Homilía de monseñor Héctor Sabatino Cardelli, en el Santuario la

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Homilía de monseñor Héctor Sabatino Cardelli, obispo de San Nicolás en el Santuario
la Virgen del Rosario de San Nicolás (XXX Aniversario acontecimiento Mariano, 25
de septiembre de 2013 - Año de la Fe)
Queridos peregrinos devotos de María
Hace ya tres décadas del acontecimiento mariano en San Nicolás y, si bien participé, por
sentir la convocatoria de la Virgen desde el comienzo, me toca por gracia de Dios,
pastorear hoy este caudal de fieles en estos últimos diez años, en comunión con todos los
que pusieron la adhesión de su fe, desde el comienzo.
Muchos fueron los signos que nos abrieron a este llamado de gracia, pero muchos más
fueron los frutos espirituales que se produjeron en el corazón de cada uno de aquellos que
no fueron defraudados al acudir a su corazón de madre.
Claramente, María se acerca a nosotros eligiendo a personas fieles como simples
instrumentos para que pudiéramos conocer, discernir y adherir a las expresiones amorosas
que como Madre de la Iglesia, nos hace. Gracias a ellas, llegamos hoy a esta celebración
con la certeza de que somos miembros vivos en la Iglesia que nos enraíza en la Palabra de
Dios, que estrecha nuestra fraternidad y nos envía a ser testigos de su amor y de su verdad.
Sus mensajes invitan a recrear un nuevo mundo ordenado, conforme al encuentro con
Cristo, adhiriendo a su enseñanza para instaurar el Reino de Dios aquí.
Somos partícipes y actores, desde San Nicolás, de una Iglesia que se nutre de la Palabra de
Dios, nos convoca a un encuentro vivo con Jesús, convirtiendo nuestro corazón a Él,
estrechando nuestra fraternidad en Cristo, siendo testigos y misioneros ante un mundo
alejado de Dios que necesita centrarse en Él para renovarlo en Cristo. María es la madre y
la maestra de esta espiritualidad mariana certificada por la Sagrada Escritura y la
centralidad en la persona de Jesús.
Sus mensajes, como verdaderos consejos de Madre, nos exhortan siempre a no perder de
vista este rumbo y a poner por obra lo que el Señor nos enseña .
Surge, entonces, una espiritualidad mariana auténtica y segura, porque no se cierra en sí
misma, sino que nos abre a Jesús y a los hermanos.
La permanente exhortación a la oración, a la conversión y a la misión, nos refuerza en el
cultivo de lo esencial de nuestra vida cristiana y nos acompaña en el camino de crecimiento
y nos invita a perseverar. El fermento mariano, lento, progresivo y fecundo, nos abre a la
conciencia de que Ella vive en la Iglesia y la hace testimonio de hermandad y camino
seguro para encontrarnos con Jesús.
El maravilloso acontecimiento se hace presente mediante elementos con los que estamos
familiarizados: la fe, la Palabra de Dios, la eclesialidad, la fraternidad que desencadenan la
conciencia de lo somos sus hijos, en su único hijo: Jesús.
La vivencia renovada de este misterio de comunión eclesial, se contagia, difunde y le abre
el camino a la alabanza, la gratitud, la súplica y la conversión a una vida que florece en una
Iglesia fraterna y misionera.
En tres décadas hemos visto crecer el número de sus hijos convocados por su amor de
Madre, que la aclamó y la llevó a tantos rincones de nuestra Patria y allí donde encontró un
corazón dispuesto a hacerse hermano del otro.
Hoy San Nicolás es este lugar de Luz y de Paz donde Ella nos convoca, nos espera y nos
envía.
Es esta una historia de amor y de gracia, es un camino que desemboca en su regazo de
Madre, nos renueva en la hermandad y nos hace mensajeros para proclamar las alabanzas a
nuestro Padre del Cielo, que con su infinito amor, quiere adelantarlo en la tierra!
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