Pikara Magazine
Periodismo feminista, crítico, transgresor y disfrutón.
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El transfeminismo antipunitivista como cortocircuito a la
cultura del castigo
La complejidad del sistema penal y penitenciario exige cuestionar los diversos discursos que lo
fundamentan. Analizamos la relación entre la perspectiva feminista y el punitivismo como uno de
los actuales engranajes que el sistema neoliberal instrumentaliza para mantenerse en el poder.
Texto: Pikara Magazine
Fecha: 09/04/2025
La cárcel perpetúa la tradición occidental basada en un pensamiento dicotómico que divide a la
población en categorías opuestas y excluyentes: hombre/mujer, bien/mal, normal/anormal. De esta
manera se sostienen relaciones de poder que someten “lo Otro” (representado en la alteridad
como amenaza) a “lo Uno” (lo hegemónico). A partir de ahí, cabe preguntar: ¿quién construye
esta representación?, ¿cómo se construye y por qué?, ¿qué tiene que ver el feminismo en todo
esto? Antes de adentrarnos en responder, creemos importante aclarar que el uso que hacemos
del término “feminismo” no pretende reproducir la idea de un único feminismo
representativo y válido que acaba excluyendo la diversidad de cuerpos y opresiones existentes,
sino que lo entendemos como una práctica política y epistemológica desde la que poder pensar y
cuestionar la actualidad.
La justicia patriarcal está tergiversando ciertas motivaciones feministas que abogan por la lucha
contra los distintos tipos de discriminación, y que no tienen nada que ver con la demanda
punitivista de endurecer y aumentar las penas y castigos. Quizá podamos entender esta deriva si
nos planteamos por qué un sistema como el penitenciario ha perdurado desde finales del siglo
XVIII hasta hoy, cuando el hecho de que las cárceles sigan llenándose —hasta producir modelos
como las macrocárceles— demuestra su ineficiencia e inadecuación a los fines que supuestamente
las justifican. Un análisis bastante esclarecedor al respecto, es el formulado por Daniel Jiménez
en Mercado-estado-cárcel en la democracia neoliberal española, donde muestra cómo el
entramado penitenciario en realidad se rige por necesidades económicas que buscan la mayor
acumulación privada de beneficio para cierto sector social. Lo cual se materializa en medidas
sociales y políticas punitivas. Existen toda una serie de factores que demuestran que el “éxito” de
la prisión se sustenta precisamente en su propio fracaso penal: no eliminar la delincuencia.
A pesar de los cambios sociales, la forma-prisión permanece para imponer la necesidad de
castigar al delincuente
A pesar de importantes cambios sociales, económicos y políticos desde su origen, la forma-prisión
ha logrado permanecer pasando por imponer la necesidad de castigar al delincuente, al requisito
actual de la corrección y la cura de la desviación en todos los ámbitos vitales. Jiménez relaciona
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la expansión del punitivismo con la tríada mercado-estado-cárcel para concluir que no hay
datos estadísticos reales que demuestren el argumento según el cual, a mayor
encarcelamiento, menor tasa de delincuencia. Por tanto, afirmamos que la abolición de las
prisiones no solo no significaría el auge de la delincuencia sino que, más aún, es el propio
entramado penal y penitenciario quien la produce en conjunción con la construcción del “sujetocriminal”. La delincuencia, rescatando las palabras de Michael Foucault, se convierte entonces, en
“el umbral, fijado de antemano y, como si fuera algo natural, de toda esa serie de pequeñas
presiones ... [que supondrán] la continuidad perfecta de lo punitivo y lo penal [donde] es preciso
tener un control económico y moral”.
La prisión es rentable porque ya ha logrado establecer el tiempo de vida como medida de pago de
la deuda-falta. Para mantenerse como una institución total es preciso que intente atravesar todo el
espacio vital consiguiendo que naturalicemos y reproduzcamos sus lógicas, llegando a creer que
no se puede pensar ni vivir de otra manera. Sin embargo, es aquí donde creemos que el
transfeminismo antipunitivista permite cortocircuitar esa aparente inmovilidad que oculta la
contingencia de lo establecido.
El transfeminismo antipunitivista como arma política
Identificar y desvelar la porosidad de los mecanismos punitivistas para poder abandonarlos resulta
indispensable si queremos reivindicar nuestra autonomía y ocupar los espacios de lo posible
(aquellos que definen lo que puede o no puede ser pensado), para así decidir cómo construir
nuestra subjetividad y la forma de relacionarnos. Creemos que llegar a ello resulta inviable sin
una crítica colectiva interseccional que ataque la forma-prisión en todos ámbitos de nuestra
vida. Esta es una posición que incomoda, ya que pretende desarticular las lógicas de control, la
formulación de absolutos, de verdades objetivas y la determinación de la normalidad (como
hegemonía), que construyen el actual suelo que pisamos.
Desde el transfeminismo entendemos el punitivismo no como una discriminación singular —que
afecta únicamente a quienes se identifican en la división entre delincuentes y “buenos
ciudadanos”—, sino como parte de un conjunto de opresiones que se entrelazan configurando
nuestros imaginarios y, con ello, las posibilidades de pensar y de actuar. Es desmantelando su
carácter sistémico como podremos entender por qué la cárcel es un problema colectivo que nos
afecta a todas de manera diversa.
El transfeminismo antipunitivista amplifica la profundidad, el contenido y el alcance de las luchas
políticas al abrirlas más allá de las alianzas identitarias, y potenciar nuestra capacidad para ejercer
lo que Toni Negri llamó “poder constituyente”. Es así cómo podríamos transitar otras formas de
abordar los conflictos dirigidas a la lucha contra las opresiones, y no contra las personas.
Violencias machistas y el punitivismo
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La instrumentalización neoliberal del feminismo es posible, principalmente, porque los
mecanismos disciplinarios y de control ya no funcionan solo como dispositivos que prohíben,
niegan y reprimen para perpetuarse en el poder. Ahora la dificultad radica en lo que Michel
Foucault llamó la “microfísica del poder”, cuya sutileza y capilaridad de sus formas hace que
sean mucho más indetectables y permeables incluso al fagocitar pensamientos y valores
disidentes y críticos con el sistema.
Nuestra apuesta por el transfeminismo antipunitvista pasa por exponer la necesidad de
transformar el actual abordaje de la violencia sexual y otras formas de violencia machista. Un
primer paso sería cuestionar el sesgo que construye una imagen del machismo totalizada y
proyectada en un sujeto-estereotipo (hombre cis, hetero, burgués…) como la causa directa de que
exista. Esta centralización en estereotipos invisibiliza, como apunta en varios de sus textos Laura
Macaya, las discriminaciones soterradas que se ejercen con ello como, por ejemplo, la exclusión y
estigmatización de mujeres que no coinciden con el modelo aceptado de víctima; o el uso de la
legislación contra la violencia machista para validar un racismo encubierto que penaliza la
inmigración. Este tipo de universalizaciones identitarias simplifican una problemática mucho más
compleja, limitando y coartando su planteamiento.
El sistema penal y penitenciario es uno de los dispositivos que sustenta el machismo
Interpelar el papel, la responsabilidad y la necesidad de implicación de la masculinidad en la lucha
contra las violencias machistas es algo fundamental para la deconstrucción de una socialización
patriarcal y neoliberal, tal y como expone Shaina J, Machlus en La palabra más sexy es sí. Guía
para el consentimiento sexual. Sin embargo, esto no puede convertir dichas violencias en
excepcionalidades sin nexo y representadas en imaginarios que infunden miedo e indefensión,
como el “hombre-monstruo-enfermo” o la “mujer-sumisa-dependiente” invisibilizando, así, la
relación con la estructura heteropatriarcal y desactivando su carácter político, planteando el
encierro como única garantía de seguridad y protección.
Si, en cambio, atendemos a la transversalidad que opera en y a través del machismo, a cómo se
legitima en la estructura y en sus mecanismos de subjetivación —como algo que nos constituye y
no únicamente como algo externo que sufrimos—, podremos comprobar cómo el sistema penal y
penitenciario es uno de los dispositivos fundamentales que lo sustenta y que, por tanto, no puede
servirnos para disolverlo.
Autocrítica inmanente en los espacios de resistencia
Venimos a un mundo ya conformado por una herencia bajo la cual ningún sujeto queda fuera.
Como expresa Nerea Barjola en su Microfísica sexista del poder: “No es una cuestión de mala
suerte, no son cosas que ‘a veces pasan’, es una noción política que vertebra y estructura el
sistema social”. Pensar desde la estructura ha de pasar, también, por cuestionar las lógicas que
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mantenemos en nuestros entornos y preguntarnos qué papeles opresores ejercemos y se ejercen
en ellos. Hacer esto requeriría no situar las agresiones como algo ajeno, sino como algo que nos
atraviesa en conjunto y de lo que queremos y necesitamos hacernos cargo.
Practicar la autocrítica no significa entonar el mea culpa, siguiendo la estrategia neoliberal de
responsabilizar al sujeto de todo lo que (le) sucede, por contra, supone dotarnos de una capacidad
para intervenir en la estructura conociendo nuestras líneas constituyentes. Reconocer la
fragilidad y vulnerabilidad de los discursos nos aleja de la rigidez propia del totalitarismo
para acercarnos a prácticas emancipadoras que, como apunta el artículo de Silvia L. Gil,
¿Cómo hacer de la vulnerabilidad un arma política?, implican un doble desafío: “Cómo no resolver
el cuidado de manera injusta, responsabilizando del mismo a un colectivo social, y cómo evitar que
el contacto con el afuera se traduzca en desigualdad y violencia”. Así, pensarse machista, racista
u opresor/a en cualquier sentido, analizar la forma en la que ejercemos los privilegios que rodean y
constituyen nuestra posición subjetiva, nos facilita la asunción de procesos de responsabilización
consciente comunitaria que deriven en alternativas más fructíferas.
Siguiendo la revisión hecha en la compilación de textos ¿Y qué hacemos con los violadores?
Perspectivas anarquistas sobre cómo afrontar la violencia sexual y otras agresiones machistas
podemos recoger algunas de las dificultades a las que nos enfrentamos en la gestión de estas
violencias. Entre ellas destacamos valorar qué constituye un éxito en la gestión contra las
violencias machistas para poder cerrarla; poder asegurar la restauración de la confianza en
personas, colectivos y/o espacios donde se interviene para hacer una reparación, una implicación
que mayoritariamente depende del tiempo “libre” y/o voluntario de las personas; la escasez de
investigaciones y prácticas que apliquen herramientas de mediación antipunitivistas que
permitan la difusión e implementación su uso. O, por último, la dificultad de llevar a cabo prácticas
colectivas horizontales que no reproduzcan roles jerárquicos y validen ciertos discursos basados
en la desigualdad entre identidades.
Trazando alternativas desde el abolicionismo
Rechazar las cárceles es, en definitiva, rechazar la imposibilidad de cambiar nuestro presente. La
posición abolicionista reconoce la raíz contingente de la forma-prisión y, por tanto, la posibilidad de
cortocircuitar sus condiciones materiales de existencia. Bajo este horizonte señalamos brevemente
algunas propuestas a las que acogernos, como las sugeridas por Paz F. Lecumberri y Diana
Restrepo en ¿Se puede terminar con la prisión? Críticas y alternativas al sistema de justicia penal:
tratar de recuperar el tejido social favoreciendo los vínculos afectivos y la solidaridad; fomentar
economías de subsistencia con políticas de decrecimiento; reivindicar la necesidad de invertir en
educación afectivo-sexual; adoptar modelos de justicia restaurativa y consensual. O las de Angela
Davis, quien apuesta, en su libro Democracia de la abolición. Prisiones, racismo y violencia por
crear nuevas instituciones democráticas; promover, difundir e investigar sobre las posibilidades del
abolicionismo; evitar el empobrecimiento del nivel discursivo al generalizar y simplificar términos
como “libertad”, “democracia”, “monstruos”, “terrorista”; organizar las luchas política conforme a
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proyectos políticos y no en base a las identidades.
Junto a ellas (y otras/os muchos que resulta imposible abarcar en un solo artículo) afirmamos con
rotundidad la demanda incuestionable de abolir el sistema penal y penitenciario como un objetivo a
perseguir dentro de los feminismos si queremos apostar por la defensa y sostenibilidad de las
alianzas comunitarias, la autonomía y la emancipación y la libertad y los derechos de las
personas.
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