Subido por Juan Lizarraga

ITURBE

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RAMÓN FUENTES ITURBE:
Luces y sombras de un rebelde
AUTOR: JUAN LIZÁRRAGA TISNADO
Mazatlán, Sin. Noviembre de 2009
1
ÍNDICE
Presentación............................................................................................................ 2
1. Magia, rebelión y astucia................................................................................... 4
Las dos fuentes de Ramón F. Iturbe y su religiosidad infantil........................... 4
Temprano peregrinar hacia la capital ................................................................. 7
La “Aurora” de Mazatlán ................................................................................... 9
¡Vienen los ferrelistas! La juventud en armas con Madero ............................. 11
El sitio y la primera toma de Culiacán ............................................................. 16
Lucha con Obregón, por Carranza y contra Huerta ......................................... 23
Segunda toma de Culiacán y sitio de Mazatlán ............................................... 26
Lealtad al constitucionalismo y a Carranza ..................................................... 34
2. La gloria del poder y el infierno de la derrota .............................................. 40
Primera batalla política: Gobernador Constitucionalista de Sinaloa ............... 40
La educación del pueblo, máximo monumento a la Revolución ..................... 44
El relevo por Eliseo Quintero y el Plan de Agua Prieta ................................... 50
La fortuna a la sombra del poder político ........................................................ 57
Derrota militar y exilio en Los Ángeles ........................................................... 64
La indulgencia del presidente Lázaro Cárdenas .............................................. 71
Segunda batalla política: diputado federal por el cooperativismo .................. 76
El Frente Constitucional Democrático Mexicano, ¿ultraderechista? ............... 82
Campaña para gobernador en el almazanismo y viaje a Japón ........................ 91
La última guardia en honor a sus restos mortales ............................................ 97
3. La presencia de la mujer ............................................................................... 103
Mujeres en la revolución y el “Estado mayor de Iturbe” ............................... 103
Marina Soto y la madre de Lupe .................................................................... 107
Mercedes Acosta, centro de la familia nuclear: ............................................ 109
Luisa Marienhoff, capitana del amor y de la fraternidad universal ............... 116
4. Ramón F. Iturbe, cultura, religiosidad y humanismo ................................ 120
Filosofía y política ......................................................................................... 120
Cristiandad y cosmovisión religiosa .............................................................. 123
Esoterismo y naturismo.................................................................................. 127
5. En conclusión: ¿En verdad fue General de la Revolución? ....................... 132
Fuentes consultadas ........................................................................................... 137
Anexo. Ramón Fuentes Iturbe en gráficas ...................................................... 140
2
PRESENTACIÓN
La estatura histórica y el valor humano del general Ramón Fuentes Iturbe no
han sido justipreciados en su verdadera dimensión. La audacia con que acometió las
batallas militares en que participó desde su muy temprana juventud, y el fervor y la
lealtad característicos de los actos políticos de su madurez, rayan en la leyenda y en la
novela; su vida personal, impregnada de misterio y de los más puros y positivos
valores sociales, son ejemplos para la juventud actual. La inquietud por hurgar en la
vida del general, inició desde 1993, por las razones anotadas.
Se presenta aquí un ensayo anecdótico en el que a veces se recurre al diálogo.
No es el objetivo convencer a nadie de que las ideas o los actos de Iturbe eran correctos
o merecen ser condenados. Tampoco hay un interés o propósito estrictamente
académico, aunque pudiera parecerlo, por la formación del autor. Se trata de hacer
públicos, de divulgar, hechos y anécdotas del personaje para que cada quien emita el
juicio que más le plazca o el que considere pertinente.
Las bases de la estrategia con que se estructuró el trabajó las proporcionó el
propio biografiado: en una de sus muchas entrevistas concedidas a la prensa, explicó
que “la Revolución está ya bastante bien contada y analizada. Si usted ve el parte de
una batalla puede conocer todos los movimientos de los adversarios y enterarse del
número de bajas y demás detalles de esta especie. Sin embargo, la anécdota, que no
figura en esos partes, es una pieza esencial para entender la época. La anécdota es viva.
Comunica mucho más que las cifras bien alineadas. Por eso yo he preferido contarle
anécdotas, decirle cómo éramos, cómo pensábamos”.
También influyó la experiencia que se tiene sobre la historia de vida como una
forma del método narrativo y el conocimiento de la elaboración del ensayo anecdótico.
Igualmente está presente el oficio periodístico que se ejerció durante casi dos décadas:
el reportaje y la crónica histórica, armados con profusión de datos, producto de la
revisión de documentos y de entrevistas, mezclados para convertirse en una red de
ensayos que constituyen el ensayo general. Son conversaciones, relatos, del sujeto
principal o de personas directamente involucradas en su vida y en el contexto que
rodeó su actuar, desde fines del siglo XIX hasta 1980.
El ejercicio hermenéutico, en sentido ortodoxo, está ausente, sin embargo, hay
una gran carga de subjetividad en la selección —y discriminación— de los datos (los
hechos, los personajes) y en el orden seguido tanto cronológico como temático, sin
demérito de la veracidad de fechas y nombres.
3
Iturbe fue un hombre de luces y sombras. Como todo ser humano, fue un ente
complejo, unidad y diversidad, un homo sapiens-demens-fabers, por ello aquí se
expone su individualidad, y autonomía, pero también la identidad del joven de clase
humilde con el momento que le tocó vivir, al participar, con voluntad y conciencia, en
el movimiento armado que hace cien años sacudió al país, hecho igualmente complejo
y controvertido como el propio Iturbe.
Por la forma en que se estructuró el trabajo, podría dividirse en dos partes, una
cronológica biográfica que incluye los dos primeros capítulos, y otra temática, en la
cual se abordan asuntos con los cuales se identificó y a la vez identifican a Ramón F.
Iturbe.
En el primer capítulo se ofrecen datos del primer accionar de Iturbe en la vida,
su traslado a Culiacán, donde influenciado por las enseñanzas de Madero, tanto
políticas como espiritistas, participó en el primer brote revolucionario de Sinaloa, en su
casa, para ser más específico; luego en las primeras batallas y en casi todos los
combates que se sucedieron durante la Revolución, donde hace manifiesta su lealtad a
Madero, a Carranza y a su único jefe inmediato, Álvaro Obregón. En el segundo
capítulo se describen sus batallas políticas y por la vida, como gobernador y como
diputado federal; su compromiso con la educación del pueblo y con el cooperativismo
como movimiento reivindicador; sus fallidas batallas militares electorales y exilios,
hasta su muerte en un hospital militar.
En el capítulo tres se da cuenta de la participación de la mujer, presente con
Iturbe en el campo revolucionario y en su vida personal: sus esposas y sus hijas.
Justamente, de su vida personal trata el cuarto capítulo: su formación cultural, su
religiosidad y espiritismo, su alma de poeta, su timidez y audacia, que termina con un
apartado, a manera de conclusión titulado “¿En verdad fue un general de la
Revolución?”, pues su vida no se asemeja a la de la mayoría de los personajes
sobresalientes de la Revolución Mexicana.
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1. MAGIA, REBELIÓN Y ASTUCIA
Las dos fuentes de Ramón F. Iturbe y su religiosidad infantil
Ramón F. Iturbe nació el 7 de noviembre de 1889 en Mazatlán, Sinaloa.
Personalmente, Iturbe negó haber nacido en la sindicatura de Siqueros, en
respuesta a una pregunta específica que le hizo don Héctor R. Olea (1993,
168) y la versión oficial afirma que vino al mundo en el número 50 de la calle
San Germán (después Francisco Cañedo y hoy Canizales)1.
El 12 de enero de 1890, el presbítero Don Miguel Elizondo —con
licencia del señor Cura y Vicario Don Miguel Lacarra, en la Santa Iglesia
Parroquial de Mazatlán— bautizó solemnemente y puso el Santo Óleo y
Sagrado Crisma, a un niño a quien dio el nombre de José Ramón. Sus
padrinos: Bentura Herrán y Petra Ochoa.
Hijo natural de Refugio Iturbe, su padre fue un señor apellidado
Fuentes, de origen chileno, quien lo registró a su nombre, pero la familia del
señor Fuentes no aceptó al niño ni a la madre. Conservó en la vida cotidiana
el apellido de su padre, más empezó a firmarse Ramón F. Iturbe, para evitar
que el apellido se extinguiera, a petición de un hermano de su madre que no
tuvo hijos y que se creía el último de los Iturbe, pues era el único varón de la
familia. Beatriz y Refugio, fueron dos medias hermanas mayores que Ramón;
después de él nacería Arturo, de apellido Sicairos.
Al paso de los años, la familia Fuentes visitó a Ramón para pedirle que
usara este apellido, pero él se negó a hacerlo y así, en la “F.” Quedó
1 La dirección donde nació se indica en su biografía de la página del Congreso del Estado de Sinaloa:
http://www.congresosinaloa.gob.mx/murodehonor2/ramon_iturbe.htm. Los distintos nombres de la
calle se exponen en la página http://www.vivemazatlan.com/index.php/Historias/Historia-ydesarrollo-del-servicio-electrico-en-la-ciudad-de-Mazatlan.html.
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escondida la primera fuente de Ramón. Entonces uno se pregunta, ¿cuál es la
segunda fuente?:
“Ramón, en el idioma de los eúzkaros, significa fuente”,2 le explicó
cierto día Ramón F. Iturbe al escritor colimense Juan Macedo (1984, 61)
camino a Cosalá. “De manera que soy una doble fuente”, agregó sonriente.
De su infancia en Mazatlán, Luisa Marienhoff y Mireya Iturbe,3 narran la
siguiente anécdota:
Doña Refugio Iturbe hacía “cuajada” —preciado antojo casero—, la cual
“se cortó” de pronto y para remediar las cosas ordenó:
—Busquen a Ramón. Debe haber pasado por aquí, la miró y se le
antojó, por eso se cortó. Dénsela a probar y luego que la menee un rato para
que se componga.
Así se hizo. La cuajada se compuso.
Un hecho común en tierras sinaloenses. Común, sí, pero también una
señal en la que se dibujaba el magnetismo y la fuerza mental de Ramón, un
niño delgado, larguirucho de apenas siete años de edad que aparentaba más
de diez, no solamente por su acelerado crecimiento físico, sino también por su
religiosidad y su carácter de observador agudo de la naturaleza y de todo
cuanto le rodeaba. Su religiosidad la manifestaba en los trazos constantes que
hacía de figuras semejando a la cruz cristiana, símbolo de vida desde tiempos
remotos, aunque no en sus visitas al templo. Sus ojos negros, ligeramente
oblicuos, que descansaban sobre una nariz sentada en una boca grande,
contemplaban fija, interrogativamente, al mundo. Religiosidad y filosofismo
eran en Ramón, a tan temprana edad, fe y acción.
2 Su origen es germánico y significa “protector”, “sensato”.
3 La primera, su segunda esposa, rescata datos biográficos de Iturbe en su novela “La Revolucionaria”
(Marienhoff, 1959), y la segunda, hija de general, fue entrevistada en Cuernavaca en 1993.
6
El contexto temporal remite a la última década del siglo XIX. Hasta
Mazatlán llegaban noticias periodísticas desde la ciudad de México que
informaban de los milagros de Teresa Urrea, nacida en Ocoroni y a quien sus
padres trasladaron de niña a Cabora, Sonora, donde curaba por medio de la
sugestión y la hipnosis. “La Santa de Cabora”, como la nombraron, sufría
ataques epilépticos seguidos de estados de coma por tres días, hecho que la
volvía más enigmática para sus seguidores. Tal era su fama que los vecinos
de Tomochic, Chihuahua se rebelaron contra el gobierno y visitaron a la santa.
El pueblo fue aniquilado, según lo narró el subteniente Heriberto Frías Alcocer,
partícipe involuntario y testigo de los actos de barbarie cometidos por la
soldadesca. Los indios del Río Mayo también se sublevaron al grito de “¡viva
la santa de Cabora!”.
En el último decenio decimonónico se respiraba en México una paz
precedida de hechos militares y políticos que años antes conllevaron a la
reorganización nacional y a la reelección presidencial de Don Porfirio Díaz al
grito de “no reelección” proclamado en el Plan de Tuxtepec.
La revuelta tuxtepecana se convirtió en gobierno local en la persona de
Francisco Cañedo, quien triunfó con las dos terceras partes de los votos
contra Andrés L. Tapia, candidato de la entonces imposición. A más de ser
popular, Cañedo era amigo de don Porfirio Díaz.
Don Ángel Viderique, originario de Guanajuato, al frente de la Banda de
Música del Estado, alegraba a la multitud que se congregaba en la plaza
principal de Culiacán, donde estrenó “La Valentina” y “La Adelita”4, que luego
los revolucionarios sinaloenses llevarían a todo México para convertirlas en
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“La Adelita” no es hija legítima de la revolución, es la hija adoptiva que, con su hermana “La
Valentina”, constituyó la dualidad emocional y romántica de aquella”, Ramón R. Richard. (Flores
Villela, 1990, 344)
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himnos de la Revolución. Eran melodías salidas del pueblo, como “Heraclio
Bernal”, “El Abandonado”, “El Cuervo”.
Temprano peregrinar hacia la capital
A Ramón le dolía que su madre trabajara en los menesteres más
humildes para mantenerse. Le dolía también someterse por un bajísimo jornal
a la ruda labor del campo. Tenía que trabajar como hombre, de sol a sol, para
cobrar como niño. Junto a la rebeldía contra esta situación, en su mente se
incubaba el ideal de hacer fortuna, de ser rico.
Quería estudiar, pero empezó a trabajar en el almacén de un cuñado,
esposo de la hermana mayor, porque éste le ofreció mandarlo a la escuela si
se iba con él a trabajar. Y tuvo que hacerlo para sostener a su madre y a sus
tres medios hermanos. La familia salió de Mazatlán rumbo al centro del Estado
para radicar un tiempo en el rancho El Obispo, por el antiguo Camino Real, de
ahí se trasladó a Salsipuedes, donde pasó parte de su infancia, estuvo en
Oso, en Quilá y el peregrinar frenó un poco en Alcoyonqui de donde luego
partiría a Culiacán por instancias del cuñado.
A los catorce años de edad, Ramón F. Iturbe se había desempeñado
como mandadero, dependiente de tienda de abarrotes, vendedor de
mercancías de poco valor, trabajador de artículos de cueros para arreos de
montar y otras actividades parecidas.
De chico, Iturbe oyó decir a una viejecita que quien consiguiera hacerse
de un cinturón de cuero de león y se lo pusiera sobre la piel, bajo la ropa,
jamás tendría miedo de nada. Él lo consiguió y se lo ponía. Sugestión o
magia, el uso de este cinturón lo hizo ser valiente, arrojado por toda su vida y
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cuando pasado el tiempo le elogiaban su valor en la batalla revolucionaria,
explicaba que todo se lo debía al cinturón de león.
En Culiacán conoció la escuela. Cursó hasta el tercer o cuarto año de
primaria, a la sombra del maestro Tello de Meneses. Aprendía de prisa, con
avidez y en su ansia por aprender ingresó al Seminario Conciliar de Sinaloa.
Debía cubrir una cuota de dos pesos con cincuenta centavos al mes y al serle
imposible cubrir la colegiatura, lloró amargamente en los viejos portales del
Seminario, haciéndose la siguiente interrogación:
—¡Dios mío!, ¿por qué los pobres no podemos estudiar como los ricos?
¡Aprendió a leer y se convirtió en un lector voraz! La meditación
acompañaba a la lectura. Por horas y horas clavaba su mirada al cielo.
Mientras estudiaba las propiedades de las hierbas medicinales y astronomía y
su influencia sobre los seres, observaba sin cansancio los fenómenos de la
vida material y espiritual, los fenómenos del cosmos y realizaba toda clase de
experimentos.
Combinaba ese estudio con el trabajo. En Alcoyonqui, a duras penas
levantó un comercio de abarrotes. Instaló su tienda. Contrató un dependiente
para que la atendiera mientras él ambulaba por diferentes zonas realizando
transacciones comerciales entre los campesinos, con quienes hacía sus
primeros ensayos con hipnotismo curativo que le atraía enfermos y pobres
agradecidos, porque no acostumbraba cobrarles, aunque el hipnotismo le
llamó la atención poco tiempo, pues se opuso siempre a que se enajenara la
voluntad de las personas, aun cuando se utilizara en beneficio de ellas
mismas. En cambio, atrajo más su interés el magnetismo humano y su
influencia en la curación.
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En estas excursiones por los campos aledaños a Culiacán pudo
comprobar que sus manos se enriquecían con el maravilloso don de la
curación magnética.
Su alma contemplativa, su mente interrogadora, su ansia de saber y
sus contactos directos con la injusticia y la desigualdad social, hicieron de él
tierra fértil para que brotara la semilla del cambio revolucionario que a lo largo
del país se gestaba.
La “Aurora” de Mazatlán
Al final del siglo XIX, el liberal Juan Jacobo Valadés prestó insustituibles
servicios médicos a la sociedad sinaloense y quiso que sus hijos estudiaran
medicina en Guadalajara. Éstos, sus hijos Juan y Francisco, al igual que Juan
Jacobo, instalaron en Mazatlán la Botica Central, en cuyo traspatio Juan
Jacobo gustaba de reuniones en las cuales se disertaba sobre asuntos
literarios. Cultos personajes, que luego lo serían de la poesía, del periodismo,
de la administración, se daban cita en las tertulias. Entre estos: Manuel
Bonilla, Esteban Flores, José Berumen, Amado Nervo, Martiniano Carvajal,
Vicente González, Ángel Beltrán, Juan Sarabia, Jesús Gómez, Manuel Manzo,
destacando entre ellos José Ferrel Félix, primo hermano de Juan y Francisco
Valadés, quien pese a su corta edad había sido soldado, comerciante, marino
conspirador, tribuno y amanuense.
La tertulia llevó a la fundación de la Sociedad Aurora y en la trastienda
de la botica las reuniones literarias y sociales se hacían con más frecuencia y
comenzó a participar en actos cívicos, en funciones con fines patrióticos, de
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caridad o con propósitos artísticos, con el talento destacado de Ferrel, quien
había nacido en Sonora y que, por ocasiones, se ausentaba de las tertulias.
Francisco Valadés, al tiempo que acrecentaba sus ideas, se asociaba
con el acaudalado empresario Andrés Avendaño y con la idea de crear una
empresa editorial funda la sociedad mercantil “Valadés y Compañía
Sucesores”, la cual compró a Miguel Retes el periódico “El Correo de la
Tarde”.
La botica se convirtió en Droguería Central y funcionó en un edificio que
por la calle Belisario Domínguez, entonces Principal, construyó el ingeniero
Francisco Guarneros, esposo de Cristina Ferrel, edificio donde también se
instaló el periódico, una librería y talleres de grabado, encuadernación y
rayado de papel.
El Correo de la Tarde dejó de ser una simple gacetilla literaria de
información local. Se convirtió en un periódico de opinión. Francisco Valadés
consultó al periodista José Ferrel y finalmente éste le recomendó a Heriberto
Frías, quien en 1906 llegó a Mazatlán para hacerse cargo de la dirección del
periódico.
Heriberto Frías enriqueció la tertulia que se convirtió en una peña
donde se discutía de política. Frías mantenía correspondencia con Francisco I.
Madero, iniciada como un intercambio de publicaciones. En “El Correo” del
puerto se publicaba “La sucesión presidencial” de Madero y en “La Opinión”
de Coahuila se daba a conocer “La Rebelión de Tomochic”, de Frías. Además,
Frías se comprometió a vender el libro de Madero en Mazatlán y de aquí a
todo el Estado de Sinaloa. (Valadés, 1985, 45-58).
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Fue así como un ejemplar de “La sucesión presidencial” llegó a manos
de Iturbe, quien desde ese momento se convirtió en un soldado de la
antirreelección y en un maderista convencido, difusor elocuente y entusiasta
de las ideas de don Francisco I. Madero, quien lo cautivó no solamente por
sus ideales políticos, sino también por su espiritismo: después sería un
fervoroso lector del “Manual Espirita”, que el apóstol Madero escribió en 1911
con el pseudónimo de Bhima, uno de tantos libros de cabecera de Iturbe.
¡Vienen los ferrelistas! La juventud en armas con Madero
“Al Sr. Gobernador interino Lic. Eriberto Zazueta, Culiacán.
“Con profunda pena acabo de recibir telegrama de Ud. En que me
participa el fallecimiento del señor gobernador general Francisco Cañedo.
Haga usted que se le tributen los honores que corresponden a su alta
jerarquía.- Porfirio Díaz”.
La anterior fue la respuesta del presidente de México a la comunicación
antes recibida del gobernador interino de Sinaloa al anunciarle la muerte de
don Francisco Cañedo, ocurrida el 5 de junio de 1909, quien estuvo al frente
del Estado por 32 años, merced a arreglados interinatos. Con los honores
correspondientes, Cañedo fue sepultado el 8 de junio y el 14 del mismo mes
se convocó a elecciones, que debían realizarse el 8 de agosto para que el
vencedor terminara el periodo de Cañedo el 26 de septiembre de 1912.
El día de las elecciones, domingo por la mañana, los habitantes de
Culiacán vieron asombrados entrar a la ciudad a un joven alto y moreno al
frente de un grupo de rancheros que llegaban a votar. “¡Ahí vienen los
ferrelistas!”, se oía por todas partes. Eran los rancheros de Alcoyonqui
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entusiasmados y convencidos por Ramón F. Iturbe de que una nueva era se
acercaba para ellos y para Sinaloa. El porfirismo estaba por caer. Había que
votar contra Diego Redo, el candidato continuador de Porfirio Díaz en Sinaloa
y a favor de José Ferrel Félix, el candidato del pueblo opositor.
Iturbe así lo entendía. Sus observaciones sobre el porfiriato le hacían
concluir que los métodos no eran los adecuados para el desarrollo cívico de
México, del pueblo sinaloense que en esta contienda, al dar su voto por el
ferrelismo, se enfrentó abiertamente al presidente Porfirio Díaz mediante el
rechazo de la candidatura de Diego Redo para gobernador del Estado.
Los resultados fueron frustrantes. En el distrito del cual era cabecera
Culiacán, donde se tenía una lista de 7 mil votantes, el candidato oficial obtuvo
9 mil 399 votos, contra sólo 804 de José Ferrel Félix. Fue una votación
fraudulenta, inflada a favor de Redo.
En julio de 1910, el proceso electoral por la presidencia de la Repúbica
fue también un fraude evidente en todo México, donde las condiciones de
existencia eran cada día más miserables para la mayoría de la población que
día a día se rebelaba contra el gobierno sempiterno de Porfirio Díaz y su
sistema de acabar con la oposición mediante el asesinato selectivo, como
ocurrió con Gabriel Leyva Solano el 13 de junio de 1910, en la Villa de
Sinaloa.
Entusiasmado por las enseñanzas de Madero en “La Sucesión
presidencial”, Iturbe no vaciló en atender al llamado del Plan de San Luis,
promulgado en Texas, a donde Madero había huido de la prisión que sufría en
San Luis Potosí. Ante el fraude electoral ocurrido en todo el país, Madero
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llamó a levantarse en armas a las 6 de la tarde del 20 de noviembre de 1910.
Un grupo de jóvenes temerarios atendió el llamado.
Iturbe relata que fue uno de los primeros que se levantaron en armas
en Sinaloa. Sus razones eran muy claras: “El pueblo tenía hambre y sed de
justicia y quería terminar con su miseria a través de las reformas que proponía
Madero. Además deseaba un cambio de gobierno que acabara con la
dictadura de Porfirio Díaz, causa de nuestra situación. En esos tiempos un
peón del campo recibía el pago para toda su familia, un almud de maíz y un
cuarterón de frijol (unos cuatro kilos) para la semana. Su sueldo era de tres
reales diarios (treinta y siete centavos) trabajando de sol a sol en Sinaloa y en
Jalisco 18 centavos. Había días en que solamente comíamos tortillas con
agua de chile y cebollas. La pobreza era espantosa. Fue el motor de la
Revolución. Los peones eran tratados como animales por los ricos
hacendados”. (Tirado, 1982).
Entonces, el 20 de noviembre de 1910, al lado de otros jóvenes
intrépidos e idealistas —Juan Banderas, sinaloense, y Agustín Beltrán y
Conrado Antuna de Durango—, debía levantarse en armas en Culiacán. Tan
joven era Iturbe, que para los demás conjurados era apenas un chamaco.
El golpe en Culiacán fracasó a causa de una denuncia. “Teníamos que
reunirnos en mi casa (calles Colón y Corona). El plan era que yo tomara la
penitenciaria echando fuera a los presos, para lo cual estaban comprometidos
los celadores y la guardia. Los otros deberían capturar al gobernador del
Estado Diego Redo durante un baile”.
Es Iturbe quien relata los hechos:
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“En mi casa escondíamos las armas. A las once de la noche que yo
llegué noté que había luz por la única puerta que daba a la calle. La casa
debería estar cerrada y mi obligación era dar una contraseña. Cuando entré
no había nadie, ni mis amigos ni el parque. Los habían aprehendido. De
pronto se me aparecieron en la puerta cuatro policías. Yo les apunté con mi
pistola y ellos se barrieron por el suelo hacia fuera y escaparon. Cerré la
puerta inmediatamente y le puse una tranca. Estaba rodeado. Había una
salida por detrás, pero también estaba cubierta. Sin embargo, pude escapar.
De allí salió la leyenda de que yo tenía pacto con el diablo. Lo que pasó fue lo
siguiente: había luna llena y se proyectaban las sombras muy oscuras. En el
lado de atrás había una cocina a cuya sombra brinqué. Los policías estaban
pendientes de que yo saliera a la calle y yo decidí irme por el lado donde se
formaba aquella sombra. Escapé protegido por la mancha negra, saltando
bardas. Cuando ellos entraron a mi casa yo ya no estaba allí, me había
esfumado misteriosamente, según dijeron ellos”. (Tirado, 1982).
Una vez lejos de la casa, Iturbe huyó por el monte hacia Alcoyonqui,
donde tenía un compadre. Lo perseguían por toda la zona y cuando llegó a
Alcoyonqui ya lo habían buscado por allí policías disfrazados. Un compadre lo
escondió en el monte y desde el pueblo le llevaban la comida. Después se
dirigió a un riachuelo. Los miembros del Comité Antirreleccionista le enviaron
una carabina y parque. Anduvo escondido cerca de un mes, hasta que
consiguió un guía a quien armó y siguieron su viaje rumbo a Durango, donde
se encontró con sus compañeros Banderas, Antuna y otros.
Ya en el Estado de Durango hicieron su primer reclutamiento (17
hombres). Con ellos tomaron Tamazula, Durango, donde leyó junto a un
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kiosko y a manera de adoctrinamiento, el Plan de San Luis, firmado por
Madero. Después tomaron Chacala, un pueblo minero. Ya para entonces
tenían 180 hombres. Las damas de Chacala le regalaron una bandera que
tenía, de un lado, la imagen de Hidalgo y, del otro, la Guadalupana. Iturbe ya
practicaba el espiritismo, pero era católico y creyente en la virgen de
Guadalupe. “Yo no era el jefe absoluto, no habíamos decidido quién debería
mandar y éramos en realidad cuatro jefes, pero las damas me hicieron el
regalo a mí”, dijo
“Juan Banderas era un hombre impulsivo y quiso tomar el mando
absoluto. Tuvimos un disgusto y por poco nos damos de balazos. Le propuse
que nos separáramos, consultando la voluntad de la tropa para que siguieran
al que ellos eligieran. Así lo hicimos y todos se vinieron conmigo. Beltrán
prefirió irse con Banderas, Antuna me siguió a mí. Tomamos rumbo a Topia.
Así, con grandes sacrificios, hechos y leyendas, se fueron formando mis
fuerzas”. (Tirado, 1982).
Tuvieron las primeras revueltas. “Entonces no sabíamos fusilar. El
señor Madero nos comunicaba a todos su espíritu de bienhechor. Ni
fusilábamos ni nada. Le aseguro que nuestras tropas no se llevaron de
aquellos pueblos ni un sarape”. (Reyes, 1966).
Madero reconoció éstas y otras proezas (como su habilidad para reunir
rebeldes) y el 22 de mayo de 1911, desde Chihuahua, le otorgó a Ramón F.
Iturbe el grado de general brigadier del Ejército Liberador.
—¿Cómo era Madero? —preguntó Beatriz Reyes Nevares a Iturbe más
de 50 años después de estos sucesos:
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—Era el revolucionario por excelencia. Porque ser revolucionario no
equivale a empuñar un fusil y dispararlo. Para serlo se necesitan ideas. Se
requiere un deseo muy grande de transformar las cosas e implantar la justicia.
Y el señor Madero tenía esto. Se le ha reprochado que no tuviera aspiraciones
de reforma social. Me consta que las tuvo. Dicen que su origen (con aquello
de que su familia era muy rica) le impedía comprender el drama del campo. Le
aseguró que sí lo comprendió. Lo que pasa es que él sabía que no era posible
una modificación instantánea del orden establecido. Había que proceder
gradualmente. Y no le dieron tiempo. (Reyes, 1966, 38).
El 27 de agosto de 1963, relata: “el apóstol de la democracia, de alma
pura y transparente, de ideas filosóficas orientalistas, nos diría: ‘lo hecho, bien
hecho está’. Sin ser fatalista nos decía que la ley se cumple, que todo se
paga, si no en la misma existencia, en otra, pues creía en la reencarnación y
supervivencia del espíritu… para mí era un iluminado, que llevaba siempre el
bien en su corazón”.5
El sitio y la primera toma de Culiacán
Muy pronto se crearon mitos en torno a Iturbe, los cuales se
acrecentaron al paso de los años, como el denominarlo “el general de mil
batallas, que nunca fue vencido”.
Ante la periodista Beatriz Reyes Nevares, el general Iturbe desmiente
tal situación:
“Al principio de mi carrera tuve dos derrotas y las dos me las propinó un
coronel de nombre Luis G. Morelos a quien admiré mucho. Fueron derrotas
5
Discurso pronunciado el 27 de agosto de 1963, en el desayuno que ofrecieron los supervivientes civiles
y militares de la Revolución Mexicana al presidente Adolfo López Mateos.
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que ni coraje me dieron, por lo técnicas y estrategias correctas. Acciones
admirables de mi adversario. Al poco tiempo, Morelos fue mi prisionero y yo
me lo llevé a mi cuarto. Quería conversar con él”.
—No es frecuente que se tenga un respeto así por el enemigo.
“Sin embargo, es lo que se debe hacer. Cuando el enemigo lo merece,
¿por qué comportarse con él en forma poco comedida? Aquel Morelos valía
mucho. De veras valía…”. (Reyes, 1966, 38).
El coronel Morelos fue el último en rendirse durante la toma y sitio de
Culiacán, el 2 de junio de 1911.
Héctor R. Olea relata de la siguiente manera el relevante hecho militar:
“El 20 de mayo de 1911, los maderistas dieron principio a una
reconcentración de fuerzas para atacar la capital del Estado. Más de 4,000
revolucionarios pusieron sitio a la plaza comandados por Ramón F. Iturbe,
Juan M. Banderas, Herculano de la Rocha, Claro G. Molina, Gregorio L.
Cuevas, José María R. Cabanillas, Mateo de la Rocha y los comandantes de
guerrillas: Cándido Avilés, Conrado Antuna, Martín Elenes, Hilario Narváez,
Agustín Beltrán, Antonio M. Franco, Cipriano Alonso, Francisco Quintero,
Antonio Chaires Félix, Mauro Valenzuela, Cruz Medina, Darío Medina,
Francisco Ramos Obeso Arnoldo de la Rocha y Eduardo y Miguel Armenta,
además de mujeres: Clara de la Rocha y Valentina Ramírez”. (Olea, 1993, 43).
El mismo historiador sinaloense explica que la guarnición de Culiacán
estaba a cargo de 400 porfiristas; 160 soldados y rurales al mando del mayor
Agustín del Corral, los federales al mando del general Higinio Aguilar y el
coronel Luis G. Morelos y 100 rurales del estado al mando del capitán Ignacio
18
Herrera y Cairo. El 25 de mayo quedó cerrada la ciudad y los revolucionarios
comenzaron el ataque.
La lucha fue cruenta y finalmente favorecía a los revolucionarios. Con
ánimo de triunfador, el primero de junio, a las 4 de la mañana, Iturbe perpetró
la siguiente hazaña:
“El general Higinio Aguilar, al mando de 300 soldados defendía su
cuartel en la casa de la Moneda. Yo, con doce compañeros (acompañado del
mayor Agustín del Corral) entré al edificio sin medir las consecuencias, para
pedirle su rendición, en una de las treguas del combate. Hablé con él y le pedí
que depusieran las armas. Me contestó que sólo acataría las órdenes del
gobernador Diego Redo. De allí encaminé mis pasos seguido de mis hombres
armados, hasta la casa frontera al Palacio de Gobierno, donde se me dijo que
se alojaba el gobernador porfirista. No lo encontré en su residencia y volví
nuevamente a la Casa de la Moneda, a insistir en mis demandas. Algunos
soldados federales, viéndome nuevamente en la ratonera, comenzaron a
gritarle al general en alta voz:
—¡No lo deje salir, mi general!
—¡Moriremos todos —contesté con aplomo—, porque el edificio será
volado si no salimos dentro de media hora!
Y ese golpe de audacia hizo que el anciano militar se rindiera con sus
trescientos hombres. Días después me entregó su espada de gala, que yo
quise conservar como un recuerdo de mi juventud revolucionaria. (Olea, 1993,
47).
Desde el 30 de mayo de 1911, en la madrugada los maderistas
arreciaron los ataques a la ciudad por todas las posiciones. El primero en
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rendirse a instancias de Iturbe, fue el general Aguilar. Después, Herrera y
Cairo. El 31 se rindió la ciudad. Hasta el 2 de junio el coronel Morelos, al
saberse la renuncia de Porfirio Díaz y recibir la promesa de que se le
perdonaría la vida.
En esta ocasión sí hubo saqueos, incendios de fábricas y fusilamientos.
El mismo 30 de mayo fue fusilado, en la fábrica de “La Aurora”, por tropas del
general Iturbe, Camilo Beltrán, encargado de las caballerías del palacio de
Gobierno, acusado de hacer resistencia a los maderistas. Antes, el 21 de
mayo fue incendiado el chalet de los Gómez por el barrio de “La Vaquita” y
luego el primero de junio la fábrica de hilados y tejidos “El Coloso de Rodas”.
Iturbe aclaró respecto al último hecho: “Yo había establecido mi cuartel
general primero en El Barrio y después en La Aurora… Nuestros soldados, sin
mediar ninguna orden de mi parte, lo hicieron por iniciativa propia, como
respuesta a la terquedad de los defensores de Culiacán por no aceptar
nuestras proposiciones de paz. Ante lo inevitable, yo di instrucciones de que
se pusiera salvo parte de las existencias de la fábrica sin que posteriormente
el fuego fuera dominado. El pueblo mismo ayudó a los soldados” (Olea, 1993,
50).
Uno de los fusilamientos causó controversia nacional, el del general
Morelos. No se respetó el acuerdo y promesa de perdonarle la vida. La duda
nunca fue despejada totalmente, pero a Juan Banderas se le siguió un
proceso judicial y el general Iturbe hizo pública su versión de lo ocurrido.
Iturbe sostuvo que él mismo señaló a Morelos su propia habitación
como hospedaje y le dijo al recibirlo como su prisionero. “A usted debo,
coronel, las dos primeras lecciones de táctica militar que he recibido: cuando
20
me derrotó en Las Milpas y en Tamazula. Aquí será mi huésped, en mi propio
cuartel. Con las pláticas con usted aprenderé mucho”. (Olea, 1993, 51).
Martín Elenes, ayudante de Iturbe, lo vigiló dos días (estuvo 2, 3, 4 y 5
de junio), el 5 de junio le entregó a Morelos al soldado Mateo de la Rocha por
órdenes de Juan Banderas. La señorita Amalia G. Rivas y otras personas
entrevistaron a Iturbe y a Banderas pidiéndole la vida del coronel federal. El 6
de junio, a las 11 de la mañana, inició la junta revolucionaria a la que
asistieron Banderas, Iturbe, De la Rocha, Sámano, Carlos Vega, José María
Meza, Blas Borboa y Luis Banderas. Se discutió el fusilamiento… a las 9:45 de
la noche lo fusilaron.
El asunto llegó a los tribunales. El 15 de enero de 1912 ante el Juez de
Distrito, licenciado Manuel N. Nagore, Iturbe declaró:
“En aquella época sólo había en Culiacán dos jefes revolucionarios que
pudieron dictar la orden de fusilamiento: Banderas y yo. Sobre el particular ya
rendí mi declaración ante el procurador (licenciado Manuel) Castelán Fuentes
y creo que esa declaración ya consta en autos en el juzgado primero de
Distrito. Como quiera que sea, me parece que la declaración que debe dar
mayores luces en este asunto es la que puede rendir el mismo ejecutor de la
orden de fusilamiento (Agustín Beltrán, jefe de la escolta y Mario Quiñónez,
jefe de la escuadra, según Martín Elenes). (Olea, 193, 53).
Banderas fue detenido y enjuiciado en México “por el fusilamiento del
coronel Morelos”. Fungió como su defensor el licenciado José Vasconcelos y
como testigos de cargo el doctor Enrique González Martínez, Genaro Estrada,
el general Aguilar, Ana María Espino viuda de Morelos, Iturbe, el mayor Elenes
y Adela G. de Rivas.
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El 3 de junio Diego Redo renunció como gobernador y el Congreso del
Estado nombró en su lugar al licenciado Celso Gaxiola Rojo, que entregó el
poder el 7 de agosto al general Banderas. Se hizo un simulacro de elección y
el 27 de septiembre tomó posesión como gobernador el profesor José María
Rentería.
El movimiento revolucionario triunfó y Madero esperó las elecciones
para ocupar la presidencia la cual asumió el 6 de noviembre. Madero entregó
los mandos del ejército a Victoriano Huerta Márquez.
El 28 de noviembre se publicó el Plan de Ayala, donde Emiliano Zapata
acusó a Madero de “haberse dedicado a satisfacer ambiciones personales;
violando la soberanía de los Estados; burlando el sufragio; entrando en
contubernio con los ‘científicos’ hacendados feudales y caciques; ahogando
en sangre a los pueblos que piden justicia; imponiendo a Pino Suárez como
vicepresidente y a los gobernadores de los Estados contra la voluntad del
pueblo; conculcando las leyes y la Constitución de 1857; conduciendo al país
a la más horrorosa anarquía; y pretendiendo establecer una dictadura más
oprobiosa que la de Porfirio Díaz”. Sostenía que Madero debía ser derrocado,
y proclamaba a Pascual Orozco como jefe, y en su defecto, a él mismo, a
Emiliano Zapata.
Heberto Sinagawa explica que con el rompimiento entre Madero y
Zapata, el general Juan M. Banderas se alzó con el Plan de Ayala, y los
zapatistas dominaron rápidamente gran parte del Estado, y en marzo 27 de
1912 el señor Rentería renunció a su cargo de gobernador por graves
interferencias de ministros del señor Madero. Se sucedieron 4 gobernadores
interinos y se dio el caso de que dos no aceptaran la gubernatura. Pero el
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zapatismo fue derrotado lenta pero inexorablemente y el último en caer fue
Fortunato Heredia, que impuso préstamos forzosos en Los Mochis y se dirigió
a San José de Gracia con la clara intención de hacerse de oro y plata. El
general Iturbe defendió la plaza de Culiacán del ataque zapatista el 10 de abril
de 1912 y sucesivamente derrotó a Antonio Franco, Francisco Quintero y
otros; se internó en territorio chihuahuense combatiendo a los “orozquistas” y
desapareció. (Sinagawa, 1986, 224).
Los combates entre los zapatistas y las tropas de Iturbe en Sinaloa
duraron de febrero a mayo de 1912. Aquéllos iniciaron su lucha en Mocorito,
tomaron Guadalupe los Reyes, Concordia, El Verde, Siqueros y el Roble.
Atacaron San Ignacio y Villa de Sinaloa y el 4 de abril de 1912 murió en
combate contra ellos Néstor Pino Suárez, coronel de las fuerzas rurales,
hermano del vicepresidente José María.
Posteriormente, Iturbe fue comisionado a Chihuahua, donde peleó
contra los orozquistas.
Al terminar esta primera fase de la revolución, Madero llamó a Iturbe
para darle un puesto en su gobierno, pero éste le dijo que un militar tan
ignorante como él, sin escuela, no podría servirle adecuadamente, y le pidió
que lo mandara a estudiar ingeniería civil en una academia militar de los
Estados Unidos, para prepararse y serle más útil.
Madero lo mandó becado pero bien poco duró este retiro a la vida
privada: en febrero de 1913 ocurrió la “decena trágica” y a la muerte de
Madero, Iturbe regresó a México en junio y platicó con Álvaro Obregón para
mostrarle su disposición de luchar por el bando constitucionalista en apoyo a
23
Venustiano Carranza y en contra de la usurpación de Victoriano Huerta.
Lucha con Obregón, por Carranza y contra Huerta
Álvaro Obregón, sonorense que había sido simpatizante de Madero, fue
presidente municipal de Huatabampo por las filas antirreleccionistas y se
incorporó a la lucha armada contra las fuerzas de Orozco.
Ante los sucesos del cuartelazo en la Ciudadela, inmediatamente se
lanza a la lucha contra el usurpador Huerta desde la frontera con Estados
Unidos, concretamente en Nogales, donde se le incorpora Iturbe.
El 26 de marzo de 1913, un grupo de militares reunidos en la Hacienda
de Guadalupe, municipio de Ramos Arizpe, Coahuila, emitió un Manifiesto a la
Nación, en el que expresaban su posición ante los acontecimientos que se
vivían en la Ciudad de México y que provocaron la muerte del presidente
Francisco I. Madero y del vicepresidente José María Pino Suárez, y la
instauración del gobierno del general Victoriano Huerta.
En la misma Hacienda de Guadalupe, 54 años después, en la
ceremonia de conmemoración del hecho, Iturbe habló sobre su gran
significado histórico: “el haber dado un programa y trazado una ruta de acción
a la unánime protesta popular que conmovió a la República, al ser conocida la
infamia de Victoriano Huerta”.
“Este documento también constituye una extraordinaria lección de
valentía ciudadana. En un momento crucial de nuestra historia, dio al pueblo
una bandera de lucha que enarboló en alto el entonces gobernador
Constitucional de Coahuila de Zaragoza, proclamado por el Plan de
Guadalupe como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista”. (Iturbe, 1967)
24
Álvaro Obregón se adhirió al Plan y reconoció como jefe del movimiento
al gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza.
Iturbe, procedente de Los Ángeles, California, llegó a Nogales, Sonora,
y se presentó al general en jefe Álvaro Obregón, quien le proporcionó 80
hombres y le dio el mando de las fuerzas con que penetró a Sinaloa el 17 de
junio de 1913.
¿Qué ocurría en el Estado en torno a la traición de Huerta y el
asesinato de Madero? Álvaro Obregón describe así la situación: “El
gobernador de Sinaloa, señor Felipe Riveros, que había reconocido a Huerta y
que, posteriormente, fue destituido y reducido a prisión por orden del mismo
usurpador, había logrado evadirse y obtener del señor Carranza se le
reconociera como gobernador de Sinaloa, y por aquellos días se dirigía a
aquel Estado.
“En Sinaloa, era jefe de las operaciones el general Ramón F. Iturbe,
quien tenía su Cuartel General en San Blas desde donde dirigió las
operaciones del Estado. Los grupos que andaban levantados en armas en
aquel Estado, eran ya numerosos, siendo los principales jefes rebeldes los
ciudadanos Mezta, Cabanillas, Rocha, Carrasco, Flores y algunos otros”.
(Obregón, 1959, 82).
Antonio
Bonifant
Armenta,
distinguido
navolatense,
entonces
compañero de armas de Iturbe, comenta que se empezaron a correr rumores
de que al llegar éste a San Blas —siendo general desde 1911 del Ejército
Libertador de Madero—, iba a pretender ser el jefe supremo de los
constitucionalistas, por lo cual dijo al gobernador Riveros: “Señor, no quiero
que me reconozcan ningún grado, sólo pido que al presentarse la primera
25
columna federal enemiga, me mande usted a combatirla con los elementos
que tenga más desorganizados, es decir, algunas guerrillas así, sin elementos
y mal disciplinados, no obstante de que ya se había atacado la ciudad de
Sinaloa, sin poderla tomar. (Iturbe, 1971, 35). Bonifant describe emocionado el
“ataque suicida” de Topolobampo en que las fuerzas de Iturbe derrotaron en
forma desastrosa a las huertistas. Iturbe había ordenado el fusilamiento de los
federales detenidos, porque sabía de algunas fechorías cometidas por ellos en
el sur de Sinaloa y porque no era posible cargar con los prisioneros, pero
cuando el general se acercaba a ellos, “el verlo, como una cosa instintiva del
destino, se quitaron el sombrero y gritaron a voz en cuello: ¡Viva Madero!” en
recuerdo al fervor maderista de Iturbe. No se les fusiló y se integraron con los
heridos a la retaguardia.
Respecto a esta batalla, la hoja de servicios de Iturbe hace notar que se
dispuso desde luego atacar con 300 hombres el puerto de Topolobampo
defendido por el coronel federal Valdivieso con 450 soldados y protegidos por
el cañonero “Tampico”. Al cabo de tres días de asaltos se apoderó de la plaza
el 30 de agosto de 1913, tomando 82 prisioneros y muriendo el coronel
Valdivieso a consecuencia de las heridas que sufrió; el resto fue obligado a
embarcarse. (Mientras esto sucedía, el coronel federal Miguel Rodríguez
amenazaba San Blas, Sinaloa, con dos columnas, una de 200 hombres al
mando del mayor Olague sobre la que triunfó el Tte. Coronel Manuel Mezta en
el cerro del Sufragio, y otra de 300 hombres que al mando directo de
Rodríguez desalojaba a Felipe Riveros de San Blas). Conseguido el triunfo de
Topolobampo concentró sus fuerzas a San Miguel para hacer frente a
26
Rodríguez; pero éste evadió el encuentro para embarcarse e ir más tarde a
Culiacán
Por éstas y otras operaciones militares, el 16 de septiembre Iturbe fue
nombrado jefe de las Operaciones Militares en el Estado de Sinaloa por el
general Obregón. El 24 de septiembre envió tropas a fin de recuperar la
población de Los Mochis. Después concentró sus fuerzas para atacar la plaza
de Sinaloa (hoy de Leyva), la cual tomó después de tres días de reñidos
combates.
Ese día, el 24 de septiembre Carranza pronuncia un brillante y emotivo
discurso en Hermosillo con una proyección ideológica comparable al plan de
Guadalupe, en el cual “supo recoger y expresar las inquietudes y los anhelos
profundamente arraigados en el pensamiento y en el corazón del pueblo”.
(Iturbe, 1967).
Venustiano Carranza no sólo reconoció el grado de brigadier otorgado
por Madero a Iturbe, sino que el 28 de octubre de 1913 lo asciende a general
de brigada. Con esta nueva graduación, el general se apresta para la toma de
Culiacán, como segundo jefe del General Álvaro Obregón.
Segunda toma de Culiacán y sitio de Mazatlán con Obregón
El 23 de noviembre de 1913, Obregón envió un telegrama a Carranza
en el cual le informaba del sitio y toma de la capital del Estado de Sinaloa.
Explica que llegó a Culiacán y procedió a tomar posiciones, y al
establecimiento de puestos avanzados y de vigilancia, y ordenó que, con las
debidas precauciones, se acamparan sus fuerzas. “El general Iturbe, con el
27
celo y actividad que le son reconocidos, cuidaba empeñosamente del exacto
cumplimiento de las disposiciones” (Obregón, 1959, 91).
El cuartel general de las fuerzas constitucionalistas se estableció en El
Palmito, entonces distante aproximadamente un kilómetro de la ciudad y el día
8 de noviembre reunió a todos los jefes para darles a conocer el plan de
operaciones. Presentes: el gobernador Felipe Riveros, los generales Iturbe,
Manuel Mezta y Macario Gaxiola, tenientes coroneles Miguel A. Antúnez,
Francisco R. Manzo, Gustavo Garmendia, Carlos Félix, Antonio A. Guerrero y
Antonio Norzagaray, y mayores Emilio T. Ceceña, Alfredo Breceda, Juan José
Ríos, Esteban Baca Calderón Camilo Gastélum, Juan José Mérigo y Pablo
Quiroga.
El primer asalto se inició a las 4 de la mañana del día 10 de noviembre,
cuando hicieron sus movimientos iniciales las columnas de Hill y Gaxiola
dirigidas personalmente por Iturbe, explica Héctor R. Olea, quien sintetiza:
El coronel federal Miguel Rodríguez defendió la ciudad con 2 mil
soldados y bastante artillería, logró salir con sólo 1,200 y después de una
tenaz persecución ordenada por el general Iturbe, le dio alcance el general
Diéguez en Quilá (Olea, 1993, 104).
Durante los combates, “el general Iturbe se mantuvo constantemente
en la línea de fuego, dando muestras de una energía y actividad
inquebrantables; sin descuidar ningún detalle, recorría siempre las posiciones
avanzadas, celoso de que nuestras tropas guardaran la actitud que les
correspondía”. (Obregón, 1959, 97).
28
Tal actuación no obedecía solamente a la promesa de amor, que le hizo
a su novia Mercedes Acosta, de tomar Culiacán. Era un jefe nato y así lo
ilustra Martín Luis Guzmán:
“En lo militar (Iturbe) acababa de hacerle ver a Obregón que no hurtaba
la jerarquía de general del Ejército Constitucionalista: Iturbe sabía mandar,
disponer, obrar y triunfar, según lo demostró multitud de veces durante el
ataque a esa misma ciudad donde ahora estábamos. Nadie, en efecto,
ignoraba que en la toma de Culiacán —aparte la jefatura de Álvaro Obregón—
había habido un heroísmo tranquilo y de auténtico linaje guerrero: el de
Gustavo Garmendia; una bizarra tenacidad, la de Diéguez; y, descollando
sobre todo, una indiscutible capacidad de jefe —de jefe valeroso—: la de
Iturbe. Después de la batalla, a Obregón le faltaron elogios para exaltar la
conducta del joven general de Sinaloa”. (Guzmán, 387).
El optimismo embargaba a los constitucionalistas sinaloenses. Los jefes
militares y civiles invitaron a Carranza para que desde Hermosillo visitara
Sinaloa, lo cual aceptó y llegó a la capital el 22 de enero, acompañado de su
estado mayor. “Se hicieron grandes manifestaciones de adhesión… la ciudad
se engalanó con arcos triunfales y cuando llegó al salón rojo del Palacio de
Gobierno, lo recibieron tres bellas señoritas vistiendo los simbólicos trajes de
la Libertad, de la Ley y de la Justicia” (Olea, 1993, 110).
En un acto oficial, hicieron uso de la palabra el gobernador Riveros y
Ramón F. Iturbe en nombre del gremio militar, entre otros. Carranza fue objeto
de banquetes, velada literaria y hasta apadrinó la boda de Iturbe y Mercedes
en Culiacán, antes de partir en febrero, hacia Hermosillo y de ahí rumbo a
Nogales, acompañado del general Obregón, quien recibió en Estación Santa
29
Ana un telegrama del general Iturbe comunicándole que el buque cañonero
“Tampico” se ponía a las órdenes de la revolución.
El día 23 de marzo, el general Obregón recibió otro telegrama de Iturbe,
procedente de Culiacán, comunicándole que el teniente coronel Gregorio
Osuna, comandante militar del distrito sur de Baja California, a bordo del vapor
“Bonita” se incorporó al gobierno constitucionalista en el puerto de Altata.
Sinaloa y Sonora eran terrenos asegurados por los constitucionalistas,
con excepción de los puertos de Guaymas y Mazatlán. Mientras se combatía
en Guaymas, las fuerzas de Sinaloa continuaban el asedio de Mazatlán,
aunque “sin poder establecer un sitio efectivo, debido a los pocos elementos
con que contaban los jefes de aquellas fuerzas, que lo eran el general Juan
Carrasco y el coronel Ángel Flores, por lo que se limitaban a hostilizar
constantemente a la guarnición federal de dicho puerto”. (Obregón, 1959,
107).
En Culiacán, el general Iturbe, jefe de las fuerzas de Sinaloa,
eficazmente ayudado por el coronel Eduardo Hay, como jefe de su Estado
Mayor, se ocupaba también, con toda actividad, en dar la mejor organización
posible a los distintos cuerpos de tropas que tenía en aquella plaza, y que se
alistaban para marchar al Sur.
Mientras se preparaba el sitio de Mazatlán, Obregón resolvió continuar
su avance sobre Guadalajara, Jalisco. Dejó el puerto de Mazatlán sitiado por
tres mil revolucionarios que disponían de cinco cañones y tres ametralladoras,
al mando de Iturbe y de otros subalternos.
El siguiente diálogo telegráfico entre Obregón e Iturbe, da testimonio de
lo ocurrido en Mazatlán:
30
De Obregón a Iturbe, 17 de mayo:
Teniendo que marchar para el Sur, hoy, quedará usted, como
verbalmente se lo había ordenado, con las brigadas de Sinaloa,
conservando el sitio que tenemos puesto a la plaza de Mazatlán.
Cuando se reciba la remesa de parque, se terminen las
reparaciones del cañonero Tampico, que desde ayer está a flote, y
quede cortada la comunicación entre Manzanillo y Guadalajara, daré
a usted orden para que ataque la plaza sitiada, para así no tener que
sacrificar la gente que tendríamos que perder si se atacara ahora.
No tengo que hacer a usted ninguna recomendación especial,
porque el celo con que siempre ha sabido usted cumplir con sus
deberes es una garantía de acierto. Hago a usted presentes mi atenta
consideración y aprecio. (Obregón, 1959, 123).
De Iturbe a Obregón, 11 de agosto:
Hónrome comunicar a usted haber tomado posesión de esta
plaza (Mazatlán), después de cinco días de combate, habiendo hecho
al enemigo trescientos muertos, más de quinientos heridos,
trescientos prisioneros y capturando muchas armas y parque.
Entre prisioneros, un coronel y diez oficiales que, conforme con
la ley de 25 de enero, fueron pasados por las armas.
Ya daré a usted detalles.
Sigo recogiendo dispersos.
Resto enemigo embarcose.
31
Felicito a usted, en nombre de la brigada que me congratulo en
comandar, por este nuevo triunfo. (Obregón, 1959, 154).
Los revolucionarios entraron a Mazatlán el 9 de agosto de 1914.
Obregón reconoce a Iturbe y a sus fuerzas:
“Débese hacer observar que la toma de Mazatlán se llevó a cabo
solamente con las fuerzas con que el general Iturbe había sostenido el sitio de
dicho puerto, en virtud de que no llegó el refuerzo ordenado al general
Salvador Alvarado, por los motivos que este jefe expuso al general Iturbe, y
que aparecen consignados en el parte detallado que Iturbe rindió con fecha 11
de septiembre, y el cual se inserta más adelante”, explica Obregón (1959, 156)
y un brevísimo resumen del parte sobre la toma de Mazatlán enviado a
Obregón por Iturbe el 20 de agosto, informa lo siguiente:
Las pérdidas que tenemos que lamentar, son: Muertos:…. Que
forman un total de 222 hombres. Los heridos se distribuyeron como
sigue:… Que forman un total de 257 hombres.
Por su parte, el enemigo, además de los 400 prisioneros que le
hicimos, perdió mucha gente en la sorpresa de La Redonda y dejó
sembrado de cadáveres el Malecón de Olas Altas, pudiendo estimarse
que el número total de sus muertos, asciende a 400 hombres, entre los
cuales se encuentran: un coronel y 17 oficiales que fueron recogidos
prisioneros con las armas en la mano, y a quienes se les aplicó la ley
de 25 de enero de 1862, pasándolos por las armas. Los heridos que el
enemigo se llevó al evacuar la plaza suman cerca de 500, según
informes dignos de crédito.
32
El comportamiento de las fuerzas de mi mando fue brillante:
todos, sin excepción, se batieron con denuedo y soportaron las fatigas
con gran abnegación.
Para estímulo de los defensores de la legalidad, que militan en
las filas del glorioso Ejército Constitucionalista, y para mayor honra de
los que integran la Brigada de Sinaloa, que es a mis órdenes y tengo la
honra de comandar, adjunto remito a usted la lista nominal, con
expresión del Cuerpo y Arma en que sirvieron, de los Cc. jefes y
oficiales que, en mi concepto, y salvo la mejor opinión de usted,
merecen premio por su comportamiento durante este hecho de armas.
La Brigada de Sinaloa felicita a usted por haberle dado las
instrucciones generales que le permitieron alcanzar esta nueva y
señalada victoria, y con la satisfacción del deber cumplido, tengo el
honor, mi general, de hacer a usted presentes mi subordinación y
respeto. (Obregón, 1959, 188-196).
Sobre lo anterior, Obregón hace una observación contundente:
“Todo comentario sobre este hecho de armas, que tanto realce ha dado
a las armas constitucionalistas, saldría sobrando; ya que el parte rendido por
el general Iturbe detalla tan bien las operaciones desarrolladas; y el número
de muertos y heridos, en relación con los combatientes, son la mejor prueba
del arrojo de nuestras tropas. Digna de encomio, también, es la modestia del
general Iturbe, cuando al terminar su parte, dice: La brigada de Sinaloa felicita
a usted por haber dado las instrucciones generales, que le permitieron
alcanzar esta victoria...
33
“El éxito tan completo alcanzado se debió al valor y acierto del general
Iturbe y los jefes subalternos, que tan hábilmente lo secundaron, así como a la
disciplina y valor de los oficiales y tropa, y no a instrucciones mías, que
ninguna influencia podían tener, dada la distancia a que me encontraba y al
desconocimiento que tenía, en detalle, de los hechos que se desarrollaban”.
(Obregón, 1959, 196).
El parte de Iturbe es muy amplio y minucioso, sin embargo, no relata la
incorporación a la revolución en Mazatlán de estudiantes normalistas
procedentes de la ciudad de México.
Francisco Peregrina (1980, 6-7) narra la anécdota en la revista
Presagio con el título “Estudiantes normalistas ¡a las armas!: un pasaje
revolucionario”, Entre los jóvenes se encontraba Gabriel Leyva Velázquez,
futuro gobernador y amigo de Iturbe; de los otros, algunos murieron en
combate y hubo quienes posteriormente alcanzarían celebridad como
militares, abogados y maestros.
Señala Peregrina que durante el sitio del puerto, los constitucionalistas
tenían su cuartel general en Los Otates y las avanzadas en la Casa de las
Palomas, finca ruinosa que contaba con una pieza destechada, construida
sobre el médano de la Playa Norte, más o menos donde está el Hotel de Cima
Los estudiantes de la Escuela Normal de Profesores de México venían
a bordo de dos carruajes desde la metrópoli con el plan determinado de
levantarse en armas contra Huerta y en cada pueblo simulaban llamamientos
para combatir a los americanos que en conflicto con Huerta estaban
posesionados de Veracruz. En Mazatlán lograron su propósito: el 7 de mayo
se dirigieron de la catedral al campo revolucionario donde el general Iturbe les
34
dio la bienvenida y les asignó un modesto lugar en las filas del ejército
constitucionalista.
Los estudiantes eran: Adolfo Cienfuegos (y Camus), Benito Ramírez
(García?), Teófilo Álvarez Borboa, Gabriel Leyva Velázquez, Rubén Vizcarra
(Campos), Roberto Acevedo Gálvez, Damián Alarcón, Albino Vargas, Agustín
Tapia, Gerardo Martínez, Fernando Torres Vivanco, Gregorio Lozano
Saavedra, Horacio Castilleja, Elías Cortés y Juan José Ortega.
Lealtad al constitucionalismo y a Carranza
Huerta renunció a la presidencia el 15 de julio de 1914 y el 20 de
agosto el Ejército Constitucionalista hace su entrada triunfal a la ciudad de
México.
Se
iniciaba
una
nueva
etapa
en
el
proceso
revolucionario.
Aparentemente se daba fin a la guerra, sin embargo —muy al contrario—, se
abrió el escenario hacia una nueva contienda al presentarse la escisión de los
caudillos: Villa y Zapata tenían su propio proyecto de nación, distinto al de
Carranza, quien intentó negociar con el primero y le pidió la rendición al
segundo.
En la noche del 27 de septiembre se celebró una Junta de jefes
constitucionalistas en el Cuartel General de Blanco en la ciudad de México, en
la cual estuvo presente Obregón. Se acordó, entre otros asuntos, nombrar en
comisión, para que fuera a Aguascalientes a tratar con los jefes de la División
del Norte, a los siguientes generales: Álvaro Obregón, Ramón F. Iturbe,
Guillermo García Aragón, Ernesto Santos Coy, Ramón V. Sosa, Jesús Trujillo
y coronel Luis Santoyo.
35
En octubre de 1914, Carranza organiza una convención de líderes
revolucionarios. Zapata y Villa no estuvieron de acuerdo en que se realizara
en la ciudad de México y se trasladó a Aguascalientes.
A consideración de Obregón la Convención fue un fracaso, pues Villa
quedó investido de una aparente legalidad, y esto dio margen también a que
muchos de los jefes, que sin la Convención hubieran permanecido leales a la
Primera Jefatura, defeccionaran y se incorporaran a Villa aparentando
sostener al gobierno de la Convención, representado por el general Eulalio
Gutiérrez.
En la Convención se decretó el cese de Venustiano Carranza como
Primer Jefe del Ejército Constitucionalista y encargado del Poder Ejecutivo de
la Nación, al igual que el cese del general Francisco Villa, como jefe de la
División del Norte y se nombró Presidente Provisional de la República al
general Eulalio Gutiérrez, por un período de veinte días, tiempo que se juzgó
suficiente para que la Convención se trasladara a México y allí ratificar dicho
nombramiento por un nuevo período en favor de Gutiérrez, o se nombrara
nuevo presidente.
Para esas fechas, el general Iturbe había sido nombrado jefe de la 3ª
División del Ejército del Noroeste, cuya jurisdicción comprendía el Estado de
Sinaloa, la parte Sur del Estado de Sonora, que no había sido controlada por
las fuerzas de Maytorena y el Territorio de Baja California.
El Gobernador de Sinaloa, Felipe Riveros, asumió una actitud
marcadamente afecta al villismo. Para evitar una ruptura de consecuencias,
Iturbe había mandado desarmar los batallones 1° y 5° de Sinaloa, en el puerto
de Topolobampo, que eran los más importantes elementos con que podía
36
contar Riveros para hacer armas contra el Gobierno Constitucionalista y
obtuvo de Riveros, al mismo tiempo, la promesa de que permanecería leal a la
Primera Jefatura de la Revolución. A pesar de todo, el Gobernador había
renunciado el 20 de noviembre, declarando su adhesión al villismo, por lo que
inmediatamente fue batido por las fuerzas leales, al mando del general Iturbe,
quien le inflingió una completa derrota en las cercanías de Culiacán, donde el
Gobernador rebelde abandonó armas, municiones y dinero, mientras la gente
que lo había secundado se dispersó en distintas direcciones
Iturbe informó a Obregón que, después de destrozar completamente a
los enviados de Riveros, había salido al frente de una expedición de mil
hombres con rumbo a la Baja California y había derrotado por completo a la
guarnición maytorenista, que se encontraba en el puerto de La Paz, Baja
California, el 8 de diciembre e 1914, y regresó luego con su expedición al
Estado de Sinaloa.
La Hoja de Servicios de Iturbe enlista las batallas en que éste participó
contra los villistas en Sinaloa y norte de Nayarit, desde el inicio de 1915 y
hasta septiembre del mismo año, en que es nombrado Jefe de las
Operaciones Militares en Jalisco y Colima. Antonio Nakayama resume en el
siguiente párrafo dichos combates:
“En enero, la situación de los constitucionalistas en el territorio de Tepic
se puso difícil y el general Juan Dozal tuvo que abandonarlo, dejándolo en
poder de las tropas de Rafael Buelna y obligando a Juan Carrasco a
replegarse hacia Sinaloa. Por otra parte, la Columna Expedicionaria de
Sinaloa tuvo que partir rumbo a Sonora al mando de Ángel Flores, así que
Iturbe se dirigió a Tepic, donde tuvieron lugar los épicos combates entre los
37
hombres de Buelna y de Carrasco. El general José María Cabanillas fue
obligado por los villistas a desalojar Cosalá, por lo que Iturbe se desplazó a
ese lugar, donde derrotó a Carlos Real, y de allí retornó al sur en virtud de que
los soldados de Buelna amenazaban a Mazatlán, peligro que desapareció
cuando fueron derrotados y obligados a replegarse de nuevo a Tepic, donde
continuaron de nuevo los combates que culminaron con la victoria decisiva de
los constitucionalistas. Iturbe volvió a la zona de Sinaloa, ocupó la plaza de El
Fuerte y en Bacamacari, Mocorito derrotó a los villistas al mando del general
Macario Gaxiola, terminando así con el peligro de que aquellos causaran más
intranquilidad en el estado”. (Nakayama, 1975, 226).
Iturbe entregó la comandancia de la Tercera División del Ejército del
noroeste al general Manuel M. Diéguez y tomó posesión de la Jefatura de las
Operaciones Militares en Jalisco y Colima el 25 de septiembre de 1915. El
general Iturbe llega a la capital de Jalisco con sus soldados sinaloense a fin de
apresurar la persecución de los restos de las partidas villistas que seguían sus
correrías por los pueblos del Estado. Nombró pagador del Estado Mayor de la
Jefatura de Operaciones y luego obsequió un revólver al joven José C.
Valadés, quien consideraba a Iturbe un individuo excepcional que enseñaba a
vivir y amar la revolución…
Los triunfos de Carranza se extienden por toda la geografía nacional.
La revolución, en su etapa constitucionalista, entra en una nueva fase dentro
de la cual Iturbe vislumbra la oportunidad de convertirse en el primer
gobernador constitucional de Sinaloa y hacia esa meta encamina sus pasos.
A la distancia, Iturbe emite juicios sobre Carranza y Obregón. Frente al
presidente Adolfo López Mateos, dice el 7 de agosto de 1963:
38
“El señor Carranza fue todo un carácter en su firmeza de proceder, con
los pies sobre la tierra, teniendo un profundo conocimiento de los hombres. No
estuvo de acuerdo con Madero en cuanto a lo que llamó debilidad,
refiriéndose a sus transacciones y condescendencias para con los enemigos
jurados de la Revolución, como fueron todos los altos jefes del Ejército
Federal, a quienes dejó todo el poder de las armas en cumplimiento del
Tratado de Ciudad Juárez. En cambio, Carranza no quiso dejar piedra sobre
piedra de aquel ejército corrompido y que fuera la perdición del apóstol,
traicionándolo e inmolándolo con el crimen más execrable. Carranza fue todo
un estadista y su inexorable firmeza en lo que consideraba debía ser, rayaba
en una extrema rigidez. Yo creo que el amor, aun en su más alto sentido de
justicia, tiene siempre alguna flexibilidad. Carranza no la tenía ni para salvar la
vida de un familiar o aun la suya propia si para ello hubiera tenido que ceder
ante alguna pretensión deshonrosa. Nos enseñó a no claudicar cuando del
cumplimiento del deber se trata. Para hablar del señor Carranza, de nuestro
Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, habría que escribir muchos libros y
éstos ya fueron escritos por los más capacitados para hacerlo”. (Iturbe, 1963)
Tres años más tarde, en 1966, Beatriz Reyes Nevares le arroja la
pregunta directa:
—¿Y cómo era Carranza?
“Era la inflexibilidad en persona. La rectitud. Se proponía una meta e
iba derecho a ella, sin reparar en los obstáculos. Y su meta era la legalidad,
de modo que su valor histórico es inconmensurable. Yo admiré mucho a
Carranza, sobre todo después de su discurso de Hermosillo. Es una pieza que
39
debería difundirse. Una verdadera declaración revolucionaria. (Reyes, 1966,
38).
—¿Qué opina usted de Obregón?
“Era un gran estratega. Tenía una virtud: la economía de hombres.
Nunca arriesgaba a nadie inútilmente. Villa era lo contrario y en cambio tenía
sobre Obregón la cualidad de la rapidez. Sus desplazamientos eran
fulgurantes, a base de caballería. A don Álvaro le gustaba más la infantería.
Creo que del choque de estos dos criterios nació la victoria obregonista de
Celaya. Es uno mesurado y calculador; el otro, todo arrojo y violencia (Reyes,
1966, 38).
Ante López Mateos también habló del sonorense:
“¿Qué podría decir de Obregón? Fui de sus fuerzas del Cuerpo del
Ejército del Noroeste. Lo vi de cerca y observé cómo reaccionaba en el
peligro, en los momentos más críticos. Nunca alardeaba de su valor. Nos
decía siempre: ‘El general que no siente miedo es peligroso porque no toma
las precauciones requeridas”.
“Se levantaba muy temprano y le gustaba explorar y conocer la
situación personalmente, tanto del terreno como del enemigo. Era intuitivo y su
característica, contraria a la de Villa, era la de ahorrar la sangre de sus
soldados. Jamás lo derrotaron. Ha sido famosa su frase: ‘Que se mutilen los
hombres, pero que no se mutilen los principios’. Finalmente tuvo gran
predilección por el campesinado. Los obregonistas siguen rindiendo culto a su
memoria y manteniendo encendida la lámpara votiva de su admiración y
lealtad a quien fuera su jefe”. (Iturbe, 1963).
40
2. LA GLORIA DEL PODER Y EL INFIERNO DE LA DERROTA
Primera batalla política: Gobernador Constitucionalista de Sinaloa
Venustiano Carranza convocó al Congreso Constituyente, realizado de
diciembre de 1916 a enero de 1917, en un intento más por terminar con la
lucha armada y volver al orden legal. Se destacaron, en los extremos, dos
corrientes, una moderada identificada con Carranza y la otra progresista con
Obregón. En el centro había una gran diversidad de posiciones que iban de la
extrema derecha al ultraizquierdismo.
Por Sinaloa figuraban como diputados propietarios: Pedro Rosendo
Zavala, Andrés Magallón Ramírez, Carlos M. Esquerro, Cándido Avilés
Inzunza y Emiliano C. García Estrella; como suplentes: Juan Francisco
Vidales, José C. Valadés, Mariano Rivas, Primo B. Beltrán y Antonio R.
Castro. El 5 de febrero, se promulgó la constitución en Querétaro.
En Sinaloa, Iturbe fue comisionado por Carranza para que visitara Japón,
Rusia y algunos países europeos en los primeros meses de 1916. La comisión
se frustró, tal parecer porque se originaron conflictos diplomáticos por la
invasión de Villa a Columbus.
¿En qué consistía la comisión? Se ignora a ciencia cierta. Un
cablegrama procedente de San Francisco California informa que el periódico
japonés. Kokumin-Shimbun, publica que el 1º del presente mes (marzo) “El sr.
Ramson Turbe (¿?) (SIC, incluso interrogantes) se declara que es Enviado
Especial del Gral. Carranza con una misión para el Japón. Dicen que a las
preguntas de las autoridades americanas contestó que no podía hablar de la
misión que tiene para el Japón”. (Archivo Histórico “Genaro Estrada” de la
SRE).
41
Se presume que estudiaría y traería información sobre la forma en que
se llevaban los asuntos militares en los países a visitar, quizá con la
posibilidad de que luego esos conocimientos se utilizaran en la Secretaría de
Guerra y Marina de México, entonces y hasta abril, a cargo del general
Obregón. Regresa a México en junio de 1916.
En el tiempo estipulado presentó su candidatura para gobernador de
Sinaloa. Carranza, quien al igual que Obregón apoyaba a Ángel Flores, le
pidió que cancelara su postulación. Le respondió: “lo siento, pero ya estoy
comprometido con mi pueblo” (Reyes, 1954, 54) y se registró como candidato
del Partido Liberal Progresista para contender contra el mencionado general
Ángel Flores, el licenciado Enrique Moreno Pérez, de Mocorito; el general
Manuel A. Salazar “El Chango”, de Concordia, el general Manuel Mezta,
duranguense. Obtuvo una visible mayoría de votos.
Iturbe fue electo para el periodo del 27 de septiembre de 1917 al 26 de
septiembre de 1920. Sin embargo, la XXVII Legislatura otorgó la protesta legal
el 26 de julio por entrega que le hizo el gobernador provisional general Ignacio
L. Pesqueira. En la discusión del dictamen el diputado Miguel L. Ceceña,
representante del distrito de El Fuerte, basándose en que todavía se hallaba
vigente la Constitución local de 1894, había manifestado que, si bien el
general había triunfado en los comicios, se encontraba incapacitado por no
llenar el requisito de la edad (tenía 27 años y para asumir el mando, por ley,
debía tener 30).
Venustiano Carranza, en su primer informe de Gobierno rendido a la
nación el 1° de septiembre de 1917, explica la situación sobre el caso Sinaloa,
de la siguiente manera:
42
"En el estado de Sinaloa la elección de Gobernador, que favoreció al
general Ramón F. Iturbe, dio lugar a un conflicto que, afortunadamente, se
conjuró a tiempo, desistiendo de su actitud aquellos mismos que orillaron al
Estado a una crisis. El ayuntamiento de El Fuerte suscribió un manifiesto en
que desconocía al Gobernador electo, basándose en que, en su concepto, la
declaratoria del Congreso Local había violado la Constitución de Sinaloa. Los
Ayuntamientos de Ahome, Guasave y Mazatlán se adhirieron al de El Fuerte,
y, en tales circunstancias, el Congreso del Estado acordó dirigirse a los
Poderes de la Unión, a fin de que, en cumplimiento del artículo 122 de la
Constitución, se prestasen a los Poderes Locales los auxilios del caso. El
Ejecutivo de mi cargo tomó las medidas que creyó pertinentes, y la situación
mejoró desde luego. El general de división Álvaro Obregón ofreció su
mediación al Gobierno del Estado con los Ayuntamientos para solucionar el
conflicto, y, previa la autorización que obtuvo del gobierno de mi cargo,
celebró conferencias con el Ejecutivo de aquella Entidad Federativa, así como
con los Ayuntamientos inconformes, consiguiendo que todos éstos depusieran
su actitud y reconocieran expresamente la autoridad del Gobernador. Con
esto ha concluido la intranquilidad en Sinaloa, volviendo el Estado a su vida
normal”. (Cámara de Diputados, 2006, 10).
La situación se complicó al grado de que el congreso ordenó, el 4 de
julio de 1917, que los poderes del Estado se trasladarán a Mazatlán.
Finalmente, la XXVII Legislatura local expidió una nueva constitución firmada a
las 6:30 de la tarde del 25 de agosto gracias a la cual Iturbe tomó posesión
legal del gobierno. Eran diputados del congreso: Ingeniero Emiliano Z. López,
Pedro L. Gavica, Arnulfo Iriarte, Diego Peregrina, Genaro Noris, Serapio
43
López, Félix A. Mendoza, Leopoldo A. Dorado, Susano Tiznado, Manuel María
Sáiz, Julio E. Ramírez, Alfonso Leyzaola, Miguel L. Ceceña y Fernando
Martínez.
Su gobierno fue muy agitado y no terminó su periodo. Pidió una primera
licencia del 7 de agosto al primero de diciembre de 1919 en que fue sustituido
por Eliseo Quintero; retoma el poder de la última fecha al 31 de diciembre y
ante una nueva licencia, sin regreso, ocupa el cargo Miguel L. Ceceña.
Iturbe presentó ante la citada XXVII Legislatura, con fecha del 14 de
marzo, su primer informe de gobierno correspondiente al periodo transcurrido
del 15 de septiembre de 1917 al 15 de marzo de 1918.
De entrada, se propuso mejorar la administración pública, para lo cual
dispuso que todos los empleados del Gobierno concurrieran al Colegio Civil
Rosales, cuando menos una hora diaria, para hacer estudios de Español,
Teneduría de Libros, Aritmética Mercantil, Mecanografía, Taquigrafía y
Economía Política, en el concepto de que la asistencia a los cursos es
obligatoria, por lo menos a dos de ellos, y de que las calificaciones serían
tomadas en cuenta para los ascensos y promociones. Como los empleados,
en su mayoría, no correspondieron a los buenos propósitos del ejecutivo, se
giraron órdenes terminantes para que asistieran puntualmente a los cursos o
fueran sustituidos por personas competentes e ilustradas.
Al inicio de la gestión hubo problemas derivados del movimiento
revolucionario. En algún momento se acentuó la crisis agrícola con la
consecuente falta de alimentos. Iturbe informó que durante su gobierno
Sinaloa se convirtió en un verdadero granero para la República, por sus
cosechas abundantes, “más abundantes que nunca”. Se realizaron elecciones
44
para las presidencias municipales durante las cuales se registraron problemas
en algunos municipios, especialmente en Mazatlán.
Hubo una epidemia de viruela, propagada por gente procedente de
Nayarit, ante la cual se tomaron medidas preventivas, a pesar de no contar
con presupuesto. También correspondió a Iturbe enfrentar una pandemia de
gripe o “influenza española”. “A su llegada a esta entidad, la ‘gripe hispana’ ya
llevaba algunos meses de haber aparecido en México, y aunque este hecho
era conocido por las autoridades y la población, no se le había dado la
importancia debida y, por lo tanto, no se habían tomado las precauciones
necesarias. Pronto se habrían de constatar las consecuencias, pues, en un
lapso de alrededor de un semestre, el flagelo afectó a gran parte de la
población del estado y los muertos alcanzaron la cifra de 20 mil. (Valdés,
2002, 41).
En Guasave ocurrió el siguiente incidente: el 6 de noviembre, por
razones de orden e higiene pública, acordó el Ayuntamiento que los chinos se
retiraran a vivir en un lugar alejado del resto de la población, para que no
ejercieran el comercio. Iturbe se opuso para evitar peticiones de amparo y
gestiones diplomáticas, asuntos exclusivos del gobierno de la República, y
porque había un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación del 30 de junio
de 1900 entre México y el Imperio de la China. Se cerró el incidente.
La educación del pueblo, máximo monumento a la Revolución
Desde la óptica del gobernador, plasmada en el informe, “la situación
actual de la Instrucción Pública es un tanto más halagadora que cuando tuve
la honra de leer ante vosotros mi último informe. Sin embargo, a pesar de los
45
esfuerzos hechos para mejorar el servicio de la instrucción popular —
esfuerzos que todos vosotros conocéis— los resultados han sido poco
favorables en virtud de trabajos de reorganización de otra índole y de la crisis
económica que afortunadamente pudo conjurarse a tiempo; pero que, en el
momento de decidir sobre el asunto de Instrucción, se hallaba en su apogeo”.
(Iturbe, 1917).
El 20 de septiembre Iturbe presentó un proyecto sobre Instrucción
Pública, elaborado en sus bases más generales por la Junta Pedagógica y
con fecha 29 de diciembre quedó promulgada la ley respectiva 6 que previene
que la instrucción depende del Gobierno del Estado y no de los
Ayuntamientos. Se creó la Dirección General de Educación, desde el primero
de enero de 1918 y se giraron importantes circulares para determinar bien y
claramente la intervención que a los Ayuntamientos y al Estado corresponde
en la organización escolar.
Económicamente las escuelas dependían todavía de los municipios, los
cuales, por carencias de recursos económicos se habían abstenido de abrir
todas las escuelas necesarias para la educación del pueblo y en muchos
casos se veían en la penosa necesidad de no pagar puntualmente los salarios
del personal docente de sus planteles. Ante las bases económicas tan
inseguras sobre que descansaba la Instrucción Pública del Estado, las
condiciones técnicas no pueden ser muy favorables. Se imponía, por tanto, la
necesidad de concentrar la Instrucción Pública bajo la inmediata dirección y
vigilancia de la Dirección General del Ramo, en los términos que se habían
proyectado.
6
La Ley Orgánica de Educación Primaria del 29 de diciembre de 1917, un adelanto para la época.
46
Iturbe puso especial atención al hospicio “Francisco I. Madero”, donde
cursó sus primeros y únicos estudios y que hubo de abandonar por falta de
recursos económicos. Era una institución particular fundada para beneficio de
los huérfanos de la revolución a la cual —igual que al primer alumno— bautizó
con el nombre del apóstol de la revolución. Explica que de cierta manera, el
hospicio dependía también de la Dirección General de Educación Pública, y
estaba dando ya magníficos resultados, gracias al apoyo recibido por la
Cámara de Diputados, que le concedió una subvención de 17 mil 781 pesos
anuales, cantidad que sirvió para ayudar a cubrir los gastos más urgentes, con
lo que quedaba así asegurado el porvenir de ciento veinte asilados, que
encontrarían en dicho establecimiento las armas necesarias para luchar
honradamente por la vida.
Por cuanto a la instrucción primaria y superior, si bien es cierto que se
han logrado grandes ventajas durante los pocos meses del gobierno, también
es verdad que este servicio dejan aún mucho que desear. “Y si os digo esto,
no es únicamente para hacer alarde de franqueza, sino para recordar en
vuestro ofrecimiento y reiterar el mío de trabajar con ahínco para levantar
entre todos el monumento más grandioso de un gobierno emanado de la
revolución: el monumento eterno a la educación de las masas”. (Iturbe, 1917),
La educación secundaria, preparatoria y profesional se impartía en el
Colegio Civil “Rosales”, que después de sufrir mucho durante la pasada
revolución, entró en un período de auge, gracias a la hábil dirección del doctor
Bernardo J. Gastélum, quien seleccionó al profesorado y estudió las medidas
más convenientes para satisfacer las necesidades del Estado, con programas
de estudios sujetos a la crítica de personas de reconocida aptitud.
47
Además, por conducto de la Secretaría de Gobierno, presentó algunos
proyectos más, tales como el que tiende a la organización de la Universidad
de Sinaloa, concediéndole su autonomía; y el de la ley Orgánica… “un asunto
de verdadera importancia, de cuyo resultado está pendiente toda la
intelectualidad sinaloense”. (Iturbe, 1917).
El presupuesto con que se contaba era tan bajo que el gobierno tuvo
algunas dificultades para cubrir las pensiones de los jóvenes sinaloenses
Antonio Yuriar y José Salazar, que estudiaban en la Escuela Forestal de
México, pensionados por el Estado.
Según los informes rendidos por los Ayuntamientos, funcionaban en el
Estado 186 escuelas elementales, con organización perfecta en su mayoría.
En el puerto de Mazatlán funcionaban regularmente dos escuelas superiores,
una de niños y otra de niñas, y en su gestión se establecieron en Culiacán los
cursos de sexto año para niñas y quinto año para niños.
Solamente en las ciudades de Mazatlán y Culiacán han existido
escuelas nocturnas para obreros, dos en la primera ciudad y tres en la
segunda, servidas por cinco maestros y teniendo en total una asistencia de
350 obreros por término medio.
El personal docente está integrado por cerca de 400 empleados, entre
los que se cuentan algunos profesores normalistas.
El total de educandos que acuden a las escuelas asciende a 17,531,
siendo 7,842 niños y 9,689 niñas.
Para remediar todos los males de que adolece el ramo de Instrucción
Pública, puso a consideración de la Cámara algunos proyectos de Ley, entre
los que se cuenta uno de ampliación al presupuesto de egresos.
48
Para terminar la parte del informe en el rubro de la Instrucción Pública,
mencionó el hecho de que, durante el último año de 1917, se adquirió para el
estado en la suma de $14,625.00 oro nacional, el edificio llamado “La Gran
Duquesa”, que entonces ocupaba la Escuela “Morelos” de Mazatlán. La suma
en cuestión fue pagada por el gobierno federal como abono a la deuda que
tiene reconocida a favor de Sinaloa.
Se elige a la XXVIII legislatura del Congreso de Sinaloa que estuvo en
funciones del 15 de septiembre de 1918 al 14 de septiembre de 1920, la cual
quedó integrada por los siguientes diputados: Miguel L. Ceceña, Fernando B.
Martínez, Rosendo Olea, Carlos Castro, Serapio López, Eliseo Quintero,
Epitafio Osuna, José Arce Lizárraga, Alfredo Ibarra, Leopoldo a. Dorado,
Andrés Magallón, Adolfo V. Rivera, Pedro Cázares, Genaro Noris y Pedro L.
Gavica.
Ante esta Legislatura, Iturbe rinde otro informe de actividades durante el
periodo comprendido del 15 de marzo de 1918 al 16 de septiembre del mismo
año.
Anuncia la solicitud para nuevas municipalidades de las comunidades
de Los Mochis, Quilá, Villa Unión, Pánuco y Cacalotán y sobresale la atención
que el Gobierno del Estado pone en el combate a los vicios del juego y la
embriaguez arraigados en el pueblo y que tenían un carácter endémico en
toda la República.
Argumenta el informe:
“Habrán de pasar todavía algunas generaciones antes de que se
desarraiguen estos males del pueblo mexicano. Personalmente, este Ejecutivo
no tiene gran fe en las disposiciones prohibitivas y sí gran confianza en la
49
educación, la prédica y el ejemplo para hacer desaparecer estos vicios. En
vista de que el juego se practicaba día a día en forma más descarada, este
Ejecutivo se vio obligado a recordar a las autoridades municipales las
disposiciones consignadas en el Código Penal que prohíben los juegos de
azar; al mismo tiempo se recomendó que principiaran una tenaz y enérgica
campaña contra el juego, y si bien no se ha extirpado el mal, cuando menos
se ha conseguido que no se practique en la forma en que venía haciéndose.
La Junta organizadora del VI Congreso Médico Nacional ha dado principio en
todo el país una campaña contra el alcoholismo y desde luego este Ejecutivo
ha secundado sus nobles propósitos dictando las medidas que pueden dar un
buen resultado en Sinaloa”. (Iturbe, 1918).
Tan grave se consideraba este mal que se giró una circular a los
ayuntamientos para que cooperaran en la forma que crean más conveniente a
combatir el vicio de la embriaguez; se dictó un acuerdo a todos los
departamentos gubernativos para que en sus reglamentos fijaran como motivo
inmediato el cese a todo empleado que acostumbre bebidas embriagantes y la
Dirección de Educación giró circular al profesorado advirtiendo que la
embriaguez, aunque no sea consuetudinaria, se tendría como motivo de
destitución de empleo. Incluso, había un proyecto para combatir la embriaguez
a través del cine, para lo cual había arreglos con empresas cinematográficas
de la capital de la República.
En este periodo, el 27 de agosto de 1918 para ser más preciso, fue
fusilado Arturo Butchart. Iturbe explicó a Héctor R. Olea cómo se suscitaron
los hechos:
50
“Butchart era de mi escolta siendo yo gobernador. En unión de otro
oficial falsificaron vales míos a la Tesorería (que yo pagué después). Al
consignar el hecho a las autoridades judiciales los metieron a la cárcel. Junto
con otros oficiales, se levantaron, echaron fuera a todos los presos,
aprehendieron al jefe de la guarnición, saquearon el comercio, tomaron un
tren y estaban cargando todo en el tren. Pude reunir entretanto unos soldados.
El jefe de la guarnición, coronel Regino González, de las fuerzas del general
Carrasco, se escapó de donde lo tenían preso y se me presentó con ocho
hombres. El coronel Carlos Espinosa, que acababa de llegar con 25 hombres,
los atacó en la estación y los derrotó, cayendo prisionero Butchart, entre otros
y fue fusilado. Su familia era muy amiga mía”. (Olea, 1993, 171-172).
El relevo por Eliseo Quintero y el plan de Agua Prieta
Los enemigos estaban prestos para la sublevación contra el gobierno
de Iturbe lo que en parte fue causa de que no terminara en septiembre de
1920, pero con el argumento de hacer gestiones a favor de las finanzas del
estado, el 7 de agosto de 1919 pidió licencia al Congreso para viajar a México.
La estancia se prolongó hasta diciembre y su ausencia fue cubierta por el
diputado y mayor Eliseo Quintero Figueroa.
¿Cómo ocurrió este cambio? Cuauhtémoc Cortez explica que el mayor
Quintero era un hombre de las confianzas de Iturbe. Prácticamente lo hizo
candidato y diputado por Badiraguato sin consentimiento expreso. Quintero no
aceptó la propuesta, pero en mayo de 1917 se encontró con la novedad de
que ya era diputado electo.
51
Al terminar el periodo constituyente —añade Cortez— fue propuesto de
nuevo para diputado por elección popular, en esta ocasión por un partido
formado en Badiraguato. Le comunicaron la noticia de su postulación “y como
ya me había gustado el manejo de la cuchara les dije que estaba bueno. Ya
me había amansado un poco” (Cortez, 1979,26), se sinceraba Eliseo.
Lo más sorprendente estaba por llegar: de diputado se convirtió en
gobernador interino del Estado del 7 de agosto al 1º de diciembre de 1919.
Quintero le explicó a Cuauhtémoc Cortez cómo ocurrieron los hechos:
“Y esto fue una mera casualidad —dijo con energía—. Fueron las
circunstancias del momento las que permitieron llegara al gobierno sin tener
méritos propios”.
Estaba un día en el Congreso sesionando cuando llegó Iturbe a pedir
permiso para salir a la capital al arreglo de asuntos relacionados con las
finanzas estatales, pues la tesorería estaba en bancarrota, pidiendo asimismo
le nombraran al general Juan Carrasco como interino. Éste se encontraba en
Mazatlán como comandante militar. El presidente del Congreso le dijo que no
podían nombrar a Carrasco. Ante la negativa, Iturbe pidió entonces le
nombraran al coronel Solís, que era el presidente municipal de Mazatlán, pero
también fue rechazada esa propuesta.
El presidente del Congreso le señaló que había un militar dentro de la
cámara y ese único militar era Eliseo. Pero el general no dijo nada y se fue. Al
día siguiente por la mañana recibió Eliseo una tarjeta del general invitándolo a
un paseo por San Lorenzo. Ya en el camino le dijo del viaje a la ciudad de
México para entrevistarse con don Venustiano Carranza y tratar el asunto de
algunos fondos que el Estado tenía con el gobierno federal. “Yo exijo un militar
52
para que se quede en mi lugar y el único militar del Congreso es usted. Mi
objetivo es pedirle que acepte”.
—¡Está usted loco, mi general!
“¡No. No lo estoy. Estoy perfectamente de la cabeza!”.
—¡Entonces cómo se atreve usted a proponerme un cargo de alto nivel
cuando conoce bien mi capacidad y mis posibilidades! Yo no estoy dispuesto
a levantar la carga que no puedo. Mis fuerzas no me lo permiten y no puedo
hacerlo.
Al día siguiente, al llegar al Congreso, ya se conocía su decisión ante el
general. Se realizó una junta para pedirle cambiara de parecer. “¡Es usted
diputado! Aceptó como tal y protestó cumplir con sus deberes y las labores del
Congreso… El Congreso, por lo tanto, lo nombra a usted gobernador durante
la ausencia del general”.
—Pues
si
ustedes
me
lo
imponen,
vamos
a
compartir
las
responsabilidades y el ridículo. Lo vamos a repartir en tres: en el Congreso
porque me nombran; en el general porque entrega a quien no debiera; y en mi
por aceptar”. (Cortez, 1979, 26).
Duró cuatro meses en su interinato y en ese tiempo siempre buscó el
imperio de la ley en una situación política difícil por la lucha entre grupos y
aspirantes al poder que habían surgido a raíz de la revolución que aún no
concluía.
Iturbe regresa a Sinaloa y asume el poder hasta el 31 de diciembre de
1919, pero intempestivamente presenta a la Cámara de Diputados un permiso
para separarse del gobierno por tiempo indefinido. Ya no retorna. El diputado
53
Miguel L. Ceceña cubre el período del 31 de diciembre de 1919 al 20 de abril
de 1920.
José María Figueroa sostiene que “Obregón y Ángel Flores, sus
enemigos irreconciliables, no lo dejaban vivir y gobernar en paz. Luego,
muerto Carranza en mayo de 1920, de quien ya era amigo y se había
convertido en su protector político, lo dejan desguarnecido a merced de los
que tenían en este tiempo el sartén por el mango. Su encono y diferencias
abismales con Álvaro Obregón surgieron de su espíritu rebelde, que no
transigía con menoscabos a sus bien ganados méritos militares. Un poco o
mucho de egolatría; pero así era el hombre y nadie se lo pudo quitar. Iturbe se
sintió dolido cuando Obregón fue nombrado jefe de la Primera División del
Noroeste. Consideraba que tenía más derechos para ello que el sonorense,
por su antigüedad en las armas, por las batallas libradas y por haber sido uno
de los primeros soldados ascendidos al grado de general. (Figueroa, 1989,
70).
Cercana la sucesión presidencial, Venustiano Carranza pretendió
imponer la candidatura del ingeniero Ignacio Bonillas, contra la de Álvaro
Obregón y la de Pablo González. Otra vez el fantasma de la guerra civil se
cierne sobre México y en especial sobre Sinaloa, por estar tan cerca de
Sonora. Ante la postura de Carranza, el general Plutarco Elías Calles renuncia
al gabinete y junto con un grupo numeroso de revolucionarios —Obregón
entre ellos— suscriben, el 23 de abril de 1920, el Plan de Agua Prieta,
desconociendo el gobierno de Carranza.
Iturbe, en una extensa carta a Obregón, le comenta: “No salgo yo de mi
asombro al ver que usted, con su nombre y su prestigio, que han sido para mi
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tan estimados, apoye la injusticia y la sinrazón” y desde Mazatlán lanzó un
manifiesto al pueblo sinaloense donde afirma: “Me corresponde también, en mi
carácter de gobernante, electo por el pueblo, con licencia del H. Congreso
para hacerme cargo de la Jefatura de Operaciones en el Estado, excitar
patrióticamente y con entusiasmo a los buenos hijos de Sinaloa a que,
siguiendo el sendero del más alto patriotismo, aporten el mayor contingente
que esté en sus manos a fin de que el orden y la tranquilidad pública se
restablezcan para bien de todos y alcanzar el verdadero progreso de los
pueblos… ¡Sinaloenses: la lucha nos espera, a la lucha hasta vencer!”.
(Nakayama, 1975, 228).
“Los generales abandonaron a Carranza y empezaron a sumarse al
obregonismo, e Iturbe, impotente para luchar contra las defecciones, tuvo que
abandonar el país y refugiarse en los Estados Unidos de América donde
residió hasta 1929 en que regresó para sumarse a los jefes militares
obregonistas en la rebelión contra calles”, comenta Antonio Nakayama (1975,
228).
Hay dudas o al menos no existen testimonios de este viaje a Estados
Unidos. Está clara su posición de rechazo a los rebeldes sonorenses, pues la
hizo pública, sin embargo, Iturbe explicó a Héctor R. Olea lo que ocurrió
cuando el movimiento de Agua Prieta: “Mateo de la Rocha se levantó en
Badiraguato, con un batallón. Organicé 50 hombres montados y con el jefe de
mi escolta, Martín Elenes, le caímos al Banco de Armas y lo desarmamos.
Entonces, el presidente Carranza me nombró Jefe de las Operaciones
Militares en el Estado. Ya era tarde. Pedí permiso al Congreso del Estado y
nombraron Gobernador interino al Diputado Miguel Ceceña. Nos fuimos a
55
Mazatlán para organizar la resistencia. En el Río Piaxtla organizamos la
defensa; pero el general De Santiago pertenecía a las fuerzas del Gral.
Diéguez, en Jalisco, quien le ordenó replegarse a Mazatlán. Yo no tenía
suficientes tropas propias y también me replegué. A Diéguez lo aprehendieron
sus propias tropas, y De Santiago, como yo no quería irme a la sierra con
medio millón de pesos que acababa de recibir del señor Carranza, sin
avisarme se puso a las órdenes de Adolfo de la Huerta en Hermosillo, por
telégrafo. Lo sorprendí y por eso acepté yo también, pidiendo respetaran el
Poder Judicial y Legislativo, menos a mí como Gobernador. Entregué a De
Santiago el mando y tomé un barco americano y me fui a presentar en
Hermosillo a De la Huerta, que era un gran amigo mío”. (Olea, 1993, 173).
En el barco norteamericano se trasladó a Hermosillo y fue en el camino
hacia la capital sonorense cuando se enteró de la muerte de Carranza, en las
primeras horas del 21 de mayo de 1920. Iturbe no hizo ninguna declaración y,
muy a su pesar, reconoció a Adolfo de la Huerta como presidente de México.
Años más tarde, en la tribuna de la Cámara de diputados expuso la
siguiente anécdota para demostrar su lealtad a los compromisos contraídos y
que da un poco de luz de cuál fue su relación con De la Huerta y Calles:
Yo les refería (a los diputados) en una ocasión cuánto trabajo me había
costado sacrificar la amistad del único jefe inmediato que tuve: el General
Obregón, dentro de una estrecha amistad y cariño, cuando él me invitó a
defeccionar. Yo había protestado servir lealmente al Gobierno legítimo,
constitucional, del señor Carranza, y cuando todas las circunstancias eran
desfavorables, cuando todo estaba perdido, cuando ya había caído el
Gobierno, los que estábamos fuera —y me tocó mandando una columna—
56
podíamos habernos acogido a la invitación del General Obregón, y yo con
más razón, porque me dirigió un mensaje muy halagador; sin embargo lo
sacrifiqué todo en cumplimiento de mi palabra, de mi honor, de mis
compromisos y, sobre todo, para sentar el precedente de que el Ejército no
debe hacer mal uso nunca de las armas que le confía el Gobierno, para
traicionarlo. (Aplausos).
Más tarde, como hubo que ceder, yo firmé un pacto con el que fungía
como Primer Jefe, que lo era el señor de la Huerta, entregando todas las
fuerzas que estaban a mi mando, salvaguardando únicamente, como era
Gobernador Constitucional de mi Estado, el respeto al Poder Legislativo de mi
Estado y al Poder Judicial, excepto al Poder Ejecutivo que yo representaba; el
respeto de las vidas e intereses de todos los que habían estado a mis
órdenes, y yo me ponía a disposición de esa Jefatura para ser juzgado en la
forma que lo creyeran conveniente.
Bien, así las cosas vine a México, y estando en Palacio se me invitó
para que pasara a presenciar la protesta del Ministro de Agricultura, que era el
General Villarreal. Allí me encontré al General Calles, que era Ministro de la
Guerra, y me dice:
—¿Por qué no ha ido usted a la Secretaría?
"Por allá voy, mi general".
Al siguiente día pasé y me saludó muy afectuosamente, pero al
sentarme me dice estas palabras textuales —y lo que estoy refiriendo hay dos
hombres vivos que lo pueden confirmar, Calles y De la Huerta—:
—¿Pero, compañero, por qué no se volteó usted?
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Entonces, naturalmente, aquello me disgustó, y le dije: "Mi general, yo
no estoy arrepentido de mi actitud".
—Entonces usted persiste en su error —me dijo. "Usted le puede llamar
como usted guste; yo le llamo el cumplimiento de mi deber, y como vine
únicamente porque usted me invitó, ¡hasta luego!", y me despedí sin darle la
mano. Aquello suscitó un odio terrible en el General Calles para mí. De allí se
fue a pedir mi baja por indigno de pertenecer al Ejército. Tuvo una discusión
muy acalorada con el Presidente de la Huerta, no habiendo conseguido el
acuerdo; y para librarme el señor Presidente de esa difícil situación con el
Ministro de la Guerra, ordenó que quedara comisionado directamente en la
Presidencia de la República. Cuando supe yo que el General Calles había ido
a pedir mi baja por indigno de pertenecer al Ejército, le dije al Presidente lo
siguiente: "He sabido esto del señor Ministro de la Guerra, y tiene razón; yo
soy indigno de pertenecer a un Ejército mandado por el General Calles, y
como yo no obedeceré sus órdenes, aunque me mande fusilar, le ruego que
me dé mi baja". No me fue concedida, y por ese motivo quedé en esas
circunstancias. Más tarde pedí voluntariamente licencia para separarme del
servicio. Es así como dejé de pertenecer a la honrosa institución del Ejército
Nacional. (Sesión de los debates, 12 de julio de 1938).
La fortuna a la sombra del poder político
Es necesario abrir un paréntesis para exponer un hecho no militar que
por lo regular se ignora o se evita al elaborar la biografía de los
revolucionarios: la acumulación de riqueza que hicieron bajo el amparo del
poder político.
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Gustavo Aguilar (2001) y Arturo Carrillo (1994) han hurgado en los
archivos de las notarías para ilustrar cómo la naciente clase política de la
revolución se convertía en prósperos empresarios. Los dos autores reflexionan
sobre las causas del fenómeno y explican qué ocurrió durante la revolución en
materia de inversión financiera:
Para Gustavo Aguilar, en lo político-social, la revolución en Sinaloa
significó cambios importantes. A partir de 1913-1914, una nueva clase política
ascendió al poder, desplazando a los viejos cuadros políticos del Porfiriato. La
mayor parte de ellos surgieron al calor de la lucha revolucionaria. Eran
pequeños empresarios, agricultores, profesionales y funcionarios públicos de
bajo nivel que por mucho tiempo habían sido marginados del poder político.
Es decir, eran miembros de una joven clase media surgida de los cambios
provocados por el desarrollo capitalista impulsado por el régimen de Díaz.
Carrillo lo explica de la siguiente manera: “la Revolución en Sinaloa desplazó
del poder político a los grupos ligados con el régimen cañedista, aunque éstos
siguieron conservando el poder económico”. (Carrillo, 1994, 94).
El análisis se remonta a cuando en los prósperos años del Porfiriato un
importante
número
de
comerciantes
y
terratenientes
huyeron
como
consecuencia de la Revolución. “Algunos se llevaron sus capitales, otros
abandonaron sus propiedades o las encargaron a administradores de su
entera confianza. Lo anterior propició que los nuevos dirigentes políticos
intervinieran esos negocios y los explotaran para sufragar los gastos
crecientes del estado. No obstante, todas esas empresas, tierras y bienes
fueron devueltos a sus propietarios a partir de 1916. Por tanto, la mayoría de
59
los viejos empresarios conservaron sus propiedades y, por ende, el poder
económico que la posesión de los medios de producción les daba.
“La devolución de sus propiedades a este numeroso grupo de
empresarios les dejó una clara enseñanza: los revolucionarios recién llegados
al poder no estaban en contra de la propiedad privada ni se oponían al
desarrollo del capitalismo. Al contrario, las políticas implementadas por ellos
se orientaban a promover el crecimiento económico. Los viejos empresarios
buscaron congraciarse con los nuevos dirigentes políticos; también les
brindaron facilidades para hacer negocios. Estos últimos, deseosos de
convertirse en empresarios o de ampliar sus empresas, pues algunos ya lo
eran, al amparo de los puestos públicos se dedicaron febrilmente a ello”.
(Aguilar, 2001, 1365).
Carrillo refuerza lo anterior al afirmar que “la dirigencia de esta lucha va
canalizando sus inversiones con la garantía de que este movimiento no va
más allá, con acciones que pudieran afectar sus capitales e intereses de
clase. Así, tenemos el caso de estos dirigentes que mantienen el control
político y logran consolidar algunas fortunas, invirtiendo en diversas
actividades productivas, ya que este movimiento les brindó las condiciones
para desarrollarse como nuevos empresarios”. (Carrillo, 1994, 94).
Así, “una parte importante del vacío crediticio generado por la ausencia
de bancos fue cubierto por los comerciantes y otros acaudalados de la región.
Medianos y pequeños comerciantes, industriales, agricultores, recurrieron a
ellos para satisfacer sus necesidades de capital. El negocio era tan redituable
que despertó el interés de los miembros de la nueva clase política. (Aguilar,
2001, 132).
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Arturo Carrillo elabora una lista de estos dirigentes. La encabeza Ángel
Flores y en segundo lugar figura Ramón F. Iturbe, de quien dice:
“Invirtió y diversificó sus capitales desde 1914. Después de asumir la
gubernatura del estado y con la protección de este poder, logra invertir sus
capitales en diversas actividades, incrementando su fortuna y consolidándose
como empresario. El Gral. Iturbe fue beneficiado por este movimiento y
aprovechó la conducción del mismo para estrechar sus relaciones con
notables porfiristas; así vemos como para 1918, ya como gobernador, entra en
relaciones de negocios con “Redo y Cía.”. Dicha sociedad, por conducto del
Sonora Bank y Trust Co., en Nogales, Son., acredita a cuenta del Gral. Iturbe
la cantidad de 3 mil dólares (correspondencia de Redo y Cía. Al Sonora Bank
y Trust Co. 1918. 12 de agosto).
“Cinco meses después de eliminar el último movimiento huertista en la
plaza de Culiacán, el 14 de noviembre de 1913, el Gral. Iturbe está
canalizando su capital en la compra de una finca urbana en mil pesos, según
consta en el Archivo General de notarías (Agnes. Lic. Rosauro Rojo, 1914, 5
de marzo); de la Isla de Lucernilla en 10 mil pesos (Agnes, 1915, 16 de junio);
y en diversas transacciones comerciales obteniendo ganancias por 24 mil
979.11 (Agnes. Lic. Guillermo del Valle. 1915. 3 de febrero); a partir de 1917
sus inversiones se incrementan como consecuencia de la garantía, respaldo y
protección que le otorga el poder que representa. Como gobernador logró
canalizar capital en la compra de 20 fundos mineros y acciones en la misma
actividad, algunas veces explotándolas, otras especulando con la reventa del
inmueble,
61
“En 1917 compra el 40% del fundo minero La Trinidad en 6 mil dólares
(Agnes. Lic. Celso Gaxiola Andrade, 1917, 2 de noviembre) al señor Gustavo
de la Vega (cañedista); el 10% del mismo fundo lo compra a Antonio Anitúa en
2 mil pesos (Agnes 1918, 24 de enero); otro 10% se lo compra a Alfredo
Monzón en 2 mil pesos (Agnes 18918, 7 de marzo). Finalmente, el 40%
restante lo compra al señor Gustavo de la Vega en 2 mil pesos (ídem, 4 de
junio); con estas compras, el general Iturbe es propietario del 100 por ciento
de esta empresa, que vende más tarde a los comerciantes alemanes de la
compañía Francisco Echeguren y Compañía del Puerto de Mazatlán, junto con
el 85.74% de las 13 pertenencias de La Guadalupana en la cantidad de 55 mil
dólares (Agnes. Lic. Fco. Sánchez Velázquez. 1919. 29 de marzo), las
pertenencias de esta última empresa las compró en 3 mil pesos. (Agnes. Lic.
Celso Gaxiola Andrade, 1918, 4 de diciembre).
“En este mismo año invierte la cantidad de 90 mil dólares en la compra
del 84% de la Cía. Elisa Mining Co., S.A. El Gral. Iturbe se compromete a
entregar a la compañía el 25% del producto líquido, e instalar una planta
completa de beneficio de concentración con una capacidad de 25 toneladas
diarias. (Ídem, 1917, 11 de octubre).
En este periodo de su gobierno también canaliza su capital a la
constitución de la sociedad Albert J. Ligthtenwolter, invirtiendo un capital de 8
mil pesos (ídem, 1917, 12 de noviembre), es propietario de la Hacienda Oso
(agnes, Lic. Francisco Sánchez Velázquez. 1918, 22 de octubre); accionista
de la sociedad Juan Estrada Berq y Cía. (agnes, Lic. Celso Gaxiola Andrade,
1918, 12 de febrero); administrador del negocio y periódico ‘Correo de la
Tarde’ (Agnes, Lic. José Gómez Luna, 1919, 4 de marzo); aparte de estas
62
inversiones existen otras que expresan cómo este movimiento fue
aprovechado por un grupo dispuesto a encontrar la forma de combinar y
aprovechas la coyuntura que se les presentaba”. (Carrillo, 1994, 95-98).
Gustavo Aguilar no quiere ser menos que Carrillo en la elaboración de
esta lista de inversiones hechas por Iturbe y compañía:
“Así, durante los años de 1914 a 1924, un nutrido grupo de políticos
encabezados por el gobernador Ramón F. Iturbe constituyeron “La
Sinaloense, Sociedad Cooperativa Limitada”. El objeto de la sociedad era
realizar toda clase de operaciones mercantiles y el otorgamiento de préstamos
con interés. La administración y dirección recayó en Leopoldo A. Dorado como
presidente y Miguel L. Ceceña como tesorero (ambos diputados locales).
Otros miembros de la compañía fueron: Eliseo Quintero, Lázaro Ramos
Esquer, Antonio Orozco, Lic. Pedro Espinoza de los Monteros y Enrique
Pardo, todos ellos funcionarios públicos o diputados. Al parecer la compañía
no prosperó, pues los créditos registrados fueron muy pocos y de cantidades
pequeñas, cobrando además un interés mucho más alto que el promedio de la
región (Agnes José Tamés. Culiacán, 13 de diciembre de 1918).
“En 1918 el gobernador del estado informaba a la legislatura local que,
ante la escasez de moneda fraccionaria y la carencia de crédito para los
agricultores,
había
gestionado
ante
la
Secretaría
de
Hacienda
el
establecimiento de una casa de moneda en Culiacán, así como el apoyo
federal para crear un Banco Agrícola e Hipotecario con un capital no menor a
los 500 mil pesos.
63
Dentro de este nuevo grupo de empresarios de origen revolucionario,
por su relevancia política, se destaca la carrera empresarial de Ramón F.
Iturbe, Ángel Flores y Juan José Ríos.
A fines de 1913 el general Iturbe empieza a invertir en diversas
propiedades y transacciones comerciales. Según Martínez (1994), “para 1914
le habían dejado una ganancia de $24,977.11, pero sería a partir de 1917
cuando sus inversiones se incrementan como consecuencia de la garantía,
respaldo y protección que le daba el poder que representaba”.
El 11 de octubre de ese año (1917), la compañía minera Elisa Mining
Company prometió vender al general Iturbe sus propiedades mineras
localizadas en la municipalidad de Sinaloa, en la estimable cantidad de 90 mil
dólares. El día 26 del mismo mes, Iturbe y Armando Dávalos formaron una
sociedad colectiva mercantil bajo la razón social de: Armando Dávalos y
Compañía,
con
el
objeto
de
comprar,
vender
y
exhibir
películas
cinematográficas. El capital social fue de $500, aportados por Iturbe. Al mes
siguiente, en sociedad con Jacobo Méndez, Enrique Cohen, Alberto y Arturo
Litchtenwalter, organizaron una compañía para explotar un aserradero, con un
capital de $40 000. En 1918 adquirió varias propiedades con valor mayor a los
100 mil pesos. Había invertido prácticamente en todas las actividades
productivas”. (Aguilar, 2001, 137).
No es posible percibir qué propiedades eran directamente de Iturbe y
cuáles del gobierno del Estado, aunque las actas de notaría dan fe de que los
bienes están a nombre del general.
Como haya sido, la buena estrella de la política y los negocios de Iturbe
se apagó en 1920 a partir de su oposición y descalificación a la rebelión de
64
Agua Prieta, promovida por los generales sonorenses Álvaro Obregón y
Plutarco Elías Calles. Lo dice Gustavo Aguilar: “Por muchos años fue
condenado al ostracismo político, y parte de sus empresas quedó embargada
por sus numerosos acreedores. (Por ejemplo, el 21 de agosto de 1925 la casa
comercial Melchers Sucesores, representada por Martín Careaga, promovió el
embargo judicial de algunas propiedades del general Iturbe, para cubrir una
deuda que éste tenía con la citada compañía por la cantidad de $50 000.
Iturbe reconoció la deuda, pero argumentó que no tenía dinero para saldarla,
por lo que designaba las tierras que tenía en Oso y Demasías de Oso, la
maquinaria, enseres y ganado para su embargo”. (Aguilar, 2001, 137)
Derrota militar y exilio en Los Ángeles
Adolfo de la Huerta Marcor fue presidente provisional del primero de
junio al 20 de noviembre de 1920 y entregó el poder al general Obregón, en
cuyo gabinete figuró como secretario de Hacienda, pero en 1923 tuvo
fricciones con el jefe del ejecutivo a raíz de la firma del Tratado de Bucareli
porque consideraba que atentaba contra la soberanía de México.
Renunció al cargo y aceptó la candidatura a la presidencia por el
Partido Nacional Cooperatista para contender contra el general Plutarco Elías
Calles. Al vislumbrar una imposición de Obregón a favor de Calles, De la
Huerta se levantó en armas con apoyo de parte de los rebeldes que
secundaron el Plan de Agua Prieta. El movimiento se debilitó, fue derrotado
por Obregón y De la Huerta, acompañado de su esposa, partió al exilio a
Estados Unidos, donde pasaron estrecheces económicas muy fuertes. Historia
65
semejante se contaría de Iturbe después de la Rebelión Escobarista o
Movimiento Renovador de 1929.
Durante la rebelión delahuertista, Iturbe, radicaba en la ciudad de
México. Mireya, hija del general, relata que por un tiempo tuvieron una granjita
en San Ángel, pero luego regresaron a Rosales 1, donde su mamá Mercedes
puso una casa de huéspedes para sobrevivir.
Sabían que Calles había dado órdenes de que fusilaran a Iturbe y ahí
se tuvo que esconder durante un tiempo. Se dejó crecer el pelo y la barba y
parecía rabino”, comenta Mireya. Desaparece varios años del escenario
político de México. Se refugia en su familia y en la poesía. Se presume que
estuvo un tiempo en San Diego.
En junio de 1924 tiene en su poder la patente de un invento para hacer
helado de mango. En 1927 aparece como propietario de las paletas heladas
“Azteca”. En septiembre de 1928, Iturbe invita a Soledad González Dávila 7 a
participar en otro negocio sobre “derechos petroleros” en Veracruz.
En el escenario nacional, el 17 de julio de 1928 México se estremece
con el asesinato del general Álvaro Obregón por el dibujante José León Toral.
El domingo 3 de marzo de 1929, el general José Gonzalo Escobar hizo un
llamamiento a tomar las armas en contra del presidente Emilio Portes Gil, así
como de las autoridades mexicanas que no reconocieran su movimiento y
contra Calles, quien dirigía al país sin ser el presidente.
El fondo del conflicto era político: algunos seguidores de Obregón
pretendían heredar la presidencia.
7
Secretaría particular de Calles desde 1917, taquígrafa de Madero y de Obregón (cuando era Ministro de
Guerra y Marina). Estos datos se obtuvieron de la correspondencia de doña “Chole”: una mujer
empresaria de principios de siglo. Consúltese: http://sincronia.cucsh.udg.mx/camposr.htm#_ftn19
66
Escobar lanzó un manifiesto titulado el Plan de Hermosillo. Entre los
firmantes estaba Ramón F. Iturbe junto con varios militares obregonistas. Ellos
eran: general de División Francisco R. Manzo; general de División Roberto
Cruz; general de Brigada Fausto Topete, Gobernador de Sonora; general de
Brigada Eduardo C. García; coronel Gabriel Jiménez; senador Alejo Bay;
diputados Adalberto Encinas; J. R. Rizo; Gabriel V. Monterde; licenciado
Adolfo Ibarra; Selder Ramón Rossains; C. Eugenio Gámez; Teodomiro Ortiz;
R. Bracho; Miguel Guerrero; ingeniero Flores G.; diputado Ricardo Topete;
diputado Alfredo Romo; diputado Adalberto González, diputado Aurelio
Manrique, Jr.; coronel L. Robles, Gumersindo Esqueda; Jesús J. Lizárraga,
Secretario de Gobierno de Sonora; coronel Martín Bárcenas; A. Rivera Soto;
C. García Bracho; diputado G. Madrid; general Agustín Olachea, Rafael
Esqueroa; M. José J. Meléndez; Enrique Rivera; diputados al Congreso Local,
Bernabé A. Soto; Manuel L. Bustamante; José J. Cota; Félix Urías Avilés.
Este levantamiento duró alrededor de tres meses y en él participaron un
número aproximado de 30 mil personas con un saldo de 2 mil muertos al final
de la contienda. Plutarco Elías Calles, como secretario de Guerra y Marina,
aniquiló al movimiento en un tiempo breve. Una vez sofocado el
levantamiento, la mayoría de los generales sublevados emigraron a los
Estados Unidos, Iturbe entre ellos, aunque otros fueron fusilados por el
gobierno.
Escobar nació en Mazatlán. Trabajó durante varios años en la casa
comercial de la firma Wohler Bartining, que estuvo ubicada en la calle Belisario
Domínguez y Constitución, según nos informa Roberto Tirado (1981).
67
Al ocurrir el Movimiento Renovador, en Mazatlán era jefe de la zona
militar el general de Brigada Jaime Carrillo, a quien los mazatlecos apodaron
“El general Varita de Nardo” porque su canción favorita era justamente “Varita
de nardo”.
El mismo domingo 3 de marzo, Mazatlán se enteró por radio de la
rebelión.
Roberto Tirado Castelo explica que en el país, “los rebeldes formaron
dos zonas de ataque, una en el noreste encabezada por el general Escobar y
la otra en el noroeste por el general Francisco R. Manzo. El gobierno del
licenciado Portes Gil designó jefe de las fuerzas de la legalidad al general
Plutarco Elías Calles, quien designó a dos grandes columnas de defensa, la
del noreste al mando de Juan Andrew Almazán y la del noroeste a cargo del
general Lázaro Cárdenas”. (Tirado, 1981).
“Muy pronto se vio el fracaso de la rebelión, porque en los primeros
combates llevados a cabo por fuertes contingentes de aire y tierra, en Jiménez
Chihuahua y los contingentes de Escobar, éstos quedaron totalmente
destruidos y en el noroeste, el avance rapidísimo que iniciaron el día 3, fue
detenido el siguiente día entre Culiacán y Mazatlán”.
Entretanto se efectuaba el avance de los rebeldes del General Manzo,
el comandante de la zona militar en Sinaloa se apresuraba a abandonar la
plaza. Las tropas subieron a dos trenes. Desembarcaron fuerzas del octavo
batallón en un buque de guerra, al mando del general Juan Felipe Rico, fue el
salvador, vitoreado en las calles de Mazatlán durante su recorrido que hizo del
muelle fiscal hasta la Loma Atravesada, donde fue acuartelado.
68
“Todo el día lunes 4 de marzo fue de movimiento. El general Carrillo
estableció su cuartel general en el edificio de la escuela José María Morelos,
casi al final de la calle Constitución. El mando militar dispuso que de inmediato
se instalaran en el Cerro de la Nevería las piezas de artillería con que se
contaba y que de inmediato se aprestaran al ataque.
Los rebeldes fueron sometidos debido a la estrategia de Juan Felipe
Rico, aunque pretendió llevarse los méritos el general Carrillo.
Carlos Hubbard da cuenta de la toma de El Rosario por los
escobaristas en el escrito “Mi teniente ‘Toño El largo” de su libro
“Chupapiedras” y David Ocampo Peraza describe el desmantelamiento de los
escobaristas en un artículo titulado “Platicando con ‘El Chito’ Peraza sobre la
derrota de los colorados en El Limón”.
La capital del Estado fue tomada por los rebeldes. José María Figueroa
resume los hechos de Culiacán en las siguientes líneas:
“Los rebeldes se apoderan de la capital el día 7, sin menor oposición
alguna. Al mando de dos corporaciones vienen los generales sinaloenses
Ramón F. Iturbe y Roberto Cruz. Entre los hombres que integraban su guerrilla
se encontraba el padre del líder obrero Rosendo G. Castro y tres de sus tíos
que murieron en Mazatlán. Sitian la plaza de Mazatlán y a punto estuvieron de
tomarla, pero sorpresivamente la abandonan y se repliegan las fuerzas a La
Cruz, perseguidos por los bombardeos de los aviones federales. Llegan a
Culiacán, salen todos al norte, se dispersan y colorín colorado”. (Figueroa,
1989, 87-88).
Restablecido el orden el 8 de abril, regresan los poderes a la ciudad
capital.
69
Francisco R. Almada condensó así los hechos en Sinaloa y en el país:
“Los presuntos herederos políticos del general Obregón demostraron una
incapacidad completa en el terreno militar el día que les faltó la dirección y la
sombra de su jefe. (González, 1959, 515).
Nakayama se pregunta en torno a la participación de Iturbe en esta
gran revuelta: “¿Cuáles fueron las causas que hicieron al leal carrancista
aliarse con sus enemigos de 1920? Es posible que se encontrara hastiado de
vivir en el destierro, o bien que el deseo de figurar nuevamente lo haya
impulsado a hacerlo, pues cuando un hombre ha sido figura no se resigna a
vivir en un segundo plano. Desgraciadamente para sus sueños, el fracaso no
se hizo esperar, pues los generales obregonistas, cuando ya no tuvieron al
jefe que los llevaba a la victoria, mostraron no valer nada como militares, y
Calles, sin serlo —que nunca lo fue—, los hizo huir desaforadamente, por lo
que Ramón F. Iturbe tuvo que cruzar nuevamente la frontera norteamericana
para ponerse a salvo”. (Nakayama, 1975, 228).
La rebelión se planeó secreta y largamente. Iturbe, con tiempo, se llevó a
su familia a Los Ángeles, California: hijos, esposa y una sirvienta, para
regresar a reunir gente y luchar al lado de Escobar. Ante el fracaso del
movimiento tuvo que volver a los Estados Unidos a buscar refugio y trabajo.
Mireya relata que se fueron vendiendo poco a poco las alhajas de su
madre Mercedes, y todo lo de valor, menos los libros que conservaban
siempre.
Para Iturbe no era fácil encontrar trabajo: hablaba mal el inglés, estaba
mal de una cadera desde que su caballo le cayó encima durante la revolución
y la cabeza del fémur le perforó el ilíaco y no hubo quien lo atendiera hasta
70
meses después. Mucho tiempo uso muletas. Luego le pusieron un armazón de
metal en la pierna y finalmente usó siempre botas con suela gruesa y algo de
tacón para la pierna dañada que le quedó más corta que la otra y siempre
llevaba bastón.
“Al principio —platica Mireya— alquilamos la casa amueblada de unos
alemanes, con un lindo jardín. Luego nos cambiamos a un barrio pobre, una
casa modesta que mi mamá amuebló con huacales de madera que cubría con
sus gobelinos. Otros huacales hacían de libreros, y un asiento de automóvil
que mi hermano Víctor rescató de un basurero era el sofá de la sala”. Quizá el
domicilio sea 649, W 34th. ST, el cual viene consignado en una carta que
envió el 5 de abril de 1930 al licenciado Celso Gaxiola Andrade.
Un señor de Sinaloa al que Iturbe le había ayudado cuando fue
gobernador, tenía ahora una tienda en el barrio mexicano de Los Ángeles
donde vendía frijoles, chile, maíz, etcétera. Sabiendo esta persona que el
general estaba muy mal económicamente, de repente llegaba a visitarlo con
un gran saco de frijol y otro de maíz, “y así comíamos por semanas enteras,
caldo de frijol, frijoles con bolitas de masa, tamalitos de frijol, a veces con
‘bofe’ o ‘pancita’ (pulmones y estómago de res que las carnicerías americanas
vendían por centavos) y cantidades de leche que en esa época de la
depresión valía un centavo el litro y tres litros por dos centavos. Los lecheros
la vaciaban en las alcantarillas para que el precio no siguiera bajando. Ahí le
dio tuberculosis a mi hermana Lupe y la internaron en una clínica hasta el
regreso a México”, narra Mireya.
El anterior es un cuadro de la vida de Iturbe en el exilio.
71
La pregunta obligada es: ¿dónde quedaron las riquezas notariadas a
nombre de Iturbe cuando era gobernador del Estado? Gustavo Aguilar ya nos
adelantó la respuesta: sus empresas fueron embargadas. La revolución le dio
esa riqueza, pero también se la quitó. Muy ilustrativo es el caso de “La Quinta
del general Iturbe”, una bella y majestuosa mansión construida en los
acantilados del Cerro del Vigía, con vista hacia el mar: se la facilitaron los
propietarios de la Casa Melchers para congraciarse con él cuando era
gobernador: la casa la habitó unos meses, pues su residencia estaba en
Culiacán, la usó como cuartel para oponerse al Plan de Agua Prieta y nunca
más volvió a ella. En cambio, la Casa Melchers procedió al embargo por una
deuda de 50 mil pesos, como quedó dicho antes.
La indulgencia del presidente Lázaro Cárdenas
Lázaro Cárdenas terminó con el maximato del general Plutarco Elías
Calles, al asumir la presidencia de la República el primero de diciembre de
1934. Desde su campaña electoral dio muestra de su poder y magnanimidad,
pues indultó y abrió las puertas de la patria a todos los exiliados políticos,
entre ellos el general Ramón F. Iturbe, quien regresó a México el 27 de julio de
1933.
Iturbe fue indultado y ascendido a general de división. También obtuvo
un empleo: se le nombró encargado del Departamento de Fomento
Cooperativo de la entonces Secretaría de la Economía Nacional. El
acercamiento al cooperativismo significó para Iturbe la revelación de un nuevo
mundo y la apertura de otro frente de lucha, en el cual puso todo su empeño
presente y porvenir. Después recibiría el apoyo del presidente Cárdenas para
72
ser candidato y luego diputado federal en la XXXVII Legislatura de 1937 a
1939.
¿Fue Iturbe un malagradecido con Cárdenas? Los hechos posteriores
en que participó Iturbe inducen a una respuesta afirmativa: se opuso a la
educación socialista, presentó un proyecto de ley de cooperativas distinto al
del presidente Cárdenas, apoyó como candidato a la presidencia de la
República a Juan Andrews Almazán, contrario al candidato de Cárdenas
(Miguel Ávila Camacho) y él mismo pretendió ser de nuevo gobernador de
Sinaloa, contra la línea del presidente. Se narrarán en seguida tales hechos
para tener un juicio más justo. Por lo pronto, vale adelantar que Iturbe trato de
ser fiel a sí mismo en su ideal de servir al pueblo.
Apenas unos meses después de su llegada a México, en diciembre de
1933, la Comisión Especial de la XXXV Legislatura expuso los motivos del
proyecto para la reforma al artículo 3º constitucional en la cual se establecía
que "la educación que se imparta será socialista en sus orientaciones y
tendencias, pugnando porque desaparezcan prejuicios y dogmas religiosos y
se cree la verdadera solidaridad humana sobre las bases de una socialización
progresiva de los medios de comunicación económica".
Correspondió al general Lázaro Cárdenas, como presidente de México
(1934-1940), aplicar estos cambios en la legislación ante una fuerte oposición
encabezada por la iglesia y por los grupos más conservadores y otros
intereses establecidos que provocaron una gran animosidad en contra y
violencia en todo el país que finalmente hicieron retroceder la intención del
artículo 3º constitucional.
73
El presidente Cárdenas hizo importantes y benéficos cambios en el
sistema de educación rural, sin que fueran éstos parte del plan de la
"educación socialista", sin embargo, el término antirreligioso del artículo 3º
provocó tal oposición que no sólo se cuestionó el vago significado de
"socialismo en la educación", sino que hasta un grueso número de maestros,
principalmente mujeres, con ideología conservadora, crearon hostilidad del
pueblo hacia los maestros que seguían la política cardenista.
Junto a los intereses clericales y caciquiles, el problema de la
educación enfrentaba también fundamentos ideológicos y para Ramón F.
Iturbe, la imposición de métodos de razonamiento externos a los individuos, de
ideologías extrañas, significaba un enemigo a combatir, pues para él, la
educación socialista, con su lucha de clases y su dictadura del proletariado,
significaba la destrucción del sistema republicano y democrático por el que
había luchado en la revolución bajo los ideales de Madero y luego de
Venustiano Carranza, y en apego a los cuales gobernó su estado de 1917 a
1920.
Aprobadas las reformas, un grupo de jóvenes estudiantes, entre ellos
Miguel Osorio (1993), se acercaron al ahora diputado Iturbe para solicitarle
apoyo para luchar contra éstas desde la tribuna del Congreso. Los jóvenes ya
se habían acercado al senador por Guerrero, Ezequiel Padilla, quien les dio
un trato arrogante: "Jóvenes: lo que tenía que decir ya lo dije en mi discurso",
les expresó y evadió cualquier compromiso. Su oposición era sólo en la
tribuna.
Iturbe recibió bondadosamente a los universitarios, quienes lo invitaron
a luchar, ya que la educación socialista significaba implantar el comunismo en
74
México. Lo acompañaba el diputado y coronel Octavio Bolívar Sierra Sánchez.
"Tienen ustedes razón —respondió a los estudiantes—. Vamos a luchar contra
estas reformas del artículo 3º constitucional" y se propusieron hacer una
campaña en todo el país.
Iniciaron por el occidente. En Querétaro, Iturbe dio su primer discurso
en un mitin para cuya organización las autoridades pusieron todas las trabas
posibles. Mientras hablaba Iturbe, apagaron la luz y empezaron a caer
proyectiles. Todos se arrojaron temerosos al suelo y salieron adelante sólo
gracias a la gran serenidad del diputado sinaloense.
Explicaban al pueblo los postulados de la constitución y se
confrontaban los pros y los contras de la educación laica y los de la educación
socialista. Se argumentaba que no se debía abolir la conciencia del hombre,
que no se toleraría limitar su función humana.
El movimiento cundía. Iturbe y Bolívar Sierra crearon, en 1938 el Frente
Constitucional Democrático Mexicano.
La campaña continuó hacia Guadalajara, donde ya había adeptos. En
el zócalo de la ciudad se realizó un gran mitin. Iturbe estaba feliz, pues la
presión crecía. En Guadalajara permanecieron dos días, con el propósito de
continuar hacia Sinaloa. Descansaban por las noches en hoteles donde Iturbe
ponía a leer a sus seguidores. Les pedía explicaciones, los hacía reflexionar
sobre el movimiento.
En una de estas noches dijo al universitario Miguel Osorio, abogado
recién egresado:
75
"Oiga usted. Yo no sé si crea en estas cuestiones, pero a mí me atraen,
me seducen y me convencen. Quiero saber qué me depara el destino por
Sinaloa".
Los invitó a una reunión espiritista. Desde la revolución, cuando era jefe
de las Operaciones en Colima y Jalisco, sabía quién se dedicaba en la capital
tapatía a estos menesteres. Una señora hizo el ritual. "Veo en su camino
lodazales, lugares inundados, muchos problemas con los que se va a
encontrar, pero sobre todo lo quieren matar...", previno la clarividente al
diputado.
Al día siguiente tomaron el tren hacia Culiacán. Iturbe iba acompañado
de Francisco Madero, el primer huérfano que llegó al orfanatorio creado por el
general al asumir el gobierno del estado. Sinaloense distinguido que era, lo
recibieron con música revolucionaria. Lo esperaban, pero no en relación con la
lucha que ahora encabezaba... En Los Mochis se entrevistó con Roberto Cruz.
"Venimos a una asamblea contra el comunismo", le dijo Iturbe y su
excompañero de armas le contestó:
—Pero, general, ¿va a estar peleando toda la vida?
"Así es la vida", respondió el diputado.
Entraron a la plaza de Los Mochis la cual, como dijo la vidente, estaba
llena de lodo.
Al día siguiente hicieron el mitin. La noche anterior, el general habló con
sus seguidores, les dijo que las predicciones se cumplían. "Usted es joven.
Tiene la vida por delante. Usted no es de Sinaloa. Si no acepta la comisión no
lo tomaré a mal", dijo a Osorio y éste le respondió que si le tocaba morir lo
tomaría con gusto.
76
Salió a preparar la reunión junto con su hijo Elohim y frente al telégrafo
se escuchó un disparo dirigido hacia ellos. Dos disparos más. La misión era
convocar a un debate para discutir en contra de la "tortura socialista", un reto
de la libertad al liberalismo. En Los Mochis existía un fuerte foco comunista.
Los disparos eran una amenaza previa.
El acto se realizó de cualquier manera y en circunstancias parecidas
trabajaron en varias partes de Sinaloa, incluso en Chihuahua, cuando viajaban
a bordo de una camioneta dos vehículos los interceptaron en sentido
contrario. Bajaron Iturbe y Bolívar Sierra e intercambiaron balazos hasta que
hicieron huir a los asaltantes.
Debido a actos de este tipo, a presiones internas del propio gobierno
cardenista e incluso a la injerencia de los Estados Unidos, la educación
socialista se interrumpió, prácticamente fue abandonada por los dirigentes de
la educación y sustituida por una política educativa liberal hasta que se hizo la
contrarreforma al artículo 3º constitucional para eliminar la palabra “socialista”.
Segunda batalla política: Diputado federal por el cooperativismo
El 18 de agosto de 1937, la Cámara de Diputados de la XXXVII
Legislatura realizó la segunda Junta Preparatoria en la cual declaró válidas las
elecciones para diputados al Congreso de la Unión por el Tercer Distrito
Electoral en Sinaloa, realizadas el 4 de julio. La fórmula triunfadora fue la
presidida por el General Ramón F. Iturbe/Jesús P. Cota, del Partido Nacional
Revolucionario, al obtener 12 mil 031 votos, mientras que los candidatos, no
registrados, Teódulo Gutiérrez e Ignacio B. Yuriar obtuvieron solamente 97
votos. Toman protesta el viernes 27 de agosto de 1937.
77
El 30 de septiembre fue nombrado presidente de la directiva del Bloque
Nacional Revolucionario de la propia Cámara y en la primera reunión de éste
surgió una polémica, porque se hablaba de camarillas de poder. El diputado
Carlos Terrazas invitó a todos los diputados a votar por la planilla de Iturbe
con la seguridad de que velaría por los intereses del Partido Nacional
Revolucionario. El 5 de octubre se realizó la primera reunión del bloque y su
presidente, Iturbe aprovechó para defenderse:
“Anteriormente había oído yo ciertas murmuraciones de que en este
Bloque había camarillas, y me complace sobre manera ver que en realidad no
existen, pues yo no pertenezco a ninguna. No hay más camarilla que la
Cámara de la cual formamos parte y, por lo tanto, todos nosotros estamos
obligados con el señor Presidente de la República en su programa
revolucionario en bien de las clases proletarias del país. En tal virtud, me
ofrezco a la disposición de todos ustedes a mañana y tarde, para atender
todos los asuntos que tengan a bien tratarme como Presidente del Bloque.
¡Salud, compañeros!” (Aplausos). (Voces: ¡Muy bien!).
Iturbe había acumulado experiencia y conocimientos en el ramo
cooperativista. Durante su desempeño en el Departamento del ramo, dejó
huella y agradecimiento en las comunidades agrícolas y pesqueras del país y
en especial de Sinaloa. En 1936, por ejemplo, asistió a la inauguración de la
Unión de pescadores “La Reforma”, en Angostura, Sinaloa, En un principio
compuesta con alrededor de 60 o 70 pescadores que acudieron del rumbo de
“la pionía”, al enterarse de que había gente del gobierno anotando a los que
desearan formar parte de ella, para finales de la década del treinta aglutinaba
ya a 254 miembros. (Ponce, 2004, 221).
78
La Cámara de Diputados le publicó un libro titulado “Orientaciones para
el movimiento cooperativo nacional” (Iturbe, 1937) apenas empezó a funcionar
la XXXVII Legislatura.
Los anteriores antecedentes fueron más que suficientes para que se
designara a Iturbe como presidente de la Comisión de Fomento cooperativo,
de la cual formaban parte también los diputados Tomás Palomino, como
secretario; vocal Ignacio Alcalá y suplente el general Manuel Jasso.
En la sesión del 5 de octubre, Ignacio Alcalá, dio lectura a una iniciativa
de Decreto para la creación de un Departamento de Fomento Cooperativo del
Gobierno Federal, presentada por Rafael Mallen, Presidente del Instituto
Socialista de México, en la cual proponía que se reformara la Ley de
Secretarías y Departamentos de Estado para crear esta nueva entidad
administrativa.
La Comisión respondió que era prematura la creación de dicho
departamento, primero porque el movimiento cooperativo en México no era tan
amplio como para crear esa dependencia; segundo, porque el presidente
Lázaro Cárdenas presentaría en breve un Proyecto de Ley General de
Sociedades Cooperativas y por último no había recursos económicos.
¿Cuáles eran los antecedentes del cooperativismo en México y su
situación al momento en que Cárdenas presenta su proyecto de Ley?
El Estado había sido el eje organizador de cooperativas. Los ejidatarios
y pequeños productores se organizaron en cooperativas para tener un acceso
más fácil al financiamiento que bajo esa condición ofrecía en 1926 el Banco
Nacional de Crédito Agrícola, hecho que Iturbe considera como el primer brote
del sistema cooperativista en nuestro país.
79
Adriana Olvera cuenta que en 1935 aconteció algo muy importante: en
febrero
se
realizó
el
Segundo
Congreso
Nacional
de
Sociedades
Cooperativas, en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, el cual
contó con la asistencia de 800 delegados de las sociedades cooperativas de
todo el país” (Olvera, 2001, 98). El logro más importante de este congreso fue
la creación de la Liga Nacional de Sociedades Cooperativas, cuyos objetivos
eran
proporcionar
orientación
ideológica
y
defender
las
metas
del
cooperativismo; luchar por la defensa, el desarrollo y la unidad del movimiento
cooperativo, y coordinar los esfuerzos cooperativos para lograr la publicación
de una nueva ley cooperativa.
Conforme a Olvera, estos objetivos eran muy similares a los planteados
por el Gral. Ramón Iturbe, al señalar la necesidad de crear una Comisión de
Fomento Cooperativo que tendría la finalidad de proponer a la Cámara de
Diputados la legislación más adecuada para una mayor organización de
sociedades cooperativas en el país; así como la creación del Instituto Nacional
de Cooperativismo.
Durante el cardenismo inició el auge del movimiento cooperativo,
aunque no alcanzó grandes dimensiones. “Fue más bien un movimiento
marginal dentro de la producción industrial del país, entonces ¿cuál era la
importancia de impulsar este movimiento, por qué el Estado Cardenista veía
en él una de las fórmulas más importantes para organizar el trabajo y combatir
los males de la sociedad (desempleo, miseria y hambre)? Quizá la respuesta
se encuentre en que simplemente el cooperativismo era visto como un
aliciente, no como una panacea, así lo demuestran las políticas impulsadas a
su favor”. (Olvera, 2001, 106).
80
En 1937 se elaboró un proyecto de Ley General de Sociedades
Cooperativas. La iniciativa fue presentada por el ejecutivo a la Cámara de
Diputados para revisión por la Comisión de Fomento Cooperativo, la cual
entregó su dictamen el 16 de noviembre. Conforme al dictamen, “la comisión
constató serias discrepancias de criterio entre las expresiones públicas del C.
Presidente de la República y el espíritu y texto del Proyecto de Ley”.
Iturbe, en su calidad de presidente de la comisión, envió un
memorándum al presidente donde le solicita una audiencia para hacerle saber
que “ha sido muy grande su sorpresa (de Iturbe) al notar que el proyecto de
Ley General de Sociedades Cooperativas, formado por la Comisión constituida
al efecto, se aparta diametralmente de esos conceptos y tendencias” y expone
cinco razones:
"1o. Continúa considerando a las Cooperativas como una de tantas
formas de explotación mercantil.
"2o. Continúa considerándolas como Empresas Patronales, autorizadas
para explotar asalariados.
"3o. Favorece decididamente al Régimen capitalista.
"4o. Encadena al Movimiento Cooperativista a la acción burocrática.
"5o. Contiene preceptos que mal encubren una tendencia totalmente
opuesta al desarrollo del cooperativismo. (Diario de los debates, sesión del 16
de noviembre de 1937).
Iturbe publicó al respecto una serie de artículos en la prensa diaria y
éstos, impresos en forma de folletos, constituyeron la mejor exposición de
motivos que fundaron el dictamen de la Comisión.
81
La problemática dio lugar a largas discusiones, una de ellas en la
sesión del 23 de diciembre, presidida por el diputado Celestino Gasca, en la
cual se dio lectura a la exposición de motivos del proyecto de Ley enviado por
el ejecutivo y se abrió la discusión del dictamen de la Comisión de Fomento
Cooperativo en lo general. Hubo un choque entre la visión sobre el
cooperativismo de la Comisión y la del presidente de México. Los diputados
que participaron a favor de la iniciativa cardenista interpretaron de un modo y
los en contra de otro, pero no consideraban que se hubieran desnaturalizado
las declaraciones de Cárdenas.
La ley se aprobó y fue publicada el 15 de febrero de 1938. Estuvo
vigente hasta el año de 1994. Era la tercera ley de cooperativas. La primera
se promulgó en 1927 cuando el general Calles se pronunció a favor del
cooperativismo a pesar de que el Partido Cooperatista Nacional había
postulado a Adolfo de la Huerta. La segunda ley se promulgó en mayo de
1933, con Abelardo L. Rodríguez.
A
consideración
de Adriana
Olvera
esta
ley poseía
algunas
particularidades que la distinguían de las dos leyes anteriores, entre otras que
aparece de nuevo una definición de cooperativa, más compleja e influida por
los principios del cooperativismo internacional que la definición proporcionada
por la ley de 1933. También “se establece una nueva clasificación de las
sociedades cooperativas en: de producción, de consumo, de intervención
oficial y de participación estatal. La administración de la cooperativa estaría
conformada por los tres elementos —ya aparecidos en las leyes anteriores
(Asamblea General y Consejos de Administración y Vigilancia)— además de
uno nuevo, las Comisiones Especiales. Al igual que la ley anterior (1933),
82
aparece la agrupación de cooperativas en Federaciones, y de éstas en una
sola Confederación Nacional Cooperativa”. (Olvera, 2001, 1007).
En el régimen de Cárdenas, afirma la misma autora, “el cooperativismo
recibió un impulso gubernamental como nunca antes. Esto fue benéfico para
la difusión y el desarrollo del movimiento cooperativista; sin embargo, tuvo
como inconveniente que muchos de los trabajadores no estaban de acuerdo
con la actividad cooperativa. Por estar vinculada al Estado, se le podía llegar a
ver como un movimiento enemigo de las centrales sindicales, toda vez que
algunas de ellas se habían declarado apolíticas; al respecto, Rojas Coria
menciona la existencia de una dualidad en el movimiento. (Olvera, 2001, 108).
El Frente Constitucional Democrático Mexicano, ¿ultraderechista?
En la sesión de la Cámara efectuada el 12 de julio de 1938, se presentó
una larguísima y encendida discusión alrededor de la reciente creación del
Frente Constitucional Democrático Mexicano, cuyo presidente era el general
Iturbe. El diputado Antonio Sánchez detonó el debate cuando fijó su posición
—como legislador, a nombre de los diputados de la Confederación Campesina
y como miembro del Partido de la Revolución Mexicana (PRM)— “sin ánimo
de herir en lo más mínimo a los compañeros diputados, cuyas ideas han
hecho del conocimiento público por medio de la prensa”.
Primero analizó la intención y a la luz de los principios del PRM: “Si el
Frente Constitucional Democrático Mexicano se constituye con una finalidad
política, está en contradicción con nuestro Partido: es un organismo frente a
nuestro Partido. Si pretende constituirse con finalidades de orientación en la
lucha social, también está constituido frente a nuestro Partido”
83
Refutó la ideología del Frente: “¿Pero cuál es la teoría socialista que
trae aparejada esa teoría democrática, esa teoría política del Frente?: la lucha
contra las derechas y contra el comunismo”. Afirma que en la primera coincide
con el partido, “pero en donde se diluye su sistema social es al hablar del
comunismo, porque pretendiendo atacar al comunismo, se ataca en el fondo a
las teorías sociales, al socialismo reivindicador de los derechos del
trabajador”. (Aplausos).
El diputado Enrique Estrada, presidente de la sesión, preguntó cuántos
son los que forman ese Frente Democrático. Sánchez hizo un extenso
circunloquio para evadir la respuesta, aunque señaló: “hasta hoy sólo dos
compañeros en una forma franca han expuesto sus ideas en la prensa
matutina” y continuó su extensa arenga contra el frente:
—No aceptamos ninguna división dentro de la Cámara que pretenda
colocarnos en las izquierdas o en las derechas —dijo al tiempo que suplicaba
a los compañeros iniciadores de este movimiento, que no tomen como una
ofensa sus palabras.
Varios diputados secundaron a Sánchez. Ninguno subió a la tribuna en
defensa del Frente. Rafael Molina Betancourt dijo que ningún diputado puede
proclamar como suyo “el error de interpretación que han sufrido los
compañeros Iturbe y Bolívar Sierra, y en este caso los exhorto cordialmente a
que así lo reconozcan”. El tema era de mucho interés porque había sembrado
la alarma en los sectores de la población de México, en los sectores
populares, en los sectores de trabajadores. “Por esa razón es tiempo,
compañeros Diputados Iturbe y Sierra, compañeros a quienes seguramente
todos los que estamos dentro de esta Legislatura estimamos profundamente,
84
en quienes reconocemos el mérito de haber luchado exponiendo la propia vida
y la propia sangre por la Revolución; es tiempo de rectificar posiciones y de
que no vayáis a servir de bandera a la reacción de México, que sólo espera el
momento de dividir a la Revolución —divide y triunfarás—. Olvidemos el
Frente Constitucional Democrático, y vayamos unidos fuertemente, brazo con
brazo, en unidad intensa de la Revolución a ofrecer nuestros servicios al
Partido de la Revolución Mexicana y a respaldar con todo nuestro corazón a
quien encarna en estos momentos con verdadera realidad los ideales de la
Revolución: al General Lázaro Cárdenas. (Aplausos nutridos).
Enrique Estrada dijo que él no se apasionaba y minimizó el asunto.
Pidió se sujetara a votación para saber quiénes son los que consideran
conveniente o ilícita la formación de un Frente Democrático dentro del Partido.
Iturbe solicitó el uso de la palabra:
“Se ha suscitado una tempestad en un vaso de agua, porque en
realidad no era ni para que hubiese agitación ni desconfianza de actitudes
contrarrevolucionarias en ninguno de nosotros. Nadie ha hecho declaraciones
en nombre del Bloque, del grupo mayoritario o de la Cámara; nadie
absolutamente se ha declarado en contraposición de los principios del Partido
a que pertenecemos”.
El Frente no se ocupa de asuntos políticos, por lo cual no viola los
estatutos del Partido, afirmó y pidió aclarar lo que se debe entender por acción
política y por acción social. El frente, dijo, tiende a combatir a la acción fascista
y a la comunista, entendida esta última como “aquella que trata de la dictadura
del proletariado, y de ninguna manera la socialización de los medios de
producción; pues si así fuera, el que habla no hubiera sustentado aquí ante
85
todos ustedes el principio, en el dictamen de la Ley de Fomento Cooperativo,
la no explotación del hombre por el hombre”. Y explicó que combaten al
comunismo como dictadura del proletariado “sencillamente porque hemos
protestado cumplir y hacer cumplir nuestra Constitución y estamos en nuestro
papel de procurar, por todos los medios que estén a nuestro alcance, hacer
respetar la Constitución”.
“Decía el compañero Sánchez que en materia social o política no se
puede pertenecer a dos organismos. Entonces yo preguntaría: ¿Cómo es
entonces, que tenemos miembros en nuestro Bloque que pertenecen al
Partido Comunista y siguen perteneciendo al Partido de la Revolución
Mexicana? Se ha hablado de que la democracia solamente puede ser ejercida
por las agrupaciones de trabajadores. Yo creo, compañeros, que la
democracia no es exclusiva de ningún sector, y precisamente la bondad de la
democracia permite que aquí todos expongamos con entera libertad nuestro
criterio”.
Respecto a las críticas a los principios y teorías sustentados por el
Frente, Iturbe afirmó que no se trata de si son aceptables o no, porque si de
eso se tratara, sencillamente con rechazar la idea ya estaría todo arreglado.
“¡No! Lo que debemos aclarar de una vez por todas es si nos asiste el derecho
de pensar, de opinar, de asociarnos y de asumir nuestra responsabilidad como
revolucionarios”, con el apercibimiento de que quien actúe contra los principios
revolucionarios será sancionado por la Cámara y por el pueblo de México.
Consideró que él en lo personal no cometió nada de lo que pueda
arrepentirse, en contra de esos principios.
86
“No me gusta hacer alusión personal, pero si cabe hacer aclaraciones,
las haré. No poseo propiedad alguna y me he hecho el propósito de no
tenerla. Tampoco tengo ninguna religión: soy enemigo de todos los prejuicios
sociales, políticos, religiosos y económicos. Trato de vivir una vida honesta, de
acuerdo con las posibilidades que me permiten mis emolumentos. Tampoco
soy partidario de las demagogias y de presentarme con una camisa sucia para
decir que soy obrerista”. (Aplausos).
Narra el conflicto que tuvo con Plutarco Elías Calles debido a su actitud
de ser siempre leal, sin importar si se pierde o se gane con el compromiso y
redireccionó su discurso hacia su definición de socialismo:
“El socialismo yo lo entiendo de distinta manera de como lo entienden
algunos, que más bien tratan de establecer el estado totalitario. El socialismo
yo lo quise sintetizar en el dictamen de la Ley de Cooperativas, y en verdad
para mí el verdadero socialista debe ser aquel hombre que, consciente de sí
mismo, consciente de lo que es, borra en él todos los prejuicios y comprende
que la vida universal es una y que, por lo tanto, en cada ser humano no tiene
más que una reproducción de sí mismo. Entonces se despierta el amor, se
despierta el espíritu de servicio y, por lo tanto, no puede haber prejuicios de
clase cuando solamente queremos poner al servicio de todos nuestros
hermanos aquella capacidad, aquello que hayamos aprendido, aquello que
tengamos, en una palabra, todo lo que nosotros somos. ¡Ese es para mí el
verdadero socialismo! ¡Ojalá que todos los que presumen de radicales
respondieran en la vida íntima (aplausos), en el trato en la vida social, en la
vida con los humildes en general! ¿Cómo? Aprovechando siempre su tiempo
en algo útil, en ser servicial, en cumplir con su deber ante la patria, ante la
87
humanidad en general, y ante la vida, porque el objetivo, para mí el objetivo de
la vida es el perfeccionamiento estableciendo una igualdad de oportunidades
para todos, ya que en la Naturaleza materialmente nada existe igual; pero sí la
igualdad de oportunidades, para que se pueda manifestar en cada uno de ese
principio universal de potencialidad, que no sabemos lo que cada uno pueda
encerrar; pero sí —y aquí cabe la bondad del principio democrático— es una
ventaja que cada uno se sienta con el derecho y la libertad de expresión para
manifestar lo que siente y lo que piensa. ¡Salud!” (Aplausos).
Francisco García Carranza, a nombre de la Confederación de
Trabajadores de México, hizo el mismo exhorto, con respeto y reconocimiento
a la trayectoria revolucionaria de Iturbe y Bolívar Sierra, para que desechen la
idea del Frente. Jorge Meixueiro8 abrió una dicotomía en su participación: “Si
para nosotros es respetable la sinceridad y la personalidad del señor General
Ramón F. Iturbe y es respetable la vida de sacrificio que él legó a la
Revolución, es por muchos conceptos condenable la tesis que sustenta.
Nosotros creemos que el socialismo, como lo entiende el señor General Iturbe,
es típicamente el socialismo cristiano, el socialismo que siempre clama por
que cada uno esté de acuerdo y esté conforme con la situación que tiene en la
actualidad en el mundo. Creemos sinceramente que es nuestro deber hacer el
llamamiento que se hizo a los compañeros Iturbe y Bolívar Sierra respecto de
que no es esa la forma de ayudar en estos momentos al Gobierno y a la
8
“El 18 de agosto de 1943 se suicidó en la tribuna parlamentaria. Se discutía el caso de la elección del
segundo Distrito de Oaxaca. La comisión dictaminadora falló en favor de Gatica Neri. Meixueiro, quien
antes había sido tres veces diputado federal, para defender su <caso>, subió a la tribuna y denunció el
fraude electoral. Dijo durante su discurso que sabía que iba a picar una montaña con un clavo o a derretir
con un cerrillo la nieve de un volcán... Y sacó de un bolsillo la pistola 38, disparándose en la bóveda
palatina, y su cuerpo cayó inanimado; fue un caso único, insólito en la historia de las Legislaturas del
mundo”. http://www.diputados.gob.mx/cedia/sia/redipal/DIR-AL-02-07.pdf
1
88
consolidación de los principios revolucionarios en México, sino que, por el
contrario, la buena fe y las convicciones que en su declaración nos ha puesto
de manifiesto el General Iturbe, pueden ser aprovechadas por el grupo
contrarrevolucionario para atacar en sus cimientos a la misma Revolución”.
Iturbe interpela. Mexueiro acepta gustoso: “¿Usted cree que si yo fuera
un socialista pasivo hubiera ido a la revolución armada y me hubiera declarado
enemigo del sistema capitalista, como lo he hecho con el sistema
cooperativo?”. Meixueiro responde: “Para mí, mi General, usted es una de las
figuras que dentro de nuestra revolución armada merece mi más completo
respeto; es usted de los hombres que fueron a la lucha a exponer su vida y
sacrificar las comodidades que en otros términos podía haber disfrutado, para
dar a México esta Revolución que en nosotros vive y a la cual queremos
también entregar la vida en cualquiera forma que sea necesaria. Para
nosotros es respetable la figura del General Iturbe, pero por ningún concepto
puede ser aceptable la tesis que sustenta.
El Presidente pregunta a la Asamblea qué es lo que quiere que se vote
(Voces: ¡Nada!). “Entonces, estando suficientemente discutido el asunto, se
levanta la sesión”.
La situación parecía causa juzgada, pero Salvador Ochoa Rentería
volvió a la carga sobre el tema en la sesión del 29 de septiembre. En ausencia
de Iturbe, denunció que alrededor del Frente se agrupaban “las fuerzas del
fascismo de México; todas las organizaciones contrarrevolucionarias de
México, y debemos combatirlas, compañeros; cada quien, en cualquiera
región de su Estado, debe propugnar por que no siga viviendo ese Frente
Democrático Constitucional”.
89
César Martino lo secunda y arremetió contra Iturbe: “Al hombre que
regó su sangre, su sudor y su esfuerzo en los campos de batalla en favor de
nuestro movimiento social, nuestro respeto; pero a la caricatura de este
hombre que cree, en esta hora de encrucijada que nos tocó vivir, que la
Revolución se ha estancado en 1916 y que vivimos la época de ‘La Adelita’ y
que se nos presenta crucificado con los brazos abiertos en la cruz del
fachismo —última etapa del capitalismo y del imperialismo del mundo—,
¡nuestra condenación definitiva!. (Aplausos). Al camarada Iturbe, compañero
que con nosotros, dentro de la Cámara, vivió las primeras batallas que la
Revolución planteó en la XXXVII Legislatura, nuestro recuerdo cariñoso y
nuestro respeto; pero a Ramón F. Iturbe, cabeza viviente del Frente
Democrático Revolucionario, a quien maneja el fascismo y las empresas de
México, nuestra condenación cuando audazmente insulta y ataca en la prensa
de hoy y en el radio de anoche a un grupo respetable de insospechables
compañeros diputados revolucionarios, como son los miembros del Comité de
Defensa de los Trabajadores, en favor de quien hablan las organizaciones
obreras y campesinas del país”. (Aplausos).
Miguel Ángel Menéndez siguió en la lista del linchamiento discursivo y
pidió no alarmarse porque dos diputados, de 172, tomaron bandera en el
campo enemigo. En cambio, Daniel Santillán propuso la consignación de
Iturbe y Bolívar a la Comisión de Justicia, para que se les juzgue, “porque
también me parece una inconsecuencia que estemos señalándolos como
directores de un movimiento contrarrevolucionario y no tomemos las medidas
que establece nuestro régimen interno con objeto de aclarar su posición,
porque no es congruente —repitió— que estén conviviendo con nosotros
90
nuestros mismos enemigos. No nos importa que el General Iturbe haya sido
un connotado revolucionario; es que el General Iturbe está viviendo ahora el
pensamiento
de
1910;
es
que
tal
vez
han
tomado
las
fuerzas
contrarrevolucionarias, como abanderado, al Diputado Iturbe en consideración
a sus antecedentes de ayer; pero si Iturbe ha obrado de buena o mala fe,
corresponde a la Comisión de Justicia de esta Cámara deslindar de una vez
por todas su responsabilidad”. (Aplausos).
Luis Flores externó su aprecio a Iturbe y consideró que el frente es
inofensivo. “El peligro, advirtió, está en otras partes: está emboscado en
algunas Secretarías de Estado, y hay el hecho concreto de que, de la de
Economía, salieron los elementos materiales, y están saliendo hasta la fecha,
para el sostenimiento del Frente Democrático Popular. En consecuencia, he
de proponer concretamente, y aún pido que se señale en esa Comisión, para
que hagamos una investigación serena y consciente en algunas de las
Secretarías que, en mi concepto, están mal empleando los fondos públicos
para el sostenimiento de ese organismo que dirige el señor General Iturbe”.
(Aplausos).
Hubo más participantes. Finalmente, el presidente concretó: son dos las
proposiciones: la primera hecha por el compañero Flores, de que se nombre
una comisión para que investigue las actividades políticas de algunas
Secretarías de Estado; y la segunda, que se consigne al Gran Jurado a los
compañeros Iturbe y Bolívar Sierra. Se actuó en consecuencia.
Iturbe y Bolívar Sierra fueron expulsados del Partido.
91
El general viaja seguido a Sinaloa porque finalmente las voces
almazanistas lo convencieron de lanzarse por la candidatura al gobierno del
Estado para el periodo que iniciaba en 1940.
Campaña para gobernador en el almazanismo y viaje a Japón
Sinaloa, especialmente en el sur, vivía una cruenta guerra entre
agraristas y pistoleros de los terratenientes, a quienes se unieron campesinos
pequeños propietarios, producto del reparto agrario promovido por el
presidente Cárdenas. A Iturbe se le relacionó con los “dorados” al servicio de
los grupos poderosos de Mazatlán y del sur del Estado.
Los asesinatos estaban a la orden del día por los dos bandos, iniciados
desde 1934 y recrudecidos al fin del sexenio del general Cárdenas.
Eran tiempos electorales y en una carta mecanografiada —sin
destinatario y sin fecha, titulada “Situación política del suscrito”—, Iturbe fijó su
posición respecto a los comicios que se avecinaban, en el país y en Sinaloa.
“Quien quiera que piense en sustituir a Cárdenas en el poder, tendrá que
superarlo… A un hombre así no lo derrota nadie”, sentencia y confesó que
“como los susurros me han venido del almazanismo, me defiendo en la forma
siguiente: yo vivo en la pobreza; no exploto en forma alguna la amistad con
que me honra el señor presidente y cuando me acerco a él es para decirle
algo en bien de los trabajadores, de algunos compañeros postergados y casos
de bien general. En cambio, todos los que han figurado en la política como
candidatos han gozado no tan sólo de atenciones sino de prerrogativas. Me
consta que el general Almazán, además de haber hecho millones a la sombra
del Gobierno, tiene aún contratos de construcción de vías que valen millones
92
de pesos. Les hago ver cómo la organización que presido (el Frente), sin ser
partido político, ha favorecido la libre expresión de sus agremiados a favor del
almazanismo, o de quien quiera que sea”.
“Así las cosas, pienso renunciar a la Confederación de Independientes,
o disolverla, concretándome al Frente y declarando a éste públicamente
apolítico por esta vez; habiendo resistido a toda presión, a veces agresiva,
para que tome parte activamente en la campaña”.
“En cuanto a Sinaloa, insisten en que acepte jugar para Gobernador o
Senador, diciendo que estoy obligado al Pueblo. Yo sostengo que habiendo
sido ya Gobernador Constitucional, toca ahora a elementos jóvenes asumir
esa responsabilidad, que, además, no tengo dinero para una campaña política
y que, por último, dado el engranaje de intereses creados, sería muy difícil se
respetara una elección independiente a pesar de los muy buenos propósitos
del Señor Presidente a este respecto. Sin embargo, si puedo, iré a mi Estado
a darles una satisfacción que justifique mi abstención”.
Lejos de la abstención, Iturbe se registró como candidato a gobernador
del Estado por el partido de Juan Andrew Almazán, “y si el nombre del
divisionario poblano inflamó a los mexicanos, el nombre del viejo
revolucionario sinaloense engrosó más las filas del almazanismo en su tierra
natal”. (Nakayama, 1975, 227).
Triunfó Rodolfo T. (Tostado) Loaiza. “El coronel Loaiza sudó la gota
gorda para llegar a ser electo gobernador institucional de Sinaloa para el
cuatrienio 1941-1944. Sólidos y macizos contrincantes se le enfrentaron en la
justa electoral… Tres tigres de la política sinaloense participaron en esa reñida
contienda que hizo historia por su contundencia, agresividad, efervescencia y
93
sorprendentes resultados: Rodolfo T. Loaiza, Ramón F. Iturbe y Guillermo
Liera Berrelleza. (Figueroa, 1989 ,105).
El candidato oficial, del PRM, fue el mochiteco Guillermo Liera
Berrelleza, y para la presidencia por el mismo partido el general Manuel Ávila
Camacho. Loaiza, originario de San Ignacio, era candidato independiente,
respaldado por Cárdenas y por el gobernador del Estado en turno, coronel
Alfredo Delgado. Iturbe fue postulado por el Partido Democrático del general
Juan Andrew Almazán.
En mayo de 1940 se ofreció en Los Mochis una comida a Ávila
Camacho y se realizó una manifestación electoral en la cual ocurrió un
enfrentamiento entre Lieristas y Loacista, con saldo de nueve muertos y
decenas de heridos. El candidato oficial a la presidencia se molestó por los
hechos y externó que ninguno de los dos (ni Liera ni Loaiza) le gustaba para
gobernador.
Las elecciones fueron muy peleadas. Existe la versión de que Iturbe
obtuvo la mayoría de votos, que incluso Liera sobrepasó en votos al candidato
del general Cárdenas, pero el triunfo al final se le otorgó a Loaiza. Iturbe
perdió doblemente: el gobierno de Sinaloa en su persona y con Almazán la
presidencia.
Tan pronto tomó posesión como presidente, Ávila Camacho explicó a
Iturbe que el Partido no podía permitirse dejar como gobernador de Sinaloa al
candidato
almazanista,
y
Liera
había
cavado
su
sepultura
en
los
acontecimientos de Los Mochis. Por esa razón quedó el candidato
“independiente” de Cárdenas: el coronel Loaiza. Le pidió que eligiera el país
donde le gustaría ser enviado como agregado militar. Iturbe optó por Japón y
94
pidió que lo mandara cuanto antes, pues él no quería ser responsable de un
posible levantamiento en Sinaloa al imponerse un gobernador que el pueblo
no había elegido. Él, como Almazán, pensaba que una revolución en esos
momentos atrasaría al país 50 años.
Así Iturbe y su familia llegaron a Japón a principios de 1941. Mireya
Iturbe, entonces una joven de 18 años de edad, narra el viaje, especialmente
el regreso, con profusión de detalles.
Iturbe, a diferencia de la mayoría de los diplomáticos que sólo hacían
amistad con los otros diplomáticos, hizo de inmediato muchos amigos
japoneses, incluso, el emperador le regaló un sable de samurai. Lo anterior le
valió de mucho cuando estalló la guerra.
Como era un gran aficionado a la fotografía (tenía una Laica alemana,
una cámara estereoscópica para fotos en tercera dimensión y una cámara de
cine), le encantaba tomar fotos de todos los miembros de la familia, de los
paisajes y muy especialmente de las flores. En Japón tomó películas y fotos
de maravilla.
Iturbe sabía que los japoneses se estaban preparando para la guerra con
los Estados Unidos. El embajador americano en Japón, que se había hecho
su amigo, le sugirió que enviara a México a sus hijos y su esposa. En la
embajada americana sólo quedaban ya los diplomáticos, sus familiares se
habían ido desde la primavera. Cuando se lo planteó a Mercedes, ella le
respondió: “Yo de ninguna manera te dejo aquí solo, y Mireyita está muy chica
para vivir sin la protección de sus padres. Así es que el único que se regresa
es Elohim”. El barco en el que regresó mi hermano fue el último que llegó a
Estados Unidos antes de Pearl Harbor.
95
Por cierto, Iturbe logró que el cónsul americano les diera visa a José
Pagés Llergo (luego director de la revista Siempre) y a Díaz Araiza, periodistas
mexicanos que estaban en Japón y a los que le habían negado la visa los
americanos. Pagés sentía que con eso el general les había salvado la vida y
se lo agradeció siempre.
La guerra mundial se había desatado y el conflicto llegó a las embajadas.
A todos los mexicanos los encerraron en la Legación de México: al ministro, al
primer secretario, al cónsul, al vicecónsul, sus esposas y a Iturbe con su
familia. Nadie podía salir para nada, pero los policías que los custodiaban los
llevaban a los parques donde estaban los cerezos en flor para que Iturbe
tomara fotos. Los policías pedían que no lo comentaran a los demás porque a
ellos no los podían sacar.
Plática Mireya que en una ocasión, en la mesa, “el general Amezcua9 ,
que era el ministro, estaba presumiendo de su heroísmo en la revolución y
hubo un momento en que fueron tantos sus alardes que mi papá no se
aguantó y le preguntó: ‘¿En qué año fue eso, mi general?’, ‘pues en tal año’.
‘¿Y quién era el comandante de la zona en esa fecha?’, ‘El general Diéguez a
cuyas órdenes estaba yo’. ‘Pues qué curioso, porque de tal fecha a tal fecha el
comandante era yo’. Excuso decirle cómo se puso el general Amezcua, daba
de alaridos y golpeaba la mesa porque se le había humillado delante de su
esposa y de los demás mexicanos. Mi papá simplemente se levantó de la
mesa sin contestar a los insultos. Pues los criados japoneses que escucharon
todo lo reportaron seguramente a los policías que nos custodiaban y
recibieron sus instrucciones. El general Amezcua se enfermó de manera
9
El general José Luis Amezcua, ministro desde septiembre de 1941 hasta diciembre cuando la legación se retiró a
causa de la Segunda Guerra Mundial. Las relaciones diplomáticas con Japón se restablecieron en abril de 1952.
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misteriosa y fue llevado a un hospital; de ahí a un hotel en la montaña con su
esposa, y no se le volvió a ver hasta que zarpamos en barco de regreso a
México”.
La ruptura de relaciones entre Japón y México ocurrió el 8 de diciembre
de 1941 y de esa fecha hasta junio de 1942 estuvieron encerrados en la
Legación de México. Platica Mireya que en cuatro diferentes ocasiones
llegaron a decirles que ya iban a regresar a México, para desdecirse a la
semana porque no se había llegado a un acuerdo con los americanos. “La
última vez que dijeron que embaláramos nuestras pertenencias, vajillas,
muebles, marfiles, etcétera, porque los americanos iban a permitir a los
japoneses que regresaban de los Estados Unidos que trajeran todos sus
aparatos eléctricos, nadie de la embajada les creyó, salvo mi papá que
procedió a embalar en grandes cajas de madera todo lo que habíamos
comprado en esos seis meses de encierro”.
Los japoneses habían confiscado el automóvil, un Lincoln modelo 1941
que compraron al pasar por Los Ángeles rumbo a Japón. Dijeron que se lo
podían vender al ministro de Relaciones pero que no podían sacar el dinero
del país. Quedaría en un banco hasta después de la guerra. Pero si querían
comprar mercancía japonesa con ese dinero (perlas, marfiles, sedas,
porcelana) eso sí podían llevar a México en el viaje. “Así, cuando nos llegaron
a buscar para llevarnos al barco, fuimos los únicos que estábamos con todo
empacado, listos y esperando mientras el cónsul y el vicecónsul nos llamaban
ingenuos y crédulos”, cuenta la hija del general.
Hubo dos barcos japoneses de intercambio: uno que salió de Shanghai,
ciudad ocupada por las tropas japonesas, y el que trasladaría a los
97
mexicanos. El viaje fue lento. Los navegantes se trasladaron primero desde
Yokohama, Japón hasta Lorenzo Márquez, territorio neutral japonés en
Mozambique, colonia portuguesa al sureste de África, donde abordaron el
enorme barco sueco en el que venían los japoneses de Canadá, Estados
Unidos, México, Centro y Sudamérica.
En tres ocasiones los detuvieron submarinos que subieron su periscopio
para inspeccionar las grandes cruces rojas que llevaban para ser identificados
como barcos de intercambio, mientras que todo mundo sobre cubierta detenía
el resuello. Parece que este era el camino largo, estrecho, lleno de peligros
que le anunciaron a Iturbe los “hermanos”.
De Lorenzo Márquez fueron a Río de Janeiro, Brasil a dejar a los
sudamericanos y de ahí a Nueva York, donde Iturbe recibió los sueldos de los
meses que estuvo incomunicado y compró otro automóvil.
El siguiente comunicado de la Secretaría de Relaciones Exteriores, da
cuenta del pronto paso de Iturbe, familia y equipaje por los Estados Unidos:
México, D.F., a 26 de agosto de 1942
C. Director General de Aduanas
Presente:
El señor General Ramón F. Iturbe, que fue Agregado Militar de México en la
Legación del Japón, se encuentra en camino para la República acompañado de su
familia, debiendo entrar por la Aduana de Nuevo Laredo, junto con su equipaje,
compuesto de 33 cajas de madera, 15 baúles, 16 belices (sic) y un automóvil Lincoln
Zephir equipado con radio. En consecuencia ruego a usted atentamente que se sirva
girar las órdenes telegráficas a la Aduana mencionada a fin de que se le concedas las
franquicias de Ley a que tiene derecho el señor General Iturbe, así como las cortesías
acostumbradas.
Muy atentamente
SUFRAGIO EFECTIVO NO REELECCIÓN
EL DIRECTOR DEL CEREMONIAL
M. (Mariano) Armendáriz del Castillo
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La última guardia en honor a sus restos mortales
Por fin en México, radicaron en la capital del país, donde Iturbe compró
una casa por la calle Durango y trabajó para Parques y Jardines, a través de
contratos. Luego fundó una compañía “Distribuidora e Impulsora de Industrias
Nacionales” donde trabajaron Mireya y Manuel Ferreiro y Ferreiro, familiar de
la esposa del general.
En abril de 1955 murió Mercedes, la mujer que tan importante fue en la
vida de Iturbe, sin embargo, al año siguiente contrajo matrimonio con Luisa
Marienhoff. Su amigo, el general Gabriel Leyva Velázquez, gobernador
constitucional de 1957 a 1962, le pidió que se fuera a Sinaloa a trabajar con
él, por lo cual vendieron la casa de la calle Durango donde residían en México,
y vivieron unos años en Culiacán, por la calle Rosales.
Por ese tiempo recibió el nombramiento de comandante de la Legión de
Honor, que le otorgó el presidente Adolfo López el primero de agosto de 1958,
con el que se mantuvo hasta el 16 de febrero de1966. Regresaron al Distrito
Federal a una casita que el ejército les alquiló por una renta bajísima atrás del
Hospital Militar, en el número 19 de la calle Batalla de Orendáin.
Al llegar a la presidencia Gustavo Díaz Ordaz (diciembre de 1964),
nombró como secretario de la Defensa Nacional a Marcelino García Barragán,
quien designó a su amigo Benito Bernal Medina como comandante de la
Legión de Honor, en lugar de Iturbe. Probablemente, el general García
Barragán pensó que si le decía a Díaz Ordaz que el comandante en ese
momento era Iturbe, el presidente no hubiera aceptado removerlo de su cargo,
así que sólo recomendó a su amigo para el puesto y el presidente firmó el
nombramiento sin saber que así eliminaba del puesto a Ramón F. Iturbe. Se
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extrañó cuando se lo avisaron, pero estaba seguro de que Díaz Ordaz
seguramente tenía pensado otro puesto para él.
Añade Mireya que “en eso, un día tropezó con la silla de ruedas de mi
madrastra (ella quedó sin poder caminar al regresar de Sinaloa), se cayó y se
rompió la cabeza del fémur que tenía incrustado en el iliaco desde la
Revolución. Estando él en el hospital le avisaron a mi madrastra que tenía que
desocupar la casa en la que vivía porque mi papá ya no era Comandante. Y
no tenía derecho a la misma”. Además, no tenía pensión del Ejército porque a
los 65 años la permutó por una determinada cantidad de dinero.
La situación económica era desesperante: no tenía ningún ingreso
económico por trabajo, ni casa y sí una deuda por la hospitalización. Cuenta
Mireya que en vida de Mercedes, su papá compró el casco de una hacienda
en Michoacán, un lugar paradisiaco, pero abandonado. Había sido una
hacienda enorme riquísima y los dueños construyeron un verdadero palacio
ahí, al que trajeron muralistas italianos a pintar paredes y techos de todos los
cuartos. La terminaron en febrero de 1910, según la inscripción en la escalera,
a la entrada. Después de la revolución y de los repartos agrarios de Cárdenas
a los ejidatarios, sólo quedó el casco con 54 hectáreas que le vendieron a
Iturbe a un precio irrisorio. Consiguió permiso para utilizar las maderas
muertas de la región y construyó ahí un aserradero. Trató de sembrar
diferentes cosas pero como no vivía ahí (sólo iba algunos fines de semana y
en las vacaciones) el capataz vendía las cosechas y le decía que se habían
perdido por las heladas o las lluvias o el calor. Por fin decidió vender el
rancho, que había puesto a nombre de Luisa y de Mireya. En su tiempo el
rancho de Michoacán era un elefante blanco que le estaba costando un ojo de
100
la cara mantener. Un señor de Michoacán le pagó el 10 por ciento por una
opción de compra, y decidió que podría morir tranquilo porque dejaba a Luisa
protegida.
El dinero de la permuta por la pensión y el de la venta de la casa lo
invirtió todo en una mina en Sinaloa que jamás le produjo un centavo
A pesar de todo eso —platica Mireya—, cuando lo fui a ver al hospital,
estaba lleno de optimismo y de fe. Después de una operación, su pierna iba a
quedar mejor que antes de la fractura del fémur y en cuanto a trabajo, seguía
convencido de que el presidente le avisaría qué puesto iba a ocupar. Fue a
ver a varios de los amigos del general, entre ellos a José Pagés Llergo, ahora
director de la revista Siempre. Él llamó a López Mateos, desayunaron juntos y
le planteó la situación del general, y le externó su extrañamiento de que un
gobierno que se decía revolucionario tratara así a quienes habían hecho la
revolución, e insinuando que la revista Siempre lo iba a defender. “Al día
siguiente estaba Luis Echeverría, secretario de Gobernación, en el hospital,
enviado por Díaz Ordaz, con 20 mil pesos para cubrir los gastos inmediatos de
mi papá y nombrándolo miembro de la Lotería Nacional para la Asistencia
Pública con un espléndido sueldo. Cuando llegué nuevamente al hospital me
dijo: —Ves como tenía razón—. Jamás le conté que yo había ido a llorar a
Pagés Llergo, desesperada por lo de su casa, empleo y hospitalización, a lo
que no le veía solución”.
La casa se la siguieron alquilando en una renta bajísima hasta que murió
y entonces sí, Luisa tuvo que desocuparla, pero para esa fecha se había
vendido el rancho de Michoacán y ella pudo comprar una casita en México.
101
En este sexenio de Díaz Ordaz se le otorgó la medalla Belisario
Domínguez, máxima condecoración que la Cámara de Senadores entrega a
los mexicanos más eminentes.
Iturbe contó a su hija Mireya que los “hermanos” le habían dicho que
moriría a los setenta años, pero que al llegar a esa edad les pidió que le
dieran 10 años más para buscar la curación de Luisa que estaba en silla de
ruedas, sin poder ya caminar, y que se los habían concedido. “Cuando se
acercaba a los 81 yo le decía que seguramente le habían dado otros 10 años
en vista de que Luisa no lograba curarse. Él sonreía y movía la cabeza en
silencio”.
No fue así, de otra manera hubiera sido senador suplente del general
Gabriel Leyva Velázquez, en la XLVIII Legislatura, que inició sus funciones el
día 1 de septiembre de 1970 y concluyó el 31 de agosto de 1973. La fórmula
fue postulada por el Partido Revolucionario Institucional.
Veía cercano el final. Le dijo a Mireya que posiblemente los sinaloenses
querrían enterrarlo en la Rotonda de los Hombres Ilustres, allá en el Estado, y
que si así fuera, insistiera en que trasladaran también los restos de Mercedes
junto con los de él, pero que de ninguna manera permitiera que los separaran.
En una hoja membretada con el logotipo del Club de Leones (al cual
Iturbe perteneció buena parte de su vida), con fecha 29 de julio de 1988, en
Culiacán, Enrique Arredondo Quevedo solicitó al gobernador Francisco
Labastida Ochoa “se corran los trámites correspondientes para que sus restos
(de Iturbe) sean depositados en la Rotonda de los Hombres Ilustres”.
Aprovecha para citar que “un día por la tarde acompañé al Sr. Gral. Iturbe al
Panteón Municipal de esta ciudad (Culiacán), con el fin de visitar la tumba de
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su hermana, y al salir estuvimos en la Rotonda y él admiró las placas ahí
depositadas, y entonces me dice: ‘Enrique, aquí tengo un lugarcito”.
Hubo intercambio de correspondencia, pero los trámites sólo llegaban a
eso, al envío de cartas. Arredondo pensaba que no habría problema con el
traslado de los restos de Iturbe junto con los de Mercedes, ya que ésta estuvo
con él en los campos de batalla durante la revolución. En febrero de 1991,
insistió una vez más, en un tono derrotado: “Sr. Gobernador, a veces creo,
que acaso los espíritus de Obregón y Calles, se interponen para que el pueblo
de Sinaloa a través de su gobierno, se reconozca de los méritos del personaje
que aludo”. Los restos de Iturbe, y de Mercedes, continúan en México.
Murió con honores. La última guardia ante sus restos mortales, la
hicieron Gustavo Díaz Ordaz y el candidato a la presidencia, Luis Echeverría
Álvarez, en la Funeraria del Ejército. Presidieron el cortejo fúnebre: Luisa
Marienhoff, sus hijos Víctor Manuel, Elohim, Mireya y Aurora; sus hermanos
Arturo Sicairos y Beatriz de Navarrete.
El poeta sinaloense Alejandro Hernández Tyler, escribió en la Revista
Presagio, a propósito del deceso:
“El general Ramón F. Iturbe cerró los ojos al mundo en la ciudad de
México, el 27 de octubre de 1970, bajando a la tumba con todos los honores
militares debidos a su alto rango en el escalafón del ejército nacional,
dejándonos como herencia el ejemplo de su vida y de su obra”.
103
3. LA PRESENCIA DE LA MUJER
Mujeres en la revolución y el “Estado Mayor de Iturbe”
A manera de cierre de la entrevista para la revista Siempre, Beatriz
Reyes Nevárez recapitula:
—En suma, sus tres grandes aficiones son la milicia, el servicio a los
semejantes y la idea cooperativista.
—Pues sí. Y se podría añadir otra gran pasión. Una pasión que es más
bien un acto de fe continuamente renovado. Fe en la mujer, que tanto significa
para mí y que tanto significó durante la Revolución. Todavía no se ha dicho
por completo lo que la Revolución debe a las mujeres. (Reyes, 1966, 39).
Tal aseveración se respalda con algunos hechos. Por ejemplo, es fama
mundial que Valentina Ramírez Abitia, quien se unió al movimiento
encabezado por Francisco I. Madero, al lado de su padre Juan Ramírez,
participó, vestida como hombre, en la primera toma de Culiacán bajo las
órdenes del general Ramón F. Iturbe, quien le otorgó el grado de teniente, si
bien el mismo general la sacó de las filas al descubrir la verdad.
Se especula que fue la mujer inspiradora de la canción revolucionaria
La Valentina, que tanto cantaron los miembros de la División del Norte,
aunque ella misma negó tal versión en una entrevista que le hizo Leopoldo
Avilés Meza el 21 de febrero de 1969 para El Diario de Culiacán, en el
Hospital Civil donde se le atendía de heridas que tuvo al ser atropellada por un
automóvil en su natal Navolato. Al final de la entrevista, dijo a Polo Avilés:
“¡Oye, hijo! No se te olvide decir que no fui yo la que inspiró la canción
de ‘La Valentina’… Ella fue mi amiga, una muchacha muy hermosa. Fuimos
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vecinas en San Antonio del Norotal, pueblecito donde nos criamos, pero antes
de que estallara la Revolución se la ‘robó’ un general y se fueron a vivir a
Morelia, Michoacán, pero antes, un individuo de nombre Miguel, originario de
Texas, le había compuesto la canción, producto del amor que le profesaba,
pero el general apodado ‘El Tigre’ se llevó la ‘polla”.
En esta toma de Culiacán también intervino Clara de la Rocha, hija del
jefe revolucionario Herculano de la Rocha ambos participantes en la
revolución maderista y ella en particular como comandante de guerrilla.
Participó también en el asaltó a la Casa de Moneda de la ciudad. Ramona R.
Flores, alias La Tigresa, se adhirió al movimiento encabezado por Francisco I.
Madero, militó bajo las órdenes del general Ramón F. Iturbe y participó en la
toma de la plaza de Culiacán, Sinaloa. (INEHRM, 1992, 21).
En plan de hacerles justicia y de mantenerlas en la memoria, conviene
mencionar aquí a María Guadalupe Rojo de Alvarado, quien nació en
Culiacán, en 1856. “Perteneció a una de las distinguidas familias de la ciudad.
Contrajo matrimonio con el minero sinaloense Abraham Izábal, del que pronto
enviudó. Se fue a residir a Mazatlán, Sinaloa, donde conoció al que fue su
segundo esposo, Casimiro Alvarado; juntos reeditaron en Guadalajara,
Jalisco, el periódico de oposición Juan Panadero” y colaboró en la lucha en
pro de la reivindicación político-social de México. Al morir su esposo siguió
publicando el diario en la ciudad de México, con la misma línea editorial, por lo
que fue encarcelada varias veces, una de ellas en 1904, por su participación
en la campaña en favor de los campesinos de Yautepec, Morelos. (INEHRM,
1992, 9). De igual manera a Rosaura Bustamante viuda de Gómez, mazatleca
de nacimiento, quien “casó en segundas nupcias con el licenciado José F.
105
Gómez, alias Che, originario de Juchitán, Oaxaca, quien encabezó una
rebelión armada en la región en 1911. Como viuda del caudillo juchiteco se
consideró responsable de mantener viva la lucha de Che Gómez. En marzo de
1914 fue detenida y enviada a prisión en el puerto de Veracruz, Ver., por
simpatizar con el constitucionalismo y enviar juchitecos al gobernador de
Oaxaca Miguel Bolaños Cacho, a fin de que constituyera una fuerza armada y
se adhiriera al carrancismo. (INEHRM, 1992, 31).
Mireya recuerda que hay una fotografía del general Iturbe rodeado de
un grupo de jovencitas con rifles y cananas que fue publicada con el pie de
foto: El general Iturbe y su estado mayor. “Mi papá me contó que en todos los
pueblos a donde llegaban, la gente escondía a sus hijas porque los
revolucionarios tenían fama de robarse a las muchachas. En ese pueblo que
tomó mi papá se dieron cuenta de que él no era de los que robaba chicas y
entonces salieron todas a conocerlo. Ellas fueron las que pidieron ser
retratadas con él así”.
Rafael Reyes Nájera narra la anécdota en forma más detallada:
¡Topia había caído!
Entonces, entre revolucionarios y rurales apagaron el fuego que
amenazaba propagarse a toda la población.
Hasta oídos de Iturbe llegó la versión que circulaba por Topia:
“El bandido Iturbe se lleva siempre a las muchachas más bonitas del
pueblo”.
Sabiendo él que las muchachas de la primera sociedad de Topia
estaban ocultas en el Consulado Americano, fue hacia allá.
Cuando las tuvo enfrente les dijo:
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“Iturbe no es un bandido, lucha por la Revolución Mexicana y ustedes
no tienen que temer nada de él ni de sus hombres”.
Las asustadas durangueñas pronto se hicieron sus amigas y el propio
cónsul americano les tomó fotos junto a Iturbe. Estas fotos fueron a dar a los
Estados Unidos. Luego de allí a esta Capital, y los periódicos capitalinos las
publicaron con esta cabeza: “Iturbe y su Estado Mayor”. (Reyes Nájera, 1954,
50-51).
¿Un cónsul en Topia, Durango —un pueblo pequeño remontado en la
sierra—, en 1911? La inexistencia de un consulado hace dudar a Héctor R.
Olea y pregunta si tal foto está tomada en Topia o en Culiacán. Iturbe confirma
la anécdota y aclara que fue tomada en Topia, entonces un importante pueblo
minero donde se estableció un consulado para atender a los norteamericanos
que explotaban las minas. El cónsul mandó la fotografía a Estados Unidos y
posteriormente se publicó en distintas revistas nacionales y del país vecino.
Era un verdadero feminista —sostiene Mireya—. Tenía un gran respeto
y admiración por las mujeres, como lo demuestra su discurso al recibir la
medalla Belisario Domínguez. En esa ocasión, viernes 7 de octubre de 1966,
apenas unos días antes de la entrevista con Beatriz Reyes, Iturbe enfatizó:
“No quiero pasar por alto el referir que también nuestra visión del
porvenir como revolucionarios, se relacionó siempre con el resurgimiento de la
mujer, a la cual, afortunadamente, ya se le han reconocido sus derechos,
colocándola en igualdad de posibilidades con el hombre. Observamos con
satisfacción cómo en la actualidad va escalando los peldaños de todas las
actividades, ocupando con toda efectividad los puestos públicos que se le
confían, ya en la Cámara de Diputados, ya en la de Senadores, o bien
107
conquistando títulos como profesionista en las distintas ramas de la Ciencia o
en las Artes. En una palabra, como la fuerza complementaria del hombre,
colaborando con él eficazmente en la obtención de la paz y de la felicidad.
Para ella, la mujer, mis parabienes y mi ferviente veneración como madre,
como hermana, como hija, así como en su papel de novia o esposa”.
Marina Soto y la madre de Lupe
Iturbe era consecuente con lo anterior y su verdadero frente feminista lo
constituyeron las mujeres de su familia, en primer lugar, su madre Refugio
Iturbe, con quien compartió su vida. Sus hermanas se perdieron en el
anonimato. Arturo Sicairos, el hermano menor, entró a la revolución como
soldado raso a los 15 años. Era valiente y se destacó en varias batallas, pero
no fue ascendido para que no se dijera que por ser hermano del general Iturbe
se le daba el grado. En el Diario de los Debates de la Cámara de Diputados,
sesión del 2 de marzo de 1948, se anuncia el oficio de la Secretaría de la
Defensa en el cual consta que se le asciende a coronel de Estado Mayor en el
Ejército. Mireya explica que sólo después que estudió y se diplomó en el
Colegio Militar alcanzó el rango de general.
Respecto a las mujeres con quienes entabló relación sentimental y
matrimonial, su hija Mireya cuenta lo siguiente: “Antes de la revolución, a mi
papá le gustaba mucho montar y correr en las carreras de caballos. Debido a
su pobreza, ni él ni su familia tenían caballos (era pobre), pero conocía a un
ranchero que sí los tenía y muy buenos”.
“Mi tío Arturo —añade— me contó que para lograr que ese ranchero le
prestara sus caballos para las carreras, se conquistó a la hija de él”. Se trata
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de una dama a quien José María Figueroa identifica como “doña Marina Soto,
guapa doncella originaria de Alcoyonqui. A ella la conoció en este pueblo
antes de la lucha armada, cuando fue propietario de una tienda de abarrotes.
Hizo vida marital con doña Marina y no se casó con ella porque a sus padres
se les hizo muy poca cosa el pretendiente” (Figueroa, 1989, 72). Así fue como
nació Aurora Iturbe Soto, a un mes de que Ramón cumpliera 21 años, el 30 de
octubre de 1910, cuando estaba entregado a reunir gente y armas para la
revolución, de tal manera que no se enteró de su existencia hasta después.
Además —continua Mireya—, “la familia de mi papá quería casarlo con
una muchacha muy linda vecina de ellos. También se embarazó y tuvo una
hija en 1911 o 12, pero la madre estaba tuberculosa y murió en el parto,
quedando la niña al cuidado de mi abuela. Cuando mis padres se casaron y
mi mamá se enteró de la existencia de las dos niñas quiso adoptarlas para
que crecieran como hijas suyas, pero la mamá de Aurorita no aceptó dársela.
Lupe sí creció entre nosotros creyendo que era hija de mis dos padres, hasta
que un día mi abuela le dijo la verdad, lo cual fue un golpe terrible para ella.
Murió tuberculosa, igual que su madre, a los 27 años”.
Aurora vivió en Culiacán donde se dedicó buena parte de su vida a la
docencia. Incursionó en la política como consta en el Diario de los debates del
Martes 25 de Agosto de 1970 de la Legislatura XLVIII. El 5 de julio de ese año
se realizaron en Sinaloa elecciones para diputados federales por el tercer
distrito. Aurora Iturbe Soto acompañó como suplente a Roberto González
Mata en la fórmula del Partido Auténtico de la Revolución Mexicana y habían
obtenido 629 votos, contra 53 mil 479 del Partido Revolucionario Institucional,
109
5 mil 222 del Partido Acción Nacional y mil 586 votos del Partido Popular
Socialista.
Aurora y el general mantuvieron comunicación y correspondencia casi
hasta la muerte de éste.
Mercedes Acosta, centro de la familia nuclear
Mercedes Acosta Ferreiro fue la principal compañera sentimental de
Ramón F. Iturbe, con quien se casó en Culiacán, por lo civil y por la iglesia, en
una boda que apadrinó el general Venustiano Carranza.
¿Cómo la conoció? Mireya, hija de ambos, narra:
“Mi madre me contó que en una ocasión, en Cosalá, a ella la
escondieron en el desván porque decían ‘viene el general Iturbe con su gente’.
A partir de ahí le quedó la curiosidad de conocerlo. Un día, paseando en el
parque central (al parecer en Culiacán), mi papá la vio y la fue siguiendo hasta
su casa. Cuando ella entró, él tomó una carroza y se puso a darle vuelta a la
manzana mientras ella se asomaba detrás de la cortina de una ventana.
Finalmente, al ver que no volvía a salir, él le escribió un recado en una tarjeta
diciendo que era el general Iturbe y que al día siguiente salía para la capital
del país porque Madero lo había mandado llamar, que iba a estar en tal
dirección en el Distrito Federal y quería establecer correspondencia con ella.
Mi mamá salía la semana siguiente a visitar a una tía precisamente en el D.F.,
así que le escribió dándole la dirección de la tía Lorenza Ferreiro de Del Valle”.
Y ahí dio inicio el cortejo. Cuando asumió la presidencia Madero,
Ramón le pidió consentimiento y apoyo para estudiar ingeniería militar en los
Estados Unidos. Ramón debía prepararse pero no estaba dispuesto a terminar
110
su relación sentimental con Mercedes. Entonces tuvo lugar entre ellos la
siguiente conversación:
“Pues me voy por varios años. A lo mejor cuando regrese ya estará
usted casada”, especuló Ramón.
—Pues a lo mejor sí.
Ante la respuesta, Iturbe sintió que se le hundía el piso.
“Y si yo le pidiera a usted que me esperara a terminar mis estudios.
¿Sería demasiado pedirle?”.
—Bueno… ¿por qué no me lo pide?
Todo esto ocurría ante la presencia de Lorenza Ferreiro, tía de
Mercedes, quien no los dejaba solos ni un instante.
Así empezó el noviazgo que terminó en matrimonio civil y religioso en
febrero de 1914 con Venustiano Carranza como padrino de bodas. La
ceremonia nupcial se realizó en el templo de Guadalupe, hasta ahora
testimonio de la boda y del pago de una doble promesa hecha por Iturbe, una
de amor, que involucraba a Mercedes y la otra de agradecimiento por
conservarle la vida al ser herido en combate en plena lucha revolucionaria, ya
que al asumir la gubernatura construyó la escalinata de116 niveles.
Debió ser fuerte el flechazo, pues la relación continuó después del
matrimonio por 41 años —12 de febrero de 1914— hasta el deceso y sepulcro
de Mercedes (en abril de 1955) en el Panteón Jardín de la ciudad de México
donde Iturbe compró dos lotes, a perpetuidad, para que al morir él se le
enterrara —como ocurrió— junto a la que fuera su esposa por tanto tiempo.
Tan grande era el amor por Mercedes que Iturbe ofrendó su vida en
prenda por una promesa de amor en una temeraria hazaña militar, la segunda
111
toma de Culiacán, esta vez por las fuerzas de Álvaro Obregón, al mando de
don Venustiano Carranza. Rafael Reyes Nájera la narra en forma muy amena
en la revista “Letras”, por lo cual la presentamos íntegra::
Eran los primeros días del mes de noviembre de 1913.
El Ejército del Noroeste comandado por el General Álvaro Obregón
había sitiado a Culiacán, plaza defendida por el General Federal Miguel
Rodríguez.
El sitio había durado varios días y las municiones escaseaban a las
fuerzas constitucionalistas del divisionario sonorense.
Llegó un momento en que Obregón, previendo un desastre por la falta
de “parque”, llamó a su segundo en el mando, el General de Brigada Ramón
F. Iturbe.
—General, vamos a levantar el sitio y retirarnos —ordenó Obregón.
El joven brigadier, de escasos 24 años, replicó:
“Pero mi general, no debemos retirarnos”.
—Lo sé, pero no tenemos parque y quedarnos sería un suicidio.
Entonces, el General Iturbe repuso:
“Mire, General, déme usted 24 horas para tomar Culiacán”.
Obregón se le quedó viendo:
--De ninguna manera. Nos retiramos.
Iturbe insistió en continuar con el sitio y terminó con estas palabras:
“Déjeme atacar, General; si no tomo la plaza, no salgo vivo”.
Obregón notó cómo el General Iturbe lo veía desesperado y aunque
comprendía lo arriesgado de un ataque, confió en el brigadier sinaloense:
—¡Muy bien! Lo dejo bajo su responsabilidad.
112
Iturbe salió corriendo del improvisado Cuartel General de Obregón, y
ese mismo día inició el asedio total de la Capital de Sinaloa, la que cayó en
sus manos poco después.
El General Rodríguez se retiró rumbo a Las Peñas, dejando
innumerables prisioneros en poder de las fuerzas de Obregón e Iturbe.
Luego, éste se presentó con Don Álvaro:
“General, la plaza es nuestra”.
—¡Lo felicito!
Han pasado más de 40 años desde entonces.
Y hoy, el propio General de División, Ramón F. Iturbe, nos ha dicho:
“¿Qué me hizo insistir tanto ante el General Obregón para que me
dejara atacar?...
¿Tenía fe en mi estrategia?
¿En mis tácticas de combate?
¿En mi inteligencia o valor?
No. No fue nada de eso”.
Y con una gran sinceridad de sinaloense neto, el General nos hace esta
revelación:
“¡Le había prometido a mi novia que tomaríamos la plaza ese día!”.
(Reyes, 1954, 46-47).10
Iturbe no perdía oportunidad para narrar la anécdota. Cuando lo
entrevistó Tomás Perrín11 le pidió que le hablara de la toma de Culiacán, que
10
Rafael Reyes Nájera, “Kid Alto”, reconocido cronista deportivo nacido en Culiacán, mazatleco por
adopción. Es una entrevista reportaje al cual citan muchos historiadores pero casi nadie hace referencia a
él.
11
Famoso locutor de radio y conductor de televisión además de abogado, periodista, escritor,
dramaturgo. actor y argumentista cinematográfico. Nació en la Ciudad de México el 4 de enero de 1914
y falleció en la misma ciudad el 10 de mayo de 1985.
113
Obregón en su libro describe como una hazaña militar y elogia la visión del
general Iturbe, cuenta Mireya. “Mi papá, riéndose, le dijo que no era ninguna
hazaña, ni visión ni nada. Tenían tiempo sitiando Culiacán, se les estaba
acabando el parque y les habían cortado el tren de abastecimiento, así que
Obregón ordenó la retirada. Mi padre se negó a retirarse e insistió hasta que
Obregón le dijo que se quedara con sus hombres bajo su responsabilidad,
porque eso era suicida. Esa noche tomaron preso a un federal que les confesó
que ellos tampoco tenían ya parque ni comida. Mi papá se lanzó con toda su
gente y en poco tiempo tomó Culiacán. Y decía: —Tuvimos suerte, porque yo
tenía que tomar la ciudad o morir en el intento, y a eso estaba dispuesto.
¿Cómo me iba a retirar si ahí estaba mi novia y yo le había prometido que
tomaría Culiacán por ella?”.
—¿Se habían conocido desde antes? —preguntó Beatriz Reyes:
—Sí. Pasamos varios meses hablándonos de usted y escribiéndonos
cartas y poemas. Yo no me animaba a declararme porque, ¿qué le iba a
ofrecer? Yo quería estudiar para presentarme ante ella con un futuro. El señor
Madero, ya presidente de la República, me facilitó las cosas: podría irme a los
Estados Unidos a estudiar Ingeniería en la academia militar. Poco antes de la
partida me animé. Le puse una cartita a Mercedes en la que le explicaba que
la amaba pero que ella, si me correspondía, tendría que esperarme. “Lo
espero a usted”, me contestó en seguida. (Reyes, 1966).
El matrimonio procreó cinco hijos de los cuales sobrevivieron tres:
Víctor Manuel, Elohim y Mireya. El primero nació el 17 de noviembre de 1914
en los campos de batalla a donde Mercedes acompañaba a Iturbe. El recién
114
nacido hijo del general tenía por nana un soldado que lo bañaba en el agua
fría del río o lago más cercano.
A Víctor Manuel le dio meningitis cuando era muy chico. Mireya relata
que su papá sostenía que gracias a que era masón tuvo el apoyo y la ayuda
de los masones en los Estados Unidos, a donde lo llevaron, porque el niño
quedó muy mal, casi idiotizado, después de la enfermedad, y allá lo curaron.
Cuenta Mireya: “Perdieron a dos hijos, uno recién nacido y el otro de meses,
en los 6 años entre mi hermano Víctor Manuel y mi hermano Elohim, que me
llevaba dos años y medio a mi. Yo nací en Rosales 1. Cuando yo 12 nací (1923)
él estaba estudiando francés y leyendo la novela de Mistral, “Mireille”. A eso
se debió mi nombre.
“Después de mí, mi mamá se volvió a embarazar y en una sesión
espiritista los ‘hermanos’ citaron en casa de mis padres a todos los ahí
reunidos, tal día a tal hora. Con todos ahí, el médium trataba de establecer
contacto con los ‘hermanos’ sin lograrlo. En eso, un busto pesadísimo de
bronce se resbaló desde arriba de un librero, junto al que estaba sentada mi
madre, sin que nadie se hubiese acercado ni lo hubiera tirado, y le cayó sobre
el vientre, aplastando la cabeza de la criatura que estaba por nacer. El médico
que la atendió pasó un reporte a la policía diciendo que mi padre seguramente
la había golpeado. Gracias al aviso espiritual hubo suficientes testigos para
defenderlo con la verdad”.
¿Cómo era el trato con la familia? Mireya lo explica ampliamente:
“No recuerdo que mi padre nos haya pegado. En una ocasión que quiso
pegarle a mi hermano mayor (quien vivía metiéndose en problemas por la falta
12
Mireya contrajo matrimonio con el escritor sociólogo y político guatemalteco Mario Monteforte
Toledo. Procrearon a una hija a quien bautizaron como Anaité, título de la primera novela de su esposo
escrita en 1948.
115
de dinero) éste echó a correr y mi papá, con su pierna mala, imposible que lo
siguiera. Entonces esperó a que regresara a casa y se encerró a hablar con él
más de una hora. Cuando mi hermano Víctor salió del cuarto tenía los ojos
rojos de lo que había llorado, pero nunca supimos nosotros qué fue lo que le
dijo. En otra ocasión, mi hermano Elohim, adolescente de 15 o 16 años, le
levantó la voz a mi mamá que lo estaba regañando y oyó mi papá que iba
entrando. Su reacción de enojo fue inmediata y le dio un bastonazo tal que
rompió el bastón al golpear la mano de mi hermano. Su amor por mi madre
estaba por encima de todo. Es la única vez que yo lo vi enfurecido.
“Todo ese tiempo él y mi mamá se escribían versos de amor, como si
fueran novios. En los 41 años que duraron de casados, hasta la muerte de mi
madre, jamás los vi pelearse o discutir acaloradamente.
“Cuando mi papá estaba muy enojado se ponía a chiflar, y la palabra
más ‘gruesa’ que llegaba a emplear era ‘con un chihuahua’. Mi mamá, que
había estado en los campamentos entre soldados, había aprendido bastantes
“palabrotas”. Cuando las llegaba a usar, refiriéndose a alguno de los muchos
que se aprovechaban de mi papá o lo estafaban, él se moría de risa, pues le
hacía gracia que esta mujercita tan bien educada usara ese lenguaje. Cuando
fue gobernador le compró alhajas y ropa de lo más elegante, y le encantaba
lucirla. La llevaba al teatro o la ópera y la dejaba sentada en su palco para irse
a contemplarla desde lejos. Decía que parecía una reina. No la llamaba por su
nombre, Mercedes, sino siempre ‘mi reina’, ‘mi amorcito’, ‘mi vida’, y lo mismo
ella a él. Cuando hablaba de él decía ‘mi marido’ o ‘Iturbe’. A ninguno de los
dos los oí jamás decir ‘Ramón’ o ‘Mercedes”. (Iturbe, 1993).
116
LUISA Marienhoff, capitana del amor y de la fraternidad universal
Iturbe guardó fidelidad a Mercedes desde su noviazgo en 1913 hasta
casi un año después de la muerte de ésta cuando se casó en 1956 con Luisa
Marienhoff,13 poetisa nacionalizada argentina, a la que conocía por carta y con
quien llevaba años de intercambiar prendas y correspondencia. Luisa era de la
fe Ba’há’í y en ella instruyó a Iturbe.
Aunque poetisa de vocación, Luisa escribió varios cuentos, novelas y
ensayos. Las siguientes son algunas de sus obras: Constelación de
inquietudes (1939), La Extraña (1953), Oxiacán, poeta. Conferencia
pronunciada por su autora en la Universidad de Culiacán, Sinaloa (1957). La
Revolucionaria (1959), Novela Magia (1967). Y en 1971 recopiló y publicó un
libro de poemas y otros escritos de Ramón F. Iturbe.
En noviembre de 1960 redactó un manifiesto en forma de volante
titulado: “Culiacán pide una Escuela de la “TRABAJADORA SOCIAL”,
patrocinada por la Sociedad Femenina “POR LA MUJER”, en el que, entre
otras cosas, decía: “Necesitamos construir, no remendar; cimientos sólidos, no
mendrugos;
ciencia,
no
caridad
pasajera;
revolución,
no
imitación;
regeneración social, no paliativos inocuos; conciencia política, no caudillismo;
clarividencia humana, no profesionismo egoísta; justicia, no papeleo
interminable; educación, no castigo. Y para conquistar toda esa cumbre de
pueblo civilizado, necesitamos soldados armados, no de ballonetas y pistolas,
sino de CIENCIA y AMOR, los TRABAJADORES SOCIALES”.
En 1961 fundaron, ella e Iturbe, una Asociación que se llegó a extender
por todo Centro y Sudamérica, inclusive a Estados Unidos, España, Italia y
13
Luisa Marienhoff Don Abarbanel, originaria de Ekaterinoslav (hoy Dnepropetrovsk), Ukrania, nacida
el 11 de noviembre de 1903, hija de Luis Marienhoff y Flora Don Abarbanel.
117
otros países. Se llamaba “La Familia Amor”, y cada miembro se comprometía
a dar amor y ayuda a sus semejantes. Se reunían cada mes en la casa del
general a leer sus poemas o relatos, cantar, tocar y contar a quién y de qué
manera habían ayudado en ese mes. Luego, cada uno de ellos organizaba
otro grupo que se reuniera en su casa con el mismo fin. Así se fue
extendiendo. Tenían su revista trimestral editada en Uruguay y un escudo con
una rosa sobre un fondo azul, con la palabra “Amor”, que daban a cada
miembro como distintivo.
Luisa e Iturbe hicieron sus respectivos testamentos, el 17 de mayo de
1966, en la sala sur de Ortopedia del Hospital Central Militar. Ante el notario
114, licenciado Rafael del Paso Reinert. Luisa instituyó como su heredero
universal y como albacea testamentario al general Ramón F. Iturbe y en caso
de que su esposo no la sobreviviera, dispuso que Anaité Monteforte Iturbe
recibiera los bienes inmuebles, administrados por su madre Mireya, por ser
menor de edad la heredera. El dinero efectivo o títulos y valores
representativos de dinero en depósito o inversión, serían heredados a Aurora
Iturbe Soto, “debiendo esta heredera continuar la obra social educativa a favor
de niños sin recursos para estudiar. También para esta heredera todos los
libros y derechos sobre libros de que ha sido autora la testadora, pudiendo la
heredera ayudar a la obra social indicada con el producto de tales libros o
derechos. Ambas deberán conjuntamente repartir determinados artículos de
uso personal de la testadora, tales como ropa, joyería y adornos, entre
mujeres pobres y como recuerdo para familiares y amigas, cuyo cariño hacia
ellas
conozcan
las
encargadas.
El
material
literario
y
Archivo
de
118
Correspondencia puede entregarse a quien se pueda interesar en algún
trabajo especial”.
En reciprocidad, Iturbe nombró a Luisa su heredera universal, y
albacea, de todos sus bienes, derechos, acciones y en general de todo su
patrimonio. Si ella no le sobreviviera, en sustitución, la herencia se repartirá en
partes iguales entre cuatro hijos; Víctor Manuel, Elohim, Mireya y Aurora.
La novela “La Revolucionaria”, escrita por Luisa, es una autobiografía,
de la pareja, en la cual expone su fe religiosa y plasma la personalidad propia
y la de Iturbe.
El libro “Poemas”, es una comunicación poética entre los enamorados y
el “más allá”. Luisa dice de Iturbe:
“Él supo amar sin egoísmo, entregarse sin regateos y convertir cada hora de
mi vida en un perenne idilio de novios. Su mano estuvo siempre abierta para darme
cuanto anhelé o no anhelé en extrema caballerosidad, corrección, delicadeza y
gratitud por la dicha recibida... espíritu heterogéneo, tan rico en sus panoramas
íntimos como sincero y llano en su expresión”.
Llevaban una relación melosa:
“Amor y encanto mío: …Medita y se interroga: ¿Por qué no desplegamos
nuestros pensamientos y hacemos un teléfono sin hilos? Yo te diría muchas cosas
más… ¿sabes? Te diría que te quiero, que tu eres mi vida, mi amor, mi cielo y que
nuestra próxima luna de miel la vamos a pasar en Venus. Ahí no hay satélites fisgones
que nos vean… Vamos a ser mariposas, porque hay muchas flores, con alas muy
grandes, para que, por donde pasen, vayan dando su sombra protectora a todos los
insectos que tiriten de frío y ellos creerán que somos ángeles del cielo para llevarlos a
Dios… Tu niño”. (Iturbe, 1971, 11).
“En Poesías de amor” entablan una “Justa Poética”, que culmina con un
poema de L. para R. (de Luisa para Ramón) en su 14 cumpleaños de boda, el
último… el cual es contestado por Iturbe:
¡Amor mío, siempre Amor!
en nuestro eterno reencuentro
cual maestro, cual amigo,
119
cual esposo o cual hermano,
y Amor será en el futuro
quien unirá nuestras almas
tal vez de artista o sabios,
quizás de místicos fueros,
sacerdotes en el rito
de fraternizar el mundo,
mensajeros de bonanza,
pregoneros de armonía,
sembradores de belleza.
¡Amor mío, siempre Amor!
enlazando nuestras manos
sobre surcos que abriremos
al derroche de semillas
de la paz y del asombro
de hacer cielo en plena tierra.
Y verás cómo florece
la esperanza renovada
en la fe de una promesa
hecha hoy para el mañana.
Aún nos queda un largo trecho.
(De R. a L. contestando)
Amor: Han transcurrido catorce años. ¡Parece que fue ayer! Contemos los instantes
en que mutuamente nos hemos ayudado a realizar la travesía, admirando la floresta en
que van despertado las almas —¡Qué tan cerca estará el fin de la jornada? —Cuando
nos toque dejaremos este mundo sin grandes conmociones y experimentaremos la
emoción de la gota de rocío que se incorpora al océano de donde ha salido, llevándose
el perfume que le dejara la rosa donde ha brillado por un instante —¿A dónde volarán
nuestras almas? —El infinito es nuestra patria y Dios nuestro amoroso padre. (Iturbe,
1971, 195).
120
4. RAMÓN F. ITURBE, CULTURA, ESPIRITUALIDAD Y HUMANISMO
Filosofía y política
Desde su altura de poetisa y con la autoridad adquirida por su relación
con Iturbe en la fase otoñal compartida, Luisa Marienhoff describe de la
manera más acabada y certera al general:
“Valiente y sereno como soldado, justo y servicial como ciudadano,
modesto, honrado y humanitario como hombre, cooperador efectivo como
gobernante, de acrisolada conducta como político y de orientación precisa
como revolucionario…, bajo el soplo divino de la inspiración que inflamaba su
alma, florecía su vergel artístico, y la armonía de sus versos tejía filigranas
líricas y filosóficas. Entre combate y combate, trepado en un pequeño cerro o
bajo la sombra de un árbol, siempre lista la hoja de un papel en las
profundidades de sus bolsillos, rimaba su amor y su esperanza de un mundo
mejor”. (Iturbe, 1971, 11).
Esta calidad humana, Iturbe la aderezaba con profundos conocimientos
adquiridos en los libros y en la meditación. “Autodidacto, estudioso con
humildad, cavilador constante ante los problemas del mundo, constructor de
obra social y creador de belleza, envolvía toda su jerarquía varonil en un
natural manto de modestia, sin rebuscamiento, midiéndose y midiendo a los
demás con el inalterable equilibrio de la justicia”. (Iturbe, 1971, 11).
Era un hombre extraordinariamente estudioso. Su formación la debía a
las enseñanzas políticas y filosóficas de don Francisco I. Madero.
“Vivía Iturbe más por las ciencias humanas que para el arte de la
guerra. Gustaba de la filosofía esotérica, la astronomía y la estética. Había
cierta dispersión en sus conocimientos científicos. Faltaba en él la primera
121
parte de la formación intelectual que empieza en la adolescencia. Discernía en
el entendimiento, pero en el discurso le faltaba el método. De sus comunes
faltas didácticas venía su espiritismo del que hacía un espiritualismo
excéntrico”. (Valadés, 1985, 35). Tenía como libro de cabecera el “Manual
Espirita”, la obra casi desconocida de Madero escrita con el pseudónimo
Bhima”.
En el torbellino de la revuelta armada, “Iturbe era uno de los poquísimos
revolucionarios que habían pensado por su cuenta el problema moral de la
Revolución y que habían venido a ésta con la conciencia limpia. Aunque muy
joven, su impulso revolucionario arrancaba más de la convicción que del
entusiasmo”. (Guzmán, 1971).
Cierto, el impulso era moral y producto de una actitud propia de la
juventud, pero entendía que la Revolución no era sólo un hecho de armas, “es
también la expresión de las clases desheredadas; es la creación de industrias
y empresas que dan trabajo digno y que nos liberan económicamente; es la
conversión de esclavos en obreros decorosamente protegidos y retribuidos; es
el reparto de la tierra entre los campesinos y la ayuda firme para elevar sus
condiciones de vida y de productividad; es la sanidad y las escuelas para
todos; es la afirmación de la cultura propia y de sentido universal; es la
conquista de la independencia real del país en todos los órdenes; es la
responsabilidad de su Gobierno frente a la urgencia de paz, justicia y
comprensión entre todos los hombres, creando la igualdad de oportunidades”.
(Iturbe, 1971, 29).
122
La comprensión era una categoría central en su filosofar y el eje en
que se articulaban las ideas sociales que profesaba a su modo: el
cooperativismo como forma de socialismo cristiano.
“Su mayor inquietud —explicaba Luisa— se volcaba en la obra social
en pro de los campesinos y no reparaba en trabajo, tiempo ni inversión de su
dinero, para ayudar a formar cooperativas de agricultores, mineros, salineros,
etc., en que se especializó a fondo. Había encontrado la fórmula democrática
más sana y más adecuada para el tiempo como régimen de equidad
económica, de justicia y de bienestar para el trabajador. Nada podía superar al
régimen cooperativista, en que todo lo referente al trabajo, era de todos, sin
capitalismos absorbentes ni comunismos dictatoriales. ‘La Revolución —solía
decir a los cooperativistas— no ha terminado. Es eterna, es un estado
constante, porque es el movimiento del espíritu humano hacia el progreso’.
(Marienhoff, 1959,138).
En 1966 confesó a Beatriz Reyes: “Soy un convencido partidario del
cooperativismo y tengo fe en que alguna vez se establezca en la tierra como
un sistema ideal de vida. El cooperativismo fortalece los vínculos de concordia
entre los hombres al hacerlos a todos compañeros. Además, afianza el
patriotismo de los ciudadanos, porque se sienten dueños de la tierra y de los
medios de trabajo. En la Cámara de Diputados, cuando fui miembro de ella,
dejé una iniciativa de ley con tendencias cooperativistas”. (Reyes, 1966).
Para Juan Macedo, su orador y secretario particular cuando fue
candidato a diputado federal, el general era un hombre lleno de luces y
sombras, en forma muy acentuada. Argumentaba: “Se decía socialista, no
creía en ningún dios, aseguraba que la reencarnación proclamada por los
123
teósofos era una verdad indiscutible, pero al mismo tiempo, afirmaba que
veníamos de la nada y a la nada vamos. ¿Cómo usted cree en la
reencarnación, escala de perfección moral de la criatura humana, que en
sucesivas existencias terrenas avanza o retrocede en el orden moral?
Replicaba: en la nada está el mundo invisible a los pobres mortales, de la
muchedumbre de espíritu que han de transmigrar a otros seres humanos
antes de su natividad física”. (Macedo, 1984, 62).
Platica Macedo que el general los invitó (a Natalio Vázquez Pallares y a
él) a comer a su casa. Vázquez Pallares declaró francamente que él no sería
comensal de un burgués que se proclamaba revolucionario. “No hicimos caso
de lo que proclamó nuestro amigo y al día siguiente éramos huéspedes del
general y frente a nosotros, don Martín Luis Guzmán, animaba la conversación
en los que los interlocutores eran él mismo y nuestro anfitrión”.
Cristiandad y cosmovisión religiosa
Iturbe dimitió del catolicismo, que profesó en la infancia y en su
juventud, pero creyó siempre en la palabra de Cristo y nunca abandonó su
devoción a la Virgen de Guadalupe. Creía en las comunicaciones del más allá
y en la curación magnética y con hierbas. Era un ser humano en el que
armonizaba a la perfección la unidad de la diversidad, por eso aceptó con
fervor la fe Bahá’í, que pregona la enseñanza conjunta de todos los profetas.
Martín Luis Guzmán, librepensador confeso, reconocía en Iturbe al
“único general revolucionario que creía en Dios y que afirmaba sus creencias
en voz alta, y no en tono de estarse disculpando. Y eso sólo, creer en Dios, lo
levantaba a gran altura por sobre todos sus compañeros de armas, casi
124
siempre descreídos e ignorantes, bárbaros, audaces, sin ningún sentido de los
valores humanos y desconectados de todas las fuentes originadoras de los
impulsos hacia la virtud. (Guzmán, 1971).
En el libro “El Águila y la serpiente”, Guzmán recuerda a Iturbe en su
tiempo de gobernador de Sinaloa, cuando al pie del cerro de la capilla de
Guadalupe en Culiacán, estaba al pendiente de que la construcción de la
escalinata se realizara conforme a sus planes.
“Un día —de esto ya hace mucho tiempo, aún andaba yo a salto de
mata por el monte— hice promesa de construir, tan pronto como Culiacán
cayera en mis manos, una escalinata que subiese desde lo más bajo del cerro
hasta la puerta de la capilla. Ahora, según ustedes lo ven, estoy cumpliendo
esa manda”, dijo a sus acompañantes.
“Se notaba, entre sílaba y sílaba, que Iturbe temía ser mal comprendido
o mal juzgado por su religiosidad… se ruborizaba de que sus compañeros de
armas o de ideales políticos lo vieran entregado a construir, por mero impulso
religioso, como simple acto de ley en la potencia divina, la escalinata de una
iglesia; pero contra el rubor, la construía.
“Aquel detalle pintaba al general Iturbe de cuerpo entero, Lo pintaba,
salvo para unos cuantos imbéciles, con líneas y colores favorabilísimos.
Porque era un hecho que muy pocos se habían atrevido entonces a confesar
en público sus creencias religiosas, en el supuesto de tenerlas o conocerlas.
El ambiente y el momento otorgaban prima a los descreídos. Más todavía: el
deber oficial casi mandaba, o daba por hecho, negar a Dios.
“El caso de Iturbe, empero, como el de otros cuantos, era diferente. Él
—entonces católico, después espiritista— se movía en las cosas del alma a
125
impulsos de su personalidad propia, no arrastrado por la personalidad de los
demás e iba afirmándose, imponiéndose hasta lograr el respeto: en esto, lo
mismo que en lo militar. Otro tanto ocurría en el orden civil —al menos en lo
referente a la conducta del individuo—. Frente a la masa de los
revolucionarios serviles, que ya empezaba a expresarse y a deslindar su
campo, Iturbe, ignorándolo quizá, se erigía, con sólo mantenerse leal a su fe
religiosa, en ejemplo de independencia: no escondía sus sentimientos, no
renunciaba a sus ideas ni a su carácter”. (Guzmán, 1971, 187-430).
Al recibir la medalla Belisario Domínguez por el Senado, después del
tradicional discurso sobre la revolución, convirtió la palabra “comprensión” en
un eje entre los ideales revolucionarios y su credo religioso. En algo que
parecía un desvarío, el discurso se convirtió en prédica religiosa:
“La comprensión ya debiera haberse hecho universal desde hace dos
mil años si en realidad hubiéramos comprendido las prédicas y enseñanzas de
Jesús El Cristo, así como su ejemplo de amor y sacrificio por los humildes,
“¿No fue, pues, Jesús, un auténtico revolucionario? Como Maestro, lavó los
pies a sus discípulos, enseñándoles lo que deberían hacer con sus hermanos,
los humildes. Madero, el apóstol nuestro, también nos enseñaba su moral y a
no prejuzgar. Nos decía, textualmente: ‘Todo individuo tiene derecho a que lo
consideremos honrado y honorable, mientras no tengamos pruebas en
contrario’. Pero, ¿quién llega a estas alturas morales? Tan alto pensamiento
puede compararse con aquella recomendación de Cristo, de amarnos los unos
a los otros, y aún más, de amar a nuestros propios enemigos. También
Crishna, filósofo hindú, decía poéticamente: ‘Sed como el sándalo, que
perfuma el hacha que lo hiere’. ¿Cuándo podremos practicar tales conceptos?
126
Las ideas filosóficas de Madero eran muy orientales. El prócer bebió en
aquellas maravillosas fuentes… Sabemos, por la tradición, que nuestra raza
indígena, siguiendo el conocimiento desentrañado de los astros, decidió
sepultar sus monumentos, sabedora de la avalancha de materialismo que
amenazaba a la verdadera civilización. Sabían desde entonces, de esta
misma fuente, que nuestra nación llegaría a convertirse en un faro luminoso,
propagador de la paz y la armonía universales… Hay tesoros escondidos,
fuerzas creadoras en potencia. Juárez es un ejemplo de ello”. (Iturbe, 1971,
29-30).
Cristo, Crishna, cosmos… toda la fe religiosa era bienvenida en la
espiritualidad de Iturbe. Por eso, durante su estancia en Japón, visitó a los
monjes budistas en varias ocasiones y estudió ampliamente su religión así
como el shintohismo. Por eso, a partir de su encuentro con Luisa y de la
lectura del libro “Bahá’u’lláh.14 La nueva era”, de John E. Esslemont, se
convirtió en un bahá’í, es decir, comprendió a todos los profetas, como
continuidad uno del otro, entendiendo a todas las religiones.
Así, con la fe Bahá’í, “Iturbe mantenía su sentir invariable, el mismo que
iluminara su infancia… Escapado de todos los ritos y dogmas, se mantenía en
los principios puros del cristianismo, con el Nuevo Testamento, en el que la
palabra de Jesús repercutía hondamente en su corazón”. (Marienhoff, 1959,
137).
14
Sobrenombre de Mírzá Husséin, de origen persa, fundador del bahaísmo, religión monoteísta. Sus
creyentes lo consideran el Mensajero de Dios. La idea central de su religión es que la humanidad es una
sola raza y que llegará el día de su unificación en una sociedad global.
127
Esoterismo y naturismo
Es imposible establecer el punto, o el hecho, a partir del cual Iturbe
abrazó el espiritismo y el esoterismo en general. Se sabe que desde la
adolescencia hacía pases magnéticos para curar a los campesinos,
Mireya cuenta que Madero le tenía mucho cariño a su papá. Hablaba
largamente con él y le dio a conocer el espiritismo. Cuando lo invitó a
acompañarlo a una sesión espiritista en Guadalajara, su padre le dijo que iría
siempre y cuando se mostrara respeto por su religión y por la virgen… Al
llegar ellos a la sesión, el médium recitó un bellísimo poema a la virgen que
fue tomado en taquigrafía y conservado por Iturbe a través de su vida.
En otra sesión espiritista, también con Madero y en Guadalajara, le
dijeron a Iturbe que sus guías y protectores eran Juana de Arco y Napoleón.
Mireya recuerda que en la biblioteca de su papá había infinidad de libros,
sobre todo de Napoleón: biografías, estudios, sus cartas, etcétera.
Mercedes era una lectora tan voraz como Ramón y también interesada
en el espiritismo y el ocultismo por haber leído los libros de la extensa
biblioteca del licenciado Guillermo del Valle, esposo de la tía Lorenza. Para
estudiar más a fondo tenían un médium que viajaba con ellos y al que ataban
de pies y manos con vendas negras para tener control de los fenómenos que
se producían. Inclusive se desarrollaron como médium los dos pero no les
gustó ni los convenció porque el médium usualmente está inconsciente a
través de toda la sesión.
Al parecer, Guadalajara era el centro preferido para sus reuniones
espiritistas. Valadés narra que cuando Iturbe fue jefe de Operaciones Militares
en Colima y Jalisco, en 1915, reunía en su casa a un grupo de jóvenes
128
animosos de escuchar lecciones sobre esoterismo y naturismo, que
constituían los dos motivos de moda.
“Formaba en aquellas tertulias como cabeza inspiradora el padre
Arreola, distinguido matemático, astrónomo, teólogo y canonista. El padre no
estaba de acuerdo con la ortodoxia espiritual del general Iturbe, pero a ambos
les unía un afán de estudio… Por las noches, el sacerdote y el general Iturbe,
instalados en la azotea de la casa de éste y provistos de un telescopio,
pasaban horas escudriñando el firmamento”.
Esta situación le originó problemas a Iturbe. “Una racha de envidia
acompañada de calumniosas versiones, pues se aseguraba que pretendía
convertir a todos los guadalupanos al espiritismo, azotó al general Iturbe.
Dirigieron la empresa contra Iturbe los jefes revolucionarios jaliscienses e
intervinieron en tal empresa algunos miembros de la sociedad católica. El
clero había abanderado a Guadalajara o estaba oculto, pero los católicos
exaltados y las beatas, no podían consentir en la presencia de Iturbe, quien
día a día recibía una porción de amenazantes anónimos. Iturbe, impávido,
continuaba sus observaciones celestes y hacía experimentos con una mesita
que se suponía era la intermediaria para la comunicación con ‘ultratumba’.
Todo esto estaba lejos de causar daño alguno a la sociedad. Los jóvenes que
asistían a esos ensayos ultratúmbicos más lo hacían por curiosidad que por
incorporarse en la materia”. (Valadés, 1985, 41).
El colimense Juan Macedo López conoció a Iturbe en circunstancias
curiosas en la ciudad de México, junto con el líder michoacano Natalio
Vázquez Pallares.
129
“Al pasar por una accesoria cuyo mayor lujo era un hermoso zaguán
colonial, vimos el fondo de un faro en donde tres señores hablaban. En la
esquina derecha del foro, una mesa soportaba el peso de cuando menos dos
docenas de botellas que contenían algún líquido. Entramos silenciosamente y
ocupamos una banca vacía. Uno de los señores que al caminar renqueaba
notoriamente, como si una de sus piernas sufriera invalidez, se dirigía a otro
señor, quien permanecía sentado en una modesta silla y próximo a una mesita
en donde había papeles. El primer personaje dio algunos pases hipnóticos y el
otro quedó, aparentemente, dormido. Oímos la voz del hipnotizador que
inquiría: hermano Juan Hidalgo, ¿con qué fraterno espíritu conversas? Con el
de Matusalem, contestó el señor Hidalgo, quien lápiz en mano escribía con
increíble rapidez notas sobre un cuadernillo. Debió haber permanecido en
trance cinco minutos, pero vuelto en sí leyó veinte minutos aproximadamente.
Natalio y su acompañante rieron estrepitosamente; las señoras, en su mayoría
de humilde vestimenta y que colmaban la pequeña sala, indignadas,
pretendieron golpearnos con lo que encontraban a la mano, pero una voz
entre calmosa y enérgica las detuvo: ‘El hermano Iturbe les suplica que
vuelvan a sus asientos. Invito a los jóvenes a que expongan sus puntos de
vista aquí en este foro con toda libertad”. Los dos muchachos, ebrios de
marxismo y de algo más que teorías hablaron cuanto quisieron”.
En Sinaloa, Juan Macedo confirmó el evidente poder hipnótico del
general: “Cuando en Navolato iba yo a pronunciar un discurso en un mitin de
los obreros, una cefalalgia que casi me cegaba estuvo a punto de impedirme
el acceso a la tribuna. El general dio unos pases sobre mi rostro, me miró
fijamente y quince segundos después era el más feliz y sano de los mortales.
130
Detuvo la marcha de un reloj en presencia de varios testigos, mientras su
rostro enrojecía y su cuerpo era sacudido por leve estremecimiento…
También su facultad telepática se puso a prueba cuando una mañana
Macedo dictaba sumas de los gastos de campaña y él anotaba sobre un
cuaderno. “De pronto, el general me ordenó que preparara mi pequeña pistola
escuadra. —Viene un hombre a asesinarme—. Colocó su escuadra calibre 38
sobre la mesa. A poco entró un individuo de apariencia inofensiva, pero ya
habíamos escuchado sus pasos en el vestíbulo. El general, escuadra en
mano, le ordenó que levantara las manos y a mi que por la espalda del
presunto matón le extrajera de la cintura un pistolón. El tipo huyó tembloroso y
pálido. ¿Cómo supo que venían a darle muerte, general?, inquirimos.
Sonriente y un tanto enigmático nos dijo: —hay que educar a la mente. Que
nadie se entere de lo que ha ocurrido—, me indicó terminante”. (Macedo,
1984, 62).
Además del espiritismo Iturbe y Mercedes estudiaron y practicaron
ciencias ocultas, teosofía, yoga, budismo…, todo lo esotérico que se pueda
imaginar. Iturbe fue masón, hasta el grado 33 y ya en su madurez perteneció a
la Orden Rosacruz. Aunque la masonería es más avanzada, él estudió las dos
cosas. Tomó el curso de auto-realización de yogananda, también cuando era
adulto.
Iturbe no era astrólogo, más bien le interesaba la astronomía, pero sí
consultaba a uno alemán que hizo cartas astrológicas a toda la familia. Fue él
quien anunció el peligro de ir a Japón y la salvación por el camino difícil y
estrecho.
131
Curaba con las manos y con hierbas. Por años estudió las hierbas
medicinales del país y al regresar del exilio y ser diputado, en lo primero que
invirtió fue en establecer en su domicilio un laboratorio para hacer extractos de
las diferentes hierbas, pulverizar otras, hacer tinturas, etcétera. Lo mismo hizo
al regresar de Japón: en su casa de la calle Durango instaló un laboratorio de
hierbas, y estudiaba las plantas medicinales —tenía libros hasta en chino—
para curar a la gente. Poseía un archivo con los casos de gente que se
curaba. Muchos le llevaban “testimonios” firmados, con sus fotografías, antes
y después de la curación “milagrosa”.
Sabía quién en el mercado central de hierbas tenía el auténtico manso o
matarique de Sonora o Sinaloa, la gobernadora de Yucatán, etcétera. Su hija
Aurora conservaba algunas de sus múltiples recetas para disolver cálculos,
purificar la sangre, curar el alcoholismo. Se asoció con un químico de Sinaloa,
Tomás Moncayo y con el doctor José Erdos, quienes le enseñaron a hacer los
extractos y algunas cremas y ungüentos que regalaba a sus pacientes.
Lo movía el interés por conocer y servir a los demás; jamás cobró un
centavo por sus curaciones ni por las medicinas que daba… “y no crea usted,
he sanado a varios pacientes… Las plantas medicinales no son cosa de
brujería sino cuestiones reales que muchos han investigado y que hay que
investigar”, se jactaba ante Beatriz Reyes (1966, 38).
Mireya cuenta que su papá sabía hacer demostraciones de la energía
electro-magnética que, decía, todos tenemos en las manos: encendía focos y
pegaba periódicos en las paredes con sólo pasarles la mano por encima. “Me
encantaban los días de campo. Él y otro amigo de Sinaloa, Guillermo
Laveaga,
se
paraban
descalzos
encima
de
los
hormigueros
para
132
demostrarnos que a ellos las hormigas no les picaban”. Mireya relata
anécdotas que se antojan increíbles: en dos ocasiones que nos empezó a
llover, él se paró con los brazos extendidos hacia arriba a hacer “pases
magnéticos” para dispersar las nubes y darnos tiempo de recoger cobijas,
platos, comida, etcétera, y subir a los automóviles. En cuanto estuvimos todos
instalados, él corrió al automóvil nuestro y se soltó el chubasco. Mi mamá me
contó que lo mismo hizo cuando se cambiaron de San Ángel a Rosales en el
centro de la ciudad, frente a la Alameda. Iban sus muebles en un camión
abierto y empezó a hacer sus pases magnéticos. Las nubes se iban abriendo
por donde fueron pasando hasta llegar a Rosales y descargar el último
mueble. Él entró al edificio y siguió la tormenta por el resto de la tarde”.
5. EN CONCLUSIÓN: ¿EN VERDAD FUE GENERAL DE LA REVOLUCIÓN?
Luces y sombras. ¡Vaya contradicción! Iturbe es un ejemplo elocuente
de la complejidad del ser humano, de la unitas multiplex, de la unidad
inseparable de la diversidad. Para Luisa Marienhoff, la contradicción es
aparente: Militar y poeta; revolucionario y místico… “Iturbe manejaba ambas
cosas, la rima y la espada con profunda sinceridad, con diáfana pureza, con
inquebrantable fe, con clara inteligencia, con delicado sentimiento. Su alma
estaba plasmada de firmeza y ternura, en reciedumbre de soldado y suavidad
de trovador. Luchador perfecto por una humanidad más consciente. El rugido
del cañón contra las tiranías era mandato del Infinito. El verso sutil y sedoso
que derrama sus armonías en el altar del Infinito, era el mismo mandato que,
acariciando el corazón, le dice: “¡sé bueno!”.
133
Y Fue bueno. Conquistaba la victoria, “sin rendir con humillación al
combatiente contrario, ni castigar con crueldad”. En su juventud, fue austero y
moralizador de sus subalternos, “pues sabía que la sobriedad de costumbres
es la seguridad más firme para la eficacia del soldado. Verdadero espartano
era el ejemplo viviente de los buenos hábitos indispensables al guerrero y al
hombre”. Su actitud había de ser siempre leal, aunque perdiera o ganara, en
aquello en que se comprometía.
A veces la modestia era exagerada, como cuando al recibir la medalla
Belisario Domínguez dijo que lo hacía con el sentimiento más profundo de su
gratitud aunque… “No creo haber hecho nada que lo merezca”
Fuera del combate, era notoria su timidez y sencillez, ilustradas en
muchas ocasiones por Martín de Guzmán:
“Claro vi, con sólo entrar, que el jefe de las tropas revolucionarias de
Sinaloa era hombre sencillo y sobrio. De las veinte a veinticinco personas que
estábamos a la mesa, Ramón F. Iturbe era —esto se comprendía desde
luego— el de mayor importancia intrínseca, el dotado de más fuerte
personalidad… Iturbe figuraba íntegro. Y figuraba no a fuerza de querer
hacerse notar, sino al revés, contra todo empeño por inhibirse.
“Iturbe hablaba poco y con cautela… La cultura de Iturbe, pobrísima
entonces. Se expresaba además con clara timidez, con el aire de humildad
sincera de quien creyese fácil caer en el error y de antemano estuviese de
acuerdo en que se le enmendara la plana. Todo lo cual producía en su
carácter un raro contraste con otras cualidades: contraste entre su inseguridad
juvenil y su aplomo adquirido ya en la vida; entre su adolescencia espiritual y
134
su madurez precoz de alma, acentuado por su fe en sí mismo, por su profunda
e íntima convicción de estar fundamentalmente, en lo cierto y en lo justo.
“Su extrema juventud y lo muy desmedrado de su cuerpo hacían de él,
al principio, un personaje de poco relieve. Él, por otra parte, acusaba con el
desaliño de su traje un descuido tan espontáneo, una tan auténtica inatención
por lo inmediatamente material y corpóreo, que se requería mirar dos o tres
veces la totalidad de su persona para convencerse de que aquello, lejos de
ser defecto, era disposición de ánimo superior, indiferencia por lo que en el
fondo no representa valor definitivo, de igual manera que en los generales
sonorenses era temprana manifestación de defectos, y no de virtud, el
inquebrantable apego a los arreos militares más militaristas. Pero una vez bajo
la mirada escrutadora, Iturbe crecía rápidamente e iba dejando entrever por
qué pertenecía al corto número de los que mandaban hasta cuando practicaba
la obediencia.
“Esa noche, por la falta de abridores, hubo que destapar las botellas de
cerveza al modo revolucionario: haciendo encajar el borde de la corcholata
con el martillo de la pistola y apoyando ésta después contra el cuello de la
botella hasta que el tapón saltara de su sitio… Iturbe no lo hizo así.
Desenfundó la pistola con sencillez; la volvió culata arriba cuidadosamente;
tomó la botella con la mano izquierda, y, atento a que el cañón del arma
apuntara en dirección del piso, o de la pared que le quedaba a la espalda, la
hizo describir una curva supletoria de las funciones del abridor. Viéndole tal
aspecto, no se habría creído que se tratara del mismo hombre que a la hora
del combate, y siempre que el arriesgar la vida tenía un sentido, se olvidaba
135
de ponerle cortapisa al valor, según acababa de demostrar durante el ataque y
toma de Culiacán” (Guzmán, 1971).
Juan Macedo narra que Iturbe era enemigo de auxiliar económicamente
a sus simpatizantes realmente pobres. La política, decía, no es un negocio, es
un deber y un derecho. “A don Lino Ramos, que casi lo había creado en su
infancia, jamás le dio un solo peso. Cuando volvió a México, mi hospedera,
con mucho tacto, me recordó el adeudo de dos meses de asistencia y aunque
hubo un remanente de 6 mil pesos, nunca me fijó sueldo ni antes ni después
de la campaña”. (Macedo, 1984).
Consideraba humillante que un niño pidiera o recibiera limosnas. Pero
cuando veía unos niños pobres, dejaba caer varias monedas cerca de donde
ellos estaban o por donde iban a pasar. Le encantaba ver la expresión de sus
caras cuando encontraban las monedas y se las guardaban.
Mireya platica de su vida más personal: Le gustaba jugar ajedrez y era
bastante bueno. Nunca aprendió a fumar y el único alcohol que tomaba era
vino cuando había visitas a comer. Ocasionalmente una cerveza y de vez en
cuando un cognac después de las comidas. Padecía del hígado y por esa
razón su alimentación era sencilla: mucha fruta y verduras, básicamente. Poca
grasa, picante o especies. El pescado y los mariscos le encantaban como
buen mazatleco.
La música le gustaba mucho y aprendió a tocar la harmónica. En los
días de campo cantaban desde la salida de casa hasta el regreso. Tenía
buena voz y nunca desafinaba. Se preocupó porque Mireya tomara clases de
piano y luego pedía su opinión para hacerse de una buena colección de
136
discos clásicos. Quería para su hija toda la cultura y educación que él hubiera
deseado tener de joven.
Una vez en una reunión del Club de Leones —cuenta Mireya—, los
señores socios se pusieron a jugar “póker” después de la cena. Como mi papá
no era jugador de cartas, se quedó platicando con una señorita que le ofreció
un cigarro y luego una copa de cognac. Al enterarse que mi papá no tomaba,
ni fumaba, ni jugaba "póker", preguntó:
“¿Y usted de verdad es general de la revolución?”.
Cómo no hacerse tal pregunta después de todo lo dicho acerca de su
religiosidad, su espiritismo, su poder electro magnético, las curaciones
milagrosas con hierbas, su cursilería poética, su lealtad y su timidez, sus
gustos y aficiones.
F I N
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FUENTES CONSULTADAS
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