MARTÍN DE PORRAS:
EL HOMBRE MÁS IMPORTANTE DE LA HISTORIA DEL PERÚ
José Bernardo Cáceres Sayán
¿En qué nos basamos para hacer tan audaz afirmación?... En que a través de él
ocurrieron hechos extraordinarios considerados imposibles por la ciencia ortodoxa, la
historia del Perú, la propia idiosincrasia nacional y la sociedad que surge de ella; y por
muchos teóricos e incrédulos de su tiempo y actuales.
Fue el único personaje -en toda la historia del país- que logró unir a casi todos los
peruanos e influir positivamente en muchos de ellos, logrando cambios radicales de
fondo en la mayoría de los que tenían algún tipo de relación directa o indirecta con él.
Su amor por todos y por todo, también hizo “comer a perro, pericote y gato en un mismo
plato”. Este milagro –llevado al plano humano- nos enseña que la unión y coexistencia
pacífica entre personas opuestas, sólo es posible si existe una base espiritual para ello.
El mismo Virrey de Lima iba a visitarlo a pedir su ayuda y consejo, teniendo que esperar
que Martín terminara sus oraciones y meditaciones, antes de recibirlo. Lo mismo ocurría
con clérigos de la época -notables por su conocimiento- los cuales iban a buscarlo para
consultar su opinión sobre diversos temas teológicos, a quienes “el siempre conectado”
Martín asombraba con su claridad para comprender y su facilidad para explicar los
temas más complejos, sin haberlos estudiado.
Sin duda, este era uno de los varios dones sobrenaturales que Martín recibía
directamente de Dios. El orden de las cosas estaba muy claro para él y, por ello, daba
prioridad a su conexión con la Fuente de todo lo que existe, con la persona divina que
nos creó y está a cargo del universo entero. Al igual que Francisco de Asís, había
tomado la decisión de “servir al amo primero y luego al criado” (a Dios primero y a los
hombres después, por muy notables que fueran éstos).
Hace muy poco, leí sobre la historia de Milarepa, un hombre arrepentido de su vida
anterior que se retiró del mundo y se dedicó a la contemplación y a la meditación. Este
místico, tras muchos años de dedicación y gran esfuerzo personal, logró hacer algunas
cosas consideradas imposibles, como –por ejemplo- atravesar una muralla de piedra
con su mano, sobre la base de la idea de la unidad de todas las cosas creadas, y de
creer firmemente que él formaba parte de ellas.
Sin embargo, esto no es nada en comparación a lo que puede pasar cuando el
poder de Dios actúa directamente a través de una persona. Martín de Porras, sin
ningún entrenamiento prolongado ni esfuerzo personal alguno –pero con la ayuda
directa del Creador en persona- lograba cotidianamente hacer cosas mucho
mayores aun, sobre la única pero poderosísima base, de su confianza total, orante
y humilde en Dios. Él simplemente dejaba que Dios obrara sin interferir en nada
y, de ese modo, Martín se convertía en un poderoso canal divino en la tierra.
Debido al grado de entrega de Martín, la acción de Dios a través de él era ilimitada.
Constantemente salía y entraba al convento atravesando los muros y las puertas
cerradas del mismo. No sólo fue visto en distintos lugares del mundo como
Paraguay, Islas Canarias, etcétera, sino que actuó en ellos en forma decisiva a
favor de personas en peligro de muerte, enfermas, etc. Podía vérsele en dos
lugares al mismo tiempo, y aparentemente en muchos más.
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Así, podía estar suspendido en el aire en estado de éxtasis, contemplando el crucifijo
de la capilla del convento, al mismo tiempo que vérsele durmiendo en su habitación.
Este fenómeno es conocido como bilocación (estar y/o actuar en dos lugares al mismo
tiempo). No obstante, siendo el poder y la acción de Dios ilimitados, cuando encuentra
hombres dispuestos totalmente a servirlo, también puede producirse la multilocación,
como ocurrió frecuentemente con Martín de Porras.
Dios nos ayuda y guía a todos los hombres, pero sólo se manifiesta a sí mismo con tales
prodigios, a través de los humildes, es decir, las personas que dan todo el mérito de sus
logros a quien creó y gobierna el universo, y no a aquellas que lo atribuyen a sí mismas,
cortando así el flujo de la inspiración y acción divinas.
“Los milagros ya están creados; lo único que hay que hacer es conectarse con ellos”,
liberándonos de todas las barreras que nos impiden hacerlo, y ser así una auténtica
expresión de la divinidad.
Para ello es indispensable lograr “vivir lo espiritual como real”, meta esencial que
muy pocos se deciden a conseguir y a realizar coherentemente. Como dice Dyer:
“Somos seres espirituales con una experiencia humana; y no al revés”. La
“civilización” ha invertido los roles y, por ende, la sociedad nos miente y se auto-engaña
constantemente al respecto.
En este punto, es vital hablar de la “compensación” o acción positiva que operó
mediante Martín de Porras en el Perú y en el mundo entero de aquél entonces; y
continúa actuando ahora -a través de él y de otros-. Este concepto es explicado por
David Hawkins, y citado por Wayne W. Dyer.
Del mismo modo que la luz disuelve la oscuridad, las personas que viven en los niveles
más elevados de la existencia, elevan a las que viven en los niveles inferiores y
neutralizan su negatividad. Una sola persona que vive y actúa en esos niveles,
compensa el mal de muchísimas otras; y eso es lo que da vida, esperanza y oportunidad
de mejorar y sobrevivir a toda la humanidad.
El amor, la bondad, la paz, etcétera, que viven y transmiten esas personas es la prueba
de su conexión con Dios. Es ella la que les permite influir positiva y poderosamente
sobre un número enorme de personas que se mueven en los niveles más bajos. Esta
compensación explica por qué el mal de ciertas mayorías no logra vencer -ni destruir
definitivamente- el bien generado por una minoría, e incluso por una sola persona.
“Yo curo, Dios sana”. (Clara distinción que hacía Martín de Porras entre el
procedimiento a su cargo, y el poder que lo obraba, precisando siempre la Fuente y el
mérito del milagro). Sin duda, Martín permitía que la presencia de Dios brillara con gran
esplendor y actuara abundantemente en torno a su persona, teniendo siempre presente
que él solo era un mero instrumento de ella.
No existe honor más grande que ser instrumento de Dios -sirviéndole con amor- cada
uno en su propio campo.
José Bernardo Cáceres Sayán
Seudónimo literario: Bernardo Say
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