DORA BARRANCOS
Colección: HISTORIA ARGENTINA
Director: José Carlos Chiarainonte
MUJERES
EN LA SOCIEDAD
ARGENTINA
UNA HISTORIA DE CINCO SIGLOS
Esta colección se propone poner al alcance de un público amplio, que
exceda al universitario pero que lo incluya, una serie de obras sobre los
principales segnientos en que se suele dividir el pasado argentino. Eilas
abordarán sus temas en forma cronológicamente completa, acercándose al
presente lo más que lo permitan las fuentes
disponibles, de manera tal que,
idealmente, el conjunto cubra la historia toda del país.
Para lograr ese objetivo de ser útil a la vez a los historiadores y al público
no
especializado, estas obras ofrecerán una síntesis actualizada del conoci-
miento sobre su campo, así como, entre otros rasgos, prescindirán de la eru-
dición común a los trabajos profesionales, incluyendo en cambio un ensa-
yo bibliográfico destinado a los lectores interesados en profundizar el tema.
Pero, en esa perspectiva, trataráu de evitar la ingenua aspiración a un conoSUDAMERICANA
cimiento íntegro y definitivo del pasado, dado que la historia, como toda
disciplina, sólo nos ofrece un conjunto parcial del saber relativo a su obje-
to, así como una labor de incesante reconstrucción de ese saber.
SEGUNDA EDICIÓN
En un campo tan maltratado por prejuicios ideológicos de todo tipo como
el de la historia nacional, los autores seleccionados adoptarán un enfoque
perspectivas deformes y refleje lo mejor de la histo
es
que se aleje de esas
riografia respectiva, guiados por el rigor intelectual al que debe aspirar
todo historiador.
CAPÍTULO II
VIDA INDEPENDIENTE, MUJERES SUJETADAS
El siglo XIX irrumpió con transformaciones que tendrían largas con-
secuencias para la que sería la Nación Argentina, comenzando por la
Revolución que terminó con el régimen colonial en 1810. Desde el
punto de vista de las relaciones intergenéricas aparecieron cambios
importantes, pero estuvieron muy lejos de significar mayores derechos para las mujeres. Todo lo contrario. El mundo occidental -que
durante ese largo siglo vivió modificaciones notables- apresuró
innovaciones en materia de usos y costumbres, especialmente gracias
a la rorunda solidez que consiguió la nueva clase social: la burguesía.
Si este nuevo grupo no fue absolutamente original -para algunos
autores, algunas de las más rancias afecciones de la antigua aristocra-
cia fueron adoptadas por los burgueses-, no hay dudas de que sus
sensibilidades e inclinaciones significaron nuevas formas de vincula-
ción entre varones y mujeres. Aunque los varones conquistaron
mucha más autonomía, los tratos se hicieron, si cabe, aún más reca-
tados y subalternos por parte de las mujeres. Severamente amonesta-
das para que pudieran conservar las virtudes de la pureza sexual, las
jóvenes de las capas medias que constitulan la burguesía en las sociedades avanzadas -sin duda, un conjunto muy heterogéneo- vivieron mayores restricciones, lo que significó una pérdida sensible de las
determinaciones propias que, al menos en el siglo XVIII, pudieron
gozar las integrantes de la aristocracia en las naciones europeas. Las
conductas altisonantes en el siglo XIX fueron aún más sancionadas
que en el siglo anterior. Las obligaciones de la maternidad se hicieron más expresivas, más reconocidas y también más estrictas. El estatuto de "madre" se elevó a una mayor consideración y por doquier se
expandieron manuales, instrucciones y predicados científicos que se
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LOS ÚLTIMOS TIEMPOS VIRREINALES Y UNA CORTESANA INOLVIDABLE
Permítaseme antes que nada recordar que nuestro territorio, y el que
actualmente ocupan Paraguay y Uruguay, fueron puestos en 1776
bajo un nuevo instituto.colonial, el Virreinato del Río de la Plata, sin
duda una circunstancia que tendía a jerarquizar la región que se separaba de la tutela del Alto Perú. Esto habría facilitado una segmentación socíal aún más ostensible, puesto que los grupos españoles que
rodeaban al virrey se sentían participantes de un orden más aristocrático. Resulta elocuente la alharaca que originó el arreglo ornamental de la sede virreinal, el antiguo Castillo de San Miguel -conocido luego de diferentes maneras, pero sobre todo como "el Fuerte".
Sus adecuaciones lujosas fueron seguramente un exceso teniendo en
cuenta los magros ingresos locales. La bien conocida Mariquita Sánchez--de quien me ocuparé especialmente- pudo decir: "El brillo
y la instalación del primer virrey en 1777, indicaba el camino del
futuro progreso". Cabe preguntarse si las formas cortesanas ahora
inauguradas no habrían facilitado -como ocurría con la experiencia europea- mayores propensiones a la vida suntuosa, no sólo de
la aristocracia que rodeaba a los virreyes, sino también de quienes
estaban lejos de integrarla, para hacerse de ropas, muebles y oropeles de mayor valor. Seguramente estas inclinaciones caracterizaban a
ciertas mujeres, pero fueron las llamadas virreinas -consortes de los
titulares- quienes exhibieron una marcada ostentación en ese remedo de corte que fue el espacio en que transcurrió el ejercicio de poder
virreinal. Los atuendos femeninos, especialmente los empleados en
las tertulias y saraos, fueron bastante sofisticados. Emeric Essex
Vidal, el inglés que reparó en muchas circunstancias de la vida en
Buenos Aires y Montevideo hacia 1815, se hacía eco de las descripciones de otro compatriota refiriéndose al atuendo femenino de fines
del siglo XVIII y primeros años de 1800: "Los vestidos comunes de
las damas eran de seda líviana y algodón fino, con profusión de puntillas que más bien exhibían que ocultaban el contorno del seno. Ni
sombreros ni adornos aprisionaban su larga y flotante cabellera. A la
pollera, que muy pocas veces pasaba de la rodilla, se le agregaban vuelos de puntilla que, casi nunca, ocultaban a la vista ni la franja dorга-
da de sus ligas adornadas". Esta vestimenta cambiaba cuando se trataba de asistir a tertulias y reuniones del estilo: "Usaban unas polleras
de tafetán de diversos colores, ricamente ornamentadas con franjas o
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puntillas doradas, las cuales, aun cuando llegaban hasta los pies, estaban calculadas para que dejaran ver y ocultar a intervalos, la forma
de la pierna, ceñida por media de seda, también bordada en oro". El
calzado para las reuniones festivas lucía también muy recamado: "Los
pies los Ilevaban ocultos en unas zapatillas de seda bordada o brосa-
do de oro, con hebillas de diamantes y tacos muy altos, que algunas
de plata maciza". Seguramente, el testimoniante había
la concurrencia femenina en reuniones de muy
observar
podido
importantes familias. Luego Essex Vidal se refiere a otros detalles del
atuendo: "El busto estaba completamente ceñido en una especie de
veces eran
saco de fino terciopelo, muy
ajustado, que se ataba o abotonaba pог
delante, y terminaba en un gran número de puntas adornadas con
perlas que caían sobre la pollera. Una capa de gasa o algodón muy
ligero, que llegaba hasta el suelo, y que algunas veces se ajustaba al
costado con un broche de pedrería, cala sobre sus hombros que, de
no ser por ella, se ofrecían completamente descubiertos". Las descripciones -siempre basadas en las percepciones del compatriota- proseguían: "La exuberancia del seno iba cubierta, solamente, por los
innumerables dijes, alhajas, gargantillas y cruces. El principal de estos
adornos lo formaba, siempre, una gran placa de oro, ovalada o redonda en el pecho, de la cual salían una anchas cintas que pasaban sobre
los hombros, descendían por bajo de los brazos y formaban una especie de símbolo en la cintura". Luego había una mención al arreglo de
las cabezas "que consistía bien en un pañuelo de gasa dorada, con cordoncillos de diamantes, o bien unas cadenitas de oro entrelazadas por
el negro pelo". Tal era el vestido de ceremonias de las mujeres de la
elite al momento en que se abría el nuevo siglo. A medida que corran
las décadas y la guerra consuma vidas y recursos, los trajes nocturnos
se exhibirán menos acompañados de alhajas.
Hubo una concubina cortesana cuya conducta permite revisar
algunos ingredientes relacionados con las diferencias de género en el
proceso revolucionario de 1810. Se trata de Anita Perichón de Vandeuil, la muchacha francesa que, con 21 años, inició relaciones con
el francés Santiago de Liniers al momento en que éste triunfara contra los invasores ingleses. Quien luego sería el virrey Liniers era un
señor maduro de más cincuenta años aunque, se decía, muy apuesto
y también muy dado a la seducción. Ambos ya habían conocido esta-
do matrimonial: ella era la esposa del militar irlandés Tomas O'Gorman
quien, al parecer, habia huido a raíz de la derrota de los ingle57