establecida junto al Colegio de Málaga en 1533, gracias a la intervención de Santo Tomás de Villanueva, poniéndolo bajo 327 Véase CALLEJA, J.D.: Bosquejo histórico de los colegios seculares de la Universidad de Alcalá de Henares. Madrid, 1900 (Edic. facsímil por la I.EE.CC., 2000), p. 32; y C.O.A.M.: Arquitectura para una Universidad recuperada. Alcalá de Henares, 1991, p. 46. 328 Véase FLORES, A. - AGUIRREZÁBAL, F.: Recuperación del Colegio de Santa Catalina Mártir, o de Los Verdes. Alcalá de Henares, 1991; CASADO ARBONIES, F.J.: El Colegio Universitario de Santa Catalina Mártir, o de Los Verdes. Madrid, 1992; y LLULL PEÑALBA, J. - FLORES DELGADO, A.: “Breves apuntes para un catálogo provisional de la pintura mural en Alcalá de Henares”, Anales Complutenses, vol. VI-VII, 1994-1995, p. 201. 246 patronazgo real la princesa doña Juana, hija de Carlos V, en 1555. A partir de 1625 el maestro Sebastián de la Plaza dirigió la construcción de la iglesia, cuya portada se completó en 1655 según trazas de Cristóbal de Murcia. Durante la Francesada fue exclaustrado por orden de José I, y utilizado por el ejército napoleónico como cuartel, lo que provocó daños arquitectónicos de gran consideración; tal es así que los frailes (Agustinos Calzados) no volvieron a ocupar el edificio después de la guerra.329 El colegio también sería utilizado por el ejército español a principios de la década de 1830, después de pasar por largas temporadas de abandono. 330 Finalmente fue desamortizado de acuerdo con la Ley de Mendizábal, aunque no salió a subasta hasta el 17 de agosto de 1841, con una tasación de 170.890 reales. Como la finca no encontró comprador, en 1844 fue incluida en el lote de bienes que debían ser devueltos al clero, pero antes de hacerse efectiva dicha devolución, fue otorgado de nuevo al ejército, quien demolió casi todo el edificio en 1848 por amenaza de ruina. Los militares reutilizaron lo que pudieron, construyendo nuevas instalaciones en su solar para albergar dependencias administrativas y graneros.331 Poco después, Manuel Ibarra compró a título particular una buena parte del inmueble, con la intención de convertirlo en pajar, y en 1853 el ayuntamiento le concedió permiso para instalar allí “dos hornos de pan cocer”.332 Su heredero, Joaquín Ibarra, también obtuvo la autorización municipal en 1887 “para reedificar las tapias del edificio que fue convento de San Agustín ochavando el ángulo que forman las calles del Carmen Descalzo y callejón de San Agustín para colocar en el una puerta”.333 Cinco años después el nuevo propietario, Dionisio Sáiz, justificó la necesidad de “rebajar cierta altura de fachada perteneciente al edificio titulado Sn. Agustín situado en la calle Roma” y, a petición suya, el arquitecto Martín Pastells eliminó el frontón triangular que servía de remate a la fachada de la antigua iglesia, introduciendo elementos añadidos, y cambiando el cornisamiento de tal forma que hoy cuelga directamente de él la ventana del piso alto.334 Por estos años debió derrumbarse también la cúpula, que amenazaba ruina y se había convertido en palomar. Véase BARRIO MOYA, J.L.: “El Real Colegio de San Agustín en Alcalá de Henares”, Anales Complutenses, vol. I, 1987, pp. 19-48. 330 A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 390. 331 Véase GÓMEZ MENDOZA, ob. cit., 1975, p. 493; sobre las obras efectuadas en torno a 1848 véase el A.M.A.H., Leg. 764/9. 332 La noticia en el A.M.A.H., Leg. 612/1; y Libro 127, Acta del 11 de agosto de 1853; recogida por ENTRAMBASAGUAS, J.: Grandeza y decadencia de la Universidad Complutense. Madrid, 1972, p. 92. 333 A.M.A.H., Libro 156, Acta del 3 de marzo de 1887. 334 A.M.A.H., Leg. 975/2. El arquitecto explicó al ayuntamiento que “se demuele el actual fronton y se rebaja la parte necesaria de fachada de lo que fue iglesia del exconvento de Sn. Agustin y se corona a igual altura y con igual cornisa q. la del resto del edificio, resultando por tanto en armonía con el público ornato”. 329 247 23. Vista del Colegio Real de San Agustín, en la que se aprecia la desaparición del frontón triangular y la reforma del cornisamiento. Fotografía de Josué Llull. 248 Como resultado de todo ello, en 1912 se decía que la iglesia de San Agustín estaba “convertida en casa de labor y almacenes, de la que ha desaparecido todo cuanto bueno allí se encerraba”.335 Lo único que le quedó de mérito artístico fue la portada. En la actualidad, el edificio es un puro espejismo de lo que era, y funciona como sede de los Juzgados de la ciudad. − Colegio de Trinitarios Calzados Próximo al de San Agustín, en la misma calle de Roma, se halla el Colegio de Trinitarios Calzados. Aunque su origen se remonta a 1525 y está vinculado a las primeras fundaciones universitarias, su construcción no se inició hasta 1612, a cargo del alarife Sebastián de la Plaza. El acabado artístico del conjunto era bastante austero, muy en la línea del clasicismo escurialense: la iglesia de planta rectangular y una sola nave, cubierta por bóveda de cañón con lunetos y arcos fajones; el colegio de planta rectangular y dos alturas en torno a un patio cercado por arcos de medio punto sobre pilares.336 Los avatares que sufrió el edificio tras su desamortización fueron innumerables. En 1836 Vicente Bertrán de Lis adquirió por 78.000 reales un soto-alameda de calificación rural, perteneciente a los Trinitarios, pero el convento permaneció cerrado hasta 1848. Fue entonces cuando el mismo personaje compró el inmueble, ampliando sus límites gracias a que le incorporó el limítrofe colegio de los Gramáticos. Poco después, en la primavera de 1853, consiguió autorización para ejecutar varias obras en el edificio: la iglesia fue habilitada como capilla familiar, poniéndose una cubierta de cinc sobre el crucero en lugar del cimborrio cúbico que tendría originalmente, y transformando la cúpula oval o la bóveda de aristas que se vería desde el interior con la decoración de estrellas que se ve en la actualidad.337 En 1860 la familia Bertrán de Lis obtuvo licencia municipal para sacar la tapia de la huerta trasera hasta la línea de obra del cuartel de San Diego, ampliando la superficie del solar con el fin de instalar allí una fábrica de ladrillos. Y en los años sucesivos el colegio sería repetidamente troceado para convertirlo en viviendas de alquiler.338 Ya en 1870 el inmueble pasó a manos de doña Manuela Escorial de López, que intentó revenderlo al Ministerio de la Guerra, y más tarde fue adquirido por 335 Véase ALVAREZ LINARES: Anuario-guía histórica ilustrada de Alcalá de Henares y su partido judicial. Madrid, 1912, p. 180; también CALLEJA, J.D.: Breves noticias históricas de los Colegios y Conventos de religiosos incorporados a la Universidad de Alcalá de Henares. Madrid, 1901 (Edic. facsímil por la I.EE.CC., 2000), p. 22; y ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, p. 197. 336 Véase ROMÁN PASTOR, C.: Arquitectura conventual de Alcalá de Henares. Alcalá, 1994, pp. 189-195. 337 A.M.A.H., Libro 122 y Libro 127 correspondientes a los acuerdos municipales de los años 1848 y 1853. En estos documentos se cita ya a Vicente Bertrán de Lis como propietario del convento, y se refieren vagamente las obras que pensaba ejecutar en él. Véase también DIEGO PAREJA, L.M.: Contribución del Ejército Español a la salvación de una ciudad Patrimonio de la Humanidad: Alcalá de Henares. Madrid, 2001, p. 182. 338 A.M.A.H., Libro 134, Acta del 10 de mayo de 1860. 249 el ayuntamiento de Madrid, que decidió instalar allí el Tercer Asilo de San Bernardino para ancianos y niños pobres. Para este último uso se encargó de dirigir varias obras de reforma el arquitecto Francisco Verea y Romero, quien en 1880 demolió la fachada de la iglesia (dejándola dentro del nuevo perímetro del edificio, sin salida al exterior), y sustituyó el zócalo que unía los arcos del claustro por un antepecho de nueva construcción. La iglesia quedó así convertida en capilla del Asilo, y el convento fue paulatinamente transformado con el paso de los años. En 1900 Vicente Roldán revocó la fachada exterior del edificio, y en 1948 el arquitecto Lucio Oñoro reconstruiría completamente este lienzo, que da a la calle de los Colegios, dándole un aspecto muy característico de la arquitectura del Régimen Franquista. Cerrado el asilo hace algunos años, en 1999 fue comprado por la Universidad de Alcalá, que lo ha restaurado para sede de la Fundación “Pablo Iglesias”.339 − Convento de Agustinos Recoletos de San Nicolás de Tolentino Peor suerte corrieron otros inmuebles que, una vez desamortizados, cayeron en manos de particulares. Uno de los que mayores transformaciones artísticas experimentaron fue el Convento de Agustinos Recoletos de San Nicolás de Tolentino. Este convento se empezó a construir en 1616, gracias al patronazgo de los señores Antonio de Heredia y Magdalena Burgués, sobre unas casas de la calle de Santiago que habían sido de moriscos. Todavía en 1656 estaban asentando la portada de la iglesia, que fue consagrada en 1679, y mientras tanto se levantaron las crujías de la residencia monacal, disponiéndose la huerta detrás de ellas, hacia el norte. Carmen Román Pastor ha llamado la atención sobre el retranqueo de la fachada de la iglesia respecto al convento y la calle de Santiago, ya que forma un pequeño patio donde los feligreses podían permanecer sin interrumpir el tráfico, y donde podían colocarse altares o arquitecturas efímeras en las fiestas públicas barrocas. Esta solución, además, permite una mayor perspectiva para la contemplación de la fachada de la iglesia, que sigue el modelo carmelitano de plano rectangular de ladrillo rematado por un frontón, con un nártex al que se accede por medio de una triple arcada, la central desarrollada como portada principal, pues queda enmarcada por pilastras y rematada por un frontón partido en el que se aloja una hornacina de tradición manierista. La iglesia tiene planta de cruz latina, con el eje perpendicular a la calle de Santiago, testero recto, y sobre el crucero una airosa cúpula con tambor de aspecto italianizante. Los paramentos están divididos en tramos por medio de pilastras cajeadas, con capiteles habituales en el repertorio del Hermano Bautista, que son 339 Para conocer las diversas transacciones y obras de reforma efectuadas en este edificio véase ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, p. 191; y REYMUNDO TORNERO, A.: Datos históricos de la ciudad de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1950, pp. 577-580. Sobre las obras de revoco de la fachada, a principios del siglo XX, véase en el A.M.A.H., Libro 169, Acta del 12 de noviembre de 1900. 250 variantes del dórico-corintio recogido por Serlio en su Libro VI. Junto a estos elementos decorativos se desarrollan otras molduras, modillones, cartelas y dibujos geométricos en yeso, de gran plasticidad. La ornamentación se completaba con cuadros de Francisco Solís en los entrepaños (desaparecidos) y en las pechinas, además del magnífico retablo mayor que albergaba la Apoteosis de San Agustín (1664) de Claudio Coello. Al margen de lo expuesto destaca también una pequeña capilla abierta en el lado de la Epístola, cubierta por una cúpula ovalada y decorada con motivos de influencia francesa (festones, guirnaldas de frutos, hojas de acanto, cintas y marcos de espejo), datada en el primer tercio del siglo XVIII.340 Tras su desamortización en 1835, este edificio, que sin duda es uno de los más notables ejemplos de la arquitectura barroca complutense, pasó a propiedad particular y fue utilizado entre otras cosas como casa de labor y salón de baile, sufriendo importantes modificaciones. A su primer comprador, José Arpa, no se le ocurrió estulticia mayor que construir en la huerta trasera, en 1840-1842, una plaza de toros. Posteriormente, el chapitel y la linterna de la cúpula de la iglesia fueron parcialmente demolidos, con el pretexto de hacer un mirador, poniéndose en su lugar una cubierta casi plana. Todo ello, como es lógico, produjo un deterioro bastante considerable, del que dio cuenta Esteban Azaña denunciando el estado en que había quedado la capilla ovalada del lado de la Epístola: “La sacristía, exornada según el gusto corintio; hallábase enteramente cuajada de oro, que a mediados de siglo fue arrancado, habiendo sido posteriormente demolidos la mayor parte de sus adornos.” 341 Conociendo esta actitud tan destructiva protagonizada por los dueños del inmueble, no podemos menos que celebrar la decisión del gobierno nacional, de incautar el lienzo pintado por Claudio Coello en el altar mayor de la iglesia. El cuadro es una obra maestra de la pintura madrileña de la segunda mitad del siglo XVII, y sólo gracias a su ingreso en el Museo del Prado, en 1835, ha llegado hasta nuestros días.342 La salvación del convento de Agustinos Recoletos llegó con la compra del mismo, en 1873, por parte de la esposa del que fuera alcalde de Alcalá Justo Alonso de la Paz, la señora Modesta Martínez. Esta señora decidió donar el inmueble, en 1884, a las monjas franciscanas de San Juan de la Penitencia, cuyo convento amenazaba ruina. Aquella donación fue, desde luego, una de las principales razones por las que el edificio se ha conservado hasta hoy, aunque con la 340 Véase ROMAN PASTOR, ob. cit., 1994, pp. 323-330; y GONZÁLEZ RAMOS, R. - LLULL PEÑALBA, J.: “Cúpulas ovaladas en Alcalá de Henares (siglos XVII y XVII): evolución de una tipología arquitectónica experimental”, A.IV.E.H.V.H., Alcalá, 1994, p. 557. 341 AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, p. 36. 342 Sobre este cuadro véase GAYA NUÑO, J.A.: Claudio Coello. Madrid, 1957; SULLIVAN, E.: Claudio Coello y la Pintura Barroca Madrileña. Madrid, 1989; PÉREZ SÁNCHEZ, A.E.: Pintura Barroca en España, 1600-1750. Madrid, 1992, p. 326; QUESADA, J.Mª.: “La pintura barroca madrileña”, Cuadernos de Arte Español, nº 32, 1992, p. VII; y ÁLVAREZ LOPERA, J.: El Museo de la Trinidad en el Prado. Catálogo de la exposición, Madrid, 2004, p. 134. 251 denominación de convento de las Juanas. No obstante, dicha transacción motivó que se realizasen en él algunas modificaciones. Entre las más significativas se halla la alteración producida en la hornacina que hay encima de la portada, para poner en ella la efigie de la Virgen del Rosario procedente del convento de dominicos de la Madre de Dios, en lugar de la estatua de San Nicolás de Tolentino, que había anteriormente. Esta escultura, de cierto interés, había pasado a poder del municipio tras la exclaustración, y fue instalada en su nuevo emplazamiento en octubre de 1884, después de que el municipio decidiera... “...acceder a lo solicitado por la Sra. Abadesa del Monasterio de San Juan de la Penitencia en instancia fecha 23 del actual, y por consiguiente que se la entregue la Imagen de la Madre de Dios, propiedad del Municipio, que está depositada en el convento de San Bernardo para que se coloque en el pórtico de la nueva Iglesia del citado Monasterio.” 343 Con esta intervención fue alterada en parte la placa con el escudo del corazón saeteado, que aparece en la base de la hornacina, el cual pertenece a la orden de San Agustín y sigue haciendo referencia a la advocación original del convento. Además, se colocaron en los arcos laterales del nártex las estatuas de San Francisco y San Diego provenientes del monasterio de Santa María de Jesús, y que sirvieron para mostrar la regla franciscana de las nuevas moradoras.344 Por último, fueron trasladados aquí los retablos barrocos de la primitiva iglesia de San Juan de la Penitencia (el del altar mayor y dos colaterales), y la barandilla que servía de antepecho al coro elevado de los pies de la iglesia fue sustituida por un muro que aseguró más fehacientemente la clausura de las monjas. Justamente lo contrario de esto último se hizo con el cerramiento exterior del atrio que da acceso al templo, según reza una autorización concedida en 1884 por el ayuntamiento de Alcalá al albañil Nicolás Fernández... “...para tirar una tapia con una puerta que divide la entrada del pórtico que fue del convento de Recoletos y poner en su lugar un zócalo de sillería para colocar sobre el mismo una verja de hierro y las rejas que faltan en los pisos primero y segundo en los mismos huecos que hoy existen.” 345 Esa instalación de rejas en los huecos del primer y el segundo piso del convento, obedece a una serie de reformas acometidas en la fachada que da a la calle de Santiago, y que se prolongaron hasta febrero de 1887. Este último año la corporación municipal volvió a aceptar una solicitud de las monjas para que Pedro Surroca “lleve a efecto el arreglo de huecos y revoco de la fachada de la casa calle de Santiago nº 37, para la clausura de la Comunidad de Religiosas Franciscas 343 A.M.A.H., Libro 154, Acta del 23 de octubre de 1884. Véase CALLEJA, ob. cit., 1901, p. 51. 345 A.M.A.H., Libro 154, Acta del 7 de agosto de 1884. 344 252 de San Juan de la Penitencia”.346 Merced a estas intervenciones y al mantenimiento de su función conventual, el edificio ha llegado en relativo buen estado hasta nuestros días, salvo el tambor de la cúpula y la cubierta plana añadida sobre ella a mediados del XIX, que ahora están restaurando. 24. Interior de la cúpula de la Iglesia de Agustinos Recoletos, en Alcalá de Henares. Fotografía de Josué Llull anterior a la restauración del año 2006. − Convento de Capuchinos de Santa María Egipciaca Otro convento que se vio desigualmente afectado por la fortuna fue el de Capuchinos de Santa María Egipciaca. Su edificio, situado en la calle de Santiago, fue construido entre 1659 y 1663 por el alarife Pedro de Aguilar, a instancias de don Vicente López, clérigo y protonotario de Madrid que actuó como mecenas. Mediante la agregación de otras casas y fincas limítrofes, llegó a adquirir una extensión bastante considerable, que tocaba por la espalda a los corrales de la calle Mayor, y daba la vuelta a la calle de la Tahona, hoy de Cervantes. Lo único que se ve de la iglesia es la fachada, retranqueada respecto a la vía pública para dejar un compás de acceso, igual que en el convento de Agustinos Recoletos; presenta un aspecto extremadamente sencillo, un plano rectangular rematado por un frontón, con una portada de piedra y encima un nicho con un relieve enmarcado que representa a San Zósimo dando la comunión a Santa María Egipciaca. 346 A.M.A.H., Leg. 759/3; y Libro 156, Acta del 3 de febrero de 1887. 253 25. Relieve de la portada del Convento de Capuchinos, que representa a Santa María Egipciaca recibiendo la comunión de manos de San Zósimo. Fotografía de Josué Llull. 254 La iglesia está orientada en sentido perpendicular a la calle de Santiago y es de planta rectangular; está dividida en dos ámbitos por un arco toral, cubriéndose el primer tramo (correspondiente a la nave) mediante una bóveda de cañón con lunetos, y el segundo (sobre la capilla mayor) con una bóveda de aristas en lugar de la media naranja. Esta configuración tan simple, y la falta de un orden arquitectónico que articule los muros de carga, hacen pensar que los frailes se atuvieron más a lo funcional que a lo artístico. A ambos lados de la nave se abrieron capillas-hornacina con altares, y en el retablo principal había un gran cuadro de Francisco Camilo que representaba a Santa María Egipciaca recibiendo la comunión de manos de San Zósimo (1669), el mismo tema que aparecía en la fachada.347 Detrás de la capilla mayor dispusieron la sacristía, de planta rectangular con cañón y lunetos, siguiendo una ubicación que en Alcalá se había experimentado ya en el colegio de los Caracciolos. Como nota de interés añadir que al finalizar la Guerra de la Independencia, el ayuntamiento cedió temporalmente a los Capuchinos la campana de la ermita de Santa Lucía, para sustituir a la que habían expoliado los franceses del convento en marzo de 1810.348 El conjunto fue sacado a pública subasta en abril de 1842 bajo una tasación de 371.420 reales, y fue adquirido por Mariano Gallo de Alcántara, que lo convirtió en hospedería, construyó una casa de labor y utilizó la iglesia como almacén.349 Este señor quiso creer, de acuerdo con una tradición que circulaba entonces por Alcalá, que algunas edificaciones existentes en la parte de la huerta que daba a la calle de la Tahona, constituían los últimos vestigios de la casa natal de Miguel de Cervantes. Dicha tradición había tomado cuerpo a raíz del hallazgo de la partida de bautismo del escritor, en 1752, por el padre benedictino Martín de Sarmiento y el bibliotecario real Juan de Iriarte, junto con la opinión de Manuel de Lardizábal, secretario de la Academia de la Lengua y vecino de Alcalá, quien en 1804 escribió: “La única memoria que yo sepa que hay en el día, es la casa en que dicen que vivió, que hoy está incorporada en la huerta de los Capuchinos, no habiendo quedado de ella más que la pared y la puerta de la calle tapiada.” 350 347 Este cuadro fue trasladado al Palacio Arzobispal cuando la Desamortización. Véase TORMO, E.: Alcalá de Henares. Madrid, 1930, p. 65; y ANGULO IÑIGUEZ, D.: “Francisco Camilo”, A.E.A., nº 78, 1959, pp. 89-107. 348 A.M.A.H., Leg. 807/1, Acta del 27 de mayo de 1815: “Se presentó un Memorial del padre Guardián y Comunidad de Capuchinos de esta Ciudad, en q. con esposicion de varias razones solicita se le dé prestada la Campana q. tiene la Hermita de Santa Lucia. Enterados S.S. dijeron se entregue con interbencion del Señor Pror. Gral. la indicada Campana, siendo de cuenta de la Comunidad los gastos q. ocurran, y con la obligación de q. pague si hubiese algún menoscabo, cuya entrega ha de ser solo por un mes contado desde este día.” 349 Según datos vertidos por GÓMEZ MENDOZA, ob. cit., 1975, p. 493, aunque esta autora no aporta el nombre del comprador. 350 Citado por ASTRANA MARÍN, L.: Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra. Madrid, 1944, vol. I, pp. 179-240. 255 En 1819, Martín Fernández de Navarrete corroboró aquella afirmación, y la creencia se estableció ya completamente entre los complutenses. Una curiosa anécdota ocurrió hacia 1827, cuando vinieron a la ciudad unos viajeros ingleses y le pidieron a un cantero que les arrancara unos trozos del dintel de la puerta de la supuesta morada cervantina, para llevárselos como recuerdo, lo que así realizó por medio duro de propina.351 La falta de protección y el descuido en que se hallaba el lugar, prácticamente arruinado desde el establecimiento, en el siglo XVII, del colegio de los Capuchinos, permitían fácilmente expolios como el que hemos comentado. Por ello, en 1846, Mariano Gallo, el nuevo propietario del solar tras la desamortización, colocó allí una hornacina con un modesto busto del Príncipe de los Ingenios, copia en yeso de la estatua que hay en la plaza de las Cortes de Madrid, junto a una lápida conmemorativa, que rezaba así: “Aquí nació Miguel de Cervantes Saavedra, Autor del Don Quijote. Por su nombre y por su ingenio pertenece al mundo civilizado. Por su cuna a Alcalá de Henares. Año de 1846”. No sabemos si la idea del señor Gallo fue dignificar un poco los restos arquitectónicos que quedaban en el solar, o una prueba de su orgullo por haber adquirido para si un vestigio tan significado de la historia de Alcalá. Desde luego, la instancia de solicitud que dirigió al ayuntamiento pidiendo permiso para colocar el citado recordatorio con su propio dinero, es una auténtica reivindicación, inflada de sensibilidad romántica, sobre las glorias cervantinas y el deber de los alcalaínos de perpetuar su memoria. La lápida y el busto fueron colocados el 9 de octubre de ese año en presencia de toda la corporación municipal y otras autoridades, junto con otra lápida que decía: “A Miguel de Cervantes Saavedra, Autor del Quijote, ingenio el mas eminente de España y uno de los mayores del mundo: aquí donde está el modesto solar en que nació ha erigido este recuerdo a su memoria M. Gallo Alcántara”. Para rematar el recordatorio, el municipio decidió cambiar el nombre de la calle donde se hallaba la presunta casa del escritor, que dejó de llamarse calle de la Tahona para denominarse a partir de entonces calle de Cervantes.352 Nada de aquello ha llegado a nuestros días, porque lo que quedaba en la antigua huerta de los Capuchinos fue derribado en 1886. Los nuevos propietarios del solar, Nicolás Fernández y Félix Huerta, querían “reedificar la casa que fue hospedería del Ex-combento”, para lo cual preferían demoler primero las ruinas existentes y luego construir de nueva planta guardando línea con las calles de Santiago y Cervantes. La instancia de solicitud dirigida por este señor al ayuntamiento está fechada el 28 de enero de 1885, pero hasta el 5 de noviembre no se produjo una respuesta en firme desde la comisión de policía urbana. En el ínterin, la corporación municipal estuvo discutiendo la posibilidad de comprar parte de la 351 Véase Cervantes. Revista Literaria, nº 3 (22 de julio de 1875), p. 4. Sobre todo esto véase CASENAVE, J.Mª.: “Miguel de Cervantes Saavedra”, La Ilustración Española y Americana. Madrid, 1872, p. 266; y MARTÍN ABAD, J..: Recuerdos complutenses de Angel María Barcia. Alcalá de Henares, 1994, pp. 17 y 41 (nota 27); así como en el A.M.A.H., Leg. 666/1; y Libro 120, Actas de los días 4 de mayo y 26 de octubre de 1846, respectivamente. 352 256 huerta de los Capuchinos, justamente el terreno que daba a la calle de Cervantes, para evitar que “desaparezcan los últimos vestigios de la casa que la tradición señaló como morada de Miguel de Cervantes”, y establecer allí una biblioteca complutense, un instituto de enseñanza o un teatro. Se llegó a pensar incluso en la idea de instalar un museo arqueológico en el que se expusieran también muchas pinturas procedentes de los conventos de Alcalá, que habían sido trasladadas a Madrid a raíz de la desamortización.353 El 29 de octubre de 1885, Nicolás Fernández reiteró su solicitud al ayuntamiento, especificando claramente que deseaba “demoler la fachada del Excombento de Capuchinos por la calle de Cervantes”, y el 5 de noviembre la comisión de policía urbana le autorizó “para que proceda a la demolición”, no sin antes reclamarle la entrega de la lápida conmemorativa costeada por Mariano Gallo en 1846 “así como el trozo de atargea de piedra que se dice perteneció a la primitiva casa, con el fin de que pueda colocarse nuevamente en el sitio que se designe”.354 Los propietarios del solar iniciaron de inmediato el derribo de la cerca del convento, dada la escasa representatividad que le suponían a lo que ellos denominaban una “tapia de tierra, edificada ayer, que nada representa y nada propiamente significa o recuerda en orden a las glorias literarias, históricas o artísticas”.355 La noticia de los derrumbamientos fue publicada en varios periódicos de Madrid con un tono bastante alarmista y llegó a ser conocida por la Academia de la Historia, que de inmediato escribió al municipio para averiguar si efectivamente se estaba destruyendo la casa natal de Cervantes, y con qué propósito. Las explicaciones ofrecidas por el municipio a través de una carta redactada por el Jefe del Archivo General Central, trataron de quitar yerro al asunto desautorizando la tradición que localizaba en aquel sitio la casa del escritor: “No existe en Alcalá la casa en que, siquiera con probabilidad, pueda decirse que vio la luz o vino al mundo el Príncipe de nuestros ingenios. Empotrada en la tapia de una huerta del que fue convento de Capuchinos se coloco hace años una lapida, donde se hace constar que allí estuvo la casa en que nació Cervantes. Que razones tuviera para esta afirmación el que la puso allí, se ignoran ciertamente, existiendo mas bien datos de que en otro parage de esta Ciudad pudo acaso verificarse aquel suceso fausto. A pesar de lo cual, esa lapida y aun el nombre de Calle de Cervantes, que lleva ya hace tiempo la del sitio en que se colocó, poquito a poco han ido formando una opinión vulgar, que, sin verdaderos fundamentos, no conviene ni debe destruirse. Por esta razón, cuando los dueños actuales del convento y solar arriba dichos declararon su intento de vender por parcelas todo el área que cogen, o de edificar por si viviendas en ella, al Alcalde de esta Ciudad ocurriole la idea de proponer al municipio la adquisición de la parcela correspon- 353 A.M.A.H., Leg. 751/2; y Libro 155, Actas del 5, 26 y 29 de febrero de 1885. A.M.A.H., Leg. 1.060/2. 355 Véase la Crónica de los Cervantistas, nº 2-3 (9 de octubre de 1904), p. 18. 354 257 diente al mencionado sitio, para constituir allí bien una escuela, bien una biblioteca, o un museito.” 356 En este escrito se repetía el deseo de salvaguardar el recuerdo de Cervantes como una parte fundamental del patrimonio cultural complutense, aunque dicho deseo se argumentara en un falso histórico, tal como demostraría en 1941 don Luis Astrana Marín, quien localizó la auténtica casa del escritor “en el número 2 actual de la calle de la Imagen, a espaldas del hospital de Antezana”. Pero como a principios de 1886 la gente aún creía la primera versión de la historia, el consistorio adquirió finalmente 3.000 pies de la mencionada huerta de los capuchinos, con la intención de conservar el recuerdo de Cervantes, y construir un teatro público, que es lo que decidieron hacer al final “bajo los auspicios del ayuntamiento”.357 La decisión de hacer aquí un teatro no sólo estuvo motivada por el deseo de dignificar la que se creía casa natal del autor de El Quijote, sino por el estado de deterioro en que se encontraba el antiguo Corral de Comedias de los Zapateros, en la Plaza Mayor. En 1882 los habitantes de Alcalá pidieron formalmente el cierre de ese coliseo, y que el ayuntamiento no permitiera más representaciones en él porque “carece de todas las condiciones que debe tener un edificio destinado a ese objeto”, y las escasas obras que se le habían practicado “no ofrecen seguridad”. Esta situación aguantó unos años más, hasta que el Gobernador Civil de la provincia de Madrid clausuró definitivamente el Corral de Comedias en abril de 1888.358 Ante la imposibilidad de seguir usando dicho escenario cuajó entre la ciudadanía la necesidad de erigir uno nuevo, más moderno y capaz, y el céntrico solar dejado por el exconvento de Capuchinos constituía un emplazamiento idóneo. Las dificultades económicas que ocasionaron la compra del solar y el coste de las obras, entre otras cosas debido a la escasez de fondos de las arcas municipales, fueron solventadas mediante la creación de una sociedad de copropietarios formada por diferentes contribuyentes, que pagaron la finca y financiaron en cooperativa la construcción del teatro. Reunido el dinero necesario para financiar la obra del coliseo (unas 100.000 pesetas), Bernabé Estévez Ginovés, gerente de la “Compañía constructora del Salón Cervantes”, solicitó permiso al ayuntamiento el 23 de abril de 1888 “para proceder a la construcción de un salón en la Calle de Cervantes con vuelta a la de Santiago, según plano que presenta y con objeto de dar en él funciones teatrales, conciertos u otras análogas”. 359 Concedida la licencia de inmediato, el coliseo quedó terminado en el tiempo récord de veinti356 A.M.A.H., Leg. 1.472/10. A.M.A.H., Libro 155, Actas del 5 y 12 de noviembre de 1885. 358 Véase COSO, M.A. - HIGUERA, M. - SANZ, J.: El Teatro Cervantes de Alcalá de Henares: 1602-1866. Londres, 1989. Sobre las protestas de los vecinos véase el A.M.A.H., Libro 152, Actas del 27 de julio, 12 y 26 de octubre de 1882, de donde están tomadas las citas. La noticia de la clausura en el Libro 157, Actas del 26 de marzo y 11 de abril de 1888. 359 A.M.A.H., Libro 157, fol. 30 vº. 357 258 nueve días, aunque por esa misma razón su imagen respondió a criterios exclusivamente funcionales, quedando conformada una fachada de ladrillo muy simple, con total ausencia de decoración. En 1905 se pensó instalar aquí el museo-biblioteca cervantino que se proyectaba con motivo del III Centenario de la publicación del Quijote, pero lo único que se hizo fue colocar una lápida, en sustitución de la anterior que había puesto don Mariano Gallo en el mismo lugar.360 Entre tanto, el resto del inmueble fue utilizado como molino de chocolate y un establecimiento de baños medicinales que dirigió el médico Santiago Cifuentes (“Hidroterapia Neptuno”). El Teatro Salón Cervantes permaneció inalterable, hasta que en 1925 sufrió una importante reforma que le confirió las características que ahora tiene. Esta reforma consistió principalmente en la elevación de una segunda planta, con un nivel superior de palcos y anfiteatro, la configuración de la fachada actual adosada a la primera construcción, y ciertas modificaciones en el escenario y en el patio de butacas. En una intervención posterior se puso un falso techo que ocultó la estructura de madera de la cubierta y se introdujo una cabina de proyección cinematográfica. A la hora de valorar su valor artístico, el edificio se levanta conforme a una rígida planta rectangular que dispone sin solución de continuidad la escena, el patio de butacas rodeado por los palcos, el cuerpo del anfiteatro y el vestíbulo, quedando dos pasillos de acceso en las márgenes. Entre los elementos artísticos debemos destacar la fachada principal, que oculta la primitiva de ladrillos. Está formada por tres calles de perfiles curvos separadas por pilastras molduradas de orden gigante; todo enfoscado y pintado de rojo, salvo el yeso blanco de las molduras, lo cual produce una graciosa combinación cromática. Las tres puertas son idénticas, repiten la forma del remate de las calles laterales; no como las ventanas superiores, que son ovaladas en los extremos y rectangular la central. Al interior, decoración ecléctica de diseño geométrico y columnitas jónicas de hierro fundido. La impronta resultante tiene un cierto aire modernista, típico de los establecimientos de esta índole erigidos por toda España a fines del siglo XIX, aunque en verdad resulta algo provinciano por su simpleza. En 1989 se le practicó una importante rehabilitación que sirvió para consolidar la arquitectura general del edificio, ampliar el vestíbulo, el escenario y el foso (reduciendo ligeramente el auditorio), restituir los palcos de la primera planta, abrir una salida de emergencia hacia la calle de Santiago, reconstruir el tejado, edificar de nueva planta una crujía de servicios adosada a la margen izquierda del salón, y restaurar el acabado artístico del edificio, incluyendo la pintura de la fachada y de los paramentos exteriores e interiores. A pesar de ello, hace poco más de un año fue clausurado por ruina y tuvo que ser nuevamente rehabilitado. De la 360 Sobre la instalación del museo-biblioteca cervantino véase el A.M.A.H., Leg. 1.472/11. La leyenda de la lápida, que fue recogida por CASTRO, ob. cit., 1929, p. 103, decía así: “Aquí estuvo la casa / donde nació / MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA / autor del ‘Quijote’. / Homenage de la ciudad de Alcalá de Henares / a su hijo esclarecido. / Mayo de MCMV”. 259 antigua fundación de los Capuchinos sólo subsistieron la residencia monacal y la iglesia; la primera siguió utilizándose como vivienda, permaneciendo en un razonable estado de conservación, mientras que la iglesia, desmantelada durante muchos años, ha sido últimamente rehabilitada como restaurante. Por su parte el teatro fue utilizado durante años como salón de fiestas, pista de baile, cine y sala de bingo; hoy está adscrito a la red de teatros de la Comunidad de Madrid, aunque es de titularidad municipal; su gestión corre a cargo de la Fundación Colegio del Rey.361 − Convento de Franciscanos del Santo Ángel Para ir terminando este primer listado de edificios desamortizados, hablaremos del Convento de franciscanos del Santo Ángel, vulgo Gilitos, un caso peculiar por cuanto acabó siendo adquirido como propiedad particular, aunque el ayuntamiento también tuvo la ocasión de utilizarlo con otra finalidad. Este monasterio se fundó en 1576 sobre una ermita que se hallaba en un pequeño cerro al norte, extramuros de la ciudad, puesta bajo la advocación del Santo Ángel de la Guarda. En 1625, doña Catalina de Mendoza adquirió el patronazgo de la fundación y edificó de nueva planta la iglesia y el convento, dotándole de algunas rentas. La construcción obedeció más a lo funcional que a lo artístico, y el resultado fue bastante modesto: destaca una diminuta iglesia de planta rectangular cubierta por bóveda de cañón y una sencilla cúpula encamonada sobre la capilla mayor, presentando la fachada una portada de medio punto con los blasones de doña Catalina de Mendoza. Luis Miguel de Diego ha apuntado que el 3 de octubre de 1810 fue vendida toda la finca, incluyendo la iglesia, la huerta y otras edificaciones, a un tal Manuel Piñeira, sin que en la documentación histórica constara aprecio ni cantidad alguna pagada.362 No sabemos si dicha transacción se llevó finalmente a término, porque en octubre de 1813 el ayuntamiento se vio con las manos libres para hacer un cementerio en este lugar: “En esta forma, se volvió a dar cuenta a sus Señorias de la orden del Señor Gefe político fecha veinte y cinco del corriente sobre establecimiento, o señalamiento de sitio pª. cementerio; y echos cargo de quanto en ella se previene [...] dijeron q. considerando las circunstancias, y requisitos para hacer saludables el uso de cementerio; acordaron señalar, y señalaron el Conbento del Santo Ángel extramuros de esta dicha ciudad, por mas ventilado, poco distante de la ciudad y a la parte que mira al norte en cuya construcción, o disposición, tiene presente el Ayuntamiento el ahorro de gastos, y que además ay Capilla correspondiente y esta el sitio con la cerca, y tapias correspondientes.” 361 Véase VERDÚ, M.: La rehabilitación del Teatro Salón Cervantes de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1989; y LLULL PEÑALBA. J.: “Noticias sobre la arquitectura de Alcalá de Henares en los siglos XIX y XX”, Anales Complutenses, vol. XV, 2003, pp. 151-176. 362 DIEGO PAREJA, ob. cit., 1992, p. 495. 260 A consecuencia de ello el maestro alarife José Lorenzo fue comisionado por la municipalidad para hacer el reconocimiento pericial del terreno y determinar “la estension y capacidad q. deva comprender el cementerio atendida la población de esta dicha ciudad”.363 Sin embargo, la Restauración de la Monarquía en la figura de Fernando VII facilitó el regreso de los frailes merced a un decreto del 26 de agosto de 1813, que prevenía la devolución de los monasterios a los religiosos. Así que el 5 de mayo del año siguiente se recibió en el consistorio complutense un memorial de fray Antonio Cañaveras, superior del convento del Ángel, en que pedía a las autoridades “no le destine para cementerio por los perjuicios que se irrogarían”. El ayuntamiento no reconoció la legitimidad de aquella representación, y persistió en su empeño de instalar el camposanto por acuerdo del 18 de abril de 1814.364 La formación de este camposanto era absolutamente necesaria en esos tiempos de la posguerra napoleónica, máxime cuando el que se había estado utilizando con anterioridad, en torno a la ermita de San Isidro, se encontraba ya desbordado. Por otra parte, los terrenos comprendidos al Noroeste del convento franciscano reunían todas las condiciones apetecibles: el lugar se hallaba extramuros de la ciudad aunque no demasiado alejado, estaba bien aireado, contaba con la iglesia del monasterio que podía servir de capilla, y la presencia de los cadáveres allí no contaminaría ninguno de los viajes de aguas de la ciudad. Pero el proyecto finalmente quedó paralizado debido a la definitiva devolución de la propiedad a los religiosos, según el Real Decreto del 20 de mayo de 1814. En relación a este último hecho hay que advertir la controvertida batalla legal que pudo llegar a producirse entre los frailes, el ayuntamiento y el comprador que había adquirido la finca durante la Francesada. Tales dificultades motivaron que empezara a pensarse en otro emplazamiento para el cementerio junto a la ermita de San Roque, aunque ésta hubiera sido destruida hasta los cimientos por los soldados napoleónicos y no pudiera utilizarse como capilla. Cuando la desamortización de 1820, el municipio insistió al Jefe Político de la provincia sobre el convento del Ángel como espacio más idóneo para la sacramental, “recordando el q. con arreglo al Decreto de extinción y reforma de regulares debe quedar aquel suprimido [...] cesando por esta razón el único inconveniente q. se opuso con respecto a havitar allí los religiosos”; pero aunque los Gilitos fueron trasladados a Guadalajara, tampoco esta vez se logró tal propósito.365 A la conclusión del Trienio Liberal, los franciscanos volvieron a tomar posesión de su convento, que ya no sería desamortizado hasta el mes de abril de 1842, bajo una tasación de 151.200 reales. En esa fecha fue adquirido para su explotación 363 A.M.A.H., Leg. 806/1, Acta del 30 de octubre de 1813. El memorial elevado por el superior de los Gilitos fue un claro antecedente de otro que firmarían fray Clemente Barbajero, fray Carlos Sánchez Grande y fray Casiano Humaran, “Prelados de los respectivos combentos de sus religiones en esta Ciudad, y comisionados por los demás Prelados de ella”, solicitando que se les devolvieran de inmediato sus monasterios y propiedades; véase en el A.M.A.H., Leg. 807/1, fol. 105 vº. 365 A.M.A.H., Leg. 808/1, Acta del 26 de octubre de 1820. 364 261 agrícola por el señor Vicente Bertrán de Lis, vecino de Madrid, y tras pasar por diversos propietarios, a finales del XIX acabó en manos del Conde de CangaArgüelles, que lo convirtió en su residencia.366 Las sucesivas modificaciones y usos que le dispensaron sus distintos propietarios, acabaron por destruir lo poco de histórico que aún conservaba el edificio. Actualmente se halla rehabilitado como centro cultural de titularidad municipal, y sólo le queda de interés el espacio de la iglesia, muy transformado. El cementerio, finalmente, sería instalado a partir de 1839 en otro lugar, al final del Paseo del Chorrillo, donde todavía se encuentra hoy. − Hospital de San Juan de Dios Por último, otro edificio desamortizado que tuvo diversos usos hasta convertirse en propiedad particular fue el convento de Hospitalarios de San Juan de Dios. Se trataba de un establecimiento de beneficencia tremendamente modesto, que fue fundado en 1639 sobre las casas señoriales de don Fernando de Alcaraz, en la calle de la Trinidad. Tenía una capilla de una sola nave cubierta con bóveda de cañón, y crujías alrededor de un patio rectangular. Las rentas otorgadas a esta congregación por los patronos se fueron quedando cortas, hasta el punto de que a principios del siglo XVIII los hermanos ya vivían de la limosna. Esta situación de pobreza se agravó en la centuria siguiente, y en 1821, durante el Trienio Liberal, el convento fue suprimido, permaneciendo cerrado aún en 1847. Conocemos tres planos del edificio sin fechar, levantados por el ingeniero J. B. Roche para instalar aquí una escuela de trompetas, que finalmente no tuvo lugar.367 En 1861 se mudó aquí, desde el pósito, la compañía de Infantería encargada de custodiar el presidio, y dos años más tarde el ayuntamiento lo alquiló para la Guardia Civil; de esas fechas nos han llegado ciertas referencias sobre obras menores de cerrajería y cargas de material, para acondicionar el inmueble a los usos castrenses.368 Sin datos precisos pero con la certeza de que debió ser en esta época, la iglesia fue demolida por el ejército, dejando tan sólo una parte del muro que la cerraba por la travesía de Avellaneda. Después de su ocupación militar, el exconvento pasó a propiedad de Plácido Olaeta y Roqueñí, quien en enero de 1873 expuso el siguiente parecer a la corporación municipal: 366 El anuncio de la subasta, extractado por GÓMEZ MENDOZA, ob. cit., 1975, p. 494, dice así: “Un convento extramuros de la ciudad, llamado del Ángel, aislado, comprende corrales y huertas, pisos bajo y principal, distribuidos en celdas y tránsitos, agua de pie en la huerta con las obras correspondientes de minados, estanque y demás, a lo que se unen los árboles frutales, que son olivos, almendros, higueras, guindos, manzanos, cerezos, peral y una pequeña alameda con varios negrillos de mediano tamaño. En total 147 árboles”. Para conocer los distintos propietarios de la finca a raíz de su desamortización consúltese el A.M.A.H., Libro 130, fol. 36; y Leg. 1.038/4. En ambos documentos se cita al Sr. Bertrán de Lis por los años 1856 y 1866 respectivamente. Más adelante véase ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, p. 22; y ALVAREZ LINARES, ob. cit., 1912, p. 206, quienes hacen referencia al Conde de Canga-Argüelles. 367 Los planos citados pueden consultarse en S.H.M., Cartoteca, nº 1.203 (005-080-082). 368 Noticia de estas obras en el A.M.A.H., Leg. 951/2. 262 “...que perteneciéndole en propiedad particular y esclusivamente el edificio convento que fue de San Juan de Dios sito en la calle de la Trinidad, y siendo también de su misma propiedad la plazuela adyacente y contigua al espresado edificio, por la parte que mira al convento de las religiosas de Sta. Clara, ha concebido la idea de cercar dicha plazuela con el fin de embellecer aquella calle y convertir en jardín dicha plazuela, como terreno de su propiedad”.369 Con esas transformaciones permaneció el inmueble y su entorno urbano durante varias décadas. Posteriormente el edificio se utilizó como taller y luego fue reformado para hacer en él un bloque de viviendas, añadiendo una tercera planta y aprovechando los corredores en torno al patio. Y más recientemente el jardincillo inventado por el Sr. Olaeta terminó por desaparecer, revertiendo ese espacio a la vía pública, estado en que ha llegado hasta nuestros días. 2.2. Edificios históricos convertidos en sede de instituciones del estado Las quejas de Mendizábal, en 1836, sobre la lentitud y el fracaso con que estaban siendo subastados los conventos religiosos, junto con la total falta de criterio que parecían demostrar los escasos compradores a la hora de derribar o hacer mal uso de tales edificios, motivaron los primeros síntomas de preocupación en el gobierno. La formación de Juntas encargadas de encontrar un destino más adecuado a los monasterios exclaustrados, y la labor de la Comisión de Monumentos a partir de 1844, en aras de la conservación de nuestro patrimonio artístico, intentaron poner freno a los desmanes que se estaban produciendo a raíz de la Desamortización. La llegada del partido moderado al poder abrió la posibilidad de que muchos de aquellos edificios fueran declarados de utilidad pública, facilitando su cesión a diversas instituciones civiles y militares; esta cesión se hacía en calidad de usufructo, quedando la titularidad de los edificios en manos de la Administración General de Bienes Nacionales de la Hacienda pública, pero haciendo responsable a las instituciones beneficiarias de los gastos de mantenimiento y rehabilitación. Aunque este tipo de cesiones ya se habían registrado con anterioridad, la Ley del 17 de marzo de 1845 terminó de regular la práctica de las mismas, razón por la cual, a partir de entonces se multiplicaron las peticiones de Ayuntamientos y Diputaciones para convertir en cuarteles, prisiones, colegios, hospitales y otras cosas muchos edificios desamortizados.370 Poco después, la Ley del 11 de abril de 1845 suspendió la venta de los conventos religiosos, en mitad de un polémico debate suscitado en el Congreso de los Diputados por el Ministro de Hacienda, Alejandro Mon. Según los datos del 369 AM.A.H., Leg. 759/3; y Libro 143, Acta del 5 de febrero de 1873. Véase un buen número de solicitudes de esta índole en el Archivo Histórico Nacional (A.H.N.), Sección de Hacienda, Libro 4.348. 370 263 gobierno, de los 2.120 monasterios que habían sido nacionalizados, habían sido públicamente subastados 685, algunos de ellos a un precio irrisorio si se atendía no sólo a su tamaño sino también a su valor artístico.371 En consecuencia se ordenó formar en cada provincia un listado preventivo de edificios desamortizados, clasificándolos en tres categorías: los que debían ser declarados monumentos, los que podían dedicarse a fines de utilidad pública, y los que debían quedar exceptuados de los dos presupuestos anteriores y, por consiguiente, eran susceptibles de sacarse a la venta. Posteriormente, la R. O. del 4 de mayo de 1850 disponía, a petición de la Academia de San Fernando, que no pudiera hacerse ninguna obra en los edificios públicos sin previa consulta a la Comisión Central de Monumentos. Pues aunque parezca increíble, ninguno de los conventos desamortizados en Alcalá de Henares fue declarado monumento, y tampoco fueron supervisadas por la Academia de San Fernando ninguna de las numerosas obras de rehabilitación que se realizaron en ellos después de su exclaustración, a pesar de que muchos fueron utilizados para servicio público. Probablemente pesó demasiado el criterio estético neoclasicista, todavía vigente en aquella época, que repudiaba el Barroco como estilo de mal gusto, o también la relativa proximidad cronológica de la mayoría de los monumentos complutenses, construidos en buena parte en el siglo XVII. El único caso en que se emitió un juicio artístico positivo fue el del Palacio Arzobispal, que sí fue declarado monumento histórico y sus ingentes obras de restauración fueron examinadas en más de una ocasión. Nos explayaremos sobre lo acontecido en este alcázar en otro capítulo; ahora vamos a repasar el proceso de adaptación a sede de instituciones públicas, que experimentaron otros edificios complutenses nacionalizados. Con el fin de ordenar un poco nuestra relación, comenzaremos por dos edificios que fueron convertidos en prisión (los colegios de Santo Tomás de Aquino y de San Cirilo), para continuar luego con otros inmuebles que fueron cedidos al ayuntamiento de Alcalá de Henares (el convento de Agonizantes, el de Dominicos de la Madre de Dios y el de San Juan de la Penitencia), y acabar con otros edificios que fueron objeto de usos diversos (los colegios de Málaga y del Rey). − Colegio de Dominicos de Santo Tomás de Aquino El Colegio de Dominicos de Santo Tomás está situado en la calle de Roma o de los Colegios. Se trata sin duda de uno de los monumentos más interesantes de Alcalá, y de los que peor salieron parados tras las desamortizaciones. Su definitiva fundación tuvo lugar en 1592, aunque la construcción de su edificio no se iniciaría hasta 1604. El acabado arquitectónico destaca por encima del de otros mo371 Mon ilustraba su argumentación diciendo que por el total de los 685 monasterios vendidos se habían pagado 21 millones de reales, uno menos de lo que había costado el edificio del Congreso de la Carrera de San Jerónimo, recién terminado por Narciso Pascual y Colomer. Citado por ORDIERES DÍEZ, ob. cit., 1995, pp. 30 y 224-231. 264 nasterios contemporáneos de la misma ciudad, debido a sus dimensiones, al empleo de la piedra como material constructivo, no solo ornamental, y a ciertos detalles de composición clasicista. La iglesia es de una enorme sobriedad estilística, de planta rectangular sin capillas laterales, ausentes los paramentos de cualquier tipo de moldura, cubierta la nave con bóveda de cañón con lunetos y fajones, y la capilla mayor con una cúpula sin tambor sobre pechinas. El aspecto desnudo de este templo se ha adscrito al clasicismo de tradición escurialense, y a algunas creaciones del italiano Galeazzo Alessi, aunque se ignora el autor de las trazas y otros pormenores del proceso constructivo. Al exterior destacan dos sencillas portadas de piedra berroqueña, similares a las publicadas por Vignola en su tratado. La calle de los Colegios corre paralela al eje longitudinal de la iglesia, así que la portada principal da acceso al tramo intermedio de la misma por el lado del Evangelio; ostenta en lo alto un nicho enmarcado por pilastras y un frontón semicircular, con una escultura de Santo Tomás que confiere carácter religioso a una arquitectura de impronta civil. En cuanto al convento, se dispuso adosado detrás de la iglesia en torno a un gran patio, cuyo alzado se organizó mediante una superposición de arco-pilar construido en piedra berroqueña.372 El edificio fue desamortizado en 1837 y, a falta de compradores, el gobierno decidió cederlo a la Inspección de Infantería del ejército nacional, junto con otros conventos de Alcalá. Al cabo de unos años fue revertido a la Hacienda pública y acabó convertido en penitenciaría del Estado desde el mes de mayo de 1852, lo que motivó que sufriera importantes alteraciones en su arquitectura. La iglesia fue dividida en dos plantas por medio de forjados, instalándose abajo despachos y el comedor de presidiarios, y dejando el piso superior diáfano para dormitorio. Además, los arcos del claustro fueron cegados y se dividieron los corredores de la planta baja con tabiques, para hacer celdas cuyo acceso se realizara desde el patio. La cárcel fue instalada por el Ministerio de la Gobernación bajo “pésimas condiciones”, entre otras razones por la situación de hacinamiento bajo la que fueron internados los presos, que habitualmente doblaban el número de 500 en que se estimaba la capacidad total de las celdas.373 Es por esto que a partir de 1887, cuando el inmueble pasó a propiedad del Ministerio de Gracia y Justicia, fue necesario hacer en él algunas obras de reforma. Estas obras concluyeron con la demolición de la fachada en 1890 para construir en su lugar un muro de nueva fábrica. Después de aquel derribo sólo se conservó en parte la antigua portada, como entrada directa a los despachos de la planta baja de la iglesia, mientras que el resto de la arquitectura sufrió importantes modificaciones.374 En la actualidad, tras haber pasado largas temporadas de abandono, se encuentra en restauración para convertirlo en Parador Nacional de Turismo. 372 Véase ROMAN PASTOR, ob. cit., 1994, pp. 209-215. Véase ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, p. 208. 374 A.M.A.H., Leg. 80/27. 373 265 − Colegio de Carmelitas Descalzos de San Cirilo Al igual que el anterior, el Colegio de Carmelitas Descalzos de San Cirilo fue utilizado como presidio. El origen de esta casa religiosa se remonta a 1570, cuando el Duque de Pastrana, Ruy Gómez de Silva, otorgó a los monjes una renta anual que les permitió establecerse en Alcalá y sustentar a dieciocho colegiales de la Universidad. El de San Cirilo fue uno de los tres primeros conventos de Carmelitas Descalzos que se fundaron en España, y uno de los más importantes por su carácter reformista; su primer rector fue San Juan de la Cruz, y en 1581 acogió el primer capítulo general de la orden. El edificio se concluyó en 1598; está emplazado en la calle de Santo Tomás y en un principio constaba de iglesia, convento y huerta, que sumaban 15.000 metros cuadrados de parcela.375 La iglesia es de una sola nave con transepto apenas sobresaliente, cubierta por bóveda de cañón con lunetos, y una cúpula sobre pechinas y sin tambor en el crucero. Los elementos decorativos eran escasos, tan sólo un orden de pilastras arquitrabadas unido por un entablamento corrido a lo largo del interior, algunas molduras geométricas en yeso, y la presencia, en la capilla mayor, de una hornacina dedicada a San José. La fachada se compuso con la misma sobriedad que el resto del edificio, mediante un plano rectangular rematado por un frontón, que remarcaba el eje central alineando la portada con su hornacina y la ventana del coro. Román Pastor ha atribuido las trazas de este templo al carmelita fray Alberto de la Madre de Dios, quien a su vez adoptó elementos característicos de la arquitectura de Francisco de Mora.376 El ornato del edificio se terminó en 1738, cuando los religiosos añadieron tres capillas en el lado del Evangelio, a las que se accedía por medio de tres arcos de medio punto moldurados.377 Después de su exclaustración, en 1837, el edificio fue adjudicado, como el colegio de Santo Tomás, a la Inspección de Infantería. Ambos edificios corrieron la misma suerte, ya que no fueron atendidos por el ejército, y al final el gobierno determinó su uso como prisión. En mayo de 1852 fue instalada aquí la CasaGalera o cárcel de mujeres (la única en España por aquellas fechas). Con este fin fue “ampliado y reformado a trozos sin las previsiones y circunstancias convenientes” por el arquitecto del distrito Tomás Aranguren, quien demolió prácticamente todo el convento en 1863.378 Aranguren fue un autor habitual en la arqui375 Véase AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, p. 24; CALLEJA, ob. cit., 1901, p. 15; y CASADO ARBONIES, F.J. y M.: Historia del Convento de Carmelitas Descalzos de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 2002. 376 ROMÁN PASTOR, ob. cit., 1994, p. 186; también MUÑOZ JIMÉNEZ, J.M.: Fray Alberto de la Madre de Dios, arquitecto (1575-1635). Santander, 1990, p. 15. 377 Según REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 618, una de estas capillas estaba dedicada al Niño del Remedio y la otra pretendía ser el lugar de enterramiento del beato fray Francisco del Niño Jesús. 378 La cita es de ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, p. 209. Véase también AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, p. 411, quien precisaba que “la casa Galera en el Carmen Descalzo, hoy menos la iglesia nuevamente construida, si bien en dos naves han aprovechado muros de lo antiguo”. 266 tectura de prisiones, no en vano sería el artífice de la Cárcel Modelo de Madrid en 1876, uno de los establecimientos de esa índole más modernos y funcionales de la época.379 En la reforma del edificio complutense, sin embargo, no pudo contar con la libertad suficiente como para poner en práctica sus teorías, ya que tuvo que adaptarse a las condiciones preexistentes. La Casa-galera, que albergaba a más de 800 reclusas, no fue muy bien valorada por los alcalaínos hasta que en 1880 se hicieron cargo de ella las Hijas de la Caridad, mejorando sus condiciones de habitabilidad, disciplina y servicio. Con ese objeto, en 1882 se terminó de derribar lo poco que quedaba de la antigua fábrica, erigiéndose un edificio de nueva planta y conservándose únicamente la iglesia, que quedó convertida en capilla del presidio y ocultada por otras construcciones que se levantaron delante de su fachada. El antiguo colegio de carmelitas ha permanecido así, con esta fisonomía carcelaria, hasta que en 1988 fue adquirido por la Universidad de Alcalá. Entonces se emprendió la rehabilitación de la iglesia como Salón de Actos, añadiéndole una portada ultramoderna y poco afortunada. También se han realizado excavaciones arqueológicas, que han sacado a la luz los cimientos del primitivo claustro, de planta cuadrada, y se ha construido de nueva planta un aulario y biblioteca junto a las antiguas construcciones.380 − Convento de Agonizantes Uno de los edificios que pasó a titularidad municipal fue el antiguo Colegio de Ministros de Enfermos de San Carlos Borromeo, conocido popularmente como Convento de Agonizantes. Este instituto fue fundado en 1653 sobre unas casas de la Plaza Mayor, compradas al colegio de Málaga, comenzándose de inmediato las obras del nuevo edificio según diseño del sacerdote genovés Hipólito Zoagli. En 1674 se colocó el Santísimo en la capilla para “de esta forma hacer del dicho colegio fundación entera”, aunque es probable que continuaran las obras durante el primer tercio del siglo XVIII. De acuerdo con una memoria descriptiva realizada en 1870 por el arquitecto Cirilo Vara y Soria, la superficie del edificio se inscribía en un trapecio asimétrico de 1.891 metros cuadrados, y su fábrica era de ladrillos “arrimados simplemente unos á otros sin trabazón alguna que los ate y unifique pero que no se nota desunión ni agrietamiento que indique resentimiento”. En cuanto a su estructura arquitectónica se componía de sótanos, planta baja, principal y segunda, organizada a base de crujías irregulares en torno a un pequeño claustro central, con un corral en la parte trasera y la nave de la iglesia en la zona de la derecha. En lo re379 Véase FRAILE, P.: Un espacio para castigar. La cárcel y la ciencia penitenciaria en España (siglos XVIII-XIX). Barcelona, 1987. Concretamente, el modelo que siguió Aranguren para el diseño de la Cárcel Modelo de Madrid fue el del “panóptico” ideado por el británico Jeremías Bentham. 380 Véase VARIOS: La Universidad de Alcalá, vol. I. Madrid, 1990, p. 181; y C.O.A.M, ob. cit., 1991, p. 44. 267 ferente al ornato artístico conservado hacia 1870, “si se esceptua la Iglesia que había algo de moldurage y vaciados, hoy todo mutilado y destruido, lo demás es sencillo y humilde”, como era lógico en una construcción eminentemente funcional que sirvió de hospital y albergue de estudiantes. Al exterior la fachada presentaba una disposición regular de los vanos, destacando únicamente la portada de la iglesia, de medio punto enmarcada por un resalte y rematada por una hornacina que albergaría la imagen titular, encima de la cual se disponía una ventana.381 El proceso de desamortización sufrido por este inmueble es sin duda uno de los más complejos que hemos tenido la oportunidad de analizar. 382 Primero fue exclaustrado el 21 de febrero de 1822, y ocupado temporalmente por algunos destacamentos militares, siendo devuelto a los Padres Enfermeros al año siguiente.383 Decretada la Desamortización de Mendizábal, en 1836 la Junta Superior de venta de Bienes Nacionales destinó el edificio para cuartel de la Milicia Nacional. El 29 de octubre de 1842, dicha Junta accedió a los deseos de la municipalidad y cedió gratuitamente el exconvento a la ciudad, siempre y cuando se garantizase el uso militar que se le estaba dando.384 Tras la disolución de la Milicia dos años después, el Jefe Político de la provincia pidió se le hiciera entrega de las llaves del edificio, a lo cual se negó el ayuntamiento complutense, que quería mantener la citada cesión. El embrollo burocrático en que se sumergió el proceso de enajenación vs. cesión, durante los años siguientes, llegó hasta el extremo de sacarse a la venta el convento en pública subasta, por parte de la Administración de Bienes Nacionales, mientras estaba siendo utilizado como almacén de enseres del municipio y cuartelillo de la Guardia Civil. Finalmente, el Ministerio de la Gobernación aceptó “la permanencia de la Guardia Civil en el edificio de Agonizantes hasta que se la proporcione otro local”, cláusula esta última que nunca se cumplió.385 El Concordato firmado en 1851 con la Santa Sede, incluyó al colegio de San Carlos Borromeo en la lista de bienes que debían restituirse a los religiosos de su orden, por no haber experimentado venta ni transacción económica ninguna, y hallarse por tanto sin otro dueño que el Estado. Pero la Desamortización de Madoz volvió a nacionalizarlo, y el Ramo de Guerra lo dedicó a cuartel del batallón provincial de caballería desde 1861. Realojado dicho arma de caballería en los nuevos cuarteles de San Diego y de Jesuitas, en 1868 el convento de Agonizantes se hallaba “completamente deshabitado, sin uso y en estado ruinoso”, por lo que con fecha 23 de julio de ese año, el ayuntamiento reclamó al Estado que le con- 381 El proyecto completo de Cirilo Vara, con su memoria descriptiva y planos, en el A.M.A.H., Leg. 731/4. 382 Véase LLULL PEÑALBA, J.: “Vicisitudes y proyectos de construcción del Ayuntamiento de Alcalá de Henares en el siglo XIX”, Anales Complutenses, vol. X, 1998, pp. 143-174. 383 La utilización militar del convento y los desperfectos ocasionados motivaron las lógicas protestas del prior de la comunidad a su regreso; véase en el A.M.A.H., Leg. 1.099/9. 384 A.M.A.H., Leg. 1.045/1, fol. 90 vº. 385 A.M.A.H., Leg. 951/4. 268 cediera en propiedad el edificio, ahora con la intención de “hacer de el Casa Consistorial”.386 La confusión política creada en el contexto de la Revolución Gloriosa facilitó que finalmente el edificio pasara a propiedad del ayuntamiento. Una Junta Revolucionaria Municipal se incautó del exconvento en octubre de 1868, exigiendo la entrega de sus llaves al conserje de los cuarteles de la ciudad, José Vilaplana, “para dar principio a las obras de su rehabilitación para Cuartel de Milicia y Casa Consistorial”, lo cual en efecto tuvo lugar.387 Inmediatamente, el municipio encargó a los alarifes José Hostalet y Nicanor Fernández que instruyeran los oportunos expedientes de obras, formalizaran algunos presupuestos e incluso iniciaran algunas obras de reparación, lo cual fue notificado al Gobernador Civil de la provincia de Madrid, el 11 de mayo de 1869. La Ley del 1 de junio de ese año sobre concesión en usufructo de edificios de la Nación para dependencias del Estado, confirió el definitivo reconocimiento legal a esta apropiación. La escritura de cesión fue definitivamente extendida en Madrid por el notario y diputado a Cortes del distrito Inocente Ortiz Casado, y el municipio se vio libre para inaugurar las obras de restauración y habilitación de la nueva casa consistorial, hecho que tuvo lugar de manera oficial el 13 de marzo de 1870, en presencia del susodicho diputado.388 Esas obras siguieron en parte las recomendaciones de un proyecto diseñado en 1870 por el arquitecto Cirilo Vara y Soria, pero no se llevaron totalmente a la práctica debido a su elevado presupuesto, que ascendía a 21.454 escudos, la obra de acondicionamiento de la Casa Consistorial, y otros 14.668 escudos la de instalación de unas escuelas públicas en el mismo inmueble. En su lugar, el municipio encomendó a varios albañiles locales obras de ingeniería más discretas, que se centraron sobre todo en la consolidación de la fábrica y la habilitación funcional de los espacios existentes, olvidándose por el momento la construcción de las escuelas. Entre las modificaciones más notables que han llegado hasta nosotros está la división de la iglesia en dos alturas, para situar arriba el salón noble de plenos y abajo el cuartel de la Milicia Nacional, tal y como habían sugerido ya los alarifes José Hostalet y Nicanor Fernández en 1868. Los argumentos empleados, también por Cirilo Vara, para ejecutar esta reforma se sostenían en que... “...como la crujía ó nave de esta misma iglesia es tan elevada que en su altura abarca los tres pisos del edificio, ninguna aplicación útil podemos darla para nuestro proyecto con tales dimensiones, y mucho menos con la bóveda de medio punto tabicada que hoy tiene, así que para utilizarla cual nos proponemos es absolutamente indispensable demoler por de pronto dicha bóveda que para nada nos sirve y dividir su altura construyendo un piso nuevo al nivel del principal de las 386 A.M.A.H., Libro 137, fol. 56. Noticia de todo esto en el A.M.A.H., Libro 139. 388 A.M.A.H., Leg. 952/17; Leg. 951/4; Libro 139, fol. 95; y Libro 140, fols. 11- 14. Véase también REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 1.053, donde se confunde el nombre del notario (Raimundo en lugar de Inocente). 387 269 demás crujías, con todas las condiciones de solidez necesarias; pues teniendo que servir de pavimento al salón de sesiones en el que, en las grandes solemnidades ha de tener sus sesiones y recibir el Ayuntamiento, es necesario construirle de modo que desaparezca todo temor.” 389 Así que efectivamente la iglesia quedó seccionada en dos plantas por medio de forjados, y la bóveda que le servía de techado se derribó y sustituyó por un cielo raso, aunque su mayor altura puede apreciarse todavía hoy desde el exterior, por encima del resto de los tejados. Junto a ello se derribaron algunas zonas ruinosas para reconstruirlas, y se procedió a reformar la fachada del edificio. Desde el punto de vista arquitectónico, la nueva fachada se convirtió en la obra más llamativa de todo el proceso constructivo, puesto que ejerció la importante misión de hacer olvidar el antiguo aspecto conventual del edificio, para otorgarle una nueva impronta distintiva y de proyección pública de cara a la posteridad. El resultado, no obstante, fue muy poco convincente en cuanto a calidad artística se refiere, presentando un acabado sobrio y sin otras concesiones estilísticas que fueran más allá de un austero, raquítico y pueblerino clasicismo. Su aspecto se parece más al frontis de una mansión señorial que al de una institución política, y apenas ha variado en cuanto a su organización en la actualidad, siendo similares los tímpanos semicirculares de las ventanas del primer piso (hoy desprovistos de decoración), las rejas de las ventanas del piso bajo, la ubicación del balcón principal, y la doble puerta de la entrada. Cambia, por contra, el remate del frontis con el reloj, y un gran cartel enmarcado en el centro en el que se leía “Plaza de la Constitución”.390 La escasa representatividad de aquella fachada, que fue revocada en 1883,391 provocaría que en 1928 se encargara al arquitecto municipal José de Azpíroz la realización de algunas reformas. Entonces se suprimió el frontis del reloj, sustituyéndolo por un ligero saliente curvo que cobijó entre ménsulas neoclásicas un relieve con el escudo de la ciudad; también se realzó el almohadillado del paramento en la parte del zócalo y laterales. Con el añadido de estos elementos se pretendió mejorar la imagen artística de la obra, asimilándola a la de otras construcciones civiles contemporáneas de la misma Plaza Mayor, como el Hotel Cervantes proyectado en 1914 por Martín Pastells, y el desaparecido Casino Militar.392 389 A.M.A.H., Leg. 731/4. La fotografía de esta fachada en PRIMO DE RIVERA Y WILLIAMS, J.: Nueva guía ilustrada de Alcalá de Henares y su partido. Madrid, 1908, p. 55; y también Álbum-guía de Alcalá de Henares. Colección de fotografías precedida de un itinerario para el viajero en la ciudad. Alcalá de Henares, 1914, pp. II y IV. 391 A.M.A.H., Libro 152, Acta del 12 de abril de 1883. 392 La importancia de las modificaciones efectuadas condujo a varios autores a considerar a José Azpíroz el único arquitecto de la fachada, obviando su primitivo aspecto, adquirido entre 1871 y 1883; véase CASTRO, H.: Guía ilustrada histórico-descriptiva de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1929, p. 61, quien la describió así: “la bella fachada de la Casa Comunal, de estilo neoclásico, con reminiscencias barrocas, es debida a la competente técnica del actual arquitecto municipal D. José de 390 270 El grueso de las obras de la nueva Casa Consistorial quedaría concluido en verano de 1875, incluyendo la decoración de uno de los espacios más notables de la arquitectura alcalaína del XIX, el nuevo Salón de Plenos situado en el piso alto de la dividida iglesia, que fue realizado entre 1873 y 1875 por Adolfo Fernández Casanova. La instalación de las escuelas públicas se haría ya a partir de 1886, con bastante modestia, y todo el conjunto sufriría una reforma radical por parte de Azpíroz, en 1944-1946, con objeto de reparar los pocos daños sufridos tras la Guerra Civil, y conferir a la fachada una mayor vistosidad. Entre otras cosas debemos citar entonces el añadido de las columnas de la entrada principal y la elevación de la torreta del reloj, inspirada en la de la Puerta del Sol de Madrid. 393 En 1963, además, se repusieron puertas y ventanas, se instaló parquet en las habitaciones de la planta alta, y fue eliminado el falso techo de las galerías del claustro para descubrir la viguería de madera, intervención similar a la que suprimió el enlucido de algunos paramentos para dejar el ladrillo visto. Últimamente se ha repintado toda la fachada en color salmón y se ha añadido en el ático una balaustrada a modo de remate, muy poco afortunada. − Convento de Dominicos de la Madre de Dios Entre los edificios que fueron cedidos al municipio de Alcalá de Henares, destaca por su calidad artística el convento de Dominicos de la Madre de Dios. Fue fundado en 1566 por disposición testamentaria de doña María Hurtado de Mendoza y de la Cerda, y construido entre 1676 y 1737 gracias al patronazgo de don Gregorio de la Cerda Silva y Mendoza, V Duque de Pastrana y IX del Infantado. Su iglesia, consagrada en 1688, pertenece a la tipología congregacional, y se levanta sobre planta rectangular en la que se inscribe una cruz latina, enmarcada por tres capillas con tribunas a cada lado de la nave principal, y cubierta por bóveda de cañón decorada con molduras geométricas, y una media naranja en el crucero. Esta media naranja se levantó entre 1676 y 1688 sobre un alto tambor ochavado, y quedó rematada por una airosa linterna hexagonal; ostenta un gran parecido con las cúpulas de las iglesias Agustinas, y con la de los Caracciolos de aquí de Alcalá. Su solución estilística, intermedia entre el clasicismo postherreriano y el barroco decorativo, ha llevado a Román Pastor a pensar que su tracista pueda provenir del círculo madrileño de fray Lorenzo de San Nicolás.394 De la parte ornamental merece la pena destacar la Capilla de la Virgen del Rosario, situada a los pies del templo, en el lado del Evangelio. Esta capilla, que seguramente fue la que adquirió don Francisco Abarca de la Riva en 1709, es de planta rectangular y está decorada con pinturas murales al temple que llenan las Azpíroz”; y TORMO, ob. cit., 1930, p. 36, quien resumió que “la fachada es del arquitecto Je. Aspíroz”; continuando en esta apreciación otras guías de la ciudad a partir de entonces. 393 Véase REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, pp. 1.053-1.054. 394 Véase ROMÁN PASTOR, ob. cit., 1994, pp. 377-385; y también VAQUERO CHINARRO, B. - RUBIO FUENTES, Mª.J.: “El convento de Dominicos de la Madre de Dios. Breves apuntes sobre su historia”, A.IV.E.H.V.H., Alcalá, 1994, pp. 243-259. 271 bóvedas, los laterales y el testero, separadas por cenefas que siguen las líneas de la arquitectura. La escena principal representa a la Virgen con el Niño entregando el Rosario a Santo Domingo, en otra zona aparece la Asunción, y entre medias un profuso repertorio de amorcillos, guirnaldas, motivos florales, jarrones, cortinajes, cartelas y fingimientos arquitectónicos, que completan la composición junto con las cuatro Virtudes y variadas alusiones a la letanía mariana. La parcelación de escenas en campos pictóricos enmarcados por cenefas decorativas es de un arcaicismo bastante simple, algo desfasado para las fechas en que se realizó esta obra, y las figuras presentan un dinamismo muy característico de la pintura barroca del último tercio del siglo XVII, aunque el colorido aparece un tanto desvaído, distinguiéndose las líneas negras de los bordes. A pesar de que su calidad artística no sea de primerísimo orden, es uno de los mejores vestigios de la pintura mural de esta época que se han conservado en Alcalá de Henares.395 La fachada principal de la iglesia daba a la calle de San Bernardo, y constaba de una calle central con portada en arco, enmarcada por dos pilastras de orden toscano, encima de la cual una cornisa saliente mostraba una imagen de la Virgen del Rosario, que es la que hoy se encuentra en la fachada de la iglesia del convento de Agustinos Recoletos.396 Encima de esta estatua, en el paramento, se incrustó una cruz flanqueada a ambos lados por sendos escudos de la orden de Santo Domingo y una pirámide. En el cuerpo superior se abría una ventana, y sobre ella remataba un ático en forma de piñón. Las calles laterales ostentaban ventanas a la altura de las tribunas elevadas sobre las naves laterales del templo, y se unían a la zona central mediante aletones a lo Vignola. En cuanto al convento, su elevación transcurrió con lentitud y muchas dificultades económicas, que interrumpieron las obras en varias ocasiones, pero el resultado fue uno de los conjuntos más extensos y monumentales de Alcalá. Se halla agregado por la parte norte, coincidiendo su anchura con la longitud del templo. Dispone sus dependencias en dos grandes alas en torno a un patio rectangular de dos plantas: la inferior construida de piedra berroqueña con arcos de medio punto sobre pilares, y la superior de ladrillo y piedra con arcos más cerrados, de mayor pesadez. La portada de acceso desde la calle de San Bernardo fue probablemente reaprovechada del primer convento, ya que es muy parecida a otras portadas de iglesias conventuales alcalaínas del siglo XVI, como las de San Juan de la Penitencia y la de Santa Clara. Se trata de un arco de piedra con despiece de dovelas coronado por una cornisa y un frontispicio semicircular que ostenta el blasón de la orden de Predicadores, rodeado por pedestales con bolas. Exclaustrados los dominicos, el convento fue cedido en 1837 al ayuntamiento para que instalase allí la cárcel del partido judicial de Alcalá de Henares.397 Esta cesión no dejó al municipio demasiado margen de maniobra para la reforma 395 Véase PORTILLA, M.: Historia de la ciudad de Compluto, vol. I. Alcalá, 1725, p. 466; y LLULL PEÑALBA - FLORES DELGADO, ob. cit., 1994-1995, p. 206. 396 Según REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, pp. 348-349. 397 Véase MADOZ, ob. cit., 1848, p. 371; A.M.A.H., Libro 123, fols. 121 y 140. 272 del edificio, hasta que en julio de 1876 se recibió la denuncia de Félix Díaz Gallo, un vecino residente en la calle de Santiago, que advertía de... “...el mal estado en que se encuentra la torre de la media naranja del convento que hoy sirve de Cárcel pública del Partido, desprendiéndose casi diariamente cascotes y cachos de pizarra empujados por las aves que allí anidan [...] y aunque nada fijo podía pronosticar sin un reconocimiento sobre el terreno, no obstante le parecía que la simple inspección ocular, acusaba desplome y grandes desperfectos en la citada obra.” Preocupados por la situación, la corporación municipal solicitó asesoramiento del arquitecto Juan José Urquijo, por entonces jefe de las obras de restauración del Palacio Arzobispal, quien opinó que “el estado de la torre no es de eminente riesgo si se atiende prontamente a su restauración”. Parece que el problema estribaba únicamente en un agrietamiento causado por las aguas de lluvia filtradas a través del empizarrado, pero antes que demoler la cúpula Urquijo proponía su recomposición, o al menos su apeo para evitar males mayores. De acuerdo con su parecer, la Comisión de Obras Públicas del ayuntamiento abogaba por la salvación del monumento “teniendo en cuenta que su reparacion sería de menos coste que su derribo y que debiera conservarse por la esbeltez y ligereza de su arquitectura”. Así que en agosto de aquel año se decidió escribir al arquitecto provincial para que examinase la cúpula, y formalizase un presupuesto de las obras que fueran necesarias para su arreglo. Al municipio le interesaba sobremanera la mejora del estado de conservación del edificio porque, además de su uso como prisión, estaba pensando en instalar allí unos juzgados.398 El presupuesto de las obras de reforma no fue redactado por el arquitecto del distrito, Enrique Vicente y Rodrigo hasta el 6 de febrero de 1882, especificando en él “que la actual cárcel se halla en estado ruinoso” y que, a pesar de las reparaciones, el edificio no reuniría las condiciones más adecuadas para el destino que se le pretendía. Se discutió entonces en el consistorio si era mejor construir una nueva prisión o continuar con la idea de rehabilitar el convento de la Madre de Dios, siendo esto último lo que pareció más conveniente a pesar de su situación.399 En junio de 1882, el Ministro de Gracia y Justicia aprobó la instalación de una Audiencia de lo Criminal en Alcalá de Henares, razón por la cual se estimó indispensable empezar las obras de acondicionamiento en el exconvento, previendo entre otras cosas “restaurar la torre y retejar la iglesia de la cárcel”.400 Pero el proyecto de rehabilitación, formulado por el citado arquitecto Enrique Vicente, proponía la demolición del chapitel y la linterna de la iglesia por peligro de hundimiento, y así fue expuesto el 24 de agosto a la corporación municipal, quien admitió dicho criterio cambiando su anterior parecer: 398 A.M.A.H., Leg. 759/3; y Libro 146, Actas del 27 de julio y 10 de agosto de 1876. A.M.A.H., Libro 151, Actas del 16 de marzo y 22 de junio de 1882. 400 A.M.A.H., Libro 152, Actas del 1 de julio, 3 y 13 de agosto de 1882. 399 273 “Se leyó una comunicación del perito facultativo D. José Vilaplana en la que de conformidad con el dictamen emitido por el arquitecto de este distrito D. Enrique de Vicente y con el objeto de precaver las desgracias y males que podrían originarse con motivo de un hundimiento instantáneo propone la demolición de la cúpula y linterna de la iglesia que fue del convento llamado de la Madre de Dios, por hallarse estos dos cuerpos en tal mal estado de conservación, que es inminente su ruina: acordándose se lleve a efecto lo propuesto por dicho Señor por todos los Señores Concejales a excepción del Señor Huerta que hizo constar no los conceptua ruinosos y considera más ventajosa la recomposición que la demolición.”401 La decisión provocó las protestas del vecindario, del Jefe del Archivo General Central y del Vicario Eclesiástico, hasta el extremo de pedirse un nuevo reconocimiento pericial para el cual se ofrecieron los arquitectos Juan José Urquijo y Javier Aguilar. Pero aunque el informe fue favorable a la conservación de la media naranja, y las obras fueron momentáneamente paralizadas, el ayuntamiento complutense se había comprometido con el Ministro de Gracia y Justicia a tener los juzgados preparados para el mes de noviembre, y la inversión efectuada para las obras de acondicionamiento rondaba las 60.000 pesetas, de modo que las prisas fueron malas consejeras: “...que el Ayuntamiento continue las obras de la Audiencia, demoliendo la indicada cúpula y linterna, conservando el primer cuerpo que se eleva sobre los arcos torales, fundado en que la reparación será muy costosa y la referida cúpula, si bien marca el gusto de los edificios de aquella época, ni está demostrada la importancia histórica, ni encierra nada que la haga superior a los demás edificios de su tiempo que se conservan en esta ciudad, no estando tampoco declarada monumento artístico o histórico.” 402 En consecuencia, con el visto bueno del Gobernador Civil, la linterna y el cascarón exterior de la cúpula de la Madre de Dios fueron derribados el 25 de octubre de 1882, poniéndose en su lugar un zócalo adornado por rehundidos y resaltes que remató el tambor octogonal.403 Con ello se perdió uno de los vestigios más sobresalientes de la arquitectura barroca complutense, y fue deformada la visión paisajística de una ciudad sobre la que multitud de viajeros habían llamado la atención por la elevación de sus torres y cúpulas. Quiero insistir en esta última apreciación, porque la perspectiva medioambiental me parece fundamental para comprender la auténtica significación del patrimonio histórico, y aquí fue olvidada por completa, del mismo modo que se menospreció la antigüedad o el valor artístico de la obra. 401 A.M.A.H., Libro 152, Acta del 24 de agosto de 1882. A.M.A.H., Libro 152, Acta del 1 de septiembre de 1882. 403 Véase REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 349; también el A.M.A.H., Leg. 549/9; y Libro 152, Actas del 1 de septiembre, 12 y 17 de octubre de 1882. 402 274 26. Vista del Convento de Dominicos de la Madre de Dios, en la que se aprecia la desaparición de la linterna y del cascarón exterior de la cúpula. Fotografía de Josué Llull.. Lo más curioso es que los materiales procedentes del derribo de aquella cúpula, fueron reaprovechados en unas obras de reforma ejecutadas a finales de 1882 en la ermita del Cristo de los Doctrinos. La hermandad de cofrades que regentaba este modesto establecimiento solicitó al ayuntamiento que les concediese... “...una parte de la tabla arrancada del Chapitel y tejados de la Iglesia que fue de Dominicos de la Madre de Dios, hoy destinada a Cárcel del Partido, y cuyo material desechado como inútil, en la obra que se está ejecutando, puede servir para colocarla en los tejados de la Ermita.” El municipio entregó efectivamente a la cofradía “320 pedazos de tabla de ripia, para ayuda de entablar los tejados de la Capilla del Smo. Cristo”, según recibo expedido por el Prioste José Soriano, el día 29 de enero de 1883. 404 El suceso constituye un curioso ejemplo de reutilización de los desechos de un monumento histórico. Dejando de lado la controvertida polémica suscitada por la de404 A.M.A.H., Leg. 1.088/1. 275 molición de la cúpula de la Madre de Dios, por lo menos sus elementos estructurales sirvieron para la restauración de otro vestigio artístico de nuestro patrimonio. A pesar de ello, la restauración del tejado de la ermita de los Doctrinos no debió ser muy correcta, porque en diciembre de 1899, la hermandad pidió ayuda al ayuntamiento porque “el deterioro de las paredes y cubiertas exigen imperiosamente en la actualidad obra considerable”.405 Junto con la demolición de la media naranja, debemos destacar otras obras de transformación realizadas en el convento para albergar los juzgados. Por ejemplo, la portada de la iglesia fue trasladada al brazo del crucero, de forma que el acceso se reubicó en la calle Santiago, donde se encuentra actualmente. En el interior fueron blanqueadas las paredes, se colocó un entarimado de madera que cubrió todo el piso, y se realizaron trabajos menores de ferretería, carpintería y cristalería, que se prolongaron a lo largo del año siguiente.406 La rehabilitación del edificio como Audiencia concluyó oficialmente el 13 de septiembre de 1883, fecha en que se efectuó el acto de recepción de las obras. Pero la falta de adaptación del mismo a los nuevos usos a que se le había destinado dan que pensar sobre la idoneidad de la reconversión y de las obras efectuadas, según denunciaba un tal Baldomero Gullón en julio de 1885... “...llamando muy singularmente su atención sobre el estado lamentable en que se encuentra el local en que está instalado este Juzgado, cuya Sala de Audiencia, además de hallarse enclavada entre dependencias de la Cárcel, sin la necesaria y debida separación e independencia, carece en absoluto no solo de las condiciones de decoro que corresponden a la severidad de funciones a que está destinada, sino que ni siquiera reúne aquellas mas indispensables para la comodidad de los letrados y procuradores que tienen necesidad de asistir a estrados, y de cuantas personas se ven obligadas a concurrir a la presencia judicial.” 407 Este estado de cosas obligó al arquitecto municipal, Martín Pastells, a firmar un nuevo proyecto de rehabilitación el 14 de diciembre de 1901, bajo un presupuesto global de 29.555 pesetas, más otro adicional de 7.132. Según este proyecto se reformó el paramento exterior, que era de aparejo mixto y fue sustituido por fábrica de ladrillo simple, sobre todo en el muro lateral de la iglesia que da a la calle Santiago. Tanto en este lienzo como en la fachada principal se abrieron nuevos huecos y balcones, de acuerdo a la redistribución que hicieron del interior, enrejándose para cumplir las normas de seguridad de la prisión. Además se erigieron tabiques de separación dentro de la iglesia y en las galerías del claustro, así como otras obras de nueva fábrica, por ejemplo la introducción de una escalera de ladrillo; también se guarnecieron, blanquearon y empapelaron los muros, se 405 A.M.A.H., Leg. 607/8; y Libro 168, Acta del 4 de diciembre de 1899. Noticia de estas obras en el A.M.A.H., Leg. 7/3; Leg. 6/77; Leg. 244/20; y Libro 152, Actas del 8 y 17 de marzo de 1883. 407 A.M.A.H., Leg. 75/15. 406 276 pavimentaron todas las dependencias con baldosines y el claustro fue empedrado, derribándose unas sillerías de granito que había en él.408 Con todo ello quedó muy difuminado el aspecto eclesial del convento de la Madre de Dios, transformado en dependencias administrativas, juzgados y celdas penitenciarias, y se perdió sin justificación una de las cúpulas más espectaculares de todo el patrimonio arquitectónico complutense. La comprobación del buen estado de los materiales y la resistencia de la media naranja cuando se estaba desmantelando originó las lógicas protestas de la ciudadanía y las críticas a la corporación municipal presidida por José Gerónimo Moreno, que cometió “contra toda razón y sin disculpas tamaña enormidad, hija, tal vez, de un deseo que oscureció la realidad de un error imposible de subsanar”.409 Algo similar a lo ocurrido con muchos otros colegios y conventos de religiosos en Alcalá después de la Desamortización. Afortunadamente, el convento de la Madre de Dios ha podido ser restaurado hace pocos años para albergar el Museo Arqueológico Regional, gestionado en la actualidad por la Comunidad Autónoma de Madrid. − Convento de San Juan de la Penitencia Entre los edificios desamortizados que fueron utilizados por el municipio, debemos citar también el Convento de Franciscanas de San Juan de la Penitencia. Este monasterio está considerado una fundación personal del Cardenal Cisneros, pues fue él quien lo emplazó en 1508 en unas casas de la calle de San Juan, entre la iglesia Magistral y el Palacio Arzobispal, adjuntándole el colegio de doncellas de Santa Isabel y un hospital para mujeres. Ese mismo año el prelado le dio unas constituciones con las que se rigió hasta 1521, cuando el Papa León X lo puso bajo la Regla de la Orden Tercera de San Francisco, y a partir de entonces el establecimiento comenzó a desempeñar una importante labor educadora y hospitalaria, que perduró hasta el siglo XIX. Cisneros se preocupó también de dejarle rentas y una buena parte de su patrimonio personal, del que destacaba una copia de su testamento y codicilos, el famoso bastón de mando de estilo nazarí traído de la conquista de Mazalquivir, una cruz pectoral con reliquias, otra cruz de gajos que perteneció a los Reyes de Aragón, y una imagen de la Virgen de los Dolores que tenía en su capilla privada; además de aquello, en el monasterio se conservaba el único retrato de cuerpo entero que se conoce del prelado nacido en Torrelaguna.410 408 A.M.A.H., Leg. 594/19 y Leg. 649/4. En palabras de REYMUNDO TORNERO, ob. cit, 1950, p. 349. 410 Sobre las condiciones de la fundación y el legado del Cardenal Cisneros véase ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, p. 162; ROMÁN PASTOR, C.: “El monasterio de San Juan de la Penitencia de Alcalá de Henares, fundación de Cisneros”, A.I.E.M., vol. XVIII, 1981, pp. 6-13; y MESEGUER FERNÁNDEZ, J.: El Cardenal Cisneros y su villa de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1982, p. 37. 409 277 La construcción del monasterio se inició en 1508, supervisada por el propio Cisneros gracias a los informes remitidos periódicamente por el canónigo Gregorio Fernández, que fue nombrado sobrestante de las obras, y por los veedores Gonzalo de Miranda, Pedro de Villarroel y Pedro Gumiel. El maestro alarife encargado de la edificación fue un converso protegido del arzobispo llamado Marcos de Benavente, el cual labró un conjunto de gran extensión, en torno a once patios pertenecientes a las anteriores casas y corrales.411 De todo ello sólo se ha conservado uno de los patios, sobre el cual se halla instalado actualmente el colegio “Cardenal Cisneros”. Este patio es de planta cuadrada y dos pisos adintelados, el inferior con columnas renacentistas que ostentan las armas del arzobispo toledano en los capiteles, y el de arriba con pies derechos de madera. Además de la escalera, hoy muy transformada, en las dependencias conventuales aún se veían a principios del siglo XX restos de unas pinturas murales (hoy desaparecidas), que Elías Tormo dató en el primer cuarto del XVI, según lo cual serían contemporáneas a las ejecutadas por Juan Correa de Vivar en el Palacio Arzobispal de Alcalá.412 Más interesante desde el punto de vista artístico era la iglesia, construida en lo fundamental entre 1580 y 1583, con el añadido de los coros y otros detalles hacia 1620. Tenía su acceso por la calle de San Juan, y era de planta rectangular dividida en dos ámbitos (nave y presbiterio) por medio de un arco toral. Seguía una tipología gótico-mudéjar, y estaba cubierta con un artesonado de madera. En el lado de la Epístola se abrieron tres capillas, siendo la más notable la del canónigo de la Magistral, Gregorio Fernández, cuyo hermoso sepulcro de alabastro se hallaba empotrado en el muro bajo un magnífico arcosolio plateresco decorado con grutescos. En 1882 este sepulcro había sido ocultado porque tuvieron “las monjas la desgraciada ocurrencia de meterle en clausura tabicando el arco de la Capilla que le daba entrada por la Iglesia, y en consecuencia nadie puede verle ahora”, lo cual fue duramente criticado por el P. Acosta de la Torre, que aconsejó su traslado a la Magistral.413 A los pies del templo se colocaron en 1620 dos coros, uno bajo y otro elevado, con sillerías, rejas de hierro y unos escudos pintados de Cisneros. A principios del siglo XVIII, el maestro albañil y carpintero Manuel José Crespo dirigió varias reformas que modificaron el aspecto tardomedieval de la iglesia: incorporó a los paramentos un orden dórico de pilastras, y sustituyó las cubiertas primitivas 411 Sobre los personajes que intervinieron en la construcción véase CASTILLO OREJA, M.A.: “Documentos relativos a la construcción de la Magistral de Alcalá de Henares”, A.I.E.M., vol. XVI, 1979, p. 5. 412 TORMO, ob. cit., 1930, p. 62. Por su parte, ENRÍQUEZ DE SALAMANCA, C.: Crónica de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1983, p. 77, las atribuyó con poco fundamento a Juan de Borgoña; y ROMÁN PASTOR, ob. cit., 1981, p. 61, las supuso de hacia 1620. 413 ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, p. 163. Sobre la calidad artística del mausoleo pensó TORMO, ob. cit., 1930, p. 57, que era obra de los artistas del Paraninfo de la Universidad de Alcalá; y CAMÓN AZNAR, J.: La Arquitectura Plateresca, vol. I. Madrid, 1945, p. 212, que sus grutescos tenían semejanzas con los de la fachada de la Universidad de Salamanca. 278 por una bóveda de cañón con lunetos y una cúpula; poco después se añadieron dos retablos colaterales y otro para la capilla mayor, tallados por Francisco de Benavente y dorados por Fernando Navarro entre 1731 y 1769. En este estado llegó el monasterio al siglo XIX, durante el cual fue introduciéndose en una honda decadencia. El número de profesas fue decreciendo, y las desamortizaciones obligaron a las pocas monjas que quedaban a ser trasladadas en dos ocasiones al convento de Santa Clara (el 21 de mayo de 1837 y el 2 de febrero de 1869), debido a la prohibición de que hubiera más de una comunidad de la misma orden en cada ciudad.414 De vuelta a su establecimiento, las hermanas permanecieron en él durante unos años más, subsistiendo con grandes necesidades y el edificio en progresiva ruina. Por fin, en 1884 doña Modesta Martínez, propietaria a la sazón del exconvento de Agustinos Recoletos de San Nicolás de Tolentino, decidió ceder éste a las franciscanas de San Juan, las cuales se trasladaron allí de manera definitiva el 29 de septiembre de aquel año. El antiguo convento de la Penitencia quedó así abandonado y su ruina total se hizo cada vez más inminente, tal como predijo Esteban Azaña unos años antes.415 Con el traslado de las monjas se intentó salvar lo más esencial del patrimonio histórico del convento. Los objetos de arte mueble fueron llevados a la nueva residencia de la calle Santiago, poniendo especial atención en la conservación de los recuerdos de Cisneros. Por su parte, el sepulcro del canónigo Gregorio Fernández fue conducido a la Magistral, tal como aconsejó Acosta de la Torre, y quedó emplazado en la girola, a la izquierda del presbiterio, donde todavía puede admirarse hoy. Peor suerte corrió el edificio monacal, que se dejó vacío y sin un destino claro, hasta que en febrero de 1886 el ayuntamiento complutense decidió comprarlo por 25.000 pesetas, para instalar en él un hospital municipal, servicio del que carecía entonces la ciudad.416 Sin embargo, la adquisición del edificio se retrasó porque las monjas no querían desprenderse de la iglesia. Tras varios meses de conversaciones, las Juanas propusieron la venta del edificio conventual, exceptuando la iglesia, por el precio de 15.000 pesetas. Aceptada la proposición, el alcalde Esteban Azaña ultimó las negociaciones en septiembre de 1886, acordando que el pago se haría en 414 Véase CAMPO, J. - PASTOR, A.: Historia, Arte y Vida en el Monasterio de Nuestra Señora de la Esperanza. Alcalá de Henares, 1995, pp. 37-39. 415 AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, pp. 375-376: “San Juan y sus claustros y su huerta y su iglesia, verdad es y lo hemos visto, que el convento está mal de solidez, pero no todo, aun hay mucha, la suficiente para una comunidad de monjas, que con la mitad de lo que ha costado el arreglo del antiguo tolentino y derribando lo mucho que en San Juan sobraba, precisamente lo que más malo y lo que menos falta hace, hoy por no ser lo que antes fue este monasterio ni poder volver a serlo, se hubiera salvado de la ruina que ahora vendrá por el abandono, y no habríamos perdido la fundación tal y como fue, sin mistificación, porque hoy no están ya en la casa de sus tradiciones las religiosas, y mañana ya no serán las de Cisneros, sino simplemente las Franciscas de San Juan de la Penitencia, establecidas en San Nicolás de Tolentino”. 416 A.M.A.H., Libro 150, Actas del 4 y 11 de febrero de 1886. La idea de instalar en el convento de San Juan un hospital se planteó a raíz de las frecuentes epidemias de cólera y de viruela que asolaron España durante aquellos años. 279 27. Sepulcro del canónigo Gregorio Fernández (siglo XVI), trasladado a la girola de la Iglesia Magistral procedente del Convento de San Juan de la Penitencia. Fotografía de Josué Llull. 280 tres plazos de 5.000 pesetas: a la firma de escrituras, transcurrido un año desde esa fecha, y al cabo de dos años.417 El 28 de marzo de 1887 llegó la orden gubernativa que aprobaba oficialmente la transacción, que tuvo lugar el 16 de mayo, reuniéndose en el propio convento Esteban Azaña, los tenientes de alcalde Sebastián Núñez y Manuel Fernández Martínez, dos individuos de la Comisión de Obras del ayuntamiento y Pedro Surroca Acevedo, representante de las monjas. La escritura manifestaba a las claras cómo debían “segregarse del edificio, para que se elimine de la venta, el terreno que ocupa la Iglesia, sacristía y sus dependencias”.418 Pienso que aquél no fue en verdad un buen negocio, sobre todo de cara a la conservación del patrimonio arquitectónico complutense. La conversión del antiguo monasterio en un espacio para uso civil preveía en el fondo su destrucción, ya que el edificio no reunía las más elementales condiciones que debía tener un establecimiento hospitalario, y era necesario rehabilitarlo y demolerlo a partes iguales. En octubre de 1886, el consistorio pidió la venida de un perito que certificase la gravedad de unos “agrietamientos en las tapias del exconvento de San Juan”, por si acaso pudieran derivar en un “desplome o hundimiento”.419 Posteriormente, un informe redactado por el arquitecto del distrito Luis Argenti, confirmaba los peores presagios acerca del estado de esas tapias, y aconsejaba su demolición, que fue aprobada por el ayuntamiento el 10 de julio de 1887, con el consentimiento de las Juanas. La parte que se hallaba en peor estado era la que daba a la calle Cardenal Sandoval, esquina a la de San Juan, y su derribo fue aprovechado por el consistorio para ensanchar la Ronda de Palacio y regularizar la alineación los muros exteriores y el cerramiento del exconvento. Esta reforma urbanística tuvo que hacerse de acuerdo con los responsables de las obras de restauración del Palacio Arzobispal, y tomó como base un plano levantado tiempo atrás por el arquitecto director de aquéllas, Juan José Urquijo. La pretensión de esa reforma era “construir un paseo de invierno desde la plaza de palacio a la puerta de Madrid y mejorar aquella parte de la población [para] dar vida a la calle del Cardenal Sandoval”, pero aunque el derribo de otras zonas del exconvento comenzó en 1887, la alineación de la calle Sandoval no se emprendería hasta 1895, bajo la dirección del arquitecto Martín Pastells.420 Con el ánimo de sufragar los gastos de rehabilitación del edificio, el municipio pensó vender los materiales sacados de las demoliciones: maderas, puertas, ventanas, ladrillos, piedra de mampostería, tejas, etc. Pero en la subasta, celebra417 A.M.A.H., Libro 150, Actas del 2 y 23 de septiembre de 1886. A.M.A.H., Leg. 741/1: “Año 1887. Expediente para la demolición del Edificio Exconvento de San Juan de la Penitencia, por ruinoso, y subasta de todos los materiales procedentes del mismo”. 419 A.M.A.H., Leg. 75/30. Esas tapias ya habían sido reparadas con anterioridad, cuando se enfoscaron sus cimientos en octubre de 1881; véase el Leg. 772/4. 420 A.M.A.H., Leg. 741/1; y Libro 157, Acta del 25 de enero de 1888. El planeamiento definitivo de Martín Pastells, aprobado en la sesión municipal del 7 de agosto de 1895, puede verse en el Leg. 1.444/1. 418 281 da el 31 de octubre de 1887, apenas hubo postores; sólo algunos albañiles como Melchor Fernández, Martín Málaga, Ángel González y Celestino Huerta compraron una parte de los lotes, por lo que hubo de organizarse una nueva puja el 3 de diciembre, en la cual tampoco se vendió todo.421 Los derrumbamientos, no sólo de las tapias sino de todo el edificio, continuaron en los años sucesivos. A consecuencia de ello, quedó diáfana una superficie considerable, inscrita en los antiguos límites del monasterio, que se repartió en distintos solares para venderlos a particulares. De esta manera, el ayuntamiento fue despojándose de terrenos que no le servían, obtuvo suculentos ingresos con su subasta, y facilitó la alineación de las nuevas construcciones con el perfil urbano que quería dársele a la zona, sobre todo por la parte que daba a la calle del Cardenal Sandoval.422 Ante la especulación inmobiliaria que se había desatado, las monjas no quisieron ser menos y en junio de 1894 ofrecieron en venta a las autoridades locales la iglesia de San Juan, ya que para ellas no tenía ninguna utilidad. La respuesta inicial del consistorio fue negativa, por la falta de recursos con que afrontar dicha transacción, pero a ello las Juanas respondieron que tenían derecho a cobrar, al menos, una renta o indemnización por el tiempo que el municipio había usado la iglesia como almacén de escombros. El ayuntamiento al final consiguió eludir el pago de dicha renta, por cuanto nada se había estipulado sobre el particular en las escrituras anteriormente suscritas con las monjas de San Juan.423 Pero lo que más nos llama la atención es la falta de sensibilidad de unos y otros, cegada por la pura avaricia, ante el menoscabo que estaba sufriendo uno de los vestigios más importantes del patrimonio histórico de Alcalá; un ejemplo más de la tremenda incorrección de usos y la especulación a que fueron sometidos los bienes culturales durante el siglo XIX. 421 A.M.A.H., Leg. 741/1 y Leg. 7/38. Hay noticias de que en abril de 1890 se depositaron en el convento de la Madre de Dios (entonces Audiencia) varios materiales procedentes del mismo derribo; véase en el Leg. 1.142/7. 422 A.M.A.H., Leg. 648/1. Según las disposiciones acordadas por el entonces alcalde Manuel Laredo y el arquitecto municipal Martín Pastells, en 1892, se exigió que las nuevas construcciones, además de someterse a la alineación determinada, fueran de buena fábrica de ladrillo sobre zócalo de piedra, no pudiéndose emplear los tapiales de tierra tan característicos de la arquitectura alcalaína. 423 A.M.A.H., Libro 163, Acta del 20 de julio de 1894: “La Comisión de Hacienda había tratado de averiguar el compromiso que pudo adquirir el Ayuntamiento, acerca de la adquisición del edificio que fue Iglesia en el exconvento de San Juan, o renta que debiera pagar por haber estado ocupándole; que nada consta escrito en actas sobre el particular, y de los antecedentes resulta que efectivamente, el Ayuntamiento trató de comprar todo el edificio, lo que no pudo conseguir por no haberse dado permiso para vender la parte del convento destinada a Iglesia; que cuando adquirió el resto del edificio, se le entregó la llave de dicha iglesia, para que en ella se depositaran los materiales del derribo, sin condición alguna de pago de renta; que el Municipio no puede hoy, por falta de recursos, adquirir la parte del mencionado convento, que pertenece a la Comunidad, creyendo lo hará cuando esté en condiciones, y que concretándose a la petición de la señora Abadesa, que pide se abone deuda por los nueve años que se ha dispuesto de aquel local, la Comisión cree, que no habiendo condición alguna sobre el particular, y que se le cedió gratuitamente, debe manifestarse a la Comunidad de Religiosas Franciscanas de San Juan de la Penitencia, que el Ayuntamiento no está obligado al pago de renta, sin perjuicio de que si algún día tiene recursos, adquiera el local que a la misma pertenece y que en época oportuna trató de conseguir”. Véase también, en el mismo Libro 163, Actas del 27 de junio y 13 de julio de 1894. 282 Las cosas se quedaron como estaban, y en diciembre de 1899 el municipio compró finalmente la iglesia por 4.000 pesetas, rubricando la escritura de compraventa el entonces alcalde Félix Huerta.424 A partir de esa fecha se iniciaron las obras de reforma de lo poco que quedaba del edificio conventual, con vistas a instalar en él el que se llamaría Hospital de San Juan. La rehabilitación del edificio fue dirigida por el arquitecto municipal Martín Pastells, y aceptada por el ayuntamiento en varios proyectos y presupuestos sucesivos, que habían comenzado ya en 1891 y durarían hasta 1911, año en que se instalaron dos salas para enfermos en los antiguos coros de la iglesia.425 Gracias a ello, el exconvento pasaría a funcionar como clínica, primero de manera provisional para los heridos de la Guerra de Cuba (entre 1896 y 1900), y luego definitivamente gestionado por la Cruz Roja y por las autoridades sanitarias de la ciudad. Actualmente apenas se conserva nada de la antigua fundación cisneriana, puesto que tras el desastre de la Guerra Civil sólo se mantiene la portada de la iglesia con el escudo del arzobispo toledano sobre ella, y parte del claustro conventual. En torno a este claustro se asentó el colegio “Cardenal Cisneros”, mientras que la primitiva iglesia fue convertida en sala de exposiciones y biblioteca iberoamericana, por el Instituto de Cultura Hispánica. Con este fin fue radicalmente restaurada en 1964 por el arquitecto Francisco Echenique, quien recreó de nuevas un espacio con cierta evocación historicista al que se denominó “Casa de la Entrevista”, en honor de la reunión que mantuvieron en Alcalá de Henares Isabel la Católica y Cristóbal Colón, el 20 de enero de 1486. − Colegio de Málaga. Hubo además otros edificios que no fueron cedidos al ayuntamiento de Alcalá, pero sí acogieron diferentes instituciones del Estado. Por ejemplo, los colegios menores de carácter secular, que se hallaban vinculados a la Universidad, resultaron fuertemente afectados por el cierre de las aulas en 1836 y su posterior supresión en 1843. Uno de los establecimientos que más avatares sufrió tras el traslado de la Complutense a Madrid fue el Colegio de San Ciriaco y Santa Paula, o de Málaga, que hoy es suficientemente conocido en la Historia del Arte español, dada su importancia y representatividad dentro de la arquitectura barroca madrileña del siglo XVII. El Colegio de San Ciriaco y Santa Paula fue fundado en 1610 por don Juan Alonso de Moscoso, obispo de Málaga, bajo la advocación de los santos patronos de aquella ciudad, de ahí el nombre con el que se le denomina vulgarmente. El edificio empezó a construirse en 1623 a espaldas de la parroquia de Santa María, en un solar limítrofe con el Real Colegio de San Agustín y el convento de Trinitarios Descalzos. Desde antiguo ha existido una cierta controversia a la hora de atribuir las trazas de esta arquitectura. Por la documentación disponible siempre 424 425 A.M.A.H., Libro 168, Acta del 4 de diciembre de 1899. A.M.A.H., Leg. 751/2; Leg. 649/1; y Libro 169, Acta del 24 de octubre de 1900. 283 se había sugerido el nombre de Sebastián de la Plaza, puesto que fue quien se hizo cargo de las obras, y su intervención en el Colegio de San Agustín, el Colegio Máximo de Jesuitas y el Monasterio de las Bernardas avalaban su adecuada competencia profesional. Pero según la opinión de Virginia Tovar y las investigaciones de Carmen Román Pastor, parece que Sebastián de la Plaza actuó únicamente como maestro de obras o alarife, siendo más probable que el autor del diseño fuera el arquitecto real Juan Gómez de Mora. Aunque en la inscripción que recorre la imposta de la fachada principal se dice que la construcción finalizó en 1626, en realidad la finalización de las obras se retrasó algo más de una década, debido a un importante litigio producido entre los comitentes y Sebastián de la Plaza. A la muerte del alarife se desarrolló una segunda etapa constructiva, entre 1647 y 1664, en la que participaron los maestros Diego Ortiz, Francisco Afuera y José Ocaña, atribuyéndose a este último la armadura del cuerpo central entre los dos patios, y la cúpula encamonada que cubre la escalera (hacia 1650), de perfil ovalado y decoración geométrica claramente inspirados en la de la iglesia de las Bernardas. Un último esfuerzo para complementar diversas obras de carácter minoritario, junto con la definitiva composición del segundo patio y varios cuartos de la residencia, tuvo lugar entre 1666 y 1684, a cargo de Francisco González Bravo y Pedro de Aguilar.426 El edificio del Colegio de Málaga sigue la tipología clásica para construcciones civiles, circunscribiéndose dentro de un gran rectángulo en medio del cual se ha marcado un eje axial que separa dos patios, articulados mediante el esquema arco-pilar. Esta planimetría, inspirada en modelos italianos, fue empleada con éxito a lo largo del siglo XVI en Madrid y en Toledo, por maestros y arquitectos de renombre como Enrique Egas, Bartolomé de Bustamante y Alonso de Covarrubias. El clasicismo imperante en la primera mitad del siglo XVII continuó sirviéndose de este esquema distribuidor del espacio arquitectónico, plasmándose en edificios como la Cárcel de Corte, el Alcázar de Madrid o el mismo Colegio de Málaga. En este contexto artístico hemos de situar las trazas de Juan Gómez de Mora para este edificio, profundamente impregnado de esa tradición escurialense italianizante, tan de moda en la arquitectura madrileña de la época. A ello debemos sumarle la original independencia del cuerpo central, que encierra una escalera de tipo imperial cubierta por una cúpula ovalada con linterna, en una composición bastante parecida a la de una pequeña iglesia. Todos estos elementos indu- 426 Sobre el desarrollo de las obras véase GUTIÉRREZ TORRECILLA, L.M.: El Colegio de San Ciriaco y Santa Paula o “de Málaga” de la Universidad de Alcalá (1611-1843). Alcalá, 1988, pp. 7177 y 85-92. La atribución de las trazas a Sebastián de la Plaza fue tradicionalmente defendida por la historiografía local y por GARCÍA FERNÁNDEZ, J.: “Sebastián de la Plaza, arquitecto de la Iglesia de las Bernardas y del Colegio de Málaga de Alcalá de Henares”, A.E.A., vol. XXIV, 1951, p. 257. En contra de esta opinión se han expresado ROMÁN PASTOR, C.: Sebastián de la Plaza, alarife de la villa de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1979; y TOVAR MARTÍN, V.: “Juan Gómez de Mora, arquitecto y trazador del Rey y maestro mayor de obras de la villa de Madrid”, en Juan Gómez de Mora (1586-1648). Catálogo de la exposición. Madrid, 1986, pp. 130-140. 284 cen a pensar que nos encontramos ante un hito histórico-artístico de primera magnitud.427 Al exterior, presenta muros de ladrillo y cajones de mampostería sobre zócalo de cantería labrada. La fachada principal, que da a la calle de los Colegios, está flanqueada por dos robustos torreones cuadrangulares, rematados por chapiteles de pizarra, de inspiración herreriana. El lienzo intermedio es de una enorme regularidad en la distribución de los vanos y en la ubicación simétrica de los dos portales, a los extremos. La sobriedad de la fachada y los torreones queda animada por algunos detalles ornamentales como la inclusión de tímpanos partidos, óculos, recuadros, y sobre todo la utilización de la piedra en los arcos de las portadas, los marcos de las ventanas, los motivos heráldicos (de la Universidad y del obispo Moscoso), los refuerzos de las esquinas y las líneas de imposta, destacando la inscripción que recorre una de ellas, alusiva a la fundación del colegio. Las dimensiones de este edificio, de dos plantas y longitud de amplia perspectiva, lo convierten en uno de los más espectaculares del entramado urbano alcalaíno. Es comprensible, por tanto, la influencia artística que ejerció sobre otras edificaciones complutenses como el Colegio de los Caracciolos, el Colegio del Rey, o el Colegio de los Caballeros Manriques. El estado financiero, edilicio y académico del establecimiento después de ser utilizado como cuartel durante la Guerra de la Independencia fue de absoluta decadencia, llegando al extremo de ser nuevamente ocupado por el ejército de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823-1824. A pesar de que el acuartelamiento fue aceptado por acuerdo de la corporación municipal,428 se escucharon voces de protesta sobre la conveniencia de utilizar el colegio para tal fin, por los daños que ello podía provocar: “Les es de sumo gusto franquear todo el colegio a las tropas realistas y auxiliares para que se alojen en él, pero si les es muy sensible que un establecimiento tan digno de atención se le destine a estos usos encontrándose otros edificios en disposición de poderlo hacer con más desahogo.” 429 Los escasos colegiales que se reintegraron a la vida universitaria después de aquellos sucesos fueron enviados a estudiar a Madrid y a Toledo, de forma que el edificio quedó abandonado y en desuso, a cargo tan sólo de un portero y un ama de llaves. Entre 1829 y 1836 fue convertido en sede de la Escuela de Artilleros y Herradores del ejército, y en 1836 sufrió un nuevo saqueo por parte de las tropas amotinadas en La Granja que llegaron a la ciudad, así que la traslación de la Universidad a Madrid no tuvo mayor incidencia, ya que el colegio había dejado de Véase TOVAR MARTÍN, V.: “El Renacimiento y su incidencia en el siglo XVII a través del arte provincial madrileño”, en el libro Madrid en el Renacimiento. Alcalá, 1986, p. 244. 428 A.M.A.H., Leg. 808/1, Acta del 27 de agosto de 1823. La ocupación más importante del edificio como cuartel duró desde mayo de 1823, cuando vinieron las tropas del General Bessieres, hasta julio de 1824, en que se marcharon parte de los cuerpos acantonados a Madrid. 429 A.M.A.H., Leg. 1.099/12. 427 285 funcionar como tal y su patrimonio se encontraba muy expoliado. En 1843 fue definitivamente clausurado junto con el resto de los colegios menores de la Universidad, y su situación jurídica se volvió bastante confusa, ya que a pesar de que los legítimos herederos del establecimiento eran los propios colegiales, éstos renunciaron a sus derechos por las presiones de la Universidad Literaria de Madrid, mientras que la familia del patrono fue indemnizada por el Estado con el fin de evitar posibles reclamaciones.430 Entre tanto, el portero y el ama de llaves frecuentaron la costumbre de alquilar algunas habitaciones del establecimiento a particulares, que las utilizaron como viviendas a cambio de míseros alquileres.431 También fue utilizado como almacén en el que se depositaron los muebles de otros colegios menores clausurados, antes de ser trasladados a Madrid. Así hasta que el Ministerio de Instrucción Pública declaró transferible el colegio, sacándolo a pública subasta en agosto de 1856, por valor de 309.621 reales; al no encontrar postor reapareció nuevamente en el mercado en octubre del mismo año, ya sólo por 82.000 reales, y otra vez sin éxito en 1873, por 52.500 pesetas.432 Ante la falta de compradores, en 1858 el Gobernador Civil de Madrid ordenó instalar en el edificio a 300 personas procedentes del Asilo de Beneficencia de San Bernardino, una institución dependiente del ayuntamiento capitalino, que acogía a niños y ancianos desvalidos bajo los cuidados de las Hijas de la Caridad. Don Vicente de la Fuente, uno de los últimos estudiantes matriculados en el Colegio de Málaga, denunció que las obras de acondicionamiento del inmueble para este fin, alteraron sustancialmente su estructura interna: “han destrozado el edificio, tapiando los arcos y haciendo cosas de mal gusto”.433 Lo cierto es que el colegio tampoco se encontraba en muy buen estado, porque una de las galerías estaba en ruinas, otros puntos de la fábrica se hallaban agrietados, y muchas ventanas sin cristales. Pero el desarrollo de aquellas obras, presupuestadas en 46.020 reales, terminaron por transformar su aspecto original, ya que fueron realizadas apresuradamente (entre febrero y mayo de 1858) y sin conocimiento por parte de un grupo de seis presidiarios, dirigidos por el maestro de obras José Hostalet.434 430 Sobre esto véase REYMUNDO TORNERO, ob. cit., 1950, p. 636. A.M.A.H., Leg. 255/1; Leg. 252/2; y Leg. 240/1. 432 Véase GÓMEZ MENDOZA, ob. cit., 1975, p. 495. La descripción del edificio según el texto de la subasta de 1873, recogido por GUTIÉRREZ TORRECILLA, ob. cit., 1988, p. 98, decía así: “Consta de planta baja, principal y dos torreones; la primera distribuida en portal, cajas de escaleras, galerías, oratorios, sala de recibimiento, dormitorios, comedores, cocina, lavadero, patios, uno grande destinado a tendedero de ropa y otros usos, una noria y fuente con agua de pie y otras dependencias: la planta principal consta de galerías y salones destinados a dormitorios y otras habitaciones, y los dos torreones contienen habitaciones vivideras”. 433 FUENTE, V.: Historia de las Universidades, Colegios y demás establecimientos de enseñanza en España, vol. II. Madrid, 1885, p. 361. 434 A.M.A.H., Leg. 1.099/12, citado por GUTIÉRREZ TORRECILLA, L.M.: “Diferentes remodelaciones del edificio Colegio de Málaga (1858-1986): el Asilo de San Bernardino y el Colegio de Nuestra Señora de la Paloma”, Anales Complutenses, vol. II, 1988, p. 84. 431 286 28. Vista del Colegio de Málaga, según Mercadal. Grabado del siglo XIX. El objetivo de estas obras, que incluyeron el derribo de tabiques, construcción de otros nuevos y tapiado de puertas y ventanas, fue acomodar un dormitorio corrido de grandes dimensiones en la crujía alta de la fachada principal, y otro más en la crujía del ala derecha. Pero además se cerraron ocho arcos del patio, junto con los dos que dan acceso a la galería desde la escalera principal, y se derribaron otros para instalar una enfermería en el entresuelo. Con ello, el edificio quedó al final distribuido en grandes habitaciones que servían de dormitorios, comedores, aseos y dependencias de servicio para el asilo, dejándose el torreón derecho para residencia de las monjas y el comisario de la institución. También fue sustituida toda la carpintería de las puertas y ventanas. Sin embargo, tal cantidad de obras no parece que sirviera para mucho, porque a poco de instalarse las monjas en el colegio, se descubrieron serias dificultades de adaptación, que motivaron la redacción de un nuevo presupuesto, éste de 52.183 reales, para llevar a cabo los siguientes trabajos: arreglo de la armaduras de todo el edificio, levantamiento de nuevos tabiques, apertura de huecos para ventanas, reparación del torreón derecho, instalación de nuevas cañerías de aguas, etc. En 1860 ocurrió la desgracia de hundirse parte del techo de la capilla, razón por la cual tuvo que reconstruirse toda la armadura. Esta reconstrucción no tendría lugar hasta 1868, a cargo del alarife Gregorio Mínguez, que vio necesario derribar toda la bóveda y alargar el espacio de la capilla con unos cuartos que había debajo de la tribuna, y una cámara situada a la derecha del altar, que podía utilizarse como sacristía. El coste de esta reforma alcanzó los 9.600 reales, e incluyó la apertura de tres grandes arcos de acceso, tanto en planta baja como en el piso superior. En 1867 fueron restaurados por Manuel Gijón los muros exteriores 287 y algunas tapias, que se hallaban “en estado ruinoso”, especialmente en la zona que da a la calle de la Trinidad. Y en 1868 José Hostalet practicó un recorrido general de los tejados, reforzando las armaduras y retejando de nuevas muchos puntos, produciéndose otros arreglos menores en los años posteriores. En 1932 el asilo fue trasladado a la capital, pero se volvió a abrir dos años más tarde, con carácter laico y la denominación de Colegio “Antonio de Solís”. Pasados los sinsabores de la Guerra Civil, durante la cual el inmueble fue utilizado como cuartel por el ejército republicano, el ayuntamiento de Madrid instaló en él una escuela-internado de niñas con la denominación de “Nuestra Señora de la Paloma”. Desde 1985 ha pasado a ser propiedad de la Universidad de Alcalá, que ha instalado en él la Facultad de Historia y Humanidades. Las obras de rehabilitación emprendidas a tal efecto han reconstituido los espacios interiores, añadiendo nuevas construcciones a la célula original y respetando de forma muy desigual la arquitectura original. Pero lo más sangrante de esta intervención ha sido la ocultación de la decoración geométrica de época barroca, que hay en la cúpula ovalada de la escalera, mediante la pintura, en 1995, de un feto humano de discreta factura técnica y penosa calidad artística, que ha provocado las lógicas protestas de toda la ciudadanía complutense y su denuncia, por parte del catedrático de Historia del Arte don Antonio Martínez Ripoll, ante la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, a pesar de que los responsables de tamaña horterada siguen empeñados en mantenerlo a toda costa, nadie sabe muy bien por qué. − Colegio del Rey Por último, otro de los edificios que experimentaron curiosas vicisitudes tras la extinción de la Universidad, fue el Colegio de San Felipe y Santiago, vulgo del Rey. Este colegio fue fundado por Felipe II en 1554 para la educación de los hijos de mayordomos y criados de la Corte, razón por la cual dependía directamente de la Corona. Entre sus alumnos se cuentan personajes tan ilustres como Francisco de Quevedo o el secretario de Felipe II, Antonio Pérez. El del Rey fue el primero de los colegios seculares de la Universidad de Alcalá, aunque su definitiva configuración arquitectónica se produciría ya en el siglo XVII, en tiempos de Felipe III. El edificio se construyó sobre una antigua casa solariega con patio renacentista, que habitó el erudito Ambrosio de Morales en el último tercio del siglo XVI. Entre 1607 y 1613, el maestro de obras Rodrigo de Salcedo construyó la crujía de la fachada según trazas que algunos piensan que pueden ser de Francisco de Mora, y otros de Juan Gómez de Mora. Esta fachada es un lienzo rectangular de dos pisos enmarcada por dos torres que avanzan ligeramente, y cuyo último piso aparece decorado con planos rehundidos. La portada central es de piedra, adintelada sobre pilastras dóricas en la planta baja y jónicas en la superior, y rematada por un frontón triangular partido, que encierra el escudo real de Felipe III. 288 Una vez terminado el cuarto de fachada, la antigua casa solariega continuó utilizándose como vivienda hasta que se edificaron las otras tres crujías que cierran el patio central, entre 1662 y 1678. Se sabe que las trazas de estas crujías se deben al maestro Bartolomé Hurtado, aunque en la documentación histórica constan también Francisco Bravo, Pedro de Aguilar y Francisco de Urive, y en una de las enjutas del patio hay una inscripción que alude a la autoría de José Sopeña en 1696. En 1698, por último, Juan de Llanderas concluyó varios arcos y columnas toscanas del patio junto con la escalera y el cuarto principal. La capilla se supone obra de principios del XVIII, por la decoración de su media naranja, y ya no se hicieron más obras salvo pequeñas reformas en 1757.435 Desde el punto de vista artístico, el Colegio del Rey tiene una de las mejores arquitecturas de Alcalá, muy superior a la de otros colegios seculares de la Universidad, que no pasan de ser viejos caserones reutilizados. Su estado de conservación se mantuvo intacto hasta que los franceses lo saquearon durante la Guerra de la Independencia; en 1819 fue nombrado rector Miguel de Iriarte, con la intención de que volviera a poner en marcha el establecimiento, para lo cual vino a inspeccionar los daños existentes Isidro González Velázquez, arquitecto mayor de Palacio. Este artista presupuestó las obras de consolidación que eran precisas en 12.000 reales, pero la momentánea supresión de la Universidad en el Trienio Liberal, pospuso la realización de aquéllas a 1826. En aquella intervención se derribó el pabellón de cocina y servicios, que se encontraba saliente hacia la huerta trasera y estaba ruinoso.436 En los últimos años de existencia de esta institución, hasta el definitivo cierre de la Universidad en 1836, sólo estudiaron aquí cuatro colegiales.437 Después de esa fecha, el administrador Francisco Escuza alquiló el edificio a diferentes particulares, para utilizarlo como casa de vecindad durante unos años. 438 Promulgado el decreto de incorporación de los bienes de los antiguos colegios complutenses a la Central de Madrid (1843), se produjo un largo pleito entre ésta y el Real Patrimonio, que reclamaba sus derechos sobre el inmueble. Sin embargo, los títulos de propiedad habían perecido en un incendio en 1800, así que la Universidad Central adquirió finalmente el Colegio del Rey, sin indemnizar en modo alguno a la Reina Isabel II. El alcalde de Alcalá tomó posesión del inmueble en SANCHO, J.L.: “El Colegio del Rey de Alcalá de Henares”, Reales Sitios, nº 89, 1986, pp. 6574, es el único autor que se decanta por la atribución de la arquitectura a favor de Francisco de Mora. A favor de Juan Gómez de Mora, por el contrario, están RODRÍGUEZ DE CEBALLOS, A.: “El Padre Bartolomé de Bustamante, iniciador de la arquitectura jesuítica en España”, Archivum Historicum Societatis Iesu, nº 32. Roma, 1967, p. 269; y TOVAR MARTÍN, ob. cit., 1986, pp. 130-140. 436 Sobre todo esto véase SANCHO, ob. cit., 1986, pp. 72 y 73 (n. 14). 437 FUENTE, ob. cit., vol. IV, 1889, p. 420, dice que por estas fechas el Colegio del Rey estaba saqueado. 438 A.M.A.H., Leg. 1.045/1, Acta del 8 de noviembre de 1842: “Se dio cuenta de un oficio de la Patriarcal fecha tres del actual en que concede en arrendamiento el edificio del Colegio del Rey, autorizando a D. Francº. Escuza administrador de aquel, y previniendo que en el asunto se otorgue la correspondiente escritura, q. será remitida a la Secretaría de dicha Patriarcal”. 435 289 nombre del Estado en marzo de 1850, y dos años después, en octubre de 1852, la Universidad Central lo “puso al día” y empezó a trasladar los muebles y la biblioteca a la nueva Facultad de Teología de la calle de San Bernardo, en Madrid.439 El edificio fue entonces subastado y lo compró primero un tal José de Córdoba, y después los señores Calderón y Hermanos, quienes no debieron hacerle mucho caso ya que varios documentos del Archivo Municipal de Alcalá, fechados entre agosto y septiembre de 1866, nos hablan del estado de ruina en que se hallaban las tapias que daban a la parte de la ronda, y la no reparación de las mismas por los dueños.440 La situación de bancarrota de los últimos propietarios no sólo impidió que se reedificasen las tapias, sino también el simple mantenimiento del inmueble, que fue revertido al Ministerio de Hacienda. Éste no supo darle ningún destino hasta el 2 de marzo de 1870, fecha en que el Colegio del Rey fue cedido al Ministerio de la Gobernación para que lo convirtiera en sede de la Administración de Correos y Telégrafos de la localidad.441 Se hicieron al efecto obras menores de acondicionamiento que sufragó en parte el municipio, aunque no debieron resultar suficientes a tenor de lo expuesto por Acosta de la Torre en 1882, que advirtió cómo el colegio “está apuntalado y amenazando ruina por algunos sitios”.442 Por ello el ayuntamiento consideró necesario practicar otras intervenciones más severas en 1898, y decidió... “Autorizar a Don Francisco Mínguez para sustituir por balcones los dos huecos de ventana antepechados que existen en el piso principal en los dos extremos de la fachada de la casa que fue Colegio del Rey en la calle de Libreros, que hoy es Admon. de Correos y Telégrafos, toda vez que en este acto informa la Comisión de Policía urbana que no hay inconveniente y tiene la obra carácter de urgencia.” 443 En septiembre de 1901, ante la solicitud efectuada por el encargado de Correos para evacuar el edificio y buscar otro local más adecuado, el ayuntamiento barajó la siguiente posibilidad: “Si el Estado cediera a la Corporación municipal el edificio en que en la actualidad están instaladas las oficinas de Correos y Telégrafos, con el fin de derribarle, dado su estado ruinoso, destinándose parte del solar a vía publica, se comprometería a construir en la parte lateral izquierda del mismo un local a propósito a las necesidades que en esta población tienen las indicadas oficinas.” 444 439 Según SANCHO, ob. cit., 1986, p. 74 (n. 25). A.M.A.H., Leg. 779/5. 441 A.M.A.H., Leg. 1.059/7; y Leg. 1.119/2. 442 Véase ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, p. 206. 443 A.M.A.H., Libro 167, Acta del 10 de octubre de 1898. 444 A.M.A.H., Leg. 83/42. 440 290 Pues en esta ocasión tenemos que agradecer a la siempre criticada burocracia que finalmente no se llevase a cabo dicha demolición. Aunque la Dirección General de Correos y Telégrafos estimó “digna de aplauso la idea de esa Municipalidad por convenir a los intereses del Estado como a los de ese vecindario”, la última palabra sobre cualquier venta o transacción la seguía teniendo el Ministerio de Hacienda, así que los trámites dirigidos a obtener la comentada cesión fenecieron por el camino, afortunadamente. Después de aquello, el Colegio del Rey pasó a ser propiedad particular de Miguel Atilano Casado y J. García Valladares, quienes transformaron las ventanas enrejadas del piso superior en balcones, sustituyeron el alero del tejado por un parapeto, y construyeron una nueva escalera en el espacio de la capilla; estas últimas obras fueron llevadas a cabo por José de Azpíroz hacia 1920. La utilización del inmueble como residencia particular se ha mantenido hasta 1983, año en que ha pasado a propiedad del ayuntamiento y se ha convertido en sede del Instituto Cervantes. A pesar de los cambios de titularidad y los distintos usos a que ha estado sometido, su estado de conservación es excelente, habiendo ganado con la restauración ejecutada por Cristóbal Vallhonrat, que le ha quitado con buen criterio el parapeto añadido en el ático.445 2.3. Edificios históricos aprovechados como cuarteles y otras instalaciones militares No se sabe muy bien de quién partió la iniciativa, pero las leyes desamortizadoras previeron ya la posibilidad de utilizar muchos conventos religiosos como cuarteles militares, con el fin de proporcionar amplios alojamientos a la gran cantidad de tropa necesaria para combatir en la Guerra Carlista. En Alcalá de Henares el municipio siempre creyó que el responsable de aquella idea fue Vicente Ferraz, Inspector General del Arma de Caballería en tiempos de Mendizábal, razón por la cual se tituló con su nombre una de las calles próximas al Paseo de la Estación, porque “fue el que trajo las obras de reforma de los conventos en cuarteles y con ello dio vida a la población”.446 Sea como fuere, lo cierto es que a lo largo de todo el siglo XIX en nuestra ciudad se dio la tradición de que un elevado número de edificios históricos fuera acondicionado para usos castrenses, primero durante la Guerra de la Independencia, luego cuando la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, y finalmente con las desamortizaciones. En el Archivo General Militar, emplazado en el Alcázar de Segovia, se conservan abundantes referencias a la presencia de los militares en la ciudad complutense, y a las obras de reconversión de exconventos en cuarteles y otras instala- 445 446 Véase C.O.A.M., ob. cit., 1991, pp. 86-87. A.M.A.H., Libro 154, Acta del 6 de septiembre de 1884. 291 ciones militares.447 También en el Archivo Municipal de Alcalá son constantes las alusiones al acuartelamiento de tropas en diferentes momentos, tanto en establecimientos públicos como en las propias casas de vecinos.448 La explicación de esta costumbre debe buscarse en la privilegiada situación estratégica de Alcalá de Henares y su cercanía a Madrid, lo que la hizo lugar de paso y punto de reunión de los ejércitos en una sociedad tan proclive a las revoluciones y los alzamientos como fue la española del XIX. La ciudad complutense fue acogiendo destacamentos militares desde el último tercio del siglo XVIII, al hilo de las crecientes necesidades del ejército real, por una parte, y de la inexorable decadencia de las instituciones universitarias, por otra. La exclaustración y el traslado de la Universidad a Madrid, lo único que hicieron fue acelerar el proceso de adaptación del suelo urbano a los nuevos usos castrenses, en un último intento de recuperación de la vida de la localidad. A partir de entonces adquirió un gran impulso la compra, confiscación o demolición de inmuebles, especialmente de los antiguos establecimientos colegiales o monacales que el Estado no logró subastar con éxito tras su desamortización. Igualmente se diseña un novedoso planeamiento urbanístico de Alcalá como ciudad militar fortificada, cuyos límites y defensas se amplían mediante la modernización del viejo recinto amurallado. Aunque al final no se llevara a efecto este cambio de ordenación urbana, sí nos han llegado varios planos en los que se señala la distribución de los regimientos militares en los edificios aprovechados como cuarteles, cuyo número supera notablemente al de los espacios de uso civil o religioso. El control de la ciudad logrado por el ejército a través de este asentamiento racional y organizado del suelo urbano, proporciona una idea clara de la profunda reconversión sufrida por Alcalá de Henares, no sólo a nivel físico sino también conceptual.449 La causa de esta situación no viene dada por el simple paso o acumulación de efectivos militares, sino porque en virtud de una Real Orden del 7 de febrero de 1839, Alcalá de Henares fue elegida sede del Establecimiento General de Ca447 Los documentos relativos a los cuarteles complutenses se hallan reunidos en el A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 387, Leg. 388, Leg. 389 y Leg. 390. Como ejemplo de lo que decimos puede consultarse una interesante documentación, reunida en el Leg. 390, sobre la intención de trasladar el Regimiento y Escuadrón de Artillería de Valladolid a Alcalá de henares, en 1830. 448 Véase a modo de ejemplo A.M.A.H., Leg. 951/3, en el que se dice que el Colegio de Aragón sirvió como residencia del Coronel del Regimiento de Zapadores en 1822; también el Leg. 808/1, Acta del 27 de agosto de 1823, donde se hace alusión a la ocupación del Colegio de los Manriques como cuartel en 1823; el Leg. 1.044/2, Acta del 20 de junio de 1828, con idénticas referencias sobre el Colegio de Trinitarios Calzados en 1828; y Leg. 1.044/2, Acta del 3 de noviembre de 1830, en la cual se conserva una petición del ayuntamiento dirigida al rector de la Universidad para ver “si podrá concederse pª aquartelar la tropa de Artillería del Destacamento de Osma alguna abitacion del colegio de la Concepción a fin de aliviar al vecindario de la pesada carga q. hace tanto tiempo sufre con el alojamiento de dicha tropa”. 449 Véanse ejemplos de estos planos en el I.H.C.M., Cartoteca, nº 1.259 (005-204), diseñado por Pedro Ortiz en 1837; y nº 1.271 (005-217), realizado por Antonio Montenegro en 1847; además de otro plano topográfico del área urbana de Alcalá, guardado sin precisar el autor ni la fecha, con la signatura nº 1.305 (005-232). 292 ballería. Así, el Ministerio de Hacienda cedió al ejército una gran cantidad de edificios desamortizados que pasaron a utilizarse como cuarteles. Para 1842 ya se habían reunido en la localidad el mayor y más importante contingente de tropas de caballería de toda España. El establecimiento no sólo tenía funciones de refundición de unidades; también incluía centros de enseñanza, actividades de formación y espacios para el ensayo de maniobras de guerra. El sistema de enseñanza giraba en torno a tres escuelas: Equitación, Herradores, y Trompetas y Tambores, junto con otras unidades para instrucción y prácticas. De este modo, la ciudad del Henares se convirtió, sobre todo a partir de 1840 cuando acabó la Guerra Carlista, en uno de los núcleos militares más significativos de toda la nación, puesto que contaba con un gran número de cuarteles de gran capacidad, cuya función militar ha perdurado hasta hace apenas una década. En la documentación histórica conservada sobre el particular se observa un creciente interés porque se agilice la cesión de inmuebles al ejército, así como la pronta realización de obras de reforma que dieran respuesta a los nuevos usos castrenses. Este interés fue compartido tanto por las autoridades militares como por las municipales, que veían en esta dinámica una forma de renacimiento social y económico para la población de Alcalá.450 Como consecuencia, véase en el siguiente cuadro la gran cantidad de edificios que fueron acondicionados como cuarteles en la ciudad complutense, y el elevado número de efectivos que podía llegar a reunirse en los mismos: CUARTEL CAPACIDAD San Basilio 200-300 hombres 204 caballos San Bernardo Reducida Jesuitas 600-700 hombres 522 caballos 650-750 hombres 574 caballos 200-300 hombres 212 caballos San Diego Carmen Calzado USO PARA EL QUE SE DESTINÓ Academia de Ingenieros Cuartel de Caballería Escuela de Carabineros Escuela de Herradores AÑO DE CESIÓN AL EJÉRCITO 1803 1837 Regimiento de Zapadores Cuartel de Caballería Cuartel de Caballería 1821 1839 1803 1837 1837 Cuartel de Caballería 1837 450 Por poner un ejemplo bastante ilustrativo de esto que decimos, extracto a continuación un interesante texto sacado de un documento del A.M.A.H., Leg. 616/4, fechado el 20 de noviembre de 1867: “Toda vez que ya habrá recibido el Ayuntamiento de esa Ciudad, la autorización, pedida al Gobernador Civil de esta Provincia para facilitar fondos a fin de que puedan ejecutarse las obras necesarias en los edificios que han de servir de Cuarteles: el Sr. Duque de Valencia me encarga manifieste a V. para que lo haga a ese Ayuntamiento, la necesidad de que las espresadas obras de reparación y habilitación, se verifiquen con prontitud; siendo muy conveniente, en mi entender, al mencionado Municipio que estas se hagan en el concepto de habilitar Cuarteles para Caballería, porque de otro modo el Gobierno tendría medios de destinar a ese punto regimientos de dicha arma, y el pueblo mas utilidad que con la infantería”. 293 Trinidad Reducida Merced Descalza Reducida Caracciolos 200-300 hombres 246 caballos 241 camas Mínimos Escuela de Cabos Comandancia, Casino Escuela de Equitación Picadero de caballos Parque de Intendencia 1839 Hospital militar 1841 1839 1841 A los arriba indicados hay que añadir otros edificios cuyo uso castrense fue más efímero, como los colegios de Málaga, San Agustín, San Cirilo, Santo Tomás, Mercedarios Calzados y Manriques, así como el Hospital de San Juan de Dios.451 La enumeración de edificios históricos que fueron reutilizados por el ejército (mayoritariamente por el Arma de Caballería), es muy llamativa tanto por su cantidad como por su significación histórico-artística. Con la excusa de la Desamortización, las transformaciones y destrucciones practicadas por los militares en el patrimonio arquitectónico complutense fueron tan importantes como negativas, aunque también es verdad que gracias a que fueron utilizados, estos inmuebles se han conservado en lo esencial hasta nuestros días. − Colegio de los Caracciolos Iniciamos esta última relación de edificios desamortizados por el Colegio de San José de los Clérigos Regulares Menores, vulgo Caracciolos, puesto que fue uno de los más damnificados por el proceso de reconversión militar. Este instituto fue fundado por San Francisco Caracciolo en 1603, para que los religiosos de su orden pudieran venir a estudiar a la Universidad de Alcalá. El edificio que vemos hoy, situado en la calle de la Trinidad, empezó a construirse en el segundo tercio del siglo XVII bajo el patronazgo de don Antonio Alosa Rodarte, Conde de Valdeláguila. Se terminó antes la iglesia, colocándose el Santísimo en su capilla mayor en 1662, mientras que el colegio siguió labrándose hasta bien entrado el XVIII.452 La iglesia se erigió en el lado Oeste, ligeramente retranqueada respecto a la línea de fachada del colegio. La planta sigue la tipología congregacional de cruz latina inscrita en un rectángulo, con capillas abiertas a cada lado de la nave, coro elevado a los pies, y un espacio de crucero cubierto por una cúpula que centraliza todo el espacio. Detrás del presbiterio se construyó aneja la sacristía, de forma que el eje longitudinal del templo quedó casi equidistante desde sus extremos hasta el crucero, lo que refuerza la tensión arquitectónica entre la centralidad de la media naranja y la linealidad de la nave rectangular. El alzado fue articulado por medio de pilastras dóricas de fustes cajeados y entablamentos muy dinámicos 451 Según los datos proporcionados por DIEGO PAREJA, L.M.: Contribución del Ejército Español a la salvación de una ciudad Patrimonio de la Humanidad: Alcalá de Henares. Madrid, 2001, p. 179. 452 Véase SORALUCE BLOND, J.R.: El Convento de San José de los Clérigos Regulares Menores, llamados Caracciolos. Alcalá de Henares, 1975. 294 y prominentes, sobre los que arrancan bóvedas de cañón con lunetos muy similares a los de la vecina iglesia de los Trinitarios. Por su parte, la cúpula sigue la mejor tradición italiano-escurialense, con vanos abiertos en un tambor circular sobre el que descansa la media naranja, dividida en sectores por bandas cajeadas que desembocaban en una airosa linterna. La fachada de la iglesia se hallaba cubierta por un enfoscado de cal y arena que acabó por desprenderse en algunas zonas y que ha sido recientemente restaurado, integrándole un cromatismo rojo que imita la fábrica de ladrillo. Se estructura en tres calles que se corresponden con la nave central y capillas laterales del interior, marcando su separación pares de pilastras pero uniéndose arriba por medio de aletones. En las calles laterales no hay puertas, sino vanos ciegos rematados por frontones y recuadros que animan el paramento; en la calle central, en cambio, se dispone una esbelta portada de piedra con un arco de medio punto enmarcado por pilastras toscanas, y encima una hornacina con la estatua de San Francisco Caracciolo, muy deteriorada. El edificio colegial, anejo a la iglesia, se dispone paralelo a la calle de la Trinidad y sigue en planta la misma organización que el vecino Colegio de Málaga: dos patios entre los que se dispone una crujía con la escalera que sube al piso superior. Los patios quedan articulados por arcos sobre pilares toscanos de ladrillo, encuadrados en el primero por un orden gigante de pilastras que une ambos pisos, y en el segundo por pilastras simples arquitrabadas. Alrededor de estas dos células se organizan amplios corredores cubiertos con vigas y bovedillas, que dan acceso a las diferentes salas y dependencias colegiales. Lo más interesante de todo el conjunto es sin duda la ancha crujía que acoge la escalera principal, construida en las primeras décadas del siglo XVIII, aunque siguiendo trazas anteriores, como demuestra la presencia de algunos detalles muy característicos de la arquitectura madrileña de finales del XVII. La escalera está ubicada en el centro y rodeada de pasillos por todos sus lados; tiene así una estructura abierta y a la vez independiente, constituyéndose en el punto neurálgico de la circulación interior del edificio. Tiene planta de cruz griega inscrita en un espacio rectangular que se cubre con una cúpula ovalada, sostenida por medio de grandes arcos rebajados en los lados menores de la caja, y muros horadados por dos pisos de arquerías en los lados mayores. La cúpula se levanta encamonada sobre un entablamento y cornisa apoyada en modillones pareados. Festones de frutos y hojas que cuelgan de los modillones, roleos vegetales en las pechinas, y una serie de máscaras grotescas en la cornisa del óculo, confieren al conjunto una animada decoración realizada en yeso.453 El colegio de los Caracciolos fue abandonado por los clérigos menores en 1820, pasando a utilizarse como prisión durante el Trienio Liberal. Con la vuelta del absolutismo quiso restituirse a su función original, y se hicieron algunas averiguaciones sobre las causas que habían provocado su uso carcelario, a petición 453 Sobre esta cúpula véase GONZÁLEZ RAMOS - LLULL PEÑALBA, ob. cit., 1994, p. 555. 295 29. Escalera principal del Colegio de los Caracciolos, después de su última restauración. Fotografía de Josué Llull. 296 del Prepósito de la congregación Manuel Rivera.454 La pretendida devolución del edificio a los religiosos exigía además reintegrarle a su primitivo aspecto, sin las modificaciones realizadas para habilitarlo como prisión. Pero aunque fueron dadas disposiciones concretas para que todo eso se hiciera, tenemos serias dudas sobre lo que en verdad ocurrió, debido al escaso número de clérigos que quedaban. Soraluce Blond dice que finalmente el convento fue convertido en cuartel, pero no precisa la fecha en que esto ocurrió, y la documentación que yo he encontrado sobre el particular en el Archivo General Militar corresponde a fechas más tardías.455 Lo único seguro es que el edificio fue nacionalizado cuando la Desamortización de Mendizábal, y luego pasó al ejército en tiempos de Espartero. En cualquier caso, el abandono en que debió permanecer durante algunos años y las alteraciones que había experimentado con anterioridad, aumentarían su estado de deterioro; así lo indicaba un informe municipal de 1835, que advertía que en “el colegio de Clérigos Menores conforme se halla en el día no caben mas que unos ciento y treinta hombres”, además de otra evaluación realizada en 1836, que decía así: “Haviendo pasado a reconocer el estado de las cercas del corral del edificio llamado de Menores, hoy almacén de utensilios y provisiones de la Admon. Militar, han encontrado toda ella ruinosa, y peligrosa la parte de la calle del Matadero en el ángulo que forma con la de los Hornos, cuya parte devía demolerse inmediatamente para evitar las desgracias que podría ocasionar el hundimiento.” 456 Poco después fue cedido al Arma de Caballería para que instalara en él su Parque de Intendencia, es decir el almacén de utensilios y provisiones de la administración militar. Las primeras obras de acondicionamiento de las que tenemos noticias se realizaron en septiembre de 1847, cuando el ingeniero sargento de los cuarteles de Alcalá, Serafín Pascua, mandó ejecutar el “rompimiento de la fábrica del edificio” para abrir una atarjea de desagüe hacia la calle de la Trinidad. Esta intervención fue llevada a cabo a pesar de la oposición de los vecinos, A.M.A.H., Leg. 808/1, Acta del 1 de julio de 1823: “Que se consulte a la Supd. acompañando texto literal de esta expn., de la orn. q. haya havido pª. la construccn. de la Carcel en el edificio collº. de Clerigos Menº. q. en relacn. al expte. q. exista formado en el asunto, y de las causas q. motivasen la constn. de dha. Carcel, manifestando el Ayto. en la expn. q. haga la consulta la imposivilidad metalica q. tiene en el dia pª. reponer con la seg. q. es necª. medte. su deplorable estado la Carcel antigua, y como qe. cumplir exactamte. las orns. Sups. y no causar el menor perjº. al P. reclamante unico de su Comunidad q. existe en el dia, q. se solicite de la mma. Supd. un arbº. pª. costear la obra q. necesite la Carcel antigua y trasladar a ella inmedte. los presos; conteniendo igualmte. la consulta quienes sean los que devan pagar los perjº. que se reclaman, y a costa de q. cauds. de ha de dejar el edifº. de Clerigos Mens. en la forma q. antes se hallava pr. la alteracion q. ha padecido en una pte. de la habitacn. baja q. fue la destinada pª. Carcel”. 455 SORALUCE, ob. cit., 1975, p. 22. 456 A.M.A.H., Leg. 1.044/2, Acta del 21 de junio de 1836; y Leg. 611/4. 454 297 que se quejaban del riesgo de sufrir inundaciones en sus casas y del mal olor que las inmundicias dejaban en la vía pública.457 En los años sucesivos se tapiaron todas las arquerías de los patios con muros de ladrillo en los que se abrieron ventanas rectangulares, debido a que los corredores fueron habilitados como almacenes; también se modificó el aspecto de la fachada principal, abriendo y cerrándose huecos a capricho en la parte inferior de las calles laterales, lo que destruyó su estructura original y el enfoscado decorativo. Seguramente con motivo de estas obras se levantaron los dos planos que representan una planta del colegio cada uno de ellos, con la nueva distribución de espacios de acuerdo a su uso militar, y que se conservan en el Archivo Municipal de Alcalá.458 Por último, en febrero de 1863, las autoridades municipales ordenaron a Fernando Huerta, maestro de obras titular de la ciudad, que reconociese las tapias de la huerta que daban a la calle del Matadero, por considerarlas ruinosas.459 Pero lo peor estaba aún por llegar: en 1856, en el contexto de las obras de reforma del inmueble como sede de intendencia militar, fue demolida la gran cúpula de la iglesia por supuesta ruina. En mayo y junio de aquel año, el Director Subinspector de Ingenieros del distrito notificó al Ministro de la Guerra “la imposibilidad de que se mantenga en el Cuartel de Menores de Alcalá, la fuerza de Caballería que lo ocupa, en atención a la inminente ruina que amenaza la media naranja de su Iglesia”. Inmediatamente el gobierno expidió órdenes (fechadas el 24 de junio y el 7 de julio) para que fuese reparada la cúpula, pero el tiempo transcurrió sin que se hiciera nada y “la torre de Menores continua sin hundirse por pura casualidad”.460 Al final, debido a que la demolición resultaba más económica que la restauración, y en prevención de los peligros que pudieran ocasionarse de seguir en esa situación, la cúpula fue intencionadamente derrumbada. Para sustituirla, en 1858 se terminó de construir con un tipo de fábrica diferente un cimborrio cúbico, que ocultó el tambor y lo poco que quedó de la media naranja, de manera que la volumetría exterior del templo quedó bastante transformada: en lugar del cuerpo original de la cúpula y la linterna, que sería parecido al de la cercana iglesia de 457 A.M.A.H., Leg. 951/3. A.M.A.H., Leg. 612/23; sobre las obras referidas véase ROMÁN PASTOR, ob. cit., 1994, pp. 343-344. 459 A.M.A.H., Leg. 611/4. Las tapias del corral serían nuevamente denunciadas en 1879, y reparadas por José Vilaplana en diciembre del mismo año; véase también en el A.M.A.H., Leg. 724/10. 460 A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 390. En el mismo documento se daba cuenta de “el triste estado en que se encuentran todos los edificios que ocupa la Caballería en aquel punto, pues ya de muchos años a esta parte desde la instalación de la Escuela, solo ha podido estenderse a insignificantes reparaciones de los muchos edificios que se ocuparon por aquella institución, todos ellos antiquísimos en su construcción y poco oportunos en general pª. la conveniente colocación de la Caballería, pues que la distribución de todos ellos, no se ha prestado nunca a el cómodo alojamiento de esta arma, de modo, que no habiéndose podido construir ningún edificio nuevo pª. este objeto, esta institución en aquel puesto se desmejora cada día por no proporcionar a la tropa y caballos la conveniente colocación q. exigirian”. 458 298 las Magdalenas o al de la Madre de Dios, el perfil del nuevo cimborrio prestó al edificio un aspecto mucho más cuadrado y monótono.461 Después de aquello la iglesia de los Caracciolos fue convertida en un gigantesco pajar, función que mantendría durante mucho tiempo, hasta que el 9 de octubre de 1966 ardió espectacularmente, sin que se derrumbaran sus bóvedas.462 Unos años más tarde el edificio fue adquirido por la Brigada Paracaidista, que lo salvó de la especulación y el abandono, y finalmente en 1987 fue cedido a la Universidad de Alcalá, que ha instalado en él su Facultad de Filología. En su restauración, llevada a cabo con buen criterio, se ha reconstruido también la cúpula de la iglesia con una estructura de madera que se distingue de los pocos restos que quedaban de la fábrica original, los cuales han sido oportunamente consolidados. La iglesia, por cierto, ha sido habilitada como teatro universitario y sala de exposiciones, restituyéndose el coro elevado de los pies también en madera. Por último, en la que fue huerta del convento se ha levantado el moderno edificio del Archivo y Biblioteca Municipal de la ciudad. − Colegio de Cistercienses de San Bernardo Uno de los establecimientos que más tempranamente desaparecieron, víctima de las leyes desamortizadoras de 1820, fue el Colegio de Cistercienses de San Bernardo. Este instituto era uno de los más antiguos de Alcalá, emplazado en 1525 sobre lo que anteriormente había sido el monasterio de Santa Librada, cerca de la Puerta de Aguadores. El solar era por entonces propiedad del Colegio Mayor de San Ildefonso, quien lo arrendó a los religiosos para que instalaran en él un lugar donde vivieran estudiantes que fueran monjes de la orden de San Bernardo. La configuración arquitectónica del nuevo colegio no debió terminarse hasta 1584, registrándose una ampliación de la capilla mayor en el año 1610, y la hechura de una fachada de piedra berroqueña en 1671. Lo más valioso del conjunto era la iglesia, de orientación paralela a la calle de los Colegios, cubierta por bóveda de cañón y una media naranja sobre el presbiterio; presentaba una portada flanqueada por dos columnas estriadas sobre pedestales cuadrados, que sostenían un cornisamiento con tres hornacinas, en las que estaban colocadas las estatuas de la Virgen con el Niño entre San Benito y San Bernardo. Las disposiciones dictadas durante el Trienio Liberal relativas a la extinción de aquellas comunidades que no tuvieran un número suficiente de miembros, condujeron a la desaparición de este colegio, que desde entonces quedó en poder del Estado. Después de la Desamortización de Mendizábal, el ejército lo destinó a albergar la Escuela de Herradores, y en 1862 acabó demoliéndolo por completo para ampliar la extensión del Cuartel del Príncipe, que estaba siendo construido 461 462 Véase AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, p. 5. Véase SORALUCE, ob. cit., 1975, p. 23. 299 sobre el solar del limítrofe convento de San Diego, de modo que hoy no queda nada de él.463 − Colegios de Mercedarios Calzados y de los Manriques. Cronológicamente, los primeros edificios que fueron utilizados para fines militares son los que acogieron la Academia de Ingenieros y el Regimiento de Zapadores del ejército nacional. En el contexto de la reforma del ejército español promovida por Godoy, una Real Orden comunicada el 3 de febrero de 1803, dispuso que el cuerpo especial de Zapadores Minadores se instalase, a falta de cuarteles adecuados, en la manzana situada en la calle de Roma que estaba compuesta por los colegios de San Basilio, Caballeros Manriques y Mercedarios Calzados. Los antiguos inquilinos de estos inmuebles fueron trasladados a otros lugares: los Basilios al Colegio de León, los Mercedarios al de Aragón, y los Manriques al de San Clemente o de los Manchegos. A consecuencia de ello se emprendieron inmediatas obras de reparación en los colegios de los Manchegos, León y Aragón, desahuciando a los arrendatarios que los venían ocupando como casas de vecindad desde la reforma de los colegios seculares de 1781.464 Al final, el Regimiento de Zapadores fue ubicado en el Colegio Máximo de la Compañía de Jesús, y la manzana formada por los Basilios-ManriquesMercedarios acogió en cambio la Academia de Ingenieros militares, que comenzó a funcionar el 3 de septiembre de 1803, sin estar concluida todavía la rehabilitación de esos edificios. El 12 de mayo de 1804 quedarían terminadas no sólo las obras de reparación de los interiores sino también las de recorrido de los tejados, distribuyéndose así las dependencias de la Academia: la residencia en el colegio de los Manriques, la biblioteca y las aulas de enseñanza en el convento de San Basilio, y en la Merced el parque de ingenieros y el hospital militar.465 No obstante, la Guerra de la Independencia motivó la huida de los zapadores y de los alumnos de la academia, de tal forma que los citados edificios quedaron vacíos y a expensas de la barbarie bonapartista. Al finalizar la contienda bélica persistió el abandono, llegándose al caso de que, por falta de custodia, los propios vecinos de Alcalá “están robando con el mayor descaro” algunos efectos y enseres que aún quedaban en el interior de los colegios. Éstos, por su parte, se hallaban en muy mal estado y se habían convertido en refugio de vagabundos, razón 463 Véase ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, pp. 141-142; CALLEJA, ob. cit, 1901, p. 20; y ROMÁN PASTOR, ob. cit., 1994, p. 178-182. 464 A.M.A.H., Leg. 764/4; y Leg. 1.026/1. Los colegios de León y Aragón habían sido refundidos con el de Málaga tras la reforma de Rojas (1781), y estaban arrendados como casas de vecindad, por lo que fue necesario desahuciar a sus inquilinos en 1803, con el fin de acoger a los Basilios y Mercedarios. 465 Con este fin fueron realizados varios proyectos de habilitación de estos edificios como cuarteles; conservamos sólo un par de plantas del Colegio de los Manriques, dibujadas en 1803, en el S.H.M., Cartoteca, nº 1.204 (005-085). Sobre la distribución de usos y los pormenores de la expropiación de cada edificio véase DIEGO PAREJA, L.M.: La Academia de Ingenieros y el Regimiento de Zapadores de Alcalá de Henares, 1803-1823. Alcalá de Henares, 1999, pp. 42-48. 300 por la cual fue necesario repararlos, salvo el colegio de mercedarios que fue demolido debido a su avanzado estado de ruina.466 Como medida represora por su participación en el pronunciamiento liberal de Riego, una orden gubernativa del 27 de septiembre de 1823, suprimió los colegios militares de Alcalá y el Regimiento de Zapadores. En el colegio de Jesuitas quedó solamente un pequeño destacamento encargado de custodiar los enseres y documentos del mismo, aunque la mayor parte del edificio fue cedida para cuartel de los voluntarios Realistas, quienes instalaron allí una prisión de liberales.467 En abril de 1824 se acuartelaron aquí 2.000 soldados de infantería de la Guardia Real,468 y en 1827 Fernando VII autorizó el regreso de los jesuitas a su convento, del cual tomaron posesión el día 29 de junio.469 Allí estuvieron hasta la desamortización de Mendizábal, a partir de la cual el edificio sería definitivamente cedido al Arma de Caballería. El solar del derruido Colegio de Mercedarios Calzados permaneció mucho tiempo cerrado, y sufrió varias transacciones hasta que fue cedido al Ministerio de la Gobernación, y después al de Gracia y Justicia, junto con el vecino Colegio de los Manriques, que también fue abandonado por el ejército. Ambos serían incorporados al recinto carcelario del colegio de Santo Tomás, y hoy no queda nada de ellos que recuerde su digna antigüedad.470 Por su parte, el Colegio de Aragón, que había servido de residencia monacal a los frailes mercedarios, terminó desamortizado y arrendado como casa de vecindad, para costear las escasas becas del colegio de Málaga; más tarde, cuando la reforma de los colegios seculares de la Universidad, en 1843, fue suprimido y pasó a propiedad particular. 471 Finalmente, el Colegio de los Manchegos acabó derribado parcialmente en 1848, por sus propietarios José Ramos y Juan Sánchez, después de que hubiera servido de casa de acogida para los Manriques y fuera igualmente desamortizado.472 466 A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 388. A.M.A.H., Leg. 808/1, Acta del 23 de enero de 1824. 468 A.M.A.H., Leg. 808/1, Actas del 26 de enero y 24 de abril de 1824. 469 A.M.A.H., Leg. 808/1, Actas del 15 de enero de 1824 y 17 de marzo de 1826; y Leg. 1.044/2, Acta del 16 de junio de 1827. Finalmente se dispuso que al Superior de los jesuitas “se le entreguen las llaves del Colegio [...] por combenir así al bien particular del Pueblo”. 470 Véase REYMUNDO TONERO, ob. cit., 1950, p. 590; y MANRIQUE DE LARA, M.: El Colegio de los Caballeros Manriques de la Universidad de Alcalá de Henares. Madrid, 1972. Por su parte, ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, pp. 21-23, dice que ambos pasaron a formar parte del palacio de la Condesa viuda de la Romera. 471 Véase DIEGO PAREJA, L.M.: “El colegio de Mercedarios Calzados de Alcalá de Henares y sus religiosos en el siglo XIX”, Anales Complutenses, vol. XI, 1999, p. 137. 472 A.M.A.H., Leg. 612/1; y Libro 122, Acta del 28 de marzo de 1848. Los exponentes iniciaron el derribo del interior del edificio con la intención de habilitarlo para otros usos, pero se encontraron con una denuncia de la comisión de obras del ayuntamiento, que paralizó los trabajos. Después de una instancia “solicitando se sirva el Sor. Corregidor alzar la orden de suspension del derribo q. han principiado en el edificio q. fue Colegio de Manriques [Manchegos] sito en la Calle de Sta. Ursula de esta ciudad”, el consistorio aprobó la demolición. Ésta se justificó en el estado de ruina y la inutilidad de gran parte de la construcción, y dejó bajo la responsabilidad de los exponentes el desarrollo de las obras, que debían someterse “a las reglas de policía urbana”. Con este fin se restauró “el lienzo exterior que da a la calle de Sta. Ursula”, sustituyendo sus antiguos balcones por “otros de yerro de menor peso y que en 467 301 − Colegio de Mínimos de la Victoria o de Santa Ana. El Colegio de Mínimos de Nuestra Señora de la Victoria fue fundado en 1553 sobre unas casas que estaban en el recinto universitario, trasladándose en 1578 a la Plaza de la Victoria, en la zona medieval de Alcalá. El nuevo establecimiento se asentó en las propiedades de don Bartolomé de Santoyo, secretario de Felipe II, y su esposa doña Ana de Ondegardo, que ejercieron de patronos y solicitaron un cambio de advocación a favor de Santa Ana, lo cual fue aceptado por los religiosos. A los patronos se les permitió igualmente poner sus blasones en el colegio, y asistir a misa desde una tribuna en el templo que comunicase directamente con sus casas. Entre 1580 y 1593 construyeron la iglesia, la primera de la ciudad que abandonó el gótico mudéjar tradicional para seguir una estructura clasicista de templo congregacional: planta de cruz latina inscrita en un rectángulo, capillas laterales con tribunas entre los contrafuertes, sacristías a ambos lados del presbiterio formando un testero recto, bóveda de cañón en la nave y cúpula sobre pechinas en el crucero. A pesar de sus transformaciones conserva parte de la fachada, con el frontón del remate sobre el cuerpo central y la portada adintelada de piedra caliza, coronada por una hornacina en la que estuvo la estatua de San Francisco de Paula, el fundador de la orden de los Mínimos. El colegio se empezó después de acabada la iglesia, y trabajó en su edificación Sebastián de la Plaza desde 1614. Esta organizado en torno a un patio de dos plantas con arquerías de ladrillo y pilares toscanos, que en el piso inferior son de piedra, lo cual le confiere una animada bicromía por la alternancia de materiales; como detalle típicamente manierista, fue reforzada la sensación de robustez de la planta superior rebajando los arcos y uniéndolos por un antepecho.473 El convento fue exclaustrado en 1836, y a diferencia de lo que ocurrió con otros edificios, se vendió por separado su huerta a Agustín Azcona por 20.500 reales, mientras que el edificio conventual y la iglesia, tasados en 200.100 reales, no encontraron comprador. A consecuencia de ello fue revertido al clero, que lo retuvo hasta 1842, año en que fue subastado otra vez sin éxito.474 La Junta Superior de ventas de Bienes Nacionales aceptó entonces cederlo al ejército, que decidió instalar en él un Hospital y Farmacia militar con capacidad para 140 camas.475 Las primeras obras de acondicionamiento se desarrollaron de manera alguna deformen la fachada, rebocando aquella en terminos de quedar aseada”. En la actualidad, este edificio está dedicado a usos comerciales y otras dependencias, y aunque conserva un cierto sabor añejo, poco queda de su arquitectura original. 473 Véase ROMÁN PASTOR, ob. cit., 1994, pp. 215-223. Esta autora atribuye las trazas de la iglesia al arquitecto milanés Juan Andrea Rodi. 474 Véase GÓMEZ MENDOZA, ob. cit., 1975, p. 493; y DIEGO PAREJA - CANALDA CÁMARA, ob. cit., 2001, p. 224. 475 La noticia de la cesión, que se hizo oficial con fecha 26 de julio de 1842, en el A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 390; y en el A.M.A.H., Leg. 951/3. 302 forma inmediata, ya que una de las condiciones de la cesión era que el edificio debía empezar a funcionar como hospital en el término de seis meses, “quedando en otro caso nula y de ningún valor esta gracia”. A estos trabajos, que concluyeron en la primavera de 1843, les seguirían otros efectuados ya con posterioridad, y que alteraron de manera más significativa la arquitectura original. Por ejemplo en el año 1879 tenemos una referencia que habla de la construcción de sumideros y el rompimiento de varios huecos de ventana, ejecutados ambos por el maestro José Vilaplana.476 Y más tarde, entre 1885 y 1915, fueron practicadas por los ingenieros militares diversas intervenciones que afectaron a la fachada principal del colegio, en la cual se variaron los huecos, se destruyó parte de la portada y se añadió un tercer piso que transformó notablemente su aspecto.477 Pero lo más dañino de aquellas reformas fue la división de la iglesia en dos alturas por medio de forjados, para instalar en la planta baja la farmacia y en la superior un gran dormitorio, una intervención que fue habitual en aquella época en Alcalá, por ejemplo en los edificios de Santo Tomás, San Basilio y Agonizantes.478 A pesar de lo expuesto, el mayor daño infringido a este conjunto monumental se ha producido, curiosamente, durante la última restauración llevada a cabo cuando se instaló aquí la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Alcalá.479 En el transcurso de esta intervención, se han convertido las arquerías superiores del claustro en ventanas con carpintería de madera, y en lugar de restituirse la iglesia a su original diafanidad, se ha aprovechado la división existente para ubicar el Aula Magna en el piso superior y en el inferior diversos despachos, dependencias y secretarías. Aunque lo más controvertido ha sido la ampliación que se ha hecho del edificio por el Oeste, en 1991, añadiendo un cuerpo cúbico de ladrillo visto, que por su excesiva modernidad y pureza de líneas no concuerda en absoluto con el estilo original del colegio, y además trunca por completo la unidad paisajística de aquella parte de la ciudad. − Colegio de San Basilio Magno. Sobre el Colegio de San Basilio Magno, que también fue sede de la Academia de Ingenieros, merece la pena detenerse un poco más. Este instituto fue fundado en 1660, en la calle de Roma, junto a la Puerta de Aguadores, a instancias 476 A.M.A.H., Leg. 724/10. Los sucesivos proyectos de reforma, que pretendían el “saneamiento, reparación e instalación de una clínica para oficiales en el Hospital Militar de Alcalá de Henares”, pueden verse en el A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 390. 478 Véase GARCÍA LLEDÓ, J.A. - GARCÍA GUTIÉRREZ, F.: El Hospital Militar de Alcalá de Henares. De Colegio-convento a Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Alcalá de Henares, 2001, p. 23. 479 Después de su uso castrense el edificio había sido adquirido, el 28 de agosto de 1975, por el ayuntamiento de Alcalá, quien se lo cedió a la Universidad pocos años después para devolverle su función docente original. 477 303 del convento de San Basilio de Madrid, aunque la construcción del edificio que hoy contemplamos se inició ya a principios del siglo XVIII.480 Especialmente la iglesia es uno de los ejemplos más extraordinarios de la arquitectura barroca complutense, tanto por su rareza como por su diseño artístico. Es de planta central, con un cuerpo hexagonal cubierto por una cúpula con lunetos sobre pechinas trapezoidales, y una pequeña nave de acceso formada por dos tramos diferentes, rectangular y cuadrado. En cada uno de los lados del hexágono se abren absidiolos a modo de capillas, que en planta están formados por tres lados y arriba están cerrados con bóvedas de cuarto de esfera. Este tipo de planimetría se remonta a la arquitectura tardorromana y bizantina, en espacios funerarios, relicarios o sacramentales que fueron luego imitados por muchas construcciones de la Iglesia Oriental, precisamente en la época en que el obispo San Basilio el Grande promovió la creación de los primeros cenobios sometidos a la vida regular; el parecido de este templo con algunas iglesias de Armenia, Siria o Capadocia se explica así como un recordatorio al santo de Cesárea. Por otra parte, el edificio alcalaíno es un ejemplo más de la característica oposición manierista entre la centralidad de la media naranja y la direccionalidad de la nave eclesial, quedando en este caso mucho más destacada la autonomía de la estructura central. Al exterior, el juego de volúmenes que presenta esta estructura es enormemente interesante, con los absidiolos quebrados y dispuestos radialmente respecto del cimborrio hexagonal, que sustenta el chapitel de pizarra y la linterna de la cúpula. La fachada, por su parte, sigue un esquema bastante común en las iglesias conventuales de Alcalá: un plano rectangular coronado por un frontón triangular, todo de fábrica de ladrillo, con una espléndida portada barroca de piedra caliza, que Tormo atribuyó al círculo de Pedro Ribera o Narciso Tomé (hacia 1725), pero que Virginia Tovar cree obra de Felipe Sánchez.481 Se trata de una composición de gran desarrollo vertical, formada por una puerta enmarcada en un bocelón muy dinámico, de perfil mixtilíneo sujeto por grapas, encima del cual se dispone una potente cornisa sobre la que se apoya una hornacina quebrada, con la imagen titular de San Basilio el Grande. A ambos lados de la hornacina se han abierto dos óculos ovalados, y en los cornisamientos se han colocado candelabros y pirámides que, junto con la cruz del ático, completan la decoración de piedra caliza en contraste con el ladrillo. La estatua de San Basilio, por cierto, es de las mejores obras escultóricas de Alcalá de Henares: muestra al personaje vestido de obispo, tocado con la mitra y sosteniendo una pequeña iglesia en la mano, que alude a su papel patriarcal en la Iglesia de Oriente y a su actividad fundadora de monasterios. Los abundantes pliegues del ropaje dibujan una sinuosidad bastante Sobre la fundación de este colegio véase BENITO Y DURÁN, A.: “Los Monjes Basilios en Alcalá de Henares y su Universidad”, Yermo, nº 12, 1974, pp. 117-261; y ALBA ALARCOS, A.: “El Colegio de San Basilio Magno”, Puerta de Madrid, nº 1.267 (diciembre 1991). 481 TORMO, ob. cit., 1930, p. 43; y TOVAR MARTÍN, V.: “Aportaciones artísticas singulares en el marco histórico de Alcalá de Henares”, en el libro La Universidad de Alcalá, vol. II. Madrid, 1990, p. 206. 480 304 afectada, que unida al remolino de la barba y a la fuerte expresividad del rostro entroncan esta figura con lo mejor de la estatuaria hispana del XVIII. El edificio colegial, por su parte, se dispone alrededor de un patio regular, articulado por arcos sobre pilares en el piso bajo, y ventanas rectangulares abiertas sobre muro cerrado en el piso superior. Los corredores están divididos en tramos por arcos fajones y cada uno de los tramos cubierto por una bóveda vaída de tradición italianizante. La fachada exterior es muy sencilla, de dos pisos de fábrica de ladrillo sobre zócalo de sillares, y portada arquitrabada en el extremo contrario al de la iglesia. Al llegar el siglo XIX, el colegio-convento de San Basilio perdió su función original y se convirtió primero en sede de la Academia de Ingenieros del ejército, y luego en cuartel de caballería. Los monjes fueron obligados a marcharse a cambio de una exigua compensación económica, y además tuvieron que desalojar el abundante mobiliario que poseían, el cual, por falta de espacio en su nuevo local del Colegio de León, fue depositado en el refectorio del Colegio Mayor de San Ildefonso.482 Tras los destrozos causados por los soldados franceses durante la Guerra de la Independencia, los monjes Basilios regresaron a la residencia del Colegio de León, mientras que su antiguo convento fue reconocido por una Comisión de Bienes Nacionales, que intentaba recuperar las propiedades y objetos pertenecientes a la Academia de Ingenieros y al Regimiento de Zapadores. Los desperfectos acumulados por el monasterio se centraban principalmente en las puertas, ventanas y cubiertas, las cuales tuvieron que ser reparadas no sólo en el edificio de los Basilios sino también en el de los Manriques.483 La supresión de las órdenes monacales, dictada por los liberales el 25 de octubre de 1820, provocó la exclaustración de los Basilios de todas sus casas en España. Esta medida, no obstante, afectó poco a los monjes de Alcalá, porque su monasterio ya había sido expropiado en 1803. Además, con la vuelta del poder absoluto, Fernando VII restableció las comunidades religiosas y les devolvió sus propiedades, de forma que los Basilios pudieron recuperar el Colegio de León.484 No consiguieron, por contra, que se les devolviese su antiguo convento de la calle de los Colegios, a pesar del traslado de la Academia de Ingenieros a Madrid, para controlar mejor los brotes subversivos de carácter liberal, como los que habían protagonizado sus alumnos y profesores durante el Trienio. Así que el convento de San Basilio quedó momentáneamente sin uso, custodiado por una pequeña guardia y ocupado apenas unos meses de 1827 a 1828, por el 4º Regimiento de Infantería Ligera.485 482 A.M.A.H., Leg. 1.099/7. El convento de San Basilio había sido tasado por el gobierno en 300.000 reales, pero en lugar de hacer efectivo el pago de esa cantidad, se dispuso que fuera abonándose a los religiosos una cantidad anual de 12.000 reales con los que hacer frente al alquiler del Colegio de León, que debía abonarse al colegio de Málaga, propietario de dicho inmueble. 483 Véase CALLEJA, ob. cit., 1901, p. 64; y DIEGO PAREJA, L.M.: “El Colegio de San Basilio Magno de la Universidad de Alcalá en el siglo XIX”, Acervo, nº 2, 1993, pp. 12-15. 484 Véase REVUELTA GONZÁLEZ, ob. cit., 1973, pp. 387-397. 485 Véase DIEGO PAREJA, ob. cit., 1993, pp. 16-20. 305 30. Portada de la Iglesia del Convento de San Basilio Magno vista desde la Ermita del Cristo de los Doctrinos. Fotografía de Josué Llull. 306 Considerado inútil para el ejército, el 11 de octubre de 1828 fue restituido el monasterio a los monjes, lo cual despertó suspicacias en la localidad. Según un informe elevado por el corregidor de Alcalá al Inspector de Cuarteles de Castilla la Nueva, en octubre de 1832 sólo vivían tres religiosos en el monasterio de San Basilio, y en un estado de miseria tal que se habían visto en la necesidad de alquilar la mayor parte del edificio para graneros, así como la iglesia, que servía de cochera y almacén de paja. Por ello se pedía la vuelta del ejército tanto al colegio de los Basilios, como al de los Manriques y Mercedarios, así como el traslado de los religiosos a otra residencia más modesta, puesto que su presencia en la ciudad era considerada mucho menos interesante que la de los militares.486 La situación de los religiosos Basilios de Alcalá era pareja a la de toda su orden en España, arruinada económicamente, con problemas espirituales, y con grandes dificultades para que los monjes secularizados regresaran a los claustros, hasta el punto de que en 1835 sólo quedaban 176 monjes de esta congregación en todo el país.487 A pesar de ello, al P. Martín Llorente, superior del convento alcalaíno, todavía le quedaron fuerzas para emprender algunas obras en agosto de 1833, consistentes en “abrir una puerta en la pared del Colegio que afrenta al Convento de Monjas llamadas de afuera, e interior a las que cierran la ciudad”.488 Con la Desamortización de Mendizábal, el de San Basilio fue uno de los primeros monasterios suprimidos, según el decreto del 25 de julio de 1835, por contar con menos de doce profesos. El edificio pasó a poder del Estado y éste lo cedió al ejército, iniciándose a partir de entonces importantes modificaciones en su arquitectura. Las primeras obras de reforma de las que tenemos constancia fueron realizadas en 1837, y consistieron en la construcción de pesebres, una vez que el Arma de Caballería comenzó a utilizar el convento como cuartel.489 Posteriormente, se desarrollaron trabajos menores de solado, blanqueo de muros, alcantarillado, etc., realizados por José Vilaplana bajo presupuesto municipal, entre 1868 y 1878.490 En virtud de una R. O. fechada el 5 de mayo de 1880, el exconvento fue concedido a la Inspección General de Carabineros, que pensó instalar allí una escuela militar de su ramo, para lo cual se hacía preciso “llevar a cabo ciertas obras de reparación y ensanche de dicho edificio, las cuales han de ser presupuestadas e intervenidas por el Cuerpo de Ingenieros Militares”. Tanto las autoridades municipales como los mayores contribuyentes de la población se ofrecieron de nuevo a sufragar los gastos de dichas obras, atendiendo al razonamiento de que la presencia del ejército contribuiría a animar la vida de la localidad, pero la magnitud 486 A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 390. Véase REVUELTA GONZÁLEZ, ob. cit., 1976, p. 17. 488 A.M.A.H., Leg. 1.044/2, fol. 34, Acta del 4 de agosto de 1833. 489 A.M.A.H., Leg. 1.045/1, Acta del 9 de noviembre de 1837. 490 Sobre estas obras véase el A.M.A.H., Leg. 616/4; Leg. 759/3; Leg. 859/1; Leg. 644/6; y Libro 148, Actas del 2 y 9 de septiembre de 1878. 487 307 del proyecto convirtió en pírricas esas aportaciones.491 En octubre de 1885 se transformaron en dormitorios para la tropa de carabineros, las cuadras del que hasta entonces había sido cuartel de caballería, situadas en la planta baja del monasterio.492 Pero la intervención más radical tuvo lugar en el primer semestre de 1889, conforme a un proyecto elaborado por el Capitán de Ingenieros Manuel Cano y León, bajo presupuesto de 61.703 pesetas; esta reforma, que llegó a alterar drásticamente la arquitectura del convento y la iglesia de San Basilio, contó de nuevo con el beneplácito y la subvención del ayuntamiento complutense, que puso la mitad del dinero. Según el pliego de condiciones facultativas de aquel proyecto, los trabajos que se hicieron, dirigidos por el maestro de obras militares Florencio Lagareta Lampaya, fueron los siguientes: - Reconstrucción de los muros de la cerca del patio. - Construcción en el mismo patio de varias oficinas, un cobertizo para carruajes y una cantina para la soldadesca, aprovechando los materiales procedentes del derribo de parte del edificio principal (tapial y ladrillos). - Limpieza de las alcantarillas y reparación de algunas de sus bóvedas. - Demolición de los tabiques existentes, de los pisos y cielo raso de las plantas entresuelo y principal, y de otras partes del edificio consideradas ruinosas. - Reforma de todos los pisos y pavimentos del edificio, solando de nuevas algunos, y entarimando con madera otros. - Renovación de toda la carpintería de taller en puertas y ventanas. - División de la iglesia en dos alturas mediante un forjado de hierro, y derribo de parte del chapitel de la cúpula.493 De todas las obras citadas, la más significativa fue sin duda esta última, que dividió en dos pisos el alzado de la iglesia, y que fue bien descrita por el ingeniero Manuel Cano en su proyecto del 20 de enero de 1889: “El piso que debe dividir en dos la altura de lo que fue iglesia irá sobre unas vigas sencillas empotradas en los vértices de las capillas y una jácena central de doble viga I montada sobre pies derechos formados por otra doble viga o por co491 A.M.A.H., Leg. 74/38; y Libro 149, Acta del 20 de mayo de 1880. A.M.A.H., Leg. 593/35; y Leg. 759/3. La contrata de estas obras, que consistieron fundamentalmente en el solado y entarimado de pisos, fue resuelta en pública subasta a favor del albañil Julián Aceitero. 493 A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 387. También en el A.M.A.H., Leg. 776/1; Leg. 594/3; y Libro 158, Actas del 21 de agosto y 30 de octubre de 1889. Aunque existe un certificado de finalización de las obras expedido el 7 de mayo de 1889 por Manuel Cano y León, haciendo constar que aquéllas se habían llevado a cabo “con arreglo a los planos y condiciones facultativas”, en agosto del mismo año el Capitán General del distrito solicitó al ayuntamiento otras 19.000 pesetas para seguir realizando algunos trabajos, a lo cual contestó el consistorio no serle posible dar más dinero “por la carencia absoluta de fondos” con que contaba. Sea como fuere, las obras continuaron hasta ser definitivamente recibidas por Florencio Lagareta, el 27 de octubre de 1889. Aún así, todavía quedaron por hacer algunos trabajos menores que no se concluirían hasta el 2 de enero de 1890. 492 308 lumnas de fundición, a elección suya; unas u otras en el supuesto de que deben hallarse a 4 metros de distancia entre si.” Para la construcción de ese forjado se insistió mucho en que el aguante de las vigas de hierro estuviera suficientemente contrastado, para lo cual sería sometida a prueba cada una de ellas, y especialmente la jácena o maestra. Como nota curiosa, añadir que las bovedillas de los ábsides de la iglesia iban a ser “tabicadas de rasilla doble con yeso, apoyadas en las alas inferiores de las vigas de I, debiendo guarnecerse y tenderse de yeso blanco, a llana en el intradós”, lo que quiere decir que además de ocultarse la visión de la cúpula, fueron tapados todos los espacios radiales.494 Con ello fue desfigurada la iglesia de San Basilio, no sólo por el añadido material de pisos y tabiques en su interior, sino porque con ellos fue alterada por completo su original concepción espacial, todo en virtud de unos usos erróneos para los que nunca fue diseñado este edificio. En las dos primeras décadas del siglo XX fueron construidos cobertizos en el patio del convento, con el fin de ampliar las instalaciones de un Parque Administrativo de Intendencia y unos talleres de reparación de vehículos militares, registrándose entonces las últimas obras de importancia.495 Después de la Guerra Civil, el colegio de San Basilio fue utilizado como prisión militar (a partir de 1949), terminando sus días castrenses en 1977. En la década siguiente fue adquirido por la Universidad de Alcalá para instalar en él un Centro de Estudios Musicales. La iglesia, restaurada como auditorio, ha recuperado su diafanidad original, aunque para servir a su nueva función se le han introducido varios elementos modernos. − Colegio de Trinitarios Descalzos. El Colegio de Trinitarios Descalzos de la Santísima Trinidad fue uno de los primeros establecimientos que fundó el reformador de la Observancia Trinitaria, el Beato Juan Bautista de la Concepción, en el año 1599. El edificio conventual se empezó a construir a partir de 1626, después de que fueran solventados una serie de pleitos que obligaron al vecino Colegio de Málaga a ceder parte de su propiedad a los religiosos. Don Octavio Centurión, Marqués de Monasterio, puso bajo su patronazgo la iglesia en 1649, terminándose el conjunto monacal poco después gracias a los donativos de este Caballero de las órdenes de Santiago y Alcántara. Del colegio, erigido en torno a un pequeño patio cuadrado de dos plantas, no hay mucho que decir; es más interesante, desde el punto de vista artístico, la iglesia. Toda ella se eleva sobre una planta semisótano de diez pies de altura sobre el nivel de la calle, de forma que se dispone una amplia cripta por debajo, al 494 A.M.A.H., Leg. 644/22. Véanse algunos proyectos confeccionados a tal efecto en 1909 y 1915, en el A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 387. 495 309 tiempo que se realza la contemplación de la arquitectura. Este efecto perspectivo se consigue también gracias al retranqueo de la fachada principal del templo, que deja ante sí una lonja acotada por muros con pedestales y bolas, a la que se accede por medio de una alta escalinata. La fachada sigue en su parte central el diseño típico del monasterio de la Encarnación de Madrid: un plano rectangular rematado por un frontón triangular con bolas a modo de acróteras, y el acceso formado por tres arcos de medio punto que dan paso a un nártex. El plano central de la fachada se une a los cuerpos laterales por medio de unos aletones esgrafiados con una especie de voluta o espiral, que según Román Pastor son del siglo XVIII y siguen modelos churriguerescos.496 Por su parte, Demetrio Calleja decía que encima del pórtico había un bajorrelieve con la Santísima Trinidad rematado por un frontón curvo, y flanqueado por dos blasones del patrono, el Marqués de Monasterio; 497 a los lados de la ventana alta debía haber también sendos escudos de la orden trinitaria, pero después de que fueran eliminados al término de la Guerra Civil, hoy han sido sustituidos por otros que intentan imitar el programa heráldico original, aunque con muy poca gracia. La iglesia tiene planta de cruz latina, con una sola nave de cuatro tramos, tres de los cuales ocupa un coro elevado, y una cúpula en el crucero sin tambor ni linterna, cobijada al exterior por un cimborrio cuadrado. Las bóvedas, de medio cañón, presentan molduras geométricas de yeso que figuran una decoración bastante animada, sobre todo en la capilla mayor y en la media naranja. La impresión que transmite este interior, en suma, es bastante impresionante, tanto por las dimensiones del espacio como por la profundidad del coro y la citada decoración. A ambos lados de la nave, por último, se colocaron dependencias en serie, a modo de capillas, que pudieron funcionar como aposentos del colegio estrechamente conectados con la nave de la iglesia. Cuando la Desamortización de 1835, el convento de la Trinidad fue nacionalizado y el ejército se interesó por él para instalar allí una Academia de Artillería, debido a que los cadetes de ese cuerpo militar ocupaban entonces los vecinos colegios de Málaga y de San Agustín.498 Pero al final el Estado cedió el edificio al Arma de Caballería, según la R. O. del 7 de febrero de 1839, y entonces fue instalado allí el Repuesto General de Intendencia y Archivo de ese ramo, así como un Casino militar.499 496 ROMÁN PASTOR, ob. cit., 1994, p. 312, alude concretamente a la semejanza de estos aletones con un diseño de Alberto Churriguera que pretendía unir el cuerpo inferior y el superior de la fachada de la catedral de Valladolid. 497 CALLEJA, ob. cit., 1901, p. 54. Este mismo autor decía que en el altar mayor había un cuadro de gran tamaño de Juan de Toledo, “que representaba a la Santísima Trinidad con mucha gloria de ángeles y la visión del Papa relativa a la institución de la Orden”. 498 A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 390. 499 Sobre el Casino Militar véase una referencia del A.M.A.H., Libro 122, Acta del 11 de octubre de 1848, en la que el Brigadier Subdirector de Caballería de Alcalá invitaba a los concejales del ayuntamiento a que se asociaran a dicho establecimiento. 310 31. Vista del Colegio de Trinitarios desde el Colegio de Málaga. Fotografía de Josué Llull. 311 Las obras de rehabilitación más significativas llevadas a cabo por los ingenieros militares debieron iniciarse en diciembre de 1867; ésa es la fecha que llevan unos planos del ejército dados a conocer por Carmen Román Pastor, que ilustran el estado en que se encontraba entonces la iglesia. Entre las modificaciones que se realizarían con el paso del tiempo, está la elevación de un tabique de separación entre la zona del sotocoro y el crucero, con el fin de instalar en este último el salón de actos de la Comandancia Militar. Además de esta división del templo en dos mitades, el coro fue utilizado para acoger despachos y oficinas, y las dependencias laterales anejas a la nave fueron transformadas. No experimentó tantos cambios el edificio colegial, que se ha mantenido en buen estado hasta nuestros días.500 Una noticia curiosa en relación al deseo de recuperar algunos elementos significativos del patrimonio histórico, es la petición elevada a la Capitanía General de la región de Castilla la Nueva por doña Águeda de Martorell y Fivaller, Marquesa de Monasterio, para que se la permitiera hacer prospecciones arqueológicas en la sala capitular del exconvento, “a fin de ver si existen cadáveres de sus antepasados”. Sabemos por la documentación que el ejército accedió efectivamente a que se realizaran tales indagaciones, por cuenta de la interesada, y “sin permitir sacar ni trasladar los cadáveres que pudieran encontrarse, sin que para ello exista previamente una disposición de la autoridad competente que lo autorice”, pero no hemos logrado averiguar en qué terminó todo el asunto.501 La reciente restauración llevada a cabo por la Universidad de Alcalá ha permitido devolver al edificio de los Trinitarios su aspecto original. Perdida la función militar que tuvo hasta la década de 1980, hoy la iglesia está abierto al público como Biblioteca de Literatura Inglesa, mientras que el colegio alberga diversos organismos relacionadas con la Universidad. − Colegio Máximo de la Compañía de Jesús. Entre los edificios más significativos que fueron afectados por la Desamortización estaba el Colegio Máximo de Jesuitas, que acabó convertido en uno de los cuarteles más espaciosos de la ciudad. Este inmenso complejo arquitectónico se asentó en 1550 por iniciativa del P. Francisco Villanueva, sobre unas casas situadas junto a la Puerta de Guadalajara. La primera iglesia del colegio se inició en 1567 según trazas del P. Bartolomé de Bustamante, realizadas a partir de otras del P. Villanueva y aprobadas por el Superior General de Roma. Trabajaron en ella los hermanos jesuitas Juan García, Pedro Vellón y Francisco Serrano, quienes debido a problemas económicos sólo pudieron acabar la cimentación del edificio. Pero gracias a las cuantiosas rentas y bienes del legado testamentario de doña María de Mendoza (1580), y de su sobrina doña Catalina de Mendoza (1602), los 500 501 312 ROMÁN PASTOR, ob. cit., 1994, p. 305-312. A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 388. religiosos se encontraron en disposición de continuar su construcción de acuerdo a un diseño traído de Madrid. Tradicionalmente se ha pensado en Francisco de Mora como el autor de este último diseño, ya que además de residir en la capital por su cargo de arquitecto y aposentador real, en julio de 1602 estuvo en Alcalá acompañando a los monarcas. Pero las enormes dimensiones de este templo, la utilización en su interior de un orden colosal de pilastras toscanas y cornisamientos volados de tradición manierista, así como la abundancia de elementos italianizantes, hacen dudar de esta atribución. A falta de constatación documental, la opinión más fundamentada al respecto es la de Rodríguez G. de Ceballos, que piensa que Mora sólo revisó la planta anterior de Bartolomé de Bustamante, añadiendo las secciones y alzados del edificio. Lo único que sabemos seguro es el nombre de los maestros encargados de la construcción, que fueron Gaspar Ordóñez (1602-1608) y Valentín de Ballesteros (1608-1620).502 La iglesia del Colegio Máximo sigue el esquema congregacional característico de los templos jesuíticos, iniciado por Vignola con el Gesù de Roma: planta rectangular en la que se inscribe una cruz latina, formada por un transepto muy desarrollado y una sola nave a la que se abren capillas laterales comunicadas entre sí. El crucero queda cubierto por una cúpula con linterna y sin tambor, elevada directamente sobre las pechinas en la línea del clasicismo castellano de la época, y oculta al exterior por un gran cimborrio cúbico. El testero es recto, compartimentándose en tres tramos, el de la capilla mayor y dos laterales en los que se han ubicado sendas sacristías. A ambos lados de la nave, sobre las capillas, se ha dispuesto un tramo de tribunas que en su origen fueron de bronce, hasta que en el siglo XVIII se transformaron en balcones de piedra sostenidos por grandes mensulones y cerrados con balaustres de piedra. Finalmente, las bóvedas de la nave y el transepto, de cañón con lunetos, están decoradas con un repertorio geométrico de círculos concéntricos, bandas paralelas y placas recortadas en forma de rombos o rectángulos. El 20 de abril de 1620 fue consagrada la iglesia de los jesuitas de Alcalá de Henares, de lo que se deduce que ya debían estar terminadas las obras, a excepción de la fachada principal, que fue labrada después con piedra berroqueña por el maestro de obras Bartolomé Díaz Arias. Llaguno atribuyó el diseño de esta fachada a Juan Gómez de Mora, basándose en unos planos que vio Antonio Ponz, y que luego se ha demostrado que pertenecían al Colegio del Rey, por lo que nada Véase al respecto RODRÍGUEZ G. DE CEBALLOS, A.: “El Padre Bartolomé de Bustamante, iniciador de la arquitectura jesuítica en España”, A.H.S.I., nº 32. Roma, 1967, p. 267; VARIOS: La Compañía de Jesús en Alcalá de Henares (1546-1989). Alcalá de Henares, 1989; TOVAR MARTÍN, ob. cit., 1990, pp. 230-236; SIMÓN DÍAZ, J.: Historia del Colegio Imperial de Madrid. Madrid, 1992; ROMÁN PASTOR, ob. cit., 1994, pp. 228-229; y HOZ MARTÍNEZ, J.D. (dir.): La antigua iglesia del Colegio Máximo de la Compañía de Jesús en Alcalá de Henares, actual parroquia de Santa María. Alcalá de Henares, 2001. 502 313 se puede asegurar.503 En 1624 se le pagaron 11.000 reales al escultor Manuel Pereira para que realizara las cuatro estatuas de las hornacinas, que representan a San Pedro, San Pablo, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, quedando concluida la monumental fachada de piedra berroqueña al año siguiente.504 Tiene una gran calle central de dos cuerpos de altura, enmarcada por columnas corintias de orden gigante y rematada por un frontón triangular. Las tres calles se unen en el cuerpo superior por medio de aletones a lo Vignola, y en los remates se ven pináculos y bolas de carácter escurialense. Sobre las puertas laterales, coronadas por severos frontones curvos, campean los escudos del linaje de los Mendoza al que pertenecían las citadas patronas doña María y doña Catalina. La portada, finalmente, es un bello ejemplo de arquitectura manierista, con forma de templete sostenido por columnas pareadas que nacen de altos pedestales, y sostienen un entablamento rematado con un raro frontón partido de perfil curvo, decorado por pirámides en sus esquinas; la línea del frontón deja una peana en el centro, sobre la que se alzaba una estatua de la Virgen María hasta que fue destruida por un rayo el 14 de agosto de 1872.505 Esta fachada, que sigue la estela de la arquitectura manierista italiana trazada por Vignola-Palladio-Della Porta, y que se convirtió en modelo del prebarroco español, sigue siendo uno de los monumentos más imponentes de toda la ciudad, aunque ya se veían algunos desperfectos y manchas de humedad que últimamente han sido objeto de restauración. Debemos referirnos también a la Capilla de las Santas Formas, construida en el último tercio del siglo XVII para ensalzar el milagro de las veinticuatro hostias incorruptas, entregadas por un morisco al jesuita Juan Juárez, en mayo de 1597.506 No tenemos noticias exactas del proceso constructivo de esta capilla, pero en 1687 las Santas Formas fueron ya colocadas en su altar. El nuevo espacio arquitectónico adquirió un volumen totalmente autónomo, pero se unió a la iglesia por el lado del Evangelio, a través de una de las capillas rectangulares que te503 Véase PONZ, A.: Viage de España, vol. I. Madrid, 1787; LLAGUNO, E.: Noticias de los Arquitectos y Arquitectura de España desde su restauración, vol. III. Madrid, 1829, p. 115; y RODRÍGUEZ G. DE CEBALLOS, ob. cit., 1967, p. 269. 504 Sobre las famosas esculturas de Pereira véase URREA, J.: “Introducción a la escultura barroca madrileña: Manuel Pereira”, B.S.A.A., vol. XLIII, 1977, pp. 253-268; y MARTÍN GONZÁLEZ, J.J.: Escultura Barroca en España (1600-1700). Madrid, 1983, p. 257. 505 AZAÑA, ob. cit., 1883, vol. II, p. 13, cuenta como “una chispa eléctrica la destruyó completamente”. Véase también en el A.M.A.H., Leg. 1.021/3: “Por consecuencia de la chispa eléctrica que esta última noche se desprendió sobre la fachada de la Iglesia del exconvento de Jesuitas, ha quedado parte de ella al parecer en tan mal estado que podría ocasionar con su desprendimiento algún grave perjuicio a los que por su inmediación transiten”. 506 Sobre esta historia véase cualquiera de las historias y guías artísticas de Alcalá, pero especialmente la de ARABIO URRUTIA, F.M.: Monografía histórica de las Incorruptas Santas Formas de Alcalá de Henares. Madrid, 1897, ampliamente extractada en CASTRO, ob. cit., 1929, pp. 25-28. Las veinticuatro Santas Formas se conservaron desde 1624 en una custodia de plata especialmente diseñada para albergarlas, regalo de don Agustín Espínola, arzobispo de Santiago de Compostela, pero desaparecieron durante la Guerra Civil de 1936. En julio de 1619 había sido proclamado el milagroso suceso de su incorruptibilidad, y el 25 de abril de 1620, las Santas Formas salieron en triunfal procesión por las calles de Alcalá ante la atenta mirada de Felipe III y de toda la Corte. 314 32. Fachada de la Iglesia del Colegio Máximo de Jesuitas. Archivo Moreno. IPHE, Ministerio de Cultura. 315 nía la cabecera, y que fue convertida en un andito de ingreso hasta la zona sacramental. La capilla tiene planta de cruz griega con los ángulos achaflanados, lo cual forma un octógono sobre el que se levanta un alto tambor, con alternancia de huecos ciegos y vanos, y una media naranja cuyo domo se trasdosa al exterior. La cúpula está decorada con las mejores pinturas murales de Alcalá, realizadas por Juan Vicente Ribera, en colaboración con Juan Cano de Arévalo hacia 1689. Su programa iconográfico está muy relacionado con la conservación incorrupta de las Formas Milagrosas, con el paso del tiempo, que reafirma la veracidad del acontecimiento, y con el triunfo eterno de la Eucaristía: alegorías de la eternidad en el tambor, y en la media naranja, ocho ángeles mancebos de escorzada disposición, todo ello adornado con cartelas, festones, cintas, jarrones, guirnaldas y filacterias. El resto de la decoración se halla compartimentado en ocho campos por un ritmo de pilastras planas en el tambor, que se continua en la cúpula con idéntica disposición de los nervios. Pero lo más interesante del conjunto son sus arquitecturas fingidas, que siguen una quadratura muy dinámica y teatral en la mejor línea de Mittelli y Colonna a través de Coello y Rizi, bajo cuya influencia se mueve el estilo de Juan Vicente Ribera.507 En 1725 se construyó, a instancias del P. Joseph Cassani, una sacristía que se dispuso transversal al eje principal de la Capilla de las Santas Formas, y que a partir de 1751 fue utilizada como transparente para el altar del milagro. Es de planta elíptica cubierta por una cúpula ovalada dividida en lunetos por medio de ocho nervios, que se apoyan en pilastras cajeadas y confluyen en una linterna poligonal. Este curioso diseño, de gran dinamismo y artificiosidad perspectiva, el profuso repertorio de molduras de yeso pintadas de albero, junto con otras sinuosidades en las pilastras y el cupulín, dotan a este lugar de un marcado carácter barroco muy próximo al “orden salomónico entero” y a ciertos episodios de la arquitectura andaluza del setecientos.508 Por último, el edificio colegial se dispone paralelo a la calle de Libreros, desde la iglesia hasta la Puerta de Guadalajara, siendo por sus dimensiones uno 507 Parece mentira que todavía haya gente que atribuya estas pinturas exclusivamente a Cano de Arévalo, aun después del descubrimiento de la firma de Juan Vicente Ribera en el transcurso de una restauración efectuada en 1985. En todo caso véanse como referencias más recientes CASTILLO OREJA, M.A.: Clausuras de Alcalá. Alcalá, 1986, p. 16; PÉREZ SÁNCHEZ, ob. cit., 1992, p. 406; LLULL PEÑALBA - FLORES DELGADO, ob. cit., 1994-1995, pp. 204-205; y GUTIÉRREZ PASTOR, I.: “Juan Vicente Ribera, pintor (Madrid, c. 1668-1736). Aproximación a su vida y obra”, Anuario UAM, vol. VI, 1994, pp. 213-238. 508 Sobre esta sacristía decía PORTILLA, ob. cit., 1725, pp. 362 y 434: “Ahora están los Padres fabricando una Sacristía, que no la tiene ni Madrid, creo; pero todo es de suyo, destos Religiosos, la Capilla y la Sacristia [...] que se ha hecho en dicho Colegio por amor, zelo, y vigilancia del R.P.M. Joseph Cassani, de la misma Compañía de Jesús, Cathedratico de Mathematicas, y Academico de la Real Academia de España; quien ha costeado toda la obra y trahido las primorosas alhajas [...] que aviendose estrenado tan felizmente la nueva asombrosa Sacristía, dizen todos, que le sobra mucho para Sacristía; y que para Sagrario, aun de las Santas Formas, no le falta nada, porque en lo humano es todo lo posible.” Véase también RAMÍREZ, J.A.: “Guarino Guarini, Fray Juan Ricci y el Orden Salomónico Entero”, Goya, nº 160 (1981), pp. 202-211; y GONZÁLEZ RAMOS - LLULL PEÑALBA, ob. cit., 1994, pp. 558-559. 316 de los mayores de la ciudad universitaria. Su construcción se inició en 1620 según trazas de Andrés Ramírez, aprobadas por el Superior General Mucio Vitelleschi desde Roma, y el cuarto principal debía estar concluido ya para 1623. Tenía planta rectangular, organizada en torno a dos grandes patios, situándose en uno las dependencias de los religiosos y en el segundo las de los estudiantes. En torno a 1680, sin embargo, Melchor de Bueras reconstruyó el cuarto principal.509 Esto le permitió erigir una espléndida fachada de tres plantas, con una portada muy barroca de piedra berroqueña, flanqueada por dos columnas compuestas que soportan un frontón curvo, partido y muy saledizo, del cual parece colgar la clave del arco de ingreso, a modo de ménsula; encima se dispone un edículo que originalmente debía enmarcar un nicho con una escultura, pero que hoy está transformado en un balcón. Ya hemos aludido en otro lugar al destino del edificio durante el tiempo en que permaneció alejada de él la Compañía de Jesús (1767-1827): cuartel de la Guardia Walona (1771-1774), sede de la Universidad (1776-1798), cuartel del Regimiento de Zapadores (1803-1808), idem de las tropas francesas durante la Guerra de la Independencia, y nuevamente del cuerpo de Zapadores hasta el Trienio Liberal, tras el cual se iniciaron las gestiones para la vuelta de los religiosos. En 1835, en virtud de la Desamortización de Mendizábal, los jesuitas fueron nuevamente exclaustrados y el Ministerio de Hacienda se hizo cargo del conjunto, cediéndolo en 1839 al Arma de Caballería. A raíz de aquello, el Colegio Máximo de la Compañía fue utilizado desde entonces como cuartel, mientras que la iglesia pasó a ser utilizada como almacén de paja y suministros militares, sin experimentar modificaciones en su arquitectura, excepto la conversión en rampa de las escaleras que dan a la calle Libreros, para facilitar el acceso de los carros al interior. Esta intervención fue ejecutada en 1852 con el permiso del municipio.510 Poco después, la iglesia se convirtió en depósito provisional de objetos procedentes de otros monasterios alcalaínos desamortizados, que fueron redistribuidos por las parroquias y conventos femeninos de Alcalá, o trasladados al Museo de la Trinidad de Madrid. Como consecuencia de esta situación sufrió un considerable expolio de retablos, altares, verjas, libros, etc., tal como denunció años más tarde el P. Acosta de la Torre.511 Pues bien, en este contexto corrió serio pe509 Según ROMÁN PASTOR, ob. cit., 1994, pp. 244-245. A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 390; y A.M.A.H., Leg. 789/1. En un escrito dirigido por el alcalde de Alcalá al comandante de ingenieros, se exigía a este último que respetase tanto la portada como el retablo de la iglesia, “como dos monumentos de mérito, cuya conservación debe realizarse bajo su responsabilidad, de acuerdo con la Real Orden de 14 de septiembre de 1850”. 511 ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, pp. 153-156: “Los retablos admirablemente dorados que existían en esta Iglesia, se depositaron en la Universidad después que se cerró, y allí los desbastaron para extraerles el oro, y los quemaron. Uno que la amistad que unía a D. Manuel Guio, labrador del vecino pueblo de Pozuelo del Rey, consiguió del Corregidor D. José Rayón, lo llevaron a una Ermita de dicho pueblo, y allí existe. Otro que estaba en el interior del edificio y que se trasladó a Sta. Maria colocándole a los pies de la Parroquia a mano izquierda, se llevó a la nueva iglesia de Dalpardo poco ha, mediante la autorización correspondiente. De las hermosas verjas que cerraban las Capillas, se conser510 317 ligro de desaparición el magnífico retablo mayor de la iglesia, obra manierista trazada por el H. Francisco Bautista en 1618 y terminada de adornar en 1634 con pinturas de Angelo Nardi y esculturas de Manuel Pereira. 512 Una comunicación de José García Norniella, Administrador Subalterno de Bienes Nacionales del partido de Alcalá de Henares, dirigida al ayuntamiento complutense con fecha 30 de agosto de 1845, ordenaba... “...destruir unos retablos de Yglesias de Comunidades suprimidas, habiendo designado los de las Casas religiosas que fue de Jesuitas, y la de Franciscanos (vulgo Sn. Diego) y hacer entrega de las maderas doradas de ellos al contratista o empresario Dn. José Ocaña, según subasta celebrada y aprobada por el Regente del Reyno en quince de Febrero de mil ochocientos cuarenta y dos.” 513 La ordenanza era una consecuencia directa de la venta arbitraria de bienes y propiedades eclesiásticas ocurrida tras la Desamortización. La subasta de obras de arte, realizada con el único fin de obtener beneficios económicos a corto plazo, se fijó sólo en el valor material de dichas obras, y fue tremendamente insensible con el valor formal o simbólico-significativo de nuestro patrimonio histórico. De resultas, se produjo la increíble necedad de desbastar retablos enteros con el único objetivo de extraer el pan de oro que los recubría; esto era lo que se proponía hacer el mencionado José Ocaña con el altar de los Jesuitas. Por fortuna, la corporación municipal de Alcalá puso freno a tal disparate cuando se decidió a intervenir, en calidad de mediador, en el acto de extracción de las maderas de aquellos retablos. Personado el regidor Ildefonso Hernández en la iglesia de jesuitas el 14 de septiembre de 1845 “y visto la magnífica construcción de su retablo creyó era un monumento artístico de los que está prevenido deben custodiarse”, el ayuntamiento dio a conocer el asunto al Gobernador Civil de la provincia y a la recién creada Comisión Central de Monumentos. Primeravan dos en las puertas de la Plaza del Mercado, y una hoja de otra en el pórtico de la Ermita de S. Isidro [...] Los bellos escudos que había sobre los retablos de los Altares laterales, los deshicieron a balazos los soldados cuando el colegio se convirtió en cuartel, corriendo suerte parecida algunas bellas imágenes y toda la trompetería del órgano, del cual solo queda la caja [...] En la Sacristía existe también arrinconada y empolvada como trasto viejo, que poco a poco se destruirá si una mano inteligente y generosa no la salva haciendo que se coloque donde pueda ser admirada y venerada, una hermosísima mesa de Altar [...] En la misma estancia en que se halla la referida mesa-altar, existe igualmente siendo pasto del polvo y de la polilla, una buena porción de libros, tristes restos de la rica librería que tenían en Alcalá los Jesuitas.” La mencionada mesa de altar procedía de la basílica de San Pedro de Roma, y sobre ella celebró el Papa Sixto V la canonización de San Diego de Alcalá, en el año 1588; era, por tanto, una de las más notables reliquias de la localidad. 512 Sobre la calidad artística de este retablo véase TORMO, E.: Pintura, Escultura y Arquitectura en España. Madrid, 1949; RODRÍGUEZ G. DE CEBALLOS, A.: “El Colegio Imperial de Madrid”, Miscelanea de Comillas, nº 54, 1970, p. 420; PALOMINO, A.: Vidas. Madrid, 1986, p. 151; y AGULLÓ Y COBO, M.: “Manuel Pereira: aportación documental”, B.S.A.A.V., vol. XLIV, 1978, p. 268. 513 A.M.A.H., Libro 119, Acta del 14 de septiembre de 1845. El citado José García Norniella era un funcionario del Ministerio de Hacienda, comisionado para la expropiación, venta y adjudicación de objetos desamortizados a la Iglesia; mientras que el otro personaje, José Ocaña, era un negociante que había adquirido los derechos de los retablos en la subasta pública que se había celebrado para su venta. 318 mente advirtió que, desde que el Arma de Caballería estaba en posesión de los conventos de Jesuitas y San Diego, se tenía la certeza “de que conservaban los citados retablos preservándolos de toda destrucción mediante un tabique que construyeron en su frente”, y luego cuestionó si la venta al peso de las maderas doradas compensaría la desaparición de unas obras tan bellas “por la insignificante cantidad de cinco o seis duros”.514 El celo de la municipalidad motivó que la Comisión de Monumentos enviase a Alcalá a los señores Aníbal Álvarez y José Amador de los Ríos, a finales de septiembre de 1845, para que reconociesen el mérito de los retablos mayores de la iglesia de jesuitas y del convento de San Diego. Convencidos de la necesidad de su salvación, la Comisión dirigió una circular al ayuntamiento de Alcalá el 8 de octubre del mismo año, en la que prevenía... “...que para evitar lleve a cabo el representante de la contrata de maderas doradas de los templos de los Conventos, que en la actualidad recorre la Provincia, la obra de destrucción y dar cumplimiento a las ordenes de trece de Junio y veinte y cuatro de Julio de mil ochocientos cuarenta y cuatro, se oponga por cuantos medios legítimos estén al alcance del Sr. Alcalde, a la destrucción referida.” 515 El gobierno accedió finalmente a la conservación del retablo de la iglesia de Jesuitas, no teniendo la misma suerte el del convento de San Diego. Como medida de precaución, no obstante, y dado que la iglesia continuaría cerrada bajo la tutela de los militares, se decidió el traslado de los cuadros de Angelo Nardi y otros objetos de valor al Museo de la Trinidad de Madrid.516 En cuanto al edificio conventual, la intervención más radical la sufrió en 1860, de acuerdo con un importante “Proyecto para aumentar la capacidad del Cuartel de Jesuitas, adiccionándole la Casa del Sr. Ugarte y el Colegio llamado del Rey, con el objeto de alojar en él un Regimiento de Caballería”, diseñado por el teniente coronel del cuerpo de ingenieros del ejército, Remigio Berdugo.517 El contenido de este proyecto incluía “variar radicalmente por medio de nueva construcción, el edificio que antes fue Colegio de la Compañía de Jesús”, y ello iba a afectar también a la iglesia, que pensaba ser reformada para albergar la sede del repuesto general de Caballería. El conocimiento de dicha reforma meses antes de su realización causó la alarma en el municipio y en el arzobispado de Toledo, que en esta ocasión se movilizaron a favor de la conservación de su patrimonio, quizás sensibilizados 514 A.M.A.H., Leg. 812/3. A.M.A.H., Libro 119, Actas del 26 de septiembre y 10 de octubre de 1845. 516 Con este fin fue redactada una Razón de las pinturas que hay en el colegio e iglesia que fue de los jesuitas, de la ciudad de Alcalá de Henares y su importe; véase en la Biblioteca Nacional, Ms. 17.794, p. 88. Las del retablo mayor, todas de Nardi, representaban la Anunciación en el hueco central, secundada por la Adoración de los Reyes y la Presentación en el Templo, y en el piso inferior la Circuncisión y el Nacimiento, dejando sitio en el medio para la exposición del tabernáculo. 517 Se conservan los diseños de varias plantas y alzados pertenecientes a este proyecto en el I.H.C.M., Cartoteca, nº 1.251 (097-245-248). 515 319 por el anterior conato de destrucción del retablo mayor de este templo. El 19 de septiembre de 1859, el ayuntamiento, con el apoyo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando solicitó al Ministro de Fomento, que no se destruyese la iglesia de Jesuitas. El argumento era que la iglesia podía quedar independiente del cuartel y abrirse para el culto religioso. Justo en ese momento el ejército se estaba planteando demoler también la Capilla de San Diego del convento de franciscanos del mismo nombre, lo que aprovechó el Arzobispo de Toledo, fray Cirilo Alameda, para intervenir a favor de la salvación de alguno de los dos monumentos. Aunque el prelado hubiera preferido conservar la Capilla de San Diego por razones personales, lo avanzado de las obras de demolición del convento de franciscanos, y la utilidad que podía tener la iglesia de jesuitas para el culto inclinaron la balanza hacia esta última.518 El 11 de noviembre de 1859 la Reina Isabel II recomendaba al Ministro de la Guerra “la conservación de la hermosa Yglesia que fue de P.P. Jesuitas en esta Ciudad, como monumento que contribuye a dar lustre a la misma y al arte arquitectónico español”, y pocos días después se daba la orden al ingeniero encargado de las obras de los cuarteles de Alcalá, de mantener el templo, que apenas había sido dañado por los trabajos de habilitación efectuados hasta la fecha, excepto pequeñas modificaciones efectuadas en la nave de la Epístola.519 En compensación por el derribo de San Diego, el ejército se comprometió a realizar obras de restauración en la iglesia de Jesuitas, con el fin de dejarla bien dispuesta para el culto. Bajo un presupuesto extraordinario de 110.800 reales, en 1862 se limpiaron y blanquearon las bóvedas y la cúpula, se restauraron trozos de balaustrada del coro y tribunas, se estucaron imitando mármoles los huecos vacíos del retablo mayor, para disimular la falta de sus pinturas, que habían sido trasladadas a Madrid, se volvió a embaldosar el solado del piso, se repusieron las puertas de la entrada, se reconstruyó en piedra caliza la escalinata de acceso de la calle Libreros, y se construyeron dos habitaciones para el capellán y el sacristán, localizadas encima de la primera capilla de la izquierda, con acceso por la escalera del campanario.520 Terminada su restauración, la custodia del templo fue confiada al Prepósito del Oratorio de San Felipe Neri, “quien por virtud de este encargo tiene las llaves de la iglesia de Jesuitas y de sus dependencias anejas”.521 El 26 de mayo de 1876 Sobre esto véase el interesante artículo de DIEGO PAREJA, L.M.: “La salvación de un edificio religioso alcalaíno. El cambio de la iglesia de Jesuitas por la Capilla de San Diego”, Acervo, nº 6-7, 1994, pp. 7-31. 519 A.M.A.H., Libro 133, fol. 195. El convenio mediante el cual el Arzobispado de Toledo cedía al Ministerio de la Guerra la Capilla de San Diego, a cambio de la iglesia de Jesuitas, fue aprobado por R.O. del 23 de mayo de 1862. 520 A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 388. Según CALLEJA, ob. cit., 1901, p. 38, “el estado del templo, después de los destinos que tuvo durante más de veintiocho años, era lastimoso y exigía cuantiosos gastos para dedicarlo al culto. A fin de conseguirlo fue necesario en el año de 1863 decorar todas las capillas con altares, dorar el primer cuerpo del altar mayor, además de renovar el pavimento, los muros y arreglar todos los antepechos de tribunas y balaustrada del presbiterio”. 521 A.M.A.H., Leg. 1.119/7. 518 320 fue por fin reabierta al público, quedando como capilla arzobispal a cargo de un capellán y un sacristán. Entonces fueron devueltos los lienzos del retablo mayor menos el central, que representaba la Anunciación, y que según algunos autores permaneció en Madrid.522 La Mitra toledana reclamó además al ejército la devolución de la primera capilla de la derecha, contando desde la puerta de entrada, que se había reservado al cuartel como habitación del oficial de guardia. La devolución tuvo efecto en virtud de una R. O. de julio del mismo año, facilitándose nuevamente la comunicación de la capilla con el resto de la iglesia, a pesar de la oposición de los militares.523 Así fue reinaugurado para el culto el antiguo templo jesuítico. Con el ánimo de recuperar su valor de uso religioso, fue colocado en lugar del tabernáculo (que había sido trasladado al retablo mayor de la parroquia de Santa María, en la Plaza de Cervantes), el sepulcro de mármol negro que antiguamente encerraba la urna de plata con los restos de San Diego de Alcalá. Pero únicamente se emplazó el sepulcro de mármol vacío, porque la urna de plata no salió de la Magistral, donde había sido llevada después de la exclaustración desde el convento de los franciscanos. Estas idas y venidas de objetos religiosos entre las iglesias de Alcalá, surgían de una motivación muy conectada a los valores de uso del patrimonio histórico-artístico, que antes hemos apuntado. Conseguida la preservación de un monumento arquitectónico que había sido desprovisto de su original funcionalidad, lo que se pretendía ahora no era sólo restituir sus cualidades materiales, con el fin de garantizar su conservación formal, sino también devolverle ciertos elementos litúrgicos que sirvieran para recuperar su utilidad religiosa. En este sentido, tanto el municipio como el Arzobispo de Toledo, fray Cirilo Alameda, entendieron que la ubicación de las reliquias de San Diego en la iglesia de los jesuitas podría servir para acrecentar el culto en la misma, y con ello garantizar su utilización. Sin embargo, pudo más la oposición del cabildo de la Magistral, que se negó rotundamente a que los restos del santo salieran de la colegiata.524 Véase CASTRO, ob. cit., 1929, p. 49: “Madrid privó del gran lienzo central que representaba la Expectación del Parto de Nuestra Señora y que tal vez esté arrinconado y desconocido, como tantos otros, en algún sótano o desván del Ministerio de Bellas Artes, o de alguna dependencia del Estado. Muy plausible sería que este hermoso cuadro de Angelo Nardi volviera a ocupar el lugar que de derecho le corresponde”. 523 A.G.M., 3ª Sección, 3ª División Leg. 388. 524 A.M.A.H., Libro 147, Actas del 3 y 24 de mayo de 1877: “esa traslación contribuiría al sostén de un monumento arquitectónico de singular belleza, que no podrá mantener abiertas sus puertas para contemplar su grandiosidad, sin que en el interior de su esbelta y atrevida cruz latina, se canten salmos y se entonen himnos en medio de nubes de incienso, a los Santos para los que fue restaurada tan suntuosa obra y que no puede destinarse a otro uso [...] a fin de contribuir a que el templo de Juan Gómez de Mora no volviese a servir de asilo a las telas de araña y a insectos propios de edificios abandonados, con gran riesgo de su existencia”. El espíritu de este informe, amparado en una cierta racionalidad liberal, intentaba desligar una decisión puramente práctica de cierta polémica religiosa, que se había creado en torno a dicho asunto por la negativa al traslado, manifestada por el cabildo de la Magistral y gran parte de la población. El propio cabildo, sin embargo, no tuvo reparos en intentar malvender algunos tapices flamencos y otras obras de arte procedentes de la colegiata en 1892, lo cual fue denunciado ante 522 321 En 1901, ante la falta de fieles, se suspendió el culto y el templo fue cerrado de nuevo. Pero a partir del 12 de octubre de 1902, funcionó como Magistral interina, por el estado de ruina que amenazaba esta última. Tal estado de cosas se mantendría hasta que finalizaron las obras de restauración de San Justo en 1931.525 En el resto del edificio conventual se emprendieron finalmente las obras previstas en 1860, con la pretensión de recuperar unos “terrenos y edificios contiguos [...] además variar el camino de ronda que pasa en la actualidad a espaldas del colegio denominado del Rey, del mencionado cuartel y de la casa de labor inmediata”.526 Estos terrenos colindantes habían sido desvinculados de la finca original del convento cuando la instalación de la Universidad, y en aquellas fechas eran propiedad del Sr. Ugarte. Con la adquisición de la mencionada casa de labor y su entorno, el exconvento recuperaba sus antiguas dimensiones y el ejército conseguía ampliar la superficie dedicada a cuartel de caballería, aunque para ello fue indispensable variar el trazado del camino de ronda, cuya reforma había iniciado el ayuntamiento en 1853 con el derribo de la Puerta de Mártires, también unida al edificio de los jesuitas. Pero la intervención también se orientó a redistribuir las dependencias interiores del excolegio, y su crudeza afectó no sólo a los elementos artísticos más interesantes de la arquitectura, sino también a otras obras menores y a la original concepción espacial del edificio. En los planos anteriormente citados del teniente coronel Remigio Berdugo se puede apreciar cómo las arquerías de los claustros fueron cerradas, y las dependencias más nobles del colegio, entre las que se encontraban las aulas, refectorios y demás, experimentaron el derribo de tabiques para hacer pesebreras. La sacristía de la iglesia que lindaba con el primer patio también fue convertida en cuadra y perdió sus pinturas murales, igual que desaparecieron las de los claustros y los frescos del Aula Magna colegial realizados por José Salas en 1777.527 Estas decoraciones fueron picadas y encaladas completamente, pero no se limitó a esto el daño producido por los militares; según denunció Esteban Azaña “este edificio, que era un museo de pinturas y de curiosidades arqueológicas, perdió en un todo su forma al ser transformado en cuartel, conservándose no más, y con no mucho deterioro, la gran escalera”, a la que se le quitaron los jarrones que la adornaban.528 el obispo de Madrid por el entonces alcalde Manuel Laredo, y los diputados a Cortes Manuel Ibarra y Lucas del Campo, quienes le suplicaron “no autorizase la venta de tapices y alhajas que existían en la Santa Yglesia Magistral”. Véase en el A.M.A.H., Libro 161, Acta del 25 de febrero de 1892. 525 Véase MARCHAMALO, A. y M.: La Iglesia Magistral de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1990, pp. 505-515. 526 A.M.A.H., Leg. 950/3. 527 Véase LLULL PEÑALBA - FLORES DELGADO, ob. cit., 1994-1995, p. 197. 528 AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, p.14. 322 33. Planta del Colegio Máximo de Jesuitas y del Colegio del Rey, según el proyecto de reforma y ampliación de Remigio Berdugo en 1860. En el plano no se representa la iglesia, que fue devuelta al clero en 1859. Madrid, Servicio Histórico Militar, Cartoteca. Salvo opiniones más fundamentadas como la de Azaña, el resto de la población de Alcalá veía con buenos ojos el arreglo de los antiguos conventos para cuarteles, aunque fuese de forma drástica, ya que todo ello servía para “proporcionar con la venida de tropas elementos de vida a esta localidad”. Desde este punto de vista, en 1881 se emprendieron nuevas obras en el ya por entonces denominado Cuartel de Mendigorría, “con objeto de que fuera ocupado por fuerzas militares, en bien de los intereses de esta población”. En esta ocasión el proyecto fue realizado, de orden del ayuntamiento, por el perito José Vilaplana, proponiendo un presupuesto de 10.420 pesetas.529 Los trabajos, que fueron financiados entre otras instituciones por el Gremio de Labradores, se terminaron en octubre de aquel año, e incluyeron la demolición de “el martillo que forma el edificio del Cuartel de Mendigorría en la parte que estuvo unida a la puerta de Mártires, con lo cual se conseguiría embellecer una de las primeras entradas a la población”. 530 Lo más contradictorio del caso es que en la documentación histórica aparecen 529 A.M.A.H., Libro 151, Actas del 17 y 24 de marzo, y 19 de julio de 1881. A.M.A.H., Leg. 75/4; y Libro 151, Actas del 13 de octubre y 17 de noviembre de 1881; también en el A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 387 530 323 con frecuencia valoraciones estéticas que justifican el arreglo del edificio “como bello monumento”, cuando en realidad se estaba destrozando.531 Las más altas cotas de la incoherencia política del ayuntamiento complutense se expresaron el 11 septiembre de 1884, cuando el pleno municipal se planteó la posibilidad de instalar en la iglesia de los jesuitas un improvisado hospital para coléricos. La epidemia que estaba asolando el país por aquellas fechas había empujado al consistorio a buscar desesperadamente nuevas infraestructuras sanitarias; y aunque se había adquirido el convento de San Juan de la Penitencia para este fin, las obras de adaptación del mismo tardaban en iniciarse, por lo que después de barajar otros posibles locales se propuso el templo jesuítico por sus características de amplitud, ventilación y localización a las afueras de la ciudad. Afortunadamente, el Gobernador Eclesiástico del Arzobispado de Toledo se negó por escrito a facilitar la iglesia con ese fin, el 25 de septiembre del mismo año.532 Sin embargo, la mayor destrucción ocasionada en el antiguo Colegio de la Compañía ha tenido lugar, curiosamente, hace pocos años, cuando el retraso cultural y la desidia han dejado de ser, en teoría, un enemigo habitual de nuestro patrimonio. Las obras de restauración dirigidas por Antonio Fernández Alba para convertir el edificio en la Facultad de Derecho de la Universidad de Alcalá, han dado al traste con lo poco que quedaba de él. Este monumento ha sido ocultado al público debajo de modernos paramentos de ladrillo en el exterior, radicales enlucidos en el interior, cielos rasos que han sustituido las antiguas viguerías de madera, vanos y óculos de diseño no congraciado con el estilo original del convento, y lo peor de todo, un cuerpo cúbico construido de nuevas para acoger la biblioteca, que ha sido embutido en mitad del segundo claustro cegando sus luces y rompiendo por completo cualquier lógica espacial. De la espléndida arquitectura de los dos claustros reformados a finales del XVIII por Ventura Rodríguez, no puede apreciarse hoy nada en absoluto, aunque por lo menos nos ha quedado la magnífica escalera imperial, esta sí, correctamente restaurada. − Convento del Carmen Calzado También salió mal parado el convento de Carmelitas Calzados, situado en pleno centro de Alcalá, en la calle de Santa Úrsula. Los monjes carmelitas obtuvieron licencia para fundar un colegio de estudiantes en el año 1567, aunque la construcción del edificio se retrasó hasta el siglo XVII, haciéndose prácticamente entero durante la primera mitad de dicha centuria, y ampliándose la iglesia en la segunda mitad. Esta iglesia es de planta rectangular, con una sola nave dispuesta en sentido perpendicular a la calle de Santa Úrsula. Originalmente tenía el testero recto, pero en la segunda mitad del XVII lo demolieron para alargar el templo, haciendo una 531 Véanse ejemplos en el A.M.A.H., Libro 154, Acta del 12 de enero de 1884; y Libro 164, Acta del 18 de septiembre de 1895. 532 A.M.A.H., Libro 154, Actas del 11 de septiembre y 4 de octubre de 1884. 324 nueva cabecera semicircular cubierta con un cuarto de esfera, que por fuera parece medio hexágono. La articulación de la nave es muy sencilla, dividida en cuatro tramos por medio de pilastras arquitrabadas sobre las que se sustentaba una bóveda de cañón con lunetos. En el interior, los paramentos presentan una interesante decoración geométrica de raíz italianizante, a base de cuadrados y rectángulos rehundidos, mientras que al exterior se ven pilares de ladrillo que articulan un aparejo de la misma fábrica con cajones de mampostería. La fachada principal es un plano rectangular rematado por un frontón triangular; destaca la portada, realizada en piedra caliza a modo de arco triunfal enmarcado por columnas dóricas sobre altos pedestales, entablamento con friso de triglifos y metopas, y frontón partido que se une a la hornacina superior, en la que debía haber una imagen de la Virgen María flanqueada a ambos lados por escudos carmelitanos. Más curiosa resulta la portada lateral, que da a la calle del Carmen Calzado, y que consta de dos cuerpos (de orden toscano el inferior y jónico el superior). Capítulo aparte merece la Capilla del Carmen, situada a los pies de la iglesia, paralela a ella por el lado de la Epístola, pero independiente, con entrada por la calle de Santa Úrsula. Su construcción fue financiada por don Bernardino Hurtado en la segunda mitad del XVII, y ostenta un mayor despliegue decorativo que el templo principal. Reproduce una iglesia en pequeña escala, con su nave cubierta por bóveda de cañón con lunetos, y el presbiterio por una cúpula con linterna. Detrás de la Capilla del Carmen, aprovechando la misma crujía, se dispuso otra capilla abierta a la nave de la iglesia, y la sacristía, que tiene doble comunicación con el presbiterio y con el claustro del convento. En cuanto al edificio colegial, presenta una distribución bastante ortodoxa en torno a un patio cuadrado de dos pisos, cerrado por arquerías de ladrillo sobre pilares de caliza, que en la planta superior aparecen unidos por antepechos decorados con rehundidos. Igual que en el patio del colegio de Mínimos de Santa Ana, se aprecia la licencia manierista de reforzar la robustez del piso más alto por estar más cerrados los vanos; como detalle decorativo, una ancha línea de imposta de caliza blanca separa las dos alturas. Los corredores están cubiertos con bóvedas de arista, disponiéndose en el del lado Este la escalera claustral. Del exterior destaca una portada plateresca del siglo XVI que hoy enmarca una ventana, pero que debió ser el acceso principal del colegio, reaprovechada de las antiguas casas sobre las que se asentó la fundación carmelitana. Junto a esta portada existe hoy un enorme hueco construido más tarde como puerta de carruajes, y que últimamente es el que se ha estado utilizando como ingreso al edificio. Cuando la Desamortización de Mendizábal, el inmueble fue cedido al ejército de manera inmediata con la intención de ocuparlo como cuartel a partir de septiembre de 1835, aunque por un problema administrativo el ayuntamiento no entregó las llaves del convento hasta el día 17 de diciembre del mismo año. 533 Desde entonces acogió diversos destacamentos militares, tanto de infantería como de caballería, llegando a ser utilizada la iglesia como pajar, y el resto del edificio 533 A.M.A.H., Leg. 1.044/2, Actas del 6 de septiembre, 3 de noviembre y 19 de diciembre de 1835. 325 para oficinas y almacenes diversos. Debido a su menor capacidad con respecto a otros cuarteles de la localidad, el del Carmen Calzado se utilizó habitualmente para tropas de reserva y caja de recluta.534 Es por ello que el ejército apenas emprendió aquí obras de reforma, a parte de algunos trabajos minoritarios, lo cual condenó al exconvento a un lento pero inexorable proceso de degradación.535 Tanto es así que, en 1890, el arquitecto municipal Martín Pastells se vio en la obligación de denunciar el mal estado de una parte de la construcción, y el ayuntamiento transmitió su preocupación al Comandante General del Cantón: “Este Exmo. Ayuntamiento ha acordado [...] la necesidad de que por el Cuerpo de Ingenieros se reconozca y arregle con toda urgencia, la fachada del edificio del Cuartel del Carmen que da vista a la plaza de Abastos, porque hallándose desprendidos sus arcos, impostas y cercos de alambreras pueden ocurrir desgracias personales que es necesario precaver, aparte de los desperfectos consiguientes en la mencionada plaza de Abastos.” 536 Las autoridades militares quitaron importancia a los desperfectos denunciados, alegando que los citados arcos, impostas y antepechos no amenazaban ruina inminente, a pesar de su antigüedad. Pero gracias a la insistencia del municipio, los ingenieros del ejército acabaron por tomar medidas en 1891, que consistieron en “revocarse la fachada en cuestión para evitar su mal aspecto y deterioro, y esto es más urgente, tomar las tejas del alero del tejado puesto que es lo que más probabilidades tiene de desprenderse y perjudicar a los transeúntes”.537 A la reparación de la fachada citada, la que daba al Norte, se unió en 1894 “la apertura de la puerta de la iglesia del Carmen” y otras modificaciones efectuadas en el lienzo que da a la calle de Santa Úrsula.538 De la simple observación de ese lienzo es fácil apreciar cómo algunos cajones muestran un aspecto diferente en la zona cercana a la iglesia, por lo que podemos situar tales alteraciones en esa fecha, o como mucho en las dos primeras décadas del siglo XX, así como la desaparición del ingreso a la Capilla del Carmen, la apertura de una nueva puerta de carruajes en el extremo Este, y quizás la conversión en ventana de la portada plateresca perteneciente a las antiguas casas sobre las que se asentó el colegio.539 Con motivo de la reorganización del ejército llevada a efecto durante la Segunda República, el 2 de noviembre de 1931 el cuartel del Carmen fue desalojado 534 A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 387. Sólo tenemos constancia de algunos arreglos en sus cloacas, por 1861-1862, y de otros trabajos de blanqueo y empapelado de los dormitorios en 1883, con el fin de preparar el cuartel para la llegada de más tropas de caballería. Véase en el A.M.A.H., Leg. 951/3; y Libro 152, Acta del 25 de enero de 1883. 536 A.M.A.H., Leg. 1.142/7. El texto reproducido está extractado de una carta, fechada el 28 de abril de 1890, que la Alcaldía de Alcalá de Henares dirigió al Comandante General del Cantón. 537 A.M.A.H., Leg. 780/3; y Leg. 80/27. 538 A.M.A.H., Libro 163, Acta del 31 de agosto de 1894. 539 Tenemos noticias bastante imprecisas de unas obras realizadas entre 1918 y 1923, en el A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 390. 535 326 y entregado al Ministerio de Hacienda, “en estado de ruina inminente y en general en muy malas condiciones de conservación”. Dada la poca utilidad que el edificio tenía ya para el Estado, el Ayuntamiento de Alcalá pidió que se le concediera para “su inmediato derribo, comprometiéndose igualmente a construir en el solar resultante un magnifico Grupo Escolar que ya se tiene solicitado del Ministerio de Instrucción Publica”. Con ese fin, el arquitecto municipal Azpíroz reconoció el estado del exconvento y pergeñó una ligera propuesta de restauración, previniendo que habían de hacerse en él “obras de importancia no solo para dejarle en el estado de solidez necesaria sino para modificar la planta en forma que pueda acoplarse a las nuevas necesidades”. Sin embargo, la Dirección General de Propiedades y Contribución Territorial desestimó hasta tres veces la petición de los complutenses: el 21 de junio de 1933, el 8 de enero de 1936, y el 21 de mayo de 1936.540 La irrupción de la Guerra Civil española truncaría cualquier otro intento de rehabilitación del antiguo convento del Carmen Calzado. El edificio, semiabandonado y en pésimo estado de conservación, acabó sufriendo un importante incendio en la década de 1960, que destruyó casi por completo la iglesia y dejó el resto del conjunto en estado de ruina. Adquirido finalmente por la Universidad de Alcalá, el primer proyecto de restauración presentado en 1986 suscitó una viva polémica entre la población, por su falta de respeto a la arquitectura original. Rechazado aquel proyecto, y después de más de una década de incertidumbre, hace poco más de dos años que ha concluido su rehabilitación como Escuela de Arquitectura. − Convento de la Merced Descalza El Convento de Mercedarios Descalzos de la Visitación de Nuestra Señora está situado al final de la calle Empecinado. Fue inicialmente un hospicio, fundado en 1612 a instancias del convento de Santa Bárbara de Madrid. Dos años más tarde obtuvieron permiso del arzobispo de Toledo, don Bernardo de Sandoval, para convertir el hospicio en centro universitario, y algo después, gracias al patronazgo de doña Elvira Manrique de Lara y su marido don Fernando Jaramillo, emprendieron la construcción del colegio-convento (1650-1674) y de la iglesia (1660-1683). El primero está organizado en torno a un pequeño patio cuadrado de dos pisos, compuesto el inferior por arquerías de medio punto sobre pilastras tos540 A.M.A.H., Leg. 758/8. En el cuartel del Carmen hubo muchas instituciones interesadas y se barajaron varias posibilidades: instalar una Escuela Elemental de Trabajo, es decir, un Centro de Formación Profesional para obreros, o una escuela pública, ya que por entonces Alcalá no contaba más que con dos colegios infantiles, lo que revela las graves carencias educativas de su población, sobre todo a raíz de la expulsión de los escolapios de la universidad por la Ley de Confesiones y Congregaciones religiosas. La negativa del gobierno a ceder el exconvento al ayuntamiento se basaba en que el Estado se hallaba imposibilitado para disponer de sus propiedades, si no era mediante una ley específica (que aún no se había promulgado) que regulara las posibles transacciones o cesiones de fincas, según determinaba el artículo 117 de la Constitución Republicana 327 canas arquitrabadas, y el superior por las ventanas de las celdas frailunas. La iglesia tiene planta de cruz latina inscrita en un rectángulo, con capillas laterales abiertas a la nave, cúpula sobre pechinas y sin tambor, encerrada en un chapitel, y fachada de ladrillo decorada con recuadros almohadillados y coronada por un frontón triangular. No se conserva ninguna de las portadas, por lo que ignoramos el aspecto que tenía la del costado, y conocemos sólo por descripciones cómo era la principal: un arco de medio punto de piedra flanqueado por los escudos de los patronos, y encima un bajorrelieve en el que se representaba la escena de la Visitación de la Virgen.541 Según refiere Demetrio Calleja, después de su exclaustración fue convertido en Escuela Militar de Equitación, transformándose casi por completo su arquitectura.542 La iglesia fue utilizada como picadero cubierto, perdiendo la cúpula, y de su primitiva estructura sólo se han conservado los muros perimetrales, parte de la fachada y algo de la bóveda de la capilla mayor. Las portadas, en cambio, fueron las dos destruidas, sobre todo la del costado porque ese muro fue rehecho varias veces y no queda en él ningún vestigio de lo antiguo. El patio del convento fue también muy transformado, ya que se encalaron los muros de ladrillo y se aplicó sobre el zócalo un alicatado polícromo de aspecto andaluz. No sabemos a ciencia cierta las fechas en que se realizaron estas modificaciones, únicamente que en marzo de 1852 la Comandancia de Ingenieros solicitó al consistorio la cesión de un trozo de terreno para ampliar la edificación militar, gracias a lo cual fue regularizada urbanísticamente la Plaza de El Empecinado.543 Además de eso, contamos con varias referencias de la década de 1880, que aluden a una serie de “obras que deben hacerse en el Cuartel de la Merced para instalar allí la Escuela de Herradores”, y que debieron ser ejecutadas por José Vilaplana de acuerdo con un proyecto redactado por el ingeniero militar Manuel Cano y León.544 Poco más tarde, en 1906, volvió a ser reformado el “Cuartel de la Merced para instalar el 6º Depósito de Sementales”.545 Y hace apenas veinte años el edificio ha pasado a propiedad municipal, destinándose a sede de la Fundación Colegio del Rey. 541 BONET CORREA, ob. cit., 1984, p. 39, compara la decoración de recuadros de esta iglesia con la del santuario de la Virgen de Atocha en Madrid, obra de Juan Gómez de Mora. 542 CALLEJA, ob. cit., 1901, p. 58; referencias también en el A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 388. 543 A.M.A.H., Leg. 763/10; y Libro 126, fol. 51, Acta del 30 de marzo de 1852. 544 A.M.A.H., Libro 151, Actas del 23 de junio y 12 de julio de 1881; y Libro 155, Acta del 21 de marzo de 1885. El proyecto citado de Manuel Cano y León, fechado en febrero de 1888, puede consultarse en el A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 388. 545 A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 388. 328 − Convento de San Diego Este monasterio fue fundado en 1453 sobre la iglesia de Santa María de Jesús, que estaba situada extramuros de Alcalá, junto a la Puerta de Guadalajara. La población había solicitado al arzobispo Alonso Carrillo que erigiese una nueva parroquia para atender el culto más cerca de la ciudad, y el prelado trasladó la titularidad de aquella iglesia de Santa María a una ermita denominada de San Juan de los Caballeros, que estaba en la plaza del mercado. La ermita de San Juan, cambiada a Santa María, empezó así a funcionar como la primera parroquia de la ciudad, mientras que sobre la iglesia abandonada extramuros se instaló un monasterio de la orden franciscana. El objeto de esta fundación era instruir al pueblo en las verdades de la fe cristiana ante el peligro espiritual que suponía la presencia de tantos moros y judíos en Alcalá, pero también organizar un Estudio General que facilitase la educación de los religiosos en las artes, las ciencias y la “exaltación del oficio de la predicación”.546 El convento usó la primitiva iglesia de Santa María de Jesús como capilla, pero al poco tiempo ésta debió parecer muy estrecha a los franciscanos, porque el coro se quedaba pequeño y apenas había sitio para otras capillas y enterramientos. Por consiguiente, decidieron ampliarla haciendo prácticamente nueva una gran nave cubierta con bóvedas de crucería gótica, que tenía un coro elevado a los pies y varias capillas abiertas a ambos lados, entre las que destacaba la que luego se dedicaría a San Diego de Alcalá. En la capilla mayor estaba el retablo encargado por el Arzobispo Carrillo con la imagen titular de la Virgen María, realizada según la visión milagrosa que había tenido de ella el lego franciscano; y en ese mismo espacio del presbiterio, junto a la pared del lado del Evangelio, se colocó el sepulcro de Carrillo. El edificio monacal, por su parte, fue emplazado al sur de la iglesia, y adquirió una enorme extensión gracias a sucesivas agregaciones de fincas. Se componía de dos claustros, de cuya fábrica se conservan hoy algunos pilares toscanos de piedra berroqueña sobre los que descansan arquerías de ladrillo. Pero no tenemos más noticias, ni ninguna imagen que nos ayude a comprender mejor el valor arquitectónico que pudo llegar a tener antes de su completa demolición en el siglo XIX. De todo el conjunto lo más significativo era la Capilla de San Diego, no sólo por la dedicación al hermano lego que vivió en este convento y fue elevado a los altares en 1588, sino también por la importancia artística y las notables dimensiones de su arquitectura. Esta capilla fue fundada por el Rey Enrique IV en 1463, cuando después de visitar el convento y orar ante el cuerpo del recién fallecido 546 Sobre la fundación de este monasterio y el Estudio General, que fue aprobado por el Papa Pío II, véase ROXO, P.: Historia del glorioso San Diego de San Nicolás de Alcalá. Madrid, 1663, pp. 1-44; ÁLVAREZ, D.: Memorial ilustre de los famosos hijos del convento de Santa María de Jesús (vulgo San Diego). Alcalá de Henares, 1753, pp. 2-5; y CASE, T.: Historia de San Diego de Alcalá. Alcalá de Henares, 1998. 329 franciscano, sanó de un brazo lisiado. El monarca mandó labrar la capilla sobre una dependencia aneja a la portería, que había servido de celda al monje, y la puso bajo patronazgo real. Desde el primer momento, la construcción conservó una cierta independencia respecto de la iglesia y el monasterio, puesto que tenía acceso desde la capilla del caballero Salazar y Zúñiga, que estaba a los pies del templo por el lado de la Epístola, y además contaba con un acceso directo desde la calle, entre la puerta de la iglesia y la del convento, y otra entrada por el claustro, todo ello con el ánimo de facilitar la veneración que multitud de peregrinos dispensaban a las reliquias del santo.547 Con motivo de la curación milagrosa del Príncipe Carlos, en 1592 Felipe II amplió la capilla añadiéndole una pequeña celda por la cabecera, y ordenó limpiarla porque “estaba deslucida con la mala vecindad del humo de las lámparas”.548 A partir de 1640, Felipe IV mandó construir una nueva capilla, más suntuosa y capaz, en el mismo lugar que la primitiva. La construcción definitiva fue inaugurada el 20 de mayo de 1659; era de planta rectangular con el eje paralelo a la calle, cubierta por bóveda de cañón y arcos fajones, y sobre el presbiterio una cúpula con claraboyas rematada por una linterna, que se elevaba airosa por encima de los tejados del convento. Tenía además unas tribunas desde donde los Reyes podían asistir a misa, una zona de enterramiento para los frailes en el subsuelo, y un transparente o camarín que se proyectó realizar detrás del altar con pinturas de perspectivas fingidas. Lo más singular, no obstante, era la decoración barroca de la capilla, a base de frescos, estucos y varios lienzos de Alonso Cano y de Zurbarán, que conformaban un espléndido marco para el retablo relicario (diseñado por Cano hacia 1651) que albergaba la urna de plata con las reliquias del santo.549 En 1662 la Reina doña Mariana de Austria financió la edificación de una nueva portada para la fachada de la iglesia conventual, que fue trazada por Sebastián de Benavente y debió ser magnífica, ya que por descripciones sabemos que constaba de tres cuerpos ordenados por pilastras dóricas y dividido por potentes molduras, con el vano de ingreso adintelado, siendo toda la fábrica de piedra berroqueña. La obra incluía además un escudo real de la Casa de Austria con una corona imperial, labrado en el tercer cuerpo, un relieve circular representando a la Virgen María sobre la primera cornisa, y varias cartelas, pirámides y bolas como elementos decorativos. De todo ello sólo se han conservado las estatuas de San 547 Véase ROMÁN PASTOR, ob. cit., 1994, pp. 60-67. Véase GONZÁLEZ NAVARRO, R.: “Felipe II y el patronazgo de la Capilla de San Diego en el convento de Santa María de Jesús de Alcalá de Henares”, A.II.E.H.V.H., Alcalá de Henares, 1990, pp. 359-372. 549 Sobre el retablo de San Diego véase WETHEY, H.E.: Alonso Cano, pintor, escultor y arquitecto. Madrid, 1983; VARIOS: Zurbarán. Catálogo de la exposición. Madrid, 1988, p. 327; y TOVAR MARTÍN, ob. cit., 1990, pp. 224-230. También resulta interesante la descripción que hizo de la capilla y su ornamento el viajero Cosme de Médicis en 1668, cuyo texto puede leerse en BALLESTEROS TORRES, P.L.: Alcalá de Henares vista por los viajeros extranjeros (Siglos XVI-XIX). Alcalá de Henares, 1989, p. 52. 548 330 34. Boceto de Alonso Cano para el retablo de la Capilla de San Diego, del Convento de Franciscanos de Santa María de Jesús. Dibujo del siglo XVII 331 Francisco y San Diego que presidían los intercolumnios laterales, y que hoy se encuentran reubicadas en la fachada del convento de las Juanas (Agustinos Recoletos), en la calle Santiago.550 Las dos construcciones de patronazgo real, la portada de la iglesia y la Capilla de San Diego, fueron adecentadas en 1786 por orden de Carlos III. Los nombres de Francisco Sabatini, como director de las obras, Juan de Villanueva como sobrestante y José de Ballina como aparejador, dan idea de la elevada estima que la Corona dispensó a este lugar. En aquella reforma, que sirvió para adecuar la fachada a los cánones estéticos del clasicismo barroco de la época carolina, se apeó completamente la portada, porque estaba casi desprendida, y luego se rearmó con grapas de hierro emplomadas, volviéndose a labrar los elementos más desgastados (se retocaron por ejemplo las esculturas de San Francisco y San Diego, el relieve de la Virgen y el escudo real). En 1787 se iniciaron obras de albañilería en la Capilla de San Diego, que consistieron en el revestimiento de la fachada con ladrillo fino, así como la sustitución de los tejados arruinados, y la transformación en ventanales de las claraboyas de la cúpula; en el interior se volvió a pavimentar parte del suelo, se pusieron cornisas y se blanquearon los paramentos, pintando Pedro Meléndez un zócalo que imitaba jaspes y mármoles. También fue mejorado el cuarto real y el camarín situado detrás del altar, al que se dotó de más luces gracias a la apertura de varios huecos y a la construcción de una nueva linterna.551 Durante la Guerra de la Independencia, el convento fue desamortizado, saqueado y utilizado como hospital de campaña, pero al acabar la contienda tanto los franciscanos como el municipio hicieron lo posible por retornar a la normalidad. Así, en septiembre de 1813 fue acordado por el ayuntamiento el regreso de los frailes, y el 6 de febrero de 1814 fue llevada en procesión la imagen titular de la Virgen, desde la parroquia de Santa María (donde había sido trasladada) hasta el retablo de la iglesia conventual, restituyéndose también las reliquias de San Diego poco tiempo después.552 Con todo, los religiosos se encontraron el monasterio en un estado deplorable, y así se mantuvo hasta que el Vicario General de la orden en España, fray Cirilo Alameda y Brea, promovió ciertas obras de restauración en todo el conjunto, que fueron financiadas por el rey Fernando VII.553 La razón de aquellas obras estuvo en el gran Capítulo General de la orden franciscana, inaugurado el 29 de mayo de 1830 en este convento de San Diego, bajo la presidencia de don Francisco Tiberi, Arzobispo de Atenas y Nuncio Apostólico. La reunión del Capítulo fue 550 Una buena descripción de cómo era esta fachada puede verse en CALLEJA, ob. cit., 1901, p. 23; y también en BARRIO MOYA, J.L.: “El arquitecto Sebastián de Benavente y la desaparecida portada de la iglesia del convento de San Diego de Alcalá”, Anales Complutenses, vol. II, 1988, pp. 21-29. 551 Sobre estas obras véase SÁNCHEZ MOLTÓ, M.V.: “El sepulcro de San Diego de Alcalá: vicisitudes, traslado y desaparición”, Anales Complutenses, vol. XIII, 2001, pp. 39-64. 552 A.M.A.H., Leg. 806/1, Actas del 9 y 23 de septiembre de 1813. 553 CALLEJA, ob. cit., 1901, p. 23 332 una iniciativa personal del citado fray Cirilo Alameda, que dedicó enconados esfuerzos en la preparación del monasterio como escenario del cónclave, a pesar de que su fábrica aún no se había recuperado de los desastres de la Francesada: “Decidida la celebración del Capítulo en el convento de san Diego, el cual había sido objeto de la liberalidad del Padre Cirilo, que invertía en la reparación y adorno una gran parte de lo que percibia como consejero de Estado, redobló sus trabajos para que todo estuviese dispuesto y corriente el día señalado. Construyóse nueva enfermería adornada de bellas pinturas, hizose un De profundis, capaz para noventa religiosos, destinándose lo antiguo para oficinas. Arregló el entierro de los religiosos, cerrando con verjas construidas en provincias los sepulcros de san Diego y Beato Julián, poniendo al frente de la sepultura de muchos venerables sus retratos, y construyendo un altar que presidiese aquella mansión. Se embaldosó de nuevo toda la iglesia, haciendo en ella algunas mejoras, se fundieron de nuevo todas las campanas, ejecutándolo por dos veces a fin de conseguir la mejor sonoridad posible, y se construyó de nuevo por don Leandro Garcimartín un magnífico órgano de cuatro octavas y media de extensión, de excelente entonación [...] Se hermoseó el refectorio, se dio nueva forma a la cocina, se arregló el pavimento de los claustros en los tres pisos, pintando todas las ventanas y cerrándolas con vidrios. Pero en donde el iniciador de esta asamblea franciscana mostró su mayor celo, fue en la reforma y arreglo de la capilla de san Diego, que aun presentaba señales indelebles de la invasión francesa, que como todo el convento, había sido despojada de cuantos objetos de valor encerraba. Para su restauración completa, consiguió de Fernando VII y del comisario general de cruzada don Manuel Varela, se construyese un altar de talla, acomodado al gusto de la época y que estuviese en relación con el sepulcro de jaspe [...] en el cual por aquellos años se encerraba la preciosa urna de plata debida a la devoción de Felipe IV, y la cual contiene el cuerpo del santo Lego, único resto que se salvó en los pavorosos días de la invasión. Reformáronse los altares colaterales de buenas pinturas que representaban a la Inmaculada y al doctor san Buenaventura [...] Preparáronse las celdas con los muebles necesarios, y la del nuncio con la grandeza y aparato que correspondía a tal personage, tanto que la primera vez que entró en ella dijo: esto es mucho lujo para los hijos de san Francisco –a lo que le contestó el asistente- cabalmente, excelentísimo señor, es la celda más pobre del convento, porque todo es prestado.” 554 Sobre la subvención de las obras por parte de la Corona, la historiografía no ha aportado ninguna explicación, aunque se me ocurre una hipótesis bastante ra554 Una amplia reseña de lo acontecido en aquella reunión de los franciscanos, puede leerse en ALTEMIR, F.B.: Historia del Capítulo General celebrado en el convento de Santa María de Jesús, vulgo San Diego, de la ciudad de Alcalá de Henares el dia 29 de mayo de 1830, presidido por el Excmo. E Illmo. Sr. D. Francisco Tiberi. Madrid, 1832; y en AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, pp. 265-283, de donde está extractada esta cita. Existe otra referencia en el A.M.A.H., Leg. 1.044/2, Acta del 10 de marzo de 1827, que quizás tenga relación con este Capítulo General, pues habla de “que acaba de llegar a esta ciudad y Combento de Sn. Diego el Emmo. Sr. Dn. Santiago Giustiniani Arzobispo, Obispo de Ymola, creado Cardenal de Hostia en mil ochocientos veinte y seis”. 333 zonable de acuerdo a lo referido en un raro documento, que encontré en el transcurso de mi investigación. Se trata de un informe remitido por los concejales Huerta y Castellano al ayuntamiento de Alcalá, en el que notifican cómo a primeros del mes de mayo de 1829 trasladaron el cuerpo de San Diego al Palacio Real de Aranjuez, donde fue recibido por el Vicario General de los franciscanos, fray Cirilo Alameda, junto con otros religiosos de los conventos de San Pascual y el Hospicio, para conducirlo a una de las habitaciones del rey Fernando VII. El hecho debió producirse en medio de un cierto secretismo, porque los citados concejales y la comitiva que les acompañaba fueron detenidos en la plaza de armas del palacio, sin permitirles acceder al interior del mismo, de tal forma que se retiraron y después de darles las gracias no se les requirió para nada más.555 Aquel traslado del cuerpo de San Diego a Aranjuez, documentado históricamente, debió hacerse desde la necesidad de recurrir a la intercesión divina como último esfuerzo para salvar la vida de la tercera esposa de Fernando VII, Amalia de Sajonia. La intervención milagrosa del Lego alcalaíno había sido especialmente benefactora con la Corona española (recuérdense los casos de Enrique IV y del Príncipe Carlos, hijo de Felipe II), por consiguiente, su mediación se veía como una buena posibilidad para la curación de la reina consorte, convaleciente desde hacía tiempo. La enfermedad de la reina constituía un serio obstáculo para la sucesión dinástica de la monarquía, pues el rey era incapaz de engendrar un heredero. De modo que el problema tenía una enorme importancia política y fray Cirilo Alameda intentó hallarle una solución mística, muy propia del ambiente esotérico de la época. El milagro, además, entraba dentro de lo posible porque sólo unos meses antes, en noviembre de 1828, había sanado espontáneamente de una hemotisis y dos tumores en el pecho, una religiosa del convento de Agustinas Magdalenas de Alcalá de Henares, llamada sor Cándida de San Agustín. Esta monja se encomendó en su agonía a la intervención mirífica de una reliquia de San Siego existente en su convento (un dedo guardado en un tubito de cristal), y después de ver en sueños al propio santo franciscano junto a Santa Teresa y al Beato Julián de San Agustín, se levantó curada y bajó por su propio pie a comulgar a la misa.556 A pesar de lo expuesto, la intercesión de San Diego llegó demasiado tarde y la reina Amalia de Sajonia murió el 17 de mayo de 1829, por lo que Fernando VII tuvo que casarse una vez más para conseguir su anhelada descendencia. En cuanto a fray Cirilo Alameda, su esfuerzo y dedicación sería ampliamente recompensada: en prueba de gratitud, el monarca debió conceder esa importante subvención económica que sirvió para restaurar el convento de Alcalá, y unos años más tarde, en 1857, Isabel II aprobó la designación de este fraile franciscano como Arzobispo de Toledo, a pesar de ser un conocido defensor de la causa carlista. 555 A.M.A.H., Leg. 1.044/2, Acta del 13 de mayo de 1829. El documento en cuestión se halla en uno de los folios del Libro de Acuerdos municipales correspondiente a ese año. Está escrito en modo borrador, lleno de tachones y omitiendo, a mi entender, cierta parte de la información. 556 La historia de este milagro en AZAÑA, ob. cit., vol. II, 1883, pp. 272-273. 334 La Desamortización de Mendizábal terminó con cualquier síntoma de espiritualidad en el convento de San Diego. Los religiosos fueron exclaustrados y el edificio fue donado al Arma de Caballería, que lo convirtió en cuartel. Como consecuencia de ello se inició el expolio de los objetos de arte mueble que había en el monasterio. En 1836, fueron conducidas las cenizas del Lego franciscano a la Magistral, y el arca que las contenía a la iglesia de los jesuitas, mientras que los cuadros de Zurbarán, Alonso Cano y Bartolomé Román que adornaban la Capilla de San Diego acabaron en la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid, después de pasar por el museo de la Trinidad. Las reliquias del Beato Julián de San Agustín, otro de los personajes ilustres de la historia de este monasterio fueron igualmente trasladadas a la Magistral, y en 1848 fueron reclamadas por la Colegiata de Medinaceli, negándose el cabildo alcalaíno a desprenderse de ellas.557 Y el retablo principal de la iglesia sería destruido en 1845 por el empresario José Ocaña, a quien fue adjudicado en pública subasta el derecho de extracción del pan de oro que cubría sus maderas.558 Una vez instalado en el inmueble, el ejército concentró sus esfuerzos en realizar trabajos menores de acondicionamiento, como fue la construcción de pesebres para los caballos en 1837.559 Algo más tarde, en 1849, se presentaron algunos problemas en el alcantarillado, que trataron de solucionarse mediante la construcción de nuevos sumideros para el desagüe; por lo demás, continuaron realizándose obras poco importantes que afectaron al vecino colegio de San Bernardo, también rehabilitado como cuartel.560 Pero los ingenieros militares tuvieron la ocurrencia de usar la iglesia conventual como almacén de maderas y materiales de construcción, lo que afectó irremediablemente a sus elementos artísticos. De todos ellos el que quedó más expuesto al peligro fue el sepulcro del Arzobispo Alonso Carrillo, tal como había advertido ya en 1846 la Comisión Central de Monumentos, en el contexto de las gestiones encaminadas a salvaguardar el sepulcro de Cisneros. Cumpliendo los peores presagios, en junio de 1854 el académico de San Fernando, Francisco Enríquez y Ferrer denunciaba que había visto “con el mayor sentimiento que acaba de ser destruido en gran parte el sepulcro del Arzobispo Dn. Alonso Carrillo” esparciéndose varios trozos de éste por el suelo, mezclados con otros escombros. El académico denunciaba que “esta profanación injustificable expone a que lo que aun existe del sepulcro desaparezca, si no se procede inmediatamente a colocar en su sitio respectivo los diferentes trozos del mismo que 557 A.M.A.H., Libro 122, Actas del 15 de septiembre y 11 de octubre de 1848. Véase también ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, p. 77; CALLEJA, ob. cit., 1901, p. 24; y TORMO, ob. cit., 1930, p. 29. 558 A.M.A.H., Leg. 812/3. 559 A.M.A.H., Leg. 1.045/1, Actas del 22 de enero y 9 de noviembre de 1837. 560 A.M.A.H., Leg. 951/3. Sobre el colegio de San Bernardo decía CALLEJA, ob. cit., 1901, p. 28, que una vez “verificada la exclaustración, fue destinado al establecimiento militar de Escuela de Herradores, y al construirse el cuartel de San Diego fue incorporado todo el terreno a este edificio”. 335 existen por el suelo mezclados con otros escombros, pues la exiglesia está en poder de los Ingenieros militares con destino a Almacén de maderas y otros materiales de construcción”. Por consiguiente, sugería cuando menos “recoger los 12 trozos del dicho sepulcro, colocándolos y asegurándolos con yeso a fin de que no se estravien”. A pesar de ello, el cenotafio aún estuvo dos años abandonado a su suerte en el templo franciscano; en esta ocasión, al contrario de lo que sucedió con el mausoleo de Cisneros, desde Alcalá no se produjo ningún movimiento a favor de la conservación de un elemento tan singular de su patrimonio histórico artístico. Tuvo que ser la Comisión Central de Monumentos la que gestionó, en mayo de 1856, la aprobación del gobierno para verificar el traslado de los restos y el sepulcro de Carrillo a la Magistral, junto con “la Portada de la Capilla que fue de San Buenaventura”, procedente de la misma iglesia de San Diego. Para la realización de esta empresa fue comisionado D. Francisco Enríquez y Ferrer, quien el 28 de junio del mismo año de 1856, remitiría a la Academia acta de los trabajos de exhumación y traslado de aquellos bienes, y en septiembre comenzaría la restauración e instalación del sepulcro en la colegiata, gracias a una subvención de 25.765 reales otorgada por el Ministerio de Fomento.561 La traslación del sepulcro de Carrillo desde el monasterio de Santa María de Jesús hasta la Capilla de San Ildefonso de la Iglesia Magistral (el mismo lugar en el que aguardaban los restos del Cardenal Cisneros), tuvo lugar el día 11 de junio de 1856 a la una de la tarde, y constituyó sin duda la salvación de uno de los monumentos más hermosos del patrimonio artístico complutense. Es éste un monumento que sigue la tradición gótica de los sepulcros toledanos del siglo XV, que presentaban la estatua del difunto yacente encima de una cama adornada de medallones, figuras y escudos en cada una de sus caras. Ha sido atribuido al maestro Sebastián de Toledo y datada su fábrica entre 1482 y 1489, destacándose siempre su calidad artística, que le llevó a servir de modelo para las sepulturas de don Álvaro de Luna y su esposa en la catedral primada.562 Compositivamente destaca el 561 La subvención se distribuyó así: 6.000 reales para el traslado del sepulcro, 13.000 para el de la Portada de San Buenaventura, y 6.765 para la confección de una reja que rodease al sepulcro. Véase todo el expediente, que incluye los sucesivos informes de D. Francisco Enríquez y Ferrer, en el Archivo de la Academia de San Fernando (A.A.S.F.), doc. 2-55/1; doc. 2-55/4; doc. 49-4/2; y en el Boletín de la Academia de San Fernando, 1881, pp. 74-77; también en el A.M.A.H., Leg. 812/3. En aquellas circunstancias se salvó además la figura de un pelícano que se hallaba incrustada en la clave del arcosolio gótico que cobijaba el sepulcro de Carrillo, en la iglesia de los franciscanos. Este pelícano fue a parar a manos de don Mariano Gallo, y al cabo de los años el ayuntamiento lo instaló en el cementerio municipal, pasando más tarde a engrosar los fondos del Museo Arqueológico instalado en el Palacio Arzobispal por don José María Escudero de la Peña. 562 Sobre el sepulcro de Carrillo véase entre otros MADRAZO, P.: “El Sepulcro del arzobispo Carrillo y Acuña”, Monumentos Arquitectónicos de España. Madrid, 1878; QUADRADO, J.Mª. FUENTE, V.: “Madrid y su provincia”, en España, sus monumentos y sus artes, su naturaleza e historia. Madrid, 1885 (edic. facsímil en Barcelona, El Albir, 1977), p. 360; POLERO, V.: Estatuas tumulares de personajes españoles (s. XIII-XVII). Madrid, 1902, p. 55; AZCÁRATE, J.M.: “El Maestro Sebastián de Toledo y el Doncel de Sigüenza”, Wad-al-Hayara, nº 1, 1974, pp. 7-34; CARRETE PARRONDO, J.: “Sebastián de Toledo y el sepulcro de don Álvaro de Luna”, R.I.E., 1975, pp. 234-237; VARIOS: Una 336 friso almenado que remata la peana y los cuatro ángulos de la misma, resueltos a modo de salientes poligonales calados por arcos góticos y ornamentados de tracerías; en cuanto a la efigie del prelado, con las manos juntas y vestido de pontifical, era de un naturalismo tal que ha llevado a pensar en la utilización de su mascarilla funeraria. La restauración del sepulcro, que quedó instalado a los pies de la Magistral, se concluyó el 6 de septiembre de 1857 bajo la dirección de Francisco Enríquez y Ferrer,563 aunque hoy sólo puede admirarse una reconstrucción, emplazada en el museo de la Magistral, en la que se han aprovechado las pocas piezas que quedaron de su fábrica tras los destrozos de la Guerra Civil. 35. Sepulcro del Arzobispo Carrillo, en primer término, y portada de la Capilla de San Buenaventura, al fondo, tal como fueron emplazados en la Iglesia Magistral después de ser trasladados desde el Convento de Franciscanos de Santa María de Jesús o San Diego. Fotografía publicada por E. Tormo en 1931. Hora de España. VII Centenario de la Universidad Complutense. Catálogo de la exposición, Madrid, 1994, pp. 84-85; y PÉREZ HIGUERA, T.: “El sepulcro del arzobispo D. Alfonso Carrillo de Acuña”, en el libro La Catedral Magistral de Alcalá de Henares. Alcalá de Henares, 1999, pp. 121-134. 563 Véase CÁMARA, E.: Resumen de las Actas y tareas de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando en el período transcurrido desde el 1º de enero de 1857 hasta fin de agosto de 1864. Madrid, 1864; y ACOSTA DE LA TORRE, ob. cit., 1882, pp. 58-63, quien criticó algunos aspectos de la restauración, como el acabado que se le dio la figura del león colocado a los pies del yacente, y la verja que rodeaba todo el cenotafio, que se hizo nueva pero “en extremo pobre”. Dicho autor cuenta además que al extraerse los restos del prelado, se encontraron éstos en buen estado de conservación, sobre todo los ropajes, y como quiera que fueron depositados provisionalmente en la misma capilla en que reposaban las reliquias de Cisneros resultó que “vinieron pues a reunirse por consecuencia de los trastornos de los tiempos las cenizas del perseguidor y del perseguido, bajo las bóvedas de la misma iglesia que ambos favorecieron”. 337 En el ínterin seguían las obras de habilitación de los cuarteles, no sólo en el convento de San Diego sino en todos los demás establecimientos cedidos al ejército tras la desamortización. Para coordinar este proceso, Fernando Huerta fue nombrado Conserje de los Edificios Militares, cuyas llaves tenía a su cargo. Este perito ejerció de sobrestante en algunas obras concretas, como las realizadas en el antiguo monasterio de franciscanos, y el ayuntamiento le dirigió una comunicación escrita en abril de 1857, rogándole... “...se sirva mandar quitar los escombros que procedentes de los Edificios Militares que tiene a su cargo, se han echado en varios puntos públicos de esta Ciudad [...] mediante estar prohibido, por Bando de buen gobierno, la interceptación del paso en todas las calles publicas. Así mismo [...] para hacer cualquiera clase de obras en la parte exterior de dichos edificios, debe preceder la correspondiente licencia del Ilustre Ayuntamiento, a quien deberá dar conocimiento de las que se piensen poner en practica, según así está mandado por punto general.” 564 Esta última indicación respondió seguramente al abusivo intervencionismo de los ingenieros militares durante las obras de acondicionamiento de los cuarteles. No sabemos si debido a esta leve oposición del ayuntamiento, o por la dificultad que entrañaban las obras de rehabilitación del convento de San Diego, debido al mal estado de su fábrica, el Arma de Caballería se planteó a finales de 1858 construir un inmenso cuartel de nueva planta en las eras de San Isidro, a las afueras de Alcalá. La propuesta respondía a las crecientes necesidades militares del gobierno de O’Donnell, de contar con cuarteles amplios y bien equipados cerca de la capital, y llegó a contar con bastante dinero para llevarla a cabo, gracias a las indemnizaciones de guerra cobradas al sultán de Marruecos tras la victoriosa campaña de África. Así que los ingenieros del ejército se pusieron a estudiar distintas posibilidades, y acabaron redactando dos proyectos para construir un nuevo establecimiento: el primero por el comandante de ingenieros León de Cámiz, en agosto de 1858, y el segundo por el teniente coronel Joaquín Ruiz de Porras y el comandante Francisco Javier del Valle, en mayo de 1859.565 Incluso fue convocada una reunión, en enero de ese último año, entre los mandos militares y los labradores propietarios de fincas de la zona de San Isidro, con la intención de negociar la compra de terrenos a tal efecto.566 Pero finalmente se optó por emprender la demolición completa del monasterio franciscano y de los limítrofes colegios de Santa Balbina y San Bernardo, 564 A.M.A.H., Leg. 616/4. Los planos de estos dos proyectos se conservan en el I.H.C.M., Cartoteca, nº 1.193 (005-239240), Proyecto de un cuartel para dos regimientos de caballería con pabellones para todos sus jefes y oficiales en Alcalá de Henares; y nº 1.247 (097-217-218), Proyecto de un Cuartel para un Regimiento de Caballería. 566 A.M.A.H., Leg. 616/4. 565 338 aprovechando en todo lo posible sus materiales para edificar sobre su solar el dichoso cuartel. Tal decisión pudo estar motivada por la céntrica situación del convento de San Diego y su proximidad al resto de los establecimientos militares de la ciudad. El proyecto del nuevo cuartel de San Diego, realizado por Francisco Javier del Valle, estaba ultimado en el mes de diciembre de 1859.567 Según Virginia Tovar, constituye un destacado testimonio del monumentalismo alternativo de Alcalá de Henares en el siglo XIX, y en ciertos aspectos pueden tener un valor arquitectónico interesante, pero la verdad es que terminaron por liquidar cualquier vestigio que pudiera quedar del monasterio gótico franciscano. Ya hemos comentado la alarma que causó entre la población el comienzo de las obras, con los consiguientes derrumbamientos y la desesperada mediación del arzobispo de Toledo (el ya conocido fray Cirilo Alameda) para obtener del Ministro de la Guerra la interrupción de aquella empresa, tal como pedía en esta carta del 8 de abril de 1859: “Con grande pesar mío acabo de saber que está acordada y aun principiada ya la demolición de parte del venerando templo de S. Diego de Alcalá de Henares con el único fin de agrandar el Cuartel en que se ha convertido aquel antiguo grandioso Convento, cuna de muchos sabios y de no pocos Santos. Varias de sus capillas parece han sido ya derribadas según se me informa en las sentidas esposiciones de varios vecinos de la mencionada Ciudad al rogarme procure por cuantos medios estuvieren a mi alcance que no se demuela un templo objeto de especialísima devoción y aun de veneración muy particular hallándose contiguo a la Iglesia el Panteón o enterramiento de los Religiosos, en donde está el lugar que sirvió de sepulcro al bendito San Diego, al del Beato Julián de S. Agustín, y de otros muchos varones insignes por su saber y por sus virtudes [...] El convento de Alcalá sin tocar a la Iglesia, sin que se profane el panteón, sin que desaparezca la capilla suntuosa de San Diego, hoy cuerpo de guardia, de patronato esclusivo de S. M. la Reina q. D. g. tiene en sí un terreno tan estenso que pudiera darse al Cuartel cuanto desahogo se quisiera sin afligir a los buenos Complutenses, y sin que tuviera yo que lamentar ver por mis propios ojos desaparecer lo que tanto me costó reedificar y embellecer.” 568 El ayuntamiento también se sumó a esa oposición, impidiendo a los obreros que trabajaban en el cuartel la conducción de piedra de cantería por en medio de una serie de terrenos pertenecientes a los Propios de la ciudad, con la intención de dilatar en el tiempo las obras.569 Pero a pesar de los ruegos, la demolición de la residencia monacal se convirtió en una realidad inexorable, de modo que la única esperanza posible fue detener al menos la destrucción de la iglesia y la Capilla de 567 I.H.C.M., Cartoteca, nº 1.192 (005-058-062). A.G.M., 3ª Sección, 3ª División, Leg. 388. 569 A.M.A.H., Libro 133, Actas del 16 y 27 de junio, y 18 de agosto de 1859. 568 339 San Diego. Después de muchas gestiones, el Cardenal Alameda consiguió que se dictase una R.O., fechada el 22 de noviembre de 1859, suspendiendo el derribo de la Capilla de San Diego hasta que se llegara a un acuerdo entre el Arzobispado de Toledo y el Ministerio de la Guerra, respecto a lo más conveniente para el ejército y para la religión. Este acuerdo tardaría más de dos años en producirse, al cabo de arduas negociaciones. Para los militares, la elevada cúpula de la capilla y su linterna no cuadraban con el diseño de la fachada del nuevo cuartel, y además existía cierta prisa por continuar el desarrollo de las obras, así que el Director General de Ingenieros propuso un trueque entre la citada capilla y la iglesia de los jesuitas, que había dejado de ser útil al ejército tras paralizarse las obras de habilitación de la misma como sede del Repuesto de Caballería. La conveniencia de salvar del derribo la iglesia de los jesuitas, por su utilidad para el culto y su valor artístico, pusieron al arzobispo toledano en la difícil situación de elegir entre uno y otro monumento, y al final, muy a su pesar, tuvo que aceptar la demolición de la Capilla de San Diego en 1862.570 Así que en 1863 quedó totalmente derruido el monasterio franciscano de Santa María de Jesús, incluyendo la iglesia y la Capilla de San Diego. En su lugar fue erigido, bajo la dirección de Francisco Javier del Valle, un complejo militar de extraordinaria amplitud formado por el cuartel del Príncipe Alfonso (denominado así a partir de 1870), y el de Lepanto (éste último sobre el solar que correspondía al vecino Colegio de San Bernardo). Pero si comparamos los dos proyectos citados, el del cuartel que quería construirse de nueva planta en las Eras de San Isidro, y el de reforma del antiguo convento franciscano, hubiera sido mejor evitar el segundo. Y ello no sólo por la terrible pérdida ocasionada en el patrimonio artístico complutense, sino porque el primer proyecto tenía una calidad muy superior, capaz de ostentar una impronta monumental en su fachada, y una sugestiva interpretación del clasicismo de orden gigante en el cuerpo de portada, de la que carece por completo el actual Cuartel del Príncipe. El resultado de la reforma se quedó en una pobre regularización de la fábrica, y ni de lejos llegó a articular un vocabulario arquitectónico mínimamente interesante. Después de siglo y medio sometido a usos militares, este inmueble va a ser próximamente rehabilitado por la Universidad de Alcalá, lo cual, indudablemente, volverá a transformar su fisonomía. Con esto terminamos la relación de anécdotas, más o menos negativas, referentes a lo sucedido en los establecimientos religiosos y los colegios universitarios de Alcalá de Henares, a raíz del maremagnum creado tras las desamortizaciones. Como resumen de todo lo expuesto, véanse las siguientes tablasresumen, en las que sintetizo las consecuencias de las desamortizaciones en cada uno de los edificios comentados a lo largo de este capítulo. La relación está orde570 Sobre esto véase DIEGO PAREJA, ob. cit., 1994, pp. 14-16, quien transcribe muy interesantes documentos relativos a este asunto, procedentes del Archivo Histórico Militar. 340 nada alfabéticamente y clasificada de acuerdo a los tres grandes grupos en que dividimos los edificios desamortizados al inicio de esta disertación. 341 EDIFICIOS VENDIDOS A PARTICULARES EDIFICIO FECHA DE ADJUDICACIÓN Colegio de Aragón Cedido a los Mercedarios en 1803. Suprimido en 1843. Colegio de León Colegio de los Manchegos Colegio de San Agustín el Real Colegio de Santa Catalina o de los Verdes Colegio de Trinitarios Calzados Convento de Agustinos Recoletos de San Nicolás de Tolentino Convento de Capuchinos 342 ALTERACIONES EXPERIMENTADAS Uso como convento de Mercedarios Calzados, y después casa de vecindad. LOCALIZACIÓN Y USO ACTUAL Calle de Santiago. Hoy casa de vecindad y local comercial. Cedido a los Basilios Uso como convento de Ba- Calle de Libreros. en 1803. Subastado silios, y después residencia Hoy I.C.E., C.O.I.E. en 1845. particular. Cambios en la y Escuela de Posportada y añadido de un grado de la Univertercer piso a la fachada sidad de Alcalá. principal. Cedido para colegio Uso como colegio de los Calle de Santa Urde los Manriques en Manriques, y después casa sula. Hoy casa de 1803. Suprimido en de vecindad. Demolido vecindad y local 1843. parcialmente en 1848. comercial. Abandonado después Uso como pajar y cuartel. Calle de los Colede 1814. Cedido al Demolido casi completagios. Hoy Juzgados. ejército en 1844 y mente en 1848. Cambios en subastado poco más la fachada de la iglesia y tarde. derrumbe de la cúpula. Suprimido en 1843. Uso como casa de vecindad Calle de Libreros. a partir de 1850. Cambios Hoy casa de vecinradicales en las fachadas y dad y local comeren su interior. cial. Adquirido en 1848. Uso como residencia parti- Calle de los Colecular y Asilo de San Bergios. Hoy sede de la nardino. Demolición de la Fundación “Pablo fachada de la iglesia, alte- Iglesias”. ración del cimborrio y del claustro. Reconstrucción del exterior en 1948. Desamortizado en Uso como residencia parti- Calle de Santiago. 1835. Cedido en 1884 cular, plaza de toros, y Hoy convento de las a las monjas de San convento de las Juanas. Juanas. En restauraJuan de la Penitencia. Demolición del chapitel de ción. la cúpula, expolio de alhajas y pinturas. Cambios en la fachada de la iglesia y en el coro. Subastado en 1842. Uso como residencia parti- Calle de Santiago. cular. Demolición parcial Hoy restaurante “La de la hospedería, las tapias Cúpula”, casa de y otras edificaciones para vecindad y Teatro construir el Teatro Salón Salón Cervantes. Cervantes en 1886. Convento de Gilitos o del Santo Ángel Hospital de San Juan de Dios Subastado en 1842. Pósito de trigo Cedido al ejército en 1855. Subastado en 1860. Suprimido en 1821. Uso como casa solariega y explotación agrícola. Transformaciones diversas. Obras para acondicionarlo como hospital militar y bloque de viviendas. Demolición de la iglesia y parte del edificio. Demolido completamente. Calle del Padre Llanos. Hoy Centro Cultural “Gilitos”. Calle de la Trinidad. Hoy casa de vecindad. Calle de El Empecinado. Hoy desaparecido. EDIFICIOS CONVERTIDOS EN INSTITUCIONES DEL ESTADO EDIFICIO FECHA DE ADJUDICACIÓN Cedido al ejército en 1837, y después al Ministerio de Gracia y Justicia. ALTERACIONES EXPERIMENTADAS Uso como prisión desde 1852. Cambios en la fachada de la iglesia y obras de reforma. Demolido casi completamente en 1882. LOCALIZACIÓN Y USO ACTUAL Colegio de Calle de Santo ToCarmelitas de más. Parcialmente San Cirilo cerrado, salvo la iglesia y otras dependencias utilizadas hoy por la Universidad de Alcalá. Colegio de Cedido al ejército en Uso como prisión desde Calle de los ColeDominicos de 1837, y después al 1852. Cambios en el claus- gios. Hoy en restauSanto Tomás Ministerio de Gracia tro y división de la iglesia ración para instalar y Justicia. en dos alturas por medio de en él un Parador de forjados. Demolición de la Turismo. fachada del colegio en 1890. Colegio de Málaga Suprimido en 1843. Uso como cuartel y vivien- Calle de los ColeCedido al ayuntadas de alquiler, y después gios. Hoy Facultad miento de Madrid en Asilo de San Bernardino y de Historia y Hu1858. Colegio de la Paloma. manidades de la Obras radicales de reforma Universidad de Aldel interior. calá. Colegio del Rey Suprimido en 1843. Uso como casa de vecindad Calle de Libreros. Cedido al Ministerio y oficina de Correos y Te- Hoy sede del Instide la Gobernación en légrafos. Cambios en los tuto Cervantes. 1870. balcones y en el ático de la fachada principal. Convento de Suprimido en 1836. Uso como cuartel. Obras Plaza de Cervantes. Agonizantes Cedido al ayuntaradicales de reforma en el Hoy Casa Consistomiento de Alcalá de interior, cambios en la farial. Henares en 1869. chada y división de la iglesia en dos alturas por medio de forjados. 343 Convento de la Madre de Dios Cedido al ayuntamiento de Alcalá de Henares en 1837. Uso como cárcel del partido y juzgados. Demolición del chapitel de la cúpula en 1882. Cambio de lugar de la portada de la iglesia. Convento de Vendido al ayuntaUso como hospital municimonjas de San miento de Alcalá de pal. Obras radicales de reJuan de la Henares en 1886. forma. Demolición de gran Penitencia parte del edificio y de las tapias de cerramiento. Palacio Arzobispal Expropiado en 1837 y Uso como Archivo General 1855. Cedido a la Central. Obras radicales de Dirección General de rehabilitación y demolicioInstrucción Pública nes parciales. en 1858. Calle de Santiago. Hoy Museo Arqueológico Regional. Calle de San Juan. Hoy “Casa de la Entrevista” y Colegio Público “Cardenal Cineros”. Plaza de Palacio. Hoy Obispado de Alcalá de Henares. EDIFICIOS APROVECHADOS PARA USO MILITAR EDIFICIO Colegio de los Caracciolos FECHA DE ADJUDICACIÓN Cedido al ejército en 1841. ALTERACIONES EXPERIMENTADAS Uso como Parque de Intendencia militar. Transformaciones en la fachada y demolición de la cúpula de la iglesia en 1856. Colegio de los Manriques Cedido al ejército en 1803. Colegio de Mercedarios Calzados Cedido al ejército en 1803. Colegio de Mínimos de la Victoria Cedido al ejército en 1841. Colegio de San Basilio Magno Cedido al ejército en 1803 y de nuevo en 1837. Uso como residencia de la Academia de Ingenieros militares. Luego abandonado y derruido. Uso como parque y hospital Calle de los Colede la Academia de Ingenie- gios. Desaparecido. ros militares. Destrucción casi total en 1810. Posterior demolición de sus ruinas. Uso como hospital y farPlaza de la Victoria. macia militar. Cambios en Hoy Facultad de la fachada del colegio y Económicas de la división de la iglesia en dos Universidad de Alalturas por medio de forja- calá. dos. Uso como sede de la Aca- Calle de los Coledemia de Ingenieros milita- gios. Hoy Centro de res y cuartel de caballería. Estudios Musicales División de la iglesia en de la Universidad de dos pisos por medio de Alcalá. forjados en 1889. Demolición del chapitel de la cúpula y obras de reforma. 344 LOCALIZACIÓN Y USO ACTUAL Calle de la Trinidad. Hoy Facultad de Filología de la Universidad de Alcalá y Teatro Universitario. Calle de los Colegios. Desaparecido. Colegio de San Bernardo Cedido al ejército en 1821 y de nuevo en 1839. Colegio Máximo de Jesuitas Cedido al ejército en 1837. Colegio de la Cedido al ejército en Trinidad Descalza en 1839. Convento del Carmen Calzado Cedido al ejército en 1837. Convento de San Diego Cedido al ejército en 1837. Convento de la Merced Descalza Cedido al ejército en 1839. Demolido completamente Calle de los Coleen 1862 para construir en gios. Desaparecido. su solar el cuartel de caballería de Lepanto. Uso como cuartel del ReCalle de Libreros. gimiento de Zapadores, y Hoy Facultad de posteriormente del Arma de Derecho de la Unicaballería y de infantería versidad de Alcalá. (Cuartel de Mendigorría). Obras radicales de reforma del interior. La iglesia se deslinda en 1862 para el culto. Uso como cuartel, parque Calle de la Trinidad. de intendencia, escuela de Hoy Biblioteca de Cabos, salón de la coman- Literatura Inglesa y dancia y casino militar. sede de otros orgaObras menores de reforma nismos de la Unique lo han mantenido en versidad de Alcalá. buen estado de conservación. Uso como cuartel de caba- Calle de Santa Urllería e infantería. Parte del sula. Hoy Escuela edificio en ruinas hacia de Arquitectura de 1890. Cambios en la facha- la Universidad de da principal y en las porta- Alcalá. En el solar das. Construcción de la de su huerta se halla plaza del mercado en su el Mercado Municihuerta entre 1837 y 1887. pal de Abastos. Uso como cuartel de caba- Plaza San Diego. llería. Demolición total del Desaparecido. Hoy edificio antiguo en 1859. se levanta en su Expolio de todas sus rique- solar el llamado zas, destrucción de la Capi- Cuartel del Príncipe lla de San Diego y desper- Alfonso, ya cedido fectos en el sepulcro de a la Universidad de Carrillo. Alcalá. Uso como Escuela de Equi- Plaza de El Empetación y depósito de semen- cinado. Hoy sede de tales. Demolición de la la Fundación Colecúpula de la iglesia y gragio del Rey. ves transformaciones en las fachadas, el claustro y el resto del edificio. 345 346 CAPÍTULO 4 LA RECONSTRUCCIÓN DEL PATRIMONIO ARQUITECTÓNICO DE ALCALÁ DE HENARES 1. DESARROLLO DE LA RESTAURACIÓN MONUMENTAL EN ESPAÑA Restaurar significa volver a poner una cosa en el estado o estimación que tenía antes, según su aspecto original. En el mundo del arte se considera arreglar los daños que pueda haber sufrido una obra o monumento, con el fin de devolverle tanto su belleza inicial como su valor documental, en resumen, su propia condición como obra de arte. Cesare Brandi postula que sólo aquellos objetos a los que se atribuye mérito artístico son dignos de ser conservados y restaurados, porque son portadores de valores culturales y a la vez testimonios del pasado histórico, y ambos aspectos deben ser transmitidos a las generaciones futuras como elementos significativos de nuestro patrimonio. Por eso matiza que la restauración debe ser entendida como el “restablecimiento de la unidad potencial de la obra de arte, con tal que esto sea posible sin cometer un falso artístico, y sin cancelar cada huella del tránsito de la obra de arte en el tiempo”.571 De este concepto se deduce un deseo expreso de reconocer y restituir los valores intrínsecos de la obra de arte, es decir, los que pertenecen a su diseño original;572 por consiguiente, en esa tarea será necesario discriminar las adiciones, desperfectos o alteraciones que hayan podido introducirse en dicha obra con posterioridad y hayan trastocado sus valores intrínsecos. Así, el primer problema que presenta la restauración es fijar con exactitud cuál debería ser la imagen más auténtica o la que mejor corresponde a los valores originales de la obra, o sea, aquella que habría que restaurar por encima de otras que, siguiendo este criterio valo571 BRANDI, C.: Teoría de la restauración. Madrid, 1989, p. 14. Utilizamos aquí la palabra “diseño” en sentido amplio, como el concepto o idea con que fue inventada una obra de arte, lo cual no se refiere tan sólo al dibujo o proyecto original del artista, sino también al universo iconológico que inspiró su proceso creativo en un contexto sociocultural determinado. 572 347 rativo, podrían ser relegados como alteraciones o añadidos superfluos. Decimos que es un problema porque la realidad de las obras de arte es que, en muchas ocasiones, han llegado hasta nosotros complementadas por sucesivas intervenciones cuya importancia histórica es evidente, por la época en que tuvieron lugar, por los mecenas y artistas que participaron en ellas, por las connotaciones políticas o socioculturales que las motivaron, etc. ¿Deberían ser eliminadas entonces? Hoy en día parece comúnmente aceptado el criterio de Brandi acerca del valor documental de las obras de arte, o sea, la capacidad que tienen para mostrar sus diferentes fases creativas, identificables como hechos documentados. Esas fases aluden a los cambios producidos en el desarrollo histórico de la cultura y la estética, según haya sido la visión que tuvieron de las obras de arte las distintas sociedades con las que se relacionaron, de ahí su importancia. Atendiendo a ese carácter testimonial de los monumentos, restauradores como Luca Beltrami ya defendieron la necesidad de asegurar la consistencia de todas sus partes, con la intención de legar a las generaciones venideras la posibilidad de conocer cada una de sus etapas creativas, bien diferenciadas. Lamentablemente no siempre se ha seguido el mismo criterio y, en el transcurso de muchas restauraciones, con frecuencia se han suprimido partes muy notables de una obra de arte; su desaparición provoca siempre una pérdida importante del conocimiento reunido acerca de esa obra, pero además atenta contra el valor estético que puedan tener ya de por sí, aprobado o menospreciado según las modas, los cambios sociales, el devenir de los tiempos, etc.573 El segundo gran problema que presenta la restauración monumental, se refiere a la forma en que se produce su propio desarrollo o puesta en práctica. Con relación a este punto hay que apuntar cuatro grandes factores que influyen notablemente no sólo en los modos, sino también en los resultados: 1º. EL OBJETIVO DE LA RESTAURACIÓN, que aparece siempre ligado al valor de uso que quiera dársele a la obra en la cual se interviene. Desde esta óptica adquiere gran importancia el concepto de rehabilitación, que alude no sólo al esfuerzo por restablecer las cualidades estéticas y documentales del monumento, sino también al interés por encontrar un nuevo destino o función para el mismo, devolviéndole su efectividad como infraestructura, recurso turístico, objeto decorativo, etc. 2º. EL TRASFONDO IDEOLÓGICO QUE MOTIVA LA RESTAURACIÓN, que a veces viene justificado por el deseo de regenerar ciertos valores o ideas, que el monumento en cuestión ejemplifica como sím573 Atendiendo al respeto que merece el valor documental de las obras de arte, los dilemas que se le presentan al restaurador son constantes: ¿por qué deben quitarse los taparrabos que cubrieron, con posterioridad a la obra de Miguel Ángel, algunas figuras de los frescos de la Capilla Sixtina, y no debe sacarse del presbiterio románico de la Catedral de Santo Domingo de la Calzada, el retablo renacentista de Damián Forment? La solución a estos dilemas vuelve a ser de tipo valorativo, se da prioridad a unas cosas sobre otras y no siempre se acierta. Delimitar con precisión, desde el consenso de todos los especialistas, los criterios empleados para hacer tales valoraciones, ayudaría mucho a decidir lo más adecuado para cada monumento y cada situación. 348 bolo. En ocasiones incluso, esta regeneración simbólica parte de un planteamiento nacionalista, por medio del cual la restauración de una obra de arte pretende recuperar algunos elementos socioculturales especialmente significativos de la idiosincrasia de un pueblo o un país; es el caso de la restauración de Notre-Dame de París realizada por el arquitecto Viollet-le-Duc en el siglo XIX. 3º. EL CONOCIMIENTO REUNIDO ACERCA DEL MONUMENTO, que seguramente es la mejor herramienta para comprender sus valores intrínsecos; cuanta mayor información logre adquirirse sobre las cualidades estéticas y documentales de una obra de arte, más fácil será restablecer su aspecto original y emitir un diagnóstico más acertado sobre lo que debe hacerse y lo que no. En palabras de Brandi, el proceso restaurador se define no tanto por la intervención material sobre la obra de arte, sino por la actitud crítica previa a ella, a partir de la lectura interpretativa de los aspectos históricos y estéticos del monumento en el que se va a intervenir; desde esta perspectiva, el juicio de valor que se emita sobre la calidad estética y documental del monumento estará mucho más fundamentada. Desgraciadamente, con mucha frecuencia se han practicado malas intervenciones restauradoras por no tener conocimientos artísticos suficientes, por no contar con los historiadores, o por basarse en apreciaciones tremendamente ignorantes, reduccionistas o sesgadas, no sólo en épocas en las que esto era habitual sino incluso en fechas bien recientes. 4º. LOS MEDIOS TÉCNICOS CON QUE SE HACE LA RESTAURACIÓN, que pueden aumentar la calidad de las intervenciones gracias a una mayor capacitación de los profesionales, el desarrollo tecnológico de las herramientas de trabajo, o el empleo de nuevos recursos científicos con los que acometer el estudio y reparación de las obras de arte. El progreso de los tiempos, y la posibilidad real de aplicar estos avances, influirán en el modo en que se realiza y en los resultados de la restauración, según cada caso. El último problema básico de la restauración es la necesidad de evaluar con exactitud hasta qué punto es necesario intervenir en la obra de arte para devolverla a su estado original; en otras palabras, cuáles deben ser los límites que frenen la actuación del profesional encargado de la restauración, para que el resultado de la misma no pretenda otra cosa que volver a dejar la obra en su estado original. Es ésta una honda preocupación entre los críticos e historiadores, que en repetidas ocasiones se han manifestado sobre el particular parafraseando el lenguaje médico, al decir que toda intervención es traumática y que deja secuelas. Decía José Gudiol que un monumento restaurado adquiere algo de la personalidad de su restaurador, tanto que a veces llega a olvidar incluso su realidad original; cuando esto sucede censuramos la restauración por entender que falsea o pervierte la 349 imagen auténtica del monumento, reconstruyéndolo como nuevo. La crítica será todavía más severa cuando el restaurador manifieste una falta de oficio o incapacidad técnica tal, que provoque la degradación de la obra. El grado de respeto o fidelidad al aspecto original del monumento, así como la progresiva adquisición de una serie de elementos teóricos y herramientas técnicas, que fundamenten las intervenciones con mayores garantías, son los dos argumentos que han marcado la evolución de la restauración monumental en Europa, desde el siglo XVIII hasta la actualidad. Esta práctica restauradora vino unida a un interés cada vez mayor por la tutela y la conservación del patrimonio histórico, que se manifestó en un progresivo nivel de sistematización de los estudios artísticos, desde el pintoresquismo romántico de la primera mitad del ochocientos, hasta las investigaciones más teóricas y científicas de la frontera del siglo XX. La preocupación por la conservación de nuestro legado cultural trajo consigo la denuncia del abandono y la destrucción a que estaban siendo sometidos muchos de nuestros edificios antiguos, así como el peligro de expolio a que estaban sometidas las obras de arte mueble. Y esto tuvo como consecuencia el deseo consciente de salvar o recuperar dichos monumentos. Así por ejemplo, los hallazgos arqueológicos del setecientos, principalmente en Pompeya y Herculano, fomentaron una fructífera vía de investigación acerca de los medios más adecuados para consolidar y conservar las antigüedades descubiertas. Con ese fin se desarrollaron diversos experimentos sobre las técnicas pictóricas conducentes a obtener nuevos pigmentos, colas y aglutinantes, que garantizasen la pervivencia de muchos frescos extraídos del muro y trasladados a lienzo. La exposición de estas pinturas como piezas de museo, provocó igualmente un estudio sobre el comportamiento fisicoquímico de los ingredientes empleados en dichos procesos, así como un análisis de las condiciones medioambientales que resultaban más favorables para su conservación. También se intentaron imitar las técnicas artísticas, la utilización de materiales y hasta la forma en que tenían lugar los procesos creativos en la Antigüedad, todo lo cual nos habla de una seria preocupación por la protección de los vestigios histórico-artísticos. En el caso de la arquitectura, hay que citar los nombres de Winckelmann, Piranesi o Milizia, cuya dedicación al estudio de los edificios griegos y romanos tuvo como consecuencia que se prestase una mayor atención para su preservación, dando origen al concepto de restauración monumental en sentido moderno. En los primeros años del siglo XIX, artistas notables como Canova, Valadier, Camporesi o Stern reconstruyeron muchos monumentos de la antigua Roma, como el Colisseo, o los arcos de Tito y Constantino, aplicando técnicas bastante rigurosas de tradición arqueológica, como la anastilosis y la reintegración.574 Sin 574 Se entiende por anastilosis la recomposición de un edificio en ruinas llevada a cabo con fragmentos arqueológicos hallados en el mismo lugar en el que se encuentra, y de acuerdo a los principios arquitectónicos que estaban en vigor en la época de la construcción de dicho edificio. Por su parte, la reintegración consiste en volver a incorporar a la estructura original de la obra de arte aquellas partes que le pertenecen pero que se hallan desprendidas; en ocasiones no se cuenta con la pieza desprendida auténtica porque se ha perdido o destruido, pero gracias al estudio analítico o documental de la obra de 350 embargo, algunos edificios históricos se encontraban tan dañados por el paso del tiempo o el menoscabo sufrido, que a veces los restauradores se plantearon reconstruirlos casi por completo, imitando el estilo del original; un ejemplo de este tipo de reconstrucción “en estilo” fue el de la basílica de San Pablo Extramuros, que había sido casi totalmente destruida por un incendio en 1823. Las teorías restauradoras del siglo XIX son en gran medida herederas de los planteamientos arriba enunciados, si bien adquirieron otras características más propias del contexto sociocultural en el que se desarrollaron. Primeramente, se avanzó mucho en la formación de los profesionales dedicados a estas tareas, para los cuales fueron publicados diversos manuales y tratados, al tiempo que se desarrollaban cursos y se articulaban contenidos sobre la materia en las academias e instituciones especializadas. En cierta medida lo que se pretendía era evitar las dudas y sospechas que se habían ido acumulando sobre la figura del restaurador, cuya labor parecía poco científica, realizada con nociones puramente empíricas, desarrollada con cierto secretismo y sometida a las exigencias de los coleccionistas. La mejor cualificación de los profesionales, y el control ejercido por algunos organismos como las academias de bellas artes, otorgaron un carácter más científico a las intervenciones, cuyo resultado ganó en calidad técnica. En segundo lugar, fue sistematizándose cada vez más la normativa legal encaminada a proteger las antigüedades del expolio o la destrucción. Aunque, como hemos visto en los capítulos precedentes, éste fue un proceso enormemente dilatado en el tiempo, y que no siempre logró sus propósitos, sí debemos admitir que supuso un esfuerzo considerable de regulación de las relaciones entre la sociedad y sus bienes culturales. La legislación también afectó al modo en que debían llevarse a cabo las obras de restauración, cuya contrata fue en muchas ocasiones sacada a concurso público bajo unas condiciones metodológicas, materiales, cronológicas y presupuestarias minuciosamente detalladas. Con ello se ganó en transparencia y se hizo un importante esfuerzo por documentar las intervenciones, priorizando las más necesarias y fundamentando la forma de proceder en cada caso por medio de planos, dibujos, fotografías, estudios de diagnóstico, excavaciones arqueológicas, investigación en archivos, memorias descriptivas, etc. Por último, hay que hablar del contexto concreto que motivó la ambiciosa política de restauración de monumentos, producida en el siglo XIX. Existe una curiosa coincidencia interpretativa cuando el concepto de restauración se aplica a las obras de arte y a la política; en ambos casos se pretende regenerar tanto moral como materialmente una serie de valores del pasado, de gran significación para la sociedad. Así, en ocasiones la reconstrucción de monumentos corre paralela a la reinstauración de un régimen político concreto, por la connotación simbólica que lo histórico tiene para el nuevo gobierno. La restauración de catedrales góticas, arte se conocen sus características exactas, así que se opta por reconstruirla tal cual debía ser pero con una técnica o material distinto al del resto de la obra, con el fin de diferenciar la parte original de la restaurada. Ambos procesos, anastilosis y reintegración, surgen de una conciencia profundamente respetuosa y científica para con los monumentos antiguos. 351 ciudades amuralladas, castillos y monasterios medievales efectuada en Francia a mediados del ochocientos, coincidió con un deseo de restablecimiento de la monarquía, y de configuración de una cultura nacional que había sido destruida por la Revolución de 1789. Otro ejemplo: al finalizar la Guerra Civil en nuestro país, la rehabilitación del Alcázar de Toledo se convirtió prácticamente en una razón de Estado, ya que fue una forma de homenajear a los caídos por el bando franquista durante la contienda, al tiempo que el valor icónico de este monumento conformaba el nuevo estilo de la arquitectura de poder del régimen, la recreación del arte de la España Imperial. − La teoría conservadora de John Ruskin Seguramente fue el historicismo romántico el movimiento que más impulsó la revalorización del pasado en el siglo XIX, ya que fue en ese contexto en el que se iniciaron los primeros estudios más o menos rigurosos sobre la Historia del Arte, así como la puesta en marcha de proyectos dedicados a la restauración de monumentos antiguos. Hasta el Romanticismo, cuando se tenía que arreglar un edificio se le añadía sin más un elemento arquitectónico o decorativo hecho de nuevas, en el estilo de ese momento. A veces incluso se pretendía “embellecer” la imagen del monumento anteponiéndole una fachada o ciertos componentes modernos, sobre todo de raíz neoclásica. El Romanticismo se interesó por comprender los estilos históricos, sobre todo los denostados románico y gótico, y teorizó sobre la conveniencia de recomponer las partes dañadas de los edificios según su estilo original. Esta conciencia historicista vino unida, con frecuencia, a un sentimiento de revivificación nacionalista, que tuvo gran importancia para la difusión de una nueva sensibilidad hacia aquellos elementos que conformaban el patrimonio cultural de una población. De este planteamiento surgieron las dos grandes teorías de la restauración arquitectónica, defendidas prácticamente hasta principios del novecientos: la conservadora y la intervencionista. Las dos tienen un trasfondo igualmente romántico e historicista, pero se materializaron de forma muy distinta. Unos pensaron que la restauración podía utilizarse como un medio para conservar el monumento y lograr su permanencia en el tiempo, con la intención de mostrar su valor documental, así que prestaron especial atención a la huella de la Historia sobre él (pátinas, añadidos posteriores, restauraciones previas, etc.); otros, en cambio, dieron mayor importancia al valor artístico del monumento, y prefirieron reconstituir el proyecto original del mismo, como expresión genuina de una época determinada o del proceso creativo del artista.575 Esta diferencia de opinión dio 575 Sobre la formación de estas dos teorías restauradoras véanse entre otros MONEO VALLÉS, R. - SOLÁ MORALES, I.: Apuntes sobre Pugin, Ruskin y Viollet-le-duc. Barcelona, 1975; CAPITEL, A.: Metamorfosis de monumentos y teorías de la restauración. Madrid, 1988; MARAMOTTI, A.L.: La materia del restauro. Milán, 1993; MACARRÓN MIGUEL, A.Mª.: Historia de la conservación y la restau- 352 lugar a enconadas polémicas acerca de los criterios que debían seguirse en cada caso, polémicas que se hicieron eco en la vida pública de la época a través de numerosos artículos en revistas especializadas y encendidas críticas en los periódicos.576 Los partidarios de la conservación pura o el anti-intervencionismo siguieron las teorías del inglés John Ruskin, dibujante, escritor, poeta y crítico de arte vinculado al Romanticismo y al Prerrafaelismo. Ruskin pensaba que el valor más auténtico de un edificio no estaba en la riqueza de sus materiales ni en su belleza arquitectónica, sino en su historicidad. Para él un monumento era como un ser vivo, y tenía un ciclo biológico que abarcaba desde su nacimiento hasta su desarrollo y muerte final. La postura de Ruskin ante la obra de arte era así de mística contemplación, especialmente si se trataba de ruinas antiguas, pues éstas representaban, aparte de su pintoresquismo y su carácter evocador, el momento de mayor proximidad del monumento a la propia naturaleza.577 Por eso defendió un respeto absoluto (casi religioso) a los edificios, y fue contrario a cualquier tipo de restauración, porque ésta podía suprimir la pátina de antigüedad de las fábricas y superficies, o borrar alguna de las fases constructivas que documentaban su significación histórica. Como alternativa postulaba la conservación preventiva, la consolidación de las ruinas si el estado de degradación estaba muy avanzado, o incluso la preparación de una “muerte digna” para el monumento, si es que llegado el caso ésta era inevitable. Y en cualquiera de los casos abogaba por la conservación “in situ”, atendiendo a los factores medioambientales que resultaban más favorables, pero sin trasladar o extraer la obra de arte de su contexto original, pues era preferible... “...contar las piedras como se haría con las joyas de una corona; poner centinelas a su alrededor, como se haría con las puertas de una ciudad asediada; zuncharlo por donde empezara a debilitarse; estabilizarlo con puntales por donde se inclina, sin considerar en la fealdad del soporte, pues ello es preferible a un elemento o miembro perdido; hacerlo permanecer en pie reverentemente y continuamente y muchas generaciones nacerán y pasarán bajo su sombra. Al final llegará su hora y que ningún deshonroso y falso añadido lo prive del oficio fúnebre del recuerdo.” 578 Ésta es la base del concepto de “restauración romántica”, adelantado por la literatura inglesa de la década de 1830. Dicho concepto propugnaba el carácter ración. Madrid, 1997; GONZÁLEZ-VARAS IBÁÑEZ, I.: Conservación de bienes culturales: teoría, historia, principios y normas. Madrid, 1999; y MARTÍNEZ JUSTICIA, Mª.J.: Historia y teoría de la conservación y restauración artística. Madrid, 2000. 576 Una buena colección de documentos de este tipo en ISAC, A.: Eclecticismo y pensamiento arquitectónico en España. Discursos, Revistas, Congresos (1846-1919). Granada, 1987. 577 Véase MARCHÁN FIZ, S.: “La poética de las ruinas, un capítulo casi olvidado de la historia del gusto”, Fragmentos, nº 6, 1985, pp. 4-15; y RIEGL, A.: El culto moderno a los monumentos. Madrid, 1987, p. 51. 578 RUSKIN, J.: Las siete lámparas de la arquitectura. Barcelona, 1997, cap. VI. 353 excepcional de las obras del pasado, y más que articular una metodología restauradora concreta, ejemplificaba una toma de postura frente a los monumentos que sería continuada por instituciones como la “Society for the Protection of Ancient Building” (1877) de William Morris. Las obras de arte, en definitiva, pertenecen sólo a sus creadores, los artistas, y nosotros no tenemos derecho a hacer nada más que admirarlas y contemplar su decadencia, porque no nos pertenecen. Los partidarios de esta corriente distinguían claramente la veracidad histórica del monumento (por eso el valor que concedían a la pátina), respecto de la reconstrucción ideal que su imaginación podía forjarse de él, la cual se remitía en muchas ocasiones al universo literario de Walter Scott, Víctor Hugo o Chateaubriand. Pero al margen de actitudes, hay que admitir que el criterio de la consolidación, y esa atención específica a las condiciones medioambientales que rodean a las obras de arte, fueron ambos de una extraordinaria modernidad para la época, hasta el punto de que hoy han sido comúnmente aceptados por todas las corrientes restauradoras. En España, aparte de historiadores como Rodrigo Amador de los Ríos y Manuel Gómez Moreno, el núcleo más favorable a la conservación se reunió en torno a la Institución Libre de Enseñanza, donde Fernando Giner de los Ríos y Juan Facundo Riaño impulsaron una fuerte conciencia de respeto a los monumentos antiguos, criticando las restauraciones que por su excesivo celo falsificaban la realidad documental de las obras de arte. Sin embargo, no llegó a existir una práctica restauradora ruskiniana hasta bien entrado el siglo XX, porque la actitud de los arquitectos siempre fue más favorable a la creatividad personal. En todo caso, ese afán anti-intervencionista de Ruskin respondía al mejor estado de conservación de los monumentos ingleses frente a los de otras geografías más afectadas por guerras y revoluciones, como Francia. − La teoría intervencionista de Viollet-le-Duc En Francia, el vandalismo revolucionario de 1789, las guerras contra Bonaparte, la Desamortización, y otras situaciones habían provocado un deterioro muy notable del patrimonio cultural, de modo que la restauración de monumentos adquirió un sentido más positivista. El gran representante de esta corriente, denominada intervencionista, es el arquitecto francés Viollet-le-Duc, quien se mostraba a favor de la actuación sobre las obras de arte, no sólo para frenar su degradación, sino también para repararlas e incluso rehacerlas íntegramente con el fin de mejorarlas si era posible. Viollet-le-Duc buscaba la perfección formal del edificio (su “forma prístina”) de acuerdo con sus características arquitectónicas, de resultas que a veces veía necesario adivinar las partes desaparecidas, o las que no llegaron nunca a terminarse, y reconstruirlas a partir de la unidad estilística que proporcionaba el análisis del resto de la obra. 354 Siguiendo el argumento de que “restaurar un edificio significa restablecerlo en un grado de integridad que pudo no haber tenido jamás”, el arquitecto inventó y edificó completamente de nuevas la flecha que remata el crucero de la catedral de Notre-Dame, en París, así como gran parte de las estatuas que decoran sus puertas y la Galería de Reyes de la fachada principal. Otras restauraciones efectuadas “en estilo” por Viollet-le-Duc tuvieron lugar en la Sainte Chapelle de París, las catedrales de Clermont-Ferrand y Amiens, las abadías de Vezelay y Saint Denis, la iglesia de San Saturnino de Toulouse, y las ciudades amuralladas de Carcassonne y Pierrefonds. Esa actitud súper intervencionista partía del convencimiento de que el restaurador era el heredero espiritual del trabajo desarrollado por el autor original del monumento, y por eso estaba legitimado para reconstruirlo en el mismo estilo: “cuando se deban añadir partes nuevas aunque no hayan existido nunca, es preciso situarse en el lugar del arquitecto primitivo y suponer qué cosa haría él si volviera al mundo y tuviera delante de si el mismo problema”. De esta forma se establecía una especie de continuo en el proceso creativo de la obra de arte, según el cual las intervenciones realizadas en tiempo histórico y en tiempo presente formaban parte de un mismo proyecto.579 Esto es bastante comprensible en el caso de algunos monumentos arquitectónicos, como las catedrales, que por su grandiosidad habían quedado inacabados y en el siglo XIX se planteó su terminación. La consideración de muchos de esos monumentos como elementos significativos del patrimonio cultural, o incluso como símbolos nacionales, justificaba dicha terminación y la hacía perfectamente lógica en aquel contexto romántico e historicista. Un caso claro fue la restauración de Pierrefonds, que obedeció a un encargo personal del emperador Napoleón III, en 1857, con la pretensión de hacer este castillo nuevamente habitable como residencia real y símbolo de la restauración del absolutismo. Los partidarios de Viollet-le-Duc valoraban la capacidad mimética del restaurador, o sea, su facilidad para rehacer los fragmentos desaparecidos o destruidos en un estilo exactamente idéntico al original. Se trata, en fin, de una postura típica del revival, muy relacionada con la concepción historicista típica de la arquitectura decimonónica, según la cual el momento presente y el pretérito se superponían sin diferenciarse uno del otro. Esta metodología restauradora tuvo como consecuencia que muchas catedrales y monasterios fueran completados en estilo neogótico, hasta un punto en el que no es fácil distinguir la creación original de época medieval y la reconstrucción realizada en el siglo XIX.580 Aunque hoy nos parece una verdadera aberración, y ya en aquella época despertó grandí579 VIOLLET-LE-DUC, E.E.: Dictionnaire raisonné de l'architecture française du XI èm au XVI èm siècle. París, 1868; véase también DOMÉNECH ROURA, P.: “A propósito de Viollet-le-Duc (18141879)”, Cuadernos de Arquitectura, nº 4, 1946, pp. 3-15. 580 Véase ARGAN, G.C.: El pasado en el presente. El revival en las artes plásticas, la arquitectura, el cine y el teatro. Barcelona, 1977, p. 14. 355 simas críticas, el intervencionismo logró numerosos adeptos no sólo en Francia sino también en el resto de Europa. En España fue la corriente restauradora que más se desarrolló, lo que provocó graves alteraciones en la fisonomía original de nuestro patrimonio arquitectónico, sobre todo el de época medieval. Así, a partir de 1848 Rafael Contreras recreó multitud de paneles de yesería en la Alhambra de Granada, logrando “confundir las restauraciones con la obra antigua, hasta el extremo que sin un conocimiento especial no es fácil distinguir lo viejo de lo nuevo, quedando sólo al dominio de los muy versados investigadores la clasificación de unos y otros”. Poco más tarde, en 1859 comenzaron las obras de apeo y reconstrucción del brazo sur del crucero de la catedral de León, siguiendo un proyecto de Matías Laviña Blasco primero, y Juan de Madrazo después. Entre 1881 y 1888 Arturo Mélida completó las partes arruinadas del claustro de San Juan de los Reyes en Toledo, incluyendo estatuas y remates neogóticos, así como una techumbre neomudéjar en el piso alto, que asimiló a la obra original como si se tratase de un artista del taller de Juan Guas. En 1882, Josep Oriol Mestres también rehizo “en estilo” la fachada principal de la catedral de Barcelona, hasta entonces inexistente, en una intervención muy similar a la ejecutada por Emilio de Fabris en el Duomo de Florencia. Finalmente, entre 1895 y 1901 el arquitecto Manuel Aníbal Álvarez desmontó y reconstruyó desde sus cimientos la iglesia de San Martín de Frómista, dándole una apariencia tan pulcra y homogénea, no sólo en su arquitectura sino también en sus elementos escultóricos, que muchos autores prefieren catalogarla hoy como obra neorrománica. En fin, son sólo algunos ejemplos de restauraciones excesivas aplicadas en nuestro país en el siglo XIX.581 La mayoría de estas intervenciones estuvieron motivadas por un fuerte componente romántico-nacionalista, que pretendía reeditar los signos visibles de nuestra identidad cultural, en ocasiones ligado a sugestivas referencias históricas que justificaban la importancia y/o la necesidad de acometer tamaños esfuerzos (económicos, políticos, teóricos, constructivos, etc). Resulta especialmente revelador a este respecto, la restauración efectuada por Elías Rogent en el derruido monasterio de Santa María de Ripoll, entre 1886 y 1893. El arquitecto catalán hizo un proyecto de iglesia nueva de cinco naves, con cimborrio y bóvedas de cañón, que obviaron cualquier referencia histórica o estilística al monumento en cuestión, resultando un neorrománico de inspiración libresca ligeramente parecido al de San Pere de Roda, Sant Martí de Canigó o San Miguel de Cuxá. Sin embargo, la imagen del templo restaurado cuadraba muy bien con el pretendido estilo nacional catalán de finales del ochocientos, imbuido de misticismo cristiano y Sobre estas obras véase respectivamente, ÁLVAREZ LOPERA, J.: “La Alhambra entre la construcción y la restauración”, C.A.U.G., vol. XIV monográfico, 1977; GONZÁLEZ-VARAS IBÁÑEZ, I.: La Catedral de León. Historia y Restauración (1859-1901). León, 1993; NAVASCUÉS PALACIO, P.: “Bécquer y San Juan de los Reyes”, Descubrir el Arte, nº 17, julio 2000, pp. 96-98; FLORENSA, A.: La fachada de la Catedral de Barcelona (1887-1913). Catálogo de la exposición, Barcelona, 1968; y GÓMEZ MORENO, M.: El arte románico español. Madrid, 1934. 581 356 realizado de acuerdo a un plan organicista y racional, que representaba a la perfección los valores de la burguesía industrial de la región; por ello sería profusamente imitado en edificios posteriores, no necesariamente religiosos, como fábricas o estaciones de ferrocarril.582 Entre los principales teóricos defensores del intervencionismo en España estuvieron Ricardo Velázquez Bosco y Vicente Lampérez. El primero introdujo numerosos elementos inventados “en estilo” en sus restauraciones de la Mezquita de Córdoba, Medina Azahara y la Alhambra de Granada, lo mismo que en la catedral de Burgos, donde completó la aguja de la torre derecha y el claustro. En cuanto a Lampérez, se le recuerda sobre todo por la novedosa construcción de la fachada de la catedral de Cuenca, aunque también nos dejó destellos de su inventiva neogótica en la Casa del Cordón de Burgos, y en la catedral de esta mima ciudad, donde trabajó continuando el programa de Velázquez Bosco. Ambos autores entendieron que la finalidad de la restauración era terminar las construcciones inacabadas, o corregir sus alteraciones conforme a una práctica arquitectónica que se consideraba tan válida como la original. Lampérez justificaba la terminación de las obras inacabadas según la clasificación que hacía de monumentos “vivos” y “muertos”, entendiendo que los segundos no tenían ninguna aplicación, mientras que los primeros seguían utilizándose y por eso era necesario adecuarlos a las necesidades actuales completándolos. Todo ello ha sido repetidamente criticado no sólo en la actualidad, cuando los criterios restauradores han evolucionado y son mucho más comedidos, sino también en la misma época en que se realizaron dichas intervenciones, cuando fueron tachados de falsos históricos tanto por los románticos ruskinianos como por los científicos, arqueólogos e historiadores.583 − Las Comisiones de Monumentos y los primeros esfuerzos por controlar la restauración de las obras de arte en España La lista de despropósitos que acabamos de enumerar forzosamente llamó la atención de algunos eruditos que, desde una perspectiva más moderada y objetiva, clamaron por un mayor rigor restaurador. Ya en el primer tercio del siglo XIX, Victor Hugo denunció el estado de degradación en que se hallaban muchos monumentos góticos franceses, por culpa del vandalismo y la destrucción revolucionaria tanto como por la desmedida intervención de algunos arquitectos, que atentaban contra su aspecto original bajo el pretexto de restaurarlos. Gracias a la labor sensibilizadora de estos críticos fue introduciéndose un control cada vez 582 Véase ROGENT, E.: La arquitectura cristiana de Cataluña y la aurora de su renacimiento en la segunda mitad del siglo XIX. Barcelona, 1857; FLORENSA, A.: “Un arquitecto catalán medievalista: Elías Rogent”, R.N.A., nº 99, 1950, pp. 139-142; y HEREU PAYET, P.: L’Arquitectura d’Elias Rogent. Catálogo de la exposición. Barcelona, 1986. 583 Véase VARIOS: Ricardo Velázquez Bosco. Catálogo de la exposición. Madrid, 1991. 357 más exhaustivo para asegurar la correcta conservación de las obras de arte. El organismo que mejor desarrolló esta misión en España fue seguramente la Comisión Central de Monumentos, con sus respectivas delegaciones provinciales. Las Comisiones de Monumentos no aparecieron en nuestro país hasta 1844, y siguieron el modelo precedente de la Commission des Monuments Historiques de Francia, creada en 1837, y del Comité para los Monumentos fundado en Inglaterra en 1841. En 1857, la Comisión Central de Madrid fue absorbida por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y fueron reglamentadas de manera más precisa las competencias de las comisiones provinciales, que fueron las siguientes: - Dar noticia de la existencia de edificios históricos, así como del descubrimiento de antigüedades y adquisiciones de objetos artísticos o arqueológicos que se produzcan en las respectivas provincias, y sean dignos de conservarse. - Dirigir los trabajos y exploraciones que tuviesen por objeto recobrar los documentos, lápidas, libros, códices, cuadros, estatuas, medallas y demás objetos preciosos, literarios y artísticos, que correspondieron a las casas religiosas suprimidas o que estuvieran extraviados por las provincias, reclamando para el Estado los que hubiesen sido sustraídos y los que pudieran descubrirse. - Reconocer frecuentemente el estado de los monumentos públicos, y dar parte al gobernador y a la Comisión Central de los deterioros que en ellos se advirtiesen, procurando su pronta reparación. - Someter a examen y apreciación, e incluso reclamar ante el gobierno, aquellas restauraciones que desfigurasen el carácter y las formas de las obras monumentales, propiedad del Estado o de los pueblos, que se hallasen confiados al cuidado de las Comisiones. - Vigilar la conservación de los panteones de los reyes y de los hombres célebres o de familias ilustres, y promover la restauración de los que se hallasen en estado ruinoso, o cuando menos trasladar sus restos a un lugar donde estuvieran con el conveniente decoro. - Formar catálogos, descripciones y dibujos de los monumentos y antigüedades que no pudieran ser trasladados, o que debieran quedar donde existían, y también de las preciosidades artísticas que por hallarse en edificios que conviniese enajenar o que no pudieran conservarse, mereciesen ser transmitidas de esta forma a la posteridad. - Cuidar de los museos y bibliotecas provinciales, aumentar estos establecimientos, ordenarlos y formar índices o catálogos metódicos de los objetos que encerrasen. - Crear archivos con los manuscritos, códices y documentos que se pudieran recoger, clasificarlos e inventariarlos, coadyuvando a la ampliación y la mejoría de estos establecimientos si se hallasen ya planteados. 358 - Indicar al gobierno, por conducto de la Comisión Central, aquellas investigaciones y diligencias que creyesen oportunas para el descubrimiento de cualquier objeto de la propiedad del Estado, que pudiese interesar a las artes o a la historia, y suministrarle a tal fin cuantas noticias se les pidiera.584 Así pues, entraban dentro de las competencias de estas comisiones, labores de prospección y recogida de antigüedades procedentes de yacimientos arqueológicos o edificios históricos, con el fin de trasladarlos a museos, archivos u otros sitios que garantizasen mejor su conservación, así como el estudio, dibujo y catalogación de dichos objetos. Posteriormente se extendía la misión de vigilar los sepulcros de dignatarios famosos, a controlar la restauración de los monumentos y obras de arte, denunciando las intervenciones incorrectas o su nivel de deterioro, aunque con poco éxito la mayoría de las veces. Por último, se sobreentiende que este afán de protección de los bienes culturales de la nación pretendía impedir sobre todo su destrucción o expolio, evitando el derribo de edificios históricos, el robo de antigüedades o su exportación ilícita. Concretando en Alcalá de Henares, los primeros intentos dirigidos a catalogar el patrimonio histórico vinieron precisamente de la Comisión Central de Monumentos. Nada más constituirse en 1844, este organismo intentó cuantificar la riqueza artística de España por medio de un “interrogatorio” o cuestionario, que envió a todas las localidades del país para que lo rellenasen y remitiesen de vuelta a la Academia de San Fernando. El citado interrogatorio era un cuadernillo con una lista de preguntas muy descriptivas, seguidas de un breve espacio en el que podían escribirse las respuestas (sólo afirmativas o negativas, o como mucho contestando una cifra). Semejante nivel de simplicidad se justificaba en el convencimiento de que las autoridades locales adolecían de una total falta de formación artística o arqueológica. Estaba dividido en cuatro grandes apartados dedicados a los monumentos romanos (junto con los yacimientos arqueológicos de épocas más antiguas), medievales, árabes y del Renacimiento. El Barroco y los estilos contemporáneos fueron ignorados completamente, por carecer del valor y la dimensión histórica suficiente, a juicio de los académicos. Al final del interrogatorio se preguntaba sobre el estado de los monumentos y si se podrían emplear para alguna finalidad útil.585 El sistema había funcionado poco antes en Francia con gran éxito, y por eso se había importado, creyendo que podía ser una buena fórmula para inventariar el patrimonio histórico español. Pero los criterios de catalogación que proponía la Comisión de Monumentos no fueron bien entendidos por las personas que rellenaron el cuestionario, lo que indujo a errores considerables. Las respuestas remi584 Sobre esto véase MUÑOZ COSME, A.: La Conservación del Patrimonio Arquitectónico Español. Madrid, 1989; y ORDIERES DÍEZ, I.: Historia de la restauración monumental en España (18351936). Madrid, 1995, p. 46-49. 585 Véase ORDIERES DÍEZ, ob. cit., 1995, p. 75. 359 tidas por las autoridades locales fueron en general muy desiguales, ya que además de incluir bastantes imprecisiones, en ocasiones se dejaron preguntas en blanco para evitar dar publicidad a edificios que se pensaban demoler, o a obras de arte cuyo paradero no se quería desvelar. En resumen, que el interrogatorio se quedó en una primera aproximación al conocimiento de los bienes culturales, un sencillo y escueto prólogo de lo que habría de hacerse años más tarde, cuando alcanzaran un cierto nivel de desarrollo los estudios histórico-arqueológicos y la legislación protectora del patrimonio. Las respuestas dadas por las autoridades complutenses a este cuestionario fueron erróneas e incompletas. Llama la atención, por ejemplo, que en la primera pregunta dedicada a los monumentos de la Edad Media (¿cuántos monasterios, iglesias y ermitas existen en el término de ese pueblo?), la contestación de las autoridades complutenses fuera la enumeración de todos los conventos, parroquias y ermitas de la localidad, sin tener en cuenta que la mayoría de esos edificios fueron construidos en época barroca. No obstante, algo muy elogiable en el proceder del alcalde Dionisio Giménez, durante aquella tesitura, fue la valoración del Palacio Arzobispal como un monumento digno de ser conservado. En un escrito fechado el 21 de abril de 1844, pidió formalmente al Jefe político de la provincia la conservación del alcázar prelaticio, de acuerdo a su mérito artístico y sus importantes recuerdos históricos, dando noticia de la situación en que se hallaba y sus posibilidades de uso en comparación con otros edificios de la localidad: “La antigüedad de este gran edificio sube, Sr. Exmo., a los mas remotos tiempos, y los recuerdos históricos que ofrece no pueden ocultarse a la publica erudición de V.E. que sabe bien las importantes Leyes que en el se han dado y cuanto debe Alcalá y la España toda al Arzobispo D. Bernardo que restauró de los Moros este pueblo ya entonces notable; al insigne Cardenal Tavera que aumentó el Palacio y en cuyo tiempo se ejecutaron dentro de su recinto por los famosos profesores Covarrubias y Berruguete los bellísimos trozos de arquitectura que se conservan y elogió D. Antonio Ponz en su Viaje de España calificándolos de hermosos y bravamente hechos; al inmortal Cardenal Giménez de Cisneros, fundador de la celebre Universidad y de muchos establecimientos piadosos de instrucción y beneficencia que harán eterna su memoria; y a tantos otros sabios y eminentes Prelados, a quienes es deudora la renombrada Compluto de sus antiguas glorias. El destino que se ha dado y da aun a este grandioso edificio no puede ser mas útil y necesario. Además de las habitaciones que ocupaban los Sres. Arzobispos en sus frecuentes visitas a esta ciudad que es sin disputa la segunda de tan basta Diócesis en el orden eclesiástico; tenían en el su audiencia y dependencias los antiguos corregidores y existen todavía algunas oficinas eclesiásticas, la Vicaría general y Juzgado Metropolitano de esta ciudad y toda su Diócesis con las Notarías y Archivos correspondientes entre los cuales se cuenta el de la Dignidad Arzobispal en que se conservan papeles y documentos curiosos de suma importancia. Se ha destinado también constantemente para hospedar a los Reyes y Personas Reales siendo ciertamente el único edificio proporcionado a tan digno objeto y 360 que agradó mucho a S. M. la Reyna Madre a su transito para Zaragoza en 1840. Agregase a esto que estando ya ocupados todos los conventos suprimidos y Colegios de propiedad particular para Cuarteles y otros usos, queda solamente el Palacio Arzobispal para los importantes del servicio publico que van indicados, así como para Juntas generales, sorteos y otros actos que siempre ha celebrado en él el Ayuntamiento por ser la Casa Consistorial poco sólida y sumamente estrecha para numerosas reuniones.” 586 El documento va más allá de las breves respuestas al interrogatorio, y desde luego presenta una cultura histórico-artística muy por encima de la media en aquella época (a pesar de algunas equivocaciones), en la que las carencias educativas eran tremendas. Pero además reflexiona acertadamente sobre el valor de uso de los monumentos, repasando las diversas funciones que había tenido el Palacio Arzobispal, y haciendo alusión al estado en que se encontraban otros edificios de la ciudad a consecuencia de las recientes desamortizaciones. En definitiva, se daban cita prácticamente todos los pasos dirigidos a una correcta gestión del patrimonio: primero, conocer y catalogar los bienes culturales; segundo, garantizar su conservación; y tercero, estudiar sus potencialidades de uso para su posterior aplicación. Lamentablemente, la peculiar situación por la que atravesó el alcázar prelaticio después de varias expropiaciones fallidas y unas ingentes obras de restauración, dejaron en suspenso cualquier tipo de actuación sobre el mismo hasta mucho tiempo después. Por tanto, aunque su importancia es innegable para la conservación del patrimonio artístico en el siglo XIX, hay que admitir que las Comisiones de Monumentos tuvieron un desarrollo bastante precario en España. Entre las causas más significativas de este relativo fracaso se cuenta la falta de presupuesto y capacidad organizativa, de modo que la función de las Comisiones se redujo en general a informar a la Academia de San Fernando de algunas situaciones relacionadas con el estado en que se encontraban los bienes culturales. Quiere decirse que la iniciativa estuvo cargada de patriotismo y voluntariedad, pero a pesar de que logró algunos éxitos importantes, careció de medios eficaces y de agentes profesionales con los que poder llevar a buen puerto sus objetivos (sus miembros eran simples vocales y actuaban con carácter honorífico). Por otra parte, el caciquismo característico de la política municipal ochocentista manipuló a su antojo la información relativa al estado del patrimonio arquitectónico, especialmente si había intereses urbanísticos de por medio. Así, las comisiones fueron languideciendo en la mayor parte de las provincias, donde quedaron reducidas a órganos puramente consultivos formados por los eruditos, académicos correspondientes, alcaldes, y otros personajes notables de cada lugar, de tal forma que los restauradores de la escuela violletiana siguieron haciendo y deshaciendo en nuestros monumentos, sin apenas obstáculos. 586 A.M.A.H., Leg. 812/3. 361 En las primeras décadas del siglo XX, y gracias a la aplicación de nuevas leyes proteccionistas, como la relativa a las excavaciones arqueológicas de 1911, y la que fijaba los criterios de designación de los Monumentos Artísticos Nacionales en 1915, se generalizó un pequeño cambio de conciencia en torno a las relaciones de la sociedad con los bienes culturales. Con ello cambiaron además los procesos administrativos para asegurar la conservación del patrimonio, puesto que tendieron a una mayor simplificación: en lugar de las múltiples juntas y comisiones, y los interminables expedientes informativos, fueron centralizándose todas las competencias en el Ministerio de Instrucción Pública. Dentro de este ministerio se creó en 1910 la Inspección general administrativa de Monumentos Artísticos e Históricos, ocupada de vigilar a los conservadores, proponer medidas para mejorar el conocimiento sobre nuestra riqueza patrimonial, y asesorar al gobierno en todo lo relativo a la restauración de bienes culturales. Por último, en 1921 fueron nombrados de manera fija una serie de Conservadores de Monumentos Nacionales, que dependían directamente de una Comisión Central mixta, integrada por miembros de la Academia de la Historia y de la de San Fernando. La experiencia había demostrado cómo el control que podían ejercer los organismos del Estado sobre las intervenciones efectuadas en los edificios históricos era muy débil, especialmente en aquellos que habían ido a parar a manos privadas tras la Desamortización. A partir de ahora se concedieron mayores prerrogativas al gobierno de la nación, que consistían principalmente en el derecho de tanteo sobre cualquier resto arqueológico que apareciese incluso en una propiedad privada, así como en la obligatoriedad de solicitar permiso al Ministerio de Instrucción Pública, para proceder al derribo o realizar obras en cualquier edificio que estuviese declarado Monumento artístico. Esto posibilitó supervisar mejor la orientación que tomaban las restauraciones arquitectónicas, y promovió la formación de catálogos monumentales rigurosos que incluían todos aquellos bienes, muebles e inmuebles, cuya venta o destrucción estaba terminantemente prohibida. Además, se concedieron exenciones tributarias y subvenciones a las entidades o personas que se dedicasen a su mantenimiento.587 En consecuencia, la consideración de un edificio histórico bajo la etiqueta de Monumento Nacional se convirtió en la mejor garantía para su conservación, y con ese fin se reguló el trámite administrativo de solicitar primero tal designación para que luego el Estado se encargase de proceder a su restauración. Tal fue el procedimiento que se siguió en Alcalá de Henares con tres de sus construcciones más emblemáticas: la Iglesia Magistral recibió aquella distinción en 1904, aunque los primeros trabajos de consolidación de la misma no empezaron hasta tres años después; la Capilla del Oidor fue declarada Monumento Histórico en 1905, sienVéase RODRÍGUEZ PASCUAL, R.: “La Protección a las Antigüedades”, R.A.B.M., vols. XXXI-XXXII, 1914-1915, pp. 378-394 y 127-137; MARTORELL, J.: “El Patrimonio artístico nacional”, Arquitectura, junio de 1919, pp. 154-155; y TORRES BALBÁS, L.: “Legislación, inventario gráfico y organización de los Monumentos Históricos y Artísticos de España”, VIII Congreso Nacional de Arquitectos. Zaragoza, 1919, pp. 5-39. 587 362 do inmediatamente restaurada; y la fachada y el primer patio de la Universidad lo serían en 1914, ordenando el gobierno una rápida restauración que concluyó unos años después.588 − Evolución de las teorías restauradoras En la primera mitad del siglo XIX todavía se hallaba presente en España un concepto de restauración utilitaria, más próxima a la rehabilitación funcionalpositivista que a la propia restauración, y por ende poco respetuosa con la arquitectura original de los edificios. Este tipo de intervenciones fueron típicas de la mentalidad neoclásica, pues consistían en la reutilización de infraestructuras preexistentes, cuya apariencia estilística era enteramente sustituida por otra de nueva factura. Fueron habituales en la primera mitad del siglo XIX, cuando aún no se había producido ni tan siquiera un mínimo debate sobre las teorías restauradoras. Así por ejemplo, en Alcalá de Henares, el aspecto estilístico de los conventos y colegios universitarios reconvertidos en cuarteles militares no fue sustancialmente alterado, debido seguramente a su sencillez y falta de ornato, típica de la arquitectura barroca madrileña. Sufrieron más transformaciones la distribución de los interiores, tanto en planta como en alzado. Ejemplos muy claros de esta rehabilitación funcional-positivista fueron la división en dos pisos del alzado de las iglesias de San Basilio, Santo Tomás, Mínimos y Agonizantes, la adaptación de este último convento como Casa Consistorial, o la completa transformación del colegio de San Cirilo como prisión de mujeres. Un caso aparte fue la completa demolición del convento de franciscanos de San Diego para levantar en su solar y con sus mismos materiales el nuevo cuartel del Príncipe; esta radical intervención sí sustituyó el estilo gótico original del convento por un nuevo lenguaje clasicista que reflejase una mayor funcionalidad, más acorde con las necesidades del ejército y con la modernidad de los nuevos tiempos.589 El concepto de rehabilitación utilitaria como único móvil de la restauración, fue progresivamente reemplazado por un compromiso mayor por recuperar y mantener los valores artísticos y documentales de los monumentos, ya que éstos constituían signos identificativos de nuestra herencia cultural. Se trató, en síntesis, de una aceptación cada vez mayor de las actitudes conservacionistas de los hombres de letras (historiadores, arqueólogos, eruditos), por parte de los arquitectos, que dejaron de preocuparse únicamente por los problemas constructivos de la restauración, y se esforzaron por aumentar sus conocimientos histórico-artísticos. Con este planteamiento fueron desarrollándose otros criterios, y formas de proceder diferentes, en el campo de la restauración arquitectónica. 588 Véase ORDIERES DÍEZ, ob. cit., 1995, p. 469. Véase LLULL PEÑALBA, J.: “Un estudio tipológico aplicado a los profesionales de la restauración monumental en el siglo XIX”, Anuario UAM, vol. XVII, 2005, p. 138-139. 589 363 En torno a la mitad de la centuria, las intervenciones estuvieron todavía marcadas por una fuerte improvisación. Los estudios históricos aún no estaban suficientemente desarrollados, la crítica estética aparecía imbuida de importantes dosis de romanticismo, no existían estrategias para una adecuada catalogación de las obras y los estilos, y además se desconocían las técnicas constructivas del pasado, especialmente las medievales. Así se comprende que la propia Academia de San Fernando reconociera que fue en el transcurso de la restauración de la iglesia de San Vicente de Ávila (1849), cuando el arquitecto Andrés Hernández Callejo había adquirido su principal formación artística acerca de esa basílica. 590 Precisamente este arquitecto fue uno de los responsables de la restauración del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares. Tras unos años de aprendizaje técnico y operaciones de tanteo por parte de los restauradores, empezó a generalizarse la idea francesa de que el éxito de una restauración estribaba en su capacidad para engañar al público, imposibilitándole para distinguir la obra original de la contemporánea. Se difunde a partir de entonces una restauración formalista, que pretende ser visualmente perfecta mediante la reproducción, copia o restitución “en estilo” de aquellas partes faltantes de la estructura arquitectónica. Con ello se perseguía un objetivo igual de positivista que en la rehabilitación funcional, que era dejar al edificio en perfectas condiciones de uso, pero la metodología con que se realizó fue historicista, en tanto en cuanto trataban de asimilarse las técnicas constructivas y la configuración de estilemas exactamente igual que lo habrían hecho los artistas del pasado. De esta forma fue ejecutada la restauración de las yeserías de la Alhambra por Rafael Contreras. Así pues, en la línea más fervientemente seguidora de Viollet-le-Duc, la reinvención fue legitimada, siempre que estuviese hábilmente efectuada, porque lo que se pretendía en última instancia era devolver al monumento su forma prístina. De ahí que cada vez se actuase más sobre los elementos decorativos del edificio, y no sólo sobre su estructura arquitectónica. Por esta causa los presupuestos de las restauraciones aumentarían de forma considerable, ya que se hizo necesaria una mayor participación de artesanos y artistas (escultores, pintores, carpinteros, rejeros, etc.), que trabajaron al unísono para conferir al monumento un aspecto estético teóricamente más cercano a su primitiva imagen estilística. Las teorías del arquitecto francés acerca de la “unidad de estilo” se dejarían notar en España a partir de 1865, en íntima conexión con el desarrollo de los estudios arqueológicos y el logro de una capacitación cada vez mayor entre los arquitectos restauradores. Pero hasta principios del siglo XX, fue el planteamiento más habitual a la hora de intervenir sobre los monumentos artísticos de nuestro país. En él debemos incluir la compleja, dilatada y excesiva restauración del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares, muchas de cuyas partes fueron efectivamente completadas o recreadas sin distinguirse apenas del original. 590 364 Recogido por ORDIERES DÍEZ, ob. cit., 1995, p. 115. 36. Decoración de yesería inventada por Manuel Laredo en una portadita de inspiración alhambrista, añadida en el Ante-Salón de Concilios del Palacio Arzobispal en el siglo XIX. Archivo Moreno, IPHE. Ministerio de Cultura. 365 Aproximadamente a raíz del VIII Congreso de Arquitectos Españoles celebrado en Zaragoza en 1919, triunfó la tendencia anti-intervencionista defendida por los hombres de letras y arquitectos más moderados, que habían estado criticando los excesos y arbitrariedades de la restauración violletiana. Es el momento en que se instauran las modernas teorías de la restauración científica, más proclives a la conservación de los monumentos “como están”, que a dejar en los mismos la huella del restaurador contemporáneo. Este cambio de actitud responde, en definitiva, a una revalorización de los aspectos histórico-artísticos como elementos significativos de nuestro patrimonio cultural, por encima de las posibilidades utilitarias del monumento, que eran ciertamente escasas en muchos casos. En aquel Congreso de Arquitectos Españoles se incidió además en la necesidad de que existiese un único organismo del cual dependieran todos los profesionales dedicados a la catalogación, estudio y conservación de los bienes culturales, con el fin de unificar criterios de actuación. Este organismo sería la Junta Central del Tesoro Artístico Nacional, formada en 1926 por un equipo interdisciplinar que actuaría con carácter autónomo, lejos de la influencia exclusiva del poder político y de la Academia de San Fernando. No sería, sin embargo, hasta bastante después de la Guerra Civil, cuando los criterios de actuación sobre las obras de arte empezarían a enmarcarse dentro de las modernas teorías de la restauración monumental, planteadas por Camilo Boito o Aloïs Riegl en el extranjero, y Leopoldo Torres Balbás en España; estas teorías se posicionarían mucho más próximas a la conservación respetuosa que a la intervención ochocentista. El romano Camilo Boito es quizás el máximo exponente de la restauración científica salida de la Escuela Italiana, que supone una conciliación entre las ideas de Ruskin y la necesidad de restaurar. Boito defendió el valor documental de los monumentos, por cuya razón debían ser preferentemente consolidados antes que restaurados, y evitar adiciones o reformas que pudieran ocultar los datos históricos proporcionados por cada edificio. Por eso consideraba una condición primordial respetar todas las fases y elementos constructivos de cualquier época, porque relataban la propia historia del monumento. En caso de ser inevitable el añadido de partes nuevas, por problemas estructurales u otras necesidades, proponía hacerlas con caracteres y materiales distinguibles de lo antiguo, marcados con la fecha o signo identificativo de la restauración, y por supuesto sin interferir en la unidad de imagen del edificio. A la modernidad de estos criterios se unió la obligatoriedad de elaborar una extensa y detallada memoria descriptiva de las intervenciones, que justificara el sentido de las mismas de acuerdo a la documentación consultada (gráfica, bibliográfica y de archivos), y facilitara su conocimiento a las generaciones venideras. Camilo Boito resumió su teoría en ocho puntos que fueron expuestos, a la manera de una Carta del Restauro, en el III Congreso Nacional de Ingenieros y Arquitectos Italianos de 1883. Sin embargo, la difusión de estos principios no tuvo lugar más allá de los círculos académicos y eruditos hasta la publicación de la Carta de Atenas y la Carta Italiana del Restauro, en 1931-1932, gracias al 366 apoyo de otro científico de la restauración, Gustavo Giovannoni. Los mencionados principios se resumen en la siguiente enumeración: 1. Diferencia de estilo entre lo nuevo y lo antiguo. 2. Diferenciación de materiales en sus fábricas. 3. Supresión de molduras y decoración en las partes nuevas, limitando el añadido a elementos esquemáticos y abstracciones volumétricas. 4. Exposición pública de las partes materiales que hayan sido eliminadas en un lugar contiguo al monumento restaurado. 5. Grabado de la fecha de actuación o de un signo convencional que identifique las partes restauradas. 6. Inscripción explicativa sobre el monumento y el sentido de la intervención realizada en el mismo. 7. Descripciones y fotografías de las diversas etapas de los trabajos, situadas en el mismo edificio o en un lugar público próximo, o bien publicación de dichos trabajos en una memoria que los documente. 8. Notoriedad visual de las intervenciones realizadas.591 En España, Leopoldo Torres Balbás asumió también la creencia de que los monumentos venían históricamente determinados, y por eso no se podían rehacer. Postuló la necesidad de limitar las intervenciones, respetar todas las fases constitutivas del edificio, y dar prioridad a la consolidación o reparación frente al rediseño violletiano. La primera obra de restauración realizada con estos criterios en España fue la llevada a cabo en el Patio del Yeso del Alcázar de Sevilla (1910), por el Marqués de Vega Inclán, bajo la dirección de la Comisaría Regia de Turismo. Pero la más significativa de todas fue la realizada por Torres Balbás en la Alhambra de Granada a partir de 1923, la cual logró, entre otras cosas, eliminar las recreaciones historicistas aplicadas a mediados del siglo XIX por el controvertido Rafael Contreras. De acuerdo con estos planteamientos se desarrollaron también las restauraciones de la Iglesia Magistral, la Capilla del Oidor, el convento de las Bernardas y la Universidad de Alcalá de Henares, no sin renunciar a ciertos titubeos y a algunos vicios intervencionistas característicos de la etapa anterior. Las modernas teorías conservadoras comenzaron a valorarse como las más adecuadas para nuestro patrimonio en el contexto cultural de la Segunda República, pero el desastroso balance de pérdidas provocadas en nuestro patrimonio por la Guerra Civil, supuso en paso atrás en este proceso de modernización de los principios restauradores. Así, ante la destrucción casi total de algunos monumentos, se optó por reconstruirlos de acuerdo a las tesis más intervencionistas de la etapa ochocentista, añadiendo nuevos elementos de carácter monumental inspirados por la ideología de la dictadura. Por consiguiente, primó el valor representa591 Recogidos por MARTÍNEZ JUSTICIA, Mª. J.: Antología de textos sobre restauración. Universidad de Jaén, 1996. 367 tivo de la restauración sobre todo en aquellos edificios que adquirieron una potente connotación simbólica, dejándose de lado la rehabilitación de los mismos para un uso específico. En la actualidad, los criterios conservacionistas han sido plenamente aceptados, defendiéndose, al menos en teoría, una opción integradora y moderada entre el intervencionismo y el respeto a la antigüedad. A parte de las ideas ya clásicas de Camilo Boito y Gustavo Giovannoni, la restauración moderna también está muy influida por los planteamientos más progresistas y científicos difundidos de cuando en cuando por el Istituto Centrale del Restauro italiano, verdadero centro de autoridad en la materia. A pesar de ello, hoy se siguen introduciendo componentes de arquitectura contemporánea en los edificios históricos, hasta el punto de que a veces la restauración es sólo un pretexto para actualizar dichos edificios, rehabilitándolos con vistas a ser utilizados en la práctica. En aras de esa funcionalidad, tan característica de la arquitectura moderna, se establece una relación dialéctica entre la antigua fábrica y la obra nueva, que pocas veces se ensamblan con una mínima armonía. Eso cuando no desaparece casi completamente la referencia al pasado, por quedar escondida o destruida bajo el proyecto de un arquitecto restaurador demasiado creativo, como ocurrió en el Teatro Romano de Sagunto. Resulta preocupante que este tipo de actuaciones tan decimonónicas se hagan todavía, cuando el conocimiento histórico artístico de nuestros monumentos y el avance de las técnicas conservadoras permitirían tomar decisiones más fundamentadas sobre lo que debe y no debe hacerse. Como resumen de lo que debería ser una buena restauración, se exponen aquí una serie de principios éticos mínimos, que hoy en día están consensuados por casi todos los profesionales, con el fin de asegurar la corrección de las intervenciones: 1. Anteponer la conservación a la restauración. 2. Respetar todos los valores documentales, incluyendo en ello: - Mantener en buen estado la materia por la que se canaliza la imagen del monumento. - Mantener, en principio, la obra “in situ”. - Respetar la pátina, concebida como la sedimentación del tiempo sobre el objeto. - Mantener los añadidos históricos siempre que no degraden ni física ni estéticamente el original. 3. Emplear materiales homogéneos o compatibles con los originales, para evitar daños adicionales. 4. Emplear materiales estables y reversibles, a fin de facilitar futuras intervenciones. 368 5. No hacer integraciones hipotéticas o por analogía, y que éstas sean fácilmente reconocibles, a fin de evitar confusiones miméticas y falsificaciones, pero sin romper la unidad de la obra. 6. Efectuar una buena diagnosis previa a la restauración, y documentar debidamente las actuaciones. 7. Y por último, que el restaurador sea consciente de sus propias capacidades y limitaciones, a fin de no acometer intervenciones para las que no esté cualificado.592 2. VALORACIÓN CRÍTICA DE ALGUNAS DE LAS RESTAURACIONES EFECTUADAS EN ALCALÁ DE HENARES ENTRE 1808 Y 1939 2.1. La restauración de la Iglesia Magistral La Iglesia Magistral de Alcalá tiene su origen en el año 306, cuando en su solar, un descampado llamado Campus Laudabile situado a las afueras de la ciudad romana de Complutum, fueron enterrados los restos de los Santos Niños Justo y Pastor, después de haber sido decapitados por el pretor romano Daciano porque hicieron profesión pública de su fe cristiana. La tradición dice que el obispo toledano Asturio Serrano descubrió los restos de los dos mártires un siglo más tarde, y potenció su culto mediante la construcción de un martyrium, sucesivamente destruido y reedificado como ermita. Poco después de la Reconquista, en 1122, don Rodrigo Jiménez de Rada erigió aquí una iglesia, conocida como Capilla de los Arzobispos de Toledo, que se constituyó en el centro urbano de la villa medieval, denominada desde entonces Burgo de San Justo. Gonzalo García Gudiel amplió esa iglesia en 1290, y en 1477 el Arzobispo Carrillo la elevó al rango de Colegiata, instituyendo en ella un cabildo presidido por un abad. La reforma arquitectónica que sufrió entonces el edificio fue echada abajo por el Cardenal Cisneros, quien mandó construir a los hermanos Antón y
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