En revista Ñ virtual, Mundos íntimos, 22/1/13

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La pesadilla atroz de que tu hijo no sea de Boca, Martín Kohan
( En revista Ñ virtual, Mundos íntimos, 22/1/13 )
Sale Fava por derecha con pelota dominada.
Yo presiento, yo adivino, que va a pasarla hacia adentro.
Él no sabe que va a hacerlo, yo sí sé. Él no sabe que yo sé.
Me anticipo y corto el pase. Robo la pelota apenas saliendo del área.
A mi izquierda, según distingo, va picando Valentinis.
Tiro el pase y corro hacia el área.
Valentinis desborda, gana, mete el centro.
La séptima era el equipo más fuerte de todo el colegio. Nosotros, la décima,
no podíamos ganarle nunca.
La pelota de Valentinis me cae al pie, pisando el borde del área chica.
En el arco está, enorme para su edad y para cualquier edad, el imbatible
Ligatto.
Si pateo va a atajar. Él cree que voy a patear. Tapa el arco entero y más.
Pero yo, repentino, en lugar de patear lo gambeteo. Bajo la pelota en un
esquive corto, que lo descoloca por completo, y me escapo hacia la izquierda.
Me deshice de Ligatto. El arco a mi disposición.
Defino con sutileza. Cara externa del pie derecho. La acomodo contra el
palo.
Es gol.
Lo grito de cara al edificio de Prefectura, que queda enfrente, después giro
hacia Valentinis, nos abrazamos, es gol.
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Con ese gol, ese día, le ganamos a la séptima.
Todavía hoy, casi treinta años después, cuando me siento decaído,
cuando me aplasta algún fracaso o sospecho que no he sido el que
me proponía, cuando pienso que no pego una y que soy un desastre
y que nada me sale bien, todavía hoy, en ocasiones, cuando me
hundo en alguna desdicha y no encuentro remedio para mí, me
hago un ratito y repaso ese gol: el gol que le hice a Ligatto ese día, el
único día en que nosotros, la décima, le ganamos a la séptima.
Para eso existe el fútbol. Qué sería de mí sin el fútbol.
En el fútbol soy mejor, el fútbol me hace mejor. Porque yo nunca
pierdo el tiempo, y si lo pierdo me malhumoro. Tampoco salto ni
canto ni bailo ni me entrego a euforias gratuitas: la alegría por sí
misma no me atrae.
Al cuerpo lo tengo cortito: quietito, tranquilito, sosegado. No cultivo
idolatrías; los dioses me dejan perplejo.
Tiendo a ser antigregario: no bien lo colectivo se enciende, siento
ganas de apartarme. Incluso mis partes salvajes florecen en la
contención; hasta tal punto soy módico.
Solamente con el fútbol cesan mis razonamientos sin fisuras, mi
recato corporal, mi preferencia de estar solo, mi disciplina, mi
decencia, mi sensatez.
Por obra y gracia de un gol, por el hecho de salir campeón o aun de
ganar un partido imposible, he gozado de avalanchas desaforadas,
me abracé a más no poder con absolutos desconocidos, grité lo que
no pensaba, escupí aunque nunca supe escupir. En la cancha tuve
un dios y se llamó Hugo Gatti; luego otro que se llamó Maradona;
luego otro que se llamó Beto Márcico; luego otro que se llamó
Riquelme; luego otro que se llamó Palermo.
En la cancha despilfarré mis horas y mis energías y una noche de
Libertadores, a un policía le agarré y le bajé el bastón con el que,
recio, se aprestaba a darme un golpe, y el miedo que siempre les
tengo yo no sé adónde se fue.
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El fútbol, como digo, me transforma, pero no siempre me
transforma para bien. Porque yo no soy xenófobo, sino todo lo
contrario; ni tampoco soy homofóbico, sino todo lo contrario.
¿Quién, entonces, que no era yo, fue yo y gritó por mí “Paraguayo
hijo de puta” a un arquero que hacía gestos? ¿Quién, entonces, que
no era yo, fue yo y gritó por mí “Puto, puto” a un volante
rasguñador para peor apodado “Muñeco? Casi nunca soy peronista,
pero en más de una oportunidad a coro me declaré “peronista y
bostero”, sin poses y sin imposturas. Yo tiendo a ser, en general, el
unitario de El matadero, el judío de La fiesta del monstruo. En el
fútbol y por el fútbol me dejo poseer en cambio, y sin culpa, por ese
fantasma tan mentado y tan leído: el de la barbarie.
Entrando por Lidoro Quinteros en el barrio de la gente bien, formo
parte de una multitud en desborde que impone su presencia y su
número. Noto que en las casas la gente bien baja persianas, se
precave, se amedrenta, tiene miedo. Nos tiene miedo. Y obtengo de
eso un placer.
Todo esto puedo contarlo, y de hecho lo estoy contando. Que me
vean, sin embargo, me ocasiona algún pudor. Por eso prefiero ir a la
cancha solo.
Solo, o con personas de mi absoluta confianza.
Personas que nada dirán, o que harán como si nada vieran.
Es cierto lo que tantas veces se dice: que cuando nace un hijo nacen
también, lo uno con lo otro, y ya desde el primer instante, temores
nuevos, inéditos, impensados, indecibles. A mí me sucedió en junio
del año 2000. Nació Agustín y, junto con él, entre otros, este miedo:
que se hiciera hincha de River. Confieso que tuve un sueño atroz:
que mi hijo no era de Boca. Pero temí que la realidad me reservara
una pesadilla peor. Que algo (un amigo, un pariente, un famoso,
algún malo, lo malo mismo, el propio mal) lo hiciera hincha de
River.
Que un abismo fatalmente insalvable, un abismo colmado de
Alonsos o de Francescolis, de Labrunas o de Saviolas, nos separara
para siempre a él y a mí. Que quedásemos tan lejos uno de otro
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como queda la calle Brandsen de la avenida Figueroa Alcorta.
Mis fantasías de padre incipiente padecieron el acecho de este sueño
o pesadilla: que mi hijo, al crecer, llegase a ser futbolista; que se
propusiera y consiguiera (¡un logro!) jugar en River; que jugara de
nueve y consiguiera (¡otro logro!) hacer muchos goles en su equipo;
que entre tantos, una tarde, a Boca (¡nada menos!) consiguiera
hacerle un gol.
¿Sería acaso capaz yo, el papá, de disfrutar de todos estos éxitos?
¿Sería acaso capaz yo de alegrarme de veras por él? ¿Por él y en
contra de mí? ¿Sería capaz yo de quererlo en todo y por todo: de
quererlo, como suele decirse, por entero? Pero entonces, por fortuna,
llegó el mes de diciembre. Y en el mes de diciembre, dos goles: dos
goles de Martín Palermo en Tokio. Boca fue campeón del mundo.
Festejamos mi hijo y yo: cada uno y los dos juntos con sendas
camisetas de Boca, cada uno y los dos juntos campeones nosotros
mismos.
Es cierto: mi hijo todavía no hablaba. Cumplía seis meses apenas; no
podía decir sí o no; no dijo sí ni dijo no. Fui yo quien le puso la
camiseta, fui yo quien lo levantó con ambas manos (como si
levantara, precisamente, la Copa del Mundo) en claro festejo.
Escruto esa imagen en largas horas de insomnio: yo me río más que
él, ¿eso qué estará indicando? La camiseta se le tuerce un poco, ¿eso
qué estará indicando? Al cabo de tres años, otro mes de diciembre
llegó. Y en ese otro mes de diciembre, un gol de Matías Donnet, un
penal de Alfredo Cascini. Boca fue otra vez campeón del mundo.
Para entonces, mi hijo ya hablaba. Ya podía decir sí o no. Dijo sí. Y
fue de Boca. Fue de Boca y es de Boca; aunque a veces, hace tiempo,
cuando quería obtener algo de mí (un regalo, un permiso, un
beneficio), actuaba una puesta en duda: fraguaba vacilaciones con
tintes de banda roja.
Yo adivinaba prontamente su treta infantil de amagar con hacerse
de River, sonreía ante su astucia para la extorsión filial. Adivinaba,
sí, y sonreía; pero más podía el miedo. Mucho más podía el miedo.
Y entonces le daba lo que pidiera. Lo que fuese: se lo daba; sin
tardanza: concedía. Sin mostrar mi tanta inquietud y sin darle
tiempo a nada.
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De Boca me hizo Norma: la chica que durante la infancia nos
cuidaba a mi hermana y a mí. Fue ella y no mi papá. Mi papá
prescindió de ese pacto, de ese mandato, de ese legado, con el que
tantas paternidades se fundan y se fortalecen, se establecen y se
afianzan. ¿Actuó así porque le faltó confianza, o más bien porque le
sobró? No me hizo de su equipo, no me hice de su equipo.
Más adelante me enseñaría a manejar, más adelante me convidaría
uno de sus incontables “Parisiennes Fuertes”, más adelante
impartiría ante mí el decálogo abreviado del buen machito
argentino: otras formas de ejercer una paternidad posible.
Pero del rito de la iniciación en el fútbol se desentendió. No se dejó
desvelar por esa confluencia; él fue de Argentinos Juniors (porque
vivió en La Paternal) y yo por mi parte fui de Boca (porque las
tardes de la infancia las pasaba más que nada con Norma).
Diego Maradona nos unió y nos desunió. Era suyo y no era mío:
jugaba para su equipo. Y le hacía goles a Gatti. Walter Benjamin dice
que los niños lloran cuando descubren que las palabras no tienen
poderes mágicos.
Yo lloré el día que descubrí que, por mucho que me pusiera vincha
y bermudas, no era ni sería Hugo Gatti. Maradona le hacía goles:
dos una noche en la Boca (los vimos en la cancha), cuatro una tarde
en Vélez (los vimos por televisión); mi papá festejó esos goles, como
si le importaran, porque sabía que a mí me importaban.
Era su goce, y estaba vedado para mí.
Se reanudaba así la escena edípica, pero a propósito de Maradona.
Claro que llegó el año 81, y Maradona pasó a jugar en Boca. Mi papá
adoptó ante eso un aire por demás displicente, del que sabe que los
grandes temas de la vida no provienen precisamente del fútbol.
Ese año fuimos a Vélez para ver un Boca-Argentinos. Maradona no
jugó ese partido, porque una cláusula contractual lo impedía. Y en
verdad fuimos por eso: para comprobar, como quien dice in situ,
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que no hay motivo de discordia que no pueda hacerse a un lado.
El partido salió 2-2.
A mi papá las multitudes le daban bastante miedo. Lo advertí en el
83, cuando la efervescencia social por la vuelta a la democracia
alentó a la movilización callejera incluso a quienes, como él,
propendían mayormente al sillón, al apoltronamiento y a la plácida
contemplación televisiva. Fue entonces que descubrí su inquietud,
su sofoco, su pavura: una masa, cualquier masa, se le hacía
amenazante.
No quería quedar en el medio, ni apretado mucho menos; no quería
o no podía caminar bajo el riesgo de empujar o ser empujado; y
hasta dar el paso al compás de los demás parecía insinuarle un
peligro: el de anularse.
Así fue que comprendí, aunque retrospectivamente, el enorme
esfuerzo moral y físico que había tenido que hacer cada tarde o cada
noche de aglomeración en la Bombonera, su prueba de abnegación
personal en el apretujamiento ominoso de las escaleras colmadas y
rociadas por micciones que corrían como arroyitos, su discreto
sacrificio para hacerse multitud, tan sólo porque en medio de esa
multitud estaba yo: su hijo varón, su hijo bostero.
Una noche, por Almirante Brown, pasó uno y me robó mi gorrito de
Boca. Era una noche de festejo de campeonato y yo iba en el auto
que manejaba mi papá. Saqué la cabeza para gritar: “¡Dale
campeón!”, y uno que venía caminando muy animado me sacó el
gorrito de la cabeza y se fue como si tal cosa, sin apuro ni
preocupación.
Mi papá no se bajó del auto para correrlo, ni mucho menos lo corrió
con el auto; no lo persiguió, no lo amenazó, no llamó a la policía, no
le dio su merecido, no hizo tronar su escarmiento, no rescató ese
gorrito para mí.
Lo miré, me miró, me guiñó un ojo.
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Después te compro otro, me dijo.
Yo tenía nueve años de edad: mi papá para mí era mi héroe. Eso sí:
un héroe burgués. Lo descubrí esa noche.
Otro día, cuando tengan tiempo, si quieren les cuento otra vez el gol
que le hice a Ligatto la tarde en que le ganamos a la séptima.
Martín Kohan es escritor. Entre sus obras destacan Ciencias Morales
(Premio Herralde de Novela) y Cuentas pendientes
Estos textos fueron
publicados en la sección "Mundos íntimos" de Clarín, durante 2012.
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