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Folklore argentino aspectos introductorios,definiciones y debates

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ARTE E INVESTIGACIÓN 9 · noviembre 2013 · ISSN 1850-2334 · Universidad Nacional de La Plata · Facultad de Bellas Artes · Secretaría de Ciencia y Técnica
Folklore argentino:
aspectos introductorios,
definiciones y debates
Santiago Romé
// Profesor Titular de Producción y Análisis Musical I – III, Facultad de Bellas Artes, Universidad Nacional de La Plata.
Resumen
La construcción de la categoría folklore se ha caracterizado por incluir una serie de contradicciones y de paradojas, que involucran conceptualizaciones y reflexiones letradas
respecto de la cultura popular, además de las disputas ideológicas, políticas y sociales
que atravesaron nuestra configuración nacional. Guiado por esta premisa, el artículo
presenta una revisión del concepto de folklore desde sus inicios en Europa hasta su
desarrollo en la Argentina, reconstruye el devenir del movimiento folklórico en nuestro
país y analiza el aporte de los primeros recopiladores y de los sucesivos folkloristas.
Palabras clave
Folklore - Música - Cultura - Popular - Nacionalismo
La categoría folklore fue construida junto
con los procesos de configuración de los
Estados-Nación desarrollados en el siglo
xix. Si bien suele constatarse que el primer
registro formal del uso del término corresponde al arqueólogo inglés Williams
Thoms, en 1846, hacia fines del siglo xviii
numerosos intelectuales europeos –sobre
todo alemanes– estaban, como afirma
Peter Burke, “descubriendo la cultura popular” que sostenían estaba siendo transformada por la consolidación y el avance
de la modernidad; “el centro estaba invadiendo la periferia” (Burke, 1991)1.
Aquí tenemos una interesante paradoja: los intelectuales que se proponían
rescatar, mediante las recopilaciones y el
registro directo, algunas expresiones ar-
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tísticas preindustriales que, según ellos,
estaban siendo amenazadas por el curso
de la historia, eran, en gran medida, quienes construían la dimensión simbólica e
identitaria de los nuevos Estados-Nación.
Lo que es nuevo en Herder, en los hermanos Grimm y en sus seguidores es, en
primer lugar, el énfasis puesto en el pueblo y, en segundo lugar, su creencia en
que las maneras, costumbres, prácticas,
supersticiones, baladas, proverbios, etc.,
formaban parte de un todo que, a su vez,
expresaba el espíritu de una determinada
nación. En este sentido, el objeto de este
libro fue descubierto -¿o quizá inventado?por un grupo de intelectuales alemanes a
finales del siglo xviii (Burke, 1991).
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SANTIAGO ROMÉ
En definitiva, fueron ellos quienes proveyeron con cierta unidad espiritual y cultural a los incipientes Estados, situación
que ayudó a consolidar la nueva unidad
política que demandaba la burguesía en
ascenso. Por lo tanto, la contradicción se
hace evidente porque los intelectuales
–orgánicos a los procesos de consolidación de los Estados y a su consecuente
centralización–, eran quienes se proponían “ir al rescate” de las expresiones
culturales que, suponían, corrían riesgo
de extinción.
Edificados sobre la Revolución Industrial, los nuevos Estados –que promovían
el desarrollo urbano y el consecuente desarraigo y la transculturación de las clases
populares–, buscaban a un campesinado
bucólico, iletrado e idealizado y lo erguían
como paradigma de la identidad nacional.
El pueblo era, para estos intelectuales,
ese sujeto social que estaba desapareciendo. A su vez, emprendían esta tarea
desde una perspectiva etnocéntrica:
La mayoría de ellos pertenecía a las clases
dirigentes para quienes el pueblo era un
misterio. Algo que describían en términos
de todo aquello que sus descubridores no
eran (o pensaban ellos que no eran): el
pueblo era natural, sencillo, iletrado, instintivo, irracional, anclado en la tradición y en
la propia tierra, y carente de cualquier sentido de individualidad (lo individual se había perdido en lo colectivo) (Burke, 1991).
Esta perspectiva, tal vez ingenua, fomentaba la idea de que la cultura popular se
desarrollaba en el marco de lo que Claude
Lévi-Strauss señala como historia estacionaria, en contraposición a la historia
acumulativa de la civilización occidental
moderna (Lévi-Strauss, 1979). De este
modo, se construía la fantasía de que estas culturas populares periféricas eran estáticas, que no cambiaban a lo largo de su
historia. Este movimiento de primitivismo
cultural, de moda entre los intelectuales
europeos, asociaba lo popular a lo antiguo, a lo natural y a lo distante. Se realizaba, así una doble operación política: por
un lado, se inventaba una identidad cultural homogénea y ahistórica, que conso-
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lidaba al Estado Nación como un mito; por
otro, se invisibilizaba, indirectamente –e
incluso se demonizaba–, al nuevo sujeto
social, compuesto por los sectores populares urbanos, que constituía y empezaba
a expresar la contracara del progreso y de
la razón instrumental y que en poco tiempo iba a confrontar políticamente con el
Estado2.
A medida que se alfabetizaba a los sectores populares –mediante la ampliación
de la educación–, y su cultura dejaba de
ser exclusivamente oral, se sacralizaban
las tradiciones iletradas transmitidas
oralmente. De este modo, se enviaba al
pueblo (y a sus costumbres) al pasado,
a la repetición eterna de ciertos estereotipos más o menos artificiales, reinventados o traducidos por algunos letrados, y
el futuro quedaba en manos del progreso
universal.
Este proceso se desarrolló en una coyuntura política europea que estaba atravesada por las pretensiones imperiales
de Napoleón. Por lo tanto, hubo también
una reivindicación –en muchas regiones,
pero sobre todo en Alemania, en Inglaterra y en España–, de todo aquello que
se opusiera al iluminismo racionalista
identificado con Francia. El cuerpo, la naturaleza, la sangre, la tierra y la tradición
se fundieron en múltiples metáforas que
constituyeron parte importante del paradigma identitario.
Sin bien estos postulados implicaron
innumerables contradicciones y tensiones en relación con el desarrollo del
iluminismo universalista (recordemos
que este movimiento es contemporáneo
primero con Kant y luego con Hegel), podemos pensarlos, a su vez, como la antítesis del discurso que las élite –centrales
y periféricas– sostenían en los países
dominados. Mientras se colonizaba en
nombre del espíritu universal y del progreso civilizatorio occidental, algunos
de los mismos Estados expansionistas
reafirmaban su identidad y reivindicaban
tradiciones regionales homogeneizadas,
supuestamente ancladas en un pasado
remoto e inmóvil.
Folklore y nacionalismo
en la Argentina
Si afirmamos que nuestra cultura popular es profundamente mestiza y heterogénea, en consecuencia, su estudio es
doblemente sofisticado. Es decir, a las
contradicciones y paradojas que caracterizaron a la construcción de la categoría
folklore y a las primeras conceptualizaciones y reflexiones letradas respecto de la
cultura popular, se les suman las disputas
ideológicas, políticas y sociales que atravesaron nuestra configuración nacional.
Consideramos que nuestra perspectiva,
a diferencia de la que tenían los intelectuales del siglo xix, citados anteriormente,
es periférica. Por lo tanto, un sector de
nuestros dirigentes e intelectuales que se
lanzaron en la búsqueda, en la construcción y en la disputa de nuestra identidad
cultural lo hicieron en el sentido inverso a
los europeos: se proponían, en términos
políticos y fácticos, extinguir los resabios
de lo que consideraban la cultura de la
barbarie. Para ellos, el centro debía invadir a la periferia, se debía aniquilar al salvaje en nombre de la civilización; esto era
un asunto de Estado. De un Estado, valga
la aclaración, que se fue constituyendo
como proveedor de productos primarios
en una clara subordinación con Inglaterra.
En la Argentina este proyecto tuvo, con
el escritor y político Domingo Faustino
Sarmiento –integrante de la denominada
Generación del 80–, una de sus máximas
expresiones; inclusive en su explícita preeminencia por aquellos valores franceses
(aunque económicamente admiraba a Inglaterra), confrontados por los primeros
recopiladores europeos3. En el texto Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo
Quiroga (1845), Sarmiento condena a
nuestra historia a una doble ignominia:
ser una mezcla de lo peor de Europa
–España– y de los salvajes americanos.
Ante la acusación de “traidores a la causa
americana” que recibe de sus adversarios
políticos, Sarmiento responde: “¡Cierto!,
decimos nosotros; ¡traidores a la causa
americana, española, absolutista, bárbara! ¿No habéis oído la palabra salvaje,
que anda revoloteando sobre nuestras
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cabezas?” (Sarmiento, 1845). Si a esto
le sumamos la presencia de los esclavos
provenientes del “África bárbara” –como
él la denomina–, la vergüenza es mayor.
Esta mirada iluminista, autoritaria y
eurocéntrica que gobernó nuestra primera república constitucional, reunificada
tras la batalla de Pavón, confrontó, en
poco tiempo, con otro sector de intelectuales que influyeron hondamente en
la construcción de nuestro paradigma
folklórico. A casi cincuenta años de la
declaración de la Independencia y con la
victoria de los “civilizados” (unitarios) sobre los “salvajes” (federales), la disputa
se trasladó, en gran medida, a la cultura.
Y en función de que el nuevo Estado Nacional fortalecía la educación pública y
extendía la alfabetización a sectores populares cada vez más amplios, el vencido
habitante bárbaro del desierto sarmientino reapareció idealizado como figura
poética y épica en la literatura gauchesca.
Hacia la década de 1870, los exponentes más populares de este proceso
fueron Eduardo Gutiérrez, con su obra
Juan Moreira (1879), y José Hernández,
con El gaucho Martín Fierro (1872)4. Ante
el asombro y la desilusión de las autoridades y de los referentes literarios más
encumbrados, junto con la prensa escrita
se propagó la novela de folletín de tipo
gauchesca o criollista. Recordemos que si
bien Sarmiento, en las antípodas de estos
literatos, sostenía lo contrario a las concepciones de los seguidores de Johann
Gottfried von Herder y de los hermanos
Grimm sobre la vida pastoril –como si fuera el reverso de la idealización de aquellos primeros recopiladores–, reivindicaba
su potencial poético.
Si de las condiciones de la vida pastoril
–tal como la ha constituido la colonización
y la incuria–, nacen graves dificultades
para una organización política cualquiera
y muchas más para el triunfo de la civilización europea, de sus instituciones y
de la riqueza y la libertad, que son sus
consecuencias, no puede, por otra parte,
negarse que esta situación tiene su cos-
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nacional puede brillar momentáneamente
en las nuevas sociedades americanas, es el
que resultará de la descripción de las grandiosas escenas naturales, y, sobre todo, de
la lucha entre la civilización europea y la
barbarie indígena, entre la inteligencia y la
materia (Sarmiento, 1845).
Por lo tanto, la literatura gauchesca, que
en parte cumple con esta premonición en
clave de tragedia y en parte confronta con
la demonización del gaucho y con todo
aquello que para Sarmiento representaba
la barbarie –el federalismo, la soberanía,
la herencia hispana y aborigen, etcétera–,
a partir de su idealización épica comenzó
a construir un imaginario de identidad
nacional en el que confluyeron, en una
nueva síntesis, lo popular y lo letrado.
A la literatura gauchesca le podemos
agregar los circos criollos en los que se
representaban las escenas literarias, las
comparsas de gauchos en los desfiles de
carnaval y la aparición de los centros criollos. Estas experiencias y estos espacios
culturales fueron los primeros ámbitos en
los cuales los sectores sociales y políticos
contrastantes –peones y terratenientes,
analfabetos e ilustrados, liberales y conservadores–, comenzaron a compartir y a
construir una identidad común.
Todas estas manifestaciones conformaron, a fines del siglo xix, el movimiento
cultural denominado “criollismo”. Este
movimiento construyó el primer mito folklórico al postular que el gaucho pampeano, descripto e idealizado en la literatura, representaba lo más auténtico de
nuestra nacionalidad. Al igual que en el
ya mencionado nacionalismo romántico
europeo, el criollismo empezó a naturalizar la idea de que la identidad cultural,
auténtica y pura, residía en los ámbitos
rurales. Mientras tanto, y paralelamente
a este proceso, el nuevo Estado nacional,
conducido por los intereses de Inglaterra,
expandía sus fronteras hacia el sur y hacia
el norte con un doble genocidio y con una
guerra fratricida: la denominada Conquista del Desierto y del gran Chaco, y la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay.
tado poético, y faces dignas de la pluma
del romancista. Si un destello de literatura
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El movimiento
folklórico argentino
Si hacia fines del siglo xix –y en pleno proceso de configuración territorial, institucional, cultural y demográfica de nuestros
países–, el desarrollo y la disputa por la
construcción de la identidad nacional
eran procesos complejos, dotados de
paradojas y de contradicciones, el panorama se vuelve más interesante a medida
que se avanza en la historia. Con relación
al abordaje del folklore a nivel internacional Ana María Ochoa sostiene:
Gran parte de la riqueza inicial de una visión pluralista del movimiento nacionalista
romántico en torno a las expresiones locales, donde ideología, filosofía, expresiones
artísticas y filología participan en una construcción plural de la diversidad (sobre todo
en la obra de Herder), va a desaparecer de
la folclorología con su movimiento hacia
vetas más positivistas y fundamentalistas
hacia fines del siglo xix y comienzos del siglo xx (Ochoa, 2003).
De este modo, se emprendieron procesos
de homogeneización que favorecieron la
semejanza a costa de la diferencia:
Lo aceptable y lo valorable de un género
musical está en parte relacionado a la manera como se constituyó históricamente.
Antes de que se convirtiesen en géneros
nacionales era posible identificar una multiplicidad de formas de la cueca chilena,
el pasillo ecuatoriano, o el bambuco colombiano. Pero una vez que pasaron del
terreno local al nacional, se eliminaron las
diferencias estilísticas no deseables. Esto
implica por una parte un proceso compositivo: hay una forma musical del género que
va a ser la más válida; hay una estética que
se fija como la apropiada. Por otra parte
implica un proceso de invisibilización: las
formas que no se ajustan a dicha descripción se convierten en formas menos válidas. La diferencia se borra (Ochoa, 2003).
Los primeros recopiladores argentinos de
principios de siglo, como Andrés Chazarreta y Manuel Gómez Carrillo, realizaron
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esta tarea desde una posición empírica:
recogieron, clasificaron y reprodujeron,
con sus conjuntos de Arte Nativo, las especies que encontraban. Y a su vez –esto
lo vuelve más interesante–, compusieron
hermosas canciones. Estos primeros recopiladores emprendieron su labor desde
una doble, y tal vez paradójica, posición:
por un lado, eran conocedores de algunas tradiciones regionales porque eran
oriundos del noroeste y, por lo tanto, las
habían vivido u observado a lo largo de
su crianza; por otro, las recopilaban, las
estudiaban y las reproducían desde una
posición social superior y con una formación erudita cercana a la cultura letrada.
Resulta interesante la interpretación
que hace Claudio Díaz (en Ugarte 2010),
respecto del hecho de que mientras los
bailarines del conjunto Arte Nativo de
Chazarreta vestían ropas típicas en los
espectáculos que brindaban, él y sus músicos lo hacían de saco y corbata –lo mismo que sucedió, después, con Atahualpa
Yupanqui, Ariel Ramírez y Eduardo Falú,
entre otros–. Por lo tanto, estos recopiladores no abandonaban la distancia y
el lugar neutral del conocimiento pseudocientífico. Se creó el ballet –palabra
francesa– folklórico que, junto con el
paulatino ingreso de las danzas tradicionales al sistema educativo, terminaron de
homogeneizar las coreografías. También
se tradujeron y se reinterpretaron las músicas populares a través de los conjuntos
creados por Andrés Chazarreta y por Manuel Gómez Carrillo para tal finalidad.
Frases como la que pronunció M. Gómez Carrillo cuando presentó su obra en
el Instituto Popular de Conferencias de
Buenos Aires dan cuenta del tamiz ideológico por el que pasaron estas recopilaciones: “Presento los temas tal como los
hallé, con su tosca naturalidad” (Ugarte,
2010). Chazarreta afirmaba, con relación a los hombres de campo: “Aprendí
de ellos esas melodías silvestres, puras
[…]” (Ugarte, 2010). Luego, nuestros referentes en la recopilación y en la construcción del academicismo folklórico de
las décadas del 30 y del 40, como Juan
Alfonso Carrizo, Carlos Vega, Isabel Aretz
y Augusto Cortázar, profundizaron el giro
cientificista –aunque sin abandonar el
hispanismo cristiano– y completaron el
método hipotético deductivo mediante
la organización en sistemas que sintetizan algunas cualidades musicales en
fórmulas y en usos escalísticos y que racionalizan las clasificaciones. En ambas
metodologías de trabajo –tomadas del
método hipotético-deductivo: inductivo
y deductivo–, subyace una concepción
esencialista y sustancialista del arte y de
la cultura. Se descubren y se museifican
expresiones musicales como si fueran especies animales o vegetales. Nuevamente, y con otra perspectiva, se cosifican las
expresiones populares y se invisibilizan
las ambigüedades y las impurezas de
aquellas que no se ajustaban a los estándares preestablecidos.
Estas operaciones, al menos en la Argentina, se realizaron en las primeras
décadas del siglo xx, en el marco de un
Estado en crisis ante una nueva sociedad
reconfigurada por las olas inmigratorias.
Los sectores populares, contemporáneos
al trabajo de Chazarreta –profundamente
mestizos–, estaban reclamando derechos
sociales básicos. Y la cultura de estos
sectores, incluido el primer Tango –mayormente concentrado en Buenos Aires
y en las ciudades del litoral santafesino–,
era demonizada por los denominados
“higienistas”, que ocupaban altos cargos
públicos a principios del siglo xx5.
En este contexto, no resulta sorprendente el interés, el apoyo institucional y
la acogida que el público y la élite porteña
mostraron hacia estos primeros recopiladores, y en términos generales, hacia
quienes fomentaban una determinada
concepción de nuestra identidad que fuera bien distinta –e inclusive opuesta– a la
de los sectores urbanos medios y pobres
que, mediante las luchas sindicales, comenzaban a poner en crisis ese modelo
de Estado. De hecho, hacia la segunda
década del siglo xx, entre las élites intelectuales argentinas comenzó a resurgir
un nacionalismo cultural, en consonancia
con Europa, representado por la denominada “Generación del Centenario”, integrada por Ricardo Rojas, Manuel Gálvez y
Leopoldo Lugones.
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A su vez, la sanción de la Ley Sáenz
Peña y el triunfo de Hipólito Yrigoyen rompieron el equilibrio político y económico,
construido y sostenido por la Generación
del 80, entre las oligarquías provinciales
que abastecían al mercado interno (ingenios azucareros en el norte, la industria
vitivinícola cuyana, la industria yerbatera
del litoral) y el poder central porteño asociado a los terratenientes y a los productores agrícola-ganaderos pampeanos y
litoraleños que exportaban su producción
a Inglaterra. Paralelamente, la recesión
provocada por la Primera Guerra Mundial
debilitó a los exportadores porteños que
promovían un liberalismo dependiente6.
En consecuencia, aquel primer arquetipo
de la identidad nacional construido por
el criollismo, basado en la idealización
del gaucho pampeano, le cedió lugar a
un modelo que encontró su figura en los
campesinos pobres del noroeste azucarero: con rasgos y con algunas costumbres
aborígenes y mestizas, aunque explícitamente cristiano, este sujeto poético estaba incontaminado de la influencia gringa,
del cosmopolitismo porteño y, fundamentalmente, de la participación política (sindical o partidaria).
De este modo, a partir de 1910 comenzó a idealizarse poéticamente a un
campesino de ascendencia aborigen
–generalmente negada por los recopiladores–, introspectivo y sumiso, que
asumía su destino de pobreza con orgullosa resignación por saberse el auténtico representante de nuestra identidad.
Una pobreza que también se idealizaba
como si transcurriera en cierta armonía
con la naturaleza. Además, las oligarquías
provinciales retomaron, en términos culturales, la iniciativa y los privilegios que
perdían en el plano político con el ascenso
del yrigoyenismo. La disputa comenzó a
darse en torno a qué características, qué
costumbres y qué valores representaban,
con mayor autenticidad, a nuestra nacionalidad, inclusive en el interior del joven
radicalismo, incipientemente dividido en
la década del 20.
Según Oscar Chamosa (2012), la importancia del noroeste en esta construcción
residía –además de que había sido la
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cuna de la independencia y el lugar del
que surgieron algunos de los personajes
políticos más relevantes de la época–7,
en dos cuestiones fundamentales: esta
región poseía estratos de narrativa que
otras regiones no poseían y era dominada
por los poderosos dueños de los ingenios
azucareros de gran ascendencia sobre
los gobiernos nacionales hacia la Década Infame. De este modo, el noroeste se
consagraba como una región con una profundidad cronológica prehispánica –asociada, generalmente, a la herencia inca y
a la resistencia calchaquí–, equiparable a
los países más antiguos, y con una épica
basada en los hechos históricos de la lucha por la independencia que tuvieron a
esta zona como escenario principal. Por
lo tanto, en esta región se conservaban,
según los intelectuales de la Generación
del Centenario, rituales y costumbres ancestrales, supuestamente, preservados
del mestizaje colonial.
A esta identidad cultural primitiva se
sumaban los destacados episodios y las
batallas libradas por el Ejército del Norte que resultaron determinantes en la
conquista de la Independencia. En este
contexto de disputa entre el gobierno
nacional y las oligarquías provinciales
se realizó, mediante el sistema educativo, la denominada Encuesta Nacional de
Folklore, que fue un primer relevamiento
–realizado en todo el país, en 1921, por
los maestros– de costumbres y de tradiciones. Hasta esta etapa, el resurgido nacionalismo idealista y romántico en boga
entre los intelectuales se planteaba en
oposición al positivismo eurocéntrico de
la Generación del 80 y de las élites urbanas tradicionales.
Sin embargo, a partir de la década del
20, en el mismo momento en el que la
conflictividad social recrudecía –grandes
huelgas seguidas de terribles represiones
y la aparición de grupos parapoliciales
fascistas– y las oligarquías provinciales
disputaban el poder con Yrigoyen, el nacionalismo cultural –al igual que en Europa– se hizo cada vez más reaccionario y
conservador. Según Chamosa, gran parte
del discurso tradicionalista se volcó hacia
“el fascismo clerical europeo (muy espe-
cialmente el integrismo francés y el falangismo español) incluyendo una fuerte dosis de antisemitismo” (Chamosa, 2012).
Según estos nacionalistas xenófobos,
la Patria estaba amenazada por “la propaganda subversiva que intenta corroer
la unidad de la nación”, como afirmó el
Presidente del Consejo Nacional de Educación, Dr. Ángel Gallardo, quien impulsó
la encuesta (Chamosa, 2012). De hecho,
el Consejo recomendaba realizar la encuesta sólo a los ancianos e ignorar a los
extranjeros, que en ese momento eran un
porcentaje altísimo de la población.
Las contradicciones entre este tipo de
nacionalismo y parte de lo que el incipiente folklore representaba eran evidentes:
reivindicaban a un criollo de ascendencia hispana, blanco y cristiano, negaban
cuatro siglos de profundo mestizaje
colonial y, sobre todo, la herencia y la
influencia aborigen y africana. Tras el
golpe de Estado de 1930 el nacionalismo reaccionario de las oligarquías del
noroeste se consolidó en el gobierno
nacional –particularmente en el sistema
educativo–8 y comenzó a generalizarse
la sistematización y la institucionalización del folklore que, hasta ese entonces,
había estado financiado y apoyado por
la universidad y la gobernación de Tucumán, y por la entidad que nucleaba a los
empresarios terratenientes, la Asociación
Azucarera.
Como consecuencia, en 1943 se creó
el Instituto Nacional de la Tradición, bajo
la dirección del famoso investigador y
referente del folklore academicista Juan
Alfonso Carrizo. Poco tiempo después,
en 1948, se fundó el Instituto Nacional de
Musicología –su antecedente era la Sección de Musicología Indígena del Museo
de Ciencias Naturales de Buenos Aires,
creada en 1931– y se financiaron nuevas
recopilaciones en las zonas vinculadas a
las industrias azucareras. Al respecto, Carrizo afirmaba:
La población de Tucumán es de 450.000
en su mayoría empleada en la industria
azucarera […] casi todos sus habitantes
son de raza blanca, hay escaso número de
mestizos, tipos racialmente autóctonos no
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he visto, y ninguna estadística los menta
(Carrizo en Chamosa, 2012).
En esta etapa, el folklore artístico ganó
espacios en la industria cultural –en la
radio, en la industria discográfica, en el
cine– y compitió con el tango, el jazz, la
música tropical y otras producciones norteamericanas. Empezaron a surgir referentes solistas que, además de tocar las
canciones anónimas recopiladas, componían nuevas piezas, como Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, Buenaventura Luna
y Antonio Tormo, entre otros.
A partir del ascenso del peronismo en
1946, el apoyo del Estado al movimiento folklórico se acentuó y se popularizó
la cultura nacionalista: se crearon y se
auspiciaron los primeros grandes festivales en todo el país, se fortalecieron
las instituciones abocadas al estudio y a
la investigación del folklore –que habían
sido creadas por la dictadura unos años
antes–, se financiaron giras y grabaciones
de grupos y solistas, y se introdujeron
números folklóricos en actos patrios y
políticos. Si bien el peronismo no planteó cambios en la concepción del folklore
construida por el nacionalismo conservador, el sujeto preferencial del folklore –al
igual que el de la política peronista– pasó
a ser el trabajador, con todo lo que ello
implica. Se popularizaron y se ampliaron
las tradiciones consideradas auténticamente nacionales y se incorporó –además
del zafrero tucumano– a los humildes
habitantes del interior: el cosechero chaqueño, el jangadero del litoral, el viñatero
cuyano, el mensú correntino-misionero,
el hachero santiagueño, y el resto de los
trabajadores que, como sostiene Chamosa, “habitaban en la intersección entre el
capitalismo agrario y la economía de subsistencia”. Y muchos de ellos, denominados “cabecitas negras” por el peronismo,
migraban a la ciudad para trabajar en la
creciente industria.
En este contexto no sorprende el hecho
de que las peñas y las diversas asociaciones y centros tradicionalistas se multiplicaran en las ciudades y contribuyeran
a la expansión del folklore. Este auge de
la cultura nacionalista popular impulsado
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por el peronismo dio lugar, años después,
al denominado “boom del folklore” de la
década del 60 y contribuyó a la generación de movimientos de renovación estética e ideológica que habían comenzado a
desarrollarse ya en la década del 50. Por
un lado, surgieron renovaciones desde el
punto de vista interpretativo con el éxito
de los grupos que comenzaban a cantar
en un formato coral –entre 3 y 4 voces–,
como los Huanca Huá, los Cantores de
Quilla Huasi, Los Fronterizos y Los Chalchaleros. Por otro lado, aparecieron referentes que componían nuevas canciones,
introduciendo cambios en el lenguaje musical y poético, tales como el Cuchi Leguizamón, el Chivo Valladares, Pepe Núñez y
Manuel Castilla, entre otros. A su vez, algunos de estos artistas introdujeron en el
folklore un discurso clasista, en muchos
casos cercano al socialismo y al comunismo, y postularon, junto con el peronismo,
un nacionalismo antiimperialista. El Movimiento Nuevo Cancionero –encabezado
por Armando Tejada Gómez, Tito Francia,
Mercedes Sosa y Oscar Matus– representó, en la década del 60, una síntesis de
ambas renovaciones que tuvo repercusión en movimientos revolucionarios de
todo el continente.
A partir de 1974, la censura y la oscuridad política provocada por la represión
–primero ejercida por grupos parapoliciales, como la Triple A, y luego por el terrorismo de Estado impuesto por la dictadura
que se inició en 1976–, terminó de manera
abrupta con este proceso de renovación
y de cambio, y retrotrajo al folklore a sus
peores estereotipos reaccionarios. Si bien
en la actualidad los ámbitos académicos
y asociativos que se abocan al folklore
continúan pregonando un nacionalismo
conservador de tinte colonialista –étnico,
antropológico o esencialista–, en la escena musical siguen apareciendo corrientes
y referentes que dan cuenta de este laberíntico y contradictorio derrotero que ha
atravesado al folklore a lo largo de nuestra historia. Intérpretes y compositores
como Peteco Carabajal, Raly Barrionuevo,
Liliana Herrero, Juan Falú, Carlos Aguirre,
Chango Spasiuk y Juan Quintero, entre
otros, representan la diversidad y la vitalidad que todavía ostenta este movimiento.
Sin menospreciar el valiosísimo aporte
que realizaron los primeros recopiladores
y los sucesivos folkloristas, al recuperar y
promover parte de la cultura musical de
nuestros pueblos, el folklore se ha visto
atrapado entre numerosas contradicciones, sobre todo, su matriz nacionalista
romántica: la reivindicación de la vida
rural en sociedades en las que los sectores populares viven mayoritariamente en
núcleos urbanos e industriales; la recuperación de un pasado cultural ignorado
por el discurso hegemónico, que frecuentemente se confunde con la búsqueda de
una esencia mítica de origen incierto que
debe preservarse del paso del tiempo, y
una rígida y, por momentos, intolerante
reivindicación de tradiciones regionales
que, a veces y de manera involuntaria,
atenta contra la integración latinoamericana. En términos generales, el folklore
suele debatirse entre la promoción de
prácticas culturales protagonizadas por
amplios sectores populares y una concepción estática de la cultura que paraliza
cualquier atisbo de cambio. Estas cuestiones han atravesado al folklore a lo largo de su historia y siguen siendo objeto
de apasionados debates. Tal vez, y sobre
todo desde las instituciones educativas,
debiéramos pensar cómo aportar ideas
que, sin ignorar la dimensión histórica de
nuestra identidad, promuevan prácticas
que no nieguen al sujeto la posibilidad de
seguir protagonizando y transformando
colectivamente su música y su cultura.
Notas
Al respecto, Burke explica: “Herder había utilizado la
1 Dos de los máximos referentes de este proceso fueron
frase `cultura popular´ (Kultur des volkes) contrapo-
Johann Gottfried von Herder y los hermanos Grimm.
niéndola a la `cultura educada´ (Kultur der Gelehr-
Ellos llamaron “cultura popular” a lo que posterior-
ten)” (Burke, 2005).
mente se adoptaría como paradigma del folklore. Por
2 Herder sostiene: “El pueblo no es la turba de las ca-
ello, el prefijo “folk” viene del término alemán “volk”.
lles, que nunca compone o canta, sólo chillan y des-
111
SANTIAGO ROMÉ
FOLKLORE ARGENTINO: ASPECTOS INTRODUCTORIOS, DEFINICIONES Y DEBATES
truyen” (Burke, 1991).
doras y con proteccionismo económico para las élites
3 Esto puede observarse claramente en sus famosas
provinciales. En términos estrictos, liberalismo y con-
citas en francés e inclusive en su desdén hacia Es-
servadurismo refieren, en principio, a dos tradiciones
paña: “Entonces se habría podido aclarar un poco
políticas antagónicas en pugna, fundamentalmente, a
el problema de la España, esa rezagada a la Europa,
lo largo del siglo xix.
que, echada entre el Mediterráneo y el Océano, entre
7 Tres de los personajes más importantes de la Gene-
la Edad Media y el siglo XIX, unida a la Europa culta
ración del 80 eran tucumanos: Juan Bautista Alberdi,
por un ancho istmo y separada del África bárbara por
Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca. Y dos de
un angosto estrecho, está balanceándose entre dos
los más importantes exponentes de la Generación
fuerzas opuestas, ya levantándose en la balanza de
del Centenario también eran del norte: Ricardo Rojas
los pueblos libres, ya cayendo en la de los despoti-
(Santiago del Estero) y Leopoldo Lugones, quien na-
zados; ya impía, ya fanática; ora constitucionalista
ció en Córdoba y pasó parte de su infancia en Santia-
declarada, ora despótica impudente […] la nación
go del Estero. Podemos agregar a los recopiladores
francesa ha sido el crisol en que se ha estado elabo-
Andrés Chazarreta y Manuel Gómez Carrillo, oriundos
rando, mezclando y refundiendo el espíritu moderno
[…]” (Sarmiento, 1845).
de Santiago del Estero.
8 A partir del Golpe de Estado de 1930, y a lo largo de
4 Para mayor información sobre el tema, ver: Adolfo
esta década, fueron nombrados a cargo del Ministerio
Prieto, El discurso criollista en la formación de la Ar-
de Educación de la Nación y del Consejo Nacional de
gentina moderna, 2006.
Educación industriales azucareros: Ernesto Padilla
5 Ver al respecto: Gustavo Varela, Mal de tango, 2005.
(ex gobernador de Tucumán y principal impulsor de
6 La definición del
(Partido Autonomista Nacional)
la investigación folklórica del noroeste), Juan B. Terán
como liberal conservador es elocuente de esta polí-
(fundador de la Universidad de Tucumán, en 1914),
tica desarrollada por Julio Argentino Roca, porque se
los hermanos Nicolás y Marco Avellaneda, Ramón
combinaba cierto nivel de modernización y de consti-
Castillo (que además fue vicepresidente en 1938) y
tución del Estado nacional, funcional a los intereses
Pedro Ledesma.
pan
de Inglaterra, con prácticas políticas ultraconserva-
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ARTE E INVESTIGACIÓN 9 · noviembre 2013 · ISSN 1850-2334
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