Introducción Este libro explora la idea de que existe un tipo de injusticia específicamente epistémica. Hay una serie de fenómenos que podrían inscribirse bajo el epígrafe general de injusticia epistémica. Dada la forma en que desde la filosofía estamos habituados a pensar en la justicia, la idea de injusticia epistémica quizá despierte en primera instancia pensamientos sobre la injusticia distributiva con respecto a bienes epistémicos como la información o la educación. En estos casos nos representamos a agentes sociales interesados por obtener bienes diversos, algunos de ellos epistémicos, y nos preguntamos si todo el mundo recibe su correspondiente cuota de ellos. Cuando la injusticia epistémica adopta esta forma no tiene nada específicamente epistémico, pues en buena medida parece una casualidad que el bien en cuestión se caracterice como un bien epistémico. En cambio, el proyecto de este libro es aproximarse a dos formas de injusticia epistémica que son de naturaleza específicamente epistémica y teorizar sobre ellas para mostrar que sobre todo consisten en causar un mal a alguien en su condición específica de sujeto de conocimiento. Las llamo injusticia testimonial e injusticia hermenéutica. La injusticia testimonial se produce cuando los prejuicios llevan a un oyente a otorgar a las palabras de un hablante un grado de credibilidad disminuido; la injusticia hermenéutica se produce en una fase anterior, cuando una brecha en los recursos de interpretación colectivos sitúa a alguien en una desventaja injusta en lo relativo a la comprensión de sus experiencias sociales. Un ejemplo de lo primero podría darse cuando la policía no nos cree porque somos negros; un ejemplo de lo segundo podría ser el de alguien que fuera víctima de acoso sexual en una cultura que todavía carece de ese concepto analítico. Podríamos decir que la causa de la injusticia testimonial es un prejuicio en la economía de la credibilidad, mientras que la de la injusticia hermenéutica son prejuicios estructurales en la economía de los recursos hermenéuticos colectivos. El propósito general es sacar a la luz determinados aspectos éticos de dos de nuestras prácticas epistémicas cotidianas más elementales: la de transmitir conocimiento a otros mediante el testimonio y la de dar sentido a nuestras experiencias sociales. Como los rasgos éticos en cuestión nacen de la actuación del poder social en las interacciones epistémicas, revelarlas supone también dejar al descubierto una política de las prácticas epistémicas. En el contexto de la epistemología angloestadounidense no suelen aparecer ideas que presagien la politización de nuestra forma de concebir nuestras relaciones epistémicas (ideas como la de que la confianza epistémica podría guardar una relación incontrolable con el poder social, o que la desventaja social puede dar como resultado una desventaja epistémica injusta). Tal vez no aparezcan porque se las supone aliadas 10 necesarias de la perspectiva relativista de la que fue apoteosis la posmodernidad, o quizá tan solo porque el marco teórico del individualismo y la idealización racional obligatoria que la tradición epistemológica ha creado para sí misma dificulta mucho ver qué influencia podrían tener este tipo de cuestiones sobre la epistemología propiamente dicha. Con independencia de cuál sea la explicación, una de las fuerzas motrices de este libro es que la epistemología, tal como se ha desarrollado tradicionalmente, se ha visto empobrecida por la ausencia de algún marco teórico conducente a revelar los aspectos éticos y políticos de nuestra conducta epistémica. En el seno de la tradición angloestadounidense, la epistemología feminista ha sido más bien una voz solitaria por su valiente insistencia en este aspecto, aunque confío en mostrar que una epistemología de la virtud nos brinda un dialecto epistemológico general con el que se pueden analizar estas cuestiones de manera muy fructífera. En la ética podemos encontrar un punto ciego semejante, pues también es una pena que la ética no haya incluido en su ámbito de estudio nuestra conducta epistémica. Sin embargo, en el caso de la ética, la falta de atención a los aciertos y errores de nuestra vida epistémica parece más contingente y no conducente a la formulación de un apunte diagnóstico especial, más allá del comentario general de que ha sido una preocupación histórica de segundo orden. Comoquiera que haya sucedido, dados los antecedentes tradicionales este libro no es ni una obra estrictamente de ética, ni una obra estrictamente de epistemología; más bien, redefine una franja de terreno fronterizo entre ambas regiones de la filosofía. Una bibliografía filosófica que, sobre todo para muchas filósofas feministas, sí parecía augurar un espacio teórico en el que investigar la ética y la política de nuestras prácticas epistémicas fue la del posmodernismo. Uno de los atractivos fundamentales del pensamiento filosófico posmodernista fue que anclaba con solidez la razón y el conocimiento en el contexto del poder social. Las preocupaciones tradicionales por la autoridad de la razón adquirieron un nuevo contexto teórico, en apariencia radicalizador, en el que se las podía hacer evolucionar en una clave más política. Pero todo resultó ser en buena medida una vana esperanza, pues el sesgo extremista de gran parte de los escritos posmodernistas condujo a menudo al reduccionismo y la fuerza motriz subyacente tras el espíritu posmodernista emergió más bien como una desilusión ante unos ideales de razón insostenibles que como una voluntad real de explicar las interacciones de la justicia y la injusticia en la urdimbre de la razón con el poder social.1 La desconfianza hacia la categoría de la razón per se y la tendencia a reducirla a una actuación del poder se anteponen en realidad a las preguntas mismas que es necesario formular acerca de cómo afecta el poder a nuestra actuación como sujetos racionales, pues erradica o al menos oscurece la distinción entre lo que podemos pensar con la razón y lo que las meras relaciones de poder obran sobre nuestro pensamiento. Si nos interesa indagar qué forma adoptarían las cuestiones de la justicia en relación con nuestras prácticas epistémicas, la tendencia reduccionista oscurece las fundamentales diferencias entre, pongamos por caso, rechazar la palabra de alguien por una buena razón y rechazarla por simples prejuicios. De este modo, lejos de inaugurar un espacio teórico en 11 el que explorar las cuestiones de la justicia y el poder en las prácticas epistémicas, el posmodernismo antepuso de hecho este tipo de preguntas y, por tanto, lo que tenía que decir de relevancia epistemológica no condujo en última instancia a adoptar una orientación progresista en absoluto, sino que, si acaso, se orientó hacia el conservadurismo. Pero no debemos permitir que no haya más que silencio donde antes había un zumbido posmodernista, pues sin duda podemos encontrar modos mejores de analizar la urdimbre de la razón con el poder social. Podríamos preguntar qué forma debería adoptar este análisis. Una respuesta a esta pregunta es que debe adoptar la forma de plantear preguntas éticas de primer orden en el contexto de explicaciones socialmente situadas de nuestras prácticas epistémicas.2 Una explicación socialmente situada de una práctica humana es una explicación en la que los participantes no estén concebidos de forma abstracta con respecto a las relaciones de poder social (como tradicionalmente se hace en la epistemología, incluida la de tinte más social), sino como seres que operan como tipos sociales que guardan entre sí relaciones de poder. Esta concepción socialmente situada plantea preguntas sobre el poder, cuyos ritmos, unas veces racionales y otras antirracionales, afloran de manera natural cuando tratamos de explicar la práctica epistémica en sí misma. La concepción tradicional y abstraída en grado máximo del sujeto humano podría responder mejor a muchas preguntas filosóficas, pero confinarse en ese marco restringe el tipo de cuestiones e intuiciones filosóficas que podemos plantear, de manera que el repertorio filosófico sufre un empobrecimiento innecesario. Por el contrario, partir de la concepción socialmente situada nos permite reconstruir parte de las interdependencias existentes entre el poder, la razón y la autoridad epistémica para revelar los rasgos éticos intrínsecos a nuestras prácticas epistémicas. En última instancia, lo importante es ver cómo nuestra conducta epistémica podría volverse al mismo tiempo más racional y más justa. A lo largo de todo el libro utilizo el concepto de poder social, de modo que en el capítulo 1 mi primera tarea es definir una noción operativa de dicho poder. La noción a la que llego es bastante amplia y la idea central es que el poder es la capacidad socialmente situada para controlar los actos de los demás. A continuación presento una subespecie de poder social a la que denomino poder identitario; una forma de poder social directamente dependiente de concepciones compartidas en el imaginario social de las identidades sociales de los implicados en la actuación concreta del poder. El resto del capítulo 1 está dedicado a exponer la idea principal del libro, por cuanto caracteriza la forma principal de la injusticia epistémica: la injusticia testimonial. La idea fundamental es que una hablante sufre una injusticia testimonial simplemente si los prejuicios del oyente llevan a este a otorgar a la hablante menos credibilidad de la que le habría concedido en otras circunstancias. Como los prejuicios pueden adoptar muy distintas formas, hay más de un fenómeno susceptible de incluirse en el concepto de injusticia testimonial. Introduzco el concepto de prejuicio identitario para clasificar los prejuicios contra las personas qua tipos sociales, lo que me permite abordar el ejemplo prototípico de la injusticia testimonial: aquella injusticia que un hablante padece al recibir del oyente 12 una credibilidad disminuida debido al prejuicio identitario vertido sobre el oyente, como sucede cuando la policía no cree a alguien porque es negro. Por tanto, el ejemplo central de la injusticia testimonial se puede definir (aunque sea de manera telegráfica) como un déficit de credibilidad prejuicioso identitario. Esta definición recoge el tipo de injusticia testimonial relacionado con otras formas de injusticia social que es probable que sufra el sujeto, razón por la cual se convierte en el caso central; es central desde el punto de vista de que revela el lugar que ocupa la injusticia epistémica en el patrón más amplio de la injusticia social. El capítulo 2 aborda la cuestión de cómo se introduce en los juicios de los oyentes el prejuicio identitario sobre la credibilidad de los hablantes, muchas veces a pesar de sus creencias explícitas, en lugar de gracias a ellas. Sugiero que estos prejuicios suelen ingresar en el juicio de credibilidad del oyente a través de la imaginación social bajo la forma de estereotipo prejuicioso: una imagen distorsionada del tipo social en cuestión. Y presento una proposición inicial (cuyo argumento completo se ofrece en el capítulo 3) que viene a señalar que un juicio de credibilidad espontáneo consiste en que una oyente percibe que su interlocutor es alguien creíble en mayor o menor medida, de tal modo que cuando ingresa el prejuicio, lo hace de ordinario a través de un estereotipo prejuicioso que distorsiona esta percepción social cargada epistémicamente. Toda acusación de injusticia debe descansar sobre una intuición ética compartida, pero nos hacemos una idea más clara de por qué algo constituye una injusticia si podemos analizar la naturaleza del agravio causado. El análisis que aporto del agravio causado al hablante en la injusticia testimonial lo relaciona con el daño causado en la injusticia epistémica en general: toda injusticia epistémica lesiona a alguien en su condición de sujeto de conocimiento y, por tanto, en una capacidad esencial para la dignidad humana; y el modo particular en que la injusticia testimonial lo produce es llevando a un oyente a lesionar a un hablante en su capacidad como portador de conocimiento, como informante. Sostengo que el principal daño que se padece al sufrir este agravio es intrínsecamente una injusticia. Sin duda, este daño puede erosionar la psicología del sujeto con mayor o menor profundidad y exploro la idea de que, cuando ahonda, puede coartar o limitar el desarrollo personal, de tal modo que podría impedir casi literalmente que una persona pudiera llegar a ser ella misma. En el capítulo 3 sitúo el fenómeno de la injusticia testimonial en el marco de la epistemología del testimonio. En un marco epistemológico de la virtud se elabora una posición no inferencialista estableciendo un paralelismo entre la percepción que el oyente tiene del hablante y la concepción cognitivista moral de la persona virtuosa como persona dotada de capacidad para la percepción moral. Sostengo que exactamente igual que se representa al sujeto moral como alguien capaz de percibir el mundo con una carga moral, así también en un intercambio de testimonios la oyente virtuosa percibe a su interlocutor con una carga epistémica; le percibe como alguien creíble en mayor o menor grado. Para dar forma a la sensibilidad racional inculcada y entrenada socialmente mediante infinidad de experiencias de intercambio testimonial, tanto individual como colectivo, se introduce la idea de sensibilidad testimonial. El entrenamiento de la vida real infunde en el oyente 13 virtuoso hábitos de percepción social con carga epistémica empíricamente bien fundados y, por tanto, juicios perceptivos fiables sobre la credibilidad del hablante. Pero nuestro dilema como oyentes es que, aun cuando a título personal podamos estar libres de creencias prejuiciosas, el ambiente social en el que debemos juzgar la credibilidad del hablante es en todo caso un contexto en el que inevitablemente hay muchos prejuicios residuales dispersos que amenazan con influir en nuestros juicios de credibilidad; de modo que la concepción primaria del oyente virtuoso debe ser la de alguien que de manera fiable consigue corregir la influencia de los prejuicios en sus juicios de credibilidad. Una vez establecida la noción general del oyente virtuoso, en el capítulo 4 paso a presentar una virtud testimonial en particular, a saber: la virtud de la justicia testimonial; una virtud que detecta y corrige la influencia del prejuicio identitario sobre el juicio de credibilidad que formula el oyente. En el capítulo 5 rastreo los orígenes genealógicos. Utilizando primero los relatos del Estado de Naturaleza epistémico de Bernard Williams y después de Edward Craig, sostengo que en el Estado de Naturaleza la justicia testimonial aflora como una «virtud de la verdad» primigenia.3 A continuación se especifica la estructura de la virtud, que se revela de naturaleza híbrida: al mismo tiempo intelectual y ética. En el capítulo 6 regreso a la cuestión del mal que la injusticia testimonial inflige, en esta ocasión examinándola a través del prisma del relato del Estado de Naturaleza sobre los orígenes del concepto de conocimiento. Sostengo que podemos entender el mal en términos de cosificación epistémica, un concepto que expongo estableciendo un paralelismo con la concepción feminista de la cosificación sexual y el fenómeno conexo del «silenciamiento». Después, sostengo que de la explicación práctica que da Craig del concepto de conocimiento se desprende que el agravio de la injusticia testimonial produce una lesión conceptualmente más profunda de lo que nos hubiéramos imaginado hasta el momento: consiste en la exclusión de la práctica misma que constituye el núcleo práctico de lo que es conocer. Por último, el capítulo 7 aborda el segundo tipo de injusticia epistémica que me propongo explorar: la injusticia hermenéutica. Podemos ver un ejemplo central de este tipo de injusticia en el caso de una mujer que sufriera acoso sexual antes de la época en que dispusiéramos de este concepto analítico, de manera que no sería capaz de comprender adecuadamente su propia experiencia, y menos aún de transmitirla a otros de forma inteligible desde el punto de vista comunicativo. Expongo que este tipo de injusticia epistémica emana de un vacío existente en los recursos hermenéuticos colectivos (es decir, de un vacío en las herramientas de interpretación social que compartimos), donde no es casual que la desventaja cognitiva producida por ese vacío afecte de manera desigual a diferentes grupos sociales. Más bien, la desigual desventaja se deriva del hecho de que los miembros del grupo más desfavorecido por este vacío quedan en cierta medida marginados hermenéuticamente; es decir, participan de forma desigual de las prácticas a través de las cuales se generan los significados sociales. Este tipo de marginación supone que nuestras formas colectivas de interpretación pueden ser estructuralmente prejuiciosas por su contenido o por su estilo: si las experiencias sociales 14 de los miembros de grupos marginados desde el punto de vista hermenéutico quedan conceptualizadas de forma inadecuada y, por tanto, son mal interpretadas, quizá incluso por los propios sujetos; o si los intentos de comunicación realizados por estos grupos, donde sí existe comprensión adecuada del contenido de lo que se proponen transmitir, no se consideran racionales debido a una interpretación inadecuada del estilo en que se expresan. Al igual que en el análisis de la injusticia testimonial, presento una caracterización del agravio causado a las personas afectadas. La naturaleza del daño principal causado por la injusticia hermenéutica se analiza en términos de que algunas personas padecen una desigualdad hermenéutica situada: se encuentran en una situación social en la que un vacío hermenéutico colectivo les impide concretamente comprender y dar sentido a una experiencia cuya presentación de forma inteligible redunda en su propio interés. Aunque la injusticia hermenéutica no la perpetran los individuos, normalmente se hace evidente en los intercambios discursivos entre individuos. Por tanto, debemos decir unas palabras acerca de la virtud que se requiere por parte de la oyente. No se puede culpar a la oyente de una determinada desconfianza inicial que pueda sentir hacia el testimonio de alguien cuyos esfuerzos comunicativos se ven obstaculizados por la injusticia hermenéutica, puesto que esa desconfianza está justificada desde el punto de vista epistémico; tanto el hablante como la oyente trabajan con unas mismas herramientas inadecuadas. Pero, en todo caso, el objetivo epistémico de la interpretación quedaría satisfecho si se incorpora a la sensibilidad testimonial de la oyente la virtud intelectual de la justicia hermenéutica. Esta virtud permite que la oyente ejerza una sensibilidad crítica reflexiva hacia la posible reducción de la inteligibilidad en la que pueda incurrir el hablante debido al vacío en los recursos hermenéuticos colectivos. Es decir, el oyente virtuoso se mantiene alerta a la posibilidad de que la relativa ininteligibilidad de la hablante para él esté en función de un empobrecimiento hermenéutico colectivo, con lo que ajusta o suspende convenientemente su juicio de credibilidad. A primera vista, se trata de una virtud intelectual, y no ética. Pero sostengo que esta virtud se revela también como una virtud ética. Al igual que la justicia testimonial, la virtud de la justicia hermenéutica es un híbrido. El principal objetivo de este libro es caracterizar dos formas de injusticia epistémica: la injusticia testimonial, por la que se causa un mal a alguien en su capacidad para aportar conocimiento, y la injusticia hermenéutica, según la cual se causa un mal a alguien en su capacidad como sujeto de comprensión social. Creo que ganaremos mucho desde el punto de vista filosófico si nos concentramos en la normalidad de la injusticia, uno de cuyos beneficios sería que obtendríamos una mejor comprensión de lo que se requiere en la práctica para actuar en sentido contrario a ella. Esta esperanza es la que anima el análisis de dos virtudes ético-intelectuales correctoras que parecerían poder mejorar nuestra vida al mismo tiempo como sujetos y como objetos de conocimiento. Por supuesto, hay un límite para lo que los individuos pueden lograr con las virtudes cuando la raíz de la injusticia epistémica son unas estructuras de poder desigual y los prejuicios sistémicos que generan. En última instancia, erradicar estas injusticias no solo requeriría 15 más oyentes virtuosos, sino un cambio político y social colectivo; en cuestiones de injusticia epistémica, lo ético es político. Aun así, este dato no hace más que subrayar el hecho de que la injusticia testimonial y la injusticia hermenéutica se deben explorar en primera instancia como problemas éticos, pues eso es lo que fundamentalmente son. Por lo que respecta a nuestra comprensión filosófica de estos fenómenos, lo político depende de lo ético. 16 1. Injusticia testimonial En el guion cinematográfico de El talento de Mr. Ripley, de Anthony Minghella, Herbert Greenleaf recurre a un gesto habitual de menosprecio para acallar a Marge Sherwood, la joven que, de no ser por la siniestra desaparición de Dickie, el hijo de Herbert, se habría convertido enseguida en su nuera: «Marge, existe la intuición femenina y luego están los hechos».1 Greenleaf está respondiendo a la sospecha expresada por Marge de que Tom Ripley (un supuesto amigo de Dickie y Marge que ha adulado a Greenleaf padre para ganarse sus favores) es en realidad el asesino de Dickie. Resulta fácil apreciar que el acto de Greenleaf de acallar aquí a Marge comporta un ejercicio de poder, concretamente, de poder de género. Pero ¿qué queremos decir con «poder»? ¿Y qué relación guarda el poder de género con el concepto general de poder social? Para dibujar un retrato de la injusticia testimonial y aproximarnos a su caso particular más característico es preciso responder a estas preguntas sobre la naturaleza del poder social en general y del tipo de poder social que denominaré poder identitario (del cual el poder de género es un ejemplo). El poder Empecemos por lo que presupongo que es la contundente idea intuitiva de que el poder social es la capacidad que tenemos como agentes sociales para influir en la marcha de los acontecimientos del mundo social. Una primera puntualización importante es que el poder puede operar activa o pasivamente. Pensemos, por ejemplo, en el poder que una agente de circulación tiene sobre los conductores, que descansa sobre el hecho de que puede multarlos si cometen una infracción de aparcamiento. A veces, este poder opera de manera activa, como cuando la agente impone una multa. Pero también es fundamental que opere de manera pasiva, como sucede cada vez que su capacidad para imponer multas influye en la conducta de aparcamiento de una persona. Existe una relación de dependencia entre las modalidades activa y pasiva del poder, pues su actuación pasiva tenderá a reducirse con la disminución de su ejercicio activo: si no se impone un determinado número de multas de aparcamiento, el poder de las agentes de circulación para influir de forma pasiva en nuestra conducta de aparcamiento también disminuirá. Un segundo aspecto es que, como el poder es una capacidad, y una capacidad pervive durante los períodos en los que no se ejerce, el poder existe aun cuando no se esté haciendo realidad con la acción. Pensemos de nuevo en nuestra agente de circulación. Si 17 una tarde, sumido en un estado de irracional desobediencia urbana, un conductor desatiende lo que una agente de circulación puede hacer y aparca con displicencia en un lugar prohibido sin ceñirse a restricción alguna, entonces nos encontramos ante una situación en la que el poder de la agente de circulación es (pro tempore) absolutamente no operativo, inútil. Pero sigue existiendo. Este debería ser un aspecto metafísico aproblemático, pero hay que reconocer que no carece de disidentes, pues es célebre la afirmación de Foucault de que «el poder existe únicamente en acto».2 Sin embargo, debemos rechazar esa afirmación porque es incompatible con que el poder sea una capacidad y porque, aun en el contexto de los intereses que ocupan a Foucault, no hay motivo para sostener la idea de que el poder no es una capacidad y que su existencia se reedita cada vez que se muestra realmente en acción y desaparece cuando no actúa. Como veremos, el compromiso casi foucaultiano con una concepción del poder ligera desde el punto de vista metafísico y la idea de que el poder opera de forma socialmente diseminada, como en una red, no dependen de ella. Hasta aquí hemos considerado que el poder es una capacidad de los agentes sociales (individuos, grupos o instituciones) ejercida en relación con otros agentes sociales. Se suele calificar a este tipo de poder como «diádico» porque relaciona a una parte que ejerce el poder con otra parte cuyas acciones se ven debidamente influidas por él. Pero, como se podría representar igualmente que influye sobre muchas partes (el poder de la agente de circulación limita a todos los conductores de la zona), me centraré en lo que es esencial, a saber: que este tipo de poder es ejercido por un agente. De manera que podemos llamarlo poder agencial. Por otra parte, el poder también puede operar de forma netamente estructural, de tal modo que no haya ningún agente concreto que lo ejerza. Pensemos, por ejemplo, en el caso de un determinado grupo social al que de manera informal se priva del derecho al voto en el sentido de que, por cualesquiera que sean las complejas razones sociales, no suele acudir a votar. Ningún agente o agencia social en particular está excluyéndolos del proceso democrático, pero son excluidos y la exclusión señala una actuación del poder social. En estos casos parece que el poder que influye sobre su conducta está diseminado por todo el sistema social con tanta meticulosidad que diríamos que carece de sujeto. La obra de Foucault ofrece ejemplos históricos de la actuación del poder en el modo netamente estructural. Cuando describe el tipo de poder que opera en la evolución histórica de los hábitos discursivos e imaginativos institucionalizados (como cuando en el marco de un discurso médico-jurídico profesionalizado emerge la práctica de categorizar a determinados criminales como «delincuentes»),3 lo ilustra con algunas de las formas en las que el poder opera de forma netamente estructural. Este tipo de transformaciones se produce como consecuencia de un sistema de relaciones de poder que opera de forma holística y no se explican de forma conveniente en términos de posesión o no posesión de poder por parte de agentes particulares (ya sean personas o instituciones). Además, en el funcionamiento netamente estructural del poder, es del todo apropiado concebir que las personas actúan más como «vehículos» 4 del poder que como sus sujetos y objetos emparejados uno a uno, pues en estos casos la capacidad que el poder social es opera sin sujeto; es una capacidad que 18 aparece diseminada por todo el sistema social. Digamos, pues, que hay actuaciones agenciales del poder social ejercidas (de forma activa o pasiva) por uno o más agentes sociales sobre uno o más agentes sociales diferentes; y que hay actuaciones del poder que son netamente estructurales y que, por así decir, carecen de sujeto. Sin embargo, aun en las actuaciones agenciales del poder, este es ya un fenómeno estructural, pues el poder siempre depende de la coordinación práctica con otros agentes sociales. Como ha expuesto Thomas Wartenberg, (lo que él llama) las relaciones de poder diádicas dependen de la coordinación con «otros seres sociales» y, en ese sentido, están «socialmente situadas».5 En términos muy generales, se podría decir que la cuestión de que el poder está socialmente situado supone constatar la importancia del contexto social en conjunto: toda actuación del poder depende del contexto del mundo social en funcionamiento: instituciones compartidas, significados compartidos, expectativas compartidas, etcétera. Pero lo que dice Wartenberg es más concreto, puesto que sostiene que cualquier relación de poder dada tendrá siempre, además, una dependencia más directa y significativa de la coordinación con las acciones de otros seres sociales en particular. Ofrece el ejemplo del poder que una profesora universitaria tiene sobre sus estudiantes a la hora de calificar su trabajo. Por supuesto que este poder depende en términos generales del contexto social de las instituciones universitarias en conjunto, de los sistemas de calificación y demás. Pero también depende de forma más directa de la coordinación con las acciones de una reducida clase de seres sociales: por ejemplo, los empleadores potenciales que prestan atención a las calificaciones académicas. Sin esta coordinación con las acciones de un grupo determinado de otros agentes sociales, las acciones de la profesora no tendrían ninguna influencia sobre la conducta de los estudiantes, pues las calificaciones que asignara no tendrían ninguna influencia sobre las perspectivas de los estudiantes. Ese tipo de coordinación más específica constituye la «alineación» social necesaria de la que toda relación de poder dada depende directamente. O, mejor dicho, la alineación social es en parte constitutiva de la relación de poder. La puntualización de Wartenberg es sin duda acertada. También nos ayuda a ver qué hay de cierto en la idea foucaultiana de que se debe entender el poder como una «organización semejante a una red» socialmente diseminada; pese a que puede conducirnos igualmente a rechazar por exagerada su afirmación de que el poder «nunca está en manos de nadie».6 Esa profesora concreta sí tiene el poder de calificar al estudiante; pero su poder depende directamente de la coordinación práctica con todo un abanico de otros seres sociales. Ella tiene su poder, si se quiere, en virtud del lugar que ocupa en una red más amplia de relaciones de poder. Ahora bien, la mera idea de que exista este tipo de coordinación práctica es absolutamente genérica y se aplica al poder necesario para conseguir que se haga cualquier cosa en el mundo social; el poder que yo tengo para cobrar un cheque depende de la coordinación práctica con el cajero del banco y de todo un abanico de agentes sociales adicionales. Pero estamos tratando de establecer una concepción de algo llamado «poder social», que desde cualquier perspectiva es algo más específico que la mera noción de «capacidad social» (como la que implica que yo 19 pueda cobrar mi cheque). Entonces, ¿qué es lo distintivo del poder social? La respuesta clásica a esta pregunta consiste en decir que el poder supone una cortapisa para los intereses objetivos de alguien.7 Pero esta parece ser una concepción del poder en exceso estrecha y negativa, pues hay muchas actuaciones del poder que no se orientan contra los intereses de nadie; cuando califica el trabajo de sus alumnas, la profesora universitaria no tiene que poner cortapisas a los intereses de sus estudiantes. La respuesta de Wartenberg a esta cuestión consiste en decir que lo que convierte la capacidad de la profesora para calificar el trabajo de sus estudiantes en una cuestión de poder social es que la estudiante descubre que su profesora «tiene el control sobre determinadas cosas que ella podría necesitar o desear».8 Esta forma de plantearlo es apropiada para muchas relaciones de poder agencial; pero el objetivo actual es establecer una concepción operativa del poder social que sea lo bastante amplia para abarcar no solo las actuaciones del poder agencial, sino también las netamente estructurales, y la idea de alineación social de Wartenberg no está concebida para hacerlo. Sin embargo, creo que disponemos de una concepción de este tipo en la que, con un aspecto ligeramente más genérico, sigue siendo esencial la idea de control. El rasgo fundamental del poder social que refleja el concepto de alineación social de Wartenberg es que el objetivo de toda actuación de poder social es ejercer control social, ya sea porque unos agentes concretos controlan lo que otros agentes hacen o porque las acciones de las personas estén controladas de forma netamente estructural. En las relaciones de poder agencial, una parte controla los actos de otra u otras partes. Aunque en las actuaciones de poder netamente estructurales el poder no tenga ningún sujeto, siempre tiene un objeto cuyas acciones están siendo controladas: el grupo al que se priva del ejercicio del voto en nuestro ejemplo de privación informal de voto o los «delincuentes» de Vigilar y castigar de Foucault. En estos casos siempre hay un grupo social al que se describe adecuadamente como controlado, aun cuando tras ese control no subyazca ningún agente concreto, pues las actuaciones de poder netamente estructurales siempre crean o preservan un determinado orden social. Con el nacimiento del «delincuente» se crea una determinada posición del sujeto como objeto de un determinado discurso teórico profesionalizado; con la privación del voto a un determinado grupo social los intereses de ese grupo se vuelven prescindibles desde el punto de vista político. Para recapitular todos estos aspectos propongo la siguiente concepción operativa del poder social: una capacidad práctica socialmente situada para controlar las acciones de otros, que puede ser ejercida (de forma activa o pasiva) por agentes sociales concretos o, de manera alternativa, puede operar de forma netamente estructural. Si bien solemos utilizar la noción de poder social como concepto contestatario (en general, reclamamos poder solo cuando queremos objetar), la concepción propuesta refleja el hecho de que la mera idea de poder social es en sí misma más neutral, aunque nunca tan neutral como la simple idea de capacidad social. Es correcto, pues, conceder 20 que un ejercicio de poder no tiene por qué ser perjudicial para nadie. Por otra parte, situar la noción de control en su centro le otorga la adecuada inflexión crítica: allá donde opera el poder, deberíamos estar dispuestos a preguntar quién o qué está controlando a quién y por qué. Poder identitario Hasta el momento el tipo de coordinación social que hemos tenido en cuenta ha sido el de la coordinación estrictamente práctica, pues no consiste más que en la coordinación con las acciones de otros. Pero hay al menos una forma de poder social que requiere no solo coordinación social práctica, sino también una coordinación social de la imaginación. Puede haber actuaciones del poder que dependan de que los agentes compartan una identidad social, una concepción viva en la imaginación social colectiva que rija, por ejemplo, lo que es o significa ser una mujer o un hombre, o lo que es o significa ser gay o heterosexual, joven o viejo, etcétera. Cada vez que hay una actuación del poder que depende en un grado significativo de este tipo de concepciones de la identidad social compartida en la imaginación, opera entonces el poder identitario. El género es un territorio del poder identitario, y al igual que el poder social en términos más generales, el poder identitario se puede ejercer de forma activa o pasiva. Un ejercicio de poder identitario de género es activo cuando, por ejemplo, un hombre hace uso (tal vez no pretendido) de su identidad como hombre para influir en las acciones de una mujer; por ejemplo, para hacer que la mujer se rinda a la autoridad de su palabra. El hombre podría, por ejemplo, actuar de forma paternalista con ella y salirse con la suya en virtud del hecho de que él es un hombre y ella una mujer: «Marge, existe la intuición femenina y luego están los hechos», como dice Greenleaf a Marge en El talento de Mr. Ripley.9 Acalla las sospechas de Marge sobre el homicida Ripley ejerciendo el poder identitario, un poder identitario que inevitablemente tiene como hombre sobre ella como mujer. Incluso un uso activo del poder identitario tan flagrante como este puede ser involuntario; el relato se desarrolla en la década de 1950 y Greenleaf trata ingenuamente de persuadir a Marge de que adopte lo que él considera una perspectiva más objetiva de la situación, que él con acierto opina que está muy cargada de tensión y emoción para ella. Quizá Greenleaf no sea consciente de que está utilizando el género para silenciar a Marge y lo que hace tal vez sea bienintencionado y paternalmente benévolo. Pero no deja de ser un ejercicio de poder identitario. El ejercicio de poder identitario que hace aquí Greenleaf es activo, por cuanto ejecuta una acción que consigue lo que tiene el poder para obrar: acallar a Marge. Lo saca adelante invocando de forma efectiva una concepción colectiva de la feminidad entendida como algo insuficientemente racional porque es en exceso intuitiva.10 Pero en un entorno social distinto tal vez un hombre no tuviera que hacer nada para acallarla. Ella ya podría haber sido silenciada por el mero hecho de que él es un hombre y ella una mujer. Imaginemos un contexto social del que forme parte de la construcción del género no solo que las mujeres son más intuitivas que racionales, sino, además, que jamás deberían 21 elevar su palabra contra la de un hombre. En ese tipo de situación social, un Herbert Greenleaf habría ejercido el mismo poder sobre una Marge (su poder como hombre para acallar a una mujer), pero de forma pasiva. Lo habría hecho, por así decir, limitándose a ser un hombre. Que una actuación del poder identitario sea activa o pasiva depende muy directamente de la coordinación social de la imaginación: ambas partes deben compartir las concepciones colectivas relevantes de lo que supone ser un hombre y lo que supone ser una mujer, donde este tipo de concepciones equivalen a estereotipos (que pueden o no ser distorsionadores) acerca de la respectiva autoridad de hombres y mujeres sobre uno u otro tipo de temas. Obsérvese que la actuación del poder identitario no requiere que ninguna de las dos partes acepte de forma consciente que el estereotipo es veraz. Si interpretáramos que Marge es plenamente consciente del carácter distorsionador del estereotipo utilizado para acallarla, no nos sorprendería en todo caso que el estereotipo la llevara a guardar silencio. No es preciso que el sujeto ni el objeto del estereotipo crean en las concepciones de las diferentes identidades sociales que se activan en las actuaciones del poder identitario, pues el modus operandi principal del poder identitario se da en el plano de la imaginación social colectiva. En consecuencia, puede controlar nuestras acciones aun a pesar de nuestras creencias. El poder identitario opera normalmente en conjunción con otras formas de poder social. Pensemos en un orden social en el que un sistema de clases rígido impusiera un código de conducta práctica y discursiva asimétrico a miembros de distinta clase social, de tal modo que, por ejemplo, en alguna ocasión (hace no tanto tiempo) un «caballero» inglés pudiera haber acusado a un «miembro de las clases trabajadoras» de «impudicia», «insolencia» o «desfachatez» si este le hablara en tono familiar. En una sociedad así el caballero ejercería sobre el hombre un poder material manifiesto ordenando, pongamos por caso, que lo despidieran (quizá fuera un artesano de una empresa que necesitara el patrocinio del caballero); pero esto podría estar respaldado y justificado en la imaginación mediante la actuación del poder identitario (tanto la concepción social de él como caballero como la del otro hombre como vulgar artesano forman parte de lo que explica la capacidad del primero de vengar la «impudicia» del segundo). La identidad de caballero lleva consigo un conjunto de presuposiciones acerca de cómo deben tratar a los caballeros los distintos tipos sociales y, en virtud de estos arreos normativos, la mera categoría identitaria de «caballero» puede reforzar el ejercicio de formas de poder social más materiales. No obstante, el poder identitario en sí mismo es algo no material, algo enteramente discursivo o imaginativo, pues opera en el plano de las concepciones compartidas de lo que significa ser un caballero y lo que significa ser un plebeyo, en el plano de la identidad social imaginada. Así pues, el poder identitario no es más que una faceta de las categorías de la identidad social relativa a, pongamos por caso, la clase o el género, ya que este tipo de categorías tendrá consecuencias materiales, además de aspectos imaginativos. ¿Podría haber una actuación netamente estructural del poder identitario? Podría. De hecho, el poder identitario adopta a menudo la forma netamente estructural. Si volvemos sobre nuestro ejemplo de la privación de voto, podemos imaginar a un grupo privado 22 informalmente del voto, cuya propensión a no votar nazca del hecho de que su identidad social imaginada colectivamente los califique como el tipo de personas a quienes no les interesa el pensamiento y el debate políticos. «La gente como nosotros es apolítica»; y por eso no votan. A la inversa, podemos imaginar que el poder identitario ejerza también su papel entre los grupos que sí votan. Parte de lo que nos anima a muchos a votar es una concepción social de nosotros mismos en la imaginación colectiva como «la gente que siente un compromiso político». Al igual que el poder social en general, el poder identitario puede ser agencial o netamente estructural; puede operar positivamente para producir una acción o negativamente para limitarla; y puede operar en defensa de los intereses del agente cuyas acciones se ven controladas por ese poder o, de nuevo, contra esos intereses. La razón de nuestra preocupación por el poder identitario es que nos afectará cómo se imbrica en el tipo de intercambio discusivo en el que se transmite conocimiento de un hablante a un oyente: en el sentido más amplio, el intercambio testimonial. Sostendré que el poder identitario forma parte intrínseca del mecanismo del intercambio testimonial debido a la necesidad que tienen los oyentes de utilizar estereotipos sociales en la estrategia heurística para la valoración espontánea de la credibilidad de sus interlocutores. Esta utilización de estereotipos puede ser enteramente correcta o engañosa en función del estereotipo. En particular, si el estereotipo encarna un prejuicio que opera contra la hablante, entonces suceden dos cosas: se produce una disfunción epistémica en el intercambio (el oyente hace un juicio indebidamente devaluado de la credibilidad de la hablante, lo que quizá tenga como consecuencia un desperdicio de conocimiento, además de que el oyente hace algo malo desde el punto de vista ético) y la hablante es injustamente desautorizada en su capacidad como sujeto de conocimiento. A continuación orientaré la exploración de esta doble disfunción epistémica y ética. La tarea es aproximarnos a lo que desde el punto de vista ético y social tal vez sea el momento más significativo del impacto del poder identitario sobre nuestras relaciones discursivas y epistémicas y bosquejar un retrato de la injusticia característica que comporta: la injusticia testimonial. El ejemplo central de injusticia testimonial En términos muy generales, la disfunción prejuiciosa de la práctica testimonial puede ser de dos tipos. O bien el prejuicio se deriva de que se otorgue a la hablante más credibilidad de la que se le otorgaría en otras condiciones (un exceso de credibilidad) o bien se deriva de que se le otorgue menos credibilidad de la que recibiría en otras condiciones (un déficit de credibilidad). Pensemos en el impacto discursivo inmediato de que la hablante tenga, por ejemplo, acento al hablar. El acento no solo es portador de una carga social que afecta a la forma en que el oyente percibe a una hablante (puede indicar unos determinados antecedentes educativos, de clase o regionales), sino que con mucha frecuencia también porta una carga epistémica. El acento puede tener un impacto muy significativo sobre la dosis de credibilidad que un oyente concede a una hablante, 23 sobre todo en un intercambio único. No quiero decir que sea especialmente probable que el acento de alguien lleve a un oyente, incluso a uno que tuviera muchos prejuicios, a rechazar de plano y de forma automática alguna aseveración manifiestamente creíble o, a la inversa, a creer firmemente una afirmación que resultara increíble. No cabe duda de que ambas cosas son posibles, pero dado que casi siempre redunda en el interés de los oyentes creer lo verdadero y no creer lo falso, sería un prejuicio muy asentado en un contexto inusual que en solitario tendría el suficiente poder para causar ese tipo de efecto. La idea es más bien que el prejuicio tenderá a exagerar o devaluar de manera subrepticia la credibilidad otorgada a la hablante y, en ocasiones, bastará para cruzar el umbral de la creencia o la aceptación hasta el extremo de que el prejuicio del oyente le lleve a prescindir de un dato de conocimiento. En los intercambios testimoniales cara a cara el oyente debe realizar alguna atribución de credibilidad al hablante.11 Seguramente no hay ciencia exacta que gobierne con certeza este tipo de atribuciones, pero no cabe duda de que puede haber error por exceso o por defecto.12 En general, el exceso tenderá a ser ventajoso y el déficit, desventajoso. Sin embargo, para matizar debemos señalar que en determinados contextos el exceso podría traer consigo desventaja, así como podemos concebir situaciones en las que el déficit podría reportar beneficios. En relación con lo primero, pensemos en un médico de familia cuyos pacientes le plantearan cuestiones médicas que requirieran una formación más especializada. No estaría en condiciones de responderlas con plena responsabilidad; sin embargo, debe hacer todo lo posible por atenderlas, puesto que los pacientes necesitan respuesta y él es la única fuente a la que tienen acceso. Sus pacientes suponen que está en condiciones de proporcionar la información que necesitan y, por tanto, le atribuyen un exceso de credibilidad en los asuntos consultados. Añadamos que toda tentativa de desengañarlos de su idea exagerada de especialización deterioraría la relación médico-paciente al socavar indebidamente la confianza de los pacientes en el médico. Todo esto representaría una carga ética para nuestro médico de familia, pues sería consciente de que por mucho que se esforzara podría confundirlos en alguna cuestión de salud importante. Para este médico de familia, el exceso de credibilidad que le otorgan sus pacientes supone una carga ética no deseada, por lo que podemos comprender que el exceso de credibilidad puede resultar desventajoso.13 O pensemos también, por ejemplo, en un profesor que entregara a una colega más joven una obra para que se la comentara con la confianza de que la valoración crítica de esa colega le dejara clara una apreciación antes de comentarla él mismo en un congreso. Si la colega más joven admira la obra y la trata con un exceso de benevolencia, sus comentarios serán menos críticos de lo que podrían serlo en otras condiciones y el profesor podría sentirse defraudado. Una vez más, el exceso de credibilidad que se le otorga en esta ocasión solo representa para ella una desventaja. Así pues, en circunstancias como estas el exceso de credibilidad puede resultar desventajoso, aunque en general representa con mayor frecuencia una ventaja. ¿Qué posibilidad hay de que el déficit de credibilidad represente una ventaja en circunstancias inusuales? Pensemos en el tartamudo de Claudio, llamado a ser algún día emperador de Roma, pero que una y otra vez escapa al asesinato político sobre la 24 marcha debido al hecho de que lo suelen tomar por estúpido. O, en otro caso, recordemos a aquel inimitable personaje de las series de detectives de la década de 1970, el teniente Colombo, cuyo aire desmañado y caótico induce en aquellos a quienes está investigando un falso sentimiento de seguridad que le permite pillarlos desprevenidos en los interrogatorios. Entonces, en contextos tan específicos y determinados, el déficit de credibilidad puede resultar ventajoso. No obstante, en general, veremos que la credibilidad es un bien del que es preciso tener abundancia para toda clase de buen funcionamiento y, en consecuencia, pensaríamos que un déficit de ella es, en general, una desventaja. A primera vista, pensaríamos que tanto el déficit como el exceso de credibilidad son casos de injusticia testimonial. Hay sin duda cierta idea de «injusticia» que se podría aplicar de forma natural y bastante adecuada a los casos de exceso de credibilidad, como en el caso de que nos quejáramos por la injusticia de que se otorgara a alguien una credibilidad indebidamente elevada por lo que dice tan solo porque habla con un determinado acento.14 De un plumazo, se podría clasificar como un caso de injusticia por falta de equidad distributiva (alguien recibe de un bien más de lo que le corresponde), pero eso sería forzar el lenguaje, pues la credibilidad no es un bien que encaje con el modelo de justicia distributiva. A diferencia de los bienes que se gestionan con provecho siguiendo criterios distributivos (como la riqueza, o la atención sanitaria), no hay complicación ninguna en torno a la justa distribución de la credibilidad, pues la credibilidad es un concepto cuya distribución se realiza a simple vista y sin tapujos. Dejando al margen sutilezas epistemológicas, la obligación de la oyente es obvia: debe ajustar el grado de credibilidad que atribuye a su interlocutor a las pruebas de que le está presentando la verdad. Además, los bienes que mejor encajan con el modelo distributivo se ajustan tan bien a él porque son finitos y, al menos, potencialmente escasos. (Recordemos a Hume cuando hablaba de la genealogía de la justicia: en situación de abundancia no va a aflorar de forma natural el criterio distributivo).15 Esos bienes son aquellos por los que hay, o habrá pronto, una cierta competición, y eso es lo que da pie a la deliberación ética acerca de la justicia de una u otra distribución concreta. En cambio, la credibilidad no suele ser finita en este sentido y no hay ninguna demanda competitiva análoga que nos invite a dispensarle un tratamiento distributivo. En consecuencia, en los casos de déficit de credibilidad, la injusticia que nos proponemos rastrear no se debe caracterizar como la no recepción de la justa cuota que le corresponde a alguien de un determinado bien (la credibilidad), pues esto supondría no lograr captar la faceta diferenciada en la que la hablante sufre un agravio. La idea es explorar la injusticia testimonial como una injusticia específicamente epistémica, como un tipo de injusticia según el cual alguien resulta agraviado específicamente en su capacidad como sujeto de conocimiento. No cabe duda de que el déficit de credibilidad puede constituir un agravio semejante, pero aunque (en raras ocasiones) el exceso de credibilidad resultara desventajoso en diversos aspectos, no menoscaba, insulta ni cancela en modo alguno una faceta concreta de la hablante qua sujeto de conocimiento; por tanto, en sí mismo no le inflige ninguna injusticia epistémica y, a fortiori, ninguna 25 injusticia testimonial. Al contrario: la capacidad de nuestra profesora y nuestro médico de familia imaginarios como sujetos de conocimiento es estimada en demasía. Sin embargo, ¿podría ser (debemos insistir en el asunto) que haya algunas circunstancias en las cuales ser estimado en demasía en nuestra capacidad como sujeto de conocimiento causara algún tipo de daño que mereciera el calificativo de «injusticia testimonial»? Imaginemos a alguien que estuviera creciendo y, debido a diversos prejuicios sociales que jugaran en su favor de manera abrumadora, resultara continuamente engrandecido epistémicamente por las personas que lo rodean. Digamos que fuera miembro de una élite gobernante y que toda su crianza y su educación estuvieran orientadas con sutileza para implantar este mensaje con firmeza en su carácter. Tal vez los alumnos que asistieran a su clase incluso acabaran teniendo un acento distintivo y, sin duda, una seguridad en sí mismos que contribuyera a señalarlos como autoridades desde el punto de vista epistémico. No cabe duda de que el exceso de credibilidad que recibiría de la mayoría de los interlocutores de su sociedad clasista resultaría ventajoso: es muy probable que le reportara un empleo muy lucrativo y cierto prestigio automático en muchos de sus intercambios discursivos, etcétera. Pero ¿qué sucedería si todo esto lo llevara a desarrollar tal arrogancia epistémica que quedara fuera de su alcance un amplio abanico de virtudes epistémicas y se volviera cerrado, dogmático, despreocupado, insensible a las críticas y demás? ¿No se daría el caso de que, en cierta medida, pero de modo casi literal, se habría tomado el pelo a esa persona? Y si es así, ¿no tendría algo de cierto la idea de que el catálogo de excesos de credibilidad que han mal formado su temperamento epistémico equivaliera a una especie de injusticia testimonial? Creo que la respuesta posiblemente es «Sí», y tal vez nos estuviéramos enfrentando a un interesante caso especial de injusticia testimonial. No obstante, obsérvese que se trata de una injusticia acumulativa, mientras que nos hemos centrado en casos emblemáticos de la injusticia. No creo que fuera correcto caracterizar en sí mismo ninguno de los momentos individuales de exceso de credibilidad de que esta persona es objeto como un caso de injusticia testimonial, puesto que ninguno de ellos representa un agravio en sí mismo. Es solo si se producen los suficientes de ellos juntos del caprichoso modo descrito cuando cada instante de exceso de credibilidad adopta el aspecto de ser algo que contribuye a que el sujeto resulte agraviado desde el punto de vista epistémico a largo plazo. En consecuencia, diría que, aunque el ejemplo sí indica que algunas personas que ocupan una contundente y privilegiada posición de poder social podrían ser objeto de una presión variable de injusticia testimonial (a saber: la injusticia testimonial en su forma estrictamente acumulativa), en todo caso eso no demuestra que ningún caso escogido de exceso de credibilidad constituya una injusticia testimonial. Así pues, la principal forma de caracterizar a la injusticia testimonial sigue siendo que consiste en un déficit de credibilidad, y no en un exceso de ella. Empecemos por aproximarnos al concepto de injusticia testimonial, ahora debidamente concebido como una forma de déficit de credibilidad. Un primer aspecto que es preciso señalar es que el prejuicio no es lo único que puede causar un déficit de credibilidad y, por tanto, que no todas las clases de déficit de credibilidad son casos de injusticia 26 testimonial. Un déficit de credibilidad podría ser consecuencia, sencillamente, de un error inocente: un error no culpable tanto desde el punto de vista ético como epistémico. Una razón por la que siempre habrá casos de errores inocentes es que el juicio humano es falible y, por consiguiente, es inevitable que hasta los oyentes más diestros e intuitivos elaboren de vez en cuando un juicio erróneo sobre la credibilidad de una hablante. Concretamente, una oyente puede albergar tan solo una falsa creencia sobre el nivel de especialización y/o los motivos de un hablante, de modo que le otorgue menos credibilidad de la que le concedería en otras circunstancias. Mientras su falsa creencia sea en sí misma no culpable desde el punto de vista ético y epistémico (que no nazca, por ejemplo, de un odio inmoral, ni de una despreocupación epistémica), no habrá nada culpable en su error de apreciación sobre la credibilidad del hablante. No es más que un desafortunado error epistémico habitual, de uno u otro tipo. Imaginemos un ejemplo en el que la oyente (digamos que es una filósofa, especialista en ética) sabe que su interlocutor es una personalidad académica en cierta institución y, tras haberla buscado en la página web de dicha institución, cree que es médico, puesto que su nombre aparecía bajo el epígrafe de ciencias médicas. Supongamos que su conversación versa sobre un determinado debate abierto en la bibliografía propia del campo de especialización de la oyente (el ficcionalismo moral, imaginemos) y que para su sorpresa él manifiesta una franca opinión crítica sobre el enfoque ficcionalista y ella otorga a sus palabras una credibilidad inferior de la que les habría concedido si considerara que es un colega especialista en ética. De hecho, sin embargo, aunque ella no lo sepa, él sí es un filósofo de la ética, especializado en ética médica y empleado en un departamento de medicina, de tal modo que su falsa creencia sobre la identidad profesional del hablante lo ha situado en un déficit de credibilidad provisional. En todo caso, yo diría que el error de apreciación de ella no le inflige ninguna injusticia testimonial real. No es más que un error inocente. Así, un desafortunado error de este tipo puede causar un déficit de credibilidad que no constituye un caso de injusticia testimonial. Propongo, al menos, que circunscribamos el concepto de este modo. Por supuesto que no sería lingüísticamente impensable que nuestra oyente imaginaria, abochornada al enterarse de la verdadera identidad profesional de su interlocutor, dijera que se sintió mal por infligirle semejante «injusticia». Pero estaríamos hablando de un sentido de la injusticia muy débil; tanto es así que se trataría de una simple sombra del sentido ético y político ordinario en que entendemos esta palabra y que carece de las implicaciones habituales de maldad moral. Pero esto es ya sobre todo una matización terminológica, de modo que si alguien discrepara, podría contemplar otros casos de errores inocentes capaces de producir una forma débil de injusticia testimonial. Sin embargo, por mi parte, reservaré el termino para los casos en los que hay algo éticamente malo en el juicio erróneo de la oyente. ¿Qué ocurre con el déficit de credibilidad causado por un error inocente desde el punto de vista ético, pero culpable desde el punto de vista epistémico? Si volvemos a nuestro ejemplo y lo modificamos para que el error de nuestra filósofa sea resultado de una búsqueda redomadamente descuidada en la página web, diría que descubrimos que el 27 déficit de credibilidad que otorga a su interlocutor sigue sin constituir una injusticia testimonial. El juicio de credibilidad indebidamente devaluado que hace de él no lo insulta, ni lo menoscaba como sujeto de conocimiento, pues ella tan solo habría cometido un error estúpido. Aunque sea un error culpable desde el punto de vista epistémico, su no culpabilidad ética sigue pareciendo impedir que el déficit de credibilidad resultante constituya una injusticia testimonial: un error no culpable desde el punto de vista ético no puede menoscabar o agraviar en modo alguno al hablante. Parece que la ponzoña ética de la injusticia testimonial debe derivarse de alguna otra ponzoña ética contenida en el juicio de la oyente, cosa que no existe allá donde el error de la oyente es no culpable desde el punto de vista ético. La propuesta que apunto es que la ponzoña ética en cuestión es la del prejuicio. Podríamos extraer de muy diferentes momentos de la historia infinidad de ejemplos lamentables de prejuicios a todas luces relevantes para el contexto del juicio de credibilidad, como la idea de que las mujeres son irracionales, los negros inferiores a los blancos desde el punto de vista intelectual, las clases trabajadoras moralmente inferiores a las clases altas, los judíos taimados, los asiáticos ladinos… y así hasta completar un nefasto catálogo de estereotipos más o menos susceptibles de insinuarse en los juicios de credibilidad de diferentes momentos de la historia. Pero con el fin de abastecer a la imaginación filosófica con menos crudeza, ocupémonos de un ejemplo extraído de la literatura que nos proporciona una ficción históricamente veraz. El ejemplo procede de Matar a un ruiseñor, de Harper Lee. Corre el año 1935 y estamos en la sala de un tribunal del condado de Maycomb, en Alabama. El acusado es un joven negro llamado Tom Robinson. Se le acusa de haber violado a una joven blanca, Mayella Ewell, por delante de cuya casa, una vivienda decadente, pasa todos los días de camino al trabajo, que se encuentra en las afueras de la ciudad, en las tierras fronterizas que separan la zona donde viven los negros y los blancos. Para el lector, y para cualquier persona de la sala que carezca relativamente de prejuicios, es evidente que Tom Robinson es inocente. Pues Atticus Finch, nuestro elegante y bien hablado abogado de la defensa, ha demostrado más allá de toda duda que Robinson no podría haber golpeado a la joven Ewell para causarle las heridas y moretones que todavía presentaba ese día, ya que quienquiera que le propinara aquella paliza lo hizo con la mano izquierda, mientras que el brazo izquierdo de Robinson está incapacitado por un accidente sufrido con una máquina cuando era un niño. Las sesiones del juicio ponen en escena que existe una lucha frontal entre el poder de las pruebas y el poder de los prejuicios raciales, a los que en última instancia sucumbe el veredicto de un jurado compuesto en su totalidad por blancos. Pero hay muchas sutilezas psicológicas, y en la determinación de la percepción que el jurado tiene de Tom Robinson como hablante opera una compleja amalgama de significados sociales. En una confrontación decisiva entre la palabra de un hombre negro y la de una pobre joven blanca, el ambiente de la sala se adensa con lo que «se debe» y «no se debe» hacer según la política racial. Decir la verdad aquí representa un campo de minas para Tom Robinson, puesto que si insinúa que la joven blanca está profiriendo calumnias, se considerará que es un negro mentiroso y presuntuoso; sin embargo, si no hace público que Mayella Ewell intentó besarle (que es lo que en realidad sucedió) tendrá 28 casi mucho más asegurado el veredicto de culpabilidad. Este dilema discursivo refleja el aprieto práctico en que se encontró aquel fatídico día en la casa de Ewell, cuando Mayella lo agarró. Si la apartaba de sí con brusquedad, entonces se le declararía culpable de haberla atacado; pero si permanecía pasivo, resultaría igualmente culpable de haberla atacado. Así que adopta la actitud que considera más neutral, que es salir corriendo, aun sabiendo también que este acto será entendido asimismo como una señal de culpabilidad. El interrogatorio que hace el señor Gilmer a Tom está imbuido de la idea de que su huida presupone culpabilidad: —¿Por qué huyó tan de prisa? —He dicho que tenía miedo, señor. —Si tenía la conciencia limpia, ¿por qué tenía miedo?16 Según parece, salir corriendo es algo que en el condado de Maycomb un hombre negro no puede hacer sin incriminarse. De manera similar, hay muchas cosas que no puede decir ante un tribunal si quiere conservar alguna posibilidad de que se lo considere sincero. En un momento crucial del interrogatorio de la acusación, por ejemplo, Tom Robinson comete el error de referir con honestidad que su benévola motivación para detenerse ante la casa de Mayella Ewell era la de, como solía hacer, ayudarle con algunas chapuzas. Al igual que el conjunto del relato, esta escena está narrada desde el punto de vista de Scout, la hija pequeña de Atticus Finch, que está presenciando las sesiones con su hermano Jem a escondidas, desde la «galería de los negros». El señor Gilmer, el fiscal, le tiende una trampa: —¿Por qué tenía tanto afán por hacer las tareas de aquella mujer? Tom titubeó buscando una respuesta. —Como dije, parecía que no había nadie que la ayudase… […] Mr. Gilmer sonrió al jurado. —Por lo visto es usted un sujeto muy bueno. ¿Hacía todo aquello sin pensar en cobrar ni un penique? —Sí, señor. Ella me daba mucha compasión, parecía poner más empeño que todos los demás. —¿A usted le daba compasión ella, a usted le daba compasión ella? —Mr. Gilmer parecía dispuesto a elevarse hasta el techo. El testigo comprendió su error y se revolvió desazonado en la silla. Pero el mal estaba hecho. Debajo de nosotros, la respuesta de Tom Robinson no gustó a nadie. Míster Gilmer hizo una larga pausa para dejar que fuese penetrando.17 Aquí el «daño» en cuestión se inflige a toda confianza epistémica que hasta el momento el jurado blanco haya tenido la humanidad de sentir por el testigo negro. Pues compadecerse por alguien es un sentimiento tabú cuando se es negro y el objeto de la compasión es una persona blanca. En el contexto de la ideología racista estructurada en torno a los dogmas del supremacismo blanco, el sentimiento ético fundamental de llana 29 empatía humana acaba desfigurado ante los ojos de los blancos hasta el extremo de parecer poco más que un indicador de engreída superioridad por parte del sujeto negro. A un hombre negro no se le permite albergar sentimientos que presupongan cualquier tipo de posición de ventaja relativa con respecto a ninguna persona blanca, con independencia de lo difícil y solitaria que fuera la vida de esta última. El hecho de que Tom Robinson haga público el sentimiento eleva la apuesta de una forma catastrófica para la justicia legal y para la justicia epistémica de la que depende. El juicio es un juego de suma cero entre la palabra de un hombre negro frente a la de una joven blanca (o quizá la de su padre, que llevó el caso a los tribunales); y en el jurado hay para quienes la idea de que el hombre negro sea digno de confianza epistémica y la joven blanca de desconfianza es casi una imposibilidad psicológica; la manifiesta simpatía de Robinson al compadecerse por una joven blanca no hace más que reforzar esa imposibilidad. Como vemos en la novela, los miembros del jurado se aferran a su percepción prejuiciosa del acusado, compuesta sobre todo por los estereotipos raciales de la época. Atticus Finch los reta a dejar de lado estos estereotipos prejuiciosos; a prescindir, según sus palabras, de la presunción (la malvada presunción) de que todos los negros mienten, de que todos los negros son fundamentalmente seres inmorales, que no se puede dejar con el espíritu tranquilo a ningún negro cerca de nuestras mujeres.18 Pero cuando llega el momento del veredicto, el jurado da por buena la desconfianza automática impuesta por los prejuicios que estructuran su percepción del hablante. Lo declaran culpable. Y es importante el hecho de que, según la novela, tenemos que interpretar que los miembros del jurado lo consideran realmente culpable. Esto quiere decir que no lo consideran inocente en privado pero, en todo caso, lo condenan con cinismo. Aun admitiendo que su psicología puede ser hasta cierto punto indeterminada, es fundamental que no consigan hacer de hecho lo que en su alocución final Finch califica como su «deber»: —[…] En nombre de Dios, cumplan con su deber. La voz de Atticus había descendido, y mientras se volvía de espaldas al Jurado dijo algo que no entendí. Lo dijo más para sí mismo que para el tribunal. —¿Qué ha dicho? —le pregunté a Jem, dándole un codazo. —«En nombre de Dios, creedle», eso creo que ha dicho.19 Finch trata de impresionar al jurado diciendo que tienen el deber de creer a Tom Robinson, lo que sustenta mi interpretación de la psicología de los miembros del jurado. A todas luces, Finch entiende que a lo que es preciso instar al jurado es a pronunciar el veredicto correcto, a llevar a cabo la acción epistémica correcta. No les insta a centrarse en su obligación moral y legal de condenar al acusado solo si lo consideran realmente culpable, pues es consciente de que sus prejuicios son psicológicamente mucho más profundos, que hunden sus raíces en la propia capacidad de juicio de los miembros del 30 jurado. El veredicto de culpabilidad que dictan atestigua su fracaso en la obligación de realizar el adecuado juicio testimonial a la luz de las pruebas. Como Atticus Finch temía, no consiguen cumplir fielmente con su obligación de creer a Tom Robinson. Dadas las pruebas que se les exponen, su inamovible percepción social prejuiciosa de Robinson como hablante les conduce de inmediato a un burdo fracaso epistémico y a un abominable fracaso ético de graves consecuencias prácticas. Como vemos más adelante, Tom Robinson no sobrevive demasiado para replicar presentando ningún recurso, pues recibe un disparo por la espalda cuando, según nos dicen, trata de huir fugándose por la valla de la prisión justo delante de los vigilantes. Quizá valga la pena subrayar que hasta las ideologías prejuiciosas más llenas de odio pueden verse sustentadas no solo por pensamientos y manifestaciones explícitamente llenos de odio, sino también por ideas estereotípicas más familiares que, por comparación, resultan casi acogedoras. Hay un tema de desconfianza epistémica relativamente inocuo que recorre todo el libro como un leitmotiv y apunta un eco ligero de la gravísima exclusión racista de la confianza epistémica como la que, en última instancia, conduce a la muerte de Tom Robinson. Lo vemos, por ejemplo, cuando Scout habla con la amiga y vecina de su familia, miss Maudie, sobre el huraño y misterioso joven Boo Radley (también conocido como míster Arthur), acerca del cual abundan historias espeluznantes y que es objeto de la constante fascinación de los niños. Scout pregunta por él a miss Maudie: —¿Usted cree que son ciertas todas estas cosas que dicen de B… míster Arthur? —¿Qué cosas? Yo se las expliqué. —Las tres cuartas partes de eso ha salido de la gente de color y la otra cuarta parte de Stephanie Crawford —aseguró miss Maudie.20 Dada una cultura en la que es tan abiertamente natural que los blancos asocien a la «gente de color», en general, con el chismorreo irresponsable (aun quien tenga una mentalidad independiente, como se ve en el caso de la respuesta que da miss Maudie a Scout), no es difícil imaginar una relación de connivencia entre esta vertiente relativamente acogedora de la ideología y las asociaciones mucho más crudas y abiertamente injustas que operan para socavar la fiabilidad epistémica de los negros. Aunque no haya nada de odioso en la vertiente más inocua de estas actitudes, todavía puede ser un nutriente importante de la ideología del odio generalizado. El caso de Tom Robinson representa un ejemplo extremo del tipo de injusticia testimonial que me propongo retratar desde el punto de vista filosófico. Un esbozo inicial podría llevarnos a considerarlo un déficit de credibilidad prejuicioso. Pero aunque esto pudiera servirnos como definición general de la injusticia testimonial, pasa por alto un rasgo fundamental del tipo de injusticia testimonial que padece Tom. Hay toda clase de prejuicios capaces de causar un déficit de credibilidad, pero en los que la injusticia testimonial resultante está muy localizada y, por tanto, carece de la significación social estructural que nos presenta con claridad un caso como el de Tom Robinson. 31 Imaginemos, por ejemplo (adapto una situación ficticia que me propuso un científico), un tribunal de una revista científica que mantiene un prejuicio dogmático contra un determinado método de investigación. Un hipotético colaborador podría quejarse con razón aduciendo que el tribunal otorga a los autores que presentan hipótesis basadas en el método desfavorecido un grado de credibilidad mermado por los prejuicios. Por tanto, el prejuicio genera una auténtica injusticia testimonial (siendo el texto escrito un medio para prestar testimonio). Aunque este tipo de injusticia testimonial puede resultar lesivo para la carrera de los potenciales colaboradores, y tal vez incluso para el progreso de la ciencia, su impacto sobre la vida del sujeto, en todo caso, estaría, supongámoslo así, muy localizado. Eso quiere decir que el prejuicio en cuestión (contra un determinado método científico) no vuelve al sujeto vulnerable a cualesquiera otras modalidades de injusticia (jurídica, económica, política). Digamos que la injusticia testimonial producida aquí es incidental. En cambio, las injusticias testimoniales que, a través del prejuicio común, están vinculadas a otros tipos de injusticia podrían calificarse convenientemente de sistemáticas. Así pues, las injusticias testimoniales sistemáticas son producidas no por prejuicios simples, sino específicamente por aquellos prejuicios que «persiguen» al sujeto a través de las diferentes dimensiones de la actividad social: económica, educativa, profesional, sexual, jurídica, política, religiosa, etcétera. Ser objeto de un prejuicio sabueso nos vuelve susceptibles no solo de la injusticia testimonial, sino de toda una gama de injusticias diversas y, por tanto, cuando semejante prejuicio genera una injusticia testimonial, dicha injusticia está conectada de forma sistemática con otros tipos de injusticias reales o potenciales. No cabe duda de que la injusticia testimonial padecida por Tom Robinson es sistemática, pues el prejuicio racial lo vuelve susceptible de un amplio abanico de injusticias, además de la del tipo testimonial. La injusticia testimonial sistemática constituye nuestro ejemplo principal; es principal desde el punto de vista del interés rector para indagar cómo encaja la injusticia epistémica en la pauta más general de la injusticia social. El principal tipo de prejuicio (¿el único?) que persigue así a las personas es el prejuicio relacionado con la identidad social. Llamaremos prejuicio identitario a este tipo de prejuicio. Puede adoptar forma positiva o negativa (el prejuicio a favor o en contra de personas debido a algún rasgo de su identidad social), pero como nuestro interés reside en los casos de déficit de credibilidad y no en los de exceso, nos ocuparemos solo del prejuicio identitario negativo (de hecho, utilizaré con frecuencia la expresión «prejuicio identitario» para abreviar «prejuicio identitario negativo»). La influencia del prejuicio identitario sobre el juicio de credibilidad de un oyente es una actuación del poder identitario. Pues en semejante caso la influencia del prejuicio identitario consiste en que una parte o partes controlan de forma efectiva lo que otra parte hace (impidiéndole, por ejemplo, transmitir conocimiento) en virtud de concepciones colectivas de las identidades sociales implicadas. En nuestro ejemplo de Matar a un ruiseñor, los miembros del jurado ejercen el poder identitario racial de este modo cuando construyen sus juicios de credibilidad devaluada de Tom Robinson, lo que tiene como consecuencia que sea 32 incapaz de transmitirles el conocimiento que tiene de lo sucedido ante la casa de Ewells. En la sala del tribunal, este es el ejercicio del poder identitario esencial que sella el destino de Tom, si bien, por supuesto, no constituye la totalidad de la explicación, ya que esta actuación del poder identitario se ve apoyada de manera fundamental por la sencilla pero muy efectiva estrategia acusadora de Mr. Gilmer, que invoca las habituales imágenes colectivas negativas de los negros. Gilmer controla deliberadamente a los miembros del jurado y, como queda claro, los miembros del jurado pasan a controlar lo que hace Tom Robinson impidiéndole que les transmita su conocimiento. Una vez incorporados los conceptos de prejuicio identitario y sistematicidad, estamos en condiciones de proponer una caracterización matizada del ejemplo central de la injusticia testimonial: el caso sistemático. La hablante soporta semejante injusticia testimonial si y solo si es objeto de un déficit de credibilidad debido a un prejuicio identitario en el oyente; así que el ejemplo central de injusticia testimonial es el de déficit de credibilidad prejuicioso identitario. No obstante, debemos señalar que podría haber excepciones; es decir, podemos imaginar casos de déficit de credibilidad prejuicioso identitario que no constituyan casos de injusticia testimonial sistemática y, por tanto, no sean muestra de nuestro ejemplo central. Pensemos en el siguiente (una anécdota que me refirió un filósofo de la ciencia). Se celebra un concurrido congreso internacional al que acuden sobre todo investigadores científicos e historiadores de la ciencia, pero en el que solo participan algunos filósofos de la ciencia. Queda claro que la mayoría de los asistentes considera que los filósofos de la ciencia están desconectados de las realidades de la práctica científica, hasta el extremo de que se les profesa francamente cierto desprecio intelectual. En este contexto, parecería que caer en la categoría identitaria de «filósofo de la ciencia» aumentara la probabilidad de que la palabra de alguien fuera desechada como especulación vana debido a una falta de contacto académico con la disciplina. Por tanto, se dan aquí casos auténticos de déficit de credibilidad prejuicioso identitario. Sin embargo, estas injusticias testimoniales no ilustran bien nuestro ejemplo central porque no son sistemáticas. Pese a que el prejuicio sea identitario, no incurre en el tipo de categoría identitaria amplia que da lugar a un prejuicio insistente; por el contrario, su relevancia social está en extremo circunscrita y limitada al contexto concreto del congreso descrito. Por consiguiente, solo produce una injusticia testimonial incidental. Clasificar una injusticia testimonial como incidental no significa subestimarla desde el punto de vista ético. Los prejuicios limitados y las injusticias que provocan pueden ser absolutamente catastróficas para el sujeto, sobre todo si se repiten con tanta frecuencia que la injusticia es persistente. Si, por ejemplo, el contexto práctico en el que se producen las injusticias es el de un proyecto, ya sea profesional o de otro tipo, esencial para que la vida de esa persona sea digna de ser vivida, entonces la acumulación de injusticias incidentales puede arruinar su existencia. La importancia de la sistematicidad reside sencillamente en que si una injusticia testimonial no es sistemática, entonces no es central desde el punto de vista del interés que reviste para el patrón general de la justicia social. «Persistente» califica la dimensión diacrónica de la gravedad y relevancia de la injusticia testimonial, mientras que «sistemático» califica la dimensión sincrónica. Las 33 formas más graves de injusticia testimonial son tanto persistentes como sistemáticas. Tal es el caso de Tom Robinson, quien vive en una sociedad en la que los prejuicios que devalúan su palabra también cierran el paso a sus afanes cotidianos con reiteración y en todas las orientaciones sociales. Por el contrario, es poco probable que los casos de injusticia testimonial que no son persistentes ni sistemáticos resulten muy desventajosos en conjunto. En términos generales, la injusticia sistemática suele ser persistente, pues es probable que las concepciones de la imaginación de la identidad social que aparecen en los prejuicios relevantes más insistentes sean rasgos duraderos de la imaginación social. Una vez identificado nuestro ejemplo central como injusticia testimonial sistemática, indaguemos ahora un poco más en cómo ingresan los prejuicios identitarios para causar su impacto sobre el intercambio discursivo. Ahora debemos explorar el papel que desempeñan los estereotipos en los juicios que los oyentes hacen de la credibilidad de los hablantes. 34
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