ENRIQUE ECHEBURÚA CATEDRÁTICO DE PSICOLOGÍA CLÍNICA EN LA UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO Violencia y trastornos mentales Una relación compleja 2 Índice Prólogo (Santiago Redondo) Presentación Introducción PARTE PRIMERA. Aspectos clínicos 1. Agresividad y violencia 1.1. De la agresividad a la violencia 1.2. Ira, hostilidad y violencia 1.3. Factores inhibidores del comportamiento violento 1.4. Diferencias de sexo y violencia 1.5. Predictores de las conductas violentas 1.6. Conclusiones 2. Violencia y trastornos mentales 2.1. Trastornos psicóticos 2.1.1. Esquizofrenia paranoide 2.1.2. Trastorno delirante 2.2. Abuso de alcohol y drogas 2.3. Trastornos parafílicos 2.3.1. Pedofilia 2.3.2. Sadismo sexual 2.4. Celos patológicos 2.4.1. ¿Cuándo los celos normales se convierten en patológicos? 2.4.2. Celos pasionales 2.4.3. Celos obsesivos 2.4.4. Celos delirantes 2.5. Depresión 2.6. Trastorno bipolar 2.7. Trastorno de estrés postraumático 2.8. Discapacidad intelectual 2.9. Demencia 2.10. Trastornos del control de los impulsos 3. Violencia y trastornos de la personalidad 3.1. Psicopatía 3.1.1. Rasgos nucleares 3 3.1.2. Psicopatía, conductas antisociales y trastorno antisocial de la personalidad 3.1.3. Tipos de psicópatas 3.1.4. Raíces de la psicopatía 3.1.5. Precursores en la infancia 3.1.6. Evaluación de la psicopatía 3.2. Trastorno paranoide de la personalidad (psicópata fanático) 3.3. Trastorno narcisista de la personalidad 3.4. Trastorno límite de la personalidad 3.5. Trastorno dependiente de la personalidad 3.6. Trastorno de la personalidad ansioso-evitativo 4. Trastornos mentales y de la personalidad en relación con la imputabilidad en el ámbito forense 4.1. Trastornos mentales 4.2. Trastornos de la personalidad 5. Trastornos mentales y peligrosidad 5.1. De la evaluación de la peligrosidad a la valoración del riesgo de violencia 5.2. Instrumentos de valoración del riesgo de violencia 5.2.1. Valoración actuarial 5.2.2. Valoración basada en el juicio clínico estructurado 5.2.3. Alcance y limitaciones de las escalas de valoración 5.3. Factores predictores de comportamientos violentos entre las personas con un trastorno mental grave 6. Victimizacióny trastornos mentales 6.1. Frecuencia de la victimización 6.2. Factores de riesgo de victimización 6.3. Victimización y trastornos mentales: una relación bidireccional PARTE SEGUNDA. Escenarios de la violencia 7. Las agresiones sexuales 7.1. Motivaciones para la agresión sexual 7.2. Tipos de agresores sexuales 7.3. Agresión sexual y reincidencia 7.4. Reflexiones finales 8. La violencia machista contra la pareja 8.1. Origen y mantenimiento de la violencia machista contra la pareja 8.2. Perfil psicopatológico de los hombres maltratadores 8.2.1. Trastornos mentales 4 8.2.2. Déficits psicológicos 8.3. Tipos de maltratadores 8.4. Indicadores de riesgo de la violencia machista 8.5. Homicidios y asesinatos en la relación de pareja 8.5.1. Denuncias en la relación de maltrato 8.5.2. Riesgo de homicidio para las víctimas 8.5.3. Perfil de los homicidas 8.5.4. Suicidio de los agresores 8.5.5. ¿Se puede predecir la muerte de la víctima? 8.5.6. Reflexiones finales 9. El suicidio 9.1. Epidemiología 9.2. Suicidio, edad y sexo 9.2.1. Suicidio y edad 9.2.2. Suicidio y sexo 9.3. Variantes de la conducta suicida 9.3.1. Suicidio consumado 9.3.2. Suicidio frustrado 9.3.3. Tentativas de suicidio o parasuicidios 9.3.4. Equivalentes suicidas 9.3.5. Amenazas suicidas e ideación suicida 9.4. Métodos de suicidio 9.5. Suicidios múltiples 9.5.1. Pacto de suicidio 9.5.2. Suicidio ampliado u homicidio por compasión 9.5.3. Suicidios colectivos concertados 9.5.4. Homicidio seguido de suicidio 9.5.5. Suicidio terrorista 9.6. Suicidio y trastornos mentales 9.6.1. Suicidio por balance existencial 9.6.2. Suicidio y trastornos mentales 9.7. Signos de alarma de riesgo suicida 9.8. Factores de riesgo y factores de protección 9.8.1. Factores de riesgo 9.8.2. Factores de protección 9.9. Decisiones clínicas en relación con el suicidio 9.10. Autopsia psicológica 9.10.1. Autopsia psicológica después de un suicidio consumado 9.10.2. Autopsia psicológica después de un intento de suicidio 9.11. Reflexiones finales 10. Conclusiones 5 Lecturas recomendadas Referencias bibliográficas Créditos 6 A los familiares de las personas con un trastorno mental grave, por su sacrificio personal, su apoyo incondicional a los pacientes y su esfuerzo tenaz por hacer frente al estigma de la enfermedad mental. A los propios pacientes. 7 «Cuando hacéis con la violencia derramar las primeras lágrimas a un niño, ya habéis puesto en su espíritu la ira, la tristeza, la envidia, la venganza, la hipocresía» JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ, AZORÍN (Las confesiones de un pequeño filósofo, VI) 8 Prólogo El difícil dilema de la relación entre psicopatología y criminalidad Me pide el maestro Enrique Echeburúa, lo que hago muy gustoso y honrado, prologar su libro Violencia y trastornos mentales, que con gran esmero publica la Editorial Pirámide. Enrique Echeburúa es, no lo descubriré yo aquí, un muy reconocido investigador, profesor, conferenciante y divulgador científico en los campos de la psicología clínica y forense. Además de ser autor de excelentes artículos en revistas científicas, lo es también de numerosos libros sobre problemáticas clínicoforenses como alcoholismo, personalidades violentas, trastornos de ansiedad, ludopatía, adicción a las nuevas tecnologías, celotipia, maltrato de pareja, abuso y agresión sexual, o victimología. Todas estas obras han cooperado a la educación universitaria de estudiantes de psicología, criminología, psiquiatría, derecho, educación, trabajo social y otras disciplinas afines; así como también a la formación continuada de múltiples profesionales de los diversos campos de la justicia criminal y las ciencias forenses. Ahora, este nuevo libro del profesor Echeburúa, obra de madurez y sinopsis, se beneficia de la experiencia y el saber aunados a lo largo de su brillante trayectoria académica y profesional. En ella, el lector podrá hallar, magníficamente resumidas a partir del conocimiento vigente, las tramas diversas por las que la violencia y la enfermedad mental se coligan, produciendo a veces explosiones criminales dramáticas. Cinco funciones principales puede cumplir en la naturaleza la agresividad, según los sociobiólogos y los psicólogos evolucionistas, en dirección a la supervivencia y adaptación de los individuos y las especies: defensa territorial, obtención de alimentos, apareamiento y transmisión genética, protección y disciplina de la prole, y «moralización» y control grupal. De ahí que una indagación científica fundamental sea analizar cuándo, para el caso de los seres humanos, tales pulsiones agresivas naturales devienen manifestaciones violentas que dañan intencionalmente a otras personas: en qué condiciones la defensa del propio territorio se transforma en apropiación ilegítima del espacio de otros; el necesario suministro de alimentos, en acopio y sustracción de los ajenos; la búsqueda de pareja, en maltrato o agresión sexual; la supervisión y disciplina de la prole, en violencia contra los hijos; y los intentos de cohesión y moralización grupal, en sometimiento de los ciudadanos. Todas estas transiciones, desde los impulsos naturales a las manifestaciones violentas y dañosas para los congéneres, han de constituir, ya se ha dicho, la materia esencial 9 del estudio científico de la violencia, estudio al que este libro contribuye decididamente por lo que se refiere a su conexión con los trastornos mentales. Cuando la enfermedad mental se asocia a violencia y delito no suele hacerlo de un modo genérico, sino a partir de trastornos específicos: los trastornos psicóticos y la esquizofrenia que dificultan saber lo que se hace y conocer su alcance; el alcoholismo y las toxicomanías que desinhiben el comportamiento; las parafilias que se vinculan a la agresión y los abusos sexuales; la celotipia que alienta la ira contra la pareja y a menudo contra los hijos; la depresión y el trastorno bipolar que producen graves altibajos anímicos y comportamentales; el trastorno de estrés postraumático que puede generar reacciones agresivas; y las demencias, las discapacidades intelectuales y el descontrol de los impulsos, trastornos todos asociados a una mayor reactividad del comportamiento. Pero quizá la mayor vinculación de los trastornos mentales con la conducta delictiva transcurre no por las dificultades cognitivas o de pensamiento de algunas personas, sino por el camino más frecuente y directo de las disfunciones de personalidad. Ello incluye la psicopatía, caracterizada por una gran dureza emocional y falta de solidaridad con otros, y los trastornos de la personalidad paranoide, narcisista, límite, dependiente y ansioso-evitativo, al análisis de los cuales el autor presta atención detenida. Al respecto tanto de los trastornos cognitivos como de la personalidad, se expone en el libro la importante cuestión científico-legal de hasta qué punto la presencia de uno de estos trastornos puede ser causa de atenuación, e incluso de exención, de la responsabilidad criminal: ¿Sabía el individuo lo que hacía, podía ser conocedor y consciente del daño que causaba y de lo injusto de su comportamiento? ¿Pudo decidir, con voluntad proactiva, hacer lo que hizo y no una cosa diferente? A decir de la doctrina penal, ambos elementos, cognitivo y volitivo, saber lo que se hace y querer hacerlo, son los ingredientes imprescindibles del dolo o voluntad consciente de comisión de un delito y, en consecuencia, de la imputabilidad y responsabilidad criminal derivada de ello. Si cuando alguien comete un delito pudiera probarse la ausencia de alguno de estos dos elementos o de ambos (del conocer la ilicitud de lo hecho o del haber querido realizarlo) esa persona podría ser declarada total o parcialmente inimputable, o sea, no responsable. No es necesario entrar en explicaciones de por qué no debe ser castigado el loco que hace daño —escribe Concepción Arenal en sus Cartas a los delincuentes—: (...) Porque no saben lo que hacen. Y es el caso, en efecto, que la presencia de trastornos mentales graves puede cuestionar ya sea la consciencia de la conducta realizada ya sea la voluntad de realizarla. También se trata aquí el difícil problema de los pronósticos de peligrosidad de las personas con trastornos mentales, que ha sido una de las grandes inquietudes y retos tradicionales en este campo. ¿En qué casos y circunstancias pueden ser los enfermos mentales peligrosos y llegar a efectuar, o a repetir, algún hecho violento y delictivo? ¿Qué factores principales prefiguran tal peligrosidad? Claro que el análisis de la peligrosidad —terminología clásica en la medicina forense y en la jurisprudencia— se presenta aquí desde la moderna concepción de la evaluación del riesgo de 10 violencia, campo al que el autor también ha contribuido a partir del desarrollo de diversos instrumentos de predicción (en materias de violencia de pareja, abuso sexual infantil...). Una tesis central del libro es que la enfermedad mental no es un precursor de riesgo prevalente, que inexorablemente lleve a los individuos a conducirse violentamente; más bien lo contrario suele ser más cierto: muchos enfermos mentales son especialmente vulnerables para ser víctimas de distintas formas de violencia como dominación por otros, malos tratos o abuso sexual. El autor vuelve en esta obra, aunque ahora desde su conexión específica con los trastornos mentales, sobre dos problemáticas criminales especialmente graves, en las que él mismo ha desarrollado múltiples investigaciones: las agresiones sexuales y la violencia contra la pareja. Las víctimas principales de estos delitos son las mujeres y, a menudo, también los niños. Y la violencia ejercida sobre estas víctimas acostumbra a ser grave y mantenida en el tiempo, lo que suele producirles severos estragos y secuelas a medio y largo plazo, tanto físicas como psicológicas. Ello avala la importancia de conocer con la mayor precisión posible todos aquellos elementos de riesgo que, como los trastornos mentales, pueden coadyuvar a estos delitos con la finalidad de anticiparlos y prevenirlos. Por último, en el marco de los escenarios de la violencia, se analiza también el delicado problema del suicidio y cómo los trastornos mentales pueden favorecerlo. Para ello se revisa la epidemiología suicida, los principales correlatos asociados, las formas y variantes del suicidio, los factores de riesgo y de protección. Todas las problemáticas y casuísticas tratadas en este libro, que conectan violencia y trastornos mentales, son por definición temas complejos y sensibles. Requieren, así, un acercamiento intelectualmente atento y emocionalmente equilibrado, alejado por igual del simplismo y la desesperanza. En prevención de esto, un eje discursivo central del texto es que, frente al cariz instintivo y adaptativo de la agresividad natural (a lo que se ha aludido), el drama de la violencia no es un destino funesto irremediable. Las manifestaciones violentas de daño, abuso y dominación de otras personas suelen ser influidas por múltiples factores y, a la postre, decididas por los individuos; y, en consecuencia, si lograran revertirse tales influencias y decisiones violentas, en su mayoría podrían evitarse. Para ello, por lo que concierne a lo aquí tratado, es imprescindible promover diversas formas de atención y ayuda a los enfermos mentales (cuidados, tratamiento ambulatorio y hospitalario, supervisión...) susceptibles de prevenir sus eventuales comportamientos violentos y antisociales. En todo caso, no es propósito de este Prólogo ni reescribir ni resumir el libro a que antecede, sino esencialmente comunicar al lector mi propio entusiasmo con su previa lectura y alentarle a su estudio detenido. Y para ello lo mejor es dejar que sea el propio autor y su obra quienes directamente se expresen. Barcelona, 7 de marzo de 2018. SANTIAGO REDONDO ILLESCAS 11 Presentación Este libro tiene por objetivo analizar la relación existente entre la violencia y los trastornos mentales que, en cualquier caso, es compleja y multidireccional. Los protagonistas de las conductas violentas no son, habitualmente, enfermos mentales, sino sujetos normales con graves déficits psicológicos y de socialización. Sin embargo, las personas con un trastorno mental severo, si se encuentran descompensadas, pueden, en determinadas circunstancias, cometer actos violentos, en muchos casos impredecibles y que, por ello mismo, generan una gran alarma social, de la que se hacen eco los medios de comunicación. La violencia ejercida por personas con un trastorno mental grave puede dirigirse hacia otras personas de su entorno o desconocidas, pero más frecuentemente se orienta contra ellas mismas en forma de conductas suicidas. Asimismo, estos pacientes, en lugar de ser protagonistas de la violencia, se convierten muchas veces en víctimas de ella porque cuentan con menos recursos psicológicos y son más fácilmente vulnerables a la acción desaprensiva de los sujetos o grupos violentos, como ocurre, por ejemplo, en el caso de las personas con algún tipo de discapacidad intelectual. Un objetivo adicional de este texto es contribuir a combatir el estigma asociado a la enfermedad mental, que es padecido especialmente por los propios pacientes y sus familiares. Por decirlo en otras palabras, la mayoría de las personas con un trastorno mental, sobre todo si están adecuadamente tratadas y cuentan con un apoyo familiar y social, no son violentas. No se justifica, por ello, el recelo social existente al respecto. La primera parte del libro está centrada en los aspectos clínicos. Se comienza por hacer un análisis de la relación existente entre la agresividad y la violencia (cap. 1.º). La agresividad es un mecanismo adaptativo del que dispone el ser humano para hacer frente a ciertas dificultades de la vida cotidiana, pero en algunos casos puede transformarse en violencia, que tiene ya un carácter claramente destructivo y disfuncional para la convivencia. Se describen en esta primera parte con detalle las relaciones existentes entre las conductas violentas y los distintos trastornos mentales (cap. 2.º). Asimismo, se hace un análisis de los déficits y alteraciones de la personalidad, especialmente de la psicopatía, que pueden facilitar la implicación de un sujeto en la violencia (cap. 3.º). También se lleva a cabo una valoración jurídica de la responsabilidad penal de las personas con un trastorno mental que han cometido un delito violento (cap. 4.º). Mención especial merece la descripción de la posible peligrosidad de las personas con un trastorno mental y de los instrumentos de valoración del riesgo de violencia actualmente disponibles, a efectos de adoptar las medidas preventivas adecuadas (cap. 5.º). En el último capítulo de esta primera parte (cap. 6.º) se analizan la 12 vulnerabilidad y el riesgo de victimización que presentan las personas con un trastorno mental. Es decir, las personas que han sido víctimas de un suceso violento tienen más riesgo de sufrir trastornos mentales, pero también las personas con un trastorno mental pueden convertirse más fácilmente en víctimas de comportamientos violentos. En la segunda parte del libro se identifican algunos escenarios específicos de la violencia, como las agresiones sexuales (cap. 7.º) y la violencia machista contra la pareja (cap. 8.º), con una atención específica a los casos más graves (violadores y homicidas de pareja). Al margen de que muchos de los perpetradores de este tipo de violencia no padecen un trastorno mental propiamente dicho, presentan con frecuencia déficits psicológicos, anomalías de la personalidad y síntomas psicopatológicos que hacen más probable la aparición de estos comportamientos violentos. Por último, en el capítulo 9.º se aborda el problema de la violencia autodirigida más grave, es decir, el suicidio. Se trata en este caso de determinar los principales signos de alarma suicida en los diversos trastornos mentales (la depresión, los trastornos adictivos y la esquizofrenia especialmente), así como de detectar los principales factores de riesgo y de protección, a efectos de identificar de forma temprana los indicadores de alarma y de tomar las medidas preventivas correspondientes. Este texto es de especial interés para los estudiantes y profesionales de la psicología, especialmente del ámbito clínico y forense, de la criminología y de la psiquiatría, así como para los familiares de los pacientes con un trastorno mental grave y para los responsables de las políticas de salud pública. La violencia no va a desaparecer de la sociedad, pero sí se puede reducir. Se trata, en último término, de contribuir con este libro a conocer con más detalle la compleja relación existente entre la violencia y los trastornos mentales, así como a señalar pistas fiables de detección precoz y de prevención, con el objetivo de reducir las cotas de violencia y de evitar la reincidencia de los violentos. Si se consigue de alguna manera aportar algo de luz a este fenómeno complejo y evitar la estigmatización de las personas con un trastorno mental, el autor se da por satisfecho. San Sebastián, febrero de 2018. 13 Introducción La violencia constituye actualmente un problema de salud pública y recae además sobre los miembros más vulnerables de la sociedad (como los menores y las mujeres), pero se distribuye de forma irregular en el mundo. Así, por ejemplo, un tercio del casi medio millón de homicidios en 2015 en todo el mundo, sin incluir los suicidios ni las muertes ocurridas en guerras, tuvieron lugar en cinco países americanos: Venezuela, El Salvador, Honduras, Belice y Guatemala. En concreto, la tasa de muertes violentas fue de 90 fallecidos por cada 100.000 habitantes en Venezuela en 2015. Los motivos principales de tantas muertes violentas son sin duda el crimen organizado y el empobrecimiento de la sociedad, todo ello unido a la corrupción de la policía y a la debilidad de las instituciones. Sin embargo, el 15 por 100 de los asesinatos estuvieron relacionados específicamente con la violencia de género. No es fácil determinar si la maldad es un rasgo natural de las personas o una consecuencia de las fricciones de la vida en común. Una sociedad bien organizada otorga a los individuos fuerza psicológica y lazos afectivos que protegen de las relaciones destructivas. La violencia desafía nuestro entendimiento de nosotros mismos como sujetos morales. Detrás de la maldad como factor explicativo de las conductas abyectas hay muchas veces seres humanos normales y corrientes. De hecho, como ha señalado Hannah Arendt (1999) en relación con la banalidad del mal, los perpetradores de las más crueles atrocidades son al mismo tiempo capaces de albergar sentimientos parecidos a los que conmueven a las víctimas. La conducta violenta es el resultado de la interacción concreta de variables individuales y de factores situacionales. Los autores de comportamientos destructivos son habitualmente personalidades antisociales que han sufrido la humillación del castigo físico y han estado expuestas a la glorificación de la violencia. En concreto, la ausencia de una figura paterna o de unas relaciones de apego seguras propicia la adquisición de una baja autoestima y dificulta la capacidad para aprender a modular la intensidad de los impulsos agresivos. Las personas que han tenido estos problemas en la infancia no desarrollan una empatía hacia el sufrimiento humano, pueden mostrarse emocionalmente insensibles con los demás y tienden a cometer actos violentos, especialmente si recurren al alcohol y a las drogas (Baron-Cohen, 2012; Echeburúa y Guerricaechevarría, 2000). Si bien no hay unas raíces comunes en todas las personas violentas, los daños cerebrales, los trastornos mentales y las alteraciones del aprendizaje, junto con la desorganización familiar y el tipo de amigos antisociales, pueden interferir negativamente en la capacidad de autocontrol y favorecer las conductas violentas. Así, la influencia de los compañeros violentos es importante, sobre todo cuando el nivel intelectual es bajo, los sujetos tienen una personalidad dependiente y han 14 interiorizado deficientemente los valores normativos en la familia y en la escuela (Berkowitz, 1996; Renfrew, 2001). La aplicación sistemática del castigo, sobre todo del castigo físico, del acoso escolar o del abuso sexual genera en el niño la aparición de conductas violentas y la utilización por él mismo de la violencia como forma de control de la conducta de los demás. En suma, los jóvenes violentos han desarrollado a partir de su entorno familiar o próximo una estrategia de solución de problemas basada en el recurso a la violencia y han aprendido asimismo a volverse emocionalmente insensibles a sus efectos. Lo que suele llevar a una persona a comportarse de forma violenta es una aparente exhibición de superioridad y de control. Sin embargo, los violentos son habitualmente personas con un complejo de inferioridad y frustradas consigo mismas, que buscan compensar su autodesprecio con el recurso a la violencia contra personas vulnerables. Pero, otras veces, la violencia puede ser también una característica común de personas narcisistas con un desarrollo exagerado del impulso de autoafirmación. Se trata de personas enamoradas de la imagen que les devuelve el espejo. El contagio emocional del grupo puede desempeñar en estos casos una motivación adicional (Echeburúa, Amor y Fernández-Montalvo, 2002). Hay una gran inquietud social en torno a la violencia. Sin embargo, la violencia grave, como los terremotos, es un fenómeno poco frecuente, pero con una gran visibilidad social. La violencia, a partir de un origen complejo y frecuentemente multicausal, se exterioriza de una forma heterogénea respecto a las distintas manifestaciones (física, sexual, psicológica), los diversos perfiles de los agresores (jóvenes, adultos), los diferentes tipos de víctimas (niños, mujeres, ancianos) y la variada clase de relación existente entre la víctima y el agresor (inexistente, cercana —como en el caso del acoso escolar o laboral— o íntima —como en el caso de la violencia contra la pareja—). Las conductas violentas pueden estar al servicio de la consecución de unos objetivos inmediatos. Sin embargo, con la violencia no se consiguen habitualmente beneficios tangibles y perdurables: las guerras son devastadoras para la población; el terrorismo casi nunca logra los objetivos buscados; las violaciones no suelen generar placer sexual; las torturas de prisioneros no suelen conseguir sonsacar información relevante, y la violencia contra la mujer en el hogar genera frecuentemente en el agresor un sentimiento de autodesprecio. El ser humano es el único animal que hace daño sin necesidad y que además puede disfrutar con ello. La crueldad de los animales es un mito, mientras que la crueldad del ser humano es una triste realidad. Ya en los albores de la humanidad Caín mata a Abel por envidia, no por una mujer, ni por la lucha por el territorio o por la preeminencia dentro del grupo. La violencia humana hay que estudiarla en personas, no en animales. Los animales no cometen crímenes, ni roban, ni violan, ni maltratan, como lo hacen algunos humanos. De hecho, la violencia está muy presente en la literatura de todos los tiempos. Así ocurre, por ejemplo, en Shakespeare, en donde aparecen los asesinatos por celos, como el atribulado Otelo, por ambición, como 15 Macbeth, o por venganza, como Hamlet. Ahora bien, acusar a toda la especie humana por los terribles excesos cometidos por una clara minoría es erróneo e injusto. Ni la violencia que se vive actualmente es un fenómeno nuevo ni las personas con un trastorno mental son responsables de la inseguridad de nuestras calles. Basta repasar la historia de la humanidad, desde los grotescos circos romanos o las ejecuciones públicas hasta las dos guerras mundiales del siglo XX o los brutales conflictos nacionalistas modernos, para horrorizarse de las atrocidades que los seres humanos cometen asiduamente contra sus semejantes. Sin embargo, la historia es el mejor antídoto de la violencia. Es decir, la violencia ha disminuido a lo largo del tiempo, lo que no es contradictorio con la aceptación de las raíces biológicas de la conducta agresiva. El desarrollo cultural ejerce una influencia benéfica sobre nuestra naturaleza biológica original y da paso a los mejores impulsos de la naturaleza humana: la empatía, el autocontrol, el sentido moral y la razón. Lo que resulta novedoso de nuestro tiempo es la disponibilidad de instrumentos letales de todo tipo y la gran capacidad de difusión de los actos de crueldad gracias a los medios de comunicación que, por otra parte, producen un gran impacto por la intensa fascinación que siempre ha ejercido la violencia sobre el ser humano (Pinker, 2012; Rojas Marcos, 1995). Se abusa con frecuencia de la aplicación de diagnósticos psiquiátricos a personas que no son otra cosa que delincuentes o individuos con una carga destructiva desproporcionada. El psicópata violento es un problema social, no médico. En general, los enfermos mentales son víctimas de la violencia más que causantes de crímenes. De hecho, para muchas personas con algún tipo de discapacidad el mundo de los «normales» es una auténtica jungla amenazante plagada de aves de rapiña. Solo el 5-10 por 100 de los delitos son cometidos por personas que han perdido la razón. Varias películas de gran éxito, como Instinto básico o El silencio de los corderos, relacionan los desequilibrios psicológicos con la agresión brutal y dramatizan crudamente la identidad estigmatizada del enfermo mental de hoy. La percepción de peligrosidad es el factor que con mayor determinación contribuye al estigma y rechazo social de las personas con un trastorno mental. Asociar los trastornos mentales a la maldad contribuye a la estigmatización de estas personas que, en general, tienden a infligirse daño más que a causarlo. Sin embargo, el consumo abusivo de alcohol y drogas aumenta exponencialmente el riesgo de violencia en pacientes con un trastorno mental. Así, hay personas que son depredadores humanos (hombres-dóberman), que no encajan en una categoría psiquiátrica y que ejercen diferentes formas de violencia. Algunas personas pueden llegar a matar por saber lo que se siente al hacerlo y buscar de esta manera una gratificación personal. Hay hijos que matan para quedarse con el dinero de los padres, sacerdotes que predican bondad y abusan de los débiles, hombres que maltratan a su pareja y son dóciles con el resto, jefes que humillan a sus subordinados o niños que acosan a otros hasta hundirlos (Lindo, 2016). Pero, en general, los delitos más graves son casi siempre consecuencia de las situaciones de pobreza, marginación y falta de oportunidades que los protagonistas han vivido. 16 Considerar a las personas violentas como enfermos mentales supone una premisa que condena a inocentes e indulta a culpables porque se estigmatiza a personas con un trastorno mental que no han hecho ni harán ningún mal y se considera irresponsables a personas sanas mentalmente que sí lo hicieron. Confundir maldad con enfermedad es un error. La psiquiatrización del mal no es ni puede ni debe ser la respuesta (Navío, 2017). La explicación de los sucesos violentos tiene unos límites que nos cuesta aceptar. A menudo ciertos episodios de violencia no se pueden comprender más de lo que podemos explicar un maremoto o un ciclón y, en este sentido, suponen un desafío al estado actual de los conocimientos. No se pueden sacar conclusiones generales y apocalípticas a partir de una conducta violenta que solo puede analizarse desde un estado de descontrol emocional o de una irrefrenable sed de venganza. A veces, a falta de explicaciones coherentes, hay que apuntar a los oscuros laberintos del ser humano, donde actúan fuerzas muchas veces incomprensibles. La maldad, como la bondad, existe y constituye un enigma, sin que se puedan atribuir todos los actos inexplicables y brutales del ser humano a la enfermedad mental (Quiles del Castillo, Morera, Leyens y Correa, 2014; Stone, 2009). 17 PARTE PRIMERA Aspectos clínicos 18 1 Agresividad y violencia 1.1. DE LA AGRESIVIDAD A LA VIOLENCIA Arraigada profundamente en la estructura psicobiológica del organismo y entroncada con la evolución filogenética de la especie, la agresividad representa la capacidad de respuesta del ser humano para defenderse de los peligros potenciales procedentes del exterior. Por ello, la agresividad es una respuesta adaptativa que potencia la capacidad de sobrevivir y que forma parte de las estrategias de afrontamiento de que disponen los seres vivos. No hay maldad en el tigre, aunque mate (Sanmartín, 2004a, 2010). La violencia, por el contrario, constituye una agresividad descontrolada, que ha perdido su perfil adaptativo y que tiene un carácter destructivo. La violencia, al ser un conjunto de acciones encaminadas a destruir sin sentido supervivencial objetos y especialmente personas, supone una profunda disfunción social. Es decir, lo que define a la violencia es que se trata de una cadena de conductas intencionales que tienden a causar daño a otros seres humanos, sin que se obtenga un beneficio para la supervivencia, y que adoptan diferentes variedades expresivas (a nivel físico, sexual o emocional). Que hay conciencia en el violento del dolor causado se hace evidente cuando se observa que muy a menudo el daño se suele justificar. Lo característico de la violencia es su gratuidad desde un punto de vista biológico y su intencionalidad desde un punto de vista psicológico (Sanmartín, 2004b). La violencia es una agresividad que se carga de valores afectivos negativos (entre otros, odio, venganza, celos, humillación), lo que la hace especialmente peligrosa. En estos casos la emoción, los sentimientos, la inteligencia y la voluntad se ponen al servicio de la violencia. En este proceso de transformación de la agresividad en violencia hay una perversión de los valores, en la medida en que estos quedan contaminados por intereses espurios para el ser humano y para la sociedad. A diferencia de la agresividad, la violencia —un fondo atávico de crueldad primitiva— es específicamente humana (solo hay algunas excepciones en el mundo animal) y, a pesar de denotar una sinrazón moral y de ser una respuesta inadaptativa, constituye una constante a lo largo de la historia de la humanidad (Huertas, 2007; McKal, 1996). La violencia se asienta en los mecanismos neurobiológicos de la respuesta agresiva. Las bases biológicas de la agresividad radican, por un lado, en el córtex prefrontal, que es un mecanismo de seguridad y de control y desempeña una función moduladora y, por otro, en el sistema límbico, donde se encuentra la amígdala (una insignificante estructura con forma de almendra situada detrás de la sien). Una lesión en el córtex prefrontal puede llevar a una persona a convertirse en un ser antisocial, 19 impulsivo o violento. El alcohol y las drogas debilitan el control del córtex cerebral sobre el sistema límbico. El daño en el córtex prefrontal puede estar también producido por circunstancias diversas, como complicaciones en el parto, maltrato en la infancia, trastornos mentales severos, tumores o traumatismos craneales (Sanmartín, 2010). Los efectos son más graves cuando las lesiones han ocurrido en la infancia. Los daños en el córtex prefrontal permiten a los afectados tener una inteligencia normal, pero se muestran con dificultades para procesar adecuadamente las emociones o inhibir los impulsos inadecuados. De este modo, estas personas pueden no ser capaces de aplicar la experiencia del pasado a la vida real, no tener respuestas anticipatorias cuando efectúan elecciones arriesgadas e incluso hacer malas elecciones aun sabiendo cuál es la opción más ventajosa. Es decir, carecen de una inteligencia emocional. Se trata, en cierto modo, de una especie de regresión en la escala filogenética evolutiva (Borrás, 2002). En realidad hay una interacción entre los componentes biológicos y psicológicos. Así, el estrés muy prolongado puede introducir modificaciones en el sistema límbico y en el neocórtex que facilitan la respuesta agresiva; a su vez, el córtex puede inhibir las conductas agresivas a través de la interiorización y asunción de los valores sociales (Portero, Abásolo, De Francisco, Sudupe e Hidalgo, 2011). En general, todas las personas son potencialmente agresivas por naturaleza, pero no tienen, afortunadamente, por qué ser necesariamente violentas. El ciclo evolutivo desde la infancia hasta la vida adulta supone una reducción del comportamiento agresivo en función del desarrollo del córtex prefrontal y del proceso de socialización. A su vez, la violencia puede, en algunos casos, desencadenarse de forma impulsiva ante diferentes situaciones (el abuso de alcohol, una discusión de pareja, el contagio emocional del grupo por la querencia a mimetizarse con las demás personas, el fanatismo político o religioso, o la presencia de armas); y en otros, presentarse, como en el caso de la violencia psicopática, de una forma planificada, fría y sin ningún tipo de escrúpulos por parte del agresor. Hay también algunas otras variantes que no encajan exactamente en los apartados anteriores. Es decir, la conducta violenta puede manifestarse básicamente de las siguientes formas (Andreu, Ramírez y Raine, 2006; Carrasco y Maza, 2005; Echeburúa y Corral, 1998; Lázaro, 2013) (tabla 1.1). TABLA 1.1 Tipos básicos de violencia Reactiva-hostil-impulsiva Instrumental-planificada — Respuesta irreflexiva. — Sin valoración de los riesgos. — Inadecuado control emocional (ira). — Mediada por interpretaciones erróneas de las conductas de los demás (atribución de un sentido de hostilidad a la conducta de los otros). — Respuesta premeditada. — Riesgo calculado. — Estilo habitual violento en la relación interpersonal. — Distorsiones cognitivas respecto al uso de la violencia (justificación de la violencia). 20 FUENTE: Andreu, Ramírez y Raine, 2006, modificado. a) Violencia emocional/impulsiva. Se trata en este caso de una conducta agresiva espontánea modulada por la ira, dirigida habitualmente contra una víctima conocida y que refleja dificultades en el control de los impulsos o en la expresión de los afectos (celos, envidia u odio). La violencia reactiva (violencia en caliente) surge muchas veces como respuesta a una amenaza percibida o a una provocación. Es frecuente el arrepentimiento espontáneo tras un arrebato impulsivo. b) Violencia instrumental. En este caso la conducta agresiva es planificada con frialdad emocional, obedece a la consecución de un objetivo concreto (robo, sexo, poder) con una víctima en muchos casos desconocida y no genera sentimientos de culpa (violencia en frío). A modo de ejemplo, el atracador no odia al vigilante armado del banco, como no odia el cazador a la perdiz. c) Violencia vengativa. Se trata de una conducta agresiva que surge de forma diferida ante lo que el sujeto percibe como un daño que se le ha causado. En el caso de la venganza, es una agresión maligna, llevada a cabo en frío y de forma planificada, propia del ser humano. d) Violencia por compensación. La violencia en este caso es un reflejo de la impotencia del sujeto. Las conductas violentas son una forma de recobrar la autoestima de la que la persona carece. Muchos actos violentos contra la mujer o contra la sociedad son una reacción al sentimiento de frustración o de abandono que manifiesta la persona y que trata de compensar con este tipo de conductas destructivas. En resumen, el ser humano es agresivo por naturaleza, pero pacífico o violento por cultura: el agresivo nace, pero el violento se hace. La agresividad se convierte en violencia cuando deja de ser un instinto al servicio de la supervivencia para pasar a ser una conducta intencionalmente dañina para otros seres humanos al servicio de la destrucción. Por ello, la agresividad es inevitable, pero la violencia es perfectamente evitable: la violencia no es en modo alguno un fatum —un destino inexorable— al que está encadenado el ser humano. Más bien la violencia sin sentido se perfila como una capacidad latente que excepcionalmente se activa en las personas como consecuencia de ciertas influencias nocivas (biológicas, psicológicas o sociales) durante los primeros años de la vida (Sanmartín, 2004a). 1.2. IRA, HOSTILIDAD Y VIOLENCIA Generalmente la conducta violenta es el resultado, por un lado, de un estado emocional intenso (la ira) que interactúa con unas actitudes de hostilidad, un repertorio de conductas pobre (déficits de habilidades de comunicación y de solución de problemas) y unos factores precipitantes (frustraciones acumuladas, situaciones de 21 estrés, consumo abusivo de alcohol, celos, etc.); por otro, de la percepción de vulnerabilidad de la víctima. En la conducta violenta intervienen, por tanto, los siguientes componentes (Beck, 2002; Echeburúa y Corral, 1998): a) Actitudes de hostilidad. Estas derivan habitualmente de actitudes y sentimientos negativos de maldad, de venganza o de odio, desarrollados por una atribución a los demás de los males propios, y generan una intencionalidad negativa y un impulso a hacer daño. Estas actitudes tienden a ser estables en los esquemas cognitivos de este tipo de personas. b) Un estado emocional de ira. Esta emoción, que varía en intensidad desde una suave irritación hasta la rabia intensa, se ve facilitada por las actitudes de hostilidad y por unos pensamientos activadores relacionados con recuerdos de situaciones negativas habidas en la relación con la víctima o suscitados directamente por estímulos generadores de malestar ajenos a ella, tales como dificultades laborales, estrecheces económicas o problemas en la convivencia. c) Unos factores precipitantes directos. El consumo abusivo de alcohol o de drogas, sobre todo cuando interactúa con frustraciones acumuladas y con una inestabilidad emocional previa, contribuye a la aparición de conductas violentas. d) Un repertorio de conductas pobre y trastornos de personalidad en el agresor. Así, por ejemplo, los déficits de habilidades de comunicación y de solución de problemas impiden la canalización de los conflictos de una forma adecuada. El problema se agrava cuando existen alteraciones de la personalidad, como suspicacia, celos, autoestima baja, falta de empatía afectiva o necesidad extrema de estimación. e) La percepción de vulnerabilidad de la víctima. Una persona irritada puede descargar su ira en otra persona según el mecanismo frustración-ira-agresión, pero suele hacerlo solo en aquella que percibe como más vulnerable (es decir, que no tenga una capacidad de respuesta enérgica) y en un entorno en que sea más fácil ocultar lo ocurrido. De ahí que las mujeres, los niños y los ancianos sean las personas más vulnerables y que el hogar —el refugio de protección por excelencia— pueda convertirse, paradójicamente, en un lugar de riesgo (Baca y Cabanas, 2003). f ) Un historial de conductas violentas previas. Muy frecuentemente las conductas violentas anteriores han quedado reforzadas para la persona violenta porque con ellas ha conseguido los objetivos queridos (es decir, se ha salido con la suya) o ha alcanzado una notoriedad. Si, además, el agresor ha quedado impune, la violencia puede ser un método sumamente efectivo y rápido para conseguir lo deseado. En resumen, las personas violentas (que suelen ser acomplejadas y se sienten humilladas) tienden a perseverar en las conductas destructivas, atribuyen a los demás (o a la sociedad) todos los males que les ocurren, se estimulan con los actos violentos, no experimentan sentimientos de culpa ante el dolor de las víctimas y, con frecuencia, 22 se escudan en un grupo que les da cobertura a sus actos y en el que la violencia resulta contagiosa emocionalmente (Fernández Arregui, 2014). Por lo que se refiere a la violencia juvenil, la presencia de un grupo conflictivo, el consumo abusivo de alcohol y drogas, las ideologías neonazis, que atribuyen a grupos sociales externos todas las frustraciones personales, el afán de notoriedad y la glorificación de la violencia facilitan el desarrollo de una agresividad mal encauzada. Hay jóvenes que optan por asumir una identidad violenta grupal, a veces con una serie de símbolos externos: tatuajes, cabeza rapada, botas, cazadoras de cierto tipo o navajas. Estos símbolos les permiten identificarse con el grupo y les hacen sentirse apreciados por los demás. Ahora bien, de la iconografía de la violencia al ejercicio de la misma no hay más que un paso. Estos jóvenes perciben el mundo como un sitio en el que es preciso ser violento para defenderse. La influencia de los compañeros violentos es importante, sobre todo cuando el nivel intelectual es bajo, los sujetos tienen una personalidad dependiente o impulsiva y han interiorizado deficientemente los valores normativos en la familia y en la escuela. Asimismo, observar sin control y con frecuencia imágenes cargadas de dureza en Internet o en videojuegos violentos o pornográficos puede facilitar la aparición de conductas violentas. No se trata necesariamente de un efecto de imitación, sino del aumento de la excitación y del embotamiento de la sensibilidad (es decir, la sensación de normalidad de lo violento y la aceptación de la brutalidad). Lo que es preocupante es la banalización de la violencia: la violencia en la pantalla trivializa la violencia real y los niños acaban volviéndose inmunes a su horror. Son más vulnerables a estas escenas violentas los adolescentes solitarios, con baja autoestima, malos estudiantes y sin apenas aficiones. 1.3. FACTORES INHIBIDORES DEL COMPORTAMIENTO VIOLENTO Todos los seres humanos cuentan con unos mecanismos reguladores de la conducta violenta. La empatía, que surge de forma natural en el ser humano, consiste en ponerse en el lugar de la otra persona para comprender mejor lo que piensa, lo que siente y lo que puede originarle sufrimiento. En realidad, la empatía, a modo de mandamiento biológico natural, es el inhibidor más potente contra la violencia y la crueldad. Por desgracia, hay algunos seres humanos (los psicópatas) que carecen de esta capacidad empática para captar y reaccionar positivamente ante las expresiones emocionales de miedo o dolor expresadas por otras personas, y no cuentan con ese freno de mano moral para regular sus tendencias destructivas (Baron-Cohen, 2012; Sanmartín, 2002). Es decir, lo que es innato o instintivo en el ser humano es la agresividad regulada, que es lo que confiere eficacia biológica a la especie. Si no hubiera agresividad, el ser humano carecería de un elemento adaptativo necesario para la supervivencia. Pero si no hubiera factores inhibidores, el grupo iría perdiendo miembros hasta resultar inviable su supervivencia como especie. Por tanto, en la naturaleza hay un equilibrio entre el proceso natural de despliegue de la agresividad y los mecanismos innatos que 23 la regulan o inhiben (Niehoff, 2000; Tobeña, 2001). Los factores inhibidores de la conducta violenta del agresor son, en primer lugar, las expresiones emocionales innatas de la víctima (mirada, gestos de la cara o tono de voz), en particular la expresión facial y gestual del miedo, puesta de relieve en conductas como bajar los ojos, suplicar, arrodillarse o lloriquear. El miedo, reflejado en el rostro de la víctima, constituye una especie de aldabonazo en el inconsciente del agresor que activa su empatía: el rostro de la víctima implora piedad. Y, en segundo lugar, la conciencia moral del agresor, tempranamente adquirida en el proceso de socialización, es un potente inhibidor: se es consciente de que la violencia es una acción mala y de que genera sufrimiento en la víctima. Por ello, se experimenta un malestar emocional (la culpa), a modo de castigo interno; y si ello no es suficiente, el temor al castigo externo (acción de la Justicia) puede servir de freno. La conciencia moral es la voz interior o el policía interno que todo ser humano lleva dentro (Sanmartín, 2004a). Si una persona ha conseguido desactivar los inhibidores de la conducta violenta, la violencia se convierte en un caballo salvaje que arrasa todo lo que se cruza en su camino. Lo que facilita la desactivación de los inhibidores es el alejamiento de la víctima, bien sea a nivel físico (mediante las armas de fuego actuales, que permiten una distancia entre el agresor y la víctima, o incluso mediante la almohada, que permite al agresor asfixiar a la víctima sin ver su rostro), bien sea a nivel psicológico (cuando se la excluye del grupo, como sucede en las actitudes racistas o xenófobas; cuando se la desvaloriza, como ocurre en el hipernacionalismo étnico; o cuando se la considera una mera propiedad a su servicio, como acontece en el caso de los hombres maltratadores respecto a sus parejas o exparejas). En estos casos, bien sea con armas o con ideas, se desactiva el papel de las expresiones emocionales de las víctimas como reguladores innatos de la conducta violenta. En definitiva, ojos que no ven, corazón que no siente. Poner a la víctima fuera del alcance de la mirada o de la consideración del agresor ha sido una medida efectiva para acabar con su vida sin posteriores secuelas negativas de tipo psicológico para el violento. Así, se deshumaniza y se despersonaliza a la víctima para justificar la conducta violenta y no sentir compasión por ella, considerándola como un ser no humano o un ser humano no valioso. Es meramente un símbolo al que hay que destruir. Y con los símbolos no se empatiza. Es decir, un ciudadano ejemplar se puede convertir en un asesino potencial si se permite que el odio o la indiferencia quiebren sentimientos como la solidaridad y la compasión, la defensa del más débil y la empatía debida a todo ser humano (Garrido, 2002; Sanmartín, 2005). Las distorsiones cognitivas desempeñan un papel importante cuando, una vez ejercida la violencia, no se quieren asumir la responsabilidad y la mala conciencia. Al generar las conductas violentas un rechazo social y un malestar emocional en el agresor, este tiende frecuentemente a minimizarlas o a justificarlas, buscando excusas, atribuyendo la responsabilidad a las circunstancias («había bebido más de la cuenta»), a la fatalidad («fue mala suerte; yo no quería hacerlo») e incluso a las propias víctimas («se lo había ganado a pulso») o quitándole importancia a las 24 consecuencias negativas de esas conductas («no ha sido para tanto») (Echeburúa y Corral, 1998) (tabla 1.2). TABLA 1.2 Distorsiones cognitivas en relación con la violencia Estrategia empleada Ejemplo de excusas Utilitarismo «Solo de esta manera hizo lo que deseaba» Justificación «Fue la víctima la que me provocó; es ella la responsable» / «La violencia ha sido cosa de los dos» Arrebato «No me di cuenta en ese momento de lo que hacía» Olvido «Ni me acuerdo de lo que hice» FUENTE: Echeburúa y Corral, 1998, modificado. 1.4. DIFERENCIAS DE SEXO Y VIOLENCIA La violencia grave en manos de las mujeres es una gota en el océano. Por citar el ejemplo extremo de la violencia letal (los asesinatos y homicidios), en Estados Unidos el 90 por 100 de todos los homicidios cometidos entre 1980 y 2005 lo fueron por varones, mientras que solo el 10 por 100 fueron llevados a cabo por mujeres. De todos los homicidios, dos tercios (66,8 por 100) fueron cometidos por varones contra varones, mientras que en uno de cada cinco (21 por 100) un varón mató a una mujer. Las mujeres que mataron a hombres fueron el 10 por 100 del total y las mujeres que mataron a mujeres fueron el 2,2 por 100. Es decir, las mujeres en general no matan a mujeres, solo a varones y, en una gran proporción, en defensa propia. Los varones muestran una mayor tendencia a desarrollar conductas violentas por las influencias hormonales de la testosterona, como también ocurre en los machos de otras especies animales, y por la aprobación social de dichas conductas, que están muy relacionadas, ya desde la infancia, con el estereotipo social del varón. Por eso, de cada diez delitos violentos ocho o nueve son cometidos por varones. Por el contrario, para una mujer hay una disonancia cognitiva entre comportarse de forma femenina y adoptar conductas violentas. De hecho, las niñas agresivas pueden ser calificadas de marimachos. En general, las mujeres mantienen un mayor compromiso con los valores culturales y las normas sociales que los hombres, por lo que, incluso en circunstancias de carencias económicas, de marginación y de estrés, optan preferentemente por vías pacíficas para hacer frente a los problemas planteados. La responsabilidad de la mujer de concebir y sustentar la vida la ha dotado de un amplio sentido protector hacia los seres vivos y de un firme rechazo hacia la violencia. También le ha concedido una aptitud especial para la intimidad y 25 la empatía como método preferido para resolver los conflictos. Por ello, en general la presencia de la mujer es un factor modulador de radicalismos (Rojas Marcos, 1995). Asimismo el aprendizaje observacional (en casa, en TV o en Internet) desempeña un papel importante en la adquisición de la violencia. En este sentido los modelos violentos predominantes son masculinos y facilitan, por ello, el aprendizaje de la violencia en los varones. En cambio, son muy pocos los modelos femeninos violentos, tanto en TV (series como Los Ángeles de Charlie o Mujeres policía son una excepción) como en el hogar. En cualquier caso, más allá de las imágenes ficticias, los modelos reales (no de ficción) y vinculados afectivamente a los menores (como los padres) son los que ejercen una mayor influencia en la adquisición o consolidación de las conductas violentas. Por otra parte, las alteraciones mentales relacionadas con la violencia, como algunos trastornos de personalidad (en concreto, el antisocial, el paranoide y el narcisista) o el consumo abusivo de alcohol o de drogas, son más habituales en los hombres que en las mujeres. Así, por ejemplo, la preponderancia de la psicopatía en el sexo masculino se relaciona con ciertos trastornos en la infancia que son más frecuentes en chicos, como el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH) y los problemas de conducta en la niñez. Sin embargo, este mismo trastorno (la psicopatía) se caracteriza en chicas por la presencia de otras conductas desadaptativas pero no violentas, como, por ejemplo, la politoxicomanía, la promiscuidad sin lazos afectivos y los múltiples embarazos no deseados (Echeburúa, 1994; Poveda, 1996). La violencia grave en la mujer tiene que ver habitualmente con la venganza por sentirse despechada, la humillación o los celos, el terror o la complicidad con un amante varón (a modo de macabra muestra de amor hacia su compañero), pero, en cualquier caso, es poco frecuente. Esto no obsta para reconocer la existencia de una violencia femenina más sutil, menos relacionada con conductas físicas destructivas y más implicada con una violencia psicológica, desarrollada a veces con estrategias complejas, que puede expresarse de otras formas (venganza, humillación o desplantes) (Loinaz, 2016). En otros casos el miedo extremo en la relación de pareja puede funcionar como un detonante de los comportamientos violentos en la mujer, del mismo modo que el animal depredador herido o el secuestrador acorralado adoptan con frecuencia conductas de violencia extrema. Así, la violencia en la pareja por parte de la mujer puede ser reflejo de una agresividad contenida y durante largo tiempo reprimida. En resumen, los hombres son más violentos que las mujeres. Los hombres delinquen en mayor proporción que las mujeres, se ven involucrados en más delitos graves y agresiones (son responsables del 80 por 100 de los actos violentos) y tienen más probabilidades de reincidir. También son más propensos a asesinar a sus parejas, a ser condenados por violencia doméstica o a cometer delitos sexuales o de acoso. El hombre tiene más agresividad motora que la mujer. Con frecuencia, la violencia de las mujeres va dirigida contra gente conocida, a menudo personas vulnerables o que dependen de sus cuidados: niños, personas con discapacidad o ancianos. Sus actos de 26 violencia graves suelen ocurrir en ámbitos privados o bien en entornos de cuidados, más que en público. 1.5. PREDICTORES DE LAS CONDUCTAS VIOLENTAS Las conductas violentas, como los cambios atmosféricos, no son fáciles de predecir. ¿Qué probabilidad tiene un hombre despechado por la ruptura de la relación de asesinar a su expareja? ¿Cómo saber si un padre puede estrangular a sus hijos en venganza contra el abandono de la madre de ellos? ¿Cómo anticipar que una persona con un trastorno mental grave descompensado puede comportarse violentamente? ¿Cómo pronosticar el suicidio de un anciano o de un joven que está sufriendo un episodio de depresión intensa? Son preguntas que no tienen una fácil respuesta. La violencia surge en función de cinco tipos de factores: a) biológicos (alteraciones neurológicas, trastornos endocrinológicos e intoxicaciones por alcohol o drogas); b) psicopatológicos (trastornos de personalidad, psicosis, discapacidad intelectual o pérdida de control de los impulsos); c) psicológicos (relaciones interpersonales o de pareja tensas o percepción de amenaza grave); d) familiares (maltrato físico, modelos parentales violentos o ausentes o desarraigo familiar), y e) sociales (exposición a modelos o subculturas violentos o a situaciones de crisis social profunda). Por lo general, estos factores actúan conjuntamente (Hare, 2000). Una vez que ha surgido el primer episodio de violencia, la probabilidad de nuevos episodios (y por motivos cada vez más insignificantes) aumenta considerablemente. Por tanto, cuanto mayor y más reciente es el número de conductas violentas previas, mayor es la probabilidad de utilizar la violencia como una forma de relación interpersonal (Rodríguez-Pulido, Delgado y Márquez, 2012). En general, lo que mejor predice la violencia futura es haber desarrollado conductas violentas anteriores recientemente, abusar del alcohol o de las drogas, contar con armas y tener problemas psicopatológicos, como psicopatía, esquizofrenia o trastorno delirante, sobre todo cuando no hay establecido (o se ha abandonado) un tratamiento médico o psicológico. El trastorno mental por sí mismo es solo un predictor débil de la conducta violenta. En cualquier caso, más que el diagnóstico psiquiátrico o los antecedentes de la infancia remota, uno de los mejores predictores de la conducta futura es la conducta reciente pasada en situaciones parecidas. Es decir, lo que ha sido y es tiene muchas posibilidades de seguir siendo (Rodríguez-Pulido et al., 2012). 1.6. CONCLUSIONES Si bien hay algunos factores que facilitan el desarrollo de la violencia (el afán de dominio, la venganza o el odio, el sadismo y ciertas ideologías excluyentes, como el racismo o la xenofobia), los seres humanos cuentan con tendencias cooperativistas y altruistas que inhiben las conductas violentas: la empatía, el autocontrol, las normas 27 morales y la racionalidad. Estos valores pueden ser cultivados por la educación y la cultura, que son las armas con las que contamos para modificar los aspectos negativos de nuestra naturaleza. Es difícil negar el lado oscuro de la naturaleza humana. El ser humano no es necesariamente un ángel generoso, pero tampoco un demonio sediento de sangre. De hecho, el mundo es cada día mejor, aunque a veces no tengamos la idea de que sea así (Lázaro, 2013; Pinker, 2012). Asimismo, hay personas que han cometido un acto violento en unas determinadas circunstancias y que no están abocadas a repetir esos mismos actos en el futuro. Es el caso, por ejemplo, de personas con un trastorno mental grave que, si están adecuadamente tratadas y muestran una buena adherencia al tratamiento, cuentan con un buen pronóstico de futuro. Por ello, ninguna persona debería ser etiquetada definitivamente por lo que hizo en el peor momento o en el peor día de su vida. 28 2 Violencia y trastornos mentales ¿Son realmente más peligrosos los enfermos mentales que los sujetos normales? ¿Qué trastornos mentales están asociados a comportamientos violentos o incrementan su riesgo? ¿Se puede predecir en concreto qué personas con una enfermedad mental serán violentas? El estudio de la relación entre los trastornos mentales y la violencia tiene como objetivo dar respuesta a cuestiones como estas, que suelen plantearse de forma reiterada cuando se analizan acontecimientos violentos cometidos por personas con un trastorno mental y que habitualmente generan una gran inquietud social (Echeburúa y Loinaz, 2011). A veces pensar que un comportamiento contrario a lo que consideramos humano o socialmente aceptable es producto de una enfermedad nos evita el trance de aceptar la existencia de la maldad en nuestra especie. Pero lo hace a un coste muy alto: el de negar la responsabilidad que tienen las personas de sus actos y el de asociar, por motivos falsos, el trastorno mental grave con la violencia. No hay que ver enfermos mentales donde solo hay malvados ni hay que ver malvados donde solo hay enfermos mentales. Es difícil establecer, cuando existe, un nexo causal uniforme entre el trastorno mental y los actos violentos. En unos casos estos son consecuencia del trastorno; en otros, de la reacción de la persona ante el rechazo social o la discriminación a los que se ve sometida. Los trastornos mentales siempre han sido fuente de marginación, estigmatización y pobreza. Por último, hay que considerar también que las consecuencias de la conducta violenta sobre el propio sujeto (impacto emocional del hecho delictivo, privación de libertad, interrogatorios, cárcel, cambios familiares o rechazo social) pueden producir estados psicopatológicos que no estaban presentes en el momento del comportamiento violento. Así, por ejemplo, en el caso de los sujetos violentos encarcelados, al horror del encierro se pueden unir el hacinamiento, la falta de gratificaciones, el aislamiento familiar o el consumo de sustancias tóxicas, lo que puede dar lugar a síntomas psicopatológicos sobrevenidos (tristeza infinita, angustia vital, impulso de infligirse daño o presencia de voces imaginarias) (Esbec y Gómez Jarabo, 2000). Los trastornos mentales pueden estar asociados a habilidades de afrontamiento deficientes y a un aumento del estrés social e interpersonal. Por ello, las personas afectadas tienen una mayor predisposición a actuar impulsivamente, así como a tomar decisiones inadecuadas en situaciones de conflicto real o imaginado. A pesar de la alarma social suscitada, la mayoría de las personas afectadas por un trastorno mental no son violentas y, a su vez, los sucesos violentos que ocurren en 29 nuestra sociedad los cometen mayoritariamente personas sin ningún tipo de trastorno mental (Arbach-Lucioni y Andrés-Pueyo, 2007, 2015). Según los diversos estudios epidemiológicos, la mayoría de los pacientes psiquiátricos no son violentos, pero hay pacientes recientemente dados de alta o sin tratamiento —más aún si consumen alcohol o drogas— que presentan cifras de violencia superiores a las esperadas. Desde otra perspectiva, en la población penitenciaria los trastornos mentales son tres veces más frecuentes que en la población general (Volavka, 2002). Y parece razonable pensar que la cárcel no es el lugar adecuado para este tipo de personas. En realidad, los protagonistas de la violencia interpersonal, en su mayoría, no suelen ser enfermos mentales ni pueden ser tratados como tales. Se trata más bien de personas inadaptadas, en las que el abuso infantil, la falta de cohesión familiar, los problemas económicos o el castigo físico, todo ello aderezado con grandes dosis de alcohol y drogas, han llevado a la glorificación de la violencia y a la adopción de un estilo de vida violento o marginal (Rojas Marcos, 1995). Una sinfonía de horrores no puede explicarse solo como casos aleatorios de locura. Solo una pequeña parte de la violencia en la sociedad puede atribuirse a los pacientes psiquiátricos. La crueldad, en general, es propia de personas no trastornadas. Así, por ejemplo, M. D. era un asesino en serie belga condenado por haber secuestrado, torturado y abusado sexualmente de seis niñas y adolescentes de edades entre los 8 y los 19 años, de las cuales cuatro fueron asesinadas, entre 1995 y 1996. Esta persona llevaba a cabo una cadena de conductas muy elaboradas: preparar agujeros, instalar un arsenal de tortura y platós de filmación, elegir víctimas, atraerlas, etcétera. Esta secuencia —larga y compleja tanto psíquica como socialmente— resulta incompatible con el trastorno mental grave. Tal como analiza Zimbardo en El efecto Lucifer (2008), es posible que gente común pueda cometer, en condiciones especiales, hechos que sorprenden por su atrocidad. Las matanzas de Ruanda, las violaciones en Nanking, los asesinatos terroristas o el holocausto nazi son tan solo algunos ejemplos. Las personas con un trastorno mental cometen delitos de sangre caliente; pero hay muchos sujetos normales que llevan a cabo delitos de sangre fría. La agresividad viene predeterminada desde nuestro nacimiento como una respuesta adaptativa, una herramienta de supervivencia para responder ante amenazas externas. Pero cuando la interpretación del entorno es defectuosa, todo puede ser percibido como una amenaza y se puede reaccionar de manera desproporcionada, con miedo extremo o con violencia extrema (Niehoff, 2000); este sería el caso de algunos trastornos mentales. Los delitos violentos más graves, tales como el asesinato múltiple, las agresiones sexuales con muerte de la víctima, el homicidio seguido de suicidio o el parricidio, sobre todo si se trata de asesinatos agravados con ensañamiento o alevosía, hacen pensar frecuentemente en la presencia de una patología psíquica relevante. Lo primero que hay que preguntarse es si este sujeto presenta algún trastorno psiquiátrico, si está bajo los efectos de una droga o de alguna presión psicológica extrema, tal como la pertenencia a una secta. 30 Los principales trastornos mentales asociados a los comportamientos violentos son los siguientes: trastornos psicóticos, alcoholismo y toxicomanías, parafilias, celos patológicos, depresión y trastorno bipolar, reacciones postraumáticas, discapacidad intelectual, demencias y trastornos del control de los impulsos. 2.1. TRASTORNOS PSICÓTICOS Las psicosis son una serie de trastornos que se inician en la edad juvenil y se caracterizan por la presencia de síntomas graves que afectan al desajuste psíquico personal y a las relaciones con el entorno sin conciencia de su naturaleza patológica. Entre ellos figuran la pérdida del sentido de la realidad, los hábitos de higiene y de autocuidado deficientes, el comportamiento o el lenguaje desorganizado, las conductas extrañas, la hiperactivación, el aislamiento social y, sobre todo, los delirios o las alucinaciones. Todo ello lleva a un deterioro de la personalidad y tiene habitualmente un curso crónico, con tendencia a sufrir reactivaciones (Borrás, 2002). Los pacientes con una psicosis, en función de sus delirios, llegan a perder el contacto con el mundo real (o la capacidad para establecer un juicio correcto acerca de los datos de la realidad) y pueden atribuir a los demás actitudes o intenciones hostiles, lo que eleva el riesgo de implicación en conductas violentas (Douglas, Guy y Hart, 2009; Silver, Felson y Vaneseltine, 2008). Estas personas toman como ciertos sus fantasmas imaginarios, pierden el sentido de la realidad y no se sienten dueñas de sí mismas. En estos casos los pacientes, sumidos en la confusión, viven bajo el yugo de una realidad imaginaria. Un ejemplo de ello es el caso de F. G. E. («el matamendigos»), un indigente que mató al menos a 11 prostitutas y mendigos en Madrid entre 1987 y 1993, y que recibía órdenes delirantes para matar, que estaban agravadas en este caso con la necrofilia y el consumo abusivo de alcohol y Rohipnol. Las alucinaciones y los delirios dominan la voluntad del que los padece y coartan su libertad. Por eso, la violencia de los psicóticos pertenece a la enfermedad, no a la persona. Sin embargo, debe quedar claro que el trastorno mental grave explica tan solo un pequeño porcentaje de la criminalidad violenta, que con mucha mayor frecuencia se asocia al consumo de drogas, a la psicopatía y a otros trastornos de la personalidad. La desconexión del mundo que produce la esquizofrenia le produce al paciente una pérdida de interés hacia su entorno y una reclusión en su mundo interno de fantasías, lo que mitiga su peligrosidad. Se puede afirmar, por ello, que la violencia per se no es un síntoma de la esquizofrenia (Esbec y Echeburúa, 2010; Nederlof, Muris y Hovens, 2013). En cualquier caso, la posible relación existente entre psicosis y violencia es multidireccional (Redondo y Garrido, 2013): a) la psicosis es una causa de la violencia (por ejemplo, cuando hay ideas delirantes de persecución/amenaza o, en segundo lugar, cuando se producen síntomas globales de desorganización de la conducta que alteran el proceso de toma de decisiones); b) la psicosis es una consecuencia de la violencia (relacionada con el estrés generado por la conducta 31 violenta y por sus consecuencias), y c) la psicosis es un correlato de la violencia (es decir, la violencia y la psicosis están causadas por otros factores, tales como el abuso de drogas, la experiencia de victimización o los estresores psicosociales) en personalidades vulnerables. Mención especial merece el análisis de los sesgos atribucionales externos de hostilidad y de los estilos interpersonales coactivos en la relación entre violencia y psicosis (Harris, Oakley y Picchioni, 2014). La falta de motivación de una conducta violenta, cuando no hay un móvil de ganancia económica, de venganza, de sexo o de odio (es decir, cuando resultan incomprensibles por una falta de motivación concreta), es lo que lleva a pensar que se trata de un trastorno psicótico (Borrás, 2002). 2.1.1. Esquizofrenia paranoide La esquizofrenia, que puede afectar a cerca del 1 por 100 de la población, supone una pérdida del sentido de la realidad e incluye entre sus síntomas las alucinaciones —los afectados perciben imágenes y voces irreales—, los delirios —ideas fijas de algún modo amenazantes—, el pensamiento desorganizado y las alteraciones de la conducta. Estos síntomas están presentes en el paciente por un período superior a 6 meses. Los brotes psicóticos son puntuales, pero pueden repetirse varias veces en la vida. Hay síntomas más discretos y persistentes, como los déficits graves en las relaciones sociales, la falta de emociones o el deterioro cognitivo. El curso del trastorno tiende a ser crónico, tanto si la evolución es procesal (insidiosa, lenta y paulatina) como si ocurre por episodios, denominados brotes (Gisbert, Sánchez y Castellano, 2004a). Respecto a la edad de inicio, la esquizofrenia es un trastorno que suele comenzar en la adolescencia, lo que le lleva al sujeto a volverse más introvertido, pero los síntomas floridos no suelen aparecer hasta los 20 años (25 en el caso de las mujeres) (Borrás, 2002). El paciente con una esquizofrenia sufre una ruptura de su biografía psíquica (Cabrera y Fuertes, 1997). Los sujetos con este trastorno sufren frecuentemente el estigma de su posible peligrosidad. La población tiende a atribuir a estas personas una conducta imprevisible, a veces agresiva y con frecuencia peligrosa. Todo ello deriva del énfasis puesto por los medios de comunicación en acontecimientos puntuales protagonizados por un pequeño porcentaje de estos pacientes, lo que contribuye a su estigmatización (Dickerson, Sommerville, Origoni, Ringel y Parente, 2012). El análisis de la relación entre la esquizofrenia y la conducta violenta ha suscitado un volumen de investigación muy superior al de otros trastornos mentales. Si bien estos pacientes no son más peligrosos que la población general cuando están en tratamiento, lo cierto es que un importante porcentaje de ellos no reciben la terapia adecuada, abandonan la medicación o la toman de forma irregular. Bastantes de los pacientes diagnosticados de esquizofrenia (aproximadamente un 40 por 100) son malos cumplidores o cumplidores parciales o erráticos de las prescripciones terapéuticas. La falta de adherencia al tratamiento es debida a la ausencia de 32 conciencia de enfermedad, a los síntomas secundarios de los neurolépticos (discinesia, obesidad o disfunción eréctil) o al propio deterioro cognitivo (por ejemplo, en el caso de los síntomas negativos de los casos residuales) producido por el trastorno. Pero también hay veces en que un primer episodio psicótico puede debutar con actos violentos (Esbec y Echeburúa, 2016a). Según el estudio de Swanson et al. (2006) en un entorno comunitario con más de 10.000 pacientes, un 8 por 100 de los sujetos diagnosticados de esquizofrenia eran violentos, en comparación con el 2 por 100 de las personas sin trastorno mental. Sin embargo, la comorbilidad de la esquizofrenia con el abuso de drogas aumentó este porcentaje hasta el 30 por 100. Estos pacientes pueden recurrir al consumo de alcohol/drogas para hacer frente a los síntomas positivos (ansiedad, insomnio o depresión) o negativos (anhedonia, apatía o bradipsiquia) producidos por el trastorno. En realidad, el abuso de sustancias psicoactivas funciona como disparador de múltiples delitos violentos en la mayor parte de personas con trastornos mentales (Esbec y Echeburúa, 2016b). La mayoría de los actos violentos cometidos por personas con esquizofrenia están relacionados con la presencia de síntomas psicóticos positivos, es decir, con ideas delirantes persecutorias, autorreferenciales, místicas o celotípicas o con alucinaciones auditivas (voces) amenazantes o imperativas. Las ideas delirantes o las alucinaciones auditivas contribuyen al descontrol y a la conducta violenta del sujeto al vivenciar este como reales sensaciones o ideas que no se fundamentan en la realidad, pero que resultan ser determinantes de su comportamiento. En concreto, lo que hace más probable la conducta violenta es la aparición conjunta de actitudes de hostilidad y suspicacia, desorganización del pensamiento, ideas delirantes de persecución y alucinaciones auditivas. En estos casos estas órdenes son ejecutadas de forma automática, irreflexiva y brutal. Las conductas violentas surgen habitualmente al inicio del trastorno, cuando los pacientes comienzan a percibir con perplejidad cómo se desestructura su mundo interno y externo, o cuando reciben el alta en el hospital sin un seguimiento adecuado. El riesgo de violencia (mayor en varones jóvenes) aumenta cuando no toman o abandonan la medicación prescrita, consumen alcohol/drogas y carecen de apoyo familiar y social. Un factor de mal pronóstico es el comienzo precoz del trastorno, el inicio sin acontecimientos precipitantes y la falta de apoyo social (Guija, 2009). La violencia en las personas con este trastorno se manifiesta de forma brusca, imprevisible e incomprensible y responde a una lógica interna (distinta de la del mundo exterior) que deriva del pensamiento distorsionado y de los delirios y alucinaciones en los que la persona se siente perseguida, amenazada o atacada. Estas conductas nacen súbitamente, fruto de una inspiración delirante o de una alucinación (Cano Lozano, 2006). Se trata de agresiones inmotivadas. Estos pacientes no son libres, sino que actúan movidos por imperiosas fuerzas internas a las que no pueden resistirse. Además, estas personas se sienten extrañas, lo que les genera una fuerte angustia y una propensión a implicarse en conductas antisociales. Esta ausencia de 33 motivación e incomprensibilidad de la conducta del paciente es lo que genera preocupación a la sociedad (Borrás, 2002). Generalmente se trata de una violencia grave y desorganizada, que está asociada a una pérdida del control de los impulsos y que se puede confundir con actos de sadismo o ensañamiento. Se diferencia, sin embargo, de estos en que no hay una intencionalidad consciente de hacer daño ni se obtiene placer al infligirlo. Las ideas patológicas delirantes de estos pacientes, que actúan con la frialdad emocional propia del embotamiento afectivo de la esquizofrenia, suponen para ellos una fuerza irresistible. Los impulsos presentes en la esquizofrenia pueden ser muy violentos, con la peculiaridad de que tienen un carácter brusco y repentino (Gisbert et al., 2004a). Los sujetos afectados por un brote psicótico pueden matar a un ser querido porque oyen voces que les inducen a atacar o creen ver en la cara de sus víctimas gestos o miradas provocativas y no escapan del lugar, mostrando una indiferencia afectiva y una carencia de arrepentimiento porque han hecho lo que tenían que hacer. Muy frecuentemente la violencia se comete en solitario y es endonuclear, es decir, ejercida sobre algún familiar o cuidador cercano, pero no sobre gente desconocida, en parte porque la falta de recursos comunitarios restringe la convivencia al entorno familiar (Joyal, Putkonen, Paavola y Tiihonen, 2004). Este hecho contradice la creencia generalizada de que las personas con un trastorno mental grave suponen una amenaza indiscriminada para la población general. Se trata de crímenes sin historia, así llamados porque el sujeto no tenía necesariamente desavenencias previas con la víctima. Sin embargo, algunos pacientes esquizofrénicos también pueden presentar un cierto riesgo de implicarse en una delincuencia violenta (Modestin y Wuermle, 2005). Según Volavka (2002), hay dos tipos de violencia en las personas violentas con esquizofrenia. El Tipo 1 es el más frecuente y se da en pacientes descompensados, principalmente por la interrupción de su medicación o por el consumo de drogas; una vez compensados, su violencia cesa. A su vez, el Tipo 2 se da en pacientes resistentes al tratamiento con neurolépticos, que son reincidentes en su violencia y presentan disfunciones neurológicas asociadas al trastorno mental. Por tanto, el mayor riesgo en estas personas surge en el momento de producirse el brote psicótico, especialmente si la enfermedad no está diagnosticada o, aun estándolo, no hay una buena adherencia al tratamiento farmacológico, si el paciente deja de tomarlo o si consume alcohol/drogas. En general, la violencia es más frecuente en el trastorno que evoluciona por brotes que en el crónico. En los casos crónicos el deterioro sufrido por el paciente supone un freno para todo tipo de conductas impulsivas (Borrás, 2002). En todo caso, el episodio violento suele ir habitualmente precedido de un período de inestabilidad y alteraciones del comportamiento que no pasan desapercibidas para el entorno y que pueden funcionar como elementos predictores del estallido de violencia. Así, suele haber señales de alarma de signo pasivo (aislamiento, incomunicación o incapacidad para sentir emociones) o activo (conductas extrañas, conflictos con el entorno o abandono de las pautas lógicas de actuación). Es la 34 percepción del mundo como amenazante (y no la obtención de algún tipo de beneficio) lo que explica las conductas violentas en sujetos con síntomas esquizofrénicos (Arseneault, Moffitt, Caspi, Taylor y Silva, 2000; Echeburúa y Loinaz, 2011; Rodríguez-Pulido et al., 2012). Desde una perspectiva preventiva, conviene prestar atención a la fase prodrómica, cuando aún no está diagnosticado el trastorno. La esquizofrenia puede debutar con actos violentos extraños e inesperados precedidos de síntomas prodrómicos (irritabilidad, desconfianza, aislamiento social, deterioro en el funcionamiento o abandono de los roles establecidos). Asimismo hay un riesgo de recaída si el trastorno no está controlado. En general, las personas con esquizofrenia, excepto un pequeño subgrupo, no son pacientes especialmente violentos, sino que son retraídos, temerosos y pasivos. En todo caso, es mucho más probable que los pacientes tiendan a hacerse daño a sí mismos. De hecho, el 10 por 100 de los esquizofrénicos acaban suicidándose. En concreto, saltarse la medicación multiplica por cuatro el riesgo de suicidio. A modo de ejemplo, N. M., médica residente en un hospital de Madrid, de 31 años, mató a cuchilladas a tres personas (una médica, una paciente y un visitante) e hirió a otras siete en 2003 con una gran frialdad emocional. Esta persona llevaba tiempo aquejada de una esquizofrenia paranoide que, al ir acompañada de ideas delirantes persecutorias, alucinaciones y alteraciones del comportamiento, le hacía sentirse perseguida y espiada y, además, no tomaba la medicación prescrita. Todo ello afectaba a sus relaciones sociales y laborales, y se encontraba en pleno brote violento. No confiaba en nadie y creía que su vida corría peligro. No era propiamente una delincuente ni una asesina. Era una enferma y, por ello, no era penalmente responsable al concurrir la eximente completa de alteración psíquica, lo que llevó al tribunal a adoptar unas medidas de seguridad (internamiento psiquiátrico). Por último, la Audiencia Provincial de Madrid decidió en 2017 dejar en libertad a N. M., condenada en 2006 a 25 años de internamiento psiquiátrico, porque ya no constituye un peligro para los demás ni para sí misma, según los informes médicos considerados. A partir de ahora recibirá tratamiento ambulatorio y quedará bajo custodia familiar. En otros casos, el consumo habitual de drogas, sobre todo hachís/marihuana, puede inducir a brotes psicóticos que, en determinadas circunstancias, pueden cargarse de violencia. Así, un joven de 26 años, con antecedentes de consumo habitual de marihuana desde los 13 años, tras experimentar un brote psicótico (en el que se mostraba como ido, ausente y agresivo), mató en septiembre de 2016 en Menorca a su madre tras asestarle más de veinte puñaladas, hirió de gravedad a su padre e intentó luego suicidarse. Por último, hay veces en que los trastornos psicóticos se muestran de una forma atípica. Así, A. I., un ejecutivo español de 36 años que vivía y trabajaba en Londres, con éxito en su profesión, con un matrimonio estable y con una posición social acomodada, en 2007 mató bruscamente a su única hija de 2 años, golpeándola reiteradamente en la cabeza. Al parecer, experimentó un brote psicótico agudo con 35 ideas delirantes de tipo satánico (liberar a su hija del demonio). A veces, una esquizofrenia latente puede despertar pasados los treinta años en personas sanas sometidas a un prolongado estrés, en este caso, al parecer, de tipo laboral. En resumen, la esquizofrenia explica solo un pequeño porcentaje de la criminalidad violenta, que se relaciona más frecuentemente con una historia previa de violencia y victimización, con el abuso de sustancias tóxicas y con anomalías de la personalidad. Los retos principales de futuro son el rechazo de la estigmatización social de estos pacientes, que mayoritariamente no son violentos y que requieren unos cuidados especiales, el diseño de protocolos de valoración y gestión del riesgo adecuados para detectar y afrontar los síntomas prodrómicos, y la complementación del tratamiento farmacológico con una intervención psicosocial integrada (Esbec y Echeburúa, 2010, 2016a). 2.1.2. Trastorno delirante El trastorno delirante se caracteriza por la presencia de ideas delirantes persistentes, sin el resto de los síntomas que están presentes en la fase activa de la esquizofrenia, con la conservación íntegra de otras funciones psíquicas y sin un deterioro cognitivo en el curso evolutivo del trastorno. Estas ideas, acompañadas de una fuerte carga afectiva, están basadas en deducciones incorrectas, no se corresponden con la realidad exterior, son inamovibles a pesar de las pruebas en contra y no concuerdan con las creencias compartidas con otros miembros del mismo entorno cultural. El sujeto vive como real la idea delirante, que impregna la totalidad de su conducta por el componente emocional que tiene y altera su libertad volitiva. Las ideas delirantes otorgan una fuerza patológica irresistible al paciente afectado. Este trastorno es menos frecuente que la esquizofrenia y aparece en edades más tardías (en torno a los 40 años) (tabla 2.1). TABLA 2.1 Diferencias entre esquizofrenia y trastorno delirante Esquizofrenia Trastorno delirante — Inicio en la juventud. — Ideas delirantes absurdas. — Frialdad y lejanía afectiva. — Deterioro social y laboral. — Inicio en edades medias. — Ideas delirantes creíbles. — Afecto sintónico. — No deterioro sociolaboral. FUENTE: Cabrera y Fuertes, 1997. Una de las diferencias respecto a la esquizofrenia es que las ideas delirantes están sistematizadas y no son necesariamente extravagantes, es decir, pueden pasar por reales porque su ocurrencia es posible en la vida cotidiana. Tal es el caso de las conspiraciones, del acoso o de las infidelidades. El paciente percibe que las personas 36 de su alrededor tratan de perjudicarles y encadenan detalles sin importancia a sus ideas delirantes. El convencimiento relacionado con la veracidad de la idea delirante es extremo. Al margen del contenido concreto del delirio, el pensamiento de estos pacientes está bien conservado y es coherente. A partir de unas premisas falsas, se razona de forma más o menos lógica y se llega a conclusiones absurdas. Este es uno de los factores que incrementa el riesgo de estos sujetos, explica la facilidad para ocultar el delirio y complica, por ello, su detección. La capacidad intelectual está al servicio del delirio. Fuera del comportamiento directamente relacionado con el tema de las ideas o del sistema delirante, en las personas afectadas son normales la afectividad, el lenguaje y el resto de las conductas. Los pacientes son capaces de disimular sus creencias delirantes, lo que hace que su apariencia de normalidad sea completa, salvo cuando pasan a la acción guiada por su delirio (Gisbert et al., 2004a; Llera, 2009). Las personas con un trastorno delirante pueden ser conscientes de que las conductas que llevan a cabo son ilícitas, pero pueden creer que están justificadas por el temor a un daño mayor. Así, estos pacientes pueden confundir a la víctima con un diablo, con la reencarnación del mal o, simplemente, con un enemigo que no lo es (Borrás, 2002; Martín Vázquez, 2013a). Si bien este trastorno puede aparecer en personas muy variadas, hay sujetos más vulnerables a padecer un trastorno delirante en la vida adulta. Se trata frecuentemente de personas con una rigidez cognitiva que se caracterizan por una predisposición a interpretar negativamente las intenciones de los demás, así como a mostrar sospechas generalizadas, dudas sobre la fidelidad de los amigos, celos inmotivados, actitudes rencorosas y percepción de ataques generalizados. La victimización en la infancia puede predisponer a la aparición de ideas paranoides por la creencia generalizada de que la vida de una persona está influida por fuerzas externas que no se controlan. Asimismo, el consumo abusivo de drogas (alcohol o cocaína especialmente) aumenta la percepción de amenaza y reduce la inhibición conductual. Una situación continuada de estrés también puede empeorar el delirio. Se podría decir que los pacientes con este trastorno, que carecen de conciencia de enfermedad, son más fríos y calculadores que los sujetos con esquizofrenia y que pasan más desapercibidos, incluso frente a los propios psiquiatras, ya que no presentan el deterioro cognitivo generado habitualmente por la esquizofrenia. Además, controlan muy bien su delirio (con el convencimiento de poseer la única verdad), hasta que explotan y cumplen con su deber (necesidad delictiva de tomarse la justicia por su mano). Este trastorno puede denotar una mayor peligrosidad que la esquizofrenia, pero es menos frecuente. El trastorno delirante puede permanecer oculto hasta la comisión de la conducta violenta. La esquizofrenia, en cambio, debuta con otros síntomas y hay un historial antes de la ejecución del delito. Las ideas delirantes son centrales, crónicas, resistentes al cambio, no responden bien al tratamiento farmacológico y habitualmente no incapacitan a la persona tanto como para hacer necesaria su hospitalización (Martín Vázquez, 2013a). Por otra parte, no hay que confundir la desconfianza generalizada de algunas 37 personas (la susceptibilidad) con el trastorno delirante. Las sospechas infundadas aparecen en muchas personas, pero no revisten el carácter extremo que caracteriza a los pacientes afectados por el trastorno delirante, que son solitarios y no se fían de nadie. En estos pacientes lo que comienza por ser una sospecha delirante se convierte finalmente en una estructura delirante completamente desgajada de la realidad (Carrasco y Maza, 2005). El comienzo de este trastorno suele ser lento, progresivo e insidioso, y no se manifiesta inicialmente de una forma brusca, como ocurre frecuentemente en la esquizofrenia. La peligrosidad del paciente con un trastorno delirante deriva de su aparente normalidad psíquica (fuera del ámbito del delirio) y de la fuerte agresividad que genera la firme convicción de sus ideas delirantes, así como de la ausencia de conciencia de enfermedad (Cabrera y Fuertes, 1997). Algunos de los delirios más frecuentemente relacionados con las conductas violentas son los siguientes: a) Ideas delirantes de persecución. Es el delirio más frecuente entre los homicidas con un trastorno psicótico y el que se halla más asociado con la conducta violenta (Joyal et al., 2004). Los sujetos afectados por este delirio tienen toda la atención centrada en los estímulos amenazantes y muestran dificultades para captar los sentimientos o pensamientos de los demás. El contenido del delirio hace percibir al sujeto el entorno como hostil y lleno de enemigos, lo que le lleva a amenazar y ejecutar conductas violentas incomprensibles —incluso contra personas desconocidas— con un sentido defensivo imaginado. En estos casos el supuesto perseguido se transforma en perseguidor. Se trata de un peligro imaginario que el paciente vive como real. El sujeto puede atribuir la persecución o la vigilancia de la que se siente objeto a alguien cercano (unos vecinos), a una organización (la CIA o el CESID) o incluso a entes extraterrestres. Los delitos violentos de estas personas son, en realidad, actos ofensivos impulsados por imperativos defensivos. El consumo de drogas puede agravar este delirio. b) Delirio de celos. La idea central de este delirio es la supuesta infidelidad de la pareja, de la que se tiene certeza (no meramente una sospecha). En los demás campos el paciente conserva un pensamiento coherente y un comportamiento adaptado. Las conductas implicadas en este delirio oscilan desde la invasión de la intimidad y la restricción de libertad a la víctima hasta conductas explícitamente violentas, incluidas el homicidio (a veces seguido de suicidio). La evolución de este delirio —casi siempre sin un fundamento cierto— es muy tenaz, con atenuaciones, repeticiones, paroxismos, momentos depresivos, tendencias suicidas y actos violentos (por ejemplo, contra la pareja). El delirio de infidelidad se puede instalar en la mente de quien sufre celos patológicos de la forma más subrepticia. Una imagen, una mirada, una palabra cualquiera pueden servir para desencadenar una cascada de indicios y de pruebas, que son manifestaciones de una «realidad» que de repente brota de los 38 surcos de una mente enfermiza con la fuerza de un torrente desbocado y que pueden llevar al sujeto a una acción violenta. Los celos ciegan más que el amor. Con la edad y el declive del atractivo personal del sujeto, sobre todo si se acompaña de trastornos sexuales, el problema se puede agravar y adquirir tintes violentos. La violencia se puede precipitar en el contexto de una intoxicación alcohólica, que contribuye al descontrol de los impulsos. c) Delirio de amor. El contenido fundamental de este delirio es que otra persona, normalmente desconocida y de nivel social o de prestigio superior, está enamorada del paciente. El sujeto puede llegar a creer que todos conocen esta historia de amor, pero que callan por discreción. El delirio de amor puede evolucionar desde una fase de esperanza a una fase de despecho y, finalmente, de rencor. El sujeto puede implicarse entonces en conductas de acoso o incluso de violencia con la víctima. El acoso puede revestir diversas formas: mensajes, llamadas, encuentros forzados, etcétera. Estas personas no son habitualmente agresivas, pero pueden convertirse en violentas cuando el amor se transforma en odio tras sucesivos rechazos. Así, por ejemplo, L. G., una chica higienista dental de 25 años, en febrero de 2014 vivía una auténtica y exagerada obsesión de enamoramiento con respecto a un conocido periodista deportivo de la radio. Ya tenía antecedentes de acoso sexual con un futbolista. Y para ello no concebía barreras, hasta el punto de que planeó matar a la mujer y a la hija del periodista con la ayuda de un cómplice. La esposa del periodista fue abordada y herida con un arma blanca, junto a la hija de la pareja, cuando se disponían a subir a su coche en una zona residencial de Madrid. L. G. vivía en un profundo delirio, habiendo construido una auténtica (para ella) realidad paralela, de tal modo que sus acciones se orientaban exclusivamente a hacer realidad el enamoramiento alcanzado. Estaba convencida de que él «la miraba mucho y tonteaba con ella», hasta el punto de montarse una película en torno a una posible relación sentimental. L. G. sufría un trastorno delirante de tipo erotomaniaco (delirio de amor), que condicionaba por completo su voluntad y que la llevó a pensar que el locutor estaba enamorado de ella. «Era el hombre de mi vida y me enamoré excesivamente de él». En la sentencia de mayo de 2016, ratificada por el Tribunal Supremo, ha sido declarada inimputable por trastorno mental y recluida en un centro de internamiento psiquiátrico como medida de seguridad. Otro caso relacionado con este tema es el de A. M., un alemán que en 2009 tenía 41 años y llegó a España con una fijación enfermiza: declarar su amor a una actriz, a la que enviaba cartas y regalaba flores, confesándole su amor. Al no recibir respuesta a sus cartas y sentirse rechazado por ella, quiso matarla a la salida de una función teatral. Condenado en 2010 a ocho años de cárcel por intento de homicidio y tenencia de armas (una ballesta), los funcionarios de la prisión han encontrado en su celda una colección de fotos de su víctima y de otras siete actrices. Los retratos estaban acompañados de notas de amor. 39 d) Delirios mesiánicos (tener una misión que cumplir) o satánicos (sentirse víctima de un maleficio). Estos son siempre los más peligrosos, pues ser elegido de Dios supone siempre un alto riesgo para los demás, que son muchas veces víctimas de la intolerancia y de ese gran ego que se supone siempre en un elegido o en un poseído. Hay pacientes que pueden creerse Dios y consideran que la víctima es el demonio: en su imaginario no matan a una persona, matan al demonio. Estas personas se cargan de un dogmatismo intolerante, con una sensación de poder irresistible. En estos casos, tras la conducta violenta cometida, el sujeto siente que ha actuado como debía y que es merecedor del agradecimiento universal. Por ejemplo, J. W. G. (el «payaso asesino» de Chicago), un asesino misionero, dio muerte entre 1972 y 1978 al menos a 33 jóvenes en Estados Unidos, y creía que la sociedad debía estarle agradecida porque la había librado de unos cuantos punkies y mariquitas. En estos casos de delirios mesiánicos, si surgen en el marco de una secta, puede darse el contagio emocional para ser el «elegido del elegido». Un caso de delirio satánico fue el de M. B. R., llamado también el hombre lobo, que actuó en Galicia en el siglo XIX y que, al parecer, estaba convencido de sufrir el mal de ojo y de transformarse en períodos de luna llena en un hombre lobo, lo que le llevaba a cometer asesinatos a mordiscos a personas diversas (ancianas, prostitutas, menores). El parricidio y el filicidio son profundamente antinaturales porque vulneran la llamada de la sangre. Algunos parricidios, sobre todo cuando la víctima es la madre, y algunos filicidios, sobre todo los cometidos por la madre, pueden estar vinculados a trastornos delirantes (Martín Vázquez, 2013a). En estos casos las madres creen que cumplen con una obligación, bien porque piensan que los menores son portadores de algún tipo de maldición, bien porque tienen la convicción de que hacen con ello un beneficio a los demás. A veces los filicidas acaban por suicidarse. En resumen, los pacientes con un trastorno delirante cometen el delito con premeditación, lucidez y refinamiento. La motivación es inexplicable por razones lógicas: no hay móviles lucrativos ni odio o venganza objetivos ni celos reales. Algunas características adicionales son la comisión del delito en solitario, el sentimiento del deber y de haber hecho justicia («tuve que hacerlo, no tenía más remedio, me vi obligado a ello»), el desapego emocional y la frialdad, el embotamiento afectivo característico de las psicosis y la justificación del hecho con una argumentación exhaustiva, sin arrepentimiento, por lo que no suelen huir del lugar de los hechos y reconocen la autoría de la conducta realizada. A diferencia de otros delitos pasionales, en donde los sujetos pueden dar muestras de arrepentimiento y pesadumbre o dar lugar a conductas suicidas posteriores, estos sujetos no presentan conmiseración con la víctima (Gisbert et al., 2004a). El riesgo de violencia aumenta cuando hay circunstancias estresantes previas al delito y cuando hay una comorbilidad entre el trastorno psicótico y la psicopatía o una parafilia, como el sadismo. 40 2.2. ABUSO DE ALCOHOL Y DROGAS Las sustancias psicoactivas actúan sobre el sistema nervioso central y pueden influir en determinadas áreas del comportamiento humano, y muy en concreto sobre la conducta violenta. En este sentido el alcohol y las drogas (cannabis, cocaína, éxtasis, etc.) pueden reducir el control inhibitorio de los impulsos, alterar la regulación de las emociones negativas y afectar negativamente a la valoración de la situación y a la toma de decisiones (tabla 2.2). Así, el consumo abusivo de estas sustancias aumenta la posibilidad de que una persona pueda convertirse en agresor e incluso en víctima de la violencia (en este último caso, por disminución de la conciencia de riesgo, al no percatarse de las señales de peligro, o por la mayor incapacidad de resistirse) (Esbec y Echeburúa, 2016b). TABLA 2.2 Sustancias psicoactivas y conductas violentas Actuación del alcohol/drogas sobre el sistema nervioso central — Reducen el control inhibitorio de los impulsos. — Alteran la regulación de las emociones negativas. — Distorsionan la percepción de la situación (conciencia de riesgo). — Influyen negativamente en la toma de decisiones. — Facilitan las conductas de imprudencia. — Interfieren gravemente en las relaciones familiares y sociales. — Reducen el rendimiento escolar/laboral. — Aumentan las actitudes de desconfianza y de hostilidad. FUENTE: Esbec y Echeburúa, 2016b. Se considera que hay abuso de sustancias psicoactivas cuando un sujeto muestra un deseo imperioso de continuar consumiendo la droga y de procurársela por todos los medios, cuando tiende a aumentar la dosis progresivamente (tolerancia) y cuando aparece un síndrome de abstinencia al suprimir el consumo (dependencia). Es decir, esta pérdida de control sobre la sustancia consumida genera daños para el propio sujeto y las demás personas en forma, por ejemplo, de conductas violentas, imprudencias (como en los accidentes de circulación) o alteraciones del entorno familiar/social. En estos casos, la vida de la persona afectada gira en torno a la sustancia, con una merma considerable en el rendimiento escolar/laboral y con una afectación grave de las relaciones interpersonales (pareja, familia y amigos) (Carrasco y Maza, 2005). Ha habido un cambio considerable en las pautas de consumo de alcohol en la población española en los últimos años. Se ha pasado de un patrón mediterráneo (consumo moderado de vino en las comidas en el marco de una interacción social en personas adultas) a un patrón anglosajón (consumo abusivo de cerveza y licores a dosis altas los fines de semana en personas jóvenes en ambientes nocturnos/festivos, a veces con el objetivo explícito de conseguir la embriaguez y con frecuencia con la 41 mezcla de otras sustancias adictivas, como el hachís o la cocaína). Este último patrón de bebida está más ligado a la violencia (tabla 2.3). TABLA 2.3 Patrones de consumo de alcohol Patrón mediterráneo Patrón anglosajón — Consumo moderado de alcohol (vino o cerveza). — Ingesta en las comidas o en una interacción social. — Personas adultas. — Sin mezcla de otras drogas. — Consumo de alcohol hasta la embriaguez. — Bebida al margen de la comida y a veces en solitario. — Personas mayoritariamente jóvenes. — Policonsumo de alcohol y drogas (hachís, cocaína, estimulantes). FUENTE: Echeburúa, 2001. Los síntomas iniciales del consumo de alcohol, buscados expresamente por los consumidores abusivos, son, entre otros, de euforia, bienestar emocional, aumento de la sociabilidad, liberación de inhibiciones y aumento de la confianza. La relación entre el abuso y la dependencia de drogas con la violencia, pese a ser repetidamente estudiada, es aún controvertida. Ni todos los que beben mucho son violentos, ni la violencia viene siempre acompañada del consumo de sustancias. Es más, la violencia no se ejerce de forma indiscriminada, sino solo sobre las víctimas más vulnerables o sobre aquellas ante las que el agresor muestra actitudes negativas. Es decir, el alcohol es especialmente peligroso en aquellos sujetos que ya tienen un estado de ánimo predispuesto para agredir o que presentan un trastorno comórbido (psicopatía o trastorno psicótico). A su vez, las expectativas y las actitudes (de hostilidad, por ejemplo, que resultan habituales en la violencia de género), así como el efecto patoplástico de la personalidad del sujeto (impulsividad, ira búsqueda de excitación), modulan asimismo la respuesta violenta inducida por el alcohol (McMurran, 2013). Por otra parte, el alcohol y las otras drogas pueden relacionarse de forma distinta con el comportamiento violento. Así, en el alcohol lo que lleva a la violencia puede ser su componente desinhibidor, mientras que en las drogas ilegales el efecto farmacodinámico (por ejemplo, estimulante en el caso de la cocaína o del speed, que puede volver irritable e irracional al consumidor) puede sumarse a un estilo de vida más o menos marginal y a las peripecias vinculadas al suministro de drogas (robos, agresiones por venganza, etc.) (Bennett, Holloway y Farrington, 2008). La asociación entre el consumo de cannabis y la violencia no está tan clara. Por ejemplo, la intoxicación de alcohol y/o de cocaína produce frecuentemente agitación, hiperactivación y síntomas paranoides, con la consiguiente vivencia distorsionada de la realidad. Estos síntomas son habitualmente dependientes de la dosis y pueden ocurrir incluso en consumidores sin ningún antecedente psiquiátrico (Romero-Martínez y Moya-Albiol, 2015). La relación alcohol/violencia es mayor en personas que presentan ciertos rasgos de personalidad inestable, impulsiva o 42 antisocial, así como un deterioro de las funciones cognitivas y un historial violento. Además, la mayoría de los consumidores de cocaína también abusan del alcohol, lo que genera un efecto desinhibidor sobre la conducta que puede traducirse en impulsividad, capacidad de juicio disminuida y explosividad. Es decir, el abuso de alcohol/drogas reduce el autocontrol, afecta negativamente a las relaciones sociales y de pareja, y envalentona al consumidor, sobre todo si se bebe conscientemente para perder las inhibiciones. Los sujetos pueden volverse muy susceptibles y pueden llegar a tener vivencias autorreferenciales, en especial en personalidades con rasgos paranoides. Todo ello facilita la adopción de comportamientos violentos que, en algunos casos, pueden venir seguidos de estados amnésicos completos (Delgado, Maza y De Santiago, 2013). Sin duda, uno de los principales factores de interés en las investigaciones actuales es el papel mediador de este consumo en las conductas violentas y no necesariamente su relación de causalidad. El efecto de las drogas no es el mismo en personas sanas que en sujetos con trastornos mentales (Szerman y Rovira, 2013). De este modo, el abuso y la dependencia de alcohol/drogas pueden interactuar con algunos trastornos mentales, incrementando el riesgo de cometer actos violentos, que posiblemente no se cometerían sin ese consumo. Según un estudio muy amplio (Fazel, Långström, Hjern, Grann y Lichtenstein, 2009), la probabilidad de cometer un delito violento en pacientes con esquizofrenia es significativamente superior en los afectados que presentan comorbilidad con el abuso de drogas que en los que solo son diagnosticados de esquizofrenia. Por ello, la patología dual, junto con una combinación de factores (rasgos de personalidad límite o sintomatología traumática), desempeña un papel principal en el desarrollo de las conductas violentas, hasta el punto de que el abuso de drogas es el predictor de violencia más consistente entre pacientes psiquiátricos. Más en concreto, la psicopatía y el abuso de alcohol/drogas son los trastornos que en mayor medida se dan de forma conjunta en sujetos homicidas con un trastorno mental (Sirotich, 2008; Elbogen y Johnson, 2009). Los toxicómanos varones, especialmente cuando consumen alcohol y estimulantes (cocaína, por ejemplo) o drogas de síntesis (speed o éxtasis), cuentan con una gran probabilidad de verse implicados en conductas violentas o de abuso sexual intrafamiliar, sobre todo cuando se pertenece a un entorno socioeconómico bajo y caracterizado por la promiscuidad sexual. Así, la violencia se desencadena habitualmente cuando se da una de estas circunstancias (Echeburúa y Loinaz, 2011): a) Cuando hay una intoxicación mixta de alcohol y drogas (estimulantes) y se desencadenan cuadros alucinatorios y paranoides superponibles a síndromes psicóticos. El policonsumo de sustancias psicoactivas está muy vinculado a la violencia. b) Cuando se generan borracheras patológicas en personas con epilepsia o que han sufrido traumatismos craneoencefálicos. c) Cuando el consumo de sustancias adictivas tiene lugar en psicópatas explosivos 43 o personalidades inestables. En estos casos la violencia puede surgir de forma brusca, imprevista y sin relación histórica con la víctima (García-Andrade, 1995). En realidad, los trastornos mentales y las drogas constituyen un cóctel explosivo. No es por ello casual que un elevado porcentaje de personas con una toxicomanía tengan un dilatado historial de conductas violentas. Por lo que se refiere específicamente a la violencia sexual, los efectos psicofarmacológicos de las sustancias adictivas interactúan con las distorsiones cognitivas de los agresores (por ejemplo, «cuando una mujer ha tomado alcohol/drogas, está más receptiva a las propuestas sexuales»; «si se muestra simpática en esas condiciones, es un reflejo del deseo sexual que tiene»; «si bebe sin moderación, es una chica fácil», etc.). Todo ello se agrava cuando, en el transcurso de una interacción sexual, la mujer no quiere ir a más y el hombre se siente legitimado para forzarla «por haberle provocado sexualmente». No obstante, la conducta violenta generada por el consumo abusivo de alcohol y drogas está frecuentemente mediada por la presencia de actitudes favorables a la violencia y por el sistema de valores previos del sujeto. Es decir, para que haya violencia tiene que unirse el efecto desinhibidor del alcohol (que actúa sobre el control de impulsos, la toma de decisiones y el nivel de conciencia) a actitudes negativas respecto a las víctimas de la agresión. Así, una persona con una intoxicación por alcohol y drogas se siente más desinhibida y muestra recelos que le pueden llevar a implicarse en conductas violentas especialmente con personas a las que considera inferiores (inmigrantes, de raza distinta, homosexuales) o débiles (mujeres) y en situaciones de impunidad (en el hogar, en lugares aislados o actuando en grupo) (Echeburúa y Corral, 1998). Asimismo, cabe distinguir una violencia reactiva, inducida por el consumo de sustancias, de una violencia instrumental que tiene como objetivo conseguir dinero para comprar la droga o llevar a cabo ajustes de cuentas en el ámbito del narcotráfico (Leganés, 2010). Es decir, hay que diferenciar el drogadicto-delincuente, que delinque por los efectos psicofarmacológicos de las drogas o por la carencia de las mismas, del delincuente-drogadicto, que suele presentar un trastorno antisocial o narcisista de la personalidad (Esbec y Echeburúa, 2016b). En muchos homicidios hay una gran dosis de odio e impulsividad, así como de aislamiento social. Estos atributos, especialmente cuando están potenciados por el alcohol, producen una ira intensa que se materializa en explosiones episódicas de conducta violenta dirigida a los demás (Stone, 2009). No cabe duda de que el consumo abusivo de sustancias psicoactivas es el trastorno mental que más está relacionado con la conducta violenta, sobre todo si aparece de forma comórbida con la psicopatía. En estos casos, se trata de personas adictas a la violencia que muestran una tensión interna, alimentada por una fantasía recurrente, para cruzar el límite y comportarse de una forma violenta y que se vengan de los agravios sufridos, al mismo tiempo que se sienten gratificadas por la atención 44 mediática que reciben. Un aspecto de interés es la disminución de la tolerancia al alcohol que presentan personas que han sufrido un traumatismo craneoencefálico. Ello supone que ingestas de alcohol moderadas, incluso bien toleradas antes del accidente, provoquen reacciones descontroladas que dan lugar a conductas patológicas violentas (Carrasco y Maza, 2005). En general, hay una relación entre el alcohol y las drogas estimulantes con la violencia interpersonal. Por lo que se refiere a la violencia contra la pareja, el alcohol y la cocaína se asocian más con los agresores, y el cannabis y los opiáceos con las víctimas. En último término, el impacto de las sustancias psicoactivas sobre la conducta violenta, en cuanto a frecuencia y gravedad, va a depender del balance existente en cada persona entre la conducta excitatoria (hostilidad, ira, rasgos de personalidad antisocial) y la conducta inhibitoria (empatía, autocontrol) (Leonard y Quigley, 2017). 2.3. TRASTORNOS PARAFÍLICOS Las parafilias de carácter delictivo se caracterizan por la presencia de fantasías sexuales intensas y recurrentes, y de comportamientos sexuales reiterados que implican a menores o que generan sufrimiento o humillación a las víctimas. Según el DSM-5 (American Psychiatric Association, 2013), un trastorno parafílico es una parafilia que causa malestar o deterioro en la persona, o una parafilia cuya satisfacción supone la transgresión de la libertad sexual de otra persona (o un consentimiento viciado) y conlleva, por ello, un perjuicio o riesgo de daño para ella. Un componente importante del trastorno es que las fantasías o estímulos parafílicos sean necesarios para alcanzar la excitación sexual y se incluyan invariablemente en la actividad sexual. La relación de los trastornos parafílicos con la violencia sexual no siempre es lineal, ya que en esta con frecuencia se entremezclan componentes parafílicos con actitudes de hostilidad, abuso de alcohol/drogas y presencia de otros trastornos mentales (trastornos de la impulsividad, por ejemplo) o de anomalías de la personalidad (Farré, 2013). En líneas generales, los trastornos parafílicos denotan un déficit para establecer una relación afectiva madura con personas adultas de una forma consentida. Muchos agresores sexuales presentan preferencias sexuales desviadas (como la atracción por menores o el empleo de la violencia en la conducta sexual). Sin embargo, no se pueden considerar necesariamente como parafilias todos estos casos. De hecho, el DSM-5 no incluye una categoría diagnóstica aplicable a los violadores; a su vez, algunos abusadores de niños no cumplen los criterios de pedofilia (Marshall, 2007). Por ello, la violación y el abuso sexual son categorías delictivas, no diagnósticos clínicos, si bien la mayor presencia de trastornos parafílicos en los agresores sexuales o en los abusadores de menores implica un mayor riesgo de 45 reincidencia (Redondo, Pérez y Martínez, 2007). Los sujetos afectados por una parafilia presentan habitualmente otros trastornos comórbidos, tales como el abuso de alcohol y drogas o las anomalías de la personalidad (la psicopatía especialmente). Esto es así porque el psicópata considera a su pareja más como un objeto de placer que como una persona con la que interrelacionarse afectiva y sexualmente en un plano de igualdad (Borrás, 2002). Además, es muy frecuente en estas personas la presencia de hipersexualidad y de multiparafilias (por ejemplo, pedofilia, exhibicionismo y travestismo) (Delgado y Delgado, 2013). La conexión de las parafilias con la conducta violenta viene dada por el objeto mismo de la excitación sexual. Así, en el caso de los pedófilos los menores son violentados de una manera más o menos brusca o sutil para que los adultos satisfagan su pulsión sexual; y en el caso de los sádicos, las víctimas son forzadas a experimentar dolor o sufrimiento (físico o psicológico) para que los agresores puedan excitarse sexualmente. Lo que pone en marcha las conductas parafílicas en los sujetos afectados son las fantasías sexuales recurrentes (cada vez de mayor intensidad), la masturbación compulsiva y ciertas conductas facilitadoras, como el consumo de alcohol/drogas o el recurso a la pornografía o al cibersexo. Sin embargo, hay personas con parafilias que no llevan a la realidad sus fantasías y no dan rienda suelta a sus deseos sexuales atípicos, excepto en el ámbito de la masturbación. De hecho, existe un mercado amplio en Internet y en el mundo del porno donde se pueden satisfacer esos deseos, sin que ello conlleve necesariamente la implicación en conductas interpersonales violentas o de abuso (Borrás, 2002). No se conoce aún con exactitud la etiología de las parafilias. Estas personas suelen haber tenido experiencias extrañas precoces de tipo sexual, especialmente en los períodos críticos de la infancia, y suelen haber sido objeto de malos tratos. Estos sujetos muestran asimismo dificultades de comunicación debido a su introversión o a su agresividad, lo que dificulta una relación normalizada a nivel afectivo y sexual con personas adultas. Las personas con parafilias tienen unas conductas muy arraigadas y son, por ello, tendentes a la reincidencia (Borrás, 2002; Echeburúa y Loinaz, 2011). 2.3.1. Pedofilia La pedofilia es un tipo de parafilia experimentada por un adulto y que consiste en la excitación o el placer sexual derivados de conductas o fantasías sexuales repetidas o exclusivas con niños prepúberes (en general, de 6 a 12 años). La pedofilia está relacionada con los delitos de abuso sexual en niños, pornografía infantil y corrupción de menores. Si bien la persona con este trastorno (un varón habitualmente) puede excitarse con menores de ambos sexos, la atracción hacia las niñas se da con bastante más frecuencia que la atracción hacia los niños. Sin embargo, el índice de recaídas de los sujetos con una pedofilia homosexual es mucho más alto (Seto, 2009). 46 Más que la diferencia de edad —factor, sin duda, fundamental que distorsiona toda posibilidad de relación libremente consentida—, lo que define la pedofilia es la asimetría de poder entre los implicados en la relación y la presencia de coacción — explícita o implícita— por parte del adulto. Hay una pedofilia de tipo exclusivo (atracción exclusiva por los menores) y una de tipo no exclusivo, en donde los sujetos pueden excitarse sexualmente ante menores y adultos. Este último caso es reflejo de una hipersexualidad que puede calificarse como de adicción al sexo. Las conductas sexuales involucradas en la pedofilia pueden ser sin contacto físico directo por parte del adulto (exhibicionismo, masturbación delante del menor o generación de una hipersexualización en el menor por medio de relatos o imágenes inadecuadas) o con contacto físico directo (por ejemplo, besos, caricias, masturbación del menor o contactos bucogenitales). La penetración —vaginal o anal— es una práctica mucho menos frecuente, excepto en el caso de las víctimas adolescentes. Por otra parte, y a diferencia de la violación, la pedofilia, que genera un fuerte rechazo social, no viene acompañada habitualmente de conductas violentas explícitas, pero sí de coacción o intimidaciones más o menos sutiles. No hay que confundir, sin embargo, la pedofilia con el abuso sexual infantil, que representa un ámbito conceptual más amplio. Todos los pedófilos (pedófilos primarios) abusan sexualmente de menores (a excepción de algunos, que limitan su actividad a las fantasías masturbatorias con niños). P. J. L., de 25 años, estudiante varón de Ciencias de la Educación Física y el Deporte, es una persona solitaria, afable de trato y muy aficionada a consumir cibersexo relacionado con menores, que suele ir acompañado de masturbaciones con fantasías pedofílicas de tipo homosexual. El cibersexo lo practica desde hace cinco años. Consume cocaína esporádicamente, lo que contribuye a realimentar sus fantasías sexuales. No ha tenido nunca una relación estable de pareja. Es monitor de tiempo libre y tiene contacto con menores, especialmente estrecho en los campamentos de verano. P. J. L. es muy habilidoso en todos los deportes y muestra una buena capacidad de organización, por lo que no tiene dificultades para acercarse a los menores. Hace 3 años, en uno de los campamentos, le propuso a un niño de 10 años bañarse desnudo en el río con él. Al cabo de varios días de llevar a cabo esta práctica comenzó a masturbarse delante del menor y a acariciarle sus genitales. Esa misma conducta la repitió con otros dos niños, sin que hubiese una resistencia por parte de ellos. P. J. L. ha tenido en el pasado algunas experiencias sexuales con prostitutas, pero no le han resultado satisfactorias. Verlas desnudas no le producía ninguna excitación y tenía episodios de disfunción eréctil. Según cuenta, de muy pequeño fue abusado sexualmente en dos ocasiones por un amigo de su hermano mayor, que venía frecuentemente a casa. P. J. L. no considera que sea inadecuado tener relaciones sexuales con menores, pues cuando él las tuvo en su infancia le resultaron placenteras y parecen serlo también para los menores con los que tiene actualmente contactos. Los pedófilos primarios pueden mostrar una fobia o rechazo al sexo en las relaciones con mujeres e incluso una cierta aversión a las características sexuales secundarias de las mujeres adultas, como el desarrollo de los senos o el vello en el pubis. Estos pedófilos pueden estar también inmersos en delitos de pornografía infantil. Un aspecto importante es la presencia de distorsiones cognitivas que tienden a justificar su conducta, como se ha visto en el caso expuesto. Sin embargo, hay abusadores de menores (pedófilos secundarios) que no son propiamente pedófilos. Se trata, en este último caso, de personas que presentan una 47 orientación sexual encaminada a las personas adultas, pero que en circunstancias especiales de ira, de estimulación sexual intensa, de desinhibición por el alcohol o las drogas, de oportunidad o de aislamiento (dificultades de pareja, viudedad o soledad), de fallos en los mecanismos de inhibición y control o de ausencia de empatía llevan a cabo conductas sexuales con menores. La relación en estos casos puede ser sustitutiva (Echeburúa y Guerricaechevarría, 2000) (tabla 2.4). TABLA 2.4 Tipos de abuso sexual Secundario o situacional Etiología Primario o preferencial — Soledad. — Estrés (de pareja, familiar, laboral, etc.). — Orientación sexual dirigida preferentemente hacia niños. Ejecución de la conducta — Episódica. — Impulsiva. — Persistente. — Compulsiva. — Premeditada. Percepción de la conducta — Anómala. — Apropiada sexualmente. Distorsiones cognitivas Ante el tratamiento — Atribución de la conducta a la «seducción» de los niños. — Mera muestra de cariño. — Carácter inofensivo de los contactos sexuales. — Buena respuesta. — Falta de reconocimiento del problema. — Recaídas frecuentes. FUENTE: Echeburúa, Corral y Amor, 1997, modificado. Son personas que tienen contactos sexuales aislados con niños, y estos son reflejo frecuentemente de una situación de soledad. Las conductas habituales de estos sujetos son relaciones sexuales con adultos, normalmente heterosexuales, aunque suelen aparecer alteraciones en el curso de estas, como disfunciones eréctiles ocasionales, falta de deseo o algún tipo de tensión o conflicto con sus parejas. A nivel cognitivo, suelen percibir este tipo de conductas como anómalas y las ejecutan de forma episódica e impulsiva más que de un modo premeditado y persistente. No es por ello infrecuente la aparición posterior de intensos sentimientos de culpa y vergüenza. Las conductas de abuso pueden ser un medio de compensar la autoestima deficiente del sujeto o de dar rienda suelta a una hostilidad que no puede liberarse por otras vías. Las situaciones de estrés pueden intensificar, a modo de desencadenantes, este tipo de conductas. J. R., de 50 años, abogado con un bufete propio, está casado y tiene dos hijas, de 18 y 11 años, respectivamente. Reconoce la existencia de abusos sexuales a su hija menor desde hace 48 aproximadamente dos años. Los episodios de abuso se han dado en el domicilio familiar, con una frecuencia elevada, y han consistido en tocamientos y masturbación con el dedo. Todo empezó cuando la niña comenzó a pedirle que le diese masajes a causa de un dolor de espalda y él accedió a ello. Mientras él se los daba, le tocaba los pechos, la tripa y la espalda; en una ocasión llegó a acariciarle incluso los genitales. Tras los abusos, J. R. se sentía culpable y avergonzado. Si se negaba a darle los masajes, la niña lloraba o se enfadaba. Ahora reconoce que lo que estaba sucediendo no era correcto, que él no supo darse cuenta de los límites y que debió haber cortado de raíz con estas prácticas. Por otro lado, las relaciones sexuales con su mujer no eran del todo satisfactorias. Además, desde que ella tuvo la menopausia, la frecuencia de contactos ha sido muy baja. Por lo demás, la historia sexual de J. R. no recoge otras experiencias sexuales desviadas ni ha tenido nunca un interés homosexual. Insiste en que él necesita que haya afecto para poder tener relaciones sexuales. Las fantasías durante la masturbación hacen referencia a películas o a imágenes eróticas con mujeres adultas. Nunca ha tenido fantasías sexuales con niñas en general ni con su hija en particular. En cualquier caso, la pedofilia es una categoría psicopatológica (un trastorno mental); la pederastia es una categoría legal (un delito). Por ello, hay pedófilos que no llegan a ser pederastas porque su actividad se limita a las fantasías masturbatorias con menores, sin llegar a implicarse en la vida real con ellos, e incluso pueden experimentar sentimientos de culpa por esas fantasías. A su vez, hay pederastas que abusan de los menores en circunstancias determinadas y que, sin embargo, no presentan propiamente tendencias pedofílicas. Los pedófilos primarios son sujetos con una orientación sexual dirigida primariamente a menores, sin apenas interés por los adultos, y con conductas compulsivas no mediatizadas por situaciones de estrés. En realidad, se comportan como adictos al sexo, con una hipersexualidad manifiesta. Generalmente poseen un campo limitado de intereses y actividades, lo cual les lleva a menudo a una existencia solitaria. A veces cuentan con ciertas estrategias de seducción (simpatía personal, comportamientos infantiles, sintonía con los intereses de los niños, entrega de regalos, etc.). A veces los pedófilos buscan trabajos o son practicantes de aficiones que implican una cercanía a los menores, tales como profesores, monitores de tiempo libre o entrenadores deportivos. Es decir, en la pedofilia hay una combinación de hipersexualidad primaria con una respuesta preferencial por los menores prepúberes (Farré, 2013). Los pedófilos primarios (boylovers en el argot) han encontrado en Internet un medio idóneo de intercambiarse información sobre sus gustos sexuales e incluso para prestarse apoyo psicológico y comprensión. Antes el recurso habitual de los pedófilos era merodear a la salida de los colegios o en los parques infantiles, acechar en el interior de los cines de barrio o abusar de los niños que tenían a su alcance. Internet ha cambiado el modus operandi de los pederastas. Desde una perspectiva cognitiva, los pedófilos primarios consideran sus conductas sexuales como apropiadas y las planifican con antelación. Hay una presencia frecuente de distorsiones cognitivas, tales como atribuir su conducta a la seducción de los menores, considerar que este tipo de comportamientos son simplemente muestras de afecto que les gustan a ellos y de las que carecen en su entorno familiar, pensar que los menores han prestado su consentimiento («a ellos les atrae; si no hubieran querido, ya se habrían negado») o considerar que no se trata de abusos porque no media la violencia. Otras veces la distorsión consiste en atribuir las conductas 49 anómalas propias a las discriminaciones sociales de las que han sido objeto o incluso a pérdidas de control de las que no se tiene recuerdo («no sé cómo pudo pasar eso»). Estas distorsiones suponen una estrategia, más o menos consciente, para eludir los sentimientos de culpa o vergüenza por sus actividades pedofílicas, tener la conciencia tranquila y poder llevar una vida normalizada. Hay foros en Internet en que se sugiere incluso que ser pederasta es una opción sexual más y que algún día se reconocerán sus derechos. El origen de esta tendencia anómala puede estar relacionado con el aprendizaje de actitudes extremas negativas hacia la sexualidad y con alteraciones en el apego o con el abuso sexual sufrido en la infancia, así como con sentimientos de inferioridad o con la carencia de habilidades para establecer relaciones sociales y afectivas normales con personas adultas. A su vez, la utilización frecuente de material pornográfico relativo a menores, el recurso habitual al cibersexo y la repetición reiterada de masturbaciones acompañadas de fantasías pedofílicas tienden a mantener este trastorno (Echeburúa y Guerricaechevarría, 2000). La pedofilia puede aparecer junto con otra parafilia —el exhibicionismo, por ejemplo— y estar asociada a otros trastornos, como la dependencia de alcohol o la personalidad antisocial. La impulsividad puede actuar como disparador de la conducta pedofílica. No es infrecuente tampoco una relación entre la pedofilia y la personalidad obsesiva. Desde una perspectiva psicopatológica, en uno y otro caso los pensamientos perturbadores e invasivos —acompañados de un fuerte impulso a la acción— son causantes de un profundo malestar emocional, que puede eliminarse o reducirse mediante la conducta compulsiva (Fagan, Wise, Schmidt y Berlin, 2002). 2.3.2. Sadismo sexual El sadismo entraña el deseo de infligir dolor, humillación y sufrimiento a la víctima, sin que necesariamente el objetivo tenga que ser sexual, como ocurre en algunas conductas de torturadores o de personas que utilizan como norma el castigo desproporcionado, se recrean con el dolor de la víctima y muestran una fascinación por las armas, la violencia o la tortura. Las pautas de este tipo de sadismo son castigar con dureza excesiva, humillar a otras personas sistemáticamente o divertirse y disfrutar con el sufrimiento ajeno. En estos casos puede haber motivaciones no sexuales, como odio, venganza, castigo, etcétera. Existe, por tanto, un sadismo sexual y otro no sexual, que pueden responder a un mismo núcleo central de la personalidad (el sadismo) (Stone, 2009). Descrito por Brittain (1970), el sadismo sexual es aplicable a personas que, de forma habitual, se excitan sexualmente y se recrean en sus conductas y/o fantasías con el sufrimiento físico y psicológico de la víctima. Hay personas normales que cuentan con habilidades sociales adecuadas y que, sin embargo, tienen fantasías sexuales sádicas, alimentadas frecuentemente con el recurso a la pornografía. Estas personas no son peligrosas si limitan su parafilia al ámbito de la fantasía o cuentan con parejas masoquistas que consienten con ese tipo de conductas (Garrido, 2003). 50 En el sadismo, el deseo de infligir dolor está por encima del deseo sexual: el terror, la humillación y el dolor de la víctima son lo prioritario. Los sádicos han aprendido a relacionar el placer propio con el miedo o dolor ajeno. La observación del sufrimiento en los demás les supone la fuente básica de excitación. Lo peculiar de estas personas es la compatibilidad de las respuestas agresivas y sexuales, que en las personas normales son mutuamente inhibitorias. Esto provoca que el agresor logre la excitación sexual solo a través del sufrimiento infligido a la víctima (Marshall, 2007). Hay una presencia constante de fantasías sexuales sádicas repetitivas en estas personas en las conductas masturbatorias y una anticipación cognitiva de las conductas sádicas. Estas fantasías pueden generar una tensión intrapsíquica que solo se libera transitoriamente cuando se llevan a la práctica las conductas presentes en esas fantasías (Delgado y Delgado, 2013). El violador sádico suele ser inseguro, acomplejado, con rasgos obsesivos, aislado emocional y socialmente, aficionado a la pornografía y a las películas de terror, tímido sexualmente y con fantasías sádicas muy vivas e invasivas. A veces hay antecedentes de abuso sexual o de maltrato infantil, así como déficits de socialización y de escolaridad. Muchos sádicos se muestran hipersensibles a las críticas. En otras ocasiones lo que motiva a los sádicos es el odio a las mujeres, por haberse sentido rechazado por ellas, así como la sensación de poder que experimentan cuando tienen a las víctimas a su merced. Todo ello genera una liberación de la tensión interior, si bien este alivio es meramente transitorio, por lo que tienden a implicarse de nuevo en conductas violentas. En algunas ocasiones el anonimato del grupo puede facilitar su actuación. Las víctimas, a diferencia de la violencia ejercida por las personas con un trastorno psicótico, suelen ser desconocidas para el agresor (Brittain, 1970; Delgado y Delgado, 2013). La violencia sexual funciona en estos casos como una autoafirmación ante la propia inseguridad o ante una autoestima muy deficiente, que le lleva a pensar al sujeto que ninguna mujer va a querer tener relaciones sexuales voluntariamente con él. Cuando la violencia es el motor principal de la relación sexual, se puede expresar a través de dos componentes básicos: el uso de una fuerza mayor de la necesaria para controlar y someter a la víctima, y la penetración anal impuesta, que puede evidenciar el deseo de humillar y castigar a la mujer. El riesgo de violencia aumenta cuando hay una comorbilidad entre una parafilia, como el sadismo o la necrofilia, y la psicopatía, y se pone de manifiesto cuando la persona afectada intenta transformar esas fantasías en conductas e imponérselas a personas que no consienten con ellas, que son la mayoría. Así, por ejemplo, los psicópatas sexuales pueden recrear en su mente fantasías enfermizas de tipo sádico que después ponen en escena, como si se tratase de una obra de teatro. En estos casos llevan a cabo sus conductas como un juego, con la emoción de la caza, y después disfrutan pensando en ellas. Los sádicos suelen tener predilección por lesionar zonas erógenas de la mujer, pellizcando o pinchando los pezones, la vagina, las nalgas y las partes perigenitales, y gozan sexualmente con el dolor y el miedo de sus víctimas. A veces pueden recurrir a diversos objetos (consoladores, botellas, muñecos u otros 51 instrumentos similares): la penetración sexual con objetos lleva implícita una connotación sádica en el agresor (Echeburúa y Loinaz, 2011; Garrido, 2003). En los casos más graves, los atributos definitorios del psicópata sádico son la vejación sexual, la tortura y el asesinato de la víctima. Las características más notables de los psicópatas sádicos son las siguientes: rasgos antisociales y de impulsividad, aislamiento social, fantasías sexuales violentas repetitivas, fascinación por la literatura violenta y pornográfica, magia negra, consumo de drogas, interés por los temas de genocidio/nazismo o coleccionismo de cuchillos o armas. El asesino se siente humillado por las mujeres y decide matarlas como venganza. Estos psicópatas sádicos son fríos emocionalmente, faltos de empatía y carentes de remordimientos y actúan para sentir emociones fuertes y ejercer un control total sobre sus víctimas. En algunos casos estos sujetos, que llegan a torturar, violar y asesinar a sus víctimas, obtienen un placer sexual con sus crímenes (homicidio sexual en serie), pero en otros la motivación sexual, al margen de la violación consumada, es secundaria (homicidio en serie sexualizado): la experiencia sexual se tiñe aquí del dominio supremo que da la sensación de matar. Un ejemplo de este último caso es el de P. A. S., condenado por tres crímenes cometidos en un pueblo de Albacete en 1991 y 1992, que hizo las siguientes declaraciones en la vista oral: «Ver escapar la vida de una persona mientras le aprietas el cuello es una sensación mucho mejor que un orgasmo. Para mí, matar es un vicio que me cuesta controlar». Generalmente hay una progresión de brutalidad en sus crímenes. Los ataques de los asesinos en serie se convierten en adictivos. En realidad, tratan de experimentar el placer anhelado en su fantasía antinatural de sexo y violencia, que nunca acaba de alcanzarse por completo. Los homicidios que responden a una motivación sexual no son muy frecuentes. De hecho, los violadores sádicos son pocos en número, pero resultan muy reincidentes, por lo que hay una gran cantidad de víctimas por cada agresor (ratio 1/4-10), y son, por ello, muy peligrosos. Los asesinatos sádicos se diferencian de los otros homicidios por el ensañamiento, la falta de compasión hacia el otro y la asociación sexualidad/violencia. Lo que motiva al agresor es el alivio de la tensión emocional y el placer patológico obtenido. La violencia puede ir en aumento a medida que aumenta el furor homicida. A su vez, si hay asesinatos múltiples, los psicópatas sádicos suelen estar implicados en los asesinatos en serie (que suponen tres o más crímenes separados en el tiempo y en el lugar, sin que el último tenga relación con el anterior ni exista, en general, contacto previo con la víctima). Por el contrario, los asesinatos en masa (en los que más de tres muertes se producen en un solo acto, en una misma acción homicida, sin que haya un enfriamiento emocional) suelen relacionarse más con problemas de paranoidismo (esquizofrenia paranoide o trastorno paranoide de la personalidad). Los asesinos en serie pueden elegir a sus víctimas según un arquetipo: prostitutas, negras, niñas impúberes, mujeres ancianas, etcétera. A veces pueden adoptar conductas fetichistas, como llevarse de recuerdo a su casa un dedo, un pezón u otra parte del cuerpo, que les permite revivir la escena más tarde y dar lugar a fantasías posteriores (Delgado y Delgado, 2013). Cuando se comete un asesinato con una motivación sexual, hay una tendencia a 52 repetirlo. Es como un perro que, si en una ocasión mata por accidente a una oveja o a una gallina en una correría nocturna, tiende a reiterarlo en otras ocasiones. Una vez roto el tabú del asesinato, incluso en enfermos psicóticos, es más fácil volver a matar. Una vez que se le coge gusto a la muerte, es difícil quitárselo. Estos sujetos aprenden a aliviar su malestar matando. Un caso de asesinato en masa con móviles sexuales de tipo sádico fue el llevado a cabo en noviembre de 1992 en el municipio valenciano de Alcàsser, en el que tres niñas de 14 y 15 años sufrieron secuestro, tortura, violación y asesinato a cargo de A. A. y M. R. Cuando se trata de una violación seguida de asesinato, la desfiguración de la cara del cadáver o incluso su descuartizamiento pueden responder a diversos objetivos: retrasar o imposibilitar la identificación del cuerpo, ser consecuencia de la resistencia de la víctima o bien ser reflejo de un ensañamiento con ella, como acto de venganza por antiguos rencores, o de una actitud sádica, incluso con un carácter ritual (GarcíaAndrade, 1995). En los psicópatas sádicos se esconde una falta de empatía, lo que lleva al homicida a considerar a la víctima un mero objeto en sus manos que ni siente ni padece, con una ausencia total de escrúpulos y de arrepentimiento. En otras ocasiones hay una influencia del alcohol o de las drogas, lo que puede influir en un recuerdo más borroso de lo ocurrido y, por tanto, en una atenuación del sentimiento de culpa. El núcleo central de la violencia sádica está en el placer de la degradación, el dolor, la humillación y la destrucción final de la víctima. La observación del sufrimiento les excita más, se recrean en sus hazañas cuando las ven en los medios de comunicación o en las redes sociales y se muestran imperturbables ante los tribunales. En general, en el homicidio sádico hay dos variables importantes: a) El tiempo de la acción: su agresión se prolonga mucho más de lo necesario para controlar y matar a la víctima. b) La violencia expresiva, que revela un ensañamiento que va más allá de lo que es preciso para causar la muerte a la persona. En general, la víctima suele estar consciente cuando experimenta este sufrimiento. Solo así el sádico obtendrá el tipo de placer deseado. En ocasiones, los sádicos pueden solazarse con las pertenencias de las víctimas, que guardan como trofeos. En estos casos, en el agresor sádico se observan dos características centrales: a) obsesión por demostrarse a sí mismo que se es capaz de realizar lo que se fantasea; y b) desarrollo de un odio profundo, que contribuye a realimentar la fascinación del abismo. Las fantasías son reforzadas por el placer de la masturbación y activadas por la tensión interior o por estados emocionales negativos intensos. En resumen, es importante distinguir a un mero delincuente sexual, que utiliza la fuerza necesaria (pero sin ir más allá de ella) para doblegar a la víctima, del sádico sexual, en el que el placer sexual se obtiene con el sufrimiento y humillación de la víctima, si bien en ambos casos es común la falta de control de los impulsos (Brittain, 1970). 53 2.4. CELOS PATOLÓGICOS Los celos constituyen una emoción que surge como consecuencia de un exagerado afán de poseer a la pareja de forma exclusiva, y cuya base es la infidelidad —real o imaginaria— de la persona amada. Se trata en realidad de un sentimiento profundo y duradero que se halla en las personas, y que está fundado en el deseo de poseer solo para sí a la persona querida («me perteneces», «eres solo para mí») y en el temor a perderla en beneficio de un rival. Los celos se estructuran en forma de una respuesta emocional compleja compuesta por un agregado de diversas emociones primarias básicas. Los tres componentes fundamentales de los celos son: a) el sentido de posesión; b) el temor a la pérdida; y c) la sospecha/certeza de un rival (Castilla del Pino, 1995). Los celos en sí, dentro de ciertos límites, no son anormales, ni tampoco son necesariamente una prueba de inmadurez o de un desarrollo emocional defectuoso. En realidad, y aunque la presión social ha aminorado en el terreno de los cuernos, constituyen una de las grandes pasiones del ser humano. Eso de que los celos son característicos de los latinos es una falsedad publicitaria. Puede que sean más explosivos en su aparición o más primarios en su expresión, pero no son exclusivos de ellos. Esta pasión anida en lo más profundo de los seres humanos y difícilmente se supera cuando el celoso ha desarrollado su morbo (García-Andrade, 1995). Negar la existencia de los celos es absurdo. Las filosofías que creen que los celos son exclusivamente un asunto meramente cultural cometen un error. Siempre es una equivocación confundir la progresía con la ausencia de celos. En el movimiento hippie, por ejemplo, mucha gente se vio forzada a una represión de estos sentimientos que a la larga provocaron daños psicológicos a muchas personas. Los celos forman parte de nuestro repertorio de reacciones, cuya función es vincularnos y mantener las relaciones que consideramos valiosas. Lo problemático no es sentirlos, sino qué hacer con ellos cuando no se sabe gestionarlos bien. Por tanto, el problema radica en la existencia de celos patológicos. En estos casos los celos están condicionados más por el instinto de propiedad que por el deseo sexual y contribuyen a socavar la dignidad de la persona querida, sembrando dudas continuamente y pudiendo llegar a generar actitudes violentas. Los celos patológicos son enormemente destructivos porque acaban con la convivencia, convierten la vida cotidiana en un infierno y a veces, en los casos más dramáticos, pueden desembocar en la muerte de la víctima. Hay hombres incluso que montan en cólera cada vez que su pareja menciona el nombre de un novio que tuvo ella diez años antes de su matrimonio. Por ello, los celos que están anclados en el corazón pueden ser responsables de crímenes, suicidios y crueles venganzas, que están motivados por esta tormentosa obsesión (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001). Los celos generan una profunda reacción de malestar emocional ante lo que se percibe como una amenaza (sea esta real o no real) para la relación de pareja («me siento una basura porque estoy siendo despreciado»). Los temores del celoso se refieren a ámbitos diversos, pero siempre están relacionados con el control de lo que 54 hace o piensa la pareja: qué hace cuando no está con él, qué imagina cuando no piensa en él, qué planea cuando habla con otras personas, qué habrá hecho con otros hombres, con qué habrá disfrutado, cuáles son los indicios que denotan su intención de abandonarle. Las relaciones de celos están viciadas porque la persona celosa se centra en reducir infructuosamente la sospecha por medio de la vigilancia en lugar de centrarse en el disfrute del amor o en la resolución de los problemas existentes. Los celos producen un gran deterioro en la relación de pareja —uno de cuyos pilares es la mutua confianza y la comunicación sincera— y pueden acabar con ella, e incluso en algunos casos desembocar en la violencia. Las situaciones que ponen en marcha las conductas de celos pueden ser muy diversas. Algunas pueden tener que ver con la pareja (por ejemplo, que muestre interés o hable mucho de un compañero de trabajo, que se vea obligada a hacer viajes profesionales o que se desconozca el paradero de la pareja en un momento determinado) y otras con las circunstancias personales del sujeto celoso (por ejemplo, que se sufra estrés por circunstancias ajenas a la relación). Las conductas de celos pueden hacer insoportable la relación, como cuando se interroga continuamente a la pareja sobre sus actividades cuando no están juntos o sobre las relaciones mantenidas en el pasado, se la telefonea constantemente para tenerla localizada, se aparece bruscamente en los lugares frecuentados por ella (trabajo o gimnasio), se examina su ropa (pañuelos, vestidos o ropa interior) o sus armarios en busca de signos de contactos sexuales, o se espía la identidad de los amigos agregados en Facebook o los mensajes del móvil o del correo electrónico. Cuanto más tarda en hablar con su pareja el celoso sobre sus temores, más crece la presión y más violento se volverá en su interrogatorio. Las dudas de las personas celosas son muy difíciles de resolver porque los posibles rivales pueden ser múltiples (hoy uno, mañana otro) e incluso pasados, como en el caso de los celos retrospectivos (referidos a parejas anteriores, incluso de años atrás, que perciben como amenazantes). Los celos en este caso, como una especie de síndrome de Rebeca, se refieren a la comparación con la pareja anterior («tú le querías más que a mí») o a la sospecha de que su recuerdo sigue presente en ella («tú, en realidad, sigues aún enamorada de él»). Es posible incluso la acusación de infidelidad mental. Es decir, el celoso es consciente de que su pareja no le engaña con nadie, pero ¿cómo asegurarse, por ejemplo, de que ella no piensa en el supuesto rival, no lo desea o no lo mira de una determinada forma significativa? En estos casos el tormento de la persona celosa deriva de la inaccesible intimidad de la pareja y, por tanto, de la imposibilidad de comprobar la verdad o falsedad del presumible engaño (Castilla del Pino, 1995). Si bien los celos pueden surgir en cualquier fase de la relación amorosa, hay ciertos momentos críticos en la relación de pareja, tales como el comienzo de la convivencia, el nacimiento de un hijo, un nuevo trabajo, la existencia de continuos viajes por motivos laborales o el éxito profesional brusco. Los celos corroen a la persona celosa y destruyen emocionalmente a la persona de la que se siente celos, y constituyen la sombra del amor, que acaba por transformar la 55 vida de la pareja en un auténtico infierno. Los hombres suelen ser más celosos que las mujeres, pero no son exclusivos de ellos. En el hombre los celos se manifiestan en forma de ira o de agresión; en la mujer, en forma de tristeza o depresión y, en muchas ocasiones, mezclados con autorreproches («¿qué he hecho mal para que esto me ocurra?»). Hay personas más predispuestas a padecer este tipo de conductas. Los celos son una reacción típica de sujetos inseguros que no confían ni en sí mismos ni en su relación, así como de personas con rasgos paranoides. De este modo, los rasgos de personalidad más habituales en los celosos son la autoestima baja, la desconfianza hacia los demás, la suspicacia y la hipersensibilidad, que pueden llevar, junto con unos rasgos obsesivos, dependientes o paranoides, a una preocupación enfermiza por la fidelidad de la pareja. Se trata de personas solitarias que se relacionan con poca gente con excepción de su pareja. Otras veces se trata de sujetos acomplejados o necesitados de estimación y muy dependientes del otro miembro de la pareja: les aterra perder al ser querido. A veces puede tratarse de personas que han sufrido un trauma grave y una humillación en su vida sentimental, que luego pueden reaccionar de manera incontrolada ante una provocación absolutamente mínima, especialmente si se ha idealizado demasiado a la pareja (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001). La relación de los celos con la violencia se establece a diversos niveles. El celoso puede intentar retener a la fuerza a la persona querida (porque es su razón de ser o de existir) por medio del control y de la vigilancia y, en último término, si esto no es posible, destruirla (por lo que entraña de humillación para el sujeto celoso). El motivo de sufrimiento del celoso es la posible pérdida de la propiedad de la mujer que posee (se trata de mi mujer) y que le confiere un valor en el grupo social de referencia (Castilla del Pino, 1995). 2.4.1. ¿Cuándo los celos normales se convierten en patológicos? Los celos constituyen una emoción hasta cierto punto normal en una relación de pareja y son reflejo del temor a la pérdida de algo valioso, pero, en su forma extrema, llegan a adquirir un carácter patológico. No es fácil establecer el límite entre los celos normales y los celos patológicos. Pero existen grados. Los celos se vuelven anormales cuando son intensos —ataques de celos— y permanecen estables temporalmente en la persona afectada a pesar de su carácter infundado. Cuando se traspasa la frontera que permite manejarlos y resolverlos adecuadamente, se convierten en patológicos. En estos casos son como un aguijón que se clava con todo su veneno (Martínez Selva, 2013). En los celos patológicos hay tres características nucleares: la ausencia de una causa real desencadenante, la extraña naturaleza de las sospechas y la reacción irracional del sujeto afectado, con una pérdida de control. El arrebato del celoso es producto de la fantasía. En definitiva, lo que confiere un carácter patológico a los celos es la irracionalidad e intensidad desproporcionada de los mismos, el sufrimiento experimentado por el sujeto y el grado de interferencia grave en la vida cotidiana del 56 celoso y de la víctima (tabla 2.5). Sentirse abrasado, corroído o reconcomido por los celos —el lenguaje es muy explícito a este respecto— es lo que caracteriza a los celos patológicos. TABLA 2.5 Celos patológicos Celos patológicos — Falta de provocación. FALTA DE CONTROL — Sufrimiento emocional desproporcionado. — Interferencia grave en la vida cotidiana. — Conductas comprobatorias rituales. FUENTE: Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001. Las personas afectadas por un problema de celos se sienten muy atormentadas. A veces se alternan estados de celos agudos e incontrolados con períodos de lucidez, acompañados de fuertes remordimientos hacia la víctima y de períodos de depresión, con riesgo incluso de suicidio. Desde una perspectiva psicopatológica, es decir, cuando se trata de un trastorno, esta creencia irracional puede presentarse de tres maneras diferentes: a) como un arrebato u obcecación, en forma de ataques de celos más o menos continuos (celos pasionales); b) como un pensamiento invasivo que no se puede eludir (celos obsesivos), y c) en forma de ideas delirantes (delirio de celos) (tabla 2.6). Los celos patológicos ligados a otros trastornos psiquiátricos parecen ser, en general, más fáciles de tratar que los celos imaginarios en estado puro (Echeburúa y FernándezMontalvo, 2001). TABLA 2.6 Tipos de celos patológicos Tipos de celos patológicos Celos pasionales Celos obsesivos Celos delirantes — Paranoia. — Alcoholismo. — Depresión. — Demencia. FUENTE: Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001. 2.4.2. Celos pasionales 57 Los celos pasionales surgen de la inseguridad de perder a la persona querida y de la envidia de que esta pueda ser disfrutada por otro. La fidelidad se vive como una idea sobrevalorada, es decir, que absorbe el campo de la conciencia, que la impregna afectivamente y que produce una merma en el rendimiento del resto de las funciones del pensamiento. La ansiedad experimentada, en la medida en que los celos afectan profundamente a la autoestima del sujeto y en que producen obcecación, puede cargarse de agresividad y de violencia. Perder al ser querido y sentirse postergado por un rival, sobre todo cuando el sujeto celoso se ha enterado por terceras personas y el rival es un amigo o una persona a la que se percibe como superior (más rico, más destacado profesionalmente o más joven), puede suponer una humillación profunda para la persona afectada. De este modo, la firme creencia en la infidelidad de la pareja provoca un estado emocional intenso de ira que, junto con otros factores asociados, puede desencadenar episodios de violencia impulsiva. De hecho, han aumentado de forma inquietante las conductas violentas motivadas por los celos, quizá sin el trasfondo del honor ofendido de otras épocas, pero tan insoportablemente padecidos como en sus mejores tiempos (Martínez Selva, 2013). En este caso no hay un trastorno psicopatológico preciso, sino un estado emocional más o menos continuo —el arrebato o la obcecación 1 —, que es una reacción vivencial anómala y que puede afectar a la lucidez del sujeto. Los celos pasionales se diferencian de los delirantes en que, en este último caso, hay una certeza absoluta por parte del sujeto de ser engañado, lo que a veces surge de forma explosiva e inmediata a la percepción delirante. Sin embargo, en los celos pasionales puede haber períodos de lucidez en los que el celoso adquiere un sentido crítico respecto al carácter irracional de sus celos o al carácter inapropiado de sus conductas. A diferencia de los celos delirantes, en donde los sujetos actúan con una frialdad emocional, los celos pasionales, con una fuerte impregnación afectiva, guían las conductas del sujeto de forma impulsiva cuando, por ejemplo, el sujeto interpreta torcidamente una mirada de su pareja o malinterpreta una reacción de simpatía de ella hacia otra persona como un gesto de coquetería o incluso una insinuación. Estos arrebatos pasionales no son exclusivos, como podría pensarse, de la juventud. En realidad, tienden a aparecer no pocas veces en edades más avanzadas como expresión de la inseguridad personal y de la menor potencia sexual, ligados ocasionalmente al consumo abusivo de alcohol, sobre todo en personalidades psicológicamente vulnerables (celosas o paranoicas) (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001). I. L., administrativo jubilado de 67 años, está casado con A. M., 12 años menor que él. Es una persona reservada y un poco desconfiada. Su vida de pareja ha sido buena y no han tenido problemas importantes, excepto las discusiones típicas de cualquier matrimonio. Sin embargo, este clima de armonía ha cambiado sustancialmente desde que se jubiló, hace ahora 2 años. Se siente un tanto inútil y sin ninguna función concreta en la vida. Debido a que no sabe en qué ocupar el tiempo libre, pasa muchas horas en el bar y el consumo de alcohol ha aumentado considerablemente. Todo ello, junto con una mayor inseguridad en sí mismo, le ha provocado una disminución importante de su autoestima. La situación se ha agravado en los últimos meses debido a que han hecho aparición algunos episodios aislados de disfunción eréctil. En este contexto ha comenzado a inquietarse por la diferencia de edad con respecto a su mujer —hasta ahora este hecho nunca había sido un motivo de inquietud— y por la posibilidad de que ella muestre ahora interés por otros hombres más jóvenes. A. M., que está muy preocupada por el estado de ánimo de I. L., le insiste con frecuencia, en un intento de animarle y de 58 mejorar su estado de ánimo, en que busque amigos fuera del bar y en que practique algunas aficiones que, durante la vida laboral activa, no podía hacer por falta de tiempo. Sin embargo, I. L. considera excesiva la insistencia de su mujer para que él permanezca fuera de casa y lo percibe como una prueba más de su interés por otros hombres. Cree que ella, preocupada también por la diferencia de edad y decepcionada por sus «fracasos» sexuales, podría buscar una compensación a estas carencias en otras relaciones. Últimamente sus pensamientos sobre esta posibilidad son continuos y desconfía totalmente de su mujer. Ha comenzado a manifestar sentimientos intensos de celos, que se mantienen en el tiempo, lo que origina discusiones frecuentes entre ambos. En estas circunstancias I. L. se pone rojo, empieza a chillar y a decir tacos (cosa inusual en él), no se aviene a ningún tipo de razones y adopta conductas amenazantes («te mato antes de que te vayas con otro») e incluso de violencia física. Después, pasadas unas horas, se arrepiente de lo sucedido y pide perdón a su mujer. En esta situación la relación de pareja ha empeorado notablemente. Cuando un hombre con celos patológicos da muerte a su pareja, se trata frecuentemente de una persona en paro o con problemas de alcohol y con historias previas de peleas y maltrato físico, que acaba por entregarse a la policía o por suicidarse, lo que le diferencia de otros criminales que tratan de ocultar su implicación en el delito. En la mayoría de los casos la víctima es la pareja o expareja y no el rival, aunque a veces las víctimas pueden ser ambos e incluso el propio sujeto (en forma de suicidio). En la mente del homicida no tiene tanto sentido matar al rival porque ello deja la puerta abierta a posibles rivales futuros. Matarla a ella, en cambio, que en la mente del agresor es quien ha provocado el deseo del rival, tiene como objetivo evitar una humillación añadida (verla con otro hombre) a la ya sufrida por la pérdida del amor. Los homicidas-suicidas pueden ser hombres integrados y adaptados socialmente. Por ello, rehúyen tener que enfrentarse a la censura pública y al reproche penal por haber dado muerte a su pareja. El suicidio se convierte así en una salida extrema ante una situación personal y socialmente insoportable. 2.4.3. Celos obsesivos Las obsesiones son pensamientos, imágenes o impulsos mentales que irrumpen repetidamente en la actividad mental de la persona, de forma involuntaria, y que, al ser percibidos como amenazantes y carentes de sentido, provocan una ansiedad y malestar emocional muy grandes. Desde esta perspectiva, el contenido de las obsesiones está fuera del control de la persona que las experimenta, aunque, sin embargo, se es capaz de reconocer que estas obsesiones son exclusivamente producto de su mente. En el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) algunos ejemplos de obsesiones frecuentes son las relacionadas con la contaminación (creer que se puede contraer una enfermedad al estrechar la mano a los demás o al tocar un billete) o las dudas repetitivas (preguntarse a uno mismo si se ha realizado un acto concreto, como cerrar la puerta o apagar la luz). La persona no puede evitar tener este tipo de pensamientos, que le ocupan mucho tiempo, le hacen sentirse mal emocionalmente e interfieren de forma negativa en su vida cotidiana. En el caso de los celos obsesivos, el contenido de las obsesiones se relaciona con 59 los celos. La persona es incapaz de rechazar los pensamientos relacionados con la infidelidad de su pareja, a pesar de que no cuente con ninguna prueba en este sentido y de que tenga incluso el convencimiento de que sus temores no son reales. Por mucho que se esfuerce y que trate de ahuyentarlos, los pensamientos de infidelidad vuelven una y otra vez a la mente generando un gran nivel de sufrimiento. La infidelidad se constituye como una idea sobrevalorada y puede referirse a la situación actual (el temor incontrolable a la aparición de un supuesto rival que le va a arrebatar su pareja) o a la vida pasada (la presencia en la mente del celoso de antiguos novios de la pareja), en forma de celos retrospectivos (Castilla del Pino, 1995). E. S., de 49 años, lleva 17 años casado con L. A. Es repostero de profesión, lo que le obliga a trabajar de noche. No tienen hijos, por lo que al principio no le importaba demasiado este ritmo de trabajo. Sin embargo, tras muchos años con este tipo de horario, está empezando a tener problemas de salud, principalmente insomnio. Además, desde hace un año aproximadamente, cuando se mete en la cama después de estar toda la noche trabajando, no puede evitar pensar en que su mujer duerme sola y en lo fácil que le resultaría a ella serle infiel. Esto le impide conciliar el sueño con facilidad y cada vez duerme menos horas. En realidad, no tiene ninguna prueba objetiva de la infidelidad de su pareja, pero sus pensamientos se disparan sin que él pueda evitarlos. Desde su punto de vista, son muchos años los que su mujer duerme sola y, debido a su horario laboral, las relaciones sexuales son muy escasas. Cree que, en esta situación, a él le sería muy difícil enterarse de la infidelidad de su mujer. Este tipo de pensamientos le llevan a realizar comportamientos comprobatorios. En concreto, cuando llega a casa, observa cómo está hecha la cama y, cuando se mete en ella, huele las sábanas con el objetivo de encontrar alguna pista aclaratoria de sus dudas. En alguna ocasión ha comentado sus pensamientos con un compañero del trabajo con el que tiene una gran confianza. Cuando este le pregunta acerca de los motivos por los que desconfía de su mujer, E. S. toma conciencia de que es una tontería pensar esas cosas, puesto que no tiene ninguna razón para ello. Sin embargo, no lo puede evitar y día a día se repiten sus dudas y sus conductas comprobatorias. La semana pasada cambió por sorpresa su día de fiesta para ver si su mujer pasaba la noche con alguien. 2.4.4. Celos delirantes Si los celos obsesivos están relacionados con el TOC, en el caso de los celos delirantes la relación se establece con las ideas delirantes. Estas constituyen un estado mental de convencimiento erróneo que se crea en una persona a partir de una forma particular de interpretar la realidad externa, que se sostiene con firmeza a pesar de toda evidencia y argumentación en contra y que tiene un origen patológico. Es decir, se trata de ideas falsas, patológicas e irrebatibles a la argumentación lógica, por mucho que se razone con el sujeto, y que generan una gran activación emocional. A diferencia de las ideas obsesivas, el paciente con ideas delirantes nunca llega a admitir que sus pensamientos puedan no ser ciertos. Por el contrario, muestra una firme convicción en la veracidad de sus ideas. Algunos ejemplos de ideas delirantes frecuentes son las de persecución (creer que alguien le está siguiendo o espiando o que es víctima de una conspiración), de referencia (creer que ciertos gestos, comentarios, pasajes de libros, periódicos, canciones u otros elementos del entorno están especialmente dirigidos a él), de grandeza (creerse un personaje importante como, por ejemplo, el presidente del gobierno o una actriz conocida) o de celos (estar convencido firmemente de que la pareja le engaña sin motivos objetivos para ello) (Martínez Selva, 2013). 60 Este último tipo —los celos delirantes, que pueden oscilar del llanto quejumbroso a la agresión brutal e inesperada— suele aparecer, principalmente, en algunos cuadros clínicos, como el trastorno delirante, el alcoholismo, la depresión o las demencias (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001). a) Trastorno delirante Respecto al trastorno delirante, este se caracteriza, como lo indica su propio nombre, por la presencia de delirios, que suelen ser sistematizados. Es decir, las ideas delirantes que los integran están relacionadas entre sí de una forma aparentemente coherente. De este modo, el sujeto intenta —y, a veces, lo consigue— convencer a otras personas de la veracidad de sus afirmaciones. Por otra parte, y a diferencia de la esquizofrenia (en donde, además, las ideas delirantes resultan absurdas y no sistematizadas), el funcionamiento mental permanece relativamente intacto en los temas que están fuera del área del delirio (tabla 2.7). En el delirio de celos el sujeto experimenta un convencimiento absoluto de que la pareja le es infiel. En realidad, no hay un delirio primario de celos, sino un delirio de infidelidad, de donde surgen los celos. Esta creencia aparece sin motivo y se basa en inferencias erróneas que se apoyan en pequeñas pruebas (por ejemplo, mensajes enigmáticos en el móvil, horarios no habituales o ropas desarregladas), que son guardadas y utilizadas para justificar la idea delirante. TABLA 2.7 Delirio de celos en el trastorno delirante Razonamiento coherente Comportamiento adaptado Ideas delirantes de celos — Falsas. — Sobrevenidas patológicamente. — Irreductibles al razonamiento lógico. FUENTE: Martín Vázquez, 2013a. A. B. tiene 54 años y lleva 26 casado con C. V. Es natural de Lugo, pero trabaja como camionero en Bilbao. Está en tratamiento en un Centro de Violencia de Género porque ha tenido problemas de maltrato con su mujer. Según refiere el paciente, todo se debe a que su pareja le es infiel. No soporta, según sus propias palabras, ser un «cornudo». No tiene ninguna prueba lógica, pero él está firmemente convencido de la infidelidad de C. V. Su mujer trabaja en una tienda y A. B. suele ir a esperarla. Alguna vez ha visto cómo su pareja les daba caramelos a los hijos de un cliente. Para él esto es una prueba de que están «liados», porque a otros niños no les regala dulces. Otra prueba consiste en que a su mujer le gusta hablar sobre el sexo y, desde su punto de vista, esto se debe a que está con más de un hombre. La última vez que pegó a su pareja fue debido a que, mientras subía en el ascensor, vio cómo sonreía un vecino. Pensó, entonces, que todo el vecindario sabía lo de sus «cuernos», por lo que, en forma de castigo, propinó una paliza a C. V. El comportamiento de A. B. ha empeorado últimamente. Por las noches coloca un palillo en la puerta de la calle, para así saber al día siguiente si, mientras él duerme, su pareja ha salido para estar con otro. Cree que su mujer le echa en la comida alguna sustancia para dormir toda la noche y así no enterarse de sus devaneos. Hace un mes tuvieron una discusión muy fuerte porque el palillo estaba en el suelo. Eso significaba que C. V. había abierto la puerta —en realidad había acudido a comprar el 61 pan— y él guardaba el trozo de palillo como prueba irrefutable de la infidelidad. Como puede observarse, A. B. es víctima de un trastorno delirante. Está firmemente convencido de la infidelidad de su pareja y se basa en argumentos nada objetivos ni reales. Desde su punto de vista, todo lo que piensa es lógico y, además, se enfada y se pone violento si alguien le lleva la contraria. Los sujetos con este tipo de ideas delirantes suelen discutir con la pareja e intentan intervenir en la infidelidad imaginada: por ejemplo, coartan la libertad de movimientos de su mujer o de la novia, la siguen en secreto, investigan al supuesto amante o agreden directamente a la pareja. En resumen, el delirio de celos está caracterizado por el predominio de una convicción delirante de ser engañado por la pareja. En los demás ámbitos el paciente conserva un pensamiento coherente y un comportamiento adaptado. El delirio puede llegar a tal extremo que los días transcurren en un continuo sobresalto: toda la energía se vuelca en demostrar que sus sospechas no son infundadas. La evolución de este delirio, que casi siempre carece de un fundamento cierto, es muy tenaz, al margen de que esa evolución pueda atravesar fases distintas: aparente desaparición, resurgimiento y momentos críticos, con el riesgo en este último caso de crisis depresivas, tendencias suicidas y conductas agresivas. b) Alcoholismo Los celos son muy frecuentes entre las personas que beben en exceso habitualmente. La relación entre los celos y el alcoholismo es bidireccional. En algunos casos se trata de personas celosas que lo son desde siempre y que han encontrado en el alcohol un alivio al malestar que generan los celos, como ocurre también en otras manifestaciones de la ansiedad. En las personas con esta predisposición el alcohol puede utilizarse como estrategia para hacer frente a las dudas y sospechas patológicas respecto a la infidelidad de la pareja. A continuación figura un caso de celos en donde se utiliza el alcohol como autoterapia (Echeburúa, 2001). L. Á. S. es un ingeniero informático de 30 años, que tiene un trabajo estable en una empresa de construcción y es muy aficionado a la música. Está casado y tiene una hija de 3 años. Se trata de una persona tímida, insegura y con una vida social muy limitada. Recuerda que, ya desde las primeras relaciones con chicas en la adolescencia, era una persona muy celosa y posesiva. Desde que se ha casado, hace 4 años, los celos hacia su mujer —infundados— han ido en aumento, ocupan buena parte de su actividad mental diaria y le crean una gran tensión emocional: le atormenta no ser amado, sentirse engañado y ser señalado por la calle, como si todo el mundo supiese lo que él no sabe. Por ello, se muestra amenazante e insultante con su pareja. Cuando bebe alcohol, siente un alivio a su malestar y se le olvidan durante unas horas los celos, que vuelven a reaparecer, sin embargo, al cabo de un rato. En los momentos de lucidez se siente apenado y se da cuenta de la falsedad y crueldad de sus acusaciones. En los últimos meses el consumo de alcohol (de vino y whisky, sobre todo), al que recurre cada vez que se encuentra desasosegado con sus pensamientos, es superior a los 80 gramos diarios. Ha comenzado a abandonar sus obligaciones profesionales y a presentarse de improviso en casa para controlar el teléfono, revisar los armarios e incluso la basura, inspeccionar el bolso y el móvil de su pareja y someter a esta a un interrogatorio minucioso sobre la ocupación del tiempo libre. En otros casos, en cambio, la relación es inversa. El consumo excesivo de alcohol 62 puede reactivar sentimientos de celos latentes, así como generar episodios de disfunción eréctil. Este deterioro psicoorgánico, unido a la suspicacia del alcohólico y al rechazo afectivo-erótico de que es objeto habitualmente por parte de la pareja a causa del mal aliento, del descuido de la higiene y del deterioro general de la relación, propicia la aparición o el desarrollo de los celos (tabla 2.8). TABLA 2.8 Delirio de celos en el alcoholismo Alcohol como causa — Impotencia. — Rechazo por parte de la pareja. Alcohol como consecuencia CELOS LATENTES FUENTE: Echeburúa, 2001. Los celos favorecidos por el consumo excesivo de alcohol afectan fundamentalmente a los varones. Los sentimientos de celos pueden oscilar desde una sospecha transitoria en la intoxicación hasta una convicción profunda en la abstinencia (esta última es más grave), con un delirio de celos sistematizado y de evolución crónica, incluso después de abstinencias mantenidas (figura 2.1). En este segundo caso de celos estables, incluso cuando no se está bajo los efectos del alcohol, hay un riesgo real de agresión a la pareja, lo que debe llevar a la adopción de medidas preventivas. Figura 2.1.—Fases del delirio de celos en el alcoholismo. (FUENTE: Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001.) c) Depresión Los celos están asociados frecuentemente a la depresión. En este cuadro clínico aparecen con frecuencia ideas delirantes de autodesprecio («soy un desgraciado», «no sirvo para nada», «soy un estorbo para todos» o «no pongo nada de mi parte»); de culpa («no la he hecho feliz» o «tengo la culpa de su desgracia»); de ruina («me he hundido para siempre», «la vida me resulta insoportable» o «vivir así no merece la pena»); y de pérdida de afecto («ya nadie me quiere» o «todo el mundo está harto de 63 mí»). De este modo, y en estas circunstancias, los celos pueden ser una resultante de la depresión. Así, el sujeto celoso puede creer que la infidelidad se debe a su falta de cualidades para mantener la atracción de su pareja y a que ha perdido su afecto («ya no me quiere»). Por otra parte, puede sentir vergüenza porque está convencido de que es notorio en su pueblo o barrio el engaño que sufre. En la tabla 2.9 se expone gráficamente el proceso de las ideas delirantes de celos en la depresión. TABLA 2.9 Celos en la depresión Ideas de pérdida de afecto «No valgo para nada». «Ya no me quiere». Ideas de vergüenza «Está enamorada de otro». «Todo el mundo lo sabe». FUENTE: Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001. Hace 3 años murió, después de una larga y dolorosa agonía debida a un cáncer de huesos, la hermana de B. L. Para ella era como su hija, ya que sus padres habían muerto jóvenes y B. L., que era la hermana mayor y ya estaba casada, acogió a su hermana y cuidó de ella hasta que se casó. La muerte de su hermana, y el largo sufrimiento por el que pasó, provocaron en ella una gran tristeza, que derivó en una auténtica depresión. En realidad, B. L. siempre había tenido una tendencia a deprimirse y cualquier contratiempo, por leve que fuese, la sumía en una profunda tristeza. La muerte de su hermana produjo un agravamiento de su situación. Desde entonces se culpa de todos los males que afectan a su familia y los sentimientos de autodesprecio son constantes. Su relación de pareja se ha visto muy afectada por esta situación y en los últimos meses ha empeorado considerablemente. B. L. considera que no es una buena compañía para su marido y que no resulta atractiva para él, ya que se pasa todo el día llorando. Desde su punto de vista, su marido la quiere abandonar, pero finge y no lo hace por miedo a que ella cometa alguna locura, como suicidarse. Cree infundadamente que lo que hace su marido es continuar con ella y, simultáneamente, tener aventuras extraconyugales con alguien más alegre. No puede dejar de pensar en la supuesta infidelidad de su marido y en la vergüenza de que esas relaciones sexuales con otras personas sean ya de dominio público. d) Demencia En estos casos, más habituales en la vejez, las ideas delirantes suelen tener un colorido tan absurdo que se identifican fácilmente. Resulta grotesco pensar, por ejemplo, que una anciana de vida regular, cargada de hijos y de nietos, se convierta para el paciente en una insaciable adicta al sexo que mantiene relaciones sexuales con todos los vecinos y hasta con sus propios hijos, o que una mujer de vida regular, enferma de cáncer de pecho y medio ciega por la diabetes, engañe a su marido con otros hombres. Las ideas delirantes de celos pueden generar conductas muy violentas en los ancianos. Así, por ejemplo, el homicidio por celos suele darse en la vejez, sobre todo cuando hay componentes paranoides y abuso de alcohol de por medio. Se trata de 64 ancianos que son como bebés con una mentalidad senil, pero que tienen unos celosbomba. Muchos agresores se quitan la vida porque no soportan la vergüenza de lo que han hecho ni la perspectiva de quedarse radicalmente solos a esa edad (GarcíaAndrade, 1995). 2.5. DEPRESIÓN La depresión es un trastorno muy frecuente, que afecta al 8-12 por 100 de la población, que es una causa principal de discapacidad y que lo sufre aproximadamente el doble de mujeres que de hombres. En la fase aguda, el paciente deprimido se siente desproporcionadamente triste, decaído, sin fuerzas ni ganas de llevar a cabo actividad alguna, inseguro e inundado de pensamientos desastrosos sobre sí mismo, el pasado y el futuro. La persona comprueba con perplejidad que su mente no funciona con la agilidad ni precisión de antes, tiene bloqueos, despistes, incapacidad para tomar decisiones o planificar tareas sencillas. El paciente depresivo rehúye el contacto social, porque cualquier intercambio humano le resulta fatigoso y estéril, y cualquier tarea o responsabilidad se convierte en inmensa y definitivamente excesiva. En la tercera edad la depresión, con más síntomas somáticos que en la vida adulta, experimenta un crecimiento exponencial, asociado a las pérdidas físicas (deterioro general de la salud y enfermedades), psicológicas (pérdida de la red de apoyo familiar) y sociales (aislamiento y soledad). La depresión puede mostrarse de diversas formas y en diferentes niveles de severidad (leve, moderada o grave), pero hay algunos síntomas que adquieren una especial relevancia (Molina, Sánchez y López, 2013): a) En el plano afectivo y conductual, la tristeza patológica, la anhedonia (pérdida de capacidad para disfrutar), la irritabilidad y la apatía (indiferencia ante las actividades habituales) son los síntomas nucleares de la depresión. A veces lo que predomina es un estado de ánimo disfórico, caracterizado por una mezcla de ansiedad, irritabilidad y malhumor. b) En el plano cognitivo, en la depresión aparecen alteraciones en el contenido y en el curso del pensamiento. Respecto al contenido, los sesgos cognitivos en relación con la valoración profundamente negativa de sí mismo (ideas de inutilidad), del mundo (entorno hostil) y del futuro (falta total de esperanza) pueden llevar a la persona a mostrar ideas delirantes de hipocondría, de ruina y de culpa, que están relacionadas directamente con la ideación y las conductas suicidas. Estas distorsiones aluden frecuentemente a la relación con el cuerpo (hipocondría), a la relación con el mundo (delirio de ruina) y a la relación consigo mismo (delirio de culpabilidad). En general, la culpabilidad se refiere al pasado, la hipocondría al presente, y el delirio de ruina al futuro. Respecto al curso del pensamiento, hay una disminución y lentitud en la producción de ideas (bradipsiquia), con una menor fluidez verbal y con una 65 reducción de la capacidad de concentración, lo que lleva a la persona a una pérdida subjetiva de memoria. Si estas alteraciones surgen en ancianos y en depresiones de inicio tardío, se pueden considerar como pseudodemencias. c) En el plano somático, las alteraciones del sueño, los cambios de apetito, la fatiga, los dolores de cabeza y la falta de deseo erótico son algunos de los cambios más habituales. En cuanto al ritmo biológico de la sintomatología, en la depresión mayor es habitual el empeoramiento por la mañana al despertar y una cierta mejoría del ánimo al atardecer (es, de hecho, una de las pocas enfermedades que mejora al final de la jornada). Los pacientes con depresión tienden al suicidio o a hacerse daño a sí mismos. Sin embargo, y por paradójico que resulte, no se puede descartar el riesgo de violencia en un paciente con depresión, sobre todo cuando este cuadro clínico va acompañado de abuso de drogas o de rasgos antisociales. El momento más peligroso de la depresión es cuando el paciente comienza a mejorar: lo primero que se alivia en ellos, antes que la tristeza y la lentitud de su pensamiento, es su esfera motora, es decir, su capacidad de acción teñida de un tono de ánimo triste. En este contexto pueden surgir el parricidio o el filicidio, acompañados frecuentemente de suicidio, o el asesinato en masa por desesperación. El mecanismo psicológico en estos casos es el siguiente: frustración acumulada-atribución externa de la culpa-pérdida significativa reciente (por ejemplo, pareja o empleo)-aislamiento social-generación de sentimientos de venganza. La venganza y el odio están con frecuencia en la base de estas muertes. Muchos de estos homicidas se encuentran en una edad media de la vida, cuando ya han acumulado muchos momentos amargos y no ven ninguna esperanza en el futuro ni para ellos ni para sus seres queridos. Matar a un padre suele esconder, a veces, un arrebato o una actuación influida por el alcohol o las drogas. Así, por ejemplo, R. D., el asesino de un municipio de los alrededores de París, de 33 años, que se suicidó posteriormente en la Comisaría de Policía, mató con un arma de fuego a ocho concejales del Ayuntamiento en marzo de 2002 (asesinato en masa) cuando se encontraba sumido en una depresión y con ideación suicida. Se sentía profundamente humillado. Quería sentirse vivo matando «aunque solo fuera por unos instantes». Son personas que mueren matando. Este es un caso de asesinato en masa por desesperación. Otro ejemplo de homicidio-suicidio es el M. I. A., de 42 años, un vigilante de seguridad en una ciudad del País Vasco que en junio de 2005 provocó un incendio en su lugar de trabajo, asesinó a su jefe, con quien mantenía disputas laborales, y luego se suicidó de un tiro en el pecho. Al parecer, se encontraba con una profunda depresión a raíz del fallecimiento de su madre, a la que vivía entregado por completo. Cuando se tiene una depresión intensa, todo se sobredimensiona: una mala contestación o una injusticia (en este caso, por motivos laborales) se puede convertir en la peor afrenta. Así, la depresión puede desembocar en un estallido de ira. Y 66 cuando el sujeto que sufre una depresión severa debe enfrentarse a una situación extrema, puede reaccionar de dos modos: suicidándose o agrediendo a otras personas. En circunstancias distintas D. A. S., un chico alemán de origen iraní de 18 años, introvertido, con antecedentes de depresión y de acoso escolar prolongado, admirador del ultraderechista e islamófobo A. B. (quien mató a 77 personas en Noruega), que rendía culto a la violencia y era aficionado a los videojuegos violentos, asesinó a nueve personas jóvenes en julio de 2016 en Múnich antes de suicidarse. Este chico podría sufrir el síndrome de Amok, causado por motivos de desarraigo cultural y que puede desembocar en estallidos incontrolados de ira. El acoso escolar prolongado puede producir frialdad afectiva, menor empatía y resentimiento contra la sociedad. El daño recibido se puede transformar en odio, violencia y deseos de venganza, sobre todo cuando el sujeto está deprimido, tiene rasgos narcisistas y está aislado socialmente. En el caso de estos lobos solitarios, que llevan a cabo sus conductas de violencia de una forma impredecible, predominan el resentimiento, la depresión, las crisis personales y cierta fascinación por la violencia o el uso de armas. El efecto imitación y la búsqueda de notoriedad pueden asimismo activar su conducta. A su vez, Ch. S., una mujer norteamericana, mató a sus dos hijas de 22 y 17 años con una pistola en Houston, en julio de 2016, delante de su marido para vengarse de él, ya que le había pedido el divorcio. Ch. S. padecía depresiones y había intentado suicidarse en tres ocasiones mezclando pastillas con alcohol. Al margen de que los altercados familiares eran frecuentes, lo que peor encajó fue saber que su marido quería acabar con su matrimonio y decidió vengarse matando a lo que el hombre más quería: sus dos hijas. Otras veces puede darse el homicidio por compasión (suicidio ampliado), en el que una persona profundamente deprimida opta por matar a sus seres queridos para evitarles el sufrimiento futuro antes de quitarse la vida ella misma. El filicidio en mujeres, que es poco frecuente, está asociado a una depresión mayor con síntomas psicóticos. Sin embargo, los filicidios cometidos por madres con niños menores de 1 año, acompañados o no de suicidio, pueden inscribirse en una depresión posparto con síntomas psicóticos. En estos casos se puede tratar de un suicidio ampliado. La madre puede sentir que no puede cuidar a su hijo, como ocurre en la naturaleza cuando en una camada hay crías enfermas o son demasiadas. Un caso diferente es el de G. B., de 55 años, cuidadora de niños, que sufría fuertes depresiones y amenazaba reiteradamente con el suicidio (había tenido hasta tres intentos). Esta mujer mató por asfixia a tres menores con graves problemas de movilidad que tenía a su cargo en un pueblo de Castilla y León en 2011, con quienes tenía una fuerte implicación emocional. Luego intentó suicidarse, igual que lo había hecho en ocasiones anteriores. 2.6. TRASTORNO BIPOLAR El trastorno bipolar es un trastorno afectivo caracterizado por la alternancia de 67 episodios de ánimo exaltado (manía) con episodios depresivos (depresión) y eutimia (estado de ánimo dentro de la normalidad). La conciencia de enfermedad en las personas afectadas puede estar presente en las fases depresivas, pero mucho menos en los períodos maníacos (Martín Vázquez, 2013b). Padecer un trastorno bipolar es vivir en un carrusel de emociones, a veces muy intensas, que el paciente no puede controlar. En el trastorno bipolar las emociones se independizan de los estímulos y la persona comienza a presentar altibajos inexplicables, con temporadas de gran abatimiento y pérdida de ilusiones, alternadas con fases de euforia, excitación y aumento de la actividad. Las emociones funcionan como en una especie de montaña rusa: alternan los períodos depresivos con fases de manía hiperactiva, en las que hay un aumento frenético de la actividad, con una tendencia a evolucionar más o menos rápidamente de unos a otras. En las fases maníacas, que suelen durar al menos una semana, el paciente muestra sensación de euforia expansiva (manía festiva), entremezclada con irritabilidad colérica y hostilidad (manía iracunda), que a veces pueden desencadenarse por frustraciones triviales y estar dirigidas contra las personas (familiares, amigos, médicos) que se oponen a la realización de los deseos del paciente. Muchas veces se observa el paso de la alegría a la cólera cuando se contradice al paciente, se ponen límites a su energía desbocada o se frustran sus proyectos carentes del más mínimo realismo (Gisbert, Sánchez y Castellano, 2004b). Asimismo, el paciente presenta déficits en la atención y el curso del pensamiento, que se manifiestan como verborrea, distraibilidad y fuga de ideas, cambiando rápidamente de temas sin terminar la exposición de los mismos. La conducta se muestra también alterada, en forma, por ejemplo, de comportamientos extraños (implicarse en negocios ruinosos, hacer compras excesivas, conducir de forma imprudente, hablar sin parar por teléfono, etc.), pautas de sueño irregulares (duerme poco, pero no muestra cansancio) o conductas sociales inadecuadas, tales como hacer invitaciones exageradas o comportarse sexualmente de una manera improcedente. Hay asimismo una disminución de las inhibiciones normales en el comportamiento social en la vida cotidiana. El resultado de todo ello es el deterioro laboral y de las actividades familiares y sociales del paciente, que a veces hace aconsejable su hospitalización. Hay algunas ideas delirantes que los pacientes suelen mostrar en las fases maníacas y que, en algunos casos, pueden estar vinculadas a conductas violentas. Se trata, sobre todo, de los delirios relativos a una identidad grandiosa (el paciente puede creerse de sangre real, ser el presidente del país o tener unas capacidades sanadoras especiales para curar el sida o el cáncer) o al designio de una misión especial (el paciente puede creer estar destinado a resolver todos los conflictos bélicos del mundo). Asimismo, en los pacientes con un episodio maníaco la violencia puede aparecer cuando se sienten restringidos o se les imponen límites a sus acciones (Martín Vázquez, 2013b). Las conductas violentas en las fases maníacas se caracterizan por la impulsividad, la falta de planificación, la inmediatez y la ausencia de motivos (en realidad, surgen 68 como respuesta ante provocaciones mínimas). Todo ello se agrava si se consumen alcohol o drogas, y hay una falta de adherencia al tratamiento. La violencia puede dirigirse contra las personas más allegadas al paciente y existe en estos casos incluso el riesgo de filicidios o parricidios. Sin embargo, normalmente la agresividad se despierta contra personas que puedan representar la autoridad (policía, médico) o contra aquellos que se puedan mofar o hacerle despertar sentimientos de humillación por sus comportamientos (Guija, 2009). A veces pueden aparecer comportamientos violentos inintencionados como consecuencia de conductas imprudentes, especialmente al volante, o de resistencia frente a otras personas que intentan disuadirles de sus conductas. Por el contrario, en las fases depresivas el riesgo mayor de estos pacientes es el del suicidio, mediado, a su vez, por la aparición de ideas delirantes de ruina o de catástrofe. Si bien es menos frecuente que en las fases maníacas, no se puede menospreciar el riesgo de violencia en los episodios depresivos del trastorno bipolar, como ya se ha explicado al hablar de la depresión. 2.7. TRASTORNO DE ESTRÉS POSTRAUMÁTICO Este cuadro clínico, caracterizado por una ansiedad extrema, se desarrolla cuando una persona ha experimentado un suceso que ha puesto en peligro su integridad física o psicológica. Si bien los síntomas centrales del trastorno de estrés postraumático (TEPT) se relacionan con la reexperimentación del suceso vivido, las conductas de evitación, la hiperactivación y las alteraciones cognitivo-afectivas pueden aparecer ocasionalmente en los pacientes afectados por conductas violentas no premeditadas, sobre todo en personas jóvenes con abuso de alcohol/drogas u otros trastornos comórbidos (Echeburúa, Delgado y Vicente-Herrero, 2013). En estos casos, el malestar emocional vivido por la víctima puede expresarse en forma de comportamientos irritables en sus relaciones interpersonales, con arrebatos de furia sin provocación o con episodios de agresividad verbal o física contra personas u objetos. Estas manifestaciones violentas, facilitadas por la ansiedad y el consumo de sustancias psicoactivas, pueden aparecer en el ámbito doméstico (violencia contra la pareja) o social. A su vez, algunos menores traumatizados en la infancia pueden albergar sentimientos de violencia, así como mostrar una predisposición a desarrollar posteriormente actitudes de venganza y comportamientos violentos (Medina, 2015). La ira es una emoción que puede resultar adaptativa ante un suceso traumático y forma parte de la respuesta de supervivencia de los seres humanos ante amenazas potenciales o ante sucesos percibidos como injustos y provocados intencionalmente por otras personas. Por ello, algunas víctimas traumatizadas, incluso personas anteriormente violentas (como algunos excombatientes o torturadores), pueden reaccionar ante situaciones que perciben como estresantes con hiperactivación y con ira, como si su vida corriera peligro. En este sentido la conducta violenta, sobre todo en aquellas personas traumatizadas desde la infancia, funciona como una forma de 69 hacer frente a las amenazas percibidas, al margen de que esta percepción de amenaza esté en muchos casos distorsionada (Novaco, 2010). En cualquier caso, la violencia asociada a este trastorno está mediada por una personalidad vulnerable y por la naturaleza especialmente cruel del suceso traumático (abuso sexual reiterado, torturas graves, etcétera), que pueden producir como resultado que el sujeto experimente lo que la CIE-10 define como una transformación permanente de la personalidad. Este cambio en el estilo de conducta del sujeto se caracteriza por la presencia de actitudes de hostilidad (desconfianza), aislamiento social, sentimientos de vacío y desesperanza o de venganza, hipervigilancia (sensación de estar en peligro), irritabilidad y sentimientos de extrañeza de sí mismo, sustentado todo ello en un estado disfórico persistente (Echeburúa et al., 2013). En concreto, las personas que han sufrido un suceso traumático continuado en la infancia y que no han establecido vínculos estables con su familia tienen una mayor tendencia a las actitudes hostiles, a la impulsividad y a las conductas violentas y suelen mostrar una falta de regulación de la vida emocional. Es lo que se denomina el trastorno de estrés postraumático complejo, que dificulta la integración de la persona en el sistema normativo y la hace proclive a una inadaptación global, en la que puede estar presente el desarrollo de la violencia (Echeburúa, 2004; Medina, 2015). No obstante, en los casos de personas implicadas en conductas violentas y que han sido afectadas por un TEPT, conviene controlar la simulación, que puede ser más frecuente que en otros cuadros clínicos porque aquí hay una relación de causa a efecto entre el suceso traumático y el trastorno mental. Habitualmente la simulación en el TEPT tiene como objetivo conseguir eludir la responsabilidad penal de los delitos violentos cometidos. En la tabla 2.10 figura un modelo de decisión clínica para establecer un diagnóstico de simulación del TEPT (Resnick, 1997). En resumen, es preciso valorar la intensidad del suceso traumático y el tiempo transcurrido entre el estresor y los síntomas desarrollados, así como la posible relación entre algún trastorno previo y los síntomas actuales. Asimismo, al comparar la actividad actual con la que la persona desarrollaba antes del suceso traumático, hay que evaluar el deterioro mental/social sufrido (funcionamiento del paciente en la vida cotidiana), así como obtener datos de otras fuentes ajenas al paciente. Así, por ejemplo, si la persona tiene pesadillas, hay que pedirle ejemplos y sacarle, por así decirlo, del guion establecido para evitar respuestas estereotipadas aprendidas. TABLA 2.10 Modelo de decisión clínica para establecer un diagnóstico de simulación del TEPT A. Establecimiento de un motivo lógico y plausible para simular un TEPT B. Presencia de, al menos, dos de los siguientes criterios: 1. Situación laboral irregular o insatisfacción en el trabajo. 2. Reclamaciones anteriores por daños. 3. Capacidad para realizar actividades en su tiempo libre, pero no en el trabajo. 70 4. Ausencia de pesadillas, o presencia de pesadillas que son exactas al hecho traumático sucedido. 5. Rasgos de personalidad antisocial. 6. Actitud evasiva y contradicciones. 7. Actitud de no cooperación durante la evaluación. C. Confirmación de simulación por una de estas dos situaciones: 1. Admisión de estar simulando los síntomas. 2. Evidencia psicométrica inequívoca de simulación o fuerte corroboración de estar simulando los síntomas. FUENTE: Resnick, 1997. 2.8. DISCAPACIDAD INTELECTUAL La discapacidad intelectual supone una capacidad mental limitada de origen innato o tempranamente adquirida, que afecta a las funciones cognitivas, al lenguaje y a la socialización, así como una restricción de las habilidades adaptativas del paciente (limitaciones en la autonomía personal y dificultades para hacer frente a las exigencias de la realidad diaria), lo que conlleva alteraciones significativas en la resolución de los problemas cotidianos. El elemento fundamental no es, por tanto, disponer de una menor inteligencia, sino sufrir un deterioro de la capacidad de adaptación global. Al margen de algunos factores etiológicos bien establecidos (alteraciones cromosómicas, nacimientos prematuros, traumatismos, influencias prenatales o perinatales, trastornos metabólicos, etc.), la etiología de la discapacidad mental es en muchos casos desconocida. El deterioro de la capacidad adaptativa se puede manifestar, entre otros, en el ámbito de la comunicación, del cuidado personal, de la vida doméstica, de las habilidades sociales e interpersonales, del autocontrol y de las capacidades académicas y laborales. El grado de discapacidad de la persona afectada varía desde leve a profundo (pasando por moderado y grave) según el nivel de interferencia que le supone en la vida cotidiana y en su grado de autonomía personal. La tasa de prevalencia de la discapacidad intelectual oscila en torno al 1 por 100, con una frecuencia mayor en los niveles leves (85 por 100 del total) que en los graves (Gisbert, Sánchez y Castellano, 2004c). Es poco frecuente la relación entre violencia y discapacidad intelectual. Sin embargo, la tendencia de las personas con discapacidad a implicarse en conductas violentas, cuando se produce, responde a las siguientes razones: a) la presencia frecuente en ellas de alteraciones de la personalidad: impulsividad, irritabilidad, sugestionabilidad, ausencia de inhibiciones, oscilaciones del estado de ánimo, agitación psicomotriz, etc.; y b) la marginación social de algunas personas discapacitadas, que puede inducirles a un consumo abusivo de alcohol o drogas con el fin de compensar la vivencia de sus limitaciones. En cualquier caso, la manifestación de conductas violentas en este tipo de personas va a depender del grado de discapacidad (a mayor grado de discapacidad intelectual, menor posibilidad de cometer actos violentos), así como de la modalidad 71 clínica. Es decir, hay una discapacidad con excitación (intranquila, irritable o activa) que da lugar a una mayor conflictividad que la forma tórpida (apática o pasiva) (Cano Lozano, 2006). En general, las conductas violentas, cuando se dan en estas personas, no responden a una planificación previa, sino que son impulsivas, imprevisibles, muy primitivas y poco elaboradas, y surgen en respuesta a frustraciones primarias o a situaciones que desbordan su capacidad de comprensión y control, y que son el resultado de una falta de razonamiento lógico o de juicio crítico (Fernández, Fernández y García-Andrade, 2013). En el caso de las personas con una discapacidad mental grave, que tienen una vida social muy limitada, las conductas violentas son poco frecuentes y las víctimas suelen ser los familiares o los cuidadores. Los casos moderados o leves son los que en ocasiones muestran una tendencia a las conductas violentas, dadas sus dificultades para inhibirse, a la vez que responden a estímulos análogos a los de las personas normales. En algunas ocasiones estos pacientes pueden ser ejecutores de conductas violentas instigados por terceras personas, que se aprovechan de las limitaciones presentadas por estos pacientes. A un sujeto con una discapacidad intelectual leve o moderada es posible persuadirle fácilmente para una mala acción, sobre todo si no cuenta con un apoyo familiar y está inmerso en un ambiente social marginal. La sugestionabilidad, la búsqueda de aceptación por el grupo de referencia y el afrontamiento de sus déficits psicológicos de forma impulsiva son algunos de los factores que pueden estar detrás de los comportamientos violentos. El riesgo de conductas violentas (agresiones sexuales, lesiones u homicidios) es mayor cuando hay una comorbilidad de una discapacidad intelectual de tipo leve o moderado con un abuso de sustancias psicoactivas o con una psicopatía. En este último caso las personas con discapacidad intelectual y psicopatía pueden resultar violentas porque toleran mal las situaciones de estrés o porque no saben dar cauce adecuado a una sexualidad primitiva. En cualquier caso, las personas con discapacidad intelectual, sobre todo los casos más profundos, tienden a ser más frecuentemente víctimas que perpetradores de la violencia. Los agresores tienden a abusar sexualmente de este tipo de personas, o a maltratarlas física o emocionalmente, porque suelen ofrecer menos resistencia y porque, al tener las víctimas una mayor necesidad de recibir asistencia personal en su vida diaria y contar con menores capacidades cognitivas para denunciar cualquier agresión, el delito muchas veces puede quedar impune. Por ello, estas personas requieren con frecuencia ser tuteladas por su situación de incapacidad (Carrasco y Maza, 2005). 2.9. DEMENCIA La demencia es un trastorno de base orgánica cerebral, asociado a la edad, que implica un deterioro global de las funciones cognitivas (de la memoria especialmente) y que puede venir acompañado de alteraciones afectivas y 72 conductuales (apatía, depresión, agitación o agresividad). El deterioro cognitivo, acompañado de afasias (alteraciones del lenguaje), apraxias (dificultad para la ejecución de actividades automatizadas) y agnosias (fallos en el reconocimiento), supone una interferencia grave para el sujeto afectado en el nivel de su autonomía y en el desarrollo de las actividades sociales (Lobo, Quintanilla, Villas y Ventura, 2013a). En realidad, la demencia supone una limitación progresiva e irreversible de todas las capacidades psíquicas: la memoria —la primera en afectarse, inicialmente la memoria de fijación—, la capacidad de juicio, la afectividad, la orientación espaciotemporal, los hábitos (abrocharse los botones de las camisas), la conducta, el lenguaje, la atención o las actividades sociales, entre otras. Así, se produce un deterioro global de la vida del paciente, que sufre desorientación, descuido en la higiene personal, incapacidad para adquirir nuevos conocimientos o aprender nuevas técnicas, así como una pérdida de juicio crítico y un olvido progresivo de lo que aprendió en el pasado (Gisbert, Sánchez y Castellano, 2004d). La tasa de prevalencia en la población general es del 6,4 por 100 para la demencia global, del 4,4 por 100 para la enfermedad de Alzheimer y del 1,6 por 100 para la demencia vascular. Se trata, por tanto, de cifras muy altas que están vinculadas al envejecimiento de la población. Además, por cada persona enferma hay tres directamente repercutidas. En el caso de la enfermedad de Alzheimer, el inicio es insidioso, por lo que los familiares pueden no darse cuenta de las fases iniciales del trastorno (Carrasco y Maza, 2005). Al margen de la desintegración de las funciones cognitivas, las personas con demencia pueden actuar en un nivel primario, desorganizado, menos controlado, sin capacidad de mantener su escala de valores en lo que ha sido su vida habitual. En este sentido, evaluar el grado de deterioro del paciente en estas áreas supone conocer su estilo de vida anterior: los logros familiares, profesionales y sociales habidos, la personalidad más o menos vulnerable, la escala de valores, los hábitos y las actividades de ocio (Lobo, Quintanilla, Villas y Ventura, 2013b). La patología cerebral de la demencia puede predisponer en algunos casos a anomalías en la expresión de emociones (labilidad o incontinencia afectiva), que pueden implicar estallidos de ira, o conductas descontroladas o desinhibidas, por ejemplo en el ámbito sexual (abusos sexuales o conductas de exhibicionismo). Es esa mezcla de desinhibición con la pérdida de juicio crítico lo que puede llevar al paciente a la comisión de este tipo de conductas, incompatibles, por lo demás, con el sistema de valores del sujeto en su vida adulta. Así, si bien son poco frecuentes, pueden surgir agresiones en el medio familiar o abusos sexuales a menores o cuidadores cuando el paciente presenta una demencia, especialmente si se trata de una demencia fronto-temporal. Incluso puede aparecer un síndrome confusional agudo, en el que el paciente sufre desorientación espacio-temporal. En cualquier caso, las conductas violentas (menos aún los delitos de sangre) presentan cifras bajas entre las acciones cometidas por los ancianos. Los pacientes involucrados en conductas violentas en el ámbito familiar suelen ser hombres 73 aquejados de una demencia y que atacan a sus mujeres, que son sus cuidadoras únicas. Puede haber habido pequeñas agresiones previas, atribuidas por la mujer a la patología senil del agresor y a las que no conceden la importancia debida. Estas mujeres consideran a sus parejas incapaces de hacerles daño, bien porque son hombres educados y amables, o bien porque cuentan con grandes limitaciones físicas. El deterioro cognitivo está asociado a la incontinencia emocional, la rigidez de criterio, las quejas somáticas, la depresión o la agitación. Son personas que aparentemente no tienen fuerza para comportarse violentamente, pero que, sin embargo, pueden acumular la suficiente energía como para atacar en un momento explosivo con un martillo o con un cuchillo de cocina. En otros casos se trata de hombres ancianos que cuidan en solitario a mujeres demenciadas, con gran discapacidad o con pérdida de expectativas de vida (cánceres deteriorantes o patologías degenerativas). En estas circunstancias los hombres, sobre todo cuando carecen de habilidades como cuidadores, pueden sentirse desbordados y cometer un homicidio por compasión. Sin embargo, cuando es la mujer la cuidadora, no se suele dar esta situación (Cobo, 2009). No obstante, la peligrosidad y la capacidad para implicarse en conductas violentas en los ancianos con demencia son escasas y, cuando se dan, tienen lugar en las fases iniciales del trastorno, cuando aún no está identificado con claridad porque, una vez instaurada la demencia, los pacientes tienen menor capacidad de actuación y las personas de su entorno tienden a adoptar medidas de precaución. La comorbilidad de la demencia inicial con la discapacidad intelectual leve incrementa el riesgo de la implicación de la persona en hechos antijurídicos. Sin embargo, son más frecuentes en estos pacientes los actos impúdicos que las manifestaciones de violencia (Fuertes y Cabrera, 2007). 2.10. TRASTORNOS DEL CONTROL DE LOS IMPULSOS La impulsividad es un rasgo de personalidad que está presente en personas que renuncian a recompensas significativas, pero diferidas en el tiempo, para implicarse en gratificaciones inmediatas y que, en algunos casos, pueden acarrearles dificultades diversas en su vida cotidiana. Todas las personas son más o menos impulsivas, sin que haya que atribuir a este rasgo de personalidad un carácter clínico. Sin embargo, la impulsividad se califica de patológica cuando los impulsos sobrepasan habitualmente la capacidad del sujeto de inhibirlos a sabiendas de su inadecuación, tienen una duración o intensidad anormalmente altas y suponen un acto dañino para uno mismo o para los demás (tabla 2.11). En estos casos los impulsos, al generar una gran tensión interior en el sujeto, se muestran irresistibles. En concreto, el descontrol impulsivo supone gratificación o alivio de la tensión previa a corto plazo, pero malestar, autorreproches y sufrimiento a largo plazo (Carrasco, De la Vega y Díaz-Marsá, 2013). TABLA 2.11 74 Concepto de trastorno en el control de los impulsos — Fracaso en resistir un impulso peligroso. — Tensión creciente antes del acto. — Placer o alivio al realizar el acto que puede ir seguido de sentimientos de culpa o remordimiento. FUENTE: Cabrera y Fuertes, 1997. Entre las alteraciones de la impulsividad vinculadas con las conductas violentas se incluye el trastorno explosivo intermitente, más frecuente en varones y que suele iniciarse entre los 20 y 30 años. Se trata de un cuadro clínico caracterizado por la aparición de episodios bruscos de violencia más o menos periódicos, sin otras manifestaciones psicopatológicas, y que resultan desproporcionados respecto al acontecimiento precipitante (insulto, amenaza, accidente, etc.). Estas explosiones coléricas, que responden a impulsos irresistibles, no son premeditadas ni están orientadas a la obtención de algún tipo de beneficio. Son respuestas en cortocircuito, solo precedidas a veces de una fugaz tensión interior. A veces puede haber un factor desencadenante, pero la explosión de violencia resulta desmesurada. Los estallidos de violencia pueden ser consecuencia del aislamiento social del paciente, de su inestable vida interior y de una progresiva sobrecarga emocional que le lleva a agredir a otros. Estos sujetos, que suelen manifestar que son incapaces de controlar el impulso que les lleva a la acción, pueden mostrar posteriormente sentimientos de culpa, de arrepentimiento o, cuando menos, de perplejidad. En ocasiones el trastorno explosivo intermitente tiene antecedentes psicopatológicos en la infancia en el TDAH o en haber sufrido maltrato familiar o acoso escolar persistente, que pueden generar en el sujeto una autoestima deficiente y una ira reprimida. Otras veces las conductas violentas impulsivas son una manifestación sintomática de algunos trastornos de personalidad, en concreto del trastorno límite, en el marco de una inestabilidad emocional y de sentimientos de vacío, o de la psicopatía. La diferencia respecto a esta última, en la que el sujeto tiene también un escaso control inhibitorio y no es capaz de anticipar las consecuencias negativas de sus conductas, es que la persona afectada por el trastorno explosivo intermitente muestra sentimientos de culpa cuando se percata del alcance perjudicial de sus conductas violentas para los demás. A menudo anteceden al episodio violento algunos acontecimientos estresantes que sobrepasan las estrategias de afrontamiento del sujeto, como una ruptura de pareja o un problema de salud. En estos casos los ataques de ira vienen precedidos de una gran tensión interior que se libera con la explosión de violencia. El trastorno aparece con más frecuencia si el sujeto presenta rasgos narcisistas o paranoides de la personalidad. La evolución de este cuadro clínico es episódica y crónica, lo que conlleva complicaciones de relación con el entorno social, que acaba por marginar y rechazar a una persona que se muestra incapaz de controlar su conducta (Rodríguez y Ros, 2004). En resumen, lo definitorio de este trastorno son los ataques de ira episódicos, la 75 aparición de conductas violentas desproporcionadas al estímulo precipitante y la falta de conexión de estos comportamientos con otro tipo de trastorno mental. En el intervalo entre los distintos episodios explosivos suele haber una normalidad de la conducta (Medina, 2004). En otras ocasiones la impulsividad patológica puede inducir a la comisión de conductas de violencia indirecta (por ejemplo incendios) cuando median emociones negativas como el odio o la venganza. Al margen de las conductas negligentes (en donde surge el fuego por una imprudencia como encender una barbacoa en un lugar inadecuado o arrojar una colilla al bosque), es el caso de las personas que llevan a cabo incendios de forma intencionada, que suelen ser solitarias, conflictivas y con problemas de adaptación. Son depredadores forestales, a modo de Nerones del siglo XXI. El fuego es una forma de expresar determinadas emociones y un atavismo ancestral en el ámbito rural. Así, quemar el bosque para un incendiario puede ser una manera de vengarse contra un vecino en pleitos, pero también una forma de vengarse de los padres de la novia que no lo aprueban como yerno, de la nueva pareja de la exnovia o de los vecinos o conocidos por agravios pendientes o pasados. Otras veces se trata de una agresión desplazada: alguien resentido con su jefe o que se siente abandonado por sus vecinos o familia puede quemar una propiedad pública para ventilar sus emociones de ira y resentimiento (tabla 2.12). Conviene distinguir estos incendiarios que actúan por venganza de los sujetos con una piromanía, en los que surge una necesidad imperiosa de planear y provocar incendios sin motivación aparente en respuesta a un impulso patológico no controlable. Los pirómanos aman el fuego y no tienen como objetivo hacer daño: este es un efecto colateral. Lo único que buscan es el placer que les provoca contemplar las llamas. Este trastorno es muy poco frecuente. Las personas con una piromanía, que muestran la conciencia alterada, como en una situación de trance, y que pueden mostrar otros trastornos comórbidos (como la discapacidad intelectual, el alcoholismo o la psicopatía), se excitan observando la acción del fuego y toda la parafernalia asociada a su extinción (coches de bomberos, helicópteros, etc.), pero sin la intención de hacer daño a nadie en concreto. Un motivo de la proliferación de incendios en un corto período de tiempo es el efecto imitación. Nada estimula tanto a los pirómanos (personas mayores, varones, solitarios, que viven en la misma área geográfica del incendio) como ver arder el monte con tanta facilidad. Estas personas demuestran una gran fascinación por el fuego y pueden experimentar una liberación de la tensión interior al contemplar las llamas e incluso una excitación sexual (Redondo y Garrido, 2013). TABLA 2.12 Diferencias entre los incendiarios y los pirómanos Incendiario Negligente Descuidos y conductas imprudentes en Pirómano Intencionado Directo 76 Indirecto — Pérdida de control de los impulsos. relación con el fuego. — Interés económico. — Venganza. — Frustración desplazada. — Excitación ante el fuego. Por último, se pueden producir estados de descontrol impulsivo vinculados a las intoxicaciones agudas producidas por sustancias psicoactivas, como el alcohol (especialmente en los casos de embriaguez patológica), el cannabis o la cocaína, sobre todo en personas vulnerables y cuando se toman conjuntamente (Gisbert et al., 2004d). NOTAS 1 El arrebato se refiere a una reacción pasional de máxima intensidad y breve duración, que aparece como respuesta a la sensación de sentirse insultado, menospreciado o engañado. A su vez, la obcecación se refiere a un sentimiento profundo y duradero de malestar que deriva de una idea que el sujeto percibe como humillante (sentirse engañado por su pareja, por ejemplo). En uno y otro caso pueden aparecer conductas irracionales y explosivas. 77 3 Violencia y trastornos de la personalidad No es lo mismo un trastorno de personalidad (TP) que la acentuación anómala de un rasgo de la personalidad. Así, más allá de los trastornos propiamente dichos, hay diversas dimensiones de la personalidad (impulsividad, búsqueda de sensaciones, falta de regulación emocional en relación con la ira, insensibilidad emocional, narcisismo/amenazas al yo y suspicacia) que, sin responder necesariamente a un trastorno específico, se pueden combinar de formas e intensidades distintas y hacer más probable la aparición de una conducta violenta. Así, por ejemplo, la impulsividad excesiva, la búsqueda de emociones fuertes y la insensibilidad emocional, que pueden estar ligadas a diversos trastornos de la personalidad (antisocial, límite y narcisista, especialmente), pueden conducir a la violencia, sobre todo cuando se potencian con el consumo abusivo de alcohol y drogas o cuando el sujeto afectado presenta un trastorno comórbido (por ejemplo, un trastorno bipolar). De hecho, los síntomas de los TP han mostrado ser mejores predictores de la violencia que los TP por sí mismos (Esbec, 2013; Nestor, 2002). El interés suscitado por la impulsividad como variable de personalidad deriva, en buena parte, del papel determinante desempeñado por ella en las conductas antisociales y violentas (Gracia, 2004). La impulsividad, a nivel cognitivo, supone la tendencia a actuar precipitadamente sin pensar con antelación, sin planificar y sin prever las consecuencias de las conductas negativas y, a nivel emocional, denota la falta de control en la toma de decisiones adecuadas, lo que supone un fallo en el control inhibitorio. La impulsividad implica un bajo umbral en el paso a la acción. En la impulsividad están presentes diversos componentes: a) la necesidad imperiosa de implicarse en diversas actividades, con una urgencia en la actuación; b) la incapacidad para demorar la gratificación, y c) el fracaso para modificar la conducta como consecuencia de las consecuencias negativas (McMurran y Howard, 2009; Ros, Peris y Gracia, 2004). En general, la impulsividad, la suspicacia y el pensamiento extravagante, cuando aparecen en personas que están aisladas socialmente, están relacionados con los tipos de violencia más graves. Es decir, lo que predice mejor un comportamiento violento no es tanto el tipo de trastorno concreto como la intensidad o severidad de los rasgos de personalidad señalados. Los trastornos de la personalidad representan un riesgo clínico significativo para las conductas violentas. Así, hay seis tipos de trastornos de la personalidad implicados especialmente en las conductas violentas: el psicopático, el paranoide, el narcisista, el límite y, en menor medida, el dependiente y el ansioso-evitativo. A 78 veces, los sujetos pueden estar afectados por un trastorno de la personalidad de tipo mixto, con rasgos antisociales, histriónicos y paranoicos (Esbec, 2013). El común denominador de la violencia asociada a los trastornos de la personalidad, salvo algunas excepciones como la psicopatía, es la presencia de un activador emocional (la ira), sobre todo cuando está ligada a una pobre autoestima y a sentimientos de humillación, vergüenza o impotencia. La ira puede activarse por diversas circunstancias: a) por la sospecha, el fanatismo, los celos patológicos o la venganza (trastorno paranoide de la personalidad); b) por la aversión al contacto con otras personas (trastorno esquizoide); c) por la intolerancia a la frustración y el enfado intenso por recibir un trato diferente al esperado (trastorno narcisista); d) por la necesidad de liberar la tensión o por el miedo a la pérdida (trastorno límite); e) por la percepción de sentirse marginado o rechazado por los demás (trastorno ansiosoevitativo); f) por el sentimiento de tedio, la deshumanización de los otros, el deseo intenso de tener poder/control y la ausencia de empatía (psicopatía); g) por la necesidad imperiosa de llamar la atención o integrarse en un grupo (trastornos histriónico y dependiente, respectivamente), y h) por diversas alteraciones cognitivas y experiencias extrañas (trastorno esquizotípico) (Esbec y Echeburúa, 2010). En concreto, la taxonomía vigente del DSM-5 incluye diez categorías diagnósticas, repartidas en tres clústeres: grupo A (raros y excéntricos), grupo B (dramáticos y emocionales) y grupo C (ansiosos y temerosos). Los tres clústeres actuales presentan globalmente peculiaridades significativas. Así, los pacientes del grupo A (trastornos paranoide, esquizoide y esquizotípico) son, en general, menos violentos que los del grupo B (antisocial, límite, histriónico y narcisista), pero la actitud suspicaz, el pensamiento extravagante y el aislamiento social de los sujetos de ese grupo (el grupo A) están relacionados con los tipos de violencia más grave. A veces hay una comorbilidad de varios TP de diversos grupos, como la psicopatía y el trastorno esquizoide de la personalidad (Esbec, 2013). El grupo B es, sin duda, el que está más asociado con la conducta delictiva en general y la violenta en particular. Además, los sujetos de este grupo son los que están más vinculados al abuso de alcohol/drogas, que es un factor claramente disparador de la violencia. A su vez, los pacientes del grupo C (evitativo, dependiente y obsesivo) son los que menos contribuyen a la violencia. Este grupo está integrado por personas sumisas, necesitadas de seguridad y que están emparentadas con las personalidades «sobrecontroladas». Los factores «ansioso» y «obsesivo», por lo general, correlacionan negativamente con la ira y con la violencia. No obstante, los pacientes del grupo C, detrás de una fachada de aceptación y docilidad, pueden presentar cólera o furia intensa ante el temor al abandono o rechazo por los demás. Una vez más, el consumo de alcohol puede ser el elemento disparador de la violencia en estas personalidades. En definitiva, el diagnóstico de trastorno de la personalidad en un sujeto puede ser un factor de riesgo de violencia, pero se debe ser consciente de que la mayoría de las personas con alteraciones de la personalidad no son violentas ni lo han sido nunca, de 79 que muchas personalidades anómalas son más bien víctimas propiciatorias que personas violentas (sobre todo, las del grupo C) y de que, desde un planteamiento dinámico y motivacional, un trastorno de la personalidad no explica por sí solo la conducta violenta. No se debe, por ello, sobreestimar la influencia disposicional ni subestimar la influencia situacional o el papel de los factores comórbidos (Esbec, 2013). 3.1. PSICOPATÍA Muchas personas violentas no presentan un trastorno mental propiamente dicho, pero tienen alteraciones de la personalidad graves que facilitan la aparición de un comportamiento violento. La psicopatía, vinculada a un patrón de conductas que suponen una violación de los derechos de los demás, es el trastorno de la personalidad más relacionado con la delincuencia violenta. En general, se trata de personas que tienen una baja empatía e intolerancia a la frustración, no experimentan sentimientos de culpa, no acatan las normas ni la autoridad, sienten fascinación por la violencia, necesitan imperiosamente experiencias novedosas y no toleran el aburrimiento. Se trata de personas frías, calculadoras, violentas, egocéntricas e insensibles al sufrimiento ajeno. La mente de un psicópata es parecida a contemplar una noche de tormenta: se junta un narcisismo patológico con una violencia cruel (Esbec y Echeburúa, 2010). Sin embargo, este constructo psicopatológico ha sido desvirtuado por el tratamiento recibido desde la literatura, el cine, los medios de comunicación y hasta por el lenguaje de la calle. La asociación de este trastorno con las muestras más graves de criminalidad, como ocurre, por ejemplo, en el caso de los asesinos o violadores en serie, ha contribuido a la estigmatización social del constructo y a su desuso en el ámbito clínico, a pesar de la elevada evidencia empírica que avala su existencia como un trastorno de la personalidad independiente (Esbec y Echeburúa, 2014; Raine y Sanmartín, 2000). Las conductas violentas no son siempre atribuibles a personalidades psicopáticas. Al margen de la violencia generada por el terrorismo, el narcotráfico, las diversas mafias o los robos violentos, que presentan unas características específicas, la violencia no psicopática tiene lugar frecuentemente en el marco de una disputa familiar o cuando el sujeto se encuentra con una activación emocional extrema en una relación interpersonal que es incapaz de controlar. Por el contrario, la violencia psicopática se caracteriza por la frialdad y sangre fría, así como por una crueldad extrema gratuita, premeditada y en ocasiones facilitada por el consumo abusivo de alcohol/drogas, que contribuye a la búsqueda de emociones fuertes y a la superación del aburrimiento (Vázquez Mezquita, 2005). Todo ello tiende a crear una gran alarma social. Es decir, los psicópatas están mayoritariamente implicados en actos de violencia instrumental —en busca de un objetivo o beneficio concreto—, mientras que las personas con un trastorno mental suelen presentar un tipo de respuesta reactiva, es decir, reaccionan de forma violenta 80 frente a un estímulo real o imaginado. No obstante, hay psicópatas que presentan ambos tipos de violencia (instrumental y reactiva) (Esbec y Echeburúa, 2011; Torrubia y Cuquerella, 2008). La psicopatía es relativamente frecuente. Puede afectar a un 1 por 100 de la población general, pero está presente, al menos, en un 15 por 100 de la población reclusa y en un 15 por 100 de la población delincuente juvenil (psicópatas con espinillas). No son muchos, pero cometen los delitos más graves y son los más conflictivos en las cárceles y en los centros de internamiento de menores. La psicopatía afecta mayoritariamente a hombres y surge con más frecuencia en ambientes familiares desestructurados y en un medio social empobrecido. Después de los 30 años, la conducta antisocial más flagrante puede disminuir, sobre todo las agresiones sexuales, las peleas y la delincuencia. Si bien pueden madurar con el paso de los años, estas personas son objeto de tantas complicaciones biográficas (internamientos, encarcelamiento, aislamiento familiar y social, etc.) que es difícil hablar de la normalización de su personalidad en la vida adulta. De hecho, en general muestran una incapacidad de mantenerse en un trabajo más o menos estable, tienen relaciones sociales erráticas y no manifiestan una paternidad responsable. A diferencia de la violencia ejercida por una persona con un trastorno psicótico, que no responde a una motivación comprensible, los psicópatas buscan un fin claro con su conducta destructiva: por ejemplo, conseguir dinero o poder u obtener una gratificación sexual. Las causas de la psicopatía no son bien conocidas. A veces, se trata de factores biológicos (entre otros, lesión prefrontal, desconexión entre la corteza prefrontal y la amígdala); en otras, de unas pautas de crianza inadecuadas, del abuso físico y sexual sufrido a una edad temprana o de una socialización inapropiada (Muñoz y Echeburúa, 2013). 3.1.1. Rasgos nucleares Las personalidades psicopáticas constituyen el caso más llamativo —y que ha suscitado una mayor atención social por las consecuencias de violencia y criminalidad— de anomalías en la adquisición de los aprendizajes normativos. La psicopatía es el diagnóstico por excelencia del delincuente multirreincidente y violento. Estos sujetos, que tienen grandes dificultades para aprender de la experiencia, se caracterizan por la presencia de cuatro aspectos fundamentales: a) actitudes de hostilidad hacia el entorno, que ponen en marcha las conductas crueles y vengativas, facilitadas por una notable capacidad manipuladora; b) insensibilidad con las demás personas (falta de empatía emocional y ausencia de sentimientos de culpa); c) narcisismo, impulsividad y búsqueda de emociones fuertes (lo que no es fácil cuando se cuenta con un umbral alto de excitación), que llevan a la transgresión de las normas sociales. Los psicópatas más pasivos se sacian de noticias sórdidas, crímenes violentos o sucesos sangrientos o morbosos que ofrecen el cine, la TV o las redes sociales, y d) conductas arrogantes y manipuladoras, que pueden transformarse 81 en violentas si con estas últimas no consiguen sus objetivos (Redondo y Garrido, 2013; Muñoz y Echeburúa, 2013). Los psicópatas cuentan con un cierto afán de notoriedad, a veces entremezclado con una gran capacidad de seducción. El modo rebelde, divertido y anticonvencional de vivir puede suscitar una atracción en ciertas mujeres, seducidas por la vida fácil, el atractivo, la fama o el dinero del sujeto. El déficit esencial de los psicópatas es la existencia de un razonamiento que, aunque puede ser lógicamente adecuado, es totalmente carente de criterios éticos. Los psicópatas sufren un fallo en la integración del mundo emocional con el razonamiento y la conducta. Los psicópatas piensan con lógica de acuerdo a sus metas y no presentan alucinaciones ni ideas delirantes, pero no son capaces de anticipar las consecuencias negativas de sus conductas. Lo que falla además en ellos es su capacidad para implicarse emocionalmente con los demás y para sentir y expresar afecto de un modo auténtico. La emoción gira en torno al yo, con un marcado carácter narcisista. Las emociones para los psicópatas son como un segundo idioma, que no se domina con la misma soltura que la lengua materna. Por otra parte, pueden carecer de emociones normales, como el miedo, ante estímulos amenazadores. De hecho, el riesgo es una auténtica droga emocional para muchos psicópatas. Es decir, pueden saber lo que está bien o lo que está mal, pero este conocimiento no afecta a su conciencia moral ni sirve para inhibir sus impulsos destructivos (Echeburúa y Muñoz, 2014; Garrido, 2003). Lo que caracteriza a la violencia ejercida por los psicópatas es la ausencia de sentimientos y emociones. No existe en este caso el odio del fanático ni la sed de venganza provocada por una humillación, real o imaginaria, que pueden llevar a una persona a ejercer una represalia contra quienes considera causantes de su mal. Por ello, los psicópatas, al no establecer una vinculación moral con el resto de la sociedad, no necesitan recurrir a distorsiones cognitivas (justificaciones) para ejercer la violencia ni experimentan sentimientos de culpa. En las relaciones sociales los psicópatas se saben la letra, pero no la música de las emociones. Por ello, tienen un corazón de hielo y carecen de frenos morales (Redondo y Garrido, 2013). Los psicópatas son los delincuentes más violentos: implacables, sin conciencia moral, sin capacidad para comprender el sufrimiento de sus víctimas, sin vínculos reales con las demás personas y con disposición para perder el control y recurrir a actos de gran violencia. Amantes del alcohol y de las drogas, de la promiscuidad sexual y del engaño y manipulación, la excitación y el peligro dirigen su vida cotidiana. Se trata, en suma, de personas anestesiadas moralmente que se comportan hipoemocionalmente, pero hiperagresivamente (Garrido, 2002, 2003). El diagnóstico de psicopatía en un sujeto concreto implica constatar los siguientes factores: a) hay una historia de fracasos de adaptación al entorno presentes desde momentos tempranos de su desarrollo psicoevolutivo; b) estos problemas de adaptación aparecen en los distintos ámbitos de la vida del individuo (personal, social, educativo, laboral y familiar); c) esta inadaptación global se mantiene en el tiempo (resistencia al cambio), y d) el sujeto no es consciente de tener un problema 82 clínico, sino que interpreta las dificultades de acomodación al medio como fruto de la acción de los demás o, simplemente, de la mala suerte (tabla 3.1) (Muñoz y Echeburúa, 2013). TABLA 3.1 Criterios diagnósticos de la psicopatía 1. Encanto superficial y notable inteligencia. 2. Ausencia de alucinaciones y otros signos de pensamiento irracional. 3. Ausencia de manifestaciones psiconeuróticas. 4. Persona que no inspira confianza. 5. Falsedad o insinceridad. 6. Incapacidad para experimentar remordimiento o vergüenza. 7. Conducta antisocial sin aparente justificación. 8. Falta de juicio y dificultades para aprender de la experiencia. 9. Egocentrismo patológico e incapacidad para amar. 10. Escasez habitual de reacciones afectivas básicas. 11. Pérdida específica de intuición. 12. Insensibilidad en las relaciones interpersonales ordinarias. 13. Conducta exagerada y desagradable bajo el consumo de alcohol y, a veces, sin él. 14. Amenaza de suicidio raramente consumado. 15. Vida sexual impersonal, frívola y poco estable. 16. Incapacidad para seguir cualquier plan de vida. FUENTE: Cleckley, 1976. Se trata de personas con un desdén hacia la vida, que están rabiosamente insatisfechas y resentidas, sin un sentido ético, que persiguen sin descanso vivencias destructivas malignas que les distraigan momentáneamente del vacío y de la banalidad de sus existencias. En definitiva, los psicópatas son, en el plano interpersonal, arrogantes, insensibles, dominantes, superficiales, manipuladores y crueles; en el plano de los afectos, irritables, incapaces de establecer vínculos emocionales con los demás y carentes de empatía, sentimientos de culpa y remordimientos, y sin miedo al castigo; en la conducta social, desviados en el estilo de vida, irresponsables e impulsivos, y con una tendencia a implicarse en conductas de riesgo y a violar las convenciones y normas sociales, manteniendo relaciones parasitarias con los demás; y en la esfera cognitiva, carentes de una conciencia moral que permita interiorizar valores, ordenarlos jerárquicamente y adoptar decisiones en consonancia con ellos. Es decir, son sujetos que muestran una incapacidad para integrar razón, valores y sentimientos (tabla 3.2) (Echeburúa y Loinaz, 2011; Muñoz y Echeburúa, 2013). Todo ello lleva a que se trate de personas con conductas dañinas, que no se motivan por las normas socialmente asumidas y que no reaccionan ante los castigos (Guija, 2009). Los psicópatas pueden mostrar rasgos de intolerancia y de fanatismo, por ejemplo en el ámbito político, religioso o deportivo, que les lleva a implicarse en peleas o en conductas violentas más graves. Una de sus características es que proyectan a los demás la culpa de sus propios males (Borrás, 2002). 83 La psicopatía es mucho más habitual en varones, pero hay veces en que se puede manifestar en mujeres. Así, por ejemplo, A. J. Q., una mujer de origen extranjero que mató al hijo de su pareja de 8 años en Almería en 2018 por celos, es un caso representativo. El niño se interponía de alguna manera en la relación entre la mujer y su pareja, que estaba muy vinculado al hijo tenido con su exmujer. La agresora se comportó como una mujer de frialdad máxima, posesiva, egocéntrica y manipuladora. Asimismo, mostró unos rasgos de personalidad característicos: mentirosa compulsiva, embaucadora social, sin vínculos afectivos estables, promiscua sexualmente, con un pasado turbio y una vida parasitaria, carente de empatía y sin sentimientos de culpa, que intentó desviar el curso de la investigación policial hasta que finalmente fue detenida. En este caso, la mujer sentía unos celos enfermizos del niño, que tenía una mala relación con ella conocida desde hacía meses por todo su entorno, y cuya existencia mantenía en cierta forma unidos a los padres (separados) del pequeño, situación que ella toleraba con dificultad. TABLA 3.2 Facetas y conductas alteradas en la psicopatía Faceta Conductas Estilo de conducta — Impulsivo e imprudente, con gusto por el riesgo e insensible al castigo. — Conducta antisocial. Relación interpersonal — Provocador, con menosprecio por los demás y con un rechazo de la compasión social y de los valores humanitarios. Estilo cognitivo — Personalista, con una tendencia a traducir las conductas de los demás en términos de las propias necesidades. — Distorsiones de la realidad para justificar la conducta transgresora y evitar la culpa. Expresión afectiva — Hostil y fácilmente excitable. Vengativo y sin sentimientos de culpa ni miedo. Autopercepción — Competitivo, independiente y dominador sobre los demás. 3.1.2. Psicopatía, conductas antisociales y trastorno antisocial de la personalidad No debe confundirse la psicopatía con la delincuencia violenta. La conducta delictiva no define la psicopatía ya que muchos psicópatas no vulneran la normativa legal, si bien hacen sufrir a las personas con las que se relacionan debido a las características de su personalidad. En este sentido, y por lo que se refiere a su propensión al comportamiento desaprensivo, parece no haber diferencias entre los psicópatas delincuentes y los integrados socialmente (Babiak, Neumann y Hare, 2010). A su vez, hay delincuentes (por ejemplo, en los grupos mafiosos) que transgreden las normas sociales y cometen delitos, pero que, sin embargo, se 84 muestran empáticos y están bien integrados en su microgrupo social (delictivo), rigiéndose por normas claras y precisas, aunque asociales, y manifestando lealtad, sentimientos de culpa y afecto a los miembros de su grupo, por lo que, al margen de ser delincuentes, no se les puede calificar de psicópatas (Muñoz y Echeburúa, 2013). La carrera delictiva de los psicópatas presenta una serie de características: a) Ser de inicio precoz. En este sentido la manifestación temprana de los rasgos de personalidad propios de la psicopatía (hostilidad e insensibilidad emocional) durante la infancia predice problemas de conducta más frecuentes, severos y persistentes. b) Ser más extensa y versátil. Los psicópatas, por su propia dinámica de personalidad (necesidad de estimulación e inconstancia), no suelen especializarse en un tipo de delito concreto. c) Ser resistente al tratamiento y con un alto índice de reincidencia. d) Adoptar con frecuencia componentes violentos en su expresión. Los psicópatas tienen tres veces más de probabilidad de reincidencia delictiva y dos veces más de reincidencia violenta que otros delincuentes (Hare, 2000). A su vez, el constructo de psicopatía va más allá del trastorno antisocial de la personalidad descrito en el DSM-5. Según Hare (2003), la psicopatía abarca una esfera afectiva y una esfera antisocial, que es la que aparece más resaltada por el DSM-5. En concreto, el trastorno psicopático integra dos factores independientes: por un lado, los aspectos emocionales e interpersonales y, por otro, el estilo de vida y la conducta antisocial. Por el contrario, el trastorno antisocial descrito por el DSM-5, con alguna excepción, como el criterio 7 (que alude a la falta de remordimiento), solo atiende a la conducta antisocial del sujeto. La capacidad predictiva de la psicopatía respecto a delitos violentos y reincidencia es muy superior a la del trastorno antisocial de la personalidad. Además muchos psicópatas (sobre todo si tienen dinero, habilidades sociales y un cierto nivel intelectual) no son delincuentes, sino que pueden estar integrados, a su manera, en la sociedad. En resumen, el diagnóstico de psicopatía tiene mayor validez y es más preciso a la hora de valorar el riesgo de violencia. Los sujetos antisociales pueden ser sobrediagnosticados, ya que puede tratarse de simples delincuentes comunes que no sufren ninguna alteración psicológica que eleve su riesgo de reincidencia violenta. Se trata de una disfunción social, no clínica. Por el contrario, la psicopatía es más específica y difícil de diagnosticar, presenta una estrecha relación con el riesgo de violencia y está asociada a alteraciones neurobiológicas que elevan la probabilidad de reincidencia violenta por ser poco modificables con el tratamiento e ir acompañadas de déficits neurocognitivos y emocionales que favorecen el comportamiento violento, instrumental y frío (Echeburúa y Loinaz, 2011; Torrubia y Cuquerella, 2008). 3.1.3. Tipos de psicópatas 85 La conformación compleja de la personalidad psicopática ha planteado la necesidad de distinguir distintos tipos de psicópatas en función de los factores etiológicos, las conductas mostradas y el grado de integración (tabla 3.3) (Poythress, Skeem y Lilienfeld, 2006; Redondo y Garrido, 2013). a) Según los factores etiológicos Psicópatas primarios (aquellos que nacen así, sin necesidad de influencias externas negativas). Estos sujetos responden a un déficit constitucional, con la falta de conciencia moral como su elemento más distintivo y con bajas respuestas de ansiedad. La dominancia social es uno de sus rasgos más característicos. La violencia ejercida por ellos es de tipo fundamentalmente instrumental. Psicópatas secundarios (aquellos que son el resultado de un conflicto emocional no resuelto que deriva en una gran ansiedad y hostilidad). Es decir, estos sujetos, aun teniendo una predisposición biológica determinada, requieren de factores desencadenantes para convertirse en violentos, tales como haber sufrido maltrato infantil, abuso sexual o acoso escolar. Más impulsivos e inestables que los psicópatas primarios, suelen ser socialmente introvertidos. La violencia ejercida por ellos es de tipo fundamentalmente reactiva o emocional. En general, estos psicópatas se prestan más a la rehabilitación y pueden responder mejor a los programas de tratamiento. b) Según su tipo de conductas y su grado de integración Por otra parte, se puede clasificar a los psicópatas en marginales (delincuentes antisociales) o integrados (a su vez, delincuentes refinados o con una doble vida o personas que llevan una vida normal, pero que convierten en un calvario la vida de las personas que están a su alrededor en el entorno familiar, laboral o social). TABLA 3.3 Características asociadas a los subtipos de psicópatas Psicópata primario Psicópata secundario — Tendencia a la manipulación. — Control conductual, mostrándose agradables hacia los demás. — Falta de conciencia. — Bajos niveles de ansiedad (baja reactividad al estrés). — Déficit biológico en la esfera afectiva. — Etiología heredo-biológica. — Dificultades para la resocialización. — Débil funcionamiento del sistema inhibidor de la conducta (SIC). — Habilidades sociales. — Bajo riesgo autolítico. — Violencia instrumental. — Tendencia al comportamiento beligerante y hostil. — Comportamientos impulsivos. — Capacidad de vinculación emocional, lealtad y conformidad hacia su grupo (delincuencial). — Altos niveles de ansiedad (inestabilidad emocional y alta reacción al estrés). — Desajustes en su proceso socializador (negligencia, maltrato, modelos delincuenciales). Etiología ambiental. — Posibilidades de resocialización. — Hiperactivación del sistema activador de la conducta (SAC). — Estrategias disociativas frente a las experiencias traumáticas. — Falta de habilidades sociales. — Ideación e intentos autolíticos. — Violencia reactiva. — Falta de seguridad en sí mismos. 86 — Elevada seguridad en sí mismos. — Baja representación en muestras penitenciarias y forenses. — Apariencia externa de normalidad (dificultad de detección). — Alta representación en muestras penitenciarias y forenses. — Evidente dificultad de ajuste al entorno (facilidad de detección). FUENTE: elaboración propia a partir del trabajo de Poythress, Skeem y Lilienfeld, 2006. Así, hay psicópatas integrados socialmente (serpientes con corbata), que no cometen delitos (o que son astutos para ocultarlos) y que en teoría son gente normal, pero que en la práctica son bombas de relojería: educados e inteligentes, sin saltarse las normas, pero con conductas amorales y antisociales; incapaces de comprometerse emocionalmente con nadie; impulsivos, que recurren a la humillación en las relaciones de pareja o interpersonales, y que no muestran capacidad de arrepentimiento. La ambición, la conspiración y la capacidad de simulación encajan en este perfil. Si triunfan en su profesión, lo hacen con engaños o trampas, porque su tendencia natural al éxito o al poder impide atender al rigor y a la ética en las obligaciones laborales. Son personas aparentemente normales, incluso con un cierto encanto personal para ganarse la simpatía de la gente, que no ejercen una violencia explícita, pero que utilizan constantemente a los demás para sus intereses y constituyen una auténtica pesadilla en el trabajo o en las relaciones de pareja. De hecho, pueden reunir un grupo de atributos determinados: falsos, manipuladores, seductores, dominantes, inquisitivos y sin miramientos para sobornar, camuflar o mentir. El psicópata suele actuar aislando a su presa de sus amistades, lo que hace que la víctima, una vez rota la relación de pareja o de amistad íntima, no sepa ni pueda a quién recurrir (Tobeña, 2017). Su conducta puede crear un profundo malestar emocional en quienes les rodean. Estos sujetos, con una personalidad camaleónica, presentan rasgos de maquiavelismo y narcisismo. Aquí pueden incluirse también algunos delincuentes de cuello blanco, como directores de empresa sin escrúpulos o políticos corruptos, que pueden explotar, manipular y someter a sus empleados. El estilo de vida de estas personas supone violar sistemáticamente el bienestar de los demás, más allá de que tales actos rutinarios quebranten o no la ley. Los rasgos dominantes de este tipo de psicópatas son la insensibilidad afectiva (afecto superficial, falta de empatía, ausencia de sentimiento de culpa) y la relación interpersonal manipuladora (mentira, hipocresía, narcisismo, proyección de una imagen falsa de sí mismo). A diferencia de los psicópatas marginales, son más inteligentes, más autocontrolados y con más habilidades sociales, y cuentan con un mayor nivel de estudios. En ellos predominan las alteraciones emocionales más que los componentes antisociales y, a diferencia de los psicópatas marginales, no presentan un deterioro de las funciones ejecutivas. A veces puede haber psicópatas atípicos que no responden exactamente a los perfiles anteriores. Es el caso, por ejemplo, de personas que pueden llegar a matar por una falsa compasión a enfermos o ancianos a los que cuidan. Son los llamados ángeles de la muerte, como fueron el caso de la enfermera italiana D. P., acusada de 87 asesinar a 93 pacientes con cloruro de potasio en un hospital de una ciudad italiana en 2014, o el del enfermero alemán S. L., condenado en 2006 por las muertes de 28 pacientes de edad avanzada llevadas a cabo en un hospital de Alemania. Este tipo de sujetos, que encuentran facilidades en el ejercicio de su profesión (por ejemplo, enfermeras, cuidadores o celadores), pueden matar con fármacos o venenos a sus víctimas porque las tienen a mano (principio de oportunidad), el riesgo es bajo y hay una posibilidad de impunidad, al poderse confundir el asesinato con una muerte natural. Se trata de cuidadores que asesinan a pacientes por el placer de sentir el poder sobre la vida y la muerte, con la excusa de aliviar la agonía de los enfermos terminales. El intervalo entre una y otra muerte cada vez es menor porque necesitan mantener la excitación. Estos psicópatas sienten una inmensa y adictiva sensación de poder, pues ellos deciden si esos ancianos continúan viviendo o mueren. Incluso creen que les conceden el regalo de acabar con su sufrimiento. El afán de notoriedad o la monotonía de su vida cotidiana pueden ser motivaciones adicionales en estos asesinos. Al margen del tipo de psicopatía, es el sistema ético de estas personas lo que está sustancialmente distorsionado con respecto a las normas sociales y morales globalmente consensuadas. 3.1.4. Raíces de la psicopatía Muchos psicópatas han sufrido una infancia traumática y han desarrollado un mundo interno privado en el que los pensamientos normales han sido sustituidos por fantasías violentas. Pero en otros casos estos siniestros personajes son ciudadanos aparentemente normales, apacibles padres de familia que un día se transforman como el bondadoso doctor Jekyll en el abominable míster Hyde, según la obra clásica de R. L. Stevenson El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, publicada en 1886. Los sujetos con esta alteración de la personalidad frecuentemente han sufrido un TDAH o presentan antecedentes disociales en su infancia y adolescencia: así, por ejemplo, se integran en bandas, consumen alcohol/drogas desde una edad temprana, intimidan o acosan a otros, inician con facilidad peleas físicas, tienen relaciones sexuales precoces de tipo promiscuo, se muestran crueles con animales o con personas, causan fuegos como gamberradas o incluso con la intención de provocar un daño serio, mienten para conseguir favores o evitar obligaciones, o protagonizan huidas del hogar (Esbec y Echeburúa, 2010). Los menores con estos rasgos disociales suelen fracasar en la escuela, carecen de un desarrollo moral adecuado, tienen dificultades para fijarse límites, tienden a buscar emociones fuertes, son egocéntricos, carecen de escrúpulos y muestran dificultades para empatizar con los demás. La motivación central de su conducta es el hedonismo, con una incapacidad para posponer gratificaciones y planificar el futuro (centrados en el aquí y ahora), con dificultades para aprender de la experiencia y con una escasa reactividad ante el castigo. A nivel interpersonal, hay una búsqueda del poder y del control, así como un escaso desarrollo de las habilidades de comunicación y de 88 resolución de problemas (Garrido, 2003). Las personalidades antisociales se desarrollan más en los ambientes desfavorecidos de la sociedad, en donde las carencias económicas, la falta de cohesión familiar, el fracaso escolar y el aprendizaje social negativo facilitan la adopción temprana de conductas antisociales y la búsqueda de gratificaciones alternativas poco convencionales. Si el niño se encuentra rechazado por sus padres, se siente enfurecido y con una autoestima baja, y eso genera una gran capacidad de odio. Esta ira se acumula, como el vapor en una olla exprés, y puede manifestarse como una explosión de violencia en la adolescencia o en la vida adulta. Sin embargo, en la psicopatía se han descrito alteraciones neurobiológicas que pueden hacer al sujeto más propenso a comportarse en un determinado sentido, muchas veces antisocial y violento. Entre otras disfunciones se han descrito reducciones de hasta el 11 por 100 del volumen de sustancia gris del lóbulo frontal o cierta desconexión entre la zona orbitofrontal y la amígdala. Las lesiones prefrontales hacen que el sujeto no tenga respuestas anticipatorias de tipo autónomo cuando efectúa elecciones arriesgadas o incluso que lleve a cabo malas elecciones aun sabiendo cuál es la opción más ventajosa. Esta incapacidad de razonar y tomar las decisiones adecuadas, así como la falta de habilidad para resolver problemas, están directamente relacionadas con la impulsividad, la transgresión de las normas y la conducta imprudente e irresponsable (Raine y Sanmartín, 2000). En concreto, hay dos zonas singularmente apagadas en los psicópatas: el córtex orbitofrontal, que se encarga de los valores éticos y de la toma de decisiones, y la amígdala, debajo de la corteza, que procesa las emociones, la ira y la violencia. Esto podría ser la causa de las dificultades de los psicópatas para regular la impulsividad y para experimentar miedo o ansiedad. Según algunos estudios experimentales, estas disfunciones hacen que la respuesta emocional de los psicópatas sea anormal. Por otra parte, las mujeres tienen un volumen mayor de la corteza orbitofrontal que el de los hombres. Es decir, los hombres tienen menos sustancia gris y, por el contrario, más sustancia blanca. Estas diferencias podrían explicar, al menos parcialmente, la mayor prevalencia de la psicopatía en los hombres (Raine y Sanmartín, 2000). Por decirlo en pocas palabras, los abusos graves en la infancia, los trastornos mentales asociados a estos maltratos y el daño o disfunción cerebral, principalmente en el lóbulo frontal (control de impulsos), están en la base de la psicopatía en la vida adulta (Pincus, 2003). A su vez, las familias de estos menores suelen ser multiproblemáticas, frecuentemente desestructuradas o pertenecientes a ambientes marginales. Al margen de la existencia frecuente de malos tratos o de negligencia emocional en el entorno familiar, el estilo educativo suele ser inadecuado (punitivo, permisivo o errático). En resumen, si un menor biológicamente vulnerable es expuesto a una socialización inefectiva o, todavía peor, a unas pautas de crianza (rechazo emocional) que exacerban el egocentrismo y la violencia, y le llevan a frustraciones reiteradas, este sujeto, a medida que va haciéndose adulto, puede tratar de superarlas buscando refugio en fantasías aberrantes. Es decir, los genes cargan el arma, pero el entorno 89 aprieta el gatillo. 3.1.5. Precursores en la infancia La psicopatía se muestra claramente en la vida adulta a partir de la adolescencia. De hecho, según el DSM-5, este diagnóstico se puede hacer solo con personas mayores de 18 años y que presentan antecedentes desde antes de los 15. Al margen de que algunas conductas habituales en la adolescencia, como los brotes de irritabilidad, las mentiras o el consumo de alcohol/drogas sean frecuentes en muchos jóvenes, los síntomas de la psicopatía no se pueden delimitar con claridad en menores porque pueden ser variables espontáneamente en función de un desarrollo cerebral aún en curso (al menos, hasta los 20-25 años) y de unas circunstancias sociofamiliares cambiantes. No se puede, por ello, estigmatizar a los niños o adolescentes con una etiqueta diagnóstica, calificada además como intratable, que debe asignarse solo a los psicópatas adultos. Sin embargo, hay algunos precursores que pueden manifestarse en la infancia (711 años) o en la primera adolescencia (12-14 años). Hay niños poco temerosos en los que los efectos de la socialización no han surtido efecto para desarrollar una conciencia moral, que implica la adquisición de la empatía y la interiorización de los sentimientos de culpa, y para aprender del castigo. De este modo, los precursores más habituales son: a) egocentrismo persistente e inflexible; b) carácter colérico y agresivo; c) falta de empatía; d) crueldad y frialdad afectiva; e) mentiras reiteradas y ausencia de culpabilidad, como si tuviesen el policía interno dormido; f) falta de asunción de las responsabilidades propias de la edad, y g) contacto temprano con el alcohol y las drogas. Incluso en la infancia suelen mostrarse más impulsivos y agresivos que el resto de los niños. Desde el punto de vista diagnóstico, en el DSM-5 figuran dos grupos de trastornos por comportamiento perturbador aplicables específicamente a la población infantojuvenil: a) el trastorno negativista desafiante, y b) el trastorno de la conducta. La combinación de uno de estos trastornos con el TDAH o el abuso temprano de alcohol/drogas facilitan el desarrollo de una insensibilidad emocional y predisponen (eso sí, sin un carácter fatalista) a las conductas psicopáticas en la vida adulta. En resumen, las semillas de la violencia se siembran en los primeros años de la vida, se desarrollan durante la infancia y comienzan a dar sus frutos perversos en la adolescencia, perdurando en muchos casos durante gran parte de la vida adulta. El psicópata no sabe planificar a largo plazo, solo sabe vivir el momento presente. El egocentrismo del psicópata va siempre unido a una falta de ética, sin sentimientos de culpa y sin inmutarse ante el sufrimiento de los demás, lo que caracteriza a este tipo de personas como frías, desalmadas y sin escrúpulos (Borrás, 2002; Muñoz y Echeburúa, 2013). 3.1.6. Evaluación de la psicopatía 90 El profesor Hare, uno de los investigadores principales sobre este tema, ha creado un instrumento [la PCL-R] (Hare Psychopathy Checklist) (Hare, 2003; adaptación española de Moltó, Poy y Torrubia, 2010) para evaluar los dos grupos de rasgos propuestos tradicionalmente para definir este trastorno (la esfera afectiva y la conducta antisocial). Se trata de un instrumento estándar para la evaluación de la psicopatía. En su última revisión de 2003, la PCL-R organiza las veinte características definitorias del trastorno en dos factores: el primero integra los rasgos de personalidad y el segundo los indicadores conductuales. Los primeros se agrupan, a su vez, en la faceta interpersonal y en la faceta afectiva, y los segundos, en la faceta del estilo de vida y en la faceta antisocial. Por último, hay dos criterios adicionales que no saturan en ningún factor (tabla 3.4). TABLA 3.4 Rasgos psicopáticos en base a los ítems de la PCL-R Factor 1. Interpersonal/Afectivo Factor 2. Desviación Social Faceta 1. Interpersonal Faceta 3. Estilo de vida 1. Superficialidad. 2. Grandiosidad. 4. Mentira patológica. 5. Estafas/manipulación. 3. Necesidad de estimulación. 9. Estilo de vida parasitario. 13. Ausencia de metas. 14. Impulsividad. 15. Irresponsabilidad. Faceta 2. Afectiva Faceta 4. Antisocial 6. Ausencia de remordimientos. 7. Afecto superficial. 8. Ausencia de empatía. 16. No acepta responsabilidad. 10. Pobre autocontrol. 12. Problemas de conducta en la infancia. 18. Delincuencia juvenil. 19. Revocación de la libertad condicional. 20. Versatilidad criminal. Sin factor 11. Conducta sexual promiscua. 17. Frecuentes relaciones de pareja breves. FUENTE: adaptado de Hare 2003; Hare y Neumann, 2005. El factor 1 [esfera afectiva] se relaciona directamente con los rasgos definitorios del trastorno narcisista e histriónico de la personalidad. A nivel conductual, este factor aparece vinculado a la expresión de la violencia instrumental. A su vez, el factor 2 [conducta antisocial] tiene más que ver con ciertos rasgos de personalidad, como la impulsividad y la búsqueda de sensaciones, y con conductas diversas, tales como los comportamientos antinormativos, el abuso de drogas y alcohol, la agresión reactiva e incluso los intentos de suicidio. Asimismo, este factor se relaciona positivamente con el diagnóstico del trastorno antisocial de la personalidad (TAP). Los rasgos del factor 2 tienden a decrecer en intensidad con la edad, mientras que los 91 del factor 1 se mantienen estables en el tiempo. A pesar de existir una alta correlación entre ambos factores de la psicopatía, cada uno de ellos cubre un patrón de conductas externas bastante diferente. En este sentido, entre los psicópatas primarios hay una mayor puntuación en el factor 1 y en los secundarios una puntuación más elevada en el factor 2. Si se utilizan criterios específicos de ponderación, cada ítem se puntúa en una escala ordinal de tres puntos (0-1-2), dependiendo de la presencia e intensidad del mismo en el sujeto a evaluar. Una puntuación superior a 30 sugiere la presencia de una psicopatía y una puntuación superior a 20 sugiere la presencia de tendencias psicopáticas (tabla 3.5). La utilización de la PCL-R, además de un entrenamiento específico en la prueba en sí, exige del profesional de la salud mental contar con una formación especializada en psicología criminal, así como en técnicas y habilidades de evaluación psicológica forense (Garrido y Sobral, 2008). En este sentido, el evaluador debe ser consciente de las graves consecuencias de un error en el diagnóstico de una psicopatía, tanto en el sentido de un falso positivo (estigmatización social) como de un falso negativo (riesgo delictivo). La combinación de la PCL-R con análisis de indicadores neurobiológicos mediante técnicas de neuroimagen es una interesante y prometedora línea de investigación de futuro, que puede permitir relacionar la psicopatía con desajustes funcionales y estructurales del cerebro tanto a nivel cortical (corteza dorsolateral, córtex orbitofrontal y corteza cingular) como subcortical (disfunción de los circuitos fronto-témporo-límbicos) (Raine y Sanmartín, 2000). TABLA 3.5 Puntaje de la PCL-R e interpretación clínica Puntuación total Nivel Categoría 33-40 5 Muy alta 25-32 4 Alta 17-24 3 Moderada 9-16 2 Baja 0-8 1 Muy baja FUENTE: Hare, 2003. 3.2. TRASTORNO PARANOIDE DE LA PERSONALIDAD (PSICÓPATA FANÁTICO) Los sujetos que padecen este trastorno (antes denominados psicópatas fanáticos) han perdido parcialmente el contacto con la realidad y atribuyen a los demás actitudes 92 o intenciones hostiles. Los rasgos de la personalidad paranoide no siempre conducen al delirio pero, en cambio, sí es frecuente que los delirios de persecución, de amenaza o de autorreferencia se asienten sobre la personalidad paranoide. De este modo, el trastorno paranoide de la personalidad puede ser un antecedente premórbido del trastorno delirante o de la esquizofrenia (Carrasco y Maza, 2005). Estos sujetos se comportan permanentemente con desconfianza y suspicacia, son arrogantes y rígidos, y se muestran hipersensibles a lo que perciben como desprecios. De este modo, tienen tendencia a atribuir intenciones malévolas a los demás, no olvidan los agravios sufridos y siempre están dispuestos para la ira y el contraataque contra todo lo que suelen interpretar como engaño, desaprobación y traición. Su actitud para percibir intenciones ocultas precipita innumerables problemas sociales que, de este modo, conforman y refuerzan sus expectativas. En concreto, la ira puede venir condicionada por la sospecha, el fanatismo, los celos o la venganza (Novaco, 2010). A diferencia del trastorno delirante, en el trastorno paranoide de la personalidad el paciente no muestra ideación delirante, no pierde por completo el contacto con la realidad y es capaz de entablar una conversación coherente con otras personas dentro de unos límites aceptables (Cabrera y Fuertes, 1997). Al margen de que la respuesta agresiva frente a los estímulos hostiles puede ser adaptativa en determinadas circunstancias, la violencia habitual de los sujetos con este tipo de personalidad es fruto de interpretaciones distorsionadas y de reacciones exageradas que manifiestan en las situaciones cotidianas, especialmente cuando la posible víctima actúa de una forma que el agresor percibe de forma infundada como un ataque personal (Gisbert, Verdú y Vicent, 1995). Este tipo de agresión puede ser considerada psicótica —frente a la agresión impulsiva o a la instrumental frecuente en otros trastornos—, pues es fruto de una percepción o interpretación distorsionada de la realidad y es en parte similar a la de los trastornos psicóticos o a la de los estados maníacos. Este tipo de personalidad, frecuente en personas que no se consideran reconocidas en sus méritos o en cierto tipo de agresores contra la pareja, se desarrolla con más frecuencia en personas que han sufrido síntomas postraumáticos (Dutton, 2007). En estos casos la violencia se dirige habitualmente contra personas conocidas de estos sujetos, de las que tienen sospechas o por las que se sienten traicionadas. Una circunstancia estresante previa, percibida como un desaire y que supone un golpe a la autoestima, puede activar sentimientos de humillación, celos, odio o venganza que facilitan la adopción de una conducta violenta, cometida habitualmente en solitario. Estos sujetos se caracterizan por los siguientes rasgos: a) Desconfianza patológica. Creencia exagerada en las posibilidades agresivas y conspiradoras de los demás, por los que se sienten fácilmente provocados y aludidos. Acusada hipervigilancia, con una expectativa constante de daño o traición, así como hipersensibilidad a las críticas, que toleran muy mal. b) Rigidez de pensamiento. Autoritarismo e incapacidad de autocrítica. Los 93 paranoicos se muestran estrictos y severos en aplicar sus criterios o normas. c) Orgullo desmedido (hipertrofia del yo). Egocentrismo marcado y valoración exagerada y reiterada de los valores propios, lo que denota un fondo profundo de inseguridad. d) Juicios erróneos pasionales (falsedad de juicio y ausencia de autocrítica). Estas personas pueden mostrar actitudes autorreferenciales constantes, con tendencia a culpar a los demás de sus problemas, se muestran anormalmente sensibles y se sienten fácilmente ofendidos o atacados. e) Sentido extremo de la justicia y fanatismo. Las normas, la lealtad y la justicia sirven como disfraz al resentimiento y al odio. Intolerancia (por ejemplo, conductas de racismo o de xenofobia). El perfeccionismo puede llevarlos a integrarse en sectas religiosas o grupos políticos, de los que pueden convertirse fácilmente en fanáticos. f) Agresividad irascible. Tendencia a irritarse fácilmente cuando se sienten frustrados o contrariados. A su vez, esta irritación da paso en estas personas a conductas violentas por motivos nimios. g) Afectividad restringida. Es resultado de su suspicacia, recelo, desconfianza o hipersensibilidad. La intimidad es algo difícil de establecer con estos sujetos. Conviene distinguir, sin embargo, entre las personalidades paranoides (psicópatas fanáticos) y los idealistas apasionados (tabla 3.6). En el caso de las personalidades paranoides se trata de sujetos con ideas sobrevaloradas, impregnadas afectivamente, a las que conceden una gran importancia y trascendencia pública, y que ejercen una acción tiránica sobre el campo de la conciencia. Estas personas se sienten con la misión de librar al mundo de un grupo concreto de miembros de la sociedad. El fanatismo lleva al proselitismo. Este paranoidismo puede adoptar la forma de liderazgo político, de mesianismo religioso o de ejecución de una venganza encaminada a purificar el mundo. El fanatismo consta de ciertos componentes: violencia compulsiva, ideación obsesiva, desensibilización rápida de la violencia, estado emocional plano, separación entre violencia y actividad cotidiana, obediencia ciega a una autoridad y percepción de que los miembros de su grupo son virtuosos. En este caso, de perseguidos se convierten en perseguidores (Lázaro, 2013). El fanatismo genera una percepción distorsionada de la realidad y preserva de cualquier sentimiento de culpabilidad o remordimiento: el sujeto cree tener la verdad absoluta, por lo que está convencido de lo que hace y por lo que tiende a imponer sus decisiones a los demás. Matar es fácil cuando se reduce a la víctima a la condición de ser inanimado: sin cara, sin familia, sin edad, sin pasado ni futuro, sin biografía. El asesino, de este modo, puede no sentir que está matando a un semejante, sino verse como un héroe que da lo mejor de sí mismo para preservar a la sociedad de un peligro o de un enemigo. TABLA 3.6 Diferencias entre personas paranoicas e idealistas apasionados 94 Personalidades paranoicas — Ideas sobrevaloradas. — Falta de autocrítica. — Actitudes fanáticas. — Justificación de la violencia. Idealistas apasionados — Convicciones asentadas en la realidad. — Empatía con los demás. — Valores éticos conservados. — Capacidad de autocrítica. FUENTE: García-Andrade, 1995. Por el contrario, los idealistas apasionados son capaces de dar su vida por una idea o una creencia, pero conservan la empatía con las demás personas ajenas a su grupo, se rigen por un código de valores éticos, tienen un anclaje en la realidad y se muestran capaces asimismo de someter a cuestión sus ideales, en tanto que los fanáticos no (García-Andrade, 1995). Los fanáticos actúan bajo la influencia de un sistema de creencias al que subordinan cualquier otro valor. Los sujetos paranoides muestran premeditación y alevosía, así como lucidez y astucia, sin margen para la improvisación. El paranoide actúa solo (no se fía de nadie, excepto que forme parte de un grupo de fanáticos) y suele avisar con ataques menores o amenazas, que no deben ser desoídos o minimizados. A veces puede ser una circunstancia estresante previa (agresión real o imaginaria a su autoestima) lo que desencadena la conducta violenta. La motivación fundamental para estos sujetos es el orgullo, la venganza, el rencor, los sentimientos de humillación, la vergüenza o los celos. El fanatismo se puede deslizar hacia un narcisismo criminal más destructivo. Se justifica así la violencia como ineludible y necesaria, a modo de cumplimiento de un deber. De este modo, estos sujetos se suelen entregar posteriormente a las autoridades y no manifiestan muestras de arrepentimiento, sino que tienen el sentimiento de haber hecho lo debido. En resumen, el trastorno paranoide de la personalidad es uno de los más peligrosos porque el paciente conserva la lucidez. Las víctimas suelen ser conocidas (familiares, vecinos o personas allegadas). El agresor se siente traicionado por ellas. Las consecuencias de este trastorno se agravan cuando el sujeto tiene acceso a las armas, como ocurre con los policías/militares o con los cazadores. Así, por ejemplo, el teniente coronel de la Guardia Civil A. P., que se sentía víctima de un complot urdido por 17 guardias civiles, entró en junio de 2003 en el cuartel de una ciudad de Castilla-La Mancha, en el que estaba destinado, y mató a tiros al segundo jefe, el comandante I. T., y al médico F. N., e hirió de gravedad al jefe de esas dependencias, A. L. G. El tribunal, en 2005, le consideró responsable de esas muertes y le condenó por asesinato con alevosía a 46 años de prisión. Se le ha aplicado la atenuante analógica de un trastorno de personalidad mixto con rasgos paranoides y narcisistas que afectaba al control de sus impulsos. 3.3. TRASTORNO NARCISISTA DE LA PERSONALIDAD La sociedad actual da pie al culto a la belleza y a la juventud, así como a la búsqueda incansable del éxito personal y del dinero. El consumismo creciente, la 95 autopromoción en las redes sociales, la consecución de la fama a cualquier precio y la resistencia al envejecimiento son reflejo de esta cultura narcisista. Las personas que muestran estos rasgos hipertrofiados, ávidas de una notoriedad fácil, se camuflan en la sociedad y la familia como seres aparentemente normales. Si bien pueden resultar encantadores y seductores, los narcisistas sienten una necesidad enfermiza de admiración, son arrogantes y exquisitamente sensibles hacia cualquier tipo de rechazo o desprecio (heridas narcisistas), pero, al mismo tiempo, carecen de empatía y se muestran incapaces de reconocer los sentimientos ajenos. Para ellos es más importante aparentar que ser. Su soberbia, con un desmedido afán de notoriedad y una necesidad de adulación, va pareja muchas veces a su envidia por los éxitos ajenos. El narcisismo se muestra también en las redes sociales (por ejemplo, en la necesidad de conseguir a toda costa amigos virtuales y de tener un gran impacto en los posts), en la obsesión por los selfies y en la propia imagen. Distintas facetas del narcisismo, como el autoritarismo y la explotación de los otros, pueden estar relacionadas con la violencia (Baron-Cohen, 2012). Las conductas violentas de estas personas se dan en respuesta a una herida en su autoestima, que es una reacción frecuente también en las personalidades psicopáticas. El narcisismo es un rasgo común a todo tipo de sujetos violentos —en especial antisociales y psicópatas—, que habitualmente anteponen sus deseos a las necesidades y derechos de los demás. Por ello, las víctimas de los actos violentos de estos sujetos pueden ser personas conocidas (Stone, 2009). A diferencia de los psicópatas, los narcisistas no cuentan con esa enorme capacidad destructiva; los psicópatas, a su vez, pueden no mostrarse envidiosos. Sin embargo, el narcisismo cobra todo su potencial criminógeno cuando se asocia a los rasgos psicopáticos o paranoides. De hecho, el orgullo herido de estas personas genera en ellas animadversiones u odios y, con la mediación de la ira y del rencor, puede dar lugar a conductas extremadamente violentas (Morgado, 2017). El trastorno de la personalidad narcisista se ha encontrado en distintas muestras de agresores sexuales (Marshall, 2007). Este hecho puede estar relacionado con la imposición a los demás de las necesidades narcisistas del sujeto (en este caso de tipo sexual) y con la creencia de que el resto de personas son una mera herramienta para lograr sus objetivos. Ha habido varios intentos de establecer subgrupos en este tipo de sujetos. Se puede hablar así de un narcisista maligno/psicopático, emparentado con el psicópata, que está caracterizado por el yo grandioso y por conductas de crueldad y que, al estar implicado en conductas de violencia grave, es el subtipo más peligroso; de un narcisista arrogante, caracterizado por fantasías grandiosas y paranoides, y por el desprecio a la sociedad e implicado en conductas de abuso sexual; y, finalmente, de un narcisista compensador, que intenta compensar su baja autoestima con la búsqueda de un reconocimiento social por medio del ejercicio de la violencia y de las conductas ilegales, que puede presentar antecedentes de ansiedad y depresión, y que puede ser manipulable por personalidades psicopáticas (tabla 3.7) (Esbec y Echeburúa, 2010). 96 TABLA 3.7 Tipos de personalidades narcisistas Narcisista maligno/psicopático — Falta total de empatía. — Conductas de crueldad. — Violencia grave. Narcisista arrogante Narcisista compensador — Fantasías de grandiosidad. — Desprecio a la sociedad. — Conductas de abuso sexual. — Baja autoestima. — Necesidad imperiosa de reconocimiento social. — Manipulable. FUENTE: Esbec y Echeburúa, 2010. A veces se trata de sujetos más bien tímidos, taciturnos y apocados que sufren una experiencia traumática que no pueden soportar (narcisismo maligno): desengaño amoroso, humillación o terrible envidia por un agravio comparativo. En estos casos los sujetos perciben que la única salida es un acto violento contra los demás. La tensión del sujeto puede desaparecer a partir de la decisión de la conducta violenta. La notoriedad lleva al sujeto a cometer una conducta violenta espectacular para salir del ostracismo (Baron-Cohen, 2012). Un ejemplo de narcisista psicopático es L. P. A., de 36 años, que asesinó en 1999 en Madrid a su exnovia M. H., de 23 años. M. H. se vio en peligro y decidió romper la relación. L. P. A., herido en su orgullo, comenzó una brutal campaña de acoso que generó 14 denuncias e ideó un plan para matarla. Según Esbec (2013), se trata de una persona extravertida, manipuladora, muy preocupada por su autoimagen, amante del lujo, el peligro, las drogas y las armas. En el momento en el que fue juzgado tenía 39 años y era la segunda vez que intentaba asesinar a una mujer. Fue condenado a 22 años de prisión. Hay personas con un narcisismo criminal, que les hace vanagloriarse de sus fechorías e incluso atribuirse más de las que han cometido. El número de víctimas puede ser un especial incentivo en algunos asesinos, que pueden actuar así a modo de coleccionismo. El éxito obtenido al salir impune de su crimen da lugar a ilusiones de grandeza y sentimientos de plenitud, lo que le lleva al sujeto a reincidir en su conducta. La motivación principal en este caso es la necesidad de control y de poder, lo que les confiere una gran sensación subjetiva de dominio. Hay patologías sociales, con un fundamentalismo religioso y una ideología de ultraderecha, que están alimentadas con el racismo, la xenofobia, la soledad y la frustración, que pueden aterrorizar a las sociedades más avanzadas. Parte de estas patologías, por su carácter narcisista, se exhiben en las redes sociales. Es el caso del noruego A. B. (ultraderechista con odio al Islam), que asesinó a 77 personas (muchas de ellas jóvenes socialdemócratas) en una isla y en la capital de Noruega en julio de 2011, en un intento de descalificar la política excesivamente transigente con los extranjeros del Gobierno noruego. Es blanco, de clase media, culto y con buenos modales. Ahí hubo una combinación de una ideología fanática de extremismo ultraderechista, islamofobia, racismo, ingesta de sustancias estimulantes y 97 autosugestión, combinada con rasgos de personalidad patológicos y anormales, en concreto de tipo narcisista y psicopático. Recientemente se ha tenido noticia de varios asesinos en selfie, terroristas ligados al autodenominado Estado Islámico con un importante afán de exhibicionismo. El caso más patente es el del terrorista de Orlando O. M. S. M., auténtico adicto a las autofotos y que no pudo abandonar las redes sociales ni siquiera en pleno atentado. Buscó en Facebook su propia barbarie mientras mataba fríamente a 49 personas en una discoteca popular entre la comunidad gay en junio de 2016. Otro suceso reciente de este tipo fue el asesinato en julio de 2016 del cura J. H., sacerdote católico de una iglesia en la región de Normandía. Los yihadistas grabaron su degollamiento. En general, este trastorno de personalidad esconde una gran falta de seguridad en la persona que lo padece y sentimientos profundos de envidia. Todo ello genera un vacío interior que se intenta esconder aparentando todo lo contrario, con sentimientos de grandiosidad y despotismo (Baron-Cohen, 2012). 3.4. TRASTORNO LÍMITE DE LA PERSONALIDAD Se trata de un trastorno de personalidad cada vez más diagnosticado en sujetos de muestras forenses con delitos violentos. De hecho, ocupa el segundo lugar en varones, después de la psicopatía. En las mujeres violentas es el más común, si bien predomina en ellas la autoagresividad (tentativas suicidas) sobre la violencia contra otras personas (Esbec y Echeburúa, 2010). Lo que conduce a estas personas a las conductas violentas es la impulsividad, la pobre identidad, el consumo de drogas y la disregulación emocional, que les lleva a malinterpretar como amenazantes estímulos ambientales neutros o insignificantes. En esta última circunstancia la violencia es típicamente reactiva. Se trata de personas que expresan conductas irreflexivas cuando son contrariadas o que muestran una gran dificultad para tolerar la frustración. Muchos de estos sujetos, con un estilo de vida oscilante, muestran inestabilidad emocional e impulsividad. La emoción fundamental que regula su conducta violenta es la ira y la motivación principal es el alivio de la tensión (Mosquera, González y Rubio, 2013). Las conductas violentas se potencian en el trastorno límite de la personalidad (TLP) cuando hay una comorbilidad con el abuso de drogas (lo que ocurre en un 65 por 100 de los casos, sobre todo con el cannabis, la cocaína, el alcohol y los psicofármacos) y con el TDAH (en un 37 por 100 de los casos). Es más, la comorbilidad entre estos tres cuadros clínicos puede darse en el 18 por 100 de los casos y constituye un factor de riesgo alto. Este cuadro clínico se detecta muchas veces por vez primera cuando hay una tentativa de suicidio, habitualmente con el uso de fármacos o la mutilación superficial en las muñecas. Estos actos destructivos se dan por amenazas de separación, rechazo, celos o por expectativas fallidas de que el sujeto acceda a una responsabilidad mayor. En general, la motivación para el suicidio es en gran parte por causas afectivas (problemas de pareja) o familiares. 98 Por último, la personalidad límite está asociada a la agresividad como rasgo, lo que le confiere un carácter de estabilidad temporal (Esbec y Echeburúa, 2010; Mosquera et al., 2013). 3.5. TRASTORNO DEPENDIENTE DE LA PERSONALIDAD Se trata de personas sumisas, inestables emocionalmente y necesitadas imperiosamente de aprobación y afecto, que se comportan de forma indecisa y complaciente, y se muestran incapaces de tomar decisiones por sí mismas, fomentando que otras personas asuman responsabilidades relacionadas con su propia vida y plegándose en todo momento a los deseos de los demás. Al estar la autoestima de estas personas determinada por la conducta de los otros, quedan a merced de los caprichos y demandas de las demás personas (Carrasco y Maza, 2005). Estas personas pueden sentir angustia e ira intensa ante el abandono real o imaginario, lo que puede conducirles, especialmente, a actos de violencia machista, sobre todo cuando se desencadena la ira y hay un abuso de alcohol. El riesgo es mayor si se sienten incapaces de integrarse en un grupo (Castelló, 2005). Las personas dependientes, si son abandonadas, pueden sentir tal grado de desesperanza que pueden cometer suicidio o expresar esa violencia sobre la persona que las rechaza. En otras ocasiones, el fuerte sentimiento de inseguridad y los celos pueden desencadenar estados emocionales de ira que pueden llevarles, en los casos más extremos, al homicidio, a veces seguido de suicidio. Las personas con este trastorno pueden ser influenciables por personalidades psicopáticas, dada su gran necesidad de estimación y de integración grupal y, de este modo, convertirse en coautores de conductas violentas, como ocurrió en el caso de C. O., cómplice de E. M. en el asesinato de la joven de 22 años A. S., en un barrio residencial de Madrid en 1993 (Esbec y Echeburúa, 2010). 3.6. TRASTORNO DE LA PERSONALIDAD ANSIOSO-EVITATIVO Se trata de personas que muestran un cierto sentimiento de venganza hacia los demás, ya que se sienten rechazadas por no haber sido capaces de establecer una relación de amistad o de pareja o por haberse sentido ridiculizadas por ellos en el pasado. Así, por ejemplo, en muchos casos de agresión sexual la motivación primordial suele ser la revancha cargada de ira y no el placer o el sadismo. Lo que caracteriza a estas personas es la falta de confianza en sí mismas, los sentimientos de inseguridad e inferioridad, el miedo a sufrir cualquier humillación y el temor a mostrarse tal como son, así como la carencia de habilidades sociales. Todo ello les lleva a una inhibición social y a una restricción del estilo de vida por miedo al rechazo, así como a mostrarse hipersensibles a cualquier crítica. Cuando se da este patrón evitador, se trata de sujetos con un retraimiento típico pero, al mismo tiempo, con una hostilidad impulsiva y con reacciones agresivas, que 99 pueden atacar a otras personas al sentir que sus necesidades afectivas no son reconocidas. La inseguridad, el fracaso y el resentimiento pueden ser origen de conductas violentas de tipo compensatorio. En estos casos la ansiedad se carga de agresividad y de violencia. Las víctimas suelen ser personas conocidas por las que se sienten rechazadas, o desconocidas que simbolizan un rechazo real o imaginario (Esbec y Echeburúa, 2010). 100 4 Trastornos mentales y de la personalidad en relación con la imputabilidad en el ámbito forense La imputabilidad, que es un concepto jurídico de base psicológica, es la aptitud de la persona para responder de los actos que realiza. En el ámbito forense esta aptitud se refiere en concreto a la capacidad para comprender la ilicitud de ciertas conductas y a la de actuar libremente conforme a esa comprensión. El fundamento básico de la imputabilidad se encuentra, por tanto, en la libertad de actuación del ser humano para responder de los hechos en los que se implica. Solo bajo este supuesto se puede reprochar a un ser humano una conducta antijurídica (Gisbert, 2004). De hecho, la pena está asociada al dolo o a la imprudencia (Llera, 2009). El conocimiento y la voluntad, entendidas en un sentido amplio, son las dos funciones superiores más diferenciadas del ser humano, con las cuales un acto adquiere su plena dimensión de pertenecer a un ser inteligente e intencional capaz de establecer relaciones significativas con el medio en que vive. Las funciones cognitivas pueden estar alteradas por déficits instrumentales de la inteligencia (discapacidad intelectual o demencia), pero también por alteraciones del pensamiento (ideas delirantes) o de la percepción (alucinaciones). A su vez, las funciones volitivas pueden estar interferidas negativamente por impulsos irresistibles o irrefrenables (Maza, 2013a; Ortega-Monasterio y Gómez-Durán, 2015; Vázquez Mezquita, 2005) (figura 4.1). Figura 4.1.—Concepto de imputabilidad. (FUENTE: Cabrera y Fuertes, 1997.) 101 La secuencia en el Código Penal (CP) es la siguiente: imputabilidad (se sabe lo que se hace y se es libre para actuar)-responsabilidad (se tiene obligación de responder de lo que se ha hecho cuando esa conducta es delictiva)-culpabilidad (se es merecedor de la imposición de una pena)-imposición de penas. Cuando una persona es imputable, sabe lo que hace y hace lo que quiere. Es decir, un ser humano es imputable cuando le es atribuible, desde la perspectiva de la responsabilidad, un acto determinado. Por ello, la imputabilidad supone la capacidad de ejecutar el hecho antijurídico legalmente descrito como delito y, sobre todo, la capacidad de llegar a ser responsable de las consecuencias jurídicas de esa conducta delictiva (Carrasco y Maza, 2005; Tiffón, 2017). De este modo, los juristas conciben la imputabilidad como capacidad de culpa o capacidad de actuar culpablemente. La condición de imputable se presume en todo ser humano adulto (a partir de los 14 años). Es su afectación la que debe ser probada, como el hecho delictivo mismo, según la doctrina reiterada del Tribunal Supremo (figura 4.2). Figura 4.2.—Bases de la imputabilidad. (FUENTE: Cabrera y Fuertes, 1997.) Las personas inimputables no pueden responder penalmente de sus conductas violentas porque actúan o, mejor dicho, han actuado sin libertad. El trastorno mental puede suponer una patología de la libertad, que impide al paciente adquirir la plena dimensión de un ser inteligente e intencional. En estas condiciones el ser humano no puede regular su conducta desde una adecuada y objetiva percepción de sí mismo y de su entorno, ni desde una capacidad de autodeterminación que le permita comportarse según decisiones previstas y elegidas conscientemente, y según una estructura cognitiva y emocional normal. Sin embargo, toda persona que comete hechos anormales desde el punto de vista ético y es susceptible de reproche social no es necesariamente anormal (enfermo mental) desde un punto de vista psicológico y médico (Carrasco y Amor, 2010; Medina, 2004; Rovira y Szerman, 2013). En la imputabilidad hay dos elementos fundamentales: un componente cognitivo 102 (darse cuenta de la ilicitud de la conducta) y un componente de autocontrol (controlar la conducta con arreglo a un sistema de valores). Si falta lo primero, normalmente falta lo segundo. Sin embargo, puede fallar lo segundo, pero no lo primero, es decir, que el sujeto tenga una capacidad cognitiva adecuada, pero muestre un fallo grave en los mecanismos de autocontrol. Así, por ejemplo, una persona con una discapacidad intelectual profunda ni entiende ni controla, pero un psicópata con un trastorno dual (una parafilia o una toxicomanía) o un paciente con una esquizofrenia pueden entender, pero no controlar. En general, ambas capacidades suelen estar habitualmente relacionadas porque la conciencia no se suele limitar a ser un testigo impotente de los hechos. En definitiva, la imputabilidad es el conjunto de facultades psicobiológicas mínimas que debe poseer un sujeto autor de un delito para ser declarado culpable. Y esto ocurre cuando la persona posee inteligencia para conocer y discernir sus actos, y capacidad de control para comportarse libremente u optar entre las diferentes posibilidades de acción (Cabrera y Fuertes, 1997; Carrasco y Maza, 2005). La imputabilidad arranca de un sistema mixto o biológico-psicológico que consta de dos componentes: un criterio psicopatológico (el diagnóstico clínico) y un criterio médico-legal (la relación específica de las funciones psíquicas afectadas con los hechos de autos que han dado lugar al procedimiento judicial). El segundo criterio es importante porque la imputabilidad no es un estado mental permanente y absoluto, sino que tiene una relación cronológica, cualitativa y cuantitativa respecto a un hecho determinado. Una persona puede ser imputable, inimputable o parcialmente imputable a lo largo de diversos momentos de su vida. Lo que interesa, a efectos de las circunstancias modificadoras de la responsabilidad penal (arts. 20-21 CP), es el estado mental concreto que tenía un sujeto cuando cometió una conducta violenta, no si padece o no un trastorno mental. Por ello mismo, hay personas que, aun no padeciendo un trastorno mental específico, pueden llevar a cabo conductas violentas motivadas por un arrebato, un miedo patológico u otras circunstancias psicológicas anómalas en un momento concreto que pueden ofuscar la conciencia del sujeto afectado, limitar su capacidad de autocontrol y afectar consecuentemente a su grado de imputabilidad (Maza, 2013b). Por otra parte, hay casos en que el trastorno mental subyacente no es el responsable directo de la conducta violenta de la persona. Por ejemplo, no cabe relacionar un trastorno delirante persecutorio con la comisión de una agresión sexual. No se debe instrumentar el trastorno mental para reconducir la responsabilidad penal y la capacidad civil de un enfermo. De hecho, habitualmente el trastorno mental no incapacita a la persona en el ámbito civil y se le asegura a la víctima la reparación/indemnización por el daño sufrido (Medina, 2004). El fundamento de la inimputabilidad (total o parcial) es que las alteraciones mentales pueden distorsionar las funciones cognitivas y volitivas, así como anular o reducir la libre determinación de la persona. Si a un sujeto se le declara inimputable por la comisión de un delito violento en función del trastorno mental existente, queda exento de responsabilidad penal. Carece de sentido aplicar una pena a quien no ha 103 sido libre para cometer un delito, ni se le puede motivar por las normas sociales ni es consciente del valor de la pena para su reinserción social (Llera, 2009; Maza, 2013a). La exención o atenuación de responsabilidad criminal en relación con los trastornos mentales supone la toma en consideración de cuatro aspectos (Maza, 2013a): a) Criterio cualitativo (naturaleza de la perturbación mental): falta o pérdida de la capacidad de comprender lo que se hace y de actuar libremente. b) Criterio cuantitativo (intensidad y grado de esa perturbación): anulación de las facultades intelectivas y volitivas. c)) Criterio cronológico (duración del trastorno): permanencia en el tiempo y existencia en el momento del hecho delictivo. Si se cumplen los demás requisitos y no se da este, se puede hablar de trastorno mental transitorio. d) Relación de causalidad entre el trastorno mental y la naturaleza de la conducta delictiva. En consecuencia, no hay ni puede haber una relación asociativa automática entre la existencia de un trastorno mental y la anulación o disminución de la imputabilidad. No se puede afirmar, por ejemplo, que una persona con esquizofrenia es automáticamente inimputable y quien sufre de un trastorno de la personalidad o de ansiedad es siempre imputable. La imputabilidad en ningún caso es el equivalente de un certificado de salud mental. El problema radica en la dificultad del diagnóstico retrospectivo. No es, por tanto, el trastorno mental en sí lo que supone la modificación de la imputabilidad, sino los resultados psicopatológicos y la incidencia concreta de ellos en la conducta violenta (Carrasco y Maza, 2005). Sin embargo, el tribunal, aun considerando inimputable a una persona con un trastorno mental que ha cometido una conducta violenta, puede adoptar unas medidas de seguridad (arts. 6 y 95-96 CP) vertebradas sobre el concepto de peligrosidad para la comunidad y orientadas a la rehabilitación del sujeto: decretar el internamiento en un centro psiquiátrico, en un centro de deshabituación o en un centro educativo especial, o sustituirlo por otro tipo de medidas (tratamiento externo en centros médicos, custodia familiar, programas de educación sexual, etc.) (arts. 96.2 y 101.1 CP). La persona no imputable por razón psíquica debe ser tributaria de un tratamiento médico o psicológico, siempre que no se trate de un trastorno mental transitorio. La aplicación de una medida de seguridad precisa la apreciación de peligrosidad en la persona afectada (Cañas de Paz y Franco, 2013; Villanueva y Valenzuela, 2005). Las medidas de seguridad se presentan como una alternativa (eximente completa) o complemento (eximente incompleta) de las penas. Es decir, la pena es una reacción jurídica a la culpabilidad; la medida de seguridad es una reacción a la peligrosidad. Sin embargo, las medidas de seguridad no pueden resultar ni más gravosas ni de mayor duración que la pena que sería aplicable al hecho cometido (art. 6.2 CP). Por otra parte, si hay una concurrencia de penas y medidas de seguridad (sistema vicarial), el tribunal ordenará el cumplimiento de la medida. Una vez llevada a cabo esta, se podrá suspender la ejecución de la pena si parece contraproducente para la 104 evolución del sujeto (Pillado, 2017). Si la medida de seguridad supone un internamiento en un centro psiquiátrico y el paciente tiene el trastorno estabilizado y en remisión, cabe la posibilidad de sustituir la medida de internamiento por el tratamiento ambulatorio con custodia familiar. Si una persona no está recuperada cuando sale del centro rehabilitador y mantiene su peligrosidad, cabe interponer recurso por vía civil para proseguir el internamiento civil involuntario, el cual, en todo caso, sería revisable. En este supuesto el Derecho Penal deja de actuar y da paso al Derecho Civil para que, por vía del internamiento o de la incapacitación, se haga cargo del enfermo, no ya del delincuente (Disposición Adicional Primera del CP). En resumen, la primera decisión penal es valorar la incidencia del trastorno en la modificación de la responsabilidad criminal. Y la segunda tiene que ver con el pronóstico y la aplicación de las medidas de seguridad (Carrasco y Maza, 2005). 4.1. TRASTORNOS MENTALES Las personas con un trastorno mental grave pueden ser inimputables porque de la misma manera que no se puede castigar al ciego por no ver tampoco al enfermo mental por no percatarse de lo que hace. A su vez, una persona con un trastorno mental grave puede ser incapaz de asimilar la pena como una motivación para enderezar sus conductas futuras (Subijana, 2017). El Código Penal español vigente no define la imputabilidad, sino que se limita a enumerar las causas que la restringen o anulan (Cabrera y Fuertes, 1997). En general, son inimputables las personas que han cometido un delito violento y están afectadas por psicosis graves, demencias, discapacidad intelectual moderada o profunda (la leve suele ser considerada meramente como una atenuante analógica), estados confusionales graves o intoxicaciones plenas por sustancias psicoactivas. En estos casos los sujetos precisan más de un tratamiento con custodia que de una condena (tabla 4.1). Tabla 4.1 Circunstancias psicopatológicas modificativas de responsabilidad Eximentes — Anomalías o alteraciones psíquicas. — Trastorno mental transitorio. — Intoxicación plena. — Síndrome de abstinencia. — Alteraciones graves de la percepción. — Miedo insuperable. Atenuantes — Las anteriores si no están muy acentuadas. — Arrebato. — Obcecación. — Estado pasional. 105 FUENTE: Cabrera y Fuertes, 1997, modificado. Las personas con un trastorno psicótico implicadas en conductas violentas suelen ser generalmente consideradas como inimputables. No es lo mismo, sin embargo, la valoración de una conducta violenta cometida por un paciente en pleno delirio que la llevada a cabo por una persona con una esquizofrenia residual que afecta discretamente a su personalidad (Cano Lozano, 2006). En cualquier caso, los síntomas experimentados por estos pacientes son de una naturaleza e intensidad suficientes como para alterar de forma profunda el mundo cognitivo y condicionar la voluntad del sujeto. Así, las alucinaciones y los delirios pueden llegar a dominar la voluntad de quienes los padecen. A los pacientes con una esquizofrenia no se les suele responsabilizar de sus conductas delictivas cuando sufren una reagudización de la enfermedad porque no comprenden las normas, no entienden que están infringiéndolas y no son capaces de regular su conducta para no violar dichas normas (Subijana, 2017). Sin embargo, no todos los actos que realizan este tipo de pacientes tienen su origen en su problema psicopatológico, a excepción de cuadros muy avanzados, en los que la esquizofrenia impregna toda la personalidad del paciente y, por tanto, todas sus conductas. La valoración de la imputabilidad va a depender de la magnitud del efecto y de la relación causal con el delito. No todo paciente con una psicosis, por el hecho de padecerla, es totalmente inimputable, pero siempre sus capacidades intelectivas y volitivas están muy disminuidas. Hay que analizar los antecedentes del paciente, los signos precursores y la evolución del trastorno (número de brotes, tratamientos recibidos, conductas violentas previas, etc.), así como valorar el grado de descompensación del paciente en el momento de la comisión del delito (Gisbert et al., 2004a; Llera, 2009). A veces puede resultar complicado valorar la imputabilidad del paciente en los momentos iniciales del trastorno porque es difícil determinar el grado de deterioro de las funciones cognitivas y volitivas cuando la enfermedad comienza de una forma insidiosa, no brusca, es decir, cuando la sintomatología no es aún muy acusada o cuando el trastorno ha remitido en un período prolongado. Cabe en estos casos la posibilidad de considerar al paciente como semiimputable y aplicar la eximente incompleta o la atenuante. El trastorno delirante se sitúa en un área gris entre la esquizofrenia, que frecuentemente conlleva una incapacidad para decidir y una falta de responsabilidad sobre los actos realizados, y los rasgos paranoides de personalidad (rigidez, suspicacia, irritabilidad o celos, lo que constituye el trastorno paranoide de la personalidad), que no suponen la afectación completa de la capacidad ni de la responsabilidad. Por ello, si bien la activación del pensamiento delirante reduce la capacidad de autodeterminación, no resulta fácil saber cuándo ha de aplicarse la eximente completa o incompleta, la atenuante o ninguna de estas. En general, los pacientes con este trastorno tienen una visión distorsionada de la realidad en función de sus ideas delirantes y ajustan su conducta a esa percepción, de modo que la conducta violenta (por ejemplo, en el delirio de celos o en el delirio persecutorio) 106 surge como una respuesta a la necesidad delictiva. Es justamente este aspecto (siempre que haya una adecuación del delito a la órbita del sistema delirante) lo que puede justificar la inimputabilidad o semiimputabilidad del sujeto (Gisbert et al., 2004b; Pozueco, 2011). El abuso de alcohol/drogas, sobre todo el policonsumo, es un factor criminógeno de primer orden, pues facilita el paso a la acción y, por tanto, la conducta violenta. Los trastornos relacionados con el alcohol se asocian a un aumento significativo del riesgo de accidentes, violencia y suicidio, debido a los cambios de carácter, distimias, intoxicaciones o ideación paranoide y celotípica. Los delitos más habituales son la violencia contra la pareja, con amenazas, lesiones y homicidio por celos, así como las agresiones sexuales intra y extrafamiliares (Carrasco y Maza, 2005). Sin embargo, la relación del consumo de alcohol/drogas respecto a la imputabilidad es objeto de controversia. El problema pericial planteado con el abuso de alcohol es demostrar que la intoxicación aguda sea plena, siempre que sea fortuita (no resultado de una imprudencia), no buscada expresamente para delinquir y afecte gravemente al nivel de conciencia y autodeterminación, lo que implica una restricción en la libertad de acción. En estos casos se puede considerar como un trastorno mental transitorio, tan intenso como una anomalía psíquica pero de efectos temporales limitados, que puede afectar a personas sin un trastorno psicológico previo. Si la intoxicación es fortuita, pero no plena, se puede enfocar como una eximente incompleta si las facultades intelectuales y volitivas se encuentran seriamente disminuidas cuando se ha producido la comisión de la conducta violenta (Hernández, 2002). También se puede asignar una restricción de la imputabilidad cuando el sujeto comete un delito violento, presenta un síndrome de abstinencia o es dependiente del alcohol/drogas, sobre todo si presenta una comorbilidad con otros cuadros clínicos (por ejemplo, con la psicopatía [STS de 11 de diciembre de 2001], con el trastorno límite de la personalidad o con un traumatismo craneoencefálico, que puede hacer al sujeto ser hiperreactivo al consumo de alcohol). En cualquier caso, se requiere la valoración de una serie de circunstancias, tales como la intensidad de la dependencia, el tipo de policonsumo, la antigüedad de la adicción, los tratamientos habidos y la personalidad anómala previa del sujeto (por ejemplo, con rasgos de inestabilidad emocional, impulsividad y escasa tolerancia a la frustración) (Esbec y Echeburúa, 2016b). Para la aplicación de una eximente o atenuante ante el consumo de alcohol/drogas son necesarios cuatro requisitos (STS de la Sala 2.ª de 31 de enero de 2013): a) requisito biopatológico (intoxicación grave y que tenga la relación con la droga cierta antigüedad); b) requisito psicológico (se ha producido en el sujeto una alteración de las funciones mentales); c) requisito cronológico (afectación psicológica en el momento del delito); y d) requisito normativo (intensidad o influencia negativa en los recursos psicológicos del sujeto). En suma, la imputabilidad en el alcoholismo crónico o en la dependencia antigua a drogas va ser restringida según se asocie a otro trastorno mental y en el estudio caso por caso (Esbec y Gómez Jarabo, 2000). 107 Por lo que se refiere a las parafilias (la pedofilia, fundamentamente), estas, en general, no han sido reconocidas como atenuantes (STS de 29 de diciembre de 2009), si bien en algunos casos pueden llegar a tener un carácter compulsivo, que merma la capacidad de control del sujeto. Es el caso de quienes sienten impulsos intensos, intermitentes y difíciles de controlar, que les llevan a buscar, con deseo apremiante, la satisfacción de sus pulsiones, sin atisbo de experimentar una vivencia amorosa y aun en riesgo de ser detenidos. Se ha aplicado excepcionalmente la eximente incompleta cuando hay una parafilia múltiple (por ejemplo, pedofilia con sadismo) o cuando hay una comorbilidad con otro trastorno, como la psicopatía (narcisismo con hipervaloración del yo y dificultad grave de adecuación a los convencionalismos y principios éticos) o la toxicomanía (STS de 8 de febrero de 1995). No hay, por tanto, una respuesta unívoca en cuanto al reproche penal de estas conductas o, más en concreto, en cuanto a la modificación de la imputabilidad. Respecto al trastorno bipolar, el paciente puede tener mermada su capacidad de control en las fases maníacas, en donde puede cometer conductas violentas o incluso delitos de agresión sexual como manifestación de su euforia, de su agitación y de su sensación de poder. Se trata en estos casos de una violencia irreflexiva e inesperada y que es resultado de la descarga de una tensión patológica. Ahora bien, si el paciente se encuentra en una fase de eutimia (lo que se ha denominado intervalo lúcido), con un grado de adaptación adecuado, cuando comete la acción violenta, puede considerársele entonces imputable, siempre que no tenga accesos maníacos próximos que hagan sospechar la inexistencia de una normalidad en el momento de la transgresión legal (Gisbert et al., 2004b). En el caso del trastorno explosivo intermitente, los sujetos pueden ser conscientes del daño realizado, pero actúan movidos por un impulso irrefrenable o, al menos, difícilmente resistible. En algunos casos la violencia ejercida puede ser preterintencional, lo que implica que había la intención de provocar un daño pero no de la envergadura del que se ha producido (Cabrera y Fuertes, 1997). La presencia de otros trastornos comórbidos, tales como el trastorno límite de personalidad, los déficits neurocognitivos o el consumo de sustancias adictivas (sobre todo, alcohol y cocaína), puede modular el alcance de la mayor o menor resistibilidad a estos actos impulsivos y, por tanto, el grado de imputabilidad de estos sujetos (Carrasco et al., 2013). La discapacidad intelectual puede suponer en algunos casos una modificación de las bases de la imputabilidad, que puede oscilar desde una exención completa de la responsabilidad en el caso de los déficits graves y severos hasta una disminución en el caso de la discapacidad intelectual leve o de la capacidad intelectual límite. La valoración de la imputabilidad en todos estos supuestos no puede hacerse utilizando solo criterios psicométricos, sino de adaptación al medio. Por ello, cada caso debe valorarse en consideración de los factores psicosociales asociados: déficit de estímulos afectivos y culturales, exceso de tensiones conflictivas, carencia de control familiar y social, etcétera. Debe tenerse también en cuenta si hay una coexistencia de otro trastorno (psicopatía o trastorno paranoide) o de un consumo de sustancias 108 psicoactivas en el momento de la ejecución de un acto violento. Hay cierto tipo de conductas violentas (agresiones sexuales, por ejemplo) que no requieren un nivel intelectual alto para percatarse de su ilicitud, por lo que la merma de la imputabilidad puede ser reducida. De cualquier forma, se requiere una valoración del caso más que el establecimiento de unas normas genéricas (Cabrera y Fuertes, 1997; Carrasco y Maza, 2005). También hay personas sanas, sin fondo patológico, que pueden estar afectadas por un trastorno mental transitorio que les lleva a implicarse en conductas violentas. Se trata en estos casos de una intoxicación por sustancias psicoactivas o de una reacción vivencial anómala que genera una descompensación psíquica aguda de breve duración, conlleva una ofuscación de la conciencia y desaparece sin dejar secuelas. Entre estas vivencias se incluyen los arrebatos (reacción pasional de máxima intensidad y breve duración que aparece como respuesta a un estímulo externo, como ocurre en algunas reacciones de ira, y que tiene un componente volitivo), la obcecación (estado afectivo que aparece más lentamente, es más persistente e impide a la persona pensar con claridad, generando una ofuscación tenaz de la conciencia, como sucede en las reacciones de celos, y que tiene un componente más cognitivo) o la experimentación de un miedo insuperable (por ejemplo, en algunas víctimas de maltrato crónico), que supone el terror fundado de un mal efectivo, grave e inminente que ofusca la conciencia y domina la voluntad (Maza, 2013b) (figura 4.3). Figura 4.3.—Reacciones anómalas en personas normales (1). (FUENTE: Cabrera y Fuertes, 1997.) En resumen, respecto a la imputabilidad de un delito violento, no todo trastorno mental exculpa necesariamente y, al revés, personas más o menos normales, en supuestos de miedo insuperable, arrebato u obcecación, pueden ser consideradas como inimputables o semiimputables según se trate de un trastorno mental transitorio o de una reacción vivencial anómala (arrebato u obcecación) de menor intensidad, respectivamente (figura 4.4). 109 Figura 4.4.—Reacciones anómalas en personas normales (2) miedo insuperable (art. 20 CP). (FUENTE: Cabrera y Fuertes, 1997.) 4.2. TRASTORNOS DE LA PERSONALIDAD Las alteraciones simples de los rasgos de personalidad (impulsividad, egocentrismo, pobre tolerancia a la frustración, sensibilidad al rechazo, rasgos paranoides, etc.) representan una forma de ser y de actuar, suponen un estilo habitual de conducta y no afectan a la condición de imputable en una persona que ha cometido una conducta violenta, excepto que se combinen de una forma anormalmente disfuncional. Es decir, al margen de que las personas violentas con estos rasgos acentuados no son normales, su anormalidad es compleja y difícil de precisar (Carrasco y Maza, 2005). Por el contrario, los trastornos de la personalidad (TP) denotan la presencia de rasgos anómalos de personalidad con una intensidad muy alta, que producen desajustes graves en las relaciones interpersonales del sujeto afectado y le hacen sufrir profundamente a él o a sus allegados. En estos casos los sujetos afectados, aunque mantengan íntegras las facultades cognitivas y volitivas, pueden no saber ponerlas en juego de forma efectiva por la impulsividad y la inestabilidad emocional (trastorno límite), por la falta de empatía y dificultad grave para adaptarse a las normas (psicopatía), por errores atribucionales severos (trastorno paranoide) o por dependencia absoluta (trastorno dependiente). Se trata en estos supuestos de estimar la capacidad de la persona para inhibir sus tendencias conductuales anómalas en las circunstancias concretas examinadas, que hay que estudiar caso a caso. De hecho, el Código Penal de 1995, cuando se refiere a la exención de responsabilidad en el artículo 20.1, sustituye el antiguo término de «enajenación» por el de «alteraciones» o «anomalías», que pueden referirse a los trastornos mentales y a los trastornos de la personalidad, respectivamente. Con ello se abre la puerta a la consideración de los TP como elementos de modificación de la imputabilidad, siempre que mermen la libertad del sujeto (capacidad de control de sus conductas) y estén directamente relacionados con la conducta violenta cometida (criterios del sistema mixto de valoración) (González y Graña, 2014). 110 En cualquier caso, la jurisprudencia más reciente del Tribunal Supremo (STS de 11 de marzo de 2010; STS de 8 de abril de 2010; STS de 23 de abril de 2010) viene a señalar la complejidad y dificultad de establecer una doctrina general sobre la incidencia de los trastornos de la personalidad en la capacidad de culpabilidad. Como regla general, según la jurisprudencia del Tribunal Supremo, los TP se valoran penalmente como atenuante analógica, los simples rasgos desadaptativos de personalidad no inciden en la imputabilidad y la eximente incompleta es excepcional y queda reservada para casos muy graves o comórbidos con otros trastornos mentales, tales como toxicomanías o discapacidad intelectual. Es decir, un trastorno de la personalidad, por sí mismo, no es fundamento suficiente para estimar una eximente incompleta y, en cualquier caso, requiere estar acreditado claramente en la historia clínica (STS de 23 de abril de 2010). En cuanto a la psicopatía, solo en cierto modo puede ser considerada como un trastorno mental. El paciente con una psicosis es un enfermo, mientras que el psicópata es una personalidad desviada que no presenta una sensible merma de las facultades cognitivas y volitivas. Los psicópatas tienen sentido de la realidad, son conscientes de lo que hacen o dicen, se sienten dueños de su voluntad y son responsables de sus actos, si bien tienen serias alteraciones en la esfera ética. Pero incluso en el caso de considerar la psicopatía como un trastorno mental, no es obligado afirmar su relevancia en orden a la inimputabilidad. En general, aunque su comportamiento sea anormal, desajustado y desproporcionado a los estímulos, y muestren una cierta incapacidad para adaptarse a las condiciones ordinarias del medio y a la vida de relación, los psicópatas están en condiciones de adecuar su conducta a las normas. Su conducta no viene impuesta, como en el caso de los pacientes con una psicosis (STS de 2 de noviembre de 1983). A la psicopatía se le puede aplicar, en algunos casos, la atenuante analógica o la eximente incompleta (art. 21.1 CP). La psicopatía solo se tiene en cuenta, a efectos de la eximente completa o incompleta, en aquellos casos en que sea comórbida con trastornos mentales graves, tales como esquizofrenia, alcoholismo o parafilias, y siempre que exista una relación de causalidad entre este trastorno y el delito violento cometido. Asimismo la imputabilidad puede ser más restringida cuando la psicopatía está complicada con la toxicomanía (STS de 4 de mayo de 2000) o con la discapacidad intelectual o cuando entraña una inadaptación grave a la vida cotidiana. Es decir, la psicopatía no suele ser tomada en consideración a efectos de una merma de la imputabilidad, excepto que se muestre con gravedad y sea comórbida con otros trastornos (Esbec y Echeburúa, 2010; Lorenzo, Agustina, Gómez-Durán y MartínFumadó, 2016; Maza, 2013a). En cualquier caso, si en un sujeto se diagnostican psicopatía y toxicomanía conjuntamente, se requieren ciertos requisitos para restringir la imputabilidad (STS de 8 abril de 2010 y STS de 31 enero de 2013): 1) que se trate de una adicción grave y antigua; 2) que las facultades mentales se encuentren afectadas; 3) que impidan al sujeto comprender la ilicitud de los hechos y/o adaptar su conducta a dicha comprensión; y 4) que la conducta violenta sea consecuencia o síntoma del trastorno, 111 es decir, que haya una afectación psicológica en el momento del delito. De todos modos, no se puede considerar la posible modificación de la imputabilidad de estas personalidades antisociales (psicopáticas) solo desde la óptica del desequilibrio psicológico y de los criterios del libre albedrío, sino que hay que hacerlo desde la valoración global de la persona, atendiendo a sus circunstancias personales, biológicas y sociales. Y ello debería ser así porque, según la teoría de la motivación por la norma, es imputable aquel que puede ser motivado por la ley y no lo es el que no reúne las condiciones para ser afectado por el mensaje de la misma (Carrasco y Maza, 2005). Más allá de la psicopatía, y en cuanto a otros TP concretos, el trastorno límite (TLP), en la medida en que estos pacientes tienen un amplio historial psiquiátrico, muestran un nivel de sufrimiento emocional que los lleva incluso a autolesiones y conductas suicidas, y sufren de otros trastornos comórbidos (especialmente el abuso de drogas), es el TP el que más posibilidades tiene de ser tenido en cuenta como medida atenuatoria por los tribunales (Mosquera et al., 2013). Asimismo, cuando se acredita la existencia de un trastorno paranoide de la personalidad, la tendencia es hacia la atenuante muy cualificada (SAP de Madrid de 12 de marzo de 2010). En resumen, el criterio más general de la jurisprudencia del TS en relación con los trastornos de personalidad es que no hay en estos casos alteraciones cognitivas o volitivas de suficiente entidad para anular la imputabilidad, excepto en el caso de que sean comórbidos con otros trastornos mentales (Carrasco y Maza, 2005). 112 5 Trastornos mentales y peligrosidad El problema de la violencia exige soluciones urgentes y es una demanda social que requiere de los Gobiernos actuaciones decididas que, en general, se centran en dos ejes: el control de las personas violentas y la atención a las víctimas de la violencia. La complejidad del problema le confiere un carácter multidimensional, lo que supone la implicación de diversos profesionales del ámbito jurídico-penal (policías, jueces, fiscales o técnicos penitenciarios) y del sector sociosanitario (psicólogos clínicos y forenses, psiquiatras, criminólogos o trabajadores sociales). La realidad actual de la lucha contra la violencia de género en España es un buen ejemplo de esta participación conjunta de distintos profesionales en pos de un mismo objetivo (Andrés-Pueyo y Echeburúa, 2010). Los agresores tradicionalmente han estado sometidos a la intervención jurídicopenal, pero cada vez son más los susceptibles de un tratamiento médico o psicológico específico. Este tratamiento se da tanto en un marco comunitario como en un régimen cerrado, y es especialmente requerido cuando los agresores presentan trastornos mentales o déficits psicológicos responsables del comportamiento violento. Esta intervención tiene, entre otros objetivos, una clara motivación preventiva respecto a futuras agresiones. Actualmente hay un interés creciente por la valoración del riesgo de violencia, es decir, por la predicción del comportamiento violento futuro del potencial agresor. En el caso de la valoración del riesgo de violencia en un contexto forense, esta servirá para que el juez tome las decisiones ajustadas al riesgo de reincidencia futura (por ejemplo, adopción de una medida de seguridad o suspensión condicional de la pena y sometimiento a un tratamiento reeducativo). Y respecto al ámbito penitenciario, valorar el riesgo de violencia de los internos permite tomar decisiones en cuanto a la urgencia y necesidad de un tratamiento, la concesión de permisos de salida, el cambio de régimen penitenciario o el acceso a la libertad condicional. Todo ello se enmarca en el ámbito de la prevención de la violencia futura, así como de la protección de las víctimas (Guija, 2011; Loinaz, 2017). 5.1. DE LA EVALUACIÓN DE LA PELIGROSIDAD A LA VALORACIÓN DEL RIESGO DE VIOLENCIA Lo que identifica específicamente a la conducta violenta es la intención del agresor (deseo de causar daño) y los efectos sobre la víctima (daño y sufrimiento físico y emocional). La atribución causal de la conducta violenta al agresor le 113 confiere a este una condición (la peligrosidad) que se propone como inherente a su forma de ser o a su estado psicopatológico. Así, el concepto de peligrosidad, aun siendo objeto de críticas y polémicas (por ejemplo, Carrasco y Maza, 2005; Guija, 2009), es de uso frecuente, tanto en el ámbito popular como en el entorno forense y penitenciario, y constituye la base para el establecimiento de las medidas de seguridad, con el objetivo de proteger a la sociedad y de facilitar la resocialización del delincuente violento (Villanueva y Valenzuela, 2005). La peligrosidad se define como la propensión de una persona a cometer actos violentos y peligrosos. La peligrosidad ha estado ligada desde su formulación inicial al trastorno mental grave y, más recientemente, a la historia criminal del sujeto y a su grado de inadaptación social. De hecho, la peligrosidad es una categoría legal que delimita el riesgo de cometer delitos por parte de un delincuente (peligrosidad criminal) o por parte de un sujeto aún sin un historial delictivo (peligrosidad social). En este enfoque, la peligrosidad, independientemente de que derive de un trastorno mental (tradición clínica) o de una historia criminal (tradición jurídica), se considera como el mejor predictor de la violencia futura (Andrés-Pueyo y Arbach-Lucioni, 2014). La atribución de peligrosidad a un sujeto se suele determinar por medio de dos procedimientos: la técnica clínico-forense o la clasificación tipológica realizada por medio de los perfiles delictivos. En el primer caso la valoración forense de la peligrosidad tiene como objetivo evaluar la capacidad criminal, que se asocia a diversos rasgos de personalidad (impulsividad, irritabilidad, carencia de empatía, valores asociales, egocentrismo y labilidad afectiva), así como la inadaptación social. Esta valoración forense está fundamentada en la entrevista con el paciente y en informaciones complementarias como, por ejemplo, los expedientes judiciales o los informes de los servicios sociales (Gisbert, 2004). Un segundo método es el establecimiento de perfiles delictivos de los delincuentes violentos. En este caso se trata de clasificar a un sujeto en un determinado tipo de perfil delictivo (agresor contra la pareja, agresor sexual, acosador escolar o laboral, terrorista, etc.) en función de una serie de características psicológicas, sociales y biográficas (Sanmartín, 2005). La estrategia de recurrir a perfiles-tipo para identificar la peligrosidad de un sujeto es muy popular, pero su popularidad contrasta con una baja precisión predictiva (Andrés-Pueyo y Redondo, 2007). En general, considerar la peligrosidad como la causa de la conducta violenta implica una capacidad de predicción limitada y origina dos tipos de errores. En unos casos el error se denomina falso negativo: los sujetos son valorados como nopeligrosos y, sin embargo, cometen en un futuro próximo una conducta violenta grave, con las repercusiones que ello conlleva para las víctimas. Y en otros casos el error se denomina falso positivo: se identifica al sujeto como peligroso y, sin embargo, no va a implicarse en conductas violentas futuras, con las consecuencias negativas que tiene para el sujeto (reclusión en régimen cerrado, ausencia de permisos penitenciarios, etc.). Otra limitación es que los aciertos o los errores en la predicción de la violencia basada en el diagnóstico de la peligrosidad dependen en 114 buena medida de la experiencia de los profesionales, de la disponibilidad de técnicas de identificación precisas y de la claridad con la que se puede descubrir el atributo de peligrosidad. Además, las personas que han actuado de forma violenta en un contexto determinado no tienen por qué comportarse de la misma manera en un futuro si las circunstancias son otras (Andrés-Pueyo y Echeburúa, 2010). Es más, la presencia de peligrosidad en una persona concentra la estrategia de contención del riesgo en dos tipos de intervenciones: control situacional (internamiento) y tratamiento terapéutico del sujeto peligroso, pero no ofrece nuevos recursos de gestión del riesgo. Por ello, las insuficiencias del concepto de peligrosidad en las tareas de predicción, gestión y prevención de la violencia han llevado a sustituir la identificación de la peligrosidad por la valoración del riesgo, que es una alternativa al diagnóstico de peligrosidad para predecir la conducta violenta. De esta manera, el riesgo de conducta violenta se considera un peligro que puede suceder con una cierta probabilidad en el futuro en función del perfil del agresor, de la vulnerabilidad de la víctima y del contexto de la situación (Loinaz, 2017). A diferencia de la peligrosidad, que se suele caracterizar como una variable fija y genérica, que lleva a decisiones del tipo todo/nada en el pronóstico, el riesgo de violencia es continuo, variable y específico y permite tomar decisiones graduadas —y sometidas a reevaluación periódica— respecto al pronóstico futuro de violencia. Si bien es cierto que todos los tipos de violencia cuentan con elementos en común, no lo es menos que cada tipo de violencia (juvenil, de pareja, sexual, etc.) tiene sus propias claves, que hacen de cada predicción un reto distinto. Así, la violencia ejercida en el pasado es un factor de riesgo común en todo tipo de violencia; sin embargo, las parafilias son un factor de riesgo específico para la violencia sexual, pero no para la violencia contra la pareja. Este enfoque dinámico va mucho más allá de la peligrosidad y, sobre todo, constituye una base sólida para la intervención preventiva (Andrés-Pueyo y Redondo, 2007). El énfasis actual es valorar el riesgo, que es una solución más contextual, probabilística, gestionable y reevaluable. Es decir, la predicción del riesgo está en función de la peligrosidad del agresor y de la vulnerabilidad de las víctimas en el marco de un contexto específico. No se trata de averiguar las causas de la violencia, sino los factores de riesgo que están asociados a ella. Gestionar el riesgo se refiere a la adopción de medidas de seguridad y de protección a las víctimas en función de la valoración del riesgo. La minimización del riesgo de violencia es el paso que sigue a la valoración del riesgo en el proceso de la prevención (Andrés-Pueyo y Echeburúa, 2010). Sin embargo, el concepto mismo de riesgo de violencia es multifacético y comprende diversos aspectos, tales como la naturaleza del peligro, la probabilidad de ocurrencia del hecho, la frecuencia con que puede ocurrir, la inminencia del peligro y la gravedad de sus consecuencias. Todo ello supone una interacción entre la personalidad del sujeto y la situación del contexto (Guija, 2009). 115 5.2. INSTRUMENTOS DE VALORACIÓN DEL RIESGO DE VIOLENCIA La multiplicidad de causas y la infrecuencia (relativa) de la conducta violenta grave hacen de la predicción de la violencia una tarea difícil, pero, sin embargo, técnicamente factible. La valoración del riesgo se basa en el uso de guías apoyadas en conocimientos empíricos, no solo en intuiciones clínicas, que pueden resultar muy subjetivas. De hecho, los denominados juicios clínicos no estructurados, basados en la historia clínica o la entrevista y la aplicación de test para establecer un diagnóstico psiquiátrico, y en los que tiene un importante peso la intuición clínica del profesional, no han demostrado ser mucho mejores que el azar cuando se trata de predecir si una persona cometerá o no cometerá una determinada acción violenta. La recogida de datos para la valoración del riesgo incluye entrevistas personales, evaluación psicológica y/o médica estandarizada, revisión de expedientes sociosanitarios y judiciales y obtención de información colateral. Todos estos recursos permiten determinar los factores de riesgo y de protección. En este sentido, la información obtenida, así como los datos que permiten tomar decisiones sobre peligrosidad y riesgo, no son muy distintos para los diferentes tipos de violencia (violencia física, sexual, contra la pareja, etc.) (Hart, 2001). La evaluación del riesgo de violencia influye en la toma de decisiones para valorar el ingreso involuntario de un paciente, la libertad condicional de un preso o el establecimiento de órdenes de alejamiento y medidas de protección a víctimas de violencia de género, por citar algunos ejemplos. La predicción del riesgo de violencia tiene, por tanto, implicaciones a nivel jurídico, clínico o público, con un impacto directo en la vida de las personas (Guija, 2009). En la actualidad se cuenta con una diversidad de instrumentos para evaluar el riesgo de violencia en contextos específicos (violencia general, sexual, contra la pareja, acoso, violencia juvenil, etc.) (Andrés-Pueyo y Echeburúa, 2010). Las ventajas de estas guías de evaluación del riesgo, que pueden ser actuariales o basadas en el juicio clínico estructurado, figuran expuestas en la tabla 5.1. TABLA 5.1 Motivos que justifican el uso de las guías de valoración de riesgo para la predicción de la violencia Motivos Agresor — Adecuación de las medidas de control. — Evaluación de la eficacia del tratamiento. — Identificación de los factores de riesgo susceptibles de cambio e intervención. Víctima — Protección ponderada en relación con el riesgo. — Contraste de la «autopercepcion» del riesgo con una valoración más objetiva. — Programación de las medidas de protección. — Consideración de los riesgos que tiene. Profesional — Aumento de la capacidad predictiva. 116 — Ayuda en la toma de decisiones. — Transparencia a posteriori de las razones de las decisiones tomadas. FUENTE: Andrés-Pueyo, 2009. 5.2.1. Valoración actuarial Se trata de un procedimiento que emplea instrumentos objetivos ad hoc que permiten cuantificar el riesgo de violencia por medio de un registro detallado de los datos relevantes de la historia personal del sujeto. El evaluador obtiene la información requerida, bien entrevistando al sujeto o a otras personas relevantes, bien buscando en expedientes o ficheros (Harris y Rice, 2007). La predicción se hace combinando informaciones procedentes de la presencia de factores de riesgo y de protección que, en cada configuración puntual, generan una probabilidad determinada de que un hecho específico suceda en el futuro y en un escenario probable. Los procedimientos actuariales, utilizados por las compañías de seguros, implican también una ponderación adecuada de la importancia de cada información por medio de reglas matemáticas empíricamente sustentadas. Estas reglas permiten obtener una puntuación de probabilidad determinada que refleja el riesgo de que suceda aquello que se quiere predecir, en este caso las conductas violentas. En este enfoque no hay ningún modelo teórico que explique el porqué de las conductas violentas; lo único relevante es la probabilidad estimada de que puedan ocurrir en el futuro (AndrésPueyo y Arbach-Lucioni, 2014; Hart, 2001). Los protocolos actuariales se han diseñado con la finalidad de predecir el riesgo de comportamientos violentos específicos, en un período temporal concreto, para una población determinada y en un contexto sociocultural definido. Estos procedimientos aplican las reglas descubiertas en estudios grupales a los individuos. El riesgo de error es tanto mayor cuanto mayor sea la heterogeneidad de los individuos dentro de un grupo, lo que suele ocurrir, por ejemplo, en el caso de los agresores sexuales o de los agresores contra la pareja. Esta es la limitación más importante de este procedimiento, que, no obstante, es de gran interés (Guija, 2009). La Violent Risk Appraisal Guide (VRAG-R) (Harris, Rice, Quinsey y Cormier, 2015) es una escala actuarial para la valoración del riesgo de reincidencia violenta en pacientes con trastornos mentales y en delincuentes en prisión o en cumplimiento de otras medidas penales, que tuvieron una tasa de reincidencia del 37 por 100 en un período de seguimiento de 7 años. Su utilidad está circunscrita mayoritariamente al ámbito psiquiátrico-forense. Consiste en un listado de 12 ítems (entre los que se incluye la faceta antisocial de la PCL-R) relacionados con los aspectos biográficos y clínicos del sujeto evaluado (tabla 5.2). Estos ítems tienen una ponderación propia para cada uno de ellos y la suma total es la variable predictora de reincidencia de violencia futura. La puntuación global oscila entre un mínimo de –34 y un máximo de +44 y ofrece resultados en percentiles, siendo su capacidad predictiva (AUC) de 0,76 en la versión original. 117 TABLA 5.2 Ítems contenidos en la VRAG-R 1. Convivencia con los dos padres biológicos hasta los 16 años. 2. Inadaptación a la escuela primaria (hasta los 14 años). 3. Historia de problemas con el alcohol o con las drogas. 4. Vida de pareja en el momento de la comisión del delito. 5. Historial de delitos no violentos. 6. Quebrantamiento de la libertad condicional. 7. Edad en la comisión del delito. 8. Historial de delitos violentos. 9. Número de ingresos en instituciones penitenciarias o en centros de menores infractores. 10. Trastorno de conducta antes de los 15 años. 11. Historial de violencia sexual. 12. Conductas antisociales (faceta 4 de la PCL-R). FUENTE: Harris et al., 2015. Los instrumentos actuariales están más en desuso que las guías clínicas. La razón es que las guías actuariales enfatizan más la utilidad de los factores estáticos (edad, historia de violencia, violencia en la familia de origen, discapacidad intelectual, por ejemplo), que no son modificables. Por el contrario, las guías clínicas estructuradas están centradas más en factores dinámicos (celos, consumo de alcohol, actitudes machistas, entre otros), que son susceptibles, al menos parcialmente, de cambios terapéuticos. 5.2.2. Valoración basada en el juicio clínico estructurado Se trata de un procedimiento mixto «clínico-actuarial», del que forman parte aspectos propios de la valoración clínica (evaluación clínica estructurada y toma de decisión final) y de la actuarial (recogida e inclusión de datos predictores empíricamente verificados). Este tipo de evaluación se realiza con la ayuda de las guías de valoración del riesgo, basadas en la investigación clínica y en los estudios epidemiológicos. El procedimiento es completo, pero requiere protocolizar el proceso de evaluación y adiestrar adecuadamente a los profesionales (Andrés-Pueyo y Redondo, 2007). Lo más significativo es analizar los factores de riesgo asociados empíricamente a la violencia y contrastados clínicamente en un protocolo a modo de guía de valoración del riesgo. Ello facilita la toma de decisiones del profesional al disponer este de una fuente de información relevante y necesaria. Las guías de valoración del riesgo son muy variadas y se ajustan a los diversos tipos de violencia (sexual, de género, etc.). Todas ellas presentan algunos aspectos comunes: a) están diseñadas para predecir un resultado en un tipo de violencia determinado; b) están elaboradas para un intervalo temporal, una población concreta y un contexto sociocultural específico, y c) están encaminadas a la gestión del riesgo (Andrés-Pueyo y Echeburúa, 2010). 118 La valoración del riesgo por medio del juicio clínico estructurado supone algo más que predecir o anticipar la violencia futura. Así, al valorar la presencia e intensidad de los factores de riesgo estáticos y dinámicos (Andrews y Bonta, 2003), se pueden adoptar diversos tipos de decisiones: a) proponer procedimientos de gestión del riesgo individualizados y apropiados al momento de la evaluación; b) iniciar la prevención de la violencia futura en ese caso concreto; c) desarrollar la protección de las víctimas por medio de la elaboración de planes específicos para el riesgo existente, y d) diseñar programas de tratamiento concretos en función de las características de los agresores. Todo ello constituye la gestión del riesgo. La guía de valoración del riesgo más utilizada es la Assessing Risk for Violence (HCR-20, versión 3) (Douglas, Hart, Webster y Belfrage, 2013). Se trata de una guía para predecir el riesgo de violencia física en reclusos violentos y en pacientes con trastorno mental, consumo de drogas o problemas de la personalidad. Tiene, por ello, un interés psiquiátrico. En la versión actual los ítems están redactados de una forma más concreta y específica que en las versiones anteriores. Su principal objetivo es identificar a pacientes con riesgo de violencia y funciona como una guía con la cual se alcanzan juicios probabilísticos sobre el riesgo de ocurrencia de violencia en el futuro. Incluye 20 factores de riesgo, a modo de ítems que el evaluador tiene que calificar, organizados en tres subescalas, que agrupan diez factores de riesgo históricobiográficos (H: pasados: violencia previa, trastorno mental grave, trastorno de la personalidad, etc.), cinco clínicos (C: presentes: falta de insight, impulsividad, etc.) y cinco de gestión del riesgo (R: futuros: incumplimiento del tratamiento, carencia de apoyo social, etc.). En esta versión ya no es necesario incluir el uso de la PCL-R. Los ítems C y R intentan ayudar en la formulación de los planes de gestión del riesgo porque son sensibles al cambio (tabla 5.3). Se incluyen factores de riesgo estáticos (pasados) y dinámicos (presentes y futuros) que permiten hacer evaluaciones repetidas en función de los cambios en las circunstancias personales o contextuales del sujeto evaluado. Entre los factores de riesgo estáticos de violencia futura el más relevante es la violencia en el pasado. Se pueden establecer tres niveles de riesgo, sin referencia inicial a tablas, baremos o puntos de corte explícitos: bajo, moderado o alto (e inminente). Este instrumento es uno de los más investigados en la valoración estructurada o empírica de la peligrosidad. Una descripción de las principales escalas de valoración del riesgo puede consultarse en Andrés-Pueyo y Echeburúa (2010) y en Loinaz (2017). Un resumen de las dos más importantes descritas, junto con la PCL-R (descrita en el capítulo 4.º), figura en la tabla 5.4. 5.2.3. Alcance y limitaciones de las escalas de valoración Entre las estrategias más útiles para reducir la violencia se sitúa la prevención y, a la cabeza de esta labor, las técnicas de predicción son el primer paso para tratar la 119 violencia a nivel del caso individual y evitar su continuidad o cronicidad. En definitiva, se trata de gestionar el riesgo para eliminarlo o, cuando menos, reducirlo (Andrés-Pueyo y Echeburúa, 2010). Por ello, las guías de valoración del riesgo constituyen una herramienta de utilidad para los profesionales experimentados en el proceso de toma de decisiones. Las predicciones realizadas según un juicio clínico estructurado con la ayuda de estas guías mejoran los pronósticos de violencia en, al menos, personas con un trastorno mental o en población penitenciaria. Las escalas de predicción permiten realizar valoraciones rápidas, en donde la toma de decisiones es urgente, y son de utilidad para la policía, los jueces o el personal que trabaja en un entorno forense, penitenciario o en las Oficinas de Atención a las Víctimas. No es su objetivo sustituir a los dictámenes periciales, que tienen lugar en un momento más tardío, de los psicólogos o psiquiatras forenses, en donde se debe hacer un estudio psicopatológico detallado de los agresores y del daño psicológico concreto sufrido por las víctimas. TABLA 5.3 Ítems contenidos en la HCR (versión 3) Históricos (pasados) Clínicos (presentes) Gestión del riesgo (futuros) H1 Conductas violentas: C1 Dificultades en la toma de conciencia en relación con: R1 Planes inadecuados en relación con los servicios sociales o profesionales. R2 Planes inadecuados en relación con las condiciones de vida. R3 Planes inadecuados en relación con el apoyo personal. R4 Posible incumplimiento de las normas terapéuticas o falta de respuesta al tratamiento: a) Menos de 12 años. b) Entre 12 y 17 años. c) A partir de 18 años. H2 Conductas antisociales de otro tipo: a) Menos de 12 años. b) Entre 12 y 17 años. c) A partir de 18 años. H3 Problemas en las relaciones interpersonales: a) Relaciones de pareja. b) Otro tipo de relaciones. H4 Problemas laborales. H5 Problemas con el consumo de alcohol/drogas. H6 Trastorno mental grave: a) El trastorno mental existente. b) El riesgo de violencia. c) La necesidad de tratamiento. C2 Ideación y actitudes violentas. C3 Síntomas actuales de trastorno mental grave: a) Psicosis. b) Trastorno del estado de ánimo. c) Otro trastorno mental. C4 Inestabilidad emocional. C5 Incumplimiento de las normas terapéuticas o falta de respuesta al tratamiento: a) Incumplimiento. b) Falta de respuesta. a) Psicosis. b) Trastorno del estado de ánimo. 120 a) Posible incumplimiento. b) Posible falta de respuesta. R5 Posibles dificultades con el manejo del estrés o con el afrontamiento de las dificultades cotidianas. c) Otro trastorno mental. H7 Trastorno de personalidad. H8 Victimización y sucesos traumáticos: a) Victimización/trauma. b) Crianza parental deficiente. H9 Actitudes violentas. H10 Incumplimiento de las normas terapéuticas o educativas. FUENTE: Douglas et al., 2013. Sin embargo, la utilidad de una escala concreta va a depender del tipo específico de violencia que se quiere predecir (sexual, física, psicológica o de acoso), de la relación de la víctima con el agresor (persona desconocida, familiar, pareja o compañero de trabajo), del plazo temporal de predicción (la predicción es menos precisa cuando se hace a largo plazo) y de la población concreta sobre la que se realiza la predicción (por ejemplo, escolares, adultos o jóvenes) (Tiffón, 2008). La valoración del riesgo resulta indispensable en los informes periciales que hagan referencia a agresores de cualquier tipo (delincuentes sexuales, homicidas, acosadores, maltratadores, etcétera) o cuando la probabilidad de violencia deba ser considerada por diversas razones para anticipar su reiteración y prevenir sus efectos, tanto en las víctimas como en los agresores (Andrés-Pueyo y Arbach-Lucioni, 2014). 2 TABLA 5.4 Instrumentos de evaluación del riesgo de violencia Violencia interpersonal inespecífica Autores/adaptadores españoles Objetivo Contenido Nivel de respuesta VRAG-R (Harris et al., 2013) — Predecir el comportamiento violento grave en adultos afectados por trastornos mentales graves o con un historial delictivo. — Contexto forense, penitenciario o clínico. — 12 ítems (factores de riesgo) de naturaleza variada. — Escala actuarial con ponderación de los factores de riesgo y escala continua de probabilidad de violencia futura. — Rango: –34 a +44. — A partir de una puntuación superior a +6, la probabilidad de reincidencia a los 10 años es, al menos, del 58 %. Ballesteros, Graña y Andreu, 20061. HCR-20Versión 3 (Douglas — Valorar el riesgo de conductas violentas en pacientes mentales — 20 ítems (factores de riesgo) agrupados en tres categorías: factores — Rango: 0 a 40. — No hay puntos de corte formales. Una Arbach-Lucioni y Andrés-Pueyo, 2015. 121 et al., 2013) y delincuentes adultos. — Contexto forense, penitenciario o clínico. históricos (H), clínicos (C) y de riesgo futuro (R). — Escala de chequeo de factores de riesgo. puntuación superior a 25 anticipa riesgo de violencia. PCL-R (Hare, 2003) — Evaluar la presencia de psicopatía en adultos con un historial violento o delictivo. — Contexto forense, penitenciario o clínico. — Listado de 20 ítems tras una entrevista semiestructurada. — Versiones adicionales de cribado (PCL-SV) y para jóvenes (PCL-YV). — Rango: 0 a 40. — Diagnóstico de psicopatía: >29. — Riesgo de violencia: >20 Moltó, Poy y Torrubia, 2010. FUENTE: Andrés-Pueyo y Echeburúa, modificado, 2010. En cualquier caso, las escalas de valoración de riesgo están sujetas a diversas limitaciones. La primera deriva de su modo de aplicación, ya que, al ser heteroaplicadas, dependen de la calidad de la información que el evaluador obtiene, pero también de sus decisiones a la hora de responder sobre la presencia/ausencia del factor de riesgo que se está valorando. Por ello, no se trata tan solo de obtener una puntuación final o de asignar mecánicamente a un sujeto un grupo de bajo, medio o alto riesgo, sino de analizar las circunstancias concretas del sujeto estudiado. Las limitaciones se pueden subsanar, al menos parcialmente, si los evaluadores están suficientemente adiestrados, si completan la información dos evaluadores independientes, si se cuenta con información complementaria procedente de diversas fuentes (víctimas y agresores, expediente judicial o policial, etc.) y, lo que es más importante, si la valoración del riesgo se reevalúa periódicamente en función de las nuevas circunstancias de la víctima o del agresor. Es justamente este último aspecto lo que confiere un carácter dinámico a la predicción y lo que permite gestionar el riesgo de una forma variable en el tiempo según las distintas circunstancias cambiantes (Andrés-Pueyo y Echeburúa, 2010). En general, la violencia más grave aparece más frecuentemente cuando los agresores han hecho uso anteriormente de una violencia física y psicológica, cuando ha habido un aumento creciente de la frecuencia y de la gravedad de los episodios violentos y cuando ha habido amenazas. A su vez, la falta de control familiar y los trastornos de conducta en la infancia y el TDAH, sobre todo si no han sido tratados adecuadamente, exponen al sujeto en la adolescencia a un riesgo de comportamientos antisociales graves (Guija, 2009). Al margen de que habitualmente la violencia grave es el último eslabón de una cadena de conductas violentas, hay veces en que ha sido impredecible porque no ha habido un aumento de los incidentes violentos ni de la gravedad de las lesiones en las últimas semanas. Es decir, o hay una violencia grave cronificada y en aumento, que es el perfil más habitual y se puede identificar, o una violencia explosiva y que resulta en buena parte impredecible. 122 En resumen, hay una necesidad de valoración del riesgo porque los recursos no son infinitos, porque no todos los casos son iguales (hay víctimas que minimizan el riesgo) y porque no todas las víctimas necesitan el mismo grado de protección. La valoración del riesgo tiene que centrarse en la peligrosidad de los agresores (gravedad del trastorno de la personalidad, deterioro cognitivo, consumo de drogas, violencia usual como forma de relación, etc.), así como en la mayor o menor vulnerabilidad de las víctimas. 5.3. FACTORES PREDICTORES DE COMPORTAMIENTOS VIOLENTOS ENTRE LAS PERSONAS CON UN TRASTORNO MENTAL GRAVE Predecir la violencia es un reto de primera magnitud porque el primer paso para la prevención y la gestión del riesgo es la predicción. Esto último constituye un imperativo ético. El estudio MacArthur ha sido el primer intento sistemático de predecir la violencia en personas con trastornos mentales (Monahan et al., 2001). Según este estudio, respecto a la violencia en general, esta es más frecuente en varones de nivel educativo y socioeconómico bajo, que tienen un nivel intelectual limitado, que consumen drogas y que cuentan con una integración social deficiente (desempleo o vivienda precaria). La probabilidad de violencia es mayor si el sujeto parte de un entorno familiar y social violento, si ha sufrido victimización en la infancia y si no dispone de estrategias adecuadas de comunicación y de solución de conflictos. Los antecedentes violentos en el sujeto están relacionados con un mayor riesgo de comisión de actos de violencia. Todo ello se potencia si la persona cuenta con un trastorno de personalidad (psicopatía especialmente), es impulsiva e irascible, suspicaz o buscadora de emociones fuertes y presenta síntomas psicopatológicos, tales como ideas delirantes persecutorias o alucinaciones auditivas, sobre todo las que implican órdenes de actuar de forma violenta. En relación con la esquizofrenia, el peligro de violencia aumenta cuando se produce un incumplimiento terapéutico o cuando hay un consumo de alcohol o drogas (Guija, 2009). En los pacientes con un trastorno psicótico un cóctel explosivo es el abandono de la medicación (reflejo, a su vez, de la escasa adherencia terapéutica, de la falta de conciencia de enfermedad o de la intensidad y frecuencia de los efectos secundarios de los fármacos) y el consumo de alcohol/drogas. Es decir, los pacientes que no toman la medicación tienen entre cuatro y siete veces más riesgo de cometer un acto violento que una persona sana. También ocurre lo mismo con los afectados por un trastorno grave de la personalidad que consumen drogas. Otros factores de mal pronóstico son las recaídas o reagudizaciones en el último año o la baja satisfacción con el tratamiento, así como el inicio precoz de la enfermedad, la percepción de amenazas, la ausencia de regulación de las emociones y la falta de apoyo social (Esbec y Echeburúa, 2016a; Swanson et al., 2006). En general, si bien la mayor parte de la violencia es llevada a cabo por personas sin un trastorno mental, los principales factores predictores de comportamientos violentos entre las personas que padecen un trastorno mental grave son los siguientes: 123 a) una historia previa de violencia o de victimización, con una personalidad premórbida anómala; b) la falta de conciencia de enfermedad mental y el consiguiente rechazo o abandono del tratamiento; c) las alteraciones del pensamiento (ideas delirantes de amenaza/control, de celos o de identificación errónea) o de la percepción (alucinaciones que implican fuerzas externas controladoras del comportamiento), con pérdida del sentido de la realidad; d) el abuso de alcohol o drogas; e) los daños cerebrales, y f) el aislamiento familiar y social, resultado de la estigmatización o de la discriminación (Pincus, 2003). Más en concreto, el abuso de alcohol/drogas, los trastornos de la personalidad (la psicopatía particularmente) y, en menor medida, las psicosis son los responsables, cuando hay alteraciones mentales, de las conductas violentas. Los sujetos con un trastorno psicótico son menos propensos a agredir a personas desconocidas. Las parafilias (sobre todo, el sadismo o la pedofilia) son un riesgo específico de violencia en el ámbito de la conducta sexual. Lo que mejor predice la violencia es cualquier trastorno que suponga un descontrol de la ira y de la impulsividad y que el paciente no esté en tratamiento (o lo haya abandonado o lo siga de una forma errática). El riesgo es aún mayor si se trata de varones jóvenes (Echeburúa y Loinaz, 2011; Esbec y Echeburúa, 2010; McMurran y Howard, 2009; Monahan et al., 2001; Torrey, Stanley, Monahan y Steadman, 2008). En resumen, tener un trastorno mental no predispone per se a la violencia. Es más, se puede reincorporar a la sociedad a los pacientes con un trastorno psicótico que cometen delitos violentos, una vez sean medicados y asistidos, puesto que inmediatamente dejan de ser peligrosos. De lo que se trata es de que estos pacientes dejen de ver el mundo como amenazante. En estos casos la enfermedad está compensada o estabilizada si los pacientes cuentan con una buena adherencia al tratamiento. No ocurre así, sin embargo, con los psicópatas o con los parafílicos, que tienen mucho peor pronóstico (Borrás, 2002). NOTAS 2 Estos autores han trabajado con una versión anterior de esta misma escala (VRAG). 124 6 Victimización y trastornos mentales Las personas con un trastorno mental pueden, en determinadas circunstancias, cometer conductas violentas, pero mucho más frecuentemente corren el riesgo de convertirse en víctimas de la violencia, lo que constituye un fenómeno bastante menos conocido y que no suele ser tan divulgado en los medios de comunicación. En muchos casos los enfermos mentales, además de sufrir la estigmatización o el miedo que genera el desconocimiento sobre su enfermedad, se convierten en víctimas de actos violentos o de abusos sexuales o se les utiliza como instrumento para cometer delitos a manos de personas de su entorno o desconocidos (Loinaz, Echeburúa e Irureta, 2011). 6.1. FRECUENCIA DE LA VICTIMIZACIÓN Las personas con un trastorno mental implicadas en conductas violentas constituyen entre el 2 por 100 y el 5 por 100 del total. Sin embargo, su victimización es entre dos y cuatro veces superior a la de la población general, de modo que la cifra de víctimas supera a la de agresores (Maniglio, 2009). Incluso cuando la muestra de referencia son los casos más graves, que requieren hospitalización (lo cual supone una minoría de los casos), la cifra de victimización (53 por 100) supera a la del 44 por 100 de implicación en conductas violentas (Hodgins, Alderton, Cree, Aboud y Mak, 2007). El riesgo de victimización aumenta con la edad, especialmente entre los 25 y 50 años. A partir de esa edad decrece porque las víctimas suelen exponerse a menos situaciones de riesgo. Las mujeres con un trastorno mental grave (esquizofrenia, trastorno bipolar, adicción a las drogas, trastornos de la personalidad, entre otros) tienen un mayor riesgo de verse implicadas en conductas de abuso sexual o de maltrato doméstico (especialmente de violencia de pareja) y los hombres en agresiones físicas. En muchos casos la victimización puede ser reiterada, lo que supone un impacto psicológico mayor sobre estas víctimas. En concreto, en las mujeres que padecen un trastorno mental el riesgo de sufrir maltrato en la pareja se multiplica entre dos y cuatro veces respecto al resto de la población. La carencia de autonomía y de empleo, el aislamiento, el estigma y la menor autoestima son algunas de las razones por las que las mujeres con un trastorno mental tienen más riesgo de sufrir violencia. Así, por ejemplo, según la macroencuesta cuatrianual de Violencia contra la Mujer del CIS, por encargo del Ministerio de Sanidad y Consumo, llevada a cabo en 2015 125 con entrevistas personales a 10.171 mujeres, el 12,5 por 100 de las mujeres españolas mayores de 16 años (cerca de 2,5 millones) declaraban haber sufrido malos tratos por parte de su pareja o expareja alguna vez en su vida. Un aspecto especialmente preocupante es que esta cifra casi se duplica en el caso de las mujeres discapacitadas. Por otra parte, la victimización sexual en mujeres adultas es frecuente además en personas con déficits de la personalidad, como falta de asertividad, impulsividad, dependencia emocional o deseo extremo de llamar la atención. En definitiva, los pacientes con un trastorno mental grave corren un mayor riesgo de ser víctimas que de ser perpetradores de violencia al resto de la comunidad. La alta incidencia de victimización no procede de una minoría victimizada en muchas ocasiones, sino de una mayoría victimizada en alguna ocasión (tabla 6.1) (Loinaz et al., 2011). TABLA 6.1 Prevalencia y tipo de victimización según trastornos mentales específicos Prevalencia y tipo de victimización Estudio Período Muestra Psicosis y esquizofrenia Brekke et al. (2001) 34 % Últimos 3 años 172 pacientes ambulatorios con esquizofrenia Dean et al. (2007) 23 % 2 años 632 pacientes con psicosis crónica en comunidad Hsu et al. (2009) 16,8 % 1 año 155 pacientes psiquiátricos (esquizofrenia, 59,4 %; trastorno afectivo, 40,6 %) Kim et al. (2006) 52 % (abuso físico o sexual severo) Toda la vida 100 mujeres ingresadas con esquizofrenia Silver et al. (2005) 57,9 % violencia física 13,2 % violencia sexual Últimos 12 meses 38 Walsh et al. (2003) 16 % Último año 691 pacientes con trastorno psicótico 28,5 % violencia física 11,9 % violencia sexual Últimos 12 meses 193 31 % violencia física 10 % violencia sexual Últimos 12 meses 168 Total histórico 60 menores Trastornos de ansiedad Silver et al. (2005) Trastorno depresivo Silver et al. (2005) Retraso del desarrollo Giardino et al. (2003) 18 % posible víctima de maltrato (mayoría sexual) 126 Kvam (2000) Posible abuso sexual Discapacidad severa: 45 % Discapacidad leve: 41 % 2 años 83 menores (21 con discapacidad severa) Sullivan y Knutson (2000) 31 % Total histórico 3.262 menores FUENTE: Loinaz et al., 2011. 6.2. FACTORES DE RIESGO DE VICTIMIZACIÓN El estigma social respecto a los trastornos mentales conlleva estereotipos, prejuicios, atribuciones de hostilidad y propensión a la discriminación de las personas afectadas, sobre todo cuando el trastorno es poco comprensible (como en la esquizofrenia), lo que puede originar rechazo y hasta una conducta violenta hacia ellas por parte de algunos sujetos (Teasdale, 2009). Los estereotipos más frecuentes referidos a las personas con un trastorno mental son su peligrosidad, su impredictibilidad, la dificultad para relacionarse con ellas y su incurabilidad e incapacidad. El miedo es el principal impulsor y mantenedor del estigma social, un miedo que puede tener su origen en algunas conductas extrañas que pueden darse en estas personas (especialmente en los pacientes con esquizofrenia), en el propio diagnóstico y en la imagen difundida desde los medios de comunicación (Loinaz et al., 2011). Los pacientes con un trastorno mental pueden percibir la realidad de una forma distorsionada, atribuir intenciones hostiles a los demás, tener una impulsividad descontrolada o mostrar deficiencias en la resolución de problemas. De este modo, pueden no ser conscientes de las situaciones de peligro e implicarse en conductas de riesgo (abuso de alcohol o drogas, por ejemplo) o entrar en contacto con entornos peligrosos (emparejamientos con toxicómanos, estancias en barrios marginales, etc.). Todo ello hace a las personas con un trastorno mental, que cuentan con menos recursos psicológicos de afrontamiento ante las situaciones imprevistas o ante las dificultades cotidianas, más proclives a sufrir una victimización violenta. Hay ocasiones en que las personas con un trastorno mental severo, especialmente aquellas con alteraciones psicóticas, con alucinaciones y con consumo de drogas, corren mayor riesgo de ser victimizadas por introducir una variedad de estímulos negativos en su relación con los demás y, por tanto, por generar emociones negativas y reacciones violentas. Las personas con esquizofrenia son más propensas a ser victimizadas durante las fases de sintomatología activa y severa (Teasdale, 2009). El riesgo de victimización es alto en el caso de las personas aquejadas por una toxicomanía o un trastorno dual. En este contexto, el riesgo de sufrir un delito violento, como una agresión sexual o un robo con violencia, es mucho mayor. Cuando hay un trastorno dual, el riesgo de implicarse en situaciones de conflicto interpersonal aumenta. Es decir, el consumo de alcohol/drogas en pacientes con un trastorno mental incrementa el riesgo tanto de las conductas violentas como de la victimización. En concreto, el abuso de alcohol, por el efecto desinhibidor y la 127 distorsión de la realidad, y el consumo de cocaína, por la impulsividad y la ideación paranoide generada, exponen a la persona a contextos de violencia en los que pueden ser tanto víctimas como agresores. La discapacidad intelectual o el autismo constituyen un factor de riesgo para la victimización, sobre todo sexual, de acoso escolar o de maltrato en el hogar, porque las víctimas ofrecen un menor grado de resistencia y tienen unas limitaciones cognitivas para relatar la violencia sufrida, lo que aumenta el grado de impunidad del agresor. Esta victimización es más frecuente en la infancia, pero también se puede extender a la vida adulta, por ejemplo en el caso de mujeres adultas discapacitadas víctimas de agresiones sexuales. Hay factores sociales, como estar en paro, no tener pareja, carecer de apoyo familiar o social, o vivir en la calle sin hogar, que aumentan el riesgo de victimización física y sexual en los sujetos con un trastorno mental, sobre todo cuando las víctimas son mujeres. Esta situación de indigencia, sobre todo cuando no hay un apoyo social e institucional adecuado, puede ser reflejo de la disfuncionalidad de estas personas y facilita la percepción de los agresores de que el delito cometido contra ellas vaya a quedar impune (Loinaz et al., 2011). 6.3. VICTIMIZACIÓN Y TRASTORNOS MENTALES: UNA RELACIÓN BIDIRECCIONAL Muchas victimizaciones tienen lugar en la infancia o adolescencia. La reiteración en la victimización (por ejemplo, en el abuso sexual o en el maltrato físico) y la polivictimización (es decir, la experimentación de la condición de víctima en diversos planos, tales como el abuso sexual, el acoso escolar o el maltrato emocional) son habituales en la victimización en este período de la vida. La gravedad de esta situación contribuye a generar cuadros clínicos que perduran o se manifiestan explícitamente en la vida adulta. Así, por ejemplo, el riesgo de un trastorno mental en la vida adulta (trastorno de estrés postraumático, depresión, trastorno límite de la personalidad, etc.) cuando un menor es víctima de un abuso sexual aumenta cuando el agresor es el padre o padrastro, cuando el abuso es continuado en el tiempo, cuando ha habido violación o violencia explícita y cuando a la víctima no se le ha creído el testimonio o no se le ha dado un apoyo familiar o social adecuado (Echeburúa y Guerricaechevarría, 2000; Pereda, 2010). Otras veces, sin embargo, algunos cuadros clínicos en la infancia, como el TDAH, la depresión o incluso la obesidad, hacen al menor más susceptible a la victimización porque se exponen a más situaciones de riesgo o cuentan con menos recursos de afrontamiento psicológico. Ocurre, además, que cuando hay victimización y trastorno mental en los menores, los profesionales tienen mayores dificultades para detectar la situación, dar credibilidad a las denuncias o tratar adecuadamente la situación (Loinaz et al., 2011). La victimización puede generar un trastorno mental, pero también padecer un trastorno mental convierte a la persona más fácilmente en víctima. En el caso, por ejemplo, del maltrato contra la pareja la violencia daña la salud mental de la víctima, 128 pero, a su vez, la presencia de un trastorno en la mujer la hace más vulnerable a la agresión por la sensación de impunidad que puede tener el agresor. Las víctimas de maltrato en la infancia tienen mayor probabilidad de consumir alcohol posteriormente como forma muchas veces de hacer frente a su malestar emocional. A su vez, la iniciación temprana en el consumo de sustancias adictivas se asocia con una mayor probabilidad de victimización sexual en la adolescencia. Así, por ejemplo, la exploración psicológica forense en el ámbito de las víctimas de agresiones sexuales tiene, fundamentalmente, dos objetivos: 1. Determinar si hay algún tipo de trastorno o patología que haya comprometido la capacidad de la víctima para prestar un consentimiento válido: alteración del juicio de la realidad (trastornos psicóticos), discapacidad o influencia de sustancias tóxicas (embriaguez). 2. Valorar las posibles alteraciones psicológicas derivadas de la agresión sexual: trastorno de estrés postraumático (TEPT), depresión, cambios de la personalidad y victimización secundaria. En resumen, las personas con un trastorno mental corren un riesgo de victimización significativamente superior al de la población general, lo que supone un coste personal, social y económico elevado por la necesidad de tratamientos adicionales. Por ello, parece necesario detectar victimizaciones recientes en pacientes con trastorno severo en general y, especialmente, en aquellos con historial de abusos en la infancia, hospitalizaciones psiquiátricas frecuentes, que carecen de hogar estable o abusan de drogas, todos ellos factores que predicen la victimización reciente. Es más, la victimización aumenta la probabilidad de revictimización y conlleva riesgo de implicación en conductas violentas (transformación de las víctimas en victimarios) (Choe, Teplin y Abram, 2008). 129 PARTE SEGUNDA Escenarios de la violencia 130 7 Las agresiones sexuales Las agresiones sexuales se refieren a conductas sexuales impuestas coactivamente a la víctima, bien porque el destinatario sea inadecuado (por ejemplo, los menores en el caso de la pedofilia o del abuso sexual intrafamiliar) o porque la conducta sea violenta en sí misma (por ejemplo, la violación). No se trata siempre de una violencia ejercida por un sujeto desconocido para la víctima. En ocasiones, los agresores sexuales pueden ser personas cercanas a la víctima que, aprovechándose de esa relación de cercanía, abusan de su confianza y pueden forzarla a una relación que ella no desea. Este es el caso, por ejemplo, de las agresiones sexuales entre conocidos o de la violación en el seno de la pareja (Sánchez, 2000). A diferencia de otro tipo de delitos, las agresiones sexuales, al menos las denunciadas, son relativamente poco frecuentes pero, sin embargo, crean una gran alarma social. En España, según el Ministerio del Interior, se denunciaron en 2016 unos 3.000 delitos contra la libertad sexual, entre los que se contaban 1.249 violaciones. Quizá las violaciones reales puedan llegar hasta 2.000. Se trata de una cifra relativamente estable en los últimos años. Los delitos sexuales constituyen una mínima parte de la delincuencia global (en torno al 1 por 100 de los delitos denunciados). Por citar otro dato, en España los delincuentes sexuales suponen solo alrededor del 5 por 100 de la población penitenciaria (3.265 internos en 2016), lo que no obsta para que ocupen un espacio desproporcionadamente alto en los medios de comunicación. También es cierto que los datos respecto a la violencia sexual pueden estar infraestimados. Así, algunas víctimas contribuyen a la ocultación de lo ocurrido, en parte por actitudes de vergüenza, en parte por temor a las represalias, y en parte por la repugnancia a revelar interioridades familiares (especialmente en los casos de abuso sexual intrafamiliar). En la violencia sexual la mayoría de las víctimas son mujeres, y la mayoría de los agresores, hombres. Las razones de esta preponderancia masculina entre los ofensores sexuales son diversas. En primer lugar, el mayor impulso sexual masculino (resultado, en parte, del aumento de la testosterona en sangre), que puede llevar a fijar la atención sexual en una mayor variedad de estímulos. En segundo lugar, el mayor componente agresivo de los varones, que puede explicar la adopción de conductas violentas ligadas al sexo (como en el caso de la violación). Y en tercer lugar, las expectativas del comportamiento sexual del varón, que puede ligar su autoestima a tener un impulso sexual fuerte y referido a parejas diversas (Echeburúa, 2011). 131 En ocasiones la violencia sexual forma parte de una carrera delictiva múltiple (robos, agresiones, etc.), protagonizada por jóvenes, solteros, consumidores abusivos de alcohol y drogas, de bajo nivel socioeconómico y poco integrados socialmente pero, en otras (sobre todo en el caso de los pedófilos y de los violadores reincidentes), el delito es específicamente sexual. Una agresión sexual, más allá de las parafilias analizadas en el capítulo 2.º (pedofilia o sadismo), no es reflejo habitualmente de un trastorno mental, pero sí de unos déficits psicológicos, tales como unas determinadas variables de personalidad (baja autoestima y alta impulsividad), una socialización inadecuada, experiencias de abuso infantil, distorsiones cognitivas (en relación con las mujeres o los menores, con el consentimiento o con la significación de la conducta sexual) o fantasías sexuales desviadas. Es decir, los agresores sexuales no presentan habitualmente trastornos mentales, pero pueden mostrar rasgos anómalos de la personalidad, un proceso de socialización inapropiado o una capacidad intelectual baja, así como un desajuste familiar (ausencia o distorsión de la figura paterna) (Echeburúa y Redondo, 2010; Marshall, 2001, 2007). Muchos agresores sexuales tienen dificultades para lograr relaciones sexuales consentidas, carecen de las habilidades sociales necesarias (o presentan una ansiedad social inhibitoria) para establecer lazos afectivos y de intimidad con otras personas y adolecen de una falta de empatía con las víctimas. Todo ello puede traducirse en una mayor insatisfacción personal y en un mayor aislamiento social (Redondo, 2017). 7.1. MOTIVACIONES PARA LA AGRESIÓN SEXUAL Los factores que llevan a una agresión sexual son múltiples. En cualquier caso, se trata de un delito en que el término «agresión» es el sustantivo y «sexual» el adjetivo. Es una mezcla de sexo con una fuerte carga de agresión. Humillar a las víctimas puede ser más importante que obtener un disfrute de ellas. De hecho, muchos violadores, más que perseguir el placer sexual, buscan satisfacer otras necesidades de dominación o de autoafirmación. En realidad, una violación es tanto una acción dirigida a lograr un placer sexual forzado como una manifestación de poder sobre la víctima, sobre todo en el caso de las violaciones múltiples (en grupo), en donde el grupo funciona como una jauría humana. En estos casos la resistencia de la mujer puede potenciar peligrosamente la conducta violenta de los agresores (Marshall, 2001). En el origen de las agresiones sexuales se encuentran explicaciones diversas: a) Factores psicológicos, tales como la consecución de la excitación sexual del agresor mediante el ejercicio de la violencia, la falta de autocontrol, la autoestima deficitaria en el plano sexual, la ausencia de empatía, el haber sido víctima de abusos sexuales en la infancia o la carencia de habilidades interpersonales para establecer relaciones consentidas con personas adultas. b) Factores sociales, tales como la glorificación de la violencia en el contexto 132 social del agresor o la cosificación de la mujer como un objeto sexual al servicio del varón. c) Factores situacionales, tales como la aparición de una oportunidad para el delito, el consumo abusivo de alcohol y drogas o el contagio emocional del grupo. Las carencias de una persona facilitan la violencia sexual por dos mecanismos distintos: desinhibición de la conducta sexual (en el caso del alcohol y de las drogas); y debilitamiento del control social informal (quien está solo, no tiene amigos y carece de trabajo tiene poco que perder en la vida y, por ello, no está motivado para ejercer conductas de autocontrol) (Redondo, 2017). Los agresores sexuales habitualmente comienzan a masturbarse a una edad más temprana y lo suelen hacer con mayor frecuencia que los otros varones. De este modo, el sexo se convierte en una estrategia de afrontamiento, que queda fuertemente reforzada: a) reforzamiento positivo (placer de la masturbación); y b) reforzamiento negativo (modo de evadirse de los problemas). Así, los agresores sexuales utilizan el sexo como el mecanismo de afrontamiento preferido para hacer frente al malestar emocional (Echeburúa y Guerricaechevarría, 2000). Ahora bien, lo que diferencia a los agresores sexuales de los no-agresores es, más que un grado mayor de excitación sexual, un fallo en los mecanismos de inhibición. Entre los factores que explican el fracaso en la regulación inhibitoria de los impulsos erótico-agresivos se hallan el abuso físico y sexual sufrido en la infancia y los déficits de socialización y de escolaridad, así como la presencia de modelos familiares poco cohesionados o de padres violentos, alcohólicos o con algún tipo de prácticas sexuales inadecuadas (Marshall, 2001). Una vez rota la inhibición para no forzar la voluntad de otras personas en el ámbito sexual, la probabilidad de nuevas agresiones tiende a aumentar. Los violadores tienden a ligar las fantasías de la masturbación con los episodios anteriores de violación, lo que hace más probable la aparición futura de estas conductas. Los pensamientos negativos, como el temor a ser detenidos o el recuerdo de la cara de pánico o de la conducta de resistencia mostrada por la víctima, tienden a ser cuidadosamente relegados de la mente del agresor, a modo de estrategia defensiva. En los agresores sexuales puede haber una profunda alteración de su sistema de pensamiento. Así, estos sujetos pueden mostrar unas distorsiones cognitivas: en unos casos, facilitadoras de su conducta sexual (por ejemplo, pensar que «en el fondo a ella le gusta lo que le hago» o, en el caso de los pedófilos, que «el sexo con los menores en realidad es una forma de darles el cariño del que carecen»); y en otros, justificativas de la misma, una vez que se ha llevado a cabo, como «negar» su existencia («en realidad, no ha sido una violación, ella lo quería») o «culpar» a la víctima de la acción («ella se lo ha buscado») (McMurran, 2002a). Algunas de las distorsiones cognitivas más frecuentes figuran expuestas en la tabla 7.1. TABLA 7.1 133 Distorsiones cognitivas frecuentes en los agresores sexuales Distorsiones Ejemplos Pensamiento «todo o nada». «O la forzaba o todo el mundo diría que yo era gay». Pensamiento catastrófico. «Si la hubiera dejado, me habría arruinado la vida». Etiquetado negativo. «No tengo remedio, mi destino es este». Razonamiento emocional (siento que es cierto). «Aunque me rechazaba, sentía que en realidad lo deseaba». Magnificación/minimización. «Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Nunca tendría una oportunidad como aquella». «Lectura de la mente de otro» (como prueba). «Sabía que, al igual que yo, ella también lo estaba imaginando y deseando». Sobregeneralización. «Ya se sabe, todas las mujeres quieren siempre lo mismo». Personalización de mala fe. «Van a por mí». FUENTE: Echeburúa y Redondo, 2010. Lo que, en concreto, puede precipitar una agresión sexual es la presencia de ciertas variables circunstanciales, como una situación de estrés prolongada, el consumo abusivo de alcohol, un deseo urgente sexual provocado por el consumo de pornografía, un grado alto de irritabilidad o la percepción de seducción o indefensión en la víctima, así como la probabilidad de que el acto quede impune (Echeburúa y Redondo, 2010). En resumen, en los agresores sexuales suele haber tres áreas afectadas: la conducta sexual en sí misma, el comportamiento social más general y las cogniciones y emociones que están implicadas en las conductas afectivo-eróticas. 7.2. TIPOS DE AGRESORES SEXUALES Hay una variedad de perfiles entre los agresores sexuales. No todos ellos revisten la misma peligrosidad ni presentan el mismo grado de reincidencia. Entre los distintos tipos figuran los siguientes (Echeburúa, 2011; García-Andrade, 1995): a) Agresores sexuales ocasionales. Se trata de jóvenes integrados socialmente que no planifican con antelación la violación. En ocasiones son personas tímidas y con una cierta inhibición social que encuentran en la violación, además de una satisfacción sexual, una forma de compensar sus deficiencias personales (baja autoestima y escasa tolerancia a la frustración, entre otras). Este subgrupo es el más numeroso. Lo que les impulsa a cometer la agresión es la excitación sexual generada 134 por la visión de un vídeo pornográfico o por los efectos del alcohol o de las drogas en el marco de una fiesta o de una noche de juerga. En estas circunstancias estas personas no son capaces de poner en marcha los mecanismos inhibitorios de la conducta sexual forzada y dan salida a un acto violento en forma impulsiva e incontrolada. En estos casos la violencia utilizada no va más allá de la estrictamente necesaria para doblegar la resistencia de la víctima, que puede ser tanto conocida como desconocida para el agresor. En general, este tipo de agresión sexual es incompatible con los valores y creencias de estas personas, por lo que pueden experimentar malestar emocional o sentimientos de culpa después de la conducta ejecutada. Estos sujetos son fácilmente reinsertables y no suelen suponer un gran riesgo social. Lo que lleva al proceso de desistimiento de la reincidencia en las agresiones sexuales y facilita la reinserción de estas personas es la incorporación a la vida adulta, el emparejamiento estable, la actividad laboral, las expectativas de los demás y la capacidad para desvincularse de los grupos de referencia antisociales (Herrero, 2013). b) Agresores sexuales delincuentes. Se trata de personas que no están aquejadas específicamente por déficits sexuales y que se caracterizan por cometer la agresión sexual de forma oportunista en el contexto de una conducta de robo, de consumo de drogas, de prepotencia y, en último término, de menosprecio de los derechos elementales de los demás. La conducta de violación en este caso forma parte de la carrera delictiva de un sujeto, surge frecuentemente en subculturas delictivas y hunde sus raíces en una historia de socialización deficitaria. Una vez que se han producido las primeras agresiones, los delitos subsiguientes se cometerán con mayor facilidad, especialmente si las experiencias del sujeto fueron reforzantes y la conducta quedó impune. Además, con la reiteración, el sujeto se insensibiliza ante el sufrimiento de la víctima. c) Psicópatas sexuales. Estas personas se caracterizan por ser impulsivas, frías emocionalmente (sin capacidad empática), sin escrúpulos y carentes de remordimientos cuando transgreden las normas sociales o se percatan del sufrimiento ajeno. Son sujetos peligrosos, sobre todo cuando actúan en grupo. La resistencia de la mujer estimula el impulso sexual y la conducta violenta, que en los casos extremos puede llevar incluso al asesinato de la víctima. Los psicópatas sexuales desprecian a las mujeres y suelen ser más violentos que el resto de los delincuentes sexuales. El placer obtenido deriva casi siempre de la unión del sexo y de la humillación de la víctima. Estas personas adoptan con frecuencia también comportamientos violentos en otros lugares (casa, relaciones sociales o sitio de trabajo). El comportamiento agresivo se potencia cuando es más de uno el agresor. La presión del grupo, con lo que implica de envalentonamiento colectivo y de 135 temor a la exclusión, fuerza a algunas personas a llevar a cabo conductas que individualmente no harían. Cuando estos sujetos violan en grupo, a la ventaja física de la fuerza colectiva se une el anonimato del grupo y el descontrol de la masa (reacción en eco). Esta actuación grupal contribuye a diluir los sentimientos de culpa. El tedio puede ser en algunos casos un factor desencadenante de la violencia. El pronóstico de los violadores psicopáticos es muy poco halagüeño, ya que están poco motivados para el tratamiento y resultan muy reincidentes en sus conductas, si bien la probabilidad de reincidencia disminuye al aumentar la edad (especialmente, a partir de los 50 años). La edad atempera en algunos casos los impulsos sexuales de este tipo de agresores. d) Agresores sexuales sádicos. Se trata de agresores sexuales que disfrutan con (y a los que solo excita sexualmente) el sufrimiento de la víctima. En este tipo de violadores se asocia, a través de sus fechorías, el placer sexual a la excitación y el poder que proporcionan la caza y la vejación de la víctima. Estas personas cuentan de forma reiterada con fantasías sexuales violentas y llevan a cabo una planificación detallada de las conductas de violación. A veces el comportamiento violento puede estar potenciado por el material pornográfico y el consumo de alcohol y drogas, así como por las fantasías de otras acciones llevadas a cabo anteriormente. Las fantasías sexuales son extraordinariamente importantes en estos casos porque constituyen un mundo privado en el que ensayar aquellas escenas que realmente les proporcionan placer, al tiempo que les sirven para escapar de situaciones tediosas (como un empleo rutinario o una vida en soledad). Los violadores sádicos son pocos en número, pero son muy reincidentes y resultan muy peligrosos. Estos sujetos suelen tener predilección por lesionar las zonas erógenas de la mujer (pezones, vagina, nalgas y partes perigenitales) y gozan sexualmente con el dolor y el pánico experimentados por sus víctimas. En general, el violador sádico suele ser inseguro, acomplejado, aislado emocional y socialmente, aficionado a la pornografía, tímido sexual, con fantasías sádicas muy vivas y con antecedentes infantiles de agresiones sexuales. e) Agresores sexuales con una discapacidad intelectual. Si bien se trata de una minoría el número de sujetos afectados por este trastorno, los agresores sexuales con una discapacidad intelectual buscan a las mujeres (y en otros casos a los hombres) para dar salida a sus impulsos insatisfechos en el ámbito sexual y eligen habitualmente a víctimas menores, que las perciben más accesibles. Los agresores son, en general, muy jóvenes (de 17 a 20 años). La agresión sexual está asociada en estos casos a alteraciones de la personalidad (impulsividad e irritabilidad) y a la hostilidad, no exenta de venganza, por el complejo de inferioridad y la percepción de rechazo social de la que se sienten objeto. Las personas con discapacidad que llevan a cabo estos comportamientos carecen de habilidades en las conductas afectivo-eróticas y 136 tienden a realizar actos no planificados, que pueden interpretarse más como impulsos sexuales que como conductas violentas, más aún si están bajo los efectos del alcohol. Los casos moderados o que están en el límite con la discapacidad son los que, en ocasiones, presentan este tipo de conductas, dadas sus dificultades para inhibirse, a la vez que se motivan eróticamente por estímulos análogos a los de las personas normales. Sin embargo, conviene precisar que las personas con discapacidad suelen aparecer más como víctimas de abusos sexuales (incluso en explotación en redes de prostitución), al no ofrecer ningún tipo de resistencia, que como agresores. f ) Agresores sexuales mixtos. A veces algunos violadores suelen ser personas con una discapacidad intelectual que están descompensadas y que presentan un perfil psicopático o psicópatas sexuales con una escasa dotación intelectual. Esta mezcla aumenta de forma importante la peligrosidad potencial de los agresores sexuales. Los violadores en serie se dan fundamentalmente entre los psicópatas sexuales y los violadores sádicos. En estos casos la violación opera como una adicción. Una vez producida la relajación momentánea tras el trofeo conseguido, surge de nuevo una tensión creciente que lleva a estos sujetos a merodear y planear nuevos ataques sexuales. Así, las nuevas violaciones aparecen en períodos de tiempo cada vez más cortos. Lo que motiva esta cadena de conductas es la excitación sexual obtenida, el valor añadido de la transgresión de una norma, la impunidad de la conducta y la insensibilidad ante el sufrimiento ajeno (McMurran, 2002b). Los violadores en serie pueden mostrar un narcisismo criminal, que les lleva a veces a vanagloriarse de sus fechorías e incluso a atribuirse más de las que han cometido. Así, por ejemplo, uno de los mayores violadores en serie de España (A. L. C., el llamado «violador de Pirámides», con 31 años de edad en el momento de su detención) fue juzgado en 1997 por 43 presuntas violaciones, pero terminó inculpándose de 140 agresiones sexuales. Según su testimonio, quería vengarse de las humillaciones sufridas en la adolescencia por parte de las chicas del colegio, que se burlaban de su timidez y de su ascendencia social humilde. Por último, en los abusadores sexuales de menores tiene que haber una motivación específica (obtener una gratificación sexual que no se obtiene de otra forma), una superación de las inhibiciones internas y externas que frenan la implicación sexual con un menor y unas habilidades de seducción para hacer frente a la resistencia del menor. En general, los agresores de personas adultas muestran más tendencias antisociales y más delitos de otro tipo que los abusadores de menores (Herrero, 2013). 7.3. AGRESIÓN SEXUAL Y REINCIDENCIA 137 La tasa de reincidencia entre los agresores sexuales, sin delitos sexuales previos, es más bien baja (en torno al 15-20 por 100), por debajo incluso de la existente en los delitos contra la propiedad (en torno al 35-40 por 100) (Redondo, 2002; Zara y Farrington, 2016). Por el contrario, la recaída es muy alta en los agresores sexuales reincidentes (muy poco motivados al tratamiento): puede oscilar entre un 33 por 100 y un 71 por 100 de los casos. Globalmente la reincidencia en estos sujetos es baja, pero hay unos pocos agresores sexuales que son muy reincidentes. Los agresores sexuales reincidentes son, en cierto modo, como los alcohólicos, que, una vez desarrollada la adicción, presentan un riesgo alto de recaída. Es decir, se consideran las agresiones sexuales como conductas que requieren una repetición periódica, que es incitada por diversos estímulos internos (irritabilidad, pensamientos negativos, emociones disfóricas, etc.) o acontecimientos externos (pornografía, visión de una chica solitaria, conductas de merodeo, etc.) (tabla 7.2) (McMurran, 2002a; Urra, 2017). En estos sujetos la probabilidad de reincidencia solo disminuye al aumentar la edad, probablemente por la falta de vigor y el descenso de testosterona. TABLA 7.2 Ejemplos de «fallos» más comunes que pueden llevar a la recaída en la agresión sexual — Estar a solas con una posible víctima. — Tener fantasías sexuales de agresión o con menores. — Sentir enfado hasta el punto de estallar o querer hacer daño a alguien. — Sentirse desesperado creyendo que no existe posibilidad de evitar la agresión. — Experimentar una soledad intensa. — Mirar detenidamente el cuerpo de una mujer o de un menor. — Estimularse con fantasías sexuales de agresión o con menores. — Comprar pornografía o buscarla en Internet. — Charlar con una posible víctima. — Pensar en la posibilidad de estar a solas con un menor. — Merodear por lugares solitarios. FUENTE: Echeburúa y Redondo, 2010. La reincidencia es más probable en concreto en los psicópatas sexuales y en los violadores sádicos. En realidad, la psicopatía es un indicador de reincidencia sexual violenta, sobre todo si a ello se une una excitación sexual alta, el consumo de drogas, la falta de cohesión familiar, la ausencia de pareja estable, el déficit en las relaciones sociales, las distorsiones cognitivas respecto a la mujer, la falta de reconocimiento del delito cometido o el rechazo de un programa de tratamiento. Asimismo, haber sido reincidente anteriormente con múltiples víctimas y haber ejercicio la violencia con ellas en el marco de una carrera delictiva previa ensombrecen el pronóstico. Por tanto, el interés sexual desviado y las tendencias antisociales (la versatilidad delictiva) están en la base de la reincidencia (Herrero, 2013). Un agresor sexual primario no está abocado necesariamente a la reincidencia. En 138 los agresores sexuales hay factores estáticos que resultan inmodificables, como son su sexo (ser varón), sus dimensiones de personalidad (una impulsividad alta) o sus experiencias pasadas (victimización sexual infantil, precocidad delictiva, etc.). Pero también hay factores dinámicos (hábitos antisociales, amigos delincuentes, abuso del alcohol o de las drogas, creencias justificadoras para una conducta sexual involuntaria) que pueden ser eliminados o reducidos mediante un tratamiento adecuado. En resumen, muchos agresores sexuales ocasionales y delincuentes son reinsertables, sobre todo cuando son jóvenes, no tienen antecedentes anteriores, se arrepienten de lo realizado, no han sido especialmente violentos, muestran una capacidad empática con las víctimas, cuentan con una red de apoyo familiar y social estable, y están dispuestos a participar en un programa de tratamiento específico (Redondo y Garrido, 2008; Echeburúa y Redondo, 2010). 7.4. REFLEXIONES FINALES Los agresores sexuales no constituyen una población homogénea. Una minoría reincide en este tipo de delitos o en otros como resultado de una tendencia antisocial general. Un grupo aún más pequeño, con alteraciones de su comportamiento sexual, parece ser persistente en su tendencia a agredir sexualmente (Herrero, 2013). Siempre que haya una mínima motivación para el cambio por parte del sujeto, y que este reconozca la inadecuación de la conducta realizada, es posible la rehabilitación de un agresor sexual (Lösel, 2002; Marshall y Redondo, 2002). La reincidencia no es tan alta como se piensa. Lo que ocurre es que cada fracaso, especialmente si lleva aparejada la muerte de la víctima, es dramático. En concreto, en un programa llevado a cabo recientemente en las prisiones catalanas, con un seguimiento de 4 años, se ha conseguido reducir la tasa de reincidencia en 14 puntos (del 18,2 por 100 en los sujetos sin tratamiento al 4,1 por 100 en los sujetos tratados) (Redondo y Garrido, 2008). Un requisito importante es que el individuo se haga consciente de que tiene un problema y se sienta disconforme con los comportamientos que ha realizado, deseando cambiar de cara al futuro. También es preciso que el agresor caiga en la cuenta de que sus conductas no han ocurrido porque sí, sino que existen diversos factores (tales como ciertas creencias, fantasías, abuso de alcohol o explosiones de rabia) que guardan una estrecha relación con el desencadenamiento de sus agresiones. Asimismo se requieren algunas condiciones personales facilitadoras, como que el individuo sea capaz de entablar relaciones afectivas normalizadas, disponga de ciertas habilidades verbales y de comunicación interpersonal y que tenga cierta capacidad para aprender de la experiencia, así como para controlar su conducta en alguna medida. Es un indicador favorable para el tratamiento que no haya habido violencia física en la realización de los delitos y que el sujeto no presente psicosis o deficiencia neurológica grave. Desde la perspectiva de los posibles factores sociales de 139 protección, contribuye al éxito del tratamiento, y a la postre a la reducción del riesgo delictivo futuro, el que el individuo disponga de vínculos afectivos prosociales en el marco de su propia pareja y familia, en el ámbito laboral y en otras posibles áreas sociales (Pérez, Redondo, Martínez y García, 2008). Por lo que concierne a la motivación de los agresores para cambiar, al inicio de los programas debería contarse con que esta no será todo lo genuina y sincera que sería deseable. No obstante, ello no significa que no se deba ni se pueda trabajar con estos sujetos. En un primer estadio la motivación para el tratamiento puede ser concebida más como un objetivo del propio programa que como un requisito para el inicio del tratamiento (Marshall, 2001; McMurran, 2002b). Las terapias varían de unos casos a otros, pero hay ciertos elementos en común en todas ellas, como son el reconocimiento del problema y la aceptación de la propia responsabilidad, el control de los impulsos sexuales excesivos o desviados, el entrenamiento en empatía y en expresión de emociones, la eliminación de creencias falsas sobre la mujer y sobre el sexo, el desarrollo de habilidades de comunicación y de solución de problemas, y la prevención de recaídas (Marshall y Serran, 2004). Las terapias están indicadas especialmente en las fases últimas de la pena, cuando el sujeto tiene posibilidad de acceder al tercer grado y a la libertad condicional. La duración del programa, que suele ser dirigido por dos terapeutas (habitualmente un hombre y una mujer) es de 6 a 12 meses, en régimen intensivo y con un formato grupal. 140 8 La violencia machista contra la pareja La violencia contra la pareja adquiere actualmente unas cifras alarmantes, probablemente porque ahora emerge más al exterior y porque hay un rechazo social más explícito hacia ella. En 2015, según la macroencuesta sobre la Violencia contra la Mujer del CIS, por encargo del Ministerio de Sanidad, con entrevistas en persona a 10.171 mujeres, el 12,5 por 100 de las mujeres españolas mayores de 16 años (cerca de 2,5 millones) declaraban haber sufrido malos tratos por parte de su pareja o expareja alguna vez en su vida. Asimismo, el 63 por 100 de los hijos presenció episodios de violencia en casa. Por citar otro dato, en 2017 unos 6.300 hombres están presos por delitos de violencia de género en España. En estos momentos la violencia machista es la tercera causa de ingreso en prisión, solo después de los delitos socioeconómicos y los delitos contra la salud pública. Por extraño que pueda parecer, el hogar —lugar, en principio, de cariño, de compañía mutua y de satisfacción de las necesidades básicas para el ser humano— puede ser un sitio de riesgo para las conductas violentas. No es fácil saber por qué algunos hombres se comportan de forma violenta con una persona con la que han establecido un proyecto de vida en común. Las víctimas pueden sentirse incapaces de escapar al control de los agresores al estar sujetas a ellos por la fuerza física, por la dependencia emocional, por el aislamiento social o por distintos tipos de vínculos afectivos, económicos, legales o sociales (Echeburúa y Corral, 1998). En concreto, las características fundamentales de la violencia machista son las siguientes: a) es una conducta que no suele denunciarse (solo en el 20-30 por 100 de los casos); b) es una pauta de comportamiento continuada en el tiempo, que permite por ello definirla como una violencia con historia; y c) como conducta agresiva, tiende a ser aprendida de forma vicaria por los hijos, ocurriendo con frecuencia una transmisión cultural de los estilos de relación aprendidos (el llamado efecto espejo) (Lorente, 2004). La conducta violenta contra la pareja supone, por parte del agresor, un intento de control de la relación y es reflejo de una situación de abuso de poder. Los comportamientos violentos encuentran un caldo de cultivo adecuado en la dependencia y en la asimetría de la relación. Resulta por ello explicable que el maltrato lo protagonicen los hombres y se cebe en las mujeres, y que tenga lugar en el hogar, un reducto inaccesible hasta fechas muy recientes a la intervención de la policía y de la justicia (Sanmartín, 2004a). Más allá de un maltrato físico y de un maltrato sexual, fácilmente identificables, existe un maltrato psicológico más sutil, que genera unas consecuencias muy 141 negativas en la salud y el bienestar emocional de la mujer, y que se manifiesta de diversos modos: desvalorizaciones continuas (en forma de críticas corrosivas y humillaciones), posturas y gestos amenazantes, imposición de conductas degradantes, intentos de control (vigilancia de las amistades, limitación del dinero, restricción de las salidas de casa, etc.) y, por último, culpabilización a la víctima por las conductas violentas del agresor (Echeburúa y Muñoz, 2017). 8.1. ORIGEN Y MANTENIMIENTO DE LA VIOLENCIA MACHISTA CONTRA LA PAREJA En la mayor parte de los casos los episodios de violencia comienzan en los inicios de la convivencia, e incluso durante el noviazgo. En este sentido, la presencia de algún tipo de agresión psicológica en los primeros meses de relación es un claro predictor de futuras conductas de maltrato físico. Si surge un primer episodio de violencia, a pesar de las muestras de arrepentimiento del maltratador, la probabilidad de nuevos episodios —y por motivos cada vez más triviales— es mucho mayor. Rotas las inhibiciones relacionadas con el respeto a la otra persona, la utilización de la violencia como estrategia de control de la conducta se hace cada vez más frecuente. El sufrimiento de la mujer, lejos de constituirse en un revulsivo del maltrato y en suscitar una empatía afectiva o, al menos, un nivel de compasión, se constituye en un estímulo favorecedor de la agresión (Gottman y Jacobson, 2001). La conducta violenta contra la pareja es resultado de un estado emocional intenso —la ira—, que interactúa con unas actitudes de hostilidad, un repertorio de conductas pobre (déficit de habilidades de comunicación y de solución de problemas) y unos factores precipitantes (situaciones de estrés, consumo abusivo de alcohol, celos, etc.). Y esta violencia se proyecta sobre una víctima que se percibe como vulnerable y sin capacidad de respuesta (Sarasua y Zubizarreta, 2000) (figura 8.1). Una característica del maltrato es la negación de esta conducta por parte del agresor (tabla 8.1). Cuando una conducta genera malestar al pensar fríamente en ella o es rechazada socialmente, se utilizan estrategias de afrontamiento para eludir la responsabilidad como buscar excusas, alegar que se trata de un problema estrictamente privado, hacer atribuciones externas, considerar lo que ocurre como normal en todas las parejas o quitar importancia a las consecuencias negativas de esas conductas para las víctimas (Dutton, 2007). 8.2. PERFIL PSICOPATOLÓGICO DE LOS HOMBRES MALTRATADORES Los trastornos mentales, en sentido estricto, en los agresores de pareja son relativamente poco frecuentes (cerca del 20 por 100 del total) (Sanmartín, 2002, 2004a). Sin embargo, en todos los casos aparecen déficits psicológicos en el ámbito del control de la ira, de la empatía y de la expresión de emociones, así como distorsiones cognitivas sobre la mujer y la relación de pareja. Las habilidades de comunicación y de solución de problemas suelen estar también deterioradas 142 (Echeburúa y Muñoz, 2017). 8.2.1. Trastornos mentales A veces hay una cierta relación entre la violencia machista y los trastornos mentales. En general, las psicosis, en función de las ideas delirantes de celos o de persecución, y el consumo abusivo de alcohol y drogas, que pueden activar las conductas violentas en personas impulsivas y descontroladas o descompensadas, son los trastornos mentales más frecuentemente relacionados con la violencia contra la pareja (Echeburúa, 2007). Lo que se suele observar es una presencia abundante de síntomas psicopatológicos —en menor medida, de cuadros clínicos definidos— en los hombres maltratadores. Así, por ejemplo, en el estudio de Fernández-Montalvo y Echeburúa (1997) el 45 por 100 de los agresores estudiados presentaba una historia psiquiátrica anterior, muy por encima de la tasa de prevalencia del 15-20 por 100 en la población general. Los motivos de consulta más frecuentes habían sido el abuso de alcohol, los trastornos emocionales (ansiedad y depresión) y los celos patológicos. Sin embargo, la constatación de este hecho no supone una explicación unidireccional de las agresiones contra la pareja. La violencia machista puede ser parcialmente el efecto de un trastorno mental, pero puede ser ella misma también causante de alteraciones psicopatológicas, como resultado de los sentimientos de culpa o del rechazo social. a) Consumo abusivo de alcohol y de drogas La agresión machista bajo la influencia directa del alcohol es muy variable y oscila entre el 60 por 100 y el 85 por 100 de los casos. De cualquier manera, el abuso de alcohol no explica en su totalidad la presencia de conductas violentas en los maltratadores. ¿Por qué, por ejemplo, se golpea o se humilla a la pareja bajo el efecto del alcohol y no se actúa de la misma forma con el jefe en el trabajo o con un vecino? Lo que hacen las sustancias psicoactivas es activar las conductas violentas cuando existen unas actitudes hostiles previas (Echeburúa y Redondo, 2010). Por lo que se refiere al consumo de drogas, las tasas de incidencia en los hombres violentos son menores y oscilan entre el 13 por 100 y el 35 por 100 de los sujetos estudiados (Bergman y Brismar, 1993), si bien se observa actualmente una tendencia al alza. b) Celos patológicos Es relativamente habitual la presencia conjunta de celos patológicos y violencia contra la pareja. Se trata de sujetos en los que la firme creencia en la infidelidad de sus parejas provoca un estado emocional intenso de ira que, junto con otros factores de inseguridad personal y con actitudes previas de hostilidad, puede desencadenar 143 episodios de violencia (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2001; Martínez Selva, 2013). No se debe olvidar, en este sentido, que este trastorno constituye una variable de riesgo de homicidio de la pareja —los llamados crímenes pasionales—, especialmente en torno o inmediatamente después de una separación no deseada por el agresor (Cerezo, 2000). c) Trastornos de la personalidad Asimismo, algunos trastornos de la personalidad pueden estar implicados en la adopción de conductas violentas en el ámbito de la relación de pareja (White y Gondolf, 2000). En concreto, la psicopatía, caracterizada por la manipulación, la falta de empatía en las relaciones interpersonales o la ausencia de remordimiento ante el dolor causado, facilita la aparición de conductas violentas y crueles. Cuando el maltratador es un psicópata, habitualmente plantea exigencias irracionales, muestra un desapego hacia los hijos, suele ser un parásito, abusa del alcohol o de las drogas, no tiene amigos y es un manipulador que utiliza a los demás en su beneficio (Garrido, 2003; Hare, 2000). A su vez, el trastorno límite o borderline, en el que son frecuentes la impulsividad, la inestabilidad emocional y un sentimiento crónico de vacío, propicia la aparición de conductas impredecibles en la relación de pareja. Por último, el trastorno paranoide, en el que la desconfianza y los recelos están presentes de forma constante, y el trastorno narcisista, en el que el sujeto está necesitado de una estimación permanente, son algunos otros que entrañan un cierto riesgo de violencia en la relación de pareja (Rojas Marcos, 1995). 8.2.2. Déficits psicológicos Los déficits psicológicos pueden ser muy variables pero, de una forma u otra, y a diferencia de los trastornos mentales, están presentes en todos los casos de violencia machista (Echeburúa y Redondo, 2010). a) Pérdida de control sobre la ira Los maltratadores se caracterizan por la impulsividad, la pérdida de control sobre la ira y, frecuentemente, por una tendencia agresiva generalizada. Se puede hablar de una ira desbordada cuando se dirige de forma desmedida a otros seres humanos, cuando produce consecuencias muy negativas para el bienestar de los demás y de uno mismo, e incluso cuando aparece en situaciones innecesarias o ante estímulos irrelevantes. La ira viene acompañada de ciertos gestos físicos, como fruncir el ceño, apretar los dientes, sentirse acalorado (hervir la sangre), cerrar los puños o hincharse la yugular (Tobeña, 2001, 2017). Prestar atención a estos cambios fisiológicos es 144 importante porque los gestos físicos funcionan, en relación con la violencia, como los precursores de los volcanes o de los terremotos. En estos casos la ira actúa como una respuesta a una situación de malestar (por ejemplo, de estrés en el trabajo o de insatisfacción consigo mismo) o como una estrategia inadecuada para hacer frente a los problemas cotidianos en la relación de pareja (dificultades en la convivencia, control del dinero, problemas en la educación de los hijos, enfermedades crónicas, etc.) (Echeburúa y Redondo, 2010). b) Dificultades en la expresión de emociones Las dificultades de expresión emocional están en el origen de muchos conflictos violentos en la relación de pareja. Muchos hombres han aprendido a no expresar sus sentimientos porque estos «son fuente de debilidad» y «el hombre debe ser fuerte» o a no interpretar adecuadamente los sentimientos de su pareja. Los hombres violentos, sobre todo cuando cuentan con una baja autoestima, tienden a valorar las situaciones cotidianas como amenazantes. De este modo, la inhibición de los sentimientos y esta percepción distorsionada de una realidad que se percibe como descontrolada pueden conducir a conflictos que, al no saber resolverse de otra manera, se expresan de forma violenta. Pero esta situación lleva a un círculo vicioso: la reiteración de la violencia no hace sino empeorar la baja autoestima del agresor (Dutton, 2007). Figura 8.1.—Secuencia del comportamiento violento. (FUENTE: Echeburúa y Corral, 1998, modificado.) Tabla 8.1 Negación del maltrato Estrategia empleada UTILITARISMO Ejemplo de excusas «Solo de esta manera hace lo que deseo». 145 JUSTIFICACIÓN «Fue ella la que me provocó; es ella la que tiene que cambiar». «Los dos nos hemos faltado al respeto». ARREBATO «No me di cuenta en ese momento de lo que hacía». OLVIDO «Ni me acuerdo de lo que hice». FUENTE: Echeburúa y Corral, 1998. El aislamiento social y, sobre todo, emocional es un factor que aparece con frecuencia en muchos hombres violentos. Al margen del mayor o menor número de relaciones sociales —habitualmente menor—, lo más característico es la dificultad para establecer relaciones de intimidad o de amistad profunda, lo cual es un reflejo del analfabetismo emocional que les caracteriza. c) Distorsiones cognitivas sobre la mujer y la relación de pareja Los hombres maltratadores suelen estar afectados por numerosos sesgos cognitivos, relacionados, por una parte, con creencias equivocadas sobre los roles de género y la inferioridad de la mujer y, por otra, con ideas distorsionadas sobre la legitimación de la violencia como una forma válida de resolver los conflictos. Es decir, lo importante para ellos es la concepción de la mujer como propiedad, como una persona que debe ser sumisa y a la que se debe controlar, y la creencia en la violencia como una estrategia adecuada para solucionar problemas. Todo ello viene aderezado con una desconfianza y una actitud de hostilidad ante las mujeres. Además, tienden a emplear diferentes estrategias de afrontamiento para eludir la responsabilidad de sus conductas violentas, como la negación u olvido del problema («ni me acuerdo de lo que hice»; «yo no he hecho nada de lo que ella dice») o bien su minimización o justificación («los dos nos hemos faltado al respeto»). Asimismo, y por este mismo motivo, tienden a atribuir la responsabilidad del maltrato a la mujer («fue ella la que me provocó; es ella la que tiene que cambiar»), a factores personales («soy muy nervioso y ahora estoy pasando una mala racha») o a factores externos («los problemas del trabajo me hacen perder el control»; «había bebido bastante y al llegar a casa no pude controlarme») (tabla 8.2) (Echeburúa y Redondo, 2010). TABLA 8.2 Ejemplos de distorsiones cognitivas en función de las fases del maltrato Distorsiones cognitivas Ejemplos 1.ª Fase Negación o minimización del problema «Tenemos nuestros más y nuestros menos». «En todas las parejas hay roces». Autoengaño y «El maltrato es mucho más que recibir de vez en cuando alguna patada, empujones o 146 negación de su victimización insultos». «Yo no soy una de esas mujeres maltratadas como las que salen en la tele». Justificación de la conducta violenta «Mi pareja es muy pasional y a veces se deja llevar por el enfado». «Su intención no era golpearme; solo quería hacerme ver que tenía razón». Atención selectiva a los aspectos positivos de su pareja «Él es mi único apoyo en la vida». «¿Adónde voy a ir con mis dos hijos y quién me va a querer más que mi pareja?». 2.ª Fase Sobrevaloración de la esperanza de cambio en su pareja «Con el tiempo cambiará; hay que darle tiempo». «Algún día cambiará porque en el fondo es buena persona». «Cuando nazca nuestro hijo, se tranquilizará». Sentimientos de culpa «¡Me lo tengo merecido!». «¡Seguramente no soy todo lo buena esposa que debiera!». «¡Alguna vez me ha dicho que lo provoqué!, ¿será cierto?». «¡La culpa es mía por haberme emparejado con él!». 3.ª Fase Justificación de la permanencia en la relación y dependencia emocional «Por un momento malo no vamos a separarnos y tirar por la borda cinco años de vida en común». «Si abandono a mi pareja, ¿qué será de él?, ¿qué será de nuestros hijos?, ¿qué será de mí?». «El matrimonio conlleva sacrificio y esfuerzo». «El amor lo puede todo». «Si no fuera violento, sería la pareja ideal». «Sigo con él porque es el amor de mi vida». «Lo que yo quiero es que usted le diga que no me vuelva a pegar». Resignación «¡Qué le vamos a hacer!; la vida es así y yo elegí casarme con él». «Mi única alternativa es seguir con él; no tengo otra opción». «¡Aunque me pegue, es mi pareja y debo cuidar de él!». «Mi marido pierde el control cuando bebe». FUENTE: Echeburúa y Redondo, 2010. d) Déficits de habilidades de comunicación y de solución de problemas Desde la perspectiva de las relaciones interpersonales, los maltratadores tienden a presentar unas habilidades de comunicación muy pobres y una baja tolerancia a la frustración, así como estrategias inadecuadas para solucionar los problemas. Todo ello contribuye a que en muchas ocasiones los conflictos y los sinsabores en la vida cotidiana de estas personas, que no tienen por qué ser mayores de lo habitual, actúen como desencadenantes de los episodios violentos contra la pareja (Sarasua y Zubizarreta, 2000). e) Baja autoestima La violencia puede ser una forma desesperada de intentar conseguir una estima que no se logra por otros medios. Se trata en estos casos de personas inseguras, desvalidas, que están obsesionadas con controlar a su pareja y que, aun no siempre 147 deseándolo, se convierten en agresivas y en mezquinas. Así, y al margen de los pretextos para la violencia (no ser suficientemente cariñosa, tener la casa sucia, no haber acostado aún a los niños, no tener la comida lista, no estar en casa cuando él ha llegado, etc.), los maltratadores, al carecer de una autoestima adecuada, se muestran muy sensibles a lo que perciben como una afrenta a su dignidad: haberle llevado la contraria, haberle quitado autoridad delante de los hijos o de otras personas, o tener una forma de pensar incorrecta. Es decir, la violencia contra la pareja se constituye así en una violencia por compensación: el agresor intenta superar sus frustraciones con quien tiene más a mano y no le va a responder (Echeburúa y Redondo, 2010). A modo de resumen, los agresores de pareja, sin estar afectados en su mayoría propiamente por trastornos mentales, muestran, sin embargo, una presencia abundante de síntomas psicopatológicos (celos patológicos, abuso de alcohol, irritabilidad, falta de control de los impulsos, déficits de autoestima e inadaptación a la vida cotidiana) y de distorsiones cognitivas en relación con el papel social de la mujer y con la legitimación del uso de la violencia, así como con la aceptación de la responsabilidad del maltrato (Martínez Selva, 2013). Desde la perspectiva de la prevención, se señalan en la tabla 8.3 las señales de alerta que denotan la aparición probable de episodios de violencia por parte de un hombre en la relación de pareja. TABLA 8.3 Señales de alarma de una relación de pareja violenta Señales de alarma en el agresor Señales de alarma en la víctima — Intenta reiteradamente controlar la conducta de la pareja. — Se muestra posesivo con la pareja. — Es extremadamente celoso. — Aísla a la pareja de familiares y amigos. — Muestra conductas humillantes o actos de crueldad hacia la víctima. — Recurre a las amenazas o a la intimidación como medio de control. — Presiona a su pareja para mantener relaciones sexuales. — Culpa a la víctima de los problemas de la pareja. — Minimiza la gravedad de las conductas de abuso. — Tiene cambios de humor imprevisibles o accesos de ira intensos, sobre todo cuando se le ponen límites. — Su autoestima es muy baja. — Tiene un estilo de comportamiento violento en general. — Justifica la violencia como una forma de resolver los conflictos. — Se muestra agresivo verbalmente. — Responsabiliza a otras personas por sus problemas o dificultades. — Manifiesta creencias y actitudes sobre la subordinación de la mujer al hombre. — Cuenta con una historia de violencia con parejas anteriores. — Tiene cambios en el estado de ánimo que antes no tenía. — Muestra actualmente una baja autoestima. — Se siente rara, con problemas de sueño, nerviosismo, dolores de cabeza, etc. — Se muestra confusa e indecisa respecto a la relación de pareja. — Experimenta sentimientos de soledad. — Se aísla de amigos y familiares o carece de apoyo social. — Miente u oculta a sus padres o amigos conductas abusivas de su pareja. — Muestra señales físicas de lesiones: marcas, cicatrices, moratones o rasguños. — Le cuesta concentrarse en el estudio o en el trabajo. — Tiene conciencia de peligrosidad (temor sobre nuevos episodios de violencia). — Ha sufrido violencia en relaciones de pareja anteriores. — Tiene un consumo abusivo de alcohol y drogas. 148 — Tiene un consumo abusivo de alcohol y drogas. FUENTE: Echeburúa y Corral, 2009. 8.3. TIPOS DE MALTRATADORES Los maltratadores no constituyen un grupo homogéneo (Amor, Echeburúa y Loinaz, 2009). De hecho, existen al menos dos tipos de violencia contra la pareja —violencia expresiva y violencia instrumental—, que representan una primera delimitación tipológica. En el primer caso se trata de una conducta agresiva motivada por sentimientos de ira y que refleja dificultades en el control de los impulsos o en la expresión de los afectos; en el segundo, por el contrario, la conducta agresiva es planificada, expresa un grado profundo de insatisfacción y no genera sentimientos de culpa en el agresor (Echeburúa y Corral, 1998; Garrido, 2003). Sin alejarse demasiado de esta primera diferenciación, se pueden describir básicamente tres tipos de maltratadores: impulsivos, instrumentales y sobrecontrolados (Holtzworth-Munroe y Stuart, 1994). a) Maltratadores impulsivos Los hombres violentos impulsivos presentan un estado de ánimo predominantemente disfórico, es decir, son inestables emocionalmente e irascibles. No es por ello infrecuente que sean a menudo solitarios, hipersensibles a los pequeños desprecios y que oscilen rápidamente del control al enfado extremo, lo cual encaja frecuentemente con el denominado trastorno límite de la personalidad. En este tipo de maltratadores, que representan entre el 17 por 100 y el 45 por 100 del total, es más frecuente el maltrato psicológico y la violencia limitada a la relación de pareja. b) Maltratadores instrumentales Este grupo hace un uso instrumental de la violencia. En conjunto, presentan menores niveles de ira y de depresión que el grupo impulsivo pero, sin embargo, muestran mayores niveles de narcisismo y de manipulación psicopática, amenazando y agrediendo a su pareja cuando esta no satisface sus demandas. En estos casos aparecen frecuentemente consumos abusivos de alcohol y drogas, así como conductas antisociales. En este grupo, que puede reunir al 25 por 100 de los maltratadores, la violencia física es habitual y se manifiesta de forma generalizada — no limitada a la relación de pareja— como una estrategia de afrontamiento para conseguir lo deseado y superar las frustraciones cotidianas. TABLA 8.4 Tipos de maltratadores 149 Maltratadores Extensión de la violencia Perfil psicopatológico Tipología % Características Violentos solo en el hogar 74 % — Ejercen la violencia solo en casa. — Desencadenantes de la violencia: • Abuso de alcohol. • Celos patológicos. • Frustraciones fuera del hogar. Violentos en general 26 % — Ejercen la violencia en casa y en la calle. — Maltratados en la infancia. — Ideas distorsionadas sobre la violencia. Con déficit en habilidades interpersonales 55 % — Carencias en el proceso de socialización que provocan déficits en las relaciones interpersonales. — Emplean la violencia como estrategia de afrontamiento. Sin control de los impulsos 45 % — Episodios bruscos e inesperados de descontrol con la violencia. — Poseen mejores habilidades interpersonales. — Conciencia de la inadecuación de la violencia como estrategia de afrontamiento. FUENTE: Adaptación de Fernández-Montalvo y Echeburúa, 1997. c) Maltratadores sobrecontrolados Este subgrupo, difícil de precisar numéricamente, está menos estudiado. Estos sujetos, menos violentos que los de los grupos anteriores, practican el maltrato a nivel psicológico como un reflejo de sus carencias personales. En concreto, se trata de personas pasivas, dependientes y con rasgos obsesivos. Por último, y desde una perspectiva psicosocial, se puede clasificar a los maltratadores en prisión en dos grupos: violentos solo con la pareja/estables emocionalmente/integrados socialmente y violentos generalizados/poco estables emocionalmente y no integrados socialmente (Loinaz, Echeburúa y Torrubia, 2010). Desde un enfoque comunitario, según Fernández-Montalvo y Echeburúa (1997), es conveniente clasificar a los maltratadores en función de dos categorías: la extensión de la violencia y el perfil psicopatológico. Las características de esta clasificación figuran descritas en la tabla 8.4 de la página anterior. 8.4. INDICADORES DE RIESGO DE LA VIOLENCIA MACHISTA En el caso de la violencia contra la pareja, los malos tratos habituales, el abandono de la relación por parte de la mujer y los celos patológicos (o un sentido enfermizo de la propiedad) constituyen los indicadores de máximo riesgo para la mujer. Más en concreto, los factores de riesgo más significativos son los siguientes (Echeburúa, 2007; Gómez Hermoso, Muñoz, Vázquez Mezquita, Gómez Martín y Mateos, 2012; Lorente, 2004): 150 a) Dependencia emocional intensa de la víctima («si no te tengo a ti, no tengo nada»), con tendencia a acapararla y a aislarla del círculo familiar y de amigos. b) Creencia firme de que la víctima es la culpable de la pérdida de las expectativas de futuro del agresor. c) Impulsividad descontrolada, que se puede desatar incluso delante de los vecinos, los médicos, la policía o los jueces. d) Uso de la violencia en otros contextos (por ejemplo, en el trabajo o en el entorno social). e) Conductas persistentes de acoso o de ciberacoso si se ha producido el abandono por parte de la víctima. f ) Estado de ánimo deprimido y aislamiento del agresor, con dependencia acentuada de la víctima. g) Amenazas de muerte o de suicidio (cuando hay una depresión). h) Abuso de alcohol acompañado de ideas delirantes de celos. i) Consumo crónico de cocaína, que es especialmente peligroso por la desestructuración paranoide y la tendencia a la respuesta violenta que surge como consecuencia de la interpretación delirante de las conductas de la víctima (ideas delirantes de perjuicio). j) Esquizofrenia paranoide (si la víctima ocupa un lugar relevante en las ideas delirantes), sobre todo cuando no hay un control farmacológico. El riesgo de violencia se acentúa cuando en la víctima se activa su radar interno e intuye que él es capaz de ejercer conductas violentas contra ella. 8.5. HOMICIDIOS Y ASESINATOS EN LA RELACIÓN DE PAREJA Todavía hay muchos hombres que consideran que la libertad conquistada por las mujeres atenta contra la esencia de su identidad. Los casos de violencia grave contra la pareja se suceden a un ritmo preocupante, sin que la mayor sensibilización social y las medidas adoptadas por las Administraciones Públicas se muestren capaces de frenarlos. Las cifras de homicidio contra la mujer en la relación de pareja se mantienen relativamente constantes en los últimos años en España, si bien con una leve tendencia a la baja. De hecho, desde 2003 (cuando se cuenta con un recuento fiable) hasta 2010 la horquilla de asesinatos en España era de 60 a 70, incluso algún año por encima de estas cifras; de 2011 a 2015, la horquilla ha sido de 50 a 60; y en 2016 y 2017, la horquilla se ha situado entre 40 y 50. Puede haber picos, pero en general la tendencia es ligeramente descendente. Por otra parte, la tasa de homicidios es baja en relación con otros países europeos. Sin embargo, el año 2017 ostenta en España un dramático récord de víctimas infantiles, ocho niños y niñas asesinados como venganza contra sus madres, el año que más menores han muerto por violencia machista. Por tanto, la Ley Integral contra la Violencia de Género y el cambio de actitudes sociales no han conseguido detener, pero sí reducir, esta sangría de homicidios. Entre 151 2003 y 2016, 866 mujeres fueron asesinadas en España por sus parejas o exparejas (más de una a la semana, más de cinco por mes). Más de la mitad de las muertes violentas de mujeres en España (52,5 por 100) se producen a manos de sus parejas o exparejas. Es decir, la violencia machista destaca por encima del resto de motivaciones homicidas (Díez Ripollés, Cerezo y Benítez, 2017). 8.5.1. Denuncias en la relación de maltrato Las denuncias por violencia contra la pareja han experimentado un desarrollo creciente (alrededor de 142.000 en España en 2016), pero, aun así, constituyen la punta de un iceberg que no representa más allá del 35 por 100 de los casos existentes. De hecho, por ejemplo, y por citar únicamente el caso más dramático de violencia contra la pareja (el asesinato de la mujer), solo el 20-30 por 100 de las mujeres fallecidas en España habían presentado denuncia con anterioridad, lo que quiere decir que hay una enorme bolsa de maltrato oculto y que la mayoría de las víctimas o no se atreven a denunciar por temor o subestiman el riesgo que corren. Lo que frena a la víctima para presentar la denuncia es, entre otras razones, el miedo a la venganza del agresor, la desconfianza en el sistema policial y judicial, la falta de apoyo familiar o social, el deseo de no perjudicar al agresor (por la dependencia emocional o económica hacia este) y de no causar problemas a los hijos, el temor a la desintegración de la familia o el sentirse deprimida e incluso parcialmente culpable del fracaso de la relación (Redondo y Garrido, 2013). De este modo, aún hay mujeres que se ocultan a sí mismas las agresiones que reciben y que construyen una narrativa equivocada de lo que les está ocurriendo al negar o minimizar la violencia, al considerarla más o menos «normal» o al atribuirse ellas mismas la culpa por lo ocurrido. Sin embargo, hay mujeres que dan el paso de acudir al sistema judicial. La denuncia puede surgir por una conducta que las despierta (incidente crítico): la extensión de la violencia a los hijos, la intervención de una amiga o el apoyo de la familia. En ese momento puede haber una transición desde el miedo al desprecio, combinado al mismo tiempo con la percepción de peligro. Las ventajas de la denuncia son múltiples: poner fin al abuso y a la humillación, adquirir confianza y respeto, recuperar el control de la propia vida, rescatar a los hijos de un entorno de violencia, relacionarse con otras personas, evitar la impunidad del agresor, y empezar a contar con una protección policial y judicial. Ahora bien, una denuncia, si no hay una protección efectiva de la mujer y no se cuenta con un cierto apoyo social y familiar, puede ser una decisión problemática en determinadas circunstancias. La denuncia supone hacer trascender el problema del ámbito privado al público. La denuncia es así una amenaza a la identidad del agresor, que puede desatar en él una reacción visceral e incluso precipitar un desenlace dramático para la víctima. Una denuncia por malos tratos o el mero abandono del hogar suponen para el maltratador, acostumbrado a actuar en la impunidad y en el silencio, una exhibición pública de su condición en un momento histórico en que sus 152 conductas ya no gozan de permisividad social (Cobo, 1999). 8.5.2. Riesgo de homicidio para las víctimas El punto de máximo riesgo físico para la mujer suele ser el momento de la separación, cuando la víctima se rebela y cuando el hombre se da cuenta de que la separación es algo inevitable. El riesgo aumenta si ha habido con anterioridad violencia física y un aumento creciente de los episodios violentos, si ha habido agresiones o amenazas recientes con armas u objetos contundentes, si el hombre se opone radicalmente a la separación, si ejerce conductas de acoso, si consume alcohol y drogas, o si muestra alteraciones psicopatológicas (celos infundados, impulsividad extrema, dependencia emocional, depresión, etc.). Además, muchos de estos agresores tienen una historia de conductas violentas, bien con parejas anteriores, bien con otras personas (por ejemplo, compañeros de trabajo) o bien consigo mismos (intentos de suicidio), y muestran una situación social complicada (por ejemplo, estar en paro y sin apoyo familiar) (Echeburúa y Corral, 2009). En el caso de los homicidios contra la pareja, los malos tratos habituales, el abandono y los celos (o las conductas controladoras extremas) constituyen una trilogía letal. Por ello, en estos casos la mujer puede requerir la ayuda de otras personas o de mecanismos sociales protectores para cortar esos lazos traumáticos (Garrido, 2001). La ruptura no deseada de la pareja desencadena en el hombre graves consecuencias de profundo dolor y frustración. En ese momento puede abrirse la puerta de las reivindicaciones y de la expresión de los agravios, al hilo de la desintegración del proyecto de vida, de la pérdida de la persona amada o del desprecio. A ello se añade a veces el alejamiento de los hijos, la privación del hogar o el empeoramiento de su calidad de vida. Todo ello, valorado subjetivamente como una agresión injusta, puede incitar a la venganza, sobre todo cuando el agresor se siente humillado, carece de una red de apoyo social y tiene problemas económicos (Cobo, 2009). La valoración del riesgo tiene que centrarse en la peligrosidad de los agresores (gravedad del trastorno psicológico, consumo de drogas, violencia como forma habitual de relación, falta de habilidades para gestionar conflictos, dificultad para la expresión de emociones o sensación de acorralamiento) y en la vulnerabilidad de las víctimas (edad muy joven o muy mayor, nivel de estudios bajo, trabajo poco cualificado, autoestima deficiente, apoyo social/familiar escaso, condición de inmigrante, consumo de drogas o antecedentes de violencia en otras relaciones), así como en el tipo de interacción entre unos y otras (dependencia emocional/económica) (Echeburúa, Fernández-Montalvo y Corral, 2009) (tabla 8.3). A veces el hombre, por venganza contra su pareja (a la que, además, hace sentirse culpable) y por una profunda humillación (engaño o abandono), puede matar a sus hijos (en lugar de a su pareja) para herirla donde más le duele. Así, por ejemplo, J. B. mató en 2011 a sus dos hijos en una ciudad andaluza e incineró sus cuerpos como 153 venganza contra su entonces esposa, que le había pedido la separación días antes. En estos casos los pequeños pierden la vida utilizados como víctimas instrumentales de una violencia machista y planificada. Matar a los hijos es una forma de venganza extrema y supone asegurarse de que la mujer no se recuperará jamás. 8.5.3. Perfil de los homicidas Lo que lleva al homicidio de la pareja o expareja es un cúmulo de circunstancias que son variables de unos casos a otros. La ideología machista suele estar presente, pero también lo están otras circunstancias: aumento de discusiones, divorcio no asumido, infidelidades de la pareja que ponen en cuestión la autoestima del sujeto, etc. La incapacidad de gestionar o tolerar la frustración de sus expectativas es un factor que aparece con frecuencia en los agresores. Los hombres homicidas pueden mostrar una gran dependencia emocional hacia su pareja («yo tengo solamente una vida y mi vida solo tiene sentido con ella»), estar obsesionados por ella («la necesito junto a mí, no hago más que pensar en ella y debe estar siempre conmigo») o no asumir la ruptura («en estos cinco años lo he dado todo por ella; no puede ahora abandonarme») (Lorente, 2004). En la mente de los futuros homicidas se empiezan a desarrollar, a partir de una creencia fija, ideas obsesivas prolongadas y perseverantes que suponen una visión catastrofista de la situación actual («mi vida no tiene ningún sentido»; «todo va de mal en peor»; «hay que acabar con esto»), así como una atribución de culpa a la pareja («mi mujer es culpable de todo lo malo que me ocurre»; «me mira con malos ojos y me desprecia»; «quiere abandonarme»; «me engaña con otro»), sin ninguna esperanza en el futuro («haga lo que haga, todo va a ir de mal en peor») (Cobo, 2009). Este proceso cognitivo puede expresarse en forma de explosiones violentas parciales pero repetidas, que constituyen las señales de alarma para la víctima, o incubarse de forma silenciosa u opaca, a modo de una olla de presión, que está en ebullición pero que no se manifiesta en forma de indicadores externos (conductas violentas). En este segundo caso de incubación silenciosa las ideas fijas están presentes, la respuesta emocional a nivel interno es muy intensa y las conductas de la víctima se perciben como un desafío para el agresor. Lo único que se observa al exterior son conductas de ensimismamiento, de desgana generalizada, de aislamiento social o de autodestrucción (consumo abusivo de alcohol o de fármacos) (Cobo, 1999). El resultado final de este proceso puede ser un homicidio, a modo de conducta explosiva, coincidente con el momento en el que el agresor se siente ya desbordado por la situación de malestar y se muestra incapaz de articular algún tipo de solución. De este modo, se genera un desequilibrio profundo y surge la convicción de la muerte homicida como algo inevitable («ya no tengo nada que perder»). Es el caso, por ejemplo, de un hombre que, tras un divorcio reciente no asumido, entra, lleno de ira, en casa de su expareja y se lía a cuchilladas con ella hasta matarla. En general, hay 154 una extraordinaria brutalidad, un factor sorpresa y una situación de indefensión por parte de la víctima. Se observa con frecuencia un furor homicida (puñaladas reiteradas). La probabilidad de un feminicidio es mayor cuando el agresor presenta un estilo de conducta violento o alteraciones psicopatológicas (trastornos de personalidad graves, deterioro cognitivo en personas mayores, consumo de alcohol y drogas, celos patológicos, etc.), cuando la víctima es vulnerable y cuando la interacción entre ambos está sujeta a un nivel alto de estrés (situación económica precaria, problemas de vivienda, hijos difíciles, etc.). En el estudio de Cerezo (2000) los principales factores psicosociales de riesgo para las mujeres víctimas eran los siguientes: llevar casadas más de 12 años, haber recibido malos tratos habituales y amenazas de muerte, pertenecer a una clase social baja, haber abandonado a su agresor después de una larga convivencia y llevar separadas de hecho menos de 9 meses. En estos casos el homicidio era el último episodio de una historia anterior de malos tratos. Los perfiles psicosociales de los homicidas de pareja son muy variables. Sin que sea posible establecer una clasificación precisa, hay homicidas ocasionales, que no tienen rasgos de violencia previos y son responsables de cerca del 45 por 100 de los asesinatos; homicidas sociópatas, con dificultades de socialización y que cuentan con antecedentes penales o policiales (el 20 por 100); homicidas inestables emocionalmente, que no tienen un control sobre sus emociones y que viven intensamente las preocupaciones (el 30 por 100); y, finalmente, los homicidas psicópatas, que muestran dificultades de empatía y no se arrepienten de sus conductas negativas (el 5 por 100) (Santos y González, 2017). En cualquier caso, no hay un patrón homogéneo en los asesinatos machistas, ni siempre hay antecedentes de violencia en los agresores, lo que hace difícilmente predecible el asesinato en muchos casos. Hay personas en apariencia normales que pueden llevar a cabo conductas profundamente reprobables en situaciones concretas (Echeburúa y Corral, 2009). 8.5.4. Suicidio de los agresores Los asesinos de pareja se suicidan en torno a un 20 por 100 y lo intentan, sin conseguirlo, en un 10 por 100 de los casos. Es decir, los suicidios e intentos de suicidio en los homicidios de pareja suponen casi un tercio del total. Se suicidan frecuentemente con el mismo instrumento usado para matar (no con el menos doloroso) y no suele haber habitualmente notas explicativas. El suicidio se da más en los agresores más integrados familiar y socialmente, por temor a las repercusiones negativas de la conducta realizada. Los homicidas-suicidas son hombres más o menos adaptados socialmente que matan a su pareja o expareja y se suicidan a continuación. Se trata en estos casos de un suicidio evitativo, cuyo objetivo es eludir las consecuencias posteriores al homicidio (rechazo social, enfrentamiento a los hijos y familiares, y castigo penal) (Echeburúa y Corral, 2009). A veces hay suicidios en cortocircuito, en los que una persona comete un asesinato 155 u homicidio y se suicida cuando se percata del alcance de lo que ha hecho. A la ira se suma la desesperación, más aún si se trata de personalidades dependientes o narcisistas. Por ello, rehúyen tener que enfrentarse a la censura pública por haber dado muerte a su antigua compañera. El suicidio es, por ello, una salida. Otras veces las víctimas de los homicidas-suicidas son los propios hijos. El 85 por 100 de los homicidas-suicidas son hombres. En casi el 75 por 100 de los casos la víctima del homicidio suele ser la pareja o expareja del sujeto, pero en otros casos las víctimas son los hijos u otros familiares, por ejemplo, suicidándose con el coche de forma intencionada y matando simultáneamente a sus hijos por venganza contra su expareja, como ocurrió en un pueblo de Las Palmas de Gran Canaria en 2012. La intencionalidad de este acto respondió a la misma frase («te voy a dar donde más te duele») que utilizó un parricida de 29 años con antecedentes policiales por violencia machista que mató a su hija de un año al lanzarse al vacío con ella desde un cuarto piso en el hospital madrileño de La Paz en febrero de 2017. Lo que lleva habitualmente a la realización de estas conductas es la venganza, impulsada por la ira y el deseo de castigar de un hombre que se siente abandonado por su pareja, que está obcecado con ella o que padece alucinaciones o ideas delirantes o victimistas en el contexto de un trastorno mental. Otras veces suicidarse matando también a sus hijos puede responder a una doble motivación en la mente del suicida-homicida: a) atribución de culpabilidad a los propios hijos; y b) un acto de piedad imaginaria (se les mata porque, después de esa tragedia, ya no pueden vivir como niños normales, porque su futuro estaría arruinado) (Echeburúa y Corral, 2009). En otros casos los asesinos se entregan a la policía (más de un tercio). La estrategia utilizada en estos casos es no huir o entregarse. Se trata en estas circunstancias de personas que se hallan en una situación de shock (es decir, que tienen una percepción confusa o inadecuada de lo ocurrido, como sucede en algunos casos de arrebato o de deterioro cognitivo) o que perciben el asesinato como una respuesta justificada (como ocurre, por ejemplo, en muertes homicidas que responden a una justificación de tipo delirante de origen psicótico) (Cobo, 1999). En general, y a diferencia de otros homicidios vinculados al narcotráfico, al terrorismo o al ajuste de cuentas, los hombres no intentan la huida, excepto que tengan antecedentes de peligrosidad delictiva. 8.5.5. ¿Se puede predecir la muerte de la víctima? Al margen de que habitualmente la muerte de la víctima es el último eslabón de una cadena de conductas de violencia creciente, hay veces (entre un 25 por 100 y un 40 por 100 de todos los casos) en que el asesinato ha sido impredecible porque no ha habido un aumento de los incidentes violentos ni de la gravedad de las lesiones en las últimas semanas. Es decir, o hay una violencia grave cronificada y en aumento, que es el perfil más habitual, o una violencia explosiva circunstancial y que resulta en buena parte impredecible (Echeburúa y Corral, 2009). Hay ocasiones en que la sociedad (la familia, los vecinos, la justicia, etc.) ha 156 tenido conocimiento del riesgo corrido por la víctima y no ha tomado las medidas adecuadas para su protección pero, en muchos casos, el problema radica en las propias víctimas. ¿Qué ocurre para que solo el 20-30 por 100 de las víctimas mortales haya presentado una denuncia previa y haya podido, por tanto, beneficiarse de una protección judicial? Las razones son diversas (Cobo, 1999): a) Falta de conciencia. No hay agresiones previas que sirvan como signos de alerta y las posibles señales de aviso no se han interpretado, por parte de la víctima, como situaciones de riesgo, por lo que en estos casos se trata de homicidios silenciosos. b) Tolerancia a la agresión o subestimación del riesgo. Ha habido agresiones previas, pero la víctima las ha minusvalorado, bien porque ha adquirido una cierta tolerancia a la agresión, bien porque ha subestimado el riesgo futuro al pensar que no iban a ir a más. Se trata de un mecanismo adaptativo para seguir soportando agresiones, pero evita las medidas de autoprotección o de protección externa. c) Miedo al agresor. La víctima es consciente del peligro, pero tiene miedo a denunciar por la posible reacción de su pareja o expareja. En resumen, desde la perspectiva de la víctima, se plantean dos problemas importantes: a) la falta de conciencia y la tolerancia a la agresión, que se acompañan de una disminución de la autoprotección o de la búsqueda de protección externa, y b) la ambivalencia de la víctima (resultado de la doble identidad de la mujer como persona y como madre) cuando ya se ha detectado el problema y ha tomado conciencia del riesgo, que le puede llevar a variar su posición de autoprotección o de búsqueda de protección, llegando incluso a bloquear las medidas de protección. Las actitudes ambivalentes de las víctimas, con las que hay que contar en el ámbito de la violencia machista, constituyen una rémora para su protección efectiva. Hay víctimas que se niegan a declarar contra su pareja, otras que mienten («me di el golpe en la bañera»; «no recuerdo exactamente lo que ocurrió porque estaba muy nerviosa») y otras que, tras presentar una denuncia, se retractan posteriormente de su testimonio. 8.5.6. Reflexiones finales El asesinato de una víctima de violencia de pareja depende de muchas circunstancias, entre otras de las características del agresor (historial de violencia en relaciones anteriores, alteraciones psicopatológicas, deterioro cognitivo, abuso de alcohol y drogas, etc.) y de la propia vulnerabilidad de la víctima, así como del tipo de relación existente entre ambos (existencia de agresiones anteriores, situación económica, denuncias previas, trámites de separación, conductas de acoso, etc.). Hay algunos elementos de contención que tienden a inhibir esta secuencia de destrucción, como son el rechazo social explícito a la violencia de todo tipo en las 157 relaciones de pareja, el apoyo familiar y social, la protección de la sociedad a la víctima y la ayuda terapéutica a los agresores con dificultades psicológicas (Echeburúa, 2004; Echeburúa, Amor y Fernández-Montalvo, 2002; Quinteros y Carbajosa, 2008). A veces las decisiones judiciales de protección a la víctima pueden facilitar las respuestas explosivas de los agresores ya que pueden provocarles una ruptura biográfica brusca (detención inmediata, permanencia en el calabozo, deprivación sensorial, salida instantánea del domicilio conyugal, pérdida de contacto con los hijos o problemas económicos o laborales), así como un elevado nivel de falta de expectativas (no tener nada que perder). La prevención es el principal reto en el ámbito del homicidio de pareja. Hay que alertar a las víctimas sobre el peligro de subestimar el riesgo (no presentando denuncias) o de bajar la guardia (pensando que el peligro ya ha pasado y retirando las medidas de protección y de autoprotección). En todos estos casos hay que convencer a la víctima de que las agresiones son peligrosas y de que ellas necesitan una protección (externa e interna). Cuando la incubación del homicidio es silenciosa, se debe prestar atención a los cambios de conducta del agresor (depresión, aislamiento social, abuso de alcohol o fármacos, etc.) y darle la ayuda terapéutica necesaria, al mismo tiempo que buscar medidas de autoprotección para la víctima (Cobo, 2009). Por último, los homicidas constituyen un grupo heterogéneo, pero presentan algunas características de personalidad y muestran algunos comportamientos que ayudan a identificarlos. Muchos de los homicidas acaban por suicidarse o por entregarse a la policía. Las víctimas deben aprender a detectar los signos de alarma que pueden desencadenar una agresión grave. 158 9 El suicidio Si bien la definición de suicidio parece relativamente clara etimológica y conceptualmente (muerte producida por uno mismo con la intención determinada de poner fin a la propia vida), el término resulta polisémico. De hecho, más allá del suicidio consumado, las conductas suicidas que aparecen en la clínica psicológica se presentan de forma muy diversa, responden a motivaciones distintas y requieren, por ello, de vías de intervención también diferentes (Grupo de Trabajo, 2011). El suicidio es una urgencia vital ubicada no solo en un contexto biográfico de pérdida de la salud de la persona, sino también de debilitamiento de sus redes afectivas y sociales. Así, en la toma de decisiones de una persona que se implica en una conducta suicida hay tres componentes básicos: a) a nivel emocional, un sufrimiento intenso; b) a nivel conductual, una carencia de recursos psicológicos para hacerle frente, y c) a nivel cognitivo, una desesperanza profunda ante el futuro, acompañada de la percepción de la muerte como única salida. Por ello, el suicidio no es un problema moral. Es decir, quienes intentan suicidarse no son cobardes ni valientes; solo son personas que sufren, que están desbordadas por el sufrimiento y que no tienen la más mínima esperanza en el futuro (Bobes, Giner y Saiz, 2011). Sin embargo, muchas personas que llevan a cabo una conducta suicida no quieren morirse (de hecho, son muchas más las tentativas suicidas que los suicidios consumados); lo único que quieren es dejar de sufrir y, por eso, pueden estar contentos de no haber muerto una vez que el sufrimiento se ha controlado (Spirito y Donaldson, 1998). 9.1. EPIDEMIOLOGÍA El suicidio constituye un problema de salud pública. Según la Organización Mundial de la Salud (Värnik, 2012), cada año se suicidan en el mundo entre 800.000 y 1.000.000 de personas (tasa de 11,4 personas por cada 100.000 habitantes), lo que sitúa al suicidio en una de las cinco primeras causas de mortalidad. Pero los intentos de suicidio son 10 o 20 veces más numerosos. Hay más personas que fallecen por su propia voluntad que la suma total de todos los muertos provocados por homicidios y guerras, lo que no deja de resultar sorprendente. Por lo que a España se refiere, el suicidio es la principal causa de muerte no natural. Todos los años se producen de 2.500 a 4.500 suicidios consumados (en 2016, 3.569 suicidios declarados) y en torno a 25.000-50.000 intentos de suicidio. La tasa de suicidios consumados en España (8,4 por 100.000 habitantes en 2014) está lejos de 159 las desorbitantes cifras de los países de Europa del Este, como Lituania, Rusia o Hungría, o de los países ricos de Asia, como Corea del Sur o Japón. Sin embargo, la tasa de suicidios española es más de diez veces mayor que la de víctimas de asesinatos (292 en 2016) y más de dos veces que la de víctimas de accidentes en carretera (1.810 en 2016), con la diferencia respecto a estas de que no se percibe una reacción similar (a nivel preventivo, por ejemplo) por parte de la sociedad (Saiz y Bobes, 2014). Más allá de estas cifras oficiales, probablemente por debajo de las reales en un 1030 por 100 (Giner y Guija, 2014), el impacto psicológico de la conducta suicida alcanza directa y dramáticamente a los familiares del fallecido. No se puede dejar de lado a los seres queridos de la persona que se ha matado. El suicidio es, probablemente, la muerte más desoladora que existe. A los supervivientes, además del dolor de la pérdida, les queda con frecuencia la vergüenza de revelar el motivo real del fallecimiento y el sentimiento de culpa por lo que se pudo haber hecho y no se hizo (Echeburúa, 2015). 9.2. SUICIDIO, EDAD Y SEXO Las formas de presentación de las conductas suicidas en la clínica (en concreto, la letalidad de la conducta, los métodos utilizados, las motivaciones específicas y el riesgo de reincidencia) varían mucho en función de la edad y del sexo (Grupo de Trabajo, 2011; Spirito y Donaldson, 1998). 9.2.1. Suicidio y edad Si bien el suicidio se produce fundamentalmente en las edades medias de la vida, hay actualmente dos picos crecientes en las cifras obtenidas: la adolescencia/juventud (el 25 por 100 del total de suicidios consumados) y la vejez. A medida que avanza la edad, la ratio entre las tentativas de suicidio y el suicidio consumado es menor, lo que implica que en las personas adultas una gran parte de las tentativas suicidas acaba por consumarse. Por lo que a los adolescentes y jóvenes se refiere, el suicidio es un asunto que se ha convertido en un problema creciente de salud. En España es la primera causa externa de muerte. Además, es la primera causa absoluta de muerte en los varones de 15 a 29 años y la segunda causa, después de los tumores, en las mujeres de la misma edad. En concreto, cada año en España se quitan la vida más de 300 jóvenes menores de 30 años, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), una cifra que va aumentando de manera lenta pero constante. De cada tres suicidios, dos son cometidos por chicos. Pero de cada tres intentos, dos por chicas. Los desencadenantes de la tentativa de suicidio o del suicidio consumado en esta etapa de la vida son los siguientes: a nivel clínico, el consumo abusivo de alcohol/drogas o la aparición de una depresión o de un brote psicótico; a nivel 160 ambiental, un entorno familiar y social deteriorado, un desengaño amoroso (las tormentas emocionales son más intensas a estas edades), una orientación sexual no asumida, el fracaso escolar reiterado o el acoso o ciberacoso; y a nivel psicológico, la presencia de algunas características de personalidad: impulsividad, baja autoestima, inestabilidad emocional o dependencia emocional extrema. Es decir, se trata mayoritariamente de chicos, de carácter impulsivo y agresivo, con depresión, ansiedad u otro tipo de psicopatología que, además, abusan del alcohol u otras drogas. En resumen, estos factores de riesgo se suelen combinar con otras circunstancias externas que hacen que los adolescentes vulnerables se vean incapaces de afrontar los desafíos de la vida. A veces hay un infierno de depresiones, fracasos amorosos y abuso de psicofármacos. Este es a grandes rasgos el perfil de los adolescentes que acaban quitándose la vida. Ocurre, sin embargo, que muchos adolescentes utilizan métodos menos efectivos, como la ingestión de fármacos o los cortes superficiales en los antebrazos, que suponen una poderosa llamada de atención respecto al malestar emocional en que se encuentran y que alteran profundamente la dinámica familiar/social, pero que no entrañan un peligro directo para su vida, al menos a corto plazo (Spirito y Donaldson, 1998). Actualmente el riesgo se intensifica entre los adolescentes especialmente con la introducción invasiva de Internet. Las redes sociales han disparado las posibilidades comunicativas, pero también el descontrol. El resultado es el llamado cibersuicidio, como se define a «la acción de quitarse la vida, motivada por la influencia de páginas web (con contenido de ayuda, influencia o motivación para cometer suicidio), salas de chat y foros de Internet». Además, en ese universo digital se intercambian ideas sobre autolesiones y suicidio como si fueran soluciones reales a los problemas y angustias padecidos. A su vez, las personas adultas pueden experimentar una sensación de fracaso personal, laboral y familiar o un reproche social que les sume en una profunda desesperanza. Si a esta situación se añade la presencia de soledad, de una red pobre de apoyo familiar o social, de trastornos mentales (depresión especialmente) o de enfermedades crónicas incapacitantes o con mal pronóstico, estas personas planifican el acto, lo realizan aisladamente y pueden usar métodos rápidos y efectivos, tales como la precipitación, el ahorcamiento, el atropello por un tren o el recurso a un arma de fuego. Por último, el suicidio tiene unas connotaciones especiales entre las personas mayores. Cualquier anciano experimenta, en mayor o menor medida, la proximidad de la muerte, que suele verbalizar de alguna manera, pero hay una gran distancia entre este hecho y el suicidio. No obstante, el suicidio es más frecuente en personas ancianas, más si están solas, deprimidas (lo que no siempre se diagnostica adecuadamente, al confundirse con el deterioro cognitivo) y con enfermedades incapacitantes. Los ancianos pueden no dar señales ni haber cometido tentativas previas de suicidio. Entre las motivaciones de los ancianos figuran la soledad, en el caso de la pérdida de pareja o de abandono de los hijos, la sensación de ser una carga 161 para los demás y las enfermedades crónicas graves, sobre todo cuando generan depresión, malestar, incapacidad funcional y aislamiento social (soledad, viudedad, reclusión no deseada en un centro geriátrico). Los ancianos realizan menos intentos autolíticos que los jóvenes, pero utilizan métodos más efectivos al intentarlo, lo que lleva a una mayor letalidad. La precipitación es uno de los métodos más utilizados por los ancianos (Agüera y Majadas, 2006). 9.2.2. Suicidio y sexo La incidencia del suicidio entre las mujeres es tres o cuatro veces menor que entre los hombres porque su habilidad letal o, lo que es más importante, su determinación para provocarse la muerte, resulta inferior. Entre las posibles razones de este hecho se encuentran la misión de la mujer como protectora de la vida y su mayor rechazo hacia la violencia, por lo que se suicida menos. Cuando lo hace, recurre a métodos más pasivos y silenciosos, tales como la intoxicación con fármacos o la inhalación de monóxido de carbono (la muerte dulce), que produce en la persona una especie de sopor indoloro hasta perder la conciencia, por lo que no se tiene la sensación de morir. Asimismo, los hombres son más impulsivos, tienen una menor tolerancia al sufrimiento crónico, les cuesta más buscar ayuda ante el malestar emocional y están más afectados por trastornos adictivos. A su vez, el mayor índice de suicidios masculinos guarda relación con la forma en que el hombre vive sus dificultades personales: a) el hombre soporta peor la soledad o la ruptura de pareja; b) no suele hablar de sus problemas, por lo que no libera su carga de sufrimiento, y c) vive en general con mayor estrés y angustia su actividad laboral. Las mujeres realizan tres veces más tentativas de suicidio que los hombres, pero estos consiguen consumar el suicidio tres veces más que las mujeres. Las tentativas de suicidio entre las mujeres responden más a una llamada de atención, especialmente entre las chicas jóvenes, y muestran una propensión a este tipo de conductas cuando están afectadas por problemas interpersonales graves (violencia de pareja, abuso sexual, infidelidades reiteradas, etc.). En resumen, los suicidios consumados se dan más en hombres de cierta edad, con una premeditación clara y con métodos expeditivos (ahorcamiento, precipitación o armas de fuego), mientras que las tentativas de suicidio aparecen más en chicas jóvenes que recurren de forma impulsiva a la ingestión de fármacos y que revelan con esta conducta extrema, a modo de mecanismo de huida, la existencia de un problema emocional que les genera un gran malestar y que desborda sus recursos de afrontamiento (Värnik, 2012). 9.3. VARIANTES DE LA CONDUCTA SUICIDA Las conductas suicidas se pueden manifestar de distintas formas en la clínica. A 162 un nivel conductual, la conducta suicida puede mostrar diferentes caras: el suicidio consumado, el suicidio frustrado, las tentativas de suicidio o parasuicidios y los equivalentes suicidas. 9.3.1. Suicidio consumado En el caso del suicidio consumado el sujeto consigue intencionadamente acabar con su vida. Los métodos utilizados son muy expeditivos: ahorcamiento, precipitación desde un edificio o un puente, arrojarse a las vías del tren, lanzarse a un río o al mar, pegarse un tiro o clavarse un arma blanca en una zona sensible, etcétera. 9.3.2. Suicidio frustrado Por el contrario, en el caso del suicidio frustrado, a pesar de que el sujeto tiene una intención inequívocamente suicida y de que ha utilizado un procedimiento habitualmente letal (ahorcamiento, precipitación, arma de fuego), el suicidio no se consuma por la inexperiencia del sujeto en el manejo del método, por la rápida intervención de los servicios médicos o de la comunidad familiar o social o, simplemente, por azar (Spirito y Donaldson, 1998). 9.3.3. Tentativas de suicidio o parasuicidios Mención aparte merecen las tentativas de suicidio o parasuicidios. La persona se causa deliberadamente un daño, sin la intención aparente de quitarse la vida, con consecuencias no-fatales, pero que pueden accidentalmente llevar a la muerte, y con el recurso a procedimientos habitualmente no letales, tales como la ingestión de fármacos o las autolesiones superficiales. El objetivo de esta conducta extrema es manipular a personas próximas y producir cambios en el entorno. Se trata de una llamada de atención con diversas finalidades: vengarse de alguien, mostrar lo desesperado que se está, buscar ayuda, averiguar si alguien le quiere realmente, huir temporalmente de algo insoportable o mostrar lo mucho que se le quiere a una persona. Con frecuencia el sujeto está en una posición ambivalente: desea morir si su vida continúa de la misma manera y desea vivir si se producen cambios significativos en ella (Blasco-Fontecilla et al., 2010). Es importante en estos casos llevar a cabo el diagnóstico diferencial entre el suicidio frustrado y el parasuicidio. En el primer caso se realiza una planificación por adelantado, el método elegido es objetivamente muy peligroso y el sujeto se arrepiente claramente de no haber conseguido su objetivo. Así, por ejemplo, cualquier persona que planifique detenidamente su muerte o decida quitarse la vida ahorcándose, ahogándose o mediante el uso de armas de fuego o con saltos al vacío y no lo consiga, es muy probable que lo vuelva a intentar y lo logre (Tiffón, GonzálezFernández y Arroyo, 2009). 163 9.3.4. Equivalentes suicidas A su vez, los equivalentes suicidas se refieren a conductas habituales en las que una persona se expone voluntariamente de forma regular a situaciones de riesgo o peligro extremo que escapan a su control, como la conducción temeraria de vehículos o la implicación al límite en deportes de riesgo, o se involucra en conductas que deterioran gravemente su salud, recurriendo, por ejemplo, al consumo abusivo de alcohol o drogas. 9.3.5. Amenazas suicidas e ideación suicida A un nivel cognitivo, pueden aparecer las amenazas suicidas, que suponen una ideación suicida específica expresada al entorno, pero en la que todavía no existen conductas encaminadas a la consecución de la muerte. Sin embargo, las amenazas, sobre todo cuando vienen acompañadas de un plan suicida, pueden predecir una posible conducta suicida en un futuro cercano. Por último, la ideación suicida, frecuentemente no expresada a otras personas por motivos de vergüenza, se refiere a pensamientos sobre el suicidio que suelen ser duraderos en el tiempo. No se trata meramente de una falta de ganas de vivir, sino de un deseo activo persistente de poner fin a la vida que se mantiene de forma reiterada en la mente de la persona. En definitiva, el suicidio se mueve a lo largo de un continuo de diferente naturaleza y gravedad, que oscila desde la mera ideación (idea de la muerte como descanso, deseos de muerte, ideación suicida y amenazas) hasta la gradación conductual creciente (gestos, tentativas y suicidio consumado) (Spirito y Donaldson, 1998). 9.4. MÉTODOS DE SUICIDIO En general, son tres los mecanismos que producen la muerte voluntaria: a) asfixia (impedimento de la respiración), conseguida por la constricción brusca y duradera de las vías respiratorias (ahorcamiento) o por la inmersión en el agua (asfixia por sumersión); b) grandes traumatismos, bien inducidos por el propio organismo (precipitación de grandes alturas, que experimenta una tendencia creciente en las grandes ciudades), bien por una fuerza exterior (atropello por un tren o por el metro), o bien por la ayuda de instrumentos lesivos (armas blancas y de fuego), y c) intoxicaciones (acción química intensa de una sustancia ajena al organismo) (medicamentos, productos cáusticos, gas, plaguicidas, etc.). La precipitación desde una gran altura (en entornos urbanos), el ahorcamiento (más en gente del campo o venida a la ciudad), la sumersión en ríos o en el mar, y las armas de fuego (sobre todo, en policías, militares y cazadores) son los métodos más utilizados, sin dejar de lado la importancia creciente de la ingestión de fármacos o de la inhalación de gas. La muerte dulce que supone la inhalación de monóxido de 164 carbono (gas) es una especie de borrachera mortal e indolora: la persona siente una especie de sopor o borrachera hasta perder la conciencia, por lo que no se tiene sensación de morir (falta de oxígeno en el cerebro). Normalmente se recurre a los métodos que la persona tiene más a mano. Es raro que una persona que vive en una planta baja se arroje desde lo alto de un edificio, como lo es que una persona que no sea militar, policía o cazador recurra a un arma de fuego. Los suicidios de tipo violento (como precipitarse desde cierta altura, usar armas blancas o de fuego, o el ahorcamiento) son más habituales entre varones, mientras que las mujeres recurren con más frecuencia al consumo de fármacos o sustancias. Cuanto más violento es el método elegido, más incidencia de patologías psiquiátricas subyacentes suele haber en la persona afectada. Ha habido algunos casos en que se ha recurrido a un amago de ahorcamiento como fuente de obtención de placer sexual. La emisión de semen se da en cualquier cadáver que tiene una muerte convulsiva, especialmente en el ahorcamiento, lo que ha llevado a algunas personas a una muerte accidental por autoasfixia erótica al buscar en la presión del cuello una mayor prolongación del orgasmo. En estos casos se trata de varones jóvenes desnudos que recurren a cinturones o cuerdas anudadas alrededor del cuello y que se masturban, frecuentemente con material pornográfico (revista, vídeos, etc.) y delante de un espejo. Lo que inicialmente se usa para intensificar la gratificación que produce la masturbación tiene el grave peligro de convertirse por un fallo de segundos en una pérdida de conciencia irreparable que conduce al sujeto a la muerte por autoestrangulamiento. Este fenómeno ha ocurrido más frecuentemente en personas con depresión o deseos inconscientes de muerte (Delgado y Delgado, 2013). 9.5. SUICIDIOS MÚLTIPLES El suicidio es una conducta que afecta, por definición, a la decisión reflexiva o impulsiva de una persona sobre su propia vida. Sin embargo, hay ocasiones en que hay más de una persona implicada directamente en el comportamiento suicida del sujeto. 9.5.1. Pacto de suicidio Se trata en este caso de una muerte consensuada y acordada previamente. Los dos miembros de una pareja (homo o heterosexual) deciden poner fin a su vida de forma conjunta como resultado de una desesperanza compartida, a veces en un acto supremo de amor, cuando esa relación se encuentra imposibilitada (por los padres, por ejemplo). Los parientes, como en todo suicidio, se sienten profundamente culpabilizados. Ha habido parejas de jóvenes que se han llegado a ahorcar con la misma cuerda, permaneciendo abrazados más allá de la muerte. La historia de la literatura está cuajada de muertes compartidas de amantes, como Calixto y Melibea, 165 Romeo y Julieta, Dafnis y Cloe, etcétera. A veces se plantean estos suicidios pactados en personas de la tercera edad, sobre todo cuando hay una enfermedad terminal o se da una situación de soledad o de abandono por parte del entorno familiar. Es el caso de personas que están enfermas, no se pueden valer por sí solas, no cuentan con apoyo familiar y se niegan a dejar su casa y entrar en una residencia de ancianos. 9.5.2. Suicidio ampliado u homicidio por compasión El suicida, una vez decidida la conducta agresiva, decide matar primero a las personas a las que ama (una madre a sus hijos, un anciano a su pareja desvalida), pero sin su consentimiento, para después suicidarse con el objetivo de terminar con una situación de sufrimiento insostenible. Ocurre a veces en algunos depresivos que quieren preservar del dolor o del deshonor a sus familiares. En este caso no se cuenta con el consentimiento de la víctima. Se trata, a veces, de cometer una acción violenta con los seres queridos para evitarles, en la mentalidad del suicida, sufrimiento, fracaso, vergüenza o deshonor. Son suicidas que quieren morir matando. En cualquier caso, este tipo de suicidios es poco frecuente. El suicidio ampliado puede aparecer en mujeres deprimidas con síntomas psicóticos de depresión e ideación delirante de ruina y catástrofe o de culpa. La angustia derivada de la ideación delirante lleva a este tipo de conductas. La motivación en este caso es evitar a sus seres queridos el dolor de seguir vivos (Martín Vázquez, 2013b). A veces puede darse el caso de un suicidio ampliado o de un homicidio por compasión. En estos casos un marido compasivo anciano, con una motivación piadosa, quiere acabar con el sufrimiento de su mujer enferma y la mata, suicidándose él a continuación (sin embargo, no suele ocurrir al revés). Si la persona sobrevive, hay que hacer un diagnóstico diferencial entre la depresión previa y la depresión secundaria a los hechos. No hay que confundir este tipo de suicidio (en donde hay una preocupación por el «bienestar» de la víctima) con el feminicidio acompañado de suicidio (en donde un hombre asesina por venganza, odio o despecho a su pareja o expareja). 9.5.3. Suicidios colectivos concertados Los suicidios colectivos entre personas desconocidas pueden ser también pactados en Internet (clubes de suicidio), como ocurrió en Japón en octubre de 2004 y en febrero de 2005, en donde fallecieron 50 jóvenes cerca de Tokio al citarse para inhalar juntos monóxido de carbono después de ingerir somníferos. También ha ocurrido con tres chicas alemanas en 2011, de 16 a 19 años, que dejaron cartas de despedida. Este sistema contrasta con los pactos de suicidio tradicionales, donde las víctimas eran personas que mantenían estrechas relaciones afectivas entre ellas. 166 El Reino Unido se ha convertido en el tercer país, tras Japón y Corea del Sur, en víctimas de los clubes de suicidio. Estos clubes se aprovechan de gente solitaria y triste, pero con miedo a la muerte, para darles el último empujón. En realidad, funcionan como sectas. Una variante de estos suicidios son las matanzas sectarias. A veces con caracteres rituales, más o menos inducidos, que afectan a grupos de población relativamente joven, se han ligado estas muertes con problemas psicopatológicos y con adicciones a grupos de presión ideológica y sectas. El líder de una secta impone la muerte como símbolo y expresión de la defensa de supuestos ideales, casi siempre de carácter paranoico, y toma en sus manos su propio destino y el de sus seguidores. El líder ve en el suicidio una purificación de los pecados o una forma de ganarse el cielo. En este caso se mezclan de forma confusa los suicidios inducidos con los crímenes en masa. Algunos ejemplos de estas matanzas rituales son la del Templo del Pueblo en Guayana (1978), con 914 personas muertas, la de la secta de los Davidianos en Waco (Texas, EE.UU.) en 1993, con 87 fallecidos, o la de la secta de la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios, dirigida por sacerdotes excomulgados en Uganda en 2000, con 535 muertos, que se prendieron fuego en una iglesia. Estas matanzas pueden afectar más a los países del primer mundo. En África, en las zonas rurales, continúan arraigadas prácticas tradicionales animistas y de vudú, pero no suele haber cultos mesiánicos apocalípticos como en los países desarrollados. 9.5.4. Homicidio seguido de suicidio Este concepto se refiere a un acto en el que la persona mata a uno o más individuos y, al mismo tiempo o en unas pocas horas (no más de 24), se suicida. A veces es una mezcla de motivaciones diversas la que genera esta conducta, cuyo objetivo no es necesariamente alguien del entorno familiar. Es el caso del piloto A. L., de 27 años, que decidió suicidarse en un estado de ánimo deprimido y que decidió matar a todo el pasaje, estrellando el avión de la compañía Germanwings (Lufthansa) en los Alpes en marzo de 2015, con el resultado de 150 muertos. En este caso había una depresión severa (con abandono de la novia incluido), unos rasgos de personalidad obsesivos (en relación con los aviones, que formaban parte de su proyecto existencial) y narcisistas (se iba a hablar de él en todos los medios de comunicación). El método de suicidio elegido fue el que le resultaba familiar y tenía a mano (un avión) y el homicidio de todo el pasaje pudo representar un reproche contra la compañía o contra la sociedad a quien atribuía todos sus males, especialmente la frustración de no poder llegar a ser comandante de avión precisamente por su inestabilidad emocional. A. L. quería ser piloto a toda costa, pero su depresión le impidió llevar a cabo su proyecto de vida y su narcisismo le impidió renunciar a ese proyecto. La fusión de su concepto de inalcanzabilidad y de irrenunciabilidad le llevó a romperse mentalmente al ponerse de parte de su grandiosidad narcisista. 167 El homicidio seguido de suicidio es más habitual en varones y con motivaciones más antisociales que depresivas, vinculadas a emociones muy negativas (odio, venganza, despecho). En estos casos se trata de personas que se encierran en una espiral de suicidio y odio a los demás (Gracia, Delgado y Rodríguez-Pulido, 1994). 9.5.5. Suicidio terrorista Morir o inmolarse en defensa de ideas políticas supone utilizar la vida propia como un arma y tiene antecedentes históricos. Los kamikazes japoneses pilotaban la propia bomba hasta dar con el blanco del enemigo en la II Guerra Mundial. Los terroristas suicidas actuales (la mayoría, fanáticos del islam) son una bomba mortífera, dotada con una inusitada capacidad para acertar en el blanco y sin preocupación por cómo huir del lugar de los hechos una vez realizado su cometido. El terrorismo suicida se ha convertido en el más devastador de nuestros días. El suicidio terrorista —una forma de terrorismo de raíz religiosa, que tiene un carácter de mandato divino— constituye un enigma. ¿Qué empuja a un hombre joven, a veces hasta inteligente y con formación, a cometer actos tan atroces y a convertir su cuerpo en una bomba humana, es decir, a programar su inmolación y a sacrificar su vida considerando este hecho como una salida excelsa? Ese horizonte conlleva un fracaso biológico radical: muerte temprana y con pocas o nulas oportunidades de dejar descendencia. Cabe preguntarse por qué a unos jóvenes que deberían estar sedientos de vida se les ve ávidos de muerte. Entre las motivaciones de estos terroristas figura una mezcla de odio étnico, fanatismo religioso y desarraigo social, así como un sentimiento irremediable de venganza o de desesperación. Cuando una preferencia por algo se transforma en valor sagrado se convierte en un imperativo moral que tiene su propio valor intrínseco y que lo hace incomparable con otro tipo de valores (Gómez, LópezRodríguez, Vázquez, Paredes y Martínez, 2016). Sin embargo, las trayectorias de algunos jóvenes terroristas suicidas no están siempre claramente relacionadas con el fanatismo religioso, sino más bien con un nihilismo que procede de la inadaptación y la marginación, de la furia y del rencor de los que no tienen nada que perder. Así, M. L. B., un ciudadano francés de 31 años de origen tunecino, que embistió con un camión a los paseantes que celebraban la fiesta nacional francesa en julio de 2016 en el Paseo Marítimo de Niza y mató a 84 personas antes de ser abatido por la policía, era un hombre inestable, con problemas personales y familiares, violento, aficionado al alcohol y al juego, y no especialmente religioso. En estos casos puede tratarse de un intento de sublimar el suicidio de un hombre problemático presentándose como mártir islamista. El terrorista suicida islamista no es un voluntario, es un elegido, que es entrenado y sometido a diferentes ceremonias de purificación. La recompensa por el sacrificio de su vida —se convierte en un mártir, no en un suicida—, que se supone sin dolor físico y con un cuerpo que despedirá olor a rosas, es el camino más corto para la vida eterna en el paraíso (Sanmartín, 2005). 168 Por paradójico que parezca, los trastornos mentales no explican por qué un suicida decide inmolarse entre el gentío de un mercado: un terrorista suicida no responde propiamente al perfil de un suicida con problemas psicopatológicos. Los mártires letales son los ejemplos más espectaculares de una moralidad inexpugnable hacia el propio grupo que convive, sin contradicción aparente, con una amoralidad radical hacia los integrantes del grupo ajeno. La barrera intergrupal delimita de manera taxativa el ámbito de la conducta moral. Los suicidas van a adquirir gloria y honor, que son dos conceptos anacrónicos en las sociedades burguesas que, por el contrario, prefieren la fama y la celebridad. Las llamadas viudas negras, jóvenes musulmanas del Cáucaso Norte, se embarcan en ataques suicidas (se inmolan) tras haber perdido a algún miembro varón de la familia a manos de las tropas rusas. Los islamistas de Chechenia y otras repúblicas del Cáucaso Norte emplean mujeres en sus acciones desde el año 2000. Ellas son capaces de perpetrar las acciones terroristas de una manera más sigilosa y disimulada que ellos, además de generar un impacto psicológico más fuerte no solo entre los rusos, sino también entre las propias filas de la insurgencia, atrayendo a nuevos voluntarios a la lucha. La repercusión mediática de cada una de sus acciones ha sido enorme. Los ataques suicidas de las viudas negras se han dirigido indistintamente contra civiles, militares o autoridades: las mueve el odio y la venganza por la muerte de sus maridos o hijos, alimentadas por el fanatismo religioso. Una muestra de estos ataques es el secuestro del Teatro Duvrovka de Moscú en 2002, en el que participaron viudas negras y en el que murieron 129 rehenes y 39 terroristas. 9.6. SUICIDIO Y TRASTORNOS MENTALES El suicidio surge cuando la persona afectada siente que la vida es ya insoportable y que la muerte es la única vía de escape, ya sea del dolor físico o emocional, de la enfermedad terminal, de los problemas económicos, de las pérdidas afectivas o de otras circunstancias, como la soledad o humillación. Si bien cerca del 80 por 100 de las personas que consuman el suicidio están afectadas por un trastorno mental, no siempre es así (Chesney y Goodwin, 2014; Federación Mundial para la Salud Mental, 2010). Hay que distinguir, por ello, el suicidio patológico del suicidio racional y del suicidio fanático u homicida. 9.6.1. Suicidio por balance existencial A veces existe el suicidio por balance existencial, cuando una persona, a pesar de sus esfuerzos prolongados durante mucho tiempo, llega a una situación económica, familiar o social en que para ella el futuro carece ya de valor y de sentido o en el que se encuentra sin fuerzas para afrontar más dificultades. Es decir, hay un hastío de la 169 vida y una pérdida radical del deseo de vivir (Bobes et al., 2011). Los suicidios por balance existencial se dan principalmente en personas mayores, que consideran que en el futuro no van a enriquecer su proyecto de vida, que no van a desarrollarse más ni ellos ni sus familias, y que realizan un balance vital del pasado y del presente con un tinte marcadamente negativo y sin ninguna proyección de cara al futuro. Esta situación se agrava cuando el estado de salud es negativo y les supone una limitación importante en su vida cotidiana. Hay ciertas variables que constituyen un factor de riesgo para la implicación en un suicidio por balance existencial (Baca-García et al., 2005): dimensiones de personalidad, como la impulsividad y la rigidez cognitiva; estados afectivos, como la desesperanza; distorsiones cognitivas, como la sobregeneralización en el recuerdo autobiográfico negativo o las atribuciones de responsabilidad excesiva en los fracasos; estrategias defectuosas de resolución de problemas; y, por último, algunas situaciones familiares o sociales, como la soledad, la humillación profunda o estar en un callejón sin salida en las relaciones interpersonales. Este riesgo aumenta cuando ha habido antecedentes de suicidio en la familia. De hecho, en algunas familias existen lealtades invisibles, algo así como reglas irracionales que se transmiten de padres a hijos a la hora de resolver conflictos y que explican la perseverancia de suicidios múltiples a lo largo de varias generaciones. 9.6.2. Suicidio y trastornos mentales a) Depresión y trastorno bipolar La depresión, acompañada de una profunda desesperanza, y el trastorno bipolar están presentes en, al menos, el 80 por 100 de los suicidios. El estado de ánimo melancólico, reflejado muchas veces en la fisonomía del paciente, es destructor porque la depresión-soledad y la autoagresividad se potencian entre sí y contrarrestan el deseo natural de vivir. Así, un 15-20 por 100 de las personas con depresión pueden intentar un suicidio, sobre todo cuando son mayores, viven solas y han intentado suicidarse con anterioridad. A veces, la depresión se asocia al dolor de una enfermedad física o el miedo a tenerlo en un futuro próximo, como puede ocurrir, por ejemplo, en el caso del diagnóstico de un cáncer. Sin embargo, las enfermedades crónicas por sí mismas no llevan al suicidio, sino que son un factor de riesgo solo cuando se acompañan de desesperanza (Federación Mundial para la Salud Mental, 2010; Grupo de Trabajo, 2011). Es decir, en estos últimos casos la muerte es una liberación del dolor moral experimentado: un pasado acusador, un presente atormentado y un futuro sin esperanza alguna (Gisbert et al., 2004d). Las pulsiones suicidas en los pacientes con depresión se pueden manifestar inicialmente como ideas de suicidio, luego como planes concretos y, finalmente, en forma de intentos de suicidio o de suicidio consumado, lo que lleva a la necesidad de controlar el riesgo vital presente en la depresión. Además, las ideas y pulsiones 170 suicidas a veces son ocultadas por el paciente, lo que las hace especialmente peligrosas (Gisbert et al., 2004d). Los pacientes con depresión corren más riesgo de cometer suicidio en la fase inicial del trastorno o cuando el tratamiento ya ha comenzado a surtir efecto o incluso después del alta hospitalaria. Al deseo de aniquilarse se une su menor inhibición y apatía; antes, en medio de la depresión, ni siquiera tienen fuerza para eso. Además, la inhibición y apatía responden mejor al tratamiento, pero los sentimientos profundos de desesperanza tardan más en desaparecer. b) Trastornos adictivos Los trastornos adictivos, como el alcoholismo, la dependencia de otras drogas y el trastorno del juego, sobre todo en las fases avanzadas y cuando hay una alta impulsividad de por medio, constituyen un factor de riesgo alto para el suicidio. En estos casos los pacientes suelen presentar una depresión secundaria, vinculada a la falta de salida en una situación de deterioro físico y psicosocial que perciben como insuperable. c) Trastornos psicóticos Los trastornos psicóticos están también muy asociados al suicidio. En general, el 25-50 por 100 de los pacientes con esquizofrenia, condicionados por las alucinaciones o las ideas delirantes, pueden intentar suicidarse alguna vez en su vida con métodos más cruentos o atípicos, como el autoapuñalamiento múltiple con un cuchillo de cocina o con unas tijeras, y no avisan con antelación de sus intenciones. En ellos se da el suicidio impulsivo, que surge de forma espontánea, imprevista y sin deliberación previa. El riesgo es mayor en los jóvenes varones durante la primera etapa de la enfermedad (cuando tienen una mayor conciencia del problema), en los pacientes con recaídas crónicas y en los primeros meses después de un alta hospitalaria, así como en los psicóticos que padecen además síntomas depresivos. Tales suicidios obedecen a influencias delirantes, alucinatorias o propias de la sensación de angustia vital o del temor incomprensible que acompaña a los síntomas del trastorno. Debido a que este cuadro clínico es poco frecuente en la población general (1 por 100), no contribuye de forma importante a la tasa de suicidio global (Popovic et al., 2014). d) Trastorno límite de la personalidad El trastorno límite de la personalidad (TLP), caracterizado por impulsividad e inestabilidad emocional, está muy relacionado con los intentos y conductas suicidas. Alrededor de un 10 por 100 de las personas con TLP se suicidan, mientras que el otro 90 por 100 tan solo amenaza con ello o lo intenta, incluso de forma reiterada (BlascoFontecilla et al., 2009; Esbec y Echeburúa, 2014). 171 e) Anorexia nerviosa Otro trastorno mental ligado con el suicidio es la anorexia nerviosa, especialmente en mujeres en las fases avanzadas del trastorno, cuando son ya adultas jóvenes y han fracasado en el ideal inalcanzable de la perfección física. En el caso de las pacientes con anorexia suele haber una comorbilidad con la depresión que, a su vez, es resultado del agravamiento del cuadro clínico, del aislamiento social, de la depauperación personal y de la falta de esperanza en el futuro (Franko et al., 2013). El método de suicidio elegido puede dar luz sobre la intencionalidad de la persona suicida, como ya se ha indicado, pero también puede relacionarse con la posible existencia de un trastorno mental. Si bien el suicida recurre a los métodos que tiene más a mano (el policía, al arma de fuego; el habitante de la ciudad, a la precipitación; el hombre rural, al ahorcamiento), cuanto más violento es el método elegido, más incidencia de patologías psiquiátricas subyacentes suele haber (Grupo de Trabajo, 2011). En resumen, el suicidio es mucho más probable cuando está presente la depresión, bien de forma pura (en la depresión mayor o en el trastorno bipolar) o de forma comórbida con los trastornos adictivos o con la anorexia nerviosa. A su vez, el riesgo de suicidio hay que valorarlo siempre en las personas diagnosticadas con un TLP y en las afectadas por una anorexia nerviosa. Ello no quita para que haya suicidios que resulten imprevisibles y, por tanto, muy difíciles de prevenir. En estos casos el suicidio adquiere un carácter espasmódico, como una especie de acting out, un impulso que se convierte en acto y que genera una gran perplejidad en las personas que rodean al paciente. 9.7. SIGNOS DE ALARMA DE RIESGO SUICIDA Los principales signos de alarma son los siguientes: los intentos previos de suicidio, sobre todo si se ha recurrido a métodos potencialmente letales; los antecedentes de suicidio en la familia; y la expresión verbal, más o menos explícita, de un sufrimiento desbordante y del propósito de matarse (en forma de gestos o amenazas suicidas), mucho más aún cuando hay una planificación de la muerte (cambios en el testamento o notas de despedida) (Mann, Apter, Bertolote, Beautris, Currier y Haas, 2005). Todo ello se potencia cuando hay un agravamiento de un trastorno psicopatológico o de una enfermedad crónica dolorosa, o se produce un aislamiento social indeseado. Por lo que se refiere a las tensiones vitales múltiples, como la conflictividad familiar, la pérdida de empleo y una situación económica desfavorable, el descubrimiento de un escándalo político o económico, los desengaños amorosos o el fallecimiento reciente de un familiar cercano, estas tienen un valor predictivo solo en personalidades vulnerables con tendencias impulsivas y agresivas y con pocas respuestas de afrontamiento (Blasco-Fontecilla et al., 2010). 172 A nivel cognitivo, la desesperanza, sobre todo cuando viene acompañada de pensamientos suicidas reiterados (anticipación imaginaria de la muerte), es probablemente el sentimiento más suicidógeno. De hecho, convendría invertir el dicho popular de «mientras hay vida, hay esperanza» por lo contrario: «mientras hay esperanza, hay vida». A veces la desesperanza puede venir acompañada de ira, rabia o deseos de venganza. En estos casos hay una expresión de un gran sufrimiento o de angustia emocional. Según la Asociación Psicológica Americana (Fuente: Teen Suicide is PreventableAPA), algunas de las señales de advertencia son las siguientes: — Comentarios reiterados sobre la muerte, con menciones más o menos explícitas, tales como desaparecer del mapa, dejar de estorbar o acabar ya. — Pérdida reciente: haber vivido en los últimos meses alguna muerte cercana, un divorcio o la ruptura de una relación; haber perdido la confianza en sí mismo; mostrar una pérdida de interés por los amigos o por la vida. — Cambio de personalidad: triste, retraído, irritable, ansioso, cansado, indeciso, apático. — Cambio de comportamiento: dificultad enorme para concentrarse en las tareas escolares, laborales o rutinarias, aumento de quejas somáticas o incapacidad para disfrutar de actividades previamente gratificantes. — Cambio en los patrones de sueño: insomnio, a menudo con despertar temprano, o dormir demasiado, y pesadillas recurrentes. — Cambio en los hábitos de alimentación: pérdida de apetito o de peso, o lo contrario, comer en exceso. — Miedo a perder el control, lo que le lleva a actuar erráticamente o a perjudicarse a sí mismo o a los demás. — Baja autoestima: sentirse inferior o mostrar vergüenza, culpa u odio a uno mismo, o expresar verbalizaciones derrotistas tales como «todo el mundo estaría mejor sin mí», «no valgo para nada», «pronto esto acabará», «me voy a quitar de en medio», etcétera. — No tener esperanza en el futuro: creer que las cosas nunca mejorarán o que nada cambiará. 9.8. FACTORES DE RIESGO Y FACTORES DE PROTECCIÓN Si todas las personas que tienen un trastorno mental grave o que sufren un suceso vital adverso de gran intensidad no acaban por suicidarse, ello quiere decir que hay factores de riesgo y factores de protección que modulan la decisión adoptada. La estimación del riesgo suicida de un paciente debe tener en cuenta este tipo de factores (Ayuso-Mateos et al., 2012; Mann et al., 2005) (figura 9.1). 9.8.1. Factores de riesgo 173 En las personas en riesgo puede haber algunos factores predisponentes, como haber sufrido sucesos traumáticos en la infancia, tener una historia previa de intento suicida o de suicidio en la familia, mostrar un nivel alto de impulsividad/inestabilidad emocional o carecer de recursos de afrontamiento adecuados. Esta predisposición puede interactuar con ciertos factores precipitantes, como la fase aguda de un trastorno mental, los pensamientos suicidas presentes, el fácil acceso a métodos letales, el acoso o algún acontecimiento vital adverso reciente, sobre todo si genera humillación profunda. La vulnerabilidad psicológica se acentúa si se suman ciertas circunstancias psicosociales, como estar separado o sin pareja, o verse obligado a hacer frente a situaciones vitales estresantes intensas o duraderas, como una enfermedad crónica e invalidante, el abandono de sus seres queridos o la pérdida de estatus social. Así, por ejemplo, estar en prisión aumenta en seis veces la probabilidad de suicidio. En concreto, el aislamiento social es especialmente relevante en ancianos y adolescentes (Blasco-Fontecilla et al., 2010). Figura 9.1.—Riesgo del comportamiento suicida. (FUENTE: Mann et al., 2005, modificado.) Algunos de estos factores son modificables (trastornos mentales, situaciones de estrés, estrategias de afrontamiento o aislamiento social), pero otros, sin embargo, resultan inmodificables (sexo, edad, historia familiar, conducta suicida previa o enfermedades crónicas graves) (Bobes et al., 2011; WHO, 2014). El nivel de riesgo aumenta proporcionalmente al número de factores presentes, si bien algunos tienen un peso específico mayor que otros en función de las circunstancias individuales de cada persona. 9.8.2. Factores de protección 174 Muchas personas pueden estar afectadas a lo largo de su vida por sucesos adversos, enfermedades crónicas dolorosas, trastornos mentales o situaciones de soledad y, sin embargo, se muestran resistentes a los pensamientos y conductas suicidas (Ayuso-Mateos et al., 2012). Esta capacidad de resistencia se relaciona con algunas dimensiones de personalidad, como una autoestima adecuada, una flexibilidad cognitiva o una impulsividad controlada, con una estabilidad emocional y con unos recursos psicológicos de afrontamiento apropiados, especialmente en el ámbito de la resolución de conflictos o de las habilidades sociales. Asimismo, el repertorio de valores del sujeto, de tipo religioso, espiritual o altruista, puede neutralizar hasta cierto punto los pensamientos derrotistas o la ideación suicida (Mann et al., 2005). Ciertos factores sociales y familiares desempeñan también un papel protector. Así, por ejemplo, tener unas relaciones sociales ricas, estar integrado culturalmente, contar con apoyo familiar y tener hijos pequeños (sobre todo, en el caso de las mujeres) potencian la capacidad de resistencia ante el suicidio. Incluso los animales domésticos (los perros especialmente) pueden constituir un escudo protector contra las tendencias suicidas de sus dueños porque son expresivos, ofrecen compañía y alegran a sus propietarios (WHO, 2014). Un factor protector de gran importancia es ponerse a tratamiento médico o psicológico (y seguir adecuadamente las prescripciones terapéuticas) cuando una persona está afectada por un trastorno mental grave o por un dolor crónico (WHO, 2014). 9.9. DECISIONES CLÍNICAS EN RELACIÓN CON EL SUICIDIO La demanda terapéutica en relación con el suicidio está constituida por tres tipos de pacientes: a) los que tienen ideación suicida pero aún no la han expresado verbalmente; b) los que acuden a la consulta manifestando pensamientos suicidas reiterados, y c) aquellos que han sobrevivido a un intento de suicidio (Bobes et al., 2011). La presencia o sospecha de ideación suicida requiere la atención a la posible patología de base y la definición de los objetivos terapéuticos a corto plazo que se van a abordar en la consulta: los pensamientos suicidas, la desesperanza o la prevención de conductas suicidas. En la entrevista se debe favorecer la comunicación de los síntomas, sentimientos y pensamientos del paciente, así como facilitar que este y sus allegados se impliquen en la toma de decisiones (Grupo de Trabajo, 2011). Si un paciente no expresa directamente pensamientos suicidas, pero es un sujeto de riesgo (con trastornos mentales graves, con enfermedades crónicas incapacitantes, con intentos suicidas previos o con un profundo malestar emocional), hay que preguntarle directamente por ellos. Esto no aumenta el riesgo de suicidio. Se trata de valorar el grado en el que el sujeto ha transformado un vago deseo de morir en una decisión concreta de matarse. De hecho, más del 50 por 100 de las personas que cometen un suicidio consumado han expresado más o menos veladamente sus 175 intenciones o han mostrado signos de alarma a familiares o profesionales (Grupo de Trabajo, 2011). Cuando un paciente consulta directamente por ideación suicida, la escucha empática contribuye a aliviar el malestar emocional. La estrategia básica en estos casos es el intento del terapeuta de restablecer algún atisbo de esperanza y contrarrestar la anticipación imaginaria de su muerte con otras formas efectivas de solución de problemas. El clínico debe favorecer el control y la autoestima y la capacidad de hacer frente a los problemas, así como promover una mayor participación e integración en el entorno familiar y social. La Organización Mundial de la Salud da unas orientaciones específicas sobre la manera de preguntar, el momento de hacerlo y el contenido de las preguntas (cit. en Grupo de Trabajo, 2011) (tabla 9.1). Si un paciente ha tenido ya un intento de suicidio, sobre todo si ha sido reciente, el riesgo de consumación del suicidio aumenta en las semanas posteriores, por lo que es preciso un seguimiento exhaustivo en los días siguientes (ayuda terapéutica, red de apoyo familiar y social, organizaciones comunitarias), así como una atención específica a los problemas psicológicos o trastornos mentales planteados. La adopción de un método suicida letal, como el empleo fallido de un arma de fuego, por ejemplo, y la planificación por adelantado agravan el pronóstico y requieren una intervención más intensiva, con el recurso a la hospitalización si es preciso. Es muy importante prestar atención a la actitud después del intento y a la disposición para el tratamiento. No es lo mismo manifestar alivio por ver que se está vivo, sentirse arrepentido por lo hecho o agradecido a quienes le han ayudado que sentirse fracasado por no haber culminado el intento (tabla 9.2) (Ayuso-Mateos et al., 2012; Saiz et al., 2014). En todos los casos es importante prestar atención a la visión en túnel. La persona que entra en la lógica suicida no ve otra salida, por lo que hay que abrirle el horizonte, hacerle ver que no está solo y que siempre hay caminos alternativos. Por ello, hay que prestar atención específica a los problemas actuales del paciente, las situaciones de estrés, los trastornos mentales, las enfermedades físicas, el consumo de alcohol/drogas y la presencia de ideación suicida. Se trata de potenciar las fortalezas del paciente y sus recursos de afrontamiento, así como de consolidar el apoyo familiar y social existente y, en su caso, de los grupos comunitarios (Chesney y Goodwin, 2014). TABLA 9.1 Recomendaciones de cómo, cuándo y qué preguntar sobre ideación suicida ¿Qué preguntar? — ¿Se siente infeliz o desvalido? — ¿Se siente desesperado? — ¿Se siente incapaz de enfrentarse a la vida diaria? — ¿Siente la vida como una ¿Cuándo preguntar? — Después de que se ha establecido una empatía y la persona se siente comprendida. — Cuando el paciente se siente cómodo expresando sus sentimientos. — Cuando el paciente está en el proceso de expresar sentimientos 176 carga? — ¿Siente que la vida no merece la pena vivirse? — ¿Siente deseos de cometer suicido? negativos de soledad o de impotencia. ¿Para qué preguntar? — Para descubrir la existencia de un plan suicida: ¿Alguna vez ha realizado planes para acabar con su vida? ¿Tiene alguna idea de cómo lo haría? — Para indagar sobre el posible método utilizado: ¿Tiene pastillas, algún arma, algún objeto peligroso o algo similar? — Para obtener información acerca de si la persona se ha fijado una meta: ¿Ha decidido cuándo va a llevar a cabo el plan de acabar con su vida? ¿Cuándo lo va a hacer? FUENTE: Organización Mundial de la Salud (WHO, 2014). Sea cual sea el tratamiento psicológico utilizado, es recomendable promover la formación de una alianza terapéutica sólida entre el paciente y el terapeuta, y contar con el apoyo del entorno. Los objetivos terapéuticos pueden centrarse, según los casos, en las autolesiones, la ideación suicida, la desesperanza o las conductas suicidas. Los tratamientos cognitivo-conductuales, basados en sesiones individuales, son los que han mostrado mayor evidencia empírica, junto con la terapia conductualdialéctica en el caso de los pacientes aquejados de TLP (Tarrier, Taylor y Gooding, 2008). La terapia interpersonal ha mostrado también ser útil en adultos con conducta suicida, en mayores de 60 años con depresión e ideación suicida y en adolescentes con riesgo de suicidio (Tang, Jou, Ko, Huang y Yen, 2009). TABLA 9.2 Entrevista estructurada sobre potencialidad suicida — ¿Ha pensado últimamente en la muerte con más frecuencia? — ¿Ha pensado en que para vivir así es mejor morir? — ¿Se le ha pasado la idea de quitarse la vida? — ¿Ha pensado en la forma de hacerlo? — ¿Se considera capaz de quitarse la vida? — ¿Ha hecho algún preparativo para quitarse la vida? — ¿Ha intentado últimamente quitarse la vida? — ¿Con anterioridad lo intentó en alguna ocasión? FUENTE: Cabrera y Fuertes, 1997. En ocasiones es necesaria la hospitalización del paciente en función de las siguientes variables: la gravedad clínica del episodio, la planificación y letalidad del plan, el riesgo suicida inmediato, la patología psiquiátrica de base o la presencia de comorbilidades, y la falta de apoyo familiar o social (Grupo de Trabajo, 2011). Un último aspecto de gran interés en la clínica —y poco tratado sistemáticamente hasta el momento— es el tratamiento del duelo de los familiares de las personas suicidadas. Los allegados pueden mostrar sentimientos de culpa, preguntarse por qué lo hizo o por qué no hicieron ellos algo más para evitar la muerte del suicida, vivir lo 177 ocurrido como una mancha en la familia y sentir otras muchas emociones negativas, como angustia, vergüenza o autodesprecio, así como llegar a experimentar el reproche de las personas del entorno, lo que genera aislamiento y estigmatización (Cerel, McIntosh, Neimeyer, Maple y Marshall, 2014). 9.10. Autopsia psicológica La autopsia psicológica es un método de recogida de datos tras un suicidio o un intento de suicidio. Se trata básicamente de una técnica esencialmente psicobiográfica que trata de reconstruir las circunstancias de un fallecimiento. El objetivo, en último término, es obtener factores de riesgo para el suicidio y posibilitar con ello la adopción de medidas preventivas (Esbec, Delgado y Rodríguez-Pulido, 1994). 9.10.1. Autopsia psicológica después de un suicidio consumado La autopsia psicológica tiene por objetivo determinar las motivaciones del suicida por medio de una entrevista intensiva a los allegados de la víctima para reconstruir las circunstancias sociales y psicológicas asociadas a su muerte. Se reconstruye de manera retrospectiva la biografía del suicida mediante un examen amplio de la historia médica y psiquiátrica del difunto a través de las entrevistas con los familiares de la víctima o allegados más próximos, así como de la recogida de la documentación disponible. Este método nació para clarificar las muertes de causa dudosa (natural, accidente, homicidio o suicidio). Por ejemplo, ahogarse en un río o en el mar, morir de sobredosis o sufrir una caída mortal puede ser un accidente, un suicidio o un homicidio. Las mayores dudas están entre los suicidios y los accidentes. Se analizan en la autopsia psicológica las siguientes categorías: a) Detalles de la muerte. b) Historia biográfica de la víctima. c) Antecedentes familiares de la víctima. d) Personalidad y estilo de vida. e) Recursos psicológicos y estabilidad emocional. f) Situación de tensión reciente. g) Consumo de alcohol y drogas (consumo, tráfico, etc.). h) Relaciones interpersonales. i) Cambios recientes en la víctima (alimentación, sexo, relaciones sociales, testamento, etc.). j) Reacción de los informantes a la muerte de la víctima. La autopsia psicológica permite responder a dos preguntas fundamentales: 1. ¿Cuál es el mecanismo más probable de la muerte? Es decir, se trata de dirimir 178 si se ha tratado de un suicidio, de un homicidio o de un accidente. Estas dudas surgen, por ejemplo, en las caídas de un edificio, en el ahogamiento o en la muerte por drogas. 2. ¿Por qué lo hizo la persona? Para ello hay que prestar atención a diversas variables: la historia de la víctima, la personalidad y el estilo de vida, los patrones típicos de reacción al estrés, el consumo de alcohol y drogas, las relaciones interpersonales y los cambios en la víctima anteriores a la muerte (por ejemplo, en materia de hábitos y aficiones). Sin embargo, la autopsia psicológica está sujeta a diversas limitaciones, como los sesgos producidos por la recogida retrospectiva de los datos, la información distorsionada de los familiares para buscar una explicación al suicidio o para intentar una exculpación, y la recogida de información de familiares no directamente vinculados a la persona fallecida. 9.10.2. Autopsia psicológica después de un intento de suicidio El riesgo de suicidio aumenta en las primeras semanas tras el alta de un Servicio de Psiquiatría o tras haber acudido al Servicio de Urgencias por una tentativa de suicidio. Es preciso en estos casos un seguimiento exhaustivo de los pacientes en las primeras semanas (ayuda terapéutica, red de apoyo familiar y social, organizaciones comunitarias). Conviene también en estos casos hacer una autopsia psicológica para evitar que el intento de quitarse la vida acabe materializándose. Para ello hay que prestar atención y analizar los siguientes aspectos: 1. El método suicida (intencionalidad, letalidad, determinación). El método utilizado puede oscilar desde una gravedad alta (ahorcamiento, armas de fuego, precipitación desde las alturas o arrojarse a las vías del tren) a una gravedad baja (ingestión de fármacos o cortes superficiales en los antebrazos). 2. La planificación por adelantado (cartas o mensajes de despedida, por ejemplo) o la ausencia de ella. 3. Actitud después del intento. La gravedad es alta cuando el sujeto muestra arrepentimiento por haber sobrevivido al intento y es más baja cuando muestra alivio por ver que está vivo, se arrepiente por lo realizado o manifiesta agradecimiento a los que le han ayudado. En estos casos hay que valorar especialmente los problemas actuales (relaciones de pareja, empleo, finanzas, problemas legales, aislamiento social, duelo o enfermedades graves); los trastornos mentales (depresión, alcoholismo o esquizofrenia, entre otros) y la enfermedad física (dolor, cronicidad o incapacidad); los recursos del paciente a nivel psicológico, social y familiar; los intentos previos de suicidio; la presencia de ideación suicida; la historia familiar de suicidio/trastornos 179 mentales; la presencia de sucesos vitales estresantes; y, finalmente, el apoyo social y familiar disponible (Grupo de Trabajo, 2011). 9.11. REFLEXIONES FINALES El suicidio siempre ha estado rodeado de una aureola de silencio y de miedo al efecto contagio (del que, por cierto, no hay una evidencia empírica), pero esto puede impedir los esfuerzos de prevención. Muchas personas que se quitan la vida lo han hablado antes o avisan, de una forma u otra, de sus intenciones. Cualquier anuncio de muerte autoinducida debe encender siempre una luz roja de alarma (Mann et al., 2005; Saiz y Bobes, 2014). El efecto contagio (efecto Werther) puede aparecer en las personas más jóvenes y en personas vulnerables que ya tienen una ideación suicida previa y puede intensificarse si la persona que ha cometido el suicidio es una persona famosa. Hay algunos retos importantes en el ámbito de la investigación del suicidio para los próximos años: a) detectar personas de alto riesgo y evaluar correctamente el riesgo de suicidio con herramientas diagnósticas adecuadas; b) establecer estrategias apropiadas de intervención basadas en la evidencia; c) diseñar programas específicos para jóvenes y adolescentes, así como para personas ancianas; d) poner en marcha medidas concretas, dirigidas sobre todo a las personas más vulnerables, para reducir los factores de riesgo (abuso de alcohol y drogas, exclusión social, depresión y estrés), y e) proponer programas psicoeducativos efectivos, de tipo preventivo, para familiares de personas que han cometido un intento de suicidio (WHO, 2014). Por último, hay que poner un gran énfasis en la prevención primaria con los niños y adolescentes en la familia y en la escuela. Se trata así de prestarles un apoyo afectivo incondicional, de acostumbrar a los adolescentes a que pidan ayuda cuando la necesiten y de enseñarles a afrontar emociones y situaciones negativas (porque los adolescentes tienen una tendencia terrible a dramatizar). Se trata también de evitar que un problema que se repite mucho, como el bajo rendimiento académico o el consumo de drogas, se convierta en el único tema de conversación y de aumentar las oportunidades de compartir con los hijos actividades gratificantes de forma regular. 180 10 Conclusiones La violencia en la sociedad actual, expuesta con todo lujo de detalles en los medios de comunicación, es una auténtica galería de los horrores. Muchas de las personas condenadas por asesinato, por citar la forma más grave de violencia, consumen alcohol en exceso, son impulsivas, proceden de una familia violenta o cuentan con antecedentes penales, pero no tienen propiamente un trastorno mental. Ni todas las personas con un trastorno mental son violentas ni todas las personas violentas presentan trastornos mentales. Este hecho es importante de resaltar porque se mantienen estereotipos sobre los trastornos mentales y se pueden perpetuar la estigmatización y el aislamiento social de quienes los padecen (Loinaz, 2013). Sin embargo, los actos violentos cometidos por personas con trastornos mentales generan una inquietud especial. Este hecho se debe, en parte, a la alarma social producida tras algunos acontecimientos violentos graves e incomprensibles (como, por ejemplo, el homicidio de un familiar cometido por un paciente con esquizofrenia) y al miedo asociado a determinadas etiquetas diagnósticas estigmatizantes (en especial, la esquizofrenia). Sin embargo, la criminalidad de las personas con un trastorno mental grave no representa más que una escasa proporción de la criminalidad global (Guija, 2009; Putkonen, Kotilainen, Joyal y Tiilhonen, 2004). En general, las personas son responsables de sus actos. No se puede considerar a las personas libres para hacer el bien, pero incapaces cuando actúan mal. Las personas más violentas muestran crueldad, falta de empatía y una tendencia patológica a obtener placer con el sufrimiento de los otros (Pincus, 2003). La mayoría de los niños maltratados no se convierten en adultos violentos, y mucho menos en violadores o asesinos. Sin embargo, el daño cerebral, el maltrato en la infancia, el abuso de alcohol y un trastorno mental grave (psicosis o psicopatía) constituyen un cóctel explosivo. Es, por ello, una mezcla de factores biológicos y sociofamiliares lo que suele provocar en la mayoría de los casos las conductas violentas graves. La violencia es una meta a la que se puede llegar por caminos diversos, muchos de los cuales son ajenos al trastorno mental grave. Así, por ejemplo, los estallidos de violencia pueden brotar en personas vulnerables (acomplejadas, con poca autoestima y con relaciones familiares y sociales deficitarias, así como con un gran afán de notoriedad) que acumulan diversas frustraciones o pérdidas, se sienten profundamente humilladas (con razón o sin ella) y atribuyen a los demás la causa de su humillación. De este modo, junto con una desesperación nihilista, surgen en el agresor los deseos de venganza y la intención de implicarse en un castigo ejemplar 181 contra los responsables o colaboradores en esa humillación hondamente sentida. La venganza y el odio están con frecuencia en la base de estos episodios graves de violencia (Baca, 2003). A veces el trastorno mental puede funcionar como un disparador de la conducta violenta si se dan una serie de cicunstancias. Así, por ejemplo, en adolescentes o jóvenes con un trastorno mental grave se puede dar rienda suelta a los delirios para alcanzar una sanguinaria notoriedad («soy un pedazo de mierda, pero ahora voy a ser famoso»; tirador de Nebraska, de 19 años, 2007) y vengarse de sus problemas de socialización o desahogar las frustraciones (abandono de una novia o conflictos con sus compañeros) por medio de una estrategia aprendida en la TV, en el cine y en los ordenadores: liarse a tiros con las armas que están en los armarios de los padres. Hay personas que muestran conductas extremadamente violentas por una descompensación psíquica aguda (embriaguez patológica, crisis nerviosa súbita, estado pasional, depresión grave, etc.), acompañada de una emoción intensa, como la ira, o de una ofuscación del nivel de conciencia. Se relaciona este problema con el trastorno mental transitorio. La forma de violencia adoptada por una persona con un trastorno mental severo va a depender del tipo específico de alteración (y muy frecuentemente de la comorbilidad de varios trastornos, como la psicopatía y una parafilia), pero también de la personalidad previa del sujeto (afectividad, episodios de violencia anteriores, forma de relacionarse con el mundo, biografía, etc.), así como del consumo de sustancias adictivas. En el caso concreto de los pacientes con una esquizofrenia, la reincorporación a la sociedad es factible (incluso en un período corto), siempre que estén tratados médica y psicológicamente y cuenten con un apoyo familiar y social adecuado (Madariaga, 2017). Por lo que se refiere a los trastornos de personalidad, el panorama es menos halagüeño: estos son permanentes, resultan más resistentes al tratamiento y modulan el curso y pronóstico del cuadro clínico (peligrosidad) (Esbec y Echeburúa, 2010). Un sujeto que ha cometido un acto de violencia y que cuenta con una anomalía o alteración psíquica puede, en determinadas ocasiones, tener excluida o limitada su imputabilidad, lo que justifica la exoneración de la pena (por falta de culpabilidad) o la imposición de una pena atenuada acorde con una culpabilidad limitada (Maza, 2013a, 2013b). El carácter especialmente reprobable de ciertos delitos graves, como las agresiones sexuales o el homicidio de pareja, hace pensar que sus autores no pueden ser normales y que tienen algún tipo de trastorno mental. Pero al margen de que en todos los casos estas personas presenten déficits psicológicos de algún tipo, la mayoría de ellos no presentan trastornos mentales graves y son, por tanto, responsables de sus conductas. A su vez, el suicidio (considerado como conducta violenta dirigida contra uno mismo) está muy vinculado a los trastornos mentales, especialmente a la depresión, las adicciones, el trastorno límite de la personalidad y la esquizofrenia. Prevenir su incidencia y actuar de forma temprana sobre la ideación suicida y las tentativas de 182 suicidio de los pacientes, así como evitar la estigmatización de los familiares de las personas que han cometido un suicidio, constituyen hoy retos de salud pública (Echeburúa, 2015). Otro reto de futuro importante es el de las personas con un trastorno mental que han cometido un delito violento y que ingresan en prisión. De hecho, el 25 por 100 de los reclusos padecen algún trastorno mental: un 7-8 por 100 del total pueden tener una psicosis o contar con problemas graves de salud mental, especialmente trastornos severos de personalidad. Si la tasa media de esquizofrenia en la población es del 1 por 100, en las prisiones oscila entre el 5 por 100 y el 15 por 100. Asimismo, las tasas de suicidio son considerablemente más altas que en la población general. La cárcel no es, por razones obvias, el lugar más adecuado para estas personas. Por último, en el análisis de la relación entre conducta violenta y trastorno mental existe una cara de la moneda que no suele ser atendida. En muchos casos las personas con un trastorno mental, además de sufrir la estigmatización o el miedo que genera el desconocimiento sobre su enfermedad, también pueden ser, con mayor facilidad, víctimas de actos violentos o de diversos tipos de abusos. Prestar una atención específica a estos pacientes y dar cobertura institucional a sus familiares es una cuestión de salud pública y de justicia social. 183 Lecturas recomendadas El criterio utilizado en la redacción de este apartado es facilitar a los lectores interesados la ampliación de los conocimientos expuestos en el texto. Por ello, las lecturas recomendadas se caracterizan por el rigor y la claridad en el contenido, así como por estar escritas en español y ser relativamente recientes. Baron-Cohen, S. (2012). Empatía cero. Nueva teoría de la crueldad. Madrid: Alianza Editorial. El autor desarrolla en este texto una exposición precisa sobre la empatía como el más preciado recurso de los seres humanos. Se pone en relación la falta de empatía con la crueldad y con los trastornos de la personalidad (psicopatía, narcisismo y trastorno límite). Por último, el autor hace una reflexión sobre la crueldad del ser humano, sobre las bases biológicas de la empatía y sobre las posibilidades de cambio en las personas con falta de empatía. Borrás, L. (2002). Asesinos en serie españoles (2.ª ed.). Barcelona: Bosch. En este libro se intentan esclarecer las causas psíquicas y circunstancias que pueden llevar a una persona a transformarse en un asesino en serie. Se hace un estudio detallado, a través de quince casos reales de la sociedad española del siglo XX, de los diagnósticos clínicos relacionados con la conducta homicida: psicosis, parafilias y psicopatía. Asimismo, se estudia la comorbilidad de estos trastornos en los casos más graves, así como las circunstancias biográficas implicadas. Delgado, S., Bandrés, F. y Tejerina, A. (2012). Violencia. Víctimas. En S. Delgado (ed.), Tratado de medicina legal y ciencias forenses (vol. 4) (sección 9, caps. 234-241, pp. 1183-1338). Barcelona: Bosch. En los capítulos referidos de este tratado de medicina legal y forense se revisan los estudios más significativos en relación con la violencia y los trastornos mentales. Asimismo, se analiza la relación existente entre el suicidio y los trastornos mentales, y se presta una especial atención a los aspectos psiquiátricos implicados en el homicidio seguido de suicidio. Echeburúa, E. y Corral, P. (1998). Manual de violencia familiar. Madrid: Siglo XXI. Este volumen es un texto práctico al servicio de los profesionales (psicólogos clínicos, trabajadores sociales, etc.) que están en contacto con la violencia familiar. Se trata de un libro en el que se analizan los aspectos psicopatológicos referidos a los hombres maltratadores. Asimismo, se abordan la evaluación y el tratamiento de los 184 problemas de violencia en la pareja, tanto desde la perspectiva de las mujeres maltratadas como desde la de los hombres agresores. Echeburúa, E. y Loinaz, I. (2011). Violencia y trastornos mentales. En P. García Medina, J. M. Bethencourt, A. R. Martín y E. Armas (eds.), Violencia y psicología comunitaria. Aspectos psicosociales, clínicos y legales (pp. 1-22). Granada: Comares. En este capítulo se abordan los principales puntos relacionados con la violencia y los trastornos mentales. Así, se hace un análisis de los principales trastornos mentales que pueden estar vinculados a la realización de conductas violentas y se revisan las alteraciones de la personalidad (especialmente la psicopatía) que se relacionan con la violencia, con un análisis especial de los trastornos comórbidos. Por último, se detallan los principales factores predictores de violencia en los enfermos mentales. Garrido, V. (2003). Psicópatas y otros delincuentes violentos. Valencia: Tirant lo Blanch. En este libro se describen con detalle la psicopatía y otros trastornos de personalidad en jóvenes y adultos violentos, especialmente en el ámbito sexual y doméstico. Asimismo, se analiza la relación existente entre los comportamientos delictivos y los trastornos mentales graves. En el texto se aborda el problema de la predicción del riesgo y se proponen también programas terapéuticos para los delincuentes violentos. Loinaz, I. (2017). Manual de evaluación del riesgo de violencia. Metodología y ámbitos de aplicación. Madrid: Pirámide. En este libro se analiza la evaluación del riesgo de violencia como base fundamental para prevenirla. En este sentido se detalla la aplicación práctica de la valoración del riesgo y se describen los principales instrumentos disponibles para predecir y gestionar la violencia en general, y en los diferentes contextos en que suele aparecer (violencia de pareja, violencia sexual, violencia juvenil, etc.). Pozueco, J. M. (2011). Psicopatía, trastorno mental y crimen violento. Madrid: EOS. En este libro se lleva a cabo un análisis detallado de la psicopatía y de los diversos trastornos mentales relacionados con las conductas violentas. En el texto se presentan diversos casos prácticos que ejemplifican los contenidos expuestos. Asimismo, se hace hincapié en las implicaciones jurídico-legales de estos diagnósticos clínicos. Redondo, S. (2017). Evaluación y tratamiento de delincuentes. Jóvenes y adultos. Madrid: Pirámide. En esta obra, original de 2008 pero actualizada y ampliada en 2017, se detallan los tratamientos psicológicos utilizados en la actualidad con distintos tipos de delincuentes violentos, entre ellos los agresores sexuales, los maltratadores de pareja y los jóvenes infractores. Se analizan los tratamientos que se han llevado a cabo en prisión y en comunidad, así como los resultados obtenidos con ellos. Asimismo, se 185 valora en qué grado el tratamiento puede lograr reducir el comportamiento violento futuro. Sanmartín, J. (ed.) (2004). El laberinto de la violencia. Causas, tipos y efectos. Barcelona: Ariel. Es el primer manual, propiamente dicho, existente en español acerca de estudios sobre la violencia. El texto se divide en cinco apartados: concepto y factores de la violencia, contextos en los que surge la violencia (familia, sociedad, lugar de trabajo, escuela, deporte), perfil de las víctimas, perfil de los agresores y tratamiento de la conducta violenta. Se trata de capítulos cortos, pero que recogen lo fundamental de cada área tratada. 186 Referencias bibliográficas Agüera, L. y Majadas, S. (2006). Suicidio. En L. Agüera, J. Cervilla y M. Martín Carrasco (eds.), Psiquiatría geriátrica (2.ª ed.) (pp. 444-462). Barcelona: Elsevier. American Psychiatric Association (2013). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders: DSM-5. American Psychiatric Publishing. Amor, P. J., Echeburúa, E. y Loinaz, I. (2009). ¿Se puede establecer una clasificación tipológica de los hombres violentos contra su pareja? International Journal of Clinical and Health Psychology, 9, 519-539. Andrés-Pueyo, A. (2009). La predicción de la violencia contra la pareja. En E. Echeburúa, E., J. Fernández-Montalvo y P. Corral (eds.) (2009), Predicción del riesgo de homicidio y de violencia grave en la relación de pareja (pp. 21-55). Valencia: Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia. Andrés-Pueyo, A. y Arbach-Lucioni, K. (2014). Peligrosidad y valoración del riesgo de violencia en contextos forenses. En E. García-López (ed.), Psicopatología forense. Comportamiento humano y tribunales de justicia (pp. 505-525). Colombia: Manual Moderno. Andrés-Pueyo, A. y Echeburúa, E. (2010). Valoración del riesgo de violencia: instrumentos disponibles e indicaciones de aplicación. Psicothema, 22, 403-409. Andrés-Pueyo, A. y Redondo, S. (2007). Predicción de la violencia: entre la peligrosidad y la valoración del riesgo de violencia. Papeles del Psicólogo, 28, 157-173. Andreu, J. M., Ramírez, J. M. y Raine, A. (2006). 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Conclusiones 2. Violencia y trastornos mentales 2.1. Trastornos psicóticos 2.1.1. Esquizofrenia paranoide 2.1.2. Trastorno delirante 2.2. Abuso de alcohol y drogas 2.3. Trastornos parafílicos 2.3.1. Pedofilia 2.3.2. Sadismo sexual 2.4. Celos patológicos 2.4.1. ¿Cuándo los celos normales se convierten en patológicos? 2.4.2. Celos pasionales 2.4.3. Celos obsesivos 2.4.4. Celos delirantes 2.5. Depresión 2.6. Trastorno bipolar 2.7. Trastorno de estrés postraumático 2.8. Discapacidad intelectual 2.9. Demencia 2.10. Trastornos del control de los impulsos 3. Violencia y trastornos de la personalidad 3.1. Psicopatía 3.1.1. Rasgos nucleares 3.1.2. Psicopatía, conductas antisociales y trastorno antisocial de la personalidad 201 19 19 21 23 25 27 27 29 31 32 36 41 45 46 50 54 56 57 59 60 65 67 69 71 72 74 78 80 81 84 3.1.3. Tipos de psicópatas 3.1.4. Raíces de la psicopatía 3.1.5. Precursores en la infancia 3.1.6. Evaluación de la psicopatía 3.2. Trastorno paranoide de la personalidad (psicópata fanático) 3.3. Trastorno narcisista de la personalidad 3.4. Trastorno límite de la personalidad 3.5. Trastorno dependiente de la personalidad 3.6. Trastorno de la personalidad ansioso-evitativo 4. Trastornos mentales y de la personalidad en relación con la imputabilidad en el ámbito forense 4.1. Trastornos mentales 4.2. Trastornos de la personalidad 5. Trastornos mentales y peligrosidad 5.1. De la evaluación de la peligrosidad a la valoración del riesgo de violencia 5.2. Instrumentos de valoración del riesgo de violencia 5.2.1. Valoración actuarial 5.2.2. Valoración basada en el juicio clínico estructurado 5.2.3. Alcance y limitaciones de las escalas de valoración 5.3. Factores predictores de comportamientos violentos entre las personas con un trastorno mental grave 6. Victimizacióny trastornos mentales 6.1. Frecuencia de la victimización 6.2. Factores de riesgo de victimización 6.3. Victimización y trastornos mentales: una relación bidireccional Parte segunda. Escenarios de la violencia 7. Las agresiones sexuales 7.1. Motivaciones para la agresión sexual 7.2. Tipos de agresores sexuales 7.3. Agresión sexual y reincidencia 7.4. Reflexiones finales 8. La violencia machista contra la pareja 8.1. Origen y mantenimiento de la violencia machista contra la pareja 8.2. Perfil psicopatológico de los hombres maltratadores 8.2.1. Trastornos mentales 8.2.2. Déficits psicológicos 8.3. Tipos de maltratadores 202 85 88 90 90 92 95 98 99 99 101 105 110 113 113 116 117 118 119 123 125 125 127 128 130 131 132 134 137 139 141 142 142 143 144 149 8.4. Indicadores de riesgo de la violencia machista 8.5. Homicidios y asesinatos en la relación de pareja 8.5.1. Denuncias en la relación de maltrato 8.5.2. Riesgo de homicidio para las víctimas 8.5.3. Perfil de los homicidas 8.5.4. Suicidio de los agresores 8.5.5. ¿Se puede predecir la muerte de la víctima? 8.5.6. Reflexiones finales 9. El suicidio 9.1. Epidemiología 9.2. Suicidio, edad y sexo 9.2.1. Suicidio y edad 9.2.2. Suicidio y sexo 9.3. Variantes de la conducta suicida 9.3.1. Suicidio consumado 9.3.2. Suicidio frustrado 9.3.3. Tentativas de suicidio o parasuicidios 9.3.4. Equivalentes suicidas 9.3.5. Amenazas suicidas e ideación suicida 9.4. Métodos de suicidio 9.5. Suicidios múltiples 9.5.1. Pacto de suicidio 9.5.2. Suicidio ampliado u homicidio por compasión 9.5.3. Suicidios colectivos concertados 9.5.4. Homicidio seguido de suicidio 9.5.5. Suicidio terrorista 9.6. Suicidio y trastornos mentales 9.6.1. Suicidio por balance existencial 9.6.2. Suicidio y trastornos mentales 9.7. Signos de alarma de riesgo suicida 9.8. Factores de riesgo y factores de protección 9.8.1. Factores de riesgo 9.8.2. Factores de protección 9.9. Decisiones clínicas en relación con el suicidio 9.10. Autopsia psicológica 9.10.1. Autopsia psicológica después de un suicidio consumado 9.10.2. Autopsia psicológica después de un intento de suicidio 9.11. Reflexiones finales 203 150 151 152 153 154 155 156 157 159 159 160 160 162 162 163 163 163 164 164 164 165 165 166 166 167 168 169 169 170 172 173 173 174 175 178 178 179 180 10. Conclusiones 181 Lecturas recomendadas Referencias bibliográficas Créditos 184 187 200 204
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