Rayito de luz
Ahí, en ese sillón perdido entre las
sombras, abrazada por la oscuridad de la
noche, se encontraba sola.
Las lágrimas, ya secas, marcaban caminos
olvidados en sus mejillas, mientras el vacío
y la rabia se entrelazaban en su pecho,
ardiendo como brasas.
Ella, que alguna vez irradiaba felicidad y en
cuyo corazón albergaban amor y bondad se
había desvanecido de su propio ser.
Pero no fue de golpe, pues el amor, con su
cruel ironía, la transformó lentamente. Le
robó la dulzura del rostro y la dejó
quebrada, atrapada entre el peso del dolor
y la furia que ya no sabía contener,
mientras las ganas de seguir adelante se
extinguían como cenizas al viento.
Pronto amanecía, y con un día más por
delante, debía iniciar su rutina. Limpiaba de
su rostro las lágrimas y sacaba fuerzas de
lo más recóndito de sus entrañas. Y ahí
estaba, de pie, como cada mañana, con los
ojos hundidos por el cansancio y las
arrugas marcadas por años de infelicidad.
Si la mirabas pasar, no imaginarías el dolor
que cargaba en el alma; pero, si te detenías
a observar, su ser pedía a gritos que la
rescataran. Ella quería ser feliz y amar de
nuevo; Con todas sus fuerzas peleaba por
moronas de ratos de tranquilidad.
Aún recuerdo cuando era un alma libre, sin
ataduras firmadas por un papel. Debiste
verla... volaba en sus sueños con alas que,
en el futuro, le cortaron. Corría descalza
por matorrales llenos de malvas que
envidiaban su belleza, su pureza y su gran
corazón. Era un ser tan frágil y noble.
De pronto llegó aquel día en el que, como
cada mañana, seguía su rutina, y aquello
que estaba roto dentro de ella crujió como
si se hubiera desprendido en mil pedazos.
Pero no... no era su quiebre lo que resonó,
sino el estruendo de una armadura una
armadura de hierro que se le impregnó en el
corazón.
Y brilló... brilló como cuando era libre. Salió
de las penumbras el ser del que les hablé.
Ya no fue el indefenso cordero que decía
que si a todo. Renacieron sus alas y voló.
Dejó atrás a aquel que creyó que era su
refugio, pero que en realidad era su
verdugo.
La mujer triste y devastada no volvió
jamás. Su semblante cambió para siempre.
¿Y qué fue lo que la hizo cambiar?
Te diría que fue la pregunta: “¿Por qué eres
tan tonta, mamá?”
La pregunta que le hice yo.
El orgullo que le quedaba y su rabia fue su
armadura, nunca más quiso que su rayito
de luz viera tonta a su mamá.
Su orgullo y el ejemplo que quiso darme
fueron lo que la hicieron brillar. Porque ese
día, ya no le importó que su verdugo
existiera, su amor por mí fue más grande
que la puso hoy firme y de pie de nuevo.
Por eso, te grito con el corazón:
¡Gracias, mamá, por tu felicidad!
Dentro de su profunda tristeza había un
rayito luz, una risita que le alegraba
minutos de su eterno sufrir, por lo que
“Aguantaba maltratos y humillaciones”.
Instituto Tecnológico de Zacatepec
Vanessa Odalys Barreto Rodríguez