Rojas María Cristina: Familias, infancias, adolescencias. Una clínica más allá de la piel Introducción Travesías: Más allá de la piel Un libro es un recorrido, nacido en travesías. Travesía es camino, callejuela, carretera, viaje, también aventura. Pero es, además, el sitio o terreno por donde se atraviesa, y así sugiere al mismo tiempo el devenir y la quietud; ese cierto momento en que el viajero, en sus transcursos, requiere algún alto en el camino. Un recorrido está hecho de momentos siempre actuales; cada sitio que atravesamos se da en diferencia respecto del anterior y del siguiente. En las diversas travesías que el tiempo conlleva, vamos también viviendo, lo advirtamos o no, nuestra propia transformación, como psicoanalistas, y como humanos1. En este alto del camino, el presente de una escritura que tiene el sentido de la transmisión, debo decir que el psicoanálisis –de otro u otros– no es solamente una dolorosa experiencia de castración y simbolización soportable por seres especiales, aptos para sufrir y cuestionarse, como a lo largo de mis caminos tantas veces escuché. Puede constituir, en sus múltiples versiones y dispositivos, también un original recorrido por lo propio con otro u otros. Una práctica social, nacida entre subjetividades encarnadas y múltiples. Experiencia que si bien por momentos confronta y desilusiona, a la vez conmueve, apuntala y va dando lugar a la construcción de otros modos de ilusión al servicio de la vida, ese entretejido de pasiones en pugna. 1 Las transformaciones en los usos del lenguaje que hoy conocemos como lenguaje inclusivo avanzan y seguirán haciéndolo: constituyen una faceta fundamental del cambio de los tiempos. Vamos viviendo un proceso en el cual niños, niñas y adolescentes nos van mostrando el camino. Personalmente, me resulta difícil incorporarlo (en especial en la escritura). Por ello no lo utilizaré salvo para temas especiales. No sin reflexión y sin pasión. No sin alma, cuerpo y mundo de la naturaleza y la cultura, igualmente constitutivos de lo humano. No sin otros. A manera, entonces, de apertura y presentación de este libro, comenzaré refiriéndome a cierto modo de pensar el psicoanálisis desde el cual trabajo, ligado inicialmente a perspectivas vinculares, e inserto en enfoques epistemológicos complejos y aportes filosóficos y transdisciplinarios diversos. Una epistemología compleja habilitó relecturas y actualizaciones en las más diversas disciplinas, dado que produjo efectos en los modos de construcción del conocimiento. En el terreno psicoanalítico no da por tierra con los fundamentos de la teoría, pero los transforma cuando incluye apertura y heterogeneidad, fluir y autoorganización, azar, incertidumbre, probabilidad, multicondicionalidad, no binarismos. Provee la metáfora de las redes, el desorden como creativo, la objetivación, que considera condiciones sociales y subjetivas en el proceso constructivo del saber. Complejo refiere a “tejido junto”, entretejido de elementos heterogéneos, no separables: “El ‘ruido’, lejos de provocar un desorden fatal, suscita la aparición de un nuevo orden” (Von Foerster, 1962); “El azar de la mutación, en vez de desorganizar el sistema, juega un papel organizador” (Monod, 1971) (Citados en Morin, 1994). Espacios disciplinarios antes aislados se fueron aproximando, lo cual dio lugar a efectos revulsivos en las distintas áreas conceptuales: una verdadera desterritorialización del saber. Por mi parte, a partir de la clínica psicoanalítica con niños y adolescentes, y de la consiguiente presencia en los abordajes terapéuticos de los adultos a cargo, fui introduciéndome en la clínica con familias y parejas, que confluía con mi interés por los lazos humanos –que me llevó, siendo estudiante de Psicología, a cursar la Escuela Privada de Psiquiatría Social de Pichon-Rivière, donde el pionero de lo vincular en el psicoanálisis argentino dictaba sus clases–. Enrique Pichon-Rivière fue, en nuestro país, quien registró el más allá de lo intrapsíquico –lo familiar y lo social– en la conformación de su ECRO (Esquema Conceptual Referencial Operativo). Se ocupó de la dialéctica sujetomundo, del abordaje del sujeto en sus condiciones concretas de existencia, en su cotidianeidad: “El definir a la psicología, en el sentido estricto, como social, significa que se enfatiza el problema del determinante en última instancia de los procesos psíquicos, el papel que cabe a las relaciones sociales como condición de posibilidad del orden humano, y por ende del psiquismo” (Pichon-Rivière, 1975, p. 3). Resalto el valor fundacional de sus postulaciones. No puedo dejar de nombrar, en esta línea, a ese maestro que fue Fernando Ulloa, a quien van a encontrar en citas y espíritu a lo largo de este libro. Tengo claro hoy que sus modos de transmisión iban mucho más allá de sus escritos. Era docente en la facultad cuando estudié Psicología y a lo largo de los años, y en distintos momentos, fue mi analista y supervisor. Cursé con él algún grupo de estudio y formé parte de equipos interdisciplinarios de abordaje de pacientes graves, a los que solía convocarme como terapeuta vincular. A través de los años y diversas vicisitudes, en forma gradual y a menudo resistida por el psicoanálisis “individual” consagrado, se fue dando la incorporación teórica y clínica de los dispositivos psicoanalíticos vinculares, que abordan “más de un otro”, al decir de Kaës. Me refiero al pensamiento y el trabajo clínico en el Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares, designación acuñada por Marcos Bernard en 1988 en el marco de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo (AAPPG). El surgimiento de dispositivos diversos conmovió en distintos momentos los constructos psicoanalíticos ya que, en las escenas emergentes en la especificidad de cada dispositivo clínico, hay producción diferencial, ya desde aquel temprano nacimiento del psicoanálisis de niños, fuente de novedad de intensa resonancia en la historia psicoanalítica. Los dispositivos vinculares, a su vez, introdujeron alteraciones y transformaciones de los conceptos. Isidoro Berenstein y Janine Puget avanzaron en la construcción de la que ellos consideraban otra metapsicología psicoanalítica: la de lo vincular. Berenstein elaboró conceptualizaciones productivas en relación con las familias, y en tal temática lo reconozco como maestro por el valor formativo de su trasmisión y su incansable pasión por los ejercicios del pensar. El trabajo intenso y prolongado con colegas de distintos grupos en la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo (AAPPG), institución a la que pertenezco desde 1984, constituye una referencia fundamental de mis producciones. AAPPG tiene hoy la riqueza de la diversidad de líneas, pero nuestros pares, por semejanza o diferencia, son interlocutores siempre presentes, según creo, en nuestro pensamiento. Desde el psicoanálisis de niños, un libro ya casi olvidado de Raquel Soifer – psicoanalista de raigambre kleiniana–, Psicodinamismos de la familia con niños. Terapia familiar con técnica de juego, de 1980, y los trabajos de Aurora Pérez inauguraron la temática de la familia con niños y adolescentes, en la que confluyeron mis propios intereses y formación: la niñez, la adolescencia, los vínculos. Por otra parte, la oportunidad de participar desde estas perspectivas durante años en la formación de posgrado de psicoanalistas de niños y adolescentes dio tiempo y ocasión al entramado de estos intereses en mis concepciones teóricas y clínicas2. El pensamiento vincular, que iré planteando en estas páginas desde mi singular perspectiva, impulsó descentramientos teóricos marcados por la diversidad, multiplicidad y complejidad, y en la clínica, la emergencia de una escucha/ mirada dirigida no a cada cual, sino al “entre”, situándonos entonces más allá de la piel y la centralidad de cada subjetividad. Para Gregory Bateson, gran pensador y teórico de la comunicación, de los sistemas y la cibernética, “El mundo mental –la mente–, el mundo del procesamiento de la información, no está limitado por la piel” (1976, p. 312). Señala que existen cantidades de vías de mensajes fuera de la piel y estas, junto con los mensajes que transportan, forman parte del sistema mental. Poner a trabajar esto en el psicoanálisis vincular conducía a revisar la concepción de un inconsciente encerrado adentro de la interioridad y a pensar los modos de escucha/ mirada en los dispositivos analíticos vinculares: “los efectos de sentido se generan en un ‘más allá’ de la psique individual” (Rojas, 1991). De allí nace la metáfora del título de este escrito, la que me ha acompañado a lo largo de múltiples recorridos cargándose en el tiempo de sentidos diversos. Algunos de estos se despliegan en los distintos desarrollos de este libro, especialmente a partir de mi encuentro con la epistemología de la complejidad y luego con concepciones filosóficas que resignifican los puntos de 2 Me refiero a la Especialización en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires - Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales partida, como los pensamientos de Deleuze y Guattari, también ligados a las ideas de Bateson. En relación con lo antedicho, pondré aquí a trabajar cuestiones que hacen a la complejización de la clínica psicoanalítica, al expandirse más allá del paciente designado. Ideas que intentan desterrar al individuo aislado y las visiones solipsistas del mundo, habilitando el descentramiento de la interioridad moderna para pensar en términos de producción social de subjetividad… en fin, sí, tendiendo a ampliar teorías y prácticas más allá de la piel de cada uno. Vivimos tiempos vertiginosos, que contrastan con la reflexión, el pensamiento crítico y con prácticas psicoanalíticas nacidas en 1900. Es uno de nuestros desafíos clínicos y teóricos ir construyendo un psicoanálisis que pueda dar cuenta de las problemáticas subjetivas y vinculares propias de un mundo profundamente transformado. El procesamiento del conflicto humano, del cambio, el crecimiento, las pérdidas y otras situaciones vitales requiere cierto despliegue temporal, que no se mide a veces en horas, meses o minutos. No puede efectuarse en la instantaneidad exigida por la aceleración propia de nuestro tiempo (“Todo bien y ya”). Los procesos autoorganizativos de un psiquismo que fluye y va labrando los caminos de la elaboración se ven a menudo abruptamente interceptados por maniobras terapéuticas directivas y pastillas, que pretenden dar respuesta a tal exigencia. La tendencia a la resolución inmediata que irrumpe en estos procesos no es inocua. Puede acentuar dolores y favorecer patologías. Por otra parte, no cualquier sufrimiento requiere ser tratado. El psiquismo humano cuenta con recursos propios para tramitar situaciones (eso sí, en tanto incluido en redes de apuntalamiento). La indicación de cursar un análisis en cualquier dispositivo ha de ser cuidadosamente pensada, de modo especial en la infancia y adolescencia, para que resulte, ante todo, oportuna y eficaz. En relación con esto, una breve situación a analizar. Una paciente viene hablando con preocupación en sus sesiones acerca de su hijo de 14 años, ya que él estudia muy poco, ocupa gran parte de su tiempo con videojuegos, va al colegio y duerme o sale con los amigos. La escuela cita a los padres y sugiere una consulta con una psicopedagoga. Surge aquí un interrogante: ¿por qué una psicopedagoga para un adolescente que nunca presentó problemas de aprendizaje y no dedica tiempo al estudio? En este caso, los padres reaccionaron regulando el uso de “la Play” y las salidas, cambiando a su vez ellos mismos pautas de su cotidianeidad, concentrándose en los requerimientos del hijo, y la cuestión se modificó sin tratamiento alguno del adolescente. Vemos entonces cómo las problemáticas de los menores ponen en juego al mundo adulto, y este tiende, con demasiada frecuencia, a sancionar distintos comportamientos como enfermedad, señalándolos como artefactos que no funcionan y hay que llevar a reparar. Se pone en evidencia que ciertas funcionalidades propias de la familia y de la escuela tienden rápidamente a tercerizarse, siendo derivadas para su resolución a los distintos especialistas en salud mental, contribuyendo a los procesos patologizantes. Intentaremos alejarnos de los enfoques causalistas simples: los que tratamos son problemas complejos. Requieren tejer redes y en ellas el lugar de los “especialistas” no es bajar respuestas prefabricadas que constituyen un imperativo más para los ya exigidos habitantes del mercado neoliberal, sino contribuir a abrir espacios de cuestionamiento. Espacios donde familia y escuela, entre otros grupos e instituciones –niños y adolescentes incluidos–, vayan buscando sus propias respuestas, a las cuales aportaremos nuestras experiencias, lo estudiado, lo vivido, lo trabajado. En relación con estas y otras problemáticas que venimos confrontando en las últimas décadas, aquí propongo lo que llamé una clínica psicoanalítica compleja. Y en lo que hace a la especificidad de las consultas por niños, niñas y adolescentes, considero un requisito de importancia el trabajo con quienes constituyen sus ámbitos principales de pertenencia. Un ser en crecimiento requiere, para organizar su vida psíquica, la escucha e intercambios con los otros: sentir la mirada, potencia y responsabilidad del mundo adulto, aun para desafiarlo o transformarlo, junto a sus pares, en alianzas a su vez indispensables. Entonces, llegó el covid Hay un hilo que va desde mi pecho al de P., del suyo al pecho de ese mirlo, del mirlo a la copa del manzano y desde ahí a tantos cuerpos queridos, y tantos otros desconocidos. Creo que mi cuerpo ya no termina donde termino yo. O que “yo”, tal vez, no era exactamente lo que era. (Trabucco Zerán, 2020) En la piel, y más allá, nuestra existencia está marcada, en estos años 2020, 2021 y 2022, por la pandemia de covid-19, que trastocó profundamente nuestras vidas. Me llevó un tiempo incluir en mis escritos la experiencia de “la peste”, que hacía necesario procesar y resituarse en los nuevos contextos, condicionados por esta amenaza sanitaria más amplia y extensa que otras que en el mundo existieron. Vivir en pandemia puso intensamente de manifiesto la oposición individualismo vs. cuidado del otro, tan propia de nuestra época. Estas corresponden a lógicas distintas, que recorren disímiles senderos y producen efectos diferenciales. Dicho de otro modo, vivir en pandemia nos pone a prueba en nuestra posibilidad de pensarnos como individuos, separados de los demás e indiferentes al otro, o como miembros diferenciados pero inseparables de un nosotros, un colectivo. Cuando reina el individualismo, el cuidado recíproco entre los miembros de un común tiende a transformarse en un “sálvese quien pueda” que desfavorece encontrar los modos de habitar el presente y el después. Dicho individualismo no resulta garantía de diferenciación; por el contrario, con frecuencia el personaje solitario “libre” aparece anónimo y masificado. A diferencia de esto, la idea de cuidado es netamente vincular, diferente de la ficticia libertad solitaria que pretende que es posible prescindir del otro. La ilusión individualista conduce al “uno u otro”, o al uno “sobre” y no “con” el otro. Es decir, a los juegos de la dominación. El cuidar/ser cuidado se produce, en cambio, de modo horizontal y recíproco: solo nos cuidamos en paridad. Si hay asimetría, el cuidado deviene caridad, es decir, la beneficencia de los poderosos. Como cantara María Elena Walsh, “primero invento pobres y enfermos, después regalo el hospital”. La pandemia instaló gran parte de las vinculaciones en la virtualidad. Reina por momentos una marcada preocupación acerca de los efectos de la distancia y la conexión virtual en los lazos favorecidas por las prácticas sanitarias que se pusieran en vigencia. Ahora bien, en nuestro mundo neoliberal, las relaciones con los otros están reguladas por leyes mercantiles: lógica del consumo y lógica paranoide, entre otras, desde las cuales el otro es amenazante, rival, competidor, o deviene objetalizado. Es desde estas regulaciones, entonces, que se ven afectados los vínculos entre humanos, de los humanos con el planeta y con los otros seres vivos. La ilusión del Hombre, con mayúscula, incluye una ficticia creencia: soy homo sapiens, soy el centro, por fuera de la naturaleza; Yo domino. Por el contrario, cuando en pandemia me alejo del otro para cuidarlo y cuidarme, por eso mismo el otro es mi par y mi amigo. Mi amigo, que se aleja para alojarme: eso nos vincula y nos ofrece la mutualidad del apuntalamiento. Sentirse perteneciente, integrante de un común, es un modo de vivir las crisis. Una escritora chilena, a la que cité en el epígrafe de este apartado pandémico, describe sus vivencias durante el transcurso del covid-19, del que enfermó en Europa. Dice, citando a Anne Carson: “No era mi cuerpo. [...] No era el cuerpo de una mujer, era el cuerpo de todos nosotros” (Trabucco Zerán, 2020). Ligado al individualismo nace el odio, difícilmente evitable en momentos extremos, que invita a algunos a exhibir los aspectos más oscuros de lo humano. En relación con esto, según Suely Rolnik (2020), la situación pandemia desestabiliza y da lugar a la emergencia de una fragilidad preciosa y necesaria; esta emite una señal de alarma vital: cada cual es convocado a actuar para recuperar algún modo de equilibrio encontrando, con otros, nuevos modos de existencia en el presente, gérmenes de un futuro diferente. La subjetividad se activa en un campo de relaciones, soportando la fragilidad. Pero si no encuentra una salida a través del común, busca culpables, proyecta en otros sus propios afectos, y odia. Ese odio se dirige a ciertos grupos sociales y da lugar a un clima social tenso, a veces de alta toxicidad y violencia. El individualismo, particularmente en los poderosos de la tierra, que se autocalifican superiores y especiales, y desprecian a las multitudes anónimas y desposeídas, conlleva la ilusión de una supervivencia incuestionable. Vanidad pura del ego humano, que amenaza a la especie y al planeta mismo. Tomar en consideración la pandemia atravesada no nos aleja del análisis de los modos de subjetivación y vinculación de nuestro tiempo que aquí voy introduciendo; por el contrario, refuerza e incrementa la visibilidad de tales modalidades y de las distintas lógicas constructivas operantes. Sobre el índice Capítulo 1 - Tramas vinculares. Contiene dos secciones que continúan algunas ideas planteadas en esta introducción. Reflexiona sobre el presente y futuro del psicoanálisis y sus transformaciones ligadas a los cambios de época, a los diversos dispositivos y prácticas emergentes, y al valor revulsivo de los nuevos paradigmas y de la transdisciplina. Amplía luego una revisión de las series complementarias freudianas, ya retrabajadas en otros escritos como “series complejas”. Analiza distintos aspectos, e incluye el análisis de un material clínico. La segunda sección, “Hacia una clínica compleja”, caracteriza esta perspectiva clínica, cuya consideración es uno de los sentidos de este libro. Capítulo 2 - Pensar las familias. Complejidad, diversidad, multiplicidad. El tema se abre a partir de interrogantes: ¿Cómo pensar las familias en el siglo XXI? ¿Podríamos dejar de pensar en términos de familia? Propone entonces una caracterización de la familia en términos de complejidad, multiplicidad y diversidad. Desarrolla estas concepciones, incluyendo viñetas clínicas y proponiendo pensar familias y parejas en la diversidad. Considera después dimensiones múltiples de análisis de la trama familiar. Entre ellas, se detiene en desarrollos ligados a la trasmisión y vinculación entre las generaciones pensada en clave de reciprocidad y transversalidad, incluyendo un material clínico. Capítulo 3 - Las familias en la clínica de las infancias. El escrito recorre distintos momentos del psicoanálisis de niños, planteando que la cuestión “padres sí, padres no” configura un debate constante. Mi modo de enfocar estas cuestiones se va desarrollando a lo largo del capítulo. Presenta algunas modalidades subjetivas propias de numerosos niños de hoy para internarse en desarrollos clínicos específicos: el proceso de consulta, o primeras entrevistas, los modos de intervención en el posible sostén familiar del sufrimiento infantil. Se ocupa de la entrevista familiar diagnóstica analizando un material clínico y considera la diversificación de los diagnósticos, a los que caracteriza como situacionales, y de las indicaciones. Se refiere a la clínica de la familia con niños, analizando el tema de la sesión familiar. Y jerarquiza el trabajo de las funciones parentales, en lo que denomina trabajo psicoanalítico con los padres. Capítulo 4 - Filiación y parentalidades. Aquí se analizan algunas peculiaridades del proceso de filiación y la concomitante construcción de parentalidades, teniendo como uno de los ejes teóricos reformulaciones acerca del deseo de hijo. Considera estos procesos en distintas situaciones familiares, como las relacionadas con los hijos advenidos a través de ovo- y espermodonación o de la adopción, incluyendo escenas clínicas. Presenta problemáticas ligadas a filiación y discapacidad, y desencuentros entre las generaciones, cuando hijos e hijas manifiestan una orientación sexual diferente de la heterosexualidad, o su no conformidad con la identidad de género asignada socialmente, a partir de las determinaciones anatómicas. Capítulo 5 - Vinculaciones familiares: cuestiones de género y poder. Este capítulo tiende a poner de manifiesto que las vinculaciones humanas anidan en las tramas de poder de cada tiempo. Señala las cuestiones de género como inseparables de las consideraciones acerca del poder, y destaca que las lecturas vinculares inclusivas de estas perspectivas modifican nuestros modos de pensar e intervenir en todos los dispositivos analíticos. Capítulo 6 - Violencia y sufrimiento en los vínculos. Analiza las violencias en plural y acompaña al concepto en su introducción en el psicoanálisis. Aborda distintos aspectos, abarcados por los siguientes subtítulos, muchas veces con inclusión de situaciones clínicas: Violencias epocales, vínculo y subjetividad; Violencia y exclusión; Violencias, medios, redes sociales; Violencias, familias y niñez: recorridos. Concluye con propuestas clínicas para el abordaje de las violencias, enmarcadas siempre en lo que constituye un eje directriz de este libro, tal como enuncié ya en esta introducción: la construcción de una clínica psicoanalítica compleja, que se expande más allá de la piel.
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