Índice Cubierta Portadilla El bazar de la memoria Pró logo Notas PRIMERA PARTE. Có mo creamos recuerdos 1. Albores 2. Sensació n: la materia prima de la memoria 3. Dando sentido 4. La historia del hipocampo 5. El sexto sentido: el có rtex oculto 6. El sentido de un lugar 7. El tiempo y la experiencia de la continuidad 8. Estrés: recuerdo y «olvido» SEGUNDA PARTE. Có mo la memoria 9. Autorreconocimiento: el comienzo de la memoria autobiográ fica 10. El á rbol de la vida: arborizaciones y podas 11. Una sensació n de ser 12. Hormonas sexuales y pá jaros cantores 13. Las cambiantes narrativas de la vida 14. ¿Verdadero o falso? 15. Las memorias má s antiguas Epílogo Notas Créditos El bazar de la memoria Có mo construimos los recuerdos y có mo los recuerdos nos construyen Prólogo Puedo sentir este corazó n que hay en mí, y juzgo que existe. Puedo tocar este mundo e igualmente juzgo que existe. Ahí termina toda mi ciencia, lo demá s es construcció n. ALBERT CAMUS, El mito de Sísifo (1955) En la traducció n del título que dio Proust a la célebre exploració n de sus recuerdos, À la recherche du temps perdu, hay un pequeñ o detalle que demuestra muchas de las cosas que me dispongo a tratar en este libro. El título, traducido inicialmente al inglés, en 1954, como Remembrance of Things Past («Memoria de las cosas pasadas»), se vería alterado en la edició n de 1992 por el má s fiel In Search of Lost Time («En busca del tiempo perdido»). Ese «memoria de» presente en la traducció n original sugiere una evocació n pasiva de recuerdos desde un repositorio fijo y oculto, mientras que la posterior traducció n, «en busca de», propone una persecució n activa de un pasado fluyente que se ha perdido. La neurociencia estuvo a punto de alcanzar a Proust en ese intervalo entre traducciones. Notas Las referencias bibliográ ficas de obras literarias aparecen en notas a pie de pá gina. Las referencias académicas y científicas se indican en nú meros ará bigos, y remiten a las pá ginas 319-333. Las notas discursivas se indican en nú meros romanos, y remiten a las pá ginas 301-318. PRIMERA PARTE Cómo creamos recuerdos 1 Albores Hay sucesos que cada uno de nosotros ha experimentado a lo largo de su vida con la profética sensació n de que los recordará por siempre. A veces esta sensació n es particularmente intensa, y, aunque no resulte epifá nica, lleva aparejada la impresió n de que hemos penetrado en un nuevo nivel de percepció n. Esta nueva percepció n es de tipo preverbal, como el repiqueteo de las tazas sobre los platillos que se hace notar como el ú nico indicio de un corrimiento de tierras. El repiqueteo que me puso en el camino de comprender la verdadera sustancia de la memoria tuvo lugar en Londres a principios de la década del 2000. Echando la vista atrá s, el incidente se parece a la escena introductoria de una novela donde cada ingrediente de la historia que se va a contar es expuesto con una astuta y casual inocencia que, al analizarla retrospectivamente, ya presagia lo que vendrá . La historia de Edith me hizo emprender un viaje en el que derribaría y reformularía mis ideas en torno a la memoria: un conocimiento que se había automatizado en mí, pero que, de alguna manera, eludía el material esencial de lo que supone ser una persona viviente y percipiente, con su memoria esculpida por la experiencia individual. Conocí a Edith en el hospital Royal Bethlem, el psiquiá trico má s antiguo del mundo, que ahora formaba parte del hospital Maudsley, cuya fama es mucho má s reciente. El Bethlem se remonta al añ o 1247, fecha en que recibió el nombre de Bedlam, hasta que bedlam pasó a ser un término que en inglés indicaba tumulto y caos. El hospital fue rebautizado a principios del siglo XX como Bethlem Royal. Las unidades de tratamiento se extendían en los má s de 100 acres de avellanos y castañ os de Indias que componían las tierras del hospital. Durante cinco añ os, a comienzos de la década del 2000, trabajé como médico principal de una unidad de Salud Mental Perinatal, unidad que de momento se ha salvado de los recortes de servicios del NHS, el sistema de salud pú blica inglesa, que han tenido lugar desde entonces. De todos los lugares del Reino Unido nos derivaban mujeres para proporcionarles un tratamiento especializado en los trastornos psiquiá tricos perinatales: trastornos que surgen durante el embarazo o durante el período posparto. Una familia de tejones se había instalado en un tú nel en los terrenos pró ximos a la entrada de nuestra unidad. A menudo me detenía a observar la abertura de la madriguera en aquel suave montículo, por si acaso el tejó n, quizá en un espontá neo rapto de protectora vigilancia, asomaba la cabeza durante el día. En esos añ os viajaba entre Londres y Dublín, y en Dublín mis dos pequeñ os aguardaban cada semana la noticia de algú n avistamiento, pero tenían que conformarse con las prensadas florecillas que les traía del bosque en primavera y verano, y con avellanas y castañ as ya entrado el otoñ o. Disfruté mucho de los cinco añ os que pasé trabajando en el Bethlem, devolviendo a mujeres como Edith, que habían caído bajo la cruel enfermedad de la psicosis posparto, a la vida normal. Muchas de las que ingresaban en nuestro mó dulo sufrían este tipo de psicosis tan poco difundido, que cada añ o azota a 1.400 mujeres en el Reino Unido. Edith fue ingresada en el Bethlem unas semanas después del nacimiento de su bebé. Esta es su historia. Edith carecía de un historial de enfermedades psiquiá tricas cuando dio a luz a su bebé. La llegada del bebé era aguardada con alegría. Fue un embarazo saludable, y los escá neres del feto eran normales. El parto careció de dificultades y el bebé nació sano y en la fecha precisa. En los días que siguieron al nacimiento del bebé, Edith se volvió emocionalmente distante, y parecía cada vez má s confusa. Se mostraba angustiada y preocupada, pero no expresaba la causa de su agitació n. Su condició n se deterioró rá pidamente hasta el punto de que en el momento de su ingreso había dejado de comer, y paseaba sin propó sito por su casa día y noche, desentendiéndose del bebé y el resto del mundo. Su médico de cabecera la evaluó en casa y nos la derivaron de inmediato para su valoració n y tratamiento. Cuando conocí a Edith, reparé en que estaba insó litamente delgada pese a que había dado a luz menos de dos semanas antes. Tenía una expresió n ilegible, y se mostraba má s o menos muda o indiferente a nuestras preguntas. Con frecuencia vemos este semblante «ausente» en individuos que han sufrido experiencias psicó ticas. En el caso de mujeres con psicosis posparto, por lo general perciben voces que nadie má s escucha, pueden oler algo —normalmente desagradable— que no procede del mundo exterior, y pueden sentir cosas en sus cuerpos que no está n causadas por nada o nadie que al menos visiblemente alcance a tocarlos. A tales alucinaciones auditivas, olfativas, visuales o somá ticas (tá ctiles o viscerales) se las denomina sintomatología psicó tica. El primer principio que debemos establecer es que aquello que llamamos síntomas son auténticas experiencias sensoriales. Oír un sonido, una voz humana, es una experiencia subjetiva, ya se origine la voz en el mundo exterior o lo haga en el cerebro a causa de un resorte neuronal de tipo patoló gico. La experiencia de escuchar voces es similar en ambos casos: tema aparte es el origen de la sensació n. Si la experiencia tiene por causa un resorte cerebral de tipo patoló gico, la persona que escucha la voz, como es habitual, mirará a su alrededor para ver quién está hablando, y podrá atribuir las voces a alguien que se halle presente, o a unos altavoces ocultos. Por lo comú n, aquellos que experimentan alucinaciones auditivas dará n la impresió n de estar hablá ndose a sí mismos, cuando lo cierto es que estará n respondiendo a unas voces tan audibles y reales para ellos como la voz de cualquier persona viva. Esto lleva al aislamiento de la persona psicó tica, atrapada en un mundo sensorial que no es sino una interpretació n incorrecta del mundo exterior. Así, el psicó tico puede llegar a creer que ha alcanzado un nivel de experiencia sensitiva que está vedada a otros, un «sexto sentido». La mayoría de las veces, quienes se encuentran sumidos en un estado psicó tico invocará n a fuerzas invisibles, ya sean extraterrestres, fantasmas, fenó menos má gicos, deidades, o, en el caso de Edith, el diablo, para explicar esas experiencias subjetivas que no concuerdan con la forma en que perciben el mundo aquellos que los rodean. Edith solo pensaba en darle un sentido a aquellas vívidas experiencias y se veía incapaz de responder al mundo de los estímulos sensoriales externos. Como buena parte de las mujeres que sufren la agonía de la psicosis posparto, Edith parecía encontrarse en un estado alterado de conciencia, como si la hubieran arrancado del mundo. Al evaluarla me di cuenta de que unas veces Edith me miraba fijamente a los ojos y otras cerraba los pá rpados con fuerza, y de tarde en tarde se quedaba mirando a algú n miembro del equipo. Parecía mirar a quien se encontrara en el lugar del que procedían las voces que escuchaba. Sus movimientos eran poco naturales y carecían de propó sito. Se mostraba muy cautelosa y trataba de ocultar su confusió n y sus miedos. Era evidente que respondía a unos estímulos sensoriales que no se originaban en el mundo exterior, que sufría una psicosis posparto. Edith había dejado de preocuparse por el bebé. «Sabía» que su bebé no era el mismo bebé al que había dado a luz, aunque parecía idéntico. Su bebé no tendría ese olor a podrido. Así que algo se las había ingeniado para cambiarle el bebé. Al principio no estaba segura de si le habían arrebatado el bebé que había alumbrado y el que tenía ante sí era un sustituto idéntico a él, o si acaso su bebé había sido poseído por una fuerza espiritual maligna, probablemente el diablo. De camino al Bethlem, Edith pasó junto a un cementerio que conocía bien, al encontrarse tan cerca de su casa. Al mirar por entre las verjas, sus ojos se detuvieron en una pequeñ a lá pida que, segú n reparó , se hallaba ligeramente inclinada. Se dio cuenta entonces, nada má s ver aquella pequeñ a lá pida, que su bebé había sido enterrado allí. La antigua tumba disfrazaba el reciente enterramiento, y estaba inclinada porque hacía poco que la habían movido. Esto le hizo comprender ya sin ningú n género de dudas que el bebé que ahora tenía consigo era un impostor. Perversamente, habían separado a Edith del bebé al que había dado a luz, y ahora los mismos que habían perpetrado aquella malignidad se disponían a encerrarla. Esto no me lo contó Edith, ni a mí ni a nadie, cuando la ingresaron en el hospital, porque eso hubiera significado enseñ ar sus cartas, y por tanto delatarse a sí misma. Solo tendría una oportunidad de salvarse si fingía ignorar que interpretá bamos un papel con el fin de engañ arla. No podía dejar traslucir nada. Nos seguía la corriente y trataba de decir lo mínimo indispensable. Una de las experiencias que he observado frecuentemente en las mujeres que sufren de psicosis posparto es la creencia de que las personas má s cercanas a ellas, y en especial sus bebés recién nacidos, han sido sustituidas por dobles, por un impostor. Este fenó meno recibe el nombre de síndrome de Capgras, en honor al médico que, en principio, lo describió por primera vez. Digo «en principio» porque la figura del bebé sustituido al nacer se remonta hasta nuestras fá bulas má s antiguas, los cuentos de hadas. Volveremos a los cuentos de hadas al final del libro. Aparte del bebé, Edith pensaba que también su pareja era un impostor, un sustituto idéntico, que actuaba en connivencia con aquellos que pretendían dañ arla. Tardó varios meses en confesarme esto, después de su recuperació n. Dado que a Edith le aterraba que las fuerzas malignas se apoderasen de ella, quería escapar del hospital. Se negaba a tomar su medicació n, que imaginaba sería venenosa, o en el mejor de los casos una droga que debilitaría sus energías para luchar contra la conspiració n. Entendía que ella era la ú nica persona que faltaba por eliminar antes de que pudiera establecerse un nuevo orden. El impostor que hacía las veces de su marido y la grotesca pantomima que la rodeaba la tenían a ella ahora como objetivo. Los gestos que intercambiaban aquellos maliciosos intrigantes estaban llenos de significado: nada era accidental o incidental. Nadie era quien parecía ser, y aquellos que se hacían pasar por su familia se habían llevado a su bebé, en connivencia con otros, y luego lo habían matado y enterrado a toda prisa en el cementerio local. Comprendimos que sería peligroso que Edith abandonase la unidad, y decidimos iniciar un tratamiento con medicació n antipsicó tica. Al cabo de los días Edith empezó a sentir menos ansiedad y comenzó a respondernos. Dos semanas después, a medida que se atenuaba su psicosis, empezó a angustiarle estar separada de quien ahora entendía era su bebé, y quiso reunirse con él. Cuando su pareja lo llevó a la unidad, Edith respondió con lá grimas y alegría. No puedo imaginar la confusa mezcla de emociones que Edith debió experimentar, pero entre ellas se contaban las emociones de una mujer que acababa de dar a luz. Poco a poco se recuperó y tres semanas después abandonó nuestra unidad; ya no sufría psicosis, pero estaba traumatizada por lo que le había ocurrido. En las sucesivas visitas a mi consulta que realizaría durante los meses siguientes, Edith me contó lo que había experimentado durante su psicosis. Tras el comienzo del tratamiento, las voces habían ido atenuá ndose poco a poco de un volumen normal a un susurro, se habían vuelto menos frecuentes, hasta que por fin desaparecieron del todo. Desapareció también toda idea de que su pareja y su bebé habían sido reemplazados, y con ello la de que todo el mundo a su alrededor, incluyendo al equipo médico, formaban parte de una trama paranoide. Se sentía muy avergonzada de las cosas que había creído durante su psicosis, especialmente en lo que concernía al bebé, y quería dejar atrá s aquel episodio. También le preocupaba que, si revelaba lo que había pensado que ocurría, habría quien pudiera considerarla una mala madre. Antes de sufrir su trastorno, Edith apenas sabía una palabra acerca de las psicosis, y nunca había oído hablar de la psicosis posparto. Lo que creía saber de sí misma había sufrido un cambio radical. La tranquilicé asegurá ndole que la psicosis era una enfermedad causada por los rá pidos cambios hormonales sucedidos durante el parto que habían afectado a su cerebro; que esto había causado que algunas partes de su cerebro se disparasen, creando unas experiencias subjetivas que parecían proceder del exterior cuando en realidad habían sido fraguadas dentro de su cerebro. Es de la experiencia subjetiva de donde debe partir cualquier explicació n que se le trate de dar a la psicosis. Toda sensació n, ya sea una voz, un olor, una percepció n tá ctil, una imagen visual, ya sea «psicó tica» o «real», ya se haya visto estimulada por algo del mundo exterior o porque el cerebro se dispara sin razó n aparente y sin el intermedio de una sensació n externa, se experimenta como algo real. Edith y yo determinamos que ella había percibido subjetivamente sus experiencias como experiencias reales, y que eran, por tanto, inconfundiblemente ciertas. Nos referíamos a las experiencias como algo real, pero entendiendo implícitamente que eran también psicó ticas. La escena que yo recordaba una y otra vez era una conversació n que habíamos mantenido tras su alta hospitalaria. Pregunté a Edith si había experimentado alguna idea psicó tica, por fugaz que fuese, acerca de su bebé o su pareja desde que le dimos el alta. Ella me respondió que así había sido en las primeras etapas de su recuperació n, pero que con el tiempo había ido a menos. Me dijo que al pasar por delante del cementerio, de camino a la consulta, su mirada se detuvo en la pequeñ a lá pida que había visto anteriormente, cuando la derivaron a su reclusió n involuntaria en Bethlem. Se trataba de la misma tumba donde creyó que su bebé había sido enterrado. Ahora, varios meses despues, al mirar aquella pequeñ a lá pida inclinada, sintió por un momento que «regresaba» al hospital para que la retuviesen contra su voluntad los mismos impostores que habían sustituido a las personas reales que formaban parte de su vida. Se vio invadida por todo lo que suponía aquella certeza, así como por una sensació n de terror. Le pregunté si era consciente de que en esta segunda ocasió n aquellas ideas psicó ticas no eran reales. Lo que me contestó a rengló n seguido fue lo que me impelió a seguir un largo camino de interrogantes acerca de la naturaleza de la memoria. Me miró fijamente y dijo: «Sí..., pero los recuerdos son reales». Y así fue como descubrí que el recuerdo de Edith parecía existir como una entidad orgá nica diferenciada: una instantá nea experiencial, una «analepsis». ¿Qué es una analepsis sino un recuerdo vívidamente experimentado? Para Edith había desaparecido el intervalo de tiempo entre evocació n y suceso, y el recuerdo era una experiencia vivida en presente que la golpeaba con un puñ etazo emocional una vez tras otra. La experiencia de este recuerdo era una cosa aparte, y má s poderosa que todos los razonamientos y la comprensió n de la psicosis que Edith había acumulado desde que se asentara el recuerdo. Ella sabía que había sufrido una psicosis, sabía que su psicosis había sido tratada y que ahora estaba mejor, sabía que su bebé se encontraba en casa, que no era un sustituto, que no estaba muerto y enterrado en el cementerio local, etc., etc., pero todos esos conocimientos quedaban en suspenso mientras experimentaba el recuerdo. El recuerdo era real. La habilidad proustiana de Edith para describir su recuerdo como una experiencia sensorial no reconstruida —visual y emocional y, en apariencia, independiente del tiempo— inició en mí un proceso de desaprendizaje de los constructos adquiridos. Antes de aquella conversació n, lo cierto es que cuando pensaba en la memoria lo hacía en los términos de las redes anató micas aprendidas en la Facultad de Medicina, de las teorías psicoló gicas aprendidas en las prá cticas clínicas de posgrado, de las dificultades nemotécnicas que acompañ aban a las enfermedades cerebrales y que cuantificamos en el trabajo médico, y de las neuroimá genes y la investigació n molecular en psiquiatría. La memoria era má s bien una construcció n abstracta, obtenida de diferentes repositorios del conocimiento. Si Edith me hubiera dicho que ver aquella lá pida le había hecho recordar su llegada al hospital bajo un brote psicó tico y que había experimentado una analepsis al verla otra vez, probablemente no me hubiera desviado de tan roma comprensió n de la memoria. Así pues, una de las primeras lecciones entre las muchas que aprendí de Edith fue que las clasificaciones teoréticas de la psicología y las clasificaciones clínicas de la psiquiatría me estaban cerrando los ojos a la experiencia subjetiva. Samuel Beckett, un brillante observador de los estados de angustia, adorado por los intelectuales, escribió : «Yo no soy un intelectual. Todo lo que soy es sensació n». Esto me resulta enormemente familiar, y en este libro he ignorado las explicaciones intelectuales y he evitado las teorías, incluso las clasificaciones elementales de la memoria, para seguir su largo viaje desde las experiencias sensoriales del mundo y los estados interiores de la emoció n hasta las retículas de la memoria neurali. He formulado algunos de los interrogantes, y algunas posibles explicaciones basadas en las observaciones de la experiencia vivida y la experimentació n científica, que surgieron quedamente en los añ os posteriores, los añ os pos-Edith. ¿Có mo logra una imagen visual despertar un recuerdo vivido? ¿Cuá l es la diferencia entre un recuerdo que se experimenta con emoció n y uno que no se siente sino que, por así decir, «se piensa»? ¿Por qué Edith atribuyó a sus extrañ as experiencias sensoriales de escuchar voces y oler a podrido la idea de que le habían cambiado el bebé? Si para Edith la experiencia memorística de la lá pida como el lugar que señ alaba el enterramiento del bebé al que había dado a luz era un recuerdo auténtico, ¿qué era entonces lo que constituía un recuerdo falso? Adentrarnos por las sendas de la memoria inscritas en el cerebro servirá para mostrar la manera en que los estados emocionales y sensoriales está n intrínsecamente vinculados, por un lado, en la memoria, y por otro a la experiencia evocadora. Viajaremos por mis recuerdos biográ ficos y profesionales y, espero, también el lector recorrerá , por medio de un lento despertar, algunos de los suyos. A lo largo de treinta y seis añ os he observado, tratado e investigado los trastornos del á nimo y los trastornos psicó ticos. Los psiquiatras contamos con un amplio acervo de conocimientos —farmacoló gicos, neuroló gicos, psicoló gicos, ademá s de las intuiciones obtenidas por pura experiencia—, pero creo que la mayor pericia con la que contamos exclusivamente en psiquiatría reside en la comprensió n de la naturaleza de la experiencia, lo que llamamos «fenomenología». Algunas experiencias las catalogamos como normales, otras como anormales, y algunas como patoló gicas. A mí no me interesa la distinció n entre experiencias normales y anormales, pero siempre he sentido una enorme curiosidad hacia los mecanismos neurales que crean la experiencia. Cuando se trata de iniciar la bú squeda de las explicaciones neurales de la experiencia —sensació n, cognició n o emoció n—, uno puede comenzar en cualquier parte, pero tarde o temprano todos los caminos desembocará n en la memoria. La memoria une lo que sabemos y lo que sentimos y se convierte en el medio a través del cual filtramos la experiencia consciente del presente. Otra lecció n fundamental que Edith me enseñ ó es que resulta má s sencillo aprender de las experiencias normales a través de aquellos individuos que sufren experiencias anormales. William James, psicó logo de finales del siglo XIX, y hermano del mucho má s célebre novelista Henry James, dijo: «Estudiar lo anormal es la mejor forma de comprender lo normal». Así que para mí el punto de partida se localiza en pacientes como Edith, que demuestran la complejidad y las ramificaciones de la memoria tal y como se experimenta en la vida real. A mis pacientes los recuerdo por muchos motivos: a algunos por su asombrosa capacidad de resistencia y de aceptació n, a otros porque su caso resultaba dramá tico o atípico, y a otros porque me era imposible averiguar qué iba mal. Los casos inexplicados siguen presentes en mi memoria, a veces durante muchos añ os, hasta que algo me permite observarlos desde un nuevo punto de vista: entonces, de pronto, reaparecen, y su enigma queda resuelto. Es como si ellos mismos me hubieran empujado a explorar, encontrar e identificar el mecanismo p j p cerebral de su experiencia. Citando a Henry James, hermano del menos célebre William: «Nuestra duda es nuestra pasió n». La lá pida del recuerdo de Edith, aunque oculta, se hallaba perfectamente conservada..., como el invisible tejó n. Para mí, la madriguera del tejó n trae ahora consigo una imagen de mis hijos pequeñ os, y un sentido de las oportunidades perdidas durante aquellos preciosos añ os que ya nunca regresará n: cuando para mí el tiempo pasaba a toda prisa, mientras que para ellos, como para todos los niñ os, debía de estar parado. La memoria personal puede abarcar desde una experiencia cegadoramente sensorial y emocional, como le sucedía a Edith, hasta una en la que solo acierta a caber la impronta de una emoció n: una punzada de tristeza, un débil ramalazo de amor, la casi imperceptible trabazó n de lo perdido, el leve tufo del arrepentimiento, como yo misma experimento ahora, mientras escribo esto. ¿Qué sentido tiene la red neural de la memoria, que yo creía comprender, en el mundo de la experiencia humana? Esto es, en esencia, lo que quiero explorar contigo, lector, en este libro. 2 Sensación: la materia prima de la memoria En puridad, toda sensació n es ya memoria. HENRI BERGSON, Materia y memoria (1896) El célebre relato «El empapelado amarillo» fue escrito por Charlotte Perkins-Gilman y se publicó en 1892. Perkins-Gilman era feminista, y el tono de la historia es de un contenido horror gó tico, que refleja las experiencias de lo que era la vida de una mujer en el siglo XIX. También puede interpretarse como un fascinante relato en primera persona de una psicosis posparto. Sus elegantes descripciones harían pensar al lector que la mujer era la queridísima esposa de un marido de intachable gentileza, John, pero a medida que la historia avanza nos damos cuenta de que la mujer parece estar encerrada en un á tico utilizado como cuarto de niñ os y ahora en desuso, en una enorme y deshabitada mansió n colonial. La mujer no dice dó nde está , pero sí refiere al lector que ha ido allí a pasar el verano, y que está sola en la habitació n de los niñ os. Cuando terminé de leer la historia por primera vez, me dio la impresió n de que la mujer debía de encontrarse en un hospital psiquiá trico, pues todas las ventanas tenían barrotes, la puerta que daba a las escaleras estaba cerrada con llave, había cadenas inmovilizadoras engastadas a las paredes, y su cama se hallaba clavada al suelo. La mujer se encuentra en un estado de extremo «nerviosismo... Nadie creería el esfuerzo que supone lo poco que soy capaz de hacer: vestirme y recibir a la gente, ordenar las cosas... Lloro por nada, y lloro casi todo el tiempo». Pero no se reú ne con nadie excepto su marido, que «es un médico de primera categoría», y su hermano, también un eminente doctor, y la hermana de John, el ama de llaves que se ocupa de ella, y a la que se refiere como «Hermana», y que a mí me da la impresió n de que debe tratarse de una enfermera. Su bebé, «con quien no puede estar», se encuentra al cuidado de Mary. ¿No le permiten estar con el bebé? ¿No es capaz de cuidar al bebé? ¿Es incapaz de sentirse emocionalmente unida al bebé? No la dejan hacer nada, pues se le ha prescrito reposo absoluto, pero ella se las ingenia para escribir las entradas del diario que ahora comparte con el lector. Un diario cuya existencia ni John ni Hermana conocen. La mujer se obsesiona con el diseñ o del intrincado y andrajoso empapelado amarillo. «Hay cosas en este papel que nadie sabe ni sabrá excepto yo. Tras su dibujo exterior las formas, tan tenues, se vuelven má s claras cada día que pasa». Algo le parece que se mueve tras el empapelado y también lo siente moverse, y llega a la conclusió n de que hay una mujer arrastrá ndose al otro lado. La mujer oculta tras el empapelado se escapa una noche y pasea a gatas por la habitació n. La narració n también relata có mo la mujer encerrada en el cuarto observa a la otra mujer en sus andanzas por el jardín a la luz del día. El empapelado deja escapar «el olor má s intenso que jamá s he sentido... Lo ú nico que puedo pensar es que se asemeja al color del papel. ¡Un olor amarillo!». Para quien no lo haya leído aú n, este relato de 6.000 palabras puede encontrarse fá cilmente en la red. Como todas las grandes obras de la literatura, «El empapelado amarillo» tiene diferentes niveles de interpretació n, todos ellos igualmente vá lidos. Es una historia feminista sobre las mujeres que quedan pegadas tras el empapelado, a las que no se les permite escribir, a las que se encierra y se priva de estímulos sensoriales cuando sufren una enfermedad mental, a las que se trata como histéricas y como un grupo genérico que de nacimiento ya es intelectual y moralmente inferior al hombre, y es también una historia sobre el asfixiante y condescendiente patriarcado de la sociedad del siglo XIX y de la profesió n médica. Todo ello ha convertido «El empapelado amarillo» en un relato en el que con frecuencia han profundizado los estudiosos del feminismo. Pero lo cierto es que Charlotte Perkins-Gilman sufrió una enfermedad psiquiá trica tras el parto de su bebé, y en una carta al célebre médico Silas Weir Mitchell habló de «la agonía mental que padecí con la llegada del niñ o», sus «terribles pensamientos», sus «rachas de excitació n», sus noches de insomnio, sus «raptos de salvajismo, histeria y casi imbecilidad», y terminaba hablando de su miedo a perder la «memoria por completo», y rogá ndole un tratamientoi. Todo cuanto concierne a la psicosis posparto se encuentra en este relato breve: un bebé ausente, recientemente alumbrado; una identificació n incorrecta, que toma al marido y al hermano por médicos; una identificació n incorrecta de la enfermera, Hermana, a la que la mujer confunde con su cuñ ada; la singular y repulsiva alucinació n olfativa que aparece de manera omnipresente; las alucinaciones visuales y tá ctiles; la confusió n; la sensació n de que la mujer intenta embaucar a otros que a su vez intentan embaucarla a ella; las referencias casuales a la intenció n de la mujer de quemar la casa para librarse del olor, de arrancar de un mordisco un trozo del cabecero de la cama, de ocultar una cuerda para inmovilizar a la mujer que se arrastra cuando esta escapa... El desenlace, en el que descubrimos que esa mujer es la propia autora, expresa la desintegració n del sentido del yo que tiene lugar en los estados psicó ticos. «El empapelado amarillo» relata lo que parece ser una historia de misterio de un modo superficialmente unificado, y es un brillante retrato de una mujer que intenta dar alguna coherencia, por leve que sea, a sus caó ticas y alucinatorias experiencias sensoriales. En esta historia la mujer describe sus sensaciones tal y como son. No parece «loca». Sus experiencias resultan extrañ as, pero a veces el mundo es un lugar extrañ o. ¿Y qué hay de esas sensaciones? Ella siente la presencia de la mujer, la siente tras el empapelado, ve su forma en los dibujos mó viles y deslizantes, y finalmente la ve en carne y hueso después de que la mujer salga a rastras de él, escucha su gemido y huele aquel horrible y «persistente olor». Estas sensaciones alucinatorias las experimenta como auténticas, y nosotros leemos el recuento que la mujer hace de ellas en su diario como algo real. Aunque «El empapelado amarillo» ha sido interpretado como el relato de una psicosis posparto, apenas hay aná lisis alguno de las experiencias sensoriales que realmente tiene la narradora. Por lo general, sus experiencias psicó ticas son analizadas como una metá fora de su cautividad a manos de las á speras instituciones sociales de la época. Resulta interesante que, aun cuando sus experiencias sean lo que má s nos fascina de la historia y lo que embauca al lector, el amplísimo abanico de aná lisis —el buscador de Google arroja má s de mil millones de coincidencias— se ha centrado casi por completo, má s que en la naturaleza de sus experiencias subjetivas, en especular sobre sus significados sociopolíticos. La mujer otorga un sentido a esas experiencias, por alucinatorias que sean, de idéntica manera a como todos lo hacemos: sabemos algo porque lo hemos visto, oído, sentido, olido o saboreado. El lector es consciente de que no hay ninguna mujer arrastrá ndose tras el empapelado, y sin embargo la narradora no parece «loca» de una manera convencional. La historia muestra lo cerca que cualquiera puede estar de la psicosis si se le confina en una habitació n cerrada y se le niega cualquier trato. La salvedad aquí, que la mayoría de estudiosos ha pasado por alto, es que la mujer ya sufría su psicosis antes de que se le proporcionase el terrorífico aislamiento de la p q p p «cura de descanso». A lo largo de este capítulo echaremos un vistazo al modo en que interpretamos el mundo a través de nuestros sentidos, y có mo la sensació n es el hilo que alimenta el telar de la comprensió n y la memoria. El punto fundamental, que no podemos crear memorias sin la sensació n, puede resultarnos tan familiar que seamos incapaces de verlo. Es difícil creer que costara tantos cientos de añ os comprender el hecho, ahora evidente en sí mismo, de que los cinco sentidos trasladan informació n al cerebro de forma que podamos clasificarla, aprender y, finalmente, formar un sentido coherente del mundo. La historia de la relació n entre sensació n y memoria se remonta a los comienzos de la revolució n científica, hace cuatro o cinco siglos. El cambio en la comprensió n de la memoria, que pasó de ser un repositorio está tico de conocimiento a una experiencia diná mica de la vida humana, es ciertamente profunda, y fue enormemente discutida. Dicho cambio se inició en los siglos XVI y XVII, en los albores del moderno pensamiento científico. Copérnico y posteriormente Galileo plantearon que la Tierra, má s que ser el centro del universo, era un pequeñ o planeta que giraba alrededor del Sol. Esto, en puridad, sustraía a la Tierra del dogma creacionista de la iglesiaii. En esa época, la Iglesia cató lica había dominado el pensamiento humano durante 1.500 añ os. El mismo dogma que rechazaba la física obstaculizaba también el avance de las ideas en torno al aprendizaje y la memoria. Los hombres —a las mujeres ni se las tenía en cuenta— no asimilaban el conocimiento por medio de la informació n que provenía del mundo, pues la verdad consensuada era que Dios proporcionaba todo conocimiento y este tenía su matriz en el alma. Había un alma proporcionada por Dios y un cuerpo humano material. La idea de un alma, tan distinta de un cuerpo, ha existido desde la propia existencia de las ideas filosó ficas. La divisió n que Plató n hizo de los seres humanos entre cuerpo, mente y alma se planteó en el siglo IV a. C., y pasó a ser una persistente plantilla para categorizar la experiencia humana. La tríada plató nica de mente, cuerpo y alma se transmutó en tríadas cristianas equivalentes —por ejemplo, Dios padre, Dios hijo y Espíritu Santo—, y ha permeado cada zeitgeist que ha pasado por el mundo: es el insistente zeitgeist que, en sus diferentes disfraces, ha tenido que ser confrontado. La nueva divisió n cuerpo/cerebro: mente/cerebro La divisió n cuerpo/cerebro tiende a disolverse —y con ello a desaparecer el alma— cuando se descubren los orígenes cerebrales de la experiencia mental. Un buen ejemplo de esto es la paresia general de locos (PGL), que ascendía al 25 por ciento de las admisiones en las instituciones psiquiá tricas del siglo XIX. Por entonces se consideraba que los síntomas respondían a un tipo particular de locura conocida como «insania moral». En la década de 1880 se descubrió que la PGL era una enfermedad mental causada por los ú ltimos estadios de la sífilis, y, tras el descubrimiento de la penicilina en la década de 1950, el cuidado de quienes padecían la enfermedad pasaría de los alienistas, como eran llamados los psiquiatras, a los médicos. La identificació n de la bacteria espiroqueta, origen de la sífilis, demostró que la insania moral no era una enfermedad causada por la promiscuidad sexual, sino parte de la medicina de las infecciones. Histó ricamente se han empleado algunas extrañ as ideas culturales para explicar la enfermedad mental, y esta mezcla de mito y ciencia sigue siendo un motivo de frustració n para la psiquiatría. La epilepsia es un ejemplo de enfermedad tratada en primer lugar por la psiquiatría y transferida má s tarde a la neurología... tan pronto se descubrieron una causa y un tratamiento para ese desorden. Toda experiencia mental sin explicació n parece encontrar refugio en la psiquiatría antes de ser transferida a la medicina «orgá nica», siguiendo los descubrimientos científicos. Esto es lo que está ocurriendo ahora con la psicosis, que poco a poco está dejando de ser un desorden «mental» para convertirse en un desorden «cerebral». La mente, en toda la extensió n de tan ambigua palabra, es la esencia del cerebro. Pensamos en la mente como algo enormemente misterioso y subjetivo, pero, tal y como veremos, cada cerebro es ya algo enormemente subjetivo y está forjado por las experiencias y por las conexiones tan ú nicas que tienen lugar en la vida de una persona. Un claro ejemplo contemporá neo de trastorno que pasa de la psiquiatría a la neurología es la encefalitis NMDA¹. La encefalitis NMDA se presenta generalmente con experiencias psicó ticas —la sensació n de oír voces, o paranoia— y trastornos del movimiento, y a menudo a quienes la sufren se les ingresa en pabellones psiquiá tricos. El término «encefalitis» significa inflamació n del cerebro, y en el caso de la encefalitis NMDA, la inflamació n está causada por unos anticuerpos que afectan al tejido cerebral: con frecuencia, a los receptores NMDA, que se encuentran abundantemente en el cerebro. Los anticuerpos son proteínas defensivas producidas por el sistema inmunitario. Por lo general, la síntesis de anticuerpos la propician ciertos organismos exó genos, como por ejemplo un virus, una bacteria o el ó rgano de un donante, pero a veces el sistema inmune puede crear g p p anticuerpos —los llamados autoanticuerpos— que atacará n a los tejidos del propio cuerpo, lo que conduce a enfermedades autoinmunes. En el caso de la encefalitis NMDA, los autoanticuerpos producidos por el cuerpo coinciden o encajan con el receptor NMDA de las neuronas y, dado que los receptores NMDA son ubicuos, el resultado es una encefalitis, una inflamació n del cerebro. Cuando los anticuerpos se forman en el propio cuerpo —«autoinmunidad»—, el tejido que toman por objetivo se dañ a porque resulta identificado por el sistema inmunitario como un cuerpo extrañ o, invasor, semejante a una bacteria o un virusiii. Las enfermedades autoinmunes son muy frecuentes y afectan a la mayoría de tejidos corporales: articulaciones (artritis reumá tica); glá ndulas tiroideas (tiroiditis); intestinos (enfermedad de Chron); corazó n (cardiomiopatía), etcétera. La encefalitis NMDA, como muchas enfermedades autoinmunes, responde a las terapias inmunodepresivas, y puede ser que todo termine ahí o que aparezca de nuevo, como sucede con la mayoría de este tipo de enfermedades. Cuando, en 2007, se descubrió el origen de esta forma de psicosis, la neurología pasó a ocuparse de ella. Desde su descubrimiento se ha escrito mucho acerca de si se trata má s bien de una dolencia neuroló gica que de una enfermedad psiquiá trica². Han aparecido pruebas desde entonces de que existe un componente autoinmune en muchas formas de esquizofrenia³. Se hace cada vez má s patente que cerebro y mente son una y la misma cosa. Transferir la encefalitis NMDA del campo de la psiquiatría al de la neurología, aun cuando los pacientes puedan presentar síntomas clínicos y padecer experiencias similares a los de aquellos que sufren otras formas de psicosis, es considerado en términos generales como algo positivo por quienes las sufren. El fenó meno del tercer ojo Las raíces de la divisió n mente/cerebro se remontan a los comienzos de la historia conocida. Siempre ha habido alguna representació n simbó lica de la «mente» o el «alma», lo que yo llamo «el fenó meno del tercer ojo». Nos encontramos en un período de la historia en el que las revelaciones de la neurociencia nos llenan de un asombro mayor que el de las extraordinarias mitologías culturales que han explicado hasta hoy la experiencia de ser hombre. Una noche, má s o menos a los trece añ os, mi hija Rowan tuvo un sueñ o. Despertó en un estado de agitació n, llamá ndonos a mí y a su hermano. Nos sentamos en su cama mientras ella describía las vívidas escenas entrecortadas que conformaban su sueñ o, la clase de sueñ o que uno puede describir en detalle por haber recreado esas imá genes nada má s despertar. En la escena má s memorable mi hija se encontraba en un bote, en una amplia extensió n de agua, junto a una mujer, posiblemente yo, pero no estaba segura del todo. El bote se agitaba en aguas revueltas. Tanto mi hija como la mujer intentaban remar hacia la tierra que se avistaba y que tan pró xima parecía, pero no eran capaces de acortar la distancia porque el bote solo llegaba a encabritarse sobre las olas y no conseguía avanzar. Un enorme caracol surgió entonces del mar, aterrorizando a mi hija, y repentinamente se situó en el centro de su frente. Despacio, el caracol procedió a avanzar en círculos en el interior de su cabeza, siguiendo la trama en espiral de su concha, y espantando a mi hija de tal modo que despertó bruscamente. Me sentí fascinada por el sueñ o de Rowan y llegué a la conclusió n de que había transformado la imaginería mística del «tercer ojo» en la original representació n de un caracol. En la mitología egipcia, 3.000 añ os antes de nuestra era, aquel símbolo era conocido como el Ojo de Horus. El símbolo viajó a través de los siglos, convirtiéndose en el Ojo de Siva de la mitología oriental, y en la terminología mística de nuestros días suele recibir el nombre de tercer ojo. La imagen está ahora tá citamente imbuida de la idea de una sabiduría femenina heredada de generació n en generació n, tras una larga transformació n de milenios a partir de un símbolo masculino con cualidades protectoras y proféticas. Visto en este contexto, el caracol de Rowan podría interpretarse como una metá fora de los miedos de una niñ a al hacer su transició n a mujer —expresada a la manera clá sica del viaje por el agua—, zozobrando de manera insegura sobre esas agitadas aguas al ser atacada por el tercer ojo. Mi interpretació n de la iconografía puede parecer un poco rocambolesca, pero debo admitir que me sentía bastante satisfecha con el perspicaz temor de mi hija al tradicional legado que recibía desde el reino de lo femenino y có mo aquello podía suponer una fuerza tan invasiva como destructora en sus pensamientos. El sueñ o de Rowan no provenía de haberse macerado en un eterno lago de sabiduría oculta, sino que má s bien parecía surgir de un miedo a esta mitología. Una lecció n que aprendí del sueñ o del tercer ojo es que en nuestra manera de adquirir conocimiento vivimos imbuidos de mitología, y que esa imaginería es ubicua, ya sea uno cristiano, hindú , budista, musulmá n o una atea adolescente irlandesa. Hoy, el tercer ojo se representa habitualmente como una piñ a, debido a la ubicació n que ocupa esta estructura de presunta sabiduría en la glá ndula pineal. La glá ndula recibió este nombre por su semejanza con una pinea: piñ a en g p j p p latín. Se encuentra en un plano horizontal entre los ojos, pero situado un poco má s al fondo, tras los ló bulos del cerebro, de manera similar a la ruta que tomaba el caracol de Rowan. En el primer siglo de nuestra era el famoso médico Galeno, posiblemente el primer médico científico, identificó la glá ndula pineal como el probable asiento de la mente/alma. Mantenía, con asombrosa presciencia, que el total de la experiencia humana podría explicarse por medio de las obras del cuerpo. Galeno no creía en un alma inmaterial: má s bien buscaba en el cerebro humano una explicació n para cada experiencia. Esta noció n de Galeno hoy podría sonar ridícula e ingenua, pero representaba un avance respecto al conocimiento general dominante en la época de que alma y mente se hallaban separadas: el alma pertenecía a Dios, y la mente, al individuo. En el siglo XV Leonardo da Vinci estableció la idea culturalmente aceptada de que el alma y la mente estaban unidas, y localizó la unió n en el cerebro. Esto alejó la idea de que el alma era un espíritu errante con un derecho de ocupació n del cuerpo humano cuyo fin coincidía con el momento de la muerte, cuando el espíritu abandonaba el cuerpo — ya fuera para ir a un mundo no terrenal o quizá para residir en otro cuerpo— en pos de algo que estaba directamente conectado con la mente-en-el-cuerpo. El alma se hizo así menos espiritual y má s carnal, menos «dios» y má s «hombre». Hoy sabemos que la glá ndula pineal es má s bien una estructura cerebral primitiva, relacionada principalmente con la secreció n de la melatonina. La melatonina es de gran importancia en el mundo de las aves, las ovejas, los caballos y las vacas, en los cuales se segrega en unió n con la luz disponible. Promueve la secreció n de sus hormonas reproductoras y asegura el nacimiento de polluelos, corderos, potrillos y terneros durante las cá lidas y luminosas condiciones de má xima fertilidad de la tierra y el mar, lo que posibilita que las crías tengan mayores opciones de sobrevivir. En los humanos, la melatonina está vinculada al ciclo del sueñ o y la vigilia, pero no tiene ningú n otro efecto notable. La glá ndula pineal es una estructura sin par en medio del cerebro, lo cual es bastante extrañ o, porque casi todo lo demá s tiene su par, y se encuentra engastada en las circunvoluciones de las estructuras cerebrales má s profundas como curioso y ú nico vestigio de la fertilidad controlada por la naturaleza. Los comienzos de la ciencia del cerebro La revolució n científica que explotó tras Leonardo distanció la comprensió n del mundo de los puntos de vista creacionistas de la Iglesia para llevarla a las leyes universales de la física, que podían explicar una disparidad de fenó menos. La Tierra se movía y operaba como consecuencia no de la voluntad de Dios, o de los dioses, sino segú n las leyes bá sicas de la física. La Tierra ya no era el centro del universo, y surgió la idea de que tal vez el hombre era también objeto de algunos principios científicos. Lo sobrenatural se había visto sustituido por lo natural. De esta manera, la ciencia, inadvertidamente, estaba socavando los dogmas de la Iglesia. René Descartes brindó una solució n potencial a la divisió n ciencia/Iglesia cuando describió su principio filosó fico del dualismo en el siglo XVII. Afirmaba que el alma era inmaterial y un don de Dios, y que estaba hecha de una sustancia diferente de la materia del cuerpo: el alma era etérea y el cuerpo era carne y hueso. El cerebro era una especie de centro del cuerpo material, pero estaba separado del alma inmaterial. Con esta teoría del dualismo, Descartes ofrecía la primera explicació n pseudocientífica de algo que ha evolucionado hasta convertirse en la divisió n contemporá nea mente/cerebro. Trajo consigo una confusa mezcla de ideas sobre física y conocimiento, un batiburrillo de ideas religiosas y científicas de la época; pero Descartes consideraba, y esto era lo má s relevante, la experiencia material sensible de vivir como algo de menor importancia. Al alma invisible, perfecta y hecha a imagen y semejanza de Dios, se la consideraba superior al cuerpo, caprichoso y sensible. Un grupo de vociferantes filó sofos que se oponía a la teoría de Descartes creía que el conocimiento se acumulaba por medio del vivir, y específicamente a través de los sentidos. Aquellos que creían en que el conocimiento se adquiría a través de los sentidos eran llamados «sensualistas». Y así llegamos a los orígenes de la batalla intelectual acerca de si el conocimiento (con c minú scula) se aprendía a través de los sentidos materiales o era un Conocimiento (con C mayú scula) innato, engendrado por Dios en lo inmaterial. Aquellos que se oponían a la visió n de Descartes, los sensualistas, eran considerados herejes, y algunos perdieron la vida, y muchos su libertad, al reivindicar el conocimiento como algo má s humano que divino. Ahora sabemos que el mundo se comprende a través del aprendizaje, pero en el debate acerca de si el conocimiento era implantado por Dios o se derivaba de la experiencia sensorial, o del aprendizaje, había mucho en juego en términos de orden mundial. Quizá la importancia de todo esto era má s bien de cará cter político, pues la idea de que Dios pudiera implantar un Conocimiento superior en ciertas personas, como el papa, que era infalible, o los reyes, que eran elegidos por Dios, otorgaba un poder absoluto a la Iglesia sobre los laicos, a la monarquía sobre la gente corriente, a los hombres sobre las mujeres, y así sucesivamente. Los distintos grupos interesados en mantener el mito de una superioridad innata lucharon en el seno de sus sistemas de poder, y las afirmaciones, tan opuestas, de quienes se erigían como poseedores de esa superioridad condujeron a cismas en la Iglesia, al derrocamiento de una monarquía explotadora por otra, y a guerras entre Iglesia y Estado. Miles de personas fueron asesinadas tanto en contiendas bélicas como a manos de la Inquisició n. Aferrarse a la idea de que Dios impartía el Conocimiento significó que nadie podía aprender nada que, potencialmente, pudiera igualar a una persona con otra. La batalla que se libró a lo largo de los siglos XVI y XVII perdura hoy, como el Vesubio, activa e hirviendo a fuego lento, para estallar a veces en una nada gloriosa erupció n. Los sensualistas, aunque por lo general discutían desde una perspectiva filosó fica y humanista, conformaron, a mi parecer, los fundamentos intelectuales para lo que hoy son las disciplinas de la neurociencia. En su lucha defendían también el potencial humano por encima del Conocimiento innato, y fueron asimismo los primeros humanistas, al poner los cimientos para los ideales de la libertad individual y la liberació n de toda tiranía. La historia de có mo las sensaciones llegaron a ser entendidas como la materia prima del conocimiento y la memoria es el primer capítulo de la historia de la neurociencia, así como de los ideales modernos de los derechos humanos. La pregunta de Molyneux Merece la pena detenerse aquí en uno de los grandes debates que tuvieron lugar durante el siglo XVII sobre el conocimiento, si este era innato o se aprendía por medio de la experiencia mundana, pues muestra có mo el hecho de discutir sobre, pongamos, cuá ntos á ngeles pueden bailar en la cabeza de un alfiler, puede despacharse resueltamente con los desarrollos en la ciencia médica. El otro motivo para contar esta historia es que el debate tuvo lugar en el campus de Trinity College, Dublín, donde trabajo. El debate lo iniciaron William Molyneux (1656-1698), un destacado erudito de Trinity College, y John Locke (1632-1704), el célebre médico y filó sofo radical inglés. Locke es uno de los má s conocidos filó sofos del siglo XVII que se opusieron a la noció n de un alma cartesiana y un Conocimiento innato. Se atrevió a desafiar el dictamen del sistema, segú n el cual Dios confería el Conocimiento a los hombres en funció n de su estatus. Escribió que la mente era una tabula rasa (una hoja en blanco) a su nacimiento¹*. El Conocimiento se adquiría mediante «nuestras habilidades ordinarias para llegar a conocer las cosas», a medida que uno memorizaba el mundo a través de la informació n sensorial. La filosofía abarcaba por entonces muchas disciplinas, entre ellas la política, la medicina, la psicología, las ciencias naturales, la física y las matemá ticas. Por los temas que tocaban, algunas de las discusiones que se celebraban en la Sociedad Filosó fica, fundada por Molyneux, encajarían hoy mucho má s en el Instituto de Neurociencias de Trinity College, donde yo trabajo. Molyneux escribió una carta a Locke el 7 de julio de 1688, en la cual formulaba una pregunta que ha llegado a ser conocida como la pregunta de Molyneux (o el problema de Molyneux). La pregunta giraba en torno a la figura de un hipotético individuo que hubiera nacido ciego y hubiese aprendido a «ver» los objetos por medio del tacto. En un momento posterior de su vida, se le concedía la visió n. La pregunta era si este hombre, nacido sin la posibilidad de ver, y que había aprendido a distinguir las formas por medio del tacto, sería capaz de distinguirlas al mirarlas, si alguna vez llegaba a ver. Molyneux planteaba como ejemplo una esfera y un cubo que aquel invidente hubiera aprendido a reconocer y diferenciar al tocarlos. ¿Conseguiría, una vez obtenida la visió n, identificar el cubo y la esfera solo con la vista, sin utilizar las manos? Molyneux y Locke abordaron este enigma desde una perspectiva filosó fica. Si el hombre cuya vista había sido concedida era capaz de comprender la diferencia entre una esfera y un cubo solo con mirarlos, sin haber aprendido sus formas a través de la visió n, significaba que el conocimiento visual ya estaría presente en su mente, y por tanto que el conocimiento visual era innato. Si, por el contrario, el hombre que había adquirido la visió n no encontraba diferencias al mirar los objetos, significaría que la memoria visual era adquirida a través de la experiencia del sentido de la vista, y que el conocimiento, pues, no era innato. En este ú ltimo marco empírico —es decir, aprender por medio de la observació n— uno solo conocía lo que había aprendido a través de los sentidos. Locke y Molyneux razonaron correctamente que el ciego no sería capaz de distinguir entre la esfera y el cubo ú nicamente por la vista, pues el conocimiento no era innato, y debía aprenderse con cada sentido, vista y tacto, por separado. La pregunta de Molyneux solo se resolvió finalmente cuando la correcció n quirú rgica de las cataratas congénitas, la forma má s corriente de ceguera congénita, se extendió a lo largo del siguiente siglo. Poco a poco se fue demostrando que la gente que obtenía la vista no era capaz de concretar la diferencia que había entre un cubo y una esfera solamente con mirarlos, y por tanto no entendían de manera automá tica el mundo visible. La imagen visual de una esfera y un cubo debía ser aprendida por medio del tacto porque esa era la manera en que un paciente invidente había aprendido a encontrarle un sentido a los objetos. En 1993, Oliver Sacks, narrador y neuró logo, escribió un artículo hoy célebre en el New Yorker titulado «Ver y no ver». Contaba la historia de un hombre al que llamó Virgil, el cual tenía 55 añ os cuando tuvo la capacidad de ver. Todo lo que Virgil veía por primera vez, desde su casa y sus contenidos al mundo de la naturaleza, le resultaba ininteligible. Sacks señ aló específicamente, a propó sito de la pregunta de Molyneux, que Virgil no era capaz de establecer la diferencia que había entre una esfera y un cubo a través de la vista. Cuando nacemos nuestra mente es una hoja en blanco, y la experiencia sensorial del mundo se va acumulando hasta formar el conocimiento y la memoria. Sentido comú n La historia de la pregunta de Molyneux nos muestra có mo la ciencia médica podría traducir debates filosó ficos imposibles de responder en un inequívoco conocimiento de la vida real. En el mundo en general, la respuesta de Molyneux comportaba la prueba de que todo ser humano podía desarrollar conocimiento y podía pensar, lo que abría la puerta a que germinasen las filosofías políticas de igualdad y libertad individual. Esta fue, tal y como yo lo veo, la primera gran victoria de la neurociencia sobre una burda realidad consensuada. La idea de que los sentidos alimentan el cerebro para crear en el individuo un conocimiento base fue ampliamente aceptada durante el siglo XVIII. Tales asuntos fueron debatidos en influyentes salones intelectuales en la ú ltima mitad de ese siglo, casi exclusivamente regidos por mujeresiv. Fue un concepto tan ampliamente aceptado que el libro má s popular de la época, escrito por Thomas Paine y publicado en 1776, se tituló Sentido comú n. Se trataba de un panfleto político imbuido de la noció n del conocimiento adquirido a través de los sentidos, y fue enormemente influyente en la composició n, varios meses después, de la Declaració n de Independencia de los Estados Unidos. En Sentido comú n, Paine hace una franca apología de la igualdad natural, má s que de la desigualdad innata, entre los individuos. Esta obra no habría podido escribirse sin la idea, desarrollada por los sensualistas, de que somos constructos de informació n sensorialmente adquirida. Aú n perduran las ideas histó ricas y filosó ficas sobre el conocimiento, la espiritualidad, el alma y la mente. La divisió n de la experiencia y la funció n humanas en «cuerpo, mente y alma» continú a permeando la mayoría de culturas. El comú n denominador de todos estos sistemas religiosos y espirituales es el del conocimiento implantado o externo, el tercer ojo, una fuerza situada má s allá del individuo. La neurociencia nos resulta fascinante no solo porque nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos, algo que nos suscita una curiosidad insaciable, sino también porque nos libera con precisió n de bisturí del fenó meno del tercer ojo. Por extrañ o que parezca, la neurociencia aú n no ha calado en la cultura psiquiá trica como cabría esperar. Existe todavía una percepció n generalizada de que la psiquiatría, como un aspecto de la medicina, no está relacionada necesariamente con el cerebro, sino con un hipotético dominio mente/ espíritu de la condició n humana. Como psiquiatra, el dualismo, para mí, es el enemigo, ya se trate del dualismo cuerpo-cerebro, cerebro-mente, cuerpo-alma, o razó n-emoció n. Las divisiones entre esos dominios inventados se vienen abajo cuando reparamos en que el mundo se nos expresa a través de los sentidos, y que le damos un sentido absoluto por medio de la penetrante conectividad del sistema de redes cerebrales (una frase que he tomado de la física y neurocientífica Danielle Bassett⁴). La interiorizació n del mundo en el ser humano se transmite a través del Big 5, los Cinco Grandes —vista, oído, tacto, gusto y olor—, que continuamente se vuelcan en nuestras redes de memoria. Las sensaciones obtenidas del mundo, a través, por ejemplo, del tacto o de la vista, nos permiten aprender diferentes formas, lo que genera un conocimiento relativamente sencillo a partir del cual se construye una informació n má s compleja. También está el suministro, a menudo ignorado pero constante, de la informació n sensorial que viaja del cuerpo al cerebro para despertar nuestras emociones, ya se trate de emociones sencillas o de otros estados mucho má s complejos. La sensació n es la materia prima fundamental que alimenta el cerebro: el sustrato sobre el que se asienta la penetrante conectividad del cerebro. En su esencia, la memoria es la representació n neuronal infinitamente compleja de la informació n sensorial que ha sido transportada al cerebro. Aprendiendo por los sentidos Cabe observar el lento proceso de aprendizaje por medio de los sentidos en la forma en que se desarrollan los niñ os, y en có mo les hacemos entender el mundo sensorial. Puede resultar difícil apreciar el conocimiento que llamamos intuitivo —que en puridad es el proceso automá tico por el cual se aplica el conocimiento adquirido— salvo cuando pensamos en la forma en que los niñ os se desarrollan por medio de la experiencia sensible. Nos encanta la inocencia con que ignoran las cosas que nosotros consideramos intuitivas: «¿Y papá cuá ndo se va a encoger hasta mi tamañ o?», la má gica aparició n y desaparició n del cuco, las respuestas emocionales no impartidas. Hay ejércitos de neurocientíficos investigando el modo en que los bebés aprenden por medio de la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olor. Uno de los principales psicó logos del desarrollo lo ha expresado muy bien: «Los bebés saben ponerse de cuclillas», una repetició n moderna de la tabula rasa de Aristó teles y Lockeiv. Un ejemplo má s sorprendente, partiendo de la pregunta de Molyneux, es la forma en que los adultos que adquieren visió n, como el Virgil de Oliver Sacks, van asimilando el mundo visible. Tales individuos deben exponerse lentamente a las imá genes del mundo para aprender qué es lo que representan: de otra manera se verían abrumados por un flujo de informació n sensorial de lo visible que les resultaría imposible procesar. Por este motivo, quienes adquieren la vista permanecen en entornos de mínima estimulació n visual y solo gradualmente se van exponiendo al mundo de las imá genes. No es algo tan difícil de entender una vez se asimila la idea de que todo ha de aprenderse a través de los sentidos. Cuando decimos que vemos algo, lo que en realidad estamos diciendo es que vemos una imagen en nuestro cerebro que interpretamos que es algo. Si vemos un cubo de Rubik o vemos una pelota de tenis y no nos equivocamos, no es preciso tocarlos para saber qué es qué. Conocemos la diferencia entre ese cubo en particular y esa esfera en particular. Lo que en realidad estamos diciendo, cuando decimos que vemos un cubo de Rubik o una pelota de tenis, es que hemos aprendido que la imagen que vemos es un cubo de Rubik o una pelota de tenis. Lo que llamamos sentido es también un recuerdo: ver supone la inmediatez del objeto observado tanto como la identificació n de esa misma imagen. Esto nos remite una vez má s a la cita de Bergson de 1896 con la que abría este capítulo: «En puridad, toda sensació n es ya memoria». Por lo general, nuestra percepció n está organizada en consonancia con la informació n sensorial que suministramos al cerebro. Damos sentido a lo que nuestros sentidos suministran al cerebro, formando caminos para la memoria y marcos interpretativos diná micos. Entendemos mejor la experiencia simultá nea de la sensació n y la memoria si escuchamos un fragmento musical que nos resulta conocido pero somos incapaces de identificar de inmediato. Al tratar de identificar la melodía, apelamos al sistema de redes sensoriales y de memoria. Nos llega una mayor informació n sensorial para aumentar y estimular todavía má s la unificació n sensació n-memoria. A veces abandonamos nuestros intentos de recordar, a sabiendas de que la bú squeda consciente muy probablemente fracasará y que ya recordaremos el nombre má s tarde. Silencioso procedimiento que puede llevar a la identificació n de la melodía unos minutos después. La memoria no es está tica: se halla en un estado fluido, en una danza sin fin junto a la sensació n. Tratemos de imaginar que nuestros sentidos periféricos se encuentran intactos, que tenemos una visió n perfecta y una capacidad auditiva excelente —neuroló gicamente intacta, como decimos los médicos—, pero que vemos y escuchamos cosas que otros no pueden. Nos adentramos en el territorio de las experiencias alucinatorias, donde la experiencia sensorial subjetiva ya no es un transmisor fiable de la informació n procedente del mundo que nos rodea. Las experiencias alucinatorias pueden provenir de una mala interpretació n de las señ ales sensoriales, cuando tenemos fiebre, por ejemplo, o de un miembro fantasma por una amputació n por debajo de la rodilla, donde las señ ales parecen proceder de esa parte de la pierna que ha sido amputada. En los episodios psicó ticos puede no experimentarse la llegada de una sensació n cuando se escuchan sonidos que se perciben como algo procedente del mundo exterior, o pueden verse imá genes que no son visibles para los demá s. Las experiencias sensoriales determinan la comprensió n que una persona tiene del mundo. En «El empapelado amarillo», la diarista deduce que hay una mujer tras el papel pintado porque la ve en el movimiento de los dibujos, la siente tras el papel, huele el cá ustico olor del empapelado y puede escuchar sus gruñ idos. En 1925, Virginia Woolf, probablemente presa de alucinaciones psicó ticas, recibió el mismo tratamiento de la «cura de reposo» que se le administró a Charlotte Perkins-Gilman en 1884, prescrito por el mismo neuró logo, Silas Weir Mitchell. La cura de reposo, como he descrito con anterioridad, imponía un aislamiento casi absoluto y una inactividad forzada. Verse sumido en una situació n en la que existe una casi total privació n de los sentidos en medio de la terrible e incontenible experiencia sensorial de la psicosis tuvo que haber supuesto una tortura que solo podía exacerbar el estado psicó tico. Virginia Woolf se suicidó en 1941 porque era incapaz de resistir por má s tiempo la tortura de la psicosis. Charlotte Perkins-Gilman también se suicidó , en 1935, tras escribir en su ú ltima nota que prefería morir por su propia mano antes que morir lentamente a causa del cá ncer. En el pró ximo capítulo veremos có mo damos sentido a las sensaciones y có mo es posible que no todos compartamos un sentido comú n del mundo. 3 Dando sentido Nuestra inteligencia es la prolongació n de nuestros sentidos. HENRI BERGSON (1859-1924) Hace algunos añ os, durante una cena informal, la conversació n derivó hacia el tema de los videntes. Todo el mundo daba su opinió n, algunos con má s alacridad que otros, como suele pasar. Me llegó el turno, y lo que dije, un poco fuera de lugar, fue que, si bien la mayor parte de los videntes eran charlatanes que sacaban provecho de la gente que se hallaba en una situació n emocional vulnerable, también era posible que hubiera algú n que otro vidente que sufriera una experiencia psicó tica y atribuyera sus voces alucinatorias a los muertos con los que estaba «comunicá ndose». Una mujer que no parecía ser ni mínimamente excéntrica salvo, quizá , porque «creía en» los videntes, me miró y dijo: «Y si no sufres una psicosis, ¿de dó nde vienen las voces?». Yo ya había respondido: «¿Qué voces?», antes de darme cuenta de que la mujer le estaba contando al resto de los invitados a la cena que para ella oír voces era lo má s normal del mundo. Oír voces es algo sorprendentemente comú n entre la població n general —el 10 por ciento de la gente habrá oído voces en algú n momento de sus vidas—, y eso no quiere decir que el individuo que escucha voces terminará desarrollando un desorden psicó tico⁵, ⁶. Aquella invitada a la cena estaba dando sentido a sus experiencias sensoriales como sucedía en «El empapelado amarillo». Para quien escucha voces, las alucinaciones auditivas pueden implicar una voz que oyen dentro de su cabeza pero que parece provenir de otra parte, o, en el otro extremo del espectro, las voces pueden ser tan reales como las que provienen del mundo exterior. Esto ú ltimo —las alucinaciones auditivas externas y reales— es frecuente en individuos a los que se les ha diagnosticado esquizofrenia. La forma en que dan sentido a sus voces y a otras experiencias alucinatorias permite vislumbrar lo dependientes que somos de la experiencia sensorial para dar sentido al mundo. Joseph es un joven al que se le diagnosticó esquizofrenia. Esta es la historia de có mo dio sentido a sus experiencias auditivas. La familia, los amigos y el médico de cabecera de Joseph le habían aconsejado que acudiese a un psiquiatra. El suceso que finalmente lo llevó a mi clínica tuvo lugar la semana anterior, en la tienda Spar de su localidad. Joseph había escuchado por casualidad una charla entre dos hombres. Uno le dijo al otro que «quería verlo muerto mañ ana». Joseph no sabía a quién se referían, pero sabía que alguien corría peligro, posiblemente él mismo. Habló con los vigilantes, que no dudaron en ayudarle, asegurá ndole que investigarían lo sucedido, no sin sugerirle acudir a la sala de urgencias del hospital local, pues parecía muy estresado. En urgencias lo remitieron a los servicios psiquiá tricos: y así fue có mo, a sus veinte añ os, Joseph se presentó en mi clínica. Era un joven guapo, de aspecto saludable, con el porte encorvado típico de los adolescentes, los inevitables auriculares, una sonrisa tranquila y modales suaves. Vestía a la moda, con ropa suelta, y se mostraba muy sosegado, algo bastante insó lito, al contar su historia. Joseph había sido un chico brillante en la escuela, con especial facilidad para las matemá ticas, la física y la tecnología. Comenzó a darse cuenta durante su adolescencia de que tenía talentos especiales, un sexto sentido, que le permitía comprender el mundo de una manera má s profunda que la gente normal. Esto, combinado con sus conocimientos tecnoló gicos, le permitía entender de manera gradual aquello que la mayoría de individuos era incapaz de ver: que la realidad, de la forma en que la percibe buena parte de la gente, es «una simulació n». Sospechaba que la irrealidad que compartía esa mayoría de personas estaba siendo tecnoló gicamente fabricada por los simuladores. Ignoraba quién controlaba la simulació n, o qué era la vida «real» que experimentaba buena parte del mundo. No estaba ni en el universo real que controlaba la simulació n ni en la irrealidad que compartían las demá s personas. En el mundo de Joseph, la realidad de cada cual era implantada por este mecanismo, pero él era una de las pocas personas que lo sabían. Y lo sabía porque era capaz de escuchar las voces del «exterior»: la realidad real que pasaba por debajo del radar. Al principio, entre el comienzo y la mitad de su adolescencia, escuchaba puntualmente unas voces muy suaves que le resultaba difícil entender. Solo podía descifrar pedacitos de lo que decían cuando se concentraba con todas sus fuerzas en escucharlas. Fumar marihuana despejaba su mente del revoltijo de las cosas cotidianas, y eso le permitía escuchar las voces con claridad. Sus amigos le decían que solo hablaba bobadas cuando fumaba, y Joseph pensaba que aquello ya era de por sí iró nico, pues él era el ú nico que entendía lo que realmente estaba sucediendo, y esa percepció n aumentaba enormemente cuando fumaba hierba. A su familia le desesperaba má s y má s el aislamiento que se había autoimpuesto en su dormitorio y que fumase hierba, así como su aparente pereza y su falta de interés en los estudios. A Joseph no le incomodaba aquel alejamiento del mundo e incluso sentía una mayor creatividad en su complejo puzle paranoico. Con el paso del tiempo, la influencia del simulador se fue extendiendo y le exigía una mayor atenció n. En los primeros días se filtraba ocasionalmente a través del televisor de su dormitorio, má s tarde fue penetrando por su teléfono y luego por sus auriculares. Empezó a estudiar Ciencias de la Computació n en la universidad. Sus estudios le ayudarían a investigar el origen de la fuerza exterior: supuso que tenía que ser transmitida a través de algú n tipo de nú cleo digital centralizado. Tras su licenciatura decidió hacer un grado superior en ciberseguridad. Para entonces, Joseph ya escuchaba las voces todo el tiempo, y «en estéreo». Podía oírlas mientras hablaba con otras personas, compitiendo con lo que decía aquella gente y a menudo invalidando sus palabras. Cuando escuchaba las voces de una multitud, se preguntaba si los simuladores podrían encontrarse entre los desconocidos que deambulaban por la calle. Luego se preguntaba si habría un grupo de gente que «sabía». A veces pensaba que los despiertos le enviaban señ ales, que las señ ales se disfrazaban de gestos casuales, pero no podía estar seguro de ello. También estaba la posibilidad de que la fuerza exterior ingresara fugazmente en el cuerpo de un desconocido para comunicarle algo. Salir a la calle era pisar el campo de minas de la paranoia y las interpretaciones complejas, y Joseph se fue volviendo má s y má s reclusivo. Hacer el grado en ciberseguridad le proporcionaría nuevas herramientas para mostrarse má s diestro que las fuerzas exteriores y, con suerte, permitirle «desaparecer». Comenzó a falsificar documentos de identidad y a crearse varios alias, mú ltiples cuentas bancarias y facturas de servicios pú blicos que, en conjunto, dificultarían a los simuladores el rastreo. El Departamento Contra el Fraude, sin embargo, consiguió atraparlo, y para no atraer sobre sí la atenció n de los simuladores, Joseph no quiso preparar una defensa. Cumplió cuatro p q p p p meses de cá rcel y se aisló todavía má s de la sociedad. Le vi má s o menos un añ o después de su puesta en libertad. Ahora pasaba casi todo el tiempo en su dormitorio, descifrando las voces y los có digos. Los controladores habían afianzado su posició n, y a Joseph le preocupaba que pudieran obligarle a hacer algo repugnante. A veces le amenazaban con ello, y otras veces le decían que debía matarse. En las raras ocasiones en que salía a dar un paseo no les costaba mucho encontrarlo, y todo el tiempo le hablaban sirviéndose de algú n que otro desconocido. Joseph se refugiaba entonces en un cibercafé, donde las señ ales podían perderse entre otras muchas señ ales rivales. La idea de seguir un «tratamiento» le provocaba sensaciones contradictorias, pero también quería liberarse de la carga que suponía aquella percepció n. Al final, decidió que deseaba «regresar al seno de la sociedad», aunque eso implicara perder su conciencia de la realidad real. Joseph utilizaba una frase interesante —«quiero recuperar mi atenció n»— como un motivo para buscar tratamiento. Durante las primeras semanas de tratamiento antipsicó tico las voces se volvieron menos intrusivas, y varios meses después, a medida que le incrementamos la medicació n, terminaron por desaparecer. Las ideas que acompañ aban la escucha de aquellas voces comenzaron a desvanecerse, dejando una extrañ a tierra baldía de memoria personal. Poco a poco, Joseph comenzó a recuperar la conexió n con su familia y amigos, y cuanto má s só lidas eran esas conexiones, má s se alejaba del psicó tico mundo de los simuladores. Nuestro terapeuta ocupacional le mostró un taller de ordenadores que, con el tiempo, ayudó a dirigir, antes de decidirse a buscar trabajo, provechosamente, en puestos tecnoló gicos de libre mercado. Joseph cree ahora que sus psicosis le franquearon la entrada a un mundo que existe «en alguna parte, en el ciberespacio», pero ya no tiene el menor interés en recorrer el alienante laberinto de la paranoia. La historia de Joseph demuestra que es posible dar coherencia al mundo a través de los sentidos y que eso deviene en la base de la interpretació n personal del mundo y de la propia memoria. Joseph no compartía el sentido comú n del mundo. Se limitó a crear una narrativa de sus experiencias sensoriales, como hacemos todos. La psicosis que lo había colonizado había hecho de él un extrañ o en el mundo de la experiencia colectiva. Como Virgil, el hombre que había obtenido la vista a los 55 añ os y que hubo de construir un sistema de memoria en el que canalizar la informació n visual, Joseph debía construir un nuevo marco en cuya matriz pudiera interpretar y memorizar el mundo posterior a su psicosis. Está diagnosticado como esquizofrénico, un diagnó stico generalizador donde las experiencias nucleares son las alucinaciones, concretadas habitualmente en la audició n de voces, y los delirios, o creencias extravagantes. Los sistemas organizados de creencias psicó ticas, o delirios, se van desarrollando con el paso del tiempo: Joseph llegó a organizar la informació n procedente del mundo sensorial en sistemas plausibles y superficialmente coherentes. Vista desde el exterior, la cosmovisió n de Joseph era una «locura», pero tenía una ló gica interna que explicaba sus experiencias. Lo cierto es que su visió n del mundo era bastante inteligente. Interpretar las sensaciones ¿Có mo damos coherencia a aquello que los sentidos suministran al cerebro? Una regla bá sica es que los nervios de una parte concreta del cuerpo viajan a una parte concreta del cerebro para proporcionar una interpretació n. El cerebro es una masa gelatinosa del color de un langostino sin cocinar, con hendiduras sinuosas. La masa cerebral encaja có modamente en los có ncavos surcos de la superficie interior del crá neo, de manera similar a como el langostino se acomoda dentro de su caparazó n, o una nuez elaboradamente plisada en el seno de su cá scara. El interior de cada hemisferio de la cá scara de nuez es semejante, en principio, al interior del crá neo. Al igual que una nuez, y a efectos visibles, el cerebro se encuentra dividido en dos hemisferios. Decimos que el cerebro tiene dos hemisferios, pero lo cierto es que todo el cerebro es má s como un hemisferio compuesto de dos cuartos de esfera, si bien nos atendremos a la convenció n familiar de la divisió n en hemisferios. Figura 1. La vía sensorial desde los sentidos al córtex Ilustració n que representa el exterior del cerebro. Los tractos nerviosos llegan a la parte externa del cerebro, que recibe el nombre de có rtex. Se muestran así las partes del có rtex donde está n mapeadas las sensaciones recibidas a través de los Cinco Grandes: oído (có rtex auditivo), vista (có rtex visual), olfato (có rtex olfativo), gusto (có rtex gustativo) y tacto (có rtex somatosensorial). La capa exterior del cerebro recibe el nombre de có rtex, y este es el destino de la mayoría de los nervios que proceden del cuerpo. Hay que imaginar el có rtex como si estuviera dividido en zonas, semejantes a países sobre un mapa, donde cada país recibe neuronas de un lugar concreto del cuerpo. A esta representació n del cuerpo-en-el-cerebro la llamamos «mapeado cerebral». Los ó rganos sensoriales de los Cinco Grandes tienen su propia parcela en el có rtex, que es fá cil delimitar debido a las enormes fisuras presentes en la superficie del cerebro: có rtex visual (vista), có rtex auditivo (oído), có rtex olfativo (olfato), có rtex gustativo (gusto) y có rtex somatosensorial (tacto). (Véase figura 1). Figura 2. Una neurona típica La señ al eléctrica pasa por la neurona desde las dendritas hasta las terminaciones nerviosas. Allí, la señ al modifica la microestructura de la membrana celular, y las burbujas de dicha membrana, que contienen los neurotransmisores, se mezclan con la membrana que rodea la neurona, desgarrando la burbuja en una superficie continua y liberando los neurotransmisores de su interior. Las neuronas sensoriales son células nerviosas que penetran el cerebro desde el cuerpo y provienen de todas sus partes, de los dedos de los pies al cuero cabelludo. Las neuronas varían en su forma, pero en general tienen dendritas, á reas pilosas y un extremo que se fusiona a una solitaria hebra del citoplasma que concluye en una terminació n nerviosa (véase figura 2). La terminació n nerviosa es un citoplasma con forma de nudo romo en cuyo interior se hallan burbujas de neurotransmisores. Si se ve estimulada por una señ al eléctrica, la burbuja de la membrana celular que contiene los neurotransmisores se mezcla con la membrana que rodea la célula, y el neurotransmisor se vuelca entonces dentro de la sinapsis. La sinapsis es el hueco existente entre una neurona y otra. El neurotransmisor liberado flota y se adhiere a los receptores cercanos de las dendritas adyacentes, disparando una ola eléctrica en la neurona postsiná ptica. Esta señ al electroquímica es la base de toda la actividad cerebral. Liberar un neurotransmisor no es la ú nica forma en que la energía electroquímica transmite la señ al de una neurona a otra. La luz puede originar una señ al eléctrica en la retina, un aerosol de feromonas puede disparar un receptor olfativo en las fosas nasales, la química de los alimentos puede hacer surgir una señ al eléctrica en las papilas gustativas de la lengua, las ondas de sonido pueden provocar el movimiento del tímpano para generar una señ al, o tocar algo puede estimular los receptores del tacto bajo la piel para producir una pequeñ a señ al. Sensació n tá ctil Allá por los primeros días de la neurociencia, Molyneux y Locke solo podían imaginar las vías sensoriales del tacto, desde los dedos al cerebro, y de la vista, desde los ojos al cerebro, que ahora son de conocimiento general. El ó rgano sensorial que interviene en el contacto físico con el mundo exterior es la piel. Las señ ales de cada cosa que tocamos, o que nos toca, llegan al có rtex tá ctil: el bultito presente en la superficie del cerebro que es posible ver por detrá s de la gran cisura horizontal (véase figura 1). Wilder Penfield (1891-1976) fue uno de los primeros neurocirujanos, en una época en que muy pocos se aventuraban a penetrar en el cerebro, a comienzos del siglo XX. Llevaba a cabo experimentos en pacientes conscientes que se disponían a someterse a cirugía cerebral para tratar la epilepsia, y así fue como descubrió que, pinzando el có rtex tá ctil, producía la sensació n de que algo los estaba tocando en diferentes zonas del cuerpo. Sorprendentemente, no sentimos sensació n alguna en el có rtex tá ctil, porque, aun cuando el cerebro interpreta el contacto que proviene tanto de dentro como desde fuera del cuerpo, en él no existen receptores tá ctiles. Este hecho tan paradó jico —que el có rtex no pueda sentir pero sí lo haga el cuerpo— es una demostració n muy sencilla de la indivisibilidad del complejo cerebro-cuerpo. Con el tiempo, Penfield observó que al pinzar má s o menos en la misma zona del có rtex tá ctil de distintos pacientes producía sensaciones en el mismo lugar de sus cuerpos. Llegó a la conclusió n de que el cuerpo estaba «mapeado» de un modo predeterminado en el có rtex del cerebro. Figura 3. El homúnculo somatosensorial o córtex táctil Secció n vertical, de oreja a oreja, a través de un hemisferio del cerebro a la altura del có rtex tá ctil. El có rtex tá ctil está ubicado tras el gran surco horizontal del có rtex. Se puede ver el mapeado del sentido del tacto en los humanos que se corresponde con las partes generales del cuerpo. Las zonas del cuerpo má s sensibles está n representadas en un á rea desproporcionadamente má s grande debido a que de las partes má s sensibles del cuerpo, como los labios y la lengua, salen má s nervios. En 1951 Penfield publicó un libro con un mapa del cuerpo que, segú n sus averiguaciones, representaba el có rtex tá ctil. Fue el primer cartó grafo del mapa corporal integrado en el cerebro, y el homú nculo sensorial que diseñ ó originalmente (homú nculo significa hombrecillo) ha cambiado muy poco con el paso del tiempo. La figura 3 permite comprobar que el cuerpo representado en el có rtex tá ctil no guarda las proporciones respecto a las á reas má s sensibles, como la boca y los labios, al haber allí una cantidad relativamente má s grande de nervios y por tanto de superficie cortical, si se las compara con otras superficies corporales como, por ejemplo, las piernas, que son má s grandes en términos corporales pero menos sensibles porque cuentan con una concentració n menor de receptores tá ctiles. Al igual que existe el có rtex exterior al que llegan los nervios procedentes de los Cinco Grandes, hay otro mapa de los nervios que provienen del interior del cuerpo, y que suministran lo que recibe el nombre de sensació n «interoceptiva». El có rtex interoceptivo, o ínsula, está dentro de un pliegue del có rtex que no resulta visible desde la superficie exterior del cerebro, como sucede con nuestras sensaciones. La ínsula es muy importante porque interpreta las sensaciones «brutas». Volveremos a ello en un pró ximo capítulo, pero digamos de momento que la manera en que experimentamos el mundo viene determinada tanto por los impulsos interoceptivos como por los exteroceptivos que llegan al cerebro. La labor de Penfield demostró , a un nivel filosó fico elemental, que las sensaciones corporales solo pueden experimentarse a través del cerebro. En ocasiones el cerebro puede malinterpretar la informació n procedente de sus neuronas periféricas, como sucede en el caso de un miembro fantasma. En el dolor producido por el miembro fantasma, la sensació n que proviene del muñ ó n, una amputació n, digamos, por debajo de la rodilla, la interpreta el amputado como procedente de la parte cortada y ahora ausente de la pierna. Esto sucede porque el nervio que desciende hasta el pie, aunque este ya no se encuentre allí, sigue su curso desde el nervio cortado en el muñ ó n de la rodilla hasta la zona del pie que aparece en el homú nculo sensorial. El mapa del pie se encuentra fijado en el homú nculo sensorial, o dicho de otro modo: el nervio procedente de la parte baja de la pierna siempre remite a una zona concreta del có rtex sensorial. Este tramo nérveo se ha memorizado en el có rtex tá ctil, y estimulará la regió n del «miembro inferior» del có rtex aun cuando dicho miembro haya sido amputado. Ejemplo este de una red compleja: la anatomía del nervio se encuentra fijada desde el miembro inferior hasta el có rtex tá ctil. Si, en el caso de una patología anató mica inversa, el có rtex correspondiente al miembro inferior se encuentra dañ ado, por ejemplo tras un ictus, es posible que se pierda la sensació n de la pierna, aunque la persona que haya sobrevivido al ictus tenga un miembro perfectamente formado. Sentimos el cuerpo solo gracias al cerebro. Hoy, la red sensorial compleja del homú nculo de Wilder Penfield se puede ver en los humanos empleando la técnica para neuroimá genes cerebrales de la imagen por resonancia magnética (IRM)i. Solo cincuenta añ os después, el grupo de Arno Villringer fue capaz de tocar varias partes de la mano para identificar las zonas del có rtex tá ctil que se «encendían» haciendo uso de la IRM⁷. El salto que el homú nculo de Penfield dio desde la cirugía cerebral abierta hasta la visualizació n del cerebro a través de la neuroimagen es un ejemplo de có mo las herramientas de la neuroimagen han abierto el camino a la exploració n cerebral. Sensació n multimodal El principio fundamental del mapeado del cuerpo en el cerebro es que cada porció n del cuerpo situado en el exterior del cerebro tendrá aquí su representació n. Dentro del cerebro todo está singular y abigarradamente interconectado, conformado por la red compleja del cerebro como herencia genética así como por la red dú ctil de la experiencia que se desarrolla a través de la sensació n, en una complicada interacció n entre aprendizaje y memoria. La red dú ctil es la forma en que el cerebro se interconecta para aprender y adaptarse. Hay una constante interacció n orgá nica entre red compleja y red dú ctil. Por ejemplo, los invidentes interpretan el mundo por medio del tacto. El principio anató mico para ver a través del tacto se fundamenta en que las neuronas del có rtex tá ctil viajan, por medio de las conexiones transcorticales situadas en la superficie del cerebro, al có rtex visual. La sensació n de «tacto» se traduce así en informació n «visual». Aquellos que son invidentes de nacimiento, comparados con la gente que puede ver, poseen un có rtex visual má s pequeñ o, pero má s conexiones transsensocorticales que llegan al có rtex visual desde otras regiones corticales⁸. Las personas invidentes sí «ven», pero las imagenes son planas o bidimensionales: carecen de un campo visual profundo. La forma en que los invidentes «ven» dice mucho acerca de la naturaleza abstracta de la sensació n. La sensació n consiste principalmente en distinguir entre los estímulos que nos llegan, y los mecanismos distintivos son comunes en todas las interpretaciones sensoriales. El cerebro aprende a distinguir unas formas de otras por medio del tacto, una imagen de otra por medio de la forma, y así sucesivamente. Lo mismo ocurre con el sonido. Los sonidos se identifican en relació n a otros sonidos: pensemos en escalas y claves musicales, o en la diversidad de los ritmos. Distinguir una imagen o un sonido de otro lleva a la formació n de patrones y de ahí al reconocimiento, que es la base de la memoria. Si un invidente de nacimiento tiene suerte, como Virgil, y obtiene la visió n, el có rtex visual se reorganizará alrededor del estímulo producido por las imá genes externas, má s que desde el có rtex tá ctilii. Otro ejemplo comú n de memoria trans-sensorial es la lectura de labios. Sin ver o escuchar, es posible aprender los estímulos auditivos y visuales por medio de la vibració n y el tacto. La adaptació n cortical, con el trá nsito de la informació n procedente de los sentidos en el mapa cortical sensorial, muestra có mo el cerebro de un individuo puede adaptarse a memorizar e interpretar la informació n sensorial8. Los invidentes aprovechan la elasticidad del cerebro —la capacidad que este tiene para crecer y adaptarse— y emplean mecanismos sensoriales sustitutivos para convertir la imaginería visual, a través de una cá mara fijada en una persona, a sonidos, a fin de que el có rtex auditivo pueda aprender a interpretar las imá genes obtenidas por medio de la cá mara⁹. El lenguaje de la neurociencia de los sentidos ha pasado de ser un modelo cortical específicamente sensorial a un modelo organizativo metamodal que da la medida de un cerebro altamente interconectado. Sensació n y percepció n En su libro Modos de ver ²*, así como en la serie de la BBC que apareció después, en 1972, John Berger (1926-2017) exploró el concepto de có mo «vemos» má s allá de la sensació n de ver. Berger fue un influyente comunicador especializado en la forma en que el cerebro humano interpreta lo que ve: la percepció n. Berger, como crítico de arte, artista visual y escritor, demostró que las formas de ver se desarrollan a partir de nuestro marco aprendido del mundo, lo que él llamó «la constancia perceptiva». Vemos, por ejemplo, mujeres y hombres de maneras distintas a causa de un sistema de valores profundamente condicionado. La constancia perceptiva es necesaria, o de otro modo estaríamos en un permanente estado de reevaluació n de cada estímulo, pero también es la base de los prejuicios. Berger tenía experiencia de primera mano acerca de las maneras aprendidas de ver el mundo porque había ido perdiendo su visió n a causa de unas progresivas cataratas. Tras someterse a una operació n, su visió n mejoró enormemente¹⁰. Para él, aquel «renacimiento visual» que experimentó tras la operació n era como ver las cosas por primera vez. Las redes de su memoria visual estaban cargá ndose de luz tras muchos añ os de quietud, y volvían a despertar los cimientos de sus memorias visuales. Recuperó los vívidos recuerdos visuales de la infancia: una hoja blanca de papel le trajo el recuerdo de la cocina de su madre y «todos esos blancos de la mesa, del fregadero, de las repisas». En Over the Backyard Wall («Sobre el muro del patio trasero»), el autor irlandés Thomas Kilroy ha escrito acerca de una experiencia similar de renacimiento visual tras la eliminació n quirú rgica de las cataratas. Kilroy recorre sus recuerdos de infancia viajando en su imaginació n por la geografía de su ciudad de origen, Callan. Este libro me resultó de especial interés porque me crié durante unos añ os en esta pequeñ a ciudad de las regiones centrales de Irlanda. Disfruté indirectamente de su renacimiento visual a medida que Kilroy iba describiendo el despertar de sus antiguos recuerdos visuales. Kilroy escribe que el «verdadero origen de la visió n personal» es la memoria. La visió n, como toda sensació n, no puede separarse de la memoria, y las dos se entretejen para conformar la percepció n. Volviendo a la médium invitada a la cena, que tenía alucinaciones auditivas de cará cter benigno, y a Joseph, que tenía alucinaciones recurrentes e intrusivas: ¿cuá l puede ser el mecanismo sensorial que subyace bajo las alucinaciones auditivas? No lo sabemos con exactitud, pero sí sabemos que las partes del cerebro relacionadas con la escucha del habla normal se estimulan cuando una persona con psicosis oye voces¹¹, ¹². Podemos imaginar que, si el có rtex visual se dispara, uno podría ver ondular el empapelado; si el có rtex olfativo se dispara, podríamos experimentar un olor a podrido; si el có rtex gustativo se dispara, la comida nos podría saber raro, tal vez como si hubiera sido envenenada. Hoy existen pruebas de que la generalidad de las conexiones neuronales de las vías sensoriales cerebrales que se proyectan en el có rtex son diferentes en la esquizofrenia¹³. Esto significa que cualquier problema que interfiera con alguna parte de las vías sensoriales presentes en el cerebro tendría el potencial de impactar en las experiencias sensoriales. Hay mú ltiples motivos por los que los diferentes có rtex sensoriales puedan dispararse ante la ausencia de la sensació n procedente de los nervios periféricos: epilepsia, un tumor cerebral, una estimulació n local de tipo químico producto del consumo de drogas psicodélicas, un defecto en las conexiones, una disfunció n de los neurotransmisores... Por decirlo en pocas palabras, tal y como se enseñ a a los estudiantes de medicina: una alucinació n es la experiencia de una sensació n en ausencia de un estímulo externo o, má s correctamente, de un estímulo externo coincidente. Virginia Woolf sufría trastorno bipolar, y para mí está fuera de toda duda que sus descripciones de las experiencias sensoriales de Septimus, en Mrs. Dalloway, fueron elaboradas a partir de sus propias experiencias durante los brotes psicó ticos y obsesivos. En las obsesiones la sensació n exterior puede difundirse con normalidad, pero esa sensació n se experimenta de una forma exageradamente hiperperceptiva, o puede ser malinterpretada si la persona padece una obsesió n de tipo psicó tico. Sentado bajo los á rboles de Regent Park, en Londres, Septimus siente que las «hojas estaban vivas, los á rboles estaban vivos. Y los á rboles se habían conectado a través de millones de fibras con su propio cuerpo». Este pasaje termina con la conclusió n de Septimus de que «todo ello en conjunto significaba el nacimiento de una nueva religió n». Podemos sentir la trémula hiperpercepció n de Septimus, su fragmentaria comprensió n de las experiencias visuales y auditivas, y entonces... su ilusa interpretació n: «todo ello en conjunto significaba el nacimiento de una nueva religió n». Sus sensaciones se difundían perfectamente —el á rbol y las hojas eran reales—, pero Septimus no les daba sentido. La descripció n de Virginia Woolf es una de las mejores que jamá s he leído de lo que en psiquiatría llamamos percepció n delirante, una idea extravagante que surge de sensaciones auténticas procedentes de una fuente exterior. Al final, Septimus, incapaz de soportar el bombardeo mental de la psicosis, se suicida, anticipando la muerte que planificó para sí la propia Virginia Woolf. Mucha gente, incluidos psiquiatras, arguyen que deberíamos desechar el diagnó stico de esquizofrenia basá ndonos en que las experiencias psicó ticas son comunes y que la esquizofrenia es un trastorno de espectro. Esto, afirman, tendría el beneficio añ adido de la desestigmatizació n del trastorno. Para mí, cambiar la palabra no sirve a ese efecto. El estigma no proviene de la palabra «esquizofrenia», y quitar la palabra es una clase de admisió n que en sí misma estigmatiza. El autismo se ha desestigmatizado no porque la palabra haya sido reemplazada, sino porque la sociedad ha aprendido a hacerlo. Los individuos con trastorno del espectro autista (TEA) ya no son vistos como «raros», son, má s propiamente, considerados diferentes/especiales. La comprensió n y la tolerancia necesarias para entender a los individuos especiales, no neurotípicos, nos eleva a todos a niveles má s altos de bondad y generosidad. Pero existe una salvedad importante: hay un mundo de diferencia entre estar en el espectro autista y ser autista; o estar en el espectro psicó tico y ser esquizofrénico; o entre ser obsesivo y tener un trastorno obsesivo compulsivo; y en cuanto a la observació n informal de que alguien que es impredecible y emocionalmente inestable sea «bipolar»... Como ya he mencionado, ser consciente de un nuevo conocimiento es algo que al principio suele predisponer a generalizaciones, y, en lo que concierne al cerebro y la conducta, tendemos a aplicarnos en primer lugar la nueva informació n porque no estamos menos interesados en comprendernos a nosotros mismos. Los rasgos y las inclinaciones no crean una g y enfermedad, lo que sí pueden hacer es minar la vida personal, y este tipo de autodiagnó sticos devalú an el a veces devastador sufrimiento que experimentan aquellos que padecen auténticas enfermedades mentales. Escuchar voces no es esquizofrenia, así como sentirse triste no es una depresió n, o ser enormemente organizado hasta el punto de ser inflexible no es un TOC, o tener pocas habilidades comunicativas no es autismo, o ser emocionalmente impredecible no es una enfermedad bipolar. Interpretaciones de sensaciones extrañ as Es posible que cueste establecer la diferencia entre sistemas de creencias delirantes y las cosas extrañ as en las que cree la gente «corriente». Algunos de los sistemas de creencias acientíficos y culturalmente marginales, el fenó meno del tercer ojo, pueden parecer cuasipsicó ticos, y algunos son francamente psicó ticos. Cabe señ alar que hay películas que tienen una resonancia especial y pueden proporcionar marcos explicativos para aquellos que sufren experiencias psicó ticas. Muchos de los jó venes que hoy recurren a nuestros servicios con diagnó stico de esquizofrenia aluden a intrincadas películas del género del thriller psicoló gico, principalmente Matrix, Origen o Memento, para darle un marco a esa experiencia de vivir en un estado sensorial extrañ o y fluido. Origen, cuyo protagonista, Cobb, roba los pensamientos de las personas durante el sueñ o, tuvo una profunda influencia en Joseph, mi paciente. Cobb consigue aprender a implantar pensamientos en el cerebro de otra persona mientras esta duerme. Origen fue para Joseph la prueba de que era posible implantar una idea ajena en un cerebro humano, y de que, en palabras de Cobb, «una vez implantada es imposible de combatir». A veces las películas está n ambientadas en futuros distó picos, y añ aden una sensació n dislocada del tiempo a la confusió n sensorial: el género cyberpunk que surge de la original y brillante Blade Runner de Ridley Scott es un claro ejemplo de ello. Cada uno de nosotros es una mezcla de conexiones neuronales complejas y dú ctiles que surgen a partir de unas vías nérveas iniciales extendidas por el feto en desarrollo y que crecen a través de los estímulos procedentes del mundo de la experiencia. La informació n sensorial se va diferenciando a medida que la experiencia vuelve mucho má s elaborada la memoria. Esta es la base de la percepció n y de la constancia perceptiva en cuya matriz procesamos automá ticamente el mundo, y que nos otorga a cada uno de nosotros un filtro ú nico e individual, nuestra memoria. En la versió n sin cortes de Blade Runner, Decker, inquieto por las cualidades humanas de los replicantes, se pregunta «por qué un replicante coleccionaría fotos. Quizá eran como Rachel. Necesitaban recuerdos». 4 La historia del hipocampo Hace mucho tiempo, en un lugar muy lejano, una princesa... Esta forma tan cercana de narrar los cuentos tradicionales nos resultará a cada uno de nosotros tan familiar como ubicua es en términos culturales. Creemos intuir la estructura tiempo-lugar-persona por habernos imbuido de ella desde el tiempo en que se guardaba registro de las historias. Pero reflexionemos, la próxima vez que veamos una película, acerca de su estructura: comprobaremos que por lo general se nos proporcionan coordenadas de tiempo, lugar y persona ya en los primeros minutos. Si no es así, seguiremos viendo la película hasta que nos cansemos porque no nos habrá enganchado, o bien, en vez de desconectar, tomaremos un personaje en concreto, un lugar o una época y, con un silencioso suspiro, nos sumergiremos en la historia. Aunque la estructura parezca intuitiva, sería un error atribuirla a que nos hemos empapado de ella desde el comienzo de nuestras vidas. Lo primero que aprenden los estudiantes de medicina y enfermería cuando se trata de examinar un estado mental es la llamada «orientació n espacial, temporal y personal». Esto supone saber dó nde y con quién nos encontramos, así como la hora aproximada del día, el día de la semana, el mes y el añ o. Si el paciente no está «LOTEyP» (lú cido, orientado en el tiempo, espacio y persona) entenderemos que algo muy grave está teniendo lugar en sus funciones cerebrales, ya sea de manera permanente o temporal. Nuestras conexiones neuronales está n concebidas para aprender, real y objetivamente, a través de las coordenadas de tiempo-lugar-persona. La historia de có mo nuestras redes nos permiten aprender por medio de estas coordenadas es la historia del hipocampo, y el ingrediente de la memoria. Tratemos de imaginar una manera de estar en el mundo sin el armazó n de las coordenadas narrativas. ¿Qué le ocurre al individuo que carece de la estructura tiempo-lugar-persona que permite procesar experiencias? Cuando se trata de hablar de alguien sin pasado, sin identidad ni memoria, Samuel Beckett es el rey. Muchos de los personajes de Beckett son amnésicos y parecen paralizados en un mundo detenido en el presente. Vladimir y Estragó n, los desdichados vagabundos de Esperando a Godot, está n atrapados en el presente, sin pasado ni futuro, a la espera de alguien —«el salvador»— que puede no existir y que los espectadores saben que nunca llegará . Los vagabundos son como dos caras de una misma moneda y parecen incapaces de separarse el uno del otro o conseguir un bienestar del otro, un dú o sin personalidad individualizada, angustiosamente solo en un mundo sin tiempo y sin lugar. «Existen» en el exterior de la estructura tiempolugar-persona de las narrativas familiares. No pueden recordar el pasado, fijar el presente o proyectarse en el futuro, y se limitan a ir y venir en un ciego circuito circadiano aguardando, en apariencia, la muerte o la salvació n. Esa desorientació n se ve perfectamente condensada en la observació n de Estragó n de que «el vacío no falta». Puede que Beckett escribiera sobre un mundo sin dios y lleno de incertidumbre y crueldad humana, pero fue muy inteligente al prescindir de la experiencia de la vida en la estructura tiempo-lugarpersona en cuyo seno habitamos. Al excluir esas coordenadas que nos son familiares, Beckett nos hace sentir lo que supone vivir lejos de la orientació n de la memoria. En el capítulo anterior hemos visto la memoria sensorial; ahora echaremos un vistazo al modo en que la informació n sensorial adopta en el hipocampo una estructura mnemó nica de tiempo-lugar-persona. He sido testigo, al comienzo de mi formació n como psiquiatra, de lo que puede ocurrirle a un individuo en la vida real si pierde la capacidad de formar una memoria de tiempo-lugar-persona. Sucedió en mi primer añ o como psiquiatra a finales de la década de 1980, cuando trabajaba en el hospital St. Patrick’s, en las zonas urbanas má s deprimidas de Dublín. St. Patrick’s fue fundado en 1746 por Jonathan Swift, un clérigo protestante. Swift es má s conocido por su obra Los viajes de Gulliver, y en su época era un célebre autor de sá tiras. En Irlanda es todavía má s conocido por haber escrito la escandalosa sá tira Una humilde propuesta, en la que ponía en liza, con letal ironía, una posible solució n a la pobreza que sufría el pueblo de Irlanda bajo el Gobierno inglés: que los adinerados ingleses se comieran a los angelicales bebés irlandeses. Swift escribió su propio epitafio, hablando de su yo pó stumo que descansaría en la tumba «donde la salvaje indignació n ya no podría lacerar su corazó n». Otra «salvaje indignació n» que afectaba al Swift vivo era la forma en que la sociedad ignoraba y maltrataba la locura. Swift había sido uno de los gobernadores del Bedlam londinense que pasó a ser el Bethlem Royal donde yo traté a Edith. Swift llevaría su p y y visió n progresista del tratamiento humano de los dementes de Bedlam a Dublín. Por cierto que Swift y Molyneux, el de la famosa pregunta, vivieron en la misma época histó rica y en el mismo lugar —a un breve paseo de distancia el uno del otro en Dublín—, y se admiraban mutuamente. Les animaban ideales clave de la Ilustració n: en el caso de Molyneux, la noció n de que el cerebro era un ó rgano humano que procesaba el conocimiento desde el mundo de lo humano, y en el de Swift, la de comprender que la locura era una enfermedad de la mente humana que requería un cuidado humanitario. Por la época en que trabajé allí, el hospital St. Patrick’s tenía poco en comú n con los principios fundadores de igualdad y caridad, y se había convertido en un hospital privado. EL CASO DE MM Derivaron a MM a mi consulta para que examinase su pérdida de memoria y el cambio de su personalidad. Era una mujer de mediana edad, segú n me pareció entonces, una mujer de poco má s de cuarenta añ os, ama de casa, con dos hijos cuyas edades habían llegado hacía poco a los dos dígitos. Llevé a cabo la evaluació n clínica en una sala de entrevistas que daba a la recepció n del vestíbulo del hospital. Recuerdo que me encontraba en esa habitació n y que MM estaba sentada frente a mí, al otro lado de la mesa, con un rostro impaciente y desconfiado, mirando con el ceñ o fruncido a aquella joven y desconocida doctora. Tomamos la decisió n de que entrevistara a MM y a su madre juntas porque necesitá bamos que la madre nos pusiese al corriente de la historia de MM. La madre me contó que MM se había estado comportando de una forma progresivamente extrañ a e impropia de ella, lo que había comenzado a ocurrir escasos meses antes. Aparte de su casi completa pérdida de memoria, la madre explicó que MM se había vuelto emocionalmente distante, incluso hacia sus hijos. Había ocasiones en que ya no reconocía a los miembros de su familia, ni siquiera a sus niñ os, pero no era algo sistemá tico. Era por naturaleza cariñ osa e irreprochable tanto en su condició n de madre como de hija. Los padres de MM habían tomado cartas en el asunto y se habían encargado ellos mismos de recoger a los niñ os en el colegio, pues MM ya no era capaz de saber cuá l era el camino para ir a la escuela. Los abuelos brindaron un apoyo emocional a los pequeñ os, que se mostraban tan desconcertados como alterados por las impredecibles respuestas de su madre. El marido de MM se sentía incapaz de tratar con lo que le parecía un comportamiento hostil por parte de su esposa. Cada encuentro y suceso que MM experimentaba parecían algo nuevo, sin conexió n con nada anterior, aun cuando algú n suceso relacionado hubiera tenido lugar solo minutos antes. Recuerdo en especial que la madre de MM me dijo que su hija siempre se extraviaba: si salía de una habitació n, aunque fuera por un momento, y luego regresaba a ella, la habitació n le resultaba nueva y tenía que volver a orientarse. Para poner esto a prueba, le pedí que se tomase un momento y recorriese con la mirada la sala de entrevistas, y luego las acompañ é a ella y a la madre al vestíbulo del hospital, cerrando la puerta que daba a la sala. Le pedí de nuevo que se tomase un momento y echase un vistazo al vestíbulo, y giramos en redondo para regresar a la sala. La sala de entrevistas le resultó completamente nueva esta vez y fue incapaz de identificarla. Su desorientació n había aumentado hasta el punto de que ya no podía quedarse sola. Se hallaba en un estado de miedo constante, y todo cuanto sucedía parecía algo constantemente nuevo y, para ella, aterrador. MM, a pesar de su atroz pérdida de memoria, seguía capacitada para realizar labores motrices complejas, como cocinar y escribir. Cuando yo le hablaba, por má s que MM se mostrara desconcertada y aterrorizada le resultaba imposible determinar su problema. Podía ver e identificar objetos. Podía escuchar palabras, comprender el idioma y responder coherentemente. Podía oler y saborear. Uno de los problemas que ella misma reconocía en aquella difícil situació n era su absoluta falta de memoria espacial: tenía la perturbadora sensació n de estar perdida todo el tiempo. MM me pareció un ser completamente ausente salvo por el hecho de que se hallaba sentada en una silla al otro lado de la mesa. Mostraba unos afectos distantes y desconfiados. («Afecto» es la palabra que empleamos los médicos para describir la impresió n que el estado emocional de alguien causa en nosotros). Supe que MM no sabría quién era yo, y la entrevista fue muy extrañ a porque nuestra comunicació n no se hizo má s cercana ni cambió de forma alguna a medida que avanzaban las consultas. Sentí mucho pesar el día que supimos que MM no regresaría y que su condició n era tal que la medicina ya no podría ayudarla. Me dio la impresió n de ser, simplemente, una observadora de algú n catastró fico acontecimiento mental. MM sufría lo que parecía una pérdida total de la memoria a corto plazo. Nunca antes, y tampoco después, había visto a alguien que tuviera una ausencia tan completa de ese tipo de memoria, y en quien al mismo tiempo perdurasen las funciones mentales normales y una percepció n sensorial completa. Es algo difícil de imaginar. La demencia, aquello que sucede cuando la funció n de la memoria se deteriora en consonancia con otras funciones cerebrales, tales como la comprensió n del lenguaje o la coherencia del habla, es algo con lo que estamos familiarizados. Por lo general, quienes pierden la memoria también pierden su capacidad para llevar a cabo tareas tales como cocinar o conducir un coche. MM tenía una capacidad tá ctil, visual y auditiva excelentes. Al contrario que el ciego de la pregunta de Molyneux, que era incapaz de darle sentido a las imá genes, MM sí podía darle sentido a las imá genes tanto como a las restantes sensaciones, pero carecía de la capacidad de darle sentido a ese otro nivel de la memoria —tiempo, lugar y persona— que a partir de ahora llamaremos memoria «episó dica». La memoria episó dica se encarga de reunir la informació n sensorial dispersa en la diná mica del mundo palpable. Es la memoria de lo que acontece. MM no podía trasladar a la memoria cuanto le sucedía, o lo que sucedía en sus inmediaciones. Con esto, MM había perdido su capacidad para formar la memoria biográ fica. El lector se preguntará por qué habían ingresado a MM en un hospital psiquiá trico. Me pidieron que ingresase a MM para investigar una posible «amnesia histérica» dado que sus funciones cerebrales, sin contar la memoria, parecían estar intactas y funcionales. Lo que se explicaba a los psiquiatras en ciernes era que la amnesia histérica, hoy llamada amnesia disociativa, era, y es, un estado de disociació n en el que la memoria deja abruptamente de trabajar mientras las otras funciones mentales permanecen intactas. El paciente sufre así una pérdida de memoria localizada, pero, por otro lado, con funciones cerebrales normales. En teoría, el precipitante de la disociació n es el trauma: esto es, alguien ha sufrido un trauma de tal envergadura que no es capaz de llevar el suceso traumá tico a la memoria, a resultas del cual tiene lugar un «bloqueo» de las funciones generales de la memoria. La funció n afectada de la memoria, segú n las hipó tesis, protege a tales individuos de la experiencia emocional potencialmente abrumadora de evocar el recuerdo. El tratamiento para la amnesia disociativa consiste en desvelar el trauma y guiar al paciente a través de la experiencia que lo ha ocasionado, para así restaurar el flujo de las funciones de la memoria. En treinta y seis añ os de prá ctica médica no he presenciado un solo caso de amnesia histérica/disociativa, y por lo general se considera un diagnó stico obsoleto, pero las explicaciones subyacentes que histó ricamente se han empleado para explicar este supuesto estado mental tienen importancia para comprender algunas de las ideas equivocadas que todavía existen en torno a la psiquiatría. Amnesia histérica La histeria era un diagnó stico comú n que se daba a las mujeres a finales del siglo XIX y principios del XX. El relato que Freud hace de su famosa paciente Anna O, en Estudios sobre la histeria (Studien Ü ber Hysterie, 1895), es una historia llena de capas que merece una revisió n, porque contiene muchos de los principios falaces de la teoría freudiana. Anna O era el seudó nimo de una feminista férrea, inteligente, que pasó a convertirse en paciente de Freud a través del mentor de este, el neuró logo Josef Breuer. El tratamiento de Breuer se inició cuando Anna O empezó a desarrollar unos extrañ os estados en los que parecía perder la conciencia de sí, repetía palabras o gestos y experimentaba alucinaciones visuales y auditivas. Breuer reparó en que sus síntomas parecían cambiar cuando Anna O hablaba de ellos —lo que hoy llamaríamos relatos inconsistentes—, de modo que Breuer procedió a probar suerte con lo que se conocería como «conversació n curativa». La conversació n curativa fue la base de lo que Freud reelaboraría y convertiría en el psicoaná lisis. Freud creía que los estados de Anna O, y los de la mayoría de sus pacientes, estaban causados por alguna forma de memoria represiva, generalmente de naturaleza sexual. Su tratamiento —aná lisis de la psique, o «psicoaná lisis»— estaba concebido para facilitar al paciente la asociació n libre, o para hablar de un modo indirecto. En teoría, la libre asociació n llevaba a revelar cosas concernientes al individuo y, en ú ltima instancia, a desvelar el trauma. En contra de lo que afirmó Freud en el relato escrito que hizo del caso, Anna O no se recuperó por completo tras la llamada conversació n curativa, sino que fue hospitalizada bastantes veces. Se ha especulado mucho desde entonces acerca del diagnó stico de Anna O. Las descripciones de sus estados anó malos resultan similares a una epilepsia en el ló bulo temporal, si es que no se trataba de meningitis tuberculosa (un tipo de tuberculosis que afecta a la membrana que rodea el cerebro), o de una adicció n a la morfina o al hidrato de cloral, o a su abstinencia. Actualmente contamos con una lista de causas hipotéticas para los síntomas de Anna O que en aquel tiempo no eran reconocibles¹⁴. Breuer, lejos de negarse a aceptar el resultado de la terapia de Anna O, se fue distanciando poco a poco de Freud. Las diferencias de Breuer respecto a lo que consideraba eran unas miras cada vez má s estrechas por parte de Freud en las conversaciones curativas, y la insistencia de este en atribuir las causas de las neurosis a la sexualidad infantil, refleja lo que desde entonces ha ocurrido en la disciplina psiquiá trica. Las terapias conversacionales, ahora de uso frecuente, se han ido distanciando cada vez má s de lo que en la prá ctica freudiana es la terapia de asociació n libre no proyectiva. La terapia, que en la mayor parte de los casos es de tipo conductual-cognitiva, tiene hoy unas metas y no evita el contenido emocional, ni está basada en la teoría freudiana. Cabe señ alar que el asombroso concepto de que la envidia de pene es la base de muchas de las llamadas neurosis en las mujeres se enseñ aba a futuras psiquiatras como yo, sin el menor atisbo de ironía, solo treinta añ os atrá si. Actualmente, la idea de que las niñ as se sienten atraídas sexualmente hacia el padre nos resulta repulsiva, y puede considerarse una ló gica bona fide para el endémico abuso sexual que en aquella época padecían los niñ os. (Volveremos a esto en detalle en un pró ximo capítulo). Hoy día, la psicoterapia está mucho má s cerca del experimento original de Breuer con Anna O, que se centraba en la bú squeda de una solució n, que del psicoaná lisis de libre asociació n no proyectiva de Freud, que carecía de un límite temporal. Lo que caracteriza a muchos de los célebres casos histó ricos de histeria es la intensa relació n existente entre terapeuta y paciente, uno de los cuales invierte emocionalmente en el diagnó stico mientras que el otro solo lo hace profesionalmente. Anna O visitó a Breuer dos horas diarias a lo largo de varios meses, y esos encuentros resultaban emocionalmente intensos. Má s tarde, durante una de sus hospitalizaciones, otro doctor se enamoró de ella. Algunos pacientes, y algunos psiquiatras, disfrutan del melodrama de la histeria, ya sea un drama relacionado con la llamada amnesia psicogénica o, lo que todavía es má s dramá tico, un desorden de personalidad mú ltiple (que en el MDE 5 recibe el nombre de desorden disociativo de la personalidad)³*. No hace mucho tuve una paciente que despertaba un enorme interés porque se había «disociado» en tres personalidades distintas con diferentes nombres, diferentes sexos y diferentes características. Aquello fascinaba a los miembros má s jó venes de mi equipo, que observaban y aguardaban a que tuviese lugar el siguiente cambio de personalidad. Ordené que acompañ aran a la paciente a una sala privada cuando esto ocurriese, y que solo se dirigiesen a ella o le respondieran cuando volviera a ser ella misma. Sus episodios disociativos fueron desapareciendo y la paciente acudió a nuestro psicó logo no para que investigara sus personalidades mú ltiples, sino para tratar de explicar sus verdaderos problemas, mucho má s sustanciales. La curiosidad que tales casos despiertan má s allá del á mbito de la medicina es otra prueba má s de la atracció n que produce la histeriaii. La histeria como diagnó stico se considera hoy extinta, pero en la prá ctica médica se sigue aceptando la idea de que una discapacidad neuroló gica, por lo general una discapacidad de tipo sensorial o motriz, g p g p p o una pérdida de la memoria, puedan tener una causa «psicoló gica» o «no-orgá nica». La nomenclatura clínica y la literatura de esta naturaleza es un campo minado de abstracciones y términos inservibles que fluctú an entre la neurología y la psiquiatría, pero lo que subyace en todo esto es el hecho implícito de que algunas experiencias humanas son «psicoló gicas» y algunas «orgá nicas». En la vida real, orgá nica, de los humanos, las funciones cerebrales y la materia resultan indistinguibles, porque cada experiencia que acontece en el cerebro, ya sea de tipo normal o anó malo, está basada en la materia y en có mo esta funciona. Hasta la «Década del Cerebro» (instituida por el presidente George W. Bush en torno a 1990), la mayoría de la gente consideraba la disciplina de la psiquiatría, incluidos quienes la practicaban, como algo perteneciente al dominio de la «mente» intangible, mientras que la neurología ocupaba el campo del cerebro «orgá nico»iii. La neurociencia está superando progresivamente el dualismo mente-cerebro con nuevas concepciones acerca de la funció n cerebral, sin tener que entrar en el debate cerebro versus mente. Es comprensible que la medicina clínica esté por detrá s de la neurociencia de vanguardia, y que el concepto de la indivisibilidad de funciones del cerebro en su conjunto no haya permeado a las disciplinas médicas. Pero volvamos al caso de MM, que fue ingresada para proceder al examen de la amnesia histérica. No pude vislumbrar ningú n trauma proveniente de su pasado, pero, con todo, MM me pareció una mujer muy enferma, sumida en el estupor y el pá nico. En esta época, la neuroimagen estaba en sus albores, y clínicamente era un recurso muy escaso. Durante las siguientes semanas hicimos un escá ner cerebral a MM que mostró un enorme tumor en el centro del cerebro, de modo que la derivamos a oncología para iniciar su tratamiento. Había pocos detalles en el informe de su escá ner, a excepció n de que el hipocampo, ni a derecha ni a izquierda, resultaba visible. No fue posible acceder al tumor mediante cirugía y MM falleció poco después. Como sucedía con otros pacientes, en los días anteriores a la existencia de unas buenas herramientas para la investigació n por neuroimagen, MM era un caso típico al que tantas veces tras su examen se le diagnosticaba histeria. Los historiales médicos abundan en casos similares. Un ejemplo por desgracia conocido es el de una mujer ingresada en el hospital Maudsley, en Londres, en la década de 1950, a la que se diagnosticó histeria segú n las indicaciones de los psiquiatras y neuró logos má s aclamados de su tiempo y que murió dos añ os después de un tumor cerebral¹⁵. Nunca volví a ver a MM, pero esa trá gica sensació n de que era una cá scara vacía —una hija perdida para su madre, una esposa perdida para su marido, una madre perdida para sus hijos y, por encima de todo, una persona perdida para sí misma— no ha dejado de acompañ arme. Con aquella pérdida total de su memoria episó dica parecía haber perdido también a su propia persona. MM me enseñ ó que sin un hipocampo cada uno de nosotros vagaría de un lado a otro como Estragó n y Vladimir, en un estado intemporal, desorientados, sin una memoria de los sucesos pasados e incapaces de prever el futuro. Un detalle importante: al contrario de lo que les sucede a las tragicó micas creaciones de Beckett, MM estaba profundamente angustiada. Por otro lado, MM también me enseñ ó que uno no puede construir un pasado sin construir primero un presente. Si el hipocampo construye un presente es porque unifica los estímulos sensoriales desde el có rtex y los convierte en un relato del presente. En pró ximos capítulos veremos có mo el hipocampo fija el conocimiento tiempo-lugar-persona, base de la memoria episó dica. Antes examinaremos la forma en que el hipocampo procesa la informació n sensorial desnuda que MM tenía a su alcance para crear algo má s unificado (una percepció n del presente continuo) que en MM se encontraba ausente. El hipocampo Comprender la anatomía del hipocampo es importante para comprender el flujo de informació n sensorial que, desde el mundo exterior, y a través de los ó rganos sensoriales, llega hasta el có rtex situado en el exterior del cerebro, y de ahí al nú cleo del hipocampo que se encuentra en su centro. El hipocampo tiene su acomodo en el borde inferior del có rtex; imaginemos un champiñ ó n cortado longitudinalmente en dos mitades y miremos a la superficie cortada. El sombrerete coloreado del champiñ ó n es el có rtex, y el hipocampo es la parte ovillada del champiñ ó n donde el sombrerete se une al tallo (véase figura 4). Tenemos un hipocampo en cada lado del cerebro —el cerebro sería una estructura especular—, y aunque el hipocampo derecho y el izquierdo sirven a funciones má s o menos distintas de la memoria, ambos tienen un mecanismo de acció n comú n. El nombre «hipocampo» deriva de la palabra latina que significa «caballito de mar», en virtud de su forma. Tiene una enorme cabeza, con la barbilla hacia dentro y el cuerpo estrechá ndose poco a poco en direcció n a la cola. Está posicionado con la cabeza hacia delante, segú n miramos el cerebro desde su parte anterior a la posterior. Figura 4. El hipocampo Corte vertical del cerebro que muestra el hipocampo y el borde estriado del có rtex externo. La memoria sensorial, distribuida por varias á reas corticales, está conectada al hipocampo a través de las neuronas que convergen desde el có rtex en el hipocampo, como las laminillas que salen del sombrerete del champiñ ó n y se adhieren a la parte estriada. Cuando las señ ales llegan al có rtex, se procesan mediante las capas celulares del hipocampo, que crea nuevas conexiones entre las células hipocampales. Las señ ales conectan entre sí las neuronas hipocampales, y estas, una vez conectadas, son, en esencia, «có digos de memoria» de las señ ales nerviosas procedentes de los có rtex sensoriales. Figura 5. La vía de la memoria sensorial Corte vertical del cerebro por su mitad y visto de perfil. La informació n sensorial se transmite a través de las vías neuronales desde los có rtex sensoriales hasta el hipocampo. Antes de echar un vistazo má s detallado a los procesos codificadores hipocampales, me gustaría contar la historia un hombre, Henry Molaison, gracias al cual la neurociencia aprendió tantas cosas de la funció n hipocampal. HM La razó n por la que sabemos que el hipocampo es fundamental para la funció n de la memoria humana se debe en gran medida a la vida de Henry Molaison (HM), el caso má s conocido en la neurociencia de la memoria, cuya historia fue recogida en un artículo que marcaría un hito tras su publicació n en 1957¹⁶. El perfil clínico de HM era muy similar al de MM, aunque la causa del dañ o en el hipocampo era distinta. HM se cayó de su bicicleta cuando tenía siete añ os y se dañ ó el hipocampo, y el rasguñ o que sufrió el tejido cerebral dio paso a la formació n de una cicatriz. Como cualquier otro tejido del cuerpo, el del cerebro también tiende a cicatrizar durante el proceso de curació n. La epilepsia, como la que HM desarrolló posteriormente, está causada a menudo por una cicatriz en el hipocampo: las señ ales se ven bloqueadas por el tejido cicatrizado y eso acumula la energía eléctrica, provocando una propagació n incontrolada de las señ ales eléctricas en los circuitos cerebrales. El cerebro es una megarred de distintos circuitos en la que el hipocampo hace las veces de nó dulo central, y, si el flujo de la corriente se descompensa aquí, el cerebro al completo puede fallar. Esto llega a ser causa de estados en los que el cerebro en su totalidad falla al mismo tiempo y nada se procesa de la manera normal. En tales circunstancias, el sujeto pierde la conciencia y se desploma, experimentando «convulsiones tó nico-cló nicas» en las que los mú sculos del cuerpo se contraen y relajan irrefrenablemente. El ataque, si no se controla, causará con el tiempo mayores dañ os en el tejido neuronal. A la larga, dado que los doctores no lograron controlar los estímulos cerebrales ni siquiera con medicació n antiepiléptica, fue preciso extraerle a HM los hipocampos derecho e izquierdo. En 1957, la intervenció n quirú rgica que sufrió fue un tratamiento pionero. La extirpació n de los dos hipocampos contribuyó a una enorme mejora de su epilepsia. La trá gica e inesperada consecuencia de este procedimiento, como el lector probablemente habrá adivinado, fue una profunda pérdida de memoria que afectó a HM el resto de su vida. En la actualidad, los neurocirujanos solo extraen un hipocampo por las consecuencias que tiene extraer los dos, algo que no se conocía antes del caso de HM. Tras la cirugía, HM fue incapaz de llevar a la memoria suceso alguno. Cada nuevo día suponía un nuevo mundo: era un día que no estaba precedido por otros días, con nuevos lugares y nueva gente. La casa en la que vivía le resultó tan desconocida tras el primer día de su vida posterior a la cirugía como se lo seguiría pareciendo cuando murió , cincuenta añ os después. Nada guardaba relació n con las experiencias pasadas, ya se tratase de algo ocurrido dos minutos o dos décadas antes. No había pasado ni futuro, solo un interminable presente inconexo: un «ahora» en staccato. HM, de manera similar a como le sucedió a MM, se mostraba muy consciente, hablaba con fluidez y tenía una total funcionalidad motriz, pero le resultaba imposible recordar los intercambios de una conversació n má s allá de una o dos frases. HM fue estudiado en gran detalle tras su hipocampectomía bilateral, en especial por una meticulosa neuropsicó loga llamada Brenda Milner, hasta su muerte en 2008, a los 82 añ os de edad. La misió n de Milner fue tratar de encontrar el motivo por el que algunas funciones de la memoria estaban intactas y funcionales en su paciente —incluso tareas sensomotrices complejas como el reconocimiento de palabras y el habla mantenían aú n su funcionalidad—, pero a HM le resultaba imposible extraerlas del momento para crear la memoria episó dica. Brenda Milner descubrió que buena parte de la memoria que usamos en las tareas rutinarias cotidianas se almacenan en el có rtex y pueden no involucrar a la fá brica de recuerdos de la red hipocampal. Esto explica por qué HM podía ver, oír, tocar, caminar, ir en bicicleta, conversar —su có rtex estaba intacto—, pero unir el «quién, dó nde y cuá ndo» para crear un recuerdo, un suceso, resultaba imposible. El có rtex visual de HM ya había aprendido a comprender el mundo a través de la vista, de manera que esta informació n permanecía a buen recaudo. De un modo similar, el olfato, el oído, las habilidades motrices y lingü ísticas eran plenamente operativas. Lo que a HM le faltaba era el contexto del pasado, y cualquier posible contexto futuro. Cabe ver la diferencia entre memoria almacenada en el có rtex y memoria episó dica, que se procesa en el hipocampo, en algunos casos atípicos de bebés y niñ os con graves deficiencias de la funció n hipocampal¹⁷. Pueden aprender hechos y guarismos, y el lenguaje, incluso pueden operar a un nivel académico medio, pero no crean memorias episó dicas o biográ ficas. Las células que se disparan unidas se mantendrá n unidas La manera en que las neuronas hipocampales crean memorias es el ingrediente principal de una literatura gargantuesca y una de las cuestiones clave que subyacen en el nú cleo de la investigació n de la memoria. La neurociencia de la memoria se fundamenta en la ciencia pionera de Donald Hebb (1904-1985), que dio al mundo el eslogan en el que se encierra el proceso neurofisioló gico de la memoria: las células que se disparan unidas se mantendrá n unidas. Hebb era un psicó logo canadiense que trabajaba con el grupo, sorprendentemente creativo, que rodeaba a Wilder Penfield, quien mapeó el homú nculo sensorial. En 1949, en su libro La organizació n del comportamiento, Hebb describió su teoría sobre el modo en que las neuronas crean memorias, y có mo estas memorias ayudan a organizar la funció n cerebral. Estableció la hipó tesis de que, al dispararse, las neuronas se unen entre sí para formar grupos de células que acaban por interconectarse. Las células se interconectan mediante la formació n de dendritas conectivas, hechas de la energía electroquímica de la señ al nerviosa. El grupo de células interconectadas se dispara posteriormente como una sola unidad, de manera que, si alguna de las neuronas que constituyen el grupo de células se ve estimulada, se disparará n todas las neuronas. Este grupo de células representa un recuerdo. Por decirlo de manera sencilla, un recuerdo está representado por un có digo neuronal que consiste en varias células que se han unido entre sí para dispararse como una sola unidad. Las conexiones interneuronales en el grupo de células podrían verse solidificadas, segú n conjeturó Hebb, por el crecimiento físico de las dendritas entre las neuronas, creando una memoria má s permanente, o bien pueden desvanecerse. El modelo «hebbiano» del crecimiento dendrítico, a través de los disparos y el subsiguiente incremento de las conexiones de las neuronas adyacentes, es lo que hoy se considera la base celular de la memoria. Las dendritas tienen una importancia capital en este proceso, porque transmiten la señ al nerviosa desde una neurona a otra. Un mayor crecimiento dendrítico significa una conectividad aumentada entre neuronas. Las dendritas crecen de una forma bellísima, que recibe el nombre de «arborizació n» (del latín arbor), porque las fibras dendríticas recuerdan a las ramas de un á rbol. Las neuronas pueden contar con hasta 15.000 brotes dendríticos y, como el lector recordará , hay 68 miles de millones de neuronas en el cerebro humano; consideremos, pues, las astronó micas posibilidades para su interconectividad por medio de la arborizació n dendrítica y la formació n de nuevas sinapsis. No es magia, pero casi puede considerarse como tal porque hay un nú mero virtualmente infinito de posibilidades. El proceso clave en la formació n de una memoria, incluso a corto plazo, es que las células se disparen unidas durante tiempo suficiente como para seguir unidas. Al dispararse unidas se forma un recuerdo transitorio y por medio de la conexió n se crea un recuerdo má s permanente. El proceso de fortalecer el grupo de células codificadas se denomina consolidació n. La informació n penetra constantemente en el p cerebro durante el estado de vigilia, pero en su mayor parte no está solidificado: sencillamente, se disuelve porque no tiene relevancia. A un nivel molecular, la formació n de una memoria só lidamente conectada a partir de un grupo de células disparadas depende de los muchos factores que influyen en la intensidad de las señ ales de entrada. Si la intensidad de la señ al está en el umbral crítico, la neurona fabricará proteínas dendríticas y la memoria se hará má s permanente. Si la señ al es débil, el grupo de células disparadas se disolverá , y no habrá conexió n alguna. Las células necesitan energía para desarrollar las dendritas, y la energía proviene de la actividad eléctrica presente en las neuronas: cuanto má s se disparan, má s se conectan. El proceso hebbiano de convertir la energía electroquímica de los disparos de las neuronas para formar proteínas que constituyen dendritas es un claro ejemplo de có mo en el cerebro la energía se convierte en materia. Hebb, como todos los grandes descubridores, examinó meticulosamente las mediciones que hizo y registró fielmente dichas observaciones pese al hecho de que no le era posible demostrar la teoría que se desprendía de ellas. Lo que má s me gusta de Hebb es que creía que una teoría, má s que ser arrojada contra otra teoría, debía emplearse para hacer pensar y orientar la investigació n. Uno a veces tiene que abrirse paso en una vasta literatura psicoló gica encorsetada en lo teorético para llegar a un entendimiento acerca de lo que subyace en las teorías y las contrateorías. La gente que nada tiene que ver con esto a menudo encuentra dificultades a la hora de separar teorías yuxtapuestas que, paradó jicamente, pueden resultar bastante similares. Y ciertamente son similares, puesto que las nuevas teorías surgen de teorías ya existentes. Hebb no encerró sus teorías en marcos preexistentes, sino que empleó su conocimiento para seguir adelante y así tratar de llegar a comprender sus observaciones. Elasticidad hipocampal y la organizació n de la memoria Hay un nú mero limitado de neuronas hipocampales, y todas ellas se encuentran en un constante estado de agrupamiento, desagrupamiento y reagrupamiento, a medida que gestionamos activamente el mundo sensorial y consolidamos, o no, un clú ster de memoria. Las neuronas hipocampales deben ser especialmente adaptables para permitir el continuo crecimiento siná ptico y su remodelació n. La habilidad de un sistema psicoló gico para cambiar o remodelar recibe el nombre de «elasticidad». El hipocampo es intrínsecamente plá stico, y de hecho se le puede ver «crecer» como una unidad en algunas situaciones de intensa formació n de memorias. Un ejemplo llamativo de crecimiento hipocampal relacionado con el aprendizaje es el célebre estudio de los taxistas de Londres, en el que se descubrió que el hipocampo derecho era visiblemente mayor tras dos añ os de intensivo aprendizaje de rutas¹⁸. El «pegadizo» recuerdo de este estudio me viene a la mente cada vez que tomo un taxi en Londres. El deterioro de la memoria, por otra parte, constituye un efecto natural del proceso de envejecimiento, y puede visualizarse en el tamañ o cada vez mas reducido del hipocampo a medida que el cerebro va haciéndose viejo. Hoy sabemos que la depresió n está asociada a un menor volumen del hipocampo izquierdo y que esta reducció n es aú n mayor si la depresió n es recurrente o ha sido muy prolongada. Cabe ver que parece existir un efecto de lateralidad (donde un lado del cerebro se encuentra má s desarrollado para una funció n en particular que el otro) en diferentes tipos de memoria: en el estudio con los taxistas, es el hipocampo derecho el que cambia con el paso del tiempo, mientras que el hipocampo izquierdo por lo general es visiblemente má s pequeñ o durante los estados depresivos. Esto sucede porque el hipocampo derecho es má s importante para la memoria espacial, y el izquierdo, para la memoria biográ fica. Atendiendo a esto, no sorprende que en los individuos deprimidos la funció n de la memoria se vea empobrecida, y que por lo general la memoria biográ fica sea dispersa o hasta a veces se pierda, durante el tiempo en que se padece la depresió n¹⁹. Un estudio publicado recientemente por mi grupo de investigació n señ ala que un á rea específica en el hipocampo izquierdo, donde tiene lugar la «codificació n» de grupos celulares, ve reducido su tamañ o en los episodios depresivos²⁰, iv. En este estudio descubrimos que aquellos que sufrían un primer episodio depresivo no manifestaban cambios en el hipocampo, mientras que aquellos que habían estado deprimidos durante largos períodos de tiempo pertenecían al grupo en que se revelaban alteraciones hipocampales. La buena noticia es que la funció n memorística mejora una vez que la persona deprimida se somete a tratamiento. Memoria cortical ¿Toda la memoria permanece en el hipocampo? No, porque, como hemos visto, hay un nú mero limitado de neuronas en el hipocampo, y necesitan reciclarse para formar nuevas memorias. Entonces, ¿adó nde van todas las memorias hipocampales? La respuesta sencilla es que hay un constante diá logo entre el hipocampo y el có rtex, y muchos recuerdos terminan por almacenarse en el có rtex. Las neuronas presentes en el có rtex, a diferencia de las que se encuentran en el hipocampo, son má s difíciles de cambiar o reordenar: son menos elá sticas. Esto significa que los mapas de memoria perfilados por la multiplicidad de los grupos de células interconectados en el có rtex son relativamente resistentes al cambio y, por lo tanto, a los dañ os. Contar con dos sistemas de memoria, uno que es rá pido y elá stico, y otro que es má s lento y estable, significa que podemos seguir aprendiendo y adaptá ndonos al cambio en un sistema de conocimiento relativamente estable. Esto no significa que, en ningú n caso, la memoria cortical sea está tica. La «www» cortical se encuentra en un estado de interacció n continuada con el elá stico hipocampo a lo largo de toda una vida²¹. El reservorio de memoria episó dica, de memoria biográ fica, tiene lugar en la diná mica neuronal entre el hipocampo y una zona cortical en el á rea frontal del cerebro llamada có rtex prefrontal²². El á rea prefrontal está situada por encima de los ojos, y se activa cuando una persona está siendo escaneada mientras preserva conscientemente una memoria personal²³. La situació n es que el hipocampo parece estar involucrado en el desarrollo de la memoria episó dica, y puede también estar involucrado en el recuerdo de sucesos del pasadov. Aunque HM no podía memorizar su propia vida desde la fecha de su cirugía en adelante, sí podía recordar sucesos de su infancia hasta unos tres añ os antes de que le extirpasen los hipocampos. Así fue como se supo por primera vez que, si bien la memoria biográ fica se forma en el hipocampo, no queda almacenada allí por siempre. Se sospechaba que el período de tres añ os de amnesia biográ fica anterior a la cirugía de HM podía reflejar el tiempo que llevaba procesar y transferir la memoria biográ fica desde la relativa inestabilidad de los grupos celulares hipocampales hasta las conexiones má s consolidadas del á rea prefrontal²⁴. Ahora sabemos que, a medida que los recuerdos envejecen, se esparcen desde el hipocampo hasta el có rtex, y que este proceso puede alargarse meses o añ os. Actualmente, los neurocientíficos pueden observar có mo el hipocampo se activa principalmente cuando se recuerdan los sucesos recientes, mientras que las á reas prefrontales se encargan de recordar los sucesos má s remotos²⁵. HM tenía intacto el có rtex prefrontal y podía acceder a su memoria biográ fica, que se había abierto camino hasta esa parte superior del cerebro. «Superior» es una palabra que usamos de manera convencional cuando nos referimos a partes del cerebro por cuya mediació n se logran funciones complejas, como sucede con el có rtex prefrontal. El circuito hipocampal-prefrontal es la vía principal que procesa nuestra historia personal a lo largo de toda nuestra vida²⁴. El p p g có rtex prefrontal es el narrador de la historia, el que reú ne informació n de la totalidad del cerebro en una «memoria operativa» que permite elaborar el relato. Ya hemos visto có mo la memoria sensorial —vista, oído, olfato, gusto y tacto— se organiza principalmente en á reas específicas del có rtex. El có rtex visual desarrolla y memoriza imá genes como las desarrolla un niñ o, cosa que también puede suceder, aunque rara vez, en la edad adulta, cuando un adulto que ha recuperado la visió n, como Virgil, se incorpora al mundo de lo visible. El có rtex visual retiene la memoria de las imá genes y puede operar superficialmente como un sistema hipocampal independiente. Esto concordaría con las experiencias de HM y MM, quienes, careciendo de hipocampo, tenían sin embargo un conocimiento sensorial intacto. Pero esto sería simplificar mucho las cosas y pasar por alto la maravilla experiencial de la memoria sensorial. Recordemos la experiencia de John Berger del «renacimiento visual», tras ser operado de cataratas y devolvérsele su visió n: cuando vio una hoja de papel en blanco y repentinamente sintió que regresaba a la cocina de su madre y a «aquellos blancos de la mesa, del fregadero, de las repisas». En la estampa de Berger, el có rtex visual estimulaba profundas memorias biográ ficas. El arte visual desafía la interpretació n sensorial automá tica —la constancia perceptiva— y nos traslada al mundo de Berger en el que las percepciones se descabalan. El primer avance, y probablemente todavía el mejor, para asomar a los recuerdos biográ ficos hipocampales se encuentra en el método experimental de estimulació n de las células del hipocampo en pacientes conscientes durante el preoperatorio de la cirugía contra la epilepsia. Oliver Sacks, en su célebre El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, describió el choque sufrido por Wilder Penfield al estimular el hipocampo. La estimulació n produjo alucinaciones de temas musicales, de gente, de escenas, todas ellas de una intensa viveza, que se experimentaban y vivían como algo absolutamente real, pese a la prosaica atmó sfera de la sala de operaciones [...]. Tales alucinaciones epilépticas nunca son fantasías: son recuerdos, y recuerdos del tipo má s vívido y preciso, y se presentan junto a las emociones que acompañ aban a la experiencia original. El hipocampo se comporta como una grabadora multisensorial que atrae las sensaciones de diferentes á reas corticales de la memoria sensorial. Corticalizarse Buena parte del proceso de «corticalizació n» de la memoria diaria parece ocurrir durante el sueñ o. Los efectos del sueñ o en la memoria fueron descritos por primera vez por Hermann Ebbinghaus (18501909) en su obra seminal sobre la memoria Uber das Gedachtnis («Sobre la memoria»), en 1885. Ebbinghaus examinó su propio patró n de memorizació n y constató que la nueva informació n se memorizaba mejor si se presentaba antes del sueñ o que a lo largo del día. Los estudios del sueñ o y la memoria que siguieron a ese descubrimiento evidenciaron que la privació n del sueñ o afectaba negativamente a la adquisició n de recuerdos²⁶. Una de las razones, al parecer, de los efectos positivos del sueñ o en la funció n mnemó nica es la actividad eléctrica que tiene lugar en el cerebro durante el sueñ o. La actividad eléctrica recogida en el cuero cabelludo durante la fase REM (con movimiento ocular rá pido) se asemeja a los disparos que conectan entre sí los grupos de células hipocampales. Estos velocísimos ciclos eléctricos del cerebro que ocurren a lo largo del sueñ o representan las descargas en el có rtex del diario almacenaje de recuerdos recién formados procedentes del hipocampo²⁷. La consolidació n de la memoria en estado de «hibernació n» desde el hipocampo hasta el có rtex durante el sueñ o se ha podido observar en ratones²⁸. El có rtex descarga en el hipocampo durante el día y el hipocampo descarga en el có rtex durante el sueñ o. Los sueñ os tienen lugar en la fase REM, y si alguna vez tienen un cará cter profético es porque los sucesos del presente que surgen del hipocampo, cuando se corticalizan durante el sueñ o, pueden reactivar los recuerdos corticales asociados que llegan hasta el pasado, desencadenando una visió n, a veces perturbadora, de algo que ha ocurrido anteriormente en circunstancias similares... y que por tanto puede volver a ocurrir. En la novela de Beckett Lo innombrable (1949) el narrador no tiene identidad, solo es una voz, una voz desencarnada, una corriente de palabras que alcanza una crisis existencial: «[...] debes pronunciar palabras mientras quede alguna hasta que me encuentren, hasta que me enuncien... Quizá me han llevado hasta el umbral de mi historia». La identidad de cada persona es una historia, y, si no hay historia, no hay verdaderamente un yo, o má s precisamente, no hay una continua sensació n de ser: uno es innombrablevi. Lo innombrable, como Vladimir y Estragó n en Esperando a Godot, nos presenta un perturbador y visceral atisbo de una existencia sin pasado ni futuro, una interminable sensació n de un presente existencial sin juntura, desorientado, despersonalizado..., un «ahora» en staccato. Los personajes de Beckett proporcionan creaciones dramá ticas de la desgarradora pérdida del yo que imagino que MM experimentó : la crisis existencial definitiva que el hipocampo mantiene a raya. Las frases, tan a menudo citadas, que forman la conclusió n de Lo innombrable —«Tú debes seguir. Yo no puedo seguir. Yo seguiré»— siempre nos conmoverá n por ser una expresió n profunda de la universal condició n humana, a veces insostenible, que debemos soportar. Estar en el mundo con una identidad, aun cuando se trate de una voz desencarnada y creada por el lenguaje, impone seguir adelante. El hipocampo tomará cuanto se le presente desde el mundo cortical de las sensaciones y lo convertirá en nuestra historia humana. 5 El sexto sentido: el córtex oculto El olor a hierba recién segada evoca para muchos de nosotros el recuerdo de un verano infantil o la suma de muchos veranos felices, en los que hermanos y primos hermanos corríamos por el césped en las reuniones familiares. El olor de la arcilla india al volverse polvo: la pequeñ a tienda de comestibles de Main Street, Portarlington; el olor a serrín y resina caliente de la madera cortada: un día de verano en la ferretería de mi padre; el fuerte olor á cido de las mantequerías: comprar la mantequilla local el viernes, en la cooperativa de Green Street, Callan. En esos recuerdos a menudo nos podemos ver a nosotros mismos tal y como éramos. Es célebre la descripció n que hace Marcel Proust de la inmediatez y la pureza del recuerdo asociado al olor de una magdalena, ese pequeñ o pastelito esponjoso, y es posible que se haya citado en demasía, pero al tratarse de un clá sico merece la pena citarlo una vez má s. Mas cuando nada subsiste del pasado lejano, toda vez que la gente ha muerto, toda vez que las cosas se han quebrado o perdido, tan solo el gusto y el olor, má s frá giles pero má s permanentes, má s inmateriales y má s persistentes, má s leales, nos acompañ an como almas durante mucho tiempo, recordando, aguardando, esperando, entre las ruinas de todo lo demá s; y guardan inmutables, en la pequeñ a y casi impalpable gota de su esencia, la vasta estructura del recuerdo⁴*. Proust describe lo que probablemente todos hemos experimentado en algú n momento de nuestras vidas. Olemos algo y de inmediato sentimos la emoció n asociada al recuerdo de ese olor. El olor y el sabor son interpretados en á reas corticales superpuestas, pero el olor es el resorte má s inmediato de recuerdos emocionales. La experiencia de una memoria emocional vívida que se dispara a causa de un aroma, envolviéndonos en nuestro propio misterio, es conocida como «efecto proustiano». Cada uno de nosotros experimentamos nuestros propios y personales momentos proustianos, y la literatura está llena de fascinantes memorias proustianas. Acerca de esta experiencia, John Banville escribió : «Los lupinos son para mí lo que era la magdalena para Proust». Cuando percibe el olor del lupino, «el tiempo se diluye y vuelvo a ser un niñ o». Escucha «el sonido del mar», siente «el salpicar de la sal sobre la piel quemada por el sol», saborea «sá ndwiches de plá tano» y llega a notar «ese olor entreverado de hierba pisoteada, algas marinas, excrementos y vacas»⁵*. El olor es el má s misterioso, el má s espiritual y delicado, y el má s intrínsecamente emocional de nuestros sentidos, pero no es inmaterial. En este capítulo viajaremos a través del alma material, usando el olfato para ver có mo la emoció n, lo que yo llamo el sexto sentido, se encuentra entretejido a la sensació n y la memoria biográ fica. Esto comportará la exploració n de la sensació n interoceptiva, las sensaciones corporales y su interpretació n en el có rtex emocional oculto, la ínsula: «la tienda de objetos usados del corazó n», en la memorable frase de Yeats⁶*. En los días en que por primera vez desempeñ aba un trabajo como especialista, en el hospital Addenbrooke, en Cambridge, tuve una visceral experiencia proustiana que nunca olvidaré, y que paso ahora a contar. LA HISTORIA DEL APIO DE CAMBRIDGE Era el cá lido y soleado verano de 1995, y me encontraba en los primeros meses de mi primer embarazo. Habíamos comprado una casa de 300 añ os con un jardín tan grande que desde la puerta de la cocina no se podía ver el límite de la parte trasera. Si en aquel verano uno hubiera seguido el agostado césped má s allá del enorme roble y hubiera traspuesto después el huerto, habría entrado en un territorio lleno de malezas que desprendía un intenso olor a estiércol mezclado con el vapor ardiente del río, antes de ver la corriente que marcaba el límite trasero. El aire caliente, tan estancado como aquel consumido río, atrapaba nubes giratorias de pequeñ os insectos fluviales. Los hipnó ticos e interminables sonidos de los invisibles grillos, posiblemente saltamontes, se prolongaban en un apacible calderó n, como si también el sonido se hubiera visto atrapado. Me sentía de un humor muy parecido al clima, suspendida y absorta por la naturaleza, y aquel verano pasé buena parte del tiempo en el jardín, tendida entre las losas, junto a la puerta trasera. Muchas de las plantas las habían sembrado los anteriores propietarios, y a lo largo de los meses dediqué muchos fines de semana a restaurarlo: arrancaba la hiedra, la menta y la hierbaluisa, y cortaba la lavanda y el tomillo que habían entrado en la madera. También aprendí a utilizar en la cocina las hierbas del jardín. Un día de aquel adorable verano recogí un puñ ado de hierbas para sazonar una ensalada. Aunque todos los días tenía ná useas matinales, por las tardes siempre me encontraba bien, salvo aquella noche en que la ná usea regresó con todas sus fuerzas. Por la mañ ana me sentía má s enferma de lo normal, y recuerdo que tenía que tumbarme en la moqueta de mi despacho entre consulta y consulta para cerrar los ojos durante uno o dos minutos antes de recibir al siguiente paciente que aguardaba devorado por los nervios. Incapaz de identificar lo que me había enfermado, presentía que la causa tenía que ver con algo que había en la ensalada, y decidí apartar los vegetales de mi dieta en lo que me quedaba de embarazo. Varios días después, mientras trabajaba en el jardín, me agaché y, al oler inadvertidamente una planta, sentí un ataque de ná useas. Miré por todas partes para identificar el origen del olor y vi una planta alta, exquisitamente verde, con manojos amarillos de flores que al instante identifiqué como la culpable de mis mareos de la semana anterior. Era apio, una antigua planta que crecía en conventos y monasterios de toda Europa, y que por entonces se empleaba generosamente en la cocina y como remedio natural. No lograba entender có mo había podido hacerme enfermar. Estaba tan segura al identificar el olor que salí del jardín para buscar a mi pareja, Ivar, y decírselo. También él estaba intrigado y, cosa curiosa, ni siquiera dudó de que hubiera podido identificar la causa de mi enfermedad. Había algo, sin embargo, que no alcanzaba a comprender: el apio no era dañ ino. Quizá había identificado mal la planta, o no recordaba bien lo que había leído de ella. Consulté mis herbarios y así fue como descubrí, en un pá rrafo medio escondido, que el apio no debía tomarse durante el embarazo. Tiempo atrá s, de hecho, se utilizaba como un abortivo natural. Tradicionalmente se hacía uso de enormes cantidades de apio para provocar un aborto. Fue una suerte que no hubiera tomado má s que un puñ ado de hojas. Comencé a preguntarme si esas otras comidas que también había identificado como causantes de mi enfermedad eran, asimismo, potencialmente tó xicas durante el embarazo. No es una pregunta a la que pueda dar respuesta, pero sí puedo explicar có mo supo mi cerebro que el apio era el culpable. Hay varios procesos involucrados en la historia del apio de Cambridge, si bien no llegué a experimentarlos como cosas separadas. Estaba, inicialmente, el registro sensorial del olor y del sabor del apio, seguido de la formació n de una memoria de dicha sensació n —de otro modo no hubiera podido reconocerla—, y luego la reactivació n de la memoria al volver a olerlo varios días después, lo que conllevó , por increíble que parezca, una sensació n del mismo mal que aquello había causado. Todo esto había ocurrido antes de la identificació n visual del apio. La secuencia de experiencias demuestra que el sentimiento de ná usea/desagrado había tenido lugar antes de que lo viese. Fue como si la memoria olfativa del apio se hubiera detenido, al acecho, lista para dispararse si volvía a olerlo o saborearlo una vez má s, para alertarme así de sus venenosas consecuencias. El olor recordado produjo una sensació n. Yo ni siquiera era consciente de que conocía el olor del apio. ¿No es listo nuestro cerebro? Un olor puede causar una amplia gama de sensaciones. Las que forman parte del «desvanecido encanto»⁷*, i de la infancia; las que forman parte del amor: el cuero cabelludo de un bebé; o de la excitació n sexual: el cuello de un amante; o del miedo: un sudor rancio; o de la repugnancia: el pescado podrido o, en mi caso, el apio. Un olor nos devuelve a otra época y nos alerta del futuro en un abrir y cerrar de ojos. ¿Có mo es posible que el olfato haga esto con tanta premura? Debemos empezar por el punto de acceso de la sensació n olfativa en el cerebro: los receptores del olor, situados en la parte superior de las fosas nasales, que reconocen diferentes químicos olfativos²⁹, ii. Los químicos olfativos pueden hallarse en la comida que saboreamos —una magdalena, unas hierbas— o en el aire que respiramos —el olor de la hierba cortada, el lupino—. A un nivel molecular, el emparejamiento específico de una molécula olfativa con su correspondiente receptor olfativo en las fosas nasales desencadena una señ al eléctrica que es transportada al cerebro a través de un nervio muy corto, de unos cinco centímetros de largo, llamado nervio olfativo. El nervio olfativo se extiende horizontalmente desde la parte posterior de la nariz hasta una estructura situada en el cerebro que recibe el nombre de amígdala, el corazó n del ingrediente de la memoria (véase figura 6). Yo llamo a la amígdala la «bujía emocional» del cerebro, porque activa respuestas y sensaciones emocionales. Se halla justo delante del hipocampo, con el cual está profusamente interconectada, y en cuyo interior la amígdala teje sus sinapsis emocionales. Como sabemos, cuando las neuronas se j p interconectan forman grupos celulares que se disparan al mismo tiempo. Las conexiones amígdalo-hipocampales constituyen la base de la memoria emocional. La amígdala La bujía emocional, la amígdala, es, como el hipocampo, elá stica, y puede desarrollar fá cilmente conexiones siná pticas. También como el hipocampo tiene conexiones directas con los có rtex sensoriales, en especial con el có rtex visual, y facilita la respuesta emocional a las imá genes. La diferencia entre el olor y los otros cuatro sentidos radica en que las neuronas olfativas llegan primero a la amígdala desde la nariz —se lanzan allí a toda velocidad desde el atajo que conforman las fosas nasales— antes de alcanzar el có rtex olfativo. Esta es la razó n por la que al oler experimentamos una emoció n inmediata. Las restantes experiencias sensoriales —ver, oír, saborear y tocar— recorren sus propios có rtex, situados en la superficie del cerebro, antes de precipitarse a la amígdala/hipocampo. Vemos algo antes de asociarlo a un recuerdo; escuchamos una canció n antes de evocar el verano en el que fue un éxito. Las neuronas olfativas, al pasar directamente a la amígdala, desencadenan sensaciones antes de que podamos identificar conscientemente el olor. Tal y como Proust lo describió , un olor se recuerda como una sensació n. Es bastante asombroso que, por medio de una intensa introspecció n, Proust determinara esta experiencia fenomenoló gica subjetiva antes de que la ciencia alcanzara a explicarla. Figura 6. El viaje del olor desde la nariz hasta la amígdala El nervio olfativo transporta la señ al electroquímica desde los receptores situados en la parte superior de la nariz a través de dos rutas del cerebro, (1) el atajo hasta la amígdala, donde se desencadena la emoció n asociada al olor, y (2) el camino má s largo hasta el có rtex olfativo, en el que se identifica dicho olor. Los có rtex del olor y del gusto se solapan, motivo por el cual sabor y olor resultan difíciles de distinguir entre sí, o mejor dicho: si el olor es parte intrínseca del gusto es justamente por ese motivo. En mi caso, las moléculas del apio habían disparado una señ al en las fosas nasales que viajó hasta la amígdala y causó el recuerdo de la sensació n de ná usea. A su vez, la imagen del apio iluminado por el sol tremolaba en mi có rtex visual. La ná usea recordada, la identificació n del olor, la identificació n visual del apio y el recuerdo de la ensalada llegaron al mismo tiempo, y la certeza de que el apio me había hecho enfermar emergió de la mezcla neuronal. La amígdala y las emociones ¿Có mo hace esa pequeñ a estructura cerebral, la amígdala, para crear la experiencia de una emoció n? En la escuela médica nos enseñ aron que la amígdala es el «centro emocional» del cerebro, pero a mí esto me parecía improbable y la informació n no tenía cabida en mis sistemas personales de constructos cognitivos. Desde entonces he elaborado un método para comprender los sistemas emocionales del cuerpo humano, y ahora sé que la amígdala no crea la emoció n, sino que es un centro nervioso desde el cual emergen las neuronas para crear emociones en el cuerpo. Antes de examinar có mo se hacen las emociones en el cuerpo, veamos có mo sabemos que la amígdala es quien se encarga de crear las emociones. La emoció n má s comú nmente estudiada en los animales es el miedo. El miedo ha sido probado y ensayado ampliamente como un método para medir la emoció n, ya que cuando los animales sienten temor la forma en que responden puede verse y medirse, por ejemplo, correr o quedarse inmó viles. Las emociones causan movimiento, y es posible medir el movimiento. Los má s conocidos estudios concernientes a la amígdala fueron realizados en las décadas de 1930 y 1940 por dos científicos, Heinrich Klü ver y Paul Bucy. Entre los estudiantes de los sistemas cerebrales, se trata de dos nombres muy familiares debido al síndrome de Klü ver-Bucy, que es causado por la extirpació n en los monos de ambas amígdalas, la derecha y la izquierda. Bucy, un neurocirujano, extirpó los hipocampos y las amígdalas de los hemisferios del cerebro de un mono macho (esto ocurrió antes de que se instauraran los derechos de los animales). Klü ver, psicó logo experimental, observó que, tras la cirugía, el mono había dejado de mostrar temor. Dado que el mono, al parecer, ya no experimentaba miedo, tampoco se comportaba de un modo adecuadamente pasivo y sumiso hacia el macho dominante, y por tanto el má s fuerte, de la colonia. Ni tampoco aprendió a sentir miedo tras sufrir las inevitables derrotas. Esto le produjo una grave lesió n, má s tarde el aislamiento social y, finalmente, la muerte. En un mundo sin miedo, el mono pereció . Si el lector fuera un mono que se hubiera librado de sufrir la pérdida bilateral de la amígdala bajo el bisturí de Bucy, y aú n la tuviera allí, tan bella como saludable, y se viera confrontado por el mono dominante, su corazó n latiría rá pido y con fuerza, las pupilas se le dilatarían, sus mú sculos se tensarían, se aceleraría su respiració n y aumentaría su presió n sanguínea, y el cortisol, la hormona del estrés, empezaría a excretarse. Estas respuestas psicoló gicas forman parte de la emoció n del miedo. Las emociones tienen lugar porque la amígdala está viva y responde, al contrario de lo que sucedía con el infortunado miembro de la colonia cuyas amígdalas sufrieron dañ os, y que no conocía el miedo. Los monos hembras se han estudiado menos, pero, cosa interesante, los informes indican que aquellos que carecían de amígdalas mostraban un comportamiento maternal incorrecto, y con frecuencia pegaban a sus crías o las dejaban de lado. Los experimentos con monos evidenciaban que la amígdala intervenía en el miedo, dentro de lo que, entiendo, cabe incluir la ansiedad maternal, y que no solo era necesaria para la supervivencia individual, sino también para la supervivencia de la colonia. Aunque es raro que suceda, también a los humanos puede afectarnos la enfermedad de Urbach-Wiethe, en la que los dañ os producidos en las amígdalas no afectan al cerebro circundante. Esta enfermedad incapacita para reconocer las expresiones faciales del miedo, y reduce en general la capacidad de reconocer dicha emoció n³⁰. Una persona, aun sin unas amígdalas funcionales, podrá seguir desarrollando su memoria episó dica, pero esta no albergará un contenido emocional normal, ni estará vinculada a una emoció n asociada³¹. Por otro lado, aquellas personas cuyas amígdalas se encuentren intactas pero tengan dañ ados los hipocampos seguirá n sintiendo el miedo, pero no podrá n formar recuerdos episó dicos de manera consistente. A veces, las dramá ticas consecuencias de carecer de amígdalas funcionales pueden observarse en quienes sufren la enfermedad de Urbach-Wiethe³². La literatura académica ha documentado la vida de una mujer con esta enfermedad, conocida como «SM»³³. Al parecer, SM posee una memoria episó dica normal, pero no reconoce la sensació n del miedo, ni siquiera en aquellas situaciones en las que su vida corre peligro, y las experiencias previas tampoco le sirven para aprender a evitar el dañ o. Aborda a los desconocidos sin ninguna inquietud y nunca mantiene respecto a ellos la debida distancia. Su incapacidad para sentir el impulso del miedo, sumada a su comportamiento desinhibido, le han hecho pasar por varias experiencias cercanas a la muerte que no le han servido para que en ocasiones posteriores haya evitado situaciones tan arriesgadas. Parece incapaz no solo de sentir miedo, sino también de g p aprender del miedo. Es interesante que SM afirme sentir curiosidad allí donde una persona corriente sentiría miedo: por ejemplo, la curiosidad de saber qué se sentiría al tocar una tará ntula. La amígdala se ilumina en la neuroimagen por IRM cuando una persona siente miedo, como cuando nos vemos ante un escenario hipotéticamente amenazador³⁴. Las personas que sufren de fobia a las arañ as tienen una intensa activació n amigdalar cuando se les muestran imá genes de arañ as, en comparació n con aquellos que no son aracnofó bicos³⁵. Si nos fuera dada la oportunidad de asomar al cerebro de un individuo con aracnofobia que observase la imagen de una tará ntula, veríamos iluminarse las conexiones situadas entre la ubicació n del có rtex visual, donde se localizaría la arañ a, y la amígdala³⁴. Esta vía hipotética representa tanto la memoria como la experiencia presente. Está hecha de experiencia pasada y crea una nueva emoció n. La gran pregunta que surge a colació n es: ¿có mo hace la amígdala para generar emoció n, en este caso miedo? Figura 7. La amígdala como bujía emocional Esta ilustració n muestra có mo la amígdala manda una señ al al hipotá lamo para activar el SNA en el cuerpo y crear emociones viscerales. En esencia, la emisió n neuronal desde la amígdala llega al cuerpo y crea en él sensaciones. La teoría de que la emoció n se despierta en el cuerpo fue expresada por primera vez por un héroe personal mío, que el lector recordará del capítulo 1, William James, en The Physical Basis of Emotion («El sustrato físico de la emoció n», 1884)³⁶, iii. William, su hermano Henry, mucho má s conocido que él, y su hermana Alice, la menos célebre de los tres, eran unos magníficos intérpretes de las emociones humanas: Henry como un maestro de la ficció n, William como psicó logo y Alice como autora de unos diarios en los que hablaba muy grá ficamente de sus depresiones y sus crisis emocionales. William James planteó que las emociones las causaba la activació n en el cuerpo de las sensaciones viscerales. Ahora sabemos que James estaba en lo cierto, y que la amígdala dirige esta actividad cerebral desde el cerebro: de ahí el nombre que le doy a la amígdala, la bujía emocional. El sistema que desata la creació n de las emociones es el sistema nervioso autó nomo (SNA), que comunica todos los ó rganos internos del cuerpo: el corazó n, el aparato digestivo, los pulmones y las venas, así como la piel y algunas glá ndulas y pequeñ os mú sculos. Entre las funciones en las que interviene el SNA se cuentan el sonrojo y la palidez facial, la dilatació n y la contracció n de las pupilas, el ritmo respiratorio, el pulso cardíaco, la producció n de lá grimas y la excitació n sexual. «Autó nomo» es sinó nimo de «automá tico»: se considera, y en general es así, que la funció n de nuestro SNA es automá tica y en buena medida está fuera de nuestro control. El corazó n no late, ni el vientre se contrae, ni las venas se dilatan porque queremos que lo hagan: todas esas cosas actú an de manera independiente. Sea como sea, es posible aprender a modificar las funciones automá ticas a través de la meditació n, y esta es la base del mindfulnessiv. El SNA es como una muñ eca suspendida del bastidor, una marioneta, que hace lo que hace por vía de las emisiones cerebrales. El hipotá lamo El má s preciso marionetista del SNA es el hipotá lamo, una pequeñ a colectá nea de neuronas muy apretadas entre sí, con el racimo derecho separado del izquierdo tan solo por un pequeñ o canal de fluido cerebral que señ ala el centro del cerebro a la altura del puente de la nariz. El hipotá lamo se halla muy pró ximo a la amígdala, a la cual está conectado. Anató micamente, convergen en el hipotá lamo una multiplicidad de circuitos cerebrales, uno de los má s importantes el de la amígdala/hipocampo, y es la suma de esos impulsos lo que determinará la emisió n al SNA. Darren Roddy, psiquiatra y especialista en neuroimagen que trabaja en mi equipo, afirma que, en su opinió n, el hipotá lamo es el lugar donde convergen todas las salidas desde el cerebro memorio-emocional, para luego llegar al cuerpo y causar alteraciones en el SNA y en el sistema endocrino. El hipotá lamo modula numerosos sistemas corporales interoceptivos: es el centro de control no solo del SNA, que crea sentimientos y emociones, sino también de las emisiones cerebrales que controlan el sistema de estrés del cortisol en el cuerpo. La mayor parte de mi carrera como investigadora la he pasado buscando el sistema de estrés del cortisol, pensando en las maneras que tiene el cerebro de lanzar una descarga en el hipotá lamo para cambiar la forma en que sentimos. El hipotá lamo es la ú ltima puerta de salida hacia el cuerpo interoceptivo, pero el flujo no va solo del cerebro al cuerpo, cambiando así el cuerpo interoceptivo; también tiene lugar en la direcció n opuesta, de forma que es el cuerpo interoceptivo el que cambia el cerebro. El cortisol y el estrés será n el tema de un pró ximo capítulo, de modo que por el momento nos limitaremos a apuntar que las emociones y el estrés cuentan con el mismo marionetista cerebral, el hipotá lamo. En la vía que va de la bujía a la amígdala acabamos de pasar por la puerta de salida del cerebro, el hipotá lamo, y nos disponemos a viajar por el SNA hasta el cuerpo interoceptivo. Un arco iris de estados de sensació n La intensidad de una emoció n puede medirse observando la estimulació n del SNA. Los estímulos visuales es má s probable que provoquen una respuesta mayor en el SNA que los estímulos auditivos. Esto puede observarse en la anatomía cerebral, donde se aprecia una entrada mayor desde el có rtex visual hasta la amígdala en comparació n con los otros có rtex sensoriales. Resulta fascinante si se considera que a los sensualistas originales del siglo XVIII, entre ellos Locke y Molyneux, les preocupaban la vista y el conocimiento y la memoria visuales má s que los restantes sentidos. Quizá Molyneux y Locke, y los otros filó sofos anteriores a la Ilustració n, intuyeron el circuito visual-emocional tan densamente interconectado cuando eligieron la vista para demostrar las conexiones entre sensació n y memoria. Los estímulos visuales y auditivos combinados provocan una respuesta mayor del SNA que cualquiera de ellos por separado. La mayoría nos sentimos incó modos al decir una mentira: esa sensació n embarazosa la causa la estimulació n del SNAv. La estereotípica aguja del detector de mentiras que en las películas oscila para mostrarnos que una persona está mintiendo mide la estimulació n del SNA, y en concreto la sudoració n de una persona, porque se trata de un valor seguro de alerta. El sistema emocional del SNA puede crear una variada gama de sensaciones opuestas: un pulso cardíaco acelerado o ralentizado significaría excitació n o relajació n; la subida o bajada de la presió n arterial, tensió n o desvanecimiento; la dilatació n o la constricció n de las venillas de la piel, sonrojo o palidez; la inactividad o hiperactividad del sistema digestivo, abotargamiento o ruidos. La variedad de estados emocionales opuestos puede tener lugar a causa de la coexistencia de dos sistemas SNA en el cuerpo: el sistema simpá tico y el parasimpá tico, ambos controlados desde el cuartel general del SNA localizado en el hipotá lamo. Como regla general, la activació n del sistema simpá tico causa el aumento de la actividad en los tejidos y ó rganos inervados, tales como palpitaciones cardíacas, tensió n muscular, sudor, aceleració n del ritmo respiratorio o aumento de la tensió n arterial. A este sistema a menudo se le llama de «lucha o huye». La activació n del sistema parasimpá tico, por su parte, ralentiza el pulso cardíaco, reduce la presió n arterial, el movimiento intestinal y el flujo de sangre a la piel, y comú nmente recibe el nombre de «descansa y digiere». Tanto el sistema simpá tico como el parasimpá tico pueden activarse de manera solapada, dando lugar así a las emociones y a la estimulació n del sistema corporal. Muchas de las emociones humanas má s intensas se encuentran entremezcladas. Veamos una de las experiencias emocionales má s potentes y mejor documentadas dentro del largo repertorio de las pasiones humanas conocidas. La descripció n de AlainRené Lesage en L’histoire de Gil Blas de Santillane, escrito entre 1715 y 1735, del comienzo del romance de Serafina con Don Fernando, es un clá sico romá ntico. Estaba bastante oscuro y llovía a cá ntaros. Después de haber atravesado algunos corredores, me hallé en una sala cuya puerta se encontraba abierta. Entré y de inmediato pude ver la suntuosidad del palacio [...]. En un lado vi una puerta ligeramente entreabierta. La abrí un poco y vi un despliegue de salas, la ú ltima de las cuales estaba encendida [...]. Reparé entonces en que había una cama, cuyas cortinas se hallaban descorridas a causa del calor, y mi atenció n se vio excitada ante la visió n de una joven que allí dormía [...]. Me acerqué un poco má s [...]. Me sentí completamente enajenado [...]. Mientras allí me hallaba, mareado por el placer de verla, la joven se despertó ⁸*. Esta descripció n de la vertiginosa mezcla de excitació n y placer de semejante coup de foudre podría haber sido escrita ayer mismo. Las emociones son las mismas en todas las épocas y culturas, lo que indica que la maquinaria bioló gica de los estados sensitivos es universal. Cuando Don Fernando vio a Serafina su atenció n se vio excitada, se sintió completamente enajenado por la emoció n, mareado de placer: la intensa sincronía simpá tica y parasimpá tica del amor a primera vista. En 1812, Stendhal, talentoso observador, y aparentemente imparcial, de las pasiones, escribió un libro maravilloso, Amor. Estas sabias palabras extraídas de su libro son enormemente reveladoras de la experiencia del amor romá ntico: «Nada es tan interesante como la pasió n; todo lo que la concierne es inesperado; y su agente es también su víctima»⁹*. Como observó Stendhal, podemos ser las felices víctimas de un coup de foudre, o las infelices víctimas del amor no correspondido. Somos víctimas porque no lo deseamos: ocurre. ¿Qué es lo que causa una emoció n tan abrumadora como un coup de foudre? Para entender al menos una parte de la respuesta a esta pregunta, tenemos que invocar a la memoria. Allá por el siglo XVII, Descartes llegó a una comprensió n personal de los efectos de la memoria sobre los sentimientos romá nticos cuando aprendió , por medio de la autobservació n, que le atraían las mujeres bizcas. Averiguó que se había enamorado de una chica de ojos bizcos cuando era niñ o, y que era la imagen de las mujeres bizcas lo que despertaba la respuesta emocional. De esta manera reconocía nuestra tendencia a ser inconscientemente guiados por la memoria emocional. Al fin y al cabo, muchos nos casamos con nuestros «padres» o «madres». Es la memoria lo que, al menos en parte, nos convierte en víctimas involuntarias de nuestras pasiones. Pero, con todo, un coup de foudre, aunque resulte muy sugerente, es un sentimiento relativamente simple en cuanto a que se trata de una andanada inmediata e instantá neamente reconocible de sensaciones interoceptivas entremezcladas. La gama de descripciones de cuanto emocionalmente afecta al corazó n es amplia y a veces vaga: lo podemos sentir pesado, o ligero, puede estallar de felicidad, puede romperse, puede palpitar con fuerza, puede parecer que se nos ha parado un momento, o algo puede tirar de él, algo que no identificamos al momento. En otras ocasiones nos sentimos francamente «desorientados», hechos un lío, y nos vemos invadidos por sentimientos que somos incapaces de interpretar. Puede que nuestro cuerpo nos esté diciendo algo, ¿pero qué es? William James sabía que los sentimientos humanos eran algo má s que sensaciones corporales cuando definió la experiencia de una emoció n como la interpretació n de una sensació n fisioló gica que se presenta en el cuerpo. Una emoció n «no es un sentimiento primario, surgido directamente por el pensamiento o el objeto existente, sino un sentimiento secundario, surgido de manera indirecta»¹⁰*. En otras palabras, una sensació n primaria es una sensació n física en el cuerpo (el SNA), mientras que un sentimiento secundario es la interpretació n de dicha sensació n como una emoció n calibrada ya sea de miedo, de amor, de repulsa, etcétera. Por ejemplo, estamos a punto de acudir a una importantísima entrevista de trabajo y sentimos el corazó n acelerado y un cosquilleo en el estó mago, pero somos conscientes de que lo que ocurre es que estamos nerviosos o excitados y no que nos estamos enamorando. La aceleració n del corazó n y el cosquilleo conforman la sensació n primaria, y entender que esto es miedo y ansiedad en el contexto de la inminente entrevista de trabajo es la sensació n secundaria a la que se refiere James. La sensació n secundaria es la interpretació n de los cambios fisioló gicos que han ocurrido involuntariamente ante la perspectiva de la entrevista. Nos encontramos así en el verdadero nú cleo del misterio de las pasiones: no es la forja de la sensació n lo que importa, sino có mo la interpretamos o, a veces, erramos al tratar de hacerlo. Como ha quedado explicado en el capítulo 2, toda sensació n interoceptiva procedente del cuerpo interior —el corazó n, el vientre, los pulmones, los ó rganos sexuales, las venas— está mapeada en una piececilla del có rtex oculta bajo la superficie del cerebro llamada ínsula. Necesitamos que el cuerpo —el SNA— cree la sensació n y que la ínsula la interprete³⁷. El có rtex oculto, la ínsula: la tienda de objetos usados La ínsula recibe este nombre del latín (cuyo plural es insulae) porque se asemeja a un islote de có rtex invertido en el cerebro. El lector puede tratar de localizar su propia ínsula anató micamente: es de suponer que durante la lectura estará sosteniendo este libro, de modo que, con la mano que queda libre, debe poner las yemas de los dedos en un lado de la cabeza desde el lugar en que comienza la unió n superior de la oreja y el cuero cabelludo, y los otros dedos en un pequeñ o á ngulo hacia arriba o hacia abajo. Quiero que el lector imagine ahora que puede empujar el tejido cerebral que se extiende bajo los dedos hacia dentro del cerebro, tal y como presionaría una pelota de fú tbol deshinchada, creando así una hendidura en la superficie del có rtex cerebral. La parte que ha quedado marcada hacia dentro del có rtex es la ínsula (véase figura 8). Una forma de examinar su funció n consistiría en observar a los individuos que sufren desó rdenes en la ínsula. El estudio que citaré, prosiguiendo mi historia del apio, tiene que ver con la sensació n de repulsa, y fue realizado en California. Los autores del estudio hablaban de la experiencia de la ná usea, o la repulsa, en pacientes que sufrían enfermedades degenerativas en la ínsula³⁸. La atrofia insular ocurre con frecuencia, por ejemplo, en la demencia producida por la enfermedad de Alzheimer. Lo que los autores explicaban era que la pérdida de la sensació n de repulsa en los pacientes con Alzheimer estaba relacionada con una reducció n del volumen de la ínsula en las mediciones por neuroimagen. Se trataba de algo muy concreto, porque había una relació n proporcional entre la capacidad de experimentar sensaciones de repulsa y el tamañ o de la ínsula: cuanto má s pequeñ a es la ínsula, menos capaces somos de experimentar repulsa. Aquellos a los que se diagnó stica anorexia nerviosa tienden a mostrar un entendimiento muy precario de sus estados internos: esto se aprecia en la incapacidad que tienen para notar la sensació n de hambre o la de estar saciados. Aunque en la anorexia el volumen de la ínsula cerebral es completamente normal, existe una actividad reducida en esta regió n como respuesta a los cambios que tienen lugar en los estados de sensació n interna³⁹. Y al contrario, se sabe que quienes sufren de depresió n, individuos que experimentan unos estados emocionales tan negativos como abrumadores, manifiestan una mayor activació n de la ínsula como respuesta a las expresiones faciales de la repulsa⁴⁰. En 1955, Wilder Penfield publicó un artículo en el que describía los efectos que tenían lugar al estimular la ínsula en pacientes conscientes con el cerebro expuesto y a punto de ser operados de epilepsia⁴¹. Penfield advirtió que sus pacientes experimentaban una sensació n en el vientre durante la estimulació n de la ínsula; sus estudios fueron para mí un tema médico vital hace varios añ os, cuando traté a una paciente a la que llamaré Stella. Figura 8. La ínsula Corte transversal del cerebro aproximadamente a la altura de la parte superior de las orejas, donde se muestra el có rtex oculto de la ínsula. Stella El médico de cabecera de Stella me derivó a su paciente tras las investigaciones realizadas durante muchos añ os por mú ltiples especialistas médicos que habían tratado de conocer el origen de la «extrañ a» sensació n que tenía en su abdomen. Stella había consultado y pedido opinió n a médicos de las má s diversas especialidades, entre ellas las de medicina general y gastrointestinal, neurología y ginecología. Todos coincidían en que no podían encontrar la menor anomalía en el aparato digestivo de Stella, ya fuera en términos de estructura o en las mecá nicas de la motilidad intestinal: no había ningú n tumor que ejerciera presió n alguna en su vientre, ni neuropatías periféricas (enfermedades de los nervios), ni anomalías ginecoló gicas. Stella se quejaba de una sensació n muy específica y desagradable: una sensació n de electricidad en su abdomen que se le extendía hasta el pecho. Ella lo llamaba «el zumbido eléctrico». En nuestro primer encuentro, Stella me explicó que el zumbido se le había manifestado durante muchos añ os, pero que estaba yendo a peor. Había llegado a tal extremo que ya se planteaba cualquier cosa, incluso ver a un psiquiatra, para librarse de él. Lo que Stella no podía entender era de qué iba a servirle la ayuda de un psiquiatra, pero, con todo, siguió los consejos de su médico de cabecera. El zumbido eléctrico se le había presentado durante tantos añ os que había comenzado a creer que alguien se lo estaba ocasionando, que quizá algo o alguien se lo había introducido en el cuerpo desde el exterior. Cada vez que yo le preguntaba por aquel zumbido, ella hablaba recurrentemente del há bito de su marido con el tabaco: odiaba a su marido por fumar en casa. Aquello parecía razonable, pues Stella, por su parte, no fumaba, ¿pero qué tenía que ver el há bito de su marido con la sensació n eléctrica que ella notaba en su vientre? A Stella le irritaban especialmente los ceniceros, segú n me contó . Me pregunté si su marido se molestaría en vaciarlos. Stella empezó a explayarse en la forma en que dejaba los ceniceros por la casa, y hablaba hasta de la colocació n de las colillas que contenían. Me devanaba por intentar entender. Al final se hizo evidente, o así lo interpreté yo, que Stella pensaba que su marido le estaba transmitiendo mensajes a través de las colillas de los cigarrillos, y que el patró n de las colillas aplastadas en el cenicero representaba algú n tipo de comunicació n codificada. El có digo de los cigarrillos lo compartían má s personas, principalmente los amigos de su marido que visitaban la casa para beber whisky y jugar a las cartas, y que también fumaban. Conspiraban para hacer dañ o a Stella, pero ella no sabía por qué ni có mo lo hacían. Había otra prueba má s: en ocasiones, la posició n de los muebles cambiaba, una revista que ella había dejado abierta aparecía cerrada la siguiente vez que la veía, la leche se encontraba en un estante diferente del q frigorífico, y así sucesivamente. Parecía malinterpretar o sobreinterpretar los hechos. El marido de Stella nos dijo que durante quince añ os su mujer no había dejado de hablar de ceniceros de un modo desconcertante. Stella llevaba mucho tiempo sufriendo un trastorno de tipo psicó tico que finalmente le fue diagnosticado gracias a la sensació n eléctrica del zumbido que tenía lugar en su abdomen. A esto lo llamamos alucinació n somá tica: una sensació n que se experimenta como procedente del cuerpo y que es má s probable que surja en el cerebro. Una alucinació n somá tica, aunque sea infrecuente en los estados psicó ticos, es una de las experiencias clave que indican un diagnó stico de esquizofrenia. La sensació n procedente tanto de los ó rganos exteroceptivos, los Cinco Grandes, como de los ó rganos interoceptivos, los viscerales, puede generarse en el interior del cerebro. Le expliqué a Stella lo mejor que pude que el zumbido eléctrico no estaba causado por algo que se hallaba en su abdomen, sino que probablemente lo ocasionaban un mal disparo y una mala conexió n en su cerebro. Le dije también que podríamos controlar el zumbido con una medicació n antipsicó tica. Stella pensaba que todo eso era un tanto extrañ o, pero estaba impaciente por probar cualquier cosa y comenzamos a probar con antipsicó ticos. El zumbido fue remitiendo a lo largo de las semanas siguientes y desapareció por completo varios meses después. Poco a poco, Stella dejó también de creer que su marido estaba en connivencia con sus amigos para tratar de hacerle dañ o, o que le dejaban mensajes en el cenicero, o que reubicaban los objetos para hacerle saber que estaban vigilá ndola. Ya no le prestaba atenció n a los ceniceros, y si yo le hacía echar la vista a sus viejas preocupaciones, se limitaba a despacharlas con un encogimiento de hombros. Aquello había ocurrido y también había dejado de ocurrir. Stella no sentía la necesidad de reconfigurar retrospectivamente su memoria a la luz de los nuevos sucesos. Lo ú nico que quería era tomar la medicació n y seguir en aquel mundo conocido y sin complicaciones en que vivía, lejos del tormento de su angustiosa sensació n abdominal. Comenzó a recuperar su antigua forma de ser, que parecía haberse desvanecido hacía mucho tiempo, y a comunicarse de nuevo con su familia y vecinos, y a hacer las tareas domésticas y a ocuparse de su jardín, que tenía muy abandonado. No pude encontrar referencia alguna para la peculiar alucinació n somá tica de Stella en la literatura psiquiá trica. Algú n tiempo después leí un artículo del añ o 2009 escrito por un grupo de neurocirujanos dirigido por D. K. Nguyen, de los hospitales Notre Dame y Saint Justine de Montreal⁴². Hablaban de las sensaciones experimentadas por pacientes en estado consciente, previas a la neurocirugía, y tras la estimulació n de la ínsula. En uno de sus artículos mencionaban una sensació n peculiar que un paciente describía como un «zumbido en el abdomen», producido por la estimulació n de un á rea concreta de la ínsula. Ahondando un poco má s descubrí que el artículo seminal de Penfield de 1955 había descrito una singular sensació n de «zumbido» en algunos de sus pacientes durante el preoperatorio, al estimularles la ínsula. Me di cuenta enseguida de la semejanza entre las descripciones de Penfield y de Nguyen, separadas por varias décadas, y la extrañ a sensació n visceral de Stella. Los experimentos neuroquirú rgicos explican có mo la estimulació n de la ínsula desde el interior del cerebro puede causar la sensació n de que hay un zumbido en el vientre. Que la misma parte del có rtex insular activado manual y deliberadamente por Penfield y Nguyen se viera activado en Stella por algú n tipo de patología cortical me parecía, y me parece, bastante probable. Así pues, la ínsula, en la prá ctica, es un có rtex sensorial de sensació n visceral interna que se enciende cuando experimentamos una emoció n. Un estudio publicado en 2004 por Ray Dolan y varios colegas suyos en Londres demostraba que, en estados emocionales normales, la ínsula se enciende cuando el latido del corazó n está siendo subjetivamente monitorizado⁴³. Observaban la actividad cerebral en individuos a los que ademá s se preguntaba si eran conscientes de su pulso cardíaco, y descubrieron que el nivel de conciencia interoceptiva de un sujeto se hallaba en concordancia con el tamañ o y la actividad de la ínsula⁴⁴. A finales de la década de 1980, Antonio Damasio planteó que aun los estados de sensaciones complejas en humanos podían ser «mapeados» en la ínsula. Damasio defendía la teoría de que las sensaciones internas del cuerpo podían ser organizadas en incontables combinaciones para proporcionar «un abanico de estados de sensació n». En su libro Self Comes to Mind ¹¹*, Damasio ha escrito muy poéticamente acerca de sus experimentos en neuroimagen, en los que su equipo de trabajo demostró que los diferentes estados emocionales estaban asociados a diferentes á reas de activació n insular, a lo que él daba el nombre de «patrones neuronales específicos de la emoció n». La ínsula izquierda estaba predominantemente activada en emociones positivas, como el amor romá ntico y maternal, escuchar una mú sica agradable o voces alegres, sonreír o ver a otros sonreír; incluso los estados emocionales positivos asociados a la sensació n de anticipar una compra, posiblemente la base neuronal de la «terapia de las rebajas», guardan p p j g relació n con la activació n de la ínsula izquierda⁴⁵. El mapeado emocional explica el abanico de estados de sensació n que los humanos podemos experimentar, desde el coup de foudre de Don Fernando hasta el misterioso fantasma de una emoció n estimulada por la magdalena de Proust. Figura 9. La ínsula como córtex emocional Algunas de las vías principales que convergen en la ínsula desde el interior del cerebro. La ínsula es un có rtex sensorial que registra estados emocionales procedentes del interior del cuerpo, pero también puede ser estimulada desde dentro del cerebro, permitiendo que las vías de la memoria produzcan estados emocionales. Los recuerdos vitales y la ínsula Hay vías que conectan diferentes á reas del cerebro con las ínsulas. Si una parte de la ínsula es disparada por una neurona desde otra á rea del cerebro, esto llevará a experimentar una emoció n. Estas vías cerebrales, forjadas a partir de la memoria, provocan emociones, muy a semejanza de como Penfield o Nguyen estimulaban la ínsula con instrumental quirú rgico para producir una sensació n. La existencia de vías neuronales que, procedentes de las redes biográ ficas prefrontales, llegan hasta la ínsula, supone que un estímulo en la memoria biográ fica puede suscitar un estado de sensació n (véase figura 9). En este caso, allí donde la emoció n se ve estimulada por la memoria biográ fica, la amígdala puede quedar al margen: la ínsula se ve estimulada desde el interior del cerebro por las neuronas de la memoria procedentes del có rtex prefrontal⁴⁶. Cuanto má s sabemos de la ínsula, má s comprendemos no solo la forma en que las emociones y la memoria biográ fica pasada se encuentran neutralmente entreveradas, sino también có mo la sociedad impacta en el bienestar emocional del individuo. Yo misma me vi especialmente atraída por un estudio que examinaba la actividad cerebral registrada en aquellas personas que se sentían socialmente excluidas, como es el caso de muchos pacientes que sufren trastornos psiquiá tricos. Los autores descubrieron que la representació n del dolor producido por la exclusió n social estaba mapeado junto a la parte del dolor físico. La exclusió n social «duele»: ¿quién dice que la sociedad no existe, o que la política no es algo personal?⁴⁷ La vida, inevitablemente, supone lidiar con la pérdida y las dificultades, y durante las crisis todas las emociones parecen residir en la amígdala: intensas, abrumadoras, sin duda automá ticas y quizá incontrolables, como el coup d’état de la psicosis o el coup de foudre de Don Fernando. A medida que, con el tiempo, se corticaliza la memoria biográ fica, también las emociones parecen modificarse, quizá como reflejo del cambio que se produce en el empuje de una amígdala intensamente estimulada hasta el má s cuidadoso de la ínsula prefrontal. Esto no deja de ser pura especulació n por mi parte, pero explicaría las sensaciones má s comedidas e inmediatas. La transició n de la experiencia de los estados emocionales puros determinados por la amígdala hasta la experiencia recordada, cuyo empuje proviene má s probablemente del circuito de la ínsula prefrontal, se observa en la experiencia universal de la muerte de un ser querido. Las emociones que se experimentan inmediatamente después de una muerte son angustiosas y dolorosas, intensas hasta el punto de ser incontrolables. El pesar se entromete y lo domina todo: la amígdala funciona a pleno rendimiento, marcando todas las señ ales sensoriales de entrada con el candente marchamo de la pérdida. Cada persona y cada cosa es, para la persona sumida en el duelo, un recordatorio de lo que ha perdido: «Todos los ancianos me recuerdan a él», como escribió Patrick Kavanagh tras la muerte de su padre¹²*. Con el tiempo la memoria se corticaliza, y se representa en las redes prefrontales biográ ficas y la má s suave sensació n insular. La memoria se va separando del martillo neumá tico de la amígdala a medida que el dolor, lentamente, pasa a ser una emoció n prefrontalinsular, un tipo de emoció n en el que es má s probable que la persona que ha sufrido la pérdida experimente pesar por el ser querido que ha muerto... Un pesar inefable se oculta en el corazón del amor ¹³*. Vivir y aprender es un inagotable baile de sensaciones, recuerdos y emociones. La sensació n procedente del mundo exterior se entrevera a los mapas corticales de la experiencia sensorial, y los sucesos se entretejen por añ adidura al telar de la red emocional de la ínsulaamígdala. A fin de cuentas, ¿qué es la memoria sin emoció n? Un inagotable inventario de experiencias sin significado humano. ¿Y qué es la emoció n sin la memoria? Un revoloteo fugaz y vacuo de un objeto de deseo al siguiente. Sin emociones, nuestros corazones no se partirían, nosotros no sufriríamos pesar, pero tampoco tendríamos el venero de memorias de la gente a la que nos sentimos unidos y con la que compartimos una vida, aun cuando sea por un breve espacio de tiempo: la clase de memorias evocadas por el encuentro con los primos a los que no hemos visto en muchos añ os. Recordar ahora la historia del apio me hace sentir algo muy diferente de esa tenue repulsa inducida por la amígdala que experimenté hace tantos añ os. La emoció n que llega adherida a este recuerdo es ahora difusa, insular. Es un neblinoso reunirse de recuerdos acumulados. Recuerdo el calor balsá mico, una sensació n de languidez anticipada, una «pre»-inocencia de lo que estaba por llegar; y envolviendo todo esto se hallaba la melancó lica nostalgia de la memoria felizmente atesorada. La magia neuronal que subyace en la sensació n del encanto desvanecido perdura como algo que se hace sentir inmaterial y conmovedor al mismo tiempo. 6 El sentido de un lugar En el capítulo 4 hemos visto las inagotables reconstrucciones neuronales de las elá sticas dendritas en el hipocampo para crear grupos de células que durante la noche se entretejen en algo má s estable, las redes corticales, como Rumpelstiltskin al entretejer paja y oro mientras la hija del molinero dormía profundamente. En el capítulo 5 hemos sido testigos de có mo la amígdala se sumerge en un baile dendrítico con el hipocampo, arborizando sentimientos en pos de recuerdos hipocampales, antes de llegar al repositorio, mucho má s plá cido, de la red ínsula-prefrontal. Sabiendo que existe un entramado neuronal de sentimiento y memoria, y teniendo esto en mente, quiero que el lector regrese conmigo a las coordenadas de la construcció n de la memoria: tiempo, lugar y persona. De estas coordenadas, el lugar ha ocupado histó ricamente la posició n dominante. Incluso esta palabra, «posició n» —así como «tó pico» (del latín topos, «lugar»), «lugar comú n», «posició n», «situació n» (del latín situare, «situar»)—, demuestra que el lenguaje ha evolucionado para reflejar la importancia central del lugar en la memoria pasada y en la memoria de trabajo. La memoria «de trabajo» es la expresió n utilizada por los neurocientíficos para concebir algo, o pensar. Un sencillo ejemplo de la primacía del lugar en la memoria es la tendencia natural a situarnos a nosotros mismos en el momento en que tuvo lugar un hecho inolvidable. ¿Por qué preguntamos «dó nde estabas tú » cuando algo ocurrió ? ¿Dó nde estabas tú cuando te enteraste del 11-S? En el momento en que escribo estas líneas obtengo 500 millones de resultados en una rá pida bú squeda de internet sobre esta cuestió n. Mi primer recuerdo de dó nde estaba yo cuando tuvo lugar un hecho inolvidable es probablemente el del asesinato de John F. Kennedy en 1963. Tengo un recuerdo como en flash de un suceso que a menudo he sospechado que ocurrió el día mismo de su muerte. Por suerte, nunca se lo había contado a nadie, así que decidí convertirme en objeto de mi propio experimento y puse mi recuerdo por escrito para preguntarle los detalles a mi madre. El recuerdo es el siguiente: yo estaba todavía en edad preescolar y me hallaba en el jardín trasero de nuestra casa, de cara a la escalonia que separaba nuestro jardín del de nuestro vecino. Estaba sola, junto al rincó n trasero del arbusto, donde la planta se había desgastado de cruzar al jardín de nuestros vecinos, y se podía ver perfectamente la cerca. Mi madre salió de casa y se acercaba. Nuestra vecina, Mrs. Begley, corría por el camino del jardín en su direcció n, echá ndose las manos a la cabeza en un gesto de angustia. La siguiente escena que recuerdo es a Mrs. Begley y mi madre hablando con agitació n, abrazá ndose y reconfortá ndose la una a la otra. Le pregunté a mi madre si se acordaba de dó nde estaba cuando se enteró de la muerte de JFK. Ella recordaba que vivíamos en Orchardstown Drive, en Dublín, que había escuchado la noticia en la radio de la cocina y que luego salió al jardín trasero, donde las madres se reunieron espontá neamente para compartir su consternació n. Mi madre no podía recordar si yo estaba allí o no, pero confirmó que debía de encontrarme en casa porque empecé a ir al colegio en 1964. El recuerdo no es má s que algo fugaz, nada má s que un instante observado con extrañ a emoció n, para la cual no hay ningú n suceso asociado. Ahora puedo identificar la emoció n que sentí entonces má s como la de un testigo de algo que ocurría en el mundo adulto pero que yo no podía comprender, y del cual estaba excluida. Aú n puedo recordar el interior de aquella casa en Orchardstown Drive que dejamos cuando cumplí seis añ os, hace ahora cincuenta y cuatro. Casi todos recordamos los hogares en que pasamos nuestra infancia, en cuyo seno albergamos nuestras má s lejanas memorias. Regresar al hogar en el que fuimos niñ os es como explorar la memoria de la infancia, lo que Gaston Bachelard llamó «psicogeografía». Bachelard (1884-1962) fue un filó sofo francés y arquitecto cuya obra exploraba lo que él definía como «el espacio íntimo» del hogar doméstico. En su libro má s conocido, La poética del espacio¹⁴*, Bachelard guía al lector a través de la idea central de que los individuos creamos lugares íntimos por medio de la memoria, que son a menudo el primer hogar familiar, donde nos sentimos emocionalmente a salvo y libres para crear e imaginar. Su obra apunta a la centralidad que el lugar ocupa en la memoria, y por tanto en la imaginació n: lo que él llamaba «la poética». La memoria, como explicaré en la siguiente secció n del libro, es el sustrato de la imaginació n. Sin embargo, las memorias de la casa-del-origen no siempre son inofensivas, y pueden proporcionar una metá fora para la memoria desasosegada, ya sea en nuestros sueñ os como en la literatura. «Anoche soñ é que regresaba a Manderley»: este es el famoso comienzo de Rebecca, de Daphne du Maurier. La memoria de Rebecca está literalmente «alojada» en Manderley: quizá sea ese el motivo de que Manderley deba ser destruida antes de que la nueva Mrs. De Winter pueda establecerse allí. La metá fora de la casa que arde hasta sus cimientos como una liberació n de recuerdos tortuosos la tomó Du Maurier de Jane Eyre, novela escrita por Charlotte Brontë un siglo antes. La metá fora central de este libro es Thornton Hall, donde la «loca y pérfida» mujer que está encerrada en el á tico interpreta los recuerdos del primer matrimonio de Rochester. Thornton Hall es consumida por las llamas, liberando a Jane y Rochester de esos recuerdos, lo que les permitirá perseguir sus propios sueñ os. El tema de la casa encantada atraviesa épocas y culturas, y es, como todos los mitos, un terreno fértil para la psicosis. La historia de la casa encantada de Anita, que enseguida relataré, despertó muchas reminiscencias en mis recuerdos, tanto los má s profundos como los recientes, y en ella resuena el mito y la cruel realidad de las mujeres trabajadoras de la época anterior al feminismo. ANITA Anita rondaba los setenta añ os y durante añ os asistió a nuestro hospital de día cinco días a la semana. Sufría un prolongado trastorno psiquiá trico que parecía haber comenzado tras el nacimiento de uno de sus hijos. Fue entonces cuando la hospitalizaron, y el curso de su psicosis pasó por muchos altibajos a lo largo de los siguientes veinte a treinta añ os. Con todo, luchó contra ella mientras criaba a sus hijos, casi como una madre soltera, a la manera en que se vieron obligadas a hacerlo la mayoría de esposas en la década de 1950. Su marido tenía un trabajo estable y «traía a casa un buen sueldo». Nada má s se esperaba de los maridos, y disfrutaba bebiendo pintas con sus amigos después del trabajo unas cuantas noches a la semana; tenía su día familiar los domingos, con barbacoas y a veces partidos de la Asociació n Atlética Gaélica (AAG) en Croagh Park. La AAG es una asociació n nacional enormemente influyente, construida en torno a deportes netamente irlandeses como el fú tbol gaélico y las vallas, que crea lealtades a los clubs de los condados locales tan apasionadas como las del fú tbol inglés o el béisbol americano, salvo por el hecho de que en Irlanda todos los distritos toman partido, y no está profesionalizado. La historia personal de Anita era en sí una historia social de Irlanda, con la invisible esposa/madre en la que nadie parecía reparar hasta que ya no era capaz de llevar a cabo las tareas domésticas. Me la imagino, con la cara vuelta hacia la pared, lavando los platos después de la comida del domingo, aparentemente tranquila y satisfecha de servir a su familia, cuando en realidad estaba pasando en silencio la interminable angustia de la psicosis. Era una heroica superviviente no solo de la indolente indiferencia hacia las mujeres de su tiempo y sus psicosis, sino, como se pudo ver cuando la traté má s tarde, también de los abusos sexuales que había sufrido durante la infancia. El delirio má s persistente que padecía Anita era el de que su casa estaba encantada. Podía oír susurros por las noches, y por la mañ ana veía que los fantasmas habían movido algo ligeramente o habían encendido una luz en el piso de abajo, luz que ella recordaba perfectamente haber apagado antes de acostarse. Una o dos veces había sentido que algo la tocaba en la cama. La vigilaban en casa, la observaban y escuchaban, y Anita sabía que debía ser muy cauta con sus acciones. Cuando no estaba en casa dejaba de tener esas experiencias. Parecía estar bien en el hospital de día, se mostraba reservada pero no angustiada, y uno hubiera tenido la impresió n de que trataba con una mujer de semblante amable que entraba y salía de algú n benigno desorden mental... hasta que hablabas con ella, y descubrías su inquietante psicosis. En un esfuerzo por arrancarla del trauma de la casa familiar, su hija se la llevó a vivir con su familia. Durante un breve período de tiempo Anita llegó a creer que algo iba mal en la casa de su hija, y comenzó a tener delirios sobre sucesos extrañ os. Anita volvió a vivir entonces en su propia casa, y se negó a salir otra vez de ella hasta su repentina muerte en el domicilio a causa de una embolia. El hospital de día cerró durante una jornada para asistir a su funeral. Lugares, lugares, lugares... ¿Por qué es tan importante el lugar en la memoria? Quizá la memoria del lugar sea un legado evolutivo desde la época en que recordar un lugar —por ejemplo, dó nde podía hacerse un ó ptimo forrajeo, o dó nde acechaba el peligro— era algo fundamental para sobrevivir. El gran soció logo francés Maurice Halbwachs, en 1950, escribió sus observaciones sobre la nuclear importancia del lugar en la memoria en un libro de radical relevancia, On Collective Memory¹⁵*. Ahora cerremos los ojos y, mirando a nuestro interior, retrocedamos por el curso del tiempo hasta el punto má s lejano en el cual nuestro pensamiento todavía conserva nítidos recuerdos de escenas y personas. Nunca nos salimos del espacio. Nos encontramos no en el seno de un lugar indeterminado, sino má s bien en á reas que conocemos o que muy fá cilmente podríamos localizar, dado que aú n pertenecen a nuestro entorno material presente. He hecho ingentes esfuerzos para borrar ese contexto espacial, con el propó sito de aferrarme ú nicamente a los sentimientos y las ideas que experimenté y concebí entonces. Los sentimientos y las reflexiones, como cualquier otro suceso, deben resituarse en algú n lugar donde haya residido o por el que haya pasado, y siga aú n existiendo. Esforcémonos para ir má s atrá s. Cuando alcancemos ese período en el que nos veamos incapaces de concebir un lugar, ni siquiera de manera confusa, habremos llegado a las regiones de nuestro pasado inaccesibles para la memoria. Al considerar esta centralidad del lugar en la memoria no sorprende que las células má s importantes del hipocampo sean las que reconocen el lugar, y que no en vano reciben el nombre de «células de lugar»⁴⁸. Células de lugar Viajé a Cork en tren en agosto de 2015 para escuchar una conferencia del neurocientífico John O’Keefe sobre su descubrimiento de las células de lugar en el hipocampo. O’Keefe, junto con May-Britt Moser y Edvard Moser, ganó el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 2014 por su descubrimiento de dichas células⁴⁹. John O’Keefe habla como un americano, vive y trabaja en Inglaterra, y es un hombre de avanzada edad que parece mucho má s joven, de constitució n enjuta, con unos ojos azul claro típicamente irlandeses que a lo largo de su conferencia no dejaban de mirar hacia todas partes. Su charla fue para mí otra revelació n. Recuerdo que algo má s tarde, ese mismo día, esperaba el autobú s en el exterior de la Universidad de Cork con una sensació n de desplazamiento cognitivo. Ya conocía la existencia de las células de lugar, pero solo cobraron vida para mí de un modo experimental cuando escuché el viaje de O’Keefe en pos de su descubrimiento. Su historia del hipocampo de la rata y las células de lugar comenzó con un experimento en el que usaba ratas que se desplazaban por un espacio cerrado, el á rea experimental. La rata tenía un microcable insertado en una sola neurona del hipocampo —una hazañ a ya de por sí impresionante, teniendo en cuenta que las ratas tienen unas 180.000 neuronas hipocampales—, y estaba viva y se movía en libertad. El microcable estaba conectado a una má quina que registraba la actividad eléctrica en la neurona hipocampal puncionada. Esto permitió a O’Keefe y su equipo ver lo que estaba ocurriendo en una sola célula de memoria en el hipocampo profundo de la rata. ¿Qué pasaría en esa solitaria neurona cuando la rata se desplazaba por el á rea experimental? El á rea estaba distribuida en pequeñ os cubículos, como la retícula de un mapa. Cuando la rata se dirigía a un cubículo específico, aparecía una señ al en la má quina grabadora. Esto volvía a ocurrir cuando la rata entraba otra vez en el mismo cubículo, pero no en otro distinto. La neurona «reconocía» ese cubículo en particular y no otro diferente. O’Keefe llamó a esas neuronas «células de lugar». Una célula de lugar era el identificador ú nico, o célula de memoria, de un lugar exterior específico: una neurona hipocampal correspondía a un escaque de la rejilla. Recordemos que esto no es el có rtex, ya seal visual o de otro tipo: es el hipocampo, la má quina de la memoria. Esta franca demostració n de la conexió n entre un lugar muy preciso y pequeñ o y una sola célula de memoria del hipocampo, llevada a cabo en 1971, tuvo implicaciones profundas⁴⁸. La funció n del hipocampo como centro de memoria especializado, diferenciado de las funciones sensoriales, quedó así establecida. La rata veía, oía, tocaba y olía, y tenía activas todas las funciones sensoriales corporales por intermediació n del có rtex exterior. Dichas funciones sucedían en el có rtex cuando la rata se desplazaba por el á rea experimental —viendo, oliendo y tocando el suelo del á rea—, mientras que las neuronas del hipocampo creaban recuerdos del lugar a través de un meticuloso proceso en el que el lugar-en-el-mundo-exterior se transmitía a las células de lugar. Otro hallazgo que se desprendió de trabajos posteriores en los que se emplearon estas mismas técnicas fue que los lugares que se encontraban muy pró ximos en el mundo exterior no disparaban en el hipocampo células de lugar cercanas entre sí. Se llegó así a la conclusió n de que diferentes patrones de disparos de células de lugar representaban ubicaciones diferentes, pero también que los patrones de las neuronas disparadas eran representaciones abstractas, no geográ ficas, de las estructuras espaciales externas. Los lugares parecían estar representados por los có digos de los grupos celulares. El tipo de registro intracelular realizado por John O’Keefe en una célula hipocampal no puede realizarse en el hipocampo humano en condiciones normales, si bien sí se han realizado oportunamente registros intracelulares en células hipocampales en pacientes conscientes que se disponían a ser operados de epilepsia. Un estudio clínico publicado en Nature en 2003 examinó las respuestas eléctricas de células individuales en siete pacientes de ese tipo⁵⁰. Los participantes pasaron una prueba en la que primeramente se les p p p p q p familiarizaba con una ciudad virtual de un juego de ordenador. La segunda parte del experimento consistía en que los pacientes circularan en taxi por una ubicació n específica de la ciudad memorizada. Ciertas células en el hipocampo respondían repetidamente a ubicaciones específicas, lo que demostraba un criterio selectivo del lugar. Conforta pensar que tenemos células en el interior de nuestro cerebro que arraigan incondicionalmente con el lugar, sirviéndonos de asidero mientras el mundo gira a nuestro alrededor. Segú n los estudios del hipocampo, en la memoria del lugar interviene el hipocampo derecho. Anteriormente hemos mencionado el estudio de los taxistas londinenses, que tienen que memorizar extensos mapas de tan gran ciudad antes de que se les conceda una licencia de taxi. La neuroimagen demostraba que era predominantemente el hipocampo derecho el que crecía con la expansió n del conocimiento geográ fico¹⁸. Lo má s intrigante fue averiguar que, cuando los conductores de taxi má s experimentados de Londres imaginaban una ruta compleja por la ciudad, el hipocampo derecho se disparaba selectivamente⁵¹. Esto permite ver que en el recuerdo y la imaginació n intervienen los mismos circuitos cerebrales. Regresemos un momento a MM, la paciente que había perdido la memoria por la destrucció n de sus hipocampos y que, aun siendo capaz de desplazarse por una habitació n cuando se encontraba en ella, al salir no era capaz de encontrar el camino de vuelta. Su memoria hipocampal para aquel lugar había desaparecido, pero sus habilidades sensoriales, en términos de ver la habitació n y demá s, permanecían intactas. Sin los sistemas corticales y de memoria-lugar trabajando a la par, estamos perdidos. Tiene que haber un sistema de informació n sensorial que nutra la memoria hipocampal para que ocurra la percepció n completa. Los experimentos seminales que examinan la forma en que la sensació n alimenta el hipocampo para dar lugar a la memoria de células de lugar fueron realizados por Edvard y May-Britt Moser, el equipo neurocientífico compuesto por marido y mujer que compartió el Premio Nobel con John O’Keefe. En 2005 publicaron su descubrimiento de las células en el có rtex entorrinal, donde la informació n sensorial integrada procedente de los diferentes có rtex se suministra al hipocampo. Descubrieron que las neuronas del có rtex entorrinal lanzan descargas de corrientes de alta frecuencia a las células hipocampales, disparando las células hipocampales para hacer la proteína dendrítica que conecta entre sí las células que formará n los grupos celulares, los có digos de lugar⁵². Las células entorrinales nutren el telar hipocampal con los hilos corticales de la sensació n⁵³. Y durante la noche, a la manera de Rumpelstiltskin, los grupos de células hipocampales tejerá n p g p p p j su magia en la estructura de la memoria cortical. El Rumpelstiltskin del sueñ o hace girar la memoria hipocampal y cortical como una rueca para alcanzar un nuevo equilibrio. Las células de lugar, pasados los añ os desde su descubrimiento, han evolucionado ahora a células «espaciales», porque los objetos se ven en un contexto espacial de tres dimensiones, má s que como una posició n o ubicació n bidimensional⁵⁴. Volveremos a esto en el pró ximo capítulo: de momento emplearemos los términos «lugar» y «espacio» como sinó nimos. Lo que se decide trasladar desde la danza cortical de la sensació n hasta el hipocampo, o lo que se decide que debe ser trasladado hasta los có rtex sensoriales, para que se almacene de manera má s permanente en las á reas corticales, o a los crecientes reservorios del có rtex prefrontal a medida que la vida es vivida, es un infinito de posibilidades. Similar a la experiencia vital, es un desordenado enredo de estimulació n de los có rtex sensoriales y de los có digos de memoria hipocampales, todo ello bien embutido en la marañ a amigdalar. Es la interconectividad del conjunto trabajando a la par lo que crea la experiencia y la memoria. ¿Dó nde empieza el bailarín y termina la danza? ¹⁶* La marañ a amigdalar Ya sea cuando seguimos la psicogeografía de nuestro hogar familiar a través de nuestras memorias, o el hogar en el que vivimos y no queremos abandonar porque nuestros hijos crecieron en él, los lugares los recorremos principalmente por medio de las imá genes y la vista. El có rtex visual, como hemos explicado, está má s conectado a la amígdala que a otras á reas cerebrales sensoriales, y cuando gestionamos el lugar en la memoria biográ fica también estamos estimulando la memoria emocional. La cadena de memorias emocionales que hay que ubicar se explica maravillosamente en el libro Flores de ruina. Perro de primavera, de Patrick Modiano, que ganó el Premio Nobel de Literatura en 2014. Parece que a veces nuestros recuerdos son como polaroids. En casi treinta añ os, apenas había pensado en Jansen. Nos tratamos durante un breve espacio de tiempo. Abandonó Francia en junio de 1964 y escribo esto en abril de 1992. Nunca supe una palabra de él, y no sé si está vivo o muerto. Su recuerdo ha permanecido latente, pero ahora, de pronto, me ha sobrevenido a principios de la primavera de 1992. ¿Es porque me encontré con una foto de mi novia y yo, en cuyo reverso un sello azul dice: «Foto de Jansen. Todos los derechos reservados»? Esta hermosa novela corta, parte de la trilogía que compone Flores de ruina. Perro de primavera, de la que he tomado esta cita, es un viaje a través de la memoria iniciado por una antigua foto: todo el mundo resulta esquivo, las relaciones fluyen, pero los nombres de las calles y los cafés de París donde las experiencias del verano de 1964 tuvieron lugar conforman las hebras por las cuales el lector recorre la «senda de la memoria» emocional del joven Jansen. Es el verano de los primeros amores del narrador, con una mujer y con la fotografía. El autor parece vivir y viajar a través de aquel verano en el mundo desdoblado de la memoria y de los sentimientos, pero discurriendo por un lugar. El lugar está determinado por ubicaciones parisinas en las que suceden encuentros cuasi fantasmales. Esta novela breve lleva por título Perro de primavera. Me encanta su historia, porque captura esa duradera sensació n de lugar que constituyen los espacios habitados por las vidas humanas atrapadas en las condiciones, gloriosas o ignominiosas, de su tiempo. Las vidas humanas vienen y van, dejando recuerdos: el raído cordó n de una cortina visible a través de una ventana rota, o una calle de casas en ruinas que un día fueron majestuosas. Las películas son un medio visual perfecto para que se unan memoria emocional y memoria de lugar. La película El tercer hombre, dirigida por Carol Reed, es un clá sico. Holly Martins, el protagonista, no es exactamente un héroe o un antihéroe sino un tipo normal, con ideas simplistas sobre la guerra, que se gana la vida produciendo novelas «de indios y vaqueros» a mansalva. A través de su mirada, la cá mara sigue los recuerdos de un amigo suyo, ya muerto, por las calles de Viena, al tiempo que Martins trata de poner en claro los sucesos pasados. La mú sica es tan brillante como intemporal. Todo supone un misterio: nos perdemos en un pasado irrecuperable y sombrío que nos va guiando por las calles de la ciudad. Esas calles han sido testigos de los comportamientos humanos má s extremos que suscitó la Segunda Guerra Mundial, tanto en términos de generosa entereza como de pérfido aprovechamiento. La ciudad en ruinas parece encarnar las mó rbidas memorias de la guerra. Orson Welles aparece tan solo de manera fugaz, recorriendo las calles con una mirada suspicaz, antes de desaparecer en un portal. La memoria emocional se ve inducida por la perspectiva oblicua de edificios y puertas en las só rdidas calles donde se representa aquel fantasmagó rico pasado. El desenlace es un recuerdo que se interpreta una vez má s en las calles, llevando el misterio a su lú gubre conclusió n. Así pues, ¿qué má gica resonancia agitan el París de Perro de primavera y la Viena de El tercer hombre? Patrick Modiano y Carol Reed han penetrado en los sistemas de la memoria emocional intuitiva del lector/espectador empleando las mismas vías que se utilizan en la evocació n de recuerdos autobiográ ficos. La emoció n se entrevera a la memoria de lugar por medio de las conexiones amígdalo-hipocampales. La memoria emocional está tejida a las conexiones neuronales situadas entre el hipocampo y la amígdala, de modo que ver un lugar disparará subsiguientemente una emoció n. Los descubrimientos neurocientíficos se han ido desarrollando hasta el punto de haberse identificado en la amígdala las mismas proteínas que crean las ratas en las células hipocampales como respuesta al miedo⁵⁵. La magia de estas obras de arte basadas en ciudades radica en que, de manera intuitiva, localizan y disparan estos lugares sensitivizados en el cerebro del individuo. Terminaré con una memoria de lugar enterrada que no ha dejado de reclamar mi atenció n cuando escribía el primer borrador de este capítulo. Es un recuerdo fragmentario de un corto, una película de entre tres y cinco minutos. En mi juventud, solían emitirse cortos antes de la película principal en los cines de arte y ensayo, y fue en uno de esos lugares, en el Lighthouse Cinema de Abbey Street, Dublín, donde creía que había sido el evento. Recordaba imá genes sueltas de la película..., un hombre está en un establo arreglando el motor de un coche con el capó levantado, mientras escucha la radio. La noticia de que Elvis ha muerto irrumpe en las ondas herzianas. Solo una lá mpara ilumina el establo, de modo que cuando el hombre y su amante comienzan a bailar, lo hacen alrededor de un círculo de cá lida luz en la oscuridad del establo, como los relá mpagos en torno a las figuras de un cuadro de Rembrandt. No recordaba ya la película principal que siguió al corto, ni con quién fui a verla, có mo se llamaba o en qué añ o fue. Me lancé a buscar aquel corto perdido hasta que por fin lo localicé. Se llamaba That’s all right, como la canció n de Elvis a cuyo son bailan los personajes, y fue proyectado en 1989. Tampoco recordaba que el difunto Mick Lally, un celebrado actor irlandés, era el protagonista. Solo recordaba lugares: el interior del Lighthouse Cinema, ya desaparecido..., el establo iluminado por la lá mpara..., lugares dentro de lugares..., en este caso el lugar en el que dos individuos compartían un momento universalmente recordado, su propio «¿dó nde estabas cuando Elvis p p ¿ murió »? Por cierto, That’s all right había costado una suma muy escasa de dinero, al aprovechar los sobrantes de un rollo de Los muertos, la joya de John Huston, fielmente inspirada en el exquisitamente conmovedor relato breve del mismo nombre escrito por James Joyce en su colecció n Dublineses. Esos famosos relatos breves está n ambientados en las calles de Dublín y en los hogares de los dublineses. Quizá por pura coincidencia, quizá no, Los muertos, en su inquietante y lú gubre ambientació n en el hogar familiar de Gertrude, donde ocultamente preserva su corazó n roto, nos hace sentir el modo en que los muertos se valen de los recuerdos de los vivos para habitarlos. Así pues..., la má gica resonancia de las memorias emocionales evocadas por un lugar sigue y sigue, remontá ndose una y otra vez a los orígenes..., remontá ndose hasta los primeros recuerdos del hogar familiar..., profundizando en las células de lugar de nuestros soterrados hipocampos y de sus idiosincrá sicos arracimamientos con las neuronas de nuestras amígdalas e ínsulas..., nuestra psicogeografía personal. Paseamos por la ciudad y recordamos, «a través de sus avenidas, la sensació n que una vez tuvimos de ser ligeros, y nada nos pesaba»¹⁷*, o ver una pequeñ a lá pida y sentir terror. Los lugares —las calles de Dublín, las avenidas de París, los portales de Viena, la tumba de Edith, el jardín de Cambridge, el hogar familiar, la casa encantada, el baile del recuerdo en el establo— son, en términos de experiencia, el ancla de la emoció n y la memoria. 7 El tiempo y la experiencia de la continuidad «¡Ayer! ¿Qué significa eso, ayer?», pregunta Hamm a Clov en Fin de partida, de Samuel Beckett. Hamm está formulando una de las preguntas má s importantes sobre la memoria humana: ¿qué es el tiempo, y qué significa? Durante milenios, a los físicos les ha preocupado la medició n del lugar, del espacio y del movimiento, y solo recientemente han fijado su atenció n en el tiempo: esa es, verdaderamente, su Gran Pregunta. Saben desde hace mucho que, mientras que el lugar y el espacio se pueden medir como materia, el tiempo solo puede ser medido en relació n al lugar: un «añ o luz», por ejemplo, es la medida de la distancia, no del tiempo, que la luz recorre en un añ o. Las unidades de tiempo está n moldeadas en torno al movimiento de la Tierra en el seno del universo, específicamente el de la Tierra y las estrellas. Un día es la medida de tiempo que tarda la Tierra en hacer un movimiento de rotació n completa alrededor de su eje, un añ o es el tiempo que la Tierra tarda en regresar al mismo punto en su movimiento circular alrededor del Sol, y así sucesivamente. El tiempo es má s parecido a inercia y sucesos: como la onda de luz que sale de la estrella, como la Tierra que pasa a toda velocidad girando alrededor del imá n sustentador del Sol. La «física de sucesos» refleja esa nueva idea de que el tiempo es una parte intrínseca del lugar y el movimiento. La idea del «suceso» como base de la memoria vivida ha estado flotando en el ambiente desde que Brenda Milner lidió con el misterio de la pérdida de la memoria de Henry Molaison en la década de 1950. Sin sus hipocampos, HM no tenía memoria ni para el lugar ni para el tiempo. A partir de entonces se entendió que lugar y tiempo eran memorizados al mismo tiempo como sucesos. Hay memoria episó dica y física de sucesos, y los conceptos de tiempo, lugar e inercia son fundamentales para entender ambos. En este capítulo veremos có mo el tiempo está ajustado de un modo similar en el cerebro a como lo está en el mundo de la física, en un patró n diná mico de ubicaciones y sucesos cambiantes. En el capítulo anterior le hemos seguido el rastro a las células de lugar para explorar la psicogeografía de la memoria emocional: ahora exploraremos có mo el tiempo se halla también fijado a la brú jula del lugar en el hipocampo. Ajustando el tiempo A menudo preguntamos: «¿Adó nde se me ha ido el tiempo?» Nora, una paciente que sufría de trastorno bipolar, tenía buenas razones para hacerse esta pregunta cuando hace añ os fue ingresada en el hospital. El trastorno bipolar es una enfermedad en la que el paciente fluctú a entre episodios de depresió n y obsesió n. Junto con una insondable tristeza, la depresió n trae consigo una sensació n de extenuació n y de que se ralentizan los procesos cognitivos, que afectan a la memoria y empantanan el pensamiento. La obsesió n se halla en el polo opuesto, con experiencias de euforia emocional y una incontrolada excitació n cognitiva. El caso de las experiencias de Nora con el tiempo muestran los efectos, a veces extremos, que pueden suscitar los trastornos del humor en el sentido del tiempo del que los sufre, y también cuá nto necesitamos algunas funciones cerebrales bá sicas para ajustar el tiempo. Nora se había sentido mal desde los primeros añ os de la edad adulta. La ingresaron en una unidad hospitalaria en estado maníaco. Era hiperactiva y había viajado por el país, visitando gente a la que conocía pero con la que había perdido el contacto. Hablaba en voz alta, de manera ininterrumpida, acerca de sus grandiosas y paranoides ideas. Tenía mú ltiples delirios de una ló gica superficial, que no resistía muchas preguntas. Nora comenzaba a contar su historia sin orden cronoló gico, y si su oyente respondía y escuchaba el tiempo suficiente, terminaba por acusarle de ser parte de uno de los muchos y vagos complots tramados contra su persona. Tras varias semanas de crecientes dificultades, Nora fue internada en el pabelló n psiquiá trico para ser sometida a un tratamiento obligatorio. Las enfermeras de mayor antigü edad la conocían porque en añ os anteriores la habían ingresado y dado de alta con frecuencia en el hospital, pero al parecer llevaba muchos añ os en remisió n. (Estar en remisió n significa que una enfermedad ha desaparecido del todo. La recurrencia de un episodio de la enfermedad recibe el nombre de relapso). Las cosas comenzaron a aclararse cuando se supo que Nora no había estado en remisió n, sino que había permanecido durante añ os «encerrada en sí misma». No había abandonado el domicilio familiar, no había leído los perió dicos ni había visto la televisió n, y había pasado la mayor parte de sus días en un estado de apatía y semivigilia. Luego, sin previo aviso, varias semanas antes de su hospitalizació n, «despertó » presa de un estado maníaco. El aspecto má s extraordinario del historial clínico de Nora era que sus referencias del mundo se remontaban a varios añ os atrá s, hacia la época en que se sumió en su hibernació n psíquica. Durante los añ os en los que se había encontrado en aquel estado Irlanda había pasado por un boom econó mico, y la acelerada prosperidad se hizo patente en las nuevas construcciones y en un renovado sistema de transporte pú blico. Una de las calles principales de la ciudad se había peatonalizado, el flujo del trá fico se había visto alterado y la ropa y los peinados habían cambiado. Nora parecía no haber creado recuerdos durante sus añ os de depresió n. Su capacidad para crear nuevos recuerdos no se vio afectada por el estado de hibernació n de su cerebro, y en cuanto superó su desorientació n en aquella línea temporal, poco a poco se fue estableciendo en un nuevo mundo. Nora se encontraba en un estado de baja- o infraestimulació n durante su período de hibernació n. Los neuró logos lo denominan estado de obnubilamiento, que describe un estado de alerta reducida. Esto puede ocurrir en la clase de depresió n que se experimenta en el trastorno bipolar, aunque es muy infrecuentemente que se prolongue a lo largo de los añ os. Nora pasó de un estado obnubilado depresivo a un estado de obsesió n hiperconsciente. Una de las razones por las que su historia resulta tan instructiva es que, durante los añ os en que estuvo «ausente», cuando se hallaba en un estado de franca atenció n, al parecer no había creado recuerdos. Era capaz de llenar retrospectivamente los huecos de sus añ os yermos con noticias procedentes del mundo, pero su memoria narrativa personal, su propia biografía, no albergaba ninguna experiencia vívida de esos añ os. El tiempo no existía para Nora, sencillamente porque no había quedado registrado. Comparemos la experiencia de Nora con la del personaje ficticio de Miss Havisham, en la novela Grandes esperanzas (1861), de Charles Dickens, a la que abandonó su prometido la mañ ana de su boda. Miss Havisham cerró las puertas de su enorme casa, aú n con su vestido de novia y su velo, y detuvo el reloj en la hora en que fue abandonada por el hombre que iba a ser su marido. Lo iró nico del asunto es que, por má s que Miss Havisham lo intentase, no podía lograr que el tiempo se detuviese por ella. El tiempo no se detenía aunque el reloj sí lo hiciese: crecían las telarañ as, su vestido iba haciéndose harapos, su rostro y su cuerpo se arrugaban, y la hora de la que se negaba a salir continuaba su curso. La formació n de recuerdos también proseguía, y ella dejó de mostrarse romá ntica, perpleja o amnésica, pero a medida que su hipocampo se adaptaba al paso de los añ os su narrativa personal se fue esclerotizando, al tiempo que sus emociones se agriaban, evitando el advenimiento de un futuro que hubiera podido salvarla. A veces queremos detener el reloj, congelar el tiempo en un instante, hacer como si «eso nunca hubiera ocurrido», querríamos olvidar para el resto de nuestra vida ese momento en el que todo cambió —había un antes y, luego, la eternidad del después—, pero el tiempo no puede dar marcha atrá s y al presente no le es posible perdurar como presente. Los sucesos ocurren, queramos detenerlos o no, pero la memoria episó dica solo se verá registrada si estamos alertas y conscientesi. Estimulació n, alerta y consciencia son conceptos clave para entender si memorizamos y có mo memorizamos. La experiencia de Nora puede parecer atípica comparada con la experiencia del tiempo de una persona corriente. ¿Pero es así? Hace añ os tomé comida en mal estado mientras me hallaba en el extranjero: recuerdo haberme encontrado muy mal unas pocas horas después de haber comido algo de marisco, y lo siguiente que recuerdo es encontrarme ya recuperada, para mi sorpresa, al día siguiente. Lo ú nico que recordaba de aquel día perdido eran unos pocos instantes en que veía que la pared que había frente a mi cama se ondulaba, y mi convencimiento de que estaba delirando. Estar despierto y consciente son los requisitos esenciales de la experiencia del tiempo. Nora se encontraba en un estado de alerta reducida y no experimentaba el mundo a su alrededor como lo percibe una persona cuerda, normal y despierta. Sin la alerta, o sin una conciencia del presente, sería imposible registrar un suceso. La Miss Havisham de la ficció n, estando cuerda y consciente, solo hubiera podido fingir que el tiempo se había detenido, pero lo cierto es que estaba alerta y forjando memorias. En esencia, el tiempo se ajusta en torno a la fijació n de los recuerdos. Pensemos en el genio intelectual del físico James Clerk Maxwell, cuando descubrió en 1877 esa intuició n: «La idea del Tiempo en su forma má s primitiva es probablemente el reconocimiento de un orden secuencial en nuestra consciencia»ii. Dado que el tiempo solo puede experimentarse si uno está en el umbral crítico de consciencia, p echemos un vistazo a la consciencia: al hacerlo podremos encontrar una respuesta para el tiempo perdido de Nora. Explorando la consciencia Explorar la consciencia es un poco complicado, y si uno tuviera la menor inclinació n a rondar por el reino de las explicaciones espiritualistas, la consciencia sería la forma má s plausible de entrar en ese paraíso: ¿por qué continuamos usando el lenguaje del «alma» cuando no comprendemos algo que sucede en el cerebro? La palabra «consciencia» es problemá tica, porque es un comodín que puede significar cualquier cosa, desde estar despierto a estar enormemente estimulado, a estar en un estado de trascendencia, a verse uno mismo como si fuera otra persona la que nos está mirando, o imaginarnos como si fuéramos otros. No solo eso, sino que también somos conscientes de nuestra propia consciencia y de la consciencia ajena. Así pues, ¿de qué hablamos cuando hablamos de consciencia? Freud está culturalmente asociado al concepto de consciente/inconsciente. La mente inconsciente, en un sentido freudiano, alberga fantasías y recuerdos que han quedado lejos del alcance de la alerta, o del recuerdo consciente. Segú n los principios freudianos, mientras que los recuerdos y fantasías inconscientes influyen en las respuestas al mundo, esta influencia está fuera de los límites de la consciencia inmediata. La gente con recuerdos reprimidos se ve, no obstante, impelida a sentir y actuar a través de recuerdos de los que no es consciente, porque los recuerdos no-conscientes, a semejanza de aquellos de los que sí lo son, producen emociones, y a veces las emociones originan acciones impredecibles. Estos sentimientos y acciones pueden no ser consistentes con las creencias de un individuo acerca de su yo narrativizado, y así el individuo se siente en rebeldía con él mismo y con el mundo. Un ejemplo sería el miedo a la intimidad sexual, derivado de las memorias reprimidas del abuso sexual durante la infancia. Esto podría provocar un rechazo de toda forma de intimidad aunque el superviviente del abuso, como todo el mundo, aspire a ser amado. Como he subrayado en anteriores capítulos, Freud sostenía la teoría, en conformidad con la permisividad que había hacia la pedofilia a finales del siglo XIX y principios del XX, de que un niñ o se sentía atraído por el progenitor de sexo opuestoiii. Las niñ as no solo se sentían atraídas por el padre, sino que también sentían celos de su pene. Aunque tiendo a mostrar una recalcitrante y primitiva reacció n amigdalar cuando se tacha a Freud de misó gino, lo cierto es que uno de sus legados má s duraderos e importantes es que los recuerdos que conducen a estados sentimentales no siempre está n presentes a niveles de alerta consciente. Los médicos, esos expertos en pragmatismo, tienen un punto de vista completamente diferente acerca de la consciencia, y el suyo es el comú n denominador categó rico de todas las definiciones de consciencia, por esotéricas que resulten. En medicina, la consciencia se mide por los niveles de vigilia, que clínicamente reciben el nombre de «estimulació n», y dado que hay cierta claridad acerca del sustrato fisioló gico de la vigilia y lo que esto significa, empecemos por ahí. A este nivel de consciencia lo llamamos «estimulació n consciente». Uno puede estar despierto y estimulado de una manera normal, o puede tener una estimulació n reducida, por ejemplo al dormir, o al estar medio dormidos o somnolientos. En el marco de un espectro normal de vigilia una persona recordará mejor cuando se encuentre moderadamente estimulada. Es evidente que sin una estimulació n que lleve a un estado de vigilia es imposible que quede registrado un hecho. Fuera del espectro normal hay estados patoló gicos de estimulació n. Una persona puede hallarse en un estado no-estimulable, inconsciente, tras una terrible colisió n o una grave pérdida de sangre. El coma es un estado prolongado de inconsciencia, y puede medirse en sencillas escalas de tratamiento cercano al paciente, el má s comú n de ellos, la Escala de Coma de Glasgow. Una puntuació n de 15 es normal, mientras que una entre 3 y 8 indica un estado comatoso. Parte del examen de rutina de un paciente radica en si este se encuentra «orientado por tres»: esto es, si responde verbalmente para indicar que puede identificar tiempo, lugar y persona. En el otro extremo del espectro de estimulació n, una persona puede encontrarse muy estimulada, por ejemplo si experimenta un trauma o una emoció n intensa, o se encuentra en un agudo estado psicó tico o está intoxicado por una droga como la cocaína. Si esta estimulació n es extrema, puede que registrar un suceso resulte imposible. Las estructuras del cerebro implicadas en la coordinació n del estado de vigilia arrancan en el tronco encefá lico, situado entre la médula espinal y el có rtex, desde donde un circuito discreto se conecta a diferentes regiones cerebrales, en especial los có rtex sensoriales. Parece haber un mecanismo de acceso que controla la entrada a la informació n sensorial desde el cuerpo hasta el có rtex, y si dicho mecanismo se cierra —en estados de consciencia reducida como el coma—, entonces el có rtex se mantendrá en un estado de estimulació n hibernada, o de bajo voltaje. Las células necesitan cargarse para disparar y permitir la sensació n y los procesos de memoria. Si el botó n de «despertar» del tronco p p encefá lico presenta un mal funcionamiento, las neuronas corticales no despertará n y por tanto tampoco disparará n ni destellará n para crear una sensació n o para formar recuerdos procedentes del mundo de las sensaciones. Cuando algo destruye el tronco encefá lico, se considera que una persona está en muerte cerebral. La consciencia alerta depende también de la integridad de mú ltiples y largos tramos conectivos procedentes del botó n del tronco encefá lico y dirigidos a las diferentes á reas corticales. En psiquiatría, a veces nos encontramos con estados en que un paciente despierto presenta un mínimo de vigilia y estimulació n —por ejemplo, el período de suma introversió n de Nora—, y muestra grados acordes de amnesia durante los períodos de alerta reducida. Primero debemos estar despiertos, y luego tener un nivel suficiente de alerta, para crear recuerdos. Un ejemplo comú n de un estado de vigilia acompañ ado de una pérdida de alerta consistiría en tener un alto grado de alcohol en las venas, cuando el habla es apenas coherente y existe cierto comportamiento pendenciero, pero frecuentemente hay una amnesia de los sucesos que han tenido lugar: el «apagó n» alcohó lico. A menudo vemos individuos patoló gicamente estimulados en estados psiquiá tricos graves —el estado obsesivo de Nora tras sus añ os de semiestupor es un ejemplo—, aunque no contamos con medidas clínicas de rutina para tales estados. En los estados obsesivos, los individuos necesitan dormir muy poco, y pueden permanecer hiperestimulados durmiendo de manera intermitente durante semanas, o incluso meses, si el estado obsesivo es grave. Tratamos la enfermedad valorando si incrementar las dosis de diversas medicaciones — antipsicó ticos, sedantes o litio— para evitar toda estimulació n hasta que el individuo alcanza un estado normal en el que le sea posible conciliar el sueñ o que tan desesperadamente necesita el cerebro para asentarse. La hibernació n ofrece un ejemplo naturalista del ciclo del sueñ o y los estados de vigilia. De pequeñ a me encantaban las historias acerca de las ardillas que corrían por todas partes durante el otoñ o para recoger y esconder bellotas de cara al largo sueñ o del invierno. Este sentimiento se vio agradablemente avivado cuando hace poco leí un artículo sobre la hibernació n de las ardillas⁵⁶. Los autores examinaban la funció n hipocampal durante los dos estados de su ciclo anual. Descubrieron así que durante la hibernació n existen cambios en su actividad hipocampal. La conectividad se ve reducida, y la concentració n dendrítica cae en picado. Este proceso se revierte durante el paso del sueñ o profundo de la hibernació n a la primavera, a la vez que se aprecia una actividad frenética en las dendritas. Imagino el cambio pre- y posvigilia en la actividad hipocampal de las ardillas como algo similar al p g p p g cambio de la depresió n a la obsesió n en el trastorno bipolar. Examinaremos el siguiente nivel de complejidad de la consciencia, las formas representativas de la consciencia, en el capítulo siguiente. Células de tiempo Echemos ahora un vistazo a la manera en que el tiempo se ajusta y se registra en los estados normales de estimulació n de la consciencia. Piensa, lector, en lo que has hecho en los ú ltimos días. Esos días los recuerdas en una secuencia temporal, probablemente una sucesió n de días y má s bien algunos momentos de esos días, tal vez un poco entremezclados, pero aun así sabrá s que está n entremezclados. Si sabes que no puedes recordar la secuencia de sucesos entonces es que tienes una memoria para la secuencia temporal. Esto puede generalizarse para todas las formas de memoria: saber que hemos olvidado algo es una forma de memoria, por muy insatisfactoria que sea cuando tiene lugar sin cesar, al haberse rebasado ya los 55 añ os, con las gafas, los teléfonos mó viles y las llaves. Al pensar en los ú ltimos días, habrá s pensado en sucesos: ir a algú n sitio, estar en este lugar o este otro, conocer gente, tratar con distintas personas, comer con alguien. El sentido del tiempo que tenemos es inseparable de los sucesos, pero esto es ya un sentido del tiempo. La idea de un «suceso» como base de la memoria biográ fica ha flotado en el ambiente desde que en la década de 1950 Brenda Milner lidió con el misterio de la pérdida de memoria de Henry Molaison. HM tenía una conciencia completamente estimulada, pero sin sus hipocampos perdió la habilidad de crear el formato «tiempo, lugar y persona» de la memoria episó dica. A mediados del siglo XX, Donald Hebb, que descubrió có mo las neuronas se fusionaban para formar los grupos de células, intuyó que el hipocampo podía registrar grupos celulares de lugar bajo algú n tipo de secuencia que reflejara lo que llamamos «tiempo». Al igual que el físico Maxwell, Hebb especulaba con la idea de que el tiempo estaba unificado de alguna manera con la memoria lugar, má s que con la existencia de un sistema separado de tiempo. Los experimentos con ratas en la primera década de este siglo demostraron que las células secuenciales disparadas en las células hipocampales de la rata parecían representar la secuencia temporal de sucesos experimentada por ella⁵⁷. La clave para comprender el modus operandi de esta idea es que los sucesos se registran uno detrá s de otro, como el rollo de una película, donde cada fotograma sigue al anterior en una secuencia temporal que discurre hacia delante. Las imá genes son sustanciales, así como lo es el espacio/lugar exterior, y es su yuxtaposició n lo que proporciona un sentido del tiempo. El tiempo existe en una película porque las imá genes se van sucediendo para crear una idea de que hay un avance desde el ú ltimo fotograma: los sucesos siguen ocurriendo hacia delante porque han sido grabados de este modo. Es la direcció n de las imá genes lo que confiere el sentido del tiempo. Las células que disparan secuencialmente en el hipocampo son llamadas «células de tiempo», y hasta ahora parecían tener propiedades similares a las de las células de lugar. Sin embargo, da la impresió n de que las señ ales de entrada de las células de tiempo y lugar se integran en un sistema unificado de células agrupadas situado en el hipocampo⁵⁸, ⁵⁹. La memoria espaciotemporal que se forma así es, en su nivel má s fundamental, una memoria de sucesos⁶⁰. Detengá monos un momento para reflexionar sobre esto y regresemos a la cuestió n que nos llevó al capítulo anterior sobre «lugar»: ¿dó nde estabas tú cuando Elvis murió /cuando ocurrió el 11-S? Hay un dó nde y un cuá ndo, entretejidos a través de la experiencia. Esto es lo que se procesa en el grupo de células del espacio-tiempo que se halla en la línea de producció n de la memoria neuronal del hipocampo. Tan trascendental suceso se verá luego proyectado hacia el venero autobiográ fico prefrontal. El suceso, consolidado en la memoria biográ fica como una unidad de células interconectadas, se recupera también como una unidad. En la evocació n de la memoria biográ fica, aunque no esté definitivamente demostrado, parece intervenir la memoria biográ fica prefrontal junto con las propiedades de grabació n de vídeo del hipocampo. Tengo la impresió n de que las memorias má s antiguas pierden esa claridad propia del cine al registrar los sucesos recientes para asemejarse má s bien a los fotogramas de un enclave del pasado, donde solo queda una vaga impresió n de la época a la que pertenece. Tenemos má s certezas sobre ese enclave a medida que las memorias episó dicas envejecen de las que tenemos acerca del tiempo. El lector probablemente habrá experimentado la incertidumbre de cuá ndo ocurrió alguna cosa al recordarla con la familia o los amigos. Alguien evoca un suceso que tuvo lugar en alguna parte y hay un general «ah, sí, ya me acuerdo», y entonces comienza el «¿cuá ndo ocurrió ?», que hace saltar a todo el mundo: los cá lculos se suceden, mientras se coteja el suceso en cuestió n con algunos otros que ocurrieron antes o después. En este proceso familiar de recuerdo colectivo «ubicamos» el suceso en el tiempo a través de su yuxtaposició n con otros sucesos. La fluidez de la experiencia del tiempo Uno solo puede contener el aliento ante la pura ingeniosidad de todo esto. El espacio y el tiempo se registran juntos, tal y como los experimentamos, tal y como los hemos narrado desde siempre, tal y como los físicos nos han estado contando desde el siglo XIX. La relatividad del tiempo má s el espacio es algo construido en el seno del proceso del registro hipocampal. Esto ha sido elegantemente expresado por la neurocientífica Lillian Manning, en su ponderado artículo sobre el viaje que, para comprender el tiempo, se emprendió desde la filosofía a la neurociencia: «Experimentar el continuo solo es posible por y a través de la memoria»⁶¹. La descripció n de Manning del tiempo como «una experimentació n del continuo» fue escrita desde la perspectiva de una neurocientífica del siglo XXI, pero es sorprendentemente similar a la intuició n del físico del siglo XIX Maxwell acerca de que el tiempo es «un orden secuencial en nuestra consciencia». Hay una complejidad oculta en la descripció n que Lillian Manning hace del tiempo como una «experimentació n del continuo», bellamente demostrada por un pequeñ o encuentro entre Alicia y la Reina en la obra de Lewis Carroll Alicia a través del espejo. A Alicia le abruma la experiencia de la Reina, cuya «memoria funciona en dos direcciones», esto es, hacia delante y hacia atrá s, a lo que la Reina responde: «Es muy pobre la memoria que solo viaja hacia atrá s». En general, pensamos en la memoria como algo que funciona hacia atrá s, porque experimentamos el tiempo como algo que viaja hacia delante; pero no es la reina la que está chiflada, sino que son Alicia y el lector quienes lo está n. El tiempo parece ir en una direcció n, del pasado hasta el presente hasta el futuro, ¿pero es así, en realidad, como lo experimentamos conscientemente? En algú n momento de su vida el lector habrá tenido la sensació n de que algo que estaba experimentando en tiempo presente permanecería como un recuerdo el resto de su vida. Esto puede ocurrir cuando hemos experimentado una intensa emoció n, ya sea felicidad o tristeza, quizá durante el primer amor o el día de la boda, tras el nacimiento de un hijo. Podemos sentirnos como si estuviéramos en el presente y en el futuro. O puede ser un día como cualquier otro que, sin embargo, contiene un momento perfecto, un momento que suscita esa profunda sensació n de familiaridad que es la satisfacció n. Recuerdo haber sentido, al pasar un hermoso y cá lido día en la playa de Howth con mis amigos y nuestros hijos, que en el futuro siempre recordaría aquel momento de aquel preciso día. A lo mejor decidí sacar una foto espaciotemporal/amigdalo-hipocampal, pero es má s probable que el momento me eligiese a mí. En momentos así, la experiencia involucra el presente y el futuro porque viajamos hacia delante en nuestra vida biográ fica. A esta experiencia la llamo «memoria presciente»: es una consciencia de la formació n de la memoria, una sensació n de que recordaremos este momento el resto de nuestras vidas. El término «memoria presciente» se utiliza en los modelos computacionales de predicció n de la inteligencia artificial, pero yo la uso aquí en un contexto experiencial. Las memorias prescientes acontecen en los momentos en que se vive una intensa experiencia del presente. Hay una consciencia especialmente realzada del yo, una leve hiperperceptividad, una impresió n acerca de uno mismo como un ser aislado y perceptivo en el tiempo y el mundo. Esta conocida sensació n humana refleja de nuevo el principio de que, cuanto má s despiertos y atentos estamos, con mayor probabilidad formaremos recuerdos duraderos. Si el lector es padre y sus hijos ya son adultos, conocerá de sobra esa sensació n consciente de que el pasado se mezcla con el presente cuando miramos a nuestros hijos, aunque ya sean adultos. Cuando mi hijo de 18 añ os abandonó el hogar familiar para acudir a la universidad en Galway, tuve una rá pida sucesió n de memorias visuales al despedirle. Los hitos de su vida recorrieron mi mente, imá genes que pasaban fugazmente ante mí, como un antiguo proyector de diapositivas, iluminado en un escenario de un difuso tono emocional: cuando le trajimos a nuestra casa de Cambridge en una manta de algodó n de color blanco después de nacer; cuando lo dejé en la guardería el primer día que volví al trabajo; de pie ante la puerta de nuestra casa de Howth con el mar a su espalda, cogiéndole la mano a su hermana pequeñ a, cada uno con su cabá s el primer día que asistieron al colegio de Montessori; cuando le saqué una foto el primer día de instituto, tan pequeñ o como parecía al lado de su amigo, que ya había dado el estiró n..., y ahora la tristeza de su rostro al dejarnos. ¿A dó nde había ido todo aquel tiempo? Podemos ir un paso má s lejos: a veces es posible tener experiencias subjetivas del tiempo como un simultá neo ir adelante y atrá s, con una total conciencia de que estamos en el presente. Recuerdo haber tenido esta sensació n del tiempo moviéndose en ambas direcciones una tarde, durante unas vacaciones con mi familia en Vancouver. Corría frente a la orilla del mar con mi hermano, a primeras horas de la tarde, y luego todos paseamos hasta un restaurante local, retrotrayéndonos de la mano de nuestros hijos a nuestra propia infancia. Nuestros recuerdos a largo plazo se mezclaban con la formació n de la memoria actual: pasado y presente se entremezclaban, y había una sensació n de continuidad hacia el futuro al ver a nuestros hijos alborotando como en otra época habíamos hecho nosotros. Durante aquella tarde el tiempo p q p pareció viajar en dos direcciones: del presente al pasado, y del presente al futuro. Retrocedimos en el tiempo y, con todo, nos mantuvimos en una experiencia actual y consciente de un recuerdo presciente. Esta es la conocida sensació n que nos producen los viejos amigos, nuestros mejores amigos, cuando tenemos esa luminosa y satisfactoria sensació n de que la propia vida continú a desde el pasado, y se proyecta hacia un cá lido futuro. En 1899 el filó sofo Henri Bergson escribió que «el tiempo es una invenció n, y nada má s que eso». El hecho es que el concepto del tiempo como comú nmente lo entendemos es inapropiado para comprender lo que ocurre en una existencia diná mica. Los sucesos ocurren y se registran en la memoria biográ fica de manera secuencial, y es el recuerdo de estos sucesos en algú n tipo de secuencia lo que produce una sensació n de tiempo. La bú squeda del tiempo perdido de Proust — À la recherche du temps perdu— es una profunda inmersió n en su memoria. Es evidente que solo en la memoria el pasado tiene existencia. Quizá la popularidad de la fantasía de la «má quina del tiempo», pese a que requiere de la suspensió n de toda razó n y el rechazo de la experiencia existencial, proviene de la fantasía de que el pasado no está perdido. La idea de que no hay un tiempo como tal, que no hay pasado ni futuro, ha existido desde el siglo IV, cuando san Agustín de Hipona identificó tres tiempos: «un tiempo presente de las cosas pasadas; un tiempo presente de las cosas presentes; y un tiempo presente de las cosas futuras». Con ello, Agustín parecía estar diciendo que solo existe el presente, desde cuya posició n uno se desliza ya sea al pasado o al futuro. Sus reflexiones se proyectaron quince siglos después en la obra de Endel Tulving, un neurocientífico canadiense cuya obra de toda una vida ha explorado el tiempo y la memoria⁶². Su influyente obra ha estudiado la manera en que el pasado y el futuro existen en el presente conscientemente experimentado. Daniel Schacter, que trabajaba con Tulving, hizo grandes avances en la comprensió n de la experiencia del tiempo en sus experimentos con neuroimagen. Mostró que se emplean los mismos circuitos cerebrales cuando pensamos en el pasado y cuando planeamos el futuro⁶³. Pero esto, desde luego, no debería sorprendernos si tenemos en cuenta que tomamos decisiones acerca del futuro basá ndonos en la experiencia, en la memoria. Solo podemos predecir, fantasear con la experiencia que se encuentra entretejida en la memoria cortical. La memoria es má s que un registro del pasado: es también la plantilla para un futuro imaginado. La fusió n pasado-futuro de la circuitería neuronal involucra mú ltiples á reas integradas y, en particular, el centro de la má quina de la memoria —el hipocampo— tanto como al narrador unificador: el có rtex prefrontal⁶³, ⁶⁴. p Todo esto significa que el futuro, así como el pasado, reside en el circuito de la memoria. En la enfermedad de Alzheimer, el hipocampo se ve dañ ado de manera temprana, provocando el primer síntoma de la enfermedad, la pérdida de la memoria. Aquellos que sufren de Alzheimer pierden la noció n del tiempo a medida que la enfermedad va avanzando. En un experimento, a un grupo de individuos con un Alzheimer todavía leve se les comparó con individuos de control de una edad similar y con funciones cognitivas normales. Aquellos que padecían Alzheimer tenían también dañ ada su capacidad para recordar sucesos pasados y concebir sucesos futuros, «lo que proporcionó una nueva prueba de la proximidad de los vínculos existentes entre las representaciones mentales del pasado y del futuro»⁶⁵. En el Alzheimer, las memorias del pasado, almacenadas en el có rtex prefrontal, permanecen relativamente intactas en las primeras etapas de la enfermedad, cuando el elá stico hipocampo se destruye con mayor celeridad, pero poco a poco la enfermedad va minando la memoria autobiográ fica en las posteriores etapas, cuando los ló bulos frontales sufren má s erosió n. Hay otro aspecto de la fluidez del pasado y el futuro que es digno de menció n, puesto que es una experiencia humana universal y subjetivamente fascinante. El tiempo parece detenerse durante la infancia, de hecho experiencialmente no existe. El tiempo es todo «presente», días que parecen interminables y sucesos que se limitan a concluir y avanzar hacia el siguiente. Los niñ os no es que se adapten, sino que má s bien son hasta cierto punto amnésicos: volveremos a esto en la segunda parte. Dylan Thomas lo expresó muy vívidamente en su poema «Fern Hill», esa cadenciosa balada acerca del fugitivo flujo sensorial de la infancia: «Me sostenía el tiempo, verde y moribundo, / Aunque cantaba encadenado como el mar». A medida que nos hacemos mayores, la noció n subjetiva del tiempo se va acelerando poco a poco, y, al llegar a la madurez de la edad adulta, el tiempo pasa volandoiv. ¿Es el tiempo realmente consciencia? Como hemos visto, el lugar está basado en la materia física que se revela a través de los sentidos y que puede medirse objetivamente, mientras que la memoria puede ser el ú nico criterio para medir el tiempo. Hemos aclarado también que el pasado y el futuro residen en el circuito de la memoria. Si el tiempo existe solamente en la memoria del pasado y en las preconcepciones del futuro, ¿qué hay del presente? El presente ha sido el fulcro comú n de las ideas relacionadas con el tiempo desde las reflexiones de san Agustín en el siglo IV hasta la neuropsicología de Endel Tulving en el XX. ¿Es el presente el «momento» real? Creo que no es posible dar una respuesta a la pregunta de «¿qué es el tiempo?» Todo el concepto de tiempo sirve en general de poco para comprender la ciencia, ya sea física o neurociencia. Conceptualmente, es má s coherente desplazar «el presente» de toda idea de tiempo y reasignarlo al concepto de la consciencia. Visto desde la perspectiva del registro de sucesos, el presente es consciencia. En un giro aparentemente iró nico, creo que el ú nico lugar en el que el tiempo no existe es el momento de la consciencia. El pasado y el futuro son má s parecidos a lo que consideramos «tiempo», pero a la consciencia le pertenece el presente. La convergencia intelectual entre las disciplinas de la física y la neurociencia en nuestra comprensió n del tiempo y la memoria es verdaderamente fascinante, pero la memoria se parece menos a la megafísica y má s a la física de partículas, en la que no es posible obtener la localizació n exacta de un suceso debido a la incertidumbre inherente, un concepto que recibe el nombre de «indeterminació n». Así como la materia má s pequeñ a se vuelve menos predecible al apartarla de la fuerza sustentadora de la gravedad, la memoria se vuelve má s incierta al alejarse de la relativa certeza del presente consciente. Los sucesos siguen ocurriendo y las dendritas siguen reordená ndose, haciendo que la memoria original sea menos precisa. La infatigable actividad neuronal, la imparable inercia del intercambio entre electroquímica y materia que tiene lugar en la neurona y entre las neuronas, la urdimbre de las arborizaciones dendríticas, que crecen y decaen a medida que las neuronas disparan a la neurona má s pró xima y se emite una señ al, nunca termina. Nuestros 68.000 millones de neuronas pueden desplazarse en un infinito de posibilidades, ya sea por la llegada constante de estímulos provenientes de cada sensació n exteroceptiva del mundo o de las sensaciones interoceptivas del cuerpo. La ú nica certeza es que seguirá habiendo sucesos que reconfigurará n los grupos de células. Nuestro cerebro, como el universo, es un caldero de entropía. Sean Carroll, físico y escritor contemporá neo, une sucintamente física y neurociencia: «el tiempo no puede medirse en física, al contrario que la posició n o la materia; solo puede ser entendido subjetivamente». En su libro The Big Picture: On the Origins of Life, Meaning and the Universe Itselfv, Carroll contempla el tiempo má s como una experiencia que como un concepto potencial del mundo físico exterior. Pero para mí hay un punto todavía má s fundamental en la observació n de Sean Carroll sobre la comprensió n subjetiva del tiempo. Nos comprendemos a p j p p nosotros mismos y a los demá s, al mundo y al universo, a través del ú nico sistema que tenemos disponible: la organizació n celular y de red de la memoria. Las neuronas que crean memorias —las células hipocampales, amigdalares y corticales— tienen una forma cuadrangular similar a la de una pirá mide —cuatro superficies triangulares—, y por esta razó n se las denomina células piramidales. ¿Es una coincidencia que el concepto espacio-tiempo sea tetradimensional, con las tres dimensiones del espacio interrelacionadas a la cuarta dimensió n del tiempo?vi Quizá la comprensió n espaciotemporal de la física esté basada en la ú nica manera en que podemos ver o entender los patrones del mundo físico, que es a través de nuestras neuronas piramidales de cuatro lados, las cuales interpretan y memorizan el espacio y el tiempo tridimensional como sucesos unificados. ¿Acaso los físicos —en su ciencia elegantemente reducida— está n observando, realmente, la manera en que memorizamos? Esta especulació n, si no otra cosa, nos ayudará a recordar la prolija labor de las neuronas piramidales de cuatro lados y có mo estas reflejan el espacio-tiempo tetradimensional de la vida en movimiento. Sorprende sobremanera que al ó rgano del que se ocupan los psiquiatras y que tanto se afanan por enmendar, que contiene células espaciotemporales, que encarna nuestras narrativas individuales, que trabaja má s allá de los má s sofisticados entendimientos del mundo físico, a menudo no se le considere algo físico. Terminemos nuestro debate en el punto en que comenzó , con Hamm preguntando a Clov qué significa «ayer». Un científico podría decir que «ayer» es la suma de eventos que ocurrieron entre el ahora y la anterior rotació n completa de la Tierra sobre su propio eje, y un neurocientífico podría decir que es la diferencia entre las arborizaciones dendríticas causadas por los sucesos que ocurrieron durante dicha rotació n. Pero quizá la pregunta que importa no es qué significa ayer o mañ ana, sino qué significa el presente, porque esto es lo que determinará las memorias de los sucesos pasados y las fantasías y estrategias para los proyectos que vendrá n. La experiencia consciente, donde el tiempo, en realidad, no existe, es donde creamos el pasado, y donde damos forma a la direcció n de los sucesos que todavía no han tenido lugar. A T. S. Eliot no es que se le conozca por escribir poemas alegres, pero estos versos de Cuatro cuartetos acerca del presente puro son un hallazgo feliz, y muy sabio. Marchad, dijo el pájaro, pues las hojas estaban repletas de niños, ocultos y excitados, conteniendo la risa. Marchad, marchad, marchad, dijo el pájaro: la raza humana no puede soportar demasiada realidad. El tiempo pasado y el tiempo futuro lo que podría haber sido y lo que ha sido indican un final, que siempre es el presente. Me gusta pensar que el pá jaro de Eliot canturrea desde el glorioso y sensorial «ahora», diciéndonos que nos olvidemos de lo que podía haber sido y del tiempo futuro y que marchemos, marchemos, marchemos, hacia el emocionante momento presente. 8 Estrés: recuerdo y «olvido» No hay estado mental, por simple que sea, que no cambie cada momento. HENRI BERGSON (1859-1941) Como hemos explicado en el capítulo anterior, necesitamos que nuestra consciencia se encuentre en plena vigilia para registrar el presente y crear recuerdos. Esto significa que el interruptor que en el tronco encefá lico permite esa vigilia total debe estar encendido, y que la actividad neuronal de las neuronas hipocampales y corticales ha de encontrarse en el apropiado nivel de estimulació n. Es fundamental que haya un nivel de estimulació n en las neuronas encargadas de guardar registro de lo que ha de memorizarse. Lo que estimula a cada individuo depende de la persona y varía segú n los sucesos que tienen lugar en su vida, pero en todos y cada uno de nosotros los mecanismos son siempre los mismos. En la estimulació n intervienen los dos sistemas de salida hipotalá micos: el SNA y el sistema de estrés del cortisol. Esto significa que nuestras neuronas se estimulan cuando algo nos estimula a nosotros, cosa que facilita determinar si estamos registrando y podemos memorizar o no. Hubo una época en que me fascinaba la ciencia del estrés y la relació n entre estrés y depresió n: a lo largo de mi vida, es lo que ha constituido el grueso de mi labor investigadora. Durante las décadas de 1980-1990, las investigaciones sobre el estrés despertaban un interés limitado, y el grupo que conformá bamos era muy reducido. La disciplina que investigaba este campo recibía el nombre de psiconeuroendocrinología, y sigue siendo una disciplina de investigació n especializada y una fundamental base de conocimientos que hoy día ya se ha aplicado a numerosas enfermedades. La literatura científica del estrés se originó en la endocrinología, dado que el cortisol es una hormona, y en la psiquiatría, dado que las enfermedades mentales presentan un severo estrés cerebral y puede guardar relació n con lo que origina la depresió n. Por aquel entonces no se había establecido la idea de que el cortisol, la hormona del estrés, pudiera servir como una medida aproximativa del estrés fisioló gico y psicoló gico, algo que ahora es de conocimiento general. En este capítulo examinaremos los efectos del estrés en la memoria, lo cual se comprende mejor a través de la patología de las depresiones. En 2003 tuve la fortuna de formar parte de uno de los debates pú blicos de las Maudsley Series y debatir en el bando de Lewis Wolpert. El tema era: «Consideramos que los antidepresivos causan dependencia», argumento al que nosotros nos oponíamos. A Lewis se le conoce má s por sus elocuentes escritos sobre ciencia que por su experiencia con la depresió n, pero en su libro Malignant Sadness: The Anatomy of Depression («Tristeza perversa: Anatomía de la depresió n») centró su brillantez científica en este asunto, y bien merece una lectura. Recuerdo que Lewis contó a los asistentes que para él la depresió n había resultado una experiencia mucho peor que la muerte de su mujer, a la que tanto amaba. Como la mayor parte de la gente que ha pasado por una depresió n, descubrió que uno de los aspectos má s incapacitadores de esa temible experiencia es que embarulla la memoria y el pensamiento. A menudo esta es la razó n por la cual la gente solicita tratamiento: se puede luchar contra la ansiedad y el desprecio hacia uno mismo, la fatiga y el insomnio, incluso con las tendencias suicidas, pero uno busca tratamiento cuando se descubre incapaz de concentrarse y de memorizar, incapaz, también, de trabajar. Voy a hablar ahora de Sally, que fue paciente mía. SALLY Un colega del pabelló n médico solicitó mi opinió n sobre Sally, que había sido admitida en Urgencias unos días antes con un abrupto y generalizado deterioro de salud. No había salido de la cama en una semana, y había dejado de comer y beber. También había cesado de relacionarse con su familia y poco a poco se había ido sumiendo en el mutismo, hasta caer en un estado comatoso. Hablé con el marido de Sally, que describió un historial de funciones perfectamente normales hasta unos días antes de la hospitalizació n de su esposa, aunque señ aló que había estado má s calmada y menos activa de lo usual en las semanas precedentes. Sally parecía tener una vida estable, tanto a nivel emocional como personal. Sufría depresió n, tras habérsele diagnosticado cinco añ os antes. En su primer episodio depresivo había mostrado un extremo cansancio y se había retraído socialmente, y no se comunicaba, pero logró recuperarse por completo. Tras aquel episodio estuvo tomando antidepresivos durante algunos añ os, y había abandonado la medicació n cuatro meses antes de la fecha en que se presentó en el hospital. El deterioro aumentó desde su ingreso, y dicho deterioro, ademá s, parecía avanzar muy deprisa. Finalmente, Sally cayó en coma, y ya ni siquiera respondía a estímulos de dolor, como un ligero pinchazo con una aguja. El equipo médico llevó a cabo mú ltiples investigaciones radioló gicas y de laboratorio, pero no se descubrió nada anormal. Lo extrañ o era que, aunque sus signos vitales, su tensió n arterial, su pulso e incluso su temperatura estaban por encima de lo ordinario, y fluctuaban de una manera inusual, parecía no existir una enfermedad de tipo médico. Se hallaba psicoló gicamente estimulada —con un SNA hiperactivo—, pero también se encontraba en coma. Por lo general, la estimulació n del SNA da lugar a una sensació n general de excitació n. Algo estaba sucediendo que debía guardar relació n con una patología seria, pero no era posible identificarla. Su cuadro clínico sugería la posibilidad de una encefalitis, una infecció n del tejido cerebral, pero el registro eléctrico que se le hizo en el cuero cabelludo (un EEG: electroencefalograma) indicaba que había una actividad cerebral eléctrica de bajo voltaje. También su escá ner cerebral arrojó una imagen normal. De la zona lumbar se le extrajo mediante punció n algo de fluido de la médula espinal, que no tenía signos detectables de infecció n o de enfermedad alguna en el sistema inmunoló gico. No era posible identificar ningú n otro origen infeccioso. Sally mostraba unos niveles muy elevados de cortisol, pero no se le dio a esto ninguna importancia debido a lo enferma que estaba. Mirá bamos a Sally, congregados a los pies de la cama. Se hallaba tendida de espaldas, inmó vil, con los ojos cerrados y los labios ligeramente entreabiertos. Ocupaba la cama má s pró xima al puesto de enfermeras porque cada quince minutos había que examinar sus signos vitales, y desde el puesto se informó de que no parecía haberse movido durante las veinticuatro horas anteriores. Era hidratada por vía intravenosa, y no había ingerido alimentos só lidos en muchos días. La tomé de la mano y me dirigí a ella: no respondió a mi suave apretó n. La cogí del codo con la otra mano y levanté su brazo de la cama, y luego, poco a poco, separé las manos. El brazo se le quedó en alto durante unos segundos, y luego descendió lentamente para reposar, tenso, g y g p p sobre la cama. Al observar atentamente el rostro de Sally vi un rastro salino procedente del ojo, que recorría la curva entre la nariz y la cara hasta su labio superior. Ya teníamos nuestro diagnó stico: aquello era catatonia. La catatonia consiste en una actividad motriz anormal, en concreto del habla y el movimiento. Hay movimientos específicos que identifican una catatonia, uno de los cuales consiste en mantener una postura inusual o incó moda. Sirva como ejemplo el brazo de Sally, suspendido en aquella molesta postura. El acto de mantener posturas extrañ as es conocido como «flexibilidad cérea». Otro indicio clínico de la catatonia, relacionado con posturas poco o nada confortables, recibe el nombre de «almohada psíquica»: quien la sufre mantiene la cabeza no apoyada en la almohada, sino ligeramente levantada sobre ella. Cuesta imaginar la extrema tensió n muscular y el sufrimiento mental que acompañ an a la catatonia. La que se manifestó en Sally, tan abrupta como extrema, resulta bastante atípica. Por lo general se desarrolla má s despacio cuando se sufre un trastorno del á nimo que no ha sido tratado o que apenas ha recibido tratamiento. Para los psiquiatras, la catatonia es el equivalente humano del estado animal de quedar paralizado por el miedo. Esa «petrificació n» bien puede ser un mecanismo para engañ ar a un depredador por el fingimiento de la propia muerte, y puede tratarse de una conducta arraigada que por lo general se encuentra impetrada en las conexiones blandas relacionadas con la experiencia, má s elaboradas en los humanos⁶⁶. El tratamiento para la catatonia es la benzodiazepina —un producto similar al valium— en dosis elevadas. Esto reduce el nivel de estimulació n y parece descongelar el estado catató nico. Administramos a Sally diazepam por vía intravenosa, a través de una bolsita de solució n salina; una hora después se recuperó y esa misma noche tomó té y tostadas. Eso nos permitió administrarle benzodiazepinas por vía oral, y luego retomamos el tratamiento con antidepresivos. Sally recuperó la completa movilidad en veinticuatro horas, y varios días después se le concedió el alta hospitalaria. Hablé con ella má s detalladamente cuando se recuperó de su trauma. No tenía recuerdo alguno de los días anteriores a su hospitalizació n, ni de la mayoría de días en que permaneció ingresada. Recordaba que durante semanas no había parado de darle vueltas la cabeza, antes de que comenzara su amnesia, y lo ú ltimo de lo que se acordaba era de una sensació n de ansiedad y decaimiento. La depresió n severa produce diversos grados de amnesia, proporcionales, en general, a la gravedad de la depresió n. La amnesia abarca desde una pobre memoria biográ fica hasta la amnesia total, algo que puede observarse en la deficiente memoria biográ fica que muestran quienes sufren de depresió n recurrente. Los que padecen una depresió n se aperciben de la dificultad para recordar el día a día en las tareas má s rudimentarias: el mero hecho de seguir la trama de una película o leer un perió dico puede antojarse una tarea imposible. Si alguna vez, lector, has estado tan estresado como para no ser capaz de pensar o hasta el punto de olvidar las cosas, ya habrá s tenido un ligero atisbo de esta experiencia. La amnesia no la causan los fá rmacos que se administran para tratar la depresió n, como a veces se dice, porque la memoria, de hecho, regresa tras tomar la medicació n. Suele citarse una experiencia de amnesia inducida por el estrés: sucede cuando un médico le da a alguien una mala noticia. La mayor parte de la gente recuerda muy poco de lo que el médico le ha dicho de la enfermedad o del plan para combatirla. Un principio bá sico para aprender a dar una mala noticia consiste en ser conscientes de esta incapacidad para memorizar cuando nos encontramos en un momento de choque emocional. ¿Có mo encaja la amnesia en la idea, ya establecida, de que una mayor estimulació n o una mejor atenció n conllevan una mejor formació n de memorias? ¿Acaso no debería suceder que, cuanto má s estimulada esté una persona, má s memorizará , al menos en teoría? La memoria, como muchos sistemas psicoló gicos, funciona mejor a niveles de estimulació n moderados, mientras que en momentos de estimulació n extrema, ya sea una hiper- o hipoestimulació n, las funciones de la memoria resultan mermadas. Má s o menos, una regla de oro sería que un bajo nivel de cortisol causará un bajo nivel de estimulació n y una deficiente formació n de memorias, pero un alto nivel de cortisol, causante de un alto nivel de estimulació n, también impedirá la formació n de memorias. Así, se aprende con menos eficiencia si se tienen niveles altos o bajos de cortisol, y es má s probable hacerlo bajo un moderado nivel de estimulació n⁶⁷. Sabemos intuitivamente que no podemos aprender si no prestamos atenció n, o, en el otro extremo, si estamos ansiosos y sobreexcitados⁶⁸. Nora, en el capítulo anterior, pasó añ os sin memorizar el mundo porque se hallaba en un estado tan bajo de estimulació n que apenas registraba nada. La historia de Sally, por otra parte, demuestra que la estimulació n severa también puede causar amnesia. El SNA, el sistema nervioso autó nomo de Sally, había estado hiperfuncionando, y sus niveles de cortisol eran muy elevados. Había quedado encerrada dentro de su cuerpo, que es como yo imagino la experiencia: paralizada por el miedo. p q y g p p p En las ú ltimas décadas ha quedado determinado que la depresió n se asocia a niveles elevados de cortisol y que esto es má s acusado en los tipos de depresió n má s severos. Para comprender las experiencias de Sally y de Nora, debemos echar un vistazo al sistema de control de estrés del cortisol en la actividad neuronal, en concreto a los efectos de la hormona del estrés, el cortisol: lo que tanto yo como mis colegas de la ciencia médica llamamos «estrés cerebral». El eje hipotalá mico-pituitario-adrenal La literatura sobre fisiología del estrés se remonta a los orígenes de la medicina como disciplina, a Hipó crates, que vivió y murió cuatro siglos antes de nuestra era. La primera idea teó rica acerca de la existencia de un sistema de estrés proviene de este gran filó sofo y pionero de la medicina, cuyos principios altruistas siguen siendo los mismos que cimentan la medicina moderna. Tales principios se sustentan en la creencia de que en el cuerpo humano existe un sistema que opera todo el tiempo, manteniéndonos en buenas condiciones, y cuya actividad sirve para contrarrestar las dolencias y enfermedades. Es lo que hoy conocemos como el sistema de respuesta al estrés. Una importante doctrina de Hipó crates era la preservació n de la salud, que cabe traducirse en la jerga médica moderna como la «reducció n de estrés excesivo»: un concepto que solo hemos llegado a comprender por completo en el ú ltimo siglo. Parece que hemos perdido la idea hipocrá tica seminal de que se necesitan ciertos niveles de estrés para que funcionemos de manera saludable; que, en definitiva, el estrés es bueno, puesto que hoy día la palabra «estrés» es casi sinó nimo de la enfermedad causada por un estrés excesivo. El estrés no solo es bueno, sino también necesario para la sustentació n de la vida, y ú nicamente la sobreexposició n cró nica o a largo plazo al estrés puede resultar destructiva⁶⁹. En la década de 1990 dirigí una serie de estudios sobre el síndrome de fatiga cró nica, una condició n difícil de diagnosticar que se caracteriza por una extenuació n corporal y cerebral (llamada «central»). Averiguamos que los niveles de cortisol eran má s bajos que la media en este trastorno, al contrario de lo que sucedía en los hallazgos realizados en la depresió n, donde los niveles de cortisol eran má s elevados que la media⁷⁰. En mi opinió n, el cortisol es má s una hormona activadora que una hormona del estrés, y sirve para mantenernos activos y alerta. El sistema que Hipó crates intuyó fue identificado fisioló gicamente por primera vez casi 2.000 añ os después, por Hans Seyle. En la década de 1930, Seyle fue el primero que describió el sistema de respuesta al estrés e identificó el cortisol como la principal molécula del estrés del cuerpo. El sistema de respuesta al estrés está en ú ltima instancia controlado por el cerebro y recibe el nombre de eje hipotalá micopituitario-adrenal (HPA), en referencia al centro del cerebro y los ó rganos del cuerpo que intervienen en el control de la secreció n del cortisol. El hipotá lamo —el cuartel general del sistema nervioso autó nomo que crea nuestro arco iris de estados emocionales— produce una hormona (CRH) que se transporta en el sistema sanguíneo desde el cerebro. Esta hormona cerebral ocasiona a la larga la secreció n del cortisol desde las glá ndulas adrenalesi. Tal y como hemos examinado en el capítulo anterior, las vías de la memoria pueden activar el SNA, lo que crea las experiencias emocionales. La red de entradas al hipotá lamo ha sido esculpida por los crecimientos dendríticos de la memoria, y de esta manera los recuerdos, incardinados en las redes cerebrales, pueden también causar respuestas de estrés del cortisol a través de la secreció n del CRH, que a su vez procederá a activar el eje HPA. La secreció n de cortisol en el sistema sanguíneo está controlada por el cerebro, y, tras ser excretada por las glá ndulas adrenales, es transportada hasta todos los ó rganos del cuerpo, incluido el cerebro. El hallazgo má s importante para comprender los efectos del cortisol en las funciones del cerebro y la memoria fue el descubrimiento en 1968 de los receptores de cortisol, situados en el hipocampo⁷¹. El ya fallecido Bruce McEwen, coautor del artículo pionero en el que aparecían los receptores de cortisol en el hipocampo de la rata, procedió a dirigir un grupo dedicado a la investigació n del estrés en la Universidad Rockefeller, Manhattan, una auténtica colmena de productividad durante aquellos primeros y emocionantes díasii. Tuvieron que pasar, sin embargo, muchos añ os para que la comunidad de investigadores del cerebro y el estrés comprendiera el significado de este descubrimiento. Para esta parte de la historia debemos regresar a Leiden —el refugio intelectual de los sensualistas durante las persecuciones religiosas de los siglos XVII y XVIII—, y má s concretamente al laboratorio de Ron de Kloet. De Kloet es profesor universitario de la Real Academia de las Artes y las Ciencias de Holanda. Su obra muestra có mo la excelencia científica consiste en delimitar al má ximo una sola pregunta hasta encontrar una respuesta, siempre a través de experimentos planificados que se adhieren a la pregunta central, de manera que la respuesta a esa pregunta se revela con una simplicidad coherente e innegable. Una de las tareas má s difíciles es precisamente esta de adherirse a la pregunta principal sin perderse en ninguna de las muchas e interesantes tangentes que se van presentando. Ron estudió la manera en que el cortisol opera en neuronas individuales dentro del hipocampo de la rata⁷². Las neuronas tienen que estar cargadas a un nivel mínimo para que puedan transmitir una corriente a una neurona adyacente. Crear las proteínas necesarias para las nuevas sinapsis que forman las células cuyo agrupamiento constituye una memoria exige una energía electroquímica determinada, que se obtiene a través de un período crítico de estimulació n neuronal. Ron demostró que el cortisol dispara neuronas durante el período requerido para el crecimiento dendrítico⁷³. Esto da una explicació n de por qué no se puede codificar la memoria si los niveles de cortisol se encuentran por debajo de un determinado umbral. La neurona, al igual que el cerebro, estará dormida, o quizá dormitando: recordemos que todo cuanto ocurre en el cerebro en términos globales tiene lugar a la larga a un nivel celular. Se necesita un umbral mínimo de cortisol para la formació n de la memoria: a esto lo llamaremos estrés «bueno». Si, por el contrario, los niveles de cortisol son constantemente elevados, entonces las neuronas hipocampales, así como el paciente catató nico, estará n en un constante estado de sobreestimulació n. El lector podría pensar que una cosa así tendría como resultado la formació n de supermemorias, pero no es este el caso, pues una neurona debe recuperar un nivel inferior de actividad eléctrica antes de que pueda recargarse para formar otra memoria. La neurona sobreestimulada quedará fijada en un estado de hiperdisparo, y ya no estará disponible para una nueva estimulació n. Este es el motivo por el que un nivel incesantemente elevado de cortisol, o de estrés «malo», inhibe la formació n de memorias. Lo mismo vale para la estimulació n del SNA, que es igualmente necesario para disparar neuronas: los bajos niveles de noradrenalina no disparará n las neuronas adecuadamente, en tanto que los niveles altos no dejará n que la neurona se asiente y recargue, esto es, será refractaria al cambio. Hablaré ahora de otro paciente a quien traté algunos añ os después de Sally, cuando Ron publicó su obra sobre los efectos inhibitorios en animales de los niveles elevados de cortisol en los disparos producidos desde el hipocampo. Por entonces trabajaba como psiquiatra en un hospital de Dublín, tras regresar junto a mi familia desde Cambridge, y allí me pidieron ver a un joven, de nombre Daniel. Fue muy emocionante descubrir que podía trasladar los hallazgos de Ron en el laboratorio a la psiquiatría de la vida real. DANIEL Daniel fue ingresado por el equipo de endocrinología. Su médico de cabecera había descubierto, durante un aná lisis rutinario de sangre, que sus niveles de glucosa en sangre habían subido, y que sufría una hipertensió n de reciente aparició n. Su inestabilidad metabó lica avanzaba rá pidamente, algo que rara vez ocurre entre los jó venes, y se le ingresó en el hospital para su examen. El endocrino sospechaba que podía tener un tumor que secretase cortisol, porque el cortisol también controla la secreció n de glucosa en la circulació n sanguínea —actuando como un rival fisioló gico de la insulina—, y en el laboratorio se revelaron unos niveles de cortisol muy elevados, que concordaban con la existencia de un posible tumor. Su familia refirió que Daniel había mostrado un comportamiento cada vez má s extrañ o en un cortísimo espacio de tiempo, acaso unas semanas, y también un progresivo distanciamiento. Su estado mental no tardó en deteriorarse, y se me pidió consejo en relació n a este aspecto de su tratamiento. Daniel se sentó en el borde de la cama, meciéndose hacia delante y hacia atrá s. Tenía las manos entrelazadas ante sí, como si estuviera sosteniendo algú n objeto imaginario. Deduje, al cabo de unos minutos, que ese objeto fantasma era una rosa. Daniel repetía: «... oled la rosa, la rosa, la rosa..., oled la rosa, la rosa, la rosa...». Cuando hablaba con él, Daniel repetía sin cesar la ú ltima palabra de mis frases. Una o dos veces sus ojos titilaron cuando pasé ante su línea de visió n, pero en general parecía ajeno al equipo psiquiá trico, al que se había unido el de endocrinología, todos reunidos en torno a su cama. Miraba hacia nosotros como si no estuviéramos allí. Le pedí que se incorporase, y tras repetirle varias veces mi petició n se levantó muy lentamente, hasta detenerse en una incó moda postura semierecta; así se quedó , completamente quieto y con la mirada fija, durante varios minutos. Daniel se encontraba en un clá sico estado catató nico. Sumado a la inmovilidad, y a las extrañ as e incó modas posturas, los pacientes con catatonia pueden repetir palabras o repetir la ú ltima palabra de una frase cualquiera. Por regla general, los individuos que se encuentran en un estado tan extremo no responden a otras personas, e incluso si establecen contacto ocular la mirada parece vidriosa o nublada. Daniel, al contrario de lo que esperaba, no tenía ningú n tumor que secretase cortisol, sino que sus niveles de cortisol extremadamente elevados estaban producidos por una depresió n catató nica. Iniciamos un tratamiento con benzodiazepinas y una medicació n que le estabilizase el á nimo; eso le hizo mejorar en cuestió n de días, y recuperó su estado normal en unas pocas semanas. A medida que su estado mental retornaba a la normalidad, sus niveles de cortisol se reducían y su sistema metabó lico se estabilizaba. Su tensió n arterial volvió a ser normal, y recobró una saludable regulació n de la glucosa. Daniel no recordaba nada desde su ingreso en el hospital hasta unos días después del comienzo de su tratamiento. Su caso confirmó lo que yo había sospechado de otros casos de catatonia que había presenciado. Las personas catató nicas, ya se encuentren sumidas en el mutismo o permanezcan inmó viles, se encuentran en un estado enormemente estimulado de SNA y con el cortisol trabajando a toda marcha. El estrés malo y el cerebro Aunque se han escrito, y se siguen escribiendo, numerosos libros sobre gestió n del estrés, muchos de los factores de estrés a los que la gente se ve expuesta no remiten: por ejemplo, la pobreza, las penurias socioeconó micas, la violencia, el racismo. Para algunos la vida puede ser brutalmente dura, en especial para aquellos que han nacido en el seno de las desventajas socioeconó micas o han sufrido abusos durante la infancia. La literatura científica sobre los efectos tan negativos que sufre el cuerpo, incluido el cerebro, a causa de las adversidades de los primeros añ os de vida, ha aumentado a la par que la literatura sobre el estrés. Hoy, existen pruebas, entre las que se incluye mi propia investigació n, de que este proceso podría iniciarse durante la vida fetal⁷⁴. Los informes académicos del Instituto Rockefeller publicados en la década de 1980 mostraban có mo las crías de rata a las que se les mostraba afecto —es decir, que eran lamidas y criadas por la madre— tenían respuestas má s calmadas y emisiones má s bajas del cortisol de estrés cuando se veían expuestas a un severo factor estresante en la edad adulta, comparadas con las crías que habían recibido menos cuidados⁷⁵. Estos hallazgos demostraron lo importantes que son los primeros añ os de vida para determinar las subsiguientes respuestas de estrés, y por tanto para la salud en general. Se llegó así a la conclusió n de que las células del hipocampo perdían su complejidad dendrítica, y sus conexiones siná pticas se venían abajo, si la cría de rata era sometida a niveles constantemente elevados de cortisol⁷⁶. Bruce McEwan escribió muy bellamente acerca de este proceso, describiéndolo como «una arquitectura cerebral diná mica que puede modificar la experiencia»⁷⁷. La «huella bioló gica» de la desatenció n durante la infancia en humanos, tanto en las respuestas anormales de estrés como en la riqueza dendrítica del hipocampo, ha quedado ya fehacientemente demostrada⁷⁸. Sea cual sea la causa del estrés cerebral cró nico —adversidades durante la infancia, un continuado estrés socioeconó mico, respuestas de estrés sesgadas por un impulso genético, graves enfermedades mentales—, el hipocampo sufrirá los efectos tó xicos de una permanente exposició n al cortisol, y los sistemas de memoria se verá n dañ ados⁷⁹. Ya he mencionado los efectos visibles del dañ o hipocampal en la investigació n por neuroimagen en la depresió n humana. El consorcio internacional ENIGMA (del inglés Enhancing Neuro-Imaging Genetics through Meta-Analysis, Estudios Genéticos por Neuro-Imagen Mejorada a través de Meta-Aná lisis), que reú ne investigaciones procedentes de quince centros de todo el mundo, y que suma datos de las neuroimá genes de 1.728 pacientes con depresió n y 7.199 individuos sanos, ha proporcionado las pruebas má s irrefutables para demostrar que el hipocampo está dañ ado, o visiblemente encogido, en los estados depresivos¹⁹. Nuestro grupo ha encontrado, en paralelo a otros cuantos grupos, que particularmente el hipocampo izquierdo es el que má s se encoge, y que el dañ o parece limitarse a las capas en las que tiene lugar el proceso de formació n de memorias²⁰. Ahora sabemos que la depresió n es una enfermedad que, si no recibe tratamiento, dañ a la cadena de producció n de memorias en el hipocampo. Todo esto suena bastante siniestro: los traumas infantiles parecen una profecía de futuros trastornos en el cerebro adulto. Pero no todo está perdido, porque, por frá gil que sea y relativamente dañ ado que esté, el hipocampo es muy elá stico, y su reparació n es posible. Existen cada vez má s pruebas de que los antidepresivos y las charlas terapéuticas pueden ayudar a restaurar en el hipocampo una fecunda interconectividad dendrítica. Agentes como los antidepresivos contribuyen a la «remodelació n reversible» de las conexiones neuronales del hipocampo, del có rtex prefrontal y de la amígdala⁸⁰. Este feliz hallazgo —que la atrofia dendrítica puede revertirse— proporciona una esperanza acerca de los potenciales efectos terapéuticos de los tratamientos farmacoló gicos y psicoló gicos en el cerebro. Hablamos a menudo de nuestra incapacidad para recordar cosas. «Olvidamos» sucesos que otras personas con las que hemos compartido la experiencia sí pueden recordar. Esta discrepancia de experiencias individuales probablemente se origine en el hecho de que un suceso pueda no haber tenido un verdadero significado para unas personas mientras que para otras, en cambio, sí ha tenido una resonancia emocional. Si no estamos prestando atenció n no amasaremos la estimulació n requerida para memorizar. Una de las á reas que con mayor profundidad se investigan en neurociencia es la que concierne a los motivos por los que prestamos atenció n a ciertos impulsos y nos desinteresamos de otros. Los neurocientíficos llaman «saliencia» a esta atenció n selectiva. La estimulació n y la atenció n proporcionan mecanismos por medio de los cuales podemos recordar informació n importante, o saliente, de manera individual, y descartar entradas sensoriales má s triviales. Nos interesamos en cosas que «excitan» nuestra curiosidad, hablando en términos neuronales. En una investigació n dirigida por Thomas Frodl, colaborador mío, descubrimos que quienes sufren depresió n muestran un acoplamiento atípico entre atenció n y estímulos emocionales⁸¹. La mayoría de mis amigos superan los cincuenta y cinco añ os, y a menudo me preguntan: «¿Por qué olvido las cosas?». La respuesta, a tenor de la lecció n que podemos aprender de Nora, Sally y Daniel, es que probablemente no olvidamos algo: má s que nada, nunca hemos creado un recuerdo de ese algo. Nuestros sistemas de memoria no funcionará n por debajo o por encima de un cierto nivel de estimulació n. Si la pregunta «por qué olvido las cosas» le resulta familiar al lector, antes de nada puede estar tranquilo: recordar haber olvidado algo es ya una forma de memoria. Lo siguiente que ha de hacer es preguntarse si ha registrado el suceso. Las actividades que reclaman la atenció n, así como prestar atenció n, incrementará n el retardo de los niveles de cortisol y mejorará n el registro de la informació n. Hacer ejercicio aumentará la estimulació n y mejorará la funció n de la memoria, y puede incluso hacer que crezca el hipocampo⁸², ⁸³. O bien, es posible que los recuerdos del hipocampo del lector se encuentren en un estado continuado de má xima actividad a causa de algú n estrés de naturaleza tó xica. En un caso así, unas vacaciones terapéuticas al sol pueden ser el mejor remedio. Para devolverle su equilibrio al cuerpo, el eje HPA, como todos los sistemas fisioló gicos, solo operará eficazmente dentro de un rango de condiciones a veces determinadas por el entorno, y a veces por los propios individuos. Para resumir la primera parte De momento he abierto un camino en medio de una mezcla heterogénea, comenzando por los orígenes de la neurociencia que se encuentra en la filosofía de los sensualistas, y terminando en la reciente convergencia de neurociencia y física en los conceptos del tiempo y la memoria. El tema que hemos seguido es el de la experiencia: hemos empezado nuestro viaje en los razonamientos de los filó sofos del pasado que, de las explicaciones divinas del conocimiento, llegaron hasta la huella que el mundo, a través de los sentidos, dejaba en el conocimiento. Hemos seguido la andanada neuronal de la experiencia sensorial, procedente del mundo exteroceptivo y del cuerpo interoceptivo, al entretejerse en la memoria hipocampal y amigdalar, que luego puede o no consolidarse en la memoria cortical. Hemos examinado la forma en que las señ ales neuronales de entrada se organizan en grupos de células que disparan como una sola unidad, y la manera en que dichas unidades se interconectan para permitirnos obtener una comprensió n del mundo que discurre ante nuestros ojos. Hemos seguido la estructura má s antigua e intuitiva que permite el recuerdo de la memoria episó dica —el formato narrativo tiempo-lugarpersona— hasta las profundidades del hipocampo, para observar la manera en que esta má quina de memoria orgá nica registra tiempo y lugar. El lugar es el elemento só lido alrededor del cual se graba el celuloide de los sucesos de la vida real en movimiento. Como en física, registramos el espacio tridimensional sumado a una intrínseca dimensió n de tiempo, en la arquitectura tetradimensional de las células hipocampales y corticales. Hemos seguido la experiencia de la estimulació n y de la alerta —donde el sistema emocional SNA y el sistema HPA de respuesta al estrés actú an como mediadores— desde el nivel neuronal, donde se necesita de la energía electroquímica para la formació n de proyecciones dendríticas, hasta la saliencia individual, o lo que capta la atenció n. Las memorias se forjan en esa imparable vibració n neuronal que es el cerebro. Las señ ales sensoriales se precipitan hasta nosotros, haciendo destellar las neuronas como luces en el á rbol de Navidad, encendiéndose y apagá ndose en todas direcciones, creando en los có rtex de cada ser humano una representació n «www» de su propio mundo. Cabe resaltar que aquí no interviene ningú n agente, en lo que concierne a la direcció n en que viajan las corrientes sensoriales, dado que las señ ales se toman, simplemente, de allí donde se han creado los grupos de neuronas, dentro de la matriz de las retículas de memoria. ¿Significa esto que la experiencia humana es solo el producto de la memoria, que los mapas específicos de memoria de las neuronas en un cerebro cualquiera seguirá n y seguirá n interpretando el mundo de una manera cada vez má s determinista? Sí, en el sentido de que solo contamos con la red creada por las interconexiones bá sicas y mediante la experiencia previa; pero esta red infinitamente compleja de 68.000 millones de neuronas se encuentra en un estado cambiante interminable y diná mico. Las nuevas experiencias procedentes del y p p mundo a través de nuestros sentidos escogerá n la «mejor opció n», pero también forjará n nuevas conexiones que supondrá n la alteració n de las vías de los grupos celulares. Habrá una distribució n y una redistribució n, una arborizació n y un deterioro de retículas, un entretejido y un aumento de recuerdos, así como su descomposició n. Sí, los humanos somos un constructo de nuestras propios recuerdos, pero, en todo instante de la consciencia, estos sistemas de memoria se encuentran en un equilibrio diná mico e irrepetible respecto al caos del mundo que llega de fuera, creando su impresió n neuronal en la relativa estabilidad de los mapas corticales de la memoria. En este empuje neuronal el individuo despliega un fluir de caminos neuronales forjados en la experiencia y, de un modo u otro, también despliega las formas de un marco narrativo que devienen en «él». Veamos ahora có mo este marco narrativo se crea a partir del caos neuronal. Es la historia de có mo la memoria nos hace ser lo que somos. SEGUNDA PARTE Cómo la memoria nos hace ser lo que somos 9 Autorreconocimiento: el comienzo de la memoria autobiográfica Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razó n, nuestro sentimiento, incluso nuestra acció n. Sin ella no somos nada. LUIS BUÑ UEL¹⁸* É rase una vez, cuando no había tiempo… Aunque los humanos aprendemos mucho má s durante la infancia en comparació n con cualquier otro momento de nuestras vidas, recordamos muy poco de ese período. Adquirimos una inmensa masa de conocimientos que se vuelve automá tica, o implícita, como por ejemplo el aprendizaje de un lenguaje, o caminar, pero no parece que tengamos una memoria biográ fica. ¿Cuá l es nuestro primer recuerdo real? ¿Qué edad teníamos entonces: dos, tres añ os, quizá cuatro? Para mí, el primer recuerdo que tengo es el de estar sentada sobre una caja mirando un jersey naranja hecho a mano, con un botó n transparente también de color naranja. Retrospectivamente, atribuí aquella memoria a nuestra primera mudanza, cuando casi tenía tres añ os: el primer recuerdo de los jerséis de lana que mi madre tejía y que irían marcando sucesivas etapas de mi infancia. Este fotograma de mi memoria es típico de los primeros recuerdos, que por lo general se evocan como una mera sensació n de uno mismo en alguna parte. Antes del momento botó n naranja mi mundo es pura prehistoria. La amnesia infantil es algo universal, por mucho que uno trate de desmentirlo. Como ya hemos señ alado, las coordenadas de cualquier historia, incluida la propia existencia, son tiempo, lugar y persona. La «persona» no puede recordarse hasta que alguien, empezando por uno mismo, ya se ha reconocido como existente. He asignado el primer instante de ese reconocimiento de mí misma al momento botó n naranja. Soy del parecer de que el primer recuerdo consciente que uno tiene es también el primer momento en que uno se reconoce a sí mismo, o tiene conciencia de ser. Uno se tiene que ver a sí mismo antes de que la memoria propia se pueda desarrollar. En esta parte del libro examinaremos la manera en que la conciencia de ser se desarrolla en el cerebro, y có mo esto permite que la vida propia se memorice y, acto seguido, se organice en forma de historia. Empecemos con el comienzo de la personalidad y có mo los humanos, y unos cuantos animales, desarrollan la conciencia de sí. El desarrollo de la conciencia de ser Cuando escribo en casa a menudo me anima la presencia en mi jardín de un petirrojo que se hace notar en sus trinos. Tiene consciencia atenta, es luminoso como el día y está alerta, y tiene memoria porque, por suerte para mí, regresa a mi jardín trasero, como el defensor de corazó n valeroso del territorio que tiene memorizado. Pero es muy improbable que haya en él el menor autorreconocimiento. Si seguimos extrapolando, intuiremos que no tiene ninguna forma superior de conciencia, como por ejemplo ser capaz de experimentar emociones de manera consciente, o de verse a sí mismo en acció n al alejar a potenciales invasores con su canto, o de ver a otros pá jaros como poseedores de conciencia. Aunque mi petirrojo, casi con toda seguridad, no tiene conciencia de sí, y por tanto ninguna memoria biográ fica consciente, sí tiene la rudimentaria consciencia de que existen otros petirrojos, porque les impide entrar en su territorio. Mi petirrojo necesita ser consciente de la existencia de otras aves, pero no de la suya propia, si quiere sobrevivir. Una manera ú til de entender el desarrollo de una característica humana, como por ejemplo la autoconsciencia, es a través de la evolució n de ese rasgo en especies animales má s antiguas, un proceso conocido como filogenética. Una ú til regla de oro es que el ser humano, desde la vida embrionaria en adelante, sigue un desarrollo evolutivo⁸⁴, i. La memoria de trabajo del petirrojo, en términos filogenéticos, se mantiene al nivel de la preconsciencia infantil. En los humanos, como el lector puede colegir a partir de los principios filogenéticos, la consciencia de que otros existen se presenta antes de la consciencia propia. A los 6-7 meses, los bebés comienzan a comprender que sus padres son otras personas, personas separadas de ellos, y empiezan a experimentar las primeras ansiedades de estar separados. La angustia de la separació n de los padres comienza a mostrarse a esta edad porque el bebé tiene la sensació n de que lo han separado. Al bebé hay que persuadirlo cá lidamente para que pierda ese nudo unitario con la madre que dio comienzo con la vida fetal —«la yema y el huevo de una sola cá scara»¹⁹*— y sea así independiente. Si el bebé se queda solo demasiado tiempo, o si no se le apacigua para rebajar su ansiedad, o si tiene una naturaleza muy sensible, es posible que surja una dificultad para crear relaciones de confianza —lo que recibe el nombre de «apego inseguro»—, y la producció n de patrones de apegos emocionalmente inseguros hacia otra gente que se prolongará n durante toda su vida. Unos dieciocho meses después, el bebé comienza a ser consciente de sí. Es posible evidenciar una rudimentaria forma de autopercepció n, el autorreconocimiento visual, mediante una prueba muy sencilla llamada test de reconocimiento en el espejo, que hoy se acepta como una medida subalterna de autorreconocimiento elemental⁸⁵. En el test se aplica una marca roja en la nariz, tras lo cual el participante, ya sea un animal o un niñ o, es situado ante un espejo. La marca roja de la nariz no puede verse si no es a través del reflejo. Si el animal o el niñ o se tocan la nariz para borrar la marca, significa que reconocen el reflejo en el espejo como una representació n, pero no la sustancia, del yo. Habrá n superado el test y se admitirá que se reconocen a sí mismos. El niñ o siente que se encuentra en su personal mundo interoceptivo y no en el espejo. Si, por el contrario, el animal o el niñ o tocan su imagen en el espejo para borrar la mancha roja se considerará que no poseen autorreconocimiento, esto es, que la imagen en el espejo, en lugar de ser un reflejo de ellos mismos, son ellos mismos. Los niñ os aprenden, con el curso del tiempo y en los pasos del proceso subsiguiente, que, en primer lugar, lo que ven en el espejo no es otro niñ o; segundo, que el espejo reproduce todas sus acciones motrices; tercero, que detrá s del espejo no hay nadie má s, y por ú ltimo, que está n viendo un reflejo de sí mismos. Si el lector tiene un perro, sabrá entonces que los perros no superan el primer paso. Los perros ignoran que su reflejo, proyectado en una puerta acristalada, no son ellos, y pueden —como hace nuestra perra Nelly, tan sociable— arañ ar con su pezuñ a el cristal para salir a jugar con esa imagen reflejada de un perro que parece estar en el jardín. Nelly, incapaz de reconocerse en su reflejo, salta entusiasmada a la calle para jugar con el otro perro. Mira entonces alrededor, sorprendida ante p j g p p la ausencia de ese can, y tras unos momentos, con las orejas y la cola levantadas, procede, desconcertada, a hacer alguna otra cosa. Pese a que es muy sensible a la presencia de los otros, así como a nuestras intenciones y nuestras emociones, carece de este tipo de autorreconocimiento. Tampoco lo puede aprender: sencillamente, carece de la maquinaria neuronal. Un limitado nú mero de animales pasa el test de conciencia del espejo; lo hacen, por ejemplo, los orangutanes, los bonobos, los chimpancés, los elefantes y algunos grandes mamíferos como las ballenas y los delfines⁸⁶. Se considera que estos mamíferos tienen formas avanzadas de autoconsciencia, y les concedemos el respeto que creemos se merecen porque son má s parecidos a nosotros. En épocas recientes se ha podido ver que las urracas, cuando se las sitú a ante un espejo, tratan de quitarse la mancha roja que se les ha puesto en el cuello⁸⁷. Su manera de proceder consiste en tratare de arrancá rsela con el pico y las garras. Quizá no sea tan sorprendente si pensamos en lo inteligentes que son las urracas, en la manera en que tienden a esperar a que estemos lejos del alcance de su vista para cometer alguna diablura. El descubrimiento realizado en las urracas es un indicativo de que el autorreconocimiento —la base de la autobiografía y de la conciencia elevada— no es exclusivo de los humanos, ni siquiera de nuestros má s inmediatos ancestros evolutivos. La separació n de los demá s En El mito de Sísifo, Albert Camus escribe: Si yo fuera un á rbol entre á rboles, un gato entre animales, esta vida tendría un significado o má s bien no surgiría tal problema, puesto que yo formaría parte de este mundo. Sería este mundo al cual ahora me opongo con toda mi consciencia… ¿Y qué constituye la base de ese conflicto, o de lo que rompe entre ese mundo y mi mente, sino el hecho de ser consciente de ello? Camus, como muchos filó sofos existencialistas del pasado siglo, lidiaba con el concepto del autoconocimiento y la consciencia. Nadie es un á rbol entre á rboles o un gato entre animales. Intuimos una brecha entre ese mundo y [nuestra] mente. El mundo está ahí fuera, y cada persona se encuentra tras la puerta del mundo exteroceptivo, en su personalísimo mundo interoceptivo, asomado al exterior. Nos vemos como algo separado no solo del mundo, sino también de otras personas. Puede parecer obvio que si nos sentimos y nos pensamos como nosotros y no como otra persona, entonces los otros tendrá n que ser algo aislado, pero esto también supone una connotació n muy profunda. Solo cuando esta idea desaparece, como a veces ocurre en los trastornos psicó ticos, podemos ver que el autoconocimiento, y la subsiguiente consciencia de estar separado de otros, es un proceso en sí mismo. La mayoría sabemos esto automá ticamente a un nivel experiencial. Sabemos que al pensar, hacer o sentir algo, somos nosotros quienes hemos tenido ese pensamiento, experimentado esa sensació n o realizado ese acto. Nuestros pensamientos o sentimientos se pueden ver influidos por muchas cosas, pero sabemos que su origen se localiza en nuestra cabeza y nuestro cuerpo. La esquizofrenia es una enfermedad en la que el afectado siente con frecuencia que sus sensaciones, emociones e incluso sus acciones no son realmente suyas. Dado que las experiencias no parecen provenir de uno mismo, los esquizofrénicos las atribuyen, por lo general, a alguien o algo distinto. La conciencia de uno mismo es tan fundamental en la experiencia humana que podemos considerarla como algo inevitable y automá tico. Podría parecer superfluo adjetivar como subjetiva la experiencia, porque toda experiencia es subjetiva, pero en la esquizofrenia esta ausencia proporciona una nítida iluminació n del fenó meno. Hannah fue una paciente mía a la que traté hace muchos añ os. Había sido diagnosticada como esquizofrénica, y sentía que sus experiencias internas pertenecían a otra persona. Siempre he recordado su historia por razones que enseguida se comprenderá n. HANNAH Hannah era una joven que había empezado a comportarse de una manera muy excéntrica varios añ os antes de que fuera ingresada. Se distanció de sus amigos y su familia y se unió a las culturas marginales, y poco a poco pasó de esto a la reclusió n. Había llegado a creer, y estaba firmemente convencida de ello cuando comencé a tratarla, que experimentaba el dolor y el sufrimiento de una niñ a que se hallaba encerrada en un só tano. Sus estados interiores eran extrañ os y desagradables, a veces físicamente dolorosos; a veces le producían una sensació n de ahogo y a veces emociones turbadoras que para Hannah se correspondían con las de una niñ a que se hallaba encerrada. Hannah creía sentir telepá ticamente el dolor físico y emocional de la pequeñ a, y acudió muchas veces a la policía para hablarles de la niñ a. Má s de una vez se investigaron sus alegaciones, pero no se encontró prueba alguna que respaldase su historia. Un día, Hannah vio a uno de sus vecinos cruzando la calle y al instante tuvo la certeza de que se trataba del torturador pedó filo. Una certeza repentina como esta, similar a la experimentada por Edith (en el capítulo 1) al ver la pequeñ a lá pida y darse cuenta de que su bebé estaba enterrado allí, es característica de las experiencias psicó ticas. A esto lo llamamos «percepció n delirante»: una persona ve algo tal y como es, una lá pida o un vecino, y simultá neamente experimenta una repentina certeza transformativa que es puro delirio…, la lá pida marcaba la tumba del bebé, el vecino era el perverso pedó filo. Volvamos a la historia de Hannah: Hannah reveló a los vecinos y a la policía la identidad del «pedó filo». En este punto, su angustia era irrefrenable, y su familia y su comunidad ya no lograban lidiar con ella; contra su voluntad, Hannah fue internada en nuestro hospital, donde recibió tratamiento. En su ingreso, Hannah insistió en que lo que estaba experimentando —las voces, la angustia emocional, las sensaciones internas— eran las experiencias de la niñ a, y le enfadaba y frustraba terriblemente el ver que nadie la creía. Se negó a recibir medicació n porque eso anularía sus experiencias telepá ticas, y dejaría a la niñ a completamente aislada. A Hannah ya la habían internado contra su voluntad a causa del mismo delirio, unos añ os antes. En aquel anterior ingreso, los antipsicó ticos, segú n nuestro punto de vista, habían hecho su tarea y dado fin a sus anormales experiencias sensoriales. Cuando regresó a casa tras el alta posterior a aquel ingreso, Hannah dejó de tomar la medicació n, convencida de que aquello había eliminado su capacidad psíquica para comunicarse con la niñ a. En cuanto su organismo depuró la medicació n, la niñ a, tal y como Hannah había pensado, comenzó a comunicarse otra vez con ella. Ahora, Hannah creía tener un «sexto sentido» que los antipsicó ticos suprimían. En las primeras horas de su ú ltimo ingreso, intentamos negociar interminablemente con Hannah acerca de la medicació n que debía tomar, pero no sirvió de nada. La niñ a la necesitaba, y había que delatar al pedó filo: tomar la medicació n supondría poner a la pequeñ a en peligro. Decidimos, por el bien de Hannah, que había que administrarle la medicació n contra su voluntad, y mantenerla en el hospital durante un período prolongado, puesto que esa era la mejor manera de que se recuperase y pudiera volver a adaptarse al mundo sin verse afectada por los delirios. Nos encontrá bamos en la sala de guardia, discutiendo el plan a seguir para tratarla, que empezaría con la inmediata administració n intramuscular de un antipsicó tico, cuando un enfermero, un joven con el rostro pá lido como la cera, entró a toda prisa para decirnos que habían descolgado a Hannah de un riel de cortina que la joven había atado a la cama. Hannah había engañ ado al personal haciéndole creer que se encontraba en el bañ o, y mientras el enfermero esperaba al otro lado de la puerta del aseo, ella había regresado al pabelló n y se había ahorcado. Ya estaba muerta cuando descolgaron su cuerpo. Encontramos una nota en su cama con un texto apresuradamente escrito: «Ahora me creéis, ayudadla». Muchas veces, con el transcurso de los meses, reconstruí las experiencias subjetivas de Hannah en mi imaginació n. Murió , segú n ella, tratando de salvar a la niñ a. Imposible para Hannah olvidar los añ os en que la pequeñ a le había transmitido aquella poderosa experiencia sensorial: había constituido cada instante de su vida consciente, el centro de toda su atenció n, y el nutriente de sus memorias. El tratamiento y una posible cura llevarían a Hannah a abandonar la ú nica línea de comunicació n de la niñ a. ¿Acaso su vida merecería ser vivida si abandonaba a la pequeñ a prisionera? ¿Podría vivir con ello? Posiblemente pensaba que no había otra forma de hacer que el mundo la creyese salvo el suicidio. Era igualmente posible que hubiese tenido la espantosa sospecha, en aquel segundo ingreso involuntario, de que sufría una grave y prolongada enfermedad mental. Si ese era el caso, Hannah habría sentido, como me han contado tantos pacientes tras haberse recuperado de algú n episodio psicó tico, que había perdido la cabeza. Cualquiera de las posibilidades habría resultado insoportable. Hannah es otra prueba má s de que la medicació n antipsicó tica es ciertamente eficaz para controlar las sensaciones exteroceptivas e interoceptivas anormales, pero no elimina la visió n personal del mundo determinada por las experiencias psicó ticas cró nicas; algo cuya importancia no supe apreciar en aquel tiempo. Los antipsicó ticos pueden controlar la psicosis, pero no la memoria. El caso de Hannah también demuestra que las experiencias q p personales se convierten en el ú nico filtro a través del cual un individuo puede llegar a comprender el mundo que le rodea. Hannah atribuía sus estados emocionales interoceptivos a otra persona, la niñ a fantasma, como si pertenecieran a la niñ a y no a ella misma. En psiquiatría, a estas experiencias las llamamos «emociones artificiales», o «emociones ajenas». Como ya hemos explicado en la primera parte, interpretamos nuestras emociones mediante el có rtex oculto de la ínsula, inserto en un indefinido mapa del cuerpo-en-la-ínsula. Un grupo de científicos de Toronto que comprobaba la sensibilidad al dolor en pacientes conscientes y a punto de ser intervenidos neuroquirú rgicamente para tratar la epilepsia descubrieron algo extraordinario acerca de la forma en que sentimos dolor⁸⁸. El dolor se emplea a menudo para examinar el circuito de las emociones/ sensaciones del cerebro, al tratarse de una sensació n relativamente sencilla de reconocer y por tanto de medir a través de la experimentació n. El grupo de Toronto llevó a cabo una serie de grabaciones unicelulares en pacientes a los que se les iba a extirpar neuroquirú rgicamente una parte de la gran vía neural que conecta la corteza prefrontal con el resto. Esta vía recibe el nombre de giro cingulado: se trata de un enorme circuito de «barrido» que conecta el hipocampo, la amígdala, la ínsula y los có rtex con el có rtex prefrontal, para integrarlos en un todo coherente. El grupo de Toronto aplicó estímulos ligeramente dolorosos en la piel de los pacientes y descubrió que la sensació n de dolor, como era de esperar, disparaba neuronas en la ínsula. Lo que sorprendió al grupo era que las «neuronas del dolor» también se encendían cuando el paciente veía que el alfiler se aplicaba a los dedos de quien lo examinaba. Desde entonces, los estudios por neuroimagen han determinado que en el interior del cerebro existe una vía de dolor que parte de la ínsula, donde se mapea el dolor que sentimos, y de ahí viaja al sistema del giro cingulado, donde se mapea el dolor infligido a otros, antes de ser transferido al có rtex prefrontal⁸⁹, ii. Las neuronas del dolor representaban el dolor propio y el mismo dolor sufrido por otros. Dado que el sistema neuronal que reconoce las emociones propias es el mismo que se usa para reconocer las emociones ajenas, recibe el nombre de «sistema emocional espejo»⁹⁰. Literalmente, sentimos lo que otros sienten, y esto proviene de lo que sentimos hacia nosotros mismos⁹¹. El circuito emocional espejo de la ínsula-giro cingulado tiene má s actividad en los individuos empá ticos y, como bien puede predecirse, está menos activo en aquellos que tienen dificultades para ponerse en el lugar de otros, es decir, aquellos que tienen una personalidad antisocial o psicopá tica⁹², ⁹³. A menudo culpamos a los psicó patas por su conducta, cuando en realidad resultaría má s p p p productivo hacerles entender que no está n conectados para la experiencia. El papel fundamental de la ínsula para comprender los sentimientos ajenos cuadra con su desarrollo evolutivo, que aumenta en tamañ o y complejidad de los petirrojos a los perros y a los humanos, a medida que se desarrolla la conciencia emocional y la capacidad para ponerse en el lugar de otro⁹⁴. Incluso entre los mamíferos hay una variedad sustancial en la anatomía y la organizació n de la ínsula⁹⁵. A las redes que intervienen en los sistemas emocionales espejo se las llama cerebro social. No soy muy partidaria de parcelar las funciones cerebrales en «cerebro social», «cerebro emocional», «cerebro pensante», etcétera, segú n la interconectividad de los circuitos de experiencias subyacentes como pueden ser las emociones, la memoria y los procesos cognitivos. No son experiencias que puedan separarse en términos de conexiones cerebrales, si bien forman una densa red que transmite una experiencia unificada. Sea como sea, se trata de una convenció n que puede ayudarnos a entender la utilidad de las conexiones constituyentes clave, sitas en la totalidad de la red cerebral, a la hora de explicar los problemas de algunas funciones específicas, en este caso el error en la identificació n de emociones. La prueba má s só lida de que las conexiones de la ínsula-prefrontal actú an como mediadoras entre la conciencia del yo y la conciencia social la encontramos en una enfermedad cerebral llamada «demencia frontotemporal»⁹⁶. En ella se observa una drá stica disminució n de la autoconciencia y de las habilidades sociales, acompañ ada de una atrofia acorde y bastante específica de la vía neuronal ínsula-giro cingulado. En general, y si se compara con la esquizofrenia, hay má s concienciació n y má s simpatía hacia las dificultades que tienen las personas con un trastorno del espectro autista (TEA) para comprender los estados emocionales. El TEA es un diagnó stico muy amplio, y muchos médicos, yo incluida, consideramos que se ha vuelto demasiado inclusivo, pues abarca a individuos que no sufren ningú n trastorno pero tienen estos rasgos de personalidad. En cualquier caso, la conciencia socioemocional defectuosa, en la que existen dificultades para reconocer los sentimientos propios e interpretar los sentimientos e intenciones ajenos, es un elemento clave en el auténtico TEA. Existen evidencias de que las personas así diagnosticadas tienen una actividad reducida en las á reas de la ínsula-giro cingulado, como cabría esperar dada la importancia de este circuito a la hora de interpretar las emociones propias y las ajenas⁹⁷. Es preciso subrayar que en la esquizofrenia sucede algo fundamentalmente distinto de la defectuosa conciencia emocional que apreciamos en el TEA. En el TEA hay una incapacidad generalizada para la conciencia socio-emocional, mientras que en la esquizofrenia hay una absoluta mezcolanza de experiencias interoceptivas, tanto las propias como las de los demá s. La marañ a de emociones artificiales experimentadas por un individuo psicó tico no debería confundirse con empatía hacia los demá s, que es una experiencia humana casi invariable. El error, propio de la esquizofrenia, al atribuir a otros los sentimientos que se originan en uno mismo, como los que Hannah experimentaba, sugiere la posible existencia en la esquizofrenia de un problema en las conexiones del espejo emocional. Ray Dolan, psiquiatra y neurocientífico del University College de Londres, defendía hace veinte añ os la hipó tesis de que quienes sufren esquizofrenia pueden padecer alguna patología en estas conexiones⁹⁸. Desde entonces, las investigaciones han confirmado esta idea, y ahora existen má s pruebas específicas de que la funció n neuronal en la vía que parte de la ínsula y culmina en el có rtex prefrontal podría estar interrumpida⁹⁹, ¹⁰⁰. Dicha idea se ve refrendada por el descubrimiento de que en algunas personas con esquizofrenia existe un gen familiar específico asociado a una reducció n en esta vía⁸⁰, ⁸⁸. Tal hipó tesis, como la mayoría de los neuromecanismos de los trastornos psiquiá tricos, no deja de ser mera especulació n, y es probable que se trate de uno de los muchos mecanismos que causan las experiencias psicó ticas en la esquizofrenia. Los sentimientos artificiales, como aquellos que sufría Hannah, forman parte de un patró n, dentro de un problema experiencial má s general, en aquellos que sufren la psicosis aguda de la esquizofrenia, donde no solo los sentimientos, sino también los pensamientos y las acciones, pueden experimentarse como algo implantado por otras personas o fuerzas, y no como algo originado en uno mismo. A través del espejo Alicia a través del espejo (1898) es una descripción fantástica de la confusión de los sistemas yo-otro. Ha sido objeto de muchas controversias la posibilidad de que Lewis Carroll hubiera escrito acerca de una experiencia personal inducida tras tomar alguna droga que alteró su consciencia, o acerca de alguna experiencia psicótica no provocada, o a partir de una brillante exploración introspectiva de los primeros y febriles estudios en torno a la consciencia realizados a finales del siglo XIX. Es difícil saber cómo hizo Carroll para crear una descripción tan auténtica de las experiencias psicóticas sin haberlas experimentado por sí mismo, de una manera u otra. Alicia parece ser presa de las acciones ajenas al verse arrastrada por el ajedrez imaginario, unas veces desplazándose como un peón, otras en el zigzag de los movimientos del caballo, mientras las reinas le impiden expresarse de manera coherente. Le preocupa que solo pueda existir como una figura imaginaria en el sueño del Rey Rojo, y que deje de hacerlo cuando este despierte. Alicia existe como una especie de refracción de los demás, tal y como le sucedía a Hannah en relación a la niña encerrada. ¿Qué le ocurrirá a Alicia? ¿La recogerá el caballo y se alejará al galope con ella, hacia delante y hacia atrá s, y luego de lado, a derecha e izquierda? ¿Derrocará Alicia a la Reina, de tan irritante como le resulta que le robe sus pensamientos y los reemplace con los propios? ¿O ha sido controlada por el Rey para derrocarla? No cuesta nada ver lo fá cil que es en estados semejantes que una persona pueda enfadarse y volverse paranoica hacia los demá s. La sensació n de Alicia de que algo está controlando sus acciones —en su caso, las piezas de ajedrez antropomó rficas— es lo que llamamos «acciones artificiales». Fue realmente un golpe de genio que Lewis Carroll eligiera un espejo como metá fora de los sistemas de los pensamientos y las acciones artificiales. Escribió Alicia un siglo antes de que se tuviera la primera pista, en la forma de las neuronas espejo, de que existía la vía neuronal que distinguía el yo del otro, aunque tenía que pasar todavía algú n tiempo para que pudiera comprenderse el impacto de dicho descubrimiento. El estudio seminal de 1992 que serviría para entender que las acciones ajenas podían tener una representació n en el propio cerebro lo llevó a cabo un grupo dirigido por Giacomo Rizzolatti en Parma, Italia¹⁰¹. El experimento, realizado en monos, empleaba grabaciones electró nicas aplicadas sobre la parte motora del có rtex de sus cerebros cuando movían los mú sculos de las manos para agarrar algo. El có rtex motor se encuentra por delante del có rtex sensorial, en la superficie del cerebro, y tiene un diseñ o similar a este có rtex, donde el cuerpo está representado como un homú nculo. El disparo de unas células específicas en el có rtex motor se correspondía con el movimiento coincidente de los mú sculos de la mano, y proporcionaba a los científicos un mapa mó vil del có rtex motor de los movimientos de la mano del mono. Durante su experimento, los investigadores observaron algo inesperado: al tiempo que las neuronas motoras disparaban un patró n predecible en el có rtex motor cuando el mono agarraba un objeto, se disparaban también unas neuronas específicas situadas en el có rtex premotor, esto es, delante del có rtex motor. Estas neuronas premotoras de «agarre» se disparaban al mismo tiempo que sus neuronas coincidentes en el có rtex motor. ¿Cuá l era la funció n de estas neuronas? Cosa extraordinaria, descubrieron entonces que si el mono veía que el experimentador agarraba el objeto de un modo q p g j similar a como lo hacía él, se disparaban las mismas neuronas premotoras de agarre, no así las neuronas motoras. Las neuronas premotoras parecían representar el movimiento motor sin que el mono en realidad se moviera, lo que a todos los efectos daba pie a que el cerebro imaginase un movimiento. El grupo de Parma llamó «neuronas espejo» a esta neuronas porque reflejaban las acciones de las neuronas motores coincidentes que intervenían en el gesto de agarrar, en el movimiento de agarre imaginado por el mono y en el movimiento realizado por otros. Las neuronas motoras espejo «representan» la funció n motora propia y ajena, y una parte intrínseca de un sistema motor espejo en funcionamiento pasa por saber si es uno mismo u otra persona distinta quien está teniendo esta experiencia motora. Los problemas de funcionamiento en la distinció n yo-otros haría difícil conocer si es uno mismo el que está haciendo algo o si es otra persona la que se lo hace a él. Subjetivamente resulta aterrador, porque la persona afectada experimentaría sus acciones como algo que está fuera de su control, similar a la manera en que Alicia experimentaba sus movimientos: como si estuviera a merced de las piezas de ajedrez antropomó rficas. Reflejos, memoria y predicció n La historia de la neurona espejo motor relacionada con la memoria contiene una capa má s. La imitació n es algo que se aprende, y este recuerdo se recupera si se ve estimulado por una experiencia habitual similar. Las neuronas espejo motoras se disparan no solo en respuesta a movimientos reales realizados por uno mismo o por otros, sino también en respuesta a movimientos y sentimientos anticipados o imaginados¹⁰². Yo pienso en los disparos de las neuronas espejo motoras cuando veo a los porteros de fú tbol moviéndose entre los postes. A un portero se le entrena para predecir mediante la observació n de los movimientos una intenció n motriz. ¿Ese ligero movimiento del pie del delantero, de los muslos o los ojos, indica una patada a la izquierda o la derecha, alta o baja, o quizá el delantero está simulando un movimiento para que el portero se tire en la direcció n equivocada? En el lanzamiento de penalti, tanto el delantero como el portero juegan con los sistemas espejo motores del otro, prediciendo en el aquí y el ahora, a través de una intensa observació n, y en la representació n abstracta de los movimientos previstos, el sistema espejo predictivo del otro. Es un vertiginoso refractar de predicciones espejo. Ahora sabemos que el sistema espejo motor permite que los atletas mejoren su rendimiento mediante el ensayo mental: imaginar movimientos lleva a mejorar la ejecució n motriz. La misma predicció n se aplica al reflejo emocional. Los adolescentes aprenden que las emociones que experimentan son también experimentadas por otros; este conocimiento no es innato. El sistema espejo emocional es trasladado al có rtex prefrontal y se convierte en parte de un sistema integrado de memoria activa. Los científicos de Toronto observaron que si se aplicaba el dolor má s de una vez a los pacientes en preoperatorio con el giro cingulado expuesto, la respuesta de la neurona del dolor en el giro antecedía al contacto de la aguja con la piel: se encendía como presagiando una sensació n de dolor. Este es el motivo por el que reculamos al anticipar en nosotros un posible dolor y nos encogemos ante la idea del dolor infligido a otros. «Pensamientos artificiales» Mientras estuvo al otro lado del espejo, Alicia también llegó a experimentar que la Reina le robaba los pensamientos y los reemplazaba con los suyos. Esta experiencia sucede frecuentemente en la esquizofrenia, y es conocida por el nombre de «robo del pensamiento» —la extracció n de los pensamientos de Alicia— e «inserció n del pensamiento» —la sustitució n de los pensamientos de Alicia por los de la Reina—. Consiste en atribuir a otra persona o agente los pensamientos que surgen en el cerebro propio. En cierta ocasió n traté a un joven, Eoin, que creía que algo o alguien le implantaba sus pensamientos. Nunca sabía a ciencia cierta quiénes eran sus perseguidores, aunque casi siempre atribuía aquellas ideas a alguien que estaba cerca de él. Eran ideas muy desagradables, y el tema giraba en torno a las perversiones sexuales. Si alguien le estaba mirando, tenía la impresió n de que podía leerle los pensamientos. Eoin solía evitar el contacto visual con la gente porque, al tener apartada la mirada, se protegía de que los demá s lograran acceder a aquellas ideas tan extrañ as como perturbadoras. Haciendo uso de la metá fora del mundo que Alicia encontró al otro lado del espejo, Eoin no solo pensaba que el Rey o la Reina podían implantar pensamientos en su cabeza, sino también que todo el mundo que estableciese contacto visual con él podía acceder a los pensamientos así implantados. La madre de Eoin me dijo que este se agitaba y se desconcertaba enormemente cuando miraba un espejo, y que gritaba y atacaba a su propia imagen. Le pregunté a Eoin acerca de esto cuando se encontró mejor, y me dijo que era horrible mirar el reflejo de su imagen porque no tenía la sensació n de que se tratara realmente de él. Al mirar su reflejo, experimentaba al mismo tiempo alucinaciones auditivas: escuchaba en voz alta los pensamientos implantados diciéndole todas aquellas cosas tan vergonzosas como vejatorias. Eoin vivió los primeros añ os de su psicosis en esta confusa y perturbadora mezcolanza de «pensamientos ajenos» —como a veces se denomina en psiquiatría—, negá ndose a recibir ayuda. Solo cuando atacó a un desconocido en la parada del autobú s fue detenido, y recibió tratamiento hospitalario. Tardó añ os en poder establecer un contacto visual con la gente. Ciertos tipos de alucinaciones auditivas —escuchar voces que hablan en voz alta, casi siempre a uno mismo, o sobre uno, como si no estuviera allí— son la experiencia patoló gica má s frecuente en la esquizofrenia. Hay una idea muy interesante que apunta a que en las psicosis las voces pueden deberse al error de atribuir a una fuente externa nuestra habla interior⁸⁵. Si el habla interior le resulta al lector un concepto nuevo —y yo misma tuve ciertas dificultades instintivas con dicha idea hace añ os, porque no es una parte prominente de có mo experimentamos el mundo; algunos somos má s «sensibles» que «pensantes»—, no tiene má s que reflexionar sobre lo que está haciendo mientras lee este libro. Al leer esta frase, el lector está haciendo uso del habla interior para comprenderla. Se estima que el 25 por ciento del tiempo que estamos despiertos lo pasamos sumidos en el habla interior. El habla y el lenguaje son tan complejos, y a veces nos limitan tanto, que hasta la má s breve exploració n del asunto se aleja del á mbito de este libro, así que no ahondaré má s en ello, salvo para decir que el habla interior es una representació n de los procesos del pensamiento. La teoría de que las alucinaciones auditivas son el habla interior de la persona atribuida a un agente externo vuelve a mostrarnos la confusió n que existe entre lo que puede o no originarse en la mente del individuo durante los estados psicó ticos. He dividido artificialmente la experiencia integrada de la conciencia de uno y de los demá s en diferentes dominios: conciencia de las emociones propias y de las ajenas a través del sistema emocional espejo, conciencia de los movimientos propios y de los ajenos a través del sistema espejo motor, y conciencia de los pensamientos propios en términos de experiencia subjetiva. Es la experiencia integrada de todos estos sistemas lo que conforma el sentido del ser —el sentido de que uno es— en el mundo presente y en el de la memoria. La relevancia que esto tiene para la memoria biográ fica es que una biografía solo puede empezar cuando un niñ o es capaz de experimentar conciencia de sí. El yo debe reconocerse antes de que pueda ser registrado como una y q p g entidad. Lo que cabe aprender de aquellos que experimentan errores de atribució n en la esquizofrenia es que los procesos neuronales que se ponen en liza para representar los movimientos, los sentimientos y los pensamientos propios son los mismos que se emplean para identificar en los demá s esas mismas experiencias, y que es necesario diferenciar la experiencia del yo-y-los-demá s para obtener una experiencia y una memoria coherentes. De alguna manera, hay un mecanismo neuronal integrado que codifica las experiencias del «yo» —como algo diferente del «otro»—, y este mecanismo neuronal parece estar roto en la esquizofrenia. De todas las experiencias psicó ticas, la má s difícil de entender es la creencia de que las experiencias propias —los sentimientos, los pensamientos y las acciones— pueden no originarse en uno mismo. Tú sabes, lector, que tú y nadie má s que tú es quien pasa las pá ginas de este libro: tienes autoconciencia motora. Puedes ver o escuchar las palabras, al no ignorar que es la autora quien las ha escrito: tienes autoconciencia sensorial. No crees que alguien pueda meterte en el cerebro sus pensamientos en la forma de un diá logo interior, o que pueda meter sus pensamientos en el cerebro de otra persona, o que todo el mundo pueda acceder a tus pensamientos privados, a veces hasta el punto de que tales pensamientos se expresen en voz alta. Es posible que cuentes con un ó ptimo instinto emocional, pero no creerá s que tus sentimientos te han sido implantados por algo o por alguien. Aunque muchas veces he intentado imaginar con todas mis fuerzas las experiencias vividas por Eoin y Hannah, me siento del todo incapaz de hacerlo. He hecho algo que, espero, es casi lo mismo, y es familiarizarme con este patró n de la experiencia trastocada y el modo en que esta se manifiesta en el observador. Ahora tiendo a ser má s capaz de observar y determinar con bastante rapidez si dichas experiencias está n presentes. Como todos los psiquiatras, y usando las palabras que un paciente me dedicó en cierta ocasió n, soy una detective. Una anarquía de la experiencia Una de las mejores descripciones de los estados de atribució n erró nea y del emborronamiento de las fronteras experienciales proviene del psiquiatra R. D. Laing. En su célebre libro The Divided Self («El yo dividido», 1960)²⁰*, explicó có mo el lenguaje de la psiquiatría convencional se centraba en los síntomas, desde el punto de vista objetivo del médico, má s que en las experiencias del paciente psicó tico. Esta rígida objetificació n de la experiencia psicó tica es algo que aú n se hace patente en la actual disciplina de la psiquiatría, pero creo que poco a poco estamos empezando a considerar la experiencia subjetiva como el principal foco clínico. El desplazamiento realizado por Laing, no basarse en los síntomas, sino en la experiencia, fue algo innovador, y eso le permitió describir por primera vez las verdaderas experiencias de la psicosis. «Con frecuencia, a una persona con un sentido integral del yo y de la identidad personal le resulta difícil [...] adentrarse en el mundo de un individuo cuyas experiencias pueden carecer por completo de [...] certezas autovalidadas». Una de las má s elementales de esas «certezas autovalidadas» radica en saber que uno es quien es, y que por lo tanto existe. La mirada que Laing arrojó sobre los aspectos experienciales de la psicosis ha ensombrecido su legado debido a los insensatos prejuicios que mostró hacia la esquizofrenia, y a su temerario tratamiento de sus pacientes. Se convirtió en una cause célèbre al rebelarse contra la psiquiatría convencional, lo que condujo a lo que má s tarde llegaría a llamarse el movimiento antipsiquiá trico. Laing creía que la psicosis era un viaje de indagació n personal que podía llevar a una resolució n en la que se impondría una percepció n mejorada del yo. La creencia de que la esquizofrenia estaba causada por un trauma del pasado fue una convenció n durante las décadas de 1960 y 1970. Si uno podía «abrirse paso» a través de la psicosis, se daba por sentado que uno podía encontrar una cura para su psicosis. Esto se asemejaba a la convicció n de Freud de que una amplia panoplia de trastornos psiquiá tricos, como la depresió n, la ansiedad, el trastorno obsesivo compulsivo, a los que él llamaba colectivamente «neurosis», tenían por causa algú n trauma del pasado, y que, una vez se desvelaba dicho trauma, desaparecía el trastorno. Para este fin, Laing abrió en 1965 un centro terapéutico en el centro de Londres para pacientes de psicosis. No había reglas ni límites personales, y los pacientes, el personal y los visitantes (a menudo gente famosa y convenientemente antipsiquiá trica) celebraban fiestas, todos mezclados entre sí. Los pacientes tomaban LSD y otras drogas psicodélicas para convertir cuanto veían en un viaje de iluminació n que les llevaría de la psicosis a la cordura. En el caos subsiguiente, que el propio Laing calificaba como «la anarquía de la experiencia», dos pacientes murieron al arrojarse desde el tejado. El centro fue cerrado tras aquellos suicidios. El trá gico final de este experimento terapéutico era del todo predecible. Lo que realmente necesitan quienes sufren trastornos psicó ticos es un refuerzo de sus propios límites, una construcció n de esas «certezas autovalidadas» que en ellos se encuentran ausentes, y no desintegrar q y g todavía má s esos límites fracturados del yo-y-los-demá s causados por la psicosis. Cabe señ alar que aú n hoy existen psiquiatras, y ciertos autoproclamados sanadores que tienen má s de chamanes que otra cosa, que se oponen a tratar la esquizofrenia con antipsicó ticos pese a todas las pruebas científicas y empíricas a favor de su empleo. Esta postura contraria se observa en todas las ramas de la medicina —en oncología, por ejemplo—, pero es má s prevalente en la psiquiatría por una cuestió n de sesgo cultural y también por las dificultades que encuentra la persona psicó tica para reconocerse como tal. Nadie puede salirse de los confines de su propio cerebro; solo podemos tratar de darle un sentido a la informació n sensorial que llega a los có rtex sensoriales, así como al cerebro superior, para su unificació n. Visto en retrospectiva, es evidente que Laing fue capaz de describir el mundo fracturado de la psicosis porque era un brillante observador de sus propias experiencias de desintegració n psicó tica. Experimentó con la mezcolanza de los límites sobre los que escribió gracias posiblemente al abuso de sustancias, sobre todo del alcohol y de las drogas psicodélicas que apoyaba el movimiento contracultural de la década de 1960. Sea como sea, los experimentos que llevó a cabo en Londres, así como los realizados por tantos chamanes metidos a terapeutas, solo sirvieron para causar un mayor e innecesario sufrimiento, a veces insoportable, en aquellos que ya estaban sumidos en la psicosis. Imitació n y memoria Si se carece de sistemas espejo funcionales, no podrá haber un ensamblado correcto y coherente de los impulsos que lleguen del mundo exterior y no habrá por tanto coherencia posible en el relato subsiguiente. El cerebro seguirá creando dendritas y conectando neuronas aun cuando no se derive de ello un significado en el marco de la vida real, porque es así como operan los mecanismos neuronales. El cerebro no deja de organizarse porque los impulsos carezcan del menor significado racional. La memoria seguirá formá ndose porque los grupos de células se congregará n en el hipocampo y llegará n hasta el có rtex en la funcional diná mica conectiva que es la vida bioló gica del cerebro. Por regla general, la persona que padece trastornos psicó ticos cró nicos creará con el tiempo algú n tipo de narrativa que explique sus experiencias. La narrativa de Hannah para explicar su alienante experiencia emocional planteaba la existencia de un implante telepá tico procedente de una niñ a capturada. A veces, la acció n de reunir experiencias para crear una narrativa arroja cierta plausibilidad superficial, pero no suele tardar en derrumbarse tras un examen atento. Sea psicó tica o no, la experiencia subjetiva acaba bioló gicamente impetrada en la enmarañ ada red de conexiones neuronales que es la memoria. El principio bá sico de que la experiencia cotidiana se vuelca en las redes de la memoria mediante asociació n se adapta tanto a la experiencia psicó tica como a la no psicó tica, y con el paso del tiempo la memoria del individuo psicó tico y su manera de estar en el mundo se irá n alejando progresivamente de la realidad comú n. A medida que la red de la experiencia delirante se va haciendo má s elaborada, má s dificultades habrá en recuperar al individuo para la realidad compartida de la experiencia normal. En este capítulo hemos visto los orígenes de la memoria biográ fica desde el niñ o amnésico hasta los albores del autorreconocimiento, y có mo el autorreconocimiento ha evolucionado filogenéticamente para reflejarse en el neurodesarrollo del niñ o. El autorreconocimiento es justamente el comienzo de la conciencia del «yo», y el inicio de la separació n del yo que continú a desarrollá ndose a lo largo de la vida. No sabemos aú n có mo hace el niñ o que ya tiene un atisbo de autorreconocimiento para desarrollar un sofisticado sistema de autoconsciencia y la percepció n de que los demá s también poseen esa misma cualidad, pero es algo que ocurre en paralelo a la creciente complejidad de la organizació n de la memoria. Ahora echaremos un vistazo a esta complejidad en su pleno desarrollo. 10 El árbol de la vida: arborizaciones y podas La forma en que una persona ocupa un lugar en el mundo cambia con la edad, proceso que empieza en el nacimiento. Esto es porque el cerebro desarrolla un modo cada vez má s complejo de comprender el mundo: el mundo exterior tanto como el mundo interoceptivo, interior, del individuo. Cabe observar los desarrollos de la organizació n de los sistemas de memoria en los cambiantes patrones de percepció n subjetiva que señ alan las diferentes etapas de la vida. El patró n del ciclo vital de la memoria humana se refleja, a grandes rasgos, en los cambiantes patrones de la anatomía general del cerebro. Los cambios estructurales y funcionales de los sistemas del cerebro continú an a lo largo de la vida, pero se han enfatizado mucho má s los cambios que má s prematuramente suceden en el cerebro porque se trata de cambios fundamentales, y porque casi siempre siguen una trayectoria fiel que se interna en la vida adulta. Comencemos por examinar un desarrollo relativamente sencillo de los sistemas de memoria del cerebro, lo que yo llamo el fenó meno Beethoven. El fenó meno Beethoven Beethoven (1770-1827) comenzó a perder el oído hacia los veinte añ os, pero siguió componiendo mú sica hasta su muerte. Algunas de esas composiciones, consideradas las má s importantes, fueron creadas durante el período en que su sordera era má s profundai. ¿Có mo podía componer mú sica cuando no le era posible escuchar sonidos? La respuesta se encuentra en la localizació n de su sordera, que como se descubrió durante su autopsia estaba en el nervio auditivo, es decir, en los nervios sensoriales que transportan el sonido desde el mundo exterior hasta el có rtex auditivo del cerebro. El nervio auditivo de Beethoven estaba enfermo, pero su có rtex auditivo, que había memorizado sonidos, notas, melodías, mú sica, permanecía intacto. Cuando escuchamos mú sica, el có rtex auditivo se ilumina. Cuando imaginamos mú sica, ademá s del có rtex auditivo también el prefrontal se enciende¹⁰³. Las melodías imaginadas son memorias sonoras proyectadas desde el có rtex auditivo hasta el có rtex prefrontal. Tras la pérdida gradual de los sonidos del mundo exterior, Beethoven oía por medio de representaciones neuronales. El baile que tenía lugar entre el có rtex auditivo y el prefrontal era lo que componía aquella mú sica virtual. Beethoven proporciona un sorprendente ejemplo de la experiencia sensorial auditiva transformada en sistemas de memoria corticales, y de có mo la memoria cortical puede ser ejecutada en el có rtex prefrontal como una suerte de experiencia sensorial «interna». Su genio creativo derivaba de un tipo de representació n cortical extraordinariamente compleja de las notas musicales y de la configuració n de estas en hermosos patrones sonoros. El fenó meno Beethoven sirve como ejemplo del desarrollo superior de un fenó meno universalmente experimentado. En su rigurosa educació n musical, que comenzó a una edad muy temprana, Beethoven creó un laberinto neuronal de musicalidad en su có rtex auditivo. El proceso de reunir y organizar la memoria sensorial tiene lugar a un ritmo endiablado en las redes corticales, durante su expansió n en la infancia. Los niñ os se sumergen en el mundo sensorial relativamente libres de los abstractos «atajos» que desarrolla un có rtex má s organizado. La forma en que los niñ os relatan una historia es buena prueba de su falta de pensamiento abstracto. Unos sucesos siguen a otros sin que tengan asignado un sentido: han memorizado una serie de imá genes en orden cronoló gico para recrearlas después en idéntica secuencia. Resulta deliciosamente ingenua, y a veces iluminadora, la manera en que dan rienda suelta a una imaginería no metabolizada, esa ausencia de contexto y de significado, porque nos permite observar en profundidad las diferentes formas en que hemos aprendido a mirar el mundo. Es por esta razó n que el mundo del niñ o resulta siempre má s nuevo e inmediatamente sensorial que el mundo de los adultos. Hay que escuchar en su sonora voz galesa la deslumbrante descripció n que en el poema «Fern Hill» hace Dylan Thomas de la experiencia sensorial de la infancia para poder apreciarla en toda su profundidad. Uno puede sentir la vívida excitació n sensual de la infancia a través de tan meló dicas imá genes. Es todo movimiento. Perseguía el camino del sol, qué belleza, los campos de heno como el hogar de altos, el canto de las chimeneas, era aire y juego, humedad, belleza, y verde como la hierba el fuego. Cada vez que leo este danzarín retozo en forma de poema regreso a mi propia Fern Hill, la granja familiar de mi madre en la rural Kerry, donde pasá bamos los veranos de nuestra infancia. Casi puedo oler el heno cortado, sentir su picor, y ver a mi tío Jim mirando desde arriba como un gigante, sujetando con una enorme mano un tarro de mermelada de té frío colmado de azú car. ¿Qué sucede en las conexiones neuronales durante la expansió n del aprendizaje sensorial de la infancia? Sabemos que hay cambios en las estructuras del cerebro, perceptibles a simple vista, que reflejan las etapas secuenciales de desarrollo cognitivo y conductual. Los cambios cognitivos y conductuales resultan culturalmente má s familiares que los sistemas de memoria, pero son los cambios en la organizació n de la memoria lo que subyace en ellos. Al niñ o en proceso de crecimiento se le enseñ a lo que resulta apropiado segú n la etapa del desarrollo cerebral en la que se encuentra. Inmerso en un mundo sensorial de aprendizaje tá ctil, visual y auditivo, donde todo, desde el pezó n de la madre a sus propios pies, es saboreado y llevado a la boca, el niñ o asimila una informació n sensorial muy sencilla: nombrar los objetos y la gente, los colores y los sonidos. Se trata de un período en el que los sistemas sensoriales del cerebro sufren rá pidos cambios, visibles en la expansió n del cerebro cortical sensorial. En un estudio seminal de la UCLA, California, y el Instituto Nacional de Salud Mental de Maryland, que examinaba los cambios sufridos en el cerebro del niñ o, los investigadores hicieron un seguimiento a trece chicos, con edades comprendidas entre los cuatro y los veintiú n añ os¹⁰⁴. Cada dos añ os se mapeaba el desarrollo cortical que tenían lugar entre la infancia y los inicios de la edad adulta, empleando para ello escá neres secuenciales de neuroimagen del cerebro. Se descubrieron así no solo grandes variaciones entre los niñ os, sino también que había un patró n comú n de desarrollo que seguía la línea evolutiva del cerebro en animales filogenéticamente má s antiguos a menos antiguos. El patró n general comenzaba con aumentos en el tamañ o de los có rtex sensoriales y motores. Dicho crecimiento refleja la rá pida expansió n del aprendizaje sensorial y motor, un aprendizaje relativamente sencillo. Las conexiones neuronales se elaboran después entre los diferentes có rtex sensoriales, lo que permite que se desarrolle la percepció n multisensorial de forma que queden integrados el oído, la vista, el tacto, el gusto y el olor. Al escuchar un ladrido, el niñ o estará así en condiciones de volver la cabeza en la direcció n de la que proviene el sonido, esperando ver un perro. La percepció n de la profundidad de campo, la visió n en tres dimensiones, es un buen ejemplo de organizació n de mú ltiples á reas corticales, entre ellas la inteligencia visual y la direccional. Los ciegos de nacimiento no pueden imaginar las tres dimensiones porque no reciben el estímulo necesario del mundo visible que permite elaborar una percepció n tridimensional. Al igual que sucede en la historia de las artes visuales, también en el neurodesarrollo del individuo la perspectiva es algo que llega a aprenderse. El segundo aspecto importante del desarrollo del cerebro es el proceso de «poda» de las conexiones dendríticas entre las neuronas. Recibe el nombre de «poda» porque es un proceso similar al de cortar las ramas de un á rbol para maximizar la producció n de fruta. Las neuronas se podan para maximizar la precisió n de los impulsos de salida⁶¹. Podría pensarse que las dendritas se expanden a medida que también lo hace el conocimiento, pero, por contradictorio que resulte, nacemos con demasiadas dendritas y continuamos este proceso de sobreproducció n dendrítica a lo largo del primer añ o de vida posnatal. A un nivel celular, las neuronas del bebé se encuentran superconectadas, y tenderá n a sobrecargarse fá cilmente a causa de la abundancia de estímulos, dado que está n disparando al azar en todas direcciones. De manera que calmamos al niñ o, y le enseñ amos una informació n sensorial sencilla; le dirigimos y le reprimimos. Tras esta breve expansió n, las neuronas sensoriales será n las primeras en podarse. Esto queda reflejado en la experiencia del aprendizaje sensorial, que es realmente un proceso de segregació n. Por ejemplo, un niñ o llegará a reconocer que un á rbol es un á rbol y no simplemente otra planta, y luego aprenderá si es, por ejemplo, un á rbol pequeñ o o grande. Má s tarde aprenderá que ciertos á rboles pierden sus hojas en el invierno, mientras que otros son de hoja perenne. Llegará n a conocer los á rboles de su zona e identificará n el tipo por las hojas, el tamañ o y la forma en que crecen las ramas, el tronco, la flor o el fruto, o por una combinació n de todo ello. Llegado a este punto, habrá desarrollado una ó ptima red cortical que permitirá patrones de reconocimiento, y lo que es má s importante, la p y q p diferenciació n entre á rboles. Ya no necesitará examinar a fondo las partes constituyentes: el á rbol podrá ser identificado con un simple vistazo. Lo real se vuelve representació n, y queda archivado en el có rtex como una representació n abstracta y cada vez má s precisa que a partir de entonces podrá ser procesada automá ticamente. Son atajos necesarios para procesar una informació n má s refinada: de otro modo, cada vez que identificá semos un á rbol perderíamos mucho tiempo al procesar todos los fragmentos de informació n que hemos aprendido a lo largo de toda una vida. En esta parte del mundo, la mayoría puede identificar un acebo con solo mirarlo. En el invierno escucharíamos el roce procedente de sus ramas y predeciríamos que se trata de un zorzal, anidado allí para pasar el invierno porque las moras proporcionan comida y sus espinosas hojas le dan una protecció n. Yo intuí que el roce que escuché este invierno en mi acebo era un zorzal porque vi un tordo má s grande de lo normal, y supe que ese tordo se trataba del zorzal que había anidado en un acebo de mi jardín los inviernos anteriores. Nos dejamos llevar por percepciones multisensoriales —el sonido de unas hojas, el movimiento de las ramas del acebo— que conducen a percepciones inmediatas, basadas en un conocimiento previo. Se ha creado una conexió n dendrítica entre el roce de las hojas de un acebo y un zorzal para conformar una percepció n, facilitando una experiencia interconectada de dichas sensaciones y la posibilidad de llegar rá pidamente a una conclusió n. Podríamos mirar un remoto á rbol de Á frica con flores blancas y nos prepararíamos para ver, como me sucedió a mí, no unas floraciones albas, sino un aleteo de mariposas blancas. Añ os atrá s se había fijado el recuerdo de un á rbol «mariposa», pero yo no había visto muchos á rboles en Á frica con flores blancas. Esperamos ver un coche cuando oímos el sonido de un coche, un camió n cuando oímos el sonido de un camió n, un vehículo de carreras cuando oímos ese aterciopelado gruñ ido. Estas percepciones y predicciones automá ticas son las «maneras de ver» que mencionaba Berger, de quien hablamos en el capítulo 3. A medida que un niñ o aprende del mundo, las conexiones interneuronales en el có rtex se vuelven menos densas. La poda de los có rtex sensoriales llega a su má ximo a los tres añ os de edad, pero continú a a lo largo de la infancia a un ritmo decreciente. La corteza prefrontal se desarrolla a un ritmo má s comedido y lento, porque se trata del á rea integradora del cerebro en la que los estímulos procedentes de las á reas corticales sensoriales, de la amígdala-ínsula y del hipocampo, llegan a la vez para que se les ponga en orden. Es ahí donde se «sostiene» la informació n que, procedente de mú ltiples á reas, ha de ser manejada. Es el malabarista experto que, de manera sigilosa y j p q g y en completo silencio, o bien mediante una activa memoria de trabajo, es capaz de trascender el mundo sensorial externo para imaginar o predecir, para crear o manipular. El tamañ o de la corteza prefrontal en proporció n al volumen total del cerebro es mayor en los humanos si se compara con el resto de especies, y dado que el desarrollo humano tiende a seguir una línea evolutiva —principio sobre el que se sostiene la filogenética—, esta á rea sufrirá un desarrollo sustancial durante la adolescencia y los primeros añ os de la edad adulta. Poda prefrontal Puede observarse el desarrollo de la corteza prefrontal en los cambios ocurridos en el có rtex prefrontal, que comienzan durante los ú ltimos añ os de la infancia, cuando las sinapsis se podan para formar patrones neuronales estables gracias a los cuales nos será posible comprender el mundo¹⁰³. La poda interrumpe el despliegue superexpansivo de las señ ales y crea vías neuronales para diferenciar las señ ales, lo que permite el desarrollo del pensamiento sistemá tico, o razonamiento abstracto. La poda facilita la organizació n de ingentes cantidades de estímulos, y hace que el cerebro en pleno desarrollo tome atajos a través de las vías de conocimiento que ya tiene asimiladas. En términos de neurodesarrollo, la poda prefrontal es la firma del cerebro adolescente, pero es un proceso que sigue ocurriendo a lo largo de los veinte y los treinta añ os, tal y como se ha descubierto en fechas recientes. El segundo cambio crucial es el crecimiento de la sustancia blanca, que también tiene lugar durante el desarrollo del cerebro. El cerebro está hecho de patrones de sustancia blanca y gris: la sustancia gris se compone de grupos de neuronas, y la sustancia blanca, de los axones que surgen de las neuronas para transportar la señ al hasta las dendritas y a la neurona siguiente. Los axones son blancos debido a un importante proceso llamado «mielinizació n», en el cual unas adiposas espirales de mielina —que se asemejan a un microscó pico brazo de gitano— se enrollan en torno a las neuronas. Estas células adiposas proporcionan un aislante que acelera la transmisió n de la señ al, cuya velocidad llega a ser hasta cien veces má s alta que la de una neurona sin mielina. Cuando las señ ales pasan por los axones, la mielinizació n, que forma parte del proceso de marcar las señ ales para que estas vayan hacia direcciones clave, detiene el disparo indiscriminado que las neuronas hacen sobre otras neuronas. Lo que anteriormente era una señ al relativamente dispersa se convierte así en una señ al directa, en primer lugar porque algunas sinapsis se ven reforzadas y otras debilitadas, y en segundo lugar, porque la mejora del aislamiento neuronal acelera la transmisió n de la señ alii. El desarrollo de vías discretas a través de las podas y del aislamiento neuronal da lugar a que algunas conexiones entre neuronas se sacrifiquen al coste de reforzar otras. El plan general durante las primeras fases del desarrollo es que las neuronas arboricen de manera indiscriminada en el período prenatal y posnatal del cerebro para maximizar la informació n de base, y luego sean podadas para diferenciar y agudizar los estímulos sensoriales durante la infancia. En añ os posteriores, los disparos dendríticos desde el prefrontal será n podados para proporcionar vías cognitivas y emocionales que permitan comprender el mundo. Algunas vías interneuronales se refuerzan debido a la frecuencia con la que son disparadas, mientras que otras se desvanecen, lo que produce unas redes de interpretació n relativamente fijas y automá ticas¹⁰⁶. El patró n de sobreelaboració n inicial de la nueva informació n sucede con toda nueva informació n y a lo largo de la vida, y resultará familiar a cualquiera que haya abordado una nueva á rea de conocimiento y no se haya limitado meramente a tomar informació n de internet. Hay un período inicial en el que uno se siente perdido y tiende a generalizar en el océano de la nueva informació n, antes de emerger de él con una comprensió n organizada y contextualizada del nuevo asunto: es la expansió n del conocimiento seguida de la diferenciació n del conocimiento. Trastornos del neurodesarrollo El desarrollo del cerebro cognitivo en las conexiones prefrontales que tienen lugar durante la adolescencia y los primeros añ os adultos puede no discurrir como debería, y en añ os recientes ha habido un franco interés en la forma en que las patologías del proceso de poda pueden provocar trastornos del desarrollo, tales como el TEA y la esquizofrenia. Las experiencias y comportamientos típicos de la esquizofrenia generalmente surgen durante la adolescencia y los primeros añ os de la edad adulta. Un adolescente no se despierta un día siendo esquizofrénico: es algo que se desarrolla durante añ os. Es fá cil predecir que, si los procesos cerebrales no se organizan de manera normal, la memoria de trabajo acabará por desorganizarse. Algunos investigadores han planteado la hipó tesis de que habría una poda excesiva en la esquizofrenia y una poda reducida en el TEA¹⁰⁷. Un grupo de trabajo de Cambridge ha probado que los genes que intervienen en la poda y la mielinizació n son conocidos genes de riesgo que pueden producir esquizofrenia¹⁰⁸. Si bien se trata de algo enormemente especulativo, estas líneas de investigació n se han ampliado en la llamada «patología de red», diferente de la patología de vía ú nica en la neurotransmisió n de dopamina que, ingenuamente, se creía daba lugar a la esquizofrenia, y de la que hablaremos má s tarde. Rachel, paciente mía, sufrió la aparició n de la psicosis durante su infancia, y carecía de una integració n normal de los estímulos sensoriales. A los demá s su mundo les resultaba incoherente, y su manera de hablar y de pensar carecía de sentido ló gico. Su memoria autobiográ fica era mínima. RACHEL Rachel había sufrido intensas psicosis desde la infancia y, por su propia seguridad, había vivido desde pequeñ a en una institució n psiquiá trica. Ademá s de una severa esquizofrenia que se resistía a todo tratamiento, padecía una grave epilepsia. Me derivaron a Rachel en un período de mi carrera en que trabajaba en un hospital general junto a varios neuró logos. Su familia quería que le administrasen clozapina, que aú n hoy sigue siendo el mejor antipsicó tico disponible. La clozapina solo debe administrarse cuando ningú n otro tratamiento funciona, porque puede causar graves efectos secundarios, uno de los cuales es la desestabilizació n de la epilepsia. Rachel ya tomaba dosis pantagruélicas tanto de antipsicó ticos como de antiepilépticos, pero seguía muy enferma, y su familia estaba desesperada. Decidimos ingresarla en el pabelló n de neurología aguda, donde podríamos monitorizar sus psicosis y su epilepsia de manera continua, para comenzar a tratarla con clozapina. De todas las personas a las que he tratado, Rachel es la ú nica que mantenía conversaciones con ella misma pero con nadie má s. Se sentaba en una silla junto a la cama, o en la misma cama, hablando para sí en diferentes voces, mientras los enfermeros charlaban con ella al trasladarla a sus rutinas diarias en el pabelló n. Hablá bamos con ella todos los días y nunca recibimos de su parte la menor indicació n de que nos hubiera escuchado, a excepció n de un ocasional tono de hostilidad en sus palabras o una expresió n ceñ uda. Obviamente, está bamos interrumpiendo de la peor manera sus conversaciones alucinatorias. Rachel hablaba imitando la voz de aquellos que habían pasado el día con ella, ya fuera una profunda voz masculina como una voz femenina. Sus conversaciones no tenían el menor sentido, pero entre sus divagaciones a veces asomaba el atisbo de un cierto vínculo con el mundo. En una ocasió n nos dijo que ella era Julio «Ataques»²¹*: un neologismo aplicado a su epilepsia que nos hizo sonreír y preguntarnos si pese a su incapacitadora psicosis no se habría formado algú n subyacente personaje innato. A veces era María Antonieta o cualquier otro personaje de la realeza europea. En cierta ocasió n nos contó que era la Ballena Grainne. Sin duda se trataba de una referencia a la pirata irlandesa del siglo XVI Grainne Uaile (pronunciada «wail», que suena exactamente igual que «whale», o «ballena»), una figura legendaria de la mitología irlandesa. Llevá bamos unas semanas de tratamiento con clozapina cuando sucedió la escena que me viene a la memoria, reforzada por mis frecuentes evocaciones. Entramos en su habitació n y Rachel me miró a los ojos por primera vez, dijo buenos días y sonrió tímidamente. Recuerdo que me quedé muy quieta. Está bamos paralizados, apenas nos atrevíamos a creer lo que parecía haber ocurrido. Mantuve una breve conversació n con Rachel acerca de lo que había comido para desayunar. ¿Se sentía có moda? ¿Había dormido bien? ¿Le gustaba el pabelló n? Respondió apropiadamente, y salimos en silencio de la habitació n cuando sentí que Rachel ya había tenido suficiente conversació n normal para el primer día. Recuerdo que el equipo que se hallaba en el pasillo del pabelló n de neurología intercambió varias miradas de inmediato, sin decir palabra, compartiendo aquel breve y emocional instante. Al inicio de mi carrera apenas permitía que las emociones se apoderasen de mí, pero eso ha cambiado. Desde fuera, podría dar la impresió n de que la corriente debería marchar en la direcció n opuesta: del esfuerzo por lidiar con las respuestas emocionales subjetivas a tamañ o sufrimiento hasta la pura objetividad. Lo que en verdad ocurrió es que me costó un añ o sobrellevar la intensidad emocional de mi trabajo. Aquel primer añ o fue extenuante, y luego aprendí, como cualquier otro médico, a seguir adelante y llevar a cabo mi tarea lo mejor posible. Ahora, tras treinta y cinco añ os en el terreno de la psiquiatría clínica, hay momentos imprevisibles en los que me siento visceralmente golpeada de una manera distinta a como me sucedía antes. Podemos inclinarnos con el mayor respeto ante la pura resistencia humana que vemos en los muy enfermos, pero sufrir en un mundo que se muestra hostil a ese sufrimiento…, eso es lo que ahora má s llega a afligirme. Rachel logró salir de su psicosis con una encantadora cualidad infantil. Volver en sí no pareció complicado, y Rachel no hizo alusió n alguna a las identidades ficticias cuando desapareció su psicosis. Tenía muy poca memoria autobiográ fica y solo hablaba de una manera vaga de que había estado en un hospital. Aunque su memoria episó dica era muy dispersa, tenía un buen vocabulario, era culta, parecía lista y reconocía a todo el mundo. Poco después de que desapareciese su psicosis, Rachel fue dada de alta y la transfirieron al hospital psiquiá trico de su localidad, y no tuvimos la oportunidad de observar có mo abandonaba el caos suspendido de su perdida infancia en pos de esa organizació n cerebral que fue, de un modo u otro, liberada por el tratamiento con clozapina. Su madre me escribió hasta que dejé aquella consulta. Rachel siguió mejorando, y solo unos meses después de que le diéramos el alta y acudiera a su hospital local volvió a vivir con su familia. El cerebro de Rachel sufría la confusió n de la percepció n psicó tica, o una desorganizada integració n de las señ ales sensoriales. Sus redes memorísticas no estaban organizá ndose de manera que pudieran conducir a un proceso coherente de los estímulos neuronales procedentes del mundo, o a una narrativa coherente, o simplemente a una narrativa. La ausencia en Rachel de una organizació n normal de la memoria es una prueba de que la organizació n evolutiva de las redes cerebrales, ausente en ella, es el cimiento de la memoria biográ fica y la memoria de trabajo. Rachel no sabía a ciencia cierta quién era hasta que fue capaz de registrar la experiencia de un modo que tuviera sentido. Aunque no comprendamos có mo, lo cierto es que su respuesta a la clozapina la liberó radicalmente de las atroces experiencias cró nicas del trastorno del pensamiento y las alucinaciones. Cuando alguien quiere saber de qué modo funcionan los antipsicó ticos, la persona que formula dicha pregunta con frecuencia añ ade lo siguiente: «¿Tienen algo que ver con la dopamina?». Probablemente la mayoría de la gente conozca la dopamina como el neurotransmisor «de recompensa». En la cultura popular, llegó a considerarse que la secreció n de dopamina se hallaba presente en casi todas las cosas placenteras, y parecía ser una vía neuronal comú n para toda clase de placeres humanos. Resulta enormemente improbable que la dopamina sea un mero suministrador de placeres, como señ ala esa extrema simplificació n, aunque solo sea porque la dopamina constituye alrededor de un uno por ciento del contenido de neurotransmisores del cerebro. Puede que generalizar acerca de la funció n neurotransmisora resulte atractivo para explicar la experiencia y el comportamiento, pero tales generalizaciones son casi siempre incorrectas. El circuito de la dopamina asume un papel en la recompensa, dado que probablemente es la vía comú n final para muchos procesos de recompensa cerebral, pero hay una miríada de circuitos que convergen en el de la dopamina, todos los cuales podrían tener un papel mediador en la recompensa a la vez que pueden llegar a dar problemas. La dopamina no es lo que causa el «impacto» —el placer del chocolate, el colocó n de la heroína, el orgasmo, el subidó n del alcohol—, pero sí es el neurotransmisor presente en las vías que se fija para guardar memoria de dicho impacto. Un mecanismo comú n de acció n en todos los antipsicó ticos es la reducció n de la transmisió n de dopamina, lo que explica el motivo por el cual, durante décadas, la teoría dominante en la esquizofrenia era que los sistemas de dopamina se encontraban en un estado de sobreestimulació n. La idea que tenemos acerca de có mo la reducció n de la neurotransmisió n de dopamina se halla relacionada con los efectos terapéuticos de los antipsicó ticos es, de momento, puramente especulativa, pero, para recordarlo con facilidad, puede conceptualizarse diciendo que se trata de un proceso en el que existe un filtrado de la informació n sensorial transmitida a través del có rtex prefrontal. La informació n filtrada que pasa al cerebro integrativo puede así reunirse de un modo má s coherente. A la par que el desarrollo de la neurociencia ha permitido entender el cerebro como una gigantesca e indivisible malla de neuronas interconectadas, la esquizofrenia ha pasado de explicarse de manera sencilla como la neurotransmisió n hiperactiva de dopamina a ser una patología de desorganizació n de la red neuronal que habitualmente empieza durante el desarrollo del cerebro¹⁰⁸. En la década de 1990, Robin Murray, líder mundial en la tarea de trasladar las ideas del neurodesarrollo a la neurociencia de la psiquiatría y, má s tarde, a la psiquiatría general, me abrió las puertas a una investigació n pionera del desarrollo neuronal. Las experiencias y comportamientos típicos de la esquizofrenia surgen habitualmente durante la adolescencia y los primeros añ os de la edad adulta. Un adolescente no se levanta un día padeciendo esquizofrenia: es algo que se desarrolla a lo largo de los añ os. Tuve la suerte de impartir varias conferencias en el Departamento de Psiquiatría cuando Robin ejercía como director del Instituto de Psiquiatría. Robin llevaba un cuadernillo en el bolsillo delantero de la chaqueta en el que registraba las fechas de nacimiento de nuestros q q g pacientes. Tenía especial interés en un paciente que había nacido en 1958, porque aquel añ o había habido una fuerte epidemia de gripe. La hipó tesis de Robin era que el virus de la gripe, o una proteína procedente del sistema inmunitario de la madre, podía haber entrado en el cerebro en desarrollo del feto y causado una mala conexió n neuronal, en particular en los circuitos neuronales prefrontales cuyo neurotransmisor es la dopamina. Los circuitos prefrontales que usan dopamina se desarrollan significativamente durante los primeros añ os de la edad adulta, y por consiguiente los problemas cerebrales, razonaba Robin, no se manifestarían abiertamente hasta que el circuito de la dopamina se viera reorganizado en la adolescencia, lo que, al menos potencialmente, provocaría enfermedades similares a la esquizofrenia¹⁰⁹. La idea de que un virus uterino pudiera causar algunas formas de esquizofrenia se consideraba entonces bastante improbable, pero las investigaciones emprendidas desde esa fecha han confirmado que el entorno prenatal es fundamental en términos de conexió n neuronal, y que la esquizofrenia es probablemente un trastorno del desarrollo neuronal de las conexiones cerebrales. Un punto importante es que las conexiones y los disparos erró neos en la circuitería integrativa pueden obedecer a mú ltiples causas, entre ellas una infecció n de la madre embarazada, las lesiones cerebrales adquiridas durante los primeros desarrollos, el abuso infantil o la falta de atenció n al niñ o, así como el abuso de sustancias durante la infancia o la adolescencia. Los efectos del sistema inmunitario, la formació n de inflamaciones y anticuerpos, en los sistemas neuronales, se han convertido desde entonces en algunas de las principales líneas de investigació n de la neurocienciaiii. Las psicosis también pueden estar causadas, inevitablemente, por una secuencia genética heredada en la que se codifica una proteína cerebral defectuosa. O, lo que es má s probable, los trastornos psicó ticos pueden provenir de una combinació n de mú ltiples causas con pequeñ os efectos colaterales que por acumulació n fallan a la hora de lograr que el cerebro en desarrollo alcance un nivel crítico de conectividad coherente¹¹⁰, ¹¹¹. Abstracció n e imaginació n A veces somos conscientes de nuestro propio entramado de patrones de aprendizaje discriminatorio, como por ejemplo entender de á rboles, y a veces no lo somos acerca del conocimiento del que se derivan nuestras intuiciones, en ocasiones correctas, en otras aproximadas, y en otras incorrectas. Basá ndose en la introspecció n y la observació n subjetiva, Henri Bergson sostenía que la intuició n tenía su cimiento en la memoria, y estaba en lo cierto. El conocimiento intuitivo puede parecer especulativo, pero no es un disparo a ciegas: su fundamento reside en la informació n oculta que se ha vuelto automá tica. Sabemos que sabemos, pero no estamos seguros de có mo o por qué sabemos. La intuició n inmediata de que el roce del acebo puede ser un zorzal se sustenta en las capas de memoria de asociació n cortical que se activan cuando veo y escucho esta combinació n. Las intuiciones que tenemos son informaciones de salida procedentes de los estímulos cerebrales presentes, lanzadas contra los patrones neuronales de la memoria de trabajo. La capacidad de razonar, de usar la informació n de manera abstracta, se desarrolla a la par que la poda de la corteza prefrontal. La informació n adquiere una mayor organizació n a largo plazo en los patrones neuronales a medida que la mielinizació n avanza durante los primeros añ os de la edad adulta, al tiempo que lo hacen esas formas relativamente fijas de pensamiento, imaginació n y sentimiento, que son en general un estar en el mundo. Con la mielinizació n prefrontal viene la habilidad para tomar atajos a través de la informació n abstracta. Durante la madurez, mejoran el razonamiento y la predicció n, y se ven mermadas las funciones sensoriales, pero no, cosa importante, la percepció n sensorial. Por el momento, poco se sabe acerca de los cambios cerebrales que ocurren desde la madurez a los ú ltimos añ os de la edad adulta, salvo que declinan el volumen del hipocampo y la eficacia hipocampal, como parte de ese empuje procedente del mundo exteroceptivo a un mundo interior abstracto. Una salvedad importante es que hoy es mucho má s improbable que esta decadencia tenga lugar en los primeros añ os de la vejez gracias a los tratamientos mejorados para las deficiencias sensoriales, tales como la extracció n rutinaria de cataratas y ayudas para la audició n mucho má s sofisticadas. El adulto en edad madura y el conocimiento profundo Los cambios en los patrones de pensamiento y en la manera de estar en el mundo que ocurren en la transició n de la edad adulta a la ancianidad reflejan diversos cambios en las diná micas de la memoria, que van desde la devoradora expansió n sensorial de la juventud a las intuiciones, la creatividad sofisticada y la sabiduría de los adultos de má s avanzada edad. El có rtex se hace má s fino a medida que progresa la edad adulta¹¹². De momento, las ventajas de este cambio no han recibido mucha atenció n, pero es probable que con el aumento de la longevidad las circunstancias sean otras. Al envejecer, las sensaciones ya no llaman a nuestra puerta para inundarnos el cerebro: má s bien pasan por un há bil proceso para el que apenas se requiere atenció n. Un adulto puede incluso llegar al extremo de procesar automá ticamente la belleza enormemente familiar del mundo natural o la vitalidad sensorial de una ciudad en la que ha vivido a lo largo de las décadas sin llegar a apreciarlas. Sí, a veces podríamos pensar que estaría muy bien regresar a los días de la infancia, a la simplicidad de experimentar, y no tanto interpretar, el mundo que nos rodea. Pero es inevitable que pasemos de las interpretaciones relativamente sencillas de la infancia a las interpretaciones má s estratificadas de la madurez. Podríamos echar un vistazo sentimental a lo que a menudo llamamos «inocencia» —el período romá ntico en la literatura está imbuido de una idealizada inocencia perdida—, pero el refinamiento de las redes prefrontales de los adultos trae consigo una habilidad mejorada para comprender y predecir, y, en general, una mayor eficiencia personal y una mayor autorrealizació n. Desarrollar esta sabiduría puede proporcionar una gran paz mental y dar estabilidad a la sociedad. En el folklore, como en la vida, los sabios son por lo general ancianos. Hacernos mayores supone asistir al declive de nuestros sistemas sensoriales. La memoria como proceso neurofisioló gico se vuelve menos eficiente. La gente de má s edad, comparada con personas má s jó venes, tiene una memoria a corto plazo má s deficiente, pero está mejor capacitada para resolver problemas y proponer soluciones. Lo que se sacrifica en términos de formació n de recuerdos se compensa con la mejora de las prestaciones de la abstracció n prefrontal. Esto permite que, ya desde los primeros añ os a los ú ltimos de edad adulta, el individuo procese la informació n de maneras distintas, todas ellas exitosas. Cada enfoque, uno derivado de una mejor memoria de trabajo, y otro del conocimiento profundo, son complementarios en aras de una sociedad funcional. Cuanto se observa del mundo natural se puede reducir en física a las leyes universalmente aplicables de la gravedad, la materia, el sonido, el movimiento, la entropía, los sucesos, etcétera. Requiere de una enorme inteligencia reducir la entropía del mundo natural a ecuaciones y principios, pero este es el proceso esencial que nosotros, cada uno de nosotros, empleamos para entender la vida a medida que la vivimos. Llega un momento en el que, al reunir la informació n, emerge una filigrana de redes creada por tantos añ os de estímulos y un sucesivo g p y refinamiento dendrítico. Este es el instante en el que es posible el conocimiento profundo. Comparemos este conocimiento profundo adquirido mediante las capas y el refinamiento de una ingente cantidad de experiencias con una situació n que hoy es comú n que suceda, en la que una informació n disponible de inmediato puede en apariencia convertir a alguien en un experto de la noche a la mañ ana. Si uno llega a vivir muchos muchos añ os, sin haberse visto asaltado por las enfermedades, a menudo tiene lugar una especie de deslizamiento sensorial y experiencial que se cifra en un alejamiento del mundo. La persona, cada vez má s separada de este por el declive de sus sistemas sensoriales, parece llegar a un punto en el que pierde el contacto con el mundo sensible. Por suerte, se trata de un fenó meno que la mejora de las ayudas sensoriales está eliminando cada vez con mayor eficacia y de un modo má s duradero. La fragilidad lleva a la reducció n de la movilidad, seguida de un distanciamiento respecto al curso del mundo. En su novela El ú ltimo encuentro, Sá ndor Má rai ha descrito, con exquisito patetismo, esa ú ltima caída existencial desde el mundo de los sentidos a un universo abstracto: […] poco a poco todo se vuelve tan real, comprendemos el significado de las cosas, todo se repite en una suerte de oneroso hastío […]. Eso es la vejez […]. Poco a poco comprendemos el mundo, y entonces nos morimos²²*. Quizá este pasaje me afecta porque durante muchos añ os me rondaba la sensació n, la temible anticipació n subliminal segú n pasaban los añ os y yo comenzaba a entender algunos patrones de la vida, de que algo me haría perder el sentido de las posibilidades vitales por la inevitable predicció n, por «una suerte de oneroso hastío». Y entonces, un día, no sé có mo, dejé de aguardar tan temido anquilosamiento para empezar a valorar la riqueza sensorial del mundo y el momento presente. Uno regresa al universo de las sensaciones: no al salto de cabeza de la juventud, sino a un universo delicadamente matizado del que nada quieres, salvo estar en él. Terminaré con unas palabras acerca de la imaginació n y la creatividad. Tal y como Patrick Kavanagh sabiamente escribió , «la imaginació n es la flor en el tallo de la memoria»²³*, lo que nos devuelve al lugar en que comenzamos, el fenó meno Beethoven. El asombroso talento de Beethoven para crear, en plena sordera, algunas de las má s bellas mú sicas jamá s compuestas provenía de una memoria auditiva enormemente desarrollada que interactuaba con un director de orquesta enormemente funcional. Al final, y aunque fuéramos capaces de imaginar al nivel de Beethoven, no somos sino constructos individuales de sistemas sensoriales y sistemas de memoria de una infinita complejidad. Podemos sentir que la experiencia de vivir es algo má s que una red interminable y cambiante de neuronas prodigiosamente sofisticadas e infinitamente arborizadas, que hay algo má s allá de uno mismo, fuera de la memoria y aun de la imaginació n. Lo cierto es que este sentimiento lo crean las redes neuronales que hacen que sintamos que somos «algo má s que nuestro cerebro». Tal es el ú ltimo desafío de la abstracció n: la representació n de uno mismo, una consciencia de ser una criatura existente e integrada a un mundo de humanos parejamente interconectados. En el pró ximo capítulo exploraremos estos estados superiores de conciencia. 11 Una sensación de ser Uno de los conceptos que má s fascinació n nos despiertan es el de los «estados superiores de conciencia». Experimentar dicho estado se nos antoja el santo grial de lo exclusivamente humano. Tendemos a pensar en la memoria como algo separado de la conciencia, pero, tal y como escribió Henri Bergson, «no hay conciencia sin memoria». En cualquier vida individual, si todo va bien, la conciencia evoluciona a la par que la memoria, y, a medida que los sistemas de memoria se vuelven má s complejos e integrados, también lo hará n los sistemas de percepció n y conciencia. Como hemos visto, el autorreconocimiento es el principio de la memoria autobiográ fica, así que, desde el propio comienzo de la vida, el ser consciente de uno mismo se entrelaza con la memoria de ser alguien. Los sistemas de percepció n se desarrollan entonces desde el autorreconocimiento hasta las complejas representaciones del yo, algo a lo que habitualmente llamamos «una conciencia superior». A la larga, una persona se hará consciente de su propia consciencia: es la llamada «metaconsciencia». La metaconsciencia es, en puridad, mirarse a uno mismo mirá ndose a uno mismo. La ciencia no siempre proporciona el mejor lenguaje para comprender las funciones cerebrales complejas y unificadoras, en especial en el dominio de los niveles elevados de conciencia. Tampoco ayudan las compartimentaciones científicas de las funciones cerebrales en memoria, procesos cognitivos, emociones, y así sucesivamente. Sería má s instructivo examinar lo que dicen las artes si queremos comprender la memoria en un contexto má s amplio de la experiencia humana. A lo largo del histó rico viaje hacia un entendimiento de los niveles elevados de experimentació n de la consciencia, lo cierto es que en los ú ltimos 150 añ os las ciencias, a través de descubrimientos poco sistemá ticos, y las artes, por medio de la alteració n de la expresió n formal, han girado en torno al tema mismo de la conciencia. Los hermanos James, que vivieron la transició n del siglo XIX al XX, son un bello y rarísimo ejemplo del estrecho diá logo entre las artes y las ciencias en el marco de la memoria y la conciencia. El gran novelista Henry fue uno de los primeros en dejar atrá s la narració n de sucesos y adoptar la «narrativa de la conciencia», donde la narració n proviene directamente de la perspectiva de las experiencias internas del personajei. Su hermano William, brillante psicó logo, cambió el concepto psicoló gico de la memoria, reemplazando el conocimiento llano por un fluir en tiempo real por el diná mico mundo interior de la experiencia consciente. Fue William, el psicó logo, y no su hermano el novelista, quien acuñ ó la frase «flujo de conciencia», que se convertiría en una expresió n clave para la literatura existencialista del siglo XX, y que culminaría en la célebre descripció n del flujo de conciencia de un día en la vida de Leopold Bloom en el Ulises de Joyce. ¿Qué es un flujo de conciencia sino un registro de la experiencia interoceptiva en tiempo presente, expresada en el contexto de la experiencia pasada? Los psiquiatras también surcaron las nuevas aguas de la conciencia durante el fin de siècle del siglo XIX. Aunque se considera a Freud el gigante de la psiquiatría, al haber ampliado nuestro conocimiento de la conciencia, el concepto que tenía de esta se limitaba por lo general a la memoria pasada, y no acertó a incorporar la inercia vital en marcha de la experiencia presente en los conceptos de la conciencia. Sus teorías sobre la memoria consciente e inconsciente, o sobre la memoria reprimida, carecen del brusco impacto de la experiencia presente que sirvió de estímulo intelectual a los escritos de los hermanos James o a la posterior literatura existencialista. La consciencia freudiana era má s una estructura que una forma diná mica: Freud escribió acerca de la consciencia como si esta estuviera hecha de capas, desde las profundidades del inconsciente desconocido hasta el subconsciente, a la manera de una carta batimétrica donde las capas de color azul oscuro indican mayores profundidades. Esa inmediatez de la consciencia, en la que la experiencia se desliza de un momento al siguiente, el fluir del tiempo, es lo que James exploró con mucho olfato, y lo que Freud pasó por alto. Es fá cil desapercibir el deslizamiento de la consciencia a causa del hecho obvio de que es solo en el presente donde la consciencia existe. Hemos examinado el tema del presente en el capítulo 7, y concluimos que el pasado y el futuro solo tienen lugar en la memoria, mientras que lo que llamamos presente es realmente consciencia. La consciencia superior es un proceso vivo, presidido por un intercambio entre el continuo fluir de los sistemas de los estímulos sensoriales y las redes de memoria. Estados atípicos de conciencia Los estados aumentados de conciencia proporcionan una visió n ú nica de los estados normales de conciencia. Antes que los hermanos James, Dostoievski (1821-1881) escribió acerca de la conciencia, concretamente de los estados atípicos de conciencia. En mi opinió n, Dostoievski aporta un sentido de la conciencia aumentada, una impaciente premura, una molesta excitabilidad, una profusió n de sensaciones que es como un estado maníaco. En Crimen y castigo escribió : «[…] verse en un estado de demasiada consciencia es una enfermedad, una verdadera y absoluta enfermedad». La primera vez que leí a Dostoievski fui consciente de que sus descripciones de los estados subjetivos estaban distorsionadas, pero yo, al igual que incontables lectores, encontraba todo aquello muy persuasivo, a la manera en que lo parece una película de terror. ¿Có mo es posible describir esta corriente de consciencia distorsionada de un modo tan convincente sin haber tenido la experiencia de tales estados atípicos? Pero Dostoievski, en realidad, había experimentado los estados mentales atípicos: sufría epilepsia, donde con frecuencia tienen lugar experiencias psicó ticas puesto que algunas secciones del cerebro se disparan al azar¹¹³. Antes de sus ataques pasaba por momentos de consciencia extá tica, aumentada, en la que sentía que había trascendido el tiempo. Dostoievski describe dichos estados en muchas de sus novelas, por ejemplo en El idiota, en la que, acerca de Myshkin, escribe: «Su sensació n de estar vivo y su percepció n aumentaron diez veces». Arav, paciente mío, experimentó esta «verdadera y absoluta enfermedad» en un episodio maníaco. Tenía un don similar al de Dostoievski para describir sus experiencias subjetivas vívidamente, ya fuera de palabra o por escrito. Arav tenía veintiú n añ os cuando la policía lo trajo a nuestro hospital. Había estado deprimido lo que a él le parecía la mayor parte de su vida. Cuando se volvió maníaco, algunas semanas antes de su ingreso, «pensó que la psicosis era un remedio para la depresió n», segú n me confesó cuando lo ingresaron. Para él aquello supuso una experiencia abrumadora: «[…] fue el mejor período de mi vida, y quería contá rselo a todo el mundo. Me hallaba sumido en una experiencia reveladora, y si no la compartía con otros, sería como si nunca hubiera sucedido». Comenzó a hablar incesantemente de lo que le estaba ocurriendo. Sentía que las barreras que le separaban de los demá s se estaban disolviendo, que podía comunicarse telepá ticamente y que estaba «lleno del poder de otra gente». Afirmaba que era muy extrañ o estar «demasiado despierto», y que todo lo que entraba en su cabeza tenía un significado especial. Creía que podía cambiar a la gente y arreglar todos los problemas del mundo…, «curar a los muertos, hacer que los científicos adivinasen por qué la gente no es capaz de sacarle todo el partido a cada día…». Tenía «multitud de ideas que siempre se me susurraban en la nuca, y yo trataba de no perder el hilo». Seguía a la gente porque quería hablarle de sus experiencias hiperperceptivas y sus «tangentes de la percepció n», para que el mundo pudiera compartir este conocimiento nuevo. No durmió durante la semana anterior a su cita médica. En la estació n Garda fue examinado por un doctor que lo transfirió a nuestro servicio. Arav se vio en la extrañ a situació n de encontrarse en el eufó rico estado de la conciencia aumentada mientras que los doctores le aseguraban que estaba enfermo. Le dijeron que le faltaba percepció n, cuando de hecho sentía que tenía «demasiada percepció n». Aceptó la medicació n porque vio que estaba perdiendo el control sobre sus experiencias y que necesitaba ayuda médica para dormir y estar menos estimulado. Poco a poco, en el transcurso de varias semanas, se volvió menos hiperactivo y menos verborreico. Arav siguió preocupado por la portentosa experiencia de su manía, y apenas habló de otra cosa durante su ingreso. Poco antes de recibir el alta en nuestra unidad de ingresos del hospital de día, me dijo: «¿Por qué las personas vemos en colores y los perros en blanco y negro? Vemos porque construimos cosas: no es má s que un estímulo sensorial». Procedió entonces a explicar que la estimulació n sensorial aumentada que había tenido durante su psicosis era un don que se le había ido de las manos, y que se volvió «tan despierto que tuvo miedo». Las descripciones maravillosamente vívidas del estado de manía hiperconsciente de Arav son un ejemplo de esas experiencias de sensació n aumentada que reciben el nombre de «hiperpercepció n». Así como había un flujo de estímulos neuronales aumentados que llegaban desde el mundo exterior (exteroceptivo), también existía otra corriente de estímulos neuronales aumentados procedente de su cuerpo: el flujo interoceptivo. Arav me confesó que cuando estaba en estado maníaco «tenía una nueva conciencia» de su cuerpo. Junto con la hiperpercepció n exteroceptiva, experimentaba unas intensas sensaciones interoceptivas que provenían directamente de él. Por recapitular, la experiencia interoceptiva llega primero a la ínsula para su «mapeado» en el cuerpo —la ínsula, por ejemplo, localizará el lugar del dolor— y desde la ínsula las neuronas viajan hasta la corteza prefrontal para integrar los estados emocionales del individuo con los estímulos sensoriales y de memoria procedentes de otras partes del cerebro. El trá nsito ínsula-prefrontal es la «tienda de objetos usados del corazó n» del poema de Yeats, donde se contiene la historia personal e intransferible del individuo, que puede dar voz a las emociones má s delicadamente calibradas, los placeres mudos y los pesares de la vida recordada o imaginada del ser. Es lo que queda, como sugería Yeats, cuando todo el boato de la vanidad y el autoengañ o se han evaporado con la ancianidad. Los estados emocionales puros penetran en la consciencia, aunque es posible ignorar esta percepció n interoceptiva. Los estados maníacos producen un descontrolado fluir de actividad en este sistema, que deviene en un sistema de las emociones del yo y los demá s enormemente sensible y a la experiencia de emborronar los límites entre uno y el mundo, así como a una exagerada sensació n de vínculo. Este estado, por regla general, dura poco, y evoluciona hasta un estado de frenesí, de incó moda hiperactividad e hiperexcitació n. Psicodélicos La enfermedad «verdadera y absoluta» de la conciencia de Arav se hallaba precedida por sentimientos de euforia. La gente ha buscado tener esos estados eufó ricos durante miles de añ os. Es típico que una sensació n expandida del vínculo —con uno mismo, con otra gente y con el mundo material— se experimente por medio del consumo de drogas psicodélicas. El escritor Aldous Huxley tomó mescalina en 1953, antes de que se impusiera el control sobre las drogas psicodélicas, y posteriormente escribió un libro acerca de sus experiencias titulado Las puertas de la percepció n. Probablemente siga siendo el relato má s famoso de có mo las drogas psicodélicas aumentan la autoconsciencia, la percepció n y los vínculos con el mundo. Con frecuencia se habla en términos religiosos, espirituales o místicos de estas experiencias. Quiero subrayar que existe una diferencia fundamental entre la conciencia aumentada de los estados mentales inducidos por las drogas psicodélicas y la hiperconsciencia maníaca descontrolada, y que solo estoy usando ambos estados como ejemplo de experiencias aumentadas de conciencia y no con el propó sito de establecer comparacionesii. No es ninguna sorpresa que la capacidad para alcanzar estados de conciencia aumentada mejora con la edad, ya que la representació n de cualquier tipo de informació n es una habilidad que evoluciona a medida que lo hace el có rtex prefrontal. Alcanzar esta consciencia elevada conduce a una apreciació n aumentada de la experiencia de estar consciente: es la metaconsciencia. La metaconsciencia supone vernos como una persona aparte y completamente consciente. En otras palabras, somos, en nuestro mayor estado de consciencia, conscientes de nuestra consciencia. Probablemente el lector esté teniendo en este instante la experiencia algo vertiginosa de la metaconsciencia: es como intentar verse uno mismo desde fuera, o como mirarnos mirá ndonos. ¿Alguna vez, lector, te has situado inadvertidamente entre dos espejos, y has visto tu imagen reflejada hasta convertirse en una mancha que se va haciendo má s y má s pequeñ a? Si no, puedes hacerlo fá cilmente solo con poner detrá s de ti un espejo de mano, al tiempo que miras el espejo de tu cuarto de bañ o. Puedes manipular el espejo de mano para que el reflejo que aparece en el espejo del bañ o reproduzca imá genes cada vez má s pequeñ as. Nuestra consciencia es como un sistema infinito de espejos: nuestro reflejo pasa del yo real hasta nuestra imagen, y esta imagen se refleja después en el espejo opuesto, y este se refleja a su vez en el espejo opuesto, y así sucesivamente; vemos fotogramas repetidamente menguantes que contienen los fotogramas má s pequeñ os hasta el infinito. Cuando decimos que nos miramos en un espejo lo cierto es que no es así: miramos nuestro reflejo. Quizá sea este el motivo por el que la palabra «reflexió n», en su acepció n de proceso de pensamiento en torno a recuerdos e ideas, resulta tan pertinente. No podemos ver físicamente la totalidad de nuestro ser salvo por medio del reflejo en un espejo o a través de la representació n (una fotografía, un retrato): si miramos hacia abajo solo podemos vernos de los hombros a los pies. Aquello que tratamos de conceptualizar, la conciencia, es también lo que define nuestras limitaciones. Estamos atrapados en el seno de nuestra propia consciencia, en el interior de nuestros propios espejos. Solo a través de la representació n, de la reflexió n, del absoluto, podemos vernos al completo. No podemos ser, esto es, no podemos existir o experimentar, má s allá de esos espejos de nuestra consciencia. Este es el motivo por el que resulta sencillamente imposible, para aquellos con psicosis graves o con depresiones profundas o manías, darse cuenta de que está n enfermos. Uno debería estar fuera de su propio cerebro para poder asistir a esas rupturas de la experiencia interna. En el momento de la consciencia, el cerebro está sumido en el proceso de crear redes de memoria, y el sistema unificador de las neuronas, situadas predominantemente en la corteza prefrontal, procesa los destellos y estímulos en las retículas podadas de la organizació n asimilada para proporcionar un resultado simplificado: el pensamiento, la conclusió n, la intuició n, la predicció n, el conocimiento, la comprensió n. Sin las redes unificadoras, los estímulos no serían asimilados, y el mundo resultaría incoherente. En la memoria de trabajo, todos los sistemas de representació n del cerebro que hemos examinado previamente —sensació n, motricidad y emoció n— se integran para formar un retrato viviente del individuo y el mundo en este preciso momento consciente. La idea del vínculo, de estar «a una con el mundo», puede experimentarse en la vida normal. Yo experimento esta suerte de consciencia trascendente cuando nado en el mar. Junto a los demá s nadadores de la bahía local me meto en el agua, ya esté fría o muy fría (el mar nunca está templado en Irlanda). En verano nos pican las medusas y nos azotan las frías olas del este en el invierno, y nos enredamos en las algas de la orilla, y volvemos por má s. No otra cosa hay excepto el cielo y el mar cuando nadamos. No hay gravedad, solo una inmersió n y una suspensió n, y este estar vivos, como seres unificados que se mueven en el fluir de algo muy grande que también está vivo. Conectados con los elementos —mar y cielo— y del todo guiados por nosotros mismos, zambullimos nuestros cuerpos en la inercia del mar y del viento. En algú n momento empiezo a calcular cuá nto tiempo aguantará mi cuerpo hasta que el frío comience a ralentizarme, antes de volver a nadar hacia la orilla. Salgo del agua helada y eufó rica, sintiéndome una con mi ser, entera y reconectada con el mundo. Los nadadores del mar comparten, como un secreto revelado, estos momentos de una trascendencia enteramente privada y colectiva. Neurociencia de red El ya fallecido neurocientífico Gerald Edelman amalgamó diversas ideas de la conciencia y la memoria cuyo eco se ha dejado oír en los má s recientes descubrimientos, y voy a terminar este capítulo con algunas de sus observaciones. Edelman fue un bió logo molecular que ganó el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1972 al descubrir la forma en que los antígenos reconocían las células inmunes¹¹⁴. Durante la ú ltima parte de su carrera, examinó la memoria del pasado y la memoria de trabajo, en especial la forma en que el cerebro «reconoce» el presente a través de la memoria. Vio que este reconocimiento tenía lugar en el presente consciente, y que la consciencia era el proceso que intervenía en una reelaboració n de las redes de la memoria: lo que llamamos «reentrada». Edelman intuyó que hay mú ltiples redes cerebrales involucradas en cualquier experiencia consciente, y que esas redes fueron forjadas por la experiencia y reelaboradas por los estímulos del presente. Hoy, las intuiciones de Edelman han evolucionado hasta las llamadas «neurociencia de red» y «conectomas»: es la manera en que el cerebro está interconectado. La labor que realizan jó venes neurocientíficos como Danielle Bassett, de la Universidad de Pensilvania, también física, utiliza, en parte, los principios de la física y las matemá ticas para entender los patrones de las redes neuronales que subyacen en el aprendizaje y la memoria. En sus trabajos, Bassett encuentra «coincidencias» entre las conexiones y la actividad neuronal del cerebro, registradas por medio de mú ltiples técnicas, como la fMRI (imagen por resonancia magnética funcional) y la EEG (electroencefalografía), y algunas experiencias y comportamientos subjetivos. Su teoría de grafos ha proporcionado un nuevo método para comprender los patrones de la desorganizació n cerebral en la esquizofrenia, donde hay má s disparos al azar y menos nú cleos de actividad concentrada en las á reas prefrontales. Su elegante y precisa investigació n de los mapas cerebrales de la experiencia se me antoja similar a la investigació n introspectiva que Proust llevó a cabo para localizar su experiencia pasada. Bassett y sus contemporá neos piensan a lo grande, sobre los hombros no solo de los gigantes de la neurociencia que los preceden, sino también sobre los hombros de nuestros grandes artistas introspectivos, que llegaron allí primero. 12 Hormonas sexuales y pájaros cantores En tanto el cerebro, durante las primeras dos décadas de vida, está podá ndose e interconectá ndose en patrones que reflejan el mundo exteroceptivo ya asimilado, un enorme cambio tiene lugar en el mundo interoceptivo de los sentimientos y las emociones. Tras la explosió n sensorial de la infancia viene la implosió n emocional causada por el diluvio de hormonas sexuales de la pubertad. En este capítulo veremos los cambios en el cerebro que apuntalan las añ oranzas romá nticas, el deseo sexual, las relaciones de pareja y la reproducció n, así como los sistemas de memoria involucrados en el aprendizaje y la regulació n emocional. Aquellas cosas de las que se ocupará el cerebro adulto en desarrollo y que habrá de memorizar cambiará n para siempre tras las metamorfosis que las hormonas sexuales habrá n de producir en la arquitectura del cerebro. El estornino macho es un ejemplo maravilloso que la naturaleza nos ofrece para ver lo que las hormonas sexuales pueden hacerle al cerebro, y de qué forma esto altera el comportamiento. El canto del estornino Confío en que el lector sea tan afortunado como yo y durante el verano pueda oír en sus cercanías el hermoso canto del estornino. En cierta ocasió n, a finales de otoñ o, escuché una asombrosa cantidad de trinos, pero al asomar por la ventana no pude ver a las claras lo que debía de ser una enorme congregació n de pá jaros. Vi entonces que el enorme sicomoro del jardín delantero, casi despojado de hojas, se hallaba cubierto por el murmullo de, probablemente, má s de trescientos estorninos. Estaban posados en las ramas, silueteados por la luz procedente de un vivo crepú sculo de color rosa y naranja, y camuflados de tal modo que parecían hojas negras. Lo que produce esa orquesta del canto de los estorninos es un «có rtex musical» que crece en el cerebro del ave durante el verano. El có rtex musical se desarrolla porque la luz del sol desencadena la secreció n de testosterona en el estornino macho, y la testosterona se adhiere a los receptores de testosterona que se hallan presentes en una parte del cerebro del estornino, fomentando el desarrollo de las neuronas que con el tiempo formará n el có rtex musical. El có rtex musical producido por la testosterona aumenta con la creciente exposició n a la luz de los días, cada vez má s largos, del verano, y el canto de los estorninos se intensifica a medida que mejora el tiempo. Esto atrae al estornino hembra, y comienza entonces el cortejo¹¹⁵. Cuando los días se acortan, los niveles de testosterona caen en picado porque la exposició n a la luz se ve reducida, y el có rtex musical se atrofia en el estornino macho. Con la desaparició n del có rtex musical, el canto del estornino se disuelve en el paisaje. El cerebro del estornino hembra no desarrolla un có rtex musical porque no produce testosterona, de modo que su canto se vuelve muy discreto en comparació n con el del macho que la corteja. Sin embargo, si al estornino hembra se le aplica testosterona, también desarrollará un elaborado có rtex musical. Ingeniosamente, los receptores de testosterona está n presentes en ambos sexos, pero requieren de la presencia de testosterona para ser activados y fomentar así el crecimiento neuronal. Este proceso exige la presencia de la hormona y sus receptores. El cerebro empieza a vibrar lleno de vida, y en él, una inagotable química flota en huecos intersiná pticos que solo logran activar los receptores específicos a los que se adhieren. He aquí un detalle importante: mientras que el cerebro puede verse inundado por cualquier hormona sexual o neurotransmisor, estos solo se activan allí donde hay receptores a los que afianzarse. Yo solía pensar que los estorninos nos abandonaban durante el invierno, pero es solo su prodigiosa voz la que nos deja, para regresar en la primavera con el vigor de la testosterona que la luz hace resurgir. Un proceso similar en el que también interviene la hormona sexual ocurre en el cerebro humano. El marco exacto de circunstancias que desencadenan la pubertad es muy complejo, pero se sabe que en ello tiene que ver la nutrició n, la genética y también, en el caso de las niñ as, aquello que han experimentado durante la infancia. En una fascinante suma de investigaciones realizada durante la década de 1980 y 1990, Jay Belsky descubrió que un padre ausente, si bien no una madre ausente, se asociaba con una pubertad adelantada en las niñ as¹¹⁶. Belsky proponía que la explicació n se encontraba en nuestra historia evolutiva, cuando las condiciones adversas para la supervivencia, muy probablemente asociadas a la ausencia de un cazadorrecolector, precisaba de una reproducció n y una independencia má s tempranas en las crías hembras. Existe un desencadenante psicoló gico comú n para la pubertad, independientemente de las mú ltiples influencias convergentes que inciden en la edad del despertar sexual: se trata de una hormona hipotalá mica que recibe el adecuado nombre de KiSS, o kisspeptina¹¹⁷. Las hormonas cerebrales se crean en el hipotá lamo y se liberan en el cuerpo, hacia el que dirigen una nueva secreció n de hormonas desde diferentes glá ndulas. ¿Recuerdas, lector, el eje HPA, en el que la hormona hipotalá mica CRH provoca a la larga la secreció n del cortisol desde la glá ndula adrenal? La hormona KiSS pone en marcha la producció n en el hipotá lamo de una hormona cerebral que se interna en el cuerpo para iniciar la producció n de las hormonas sexuales masculinas llamadas andró genos, principalmente la testosterona, en los testículos, y las hormonas sexuales femeninas, principalmente los estró genos y la progesterona, en los ovarios. Las hormonas sexuales masculinas y femeninas se adhieren entonces a sus respectivos receptores para provocar los cambios en el cuerpo y el cerebro durante la pubertad. Algo muy importante, en términos de funció n cerebral, es que las hormonas sexuales regresan al cerebro a través de la circulació n sanguínea. Una vez má s, aquí podemos ver có mo el cerebro dirige la actividad en el cuerpo y viceversa. En el seno de los sistemas endocrinos, las hormonas producidas en el hipotá lamo ocasionan la síntesis y secreció n de hormonas en las glá ndulas del cuerpo, y esas hormonas regresan al cerebro para influir en la actividad cerebral. Esta diná mica es aná loga a la forma en que el hipotá lamo dirige el SNA para causar las sensaciones corporales, a partir de las cuales las señ ales neuronales regresan al cerebro para mapear emociones en la ínsula. Lo que las hormonas sexuales hacen en el cerebro es importante para comprender de qué se ocupa y qué memoriza el cerebro en pleno desarrollo. Alice, una paciente que tuve hace muchos añ os, comenzó a menstruar cerca de los treinta añ os. Los efectos del flujo y reflujo mensual de sus hormonas sexuales en su cerebro adulto suscitaban en ella novedosas experiencias, y su historia sigue siendo para mí una iluminació n ú nica de los efectos que las hormonas sexuales femeninas tienen sobre el estado de á nimo en un cerebro totalmente inocente de lo que son las hormonas sexuales. ALICE Alice había sufrido anorexia nerviosa desde los primeros añ os de adolescencia, y su vida giraba en torno a la cantidad de calorías que ingería cada día. Solo se alimentaba con la comida que ella misma hacía utilizando ingredientes bá sicos, pesando antes cada ingrediente en gramos, y preparando toda su comida con una rutina estricta antes de irse cada día a trabajar. Comía con una disciplina extraordinaria. Alice mantenía su peso en unos invariables 38 kilos. A causa de su bajo peso continuo, solo había tenido una menstruació n antes de desarrollar anorexia a los trece añ os, y no había vuelto a menstruar en los añ os siguientes. Las jó venes deben tener un peso determinado para poder menstruar: esto, probablemente, es un mecanismo que evita la reproducció n a una edad muy temprana, y que permite cerrar el ciclo reproductivo en situaciones de desnutrició n, donde un embarazo es insostenible o el niñ o puede morir. Alice hacía ejercicio con la misma calculada precisió n con la que comía: nadaba un nú mero determinado de largos en la piscina un nú mero determinado de veces por semana, y así con todo. No había apenas otra cosa en su vida que atrajese su atenció n. Aunque su trabajo estaba relativamente por debajo de sus impresionantes cualidades, ejecutaba su labor con el mismo meticuloso cuidado que ponía en su comida y en el há bito del ejercicio. Cuando se sigue una pauta alimenticia ideal y saludable, el apetito regula la ingesta de comida y se cierra con la sensació n de saciedad. Entendíamos que aquello no era una meta realista, dado que Alice no había desarrollado el menor conocimiento sobre apetito y saciedad, y podría no entender que existían mecá nicas má s naturales para regular la ingesta de comida. Elaboramos una estrategia en la que, má s que intentar suspender sus obsesivos há bitos alimenticios, los emplearíamos para ayudarla a aumentar poco a poco lo que comiese. Así, má s que recurrir al modelo está ndar impulsado por el apetito y la saciedad, o a la terapia que consiste en comer hasta obtener un peso objetivo, planeamos que Alice empleara sus patrones obsesivos para controlar su ingesta. Por ejemplo, añ adir unos cuantos gramos de harina integral cuando preparara la comida. Alice adoptó meticulosamente aquel nuevo régimen, y muy lentamente, a lo largo de un período de varios meses, fue ganando algo de peso. Sufría una inmensa ansiedad durante su pesaje: a menudo no podía conciliar el sueñ o la noche anterior, y era preciso proporcionarle pequeñ as dosis de benzodiazepinas para contener sus ataques de pá nico. Cuando alcanzó el peso objetivo de 47 kilos, comenzó a sentirse extrañ a e irritable. Sentía que había perdido el control, e insistía en que se trataba de una sensació n distinta de la ansiedad relacionada con el hecho de ganar peso. La sensació n era la de haber sido colonizada por un virus emocional incontrolable. No dejaba de llorar, habitualmente se mostraba sensible e irritable, y experimentaba, por primera vez en su vida, fugaces pensamientos suicidas. Le vino entonces un período: fue el primero que le venía en la edad adulta, aunque ya estaba en la treintena. Su sistema hormonal-sexual se había puesto en marcha, como ocurre en la adolescencia, al alcanzar un peso crítico, lo que llevaba a la producció n de hormonas sexuales y a la activació n de nuevas experiencias emocionales a través de las vías del cerebro desplegadas por las hormonas. Alice se vio superada por la inestabilidad emocional y se vio incapaz de hacer nada. Le horrorizaba la idea de que tanto chicas jó venes como mujeres adultas pasaran cada mes por aquellas sensaciones. Decidimos que el tratamiento con antidepresivos podría ayudarla a controlar aquel torbellino emocional, y que la ayuda farmacoló gica y psicoterapéutica quizá sirviera para tratar de sobrellevarlo. Tanto ella como yo nos asombrá bamos de los efectos que su despertar hormonal tenía en sus sistemas emocionales. Su cerebro emocional se adaptó , de modo que pudimos interrumpir el tratamiento con antidepresivos má s o menos un añ o después. Tras esta adaptació n al mundo emocional y sexual adulto, Alice comenzó a socializar. Al añ o siguiente se enamoró de un hombre, y yo cambié de lugar de trabajo. Las Navidades siguientes Alice me escribió con la noticia de que se había casado con él y que estaba embarazada. Me volvió a escribir varias Navidades después para contarme que había tenido otro niñ o. Yo cambié de nuevo de lugar de trabajo y perdimos el contacto. Alice es una prueba clara del tirá nico mundo de la anorexia. Consiguió vencerla con una disciplina de hierro, y logró manipular sus propias vulnerabilidades y sacar provecho de ellas para recuperar la salud. Volviendo al asunto que nos ocupa, Alice era una observadora adulta de las inestabilidades del á nimo que son parte intrínseca de una pubertad normal. Su historia muestra las experiencias emocionales por las que pasan todas las adolescentes cuando se activan los efectos de las hormonas sexuales. Al principio, la emotividad aumentada conlleva un período de turbulencia emocional, y má s tarde tiene lugar una mejora de las cualidades socio-emocionales que permiten el cortejo, las relaciones de pareja y la reproducció n. Las hormonas sexuales liberadas durante la pubertad contribuyen a muchos de los comportamientos impulsivos y emocionalmente descontrolados que concurren de manera universal durante la adolescencia, y son también motivo de una gran mayoría de las muertes que suceden en dicho período: accidentes de trá fico, suicidios y abuso de drogas. A la larga, estos cambios emocionales deberían desembocar en una nueva conciencia emocional del yo y los demá s. En cuanto sintió que pisaba un mundo nuevo y emocionalmente complejo, Alice procedió a desarrollar una comprensió n má s matizada de ella misma y de los demá s y a modificar el curso de su propia historia. Los cambios emocionales causados por las hormonas sexuales traen consigo alteraciones fundamentales en lo que llamará la atenció n de los jó venes y en la forma en que estos interpretará n y memorizará n tales cosas. Un ejemplo de esto, volviendo a los estorninos en pleno cortejo, se observa en la respuesta del estornino hembra a los machos que compiten con sus cantos. Si los niveles de estró genos de la hembra son bajos, ignorará el canto de los machos y no se molestará en escoger una pareja. Sencillamente, ninguno atraerá su atenció n: no se encontrará estimulada. Si sus niveles de estró genos son elevados, como sucede durante la época de celo, escuchará sus cantos y elegirá una pareja¹¹⁸. Solo cuando su cerebro empezó a estrogenizarse Alice prestó atenció n a sus cortejadores. La excitació n de cuerpo y cerebro tiene para el joven consecuencias que pueden cambiar toda una vida. ¿Cuá ntas veces habremos escuchado esos relatos romá nticos sobre el comienzo de una relació n que terminan con la frase «… el resto es historia»? Hormonas sexuales y cerebro Las hormonas sexuales se adhieren a receptores especializados que se encuentran en á reas específicas del cerebro, como sucede en el có rtex musical del estornino. En los humanos, los receptores de hormonas sexuales está n presentes en cantidades ingentes en los nodos emocionales y de la memoria: la amígdala, la ínsula y el hipocampo¹²⁰. Como en el caso del estornino, tenemos receptores de estró genos y testosterona en nuestro cerebro, independientemente de que nazcamos con uno u otro sexo. Tanto las hormonas sexuales como los receptores de hormonas sexuales del cerebro son necesarios para que existan cambios en la estructura del cerebro, así como en las respuestas emocionales y el comportamientoi. Este es el motivo por el que la administració n de hormonas sexuales masculinas o femeninas a individuos del sexo contrario modifica no solo las características sexuales secundarias externas, sino también los estados emocionales y las conductas. Un sencillo ejemplo lo encontramos en la administració n de testosterona a hombres transexuales, algo que por lo general incrementa el deseo sexual, mientras que la reducció n de testosterona a mujeres transexuales suele má s bien reducirlo¹²⁰. Los transexuales de uno y otro sexo cuentan desde su nacimiento con receptores de andró genos y estró genos, pero dichos receptores solo se activan tras seguir, respectivamente, una terapia de andró genos o estró genos. Hay un extrañ o trastorno en el que una persona nacida con un patró n de cromosomas masculinos —es decir, XY y no XX— y que produce testosterona de manera normal cuenta con receptores de testosterona no funcionales. Esto recibe el nombre de «insensibilidad del receptor de andró genos», y pese a que pueda haber una amplísima circulació n de andró genos, los receptores no funcionará n. Así, la persona se desarrollará sexualmente como mujer porque el sexo por defecto es el femenino. Al igual que el cuerpo, el cerebro también se desarrolla como perteneciente al sexo femenino, puesto que los cerebros masculino y femenino, como ocurre con los estorninos, se desarrollan de un modo distinto bajo las influencias de las hormonas sexuales masculinas o femeninas. El cerebro del individuo XY que no se ha visto expuesto a la testosterona será idéntico al cerebro femenino, con reducidas respuestas de la amígdala a las imá genes sexuales en comparació n con lo que ocurre en el cerebro masculino¹²¹. Los efectos hormonales en el cerebro se pueden apreciar en los má s elevados nú cleos emocionales del cerebro, especialmente en la ínsula. En las mujeres, se sabe que la actividad aumentada en la ínsula fluctú a en sincronía con los niveles de estró genos¹²². Un estudio en humanos por fMRI realizado en Alemania, que trataba de elucidar la forma en que los estró genos afectaban a las interconexiones emocionales de mujeres sanas, demostró con brillantez este extremo. Las mujeres participantes, que tenían, o bien niveles elevados de estró genos, o bien bajos, asistieron a la proyecció n de una película de contenido emocional traumá tico¹²³. Los autores informaron de que había una activació n aumentada de la ínsula y la cíngula en las mujeres con mayor cantidad de estró genos, en comparació n con las mujeres que tenían una cantidad menor. De esta manera, las hormonas sexuales, a través de la activació n de la conexió n amígdalo-hipocampal y de la ínsula, modifican aquello a lo que prestamos atenció n, la forma en que nos sentimos y aquello que convertimos en recuerdoii. El có rtex prefrontal y el desarrollo emocional Si se gestionan bien los añ os de inquietud emocional de la adolescencia, la mayoría de los adultos manifestará n una mejora en los estados de control emocional. Esto se logra gracias al desarrollo del có rtex prefrontal, que facilita la regulació n emocional, en conformidad con el hecho de que el có rtex prefrontal es una regió n unificadora donde los estados de pensamiento y emoció n se procesan conscientemente. El célebre y desgraciado caso de Phineas Gage, en el siglo XIX, se enseñ a a todos los estudiantes de medicina al abordar los aspectos socioemocionales de la funció n prefrontal. Gage trabajaba como constructor del ferrocarril en Vermont cuando tuvo lugar un horrible accidente, en el que una barra de hierro salió disparada hacia su cabeza. La barra le atravesó limpiamente la mejilla y salió por la parte superior de su crá neo. Phineas Gage no murió en el acto, sino que, sorprendentemente, recuperó la consciencia y la orientació n en cuestió n de minutos. Consiguió recobrar la funció n motriz, pero a partir de entonces su personalidad cambió radicalmente. Antes del accidente había sido un hombre agradable, sin nada de especial; tras el accidente se volvió insensible, rudo, socialmente impredecible y malencarado. Esta fue una de las primeras evidencias incontestables de que el centro del control social y emocional del cerebro se hallaba ubicado en la parte de los ló bulos frontales, por encima de los ojos, precisamente la regió n que había quedado afectada cuando Phineas Gage vio uno de sus ojos atravesado por la barra de hierro. Un dañ o de gravedad en el ló bulo frontal generalmente cambia la personalidad, y el individuo se vuelve socialmente cruel, desinhibido, despreocupado e indiferente a los otros²⁴*. En una ocasió n vi a un joven que había intentado matarse atravesá ndose la cabeza con una flecha. La flecha le atravesó el ojo y salió por la parte superior de su cabeza. Nos sorprendió enormemente que negara sentirse deprimido y que se mostrase tan displicente hacia su situació n. Recuerdo que nos dijo que nada en la vida le importaba y que había intentado matarse no porque estuviera emocionalmente angustiado, sino porque no tenía el menor interés en la existencia. Los jó venes pueden sufrir de «aburrimiento», pero esto, por regla general, es una expresió n que concierne a su incapacidad para disfrutar de la vida. Aquel joven padecía algo distinto: una especie de patoló gico ennui. Jamá s había visto a alguien que empleara un método tan letal para matarse y no sufriera una depresió n, ni tampoco he llegado a verlo después. Por ese motivo nunca he olvidado su caso. A menudo me pregunto si la flecha llegó a afectar a la funció n de su ló bulo frontal, como sucedió con Phineas Cage, y le volvió abú lico e indiferente, lo que habitualmente ocurre cuando el ló bulo frontal se ve dañ ado. ¿Había sufrido depresió n antes de aquel intento de suicidio, y su historial p q y clínico cambió a causa del dañ o producido en el cerebro? ¿Es posible que hubiera cortado algunas conexiones de su có rtex prefrontal? En otras palabras, ¿se había hecho a sí mismo una lobotomía?iii Tan pronto mejoró de su lesió n física en el cerebro, se le derivó a su hospital psiquiá trico local para su observació n y tratamiento, y, para mi pesar, no hice el seguimiento de lo que había ocurrido. Joseph LeDoux es un neurocientífico de Nueva York que, cuando aparca sus obligaciones, lidera un grupo musical cuyo nombre, Los Amigdaloides, da una indicació n de lo que má s le apasiona. LeDoux ofrece algunos puntos de vista interesantes en los procesos del desarrollo emocional prefrontal. Sus investigaciones han demostrado que las conexiones desde el có rtex prefrontal hasta la amígdala y la ínsula son imprescindibles para desarrollar el control emocional¹²⁴. Parte del desarrollo prefrontal que tiene lugar durante los primeros añ os de la edad adulta supone un fortalecimiento en las conexiones entre las redes prefrontales y emocionales. LeDoux, muy certeramente, señ ala que, «al contrario de lo que observa la sabiduría popular, la extinció n [de los estados emocionales incontrolados] no se asemeja a olvidar, sino que má s bien representa un nuevo aprendizaje». Los circuitos prefrontales que crecen en el seno de la amígdala provocan una creciente inhibició n en las emisiones de la amígdala, lo que a su vez ocasiona en ella un martilleo de la experiencia emocional menos intenso y unos estados emocionales má s mesurados. La inhibició n es un nuevo aprendizaje. Esto se ve a las claras en el aumento de la actividad cerebral de los sistemas prefrontal-hipocampal-amigdalar¹²⁵. Los desarrollos en los sistemas de memoria para la percepció n del yo y los demá s permiten que el adulto en ciernes vea las cosas en perspectiva y no reaccione impulsivamente. En la psiquiatría y la neurología, y cada vez má s en el lenguaje corriente, se dice que la gente emocionalmente desinhibida va «de frente». El modo en que se utiliza este término es absolutamente contraintuitivo, para mí por lo menos, porque la persona de la que se dice que va «de frente» en realidad está frontalmente dañ ada, o es hipofrontal. La identidad o la orientació n sexuales pueden cambiar, las filiaciones por afinidades pueden alterarse: todo está por hacer durante los vaivenes bioló gicos de lo que llegará a ser la edad adulta dependiendo de nuestros genes, nuestra estabilidad ambiental, la forma en que hemos arraigado en ese ambiente, nuestra infancia y los efectos que interactú an en todos esos factores. Somos inimitablemente complejos en nuestras excéntricas mezclas de genes y en nuestro desarrollo, y somos má s sabios cuando percibimos las diversas influencias y sus amalgamas en cada individuo má s que por intentar generalizar y comparar unas cosas con otras. A veces, los genes triunfan sobre el p g ambiente y viceversa: es todo una mezcla. Podemos ser los herederos emocionalmente equilibrados de las experiencias pasadas durante el desarrollo que han tenido el arropo de un entorno adulto, cariñ oso y ordenado, o la víctima emocionalmente descentrada de un entorno caó tico también durante el desarrollo. Uno puede tener unos padres adorables y emocionalmente centrados pero la desgracia de haber heredado unos procesos genéticos que se manifiestan durante el desarrollo cerebral en la adolescencia, desencadenando trastornos psicó ticos o del á nimo¹²². Con todo, otros adolescentes tienen que gestionar la inquietud interoceptiva de la pubertad mediante sistemas atípicos de organizació n social. Los que má s amargura despiertan son los individuos que deben desaprender sus respuestas a un mundo de abusos y reformular sus recuerdos fundacionales para permitir que la personalidad madure de manera saludable. La interrupció n del equilibrio emocional adulto a causa de los abusos sufridos durante la infancia es má s evidente en el diagnó stico clínico del trastorno límite de la personalidad (TLP). El abuso y la falta de atenció n, como todos los eventos biográ ficos, modificará n la arquitectura cerebral y las vías de la memoria. Las adversidades de los primeros añ os de vida tienen como resultado en la edad adulta un aumento de la mayoría de los trastornos psiquiá tricos —depresió n, ansiedad, abuso de sustancias, psicosis—, pero el TLP está relacionado má s específicamente con los abusos y la falta de atenció n durante la infancia. Trastorno límite de la personalidad (TLP) El TLP es un trastorno que, aparte de estigmatizar a quienes lo sufren, está caracterizado por unos elevados niveles de angustia emocional e ira, estados de á nimo rá pidamente cambiantes, un deficiente y fluctuante sentido de la identidad, relaciones intensas pero inestables, un frecuente abuso de sustancias y autolesiones recurrentes. Este patró n de sensaciones y conductas sucede habitualmente a una infancia de abusos y desatenciones, en la que el niñ o no puede aprender a contener sus emociones porque carece de la influencia estabilizadora de un adulto emocionalmente maduro. Al principio, los padres deben reprimir las emociones del niñ o a través de los gestos apaciguadores: suministrar estos cuidados, al cabo, permite al niñ o desarrollar las cualidades necesarias para apaciguarse a sí mismo. Después de la infancia, cuando el niñ o esté desarrollando las cualidades que permiten aprender por medio la razó n, necesitará de una guía conductual y verbal para reprimir sus emociones, pues de otro modo se convertirá en un adulto emocionalmente inconstante. En los individuos que han sufrido claros abusos y desatenciones se ve amplificado este efecto, lo que conlleva un riesgo mucho mayor de suicidio. Martin Teicher, que trabaja en la Harvard Medical School, afirma que las alteraciones en el cerebro que padecen quienes han sufrido abusos «son adaptaciones a un mundo que anticipan como malévolo y lleno de angustia»¹²⁶. Las predicciones y las anticipaciones se basan en la experiencia infantil, y si bien la hostilidad y la ira pueden ser las respuestas apropiadas de un niñ o que padece abusos, con el tiempo tendrá n un efecto contraproducente e impedirá n la adaptació n del adulto. Una persona se vuelve abiertamente defensiva al haber sufrido abusos, y se aísla mucho má s del contacto humano que tanto ansía pero que le ha sido negado. Hay diferencias en el cerebro de los adultos que han sufrido abusos durante la infancia, y en él se refleja la encarnació n del recuerdo de tales abusos en las redes cerebrales. Cabe la posibilidad, a juzgar por las pruebas existentes, que los cambios en los sistemas de memoria que ocasionan los malos tratos sean específicos para cada tipo de abuso, así como para la época en que esos malos tratos tienen lugar en relació n al desarrollo cerebral. El abuso verbal, o ser testigos de la violencia doméstica, parece causar cambios en las vías corticales auditivas y visuales, esto es, en las vías de la memoria sensorial¹²⁷. El abandono emocional o físico produce diferencias en la regió n amígdalo-hipocampal y en el cerebro unificador superior que interviene en la regulació n emocional, esto es, la cíngula y las redes prefrontales¹²⁸, ¹²⁹. Los datos que arroja la neuroimagen en individuos que han sido diagnosticados con TLP muestran que, en consonancia con la experiencia que sufren de intensos e incontrolables estados emocionales, se prolonga el tiempo de reactividad de su amígdala a los impulsos¹³⁰. Las inhibiciones prefrontales que deberían crecer de la regió n prefrontal hasta la amígdalo-hipocampal parecen no tener lugar. Como cabría esperar, dada la ausencia del freno de la inhibició n prefrontal, la persona con TLP apenas tiene control sobre sus impulsos, y frecuentemente abusará de sustancias¹³⁰. Sufrir TLP es como vivir en un estado suspendido de desarrollo emocional. Todo cuanto neuroló gicamente debería evolucionar —el control de los impulsos, la gestió n social, la regulació n emocional, la formació n de la identidad— de alguna manera se ha visto interrumpido. Es natural que los adultos en ciernes se sientan emocionalmente inestables y apenas tengan control sobre sus impulsos, aparte de que les acompañ e un débil razonamiento, pero en el TLP estos comportamientos y estados p p y emocionales arraigan y perduran má s allá de los primeros añ os de la edad adulta. Para quienes trabajan en el campo de la psiquiatría, a veces puede parecer que los adultos con TLP nunca aprenden, pero la investigació n y los muchos añ os de experiencia en la prá ctica clínica indican má s bien lo contrario. Los estados emocionales internos tienden a mejorar con la edad, y a verse acompañ ados por una mesurada respuesta conductual¹³¹. Se ha descubierto que quienes sufren de TLP responden má s eficazmente a la terapia psicoló gica llamada terapia dialéctica conductual (TDC). La TDC se sustenta en la postura dialéctica de que uno debe aceptarse a sí mismo mientras, al propio tiempo, avanza en pos de un cambio¹³². Esta terapia fue creada por Marsha Linehan, que sufría de TLP, por cuya causa estuvo muchos añ os hospitalizada durante su juventud. Es similar, se me ocurre a menudo, a una suerte de crianza de adultos. No quiero decir con esto que toda la gente con TLP o rasgos de TLP haya tenido malos padres, porque algunas personas sufren, sin má s, una mayor inestabilidad emocional, apenas tienen control sobre sus impulsos, son má s propensos a hacerse adictos a alguna sustancia en particular, o a todas, experimentan má s ira, o tienen una deficiencia inherente para apercibirse de lo exigentes que pueden llegar a ser. Las investigaciones han demostrado que hay rasgos innatos de personalidad que parecen ser constantes con el paso del tiempo, y que estabilizar esos rasgos conduce a una maduració n má s sencilla¹³³. El TLP no siempre está relacionado con la educació n recibida. En la TDC, los límites conductuales se negocian, por ejemplo, no hacerse cortes ni amenazar con el suicidio, y la persona recibe a su vez un apoyo constante y una psicoterapia orientada a las cualidades perceptivas. Esto, que se asemeja a un firme cuidado parental, consigue que la persona se sienta segura en el marco de los límites de comportamiento consensuados mientras aprende a controlarse emocionalmente. El modelo de LeDoux de la inhibició n prefrontal, entendido como un nuevo aprendizaje, sumado al éxito de la TDC a la hora de modificar los estados emocionales, permite confiar en un cambio a mejor para quienes sufren TLP o para aquellos cuyas redes emocionales y de memoria se han visto sesgadas por la adversidad. Un estudio por neuroimagen de diversos individuos que han recurrido a la TDC ha demostrado que existe un crecimiento en las vías inhibitorias desde el có rtex prefrontal hasta la amígdala, y una mejoría en la regulació n emocional¹³⁴. Si todo va bien, y no existen adversidades durante los primeros añ os de vida, las neuronas prefrontales se desarrollará n hacia la edad adulta para inhibir las emisiones amigdalares, y se alcanzará así un equilibrio emocional. Este cambio permite que emerja un sentido equilibrado del yo para así formar los cimientos de una personalidad y una identidad estables. Comprender las experiencias emocionales y las intenciones propias —la percepció n emocional— y las ajenas es algo que mejora con la edad, en línea con los desarrollos prefrontales¹²¹. La madurez emocional es probable que abra el camino a unas relaciones de pareja felices y satisfactorias má s que los romá nticos anhelos de la juventud cuando la atracció n sexual no se ve equilibrada por la experiencia. Pero esta no es la ú nica ventaja de tener cierta edad en el terreno romá ntico. Aunque constantemente nos vemos asaltados por el mensaje de que la apariencia juvenil le hace a uno má s atractivo, lo cierto es que no siempre es el caso. Terminaremos el capítulo volviendo a los estorninos, que proporcionan un maravilloso ejemplo de có mo la memoria y el aprendizaje pueden conferir una ventaja en el coso romá ntico. Los estorninos, a semejanza de los humanos, cooperan socialmente, pero son competitivos a nivel individual. Viajan en grandes nú meros, en bandadas, ondulando en el cielo en enjambres que adoptan preciosas y cambiantes formas redondeadas. Y no hay un líder, solo su brillante radar, que les hace mantener una perfecta distancia respecto a otros grupos de estorninos que se hallan en pleno vuelo. En lo que concierne a la cría son menos comunitarios, y una vez que su có rtex musical, forjado por la testosterona, recibe los nutrientes de la luz del sol, los machos se alzan a la entrada de unos nidos soterrados y compiten con otros machos para atraer con sus cantos a la residente femenina. El estornino hembra elegirá al mejor cantor, y el mejor cantor, en el mundo del estornino hembra, es aquel que se muestra capaz de elaborar el canto má s largo y má s complejo. Dado que los estorninos son fabulosos imitadores, aprenden canciones por medio de la escucha, ampliando así, con el paso de los añ os, un variadísimo repertorio. A los machos de mayor edad esto les proporciona una ventaja, pues, gracias a su memoria auditiva, se ganan el corazó n de las hembras. Mientras tanto, los estorninos má s jó venes aprenderá n nuevas melodías de sus mayores, creando memorias meló dicas que en las siguientes estaciones les dará n una ventaja para el apareamiento. Resulta un alivio saber que no solo la juventud y la belleza, sino también la experiencia y la memoria, brindan el éxito romá ntico. 13 Las cambiantes narrativas de la vida Esto es lo que engañ a a la gente: un hombre es siempre un contador de historias, vive rodeado de sus historias y de historias ajenas, ve cada cosa que le ocurre a través de ellas; y trata de vivir su vida como si estuviera relatá ndola de nuevo. JEAN-PAUL SARTRE²⁵* En capítulos anteriores hemos visto el neurodesarrollo de los sistemas unificadores de memoria en el cerebro y có mo esto lleva a un punto en el que la comprensió n del mundo exteroceptivo, y de uno mismo y los demá s, es posible. En esencia, el desarrollo prefrontal permite la representació n de la informació n sensorial para crear mediante su acumulació n un relato coherente de sucesos. La poda y la mielinizació n de las redes de memoria en las á reas prefrontales son las que llevan esto a efecto, y a medida que se desarrollan las redes aprendemos a predecir, a imaginar y a crear. Hemos examinado el neurodesarrollo emocional y la forma en que los jó venes aprenden a hacerse conscientes de sí mismos a través de un reflejo propio y ajeno, y a regular sus emociones por medio del crecimiento prefrontal, lo que lleva a cierta clase de equilibrio con el mundo. El viaje hacia la formació n de una manera estable de estar en el mundo dura toda una vida, y cambia constantemente, a medida que cambia el presente, como no puede ser de otra manera, y los nuevos sucesos y percepciones modifican las redes ya existentes de la memoria. Durante algunos períodos de la historia ha habido cambios inmensos y prolongados en el orden mundial —durante las guerras y las plagas— que han requerido de cambios individuales en las redes de memoria. La novela de Boris Pasternak, El doctor Zhivago, se enmarca en los añ os en que tuvieron lugar las seísmicas metamorfosis sociales de la Primera Guerra Mundial y la Revolució n rusa. La novela trata tanto de los cambios individuales como de los cambios sociales: «Todo el mundo se sentía revivido, renacido, cambiado, transformado. Cabría decir que todo el mundo había pasado por dos revoluciones: su propia revolució n personal tanto como la revolució n general»²⁶*. Si la funció n de la memoria biográ fica es hacer un relato coherente de la vida propia a partir de las coordenadas de tiempo, lugar y persona de las retículas de los grupos de células neuronales, entonces también el relato que comienza a tejerse habrá de cambiar. En este capítulo veremos có mo el individuo, en palabras de Henri Bergson, se crea «a sí mismo ilimitadamente», o có mo narrativizamos nuestras vidas. Aunque las palabras «relato» y «narrativa» se emplean como sinó nimos, la narrativa trasciende el esquema puro del relato. Siempre se creará un relato porque las redes neuronales humanas seguirá n uniéndose en patrones: es lo que está n diseñ adas para hacer. Pero generalmente trascendemos esto y le buscamos un sentido al relato. Existe el impulso de atribuirle un sentido a los hechos, aun cuando son catastró ficos. La autonarrativizació n es lo que mejor describe el proceso de atribuir un sentido a la experiencia y al relato vital propios. A menudo concierne a esos peldañ os de la vanidad que el Yeats de avanzada edad debía descender en la ancianidad, los peldañ os que le mantenían por encima de la tienda de objetos usados de su corazó n, donde todos, tarde o temprano, habremos de reposar. Es algo que también hacemos en el terreno de la memoria social y cultural, que examinaremos en el capítulo siguiente. Mi primera experiencia con los cambios de la autonarrativizació n fue indirecta, cuando leí la novela La ná usea, de Jean-Paul Sartre, ya avanzada mi adolescencia. Podría decirse que la novela trata simplemente de un joven que se individualiza en un mundo que no tiene para él ningú n sentido, de manera que se siente alienado y desconectado. En su momento no me di cuenta de ello, y me afectó profundamente el ardor de las experiencias viscerales del protagonista y có mo esas experiencias parecían representar sus luchas intelectuales. Al releer la obra en fechas recientes, me siento todavía má s asombrada por su alcance y su originalidad. Aunque no fui capaz de comprenderlo en profundidad añ os atrá s, cuando leí por primera vez el libro me identifiqué con el protagonista, Antoine Roquentin. La profundidad interoceptiva de la novela me conmovió mucho antes de llegar a tener una percepció n intelectual de la forma en que los estados emocionales son parte de nuestra manera de unificar y memorizar el mundo. Roquentin es «toda» persona joven en el trá nsito de la edad adulta, un individuo desapegado y disfó rico, y es también la encarnació n de las sacudidas que vivió la sociedad con el cambio al siglo XX, cuando empezaba a surgir la percepció n de nuevos niveles de conciencia. p g p p El libro toma su título de las sensaciones interoceptivas desagradables, en particular la ná usea, que experimenta el protagonista. Roquentin vivía en un mundo hacia el que no sentía ningú n vínculo, por el cual solo tenía una repulsió n visceral. No solo ve a los demá s como algo extrañ o, él mismo se siente como algo extrañ o. A través de sus desagradables experiencias hiperperceptivas, el lector siente su mó rbida despersonalizació n. Da la impresió n de que la corriente de sensaciones procedentes del mundo exterior en el presente estuvieran desconectadas de su memoria, dejá ndole a la deriva en una conciencia caprichosa y cambiante que carece de coherencia. Al lector se le explica que Roquetin ha vivido una vida ordinaria de viejas certidumbres, de satisfecha conexió n con los otros: «Estaba dentro de ella [mi vida]; no pensaba en ello». Su mundo, lentamente, se viene abajo, lo que le hace sentir «rechazado, abandonado en el presente…». A mi entender, es como si no hubiera engarce neuronal alguno en su memoria para procesar la llegada de las sensaciones. Para mí, uno de los logros de Sartre en La ná usea es que desmanteló los bloques que construyen la consciencia: la coherencia de un sentido continuo del yo que es el resultado de unificar los sucesos presentes con la memoria. La memoria biográ fica teje el presente al pasado y al futuro, proporcioná ndonos una sensació n de «estar en el seno» de nuestras vidas. Roquentin vivía en un presente continuo y suspendido, implosionando de experiencia sensible, la cual era incapaz de procesar. Resuelve la crisis tomando la decisió n de iniciar una nueva vida, mudá ndose de la Francia provincial a una nueva experiencia en París. De ahí en adelante Roquentin «construirá [sus] memorias con el presente». Sartre y sus compañ eros de viaje existencialistas, sobre todo Simone de Beauvoir, feminista de la primera ola, abandonaron de manera individual sus propias vidas, repletas de acogedoras certezas, para crear valientemente una nueva visió n del mundo. Aquel libro parecía hablarme de un modo absolutamente personal, tanto a mí como a algunos de mis jó venes compañ eros en la Irlanda de las décadas de 1970 y 1980, probablemente porque muchos está bamos dejando atrá s un patró n de sistemas de certezas ya desacreditadas y la estabilidad de una identidad cultural compartida. Esto no trajo consigo la emancipadora sensació n de libertad que yo, al menos, estaba esperando. A menudo producía una impresió n extrañ a y desorientadora, como la descrita por el Roquentin de 1938. Todo saltaba por los aires antes de que pudiera ser reconstruido. La experiencia de edificar un sentido propio del yo, una identidad personal, puede resultar má s difícil cuando la sociedad está pasando por un rá pido cambio, pero para los má s jó venes algo semejante es un desafío. En todas las sociedades, la vida de siempre generalmente sirve p g como una guía, al principio insegura, para avanzar hacia los marcos conceptuales que permiten comprender la cultura y el lugar que ocupamos en ella. Para algunos, como fue el caso de Sartre y Beauvoir, había una discordancia entre el modo en que ellos se sentían y la manera en que comprendían el mundo, discordancia que, a la larga, solo podían resolver cambiando, precisamente, el mundo. Trauma El libro de Sartre está tan profundamente incardinado en mi memoria que di un respingo cuando mi paciente Arav —aquel joven tan inteligente que sufría de episodios maníacos— me dijo, parafraseando al personaje de Roquentin, que «debo reconstruir lo que he aprendido acerca de mí», seguido de un: «es algo muy humano cambiar la memoria». En la mayor parte de los individuos que trato hay una discordancia entre ellos y el mundo, pero no es habitual que el origen se encuentre en la angustia existencial o en los seísmicos cambios a nivel social y político, sino en un trauma infantil o una grave enfermedad mental. El trauma a menudo exige que el individuo cree un yo casi nuevo y un nuevo patró n de memorias. Frances es una paciente mía que se hallaba atrapada en una madeja de tó xicos recuerdos infantiles y psicó ticas reinterpretaciones, y me ha dado muchos puntos de vista acerca de có mo el trauma o la psicosis pueden desembocar en una monstruosa auto-narrativa capaz de destruirle a uno. Es importante establecer que el trauma individual, como por ejemplo la enfermedad o la muerte, no tienen un significado en sí mismo, y que es peligroso atribuirle un significado, pero má s adelante volveremos a esto. Frances, como el lector podrá ver, es una persona extraordinaria, y es la suya una historia muy grá fica que se remonta a los días de los antiguos manicomios. FRANCES La infancia de Frances no había podido ser má s deprimente. Era la tercera de cuatro hermanos. Su padre era alcohó lico y un maltratador que llegaba con frecuencia a la violencia física, y aunque tenía un trabajo estable todo su sueldo se le iba en alcohol. La madre pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa, buscando comida y medios para criar a los niñ os. Los cuatro pequeñ os no recibían ni atenció n física ni emocional. Frances sufrió abusos sexuales por parte de su padre y otros hombres, comerciantes y visitantes, que llegaban a casa. Se perdía a menudo las clases de primaria y en general la dejaban sola durante el día con su hermano pequeñ o, la ú nica persona con la que tuvo una relació n de verdadero cariñ o. No tenía amigos ni confidentes. Su asistencia a la escuela se fue haciendo menos frecuente a medida que avanzaba su infancia hasta que un día, por fin, dejó de ir. No hay registro de su paso por la escuela secundaria. Con frecuencia huía de casa. A los once añ os empezó a vivir en las calles, y aprendió a sobrevivir robando y pidiendo limosna. Dormía en las puertas de las casas y en cabinas de teléfonos. De vez en cuando la policía la recogía y su madre acudía a la comisaría para llevá rsela por un tiempo a casa. La vida en las calles la expuso a una mayor violencia y a nuevos abusos. Vivía segú n los medios que encontraba a su alcance y aprendió a luchar y defenderse. Al cumplir trece añ os, Frances encontró refugio con un médium durante cerca de un añ o. Había caído en una pauta de adicció n a sustancias, sobre todo alcohol, a mitad de su adolescencia. Tenía dieciséis añ os cuando la ingresaron por primera vez en un psiquiá trico de la ciudad de Dublín. Es preciso dejar por un momento de la historia de Frances para explicar algunas cosas de ese hospital. Coloquialmente, el hospital era conocido como Grangegorman, y al lector no le faltará razó n si ese nombre le trae a la memoria el Gormenghast de Mervyn Peake. Era el manicomio victoriano por excelencia: una enorme estructura de granito, gris, solitaria y ruinosa. Pedí que me trasladasen a Grangegorman durante seis meses en mi período de capacitació n, porque era uno de los pocos manicomios antiguos que quedaban en Dublín. Era un lugar realmente lú gubre, en algunas partes prá cticamente se encontraba en ruinas. En aquel punto de su historia, a los pacientes los estaban trasladando a la vida en comunidad, y Grangegorman se hallaba en un creciente estado de abandono. Tenía pasillos largos e interminables, con hileras de habitaciones en un lado que parecían mazmorras, orientadas hacia unas ventanas de guillotina con barrotes en el otro extremo de sus anchos corredores. Algunos de los residentes dormían en los amplios antepechos de los ventanales, con la espalda contra una de las hojas cerradas de las contraventanas, que no habían sido abiertas en añ os. Apoyaban los pies en la hoja opuesta de aquel ancho alféizar. En una ocasió n, cuando estaba de guardia y paseaba de noche por aquel largo pasillo —tan solo iluminado por la luz exterior que provenía de las enormes ventanas— un paciente salió disparado de uno de los antepechos, asustado al haberse visto arrancado de su sueñ o. Descubrí a lo largo de esos seis meses que el manicomio era má s complejo y menos duro que el estereotipo que había esperado. Me sentía llena de la predecible indignació n indulgente en mis primeros días: los médicos residentes habían visto arrebatada su autoridad por un cruel sistema que se centraba en torno a la eficiencia institucional má s que en las necesidades de los pacientes individuales; las instituciones psiquiá tricas eran inhumanas; los pacientes eran tratados como objetos y daban vueltas en círculos, sedados y babeantes. Algo había de cierto en todo esto, pero el método para cuidarlos tenía má s capas que el abyecto estereotipo del manicomio victoriano. No he borrado de mi memoria un suceso que tuvo lugar en aquel tiempo. Un especialista mayor que yo me llevó un día de guardia y acabamos en una parte oculta del hospital. Aquel reducto habitacional se hallaba situado en un edificio de granito, mucho má s grande y casi abandonado. Entramos a través de una puerta encastrada en la pared del aguiló n que se abría a unos cuantos peldañ os. La escalera llevaba a un pabelló n del tipo Florence Nightingale, grande, despejado, con dos largas hileras de camas separadas por cortinas y alineadas contra las paredes opuestas. Buena parte de la sala la constituía un vasto y despejado espacio central. Alguien saltó de una cama a nuestra llegada y corrió hacia nosotros: para mi sorpresa, se trataba de un enfermero. Los otros ocupantes de las camas estaban tendidos en ellas, completamente vestidos en sus pequeñ os lechos, esperando la visita semanal del especialista. Se levantaron de las camas cuando llegamos al pabelló n. El especialista habló con sus pacientes como uno haría con sus paisanos, intercambiando cortesías por pasar el rato. No hizo ninguna pregunta relacionada con alucinaciones, delirios o medicaciones. Le seguí, sin dejar de hacerle preguntas acerca de las diferentes enfermedades de cada paciente y los medicamentos que tomaban. El hombre poco menos que me ignoró , aunque de un modo educado. Cuando dio por finalizadas aquellas conversaciones pasajeras con los pacientes le seguí, un poco desconcertada, por un largo pasillo que daba al otro extremo del pabelló n. El pasillo abarcaba todo el largo del edificio, y tenía las típicas habitaciones estilo celda en un lado y unos grandes ventanales en el otro. En una de esas celdas vivía un hombre que había sido relojero. Era la época de los relojes mecá nicos, de cuerda, y cada superficie de la habitació n estaba cubierta con la parafernalia típica de su negocio: ruedas dentadas, estuches, esferas de cristal, cadenas, latitas de aceite... El relojero arreglaba todos los relojes j g j de la institució n: los de los pacientes y los que pertenecían a los empleados. Mantuvieron una charla acerca del reloj que había arreglado al especialista, como sin duda harían cada semana. En los primeros añ os de su enfermedad, el relojero había sido un paciente habitual de Grangegorman, y le ingresaban una vez y otra porque estaba convencido de que su familia y sus vecinos trataban de matarle. Al final, decidieron que sería lo mejor para todo el mundo que se quedara en el hospital. Al echar la vista atrá s y pensar en aquellos seis meses recuerdo los pasillos y la celda del relojero, y ahora me doy cuenta de que el sistema de aquel viejo manicomio podía mostrar algú n defecto en las atenciones, pero no era cruel. Lo hemos sustituido por un sistema distinto que casi excluye el cuidado residencial, y los pacientes y trabajadores en el campo de la salud, en vez de luchar con las limitaciones de la institucionalizació n, luchan contra la pobreza, la falta de un domicilio y la criminalizació n del comportamiento derivada de la psicosis. Con el paso de los añ os he llegado a apreciar el estilo de aquel maduro especialista de Grangegorman, y el poder de la sencilla y ordinaria reclusió n humana. El sistema de aquel manicomio, cuando funcionaba correctamente, hacía las veces de pueblo protegido. El llamado «cuidado comunitario» había llevado al mundo exterior a gente psicó tica pero vulnerable, y en ese mundo a menudo no hay ningú n refugio. El concepto al completo de comunidad psiquiá trica estaba basado en la asunció n de que todo aquel que sufriese una enfermedad psiquiá trica podía alcanzar un nivel de funcionalidad compatible con el mundo exterior, y, a su vez, que el mundo exterior tendría nichos donde los enfermos podrían refugiarse. La psiquiatría se equivocaba en ambas cosas. Ya en 1939, el psiquiatra y matemá tico Lionel Sharples Penrose advirtió que había una relació n numérica inversa entre la cifra de camas psiquiá tricas y la cifra de prisioneros. Esto es todavía así¹³⁵. Independientemente de la ciudad a la que viajemos, por mucha gente que utilice su sistema sanitario o por funcional que este sea, por muy respetuoso que el Estado afirme ser hacia los derechos individuales, los psicó ticos viven una durísima vida en las calles, ignorados y despreciados¹³⁶. Está n demasiado enfermos para solicitar prestaciones sociales, y cuando se convierten en un problema pú blico los encierran. Esto demuestra una vez má s que, pese a que existe una mayor concienciació n y preocupació n pú blicas respecto a la salud mental, ni la una ni la otra han llegado a los enfermos mentales que sufren trastornos cerebrales. Grangegorman es el lugar en el que Frances pasó sus ú ltimos añ os de infancia. Tras su primer ingreso y hasta que alcanzó la condició n legal de adulto, fue ingresada otras veintitantas veces. En la década de 1980 no había centros de tratamiento hospitalario para niñ os o adolescentes. Cuando Frances no estaba en el hospital psiquiá trico, se hallaba, al parecer, en prisió n, en cierta ocasió n cumpliendo una condena de cuatro meses por comportamiento inapropiado y consumo de alcohol. Por entonces tenía diecisiete añ os. Afortunadamente, algunas de las notas clínicas que se tomaron durante el tiempo que pasó en Grangegorman nos sirvieron de ayuda. Son muy esclarecedoras, en buena medida gracias a la cercanía que su psiquiatra, el doctor F, reveló tanto en esas notas como en sus breves cartas. La atenció n y el cuidado que mostró hacia la situació n de Frances, y los esfuerzos que tanto él como el equipo de enfermeros hicieron por ella para darle un respiro tras todo el horror que había sufrido durante los añ os de su desarrollo hablan por sí solos. Cuando tenía dieciocho añ os, Frances desapareció de los servicios psiquiá tricos, de modo que carecemos de notas sobre su estado durante los siguientes ocho añ os. Este período coincide con la época en que conoció a Kieran, del que se enamoró , y que la «llevó a casa», segú n las palabras de Frances. Fue hospitalizada de nuevo en la unidad psiquiá trica cuando casi tenía treinta añ os. En los añ os intermedios, Grangegorman había cerrado, el personal había sido transferido a los hospitales suburbanos y los pacientes trasladados a lo que se consideraba, entre uná nimes elogios, un sistema má s humano de atenció n comunitaria. La vida y la buena fortuna hicieron que Frances se encontrara con el doctor F, que pasó a ser su psiquiatra. Fue una suerte, porque el doctor F pudo obtener así una descripció n de las experiencias psicó ticas que Frances no quiso o no pudo dar en su adolescencia. Unos añ os después seguía dando tumbos, pero había un patró n: Frances parecía pasar de la colorida psicosis de alucinaciones y delirios que sufría a un estado menos psicó tico pero autodestructivo. Al parecer, cuando el terror de las experiencias psicó ticas remitía, sobrevenía de pronto un nuevo terror. Esto concluía en un tipo de patró n que recibe el nombre de «sabotaje del tratamiento». La explicació n, creo yo, no es que una persona no quiera estar bien, sino que no sabe có mo vivir sin sus psicosis: carece de redes de memoria normales. Frances nunca había procesado experiencia alguna del mundo real, y debía aprender a hacerlo a la manera en que un adulto que hubiera recibido el sentido de la vista debía exponerse al flujo de las imá genes visuales. Tras pasar largo tiempo ingresada, Frances pareció conectar con el mundo exterior al menos de un modo tentativo, y por fin se le concedió el alta. Cuando retomé su caso unas dos décadas después su vida, por lo que podía apreciarse en la superficie, parecía haberse asentado. A lo largo de los añ os había hecho un curso de arte como tarea de rehabilitació n, lo que le permitió obtener una diplomatura en Bellas Artes. Acudía a psicoterapia con un experimentado psicó logo y se había alejado del alcohol y las drogas. Solo se autolesionaba en momentos de profundo estrés. En nuestra primera consulta, estaba vestida de manera descuidada, con montones de capas de ropa, tenía la cabeza baja y solo mantenía un breve contacto visual. Me contó su historia en voz muy baja, de manera automá tica, como si la hubiera contado miles de veces, y parecía desconectada de la experiencia emocional producida por los traumá ticos sucesos del pasado. Se hallaba también inmersa en creencias y experiencias psicó ticas, y afirmaba percibir, literalmente, las emociones de otras personas, en el sentido de que aquellos individuos le transferían sus experiencias al cuerpo. «Puedo apropiarme de las emociones ajenas…, sentir por ellos». La confusió n de los límites del yo y los demá s sucedía de forma rutinaria, en particular si intimaba con alguien. Lo contrario —que alguien habitaba en ella— también ocurría, y en su caso ese alguien era «el diablo». Tuve la impresió n de que se trataba de una mujer intensamente introspectiva y que su mundo interior consistía en un revoltijo de ideas psicó ticas. Su biografía me producía inquietud, pues rara vez había escuchado una historia personal con tan terribles abusos, sufridos de un modo tan constante. Durante su infancia no hubo una figura adulta que pudiera redimirla, ningú n indulto a aquellos continuados malos tratos, ni estabilidad social alguna aparte de la que tuvo en el manicomio victoriano de Grangegorman. En todo este caos, aunque no está claro exactamente cuá ndo ni có mo, Frances había desarrollado una grave enfermedad mental. Quise pasar al menos un tiempo reflexionando sobre lo que me había contado, para rendir homenaje, aunque fuese durante unos momentos íntimos, a aquella inimaginable joven vida. Pero la sala de espera de una clínica psiquiá trica pú blica no permite siquiera tan modesto tributo. En aquella época, sus principales problemas tenían que ver con su comportamiento reclusivo. Pasaba la mayor parte de los días tumbada en la cama, inmersa en experiencias psicó ticas en las que su abusivo pasado se entrometía en su conciencia del presente. Todo cuanto pudo haber experimentado, má s allá del cuidado y el amor proporcionado por Kieran y el santuario que le brindaron los servicios psiquiá tricos, le provocaba recuerdos tó xicos. Le resultaba menos doloroso vivir en un mundo de privació n sensorial y emocional, recluida en su cuarto, que experimentar sin cesar los continuos recuerdos suscitados por los estímulos que le llegaban del mundo. Le cambié la medicació n para q g p tratar de controlar sus psicosis, e implementamos un programa para intentar que Frances regresara a un mundo social protector que resultase menos amenazador. La persuadimos para que visitase nuestro centro de día y así tuviera una disciplina diaria en un entorno social: un microcosmos de encuentros humanos normalizados que pudiera protegerla, junto con una terapia individualizada. A lo largo de varios añ os, nuestro psicó logo gestionó con habilidad y sensibilidad el viaje a su pasado, y la forma en que este había moldeado su filtro perceptivo del presente. A veces, la psicosis ha sido durante tanto tiempo el mundo de una persona que esta ya no quiere abandonar ese entorno que le es familiar. ¿Acaso los demá s lo hacemos? Quienes sufren experiencias psicó ticas, incluso experiencias terriblemente grotescas, pueden sentir terror ante la idea de dejarlas atrá s, puesto que podrían verse expuestos a amenazas que aú n siguen estando presentes pero que ahora les resultan invisibles. A veces les reconfortan sus voces y se sienten perdidos sin ellas. A veces no quieren abandonar esas creencias fatuas y grandilocuentes como las que tienen acerca de sus poderes especiales. A veces, reconocer una enfermedad mental cró nica resulta demasiado doloroso. Rara vez un paciente me ha confiado, cuando se ha visto libre de las experiencias psicó ticas, el deseo de que volvieran sus psicosis, pero sospecho que esto ocurre mucho má s a menudo de lo que suponemos. Es elecció n del individuo negarse al tratamiento y seguir siendo víctima de la psicosis, a menos que sus manías persecutorias lo conviertan en una amenaza para sí o para los demá s. En situaciones tales, los psiquiatras se encuentran legalmente obligados a llevar a cabo el tratamiento, incluso contra la voluntad del individuo si es preciso, y a pesar de sus deseos personales. Quienes han sufrido psicosis durante largos períodos de tiempo requieren de un amplio intervalo libre de experiencias psicó ticas para poner a prueba el mundo «compartido» de la experiencia comú n y adaptarse a él. Tras solventar las experiencias inmediatas de la psicosis, es igual de importante su tratamiento farmacoló gico como la condició n de que exista un mundo seguro en el que crear nuevas redes basadas en una realidad comú n compartida para «construir memorias en el presente». Nuestro equipo del centro de día se convirtió en el mundo social de Frances, en su pueblo. Y Frances contribuyó con su dulce personalidad y su arte a la vida en el hospital. Las relaciones de confianza con los miembros del equipo médico que la trataba desafiaron positivamente la convicció n de Frances de que no sería capaz de llevar una relació n aparte de la que mantuvo con Kieran. Con el tiempo desarrolló cá lidas relaciones con nosotros y con otros pacientes, que le proporcionaban aliento, incluso durante el tiempo posterior a la tragedia que supuso la muerte de Kieran. También a nosotros nos enriquecieron nuestras relaciones con Frances, que nos encandilaba con su personal combinació n de estoicismo y vulnerabilidad, y aquel seco sentido del humor que empezaba a mostrarse en ella. Trauma Las redes de memoria de Frances se habían formado, por insistir en la expresió n de Martin Teicher, como adaptaciones a un mundo que anticipan como malévolo y lleno de angustia. Su cerebro se había interconectado para sobrevivir no en un mundo benevolente, sino en un mundo hostil. Entre las cosas necesarias para la supervivencia, ya se trate de la supervivencia individual o de la especie, una de las má s imprescindibles es la capacidad para adaptarse al entorno propio, aun cuando ese entorno sea un lugar en el que los abusos son omnipresentes. Los seres humanos tenemos una inmensa adaptabilidad social: dejamos a nuestras familias en plena juventud y transitamos hacia una identificació n en grupos paritarios, antes de pasar generalmente a relaciones monó gamas de las que podemos separarnos, o no, en el futuro. Creamos nuevos lazos y relaciones de afecto, nuestros seres queridos mueren, guardamos luto y nos adaptamos. Frances se había adaptado a un mundo profundamente perturbado y sufría un terrible trauma. El trauma se define en el MDE 5 como una «muerte real o amenaza de muerte, heridas graves o violencia sexual», cosas todas ellas que Frances experimentó durante su infancia. En circunstancias menos extremas, el trauma vital puede provenir de sucesos que no amenazan la vida pero que llevan a tal angustia emocional que no es posible unificarlos emocionalmente. En el lenguaje de la psicoterapia, la experiencia no puede ser emocionalmente metabolizada. Tras el trauma, el tiempo parece congelarse en unas cuantas escenas que son una y otra vez revisitadas con las machaconas emociones de la circuitería amigdalar. El pasado se entromete, reverbera, en la conciencia del presente. Nick Cave, célebre mú sico australiano que canta a la melancolía como si estuviera interpretando sus temas directamente en la ínsula del oyente, ha expresado esto con suma belleza en un documental sobre la muerte de su hijo, ocurrida a los quince añ os de edad. En el documental, Nick Cave afirma que la muerte de su hijo es como una goma elá stica. É l mismo puede desplazarse y estirarse en el presente, pero a cierta distancia el tiró n lo devuelve a su lugar de origen. Lo que llamamos «pasar pá gina» a veces puede resultar imposible. Mientras que un suceso traumá tico es ú nico para cada individuo, la revisitació n de las intensas emociones asociadas y la incapacidad para «comprender» son universales. No sé cuá ntas veces habré escuchado la frase «no lo entiendo» de labios de gente traumatizada. Se la he escuchado decir a un soldado que volvió de la guerra tras haber sido testigo de có mo un niñ o soldado mataba a otro, a una mujer que dio a luz a un bebé muerto tras haber sentido sus patadas en el ú tero justo antes del parto, a un padre cuyo hijo adolescente se suicidó , a una madre cuyo hijo perdió la vida en un fortuito acto de violencia. Es como si no hubiera retículas de base prefrontales en las que los sucesos pudieran unificarse, y esto tuviera que construirse, dolorosa conexió n tras conexió n, pese a que, entre tanto, otras conexiones tengan que echarse a perder. La intrusió n del dolor en la experiencia presente se reduce a medida que cambian las redes de memoria y, lentamente, la persona sigue su curso para habitar el presente. ¿No es cierto que a veces, en nuestro dolor y en el amor que sigue a una pérdida, tratamos de inhibir los cambios en la configuració n de la red que inevitablemente tienen lugar por el hecho de estar vivos? ¿Es tan desorbitado querer darle un descanso a la memoria? ¿Acaso no siente quien ha perdido a alguien que sin la persona fallecida se convertirá en un intruso todavía má s ajeno al mundo, ahora distante y en apariencia despreocupado, en el que se encuentra varado? ¿Y no se resiste esa misma persona al mundo como una suerte de compensació n consciente por el amor a los que ya no está n allí, por doloroso que algo así resulte? Sea lo que sea, y como sea, el trauma «lleva tiempo». La memoria analéptica de Edith con la que abrimos el libro nos muestra có mo se activa la memoria original de la experiencia psicó tica traumá tica y có mo esta es vívidamente revisitada. Pero en el caso de Edith esta experiencia, la evocació n, debió de verse realmacenada en la segunda ocasió n, que se encontraba menos pró xima a la experiencia emocional de la psicosis. Cada vez que Edith volvía a ver la lá pida, o imaginaba que la veía, la psicosis se alejaba un paso má s de la imagen, hasta que todo lo que podía quedar al ver la pequeñ a lá pida de nuevo era la sensació n de sentirse turbada. Esto no es un recuerdo reprimido, sino lo mejor que uno puede hacer con las memorias traumá ticas: es «resolució n». Frances me enseñ ó también la importancia de lo que podían parecer intercambios sociales casuales. A veces esta es la ú nica comunicació n que la gente tiene con la sociedad. En el mundo de las memorias q g dañ adas y la interpretació n hipersensitiva, no puede sobrevalorarse la cualidad de los sencillos intercambios humanos. En Irlanda, la mayor parte de las conversaciones comienzan con comentarios sobre el tiempo; hay una incalculable cantidad de comunicació n emocional y cultural intercambiada en lo que podrían parecer tratos superficiales. Es, má s que cualquier otra cosa, nuestra realidad compartida: supone un enorme goce tener un día cá lido y soleado así como suponen mucha desilusió n compartida los días de lluvia y viento. La idea estereotipada, y por suerte cada vez má s desvanecida, de un astuto psiquiatra arrancando raptos de conversació n durante horas de ininterrumpida terapia no proyectiva no puede estar má s lejos de la realidad laboral cotidiana del psiquiatra clínico medio. Curamos má s que arrancamos, nos interesa má s persuadir a nuestros pacientes a que retomen el mundo compartido que tratar de zambullirlos en el caos interoceptivo, somos má s prá cticos que teó ricos. En el proceso de persuadir a un individuo cró nicamente psicó tico para que se reintegre en el mundo compartido, los intercambios tienen que ser sencillos y nada ambiguos. Lo que gana en salud mental la persona que ha convivido mucho tiempo con una psicosis sin tratar y el hecho de que pueda participar en el mundo podría en ocasiones parecer poca cosa al extrañ o, pero fue un triunfo para Frances llegar a conversar con una enfermera acerca del tiempo, del viaje al centro de día, de su vestido nuevo o del precio de los cigarrillos. Ahora creo que todos somos hasta cierto punto como Frances: vivimos nuestras vidas en un equilibrio entre un mundo exterior en potencia amenazador y nuestras a veces sensibilísimas memorias. El asunto crucial es no cejar en el empeñ o de desarrollar un equilibrio saludable. Frances no abjura del mundo, no se está destruyendo a sí misma o al mundo que la rodea; se afana por participar. Frances y otros pacientes con trastornos psicó ticos me han enseñ ado que la clave del ser humano no radica en ser enormemente funcional en una escala abstracta de funcionalidad, sino estar en equilibrio. Si hay algo que he aprendido de mi trabajo con pacientes que sufren enfermedades mentales es que conseguir un fá cil equilibrio entre uno y el mundo es lo que determina la felicidad. Me llegó muy dentro una frase que leí en una novela de Michael Cunningham, Una casa en el fin del mundo, donde se describe a un grupo de individuos psicoló gicamente frá giles como si estuvieran «pegados con cinta adhesiva». Consiguen vivir como un excéntrico grupo en una misma casa, cada uno sumido en un baile emocionalmente delicado alrededor de los demá s, todos ellos dotados de una misma sensibilidad lacó nica. No necesariamente felices, y ciertamente disfuncionales, encuentran su propio hogar, pese a que se halla en el fin del mundo. Todos necesitamos una casa en el fin del mundo, esté donde esté. El estado de normalidad de cada cual, como lo hubiera llamado Hipó crates, es algo que cada uno debemos encontrar, y ninguno juzgar. 14 ¿Verdadero o falso? «Lo he hecho», dice mi memoria. «No puedo haberlo hecho», dice mi orgullo, y se mantiene enrocado. Al final, la memoria cede. Friedrich Nietzsche²⁷* En 1899, Madison Bentley dirigió una serie de estudios en los que observó y registró el recuerdo de unas sencillas imá genes de cartas coloreadas. Descubrió que la precisió n del recuerdo del primer color mostrado quedaba reducida al mostrarse los siguientes colores. El recuerdo se iba haciendo má s borroso a causa de la rivalidad de los estímulos sensoriales posteriores. Con esto, Bentley demostró que las memorias ulteriores modifican las anteriores, lo que puede parecer banal y obvio, pero lo cierto es que no es ni lo uno ni lo otro. Podemos intuir que nuestro pasado dirige nuestro presente, pero los sucesos del presente también cambian los recuerdos pasados, como hemos visto. La experiencia presente y la memoria mantienen una danza interminable de construcció n y reconstrucció n. Los estudios de Bentley reflejan la manera en que los conceptos de la memoria cambian desde el de una impresió n fija, como los escritos en cera de los antiguos filó sofos o los conceptos mecá nicos de Descartes en el siglo XVII, hasta un proceso asociativo orgá nico en el que interviene la experiencia sensorial, la estimulació n fisioló gica y la emoció n a finales del siglo XIX. Los experimentos de Bentley parecerían a primera vista poca cosa, pero eran muy sofisticados ideoló gicamente. Por sus meticulosas observaciones de la memoria y sus inteligentes intuiciones se le considera un pionero, aunque muy olvidado. Ahora sabemos que no tenemos un almacén fijo de memoria disponible a la evocació n, y que los nuevos estímulos procedentes del mundo no son redes establecidas que se limitan a aumentar, sino que existe una elá stica red de conectividad entre los estímulos del presente y la memoria. Incluso un nuevo color, si es mostrado rá pidamente, cambiará el grupo de células que representaba el color anterior, y esto se verá nuevamente afectado si se muestra no menos rá pidamente un color má s. Este principio guarda relació n con el proceso de la memoria biográ fica, má s organizado y complejo. El hipocampo se encarga de congregar la experiencia sensorial entrante para crear una nueva memoria biográ fica, pero este proceso de reunir los grupos de células vigentes con las retículas prefrontales actuales habrá , có mo no, de cambiar las retículas preexistentes. Podemos ser conscientes de los procesos de la memoria de trabajo —pensar, recordar o imaginar de manera activa—, pero siempre estaremos procesando informació n en silencio, que es a lo que yo creo que Baudelaire se refería cuando escribió acerca de la parnasse fecund, la «fértil pereza». Las corrientes neuronales está n siempre activas, arremoliná ndose en respuesta a las descargas del cuerpo y del mundo, independientemente de si el proceso cerebral está sumido en la concentració n intelectual o en esa fértil pereza. El artículo de Bentley es un placer de lectura por sus sencillas observaciones, que no han dejado de concordar con las infinitas complejidades que la neurociencia sigue revelando, y también por su escritura poética. Bentley ademá s descubrió , por cierto, que los colores brillantes son má s fá ciles de recordar con precisió n. Sucede así porque los colores brillantes provocan una mayor estimulació n fisioló gica, y cuando estamos estimulados también lo está n las neuronas cerebrales, que irradian destellos en sus vecinas y forjan grupos de células de memoria. Quizá sea esta la razó n por la que el sol parecía brillar constantemente durante nuestra infancia. En el pá rrafo final de su artículo, Bentley escribió : «Desde este punto de vista, se explica esa parte de la memoria que se convierte en fantasía y el debilitamiento de la fidelidad de la memoria»i. Memoria biográ fica Si la simple memoria sensorial cortical, como el reconocimiento del color, puede manipularse fá cilmente, ¿qué posibilidades existen de que eso ocurra en la memoria biográ fica? Lo ú nico que sabemos de cierto sobre la memoria biográ fica es que tiene que cambiar: un suceso solo ocurre una vez, como nos explicó James Clerk Maxwell. Aunque, como se ha visto, hay poca fidelidad en la memoria biográ fica, en la infidelidad hay muchos grados de traició n. En un extremo tenemos mentirijillas, cuando uno, deliberadamente, cuenta un embuste. En mis tiempos los embustes eran pecado, y cuando cada mes íbamos en tropel al confesionario para confesar nuestros pecados, siempre decíamos lo mismo: «He dicho mentiras y he desobedecido a mis padres». Aun así, se consideraba algo benigno. Es posible que esto suene demasiado simple, pero una mentira deliberada, o una confusió n, pueden transmutarse en algo muy similar a un recuerdo ambiguo, que puede a su vez convertirse en algo muy similar a un recuerdo real. El crisol, la obra dramática de Arthur Miller, es una inteligente exploración de cómo las mentiras deliberadas pueden convertirse en creencias. La obra se centra en los juicios por brujería de Salem que tuvieron lugar en Massachusetts en el siglo XVII. Empieza con unas niñas que mienten sobre otra niña, pero, a medida que el engaño avanza y más hacen las niñas por involucrarse emocionalmente en él, todas parecen llegar a la convicción de que lo que dicen es cierto. Hoy, estas histriónicas elaboraciones de la emoción pueden parecernos falsas, pero en el escenario emocionalmente poco ducho del siglo XVII, y en el seno de comunidades emocionalmente represivas, las emociones latentes y no expresadas siempre encontrarán una vía de escape que, sea como sea, resulte socialmente permisible. Salem era una comunidad cruel e infeliz, rebosante de mentiras no expresadas, y caldo de cultivo para la histeria colectiva. Al final, la mentira parece volverse parte de una creencia común porque encaja en la catarsis emocional exigida por el grupo. Falsos recuerdos Al entrar en el territorio no-consciente de la infidelidad de la memoria, caemos por la madriguera del conejo de los «falsos recuerdos». Por falsos recuerdos se entiende generalmente el acto de recordar unos hechos de manera diferente a como en realidad sucedieron, o recordar cosas que pueden no haber ocurrido siquiera. En este marco, el principal problema es que la memoria de sucesos «verdadera» es una contradicció n en los términos. El adjetivo «verdadero» no se emplea en general para la memoria, y no sin razó n, pero parece haber una amplia aceptació n de que los sucesos pueden recordarse tal y como ocurrieron originalmente, pese a lo que la ciencia ha averiguado desde el siglo XIX. La memoria, como Bentley demostró en 1899, no puede reproducirse como un flujo de experiencia sensorial. Toda memoria biográ fica es falsa hasta cierto punto, a causa del imperativo del cambio, la alteració n de las redes en virtud de los sucesos y la experiencia concurrentes, y el impulso humano de la autonarrativizació n. Uno de los escritores má s queridos, la Premio Nobel de Literatura Alice Munro, lo expresó muy bien: «La memoria es la forma en que seguimos contá ndonos nuestras historias, y la forma en que contamos a los demá s una versió n un tanto diferente de esas mismas historias». Como bien dice Munro, primero nos contamos a nosotros mismos nuestras [propias] historias. Luego las pulimos un poquito, o un montó n, y contamos «a los demá s una versió n un tanto diferente», y la versió n diferente se convierte en la nueva versió n que «nos seguimos contando», y subsiguientemente la cambiamos de nuevo para los demá s. La autonarrativizació n es lo que nosotros queremos ser y la manera en que queremos que otros nos vean. Todo esto, a la postre, está condicionado por la vanidad. Uno de los rasgos má s atractivos y sorprendentes de las personas humildes es la falta de una necesidad para autonarrativizar. El mundo ha asistido a espectaculares narcisistas, cuya vanidad, cuyo sentido de la propia importancia, solo son igualados por su falsaria autonarrativizació n. Podemos ocultarnos tras nuestras narrativas, podemos ocupar el mundo a capricho, a veces casi có micamente, como una personalidad por completo inventada. La capacidad del individuo para borrar, reconstruir, olvidar selectivamente, recordar igual de selectivamente, es infinita. Así, si los recuerdos pasados, ya sea el color de una carta o un suceso autobiográ fico, está n viéndose constantemente reconstruidos por las exigencias de la experiencia presente y nuestras cambiantes autonarrativas, ¿se puede decir que existe algo parecido a un recuerdo «falso»? ¿De qué hablamos cuando hablamos de falsos recuerdos? La expresió n «falsos recuerdos» suscita un enjambre de ideas y conceptos relacionados. Durante buena parte del siglo XX, la psiquiatría se hallaba en el epicentro de las especulaciones sobre los recuerdos reprimidos/suprimidos en la era dominada por el pensamiento freudiano, una era que solo tocó a su fin cuando la ciencia del cerebro empezó a madurar en las ú ltimas décadas del siglo. El concepto de recuerdo reprimido, en oposició n a recuerdo suprimido, se nos enseñ aba de manera ferviente: el recuerdo suprimido tenía lugar cuando una persona apartaba deliberadamente de la conciencia un recuerdo cualquiera, y el recuerdo reprimido, cuando esto no se hacía de manera deliberada, es decir, cuando era un proceso inconsciente. He asistido a no pocas conferencias de casos —un tipo de conferencias donde se discute entre colegas los má s desafiantes casos de pacientes individuales— y la cuestió n de la invenció n frente a la supresió n frente a la represió n acaba discutiéndose ad nauseam. ¿Estaba el paciente «genuinamente» y por completo amnésico? ¿Fingía la persona una pérdida de memoria para así obtener una ganancia ulterior, quizá porque no quería regresar a casa y enfrentarse a sus deudas de juego? Los debates de las conferencias de casos eran, inevitablemente, circulares. El curso habitual de la amnesia psicogénica descrito en la casuística de la literatura psiquiá trica es que la amnesia se resuelve gradualmente si el tratamiento permite que la funció n de la memoria regrese sin pérdida alguna. Comprobar los motivos, los sucios secretos de Salem, los conflictos domésticos, las adicciones secretas, las supresiones, es má s fructífero que comprobar si la historia es verdadera o falsa. Para que conste, nunca he visto un caso de lo que se llama amnesia «psicogénica». Freud es el inventor de los ofuscantes conceptos de recuerdo suprimido y recuerdo reprimido, y de las subsiguientes confusiones en torno a los falsos recuerdos. Se basaba en sus ideas sobre el abuso sexual infantil. Freud pasó de la teoría de que las neurosis femeninas —término, este de neurosis, que es má s bien un cajó n de sastre para describir la enfermedad mental— estaban causadas por abusos sexuales sufridos en la infancia a la de que todo eso era pura fantasía. Teorizó también con que la «sexualidad infantil» hacía que las niñ as se sintieran atraídas por el padre. El abuso sexual infantil, siguió teorizando Freud en un lenguaje cada vez má s arcano, no era algo que hubiera ocurrido realmente, sino una fantasía que nacía en la mente de la niñ a. En 1933 escribió sobre la «memoria transformada en fantasía», donde la fantasía era el abuso sexualii. ¿Era consciente Freud de que se había apropiado de la frase de Bentley sobre el recuerdo que pasaba a convertirse en fantasía, o había sido una acció n inconsciente, reprimida o suprimida? El rechazo de la sociedad a la idea del incesto y el abuso sexual infantil decayó en las ú ltimas décadas del siglo XX, y quedó patente que el abuso sexual de niñ os era algo tristemente cotidiano. Entonces ocurrió algo bastante extraordinario: en una extrañ a contorsió n de las teorías de Freud, sus técnicas de la hipnosis y la sugestió n fueron utilizadas para «recobrar» los recuerdos del abuso infantil. La prá ctica de recuperar los recuerdos del abuso sexual durante la infancia empleando la técnica freudiana de estimular las memorias reprimidas se convirtió así en un nuevo monstruo¹³⁷. Los recuerdos de pasados abusos eran inducidos por técnicas psicoterapéuticas de sugestió n, que animaban a los pacientes que habían «bloqueado» sus recuerdos a que asistiesen a grupos de q q g p supervivientes e intentaran recobrar la memoria, o proporcioná ndoles libros que llamasen a la reflexió n. Aquello originó el debate de si los recuerdos recobrados eran «verdaderos» o «falsos». Pero discutir los recuerdos recobrados frente a los recuerdos falsos frente a los recuerdos verdaderos no era muy distinto de discutir cuá ntos á ngeles podían bailar en la cabeza de un alfiler. Elizabeth Loftus fue una de las figuras destacadas que aportaron un poco de realidad al á rea de los recuerdos falsos, y, lo que es má s importante, separó las técnicas de manipulació n de la memoria de la corriente general de la prá ctica médica¹³⁸. Lo que llamamos recuerdos recobrados ya no se admite como prueba en los tribunales de la mayoría de jurisdicciones. Es importante señ alar, puesto que es algo que no se dice a menudo, que por desgracia las víctimas y supervivientes del abuso sexual infantil, al menos segú n mi experiencia, no necesitan de técnicas de estimulació n de la memoria para recordar los horribles sucesos que envenenaron sus infancias, sus memorias fundacionales y su salud mental para el resto de sus vidas. La neurociencia de los «falsos» recuerdos Aunque la psiquiatría ha abandonado la idea del recuerdo falso, el término sigue presente en la literatura neurocientífica. Habida cuenta del flaco favor que se le ha hecho a las incontables mujeres «histéricas» que fueron víctimas/supervivientes del abuso sexual en la época posfreudiana, es de lamentar que el adjetivo «falso» deba preceder a «recuerdo» en disciplina alguna, pero, adjetivos aparte, la neurociencia de los falsos recuerdos es un fascinante conglomerado de descubrimientos con un potencial trascendental para examinar nuestros sistemas de memoria. La nueva neurociencia del falso recuerdo comenzó en la biología de las algas, algo que para mí representa un asunto con el que estoy muy familiarizada. Vivo en un pueblo llamado Howth, que es una isla unida por un camino, en el vértice norte de la bahía de Dublín. El camino a Howth desde la ciudad abraza la línea costera, cubriendo kiló metros de mar. Hemos recibido tanto sol en los veranos recientes que cuando conduzco o voy en bicicleta a casa desde la ciudad, y la marea ha bajado, el mar se transforma en un enorme y explosivo campo de algas de color neó n. Cuando veo por primera vez el verde fluorescente que brilla en la playa, siento que espolea mi memoria el recuerdo de un sorprendente experimento científico realizado por Susumu Tonegawa. Tonegawa es un científico que aborda mú ltiples disciplinas y que ha ganado el Premio Nobel por sus trabajos sobre inmunologíaiii. Su historia comienza con el desarrollo de una técnica llamada optogenética, que ha sido considerado el mayor descubrimiento del siglo XXI¹³⁹. Para comprender los rudimentos de la extraordinaria historia científica de la optogenética, debemos empezar por las algas de color verde neó n. El color verde proviene de las proteínas pigmentadas, llamadas rodopsinas, que se encuentran en la superficie de las células de las algas. La rodopsina es en realidad un canal que permite que la luz del sol penetre en la célula, y esta energía luminosa es transformada entonces en energía celular, que hace que el alga se mueva y se divida. Este proceso es similar al que la clorofila causa en las hojas —la transformació n de la luz en energía celular— y al que los pigmentos de la retina provocan en los ojos —la transformació n de la energía lumínica en neurotransmisió n eléctrica—. La retina humana produce rodopsina, entre otras de las diversas proteínas sensibles al color. En todos estos ejemplos, la energía lumínica es convertida en energía celular a través de moléculas pigmentadas que transportan dicha energía a la célula, ya sea la molécula verde de la rodopsina a un alga, la molécula verde de la clorofila a una hoja, o una célula retinal roja, verde o azul. En esto se sustenta la mitad de la nueva ciencia de la optogenética. En la otra mitad de la historia interviene la ingeniería genética, la manipulació n de células humanas para producir la proteína rodopsina, de ahí el nombre de optogenética. ¿De qué manera se logró ? La rodopsina, siguiendo el proceso evolutivo, se forma en las células retinales, como ya hemos explicado. La proteína solo se produce en el ojo, pero el ADN de la rodopsina está presente de forma latente en todas las células: el ADN se encuentra en las células cerebrales, pero solo en el ojo se convierte en proteínas. Durante añ os un científico de Detroit, Zhuo-Hua Pan, ha tratado de insertar rodopsinas en células retinales no funcionales de ratones ciegos. A la larga lo consiguió , empleando un microbio que transportaba el có digo genético de la rodopsina¹⁴⁰, ¹⁴¹. El microbio entró en la maquinaria del ADN, y las células retinales del rató n ciego empezaron a producir la rodopsina, lo que permitía que la luz activase la retina. Al mismo tiempo, los científicos que colaboraban con Zhuo-Hua Pan en Alemania y Estados Unidos publicaron un estudio que explicaba la manera en que las neuronas hipocampales del cerebro podían ser manipuladas genéticamente para producir dicha proteína y provocar su activació n lanzando un destello sobre la neurona¹⁴², iv. Las técnicas optogenéticas se emplean ahora en cientos de laboratorios de todo el mundo; de este modo, los científicos tienen la posibilidad de lanzar destellos para p p activar células neuronales que, a su vez, son visibilizadas en plena acció n. Este tipo de ingeniería genética permite ver la memoria funcionando en tiempo real a nivel de neurona. Tonegawa ha aprovechado esta técnica para examinar la formació n de la memoria y, má s recientemente, lo que él ha llamado «falsa» memoria. Tomá s Ryan, que hace poco regresó del laboratorio de Tonegawa en Boston al Instituto de Neurociencia de Trinity College, nos ha brindado un vívido relato de primera mano de un experimento en el que trabajó con Tonegawa¹⁴³. En este experimento, llevado a cabo con ratones, se etiquetó el recuerdo de un lugar —una caja azul, blanda y nada notable — introduciendo rodopsina en las neuronas hipocampales que componían el grupo de células de memoria de la caja azul. Después, pusieron al rató n en una caja roja en la que se le asustaba lanzando descargas eléctricas a través del suelo, de forma que el rató n mostraba la clá sica respuesta al miedo consistente en quedarse paralizado. De este modo, el rató n había adquirido una memoria emocionalmente neutral para la caja azul y una memoria cargada emocionalmente para la caja roja. La siguiente etapa del experimento consistía en poner otra vez al rató n en la caja azul mientras, simultá neamente, se le activaba el grupo de células de la caja roja por medio de la luz. Cuando el rató n regresaba a la caja azul, que antes era emocionalmente neutral, se paralizaba de terror. El miedo había sido transferido de la memoria de la caja roja a la memoria de la caja azul. Habían manipulado la memoria de la caja azul al ponerle la etiqueta de una emoció n. Este brillante experimento tiene para mí un ú nico problema como psiquiatra, y es su título: «Crear una memoria falsa en el hipocampo»¹⁴³, v. El título me interesó porque no se me había ocurrido que por insertar una emoció n dentro de una memoria emocionalmente neutral se estaba creando una memoria falsa, puesto que es eso lo que hacemos todo el tiempo. Por ejemplo, un padre podría ser amable y benévolo con un niñ o casi todo el tiempo, salvo cuando está borracho. El miedo provocado por la experiencia de un padre caprichosamente agresivo y fuera de control cambia la memoria del padre para el niñ o, porque lo ha etiquetado ahora con una emoció n. Lo segundo que uno podría preguntarse es si una memoria artificialmente creada es falsa. Al margen de la forma en que provocamos un recuerdo, ya sea a través de una estimulació n interna de las neuronas de un rató n o por medio de la percepció n exteroceptiva, la materia neuronal de la experiencia ya está formada. ¿La alucinació n de escuchar voces, cuando estas llegan desde el exterior de la persona, es una experiencia menos real que la de una persona real hablando? Se podría decir que el suceso no ocurrió en la realidad comú n que todos compartimos, pero la experiencia de las alucinaciones auditivas y la de una persona real hablando se asientan y p en la materia neuronal de la memoria. Lo que podemos decir taxativamente de estos experimentos es que la memoria puede modificarse por medios artificiales, y esto es mucho má s fascinante que el planteamiento de si la memoria modificada es verdadera o falsa. Hay muchas aplicaciones clínicas potenciales de las técnicas optogenéticas en el tratamiento de las enfermedades del cerebro, aunque para esto aú n queda bastante camino por recorrer. Hipotéticamente, se podría emplear una técnica optogenética para hacer un implante en el cerebro que pudiera activarse mediante la luz, como un marcapasos operado por estímulos lumínicos, a fin de modificar una funció n cerebral. Ahora se pueden emplear también las técnicas optogenéticas para apagar la actividad neuronal. Un estudio realizado en el Instituto de Neurología del University College de Londres ha utilizado las técnicas de optogenética para controlar los ataques epilépticos en el có rtex de las ratas¹⁴⁴. La epilepsia se debe al exceso de disparos indiscriminados de las células, y en este estudio las neuronas inhibitorias fueron modificadas genéticamente para disparar cuando eran expuestas a la luz, de manera que inhibieran los disparos en el có rtex dañ ado de las ratas¹⁴⁵. La ciencia médica ha pasado de la resecció n quirú rgica del hipocampo de HM para intervenir una epilepsia intratable en 1953, al control de los ataques por la actividad de la luz en 2012… en solo 59 añ os. Otra aplicació n importante de la investigació n de la optogenética consiste en emplear una técnica para ver qué partes específicas de los circuitos de memoria se pueden ver afectadas por un tratamiento concreto¹⁴⁶. ¿La estimulació n optogenética de las neuronas hipocampales dañ adas permitirá la reparació n y regeneració n de la depresió n y la demencia senil?¹⁴⁷ ¿Será posible acudir algú n día a una clínica cerebral para regenerar de manera predirigida un circuito de memoria dañ ado? ¿Algú n trauma, quizá ? La historia de la optogenética demuestra que la unió n de diferentes disciplinas —genética, física, biología, neurociencia, ó ptica, medicina, bioingeniería— puede dar lugar a fabulosos saltos del conocimiento. En la nueva era interconectada de la red mundial y la colaboració n científica interdisciplinal, tal cosa puede llegar a ser una realidad. Nuevas ideas sobre la inhibició n equilibrada de la memoria Para la recuperació n de la memoria, es de relevancia la novedosa ciencia de la investigació n de aquello que recordamos y olvidamos. Los estímulos sensoriales no dejan de abrirse paso a través de un enredo relativamente estable de organizació n siná ptica. Hoy se está explorando la diná mica entre las estructuras existentes consolidadas y el trastorno causado por la experiencia presente, lo que recibe el nombre de «mantenimiento competitivo»¹⁴⁸. Quien me ha enseñ ado mucho acerca de las diná micas de la estimulació n y la inhibició n de la memoria es un colega y amigo, Mani Ramaswami, que trabaja en nuestro instituto de neurociencia investigando los mecanismos moleculares de dicha diná mica en la drosofila, la mosca de la fruta, a la que ya he dejado de espantar a manotazos¹⁴⁹. La lecció n que he aprendido del trabajo de Mani es que la inhibició n neuronal es un proceso activo y necesario para filtrar nuestra informació n sensorial, sin el cual habría una sobrecarga sensorial caó tica. También me ha parecido fascinante que el complejo proceso de atender y memorizar algo de manera selectiva pueda medirse al nivel de las células del cerebro, e incluso de las moléculas. Lo que experimentamos puede inferirse por la introspecció n y la autoconsciencia, puede explorarse y medirse psicoló gicamente, y puede espigarse por la medició n del comportamiento, pero siempre estará ocurriendo a nivel celular, incluso si lo que de ahí emerge es la suma de millones de cargas positivas y negativas. Tratar de responder una sola pregunta que concierna a la investigació n de la neurociencia parece arrojar má s y má s preguntas, lo que a menudo abre sistemas enteros de alta complejidad en los que todavía no se ha ahondado del todo. El proceso de examinar lo que memorizamos abre un proceso má s de equilibrio inhibitorio. Todo lo que en realidad sabemos es que hay un mundo sensorial inmediato que penetra en el cerebro a través de las vías sensoriales, y que estas transportan una serie de señ ales que se prensan en el enredo siná ptico de inhibició n y desinhibició n, en los circuitos, en las redes, y que pueden producir cambios temporales o permanentes en la arquitectura neuronal. Aunque los procesos neuronales individuales al final está n determinados por las leyes de la ciencia, y aun cuando alguna vez lleguemos a comprender esas leyes, el abanico de resultados será siempre infinito. ¿Có mo podría la memoria llegar a ser fiel a los hechos? Territorios perdidos Tonegawa cree que, mediante la estimulació n optogenética de la amígdala, algú n día podremos reactivar los recuerdos felices. La neurociencia ya se está extendiendo hasta las mismas diná micas neuronales del tiempo, pero el sueñ o de Tonegawa de encontrar el tiempo perdido proustiano de los recuerdos felices del pasado es, me temo, una ilusió n. ¿Acaso existe una memoria perimetrada, intocada por el presente, como un jardín amurallado? Podría parecer que hay algo ahí que flota casi en paz en la memoria personal: un lugar que existe, pero al que no podemos regresar, un espacio que intuimos, una «desvanecida belleza», un territorio perdidovi. Uno de los grandes clá sicos de la literatura francesa —escrito a principios del siglo XX, en la misma década en que Proust escribió En busca del tiempo perdido— es Le grand Meaulnes («El gran Meaulnes»). Traducido también, en inglés, como Territorio perdido, la obra trata de la bú squeda en el bosque de un misterioso mundo perdido. Una especie de conciencia onírica evoca ese territorio, por medio de unas imá genes llenas de vida que van cambiando sin seguir un hilo temporal, y donde las memorias de la infancia se entremezclan con los albores del despertar sexual. Las imá genes y los sentimientos oníricos que Meaulnes recuerda como ubicados en alguna parte dentro de un laberinto de bosques y campos a mí me parece que se encuentran realmente en los bosques de arborizadas raíces de la conectividad dendrítica… recordados como una desvanecida belleza. Franz, el narrador, intenta advertir a Meaulnes de que no es posible viajar al pasado, pero el héroe no logra apercibirse de ello, con trá gicas consecuencias. La bú squeda del tiempo y de los territorios perdidos nunca producirá la experiencia original, por reluctantes que los jó venes desesperadamente romá nticos se sientan a aceptarlo. 15 Las memorias más antiguas ¿Es el pasado alguna vez, realmente, pasado?... Las zonas ancestrales no se consideran reliquias de un pasado que terminó , sino que má s bien se las siente como energías persistentes que dan vida a hechos, relaciones y subjetividades en el presente. ANNE MULHALL²⁸* Memoria colectiva Es obvio que aprendemos de los demá s las ideas y contextos que nos permiten entender el mundo. Por lo general, la memoria colectiva es conceptualizada como memoria cultural, pero gran parte de nuestra memoria colectiva profunda es también bioló gica. Aunque nacemos como una pá gina má s o menos en blanco en la que la experiencia habrá de dejar su huella, los seres humanos somos, primero y principal, el producto bioló gico de haber vivido muchísimas cosas que nos precedían en la evolució n. Toda forma de vida sobre la Tierra comparte una genética comú n. El genoma ú nico de un individuo se compone de material genético no solo de la familia propia, sino también del océano colectivo de nuestros ancestros genéticos, desde las algas a los simiosi. Es la organizació n de las células en un ú nico organismo lo que determina la clase de vida que emergerá de ese macizo de células. El oso pardo y la memoria matrilineal Paula Meehan, una poeta irlandesa muy apreciada, y alumna del Trinity College de Dublín, ha escrito un poema, «El solaz de Artemisa», que ahonda en la memoria bioló gica profunda. El poema se inspira en un artículo académico de investigació n escrito en colaboració n por las universidades del Trinity College, Oxford y Penn State, y trata sobre un oso pardo irlandés¹⁵⁰. Los osos pardos han estado extinguidos en Irlanda desde la Edad de Hielo, hace unos 20.000 a 50.000 añ os. Los restos de uno de estos osos pardos, una hembra, fueron descubiertos en 1997 en una cueva de las montañ as Sligo, al oeste de Irlanda. El hallazgo del ADN en Sligo de un oso pardo fue algo emocionante, pero má s emocionante aú n fue el hecho de que una parte del ADN del oso pardo irlandés, el ADN mitocondrial, estuviera presente en todos los osos polares del Á rtico. La mitocondria se encuentra en todas las células y proporciona la energía que estas requieren. A menudo se le llama la «central eléctrica» de la célula, y es como un pequeñ o orgá nulo independiente en el interior de la célula con su propio ADN. En la mayoría de especies, incluso entre los humanos, el có digo ADN mitocondrial se hereda, sin modificaciones, de la madre. Esto se denomina herencia matrilineal. En el caso que nos ocupa, significa que los osos pardos irlandeses son los ancestros de todos los osos polares. De alguna manera, una o varias osas irlandesas llegaron hasta el Á rtico —las tierras del Á rtico y de Europa estaban por entonces unidas— y se aparearon con un oso á rtico nativo. El ADN mitocondrial, al extenderse sin alteraciones desde el oeste de Irlanda durante má s de 40.000 añ os, todavía dispara células cargadas con su combustible en las osas polares. Paula reflexiona sobre la memoria eterna, bioló gica, femenina, y profundamente arraigada, en comparació n con los recuerdos superficiales de los «niñ os de la má quina», la primera generació n de internet: [...] hablan de la memoria, de comprarla, de comprarla [barata, pero yo, que por naturaleza soy guardiá n de la memoria, escaneo el [tiempo codificado en la dorada colmena mental de la eternidad. Quemo mi libro, quemo todo mi archivo: un resplandor que se alza, sinapsis que arden de célula a [célula donde la memoria duerme en las cerosas hexagonales de mi panal condenado y ya fundiéndose²⁹*. Algo perdura en las profundidades de la memoria del eterno femenino, quizá el amor romá ntico y maternal, aguardando en la entrada de la cueva a su amante, que corre por enormes campos de hielo… soñ ando con mis cachorros en torno a la madriguera, mis dulces cachorros, que huelen a nieve y dulce olvido. En otra vuelta de tuerca, las propias mitocondrias quizá alguna vez fueron bacterias que se sumaron a células animales y se subvertieron al propó sito de supervivencia de la célula que las arropaba¹⁵¹. La bacteria mutada siguió teniendo una vida semiindependiente, alojada en la maquinaria celular de cada célula humana. Los virus tienen una estructura idéntica al ARN, el codificante que en los seres humanos traduce el ADN en proteínas. Los virus son también intrusos que ingresan en la maquinaria de células humanas del ADN, y no tendrían ningú n efecto sobre nosotros si no compartiésemos la misma biología molecular. Ese es el motivo por el que la COVID-19 puede engañ ar a las células para que produzcan la proteínas COVID que enferman a los humanos. Esto, en ocasiones, puede ser una ventaja, y los virus son ahora utilizados como portadores para cambiar la producció n de ADN que tiene lugar en células vivas pero enfermas. También encarnamos a nuestros predecesores evolutivos en la memoria y las experiencias emocionales. Por ejemplo, como ya hemos visto, estamos interconectados para responder de inmediato, emocionalmente, a la memoria olfativa. Ocurre así porque, ante la ausencia de reflexió n consciente, las especies evolutivas má s antiguas necesitaban reconocer y responder de manera inmediata y automá tica al peligro. La exigua distancia conectiva entre olor y respuesta mantiene viva a la rata, que posee un có rtex olfativo relativamente enorme en comparació n al nuestro; y nosotros somos los afortunados herederos de esta experiencia emocional. El lugar ocupa probablemente un papel fundamental en el sistema de la memoria humana debido a la importancia que tiene para los depredadores y los recolectores de alimentos regresar a los entornos en los que hay abundancia de comida y evitar aquellos que puedan resultar peligrosos. En el cerebro humano hay muchísimas interconexiones no ya por las exigencias de nuestro mundo, sino por las de nuestros ancestros filogenéticos. Memoria cultural En tanto la memoria bioló gica profunda palpita allá al fondo, la memoria cultural ocupa un papel preponderante en la manera en que construimos nuevas memorias y las amalgamamos para comprender el mundo. Paul Baltes y Tania Singer, del Instituto Max Planck, han resumido las contribuciones inseparables de la memoria cultural y bioló gica a los sistemas de memoria individual: Hay un consenso general de que la mente es la co-construcció n biocultural de dos sistemas de influencias interactivos: genéticobioló gico interno y material-social-cultural externo. El cerebro es el resultado de unir esos dos sistemas de herenciaii. Aun reconociendo la inseparabilidad de la memoria bioló gica y cultural, Baltes y Singer llegan a la conclusió n de que las influencias socioculturales son má s dominantes en el mundo moderno. Lo que veo y percibo me lleva a creer que, en una vida media, nada es má s importante para lo que observamos detenidamente y memorizamos que nuestra osmó tica relació n con la memoria sociocultural. El término memoria colectiva, mémoire collective, fue acuñ ado por primera vez en 1925 por el soció logo francés Maurice Halbwachs. La tesis central de Halbwachs era que la memoria privada de un individuo existía dentro del marco de la memoria colectiva, sin la cual la memoria privada no podía tener ni significado ni contexto: «Y, con todo, es en la sociedad donde normalmente las personas adquieren sus recuerdos. Es también en sociedad como recuerdan, reconocen y ubican sus memorias»³⁰*. Halbwachs creía en el concepto de un patró n de creencias o memorias culturales, que él llamaba «marcos», colonizadas gradualmente por otras en los cambios producidos por las sociedades. La introducció n gradual de un nuevo patró n de ideas en un marco preexistente implica que el contenido total puede conservar la estabilidad mientras poco a poco se transmutan las ideas constituyentes. Esto puede observarse un poco a grandes rasgos en la preservació n y el renombrado de los rituales procedentes de la época cristiana y precristiana, entre los cuales el ejemplo prototípico es la asimilació n de la celebració n precristiana del solsticio de invierno por las navidades cristianas. Quizá el lector esté empezando a darse cuenta de que las diná micas de la memoria cultural son similares a las de la memoria individual: no son fijas ni inmutables, sino que se hallan en un proceso de continua reconstrucció n por parte del presente. Es como si la humanidad entera tuviese una red cortical colectiva destinada a la organizació n (a veces la desorganizació n), débilmente consolidada y a la que constantemente modifican las vastas corrientes de los estímulos sensoriales. Como observó Halbwachs, el pasado no se preserva, pero sí se reconstruye segú n las creencias presentes. Su descripció n de este proceso de revisionismo es el mismo que el de la memoria individual, donde un cambio en la autonarrativizació n provoca un trastorno de la memoria: «[…] elegimos entre los recuerdos almacenados [...] para dar un orden conforme a nuestras ideas del momento». Los frá giles almacenamientos de memoria colectiva parecen ser igual de mudables que los de la memoria personal. Las historias má s antiguas Una constante, sin embargo, en la siempre cambiante marea de la cultura humana es el cuento de hadas. Son las historias má s antiguas; son universales, pero está n entretejidas a lo local, y pasan de generació n en generació n a través del relato oral. Crecí en la cultura de los cuentos de hadas locales porque, por sorprendente que parezca, mi generació n, en la Irlanda rural, aú n se hallaba muy cerca de la tradicional transmisió n de historias por medio de la palabra hablada. A un nivel muy profundo de la memoria, me hallaba entonces, como ahora, arraigada al poder de los cuentos de hadas. Tardé varios añ os en reconocer el motivo oculto de la psicosis posparto en esa clase de cuentos. Probablemente, al lector le habrá n sobresaltado, como a mí, no solo los terroríficos delirios psicó ticos de Edith, sino también el hecho de que esos delirios recuerden a las historias culturalmente familiares del bebé o el niñ o arrebatado. La experiencia de Edith tenía un sentido de lo familiar para mí má s distante que el retumbante eco de las películas de Hollywood, que se parecen má s a una resonante resaca. Los cuentos de hadas irlandeses, similares a los de cualquier otra parte de Europa, en general solo pasaron al papel entre los siglos XIX y XX. En esta época se desarrolló en Irlanda el movimiento del Crepú sculo Celta —parecido al que llevaron a cabo los hermanos Grimm en Alemania, unas décadas antes— para preservar la cultura autó ctona nacionaliii. La transliteració n del folklore irlandés tuvo un significado especial porque la lengua de Irlanda, su historia y su religió n habían estado prohibidos durante varios siglos bajo el Gobierno inglés. En la mayoría de países se hablaba el anglo-irlandés, y se trataba de una fusió n de las estructuras gramaticales del idioma irlandés con palabras inglesas. El irlandés hablado, tanto entonces como ahora, seguía siendo el idioma principal en pequeñ as zonas del litoral oeste, sur y norte, donde muy probablemente se contaban los cuentos de hadas. El lacó nico lenguaje irlandés, con su relativa escasez de palabras y, por tanto, su mayor ambigü edad, es un idioma perfecto para el conciso y expresivo cuento de hadas. En 1890, Douglas Hyde ofreció el primer relato escrito sin adulterar del folklore y los cuentos de hadas irlandeses, en el «lenguaje exacto» de la gente (segú n la descripció n de W. B. Yeats). Hyde era una figura prominente entre las luminarias del Crepú sculo Celta, algunas de los cuales —ni Yeats ni Hyde entre ellas— se convertirían en revolucionarios durante la guerra por la independencia que estalló con el alzamiento de 1916. Hyde recopiló los cuentos tal y como los había escuchado, en irlandés, con una traducció n al inglés en paralelo³¹*. Tengo, abierta ante mí, una edició n original de Beside the fire que pertenece a mi vecina Mary, quien estuvo casada con el nieto de Douglas Hyde. Hyde, apasionado transcriptor bilingü e de los cuentos de hadas irlandeses, se convirtió en el primer presidente de la nueva repú blica irlandesa en 1938. Poco sorprenderá , pues, que los cuentos de hadas estuvieran tan incardinados en mi imaginació n juveniliv. Mis hermanos y yo crecimos sumidos en la magia de los cuentos de hadas irlandeses. Pasá bamos nuestros veranos en la pequeñ a granja del condado de Kerry, en el vértice suroeste de Irlanda, donde la familia de mi madre había vivido durante varias generaciones. Nos mudamos de casa varias veces mientras crecimos, pero las vacaciones de verano en Rathoran eran una constante. El prefijo «Rath» —comú n en muchos nombres de lugares irlandeses— es el irlandés-gaélico para una zona circular, elevada, de tierra, con una meseta bordeada de á rboles, generalmente espinos, que se consideraba poseían poderes má gicos. Se decía que las hadas vivían bajo los raths. El tío Jim —el hermano de mi madre, que se encargaba de la granja junto a su hermana, la tía May— nos contó que un vecino que había tratado de arrancar un espino solo consiguió que su tractor fuera insistentemente repelido por él. El tío Jim, por su parte, no tenía tractor, y seguía haciendo uso de un caballo y un carro para transportar los cubos de leche hasta la mantequería cada mañ ana, lo que solo dejó de hacer cuando el caballo murió . Uno de mis recuerdos má s preciados de esos veranos era levantarme temprano y salir a hurtadillas del dormitorio para que fuera yo la ú nica entre mis hermanos en ir a la mantequería, subida en la parte trasera del carro de mi tío Jim, con mis piernas temblequeando a causa de los baches sobre el camino de tierra que llevaba de la granja a la carretera principal de Abbeyfeale. «Simplemente, la vida» W. B. Yeats también cayó bajo el hechizo de los cuentos de hadas irlandeses, y en la introducció n a su Irish Folk Stories and Fairy Tales describe la obra de Douglas Hyde con estas palabras: «No es ni humorística ni grave: es, simplemente, la vida». El conocido poema breve de Yeats, «El niñ o robado», probablemente guarde relació n con el tan conocido suceso de la muerte por causas desconocidas en los niñ os: ¡Sal y ven, oh, niñ o humano!, a las aguas y los bosques con las hadas de la mano, pues el mundo está má s lleno de pesar de lo que puedas comprender. Esto nos lleva otra vez a Edith y su creencia psicó tica de que su bebé había sido sustituido por un doble idéntico. El tema del bebé cambiado es universal. Se creía que el bebé cambiado lo dejaban las hadas, tras haber robado al bebé de verdad. En una versió n del cuento de hadas del bebé cambiado, transcrita por Yeats, una mujer, Mrs. O’Sullivan, está convencida de que su bebé ha sido sustituido y que «las hadas se lo han robado». Como es típico, pide consejo a una sabia local. La mujer le aconseja hervir cá scaras de huevo en una enorme olla puesta al fuego. Podría considerarse absurdo hervir unas cá scaras: uno herviría huevos, pero no cá scaras. Si el bebé es un niñ o inocente sin conocimiento alguno, no le sorprendería que se hirvieran cá scaras de huevo. Pero, razonablemente, si se trata de un astuto bebé cambiado, éste se vería impelido a decir algo al presenciar esa bobería de hervir unas cá scaras. Mientras Mrs. O’Sullivan hierve las cá scaras de huevo, el bebé cambiado pregunta, «con la voz de un hombre muy anciano: ¿Qué está s haciendo, mamá ? ¿Qué está s preparando, mami?». El don del habla «probaba ahora, sin ningú n género de dudas, que se trataba de un sustituto de las hadas». El niñ o cambiado de Mrs. O’Sullivan recuerda a las alucinaciones auditivas que las mujeres con psicosis posparto experimentan y frecuentemente atribuyen a un bebé reemplazado. Es Mrs. O’Sullivan, y no la mujer sabia, la que, al percatarse de ello, mata al bebé: algo que sucede con mucha frecuencia en las psicosis posparto que no reciben tratamiento. Lo que en el folklore se conocía como bebé cambiado es probablemente, en la nomenclatura de la psiquiatría, un delirio de sustitució nv. Los delirios de sustitució n en la psicosis posparto pueden involucrar a todas las personas que rodeen a la mujer, pero má s habitualmente a su bebé, su marido/pareja o, si está hospitalizada, al equipo médico. Cuando trabajaba en el Bethlem, me acostumbré tanto a los delirios de sustitució n que me hubiera planteado prudentemente la idea si las mujeres se hubieran encontrado en un estado profundamente introvertido, y habría tratado de tranquilizarlas diciéndoles que sus posibles sospechas de sustitució n eran parte de la enfermedad. Tengo el recuerdo imborrable de una mujer que creía que su marido había sido sustituido por el diablo la noche en que concibió a su bebé. Después volvió a ser su marido, pero la noche de la concepció n el diablo se había apoderado de él. En la mitad, aproximadamente, de los casos de psicosis posparto, son mujeres que nunca han sufrido un episodio psicó tico las que de repente ven có mo este les sobreviene de la nada, como un rayo. Para ellas es una experiencia desconcertante, así como para aquellos que forman parte de su intimidad. En los cuentos de hadas, los cambios dramá ticos de la mujer que ha dado a luz se atribuyen al hecho de que la madre ha sido sustituida por una doble idéntica. Los hermanos Grimm recogieron un cuento de hadas donde se describe dicha sustitució n: Cuando al añ o siguiente la reina dio a luz a un hermoso príncipe y el rey se encontraba de caza, la bruja se apareció en la forma de una doncella y entró en la alcoba donde la reina se recuperaba del alumbramiento [...]. La bruja llevó a la reina al cuarto de bañ o y cerró la puerta. En el interior había un fuego terriblemente caliente, y la hermosa reina murió asfixiada allí mismo [...]. Pues bien, la bruja tenía una hija, y a esta hija le concedió la forma exterior de la reina, y la tendió en la cama en lugar de la reina. En otras versiones, a la madre que acaba de dar a luz la roban las hadas para que amamante a sus pequeñ os. A su regreso, posiblemente añ os después, a menudo está muy cambiada. Otro tema es el de la mujer que da a luz y se vuelve insomne, y que termina a la larga por cerrar los ojos de pura fatiga, momento en que las hadas, que aguardaban ese instante, dejan el sustituto en la cuna. Es posible que esto refleje el insomnio de la psicosis má s los delirios de sustitució n. El Médico de las Hadas, versió n irlandesa de la sabia mujer de los orá culos, es otro aspecto importante de las tradiciones féericas: se trataba de un personaje que daba frecuentes consejos acerca de la fecha de nacimiento. Erin Kraus, folklorista, escribió así en un pequeñ o condado irlandés sobre el Médico de las Hadas: El mundo habitado por las hadas puede vislumbrarse en las fronteras temporales: al atardecer o a la medianoche, en la Noche de Difuntos o en la Noche de Walpurgis; y también en los lugares fronterizos: en el límite de la ciudad, entre corrientes, al final del jardín… Del mismo modo, estados de transició n tales como el nacimiento, la madurez sexual y la muerte se hallaban asociados al acceso al reino de las hadasvi. El relato oral tradicional de los cuentos locales de hadas se ha metamorfoseado en las narrativas universales del blanqueado mundo de Walt Disney, donde el Bien prevalece, el Inocente es recompensado, el Inepto y el Vago reciben su merecido, y los Malvados perecen o son castigados. Estas derivas no hacen justicia a las historias tan repetitivas de la vida, en especial de la vida femenina, que era el tema principal de las versiones originales sin retocar. Marina Warner, estudiosa de los cuentos de hadas, relata en su intrigante obra Once upon a time: a short history of the fairy tale (2014) el viaje de los hermanos Grimm a un hospital situado en la ciudad universitaria alemana de Marburgo, a donde viajaron para encontrarse con una anciana, famosa por conocer un gran repertorio de folklore. La anciana se negó a contarles a los Grimm sus historias. Los hermanos, finamente, lograron conocer una de ellas —la de Cenicienta— tras persuadir a una jovencita para que la anciana se la contase. La anciana de Marburgo le contó la historia a la niñ a y después los hermanos Grimm escucharon de labios de la niñ a la historia de Cenicienta. Warner escribe: «¿Acaso la anciana no quería que los muchachos má s selectos pudieran conocer los pensamientos secretos y los ensueñ os de venganza» que las mujeres experimentan?³²* En la versió n original de Cenicienta, las hermanas «feas» se automutilan, cortá ndose los dedos de los pies y los talones para encajar en el zapato perfecto del hipotéticamente perfecto pie femenino. Las palomas, aves de la esperanza y del amor romá ntico, les arrancan los ojos a las hermanas a través del vengativo espíritu de la fallecida madre de Cenicienta. El tema principal de los cuentos de hadas originales es, por regla general, brutal, pero cuesta mucho sentir algo porque los textos carecen de emociones subjetivas. Como explica Yeats, no son ni humorísticos ni graves. Leemos sobre niñ os a los que unos padres filicidas echan de casa, sobre abuelas que han sido devoradas por lobos salvajes porque el lobo quiere comerse a la nieta, sobre niñ as que se disfrazan de cabras para evitar que sus padres las violen, sobre bebés y niñ os que son secuestrados y mantenidos prisioneros durante añ os, sobre niñ os comidos... y, con todo, no hay emoció n alguna en el relato, y poca sentimos en nuestra lectura de las versiones originales. La narració n pasa de un suceso a otro a la manera en que un niñ o contaría una historia. Creo que los cuentos se narraban de este modo porque la informació n que contenían, transmitida de mujer a niñ a, era demasiado importante como para permitir que la distorsionasen los sentimientos subjetivos. No es la interpretació n de la historia lo que importa, o la forma en que podamos sentirnos, o si algo está bien o está mal; es el hecho de que el incesto, la violació n y la muerte, la rivalidad sexual existen, y la niñ a necesita saber esto y debe aprender a protegerse. El valor de esas historias concernía a la vida y a la supervivencia, y no se podía dejar que las transformase la narrativizació n. El poder de la transmisió n femenina de estas historias, la crudeza terrenal de la mujer no idealizada ni cosificada son para mí la verdadera y profunda memoria colectiva de la mujer, la cara oscura de la eterna osa parda como madre y amante. Unos ú ltimos pensamientos He vivido un período en el que la medicina ha pasado de enseñ ar a los estudiantes que el cerebro se constituye de vías separadas y funcionalmente definidas, donde la psiquiatría «encuentra su lugar» en alguna parte del agujero negro de las conexiones entre emoció n y memoria, a comenzar a entender el cerebro interconectado de manera científica. No había departamentos de neurociencia en la década de 1980 y pocos en la de 1990: este conocimiento del cerebro es reciente, y, en términos histó ricos, ha ocurrido en un abrir y cerrar de ojos. He aprendido a conocer el cerebro a medida que se iba desarrollando esta nueva visió n, pero mis puntos de referencia a la hora de abordarlo, mis memorias fundacionales, encuentran su arraigo en las experiencias personales, en las experiencias de mis pacientes y en los grandes pensadores creativos que intuyeron lo que ahora empieza a comprenderse científicamente: grandes artistas que, inmersos en la introspecció n, escribieron acerca de la experiencia de la memoria antes de que pudiéramos dar nombre a los procesos que intervenían en ella. He aprendido, como todos, a través del conocimiento y la experiencia. Las memorias fundacionales pueden sostenerse en un conocimiento científico establecido o en la sabiduría colectiva de los cuentos de hadas sin adulterar, así como en la genialidad de un puñ ado de observadores enormemente creativos. Si tiene lugar la mezcla de conocimiento y experiencia es gracias a que contamos con un sistema de memoria cerebral multiescalonado, donde las nuevas experiencias se conservan en el flexible hipocampo, el creador de recuerdos, y se unifican poco a poco en el có rtex, menos elá stico y má s consolidado. La experiencia presente y la memoria se unifican en las complejas redes del có rtex prefrontal, el contador de historias. En el mismo piná culo de esta complejidad, la imaginació n manipula deliberadamente la memoria. En esta etapa podemos trabajar la memoria sin el concurso de los estímulos sensoriales externos, facultad que permite que nos formemos nuevos patrones de pensamiento, que nos permite imaginar y crear, y modificar nuestra comprensió n individual del mundo. Es a través de esta memoria representativa como desarrollamos la autoconsciencia, y como apreciamos igualmente la autoconsciencia ajena. Llegamos así a aceptar el singular estado humano, comú n a todo el mundo, de la soledad existencial y el hecho de estar inseparablemente unidos a los demá s. Entender que todo individuo es un reflejo propio es la base neuronal que abre la vía a la virtud de la bondad humana. La cualidad principal de la psiquiatría consiste en comprender la experiencia y darle nombre. Ese es el motivo por el que los individuos con enfermedades psiquiá tricas tienen tanto que aportar a la neurociencia, y al mundo en general, en lo concerniente a los procesos que intervienen en la organizació n de la memoria. Las enfermedades psiquiá tricas conllevan, probablemente, trastornos en los procesos unificadores del cerebro, en la funció n de red cerebral, que solo ahora empezamos a comprender gracias a la neurociencia de red y los conectomas. A medida que evolucione esta ciencia, las enfermedades psiquiá tricas se irá n convirtiendo en un objetivo principal de investigació n, y creo que esto será el principio del fin de la estigmatizació n de las enfermedades psiquiá tricas. Si una salvedad importante puede hacerse en este sentido es que la mayor parte de mis pacientes no expresan idéntico optimismo. No son inmunes al estigma de la enfermedad mental, porque son ellos quienes la padecen, y, p q q p y aunque hayan logrado superar su propio estigma interior, saben que, en general, otros no lo han hecho. En la vida es inevitable el dolor, ya provenga de la enfermedad, de la separació n, de la muerte o del fracaso, y hay dolores que son innecesarios: quizá este sea el má s doloroso de todos los sufrimientos. Si algo aprendí de veras, allá por los días que pasé en Bethlem, con sus bosques y la madriguera del tejó n, aunque no fui consciente de ello hasta añ os después, es que la visió n analéptica de Edith, la memoria de un suceso, era también un suceso experiencial. Lo que experimentó al ver por primera vez la pequeñ a lá pida se vio traducido en un rastro neuronal específico que codificaba a un tiempo la lá pida y el terror asociado a ella. Volver a ver la lá pida por segunda vez disparó la arborizació n de sus neuronas como el fogonazo de un relá mpago ilumina un á rbol en una tormenta, creando así una nueva experiencia. Edith me ayudó a comprender que la memoria es, en esencia, una experiencia neuronalmente codificada. Esta experiencia puede reactivarse como una recreació n dramá tica y causar angustia emocional, o puede pellizcar alguna intuició n subterrá nea procedente de la tienda de objetos usados del pasado. Los neurocientíficos hablará n de la memoria como un proceso, los psiquiatras hablará n de ella como un repositorio de la experiencia, y los neuró logos hablará n de có mo las patologías de ciertas zonas específicas del cerebro producen deficiencias específicas de las funciones de la memoria. Pero la memoria se deriva de un infinito de tensiones y fogonazos que tienen lugar en una vasta y penetrante conectividad de la experiencia presente al interactuar con las redes de memoria. Toda la microscó pica actividad siná ptica, al destellar como fuegos fatuos, produce un efecto en la totalidad del cerebro, y es ese efecto lo que se nos presenta como una experiencia consciente. En palabras de Edith, «el recuerdo era real», una experiencia irrefutable. Las ideas vienen y van, a merced de un océano de zeitgeists culturales, pero la vívida experiencia humana, a fin de cuentas, es má s grande que las ideas: al igual que el cerebro, la experiencia es irreductible. Epílogo Al final de cada artículo científico los autores escriben una secció n titulada «Limitaciones», que aborda los defectos de su estudio. Allí se enumeran pequeñ os detalles que explican por qué los hallazgos pueden ser incorrectos o no permiten la generalizació n, y los autores, habitualmente, terminan refiriéndose a la necesidad de replicar el estudio, reconociendo las limitaciones expresadas en su trabajo, antes de que puedan confirmarse sus descubrimientos. Esta ambigü edad y vacilació n es lo contrario de lo que desea el mundo que no forma parte de la ciencia. Existe un amplísimo deseo de informació n sencilla y escueta, y una intolerancia no menos amplia hacia la ambigü edad. Los médicos tenemos que aceptar la ambigü edad y a menudo nuestras conjeturas se basan en la experiencia, y continuaremos trabajando de este modo hasta que tengamos má quinas que puedan evaluar con toda precisió n las diversas etapas de fallo y funcionamiento de los sistemas corporales, las causas de dichos fallos, y hayamos desarrollado terapias bioló gicas o farmacoló gicas que tengan las patologías por objetivo específico. La psiquiatría será la ú ltima en llegar a ese punto, porque se encarga de los má s complicados aspectos del má s complicado de los ó rganos. Así pues, terminaré con una nota de cautela enfatizando que los contenidos de este libro reflejan el estado de los conocimientos actuales, que siguen avanzando a medida que yo escribo, y el lector lee, este libro. Al abandonar este adorable verano de 2018, la cabeza se me llena de numerosos acontecimientos que había aguardado con ansiedad. No olvidaré —mientras pueda recordar— que este largo y cá lido verano tuvo como antesala la dicha que supuso el referéndum irlandés. El mar ensombrecido por el acantilado de la bahía norte de Howth, a la que voy a nadar, nos libró de la floració n de las algas a cambio de traer un intenso frío. Tras nadar hasta una lejana boya me tendía con frecuencia sobre las piedras, mientras el calor invadía mi cuerpo, y sentía que las memorias proféticas se disparaban a causa de todo aquello que durante aquel verano evocaba la felicidad. Nadaba en el mar y nadaba en la memoria. Las cá lidas piedras, los chapuzones a ú ltima hora de la tarde bajo salvajes atardeceres de color naranja y rosa, o en mañ anas de pasmada luminiscencia, la comunidad de nadadores charlando durante el ritual de secarse y vestirse, sin dejar fuera ningú n detalle del chapuzó n por pequeñ o que fuese, la percepció n cada vez mayor de las idas y venidas de mi hijo mayor, en el ú ltimo verano que pasaba en casa, y la escritura diaria. Ahora es el momento de dejar atrá s estas inmersiones y encarar el paso de unos días cada vez má s cortos. Gaston Bachelard llamó al invierno «la má s antigua de las estaciones [...], que carga de añ os nuestras memorias, y nos lleva al remoto pasado». Gracias por leer este libro, o algunas de sus partes, lector: espero que su lectura te haya proporcionado al menos una pequeñ a fracció n del placer que me ha proporcionado a mí escribirlo. Gracias… A Esther y Sean, mi madre y mi padre, y a mis hermanos, Joe, Myra y Therese, por los recuerdos. Gracias especialmente a Joe, que leyó uno de los primeros borradores del libro y me dio una informació n muy detallada. A Ted (Dinan), mi primer mentor y amigo íntimo, que me enseñ ó a aprender mejor al reducir los conceptos má s obtusos a pequeñ os fragmentos de informació n que luego podía reconstruir. A Robin (Murray), mi segundo mentor, que me mostró la manera de dar respuesta a mis propias preguntas. A mis pacientes, a todos y cada uno de ellos. Siento una enorme gratitud hacia aquellos que tan generosamente han compartido sus historias conmigo para que otros las lean. A los científicos que han arrojado tanta claridad acerca de la manera en que funciona el mundo. He mencionado solo a algunos de mis favoritos, una pequeñ a parte de muchísimos grandes científicos. Gracias, muchas gracias a mis colegas en el terreno de la neurociencia del incomparable Instituto de Neurociencia de Trinity College, donde psiquiatras, neuró logos y científicos trabajan codo con codo en una atmó sfera de feliz y emocionado conocimiento compartido. A mis colegas psiquiatras, por esos intercambios y complicidades de nuestras experiencias compartidas que nos proporcionan un vínculo ú nico. A Mary (Cosgrove), con la que he colaborado en el proyecto de neurohumanidades llamado La melancolía y el cerebro. Espero que Mary haya aprendido de mí al menos la mitad de lo que yo aprendí de ella durante nuestras conversaciones sobre «dicotomías calcificadas». A Paula (Meehan), poeta. En Irlanda tenemos un lugar especial para los poetas, que se remonta a la época céltica. Entre tantas y tantas iluminaciones que siguieron a mis conversaciones con Paula, me quedo con la comprensió n de que el poeta por vocació n es el auténtico memorialista de los tiempos. Paula, a semejanza de Proust, se encuentra en un lugar muy pró ximo al centro: es una observadora tanto de sus propias experiencias como de las experiencias ajenas. Al artista visual Cecily Brennan, cuyas percepciones creativas me han llevado a lugares a los que de otro modo nunca hubiera llegado. A Daire, por ayudarme a organizar las ilustraciones originales. A Sorca (Farrell), por hacer las ilustraciones, y a su marido Chris (Cawley), por leer el manuscrito. A mis amigos, por las risas y la diversió n, por compartir los momentos buenos y los no tan buenos, los traumas y las memorias. A Cian y Rowan, que me han dado una inmensa felicidad y los má s bellos recuerdos. A Bill Hamilton, mi sabio y astuto agente y, en parte, editor, que vio el manuscrito en su estado original, todavía sin forma, y me ayudó a comprender qué era lo que estaba escribiendo. A Josephine Greywoode, mi editora, sin cuyo ojo y oído atento la totalidad de este libro apenas tendría sentido. A mi comunidad de nadadores, especialmente a los Orcas 2, por devolverme cada día la ecuanimidad. i. Por ejemplo, la memoria a corto plazo se dañ a má s a medida que la demencia senil avanza, si bien hay una relativa conservació n de la memoria a largo plazo; en las lesiones cerebrales graves puede haber también una pérdida inmediata de la memoria a largo plazo. Las otras clasificaciones principales emplean tipos de memoria, y generalmente se dividen en implícita (también conocida como «nodeclarativa»), y explícita (también conocida como «declarativa» o «procedimental»). La memoria implícita alude a aquellas cosas que hacemos de manera automá tica, como por ejemplo las funciones motrices, mientras que la memoria explícita alude a la evocació n consciente, por ejemplo, la memoria episó dica. Creo que estas divisiones hacen má s difícil para los que no son especialistas comprender los procesos comunes que intervienen en la formació n de la memoria y en la evocació n de recuerdos, razó n por la cual no he clasificado la memoria en categorías separadas. i. Charlotte Perkins Gilman escribió «El empapelado amarillo» en 1892, aunque padeció su crisis mental durante su embarazo y tras el nacimiento de su hija en 1885. No volvió a escribir hasta 1890. Atribuyó su enfermedad a su infeliz matrimonio (1884) y al subsiguiente nacimiento de su hija Katharine (1885). Los añ os perdidos entre 1884 y 1890 supusieron un misterio que, en parte, quedó explicado por la publicació n en 2005 de una carta que Charlotte escribió a Silas Weir Mitchell en 1887, pidiéndole consulta para el tratamiento mediante la «cura de descanso». En esta carta, que Charlotte mantuvo en secreto hasta poco antes de su muerte, revela las experiencias de su vívida depresió n psicó tica. Weir Mitchell fue un prominente neuró logo especializado en el tratamiento de la neuroastenia, un diagnó stico genérico que incluía lo que ahora llamaríamos trastorno de estrés postraumá tico, depresió n, ansiedad y trastorno bipolar. Weir era uno de los hombres de moda en la sociedad americana de su tiempo y trató a figuras bien conocidas como Walt Whitman y Franklin D. Roosevelt. (Denise D. Knight, «All the Facts of the Case: Gilman’s Lost Letter to Dr. S. Weir Mitchell», American Literary Realism, 37:3 (primavera 2005), pá gs. 259-277). ii. Copérnico (1473-1543) puso en marcha toda una revolució n científica al plantear la explosiva idea, a principios del siglo XVI, de que los planetas giraban alrededor del sol. Galileo Galilei (1564-1642), que nació veintiú n añ os después de la muerte de Copérnico, desarrolló los planteamientos de este y fue juzgado por la Santa Inquisició n en 1615, que lo encontró culpable de herejía y lo condenó a arresto domiciliario para el resto de sus días. Copérnico y Galileo explicaron con evidencias las leyes de la naturaleza, pero estas no concordaban con la ley de Dios. El exilio y, a menudo, la muerte, solía ser el destino de los pocos que seguían con sus exploraciones el camino de la explicació n científica del mundo. 1. Kuppuswamy P. S., Takala C. R., Sola C. L., «Management of psychiatric symptoms in anti-NMDAR encephalitis: a case series, literature review and future directions», General Hospital Psychiatry, 2014; 36: 388-391. iii. Las enfermedades autoinmunes son muy comunes y afectan a la mayor parte de los tejidos del cuerpo: las articulaciones (artritis reumatoide), la glá ndula tiroides (tiroiditis), el aparato digestivo (enfermedad de Crohn), el corazó n (cardiomiopatías), etcétera. La encefalitis NMDA, como muchas enfermedades autoinmunes, responde a las terapias inmunosupresoras, y, o bien esto supone su fin, o bien la enfermedad puede regresar, como sucede con la mayoría de este tipo de enfermedades. 2. Sansing L. H., Tuzun E., Ko M. W., Baccon J., Lynch D. R., Dalmau J., «A patient with encephalitis associated with NMDA receptor antibodies», Nature Clinical Practice Neurology, 2007; 3: 291-296. 3. Jezequel J., Johansson E. M., Dupuis J. P., et al., «Dynamic disorganization of synaptic NMDA receptors triggered by autoantibodies from psychotic patients», Nature Communications, 2017; 8: 1791. 1* El primero que expresó el concepto de tabula rasa fue Aristó teles, en la época precristiana. iv. Los miembros y seguidores de estos salones vivían vidas muy «alternativas», rebosantes de pasió n investigadora en el nuevo orden que estaba surgiendo tanto científica como políticamente. Las mujeres escribían, estudiaban y debatían con sus homó logos masculinos. Uno de esos salones, el que dirigía Madame Helvetius, era un retiro muy codiciado por los marginados intelectuales que resultaban cada vez má s amenazadores para el ancien régime. Madame Helvetius era la viuda de Claude-Adrien Helvetius, autor de É tica —una compilació n francesa de ideas que combinaba sensibilidad y sensacionalismo—, donde defendía la igualdad de todas las mentes, independientemente de la raza o el estatus social, y, má s radicalmente, de mujeres y hombres. Tras su expulsió n de la sociedad y la muerte de su marido, Anne Helvetius adquirió una pequeñ a finca en Auteil, un suburbio de París, y vivió la vida de una mujer libre. Algunos seguidores de su saló n se convirtieron en residentes permanentes. Un detalle curioso: Benjamin Franklin, que visitaba con frecuencia su saló n, al parecer se enamoró de ella, y má s tarde trasladaría las ideas del Siglo de las Luces francés a América. Para el lector interesado en los vívidos debates que agitaron en aquel siglo la visió n del mundo, y en las personalidades que poblaron los salones de Francia, recomiendo el libro de George Makari, Soul Machine: The Invention of the Modern Mind (Nueva York, 2015). 4. Bassett D. S., Sporns O., «Network neuroscience», Nature Neuroscience, 2017; 20: 353-364. v. Esta cita es de Sylvia Siros, de Babylab, una unidad creada en 2005 en la Universidad de Manchester para examinar el desarrollo cognitivo de los niñ os. En el Trinity College de Dublín estamos llevando a cabo un estudio longitudinal de 100 bebés nacidos en Dublín en 2014-2015 de madres deprimidas/no deprimidas durante el embarazo, para observar hasta el mínimo detalle los posibles efectos de la depresió n en el neurodesarrollo del niñ o durante el período de gestació n⁷⁴. Este estudio se realiza en colaboració n con nuestros colegas del Departamento de Psicología, en el Laboratorio de Bebés y Niñ os. Es fascinante constatar que el comportamiento del niñ o y la interacció n del niñ o y los padres puede microanalizarse. Se miden hasta las miradas. Uno de los descubrimientos má s comunes es que si durante su infancia las mujeres embarazadas sufrieron malos tratos o desatenció n, es posible que desarrollen una depresió n durante el embarazo; si la depresió n se soluciona, el niñ o no sufrirá deficiencias en su desarrollo, pero si se trata de una depresió n recurrente el niñ o será vulnerable a un desarrollo má s deficiente en términos de neurodesarrollo.¹⁵² Todavía, al cabo de tres añ os, no hemos concluido las pruebas en nuestra cohorte de niñ os. 5. Scott J., Martin G., Bor W, Sawyer M., Clark J., McGrath J., «The prevalence and correlates of hallucinations in Australian adolescents: results from a national survey», Schizophrenia Research, 2009; 107: 179-185. 6. Van Os J., Linscott R. J., Myin- Germeys I., Delespaul P., Krabbendam L., «A systematic review and meta- analysis of the psychosis continuum: evidence for a psychosis proneness–persistence–impairment model of psychotic disorder», Psychological Medicine, 2009; 39: 179-195. i. La IRM (imagen por resonancia magnética) es una herramienta visual que se emplea para medir el volumen de las estructuras del cuerpo. La má quina de IRM es, a grandes rasgos, un imá n enormemente potente que hace girar de un modo particular algunos á tomos del cerebro, lo que arroja como resultado unos patrones de estructuras en 3D. Estos patrones se interpretan compará ndolos con unos mapas cerebrales anató micos está ndar de estructuras de volú menes. La IRM funcional usa el mismo principio de la estimulació n magnética de las partículas ató micas, y arroja como resultado patrones del flujo sanguíneo que pasa por el cerebro durante breves períodos de tiempo. En teoría, la sangre fluye a las zonas que está n má s activas, y eso indicará que ciertas á reas está n en uso cuando tiene lugar una actividad concreta. En el citado estudio de Villringer, el có rtex tá ctil había aumentado el flujo sanguíneo cuando se movía un dedo, indicando así que el movimiento de los dedos era controlado por ciertas regiones del có rtex tá ctil o sensorial. 7. Kurth R., Villringer K., Curio G., et al., «fMRI shows multiple somatotopic digit representations in human primary somatosensory cortex», NeuroReport, 2000; 11: 1487-1491. 8. Ortiz-Teran L., Ortiz T., Perez D. L., et al., «Brain plasticity in blind subjects centralizes beyond the modal cortices», Frontiers in Systems Neuroscience, 2016; 10:61. ii. Fiona Newell, neurocientífica y colega, ha demostrado que aquello que antes podía considerarse un aprendizaje sensorial en un ú nico terreno, digamos la vista, se extiende en realidad por los diferentes có rtex sensoriales, tanto el visual como el auditivo¹⁵³. 9. Haigh A., Brown D. J., Meijer P., Proulx M. J., «How well do you see what you hear? The acuity of visual-to-auditory sensory substitution», Frontiers in Psychology, 2013; 4: 330. 2* Edició n en castellano publicada por la editorial Gustavo Gili (2006). 10. Berger J., «Raising the portcullis: some notes after having cataracts removed from my eyes», British Journal of General Practice, 2010; 60: 464-465. 11. Shergill S. S., Brammer M. J., Williams S. C., Murray R. M., McGuire P. K., «Mapping auditory hallucinations in schizophrenia using functional magnetic resonance imaging», Archive of General Psychiatry, 2000; 57: 1033-1038. 12. Plaze M., Paillere-Martinot M. L., Penttila J., et al., Where do auditory hallucinations come from? – a brain morphometry study of schizophrenia patients with inner or outer space hallucinations», Schizophrenia Bulletin, 2011; 37: 212-221. 13. Luo Y., He H., Duan M., et al., «Dynamic functional connectivity strength within different frequency-band in schizophrenia», Frontiers in Psychiatry, 2019; 10: 995. 14. Hurst L. C., «What was wrong with Anna O?», Journal of the Royal Society of Medicine, 1982; 75: 129-131. i. Las teorías de Freud, como las de otros pensadores que marcaron una época, no escapan al sexismo ni a los prejuicios raciales y de género de su tiempo. Las hipó tesis de Freud sobre la envidia universal reprimida de las mujeres hacia la sexualidad masculina refleja los preponderantes puntos de vista misó ginos de principios del siglo XIX. La sexualizació n en Freud de los impulsos de los niñ os, sin embargo, parece ir má s allá de las creencias comú nmente admitidas en su tiempo. 3*. El Manual diagnó stico y estadístico de los trastornos mentales, 5.ª edició n, es una importante guía de diagnó sticos de los trastornos psiquiá tricos. Los diagnó sticos se basan en un listado de síntomas y no en impresiones subjetivas, lo que facilita el diagnó stico coherente tanto para Estados Unidos como para el resto del mundo. Hay tres grupos de trastornos de la personalidad: el Grupo A (raro, excéntrico), el Grupo B (antisocial, histrió nico, trastorno límite) y el Grupo C (agitado, temeroso). ii. http://www.richardwebster.net/freudandhysteria.html. Esta pá gina web ofrece una visió n global y sucinta de la historia de la histeria. En esencia, la histeria era un modo generalizador de hacer un diagnó stico de los trastornos neuroló gicos y psiquiá tricos no diagnosticables. Uno de los estudios má s fascinantes y célebres sobre la histeria es el de Eliot Slater, que examinó a ochenta y cinco pacientes de mediana edad que a principios de la década de 1950 habían recibido este diagnó stico, y cuyos casos siguió durante un período de nueve añ os. Doce pacientes habían muerto, catorce se habían quedado totalmente invá lidos y doce parcialmente invá lidos¹⁵. La mayoría de dichos pacientes habían padecido trastornos neuroló gicos y se les había diagnosticado equivocadamente como histéricos. Slater escribió que «el diagnó stico de “histeria” es un disfraz de la ignorancia y un fértil venero de errores médicos». iii. Un término comú n utilizado para los trastornos histéricos, «trastorno de conversió n», proviene de la idea de Freud de que el estrés o el conflicto emocional pueden «convertirse» en síntomas neuroló gicos, tales como amnesia o pará lisis. Aú n hoy existe un diagnó stico de «trastorno de conversió n» en el MDE 5 que se emplea en la prá ctica médica. A veces, los trastornos de conversió n reciben el nombre de trastornos «neuroló gico-funcionales». El uso del término «trastorno funcional» presupone que un suceso que tiene lugar en el cerebro, como por ejemplo un pensamiento, está separado de la materia cerebral que interviene en dicha funció n. Desde principios del siglo XX, se sabe que la estructura y la funció n no pueden separarse, ni siquiera a nivel molecular. La demostració n de esto en humanos la llevó a cabo Christian Anfinsen en la década de 1950, cuando probó que una alteració n en la estructura de una proteína la transformaba químicamente en algo distinto: el cambio estructural significaba un cambio funcional. Ganó el Premio Nobel de Química en 1972 por este descubrimiento. Que la «estructura significa funció n» es un principio bá sico de todas las ciencias, incluida la neurociencia médica. Por ejemplo, interpretamos la neuroimagen cerebral de estructuras como un indicativo de la funció n cerebral, e interpretamos que unas vías conectivas de un borroso color blanco representan una deficiente formació n de axones, y, por tanto, una deficiente conectividad. El propio tamañ o de una parte del cerebro se interpreta como algo importante: las á reas má s pequeñ as implican una funció n má s deficiente. La demencia senil no puede diagnosticarse de manera taxativa sin un escá ner cerebral que muestre una atrofia en el cerebro. A un nivel microscó pico, tener pocos receptores implica una funció n má s deficiente de sus pares de neurotransmisores. Y así con todo. Pese a estos conocimientos, aú n siguen estableciéndose diferencias entre neuroló gico y funcional. 15. Slater E. T., Glithero E., «A follow-up of patients diagnosed as suffering from “hysteria”», Journal of Psychosomatic Research, 1965; 9: 9-13. 16. Scoville WB., Milner B., «Loss of recent memory after bilateral hippocampal lesions», Journal of Neurology, Neurosurgery and Psychiatry, 1957; 20: 11-21. 17. Vargha-Khadem F., Gadian D. G., Watkins K. E., Connelly A., Van Paesschen W, Mishkin M., «Differential effects of early hippocampal pathology on episodic and semantic memory», Science, 1997; 277: 376380. 18. Maguire E. A., Gadian D. G., Johnsrude I. S., et al., «Navigation-related structural change in the hippocampi of taxi drivers», Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, 2000; 97: 4398-4403. 19. Schmaal L., Veltman D. J., van Erp T. G., et al., «Subcortical brain alterations in major depressive disorder: findings from the ENIGMA Major Depressive Disorder working group», Molecular Psychiatry, 2016; 21: 806-812. 20. Roddy D. W, Farrell C., Doolin K., et al., «The hippocampus in depression: more than the sum of its parts? Advanced hippocampal substructure segmentation in depression», Biological Psychiatry, 2019; 85: 487-497. iv. Actualmente se encuentran en estudio los defectos moleculares en la formació n de la memoria del hipocampo en modelos de depresió n/ansiedad en ratones. En un estudio coreano publicado en 2019, los autores llevaron a cabo algunos espectaculares experimentos en los que mostraban que un cambio en un gen de «memoria» se traducía en una depresió n en el rató n¹⁵⁴. El gen de la memoria interviene en la formació n de sinapsis, y cuando se elimina en los ratones se ve afectado el crecimiento hipocampal. Este equipo no solo provocó una depresió n en un rató n con un hipocampo encogido: también consiguió «fijar» el gen, proporcioná ndoles a los ratones la proteína que les faltaba. Esto restauró la formació n de sinapsis y condujo a la cura de los comportamientos depresivos y de ansiedad. 21. Viard A., Piolino P., Desgranges B., et al., «Hippocampal activation for autobiographical memories over the entire lifetime in healthy aged subjects: an fMRI study», Cerebral Cortex, 2007; 17: 2453-2467. 22. Squire L. R., Alvarez P., «Retrograde amnesia and memory consolidation: aneurobiological perspective», Current Opinion in Neurobiology, 1995; 5: 169-177. 23. Daselaar S. M., Rice H. J., Greenberg D. L., Cabeza R., LaBar K. S., Rubin D. C., «The spatiotemporal dynamics of autobiographical memory: neural correlates of recall, emotional intensity, and reliving», Cerebral Cortex, 2008; 18: 217-229. v. La memoria biográ fica, o episó dica, es «almacenada» en el có rtex prefrontal. No se sabe si el hipocampo interviene ademá s en todas las evocaciones de recuerdos. Lo que sí se sabe es que cuanto má s vívida es la memoria, má s intervienen otras á reas corticales: por ejemplo, si la evocació n es especialmente vívida en términos visuales, entonces el có rtex visual es má s probable que dispare señ ales a través del có rtex prefrontal; si los sonidos o la emoció n son parte de la memoria, entonces es má s probable que el có rtex auditivo o el emocional formen parte del proceso; etcétera¹⁵⁵. 24. Preston A. R., Eichenbaum H., «Interplay of hippocampus and prefrontal cortex in memory», Current Biology, 2013; 23: R764-773. 25. Piefke M., Weiss P. H., Zilles K., Markowitsch H. J., Fink G. R., «Differential remoteness and emotional tone modulate the neural correlates of autobio-graphical memory», Brain, 2003; 126: 650-668. 26. Wamsley E. J., «Rhythms of sleep: orchestrating memory consolidation (commentary on Clemens et al.)», European Journal of Neuroscience, 2011; 33: 509-510. 27. Batterink L. J., Creery J. D., Paller K. A., «Phase of spontaneous slow oscillations during sleep influences memory-related processing of auditory cues», Journal of Neuroscience, 2016; 36: 1401-1409. 28. De Sousa A. F., Cowansage K. K., Zutshi I., et al., «Optogenetic reactivation of memory ensembles in the retrosplenial cortex induces systems consolidation», Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, 2019; 116: 8576-8581. vi. Lo innombrable es una corriente de frases inconexas donde las palabras crean una sensació n de terror existencial porque la persona que habla no parece existir para sí misma. El narrador está perdido, solo parece existir en las palabras, y pugna por encontrar algú n sentido a estar vivo y a coexistir con el mundo. Se asemeja a un estado mental fragmentado, producido por un trauma que el narrador o el mundo no reconocen. La noció n de no estar en el mundo no es diferente en algunos aspectos a la psicosis. La obra teatral No yo, de Beckett, deriva en buena medida de Lo innombrable. Billie Whitelaw fue dirigida personalmente por el exigente Beckett para su apasionante y célebre interpretació n en No yo. Se puede encontrar fá cilmente en internet. 4* Marcel Proust, En busca del tiempo perdido (traducciones de Pedro Salinas/Consuelo Berges y Mauro Armiñ o en Alianza Editorial y Valdemar, respectivamente). 5* John Banville, «Lupins and Moth-laden Nights in Rosslare», en Possessed of a Past (Londres, 2012), pá g. 403. 6* W. B. Yeats, «La deserció n de los animales del circo». 7* William Styron, Lie down in darkness (Vintage Books, 2000), pá gs. 51-52. i. William Styron sufría depresió n profunda, probablemente un trastorno bipolar. Su familiaridad con los estados emocionales extremos podría haber contribuido a sus descripciones excepcionalmente grá ficas de las experiencias emocionales: «[...] echó una reluctante mirada a su espalda, al lugar en el que había estado tendido, y al río y también a los cedros: algo le inquietaba, una desvanecida belleza, o quizá no era má s que la sensació n de que, misteriosamente, un luminoso instante de su juventud se hallaría por siempre unido al invisible y huidizo aroma de los cedros». ii. Linda Buck y Richard Axel ganaron el Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 2004 al demostrar que cada receptor olfativo, de los que se estima tenemos unos 350, solo reconocen un olor. La memoria olfativa es mucho má s importante en los mamíferos que son filogenéticamente menos antiguos que los humanos, y, en comparació n con estos, en las ratas el volumen de la materia cerebral dedicada al olfato es enorme. Las ratas recuerdan por medio del olor, y, por tanto, aquello que reconocen y aquello a lo que reaccionan es secundario respecto al olor. Los ratones tienen en torno a 1000 receptores olfativos. 29. Buck L. B., «Olfactory receptors and odor coding in mammals», Nutritional Reviews, 2004; 62: S184-188; discussion S224-241. 30. Siebert M., Markowitsch H. J., Bartel P., «Amygdala, affect and cognition: evidence from 10 patients with Urbach-Wiethe disease», Brain, 2003; 126: 2627-2637. 31. Bechara A., Tranel D., Damasio H., Adolphs R., Rockland C., Damasio A. R., «Double dissociation of conditioning and declarative knowledge relative to the amygdala and hippocampus in humans», Science, 1995; 269: 1115-1118. 32. Adolphs R., Tranel D., Damasio H., Damasio A., «Impaired recognition of emotion in facial expressions following bilateral damage to the human amygdala», Nature, 1994; 372: 669-672. 33. Feinstein J. S., Adolphs R., Damasio A., Tranel D., «The human amygdala and the induction and experience of fear», Current Biology, 2011; 21: 34-38. 34. Phelps E. A., LeDoux J. E., «Contributions of the amygdala to emotion processing: from animal models to human behavior», Neuron, 2005; 48: 175-187. 35. Dilger S., Straube T., Mentzel H. J., et al., «Brain activation to phobiarelated pictures in spider phobic humans: an event-related functional magnetic resonance imaging study», Neuroscience Letters, 2003; 348: 29-32. 36. James W., «The physical bases of emotion» (1894), Psychological Review, 1994; 101: 205-210. iii. Má s o menos en la misma época, otro teó rico, Carl Lange, proponía una explicació n similar para las emociones (On Emotions: A PsychoPhysiological Study, 1885). La teoría de Lange, sin embargo, era menos compleja. Planteaba que el verdadero cambio en el cuerpo, la sensació n principal, era la emoció n, mientras que para James había una sensació n secundaria generada en el cerebro a partir de la sensació n principal. Dado que las teorías se asemejaban en que tanto para Lange como para James las emociones eran puramente somá ticas, las dos fueron unidas y se convirtieron en el concepto conocido como la teoría de James-Lange sobre las emociones. La teoría de James, con los añ os, fue reducida a la menos compleja definició n de Lange: esto es, que la emoció n se constituye de cambios fisioló gicos, la mayoría de los cuales son viscerales. James, como ahora podemos ver, intuyó que los estados sensitivos del cuerpo eran solo una parte de los complejos estados emocionales sensitivos, y que los estados del cuerpo se verían modificados por las respuestas del cerebro/memoria. iv. No tenemos mucho control sobre las respuestas autó nomas o viscerales, pero, mediante diversas técnicas psicoló gicas y un intenso trabajo de meditació n, un individuo puede aprender a modificar, e incluso a controlar, dichas respuestas autó nomas o viscerales. En la obra de Daniel Goleman Destructive Emotions (Londres, 2003)³³*, el autor relata los experimentos neurocientíficos llevados a cabo con Oser, budista desde hacía má s de treinta añ os. Oser había trabajado junto a algunos de los grandes maestros del budismo en el Tíbet, y, en una investigació n realizada en colaboració n entre Goleman y el dalá i lama, se aprobó la monitorizació n de Oser por IRM mientras practicaba técnicas de meditació n. Durante su meditació n, Oser, má s que tener un incremento de la tensió n arterial y del pulso en respuesta a un sobresalto, tuvo la respuesta del SNA contraria: un descenso de la tensió n arterial y del pulso cardíaco. Pero, a menos que exista una prá ctica muy disciplinada, las respuestas viscerales y del SNA son involuntarias. v. Los aumentos de la estimulació n del SNA en el sistema simpá tico se acompañ an de un aumento de la sudoració n. Tener la piel hú meda reduce la capacidad de la piel para conducir la corriente eléctrica. Esta es la base fisioló gica de la prueba de actividad electrodérmica (AED), que se emplea en el detector de mentiras. Los cambios en la prueba de conducció n de actividad electrodérmica pueden reflejar las emociones que tratamos de ocultar. La mayoría notamos una pasajera sensació n negativa, o un ligero nerviosismo, cuando decimos una mentira, a menos que carezcamos de sentimientos. Es posible disfrazar conscientemente las emociones que aparecen en la expresió n facial, pero tendremos un incremento de la actividad en el SNA simpá tico, que cuenta entre sus componentes la sudoració n, y cuya intervenció n es automá tica. La humidificació n reducirá entonces la prueba de conducció n de la actividad electrodérmica. La estimulació n del SNA se mide también por la variabilidad del pulso cardíaco, el ritmo respiratorio y, en ocasiones, la temperatura. Aquellos con una personalidad relativamente carente de emociones, por ejemplo un psicó pata, pueden no reflejar tales cambios en el SNA, y por tanto no mostrará n alteraciones en sus pruebas de actividad electrodérmica. 8* Gil Blas de Santillana, ii, X. Existen diversas traducciones al castellano, entre ellas una de las má s recomendables es la de la editorial Argos Vergara (1960). 9* Stendhal, Del amor (Alianza, 2018). 10* William James, Principles of Psychology (1890; existe traducció n al españ ol bajo el título Principios de psicología, Fondo de Cultura Econó mica, 1994). 37. Craig A. D., «How do you feel-now? The anterior insula and human awareness», Nature Reviews Neuroscience, 2009; 10: 59-70. 38. Verstaen A., Eckart J. A., Muhtadie L., et al., «Insular atrophy and diminished disgust reactivity», Emotion, 2016; 16: 903-912. 39. Ehrlich S., Lord A. R., Geisler D., et al., «Reduced functional connectivity in the thalamo-insular subnetwork in patients with acute anorexia nervosa», Human Brain Mapping, 2015; 36: 1772-1781. 40. Surguladze S. A., El-Hage W, Dalgleish T., Radua J., Gohier B., Phillips M. L., «Depression is associated with increased sensitivity to signals of disgust: a functional magnetic resonance imaging study», Journal of Psychiatric Research, 2010; 44: 894-902. 41. Penfield W, Faulk M. E., Jr., «The insula: further observations on its function», Brain, 1955; 78: 445-470. 42. Nguyen D. K., Nguyen D. B., Malak R., et al., «Revisiting the role of the insula in refractory partial epilepsy», Epilepsia, 2009; 50: 510-520. 43. Critchley H. D., Wiens S., Rotshtein P., Ohman A., Dolan R. J., «Neural systems supporting interoceptive awareness», Nature Neuroscience, 2004; 7: 189-195. 44. Critchley H. D., Tang J., Glaser D., Butterworth B., Dolan R. J., «Anterior cingulate activity during error and autonomic response», NeuroImage, 2005; 27: 885-895. 11* Antonio Damasio, Self comes to mind (Vintage, 2010). 45. Knutson B., Rick S., Wimmer G. E., Prelec D., Loewenstein G., «Neural predictors of purchases», Neuron, 2007; 53: 147-156. 46. Namkung H., Kim S. H., Sawa A., «The insula: an underestimated brain area in clinical neuroscience, psychiatry, and neurology», Trends in Neurosciences, 2017; 40: 200-207. 47. Eisenberger N. I., Lieberman M. D., Williams K. D., «Does rejection hurt? An FMRI study of social exclusion», Science, 2003; 302: 290–292. 12* Patrick Kavanagh, «Recuerdo de mi padre». 13* W. B. Yeats, «El pesar del amor». 14* Existe traducció n al castellano bajo el mismo título (Fondo de Cultura Econó mica, 2000). 15* Maurice Halbwachs, On collective memory, edició n y traducció n al inglés de Lewis A. Coser (University of Chicago Press, 1992). Existe traducció n al españ ol, la má s reciente titulada La memoria colectiva (Miñ o y Dávila Editores, 2011). 48. O’Keefe J., Dostrovsky J., «The hippocampus as a spatial map. Preliminary evidence from unit activity in the freely-moving rat», Brain Research, 1971; 34: 171-175. 49. Colgin L. L., Moser E. I., Moser M. B., «Understanding memory through hippocampal remapping», Trends in Neurosciences, 2008; 31: 469-477. 50. Ekstrom A. D., Kahana M. J., Caplan J. B., et al., «Cellular networks underlying human spatial navigation», Nature, 2003; 425: 184-188. 51. Maguire E. A., Mummery C. J., «Differential modulation of a common memory retrieval network revealed by positron emission tomography», Hippocampus, 1999; 9: 54-61. 52. Rowland D. C., Roudi Y., Moser M. B., Moser E. I., «Ten years of grid cells», Annual Review of Neuroscience, 2016; 39: 19-40. 53. Hafting T., Fyhn M., Bonnevie T., Moser M. B., Moser E. I., «Hippocampus-independent phase precession in entorhinal grid cells», Nature, 2008; 453: 1248-1252. 54. Jacobs J., Weidemann C. T., Miller JF., et al., «Direct recordings of gridlike neu-ronal activity in human spatial navigation», Nature Neuroscience, 2013; 16: 1188-1190. 16* W. B. Yeats, «Entre escolares». 55. Hall J., Thomas K. L., Everitt B. J., «Cellular imaging of zif²⁶⁸ expression in the hippocampus and amygdala during contextual and cued fear memory retrieval: selective activation of hippocampal CA1 neurons during the recall of contextual memories», Journal of Neuroscience, 2001; 21: 2186-2193. 17* Patrick Modiano, Flores de ruina/Perro de primavera (El Aleph Editores, 2012). i. No es algo frecuente, pero hay casos en los que una persona puede estar despierta, tener un ciclo sueñ o-vigilia normal, y no responder a su entorno¹⁵⁶. Los estados vegetativos o introvertidos persistentes son un ejemplo de estos dramá ticos trastornos humanos de lo que a menudo recibe el nombre de consciencia «despierta», la siguiente clase de consciencia, por encima de la vigilia, que exploraremos en pró ximos capítulos. ii. Esta cita pertenece a la intemporal joya de J. Clerk Maxwell Matter and Motion (1876)³⁴*. Maxwell fue primeramente profesor de filosofía natural, y má s tarde se le nombró profesor de física y matemá ticas en la Universidad de Cambridge. Era un pensador impresionante, que abarcaba diferentes disciplinas, y que vio que el cerebro no podía dejarse de lado en nuestra comprensió n del mundo físico, de ahí sus observaciones en torno al lugar y la memoria. 34* Existe traducció n al castellano, bajo el título Materia y movimiento (Crítica, 2006). iii. No está de má s clarificar la complicada postura de Freud sobre la memoria y el abuso sexual durante la infancia. Hasta 1897, Freud creía que los pacientes, la mayoría mujeres, desarrollaban una neurosis histérica por haber sufrido de niñ as abusos sexuales. Desarrolló sus observaciones médicas en la llamada «teoría de la seducció n». Aunque el nombre «teoría de la seducció n» implica cierta clase de consentimiento cuasi adulto por parte del niñ o, la noció n de que los padres podrían estar abusando de sus hijas superaba con mucho las ideas de la sociedad de la época, que negaba vehementemente el incesto. La teoría de la seducció n fue muy mal recibida por la clase médica, y en 1897 Freud admitió que había tomado una direcció n incorrecta en lo concerniente a la causa de la histeria y las neurosis en pacientes femeninas, y comenzó a atribuir la neurosis en la mujer a teorías sobre la masturbació n y un excesivo sangrado menstrual; incluso empezó a considerar el papel de la brujería. Tras abandonar la teoría de la seducció n, Freud se rindió a la idea de que el abuso sexual en las niñ as era una fantasía. El lector puede encontrar algunas referencias sobre el cambio de direcció n de Freud en https://www.theatlantic.com/magazine/archive/1984/02/freud-andthe-seduction-theory/376313/. 56. Horowitz J. M., Horwitz B. A., «Extreme neuroplasticity of hippocampal CA1 pyramidal neurons in hibernating mammalian species», Frontiers in Neuroanatomy, 2019; 13: 9. 57. Eichenbaum H., «Memory on time», Trends in Cognitive Sciences, 2013; 17: 81-88. 58. Tsao A., Sugar J., Lu L., et al., «Integrating time from experience in the lateral entorhinal cortex», Nature, 2018; 561: 57–62. 59. MacDonald C. J., Lepage K. Q, Eden U. T., Eichenbaum H., «Hippocampal time cells bridge the gap in memory for discontiguous events», Neuron, 2011; 71: 737-749. 60. Deuker L., Bellmund J. L., Navarro Schroder T., Doeller C. F., «An event map of memory space in the hippocampus», eLife, 2016; 5. 61. Manning L., Cassel D., Cassel J. C., «St. Augustine’s reflections on memory and time and the current concept of subjective time in mental time travel», Behavioral Sciences (Basel), 2013; 3: 232-243. 62. Rosenbaum R. S., Kohler S., Schacter D. L., et al., «The case of K. C.: contributions of a memory-impaired person to memory theory», Neuropsychologia, 2005; 43: 989-1021. 63. Addis D. R., Pan L., Vu M. A., Laiser N., Schacter D. L., «Constructive episodic simulation of the future and the past: distinct subsystems of a core brain network mediate imagining and remembering», Neuropsychologia, 2009; 47: 2222-2238. 64. Buckner R. L., Andrews-Hanna J. R., Schacter D. L., «The brain’s default network: anatomy, function, and relevance to disease», Annals of the NY Academy of Sciences, 2008; 1124: 1-38. 65. Addis D. R., Sacchetti D. C., Ally B. A., Budson A. E., Schacter D. L., «Episodic simulation of future events is impaired in mild Alzheimer’s disease», Neuropsychologia, 2009; 47: 2660-2671. iv. Si el lector desea ahondar en este tema recomiendo el libro de Douwe Draaisma The Nostalgia Factory: Memory, Time and Aging (New Haven, CT, 2013)³⁵*, en el que se examina la sensació n creciente de que el tiempo pasa má s rá pido con los añ os. 35* Un libro del mismo autor con idéntico tema fue publicado en Españ a bajo el título Por qué «el tiempo vuela» cuando nos hacemos mayores : có mo la memoria rediseñ a nuestro pasado (Alianza, 2009). v. En el libro The Big Picture: On the Origins of Life, Meaning and the Universe Itself (Nueva York, 2016)³⁶*, Sean Carroll, su autor, parte de la base de que el mundo natural es el origen de todo. Es una lectura refrescante, porque habla del cerebro en los términos de las investigaciones médicas previas. Actualmente, los principios de la física cuá ntica se está n incorporando a la biología molecular, y creo que a la larga lograremos un entendimiento de los principios de la física cuá ntica que subyacen en el comportamiento de las neuronas. 36* Existe traducció n al castellano con el título El gran cuadro: Los orígenes de la vida, su sentido y el universo entero (Pasado & Presente, 2017). vi. Las células de lugar bidireccionales fueron las primeras que se localizaron en el hipocampo; después, las células relacionadas con la orientació n de la cabeza pusieron la memoria al nivel de espacio tridimensional; se descubrió , por ú ltimo, que las células de tiempo se unificaban con la memoria espacial, lo que nos daba un continuo espaciotemporal de cuatro dimensiones. «Por lo tanto, el espacio y el tiempo por separado está n destinados a desvanecerse entre las sombras y tan solo una unió n de ambos puede representar la realidad». Con estas célebres líneas Hermann Minkowski inició su conferencia pionera sobre la relatividad en 1908. Minkowski era profesor de matemá ticas del aú n má s célebre Einstein. Minkowski comprendió que los estímulos procedentes de los sentidos humanos, que subjetivamente representan un mundo espacial tridimensional, se encuentran mapeados sobre una entidad inseparable de instantes de tiempo para formar una realidad superior tetradimensional (espaciotiempo). Como nota curiosa, Einstein no coincidía con Minkowski, pero má s tarde incorporó las ideas de este a sus propias teorías acerca de la manera en que el tiempo se entreteje al espacio. Einstein fue la má xima estrella del principio de la relatividad espaciotemporal, y siempre da buenas citas, pero su trabajo se cimentaba, como todos los avances, sobre las obras de otros físicos igualmente visionarios. 66. Moskowitz A. K., «“Scared stiff”: catatonia as an evolutionary-based fear response», Psychological Review, 2004; 111: 984-1002. 67. Lupien S. J., Wilkinson C. W, Briere S., Menard C., Ng Ying Kin N. M., Nair N. P., «The modulatory effects of corticosteroids on cognition: studies in young human populations», Psychoneuroendocrinology, 2002; 27: 401-416. 68. Juster R. P., McEwen B. S., Lupien S. J., «Allostatic load biomarkers of chronic stress and impact on health and cognition», Neuroscience and Biobehavioral Reviews, 2010; 35: 2-16. 69. Pariante C. M., Lightman S. L., «The HPA axis in major depression: classical theories and new developments», Trends in Neurosciences, 2008; 31: 464-468. 70. Cleare A. J., Bearn J., Allain T., et al., «Contrasting neuroendocrine responses in depression and chronic fatigue syndrome», Journal of Affective Disorders, 1995; 34: 283-289. i. A través de pequeñ os capilares, la hormona CRH viaja desde el hipotá lamo, que se encuentra cerca de la parte frontal de la base del cerebro, a la glá ndula pituitaria, que se asienta justo debajo, en una hendidura ó sea, pero en el exterior del cerebro. Aquí, la hormona CRH estimula la secreció n de ACTH. La ACTH circula en el torrente sanguíneo y provoca la secreció n del cortisol en las glá ndulas adrenales situadas sobre los riñ ones. El cortisol es excretado en la corriente sanguínea y repartido hasta diferentes ó rganos del cuerpo, causando cambios intracelulares en la producció n de ADN (en células individuales) y alterando la producció n de proteínas en estas células. 71. Sarrieau A., Vial M., McEwen B., et al., «Corticosteroid receptors in rat hippocampal sections: effect of adrenalectomy and corticosterone replacement», Journal of Steroid Biochemistry, 1986; 24: 721-724. ii. Bruce McEwan murió en enero de 2020. En 2019, sentí el mayor placer imaginable, tras una década entera admirá ndolo, al verlo como co-autor de un editorial publicado en la revista Biological Psychiatry sobre un artículo mío que hablaba de la IRM y el tamañ o del hipocampo en la depresió n²⁰. McEwan no dejó de trabajar hasta su muerte, a la edad de 82 añ os. 72. De Kloet E. R., Joels M., Holsboer F., «Stress and the brain: from adaptation to disease», Nature Reviews Neuroscience, 2005; 6: 463475. 73. Joels M., de Kloet E. R., «Effects of glucocorticoids and norepinephrine on the excitability in the hippocampus», Science, 1989; 245: 1502-1505. 74. O’Keane V., Lightman S., Patrick K., Marsh M., Papadopoulos A. S., Pawlby S., Seneviratne G., Taylor A., Moore R. J. «Changes in the maternal hypothalamic–pituitary–adrenal axis during the early puerperium may be related to the postpartum “blues”», Neuroendocrinology, 2011; 11: 1149-1155. 75. Meaney M. J., Aitken D. H., Bodnoff S. R., Iny L. J., Sapolsky R. M., «The effects of postnatal handling on the development of the glucocorticoid receptor systems and stress recovery in the rat», Progress in Neuropsychopharmacology and Biological Psychiatry, 1985; 9: 731734. 76. Magarinos A. M., Verdugo J. M., McEwen B. S., «Chronic stress alters synaptic terminal structure in hippocampus», Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, 1997; 94: 14002-14008. 77. McEwen B. S., «Allostasis and allostatic load: implications for neuropsychop-harmacology», Neuropsychopharmacology, 2000; 22: 108-124. 78. Ouellet-Morin I., Robitaille M. P., Langevin S., Cantave C., Brendgen M., Lupien S. J., «Enduring effect of childhood maltreatment on cortisol and heart rate responses to stress: The moderating role of severity of experiences», Development and Psychopathology, 2019; 31: 497-508. 79. Frodl T., O’Keane V., «How does the brain deal with cumulative stress? A review with focus on developmental stress, HPA axis function and hippocampal structure in humans», Neurobiology of Disease, 2013; 52: 24–37. 80. Warner-Schmidt J. L., Duman R. S., «Hippocampal neurogenesis: opposing effects of stress and antidepressant treatment», Hippocampus, 2006; 16: 239-249. 81. Tozzi L., Doolin K., Farrel C., Joseph S., O’Keane V., Frodl T., «Functional magnetic resonance imaging correlates of emotion recognition and voluntary attentional regulation in depression: A generalized psychophysiological interaction study», Journal of Affective Disorders, 2017; 208: 535-544. 82. Frodl T., Strehl K., Carballedo A., Tozzi L., Doyle M., Amico F., Gormley J., Lavelle G., O’Keane V., «Aerobic exercise increases hippocampal subfield volumes in younger adults and prevents volume decline in the elderly», Brain Imaging and Behaviour, marzo 2019. 83. Tozzi L., Carballedo A., Lavelle G., Doolin K., Doyle M., Amico F., McCarthy H., Gormley J., Lord A., O’Keane V., Frodl T., «Longitudinal functional connectivity changes correlate with mood improvement after regular exercise in a dose-dependent fashion», European Journal of Neuroscience, 2016; 43(8): 1089-1096. 18* Luis Buñ uel, Mi ú ltimo suspiro (Taurus, 2018). 84. Carroll S. B., «Evo-devo and an expanding evolutionary synthesis: a genetic theory of morphological evolution», Cell, 2008; 134: 25-36. i. Todo en nosotros sirve de ejemplo acerca de có mo encarnamos a nuestros ancestros filogenéticos. Una prueba especialmente espectacular de ello se manifiesta durante el desarrollo del feto. Aunque resulta demasiado crudo decir que el embrió n humano, al desarrollarse, reproduce el desarrollo filogenético que hemos recibido de nuestros ancestros, hay algunos puntos clave en el proceso embrionario que muestran que, en teoría, una estructura podría evolucionar como una especie diferente. Por ejemplo, dicha estructura podría desarrollar una enorme mandíbula en las agallas de un pez, o la oreja, la nariz y la garganta de un ser humano. Esta á rea de la ciencia es conocida como evo-devo (biología evolutiva del desarrollo), y examina el desarrollo de la vida desde el embrió n al adulto, siguiendo su evolució n genética. 19* W. B. Yeats, «Entre escolares». 85. Lewis M., Ramsay D., «Development of self-recognition, personal pronoun use, and pretend play during the 2nd year», Child Development, 2004; 75: 1821-1831. 86. Plotnik J. M., de Waal F. B., Reiss D., «Self-recognition in an Asian elephant», Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, 2006; 103: 17053-17057. 87. Prior H., Schwarz A., Gunturkun O., «Mirror-induced behavior in the mag-pie (Pica pica): evidence of self-recognition», PLoS Biology, 2008; 6: e202. 88. Hutchison WD., Davis K. D., Lozano A. M., Tasker R. R., Dostrovsky J. O., «Pain-related neurons in the human cingulate cortex», Nature Neuroscience, 1999; 2: 403-405. 89. Swiney L., Sousa P., «A new comparator account of auditory verbal hallucinations: how motor prediction can plausibly contribute to the sense of agency for inner speech», Frontiers in Human Neuroscience, 2014; 8: 675. ii. Una de las cosas má s asombrosas del cerebro es la existencia de unas grandes neuronas que solo está n presentes en la ínsula anterior, la cíngula, y la parte externa del có rtex prefrontal, en el borde frontal del cerebro. La primera vez que se describieron las neuronas de este circuito conectivo, antes de que se tuviera la menor noció n de su importancia funcional, fue en 1929, gracias a las observaciones de un psiquiatra y neuró logo llamado Constantin von Economo. Las neuronas tenían un diseñ o específico y bastante primitivo —eran grandes, largas y con conexiones simples—, y a menudo reciben hoy el calificativo de neuronas «en huso». Las neuronas Von Economo (VEN) permiten que las señ ales emocionales procedentes del cuerpo y mapeadas sobre la ínsula se proyecten en tiempo real, como si de un proyector emocional se tratase, a la corteza prefrontal unificadora. Las VEN dan a la corteza prefrontal unificadora una conciencia instantá nea de un estado emocional. Una noció n de la importancia de las VEN en la experiencia del ser humano es que solo está n presentes en un nú mero limitado de especies má s jó venes —humanos, algunos simios, elefantes, algunas ballenas y delfines—, todos los cuales tienen formas avanzadas de autoconciencia. Los animales que poseen VEN superan el test de la autopercepció n del espejo. Tal y como sucede en el patró n del desarrollo del bebé humano, como reflejo del desarrollo evolutivo, los VEN solo aparecen en las ú ltimas etapas de gestació n y crecen durante la infancia: es el período en el que los bebés desarrollan la autopercepció n. Lo que nos hacen sentir los recuerdos pasados se irradia dendríticamente en la experiencia presente a través de las VEN. 90. Bastiaansen J. A., Thioux M., Keysers C., «Evidence for mirror systems in emotions», Philosophical Transactions of the Royal Society of London Series B: Biological Sciences, 2009; 364: 2391-2404. 91. Carr L., Iacoboni M., Dubeau M. C., Mazziotta J. C., Lenzi G. L., «Neural mechanisms of empathy in humans: a relay from neural systems for imitation to limbic areas», Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, 2003; 100: 5497-5502. 92. Singer T., Seymour B., O’Doherty J., Kaube H., Dolan R. J., Frith C. D., «Empathy for pain involves the affective but not sensory components of pain», Science, 2004; 303: 1157-1162. 93. Meffert H., Gazzola V., den Boer J. A., Bartels A. A., Keysers C., «Reduced spontaneous but relatively normal deliberate vicarious representations in psychopathy», Brain, 2013; 136: 2550-2562. 94. Wiech K., Jbabdi S., Lin C. S., Andersson J., Tracey I., «Differential structural and resting state connectivity between insular subdivisions and other pain-related brain regions», Pain, 2014; 155: 2047-2055. 95. Butti C., Hof P. R., «The insular cortex: a comparative perspective», Brain Structure and Function, 2010; 214: 477-493. 96. Seeley WW, Carlin D. A., Allman J. M., et al., «Early frontotemporal dementia targets neurons unique to apes and humans», Annals of Neurology, 2006; 60: 660–667. 97. Allman J. M., Watson K. K., Tetreault N. A., Hakeem A. Y., «Intuition and autism: a possible role for Von Economo neurons», Trends in Cognitive Sciences, 2005; 9: 367-373. 98. Dolan R. J., Fletcher P. C., McKenna P., Friston K. J., Frith C. D., «Abnormal neural integration related to cognition in schizophrenia», Acta Psychiatrica Scandinavica, 1999; s395: 58-67. 99. Brune M., Schobel A., Karau R., et al., «Von Economo neuron density in the anterior cingulate cortex is reduced in early onset schizophrenia», Acta Neuropathologica, 2010; 119: 771-778. 100. Costain G., Ho A., Crawley A. P., et al., «Reduced gray matter in the anterior cingulate gyrus in familial schizophrenia: a preliminary report», Schizophrenia Research, 2010; 122: 81-84. 101. Rizzolatti G., «Multiple body representations in the motor cortex of primates», Acta Biomedica Ateneo Parmense, 1992; 63: 27-29. 102. Maranesi M., Livi A., Fogassi L., Rizzolatti G., Bonini L., «Mirror neuron activation prior to action observation in a predictable context», Journal of Neuroscience, 2014; 34: 14827-14832. 20* Existe traducció n al españ ol: R. D. Laing, El yo dividido (Fondo de Cultura Econó mica, 1978). i. No está del todo claro si Beethoven carecía por completo de audició n a los treinta/cuarenta añ os, y para él era un asunto muy delicado. Negaba sus problemas auditivos, pero su sordera era palpable en su incapacidad para escuchar tanto a personas como interpretaciones musicales. 103. Herholz S. C., Halpern A. R., Zatorre R. J., «Neuronal correlates of perception, imagery, and memory for familiar tunes», Journal of Cognitive Neuroscience, 2012; 24: 1382-1397. 104. Gogtay N., Giedd J. N., Lusk L., et al., «Dynamic mapping of human cortical development during childhood through early adulthood», Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, 2004; 101: 8174-8179. 105. Zhou D., Lebel C., Treit S., Evans A., Beaulieu C., «Accelerated longitudinal cortical thinning in adolescence», NeuroImage, 2015; 104: 138-145. ii. La mielina se crea a partir de células no-neuronales, pró ximas a las neuronas, que forman, a su vez, un andamiaje para las neuronas. 106. Storsve A. B., Fjell A. M., Tamnes C. K., et al., «Differential longitudinal changes in cortical thickness, surface area and volume across the adult life span: regions of accelerating and decelerating change», Journal of Neuro-Science, 2014; 34: 8488-8498. 107. Boksa P., «Abnormal synaptic pruning in schizophrenia: Urban myth or reality?», Journal of Psychiatry and Neuroscience, 2012; 37: 75-77. 108. Whitaker K. J., Vertes P. E., Romero-Garcia R., et al., «Adolescence is associated with genomically patterned consolidation of the hubs of the human brain connectome», Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, 2016; 113: 9105-9110. 21* En el original, «Julius ‘Seizure’» (o «ataque»), que en inglés se pronuncia como Julio César. 109. O’Callaghan E., Sham P., Takei N., Glover G., Murray R. M., «Schizophrenia after prenatal exposure to 1957 A2 influenza epidemic», Lancet, 1991; 337: 1248-1250. iii. Ejemplo de enfermedad autoinmune es la encefalitis NMDA, como ya hemos explicado en el capítulo 2 (pá g. 31). Los marcadores inflamatorios, como las citoquinas, se encuentran probablemente de forma má s prevalente en la depresió n. 110. Murray R. M., «Mistakes I have made in my research career», Schizophrenia Bulletin, 2017; 43: 253-256. 111. Weinstock M., «Alterations induced by gestational stress in brain morphology and behaviour of the offspring», Progress in Neurobiology, 2001; 65: 427-451. 112. Salat D. H., Buckner R. L., Snyder A. Z., et al. «Thinning of the cerebral cortex in aging», Cerebral Cortex, 2004; 14: 721-730. 22* Sá ndor Má rai, El ú ltimo encuentro (Salamandra, 2000). 23* Patrick Kavanagh, Collected Prose (MacGibbon & Key, 1967). Para el lector interesado, Pre-Textos se encargó de la traducció n en 2011 de un poemario de Kavanagh, La hambruna y otros poemas. i. He tomado la frase «consciencia narrativa» de Amnesiac Selves: Nostalgia, Forgetting, and British Fiction, 1810-1870 (Oxford, 2001), de Nicholas Dames. Es profesor de Humanidades Theodore Kahan en la Universidad de Columbia, y ha escrito extensamente sobre el desarrollo de la psicología moderna, desde la novela victoriana del siglo XIX hasta la literatura actual. 113. Elliott B., Joyce E., Shorvon S., «Delusions, illusions and hallucinations in epilepsy: 2. Complex phenomena and psychosis», Epilepsy Research, 2009; 85: 172-186. ii. Los psicodélicos se está n probando para su posible uso terapéutico en diferentes trastornos psiquiá tricos. Existen pruebas firmes del uso de la ketamina en la depresió n, aunque todavía está por verse si los efectos antidepresivos son prolongados en pacientes individuales. Formo parte del primer multicentro internacional que prueba el uso de la psilocibina —el compuesto psicoactivo de las setas má gicas— para el tratamiento de la depresió n profunda¹⁵⁷. 114. Edelman G. M., Gally J. A., «A model for the 7s antibody molecule», Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, 1964; 51: 846-853. 115. Hall Z. J., Macdougall-Shackleton S. A., «Influence of testosterone metabolites on song-control system neuroplasticity during photostimulation in adult European starlings (Sturnus vulgaris)», PLoS One, 2012; 7: e40060. 116. Draper P., Belsky J., «Personality development in the evolutionary perspective», Journal of Personality, 1990; 58: 141-161. 117. Plant T. M., «The role of KiSS-1 in the regulation of puberty in higher primates», European Journal of Endocrinology, 2006; 155 Suppl 1: S11-16. 118. Ball G. F., Ketterson E. D., «Sex differences in the response to environmental cues regulating seasonal reproduction in birds», Philosophical Transactions of the Royal Society of London Series B: Biological Sciences, 2008; 363: 231-246. 119. Bean L. A., Ianov L., Foster T. C., «Estrogen receptors, the hippocampus, and memory», Neuroscientist, 2014; 20: 534-545. 120. Wierckx K., Elaut E., Van Hoorde B., et al., «Sexual desire in trans persons: associations with sex reassignment treatment», Journal of Sexual Medicine, 2014; 11: 107-118. i. Una teoría, que por cierto era el tema principal de mi tesis a principios de la década de los noventa, era que los estró genos y la progesterona pueden afectar a la interconexió n emocional al provocar cambios en la funció n neurotransmisora del cerebro¹⁵⁸, ¹⁵⁹. Nos interesamos en los posibles efectos de los estró genos y la progesterona en la funció n de la serotonina, pues los fá rmacos que se utilizan para tratar la depresió n aumentan dicha funció n. Mi trabajo ya está anticuado, pero en añ os subsiguientes la teoría ha sido investigada con métodos má s sofisticados. Un equipo de Copenhague ha examinado por neuroimagen la funció n de la serotonina en el cerebro de las mujeres, ha realizado mediciones mediante el etiquetado de la serotonina con á tomos radioactivos y ha examinado los patrones de serotonina iluminada¹⁶⁰. El equipo concluyó que las fluctuaciones en los niveles de estró genos causan cambios en las conexiones emocionales, tanto en la amígdala como en el hipocampo. 121. Hamann S., Stevens J., Vick J. H., et al., «Brain responses to sexual images in 46, XY women with complete androgen insensitivity syndrome are female-typical», Hormones and Behavior, 2014; 66: 724730. 122. Henningsson S., Madsen K. H., Pinborg A., et al., «Role of emotional processing in depressive responses to sex-hormone manipulation: a pharmacological fMRI study», Translational Psychiatry, 2015; 5:e688. 123. Miedl S. F., Wegerer M., Kerschbaum H., Blechert J., Wilhelm F. H., «Neural activity during traumatic film viewing is linked to endogenous estradiol and hormonal contraception», Psychoneuroendocrinology, 2018; 87: 20-26. ii. El efecto de los estró genos en la interconexió n emocional podría subrayar el aumento de la emotividad que generalmente se experimenta en los períodos en que fluctú an los niveles hormonales de estró genos: la adolescencia, el embarazo, tras el parto y durante la menopausia⁷⁴. Este efecto se refleja en los cambios de humor de las mujeres, má s pronunciados en torno a los períodos en que fluctú an las hormonas sexuales femeninas. 24* Un hecho menos conocido sobre Gage es que sus habilidades sociales mejoraron con el paso del tiempo. iii. Una lobotomía, también conocida como leucotomía, es un procedimiento de neurocirugía por el cual se cortan las conexiones desde el có rtex prefrontal. Era un procedimiento bastante comú n para tratar enfermedades mentales graves en la década de 1950, antes del descubrimiento de los fá rmacos psiquiá tricos. Ese tipo de neurocirugía ya no se utiliza en el tratamiento de los trastornos psiquiá tricos. 124. Sotres-Bayon F., Bush D. E., LeDoux J. E., «Emotional perseveration: an update on prefrontal-amygdala interactions in fear extinction», Learning and Memory, 2004; 11: 525-535. 125. Choudhury S., Blakemore S. J., Charman T., «Social cognitive development during adolescence», Social Cognitive and Affective Neuroscience, 2006; 1: 165-174. 126. Teicher M. H., Samson J. A., «Annual research review: enduring neurobiological effects of childhood abuse and neglect», Journal of Child Psychology and Psychiatry, 2016; 57: 241-66. 127. De Bellis M. D., Keshavan M. 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Stoffers J. M., Vollm B. A., Rucker G., Timmer A., Huband N., Lieb K., «Psychological therapies for people with borderline personality disorder», Cochrane Database of Systematic Reviews, 2012: CD005652. 133. Roberts B. W, Caspi A., Moffitt T. E., «The kids are alright: growth and stability in personality development from adolescence to adulthood», Journal of Personality and Social Psychology, 2001; 81: 670-683. 134. Goodman M., Carpenter D., Tang C. Y., et al., «Dialectical behavior therapy alters emotion regulation and amygdala activity in patients with borderline personality disorder», Journal of Psychiatric Research, 2014; 57: 108-116. 25* Jean-Paul Sartre, La ná usea (Alianza, 2016). 26* Boris Pasternak, El doctor Zhivago (Galaxia Gutenberg, 2019). 135. Mundt A. P., Chow WS., Arduino M., et al., «Psychiatric hospital beds and prison populations in South America since 1990: does the Penrose hypothesis apply?, JAMA Psychiatry, 2015; 72: 112-118. 136. Gulati G., Keating N., O’Neill A., Delaunois I., Meagher D., Dunne C. P., «The prevalence of major mental illness, substance misuse and homelessness in Irish prisoners: systematic review and meta-analyses», Irish Journal of Psychological Medicine, 2019; 36: 35-45. 27* Friedrich Nietzsche, Má s allá del bien y del mal (Alianza, 2018). i. El artículo de Bentley de 1899 puede leerse aquí en su totalidad: https://www.jstor.org/stable/pdf/1412727. Muchos de los conceptos teó ricos de su artículo podrían aparecer perfectamente en una revista de psicología actual. El lenguaje ha cambiado, pero hay una frescura de pensamiento y una cualidad comunicativa en los escritos de este periodo que provienen de la libertad de la época, en comparació n con la especializació n actual existente en las neurociencias. El físico James Clerk Maxwell lo expresó a la perfecció n veinte añ os antes del artículo de Bentley, cuando escribió : «Es de enorme provecho para el estudiante de cualquier disciplina leer los textos originales de ese tema, pues la ciencia siempre se asimila mejor cuando se encuentra en su estado incipiente». (Del prefacio a A Treatise on Electricity and Magnetism, 1873). ii. La cita siguiente describe la conversió n de Freud, que pasó de defender que el abuso sexual era un recuerdo evocado a asegurar que dicho recuerdo era una fantasía inconsciente basada en la sexualidad infantil, esto es, en la atracció n de la niñ a hacia el padre: [...] los síntomas neuró ticos no estaban directamente relacionados con sucesos reales, sino con fantasías de deseo, y en lo que concernía a la neurosis, la realidad física era de mayor importancia que la realidad material. No creo, siquiera ahora, que forzara yo las fantasías de seducció n en mis pacientes, o que las «sugiriera». De hecho, fue entonces cuando me encontré por primera vez con el complejo de Edipo, que má s tarde adoptaría una importancia abrumadora, si bien no la reconocí aú n bajo su disfraz de fantasía [...]. Cuando se despejó el error, quedó abierta la vía para el estudio de la vida sexual de los niñ os. (An autobiographical study, 1925: http://www.mhweb.org/mpc_course/freud.pdf). 137. Follette V. M., Polusny M. A., Bechtle A. E., Naugle A. E., «Cumulative trauma: the impact of child sexual abuse, adult sexual assault, and spouse abuse», Journal of Traumatic Stress, 1996; 9: 25-35. 138. Cochran K. J., Greenspan R. L., Bogart D. F., Loftus E. F., «Memory blindness: Altered memory reports lead to distortion in eyewitness memory», Memory and Cognition, 2016; 44: 717-726. iii. Tonegawa desentrañ ó uno de los enigmas má s difíciles de la inmunología —có mo una célula inmune crea mú ltiples anticuerpos—, y ganó el Premio Nobel de Fisiología en 1987 por este descubrimiento. Unos añ os después, en 1990, cambió de enfoque y dirigió su incansable y agudísima mente a una de las cuestiones má s desafiantes de la neurociencia: el enigma de la memoria. Quizá el enigma de có mo un nú mero limitado de células hipocampales puede crear, almacenar y evocar tantísimas memorias no sea tan distinto del que concierne a la manera que tienen las células inmunes para producir tamañ a diversidad de anticuerpos. 139. Deisseroth K., «Optogenetics», Nature Methods, 2011; 8: 26-29. 140. Bi A., Cui J., Ma Y. P., et al., «Ectopic expression of a microbial-type rhodopsin restores visual responses in mice with photoreceptor degeneration», Neuron, 2006; 50: 23-33. 141. Nagel G., Ollig D., Fuhrmann M., et al., «Channelrhodopsin-1: a lightgated proton channel in green algae», Science, 2002; 296: 23952398. 142. Boyden E. S., Zhang F., Bamberg E., Nagel G., Deisseroth K., «Millisecond-timescale, genetically targeted optical control of neural activity», Nature Neuroscience, 2005; 8: 1263-1268. iv. Las canalrodopsinas (lo que llamo en el texto rodopsinas) fueron aisladas por primera vez en el laboratorio de Georg Nagel en el Instituto Max Planck, cuando el equipo científico se hallaba a la bú squeda de las proteínas que causaban fotocorrientes en el alga verde unicelular. Nagel colaboró entonces con Eric Boyden (por aquella época estudiante de doctorado en la Universidad de Stanford, California) y Karl Deisseroth (también estudiante en Stanford), y empleó este método para adherir a las neuronas un ADN inactivo similar a la rodopsina y así producir canalrodopsinas. Sorprendentemente, esta hazañ a de la ingeniería genética había sido predicha por Francis Crick —el Crick de «Crick y Watson», célebre por haber descubierto la estructura en hélice oculta del ADN— en una serie de conferencias realizadas en 1999 en la Universidad de California, en San Diego. 143. Ramirez S., Liu X, Lin P. A., et al., «Creating a false memory in the hippocampus», Science, 2013; 341: 387-391. v. Tomá s Ryan también piensa que esto no es un recuerdo falso, sino manipulado. El término se utilizaba de una forma un poco genérica a causa del confuso entendimiento que suele haber respecto a los falsos recuerdos. 144. Wykes R. C., Heeroma J. H., Mantoan L., et al., «Optogenetic and potassium channel gene therapy in a rodent model of focal neocortical epilepsy», Science Translational Medicine, 2012; 4: 161ra52. 145. Wykes R. C., Kullmann D. M., Pavlov I., Magloire V., «Optogenetic approaches to treat epilepsy», Journal of Neuroscience Methods, 2016; 260: 215-220. 146. Fan Z. L., Wu B., Wu G. Y., et al., «Optogenetic inhibition of ventral hippocampal neurons alleviates associative motor learning dysfunction in a rodent model of schizophrenia», PLoS One, 2019; 14:e0227200. 147. Barnett S. C., Perry B. A. L., Dalrymple-Alford J. C., Parr- Brownlie L. C., «Optogenetic stimulation: Understanding memory and treating deficits», Hippocampus, 2018; 28: 457-470. 148. Fonseca R., Nagerl U. V., Morris R. G., Bonhoeffer T., «Competing for memory: hippocampal LTP under regimes of reduced protein synthesis», Neuron, 2004; 44: 1011-1020. 149. Barron H. C., Vogels T. P., Behrens T. E., Ramaswami M., «Inhibitory engrams in perception and memory», Proceedings of the National Academy of Sciences of the USA, 2017; 114: 6666-6674. 28* Anne Mulhall, «Memory, poetry and recovery : Paula Meehan’s Transformational Aesthetics», publicado en An Sionnach: A Journal of Literature, Culture and the Arts, vol. 5, n.º 1-2 (primavera y otoñ o 2009), pá g. 206. i. El Proyecto Genoma Humano desentrañ ó los genes de la célula humana, unos 30.000, que reciben el nombre colectivo de genoma. Fue la mayor colaboració n científica jamá s conocida: comenzó en 1990 y se completó antes de la fecha en que se auguraba su final, en 2003. Todos los organismos vivientes se derivan de células que almacenan informació n genética usando para ello la misma enorme molécula de ADN. El ADN se encuentra almacenado en una compleja estructura en hélice, que gira en torno a su propio eje y luego se aprieta en un haz. Se compone en su totalidad de cuatro moléculas que contienen el có digo de la vida: A, C, G y T. Hay tres mil millones de dichas «letras» en el genoma humano, organizadas en secuencias que forman có digos ú nicos para cada proteína, y la mayoría de esas proteínas son comunes a todas las formas de vida. Aproximadamente el 99 por ciento de nuestro ADN funcional es el mismo que el de los chimpancés. Compartimos un 60 por ciento de nuestro ADN con el del plá tano. Una de las má s asombrosas historias científicas recientes tiene que ver con los microorganismos que habitan el vientre, llamados microbiomas intestinales. La historia de có mo el microbioma del vientre humano puede influir en la funció n del cerebro concierne a mi buen amigo Ted Dinan, psiquiatra e investigador del cerebro de la Universidad de Cork, con quien hice mi tesis, y a John Cryan, un alegre e inteligente científico. El microbioma intestinal consiste en unos cien mil millones de millones de células —un nú mero tres veces superior al del nú mero de células presentes en el cuerpo humano—, que operan por simbiosis en el cuerpo. Los humanos llevamos encima, literalmente, estos sencillos microorganismos sin alterar, y han sido transformados en un activo sistema fisioló gico humano que a su vez convive con otros sistemas fisioló gicos humanos¹⁶¹. 150. Edwards C. J., Suchard M. A., Lemey P., et al., «Ancient hybridization and an Irish origin for the modern polar bear matriline», Current Biology, 2011; 21: 1251-1258. 29* Paula Meehan, «El solaz de Artemisa», publicado en Imaginary Bonnets with Real Bees in Them (University College Dublin Press, 2016), pá g. 30. 151. Heinz T., Pala M., Gomez- Carballa A., Richards M. B., Salas A., «Updating the African human mitochondrial DNA tree: Relevance to forensic and population genetics», Forensic Science International: Genetics, 2017; 27: 156-159. ii. De «Plasticity and the Ageing Mind: An Exemplar of the Bio-Cultural Orchestration of Brain and Behaviour», European Review, 9:1 (2001), 59-76. 30* Maurice Halbwachs, On Collective Memory. iii. No perdí ocasió n de adquirir la reedició n de 2014 de las versiones originales de los cuentos de los hermanos Grimm, Brothers Grimm Folk and Fairy Tales (Princeton, 2014). Es increíble lo distintas que son estas sucintas y expresivas historias de las que leen los niñ os, y desde luego son solo para lectura adulta. Esto demuestra que tales historias reflejan la vida real, má s que limitarse a ser unas edulcoradas fantasías. La colecció n de cuentos de hadas franceses que Charles Perrault reunió a finales del siglo XVII es la primera colecció n europea de cuentos de transmisió n oral, y ha sido recientemente traducida al inglés en toda su auténtica crudeza (Oxford, 2009). Una de sus historia má s famosas habla de un asesino en serie de esposas (Barbazul). Muchos de estos cuentos giran en torno al incesto y el infanticidio. 31* Douglas Hyde, Beside the fire: a collection of Irish Gaelic folk stories (David Nutt, 1890). iv. De niñ a, uno de mis libros favoritos era una colecció n de cuentos de hadas de Sinéad de Valera (Irish Fairy Stories, Londres, 1973), que estaba casada con el tercer presidente de Irlanda, É amon de Valera, también revolucionario en la Guerra de la Independencia. v. El delirio de sustitució n tiene un nombre especial, el síndrome de Capgras, bautizado así en honor del psiquiatra francés (1873-1950) que lo identificó . Se asocia má s frecuentemente a los problemas cognitivos de los ancianos, y no a las psicosis posparto. vi. Esta cita pertenece al libro Wise-woman of Kildare: Moll Anthony and Popular Tradition in the East of Ireland, de Erin Kraus (Dublín, 2011). La obra habla de las «mujeres sabias», o médicos de las hadas, de gran renombre en Irlanda. 32* Marina Warner, Once upon a time: a short history of the fairy tale (OUP, 2014). Existe traducció n españ ola, titulada Cuentos de hadas, una introducció n (Larrad Ediciones, 2019). 152. O’Leary N., Jairaj C., Molloy E. J., McAuliffe F. M., Nixon E., O’Keane V., «Antenatal depression and the impact on infant cognitive, language and motor development at six and twelve months postpartum», Early Human Development, 2019; 134: 41-46. 153. McGovern D. P., Astle A. T., Clavin S. L., Newell F. N., «Task-specific transfer of perceptual learning across sensory modalities», Current Biology, 2016; 26(1): R20-21. 154. Noh K., Lee H., Choi T. Y., et al., «Negr1 controls adult hippocampal neurogenesis and affective behaviors», Molecular Psychiatry, 2019; 24: 1189-1205. 155. Frankland P. W, Bontempi B., «The organization of recent and remote memories», Nature Reviews Neuroscience, 2005; 6: 119-130. 33* Existe traducció n al castellano titulada Emociones destructivas: có mo entenderlas y superarlas (Kairó s, 2011). 156. Laureys S., Owen A. M., Schiff N. D., «Brain function in coma, vegetative state, and related disorders», Lancet Neurology, 2004; 3: 537-546. 157. Kelly J. R., Baker A., Babiker M., Burke L., Brennan C., O’Keane V., «The psychedelic renaissance: the next trip for psychiatry?», Irish Journal of Psychological Medicine, 2019: 1-5. 158. O’Keane V., O’Hanlon M., Webb M., «Dinan T. dfenfluramine/prolactin response throughout the menstrual cycle: evidence for an oestrogeninduced alteration», Clinical Endocrinology (Oxford), 1991; 34: 289-292. 159. O’Keane V., Dinan T. G., «Sex steroid priming effects on growth hormone response to pyridostigmine throughout the menstrual cycle», Journal of Clinical Endocrinology and Metabolism, 1992; 75: 11-14. 160. Frokjaer VG., Pinborg A., Holst K. K., et al., «Role of serotonin transporter changes in depressive responses to sex-steroid hormone manipulation: a positron emission tomography study», Biological Psychiatry, 2015; 78: 534-543. 161. Dinan T. G., Cryan J. F., «The microbiome–gut–brain axis in health and disease», Gastroenterology Clinics of North America, 2017; 46: 7789. Título original: The Rag and Bone Shop. How We Make Memories and Memories Make Us Edició n en formato digital: abril de 2021 En cubierta: ilustració n de © Eduardo Ramó n © Veronica O’Keane, 2021 © De la traducció n, Lorenzo Luengo © Ediciones Siruela, S. A., 2021 c/ Almagro 25, ppal. dcha. 28010 Madrid. Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducció n, distribució n, comunicació n pú blica o transformació n de esta obra só lo puede ser realizada con la autorizació n de sus titulares, salvo excepció n prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Españ ol de Derechos Reprográ ficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algú n fragmento de esta obra. ISBN: 978-84-18708-69-5 Conversió n a formato digital: Newcomlab, S.L.L. www.siruela.com Table of Contents Cover Page Cubierta Portadilla El bazar de la memoria Pró logo Notas PRIMERA PARTE. Có mo creamos recuerdos 1. Albores 2. Sensació n: la materia prima de la memoria 3. Dando sentido 4. La historia del hipocampo 5. El sexto sentido: el có rtex oculto 6. El sentido de un lugar 7. El tiempo y la experiencia de la continuidad 8. Estrés: recuerdo y «olvido» SEGUNDA PARTE. Có mo la memoria 9. Autorreconocimiento: el comienzo de la memoria autobiográ fica 10. El á rbol de la vida: arborizaciones y podas 11. Una sensació n de ser 12. Hormonas sexuales y pá jaros cantores 13. Las cambiantes narrativas de la vida 14. ¿Verdadero o falso? 15. Las memorias má s antiguas Epílogo Notas Créditos
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