Subido por chinacuquis44

Liturgia Literaria 2020

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* Nació en 1925 en la Ciudad de México, pero cuando aún
era muy pequeña la llevaron a vivir a Comitán, Chiapas.
* Dos acontecimientos marcaron el inicio de su vida y
probablemente despertaron su sensibilidad creativa, la muerte
de su hermano menor (hijo predilecto de la familia por ser
varón) y observar la vida de los indígenas.
* Fue profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM,
en la Universidad de Wisconsin, en la Universidad Estatal de
Colorado y en la Universidad de Indiana.
* Dos temas son el centro de su escritura: el sometimiento de las
mujeres a los hombres y a la vida doméstica, y las condiciones
desfavorables e injustas del sector indígena.
* Sus novelas Balún Canán y Oficio de tinieblas, así como su libro
de cuentos Ciudad Real conformaron la trilogía indigenista
más importante de la narrativa mexicana.
* Otros escritos destacados son sus poemarios Trayectoria
de Polvo y Lívida luz, su ensayo “Mujer que sabe latín…”, los
textos de carácter autobiográfico Lecciones de cocina y Rito
de iniciación, su obra de teatro El eterno femenino, el ensayo
“La novela mexicana contemporánea y su valor testimonial” y
su última obra Álbum de familia; sólo por mencionar algunos
títulos de su vasta producción.
* En 1971 fue nombrada embajadora de México en Israel, donde
combina las actividades diplomáticas con la cátedra en la
Universidad Hebrea de Jerusalén.
* Falleció en Tel Aviv el 7 de agosto de 1974. Sus restos
descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres.
Liturgia Literaria
ROSARIO CASTELLANOS
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ROSARIO CASTELLANOS
BALÚN-CANÁN
IV
Es una fiesta cada vez que vienen a casa los indios de Chactajal.
Traen costales de maíz y de frijol; atados de cecina y marquetas
de panela. Ahora se abrirán las trojes y sus ratas volverán a
correr, gordas y relucientes.
Mi padre recibe a los indios, recostado en la hamaca del corredor.
Ellos se aproximan, uno por uno, y le ofrecen la frente para que la
toque con los tres dedos mayores de la mano derecha. Después
vuelven a la distancia que se les ha marcado. Mi padre conversa
con ellos de los asuntos de la finca. Sabe su lengua y sus modos.
Ellos contestan con monosílabos respetuosos y ríen brevemente
cuando es necesario.
Yo me voy a la cocina, donde la nana está calentando café.
—Trajeron malas noticias, como las mariposas negras.
Estoy husmeando en los trasteros. Me gusta el color de la
manteca y tocar la mejilla de las frutas y desvestir las cebollas.
—Son cosas de los brujos, niña. Se lo comen todo.
Las cosechas, la paz de las familias, la salud de las gentes.
He encontrado un cesto de huevos. Los pecosos son de guajolote.
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—Mira lo que me están haciendo a mí.
Y alzándose el tzec, la nana me muestra una llaga rosada, tierna,
que le desfigura la rodilla.
Yo la miro con los ojos grandes de sorpresa.
—No digas nada, niña. Me vine de Chactajal para que no me
siguieran. Pero su maleficio alcanza lejos.
—¿Por qué te hacen daño?
—Porque he sido crianza de tu casa. Porque quiero a tus padres
y a Mario y a ti.
—¿Es malo querernos?
—Es malo querer a los que mandan, a los que poseen. Así dice
la ley.
—Diles que vengan ya. Su bebida está lista.
Yo salgo, triste por lo que acabo de saber. Mi padre despide a
los indios con un ademán y se queda recostado en la hamaca,
leyendo. Ahora lo miro por primera vez. Es el que manda, el que
posee. Y no puedo soportar su rostro y corro a refugiarme en
la cocina. Los indios están sentados junto al fogón y sostienen
delicadamente los pocillos humeantes. La nana les sirve con
una cortesía medida, como si fueran reyes. Y tienen en los pies
–calzados de caites- costras de lodo; y sus calzones de manta
Liturgia Literaria
La caldera está quieta sobre las brasas. Adentro, el café ha empezado a hervir.
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están remendados y sucios y han traído sus morrales vacíos.
Cuando termina de servirles la nana también se sienta. Con
solemnidad alarga ambas manos hacia el fuego y las mantiene
allí unos instantes. Hablan y es como si cerraran un círculo a su
alrededor. Yo lo rompo, angustiada.
—Nana, tengo frío.
Ella, como siempre desde que nací, me arrima a su regazo.
Es caliente y amoroso. Pero tendrá una llaga. Una llega que
nosotros le habremos enconado.
VII
Esta tarde salimos de paseo. Desde temprano las criadas se
lavaron los pies restregándolos contra una piedra. Luego sacaron
sus espejos con marcos de celuloide y sus peines de madera. Se
untaron el pelo con pomadas olorosas; se trenzaron con listones
rojos y se dispusieron a ir.
Mis padres alquilaron un automóvil que está esperándonos a
la puerta. Nos instalamos todos, menos la nana que no quiso
acompañarnos porque tiene miedo. Dice que el automóvil es
invención del demonio. Y se escondió en el traspatio para no verlo.
Quién sabe si la nana tenga razón. El automóvil es un monstruo
que bufa y echa humo. Y en cuanto nos traga se pone a reparar
ferozmente sobre el empedrado. Un olfato especial lo guía contra
los postes y las bardas para embestirlos. Pero ellos lo esquivan
graciosamente y podemos llegar, sin demasiadas contusiones,
hasta el llano de Nicalococ.
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Es la temporada en que las familias traen a los niños para que
vuelen sus papalotes, hay muchos en el cielo. Allí está el de Mario.
Es de papel de china azul, verde y rojo. Tiene una larguísima
cauda. Allí está, arriba, sonando como a punto de rasgarse, más
gallardo y aventurero que ninguno. Con mucho cordel para que
suba y se balancee y ningún otro lo alcance.
Los mayores cruzan apuestas. Los niños corren, arrastrados por
sus papalotes que buscan la corriente más propicia. Mario tropieza
y cae, sangran sus rodillas ásperas. Pero no suelta el cordel y
se levanta sin fijarse en lo que le ha sucedido y sigue corriendo.
Nosotras miramos, apartadas de los varones, desde nuestro lugar.
Ahora me doy cuenta de que la voz que he estado escuchando
desde que nací es ésta. Y ésta la compañía de todas mis horas.
Lo había visto ya, en invierno, venir armado de largos y agudos
cuchillos y traspasar nuestra carne acongojada de frío. Lo he
sentido en verano, perezoso, amarillo de polen, acercarse con un
gusto de miel silvestre entre los labios. Y anochece dando alaridos
de furia. Y se remansa al medio día, cuando el reloj del Cabildo da
las doce. Y toca las puertas y derriba los floreros y revuelve los
papeles del escritorio y hace travesuras con los vestidos de las
muchachas. Pero nunca, hasta hoy, había yo venido a la casa de
su albedrío. Y me quedo aquí, con los ojos bajos porque (la nana
me lo ha dicho) es así como el respeto mira a lo que es grande.
—Pero qué tonta eres. Te distraes en el momento en que gana
el papalote de tu hermano.
Liturgia Literaria
¡Qué alrededor tan inmenso! Una llanura sin rebaños donde el...
animal único que trisca es el viento. Y cómo se encabrita a veces
y derriba los pájaros que han venido a posarse tímidamente en
su grupa. Y cómo relincha. ¡Con qué libertad! ¡Con qué brío!
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Él está orgulloso de su triunfo y viene a abrazar a mis padres con
las mejillas encendidas y la respiración entrecortada.
Empieza a oscurecer. Es hora de regresar a Comitán. Apenas
llegamos a la casa busco a mi nana para comunicarle la noticia.
—¿Sabes? Hoy he conocido al viento.
Ella no interrumpe su labor. Continúa desgranando el maíz,
pensativa y sin sonrisa. Pero yo sé que está contenta.
—Eso es bueno, niña. Porque el viento es uno de los nueve
guardianes de tu pueblo.
OFICIO DE TINIEBLAS
III
Marcela se detuvo, jadeante. Había corrido hasta sentir que el
corazón se le quebraba. No era posible correr más. Avanzó
unos pasos, tambaleándose como a punto de caer desplomada.
Se sentó en el filo de la banqueta, apretó los párpados con la
yema de sus dedos y respiró profunda, ansiosamente.
La ciudad entera, con sus ruidos, zumbaba a su alrededor,
martirizándola. Esa puerta, batida por un golpe de viento; esas
campanadas perezosas y lúgubres; el chasquido del fuete al
restallar en el anca del caballo; la insistencia irritante del mendigo.
Y el insulto, saliendo a borbotones, torciendo la boca taraceada
de oro de una prostituta.
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Doña Mercedes —repetía el zumbido— doña Mercedes Solórzano.
Y Marcela perseguía este nombre, sílaba por sílaba, letra por
letra, como si al apoderarse de él entrara en posesión de lo más
preciado: la noche, el sueño, la muerte.
Porque Marcela no guardaba sino una imagen confusa de la violencia
que había sufrido. Detrás de los gestos autoritarios y voraces
de Cifuentes (a los que se resistió como lo hacen las bestias, por
instinto; y se resistió de manera salvaje, a mordiscos, a arañazos)
Marcela vislumbró algo. No lo que tantas mujeres de su condición:
el orgullo de ser preferidas por un caxlán. No lo que otras hembras:
el peligroso deleite de suscitar un deseo brutal. No, Marcela había
adivinado un paraíso: la suprema abolición de su conciencia.
Marcela se estremeció y maquinalmente se puso de pie. Miró
a su alrededor con extrañeza. ¿Quién la condujo hasta aquí?
¿Cuánto tiempo había permanecido en este sitio? ¿Por qué?
No alcanzaba a comprender, no recordaba. Tenía un propósito:
volver a Chamula. Echó a andar de prisa, equivocándose, hasta
detenerse en el mercado. Allí, sentadas en los escalones,
estaban las tzotziles. Aguardaban a Marcela. Enmudecieron al
verla aproximarse.
Liturgia Literaria
Fue sólo un instante. Aflojar las manos, soltar lo que traía entre
ellas: la miseria, la zozobra. Entregarlo todo y quedar libre. De su
cuerpo, como de un planeta distante, le llegaba un rumor doloroso.
Pero Marcela estaba lejos, flotando en una atmósfera densa y tibia,
maternal. ¿Por qué la habían arrojado otra vez a la intemperie?
Volvió en sí, rodeada de alaridos, cuando la persecución mordió
su calcañar. Y había corrido no sabía si huyendo o regresando.
¿Pero cómo se regresa, Dios mío, cómo se regresa?
[…]
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Marcela se paró frente a ellas. Muda también. Sus ojos sobrenadaban en un agua turbia y sin fondo.
De entre el mujerío surgió una voz que la increpaba.
—¿Por qué te dilataste tanto? Ya se va a meter el sol. Por tu
culpa vamos a regresar de noche.
Tenía derecho a hablar. Era Felipa, la madre de Marcela.
Pero Marcela no respondió. Su mutismo irritaba a la mujer.
Chillando, con un chillido frágil y ridículo, exigía:
—¡Contesta!
¿Qué iba a contestar Marcela? Había entrado en una casa
desconocida; había ofrecido sus cántaros a una compradora
desconocida.
—¿Dónde está la paga?
Felipa extendió la mano para recibirla. Pero Marcela no tenía
nada que dar.
—¿Dónde está la paga?
Felipa se irguió. Sus pómulos estaban amoratados de ira. Las
demás asistían, atónitas, a la escena. Algunas desviaron el rostro
porque la desobediencia no es buena de contemplar.
Felipa descendió los escalones, amenazante.
—Me vas a entregar ese dinero, grandísima cabrona.
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Esta palabra repentina, la única en español de aquella frase,
restalló como un latigazo. Se alzó el puño colérico, cayó sobre el
rostro de la muchacha. El dolor se le quebró en sollozos.
—¿Y qué? ¿Qué me vas a decir? ¿Qué te robaron por andar de
boca abierta?
Por fin toda la energía que las horas de espera habían acumulado
en el corazón de aquella mujer, se descargaba en el castigo.
También la decepción. Y no sólo de este día. Los años de
paciencia ante el infortunio; los años de sufrimiento soportados
sin una queja; toda la memoria amarga que el indio adormece
en la embriaguez y en la oración, pesaba en el puño cerrado
de Felipa. Y cada gemido de Marcela enardecía más y más a su
madre. Ya estaba bañada en sudor; ya un calambre agarrotaba
su brazo y aún no quería soltar a la víctima. Hasta que una voz
imperiosa la paralizó:
—¡Déjala!
Felipa se volvió, inerme, hacia Catalina. Sumisos los párpados,
trémula de fatiga y de aflicción, quiso justificarse.
—No merezco reproches, madrecita. Tú misma lo atestiguaste.
Yo le pegué a esta Marcela. ¿Pero acaso ella tuvo compasión de
mi cara? Mírame. Yo no soy más que una pobre vieja. Mis lomos
ya no aguantan el trabajo. Me duelen mucho los pies. Antes
¿dónde iba a ir Dios, que no tuviéramos que darle de comer a
nuestra boca? Pero hoy el hombre tiene cargo; desatiende la
Liturgia Literaria
Era Catalina Díaz Puiljá. Desde su sitio, en el escalón más alto,
habló. Y no le fue necesario más que ser escuchada para
ser obedecida.
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milpa; las deudas vienen a levantar la cosecha. ¿Y el dinero? ¿Es
que se barre con escoba? ¿Es que se recoge entre la basura? Ay,
madrecita, qué te estoy contando. Hace tiempo que el hambre
me muerde aquí, entre las costillas.
La ilol hizo un gesto displicente para detener aquella catarata de
lamentaciones.
—Te estorba tu hija. Dámela. Yo la voy a tener bien.
Felipa no esperaba esta proposición. El desconcierto mostró
desamparadas sus facciones. Ensayó torpemente una excusa.
—Te la diera yo, madrecita, si esta Marcela no fuera tan dejada.
Pero lo acabas de ver con tus propios ojos. Le robaron la paga
de los cántaros. Y así es, siempre. Si la mandas a traer leña te
trae leña verde. Si la mandas a tortear deja que las tortillas se
tuesten en el comal. Pierde las ovejas del rebaño.
Catalina sonrió ante la puerilidad de estos pretextos.
—Entonces es mejor que esté conmigo y no contigo. Tú ya no
tienes alientos para enderezarla. Yo sí.
El tono con que Catalina había hablado era concluyente. Felipa
asintió. Dijo bruscamente a Marcela.
—Levántate. Desde ahora vas a quedar ajenada. Ya no estás en
mi poder.
Marcela se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y fue a
colocarse detrás de Catalina. Así anduvieron. Así llegaron a San
Juan Chamula.
[…]
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LOS CONVIDADOS DE AGOSTO
—Dicen que los toreros son buenos este año —prosiguió Emelina,
indiferente a la respuesta de su interlocutora— Tienen que
lucirse. Porque últimamente no nos mandan más que sobras.
Emelina depositó con cuidado la taza sobre el plato. Recordaba,
con una especie de resentimiento, la feria anterior. No es que los
toreros fueran buenos ni malos. Es que no habían sido toreros
sino toreras. ¡Habráse visto! Los hombres estaban encantados,
naturalmente, con el vuelo que se dieron. Pero ¿y las muchachas?
Había sido una decepción, una burla. ¡Cuántas, repasó Emelina
mientras se limpiaba con cuidado la comisura de la boca, cuántas
esperaron esta oportunidad anual para quitarse de encima el
peso de una soltería que se iba convirtiendo en irremediable!
Muchachas de los barrios, claro, que no tenían mucha honra que
perder y ningún apellido que salvaguardar.
[…]
—Todos los años el señor cura lo repite en su sermón. ¿Qué se
sacan por andar loqueando? Que algún extranjero, de los que
vienen a las ferias, les tenga lástima, se las lleve a San Cristóbal
y, después de abusar de ellas, las deje tiradas allá. Y se regresan
tan campantes como si hubieran hecho una gracia. Las debían
de apalear. Pero los padres, los hermanos son unos nagüilones,
unos alcahuetes. Más bien son ellas las que se encierran, para
disimular un poco, hasta que nace su hijo. Cuando vuelven
Liturgia Literaria
Desde luego ella no. Era una señorita decente, lo cual la
eximía lo mismo de las tareas difíciles que de los peligros a
que se hallaban expuestas las otras, las de los barrios, las de
las orilladas.
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a asomar no son ni su sombra. Están sosegadas, como si ya
hubiera pasado su corazón.
[…]
Al primer toro hubo que empujarlo para que saliera a la lid.
Reculaba tercamente, acechando la oportunidad de volver a
su refugio. Su pánico era tan manifiesto que contagió de él a
sus adversarios que corrían desordenadamente, dándose de
encontronazos en su afán de esconderse tras los burladeros.
Pasado este primer momento de sorpresa, cada protagonista
asumió la actitud que le correspondía. Se hicieron simulacros,
tan infortunados como ineficaces, de las suertes que excitan
la furia del animal. Pero las banderillas, las intervenciones de
los picadores no hicieron más que recrudecerle su nostalgia por
los toriles.
Además, como todos los culpables, la bestia rehusaba mirar de
frente. Ya podía el trapo rojo cubrir hasta el más ínfimo de sus
ángulos visuales, que siempre le quedaría el recurso de agachar
el testuz y entrecerrar los párpados.
[…]
Los demás ejemplares no alcanzaron cimas más altas que el
primero. El público se sentía defraudado y, como siempre,
comenzó a patear. Se aproximaba el clímax. Entre el alboroto de las
descargas incesantes, fue insinuándose un rumor, tímido, seguro,
creciente, de madera que chirría, que cruje, que se rompe, que cae.
Lo demás se desarrolló con los pasos sucesivos de un ritual. En la
confusión del derrumbe Concha y Emelina quedaron separadas
y pugnaban por volver a reunirse, sin lograr romper la barrera de
gente y escombros que cada vez las alejaba más.
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De pronto Emelina comenzó a sentir un mareo intenso; un
sudor frío le empapó las manos, corrió a lo largo de su espalda,
le puso lívidas las sienes. Sin resistencia fue dejándose tragar
por el vértigo.
Cuando volvió en sí estaba en brazos de un hombre desconocido
que la hacía beber, a la fuerza, un trago de comiteco. Emelina (que
no supo si deliraba aún) cesó de hacer gestos de repugnancia y
bebió con avidez un sorbo y otro y otro más. El aguardiente le
devolvía el pulso, le ordenaba los sentidos, la vivificaba.
MUJER QUE SABE LATÍN…
La mujer y su imagen
Así la mujer, a lo largo de los siglos, ha sido elevada al altar de
las deidades y ha aspirado el incienso de los devotos. Cuando
no se la encierra en el gineceo, en el harén a compartir con sus
semejantes el yugo de la esclavitud; cuando no se la confina
en el patio de las impuras; cuando no se la marca con el sello
de las prostitutas; cuando no se la doblega con el fardo de
la servidumbre; cuando no se la expulsa de la congregación
religiosa, del ágora política, del aula universitaria.
Esta ambivalencia de las actitudes masculinas no es más que
superficial y aparente. Si las examinamos bien, hallaremos una
indivisible y constante unidad de propósitos que se manifiesta
enmascarada de tan múltiples maneras.
Supongamos, por ejemplo, que se exalta a la mujer por su
belleza. No olvidemos, entonces, que la belleza es un ideal
Liturgia Literaria
[…]
17
que compone y que impone el hombre y que, por extraña
coincidencia, corresponde a una serie de requisitos que, al
satisfacerse, convierte a la mujer que los encarna en una inválida,
si es que no queremos exagerar declarando, de un modo mucho
más aproximado a la verdad, que en una cosa.
Son feos, se declara, los pies grandes y vigorosos. Pero sirven
para caminar, para mantenerse en posición erecta. En un
hombre los pies grandes y vigorosos son más que admisibles;
son obligatorios. Pero ¿en una mujer? Hasta nuestros más
cursis trovadores locales se rinden ante “el pie chiquito
como un alfiletero”. Con ese pie (que para que no adquiera
su volumen normal se vendaba en la China de los mandarines
y no se sometía a ningún tipo de ejercicio en el resto del
mundo civilizado) no se va a ninguna parte. Que es de lo que se
trataba, evidentemente.
La mujer bella se extiende en un sofá, exhibiendo uno de los
atributos de su belleza, los pequeños pies, a la admiración
masculina, exponiéndolos a su deseo. Están calzados por un
zapato que algún fulminante dictador de la moda ha decretado
como expresión de la elegancia y que posee todas las
características con las que se define a un instrumento de tortura.
En su parte más ancha aprieta hasta la estrangulación; en su
extremo delantero termina en una punta inverosímil a la que
los dedos tienen que someterse; el talón se prolonga merced a
un agudo estilete que no proporciona la base de sustentación
suficiente para el cuerpo, que hace precario el equilibrio, fácil la
caída, imposible la caminata. ¿Pero quién, sino las sufragistas,
se atreven a usar zapatos cómodos, que respeten las leyes
de la anatomía? Por eso las sufragistas, en justo castigo, son
unánimemente ridiculizadas.
18
[…]
Se elabora entonces una moral muy rigurosa y muy compleja
para preservar a la ignorancia femenina de cualquier posible
contaminación. Mujer es un término que adquiere un matiz
de obscenidad y por eso deberíamos de cesar de utilizarlo.
Tenemos a nuestro alcance muchos otros más decentes: dama,
señora, señorita y, ¿por qué no? “hada del hogar”.
Una dama no conoce su cuerpo ni por referencias, ni al través
del tacto, ni siquiera de vista. Una señora cuando se baña (si es
que se baña) lo mantiene cubierto con alguna pudorosa túnica
que es obstáculo de la limpieza y también de la perniciosa y
vana curiosidad.
La señorita se desplaza a tientas en una anatomía de la que
tiene nociones equívocas y desemboca con sorpresa, con
terror, con escándalo, en pasadizos oscuros, en sótanos cuyo
nombre es secreto de “el otro” y no acierta, no debe acertar
ni con la figura que la contiene ni con el funcionamiento de lo
que le sirve de habitáculo ni con la salida al campo abierto, a la
luz, a la libertad.
Esta situación de confinamiento, que se llama por lo común
inocencia o virginidad, es susceptible de prolongarse durante
varios años y a veces durante una vida entera.
Liturgia Literaria
Monstruo de su laberinto la señorita se extravía en los meandros
de una intimidad caprichosa e imprevisible, regida por unos
principios que “el otro” conoce hasta el punto de localizar y
denominar con exactitud cada sitio, cada recodo, y de predicar
la utilidad, sentido y limitaciones de cada forma.
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La osadía de indagar sobre sí misma; la necesidad de hacerse
consciente acerca del significado de la propia existencia corporal
o la inaudita pretensión de conferirle un significado a la propia
existencia espiritual es duramente reprimida y castigada por el
aparto social. Éste ha dictaminado, de una vez y para siempre,
que la única actitud lícita de la feminidad es la espera.
Por eso desde que nace una mujer, la educación trabaja sobre
el material dado para adaptarlo a su destino y convertirlo en
un ente moralmente aceptable, es decir, socialmente útil. Así
se le despoja de la espontaneidad para actuar; se le prohíbe la
iniciativa de decidir; se le enseña a obedecer los mandamientos
de una ética que le es absolutamente ajena y que no tiene más
justificación ni fundamentación que la de servir a los intereses, a
los propósitos y a los fines de los demás.
[…]
No vamos a dejarnos atrapar en la vieja trampa del intento de
convertir, por un conjuro silogístico o mágico, al varón mutilado
—que es la mujer según Santo Tomás— en varón entero. Más
bien vamos a insistir en otro problema. El de que, pese a todas
las técnicas y tácticas y estrategias de domesticación usadas en
todas las latitudes y en todas las épocas por todos los hombres,
la mujer tiende siempre a ser mujer, a girar en su órbita propia, a
regirse de acuerdo con un peculiar, intransferible, irrenunciable
sistema de valores.
Con una fuerza a la que no doblega ninguna coerción; con
una terquedad a la que no convence ningún alegato; con una
persistencia que no disminuye ante ningún fracaso, la mujer rompe
los modelos que la sociedad le propone y le impone para alcanzar
su imagen auténtica y consumarse —y consumirse— en ella.
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La hazaña de convertirse en lo que se es (hazaña de
privilegiados sea el que sea su sexo y sus condiciones) exige no
únicamente el descubrimiento de los rasgos esenciales bajo
el acicate de la pasión, de la insatisfacción o del hastío sino
sobre todo el rechazo de esas falsas imágenes que los falsos
espejos ofrecen a la mujer en las cerradas galerías donde su
vida transcurre.
Hacer trizas esa fácil compostura de las facciones y de las
acciones; arrojar la fama para que hocen los cerdos; afirmarse
como instancia suprema por encima de la desgracia, del
Liturgia Literaria
Para elegirse a sí misma y preferirse por encima de los demás
se necesita haber llegado, vital, emocional o reflexivamente a
lo que Sartre llama una situación límite. Situación límite por su
intensidad, su dramatismo, su desgarradora densidad metafísica.
Monjas que derriban las paredes de su celda como Sor Juana y la
Portuguesa; doncellas que burlan a los guardias de su castidad
para asir el amor como Melibea; enamoradas que saben que
la abyección es una máscara del verdadero poderío y que el
dominio es un disfraz de la incurable debilidad como Dorotea
y Amelia; casadas a las que el aburrimiento lleva a la locura
como Ana de Ozores o al suicidio como Ana Karenina, después
de pasar infructuosamente, por el adulterio; casadas que con
fría deliberación destruyen lo que las rodea y se destruyen a sí
mismas porque nada les está vedado puesto que nada importa,
como Hedda Gabler, como la marquesa de Marteuil; prostitutas
generosas como la Pintada; ancianas a quienes los años no
han añadido hipocresía como Celestina; amantes cuyo ímpetu
sobrepasa su objeto como… como todas. Cada una a su manera
y en sus circunstancias niega lo convencional, hace estremecerse
los cimientos de lo establecido, para de cabeza las jerarquías y
logra la realización de lo auténtico.
21
desprecio y aun de la muerte, tal es la trayectoria que va desde
la soledad más estricta hasta el total aniquilamiento.
Pero hubo un instante, hubo una decisión, hubo un acto en que
la mujer alcanzó a conciliar su conducta con sus apetencias
más secretas, con sus estructuras más verdaderas, con su
última sustancia. Y en esa conciliación su existencia se insertó
en el punto que le corresponde en el universo, evidenciándose
como necesaria y resplandeciente de sentido, de expresividad
y de hermosura.
ÁLBUM DE FAMILIA
Lección de cocina
La cocina resplandece de blancura. Es una lástima tener que
mancillarla con el uso. Habría que sentarse a contemplarla, a
describirla, a cerrar los ojos a evocarla. Fijándose bien esta nitidez,
esta pulcritud carece del exceso deslumbrador que produce
escalofríos en los sanatorios. ¿O es el halo de desinfectantes,
los pasos de goma de las afanadoras, la presencia oculta de la
enfermedad y de la muerte? Qué me importa. Mi lugar está aquí.
Desde el principio de los tiempos ha estado aquí.
En el proverbio alemán la mujer es sinónimo de Küche, Kinder,
Kirche. Yo anduve extraviada en aulas, en calles, en oficinas, en
cafés; desperdiciada en destrezas que ahora he de olvidar para
adquirir otras. Por ejemplo, elegir el menú. ¿Cómo podría llevar
al cabo labor tan ímproba sin la colaboración de la sociedad,
de la historia entera? En un estante especial, adecuado a mi
estatura, se alinean mis espíritus protectores, esas aplaudidas
equilibristas que concilian en las páginas de los recetarios
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las contradicciones más irreductibles: la esbeltez y la gula, el
aspecto vistoso y la economía, la celeridad y la suculencia.
Con sus combinaciones infinitas: la esbeltez y la economía,
la celeridad y el aspecto vistoso, la suculencia y. . . ¿Qué me
aconseja usted para la comida de hoy, experimentada ama
de casa, inspiración de las madres ausentes y presentes, voz
de la tradición, secreto a voces de los supermercados? Abro
un libro al azar y leo: “La cena de don Quijote”. Muy literario
pero muy insatisfactorio. Porque don Quijote no tenía fama
de gourmet sino de despistado. Aunque un análisis más a
fondo del texto nos revela, etc., etc., etc. Ha corrido más tinta en
torno a esta figura que agua debajo de los puentes. “Pajaritos de
centro de cara”. Esotérico. ¿La cara de quién? ¿Tiene un centro
la cara de algo o de alguien? Si lo tiene no ha de ser apetecible.
[…]
Y no es sólo el exceso de lógica el que me inhibe el hambre. Es
también el aspecto, rígido por el frío; es el color que se manifiesta
ahora que he desbaratado el paquete. Rojo, como si estuviera a
punto de echarse a sangrar.
Del mismo color teníamos la espalda, mi marido y yo después
de las orgiásticas asoleadas en las playas de Acapulco. Él podía
darse el lujo de “portarse como quien es” y tenderse boca
abajo para que no le rozara la piel dolorida. Pero yo, abnegada
Liturgia Literaria
Abro el compartimiento del refrigerador que anuncia “carnes”
y extraigo un paquete irreconocible bajo su capa de hielo. La
disuelvo en agua caliente y se me revela el título sin el cual no
habría identificado jamás su contenido: es carne especial para
asar. Magnífico. Un plato sencillo y sano. Como no representa la
superación de ninguna antinomia ni el planteamiento de ninguna
aporía, no se me antoja.
23
mujercita mexicana que nació como la paloma para el nido,
sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio cuando
dijo “mi lecho no es de rosas y se volvió a callar”. Boca arriba
soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La
postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento,
de placer. El gemido clásico. Mitos, mitos.
Lo mejor (para mis quemaduras, al menos) era cuando se quedaba
dormido. Bajo la yema de mis dedos —no muy sensibles por el
prolongado contacto con las teclas de la máquina de escribir— el
nylon de mi camisón de desposada resbalaba en un fraudulento
esfuerzo por parecer encaje. Yo jugueteaba con la punta de los
botones y esos otros adornos que hacen parecer tan femenina
a quien los usa, en la oscuridad de la alta noche. La albura de
mis ropas, deliberada, reiterativa, impúdicamente simbólica,
quedaba abolida transitoriamente. Algún instante quizá alcanzó
a consumar su significado bajo la luz y bajo la mirada de esos
ojos que ahora están vencidos por la fatiga.
Unos párpados que se cierran y he aquí, de nuevo, el exilio. Una
enorme extensión arenosa, sin otro desenlace que el mar cuyo
movimiento propone la parálisis: sin otra invitación que la del
acantilado al suicidio.
Pero es mentira. Yo no soy el sueño que sueña, que sueña, que
sueña; soy el reflejo de una imagen en un cristal: a mí no me
aniquila la cerrazón de una conciencia o de toda conciencia
posible. Yo continúo viviendo con una vida densa, viscosa,
turbia, aunque el que está a mi lado y el remoto, me ignoren, me
olviden, me pospongan, me abandonen, me desamen.
24
DECLARACIÓN DE FE
La mujer en el mundo indígena
En ese orden estaban comprometidos, agrupados todos los
objetos; obedeciendo a una jerarquía, adquiriendo un rango,
ocupando un lugar y desempeñando una función. El orden
descendía de lo alto. En los trece cielos superiores habitaban
dioses de diferentes categorías, oficios y atribuciones, aunque
todos emanaban de un primer principio y una causa única. Su
variedad no era producto del azar sino manifestación de la ley. En
la sociedad humana el hombre tomaba la forma de una división de
castas: la sacerdotal, la guerrera, la de los mercaderes y la de los
agricultores, cuyas obligaciones y privilegios se correspondían.
Y por último en el submundo o infierno cada ser alcanzaba un
grado de evolución determinado por su conducta anterior.
[…]
Es lícito preguntarse cuál era, dentro de ese orden y esa jerarquía,
el sitio designado a las mujeres. Desde luego vemos que no es
Liturgia Literaria
…
A quien lee por primera vez los textos indígenas, a quien
contempla con atención sus monumentos y considera sus obras
de arte, le sorprende encontrar una concepción matemática
del mundo, una representación geométrica de la naturaleza
y una expresión abstracta de lo humano. Observa, en todo el
movimiento espiritual indígena, la intención de construir (sobre
la multiplicidad de datos que integran los sentidos, sobre el
tránsito de las cosas en el tiempo), el esqueleto sólido de un
orden en el que los objetos se reducen a número, los espacios a
proporción y los misterios a símbolo.
[…]
25
una posición fija ni inmutable sino que varía de acuerdo con
las circunstancias en las que se desarrollaba la historia de los
pueblos. Pero en general puede decirse que la preponderancia
de un sexo sobre el otro está íntimamente ligada con el factor
económico y con la capacidad mayor o menor que tuvieran para
contribuir al mantenimiento del grupo social al que pertenecían.
Durante la etapa nómada o ciclo de la caza se constituye un
patriarcado, pues es el hombre quien suministra, casi de
manera exclusiva, lo necesario para la subsistencia. Por ser la
constitución biológica de la mujer inadecuada a tal género de
vida no sólo se le consideraba como un elemento inferior sino
también como un estorbo, como un lastre que la tribu tenía para
arrastrar penosamente tras de sí. La maternidad era un valor de
signo más bien negativo por lo que alteraba la precaria economía
tribal. Además, como se ignoraba cuál era la parte que
correspondía al padre en la procreación del hijo, los hombres
no podían ver en él ni un objeto de su propiedad ni una forma
de supervivencia.
Precisamente la imposibilidad padecida por las mujeres de
acompañar a los cazadores en sus expediciones (impedidas por
las molestias del embarazo y el parto) las obliga a permanecer
en un lugar. Así se inicia la sedentarización. En el ocio forzoso
al que la mujer se ve confinada, se despiertan sus facultades de
observación. Atentamente sigue el proceso de vida y desarrollo
de las plantas. Por casualidad (si no queremos conceder nada al
espíritu de experimentación) descubre la manera de cultivarlas.
Las cosechas, por exiguas que fuesen, por estrechamente que
dependieran del azar, representaban una ayuda para resolver el
problema de la alimentación. Poco a poco, a medida que se conocían
los secretos de los vegetales y se acertaba a domesticarlos, la
importancia de esta ayuda fue creciendo. Su regularidad se
impuso sobre la intermitencia de la caza hasta convertirse en la
26
Una gran serie de descubrimientos (aparte del maíz, el del
frijol, el del algodón y muchas otras plantas útiles; el invento
del telar y el del moldeado del barro, etc.) se realizan durante
el periodo hortícola matrilineal. Entonces el trabajo incumbe
casi exclusivamente a las mujeres. Ixmucané, como caso
ejemplar, atendía la huerta y las labores de la casa mientras
sus hijos Hunbatz y Hunchoén eran “a un tiempo flautistas,
cantores, pintores y talladores”. Además de las funciones del
sacerdocio que los hombres jamás abandonaron en manos de
las mujeres. Ante esta familia típica se presenta Ixquic, con el
título de nuera. Pero es rechazada porque la descendencia sólo
se reconocía por la línea materna y nadie podía incorporarse
al clan sino era al través de la madre. A Ixquic no la admiten
más que después de probar su habilidad (una habilidad casi
milagrosa) para recolectar una gran cosecha. A pesar de
todo es siempre considerada como una advenediza y sus
hijos nacen, a escondidas de todos, en el monte. Pues en este
periodo la maternidad era interpretada como el momento en
que la persona de la mujer sufría la más grande humillación. Por
lo mismo quien lo sufría debía ocultarlo como una vergüenza y
como un estigma impuro.
[…] Al crecer desproporcionadamente la población ya no
bastó, para sostenerla, el fruto rendido por la parcela a cuya
explotación se aplicaban medios muy rudimentarios. Era preciso
crear técnicas nuevas y usarlas en mayor escala, es decir,
cambiar la horticultura por la agricultura. Y de esto sólo pudieron
Liturgia Literaria
fuente primordial de abastecimientos. Se inaugura de este modo
la forma de explotación de la tierra llamada horticultura a la que
corresponde, en la organización social, el matriarcado, del que el
Popol-Vuh nos transmite una vívida imagen.
[...]
27
encargarse los hombres. El patriarcado volvió a imponerse, y
ahora más sólidamente, como una necesidad.
La mujer perdió de golpe su importancia. El nuevo orden había
sido creado por los hombres para servir a sus propios intereses.
Se instituyó desde luego la poligamia como una costumbre
aceptada. Aunque la forma legal y característica del matrimonio
fuera la monogámica, de hecho los guerreros como premio a
sus hazañas, los nobles como privilegio de su riqueza podían
ostentar tantas esposas cuantas fueran capaces de mantener.
Por otra parte, la manera de entender la maternidad había
variado radicalmente. Asentadas las tribus, con el problema de
su subsistencia resuelto de modo satisfactorio, con la idea de
imperio alimentando sus ímpetus de expansión y de conquista,
los hijos venían a ser un medio más para el logro de sus
ambiciones, una nueva forma de propiedad y de dominio. En
cuanto a la mujer, negándosele como se le negaba la calidad de
persona, su única justificación será la utilidad social que preste.
Y como esta no la da su trabajo ni su inteligencia, la dará su
cuerpo. Su valor consistirá en ser fecundada. Ser madre será
la función esencial de la mujer y a ella debería sacrificarlo todo.
[…]
SER DE RÍO SIN PECES
Ser de río sin peces, esto he sido.
Y revestida voy de espuma y hielo.
Ahogado y roto llevo todo el cielo
y el árbol se me entrega malherido.
A dos orillas del dolor uncido
va mi caudal a un mar de desconsuelo.
28
La garza de su estero es alto vuelo
y adiós y breve sol desvanecido.
Para morir sin canto, ciego, avanza
mordido de vacío y de añoranza.
Ay, pero a veces hondo y sosegado
se detiene bajo una sombra pura.
Se detiene y recibe la hermosura
con un leve temblor maravillado.
DESTINO
El aire no es bastante
para los dos. Y no basta la tierra
para los cuerpos juntos
y la ración de la esperanza es poca
y el dolor no se puede compartir.
El hombre es animal de soledades,
ciervo con una flecha en el ijar
que huye y se desangra.
¡Ah! pero el odio, su fijeza insomne
de pupilas de vidrio; su actitud
que es a la vez reposo y amenaza.
Selección de Poemas
Matamos lo que amamos. Lo demás
no ha estado vivo nunca.
Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
un olvido, una ausencia, a veces menos.
Matamos lo que amamos. ¡Que cese ya esta asfixia
de respirar con un pulmón ajeno!
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El ciervo va a beber y en el agua aparece
el reflejo de un tigre.
El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve
—antes que lo devoren — ( cómplice, fascinado )
igual a su enemigo.
Damos la vida sólo a lo que odiamos.
REVELACIÓN
Lo supe de repente:
hay otro.
Y desde entonces duermo solo a medias
y ya casi no como.
No es posible vivir
con ese rostro
que es el mío verdadero
y que aún no conozco.
SE HABLA DE GABRIEL
Como todos los huéspedes mi hijo me estorbaba
ocupando un lugar que era mi lugar,
existiendo a deshora,
haciéndome partir en dos cada bocado.
Fea, enferma, aburrida
lo sentía crecer a mis expensas,
robarle su color a mi sangre, añadir
un peso y un volumen clandestinos
a mi modo de estar sobre la tierra.
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Su cuerpo me pidió nacer, cederle el paso;
darle un sitio en el mundo,
la provisión de tiempo necesaria a su historia.
Consentí. Y por la herida en que partió, por esa
hemorragia de su desprendimiento
se fue también lo último que tuve
de soledad, de yo mirando tras de un vidrio.
Quedé abierta, ofrecida
a las visitaciones, al viento, a la presencia.
POESÍA NO ERES TÚ
Nada hay más que nosotros: la pareja,
los sexos conciliados en un hijo,
las dos cabezas juntas, pero no contemplándose
(para no convertir a nadie en un espejo)
sino mirando frente a sí, hacia el otro.
El otro: mediador, juez, equilibrio
entre opuestos, testigo,
nudo en el que se anuda lo que se había roto.
El otro, la mudez que pide voz
al que tiene la voz
y reclama el oído del que escucha.
Selección de Poemas
Porque si tú existieras
tendría que existir yo también. Y eso es mentira.
31
El otro. Con el otro
la humanidad, el diálogo, la poesía, comienzan.
AJEDREZ
Porque éramos amigos y, a ratos,
nos amábamos;
quizá para añadir otro interés
a los muchos que ya nos obligaban
decidimos jugar juegos de inteligencia.
Pusimos un tablero enfrente de nosotros:
equitativo en piezas, en valores,
en posibilidad de movimientos.
Aprendimos las reglas, les juramos respeto
y empezó la partida.
Henos aquí hace un siglo, sentados,
meditando encarnizadamente
cómo dar el zarpazo último que aniquile
de modo inapelable y, para siempre, al otro.
DESAMOR
Me vio como se mira al través de un cristal
o del aire
o de nada.
Y entonces supe: yo no estaba allí
ni en ninguna otra parte
ni había estado nunca ni estaría.
32
Y fui como el que muere en la epidemia,
sin identificar, y es arrojado
a la fosa común.
DESTIERRO
Hablábamos la lengua
de los dioses, pero era también nuestro silencio
igual al de las piedras.
Éramos el abrazo de amor en que se unían
el cielo con la tierra.
No era como ahora
que parecemos aventadas nubes
o dispersadas hojas.
Estábamos entonces cerca, apretados, juntos.
No era como ahora.
LOS ADIOSES
Quisimos aprender la despedida
y rompimos la alianza
que juntaba al amigo con la amiga.
Y alzamos la distancia
entre las amistades divididas.
Selección de Poemas
No, no estábamos solos.
Sabíamos el linaje de cada uno
y los nombres de todos.
Ay, y nos encontrábamos como las muchas ramas
de la ceiba se encuentran en el tronco.
33
Para aprender a irnos, caminamos.
Fuimos dejando atrás las colinas, los valles,
los verdeantes prados.
miramos su hermosura
pero no nos quedamos.
REFERENCIAS
Partes IV, VII y XX, Balún-Canán, México, Fondo de Cultura
Económica, 1983.
Fragmentos de las partes I y III, Oficio de tinieblas, México,
Planeta, 1999.
Fragmentos, Los convidados de agosto, México, Fondo de
Cultura Económica, 2019.
Fragmento del primer acto “Luna de miel”, en El eterno femenino,
México, Fondo de Cultura Económica, 1981.
Fragmentos del capítulo I “La mujer y su imagen”, en Mujer que
sabe latín…, México, Secretaría de Educación Pública, 1973.
Fragmentos de las partes Lección de cocina, Domingo, Cabecita
blanca y Álbum de familia, en Álbum de familia, México, Joaquín
Mortiz, 1975.
Fragmentos del capítulo La mujer en el mundo indígena, en
Declaración de fe, México, Alfaguara, 1999.
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DIRECTORIO
Dr. en Ed. Alfredo Barrera Baca
Rector
M. en E. U. y R. Marco Antonio Luna Pichardo
Secretario de Docencia
Dr. en C. I. Carlos Eduardo Barrera Díaz
Secretario de Investigación y Estudios Avanzados
M. en C. Jannet Valero Vilchis
Secretaria de Rectoría
Dr. en A. José Edgar Miranda Ortiz
Secretario de Difusión Cultural
Dra. en Ed. Sandra Chávez Marín
Secretaria de Extensión y Vinculación
M. en E. Javier González Martínez
Secretario de Finanzas
M. en Dis. Juan Miguel Reyes Viurquez
Secretario de Administración
Dr. en C. C. José Raymundo Marcial Romero
Secretario de Planeación y Desarrollo Institucional
M. en L. A. María del Pilar Ampudia García
Secretaria de Cooperación Internacional
Dra. en Dis. Monica Marina Mondragón Ixtlahuac
Secretaria de Cultura Física y Deporte
Dr. en C. S. Luis Raúl Ortiz Ramírez
Abogado General
M. en R. I. Jorge Bernaldez García
Secretario Técnico de la Rectoría
M. en P. y D. C. Gastón Pedraza Muñoz
Director General de Comunicación Universitaria
M. en A. P. Guadalupe Santamaría González
Directora General de Centros Universitarios
y Unidades Académicas Profesionales
M. en D. F. Jorge Rogelio Zenteno Domínguez
Encargado del Despacho de la Contraloría Universitaria
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