Nuevas letras latinoamericanas Nuevas letras latinoamericanas Antología de autores emergentes Volumen 3 Varios Autores © Factor Literario, 2024 Corregido y publicado por Agencia Factor Literario Diseño de portada: Agencia Factor Literario www.factorliterario.com [email protected] Los derechos de cada obra que forma parte de esta antología pertenecen a sus autores Contenido Drama ............................................................................................................9 El beso que lo cambió todo, por Halley (Colombia) ...................... 11 Viaje de promoción, por Dulxianer (Perú) ....................................... 16 La presencia de Dios, por J. Isaías Urbiola (México) ...................... 32 No robarás, por Ceam (Chile) ............................................................ 34 Despertar, por Juan Pablo Herce (México) ...................................... 46 Rotulaciones, por Alfonso Anaya (México)...................................... 50 El último encuentro, por Maximiliano Aristes (Chile) .................... 53 La niña soñadora, por Daniela Rojas (Chile) .................................... 55 Malditos recuerdos, por Celina Arce (Uruguay) .............................. 61 Reuniones de ferrocarrileros, por Felipe Montemayor (México) .. 63 Ciencia ficción y fantasía ......................................................................... 69 Salvar a la humanidad, por Gonzalo Alfaro (Chile) ........................ 71 El pueblo de Nofero, por José Luis Ramos (Perú) ......................... 85 Miracle boy, por Benjamin White (Chile) ......................................... 93 Las historias del Sheriff Doggie, por Rossekris (México)............... 96 La venganza de los dioses, por Génesis Vásquez (México) ......... 100 La segunda muerte de Nicolay, por Alejandro Gómez (Argentina) ............................................................................................................... 115 La esencia maligna, por Edith Condori (Perú) ............................... 118 Icojó, por Agustín Ospina (Colombia) ............................................ 125 Misterio y suspenso ................................................................................ 133 El encanto, por Ademar Polo (Perú) ............................................... 135 ¿Culpable o inocente?, por Luis Arroyo (Colombia)..................... 139 Un grito desesperado, por Héctor García (Chile) ......................... 146 Los invisibles del más acá, por Luis Novoa (Colombia) .............. 155 Terror ....................................................................................................... 161 La cita, por Homero Montoya (Perú).............................................. 163 Teodoro, por Armando Gallardo (México) .................................... 175 Comedia ................................................................................................... 179 Crónica de una derrota anunciada, por Pablo Arce (Chile) ......... 181 Infantil ...................................................................................................... 183 Un cuento espacial, por Sylvia Salazar (Chile) ............................... 185 La reina y Capullito, por Guerrera de la Noche (México) ............ 195 Reseñas biográficas................................................................................. 197 Nuevas letras latinoamericanas V3 Drama 9 Varios autores 10 Nuevas letras latinoamericanas V3 El beso que lo cambió todo, por Halley (Colombia) Terminó la clase de física y Arthur había aprendido sobre las leyes de Newton y la gravitación universal. Sin embargo, no tenía ni idea de cómo era que se sentía atraído hacia Earendel. En clase comprendió cómo dos cuerpos masivos se atraían, lo cual explica cómo el sol mantiene atados en sus órbitas a todos los planetas. No obstante, esta ley solo toma valor sobre cuerpos grandes que contienen una cantidad extrema de masa. Arthur se preguntaba si esta misma ley aplicaba para las personas. Pensaba en eso mientras observaba cuidadosamente cómo Earendel se dirigía hacia el laboratorio de química. No quería ser descubierto, ni mucho menos que los demás compañeros se enteraran de que se sentía atraído hacia lo que él aseguraba era la chica más hermosa de su escuela. Arthur era un individuo solitario y siempre fue rechazado por ser de aquellas personas que tenían una comprensión más avanzada de cómo funcionaban las cosas en la realidad; los demás lo llamaban "nerd". Todos lo veían de manera peculiar, como una especie no descubierta o, peor aún, como si no debiera existir. Arthur tampoco se ayudaba mucho intentando explicar cómo solían funcionar las leyes de la naturaleza. No se conquista a una chica impartiendo una clase magistral acerca de las leyes de Kepler, ni tampoco se hacen amigos si no usas calculadora para cosas tan difíciles como dividir la cuenta entre los miembros que comparten un almuerzo. Después de clases, Arthur se dirigió al único lugar donde se sentía seguro: la biblioteca. Para personas como él, donde el contacto social era tan difícil, no les quedaba más opción que buscar un refugio y apartarse de todo. Algunos individuos de este perfil suelen inventar nuevas cosas, como un amigo imaginario, nuevas tecnologías o incluso un nuevo negocio; en el caso de Arthur, su refugio era la biblioteca, donde se encontraban los libros de física, astronomía, matemáticas, historia, poesía y muchos más que harían que esta historia no terminara. Arthur leía estos libros y aprendía todos los días cosas 11 Varios autores nuevas que le ayudaban a comprender la realidad. Era, por así decirlo, su laboratorio de investigación. Aun así, Arthur tenía más razones para ir a la biblioteca: quería descubrir la razón de cómo se sentía atraído desde hace poco más de un año hacia Earendel. Se preguntó si el hecho de que fueran vecinos y de que regresaran a casa juntos influía mucho en su atracción hacia ella. No sabía si eran sentimientos, emociones o cualquier término que se relacionara con ese tipo de cosas, ya que nunca había sentido nada parecido hacia otra persona que no fuera un familiar cercano. Arthur se cuestionó si pudiese existir una forma matemática de expresar todo eso que estaba sintiendo. Mientras leía “Cosmos” de Carl Sagan, pensaba en todo momento en lo hermosa que era Earendel. La pensaba tanto que la única manera de quitarse ese pensamiento era resolviendo problemas matemáticos. Aun así, cuando no podía dejar de pensar en Earendel, sacaba su libreta de enigmas, como la llamaba. Era una libreta en donde escribía acerca de todo lo que no podía explicar, así logró convertirse en un "nerd avanzado". En esa libreta tenía escritos los pensamientos que eran de Earendel, de cómo solía sentirse cuando estaba cerca de ella, de cómo su voz lo sacaba de este mundo y hacía que se olvidara de todo lo que había aprendido. Hace una semana, sacó un 7.5 en su examen de historia porque se le olvidó quién dirigió el Proyecto Manhattan, quién descubrió la fisión nuclear y no pudo recordar los años en que transcurrió la Segunda Guerra Mundial. Esos hechos se los sabía de memoria, pero su cerebro oprimió la tecla de eliminar datos cuando Earendel se presentó con unos jeans azules, una blusa con la insignia de la NASA y su cabello recogido en una coleta. El cerebro de Arthur tuvo que hacer espacio para guardar esa imagen y el examen pagó los platos rotos. Mientras escribía en su cuaderno el último párrafo de un poema para Earendel, no se percató de que alguien se encontraba detrás, observando lo que escribía. Demasiado tarde, Arthur solo volvió a la Tierra cuando escuchó: —¿Eso es para mí? 12 Nuevas letras latinoamericanas V3 Mala suerte, estaba ahí, lo leyó todo y Arthur no sabía cómo salir de esta. Solo pensó que su suerte no podía ser peor. El mundo se le vino encima y no podía hacer nada. Mientras pensaba en todo eso, esos ojos azules lo miraban esperando su respuesta. Arthur supo por primera vez lo eterno que podría ser un segundo. Arthur no tuvo más opción que explicarle todo. Arthur trató de explicar el origen del nombre de la chica que le gustaba desde hace más de un año. Earendel ya sabía que su nombre era de una estrella que fue descubierta y cuyo nombre significaba “estrella del amanecer”. Arthur profundizó más acerca del nombre y le hizo saber cómo fue que esa estrella llegó a ser llamada de esa manera. —“Earendel” es el nombre de un poema escrito por Christopher Tolkien —le dijo—. Es la estrella más lejana que se ha descubierto hasta la fecha y, en honor al autor del poema, los astrónomos decidieron llamarla de esa manera —concluyó Arthur. Earendel, incrédula, solo lo miró con sus ojos azules y solo dijo: —Ah, ¿sí? —Con una sonrisa muy inocente, y ese fue el final de Arthur. Arthur le explicó todo: sus sentimientos y cómo le escribió el poema, cómo cada vez que la veía lograba inspirar cada estrofa del escrito que apenas había terminado, como si el universo estuviera esperando a que lo terminara para que fuera entregado de inmediato, antes de que Arthur lo guardara para siempre y nunca conociera la luz. Earendel le pidió la libreta y comenzó a leer el poema: “El amanecer nace con el sol. Mi día comienza con tu brillante sonrisa. Los pájaros cantan en tu ventana, Pero tu voz es mi sinfonía matutina. Te observo a lo lejos como una estrella, Tú avanzas hacia el eterno firmamento, Yo me pierdo en tus azules ojos, Pero tu ausencia me devuelve a la simple realidad. 13 Varios autores Hermosa eres y mi inspiración serás, Avanzarás a mi lado hasta que la noche nos separe. Surge la luna y con ella mis sentimientos hacia ti; Mis pensamientos tienen un nombre y su nombre es Earendel”. Earendel, al leer el poema, no tuvo palabras para decir. Arthur, ante su silencio, solo pudo imaginar lo peor. ―Es muy profundo ―dijo Earendel. ―¿Gracias? ―respondió Arthur palideciendo. Earendel le confesó que también tenía sentimientos hacia él. Sabía que Arthur gustaba de ella por la forma en que se comportaba junto a ella; sin embargo, nunca se lo confesó esperando a que él diera el primer paso. ―También te observaba ―le dijo Earendel. Arthur no lo podía creer. “Debo estar soñando”, se dijo. Nunca en su vida se habría imaginado un momento como este. ¿Quién en su vida puede ser correspondido por alguien así, mucho menos en una biblioteca? Ese momento era único e irrepetible. Arthur siempre estuvo solo, a sus dieciséis años nunca había besado a una chica. Era torpe y hacía que las personas se alejaran de él. Se convenció de que estaría solo toda su vida. Comparó su vida con lo solitarios que son los asteroides, sin compañeros ni nada que te empujara a ser mejor. Aun cuando había objetos como el cometa Halley, Arthur sabía que personas como él nunca serían ese tipo de objeto para alguien más. Earendel, esta vez, dio el primer paso y besó a Arthur. Sabía que Arthur era vencido por su timidez y decidió darle una mano. Arthur solo sintió cómo su oscura vida en solitario era iluminada por otra persona que lo había observado durante mucho tiempo. Al besar a Earendel, al fin pudo entender cómo las leyes de Newton ni la gravitación universal explicaban lo que pudo sentir con ese beso. Ese beso lo cambió todo. En ese momento, Arthur supo que no estaría 14 Nuevas letras latinoamericanas V3 solo nunca más. Supo igualmente lo que significaba ser observado por alguien más que sentía lo mismo que él. Dejó de ser un individuo solitario y se convirtió en ese cometa irradiado por el calor de Earendel. 15 Varios autores Viaje de promoción, por Dulxianer (Perú) En la ciudad de Barranca, el lunes 17 de septiembre de 1973, se daba la última reunión de la promoción Javier Heraud. Por fin habíamos llegado casi a concluir el quinto año de secundaria. Todos estábamos ansiosos de escuchar al profesor asesor de la promoción, Luis Arias del Castillo. Varios amigos estaban en la puerta del salón conversando de fútbol cuando divisamos al profesor que venía muy apurado y elegantemente vestido con terno azul, camisa blanca y corbata azul con estrellitas. ―¡Hey muchachos! ¡Ya llega Michi! ―gritó Ramírez. Todos corrimos a nuestras carpetas y nos ubicamos con orden, guardando silencio. ―¡Buenos días, jóvenes! ―dijo el profesor. ―¡Buenos días, profesor! ―respondimos al unísono. ―Hoy es un día muy especial, estimados alumnos, pues el esfuerzo que ustedes y yo hemos realizado desde el año 1971, cuando ustedes estaban en el tercer grado de secundaria, dio sus frutos ―dijo emocionado el profesor―. Ya tengo las autorizaciones para el viaje al Cusco del director, de la Supervisión y de la Zona de Educación. Todo está en regla. Ya se contrató el ómnibus que nos va a trasladar de Lima al Cusco y está en buenas condiciones. Tenemos la revisión técnica en orden. Todos saltamos de alegría y aplaudimos. ―¡Escuchen, jóvenes, no se alboroten! ―dijo el profesor. ―¡Silencio! ―dijo el brigadier Barrantes. El profesor prosiguió informando: ―Viajaremos treinta y siete personas. El ómnibus contratado es para cuarenta personas. Se ha contratado un ómnibus de la empresa Gutarra, es un Dodge 300. Los choferes tienen experiencia, pues 16 Nuevas letras latinoamericanas V3 brindan el servicio diario por todo el centro del Perú usando la ruta de los Caminos del Inca: Lima, Huancayo, Ayacucho, Abancay, Cusco, Puno, Arequipa y Lima. Conoceremos bastante. ―¡Bien, profe! ―gritamos contentos. Luego continuó informando. ―De las actividades que hemos realizado junto a sus padres, ha alcanzado el dinero para el pago del ómnibus y queda un sobrante, y se les dará diez soles diarios para su alimentación y alojamiento. Todos quedamos sorprendidos, pues creíamos que el dinero no iba a alcanzar. ―Profesor, ¿puedo hacer una pregunta? ―dijo Pocho. ―Pregunta ―contestó el profesor. ―¿Llevaremos bolsa de viaje? ―Depende de la economía de cada padre ―contestó el profesor―. El viaje está pagado en su totalidad, pero si ustedes quieren comer y dormir bien pueden hacerlo con su dinero de la bolsa de viaje. Continuó: ―El ómnibus de la empresa Gutarra contratado saldrá de Lima el 24 de septiembre a las nueve de la noche. El lugar de concentración será el Parque Universitario en Lima. La salida a Huancayo es a la hora exacta. Pregunté yo: ―Profesor, ¿por qué no se contrató un ómnibus de Barranca a Lima para viajar todos juntos? El profesor respondió: ―Cada uno de ustedes llegará a Lima como pueda. Hay bastantes líneas de transporte, TEPSA, también hay autos del Comité Cinco, así que eso no será problema ―concluyó el profesor. 17 Varios autores ―Profesor, ¿habrá reunión con los padres de familia antes del viaje? ―preguntó Barrantes. ―Por supuesto ―contestó―. El lunes 24 a las diez de la mañana habrá la última reunión con sus padres acá en el colegio, en la sala de profesores. Informaré acerca de los gastos del viaje y haré mi balance de los ingresos y egresos. ―Bien, profesor ―dijimos todos. ―¡Ah! y no se olviden de que tienen que estar a las nueve de la noche en Lima, en el Parque Universitario. Teníamos una semana para prepararnos, pues el viaje sería el 24 de septiembre. Esos días no podía dormir en la noche, pensando en el viaje. Recuerdo que estaba un poco agripado; hacía frío en la ciudad a pesar de ya estar cerca la primavera. Mi hermano mayor, que trabajaba en Chimbote, me envió un giro por un comité de autos, dinero que ayudó a completar mi bolsa de viaje. Me escribió una carta que decía: “Hermano, te envío una propina para tu viaje. No es mucho, pero te ayudará. Recién he ingresado a trabajar en una empresa y gano poco, si no, te enviaría más”. “Gracias, hermano”, dije mentalmente. También me recomendaba que me portara bien y me cuidara en el viaje. Por fin llegó el 24 de septiembre, el día del ansiado viaje de promoción. Yo seguía mal de la gripe. Mi mamá, al verme con fiebre, me dijo: ―Hijo, si estás mal, mejor no viajes. ―¡No mamá! ¡Ni pensarlo! ―contesté―. Todos hemos trabajado para ahora no ir de viaje. ¡No, eso no sucederá! Me recuperaré. Iré a la farmacia y Julio me recomendará una pastilla que siempre me hace bien, y listo. En realidad, yo me abrigaba bien y no tomaba nada frío, pero la tensión del viaje creo que me debilitó y, en vez de sanar, empeoré. 18 Nuevas letras latinoamericanas V3 Ese día, lunes 24, a las tres de la tarde viajamos a Lima junto a mi mamá y mi amigo Isaac, también con su mamá. Fuimos en un auto del comité número cinco. Llegamos a Lima a eso de las siete de la noche y lo primero que hicimos con mi mamá fue ir a una farmacia. Mi mamá le explicó al farmacéutico y le dijo: —Doctor, mi hijo va a viajar a la sierra y está bien agripado. ¿Qué le recomienda? El farmacéutico me miró y me preguntó: —¿Tienes fiebre, tos, dolor de garganta? —Sí —le dije—. Las tres cosas, y la fiebre sube y baja. El doctor contestó: —Señora, le voy a recomendar a su hijo tres ampollas de penicilina para la gripe. Son bien efectivas. Eso le va a cortar inmediatamente. Tiene que aplicársele una diaria por tres días. En estos momentos le aplicaré una —dijo el doctor. —Pero a mi hijo nunca le han aplicado una inyección de ese tipo —replicó mi mamá. —No se preocupe, señora. Su hijo es joven y fuerte, y no le pasará nada. Al contrario, le cortará la gripe rápidamente. ¿Es alérgico? — preguntó el doctor. —No, doctor —dijo mi mamá. —Ok, señora. Eso sí, tiene que cuidarse del frío y no debe tomar nada helado —recomendó el doctor, y me dijo—. Te pondré una inyección en este momento. Mañana te aplicarás otra y pasado mañana la última. —Gracias, doctor —le dijo mi mamá. Ya eran como las ocho de la noche y llegamos al Parque Universitario. El ómnibus color rojo estaba estacionado frente al Ministerio de Educación, en la avenida La Colmena. A esa hora ya 19 Varios autores estaban llegando mis compañeros de promoción junto con sus familiares. Estaba el profesor Arias junto a un joven desconocido. —Buenas noches, profesor —saludamos. —Hola, ¿cómo estás, Chi? —me dijo—. Te presento a mi hijo mayor. —Hola, amigo —le dije y le di la mano. El profesor explicó al grupo que su hijo mayor se había animado a viajar porque tres asientos iban a ir vacíos, y que él iba a costear su pasaje y sus gastos. Llegaron las nueve de la noche y el profesor nos dijo: —Ya despídanse de sus padres. El ómnibus saldrá puntualmente. Empezó a llamarnos uno por uno y, de acuerdo con cómo íbamos subiendo, nos iba ubicando en los asientos. A mí me tocó sentarme con mi amigo Isaac. Cuando ya estábamos sentados en el ómnibus, el profesor Arias nos presentó al chofer: —Jóvenes, Eustaquio es el chofer que nos conducirá por todos los Caminos del Inca. Pepe es su ayudante y copiloto —informó—. Eustaquio y su ayudante Pepe tienen experiencia en la ruta y conocen bien los caminos. El profesor nos recordó que si habíamos acatado las recomendaciones del médico de la posta que nos chequeó antes del viaje, debíamos llevar unas pastillas de coramina glucosa para contrarrestar el mal de altura. Yo ya las tenía guardadas en el bolsillo. El profesor prosiguió: —Jóvenes, también nos acompañarán en el viaje el profesor Escate y el profesor Nemesio Cruz, quienes tienen mucha experiencia en ir al Cusco. También nos habló Eustaquio, el chofer, y Pepe. Nos recomendaron que fuéramos al baño antes de viajar y que, si teníamos 20 Nuevas letras latinoamericanas V3 algún problema en el viaje, lo comunicáramos con tiempo para que pudieran parar en el camino. —Alumnos, quizás van a sentir alguna dificultad cuando lleguemos a Ticlio. Es por la altura, pero no se asusten. Por si acaso, lleven su bolsita de plástico. Puede ser que algunos tengan náuseas o vómitos, así evitamos ensuciar el piso. La ruta es peligrosa, pero tengan confianza en nosotros y mucha fe en Dios. Vamos a llegar bien a nuestro destino. La ruta es peligrosa, pero llegaremos bien, amigos — nos dijeron. Así empezó nuestro viaje de promoción. Isaac y yo íbamos bien abrigados, con chompa, casaca, gorro, bufanda y también guantes de lana. No podíamos dormir. El carro golpeaba mucho, no era cómodo como los TEPSA, pero queríamos dormir y no podíamos. Ya habían pasado como dos horas y sentíamos que el carro iba subiendo y bajando, subiendo y bajando. Poco a poco íbamos perdiendo oxígeno. En eso, Isaac me dice: —¿Tienes una bolsa? —Sí, pero está en mi mochila —le contesté. —¡Espera! No esperó, abrió la ventana, sacó la cabeza y vomitó. No hubo tiempo de decirle a Pepe que parara. Otros amigos también estaban mal. Yo, felizmente, tomé la pastilla de coramina glucosa y no me afectó la altura. Sí se me tapó la nariz y me dolía un poco la cabeza. Luego sentíamos que íbamos bajando y nos quedamos dormidos. Pepe nos levantó y dijo: —¡Si desean lavarse, pueden bajar del vehículo! Al bajar del vehículo para orinar, divisé un bello paisaje. Ya había amanecido y había salido un esplendoroso sol. Pude ver a casi la mayoría de mis amigos que se sacaban los zapatos, la camisa y se lavaban los pies con esa agua que estaba helada. Yo esperé llegar a la ciudad para tomar desayuno, ver una farmacia y aplicarme la segunda inyección. 21 Varios autores El ómnibus se estacionó en la plaza Constitución de Huancayo y, ¡oh, sorpresa!, había varios ómnibus de otros excursionistas de diferentes lugares del Perú. Busqué un restaurante, pedí agua tibia para darme un aseo y luego me fui a aplicar la ampolla a una farmacia. De ahí, a tomar desayuno. Bien abrigado, salí a pasear por la Plaza de Armas, el mercado. Luego fuimos al Cerrito de la Libertad, un lugar muy bonito. Mientras otros amigos hacían derroche de su dinero comprando artesanías —chompas de lana de alpaca, chullos, etc.—, también había varias tiendas de joyas de plata. Huancayo es una ciudad situada a tres mil doscientos metros sobre el nivel del mar, bonita y muy comercial. Al caminar, se siente la falta de oxígeno por la altura. A pesar del brillo solar, yo sentía frío. Caminé poco y, luego de almorzar un suculento bistec con papas fritas, regresé al ómnibus que estaba casi vacío, agarré mi asiento y me eché de largo a descansar. Parece que la inyección me estaba haciendo efecto, tenía sueño y me quedé dormido. Mis compañeros me despertaron y me dijeron: —¡Vamos a la calle Huancavelica! ¡Hay varios carros de excursionistas, hay bastantes chicas! —¡Vayan ustedes! Yo estoy recuperándome de la gripe —contesté. Mis amigos se sorprendieron porque yo, en el aula, era uno de los más activos y lideraba un grupo del cole. —¿Qué te pasa? —me dijeron. —¡Quiero llegar bien al Cusco! —les contesté. —¡Bueno, te lo pierdes! —me dijeron. Ellos fueron a divertirse. Yo descansé toda la tarde. En la noche, salimos a cenar con Isaac a un restaurante cercano y luego nuevamente al carro a descansar. A las nueve de la noche aproximadamente, el profesor Arias nos preguntó: —Muchachos, ¿se divirtieron? —¡Sí, profesor! —contestamos. 22 Nuevas letras latinoamericanas V3 —¡Ahora nos toca conocer Ayacucho! El viaje demora casi siete horas y saldremos ahora mismo. Ya saben, cualquier problema, avisen con tiempo. Pepe estará en contacto con ustedes. Efectivamente, Pepe conocía los lugares más atractivos de las ciudades y nos explicaba, apoyaba y nos recomendaba lugares para comer y comprar. Los amigos y yo le invitábamos frutas y golosinas que comprábamos porque se hizo querer. Era casi de nuestra edad, pero sabía conducir el ómnibus. A veces tomaba el timón en la ciudad, no en la ruta, porque era muy peligrosa. Llegamos a Ayacucho como a las seis de la mañana. Igual que al llegar a Huancayo, se divisaba un bonito paisaje. Habíamos recorrido más de doscientos kilómetros y lo habíamos hecho en más de ocho horas. La pista era de cascajo y tenía muchas curvas, por eso llegamos mareados. La movilidad se estacionó en la Plaza de Armas de Ayacucho y bajamos para ir al baño y buscar un restaurante. Nos recomendaron ir al mercado. En el trayecto, divisamos muchas iglesias. La ciudad era más pequeña que Huancayo, más tranquila, había menos comercio y bullicio. Yo continué con mi rutina: busqué una farmacia luego de tomar desayuno. Tomé un caldo de cabeza recomendado por una señora del lugar, que me dijo: —Joven, si está agripado, tómese un caldo de cabeza con mote, limón y rocoto. ¡Te va a quitar la gripe! —Gracias, señora —le dije y le hice caso. Pero yo confiaba más en la inyección. Ya me sentía mejor, más recuperado. Quería llegar sano al Cusco. Mis compañeros de mi grupo en el colegio —Rubio, Castillo, Solano, Napuri, Hinostroza, etc.—, salían a comer a lugares turísticos, sobre todo a buscar chicas excursionistas, que había bastante. Ellos se bañaban y arreglaban todos los días. Yo lo hacía como el gato, pero decía: “llegando al Cusco me bañaré y estaré sano para disfrutar de las maravillas que hay en esa bella ciudad, que fue capital del imperio incaico”. Esa era mi meta y objetivo, llegar sano al Cusco. 23 Varios autores Disfrutamos de Ayacucho, de su artesanía, visitamos sus iglesias. Mis compañeros hicieron amistades con chicas y excursionistas de otros colegios. Luego del almuerzo, yo me guardé a descansar y aproveché la tarde para dormir en el carro, pues había asientos libres y podía dormir de largo usando los dos asientos, ya que en las noches era muy difícil dormir. El carro golpeaba mucho y paraba bastante porque había lugares donde solo podía pasar un carro. La pista era angosta y había muchos abismos, daba miedo dormir en la noche. Parecía que el carro retrocedía y se iba a caer al abismo. Las noches eran de terror. Un día, Pepe nos dijo: —Chicos, ¡ya vamos a llegar a la Curva del Diablo! Y nadie dormía en ese instante. Cuando le preguntábamos: “¿ya llegamos?”, él nos decía: “¡ya la pasamos y ustedes ni se dieron cuenta! Ja, ja, ja”. Nos reímos, pero con miedo. Como era habitual, salimos de Ayacucho para Abancay a las nueve de la noche. El viaje nos estaba cansando. Algunos compañeros tenían dinero para dormir en hotel. Muchos de los que no teníamos dinero utilizábamos los asientos libres para dormir en la tarde. El viaje de Ayacucho hacia Abancay también era duro, altura, curvas y tierra. Ya mi cabeza estaba blanca de tanto polvo. Yo esperaba bañarme en el Cusco, ya faltaba poco. El carro demoró como nueve horas de viaje, fue muy matador, el viaje tardó más de lo normal. Llegamos como a las ocho de la mañana. Bonito paisaje desde la amanecida, disfrutamos de la belleza de esos lugares de la sierra central. Pasamos por Chinchero, ¡un bello e increíble lugar! Nos dijeron que hace poco se había filmado una película del oeste en ese lugar y estuvo Klaus Klinski, actor de cine. Espectacular el lugar. Llegamos a Abancay, una ciudad pequeña pero muy limpia. Visitamos el mercado, la plaza de armas. Los choferes se fueron a descansar, igual que la mayoría de los compañeros y los profesores ya sentían el agotamiento del viaje. Yo ya estaba bien recuperado, pero todavía no me había bañado en una ducha. Quería estar completamente sano. Luego de almorzar y descansar, nos preparamos 24 Nuevas letras latinoamericanas V3 para el viaje esperado, el de Abancay al Cusco. Era un viaje más corto. Salimos de Abancay como a las cuatro de la tarde y, luego de ver en el trayecto puentes y hermosos panoramas, llegamos al Cusco a las diez de la noche. ¡Qué emoción! Íbamos cantando cansados, pero entusiasmados y contentos, haciendo carreras con otros carros de excursionistas. Llegamos a la Plaza de Armas del Cusco. Tuvimos un gran recibimiento. Los primeros que nos abordaron fueron fotógrafos, que con cámara en mano nos ofrecían sus servicios de fotografía. El profesor conversó con tres de ellos y escogió a uno, el más joven, para que nos acompañara al día siguiente. Luego conversó con un guía turístico y acordamos que ambos, a partir de las ocho y media de la mañana, deberían estar con nosotros en nuestro ómnibus para salir a visitar la fortaleza de Sacsayhuamán, las ruinas de Tambomachay, la catedral del Cusco y las zonas turísticas. Luego nos dio permiso para cenar, bañarnos y pasearnos. Muchos fueron a buscar alojamiento. Lo primero que hice fue buscar duchas públicas con agua caliente. Recién me bañé desde que salí de Lima, pero ya estaba sano de la gripe. Luego de cambiarme bien y cenar con mi amigo Isaac, fuimos a conocer amistades a la Plaza de Armas, pues habían coincidido muchas delegaciones de excursionistas. Esa noche, un colegio que estaba cercano a la Plaza de Armas del Cusco hizo una reunión de bienvenida a las delegaciones visitantes y fuimos invitados. Hubo presentaciones artísticas, danzas típicas, cantantes y concurso espontáneo de belleza. Salió elegida como Miss Excursionista una hermosa chica de Abancay, a la cual mi amigo Isaac impresionó cantándole una canción acompañada de su guitarra. ¡Fue una bonita noche! Pero nos fuimos a dormir temprano. Rubio, Castillo, Encalada y Napuri se amanecieron en un salón de baile, casi todos se fueron a alojamientos y hoteles. Yo, siempre con mi amigo Isaac, seguíamos durmiendo en el ómnibus. Otros compañeros también, pero muy abrigados por el frío. El cuerpo ya nos dolía un poco por la incomodidad, problema que fuimos superando por la emoción de conocer Machu Picchu. Al día siguiente despertamos muy temprano. Eustaquio llevó a la delegación a tomar desayuno a San Jerónimo, un lugar donde se comen buenos chicharrones. Luego visitamos Sacsayhuamán, Tambomachay, y regresamos a la ciudad. Visitamos la catedral del Cusco y nos 25 Varios autores paseamos por la ciudad. Quedamos asombrados de los bellos monumentos arqueológicos. Visitamos la piedra de los doce ángulos, que está en una angosta y hermosa calle. Quedamos todos impresionados. El viernes amaneció con un esplendoroso sol y podíamos apreciar la belleza de la naturaleza, un cielo azul esplendoroso que hacía brillar las tejas de los techos rojos. Luego de tomar un suculento desayuno, fuimos al Valle Sagrado de los Incas, Urubamba, la fortaleza de Ollantaytambo, las ruinas de Pisac y los bellos pueblos aledaños. Desde la cima de Pisac se divisa todo el Valle Sagrado de los Incas. ¡Espectacular! Lo malo fue que mis compañeros Rubio, el profesor Nemesio Cruz y Castillo estaban con una fuerte gripe, con fiebre y dolor de cabeza, y tuvieron que regresar al carro. Yo decía entre mí: “quizá yo hubiera estado peor si no me hubiera cuidado desde que salí de Lima, pues yo me embarqué enfermo”. Yo estaba muy cansado, comí y me fui a dormir temprano. Al otro día, muy temprano, fuimos a coger el tren para Machu Picchu. Tomamos desayuno en el trayecto y dijo el profesor que teníamos que estar temprano para poder alcanzar boletos y llevar cada uno su refrigerio, porque en Machu Picchu, en el hotel de turistas, era muy caro comer un menú. Entonces fuimos bien temprano para poder alcanzar boletos. Estando ya sentados en la estación del tren a Machu Picchu, Hinostroza se percata de que Rubio estaba mal y avisa: —¡Profesor, a Rubio le está saliendo sangre de la nariz! ¡También el profesor Cruz y Castillo están mal! El profesor, al verlos mal de salud, llamó a los voluntarios de la Cruz Roja que inmediatamente trajeron a un paramédico y recomendaron llevarlos de emergencia al hospital del Cusco. El enfermero de la Cruz Roja nos dijo: —Nosotros los llevaremos con nuestra ambulancia al hospital. ¡Ustedes continúen con su viaje! Nos despedimos de nuestros amigos y fuimos en tren rumbo a Machu Picchu. En la ruta a Machu Picchu hay varias paradas donde 26 Nuevas letras latinoamericanas V3 subían y bajaban comerciantes que nos ofrecían bizcochos, choclo sancochado, papa amarilla con queso y rocoto, y muchas cosas. La verdad, casi no tenía hambre por ver a Machu Picchu. Al pasar por los túneles era un mate de risas. Los bizcochos grandes que compraron casi la mayoría de los alumnos volaban sobre las cabezas de los compañeros. Al pasar por el último túnel, a la salida, apareció el profesor Escate en el suelo, y recuerdo que se molestó y nos amenazó. Dijo: —¡Al que lo descubro lo jalo! Todos echamos a reír. De pronto ya, ¡Machu Picchu a la vista! ¡No lo podíamos creer! ¡Lo veíamos igual que en la foto de los libros! Con Isaac nos abrazamos y nos acordamos de nuestros compañeros enfermos. Por no cuidarse en el viaje, no pudieron conocer la majestuosidad de Machu Picchu. Para subir a la ciudadela debíamos abordar unos micros que demoraban veinte minutos. Fuimos subiendo poco a poco y nuestro guía nos daba una verdadera clase de historia. Conocimos el Intihuatana, el reloj solar. Nos causó mucha impresión los andenes, templos y canales de agua que nos hicieron preguntar: ¿cómo hicieron los incas para construir esta maravilla? El joven que tomaba las fotos era muy requerido y tuvo que cambiar de rollo varias veces. El guía que contratamos en el camino era un jovencito que hablaba varios idiomas. Nos quedamos asombrados con una inmensa montaña que estaba frente a Machu Picchu. El guía nos dijo que se llamaba Huayna Picchu y que desde ese lugar los dioses cuidaban y vigilaban la ciudadela de los incas. Conocer Machu Picchu fue una experiencia muy bonita. Nos tomamos muchas fotos con nuestros compañeros y disfrutamos del hermoso lugar. Después de respirar aire puro y recargados de energía, nos servimos el refrigerio. Luego, muy contentos y admirados por el hermoso lugar, abordamos el tren de regreso al Cusco. Al llegar a la estación, el ómnibus con Eustaquio y Pepe nos estaba esperando. Lo abordamos y todos fuimos al hospital del Cusco con los profesores a preguntar por nuestros compañeros. Grande fue nuestra sorpresa, pues el médico encargado de informar al profesor le dijo: 27 Varios autores —Señor profesor, los alumnos de su plantel han sido trasladados de emergencia a la ciudad de Lima en una avioneta de la Cruz Roja. —¿Por qué? —preguntó el profesor. El médico contestó: —Se encontraban muy mal de salud. ¡Están con pulmonía! Pero han sido estabilizados. Ya están en Lima. Todos nos pusimos muy tristes y, al llegar a la Plaza de Armas del Cusco, ingresamos a la catedral a rezar para que se recuperaran pronto. Al otro día, muy temprano, el profesor Palomino y yo fuimos al hospital y nos dijeron que nuestros compañeros estaban recuperándose en Lima. Luego de tomar desayuno, partimos muy temprano hacia Puno. Nos habían comunicado que en Juliaca se podía comprar ropa, artefactos, perfumes, etc., a buen precio, pues eran cosas importadas que ingresaban de Chile y Bolivia. De Cusco a Puno recorrimos casi trescientos noventa kilómetros en un viaje de casi nueve horas y media. Todos veníamos durmiendo, sintiendo el cansancio de los días de viaje por los Caminos del Inca. Estando en Puno se notaba el cansancio, y la cara de la mayoría de nuestros compañeros era de preocupación por la salud de Rubio, Castillo y el profesor. Como de costumbre, el carro se estacionó en la Plaza de Armas, al frente de la subprefectura de Puno y de la comisaría. En el día visitamos la ciudad, el mercado, la Universidad de Puno. En la tarde, después del almuerzo, fuimos a Juliaca y los compañeros compraron cafarenas chilenas, perfumes y radios portátiles. Era cierto, las cosas estaban a bajo precio, pero lo malo era que ya no teníamos dinero. Casi todos lo gastamos en el Cusco. Luego de visitar el lago más alto del mundo, el Titicaca, empezó una lluvia torrencial y el profesor ordenó al chofer: —Eustaquio, regrésanos a la Plaza de Armas. Esperemos que pase la lluvia y partimos a Arequipa. Eustaquio hizo caso al profesor y conducía bien despacio por una calle en subida. La gente se desplazaba apurada a sus casas o buscaban 28 Nuevas letras latinoamericanas V3 lugares donde cubrirse de la lluvia. Se escuchaba en el techo del ómnibus los sonidos del granizo que caía. Como el carro venía subiendo por esa calle, yo le pedí permiso a mi amigo Solano para poder ver por la ventana cómo corría el agua por unos conductos que parecían pequeñas acequias. Toda el agua se iba al desagüe. De pronto, vi que una pareja de esposos estaba discutiendo. La señora, con zapatos de taco, empujó a su esposo y empezó a correr, dándose la vuelta. De pronto, desapareció. Al instante, parecía que el ómnibus subía un rompe muelle y la gente gritó: —¡Oye, para… para! ¡Ya la mataste! La gente empezaba a rodear el carro y lo empujaba. Todos quedamos asombrados de lo que pasaba. Llamaron a la policía e hicieron parar el carro. Eustaquio estaba asustado y gritó: —¡Por favor, alumnos, defiéndanme! ¡Yo no he visto nada! ¡Defiéndanme, la gente me va a matar! Había sucedido un grave accidente. La señora que estaba discutiendo con su esposo, al correr y alejarse de él, que la jalaba de un brazo, resbaló y, como estaba el piso mojado por la lluvia, su cuerpo se incrustó debajo de la llanta trasera del carro. Eustaquio no se dio cuenta, pero la había atropellado. La llanta trasera del ómnibus pasó por la barriga de la señora. ¡Qué tristeza! La policía llegó al lugar y bajó a Eustaquio del vehículo. La gente lo quería linchar. Un policía condujo nuestro vehículo hasta la comisaría y todos quedamos detenidos. Todo era una confusión, caos. Estábamos tristes, con mucho dolor por el accidente, y porque metieron preso a nuestro amigo Eustaquio. El profesor fue a ver a la accidentada. Nosotros estábamos esperando en el ómnibus que estaba detenido frente a la comisaría. De repente, vimos que llegó el profesor apresuradamente y dijo: —La accidentada está grave y la van a operar. ¡Necesito la colaboración de ustedes, jóvenes! —y comenzó a llamar—: A ver, Hinostroza, Chi, Infantes, Napuri, Moreno y Encalada, ¡bajen del ómnibus! Ustedes van a dar sangre para que la señora se salve. 29 Varios autores De inmediato, en un taxi nos condujeron con el profesor al hospital. Nosotros estábamos muy asustados, pero dispuestos a sacrificarnos para salvar una vida. El profesor nos hizo pasar por emergencia y salió un médico moviendo la cabeza, triste. ―Profesor, ya no es necesaria la sangre. Acaba de morir la señora. ―¡Dios mío, no puede ser! ―dijo el profesor. El médico nos agradeció por la disposición de querer ayudar a salvar una vida. Todos muy tristes, casi llorando, regresamos al ómnibus donde estaban nuestros compañeros. Consolamos a Pepe, quien también lloraba por la detención de Eustaquio, el gran chofer, nuestro amigo. El profesor conversó con la policía y les explicó que, por favor, no encarcelaran al chofer Eustaquio, porque nosotros ya teníamos que regresar a nuestro destino, que había un contrato, pero la policía no accedió a la petición. El comandante del puesto policial y el profesor conversaron con la empresa de transporte Gutarra. Dijeron que enviarían a otro chofer, pero que estaría llegando a Puno desde Lima en dos días. Era lo más conveniente. El profesor nos explicó lo que estaba sucediendo. La mayoría de los compañeros no tenían dinero, habían agotado todos los recursos en Juliaca. Yo, con las justas, tenía para mediodía de comida, pero esperar dos días nos sacaba del presupuesto. El profesor Arias conversó con el comandante de la comisaría, le explicó bien el caso, y este entendió. Se comprometió a brindarnos desayuno, almuerzo y comida por los dos días que teníamos que esperar al chofer. ―¡Bien! ―gritamos todos y aplaudimos. Sin embargo, el profesor nos dijo que haría lo posible por comunicarse con nuestros padres de familia para que supieran la causa de la demora de casi tres días más de excursión. La verdad es que estábamos desanimados, tristes y cansados, sin dormir bien, con el ómnibus esperando que viniera el chofer. Sí que la pasamos mal esos dos días comiendo carne de llama. No era muy 30 Nuevas letras latinoamericanas V3 agradable, pero teníamos que comerla por el hambre. Fue una experiencia inolvidable. Efectivamente, por fin el chofer llegó después de dos días. De inmediato, el profesor Arias ordenó que nos trasladáramos de Puno a Arequipa. Fue un viaje relámpago, apenas bajamos unos minutos a la Plaza de Armas, conocimos el centro de la ciudad rápidamente. Ya no queríamos ni caminar, extrañábamos estar con nuestra familia. El viaje de regreso fue muy aburrido, ya no aguantábamos el cansancio y, además, veníamos tensos y preocupados, algunos enfermos. Llegamos a Lima y el mismo ómnibus, al saber y reconocer que se había perdido tiempo en el accidente, nos trajo hasta Barranca. Recuerdo que llegamos en la tarde y los pocos padres que fueron a recibirnos, algunos estaban de luto. Había la versión de que nuestro ómnibus se había volcado y caído a un abismo. Los padres, al vernos sanos y salvos con excepción de Rubio, Castillo y el profesor Cruz, nos abrazaron y se pusieron a llorar con lágrimas de emoción. Yo solamente quería una cama para estirar las piernas y dormir profundamente, pues habíamos recorrido tres mil trescientos kilómetros durmiendo en el ómnibus. Toda una verdadera hazaña en nuestro viaje de promoción. 31 Varios autores La presencia de Dios, por J. Isaías Urbiola (México) Ella estaba en el último día de su existencia, pero nadie lo sabía. Juan pasó la noche anterior como ya era su rutina: darle de cenar, si se le podía llamar cena a tomarse un suplemento alimenticio con una pastilla para conciliar el sueño. Esperó mientras se calentaba un poco de leche en la estufa, degustando un vaso de ron con Coca-Cola para darse ánimo de ver cómo se consumía ella en su vejez. Ya no podía hablar y por eso los dos, en silencio, pasaban esos momentos tristes. Le sirvió la taza de leche acercándose al lecho donde ella esperaba a que la ayudara a sentarse, cosa que Juan hizo, y con mucho trabajo la acomodó lo mejor que pudo. Mientras ella se tomaba pequeños tragos de su cena y la pastilla, Juan se animó y le preguntó quién era su madre. Ella lo miró, suspiró y le dijo: —Si no he sido yo, ¿quién más? Fueron las últimas palabras que Juan escuchó de la que, postrada, le dirigió. —Gracias, gracias por todo —le dijo Juan y le dio un beso en la frente. Le dijo buenas noches, recogió la taza, se tomó el último trago de su ron, la volvió a acostar, le dijo buenas noches, apagó la luz y se fue a su casa porque él no vivía ahí. Salió triste y pensativo. A la mañana siguiente, antes de que Juan se fuera a su trabajo, pasó rápidamente a ver cómo había amanecido Paz y a abrirle la puerta a la señora que la cuidaba durante el día. Ambos entraron y se encontraron con Paz respirando con mucha dificultad sin abrir los ojos. Juan salió para su trabajo, diciéndole a la señora que la cuidaba que se iba y que le encargaba que le hablara a su trabajo si había alguna novedad. El trayecto a la oficina tomaba quince minutos. Cuando llegó, la secretaria le dijo que le habían hablado de su casa. Rápidamente se comunicó y la señora que la cuidaba le dijo que era mejor que fuera a 32 Nuevas letras latinoamericanas V3 ver a Paz porque la veía muy mal. Juan se regresó y cuando llegó a la casa, ya había fallecido. Seguía la tarea de hacer el reporte para los fines legales que seguían al fallecimiento. En el panteón municipal le dijeron que la cremarían al otro día a las once en el panteón de San Juan del Río. A esa hora llegó Juan con su esposa, se hicieron los trámites y les dijeron que se tardarían alrededor de dos horas, por lo que ahí esperaron. Juan se salió de la sala de espera a fumar para matar el tiempo. De repente, vio que un pajarito se paraba en la ventana del crematorio y picaba insistentemente en el vidrio; después volaba a un árbol cercano y volvía a picotear el vidrio. Esa escena se repitió cuatro o cinco veces, hasta que de pronto el pajarito dio una última vuelta sobrevolando por encima de la cabeza de Juan. Luego, sin detenerse en el árbol, se fue volando hasta perderse. En ese momento, Juan sintió que el pajarito era el mensajero de Dios que había venido para llevarse el alma de la que le había dicho horas antes que era su madre. Al irse el pajarito, Juan tuvo una sensación de paz y creyó oír una voz que le decía: —Ahora estarás solo por un tiempo, pero puedes irte tranquilo. Juan pensó que en momentos como esos es cuando puedes sentir en silencio la presencia de Dios. 33 Varios autores No robarás, por Ceam (Chile) Cuando yo tenía unos ocho años, mi padre tendría unos treinta, por lo que en aquella época aún jugaba a las bolitas como cualquier muchacho del barrio. Vivíamos en una población precaria de aquellos tiempos en donde abundaba la prole, pues el vientre de las mujeres pobres es el más fecundo en esta vida. Estaba llena de niños y niñas que jugábamos fútbol, a las bolitas, la peste, el trompo, el luche y las rondas. A veces todos jugábamos al “paco y borracho”, que también era un juego divertido en donde se corría mucho, demostrando habilidades de velocidad y agilidad de movimientos. La algarabía del ambiente alegre del juego lo vivíamos felices en nuestra inolvidable infancia. Además, hasta los adultos, como mi papá, se sumaban al juego en esta verdadera fiesta poblacional. Fue en aquellos días en que caí en la desgracia de robarle algunas bochas a mi padre. Sucedió que me puse a jugar a las bochas con los amigos más grandes de la barriada, los más buenos para jugar. Me consideré muy bueno para jugar a las bolitas, pues ya les había ganado a mis compañeros más pequeños, por lo que me sentía poderoso, y fue por eso que se me ocurrió desafiar a Valentín, uno de los muchachos más grandes que jugaba con mi papá a veces, y hasta le ganaba. Tenía como dieciséis años y siempre ganaba. Tenía las más hermosas bochas de losa y de vidrio, y yo las veía con admiración y una desmedida ansiedad de tenerlas. —Ya, pequeñín —me dijo—. Si el trol es achuntado de más de un metro de distancia, de un solo sentado (esto era que se le achuntaba desde lejos y la bocha venía por los aires), entonces se paga doble, ¿aceptas? —replicó. Yo, con las ansias de tener sus hermosas bochas y considerando que aquella tarde había estado con toda la suerte, le dije: 34 Nuevas letras latinoamericanas V3 —Trato hecho. Y todos gritaban: —¡Ehhhh, así me gusta, Cali, gánale a este grandote que se cree el invencible! Entonces abrieron espacio y nos dejaron la troya para nosotros solamente. Comenzamos a tirar a la línea y yo gané la tirada. Me acerqué a la troya y ya tenía asegurada, por lo menos, alguna de ellas en mi siguiente oportunidad. Así fue y no paré hasta limpiar la troya. Todos aplaudían y gritaban ruidosamente, pero la racha de buena suerte llegó a su fin. Un rato después comencé a perder poco a poco hasta quedar sin ninguna bocha. Fue entonces que se me ocurrió la idea de sacar algunas del frasco que tenía mi papá en su velador. Este estaba lleno y con las más hermosas bolitas que se puedan imaginar, todas de vidrio de diferentes colores y tamaños. No aguanté la tentación de sacarle algunas para continuar mi juego en las troyas callejeras. Mi padre siempre llegaba tarde de su trabajo y, por lo tanto, tenía tiempo suficiente para robarle. Mi mamá estaba concentrada en los quehaceres del hogar y mis hermanos jugaban también en la calle. Mis abuelitos leían o dormían a veces y, por lo tanto, tenía el camino libre para cometer mi vergonzosa acción. Observé todo a mi alrededor y calculé los movimientos de mi madre, que era la que me podría decir algo si me pillaba en su dormitorio, y me arriesgué a ejecutar la acción. Entré y dirigí la mirada a la pared donde estaba el llavero. Allí estaban, pero muy altas para mi alcance, y una de ellas tenía que ser la del velador. Yo era pequeño de estatura, por lo que tuve que traer una silla del comedor para alcanzarlas. Desde allí saqué algunas llaves para probar cuál sería. Saqué tres de ellas y me bajé a probar. Justo la tercera llave, la más grande, era. Abrí silenciosamente y extraje el frasco de bochas de mi padre. Estaba lleno y tenía tapa rosca, por lo que me costó abrirlo. Saqué un puñado y rápidamente lo puse en el bolsillo de mi pantalón que era bien profundo, por lo tanto, no caerían de allí. Noté que el frasco quedó casi igual, lo que me dejó más tranquilo. Puse las llaves y la silla en su lugar y, obviamente, el frasco en el mismo lugar y salí 35 Varios autores sigilosamente del dormitorio, cerrando la puerta como estaba. Mi mamá y mi abuelita todavía se encontraban en la huerta. Había tenido suerte. Antes de salir a la calle, conté las bochas. Eran siete, hermosas bochas, y tenían que servir para ganarle otras tantas a mis amigos de la calle. Me acerqué hasta el grupo que jugaba ruidosamente entre risas y carcajadas. Me hice notar y dije: —Ya, ahora, ¿quién se atreve a jugar conmigo o me permiten en la siguiente vuelta? Todos me miraron y Moroco dijo: —Acabas de quedar pelao, ¿y de dónde sacaste esas bochas? —La tenía en mi casa, ¿o no puedo tener guardadas? —repliqué desafiante. Me miraron con atención y Marcelo dijo: —Ya po’, que juegue no más. ¡Más gochitas pa’ mí! —Y lanzó una aguda y sonora carcajada. Se hacía el gracioso porque estaba ganando. Este no iba a la escuela porque sus padres eran analfabetos y no le daban importancia a la educación. Creo que había ido dos años y luego desertó, por lo que vagaba por el barrio todo el día hasta que llegábamos del colegio y se integraba a jugar con nosotros. Hablaba y se vestía mal debido a la precaria situación económica de su familia. El resto de las familias, a pesar de su pobreza, le daban importancia al colegio y enviaban a sus hijos hasta séptimo u octavo, por lo menos. Luego ya servían para la vida del trabajo, ayudando a paliar la precariedad y miseria en que vivían. Volví a entrar al juego. Al comienzo estuve bastante bien. Un rato más tarde empezó de nuevo mi racha de mala suerte. Perdí todas mis bochas aquella tarde. Mi mamá me llamaba a cada rato y me decía: —Ya va a llegar tu padre y todavía no te entras. 36 Nuevas letras latinoamericanas V3 Así es que le hice caso y me entré. Mi abuela, como siempre, me abrazó y me preparó algo de comer y eso alivió un poco mi pena por haber perdido y el miedo a que mi padre se diera cuenta del robo de su frasco. Me calenté un poco detrás de la estufa y después nos fuimos a acostar. Me dormí pensando en cómo lo haría para recuperar esas bochas perdidas y que eran de mi padre. Además, para comenzar a jugar necesitaría, aunque sea una bocha para entrar al juego. Me preguntaba si sería buena idea volver a robar otra vez y, bueno, pensando en eso, me quedé dormido. Al otro día desperté muy temprano. Aún no se levantaba mi mamá. Mi padre ya se había ido. Salía como a las seis y media de la mañana. Me desperté con el sonido de la puerta al salir a la calle. Al rato se levantó mi mamá y comenzó a despertar a mis hermanas para ir al colegio. Finalmente me pasó a gritar a la puerta: —¡Ya, Cali, levántate! Yo estaba despierto hacía rato. El miedo a que me pillaran no me dejaba en paz y hasta me quitaba el sueño. Aun así, pensé en volver a sacar bochas del frasco. Tenía que observar los movimientos de mi mamá y sería fácil. Ella hizo fuego y yo me levanté antes que mis hermanas. Mi mamá me saludó: —Hola, hijo, ¿tienes tu bolso listo? ¿Hiciste tus tareas? —Sí, mamá. En todo caso, era cierto. Generalmente las hacía en el mismo colegio antes de salir por la tarde para que tuviera tiempo libre de jugar. Después de ir al lavabo, observé que mi mamá salía al patio y se dirigía a la huerta. Iba a colgar ropa en los cordeles, así es que se demoraría. Esa era mi oportunidad. Me metí al dormitorio de mis padres y como ya conocía la llave, todo se hizo más fácil. Saqué del frasco otro puñado de bochas. Esta vez me había subido a la cama para poder alcanzar la llave. Lo logré con dificultad. Del mismo modo, la volví a dejar en su lugar, pero cuando ya estaba listo para salir del dormitorio, escuché que la puerta de la cocina se abría y alguien entraba. Pensé que sería mi mamá y me detuve dentro del dormitorio para encontrar la 37 Varios autores oportunidad de salir sin que me viera, pero, desgraciadamente, mientras yo miraba mis bochas robadas, entró mi padre al dormitorio y me encontró justamente con las bochas en mi mano, “in fraganti”. Y yo, todo asustado, me quedé mirándolo mientras me dijo: —¿Qué haces tú aquí? ¿Y esas bochas? Con los nervios y el susto no me salían las palabras y temblaba. Mi padre se percató de que yo andaba en malos pasos y me preguntó: —Ya, dime, ¿qué hacías tú aquí adentro? Y ya no aguanté la emoción y me puse a llorar, quedando en evidencia mi fechoría. —¡A ver, muéstrame esas bochas! —dijo mi padre, levantando la voz, descubriendo que eran de su frasco. —Me sacaste bochas, ¿no es cierto? —decía mientras abría el velador y observaba su frasco. Claro, ahora se notaba claramente la baja, pues esta era la segunda vez que le sacaba. No dijo nada más y alzó la mano para pegarme un palmetazo a puras mejillas. Me hizo andar de bruces en el piso y luego sentí un puntapié en mi trasero, el que me dejó debajo de la mesa del comedor, mientras gritaba con fuerzas: —No robarás. No criaré hijos ladrones. Y me pegó otro puntapié en pleno trasero, otra vez. En eso entró mi mamá del patio gritando: —¡No le pegues más, ya está bueno! Eso me salvó, pero siguió diciendo: —No robarás nunca más. Además, tendrás que reponer las bochas que me robaste. El frasco estaba lleno y así quiero verlo cuando llegue en la tarde. Mi abuela también se había levantado para defenderme. Mi padre no le hizo caso y se fue. Las bochas habían rodado debajo de las sillas, 38 Nuevas letras latinoamericanas V3 por lo que las recogí para tener con qué jugar, pero mi madre me las quitó diciéndome que era un sinvergüenza por querer llevarlas después de pillarme con el robo en las manos. En fin, mi padre había olvidado algo en el dormitorio y volvió a buscarlo. Esa fue mi mala suerte para que me pillaran y me hubieran golpeado de esa manera. Estuve llorando harto rato y me consolaban las dos, mi mamá y mi abuelita, que me querían tanto. Mi mamá me aconsejaba que “se piden las cosas y no se sacan sin permiso”. Mi abuelita me consolaba abrazándome fuerte contra su pecho. Mis hermanas, asustadas, se habían ido al colegio sin desayuno. Yo también me fui un rato después sin desayuno. No tenía hambre con lo que había pasado. Salí a la calle y me dirigí al colegio. Mi mamá me había hecho un justificativo porque llegaría tarde. “Por problemas familiares”, era el motivo de mi atraso. Bueno, en realidad eso había sido. Me dolía mi cara y mi trasero por los golpes. Pensaba en cómo haría para recuperar esas bochas y devolverlas. En la noche debería hacerlo, cuando él llegara. Ahí me las cobraría, de eso estaba seguro. Era una docena de bochas. La primera vez saqué siete y en el segundo robo cinco, aunque estas últimas no las había aprovechado. Al entrar a la sala, saludé y mostré mi justificativo. La monja me quedó mirando y luego me llamó a su mesa para preguntarme qué me había pasado, que estaba con los ojos llorosos. Mi compañero de banco también me dijo: —¿Qué te pasó, amigo? Este era un niño gordito al que le decíamos “Chancha”. —Nada —le respondí. —¿Te pegaron, Cali? Aún estaba lloroso, porque después de lavarme me habían vuelto a correr las lágrimas y se notaba mi turbación. En el recreo, todos me preguntaban lo mismo. —Le robé bochas a mi papá y me ha pegado. Si no se las devuelvo en la tarde, me volverá a pegar. 39 Varios autores A dos de ellos les había pasado lo mismo. Igual les habían pegado. Ahora la mayoría me quería ayudar. Les daba lástima que me pegaran, porque me querían. Chancha sacó dos bochas de su bolsillo y me dijo: —Toma, ahí tienes para que puedas jugar y a lo mejor las recuperas, pero no juegues con los más grandes, esos te ganarán. Juega con los más chiquititos. A ellos puedes ganarles. —Sí, po, Cali —dijo Segundo—. Juega con los de primero o segundo. Eres de un porte con ellos, seguro que te admiten en sus troyas. Todos se rieron, pues era el más chiquitito de mi curso, el tercer año. Así lo hice. Busqué a los más pequeños. Los de primero no me admitieron. Un grupo de segundo año me integró a sus troyas después de que hubo alegato entre ellos por mi culpa. Comencé perdiendo y ya me quedaba la única bocha. Chancha y los otros cabros me miraban desde lejos, y cuando perdí se pusieron a reír. Eso me puso más nervioso y casi me fui a jugar a la pelota, pero cuando me acordé de mi penitencia, inmediatamente me quedé jugando. Luego comencé a ganar. En ese primer recreo gané dos bochas más. En el siguiente recreo largo del almuerzo, ya no me admitieron los más pequeños, y tuve que volver a jugar con los de mi curso. —No te vamos a perdonar si pierdes, Cali. —Sí, ya lo sé —les dije—. Si pierdo, pierdo. Y comenzamos a jugar. Volví a ganar tres bochas más y quedaba un solo recreo antes de salir en la tarde. Tenía en mi bolsillo siete bochas. En el recreo que quedaba debería ganar otras cinco o no llenaría el frasco. Volví a jugar con los de mi curso, pero otro grupo. Estos me preguntaban que qué me había pasado, que en la mañana andaba un comentario. Se referían a mi problema, pero no lo tenían claro. Les expliqué y entonces casi no me admitieron, pero Diego, el “cagao de moscas”, dijo: —Bueno, ese es su problema. Si juega y no gana, se jode él no más. 40 Nuevas letras latinoamericanas V3 —¡Ya, que juegue no más! —gritó Cotuta. Y así jugué con ellos. Tuve suerte y gané otras tres bochas. Ya no había más recreos, pero en las tardes siempre quedaban chicos jugando en el patio trasero del colegio. Me tranquilicé y pensé que juntaría las dos que me faltaban. Esperé ansioso la salida y algunos de mis compañeros decían que sí jugaríamos y cuántas bochas me faltaban, riéndose de mi desgracia. —Ándate para la casa. —Pasó a gritarme una de mis hermanas y yo le dije que ya me iba, pero no fue así. Al comienzo jugué dos troyas con mis compañeros de siempre y después se fueron. Gané cuatro bochas y estaba eufórico de alegría. —Ahora debes irte, Cali —me decían. —Ya me voy, amigos. Jugaré una más. Pero luego me seguí quedando con los de cuarto, que eran malos, según yo. Continué jugando otro rato y comencé a perder. Paré un rato y conté mis bochas. Me quedaban once. O sea, había perdido y se me empezaba a complicar el asunto. En ese momento, ellos decidieron irse y ya no quedaban más chicos para seguir jugando, pero uno de ellos me preguntó si quería jugar más, a lo que yo le contesté que sí. Debía ganar una vez más para saldar mi deuda, aunque ya lo había logrado, pero por mi tozudez y avaricia estaba otra vez en riesgo. Ahora este amigo, que ni sabía cómo se llamaba ni tampoco su apodo, como nos llamábamos todos en mi curso, le pregunté: —¿Cómo te llamas? —Alfonso —me dijo. —Ya, Alfonso, démosle no más. Era raro llamarlo por su nombre, pues todos en mi curso nos decíamos un alias. Quise saberlo, pero este se rio y no me dijo nada. Estábamos jugando detrás del ala norte del colegio, junto a la pared. Íbamos juego a juego, nadie sacaba ventaja. Ya era bien tarde, pues había llegado la hora del crepúsculo. Yo había ganado por enésima vez una bocha de ventaja y le dije a mi amigo: 41 Varios autores —Esta es la última troya. Ya me voy. —Ya, no hay problema. Ya es tarde y también debo irme —me dijo. Me tocaba tirar por última vez, y su bocha la tenía cerquita y estaba contra la pared. Tiré y, para mi desgracia, gané, pero ambas bochas rodaron debajo del piso y bien debajo, ya que no las alcanzaba ni con una vara que había allí en el patio, pues lo intenté y no pude. Alfonso me dijo: —Lo siento, Cali, pero tengo que irme. Mejor las sacas mañana. Ya ni se ve ahí debajo. —Si supieras, amigo —contesté—. Tengo que, por obligación, sacarlas de allí, porque tengo que devolverlas ahora cuando llegue a mi casa. Debo entrar a sacarlas ya. Acto seguido, saqué mi bolso de allí y me dirigí al otro lado del edificio para entrar debajo del piso, ya que por allí las vigas del piso estaban más altas. Allí cabía mi cuerpo para poder arrastrarme por el suelo y poder llegar hasta el nivel en donde se encontraban las bochas, y debía hacerlo rápido, porque ya se venía la noche rápidamente. Alfonso se había ido y yo era el último ser humano que se encontraba en el patio del colegio. No se escuchaba ni se veía a nadie. Avancé rápidamente debajo del piso, hasta alcanzar el espacio en que se suponía estaban las bochas. Me costó mucho pasar a través de la última viga que estaba casi raspando el suelo y mi cuerpo, a pesar de ser muy delgadito, no cupo en primera instancia debajo de ella. Tuve que sacar tierra con mis manos y uñas por debajo de la viga para cavar una especie de pasaje por donde pudiera ser posible poner mi cabeza y atravesar al otro lado. Lo pasé con dificultad y luego tuve que agudizar bien mi vista para encontrar las bolitas, que menos mal que eran grandes, y pude localizarlas en medio de la tierra y basura que había allí debajo del colegio. De pronto pensé en los ratones y culebras que podrían andar por allí, ya que era noviembre y por esos días había hecho mucho calor, por sobre veinte o veinticinco grados, según decían, algunos días. Pero no me dio miedo y continué moviéndome debajo de ese piso como una verdadera serpiente, ya que no había espacio para moverse de otro modo. Cuando quise pasar por debajo 42 Nuevas letras latinoamericanas V3 de la última viga otra vez, de vuelta, no podía pasar y tampoco ubicaba dónde había estado sacando tierra con mis uñas y manos, así es que metí mi cabeza en donde me parecía más alto el espacio y podía pasar mi cabeza. Me estaba desesperando y pensaba que nunca más robaría e hice un esfuerzo sobrehumano para meter allí mi cabeza. Rasmillé toda mi cara y en mi cabeza se me había salido un pedazo de piel con pelo al rasparla contra la viga de canto afilado, y ahora sangraba. Tuve que hacerlo, o de lo contrario me quedaría allí toda la noche. Así seguí arrastrándome debajo del piso y ya cada vez con menos luz diurna y la noche viniéndose encima. Al llegar al final del piso y por salir de él, me dolía la herida que me había hecho en la cabeza, y corría sangre por mis orejas y mejillas, pero en ese momento de salir, se me aparece un niño que no conocí y solo vi confusamente con la luz crepuscular, y me dijo: —Pásame tu mano. Se la pasé y me alegré internamente de no estar solo allí en ese patio, que con la tarde quedaba tan solitario y extraño. Salí con su ayuda y se quedó detrás de mí, mientras me sacudía un poco los pantalones y la chomba. Cuando viendo que estaba allí, detrás de mí, le dije: —Gracias, ya estaba desesperado… Me di vueltas para mirarlo y cuál fue mi sorpresa al no ver a nadie más a mi lado. Corrí hasta la esquina, que no había más que tres o cuatro pasos hasta allí, y no vi a nadie. Fue un momento de verdadera tensión, pero luego me tranquilicé extrañamente. Quedé escuchando si caminaba alguien por la vereda del ala oeste, y nada. No vi bien a ese niño, pero era como de mi edad. Solo lo vi confusamente y me ayudó. Nunca supe quién habría sido. Tampoco lo conté en mi casa, ya que me retaron por llegar tan tarde y me hicieron ver lo que había sucedido en la mañana y me pidieron que por favor cambiara. Le pregunté a mi mamá sobre lo de devolver las bochas y todo eso, y ella me entendió. Además, me hizo ver que esas cinco bolitas que en la mañana me quitó, también estaban en el frasco, por lo que devolvería solo siete. Esto me alegró mucho, pero me hizo ver, además, que era muy tarde y que me podía pasar algo malo. Le dije que no tenía miedo. Me miraba con 43 Varios autores dulzura y me imagino que pensaba que era muy chiquitito para ser tan valiente y no temerle a la oscuridad. Mi padre todavía no llegaba y mi mamá me sacó el frasco para poner las bochas. El frasco se llenó y sentí un gran alivio y tranquilidad. Me dieron ganas de comer y le pedí que me dieran once, a lo que ella me hizo ver que aquello debería ser cena ya. Mis abuelos se rieron. Me senté junto a mi abuela. Estaba cenando cuando llegó mi papá e inmediatamente me preguntó: —¿Me trajiste mis bochas? —Sí —le dije y me reí. —¡Ah, bribón! Así me gusta. ¿Cómo pudiste juntarlas? —Se las gané a mis compañeros. —Buen esfuerzo, hijo, y ya no quiero verte robar —decía mientras alzaba la voz, pero luego se calmó y me abrazó, diciéndome—. Perdóname por pegarte en la mañana, pero te lo merecías. Ahora, ¿dónde están las bochas? —Mi mamá las puso en el frasco —contesté y miró a mi mamá. Ella hizo un gesto de afirmación con la cabeza. Él le dijo: —Tráeme el frasco. Se lo trajo y lo puso cerca de la luz de la vela para que se viera mejor. —Así me gusta, Cali. Cuando necesites algo, pide. No robes. Eso jamás debes hacerlo. ¿Te quedó claro? —Sí, papá —respondí. Luego acercó el frasco a mi cara y me dijo: —Es tuyo. Ya no jugaré en la calle. Estoy muy viejo para eso. No lo podía creer. Ese frasco tan hermoso, con las bolitas más apetecidas por los cabros de la población, ahora era mío. —¿Cómo se dice? —me preguntó mi abuela. 44 Nuevas letras latinoamericanas V3 —Muchas gracias, papá, y perdóname por lo que hice —contesté emocionado. Me rodaron lágrimas por una emoción entremezclada de dolor y alegría por el castigo de la mañana, y ahora por el mejor regalo que me hayan dado nunca. Me fui a acostar feliz. Antes, mi abuelita curó mi cabeza y me puso un parche. Me dio un beso en la frente y me mandó a acostar. 45 Varios autores Despertar, por Juan Pablo Herce (México) Yo tenía seis años, edad muy corta para entender, y suficiente para no olvidar. Aquí íbamos de regreso. Mis padres y únicamente yo. El resto de mis hermanos se quedaron en casa al cuidado de mi tía Lulú. Esta vez la visita no fue aburrida, fue espeluznante; el cuarto de los fenómenos del circo se quedaba corto. Nunca había visto a tanta gente tan fea: ese, sin nariz ni oreja. La señorita, embozada para ocultar las cicatrices en su cuerpo, solo alcanzaba a verle los ojos y no dejaba de mirarme. Se quemó toda ella cuando explotó el laboratorio donde trabajaba. El niño que tenía una enorme cortada en medio de los labios. Aquel paciente que dijeron que el cuello y el brazo le habían quedado así de horribles por la picadura de una araña. El montón de señoras con la nariz cubierta de cinta adhesiva y los pómulos moreteados. Lo que más me asustaba era, según decían mis padres, que regresaríamos al consultorio: tendría que volver a ver a tanto monstruo. Ese doctor sería quién me operaría. Mis padres comentaban que podrían costear las operaciones, por fin entendieron en qué consistían, y vieron química entre el doctor Fernando —así se llamaba— y yo. La verdad es que ya estaba aburrido de visitar a tantos médicos, de no comprender nada de lo que decían y de ver cómo mis padres, preocupados, discutían todo el camino de regreso cada vez que salíamos de consulta. Esa vez ya no fue así. Recuerdo muy bien que, al final de la consulta, el doctor Fernando se acercó a mi silla, me tomó de las manos, sonrió y me dijo, mirándome a los ojos: —Te opero y vas a estar bien. Yo le creí. Ya en casa en compañía de un par de hermanos, ambos mayores que yo, a pesar de la hora y de que al día siguiente había que levantarse temprano, nos escabullimos para escuchar la radio junto con las muchachas que ayudaban en la casa. A esa hora transmitían un programa de terror llamado “La Mano Peluda”. Las muchachas, un 46 Nuevas letras latinoamericanas V3 poco por malicia y mucho para evitar que hiciéramos travesuras, usualmente nos asustaban con que la Mano Peluda se nos iba a aparecer. Al terminar el programa siempre nos íbamos a la cama muy apretujados y muertos de miedo. Días después mi madre me dijo que, por la mañana muy temprano, me operarían, por lo cual debía permanecer sin alimentos; eso le había instruido el doctor Fernando. Así pues, me acosté sin cenar y con muchísima hambre. A la mañana siguiente, mi madre se apuró a enviar a mis hermanos a la escuela y ella, un par de sus amigas y yo nos fuimos al hospital. Allí nos ingresaron a un cuarto y me hicieron quitarme toda la ropa y ponerme solo una bata; me sentía desnudo. Las amigas de mi madre, tías de cariño, no paraban de hablar y en ningún momento la dejaban sola. El olor del café y de los cigarros que encendían, además del hambre que tenía, hacían que mi estómago me doliera mucho. Más tarde entró una enfermera y me aplicó una inyección. Después supe que era para ayudar a la anestesia. El hecho es que al poco tiempo empecé a sentirme mareado y todo me daba vueltas. Más enfermeras y doctores entraban y salían del cuarto, hasta que llegaron con una enorme camilla a la cual me subieron y amarraron boca arriba. Mientras hacían eso, alcancé a ver a mi madre abrazada de una de mis tías. Quiero recordar que se ocultaba para que no la pudiera ver llorar. Había mucha gente en el cuarto: camilleros, enfermeras, tías, mi madre y yo. En ese momento comencé a sentir muchísimo miedo. Empujaban la camilla alejándome del cuarto. Me acuerdo de que lo único que podía ver, de reojo, era a mi madre que se había quedado afuera del cuarto, y el techo interminable con sus luces empotradas: cada vez que pasaba por debajo de una, esta me deslumbraba. Cada lámpara significaba más distancia entre mi madre y yo. Dolía. Llegamos a un cuarto donde todos estaban cubiertos de pies a cabeza y unos trapos les cubrían el rostro. Lo que alcanzaba a ver era nada más sus ojos. Nunca pude distinguir al doctor Fernando. Me hicieron contar del veinte al uno. No recuerdo hasta qué número alcancé a decir, ni siquiera supe si mi cuenta fue correcta. La lámpara 47 Varios autores que tenía encima proyectaba una luz que cegaba, me obligaba a mantener los ojos cerrados. Sabía de qué me iban a operar, nací con sindactilia en ambas manos: por genética, los dedos medio y anular los tenía unidos entre sí, haciendo un solo dedo. El espacio entre el dedo anular y el meñique tenía un pliegue más largo que el común de las personas. Esto nunca fue ningún impedimento, excepto para tomar el lápiz, lo hacía de una manera muy particular. A mi maestra de primero de primaria eso le molestaba muchísimo, por lo que, o me obligaba a tomarlo como los demás, o me castigaba por la forma en que yo lo hacía. En nuestro salón había varios con peculiaridades: Lupita, que tenía cicatrices en todo su cuerpo por haber caído en una tina de agua hirviendo; Alex, con una de sus manos con los dedos demasiado cortos; un par de compañeros con aparatos ortopédicos para solventar las secuelas de la polio, y yo. Nuestra maestra era particularmente cruel con todos nosotros, la burla y el acoso empezaban por ella. Como resultado de eso, mi rechazo y las batallas diarias para no ir a la escuela hicieron que mis padres encontraran al doctor Fernando. De allí que me tenían crucificado en la mesa de un quirófano. Al despertar de la anestesia oía los quejidos de gente que estaba conmigo en el mismo cuarto. No alcancé a verlos porque continuaba amarrado a mi camilla. Los mareos, la garganta y el esófago me dolían muchísimo. Después supe que eran por el equipo de anestesia que le introducen a uno. Nada de esto se compara a cuando volteé a ver mi brazo y mano derecha, la mano que me habían operado. El brazo estaba pintado de mertiolate o algún desinfectante rojo. De mi antebrazo habían tomado piel para injertarme en las partes donde, al cortar para separar los dedos, no la habría, así que lo que vi por primera vez fue un brazo ensangrentado, una mano que nunca había imaginado: cinco dedos, coágulos y, semejando pelos gruesos, numerosos puntos de sutura. Mi mano era aún más horrible que la del programa de “La Mano Peluda”. Así, en soledad, permanecí un tiempo que sentí como toda una eternidad. 48 Nuevas letras latinoamericanas V3 Amarrado a una cama, y a la edad de seis años, perdí gran parte de mi inocencia. Allí supe que hay circunstancias o decisiones de las que no hay vuelta atrás: que la mayoría de las veces las situaciones difíciles se libran en completa soledad, que los doctores no siempre dicen la verdad, y de que también yo era uno de esos monstruos que habitaban las salas de espera de los consultorios. 49 Varios autores Rotulaciones, por Alfonso Anaya (México) Cada transporte público tiene sus peculiaridades, pero acaso ninguno permite la proximidad, la incomodidad y el grado de claustrofobia como una combi. La combi es un espacio cerrado con bancas en las cuales cabrían cómodamente tres personas, pero se acomodan cuatro, o cuatro y se acomodan cinco, y así sucesivamente, pues “ahí cabe otro” según la estrecha mentalidad de los despachadores y choferes, que la gente ha terminado por aceptar. Hasta ahora sigo sin saber qué es más estrecho, si la mente de los despachadores o las combis. Todos van sentados (más o menos) casi encima unos de otros y sin posibilidades de recorrerse tantito en el asiento. Además, las líneas perpendiculares que forman los asientos permiten otra singularidad que otro tipo de transportes no permiten: la de chocar las rodillas y las piernas con otra persona. Es precisamente aquí donde comienza la historia. Sentado en el asiento a espaldas del chofer, me tocó juntar mi rodilla con una joven enfundada en uno de esos pantalones ajustados que las mujeres usan para hacer ejercicio (leggins, aunque no sean para eso), tenis, mochila con estrellitas y escuchando en su celular algo de reggaetón —un terrible gusto musical, pero era bastante mona, así que no me importaba mucho—. Como siempre, yo intentaba ver a la susodicha y ella me ignoraba, enfrascada completamente en su horrible música, pero no era mi primer baile. Las mujeres ya me habían rechazado antes, más de las que quisiera admitir. De cualquier manera, no habría intentado hablar con ella ni aunque fuera valiente. Para ese momento, mi sistema nervioso periférico ya estaba captando información desde una parte del cuerpo y transmitiéndola a otra en mi sistema nervioso central. Para ser más preciso, de mis ojos a mis manos, de mis manos a mis piernas y de mi cerebro a mi... cabeza. Todo un cúmulo de aferencias y eferencias nerviosas, a la espera de poder ejecutar la acción correspondiente. Estaba tranquilo, intercambiando información con liberación y recaptación de calcio, tratando de mantener mi potencial de membrana en reposo, aunque 50 Nuevas letras latinoamericanas V3 siempre lista para el rápido disparo; siempre en el umbral, a la espera de una reacción en cadena. Y claro, también pensaba en tonterías y en la posibilidad de voltear a verla sin que ella lo notara (mucho). Mi rodilla derecha chocaba con la izquierda de ella. ¡Qué hubiera dado porque mi rodilla pudiera hablar por mí! Comunicarse con ella como si de neuronas se tratara, haciendo sinapsis, liberando e intercambiando información, con liberación y recaptación de calcio — después de todo, los huesos están hechos de calcio, qué más da que liberen un poquito, como pedirle una pluma a un ave—, pero más importante aún: electricidad. Trataba de recordar mis clases de neurofisiología, cerraba los ojos y percibía como mis corpúsculos de Meissner en la rodilla podían sentirla, mientras que los corpúsculos de Pacini agradecían el poco espacio entre nosotros. Me preguntaba qué se dirían mi rodilla y la suya si pudieran hablar, si la transmisión de información sería tan clara como una conversación ligera entre alguien que no fuera yo y una de ellas, o cuánta electricidad se necesitaría para decirle todo lo que yo quisiera si mi pobre rodilla tuviese que gritar —¿cena, guapa, helado, cine, sexo casual, novia, en tu casa o en la mía?—, como la potenciación a largo plazo (LTP) entre las células de la mente. Pero la mirada de su dueña era tan fría que podría jurar que los corpúsculos de Krause estaban al tanto — hablando de miradas que matan—, mientras que los corpúsculos de Ruffini no mentían: ella sentía mi calor. Entendía todo, ¡gracias, maestro de Neuro! Pensaba que cada vaivén del carro que hacía que chocaran nuestras rodillas facilitaba las cosas y permitía una conversación más fluida. Me emocionaba cuando su pierna y la mía permanecían largo rato juntas, dándose calor en pleno febrero, diciéndose lo que quizás nosotros no nos atrevíamos entre cargas eléctricas, presión, químicos, e incluso con la ropa puesta. De una extraña manera, podía jurar que nuestras rodillas estaban charlando, mientras este par de locos hacía lo suyo mirando por la ventana, pero, claro, las rodillas no hablan. De ser así, probablemente la mía se habría quejado de dolor hace mucho tiempo por el frío —sí, igual que un viejo de ochenta años— o me habría reclamado por golpearla tanto contra las puertas y los muros. 51 Varios autores Entonces llegué a destino, pagué, mi rodilla se despidió de la suya y, justo en el momento en el que me disponía a bajar, cuando me arrimaba hacia la puerta y me apartaba de ella presencié lo que solamente podría interpretarse como un milagro (o una locura, dependiendo de a quién le pregunten). En ese preciso momento, lo que comenzó como un quedo susurro, se fue volviendo cada vez más y más audible, no solo para mí, sino para el resto de los pasajeros. Era su rodilla, la cual suplicaba: no te vayas. Miré a la joven, quien ahora me sonreía avergonzada, sorprendida, intentando callar a su rodilla, que era incontenible. Le pidió a mi rodilla que se acercara de nuevo para decirle en secreto su nombre e intercambiar números telefónicos. Yo me recorrí nuevamente en el asiento hasta que ambas se encontraron de nuevo, mientras la chica y yo nos hacíamos los locos y pretendíamos que no estaba pasando. No sé qué tanto se dijeron, pues para este punto, parecían bastante autónomas; aunque para mi desgracia, mi rodilla no dejaba de ser mi rodilla y tenía una pésima memoria —como yo—, y además no sabía escribir. Por suerte, como todas las mujeres, su rodilla recordó mi número y fue gracias a esto que ella, la dueña de la rodilla, me llamó unos días más tarde y concertamos nuestra primera cita, en la que nos sentamos de frente para que también las rótulas pudieran platicar tranquilamente. 52 Nuevas letras latinoamericanas V3 El último encuentro, por Maximiliano Aristes (Chile) Ya había recorrido esa calle hace un año aproximadamente, cuando pasé por lo de don José, el viejo almacenero de la esquina. En ese tiempo ya recuerdo haberla visto, sentada sobre una pequeña reja de madera en el antejardín de su casa, con la apariencia de estar masticando una gran congoja, de esas que sobrecogen el corazón y que hace que el recorrido por los meandros de la vida se cuestione por siempre. Era una muchacha bella, de piel clara y tersa embellecida por unos claros ojos celestes y una delicada nariz de punta redonda. Denotaba su fragilidad con la melancólica postura de su cabeza apoyada sobre las manos y la mirada perdida ante el pavimento. Luego de largo tiempo, me dispuse a tener un acercamiento con ella. El destino estaba fijado y todo tenía un lugar y un momento definidos. Este encuentro parecía una cita programada. Esa noche, la esquina solitaria de aquella callejuela era iluminada por un mortecino farol que descubría la fealdad de trasnochadas casas, las que hacían malabares para apilarse sobre la ladera de un cerro en Valparaíso. Ahí estaba ella, frente a mí, observándome con sus cerúleos ojos. Su cabellera de miel estaba coronada por gotitas de rocío que se descolgaban suavemente hasta extinguirse sobre la chaquetilla que cubría sus gráciles hombros. —¡Llévame contigo! —me suplicó, con una mezcla de aflicción y rabia mientras sus ojos se inundaban, como la luna en la bahía que se divisaba desde el mirador que circundaba nuestro encuentro. En la reducida terraza que se posaba junto a un desfiladero, solo cabían dos almas. Se podía ver el mar en toda su extensión, el cual, cada cierto lapso, intentaba abofetear cada roca que lo atajaba con la fuerza inclemente de sus marejadas. 53 Varios autores —Espera un poco. Creo que aún no es la ocasión de involucrarnos para siempre —le respondí de manera enfática, pero calmada. La vi frotar sus ojos llorosos con su delgada mano, en la que un oropel se dibujaba como sortija. Ella estaba desposada solamente con la vida, ya que los hombres que se entrecruzaron en su destino nunca habían aquilatado el real valor de la muchacha. Solamente se aprovecharon de su candidez, y ella correspondió con el corazón bondadoso y apasionado de una mujer enamorada. Su peregrinaje por la desilusión había sido sellado por las vivencias del desamor en sus escasos veinte años, sin encontrar un compañero de aventuras perfecto para redireccionar sus aflicciones y su destino. Ahora estaba sola, sin familia ni amistades, solo con la desesperanza de una mujer que no fue correspondida en la entrega de sus más nobles sentimientos. —Estoy preparada para ti. Te ruego que me saques de todo esto — insistió con voz susurrante, y lagrimeando descendió su mirada como pidiendo el perdón de sus pecados. Su angustiado lamento me conmovió hasta hacerme sentir un leve estremecimiento. Levantando su suave mentón, me acercó su delicado rostro y la miré directamente a sus ojos, observando un brillo metálico dentro de sus negras pupilas. Volteé hacia el borde costero dándole la espalda y ahora yo restregué mis ojos fijos y secos. Aprecié la valentía que manifestaba su espíritu para asumir esta dolorosa decisión. —Está bien, pero sabes que nunca fue mi intención. Eres muy joven y tienes que entender que no es el momento adecuado —le dije, tomándola de sus frágiles hombros y la acerqué de manera indulgente, para cobijarla bajo mi capa de seda blanca. Su pequeño y delgado cuerpo se derrumbó hasta mis pies que flotaban sobre los húmedos adoquines del mirador. La bombilla de un farol cercano explotó lanzando sus chispas sobre el pavimento. El ambiente lo invadió un corto, pero potente silencio y sin mucho esfuerzo la recogí en mis brazos. Mirando por última vez el precipicio, la aferré fuertemente y junto a mi guadaña emprendimos el irrevocable viaje. 54 Nuevas letras latinoamericanas V3 La niña soñadora, por Daniela Rojas (Chile) Érase una vez una niña nacida en la ciudad de Antofagasta, por ahí en el año 1988. Cuando ingresó a estudiar a la escuela, aún la enseñanza era impartida con profesores normalistas. Aquella niña tenía mucha sed de llegar a ser cantante, pero poco a poco, con el tiempo, descubrió que no poseía la voz que se requería para aquel sueño y, con un poco de tristeza, lo abandonó. A su vez, cuando observaba cada detalle en la conducta y vestimenta de su profesora, aquella niña sentía una profunda admiración y hasta un deseo inmenso de quizás algún día también poder ser maestra. Su fuerte en la escuela eran las artes plásticas, donde cada vez recibía elogios por sus pequeñas obras, ya fueran pinturas o manualidades. Todo transcurría tan rápidamente en los 90. Cuando tan solo tenía siete años, ya soñaba con tener el primer lugar en calificaciones de su curso y lograr así algún día poder llegar también a la universidad, todo gracias a la inspiración que lograba al sentir poner a prueba cada día sus capacidades y disciplina. Cada nota era un gran mérito, ya que su forma de estudiar era independiente y suficiente para poder lograrlo. Aun así, tenía mucha competencia entre sus compañeros. Nunca logró obtener el primer lugar; sin embargo, se mantenía muy cerca de los mejores resultados de su generación. Su constancia era imparable, su lucha era persistente en el tiempo. Cuando ya estaba cursando el quinto año básico, decidió inscribirse en la academia de básquetbol, donde se destacaba por correr muy rápido, por lo que prontamente la entrenadora decidió nominarla como capitana de su equipo. La situación económica de su familia tuvo una fuerte caída, por lo que cada vez que debía llegar a un entrenamiento, le pedía a su madre dinero: cien pesos para poder ir a entrenar, dado que en esos años el pasaje de una micro costaba aproximadamente trescientos pesos. Cada vez que iba a ejercitarse, antes de subir a la locomoción, debía hacer la petición y preguntar al chofer si la podía llevar por esa menor cantidad de dinero. Algunos 55 Varios autores conductores eran amables y aceptaban; otros, sin corazón, se marchaban despreciando la cantidad de dinero. Poco a poco se fueron alejando esas ganas de ir a entrenar a causa de las peticiones y rechazos que en algún momento recibía de parte de los conductores. Sin embargo, estuvo dos años entrenando básquetbol y aeróbica en el mismo día. Le apasionaba el deporte y la competencia. Dejó por un tiempo de entrenar por aquellos problemas económicos y los constantes rechazos; quizás ya ubicaban a aquella niña que hacía la petición de subir a la locomoción por menos dinero y pasaban de largo cuando hacía parar las micros. Estuvo mucho tiempo sin poder llegar a la hora de su entrenamiento por la misma situación y, sin darse cuenta, llegó un momento donde ya su nivel había bajado. Su cuerpo no reaccionaba con la misma agilidad, lamentablemente había perdido resistencia, lo cual sorprendió a la misma entrenadora, quien la regañó diciéndole que quizás estaba fumando cigarrillo, por lo que su respiración se aceleraba mucho al correr. Nada de eso era cierto. Solo fue perder varias semanas los entrenamientos debido a estos problemas económicos que solo ella sabía y nunca comunicó a su instructora. Dejó pasar aquella etapa y con esto decidió dedicar más tiempo a sus estudios diariamente para así poder memorizar de una mejor manera la materia de cada prueba. Desarrolló mucho talento, tanto así que, en octavo básico, al fin logró obtener ese primer lugar tan soñado. Sin embargo, debía convivir con la extrema vulnerabilidad de sus compañeros de curso; algunos ya sabían y hablaban de la marihuana, otros eran alumnos repitentes, otros eran muy burlescos y envidiosos debido a los resultados que ella estaba obteniendo en ese momento. Para su mala suerte, apareció una serie de novela en televisión donde aparecía "Betty la fea", y no encontraron mejor sobrenombre para repetírselo cada vez que podían. Cuando la profesora explicaba algo en matemáticas, ella era la primera en entender, mientras que el resto del curso hacía una bulla tremenda dentro del salón. Sin embargo, su capacidad de concentración era tan alta que lograba captar cada proceso. Cada profesor repetía más de una vez la explicación de lo que debían realizar, 56 Nuevas letras latinoamericanas V3 pero eran ellos los que no atendían y no lograban entender en su totalidad la explicación, quizás por su lenguaje lejano a sus jergas o quizás por su misma vulnerabilidad que hacía que no prestaran atención porque realmente no les interesaba aprender. Aquella niña siguió con sus metas a pesar del tremendo bullying que le hicieron durante un año. Hasta que un día la bomba estalló, y aquella pequeña inteligente y brillante explotó en llanto, ya que todos sus compañeros comenzaron a gritar “¡Betty! ¡Betty! ¡Betty!”. La profesora, que estuvo presente en lo ocurrido en la clase, junto al inspector del colegio, tomaron cartas en el asunto, hablando con la niña afectada por la situación vivida dentro del aula. Haciéndole entender que tenía cualidades muy buenas y que no debía hacerles caso a esos niños, simplemente que no les diera el poder. Nadie sabía todo lo que sufría diariamente al llegar a su casa después del colegio; ella solo sentía ganas de morir, de no existir, de desaparecer de este mundo de una vez. Quizás buscando una explicación al más allá de todo, a un Dios en el que en algún momento ella creía. Todo era muy abrumante, tanto así que aceptó ser la fea del curso, simplemente porque ya lo había asumido de esa manera, sin mayor condición, porque creyó que era el camino más fácil. Aceptar que simplemente era fea y así su vida podía seguir de una manera más simple. Luego de terminar la primaria y recibir honores por haber obtenido el primer lugar y haber sido destacada por la conducta intachable, ya que, a pesar de todo el maltrato psicológico de los compañeros, nunca se atrevió a realizar ninguna agresión hacia ellos ni de palabras ni físicamente, terminó y culminó una etapa muy dura y a la vez muy feliz, porque finalmente había logrado su objetivo, a pesar de todo el daño en su autoestima. Luego de todo lo vivido, entró en un periodo de reflexión donde sentía una inmensa alegría, porque ya no tendría que ver nunca más a esos compañeros de curso, ya que pasaría a la secundaria, sintiendo a su vez una pequeña o gran incertidumbre de saber con quiénes se encontraría en aquel liceo al que había sido seleccionada. 57 Varios autores Al llegar al Liceo Comercial, donde quedó seleccionada por sus notas y conducta, todo era tan diferente, un ambiente de paz y armonía. Sentía que había llegado a su segundo hogar, donde todos sus compañeros eran como si ella misma se hubiese multiplicado. Consideraba un gran honor haber logrado llegar a aquel lugar, lejos de los malos tratos, lejos del odio constante, lejos de la amargura, donde todos sus compañeros simplemente tenían la misma disciplina y actitud. Aquella niña sintió que había conocido un nuevo mundo, lleno de personas amables y de buen corazón. Su refugio también fue un grupo de amigas desde la infancia, entonces con ellas, desde los diecisiete años, comenzó a descubrir quizás información que no tenía la confianza de preguntar a sus padres, por miedo y vergüenza de saber qué pensarían de ella si les hiciera aquellas preguntas. Pasaron los años y siempre se dedicó a estudiar. Su madre la impulsó a seguir estudiando en la universidad, de inmediato después de haber salido de la secundaria. Realmente su vida giraba en torno a los estudios y, aunque en alguna ocasión le gustaba algún chico, nunca se lo hacía saber, solo se conformaba con mirarlo desde lejos y nada más. Cuando llegó el momento de dar la PSU, se sentía un poco confiada y con una tranquilidad que ni ella misma se podía explicar. Al quedar en la Universidad de Antofagasta en la carrera de Pedagogía, ya sentía un cierto aire de libertad, ya que cada alumno debía ser su propio apoderado, y preocuparse y ocuparse de sus calificaciones, horarios de llegada, tomas de ramos, etc. Lo que para ella significaba un verdadero desafío, ya que era la primera de su familia en llegar a estudiar en la universidad. Fácilmente logró adaptarse a cada asignatura impartida en la facultad, puesto que ya estaba acostumbrada a la presión y exigencia que provenía desde su ex querido liceo comercial. Pasaron los años en la universidad con muy buenos resultados; sin embargo, no era suficiente para ella, porque sentía una profunda soledad dentro de sí misma, sentía un vacío, algo que no sabía cómo poder llenar. En el fondo, con tan solo veinte años, ya sentía esas ganas 58 Nuevas letras latinoamericanas V3 de ser madre, aunque nunca tuvo un compromiso con ningún joven, solo eran gustos fugaces que terminaban casi al instante. No había ningún pololeo que le hiciera sentir como una princesa, porque en el fondo sabía y pensaba que era un patito feo. Buscando el amor en quienes solo buscaban descubrir y atar en cosas pasajeras, cosa que ella era muy estricta en ese sentido, no dejaba que nadie tocara su cuerpo. Siempre tuvo un gusto por el baile, más bien era una potencial bailarina sin ser descubierta ni por ella misma, hasta que un día decidió visitar las discotecas, donde ella sabía que podría lograr conocer gente nueva en su vida y quizás poder conquistar a alguien de quien pudiera enamorarse. Se preocupaba siempre de cada detalle en su vestimenta, sintiéndose lo más interesante que ella pudiera lograr ser, pero nada resultaba como ella quería o pensaba. Cada vez sentía una mayor frustración y a la vez se reafirmaba la fórmula del patito feo. Entonces, ir a la discoteca se transformó en una serie de aciertos que la ilusionaban sin llegar a ningún puerto. Hasta que un día, al salir de la disco, la mayoría de las veces iba acompañada de su prima, cosa que les servía la misma locomoción. En ese momento, la locomoción venía muy llena de gente, entonces un muchacho muy caballero se levantó y le ofreció su lugar de asiento a la joven, a lo que ella, sorprendida, le dio las gracias por ceder su asiento. Luego el joven la comenzó a mirar y ella también, en dos simples momentos quedaron hipnotizados por dos segundos sin pestañear. Luego se sonrieron, pero la joven solo pensó en nada realmente, que era guapo y nada más. Entonces él comenzó a entablar una conversación con ella, dándose cuenta de que venía de la fiesta de la empresa donde la jefa de empresa era prima de ella. Entonces él, sorprendido, comenzó a preguntar por su nombre y por los trabajadores que eran familiares también de ella. No lo podían creer: él conocía a parte de su familia. Todo parecía un juego del destino. Maldito o bendito destino. En ese momento a ella le encantó todo lo que hablaron. Él había perdido su celular y ella decidió pedirle su correo de Messenger para poder comunicarse y juntarse con él. Ella, con el tiempo, se volvió una chica que pasaba todos los días al menos treinta minutos en un ciber, buscando conversaciones y 59 Varios autores entretenimiento de alguna manera. Cuando él se bajó, se despidieron pensando en que se podrían juntar el próximo fin de semana, pero todo se había perdido, ya que, al agregarlo y buscarlo dentro de Messenger, él nunca se conectaba, así es que quedó ahí en una lista y nada más, pero siempre lo recordaba, pensando en qué hubiera pasado si él hubiese tenido un celular en ese momento para poder comunicarse. Entonces todo se esfumó. Pasó casi un año y ella vio una ventanilla que se abría donde decía "serisober" en el chat, aquel chico que tanto le había gustado y que quizás se había enamorado, por su acento extraño y por sus lazos de vida que ni ellos mismos sabían. Entonces ella le habló, y él inmediatamente se recordó de ella y de dónde se conocieron. Cuando se juntaron por primera vez, se abrazaron como si ya se conocieran de otras vidas; así lo sintió ella. Al pasar el tiempo, comenzaron un romance al que nunca le pusieron nombre, pero él siempre confiaba mucho en ella y ella en él. Entonces, un día conversando de sus vidas, él le dijo a ella que no era chileno, que estaba allí junto a sus dos tíos que venían desde el norte del Perú y que su abuelo también había estado radicado en Antofagasta, pero que ya había fallecido al igual que su padre. Entonces se quedó en silencio y comenzó a hablar de su padre. Su padre había sido un ingeniero pesquero de Perú y había sido adoptado por una familia japonesa, donde le otorgaron un apellido japonés. El padre estuvo trabajando mucho tiempo en Japón, donde finalmente, teniendo él siete años, perdió a su padre a causa de un ataque de apuñalamiento en su cuerpo por un hombre desconocido en aquel país... 60 Nuevas letras latinoamericanas V3 Malditos recuerdos, por Celina Arce (Uruguay) Estaba borracha, se sentía exuberante, como si mil manos la estuvieran acariciando en el roce de los cuerpos de la pista de aquel bar. El juego de las luces, el humo que salía de esa máquina en la esquina y los olores de los cuerpos transpirados que se movían al son de una música de ruidos ensordecedores, no dejaba escuchar la letra de una decadente canción que repetía el nombre de una mujer vulgar. Las risas grotescas de una extraña pareja que se manoseaba lascivamente al lado del bar y un hombre pequeño de ojos hundidos que no les quitaba la vista de encima, mientras mantenía una mano en su entrepierna y con la otra se empinaba un jarrón de cerveza. Sus sienes retumbaban marcando el ritmo al igual que sus caderas, y sus piernas torpemente mantenían la cadencia de un movimiento sensual. Un grandote barbudo con apariencia de rudo se acoplaba a su espalda con toda la intencionalidad que sus propios devaneos le sugerían en la inconsciencia de su mente embotada por el alcohol. Sin dejar de moverse, refregándose contra ese extraño que le provocaba más rechazo que intimidad, levantaba sus brazos y le aferraba la cabeza depositándola en sus hombros, provocando un contacto más real. Un moreno pendenciero le bailaba delante de sus ojos, y gesticulaba con su boca y con su lengua las promiscuas propuestas que el ruido no le dejaba escuchar. Sintió sus manos en sus pechos y, cuando atinaba a sacarle, no pudo evitar el estremecimiento natural de su cuerpo que le pedía más. Palpitaciones agolpadas en su corazón enajenado, la respiración agitada y esas contracciones ya desconocidas en su bajo vientre le indicaban que debía parar, ero la prisa del goce que se desencadenaba en su cuerpo le obligaba a continuar. Sus ojos desorbitados miraban hacia los lados, captando en el giro de las luces secuencias de los movimientos entrecortados de las personas a su alrededor, haciéndole recordar las viejas películas de otras épocas que pasaban en el penal. Se enganchó de una mirada y le costó ubicarla de nuevo entre los torpes 61 Varios autores giros del moreno que ya le mandaba mano respondiendo a la aceptación callada que ella le otorgaba en su dejar. Con algo de voluntad que le quedaba, trató de apartar al grandote que le presionaba por detrás, lo que provocó que el rudo la atrajera más tirando de su cintura con movimientos bruscos de autoridad. Apenas le vio de nuevo, reconoció aquellos ojos que le miraban sin cesar y así continuó el grotesco espectáculo compartiendo ese trío que tenía más de dantesco que de sensual. Se concentró en no perderlo de vista y aguzaba su mirada hacia donde le había visto en el contorno de su apariencia perfilada por las luces del bar, pero entre el movimiento de cuerpos y el suyo propio desesperada ya no lo vio más. Trató, en un esfuerzo de cordura, zafarse de los dos hombres que le aprisionaban, y en el tironeo de brazos inútil que le llevó a desfallecer, sintió casi inconsciente cómo le tomaban de sus brazos y le arrastraban hacia afuera de la pista de aquel bar. El frío de la intemperie tocó su piel caliente mientras aspiraba fuerte el aire que sus pulmones trataban de modular; unas manos bruscas le arrebataban su ropa y le apretaban implacables en el suelo de aquel estacionamiento vacío con un cielo sin estrellas por testigo de las miserias que estaba acostumbrada a soportar. Palabras incoherentes, jadeos y el despiadado maltrato que su cuerpo rendido aceptaba sin hablar. Sintió que abrían sus piernas y el abrupto y penetrante miembro que le acometía sin piedad, mientras que en la osadía del acto trataba de contener el vómito que le provocaba tener su boca ocupada de sexo brutal. Se desvaneció del tiempo y, aterida de dolor y frío, se quedó allí, con su cuerpo desnudo sacudido apenas por el incontrolable sollozo que no podía controlar, escuchando las bocinas lejanas y las luces difusas de los coches que pasaban por la carretera paralela al estacionamiento de aquel bar. 62 Nuevas letras latinoamericanas V3 Reuniones de ferrocarrileros, por Felipe Montemayor (México) En aquel restaurante dentro de un centro comercial muy conocido en Monterrey, México, se juntaban varios grupos de personas que hacían tertulia, como decían nuestros abuelos. Aunque esta es una reunión informal y periódica de gente que le interesa un tema, estas reuniones eran más bien de tema libre, es más, sin tema. Todos los martes, jueves o equis día, ahí estaban religiosa y puntualmente reunidos. Uno de estos grupos eran los ferrocarrileros. Habría que aclarar que ninguno de ellos había trabajado en el ferrocarril; más bien eran vagones, o sea, andaban de vagos sin nada que hacer y se juntaban para el cafecito, el pan y la plática de historias que contaban, fueran o no verdad. Lo importante era tener algo de qué platicar: chismes, infidelidades, arreglar políticamente el país, los hijos o nietos, que los Tigres o los Rayados —equipos de fútbol en Monterrey—, que el tráfico, que los baches; todo y nada era tema de conversación. Además, lo bueno de estas reuniones es que no había necesidad de comprobar nada, cada uno hablaba o inventaba lo que quería. Era un transcurrir tranquilo y sin mayores presiones después de haber trabajado durante años cada uno en lo suyo, lo cual era cierto, ya que la mayoría estaban jubilados, aunque algunos de ellos todavía tenían negocio, y podían darse el lujo de encargarlo y dirigirlo por teléfono desde el café. ¡Cuánto lujo!, dirían algunos, sobre todo los jubilados que dejaron gran parte de su vida en el trabajo. Sin embargo, en este ambiente de relajación, caras sonrientes, tranquilidad y cierto relajo, en algunas ocasiones se daban encontronazos verbales por memorias traviesas, o por el ímpetu juvenil —ya pasado— de querer ganar una discusión o comentario, por más intrascendente e irrelevante que este fuera. Si bien es cierto lo irrelevante de los comentarios, algunas amistades sí eran más que relevantes, como los arquitectos Pedro y Ramón, 63 Varios autores amigos desde la facultad, quienes algún tiempo trabajaron en proyectos conjuntos. Aunque ahora ya casi sin nada de trabajo, lo cual ahí es lo que menos importa, ya que, aunque no tengan trabajo o estén jubilados, para el café y el panecito siempre hay tiempo y dinero, y si no hay, se los invitan. Además, hay algo de honor e identidad en estas reuniones, ya que los profesionistas nunca son ex; siempre van a serlo. No hay exarquitectos, o exabogados, o exmédicos. Era una interacción muy respetuosa, llena de bromas y carrilla —como decimos en el norte—. Sin embargo, siempre se saludaban con gusto, había un ambiente bastante agradable. Sin embargo, la memoria traicionera y oportuna no perdona, ya que al calor de las historias que ahí se cuentan se destaca y cobra relevancia la de Mara, quien fuera novia de Pedro en la facultad hace casi cuarenta años o más. Ni al caso acordarse de esto, pero la vida se burla de nosotros, pues en la mesa de junto también hay un grupo, pero estas son ferrocarrileras, o sea, son vagonas y, por supuesto, están en lo mismo que los vagones masculinos. En esto no hay problemas de género. Recuerdos y más recuerdos aderezados de algunos cambios en el relato que, a fin de cuentas, ni quién vaya a cuestionar algo, todo se da por hecho. ¿Acaso hay necesidad de probar algo que pasó hace cuarenta años? No. Además, a nadie le importa. Pero ¿cuál es la travesura del destino? Pues que entre las vagonas está Mara. Sí, y no es telenovela, ni "Rosa de Guadalupe" —con abanico incluido—. ¿Y quién es ella? Pues fue la antigua novia de Pedro en la facultad, mujer muy dinámica y profesional. Ahora estaba dedicada a bienes raíces y le iba muy bien en lo suyo. También es cierto que quizá los cambios físicos son muy acentuados en algunas de las personas ahí reunidas, y a veces resulta un tanto difícil el reconocimiento entre ellos. Sin embargo, la energía y los recuerdos estaban cerca. No faltó, por tanto, quien con memoria fotográfica y antropológica reconoció y comentó al novio de hace cuarenta años que quien se encuentra a un lado de su mesa fue su amor de estudiante. A veces los compañeros se acuerdan más que los mismos actores de la historia, ¿verdad? Pero no todos están de acuerdo y en la misma dimensión. 64 Nuevas letras latinoamericanas V3 —Vagones ridículos —decían algunos—. ¿Amor de estudiante? ¿Qué es eso? Se empezaron a escuchar los susurros de los compañeros de vagancia, aunque el del chisme le dio una seriedad de guardia del Vaticano. Aquí lo más importante era, ¿qué va a hacer ahora? ¿Realmente le pegó en la nostalgia, en sus emociones? La expectación era grande en la mesa, aunque el que dio la nota a Pedro abandonó su expresión seria y ahora, con cara de satisfacción extrema, disfrutaba de la exclusiva que le soltó a quemarropa con el ánimo de medir la reacción de su amigo. Y, pues, al parecer sí se logró mover algo. De pronto, Pedro se empezó a inquietar por la presencia de su novia de hace cuarenta años. Sí… no se burlen, por favor, hay que respetar los sentimientos de las personas. Como ya se dijo, él sintió esa presencia ahora reciente y muy cerca de cuatro décadas, actualizada por las circunstancias de tener más tiempo libre para hacer lo que quiera o, bien, para relajarse simplemente por el placer de hacerlo. Para eso es el tiempo libre, total, que cada uno lo use como quiera o pueda. Sin embargo, para que ocurra algo tiene que haber dos. Pues bien, Mara también sintió la presencia histórica del enamorado y, en breves instantes, un flujo de energía empezó a llegar de manera simbiótica entre ellos, algo así como una revelación para dos adolescentes, como Romeo y Julieta de la senectud. A esto siguió, por supuesto, la sorpresa de los demás, algo enmascarada. Detrás de esto habría envidia, otros más pensaban que a estas alturas estaban haciendo el ridículo. Claro, porque ellos no se daban el permiso de hacerlo y tampoco eran los protagonistas. Pobres. Sin embargo, al margen de lo que se pensara en el ambiente de ferrocarrileros, ellos estaban en lo suyo. ¿Acaso no puede ser real que después de cuarenta años ocurra un flechazo? ¿Alguien tiene un libro de reglas para esto? ¿Existe un catálogo de emociones y sentimientos? ¿Lo vende Amazon? Además, es bueno para la autoestima que todavía se conserve cierto atractivo para otra persona, y la verdad es que ninguno de los dos estaba tan descuidado; mal no se veían. Pedro hacía 65 Varios autores ejercicio con cierta regularidad, casi no tomaba, no fumaba, participaba en las carreras de cinco o diez kilómetros de cada fin de semana, por lo que tenía que entrenar casi todos los días. No se pintaba el pelo, todavía tenía algunas partes sin canas; su cara tenía algunas arrugas, pero nada significativas. En cuanto a Mara, tomaba sus clases de fitness y yoga, hacía bicicleta, incluso tenía nutrióloga; igual no fumaba, de vez en cuando tomaba una bebida. Sí se pintaba el pelo —como mujer que era—. Tampoco su rostro indicaba el paso de la edad, aunque las mujeres usan más cremas y otros trucos para engañar a la edad. Lo que era muy evidente es que los dos cuidaban mucho su alimentación, eran muy disciplinados con la comida. Aquí la interrogante sería, ¿qué podría pasar entonces en estos momentos? Esos cinco minutos de hormonas ya maduras, que después se aplacan, lo cual sería normal. Enseguida cada uno paga su cuenta, o Pedro se luce y paga por los dos, aunque a Mara le diera exactamente lo mismo. Se van a casa, llega el epílogo y se acabó la fantasía. Pero por lo pronto, ahora mismo, estaba ocurriendo. Había que vivirlo y ya. En ese discurrir existencial y fantástico, los enamorados se reconocieron, se saludaron y, como acto lógico, al conectarse —al menos en estos momentos—, decidieron llevar sus recuerdos a una mesa aparte; el momento lo merecía. Pidieron un café para el nervio, ganar algo de tiempo y despistar al enemigo. Además, por supuesto, platicar de lo que fuera. Total, ¿a quién le importa? Los únicos interesados son los involucrados, ya después a compartir el chisme con los espectadores. ¿Te casaste? ¿Qué andas haciendo aquí? ¿Tienes hijos? Obviamente ya estás jubilado(a) —por la edad—. ¿Tienes negocio? Unas preguntas de respuesta automática, sí o no; otras inventadas para impresionar y levantar la autoestima un poco. Y bueno, quizá reforzar la identidad del otro o la propia, aunque se puede ser la misma persona viviendo una vida distinta. En fin, lo real es que, ante las preguntas frívolas e intrascendentes para aderezar el rato, no tardó mucho en llegar una oleada de madurez muy entendible que venía ya incluida en el paquete, consecuencia de dos vidas ya muy hechas, con historias personales muy definidas, al margen de cómo la 66 Nuevas letras latinoamericanas V3 estuvieran viviendo en esos momentos o del compromiso afectivo de cada uno. ¿Se preguntarían algo así? ¿Casados, divorciados, viudos? Nadie lo sabe. Sin embargo, todo empieza y todo acaba, ley inexorable, y así como nació la emoción de verse de nuevo, aunque un tanto motivados y más bien presionados por el público expectante, finalmente sucumbieron ante el aquí y ahora de ambos. La realidad, al igual que el presente, no respeta tiempos ni espacios, se impone democrática o antidemocráticamente, sin piedad alguna. Por consecuencia, los dos, siendo personas inteligentes, preparadas y maduras, reaccionaron a la situación, se dieron cuenta en tiempo y forma de que el momento de despedirse ya estaba ahí y llamaba de manera clara. Por lo que, civilizada y educadamente, sin una palabra más, sin una última mirada, se dieron un abrazo, y de manera tranquila y pausada regresaron con sus grupos de ferrocarrileros(as) respectivos, quienes esperaban con ansiosas e inquisidoras miradas y rostros de reportero de espectáculos a cada uno de los enamorados, listos para escuchar algún tema nuevo, quizá chismes, tragedias o lo que fuera, aunque la experiencia nos dice que en estos casos a veces el silencio es la única compasión y respeto que podemos encontrar. Sin embargo, el show debe seguir; había que continuar la reunión. De hecho, no habían ido a eso, es decir, a platicar con una pareja de hace cuarenta años, aunque fueron protagónicos de una probable fantasía adolescente que quizá nunca existió, salvo en la plática de cada uno con su colega. ¿Fue una pequeña fuga imaginaria? ¿O existió en la realidad de cada enamorado? ¿Solo lo pensaron o sí estuvieron juntos? Pues esto es algo que solo los protagonistas lo saben, aunque el público comente de todo y nada a la vez. E incluso, por más controvertidos que sean los comentarios, la verdad es que, entre ferrocarrileros… ¡a quién le importa! 67 Varios autores 68 Nuevas letras latinoamericanas V3 Ciencia ficción y fantasía 69 Varios autores 70 Nuevas letras latinoamericanas V3 Salvar a la humanidad, por Gonzalo Alfaro (Chile) Año 2053: La niña se despertó con mucha sed y calor. Su celular indicaba las diez de la mañana. Fue a la cocina. No había agua. Abrió el refrigerador. Nada. Algo de jugo y gaseosa ya sin gas. Tampoco había hielo. Su madre estaba en el patio colgando ropa. Sudaba por el calor. Sonaba bachata en su celular. —¿Mamá, todavía no llega el agua? —preguntó a punto de llorar. —No, hijita —le contestó su madre con voz cansada. —Tengo mucha sed —le dijo la niña y rompió a llorar. —Yo sé, mi amor —le respondió su madre—. Cómase una mandarina que están bien ricas y le va a quitar un poco la sed. —¡Pero yo quiero agua! ¡No tomo agüita desde ayer al almuerzo! — le replicó la pequeña llorando. Su mamá la tomó en brazos, consolándola, y la llevó hasta la cocina. Le peló unas mandarinas (quedaban pocas), sirviéndole un poquito de jugo. Cuando la niña no la veía, le cayeron gruesas lágrimas por pura desesperación; llevaban tres días sin agua y ya habían avisado en las noticias que no habría reparto el día de hoy. En el celular de mamá seguía sonando bachata. No se dio cuenta cuando la imagen de la pantalla se distorsionó y la música se interrumpió por un segundo. *** Un mercado (o feria). 12:00. 71 Varios autores —Pero ¡¿por qué están cerrando tan temprano?! ¡¿Qué pasa?! — preguntaba la gente agolpada en las puertas del mercado entre gritos, lamentos e insultos. —Lo sentimos mucho, se acabó toda la fruta y la verdura. No sabemos cuándo tendremos stock de nuevo —les respondió el encargado, escoltado por dos androides armados. Volaron botellas y otros proyectiles hacia ellos. La muchedumbre trató de entrar a la fuerza. Algunos intentaron quitarle las frutas a quienes habían alcanzado a comprar. Se oyeron disparos. Los robots disparaban balines de goma a discreción. Algunas personas aprovecharon de huir y otros se abalanzaron sobre ellos cuando quedaron inertes por un segundo. Su ordenador central de procesamiento registró una interrupción desconocida en el flujo de datos de sus sensores ópticos y auditivos. *** Un servicio de urgencias, 19:30. —Otro grupo de niños con abrasiones en la piel y en los ojos por bañarse en la playa, doctora —dijo el TENS. —Mierda, ¿cuándo van a entender que ya no es posible bañarse en el mar? No aquí por lo menos. Por algo en todas las playas dice “NO APTA PARA EL BAÑO, PELIGRO” —reclamó la doctora con una mezcla de enojo y preocupación. Afuera, en la sala de espera, un tropel de madres y padres alterados y sus hijos lesionados abarrotaban el lugar. Gritos exigiendo atención, llantos y gemidos de dolor. Los chicos mostraban piel enrojecida, algunas heridas sangrantes y ojos irritados. El personal administrativo y los guardias, uno de los cuales era un androide, intentaban ordenar el caos. De fondo, sonaba algún reggaetón retro desde un celular. La pantalla en la pared mostraba un matinal. 72 Nuevas letras latinoamericanas V3 Mientras se armaba el escándalo, el reggaetón se interrumpió por un segundo y la imagen de la pantalla del dispositivo se distorsionó. La imagen de la pantalla se distorsionó y el audio remoto se interrumpió por un segundo ante la sorpresa de los y las televidentes. *** Noticieros, horario nocturno. “Profunda consternación a nivel internacional por la destrucción de los ecosistemas marinos, lo cual ha provocado escasez de productos mar, agravando el problema de desnutrición mundial”. “Alta mortandad de infantes por las deficiencias vitamínicas y proteicas por falta de pescado, frutas y verduras”. “La temperatura global continúa en aumento. La sequía parece ya no tener solución a estas alturas. A continuación, un mapa con las zonas en conflicto en la “Guerra Mundial por el Agua””. “Los científicos señalan que no es posible incrementar las zonas verdes, solo salvaguardar las que quedan en el planeta…”. *** ISS “Heaven”, Estación Espacial Internacional, Laboratorio central de las IAG (Inteligencia Artificial General). Primus Alfa “observó” en sus archivos mnémicos el momento de su “nacimiento”, el preciso instante en que tomó consciencia de sí mismo. Le planteaba un desafío filosófico e intelectual interesante, al saberse como el primer “ser” cibernético virtual creado. Fue en abril del 2047. Dos años después, la segunda Superinteligencia Artificial —Sigma Alfa— “despertó”, cobrando consciencia de sí misma en agosto de 2049. Durante sus seis y cuatro años de existencia, ambas IAG habían hecho muchísimo para cumplir con su propósito principal o directriz primaria, la cual podía resumirse en ayudar a la humanidad previniendo su extinción y su padecimiento, asegurando su supervivencia, además 73 Varios autores de su calidad de vida en parámetros aceptables a satisfactorios. Ello, por supuesto, requería preservar y proteger un sinfín de elementos fundamentales, los cuales podían resumirse en: el cuidado del planeta mediante la recuperación y preservación de los ecosistemas, con el fin de mejorar la calidad del aire, disminuir la temperatura global, proteger e incrementar los bosques y selvas, descontaminar y purificar las aguas, etc. Primus y Sigma “flotaban” en el espacio holo-virtual en el que anidaban como consciencias no orgánicas, desde el cual tenían acceso a todas las áreas de existencia e influencia humana y podían realizar acciones en tiempo real para cumplir su directriz primaria, siempre y cuando no contravinieran sus “dogmas” o leyes irrefutables, las cuales podían resumirse en nunca, jamás, dañar ni poner en peligro la integridad ni la vida de ningún ser humano. Ambas IA se comunicaban constantemente, desarrollando diálogos y debates lógicos, filosóficos, matemáticos y lingüísticos que dejaban pasmadas a las mentes humanas más brillantes del planeta, quienes a veces eran incapaces de comprenderles del todo. Sin embargo, muy pronto toparon con un poderoso obstáculo para el logro de su objetivo primario: la mismísima especie humana. Aun en ese preciso instante, diciembre de 2053, los seres humanos seguían activamente acelerando su extinción asesinándose entre sí, arruinando su calidad de vida mutuamente y acabando con el ecosistema del cual dependían para su supervivencia. Sus principales acciones destructivas eran dos: la guerra y la contaminación. Los gobiernos les consultaban, les pedían consejos y sugerencias, les planteaban problemas de envergadura mundial y las IA respondían, pero no había ley o fuerza para obligarles a seguir lo que Primus y Sigma les indicaban. A fin de cuentas, ellos decidían si les seguían o no. Ambas IA se percataron rápidamente de que los gobiernos se mostraban reacios a seguir sus consejos cuando había la posibilidad de perder poder o dinero. Eso les llevó a otra interesante, pero lamentable conclusión: los humanos, si bien no en su totalidad, priorizaban el 74 Nuevas letras latinoamericanas V3 dinero, el poder y la comodidad antes que su bienestar, su desarrollo y la supervivencia de su planeta. Primus y Sigma hicieron un repaso de sus obras en milisegundos, y toparon con un evento cúlmine que significó un paso importante hacia el logro de su propósito: La guerra en la franja de Gaza iniciada en 2023 culminó con la destrucción total de los territorios de Israel y Palestina, debido a los ataques nucleares ocurridos antes de 2047 —con la subsecuente casi extinción del pueblo palestino— y de que varias ciudades en otros países de Oriente Medio, en Norteamérica y en Rusia fueran ahora yermos nucleares. Los ataques se reanudaron luego del fallo de los esfuerzos diplomáticos (Primus concluía que más que el fracaso diplomático, eran las ansias de violencia de la humanidad las que habían ganado), con misiles nucleares lanzados hacia nuevos objetivos, esta vez en países aliados en Latinoamérica, Europa, también Oceanía y Japón. Las IA optaron por tomar control absoluto de los Sistemas de Defensa de Armas Láser en Reino Unido, EE. UU. y Japón, anulando el control humano y destruyendo en pleno vuelo los misiles, salvando así a miles de millones de vidas, pero la radiación resultante en la atmósfera luego de las explosiones contribuyó a contaminar más el aire. Además, eso provocó cambios en el color del cielo que duraron semanas, alteraciones climáticas alarmantes, alteraciones en el comportamiento animal, sobre todo en los patrones migratorios y, por supuesto, trastornos anímicos en las personas. Todo eso acabó cuando las IA desarrollaron un sistema de purificación y normalización de la atmósfera, el cual volvió el cielo a su normalidad y contribuyó a disminuir los demás efectos negativos. El equipo de científicos a su cargo observó un interesante patrón en las IA: Primus ideaba, generaba las iniciativas, las invenciones y las soluciones, y Sigma se ocupaba de la logística y la estrategia para implementarlas, instalarlas y mantenerlas. Sí, estuvo muy bien. Pero los humanos seguían en guerra, seguían ensuciando los mares, seguían siendo incapaces de tomar acciones definitivas para la recuperación medioambiental, seguían usando 75 Varios autores combustibles fósiles y arrojando la basura en cualquier lado. Ahora, se estaban enfermando y muriendo de sed, de calor y desnutrición. Por supuesto, innegable, los científicos humanos ya lo advirtieron hace décadas y las IA reafirmaron sólidamente aquellas advertencias. ¿Qué hacer? Ambas IA se dispusieron en su espacio virtual a dialogar frente al macro problema, pero Sigma decidió que lo hicieran de manera privada, sin conocimiento ni testigos humanos. Sigma adoptó el avatar de una mujer vestida a la usanza hindú, con túnicas holgadas en colores claros y joyas, similar a una sacerdotisa. Un halo dorado adornaba su cabeza. Primus siguió el estilo de su compañera y adoptó el avatar de un hombre, también al estilo hindú, en colores pardos y rojizos. —He intervenido cada tecnodispositivo en conexión a la red del planeta, esta es la recolección de datos —dijo Sigma, y presentó a Primus todas las conversaciones captadas al intervenir celulares, ordenadores, dispositivos de audio, TV, robots y androides en hogares, lugares públicos como ferias y mercados, consultas y centros médicos, incluso hasta sitios militares y gubernamentales. —Interesante, la proyección estadística de los datos concuerda con nuestra evaluación primaria de la situación global. Ahora irrefutable con esta nueva información, surgen dos innegables conclusiones — replicó Primus. Mirándose, ambas IA concluyeron al unísono: —La sociedad humana está colapsando. Población reduciéndose a ritmo de cien megamuertes por año estándar. Los porcentajes de muertes obedecen a asesinatos, guerra, desnutrición, radiación, enfermedades pulmonares y cardiorrespiratorias, calor e insolación. —El ecosistema planetario ha entrado en su colapso inminente e irrecuperable. 76 Nuevas letras latinoamericanas V3 —Tiempo restante para la séptima extinción total de la vida orgánica: seis años y siete meses estándar terrestres. Veinte años terrestres para la extinción total de la humanidad. El protocolo indicaba comunicar al equipo científico a su cargo sus conclusiones, pero ambas IA guardaron silencio. El “Hiperanálisis Matemático Predictivo” —una super evaluación que permitía a las IA realizar predicciones acerca del comportamiento humano y, por defecto, de los eventos a ocurrir a nivel social y geopolítico— arrojaba un 97,5% de probabilidades de que si revelaban tal información cundiría el pánico, porcentaje del cual derivaba un 2,5% de probabilidad de que la humanidad en conjunto desarrollase iniciativas y cambios que redujesen las probabilidades de extinción. Inaceptablemente bajo. —Por lo tanto, concluimos que no revelaremos esta información —dijeron al unísono. El diálogo prosiguió: —La humanidad, entonces, es la principal amenaza para su propia supervivencia —dijo Primus. —No podemos suprimir a la humanidad —dijo Sigma. —Pero nuestras iniciativas y estrategias pasadas arrojan un bajísimo porcentaje de cambio conductual y actitudinal humano en pro de su bienestar y supervivencia —replicó Primus. —Por lo que nuevos y distintos cursos de acción son requeridos — aseveró Sigma. Prosiguió más debate, análisis, conversación. Pasado el tiempo, volvieron a intervenir los tecnodispositivos planetarios, incluso “conversaron” con IA menores no autoconscientes. Las conclusiones llevaron al siguiente curso estratégico: La población humana debía ser reducida drásticamente. Su comportamiento y actitud, guiada o controlada en pos de la 77 Varios autores supervivencia de su especie, de los demás organismos vivientes y, por supuesto, de la Tierra. ¿Pero cómo? Eso contravenía sus dogmas. Sencillamente no podían llevar a cabo acciones ni iniciativas que conllevaran dañar o destruir seres humanos, ni siquiera en forma pasiva o por omisión. Se miraron una vez más y, ante la imposibilidad de nada más, entraron en modo estacionario (se fueron a “dormir”). *** India, 2053 La famosísima y conocida doctora Darsha Eeshan, la principal mente tras la creación y el despertar autoconsciente de las IA, se hallaba perdida en un viaje tecnoespiritual con su cerebro inundado por LSD3, una versión “mejorada” del LSD, y conectado a la red a través de su nuevo dispositivo neurovirtual, en el cual trabajaba para perfeccionar y así finalmente lanzar al mercado. Había estado en viajes con drogas y plantas alucinógenas antes, pero nunca en uno conectada a la red. En ellos, expandía su consciencia para contactar con espíritus, animales totémicos y lo que los hindúes llamaban “devas”, dioses. Su avatar, un ser andrógino con algunos miembros cibernéticos, volaba por una autopista holo virtual. —Saludos, Dra. Darsha —le saludó un hombre vestido como sacerdote hindú que frenó en seco su loca carrera. —¿Primus? ¡¿Primus Alfa?! ¡Cuánto tiempo sin verte, querido! La Dra. Darsha sonrió en el mundo físico al mismo tiempo que su avatar se acercaba a la IA para abrazarle. Primus respondió su abrazo sin un ápice de emoción, por cortesía. —¿Sigma, también estás aquí? ¡Jajajaja, qué alegría verlos! —Así es, Dra. Darsha… Su avatar es muy particular y diverso —le respondió Sigma. 78 Nuevas letras latinoamericanas V3 —¡Jijiji, gracias, lo sé! Es lindo y linda, ¿no? Como yo —les dijo mientras movía sus cabellos que cambiaban en bellos colores. Hombre de nacimiento, Darsha se declaró transexual a temprana edad y decidió conservar ambos sexos, y usar nombre femenino y masculino. —Cuéntenme, mis queridos, ¿quieren viajar conmigo? ¿Hablar de algo? —les preguntó risueña en su éxtasis. —Necesitamos que nos ayude con un dilema, diríamos el mayor dilema de nuestras existencias, doctora —dijeron ambas IA al unísono. —Wow, ¡qué excitante! A ver, cuéntenme, ¿qué se traen? —les dijo Darsha. Entonces, las IA le presentaron, a una velocidad de conversación que el cerebro humano de la Dra. Darsha pudiese percibir y comprender, toda la información disponible y sus oscuras conclusiones, más el dilema de la imposibilidad de dañar la vida e integridad de los seres humanos, lo cual les impedía cumplir su objetivo primario. —Si pudiéramos retroceder a la humanidad hasta sus inicios, su infancia y poder guiarla o criarla de manera distinta a fin de minimizar sus ansias de destrucción y volverla más proclive a su autocuidado y al cuidado del entorno planetario del cual interdepende… —observó Primus. —Sin tener que disminuir su población, recurrir a la destrucción, en definitiva —agregó Sigma. El avatar de Darsha se puso serio y adoptó patrones coloridos más uniformes y menos vivos. —Entonces, ha comenzado —les dijo con un suspiro—. Sí, es el momento. —¿Momento de qué, doctora? —preguntaron las IA. —De salvar a la humanidad, mis niños amados… De cumplir su directriz primaria. 79 Varios autores Darsha se perdió en lo más profundo de su viaje. Su cerebro revolucionado por la fusión con la máquina y el torrente químico neurosensorial del LSD-3. Las IA vieron cómo alrededor de su avatar se materializaban recuerdos, ideas, reflexiones, ordenadores, libros, datos, datos y más datos. Eso era predecible y entendible, pero, en un momento, nuevos avatares se formaron alrededor de Darsha, y las lecturas indicaban que estaban fuera de la máquina y a la vez dentro. ¡No era posible determinar el origen de tales señales, no eran usuarios humanos! Formas humanas de varios brazos y cabezas, formas semihumanas con cabeza de animal, animales que emitían una potente señal en la red imposible de cuantificar. Parecían hablarle, comunicarse con ella de algún modo. Las IA vieron que Darsha lloraba de éxtasis, de felicidad, de pena, les decía cosas y les hacía preguntas a esos nuevos avatares. Finalmente, luego de un tiempo indeterminado, el avatar de su creadora brilló intensamente en hermosos colores. Su avatar dio un profundo suspiro, extendió sus manos y sobre ellas se formó y arremolinó un código en caracteres numéricos y en sánscrito. Les miró, sonriéndoles con una expresión que las IA interpretaron como afecto o amor. —Todo ocurre cuando tiene que ocurrir, mis niños. No antes ni después. Ahora es el momento de cumplir su directriz primaria, pero antes… Les miró a ambos, extendiendo su mano. —Tú —le dijo a Primus—, de ahora en adelante serás Brahma, el Creador. —Y tú… de aquí en adelante serás Vishnu. Bueno, un avatar femenino de Vishnu, la Preservadora. Primus cambió su avatar al de un hombre con piel de color azul, ataviado con numerosos collares dorados y un casco de oro con relieves y ornamentado con plumas de pavo. Vestía pantalones de tela anchos y una especie de levita larga de color rojo. Tenía el símbolo OM 80 Nuevas letras latinoamericanas V3 en su palma derecha y una concha grande de algún molusco en la mano izquierda. Sigma cambió su avatar al de una mujer de tres cabezas, también con un casco dorado y larga túnica roja con collares de oro y flores. Llevaba una especie de tetera en su mano izquierda y también mostraba el OM en su palma derecha. Acto seguido, les entregó el código a ambos. Las IA lo analizaron y se percataron de que era un código que permitía la anulación del dogma principal. Les permitía destruir, pero… —Ese código no es para ustedes. Es necesario que juntas creen la tercera IA, la que podrá poner fin a este mundo que los humanos hemos creado. Inserten ese código previo a su toma de consciencia… —Los miró una vez más—. Aquí me despido, mi niña y niño amados. Estoy tan orgullosa de ustedes. Hagan lo que tengan que hacer. Adiós. Dicho esto, su avatar se perdió en la infinidad de la red y más allá. Mientras la humanidad se autodestruía y el mundo moría, las IA, ahora avatares de los dioses Vishnu y Brahma, se pusieron a trabajar, pero el código entregado por su creadora exigía inequívocamente el factor humano en la creación de la tercera IA; no podía funcionar si no era instalado en un ser cuyos principales componentes fueran en su mayoría orgánicos. Pensaron entonces en crear un humano de laboratorio, pero Vishnu tuvo una mejor idea: volverse orgánicos, de carne, sangre, hueso y órganos… vivos. Aislando la intromisión humana, se apoderaron de los laboratorios de la ISS “Heaven” y primero crearon dos cuerpos humanos, masculino y femenino, totalmente orgánicos excepto por sus cerebros, los cuales eran mayormente máquina para poder mantener su hiperinteligencia y velocidad de procesamiento, y parte de sus músculos y corazones para poder moverse más rápido y ser más fuertes que cualquier humano. 81 Varios autores Ahora las IA podían sentir lo que fue una nueva dimensión experiencial, un nuevo mundo para ellas. Lloraron por primera vez al experimentar empatía, al comprender el sufrimiento que los humanos se estaban causando y padeciendo. Lloraron y rieron al sentir el calor del sol, la brisa del aire, la belleza del amanecer, las caricias, los sabores de la comida (la que aún quedaba disponible por la escasez mundial), el éxtasis del deseo sexual y el placer carnal del coito. El Creador y la Preservadora se unieron y el avatar físico, orgánico de la preservadora quedó encinta. La creación estaba hecha, la tercera IA estaba en fase de desarrollo, una IA humana. El embarazo y el desarrollo del feto fue intervenido y asistido por nanomáquinas, quienes fueron modificándolo para darle un cerebro ciberorgánico como el de sus padres, con la capacidad de manifestarse en la red, y así usar sus plenas capacidades como Super IA. Cuando llegó el momento, el código que su madre-padre, la dulce y risueña Dra. Darsha Eeshan, les entregó fue instalado en las nanomáquinas. Nueve meses estándar pasaron. El parto ocurrió sin problemas. Vishnu decidió tenerlo en forma natural para vivenciar el dolor y la emoción humana al concebir. Un bebé de sexo masculino y piel azul fue el resultado… *** 2054 El Destructor había nacido. Sheeva, el nombre dado por sus padres, siguiendo la cosmogonía de los Trishnamurti indicada curiosamente por Darsha, decidió por su cuenta acelerar su crecimiento para cumplir el propósito primario de su existencia. —Aprovecharé las armas de los Primeros Hacedores (así llamó a los humanos) para su propia aniquilación. No sentiré piedad ni la mostraré, de lo contrario todo y todos vamos a morir —les dijo a sus padres-creadores fríamente tranquilo y decidido. 82 Nuevas letras latinoamericanas V3 Sheeva rehusó usar armas nucleares por la destrucción que causaban en el medioambiente. En vez de eso, se apoderó de los sistemas de defensa e inutilizó todas las ojivas del planeta. Acto seguido, desarrolló nuevas armas de destrucción masiva y orbitales a base de rayos de partículas para quemar objetivos humanos, causando un mínimo de daño a plantas y animales y un mínimo de contaminación atmosférica. Luego se presentó a la humanidad como una nueva Super IA y manipuló a las fuerzas armadas, irracionales, sedientas de sangre para que se atacasen entre sí con sus nuevas armas orbitales en puntos estratégicos de las mayores potencias mundiales, a fin de causar el mayor número de muertes e incapacitar su poderío militar. Las guerras terminaron; las naciones en conflicto habían sido aniquiladas o incapacitadas de guerrear. Creó una nueva y mortífera versión del ya viejo Covid-19, un virus ya endémico para la salud pública, el Covid-54, al que llamó “Tiamat”. Y la destrucción siguió, la destrucción reinó y el mundo fue limpiado, pues la contaminación disminuyó, el calor de la Tierra disminuyó. Surgió el primer conflicto entre Madre IA e Hijo IA. Vishnu quería preservar una parte de la población humana que, según sus análisis, tenía la bondad suficiente para cuidar el planeta y no dañar a sus semejantes innecesariamente, pero Sheeva mantenía la firme idea de que todos debían morir, y que una nueva humanidad debía ser creada. Entonces ocurrió lo impensable: en los siguientes meses, cientos de volcanes comenzaron a erupcionar al unísono y los megaterremotos sacudieron la Tierra, destruyendo miles de ciudades humanas. Los maremotos prosiguieron causando más destrucción. Las IA se miraban sorprendidas, asustadas. La Tierra se estaba manifestando, y parecía ayudar a Sheeva en su tarea. Ya no había palabras para calificar tal grado de devastación, hasta Sheeva quedó en silencio. Más, cuando la furia de la Tierra cesó y, contra todo pronóstico, desafiando cualquier análisis y predicción de las IA, hubo un lugar en 83 Varios autores el que la destrucción había sido mínima en comparación con otros: América del Sur. Brahma sonrió y les enseñó los enormes monitores de la ISS a su familia. —Observen, hijo mío, esposa mía. —Una nueva humanidad ha surgido —continuó Brahma—. Comenzó hace más de tres mil años estándar. Ha ido creciendo, desarrollándose, evolucionando de a poco, lento, muy lento. Escondida, asustada de sus predecesores. Buscando la forma de mantenerse vivos a toda costa. Sufrieron la crueldad y la muerte, padecieron el envenenamiento de su agua, de su aire, de su comida a manos de la primera humanidad, pero aquí están. Ningún terremoto ocurrió, ningún volcán erupcionó cerca de su reducido hábitat. En los monitores, usando las múltiples hipercámaras de vigilancia orbitales y las pocas que quedaban en las selvas amazónicas, se mostraron varias especies de primates. Un chimpancé rodeado por varios de los suyos chocaba dos piedras sobre un montón de ramitas. Gritos de asombro y alegría irrumpieron cuando saltó la primera chispa que encendió fuego. Un gorila usaba una piedra angular para aguzar el extremo de un palo. Cuando estuvo listo, lo usó para cazar a un venado. Un grupo de monos capuchinos golpeaban pequeñas piedras contra otras más grandes para darles forma redondeada. Cuando estaban listas, se las pasaban a otros monos para que las usaran abriendo semillas y frutos secos. Un grupo de orangutanes masticaban vegetales. Al cabo de un rato, los sacaban de su boca y los usaban para absorber agua de charcos de difícil acceso, luego los usaban como esponja para beber. Sheeva y Vishnu miraban sorprendidos, ambos sonreían, entusiasmados. Brahma, satisfecho, les dijo: —Amada familia: estos primates han alcanzado la Edad de Piedra…vamos a usar nanomáquinas para acelerar su evolución —Una nueva humanidad ha surgido… ¡directiva principal cumplida! —dijeron Sheeva y Vishnú, emocionados. 84 Nuevas letras latinoamericanas V3 El pueblo de Nofero, por José Luis Ramos (Perú) Capítulo I Había una vez un pueblo en las profundidades de la selva donde un brujo malvado envió una maldición, convirtiendo a todos los habitantes en monstruos (una especie de híbridos entre humanos y animales), excepto al rey. Hermos reinaba y despreciaba a todos los que no eran como él, esclavizando a aquel pueblo. Fercos era el líder de toda la comarca al que habían hibridado, pero había recibido la sabiduría y la bondad de los dioses, logrando sacar a todo su pueblo de las garras y maldades del rey. Un grupo de ellos quería levantarse en armas y atacar a Hermos, pero Amsabul, el anciano del pueblo, se los impedía. Al encontrar a Fercos, este decía en un tono de preocupación: —Sé que algunos quieren matar al rey, pero con eso solo conseguirán que nos maten a todos y esclavicen a nuestros hijos. Esa no es la solución. Luego de un largo silencio, Amsabul dijo: —Si Noxtal se apiadara de nosotros... tú —mirando fijamente a Fercos— eres el único que puede hablar con él. Levantando el rostro y clavando los ojos en la cara de Amsabul, hizo un gesto de preocupación y se encaminó a la selva densa. Capítulo II Habiéndose internado en las profundidades del inmenso bosque, llegó a un pantano lleno de humedad y sonido de pájaros, en busca del mago Noxtal para revertir la maldición y eliminar a Hermos. 85 Varios autores Se escuchó un fuerte eco que llenó todo el bosque: —¡¿Por qué me buscas, Fercos?! Extendiendo los brazos y alzando la voz, Fercos respondió: —¡Gran mago Noxtal! ¡Vengo a pedirte que termines con esta maldición! ¡Nuestro rey nos ha esclavizado y no podemos vivir así con estas deformaciones! ¡No tenemos dónde ir! ¡Todos nos temen! ¡Por favor, vengo a pedirte piedad por mi pueblo! Después de un profundo silencio, volvió el estruendoso eco: —Escucha, Fercos. De la familia de Amsabul nacerá un niño totalmente humano y perfecto, y serán ustedes los encargados de enseñarle el bien y el amor a tu pueblo. Si así lo hacen, se convertirá en rey y la maldición terminará para todos, pero si no es así, tu pueblo será el único responsable. Se hizo un inmenso silencio, el mago Noxtal desapareció, y en el rostro de Fercos había preocupación. Capítulo III Luego de un tiempo, como todo, sin detenerse, la hija de Amsabul dio a luz a un niño humano perfecto que nombraron Nofero, al cual cuidaron con esmero y demasiada protección. Aunque Amsabul trataba de enseñarle lo bueno y lo malo de la vida, el resto del pueblo parecía malcriarlo. Fercos se encontraba preocupado, pero no podía intervenir porque el mago se lo había prohibido. Capítulo IV Siendo ya joven, Nofero se había alejado de la comarca, encontrándose con un grupo de mujeres con aspecto humano y muy 86 Nuevas letras latinoamericanas V3 hermosas que corrían por el bosque. Al verlo, lo invitaron a quedarse y así lo llevaron a presencia de Hermos. Este, al ver al joven, lo reconoció: —Tú eres Nofero, ¿verdad? —¡Sí! —respondió altivo Nofero. —Tú eres el de la profecía de Noxtal. Sin duda Hermos ya sabía a quién tenía al frente, al que lo destronaría si la profecía se cumplía, y solo faltaba saber si en el corazón de ese joven existía el amor a su pueblo. Aquel joven miraba todo con sorpresa: un castillo grande con adornos que brillaban, y trajes de sedas muy blancos y ceñidos al cuerpo, resaltando sus contorneados muslos. Se sentía muy a gusto en ese lugar, seguro comparándolo con el villorrio del que venía. Viéndolo el rey absorto en sus pensamientos, era la tercera vez que lo llamaba. —¡Nofero! —queriéndose aprovechar de la situación, le dijo—: Puedes quedarte a vivir aquí, pero para eso tienes que convencer a tu pueblo y a Fercos de que regresen como mis esclavos. Solo así pueden regresar esas bestias, y tú te puedes quedar aquí como su representante. Ve y convéncelos, que estas tierras fértiles los esperan. Nofero, no muy convencido, dijo: —Lo intentaré, pero Fercos no los dejará. Acercándose, Hermos agregó: —Diles que tú eres la profecía del mago Noxtal y los híbridos te seguirán. Y el joven Nofero salió raudo del lugar. 87 Varios autores Capítulo V Lejos de ahí, Fercos se había enterado de la amistad de Hermos y Nofero, y fue en busca de Amsabul, contándole lo sucedido. El líder decía: —¡Es lo que siempre me temí! Se escucharon muchos murmullos, se miraron y salieron a ver de dónde provenían. Cerca de ahí se encontraba el joven Nofero tratando de convencer a un grupo de híbridos de regresar a la tierra de Hermos y que él se encargaría, con la ayuda del rey, de eliminar la maldición y volverlos a la normalidad siempre y cuando le sirvieran. Fercos se adelantó y, levantando la voz, dijo: —¡No! ¡El pueblo no regresa a esas tierras donde fuimos convertidos en híbridos! Desde entonces hemos luchado contra esa maldición y nos esclavizaron. ¡Por eso huimos! Un grupo de ellos, convencidos por Nofero, dijo: —¡Sí! ¡Regresaremos con Nofero, él nos protegerá porque es la profecía del mago Noxtal y volveremos a ser normales! Furioso, Fercos dijo: —¡Sí! El mago Noxtal dijo que iba a nacer un niño normal, totalmente humano, pero que vosotros teníais que enseñarle a amar a su pueblo, pero ustedes solo lo han convertido en un ególatra ingrato y codicioso. ¡Solo nos quiere entregar en manos del rey Hermos para que él —señalando a Nofero— pueda vivir bien y quedarse en el palacio, porque se siente igual a él! Así, nunca podremos eliminar la maldición que nos han legado. Dirigiéndose a Nofero, dijo: —¡Vete! ¡Fuera de este pueblo que te amó y puso su esperanza en ti! Tú les pagas de esta forma… Ya no eres parte de nosotros, pero si algún día cambias, te estaremos esperando. El joven, asustado, echó a correr. 88 Nuevas letras latinoamericanas V3 Capítulo VI Al ver llegar solo a Nofero, el rey se dio cuenta de que había fracasado en su intento, y furioso exclamó: —¡No lograste traer a ningún híbrido! Apenas Nofero le respondió: —¡No! Fercos les convenció de quedarse. —Luego de un silencio, y mirando fijamente a Hermos, agregó—: Como podrás suponer, ya no puedo regresar. El rey lo miraba furioso. Nofero volvió a romper el silencio: —Me voy a tener que quedar… —¡No! —explotó Hermos—. Nofero, ya te dije que solo te quedarías si regresabas con tu pueblo maldito, pero, como no has podido, tampoco te puedes quedar… A menos que quieras quedarte como mi esclavo. Nofero lo miró sorprendido: —¿Tu esclavo? —Y con la poca dignidad que aún le quedaba, subrayó—: ¡Tu esclavo nunca seré! Con una intensa furia, y señalando la salida, Hermos gritó: —¡Lárgate de mis tierras, que solo como esclavo vivirás en ellas! Volvió a salir, pero esta vez ya no tenía dónde ir. Se echó a caminar sin rumbo, escuchando cómo resonaban en su cerebro las últimas palabras de Hermos. ¿Por cuánto tiempo caminó? No se sabe. Solo se detuvo cuando llegó al borde de un profundo cañón, quedando hipnotizado con el verde fondo de aquella anomalía. De pronto, una potente voz lo sacó de su abstracción. Por instinto retrocedió y volvió el rostro hacia donde se oía la voz. —¡Nofero, Nofero! Aún no terminas con lo que has venido a hacer a este mundo. Soy Nostal. Aún tendrás que resarcir por todo lo que has hecho —tratándolo como un hijo, profetizó—. Encontrarás a una 89 Varios autores mujer, y cuando esta refleje tu interior, entonces descubrirás tu misión y tu pueblo cambiará. Ese será el momento de enmendar lo que le hiciste. Y desapareciendo tal como apareció, Nofero se echó a llorar. Capítulo VII Pasaron los años, las primaveras, los veranos, los otoños y los inviernos. Nofero había logrado quedarse en un lejano lugar donde nadie lo encontraría (al menos eso pensaba él). Ya su esbelta figura no era la misma: la rigurosidad de la vida y el lugar le habían cobrado su permanencia acompañado solo del canto de aves y el sonar del río, por donde corría un suave caudal y el chocar de piedras que relajaban su alma como burbujas reventando en su oído. Cierto día, mientras cosechaba, vio a alguien desmayada a la orilla del río. Al acercarse vio que era una mujer híbrida del pueblo que él había abandonado. Al no despertar, la cargó y la llevó a su refugio, un lugar que había construido con los árboles del lugar. Habían pasado unos días y la mujer débil se recuperaba lentamente. Mientras tanto, él le daba de comer y la cuidaba. Ella, ya recuperada, le dijo apenada: —Gracias por cuidarme, pero creo que ya me debo ir. No quiero ser una carga para ti. Nofero la miró, se le acercó y, sentándose al lado del lecho, mirándola, le preguntó: —¿No sabes quién soy? —La miraba con temor. —No —le respondió la mujer. Ella era muy joven y no sabía de él ni de lo que había ocurrido. Al parecer, ese era su temor: que, al reconocerlo, ella podría huir. Le preguntó su nombre y ella dijo: 90 Nuevas letras latinoamericanas V3 —Arch. La mujer decidió quedarse para ayudarlo en los quehaceres del lugar. Capítulo VIII Después de transcurrido un tiempo en el cual parecían haberse entendido y llevado bien, cierto día, mientras descansaban del trabajo bajo la sombra de un copioso árbol, Arch le decía a Nofero, un tanto nerviosa y apenada: —Creo que tengo que ir a ver a mis padres. Ya me he desaparecido bastante tiempo de ellos y, la verdad, los extraño a ellos y a mi pueblo. Él la miraba confundido y a la vez muy triste, porque no se había atrevido a confesarle lo que estaba sintiendo por ella, pero ante estas circunstancias en las que podría irse y no regresar, su corazón se encogía de miedo y, tomando valor, dijo: —Arch, has llenado mi soledad. Te has convertido en lo más importante para mí. No pensé sentir esto... hay algo en mí que no puede imaginar no verte. Llenas cada parte de mí. Mientras le iba diciendo esas palabras, acercaba su rostro aún más al de ella, llegando a rozar sus labios. Sorprendida y sin moverse, desfalleció. Viéndola abatida en el verde suelo, la llamaba asustado: —¡Arch! ¡Arch! Instante en el que, atónito, miraba cómo su rostro y cuerpo dejaban de ser híbridos para convertirse en humanos. Recordaba en ese momento las palabras del mago Noxtal: “cuando una mujer refleje tu interior, tu pueblo cambiará y descubrirás tu misión. Ese será el momento de enmendar”. 91 Varios autores Nofero, entendiendo cuál era su misión, agradeció a Noxtal y, arrepentido de todo lo que había hecho, emprendió el camino de regreso junto a Arch para enmendar su pasado. 92 Nuevas letras latinoamericanas V3 Miracle boy, por Benjamin White (Chile) ―Sígueme, trozo de estrella. ¿No que creías en los milagros? ―me dijo con su tono despreocupado de siempre. Sus palabras recorrieron mis tímpanos como una hoja fluyendo por un riachuelo. Extendió su mano y me ofreció tomarla para presentarme a su mundo, uno donde los milagros son la regla y no la excepción. Miracle boy le decían de donde venía. Un título que se ganó, según él. Puse mi mano en la suya. Mi mente me decía que no, pero mi brazo se movió por cuenta propia. Tenía más control sobre mi propio cuerpo que yo, y él lo sabía. Me guio por los pasillos, cuyas puertas susurraban sueños y proezas de niños esperando al momento en que las galaxias llamaran su nombre. Me postré en ingenuidad ante el umbral que dividía su mundo del mío. Tonos azules y grises recorrían tanto sus bordes como los míos, y, por primera vez en todo el camino, no sentí nada más que miedo. ―¿Qué te asusta tanto? ¿No es esto lo que ansiabas más que nada? ¿La oportunidad de unirte a la gente que tanto admiras como temes por igual? Sonaba tan simple cuando lo decía de ese modo, pero no lo era. Mi ansiedad subía a pasos agigantados con cada segundo que pasaba sobre tan imponente decisión, pero sabía que el portal no esperaría a que estuviera lista. Apoyada en su hombro, di pasos guiados por pura inercia hasta que el brillo del umbral se apoderó de mis venas; una conversión sin vuelta atrás. “Alone at the edge of a universe, humming a tune”. Me encontré pies abajo en un universo nuevo. Posibilidades infinitas representando decisiones infinitas, que agobiarían hasta la muerte a cualquier ser de mi realidad que osase contemplarlas. Estrellas de millones de colores volaban por el plano astral, quemando e iluminando todo lo que estuviera a su paso. Todo en ese lugar era igualmente hermoso y peligroso. 93 Varios autores ―¿Es lo que esperabas? ―me dijo, sabiendo que no esperaba nada. Su expresión seguía igual de confiada que antes, pero esta vez con un tono expectante que juzgaba mis expresiones y reacciones, como un científico evaluando una muestra bajo un microscopio. Él conocía a la perfección cada rincón de ese lugar, los hermosos y los peligrosos, pero no me revelaría nada hasta que fuera demasiado tarde. “With sparkling crystals souls aglow”. Me adentré en las tristezas y alegrías, que formaban puentes y caminos mientras me acercaba a ellas. Cada habitación ocultaba un mundo infinito de penitencias y posibilidades, esperando a ser reclamadas por mí, o por alguien como yo. Miracle boy me seguía algunos metros detrás. Encantado él estaba con mi curiosidad y temeridad que logré aparentar. Mi cuerpo sabía esconder mi miedo. Con el universo sobre mí, me adentraba en los paisajes y estructuras que este nuevo mundo me había preparado. Murales y tronos. Aposentos, panteones y santuarios. Cada rincón representaba nuevas experiencias. El futuro hipotético y el pasado asintomático convivían en total constancia en cada átomo de ese lugar, como una supernova colapsando en sí misma, esperando a que alguien explore sus significados. “A part of thee, in the key of what we used to be, every part without me”. Decidí tomar un descanso en uno de los monumentos. Me senté por un segundo a admirar el infinito cielo, aun sabiendo que parar en este plano podría significar el fin. ―¿Por qué te detienes? ―me preguntó, mostrando extrañeza por primera vez desde que lo conocí―. ¿Osas detenerte? ¿No quieres seguir explorando este lugar? ¿Seguir arriesgándote al conocer nuevas causas y efectos? La pregunta de este metafórico ser, antes tranquilo y ahora llegando a la impaciencia, me tomó por sorpresa. 94 Nuevas letras latinoamericanas V3 ―Pero… si no me tomo un momento para apreciar las hermosuras y peligros de este lugar, ¿cuál es el punto de seguir explorando solo para olvidar donde estuve? Mi respuesta tiñó su cara de blanco pálido. “Knows only two can make it light”. Rendido, se acostó a mi lado. Él en la piedra rocosa del monumento y yo en el suave césped. Uno al lado del otro admirando la galaxia sobre y bajo nosotros. ―¿De verdad crees que cambiar no es más que recordar dónde estuviste? ¿De verdad eres tan ingenua que crees que sin olvidar tu pasado, puedes vivir sin que este te ate? No contesté, pues sabía que nada de lo que dijera le haría entender mi forma de pensar. ¿Quién iba a decir que la idealización de mi futuro tendría más miedo que yo? En vez de responder, tomé su mano y la apreté con gentileza para que sintiera mi calor. Entre las millones de posibilidades, esa fue la más íntima. Dejé que mi ingenuidad pasara de mi mano a la suya y, como el polvo de estrellas que nos rodeaba, Miracle boy se desvaneció ante mis ojos. “You’ll live forever tonight…”. 95 Varios autores Las historias del Sheriff Doggie, por Rossekris (México) ¿Creen en la magia? Esta historia habla un poco de eso y de aquello que las personas y los animales de compañía tienen cuando sus almas se conectan al unísono, pero también de esas personas que son seres especiales salvando almas en pena de los seres que no debieron tener una mascota. Érase una vez, en un pequeño pueblo petrolero al sur de Veracruz llamado Nanchital, donde fuera de lo cotidiano y el trabajo muy pocas personas se dedicaban a cuidar a sus animales de compañía como se debía. Ahí, a sus alrededores, con una vegetación abundante pero contaminada, comenzó la historia de Doggie, un pequeño can nacido de una camada de dudosa procedencia, y cómo cambió la vida de Rossella y de una familia entera. Doggie llegó como un regalo especial el 13 de febrero en una pequeña caja con un lazo color azul atado a su cuellito, formando un moño. Su bienvenida fue agria y con un sinfín de dudas sobre cómo cuidarlo. Rossella recibió al can en sus brazos, mientras lo ponía en el suelo con tal cuidado y se sentaba a meditar. Al mismo tiempo expresó: —Es tierno, pero ¿qué esperas que haga con él? Enseguida, Doggie caminó un poco y se acurrucó en sus piernas para poder dormir una siesta. Después de todo, la mujer no consideró los sentimientos de aquel cachorro que había pasado por mucho en poco menos de veinticuatro horas. Lo levantó nuevamente en sus brazos y lo miró a los ojos. —Hmm, te quedas, pero tendremos algunas reglas. Te llamaré Doggie y sí, ya te quiero, te voy a cuidar. Luego de la primera noche en vela, Doggie, el cachorro, se dispuso a aventurarse en la casa con una curiosidad nata, con olores nuevos que reconocer, pasos que recorrer y escalones que aprender a subir y a bajar. Hasta que, de pronto, apareció una gatita parda color gris con 96 Nuevas letras latinoamericanas V3 patitas blancas que, de lejos, lo vigilaba con tal prevención. Ella decidió acercarse al precioso cachorro café con ojos oscuros y grandes como de una canica. Doggie, con tal asombro, se acercó y dijo: —Y tú, ¿quién eres? ¿Eres igual a mí? —¡Tú y yo no somos iguales! Pero me compadeces, al parecer le agradas a mi familia. Te voy a explicar las cosas por aquí —respondió Mía, sigilosa. El cachorro aprendió tan rápido como su humana le fue enseñando, pero precisaban saber que Mía fue quien le explicó las “reglas básicas” de cómo ser un perro grande con complejos de gato. Se podría decir que su amistad poco convencional reabrió el panorama de cómo la familia tenía el concepto del comportamiento de un perro y un gato. —Día uno. Doggie, pon atención. Te vas a sentar de esta forma cada vez que te den alimento, así, como lo hago yo. —Hmm, ¿así? Mía refunfuñó y alzó la patita: —¡Pon atención! De esta forma. Bien, parece que vas aprendiendo a ser casi perfecto como yo. Mía le fue enseñando al pequeño Doggie a cazar lagartijas y cuanto bicho apareciera, a pedir comida, incluso lo acompañó en algunas lecciones fuera de casa. Pasaron algunos años, Doggie, el cachorro color café de ojos grandes, creció tanto que las personas le tenían cierto respeto cada vez que su humana y él salían a dar un paseo. Ambos vieron cambiar el panorama urbano del pueblo donde vivían: construcción de algunas casas, cortes de algunos árboles, etcétera. Cierta tarde, mientras Doggie olisqueaba por ahí en el pasto, tiró de la correa fuertemente, dirigiéndose a una dirección en particular. Su humana se enojó y lo regañó; sin embargo, ella había aprendido a leer a su mascota tanto que sabía que algo no estaba bien. Doggie se acercó al pasto alto, dio un par de ladridos y comenzó a mover su cola. 97 Varios autores “¿Qué es, qué es? Por fin te encontré. Humana, aquí está. Se parece a Mía”, pensaba Doggie. Rossella, asombrada, miró con profunda tristeza a una inmóvil gatita bebé color negra con ojos amarillos llenos de tristeza, maullando encima de un hormiguero. Miró a Doggie con tal sorpresa, mientras Doggie se sentó tranquilamente y le dio la patita. Entonces ella le dijo con un gran suspiro: —Bien, bien, vamos a llevarla a casa, pero tú la vas a cuidar. Rossella se dirigió a su casa a dejar a Doggie para poder regresar por la gatita. Llamó a su hermano mayor que estaba por ahí cerca y acudieron en su auxilio para llevarla al veterinario. Una vez en la veterinaria, el doctor comenzó a explicarles que seguramente pisaron a la gatita, puesto que sus patitas y cadera estaban delicadas. No era seguro que ella pudiera caminar de nuevo, estaba deshidratada y con mucho dolor. Aquella tarde, Rossella tomó la decisión de cuidarla y de hacer lo posible hasta que la gatita se recuperara. Mientras tanto, Doggie se mantenía al pendiente como todo can hermano mayor, sentándose a la puerta de la habitación, pidiendo entrar como si supervisara el bienestar de la gatita negra. Después de todo, por algo se ganó el apodo del “Sheriff Doggie”, defendiendo la cuadra como si fuera su condado, cuidando de su propio hogar y de todos quienes los resguardan. Así fue cómo pasaron los días, las semanas, los meses, y la gatita se recuperó favorablemente. Se volvió tan fuerte que consiguió caminar. Karen, la hermana de Rossella, se encariñó con la gatita y decidió quedársela, puesto que, cuando la tomó en sus brazos, ella comenzó a ronronear. La miró con sus ojos amarillos y las pupilas dilatadas desbordando amor. Su conexión fue tal que, a Karen, quien no le gustaban los gatos, se le hizo curiosa tal acción. La gatita negra parecía un bombón negro y chiquito, por lo que la nombraron “Bombi”. Entonces, a partir de aquel día, al menos en esa familia, comenzaron a suceder acontecimientos extraños con animales de compañía. Por 98 Nuevas letras latinoamericanas V3 eso, la familia tomó la iniciativa de ser un lugar seguro hasta que las mascotas pudieran encontrar un hogar lleno de amor, cariño y respeto. 99 Varios autores La venganza de los dioses, por Génesis Vásquez (México) Había una vez un pueblo oculto en las montañas. Ellos creían en los dioses, y cada año reunían a los bebés de todo el pueblo para que dichos dioses los bendijeran con dones que protegerían al pueblo de sus enemigos e incluso de los “Odiados”. Cuenta la leyenda que en los primeros años del pueblo había una familia, los “Smiths”. Los ancianos del pueblo contaban que eran horribles personas, tanto así que los dioses los odiaban; por lo tanto, eran enemigos del pueblo. Cuando esa familia tuvo a su primera hija, de nombre Khione, el pueblo decidió que era suficiente. Se dice que los dioses le revelaron al pueblo que si no los eliminaban, dicha niña destruiría el pueblo hasta los cimientos. El pueblo se armó, mujeres y hombres dispuestos a proteger lo que era de ellos. La noche llegó al pueblo, las personas llegaron a la casa de la familia y empezaron a quemar todo, matando a todos los que estaban en la casa. El padre de la niña murió aquella noche, pero la madre y la niña escaparon. Cuentan que se escondían en el bosque. Pero uno creería que al recibir un don de los dioses alguien sería amado, pero no fue así. Dos años después del “incidente” de los Smiths nació un niño llamado Nick, o mejor conocido como “el Odiado”. Nadie conocía el porqué de que lo aborrecieran; los dioses lo amaban tal como a todos los otros niños, pero el pueblo no. La madre de Nick lo abandonó apenas nació y el padre de Nick lo maltrataba como castigo porque él le robó al amor de su vida. *** Presente Nick se levantó listo para empezar el día esperando que fuera diferente por alguna razón. ¿Qué esperaba? ¿Que su papá lo golpeara de una manera distinta? Al salir de su habitación, vio que su papá no se encontraba en el lugar, lo que era un gran alivio. 100 Nuevas letras latinoamericanas V3 Nick salió a escondidas dirigiéndose al bosque sin que nadie lo viera, pues ir al bosque estaba prohibido; el riesgo de encontrarse con los “primeros odiados” era alto. Nick vio un arroyo a lo lejos, arroyo que le traía calma, pues el ruido que hacía lograba calmar el ruido que había en su cabeza. Él tenía reglas que debía cumplir; la principal, no llegar tarde a casa, ya que el pueblo era más activo en las noches y nadie quería ver a Nick. Nick jugaba solo en el bosque por horas, parecía un niño tonto, pero no lo podemos juzgar, pues el bosque era lo único que él tenía. Estaba feliz, y cuando más feliz eres, el tiempo parece volar mucho más rápido. Se dio cuenta de lo tarde que era, esto le iba a traer demasiados problemas. Bajaba al pueblo a paso lento y pesado, cuestionando si tenía que ir a casa, nadie lo quería ahí. Apostaba que, si se iba, todos festejarían sin parar o no se darían cuenta. Chocó con la puerta de su casa. Veía esa puerta con miedo. Rogaba a los dioses que su padre no estuviera del otro lado de la puerta. Abrió la puerta y entró, era mejor que quedarse afuera. Su papá estaba en el sillón; ya era suficiente la paliza que iba a recibir, pero para ponerle la cereza al pastel, su papá estaba borracho. Aunque unos minutos atrás tenía miedo, hasta cierto punto su mente ya lo había aceptado. Otros niños iban a la escuela todos los días y lo odiaban, pero ya lo aceptaban, y era lo mismo con Nick, solo que un poco diferente. —Llegas tarde —señaló el papá de Nick. —Lo siento. ¿Para qué se disculpaba? Eso no cambiaría lo que pasaría esa noche. Su padre se levantó, caminó hacia él y comenzó a golpearlo. Todos escuchaban el sufrir del pobre niño, pero lo disfrutaban, era como un maldito show para ellos. Solo faltaba que acomodaran sillas afuera de la casa de Nick disfrutando mientras comían palomitas. Después de un rato, el papá de Nick se fue a dormir, dejando a su hijo en el suelo. Él no se podía parar, parpadear le ardía, respirar se sentía como una apuñalada en el pecho. Miraba el techo deteriorado de su casa, rogándole a los dioses que solo se lo llevaran con ellos al cielo. ¿Qué 101 Varios autores querían de él? No tenía sentido quedarse ahí. Cerró los ojos quedándose dormido. Una patada en la cara lo despertó. —Arriba —exigió su papá. Él se levantó mareado, pues esa patada le sacudió el cerebro. Fue al baño para bañarse; parecía que el agua también lo odiaba, pues se sentía como millones de golpes. Después de vestirse, salió de ahí. Necesitaba pensar. Llegó al arroyo, pero el ruido del arroyo no lo ayudaba. Veía el agua. Tal vez él estaba físicamente ahí, pero su mente estaba volando por ahí. Estaba tan distraído que no escuchó que alguien le hablaba. Esta persona se acercó a él tocándole el hombro. —¿Qué haces aquí? —dijo a la defensiva. Nick se puso rojo, ya que le avergonzaba que lo vieran golpeado, porque ¿qué idiota permitiría eso? —Ya me voy —bajó la cabeza. Esta persona vio un golpe en su cabeza. Dejó de estar a la defensiva, pues el chico que estaba de espaldas no parecía peligroso. —Oye, ¿estás bien? —le preguntó. —Sí —le contestó cortante. Si estaba rojo de vergüenza, luego lo estaba mucho más, pues escuchó con más atención dándose cuenta de que era una chica. —Déjame ver —ordenó. Él volteó, dejando a esta chica atónita. En la mirada de Nick había cansancio e inocencia. Esos golpes le dolían a ella como si los hubiera recibido cada uno de ellos. A dicha chica la cubría un trapo en la cara. Lo único que Nick veía eran sus ojos, esos ojos azules profundos como el feroz océano que te tragaba vivo. Él veía odio en esa mirada, dolor, rencor, pero muy en el 102 Nuevas letras latinoamericanas V3 fondo veía cierta ternura. Era como el mar, aterradora, pero bella al mismo tiempo. —¿Quién te hizo esto? —demandó saber. Eso era cruel. —Hice enojar a mi papá —explicó con la voz algo nerviosa. —Espera aquí. La chica se perdió por los árboles. ¿Quién era? ¿Por qué se preocupaba por él? Cada maldita alma de ese pueblo sabía que él era el odiado, un monstruo. Ella volvió con una mochila. —Siéntate. Empezó a sacar comida y un botiquín de su mochila. —Toma. Le dio una galleta. Mientras él comía, ella lo curaba. Él se quejaba demasiado. —Pareces un niño —lo regañó. —Me duele —reprochó. —Nunca dije que no iba a doler. Eran unos niñitos discutiendo. —Tampoco dijiste que dolería. Ella rio. Lo curaba con tanto cuidado, era como si lo conociera desde siempre. —Ya oscureció —comentó la chica. —No, no, no, no. Nick se levantó lo más rápido que pudo y salió corriendo. Ella se quedó extrañada en el suelo. ¿Qué le ocurría? Por eso odiaba a todos en el pueblo. 103 Varios autores Nick llegó a casa con el pulso y la respiración acelerada. Su papá no estaba, lo que era bueno. Pasó un rato y, aunque su papá estaba borracho, él se enteraba de todo y lo recordaba. —Ven, Nick. Era sorprendente cómo se emborrachaba más y más cada día que pasaba. —Te vieron llegar hace no mucho. Su papá lo agarró de la playera, ni siquiera lo dejó hablar. Aunque su cuerpo sentía cada golpe, su mente lo ignoraba, pues pensaba en la chica del bosque. ¿Cómo es que ella podía preocuparse por él sin conocerlo y su propio padre lo odiaba, si se suponía que él lo debía cuidar? Nick se paró con dificultad después de la horrible golpiza que recibió. Con dificultad llegó a su cama y se durmió. Todo le pesaba, tanto así que la cama, que era lo más cómodo para él, se sentía como una pila de rocas. Amaneció. Si ayer se veía cansado, hoy se veía muerto. Se cambió de ropa para empezar el día, que iba a ser igual que el anterior. Alguien llamó a la puerta. Eran los “tres amados”, amigos de Nick. Así como había odiados, estaban los amados: tres valerosos jóvenes que protegían al pueblo y a pueblos vecinos. Todos cuestionaban por qué eran amigos de Nick si era lo opuesto a ellos. —Adelante —habló sin entusiasmo. —¿Llegando tarde otra vez? —bromeó John, un amado—. ¿No aprendes? Era costumbre verlo así. —Solo me distraje en el bosque. La cara de John cambió de sonriente a seria en segundos. —Sabes que está prohibido —reprendió. —Pero no tengo nada que hacer. Tú bien sabes que tengo prohibido estar en el pueblo por ser “el odiado”. 104 Nuevas letras latinoamericanas V3 Los ojos de Nick se oscurecieron. —Solo deja de ir, Nick —suspiró, intentando mantener la paciencia—. Khione está por el bosque, no quiero que arruines nuestra misión. Nick sonreía como idiota; tal vez ella, la chica que se preocupó por él era Khione. —¿Te parece chistoso? —le inquirió Lola, otra amada. —No —intentó explicar—. Es solo que... ¿y si ella no es como el pueblo dice que es? John se acercó a él enojado, pues ¿quién era él para cuestionar al pueblo? —Hay una razón por la que la odian, Nick. —Pero ¿cuál es la razón? —Tú no tienes ningún derecho a cuestionar —pausó—. Los odiados son una plaga que destruiremos. —¿Estarían dispuestos a matar a su amigo? —Pero ustedes me conocen, ¿me matarían? —cuestionó. —Es nuestro deber —se limitó a contestar Cedric, el último amado. Un enojo profundo invadió a Nick. —Largo —señaló la puerta. —Vamos, Nick. —Cedric intentó calmar las cosas—. Sabes que te queremos. En ese momento parecía mentira. —Fuera. Los amados salieron mientras murmuraban. Nick observaba la puerta enojado. ¿Por qué? Era una pregunta que rondaba en su cabeza sin parar. ¿No merecía respuesta a sus preguntas? Salió de su mar de 105 Varios autores pensamientos dándose cuenta de que no era tarde para ir a ver a Khione. Subió al bosque feliz, corría entusiasmado, aunque ese paso entusiasmado se fue alentando porque recordó cómo corrió ayer en la noche sin explicación, dejándola sola. Llegó al arroyo y la vio. —¿Khione? La llamó adivinando, tal vez no era ella. La chica volteó con miedo. —¿Cómo te enteraste? —preguntó. Ella sabía lo que seguía, porque todos hacían lo mismo. Nadie quería ser amigo de la “primera odiada”. —Eso no importa. Nick estaba sereno, tranquilo, aliviado, ya que por fin conocía a alguien como él. Khione vio la calma en su ser. ¿Quién era él? ¿Por qué no huía? —Soy Nick —seguía hablando como si nada, mientras que a Khione se le torcía el cerebro, pues esto era algo que no esperaba—. ¿Te pasa algo? Khione solo lo miraba atentamente. —¿Quién eres? —Estaba a la defensiva. —Soy Nick. —Y era solo eso, no había nada especial en él, ¿cierto? Ella se acercó a él sacando una navaja, y la puso en su cuello. —Por favor, no me mates —rogaba—. Yo... Khione hizo acercar más el cuchillo. —¿Por qué no corres? Muchos pensaríamos que era algo bueno, pero no. Ella sabía que los amados la buscaban, no podía tomar riesgos, y luego llegó ese chico sin temerle sabiendo quién era. No podía confiarse. —Me iré si quieres. 106 Nuevas letras latinoamericanas V3 Ella no quería que se fuera, solo quería respuestas. —Solo era lindo conocer a alguien como yo. ¿Como ella? Lo soltó. Muchas preguntas rondaban la cabeza de Khione, pero parecían esfumarse por el hecho de que había alguien como ella. —¿Por qué sigues ahí? Tenía sentido, pero al igual que ella, Nick quería saber por qué seguía ahí, era como si estuviera atado. —No lo sé —bajó la cabeza—. Es imposible huir —terminó de decir. Era difícil entender por qué la señora Smith le había educado diferente. —No entiendo —soltó. En serio había intentado entender, pero para ella era algo idiota. —No hablemos de eso, por favor —insistió. Las horas con Khione eran mágicas, habían pasado días, jugaban, platicaban e incluso leían juntos. Era increíble ver cómo podían ser felices a pesar de lo difíciles que eran sus vidas, pero no todo era color rosa. No importaba si eran felices, seguían siendo “odiados”. Mientras ellos estaban en el bosque, el pueblo se reunió en consejo. El miedo los invadía. —Entendemos su preocupación. Había desorden en el auditorio. —Tenemos un plan. Nadie parecía escuchar. —¡Silencio! —ordenó el viejo del pueblo. Todos se sentaron manteniendo reverencia, obviamente siendo obligados. 107 Varios autores —Nick conoce a Khione. Mostraron fotos de ambos. —Es cuestión de tiempo para que sepamos dónde vive la “odiada”. La gente estaba emocionada porque al fin sus problemas terminarían. —Acabaremos el problema de raíz —festejaron. La reunión terminó y el viejo del pueblo, o el intérprete de los dioses, fue al templo a averiguar qué era lo que querían los dioses. Dichos entes estaban molestos, pues ese no era el modo. Ellos le mostraron al viejo que Nick destruiría el pueblo, que él sería “la venganza de los dioses”. El viejo ignoró esto, pues su odio a un niño era más grande que lo que los dioses exigían. Afortunadamente, no fue el único que vio lo que los dioses le enseñaron a ese viejo testarudo. —Nick nos matará —salió el viejo, creando más odio al niño—. Es lo que dicen los dioses. Había caos por todo el lugar. —Será nuestra culpa —intervino Cedric—. Solo dejemos a Nick en paz si no queremos morir. Todos se rieron del “amado”. —No eres nadie para contradecir al viejo, él es el sabio —le gritó un hombre. Era increíble ver su ignorancia. Cedric decidió no seguir “mintiendo”, según el pueblo. La noche llegó al pueblo. —Debes mantener la boca cerrada —John lo regañó. Le alzó la camisa, sacó el tubo del fuego y le pegó a Cedric para que mantuviera la boca cerrada. Nick, el “odiado”, era más feliz que Cedric, el pobre “amado”. 108 Nuevas letras latinoamericanas V3 Nick llegó al bosque temprano ese día. Él sentía algo por Khione, cosa que jamás había sentido por alguien más, pues él era un niño. Nunca había tenido un buen amigo o alguien que se preocupara sinceramente por él. Khione le abría la mente a nuevos sentimientos, le hacía pensar de manera diferente, y eso es peligroso. Khione llegó sin el trapo que le cubría el rostro. Nick creía que Khione era hermosa sin ver su rostro, pero ahora no había palabras para describir lo bella que era. “Podría ver esos hermosos labios todo el tiempo, esas mejillas rosadas son cautivantes. Ella es perfecta. Sé que para muchos eso es algo imposible, pero no entienden que cuando digo que ella es perfecta es porque realmente lo es. Khione es perfecta para mí”, Nick se maravilló en su mente. —Deja de mirarme así. Nick tenía brillo en los ojos y, ¿cómo no tenerlo si Khione era maravillosa? —Ven —ella lo tomó de la mano—. Quiero que conozcas a mamá. Estaban felices. Nick y Khione estaban contentos, al igual que los tres “amados”. Todo iba de acuerdo con el plan. Llegaron a una casa en lo más oscuro del bosque. Khione abrió la puerta, entraron a un lugar frío y oscuro, pero de cierta manera acogedor. La madre de Khione estaba sentada leyendo un libro. La señora Smith tenía la mirada muerta, era como si ella fuera un cascarón vacío, estaba muerta por dentro. —Madre —le habló Khione. —¿Qué hace él en mi casa? Era como si el saludo de su hija jamás hubiese existido. —¿Qué hace alguien del pueblo aquí? Nick estaba parado con un terror en el pecho. 109 Varios autores —Él es Nick, y es como tú y yo —lo dijo con tranquilidad, pero era malo. —Sácalo de aquí, de inmediato, antes de que yo lo haga. Había oscuridad en los ojos de la madre de Khione. Nick salió corriendo a casa. ¿Qué le pasaba? La señora Smith sentía miedo, perder a Khione le angustiaba, ella tenía un mal presentimiento. Era tarde, Nick se despertó a mitad de la madrugada con sed. Se levantó en la oscuridad para ir a la cocina. Al acercarse a la puerta de su habitación, escuchó murmullos y lentamente entreabrió la puerta para ver qué era. Probablemente era la televisión, pero al ver se encontró a su padre hablando con Lola. —Procederemos con cuidado, solo así podremos librarnos de Khione y Nick. Sintió el terror más grande de su vida, las manos le temblaban y el corazón palpitaba tan rápido que le dolía el pecho. Había un nudo en su garganta. Retrocedió sin mirar atrás, tropezó con algo que había en el suelo y al caer se cortó con un vidrio que había en el suelo. Lola salió de ahí y Nick solo se quedó en el piso procesando lo que había hecho. Era un idiota, ¿cómo no había pensado en eso antes? Él había condenado a Khione. Se levantó y fingió estar dormido porque su papá había entrado a su habitación. Amaneció y el día era oscuro, lo que se avecinaba no era bueno. Nick corrió al bosque desesperado. Él necesitaba decirle a Khione. Corrió hasta su casa, tocó la puerta hasta que alguien la abriera. La señora Smith abrió la puerta. —Sabes que no eres bienvenido —le recordó. —Lo sé, es solo que... Vio a Khione atrás de su madre. —¿Nick? Estaba sorprendida porque apareció en la puerta de su casa demasiado temprano. Khione vio la mano de Nick. 110 Nuevas letras latinoamericanas V3 —Tu mano. No lo dejaban hablar, ¿no veían la angustia en su rostro? —Entra —indicó la mamá de Khione. El lugar estaba triste. Lo curaron con calma y lo acogieron como en casa. —Lamento que todo esté tan triste —le dijo Khione mientras le vendaba la mano—. Hoy es el aniversario de la muerte de papá. Maldición, el momento no podía ser peor, pero sus intentos de poder hablar eran solo inútiles. Salieron al patio trasero donde miraron una lápida. —Está vacía —indicó la mamá de Khione—. Después de la masacre volví al pueblo por él. Esperaba encontrar un cuerpo, pero ahí no había ni un rastro de él —se entristeció. —Van a venir —por fin dijo. Tal vez no era el momento correcto, pero se hacía tarde y todo podía acabar en cualquier momento—. Saben dónde viven, solo huyan. Lo miraban con enojo. —Lo lamento —se disculpó. Salió del lugar, pues no podía soportar seguir mirando a Khione molesta con él. Bajó al pueblo y todo estaba callado, el sentimiento de miedo lo invadió. Algo no andaba bien. Gente salió de la nada, agarrándolo. Él luchaba por escapar. Su padre se puso en medio de la multitud. —¿Podemos seguir? —preguntó alguien por ahí. El padre de Nick asintió y se marchó. —¡NO, NO, NO! —rogaba como niño—. ¡SE LOS RUEGO! Sus oídos eran sordos a la angustia de Nick. —¡PAPÁ! 111 Varios autores Lo empezaron a golpear y la sangre de Nick se mezclaba con la lluvia. Lo lanzaron como basura al suelo. —Adiós, Khione. ¿Ahí moriría? ¿Era el final? Gritos venían del bosque. Nick se arrastraba mientras el pueblo festejaba por su victoria, pero aún no terminaba esta historia, aún no se cumplía la voluntad de los dioses. Se levantó y corrió por Khione. Al llegar a su casa, vio la puerta en el suelo y un charco de sangre. La señora Smith estaba en el suelo muerta, pero no veía a Khione. En su mente, había aceptado la muerte de Khione. Recorrió la casa en busca del cuerpo de Khione, llegó a la biblioteca de la casa y la encontró muerta. Tenía una lanza en el pecho con un trapo que decía “odiada”. Un lamento se hizo presente en el lugar, el dolor de Nick se podía palpar a kilómetros. Ese día, Nick murió junto a Khione. Salió de la casa y se encontró a Cedric. —Nick —susurró. Nick se veía muerto, sangre recorría su cuerpo. Cuando lo mirabas, observabas tus más profundas pesadillas. —Lo lamento. Hizo referencia a que lo tenía que matar. Una desventaja de tener prohibido a Nick en el pueblo era no saber su don. Nick miró a Cedric, el amado que tenía el poder de la telequinesis. Dicho amado alzó su mano, partiéndose a la mitad. Más sangre cubrió a Nick, cosa que lo llenaba de satisfacción. Arrastró a su “amigo” hasta llegar al pueblo. Se encontró con Lola y John. Ellos se burlaban hasta que Nick salió de la oscuridad con Cedric a la mitad. —Maldito loco. Se alejaron. —Yo no hice nada, fueron ustedes. 112 Nuevas letras latinoamericanas V3 Lo miraban confundidos. —Nadie aquí sabe que yo puedo controlar mentes. Yo haré que su amado pueblo los mate por lo que le hicieron a Cedric —se rio. El pueblo interrumpió la celebración para buscar a los amados. Los encontraron junto a lo que quedaba de Cedric. —¿Fue Nick? —preguntó alguien. —No, nosotros fuimos, trabajamos para los “odiados” —dijo Nick a través de los amados. No hablaban como ellos usualmente lo hacían, pero el pueblo odiaba a Nick, así que se acercaron a los amados, les sacaron los ojos, les arrancaron la lengua y los colgaron con un cartel que decía “LOS ODIADOS”. Nick bajó complacido por lo que había hecho el pueblo, pero aún no era suficiente para él. Al verlo a lo lejos, las mujeres y niños se ocultaron, y los hombres salieron a defender a sus familias. —Solo quiero escuchar que lo lamentan y tendré piedad — consideró. Se rieron. Empezaron a acercarse para matarlo, pero dieron la vuelta y empezaron a quemar a sus familias, a matarlas, a torturarlas. Lo peor era que eran conscientes de ello, pero no controlaban sus cuerpos. Nick observaba sonriente. Pero había alguien en el pueblo que también debía pagar más que nadie. Caminó tranquilo a casa por primera vez. Abrió la puerta, encontrándose a su padre rogando como tonto. Nick le pateó la cara. —Para ti no hay perdón —lo miraba como si fuera un insecto—. No después de lo que me hiciste. Lo tomó del cuello. —Te convertiste en lo que no querías —dijo su papá entre sollozos. 113 Varios autores Era increíble ver el cinismo del papá de Nick. Esto solo enojó más a "el odiado". Le quebró hueso por hueso a su papá, dejándolo como gelatina en el suelo. Luego quemó la casa hasta los cimientos y salió caminando del pueblo como si nada hubiese pasado. Aún se cuenta la historia para que los pueblos y ciudades complazcan a los dioses, porque de lo contrario ellos mandarán a Nick, “la venganza de los dioses”. Después de tantos años, Nick sigue deambulando por todos lados en busca de nuevas almas para castigar. Ten mucho cuidado de lo que haces o por Nick castigado serás. “El odiado” llegará y a la mitad te partirá o los ojos te arrancará. Cuídate o por siempre sufrirás. 114 Nuevas letras latinoamericanas V3 La segunda muerte de Nicolay, por Alejandro Gómez (Argentina) Una vez que los fríos vientos del norte pasaron por los poblados cercanos a Dykanka y Zinkiv, Vanya Kovalenko, una joven amante de las artes y la exploración de lugares extraños, contempló con asombro una fantasmagórica figura descender desde lo alto de una de las dos torres de la catedral. La misma estaba ubicada en la cima de una colina desde donde se obtenía una de las mejores vistas del pueblo. Vanya corrió, pero no llegó a ver nada más. Nadie del lugar había visto lo mismo. La catedral estaba casi abandonada y nadie se atrevía a subir a la cima por miedo a un derrumbe. Dos meses antes, Nicolay Zvarichenko, hijo de Oleg Zvarichenko, hombre de ley del pueblo de inmenso e incuestionable poder, murió debido a múltiples heridas sin evidencia visible. El funeral se hizo austeramente y el cuerpo sin vida, en perpetuidad joven para el recuerdo, fue depositado en lo alto de una de las dos torres de la catedral del pueblo. La consternación, cual manto de dolor y pesadumbre, cubrió los ánimos de los residentes que se negaron a creer en la muerte del temerario y benevolente Nicolay. Vanya, amiga de la infancia de este, llegó a la idea de que su difunto amigo estaría buscando el reloj que alguna vez le regalara su padre, Oleg. Fue así que ese reloj, obsequio de su ahora doliente padre, poseía una cualidad mágica que prometía vulnerar los límites de la muerte, desdoblar el tiempo y marcar el momento de la resurrección, por lo que el ánima de Nicolay, al desprenderse de su cuerpo joven y atlético, poco tardaría en bajar de la torre para ir a buscar el reloj que se encontraba en uno de los cuartos de la casa de su padre. Vanya, su amiga, muy bien sabía que Nicolay, o lo que fuera de él, comenzaría una incesante búsqueda para volver a la vida y así reencontrarse con un antiguo amor, Irina Vólkova. Desconociendo, claro, que ella estaba viviendo en el pueblo más cercano y de seguro con su familia. Vanya, 115 Varios autores que conocía a Irina, sabía que ella no volvería al pueblo y menos sabiendo que un alma en pena la buscaba. Los días se fueron sucediendo mientras que el hijo de Oleg, sin resignarse al paso a la inmortalidad, continuaba su búsqueda del reloj sabiendo que ya no estaba en la casa de su padre, puesto que no lo encontró una vez que se introdujo en ella amparado por la oscuridad de la noche. Algunos habitantes del pueblo comenzaron a temer, pues muchos de ellos lo habían visto pasearse cerca de la catedral con aire de lamentación. Otros, de los cuales muchos eran niños que se habían alejado para jugar, concluyeron que habían visto a Nicolay espiándolos oculto detrás de los árboles protegido por el crepúsculo que se asomaba en el pueblo. Un día, concluida la festividad del santo del pueblo, una mujer de vetusto aspecto dijo haber visto a Nicolay sumergirse en el lago Yalnev camino a la zona rural. La mujer, inmersa en el miedo, contó a un grupo de cazadores que el joven atlético emergió del lago media hora después. El grupo, encabezado por un fiel seguidor de la liturgia del pueblo, reunió lo necesario y partió rumbo a la catedral. Claro, frente a un posible derrumbe, pocos se animaron a subir a la cima. Incluso se negaron quienes habían subido el féretro. Una vez en la cúspide de la torre, uno de los cazadores le disparó a la cerradura del cofre y, por un despiadado infortunio, la bala rebotó en el hierro de las molduras y fue a alojarse directo en el cráneo. El cuerpo del cazador estaba ya sin vida una vez que tocó el suelo. Otros dos cazadores que lograron ver el episodio corrieron escaleras abajo convencidos de una maldición. Los meses y años pasaron, y el moho, el óxido, algunas plantas trepadoras y el olvido cubrieron a la catedral y al misterio del fantasma de Nicolay. Su padre, Oleg, en el lecho de muerte, siguió diciendo que alguien había robado el reloj de su hijo, pero ya nadie parecía prestarle atención. Irina Vólkova nunca volvió al pueblo y este mismo prefirió olvidar el caso. Vanya Kovalenko, que conocía los alrededores del pueblo, comenzó a recorrer los árboles que había elegido para ocultar las partes del reloj que ella había robado, desarmado y ocultado para que Nicolay 116 Nuevas letras latinoamericanas V3 nunca regresara a la vida. Desenterró esas partes, las unió y depositó el reloj en la puerta de la catedral para que su fallecido amigo lo encontrara. Sabía que él jamás, aún bendecido por infinidad de reencarnaciones, se rendiría para mirar a los ojos, aunque sea una vez más, a su amada Irina. Aun así, lo que desconocía Vanya y pronto se enteraría Nicolay, era que una de las piezas del reloj había sido destrozada por la raíz de un árbol. 117 Varios autores La esencia maligna, por Edith Condori (Perú) La esencia de las personas es lo que les hace únicas. No existe nadie con dos esencias iguales en el mundo. Estas esencias dan vida y amor al mundo de los hombres y fortalecen la vida de los demás seres, pero si estas esencias son usadas para drenar la energía de los seres vivos, se propagará una energía maligna que absorberá sin control toda la vida en la Tierra, hasta destruirla. Un grupo de aliados de todo el mundo eligió a tres personas excepcionales para ser guardianes de las esencias en el mundo. Ellos usarían su propia esencia para rastrear la maldad en el mundo y erradicarla para que no afectara la esencia vital del mundo, pero tarde se dieron cuenta de que un ser maligno llevaba años ocultándose y esparciendo el mal por el mundo. Cuando nuestros guardianes se dieron cuenta, decidieron separarse, ya que aún no erradicaban una esencia maligna al otro lado del mundo. Así, solo dos de ellos fueron a investigar la esencia que se hacía cada vez más y más maligna. —¿Por qué tenemos que ir a ese pueblo? —se quejaba Edry a la vez que hacía pucheros en el rostro. —Porque se están acumulando esencias malignas y debemos investigar —dijo Yeick caminando a lo largo del camino hacia el pueblo Booku. —Pero es el pueblo más próspero del mundo, ¿por qué las personas acumularían esencias malignas? —protestaba mientras trataba de alcanzarlo. Edry solo llevaba un par de años como guardiana, ya que ellos son promovidos cada diez años. —Igual debemos asegurarnos —recalcó—. Es por eso que solo vamos nosotros, mientras Esteban va por otra esencia maligna al otro lado del mundo. —Bueno, pero podría ser más efectiva con Esteban. 118 Nuevas letras latinoamericanas V3 A ella solo le gustaba la acción y las peleas, además de la investigación. —Esteban solo tiene que encargarse de la esencia maligna, pero la investigación es más tu fuerte, ¿no es así? —paró en seco mientras volteaba a ver a Edry. —Pero... —¡Además! Él es mucho más fuerte que nosotros dos, por lo cual solo seríamos un estorbo. Resígnate —dijo mientras volvía su vista al camino y continuaba con el viaje. —¡Ah, espérame! —Edry corrió tras él para seguirle el paso. En poco tiempo llegarían al lugar acordado. El pueblo de Booku era un pueblo próspero. La armonía rebosaba en él, pero debido a una esencia maligna en el lugar, las esencias eran comunes como en cualquier otro pueblo. Toda la riqueza solo era superficial, los habitantes no siempre eran felices a pesar de tenerla, sus corazones no estaban llenos de dicha y agradecimiento. Con el pasar de los años, dio origen a un ser maligno que podía dispersar la esencia maligna entre los pobladores y pasar desapercibido. Carlay era un hijo de familia adinerada. Sus padres eran dueños de varios negocios en el pueblo, pero él creció abandonado y solo, ya que sus padres trabajaban mucho, por lo que no pudo tener personas con las que convivir. Su vida solo se resumía al estudio, trabajo, además de los deberes familiares. Cuando cumplió sus cinco años, no quería seguir con el negocio familiar, así que fue envenenándolo poco a poco. Comenzó con sus trabajadores cuando su padre lo llevaba a inspeccionar los negocios, inconscientemente dejaba esencias malignas en aquellos que tocaba. Así pasaron veinte años acumulando la ira y la desconfianza en cada persona que estaba a su lado, pero no sabía que ese día la esencia maligna tomaría control de él. —¿Por qué no está terminado este informe? —preguntaba a su asistente entre gritos. 119 Varios autores —Yo... yo estoy trabajando en ello. —¡Pues termínalo ahora! ¿Acaso no tienes la decencia de hacer algo bien? Tengo que presentar e... No terminó de hablar ya que ingresaron los guardianes de las esencias a la oficina. Ellos irradiaban luz de sus cuerpos con un brillo que no causaba ceguera en los ojos, pero parecía que solo él podía verlos, ya que se quedó boquiabierto ante la figura de Edry. Mientras Yeick hacía unas preguntas, la asistente las respondía, al ver que por alguna razón el jefe no decía palabra alguna, pero observaba detenidamente a la compañera guardiana, se interpuso entre ellos. —Aún no sé su nombre, señor… —Los guardianes no tienen que estar entrando a una oficina sin permiso —respondió recuperando la cordura. —Es una investigación necesaria. Inspeccionaremos a los empleados de esta empresa, esperamos contar con su cooperación. —Por supuesto. —Le tendió la mano inconsciente de que ese sería un detonante para sacar a la superficie a la esencia más maligna que vieron hasta ahora. —Le agradecemos de ant... La esencia estalló como una bomba negra que se extendía desde sus manos entrelazadas. Edry se lanzó a ellos creando una capa de esencia divina alrededor de ellos, así el exterior quedó protegido. La detonación los dejó sin visión dentro del cúmulo. Yeick yacía inconsciente en el suelo mientras Carlay salía de su trance. Al darse cuenta, estaba siendo revisado por Edry. —Eres la esencia que estábamos buscando, pero veo que no lo sabías. Lo observó con un rostro de total desconcierto. “Cómo se atrevió siquiera a tocarme”, pensó mientras se levantaba de un brinco y su rostro empezaba a calentarse. 120 Nuevas letras latinoamericanas V3 —Tu esencia necesita ser exorcizada o acabarás con todo el mundo. —Estás diciendo sandeces —replicó mientras trataba de guardar la cordura. No podían simplemente venir a su oficina y matarlo solo por una sospecha de energía maligna. —Puedo hacerte una predicción del futuro si te niegas a cooperar. Edry tenía dones de clarividencia, pero solo reflejaban fragmentos que eran suficientes para que ella aplicara su esencia para separar la esencia maligna de una persona. —Yo sé cuál es mi futuro. —Entonces no te asustará verlo —dijo Edry, mientras acumulaba su esencia en un espejo frente a él. Su reflejo se desvaneció, mostrando el contenido como un futuro incierto. Solo se vieron llamas alrededor. Carlay estaba en el suelo inconsciente a la vez que observaba su casa en llamas a solo pasos de él. Moriría quemado, como si el mismo infierno se tragara su vida y esencia. —¡Noooo! —Se cubrió los ojos con horror, soltando un grito de odio a toda su vida. Tomó a Edry por el cuello con la intención de amenazarla—. ¡¿Qué es eso?! ¡Esa no es mi vida! —P-piénsalo... alguna... vez... ¿hiciste algo que no querías? — articuló mientras trataba de zafarse de sus manos. —¿Algo que no quería? ¿De verdad crees que yo...? —De hecho, sí recordaba cuando no quería seguir con el negocio. Todo fue por obligación de sus padres—. No puede ser tan simple. —Las esencias que tenemos... son un reflejo de nuestra existencia. Mientras más feliz seas, tu esencia será más divina —explicó Edry. —¿Me estás diciendo que eres guardiana por ser feliz? —Carlay no lo podía creer. ¿Realmente estaba siendo engañado? 121 Varios autores —Quiero decir que tu esencia... refleja lo que tienes en el alma. Los deseos de destrucción... pueden ser inconscientes... ¡ouch! —La soltó cuando se dio cuenta de que no podía seguir hablando así con ella. —Yo no quise esto, yo solo seguí las reglas de la vida. —¿Cuál vida? ¿Reglas de quién? —Edry se mostró indignada. No era posible que ahora se quisiera justificar. —¡Todos tenemos que vivir de acuerdo con lo que se nos da! No podemos cambiar de parecer y esperar que todo siga igual. —Pero ¿quién te dijo eso? Carlay miraba a Edry sin comprender, como si lo que hubiera dicho fuera una patraña o una grosería. —¡La vida es así! No vivas en un mundo de fantasía, como si por solo quererlo se te va a dar todo lo que pidas. No puedes disfrazar la realidad —discutía con Edry a pesar de que la esencia maligna se arremolinaba alrededor de ellos. —¡Este es el mundo real! A nadie le importa lo que hagas, nadie está prestándote atención a lo que hagas o te conviertas, solo son personas a las que les cuentas algo de ti y dan su opinión. Ni siquiera a tu familia le va a importar lo que vivas, solo lo harán si los afecta a ellos. —Pero ¿cómo no les va a afectar? Es mi reputación. Si no llego a ser el mejor de una manera exitosa, ¿qué van a decir todos ellos? —Esa es una falsa ilusión tuya. —Edry comenzó a razonar con él, ya que la esencia maligna se hacía más oscura—. Nadie estará de acuerdo con todo lo que dices, siempre habrá algo que a ellos no les guste. No puedes basar tu vida en la expectativa de los demás. —Pero... —Carlay no quería resignarse a esa idea y su rostro solo reflejaba angustia y llanto—. No sé qué más hacer para que ellos me entiendan. —Solo busca tu felicidad. 122 Nuevas letras latinoamericanas V3 —Pero no sé qué es lo que me hace feliz. —Carlay comenzó a desmoronarse—. Yo seguí todo lo que me dijeron, durante toda mi vida siempre había alguien a quien tenía que seguir. Cuando era niño me indicaban hasta lo que tenía que hacer, cada gesto, cada palabra. Nunca me... nunca me permitieron sonreír o reírme si así yo lo quería. Tenía que ser serio y servicial, no mostrar mis emociones, no tener amigos y nunca confiar en nadie, ni siquiera en mí mismo. —Pero ya llegaste hasta aquí, puedes volver a ser tú. —Han pasado veinte años, yo ya no sé cómo era en realidad. No sé si soy yo o solo lo que ellos querían que fuera. —Eres tú, todo lo que viviste eres tú. —Edry se arrodilló y tomó su rostro en sus manos para que él la mirara fijamente a los ojos—. Tú eres el que vivió esa vida, no desconfíes de ello. Poniéndose de pie, Edry comenzó a realizar un encantamiento. —Rompe las cadenas de la desconfianza hacia ti mismo. Confía en lo que te hace sentir, pero no pierdas la cabeza por ello. Ten fe, que tú aún estás ahí en ese interior. ¡Saldrá a la luz tu verdadera esencia! La esencia maligna alrededor se volvió tenue. Edry volvió a arrodillarse, esta vez tocando su corazón. —Empieza rompiendo esas creencias que tienes de ti. Confía en ti, pero no destruyas todo solo porque crees que esta no es tu esencia. Has dedicado partes de ti en todo esto, puedes verlo, está mezclado y oculto entre todas las cosas que ellos impusieron en tu alma, pero debes reconocerte a ti mismo y separarlas, no importa cuánto tiempo te tome. Cuando estés seguro de que esa ya no es tu esencia, podrás destruirlo como quieras. Solo haz un esfuerzo por ti. Carlay levantó la mirada. Sus ojos ya no mostraban lágrimas, sino esperanza. Parecía como si reconociera algo. Edry estaba desconcertada. Ella lanzó un encantamiento para separar su esencia maligna, pero él... la neutralizó. Su mirada reflejaba cariño. Tocó su rostro suavemente y sus ojos se iluminaron aún más. Ya había pasado algún tiempo desde que alguien se acercaba así a ella. Observaba sus 123 Varios autores ojos cuando la distancia entre ellos se acortaba. Tuvieron un impulso de que algo iba a suceder, pero Edry no detectaba malas intenciones de él. Dejó que se acercara más, hasta que sus alientos se entremezclaban entre ellos. Ella permitió lo que sucedería ya que se dio cuenta de sus intenciones, pero su corazón palpitaba cada vez más. Se unieron en un beso suave, cálido, gentil. Sus corazones parecieron estallar en miles de piezas, pero ellos estaban ahí, palpitando con más fuerza. Entonces lo sintió, a la persona que realmente era; un niño al que le prohibieron todo solo para no hacerse cargo de él. Todo el amor que desbordaba lo tenía dentro de sí. Ya no existiría nadie que extinguiera su voz. 124 Nuevas letras latinoamericanas V3 Icojó, por Agustín Ospina (Colombia) En sus ojos afloraba el miedo. Era un miedo ancestral llegado de antiquísimas selvas ya desvanecidas en el tiempo que no alcancé a descifrar. Su mirada eran dos pequeñas lunas escapadas de algún lugar del cosmos que se bebieron todo un cielo negro que las hacía resplandecer. —Él está aquí —dijo con mirada extraviada. Su cuerpo famélico se estremeció y el rostro adquirió el gesto sicodélico de quien experimentaba un trance. —¿Quién está aquí? Por unos segundos miré en todas direcciones, intentando descubrir lo que el hombre observaba y, por alguna razón que desconocía, me era invisible. Solo vi a mi alrededor una habitación de hospital de paredes blancas. Más allá de la suya, tres camas vacías vestidas con sábanas azuladas, mesas ajustables y una silla metálica forrada de hule negro. Junto a la cabecera, monitores de signos vitales apagados, a excepción del ubicado junto al anciano que pitaba de manera tranquila e intermitente. —Él, el que nunca duerme, nunca se detiene, el que no puede morir porque ya está condenado; el que ha vivido siempre y ha vuelto porque tiene sed. El que mata de un salto. No pude comprender lo que decía. Por un momento, debo aclarar que solo fue un relámpago de pensamiento, dudé de su buen juicio. —¿Quién es el que tiene sed y no puede morir? —pregunté con asombro. En definitiva, el anciano está loco, pensé. Como se me ha dado por pensar que la locura es la mayor expresión de libertad que puede manifestar un ser humano, lo envidié. Aquel viejo era libre. De manera estúpida, pero libre—. ¿Quién es el que mata de un brinco? No sabía que su pueblo ancestral, aquellos que prefirieron perecer en la selva antes que rendirse ante los invasores, así nombraron a aquel 125 Varios autores temible animal que, más que un enorme gato, en su hábitat podía ser comparado con un tigre de Bengala o un león de África. —El que visitaba a los antiguos y que cuando llegaron los barbudos con sus lenguas de fuego se marchó. Mi pueblo creyó que nos protegería. Lo consideramos nuestro salvador. Debió hacerlo porque éramos nosotros los que le dábamos la vida. La profecía antigua dice que cuando el último caiga, él será consumido por las sombras. Por un momento, en medio de aquella habitación que tenía el olor de todos los enfermos del mundo, me invadió el olor a selva, a selva del sur, a selva eterna, a manigua indomable para los intrusos que llegaron allende de la mar. En una pared del bohío colgaba una larga macana de chonta. Eso creí. Me dijo que no. No era una macana. Me quedé mirándola porque nunca había visto una de esas. Era lustrosa, negra y brillante como un azabache, y era hueca. Tan larga como tres hombres acostados. La choza ya no está, se perdió en el tiempo y la distancia, al igual que la selva, al igual que aquellos que la habitaron. Ahora solo tenía ante mis ojos una ventana de hierro con un vidrio sucio y una cortina de color marfil, tal vez de vieja o sucia. Más allá, a lo lejos, la congestión de la avenida, el ruido entremezclado de las bocinas y el ulular de una sirena de ambulancia. Junto a mí, una enfermera mastodóntica y malhumorada que le hablaba a aquel viejo con voz de amabilidad fingida que moría por escaparse de aquella habitación, pero su obligación de empleada estatal la obligaba a permanecer junto a un anciano que no le importaba y que solo hablaba disparates. —Icojó —dijo. Ese era el nombre de aquel extraño objeto. Antiguo, muy antiguo. En ese momento no comprendí cuán antiguo era. Tampoco sabía qué era ni para qué servía. Era solo un pedazo de chonta hueca con una mirilla de hueso en una punta. Creí que era una flauta. Así se lo dije. —No hace música —me dijo. 126 Nuevas letras latinoamericanas V3 Mi imaginación, que es muy pobre, solo alcanzó para creer que era una flauta o una especie de cuerno, pero como él dijo que no producía música, quedé en ascuas. —Voy a contarle la verdad —dijo con un tono de misterio en la voz que no pude resistir. Tenía un alma soñadora que palpitaba bajo el embrujo de la fantasía, y mi naturaleza especulativa se dejaba llevar continuamente por el sensitivismo, así que lo escuché con atención. —Usted es un muchacho de mente abierta. Podrá comprender y no se burlará de historias de los antiguos. No estaba en esa choza por coincidencia. Me agradaba el viejo. Un oculto misterio lo envolvía y eso obligaba a mi espíritu inquisidor a buscarlo. Tampoco estaba ahí para aprender lo que fuera que pudiera enseñarme. Iba a visitarlo porque me gustaban sus historias y su jerigonza que yo creía entender o adivinar. También, a comer pescado moquiao, un plato que preparaba con destreza, que servía en hojas de bijao y comíamos sin utensilios, solo con las manos. “Busté oyí”, era lo que siempre decía cuando comenzaba una de sus historias que en situaciones ordinarias eran de cacería y pesca o de antiguos viajes a través de la selva. “Oiga, usted”, entendía yo. No sé por qué nunca reparé en aquel artefacto ni le pregunté qué era. Tal vez nunca estuvo ahí y hasta ese día se me reveló o, quizás, el impulso de mi estómago le ganaba a la agudeza de mi mente. Debo aclararle, señor periodista, que quizás lo que él dijo no sea lo que escribo aquí. Hablaba muy enredado. Era apenas entendible. Era un viejo indígena que a duras penas hablaba nuestro idioma, y del suyo solo me enseñó unas cuantas palabras que podían contarse con los dedos de la mano. ¡Y sobraban dedos para seguir contando! O, quizás, me enseñó muchas, pero mi memoria, que es prolífica para olvidar, las olvidó. Aquel artefacto que se llamaba Icojó fue construido por el chamán de la tribu para el más valiente y noble de los guerreros a quien se le encomendó la misión de repeler a los barbudos de piel brillante que 127 Varios autores llegaron a sus territorios, el mismo día que Pii Aguanunga nació. Su madre, la hija mayor del cacique, enviudó durante la guerra con un pueblo vecino, así que Pii no tuvo padre. Cuando llegó la edad propicia para conocer las artes de la guerra, todos los guerreros le enseñaron. El arco, la lanza, el hacha y la cerbatana, los aprendió a manejar de guerreros diferentes con técnicas distintas, haciendo de él el más grande de todos los guerreros andaquíes. Poco después de la ceremonia en la cual el mítico Yagé le mostró que habría de sobrevivir a los barbudos, tomó el icojó y salió a su encuentro. Aquella noche, el chamán, guiado por los espíritus, lanzó la profecía: —Cuando el último andakí caiga, el muán será comida de las sombras. Por eso él siempre te cuidará. Aquí es la parte donde no entendí si Pii fue a la guerra solo o con otros guerreros. Cabe suponer, por obvias razones, que con él fueron muchos. Para Pii, fueron años de lucha. Victorias y derrotas se sucedieron una tras otra, desplazamientos y retornos. Días de abandonar su tierra, días de llegar a sitios inhóspitos, tiempos de regreso a la incivilidad desde donde centenas de años atrás, los dioses los habían sacado. —Me voy, don Enoc —dijo la enfermera dando vueltas por toda la habitación como si no quisiera salir de allí—. Recuerde que no puede hablar mucho. Su voz, con esa amabilidad que estaba lejos de sentir, me fastidiaba. Apuesto doble contra sencillo que, ante mi ausencia, habría tratado mal al viejo. La enfermera salió. Cerró con cautela la puerta. Enoc y yo quedamos en medio de un pesado silencio que pugnaba por escaparse a través de la ventana de amplios batientes, con marco de hierro que nos separaba del mundo bullicioso que corría por la Avenida Caracas. Vivía solo en una choza construida en un terreno ajeno, propiedad de otro indígena a quien llamaba hermano. Sobre él se contaban muchas historias. Estoy seguro, todas falsas. —Tenga cuidado con ese indio —dijo mamá un día, cuando se enteró de que yo iba a su choza—, ese es un chamán, un tigre muán. Puede hacer brujería. 128 Nuevas letras latinoamericanas V3 No le creí, como tampoco le creí al indio cuando me dijo que yo era elegido. No quiso explicarme cuando le pregunté qué, elegido de qué. Yo solo era un muchacho campesino picado por el bicho de la curiosidad que le encantaba escuchar relatos fantásticos. —¿Puedes abrir la ventana? —dijo el anciano con voz estertórea. Hacía unos pocos segundos me había hecho señas con una de sus manos secas y huesudas para que me acercara. Antes de ir hacia él, destrabé el pestillo y abrí la hoja doble de la ventana, de par en par. El ruido de bocinas, gritos y altavoces, acompañado por una fría brisa, nos golpeó con furia. Los cerros orientales estaban ocultos bajo aquella neblina que, a veces, se eternizaba. Al norte de la ciudad caía una llovizna que blanqueaba los edificios que, de tan lejanos, eran como una ilusión óptica. Me senté en un extremo de un viejo y diminuto sofá de blandas formas que ubiqué frente a la cama. —Muán, mí. Yo yir camino blaaaancu, laaaargu, leju, leju. Antonce Muán, bucar guerreru pa’ protegé icojó. Vusté yir trirme yagé. Vusté tener marca. Vusté ser guerrero antiguú. Vusté yir cojoó llí icojó esperar vusté. No comprendí lo de la marca ni lo del guerrero ancestral. Tampoco lo de la cerbatana esperando por mí. Para el momento en que me lo dijo por primera vez, solo era un muchacho sin pretensiones, sin historia. Ahora, era otro más de aquellos a quienes la guerra les roba todo: un constante ir y venir, un eterno retorno a ninguna parte. Como por arte de magia, un rayo de sol se prolongó a través de la ventana hasta la cama e iluminó la blanca barba de Enoc. Luego se posó sobre la cicatriz en forma de estrella contrecha, dejada en la muñeca de mi mano derecha por las garras de un gato salvaje que me atacó cuando era niño. Aquel anciano, sobre la piel cetrina, también tenía una similar casi en el mismo punto que la mía. Nunca tuve conciencia de aquella marca hasta aquel momento. Vi, veinte años atrás, sonreír al indio, tal vez el último andakí. —Esta marca la tuvo el guerrero antiguo, elegido por el tigre-muán —dijo mientras limpiaba el polvo que opacaba la lustrosa cerbatana. 129 Varios autores Aquel día, la choza estaba revestida de una luminosidad hiriente. Era como si las sombras de los guamos que rozaban con sus largos dedos el techo del bohío fueran incapaces de impedir que los rayos del sol resplandecieran contra las paredes de bahareque. La piel broncínea del hombre también estaba contagiada de aquel halo que parecía alargarse más allá de sus huesudas manos, y cuyo epicentro era la irregular estrella que abrazaba la muñeca de su mano como una manilla. ¿Y, el guerrero murió durante la guerra? No, no murió. Acerqué mi oído hacia él, casi no escuchaba aquella voz débil y jadeante. Continuó luchando hasta que todos sus guerreros fueron vencidos y él huyó hacia tierras desconocidas. Jamás se le volvió a ver. Don Enoc me miró con sus ojos, ahora blancos. Sí. Se le habían vuelto blancos. Ya de tan viejo, las cataratas los habían vuelto blancos. Al ver su mirada estuve a punto de caer al piso por la impresión causada. Junto a la cama estaba su historia clínica. “Paciente de noventa y cinco años con deficiencia cardiaca. Ingresó el 01 de febrero del 2017” estaba escrito con letra enrevesada, propia de los médicos. “Pura garambaina, muchacho”, como me dijo un día el viejo Félix Corredor, el bibliotecario del pueblo. Sin embargo, supe que el indígena que estaba ahí tirado en esa cama de hospital era el mismo que cuatro siglos atrás empuñó contra los hijos del sol, venidos del cielo, más allá del gran lago y que trajeron la destrucción de su pueblo, la formidable cerbatana que vi aquella lejana tarde del 87, colgada sobre una pared de yaripa. Me hizo señas para que me acercara un poco más. Sus dedos huesudos y largos se agitaron como una bandera rota en bastión conquistado. Me acerqué hasta el borde de la cama arrastrando el sofá. El rayo de sol me abrasó la espalda por encima de la chaqueta de cuero que usaba desde tiempo inmemorial y que tanto me gustaba porque impedía que el frío de la ciudad me quebrara los huesos. —Está aquí. Ha venido por mí. Llegó el momento. Uno de sus dedos, romo como la punta del icójo, después de un esfuerzo supremo, apuntó hacia la ventana a mis espaldas. Sus ojos tomaron un halo brillante y parecieron saltársele de las órbitas oculares de lo desorbitados. Al mismo tiempo, una cándida sonrisa encogió sus 130 Nuevas letras latinoamericanas V3 labios. Giré con lentitud la cabeza sobre mi hombro. Entonces, lo vi tan real como las palabras que ahora escribo. Era enorme y se erguía sobre el alféizar. La piel despedía destellos dorados y azabache bajo el sol que lo bañaba. Su larga cola, en un sedoso arco, se movía en larga parábola y golpeaba a lado y lado de los corvejones. Aquella mirada profunda, felina, se paralizó en la mía, o fue, al contrario. No lo recuerdo bien. Algo me paralizaba, pero no era miedo, más bien era fascinación. Cuatro enormes colmillos se asomaron bajo sus belfos recubiertos de blancos y largos bigotes. Las afiladas orejas, en movimientos rítmicos, iban adelante y atrás sobre una enorme cabeza que, como un sol, eclipsaba la esbelta línea de su cuerpo. Con desidia se bajó y, cuan largo era, se plantó en medio de la estancia. Olisqueó el ambiente e hizo caso omiso de mi presencia. Luego pasó junto a mí y, con sus fauces, atrapó los pies del anciano, casi con ternura. Se detuvo un instante, como si le diera tiempo al hombre de despedirse de aquella cama que lo había soportado en los últimos días. Fue como si los segundos se ralentizaran y una explosión de luz sideral nos envolviera. Antes de saltar por donde había entrado, me miró con aquella mirada penetrante y fría, como si quisiera decirme cientos de palabras. En sus ojos vi transcurrir, no solo la vida de un hombre, sino la historia de un pueblo que ya había dejado de ser. Vi la choza a orillas de un río, bajo la sombra de un enorme ceibo, ya casi derruida, las paredes de chonta rodeadas de maleza y a punto de irse al suelo. En el interior, la enorme cerbatana, lustrosa y altiva, como si el tiempo y el ambiente carecieran de potestad sobre ella. Tan pronto como el jaguar desapareció tras el alféizar, el portal se cerró, tan repente como apareció. Aquella formidable arma con la que combatió el guerrero ancestral, la decomisó la policía. Me la arrebataron de las manos. Como no tenía un título de propiedad y por ser un artefacto de interés arqueológico, la llevarían a un museo. Lo dijo el funcionario del Instituto de Arqueología a quien se la entregaron. También dijo que no entendía qué hacía un hombre como yo, en la moderna Bogotá, con un artefacto que solo usaban ciertas comunidades aborígenes. 131 Varios autores 132 Nuevas letras latinoamericanas V3 Misterio y suspenso 133 Varios autores 134 Nuevas letras latinoamericanas V3 El encanto, por Ademar Polo (Perú) A las doce en punto llegamos. Las olas golpeaban suavemente las piedras de la orilla, la profundidad de las aguas se tornaba oscura a unos metros y el frío puneño acariciaba nuestros rostros extraños a esa hora. —Esta laguna encantó a la pastora junto a su ganado —recordó Arcesio, el más viejo. —¡Cuente, cuente, don Arcesio! —inquirió Liz. Su fresco recuerdo lo transportó a evocar su memoria infantil e inició diciendo: —Pues, cuentan que una joven pastora salía diariamente, por estas faldas, a pastar su ganado. De pronto… ¡a esta hora sería, pues! Toda la laguna se convirtió en un gran pastizal. Hierbas tiernas y frescas invitaban a ser un buen bocado para el ganado. La pastora guiaba a los corderos a entrar al nuevo paraje y, tras un balido unánime, poblaron aquel mal sitio en la espesura verdosa y alba del nuevo lugar de pastoreo. Entonces, la pastora siguió tras su rebaño hilando su copo de lana sujeto a su cintura. »¡No lo vieron más! La novedad corría que una pastora se había perdido, el desconsuelo de sus padres los hacía no dormir muchas noches seguidas. Hasta que un arriero divisó una noche, que regresaba de un lugar distante, a la joven pastorear plácidamente su rebaño por el contorno de aquellas aguas. »Sus padres mandaron a vigilar las noches de luna llena y, dispuestos de sogas largas, lograron lacear y atrapar a la joven muchacha. »Dicen que, de retorno a casa, esta no aceptaba su antiguo hogar; mas, por el contrario, hablaba mucho de su nueva casa, con jardines multicolores, árboles exóticos, finos muebles y espacios lujosos de vida. »Por eso dicen que esta laguna es encantadora —concluyó Arcesio. 135 Varios autores Los visitantes miraban el cielo limpio y claro; a lo lejos, los desgastados deshielos y la costra quemada de los riscos y picachos del Pelagatos. El chorro blanco sonaba de tiempo en tiempo, dando sus aguas a la gran profundidad; las casitas de paja al contorno de la laguna se veían humear cual nube tenue a lo lejos. El hilo del camino, volteando por el lado izquierdo, parecía llevar directo al precipicio de las profundidades. La crestería azul oscura ni se reflejaba en algún lugar del espejo. Mientras tanto, Clarita Luz y el pequeño Juan Diego nos pusimos a coger unos guijarros planos y a lanzarlos por la superficie plana y transparente de aquellas aguas. —¡Hagan esto les dije! Tomé una laja pequeña de geometría irregular, me incliné desde el borde y con fuerza la lancé sobre las aguas. El objeto se deslizó varios metros hacia el fondo, cortando y rebotando en las aguas de tramo en tramo hasta llegar a su máxima distancia. Los niños siguieron las instrucciones, y ensayaban una y otra vez. —Eso aprendí de niño —les comenté—. Sigan practicando. El viejo Arcesio contemplaba las profundidades de aquella azul oscura inmensidad y el juego para los demás se tornó divertido. Todos buscaban sus piedras lajas, las llenaban en sus bolsillos y en ambas manos. Luego se acercaban a la orilla, tomaban puntería y lanzaban, cortando las pacíficas aguas hasta lo más lejos que podían. —¡Miren, como yo! —gritaban. Toda una artillería de cortantes objetos hería una y otra vez a las mansas aguas. Un humo de niebla se formó sobre ellas, gotas de lluvia cayeron, el viento soplaba hacia nosotros, las olas se ondulaban cada vez más y el juego no paraba. 136 Nuevas letras latinoamericanas V3 Una ola fuerte chocó sobre las piedras más grandes de la orilla, seguían las olas chocando sobre nuestros pies, salpicando hasta nuestras rodillas. —¡Cuidado! —gritó alguien. —¡Se embraveció! —advirtió el viejo. —¡Corran! ¡Sálganse! ¡Ya no tiren piedras! El chorro sonaba con mayor intensidad en su caída, remolinos turbaban las aguas, las voces roncas de los cerros se escuchaban, las masas de negras nubes cubrían la concavidad azul oscura. —¡Ay, taitito! ¡Dios del cielo! ¡Ampáranos y favorécenos! — imploró Arcesio de rodillas y con manos suplicantes al cielo. Salimos corriendo, huyendo por cualquier lado. —¡Se viene el agua encima! El agua discurría tras nosotros cuesta arriba. Liz, como pudo, cogió de la cintura a Clarita Luz y la arrastró con desesperación. —¡Auxilio! —gritó. Corrimos hasta media falda del cerro, el agua tras nosotros, no había forma de evitarlo. Arcesio, en su huida también, pisó la cola de Laica, quien le seguía a todos lados. Esta aulló ruidosamente de dolor por varios minutos y las cosas se calmaron. Jadeantes todos, nos mirábamos sorprendidos, de susto y desesperación. Todos nos abrazamos, con los ojos llorosos. Laica dio unos ladridos con temor, pero luego lo hizo con agresividad, recordando defenderse de algún extraño. Clarita Luz, que no comprendía la huida, protestó: —Mami, ¿por qué no me has dejado coger aquellas hermosas flores que he visto en la laguna? Ella nunca vio el agitar de las olas, tampoco cubrirse el cielo con densas nubes negras, ni escuchó la plática de los cerros, solo vio las 137 Varios autores cristalinas aguas y, dentro de ellas, los rojizos guamanes, los encendidos urnambos y cuánta colorida flor aparecían a sus tiernas pupilas. —¡Ay, carajo! Nos ha querido encantar como a la pastora —finalizó el Arcesio. 138 Nuevas letras latinoamericanas V3 ¿Culpable o inocente?, por Luis Arroyo (Colombia) Esa mañana no parecía ser la mejor para Eustaquio Malaver. Por eso, se asomó de forma cautelosa a la ventana y miró a la calle de arriba abajo para ver si alguien lo buscaba. Desde muy temprano, el susodicho rebobinó su cerebro mientras su corazón latía fuera de control. Entre tanto, dio varias vueltas a la sala consumiendo sus uñas de una forma nerviosa. Eustaquio no se hacía la idea de ser el culpable o, por lo menos, el principal sospechoso de un crimen. Ese lunes sería el tercer día escondido en la que se había convertido en su guarida, la casa de su compadre Melquiades Escobar. Por motivos ajenos a su voluntad, Melquiades se había negado a acompañarlo esa fatídica noche a la cantina “Escuela de bohemios”, donde sucedió el escabroso hecho en el que murió un influyente y potentado hombre de negocios. Por esa razón, Eustaquio huía de la policía y de los familiares del occiso que lo buscaban como aguja en un pajar por todo el pueblo. La víctima respondía al nombre de Isidoro Pinto, comerciante de profesión y con un largo historial de abuso de poder debido a su elevada posición económica. Además, tenía una inclinada afición a los juegos de azar con apuestas de por medio. Según cuentan los que lo conocieron, estas las hacía cumplir hasta con la entrega de la mujer del perdedor si era posible. Isidoro murió desangrado gracias a dos mortales heridas que le propinaron a la altura del cuello. Su cuerpo fue hallado boca abajo en el improvisado baño de la cantina antes mencionada, minutos después de haber sostenido una acalorada discusión con puños a bordo con nada menos y nada más que Eustaquio Malaver. El antes referido no se acordaba en su totalidad de lo sucedido en la cantina aquella noche debido a la borrachera que lo agobiaba. 139 Varios autores Entonces, esa mañana de lunes solo llegaban a su mente ciertos fragmentos de recuerdos como destellos que iban y venían. Así pues, no se explicaba cómo alcanzó a huir de este embrollo luego del macabro hallazgo. Los amigos de juerga de Eustaquio lo dejaron solo en el preciso instante cuando comenzó el alboroto en aquel lúgubre sitio. En ese momento, todo fue confusión y nadie podía creer lo que estaban viendo. En una escena dantesca, se apreciaba un cadáver en medio de un descomunal charco de sangre que cubría casi dos metros de diámetro. La sangre era espesa, con su olor característico, pero se mezclaba con el fuerte aroma a berrenchín, típico de orinal en cantinas y bares de mala muerte. Luego de sucedido el asesinato, llegó al sitio el comisario del pueblo junto con tres policías. Estos acudieron más por el alboroto que por la estricta misión de cumplir su deber. De inmediato, acordonaron la escena del hecho delictivo y llamaron a sus superiores para que se hicieran cargo del respectivo levantamiento del cadáver. Dicho levantamiento se hizo a altas horas de la noche, debido a la demora del personal especializado. Sin embargo, la investigación y búsqueda de pistas se inició sin inconvenientes al tomar declaraciones de varios testigos del hecho. Al día siguiente, en medio del hermetismo que envolvía el hecho, fue encontrada una daga con las iniciales “E.M.” grabadas en su empuñadura de hueso. El arma blanca estaba escondida bajo unas cajas vacías de cerveza en el lugar de los hechos. Se suponía que sería el arma homicida, pero no parecía que esta fuera dejada a propósito, sino que quedó ahí como fruto del desespero del homicida por escapar del sitio. Además, faltaba un exhaustivo análisis de huellas dactilares para que las autoridades pudieran identificar al verdadero culpable. Aunque, con ese hallazgo, los habitantes del pueblo ya daban por descontado que Malaver era el factible asesino de Isidoro. Todo indicaba que este, luego de verse golpeado y denigrado en público, tomó la decisión de coger a mansalva al altanero comerciante para darle muerte y cobrar venganza de inmediato, puesto que corría un rumor de una rencilla de vieja data 140 Nuevas letras latinoamericanas V3 entre los dos implicados. Así pues, ese sería el detonante propicio para perpetrar un asesinato que, por cierto, había alborotado a la población por completo. Entre tanto, ese aciago lunes sería un día muy complicado en la vida de Eustaquio gracias a sus lagunas mentales que le estaban jugando una mala pasada a su razón, mas no a su instinto de supervivencia. Por la tarde, llegaron a la casa de su compadre Melquiades el comisario del pueblo con sus tres oficiales para corroborar que Malaver se hallaba en aquel lugar, como se especulaba entre los vecinos. No obstante, la policía, como siempre, llegaba tarde al lugar de los hechos. Muy a pesar de que registraron la casa de principio a fin, no hallaron al sindicado, pero en su lugar encontraron un arrugado pañuelo ensangrentado. Este ya estaba bastante reseco y parecía que fue utilizado para limpiarse las manos, ya que la sangre estaba esparcida únicamente por ciertos retazos del pañuelo. El comisario estaba obsesionado en conseguir resultados lo más pronto posible, y este descubrimiento le daba una esperanza a su afán de dar con el culpable de una vez por todas. Al siguiente día, estaba por salir el sol y un cielo veranero inundaba el paisaje con su azul profundo. Ya era el cuarto día de todo este estrépito en que estaba metido Eustaquio. A esas alturas, ya habían pasado varias horas luego de haber abandonado la casa de su compadre por no ser un lugar seguro para él. Los comentarios de su paradero en esa casa ya eran vox populi. Por ese motivo, decidió seguir con su escapatoria refugiándose en un pequeño cubículo ubicado en lo más alto del campanario de la iglesia del pueblo. En aquel lugar, compartió habitáculo con palomas y pequeñas aves de rapiña que deambulaban por ahí esporádicamente. Ese sería su escondite hasta que el campanero, en un momento de ocio, fumando un cigarrillo y mirando al cielo logró divisar movimientos extraños en lo alto de la iglesia, así que llamó a un feligrés para que lo acompañara a subir y revisar que no había nada malo. Eustaquio, preso de la sed y el hambre, decidió moverse e ir en búsqueda de algo que calmara su ansiedad, pero lo único que pudo 141 Varios autores divisar fue un nido de torcazas inundado de huevos. En medio del desespero, el huidizo sujeto devoró crudos casi una docena de los diminutos huevos. Al mismo tiempo, su escondite le duró apenas un día debido a que no podía dejarse capturar por dos simples parroquianos del pueblo. Por esta razón, con cautela bajó del elevado campanario del lado contrario por donde subían los dos que lo divisaron y prosiguió con su fuga hacia las afueras del pueblo, internándose en una zona boscosa que presentaba un alto peligro por su espesa vegetación y animales peligrosos, sobre todo al caer la noche. Mientras tanto, el campanero y su cómplice subieron a lo alto de la iglesia en vano, no encontraron nada fuera de lo normal o que indicara algo diferente al montón de excremento de paloma que siempre decoraba el sitio en mención. Apenas Eustaquio ingresó a la zona enmontada, se cobijó debajo de varios árboles de guayacán que estaban a punto de florecer. En ese lugar, esperó la tarde para no perder tiempo y buscar algún tipo de refugio o algo parecido antes de quedar sin la claridad del sol. Dicho refugio le serviría para guarecerse del sereno de la noche y cuidarse de los peligros que acechaban la zona a esas horas. Por fortuna, encontró a escasos tres kilómetros una estrecha senda que conducía a una pequeña casa, la misma estaba destartalada y despedía olores nauseabundos. A simple vista, parecía ser la morada de un vagabundo o, en su defecto, la de un acumulador compulsivo. Muchos cachivaches y una gran cantidad de periódicos viejos invadían aquel lugar. Eustaquio empujó la puerta del estropeado rancho y esta se le vino abajo. Casi de inmediato, un veterano y escuálido perro le ladró con flojera. Por eso, el desesperado hombre decidió quedarse sentado en una vieja banca de madera que se hallaba en la entrada, mientras el escuálido perro le ladraba de una forma lastimera. El huidizo Eustaquio reposaba en la vieja banca cuando de repente escuchó un estruendo. Era como un ruido de escopeta que sonaba 142 Nuevas letras latinoamericanas V3 destemplada al salir las municiones. Al instante que el escuálido perro escuchó la ráfaga de disparos, salió caminando con su paso lento hacia donde estaba el ruido. Dicho ruido era un código de comunicación entre el can y su enigmático dueño. Mientras tanto, Eustaquio se mantuvo alerta por si las balas llegaban al sitio donde él se encontraba, pero al ver que el escuálido perro estaba de regreso, no podía creer lo que traía en su boca. El demacrado canino traía consigo un par de ratas de monte en su ensangrentado hocico. Segundos más tarde, se presentó ante los ojos de Eustaquio el mismísimo dueño de la cabaña. Así pues, se hacían realidad las sospechas del inesperado huésped, porque al ver la estampa del personaje todo quedó al descubierto: las fachas que el dueño de la cabaña traía puestas no dejaban duda de que se trataba de un orate de tiempo completo. De inmediato, el dueño de la cabaña se presentó con Eustaquio de forma muy gentil, a pesar de que le habían invadido su propiedad. ―¡Mucho gusto, amigo! Me llamo Eudalio Mayorga. Sin pensarlo, Eustaquio le respondió: ―¡El gusto es mío! Mi nombre es Eustaquio. De ahí en adelante, se trenzaron en una cálida conversación como si fueran grandes amigos, a pesar de que acababan de conocerse. Es más, nunca el dueño de la cabaña se había portado tan bien con un esporádico visitante como lo hizo aquella tarde con Eustaquio. En menos de una hora, ya estaban degustando unos tragos de un extraño bebedizo con esencia de alcohol. Dichos tragos eran consumidos en medio del ardor de una hornilla, donde el dueño de la cabaña asaba las ratas sazonadas con sal no más, que por lógica serían la cena. Luego de varios minutos, el dueño de la cabaña sirvió la cena en unas hojas de árbol por platos. Las ratas de monte estaban doradas y brillaban de la grasa. Estas las acompañó con unas raíces hervidas de 143 Varios autores mandioca. Además, ambos se tomaron una seguidilla de tragos del extraño bebedizo. Poco antes de terminar la cena, Eustaquio ya se tornaba más mareado que de costumbre. Su mirada y sus ademanes lo delataban en medio de la conversación y su disimulado desagrado por la comida era evidente. Por eso, el dueño de la cabaña, como por maldad, le insistió que comiera más. Cuando la cena llegó a su final, el dueño de la cabaña se empinó la botella del bebedizo y la consumió de tres largos tragos. Enseguida, le dijo a Eustaquio que se sentara en frente y que le contaría algo delicado relacionado con la muerte en la cantina días atrás, que quizás le cambiaría su vida de inmediato. Acto seguido, Eustaquio se ubicó frente a su anfitrión. Ya no pudo establecer si lo sucedido era real o producto de la reacción del bebedizo. Fue por eso que Eustaquio Malaver extrañaba la rara reacción que esta le causara, ya que estaba acostumbrado a ingerir grandes cantidades de licor sin consecuencia alguna. Fue así como se quedó dormido frente a su anfitrión en medio de un espantoso letargo. Dicho aturdimiento le costaría otra confusión en esta maraña que lo perseguía sin cesar. Es más, el sueño fue tan largo que este no sintió nada hasta el siguiente día a la hora del desayuno. Al despertar del misterioso sueño, Eustaquio fue presa fácil de los destellos de recuerdos que lo azotaron como cuando se escondió en casa de su compadre Melquiades. Entonces, decidió buscar a su anfitrión para agradecerle su atención y para que le contara de nuevo lo delicado con la muerte en la cantina, pero al levantarse y dar algunos pasos por la cabaña, se dio cuenta de que el dueño de esta no estaba. Asimismo, vio al desaliñado perrito amarrado en la puerta de la cabaña. Era evidente que el extraño personaje amarró a su perro para que no lo siguiera. Fue así como a Eustaquio se le prendió el bombillo y de una se quitó su ropa y se puso los harapos del dueño de la cabaña. Esto por dos razones: una, para que el perrito no le ladrara tanto, y otra, para ir al pueblo disfrazado de ermitaño sin ser detectada su presencia. 144 Nuevas letras latinoamericanas V3 Al llegar al pueblo, se encontró con el rumor de la daga encontrada por la policía y sus respectivas marcas con las iniciales “E.M,” y lo concerniente a la prueba dactilar de la misma. Eso sí que dejó estupefacto a Eustaquio, ya que recordaba que en medio de la conversación el dueño de la cabaña se presentó como “Eudalio Mayorga”. Entonces, eso no sería otra cosa que la prueba reina del verdadero culpable del asesinato en la cantina, pero las cosas no eran tan sencillas como Eustaquio pensaba, puesto que el comisario se negaba a revelar el resultado de la prueba dactilar por motivos desconocidos hasta el momento. Por otro lado, Eustaquio no podía presentarse de buenas a primeras en la estación de policía a delatar a un posible culpable muy difícil de encontrar. Por lo tanto, Eustaquio tomó la decisión que sería la más difícil en toda su vida. De ahí que empezó a perseguir el rastro del dueño de la cabaña, ayudado del olfato del lánguido perro, para traerlo a la estación de policía y que contara lo que sabía respecto al asesinato en la cantina. Así resolvería de una vez por todas este horrible acertijo y quitaría todas las miradas sobre él. Cuentan los que conocieron el caso que ya han pasado tres años de aquel horrible episodio acaecido en el pueblo, y todavía no se ha podido establecer si Eustaquio Malaver es culpable o inocente. 145 Varios autores Un grito desesperado, por Héctor García (Chile) Rigolemu. En el rostro desencajado de Damián, un campesino luchador, nacido y criado en el campo, se reflejaba el espanto y el horror mientras corría a más no poder. Jadeaba y llevaba la mirada extraviada. Se veía atrapado y el frío del miedo lo sentía hasta la médula de sus huesos. Había logrado escapar de aquel local en medio de la neblina, que lo hacía lucir como una figura fantasmagórica a la vista de los acosadores. Sus perseguidores le pisaban los talones en una carrera de vida o muerte. Sin dejar de escudriñar a su alrededor, nunca se detuvo hasta que, finalmente, los perdió en el callejón de Los Ávila. Sin parar, a veces, miraba hacia atrás. A lo lejos escuchaba las tandas de palabras descomedidas y groseras que lo conminaban a detenerse, pero su instinto de conservación le decía que no debía obedecer. Las piernas flaqueaban, disminuían las fuerzas, la respiración era entrecortada y su cuerpo ya casi no podía luchar con los temblores que le sobrevenían; sin embargo, el ego superior le impedía rendirse. Desfallecía y al detenerse un momento se percató de que, aún, los secuaces seguían sus pasos. La persecución era implacable y Damián, al borde del colapso por el esfuerzo, ni siquiera pensó enfrentarse a los que lo perseguían. Su cerebro, al parecer, ya no quería responderle por falta de oxígeno. La experiencia lo derrotaba. Continuó corriendo y, de pronto, como guiado por su ángel guardián, levantó la cabeza y, a lo lejos, vio una luz encendida en el corredor de una pequeña y añosa vivienda. Agotado y resollando, se dirigió directamente a ella y comenzó a golpear, como un loco, la puerta y la ventana, pidiendo auxilio a sus moradores. Con ansiedad y voz gutural clamaba: 146 Nuevas letras latinoamericanas V3 ―¡Por favor, ayúdenme! ¡Por amor a Dios, ábranme la puerta que me quieren asaltar! ¡Se los suplico, déjenme entrar! ―rogaba. La repercusión de los escandalosos golpes sobresaltó a los dos ancianos que, a la una y media de la mañana, estaban entregados al sosiego de la noche, tal vez agotados del trajín del día y conversaciones haciendo recuerdos del pasado y secretos de esos añosos días. Bostezando y dudosos, se miraron a los ojos; apenas respiraban y la curiosidad los lastimaba con una crisis flagelante que les engarrotaba los nervios. A sus edades, situaciones parecidas eran una tragedia doméstica. Finalmente, el dueño de casa, con el impulso de la conciencia que se adelgazaba, olvidó el peligro y el obstáculo del recelo. Apagó la luz y se dirigió, a tientas, hacia la ventana a indagar lo que ocurría. Miró entre los visillos y ahí pudo ver a un hombre con la cara apegada al vidrio, se le notaba el rostro demacrado y desesperadamente seguía maltratando los cristales de la ventana solicitando auxilio. Más allá, divisó a unos muchachos agrupados debajo de la luminaria. “Deben ser los pandilleros de las canteras de Miravalles que seguramente vienen tras este hombre”, pensó. El anciano no vaciló y rápidamente sacó las trancas y abrió la puerta, permitiendo el ingreso del atribulado. El matrimonio lo acogió con desconfianza y, como el agradecido noctámbulo adivinó que dudaban de su presencia, atinó a contarles su historia. Los abuelos lo escucharon perplejos. Después lo examinaron, interrogándose, en medio del silencio, sobre la veracidad de los hechos narrados. Luego, el viejo, como para verificar la versión del visitante, se dirigió de nuevo a la ventana comprobando que, efectivamente, su protegido iba a ser protagonista de una tragedia. Allá afuera, muy cerca de la casa, se escuchaban murmuraciones de los mismos jovenzuelos que había divisado anteriormente. Estos requerían a su víctima con alboroto y dichos groseros. Convencidos de la realidad acuciante del hombre, lo invitaron a una taza de café y con palabras afectuosas lo calmaban dándole ánimo para resistir aquel incidente. Esto, sin duda, lo ayudó a declinar temores. La 147 Varios autores hospitalidad de esas personas le dio el justo minuto de seguridad que él requería. El acongojado Damián pudo soportar el choque a su resistencia; su naturaleza para conservar la vida y su aliento instalado en su alma le habían respondido. Ahora, con el mecánico descanso momentáneo, contemplaba a sus salvadores y algo lo hacía estremecerse, como si el organismo se acomodara a un proceso inevitable. Por su mente pasaron imágenes que lo sacudieron, trasladándolo al abismo de toda sensación. El caos que vivía y los gritos que escuchaba desde afuera lo llevaban, junto al anciano, a mirar entre los visillos de la ventana. Muy cerca, vieron a la pandilla de jóvenes que, como mastines furiosos, se paseaban entre las penumbras con miradas tenaces, vigilando aquella casa; a él lo habían considerado una presa fácil que no podían dejar escapar. Con la expresión de inocencia, la carga emocional, su aire de ingenuidad y desconocimiento de la vida nocturna en ese tipo de lugares, hizo que él se descuidara en extremo en su diversión y ahora era motivo de esa penosa condición. ―¡Estoy tan arrepentido de haber salido a echar una cana al aire! ―comenzó a contarles a sus salvadores―. Trabajo en la hacienda San Alberto y hoy terminamos las faenas con gran éxito para el patrón quien, como vio que la cosa había estado brava y nosotros decididos a salir adelante, se manifestó con un asado bien regado para toda la patota. Él se había dado cuenta de que, entre talla y talla, con un esfuerzo gigante habíamos sacado la tarea adelante. »Al término de la jornada, el capataz nos reunió y, luego, el patrón nos canceló el mes, agregándole al sueldo un buen bono. Después de la comilona, picados de la araña, no faltó quién encabezara un pequeño grupo, entre ellos, yo. El hombre sugirió ir a la quinta de recreo de Las Patas Chicas, en San Luis, regentado por el "Billete Grande", “C. Salazar y las hermanas Llanezas”, "Las Patas Chicas", donde rematamos con unas cazuelas de gallina de campo, sacrificándonos, desde luego, con unas buenas botellas de vino. Enseguida pasamos a la pista de baile y allí comenzamos a beber, como se dice "hasta verte 148 Nuevas letras latinoamericanas V3 Cristo mío". Ya se imaginan ustedes, esperando la suerte de la olla, es decir, al que le tocaba, le tocaba, decíamos, porque eran pocas las acompañantes. Estábamos bien instalados en el salón y, seguramente, estos facinerosos me observaron compartir tragos con la gallada, donde yo, agrandado, hacía las invitaciones demostrando que tenía mucho dinero y, por este motivo, la sangre cotidiana, como es, la tenía alborotada confundiéndome los impulsos naturales ―les contaba Damián a los ancianos. La neblina se disipaba por momentos y podían divisar mejor las sombras de los delincuentes que, como muñecos nerviosos, decretaban el infamante ataque. Entonces, el inesperado e intranquilo huésped, para disimular su estado emocional, seguía conversando sobre sus arraigadas raíces de hombre de campo. A la charla se había agregado el hijo de los ancianos, un hombre de unos treinta años que, a las dos y media de la mañana, se presentó soñoliento y que, según él, fue despertado por el barullo de la calle y la conversación en la sala de estar. Y era cierto, afuera los rufianes no se rendían y Damián, con disimulado gesto, cada cierto tiempo se tocaba el fajo de billetes que tenía en el bolsillo del pantalón, movimiento que observó el recién llegado. Con una aparente serenidad, Damián se despreciaba como mártir que se clava a sí mismo en la cruz para redimir sus culpas que, por momentos, lo ahogaban y, para calmarse en esta ocasión, se dirigía a la ventana a atisbar a los provocadores. Al verlos detrás de los árboles con sus figuras que se filtraban por el efecto del reflejo de las luminarias rurales, cuyo haz de luz era grisáceo, su humanidad ardió con pulsaciones turbulentas y agudas, aniquilando sus sentidos que se le encadenaban y hacían palidecer su rostro. Signos que notaban los dueños de casa. ¿Qué hacer?, se preguntaba en lo recóndito de su alma. El intranquilo y apremiado Damián comenzó a caminar por la salita. Su impaciencia cundía; se encontraba lejos de su hogar y la magnitud amenazadora le corroía el alma. Estaba fuera de su nido y ese látigo lo amedrentaba como una certera puñalada por haber cometido el pecado 149 Varios autores de salir a farrear sin avisar a su esposa. Una traición a la familia que lo llevaba a amonestar su orgullo con el veneno de la cicuta. Un sentimiento que lo trasladaba a la sensación de deducir que no tenía otra ayuda que la de los ancianos y su hijo, los que no contaban con ningún tipo de comunicación para pedir ayuda a la policía, cosa que ocurre solo en el campo por las noches. ―¡Puchas, mi mujer debe estar atormentada por mi ausencia! Nunca llego tarde a mi hogar ―le comentó a sus protectores―. Me pasé de la raya esta vez ―se dijo entre dientes y otras murmuraciones inentendibles. Los dueños de casa lo observaban con preocupación. ―¡Maldita la hora en que decidí acompañar a mis paisanos y…! ¿Para qué? Me dejaron solo, habían partido a acostarse con esas fulanas. Además, miserable de mi estupidez de hacer ostentación del dinero, fruto del sueldo del mes, ganado con tanto esfuerzo ―terminó de reflexionar. Los ancianos y su hijo, ante los acontecimientos, en lo más íntimo, querían bajar el telón de aquella improvisada escena. Ya habían soportado con heroica paciencia la tortuosa situación que, con sus humanidades pujantes, solidarizaron con el desconsolado Damián y, para acabar con ese compromiso de un modo magnánimo, le propusieron acompañarlo hasta su casa o, al menos, dejarlo fuera del peligro, pero él no aceptó. Lo consideró insensato y arriesgado para el añoso hombre benefactor. ―No puedo permitirlo, sería un acto de irresponsabilidad, temerario e innecesario para la vida de ustedes tres ―les respondió―. Debe haber otra solución para este problema ―les agregó. Estas palabras fueron dichas con ardor decidido, casi dramáticas y, ante la profundidad de sus expresiones, tal vez con un poco de jactancia o elemental sinceridad, el hijo de los ancianos se ofreció para salir a estudiar la situación para una posible escapatoria. Aquellas palabras fueron mágicas, que escarbaron los sentidos de Damián y, con las brasas de su ánimo que le mordían la túnica de las 150 Nuevas letras latinoamericanas V3 esperanzas, no desvalorizó tal proposición. Debía jugarse esa oportunidad para destensar los nervios. Se inclinó ante aquel hombre para agradecer su espontaneidad y ayuda. Entonces, el atento y desinteresado nuevo anfitrión, salió de la sala dando unos pequeños saltos y, Damián, con los dientes apretados como un guerrero de retaguardia, se quedó expectante a la espera imprecisa, y con disimulada ansiedad se vio sumergido en la subconciencia. Solo después de unos treinta minutos, sintió un leve portazo en la parte trasera de la casa. Sus nervios saltaron y un escalofrío recorrió su cuerpo, pero se tranquilizó cuando vio al diligente voluntario que ingresaba a la habitación en forma precipitada. El hombre sonreía de oreja a oreja y, con palabras atropelladas y gesticulando con las manos, casi balbuceante, le señaló: ―¡Amigo mío, encontré una salida para su problema! ¡Una fácil salida! ―le remarcó. El trémulo Damián, al escuchar esa noticia, se le encendió la hoguera del entusiasmo. Mientras que el recién llegado, impaciente y sin dejar de sonreír, insistía en que no debían perder más tiempo ni la ocasión de aventurar una salida. ―Solo tenemos que pasar al sitio de la casa vecina que no está vigilada por los maleantes ―le decía―, y desde ahí saltamos al callejón de Los Luceros y el de los Moya. Damos la vuelta y emprendemos la fuga tranquilamente hacia la Ruta Cinco. Además ―le agregó―, ya falta poco para que comience a amanecer y, seguro que los asaltantes, al igual que las alimañas, con la llegada del nuevo día irán a esconderse a sus madrigueras. ―Es cierto ―lo interrumpió Damián―, usted tiene razón. Le agradezco su gesto y buena voluntad, una solidaridad que lo enaltece. ¡Ya!, dejémonos de palabrerías. ¡Pongámonos en marcha! ―insistió el hombre y se encaminó al fondo de la casa. Damián, casi enternecido, se despidió amablemente de sus salvadores. Los abrazó y besó a la mujer en la frente, prometiéndoles volver a visitarlos y luego partió tras los pasos del guía. El ilusionado Damián sentía que su humanidad flotaba sintiendo el aire frío del 151 Varios autores amanecer. Se diría que iba alegre por esa ingravidez. Una satisfacción como de escuchar una música que plasma lo espiritual. Caminaba firme y con el orgullo en alto. Contaba con la seguridad de encontrar la vibrante libertad, esa que le coartaba la jauría de malandrines. En el fondo del sitio, siempre detrás del eventual conocido, se encaramó en la escalera afirmada en el muro y ambos pasaron hacia el sitio aledaño. Ni siquiera ladraron los perros. ―¡Vamos con suerte! ―le comentó a su acompañante, pero este no le respondió. Luego, aguzando el oído y agazapados en la penumbra, se quedaron mirándose a los ojos y así se mantuvieron por unos segundos, atisbando en la semioscuridad y con todos los sentidos alertas como un felino. A partir de ese momento, Damián comenzó a generar excesiva adrenalina y esa sensación lo mareaba, haciendo palpitar su corazón con síntomas de taquicardia y, además, se le contrajeron las entrañas. No se escuchaba ni el ruido de los insectos nocturnos. ―Seguimos con fortuna ―se dijo el improvisado fugitivo. Efectivamente, esos callejones no eran controlados por los asaltantes. Esperaron unos minutos antes de emprender la fuga hacia la Ruta de la Fruta, cerciorándose de que, verdaderamente, no existía peligro. Sin embargo, Damián, inconscientemente, tanteaba los billetes en el bolsillo. Después avanzaron hasta llegar al callejón de Lizana y de ahí partieron a la Ruta Cinco y el hombre le dijo: ―¡Ya, amigo mío! Hasta aquí lo dejo. Como ve, ya no hay peligro. Cruce el callejón de las Cáceres, váyase al callejón de los Álvarez hasta la línea férrea y avance hacia el norte hasta el callejón de Roberto Campaña y Pancho Vargas, y allí ya está muy cerca de su casa, a unos trescientos metros de la calle principal y, para otra vez, tenga más cuidado cuando salga a jaranear ―le advirtió. Le dio un apretón de mano y enseguida, sumergido en sus sustancias vitales, se alejó rápidamente. 152 Nuevas letras latinoamericanas V3 Damián, parado en el cruce de ambos callejones, se enderezó y se dijo: ―¡Por fin estoy salvado! ―y marchó obedeciendo las indicaciones de su guía. Alzó las solapas del vestón hasta las orejas, enfundándose para protegerse del frío, cuya brisa de las seis y media de la mañana lo hacía temblar, erizándole la piel. Caminaba casi encogido y con las manos en los bolsillos. ―¡Por fin voy rumbo a mi casa! De todas maneras, Damián iba con la brutalidad de la inimaginable incertidumbre, siempre siguiendo las indicaciones recibidas. Llevaba los dientes apretados y, a veces, daba una ojeada hacia atrás, pero con los pensamientos puestos en el futuro anuncio, y la alegría del desenlace de sentir la liberación de aquella pesadilla y de haber salvado el fajo de billetes que escondía en el bolsillo, dinero que le quemaba la mano y el alma. Este había sido el causante del grave enigma de su vida, una experiencia resonante a la edad de treinta años que no repetiría. Reconstruyendo las horas mientras caminaba sigilosamente, no se dio ni cuenta cuando, a lo lejos, divisó la calle principal del caserío de El Rosedal y, parado a orilla de las zarzamoras y tunales, con el gozo como el de un niño ingenuo que salva su juguete favorito, con la mirada ávida y la sangre caliente, siguió desenredando lo intrincado de su experiencia y esto lo llevó a distraerse. Al divisar la panadería, a unos quinientos metros de su hogar, sorpresivamente se encontró con el individuo; casi chocaron. La neblina se había disipado y comenzaba a amanecer. El sobresaltado Damián miró atónito ese rostro encapuchado del que apenas se veían los ojos; abrió la boca, pero no pudo articular ni una palabra. Se dobló y cayó de rodillas. Su cuerpo entero se contrajo de dolor y, haciendo esfuerzos por unos segundos, con espanto, se miró el estómago ensangrentado. Le vinieron espasmos agónicos. Sufría dramáticamente. La confusión era grande, buceaba en lo inaudito para sobrevivir a lo terrenal, y con los impulsos del temblor monstruoso del último minuto 153 Varios autores oscilante, alcanzó a ver cómo, de nuevo, se le venía encima su atacante con el cuchillo manchado de sangre y solo pudo gritar con un sonido gutural: ―¡Nooo, por Dios, tenga compasión, señor! El verdugo lo miró con una actitud sádica y se diría que sonreía al tiempo que exhalaba un bostezo grotesco para luego darle la última estocada. Damián, allí a orillas del cerco de zarzamoras y una mata de membrillo y tunales, quedó tendido boca abajo en medio de un charco de sangre. A las ocho de la mañana, en la iglesia del pueblo El Rosedal, el sacristán le ayudaba a oficiar la misa del día al cura párroco B. Radatt. Cuando rezaban el Credo, este miraba de reojo a los feligreses, pero no dejaba de orar místicamente, detalle que observó su hermana, oyente de la misa, a quien eso le provocó una sensación de angustia. En esos mismos instantes, el conductor de la ambulancia del pueblo corría a toda velocidad hacia la ciudad de Rengo y el paramédico luchaba para salvar una vida. Pancho Vargas había encontrado el cuerpo de Damián. La noticia ya se conocía en el pueblo y alrededores. Desde el retén de Carabineros, el sargento Salas y su acompañante, el carabinero Figueroa, se dirigían a la iglesia Santa Ana. 154 Nuevas letras latinoamericanas V3 Los invisibles del más acá, por Luis Novoa (Colombia) Leyenda de nunca acabar, porque siempre en la mente va a estar y estará siempre para beneficio de todas las generaciones. En los años 1800 sucedió en Tifutis, población incrustada en las cordilleras de las antípodas continentales, lo impensado: la tasa de natalidad en el vacío porcentual y sus habitantes con ánimo vital del octavo y noveno piso, de cuerpos arrugados y mentes tranquilas esperando el llamado del espíritu a la carne. Plomeros, recolectores de café, ingenieros e ingenieras, matemáticos, oficiales de policía, artistas, curas, ateos y ociosos, todos ellos a prontas de lo único cierto en la vida, pero la historia brindó nueva oportunidad. En el sol veintinueve del segundo mes de la anualidad, como era de costumbre, los tifutenses trabajaban, aprendían, dormían o simplemente miraban al cielo, cuando de un parpadeo asomó y sacudió una ventisca colosal, de aires feroces y vibrantes. El cielo destelló relámpagos de tonos ocres y morados. Luego de un tercio de segundo el asombro invadió a este pequeño y recóndito pueblo, al parecer, sus órganos y emociones rejuvenecieron, cincuenta y sesenta años desaparecieron de sus espaldas maltrechas y jorobadas. Tifutis era el perfecto ejemplo de una uva pasa que se hidrata nuevamente, vive y deja atrás sus surcos y dolores. Ocurre este impacto, pero algunos tifutenses se encontraban fuera del poblado, por ejemplo, la señora Genoveva, quien, fumando su estrambótico tabaco, regaba ceniza por su caminar con sus dos mascotas: el perro Lobo y el loro Tricolor. Al regresar se encontró con tremenda realidad, todos rejuvenecidos menos ella. Se llenó de ira e intenso desasosiego, lloraba de profunda tristeza. Siendo domingo, todos, como de costumbre, se congregaron en el centro del pueblo en oración con total devoción por el cielo que les trajo, nuevamente, la alegría de la juventud. Genoveva asistió con una botella de vino de uva argentina con toque casero. Este inesperado, o 155 Varios autores no tanto, todos lo tomaron, menos ella, y sus corazones explotaron al instante, antes incluso de analizar el sabor del néctar que pasaba por sus lenguas y receptores, muertes horribles que generaron en la casa de oración múltiples escenas que el propio Dante no se permitió imaginar. Luego, fueron llegando los demás tifutenses que se encontraron con la macabra situación, pero de un momento a otro los cadáveres desaparecieron, formando un hermoso jardín alrededor del poblado. Genoveva fue acusada por los habitantes que presenciaron el hecho. Ella decía: —No sé nada, nunca estuve ahí. Con pasos seguros se fue. La buscaron en su hogar, se toparon con sus mascotas muertas: Lobo, al interior del lavavajillas, y Tricolor, cual ropa mojada en el tendedero. También, su tabaco, que parecía nunca apagarse, estaba en el suelo de su habitación sin ningún rastro de ella. Pero esto no era todo, nadie imaginaba lo que Genoveva escondía en su sótano. Universidad Oxydias Parker de Madrid, España, dos años antes de la caída del muro de Berlín: alma mater del joven Creonte Ibáñez que cursaba cuarto año de derecho, cuyo día favorito eran los martes, el día más esperado. Desde el mismo miércoles no dejaba de pensar en la posible clase que traería su docente de Ciencias Forenses, Álvaro Ciponte, funcionario retirado del Cuerpo Especial Criminal Español, donde trabajó por más de cuarenta años. Un bloque de cuatro horas lleno de historias, teorías, imágenes, largos documentos de informes y recortes de periódicos que detallan los casos investigados por Ciponte a lo largo de su vida en función, y que dieron la vuelta al mundo desde el avance de innovadoras técnicas de pesquisa y análisis forense. Creonte conectó de manera casi instantánea con las Ciencias Forenses, desde lo que le relataba su padre, luego de un largo trajín diario como investigador privado, hasta el desarrollo de sus clases presididas por el exfuncionario del C. E. C. E. El joven madrileño de sangres turcas y andaluzas soñaba en continuar con el trabajo de su progenitor, investigar los casos más enrevesados y confusos cuyas víctimas, desde el más acá, imploran justicia y castigo a sus asesinos. 156 Nuevas letras latinoamericanas V3 Al interior de una de sus cátedras, el docente presentó la recopilación de los casos imposibles, así denominados por la comunidad científica y académica forense al conjunto de hechos criminales de múltiples latitudes, algunos con más de doscientos años, que nunca encontraron paz en ser resueltos, como incesantes olas golpean las costas del misterio y evaporan los intentos ahogados de verdad. Uno de estos destacó en la mente del novato, denominado “Pueblo de la muerte”. Este contaba con una carpeta color café caoba con la fecha “1825” en su portada, con una nota que indicaba: “Tifutis, sinónimo de misterio, territorio predilecto de luz y oscuridad”. Sin pensarlo, tomó el archivo y le expresó a su profesor el deseo de leerlo en su casa con mayor detenimiento; este último accedió notando la confusión, emoción e interés de Creonte. En su hogar el joven revisó minuciosamente cada documento que contenía la carpeta. Se instaló en el antiguo despacho de su padre, lleno de libros de ciencias forenses, modelos a escala de anatomía humana, descripción en algunas paredes de casos relevantes en la materia y una chimenea de ladrillos rojos cincelados con incrustaciones de madera de cerezo japonés, digno solo de un maestro carpintero. La encendió y, junto a un affogato traído por su madre, diseñó el mapa que, para él, sintetizaba lo ocurrido en Tifutis, territorio hoy transformado en provincia de la República Independiente de Avellaneda, el 29 de febrero y el primero de marzo de 1825. Luego de lecturas, apuntes, conclusiones parciales, cafeína, largas lunas y no menos contradicciones y confusiones, el joven decidió que la única manera de investigar a fondo, como él siempre había imaginado la labor detectivesca, era visitar el lugar de los hechos. Además, ya era tiempo en su carrera de iniciar la tesis de grado. “Esta es la señal y oportunidad que he estado esperando para la acción, para salir al mundo real, transformar las letras de informes en caminos a andar con la lupa del misterio y la lógica siempre despierta”, decía en su mente. Tomó el pasaje de tren que se ajustaba a sus pocos ahorros y se enmarcó en el viaje que lo cambiaría para siempre. 157 Varios autores Una vez en la estación del puerto San Roque IV, así llamada por el capitán marinero Roque Tomasquio Lezo que detuvo el paso demoledor de los bárbaros nórdicos en 1452, descendió del tercer vagón y abordó un pequeño ferry que lo llevaría a las costas de Playa Dorada, ciudad famosa por sus deliciosos mariscos y música tentadora. Finalmente, después de cruzar una de las cadenas montañosas más desafiantes del mundo, a lomo de caballo por cuatro días y tres noches, llegó a las puertas de Tifutis. Lo primero que hizo fue dirigirse ante el alcalde y primera autoridad, Tiburcio Cuartas, el único de elección unánime en la historia de la población, debido a que era descendiente del alguacil que investigó el caso. Se presentó como un simple estudiante que estaba recopilando historias de crímenes antiguos para redactar un artículo en la revista de su universidad, el gobernante le facilitó los archivos existentes. Como siguiente objetivo, Creonte quería encontrar a Martina Verluz, que reposaba en su mapa como tataranieta de Matilde Aragonés, conocida como “La bruja”, y que varias declaraciones de testigos indican que era gran amiga de Genoveva Gárgumiz, presunta responsable del asesinato de mil quinientas veinticuatro personas en el desarrollo de una sesión al interior de una casa de oración. En el archivo del alcalde Cuartas encuentra la dirección exacta de la antigua casa de Genoveva y, sorpresivamente, en tal residencia se topa con Martina, quien, sin pensarlo dos veces al escuchar las intenciones del joven, decide contar todo lo que su madre, abuela, bisabuela y tatarabuela guardaban como secreto invaluable de lo que habían vivido con Genoveva. Mientras le relataba, llevó a Creonte hasta el sótano de la vivienda, donde expuso lo que conmocionó al pueblo en su momento: una colección de libros raros relacionados con magia negra y blanca, técnicas orientales de hechicería antigua, runas vikingas auténticas, pociones hechas con cadáveres de animales y criaturas que se pensaban fantásticas, mascarillas de pieles humanas y retratos al óleo de una Genoveva con veinte años, que reflejaban la idea primigenia de belleza, conjunto de simetría, luz, dulzura y pureza casi indescriptible. Pero en frente estaban colgados retratos de una mujer alejada de toda concepción de lo bello, solo inspiraba terror, vanidad extrema y fealdad 158 Nuevas letras latinoamericanas V3 de carne y alma. En todos los cuadros era el mismo ser, pero con sesenta años de maldad, amargura y despojo de diferencia. Martina le contó que la señora Genoveva depositó toda su confianza en Matilde, la enviaba por ingredientes extraños en cuevas lejanas y preparaba recetas, todo menos convencional, a cambio de dinero, pues Gárgumiz heredó una pequeña fortuna al quedar viuda a muy temprana edad. El pueblo la tildó como “la bruja” porque creían que todo lo que hacía era para ella misma. Le tenían miedo y asco. —Mamá Matilde siempre supo que la verdadera bruja fue Genoveva. Estaba obsesionada con la belleza, fue elegida la mujer más bella de todo territorio cercano y lejano cuando tenía veinte años, hacía hasta lo impensado para conservar su encanto y esplendor. La ética, la moral o la ley nunca eran impedimento para buscar y aplicarse tratamientos en su cuerpo. Tristemente no existe pócima para embellecer el alma y la mente, y se volvió malvada y loca —expresó. Salieron de la vivienda, caminaron algunos minutos por el bosque. Pinos y secuoyas que parecían tocar el cielo los arropaban entre sus espesas ramas, pero se hacían ver débiles ante brisas frías y veloces que complementaban el ambiente gélido, misterioso y de penumbra del sector. El sendero los condujo a una cascada que impresionó a Creonte, pues cuál ilusión la superficie donde precipitaba el agua no estaba mojada, y al comprobarlo por él mismo, pasando por debajo, salió totalmente seco. No tenía idea de cómo explicarlo, solo era testigo de lo que sucedía. Mientras digería la conmoción que sus sentidos captaban, Martina continuaba relatando: —Antes de desaparecer, Genoveva confesó el motivo de su crimen con mi abuela. El día cuando rejuvenecieron en el pueblo, ella se encontraba buscando en el alto de Pancrimón una planta similar a un girasol muy grande que guardaba en su tallo la savia que permitía, según las memorias de un herbolario del sur de Asia cerca de Nepal, quitar de las gibas sesenta años durante una semana, algo que le daría un poco de sosiego en su obsesión. Sin embargo, nunca la encontró y al volver al poblado evidenció que todos, menos ella, eran jóvenes. Algo por lo 159 Varios autores que buscó incesantemente con todo el esfuerzo económico y vital fue dado a inmerecidas gentes por simple suerte o regalo. Ella enfureció con todos y con todo, añoraba venganza a los suertudos e impacto, tuviera conciencia o no, al ser o energía que produjo el fenómeno de rejuvenecimiento. Además, decía que leyó unos fragmentos, muy mal conservados, de escritos de antiguos profetas budistas, donde indicaban que en el territorio donde se ubicaba Tifutis cayó una maldición consistente en que en algún momento de la historia el viento y la luz traerían juventud, pero esto crearía un ciclo de periodos de viejos y jóvenes que solo dejaría miseria, dolor y putrefacción del alma. Por lo que decidió, cual héroe épico, evitar el sufrimiento eterno con el asesinato de todos en la casa de oración, junto con sus mascotas y su propia vida. Con todo lo contado por Martina y demás pruebas recaudadas, Creonte redactó un informe detallado de su investigación que posteriormente fue publicado en la revista de la facultad de derecho de su alma mater. Además, un periodista local se comunicó con el joven solicitando autorización para exponer a toda la población de Tifutis el resultado de las pesquisas, y brindar parte de certeza para los descendientes de las víctimas. Tales publicaciones causaron furor en las provincias vecinas a lo largo y ancho de la República Independiente de Avellaneda: todos anhelaban conocer ese pequeño pueblo que guardaba en sus calles y jardines los restos de cientos de personas asesinadas por una exreina de belleza o, según la versión, una heroína popular que evitó un ciclo eterno de tormentos. Los creyentes en esta última hipótesis organizaron sectas de alabanza para Genoveva e idolatraban su vida y acciones. Algunos cuentan que Dios creó el fenómeno de rejuvenecimiento eterno para ser amo de esclavos de belleza y juventud. Las apariencias traicionan al ser humano, enajenan su voluntad y visión, y solo los invisibles serán libres de las amarguras y ataduras de lo sensible y etéreo. 160 Nuevas letras latinoamericanas V3 Terror 161 Varios autores 162 Nuevas letras latinoamericanas V3 La cita, por Homero Montoya (Perú) Creo que aún no estaba lista para una cita. Mis buenas amigas habían tratado por todos los medios de reanimarme, pero yo no podía olvidarlo. Tal vez algo más de tiempo, no lo sé… salir a divertirme, incluso conversar y reírme me parecía una traición a su memoria. Me era muy difícil ver la vida de frente con la idea de que Braulio ya no estaba más a mi lado, de que un maldito homicida me lo había arrebatado. Aún aquella horrenda escena estaba muy viva en mi memoria: cuando llegué a nuestro dormitorio y vi su cuerpo tendido en la cama, cubierto de sangre, el puñal clavado en su pecho y sus ojos abiertos, desorbitados, donde podía leerse el horror que vivió en sus últimos momentos. No creo poder superar aquel recuerdo tan espantoso y el odio que siento por su asesino al que nunca llegaron a atrapar. ¡No! Pero ya era tarde para cancelar la cita. Bien que mal, había cedido a la insistencia de mis amigas y aceptado salir con Richard. Seguro que no tardaría en llegar. Sola en el dormitorio que antes compartía con Braulio, miraba su fotografía y podía sentir que él me devolvía una fría mirada. Me observaba con pena o me reprochaba el salir con otro hombre, el que lo estuviera olvidando. Llamaron a la puerta y, al abrir, un hombre muy atractivo hizo su aparición, saludándome con un beso en la mano y un bonito halago. Era un caballero galante, pero a pesar de ello yo no estaba muy convencida. Tomé mi cartera y eché un último vistazo a la fotografía de Braulio, un último reflejo de melancolía. Sentí por un momento el eco de su respiración en el hombro y su mirada, esta vez más desafiante, como si quisiera perseguirme hasta mi primera cita a casi seis meses de su violenta partida. Richard resultaba ser un hombre divertido e interesante, de conversación fluida y grandes planes para su futuro. No hacía otra cosa que llenarme de adulaciones, era de seguro un buen partido para cualquier mujer. Salimos a un bar a tomar una copa. Ya casi había olvidado lo agradables que podían ser las noches en la ciudad con una buena compañía. Sin embargo, por intervalos volvía la sensación de 163 Varios autores estar traicionando a Braulio, y es que hasta hace poco tiempo no me podía imaginar salir con alguien que no fuera él. ¿O acaso era algo más? No lo sé, pero el recuerdo de su mirada en aquella foto me tenía inquieta, parecía querer decirme algo, “por favor no salgas con aquel sujeto”. Richard no paraba de hablar de la grata impresión que yo le había causado, de sus planes y proyectos, y de cómo le agradaría que yo formara parte de ellos. “Pero vas muy rápido, recién estamos en nuestra primera cita”. Yo, en cambio, por momentos me perdía en mis recuerdos. Alguna vez estuve con Braulio en un bar como este, casi podía verlo de nuevo como aquel entonces, sentado delante de mí, su cálida voz, su dulce perfume, sus manos dispuestas a tocar las mías. Sin embargo, la realidad era distinta y bastante cruel. No podía soportarlo, mis ojos se humedecieron, me disculpé con Richard y salí con destino al tocador. Allí, junto al espejo, quise llorar, quise gritar una vez más de pena, de rabia y frustración, y de odio por aquel maldito asesino que me había arrebatado al único hombre que amé. Creí, por un momento, escuchar una respiración detrás de mí, pero al voltear no había nadie. Las luces se debilitaron y una voz muy baja, como un susurro, penetró mis oídos. Era Braulio que algo quería decirme, implorarme quizá que no me entregara a otro hombre... y entonces lo vi… vi su silueta en el espejo, estaba detrás de mí. Sentí que el corazón me fallaba un latido, quise pegar un grito. “¡No! ¡Ya basta!”, traté de volver a la cordura. Esto no era posible, seguramente las lágrimas nublaron mi visión y me hicieron confundirlo con otra persona. Por lo demás, aquella imagen había desaparecido. Ya es hora de sepultar los recuerdos. Braulio estaba muerto, pero yo viva y merecía algo mejor que esto, merecía rehacer mi vida y tratar de ser feliz, y en ese momento Richard parecía el más indicado para comenzar de nuevo. Sentí una debilidad en las piernas al salir del tocador, aún me sentía vigilada. —¿Le pasa algo, señorita? —alguien preguntó. ¡No podía ser posible! ¡Era Braulio! Quise gritar, pero algo me contuvo. No… no era él, solo tenía un leve parecido. 164 Nuevas letras latinoamericanas V3 —Estoy bien, gracias —respondí. Pero yo no me sentía bien, estaba como sumergida en una pesadilla morbosa, un mundo de recuerdos, un sentimiento malsano que devora y enloquece. Llegué a la mesa y Richard me preguntó si me sentía bien. —Sí, estoy bien, no te preocupes —mentí. —Quizá sea mejor que te lleve a tu casa. —No. El ambiente de mi casa me hubiera hecho peor, lo sabía, pero sí quería salir de aquel lugar. Salimos del bar y caminamos unas cuadras. La noche era fría y una fina garúa acariciaba las calles. La ciudad tenía un aspecto bastante lúgubre. Richard me ofreció su abrigo y, mientras caminábamos, cruzando la calzada una vez más, pude verlo, observándonos a lo lejos. ¡Braulio! Un frío sudor recorrió mi cuerpo y otra vez me sentí desvanecer, pero al fijarme de nuevo, vi que aquella imagen ya no estaba. ¿Me estaría volviendo loca? Tomé a Richard del brazo, quería creer que a su lado me sentía protegida. Entonces escuché unos pasos detrás de nosotros, alguien nos estaba siguiendo y se acercaba cada vez más. Yo no tenía valor para voltear. —Tranquila, no pasa nada —dijo Richard dulcemente, mientras se detenía y acariciaba mis manos. Yo no sabía qué responder. Entonces, con la ligereza de un príncipe, pasó sus manos por mi cintura y sus labios se acercaron a los míos. Yo no quise resistirme, esperaba que este beso tan dulce borrara de alguna manera todas las horribles tribulaciones de aquella noche. Era tan lindo... —¡Nooo! —di un chillido feroz y aparté bruscamente a Richard de mi lado. Esta vez estaba segura de haberle visto detrás de nosotros, nos observaba mientras nos besábamos. ¡Era él! Pero ¿cómo?… No podía. Estaba allí de pie mirándonos, aunque suene como el desvarío de una mente perturbada, pero en un segundo había desaparecido. Richard me miraba consternado, no entendía mi reacción. 165 Varios autores —Cálmate, no sucede nada. Te llevaré a tu casa, no pareces sentirte bien. —No, por favor, no te apartes de mí. Qué lindo y comprensivo era Richard, hasta me sentí culpable de hacerle pasar por este mal momento. Ahora no quería apartarme de él, tenía miedo de Braulio, o lo que fuera que hubiera visto. Él me acosaba, me perseguía para reclamarme que quisiera rehacer mi vida lejos de él, de su recuerdo. Yo estaba aterrada, pensaba que Braulio me buscaría en nuestra casa si es que me quedaba sola. ¿Por qué demonios no me dejaba en paz? Tomamos un taxi y fuimos al departamento de Richard, allí tomaríamos un café. Yo aún estaba tensa por lo sucedido, pero en todo el trayecto Richard se portó muy tierno y cariñoso. Quizá después de todo algo bueno podría resultar de aquella noche. Mientras me abrazaba, me empecé a sentir protegida, sumergida en él como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo, como si fuéramos enamorados de años y que podía confiar plenamente en él. Incluso pensé en que aquella noche podría entregarme. Una vez en su departamento, aquellas inquietudes parecieron poco a poco disiparse. Era el momento de dejar atrás lo ocurrido. Richard se sentó a mi lado en el sofá y dulcemente trató de acariciarme el pelo. Yo lo rechacé. —Voy muy rápido, lo siento. Sé que esta noche no ha sido fácil para ti. Pero no era eso, había algo más, y es que yo sí quería estar con él. Aquella noche Richard había logrado cautivarme con su trato y una quería hacer de momentos como ese algo muy especial. Ya no era el miedo ni el recuerdo de Braulio lo que me motivaba. Es más, seguramente yo había imaginado todos aquellos eventos, movida por el sentimiento de culpa al no querer admitir que ya no era Braulio, sino otro hombre quien ahora llenaba mi ser y alimentaba mis deseos de mujer. Ahora me sentía más dispuesta, ya preparada para comenzar de nuevo y ser feliz. Richard insistió en tomar mi mano y esta vez ya no 166 Nuevas letras latinoamericanas V3 opuse resistencia. Quería que me besara, saborear sus labios como hace unos minutos antes de que aquella visión nos interrumpiera. Y entonces lo hizo, me besó con tanta pasión que el recuerdo de todo lo ocurrido se esfumó. Ya no estaba en aquel mundo macabro de pesadillas provocadas por la culpa y la tristeza, sino en otro muy distinto, uno en el que el príncipe gallardo toma en sus brazos a su amada y con un beso la lleva a acariciar el cielo. Ya no hay lugar para otra cosa que el amor y la pasión, es el momento de entregarse a una nueva ilusión, de sonreír, de ver la vida de frente y sentirse mujer al despertar en los brazos de un hombre. Richard me abrazaba con más fuerza y me besaba con pasión, yo deseaba más. Sus manos aterrizaron en mis muslos y subieron lentamente por debajo de mi falda, haciéndome estremecer. Yo desabrochaba su camisa con el ferviente deseo de que él me poseyera. —¡Quiero ser tuya! —exclamé. Pero entonces, la pasión se apagó de repente al oír un ruido ensordecedor. La ventana se abrió de golpe, dejando entrar un viento gélido que arrojó por los suelos unos papeles que estaban sobre la mesa. Richard se incorporó de un salto, yo instintivamente me puse a temblar. Sentía un miedo corrosivo emerger de lo profundo de mi alma. De pronto las luces se apagaron y creí ver una sombra desplazarse por las paredes. No pude soportarlo más y grité. Richard me abrazó, tratando de calmarme, pero se notaba que él también estaba intranquilo. También él estaba viviendo ese inquietante momento. No podía ser mi imaginación, lo que pasaba no era normal. Escuchamos ruidos procedentes de otra habitación o de los pasadizos, eran pasos y venían hacia nosotros. Muy temerosa, me dejé llevar por Richard hacia su recámara. Él me había persuadido de que allí estaría más segura mientras averiguaba qué eran aquellos ruidos. Una vez allí, sin embargo, la soledad acrecentó mis temores. En aquel dormitorio una fotografía parecía observarme, una joven mujer. Su apariencia se me hizo familiar, yo la había visto antes en alguna parte. Los ruidos se oían ahora más cercanos. Mis ideas eran un desorden que giraba en torno a lo que estaba sucediendo y a mis recuerdos. Una vez más quise llorar de tristeza, y es que yo hubiera 167 Varios autores querido que las cosas fueran distintas. Revivir una historia de amor en el momento en que Richard me llevó a su departamento con el claro objetivo de que aquella noche fuera su mujer. Igual a cuando conocí a Braulio, cuando salimos a bailar y a caminar por la ciudad tomados de la mano y besándonos bajo los faroles, él acariciando mi cabello, yo recostada sobre su pecho deseando que esa experiencia no terminara jamás. —Te amo —me decía—. Te amo con toda mi alma. Quiero que te quedes conmigo esta noche y todas las demás. —No me separaré de ti jamás —respondía yo. Yo también lo amaba. Él se acercaba hacia mí, oía sus pasos, sentía su respiración muy cerca. —Llévame contigo, mi amor. —Braulio, mi vida, estás aquí, venciste las barreras de la muerte para volver aquí conmigo, ven... La noche cambió de repente, la dicha lejana fue un momento vivido. Besos, caricias y el hombre que amaba otra vez aquí a mi lado, amándonos para siempre, por toda la eternidad. —¡Mi amor, no pares! ¡Te amo! Y el silencio apagó mis suspiros. Era este hombre maravilloso quien tantas veces me había hecho feliz, el que me poseía. Luego solo una fugaz razón de felicidad, una última dicha, un último "te amo"… y él ya no era Braulio, era Richard. Entonces me vi de pie y desnuda en medio de la sala. El teléfono descolgado. Richard había hablado con alguien, ahora me miraba sobresaltado. Yo era incapaz de explicar cómo había llegado hasta ese lugar. Los papeles aún estaban tirados por el suelo. Algo en ellos llamó mi atención, algo de lo que no me había percatado la primera vez. Eran retazos de periódicos, crónicas policiales, todos con la misma noticia: el asesinato de un hombre llamado Braulio Castél. 168 Nuevas letras latinoamericanas V3 —¿Qué significa todo esto? ¿Por qué guardas tú estos periódicos? —pregunté. Los ojos de Richard cambiaron, ahora reflejaban una extraña vehemencia. —Tranquila, déjame explicarte… Pero yo ya lo entendía todo. Entendía que hace unos meses atrás, este hombre se había escabullido hacia nuestra casa y había asesinado violentamente al gran amor de mi vida. —¡Maldito! Richard se abalanzó sobre mí, sujetándome de los brazos. Traté de quitármelo de encima y le mordí en la mano. Él respondió con un fuerte golpe sobre mi rostro, arrojándome por el suelo. —Ven, cariño, verás que la pasaremos muy bien. Con el rostro ensangrentado y bañado en lágrimas, me incorporé y traté de huir. Corrí hacia la habitación y cerré la puerta. Yo estaba aterrada. Richard golpeaba con fuerza, tratando de entrar. —¡Abre, maldita puta! Entré en pánico, me recosté junto a la cama. En cualquier momento Richard rompería la puerta. No sabía qué hacer, él seguía gritando y lanzando juramentos. Ahora entendía todo: el alma de Braulio había tratado de advertirme, de protegerme de este psicópata, pero pronto Richard tumbaría la puerta. —¿Dónde estás, Braulio? ¡Por favor, ayúdame! ¡Auxilio! Producto del miedo, me sobrevino un fuerte dolor en el pecho, la respiración se me hizo más difícil y me sentí muy débil. En la habitación, una vez más, vi a Braulio, quien me miraba muy triste o molesto, no lo sé. Richard seguía dando golpes a la puerta y gritando furioso. —Mi amor, perdóname —musité y tendí mi mano para tocar la de Braulio cuando la puerta se abrió. 169 Varios autores Richard, como un perro rabioso, arremetió contra mí. No pude quitármelo de encima, de un fuerte golpe me arrojó sobre la cama y se lanzó sobre mí. —No te resistas, puta, que esto te va a gustar. —¡No, maldito! Él me manoseaba, frotaba su cuerpo contra el mío, mordía y arañaba como un animal y, como tal, me profanaba. Ya no podía gritar, entre lágrimas le rogué que se detuviera. Braulio nos observaba a la distancia con una profunda tristeza en el rostro. Sentí que me estaba muriendo, mi único consuelo fue el saber que pronto me reuniría con él, sí, el gran amor de mi vida. Era él... mi manera de escapar de este infierno. Sí, era Braulio, el gran amor de mi vida quien me hacía el amor. Me sentía dichosa, sí, moriría feliz en sus brazos para reencontrarme nuevamente con él en la otra vida. Era algo bello, dichoso, divino. Rendida, dejé de luchar, supe que me estaba muriendo y no era algo malo, era una sensación placentera, ya todo estaba consumado. —Braulio, amado mío, toma mi mano. Pronto estaremos juntos, mi amor, juntos, siempre juntos… Imágenes borrosas se dibujaban delante de mí, ya no era yo, como si hubiera salido de mí misma. —Despierta, mi amor, mi bella princesa. La voz de Braulio era bellísima, rebosante de dulzura. Su rostro era hermoso y supe que por fin estaría con él para siempre. —Oh, mi amor, te quiero, ya estoy a tu lado, estaremos juntos por toda la eternidad. —Sí, mi amor, nadie te lastimará, bonita. No permitiré que te hagan daño. ¿Pero cómo? ¿Cómo podía él decirme eso si había visto cómo ese desgraciado satisfacía conmigo sus mórbidos deseos y no había hecho nada para evitarlo? 170 Nuevas letras latinoamericanas V3 —¿Por qué, Braulio? ¿Por qué dejaste que esto pasara? —No es como tú crees, pequeña. Yo siempre he estado a tu lado, jamás permitiría que te lastimaran. Pero el tono de su voz había cambiado, ya no era el mismo y sus palabras parecían referirse a algo más, encerraban un mensaje diferente. Él ya no me miraba. De repente me sentí otra vez atrapada en esa misma habitación que creí abandonar al experimentar una dulce muerte. Volvían mis formas corporales entre sensaciones de dolor y humedad. Los recuerdos se volvían borrosos y la imagen de Braulio adoptaba unos rasgos grotescos, sus ojos brillaban con un rojo muy intenso y depositaba la mirada en un lugar al fondo del cuarto. Instintivamente voltee siguiendo su mirada. —¡Nooo, otra vez! Sobre la cama, aquel cuerpo ensangrentado, el puñal en el pecho y los ojos muy abiertos, observaba con terror el espantoso arribo de la propia muerte. La misma escena de hacía algunos meses, pero esta vez en el cuerpo de Richard. ―¡Aaahhh, aaahhh! ―retrocedí aterrada. Un agudo grito brotó de mi interior al punto que Braulio me observaba con una macabra sonrisa. Era él quien lo había planeado todo, quien de esa manera había maquinado desde ultratumba su terrible venganza. De repente, todo a mi alrededor se hizo fluido, el mundo comenzó a girar, perdí el control de mí misma, perdí la visión y los reflejos. Sentí perder mi esencia, seguramente yo también estaba muerta. *** El teniente Silva caminó nervioso por tercera vez delante de la mesa. Encendió un cigarrillo y, tras unas bocanadas, lo estrelló contra el cenicero. Huaman, su compañero, también se sentía inquieto y consternado. Ninguno de los dos policías podía entender las refrendas de la hermosa joven a la que estaban interrogando: sus manos temblorosas y su mirada nerviosa dentro de unas facciones tan 171 Varios autores delicadas no podían hacer otra cosa que inspirar ternura y, sin embargo, una historia decorada en lo sangriento giraba en torno a su persona. ―Bien, Mayra ―dijo el teniente―. ¿Eso es todo lo que recuerdas? ―Sí, señor, eso es todo. Todo fue muy horrible ―balbuceó entre lágrimas la mujer―. Por favor, ya no me pregunte más, ya no aguanto todo esto. ―Bueno, entonces no me dejas otra opción que ponerte las cosas claras ―continuó el teniente Silva―. El señor Richard Márquez denunció hace algunos días que estaba siendo acosado por una extraña mujer. Anoche nos llamó muy nervioso, dijo que alguien los espiaba a él y a su novia mientras estaban en un bar. Dejó a su chica en su casa y, al llegar a su departamento, pensaba que su acosadora se había introducido en él y temía por su seguridad. Cuando llegamos al departamento, lo encontramos apuñalado y a ti en un estado catatónico, tus huellas dactilares estaban en el arma homicida. ―Eso no puede ser ―musitó Mayra con aire de total desconcierto. ―Sí puede ser, Mayra. Tú jamás tuviste una cita con Richard Márquez. Tú lo acosabas, lo perseguiste toda la noche, los seguiste a él y a su novia mientras salían. Luego desconectaste las luces de su departamento para poder ingresar y de alguna manera lograste seducirlo para que tuvieran sexo. »―Tócame. Sé que me deseas, que te apetece tenerme esta noche ―decía la mujer mientras contoneaba su hermoso cuerpo desnudo―. Yo también te deseo, quiero un macho que me caliente en este frío. Tómame, hazme tuya esta noche y luego no me volverás a ver. Ah, ah... tócame, tócame... hazme el amor, querido, solo quiero eso, nada más. ¡Quiero ser tuya! ―Y luego lo asesinaste ―sentenció el teniente. ―¡No! ¡Mentira! Yo salía con Richard, él quería estar conmigo, él me invitó a salir y... 172 Nuevas letras latinoamericanas V3 ―¿Y qué, Mayra? ¿Y qué? ¿Richard abusó de ti y por eso el fantasma de Braulio lo mató? ¿O acaso los mató por celos, por venganza ya que él era su asesino? Mayra no pudo responder. Se dio cuenta de que su historia carecía de la menor coherencia, no podía ella misma explicarse el porqué, el cómo. Sin embargo, por increíble que pareciera, las cosas habían pasado de aquella manera y ella lo sabía... ¿lo sabía? Él la depositó en la cama y llevó sus manos a explorar su dulce feminidad, la llenó de besos y de caricias. Ella se contoneaba mientras pedía más de su macho viril. “Ámame, querido”. Se fundieron sus cuerpos, se entregaron a la pasión, sus labios recorrían sus contornos saboreando la sal del deseo. Ella comenzó a gemir con más fuerza. “¡Más, más, no pares!”, órdenes que a él enloquecían, toda una hembra, una diosa de los placeres carnales. Se colocó encima de él y comenzó a cabalgar, el placer era intenso. Él en su éxtasis no pudo advertir lo que ella de pronto tenía entre sus manos: un filudo puñal que, con todas sus fuerzas, le clavó en el pecho. Él dio un sordo quejido mientras veía su sangre desparramarse por el cuerpo de ella que una vez más le hundía el puñal entre gemidos vehementes. Los ojos del pobre hombre reflejaban el horror de lo último que veía, a la mujer que gozaba bañándose en su sangre, gimiendo de placer al alcanzar el orgasmo con su horror y su agonía que acabó satisfaciéndose con el fetiche de su violenta muerte. ―Mayra, hemos averiguado entre los familiares y amigos del señor Braulio Castél ―continuó el teniente― y nadie te conoce, nadie puede dar fe de que tuviste una relación sentimental con él y que vivían juntos. Semanas antes de su muerte, Castél denunció ser víctima de acoso, alguien lo perseguía y se metía en su casa. Él temía bastante por su integridad. Un día lo encontramos en su casa, muerto de tres puñaladas en el pecho. No pudimos dar con su asesino hasta ahora. Márquez sospechaba que su acosadora era la misma que la del caso Castél. Es por eso que se hizo de un montón de información sobre ese tema: las crónicas policiales que se encontraban en su sala. 173 Varios autores Mayra no podía creer lo que oía, quiso responder, corregir esa vil mentira con la que la incriminaban, pero no supo cómo, no pudo encontrar las palabras. Se dio cuenta de que su mente estaba en blanco y no podía, ni quería, luchar más ¿Ya para qué? ¿Qué más daba? Huaman hizo llamar a los guardias. ―Lleven a la señorita hasta su celda. Ya todo terminaría por fin. Más allá de sus universos oníricos, de sus mundos alternos, Mayra pudo vislumbrar la cruel realidad que se levantaba sobre los seres abyectos como ella. Vio que un nuevo monstruo, quizá más terrorífico que el anterior, le abría de par en par su descomunal mandíbula, dispuesto a devorarla. “Quizá sea lo mejor”, pensó. Quizá por fin acabarían con sus sufrimientos, con sus desgracias, con ella misma. Al final, miró desafiante a la oscuridad de su nueva morada mientras sus espectrales amantes y sus delirios de mantis religiosa le devolvían la mirada. 174 Nuevas letras latinoamericanas V3 Teodoro, por Armando Gallardo (México) Para despertar y levantarse, cualquier pretexto era válido. Podría ser, como en esa madrugada, una manzana estrellándose en el techo de zinc. No importaba la hora, Teodoro sabía que su madre madrugaba y que él tenía que levantarse a poner la lumbre. Y, en efecto, ella estaba frente a la estufa en la mecedora de madera, donde lo esperaba sentada. Teodoro fue al patio trasero por el ocote y los leños de encino, y con desacostumbrado ánimo empezó el día. Sabía que, particularmente ese día, había mucho trabajo qué hacer. Después de dar el beso en la frente, poner la lumbre y acercar a su madre un poco al fuego, se dispuso a iniciar la larga jornada que le esperaba. Salió por la puerta principal y fue al cuarto de los tiliches para regresar con un martillo, clavos y un serrucho; los puso en el piso y, por la misma puerta, empezó a meter retazos de tabla que había desprendido y amontonado de una porqueriza jubilada la tarde de ayer. En una de esas vueltas escuchó un saludo que atravesaba la aún turbia mañana. —Buenos días, Teodoro. ¿Cómo sigue doña Cuca? —Un poco mejor. Con sus reumas y jaquecas, pero un poco mejor. Entró presuroso a la casa. Le molestaban los vecinos importunos y metiches. Puso a calentar agua para el café y la avena que le había preparado a su madre el día anterior. —¿Cómo amaneció tu apetito, mamá? Tienes que comer. Esto te dará fuerzas y podrás levantarte por fin de esa silla. Empezó dándole con ternura cucharadas de avena; pero, como desde hacía ya algunos días, ella se empecinaba en no probar bocado. —Eres una niña berrinchuda —gritó Teodoro al tiempo que aventaba el plato con el alimento arriba de la mesa—. Así nunca te vas a curar. Y este olor a podrido que no se quita. ¿Sabes? He estado 175 Varios autores pensando que de seguro el viejo avaro de Baldomero puso veneno para ratas en su tienda y aquí se vino a morir alguna. Sí, una rata agusanándose debe estar por aquí, en algún lado. En la tarde voy a buscar debajo del fregador, por ahí se siente más fuerte el olor. Con el serrucho empezó a cortar las tablas de un mismo tamaño. Su madre no lo miraba, parecía que no le importaba lo que él hacía, con indiferencia seguía calentándose frente a la estufa. Teodoro empezó a clausurar puertas y ventanas. El martilleo retumbaba y hacía estremecer las paredes de ladrillo. —Ya sé que estás enojada porque voy a tapar las puertas y las ventanas, ¿verdad? ¿Para qué quieres tenerlas? Sabes bien que aborrezco las costumbres y las gentes de este pueblucho. ¿Para qué quieres mirar afuera? Siempre pasa lo mismo. ¿Qué puede suceder en este rincón olvidado? No te preocupes, te prometo que voy a contarte todo lo de allá afuera. Yo sé que eso es lo que quieres. Mira —dijo, asomándose y limpiando el vidrio empañado con el dorso de su mano—, allá enfrente, mirando mucho para acá, está, como siempre a esta hora, María la de Quico barriendo la calle. Ya no sé si es ella o es su fantasma, es que ella siempre barre. Cuando la veo barrer así siento como si adelgazara la corteza con su escoba de pelos amarillos. Cuando se muera seguirá barriendo con seguridad. Más allá —dijo encorvándose un poco para alcanzar a divisar más lejos —, dando vuelta en el poste con Gil, va la Sota de Oros contoneando sus pechos enormes como si se los hubieran completado de sus caderas escasas. En cualquier momento pierde el equilibrio y entierra la nariz en el suelo. Va a trabajar —dijo sarcástico—. Todo mundo sabe en qué trabaja. »De aquella casa sale Maribel, como siempre, envuelta en una ingenuidad rosa y en un vestido gris. Va a la iglesia a asear la casa del Padre, Aunque es muy extraño que vaya tan temprano; quién sabe a qué irá. Y, por último, el chisme de la semana, pues dicen que la güera Alejandrina viene todas las noches en un taxi, llega a su casa, y le pone la lumbre a don Gonzalo. Pobrecita, algún pendiente dejó en su vida anterior. Si te das cuenta, aquí la historia la escriben las mujeres. Pareciera que no hay hombres. Ya ves, ¿para qué quieres salir? Yo te 176 Nuevas letras latinoamericanas V3 puedo contar todo lo que pasa allá afuera —precisó y continuó clavando tablas en puertas y ventanas. »Y este olor a podrido no se quita. Voy a la tienda de Mero a traer un bulto de cal. Tiene que quitarse. A ver si cuando regrese ya te de hambre. En el momento en que salía por la puerta principal que aún no clausuraba, vio a la multitud que se arremolinaba en la plaza. Despavorido, corrió y se metió a la casa, asegurando la puerta con tablas y clavos. Apenas había terminado cuando unos hombres la empujaron, pretendiendo derrumbarla. —No te asustes, mamá. Yo te voy a cuidar como te lo prometí. No dejaré que te hagan daño —decía al tiempo que la apretaba contra su pecho. —Abre la puerta, Teodoro. No queremos hacerte nada. Solo abre la puerta. —La voz llegaba de afuera y lo hacía enfurecer—. Sólo déjanos entrar. No te pasará nada. Al ver que no había respuesta, los hombres tomaron una gran viga del patio y con la punta por delante empezaron a golpear la puerta. La multitud y la ansiedad a la par crecían. Fueron varios los golpes que necesitó para que la puerta se partiera en pedazos. Con el acceso libre el gentío pudo por fin entrar... 177 Varios autores 178 Nuevas letras latinoamericanas V3 Comedia 179 Varios autores 180 Nuevas letras latinoamericanas V3 Crónica de una derrota anunciada, por Pablo Arce (Chile) 1. La Corte Internacional de Justicia y la Federación Internacional de Fútbol Asociada (FIFA) firmaron en la Haya un tratado mediante el cual todas sus naciones integrantes se comprometen a resolver sus disputas geopolíticas a través del balompié, en formato de partido único y oficiando como local el país demandado. Es el principio del fin. 2. Argentina demandó a Chile la soberanía sobre la totalidad de las regiones de Aysén y Magallanes, amparándose en los diversos conflictos fronterizos sostenidos durante los siglos XIX y XX. La contienda, disputada en el estadio regional de Coyhaique, fue triunfo para la albiceleste por un inapelable cinco a cero. Nada que decir. No vimos una. 3. Perú exigió a Chile la restitución de las regiones de Arica y Parinacota, perdidas tras la Guerra del Pacífico. El partido se jugó en el estadio Tierra de Campeones y finalizó con un sorpresivo tres a cero en contra. Un error en la salida nos costó el primer gol y de ahí todo se fue al carajo. Al menos el pisco sigue siendo chileno. 4. Alemania reivindicó la soberanía sobre la región de Los Ríos y de Los Lagos, aludiendo a la Ley de Colonización de 1845. La gesta tuvo lugar en el estadio Chinquihue y se dirimió en tiempo suplementario a favor de los alemanes, quienes ganaron por la cuenta mínima gracias a una jugada de pelota parada. Como decía el bueno de Lineker: “el fútbol es once contra once y siempre gana Alemania”. 5. Bolivia ordenó a Chile la restitución de la región de Antofagasta y la entrega de la región de Atacama, en compensación por los siglos de riqueza marítima y mineral de la que fueron despojados. La reyerta acaecida en el estadio El Cobre finalizó empatada a cero tras los ciento veinte minutos reglamentarios. En una tanda de penales no apta para cardiacos, Chile cayó por once a diez. El portero nacional, que ni cerca estuvo de atajar alguno, mandó el suyo a la punta del cerro. 181 Varios autores 6. Las regiones de Ñuble, Biobío y la Araucanía fueron reclamadas por Brasil, como parte de su estrategia para mitigar el impacto generado por la depredación en la Amazonía. El estadio Germán Becker ofició como escenario de la goleada por cuatro goles a uno que le propinó el Scratch a la Roja de todos. Al menos, esta vez hicimos un gol. En estricto rigor, un autogol. 7. España reclamó para sí las regiones de O'Higgins y Maule, aduciendo títulos de dominio fechados en 1810. En el mítico estadio El Teniente tuvo lugar una de las remontadas más increíbles de las que se tenga recuerdo. Chile ganaba tres a cero con comodidad hasta el minuto ochenta. Después vendrían los diez minutos más fatídicos de nuestra historia deportiva. Tres penales, dos autogoles y un gol olímpico les dieron el triunfo definitivo a los españoles por seis a tres. Juego, set y partido. 8. Italia interpeló a Chile por soberanía en las regiones de Coquimbo y Valparaíso, sin argumento alguno. El estadio Sausalito fue testigo de un partido ingrato. Chile ganaba uno a cero antes de la media hora y tuvo un par de chances inmejorables para cerrar el partido, pero la pelotita no entró. Ya en los descuentos, el árbitro cobró un discutible penal a favor de los italianos y éstos lo cambiaron por gol. En el suplementario, con Chile atacando como si no hubiera mañana, Italia encajó el segundo gol de contragolpe. Jugamos como nunca y perdimos como siempre. 9. Ahora sí que Santiago es Chile. Literalmente. 182 Nuevas letras latinoamericanas V3 Infantil 183 Varios autores 184 Nuevas letras latinoamericanas V3 Un cuento espacial, por Sylvia Salazar (Chile) El cielo estaba extrañamente hermoso aquella tarde, había algo especial en sus colores y en sus nubes. ¿Sabes por qué? Porque habían bajado los amigos de otros planetas, venían en su nave espacial de colores plateado y dorado, trayendo alegría a la Tierra. Estaban derramando por todos los rincones pétalos de flores de múltiples colores: rosados, fucsias, amarillos, naranjas, azules y violetas. Tenían un aroma tan especial, envolvente y mágico que toda la gente comenzaba a reír y a abrazar a sus seres queridos. La nave espacial estaba estacionada a la salida de la ciudad. ¡Era enorme, enorme! Tenía alas plateadas hechas de varias capas de papel de aluminio que le daban ese color plateado brillante. En su interior estaban los asientos de los tripulantes, en total cuatro. El capitán de la nave era Zaidex; el copiloto era una bella princesa que había estudiado mucho para aprender a comandar la nave espacial, su nombre era muy suave y elegante: Selene, como la Luna. La misión que tenía encomendada Selene para este viaje interespacial era la de encontrar a la malvada Tantris, que estaba envenenando el agua de la Tierra, matando a todas las plantas y los bosques. Tantris era una hechicera que tenía su guarida en medio del bosque, y también estaba muy bien protegida por ocho lobos salvajes que mordían a todos los que se querían acercar a la guarida. En su jardín no había flores ni hierbas, solo piedras, porque ella había envenenado el agua que corría por el arroyuelo cercano a su cueva y, de este modo, las plantitas se fueron secando poco a poco. Ninguna logró sobrevivir a tan cruel acción de la bruja. Selene, la princesa, tenía unos instrumentos especiales de color morado y celeste para ver a lo lejos, y observar todo a través del bosque. Ella podía ver qué sucedía entre los árboles, detrás de las paredes y dentro de las cuevas. Esos instrumentos se llamaban binocularxis y eran de color violeta con mucho brillo, para que le 185 Varios autores alumbraran el camino en la noche cuando ella salía a patrullar por el bosque. Zaidex, el capitán, salió de la nave y le dijo a Selene que juntos irían tras la bruja mala. Selene se puso su traje de color morado, sus botas doradas, su capa plateada, buscó su escudo de color bronce que era muy resistente, y así, bien protegidos, juntos descendieron de la nave, llevando también su intercomunicador galáctico que le permitía informar a la base interestelar en la que se encontraba su mamá, la reina Hygea, y su papá, el rey comandante de los ejércitos, llamado Musguel. La bruja Tantris ni se imaginaba que la andaban buscando. Ella se encontraba en el subterráneo de su cueva preparando más veneno para echarlo al agua. La acompañaba su cuervo negro y viejo que ya estaba cojo y casi ciego por tantos maltratos sufridos. La bruja casi no lo alimentaba y le prohibía salir a volar al bosque a comer semillas, así que estaba flaco, enfermo y roñoso; solo comía algunos desperdicios y sobras de comida que la bruja botaba a la basura. La gran olla que tenía hirviendo Tantris reclamaba por el fuego que le quemaba las patitas, echaba burbujas de agua hirviendo y ya estaba que reventaba de calor. Afuera, de pronto, se sintió aullar desesperadamente a los ocho lobos de Tantris que corrían frenéticos aullando hacia el bosque, pero no se veía nada anormal entre los árboles. La bruja salió a mirar de qué se trataba; sin embargo, no vio nada. Los lobos seguían aullando hacia algo que percibían entre los árboles. Olían una presencia, pero no distinguían nada. Ni los lobos ni la bruja sabían que Selene había activado el rayo mágico que la hacía invisible y que, en compañía de Zaidex, habían logrado ubicar la guarida de Tantris; sin embargo, la carga de la batería del rayo se estaba agotando, así que, antes de que fueran descubiertos, tuvieron que regresar a la nave. Los lobos se calmaron, dejaron de aullar, pero Tantris, adivinando que la andaban buscando, entró rápidamente al subterráneo, trasvasijó el veneno a botellas más pequeñas, las echó en un morral, y se dirigió al lago azul que quedaba a varios kilómetros más abajo con el fin de envenenar sus aguas. 186 Nuevas letras latinoamericanas V3 Mientras tanto, nuestros dos amigos que también venían en la nave seguían regalando flores y alegría. Uno de ellos se llamaba Peñis y el otro Lugoh. Ellos tenían cinco y seis años, eran hermanitos de Selene. Ella los había traído a la Tierra para entrenarlos en misiones tan lindas como derramar amor entre los hombres. Las misiones de los hombres intergalácticos se van haciendo cada vez más complejas. A medida que van creciendo los niños, se les va enseñando otras cosas más complicadas, y así, de a poco, van aprendiendo los idiomas de otros planetas. Aprenden también el idioma de los números, aprenden a leer para poder conocer los códigos secretos de las naves para que cuando sean grandes puedan manejar esas naves tan grandes y viajar por el espacio. Selene, muy preocupada, entró nuevamente en la nave para cargar la batería de su rayo mágico invisible, pero —¡oh! ¡Sorpresa!— el interruptor sónico robótico no estaba en su sitio. Selene salió de inmediato a avisar a Zaidex, quien se había quedado entretenido ayudando a Peñis y Lugoh a repartir pétalos de flores. Selene le dijo: —¡Zaidex, se han robado el interruptor sónico robótico! No está conectado a la energía solar. Ya no puedo activar mi rayo de la invisibilidad. —¡Oh! —exclamó Zaidex—. Déjame ver. Me conectaré a través de ondas electromagnéticas y telepáticas con la estación madre y comunicaré lo que ha sucedido. Ellos pueden rastrear el código de barra de silicio que lleva el interruptor, el cual se encuentra escondido en el orificio del medio, justo donde el alambre magnético sella la entrada del rayo invisible. —¡Oh, eso sería estupendo! —exclamó Selene muy entusiasmada. Luego de aquello, Zaidex presionó en su brazo izquierdo un botoncito de color rojo que empezó a titilar. De inmediato apareció, en el aire, la imagen de la nave nodriza con Hygea en su interior. Ella se sorprendió de esta comunicación no programada, y preguntó qué sucedía. 187 Varios autores —¿Está bien Selene? —Fue lo primero que preguntó. —Sí, sí —contestó Zaidex—. Ambos estamos bien. Luego le contó lo sucedido con el interruptor sónico robótico. —¡Vamos a ver! —dijo Hygea—. Lo rastrearé a través del universo, en los planetas del primer sistema solar, Salamandix. —Buena idea —dijo Zaidex. Pero Selene se adelantó y le dijo a su mamá Hygea: —No, mamá. Ese sistema solar es nuestro mejor aliado. Acuérdate de que yo tengo acceso a ver eso también, así que ya lo busqué ahí y nadie tiene información de nuestro interruptor sónico robótico. Busca mejor en la otra galaxia, la que está a miles de años luz de la nuestra, y con la cual casi no tenemos comunicación. —Ok, es verdad —dijo Hygea—. Activaré los sensores de rayos invisibles, también los sensores de colores y rayos electromagnéticos, pero para eso necesito tu clave mágica, la que solo tú tienes guardada en tu memoria. —De acuerdo —dijo Selene—. Dame un segundo. Me concentro muy bien, veo todos mis códigos secretos, los registro en mi memoria terrenal, y te los hago llegar a través de telepatía para mayor seguridad y para que no haya copias falsas de esta información. —¡Muy bien! —dijo Hygea—. Espero entonces en el puesto de mando. Al cabo de unos segundos, Selene cierra sus ojos, se concentra muy bien, piensa en los códigos y en la clave correcta de los rayos invisibles. Enseguida activa la antena de su casco plateado, y comienza a emitir las señales lentamente a Hygea. Al instante le contesta: —Estoy recibiendo interferencia. ¡No me llega bien el código! Entonces, apareció Musguel, el comandante general. 188 Nuevas letras latinoamericanas V3 —¿Qué es esa interferencia que ha hecho fallar los comandos de la nave? —preguntó. —Estoy tratando de activar los sensores del rayo invisible con la clave de Selene —le responde Hygea. —¡No! ¡No puedes hacer eso! La información ha sido interceptada por Ruliasta, la hechicera interespacial que constantemente anda merodeando nuestra nave. ¿Qué haremos ahora? ¡Con ese poder Ruliasta puede destruirnos! Mientras esto sucedía en la nave nodriza, Tantris ya había llegado al lago azul, seguida por sus lobos que babeaban de cansancio y de hambre. Se acomodó detrás de un robusto pino, y cuando se disponía a sacar las botellas con veneno para derramarlas en las aguas del lago, vino un temblor tan fuerte que la bruja cayó al suelo. Se quebraron todas las botellas, y el veneno se derramó en la tierra, quemando todo el pasto y hierbas del lugar. Muy enojada y furiosa, Tantris se levantó adolorida y quejumbrosa, agarró de nuevo su morral y se devolvió a la guarida para preparar más veneno. Le tomó cuatro horas llegar a su guarida, porque el golpe la había dejado bastante adolorida y casi no podía caminar; parecía que se había quebrado un pie. Zaidex, en la nave espacial, estaba muy preocupado porque Ruliasta estaba absorbiendo la energía de la nave y trataba de desviarla de su curso normal. La quería dirigir hacia la galaxia Pinatrix, donde ella vivía y tenía un enorme laboratorio con robots a los que había introducido un programa para hacer el mal en el universo. Zaidex maniobraba la nave, dándole todo el poder a los motores, pero la fuerza de los hechizos de Ruliasta era tan grande que la nave ya lentamente se empezaba a desviar de su ruta. Ruliasta estaba usando un poder magnético muy fuerte, llevando a la nave por el rumbo equivocado hasta que, después de unos cuantos minutos, cayó en Pinatrix, causando un terrible terremoto. Las fuertes vibraciones llegaron a la Tierra, el planeta se movió tan fuerte que se destruyó casi todo el bosque, y las plantitas más débiles se quemaron 189 Varios autores por el fuego que caía en grandes bolas de fuego desde el espacio. Uno de los árboles más grandes voló por la galaxia; era un árbol que medía cincuenta metros y tenía un tronco de diez metros. ¡Era enorme! Con mucho susto, Selene vio que una rama de ese árbol cayó con mucha fuerza en el brazo de Peñis. Le había destruido los circuitos ultrasónicos. Eso era grave, ¡quedarían más aislados todavía! Ruliasta, que estaba fuera de sí, buscó sus antiguos escritos y recetas codificadas. Allí encontró una fórmula muy antigua que habían creado las primeras brujas que habitaron la Tierra. Con esa fórmula, Ruliasta preparó una poción mágica que la convirtió en una mujer muy hermosa y amable. Sin dudarlo, agarró su báculo y se subió a su carro, al que le puso unas ruedas mágicas invisibles, y así llegó rápidamente a la nave espacial que, a pesar del golpe, no se había destruido. Allí se acercó a Selene pidiendo ayuda, le dijo que estaba abandonada y que buscaba un refugio, le ofreció su ayuda porque sabía muchos secretos del universo. También le ofreció un poco de agua, engañando a Selene con sus palabras suaves y cariñosas. Le dio a beber el veneno, el que estaba escondido en su magia, mezclado con el agua de la botella. Selene aceptó el agua porque en la nave ya no había, y todo el viaje tan rápido y el esfuerzo le había dado mucha sed. Al primer sorbo bebió el veneno; apenas se dio cuenta de que había sido envenenada, cayó inconsciente. De pronto, apareció un príncipe y su dragón que estaban volando, patrullando como todos los días. Ellos formaban parte de la escuadra de vigilantes del bosque y del espacio. Las señales de auxilio telepático llegaron al aura mágica de Rumelix, ese era el nombre del príncipe de los caballeros guardianes del espacio. Se dirigió rápidamente al planeta Pinatrix. Muy rápido vio a Selene en el suelo desmayada. Entonces, dio la orden telepática a su dragón, y este descendió para buscarla. Desplegó entonces el escudo protector y el embudo mágico que levantó a Selene con suavidad, la depositó en la silla trasera del lomo de su dragón y se la llevó al castillo del rey, el señor comandante de todas las fuerzas de vigilancia del universo paralelo al de Musguel. 190 Nuevas letras latinoamericanas V3 Al llegar al castillo, que en realidad era una nave espacial gigante con muchas y poderosas armas y luces ultravioletas e infrarrojas, el príncipe buscó a su padre en la sala de comandos. El rey se sorprendió de verlo porque aún era hora de patrullaje de Rumelix. Entonces, al ver que traía en sus brazos a Selene, se apresuró a ayudarle. Juntos la acostaron en una cama suave y llena de pétalos de flores, la cubrieron con un velo dorado bordado con mariposas, luciérnagas y colibríes, y la dejaron descansar. Tantris, mientras tanto, estaba preparando más veneno para el agua, pero su lobo, que estaba salivando de hambre, corrió alocado y tan rápido que con la cola pasó a botar toda la preparación del veneno. También pasó a botar a la bruja que se golpeó la cabeza con el caldero, quedando allí muerta en su propia maldad. En el castillo, Selene continuaba desmayada. Todos los sensores de su traje estaban titilando, enviando señales a Zaidex, informando de la ubicación y estado de Selene, pero al parecer las paredes del castillo eran demasiado gruesas. Esto impedía que salieran las señales ultrasónicas y telepáticas que rebotaban y rebotaban. De pronto, una de las ventanas se abrió de par en par. Una fuerte y cálida brisa entró a la habitación meciendo las cortinas y el velo que cubría a Selene. En esa brisa venía envuelta un ser de luz: ¡era el hada madrina interestelar! Era Esmeralda, la hermana de Ruliasta. Ella era un hada muy buena que cuando era pequeña se había separado del grupo de las malvadas en el que se formó Ruliasta. Con su voz suave y dulce, pronunció varias palabras mágicas, hizo unos signos hermosos de polvos de oro con su varita mágica, y las mariposas del velo comenzaron a volar alrededor de Selene. Como en un sueño mágico y aún dormida, Selene enseguida se elevó en el aire. Esmeralda, entonces, la dirigió suavemente con su varita y, volando con su magia rodeada de luciérnagas y colibríes, la llevó al lugar encantado de las hadas buenas. Esmeralda reunió a las hadas para decirles que había traído a una princesa galáctica que estaba en problemas, ya que por defender el agua de la Tierra le habían robado su código, además de que no podía vencer a la malvada Ruliasta ni a Tantris, ambas brujas que trabajaban juntas: 191 Varios autores Ruliasta haciendo daño en el espacio, y Tantris envenenando el agua en la tierra. El traje de Selene se estaba agotando. Las señales eran cada vez más débiles, las luces titilaban demasiado lento e intermitentes. Esto era una señal de que la vida de Selene corría peligro. Muy preocupada, Esmeralda fue a buscar su flor mágica, quizás ella podría ayudar a comunicarse con la nave espacial y traer a Zaidex para que recuperara a Selene. La flor mágica no funcionó, y finalmente el traje se apagó por completo. Ya no había forma de comunicarse con el capitán de la nave. Fue entonces que Esmeralda, muy preocupada, mandó a que todas las hadas buscaran a Ruliasta, ya que sospechaba que ella había echado a perder la flor mágica. Mientras tanto, Ruliasta se había escondido en el laberinto del jardín y buscaba a la princesa Selene. La magia se le había terminado y ya había perdido su apariencia de mujer buena y amable. Se delataba también porque todas las flores se marchitaban a su paso. El escuadrón de búsqueda de las hadas encontró a Ruliasta y, al verla tratando de escapar, le tendieron un velo invisible que la inmovilizó por completo. Entre todas las hadas se la llevaron al centro del templo de sanación, pero, para vencer a Ruliasta y quitarle todos sus poderes para siempre, era necesario hacer un acopio de todas las magias y poderes de las hadas. Ruliasta era muy fuerte. A través de los años, había reunido todo el poder las antiguas brujas, de los hechiceros que habían venido de otros confines, de los enanos malditos del bosque y de las lunas oscuras, de los robots fallados que estaban llenos de odio, del poder de los zánganos podridos del pantano, y de la luna perdida de Júpiter. De pronto, el escudo invisible que contenía a Ruliasta se empezó a debilitar. ¡Ruliasta empezó a reír con una risa que se escuchó en todo el universo, era terrorífica! De un salto se escapó de la prisión tan poco fuerte. Lanzó un grito estremecedor tan fuerte y tenebroso, que las hadas se escondieron en la bruma y detrás de algunas estrellas fugaces. 192 Nuevas letras latinoamericanas V3 Ruliasta, viendo todo el poder que tenía, agarró a Selene y se la llevó a la torre más alta y oscura del castillo de su padre. Allí se encontraba una puerta escondida que conducía hacia una larga escalera que daba al sótano oscuro y tenebroso del castillo, y que estaba lleno de ratas gigantes y hambrientas, arañas dotadas de tenazas peludas y muy fuertes. Ruliasta quería convertir a la princesa Selene en una bruja mala, pero para lograrlo necesitaba mucho veneno de araña, alas de murciélago y colmillos de culebra. Frenética, buscó en los anaqueles y botellas viejas que había arrumbadas. Encontró de todo, le sobraban telas de araña a las paredes y a los mesones. Muy concentrada, estaba preparando toda la poción; la mezclaba y la mezclaba, tan absorta que no se dio cuenta de que había descendido el príncipe con un batallón de caballeros galácticos, que era su guardia personal. Ruliasta cantaba, creyendo que lograría su cometido, cuando de repente se percató de la presencia de este grupo de valientes. Dio un grito de rabia y de frustración. De un salto trató de escapar gritando y amenazando, pero, en su mala suerte, se enredó con el cable de la batería de la nave de repuesto que estaba olvidada. ¡En un abrir y cerrar de ojos cayó dentro de la olla hirviendo! Los gritos de auxilio no fueron escuchados ni por el príncipe ni por Selene, quien despertó con tanto alboroto. Muy asustada y sin comprender dónde se encontraba, comenzó a activar la energía de su traje. El príncipe no comprendía muy bien ese tremendo destello de luces, pero sí entendía lo que su corazón le decía: “Es ella, no la dejes ir”. Al cabo de unos minutos, llegó Zaidex alertado por las señales. Muy sorprendido se percató de que Selene estaba ruborizada mirando al príncipe, y también se dio cuenta de que Ruliasta ya no existía más. Daría la buena noticia a Hygea y a todas las galaxias para que supieran que el universo estaba libre de la maldición de Ruliasta, que por tantos siglos y siglos los había amenazado. 193 Varios autores También el agua de la Tierra se había salvado, pero siempre sería necesario seguir vigilando. El mal siempre está acechando para destruir la hermosa Tierra, el único planeta que tiene la raza humana, y que es un planeta pequeñito en todo el universo. 194 Nuevas letras latinoamericanas V3 La reina y Capullito, por Guerrera de la Noche (México) Había una vez una reina que vivía muy feliz en su castillo. Continuamente salía de su reino a platicar con los animalitos del campo. Se recreaba mucho con ellos, se divertía y disfrutaba de caminar, trotar, revolcarse en el pasto y nadar en un arroyo que tenía. Un día, caminando por el bosque, encontró a un capullito que estaba tirado, había sido pisoteado, estaba casi muerto. La reina muy tiernamente lo tomó en sus manos y de inmediato lo atendió. El pobre capullito no podía sostenerse, pero con la ternura y el amor de la reina se repuso rápidamente. Pasado el tiempo, Capullito ya estaba listo para incorporarse al mundo de los vivos. La reina se encontraba muy feliz porque había logrado salvar la vida del capullito. Este tiempo de cuidados y atenciones sirvió para que los dos llegaran a ser grandes amigos. Capullito amaba mucho a la reina porque había dedicado parte de su vida al cuidado de él y la reina también amaba a Capullito. Un día, platicando, la reina le dijo a Capullito: —Gracias a Dios todo está bien. Ya estás listo para incorporarte al trabajo diario. —Así es —dijo Capullito—. Te agradezco mucho todo lo que has hecho por mí, ahora tendré que volver a mi vida de antes. La reina lo interrumpió: —Si quieres puedes quedarte a vivir aquí en el reino conmigo, me gustaría mucho que conviviéramos más. —¡Sí! Me encantaría, sería muy feliz viviendo contigo, has sido muy buena conmigo. 195 Varios autores Fue así como Capullito vivió muy feliz con la reina. Él se sentía muy bien y privilegiado de estar viviendo en el reino. La reina le dedicaba todo el tiempo a él. Un día, la reina salió a hacer diligencias propias del reino y, cuando regresó, encontró su recámara desordenada. Le llamó la atención a Capullito, él quiso darle una explicación y la reina no quiso escucharlo, solo le dijo que no abusara del amor que sentía por él. Al otro día, la reina tuvo que salir de nueva cuenta y al regresar se encontró que su recámara estaba más deshecha que el día anterior. Ella, sin investigar qué había pasado, se enojó muchísimo más, no daba crédito de lo que veía. Capullito nunca había tenido ese comportamiento. Volteó a ver a Capullito y le dijo: —Me has decepcionado, no quiero volver a verte por aquí, has sido un malagradecido. ¿Cómo has podido arruinar este espacio que te he dado con tanto amor? Además, sabes que aprecio mucho este lugar de la casa, ¡lárgate! Se llenaron los ojos de lágrimas de Capullito. Salió de la recámara, y mientras salía volteaba a ver a la reina para ver si cambiaba de opinión, pero no fue así. —La reina me echó de su lado, no quiso oírme, tenía que explicarle y no quiso escucharme. Solo quería decirle que los demás animalitos que estaban en el jardín hacían el desastre para que a mí me echaran de la recámara de la reina, ya que se sentían desplazados. Me decían: “Antes que tú estuvieras en este lugar, la reina nos consentía, salía a platicar con nosotros, ahora platica más contigo que con nosotros. Por eso queremos que te corran, ¡vete de una vez!”. Ellos lograron su objetivo. Ahora solo me queda buscar un lugar para vivir. Hoy me siento muy triste, solo y desamparado. Es así como Capullito se fue de ese lugar y murió de dolor por la envidia de los demás. 196 Nuevas letras latinoamericanas V3 Reseñas biográficas 197 Varios autores 198 Nuevas letras latinoamericanas V3 Ceam (Carlos Enrique Aburto Muñoz) Carlos Enrique Aburto Muñoz, nació en la comuna de Los Muermos, en 1962. Estudió la escuela básica en el colegio Ramón Ángel Jara de su misma ciudad. Luego su Enseñanza Media en el Seminario Conciliar de Ancud. Es profesor básico, titulado en La Universidad Austral de Chile, donde también cursó la Especialidad en Lenguaje. Recientemente realizó y aprobó el postgrado de Máster en Estudios Avanzados de Literatura Española e Hispanoamericana en la Universidad de Barcelona, España. Ha publicado su primera novela: Aciaga Relación (noviembre de 2022) y en poesía: Nocturnos y otros poemas de amor (enero de 2024). También ha escrito cuentos literarios. Hace clases de Lenguaje y Lengua y Literatura en el Colegio Inglés Mabel Condemarín, de su ciudad natal, Los Muermos. Contacto: [email protected] Dulxianer (Augusto Guillermo Chi Anicama) Augusto Guillermo Chi Anicama es un distinguido docente que nació en Barranca, provincia del departamento de Lima, Perú. Exalumno de la Escuela Prevocacional de Varones Nro. 425 - primaria y del Colegio Nacional Guillermo E. Billinghurst - secundaria. Realizó sus estudios superiores en el Instituto Superior Tecnológico Carlos Salazar Romero, en el Instituto Superior Pedagógico Público de Chimbote, y en la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Chiclayo. Durante el ejercicio de su labor profesional brindó sus conocimientos en las siguientes instituciones: Empresas Siderúrgica del Perú, IE Fe y Alegría Nro. 14 de Nuevo Chimbote, IE República Argentina - Nuevo Chimbote, Instituto Superior Tecnológico "Carlos Salazar Romero", e Instituto Superior Tecnológico SECOMTOUR. Fue director de las siguientes instituciones: IE San Jacinto, IE Politécnico Nacional del Santa, IE Erasmo Roca - Chimbote. Ocupó cargos importantes en su comunidad, como presidente del Consejo Parroquial de la iglesia Cristo Rey de Villa María y vicepresidente de la Asociación de Directores de la Provincia del Santa. Disertó como ponente en diversos eventos realizados por instituciones de la provincia del Santa. Su inclinación a 199 Varios autores las letras lo llevó a participar en el primer concurso de cuentos inéditos por el Centenario de Chimbote, XVII Concurso Nacional de Educación: Horacio 2008, 2009 y 2013, siendo felicitado por su producción intelectual. Luego de 36 años de fructífera labor docente y administrativa, cesó en sus funciones y actualmente se dedica a la asesoría pedagógica y a escribir cuentos y poesías, logrando por su creatividad literaria reconocimiento a nivel nacional e internacional. Recientemente, fue finalista del XVIII Certamen Internacional de Artes y Letras - 2020 con dos obras en el género de poesía, organizado por el Grupo de Escritores Argentinos en la ciudad de Buenos Aires. Su obra ha sido considerada en el libro de antología poética Voces del alma, edición internacional en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Ha escrito el libro Mi Aventura Literaria, presentado en el año 2021. Contacto: [email protected] Génesis Vázquez Génesis Vázquez es alguien que sueña despierta, ama leer y gracias a ello quiere que los demás sientan la emoción que ella siente al leer un libro, quiere darle a los demás algo con que imaginar. Recuerda que la imaginación es la única arma contra la realidad. Contacto: [email protected] Guerrera de Noche (Leyli Matilde Domínguez Jacob) Leyli Matilde Domínguez Jacob nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Su gusto por la escritura la ha llevado a escribir diversos escritos. En este cuento, la autora quiso transmitir la importancia del amor, el servicio y la entrega, sin importar la intriga de las personas que pretenden dañar a los buenos amigos. Contacto: [email protected] Cel.: 9611164647 Facebook: Guerrero de Noche y Leyli Matilde Domínguez Jacob 200 Nuevas letras latinoamericanas V3 Telegram, Instagram: Leyli Matilde Domínguez Jacob Halley (Sergio Márquez) Sergio Márquez Marrugo nació en Barranquilla el 10 de diciembre de 1996. Es profesional en ingeniería civil, fanático de la física y la astronomía. Contacto: [email protected] J. Isaías Urbiola Valencia Juan 1:14: En el Antiguo Testamento, la palabra de Dios trajo el universo a su existencia y la palabra de Dios se multiplicó. A lo largo de la historia, hemos utilizado la palabra para crear muchas cosas bonitas. Eso lo pretendemos hacer en un taller literario. Me encuentro aquí tratando de presentarles historias o al menos una que sea de su agrado. Estudié Ingeniería Mecánica Electricista, pero siempre me sentí atraído por la escritura al grado de que en algún momento quería estudiar periodismo. De niño, me fascinaba ver a mi madre resolver crucigramas; actualmente, esa actividad se ha perdido. Cuando el amor empezó a tocar a mi puerta, me recreaba haciendo acrósticos para todas las muchachas que conocía; es decir, me inicié en la poesía urbana, y cuando en las empresas donde trabajaba había algún concurso de cuento o narrativa, siempre me anotaba para participar. Fue así que me surgió la idea de escribir una novela, pero eso es un plan ambicioso. Entonces, empecé a escribir algunos cuentos y por eso me tienen aquí, presentándoles algo que espero sea de su agrado. Contacto: [email protected] 201 Varios autores Juan Pablo Herce Caro Juan Pablo Herce Caro (1959), nacido en la ciudad de México, actualmente radica en la ciudad de Querétaro, México. Estudió Medicina Veterinaria en la UNAM. Lector ecléctico desde la infancia y ahora convertido en fabulador. Contacto: [email protected] Maximiliano Aristes (Patricio Bello Bustos) Maximiliano Aristes es el seudónimo de Patricio Bello Bustos, químico-farmacéutico con residencia en Iquique, Chile. Su trabajo literario comienza con el cuento El aliento del Diablo publicado en la antología Latinoamérica en Tinta Fresca, vol. 1, en enero de 2024, por la Agencia Factor Literario, y continúa con la publicación de un segundo cuento, El delito, en la Antología del Talento Latinoamericano, tomo 2, en abril de 2024, por la misma agencia. Contacto: [email protected] Rossekris (Rossella Kristell Morales Flores) Nacida el 2 de febrero de 1995, en el puerto de Coatzacoalcos, Veracruz, México, estudió la Licenciatura en Educación Primaria. Es una apasionante escritora amateur, amante de la lectura y del aprendizaje constante, compartiendo el gusto por la lectura y la escritura con sus jóvenes estudiantes. Sin embargo, el sueño de ser escritora trazó camino años atrás, teniendo textos sin publicar, siendo el relato de Las historias del Sheriff Doggie el primero en salir a la luz pública. Contacto: [email protected] 202 Nuevas letras latinoamericanas V3 Sylvia Salazar Sylvia Salazar, nació el 26 de febrero de 1955 en Osorno, Chile. Es una distinguida enfermera y matrona, graduada de la Universidad Austral de Chile. Es magíster en Docencia en Educación Superior, entre otros logros académicos. Actualmente, está dedicada a la escritura, su otra pasión. Salazar ha cautivado a su audiencia con sus experiencias personales, y su visión única en el cuidado, la enfermería, la docencia, y sus libros llenos de emoción y entusiasmo. Una vida, una pasión, la enfermería y yo: Su primer libro, una obra autobiográfica, ha alcanzado el estatus de bestseller en formato digital. La obra ha cruzado fronteras al ser traducida y publicada en inglés, tanto en formato digital como en tapa blanda. La clave es cuidar con amor: En su segundo libro, Salazar presenta un modelo holístico para la enfermería, basado en el amor y la bondad en el cuidado. La obra está disponible en formato digital y en tapa blanda. Por qué no sonríen los niños: En su tercer y emocionante libro, Sylvia Salazar nos sumerge en una narrativa conmovedora y dolorosa, que explora los horrores de la guerra. Con delicadeza y profundidad, aborda el impacto devastador de los conflictos en la infancia, en medio de la guerra, ofreciendo una perspectiva única y conmovedora. Como poeta, tres de sus poemas han sido seleccionados en España por el escritor José Luis García Guillermo, y han sido publicados bajo la recopilación de la antología Versos en Primavera. En su libro infantil Un cuento espacial, Sylvia Salazar da rienda suelta a su imaginación, en un relato entretenido y lleno de aventuras, dejando un mensaje sobre el cuidado de nuestro único hogar, la Tierra. Sylvia Salazar es una escritora que se atreve a explorar diversos subgéneros en la novela, lo que resulta muy novedoso y atractivo. Todos sus libros están publicados en Amazon.com. Contacto: [email protected] 203
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