Subido por Yoleidy Bermúdez

MI OBSECION 1

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Contenido
Bella Obsesión
Sinopsis
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Esta es una historia de ficción. Todos los personajes, lugares y sucesos, son
sacados de la imaginación de su autor. Cualquier similitud con la realidad, es pura
coincidencia. A excepción de algunos nombres de marcas registradas, que fueron
utilizadas con mucho respeto; esto, con el único fin de darle realismo a la historia.
© 2015, Rafael Nicolás Pérez
[email protected]
Diseño de portada: ESE 17 PUBLISHING
Volumen 1
Redes sociales.
Facebook: Rafael N. Perez
Todos los derechos reservados. No está permitida la utilización de parte alguna
de este libro, ni tampoco su reproducción, en cualquier forma o por cualquier
medio, bien sea electrónico, mecánico, químico de otro tipo, tanto conocido como
los que puedan inventarse, incluyendo el fotocopiado o grabación, ni se permite su
almacenamiento en un sistema de información y recuperación, sin el permiso
anticipado y por escrito del autor.
Bella Obsesión
Todo por ella
Volumen 1
Rafael N. Pérez
Sinopsis
Después de fijar una fecha para contraer matrimonio en
ocho meses, Alex asiste a un bar de strippers por última vez.
Allí conoce a una joven bailarina que de alguna manera
provoca en él la necesidad de conseguir una noche de placer
con ella, una noche de sexo antes de que se cumplan los ocho
meses para su boda. Conociendo bien el arte de apostar, Alex
apuesta a conseguir lo que busca; sabe que no necesitará más
que su dinero y romper la promesa que hizo el mismo día que
la conoció. A pesar de la confianza en sí mismo y de haber
ganado casi todas sus apuestas anteriores, hay algo que él no
sabe de esta chica… sus secretos.
Capítulo 1
Crecí en la fábrica de mis padres. Mi hermano John y yo,
pasábamos allí la mayor parte de nuestro tiempo. Corríamos
entre las máquinas de cosméticos ensuciando nuestra ropa con
pintalabios y cremas para la piel. Desde muy niños, veíamos
cómo nuestros padres trabajaban sin descanso para darnos la
vida de lujos y riqueza que siempre llevamos. Después de la
escuela, mi hermano y yo nos quedábamos en la fábrica hasta
que llegaba la hora de regresar a casa. Un par de años más
tarde, cuando John tenía trece años y yo cumplía ocho, nació
mi hermana Sara. Ella se convirtió entonces en el sueño
realizado de mis padres y en el amor de todos. Después de la
llegada de Sara a la familia, mis padres empezaron a pasar más
tiempo en casa con nosotros, así que mis juegos en la fábrica
ya eran cosas del pasado. Cuando John por fin terminó su
carrera de economista, yo daba mis primeros pasos en la
universidad. Yo quería estudiar idiomas, pero a mis padres no
les agradó la idea y me tocó estudiar administración de
empresas. A diferencia de John, a mí nunca me gustaron los
negocios; el constante papeleo en los escritorios de oficinas
me parecía algo de lo más aburrido.
Después de un tiempo en la universidad, conocí al Rubio
Marc, así era como todos le llamaban. Cuando mi hermano
John y Marc se conocieron, se convirtieron en los mejores
amigos; ambos tenían esa magia que atraía a las chicas; de
ellos aprendí muchas cosas. Con frecuencia visitábamos
algunos bares. Debido a los tragos y a la adrenalina en
nuestros cuerpos, salíamos aullando como lobos; lo hacíamos
después de una noche de apuestas y chicas. Jugábamos a un
juego llamado apunta y dispara que consistía en conquistar y
conseguir el número de teléfono de una de las chicas que
asistían a los bares que visitábamos. En una de esas locas
apuestas, tuve sexo por primera vez. En aquel momento creí
que aquella había sido la mejor noche de mi vida. No podía
creerme que había amanecido con una chica a mi lado.
Aquella sensación de creerme el héroe de la película duró muy
poco; pensé que la había impresionado, sin embargo, después
de diez o doce intentos para comunicarme con la chica que
había robado mi inocencia, caí en la cuenta de que mi
desempeño en el sexo no había sido tan especial para ella
como lo había sido para mí. A pesar de mi decepción, el
Rubio, mi hermano y yo, seguimos en nuestras andanzas
nocturnas.
Una noche loca, de esas donde el alcohol nos llevaba a
cualquier lugar; descubrimos el bar que nos robaría el sueño
de ahí en adelante. Era un bar de strippers llamado
Gentleman’s night. Era el lugar ideal para apostar y ganar; allí
el dinero era el factor clave, así que amanecer con una chica a
nuestro lado, resultaba una apuesta fácil. Después de mi
primera experiencia en el sexo con aquella a la que nunca
volví a ver, y cuyo nombre ya había olvidado, empecé a creer
que el sexo se compraba con dinero y que el amor era para
quienes creían en él.
Para cuando terminé mi carrera universitaria, John ya
formaba parte de la empresa de nuestros padres. Había llegado
el momento de integrarme en el negocio familiar. Empecé a
formar parte de la empresa, y las responsabilidades que
teníamos delegadas mi hermano y yo, no nos dejaba tiempo
para las noches de locuras que siempre tuvimos. Algunas de
esas funciones nos obligaban a viajar constantemente;
buscábamos contratos para llevar nuestra línea de cosméticos a
otras ciudades y países. Después de un tiempo viajando y
trabajando tanto como lo hicieron nuestros padres, empezamos
a pasar más tiempo en Nueva York, donde vivíamos y nos
gustaba estar. Desde entonces, el Rubio y John empezaron
nuevamente con sus andanzas; cada viernes, salían a los bares
y recordaban viejos tiempos. Yo había dejado de visitar
aquellos lugares de strippers; estaba más dedicado a mejorar
los idiomas que quería aprender a hablar. Aparte de inglés y
español, idiomas que dominaba, Ya hablaba un poco de
francés e italiano, así que trabajaba en ellos.
Una noche de viernes, me uní a mi hermano y al Rubio para
visitar un bar que habían descubierto en sus andanzas, aquello
me llevó a retomar las salidas nocturnas junto a ellos. El lugar
era conocido como uno de los más prestigiosos de Nueva
York. Desde entonces, empezamos a acudir al bar, lo hacíamos
religiosamente cada viernes, esto hasta que mi hermano y el
Rubio Marc se pelearon por una de las strippers del lugar y la
amistad que por tantos años tenían, se rompió. Sin que
importara la pelea entre ellos, el Rubio y yo seguíamos
visitando aquel bar.
Tiempo después, mi hermano se casó y dejó de lado la vida
nocturna que llevaba. Al poco tiempo también se casó Marc.
Yo como de costumbre seguí yendo al bar; me sentía bien allí
y no tenía la mínima intención de cambiar mi estado de
soltero. Unos meses después, conocí a la mujer que me haría
creer en el amor. La conocí en un club social llamado Prestige.
Nos conocimos a través de su madre y la mía. Desde entonces
empezamos una relación; todos estaban de acuerdo en que
éramos la pareja ideal. A pesar de lo que pensaba del amor y
lo mucho que disfrutaba estando soltero, empecé a creer que
había encontrado a la mujer ideal en Lisa. Nuestra relación era
muy abierta y confiábamos el uno en el otro, era lo que más
me gustaba de ella. Con frecuencia teníamos sexo en su
apartamento; muy pocas veces lo hacíamos en el mío. Después
de un tiempo de relaciones esporádicas, ella empezó a insistir
en querer formar una familia conmigo, donde tuviéramos hijos
que nos dieran lata todo el santo día. A diferencia de ella, yo
no me sentía preparado para dar aquel paso; aún creía que el
matrimonio era para tontos.
Transcurrió el tiempo y mis padres se ausentaron por
completo de la fábrica. Heredamos de ellos, parte de la
compañía y nos dedicamos por completo al negocio. Después
de que John les diera a mis padres su primera nieta, mi madre
empezó a exigirme más responsabilidad con Lisa; se refería a
que pusiéramos fecha a nuestra boda. Tanto dio la gotera en la
piedra, que decidí ya a mis treinta y dos años y después de
haber hecho un análisis profundo de lo que había sido mi vida,
complacer a Lisa y a mi madre. En el jardín de la casa de mis
padres, dimos una fiesta y anunciamos nuestra boda; en ocho
meses nos casábamos. En aquel punto de mi vida, yo creí que
lo había vivido todo, que no necesitaba nada más para ser feliz
con Lisa.
La misma semana de mi compromiso, le pedí al Rubio y a
mí hermano que me acompañarán por última vez al bar al que
ellos mismos me llevaron. Tenía la esperanza de que ambos
volvieran a ser los amigos que antes eran. A mi hermano no
puede convencerlo; limar asperezas con el Rubio no le
interesó. Con el Rubio Marc, corrí la misma suerte, no porque
no quisiera arreglar sus diferencias con mi hermano, sino
porque su esposa Lorena, le impidió acompañarme. En vista
de que no pude convencer a ninguno de ellos para que asistiera
conmigo al bar de strippers por última vez, fui por mi cuenta.
Después de un viernes de duro trabajo en la fábrica, reservé
el lugar de siempre en el bar. Sin la mínima idea de cómo
cambiaría mi vida a partir de aquel momento, me vestí y
después de coger las llaves de mi coche, allí estaba yo, sentado
en la zona vip del lugar.
Todo empezó con una mirada… Recuerdo que tenía en mi
mesa una copa del mejor whisky sour que se servía en uno de
los bares más exclusivos de la ciudad de Nueva York.
Disfrutaba de la diversión como todos los viernes: música,
mujeres, bailes, aplausos y los mismos empresarios de siempre
ambientaban el salón. Si de algo estaba convencido aquella
noche, era que sería mi última vez en Knights bar. A mi
tercera copa, ella salió a escena. No la había visto antes en los
tres años que llevaba visitando el lugar y ocupando la misma
mesa. Ella giraba alrededor de un tubo de color plateado donde
vendía su pícara sonrisa y sensuales movimientos; deslizaba su
sensualidad en cada giro que daba. Yo la observaba desde mi
mesa, ubicada a solo unos pasos de su área de trabajo.
Mientras ella bailaba, pude notar que me dirigió un gesto, a
pesar de los tantos empresarios a mi lado. «¡Notó mi
presencia!», me dije a mí mismo satisfaciendo mi ego interno.
Al terminar su actuación, se alejó de mí, perdiéndose entre las
vagas luces y una cortina de humo. Mientras las demás
strippers bailaban y el hielo en mi copa crujía, empecé a
preguntarme quién era aquella chica y por qué nunca antes la
había visto en el lugar. ¡Indudablemente la joven captó mi
atención! Al dejar el bar, no lograba olvidar el despliegue y
estilo único de aquella stripper en el tubo. Por alguna razón,
seguía en mi mente.
Al siguiente día, volví a recordarla. Era como si su mirada
me pidiera regresar al bar, sin embargo me había prometido a
mí mismo no volver por allí. Ese mismo sábado, el deseo de
volverla a ver se apoderó de mí. «Creo que volveré hoy»,
pensaba mientras preparaba un café. Mi teléfono sonó y volví
a la realidad pues era John, con quien había quedado para
firmar algunos papeles referentes a la fábrica. Así que visité su
casa y después a mis padres, para luego regresar a mi
apartamento. Volví a pensar en la joven bailarina y en la
posibilidad de volver a verla.
Llegó la noche y me vestí con uno de los mejores trajes que
tenía, empuñé las llaves de mi BMW y me dirigí al bar. Llegué
más temprano de lo habitual y en un día inusual para mí, todo
para no perderme su actuación. Quienes me conocían en la
barra, se sorprendieron al verme; quizá nunca pensaron verme
por allí un sábado. Pedí lo de siempre y ocupé la misma mesa
en la zona vip. «¡Ya solo falta ella!» pensé, mientras saboreaba
mi primer trago de la noche.
Pasaron las horas y por más que esperé su actuación, solo vi
las mismas caras de siempre, a excepción de algunos
empresarios a quienes nunca antes vi junto a mí en aquel vip.
Pedí mi octava copa de whisky con sus dos cherry navegando
entre licor y hielo. Transcurría la noche y ella no aparecía por
ningún lado. «¿Acaso no vendrá a trabajar hoy?», me
preguntaba a mí mismo cada cierto tiempo. El espectáculo
continuó y ahí seguía yo, esperando por ella al pie del cañón.
Por más que esperé y esperé, ella nunca apareció en el
escenario y el bar cerró a mi décima copa.
Dejé el lugar y noté que el bar al otro lado de la calle de
nombre Nite bar, continuaba con su servicio. Me llamó la
atención ver a través de sus grandes cristales a las personas
que todavía seguían allí disfrutando del ambiente. Apoyando
mis manos en la capota de mi coche y mirando a dos de ellos,
ya ebrios y casi sin poder sostenerse en pie, me dije a mí
mismo: «Yo nunca entraría a un bar tan sucio como ese, basta
con ver el tipo de persona que entra en él: ¡puros borrachos!
No puedo creer que esas personas estén disfrutando de ese
cuchitril. Pero bueno, ellos son dueños de sus vidas».
Cuando el sereno de la madrugada y el alcohol de horas
antes ya estaban causando estragos en mí, decidí regresar a
casa. Al llegar a mi departamento, me sentí tan ebrio como
aquel par de borrachos. Decepcionado por no haber
conseguido ver la función de aquella stripper, mi cuerpo solo
pedía dormir. Sin quitarme nada, caí rendido en mi cama.
Esto después de haber soportado la pelea de dos gatos en mi
cabeza; así la sentía. Al despertar unas horas más tarde, sentí
como si alguien martillara sobre mi cabeza. Por suerte, tenía
todo el domingo para descansar y tratar de buscar remedio a
mi malestar.
El lunes regresé a mi trabajo y a pesar de que mi cuerpo
estaba molido debido al maltrato recibido dos días seguidos,
pude sobrellevar las riendas de la empresa hasta el mediodía.
Mientras conducía de regreso a casa, no dejaba de pensar en
ella. Posterior a aquella noche en el bar, todos los días de la
semana, conservaba su imagen conmigo.
Llegó el viernes y esta vez, esperaba tener mejor suerte. Esa
misma mañana, llegué al gimnasio para mi rutina de ejercicios
junto a mi amigo Marc. Cuando llevábamos ya un promedio
de veinte minutos entre vagas conversaciones y rutinas de
ejercicios, Marc dijo:
—No estás concentrado, Alex. Así no podemos continuar.
—Estoy un poco ansioso, es todo —le respondí.
—¿Y puedo saber la razón?
—¡Quizá sea porque me gustaría volver a verla!
—¿Ver a quién? ¿A qué te refieres?
—Conocí a una chica. El viernes pasado en el bar.
—¿Una chica?
—¡Preciosa! Nunca vi algo semejante —apunté.
—Y ya le hablaste de ella a Lisa. Ja ja, ja —se mofó.
—Es en serio, Marc. Si la vieras, ¡es única!
—Creo haber escuchado eso antes.
—Algo dentro de mí me dice que ella es diferente.
—Y lo dices tú, el que acaba de fijar fecha para casarse.
—Quiero saber más de ella. Sé que su mirada fue dirigida.
—¡Aquí vamos otra vez! —exclamó.
—Mírala como mi última aventura antes de casarme con
Lisa. Algo así como mi despedida de soltero. ¿Tú qué crees?
—Lo cierto es que nunca vas a cambiar, Alex. Vamos, coge
las pesas y volvamos a lo nuestro.
—¿Me acompañas a verla hoy?
—¡Qué dices! Ya conoces a Lorena. A ver, te hago una
pregunta, ¿prefieres un amigo a quien contarles tus aventuras,
o un muerto a quien rezarle?
—¿Ves? ¡Eso es el matrimonio! Tus decisiones dejan de ser
tuyas cuando te casas —solté y ambos sonreímos—. Ojalá y
estos ocho meses se me hagan eternos. Jajaja.
—Siempre puedo desearle suerte a un buen amigo —
declaró Marc riendo.
—Entonces deséame suerte, porque no pienso dejar pasar la
oportunidad.
—¡Pobre de ella! —lo escuché gritar, mientras me alejaba
de él y cruzaba la puerta principal del gimnasio.
Llegué a casa y me duché pensando en la chica nueva y su
forma de mirarme. Una vez en la fábrica y ya sentado en mi
oficina, no dejaba de contar las horas que faltaban para volver
a verla; seguía ansioso.
Cuando se hizo la hora, volví a vestirme con lo mejor y
empuñé las llaves del coche. Llegué al bar y pedí lo
acostumbrado. Disfrutaba del espectáculo y de mi tercera copa
mientras bailaba María; luego bailó Gina, Rosa, Janeth,
Megan, y por último Katy. En algunas ocasiones, compartí
algún trago con ellas. Debo confesar que con Gina y Megan
fue diferente…
«¡No puedo creerlo, será que hoy tampoco vendrá! Quizá
deba preguntar por ella».
Esos eran algunos de los
pensamientos que rondaban mi cabeza a mi sexta copa.
Unos minutos más tarde, como toda una diosa, ella hizo su
entrada. Para mí fue como ver todo lo hermoso de cada una de
las mujeres del mundo en un solo ser. En tanto ella bailaba, yo
sostenía mi copa. Al verla aparecer entre las luces de colores
que jugaban con su cuerpo cuando se deslizaba en aquel tubo,
brindé por ella. Sus juegos en el escenario eran los más
imponentes y perfectos que jamás haya visto. En un momento
de su actuación, ella dio unos pasos adelante y comenzó a
jugar con los hombres que ponían billetes de todas clases en
sus bragas. Sin embargo en vez de mirar a los clientes que la
cubrían de dinero, me miraba a mí. Era como si el mundo a su
alrededor no existiera, como si se hubiese detenido el tiempo.
«¡Es preciosa!», me dije. Cogí de nuevo la copa y sin que
me diera cuenta, ella ya estaba a mi lado. No podía creer lo
rápido que llegó tan cerca de mí. Ni siquiera había bajado mi
copa y ya empezaba a jugar con mi corbata; la empuñó con
fuerza y me llevó hasta ella. Con su mano izquierda, llevó a su
boca una de las dos cherry que navegaba entre el licor y el
hielo de mi copa. Mordiendo su pequeña espiga, tiró de mi
corbata. Incitándome a coger la fruta de su boca con la mía,
bailaba al ritmo de la música. En cuanto sostuve la fruta en mi
boca, ella soltó mi corbata y se alejó de mí de la misma forma
en que llegó. Esos aproximados diez minutos que estuvo
conmigo, parecieron eternos. Desperté de mi trance al sentir
algunas palmadas de felicitaciones de algunos conocidos a mi
lado en aquel reservado. Respiré hondo tratando de recuperar
el aliento que aquella joven me había robado.
Cuando ya había perdido la cuenta de mis tragos, dejé el bar
y terminé la jornada en mi apartamento. El reloj marcaba las
dos de la madrugada cuando llegué. Mi condición esta vez, era
mucho mejor que la del sábado anterior. Sin poder conciliar el
sueño, encendí el televisor y me dejé caer en el sofá frente a él.
Sacudir las imágenes de aquella joven de mi cabeza, me
resultó imposible. Aún seguía en mi mente el rojo fuerte de
sus labios, el brillo de sus ojos y su modo de mirarme. En un
momento de lucidez, volví a la realidad. Entonces vi una
mancha de pintalabios en mi corbata (no era la típica mancha
que siempre conseguía en la fábrica de cosméticos de mis
padres cuando era un niño; era mucho más que eso), en vez de
sentir enojo por la mancha, la idolatré y la guardé como
cualquier trofeo ganado con esfuerzo.
A la mañana siguiente desperté en el sofá. Ni siquiera supe
cuando dejé de pensar en la stripper para quedarme dormido.
El día fue tan parecido a los anteriores, que no me sorprendió
volver a recordarla. El saber que la vería cada viernes en aquel
bar me llenaba de adrenalina pura.
Con el tiempo, más días vinieron, más viernes, más tragos y
más ansias de volverla a ver. Todo estaba pasando tan rápido,
que no me daba cuenta lo que venía formándose dentro de mí.
Era algo inexplicable, algo que nunca había sentido por una
mujer. Por primera vez y a pesar de haber jugado el mismo
juego una y otra vez, sentí que en esta oportunidad las cartas
no estaban a mi favor.
—¿Ya ligaste con la muchacha del bar? —preguntó Marc.
—¿Me creerías si te dijera que ni siquiera he podido
hablarle? ¡Me siento un novato a su lado!
—No puedo creer que el conquistador —ja ja ja—, el que
conozco por tantos años, esté diciendo algo así —volvió a reír,
esta vez con más fuerza—. No se me haría nada raro que el
lobo haya perdido sus mañas.
—¡Estoy hablando en serio, Rubio!
—¡Perdón, perdón Alex!
—Es cuestión de tiempo, y lo sabes. ¡Puedes estar seguro de
eso! —afirmé rotundo.
—Y no es que lo dude, pero es que todo este tiempo no has
hecho más que hablar de la muchacha esa, y ahora me sales
con que no has conseguido nada. ¡Vamos, olvídala ya! No
todas las apuestas se ganan. Hay veces que nos hace bien
perder una.
—Con amigos como tú…
—Mejor regresemos a lo nuestro; a eso vinimos, ¿no?
Jajaja.
A pesar del Rubio y su forma de pensar, yo estaba
convencido de que, al pasar de los días aquello cambiaría.
Contaba con ocho meses para lograr mi objetivo; reírme frente
a él y que su burlesca risa, luciera nada en comparación con la
mía. Quería ver su rostro cuando le contara sobre mi noche de
pasión con la stripper. Al menos, así lo pensé.
Capítulo 2
Ya habían pasado dos meses desde que vi a la joven bailar
por primera vez. Mis días no eran los mismos desde entonces.
Sin darme cuenta, aquella chiquilla se había convertido en mi
obsesión. A pesar de haberme prometido a mí mismo no
regresar al bar, continuaba yendo, seguía ocupando el mismo
lugar en el vip y disfrutando de cada una de sus funciones.
Cada giro que daba en el tubo, cada sonrisa suya, su forma de
mirarme y su despliegue en el escenario, ya lo eran todo para
mí.
A veces, mientras la nueva bailaba, si se acercaba hasta mi
mesa, yo escaneaba con mis ojos cada parte de su cuerpo. Noté
que tenía una pequeña cicatriz que cruzaba la parte baja de la
muñeca en su brazo derecho, sin embargo para mí era única;
casi perfecta.
Hasta aquel punto, yo era consciente de que las cosas no
iban como yo esperaba. Llegué a preguntarme si Marc tenía
razón y del lobo que antes era, ya no quedaba nada. Quizá solo
tuve miedo; miedo a conseguir más de lo que pretendía de ella.
Nada me importaba más que demostrarle a mi amigo, que sí
podía. Que podía conseguir una noche de placer con ella y
alejarme después.
Una semana más de duro trabajo en la fábrica, y llegó el
viernes, con él también mis ansias de verla otra vez. Así que
para cuando dejé la oficina, ya sabía que iría a verla aquella
noche. A pesar del poco tiempo que ella llevaba trabajando en
aquel bar, se había convertido en la diva del lugar. Los
hombres la idolatraban; era a quien todos esperaban ver. Allí
nadie quería perderse su espectáculo. Todos gritaban como
locos cuando la veían llegar. Cada puesta suya en escena era
diferente; nada parecido a lo que habían visto en todos los
años que llevaban visitando el lugar. Yo en cambio, empecé a
sentir celos de cada uno de los hombres que posaba su mirada
en ella. Celos de aquél que la tocaba o le hablaba, del que
quizás hasta pensaba llevarla a su cama. No podía explicarme
a mí mismo la razón de aquellos celos, ya que a pesar de que
muchas veces llegaba a mi mesa y bailaba para mí, nunca
tuvimos una conversación formal; no una que fuera más allá
del susurro. Hasta entonces, ni siquiera conocía el tono de su
voz. Podría decirse que ella disfrutaba cuando ensuciaba mis
finas corbatas y otras veces mis camisas. De nuevo, allí estaba
yo, esperándola en la mesa acostumbrada. Esta vez, quería
conseguir algo más que su mirada y la mancha en mi camisa.
«¡Oh Dios!», pensé al verla llegar al escenario. ¡Su mirada era
la misma de siempre! De repente, empezó a caminar hacia mi
mesa después de no haberlo hecho en las últimas dos semanas.
Cada vez estaba más cerca, podía oler su perfume y ver como
se erizaba mi piel. Al llegar, deslizó sus suaves manos por mi
cabello, justo cuando sus ojos miraron el verde de los míos.
Colocó su pie izquierdo en el centro de mi asiento, entre mis
dos piernas. De pronto, mi cabeza estaba en su pecho. Pude
sentir sus senos rozar mi rostro, las yemas de sus dedos
acariciar mi pecho y, mientras bailaba con su mirada fija en
mí, sentí morir. En aquel mismo instante en el que pensé que
moriría de placer, dejó una servilleta en el bolsillo de mi
camisa. Así fue como terminó con su actuación y le devolvió
la tranquilidad a mi mente. Dando unos pasos hacia atrás, se
perdió entre las luces y la cortina de humo que caracterizaban
el lugar, después de dejarme sin aliento. Esta vez había ido
más lejos que en ocasiones anteriores. Ya no estaba seguro si
solo formaba parte de su función, o si me veía diferente a los
demás clientes. Después de un trago largo, leí la servilleta:
“Privado nº3 en 20 minutos”. Diez minutos pasaron antes de
leer su nota. Con mucha discreción, me dirigí al lugar
indicado, ya parado en el pasillo junto al privado, mi mirada la
buscaba con insistencia. Ya habían pasado veintisiete minutos
y yo seguía allí parado, sintiéndome un verdadero estúpido,
mirando para todas partes. Me sentía como cualquier niño
chiquito, pensando que Santa Claus bajaría por la chimenea
con mi bicicleta en sus manos. Al minuto treinta, desistí de
aquel supuesto encuentro entre nosotros. Entré al baño
contiguo al privado nº3, donde arreglé mi camisa y corbata.
Cinco minutos más tarde, salí del baño. Apenas había dado
algunos pasos cuando sentí una mano de mujer acariciar mi
cabello. Al girar mi cabeza queriendo ver de quién se trataba,
otra mano haló mi corbata; era ella. De un solo tirón, me llevó
al privado. Con suavidad me estampó contra una de las
paredes y arrimando su cuerpo al mío, acarició mi cabello;
insinuó besar mi boca sin llegar siquiera a rozar mis labios.
Tirando de mi corbata, llevó mi cuerpo hasta un asiento de
cuero blanco que descansaba en una de las viejas paredes de
aquel pequeño cuarto. Mis sentidos me traicionaron y mi piel
blanca se tornó rojiza. La joven mantuvo su juego de
seducción y dominio, sin que yo pudiera decir mucho. Deslizó
ambas manos por mi pecho y mientras bailaba, fue quitando
uno por uno, cada botón de mi camisa blanca. Al minuto,
aflojó la hebilla de mi correa, logrando de esta manera sacar lo
que quedaba de la camisa dentro de mi pantalón. Con sus
manos suaves acarició mi bien ejercitado cuerpo. Durante
aquellos diez minutos transcurridos, solo ella fue la dueña de
cada segundo. De nuevo, simuló besar mi boca y, en un intento
desesperado, quise alcanzar sus labios, pero ella supo huir de
los míos. En su huida, fue a parar a mi oído izquierdo; muy
suave, deslizó sus labios por mi cuello. En los últimos quince
minutos, no había podido escucharla decir una sola palabra;
únicamente susurrar algunas cosas en voz baja. Despojándose
de una blusa transparente, bailó sentada sobre mi pene ya
erecto y a punto de estallar. En sus continuos movimientos,
logré rozar con mis labios sus senos por algunos segundos.
Pude sentir su rigidez. Sus pezones eran tan punzantes como
apetecibles.
—¿Puedo saber tu nombre? —pregunté.
Subiendo con su mano izquierda mi barbilla para verme a
los ojos, su boca se abrió para decirme con suavidad,
sensualidad y seguridad:
—¡Relájate! Solo disfruta el momento. ¡Muchacho malo!
Aquella fue la primera vez que escuché su voz con claridad.
Después de haberme sometido a sus juegos eróticos, todo
terminó y nada pasó de ser una función privada. Caminó con
la más clara intención de marcharse y dejarme allí sentado.
Justo cuando ella pasaba el marco de la puerta, cogí su mano,
puse en ella un billete de cien dólares y volví a preguntar:
—¿Ahora sí me darás tu nombre?
Lo del billete ya lo había hecho antes y siempre me dio
resultado. Me sorprendió lo que hizo con él. Después de haber
fijado su mirada en mí, sacó de su bolso un lápiz labial y
apoyando el billete en mi espalda, escribió algo en él y lo llevó
al bolsillo izquierdo de mi pantalón. Me arrimó a ella y dejó
un beso suave en mis labios.
—¿Por qué tienes que hacer tantas preguntas? —susurró,
pasando la puerta y lanzándome aquella mirada de perfil que
me obligó a regresar al bar.
La joven se marchó dejando su olor en mí. Me quedé solo y
estrujado, con mi tercera corbata sucia de pintalabios y la
tercera camisa en la misma condición. Después de recibir un
privado que no buscaba, no aguantaba el dolor en mis
genitales. Solo sentía un deseo intenso de tener sexo con
alguna mujer, pero al verla marcharse, ya tenía claro que no
sería con ella. «Solo soy un juego para ella. Sin duda está
cortada con la misma tijera que las demás», pensé muy
decepcionado. No entendía por qué diablos quería que fuera
diferente conmigo, si mi pretensión siempre fue pasar una
noche de aventura con ella y luego alejarme.
Al dejar el bar, tomé la decisión de visitar a mi novia, no
obstante no podía presentarme en las condiciones que me dejó
aquella bailarina erótica, todo estrujado y con la ropa
pintarrajeada. Así que pasé antes por mi departamento, me
duché y me cambié de ropa en tiempo récord. De camino
llamé a mi novia. Al timbrar a su puerta, ella apareció y mi
deseo sexual aumentó al verla vestida con una blusa blanca de
botones que terminaba en nudo a la altura de su ombligo.
Tenía bragas blancas, muy ajustadas a sus nalgas; su pelo corto
y rubio, todavía dejaba caer algunas gotas de agua sobre sus
hombros y, en su cuerpo tenía el perfume que me gustaba de
ella.
Nunca sentí tanto deseo de hacerle el amor a mi novia como
el que tenía esa noche y el que tuve la primera vez que lo
hicimos. Preguntó como de costumbre, si quería tomar un
trago antes de ir a la cama. No le di tiempo a decir nada más y
posando las palmas de mis manos en sus mejillas, la llevé
hasta una de las paredes de la sala de estar. Besando sus labios,
fui quitando cada botón de su blusa hasta llegar al nudo. Llevé
uno de sus senos a mi boca y halé su pezón con mis labios
repetidas veces. Coloqué mi mano derecha rodeando su cintura
y apoyándola a mi cuerpo, besé su cuello y acaricié su pelo
mojado. Pude ver su blusa caer al piso, dejándola con una
única prenda en su cuerpo: sus bragas. Cogí sus piernas y
montando su delgado cuerpo sobre mi cintura, la besé. Con mi
pantalón y mis calzoncillos ya rodando por el suelo, hice sus
bragas a un lado e introduje mi pene en su vagina. La llevé a la
cama dando pequeños pasos, allí la lancé con desesperación.
Me aferré a su cuerpo besándola toda, sin dejar un solo
espacio en el que no hubiera puesto un beso. Después de saciar
mis ganas, más que las de ella; quedamos rendidos y agotados.
Al amanecer, me exigió más y yo accedí a su petición.
—¡Oh por Dios! —suspiró—. ¡¿Quién eres?! —preguntó
tras haber hecho el amor por segunda vez.
—Por el momento, tu prometido.
—Es que…, fue diferente esta vez, amor, ¿sabes algo? Me
gustó. ¡Me encantó!
Cuando regresaba a casa, me llegó a la mente el billete en el
bolsillo del pantalón que me cambié antes de salir a ver a mi
novia. Presioné el acelerador de mi coche y en poco tiempo ya
estaba abriendo la puerta de mi apartamento. Ansioso, cogí el
dinero en mis manos; por un lado leí: Alisha, y por el otro:
diez minutos en el aparcamiento. «¡No puedo creer que esté
leyendo esto! ¿Cómo no lo miré antes?». Dando algunos pasos
de frustración, rompí el billete en mil pedazos. Ese sábado,
solo podía lamentar lo que pudo ser y no fue. Todo ese
desborde de pasión que hubo entre Lisa y yo, ahora pensaba
que pudo haber sido con la nueva.
Yo, que siempre era quien tomaba la iniciativa con las
mujeres, ahora me sentía manipulado por una chiquilla con
poco más de veinte años. Nunca sentí antes algo así por
alguien. Mi cabeza no tenía ninguna lucidez desde que conocí
a aquella stripper. Únicamente pensaba en ella. El deseo de
querer estar con aquella bailarina se convirtió en un reto para
mí. Aunque tenía claro que lo que buscaba en ella era una
última aventura antes de casarme con Lisa, no pude evitar
buscarla una y otra vez. Sin esperarlo, todo aquello empezó a
convertirse en un juego muy peligroso para mí. Nunca había
invertido tanto tiempo para conseguir que una mujer me diera
una noche de placer.
Capítulo 3
Otro viernes más en el calendario de mi vida. Esta vez, no
podría ir a verla pues tenía que asistir a la fiesta de Luisa, mi
futura cuñada; cumplía diecinueve años. En esta ocasión, mi
vestimenta fue algo más casual. Escogí las llaves de mi
Porsche deportivo y me dirigí al club donde se llevaría a cabo
la celebración.
El reloj marcaba las 8:00 p.m., y yo pensaba hacia dónde
debería estar conduciendo mi coche, en vez de la ruta que
llevaba. Al mismo tiempo, pensaba que no podía fallarle a
Luisa y a toda su familia. Prometí estar allí.
Ya pasaban algunos minutos de las nueve y yo únicamente
podía pensar en la joven y en la hora de su salida al escenario.
«¡Contrólate, control mental! No te dejes llevar por la
tentación», pensaba, hasta que escuché mi nombre. Era Lisa,
quería reunirnos a todos para las fotografías con su hermana.
Caminé frente a ella dejando mis pensamientos atrás. Pasó una
hora más y aunque mi cuerpo estaba allí, sentía que no era yo.
Mi mente seguía en el bar y en la ágil bailarina. «Ya casi se
acerca la hora de su actuación», me repetía a mí mismo,
mirando mi reloj una y otra vez. No podía evitar pensar en ella
y en lo que pudo haber pasado esa noche que la dejé esperando
en el estacionamiento del bar. De repente, se me ocurrió
algo… fingí atender una llamada en mi móvil.
—Hola John. Ahora no puedo. Estoy en el cumpleaños de
Luisa, ¿lo recuerdas? Adiós —dije y cerré la supuesta llamada
llevando mi móvil al bolsillo.
—Era tu hermano, ¿verdad? —me preguntó Lisa.
—Sí, amor. Necesitaba unos papeles que se olvidó en mi
oficina.
—¿No tiene pensado venir a la fiesta? —Ceñí su cintura y
besé su mejilla—. ¿Son tan necesarios?
—Creo que tienen algo que ver con la aseguradora. No creo
que venga.
—¡Es una pena! —comentó. Aproveché una llamada
entrante a mi móvil en ese mismo instante; era de Marc.
—¡Ahí está de nuevo! Es mi hermano —afirmé rechazando
la llamada, aunque me llevé el teléfono al oído para seguir
fingiendo—. Permíteme hablar con él —agregué, dando
algunos pasos y alejándome de ella—. ¿Qué sucede, Alex?
Bueno ahora te llamo.
Me volví con cara compungida a mi prometida.
—Voy a tener que llevarle los documentos, al parecer, son
importante.
—¡Pero no puedes irte! ¡Por favor, no me hagas esto! —me
pidió ella.
—Regresaré en cosa de una hora. Te lo prometo amor.
—¡Por favor, Alex! —vociferó al ver que me alejaba.
—¡No tomaré mucho tiempo! —También grité, girando mi
cabeza y lanzándole un beso a distancia.
Siempre supe que mi hermano no asistiría a la fiesta de mi
futura cuñada. Aquello era algo que los demás ignoraban, por
este motivo, se me ocurrió usarlo de tapadera para ir a verla.
Al dejar la fiesta, mi reloj marcaba sobre las diez de la noche.
«¿En qué te estás metiendo? ¿Qué es lo que te sucede con esa
muchachita?», pensaba cuando me dirigía a mi auto. No
contaba con mucho tiempo para llegar a mi apartamento y
cambiarme de ropa, así que continué mi camino al bar; llegué
cuando mi reloj marcaba algo más de las diez. Ella empezaba
su función alrededor de las once, así que aún contaba con algo
de tiempo para verla bailar. Esta vez, no me importó ocupar
una mesa cualquiera. No disponía con el tiempo suficiente
para quedarme, así que ni siquiera consideré necesario
sentarme en el vip del lugar.
Ya sentado y con mi trago en mano, no daba crédito a lo que
veían mis ojos. Su llegada al tubo esta vez, fue muy diferente a
las anteriores. De un solo salto y con una sola mano, giró su
cuerpo sobre el plateado. «¡Al parecer se ha percatado de mi
presencia!». Por dentro, yo deseaba que llegara a mi mesa,
pero al mismo tiempo le pedí a Dios que no lo hiciera. Aunque
yo trataba de evitar que ella supiera que estaba allí, mis
súplicas fueron en vano… Sin darme cuenta, ella ya estaba a
mi lado; lo supe por su perfume. ¿Cómo olvidar su olor de
mujer? No pasó mucho tiempo para que empezara a seducirme
como siempre lo hacía.
Esa noche, yo no vestía una de mis elegantes camisas ni la
mejor de mis corbatas. Tampoco ocupaba el lugar
acostumbrado en el vip, por lo que sus juegos conmigo, serían
otros. En un momento de su actuación, rodeó mi asiento
colocándose a mi espalda. Situó sus suaves manos en mi pecho
por encima de mis hombros y susurró a mi oído:
—Faltaste a la cita —dijo. Quise voltear y disculparme,
pero me fue imposible. Ella tenía todo el control de la
situación—. ¡Relájate! ¡Muchacho malo! —añadió.
Prolongó su actuación subiendo con ambas manos mi
camiseta y rozando con sus labios uno de mis oídos. Dio unos
pasos al ritmo de la música y ya estaba frente a mí; otra vez
mirándome con aquellos ojos encantadores. Ella sabía que me
tenía en sus manos, que podía hacer de mí lo que quisiera.
Colocando una mano en mi pecho, movía su cuerpo con
sensualidad y destreza. Segundos después, un constante
repique de mi teléfono me llevó a sacarlo de uno de los
bolsillos de mi pantalón; ella al ver el móvil en mi mano, lo
cogió con delicadeza, rechazó la llamada y bajó su volumen
hasta dejarlo en vibración. Sin perder su concentración en el
baile y con su mirada fija en mí, arrojó el teléfono a la mesa.
Yo tenía la certeza de que la llamada pérdida era de Lisa.
Minutos más tarde, el móvil empezó a vibrar y a moverse de
un lado a otro sobre la mesa. Intenté estirar mi mano y
verificar el número en la pantalla.
—¡No quiero distracción! —murmuró, después de haber
apagado el móvil por completo. Retomó el control y al cabo de
unos minutos, terminó su actuación—. Te veo pronto,
muchacho malo —me dijo en un tono suave.
La joven se alejó de mí dándome aquella mirada que tanto
me gustaba y dejando un beso entre mi mejilla y mis labios.
En el momento no comprendí lo que quiso dejarme dicho con
su última frase. Ni siquiera tuve tiempo de buscar alguna
respuesta a lo que dijo, y es que, así de repente como llegaba
hasta mí, de la misma manera se alejaba. Cogí el móvil de la
mesa, y el reloj ya marcaba sobre las once de la noche. En lo
único que pensaba era en llegar lo más pronto posible a la
fiesta de mi cuñada. Me dirigí a mi auto y de camino encendí
mi teléfono, miré la pantalla y allí estaba el nombre de mi
prometida; cinco llamadas perdidas, todas de Lisa. Seguí
caminando a pasos agigantados. Mi mente y razonamiento se
debatían entre llamar a mi novia o no. Aún no tenía una excusa
coherente para darle. No quería perder tiempo pensando en
qué debía decir o hacer, así que decidí que la llamaría desde
mi coche mientras manejara de regreso a la fiesta. El móvil
volvió a vibrar en mi mano; de nuevo en la pantalla, su
nombre, lo dejé vibrar y lo llevé hasta el bolsillo derecho de
mi pantalón. Al querer dejarlo allí, sentí algo muy suave que
acarició mis dedos. Saqué mi mano sabiendo que aquello era
una servilleta exclusiva del lugar; tenía el logo del bar grabado
en ella; también había un escrito con pintura de labios que
decía: “estacionamiento en veinte”. Paré de repente. No podía
creer lo que acababa de leer. Aquello lo cambiaba todo. Me
obligaba a tomar una decisión y debía hacerlo rápido. Llamaba
a Lisa y perdía la oportunidad de volver a ver a la joven, o
aprovechaba el momento con ella y casaba una pelea con mi
prometida. «De todos modos, la pelea con Lisa ya es un
hecho», pensé. Analizando mis opciones con aquella servilleta
en mis manos, tomé una decisión… pasados cinco minutos de
los veinte propuestos por la bailarina, llegué al
estacionamiento. Ahí estaba mi diosa humana, a punto de subir
al coche de una de sus compañeras de baile, Rosa, a quien yo
ya conocía muy bien.
La joven Alisha, estaba vestida como nunca la había visto.
Llevaba un vestido color rojo vino, que se ceñía a la
perfección a su cuerpo, también una correa negra que abrazaba
su cintura; pelo negro en una trenza, pasando por encima de su
hombro izquierdo y terminando al ras de su ombligo; zapatos
negros de tacón alto y fino; pintalabios haciendo juego con su
vestido, y un bolso de color negro que colgaba en uno de sus
hombros. «¡Está hermosa!», me dije después de gritar su
nombre y ver su cara voltear a verme. De pronto, vi a su amiga
darle un beso en la mejilla y poner su coche en marcha.
No podía creerlo, ella se quedaba pues se despidió de su
amiga y caminó hacia mí. Su mirada era dominante y su
caminar elegante. La veía y no podía creer que fuera la misma
que bailaba en aquel tubo cada viernes y la única culpable de
lo que me carcomía por dentro. Mis pensamientos se
encadenaban uno con otro: «Quien la viera, no creería lo que
es capaz de hacer en un tubo. ¡Oh dios, es hermosa! ¿Qué
diablo me sucede con ella? Es solo una bailarina más. No
puedes enamorarte, Alex». Su olor era único. Podía
diferenciarla entre mil mujeres. Me dio un beso que empezó en
mi mejilla y terminó en la esquina de mi boca. El mismo que
ya antes me dio. Era como si empezara a verme de otro modo.
—¿Tu coche? —preguntó al llegar a mí.
—Está al cruzar la calle.
—¿Me llevas a él?
—¿A dónde iremos?
—¿Por qué siempre tienes que hacer tantas preguntas? Solo
llévame a tu coche —comentó. Comenzamos a caminar y
mientras lo hacíamos, ella jugaba con sus labios.
—Es el Porsche de color rojo —dije señalando al otro lado
de la calle.
Los demás hombres que salían del bar me miraban junto a
ella y entre ellos murmuraban… no sé qué cosa. Quizá, sobre
nosotros, supuse. Me sentía bien caminando a su lado y que
todos me vieran. Sentía como si ella hubiese sido el premio de
una apuesta entre los hombres que asistíamos al bar y, al final,
yo saliera vencedor. Subimos al coche y ella se ocupaba de
darme direcciones. El móvil en mi bolsillo empezó a vibrar de
forma intermitente. No me atrevía a sacarlo por razones
obvias, pensé que ella no había notado que el móvil vibraba…,
¡qué equivocado estuve!
—¡Si lo coges me bajo del coche! —apuntó, volteando su
mirada hacia mí.
«¿Qué se cree? No sé por qué, no saco fuerzas para
imponerme sobre ella, debería tomar el control de la situación.
¿Será por miedo a no volver a verla? ¡No es más que una
chiquilla malcriada a la que le hacen falta algunas nalgadas y
que aprenda a respetar!» pensé para mí.
—Detente —dijo en un momento dado.
Al bajarme del auto y pasar a su lado para abrir su puerta;
mi teléfono volvió a vibrar:
—¡Lo apagas, o lo apago! —exclamó, con lo que me vi
obligado a apagarlo por completo. Después de subir no sé
cuántos escalones hasta llegar a un tercer piso, entramos a un
departamento.
—¿Vives aquí? —pregunté, observando todo el entorno.
—Sí.
Aquello fue lo último que le escuché decir antes de tenerla a
mi lado jugueteando con su mano izquierda entre el pelo y mi
nuca. Con la derecha me iba llevando hacia el baño, besando
mi cuello con suavidad. A medida que íbamos dando algunos
pasos fueron quedando atrás los zapatos, medias, el pantalón y
la correa. Vi su vestido deslizarse por su cuerpo hasta caer al
piso; tenía el cuerpo más perfecto que había visto. Una braga
muy ajustada a sus nalgas era todo lo que le quedaba. En un
momento, intenté deshacerme de mi camiseta, pero me
impidió hacerlo empujándome dentro de la bañera. Allí
estábamos mojados y, por primera vez, besó mis labios con
fuerza. Los mordió con ansia. Como siempre, ella ejercía el
control. Me dejé llevar y disfruté de lo que sentía en ese
instante. Mi pene erecto rozó su vagina a través de mis
calzoncillos. Con las yemas de mis dedos, jugué con el pezón
de uno de sus senos aumentando su tamaño al máximo. Ella
bajó suave y con delicadeza su mano izquierda hasta bajarme
el calzoncillo para empuñar mi pene a punto de estallar con
una mano, mientras con la otra me ayudó a deshacerme de la
camiseta. Al terminar le desgarré su ropa interior, para poder
rozar nuestros cuerpos libremente. El fuego interno de su
cuerpo y el mío aumentó al cien por cien, sin importar el agua
de la ducha que caía sobre nosotros. La estampé en la pared
poniendo mis manos en sus glúteos y presionando mi sexo al
suyo, al tiempo que tenía en mi boca su seno izquierdo; lo
sentía tan rígido como sus nalgas. El roce de mi pene en su
vagina aumentó las apuestas. Justo entonces, sentí que, por
primera vez, tenía el control sobre ella, aunque duró lo que
duraría un algodón de azúcar en la boca de un niño en una
feria, ya que en un giro inesperado, quien estaba esta vez de
espalda a la pared… era yo. Puso mis manos en cruz y las
colocó en la pared, por encima de mi cabeza. Las amarró al
conducto de agua con mi camiseta y mordió mi labio inferior
para empezar a bajar suavemente por mi pecho. En mi
ombligo posó un beso que me estremeció por completo. Ya en
mi pene, sabía muy bien lo que hacía. En aquel momento, yo
sentía morir de placer y ella lo sabía por mis gemidos, por
cómo retorcía mi cuerpo y, por su mano derecha que estaba
puesta en mi corazón. Sabía que el golpeteo de mi corazón no
era normal. Era consciente de que me tenía justo donde quería
y se aprovechaba de ello. De pronto, hizo la pausa que yo
necesitaba para no dejar mi semen en su boca. Dejó mi pene
para recorrer mi cuerpo hacia arriba, mientras soltaba su
cabello de aquella trenza que traía. Ver su pelo suelto y el agua
mojar su piel sin que yo pudiera tocarla, me excitaba
sobremanera. Llegó a mis labios, pero antes me miró fijamente
a los ojos. Era como si quisiera estar segura de que me tenía
bajo su poder. Jugando con mis labios y los suyos, nuestras
lenguas se encontraron. Las ataduras en mis manos me
impidieron tocarla cuando quise. Hubiese podido zafarme
fácilmente de haberlo querido, sin embargo no lo hice. Sentir
que ella tenía el control sobre mí, me gustaba. Sus labios
comenzaron a recorrer mi cuello, deteniéndose después en mi
pezón izquierdo y mordiéndolo con sutileza. Lo dejó para
coger en sus manos un preservativo. Después de que ella
misma lo pusiera en mi pene, soltó mis manos. Sin pensarlo
siquiera, rodeé su cintura aprisionándola e introduje mi pene
en su vagina. En el vaivén de nuestros sexos, me dio la vuelta,
ahora quien estaba de espalda a la pared, era yo. En tanto me
besaba con pequeños mordiscos, subí su cuerpo a mi cintura.
Ella entrecruzó ambas piernas a mi espalda y colocó sus
manos alrededor de mi cuello. Los gritos de placer vinieron en
oleadas. Apreté sus nalgas con mis manos y ella al sentir la
fuerza de mis dedos, se aferró a mi espalda; casi arañándola y
mordiendo mi hombro izquierdo, me pidió repetidas veces no
detenerme. Mordió mis labios una vez más, ahora con más
fuerza que antes. Pareciera que uno quisiera comerse al otro.
Dimos tumbos por todas las paredes de la ducha y los cristales
de sus puertas corredizas. Ambos gritamos por última vez con
algunos segundos de diferencia y convertidos en uno solo al
crispar nuestros cuerpos. Los dos estábamos ya vencidos por
el placer, el agua seguía cayendo sobre nuestra piel, nuestro
respirar iba haciéndose cada vez más lento. Al final de todo
aquel desborde de pasión, me quedé pegado a su cuerpo;
esperaba pasar las últimas horas de la madrugada a su lado.
Por un instante, percibí que ella quería lo mismo, hasta que sin
esperarlo, sacudió su cuerpo del mío.
—¡Ya debe irse! —me dijo.
—¿Qué sucede? —pregunté contrariado.
—Solo váyase.
—¿Hice algo que te molestara?
—No haga preguntas. Solo váyase, ¡por favor! —volvió a
repetir, envolviendo su cuerpo en una toalla.
—¿No quieres al menos saber mi nombre?
—Es el señor Alex, ¿no? —afirmó segura.
—¿Y cómo es que…?
—Todas en el bar lo saben. En especial aquellas que
formaron parte de sus apuestas.
—¿Quién te dijo algo así?
—No hay por qué darme explicaciones —dijo, y se vistió
con un pantalón de pijama y una blusa blanca hecha en seda
transparente. La seda dejaba ver sus pezones claramente, como
si me gritaran quédate.
—No es cierto… quiero decir, eso de que…
—Márchese ya, por favor —insistió.
—Me imagino que no eres de las que aceptan chocolates,
¿verdad? Deja y busco mi cartera.
—No lo traje a mi casa por dinero —aseguró.
—¿Entonces por qué?
—Debe irse, señor Alex.
—Es extraño, que después de lo que acaba de suceder entre
nosotros, me sigas tratando de usted. Preferiría que me trataras
de tú.
—Entonces, ya puedes irte Alex —se impacientó.
—¿Te volveré a ver?
—Siempre que vayas al bar me verás. —Seguía siendo
sarcástica. Ni yo mismo entendía por qué insistía tanto en
volver a verla, cuando ya había conseguido lo que buscaba de
ella. Ya no tenía por qué aguantar sus desplantes ni su actitud
de niña malcriada. Pero aun así, seguía intentando verla otra
vez.
—¿Qué te parece mañana?
—Para mí no existe el mañana, solo el hoy. ¡Váyase ya! Es
tarde y necesito descansar. Me siento muy agotada —dijo,
recogiendo mi camiseta del suelo y poniéndola en mi pecho.
—Todavía está mojada. ¿Por qué no tener sexo otra vez
hasta que se seque mi ropa? —propuse.
—Porque solo será cuando yo lo decida. ¡Adiós, señor
Alex!
—Llámame Alex, a secas.
—Adiós, Alex a secas.
—¿Puedo saber tu edad?
desesperado saber algo más.
—pregunté
intentando
—Tengo veintitrés. ¡Ahora vete! ¡Toma, ponte esto! —
añadió, empujando mi cuerpo con su mano izquierda apoyada
a mi pecho.
—¡Es de mujer!
Cuando pasaba por la sala de estar, vi algo que pasé por alto
al entrar. Un pequeño librero en una de sus paredes llamó mi
atención. En realidad, un libro en especial de los muchos que
había allí: 50 Sombras de Grey. Al parecer era el que leía en el
momento, ya que este lucía fuera de orden en la estantería.
Aunque nunca fui amante a la lectura, tuve la oportunidad de
ir al cine a ver la película que fue hecha basada en el libro. Eso
ya me daba mucho qué pensar de ella cuando recordé que ató
mis manos a la ducha de su baño.
Al final terminé con su camisa de mujer y fuera de su
apartamento.
Capítulo 4
Mientras manejaba mi auto, no podía evitar pensar en todo lo
que sucedió en casa de la stripper. Esto, hasta que la verdadera
realidad golpeó mi mente…: «¡Dios mío, Luisa y su fiesta!
¿Qué le voy a decir a mi novia? ¿Cómo salgo de esto?».
Encendí mi teléfono para encontrarme entre llamadas perdidas
y mensajes un total de veintiséis, incluyendo un par de
llamadas de su hermana Luisa y dos de mi hermana Sara.
«Bueno, ya inventaré alguna excusa» me dije.
Llegué a mi apartamento y preparé un trago fuerte. En tanto
lo tomaba, buscaba acomodar mis sentimientos. «Estoy a
escasos meses para casarme, lo mejor será que me aleje de
ella. A fin de cuentas, ya conseguí lo que buscaba. Creo que
ahora será más fácil alejarme, pues ya lo he hecho otras veces,
¿por qué ahora tendría que ser diferente?». Pensando en lo que
sucedió con la stripper, me quedé dormido, abrazado a su
camisa blanca. Sobre las once de la mañana del sábado, la
colgué junto a mis trofeos… perdón, mis corbatas y camisas
ya sucias de pintalabios y llenas de recuerdos.
Más tarde, me dirigí a casa de mi prometida. Respiré
profundo varias veces antes de tocar a su puerta. No por el
cansancio de haber subido dos pisos, sino por lo que se
avecinaba. Encomendándome a Dios, timbré a su puerta dos
veces. Salió e intenté besarla. Creo que haberla llamado amor,
fue un completo error.
—¿Cómo te atreves a llamarme amor después de lo de
anoche? —Con sus manos sobre mi pecho, me empujó al
pasillo junto a su puerta.
—Déjame y te lo explico. Por favor, Lisa —traté de
calmarla.
—Nunca llegaste a ver a tu hermano. ¿Dónde estuviste? Por
dios, Alex, ¿qué es lo que sucede contigo?
—Sí fui a ver a John —repliqué.
—Pues no te creo. Lo llamé, ¿y qué crees que me
respondió…? Me dijo que nunca apareciste. ¿Qué explicación
tienes para eso?
—Amor es que, si solo hablas tú, no puedo explicarme.
Permíteme entrar y habláremos sobre eso. Por favor.
—Te escucho, pero aquí en la puerta. Dependiendo de
cuánto pueda creer tu historia, entrarás a mi casa —dijo y
volvió a empujar mi cuerpo al pasillo.
—Como bien sabes, salí para la oficina en busca de los
papeles. Cuando me dirigía a casa de John, una joven se me
cruzó en el camino y la atropellé, no de gravedad, aunque tuve
que llevarla al hospital, esperar a que se sintiera mejor y así
dejarla sabiendo que estaría bien. Si miras mis ojos, te darás
cuenta que no he dormido nada.
—¿Y mis llamadas y mensajes, qué? —En un tono ya más
suave, me hizo la pregunta.
—Este ya es el tercer teléfono que pierdo al dejarlo caer al
agua, sucedió cuando lavaba mis manos en el baño de aquel
hospital. Sabes lo descuidado que soy con eso de los teléfonos
—argumenté, poniendo mi móvil mojado en sus manos y unos
papeles cualquiera que encontré en el auto. Esperaba que ella
creyera mi pésima historia de terror.
—¿Me estás diciendo la verdad, amor?
—Sabes que no te mentiría en algo tan grave como eso —
aseguré. Acaricié sus mejillas y ceñí su cintura—. ¿Me prestas
tu teléfono?
—Te creeré esta vez, Alex. Pero recuerda que tienes que
disculparte con mi hermana —dijo pasándome su móvil y
aceptando mis argumentos.
—Claro que sí. Como tú digas, amor —dije. Puse un beso
en sus labios y me alejé lo más que pude de ella, dando unos
pasos hasta el fondo del pasillo. Debía tener una conversación
con John y enterarme de todos los pormenores de su
conversación con Lisa.
Cuando estuve lo suficientemente alejado llamé a mi
hermano y le conté por encima, lo que en realidad pasó y
cómo me había librado de la pelea con Lisa.
—No puedo creer que todavía te funcione la excusa del
teléfono en el agua. ¡Jajaja! —comentó riéndose.
—No tuve otra opción, John.
—Si sigue funcionando la estrategia, es porque todavía es
buena.
—Creo que sí.
—Veámonos hoy y me lo cuentas todo, ¿qué te parece? —
me propuso.
—De acuerdo. Le diré a Lisa que vienes a buscar los
papeles.
—Así quedamos entonces. Ya salgo para allá.
Mientras esperaba a mi hermano, me acerqué a mi novia. Al
devolverle su teléfono, insistió en que me comunicara con su
hermana, aunque en ese momento mi prioridad era otra. Fui
minando su insistencia con pequeños besos y empujando su
cuerpo hacia el interior del apartamento. Desde la sala de estar,
pasamos al baño, ella aunque un poco arisca, se dejó llevar y
toda nuestra ropa fue quedando atrás. Abrí la ducha. Era claro
que yo tenía el control. Aunque con algunas variantes, todo era
muy similar a lo que viví con la stripper; solo que esta vez…
era yo, y mis reglas.
La llevé al límite cuando llegué a su vagina. Con mis labios
la hice gemir de placer. Sus gemidos aumentaron cuando con
mis manos presioné sus nalgas. Muy suave, besé su clítoris
llevándola a un estado emocional que hacía mucho tiempo no
veía en ella. Presionó con sus manos mi cabeza hacia su
vagina, mientras retorcía su cuerpo de placer. Muy suave, subí
su cuerpo a mi cintura. Al despojarla de su blusa, de una forma
inconsciente intenté amarrar sus manos a la ducha. Dejé caer
la blusa al piso y desistí de aquella idea. Bajé con mis labios
por todo su cuello, deteniéndome un segundo para morder
tiernamente su hombro izquierdo. Al besar uno de sus senos,
mordí muy suave su pezón. En algún momento, quizás
empujado por mis recuerdos más frescos, empecé a buscar el
pelo largo de Alisha. Había olvidado por completo lo corto
que tenía mi novia su cabello. Ella ya no aguantaba la
sensación y pidió mi pene en su sexo. La subí a mi cintura,
esperando que entrecruzara sus piernas a mi espalda y que
mordiera mi hombro. Sus piernas quedaron suspendidas sobre
mis brazos y sus manos alrededor de mi cuello. Al tiempo que
nos mojaba una ola de agua tibia, así mismo mojamos nuestros
sexos.
Después de haber tenido con Lisa sexo de esa forma, ella
miraba mis ojos con una expresión de sorpresa en su rostro y
sin indagar en nada de lo sucedido, pero formulándome mil
preguntas con su mirada. Hizo un café y cuando lo
tomábamos, digitó el número de Luisa; me vi obligado a
pedirle disculpas a su hermana. En eso, llegó John. Me despedí
de mi novia y salimos a un restaurante cercano.
—¿De qué te ríes? —pregunté a mi hermano.
—Disculpa, es que me parece mentira que Lisa todavía siga
creyendo un cuento tan repetido, ¡jajajá! ¿Cuántas veces se lo
has contado? ¿Cuatro, cinco, seis veces? ¡Jajajá! —Su sonrisa
era un tanto burlona.
—No seas exagerado.
—A ver. Cuéntamelo todo. ¡Tú sí que estás loco, hermano!
—exclamó John.
—¡Si la vieras John, es una diosa! Su piel oscura, su mirada
y ese cuerpo tan perfecto que tiene. ¡Es única!
—Imagino que es solo uno de tus caprichos. ¿Quizás otra
apuesta?
—No lo sé. Es como si ella ejerciera algún poder sobre mí.
Nunca antes me sucedió algo semejante.
—¿Sabes lo que creo? Que estás llegando demasiado lejos
con esa muchacha.
—Quizás tengas razón.
—¿Dónde la conociste? ¿Dónde trabaja? ¿Qué es lo que ella
hace?
—Aún no te he contado esa parte. Knights bar. Allí es
donde trabaja.
—¿Hablas en serio? —Aquello borró su sonrisa por
completo. Cogió sus lentes y volvió a mirarme. Al parecer
quería leer mi expresión corporal.
—Sí, el mismo.
—¿Quién es? ¿Alguna camarera nueva? ¿La que entró a
limpiar el bar? ¿Qué es lo que hace allí?
—Es stripper.
—¿Cómo dijiste? ¡Repite eso! —exclamó sorprendido.
—Es una de las bailarinas eróticas del bar.
—Ya veo que no has aprendido nada. ¡Sabes que Lisa es
una buena mujer, hermano! No me gustaría que… bueno, ya
sabes.
—Ella es nueva en el lugar, llegó justo el viernes que te dije
sería mi última noche allí. Me siento muy confundido.
—¿Cuál es el problema, si ya obtuviste lo que querías? Solo
aléjate y asunto terminado. Sabes que de ahí no vas a sacar
nada bueno, ¿lo sabes verdad? ¿O quieres que te diga como lo
hice?
—Quiero alejarme, te juro que quiero hacerlo, pero no
puedo. ¡Si la vieras! ¡Por Dios! ¡Es única, hermosa, una diosa!
—¿Quieres un buen consejo? Solo aléjate de ella, Alex. No
vayas a terminar cometiendo una locura.
Fue el final de nuestra conversación. Llegué a casa después
de pagar setecientos dólares por un nuevo teléfono móvil.
Pensaba en la conversación que acababa de tener con mi
hermano: «Quizá John tenga razón y deba alejarme de ella.
Pienso que será mejor no regresar al bar.» Días más tarde,
llegué al gimnasio.
—¿No me digas que la muchacha esa es la que te trae así,
Alex? —preguntó Marc.
—¿Así, cómo? —cuestioné extrañado.
—No lo sé, ¿dímelo tú?
—Tienes, razón, Rubio; es ella.
—¡Olvida eso ya, no conseguirás lo que busca!
—Pues para tu información. El lobo ya cazó su presa —
afirmé con una sonrisa.
—¡Eres bueno! Jajaja, ¡en serio lo eres! —exclamó Marc.
—Sabes que cuando me propongo algo, casi siempre es un
hecho, ¿o no?
—¡Conociéndote como te conozco, podría decirse que sí!
Sin embargo no quiero escuchar tus historias ahora. Vamos a
lo que vinimos —replicó. Reí a carcajadas queriendo parecer
un Don Juan, aunque por dentro sabía que era solo un niño
delante de aquella joven.
Llegó el jueves y Lisa tenía planes para ir el viernes juntos
al cine. Pensé que aquella era la oportunidad perfecta para
poner a prueba mis sentimientos y no asistir al bar esa noche.
Así sabría si lo que sentía por la bailarina era solo una
obsesión mía, o algo más que eso.
Cuando el reloj estaba cerca de las nueve de la noche, Lisa y
yo llegamos al cine. Entrábamos a la sala y yo seguía
pensando en la chiquilla del bar, pues no faltaba mucho tiempo
para que comenzara su espectáculo. Esa noche, ni siquiera
consideré en escapar de Lisa. No, después de lo sucedido el
día del cumpleaños de su hermana. Aunque mi cuerpo estaba
con Lisa en aquella sala de cine, mi mente no. En algunos
momentos, nos besábamos, comíamos algunas palomitas, y de
vez en cuando sonreíamos. Terminó la película y terminamos
la noche en casa de Lisa, allí quemamos las sábanas de su
alcoba con nuestra pasión. Al despertar la mañana del sábado,
me di cuenta que fue un acierto la interrupción de mis visitas
al bar.
El miércoles siguiente cuando trabajaba en mi oficina,
pensaba en ese viernes que no pude ir a verla. Sentía deseos de
llamarla y explicarle mi ausencia en su función. «Sin su
número de teléfono, ¿cómo llamarla?”. “Quizá sea mejor así”.
“Necesito sacarla de mi cabeza.» En eso, la puerta de mi
oficina se abrió.
—Alex —dijo mi hermano—, recuerda que tenemos que
enviar los papeles a la aseguradora.
—Siéntate John. Quiero comentarte algo.
—¿No me vayas a decir que volviste a salir con la stripper?
—inquirió mi hermano.
—No lo hice. Estuve toda la noche con Lisa.
—¿Entonces, de qué se trata?
—Es que no he podido dejar de pensar en ella, todo el
tiempo está en mi cabeza.
—Lo mejor será que no vuelvas a verla.
—Es que si la vieras, no me pedirías eso.
—Pues tendrás que hacerlo, recuerda que te casas en pocos
meses. Que no importa lo bella que ella sea… todas son una
sola; están cortadas con la misma tijera.
—Quizá tengas razón y deba dejar de verla. Pero, ¿cómo
podré resistir la tentación de este viernes?
—Yo tengo la solución. Salgamos juntos, sí, tú y yo, como
antes.
—¿Hablas en serio?
—Muy en serio.
—¿Y crees que eso funcionará?
—Yo voy a estar ahí, como en los viejos tiempos. ¡Lobos en
la oscuridad! ¿Lo recuerdas? Ahora me voy, tengo mucho
trabajo.
Dando una palmada en mi espalda, dejó mi oficina. Me
quedé mirando a mi hermano y pensé en lo feliz que vivía con
su esposa y su hija, por lo que traté de hacer lo que siempre
hacía, que era guiarme por sus consejos. No podía creer lo que
me acababa de decir. Desde que se casó, nunca volvimos a
visitar un bar. Solo se dedicó a engordar y a perder pelo. Creo
que era uno de mis mayores miedos al matrimonio. No
soportaría engordar tanto, pues a sus treinta y siete años, ya
parecía un viejo. Nunca tuve fe en aquel compromiso con él.
Ni siquiera tomé muy en serio su grito de guerra.
Llegó el viernes y la primera llamada entrante a mi móvil
aquel día había sido la de John. Quería asegurarse de que
nuestro plan para salir esa noche seguía en pie. Con gran dolor
de mi alma, le dije algo inseguro que sí, y quedó de pasar a por
mí a las ocho. Al parecer mi hermano iba en serio con aquello
de lobos en la oscuridad. Cuando en mi reloj pasaban ya
quince minutos de las ocho empecé a dudar de si llegaría.
Pasados cinco minutos más, decidí abrir la puerta de mi coche
e ir a verla. “Beep, beep”, escuché dos veces la bocina de un
coche y me giré en dirección al sonido, reconociendo el
vehículo de mi hermano.
—Hola John.
—¿A dónde crees que vas, Alex? —preguntó desconfiado.
—Iba por ti.
—¿Seguro que eso pensabas hacer? Sube. Nos vamos en mi
coche.
Salimos según lo planeado. No me quedó claro si formó
parte de su estrategia, pero me alejó lo más que pudo de mis
verdaderas intenciones. Quizá por su experiencia, supo que no
sería buena idea estar tan cerca del bar donde trabajaba la
joven bailarina.
—¿Este es el lugar? —exclamé.
—¿Qué te parece? —observó John.
Al menos el frente era muy elegante. Ver las personas
aglomeradas en la entrada, me decía que el sitio era muy
concurrido. John me dio una palmada en el hombro cuando
contemplaba la fachada del establecimiento y sonrió. Tras
pasar la seguridad del lugar, miré a todas partes y el lugar me
pareció muy similar al que solía acudir cada viernes; con la
única variante de que no era un bar de strippers.
Ya sentados allí, las horas pasaban. Me sentía muy a gusto
con el ambiente. Recordaba muy poco a Alisha. Al cabo del
rato y sin saber por qué ni de dónde salió, llegó una joven que
rondaba los veintidós años. Mi hermano no estaba en la mesa
en aquel momento, sin embargo la joven se sentó a mi lado y
tuve la ligera impresión de que sabía sobre ella. John llegó
minutos más tarde y se sentó con nosotros. No podría negar lo
bella que era la joven; su pelo era rubio, con un corte a lo
Halle Berry; delgada, de piel blanca y nariz perfilada; ¿cómo
ignorar sus voluptuosos senos y su ombligo hundido? Su
pequeña blusa y sus insinuaciones me dejaban ver más de lo
debido. Su nombre era Tina. Mientras conversábamos, no
dejaba de coquetear conmigo. Me invitó a bailar por segunda
vez y le dije lo pésimo que yo era para el baile. Mi hermano,
prácticamente me empujó a la pista con ella. En tanto ella y yo
bailábamos, no dejaba de insinuar sus encantos y sensuales
movimientos hacia mí. De repente, besó mis labios y yo me
dejé llevar por el beso. Al terminar la canción y empezar la
siguiente, yo la cogí de la mano y caminamos en dirección a
nuestra mesa. Cuando cruzábamos entre la gente, sentí un tirón
hacia atrás, era ella que me dirigía a uno de los baños del bar.
Cerró la puerta tras nosotros y nuevamente me besó. Esta vez,
yo la llevé a una de las paredes y respondía a cada uno de sus
besos. La arrastré por toda la pared llevando su cuerpo a uno
de los lavamanos y en una brusca acción, quité sus pantaletas.
En algún punto de nuestra excitación, ella sacó un preservativo
del que no me percaté siquiera dónde lo guardaba. Lo hizo con
tal agilidad, que hasta parecía haberlo ensayado muchas veces.
Rompió su envoltura y lo puso en mi mano. Fue entonces
cuando accedí a tener sexo rápido con ella. La coloqué de una
forma brusca frente al espejo de aquel lavamanos. Ya detrás de
ella y con mi pene en su vagina, Alisha llegó a mi mente.
Aquello me convirtió en un hombre más agresivo. Le di unas
cuantas nalgadas, mientras sujetaba su cuello; buscaba el pelo
largo y negro de la joven que tenía en mi cabeza, pero al ver el
rostro de la chica en el espejo, supe que era otra a quien tenía
delante de mí. Aunque mi placer era evidente, ella parecía más
relajada. Soportaba mis bruscos movimientos a su espalda sin
ninguna queja. Después de haber tenido sexo, ese tipo de sexo
en el que solo el que paga pone de su parte, el bote de la
basura terminó con un preservativo lleno de semen, y nosotros
dos, fuera del baño. Sus besos tenían sabor a besos comprados.
Sus caricias eran vagas y sin ninguna emoción. De regreso a
nuestra mesa, todo cambió entre nosotros, ella ya no era la
misma chiquilla que conocí horas antes, aquella que peleaba
por conseguir mi atención. Al cabo de unos minutos más de
conversación en nuestra mesa, se retiró. John me miró y tenía
en su rostro una sonrisa muy peculiar. Mi reloj ya marcaba
más de las tres de la madrugada. Salimos de allí y nos
marchamos. En apariencia, la jugada maestra del lobo mayor
para alejarme de la stripper estaba dando resultados. Mientras
él manejaba de regreso a casa, me miraba de vez en cuando y
repetía la misma sonrisa, una y otra vez.
—Tú me enviaste la muchacha a la mesa, ¿verdad? —le
pregunté.
—¿Por qué lo dices?
—No pretendas hacerte el inocente conmigo. Te conozco
bien.
—¡Sí, lo hice! —Retomó la misma sonrisa.
—Siempre imaginé que tú estabas detrás de todo eso; lo
confirmé mientras teníamos sexo. Sus besos y caricias siempre
me parecieron comprados. Como el que va a la tienda a
comprar un pantalón de ocasión.
—Lo importante aquí es que no acudiste a ver a la stripper.
—En eso tienes razón —admití. Sonreí y seguimos el
camino a casa.
Desde entonces, pasaron dos viernes seguidos en los que no
había asistido al bar. En todo ese tiempo no había podido ver a
Alisha. Mis semanas continuaban pasando entre trabajo y
ejercicios. En aquel punto, intentaba seriamente olvidar a la
joven bailarina.
Capítulo 5
Pasaron cuatro meses desde que conocí a la joven stripper en
aquel bar. Pero lo más increíble era, que no la había vuelto a
ver después de aquella noche con mi hermano. En pocas
palabras, volví a ser el hombre que antes era. Ahora compartía
más tiempo con mi familia y con mi novia.
Era viernes y llegué a casa de Lisa al terminar otra jornada
de trabajo y una noche más de tragos junto a mi hermano. Mi
reloj marcaba las nueve de la mañana del sábado, mi
prometida y yo estábamos listos para ir de compras; mi madre
celebraría ese mismo día sus cincuenta y seis años. Así que
subimos al coche de Lisa y nos dirigimos a uno de los centros
comerciales más grandes de Nueva York. Buscando el regalo
ideal para mi madre, se nos pasaron las horas sin encontrar
nada. En un momento, decidí separarme de Lisa unos minutos.
Cogí el ascensor hasta el área de comida rápida en el primer
piso. Necesitaba algo para la resaca que me agobiaba en aquel
momento; se me hacía urgente tomar agua. Al recibir una
llamada de mi prometida, volví al ascensor. En él, solo iba una
señora; no paró de hablar desde que entré.
—¿A qué piso se dirige señor? —preguntó ella.
—Piso nueve, por favor —respondí, y apoyé mi espalda en
una de las frías paredes de metal pensando que eso ayudaría a
refrescar mi cuerpo.
—Estos elevadores no me inspiran confianza. De no ser por
todas estas bolsas que cargo, subiría las escaleras —siguió
parloteando.
«Solo quiero tomar mi agua, señora, ¡cállese ya! ¡Dios mío,
cuánto habla!», pensé, pero no le contesté a ver si así se
callaba.
—Estos elevadores me dan miedo, señor. ¿A usted no? —
Asentí con la cabeza para responderle. No quería entablar
ningún tipo de conversación con ella. En ese cubo de metal, mi
única prioridad era mi botella de agua—. Se imagina usted que
este ascensor se detenga a mitad de camino. ¡Oh Dios mío, no!
¡Líbranos de eso!
«Pero, por Dios, ¿dónde tiene esta señora el botón de
apagado? No sé qué es peor, si mi malestar o ella» seguí
refunfuñando en mi mente. Al parar en el piso cuarto, yo
levanté mi cabeza y empiné mi codo derecho para tomar un
trago de agua. Mi mente festejaba la llegada de la señora a su
destino. El ascensor abrió sus puertas y, mientras la mujer con
complejo de perico hablador salía, una joven esperaba para
hacer su entrada. Su vestido era rosado claro, muy elegante,
con vuelo a la altura de sus rodillas; zapatos altos de tacón
fino, haciendo juego con su correa y cartera. Pintalabios
rosado, pelo negro recogido por un gancho en forma de
mariposa. Su piel oscura y su forma de caminar era
inconfundible…; era ella.
—¡Tú! —exclamé.
—¿Usted? —replicó ella sorprendida.
—Que sorpresa verte, Alisha. Nunca pensé que te
encontraría en un lugar como este.
—¿Quizás en el bar, señor Alex? —preguntó con ironía.
—¡Alex, por favor! No me gusta cuando me tratas de usted.
—Alex. ¿Mejor así?
—Creo que sí.
—¿Y puedo saber a qué santo debemos nuestro encuentro?
—Asentí sin entrar en detalles; no quise que supiera que
andaba con mi novia.
Comenzamos a hablar, mientras el ascensor seguía su curso,
marcando números rojos hacia arriba. De repente, un sonido
seco se produjo, el ascensor se había detenido entre el quinto y
sexto piso. «Pero qué acertada resultó la vieja. Tanto habló del
elevador y las posibilidades de que se dañara, que así fue»,
pensaba en medio de la situación. No puedo negar que en el
momento sentí un poco de pánico. Miré a Alisha buscando ver
su reacción ante la situación. Para mi sorpresa, su postura era
muy tranquila. Ella se acercó a mí, y sin esperarlo, sentí las
caricias de su dedo índice en mis labios. La luz en el ascensor
era mínima, sin embargo era suficiente para sus pretensiones.
—¿Te atreverías…? —susurró, posando sus labios en mi
oído derecho y reduciendo mi espacio entre sus brazos y la
pared en la que descansaba mi espalda.
—¿A qué te refieres?
—¿Te lo explico y perdemos tiempo? ¿O te decides y lo
ganamos?
—¿Aquí? —dije sin salir de mi asombro.
—¿Entonces, Alex? —volvió a susurrar. Quitó la mariposa
que traía en su pelo y su cabello largo cayó de golpe sobre sus
hombros y espalda.
Moría por hacerle el amor, por morder sus labios y besarla
toda, aunque el lugar no me parecía el más adecuado. Me
besó, justo cuando quise decir algo, esta vez, silenciando mis
labios, apresando todas mis excusas baratas y mis miedos. La
sangre caliente corrió por mis venas, empujándome a abrazar
su cintura con fuerza. Besé sus labios como un loco
apasionado, olvidando por completo toda la situación en la que
estábamos. Ella respondió mordiendo los míos, quedándose a
veces con mi labio inferior en su boca, y yo con el de ella. Con
su mano izquierda, apretó mi nuca, en tanto yo subía su
vestido y acariciaba sus piernas. Llevé sus muslos a nivel de
mi cadera y apreté con mis dedos sus nalgas. Tratábamos de
ganar tiempo al tiempo. Empecé a juguetear con una de mis
manos dentro de sus bragas y pude tocar con mis dedos su
vagina ya humedecida. No pudo evitar sollozar de placer y su
cartera cayó al piso. Mientras teníamos sexo contrarreloj, la
adrenalina corría por mi cuerpo como nunca. Saber que en
cualquier momento llegarían a inspeccionar la causa por la que
el ascensor se detuvo, nos excitaba cada vez más. Esta vez, no
hubo preservativo que intermediara entre su sexo y el mío.
Dimos tumbos desde una pared a otra. En una de las esquinas,
nos acomodamos, como pude, saqué uno de sus senos y muy
suavemente mordí su pezón; acarició mi cabello y gritó mi
nombre repetidas veces. En el ir y venir de nuestros sexos, los
quejidos de ambos hicieron eco en el interior. Ella notó unos
finos tubos plateados alrededor del ascensor, a nivel de
nuestras cinturas, puestos allí, quizá con el fin de colocar las
manos. Al parecer, su debilidad y agilidad con ellos le
impulsaron a subir una de sus piernas en uno de los tubos,
dejándome así una mejor vista de su vagina, lo que me dio un
amplio campo para mover mi cuerpo con más facilidad. Me
miró a los ojos cuando ya no le quedó más fuerza para seguir.
Era evidente lo que me pedía con aquella mirada. Ya vencidos
de placer, un ruido fuera del ascensor llamó nuestra atención.
El elevador subió hasta el sexto piso, abrió sus puertas y allí
estábamos nosotros, uno lejos del otro, con una mirada esquiva
y una leve sonrisa en nuestros rostros. Explicando que había
sido un error suyo presionar el botón de emergencia, ella pidió
perdón a los técnicos frente a nosotros. Ellos, aunque intuían
lo sucedido, se limitaron a realizar su trabajo de inspección y
punto. Retomamos el mismo ascensor como si nada hubiese
sucedido, pero no sin que antes uno de los trabajadores hiciera
una importante observación:
—¡El cuello de su camisa, señor! ¡Está un poco desubicado!
Bajo unas luces más florecientes y un camino que seguir,
arreglamos nuestra vestimenta. Después de haber actuado del
modo en que lo hicimos, no podíamos evitar sonreír. Yo nunca
lo había hecho en un ascensor, ni siquiera había contemplado
aquella posibilidad.
—¡No puedo creer que me hayas obligado a algo así!
¿Cómo pudiste presionar ese botón, Alisha?
—¡Entonces, ahora resulta que te obligué! ¡Que lo que
sucedió fue mi culpa! Bien pudiste decir que no cuando te
pregunté.
No lograba borrar una pequeña sonrisa de mi rostro, y me
encantaba la suya. Admiraba su forma de decir las cosas
cuando quería parecer graciosa. No pude evitar mostrarme
satisfecho con lo ocurrido.
—Nunca hubiese tenido el valor de hacer algo como esto si
tú no me induces a ello. Pudiste decirme lo de haber
presionado el botón. ¡Eres increíble, Alisha!
—¿De verdad lo crees?
—Hay algo que me inquieta. ¿Por qué me elegiste aquella
noche? ¿Por qué yo, cuando otros eran los que ponían el
dinero en tu cuerpo? ¿Qué pretendes conmigo, aparte de
volverme loco con tus locuras y misterios? —le pregunté
directo.
—Ya te he dicho antes que no hagas tantas preguntas.
—Me confunden tus misterios. Quiero aclarar muchas cosas
en mí. Pero es que…
—Por favor, Alex, no me obligues a perderte en estos
momentos. Es mejor que las cosas sigan como van.
En ese mismo instante, sin que nos diéramos cuenta, las
puertas del ascensor se abrieron en el piso nueve. No podía
creer que quien estaba parada fuera de aquel elevador y a
punto de entrar, era mi prometida. Miró hacia el interior y se
dio cuenta que conversaba muy a gusto con la joven.
—¡Alex! ¿Qué diablos sucedió contigo? ¿No me dijiste que
subirías hace ya como media hora? —vociferó en tono
inquietante, con el color blanco de su piel tornándose más rojo
que el vestido que llevaba puesto. Ni hablar de lo sorprendida
que estaba de ver cómo conversábamos.
—Lisa, sucede que, cuando subíamos junto a otra señora,
justo llegando al piso sexto, el ascensor se descompuso. No
pudimos llegar hasta ahora —respondí muy nervioso y con mi
corazón en un puño.
—Ya iba a por ti. ¿Y cómo es eso de que pudimos? ¿Ella
quién es? ¿Por qué tan agradable conversación entre ustedes?
—Sus celos al ver tan bella joven a mi costado eran tan
evidentes como su enojo. Mirándonos a ambos, no soltaba una
de las puertas del ascensor, impidiendo su cierre.
—Mi nombre es Alisha…
—Ella es Alisha, ¡Alisha! ¿Recuerdas a la joven que te
comenté? ¿La del accidente la noche del cumpleaños de tu
hermana?
—Sí, la recuerdo. ¿Qué tiene esto que ver con todo ese
suceso?
—Ella es esa joven.
En ese instante, pensé que el mundo se me vendría encima.
Solo veía la cara de sorpresa que puso Alisha al escuchar lo
que inventaba para salir del paso. Pude ver más allá del brillo
de sus ojos. Su rostro, más que de sorpresa, parecía de dolor.
No pensé que le pudiera afectar tanto lo que dije. Mi novia y
yo seguíamos conversando y ella parecía no estar allí. Yo
miraba el rostro de la joven y en mi mente imaginé las
preguntas que pasaban por su cabeza. Esa expresión de
sorpresa en su cara me preocupaba bastante. Era como si se
preguntara “¿qué está pasando aquí?”
—Hola. Soy Alisha, después del accidente, ahora amiga de
Alex —dijo, presentándose con bastante sarcasmo tras volver
del mundo donde andaba.
—Gusto en conocerte. Soy Lisa, la prometida de Alex —
replicó mi novia, que con su saludo, quiso dejar claro quién
era y qué lugar ocupaba en mi vida.
—¡Ah…! ¿Eres su novia? —Seguía usando el sarcasmo en
cada una de sus respuestas. Mi respiración era lenta, como
quien recibía un suero de miel de abeja. Ese momento se
estaba tornando eterno. Así que llegado un punto, le dije adiós
a la joven y salí del ascensor. Buscaba alejar a mi novia de tan
peligroso encuentro. Por alguna razón, Lisa no soltaba la
puerta. Mi tensión ante la situación aumentaba con cada
pregunta suya a la muchacha.
—¿Hacia dónde te diriges? —inquirió Lisa a la joven.
—Una compra más, y me voy a casa —respondió Alisha de
forma educada.
—¿Qué te parece si nos acompañas? Me gustaría saber tu
opinión sobre algo que le voy a mostrar a mi novio; es un
regalo para su madre.
—Amor, lo que escojas estará bien. No te preocupes tanto
—dije sin darle tiempo a Alisha a responder. Mi pretensión era
alejar a mi novia del ascensor y así poder respirar más
tranquilo; quería que aquellos minutos terminaran. Para mi
sorpresa, solo comenzaban. Me di cuenta de eso al soltar la
mano de mi novia que impedía el cierre total del ascensor, sin
embargo antes de que cerrara sus puertas, Alisha colocó uno
de sus pies entre ellas.
—Pensándolo bien, no me parece mala idea. Iré con
ustedes.
Segundos después, me miró con aquellos ojos de asombro,
llenos de preguntas. Parecía incómoda con mi actitud. Ella
dejó el ascensor y desde ese momento, ambas mujeres
caminaron rumbo a la tienda, como si se conocieran de toda la
vida. Yo caminaba detrás de ellas, escuchando cada palabra de
su conversación.
—¿Cómo sigues? —preguntó Lisa a la muchacha.
—¿Cómo? —replicó desubicada Alisha.
—Después del accidente, el que te llevó al hospital después
de que mi novio te embistió con su coche.
—¡Ah, eso! Mucho mejor. Sí, mejor. Quiero decir, es que no
fue tan grave. He tenido peores momentos.
—Me alegro de que no haya sido de gravedad. ¿Tienes
novio? —siguió indagando Lisa.
—No.
—¿Cómo es que una joven tan bella y elegante como tú, no
tiene novio?
—Dejé de creer en los hombres y sus mentiras. Sin ánimo
de ofender a tu novio —respondió con sarcasmo, volteándose
para verme por encima del hombro.
La conversación entre ellas, cada vez me ponía más
nervioso. No dejé de pedirle a Dios poder escoger el bendito
regalo lo más pronto posible. Mientras conversaban,
seguíamos avanzando. Llegamos a la tienda y mi novia nos
mostró un jarrón de cerámica francesa valorado en diez mil
dólares. Aquel jarrón era lo que Lisa pretendía que
regalaremos a mi madre. Sin pensarlo dos veces, di el visto
bueno, aunque pareció no importarle mi opinión.
—¿A ti qué te parece, Alisha? —inquirió dirigiéndose a la
joven.
—¿De verdad quieres escuchar mi opinión?
—Por supuesto.
—No me gusta —soltó, ni siquiera se detuvo a pensarlo—.
Creo que es un regalo al que no se le puede sacar ningún
provecho; un adorno más en la casa, que posiblemente solo
podrán ver al caminar desde la sala a la cocina.
—Es que hemos buscado toda la mañana y todavía es la
hora en que no tenemos regalo para mi suegra.
—Sí, imagino lo difícil que debe ser regalar algo a quien
todo lo tiene. —Disfrazó con una sonrisa su sarcasmo.
—Entonces, Alex, ¿qué hacemos? —preguntó mi novia.
—Yo digo que el jarrón está bien. Sin duda a mi madre le
encantará.
—¿Tú qué sugieres, Alisha? —dijo Lisa.
—Me hace falta una compra más para terminar mi día de
tiendas, si gustan pueden venir y ver si allí encuentran lo que
buscan.
«No más, Alisha, ¡por favor! Solo deja que nos llevemos
ese bendito jarrón y punto» rogué en mi mente.
—¡De acuerdo! —respondió mi novia, clavando otra
puñalada a mi desesperación.
—Pienso que ustedes solo se han concentrado en lo caro y
no en lo que en realidad quieren regalar.
—Quizá tengas razón. ¿Tú qué crees, amor? —comentó
Lisa.
—Sí, Lisa, creo que sí —respondí sin saber muy bien si era
la opción correcta.
En todo el proceso del regalo, solo perdía yo, que mantenía
mis nervios de punta, ya que a pesar de que teníamos medio
día de compra, continuábamos con las manos vacías. «¿Quién
diría que yo estaría con estas dos mujeres en un mismo lugar,
buscando un regalo para mi madre? Cuando le cuente esto a
John, no me lo va a creer» cavilé en mi mente. Salí de mis
pensamientos pues ya estábamos subiendo al ascensor. Al
bajar en el décimo piso, seguimos a Alisha, caminamos hacia
la tienda en la que ella planeaba hacer su compra. Al
detenernos la más sorprendida fue mi novia.
—¡Libros! Es una tienda de libros, Alisha —comentó.
—Sí, así es, Lisa.
En ese momento, me vino a la mente el librero que vi en su
apartamento la misma noche en que me amarró a su ducha.
—Perdóname, Alisha, pero es que no me imagino a Alex y a
mí llegando con un libro envuelto en papel de regalo para su
madre. ¿Cómo crees? —expuso sorprendida Lisa.
—Es el mejor regalo para quien todo lo tiene, Lisa…
Conocimiento —respondió, buscando entre las estanterías y
pasándole algunos títulos a mi novia.
«El mismo conocimiento que has adquirido con los libros
eróticos que tienes en la sala de tu apartamento. Solo espero
que no le vayas a recomendar uno de esos a mi novia», gritaba
mi mente.
—Tienes razón, Alisha. Aparte de ser muy bella y joven,
eres inteligente. A mis treinta y cinco años, nunca se me
hubiese ocurrido algo así.
—¡Gracias, Lisa! ¡Tú también eres linda! Mira este libro:
Busca dentro de ti; o este otro: La vida es justa; o este:
Lección de vida. Todos los he leído y son muy buenos. Si
dejas que yo te recomiende uno, te diría que compres este:
Disfruta de lo mucho que tienes, así te parezca poco; me ha
servido mucho. Te recomendaría Cincuenta sombras de grey,
pero no creo que a tu novio le guste la idea, jajaja. —Ambas
me miraron.
—Alex y yo ya vimos la película. Quizá me anime a leer el
libro —respondió con una sonrisa Lisa.
—De acuerdo, voy a confiar en ti —dijo Lisa, cogiendo el
libro en sus manos y caminando hacia la caja.
Después de esa elección, solo quería pagar e irme; ya no
soportaba más la presión. Quería separar a las dos mujeres que
confundían mi existencia en aquel momento.
«Ya puedo respirar tranquilo», me dije a mí mismo cuando
bajábamos en el ascensor. Ellas continuaban conversando
como buenas amigas y riendo a carcajadas. En cambio, yo era
una tumba. Al llegar al primer piso, caminamos a la salida y
parecía que todo terminaría al despedirnos.
—Adiós Alisha —me despedí extendiendo mi mano a la
joven, para subir al auto de mi novia.
—Adiós Alex —sonrió.
Yo esperaba a que mi prometida subiera al coche, sin
embargo mi novia hizo una pregunta que lo cambiaría todo.
—¿Y tu auto, Alisha?
—No tengo.
—¿Cómo piensas irte entonces? —preguntó mi novia, muy
sorprendida de que existiera una mujer en el mundo sin un
auto.
—Tomaré un taxi. No se preocupen —replicó Alisha con
una sonrisa.
—No, Alisha. Permítenos llevarte a tu casa. Después de
todo, te debemos un favor.
—No, Lisa. Muchas gracias. —Escuchar la negativa de la
joven, me dio el alivio que buscaba.
—Tengo una mejor propuesta, muchacha… ya que fuiste tú
quien escogió el regalo para mi futura suegra, me gustaría que
nos acompañes a la reunión familiar.
«¿Qué? ¿Cómo se le ocurre? ¡Es que se volvió loca! Solo
esto me faltaba», grité en mi mente.
—Ya, Lisa, llegaremos tarde. La joven debe estar cansada.
Decir aquello, creo que fue mi error. A pesar de que ya
había dicho que no quería subir al auto, me miró como
diciendo “¡Tú no decides por mí!”.
—Muy bien, Lisa. Acepto tu propuesta, iré con ustedes.
¡Puede que sea divertido!
Subió al auto con nosotros y el camino a casa de mis padres
comenzó cuando el reloj marcaba cerca de la una y media del
mediodía. Yo intentaba entender la razón por la que aceptó
aquella invitación a casa de mis padres. Llegué a pensar que lo
había hecho para vengarse de mí. Podía ver en su rostro como
disfrutaba viendo mi cara de angustia.
Capítulo 6
Llegamos a casa de mis padres. Mi novia y Alisha caminaban
delante de mí con el regalo para mi madre. Me dediqué a
cuidar que la conversación no se fuera a desviar y que la joven
terminara contándolo todo. Lo poco que conocía de ella, me
decía lo impulsiva y directa que era. Al entrar, mi novia
empezó a presentar a la muchacha como una amiga de ambos.
—Alisha, ella es Margaret y él es Frank, son los padres de
Alex.
—Mucho gusto señora, señor. La felicito por su cumpleaños
Margaret —expresó Alisha, con una sonrisa despampanante.
—Gracias Alisha. Es una joven muy educada y bella. Pasen
adelante, Lisa, los invitados están reunidos en el jardín. Ya
solo falta mi hijo John y su esposa; espere a que conozca a
Lina, su hija. Es una niña preciosa, ¡un amor! Al parecer mi
hijo Alex será el siguiente en darme otro nieto. ¡Si vieras la
brega que le dio tomar la decisión de casarse! —comentó mi
madre, extendiendo su mano a la muchacha y echándole un
cuento, mientras caminábamos al jardín.
Yo, por mi parte, me mantenía al margen de todo lo que
sucedía a mi alrededor, aunque muy alerta de lo que se
hablaba. Pasamos al jardín y las amistades más cercanas a la
familia estaban allí, entre ellas mi hermana Sara. Casi de
inmediato, surgió una buena química entre Sara y Alisha;
quizá porque tenían una edad similar.
Más tarde, tuve que separarme de las mujeres; según ellas,
estaban en chismes… perdón, reunión de mujeres. Minutos
después, llegó la persona que en verdad me preocupaba, mi
hermano John. Luego de saludarlo a él y a su esposa, cargué
en mis brazos a mi sobrina Lina, la hija de ambos. Caminamos
todos juntos hacia la mesa de los regalos donde estaba la gente
reunida. Con mi mirada empecé a buscar a Alisha.
—Sara, no veo a Alisha por ningún lado. ¿Dónde estará? —
le pregunté a mi hermana.
—Está con Lisa.
—¡Lisa! —exclamé.
—Sí, le muestra el camino al baño.
—¿Por qué no la llevaste tú, Sara?
—¿Y cuál sería la diferencia? Lisa conoce la casa tanto
como yo.
—Pero tú eres quien vive con nuestros padres —repuse.
—¿Qué te sucede, Alex? ¿Por qué actúas de esa manera?
¿No me digas que te gusta la muchacha esa? ¡Mira que a mí no
me engañas! —inquirió Sara.
—¡Cómo crees, Sara! No ves que es amiga de Lisa.
—Lo sé, hermano. Solo juego contigo. No creo que seas
capaz de hacerle eso a Lisa. Menos cuando estás a punto de
casarte con ella —respondió mi hermana sonriendo, y yo
aproveché para dejarla sola. No quería terminar contándole lo
que ella ya sospechaba. John continuaba saludando a los
invitados, mientras yo pensaba en las dos mujeres que
confundían mi existir; me preocupaba lo que pudieran estar
hablando entre ellas. Seguía esperando a que ambas
aparecieran por la puerta que daba al jardín cuando vi a mi
hermano caminar hacia mí. Se sentó junto a mí en unas de las
banquetas. Desde su llegada él no había visto a Alisha. En el
mismo instante que quise poner palabras en mi boca para
hablarle de ella… Lisa y la joven aparecían por la puerta.
—Hermano, ¿quién es esa joven que camina junto a Lisa?
¿Alguien en este mundo tiene la suerte de ser el dueño de
semejante bombón?
—Es Alisha —respondí entre dientes.
—Ya sé que es Lisa, me refiero a la muchacha que camina a
su lado.
—Precisamente de ella es de quien te hablo. Dije… Alisha,
no Lisa.
—¿Y quién es…? —Dibujó una sonrisa.
—Es la joven de quien te he hablado tanto… la que trabaja
en el bar.
—¿La stripper? ¿La misma que te estás comiendo? —
Aquello borró por completo la sonrisa de su rostro.
—¡Esa es otra forma de decirlo!
—¿Te volviste loco? ¿Qué diablos busca aquí? ¿Por qué la
trajiste? ¿Acaso tú no piensas? —gritó entre dientes, con
mucha discreción, aunque con notable enojo.
—La trajo Lisa —respondí.
—No entiendo nada. ¿Me lo explicas? —Se levantó de
aquel banco y me miró de frente.
—Siéntate. No quiero que nos escuchen —le pedí.
Se lo conté todo y quedó boquiabierto. Mientras ambos
tratábamos de buscar una solución a lo que yo consideraba un
problema, y mi hermano una estupidez mía, Lisa nos llamó.
Llegamos allí y vimos como Alisha se había ganado el cariño
de las personas presentes. Mi madre abría algunos regalos, los
demás aplaudían. En un momento, Alisha comenzó a jugar con
el pelo de Lina, mi sobrina. John, después de haber visto
aquella escena, de una forma descarada, llamó a su hija para
que fuera a sus brazos. Aquello me molestó bastante. Quise
reclamarle a mi hermano la manera en que lo hizo, pero en
eso, mi madre cogió en sus manos el regalo más pequeño de
todos y leyó los nombres: Lisa y Alex; era el nuestro. Al
desgarrar la envoltura, un libro apareció; se hizo el silencio y
los rostros de las personas alrededor de la mesa, reflejaron el
desconcierto que sintieron al ver el libro en manos de mi
madre. Era como si se preguntarán, por qué a Lisa y a mí se
nos había ocurrido regalar tal baratija en un día tan especial
para mi madre, para sorpresa de todos, ella al ver la portada
del libro, se abalanzó sobre mi prometida. Con un beso,
agradeció a Lisa el haber elegido el libro, mi novia fue muy
generosa y después de tan caluroso abrazo de mi madre, le
hizo saber que quien lo merecía era Alisha, ya que había sido
la de la idea. Siempre vi a mi madre leer algún que otro libro,
sin embargo nunca pensé que le alegraría tanto recibir uno
como regalo de cumpleaños. Mi hermano, al escuchar que la
muchacha fue la persona que escogió el regalo, me dio una
mirada de desconcierto. Después de que mi madre se cansó de
abrir regalos, mi hermano me apartó de la muchedumbre.
—¿Cómo es posible que permitieras que esa cualquiera
eligiera un estúpido libro para nuestra madre? —me reclamó.
—A mamá le encantó el libro, ¿cuál es el problema?
—¡Sabrá Dios cuánto pagaron ustedes por ese regalo tan
ordinario! ¿Cuánto pagaron por el estúpido libro?
—Diecisiete dólares con noventa y nueve —respondí a su
estúpida pregunta, queriendo darle la espalda y regresar a la
multitud.
—¿Fuiste capaz de aceptar algo así? Esa mujer está
haciendo que pierdas la noción de quién eres y lo que es ella.
—¿Cuántos de los regalos que se abrieron antes y después
del libro, mi madre disfrutó tanto? Ni el que costó diez mil ni
dos mil. Es que ni siquiera el tuyo. ¿No te dice algo eso? —
contesté volviéndome frente a él.
—¿No te das cuenta? Esa prostituta está metiéndose ya no
solo en tu vida, sino en la de nosotros, tu familia.
—¿Por qué la llamas así, John? No tienes derecho.
—¿Cómo quieres que la llamé? ¿Se te olvida dónde trabaja
y lo que hace allí? ¡Baila desnuda, te recuerdo!
—Ella no baila desnuda y lo sabes. Es un bar topless.
—Para el caso da igual; todas son iguales. ¡Te la llevas de
aquí, ya! Mira a ver cómo lo haces, porque soy capaz… creo
que sería capaz de decirles a todos quién es y lo que hace.
—No la conoces, John.
—Sabes mejor que nadie que las conozco a todas, ¡No te
das cuenta que es una trepadora! Mírala, ganándose a nuestra
familia y a los invitados, para luego, ¡sabe Dios!, pedirles qué.
Pídele a Dios que no vuelva a tocar a mi hija o no sé de lo que
sería capaz.
—Tampoco te voy a permitir que la ofendas de esa manera.
Mi defensa era algo que a él le enojaba cada vez más. Se
irritaba al verla sonreír entre la gente. Era como una fuente de
alimentación para su ira. Creo que aquella fue la primera vez
que tuve una discusión tan acalorada con mi hermano. John se
marchó de mi lado dejándome con la advertencia de sacar a la
joven de la celebración. Regresé con los invitados, y de una
forma discreta, cogí a Alisha del brazo.
—Vamos, Alisha, te llevo a tu casa —dije, y ella me miró
muy sorprendida. Caminamos y nos apartamos de la gente. Mi
hermana Sara, siguió nuestros pasos y quiso llevarla
nuevamente con ella a la fiesta.
—Alisha, ¿qué sucede? ¡Vamos, esto apenas empieza!
—No, hermana. La voy a llevar a su casa.
—¿Por qué te quieres ir, Alisha?
—Discúlpame Sara, pero tu hermano tiene razón; debo
irme. Tengo cosas que hacer en casa. Vine un rato porque Lisa
insistió en que la acompañara. ¿Me despides de ella y de los
demás, por favor?
—Hermana, ¿me prestas tu auto? —le pregunté a Sara.
—Claro que sí, hermano —le dio un beso a Alisha—.
Acuérdate de hacernos la visita. Me caes muy bien. ¡Ah, otra
cosa… no sé si lo sepas, pero mi hermano es un peligro al
volante! Te recomiendo el cinturón todo el tiempo, ¡jajaja!
—Lo tendré en cuenta, Sara —respondió ella con una
sonrisa.
Ya en el auto, Alisha se mantuvo en silencio la mayor parte
del trayecto. Así que intenté romper el hielo y pedirle
disculpas por lo osado que fui al envolver su nombre en mi
salida fácil.
—Alisha, quiero pedirte perdón por no haberte dicho que
tenía novia y por haberte sacado de casa de mis padres del
modo en que lo hice.
—Primero Alex, no tienes que disculparte por tener novia y
segundo, quiero que te quede claro que no me sacaste de allí.
Me conozco bien y sé de lo que soy capaz; no me gustó la
forma en que tu hermano me miró y entonces decidí aceptar tu
propuesta de llevarme a casa —comentó.
—No te preocupes por John. Ya hablaré muy seriamente
con él.
—Alex, quiero que sepas que no veo lo de nosotros más allá
de lo que es… ¿Qué es eso de que me embestiste con tu auto?
No entiendo nada.
Llegamos a su casa y ella bajó del auto sin ni siquiera
esperar a que yo abriera su puerta. Caminaba y yo seguía sus
pasos, sin embargo al llegar a la puerta del edificio se detuvo.
—Hasta aquí llegas tú —dijo volteando a verme y poniendo
una mano en mi pecho.
—¡Pero si ya te lo expliqué todo!
—No se trata de eso. Ya obtuviste tu dosis de sexo hoy. No
creo que haya algo más que hacer entre nosotros, adiós Alex
—se despidió.
—¿Qué es lo que sucede contigo, Alisha? —grité,
intentando de nuevo entrar a su apartamento.
—¿Cuándo vas a aprender a no hacer preguntas? Llegará el
día en que hagas la incorrecta y esa podría cambiar todo entre
tú y yo. Adiós —sentenció cerrando la puerta, y no tuve más
opción que aceptar que no volvería a besar sus labios aquel
día.
Regresé a la fiesta y tuve que explicar a todos la razón por
la que la joven tan carismática, y que los había conquistado,
tuvo que marcharse sin despedirse. Tuve que mentir una vez
más. La verdad era algo que únicamente mi hermano y yo
sabíamos. Sin perder mucho tiempo, busqué a John. Debía
reclamarle su actitud hacia la muchacha. Lo encontré en el
jardín.
—Necesito hablarte —le dije serio.
—Ya sé de qué quieres hablarme, Alex. Te aseguro que no
me interesa el tema.
—¿Por qué te comportaste así con ella? —pregunté.
—¿Acaso no ves en lo que te estás metiendo? ¿Estás tan
ciego que no ves el barco hundirse?
—En todo caso, es mi problema.
—Te equivocas. Ahora también es nuestro problema. Si ya
estuvo en esta casa, entonces es problema también de tu
familia. No tengo la menor duda de que es igual a… —replicó
John.
—Hola, muchachos, ¿qué buscan aquí tan solitos? —indagó
Lisa, tomándonos por sorpresa.
—No es nada, amor —repuse con rapidez.
—¿Por qué tienen esas caras? ¿Qué es lo que sucede?
¿Estaban peleándose?
—No, amor, ¿cómo crees? Estábamos hablando de la
fábrica, ¿verdad John…?
—Ya sabes, Lisa. Cosas de trabajo —añadió John.
—¿Seguro que se trataba de eso? Me pareció otra cosa —
comentó ella torciendo la boca.
—Vamos, amor, no es nada. Adiós, hermano, ya hablaremos
en la oficina.
Tuve que dar por terminada la conversación y llevarme a
Lisa conmigo; no estaba muy convencida, sin embargo pensé
que sería lo mejor, antes de que a mi hermano se le ocurriera
hablar de más. Lisa y yo nos marchamos a su apartamento,
mientras yo intentaba olvidar todo lo sucedido, ella no dejaba
de hablar de Alisha. No paraba de enumerar cada una de sus
virtudes, que si era inteligente, simpática, bonita, etc. Ni
siquiera sospechaba quién era en realidad.
Pasaron los días. Llegó el miércoles y la relación con mi
hermano ya no era la misma. No podíamos hablar sin que en
cada conversación que teníamos, surgiera el nombre de Alisha.
Insistía en que me alejara de ella. El viernes estaba próximo a
llegar y aún no sabía si resistiría la tentación de asistir al bar y
verla de nuevo. No tenía claro cómo se comportaría ella, no
después de lo ocurrido.
Llegó el viernes y la relación con John seguía igual o peor
que antes. Desde el día que discutimos, nada iba bien entre
nosotros. Ya ni siquiera tenía caso seguir saliendo juntos para
olvidarme de la muchacha. Así que decidí regresar al bar
donde trabajaba Alisha. Esta vez, más que para verla,
regresaba por algunas respuestas a las muchas preguntas e
inquietudes que tenía. Ocupé mi mesa y a mi tercer trago, salió
a escena. Para mi sorpresa, nada había cambiado. Cuando
bailaba alrededor del tubo, su forma de mirarme era la misma
y sus gestos también. Terminó su función y desapareció como
siempre; en unos cuantos pasos y con la ovación de todos. Salí
al aparcamiento y mientras la esperaba, vi a Rosa llegar.
—¿Alisha? —pregunté al ver que ella no salía.
—Aún sigue en el vestidor.
—Si quieres puedes irte, yo la llevaré a su casa.
—Discúlpame Alex, pero eso es algo que ella debe decidir
—replicó, con la actitud fuerte que siempre la caracterizó.
—Entiendo, ¿te puedo hacer una pregunta, Rosa?
—Claro.
—¿Conoces hace mucho tiempo a Alisha?
—Sí, de hecho, fui yo quien le consiguió trabajo aquí en el
bar —comentó ella.
—¿Siempre ha sido tan misteriosa? ¿Por qué se empeña en
jugar conmigo? Lo hace como si yo fuera uno más de los
muchos hombres que me imagino ha de tener.
—Mira, Alex, no me lo tomes a mal, ella es como es y
punto. Si quieres respuestas a tus preguntas, tendrás que
buscarlas en ella y no en mí. Otra cosa… quiero que te quede
claro que no soy la persona más indicada para que te expreses
así de ella. Quizá tú tengas un mal concepto sobre ella y no
soy quién para decirte si es equivocado o no, pero el mío es el
mejor que he tenido antes por alguna persona. Y te digo más:
la próxima vez, cuida tus palabras cuando te vayas a referir a
ella delante de mí. Quiero que sepas que para mí no es una
amiga más —dijo parándose de frente a mí con una actitud
defensiva que daba miedo.
—Disculpa, Rosa, tienes razón. Pero dime, ¿cómo hago con
esto que me está matando? ¿Con todas estas dudas y preguntas
que tengo?
—Ya te dije, solo ella puede respondértelas. Es hora de que
lo averigües por ti mismo. ¡Ahí está, mírala! —Giré mi cabeza
para verla; estaba preciosa.
—Hola Alex —me dio un beso en la mejilla al llegar.
—¡Dios, qué bella estás Alisha!
—¿Qué haces aquí? —cuestionó ella.
—Quiero hablar contigo, por favor.
—¿Alis, te espero o te vas con él?
—Está bien, Rosa, puedes irte, siempre que Alex decida
llevarme —replicó Alisha, que me miró con dulzura e ironía a
la vez. La veía, y no podía creer que no estuviese enojada
conmigo. Su semblante era pasivo—. Entonces Alex,
¿hablamos aquí o me llevas a otro lugar?
—¿A dónde te gustaría ir? —pregunté. Ella se quedó
callada y empezamos a caminar. Subimos a mi auto y después
de conducir por más de una hora, llegamos a una playa.
—Quiero que terminemos la noche aquí —dijo ella.
—¿Estás segura?
—Es una bella noche. ¿No lo crees? Hace un poco de frío,
pero sigue siendo una bonita noche.
—¿Y puedo saber por qué quieres eso?
—¡Cuándo aprenderás a no hacer preguntas! Para tu
tranquilidad, no estamos aquí por casualidad. Quise que me
trajeras a ver el mar a la luz de la luna y caminar junto a ti.
—¿No crees que es un poco tarde para caminar por la
playa? —pregunté.
—¿No me digas que te da miedo la oscuridad? —Pasó la
mano por mi cabello y se acercó a mí. Su mirada era suave,
una que aún no conocía de ella. Sin duda, su plan para esa
noche era uno romántico y a mi lado.
—Alisha, quiero pedirte perdón por lo sucedido aquel día en
casa de mis padres. No tengo claro si me perdonaste. Esto que
siento me está matando. Es como si no pudiera sacarte de mi
cabeza; así lo intente, no logro hacerlo —expuse.
—No tengo nada que perdonarte.
—¿Entonces no estás enojada conmigo?
—Alex, ¿puedo pedirte algo?
—No creo que haya algo en este mundo que yo pudiera
negarte —declaré. La cogí por la cintura para acercarla a mi.
Si en ese momento me hubiese pedido la luna, creo que de
alguna forma, la hubiese bajado para ella.
—Prométeme, que antes de casarte con tu prometida, no
dejarás de verme.
—¿Dejar de verte? No podría hacerlo así no me lo hubieras
pedido.
—Quiero escucharlo, ¡prométemelo! Si quieres, también
puedes negarte y te juro que nada cambiará entre nosotros. ¡Te
lo juro! —exclamó Alisha.
—Si es lo que quieres… sí, lo prometo.
Cogió mi mano y caminamos juntos. Detuvo nuestros pasos
y me miró de frente. Sus ojos tenían un brillo diferente, de
repente ya no era la mujer imponente que conocí. Ahora sus
palabras eran suaves y la expresión de mando ya no habitaba
en ella. Nos sentamos en la arena y acercamos nuestros labios.
Estaba dispuesto a todo por ella en aquel momento. Dispuesto
a que me amarrase a cualquier árbol e hiciera lo que quisiera
de mí.
—Siempre ha sido uno de mis sueños caminar por la arena,
y tener una noche romántica acompañada de alguien especial.
Mojar nuestros pies, mientras caminamos cogidos de las
manos, ¡así como en las novelas!
—¿Es lo que quieres? —pregunté, pensando que aquello era
algo un poco cursi para mí. Ni siquiera tomé en cuenta que ya
me consideraba alguien especial en su vida.
—Sé que te podría parecer un poco infantil, pero sí, es lo
que quiero.
Ella asió mi mano y ambos nos levantamos de la arena. Yo
sacudí la arena de mi pantalón y ella solo quería correr. No
podía entender cómo aquella mujer fuerte y de un
temperamento único, había cambiado su forma de ser
conmigo. Fue como si estuviese cubierta con algún tipo de
caparazón y, al ver aquella luna, cayera de golpe al suelo.
Nunca pensé que vería algo así en ella; me desarmó por
completo. Recuerdo que me cogió del brazo y corrimos juntos
por la orilla de la playa mojando nuestros pies y nuestra ropa,
como dos adolescentes enamorados. Por momentos, hasta me
sentí como si ese tipo de escenas no fueran para mí; como si
no cupiera en mi mundo tal ridiculez. Veía cómo acomodaba
su cabeza en mi hombro y, al hacerlo, confundía cada vez más
la mía, ya que en vez de reclamarme todo lo que hice
envolviendo su nombre en mis mentiras, estaba muy relajada y
dándome una noche que no esperaba. Esa debilidad que
mostraba ante mí, confundía mis sentimientos.
Después de nuestra carrera por la playa, caminamos de
vuelta al punto de partida, caímos rendidos uno al lado del
otro; ella, con su pelo enarenado, jugaba a mi lado sin que le
importara. Abrazándome, besó mis labios y ese fue el
detonante para que tuviéramos sexo, no de ese agresivo sino
uno más relajado, mucho más sutil.
Más tarde, nos quedamos dormidos en la arena, hasta que
nos sorprendió la luz del sol anunciando una nueva mañana.
Al despertar, fue cuando me di cuenta de la suciedad en
nuestra ropa; estábamos empapados. Subimos al coche y al
llevarla a su casa, me pidió que por favor, la dejara sola.
Escribió con pintalabios su número de teléfono en mi corbata.
Me sorprendió que lo hiciera sin que yo se lo pidiera.
Regresé a mi auto y me encontré con los asientos mojados y
sucios, lo que en otro caso me hubiese molestado bastante,
esta vez me causó risa. Iba de camino a mi departamento
pensando en todo lo que me confundía la actitud de aquella
joven tan extrovertida. Decidí conservarla y la colgué en mi
armario junto a su blusa blanca. Me senté y no pude evitar
seguir pensando en ella.
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